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Unidad 4 2025

La Unidad 4 de Literatura Latinoamericana I se centra en las visiones disfóricas de los nuevos territorios y sujetos, analizando textos literarios y críticos que abordan la conquista y sus consecuencias. Se incluyen obras de Bartolomé de las Casas y Alvar Núñez Cabeza de Vaca, así como ensayos críticos que discuten la defensa de los indígenas y el impacto de la colonización. La bibliografía proporciona un marco para entender las narrativas históricas y literarias de la época.

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Unidad 4 2025

La Unidad 4 de Literatura Latinoamericana I se centra en las visiones disfóricas de los nuevos territorios y sujetos, analizando textos literarios y críticos que abordan la conquista y sus consecuencias. Se incluyen obras de Bartolomé de las Casas y Alvar Núñez Cabeza de Vaca, así como ensayos críticos que discuten la defensa de los indígenas y el impacto de la colonización. La bibliografía proporciona un marco para entender las narrativas históricas y literarias de la época.

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Literatura Latinoamericana I

Unidad 4: Las visiones disfóricas de los


nuevos territorios
Literatura Latinoamericana I - Año 2025

Profesora Titular: Dra. Nancy Calomarde

BIBLIOGRAFÍA DE LECTURA OBLIGATORIA

Unidad 4. Las visiones disfóricas de los nuevos territorios y sujetos.

Textos literarios:

●​ DE LAS CASAS, Bartolomé. Brevísima relación de la destrucción de las Indias.


Colombia. Universidad de Antioquia. pp. 1-41. 2011.
●​ GALEANO, Eduardo. Memoria del fuego I. Los nacimientos. Catálogos SRL,
Buenos Aires. 2004.
●​ ----------------------------. Las venas abiertas de América Latina. Siglo XXI Editores,
Buenos Aires. 2013.
●​ NÚÑEZ CABEZA DE VACA, Alvar. Naufragios. (Textos seleccionados)
https://www.educ.ar/recursos/90892/naufragios-de-alvar-nunez-cabeza-de-vaca
Consultado: 12- 02-2018, pp. 1-63.
●​ -----------------------------------------------. Comentarios. (Textos seleccionados)
http://www.cervantesvirtual.com/obra/relacion-de-los-naufragios-y-comentariosde-alv
ar-nunez-cabeza-de-vaca-tomo-1-788658/ Consultado: 17-03-2021, pp. 157-166.

Textos críticos:

●​ BATAILLON, Marcel; SAINT-LU, André. El padre Las Casas y la defensa de los


indios. Madrid, Sarpe, pp. 64- 168. 1985.
●​ COLOMBI, Beatriz. “La brevísima relación de la destrucción de Indias de fray
Bartolomé de las Casas en el eje de las controversias” en Revista Zama, N°5. Instituto
de Literatura Hispanoamericana, Facultad de Filosofía y Letras, UBA. 2013.
●​ GLANTZ, Margo. "El cuerpo inscrito y el texto escrito o la desnudez como
naufragio" en Revista de la Universidad de México, N°496. Mayo. México D.F, pp.
32-42. 1992.
●​ PASTOR, Beatriz. Discurso narrativo de la Conquista de América. La Habana,
Ediciones Casa de las Américas. 1983.
Bartolomé de las Casas
Brevísima relación
de la destrucción de las Indias

1
Bartolomé de las Casas

2
Bartolomé de las Casas
Brevísima relación
de la destrucción de las Indias

Edición y notas
José Miguel Martínez Torrejón

Prólogo y cronología
Gustavo Adolfo Zuluaga Hoyos
Biblioteca Clásica para Jóvenes Lectores

Editorial Universidad de Antioquia®

3
Editorial Universidad de Antioquia®
Biblioteca Clásica para Jóvenes Lectores
Editora: Doris Elena Aguirre Grisales
© 2006 Fundación Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes
y Universidad de Alicante. www.cervantesvirtual.com. Edición
digital de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes de Brevísima
relación de la destruición de las Indias / Bartolomé de las Casas
(1484-1566); edición de José Miguel Martínez Torrejón
© Del prólogo y la cronología, Editorial Universidad
de Antioquia®
ISBN: 978-958-714-466-6
Primera edición en la Editorial Universidad
de Antioquia: mayo de 2011
Prólogo, cronología y bibliografía: Gustavo Adolfo Zuluaga Hoyos
Diseño y diagramación: Carolina Velásquez Valencia,
Imprenta Universidad de Antioquia
Corrección de prueba: Stella Caicedo Villa, Imprenta
Universidad de Antioquia
Impreso y hecho en Colombia / Printed and made in Colombia
Prohibida la reproducción total o parcial, por cualquier medio
o con cualquier propósito, sin la autorización escrita de los
propietarios de los derechos
Las imágenes incluidas en esta obra se reproducen con fines
educativos y académicos, de conformidad con lo dispuesto en
los artículos 31-43 del Capítulo III de la Ley 23 de 1982 sobre
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NAUFRAGIOS

ALVAR NUÑEZ CABEZA DE VACA

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Capítulo primero
En que cuenta cuándo partió la armada, y los oficiales y
gente que en ella iba

A 17 días del mes de junio de 1527 partió del puerto de San Lúcar
de Barrameda el gobernador Pánfilo de Narváez, con poder y mandado
de Vuestra Majestad para conquistar y gobernar las provincias que
están desde el río de las Palmas hasta el cabo de la Florida, las cuales
son en Tierra Firme; y la armada que llevaba eran cinco navíos, en los
cuales, poco más o menos, irían seiscientos hombres. Los oficiales que
llevaba (porque de ellos se ha de hacer mención) eran éstos que aquí se
nombran: Cabeza de Vaca, por tesorero y por alguacil mayor; Alonso
Enríquez, contador; Alonso de Solís, por factor de Vuestra Majestad y
por veedor; iba un fraile de la Orden de San Francisco por comisario,
que se llamaba fray Juan Suárez, con otros cuatro frailes de la misma
Orden. Llegamos a la isla de Santo Domingo, donde estuvimos casi
cuarenta y cinco días, proveyéndonos de algunas cosas necesarias,
señaladamente de caballos. Aquí nos faltaron de nuestra armada más
de ciento y cuarenta hombres, que se quisieron quedar allí, por los
partidos y promesas que los de la tierra les hicieron. De allí partimos y
llegamos a Santiago (que es puerto en la isla de Cuba), donde en algu-
nos días que estuvimos, el gobernador se rehízo de gente, de armas y
de caballos. Sucedió allí que un gentilhombre que se llamaba Vasco
Porcalle, vecino de la villa de la Trinidad, que es en la misma isla,
ofreció de dar al gobernador ciertos bastimentos que tenía en la Trini-
dad, que es cien leguas del dicho puerto de Santiago. El gobernador,
con toda la armada, partió para allá; mas llegados a un puerto que se
dice Cabo de Santa Cruz, que es mitad del camino, parecióle que era
bien esperar allí y enviar un navío que trajese aquellos bastimentos; y
para esto mandó a un capitán Pantoja que fuese allá con su navío, y que
yo, para más seguridad, fuese con él, y él quedó con cuatro navíos,
porque en la isla de Santo Domingo había comprado un otro navío.
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Llegados con estos dos navíos al puerto de la Trinidad, el capitán Pan-


toja fue con Vasco Porcalle a la villa, que es una legua de allí, para
recibir los bastimentos; yo quedé en la mar con los pilotos, los cuales
nos dijeron que con la mayor presteza que pudiésemos nos despachá-
semos de allí, porque aquel era muy mal puerto y se solían perder mu-
chos navíos en él; y porque lo que allí nos sucedió fue cosa muy
señalada, me pareció que no sería fuera del propósito y fin con que yo
quise escribir este camino, contarla aquí. Otro día de mañana comenzó
el tiempo a no dar buena señal, porque comenzó a llover, y el mar iba
arreciando tanto, que aunque yo di licencia a la gente que saliese a
tierra, como ellos vieron el tiempo que hacía y que la villa estaba de
allí una legua, por no estar al agua y frío que hacía, muchos se volvie-
ron al navío. En esto vino una canoa de la villa, rogándome que me
fuese allá y que me darían los bastimentos que hubiese y necesarios
fuesen; de lo cual yo me excusé diciendo que no podía dejar los navíos.
A mediodía volvió la canoa con otra carta, en que con mucha importu-
nidad pedían lo mismo, y traían un caballo en que fuese; yo di la mis-
ma respuesta que primero había dado, diciendo que no dejaría los
navíos; mas los pilotos y la gente me rogaron mucho que fuese, porque
diese prisa que los bastimentos se trajesen lo más presto que pudiese
ser, porque nos partiésemos luego de allí, donde ellos estaban con gran
temor que los navíos se habían de perder si allí estuviesen mucho. Por
esta razón yo determiné de ir a la villa, aunque primero que fuese dejé
proveído y mandado a los pilotos que si el Sur, con que allí suelen
perderse muchas veces los navíos, ventase y se viesen en mucho peli-
gro, diesen con los navíos al través y en parte que se salvase la gente y
los caballos. Y con esto yo salí, aunque quise sacar algunos conmigo,
por ir en mi compañía, los cuales no quisieron salir, diciendo que hacía
mucha agua y frío y la villa estaba muy lejos; que otro día, que era
domingo, saldrían con la ayuda de Dios, a oír misa. A una hora des-
pués de yo salido la mar comenzó a venir muy brava, y el norte fue tan
recio que ni los bateles osaron salir a tierra, ni pudieron dar en ninguna
manera con los navíos al través por ser el viento por la proa; de suerte
que con muy gran trabajo, con dos tiempos contrarios y mucha agua
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que hacía, estuvieron aquel día y el domingo hasta la noche. A esta


hora el agua y la tempestad comenzó a crecer tanto, que no menos
tormenta había en el pueblo que en el mar, porque todas las casas e
iglesias se cayeron, y era necesario que anduviésemos siete u ocho
hombres abrazados unos con otros para podernos amparar que el viento
no nos llevase; y andando entre los árboles, no menos temor teníamos
de ellos que de las casas, porque como ellos también caían, no nos
matasen debajo. En esta tempestad y peligro anduvimos toda la noche,
sin hallar parte ni lugar donde media hora pudiésemos estar seguros.
Andando en esto, oímos toda la noche, especialmente desde el
medio de ella, mucho estruendo grande y ruido de voces, y gran sonido
de cascabeles y de flautas y tamborinos y otros instrumentos, que dura-
ron hasta la mañana, que la tormenta cesó. En estas partes nunca otra
cosa tan medrosa se vio; yo hice una probanza de ello, cuyo testimonio
envié a Vuestra Majestad. El lunes por la mañana bajamos al puerto y
no hallamos los navíos; vimos las boyas de ellos en el agua, adonde
conocimos ser perdidos, y anduvimos por la costa por ver si hallaría-
mos alguna cosa de ellos; y como ninguno hallásemos, metímonos por
los montes, y andando por ellos un cuarto de legua de agua hallamos la
barquilla de un navío puesta sobre unos árboles, y diez leguas de allí
por la costa, se hallaron dos personas de mi navío y ciertas tapas de
cajas, y las personas tan desfiguradas de los golpes de las peñas, que no
se podían conocer; halláronse también una capa y una colcha hecha
pedazos, y ninguna otra cosa pareció. Perdiéronse en los navíos sesenta
personas y veinte caballos. Los que habían salido a tierra el día que los
navíos allí llegaron, que serían hasta treinta, quedaron de los que en
ambos navíos había.
Así estuvimos algunos días con mucho trabajo y necesidad, por-
que la provisión y mantenimientos que el pueblo tenía se perdieron y
algunos ganados; la tierra quedó tal, que era gran lástima verla: caídos
los árboles, quemados los montes, todos sin hojas ni yerba. Así pasa-
mos hasta cinco días del mes de noviembre, que llegó el gobernador
con sus cuatro navíos, que también habían pasado gran tormenta y
también habían escapado por haberse metido con tiempo en parte segu-
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ra. La gente que en ellos traía, y la que allí halló, estaban tan atemori-
zados de lo pasado, que temían mucho tornarse a embarcar en invierno,
y rogaron al gobernador que lo pasase allí, y él, vista su voluntad y la
de los vecinos, intervino allí. Dióme a mí cargo de los navíos y de la
gente para que me fuese con ellos a invernar al puerto de Xagua, que es
doce leguas de allí, donde estuve hasta 20 días del mes de febrero.

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Capítulo II
Cómo el gobernador vino al puerto de Xagua y trajo con-
sigo a un piloto

En este tiempo llegó allí el gobernador con un bergantín que en la


Trinidad compró, y traía consigo un piloto que se llamaba Miruelo;
habíalo tomado porque decía que sabía y había estado en el río de las
Palmas, y era muy buen piloto de toda la costa norte. Dejaba también
comprado otro navío en la costa de La Habana, en el cual quedaba por
capitán Álvaro de la Cerda, con cuarenta hombres y doce de a caballo;
y dos días después que llegó el gobernador se embarcó, y la gente que
llevaba eran cuatrocientos hombres y ochenta caballos en cuatro navíos
y un bergantín. El piloto que de nuevo habíamos tomado metió los
navíos por los bajíos que dicen de Canarreo, de manera que otro día
dimos en seco, y así estuvimos quince días, tocando muchas veces las
quillas de los navíos en seco, al cabo de los cuales, una tormenta del
sur metió tanta agua en los bajíos, que pudimos salir, aunque no sin
mucho peligro. Partidos de aquí y llegados a Guaniguanico, nos tomó
otra tormenta, que estuvimos a tiempo de perdernos. A cabo de Co-
rrientes tuvimos otra, donde estuvimos tres días; pasados éstos, dobla-
mos el cabo de San Antón, y anduvimos con tiempo contrario hasta
llegar a doce leguas de La Habana; y estando otro día para entrar en
ella, nos tomó un tiempo de sur que nos apartó de la tierra, y atravesa-
mos por la costa de la Florida y llegamos a la tierra martes 12 días del
mes de abril, y fuimos costeando la vía de la Florida; y Jueves Santo
surgimos en la misma costa, en la boca de una bahía, al cabo de la cual
vimos ciertas casas y habitaciones de indios.

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Capítulo III
Cómo llegamos a la Florida

En este mismo día salió el contador Alonso Enríquez y se puso en


una isla que está en la misma bahía y llamó a los indios, los cuales
vinieron y estuvieron con él buen pedazo de tiempo, y por vía de res-
cate le dieron pescado y algunos pedazos de carne de venado. Otro día
siguiente, que era Viernes Santo, el gobernador se desembarcó con la
más gente que en los bateles que traía pudo sacar, y como llegamos a
los buhíos o casas que habíamos visto de los indios, hallámoslas de-
samparadas y solas, porque la gente se había ido aquella noche en sus
canoas. El uno de aquellos buhíos era muy grande, que cabrían en él
más de trescientas personas; los otros eran más pequeños, y hallamos
allí una sonaja de oro entre las redes. Otro día el gobernador levantó
pendones por Vuestra Majestad y tomó la posesión de la tierra en su
real nombre, presentó sus provisiones y fue obedecido por gobernador,
como Vuestra Majestad lo mandaba. Asimismo presentamos nosotros
las nuestras ante él, y él las obedeció como en ellas se contenía. Luego
mandó que toda la otra gente desembarcase y los caballos que habían
quedado, que no eran más de cuarenta y dos, porque los demás, con las
grandes tormentas y mucho tiempo que habían andado por la mar, eran
muertos; y estos pocos que quedaron estaban tan flacos y fatigados,
que por el presente poco provecho pudimos tener de ellos. Otro día los
indios de aquel pueblo vinieron a nosotros, y aunque nos hablaron,
como nosotros no teníamos lengua, no los entendíamos; mas hacíannos
muchas señas y amenazas, y nos pareció que nos decían que nos fué-
semos de la tierra, y con esto nos dejaron, sin que nos hiciesen ningún
impedimento, y ellos se fueron.

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Capítulo IV
Cómo entramos por la tierra

Otro día adelante el gobernador acordó de entrar por la tierra, por


descubrirla y ver lo que en ella había. Fuímonos con él el comisario y
el veedor y yo, con cuarenta hombres, y entre ellos seis de caballo, de
los cuales poco nos podíamos aprovechar. Llevamos la vía del norte
hasta que a hora de vísperas llegamos a una bahía muy grande, que nos
pareció que entraba mucho por la tierra; quedamos allí aquella noche, y
otro día nos volvimos donde los navíos y gente estaban. El gobernador
mandó que el bergantín fuese costeando la vía de la Florida, y buscase
el puerto que Miruelo el piloto había dicho que sabía; mas ya él lo
había errado, y no sabía en qué parte estábamos, ni adónde era el
puerto; y fuele mandado al bergantín que si no lo hallase, travesase a
La Habana, y buscase el navío que Álvaro de la Cerda tenía, y tomados
algunos bastimentos, nos viniesen a buscar. Partido el bergantín, tor-
namos a entrar en la tierra los mismos que primero, con alguna gente
más, y costeamos la bahía que habíamos hallado; y andadas cuatro
leguas, tomamos cuatro indios, y mostrámosles maíz para ver si le
conocían, porque hasta entonces no habíamos visto señal de él. Ellos
nos dijeron que nos llevarían donde lo había; y así, nos llevaron a su
pueblo, que es al cabo de la bahía, cerca de allí, y en él nos mostraron
un poco de maíz, que aún no estaba para cogerse. Allí hallamos mu-
chas cajas de mercaderes de Castilla, y en cada una de ellas estaba un
cuerpo de hombre muerto, y los cuerpos cubiertos con unos cueros de
venado pintados. Al comisario le pareció que esto era especie de ido-
latría, y quemó la caja con los cuerpos. Hallamos también pedazos de
lienzo y de paño, penachos que parecían de la Nueva España; hallamos
también muestras de oro. Por señas preguntamos a los indios de adón-
de habían habido aquellas cosas; señaláronnos que muy lejos de allí
había una provincia que se decía Apalache, en la cual había mucho oro,
y hacían seña de haber muy gran cantidad de todo lo que nosotros
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estimamos en algo. Decían que en Apalache había mucho, y tomando


aquellos indios por guía, partimos de allí; y andadas diez o doce le-
guas, hallamos otro pueblo de quince casas, donde había buen pedazo
de maíz sembrado, que ya estaba para cogerse, y también hallamos
alguno que estaba ya seco; y después de dos días que allí estuvimos,
nos volvimos donde el contador y la gente y navíos estaban, y conta-
mos al contador y pilotos lo que habíamos visto, y las nuevas que los
indios nos habían dado. Y otro día que fue primero de mayo, el gober-
nador llamó aparte al comisario y al contador y al veedor y a mí, y a un
marinero que se llamaba Bartolomé Fernández, y a un escribano que se
decía Jerónimo de Alaniz, y así juntos, nos dijo que tenía voluntad de
entrar por la tierra adentro y los navíos se fuesen costeando hasta que
llegasen al puerto, y que los pilotos decían y creían que yendo la vía de
las Palmas estaban muy cerca de allí; y sobre esto nos rogó le diésemos
nuestro parecer. Yo respondía que me parecía que por ninguna manera
debía dejar los navíos sin que primero quedasen en puerto seguro y
poblado, y que mirase que los pilotos no andaban ciertos, ni se afirma-
ban en una misma cosa, ni sabían a qué parte estaban; y que allende de
esto, los caballos no estaban para que en ninguna necesidad que se
ofreciese nos pudiésemos aprovechar de ellos; y que sobre todo esto,
íbamos mudos y sin lengua, por donde mal nos podíamos entender con
los indios, ni saber lo que de la tierra queríamos, y que entrábamos por
tierra de que ninguna relación teníamos, ni sabíamos de qué suerte era,
ni lo que en ella había, ni de qué gente estaba poblada, ni a qué parte
de ella estábamos; y que sobre todo esto, no teníamos bastimentos para
entrar adonde no sabíamos; porque, visto lo que los navíos había, no se
podía dar a cada hombre de ración para entrar por la tierra más de una
libra de bizcocho y otra de tocino, y que mi parecer era que se debía
embarcar e ir a buscar puerto y tierra que fuese mejor para poblar, pues
la que habíamos visto, en sí era tan despoblada y tan pobre, cuanto
nunca en aquellas partes se había hallado. Al comisario le pareció todo
lo contrario, diciendo que no se había de embarcar, sino que yendo
siempre hacia la costa, fuesen en busca del puerto, pues los pilotos
decían que no estaría sino diez o quince leguas de allí la vía de Pánuco,
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y que no era posible, yendo siempre a la costa, que no topásemos con


él, porque decían que entraba doce leguas adentro por la tierra, y que
los primeros que lo hallasen, esperasen allí a los otros, y que embarcar-
se era tentar a Dios, pues desque partimos de Castilla tantos trabajos
habíamos pasado, tantas tormentas, tantas pérdidas de navíos y de
gente habíamos tenido hasta llegar allí; y que por estas razones él se
debía de ir por luengo de costa hasta llegar al puerto, y que los otros
navíos, con la otra gente, se irían a la misma vía hasta llegar al mismo
puerto. A todos los que allí estaban pareció bien que esto se hiciese así,
salvo al escribano, que dijo que primero que desamparase los navíos,
los debía de dejar en puerto conocido y seguro, y en parte que fuese
poblada; que esto hecho, podría entrar por la tierra adentro y hacer lo
que le pareciese. El gobernador siguió su parecer y lo que los otros le
aconsejaban. Yo, vista su determinación, requeríle de parte de Vuestra
Majestad que no dejase los navíos sin que quedasen en puerto y segu-
ros, y así lo pedí por testimonio al escribano que allí teníamos. Él res-
pondió que, pues él se conformaba con el parecer de los más de los
otros oficiales y comisario, que yo no era parte para hacerle estos re-
querimientos, y pidió al escribano le diese por testimonio cómo por no
haber en aquella tierra mantenimientos para poder poblar, ni puerto
para los navíos, levantaba el pueblo que allí había asentado, e iba con
él en busca del puerto y de tierra que fuese mejor; y luego mandó aper-
cibir la gente que había de ir con él, que se proveyesen de lo que era
menester para la jornada. Y después de esto proveído, en presencia de
los que allí estaban, me dijo que, pues yo tanto estorbaba y temía la
entrada por tierra, que me quedase y tomase cargo de los navíos y de la
gente que en ellos quedaba, y poblase si yo llegase primero que él. Yo
me excusé de esto, y después de salidos de allí aquella misma tarde,
diciendo que no le parecía que de nadie se podía fiar aquello, me envió
a decir que me rogaba que tomase cargo de ello. Y viendo que impor-
tunándome tanto, yo todavía me excusaba, me preguntó qué era la
causa por que huía de aceptarlo; a lo cual respondí que yo huía de
encargarme de aquello porque tenía por cierto y sabía que él no había
de ver más los navíos, ni los navíos a él, y que esto entendía viendo
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que tan sin aparejo se entraban por la tierra adentro. Y que yo quería
más aventurarme al peligro que él y los otros se aventuraban, y pasar
por lo que él y ellos pasasen, que no encargarme de los navíos, y dar
ocasión a que se dijese que, como había contradicho la entrada, me
quedaba por temor, y mi honra anduviese en disputa; y que yo quería
más aventurar la vida que poner mi honra en esta condición. Él, viendo
que conmigo no aprovechaba, rogó a otros muchos que me hablasen en
ello y me lo rogasen, a los cuales respondí lo mismo que a él; y así,
proveyó por su teniente, para que quedase en los navíos, a un alcalde
que traía que se llamaba Caravallo.

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Capítulo V
Cómo dejó los navíos el gobernador

Sábado primero de mayo, el mismo día que esto había pasado,


mandó dar a cada uno de los que habían de ir con él dos libras de biz-
cocho y media libra de tocino, y así nos partimos para entrar en la
tierra. La suma de toda la gente que llevábamos era trescientos hom-
bres; en ellos iba el comisario fray Juan Suárez, y otro fraile que se
decía fray Juan de Palos, y tres clérigos y los oficiales. La gente de
caballo que con estos íbamos, éramos cuarenta de caballo; y así andu-
vimos con aquel bastimento que llevábamos, quince días, sin hallar
otra cosa que comer, salvo palmitos de la manera de los de Andalucía.
En todo este tiempo no hallamos indio ninguno, ni vimos casa ni po-
blado, y al cabo llegamos a un río que lo pasamos con muy gran tra-
bajo a nado y en balsas; detuvímonos un día en pasarlo, que traía muy
gran corriente. Pasados a la otra parte, salieron a nosotros hasta dos-
cientos indios, poco más o menos; el gobernador salió a ellos, y des-
pués de haberlos hablado por señas, ellos nos señalaron de suerte que
nos hubimos de revolver con ellos, y prendimos cinco o seis; y éstos
nos llevaron a sus casas, que estaban hasta media legua de allí, en las
cuales hallamos gran cantidad de maíz que estaba ya para cogerse, y
dimos infinitas gracias a nuestro Señor por habernos socorrido en tan
grande necesidad, porque ciertamente, como éramos nuevos en los
trabajos, allende del cansancio que traíamos, veníamos muy fatigados
de hambre y a tercero día que allí llegamos, nos juntamos el contador y
veedor y comisario y yo, y rogamos al gobernador que enviase a buscar
la mar, por ver si hallaríamos puerto, porque los indios decían que la
mar no estaba muy lejos de allí. Él nos respondió que no curásemos de
hablar en aquello, porque estaba muy lejos de allí; y como yo era el
que más le importunaba, díjome que me fuese yo a descubrirla y que
buscase puerto, y que había de ir a pie con cuarenta hombres; y así,
otro día yo me partí con el capitán Alonso del Castillo y con cuarenta
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hombres de su compañía, y así anduvimos hasta hora del mediodía, que


llegamos a unos placeles de la mar que parecía que entraban mucho
por tierra; anduvimos por ellos hasta legua y media con el agua hasta la
mitad de la pierna, pisando por encima de ostiones, de los cuales reci-
bimos muchas cuchilladas en los pies, y nos fueron a causa de mucho
trabajo, hasta que llegamos en el río que primero habíamos atravesado,
que entraba por aquel mismo ancón, y como no lo pudimos pasar, por
el mal aparejo que para ello teníamos, volvimos al real, y contamos al
gobernador lo que habíamos hallado, y cómo era menester otra vez
pasar el río por el mismo lugar que primero habíamos pasado, para que
aquél ancón se descubriese bien, y viésemos si por allí había puerto; y
otro día mandó a un capitán que se llamaba Valenzuela, que con se-
tenta hombres y seis de caballo pasase el río y fuese por él abajo hasta
llegar a la mar, y buscar si había puerto; el cual, después de dos días
que allá estuvo, volvió y dijo que él había descubierto el ancón, y que
todo era bahía baja hasta la rodilla, y que no se hallaba puerto; y que
había visto cinco o seis canoas de indios que pasaban de una parte a
otra y que llevaban puestos muchos penachos. Sabido esto, otro día
partimos de allí, yendo siempre en demanda de aquella provincia que
los indios nos habían dicho Apalache, llevando por guía los que de
ellos habíamos tomado, y así anduvimos hasta 17 de junio, que no
hallamos indios que nos osasen esperar. Y allí salió a nosotros un señor
que le traía un indio a cuestas, cubierto de un cuero de venado pintado:
traía consigo mucha gente, y delante de él venían tañendo unas flautas
de caña; y así llegó donde estaba el gobernador, y estuvo una hora con
él, y por señas le dimos a entender que íbamos a Apalache, y por las
señas que él hizo, nos pareció que era enemigo de los de Apalache, y
que nos iría a ayudar contra él. Nosotros le dimos cuentas y cascabeles
y otros rescates, y él dio al gobernador el cuero que traía cubierto; y así
se volvió, y nosotros le fuimos siguiendo por la vía que él iba. Aquella
noche llegamos a un río, el cual era muy hondo y muy ancho, y la
corriente muy recia, y por no atrevernos a pasar con balsas, hicimos
una canoa para ello, y estuvimos en pasarlo un día; y si los indios nos
quisieran ofender, bien nos pudieran estorbar el paso, y aun con ayu-
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darnos ellos, tuvimos mucho trabajo. Uno de a caballo, que se decía


Juan Velázquez, natural de Cuéllar, por no esperar entró en el río, y la
corriente, como era recia, lo derribó del caballo, y se asió a las riendas,
y ahogó a sí y al caballo; y aquellos indios de aquel señor, que se lla-
maba Dulchanchelín, hallaron el caballo, y nos dijeron dónde hallaría-
mos a él por el río abajo; y así fueron por él, y su muerte nos dio
mucha pena, porque hasta entonces ninguno nos había faltado. El ca-
ballo dio de cenar a muchos aquella noche.
Pasados de allí, otro día llegamos al pueblo de aquel señor, y allí
nos envió maíz. Aquella noche, donde iban a tomar agua nos flecharon
un cristiano, y quiso Dios que no lo hirieron. Otro día nos partimos de
allí sin que indio ninguno de los naturales pareciese, porque todos
habían huido; más yendo nuestro camino, parecieron indios, los cuales
venían de guerra, y aunque nosotros los llamamos, no quisieron volver
ni esperar; mas antes se retiraron, siguiéndonos por el mismo camino
que llevábamos. El gobernador dejó una celada de algunos de a caballo
en el camino, que como pasaron, salieron a ellos, y tomaron tres o
cuatro indios, y éstos llevamos por guías de allí adelante; los cuales nos
llevaron por tierra muy trabajosa de andar y maravillosa de ver, porque
en ella hay muy grandes montes y los árboles a maravilla altos, y son
tantos los que están caídos en el suelo, que nos embarazaban el cami-
no, de suerte que no podíamos pasar sin rodear mucho y con muy gran
trabajo; de los que no estaban caídos, muchos estaban hendidos desde
arriba hasta abajo, de rayos que en aquella tierra caen, donde siempre
hay muy grandes tormentas y tempestades. Con este trabajo camina-
mos hasta un día después de San Juan, que llegamos a vista de Apala-
che sin que los indios de la tierra nos sintiesen. Dimos muchas gracias
a Dios por vernos tan cerca de Él, creyendo que era verdad lo que de
aquella tierra nos habían dicho, que allí se acabarían los grandes tra-
bajos que habíamos pasado, así por el malo y largo camino para andar,
como por la mucha hambre que habíamos padecido; porque aunque
algunas veces hallábamos maíz, las más andábamos siete y ocho leguas
sin toparlo; y muchos había entre nosotros que, allende del mucho
cansancio y hambre, llevaban hechas llagas en las espaldas, de llevar
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las armas a cuestas, sin otras cosas que se ofrecían. Mas con vernos
llegados donde deseábamos, y donde tanto mantenimiento y oro nos
habían dicho que había, pareciónos que se nos había quitado gran parte
del trabajo y cansancio.

