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10.-La Anunciación

El relato de la Anunciación destaca la virginidad e inmaculada concepción de María, quien, tras recibir el mensaje del ángel Gabriel, acepta ser la madre de Jesús sin dudar de la voluntad divina. La Iglesia sostiene el dogma de la virginidad perpetua de María, enfatizando que ella no tuvo relaciones maritales y que su estado virginal no afecta la divinidad de Jesús. Este relato se contrasta con la historia de Eva, mostrando a María como la 'nueva Eva' que trae la salvación al mundo a través de su obediencia a Dios.

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10.-La Anunciación

El relato de la Anunciación destaca la virginidad e inmaculada concepción de María, quien, tras recibir el mensaje del ángel Gabriel, acepta ser la madre de Jesús sin dudar de la voluntad divina. La Iglesia sostiene el dogma de la virginidad perpetua de María, enfatizando que ella no tuvo relaciones maritales y que su estado virginal no afecta la divinidad de Jesús. Este relato se contrasta con la historia de Eva, mostrando a María como la 'nueva Eva' que trae la salvación al mundo a través de su obediencia a Dios.

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10.

- La Anunciación

“Al sexto mes fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea,
llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de
David; el nombre de la virgen era María. Y entrando, le dijo: «Alégrate, llena de
gracia, el Señor está contigo.» Ella se conturbó por estas palabras, y discurría qué
significaría aquel saludo. El ángel le dijo: «No temas, María, porque has hallado
gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien
pondrás por nombre Jesús. El será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor
Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos
y su reino no tendrá fin.» María respondió al ángel: «¿Cómo será esto, puesto que no
conozco varón?» El ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder
del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será
llamado Hijo de Dios. Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su
vejez, y este es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril, porque ninguna cosa es
imposible para Dios.» Dijo María: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según
tu palabra.» Y el ángel dejándola se fue” (Lc 1, 26-38).
Lo primero que llama la atención en el relato de la Anunciación del ángel a María es
la presentación de María como una mujer virgen (lo repite dos veces). Era lo normal en la
cultura judía, puesto que aún no había convivido la desposada con su marido, pero la
insistencia significa que el evangelista quiere llamar la atención sobre eso porque lo
considera suficientemente importante. María era virgen y esto no es una cuestión teológica
o simbólica, sino una realidad; además, hay una enseñanza (Jesús no es hijo de un hombre,
sino del Espíritu Santo), pero la historia no se pone al servicio de la enseñanza, sino que la
enseñanza se desprende de la historia.
El segundo dato es el saludo del ángel a María. Primero le dice: ¡Alégrate!, es decir
le está indicando que lo que venga después va a ser bueno para ella; Más tarde añadirá un
“¡No temas!”, que aunque no es lo mismo viene a tener idéntico significado en este caso:
hacer la voluntad de Dios no debe darnos miedo porque es siempre bueno para nosotros.
Luego viene una definición sobre la naturaleza de la persona a la que el ángel se
dirige: “llena de gracia”. Algunos piensan que era un saludo ritual, cortés, pero en realidad
el ángel, que está presentándose en nombre de Dios, está haciendo la primera proclamación
de María como inmaculada, como “sin pecado”; una ausencia de pecado que afectaba al
pecado original y también a los pecados personales que pudiera haber tenido. María es
presentada, por lo tanto, en estas primeras líneas como “virgen” y como “inmaculada”.
También es presentada como la mujer de José, de “la casa de David”, y por lo tanto como
capaz de tener un hijo en el que pudieran cumplirse las promesas hechas por Dios al pueblo
de Israel a través de los profetas.
A continuación, el ángel le dice lo que Dios espera de ella y, sorprendentemente,
María va a exigir una aclaración. No es sobre las condiciones de futuro que la esperaban -
ella sabía bien el riesgo que corría, pues no había convivido con su marido y éste sabría sin
ningún tipo de duda que el niño no era suyo, lo cual podía acarrearla la muerte-, sino sobre
el modo en que iba a realizarse eso que Dios le estaba pidiendo. A María parece no
importarle el riesgo mortal que llevaba consigo hacer la voluntad de Dios y no le pide al
ángel garantías de que todo iba a resultar bien; Nos demuestra con ello que, por un lado, no
le preocupaba dar la vida por hacer lo que Dios la pedía y, por otro, que confiaba
plenamente en que el Señor no la abandonaría en el problema en que se iba a meter por
hacer su voluntad. Lo que le importaba, lo que necesitaba aclarar, era la forma en que se iba
a ejecutar esa voluntad divina. Es decir, es una pregunta por los medios y no por los fines.
Uno de los grandes principios de la teología moral católica se desprende directamente de
aquí, como si María fuera ya maestra nuestra desde el inicio de su entrada en la historia: “el
fin no justifica los medios”. Además, y como la propia pregunta constata, María deja claro
que “no conoce varón”, es decir que no ha tenido relación con ningún hombre y no sólo con
su marido; por tercera vez -y en este caso por confesión propia- el evangelista nos dice que
María era virgen cuando el ángel se le presentó para pedirle que aceptara ser la Madre del
Salvador.
La respuesta del ángel a la petición de aclaraciones por parte de María es
contundente. Después de haber citado el ejemplo de su prima Isabel, concluye con un “nada
hay imposible para Dios”. Esto deberían recordarlo los que dudan de la concepción de
Jesús sin intervención de un hombre, como si fuera más difícil eso que crear el entero
universo. María, desde luego, no dudaba y dio por válida la respuesta del ángel y por
satisfecha su petición de aclaraciones. No sabía cómo podía llevarse a cabo lo que el ángel
le proponía y no sabía lo que le podría pasar a ella misma, pero sí sabía que estaba en
manos de Dios y eso era suficiente. El “sí” de María, el “fiat”, es un sí a la aceptación del
misterio, al riesgo implícito en el cumplimiento de lo que Dios la pedía. Es un sí a Dios sin
pedir explicaciones y sin poner condiciones. Es inevitable comparar este momento con otro
muy anterior: el diálogo de otra mujer, Eva, con otro ángel, el demonio, Lucifer, el ángel de
la luz que había sido derribado de su altura por su soberbia. Eva buscaba saber para ser
como Dios, quería decidir por ella misma qué era bueno y qué era malo (eso es lo que
significaba “comer del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal”). María no quería
saber otra cosa más que lo que Dios le comunicara. Eva buscaba decidir sobre la moralidad
de las cosas, mientras que a María lo único que le interesaba era hacer la voluntad de dios y
obedecer los mandatos divinos. Eva participó de la soberbia de Satanás, María de la
humildad de los ángeles que no se rebelaron contra dios. Por eso los padres de la Iglesia
compararon enseguida a María con Eva, llamando a aquella la “nueva Eva”, pues si por una
mujer entró el pecado en el mundo, por otra mujer entró la salvación. La seducción de la
serpiente triunfó en Eva pero no en María, que con su humildad y su obediencia a Dios pisa
la cabeza de la serpiente y posibilita que se inaugure la nueva creación, la nueva alianza. Si
la primera creación comenzó con un hombre -Adán-, al cual se le dio una compañera, la
segunda creación empieza con una mujer -María- a la cual se le dio un hijo. Ese vínculo,
madre-hijo, demostrará su fortaleza cuando llegue la hora cumbre de la crucifixión del
Señor, pues allí, al pie de la cruz, María siguió diciendo su “fiat”, aceptando una voluntad
divina que no entendía, que le hacía daño, pero que obedecía y amaba pues ella era
únicamente “la esclava del Señor”.

