Resumen de la Vida de Jesús
1. La promesa del Salvador y el contexto histórico
La historia de Jesús no comienza en un pesebre, sino mucho antes, en los corazones de un
pueblo que esperaba la redención. Desde los primeros capítulos de la Biblia, Dios prometió
enviar un Salvador. Tras la caída de Adán y Eva, ya se anticipaba una esperanza: 'Pondré
enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la
cabeza' (Génesis 3:15). Esta profecía es considerada la primera mención de la venida del
Mesías.
A lo largo del Antiguo Testamento, los profetas hablaron de un Redentor que vendría a traer
libertad, justicia y vida nueva. El profeta Isaías anunció con claridad: 'Porque un niño nos es
nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre
Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz' (Isaías 9:6). También
Miqueas predijo que ese niño nacería en Belén: 'Pero tú, Belén Efrata, pequeña para estar
entre las familias de Judá, de ti me saldrá el que será Señor en Israel' (Miqueas 5:2).
Israel, el pueblo elegido, vivía bajo dominio romano. Aunque oprimido y fragmentado,
mantenía viva la esperanza de la venida del Mesías. Las mujeres del pueblo hebreo rezaban
para ser escogidas como madre del Salvador prometido, un privilegio anhelado por
generaciones.
En este contexto histórico y espiritual, en medio de un mundo agitado y sin paz, Dios decide
intervenir directamente en la historia humana. No lo hace con ruido ni con violencia, sino
con la ternura de una promesa que comienza a cumplirse en el vientre de una joven
humilde: María.
2. El nacimiento de Jesús
El cumplimiento de las antiguas promesas comenzó de manera íntima y silenciosa, con una
joven virgen llamada María, comprometida con un hombre justo, José, de la casa de David.
Ambos vivían en Nazaret, un pequeño pueblo de Galilea. Fue allí donde el cielo tocó la tierra.
El ángel Gabriel fue enviado por Dios para hablar con María. Su mensaje fue tan poderoso
como inesperado: 'Y ahora, concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo, y llamarás su
nombre Jesús. Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo' (Lucas 1:31-32).
María, asombrada pero fiel, respondió con humildad: 'He aquí la sierva del Señor; hágase
conmigo conforme a tu palabra' (Lucas 1:38).
José, al enterarse de la noticia, pensó en dejarla en secreto, pero un ángel le habló en
sueños: 'José, hijo de David, no temas recibir a María tu mujer, porque lo que en ella es
engendrado, del Espíritu Santo es' (Mateo 1:20). Él, obediente y noble, la acogió como
esposa.
Por decreto del emperador romano César Augusto, todos debían empadronarse en su
ciudad de origen. María y José emprendieron viaje a Belén. Ella, ya en avanzado estado de
embarazo, soportó el camino con fortaleza. No hallaron lugar en ninguna posada. Así, en la
humildad de un establo, bajo el cielo estrellado, María dio a luz al Hijo de Dios.
'Y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales, y lo acostó en un pesebre, porque
no había lugar para ellos en el mesón' (Lucas 2:7).
Los primeros en recibir la noticia fueron pastores, hombres sencillos que velaban por sus
rebaños. Un ángel les anunció con gozo: 'Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un
Salvador, que es Cristo el Señor' (Lucas 2:11). Acudieron de inmediato y encontraron al
niño, tal como se les había dicho.
También llegaron sabios de oriente, guiados por una estrella. Trajeron regalos: oro, incienso
y mirra (Mateo 2:11), símbolos de realeza, divinidad y sufrimiento. Ellos reconocieron al
niño como rey, aún en su fragilidad.
Pero no todos se alegraron. Herodes, rey de Judea, temeroso de perder su poder, ordenó la
matanza de todos los niños menores de dos años en Belén (Mateo 2:16). José, advertido en
sueños, huyó con María y Jesús a Egipto, cumpliendo la profecía: 'De Egipto llamé a mi hijo'
(Oseas 11:1; Mateo 2:15).
Así comenzó la vida de Jesús: no entre privilegios, sino en la pobreza, el rechazo y la
amenaza. Pero desde su nacimiento, ya era 'Emmanuel', Dios con nosotros.