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Capítulo VI
Cómo llegamos a Apalache

Llegados que fuimos a vista de Apalache, el gobernador mandó


que yo tomase nueve de a caballo y cincuenta peones, y entrase en el
pueblo, y así lo acometimos el veedor y yo; y entrados, no hallamos
sino mujeres y muchachos, que los hombres a la sazón no estaban en el
pueblo; mas de ahí a poco, andando nosotros por él, acudieron, y co-
menzaron a pelear, flechándonos, y mataron el caballo del veedor; mas
al fin huyeron y nos dejaron. Allí hallamos mucha cantidad de maíz
que estaba ya para cogerse, y mucho seco que tenían encerrado. Ha-
llámosles muchos cueros de venados, y entre ellos algunas mantas de
hilo pequeñas, y no buenas, con que las mujeres cubren algo de sus
personas. Tenían muchos vasos para moler maíz. En el pueblo había
cuarenta casas pequeñas y edificadas, bajas y en lugares abrigados, por
temor de las grandes tempestades que continuamente en aquella tierra
suele haber. El edificio es de paja, y están cercados de muy espeso
monte y grandes arboledas y muchos piélagos de agua, donde hay
tantos y tan grandes árboles caídos, que embarazan, y son causa que no
se puede por allí andar sin mucho trabajo y peligro.

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Capítulo VII
De la manera que es la tierra

La tierra, por la mayor parte, desde donde desembarcamos hasta


este pueblo y tierra de Apalache, es llana; el suelo, de arena y tierra
firme; por toda ella hay muy grandes árboles y montes claros, donde
hay nogales y laureles, y otros que se llaman liquidámbares, cedros,
sabinas y encinas y pinos y robles, palmitos bajos, de la manera de los
de Castilla. Por toda ella hay muchas lagunas grandes y pequeñas,
algunas muy trabajosas de pasar, parte por la mucha hondura, parte por
tantos árboles como por ellas están caídos. El suelo de ellas es de are-
na, y las que en la comarca de Apalache hallamos son muy mayores
que las de hasta allí. Hay en esta provincia muchos maizales, y las
casas están tan esparcidas por el campo, de la manera que están las de
los Gelves. Los animales que en ellas vimos son: venados de tres ma-
neras, conejos y liebres, osos y leones, y otras salvajinas, entre los
cuales vimos un animal que trae los hijos en una bolsa que en la barri-
ga tiene; y todo el tiempo que son pequeños los trae allí, hasta que
saben buscar de comer; y si acaso están fuera buscando de comer, y
acude gente, la madre no huye hasta que los ha recogido en su bolsa.
Por allí la tierra en muy fría; tiene muy buenos pastos para ganados;
hay aves de muchas maneras, ánsares en gran cantidad, patos, ánades,
patos reales, dorales y garzotas y garzas, perdices; vimos muchos hal-
cones, neblíes, gavilanes, esmerejones y otras muchas aves. Dos horas
después que llegamos a Apalache, los indios que allí habían huido
vinieron a nosotros de paz, pidiéndonos a sus mujeres e hijos, y noso-
tros se los dimos, salvo que el gobernador detuvo un cacique de ellos
consigo, que fue causa por donde ellos fueron escandalizados; y luego
otro día volvieron en pie de guerra, y con tanto denuedo y presteza nos
acometieron, que llegaron a nos poner fuego a las casas en que estába-
mos; mas como salimos, huyeron, y acogiéronse a las lagunas, que
tenían muy cerca; y por esto, y por los grandes maizales que había, no
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les pudimos hacer daño, salvo a uno que matamos. Otro día siguiente,
otros indios de otro pueblo que estaba de la otra parte vinieron a noso-
tros y acometiéronnos de la misma arte que los primeros y de la misma
manera se escaparon, y también murió uno de ellos. Estuvimos en este
pueblo veinte y cinco días, en que hicimos tres entradas por la tierra y
hallámosla muy pobre de gente y muy mala de andar, por los malos
pasos y montes y lagunas que tenía. Preguntamos al cacique que les
habíamos detenido, y a los otros indios que traíamos con nosotros, que
eran vecinos y enemigos de ellos, por la manera y población de la
tierra, y la calidad de la gente, y por los bastimentos y todas las otras
cosas de ella. Respondiéronnos cada uno por sí, que el mayor pueblo
de toda aquella tierra era aquel Apalache, y que adelante había menos
gente y muy más pobre que ellos, y que la tierra era mal poblada y los
moradores de ella muy repartidos; y que yendo adelante, había grandes
lagunas y espesura de montes y grandes desiertos y despoblados. Pre-
gutámosles luego por la tierra que estaba hacia el sur, qué pueblos y
mantenimientos tenía. Dijeron que por aquella vía, yendo a la mar
nueve jornadas, había un pueblo que llamaban Aute, y los indios de él
tenían mucho maíz, y que tenían frísoles y calabazas, y que por estar
tan cerca de la mar alcanzaban pescados, y que éstos eran amigos su-
yos. Nosotros, vista la pobreza de la tierra, y las malas nuevas que de la
población y de todo lo demás nos daban, y como los indios nos hacían
continua guerra hiriéndonos la gente y los caballos en los lugares don-
de íbamos a tomar agua, y esto desde las lagunas, y tan a salvo, que no
los podíamos ofender, porque metidos en ellas nos flechaban, y mata-
ron un señor de Tezcuco que se llamaba don Pedro, que el comisario
llevaba consigo, acordamos de partir de allí, e ir a buscar la mar y
aquel pueblo de Aute que nos habían dicho; y así nos partimos al cabo
de veinte y cinco días que allí habíamos llegado. El primero día pasa-
mos aquellas lagunas y pasos sin ver indio ninguno, mas al segundo día
llegamos a una laguna de muy mal paso, porque daba el agua a los
pechos y había en ella muchos árboles caídos. Ya que estábamos en
medio de ella nos acometieron muchos indios que estaban escondidos
detrás de los árboles porque no les viésemos; otros estaban sobre los
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caídos, y comenzáronnos a flechar de manera que nos hirieron muchos


hombres y caballos, y nos tomaron la guía que llevábamos, antes que
de la laguna saliésemos, y después de salidos de ella, nos tornaron a
seguir, queriéndonos estorbar el paso; de manera que no nos aprove-
chaba salirnos afuera ni hacernos más fuertes y querer pelear con ellos,
que se metían luego en la laguna, y desde allí nos herían la gente y
caballos. Visto esto, el gobernador mandó a los de caballo que se apea-
sen y les acometiesen a pie. El contador se apeó con ellos, y así los
acometieron, y todos entraron a vueltas en una laguna, y así les gana-
mos el paso. En esta revuelta hubo algunos de los nuestros heridos, que
no les valieron buenas armas que llevaban; y hubo hombres este día
que juraron que habían visto dos robles, cada uno de ellos tan grueso
como la pierna por bajo, pasados de parte a parte de las flechas de los
indios; y esto no es tanto de maravillar, vista la fuerza y maña con que
las echan; porque yo mismo vi una flecha en un pie de un álamo, que
entraba por él un jeme. Cuantos indios vimos desde la Florida aquí
todos son flecheros; y como son tan crecidos de cuerpo y andan desnu-
dos, desde lejos parecen gigantes. Es gente a maravilla bien dispuesta,
muy enjutos y de muy grandes fuerzas y ligereza. Los arcos que usan
son gruesos como el brazo, de once o doce palmos de largo, que fle-
chan a doscientos pasos con tan gran tiento, que ninguna cosa yerran.
Pasados que fuimos de este paso, de ahí a una legua llegamos a otro de
la misma manera, salvo que por ser tan largo, que duraba media legua,
era muy peor; éste pasamos libremente y sin estorbo de indios; que
como habían gastado en el primero toda la munición que de flechas
tenían, no quedó con qué osarnos acometer. Otro día siguiente, pasan-
do otro semejante paso, yo hallé rastro de gente que iba delante, y di
aviso de ello al gobernador, que venía en la retaguardia; y así, aunque
los indios salieron a nosotros, como íbamos apercibidos, no nos pudie-
ron ofender; y salidos a lo llano, fuéronnos todavía siguiendo; volvi-
mos a ellos por dos partes, y matámosles dos indios, y hiriéronme a mí
y dos o tres cristianos; y por acogérsenos al monte no les pudimos
hacer más mal ni daño. De esta suerte caminamos ocho días, y desde
este paso que he contado, no salieron más indios a nosotros hasta una
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legua adelante, que es lugar donde he dicho que íbamos. Allí, yendo
nosotros por nuestro camino, salieron indios, y sin ser sentidos, dieron
en la retaguardia, y a los gritos que dio un muchacho de un hidalgo de
los que allí iban, que se llamaba Avellaneda, el Avellaneda volvió, y
fue a socorrerlos, y los indios le acertaron con una flecha por el canto
de las corazas, y fue tal la herida, que pasó casi toda la flecha por el
pescuezo, y luego allí murió y lo llevamos hasta Aute. En nueve días
de camino, desde Apalache hasta allí, llegamos. Y cuando fuimos
llegados, hallamos toda la gente de él, ida, y las casas quemadas, y
mucho maíz y calabazas y frísoles, que ya todo estaba para empezarse
a coger. Descansamos allí dos días, y estos pasados, el gobernador me
rogó que fuese a descubrir la mar, pues los indios decían que estaba tan
cerca de allí; ya en este camino la habíamos descubierto por un río muy
grande que en él hallamos, a quien habíamos puesto por nombre el río
de la Magdalena. Visto esto, otro día siguiente yo me partí a descu-
brirla, juntamente con el comisario y el capitán Castillo y Andrés Do-
rantes y otros siete de caballo y cincuenta peones, y caminamos hasta
hora de vísperas, que llegamos a un ancón o entrada de la mar, donde
hallamos muchos ostiones, con que la gente holgó; y dimos muchas
gracias a Dios por habernos traído allí. Otro día de mañana envié
veinte hombres a que conociesen la costa y mirasen la disposición de
ella, los cuales volvieron al otro día en la noche, diciendo que aquellos
ancones y bahías eran muy grandes y entraban tanto por la tierra aden-
tro, que estorbaban mucho para descubrir lo que queríamos, y que la
costa estaba muy lejos de allí. Sabidas estas nuevas y vista la mala
disposición y aparejo que para descubrir la costa por allí había, yo me
volví al gobernador, y cuando llegamos, hallámosle enfermo con otros
muchos, y la noche pasada los indios habían dado en ellos y puéstolos
en grandísimo trabajo, por la razón de la enfermedad que les había
sobrevenido; también les habían muerto un caballo. Yo di cuenta de lo
que había hecho y de la mala disposición de la tierra. Aquel día nos
detuvimos allí.

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Capítulo VIII
Cómo partimos de Aute

Otro día siguiente partimos de Aute, y caminamos todo el día


hasta llegar donde yo había estado. Fue camino en extremo trabajoso,
porque ni los caballos bastaban a llevar los enfermos, ni sabíamos qué
remedio poner, porque cada día adolecían; que fue cosa de muy gran
lástima y dolor ver la necesidad y trabajo en que estábamos. Llegados
que fuimos, visto el poco remedio que para ir adelante había, porque
no había dónde, ni aunque lo hubiera, la gente pudiera pasar adelante,
por estar los más enfermos, y tales, que pocos había de quien se pudie-
se haber algún provecho.
Dejo aquí de contar esto más largo, porque cada uno puede pensar
lo que se pasaría en tierra tan extraña y tan mala, y tan sin ningún re-
medio de ninguna cosa, ni para estar ni para salir de ella. Mas como el
más cierto remedio sea Dios nuestro Señor, y de este nunca desconfia-
mos, sucedió otra cosa que agravaba más que todo esto, que entre la
gente de caballo se comenzó la mayor parte de ellos a ir secretamente,
pensando hallar ellos por sí remedio, y desamparar al gobernador y a
los enfermos, los cuales estaban sin algunas fuerzas y poder. Mas,
como entre ellos había muchos hijosdalgo y hombres de buena suerte,
no quisieron que esto pasase sin dar parte al gobernador y a los oficia-
les de Vuestra Majestad; y como les afeamos su propósito, y les pusi-
mos delante el tiempo en que desamparaban a su capitán y los que
estaban enfermos y sin poder, y apartarse sobre todo el servicio de
Vuestra Majestad, acordaron de quedar, y que lo que fuese de uno
fuese de todos, sin que ninguno desamparase a otro. Visto esto por el
gobernador, los llamó a todos y a cada uno por sí, pidiendo parecer de
tan mala tierra, para poder salir de ella y buscar algún remedio, pues
allí no lo había, estando la tercia parte de la gente con gran enferme-
dad, y creciendo esto cada hora, que teníamos por cierto todos lo esta-
ríamos así; de donde no se podía seguir sino la muerte, que por ser en
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tal parte se nos hacía más grave; y vistos estos y otros muchos incon-
venientes, y tentados muchos remedios, acordamos en uno harto difícil
de poner en obra, que era hacer navíos en que nos fuésemos. A todos
parecía imposible, porque nosotros no los sabíamos hacer, ni había
herramienta, ni hierro, ni fragua, ni estopa, ni pez, ni jarcias, final-
mente, ni cosa ninguna de tantas como son menester, ni quien supiese
nada para dar industria en ello, y sobre todo, no haber qué comer en-
tretanto que se hiciesen, y los que habían de trabajar del arte que ha-
bíamos dicho. Y considerando todo esto, acordamos de pensar en ello
más de espacio, y cesó la plática aquel día, y cada uno se fue enco-
mendándolo a Dios nuestro Señor, que lo encaminase por donde Él
fuese más servido. Otro día quiso Dios que uno de la compañía vino
diciendo que él haría unos cañones de palo, y con unos cueros de ve-
nado se harían unos fuelles, y como estábamos en tiempo que cualquie-
ra cosa que tuviese alguna sobrehaz de remedio, nos parecía bien,
dijimos que se pusiese por obra; y acordamos de hacer de los estribos y
espuelas y ballestas, y de las otras cosas de hierro que había, los clavos
y sierras y hachas, y otras herramientas, de que tanta necesidad había
para ello; y dimos por remedio que para haber algún mantenimiento en
el tiempo que esto se hiciese se hiciesen cuatro entradas en Aute con
todos los caballos y gente que pudiesen ir, y que a tercero día se matase
un caballo, el cual se repartiese entre los que trabajaban en la obra de
las barcas y los que estaban enfermos; las entradas se hicieron con la
gente y caballos que fue posible, y en ellas se trajeron hasta cuatro-
cientas hanegas de maíz, aunque no sin contienda y pendencias con los
indios. Hicimos coger muchos palmitos para aprovecharnos de la lana
y cobertura de ellos, torciéndola y aderezándola para usar en lugar de
estopa para las barcas; las cuales se comenzaron a hacer con un solo
carpintero que en la compañía había, y tanta diligencia pusimos, que,
comenzándolas a cuatro días de agosto, a veinte días del mes de sep-
tiembre eran acabadas cinco barcas, de a veinte y dos codos cada una,
calafateadas con las estopas de los palmitos, y breámoslas con cierta
pez de alquitrán que hizo un griego llamado don Teodoro, de unos
pinos; y de la misma ropa de los palmitos, y de las colas y crines de los
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caballos, hicimos cuerdas y jarcias, y de las nuestras camisas velas, y


de las sabinas que allí había, hicimos los remos que nos pareció que era
menester. Y tal era la tierra en que nuestros pecados nos habían puesto,
que con muy gran trabajo podíamos hallar piedras para lastre y anclas
de las barcas, ni en toda ella habíamos visto ninguna. Desollamos tam-
bién las piernas de los caballos enteras, y curtimos los cueros de ellas
para hacer botas en que llevásemos el agua. En este tiempo algunos
andaban cogiendo mariscos por los rincones de las entradas de la mar,
en que los indios, en dos veces que dieron en ellos, nos mataron diez
hombres a vista del real, sin que los pudiésemos socorrer, los cuales
hallamos de parte a parte pasados con las flechas; que aunque algunos
tenían buenas armas, no bastaron a resistir para que esto no se hiciese,
por flechar con tanta destreza y fuerza como arriba he dicho. Y a dicho
y juramento de nuestros pilotos, desde la bahía, que pusimos nombre
de la Cruz, hasta aquí anduvimos doscientas y ochenta leguas, poco
más o menos. En toda esta tierra no vimos sierra ni tuvimos noticias de
ella en ninguna manera; y antes que nos embarcásemos, sin los que los
indios nos mataron, se murieron más de cuarenta hombres de enferme-
dad y hambre. A veinte y dos días del mes de septiembre se acabaron
de comer los caballos, que sólo uno quedó, y este día nos embarcamos
por esta orden: que en la barca del gobernador iban cuarenta y nueve
hombres; en otra que dio al contador y comisario iban otros tantos; la
tercera dio al capitán Alonso del Castillo y Andrés Dorantes, con cua-
renta y ocho hombres, y otra dio a dos capitanes, que se llamaban Té-
llez y Peñalosa, con cuarenta y siete hombres. La otra dio al veedor y a
mí con cuarenta y nueve hombres, y después de embarcados los basti-
mentos y ropa, no quedó a las barcas más que un jeme de bordo fuera
del agua, y allende de esto, íbamos tan apretados, que no nos podíamos
menear; y tanto puede la necesidad, que nos hizo aventurar a ir de esta
manera, y meternos en una mar tan trabajosa, y sin tener noticia de la
arte del marear ninguno de los que allí iban.

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Capítulo IX
Cómo partimos de bahía de Caballos

Aquella bahía de donde partimos ha por nombre la bahía de Ca-


ballos, y anduvimos siete días por aquellos ancones, entrados en el
agua hasta la cinta, sin señal de ver ninguna cosa de costa, y al cabo de
ellos llegamos a una isla que estaba cerca de la tierra. Mi barca iba
delante, y de ella vimos venir cinco canoas de indios, los cuales las
desampararon y nos las dejaron en las manos, viendo que íbamos a
ellas; las otras barcas pasaron adelante, y dieron en unas casas de la
misma isla, donde hallamos muchas lizas y huevos de ellas, que esta-
ban secas; que fue muy gran remedio para la necesidad que llevába-
mos. Después de tomadas, pasamos adelante, y dos leguas de allí
pasamos un estrecho que la isla con la tierra hacía, al cual llamamos de
San Miguel por haber salido en su día por él; y salidos llegamos a la
costa, donde, con las cinco canoas que yo había tomado a los indios,
remediamos algo de las barcas, haciendo falcas de ellas, y añadiéndo-
las, de manera que subieron dos palmos de bordo sobre el agua; y con
esto tornamos a caminar por luengo de costa de vía del río de Palmas,
creciendo cada día la sed y la hambre, porque los bastimentos eran
muy pocos y iban muy al cabo, y el agua se nos acabó, porque las botas
que hicimos de las piernas de los caballos luego fueron podridas y sin
ningún provecho. Algunas veces entramos por ancones y bahías que
entraban mucho por la tierra adentro; todas las hallamos bajas y peli-
grosas; y así anduvimos por ellas treinta días, donde algunas veces
hallábamos indios pescadores, gente pobre y miserable. Al cabo ya de
estos treinta días, que la necesidad del agua era en extremo, yendo
cerca de la costa, una noche sentimos venir una canoa, y como la vi-
mos, esperamos que llegase, y ella no quiso hacer cara; y aunque la
llamamos, no quiso volver ni aguardarnos, y por ser de noche no la
seguimos, y fuímonos nuestra vía. Cuando amaneció vimos una isla
pequeña, y fuimos a ella por ver si hallaríamos agua; mas nuestro tra-
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bajo fue en balde, porque no la había. Estando allí surtos, nos tomó una
tormenta muy grande, porque nos detuvimos seis días sin que osáse-
mos salir a la mar; y como había cinco días que no bebíamos, la sed
fue tanta, que nos puso en necesidad de beber agua salada, y algunos se
desatentaron tanto en ello, que súbitamente se nos murieron cinco
hombres. Cuento esto así brevemente, porque no creo que haya necesi-
dad de particularmente contar las miserias y trabajos en que nos vimos;
pues considerando el lugar donde estábamos y la poca esperanza de
remedio que teníamos, cada uno puede pensar mucho de lo que allí
pasaría. Y como vimos que la sed crecía y el agua nos mataba, aunque
la tormenta no era cesada, acordamos de encomendarnos a Dios nues-
tro Señor, y aventuramos antes al peligro de la mar que esperar la cer-
tinidad de la muerte que la sed nos daba. Así, salimos la vía donde
habíamos visto la canoa la noche que por allí veníamos; y en este día
nos vimos muchas veces anegados, y tan perdidos, que ninguno hubo
que no tuviese por cierta la muerte. Plugo a nuestro Señor, que en las
mayores necesidades suele mostrar su favor, que a puesta del Sol vol-
vimos una punta que la tierra hace, adonde hallamos mucha bonanza y
abrigo. Salieron a nosotros muchas canoas, y los indios que en ellas
venían nos hablaron, y sin querernos aguardar, se volvieron. Era gente
grande y bien dispuesta, y no traían flechas ni arcos. Nosotros les fui-
mos siguiendo hasta sus casas, que estaban cerca de allí a la lengua del
agua, y saltamos en tierra, y delante de las casas hallamos muchos
cántaros de agua y mucha cantidad de pescado guisado, y el señor de
aquellas tierras ofreció todo aquello al gobernador, y tomándolo consi-
go, lo llevó a su casa. Las casas de éstos eran de esteras, que a lo que
pareció eran estantes; y después que entramos en casa del cacique, nos
dio mucho pescado, y nosotros le dimos del maíz que traíamos, y lo
comieron en nuestra presencia, y nos pidieron más, y se lo dimos, y el
gobernador le dio muchos rescates; el cual, estando con el cacique en
su casa, a media hora de la noche, súbitamente los indios dieron en
nosotros y en los que estaban muy malos echados en la costa, y aco-
metieron también la casa del cacique, donde el gobernador estaba, y lo
hirieron de una piedra en el rostro. Los que allí se hallaron prendieron
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al cacique; mas como los suyos estaban tan cerca, soltóseles y dejóles
en las manos una manta de martas cebelinas, que son las mejores que
creo yo que en el mundo se podrían hallar, y tienen un olor que no
parece sino de ámbar y almizcle, y alcanza tan lejos, que de mucha
cantidad se siente; otras vimos allí mas ningunas eran tales como éstas.
Los que allí se hallaron, viendo al gobernador herido, lo metimos en la
barca, e hicimos que con él se recogiese toda la más gente a sus barcas,
y quedamos hasta cincuenta en tierra para contra los indios, que nos
acometieron tres veces aquella noche, y con tanto ímpetu, que cada vez
nos hacían retraer más de un tiro de piedra. Ninguno hubo de nosotros
que no quedase herido, y yo lo fui en la cara; y si como se hallaron
pocas flechas, estuvieran más proveídos de ellas, sin duda nos hicieran
mucho daño. La última vez se pusieron en celada los capitanes Doran-
tes y Peñalosa y Téllez con quince hombres, y dieron en ellos por las
espaldas, y de tal manera les hicieron huir, que nos dejaron. Otro día de
mañana yo les rompí más de treinta canoas, que nos aprovecharon para
un norte que hacía, que por todo el día hubimos de estar allí con mucho
frío, sin osar entrar en la mar, por la mucha tormenta que en ella había.
Esto pasado, nos tornamos a embarcar, y navegamos tres días; y como
habíamos tomado poca agua, y los vasos que teníamos para llevar
asimismo eran muy pocos, tornamos a caer en la primera necesidad; y
siguiendo nuestra vía, entramos por un estero, y estando en él vimos
venir una canoa de indios. Como los llamamos, vinieron a nosotros, y
el gobernador, a cuya barca habían llegado, pidióles agua, y ellos la
ofrecieron con que les diesen en qué la trajesen, y un cristiano griego,
llamado Doroteo Teodoro (de quien arriba se hizo mención), dijo que
quería ir con ellos; el gobernador y otros se lo procuraron estorbar
mucho, y nunca lo pudieron, sino que en todo caso quería ir con ellos;
así se fue y llevó consigo un negro, y los indios dejaron en rehenes dos
de su compañía; y a la noche volvieron los indios y trajéronnos muchos
vasos sin agua, y no trajeron los cristianos que habían llevado; y los
que habían dejado por rehenes, como los otros los hablaron, quisiéron-
se echar al agua. Mas los que en la barca estaban los detuvieron; y así,

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se fueron huyendo los indios de la canoa, y nos dejaron muy confusos


y tristes por haber perdido aquellos dos cristianos.

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Capítulo X
De la refriega que nos dieron los indios

Venida la mañana, vinieron a nosotros muchas canoas de indios,


pidiéndonos los dos compañeros que en la barca habían quedado por
rehenes. El gobernador dijo que se los daría con que trajesen los dos
cristianos que habían llevado. Con esta gente venían cinco o seis seño-
res, y nos pareció ser la gente más bien dispuesta y de más autoridad y
concierto que hasta allí habíamos visto, aunque no tan grandes como
los otros de quien hemos contado. Traían los cabellos sueltos y muy
largos, y cubiertos con mantas de martas, de la suerte de las que atrás
habíamos tomado, y algunas de ellas hechas por muy extraña manera,
porque en ella había unos lazos de labores de unas pieles leonadas, que
parecían muy bien. Rogábannos que nos fuésemos con ellos y que nos
darían los cristianos y agua y otras muchas cosas; y contino acudían
sobre nosotros muchas canoas, procurando tomar la boca de aquella
entrada; y así por esto, como porque la tierra era muy peligrosa para
estar en ella, nos salimos a la mar, donde estuvimos hasta mediodía
con ellos. Y como no nos quisiesen dar los cristianos, y por este res-
pecto nosotros no les diésemos los indios, comenzáronnos a tirar pie-
dras con hondas, y varas, con muestras de flecharnos, aunque en todos
ellos no vimos sino tres o cuatro arcos.

Estando en esta contienda el viento refrescó, y ellos se volvieron y


nos dejaron; y así navegamos aquel día, hasta hora de vísperas, que mi
barca que iba delante, descubrió una punta que la tierra hacía, y del
otro cabo se veía un río muy grande, y en una isleta que hacía la punta
hice yo surgir por esperar las otras barcas. El gobernador no quiso
llegar; antes se metió por una bahía muy cerca de allí, en que había
muchas isletas, y allí nos juntamos, y desde la mar tomamos agua dul-
ce, porque el río entraba en la mar de avenida, y por tostar algún maíz
de lo que traíamos, porque ya había dos días que lo comíamos crudo,

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saltamos en aquella isla; mas como no hallamos leña, acordamos de ir


al río que estaba detrás de la punta, una legua de allí; y yendo, era tanta
la corriente, que no nos dejaba en ninguna manera llegar, antes nos
apartaba de la tierra, y nosotros trabajando y porfiando por tomarla. El
norte que venía de la tierra comenzó a crecer tanto, que nos metió en la
mar, sin que nosotros pudiésemos hacer otra cosa; y a media legua que
fuimos metidos en ella, sondeamos, y hallamos que con treinta brazas
no pudimos tomar hondo, y no podíamos entender si la corriente era
causa que no lo pudiésemos tomar; y así navegamos dos días todavía,
trabajando por tomar tierra, y al cabo de ellos, un poco antes que el Sol
saliese, vimos muchos humeros por la costa; y trabajando por llegar
allá, nos hallamos en tres brazas de agua, y por ser de noche no osamos
tomar tierra, porque como habíamos visto tantos humeros, creíamos
que se nos podía recrecer algún peligro sin nosotros poder ver, por la
mucha oscuridad, lo que habíamos de hacer, y por esto determinamos
de esperar a la mañana; y como amaneció, cada barca se halló por sí
perdida de las otras; yo me hallé en treinta brazas, y siguiendo mi viaje
a hora de vísperas vi dos barcas, y como fui a ellas, vi que la primera a
que llegué era la del gobernador, el cual me preguntó qué me parecía
que debíamos hacer. Yo le dije que debía recobrar aquella barca que
iba delante, y que en ninguna manera la dejase, y que juntas todas tres
barcas, siguiésemos nuestro camino donde Dios nos quisiese llevar. Él
me respondió que aquello no se podía hacer, porque la barca iba muy
metida en el mar y él quería tomar la tierra, y que si la quería yo seguir,
que hiciese que los de mi barca tomasen los remos y trabajasen, porque
con fuerza de brazos se había de tomar la tierra, y esto le aconsejaba un
capitán que consigo llevaba, que se llamaba Pantoja, diciéndole que si
aquel día no tomaba la tierra, que en otros seis no la tomaría, y en este
tiempo era necesario morir de hambre. Yo, vista su voluntad, tomé mi
remo, y lo mismo hicieron todos los que en mi barca estaban para ello,
y bogamos hasta casi puesto el sol; mas como el gobernador llevaba la
más sana y recia gente que entre toda había, en ninguna manera lo
pudimos seguir ni tener con ella. Yo, como vi esto, pedíle que, para
poderle seguir, me diese un cabo de su barca, y él me respondió que no
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harían ellos poco si solos aquella noche pudiesen llegar a tierra. Yo le


dije que, pues vía la poca posibilidad que en nosotros había para poder
seguirle y hacer lo que había mandado, que me dijese qué era lo que
mandaba que yo hiciese. El me respondió que ya no era tiempo de
mandar unos a otros; que cada uno hiciese lo que mejor le pareciese
que era para salvar la vida; que él así lo entendía de hacer, y diciendo
esto, se alargó con su barca, y como no le pude seguir, arribé sobre la
otra barca que iba metida en la mar, la cual me esperó; y llegado a ella,
hallé que era la que llevaban los capitanes Peñalosa y Téllez; y así,
navegamos cuatro días en compañía, comiendo por tasa cada día medio
puño de maíz crudo. A cabo de estos cuatro días nos tomó una tor-
menta, que hizo perder la otra barca, y por gran misericordia que Dios
tuvo de nosotros no nos hundimos del todo, según el tiempo hacía; y
con ser invierno, y el frío muy grande, y tantos días que padecíamos
hambre, con los golpes que de la mar habíamos recibido, otro día la
gente comenzó mucho a desmayar, de tal manera, que cuando el sol se
puso, todos los que en mi barca venían estaban caídos en ella unos
sobre otros, tan cerca de la muerte, que pocos había que tuviesen senti-
do, y entre todos ellos a esta hora no había cinco hombres en pie. Y
cuando vino la noche no quedamos sino el maestre y yo que pudiése-
mos marear la barca, y a dos horas de la noche el maestre me dijo que
yo tuviese cargo de ella, porque él estaba tal, que creía aquella noche
morir. Y así, yo tomé el leme, y pasada media noche, yo llegué por ver
si era muerto el maestre, y él me respondió que él antes estaba mejor y
que él gobernaría hasta el día. Yo cierto aquella hora de muy mejor
voluntad tomara la muerte, que no ver tanta gente delante de mí de tal
manera.
Y después que el maestre tomó cargo de la barca, yo reposé un
poco muy sin reposo, ni había cosa más lejos de mí entonces que el
sueño. Y acerca del alba parecióme que oía el tumbo del mar, porque,
como la costa era baja, sonaba mucho, y con este sobresalto llamé al
maestre, el cual me respondió que creía que éramos cerca de tierra, y
tentamos y hallámonos en siete brazas, y parecióle que nos debíamos
tener a la mar hasta que amaneciese. Y así, yo tomé un remo y bogué
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de la banda de la tierra, que nos hallamos una legua della, y dimos la


popa a la mar. Y cerca de tierra nos tomó una ola, que echó la barca
fuera del agua un juego de herradura, y con el gran golpe que dio, casi
toda la gente que en ella estaba como muerta, tornó en sí, y como se
vieron cerca de la tierra se comenzaron a descolgar, y con manos y pies
andando; y como salieron a tierra a unos barrancos, hicimos lumbre y
tostamos del maíz que traíamos, y hallamos agua de la que había llovi-
do, y con el calor del fuego la gente tornó en sí y comenzaron algo a
esforzarse. El día que aquí llegamos era sexto del mes de noviembre.

