0% encontró este documento útil (0 votos)
65 vistas95 páginas

Wilde Oscar - El Abanico de Lady Windermere

Lady Windermere sospecha que su marido tiene una amante, Mrs. Erlynne, y tras confrontarlo, decide abandonarlo por Lord Darlington, quien le confiesa su amor. La obra explora temas de infidelidad, moralidad y las complejidades de las relaciones sociales en la alta sociedad. A lo largo del primer acto, se presentan diálogos que revelan las tensiones entre los personajes y sus diferentes perspectivas sobre el amor y la lealtad.

Cargado por

Sussy lwp
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como RTF, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
65 vistas95 páginas

Wilde Oscar - El Abanico de Lady Windermere

Lady Windermere sospecha que su marido tiene una amante, Mrs. Erlynne, y tras confrontarlo, decide abandonarlo por Lord Darlington, quien le confiesa su amor. La obra explora temas de infidelidad, moralidad y las complejidades de las relaciones sociales en la alta sociedad. A lo largo del primer acto, se presentan diálogos que revelan las tensiones entre los personajes y sus diferentes perspectivas sobre el amor y la lealtad.

Cargado por

Sussy lwp
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como RTF, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

Lady Windermere descubre que su marido puede estar

manteniendo una relación con otra mujer. La duquesa de Berwick es la


que ha delatado al marido. Lady Windermere se enfrenta a su esposo y
le pide explicaciones, pero éste rechaza las acusaciones e invita a la
supuesta amante, Mrs Erlynne, al baile de cumpleaños de su mujer.
Ultrajada por la infidelidad de su marido, Lady Windermere decide
abandonarlo para seguir a Lord Darlington, un amigo que acaba de
confesarle su amor.
Oscar Wilde

El abanico de Lady Windermere


Título original: Lady Windermere’s Fan, A Play About a Good
Woman

Oscar Wilde, 1893

Traducción: Julio Gómez de la Serna

Diseño de portada: Banshee

Editor digital: Banshee


A la memoria querida de Roberto, conde de Lytton,

con afecto y admiración


PERSONAJES

LORD WINDERMERE.

LORD DARLINGTON.

LORD AUGUSTO LORTON.

MISTER DUMBY.

MISTER CECILIO GRAHAM.

MISTER HOPPER.

PARKER, mayordomo.

LADY WINDERMERE.

DUQUESA DE BERWICK.

LADY AGATA CARLISLE.

LADY PLYMDALE.

LADY STUTFIELD.

LADY JEDBURGH.

MISTRESS COWPER-COWPER.

MISTRESS ERLYNNE.

ROSALIA, doncella.
PRIMER ACTO

Decoración: Gabinete de confianza en la casa de lord Windermere, en


Carlton. Puertas en el centro y a la derecha. Mesa de despacho, con
libros y papeles, a la derecha. Sofá, con mesita de té, a la izquierda.
Puerta balcón, que se abre sobre la terraza, a la izquierda. Mesa, a la
derecha.

(LADY WINDERMERE está ante la mesa de la derecha arreglando unas


rosas en un búcaro azul. Entra PARKER.)

PARKER.— ¿Está su señoría en casa esta tarde?

LADY WINDERMERE.— ¿Quién ha venido?

PARKER.— Lord Darlington, señora.

LADY WINDERMERE.— (Titubea un momento.) Que pase… Y


estoy en casa para todos los que vengan.

PARKER.— Bien, señora.

(Sale por el centro.)

LADY WINDERMERE.— Prefiero verle antes de esta noche. Me


alegro de que haya venido.

(Entra PARKER por el centro.)


PARKER.— Lord Darlington.

(Entra LORD DARLINGTON por el centro. Vase PARKER.)

LORD DARLINGTON.— ¿Cómo está usted, lady Windermere?

LADY WINDERMERE.— ¿Cómo está usted, lord Darlington? No,


no puedo darle la mano. Mis manos están todas mojadas con estas
rosas. ¿No son hermosas? Han llegado de Selby esta mañana.

LORD DARLINGTON.— Son totalmente perfectas. (Ve un abanico


que está sobre la mesa.) ¡Qué maravilloso abanico! ¿Puedo examinarlo?

LADY WINDERMERE.— Véalo. Bonito, ¿verdad? Lleva puesto mi


nombre y todo. Acaban de enviármelo. Es el regalo de cumpleaños de
mi marido. ¿No sabe usted que hoy es mi cumpleaños?

LORD DARLINGTON.— No. ¿Habla usted en serio?

LADY WINDERMERE.— Sí, es hoy mi mayoría de edad. Día


completamente importante en mi vida, ¿no? Por eso doy esta noche una
reunión. Siéntese usted.

(Sigue arreglando las flores.)

LORD DARLINGTON.— (Sentándose.) Siento no haber sabido que


era su cumpleaños, lady Windermere. Habría cubierto de flores toda la
calle, delante de su casa, para que usted las pisara. Para eso están
hechas. (Una breve pausa.)

LADY WINDERMERE.— Lord Darlington, me estuvo usted


molestando la noche pasada en el Ministerio de Estado. Y temo que
vaya usted a molestarme de nuevo.
LORD DARLINGTON.— ¿Yo, lady Windermere?

(Entran PARKER y un CRIADO, por el centro, llevando en una bandeja


un servicio de té.)

LADY WINDERMERE.— Póngalo aquí, Parker. Así está bien.


(Sécase las manos con un pañuelo, va hacia la mesita de té a la
izquierda y se sienta.) ¿Quiere usted sentarse, lord Darlington?

(Vanse PARKER y el CRIADO por el centro.)

LORD DARLINGTON.— (Coge una silla y se acerca.) Soy un


completo miserable, lady Windermere. Debe usted decirme qué es lo
que hice.

(Siéntase a la izquierda de la mesita.)

LADY WINDERMERE.— Bueno, pues estarme echando flores toda


la noche.

LORD DARLINGTON.— (Sonriendo.) ¡Ah! Hoy día estamos tan


pobres de todo, que la única cosa divertida es echar flores. Es lo único
que puede echarse.

LADY WINDERMERE.— (Moviendo la cabeza.) No, le estoy a


usted hablando muy seriamente. No sonría usted, lo digo muy en serio.
No me gustan los cumplidos y me parece inconcebible que haya quien
crea agradar extraordinariamente a una mujer por decirle un montón
de cosas en las que no cree.

LORD DARLINGTON.— ¡Ah! Pero es que yo las creo.

(Coge la taza de té que ella le ofrece.)


LADY WINDERMERE.— (Gravemente.) Espero que no. Sentiría
tener que regañar con usted, lord Darlington. Ya sabe que le quiero
mucho. Pero dejaría de quererle en absoluto si pensase que es usted
como la mayoría de los hombres. Créame: es usted mejor que la
mayoría de los hombres, pero a veces quiere usted parecer peor.

LORD DARLINGTON.— Todos tenemos nuestras pequeñas


vanidades, lady Windermere.

LADY WINDERMERE.— ¿Y por qué hace usted de ésa,


especialmente, la suya?

(Sigue sentada ante la mesa de la izquierda.)

LORD DARLINGTON.— (Siempre sentado en el centro.) ¡Oh! En la


actualidad, hay tanta gente en sociedad que pretende ser buena, que
me parece casi una prueba de grata y modesta disposición pretender
ser malo. Además, es preciso confesarlo. Si pretende uno ser bueno, el
mundo le toma a uno muy en serio. Y si pretende ser malo, sucede lo
contrario. Tal es la asombrosa estupidez del optimismo.

LADY WINDERMERE.— Entonces, ¿usted no quiere que el mundo


le tome en serio, lord Darlington?

LORD DARLINGTON.— No, el mundo, no. ¿Quién es la gente a la


que el mundo toma en serio? Toda la gente más aburrida para mí, desde
los obispos para abajo. Me gustaría que me tomase usted en serio, lady
Windermere; usted más que nadie en la vida.

LADY WINDERMERE.— ¿Por qué yo?

LORD DARLINGTON.— (Después de una breve vacilación.) Porque


creo que podríamos ser grandes amigos. Puede usted necesitar algún
día un amigo.

LADY WINDERMERE.— ¿Por qué dice usted eso?

LORD DARLINGTON.— ¡Oh!… Todos necesitamos a veces amigos.


LADY WINDERMERE.— Creo que somos ya buenos amigos, lord
Darlington. Podemos seguir siéndolo siempre, mientras usted no…

LORD DARLINGTON.— ¿No qué?

LADY WINDERMERE.— No lo eche a perder diciéndome cosas


extravagantes y tontas. Me cree usted una puritana, ¿verdad? Bueno,
pues tengo algo de puritana. Quisieron educarme así. Me alegro mucho
de eso. Mi madre murió cuando era yo una simple niña. Viví siempre
con lady Julia, la hermana mayor de mi padre, como usted sabe. Era
severa conmigo, pero me enseñó lo que el mundo está olvidando: la
diferencia que hay entre lo que está bien y lo que está mal. No toleraba
ninguna claudicación. Yo tampoco la tolero.

LORD DARLINGTON.— ¡Mi querida lady Windermere!

LADY WINDERMERE.— (Recostándose en el sofá.) Me mira usted


como si fuese de otra época. ¡Bien; lo soy! Sentiría estar al mismo nivel
de una época como ésta.

LORD DARLINGTON.— ¿La cree usted mala?

LADY WINDERMERE.— Sí. Hoy en día la gente parece considerar


la vida como una especulación. Y no es una especulación. Es un
sacramento. Su ideal es el amor. Su purificación es el sacrificio.

LORD DARLINGTON.— (Sonriendo.) ¡Oh, todo es preferible a ser


sacrificado!

LADY WINDERMERE.— (Inclinándose hacia adelante.) No diga


usted eso.

LORD DARLINGTON.— Lo digo. Lo siento… Lo sé.

(Entra PARKER por el centro.)

PARKER.— Señora, esos hombres quieren saber si tienen que


poner las alfombras en la terraza para esta noche.

LADY WINDERMERE.— ¿Cree usted que lloverá, lord Darlington?

LORD DARLINGTON.— ¡No quiero oír hablar de lluvia el día de su


cumpleaños!

LADY WINDERMERE.— Diga usted entonces que las pongan,


Parker.

(Sale PARKER.)

LORD DARLINGTON.— (Sigue sentado.) ¿Cree usted entonces


(pongo, naturalmente, sólo un ejemplo imaginario), cree usted que en el
caso de un matrimonio joven, que llevase alrededor de dos años de vida
conyugal, si el marido se hiciera de repente el amigo íntimo de una
mujer de…, bueno, de reputación más que dudosa (la visitase
continuamente, comiese con ella y pagase probablemente sus cuentas),
cree usted que la esposa no debería consolarse por su lado ella
también?

LADY WINDERMERE.— (Frunciendo el ceño.) ¿Consolarse ella


también?

LORD DARLINGTON.— Sí, yo creo que debería hacerlo, creo que


tendría ese derecho.

LADY WINDERMERE.— Porque el marido sea tan vil, ¿la mujer


debe serlo también?

LORD DARLINGTON.— Vileza es una palabra terrible, lady


Windermere.

LADY WINDERMERE.— Lo terrible es el hecho, lord Darlington.

LORD DARLINGTON.— ¿Sabe usted que temo que la gente buena


hace una gran cantidad de daño en este mundo? Realmente, el mayor
daño está en dar tan extraordinaria importancia a la maldad. Es
absurdo dividir a la gente en buena y mala. La gente es tan sólo
encantadora o aburrida. Yo estoy al lado de la gente encantadora, y
usted, lady Windermere, no puede menos de serlo.

LADY WINDERMERE.— ¡Vamos, lord Darlington! (Levantándose y


cruzando hacia la derecha por delante de él.) No se mueva; voy
sencillamente a acabar de arreglar mis flores.

(Va hacia la mesa de la derecha.)


LORD DARLINGTON.— (Levantándose y apartando su silla.) Y yo
debo decirle que es usted realmente dura con la vida moderna, lady
Windermere. Claro que ésta es muy perniciosa, lo concedo. La mayoría
de las mujeres son hoy en día, por ejemplo, más bien venales.

LADY WINDERMERE.— No hable usted de tales gentes.

LORD DARLINGTON.— Bueno, dejando a un lado a esa gente


venal, que es, naturalmente, horrenda, ¿cree usted seriamente que las
mujeres que han cometido lo que el mundo llama una falta no deben
nunca ser perdonadas?

LADY WINDERMERE.— (En pie ante la mesa.) Creo que no deben


ser perdonadas nunca.

LORD DARLINGTON.— ¿Y los hombres? ¿Cree usted que debe


aplicarse la misma ley a los hombres que a las mujeres?

LADY WINDERMERE.— ¡Indudablemente!

LORD DARLINGTON.— Me parece la vida una cosa demasiado


compleja para poder ser regida por unas reglas tan rígidas y fijas.

LADY WINDERMERE.— Si todos tuviésemos «esas reglas rígidas


y fijas», encontraríamos la vida mucho más sencilla.

