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Kuiru

El ikakɨ de Káfeniño narra la historia de una mujer sabia que, al no seguir las precauciones necesarias con las plantas de poder, sufre terribles consecuencias que afectan a su esposo Kɨneyumi. A pesar de sus intentos por regresar a la normalidad, Káfeniño termina siendo desmembrada y su cabeza se une a su esposo, causando su sufrimiento. La historia explora temas de horror y la relación entre el conocimiento y el respeto hacia las fuerzas de la naturaleza.

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Kuiru

El ikakɨ de Káfeniño narra la historia de una mujer sabia que, al no seguir las precauciones necesarias con las plantas de poder, sufre terribles consecuencias que afectan a su esposo Kɨneyumi. A pesar de sus intentos por regresar a la normalidad, Káfeniño termina siendo desmembrada y su cabeza se une a su esposo, causando su sufrimiento. La historia explora temas de horror y la relación entre el conocimiento y el respeto hacia las fuerzas de la naturaleza.

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Káfeniño ikakɨ

Ikakɨ de Káfeniño
Narrado por Juan Kuiru
Lengua mɨnɨka, 2016

Versión recogida por Noinui Jitóma


Traducción de Noinui Jitóma, Selnich Vivas Hurtado y Maribel Berrío
En este ikakɨ, a diferencia del de Miguel Guzmán (156), nos enfrentamos ante una
historia de horror. El uso indebido de las plantas de poder lleva al fracaso corporal
e intelectual del personaje, Káfeniño, una mujer sabia que no guardó las debidas
precausiones y dietas, recibió terribles castigos de parte de la planta de poder utilizada
y de los animales que la secundaban. Además de la mujer, su esposo Kɨneyumi,
a veces llamado Yumi, es el gran perjudicado. Se tiene que enfrentar a la cabeza
decapitada de su esposa. Al final no logra retornarle la vida normal y se tiene que
librar de ella para siempre.
254 Juan Kuiru

Kɨnerenɨ,
Káfeniño ikakɨ.
eirue Kɨneyumi
aɨ, Enokaizaɨ eirue,

Jáeidɨ namákɨza
Káfeniño fɨnórite.

Kuebérena fɨnórite.
Ie mei fɨmaiñede.
Ie baɨfene ie yúkote.

Jirari Jikɨnizaɨ
mei ua dega.

Ie ɨni baɨ jɨáɨnomo


jibie duájifɨrede,
ie mei jofo fɨebifɨrede ie aɨ.

Náuikaiyadɨ Jikɨnizaɨ bite,


ie dega.

Iaɨoɨ kubɨkɨga
ie rɨábɨkɨaɨ,
ie kɨráizekuaɨ,
ie jabeyuɨ, nana.

Ñeta irai fuemo,


jofo erodo fadoɨka.
Ñeta jaidɨmakɨ.

Ie ɨfodiri iaɨoɨ jaiáka.


Meita ɨfódiri iuedo makaja.
Káfeniño ikakɨ 255

Este es el jágaɨ de Káfeniño,


antepasada de los Enokaizaɨ y esposa de Kɨneyumi,
ancestro de los Kɨnerenɨ.

Como todos sus antepasados


Káfeniño conocía el poder de las plantas.

Se preparó en el poder de kuebere.


Pero no cumplió las dietas.
A esto se debió su fracaso posterior.

A esto se debe que los Jikɨnizaɨ


la hayan separado las partes de su cuerpo.

Cuando el esposo se iba


a mambear a otras casas,
la esposa solía quedarse en su casa.

Al atardecer venían los Jikɨnizaɨ


y la atacaban.

Ellos destazaban
sus piernas,
sus costillas,
sus tripas, todas sus partes.

Por la orilla del fogón,


las tiraban dentro de la casa.
Luego se iban.

También le arrancaban la cabeza.


Esa cabeza caminaba por los caminos.
256 Juan Kuiru

Ja ie ɨni biakana
ɨfodɨna afengo meine bita
abɨ zoruano uai joide.

Dai ua ñefɨrede.
Dai jáifɨrede, meine bifɨrede.