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Capítulo XI
De lo que acaeció a Lope de Oviedo con unos indios

Desde que la gente hubo comido, mandé a Lope de Oviedo, que


tenía más fuerza y estaba más recio que todos, se llegase a unos árboles
que cerca de allí estaban, y subido en uno de ellos, descubriese la tierra
en que estábamos y procurase de haber alguna noticia de ella. Él lo
hizo así y entendió que estábamos en isla, y vio que la tierra estaba
cavada a la manera que suele estar tierra donde anda ganado, y pare-
cióle por esto que debía ser tierra de cristianos, y así nos lo dijo. Yo le
mandé que la tornase a mirar muy más particularmente y viese si en
ella había algunos caminos que fuesen seguidos, y esto sin alargarse
mucho por el peligro que podía haber. Él fue, y topando con una vere-
da se fue por ella adelante hasta espacio de media legua, y halló unas
chozas de unos indios que estaban solas, porque los indios eran idos al
campo, y tomó una olla de ellos, y un perrillo pequeño y unas pocas de
lizas, y así se volvió a nosotros; y pareciéndonos que se tardaba, envié
a otros dos cristianos para que le buscasen y viesen qué le había suce-
dido; y ellos le toparon cerca de allí y vieron que tres indios, con arcos
y flechas, venían tras él llamándole, y él asimismo llamaba a ellos por
señas. Y así llegó donde estábamos, y los indios se quedaron un poco
atrás asentados en la misma ribera, y después de media hora acudieron
otros cien indios flecheros, que ahora ellos fuesen grandes o no, nues-
tro miedo les hacía parecer gigantes, y pararon cerca de nosotros, don-
de los tres primeros estaban. Entre nosotros excusado era pensar que
habría quien se defendiese, porque difícilmente se hallaron seis que del
suelo se pudiesen levantar. El veedor y yo salimos a ellos y llamámos-
les, y ellos se llegaron a nosotros; y lo mejor que pudimos, procuramos
de asegurarlos y asegurarnos, y dímosles cuentas y cascabeles, y cada
uno de ellos me dio una flecha, que es señal de amistad, y por señas
nos dijeron que a la mañana volverían y nos traerían de comer, porque
entonces no lo tenían.
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Capítulo XII
Cómo los indios nos trajeron de comer

Otro día, saliendo el sol, que era la hora que los indios nos habían
dicho, vinieron a nosotros, como lo habían prometido, y nos trajeron
mucho pescado y de unas raíces que ellos comen, y son como nueces,
algunas mayores o menores; la mayor parte de ellas se sacan de bajo
del agua y con mucho trabajo. A la tarde volvieron y nos trajeron más
pescado y de las mismas raíces, e hicieron venir sus mujeres e hijos
para que nos viesen, y así, se volvieron ricos de cascabeles y cuentas
que les dimos, y otros días nos tornaron a visitar con lo mismo que
otras veces. Como nosotros veíamos que estábamos proveídos de pes-
cados y de raíces y de agua y de las otras cosas que pedimos, acorda-
mos de tornarnos a embarcar y seguir nuestro camino, y desenterramos
la barca de la arena en que estaba metida, y fue menester que nos des-
nudásemos todos y pasásemos gran trabajo para echarla al agua, por-
que nosotros estábamos tales, que otras cosas muy más livianas
bastaban para ponernos en él. Y así embarcados, a dos tiros de ballesta
dentro en la mar, nos dio tal golpe de agua que nos mojó a todos; y
como íbamos desnudos y el frío que hacía era muy grande, soltamos
los remos de las manos, y a otro golpe que la mar nos dio, trastornó la
barca; el veedor y otros dos se asieron de ella para escaparse; mas
sucedió muy al revés, que la barca los tomó debajo y se ahogaron.
Como la costa es muy brava, el mar de un tumbo echó a todos los
otros, envueltos en las olas y medio ahogados, en la costa de la misma
isla, sin que faltasen más de los tres que la barca había tomado debajo.
Los que quedamos escapados, desnudos como nacimos y perdido todo
lo que traíamos, y aunque todo valía poco, para entonces valía mucho.
Y como entonces era por noviembre, y el frío muy grande, y nosotros
tales que con poca dificultad nos podían contar los huesos, estábamos
hechos propia figura de la muerte. De mí sé decir que desde el mes de
mayo pasado yo no había comido otra cosa sino maíz tostado, y algu-

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nas veces me vi en necesidad de comerlo crudo; porque aunque se


mataron los caballos entretanto que las barcas se hacían, yo nunca pude
comer de ellos, y no fueron diez veces las que comí pescado. Esto digo
por excusar razones, porque pueda cada uno ver qué tales estaríamos.
Y sobre todo lo dicho había sobrevenido viento norte, de suerte
que más estábamos cerca de la muerte que de la vida. Plugo a nuestro
Señor que, buscando tizones del fuego que allí habíamos hecho, halla-
mos lumbre, con que hicimos grandes fuegos; y así, estuvimos pidien-
do a Nuestro Señor misericordia y perdón de nuestros pecados,
derramando muchas lágrimas, habiendo cada uno lástima, no sólo de
sí, mas de todos los otros, que en el mismo estado veían. Y a hora de
puesto el sol, los indios, creyendo que no nos habíamos ido, nos vol-
vieron a buscar y a traernos de comer; mas cuando ellos nos vieron así
en tan diferente hábito del primero y en manera tan extraña, espantá-
ronse tanto que se volvieron atrás. Yo salí a ellos y llamélos, y vinieron
muy espantados; hícelos entender por señas cómo se nos había hundido
una barca y se habían ahogado tres de nosotros, y allí en su presencia
ellos mismos vieron dos muertos, y los que quedábamos íbamos aquel
camino.
Los indios, de ver el desastre que nos había venido y el desastre
en que estábamos, con tanta desventura y miseria, se sentaron entre
nosotros, y con el gran dolor y lástima que hubieron de vernos en tanta
fortuna, comenzaron todos a llorar recio, y tan de verdad, que lejos de
allí se podía oír, y esto les duró más de media hora; y cierto ver que
estos hombres tan sin razón y tan crudos, a manera de brutos, se dolían
tanto de nosotros, hizo que en mí y en otros de la compañía creciese
más la pasión y la consideración de nuestra desdicha.
Sosegado ya este llanto, yo pregunté a los cristianos, y dije que si
a ellos parecía, rogaría a aquellos indios que nos llevasen a sus casas; y
algunos de ellos que habían estado en la Nueva España respondieron
que no se debía de hablar de ello, porque si a sus casas nos llevaban,
nos sacrificarían a sus ídolos; mas, visto que otro remedio no había, y
que por cualquier otro camino estaba más cerca y más cierta la muerte,
no curé de lo que decían, antes rogué a los indios que nos llevasen a
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sus casas, y ellos mostraron que habían gran placer de ello, y que espe-
rásemos un poco, que ellos harían lo que queríamos, y luego treinta de
ellos se cargaron de leña, y se fueron a sus casas, que estaban lejos de
allí, y quedamos con los otros hasta cerca de la noche, que nos toma-
ron, y llevándonos asidos y con mucha prisa, fuimos a sus casas; y por
el gran frío que hacía, y temiendo que en el camino alguno no muriese
o desmayase, proveyeron que hubiese cuatro o cinco fuegos muy gran-
des puestos a trechos, y en cada uno de ellos nos calentaban y, desde
que veían que habíamos tomado alguna fuerza y calor, nos llevaban
hasta el otro tan aprisa, que casi con los pies no nos dejaban poner en
el suelo; y de esta manera fuimos hasta sus casas, donde hallamos que
tenían hecha una casa para nosotros, y muchos fuegos en ella, y desde
a una hora que habíamos llegado, comenzaron a bailar y hacer grande
fiesta, que duró toda la noche, aunque para nosotros no había placer,
fiesta ni sueño, esperando cuándo nos habían de sacrificar; y a la ma-
ñana nos tornaron a dar pescado y raíces, y hacer tan buen tratamiento,
que nos aseguramos algo y perdimos algo el miedo del sacrificio.

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Capítulo XIII
Cómo supimos de otros cristianos

Este mismo día yo vi a un indio de aquéllos un rescate, y conocí


que no era de los que nosotros les habíamos dado; y preguntando dón-
de le habían habido, ellos por señas me respondieron que se lo habían
dado otros hombres como nosotros, que estaban atrás. Yo, viendo esto,
envié dos cristianos y dos indios que les mostrasen aquella gente, y
muy cerca de allí toparon con ellos, que también venían a buscarnos,
porque los indios que allá quedaban les habían dicho de nosotros, y
estos eran los capitanes Andrés Dorantes y Alonso del Castillo, con
toda la gente de su barca. Y llegados a nosotros, se espantaron mucho
de vernos de la manera que estábamos, y recibieron muy gran pena por
no tener qué darnos; que ninguna otra ropa traían sino la que tenían
vestida. Y estuvieron allí con nosotros, y nos contaron cómo a cinco de
aquel mismo mes su barca había dado al través, legua y media de allí, y
ellos habían escapado sin perderse ninguna cosa, y todos juntos acor-
damos de adobar su barca, e irnos en ella los que tuviesen fuerza y
disposición para ello; los otros quedarse allí hasta que convaleciesen,
para irse como pudiesen por luengo de costa, y que esperasen allí hasta
que Dios los llevase con nosotros a tierras de cristianos; y como lo
pensamos, así nos pusimos en ello, y antes que echásemos la barca al
agua, Tavera, un caballero de nuestra compañía, murió, y la barca que
nosotros pensábamos llevar hizo su fin, y no se pudo sostener a sí
misma, que luego fue hundida; y como quedamos del arte que he di-
cho, y los más desnudos, y el tiempo tan recio para caminar y pasar
ríos y ancones a nado, ni tener bastimento alguno ni manera para lle-
varlo, determinamos de hacer lo que la necesidad pedía, que era inver-
nar allí. Y acordamos también que cuatro hombres, que más recios
estaban, fuesen a Pánuco, creyendo que estábamos cerca de allí; y que
si Dios nuestro Señor fuese servido de llevarlos allá, diesen aviso de
cómo quedábamos en aquella isla, y de nuestra necesidad y trabajo.
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Estos eran muy grandes nadadores, y al uno llamaban Álvaro Fernán-


dez, portugués, carpintero y marinero; el segundo se llamaba Méndez,
y el tercero Figueroa, que era natural de Toledo; el cuarto, Astudillo,
natural de Zafra: llevaban consigo un indio que era de la isla.

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Capítulo XIV
Cómo se partieron los cuatro cristianos

Partidos estos cuatro cristianos, desde a pocos días sucedió tal


tiempo de fríos y tempestades, que los indios no podían arrancar las
raíces, y de los cañales en que pescaban ya no había provecho ninguno,
y como las casas eran tan desabrigadas, comenzóse a morir la gente, y
cinco cristianos que estaban en el rancho en la costa llegaron a tal
extremo, que se comieron los unos a los otros, hasta que quedó uno
solo, que por ser solo no hubo quien lo comiese. Los nombres de ellos
son éstos: Sierra, Diego López, Corral, Palacios, Gonzalo Ruiz. De este
caso se alteraron tanto los indios, y hubo entre ellos tan gran escándalo,
que sin duda si al principio ellos lo vieran, los mataran, y todos nos
viéramos en grande trabajo. Finalmente, en muy poco tiempo, de
ochenta hombres que de ambas partes allí llegamos, quedaron vivos
sólo quince, y después de muertos éstos, dio a los indios de la tierra
una enfermedad de estómago, de que murió la mitad de la gente de
ellos, y creyeron que nosotros éramos los que los matábamos; y te-
niéndolo por muy cierto, concertaron entre sí de matar a los que ha-
bíamos quedado. Ya que lo venían a poner en efecto, un indio que a mí
me tenía les dijo que no creyesen que nosotros éramos los que los
matábamos, porque si nosotros tal poder tuviéramos, excusáramos que
no murieran tantos de nosotros como ellos veían que habían muerto sin
que les pudiéramos poner remedio; y que ya no quedábamos sino muy
pocos, y que ninguno hacía daño ni perjuicio; que lo mejor era que nos
dejasen. Y quiso nuestro Señor que los otros siguiesen este consejo y
parecer, y así se estorbó su propósito. A esta isla pusimos por nombre
isla de Mal Hado. La gente que allí hallamos son grandes y bien dis-
puestos; no tienen otras armas sino flechas y arcos, en que son por
extremo diestros. Tienen los hombres la una teta horadada de una parte
a otra, y algunos hay que tienen ambas, y por el agujero que hacen,
traen una caña atravesada, tan larga como dos palmos y medio, y tan
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gruesa como dos dedos; traen también horadado el labio de abajo, y


puesto en él un pedazo de caña delgada como medio dedo. Las mujeres
son para mucho trabajo. La habitación que en esta isla hacen es desde
octubre hasta fin de febrero. El su mantenimiento son las raíces que he
dicho sacadas de bajo el agua por noviembre y diciembre. Tienen ca-
ñales, y no tienen más peces de para este tiempo; de ahí adelante co-
men las raíces. En fin de febrero van a otras partes a buscar con qué
mantenerse, porque entonces las raíces comienzan a nacer, y no son
buenas. Es la gente del mundo que más aman a sus hijos y mejor tra-
tamiento les hacen; y cuando acaece que a alguno se le muere el hijo,
llóranle los padres y los parientes, y todo el pueblo, y el llanto dura un
año cumplido, que cada día por la mañana antes que amanezca co-
mienzan primero a llorar los padres, y tras esto todo el pueblo; y esto
mismo hacen al mediodía y cuando anochece; y pasado un año que los
han llorado, hácenle las honras del muerto, y lávanse y límpianse del
tizne que traen. A todos los difuntos lloran de esta manera, salvo a los
viejos, de quien no hacen caso, porque dicen que ya han pasado su
tiempo y de ellos ningún provecho hay; antes ocupan la tierra y quitan
el mantenimiento a los niños. Tienen por costumbre de enterrar los
muertos, si no son los que entre ellos son físicos, que a éstos quéman-
los; y mientras el fuego arde, todos están bailando y haciendo muy
gran fiesta, y hacen polvo los huesos. Y pasado un año, cuando se
hacen sus honras, todos se jasan en ellas; y a los parientes dan aquellos
polvos a beber, de los huesos, en agua. Cada uno tiene una mujer,
conocida. Los físicos son los hombres más libertados; pueden tener
dos, y tres, y entre éstas hay muy gran amistad y conformidad. Cuando
viene que alguno casa su hija, el que la toma por mujer, desde el día
que con ella se casa, todo lo que matare cazando o pescando, todo lo
trae la mujer a la casa de su padre, sin osar tomar ni comer alguna cosa
de ello, y de casa del suegro le llevan a él de comer; y en todo este
tiempo el suegro ni la suegra no entran no en su casa, ni él ha de entrar
en casa de los suegros ni cuñados; y si acaso se toparen por alguna
parte, se desvían un tiro de ballesta el uno del otro, y entretanto que así
van apartándose, llevan la cabeza baja y los ojos en tierra puestos;
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porque tienen por cosa mala verse ni hablarse. Las mujeres tienen
libertad para comunicar y conversar con los suegros y parientes, y esta
costumbre se tiene desde la isla hasta más de cincuenta leguas por la
tierra adentro.
Otra costumbre hay, y es que cuando algún hijo o hermano muere,
en la casa donde muriese, tres meses no buscan de comer, antes se
dejan morir de hambre, y los parientes y los vecinos les proveen de lo
que han de comer. Y como en el tiempo que aquí estuvimos murió
tanta gente de ellos, en las más casas había muy gran hambre, por
guardar también su costumbre y ceremonia; y los que lo buscaban, por
mucho que trabajaban, por ser el tiempo tan recio, no podían haber
sino muy poco; y por esta causa los indios que a mí me tenían se salie-
ron de la isla, y en unas canoas se pasaron a Tierra Firme, a unas ba-
hías adonde tenían muchos ostiones, y tres meses del año no comen
otra cosa, y beben muy mala agua. Tienen gran falta de leña, y de mos-
quitos muy grande abundancia. Sus casas son edificadas de esteras
sobre muchas cáscaras de ostiones, y sobre ellos duermen en cueros, y
no los tienen sino es acaso. Y así estuvimos hasta el fin de abril, que
fuimos a la costa del mar, a donde comimos moras de zarzas todo el
mes, en el cual no cesan de hacer sus areitos y fiestas.

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Capítulo XV
De lo que nos acaeció en la isla de Mal Hado

En aquella isla que he contado nos quisieron hacer físicos sin


examinarnos ni pedirnos títulos, porque ellos curan las enfermedades
soplando al enfermo, y con aquel soplo y las manos echan de él la
enfermedad, y mandáronnos que hiciésemos lo mismo y sirviésemos
en algo. Nosotros nos reíamos de ello, diciendo que era burla y que no
sabíamos curar; y por esto nos quitaban la comida hasta que hiciése-
mos lo que nos decían. Y viendo nuestra porfía, un indio me dijo a mí
que yo no sabía lo que decía en decir que no aprovecharía nada aquello
que él sabía, que las piedras y otras cosas que se crían por los campos
tienen virtud. Que él con una piedra caliente, trayéndola por el estóma-
go, sanaba y quitaba el dolor, y que nosotros, que éramos hombres,
cierto era que teníamos mayor virtud y poder. En fin, nos vimos en
tanta necesidad, que lo hubimos de hacer, sin temer que nadie nos
llevase por ello la pena. La manera que ellos tienen de curarse es ésta:
que en viéndose enfermos, llaman a un médico, y después de curado,
no sólo le dan todo lo que poseen, mas entre sus parientes buscan cosas
para darle. Lo que el médico hace es dalle unas sajas adonde tiene el
dolor, y chúpanles alderredor de ellas. Dan cauterios de fuego, que es
cosa entre ellos tenida por muy provechosa, y yo lo he experimentado,
y me sucedió bien de ello; y después de esto, soplan aquel lugar que les
duele, y con esto creen ellos que se les quita el mal. La manera con que
nosotros curamos era santiguándolos y soplarlos, y rezar un Pater
Noster y un Ave María, y rogar lo mejor que podíamos a Dios Nuestro
Señor que les diese salud y espirase en ellos que nos hiciesen algún
buen tratamiento. Quiso Dios y su misericordia que todos aquellos por
quien suplicamos, luego que los santiguamos, decían a los otros que
estaban sanos y buenos, y por este respecto nos hacían buen trata-
miento, y dejaban ellos de comer por dárnoslo a nosotros, y nos daban
cueros y otras cosillas. Fue tan extremada la hambre que allí se pasó,
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que muchas veces estuve tres días sin comer ninguna cosa, y ellos
también lo estaban y parecíame ser cosa imposible durar la vida, aun-
que en otras mayores hambres y necesidades me vi después, como
adelante diré. Los indios que tenían a Alonso del Castillo y Andrés
Dorantes, y a los demás que habían quedado vivos, como eran de otra
lengua y de otra parentela, se pasaron a otra parte de la Tierra Firme a
comer ostiones, y allí estuvieron hasta el primero día del mes de abril,
y luego volvieron a la isla, que estaba de allí hasta dos leguas por lo
más ancho del agua, y la isla tiene media legua de través y cinco en
largo.
Toda la gente de esta tierra anda desnuda; solas las mujeres traen
de sus cuerpos algo cubierto con una lana que en los árboles se cría.
Las mozas se cubren con unos cueros de venados. Es gente muy parti-
da de lo que tienen unos con otros. No hay entre ellos señor. Todos los
que son de un linaje andan juntos. Habitan en ellas dos maneras de
lenguas: a los unos llaman Capoques, y a los otros de Han; tienen por
costumbre cuando se conocen y de tiempo a tiempo se ven, primero
que se hablen, estar media hora llorando, y acabado esto, aquel que es
visitado se levanta primero y da al otro cuanto posee, y el otro lo reci-
be, y de ahí a un poco se va con ello, y aun algunas veces, después de
recibido, se van sin que hablen palabra. Otras extrañas costumbres
tienen; mas yo he contado las más principales y más señaladas por
pasar adelante y contar lo que más nos sucedió.

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Capítulo XVI
Cómo se partieron los cristianos de la isla de Mal Hado

Después que Dorantes y Castillo volvieron a la isla recogieron


consigo todos los cristianos, que estaban esparcidos, y halláronse por
todos catorce. Yo, como he dicho, estaba en la otra parte, en Tierra
Firme, donde mis indios me habían llevado y donde me habían dado
tan gran enfermedad, que ya que alguna otra cosa me diera esperanza
de vida, aquélla bastaba para del todo quitármela. Y como los cristia-
nos esto supieron, dieron a un indio la manta de martas que del cacique
habíamos tomado, como arriba dijimos, porque los pasase donde yo
estaba para verme; y así vinieron doce, porque los dos quedaron tan
flacos que no se atrevieron a traerlos consigo. Los nombres de los que
entonces vinieron son: Alonso del Castillo, Andrés Dorantes y Diego
Dorantes, Valdivieso, Estrada, Tostado, Chaves, Gutiérrez, Esturiano,
clérigo; Diego de Huelva, Estebanico el Negro, Benítez. Y como fue-
ron venidos a Tierra Firme, hallaron otro que era de los nuestros, que
se llamaba Francisco de León, y todos trece por luengo de costa. Y
luego que fueron pasados, los indios que me tenían me avisaron de
ello, y cómo quedaban en la isla Hierónimo de Alaniz y Lope de Ovie-
do. Mi enfermedad estorbó que no les pude seguir ni los vi. Yo hube de
quedar con estos mismos indios de la isla más de un año, y por el mu-
cho trabajo que me daban y mal tratamiento que me hacían, determiné
de huir de ellos e irme a los que moran en los montes y Tierra Firme,
que se llaman los de Charruco, porque yo no podía sufrir la vida que
con estos otros tenía; porque, entre otros trabajos muchos, había de
sacar las raíces para comer de bajo del agua y entre las cañas donde
estaban metidas en la tierra; y de esto traía yo los dedos tan gastados,
que una paja que me tocase me hacía sangre de ellos, y las cañas me
rompían por muchas partes, porque muchas de ellas estaban quebradas
y había de entrar por medio de ellas con la ropa que he dicho que traía.
Y por esto yo puse en obra de pasarme a los otros, y con ellos me su-
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cedió algo mejor; y porque yo me hice mercader, procuré de usar el


oficio lo mejor que supe, y por esto ellos me daban de comer y me
hacían buen tratamiento y rogábanme que me fuese de unas partes a
otras por cosas que ellos habían menester, porque por razón de la gue-
rra que continuamente traen, la tierra no se anda ni se contrata tanto. Y
ya con mis tratos y mercaderías entraba en la tierra adentro todo lo que
quería, y por luengo de costa me alargaba cuarenta o cincuenta leguas.
Lo principal de mi trato era pedazos de caracoles de la mar y corazones
de ellos y conchas, con que ellos cortan una fruta que es como frísoles,
con que se curan y hacen sus bailes y fiestas, y ésta es la cosa de mayor
precio que entre ellos hay, y cuentas de la mar y otras cosas. Así, esto
era lo que yo llevaba tierra adentro, y en cambio y trueco de ello traía
cueros y almagra, con que ellos se untan y tiñen las caras y cabellos,
pedernales para puntas de flechas, engrudo y cañas duras para hacerlas,
y unas borlas que se hacen de pelo de venados, que las tiñen y paran
coloradas; y este oficio me estaba a mí bien, porque andando en él
tenía libertad para ir donde quería y no era obligado a cosa alguna, y no
era esclavo, y dondequiera que iba me hacían buen tratamiento y me
daban de comer por respeto de mis mercaderías, y lo más principal
porque andando en ello yo buscaba por dónde me había de ir adelante,
y entre ellos era muy conocido; holgaban mucho cuando me veían y les
traía lo que habían menester, y los que no me conocían me procuraban
y deseaban ver por mi fama. Los trabajos que en esto pasé sería largo
de contarlos, así de peligros y hambres, como de tempestades y fríos,
que muchos de ellos me tomaron en el campo y solo, donde por gran
misericordia de Dios nuestro Señor escapé. Y por esta causa yo no
trataba el oficio en invierno, por ser tiempo que ellos mismos en sus
chozas y ranchos metidos no podían valerse ni ampararse. Fueron casi
seis años el tiempo que yo estuve en esta tierra solo entre ellos y des-
nudo, como todos andaban. La razón por que tanto me detuve fue por
llevar conmigo un cristiano que estaba en la isla, llamado Lope de
Oviedo. El otro compañero de Alaniz, que con él había quedado cuan-
do Alonso del Castillo y Andrés Dorantes con todos los otros se fue-
ron, murió luego, y por sacarlo de allí yo pasaba a la isla cada año y le
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rogaba que nos fuésemos a la mejor maña que pudiésemos en busca de


cristianos, y cada año me detenía diciendo que el otro siguiente nos
iríamos. En fin, al cabo lo saqué y le pasé el ancón y cuatro ríos que
hay por la costa, porque él no sabía nadar, y así, fuimos con algunos
indios adelante hasta que llegamos a un ancón que tiene una legua de
través y es por todas partes hondo; y por lo que de él nos pareció y
vimos, es el que llaman del Espíritu Santo, y de la otra parte de él vi-
mos unos indios, que vinieron a ver a los nuestros, y nos dijeron cómo
más adelante había tres hombres como nosotros, y nos dijeron los
nombres de ellos. Y preguntándoles por los demás, nos respondieron
que todos eran muertos de frío y de hambre, y que aquellos indios de
adelante ellos mismos por su pasatiempo habían muerto a Diego Do-
rantes y a Valdivieso y a Diego de Huelva, porque se habían pasado de
una casa a otra; y que los otros indios sus vecinos con quien agora
estaba el capitán Dorantes, por razón de un sueño que habían soñado,
habían muerto a Esquivel y a Méndez. Preguntámosles qué tales esta-
ban los vivos; dijéronnos que muy maltratados, porque los muchachos
y otros indios, que entre ellos son muy holgazanes y de mal trato, les
daban muchas coces y bofetones y palos, y que ésta era la vida que con
ellos tenían. Quisímonos informar de la tierra adelante y de los mante-
nimientos que en ella había; respondieron que era muy pobre de gente,
y que en ella no había qué comer, y que morían de frío porque no te-
nían cueros ni con qué cubrirse. Dijéronnos también si queríamos ver
aquellos tres cristianos, que de ahí a dos días los indios que los tenían
venían a comer nueces una legua de allí, a la vera del río; y porque
viésemos que lo que nos habían dicho del mal tratamiento de los otros
era verdad, estando con ellos dieron al compañero mío de bofetones y
palos, y yo no quedé sin mi parte, y de muchos pellazos de lodo que
nos tiraban, y nos ponían cada día las flechas al corazón, diciendo que
nos querían matar como a los otros nuestros compañeros. Y temiendo
esto Lope de Oviedo, mi compañero, dijo que quería volverse con unas
mujeres de aquellos indios, con quien habíamos pasado el ancón, que
quedaban algo atrás. Yo porfié mucho con él que no lo hiciese, y pasé
muchas cosas, y por ninguna vía lo pude detener, y así se volvió y yo
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quedé solo con aquellos indios, los cuales se llamaban Quevenes, y los
otros con quien él se fue se llaman Deaguanes.

