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11.-La Visita A Santa Isabel

El texto narra la visita de María a Isabel, donde ambas mujeres experimentan un encuentro lleno de alegría y reconocimiento divino, destacando la proclamación de Isabel sobre María como la madre del Señor. María responde con el Magníficat, un canto que expresa su humildad y gratitud hacia Dios, reflejando temas del Antiguo Testamento y anticipando la salvación. El Magníficat es visto como un himno de alegría y un reconocimiento de la obra divina en su vida, donde María se presenta como un instrumento de Dios en la historia de la salvación.

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11.-La Visita A Santa Isabel

El texto narra la visita de María a Isabel, donde ambas mujeres experimentan un encuentro lleno de alegría y reconocimiento divino, destacando la proclamación de Isabel sobre María como la madre del Señor. María responde con el Magníficat, un canto que expresa su humildad y gratitud hacia Dios, reflejando temas del Antiguo Testamento y anticipando la salvación. El Magníficat es visto como un himno de alegría y un reconocimiento de la obra divina en su vida, donde María se presenta como un instrumento de Dios en la historia de la salvación.

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11.

- La visita a Santa Isabel

“En aquellos días, se levantó María y se fue con prontitud a la región


montañosa, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y
sucedió que, en cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno,
e Isabel quedó llena de Espíritu Santo; y exclamando con gran voz, dijo: «Bendita tú
entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno; y ¿de dónde a mí que la madre de mi
Señor venga a mí? Porque, apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo
el niño en mi seno. ¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron
dichas de parte del Señor!» Y dijo María: «Engrandece mi alma al Señor y mi espíritu
se alegra en Dios mi salvador, porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava,
por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada, porque ha
hecho en mi favor maravillas el Poderoso, Santo es su nombre y su misericordia
alcanza de generación en generación a los que le temen. Desplegó la fuerza de su
brazo, dispersó a los que son soberbios en su propio corazón. Derribó a los potentados
de sus tronos y exaltó a los humildes. A los hambrientos colmó de bienes y despidió a
los ricos sin nada. Acogió a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia como
había anunciado a nuestros padres, en favor de Abraham y de su linaje por los siglos».
María permaneció con ella unos tres meses, y se volvió a su casa” (Lc 1, 39-56).
El texto de San Lucas en el cual se nos narra la visita de María a Santa Isabel no
entra en detalles sobre el momento en que ésta tuvo lugar. Afirma que fue “con prontitud”,
pero indudablemente antes debió ocurrir el difícil momento de la confesión de la Virgen a
sus padres sobre lo que había sucedido y la aún más difícil confesión a San José. Éste
decidió –“porque era bueno”, dice el Evangelio- no exigir la vida de María por lo que
parecía una flagrante infidelidad, puesto que ya se había consumado la primera parte del
matrimonio por lo que jurídicamente ya estaban casados. Tras la decisión de José de
repudiarla en secreto, sin presentar cargos contra ella, una nueva intervención de Dios puso
las cosas en su sitio y “José la recibió en su casa”. Lo que no sabemos es si antes tuvo lugar
el viaje a Ein Karen, donde residían Santa Isabel y su esposo Zacarías. Lo más probable es
que la Virgen fuera a vivir con San José y poco después fuera a visitar a su prima.
El saludo de Santa Isabel a la Santísima Virgen es mucho más que un saludo cordial
o una expresión de sorpresa agradecida ante una visita inesperada. La madre del Bautista,
dice el evangelista que “llena del Espíritu Santo”, afirmó cosas tan importantes como que
María es la “madre de mi Señor” -siendo imposible que supiera que la Virgen estaba
embarazada y menos que ese embarazo se hubiera producido por intervención divina-, a la
vez que calificaba a María como “la que ha creído”. El “fiat” de María, el acto de fe y de
confianza en Dios que dio paso a la encarnación de la Segunda persona de la Santísima
Trinidad, es reconocido ahora por Santa Isabel, que llama “dichos”, “feliz” a la Virgen
precisamente porque ha sabido poner su vida entera en manos del Todopoderoso, corriendo
los riesgos que eran de sobra conocidos para cualquier mujer judía de la época.
Pero lo más importante, sin duda, de ese encuentro es la respuesta de la Santísima
Virgen: El “Magníficat”. José Luis Martín Descalzo dice que “en las palabras de María
estamos leyendo ya un anticipo de las bienaventuranzas y una visión de la salvación que
rompe todos los moldes establecidos”. A algunos biblistas les ha parecido demasiado
perfecto el canto que entona María como para poder ser obra suya, que era una joven
muchacha judía de pueblo; olvidan que el Magníficat está lleno de textos del Antiguo
Testamento que una creyente judía podía fácilmente retener y utilizar para expresar un
sentimiento profundo, empleando palabras y conceptos asumidos como propios durante
muchos años de oración. Sigue diciendo Martín Descalzo: “Es como un poema con cinco
estrofas: la primera manifiesta la alegría de su corazón y
la causa de ese gozo; la segunda señala, con tono profético, que ella será llamada
bienaventurada por las generaciones; la tercera -que es el centro del himno- santifica el
nombre del Dios que la ha llenado; la cuarta parte es mesiánica y señala las diferencias
entre el reino de Dios y el de los hombres: en la quinta María se presenta como la hija
de Sion, como la representante de todo su pueblo, pues en ella se han cumplido las
lejanas promesas que Dios hiciera a Abrahán”. Y concluye: “Es, ante todo, un estallido de
alegría. Las cosas de Dios parten del gozo y terminan en el entusiasmo. Dios es un
multiplicador de almas, viene a llenar, no a vaciar. Pero ese gozo no es humano. Viene de
Dios y en Dios termina. Y hay que subrayarlo, porque las versiones de hoy -por esa ley de
la balanza que quiere contrapesar ciertos silencios del pasado- vuelven este canto un himno
puramente arisco y casi político. Cuando el mensaje revolucionario de Dios -que canta
María- parte siempre de la alegría y termina no en los problemas del mundo sino en la
gloria de Dios. La alegría de María no es de este mundo. No se alegra -escribe Max
Thurian- de su maternidad humana, sino de ser la madre del Mesías, su Salvador. No de
tener un hijo, sino de que ese hijo sea Dios. Por eso se sabe llena María, por eso se atreve a
profetizar que todos los siglos la llamarán bienaventurada, porque ha sido mirada por Dios”
(“Magníficat, un himno subversivo”. José Luis Martín Descalzo).
Lo que más toca mi corazón del Magníficat es la humildad de la Santísima Virgen.
Ella todo lo atribuye a Dios, como si no hubiera hecho nada, como si jugarse la vida como
se la había jugado no tuviera importancia. Para María, todo es don, todo es gracia, todo es
obra divina. Se sabe necesaria, como el pincel -si pudiera pensar- sabe que el pintor le
necesita, pero es consciente de que es un pincel y de que el pintor es quien lleva a cabo la
obra maestra que queda plasmada en el lienzo. Como en ningún otro momento, la Virgen
expresa aquí lo que hay en su alma: la más absoluta humildad, pues la humildad existe
cuando se anda en verdad -como decía Santa teresa- y andar en verdad es reconocer que
sólo Dios es Dios y que nosotros -no, ciertamente, en el caso de la Virgen- somos unos
siervos inútiles que en el mejor de los casos no hemos hecho otra cosa más que lo que
teníamos que hacer. Por eso podemos decir que a través nuestro se hacen cosas grandes -
cuando se hacen-, porque sabemos y así lo reconocemos que el mérito es siempre y en todo
de Dios.