Ja ua baɨ ie jaiya
jirari ie ɨnina daɨde:

“O biadɨ,
rágoda títaitɨoza”.

Mei ie baifizai daɨita.

Meita baiye ie ɨni


rágoda titaja yezíka
afengo ɨfódɨna bite.

Dai ua daɨifɨrede.

Meita ie ɨni Yumi


biadɨ rágoda títajano,
bite.

Afemɨe bitemo jaka ite.

Ziñoza ja afemɨe daɨde:

“Niézi iteita kue aɨ,


o biadɨ rágoda titada
biri daɨfɨrede.
¿Mɨnɨka jirari kuena dai daɨifɨrede?”.
Káfeniño ikakɨ 257

Antes de que su esposo regresara,


la cabeza de la esposa llegaba,
se unía al cuerpo y se acostaba tranquila.

Siempre hacía lo mismo.


Siempre se iba y siempre regresaba.

Como se alejaba tanto,


entonces le decía a su esposo:

“Cuando vayas a regresar,


me avisas golpeando las aletas de los árboles.

Para que no la descubriera decía esto.

En el momento en que su esposo


golpeaba las aletas de un árbol,
la cabeza de su mujer se apresuraba.

Siempre pasaba lo mismo.

Cuando su esposo Yumi


golpeaba una aleta,
ella retornaba.

Cuando él regresaba ella ya estaba en casa.

Como él era sabio, se dijo:

“Qué está pasando con mi esposa


que siempre me dice antes de que te
vengas golpea la aleta.
¿Por qué razón siempre me dice eso?”.
258 Juan Kuiru

Jirari afemɨe damona ja ua bite


rágoda titáñeno.

Bite, naze tuiñóda,


jofo eroideri…
Fia batɨ ie aɨ riáɨbikɨnɨaɨ,
onóbɨkɨnɨaɨ, kɨraizeko.
Jébeyuɨ jofo eródo bɨiede.
Ie ɨfókɨ iñena.

Jirari afemɨe ja nana ie abɨ,


riáɨbikɨnɨaɨ, onóbɨkɨnɨaɨ ɨraɨde, ɨraɨde.
Ifo raɨta,
joneta
ɨbaida.
Meine abɨdo jaide.

Jaiyanona ja rágoda titáde.


Títajanona meine bite.
Ie biya
ɨfodina ie aɨ dukɨde.
Dukɨiyano abɨ zoruaiya.
Abɨna iñedeza.

Ɨfokɨ daɨde:
“¿Mɨnɨkana abɨ zoroitɨkue?”.

Da ɨfokɨ naze fuedo bene jabɨjabɨna.

Ie afémɨe dúkɨde, erokaide.


Erokaideri afengo ɨfo
aizikaide ie kɨmójɨmo.
Zójode.
Káfeniño ikakɨ 259

Por eso un día él regresó


sin golpear la aleta.

Llegó, abrió la puerta,


entró y al mirar...
Las piernas, los brazos,
las costillas de su mujer estaban a un lado.
Las vísceras estaban regadas por la casa.
Pero la cabeza no estaba.

Por eso recogió todas esas partes,


las piernas, los brazos recogió.
Escarbó un hueco,
las colocó allí
y las tapó.
Volvió a salir.

Se fue y golpeó las aletas del árbol.


Después de golpearlas se devolvió.
Pero antes de que él llegara,
la cabeza de su esposa ya había regresado.
Había venido para unirse al cuerpo.
Pero el cuerpo ya no existía.

La cabeza dijo:
“¿A qué cuerpo me voy a unir?”.

Su cabeza rodaba y rodaba en la puerta.

En ese momento él llegó y miró fijamente.


Mientras observaba la cabeza de su mujer
se le lanzó al cuello.
Allí se incrustó.
260 Juan Kuiru

Meita afemɨe kɨmójɨri ménade ɨfo.


Ja mei baiye uáiyogaɨza.

“Nɨézi bie kue ɨba oitɨkue”, daɨde de Yumi.

Afengo jefáiredeza.
Ie kɨmójɨri zoideza,
nɨezi afémɨe guiri.