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Capítulo XVII
Cómo vinieron los indios y trajeron a Andrés Dorantes y
a Castillo y a Estebanico

Desde a dos días que Lope de Oviedo se había ido, los indios que
tenían a Alonso del Castillo y Andrés Dorantes vinieron al mismo
lugar que nos habían dicho, a comer de aquellas nueces de que se
mantienen, moliendo unos granillos con ellas, dos meses del año, sin
comer otra cosa, y aun esto no lo tienen todos los años, porque acuden
uno, y otro no; son del tamaño de las de Galicia, y los árboles son muy
grandes, y hay un gran número de ellos. Un indio me avisó cómo los
cristianos eran llegados, y que si yo quería verlos me hurtase y huyese
a un canto de un monte que él me señaló; porque él y otros parientes
suyos habían de venir a ver a aquellos indios, y que me llevarían con-
sigo adonde los cristianos estaban. Yo me confié de ellos, y determiné
de hacerlo, porque tenían otra lengua distinta de la de mis indios. Y
puesto por obra, otro día fueron y me hallaron en el lugar que estaba
señalado; y así me llevaron consigo. Ya que llegué cerca de donde
tenían su aposento. Andrés Dorantes salió a ver quién era, porque los
indios le habían también dicho cómo venía un cristiano; y cuando me
vio fue muy espantado, porque había muchos días que me tenían por
muerto, y los indios así lo habían dicho. Dimos muchas gracias a Dios
de vernos juntos, y este día fue uno de los de mayor placer que en
nuestros días hemos tenido; y llegado donde Castillo estaba, me pre-
guntaron que dónde iba. Yo le dije que mi propósito era de pasar a
tierra de cristianos, y que en este rastro y busca iba. Andrés Dorantes
respondió que muchos días había que él rogaba a Castillo y a Estebani-
co que se fuesen adelante, y que no lo osaban hacer porque no sabían
nadar, y que temían mucho de los ríos y los ancones por donde habían
de pasar, que en aquella tierra hay muchos. Y pues Dios nuestro Señor
había sido servido de guardarme entre tantos trabajos y enfermedades,

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y al cabo traerme en su compañía, que ellos determinaban de huir, que


yo los pasaría de los ríos y ancones que topásemos, y avisáronme que
en ninguna manera diese a entender a los indios no conociesen de mí
que yo quería pasar adelante, porque luego me matarían; y que para
esto era menester que yo me detuviese con ellos seis meses, que era
tiempo en que aquellos indios iban a otra tierra a comer tunas. Esta es
una fruta que es del tamaño de huevos, y son bermejas y negras y de
muy buen gusto. Cómenlas tres meses del año, en los cuales no comen
otra cosa alguna, porque al tiempo que ellos las cogían venían a ellos
otros indios de adelante, que traían arcos para contratar y cambiar con
ellos; y que cuando aquéllos se volviesen nos huiríamos de los nues-
tros, y nos volveríamos con ellos. Con este concierto yo quedé allí, y
me dieron por esclavo a un indio con quien Dorantes estaba, el cual era
tuerto, y su mujer y un hijo que tenía y otro que estaba en su compañía;
de manera que todos eran tuertos. Estos se llaman mariames, y Castillo
estaba con otros sus vecinos, llamados iguases. Y estando aquí ellos
me contaron que después que salieron de la isla del Mal Hado, en la
costa de la mar hallaron la barca en que iba al contador y los frailes al
través; y que yendo pasando aquellos ríos, que son cuatro muy grandes
y de muchas corrientes, les llevó las barcas en que pasaban a la mar,
donde se ahogaron cuatro de ellos, y que así fueron adelante hasta que
pasaron el ancón, y lo pasaron con mucho trabajo, y a quince leguas
delante hallaron otro, y que cuando allí llegaron ya se les habían
muerto dos compañeros en sesenta leguas que habían andado; y que
todos los que quedaban estaban para lo mismo, y que en todo el cami-
no no habían comido sino cangrejos y yerba pedrera; y llegados a este
último ancón, decían que hallaron en él indios que estaban comiendo
moras; y como vieron a los cristianos, se fueron de allí a otro cabo; y
que estando procurando y buscando manera para pasar el ancón, pasa-
ron a ellos un indio y un cristiano, que llegado, conocieron que era
Figueroa, uno de los cuatro que habíamos enviado adelante en la isla
del Mal Hado, y allí les contó cómo él y sus compañeros habían llega-
do hasta aquel lugar, donde se habían muerto dos de ellos y un indio,
todos tres de frío y de hambre, porque habían venido y estado en el
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más recio tiempo del mundo, y que a él y a Méndez habían tomado los
indios, y que estando con ellos, Méndez había huido yendo la vía lo
mejor que pudo de Pánuco, y que los indios habían ido tras él y que lo
habían muerto; y que estando él con estos indios supo de ellos cómo
con los mariames estaba un cristiano que había pasado de la otra parte,
y lo había hallado con los que llamaban quevenes, y que este cristiano
era Hernando de Esquivel, natural de Badajoz, el cual venía en compa-
ñía del comisario, y que él supo de Esquivel el fin en que habían para-
do el gobernador y el contador y los demás, y le dijo que el contador y
los frailes habían echado al través su barca entre los ríos, y viniéndose
por luengo de la costa, llegó la barca del gobernador con su gente en
tierra, y él se fue con su barca hasta que llegaron a aquel ancón grande,
y que allí tornó a tomar la gente y la pasó del otro cabo, y volvió por el
contador y los frailes y todos los otros. Y contó cómo estando desem-
barcados, el gobernador había revocado el poder que el contador tenía
de lugarteniente suyo y dio el cargo a un capitán que traía consigo, que
se decía Pantoja, y que el gobernador se quedó en su barca, y no quiso
aquella noche salir a tierra, y quedaron con él un maestre y un paje que
estaba malo, y en la barca no tenían agua ni cosa ninguna que comer; y
que a media noche el norte vino tan recio, que sacó la barca a la mar,
sin que ninguno la viese, porque no tenía por resón sino una piedra, y
que nunca más supieron de él. Y que visto esto, la gente que en tierra
quedaron se fueron por luengo de costa, y que como hallaron tanto
estorbo de agua, hicieron balsas con mucho trabajo, en que pasaron la
otra parte; y que yendo adelante, llegaron a una punta de un monte
orilla del agua, y que hallaron indios, que como los vieron venir metie-
ron sus casas en sus canoas y se pasaron de la otra parte a la costa; y
los cristianos, viendo el tiempo que era, porque era por el mes de no-
viembre, pararon en este monte, porque hallaron agua y leña y algunos
cangrejos y mariscos, donde de frío y de hambre se comenzaron poco a
poco a morir. Allende de esto, Pantoja, que por teniente había quedado,
les hacía mal tratamiento, y no lo pudiendo sufrir Sotomayor, hermano
de Vasco Porcallo, el de la isla de Cuba, que en la armada había venido
por maestre de campo, se revolvió con él y le dio un palo, de que Pan-
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toja quedó muerto, y así se fueron acabando; y los que morían, los
otros los hacían tasajos; y el último que murió fue Sotomayor, y Esqui-
vel lo hizo tasajos, y comiendo de él se mantuvo hasta primero de
marzo, que un indio de los que allí habían huido vino a ver si eran
muertos, y llevó a Esquivel consigo; y estando en poder de este indio,
el Figueroa lo habló y supo de él todo lo que hemos contado, y le rogó
que se viniese con él, para irse ambos la vía de Pánuco; lo cual Esqui-
vel no quiso hacer, diciendo que él había sabido de los frailes que Pá-
nuco había quedado atrás; y así se quedó allí, y Figueroa se fue a la
costa adonde solía estar.

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Capítulo XVIII
De la relación que dio Esquivel

Esta cuenta toda dio Figueroa por la relación que de Esquivel ha-
bía sabido; y así, de mano en mano llegó a mí, por donde se puede ver
y saber el fin que toda aquella armada hubo y los particulares casos que
a cada uno de los demás acontecieron. Y dijo más: que si los cristianos
algún tiempo andaban por allí, podría ser que viesen a Esquivel, porque
sabía que se había huido de aquel indio con quien estaba, a otros, que
se decían los mareames, que eran allí vecinos. Y como acabo de decir,
él y el asturiano se quisieran ir a otros indios que adelante estaban; mas
como los indios que lo tenían lo sintieron, salieron a ellos, y diéronles
muchos palos, y desnudaron al asturiano, y pasáronle un brazo con una
flecha; y en fin, se escaparon huyendo, y los cristianos se quedaron con
aquellos indios, y acabaron con ellos que los tomasen por esclavos,
aunque estando sirviéndoles fueron tan maltratados de ellos, como
nunca esclavos ni hombres de ninguna suerte lo fueron, porque de seis
que eran, no contentos con darles muchas bofetadas y apalearlos y
pelarles las barbas por su pasatiempo, por sólo pasar de una casa a otra
mataron tres, que son los que arriba dije, Diego Dorantes y Valdivieso
y Diego de Huelva, y los otros tres que quedaban esperaban parar en
esto mismo; y por no sufrir en esta vida, Andrés Dorantes se huyó y se
pasó a los mareames, que eran aquéllos adonde Esquivel había parado,
y ellos le contaron cómo habían tenido allí a Esquivel, y cómo estando
allí se quiso huir porque una mujer había soñado que le había de matar
un hijo, y los indios fueron tras él y lo mataron, y mostraron a Andrés
Dorantes su espada y sus cuentas y libro y otras cosas que tenía. Esto
hacen éstos por una costumbre que tienen, y es que matan sus mismos
hijos por sueños, y a las hijas en naciendo las dejan comer a perros, y
las echan por ahí. La razón por que ellos lo hacen es, según ellos dicen,
porque todos los de la tierra son sus enemigos y con ellos tienen conti-
nua guerra; y que si acaso casasen sus hijas, multiplicarían tanto sus
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enemigos, que los sujetarían y tomarían por esclavos; y por esta causa
querían más matarlas que no que de ellas mismas naciese quien fuese
su enemigo. Nosotros les dijimos que por qué no las casaban con ellos
mismos. Y también entre ellos dijeron que era fea cosa casarlas a sus
parientes ni a sus enemigos; y esta costumbre usan estos y otros sus
vecinos, que se llaman los iguaces, solamente, sin que ningunos otros
de la tierra la guarden. Y cuando éstos se han de casar, compran las
mujeres a sus enemigos, y el precio que cada uno da por la suya es un
arco, el mejor que puede haber, con dos flechas; y si acaso no tiene
arco, una red hasta una braza en ancho y otra en largo. Matan sus hijos,
y mercan los ajenos; no dura el casamiento más de cuanto están con-
tentos, y con una higa deshacen el casamiento. Dorantes estuvo con
éstos, y desde a pocos días se huyó. Castillo y Estebanico se vinieron
dentro de la Tierra Firme a los iguaces. Toda esta gente son flecheros y
bien dispuestos, aunque no tan grandes como los que atrás dejamos, y
traen la teta y el labio horadados.
Su mantenimiento principalmente es raíces de dos o tres maneras,
y búscanlas por toda la tierra; son muy malas, e hinchan los hombres
que las comen. Tardan dos días en asarse, y muchas de ellas son muy
amargas, y con todo esto se sacan con mucho trabajo. Es tanta la ham-
bre que aquellas gentes tienen, que no se pueden pasar sin ellas, y
andan dos o tres leguas buscándolas. Algunas veces matan algunos
venados, y a tiempos toman algún pescado; mas esto es tan poco, y su
hambre tan grande, que comen arañas y huevos de hormigas, y gusanos
y lagartijas y salamanquesas y culebras y víboras, que matan los hom-
bres que muerden, y comen tierra y madera y todo lo que pueden ha-
ber, y estiércol de venados, y otras cosa que dejo de contar; y creo
averiguadamente que si en aquella tierra hubiese piedras las comerían.
Guardan las espinas del pescado que comen, y de las culebras y otras
cosas, para molerlo después todo y comer el polvo de ello. Entre éstos
no se cargan los hombres ni llevan cosa de peso; mas llévanlo las mu-
jeres y los viejos, que es la gente que ellos en menos tienen. No tienen
tanto amor a sus hijos como los que arriba dijimos. Hay algunos entre
ellos que usan pecado contra natura. Las mujeres son muy trabajadas y
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para mucho, porque de veinticuatro horas que hay entre día y noche, no
tienen sino seis horas de descanso, y todo lo más de la noche pasan en
atizar sus hornos para secar aquellas raíces que comen. Y desde que
amanece comienzan a cavar y a traer leña y agua a sus casas y dar
orden en las otras cosas de que tienen necesidad. Los más de éstos son
grandes ladrones, porque aunque entre sí son bien partidos, en volvien-
do uno la cabeza, su hijo mismo o su padre le toma lo que puede.
Mienten muy mucho, y son grandes borrachos, y para esto beben ellos
una cierta cosa. Están tan usados a correr, que sin descansar ni cansar
corren desde la mañana hasta la noche, y siguen un venado; y de esta
manera matan muchos de ellos, porque los siguen hasta que los cansan,
y algunas veces los toman vivos. Las casas de ellos son de esteras
puestas sobre cuatro arcos; llévanlas a cuestas, y múdanse cada dos o
tres días para buscar de comer. Ninguna cosa siembran que se pueda
aprovechar; es gente muy alegre; por mucha hambre que tengan, por
eso no dejan de bailar ni de hacer sus fiestas y areitos. Para ellos el
mejor tiempo que éstos tienen es cuando comen las tunas, porque en-
tonces no tienen hambre, y todo el tiempo se les pasa en bailar, y co-
men de ellas de noche y de día. Todo el tiempo que les duran
exprímenlas y ábrenlas y pónenlas a secar, y después de secas pónenlas
en unas seras, como higos, y guárdanlas para comer por el camino
cuando se vuelven, y las cáscaras de ellas muélenlas y hácenlas polvo.
Muchas veces estando con éstos, nos aconteció tres o cuatro días estar
sin comer porque no lo había; ellos, por alegrarnos, nos decían que no
estuviésemos tristes; que presto habría tunas y comeríamos muchas y
beberíamos del zumo de ellas, y tendríamos las barrigas muy grandes y
estaríamos muy contentos y alegres y sin hambre alguna; y desde el
tiempo que esto nos decían hasta que las tunas se hubiesen de comer
había cinco o seis meses, y, en fin, hubimos de esperar aquestos seis
meses, y cuando fue tiempo fuimos a comer las tunas; hallamos por la
tierra muy gran cantidad de mosquitos de tres maneras, que son muy
malos y enojosos, y todo lo más del verano nos daban mucha fatiga; y
para defendernos de ellos hacíamos al derredor de la gente muchos
fuegos de leña podrida y mojada, para que no ardiesen e hiciesen hu-
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mo; y esta defensión nos daba otro trabajo, porque en toda la noche no
hacíamos sino llorar, del humo que en los ojos nos daba, y sobre eso,
gran calor que nos causaban los muchos fuegos, y salíamos a dormir a
la costa. Y si alguna vez podíamos dormir, recordábannos a palos, para
que tornásemos a encender los fuegos. Los de la tierra adentro para
esto usan otro remedio tan incomportable y más que éste que he dicho,
y es andar con tizones en las manos quemando los campos y montes
que topan, para que los mosquitos huyan, y también para sacar debajo
de tierra lagartijas y otras semejantes cosas para comerlas. Y también
suelen matar venados cercándolos con muchos fuegos; y usan también
esto por quitar a los animales el pasto, que la necesidad les haga ir a
buscarlo adonde ellos quieren, porque nunca hacen asiento con sus
casas sino donde hay agua y leña, y alguna vez se cargan todos de esta
provisión y van a buscar los venados, que muy ordinariamente están
donde no hay agua ni leña; y el día que llegan matan venados y algunas
otras cosas que pueden, y gastan todo el agua y leña en guisar de comer
y en los fuegos que hacen para defenderse de los mosquitos, y esperan
otro día para tomar algo que lleven para el camino; y cuando parten,
tales van de los mosquitos, que parece que tienen la enfermedad de San
Lázaro. Y de esta manera satisfacen su hambre dos o tres veces en el
año, a tan grande costa como he dicho; y por haber pasado por ello
puedo afirmar que ningún trabajo que se sufra en el mundo se iguala
con éste. Por la tierra hay muchos venados y otras aves y animales de
los que atrás he contado. Alcanzan aquí vacas, y yo las he visto tres
veces y comido de ellas, y paréceme que serán del tamaño de las de
España. Tienen los cuernos pequeños, como moriscas, y el pelo muy
largo, merino, como una bernia; unas son pardillas, y otras negras, y a
mi parecer tienen mejor y más gruesa carne que las de acá. De las que
no son grandes hacen los indios mantas para cubrirse, y de las mayores
hacen zapatos y rodelas; éstas vienen de hacia el Norte por tierra ade-
lante hasta la costa de la Florida, y tiéndense por toda la tierra más de
cuatrocientas leguas, y en todo este camino, por los valles por donde
ellas vienen, bajan las gentes que por allí habitan y se mantienen de
ellas, y meten en la tierra grande cantidad de cueros.
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Capítulo XIX
De cómo nos apartaron los indios

Cuando fueron cumplidos los seis meses que yo estuve con los
cristianos esperando a poner en efecto el concierto que teníamos hecho,
los indios se fueron a las tunas, que había de allí donde las habían de
coger hasta treinta leguas; y ya que estábamos para huirnos, los indios
con quien estábamos, unos con otros riñeron sobre una mujer, y se
apuñearon y apalearon y descalabraron unos a otros; y con el grande
enojo que hubieron, cada uno tomó su casa y se fue a su parte; de don-
de fue necesario que todos los cristianos que allí éramos también nos
apartásemos, y en ninguna manera nos pudimos juntar hasta otro año.
Y en este tiempo yo pasé muy mala vida, así por la mucha hambre
como por el mal tratamiento que de los indios recibía, que fue tal, que
yo me hube de huir tres veces de los amos que tenía, y todos me andu-
vieron a buscar y poniendo diligencia para matarme, y Dios nuestro
Señor por su misericordia me quiso guardar y amparar de ellos; y
cuando el tiempo de las tunas tornó, en aquel mismo lugar nos torna-
mos a juntar. Ya que teníamos concertado de huirnos y señalado el día,
aquel mismo día los indios nos apartaron, y fuimos cada uno por su
parte; y yo dije a los otros compañeros que yo los esperaría en las tunas
hasta que la Luna fuese llena, y este día era primero de septiembre y
primero día de luna; y avisélos que si en este tiempo no viniesen al
concierto, yo me iría solo y los dejaría. Y así, nos apartamos y cada
uno se fue con sus indios, y yo estuve con los míos hasta trece de luna,
y yo tenía acordado de me huir a otros indios en siendo en Luna llena.
Y a trece días del mes llegaron adonde yo estaba Andrés Dorantes y
Estebanico, y dijéronme cómo dejaban a Castillo con otros indios que
se llaman anagados, y que estaban cerca de allí, y que habían pasado
mucho trabajo, y que habían andado perdidos. Y que otro día adelante
nuestros indios se mudaron hacia donde Castillo estaba, e iban a jun-
tarse con los que lo tenían, y hacerse amigos unos de otros, porque

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hasta allí habían tenido guerra, y de esta manera cobramos a Castillo.


En todo el tiempo que comíamos las tunas teníamos sed, y para reme-
dio de esto bebíamos el zumo de las tunas y sacábamoslo en un hoyo
que en la tierra hacíamos, y desque estaba lleno bebíamos de él hasta
que nos hartábamos. Es dulce y de color de arrope; esto hacen por falta
de otras vasijas. Hay muchas maneras de tunas, y entre ellas hay algu-
nas muy buenas, aunque a mí todas me parecían así, y nunca la hambre
me dio espacio para escogerlas ni para mientes en cuáles eran las mejo-
res. Todas las más de estas gentes beben agua llovediza y recogida en
algunas partes; porque, aunque hay ríos, como nunca están de asiento,
nunca tienen agua conocida ni señalada. Por toda la tierra hay muy
grandes y hermosas dehesas, y de muy buenos pastos para ganados; y
paréceme que sería tierra muy fructífera si fuese labrada y habitada de
gente de razón. No vimos sierra en toda ella en tanto que en ella estu-
vimos. Aquellos indios nos dijeron que otros estaban más adelante,
llamados camones, que viven hacia la costa, y habían muerto toda la
gente que venía en la barca de Peñalosa y Téllez, que venían tan flacos,
que aunque los mataban no se defendían; y así, los acabaron todos, y
nos mostraron ropas y armas de ellos, y dijeron que la barca estaba allí
al través. Esta es la quinta barca que faltaba, porque la del gobernador
ya dijimos cómo la mar la llevó, y la del contador y los frailes la ha-
bían visto echada al través en la costa, y Esquivel contó el fin de ellos.
Las dos en que Castillo y yo y Dorantes íbamos, ya hemos contado
cómo junto a la isla de Mal Hado se hundieron.

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Capítulo XX
De cómo nos huimos

Después de habernos mudado, desde a dos días nos encomenda-


mos a Dios nuestro Señor y nos fuimos huyendo, confiando que, aun-
que era ya tarde y las tunas se acababan, con los frutos que quedarían
en el campo podríamos andar buena parte de la tierra. Yendo aquel día
nuestro camino con harto temor que los indios nos habían de seguir,
vimos unos humos, y yendo a ellos, después de vísperas llegamos allá,
donde vimos un indio que, como vio que íbamos a él, huyó sin querer-
nos aguardar; nosotros enviamos al negro tras él, y como vio que iba
solo, aguardólo. El negro le dijo que íbamos a buscar aquella gente que
hacía aquellos humos. Él respondió que cerca de allí estaban las casas,
y que nos guiaría allá, y así, lo fuimos siguiendo; y él corrió a dar aviso
de cómo íbamos, y a puesta del sol vimos las casas, y dos tiros de ba-
llesta antes que llegásemos a ellas hallamos cuatro indios que nos espe-
raban, y nos recibieron bien. Dijímosles en lengua de mareames que
íbamos a buscarlos, y ellos mostraron que se holgaban con nuestra
compañía; y así, nos llevaron a sus casas, y a Dorantes y al negro apo-
sentaron en casa de un físico, y a mí y a Castillo en casa de otro. Estos
tienen otra lengua y llámanse avavares, y son aquellos que solían llevar
los arcos a los nuestros e iban a contratar con ellos; y aunque son de
otra nación y lengua, entienden la lengua de aquéllos con quien antes
estábamos, y aquel mismo día habían llegado allí con sus casas. Luego
el pueblo nos ofreció muchas tunas, porque ya ellos tenían noticia de
nosotros y cómo curábamos, y de las maravillas que nuestro Señor con
nosotros obraba, que, aunque no hubiera otras, harto grandes eran
abrirnos caminos por tierra tan despoblada, y darnos gente por donde
muchos tiempos no la había, y librarnos de tantos peligros, y no per-
mitir que nos matasen, y sustentarnos con tanta hambre, y poner aque-
llas gentes en corazón que nos tratasen bien, como adelante diremos.

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Capítulo XXI
De cómo curamos aquí unos dolientes

Aquella misma noche que llegamos vinieron unos indios a Casti-


llo, y dijéronle que estaban muy malos de la cabeza, rogándole que los
curase; y después que los hubo santiguado y encomendado a Dios, en
aquel punto los indios dijeron que todo el mal se les había quitado; y
fueron a sus casas y trajeron muchas tunas y un pedazo de carne de
venado, cosa que no sabíamos qué cosa era; y como esto entre ellos se
publicó, vinieron otros muchos enfermos en aquella noche a que los
sanase, y cada uno traía un pedazo de venado; y tantos eran, que no
sabíamos adónde poner la carne. Dimos muchas gracias a Dios porque
cada día iba creciendo su misericordia y mercedes; y después que se
acabaron las curas comenzaron a bailar y hacer sus areitos y fiestas,
hasta otro día que el sol salió; y duró la fiesta tres días por haber noso-
tros venido, y al cabo de ellos les preguntamos por la tierra adelante, y
por la gente que en ella hallaríamos, y los mantenimientos que en ella
había. Respondiéronnos que por toda aquella tierra había muchas tu-
nas, mas que ya eran acabadas, y que ninguna gente había, porque
todos eran idos a sus casas, con haber ya cogido las tunas; y que la
tierra era muy fría y en ella había muy pocos cueros. Nosotros viendo
esto, que ya el invierno y tiempo frío entraba, acordamos de pasarlo
con éstos. A cabo de cinco días que allí habíamos llegado se partieron
a buscar otras tunas adonde había otra gente de otras naciones y len-
guas. Y andadas cinco jornadas con muy grande hambre, porque en el
camino no había tunas ni otra fruta ninguna, llegamos a un río, donde
asentamos nuestras casas, y después de asentadas fuimos a buscar una
fruta de unos árboles, que es como hieros; y como por toda esta tierra
no hay caminos, yo me detuve más en buscarla; la gente se volvió, y yo
quedé solo, y viniendo a buscarlos aquella noche me perdí, y plugo a
Dios que hallé un árbol ardiendo, y al fuego de él pasé aquel frío aque-
lla noche, y a la mañana yo me cargué la leña y tomé dos tizones, y

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volví a buscarlos, y anduve de esta manera cinco días, siempre con mi


lumbre y carga de leña, porque si el fuego se me matase en parte donde
no tuviese leña, como en muchas partes no la había, tuviese de qué
hacer otro tizones y no me quedase sin lumbre, porque para el frío yo
no tenía otro remedio, por andar desnudo como nací. Y para las noches
yo tenía este remedio, que me iba a las matas del monte, que estaban
cerca de los ríos, y paraba en ellas antes que el sol se pusiese, y en la
tierra hacía un hoyo y en él echaba mucha leña, que se cría en muchos
árboles, de que por allí hay muy gran cantidad y juntaba mucha leña de
la que estaba caída y seca de los árboles, y al derredor de aquel hoyo
hacía cuatro fuegos en cruz, y yo tenía cargo y cuidado de rehacer el
fuego de rato en rato, y hacía unas gavillas de paja larga que por allí
hay, con que me cubría en aquel hoyo, y de esta manera me amparaba
del frío de las noches; y una de ellas el fuego cayó en la paja con que
yo estaba cubierto, y estando yo durmiendo en el hoyo, comenzó a
arder muy recio, y por mucha prisa que yo me di a salir, todavía saqué
señal en los cabellos del peligro en que había estado. En todo este
tiempo no comí bocado ni hallé cosa que pudiese comer; y como traía
los pies descalzos, corrióme de ellos mucha sangre, y Dios usó conmi-
go de misericordia, que en todo este tiempo no ventó el norte, porque
de otra manera ningún remedio había de yo vivir. Y a cabo de cinco
días llegué a una ribera de un río, donde yo hallé a mis indios, que ellos
y los cristianos me contaban ya por muerto, y siempre creían que algu-
na víbora me había mordido. Todos hubieron gran placer de verme,
principalmente los cristianos, y me dijeron que hasta entonces habían
caminado con mucha hambre, que ésta era la causa que no me habían
buscado; y aquella noche me dieron de las tunas que tenían, y otro día
partimos de allí, y fuimos donde hallamos muchas tunas, con que todos
satisficieron su gran hambre, y nosotros dimos muchas gracias a nues-
tro Señor porque nunca nos faltaba remedio.