LORD DARLINGTON.— ¿No admite usted excepciones?

LADY WINDERMERE.— ¡Ninguna!

LORD DARLINGTON.— ¡Ah! ¡Qué puritana tan fascinadora es


usted, lady Windermere!

LADY WINDERMERE.— El adjetivo es innecesario, lord


Darlington.

LORD DARLINGTON.— No he podido evitarlo. Puedo resistir a


todo, excepto a la tentación.

LADY WINDERMERE.— Tiene usted la afectación moderna de la


debilidad.
LORD DARLINGTON.— (Mirándola.) Es solamente una afectación,
lady Windermere.

(Entra PARKER por el centro.)

PARKER.— La duquesa de Berwick y lady Agata Carlisle.

(Entran la DUQUESA DE BERWICK y LADY AGATA CARLISLE por el


centro. Sale PARKER.)

DUQUESA DE BERWICK.— (Adelantándose por el centro y


estrechando las manos.) ¡Querida Margarita, me alegro mucho de
verla! Se acuerda usted de Agata, ¿verdad? (Cruzando hacia la
izquierda.) ¿Cómo está usted, lord Darlington? No quiero que conozca
usted a mi hija; es usted demasiado malo.

LORD DARLINGTON.— No diga usted eso duquesa. Como hombre


malo, soy un completo fracaso. Por supuesto, hay mucha gente que dice
que no he hecho en toda mi vida nada malo. Claro es que lo dicen
únicamente a espaldas mías.

DUQUESA DE BERWICK.— ¿Y no es eso una maldad? Agata, aquí


tienes a lord Darlington. Mucho cuidado con creer ni una palabra de lo
que dice. (LORD DARLINGTON cruza hacia la derecha.) No, té, no;
gracias, querida. (Cruzando y sentándose en el sofá.) Acabamos de
tomar el té en casa de lady Markby. Bastante malo, además. Era
completamente intomable. No tiene nada de sorprendente. Se lo
proporciona su propio yerno. Agata está esperando con impaciencia su
baile de esta noche, querida Margarita.

LADY WINDERMERE.— (Sentándose a la izquierda.) ¡Oh! No crea


que va a ser un baile, duquesa. Es solamente una reunión para celebrar
mi cumpleaños. Reducida y corta.

LORD DARLINGTON.— (En pie, a la izquierda.) Muy reducida,


muy corta y muy selecta, duquesa.

DUQUESA DE BERWICK.— (En el sofá, a la izquierda.)


Naturalmente, tratándose de usted, será selecta. Pero ya sabemos,
querida Margarita, basta que sea en su casa. Es realmente una de las
pocas casas en Londres a las que puedo llevar a Agata y en donde me
siento perfectamente segura con respecto al querido duque. No sé
adónde va a parar la sociedad. Se ven las gentes más espantosas en
todas partes. Acuden, realmente, a mis reuniones… Los hombres se
ponen muy furiosos si no se los invita. Realmente, debiera alguien
alzarse contra ellas.

LADY WINDERMERE.— Yo lo haré, duquesa. No quiero recibir en


mi casa a nadie que haya suscitado un escándalo.

LORD DARLINGTON.— (A la derecha.) ¡Oh! No diga usted eso,


lady Windermere. ¡Entonces no me permitiría usted nunca la entrada!

(Se sienta.)

DUQUESA DE BERWICK.— ¡Oh! En los hombres no importa. Con


las mujeres es diferente. Somos buenas. Algunas, por lo menos. Pero
nos están arrinconando, sin duda. Nuestros maridos acabarían,
realmente, por olvidar nuestra existencia si de cuando en cuando no los
mortificásemos lo suficiente para hacerles recordar que tenemos un
perfecto y legal derecho a hacerlo.

LORD DARLINGTON.— Es curioso, duquesa, el juego alrededor


del matrimonio (un juego que, dicho sea entre paréntesis, está
quedando pasado de moda); las esposas gozan de todos los triunfos y
pierden invariablemente la baza ventajosa.

DUQUESA DE BERWICK.— ¿La baza ventajosa? ¿Es ésta el


marido, lord Darlington?

LORD DARLINGTON.— ¿No será demasiado bueno ese nombre


para el marido perfecto?

DUQUESA DE BERWICK.— Mi querido lord Darlington, ¡qué


concienzudamente depravado es usted!

LADY WINDERMERE.— Lord Darlington es frívolo.

LORD DARLINGTON.— ¡Ah! No diga usted eso, lady Windermere.


LADY WINDERMERE.— ¿Por qué habla usted entonces tan
frívolamente de la vida?

LORD DARLINGTON.— Porque creo que la vida es demasiado


importante como para hablar seriamente de ella.

(Se adelanta hacia el centro.)

DUQUESA DE BERWICK.— ¿Qué ha querido usted decir?


Explíquemelo en atención a mi pobre juicio, lord Darlington;
explíqueme, simplemente, lo que ha querido decir, en realidad.

LORD DARLINGTON.— (Colocándose detrás de la mesa.) Creo


que será preferible no hacerlo, duquesa. Hoy día, ser inteligente es
dejarse atrapar. ¡Adiós! (Estrecha la mano a la duquesa.) Y ahora
(Adelantándose.), adiós, lady Windermere. ¿Puedo venir esta noche?
Déjeme usted venir.

LADY WINDERMERE.— (Permaneciendo ante las candilejas con


LORD DARLINGTON.) Ciertamente que sí. Pero no diga usted tonterías
insinceras a la gente.

LORD DARLINGTON.— (Sonriendo.) ¡Ah! Empieza usted a


reformarme. Es una cosa arriesgada reformar a alguien, lady
Windermere.

(Se inclina y sale por el centro.)

DUQUESA DE BERWICK.— (Que se ha levantado, yendo hacia el


centro.).— ¡Qué persona tan perversamente seductora! Le quiero
mucho. ¡Me encanta que se haya ido! ¡Qué bonita está usted! ¿Dónde se
viste? Y ahora debo decirle lo apenada que estoy por usted, querida
Margarita. (Yendo al sofá y sentándose con LADY WINDERMERE.)
¡Agata, rica!

LADY AGATA.— Sí, mamá.

(Se levanta.)
DUQUESA DE BERWICK.— ¿Quieres ir a ver el álbum de
fotografías que está allí?

LADY AGATA.— Sí, mamá.

(Se dirige a la mesa de la izquierda.)

DUQUESA DE BERWICK.— ¡Niña querida! ¡Es tan aficionada a


las fotografías de Suiza! Me parece que es un gusto inocente. Pues,
realmente, estoy apenada por usted, Margarita.

LADY WINDERMERE.— (Sonriendo.) ¿Por qué, duquesa?

DUQUESA DE BERWICK.— ¡Oh! A propósito de esa horrible


mujer. Se viste tan bien, demasiado bien, lo cual es mucho peor, pues
así da un ejemplo terrible. Augusto (ya conoce usted a mi desacreditado
hermano, un castigo para todos nosotros); bueno, Augusto está
locamente enamorado de ella. Es un verdadero escándalo, porque ella
resulta absolutamente inadmisible en sociedad. Hay muchas mujeres
que tienen un pasado, pero me han dicho que esta tiene, por lo menos,
una docena y que son todos de lo mejor.

LADY WINDERMERE.— ¿De quién habla usted, duquesa?

DUQUESA DE BERWICK.— De mistress Erlynne.

LADY WINDERMERE.— ¿Mistress Erlynne? No he oído hablar


nunca de ella, duquesa. ¿Qué tiene que ver conmigo?

DUQUESA DE BERWICK.— ¡Pobre hija mía! ¡Agata, rica!

LADY AGATA.— Sí, mamá.

(Vase por la puerta balcón de la izquierda.)


DUQUESA DE BERWICK.— ¡Qué buena chica! ¡Tan aficionada a
las puestas de sol! Lo cual demuestra una sensibilidad muy refinada,
¿no? Después de todo, no hay nada semejante a la Naturaleza, ¿verdad?

LADY WINDERMERE.— Pero ¿qué sucede, duquesa? ¿Por qué me


habla usted de esa persona?

DUQUESA DE BERWICK.— ¿No lo sabe usted, realmente? Le


aseguro que todos estamos angustiados con ella. Anoche precisamente,
en casa de la querida lady Jansen, todo el mundo hablaba de lo
extraordinario que era que entre todos los hombres de Londres fuera él
quien se comportase así.

LADY WINDERMERE.— ¿Mi marido?… ¿Qué tiene él que ver con


una mujer de esa clase?

DUQUESA DE BERWICK.— ¡Ah, ésa es precisamente la cuestión,


querida! Él va a verla continuamente, se pasa con ella horas enteras, y
mientras está allí, ella no recibe a nadie en su casa. No es que vayan a
visitarla muchas señoras, querida, pero tiene una gran cantidad de
amigos desacreditados (mi propio hermano, en particular, como ya le he
dicho), y esto es lo que hace espantosa la conducta de Windermere.
Nosotras le considerábamos como un marido modelo, pero me temo que
la cosa sea innegable. Mis queridas sobrinas (ya sabe usted, las chicas
de Sanville), unas muchachas muy caseras, feas, horrorosamente feas,
pero ¡tan buenas!…; bueno, están siempre en el balcón haciendo
labores de fantasía y esas horrendas ropas para los pobres que, según
creo, se llevan mucho en estos tiempos socialistas; pues esta terrible
mujer ha tomado una casa en la calle de Curzon frente a la de ellas, una
calle tan respetable. ¡No sé adónde vamos a parar! Ellas me han dicho
que Windermere va a visitarla cuatro y cinco veces por semana; lo ven.
No pueden menos, y aunque no les gusta hablar de escándalos, como es
natural, se lo han hecho notar a todo el mundo. Y lo peor de esto es que
esa mujer, según dicen, tiene mucho dinero que le pasa alguien, pues
hace unos seis meses, cuando llegó a Londres, no tenía nada, y ahora
posee esa preciosa casa en el mejor barrio, guía caballos propios por el
parque todas las tardes y, en fin, no le falta nada desde que conoce al
pobre y querido Windermere.

LADY WINDERMERE.— ¡Oh! ¡No puedo creerlo!

DUQUESA DE BERWICK.— Pues es completamente cierto,


querida. Todo Londres lo sabe. Por eso he creído preferible venir y
hablar con usted y aconsejarle que se lleve fuera a Windermere
inmediatamente, a Alemania o a Francia, a un sitio en que se divierta
algo y pueda usted vigilarle durante todo el día. Le aseguro, querida,
que en varias ocasiones, recién casada, tuve que fingirme muy enferma,
viéndome obligada a beber las aguas minerales más desagradables,
exclusivamente por sacar a Berwick de la capital. ¡Era tan
extraordinariamente sensible! Aunque puedo decir que nunca dio
grandes sumas a nadie. ¡Lo cual demuestra que tiene principios muy
elevados!

LADY WINDERMERE.— (Interrumpiéndola.) Duquesa, duquesa,


¡eso es imposible! (Levantándose y cruzando la escena hacia el centro.)
Hace sólo dos años que estamos casados. Nuestro hijo no tiene más que
seis meses.

(Se sienta en la silla junto a la mesa de la izquierda.)

DUQUESA DE BERWICK.— ¡Ah, el querido y precioso niñito!


¿Cómo está el chiquitín? ¿Es niño o niña? Espero que niña… ¡Ah, no!
Recuerdo que es niño. Lo siento tanto. Los niños son muy malos. El mío
es atrozmente inmoral. No puede usted figurarse a qué horas vuelve a
casa. Y acaba de salir de Oxford hace pocos meses… Realmente, no sé
qué les enseñan allí.

LADY WINDERMERE.— ¿Son malos todos los hombres?

DUQUESA DE BERWICK.— ¡Oh! Todos ellos, querida; todos ellos,


sin excepción. Y nunca mejoran. Los hombres envejecen, pero no
mejoran jamás.

LADY WINDERMERE.— Windermere y yo nos casamos por amor.

DUQUESA DE BERWICK.— Sí, nosotros empezamos así. Sólo las


brutales e incesantes amenazas de suicidio de Berwick me hicieron
aceptarlo por esposo, y antes del año estaba corriendo detrás de toda
clase de faldas, de todos los colores, de todas las hechuras y de todas
las telas. En realidad, antes de terminar la luna de miel le pesqué con
una de mis doncellas, linda y decente muchacha. La despedí
inmediatamente, sin darle certificado. No; recuerdo que se la cedí a mi
hermana; el pobre y querido sir Jorge es tan miope, que pensé que no
habría cuidado. Pero lo hubo, y de lo más desgraciado. (Levantándose.)
Y ahora, hija mía, tengo que irme: cenamos fuera. Y no se acongoje
demasiado el corazón con esa pequeña aberración de Windermere.
Lléveselo en seguida al extranjero y verá cómo vuelve a usted
perfectamente.

LADY WINDERMERE.— ¿Volver a mí?