Mɨnɨka izoide fuémo uíyadɨ,


afengo fuémona baɨróbaɨróga.
Afengo guíguiga.

Dai afémɨe ɨrateite,


ja ua jaɨrónaite.
Ie kɨmójɨ Káfeniño nemuiyaɨga.
Abɨ ɨáɨre jaide, naɨnide.

Afemɨe dai jaikaide.

“¿Nɨezi bie ñeitɨkue?”, daɨde.

Ie jirari ja komekɨ fakáde:

“Mei ua jefáiredeza
ɨreizaitɨkue”, daɨde.

Jaide, Kure barénote,


ɨrena
mei kuaɨ iya.

Afemɨe nari anaba jaiyano


afe ɨre datáde.
Káfeniño ikakɨ 261

Ahora en su cuello había dos cabezas.


Esto era una venganza.

“Como me libraré de esto”, dijo Yumi.

A ella le gustaba mucho comer carnes.


Y ahora que estaba incrustada en su cuello,
qué iba a hacer él para comer.

Todo lo que se metía en la boca,


ella se lo quitaba y se lo quitaba de la boca.
Ella se alimentaba y se alimentaba.

Por eso él se enfermó,


ya estaba muy delgado.
Incluso Káfeniño defecaba en su cuello.
El cuerpo se volvió feo y no tenía fuerzas.

Y aún así tenía que caminar.

“¿Y ahora aué haré?”, dijo.

Por eso pensó desde el corazón:

“Como sé que le gusta las carnes


voy a hacer tapaje”, pensó.

Se fue, sopló y creó un cañito, el Kure,


para hacer tapaje
donde había peces diminutos.

Él se hundió con todo


y armó el tapaje.
262 Juan Kuiru

Uiyobefiaɨdo naɨnide, yaɨte.


Ñeta nari arɨ bita
jodáyu nite.
Nita, nita jɨnéde.

Iyetuemona arɨ bita uiñote due.

Afe mei ana kaizaide.


Kaizaidemo jodáyuri
nɨ kuáɨ jiya.
Fia uzere kɨoide kuáɨ.

Fia orúide.

Arɨ ota,
uiyobefe zoiyoda
afemo jino guɨfode.

Ñeta daɨde:

“¡Ore, rɨngo!
Kue guiyɨ daɨzaɨdɨo.
Mai jɨrekai, ana jadɨne raɨ, gui.
Kue guiyɨ, daɨfɨredɨo,
kue rɨyɨ, daɨfɨredɨo”.

Iena kɨóiyanona afengo


jɨrekaiyanona ana raɨnade.

“¡O guiri!
O kue guiyɨ, daɨfɨredɨo.
Jubie jeɨa,
Káfeniño ikakɨ 263

Con las hojas de platanillo aisló y cercó.


Luego salió del agua con todo
Y empezó a tejer jodáyu.
Bien tejido lo colocó dentro de la cerca.

Salió del cañito y esperó un rato.

Luego se sumergió para revisar.


Cuando revisó el jodáyu
estaba lleno de peces diminutos.
Se veía blanco de tantos peces.

Estaba repleto.

Lo sacó arriba,
extendió hoja de platanillo
y sobre ella arrojó todo.

Luego dijo:

“¡Oye, mujer!
Tú siempre dices que quieres comer.
Ya despégate, siéntate allí abajo y come.
Quisiera comer, dices,
quisiera comer carne, dices”.

Viendo ella tanto pescado,


se despegó y se sentó abajo.

“¡Come!
Tú siempre dices que quieres comer.
Que aguantas hambre,
264 Juan Kuiru

jebaiye jeɨa.
Jirari kue jenókaza”, daɨde.

“Kue nane koko jodáyu


jɨniaidɨkue”, daɨde Yumi.

“Jií, raɨre biri”, daɨde Káfeniño.

“Jɨ, fia ua bie jɨniaidɨkue”, daɨde Yumi.

Ie abɨna anaba jaide bujuiyanona.


Nuiona jaide.
Ɨre fétajano jinoba jai iyetuemona.

Jaide, jaide iye anado.


Igoberi zuiyano
iodo jaide jofomo.

Ñeta naze zɨrɨgɨte.