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99
100
CAPITULO PRIMERO

DE LOS COM.MENTAR1OS DE ALUAR NUÑEZ


CABEÇA DE VACA

Después que Dios nuestro señor fue seruido de


sacar a Aluar Nuñez Cabeça de Vaca del captiue­
rio y trabajos que tuno diez años en la Florida y
vino a estos reynos en el tiño del Señor de mil y
quinientos y treinta y siete, donde estuuo basta el
año de quarenta, en el qual vinieron a esta corte
de Su Magestad personas del Rio tie la Plata a dar
quenta a Su Magestad del successo de la armada
que alli auia embiado don Pedro de Mendoça, y de
los trabajos en que estauan los que dellos escapa­
ron, y a le suplicar luesse seruido de los proueer
y socorrer antes que todos peresciessen (porque
ya quedauan pocos dellos;; y sabido por Su Ma­
gostad, mandó que se tomasse cierto assienlo y ca­
pitulación con Aluar Nuñez Cabeça de Vaca para
que luesse a socorrellos. El qual assienlo y capi­
tulación se afeluó mediante que el dicho Cabeça
de Vaca se ofrescio de los yr a socorrer y que gas­
taria en la jornada y socorro que assi auia de ha­
zer, en cauallos, armas, ropas y bastimentos y
otras cosas, ocho mil duc idos, y por la capitula­
ción y assienlo que con Su Magestad tomó le hizo

101
158

merced de la gouernacion y de la capitania gene­


ral de aquella tierra y prouincia, con titulo de
Adelantado della; y assimesmo le hizo merced del
dozabo de todo lo que en la tierra y prouincia se
ouiesse y lo que en ella entrasse y saliesse, con
tanto que el dicho Aluar Nuftez gastasse en la jor­
nada los dichos ocho mil ducados; y assi el en
cumplimiento del assiento que con Su Magestad
hizo se partió luego a Seuilla para poner en obra
lo capitulado y proueersc para el dicho socorro y
armada, y para ello mercó dos naos y vna carauela
para con otra que le esperaua en Canaria; la vna
nao destas era nueua del primer viaje y era de
trezientos y cinqucnta toneles, y la otra era tie
ciento y cinqucnta; los quales nauios adereço muy
bien y proueyo de muchos bastimentos y pilotos y
marineros, e hizo quatrocientos soldados bien ade-
reçados, qual conuenia para el socorro, y todos
los que se ofrescieron a yr en la jornada lleuaron
las armas dobladas; estimo en mercar y pi oneer
los nauios desde el mes de Mayo hasta en Iin de
Septiembre, y estuuieron prestos para poder ñaue
gar,y con tiempos contrarios estimo detenido en la
ciudad de Cadiz desde en fin de Septiembre has­
ta dos de Nouiembre que se embarcó, e hizo su
viaje y en nueue dias llego a la ysla de la Palma, a
do desembarcó con toda la gente y estuuo alli
veynte y cinco dias esperando tiempo para seguir
su camino; la nao capitana hizo vnagua muy gran
de y fue tal que subió dentro en el nauio doze pal­
mos en alto y se mojaron y perdieron más de qui­
nientos quintales de vizcocho y se perdió mucho

102
If»*)

azcyte y otros bastimentos, lo qual los puso en mu­


cho trabajo, y assi fueron con ella dando siempre
¡i la bomba de dia y de noche hasta que llegaron a
la ysla de Santiago (que es vna de las yslas de
Cabo Verde) y alli desembarcaron y sacaron los
cauallos en tierra porque se refrescasscn y desean-
sassen del trabajo que hasta alli auian traydo y
también porque se auia de descargar la nao para
remediar el agua que hazia, y descargada, el
maestre de ella la estancó (porque era el mejor
buzo que auia en Esparta); vinieron desde la Palma
hasta esta ysla de Cabo Verde en diez dias, que ay
ele la vna a la otra trezicntas leguas. En esta ysla
ay muy mal puerto, porque a do surgen y hcchan
las anclas ay abaxo muchas portas, las quales roen
los cabos que lleuan atadas las anclas y quando las
van a sacar quedansc alia las anclas, y por esto
dizen los marineros que aquel puerto tiene muchos
ratones, porque les roen los cabos que lleuan las
anclas, y por esto es muy peligroso puerto para los
nauios que alli estan si les toma alguna tormenta.
Esta ysla es viciosa y muy enferma de verano,
tanto que la mayor parte de los que alli desembar­
can se mueren en pocos días que alli esten. Y el
armada estuuo alli veyntc y cinco dias, en los qua­
les no se murió ningún hombre della, y desto se
espantaron los de la tierra y lo tuuieron por gran
marauilla, y los vezinos de aquella ysla les hizie
ron muy buen acogimiento, y ella es muy rica y
tiene muchos doblones mas que reales, los quales
les dan los que van a mercar los negros para las
indias, y les dauan cada doblon por veyntc reales.

103
1(0

CAPITULO DOS

DE COMO PARTIMOS DE LA YSLA DE CABO VERDE

Remediada el agua de la nao capitana y pro-


tievdas las cosas necessarias de agua y carne y
otras cosas, nos embarcamos en seguimiento de
nuestro viaje y passamos la linea equinocial, e
yendo nauegando requirió el maestre el agua que
lleuaua la nao capitana, y de cien botas que metió
no halló mas de tres y auian de beuer deltas qua­
trocientos hombres y treynta cauallos. Y vista la
necessidad tan grande, el gouernador mandó que
tomasse la tierra, y fueron tres dias en demanda
della. Y al quarto dia, vn hora antes que amanes-
ciesse acaescio vna cosa admirable, y porque no es
fuera de proposito la porné aqui, y es que yendo
con los nauios a dar en tierra en vnas peñas muy
altas, sin que lo viesse ni sintiesse ninguna persona
de los que venían en los nauios, començó a cantar
vn gril lo, el qual metió en la nao en Cadiz vn solda­
do que venia malo, con desseo de oyr la musica
del grillo, y auia dos meses y medio que nauegaua-
mosy no lo auiamos oydo ni sentido, de lo qual el
que lo metió venia muy enojado. Y como aquella
mañana sintió la tierra començo a cantar y a la
musica del recordó toda la gente de la nao y vie­
ron las peñas, que estauan vn tiro de vallesta de la
nao, y començaron a dar boccs para que echasscn
anclas porque yuamos al traués a dar en las peñas,

104
lbl
y assi las echaran y fueron causa que no nos per-
diessemos; que es cierto si el grillo no cantara nos
ahogáramos quatrocientos hombres y treynta ca­
uallos. Y entre todos se tuuo por milagro que Dios
hizo por nosotros. Y de ay en adelante, yendo na-
uegando por mas de cien leguas por luengo de
costa, siempre todas las noches el grillo nos daua
su musica, y assi con ella llegó el armada a vn
puerto que se llamaua la Cananea, que está passa­
do el Cabo Frió, que estará en veynte c quatro gra­
dos de altura. Es buen puerto; tiene vnas yslas á
la boca del; es limpio y tiene onze braças de hon­
do. Aqui tomó el gouernador la possession dél por
Su Magestad. Y después de tomada partió de alli
y passo por el rio y baya que dizen de Sant Fran­
cisco, el qual está veynte y cinco leguas de la Ca­
nanea, y de alli fue el armada a desembarcar en la
ysla de Sancta Catalina, que está veynte y cinco
leguas del rio de San Francisco, y llego a la yslá
de Sancta Catalina con hartos trabajos y fortunas
Que por el camino passo. Y llego alli a veynte y
nueue dias del mes de Março de mil y quinientos
y quarenta y vno. Está la ysla de Sancta Catalina
en veynte y ocho grados de altura escasos.

CAPITULO TRES
QUE trata de como el gouernador llegó con su
armada a la ysla de sancta catalina, que es en
EL BRASIL, Y DESEMBARCÓ ALLI CON SU ARMADA

Llegado que ouo el gouernador con su armada


■a la ysla de Sancta Catalina mando desembarcar

105
162

toda la gente que consigo lleuaua y veynte y seys


cauallos que escaparon de la mar, de los quarenta
y seys que en España embarcó, para que en tierra
se reformassen de los trabajos que auian rescebi­
do con la larga nauegacion, y para tomar lengua c
informarse de los indios naturales de aquella tie­
rra, porque por ventura acaso podrían saber del
estado en que estaua la gente española que yuan a
socorrer, que residia en la prouincia del Rio de la
Plata, y dio a entender a los indios como yua por
mandado de Su Magestad a hazer el socorro, y to­
mó possession della en nombre y por Su Magestad,
y assimismodel puerto que se dize de la Cananea,
que está en la costa del Brasil en veynte e cinco
grados, poco mas o menos. Está este puerto cin-
quenta leguas de la ysla de Sancta Catalina. Y en
todo el tiempo que el gouernador estuuo en la ysla,
a los indios naturales della y de otras partes de la
costa del Brasil (vassallos de Su Magestad) les hizo
muy buenos tratamientos. Y destos indios tuno
auiso como catorze leguas de la ysla, donde dizen
el Biaza, estauan dos frayles franciscos, llamados
el vno fray Bernaldo de Armenta, natural de Cor­
doua, y el otro fray Alonso Lebrón, natural de la
gran Canaria. Y dende a pocos dias estos frayles
se vinieron donde el gouernador y su gente esta­
uan, muy escandalizados y atemorizados de los in­
dios de la tierra, que los querían matar a causa de
auerles quemado ciertas casas de indios, y por ra­
zón dello auian muerto a dos christianos que en
aquella tierra viuian. Y bien informado el gouer­
nador del caso procuró sossegar y pacificar los in-

106
163

dios y recoció los frayles y puso paz entre ellos y


les encargo a los frayles tuuiessen cargo de doc­
trinar los indios de aquella tierra e ysla.

CAPITULO QUATRO

DE COMO VINIERON NUEUE CHRISTIANOS A LA YSLA

Y prosiguiendo el gouernador en el socorro de


los espartóles, por el mes de Mayo del arto de mil y
quinientos y quarenta y vno embio vna carauela
con Plielippe de Caceres, contador de Vuestra Ma­
gestad, para que entrasse por el rio que dizen de
la Plata a visitar el pueblo que Don Pedro de Men­
doça alli fundó, que se llama Buenos Ayres, y por­
que a aquella sazón era inuierno y tiempo contra­
rio para la nauegacion del rio no pudo entrar y se
boluio a la ysla de Sancta Catalina, donde estaua
el gouernador, y alli vinieron nueue christianos
espartóles, los quales vinieron en vn batel huyendo
del pueblo de Buenos Ayres por los malos trata­
mientos que les hazian los capitanes que residían
en la prouincia, de los quales se informo del estado
en que estauan los espartóles que en aquella tierra
residían, y le dixeron que el pueblo de Buenos Ay­
res estaua poblado y reformado de gente y basti­
mentos, y que Juan de Ayolas, a quien Don Pedro
de Mendoça auia embiado a descubrir la tierra y
poblaciones de aquella prouincia, al tiempo que
boluia del descubrimiento, viniéndose a recoger a
A. Núñkz Cairza dr Vaca.—V.—I.' II

107
lût

ciertos vergantines que auia dexado en el puerto


que puso por nombre de la Candelaria, que es en
el rio del Paraguay, de vna generación de indios
que viuen en el dicho rio, que se llaman Paya-
guos, le mataron a cl y a todos los christianos con
otros muchos indios que traya dc'la tierra adentro
con las cargas, de la generación de vnos indios
que se llaman Chameses, y que de todos los chris­
tianos e indios auia escapado vn moyo de la gene­
ración de los chameses a causa de no auer hallado
en el dicho puerto de la Candelaria los verganti­
nes que alli auia dexado que le aguardassen hasta
el tiempo de su buelta, según lo auia mandado y
encargado a vn Domingo de Yrala, vizcayno, a
quien dexo por capitán en ellos, el qual, antes de
ser buelto el dicho Juan de Ayolas se auia retirado
y desamparado el puerto de la Candelaria, por
manera que por no los hallar el dicho Juan de
Ayolas para recogerse en él, los indios los auian
desbaratado y muerto a todos por culpa del dicho
Domingo de Yrala vizcayno, capitán de los ver­
gantines. Y assimismo le dixeron e hizieron saber
como en la ribera del rio de Paraguay, ciento y
veynte leguas mas baxo del puerto de la Cande­
laria, estaua hecho y assentado vn pueblo que se
llama la ciudad de la Ascension, en amistad y con­
cordia de vna generación de indios que se llaman
Carios, donde residia la mayor parte de la gente
española que en la prouincia estaua, y que en el
pueblo y puerto de Buenos Ayres, que es en el rio
del Parana, estauan hasta sesenta christianos; den-
de el qual puerto hasta la ciudad de la Ascension,

108
165

que es en el rio del Paraguay, auia trezicntas y


cinquenta leguas por el rio arriba, de muy traba­
josa nauegacion, y que estaua por tiniente de go­
uernador en la tierra y prouincia Domingo de Yra­
la, vizcayno, por quien suscedio la muerte y per­
dición de Juan de Ayolas y de todos los christia­
nos que consigo lleuo. Y también le dixeron c in­
formaron que Domingo de Yrala dende la ciudad
de la Ascension auia subido por el rio del Para­
guay arriba con ciertos vergantines y gentes, di­
ziendo que yua a buscar y dar socorro a Juan de
Ayolas, y auia entrado por tierra muy trabajosa
de aguas y ciénagas, a cuya causa no auia podido
entrar por la tierra adentro y se auia buelto y auia
tomado presos seys indios de la generación de los
Payaguos, que fueron los que mataron a Juan de
Ayolas y christianos, de los quales prisioneros se
informo e certifico de la muerte de Juan de Ayo-
las y christianos, e como al tiempo auia venido a
su poder vn indio chañe llamado Gonçalo, que es­
capó quando mataron a los de su generación y
christianos que venian con ellos con las cargas, el
qual estaua en poder de los indios Payaguos cap-
tiuo. Y Domingo de Yrala se retiro de la entrada,
en la qual se le murieron sesenta christianos de en­
fermedad y malos tratamientos. Y otro si, que los
officiales de Su Magestad que en la tierra y pro­
uincia residían auian hecho y hazian muy grandes
agrauios a los españoles pobladores y conquista­
dores, y á los indios naturales de la dicha prouin­
cia vassallos de Su Magestad, de que estauan muy
descontentos y dessasossegados. Y que por esta

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causa y porque assimesmo los capitanes los mal-


tratauan, ellos auian hurtado vn batel en el puerto
de Buenos Ayres e se auian venido huyendo con,
intención y proposito de dar auiso a Su Magestad
de todo lo que passaua en la tierra y prouincia, a
los quales nueue christianos porque venían desnu­
dos el gouernador los vistió y recogió para bol-
uerlos consigo a la prouincia, por ser hombre[s]
prouechosos y buenos marineros y porque entre
ellos auia vn piloto para la nauegacion del rio.

CAPITULO CINCO

DE COMO EL GOUERNADOR DIO PRIESSA A SU CAMINO

El gouernador, anida relación de los nueue


christianos le parescio que para con mayor bre-
uedad socorrer a los que estauan en la ciudad de
la Ascension y a los que residían en el puerto de
Buenos Ayres deuia buscar camino por la tierra
firme, desde la ysla, para poder entrar por el a las
partes y lugares ya dichos do estauan los christia­
nos, y que por la mar podrían yr los nauios al puer­
to de Buenos Ayres, y contra la voluntad y pares­
cer del contador Phelippe de Caceres y del piloto
Antonio Lopez, que querían que fuera con toda el
armada al puerto de Buenos Ayres, dende la ysla
de Sancta Catalina embio al factor Pedro Doran­
tes a descubrir y buscar camino por la tierra fir­

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La Brevísima relación de la
destruición de Indias de fray
Bartolomé de Las Casas en
el eje de las controversias

"" Beatriz Colombi


Instituto de Literatura Hispanoamericana, Facultad de Filosofía y Letras, UBA

Resumen

La disputatio que tuvo lugar en Valladolid (1550-1551) entre fray Bartolomé de Palabras clave
Las Casas y Juan Ginés de Sepúlveda fue uno de los momentos más significativos Brevísima relación
del debate del Nuevo Mundo. En esa oportunidad, ambos contendientes obede- Disputatio
cieron a las convenciones de la disputatio, práctica de confrontación medieval Indagación
Polémica
basaba primordialmente en la cita de autoridad. Poco después, Las Casas publicó
su Brevísima relación de la destruición de las Indias, en la que prevalece una nueva
autoridad basada en el método de la indagación, que tiene en cuenta los testi-
monios de vista, escritos y orales, para reconstruir la verdad de los sucesos. Las
Casas implementa una retórica de la confrontación basada en el mundus inversus,
la retorsión, la resemantización, la demonización y el anonimato del adversario
para hacer visibles a sus lectores los hechos narrados. Este trabajo analiza este
tránsito (de la disputatio a la indagación), en la autorización de los argumentos así
como los tropos del discurso polémico que organizan este texto. La Brevísima es
un intento extremo de restauración de la verdad haciendo palpable la distorsión
discursiva llevada a cabo por la Conquista.

Abstract

The disputatio held in Valladolid (1550-1551) between Fray Bartolomé de Las Key words
Casas and Juan Ginés de Sepúlveda is one of the most significant moments of Brevísima relación
the debate in the New World. At that time, both contestants obeyed disputatio’s Disputatio
conventions, the medieval confrontation practice based primarily on the citation Inquiry
Controversy
of authority. Shortly after, Las Casas published Brevísima relación de la destruición
de las Indias, where prevails a new authority based on the method of inquiry, which
takes into account the written and oral testimonies to reconstruct the truth of the
past events. Las Casas implements a rhetoric of confrontation based on mundus
inversus, retaliation, resemantization, demonization and anonymity of the adver-
sary to make visible to his readers the narrated facts. This paper analyzes this
transition –from disputatio to inquiry – in the authorization of the arguments as
well as the contentious discoursive tropes that organize this text. The Brevísima
is a extreme attempt of restoration of truth to make palpable the discursive dis-
tortion carried out by the Conquest.

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Resumo

Palavras chave A disputatio realizada em Valladolid (1550-1551) entre fray Bartolomé de Las Casas e
Brevísima relación
Juan Ginés de Sepúlveda foi um dos momentos mais significativos do debate no Novo
Disputatio Mundo. Naquela época, ambos os candidatos obedeceu às convenções da disputatio,
Indagação a prática medieval de confronto baseada principalmente na citação de autoridade.
Controvérsia
Logo em seguida, Las Casas publicou seu Brevísima relación de la destruición de las Indias,
onde uma nova autoridade baseada no método de indagação, que leva em conta os
testemunhos de vista, escrita e oral, para reconstruir a verdade factual, prevalece. Las
Casas implantou uma retórica de confronto baseada em: mundus inversus, retaliação,
ressemantização, demonização e anonimato do adversário, para tornar visível a seus
leitores os fatos narrados. Este artigo analisa essa transição (disputatio/indagação).
A Brevísima é uma tentativa extrema para restaurar a verdade contra a distorção
discursiva levada adiante pela Conquista.

Pocas voces fueron tan contestatarias en el siglo XVI como la del dominico fray Bar-
tolomé de Las Casas. La más renombrada de sus manifestaciones públicas fue su
participación en la disputatio de Valladolid de 1550-1551 con Juan Ginés de Sepúlveda,
centrada en cuestiones fundamentales para la consecución de la conquista: la llama-
1. Vanina Teglia (2012) hace una da guerra justa y la esclavitud natural de los indios.1 La figura del antagonista, como
notable puesta al día de estas
discusiones en su tesis doctoral.
claramente lo fue Sepúlveda para el dominico, siempre tuvo un lugar de privilegio
en su obra y la Brevísima relación de la destruición de las Indias, publicada poco después,
puede verse como la pieza clave de este ímpetu controversial que caracterizó la gran
2. La primera versión de este texto mayoría de sus escritos.2 Si en otras ocasiones, Las Casas realiza propuestas paliati-
fue leída ante la Congregación
de teólogos, letrados, juristas y el
vas para la reforma del sistema colonial (ver Las Casas, 1552: 158) –fundado en ins-
Consejo Real de las Indias, convo- tituciones que merecieron toda su condena, como la encomienda y la esclavitud–, en
cado por el Emperador Carlos V en la Brevísima relación, su pluma solo buscará hacer pública la metodología de la devas-
1542 en la villa de Valladolid para
determinar “si contra las gentes tación y a sus responsables. Por eso, este texto revoluciona las formas del alegato y
de aquellos Reynos: se podían de la prueba mostrando la distorsión discursiva que daba sustento a la pretendida
lícitamente y salva justicia, sin ver
cometido nuevas culpas mas de las legalidad de la conquista.
en su infidelidad cometidas: mover
guerras que llaman conquistas”.
Seguimos la edición de Martínez
Torrejón (2006) indicando la Disputa, indagación, libelo
página citada entre paréntesis.

Bartolomé de Las Casas y Ginés de Sepúlveda enfrentaron sus argumentos y res-


3. Michel Foucault define la dispu-
pectivas proposiciones haciendo uso de una práctica letrada propia del mundo
tatio medieval del siguiente modo: medieval: la disputatio.3 Este tipo de confrontación estaba basado en la cita de
“En la universidad medieval el autoridades de las que emanaba toda verdad posible. En el debate de Valladolid,
saber se manifestaba, se transmitía
y se autentificaba a través de de- los dos contendientes recurrieron en varias oportunidades a las mismas fuentes
terminados rituales, el más célebre –como es el caso de Aristóteles o de San Agustín– para sostener enunciados total-
de los cuales era la disputatio.
Consistía en el enfrentamiento mente contrapuestos, lo que revelaba o bien la progresiva fragilidad del sistema
de dos adversarios que utilizaban de autoridades, o bien la pericia retórica de ambos en el uso de la retorsión. Las
las armas verbales, los procesos
retóricos y las demostraciones
Casas impugna las citas de Sepúlveda y objeta la pertinencia de estas para el tema
basadas esencialmente en el prin- en discusión. De este modo, imputa a Sepúlveda tanto el uso desviado de la patrís-
cipio de autoridad. No se apelaba tica (“el doctor dogmatiza torciendo las auctoridades de los sanctos a su propósi-
a testigos de verdad sino a testigos
de fuerza. Cuantos más autores to” [95]) como la lectura literal de la severidad del Antiguo Testamento con
pudiese reunir a su lado uno de referencia a los gentiles (“los ejemplos del Testamento viejo no se han en el nuevo
los participantes en la disputatio,
cuanto más pudiere invocar testi- de imitar” [94]) que, mutatis mutandis, era aplicada a los nuevos gentiles, los indios,
monios de autoridad, de fuerza, de sin ningún tipo de atenuaciones. Las Casas rechaza, igualmente, la teoría de la
peso, y no testimonios de verdad,
mayores posibilidades tenía de
esclavitud natural postulada por Aristóteles en su Política, concepción esgrimida
salir vencedor del enfrentamiento. por Sepúlveda, desautorizando al filósofo con un giro coloquial que hace doble-
La disputatio es una forma de mente desafiante su posición (“Mandemos a paseo en esto a Aristóteles” ([Apología:
prueba, de manifestación y autenti-
ficación del saber…” (1996: 86-87). 132]). Tantas observaciones de forma y fondo colocaban en evidencia la

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inadecuación del sistema para tratar los temas presentes, de inobjetable urgencia,
a la luz de las palabras antiguas, sobre todo cuando estas eran desviadas y desvir-
tuadas por Sepúlveda. Como es sabido, la paridad intelectual de los dos partici-
pantes en la disputatio se reflejó en la falta de un veredicto por parte de los jueces
y letrados convocados para la ocasión, quienes nunca se expidieron a pesar del
tácito triunfo del dominico.

En el sistema de la disputatio, la cita de las autoridades tiene la contundencia de la


prueba, por lo que el debate se reduce a impugnar a los autores o a someter sus
palabras al descrédito estimando su adecuación o rigor para el contexto dado.
Pero con la publicación de la Brevísima en 1552, Las Casas da un paso más allá de
este modelo ya insuficiente, indudablemente, para comprobar el saber o afirmar la
legitimidad de los argumentos. En la Brevísima relación, la indagación adquiere una
primacía radical por sobre la palabra de las autoridades. El libro no acude, salvo
excepciones, a la cita de autoridad y convalida su verdad con otro método más
moderno, la indagación. La indagación, según explica Foucault, recurre de modo
novedoso a la palabra de los testigos de vista, quienes dan fe, bajo juramento, de
que algo efectivamente ha sucedido:

La indagación será el sustituto del delito flagrante. Si se consigue reunir efectivamente


a las personas que pueden garantizar bajo juramento que vieron, si es posible
establecer por medio de ellas que algo sucedió realmente, podrá obtenerse
indirectamente a través de la indagación y por intermedio de las personas que saben,
el equivalente del delito flagrante. Entonces se podrán tratar gestos, actos, delitos,
crímenes, que no están ya en el campo de la actualidad, como si fuesen delitos
flagrantes. Se logra así una nueva manera de prorrogar la actualidad, de transferirla
de una época a otra y ofrecerla a la mirada, al saber, como si aún estuviese presente.
Esta inserción del procedimiento de indagación reactualizando, haciendo presente,
sensible, inmediato, verdadero, lo ocurrido, como si lo estuviésemos presenciando,
constituye un descubrimiento capital (1996: 82).

La palabra de las autoridades, si acaso se acude a ellas, no tiene ya el peso indiscutido


y fijo de la prueba, sino la consistencia confrontable y móvil del testimonio:

Haber visto, haber leído los textos, saber lo que efectivamente se dijo, conocer lo que
se dijo tanto como la naturaleza de aquello respecto de lo cual algo se dijo, verificar
lo que dijeron los autores por medio de la comprobación de la naturaleza, utilizar
a los autores ya no como autoridad sino como testimonio, todo esto constituirá una de las
grandes revoluciones en la forma de transmisión del saber. La desaparición de la
alquimia y la disputatio, o mejor, el hecho de que esta última fuese relegada a formas
universitarias completamente esclerosadas y que perdiera a partir del siglo XVI toda
autoridad y eficacia como forma de autentificación real del saber, son algunas de las
numerosas señales que nos marcan el conflicto entre la indagación y la prueba, y el
triunfo de la primera sobre la segunda, a finales de la Edad Media (Foucault, 1996:
87, destacado mío).

La moderna indagación se desentiende de la cita de autoridad para privilegiar la


autoridad de los hechos vistos y vividos. Por ello, el enunciador de la Brevísima
relación se presenta como testigo de vista (“Yo vide todas las cosas arriba dichas y
muchas otras infinitas”, “estando yo presente”, “yo soy testigo”) y como escucha
de testimonios de primera mano. Como el relato de los hechos de la Española, que
oye de boca del propio Cristóbal Colón, o la conquista de la Nueva España, que
recoge de los informes de sus partícipes (“según me dijeron algunos de los que allí
se hallaron”). Este ver y escuchar propio del narrador de la historia desde la época
clásica es reforzado aquí con el registro, también sensible, del palpar. Así, dice

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“vimos y palpamos con nuestros ojos e manos” (123), imagen con la que alude a un
modo del saber que supone no solo presencia y observación, sino también proxi-
4. Sobre la valoración de la midad vivencial con los acontecimientos narrados.4 La vista, tenida como órgano
experiencia en el siglo XVI como
nuevo fundamento de veracidad
por excelencia del conocimiento en la época, es reforzada en la imagen lascasiana
de los relato, ver Jay (2009). por la dimensión de lo táctil, como enseña el emblema XVI del Emblematum liber
de Andrea Alciato, publicado en 1531 y ampliamente difundido entre los círculos
5. En este emblema, la pictura del humanismo y el público lector que comienza a consolidarse en el siglo XVI.5 El
representa a una mano con un ojo emblema traduce el quiebre de certidumbres respecto del acceso al saber y la nece-
en la palma, y el mote o lema dice:
“Sobre vivendum, et non temere sidad de confrontar la experiencia sensorial de diversos modos para no ser víctimas
credendum”. Ver Lopez (1615). de un nuevo engaño –tanto o más perjudicial que la ciega obediencia a las autori-
dades–, el de los sentidos.

De este modo, la Brevísima pone en escena el saber fundado tanto en el alegato del
propio autor –conocedor directo de los sucesos acaecidos en las Indias– como en los
dichos de otros actores en ese mismo escenario. En este último caso, uno de los frag-
mentos más extensos reproducidos es la declaración de fray Marcos de Niza, de quien
Las Casas dice tener “un treslado con su propia firma” (209), rubricado, además, por el
obispo de México, aclaración de fidelidad que nos retrotrae a las palabras de Foucault
antes reproducidas. La firma, como el juramento, convalida la veracidad del testimonio.
Aunque estas narraciones también pueden ser anónimas, como “la carta y relación que
escribió cierto hombre” incluida al final de la Brevísima, que si bien “va sin principio ni
cabo”, “parecióme no deberse dejar de imprimir”, según aclara Las Casas volviéndose
él mismo en el último garante de su autenticidad. Con el acopio de relatos de distinta
procedencia, en los que intervienen otras voces además de la propia, voces acreditadas
por el nombre de su emisor, o voces ignotas y anónimas, Las Casas se propone “ofrecer
a la mirada”, “como si lo estuviésemos presenciando”, un compendio de los hechos más
relevantes y también más atroces de cinco décadas de conquista, que se ven potenciados
y actualizados como “delitos flagrantes” ante los ojos del lector.
6. Entre otros, Ramón
Menéndez Pidal.
Tal indagación está apuntalada por usos léxicos y una retórica del enfrentamiento, que
7. Las Casas llama “libelo” al
Democrates alter de Sepúlveda,
amenaza con romper cualquier interlocución con los contendientes ausentes (Kerbrat-
pero asume también el lugar del Orecchioni et al., 1982). Por la radicalidad de su discurso, cierta crítica atribuyó a Las
libelista contra los conquistadores. Casas el título y cargo de panfletario ya que, como sabemos, la Brevísima dio origen a
8. Diccionario de Autoridades la llamada leyenda negra.6 Según Marc Angenot (1995), el panfletista se caracteriza por
(1723): “Libelo 1. Lo mismo que
Petición o Memorial. Es voz latina denunciar una impostura con una dialéctica extremadamente tensa –en la que abundan
usada en lo forense. Lat. Libellus. las figuras de la inversión, la paradoja y el oxímoron– y por una visión crepuscular y
Navarr. Man. Cap. 25, número 13
“Y también el que no guarda la
catastrófica, un mundus inversus, expresado en una lengua apasionada y profética; carac-
orden del derecho, procediendo terísticas todas que podemos encontrar en la Brevísima relación. El narrador se presen-
sin libelo, o sin contestación de
pleito”. Papel o escrito satírico,
ta como el portador de una verdad irrebatible que ha sido falseada por otras versiones,
denigrativo o perjudicial, que lo cual justifica la inusitada contundencia de palabras e imágenes, que abandonan
mancha y deslustra la fama u cualquier tributo al decoro, según prescribía la retórica.
honra de alguna persona. Llámase
comúnmente libelo infamatorio”.
9. “Libelo, en nuestro vulgar Si “panfletista” es el galicismo de “libelista”, deberíamos ahondar en este último
Romance vale escritos infamato- término, usado, por otra parte, por el mismo Bartolomé de Las Casas para referirse
rios, que sin autor se publican, o
fijándolos en columnas y esquinas a Sepúlveda.7 Según el Diccionario de Autoridades (1723), el libelo tiene, en primer
de lugares públicos. Este crimen lugar, una connotación judiciaria, ámbito en el que equivale a petición o memorial,
es muy grave, y assi se castiga con
mucha severidad. Y porque libellus
género al que se ajusta la Brevísima en cierto sentido. Pero también designa al escri-
es nombre general, y significa to que mancha o deslustra la fama u honra de alguna persona.8 Si pensamos que el
memorial o libro pequeño, se le
añade la palabra famoso que vale
blanco hacia el que apuntan las encendidas acusaciones de Las Casas son los hechos
tanto como infamatorio, y des- aberrantes de los conquistadores y, más específicamente, aquellos que inhabilitan
honrador. Es diminutivo de libro” cualquier reclamo o merecimiento de honra y fama, su objetivo explícito es despo-
(Tesoro de la lengua castellana
o española, versión digitalizada seerlos de tales presuntas virtudes. Según Sebastián de Covarrubias, los libelos son
por la Universidad de Sevilla, escritos “infamatorios” y anónimos, punibles con un severo castigo.9 Este carácter
http://fondosdigitales.us.es/
fondos/libros/765/16/tesoro-de-la-
punitorio probablemente explique el anonimato de los personajes a los que refiere
lengua-castellana-o-espanola/). Las Casas, tema del que me ocupo más adelante.