DUQUESA DE BERWICK.— Sí, querida; esas malditas mujeres nos


quitan a nuestros maridos, pero ellos acaban siempre por volver,
ligeramente averiados, claro es. Y no le haga usted escenas. Los
hombres las detestan.

LADY WINDERMERE.— Ha sido usted muy buena, duquesa, en


venir a contarme todo eso. Pero no puedo creer que mi marido me
engañe.

DUQUESA DE BERWICK.— ¡Hija querida! Así era yo en otro


tiempo. Ahora sé que todos los hombres son unos monstruos. (LADY
WINDERMERE toca el timbre.) Lo único que se puede hacer es dar bien
de comer a esos miserables. Un buen cocinero hace maravillas y sé que
usted lo tiene. Mi querida Margarita, ¿no irá usted a llorar?

LADY WINDERMERE.— No tema usted, duquesa; yo nunca lloro.

DUQUESA DE BERWICK.— Hace usted perfectamente, querida.


El llanto es el refugio de las mujeres feas y la ruina de algunas bonitas.
¡Agata, rica!

LADY AGATA.— (Entrando por la izquierda.) ¿Qué, mamá?

(Permanece detrás de la mesa, a la izquierda.)

DUQUESA DE BERWICK.— Di adiós a lady Windermere y dale las


gracias por su encantadora visita. (Volviendo nuevamente hacia atrás.)
Y, entre paréntesis, tengo yo también que darle las gracias por haber
enviado una invitación a mister Hopper…, ese joven australiano, tan
rico, de quien la gente habla tanto ahora. Su padre hizo una gran
fortuna vendiendo no sé qué clase de conservas en latas redondas…,
muy sabrosas creo (me figuro que son ésas que los criados se niegan
siempre a tomar). Pero el hijo es muy interesante. Creo que se siente
atraído por la amena conversación de mi querida Agata. Claro es que
nosotros sentiríamos mucho perderla; pero, a mi juicio, una madre que
no se separa de su hija todas las temporadas no le profesa verdadero
cariño. Vendremos esta noche, querida. (PARKER abre la puerta del
centro.) Y acuérdese de mi consejo: llévese al pobre muchacho fuera de
Londres en seguida; es lo único que puede hacerse. Adiós otra vez;
vamos, Agata.

(Salen la DUQUESA y LADY AGATA, por el centro.)

LADY WINDERMERE.— ¡Qué horrible! Ahora comprendo lo que


quería decir lord Darlington con su ejemplo imaginario del matrimonio
que no lleva más que dos años de casado. ¡Oh!, ¡no puede ser verdad!…
La duquesa habla de enormes cantidades entregadas a esa mujer. Sé
dónde guarda Arturo su talonario de cheques: en uno de los cajones de
esa mesa. Si quisiera, podría encontrarlo. (Abre el cajón.) No; será
algún error atroz. (Se levanta y se va hacia el centro.) Algún rumor
estúpido. ¡Él me ama! Pero ¿por qué no he de mirar? ¡Soy su mujer y
tengo derecho a hacerlo! (Vuelve a la mesa, saca el talonario de
cheques y lo examina página por página; sonríe y lanza un suspiro de
alivio.) ¡Lo sabía! No hay una sola palabra de verdad en esa historia
estúpida. (Vuelve a dejar el talonario en el cajón. Al hacerlo así, se
estremece y saca otro talonario.) ¡Un segundo talonario personal y
cerrado! (Intenta abrirlo, pero no lo consigue. Ve un cortapapeles
encima de la mesa y corta con él la cubierta del talonario. Empieza a
hojearlo por la primera página.) «Mistress Erlynne…, seiscientas
libras… Mistress Erlynne, setecientas libras… Mistress Erlynne,
cuatrocientas libras.» ¡Oh, era verdad! ¡Era verdad! ¡Qué horrible!

(Arroja el talonario al suelo. Entra LORD WINDERMERE, por el centro.)

LORD WINDERMERE.— Bueno, querida: ¿has recibido ya el


abanico que te he enviado a casa? (Va hacia la derecha. Ve el talonario.)
Margarita, ¿has abierto mi talonario? ¡No tenías derecho a hacer tal
cosa!

LADY WINDERMERE.— Te parece mal que te haya descubierto,


¿verdad?

LORD WINDERMERE.— Me parece mal que una mujer espíe a su


marido.
LADY WINDERMERE.— Yo no te he espiado. Hasta hace media
hora no conocía la existencia de esa mujer. Alguien se compadeció de
mí y tuvo la bondad de decirme lo que todo Londres sabe ya…: tus
visitas diarias a la calle Curzon, tu loco apasionamiento, ¡las
monstruosas cantidades derrochadas con esa infame mujer!

(Pasa a la izquierda.)

LORD WINDERMERE.— ¡Margarita! No hables así de mistress


Erlynne, ¡no sabes lo injusta que eres!

LADY WINDERMERE.— (Volviéndose hacia él.) ¡Qué celoso estás


del honor de mistress Erlynne! Quisiera que lo estuvieras tanto del mío.

LORD WINDERMERE.— Tu honor está intacto, Margarita. No


puedes creer un instante que…

(Vuelve a guardar el talonario dentro de la mesa.)

LADY WINDERMERE.— Creo que gastas extrañamente tu dinero.


Eso es todo. ¡Oh! No te imagines que pienso en el dinero. Por lo que a
mí se refiere, puedes derrochar todo lo que tenemos. Pero lo que pienso
es que tú, que me has querido y me has enseñado a quererte, puedas
pasar del amor que se da al amor que se vende. ¡Oh, eso es horrible!
(Se sienta en el sofá.) ¡Y me siento degradada! Tú no sientes nada. Yo
me siento afrentada, completamente afrentada. Tú no puedes darte
cuenta de lo odiosos que me parecen ahora estos meses últimos. Cada
beso que me has dado está corrompiendo mi memoria.

LORD WINDERMERE.— (Yendo hacia ella.) No digas eso,


Margarita. No he querido nunca a nadie más que a ti en el mundo
entero.

LADY WINDERMERE.— (Levantándose.) ¿Quién es esa mujer,


entonces? ¿Por qué has tomado una casa para ella?

LORD WINDERMERE.— Yo no he tomado una casa para ella.


LADY WINDERMERE.— Le has dado dinero para tomarla, lo cual
es lo mismo.

LORD WINDERMERE.— Margarita, hasta donde conozco a


mistress Erlynne…

LADY WINDERMERE.— ¿Hay un mister Erlynne o es un mito?

LORD WINDERMERE.— Su marido murió hace muchos años. Está


sola en el mundo.

LADY WINDERMERE.— ¿Sin parientes?

(Una pausa.)

LORD WINDERMERE.— Sin ninguno.

LADY WINDERMERE.— Muy curioso, ¿verdad?

LORD WINDERMERE.— Margarita, iba a decirte, y te ruego que


me escuches, que por lo que sé de mistress Erlynne se ha conducido
bien. Si hace años…

LADY WINDERMERE.— ¡Oh! (Cruzando hacia la derecha.) ¡No


necesito detalles de su vida!

LORD WINDERMERE.— (En el centro.) No voy a darte ningún


detalle de su vida. Te diré simplemente esto: mistress Erlynne fue en
otro tiempo honrada, querida, respetada. Era de noble cuna, tenía
buena posición, lo perdió todo, lo dilapidó, si quieres; esto lo hace aún
todo más amargo. Las desgracias que vienen de fuera pueden
soportarse, son accidentes. Pero sufrir por culpa propia, ¡ah!, es el
tormento de la vida. Además, fue hace veinte años. Era ella poco más
que una niña entonces. Llevaba menos tiempo de casada que tú.

LADY WINDERMERE.— No me interesa nada de ella, ni debieras


mencionarnos a esa mujer y a mí al mismo tiempo. Es una falta de
sensibilidad.

(Se sienta a la derecha ante la mesa de despacho.)


LORD WINDERMERE.— Margarita, tú podrías salvar a esa mujer.
A ella le es preciso volver a entrar en sociedad y necesita que tú la
ayudes.

(Acercándose a ella.)

LADY WINDERMERE.— ¡Yo!

LORD WINDERMERE.— Sí, tú.

LADY WINDERMERE.— ¡Qué insolencia la suya!

(Una pausa.)

LORD WINDERMERE.— Margarita, voy a pedirte un gran favor, y


te lo pido a ti, a pesar de que hayas descubierto lo que pensé que
podría ocultarse siempre, y es que he dado a mistress Erlynne crecidas
sumas. Necesito que le envíes una invitación para tu fiesta de esta
noche.

(Permanece en pie, junto a ella, a la izquierda.)

LADY WINDERMERE.— ¡Estás loco!

(Se levanta.)

LORD WINDERMERE.— Te lo suplico. La gente puede murmurar


de ella; murmurar, sí, naturalmente; pero nadie sabe nada concreto en
contra suya. Ella ha estado ya en varias casas, no en casas a las que tú
irías, lo reconozco; pero en casas, sin embargo, adonde van señoras que
pertenecen a eso que se llama la buena sociedad hoy en día. Esto no le
satisface. Ella quiere que tú la recibas una vez.

LADY WINDERMERE.— ¿Como un triunfo para ella, me figuro?

LORD WINDERMERE.— No; sino porque sabe que tú eres una


mujer digna, y que si viene aquí una vez podrá tener una probabilidad
de vivir más feliz y tranquila de lo que vive. No hará el menor intento
por intimar contigo. ¿No quieres ayudar a una mujer que trata de
levantarse?

LADY WINDERMERE.— ¡No! Si una mujer se arrepiente


realmente, no desea nunca volver a la sociedad que causó o que vio su
ruina.

LORD WINDERMERE.— Te lo ruego.

LADY WINDERMERE.— (Yendo hacia la puerta de la derecha.)


Voy a vestirme para la cena y no vuelvas a mencionar esa cuestión esta
noche. (Yendo hacia él a la derecha.) Te imaginas que porque no tengo
padre ni madre estoy sola en el mundo y que puedes tratarme como
quieras. Estás equivocado; tengo amigos, muchos amigos.

LORD WINDERMERE.— Margarita, hablas tontamente, sin


reflexionar. No quiero discutir contigo, pero insisto en que invites a
mistress Erlynne esta noche.

LADY WINDERMERE.— No haré nada semejante.

(Se dirige hacia la izquierda.)

LORD WINDERMERE.— ¿Te niegas?

LADY WINDERMERE.— ¡En absoluto!

LORD WINDERMERE.— ¡Ah! Margarita, hazlo por mí; es su


última oportunidad.

LADY WINDERMERE.— ¿Y a mí qué me importa?


LORD WINDERMERE.— ¡Qué duras sois las mujeres buenas!

LADY WINDERMERE.— ¡Y qué débiles los hombres malos!

LORD WINDERMERE.— Margarita, ninguno de nosotros puede


ser lo bastante bueno para la mujer con quien se casa…; esto es
completamente cierto… Pero no vayas a imaginar que yo quiero
nunca… ¡Oh! ¡La insinuación es monstruosa!

LADY WINDERMERE.— ¿Por qué ibas tú a ser diferente de los


demás hombres? He oído decir que apenas hay un marido en Londres
que no malgaste su vida en alguna pasión vergonzosa.

LORD WINDERMERE.— Yo no soy uno de ésos.

LADY WINDERMERE.— ¡No estoy segura de ello!

LORD WINDERMERE.— Estás segura en tu corazón. Pero no


abramos abismo tras abismo entre nosotros. Bien sabe Dios que estos
últimos y escasos minutos nos han separado ya bastante. Siéntate y
escribe la invitación.

LADY WINDERMERE.— Nada en el mundo me inducirá a eso.

LORD WINDERMERE.— (Yendo hacia la mesa de despacho.)


Entonces, ¡lo haré yo!

(Llama al timbre, se sienta y escribe la invitación.)

LADY WINDERMERE.— ¿Vas a invitar a esa mujer?

(Yendo hacia él.)

LORD WINDERMERE.— Sí. (Pausa. Entra PARKER.) ¡Parker!

PARKER.— Diga, señor.


(Se adelanta hacia la izquierda.)

LORD WINDERMERE.— Tome esta carta para mistress Erlynne,


calle Curzon, número ochenta y cuatro. (Va hacia la izquierda y entrega
la carta a PARKER.) ¡No tiene contestación!

(Sale PARKER por el centro.)

LADY WINDERMERE.— Arturo, si esa mujer viene aquí, la


insultaré.

LORD WINDERMERE.— Margarita, no digas eso.

LADY WINDERMERE.— Pienso hacerlo.

LORD WINDERMERE.— Criatura, si hicieses semejante cosa, no


habría una mujer en Londres que no te compadeciese.

LADY WINDERMERE.— No habría una mujer digna en Londres


que no me aplaudiese. Hemos sido demasiado cobardes. Tenemos que
dar un ejemplo. Me propongo empezar yo esta noche. (Cogiendo el
abanico.) Sí, me has regalado hoy este abanico; ha sido tu regalo de
cumpleaños. Pues si esa mujer pasa el umbral de mi casa, le cruzo la
cara con él.

