Resumen Especializado en Prosa: La Hegemonía Global del Algodón y el Capitalismo Esclavista (págs.
138–155)
1. Innovación tecnológica y el inicio del auge algodonero (ca. 1790–1820) Beckert comienza
su análisis con la invención de la desmotadora de algodón por Eli Whitney en 1793, una tecnología que
revolucionó la producción algodonera al acelerar drásticamente la separación de la fibra de las semillas.
Esta innovación convirtió al algodón en un cultivo extremadamente rentable, siempre que se contara con un
suministro constante de trabajo esclavo. Al mismo tiempo, la revolución industrial británica, con
invenciones como la Spinning Jenny de James Hargreaves y el water frame de Richard Arkwright, así como
los telares mecánicos de Cartwright, cerraron el ciclo tecnológico. La conjunción de estas innovaciones
provocó que entre 1802 y 1820 las exportaciones de algodón de EE. UU. se multiplicaran por siete. El
algodón pasó de ser un producto marginal a convertirse en eje del consumo de masas en Europa y
Norteamérica, alterando profundamente la estructura de la economía atlántica.
2. Expansión territorial y despojo de pueblos indígenas (1803–1845) Impulsada por lo que
Beckert describe como una ―obsesión por las nuevas tierras‖, la expansión hacia el sur y suroeste de EE.
UU. fue crucial para ampliar las zonas de cultivo de algodón. Este avance fue facilitado por la Compra de
Luisiana (1803), negociada por Robert Livingston y James Monroe, y financiada en parte con préstamos de
bancos británicos como Baring Brothers. Posteriormente, la adquisición de Florida (1819) y la anexión de
Texas (1845) ampliaron la frontera agrícola. Pero esta expansión territorial se sustentó en la violencia
contra los pueblos originarios. Los tratados coercitivos —como el Tratado de Fort Jackson (1814) con los
creek— y las expulsiones forzadas —como el Sendero de Lágrimas de los cherokee en 1838—
ejemplifican el uso sistemático de la guerra y el despojo. La resistencia de los seminolas, liderados por
Osceola, fue derrotada tras una guerra prolongada (1835–1842). Esta política de limpieza étnica fue
funcional al despliegue del complejo algodonero.
3. Consolidación de infraestructura esclavista y logística fluvial (1817–1860) El desarrollo
de infraestructura fue esencial para la consolidación del sistema esclavista algodonero. Desde 1817, la
irrupción de los barcos de vapor revolucionó la navegación interior, conectando plantaciones con centros de
exportación. Luego, el ferrocarril integró aún más las regiones del sur al mercado global. Estas mejoras
redujeron significativamente los costos de transporte. En paralelo, el mercado interno de esclavos floreció:
se estima que más de un millón de personas fueron desplazadas desde estados del norte como Virginia
hacia el sur profundo. El comercio doméstico de esclavos generó inmensas fortunas para comerciantes,
políticos y familias aristocráticas como los Duncan y los Clay. Testimonios de esclavos fugitivos como
Henry Bibb, Solomon Northup y John Brown narran las condiciones inhumanas de estos traslados. Hacia
1860, el 85 % del algodón era producido en fincas de gran escala, que integraban prácticas de eficiencia y
control social.
4. Finanzas globales y esclavos como garantía colateral Beckert enfatiza que el sistema
algodonero se sostenía sobre una red de crédito transatlántico que tenía a los esclavos como colaterales.
Banqueros como Thomas Baring jugaron un rol clave en la financiación de expansiones como la de
Luisiana, en cooperación con figuras como Henry Addington. En los estados del sur, entre el 82 % y el
88 % de los préstamos se respaldaban con esclavos. Comerciantes británicos como William Rathbone VI no
sólo financiaban operaciones, sino que anticipaban ganancias futuras ante una eventual abolición que
encarecería el precio del algodón. Las bolsas de valores de Liverpool, Nueva York y Nueva Orleans se
convirtieron en nodos de un sistema global donde la esclavitud era el motor oculto de la modernidad
financiera.
5. Organización del trabajo esclavo y racionalización industrial Lejos de una imagen de
atraso o arcaísmo, Beckert muestra que las plantaciones algodoneras operaban bajo una lógica industrial.
Inspirado por Foucault, describe estos espacios como unidades de vigilancia y disciplina, donde el ―gang
system‖ organizaba a los trabajadores en grupos bajo estricta supervisión. Se aplicaban castigos físicos
cronometrados, y niños y mujeres eran forzados a participar desde edades tempranas. Publicaciones como De
Bow’s Review funcionaban como manuales técnicos que promovían el incremento de productividad mediante
métodos cuasi-científicos. Las plantaciones, entonces, eran fábricas rurales que combinaban biopoder,
racionalización productiva y control corporal.
6. Innovación agronómica y reproducción del capital esclavista Los beneficios
extraordinarios —que en algunos casos superaban el 20 % anual— motivaron la inversión en técnicas de
mejoramiento agronómico. Walter Burling introdujo semillas mexicanas de fibra larga en 1806, las cuales
se cruzaron con variedades del Imperio Otomano e India, generando híbridos más productivos. Este
proceso de domesticación botánica fue deliberado: Beckert lo interpreta como una forma de ―biopoder‖,
donde el control sobre la naturaleza se articulaba al dominio sobre la fuerza de trabajo esclava. La
agricultura esclavista, lejos de ser estática, se caracterizó por su dinamismo técnico e innovación
estratégica, demostrando una racionalidad económica avanzada.
7. Auge exportador y hegemonía global del algodón estadounidense (1820–1860) Desde
1820, el algodón se consolidó como la principal exportación estadounidense, representando hasta el 57 % del
total en décadas siguientes. El delta del río Misisipi, especialmente el valle del Yazoo, se convirtió en el
epicentro mundial de la producción algodonera. Allí, en 1859, 60 000 esclavos producían más de 30 000
toneladas de algodón. Beckert compara esta región con la Arabia Saudita del siglo XIX, en tanto que el
algodón ocupaba un lugar estratégico similar al del petróleo hoy. Este commodity servía como mecanismo
para transformar el trabajo esclavo en capital financiero, alimentando bancos, aseguradoras, casas comerciales
y fabricantes textiles de Europa y Norteamérica. Los puertos de Liverpool y Le Havre, por ejemplo,
dependían directamente del algodón estadounidense.
8. Poder institucional y legitimación política de la esclavitud algodonera Beckert concluye
esta sección destacando el papel de las instituciones en la reproducción del sistema esclavista. La cláusula
de los tres quintos de la Constitución de EE. UU., que contaba a los esclavos como fracción de persona
para efectos de representación, dio poder político adicional al sur esclavista. Decisiones judiciales como el
fallo Dred Scott v. Sandford (1857), escrito por el juez Roger B. Taney, reforzaron la idea de que los
esclavos eran propiedad protegida por la ley. Incluso instituciones financieras y aseguradoras estructuraron
productos específicamente diseñados para proteger inversiones en esclavos. De este modo, el capitalismo
algodonero no sólo se basaba en la explotación económica, sino que se encontraba profundamente inscrito
en el andamiaje legal, fiscal y político del Estado.