DEDICATORIA
Para ti, viajero de las palabras,
Que cada página de este libro sea una puerta
abierta a la imaginación, donde los cuentos te lleven
de la mano a mundos insospechados y aventuras
inolvidables. Que encuentres en estas historias la
magia de lo inesperado, la dulzura de los sueños y el
eco de las emociones que nos hacen humanos.
Lee con el corazón abierto, deja volar tu mente y
recuerda que, en cada historia, siempre hay un
pedacito de quien la lee y de quien la escribe.
Con cariño y admiración,
Gadiel Adrian Aruquipa
El Bosque de las Sombras Olvidadas
Aquel pueblo, rodeado por un bosque denso y antiguo. Los
aldeanos lo llamaban “El Bosque de las Sombras Olvidadas”, pues
se decía que en su interior habitaban seres de los que nadie
recordaba su origen. Algunos creían que eran almas errantes,
otros afirmaban que eran recuerdos de quienes habían partido
hace mucho tiempo. Nadie se atrevía a cruzarlo al caer la noche,
y quienes se aventuraban demasiado lejos nunca volvían a ser los
mismos.
En ese pueblo vivía Elena, una joven con una curiosidad
insaciable. A diferencia de los demás, nunca sintió miedo del
bosque, sino una extraña atracción. Desde niña, había escuchado
historias de su abuela sobre los susurros entre los árboles, los
caminos que aparecían solo cuando la luna brillaba y las sombras
que no pertenecían a nadie. Mientras los demás evitaban
acercarse, ella se sentaba en el lindero, observando cómo el
viento jugaba con las hojas y preguntándose qué secretos
guardaba aquel lugar.
Una noche, cuando el pueblo dormía y el cielo estaba despejado,
Elena sintió un impulso irresistible. Tomó una lámpara de aceite,
su cuaderno de notas y, con pasos silenciosos, se adentró en el
bosque. Al principio, el camino era claro, pero pronto los árboles
se hicieron más altos y la oscuridad más espesa. A medida que
avanzaba, notó algo extraño: las sombras no se comportaban
como debían.
Las ramas proyectaban siluetas que se movían aunque el viento
estuviera quieto. Su propia sombra se alargaba y encogía como si
tuviera vida propia. Y entonces, escuchó una voz.
—Has venido al lugar donde viven los recuerdos olvidados —
susurró una figura difusa, apenas una silueta entre las sombras.
Elena sintió un escalofrío, pero no miedo. La sombra tenía una
presencia suave, como si estuviera esperando ser escuchada.
—¿Quién eres? —preguntó.
—Fuimos historias, pensamientos, nombres que una vez fueron
pronunciados y luego borrados por el tiempo —respondió la
sombra—. Ahora somos solo ecos, esperando que alguien nos
recuerde.
Elena miró a su alrededor. En cada rincón del bosque, más
sombras se deslizaban entre los árboles, algunas apenas
perceptibles, otras con formas casi humanas. Comprendió, de
repente, que el bosque no era un lugar maldito, sino un santuario
de memorias perdidas.
—¿Cómo puedo ayudar? —susurró.
La sombra pareció estremecerse, como si no esperara esa
pregunta.
—Si nos recuerdas, nunca desapareceremos del todo.
Elena asintió y, con manos temblorosas, sacó su cuaderno y
comenzó a escribir. Preguntó nombres, escuchó historias en
susurros y describió las figuras que veía. Cada trazo en su libreta
parecía darles forma, como si traerlos al papel les permitiera
existir nuevamente.
Pasó la noche entera anotando relatos que nadie más conocía.
Descubrió que algunas sombras eran de viajeros olvidados, de
ancianos sin descendencia, de niños que habían jugado en el
bosque generaciones atrás. Todas ellas habían existido alguna
vez, pero sin nadie que las recordara, solo quedaban como ecos
en la penumbra.
Cuando el primer rayo de sol cruzó las copas de los árboles, las
sombras se retiraron lentamente, como si el alba las envolviera
en un susurro de despedida. Elena cerró su cuaderno y regresó al
pueblo con el corazón latiendo con fuerza.
Desde aquel día, se dedicó a contar las historias que había
recogido. Escribió cuentos y leyendas, les dio nuevos nombres a
las sombras olvidadas y llenó su pueblo con relatos de tiempos
pasados. Los niños comenzaron a jugar en los márgenes del
bosque sin miedo, los ancianos susurraban nombres que creían
perdidos y, poco a poco, el bosque dejó de ser temido.
Con los años, algo extraño sucedió. El bosque comenzó a
iluminarse. Sus sombras ya no parecían errantes, los senderos
eran más claros y el aire estaba cargado de una sensación de paz.
Los aldeanos decían que la niebla había disminuido y que, en
algunas noches, se podían escuchar risas suaves entre los
árboles, como si el bosque mismo estuviera agradecido.
Y así, mientras hubiera alguien dispuesto a recordar, El Bosque de
las Sombras Olvidadas nunca desaparecería.
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