LORD WINDERMERE.— Margarita, no harás semejante cosa.

LADY WINDERMERE.— ¡Tú no me conoces! (Se dirige a la


derecha. Entra PARKER.) ¡Parker!

PARKER.— ¿Qué quiere la señora?

LADY WINDERMERE.— Comeré en mi cuarto. O, mejor dicho, no


quiero comer. Cuide de que todo esté listo para las diez y media. Y
tenga cuidado, Parker, de pronunciar los nombres de los invitados muy
claramente esta noche. A veces habla usted tan de prisa que no los
entiendo. Me interesa especialmente oír los nombres con absoluta
claridad para no equivocarme. ¿Ha comprendido, Parker?
PARKER.— Sí, señora.

LADY WINDERMERE.— ¡Hágalo así! (Sale PARKER por el centro.


Dirigiéndose a LORD WINDERMERE) Arturo, si esa mujer viene aquí,
te advierto…

LORD WINDERMERE.— ¡Margarita, nos perderás!

LADY WINDERMERE.— ¡Nos! Desde este momento, mi vida está


separada de la tuya. Pero si deseas evitar un escándalo público, escribe
inmediatamente a esa mujer ¡y dile que le prohíbo que venga aquí!

LORD WINDERMERE.— No quiero…, no puedo…; ¡debe venir!

LADY WINDERMERE.— Entonces ocurrirá exactamente lo que te


he dicho. (Va hacia la derecha.) No me has dejado elección.

(Sale por la derecha.)

LORD WINDERMERE.— (Llamándola.) ¡Margarita! ¡Margarita!


¡Margarita! (Pausa.) ¡Dios mío! ¿Qué hacer? ¿Cómo decirle quién es
realmente esa mujer? ¡Se moriría de vergüenza!

(Se desploma en un sillón y esconde el rostro entre las manos.)

TELÓN
SEGUNDO ACTO

Decoración: Salón en casa de lord Windermere. Puerta a la derecha,


que da al salón de baile, donde toca la orquesta. Puerta a la izquierda,
por donde entran los invitados. Puerta en el fondo, a la izquierda, que
da sobre la terraza, iluminada. Palmeras, flores y potentes luces. El
salón está rebosante de invitados. LADY WINDERMERE los recibe.

DUQUESA DE BERWICK.— (Saliendo por el centro.) ¡Qué raro


que no esté aquí lord Windermere! Mister Hopper se retrasa mucho,
demasiado. ¿Le reservaste los cinco bailes, Agata?

(Adelantándose.)

LADY AGATA.— Sí, mamá.

DUQUESA DE BERWICK.— (Sentándose en el sofá.) Déjame ver


tu «carnet». Me alegro de que lady Windermere haya resucitado los
«carnets». Son la única salvaguardia de una madre. ¡Mi nenita
inocente! (Tacha dos nombres.) ¡Ninguna muchacha fina bailaría nunca
con unos chicos tan extremadamente jóvenes! ¡No estaría bien visto!
Los últimos dos bailes podrías pasarlos en la terraza con mister Hopper.

(Entran del salón de baile MISTER DUMBY y LADY PLYMDALE.)

LADY AGATA.— Sí, mamá.

DUQUESA DE BERWICK.— (Abanicándose.) ¡Hace allí un aire tan


agradable!

PARKER.— Mistress Cowper-Cowper. Lady Stutfield. Sir Jaime


Royston. Mister Guy Berkeley.

(Entran los personajes a medida que los anuncian.)

DUMBY.— Buenas noches, lady Stutfield. ¡Supongo que éste será


el último baile de la temporada!

LADY STUTFIELD.— También lo supongo, mister Dumby. Ha sido


una temporada deliciosa, ¿verdad?

DUMBY.— ¡Totalmente deliciosa! Buenas noches, duquesa.


¡Supongo que será el último baile de la temporada!

DUQUESA DE BERWICK.— También lo supongo yo, mister


Dumby. Ha sido una temporada muy sosa, ¿verdad?

DUMBY.— ¡Sí, horriblemente sosa! ¡Horriblemente sosa!

MISTRESS COWPER-COWPER.— Buenas noches, mister Dumby.


¡Supongo que será el último baile de la temporada!

DUMBY.— ¡Oh! No lo creo. Probablemente habrá dos más.

(Se dirige a LADY PLYMDALE.)

PARKER.— Mister Rufford. Lady Jedburgh y miss Graham. Mister


Hopper.

(Van entrando los personajes anunciados.)


HOPPER.— ¿Cómo está usted, lady Windermere? ¿Cómo está
usted, duquesa?

(Se inclina ante LADY AGATA.)

DUQUESA DE BERWICK.— Mi querido mister Hopper, ¡qué


delicado en usted venir tan temprano! Todos sabemos lo solicitado que
está usted en Londres.

HOPPER.— ¡Magnífico sitio Londres! Aquí no son tan rígidamente


exclusivistas como en Sidney.

DUQUESA DE BERWICK.— ¡Ah, sabemos su valía, mister Hopper!


¡Ojalá hubiese muchos hombres como usted! La vida sería mucho más
fácil. ¿Sabe usted, mister Hopper? Mi querida Agata y yo estamos
interesadísimas por Australia. Debe de ser tan preciosa, con todos esos
amables y pequeños canguros brincando alrededor. Agata la ha
encontrado en el mapa. ¡Qué forma tan curiosa tiene! Parece
exactamente una caja de embalar. Sin embargo, es un país muy joven,
¿verdad?

HOPPER.— ¿No fue hecho al mismo tiempo que los demás,


duquesa?

DUQUESA DE BERWICK.— ¡Qué listo es usted, mister Hopper!


Tiene usted un talento completamente personal. Y ahora, no queremos
detenerle más.

HOPPER.— Pero yo querría bailar con lady Agata, duquesa.

DUQUESA DE BERWICK.— Bueno, espero que tendrá algún baile


libre. ¿Tienes algún baile libre, Agata?

LADY AGATA.— Sí, mamá.

HOPPER.— ¿Puedo tener el gusto…?

(LADY AGATA asiente.)


DUQUESA DE BERWICK.— Cuide mucho de mi pequeña
charlatana, mister Hopper.

(Entran LADY AGATA y MISTER HOPPER en el salón de baile. Entra


LORD WINDERMERE por la izquierda.)

LORD WINDERMERE.— Margarita, necesito hablarte.

LADY WINDERMERE.— Dentro de un momento.

(Cesa la música.)

PARKER.— Lord Augusto Lorton.

(Entra LORD AUGUSTO.)

LORD AUGUSTO.— Buenas noches, lady Windermere.

DUQUESA DE BERWICK.— Sir Jaime, ¿quiere usted llevarme al


salón de baile? Augusto ha estado cenando esta noche con nosotros.
Realmente, ya es bastante Augusto por el momento.

(SIR JAIME ROYSTON da el brazo a la DUQUESA y la acompaña hasta


el salón de baile.)

PARKER.— Mister y mistress Arturo Bowden. Lord y lady Paisley.


Lord Darlington.

(Estas tres personas entran al ser anunciadas.)


LORD AUGUSTO.— (Yendo hacia LORD WINDERMERE.) Necesito
hablarte privadamente, muchacho. Me arrastro como una sombra. Ya sé
que lo parezco. Ninguno de nosotros parece lo que es realmente. Lo
que necesito saber es esto: ¿Quién es ella? ¿De dónde sale? ¿Por qué no
tiene ningún condenado pariente? ¡Malditos y engorrosos parientes!
Pero le dan a uno cierta endemoniada respetabilidad.

LORD WINDERMERE.— Hablas de mistress Erlynne, supongo.


Hace sólo seis meses que la conozco. Hasta entonces, jamás tuve
noticia de su existencia.

LORD AUGUSTO.— Y desde entonces la has tratado mucho.

LORD WINDERMERE.— (Fríamente.).— Sí, la he tratado mucho


desde entonces. Precisamente acabo de verla.

LORD AUGUSTO.— ¡Ay! Las mujeres le tienen inquina. ¡Esta


noche he cenado con Arabela! ¡Por Júpiter! Me gustaría que hubieses
oído lo que dijo de mistress Erlynne. La puso hecha un trapo… (Aparte.)
Berwick y yo hemos oído que a ella no le importa mucho, y que la dama
en cuestión tenía un tipo muy lindo. ¡Si hubieras visto la cara de
Arabela!… Pero mira, chico, no sé qué hacer con mistress Erlynne. ¡Ay!
Parece que estamos casados; me trata con una maldita indiferencia. ¡Es
excesivamente lista, demasiado! Lo explica todo, ¡ay! Te explica a ti.
Tiene un montón de explicaciones sobre ti… y todas distintas.

LORD WINDERMERE.— Mi amistad con mistress Erlynne no


necesita explicaciones.

LORD AUGUSTO.— ¡Ejem! Bueno; mira, muchacho: ¿crees que


conseguirá entrar en esa condenada cosa que llaman sociedad? ¿La
presentarías a tu mujer? No vengas con rodeos. ¿Lo harías?

LORD WINDERMERE.— Mistress Erlynne viene aquí esta noche.

LORD AUGUSTO.— ¿Tu mujer le ha enviado una invitación?

LORD WINDERMERE.— Mistress Erlynne ha recibido una


invitación.

LORD AUGUSTO.— Entonces es una persona buena, querido. Pero


¿por qué no me lo dijiste antes? ¡Me habría evitado un montón de
malditas equivocaciones!

(LADY AGATA y MISTER HOPPER cruzan la escena y salen a la


terraza.)

PARKER.— Mister Cecilio Graham.

(Entra MISTER CECILIO GRAHAM.)

CECILIO GRAHAM.— (Se inclina ante LADY WINDERMERE y va a


estrechar la mano a LORD WINDERMERE.) Buenas noches, Arturo.
¿Por qué no me preguntas cómo estoy? Me gusta que la gente me
pregunte cómo estoy. Y que muestre un gran interés por mi salud. Pues
bien: esta noche no estoy del todo bien. He comido con la familia.
Quisiera saber por qué la familia ha de ser siempre tan aburrida. Mi
padre se puso a hablar de moral en la sobremesa. Le dije que tenía
suficiente edad para saber cosas mejores. Pero, a mi juicio, las personas
que tienen la suficiente edad para estar enteradas de lo mejor, no saben
nada de nada. (A LORD AUGUSTO.) ¡Hola, Tuppy! He oído decir que te
vas a casar otra vez; creí que estarías ya cansado de ese juego.

LORD AUGUSTO.— ¡Eres demasiado frívolo, muchacho;


demasiado frívolo!

CECILIO GRAHAM.— Entre paréntesis: Tuppy, ¿no es así? ¿Has


estado dos veces casado y una divorciado, o dos veces divorciado y una
casado? Yo digo que dos veces divorciado y una casado. Me parece
mucho más probable.

LORD AUGUSTO.— Tengo una memoria malísima. Realmente, no


me acuerdo.

(Va hacia la derecha.)


LADY PLYMDALE.— Lord Windermere, tengo que preguntarle
algo muy personal.

LORD WINDERMERE.— Lo siento; perdóneme, pero debo


reunirme con mi mujer.

LADY PLYMDALE.— ¡Oh! ¡No se le ocurra semejante cosa! Hoy en


día es muy peligroso para un marido galantear a su mujer en público.
Hace pensar siempre a la gente que le pega cuando están a solas. ¡El
mundo se ha vuelto tan suspicaz ante todo lo que tiene aspecto de vida
matrimonial feliz…! Pero ya se lo diré a usted durante la cena. (Se
dirige hacia la puerta del salón de baile.)

LORD WINDERMERE.— (En el centro.) ¡Margarita! Tengo que


hablarte.

LADY WINDERMERE.— ¿Quiere usted tenerme mi abanico, lord


Darlington? Gracias.

(Yendo hacia él.)

LORD WINDERMERE.— (Acercándose a ella.) Margarita, lo que


dijiste antes de comer era, naturalmente, imposible.

LADY WINDERMERE.— ¡Esa mujer no vendrá aquí esta noche!

LORD WINDERMERE.— Mistress Erlynne vendrá aquí, y si le


ocasionas cualquier molestia o la ofendes, nos traerás a los dos dolor y
vergüenza. ¡Recuérdalo! ¡Ah, Margarita! Confía en mí únicamente.
¡Una esposa debe confiar siempre en su marido!

LADY WINDERMERE.— Londres está lleno de mujeres que


confían en sus maridos. Cualquiera puede reconocerlas. ¡Tienen un
aspecto tan absolutamente desdichado! Yo no quiero ser una de ellas.
(Apartándose de él.) Lord Darlington, ¿quiere usted devolverme mí
abanico? Gracias… Un abanico es una cosa muy útil, ¿verdad?… Tengo
necesidad de un amigo esta noche, lord Darlington; no sabía que lo iba
a necesitar tan pronto.