Pregunta con respuesta: ¿Qué enseña la Iglesia sobre la virginidad de María?


La Iglesia ha considerado necesario darle la categoría de dogma de fe a la afirmación
de que María fue siempre virgen. La primera parte -virgen antes del parto- se desprende
directamente del Evangelio, pues allí está expresado de manera explícita. La segunda parte -
virgen en el parto-, forma parte de la tradición de la Iglesia, que ha considerado que si el
pecado no había herido a Maria, su Hijo no iba a ser menos, y que, por lo tanto, llegada la hora
del parto Jesús no iba a menoscabar la integridad física de su Madre; el rechazo que muchos
muestran ante esta opción se debe a un prejuicio ante todo aquello que tenga carácter
sobrenatural, como si fuera más difícil mantener intacta la membrana del himen que resucitar
a un muerto; el problema no está, pues, en la dificultad del milagro en sí, sino en la
incapacidad de aceptar que existan milagros, que Dios pueda intervenir en la historia con su
poder y su amor. La tercera parte del dogma afirma que María no tuvo relaciones maritales
con San José ni, por supuesto, con ningún otro hombre; por lo tanto, los llamados “hermanos
de Jesús” o bien eran hijos de un matrimonio anterior de San José -cosa poco probable, pues a
uno de ellos le debía haber sido confiada la Virgen cuando murió su Hijo-, o bien eran
parientes próximos -primos hermanos- a los cuales se les designaba con la misma palabra que
se utilizaba para llamar a los que eran hermanos de sangre o por adopción. En cualquier caso,
la segunda y la tercera parte de la virginidad de María -en el parto y después del parto- no
afecta ni a la honra de la Virgen ni al carácter divino de Jesús. No hubiera sido un pecado que
María hubiera tenido relaciones con su esposo y que fruto de esas relaciones hubiera tenido
otros hijos. Si la tradición insiste en que eso no fue así no es porque se pretende ocultar algo
malo que la Virgen hizo, puesto que de haberlo hecho no habría sido malo, sino simplemente
porque eso no ocurrió. Podría haber sucedido, pero no fue así, y la Iglesia lo expresa tal y
como la tradición lo transmitió, queriendo dejar también constancia de que con esa virginidad
perpetua María vivió plenamente consagrada a Dios, es decir al cuidado de su Hijo, verdadero
Dios y verdadero hombre.

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