Pregunta con respuesta: ¿Cuáles son las citas del Antiguo Testamento aludidas en el
Magníficat?

Como ya se ha dicho, la Virgen, como cualquier buena judía, tanto en su casa como en la
sinagoga, estaba acostumbrada a orar con los textos que nosotros hoy llamamos el Antiguo
Testamento pero que entonces eran sus únicas Escrituras sagradas. No tiene nada de extraño,
por lo tanto, que para expresar la emoción y los sentimientos que entonces tenía -sobre todo al
verse tan bien acogida por su prima-, María expresara sus sentimientos utilizando conceptos e
incluso frases de la Biblia. Encontramos en el Magníficat ecos de los Salmos ((31, 8; 34,
4; 59, 17; 70, 19; 89, 11; 95, 1; 103, 17; 111, 9; 147, 6), en los libros de Habacuc (3, 18) y
en los Proverbios (11 y 12). Y sobre todo en el cántico de Ana, la madre de Samuel (I Sam
2, 1-11). Pero no se trata de un “refrito”, de una composición posterior como algunos
pretenden, pues se ve que esos textos estaban en el alma de la Virgen, pero ella los expresa
de un modo nuevo, tanto en la forma como en el fondo del mensaje.

Así, por ejemplo, el cántico de Ana, que es el que más similitudes tiene con el
Magníficat, dice: “Ana oró y dijo: Mi corazón se regocija en Jehová, mi poder se exalta en
Jehová; mi boca se ensanchó sobre mis enemigos, por cuanto me alegré en tu salvación. No
hay santo como Jehová; porque no hay ninguno fuera de ti,
Y no hay refugio como el Dios nuestro. No multipliquéis palabras de grandeza y altanería;
Cesen las palabras arrogantes de vuestra boca; porque el Dios de todo saber es Jehová, y a
él toca el pesar las acciones. Los arcos de los fuertes fueron quebrados,
Y los débiles se ciñeron de poder. Los saciados se alquilaron por pan, y los hambrientos
dejaron de tener hambre; hasta la estéril ha dado a luz siete, y la que tenía muchos hijos
languidece. Jehová mata, y él da vida; Él hace descender al Seol, y hace subir. Jehová
empobrece, y él enriquece; Abate, y enaltece. El levanta del polvo al pobre, y del muladar
exalta al menesteroso, para hacerle sentarse con príncipes y heredar un sitio de honor.
Porque de Jehová son las columnas de la tierra, y él afirmó sobre ellas el mundo. Él guarda
los pies de sus santos, mas los impíos perecen en tinieblas; porque nadie será fuerte por su
propia fuerza. Delante de Jehová serán quebrantados sus adversarios. Y sobre ellos tronará
desde los cielos; Jehová juzgará los confines de la tierra, dará poder a su Rey y exaltará el
poderío de su Ungido”. Es evidente que hay muchos conceptos e incluso palabras en el
Magníficat que antes fueron dichas por la madre de Samuel, pero el fondo es distinto; en el
himno del Antiguo Testamento hay siempre un regusto de violencia e incluso de venganza,
que está ausente de la boca y del corazón de la Santísima Virgen, incluso cuando proclama
las frases más duras de su propio himno: “derriba del trono a los poderosos y enaltece a los
humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos”. Ese
“derribar del trono” o el “despedir vacíos” tiene más relación con un acto de justicia que
con uno de venganza, y no excluye ni la misericordia de Dios ni tan siquiera implica en sí
mismo un castigo, pues al ser derribado del trono el que lo ocupaba por usurpar ese puesto
que sólo le pertenece a Dios, se queda al nivel de los demás y también él podrá ser
ensalzado como los humildes si se hace humilde como ellos.

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