LORD DARLINGTON.— ¡Lady Windermere! Yo sabía que este


momento iba a llegar algún día; pero ¿por qué esta noche?
LORD WINDERMERE.— (Aparte.) Se lo diré. Debo decírselo.
Sería terrible que sucediese aquí cualquier escena. Margarita…

PARKER.— ¡Mistress Erlynne!

(LORD WINDERMERE se estremece. Entra mistress ERLYNNE, muy


elegante y muy digna. LADY WINDERMERE aprieta su abanico y luego
lo deja caer al suelo. Se inclina fríamente ante mistress ERLYNNE,
quien le devuelve amablemente su saludo, y avanza por el salón.)

LORD DARLINGTON.— Ha dejado usted caer su abanico, lady


Windermere.

(Lo recoge y se lo entrega.)

MISTRESS ERLYNNE.— ¿Cómo sigue usted, lord Windermere?


¡Qué encantadora está su amable esposa! ¡Un verdadero cuadro!

LORD WINDERMERE.— (En voz baja.) ¡Es una terrible


imprudencia en usted haber venido!

MISTRESS ERLYNNE.— (Sonriendo.) Lo más sensato que he


hecho en mi vida. Y, entre paréntesis, no deje usted de prestarme
atención esta noche. Me aterran las mujeres. Debe usted presentarme a
algunas. Con los hombres puedo siempre arreglármelas. ¿Cómo está
usted, lord Augusto? Me ha tenido completamente abandonada
últimamente. Desde ayer no le he vuelto a ver una sola vez. Temo que
me sea usted infiel. Todo el mundo me lo dice.

LORD AUGUSTO.— Realmente, mistress Erlynne permítame que


le explique…

MISTRESS ERLYNNE.— No, mi querido lord Augusto; no puede


usted explicar nada. Es su principal encanto.

LORD AUGUSTO.— ¡Ah! Si encuentra usted algún encanto en mí,


mistress Erlynne…
(Conversan juntos. LORD WINDERMERE va de un lado a otro por el
salón, vigilando a mistress ERLYNNE.)

LORD DARLINGTON.— (A LADY WINDERMERE.) ¡Qué pálida


está usted!

LADY WINDERMERE.— ¡Los cobardes están siempre pálidos!

LORD DARLINGTON.— Parece usted desfallecer. Venga a la


terraza.

LADY WINDERMERE.— Sí. (A PARKER.) Parker, mándeme mi


capa.

MISTRESS ERLYNNE.— (Yendo hacia ella.) Lady Windermere,


¡qué bonitamente iluminada está su terraza! Me recuerda la del
príncipe Doria, en Roma. (LADY WINDERMERE se inclina fríamente y
sale con LORD DARLINGTON.) ¡Oh! ¿Cómo está usted, mister Graham?
¿No es ésa su tía lady Jedburgh? Me gustaría mucho conocerla.

CECILIO GRAHAM.— (Después de un momento de vacilación y de


embarazo.) ¡Oh! Ciertamente, si usted lo desea. Tía Carolina,
permíteme que te presente a mistress Erlynne.

MISTRESS ERLYNNE.— Encantada de conocerla, lady Jedburgh.


(Se sienta en el sofá junto a ella.) Su sobrino y yo somos grandes
amigos. Me intereso mucho por su carrera política. Estoy segura de que
tendrá un éxito maravilloso. Piensa como un conservador y habla como
un radical; ¡y eso es tan importante hoy…! Es, además, un brillante
orador. Aunque todos sabemos que tiene de quien heredarlo. Lord
Allandale me decía ayer precisamente, en el Parque, que mister
Graham habla casi tan bien como su tía.

LADY JEDBURGH.— ¡Es muy amable en usted decirme esas cosas


encantadoras!

(Mistress ERLYNNE sonríe y continúa la conversación.)


DUMBY.— (A CECILIO GRAHAM.) ¿Has presentado mistress
Erlynne a lady Jedburgh?

CECILIO GRAHAM.— ¿Y qué iba a hacer, querido? ¡No tuve más


remedio! Esa mujer consigue todo lo que quiere. ¿Cómo? No lo sé.

DUMBY.— ¡Espero de su bondad que no querrá hablarme!

(Se dirige a LADY PLYMDALE.)

MISTRESS ERLYNNE.— (A LADY JEDBURGH.) ¿El jueves? Con


mucho gusto. (Se levanta y habla en voz baja a LORD WINDERMERE.)
¡Qué fastidio tener que estar cortés con estas ancianas viudas! Pero
¡ellas son siempre porfiadas!

LADY PLYMDALE.— (A MISTER DUMBY.) ¿Quién es esa señora


tan bien vestida que está hablando con Windermere?

DUMBY.— ¡No tengo ni la más leve idea! Parece una «édition de


luxe» de una de esas perversas novelas francesas hechas especialmente
con vistas al mercado inglés.

MISTRESS ERLYNNE.— ¿Para qué está el pobre Dumby con lady


Plymdale? He oído decir que se siente horriblemente celosa. Él parece
tener muy pocas ganas de hablar conmigo esta noche. Supongo que le
tiene miedo. Esas mujeres de color pajizo tienen un carácter atroz. Ya
sabe usted que pienso bailar con usted el primero, Windermere. (LORD
WINDERMERE se muerde los labios y frunce el ceño.) ¡Se pondrá tan
celoso lord Augusto! (LORD AUGUSTO se acerca.) Lord Windermere se
empeña en bailar conmigo el primero, y como está en su casa no puedo
negarme. Ya sabe usted que preferiría bailar con usted.

LORD AUGUSTO.— (Con un profundo saludo.) Quisiera yo poder


creerlo, mistress Erlynne.

MISTRESS ERLYNNE.— Demasiado lo sabe. Me figuro que es


usted una persona con quien se podría bailar a través de la vida
sintiéndose encantada.

LORD AUGUSTO.— (Poniéndose la mano sobre su blanca


pechera.) ¡Oh, gracias, gracias! ¡Es usted la más adorable de las
mujeres!
MISTRESS ERLYNNE.— ¡Delicioso discurso! ¡Tan sencillo y tan
sincero! Todos los discursos deberían ser así. Bueno; téngame usted el
ramo. (Se dirige hacia el salón de baile del brazo de LORD
WINDERMERE.) ¡Ah! ¿Cómo está usted, mister Dumby? ¡Cuánto siento
no haber estado en casa las tres últimas veces que fue usted! Venga a
comer el viernes.

DUMBY.— (Con perfecta indiferencia.) ¡Encantado!

(LADY PLYMDALE le mira indignada. LORD AUGUSTO sigue a mistress


ERLYNNE y a LORD WINDERMERE al salón de baile, llevando el ramo
en la mano.)

LADY PLYMDALE.— (A MISTER DUMBY.) ¡Es usted


absolutamente insufrible! No se puede creer nunca ni una palabra de lo
que habla. ¿Por qué me dijo usted que no la conocía? ¿Qué significan
esas tres visitas a que ella hizo alusión? ¿No irá usted a comer allí?
Creo que lo comprenderá usted…

DUMBY.— Mi querida Laura, ¡no iré ni en sueños!

LADY PLYMDALE.— Todavía no me ha dicho usted su nombre.


¿Quién es?

DUMBY.— (Tosiendo ligeramente y alisándose el pelo.) Una tal


mistress Erlynne.

LADY PLYMDALE.— ¡Esa mujer!

DUMBY.— Sí; así la llama todo el mundo.

LADY PLYMDALE.— ¡Es muy interesante! ¡Enormemente


interesante! Tengo realmente que fijarme bien. (Va a la puerta del salón
de baile y mira hacia adentro.) He oído contar muchas cosas atroces de
ella. Dicen que está arruinando al pobre Windermere. ¡Y lady
Windermere, que pasa por tan formal, la invita! ¡Es divertidísimo! No
hay como una mujer cabalmente buena para hacer estupideces. ¿Irá
usted a comer allí el viernes?

DUMBY.— ¿Por qué?

LADY PLYMDALE.— Porque quiero que vaya mi marido con usted.


Está tan solícito esta última temporada que ha llegado a ser un perfecto
engorro. Se está de plantón mientras ella se lo permite, y quiere
mortificarme. Le aseguro que esa clase de mujeres son muy útiles.
Constituyen la base de los demás matrimonios.

DUMBY.— ¡Es usted un misterio!

LADY PLYMDALE.— (Mirándole.) ¡Ojalá lo fuese usted!

DUMBY.— También lo soy, para mí mismo. Soy la única persona en


el mundo que me gustaría conocer a fondo. Pero hasta ahora no veo
ninguna probabilidad de conseguirlo.

(Pasan al salón de baile, y LADY WINDERMERE y LORD DARLINGTON


entran en la terraza.)

LADY WINDERMERE.— Sí. Su venida aquí es monstruosa,


intolerable. Ahora comprendo lo que quería usted darme a entender
esta tarde, a la hora del té. ¿Por qué no me habló usted francamente?
¡Debió usted hacerlo!

LORD DARLINGTON.— ¡No podía! ¡Un hombre no puede contar


esas cosas de otro hombre! Pero si yo hubiese sabido que iba a obligar
a usted a que la invitase esta noche, creo que se lo hubiese dicho. Este
insulto, por lo menos, se lo hubiera usted evitado.

LADY WINDERMERE.— Yo no la he invitado. Él insistió en que


viniese… A pesar de mis ruegos…, a pesar de mis órdenes. ¡Oh, esta
casa está mancillada para mí! Siento como si todas las mujeres se
burlasen de mí viéndola bailar con mi marido. ¿Qué he hecho yo para
merecer esto? Le entregué mi vida entera. Él la tomó…, se sirvió de
ella… ¡y la echó a perder! Estoy degradada ante mis propios ojos; y me
falta valor… ¡Soy cobarde!

(Se sienta en el sofá.)

LORD DARLINGTON.— La conozco a usted muy bien y sé que no


puede usted vivir con un hombre que la trata así. ¿Qué clase de vida
llevaría a su lado? Pensaría usted que le mentía en cualquier momento
del día. Pensaría usted que era falsa su mirada, falsa su voz, falsas sus
caricias y falsa su pasión. Él vendría a usted cuando estuviese cansado
de las otras, y usted tendría que consolarle. Vendría a usted y estaría
consagrado a las otras, usted tendría que agradarle. Tendría usted que
ser la careta de su verdadera vida, el manto que ocultase su secreto.

LADY WINDERMERE.— Tiene usted razón… Tiene usted


terriblemente razón. Pero ¿adónde volverme? Dijo usted que quería ser
mi amigo, lord Darlington. Dígame: ¿qué debo hacer? Sea usted mi
amigo ahora.

LORD DARLINGTON.— Entre un hombre y una mujer no hay


amistad posible. Hay pasión, enemistad, adoración, amor; pero no
amistad. La amo a usted…

LADY WINDERMERE.— ¡No, no!

(Poniéndose en pie.)

LORD DARLINGTON.— ¡Sí, la amo a usted! Usted es más para mí


que todo el mundo entero. ¿Qué le da a usted su marido? Nada. Todo
cuanto hay en él se lo da a esa vil mujer, a quien ha introducido en la
sociedad de usted, en su casa, avergonzándola a usted delante de todo
el mundo. Yo le ofrezco a usted mi vida…

LADY WINDERMERE.— ¡Lord Darlington!

LORD DARLINGTON.— Mi vida…, mi vida entera. Tómela usted y


haga con ella lo que quiera… La amo a usted; la amo como no he amado
nunca nada en la vida. Desde el momento en que la conocí, la amé a
usted; la amé ciegamente, ¡con adoración, locamente! Usted no se dio
cuenta entonces… Ahora, ¡ya lo sabe usted! Márchese de aquí esta
noche. Yo no le diré a usted que el mundo no importa, o que no importa
la voz del mundo, la voz de la sociedad. Significan mucho. Significan
demasiado. Pero hay momentos en que es preciso escoger entre vivir la
propia vida, plenamente, cabalmente, completamente… o arrastrar una
de esas existencias falsas, superficiales, degradantes, que el mundo
pide en su hipocresía. Ha llegado usted ahora a ese momento. ¡Escoja!
¡Oh amor mío, escoja!

LADY WINDERMERE.— (Apartándose lentamente de él y


mirándole con ojos asustados.) No tengo valor.

LORD DARLINGTON.— (Siguiéndola.) Sí; tiene usted valor. Serán,


quizá, seis meses de dolor, hasta de vergüenza; pero cuando no lleve
usted ya su nombre, sino el mío, todo mejorará. ¡Margarita, amor mío,
puede usted ser mi mujer algún día!…; sí, mi mujer. ¡Usted lo sabe!
¿Qué es usted ahora? Esa mujer ocupa el sitio que le pertenece a usted
por derecho propio. ¡Oh! Salga…, salga usted de esta casa con la
cabeza alta, con una sonrisa en los labios, con valor en sus ojos. Todo
Londres sabrá por qué lo hizo usted; ¿y quién podrá censurarla? Nadie.
Y si lo hiciesen, ¿qué importa? ¿Qué está mal? ¿Qué es lo que está mal?
Está mal que un hombre abandone a su mujer por otra deshonrada.
Está mal que una esposa permanezca con el hombre que la deshonra.
Decía usted antes que no quería transigir con nada. No transija usted
ahora. ¡Sea usted valiente! ¡Sea usted misma!