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El espanto y los demonios

El espanto es una de las palabras claves de la Brevísima relación y refuerza la atmós-


fera narrativa de mundus inversus, en el que prima el pavor mientras los demonios
hacen su faena. En la edición de José Miguel Martínez Torrejón, el editor anota que
el fraile usa la palabra “en el sentido antiguo de ‘asombro causado por lo que es
extraordinario’, sin relación con la idea de terror. Se aplica tanto a los horrores de la
conquista como a los aspectos que Las Casas considera positivos” (101). José Maravall
señala este mismo sentido para la palabra “asombro”, asociada muchas veces al
espanto, que en el siglo XVII señala el efecto psicológico de lo inusitado.10 Por cier- 10. “Si la teoría aristotélica sobre
el papel del asombro se ha leído
to, no es ajeno a los intereses persuasivos de Las Casas mentar reiteradamente al en el Renacimiento y se seguirá le-
asombro/espanto para lograr la conmoción afectiva y convencer a su auditorio, par- yendo y recordando en el Barroco,
ticularmente, al emperador Carlos V. Pero creo que, en la Brevísima, la significación en el segundo período se busca en
el asombro –palabra a la que con
del espanto como admiración o extrañeza convive con la explícita alusión al horror.11 frecuencia se une la de “espanto”–
De este modo, si bien la acepción de asombro/espanto en el sentido de hecho extraor- la idea de algo diferente a una in-
troducción o acceso al saber; más
dinario (independiente de su valoración positiva o negativa) suele aparecer en los bien, la de un efecto psicológico
textos de Las Casas, como en la Historia de las Indias, por ejemplo, su empleo en la que provoca una retención de las
fuerzas de la contemplación o de la
Brevísima relación está orientada, la mayoría de las veces, al campo semántico del admiración durante unos instantes,
terror. Las diferentes flexiones de espanto, espantar, espantables, espantoso son abun- para dejarlas actuar con más vigor
dantes a lo largo del texto: al desatarlas después. Por eso va
referido al gusto por lo nuevo, lo in-
usitado, el prodigio, lo maravilloso,
Decir asimesmo los azotes, palos, bofetadas, puñadas, maldiciones y otros mil géneros aquello que espanta, en el sentido
de que sorprende en su grandeza
de tormentos que en los trabajos les daban, en verdad que en mucho tiempo ni papel o extrañeza” (Maravall, 1975: 437).
no se pudiese decir, y que fuese para espantar los hombres.” (“Los reinos que había
11. El Diccionario de Autoridades
en la isla Española”, 122) (…). En tres o cuatro meses, estando yo presente, murieron (1732) contempla entre las acepcio-
de hambre por llevalles los padres y las madres a las minas más de siete mil niños. nes de “espanto”, en primer lugar:
“Terror, asombro, consternación
Otras cosas vide espantables (“De la isla de Cuba”, 128) (…). Particularmente no podrá y perturbación del ánimo, que
bastar lengua ni noticia e industria humana a referir los hechos espantables que en causa inquietud y desasosiego y
altera los sentidos”, luego: “Se
distintas partes y juntos en un tiempo en unas, y varios en varias, por aquellos hostes toma también por amenaza,
públicos y capitales enemigos del linaje humano se han hecho dentro de aquel dicho amago, demostración y acción para
infundir miedo y horror” y, por
circuito (“De la Nueva España”, 141) (…). Digo verdad que de lo que ambos hicieron
último: “Vale asimismo admiración
en mal (y señaladamente del que fue al reino de Guatimala, porque el otro presto y asombro, no causado de miedo,
mala muerte murió), que podría expresar y colegir tantas maldades, tantos estragos, sino de reparo y consideración
de alguna novedad y singulari-
tantas muertes, tantas despoblaciones, tantas y tan fieras injusticias que espantasen dad”, por lo que la ambigüedad
los siglos presentes y venideros e hinchese dellas un gran libro, porque este excedió entre terror y admiración persiste
en el siglo XVIII. Sin caer en el
a todos los pasados y presentes, así en la cantidad y número de las abominaciones anacronismo, recordemos que
que hizo como de las gentes que destruyó y tierras que hizo desiertas, porque todas “horror” es la palabra clave y más
perturbadora de El corazón de las
fueron infinitas (“De la nueva España”, 151).
tinieblas de Joseph Conrad, novela
que trata de las nuevas formas del
El espanto recorre al narrador, los acontecimientos definidos como “hechos espan- imperialismo a finales del siglo XIX.

tables”, y alcanza hasta a los propios conquistadores que se vuelven víctimas de los
mismos mecanismos de intimidación que implementan para someter a los Otros:

Fueron por allí después por aquellos caminos otros tiranos que sucedieron de
la mesma Venezuela y otros de la provincia de Santa Marta con la mesma santa
intención de descubrir aquella casa santa del oro del Perú, y hallaron toda la tierra,
más de docientas leguas, tan quemada y despoblada y desierta, siendo pobladísima y
felicísima como es dicho, que ellos mesmos, aunque tiranos y crueles, se admiraron y
espantaron de ver el rastro por donde aquél había ido, de tan lamentable perdición
(“Reino de Venezuela”, 195).

Finalmente, y de acuerdo con la hipérbole como figura estructurante del texto, el


espanto pretende alcanzar al mundo entero; así, cuando Las Casas se refiere a las
acciones de Pedro de Alvarado en Guatemala, dice: “Y es verdad que si hobiese de
decir en particular sus crueldades hiciese un gran libro que al mundo espantase”

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(“De la provincia y reino de Guatemala”, 159). El espanto obedece a una gradación;


después de una escena de espanto, el texto promete más espanto en la consecución
de su lectura, en un ritmo ascendente e intensivo: “Pues peores cosas veremos abajo”
(“Del reino de Yucatán”, 170). Alcanza momentos de clímax con la representación de
las torturas y matanzas, motivos recuperados en los grabados de Theodore De Bry
para la edición latina de la Brevísima relación, publicada en Frankfurt en 1598. A la
política del terror impuesta por los españoles, Las Casas responde con la retórica del
espanto, que entra en relación estrecha con un universo semántico de lo demoníaco
con las frecuentes menciones al infierno, lo infernal y los demonios.

Jean Delumeau sostiene que una “ciudad del terror” dominó el horizonte del hombre
europeo durante los siglos XV y XVI (1989). En el contexto histórico de la Reforma y
Contrarreforma, la difundida creencia en la proximidad del fin de los tiempos y en el
milenarismo atizó los temores hacia un Dios severo y justiciero agigantando la figura
amenazante de Satán. En el arte plástico de estos siglos se manifiesta un gusto acen-
tuado por las imágenes violentas, los martirios y el castigo divino que espera al hombre
12. Delumeau sostiene que, hacia en el Juicio Final.12 Las Casas evoca continuamente este imaginario y produce analogías
el siglo XVI, Occidente “disfru-
tó una extraña delectación en
visibles entre los caciques torturados por los españoles y las representaciones agónicas
representar la agonía victoriosa y martirológicas de Cristo, san Juan Bautista, san Esteban, san Sebastián o san Lorenzo,
de los torturados” (1989: 38). sometidos a tormentos por crucifixión, flagelación, lapidación, flechas o fuego, imáge-
Ver también Weisbach (1948).
nes que De Bry ilustra con maestría y notable literalidad en la edición de Frankfurt
arriba citada. Estas representaciones, por otra parte, serán luego recurrentes en las
crónicas de la evangelización de las Indias de los siglos XVII y XVIII. A través del uso
de este repertorio, Las Casas transmite un mensaje inequívoco: el frágil paraíso ameri-
cano está en manos de fuerzas infernales y los mártires son los aborígenes.

Una de las misiones de los hombres de la Iglesia durante la Contrarreforma fue des-
enmascarar a Satán e identificar a sus agentes (que eran, invariablemente, turcos, judíos,
13. “Desenmascarar a Satán fue herejes, mujeres e indios).13 Por eso, los cronistas de Indias relacionaron frecuente-
una de las grandes empresas
de la cultura docta europea en
mente el ejercicio de la idolatría con el culto al demonio (Bernand y Gruzinski, 1992;
el inicio de los tiempos moder- Bartra, 1997). Desde comienzos del siglo XVI con la conquista de Nueva España –en
nos” (Delumeau, 1989: 377). las narraciones de Bernal Díaz del Castillo, Hernán Cortés o Francisco López de Góma-
ra– hasta fines de ese siglo con la Historia natural y moral de las Indias (1590) de Joseph
de Acosta, los cronistas establecieron permanentes analogías entre la idolatría ameri-
cana y el culto al demonio. Contrariando esta corriente dominante entre los diferentes
escritores de Indias, Las Casas asigna los atributos demoníacos a los españoles; dice
que estos en su accionar tienden continuas trampas a la codicia de los soldados tentán-
dolos (una de las acciones básicas del Diablo) a pasar todo límite de crueldad en pos
de la obtención de botines, riquezas y todo tipo de prebendas.

Ahora bien, podríamos preguntarnos cuál es el lugar de la demonología en la obra de


Las Casas. Como todo prelado de su época, el tema no le fue en absoluto ajeno. Treinta
capítulos de su Apologética Historia Sumaria están destinados a la demonología, a la
brujería y a la magia, que el dominico examina detalladamente citando como fuente el
Malleus Maleficarum (Martillo de Brujas). Su objetivo era deslindar la idolatría –práctica
propia de los pueblos infieles– de la común identificación que se establecía en la época
entre esta y el culto al demonio. Para desestructurar esta convención y estereotipo
cultural fuertemente asimilado al discurso conquistador, Las Casas ofrece ejemplos
de la presencia de la idolatría tanto en la antigüedad clásica como en el temprano
mundo cristiano para lavar de la culpa idolátrica a los americanos. Sostiene también
en la disputatio con Sepúlveda que la idolatría no es condenable per se en tanto quien
la practique lo haga con honesta devoción y por ignorancia del conocimiento del Dios
verdadero. Edmundo O’Gorman, editor de la Apologética, lee esta sección del libro
como “un arcaísmo medieval de Las Casas” (Apologética). Pero la demonología fue un
fenómeno que acompañó los orígenes de la modernidad; así lo consideran Roger Bartra

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en El salvaje artificial y Carlo Ginzburg en Mitos, emblemas, indicios. Es probable que este
interés se deba al hecho de que la razón moderna comenzaba a imponer sus principios
y a echar nueva luz sobre el mundo en una atmósfera preñada de miedos escatológicos
y procesos inquisitoriales. Esta constatación invita a revisar la hipótesis muchas veces
trabajada por la crítica al analizar la disputa Las Casas-Sepúlveda, que ve este choque
discursivo como una confrontación entre el arcaísmo medieval del dominico y el huma-
nismo renacentista de su contendiente. Si este fuese el caso, aunque no creemos que lo
sea, las armas pretendidamente arcaicas de Las Casas le permitieron la elaboración de
un pensamiento nuevo frente a la otredad americana, que letrados de clara filiación
humanista, como Gonzalo Fernández de Oviedo desde las Indias o Ginés de Sepúlveda
desde España, no llegaron siquiera a esbozar.

En la Apologética historia sumaria, Las Casas describe los poderes de los demonios
para causar catástrofes naturales (tormentas, granizo, incendios), destruir mieses y
heredades o diezmar bestias y hombres. Idéntico sentido asume la destruición mentada
en el título de la Brevísima, en la que los conquistadores aparecen arrasando grandes
extensiones de tierra y provocando el despoblamiento y la muerte como solo los
agentes del Maligno podrían hacerlo. Veamos un pasaje, correspondiente al Reino
de Guatemala y referido a Pedro de Alvarado:

Mató infinitas gentes con hacer navíos: llevaba de la mar del Norte a la del Sur
ciento y treinta leguas los indios cargados con anclas de tres y cuatro quintales, que
se les metían las uñas dellas por las espaldas y lomos. Y llevó desta manera mucha
artillería en los hombros de los tristes desnudos, y yo vide muchos cargados de
artillería por los caminos angustiados. Descasaba y orbaba los casados, tomándoles
las mujeres y las hijas, y dábalas a los marineros y soldados por tenellos contentos
para llevallos en sus armadas: henchía los navíos de indios, donde todos perecían
de sed y hambre. Y es verdad que si hobiese de decir en particular sus crueldades
hiciese un gran libro que al mundo espantase. Dos armadas hizo de muchos navíos
cada una, con las cuales abrasó como si fuera fuego del cielo todas aquellas tierras
¡Oh cuántos huérfanos hizo, cuántos orbó de sus hijos, cuántos privó de sus mujeres,
cuántas mujeres dejó sin maridos, de cuántos adulterios y estupros y violencias fue
causa, cuántos privó de su libertad, cuántas angustias y calamidades padecieron
muchas gentes por él, cuántas lágrimas hizo derramar, cuántos sospiros, cuántos
gemidos, cuántas soledades en esta vida, y de cuántos damnación eterna en la otra
causó: no solo de indios, que fueron infinitos, pero de los infelices cristianos de cuyo
consorcio se favoreció, en tan grandes insultos, gravísimos pecados y abominaciones
tan execrables. Y plega a Dios que dél haya habido misericordia y se contente con
tan mala fin como al cabo le dio (159).

El fragmento acude en primer término a la hipérbole (“Mató infinitas gentes con


hacer navíos”, “abrasó, como si fuera fuego del cielo, todas aquellas tierras”), sigue
a continuación con el lamento o jeremiada (“Oh, cuántos huérfanos hizo”) y cierra
con el mal fin que recayó sobre Alvarado. La catástrofe demográfica ocasionada por
la conquista es equiparable a las facultades de los demonios, quienes, según dice en
la Apologética historia sumaria, realizan estas acciones “por la entrañada y antigua
enemistad que los demonios tienen a los hombres”, por la ofensa e injuria continua a
Dios y “por la ganancia que hallan en que se pierdan más ánimas” (Apologética: 451),
argumentos insinuados también en el fragmento arriba reproducido de la Brevísima.
El cierre del relato remite a la justicia divina que, contrariando la acendrada creencia
española en que la providencia estaba de su parte, recae sobre el destino ciertamente
trágico de muchos de los conquistadores.

Dentro de esta mecánica infernal, los españoles irrumpen como lobos entre cor-
deros traicionando el mandato de Cristo a sus apóstoles: “Id como corderos entre

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lobos” (Mateo 10,16). Como ya ha sido advertido, se trata de una de las metáforas
más frecuentes en los textos de Las Casas, mediante la cual expresa claramente la
disparidad de las fuerzas enfrentadas. Pero esta metáfora alcanza otra connotación
si la consideramos en el contexto demonológico, en el que se le atribuye al lobo una
estirpe diabólica, según aparece en numerosos dichos y refranes populares, creencia
que conjuga el temor por la licantropía en el siglo XVI con los caracteres sanguinarios
de este animal (Delumeau, 1989: 101). Un momento clave para descifrar su sentido es
el Capítulo CXVI de la Historia de Indias, en el que Las Casas acusa a Hernán Cortés de
usurpar tanto la hacienda del rey como el imperio de Moctezuma. Las Casas narra una
escena de encuentro en la Corte con el conquistador de México. En ella, Cortés admite
ante el fraile, entre risas y burlas descaradas, la escasa legalidad de sus actos y, para
hacerlo, invoca el tópico de lobos y corderos. Examinemos un fragmento de este pasaje:

Todo esto me dijo el mismo Cortés, con otras cosas cerca dello, después de marqués, en
la villa de Monzón, estando allí celebrando Cortes el emperador, año de 1542, riendo
y mofando y con estas formales palabras: “A la mi fe, anduve por allí como un gentil
corsario”. Dije yo, también riendo, pero entre mi: “Oigan vuestros oídos lo que dice
vuestra boca”. Puesto que otras veces hablando con él en México en conversación,
diciéndole yo con qué justicia y conciencia había preso aquel tan gran rey Moctezuma
y usurpado sus reinos, me concedió al cabo todo, y dijo: “Qui non intrat per ostium fur
est et latro”. Entonces le dije a la clara, con palabras formales: “Oigan vuestros oídos
lo que dice vuestra boca” y después todo se pasó en risa, aunque yo lo lloraba dentro
de mí, viendo su insensibilidad, teniéndole por malaventurado (Historia, 422-423).

Si el diablo es presentado en los tratados de la época como el “gran seductor”, no de


otra manera aparece Hernán Cortés en la pluma de Las Casas. En el breve fragmento
que transcribimos, un Cortés sonriente y carismático (como lo recuerda Bernal Díaz
del Castillo en su Historia verdadera) revela, una vez más, su astucia discursiva para
justificar su ingreso a México. La cita de Cortés alude a un pasaje del Evangelio de
san Juan que dice: “En verdad, en verdad os digo que quien no entra por la puerta
en el aprisco de las ovejas, sino que sube por otra parte, ese es un ladrón y un saltea-
dor” (Juan 10,1). La cita en boca de Cortés roza el sarcasmo ya que, efectivamente,
el conquistador “entra por la puerta” a la ciudad de Tenochtitlan, un ingreso larga-
mente resistido por Moctezuma y sus embajadores, pero finalmente franqueado al
español cuando su proximidad se volvió inminente. Como los demonios descriptos
por Las Casas en la Apologética, el capitán español se muestra hábil en “falacias,
astucias y disimulaciones” (Apologética, 458). Al final del fragmento, la exhortación
que le formula Las Casas a Cortés, “oigan vuestros oídos lo que dice vuestra boca”,
es un intento vano por hacer consciente a su interlocutor sobre el uso aberrante de
las palabras evangélicas. Identificamos, además, dos epítetos frecuentes en Las Casas
para designar a los españoles: “ladrón” y “salteador”. Los conquistadores demonizados
en la Brevísima conforman un perfil exactamente opuesto al que deberían tener los
“varones destinados a las Indias”, según las recomendaciones de la Bula de Adriano.
Estos varones debían ser, según recuerda Las Casas, honrados, temerosos de Dios,
doctos, sabios y expertos en instruir a los habitantes en la fe católica. En la brecha que
se abre entre esta caracterización idealizada y la realidad de las Indias se encuentra
la máxima paradoja que desea plantear el alegato lascasiano.

Tiranos innominados

Pero si Las Casas se vale de un léxico demonológico para articular un mundo mani-
queo en el que puedan dilucidarse y separarse claramente el bien del mal, también
acude a categorías que proceden del universo secular y de las leyes del Estado. Así,
los conquistadores son caracterizados también como tiranos. En la Historia de Indias,

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Capítulo CXXII, Las Casas se refiere a la sorpresa y satisfacción de Cortés al percibir


que las enemistades nativas favorecían imprevistamente sus planes, y cita en esta
oportunidad a Aristóteles como fuente del concepto de tiranía:

Ser tirano y con mala conciencia desear y poner por obra lo dicho, parece
manifiestamente, porque todo tirano, como carezca de razón, de derecho y de justicia,
según el Filósofo en el libro V de la Política, cap. 11, huélga(n)se de las discordias, si
las tienen, los que quiere(n) tiranizar, y si no las tienen procura(n) que las tengan,
porque estén divididos y así más fácilmente sojuzguen los unos y los otros, sabe(n)
que si todos fuesen juntos y conformes, con más dificultad, y a las veces nunca,
podrían sujetar ni tiranizar a ningunos, y si por algún tiempo pudiese(n) prevalecer,
no duraría tanto su tiránico señorío (Historia, 446).

Suponemos que también está presente en Las Casas la acepción de tiranía de las Siete
Partidas (Partida Segunda, Título Primero, Ley X):

Tirano quiere decir como señor cruel que se ha apoderado de algún reino o tierra
por fuerza o por traición, y estos tales son de tal naturaleza, que después que se han
bien apoderado de la tierra, aman más hacer su provecho, aunque sea en daño de la
tierra, que el provecho comunal de todos (Alfonso el Sabio, 1992: 137).

La tiranía como sinónimo de apropiación es el sentido que predomina en Las Casas,


como en otros cronistas de la época, inclusive en uno de sus rivales más renombrados,
Gonzalo Fernández de Oviedo. La figura del tirano aparece también en el Libro de
Isaías, una de las fuentes del discurso profético lascasiano.14 Jérôme Baschet señala 14. Las marcas del discurso
profético en Las Casas han
que, en la primera mitad del siglo XIV, se impulsa la reflexión sobre la tiranía como sido estudiadas, entre otros,
forma del “mal poder” simbolizado por el “príncipe de este mundo” (Juan 12,31), es por Marcel Bataillon (1989) y
decir, Satán (Le Goff y Schmitt, 2003: 219). De este modo, se hace evidente el sistema por Juan Durán Luzio (1978).

cohesivo de apelativos que implementa Las Casas, que establece una analogía entre
conquistadores, demonios y tiranos.

Complementariamente, la anomia de los conquistadores constituye uno de los modos


más enérgicos que encuentra el fraile para atacar a sus contendientes. Sucesivos lec-
tores y críticos de la Brevísima se han interrogado sobre el porqué de este proceder,
que oculta aquello que más desea revelar, es decir, la responsabilidad personal de
cada español en la conquista. Fray Servando Teresa de Mier sostiene que Las Casas
elide los nombres porque no persigue la injuria, o porque estos podían ser fácilmente
identificados: “Y en otra cosa es digno de alabanza, que como su intención no era
de infamar a nadie, no nombró a nadie (…) dejando a los Consejeros que por la uña
sacasen al león” (Teresa de Mier, 1821: xii). Para Lewis Hanke (1981), esta omisión
responde a la necesidad de favorecer la circulación del texto ya que la identidad de
los personajes hubiese obstaculizado su difusión, sobre todo teniendo en cuenta los
varios juicios en curso entre los conquistadores, resentidos por la falta de compensa-
ción de sus hazañas, y la corona española, celosa de sus nuevos territorios y temerosa
del poderío alcanzado por estos hombres. David Brading, por su parte, aduce que,
con este recurso, Las Casas puede presentar la conquista como un proceso infernal e
impersonal, como una maquinaria que no necesita identidades para funcionar acei-
tadamente (1998).

En la lógica del discurso polémico, la elipsis del nombre propio tiene el valor de una
afrenta ya que, si mediante los datos implícitos puede reconstruirse la identidad de
la persona aludida, ignorarla es un modo más ofensivo de señalarla. La ausencia del
nombre le rinde a Las Casas un rédito adicional: un despliegue copioso de sustitu-
ciones semánticas tales como las ya marcadas: demonio, tirano, ladrón o salteador
(“tristes españoles salteadores”). El anonimato funciona a veces como advertencia y

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hasta como amenaza ya que Las Casas deja explícito que podría dar señas completas
de los responsables de estas atrocidades, aunque elige callar estos detalles:

Comúnmente mataban a los señores y nobles desta manera: que hacían unas parrillas
de varas sobre horquetas y atábanlos en ellas y poníanles por debajo fuego manso,
para que poco a poco, dando alaridos, en aquellos tormentos desesperados se les
salían las ánimas. Una vez vide que teniendo en las parrillas quemándose cuatro o
cinco principales señores (y aun pienso que había dos o tres pares de parrillas donde
quemaban otros) y porque daban muy grandes gritos y daban pena al capitán o le
impidían el sueño, mandó que los ahogasen, y el alguacil, que era peor que verdugo,
que los quemaba (y sé cómo se llamaba y aun sus parientes conocí en Sevilla) no quiso
ahogallos, antes les metió con sus manos palos en las bocas para que no sonasen, y
atizóles el fuego hasta que se asaron de espacio como él quería (“De la Isla Española”,
115, destacado mío).

El anonimato supone también la exclusión de estos personajes de la historia, enten-


dida como relato de los hechos memorables y, como tal, constituye un desafío a la
procura de la fama del soldado español. Las Casas repite el castigo que el Estado
impuso a Eróstrato, pastor que incendió el templo de Artemisa de Éfeso con el único
propósito de obtener gloria y cuya condena consistió en hacer omisión de su nombre
15. Miguel de Cervantes en Don para la historia, si bien luego este fue conocido y trascendió para la posteridad.15 La
Quijote de la Mancha, Capítulo VIII, fama fue una de las recompensas simbólicas más preciadas por el conquistador, y el
Segunda parte, dice: “También
viene con esto lo que cuentan no obtenerla fue motivo de lamento y letanías como queda claro, por ejemplo, en el
de aquel pastor que puso fuego diálogo que Bernal Díaz de Castillo entabla con la fama. La actitud de Las Casas
y abrasó el templo famoso de
Diana, contado por una de las coincide con la convicción de Herodoto, para quien la mayor sanción moral para el
siete maravillas del mundo, solo culpable de hechos atroces es condenar su nombre al olvido.16
porque quedase vivo su nombre
en los siglos venideros; y aunque
se mandó que nadie le nombra- En uno de los pequeños relatos contenidos en la Brevísima relación, Las Casas se refiere
se, ni hiciese por palabra o por al cacique y señor de Hatuey, quien consigue escapar de los españoles huyendo de la
escrito mención de su nombre,
porque no consiguiese el fin de Española a Cuba, donde es finalmente apresado y llevado a la hoguera. En esta ins-
su deseo, todavía se supo que se tancia, un fraile franciscano le propone la conversión a la fe católica para obtener su
llamaba Eróstrato” (1998: 690).
16. “Herodoto no concibe mayor
salvación y ameritar su ingreso al cielo. El cacique responde que prefiere condenarse
sanción moral que no anotar –esto en el infierno antes que reencontrar a los españoles en ese lugar prometido. Las Casas
es, entregar al olvido– el nombre cierra el relato con una ironía: “Esta es la fama y honra” de los españoles. El episodio
de personajes culpables, como los
plagiarios y falsarios de quienes es un ejemplo, como tantos otros, de los usos de la inversión, resemantización y retor-
dice (I, 51; II, 1233; IV, 43) ‘aunque sión por parte del dominico. Bajo esta lógica, Las Casas genera un nuevo glosario de la
sé su nombre no lo recordaré’ (o:
‘no lo escribo’, o: ‘lo olvidaré de in- conquista: los pretendidos caballeros españoles no son más que salteadores y ladrones;
tento’)” (Lida de Malkiel, 1983: 18). el “hacer entradas” –que suponía ir más allá de la costa e ingresar en tierra firme– es
“ir a saltear indios a otras provincias” (137). La conquista es invasión violenta (“ellos
llaman conquistas siendo invasiones violentas de crueles tiranos” [141]) y descubrir
equivale a destruir (“otros modernos tiranos que por allí pasaron para destruir otras
provincias, que ellos llaman descubrir” [165]). Como en aquel breve y accidentado
encuentro con Hernán Cortés, Las Casas parece exhortar a todos los españoles y a los
discursos que defienden sus hechos a sincerar sus intenciones: “Oigan vuestros oídos
lo que dice vuestra boca”. Pretende, de esta manera, recuperar a la palabra –donde
se juega la legalidad de la conquista– del infierno de la impostura.