Iɨe ñue naɨnide.

Ñeta afemɨe jaide kaifo fuekuemo


kɨnai neta afemo jóide.
Áfemona uai kakáreide.

Iemo ja odana dirízite.

Káfeniño daɨde:

“¡Ebe, ore, ɨima,


jofo kue ono!
O komekɨ nabéneka iñena.
Káfeniño ikakɨ 265

que quieres comer carne.


Por eso te los conseguí”, dijo.

“Yo voy a colocar nuevamente


nuestro jodáyu”, dijo Yumi.

“Bien, pero ven pronto”, dijo Káfeniño.

“Sí, solo voy a colocar esto”, dijo Yumi.

Y resulta que bajó, se sumergió y se fue.


Se convirtió en Nuio.
Perforó el tapaje y se salió del caño.

Se fue, se fue bajo el agua.


Emergió en el puerto
y por el camino se fue a casa.

Luego cerró la puerta y la trancó.


Aseguró bien las paredes.

Después se subió a la cumbrera,


amarró la hamaca y se acostó.
Desde allí escuchaba todo.

Más atrás venía la cabeza rebotando.

Káfeniño dijo:

“¡Ay, oye, esposo,


tú sabes que soy de adentro!
No hay nada más importante en tu corazón.
266 Juan Kuiru

O reɨkɨ rɨngodɨkue.
Jino o fɨéri”, daɨde.

Afémɨe jaka faɨrioñede.

“¡Ebe, jofo kue ono!”, daɨde Kafeniño.

Jaka jofo oñeiga.

“Mɨnɨkamo bitɨo”, daɨnanona afémɨe


ie ranɨaɨ jino fadoɨde.

Ie tobeni, zibe,
ɨnárako, gobeje,
yokofe, tɨáfai, razaba.
Ua nana kaifodo fadoɨka.

Nana afenɨaɨ abɨmo nirode.

Afe mei daɨde:

“¿Mɨnɨkana kue jairi?


Nɨbaɨ efana kue jairi,
¡Aá aá aá! Kuemo baiñedɨ.
¿Mɨnɨkana kue jairi?
Kuyodo kue jairi.
¡Bero bero! Jaka jɨ kuemo baiñedɨ.
¿Mɨnɨkana kue jairi?
Nokaidona kue jairi.
¡Pio kaɨ kaɨ! Kuémo baiñedɨ”.

Ua dai nana ofokuizaɨ


uai fakádote.
Káfeniño ikakɨ 267

Soy la mujer de tu fuego.


No me dejes a fuera”, dijo.

Él no le contestó.

“¡Ay, déjame entrar!”, dijo Káfeniño.

Tampoco la dejó entrar.

“¿A qué viniste?”, diciendo esto


le tiró sus cosas afuera.

Su abanico, tiesto,
escurridor, machucador,
cernidor, rallador, escobilla.
Todo se lo lanzó encima.

Todos los utensilios remendaron su cuerpo.

Después de esto dijo:

“¿En qué me convertiré?


Quizá me convertiré en guacamaya.
¡Aá aá aá! Pero eso no es para mí.
¿En qué me convertiré?
Quizá me convertiré en loro real.
¡Bero bero! Eso tampoco me queda bien.
¿En qué me convertiré?
En tucán me convertiré.
¡Pio kaɨ kaɨ! No me queda bien”.

Así iba imitando la voz


de todos los pájaros.
268 Juan Kuiru

Ɨkaɨdenia ja daɨde:

“¿Mɨnɨkana kue jairi?


Marúkuna kue jairi.
¡Kuú, kuú, kuú!
Kuemo baitezɨ”.

Dɨno marúkuna jaide.

Ñeta jino birémo.


Raɨnazaide.

Ie baiye marukuna jaiya.

Dɨno fuite.
Káfeniño ikakɨ 269

Al final dijo:

“¿En que me convertiré?


Me convertiré en maruku.
¡Kuú, kuú, kuú!
Este canto sí me queda bien”.

Allí se convirtió en maruku.

Luego se fue a la selva.


Allá se asentó del todo.

Esa fue la que se convirtió en maruku.

Aquí termina.

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