LADY WINDERMERE.— Me da miedo ser yo misma. ¡Déjeme


pensar! ¡Déjeme esperar! Mi marido puede volver a mí.

(Se sienta en el sofá.)

LORD DARLINGTON.— ¡Y usted volvería a acogerle! No es usted


entonces lo que yo pensaba. Es usted lo mismo que las otras mujeres.
Dispuesta a soportarlo todo para no arrostrar la censura de un mundo
cuya alabanza desprecia usted. Dentro de una semana se la verá a
usted paseando por el parque con esa mujer. Será su constante
invitada…, su amiga más querida. Lo soportará usted todo, antes que
cortar de un golpe ese lazo monstruoso. Tiene usted razón. ¡Carece
usted de todo valor!

LADY WINDERMERE.— ¡Ah! ¡Déme usted tiempo para pensar! No


puedo contestarle ahora.

(Se pasa nerviosamente la mano por la frente.)

LORD DARLINGTON.— Tiene que ser ahora o nunca.

LADY WINDERMERE.— (Levantándose del sofá.) Entonces,


¡nunca!

(Una pausa.)

LORD DARLINGTON.— ¡Me destroza usted el corazón!

LADY WINDERMERE.— El mío ya está destrozado.

(Una pausa.)

LORD DARLINGTON.— Mañana abandonaré Inglaterra. Ésta es la


última vez que la veo a usted. No volveremos a vernos nunca. Por un
momento nuestras vidas se han encontrado…, nuestras almas se han
tocado. No volverán nunca a encontrarse ni a tocarse. Adiós, Margarita.

(Sale.)

LADY WINDERMERE.— ¡Qué sola estoy en la vida! ¡Qué


terriblemente sola!

(Cesa la música. Entran la duquesa de Berwick y lord Paisley riendo y


hablando. Llegan otros invitados del salón de baile.)

DUQUESA DE BERWICK.— Querida Margarita, acabo de tener


una charla deliciosa con mistress Erlynne. Siento mucho haberle dicho
a usted lo que le dije esta tarde. Naturalmente, debe de ser una
persona completamente «buena» cuando usted la invita. Es una mujer
muy atractiva y tiene ideas sensatas sobre la vida. Me ha dicho que
desaprueba por completo que se case la gente más de una vez; así es
que estoy completamente tranquila por el pobre Augusto. No me
imagino por qué la gente habla en contra de ella. Deben de ser esas
horrendas sobrinas mías…, las chicas de Sanville…, que están siempre
murmurando escandalosamente. Sin embargo, yo que usted me iría una
temporada al extranjero, querida. Es una mujer un poco demasiado
atractiva. Pero ¿dónde está Agata? ¡Oh! ¡Aquí está! (LADY AGATA y
mister HOPPER entran de la terraza.).— Mister Hopper, estoy muy…,
muy disgustada con usted. Se ha llevado usted a Agata a la terraza, ¡y
está tan delicada!…

HOPPER.— Lo siento muchísimo, duquesa. No salimos más que un


momento y se nos pasó el tiempo charlando.

DUQUESA DE BERWICK.— ¡Ah! ¡Supongo que de la querida


Australia!

HOPPER.— ¡Sí!

DUQUESA DE BERWICK.— ¡Agata, querida!

(Haciéndole señas de que se acerque.)

LADY AGATA.— ¿Qué, mamá?

DUQUESA DE BERWICK.— (Aparte.) ¿Se decidió mister Hopper


definitivamente?

LADY AGATA.— Sí, mamá.

DUQUESA DE BERWICK.— ¿Y qué le contestaste, querida?

LADY AGATA.— Que sí, mamá.

DUQUESA DE BERWICK.— (Afectuosamente.) ¡Niñita mía! Tú


siempre oportuna. ¡Mister Hopper! ¡Jaime! Agata me lo ha contado
todo. ¡Qué hábilmente han guardado ustedes dos su secreto!

HOPPER.— Entonces, ¿no encuentra usted mal que me lleve a


Agata a Australia, duquesa?

DUQUESA DE BERWICK.— (Indignada.) ¿A Australia? ¡Oh, no


mencione usted ese horrendo y vulgar país!
HOPPER.— Pues ella me ha dicho que le gustaría ir allí conmigo.

DUQUESA DE BERWICK.— (Severamente.) ¿Tú has dicho eso,


Agata?

LADY AGATA.— Sí, mamá.

DUQUESA DE BERWICK.— Agata, estás siempre diciendo el


mayor número posible de tonterías. Creo, en absoluto, que la plaza de
Grosvenor es un sitio mucho más sano para vivir. Hay una porción de
gente vulgar que vive en la plaza de Grosvenor; pero hay allí
poquísimos de esos horribles canguros que corren por todos lados.
Pero, bueno, ya hablaremos de esto mañana. Jaime, puede usted
acompañar a Agata hasta abajo. Venga usted a almorzar mañana,
naturalmente, Jaime. A la una y media, en lugar de a las dos. El duque
querrá hablar con usted unas palabras seguramente.

HOPPER.— Me gustaría charlar con el duque, duquesa. Todavía


no me ha dicho una sola palabra.

DUQUESA DE BERWICK.— Pues creo que mañana le dirá a usted


muchísimas. (Sale LADY AGATA con MISTER HOPPER.).— Y ahora,
buenas noches, Margarita. Me temo que esto es la vieja, la viejísima
historia, querida, Amor; bueno, no amor a primera vista, sino amor a
final de temporada, lo cual es mucho más satisfactorio.

LORD WINDERMERE.— Buenas noches, duquesa.

(Sale la DUQUESA DE BERWICK del brazo de LORD PAISLEY.)

LADY PLYMDALE.— Mi querida Margarita, ¡qué mujer más


hermosa es la que baila con su marido! ¡Yo, si fuese usted, estaría muy
celosa! ¿Es una amiga íntima de ustedes?

LADY WINDERMERE.— ¡No!

LADY PLYMDALE.— ¿De veras? Buenas noches, querida.

(Mira a MISTER DUMBY y sale.)


DUMBY.— ¡Qué modales tan horrorosos los del joven Hopper!

CECILIO GRAHAM.— Hopper es un «gentleman» de la


Naturaleza: el peor tipo de «gentleman» que conozco.

DUMBY.— ¡Qué mujer sensata es lady Windermere! Muchísimas


esposas se hubieran opuesto a que viniese mistress Erlynne. Pero lady
Windermere tiene esa cosa tan poco común que se llama sentido
común.

CECILIO GRAHAM.— Y Windermere sabe que nada se parece


tanto a la inocencia como una indiscreción.

DUMBY.— Sí; el querido Windermere se está volviendo casi


moderno. Nunca lo hubiera creído de él.

(Se inclina ante LADY WINDERMERE y sale.)

LADY JEDBURGH.— Buenas noches, lady Windermere. ¡Qué


mujer tan fascinadora es esa mistress Erlynne! Vendrá el jueves a
comer conmigo; ¿quiere usted venir también? Espero al obispo y a la
querida lady Merton.

LADY WINDERMERE.— Lo siento, pero estoy ya comprometida,


lady Jedburgh.

LADY JEDBURGH.— Yo también lo siento. Vamos, querida.

(Salen LADY JEDBURGH y MISS GRAHAM. Entran mistress ERLYNNE


y LORD WINDERMERE.)

MISTRESS ERLYNNE.— ¡Ha sido un baile encantador! Me


recordaba por completo mi antigua época. (Se sienta en el sofá.) Y he
visto que sigue habiendo en sociedad tantos majaderos como de
costumbre. ¡Qué grato comprobar que nada ha cambiado! Excepto
Margarita. Se ha puesto preciosa. La última vez que la vi, hace veinte
años, era un espanto vestido de franela. Un verdadero espanto, se lo
aseguro. ¡Y la querida duquesa! ¡Y la amable lady Agata! Precisamente
el tipo de muchacha que me gusta. Bueno, realmente, Windermere, voy
a ser cuñada de la duquesa…

LORD WINDERMERE.— (Sentándose a la izquierda de ella.) Pero


¿usted…?

(Sale MISTER CECILIO GRAHAM con el resto de los invitados. LADY


WINDERMERE observa con una mirada de desprecio y de dolor a
mistress ERLYNNE y a su marido, que no se dan cuenta de la presencia
de ella.)

MISTRESS ERLYNNE.— ¡Oh, sí! Mañana a mediodía vendrá a


visitarme. Él quería declararse esta noche. En realidad, lo ha hecho. Ha
aplazado su petición. Ya sabe usted lo que el pobre Augusto se repite.
¡Una mala costumbre! Pero yo le he dicho que no podía contestarle
hasta mañana. Claro es que le diré que sí. Y me atrevo a afirmar que
seré una esposa admirable: todo lo que puede serlo una esposa. Y lord
Augusto tiene también buenas cualidades. Afortunadamente, todas en
la superficie. Precisamente, como deben estar las buenas cualidades.
Indudablemente, tendrá usted que ayudarme en este asunto.

LORD WINDERMERE.— ¡Supongo que no me pedirá usted que


anime a lord Augusto!

MISTRESS ERLYNNE.— ¡Oh, no! Le animo yo sola. Pero usted me


asegurará una bonita dote; ¿verdad Windermere?

LORD WINDERMERE.— (Frunciendo el ceño.) ¿Es eso de lo que


quería usted hablarme esta noche?

MISTRESS ERLYNNE.— Sí.

LORD WINDERMERE.— (Con un gesto de impaciencia.) No debe


usted hacerlo aquí.

MISTRESS ERLYNNE.— (Riendo.) Entonces, vamos a pasear a la


terraza. Hasta los negocios requieren un fondo pintoresco. ¿No le
parece a usted, Windermere? Con un fondo apropiado, una mujer puede
hacerlo todo.
LORD WINDERMERE.— ¿No sería lo mismo mañana?

MISTRESS ERLYNNE.— No; como usted ve, mañana tengo que


darle el sí. Y creo que no estaría mal que le dijese que yo contaba con…;
bueno, ¿qué podría decirle?… Dos mil libras al año, heredadas de un
primo tercero, o de un segundo marido…, o de algún pariente lejano
por el estilo. ¿No le parece que sería un atractivo complementario?
Tiene usted una deliciosa ocasión ahora de decirme un cumplido,
Windermere. Pero usted no se da maña para decir cumplidos. Temo que
Margarita no aliente en usted esa excelente costumbre. Es un gran
error por su parte. Cuando los hombres dejan de decir cosas
agradables, dejan también de pensarlas. Pero, hablando en serio, ¿qué
dice usted de esas dos mil libras? O dos mil quinientas, creo yo. En la
vida moderna el margen lo es todo. ¿No encuentra usted, Windermere,
que el mundo es un lugar enormemente divertido? ¡Yo, sí!

(Sale a la terraza con LORD WINDERMERE. Se oye la música en el


salón de baile.)

LADY WINDERMERE.— Es imposible permanecer por más tiempo


en esta casa. Esta noche un hombre que me ama me ofreció su vida
entera. Y yo la rechacé. Fue una locura en mí. Le ofreceré ahora la mía.
¡Voy en su busca! (Se pone la capa y va hacia la puerta. Luego vuelve y,
sentándose ante la mesa, escribe una carta, la mete en un sobre y la
deja sobre la mesa.) Arturo nunca me ha comprendido. Cuando lea esto
me comprenderá. Que haga ahora lo que le parezca con su vida. Yo
hago con la mía lo que creo mejor, lo que creo justo. Él es quien ha roto
el lazo del matrimonio…, no yo. Yo rompo únicamente su cautiverio.

(Sale. Entra PARKER por la izquierda y cruza la escena hacia el salón


de baile. Entra mistress ERLYNNE.)

MISTRESS ERLYNNE.— ¿Está lady Windermere en el salón de


baile?

PARKER.— Su señoría acaba de salir.

MISTRESS ERLYNNE.— ¿De salir? ¿No está en la terraza?


PARKER.— No, señora. Su señoría acaba de salir de casa.

MISTRESS ERLYNNE.— (Se estremece y mira al CRIADO con


expresión de asombro en la cara.) ¿De casa?

PARKER.— Sí, señora. Su señoría me ha dicho que había dejado


una carta para lord Windermere sobre la mesa.

MISTRESS ERLYNNE.— ¿Una carta para lord Windermere?

PARKER.— Sí, señora.