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204
Margo Glantz

El cuerpo inscrito y el texto escrito


o·la desnudez como naufragio
l. El 'l'" ,alió desnudo..• que, como él mismo dice, "por muchas y muy extrañas tierras
anduve perdido y en cueros....., después del fracaso de la ex-

E l naufragio, una de las formas más refinadas del infortu-


nio, cuenta entre sus maldiciones la desnudez, estado
esencial -adánico- del hombre, pero rechazado por él, o por
pedición de Pánfilo de Narváez en 1527 que contaba con más
de cuatrocientos hombres, setenta caballos, varias embarca-
ciones, bastimentos y rescates. Esas extrañas tierras ocupan
Dios, desde el instante mismo en que expulsó a Adán y Eva del nada menos que una parte considerable del territorio nortea-
Paraíso, cubiertas sus vergüenzas por la púdica y verde hoja mericano y grandes extensiones de la actual República Me-
de paml, primera y lujosa vestimenta de la Humanidad: de xICana.
acuerdo con esta perspectiva, la historia de la civilización Aunque numerosas catástrofes abren y cierran su relación
empezaría con el vestido. -metafórica, sintomática y circularmente-, el verdadero nau-
A partir del Primer Viaje de Colón, la desnudez adquiere fragio se inicia justamente con la desnudez: después de perder
connotaciones específicas; mientras, se reviven viejos mitos y sus propios navíos -ya en sí la forma primordial de naufragio,
se los transforma de acuerdo con los territorios recién descu- de acuerdo con la etimología de la palabra-* los expediciona-
biertos. J Resurge el mito bíblico del Edén materializado en rios tratan de enderezar, después de una tempestad, una barca
esas tierras nuevas y localizado generalmente en una isla; este construida torpemente por ellos, a fin de dirigirse a un puerto
mito, reforzado por su versión helénica, el de la Edad Dorada, seguro; algunos miembros de la expedición se desvisten para
engendra una serie de variantes, entre las que se cuenta la de tener mayor agilidad de movimientos, pero un golpe de agua
la Fuente de la Eterna Juventud, localizada también en una se lleva barca, ropa, bastimentos. Los náufragos quedan
supuesta isla, la llamada Bimini (Florida) por Juan Ponce de desnudos "como nacimos", convertidos en' seres infrahuma-
León... nos, desconocidos para sí mismos y también para los indios
La desnudez edénica presupone la inocencia -la de nuestros que cuando los ven así transformados, "espantáronse tan-
primeros padres y la de los pobres de espíritu y los bárbaros- to que se volvieron atrás". El temido y despreciado estado de ,
y la hermosura, pero también, en cierto modo, la inmorta- salvajismo -simbolizado por la desnudez, privilegiado por la
lidad. Para los conquistadores la desnudez de los indígenas utopía y rechazado por la civilización- se ha vuelto de golpe
evoca -y provoca- un erotismo. La polarización extrema de parte de su cuerpo y, literalmente, cuero de su cuero: expues-
la desnudez se encuentra en el naufragio, entendido como la tos al terrible frío de noviembre están "tales que con poca
pérdida total o provisoria de la territorialidad y la civilización; dificultad nos podían contar los huesos, ... hechos propia
figurada, la primera, por la destrucción de los barcos y, la figura de la muerte" ... p. 98.'
segunda, por la carencia de vestimenta. La forma extrema del
• Naufragio: El hacerse pedazos el navio oo. Dijose de navis y frango, is, qU4Ii
mito simboliza la caída o la pérdida del Paraíso y la inocencia,
IIIJvis fractura, y lo mismo es ser hundida con las olas. SebaSlián de Cobarrubias,
así como la deserotización del cuerpo, librado a la intemperie Tesoro de la Lengua Caslellana o Espal'lola.
y el hambre. _
Quizá Naufragios de Alvar Núñez Cabeza de Vaca2 sea ta " Después de eSClibir mi primera versión del texto, presemado en el Convegno
Uomini dell'allro Mondo. org<lIlil;1do en la Universidad de Siena por mi queri-
obra que mejor delimite ese tipo de infortunio, en su doble
do ami~o Amonio Melis. recibí algunos trabajos que locaban en parle algunas
proyeccion utópica y realista. Libro ejemplar: relata el increí·, de las líneas del mío. Pude por ello cOlllplememar y muchas veces aclarar
ble esfuerzo que el protagonista hizo por sobrevivir -junto mis propias ideas y. sobre todo, imensificar ese diálogo subterráneo que propicia
con tres compañeros- durante los interminables 10 años en la lectura de otra lexlualidad. En esla versión incorporo. en nolas al pie de
p;'1~ina. las citas y los comentarios que me sugirieron sus ensayos. Es de nOlar
que existe un,. especie de leXlO coleclivo cuyos autores van retomando ideas
I Juan Gil. Mitos J utopías del Descubrimiento: 1. Colón y su tiempo. Madrid. de lexlos anteriores que se desarrollan y profundil;1n, En este caso eslarían
Ali,uml Universid:.d. 1989. p. 267. sobre todo Cesare ACUlis, "Introduzione a Alvar Núl'lez Cabeza de Vaca", Nau-
2 Ah'ar Nílliez Cabel-3 de Vaca. Naufragios, ed. de Trinidad Barrera, Madrid, fragi (a cm.\ di Luis<¡ PI~mzelti). Einaudi. Torino. 1989; Luisa Pranzelli, "11
Alj¡uml F.dilorial, 1985. Todas las Cilas incorporadas allexlo provienen de eSla Naufl••gio come melafora oo Enlspanoa7lltricana, Anno l. o, l. inverno, 1980;
edición y los subrayados, exc~o aclaración en conlrario, son mios. Piel' Luigi Crovello, en "Alvar Núñez Cabeza de Vaca", Naufragios, Edizione a ,

20532
··0

'o determinar entonces el espacio narrativo


Es necesa rl
donde este nuevo yo documenta su estado de desnudez, el
estadio más definitivo del naufragio. Para ello Alvar' Núñez
. 11'Z'II'/1 en su relación una estrategia escrituraria total-
OIgm .• , ",',
mente adecuada a esa vida que le permltlO, valga la expreslon,
salvar el pellejo, pues ¿qué otra cosa además de pellejo le
queda a un cuerpo que está en los huesos? El relato ~e adh.iere
como piel a la estructura interna del cuerpo escnturano y
rescata el cuerpo del narrador que ha expuesto el pellejo en
servicio del rey, como bien puede verificarse en las siguientes
frases donde veladamente exige un premio:
I
I ... y que no tuviera yo necesidad de hablar para ser contado
... [a través de la relación l ... Lo cual yo escribí con tanta
I cátinidad que aunque en ella se lean algunas cosas muy
~ nuevas y para algunos muy difíciles de creer, pueden sin
duda creerlas, y creer por muy cierto que antes soy en todo
más corto que largo y bastará para esto haberlo yo ofre-
cido a Vuestra Majestad como tal. A la cual le suplico la
reciba en nombre de servicio, pues éste sólo es el que un hom-
bre que salió desnudo pudo sacar consigo. pp. 62-3.

Con eSéIS palabras termina su proemio, ofrecido al Rey como


servicio y asociado a un hombre que, repito, es descrito especí-
4
fica y literalmente como un cuerpo desnudo.

fUIOl di". NOlt' alleslo eli Daniela Carpani Mil¡'II1, Cisalpino-Goliarca, 1984; Piel' 2. Irán desnudos mis renglones de abundancia...
Liu¡:i Crovello t'l al (Raúl CriS<lfio. Ernesto Franco) "El naufragio en el Nuevo
Mundo: dt, la eSCl'ilura fOl'lnuli7"da a la prefiguración de lo novelesco" en Actes
La mayor parte de las expediciones a la Florida terminaron en
du Premier Collotlue Imernational de C.R.E.C.LF (Centre de Recherches el
el fracaso, desde que Juan Ponce de León, su descubridor,
d'Eluc!t-s mmparalistes Ibéro-FlOIncophones. Sorbonne Nouvelle, Paris 111, Pali-
lIure, Número Spt'rial 1986-1986: Silvia Molloy, "Alteridad y reconocimiento recibiera en 1512 el flamante título real de Adelantado para
en los NaufragWs de Alvar Nú~ez Cabeza de Vaca", en Nueva Revista de Filolo- conquistarla. Varios cronistas se ocupan de la desastrosa expe-
gía Hispánica XXXV, núm. 2, México, 1987. En otro contexlo y po~ lo que se dición de Pánfilo de Narváez, entre ellos Gonzalo Fernández
relit'l't· :1 mi propio ensayo he ulilizado a Silvia 8enso, La conquista di un testo: de Oviedo, quien en el proemio a su Historia General y Natural
1I Requerimiento, Bulzoni editores, Roma, 1989; ya Giulia Lanciani, Os relatos de
de las Indias afirma:
lIaufrágios lIa litera/ura portuguesa dos séc. XVI e XVII. Lisboa, Instituto de Cultu-
ra Portu¡:ues;l. 1979. Desde el pumo de vista de la narratología están los textos
de Vito (;:I!eota. "Apunti per una analisis leueraria di Naufragios di A. Núñez Quiero certificar a Vuestra Cesárea Majestad que irán des-
ülOt-za ele Vaca". estrauo dagli Annali dell'lstituto Universitario Orientale, nudos mis renglones de abundancia de palabras artificiales
Sezione Romanza. XXV. 2 Napoli, 1983 y "Alcuni osservazioni sul rapporto para convidar a los lectores; pero serán muy copiosos de ver-
S!oria / lelleralura in Naufragios di Alvar Núñez Cabeza de Vaca, estratto da
dad, y conforme a ésta diré lo que no tendrá contradicción
Meelioe\'o Sa¡:¡:i e Rassegne. 8. s.f. (1 984? o 5?). Una visión etnológica es la de
(cuanto a ella) para que vuestra soberana clemencia allá lo
Massimo Squillaccioui, "Introduzione a 1492-1992", L'altra storia: la conquista 5
del/',1merica. Sa¡:gi sulle culture ed i movimenti i,\digeni latinoamericani, a cura mande polir e limar".
de". en Quaelerno di Latinoamerica, Suplemento a anno XI. n., 39, Roma, lu-
¡:Iio. 1990. LLegó a mis manos, ya escrito este artículo. el texto de Rolena Este fragmento es muy significativo: Oviedo pretende desnu-
Adorno. "The ne¡:otiation of Fear in Cabe7.a de Vaca's Naufragios, " Representa- dar su textualidad -sus renglones- de artificios retóricos; sin
/iolls ~~. Ihe Regents of the University of California, winter 1991. Consigno
embargo consignará el mayor número de datos -serán muy
'ademús. el ens;IYo ele Enrique Pupo Walker, "Pesquisas para una nueva lectura
de los Naufragios ele Alvar Nú,iez Cabeza de Vaca", Revista Iberoanericana 140
copiosos de verdad - para examinar la asombrosa realidad de los
Julio, Septiembre, 1987, pp. 517-39; Y del mismo autor, "Los NaufragWs de nuevos territorios agregados a la Corona de Carlos V. La
Al.l'ar Níuiez Cabeza de Vaca; notas sobre la relevancia antropológica del abundancia de datos es indispensable para conformar el mate-
texto"Revista de Indias, 47. no. I 181. 1987; pp. 755-76. rial narrativo de una obra que pretende ser exhaustiva y que,
, Cfl. Ces;lre Acutis. op cit, "Rimpatriato, Alvar Núñez dell'Instituzione; ves- para coronarse, termina en el libro Quincuagésimo, intitulado
lito, racmnta la storia di Alvar Núñez nudo" (salvo indicación en contrario,
todos los subrayados son míos). p. 82. La utili7.ación de la relación como servivio '. Gonzalo 'Fernández de Oviedo. Historia General y Nat~ral de las Indias,
ha sido analizada por muchos autores. la mayor parte de ellos mencionados Maelriel. Biblioteca ele Autores Españoles. (Estudio preliminar y notas de Juan
en las notas anteriores. en especial Barrera, Crovetlo. Pranzeui, Molloy.. Phez ele Tudela), 1959. Tomo I. Proemio p. 94.

• ce 206
33 ....
«

mos, pues considerando el lugar donde estábamos y la poca


esperanza de remedio que teníamos, cada uno puede pensar
mucho de lo que allí pasaría, ... p. 90.

La brevedad es uno de los elementos constitutivos del relato,


la única forma en que puede estructurar su experiencia en un
mundo privado totalmente de escritura y por tanto de histo-
ria: apela a -y se alterna con- el silencio para involucrar al
lector -cada uno- y obligarlo a completar el texto silenciado.
Obra abierta avant la lettre por lo tanto, los Naufragios se cons-
truyen entreverando bloques de relato -las peripecias desas-
trosas de la expedición- con muletillas manejadas a manera de
estribillos que anud¡¡.n y remachan el silencio: "Esto digo por
excusar razones, porque cada uno puede ver que tal estaría-
mos" (p. 99) o "Dejo de contar aquí esto más largo porque
cada uno puede pensar lo que se pasaría en tierra tan extraña
y mala tan sin remedio de ninguna cosa... " (p. 86) para citar
sólo algunos de los numerosos ejemplos que hay en el texto,
ejemplos que de manera admirable telescopian los cambios
"reales" reproducidos en el relato y su efecto sobre los sobre-
6
vivientes. Otro tipo de muletillas utilizadas como amarres tex-
tuales son las invocaciones a la divinidad y los agradecimientos
a la Providencia sin cuya ayuda el narrador "no hubiese po-
dido conservar la vida".'
La brevedad no excluye entonce 1uso de figuras retóricas:
mediante ellas se intensifican o exageran los esfuerzos del pro-
tagonista y sus compañeros españoles para salir con vida del
peligro y poder entrar a la categoría de supérstites. Las caren-
cias, los despojos de la textualidad s uperan utilizando hipér-
precisamente así, Naufragios. La historia es para él sinónimo boles, comparaciones negativas, r iteraciones manejadas con
de verdad y la verdad no soporta la contradicción, aunque eso constancia ejemplar y hasta simétrica; su colocación estraté-
sí, las correcciones (limar e polir) que el discurso institucional gica tiene el objetivo expreso de ha er una recapitulación o
-imperial- exige y que silencian todo aquello que prohibe de subrayar los diferentes cambio que la monotonía aparente
1<1 censura. La verdad inconmovible de Oviedo se expresa me- de los sucesos podría borrar de la mente del lector. El texto
diante una contradicción de principio, la que opone lo des- estructura así la desnudez: limita, abrevia e intensifica; el estri-
nudo a la abundancia. La desnudez de la escritura entrañaría billo pretende que va a omitir la formulación de los trabajos,
la inocencia total, y la convicción de que su pluma inscribe las miserias, las necesidades de los protagonistas; en verdad su
sólo la verdad (oficial). Narrar sería la capacidad de concretar uso le otorga una significación especial: se transforman en
y revelar, a través de la textualidad, lo verdadero, lo no artifi- fronteras geográficas del relato, o en puntos sobresalientes del
cial o mentiroso, semejante en su integridad a los cuerpos im- camino como en los cuentos de hadas y, como en los córridos,
polutos e inocentes -canónicos- de Adán y Eva cuando, antes se activa la conciencia subliminal de la desgracia y la de los
del Pecado Original, paseaban desnudos por el Paraíso. innumerables trabajos que los sobrevivientes deben soportar.
La desnudez de la escritura se enfrenta a la vestimenta retó- Para entender lo que dice el silencio hay que ponerle un rótu'-
rica que encubre la verdad, pues desnudar el estilo equivaldría lo, afirma Sor Juana en su respuesta a Sor Filotea de la Cruz:
a representar prístinamente la nueva realidad -la realidad
otra- de América. Por ello y por la necesidad de abarcarlo ... pero como éste [el silencio] es cosa negativa, aunque
todo, es incapaz de sintetizar: en gran medida, su función de explica mucho con el enfásis de no explicar, es necesario
Cronista Oficial de Indias adereza sus renglones supues- ponerle algún breve rótulo para que se entienda lo que se
tamente desnudos de artificios y contradice esa sobriedad que pretende que el silencio diga; y si no, dirá nada el silencio,
Alvar Núñez concentra en la palabra certinidad. Oviedo define porque ese es su propio oficio: decir nada,8
la retórica ideal del géneró pero no la cumple en la textua-
lidad. Alvar Núñez no teoriza, integra la desnudez a la bre- 1; Ch. Vito GaleOl<l. "Appunti... op. cit. "in alcuni momenti il narratario e

definilo e nOlllinaLO, si tmtl<l del destinatario nominale della relazione. el re de


vedad, porque la desnudez no se proclama, es; frente a la
Spa¡.¡na, che nel testo figura come 'Vuestra Majestad'; in altri el narratore indica
prolijidad prefiere abreviar:
mi pronollle indefinito "cada uno; in altri ancora il narratore non da alcuna
indirazione dell'imerlocutores al quale rivolge il suo discorso" p. 493.
Cuento así brevemente pues no creo que hay necesidad de ¡ Ch. GaleO(¡I. Ibid. p. 483.

particularmente contar las miserias 'J trabajos en q!1e nos vi- 8 Sor Juana Inés de la Cruz. OC. 4 vol, México, FCE, Biblioteca Americana

.... 34
207
o ••
··0

Hay un equilibrio entre el silencio y la escritura de tal forma


que lo que queda sin decir explicita -rotula- lo que se pre-
tende callar: "íbamos mudos y sin lengua", aclara (p. 74)
Alvar Núñez: el texto ha enmudecido pero el silencio habla:

... lo cual yo escribí con tanta certinidad que aunque en ella


[en la relación l se lean algunas cosas muy nuevas y para
algunos muy dificiles de creer, pueden sin duda creerlas, y
creer por muy cierto que antes en todo soy más corto que
largo ... p. 63.

3. Porque)'o lo raía mu)' mucho y comía de aquellas raeduras

Con la desnudez la temporalidad se altera. De un calendario


astro!lómico o de uno típicamente cristiano definido por las
festividades religiosas, se pasa a un calendario cíclico, reite-
rativo, regido por el vagabundeo, característico de una econo-
mía nómada basada en la recolección, donde ni siquiera las
estaciones cuentan: la temporalidad se determina por el tipo
de alimentación accesible, "el tiempo de las tunas" o "el
tiempo de los higos". Alvar Núñez mimetiza los dramáticos
procesos de su aculturación y los trasmite a la escritura aun-
que al mismo tiempo sea capaz de distanciarse y percibir con
perfección su significado:

Toda esta gente no conocía los tiempos por el sol, ni la


luna, ni tienen cuenta del mes y año, y más entienden y
saben las diferencias de los tiempos cuando las frutas vie-
nen a madurar. .. p. 127. 9

La precariedad llega a extremos asombrosos. Se tienen tunas a echar sobre un cuero y las cáscaras. Y el que lo ha molidO'
o higos, a veces pescado y rara vez carne de venado o de bú- las coge y las torna a echar en aquella espuerta ... y las
falo, muy a menudo sabandijas, aun estiércol de venado y, "si pepitas y cáscaras tornan a poner en el cuero, y desta ma-
en aquella tierra hubiese piedras las comerían", concluye. Las nera hacen tres o cuatro veces cada moledura, p. 137.
carencias obligan a los indígenas a aprovechar al máximo cada
recurso y a adaptarlo a las condiciones de vagabundeo que los No existe una mayor desnudez de la materia que la de la pul-
gobiernan. Se ha producido lo que algunos críticos llaman el verización: entre sus ventajas está su ligereza y su portabilidad:
"silencio historiográfico", el que coloca al náufrago "fuera de es la única alimentación accesible durante las largas caminatas.
los ámbitos de comunicación e información europeos"lO. Los alimentos molidos -mezclados en grandes hoyos con agua
En el texto esa situación coincide con el proceso de pulveri- y tierra- dan cuenta de ciertas ceremonias tribales: sinte-
zación de los alimentos, con la operación que los despoja de su tizadas así, forman parte de un discurso etnológico, pero
forma y los reduce a su mínima expresión: asimiladas durante la peregrinación, articulan esa vagabun-
da economía que se translada a la escritura, transformada,
Guardan las espinas de pescado que comen y de las cu- amasada, rescatada como economía textual. La comida pulve-
lebras y otras cosas, para molerlo después todo e comer el rizada permite advertir el grado de disolución al que los
polvo de ello. p. 116 ...[y, más adelante, refiriéndose a un náufragos han llegado. Pero hay más, igualándose consigo
fruto que él llama algarrobas] ...y las pepitas de ellas tornan mismo, mimetizado a su nombre, Cabeza de Vaca nos explica
una de sus actividades favoritas, la que lo clasifica dentro de
(edirión de AlfilllS(l Méndez Plancarte, tomos 1, 11, Y111; Respuesta a Sor Filotea.
los rumiantes, es decir lo animaliza y lo equipara a esos seres
Tomo l\'. edición de Alberto G. Salceda), 1955. T. IV, Comedias, Sainetes y
.I'rosa. primera reimpresión, 1976. p. mansos, domésticos, útiles, pero también patéticos; se ha al-
" Ch. Crol'ello. 1985-86 "La experiencia entre los bárbaros se refleja en la canzado el máximo nivel de disolución humana, según los
misma textura escritural y satura los Naufragios en sus estructuras profundas. criterios de lo civilizado:
Las indirariones topológicas se difuminan y se hacen indeterminadas. Las refe-
renrias a los puntos cardinales pierden toda consistencia. Más sintomática
Otras veces me mandaban roer cueros y ablandarlos. Y la
todavía es la indistinción de las referencias a indicadores cronológicos. La calen-
dariedad del texto burocrático es sustituida .por alusiones al paso de las esta-
mayor prosperidad en que yo me ví allí era el día en que
riones del ¡nio, por los ritmos y las pautas de una rudimentaia economía de me daban a raer alguno, porque yo lo raía muy mucho y
recolección y de caza", p. 38. comía de aquellas raeduras y aquello me bastaba para dos o
10 Cf. Crovetto, Pranzetti, Molloy, op. cit.
tres días. p, 129.

...• 208
35 n ••
·
En las primeras etapas del naufragio -la primera mitad del significa. según el mismo autor, redimir: la palabra latina redi-
texto- la escritura misma se pulveriza, se rae, se rumia y mere significa eso en español y, por antonomasia, "Cristo
configura a una modalidad especial de producción textual, Nuestro Señor es verdadero y solo Redentor, que nos redimió
compuesta por innumerables superposiciones de historicidad: y compró con su preciosísima sangre". El rescate es una ope-
la del palimpsesto. Se inscriben primero en el cuerpo del náu- ración que en su forma más simple incluye un trueque y en
frclgO, allí se archivan -como tatuajes- capas sobrepuestas de estadios avanzados se convierte en una transacción comercial
memoria y se consigna una experiencia aprehensible con difi- de compra y venta. El rescate ofrece un amplio margen de
cultad por la escritura. La acción de roer se visualiza como un polari7.ación: puede manejarse en el ámbito de lo cotidiano -lo
proceso en el que el narrador prepara, como por obra de profano o secular- y en el de lo religioso -lo ritual y lo sa-
magia -la chamanización-, y, por gracia de Dios -el providen- grado- y. en términos más prácticos pero extraterrenales, la
cialismo-, una nueva etapa de su vida, el principio de su salvación del alma -lo escatológico.
redención. En la primera parte de los Naufragios se consigna la paula-
tina desaparición de los códigos y objetos que conectan a los
... porque aunque la esperanza de salir de entre ellos tu- sobrevivientes con el mundo "civilizado". Gracias a una
ve siempre fue muy poca, el cuidado y diligencia siempre especie de strip tease narrativo advertimos que cuando los ex-
fue muy grande de tener particular memoria de todo, para pedicionarios llegan a la Florida, todo tiene un signo negativo:
que si en algún tiempo Dios Nuestro Señor quisiese traer- 1) Carecen de autoridad porque su capitán es un inepto, un
me adonde agora estoy, pudiese dar testigo de mi voluntad y asno como lo llama despectivo Oviedo; 2) no tienen piloto; 3)
servir a Vuestra Majestad, p. 62. no conocen la tierra a la que llegan; 4) los caballos trastruecan
su función: sirven de alimento y, más tarde, se convierten en
Las actividades ejercidas mientras se está entre ellos, es decir, recipientes para guardar, imperfectamente. el agua dulce; 5)
la continua acción de roe, raer, rumiar, se asocian a la memo- no disponen de bastimentos aunque han pasado en Cuba más
ria, una de las formas de reintegrarse a la historia, a lo civili- de siete meses para conseguirlo y, por fin, 6) no tienen
7.ado -adonde agora estoy-, a la relación que escribirá como lengua. Pero cosa sorprendente, aún ti nen rescale : En el ca-
servicio. Raer un cuero significa literalmente, en ese momento pítulo XI, ya derrotados y desvalido, e nfrentan a un grupo
de su vida, alimentarse; también, y por extensión metafóriéa, de indígenas:
el proceso mental que permite procesar el cuero y transfor-
marlo en pergamino. Sin memoria y sin papel es imposible Entre nosotros excusado era pensar que habría quien se
pasar a la escritura. Contaminado por otra referencialidad -el defendiese porque dificil mente se hallaron ei que del
naufragio, la desnudez, la esclavitud-, la convivencia forzada suelo se pudiesen levantar. El veedor y yo salimo a ellos y
con culturas "bárbaras" que al principio lo degrada le sirve lIamámosles, y ellos se llegaron a no Olros y lo mejor que
después para recuperar su dignidad humana cuando es inves- pudimos procuramos de asegurarlo y a egurarno , y dímo-
tido de una alta jerarquía entre ellos, la de chamán, y puede les cuentas y cascabeles, y cada uno dello me dio una flecha,
preparar internamente (en el acto de rumiar-recordar) su que es señal de amistad, y por ena nos dUeron que a la
reincorporación a lo civilizado -la escritura-, a pesar de las mañana volverían y nos traerían d omer, porque enton-
profundas transformaciones a las que lo ha expuesto la ces no lo tenían p. 97.
• • 11
experienCIa.
Es evidente que una de las condiciones de la sobrevivencia se
4. NOI redimió Y COfIIpró con $U ~cioMf114 sangre... vincula con esta ínfima prenda -cascabeles, espejos, cuentas-
conocid~ como rescate lZ • Sin ella es segura la muerte: Alvar
Uno de los procedimientos esenciales para descubrir, coloni- Núñez emerge de la condición de esclavo en que se le ha
7.ar y poblar (léase conquistar) fue inaugurado por Colón en el mantenido durante casi seis anos para volverse vendedor
Caribe. Se trata del rescate, es decir, el intercambio de barati- ambulante y confeccionar él mismo sus rescates, aunque en in-
jas por objetos preciosos mediante el cual se adquiere el oro, tercambio ya no reciba objetos preciosos sino alimentos. En
las materias primas y la fuerza de trabajo indígena. Cobarru- Alvar Núnez se sigue manejando esa relación de intercambio
bias lo definía así en 1611: "Rescate, redemptio, is. O se pudo pero sin su 'ominosa alevosía y ventaja, tan característica en
decir de rescatar o regatear, porque se regatea el precio"... Colón y otros conquistadores; gracias a ello se altera conside-
"Regatear", continúa, "es procurar abajar el precio de la cosa rablemente su concepto del "otro" y su relación con él mismo.
que compra..." Pero, es bueno subrayarlo, rescate también Ya no es sólo el portador de los rescates, es el que los fabrica;

I~ Cfl. Silvia Benso: "11 primo ilpproccio Ira spagnoli e indiani si basa dunque
11 Cft. Crol'euo. 1985-86: .. La misma escritura se hace espacio en que la me- su una relazione commerciale. si fonda sul'atlO del barallare. dello scambiare
mor~' estrllcturildo. pllgll<l con lo inefable por inédito y lo configura. Los lI<1endo I'antaggio. Tale opel<lzione si indiGlva con il lermine de rescate "."
o!>-sceno y lo ilb-uorme se convierten en maravilloso y raro. Se producen en p. I H. subrilY,ldo en e1lexto. Ver la definición que da implicitamente Francisco
esos 5eKllIenlOS fisurils textU<lles iI traves de las cuales el discurso de una posible 1.6pez de G6mara en Historia General de las Indias cuando dice, hablando de
Rmllla (el discurso CUYiI verdad reside en la averiguación que el mismo yo-autor .Ju,m de Grijalba:" ". rescoltó por cosas de poco valor mucho 01'0"," y reitera
de liI obril confiere) se insinúa en las mallas raídas del texto historiográfico y ",,,cambi6 Sil merceríil por piel,as de oro. mantas de algodón}' plumajes..,"
los nllxlifiGI sin posiblilidades de retorno" p. 38. subrayado por los autores. Barcelona. Ediciones Orbis. 1985. T. 11. p. 17

. .
209
36
..