MISTRESS ERLYNNE.— Gracias. (Sale PARKER. Cesa la música


en el salón de baile.) ¡Que ha salido de su casa! ¡Una carta dirigida a su
marido! (Va hacia la mesa y mira la carta. La coge y vuelve a dejarla
con un estremecimiento de miedo.) ¡No, no! ¡Es imposible! ¡La vida no
repite así sus tragedias! ¡Oh!, ¿cómo puede habérseme ocurrido esta
terrible idea? ¿Por qué recuerdo ahora el único momento de mi vida
que quería olvidar? ¿Podrá la vida repetir sus tragedias? (Rompe el
sobre y lee la carta. Después se desploma sobre un sillón con un gesto
angustioso.) ¡Oh, qué terrible! ¡Las mismas palabras que hace veinte
años escribí yo a su padre! ¡Y qué amargamente he sido castigada por
ello! No; mi castigo, mi verdadero castigo ¡empieza esta noche, ahora!

(Permanece sentada a la derecha. Entra LORD WINDERMERE por la


izquierda.)

LORD WINDERMERE.— ¿Ha hablado usted esta noche con mi


mujer?

(Yendo hacia el centro.)

MISTRESS ERLYNNE.— (Estrujando la carta en su mano.) Sí.

LORD WINDERMERE.— ¿Dónde está?

MISTRESS ERLYNNE.— Se sentía muy cansada. Se ha ido a


acostar. Dijo que le dolía la cabeza.
LORD WINDERMERE.— Debo ir a buscarla. ¿Me permite usted?

MISTRESS ERLYNNE.— (Levantándose precipitadamente.) ¡Oh,


no! No era nada serio. Estaba solamente muy cansada y nada más.
Además, queda todavía gente en el comedor. Quería que la disculpase
usted con los invitados. Dijo que deseaba que no la molestasen. (Se le
cae la carta.) ¡Me rogó que se lo dijese a usted!

LORD WINDERMERE.— (Recogiendo la carta.) Se le ha caído a


usted algo.

MISTRESS ERLYNNE.— ¡Oh, sí! Gracias; es mía.

(Tiende la mano y coge la carta.)

LORD WINDERMERE.— (Sigue mirando la carta.) Pero ésta es


letra de mi mujer, ¿verdad?

MISTRESS ERLYNNE.— (Cogiendo rápidamente la carta.) Sí, es…


una dirección. ¿Quiere usted decir que avisen mi coche?

LORD WINDERMERE.— Con mucho gusto.

(Se dirige hacia la izquierda y sale.)

MISTRESS ERLYNNE.— ¡Gracias! ¿Qué puedo hacer? ¿Qué puedo


hacer? Siento despertarse en mí una pasión que no había
experimentado antes jamás. ¿Qué quiere decir esto? La hija no debe ser
como la madre… Eso sería terrible. ¿Cómo podré salvarla? ¿Cómo
podré salvar a mi hija? Un momento puede arruinar una vida. ¿Quién
mejor que yo lo sabría? ¡Windermere debe marcharse de esta casa; es
absolutamente necesario! (Va hacia la izquierda.) Pero ¿cómo lograrlo?
Hay que hacer algo. ¡Ah!

(Entra LORD AUGUSTO llevando el ramo.)


LORD AUGUSTO.— Mi querida amiga, ¡me tiene usted en vilo!
¿No podría usted dar una contestación a mi pregunta?

MISTRESS ERLYNNE.— Lord Augusto, escúcheme. Va usted a


llevarse a lord Windermere al Club inmediatamente, y le retendrá allí
todo cuanto le sea posible. ¿Ha comprendido?

LORD AUGUSTO.— Pero ¿no decía usted que deseaba que me


acostase temprano?

MISTRESS ERLYNNE.— (Nerviosamente.) Haga usted lo que le


digo, lord Augusto. Haga usted lo que le digo.

LORD AUGUSTO.— ¿Y cuál será mi recompensa?

MISTRESS ERLYNNE.— ¿Su recompensa? ¿Su recompensa? ¡Oh!


Pídamela mañana. Pero no pierda usted de vista a Windermere esta
noche. Si no lo hace así, no se lo perdonaré nunca. No volveré nunca a
dirigirle la palabra, ni querré saber nada de usted. Recuerde usted que
debe retener a Windermere en su Club y no dejarle volver aquí esta
noche.

(Sale por la izquierda.)

LORD AUGUSTO.— Bueno; realmente es como si fuese ya su


marido. Como si lo fuera, evidentemente.

(La sigue con expresión perpleja.)

TELÓN
TERCER ACTO

Decoración: Las habitaciones de lord Darlington. Un ancho sofá frente


a la chimenea, a la derecha. Al fondo, una cortina corrida sobre el
balcón. Puertas a izquierda y derecha. Mesa a la derecha con utensilios
de escritorio. Mesa en el centro con sifones, vasos y botellas. Otra mesa
a la izquierda con cajas de tabacos. Encendidas las lámparas.

LADY WINDERMERE.— (En pie, junto a la chimenea.) ¿Por qué no


vendrá? Esta espera es horrible. Debería estar aquí. ¿Por qué no está
aquí para reanimarme con sus palabras apasionadas, que siento como
un fuego en mi interior? Estoy helada… helada como un ser sin amor.
Arturo debe de haber leído ya mi carta en este momento. Si realmente
le importase, habría venido en mi busca, me hubiera llevado a la fuerza.
Pero no le importo. Está encadenado por esa mujer…, fascinado por
ella…, dominado por ella. Si una mujer quiere dominar a un hombre, no
tiene más que apelar simplemente a lo que haya de peor en él. Nosotras
hacemos dioses de los hombres y ellos nos abandonan. Otras los
embrutecen, y ellos las acarician y les guardan fidelidad. ¡Qué horrenda
es la vida!… ¡Oh! Fue una locura venir aquí, una horrible locura. Y, sin
embargo, ¿qué es peor, me pregunto: estar a merced de un hombre que
me ama, o ser la esposa de un hombre que en mi propia casa me
deshonra? ¿Qué mujer lo sabría, qué mujer en el mundo entero? Pero
¿me amará siempre este hombre a quien voy a entregar mi vida? ¿Qué
le doy a él? Unos labios que han perdido el acento de la alegría, unos
ojos cegados por las lágrimas, unas manos frías y un corazón de hielo.
No le doy nada. Debo irme. No; no puedo irme; mi carta me deja en su
poder… ¡Arturo no me volvería a admitir! ¡Carta fatal! ¡No! Lord
Darlington sale de Inglaterra mañana. Me iré con él… No me queda
elección. (Se sienta durante unos instantes. Luego se estremece y,
levantándose, se envuelve en su capa.) ¡No, no! Me vuelvo a casa,
dejaré que Arturo haga conmigo lo que quiera. No puedo esperar aquí.
Ha sido una locura venir. Debo irme inmediatamente. En cuanto a lord
Darlington… ¡Oh, aquí está! ¿Qué haré? ¿Qué puedo decirle? ¿Querrá
retenerme? He oído decir que los hombres son brutales, horribles…
¡Oh!
(Esconde el rostro en sus manos. Entra mistress ERLYNNE por la
izquierda.)

MISTRESS ERLYNNE.— ¡Lady Windermere! (LADY


WINDERMERE se estremece y levanta los ojos. Luego retrocede
despreciativa.) Gracias a Dios que llego a tiempo. Debe usted volver
inmediatamente a casa de su marido.

LADY WINDERMERE.— ¿Que debo…?

MISTRESS ERLYNNE.— (Autoritariamente.) ¡Sí; debe usted


volver! No hay un segundo que perder. Lord Darlington puede aparecer
en cualquier momento.

LADY WINDERMERE.— ¡No se acerque usted a mí!

MISTRESS ERLYNNE.— ¡Oh! Está usted al borde de la ruina, al


borde de un precipicio espantoso. Debe usted salir de aquí
inmediatamente. Mi coche está esperando en la esquina. Debe usted
venir conmigo y volver directamente a su casa. (LADY WINDERMERE
se quita su capa y la tira sobre el sofá.) ¿Qué hace usted?

LADY WINDERMERE.—' Mistress Erlynne…, si no hubiese usted


venido aquí, hubiera yo vuelto sola. Pero ahora que la veo a usted siento
que nada en el mundo me induciría a vivir bajo el mismo techo que lord
Windermere. Me llena usted de horror. Hay algo en usted que excita
mis sentimientos salvajes…, que me enfurece. Y sé por qué está usted
aquí. Mi marido la envía para que me induzca a volver y les sirva de
pantalla en las relaciones, sean las que fueren que existen entre usted y
él.

MISTRESS ERLYNNE.— ¡Oh! No puede usted pensar eso… ¡No


puede usted pensarlo!

LADY WINDERMERE.— Vuelva usted a mi marido, mistress


Erlynne; le pertenece a usted y no a mí. Supongo que es el escándalo lo
que él teme. ¡Son tan cobardes los hombres!… Infringen todas las leyes
del mundo y temen murmuraciones del mundo. Pero es mejor que se
prepare. Tendrá un escándalo. Tendrá el peor escándalo que ha habido
en Londres hace años. Verá su nombre en los más viles periódicos y el
mío en los más horrendos libelos.
MISTRESS ERLYNNE.— ¡No!… ¡No!…

LADY WINDERMERE.— ¡Sí! Lo tendrá. Si hubiera venido él


mismo, habría yo consentido en volver a esa vida de degradación que
usted y él me preparaban… Iba a volver…, pero quedarse él en casa y
enviarle a usted como mensajera suya… ¡Oh! ¡Es infame!… ¡Infame!

MISTRESS ERLYNNE.— Lady Windermere, es usted atrozmente


injusta conmigo…, atrozmente injusta con su marido. Él no sabe que
está usted aquí. Él cree que está usted segura en su propia casa. Cree
que está usted durmiendo en su propia alcoba. ¡Él no ha leído la carta
insensata que usted le ha escrito!

LADY WINDERMERE.— ¿Que no la ha leído?

MISTRESS ERLYNNE.— No… Él no sabe nada.

LADY WINDERMERE.— ¡Qué inocente me cree usted! (Yendo


hacia ella.) ¡Está usted mintiéndome!

MISTRESS ERLYNNE.— (Conteniéndose.) No miento. Le estoy


diciendo a usted la verdad.

LADY WINDERMERE.— Si mi marido no ha leído mi carta, ¿cómo


es que está usted aquí? ¿Quién le dijo a usted que yo había abandonado
la casa donde ha tenido usted la desvergüenza de entrar? ¿Quién le dijo
a usted dónde estaba yo? Se lo dijo mi marido y la envió para que me
instigase a volver.

(Cruza la escena hacia la izquierda.)

MISTRESS ERLYNNE.— Su marido no ha visto nunca esa carta.


Yo… la vi, la abrí… y la he leído.

LADY WINDERMERE.— (Volviéndose hacia ella.) ¿Que abrió usted


la carta de mi marido? ¿Se ha atrevido usted a eso?

MISTRESS ERLYNNE.— ¡Atreverme! ¡Oh! Para salvarla a usted


del abismo en que está a punto de caer, no hay nada en el mundo a que
yo no me atreviera; nada en el mundo entero. Aquí tiene usted su carta.
Su marido no la ha leído ni la leerá nunca. (Yendo hacia la chimenea.)
No debió nunca haber sido escrita.
(La rompe y tira los pedazos al fuego.)

LADY WINDERMERE.— (Con un infinito desprecio en la voz y en


la mirada.) ¿Y cómo sé yo que ésa era, después de todo, mi carta? ¿Cree
usted que me puede engañar con una vulgar añagaza?

MISTRESS ERLYNNE.— ¡Oh! ¿Por qué no cree usted nada de lo


que le digo? ¿Qué objeto piensa usted que tengo al venir aquí sino el de
salvarla a usted de la ruina completa, el de salvarla de las
consecuencias de un error espantoso? Esa carta que acabo de quemar
era la de usted. ¡Se lo juro!

LADY WINDERMERE.— (Con lentitud.) Buen cuidado ha tenido


usted en quemarla antes que la examinase yo. No puedo creerla. ¿Cómo
usted, cuya vida entera es una mentira, iba a poder decir la verdad
alguna vez? (Se sienta.)

MISTRESS ERLYNNE.— (Apresuradamente.) Piense usted de mí


lo que quiera…, diga contra mí lo que le parezca; pero vuelva usted con
el marido a quien usted ama.

LADY WINDERMERE.— (Con hosquedad.) ¡Ya no le amo!

MISTRESS ERLYNNE.— Le ama usted, y usted sabe que él la


corresponde.

LADY WINDERMERE.— Él no comprende lo que es el amor. Lo


comprende tan poco como usted… Pero ya veo lo que usted quiere.
Sería una gran ventaja para usted hacerme volver a mi casa. ¡Dios mío!
¡Qué vida sería entonces la mía! ¡Vivir a merced de una mujer que no
tiene ni piedad ni compasión alguna; de una mujer cuyo conocimiento
es infame, cuya amistad degrada; de una mujer vil que viene a
interponerse entre un marido y su mujer!