I
J

lI

tiene un doble oficio, el de artesano y el de comerciante, y ... bien pensé que mis obras y servicios fueran tan claros y
empieza a suplir carencias específicas de los "bárbaros", me- manifiestos como fueron los de mis antepasados, y que no
diante esa actividad que también salva a Robinson Crusoe: tuviera yo necesidad de hablar para ser contado... Mas como
la industria. Adquiere asimismo otra dimensión humana dis- ni mi consejo, ni mi diligencia aprovecharon para que
tinta de la que tienen los habitantes del espacio histórico aquellos a que éramos idos fuese gana(IO conforme al servi-
(Espaila) donde habita(n-mos) nosotros, los cristianos, represen- cio de Vuestra Majestad... no me quedó más lugar para
tada por el donde agora estoy; la de los otros, ellos, esos indios, hacer más servicio deste, que es traer a Vuestra Majestad
y la de aquel que habita en medio, entre ellos, el europeo trans- relación de lo que en diez años que por muchas y extrañas
formado, trastornado por América. tierras que anduve perdido y en cueros, pudiese saber y
ver... que dello en alguna manera Vuestra Majestad será
Esta es la vida que allí tuvimos, y aquel poco susten- servido... p. 62.
tamiento lo ganábamos con los rescates que por nuestras
I5
manos hicimos (p. 117).... Contrataba con esos indios ha- La escritura, condición absoluta -para los españoles - de lo
ciéndoles peines, y con arcos e con flechas e con redes... civilizado, se prefigura, como ya lo sugería atrás, en la me-
Hacíamos esteras, que son cosas de que elIos tienen mucha moria, construida durante el reiterativo proceso de rumiar o
necesidad e, aunque lo saben hacer, no quieren ocuparse en cavilar; se materializa mediante un proceso de alimentación
nada, por buscar entretanto que comer... p. 129. que simbólicanlente podría corresponder a la maceración del
cuero, operación necesaria y previa a la facturación del pa-
En el proemio d~ su obra, Alvar Núñez defiende su relación pellIamado pergamino, en el que podrían inscribirse todos los
y la jerarquiza dentro de la categoría de servicio. Ser solda- relatos, aquellos recibidos "de mano en mano" (p. 114), Yque
do y extender los dominios de la Cristiandad es una de las a manera de núcleos centrales de su relación le permitirán
principales formas de adquirir honra. El destino, sus pecados
y la ineficacia de su jefe hacen imposible esa carrera. Alvar
I~ en. Crovelto. 1984 ... op. cit.: uf¡ colui che 'salió desnudo' da cosi dure
Núñez se rescata, ofreciendo a cambio del fracaso su relato,
proveo soltanto rivestito dal testo dell,a sua esperienza (dal libro. concretamente)
efectuando de esta manera un trueque, a través del lento pro-
releb"•. per questo l1ledesil1lo tramite, se stesso quale proiezione del sovrano,
ceso de rumiar en la memoria una escritura y hacerla antes rircetacolo e lI<lsl1lissore della sua sacralitá e della missione che ad essa íns-
pasar por el cuerpo que está desvestido, o mejor, en cueros: crisre". p. 20.

o ••

210
37 . ...
reconstruir -escribir- su historia, su palimpsesto. Para ello ha como si fuese árida. inhóspita. el reverso de la medalla, una
sido necesario contar con una serie progresiva de rescates, tierra de la que se ha desterrado toda posibilidad de placer. y
desde los más simples, hasta los mas , so fi'
Istlcados 14 ; empIeza

sin embargo, allá en el fondo, silenciados aunque encubiertos
con las cuentas y cascabeles traídos desde Europa para tro- por ciertas acciones narrativas, se encuentran una referenciali-
carlos por oro y luego por alimentos; sigue, transformación dad casi irreconocible, la de mítica fuente, el sagrado río y de
definitiva, con los objetos artesanales que él mismo fabrica y, trasmano el erotismo soslayado pero del cual quizá la hipér-
por fin, ofrece luego su propio cuerpo, convertido en palimp- bole sea una manifestación, como la que se puede advertir
sesto, a manera de servicio y sacrificio. Ya en España, Alvar en este fragmento de su relación, antes de que se produzca el
Núiiez escribe su relación: él hubiese preferido callar, quedar naufragio definitivo:
en el silencio, actuar para que los hechos hablasen por él; la
estructurd tradicional de servicio lo determinaba así. Las cir· ...por toda ella hay muy grandes árboles y montes claros,
cunstancias lo obligan a escribir, a rescatar su fama gracias a donde hay nogales y laureles y otros que se llaman li-
\;\ escritura e integrarse así en un código distinto del de sus quidámbares, cedros, sabinos y encinas y pinos y robles,
antepasados, Adelantados de la Reconquista. Alvar Núñez palmitos bajos de la manera de los de Castilla... Por toda
aumenta la enorme lista de conquistadores que utilizan la ella hay muchas lagunas grandes y pequeñas. algunas muy
crónica para afirmar sus derechos. Hay que reiterarlo, la es- trabajosas de pasar, parte por la mucha hondura, parte por
critura es otrd forma de rescate: la mejor prueba es que Alvar tantos árboles como por ellas están caídos... Los animales
Nluiez obtuvo -rescató- gracias a su relación el cargo de Ade- que en ellas vimos son venados de tres maneras, conejos y
lantado del Río de la Plata. liebres, osos y leones y otras salvajinas... Por allí la tierra
es muy fría; tiene muy buenos pastos para ganados; hay
aves de muchas maneras; ánsares en gran cantidad, pa-
tos, ánades, patos reales, dorales y garzotas y garzas, perdi-
Bartolomé de las Casas avisa, lapidario, que el Adelantado ces; vimos muchos halcones, neblís, gavilanes, esmerejones
Juan Ponce de León "perdió el cuerpo" cuando fracasó su y otras muchas aves. p. 81.
expedición a las islas de Florida y de Bímini: es evidente que
la muerte es una de las formas de perder el cuerpo; con todo El ciclo de mitos se desarrolla en dos registros paralelos: tanto
resulta paradójico que este fuera el final que le estuviera reser- la desnudez -"tan diferente hábito del acostumbrado"- que
vado a quien, para apoyar su aventura, difundió la idea de que contrasta trágicamente con el texto recién citado. así como la
en esa zona se encontraría, además de oro, la Fuente de la re,dención, se inician con el agua. n tumbo de mar tira a los
Eterna Juventud. Sus aguas milagrosas devolverían la lozanía y hombres de su barca y ahoga a varios:
el vigor a quienes se bañaran en ellas; su corriente conduciría
-míticamente- al Jardín del Edén, y también al Río Jordán, Los que quedamos escapado, desnudos como nacimos y per-
donde Cristo recibió el bautismo, justo a la edad más perfecta dido todo lo que traíamos, y aunque todo valla poco para
del hombre, la de su Pasión, y también a la edad que tenían los entonces, mucho... p. 98.
indios descritos por Colón cuando pisó por primera vez tierra
americana: "todos los que yo ví eran mancebos, que niryguno La relatividad explica muchas cosas. El cuerpo salvado del
vide de edad de más de treinta años,,15. naufragio parte hacia dos direcciones complementarias: hacia
Ponce de León bautizó las nuevas tierras de acuerdo con la la infancia -desnudos como nacimos- y hacia lo incivilizado.
fecha de su descubrimiento, la Pascua Florida; también, por "Toda la gente de esta tierra anda desnuda" (p. 106). El naci-
su lujuriante verdor. La Florida que Cabeza de Vaca describe miento está ligado con el agua, las aguas placentarias, y en
es "maravillosa de ver" (p. 79) y su vegetación y su fauna tan cierta medida con las aguas primordiales. Nacer es iniciar
abundante y parecida a la europea que aparece más como el camino hacia lo civilizado, mediante la educación de la que
16
descripción fantástica que real . El naufragio contradice en Calderón dirá más tarde que es una "segunda naturaleza".
apariencia ese mensaje: la tierra se comporta con los españoles Aquí, es la naturaleza misma la que se encarga de despojar a
los hombres, de desvestirlos y convertirlos por eso en salvajes
1< En este selllido es bien significativo un pasaje de Francisco López de primitivos, sin vestidos o vestidos como nuestros primeros pa-
17
(;{IIII<II<'(Conquist¡1 de México. Madrid. 1946. p 45 l.): "Hanles enseñado latín dres. Se camina hacia atrás, al revés , se ha perdido toda
y ('iencias. que \'ale más que cuanta plata y oro les tomaron; porque con letras forma de locomoción -caballos, barcas- que no sean los pro-
son \'erdaderamente hombres y de la plata no se aprovechaban mucho ni todos..
pios pies o el cuerpo cuando se tienen que cruzar los múltiples
No lení¡1I\ peso. que yo sepa. los mexicanos: falta grandísima para la contrata-
fiím.:· (Citado en Pier Luigi Crovelto. La visión del indio de los viajero italianos
flor la .~",iri(a dtl Sur. Sevilla. 1990. p. 17). por la múltiple \'ariedad de especies animales. Si era tan rica la tierra no se
IS Cft. Juan Gil. Sintómaticamente, otro náufrago. Hentando de Escalante explil'a que p<lsaran tanta hólmbre. Por ello nos inclinamos a pensar que se trala
FOlllaneda. GllIlivo elllre los indios de esa región de 1551 a 1574 recuerda en de una descripción literaria, p. 81; cfl. además el texto de Juan de Castellanos,
sus meIllOl;as. "con la aUloridad de la leyenda", haberse bañado en varios ríos contemporáneo de Ponce de León, citado por Juan Gil, p. 267: "Decían admira·
aunque nunca en el mílico Jordál] , descubierto en repetidas ocasiones en Améri· bies influencias / De sus gloridos campos y florestas / No se vían aún las apa·
C¡I por los explorddores españoles., [bid. p. 280. riencias / de las cosas que suelen ser placeres, grandes fiestas / Al fin nos las
11; t:., una nota del prólogo de la edición que estoy utilizando. Trinidad Ba· pimaban de manera / Que cobrdban allí la edad primera".
rrera obsna: "La descripción de la zona semeja más bien a un parabo terrenal 1; Cft. Sih'ia Molloy.

211
38 o ••
....
de desmitificación provocado por los sucesivos fracasos y esta
I expedición en concreto prueba que en lugar de estar en el
I Paraíso los náufragos viven en el Infierno (concreto) y en
¡ el límite de la sobrevivencia. Hay indicios, sin embargo, de

l que Alvar Núñez, como,la mayoría de los cronistas, hace una


mezcla extraña entre realidad y fantasía, entre leyenda y

~
superstición religiosa. Estebanico el negro, uno de los co~pa­
lleras sobrevivientes de la aventura de Cabeza de Vaca, muere
en una expedición posterior, la de los franciscanos fray Juan

~ de Olmedo y fray Marcos de Niza, organizada en busca de las


siete ciudades orientales supuestamente fundadas en el Me-
dioevo por unos obispos míticos, aventura que termina en el
más estrepitoso fracaso.
En el texto abundan los signos y es posible afirmar que AI-
val' Núñez se siente predestinado: como Colón, Las Casas,
Cortés, "sabe" que ha sido elegido para cumplir hazañas
prodigiosas. Ya como chamán -o físico, como él mismo se de-
signa-, las circunstancias vuelven a situarlo en ese límite ex-
tremo en donde suelen juntarse realidad y fantasía. La Fuente
de la Juventud y el Río Jordán remiten a la idea de la inmor-
talidad y a la Pasión de Cristo. Cristo se bautiza en el Jordán
para lavar el pecado original y resucita de entre los muertos
después de haber vivido su Pasión. Alvar Núñez sigue los
mismos pasos y si atendemos a los signos dentro del relato
podemos confirmarlo. En la primera parte pareciera que su
degradación será total, pero a partir del momento en que de-
cide huir se inicia su salvación: como el propio Cristo se
sumerge primero en el agua; de los varios ríos que menciona
Cabeza de Vaca sólo nombra uno con el sintómatico nombre
ancones -pequellas ensenadas- mencionados por Alvar de Espíritu Santo; inicia luego, en soledad, su "peregrinación"
Núñez: los indios lo hacen en canoa y los españoles, cuando por el desierto, y aunque en principio este periodo pareciera
saben, a nado. El naufragio -golpe de agua: vuelco de las idéntico al de su época nómada, anárquica y caótica, es ya el
barcas: desnudez- inicia la suspensión de las relaciones jerár- signo de una etapa organizada como peregrinación. Los luga-
quicas propias de lo civilizado. El estado de naufragio, hay res sucesivos que se registran en la textualidad remiten a un
que reiterarlo, es una categoría de la civilización: se requiere tiempo de pruebas que se convierte después en un tiempo de
de embarcaciones y vestimenta, la mayor parte de las veces, glorificación. Al consagrarlo como chamán dentro de una
además de una organización social sofisticada, para poder jerarquía superior a la de los otros sobrevivientes -sus com-
naufragar. Alvar Núñez retorna hacia lo civilizado entre otras pañeros Dorantes y Castillo-, los indígenas lo señalan, lo
cosas porque sabe nadar, su cuerpo le sirve de barca. La in- insertan en una categoría sagrada (si tomamos al pie de la letra
mersión en ancones y ríos es prueba de su capacidad de el absoluto protagonismo que él mismo se otorga en la escri-
sobrevivencia, de su conciencia práctica y sagaz de la realidad, tura). El periodo de prueba es tiempo simultáneo de combates
de su habilidad; es también el inicio de su redención, su bau- solitarios y el principio de un camino simbólico, iniciático, de
tismo: el estado de naufragio puede ser también otra forma purificación, anterior al tiempo de la glorificación, de los "mi-
de renacimiento, el camino que los elegidos por Dios deben lagros" públicos; es entonces cuando emprende la ruta de la
recorrer hacia la redención, una de las formas del rescate. salvación, o su "camino de perfección" y produce una tempo-
ralidad y un espacio cíclicos, el lugar del no lugar, la atopía.
6. Todavía saqué señal... Providencialmente, por ello, se extravía: en la soledad recibe
en el cuerpo otra señal, la del fuego, elemento tan constante
Nadar es entrar en el agua, lavar el cuerpo. Sumergirse en en el texto como el agua; la nueva marca lo inserta dentro
una fuente o en un río sagrados es también una inmersión de una cadena de señales míticas relacionadas con Moisés y
ritual, una marca, el señalamiento; y la Florida era en la ima- Prometeo:
ginación exarcebada de los conquistadores la portentosa isla
de Bimini: "fuente de vida, morada de bienaventurados, ver- ...esa noche me perdí, y plugo a Dios que hallé un árbol
dadero paraíso donde discurre otra Edad de Oro,,18. Ya desde ardiendo, y al fuego de él pasé aquel frío aquella noche ya
antes de la expedición de Narváez se ha iniciado un proceso la mañana yo me cargué de leña y tomé dos tizones.. y
anduve de esta manera cinco días siempre con mi .lumbre
'" .luan Gil, p. 281. y mi carga de leña... porque para el frío yo no tenía otro

212
39 ••••
oc

remedio, PO! andar desnudo como naCÍ y en la tierra ha- la conciencia de su santidad, el arribo de la sacralización 19.
cía un hoyo y en él echaba mucha leña y en derredor de La predestinación lo hace elegible para la santificación y le
aquel hoyo hacía cuatro fuegos en cruz, y yo tenía cargo y otorga poderes sobrenaturales: como Cristo tiene su Lázaro y
cui~ado de rehacer el fuego de rato en rato... y de esta ~'esucita a un muerto. Los milagros acrecientan su fama y lo
manera me amparaba del frío de las noches; y una de ellas \Ilsertan en la tradición parabólica, evangélica. Posee al mis-
el fuego cayó en la paja con que yo me estaba cubierto, y mo tiempo una gran habilidad -concreta, verificable- como
estando yo durmiendo en el hoyo, comenzó a arder muy cirujano: utiliza un cuchillo y logra extraer una flecha del
recio, y por mucha prisa que yo me dí en salir, toda- euerpo de un moribundo, y salvarlo. Los extremos se tocan:
VÚJ saqué señal en los cabellos del peligro en que había el exacerbado realismo y la predestinación y el milagro. Las
estado. curaciones tienden a ser, como las que efectúan los chamanes,
milagrosas, y denotan una mixtura curiosa de costumbres indí-
Alvar Núñez se "sabe" ungido -ha sacado señal-, está listo genas y de prácticas religiosas cristianas: utiliza las calabazas
para recibir las otras señales que la Providencia le depara y horadadas de los indígenas "que tienen virtud y vienen del
asemejarse a Cristo cuyo cuerpo fue marcado por la Pasión; cielo" para anunciarse como los chamanes auténticos, cura
cabe reiterar aqui el hecho de que las marcas que señalarán su con el aliento -¿un soplo divino?- pero también sana invo-
cuerpo -que imitarán el cuetp9 del redentor- le llegarán de cando al Señor y santiguando a los enfermos.
fuera, desde arriba, del exterior, como las Voces a los Profe- Un intrincado proceso interior producto de la experiencia
tas. Se diferencia así radicalmente de los santos mártires del ha conducido a Alvar Núñez a este lugar sobresaliente. Ha
siglo XVII cuya imitación de Cristo es voluntaria, autoinfli- recorrido un largo camino iniciático que transforma su po-
gida. El cuerpo de Alvar Núñez se ve expuesto además y por sición, lo reclasifica -lo jerarquiza- y lo reviste de poder. De
razones naturales a los tormentos de una laceración perpetua: esta forma ha cancelado su condición de e clavo sometido
las picaduras de los mosquitos marcan su cuerpo como la le- de la primera parte de la narración.
pra; muda de piel como las serpientes; está en los huesos;
la piel le sangra: " ...tenía los dedos tan gastados que una paja 7. Las particulares relaciones...
que me tocase, me hacía sangrar de ellos" (p. 107), las llagas
son cotidianas y forman con las otras marcas corporales el pa- El recorrido triunfante de Alvar Núñez hacia el Sur -su reen-
limpsesto literal donde se van inscribiendo la redención -lo cuentro con lo civilizado, con la historia, con la e critura- ad-
milagroso- y el proceso mental de almacenar los recuerdos quiere proprociones heroicas: va perseguido por una multitud
que lo conducirán a la "verdadera" escritura, la de la historia. oleaginosa -¿una Cruzada?-. Avanza sin obstáculos: la narración
se inscribe en un contexto borroso, medieval, de milenarismos y
milagros: la nueva Edad de Oro, la parábola evangélica, la edad
Ya he dicho cómo por toda esa tierra anduvimos desnudos,
de la inocencia y, además la presencia del "salvaje".
y como no estábamos acostumbrados a ello, a manera de
Más que nunca el texto asume la forma del palimpsesto:
serpientes mudábamos los cueros dos veces en el año, y con
encubiertos a medias, o superpuestos, e I en lo diversos dis-
el sol y el aire hacíasenos en los pechos y en las espaldas
cursos que, aunque silenciados, pueden descifrarse por su
unos empeines muy grandes, de que recibíamos muy gran
referencialidad: el discurso mítico pero a la vez erótico: la
pena... y la tierra es tan áspera y tan cerrada, que muchas
Fuente de la Eterna Juventud y, por consiguiente, el rescate
veces hacíamos leña en montes, que, cuando la acábamos
del cuerpo: la pureza o renacimiento por inmersión -el bau-
de sacar, nos corría por muchas parte sangre, e las espinas y
tismo de Cristo en el Jordán-; la pristina inocencia o desnudez
matas con que topábamos... A las veces me aconteció hacer
paradisíaca (que converge con la de la Edad de Oro). La
leña donde después de haberme costado mucha sangre no
Providencia, el presagio, lo crístico aparecen también resumi-
la podia sacar ni a cuestas, ni arrastrado. No tenía, cuan-
dos en expresiones lexicalizadas; como narraciones paraboli-
.do estos trabajos me vía, otro remedio ni consuelo sino
. 7.adaS a la vez que concretas; o mediante figuras retóricas que
pensar en la pasión de nuestro redentor Jesucristo y en la san-
a la vez que concentran y silencian, hiperbolizan y reiteran. Lo
gre que por mí derramó, e considerar cuánto más seria el
etnólogico -el discurso "real" o realista- coexiste con los
tormento de que de las espinas padeció, que no aquel que
discursos míticos o con el discurso de la curación milagrosa del
yo entonces sufría.
chamán, obviamente, uno de los discursos del poder.
En este punto de la relación se produce un lapsus textual
El texto proporciona abundantes datos para verificar las com- significativo. Alvar Núñez se ha esforzado por insertar en su
paraciones esbozadas: las espinas, las cruces, las llagas, los escritura relatos paralelos que den cuenta del destino final
malos tratos, la sangre, el sufrimiento corporal y su para- de todos los miembros de la expedición de Narváez. Estas na-
.Ielismo con los sufrimientos del Redentor: la pasión como rraciones intercaladas le han sido transmitidas oralmente por
camino de la redención -la imitación de Cristo-, las marcas algunos de los españoles sobrevivientes y por los diversos indi-
corporales como signos de una hagiografia. Ya está listo para
ser chamán, la purificación ha terminado. Alterna la mención 19 Este tema lo esbozan R.E. Lewis, "Los Naufragios de Alvar Núftez: histo-
de datos concretos -realismo que puede leerse como un dis- ria r ficción. en Rroista IbtToomtricana, XLVIII 1982, Corovetto. 1984. ySilvia
curso etnológico- y la excesiva frecuentación de los milagros, Mollor. ent re otros.

---.;:..,--------- 40
213 00
.

~sí el lugar que le corresponde dentro de la jerarquía social


Jmp~esta por Pánfilo de Narváez al pisar las tierras de la
Flonda, durante ese breve gobierno portátil que instituyó
al fundar una ciudad en el papel, y que imita a la letra -literal
porqu~ está escriturado- los cánones del gobierno imperial. A
Estebanico sólo se le conoce por su nombre de pila y su actua-
ción como mensajero e intérprete subraya el comportamiento
sacerdotal de los conquistadores, investidos de su alto rango
de chamanes -en el que sobresale Alvar Núñez por el papel
protagónico que él mismo se adjudica en el relato. Los ungi-
dos ya no hablan, escribirán más tarde (Naufragios), utilizarán
II
los relatos habidos de mano en mano; han empezado a cer-
cenarse de una tradición de la que formaron parte durante
una etapa de su vida. Lévi-Strauss sintetiza este proceso:
"La historia organiza sus datos en relación con las expresiones
conscientes, la etnología en relación con las condiciones
inconscientes de la vida social".2o
Al final de su camino, investido jerárquicamente por los
propios indígenas de un poder sobrenatural, 'Alvar Núñez
reinscribe en su relación el discurso canónico, "hace pasar
-mediante la traducción- la realidad salvaje hacia el discurso
occidental',21; como si la vuelta a lo civilizado le exigiera
respetar costumbres ancestrales y caer en la tentación de re-
chazar aquellas "que le permitieron, durante una década, la
sobrevivencia. Así lo expresa textualmente Fernández de
Oviedo en el primer capítulo de su magna obra:
genas que encuentra a lo largo de su vagabundeo: al cabo de
seis años de vivir entre ellos, ha aprendido seis lenguas. La Todo esto y lo que tocare a particulares relaciones irá dis-
transmisión se produce siguiendo una curiosa modalidad en su tinto e puesto en su lugar conveniente, mediante la gracia
registro: recibe las narraciones de mano en mano y no, como del Espíritu Santo e su divino auxilio, con protestación
pudiera esperarse, de boca en boca. De ir "mudos y sin lengua" expresa que todo lo que en esta escritura hobiere, sea de-
1I
al principio de la narración, pasan ahora -diría yo- a tener la bajo de la corrección y enmienda de nuestra santa madre
lengua en la mano, pues, ¿de qué otra forma podría inter- Iglesia apostólica de Roma, cuya migaja y mínimo siervo
22
pretarse la transmisión a la escritura de un testimonio oral soy; y en cuya obediencia protesto vivir y morir. p. 11,
efectuado "de mano en mano? ¿Acaso Bernal no nos permite tomo 1.
r inferirlo también cuando, en el acto de escribir su relación
de la prodigiosa y Verdadera Historia de la Conquista de México, Las relaciones particulares que de mano en mano ha obtenido
nos previene: "Antes que más meta la mano en lo del gran Alvar Núñez desempeñan en su texto la función de sepulcros
Moctezuma... ? Además, ese acto concreto de pasar los relatos cristianos para enterrar, debajo de la corrección católica, las
de mano en mano sugiere de inmediato la acción de escribir creencias y las prácticas que lo han convertido en figura pro-
y niega la simple oralidad, patrimonio de los pueblos sin his- minente de las sociedades "barbaras"; para ello recupera los
toria. cuerpos de los españoles que mueren en la textualidad y se
La expresión "de mano en mano" tiene otra finalidad aún encarga también de sepultarlos allí piadosa y cristianamente, y
más precisa: pretende dividir tajantemente las dos formas sobre todo, de absolverlos y proporcionarles una lápida. Invo-
de vida: la espaiiola y la indígena. Los españoles aparecen car de mano en mano los relatos, meter luego la mano en la
siempre consignados con su nombre: Núñez insiste en indivi- pluma y escribir su relación final a manera de rescate, lo re-
dualizarlos, en darles un lugar en la historia. Los indígenas, dime y los redime, dándoles cristiana sepultura.
aunque reciban en ocasiones un gentilicio, aparecen en el re-
lato como enormes masas anónimas, el producto colectivo de 8, Hacúz" que su lengua les dijese...
esa pulverización a la que, en la época de su esclavitud, estuvo
Alvar Núñez sometido. El camino definitivo de la redención Una labor perpetua de recomposición de la realidad ha obli-
marca su separación de los indígenas; es muy revelador, en gado a Núñez a echar mano de la escritura para dar cuenta de
este contexto, el hecho de que los tres cristianos occidentales,
20 Claude Lévi-Strauss, Antropologúl estTllCtural, Buenos Aires, Eudeba, 1970,
Castillo, Dorantes y el propio Alvar Núñez dejen de comuni-
p.2H.
carse verbalmente con los indios y su comercio con ellos se 21 Michel de Certeau, La escritura de la historia, México, Universidad ibero-
establezca a través de Estebanico, el negro, convertido en len- americana, 1985, p. 24~.
gua, es decir, en intérprete de los españoles. Ocupa de nuevo ~~ <hiedo. Tomo 1, p. 11.

oc
214
41 ....
· .
su experiencia: ..."pertenece a la etnología, explica de inserta en distintas jerarquías: es un físico. un chamán y pata
Certeau, apoyar esas leyes en una escritura y organizar en un dirigirse a los indios esgrime un calabazón "de los que nosO-
cuadro de la oralidad ese espacio del otro" 25. Resulta sin em- tros traíamos en las manos.. , principal insignia y muestra de
bargo que "ese espacio del otro" suele ser también el propio gran estado..." (p. 164), por lo que recibe en trueque -como
,spacio. ¿Cómo, entonces, dar cuenta de él, legitimarlo? rescate- los tributos correspondientes a su rango de chamán:
Una vez recogidas de mano en mano y puestas las relaciones "quince hombres nos trujeron cuentas y turquesas y plumas"
partitulare~ en su lugar cOnveniente, es decir, una vez escritura- (p. 164)". Pero es totalmente un funcionario de la Corona,
das legiil~let~te -ante escribano- todas las peripecias de la cuando después de haber recibido los rescates y a pesar de
expedición, o para decirlo mejor puestas en una escritura ca- ellos. se sirve de una lengua indígena y les hace leer a los
nónica y por tanto oficial, provista de todas las licencias nativos el Requerimiento, la fórmula jurídica, previa a la evan-
correspondientes para editar su relación, Alvar Núñez retoma gelización, que, en caso de que los indígenas no aceptaran de
otros incidentes de su propia vida y los coloca "en boca" de los inmediato convertirse en súbditos de los españoles, sanciona-
indígenas. Usar la tercera persona lo libera de cualquier he- ría cualquier guerra "justa". El requerimiento leído por
terodoxia: atribuirle a los otros, a los indígenas, una visión Núilez al finalizar la Relación es idéntico al que, después de
distinta de la realidad, legitima la expresión de su propia "poblar" y tomar posesión de los nuevos reinos en nombre
opinión sobre las conductas que ahora sí, él visualiza como de su Cesárea Majestad, habría pronunciado Pánfilo de Nar-
heterodoxas, las de los otros españoles, los que pertenecen al váez al desembarcar en Florida:
bando del tirano Nuño de Guzmán, señor de las tierras de
cristianos que colindan con los territorios recorridos por los y el Melchor Día dijo a la lengua que de nuestra parte les
supérstites. hablase a aquellos indios y les dijese cómo veníamos de
parte de Dios que está en el cielo y que habíamos andado
A los cristianos les pesaba de esto y hadan que su lengua les por el mundo muchos años diciendo a toda la gente que
dijes, que nosotros éramos dellos mismos y nos habíamos habíamos hallado que creyesen en Dios y que lo sirviesen
perdido mucho tiempo había, y que éramos gente de poca porque era señor de cuantas cosas había en el mundo.... y
suerte y valor, y que ellos eran los señores de las tierras, que allende desto si ellos quisiesen ser cristianos y servir
a quien habían de obedecer y servir. Mas todo esto los in- a Dios de la manera que les mandásemos, que los cristianos
dios tenlán en muy poco o no nada de lo que les declán, antes los tendrían por hermanos y los tratarían muy bien y noso-
unos con otros entre sí platicaban diciendo que los cristia- tros les mandaríamos que no les hiciesen ningún enojo,
nos mentían, porque nosotros veníamos de donde salía el ni los sacasen de sus tierras, sino que fuesen grandes ami-
sol y ellos donde se pone, y que nosotros sanábamos los enfer- gos suyos; más que si esto no quisiesen hacer, los cristianos
mos y ellos mataban los que estaban sanos, y que nosotros los tratarían muy mal y se los lIevarlan por esclavos a otras
venlámos desnudos y descalzos y ellos vestidos y en caballos y tierras. (pp. 164-5)!5.
con lanzas, y que nosotros no tenlámos codicia de ninguna
cosa, antes todo cuanto nos daban tornábamos luego a dar Alvar Núñez ha vuelto al punto de panida, sí, pero sólo
y con nada nos quedábamos, y los otros no tenía otro fin imperfectamente porque su cuerpo "ha sacado señal": las
sino robar todo cuanto hallaban y nunca daban a nadit:, y marcas son indelebles, han sido trabajadas por otras lenguas
desta man,ra relataban todas nuestras cosas y las encareclán; y otras escrituras, las de la horadación. el embijado. el tatuaje,
por el contrario de los otros. (p. 161). la intemperie y el hambre, inscripciones que, al organizar
el palimpsesto -la superposición de discursos- lo hacen indes-
No se trata simplemente de efectuar un deslinde y colocar en tructible.
dos lugares perfectamente separados a los "bárbaros" y a los
cristianos; se trata de reubicar a los supervivientes en ese lugar y llegados en Compostela, el gobernador [Nuño de Guz-
intermedio, transcultural, que gracias a su odisea han adqui- mán] nos recibió muy bien y de lo que tenía nos dio de
rido!4. Alvar cumple simultáneamente varias funciones y se vestir. lo cual yo por muchos dlás no pude traer. ni dormir sino
en el suelo... (p. 167). \)

:ti Cene;m. p. 225. Vaca también alGllml un punto neutro. no porque fuera indiferente a las dos
14 En su último libro, Nosotros, los otros, México, Siglo XXI, 1991 (publicado cllhlll'IS. sino porque las había vivido desde el interior; de repente a su alrede-
nri¡tinarimnellle en fr.lIlcés en París. Editions du Seuil. 1989. con el título de dor ya no había miÍs que "ellos"; sin volverse indio. Cabe7.a de Vaca ya no era
'NIIUS" lu IJtIlT,s. la RJJlnioft frlJfl{(JUt sur la divlrJiti Anaifll) Tzvetan Tod~ IOlalmente esp;lIiol" (Todorov, La Conquista.... p. 259). El hombre neutro sería
rov retoma algunos de los temas que habla trabajando en su libro anterior, ÚJ entonces el tercer excluido, aquel que se ha quedado en medio. entre ellos, sin
Conquista dt .~JlliTÍl"a, la cuestión dtl otro. México, Siglo XXI. 1987 (publicado lIel\olr a recupelOlr Sil antiguo status. el que estaba -según él que relata. es decir.
nriKinmiamellle en francés, París. Ed. su Seuil, 1982, con el título de La Con- Alvar Nútlez- entr, IIOsotrOS, por lo que se deduce que los verdaderos otros
qWtt dt "A.hiqw, la qwstion dt "IJIUr,). A la calificación binaria que implica el (p;UOI el hombre americano y hasta para Cabe7.a de Vaca) son los europeos. es
títuln. );, dicotomÍ¡, Nosotros y los otros. o Yo y el Otro en La Conquista.... decir. los esp;nioles.
se incorpora al tercer excluido colocado en una categorla 1llUtr1J. dándole a ese ~'. Cft. Jllan Lópe7. de Palacios Rubios. De las islas dt¡ Mar Ociano. y Matías de
ténnino el significado que le dan Blanchot y Banhes "el plano de la acción.
de la asimilación del otro o de la identificaci6n con él. (por lo que...) Cabeza de
Pa7.. Ot¡ dominio dt los Rtyts dt España sobrt los indios, Edición de Silvio Zavala
y AKlIstín Millares C.<trlo. México. Fondo de Cultura Económica. 1954.
r
-..----------- ...-.;~215
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