MISTRESS ERLYNNE.— (Con un gesto de desesperación.) ¡Lady


Windermere! ¡Lady Windermere, no diga usted esas cosas terribles! No
sabe usted lo terribles que son, lo terribles y lo injustas. Escúcheme,
¡debe usted escucharme! Vuélvase con su marido y nada más; y le
prometo que no volveré nunca a tener relación con él bajo ningún
pretexto… Que no volveré nunca a verle… Que jamás volveré a
intervenir en su vida o en la de usted. El dinero que él me dio no me lo
dio por amor, sino exclusivamente por odio; no por adoración, sino por
desprecio. La influencia que tengo sobre él…

LADY WINDERMERE.— (Levantándose.) ¡Ah! ¡Admite usted esa


influencia!

MISTRESS ERLYNNE.— Sí; y voy a decirle cuál es. Es el amor a


usted, lady Windermere.

LADY WINDERMERE.— ¿Y espera usted que crea eso?

MISTRESS ERLYNNE.— ¡Debe usted creerlo! Es la verdad. Es su


amor a usted lo que le hizo someterse a mí. ¡Oh! ¡Llámelo usted como
quiera: tiranía, amenazas; lo que usted escoja! Pero es su amor a usted.
Su deseo de evitar a usted… una vergüenza; sí, una vergüenza y un
estigma.

LADY WINDERMERE.— ¿Qué quiere usted decir? ¡Es usted una


insolente! ¿Qué tengo yo que ver con usted?

MISTRESS ERLYNNE.— (Humildemente.) Nada. Ya lo sé… Pero le


digo a usted que su marido la ama… Que nunca podrá usted volver a
encontrar un amor semejante en su vida entera… Y que si renuncia
usted a él, día llegará en que tenga usted sed de amor y no lo
encuentre; en que mendigue usted amor y le sea negado… ¡Oh! ¡Arturo
la ama a usted!

LADY WINDERMERE.— ¿Arturo? ¿Y me dice, mistress Erlynne,


que no hay nada entre ustedes?

MISTRESS ERLYNNE.— ¡Lady Windermere, ante el Cielo le juro


que su marido es inocente de toda culpa con usted! Y yo…, yo le digo
que si hubiera podido ocurrírseme nunca que una sospecha tan
monstruosa podía surgir en usted, habría preferido morir a
interponerme en su vida o en la de usted. ¡Oh, sí! ¡Morir gustosa!

(Se aleja del sofá.)

LADY WINDERMERE.— Habla usted como si tuviese corazón. Las


mujeres como usted no tienen corazón. Se compran y se venden.

(Siéntase a la izquierda.)
MISTRESS ERLYNNE.— (Se estremece, con un gesto de dolor.
Luego se contiene y va hacia donde está sentada lady Windermere.
Mientras habla, tiende las manos hacia ella, pero sin atreverse a
tocarla.) Crea usted de mí lo que quiera. Yo no merezco ni un momento
de dolor. Pero ¡no eche usted a perder su bella y juvenil vida por mi
culpa! Usted no sabe lo que acaso le está reservado como no salga
usted inmediatamente de esta casa. No sabe usted lo que es caer en el
precipicio; ser despreciada, escarnecida, abandonada, objeto de
irrisión… Ser un paria. Encontrarse las puertas cerradas, deslizarse
furtivamente por atroces caminos, temiendo a cada momento que le
arranquen a uno la careta del rostro, y estar oyendo constantemente la
risa, la horrible risa del mundo, que es una cosa más trágica que todas
las lágrimas vertidas en la tierra. No sabe usted lo que es eso. Paga una
su pecado, y vuelve a pagarlo, y lo está pagando toda la vida. No debe
usted conocer eso nunca. En cuanto a mí, el sufrimiento es una
expiación, y en este momento he expiado todas mis faltas, cualesquiera
que hayan sido, pues esta noche usted ha dado un corazón a quien no lo
tenía; se lo ha dado y lo ha roto al mismo tiempo. Pero dejemos esto. Yo
puedo haber destruido mi vida; pero no le dejaré a usted que destruya
la de ustedes dos. Usted… es simplemente una niña, y se perdería.
Usted no tiene la clase de temple que permite a una mujer volver atrás.
No tiene usted tampoco el ingenio ni el valor necesarios. ¡No podría
usted soportar el deshonor! ¡No! Vuelva usted, lady Windermere, con su
marido, que la ama y a quien usted ama. Tiene usted un niño, lady
Windermere. Vuelva usted con ese niño, que, como hasta ahora, en el
dolor o en la alegría, puede estar llamándola a usted. (LADY
WINDERMERE se pone en pie.) Dios le dio a usted ese hijo. Él le exige
que le proporcione una vida hermosa; que vele por él. ¿Qué contestará
usted a Dios si su vida queda arruinada por culpa de usted? Vuelva
usted a su casa, lady Windermere… ¡Su marido la ama! No se ha
apartado nunca, ni por un momento, del amor que le profesa. Pero
aunque él tuviera mil amores, usted debe permanecer con su hijo.
Aunque fuera cruel con usted, debe usted quedarse con su hijo. Aunque
la maltratase, debe usted quedarse con su hijo. Aunque la abandonase,
el sitio de usted está con su hijo. (LADY WINDERMERE se deshace en
lágrimas y esconde su cara entre las manos. Precipitándose hacia ella.)
¡Lady Windermere!

LADY WINDERMERE.— (Tendiéndole las manos de un modo


irrefrenable, como una niña.) Lléveme a casa. Lléveme a casa…

MISTRESS ERLYNNE.— (Está a punto de abrazarla, pero se


contiene. Hay una expresión de alegría maravillosa en su rostro.)
¡Vamos! ¿Dónde está su capa? (Recogiéndola del sofá.) Aquí. Póngasela.
¡Vámonos inmediatamente!

LADY WINDERMERE.— ¡Quieta! ¿No oye usted voces?

MISTRESS ERLYNNE.— ¡No, no! ¡No es nada!

LADY WINDERMERE.— ¡Sí que es! ¡Escuche! ¡Oh! ¡Es la voz de


mi marido! ¡Viene hacia aquí! ¡Sálveme! ¡Oh, esto es una encerrona!
Usted le ha mandado venir.

(Voces dentro.)

MISTRESS ERLYNNE.— ¡Silencio! Estoy aquí para salvarla, si


puedo. Pero ¡temo que sea demasiado tarde! ¡Allí! (Señalando la cortina
echada sobre el balcón.) A la primera ocasión que tenga, huya usted, ¡si
es que se presenta esa ocasión!

LADY WINDERMERE.— Pero ¿y usted?

MISTRESS ERLYNNE.— ¡Oh! No se preocupe de mí. Yo lo arrostro


todo.

(LADY WINDERMERE se esconde detrás de la cortina.)

LORD AUGUSTO.— (Dentro.) Es una tontería, querido


Windermere; ¡no le dejaremos!

MISTRESS ERLYNNE.— ¡Lord Augusto! ¡Entonces soy yo la que


está perdida!

(Titubea un momento. Luego mira a su alrededor y, viendo la puerta de


la derecha, sale por ella. Entran LORD DARLINGTON, MISTER DUMBY,
LORD WINDERMERE, LORD AUGUSTO LORTON y MISTER CECILIO
GRAHAM.)
DUMBY.— ¡Qué fastidio que nos echen del Club a esta hora! No
son más que las dos. (Se deja caer en un sillón.) Empieza ahora la parte
más animada de la noche.

(Bosteza y cierra los ojos.)

LORD WINDERMERE.— Es usted muy amable, lord Darlington,


permitiendo a Augusto que le imponga nuestra compañía; pero temo no
poder estar aquí mucho rato.

LORD DARLINGTON.— ¿De veras? ¡Lo siento mucho! ¿Quiere


usted un cigarro?

LORD WINDERMERE.— ¡Gracias!

(Se sienta.)

LORD AUGUSTO.— (A LORD WINDERMERE.) Mi querido amigo,


no sueñes en irte. Tengo que hablar contigo de una porción de cosas:
todas de gran importancia, además.

(Se sienta con él junto a la mesa de la izquierda.)

CECILIO GRAHAM.— ¡Oh! ¡Ya sabemos de qué se trata! ¡Tuppy


no puede hablar más que de mistress Erlynne!

LORD WINDERMERE.— Bueno; ése no es asunto tuyo. ¿Verdad,


Cecilio?
CECILIO GRAHAM.— ¡No! Y por eso me interesa. Mis propios
asuntos siempre me aburren mortalmente. Prefiero los de los demás.

LORD DARLINGTON.— ¿Quieren ustedes beber algo, amigos


míos? Cecilio, ¿quieres un «whisky» con soda?

CECILIO GRAHAM.— Gracias. (Va hacia la mesa con LORD


DARLINGTON.) Mistress Erlynne estaba guapísima esta noche,
¿verdad?

LORD DARLINGTON.— No soy de sus admiradores.

CECILIO GRAHAM.— Yo tampoco lo era; pero ahora lo soy. ¡Vaya!


Verdad es que me hizo presentarle a la pobre y querida tía Carolina.
Creo que va a ir a almorzar allí.

LORD DARLINGTON.— (Sorprendido.) ¿Sí?

CECILIO GRAHAM.— Así es, en efecto.

LORD DARLINGTON.— Ustedes me perdonarán, amigos míos.


Tengo que marcharme mañana y necesito escribir unas cartas.

(Va a la mesa de despacho y se sienta.)

DUMBY.— Mujer listísima esa mistress Erlynne.

CECILIO GRAHAM.— ¡Hola, Dumby! Creí que estabas dormido.

DUMBY.— ¡Y lo estoy! ¡Generalmente, lo estoy!

LORD AUGUSTO.— Una mujer listísima. Sabe muy bien lo


rematadamente tonto que soy… Lo sabe tan bien como yo. (CECILIO
GRAHAM se vuelve hacia él riendo) ¡Ah! Puedes reírte, chico; pero es
una gran cosa encontrarse con una mujer que nos comprenda a fondo.

DUMBY.— Es una cosa atrozmente peligrosa. Acaba siempre por


casarse con uno.

CECILIO GRAHAM.— Pero ¡yo pensé, Tuppy, que tú no querías


volver a verla nunca! ¡Sí! Me lo comunicaste anoche en el Club. Me
dijiste que te habían contado…

(Le habla al oído.)

LORD AUGUSTO.— ¡Oh! Ella me explicó eso.

CECILIO GRAHAM.— ¿Y el asunto de Wiesbaden?

LORD AUGUSTO.— También me lo explicó.

DUMBY.— ¿Y sus ingresos? ¿Te lo explicó también?

LORD AUGUSTO.— (Con un tono muy serio.) Ésos me los


explicará mañana.

(CECILIO GRAHAM vuelve a la mesa del centro.)

DUMBY.— ¡Qué horriblemente mercantilizadas están las mujeres


de hoy día! Nuestras abuelas saltaban por encima de todo, conservando
su fascinante rubor; pero sus nietas, ¡por Júpiter!, dan el mismo salto,
pero calculando los beneficios.

LORD AUGUSTO.— Quieres hacer de ella una mujer perversa, ¡y


no lo es!

CECILIO GRAHAM.— ¡Oh! Las mujeres perversas le molestan a


uno. Y las buenas le aburren. Ésta es la única diferencia que hay entre
ellas.

LORD AUGUSTO.— (Lanzando una bocanada de su cigarro.)


Mistress Erlynne tiene un porvenir ante ella.

CECILIO GRAHAM.— Prefiero las mujeres que tienen un pasado.


Es siempre muy divertido hablar con ellas.

DUMBY.— Bueno, pues entonces tendrás montones de temas de


conversación con ella, Tuppy.
LORD AUGUSTO.— Te estás volviendo intratable, chico;
verdaderamente intratable.

CECILIO GRAHAM.— (Poniéndole las manos sobre los hombros.).


— Y ahora, Tuppy, te diré que has perdido tu tipo y tu carácter. No
pierdas tu paciencia: es lo único que tienes.

LORD AUGUSTO.— Mira, querido; si yo no fuera el hombre más


paciente de Londres…

CECILIO GRAHAM.— Te trataríamos con más respeto. ¿No es eso,


Tuppy?

(Pasea de un lado para otro.)

DUMBY.— La juventud actual es absolutamente monstruosa. No


tiene el menor respeto al pelo teñido.

(LORD AUGUSTO mira irritado a su alrededor.)

CECILIO GRAHAM.— Mistress Erlynne siente un gran respeto por


nuestro querido Tuppy.

DUMBY.— Entonces mistress Erlynne da un admirable ejemplo al


resto de su sexo. Es perfectamente brutal el modo de portarse hoy en
día las mujeres con los hombres que no son sus maridos.

LORD WINDERMERE.— Dumby, resultas ridículo; y tú, Cecilio,


refrena la lengua. Debéis dejar en paz a mistress Erlynne. No sabéis,
realmente, nada de ella, y estáis siempre murmurando
escandalosamente de ella.

CECILIO GRAHAM.— (Yendo hacia él.) Mi querido Arturo, yo


nunca murmuro escandalosamente. Me limito a chismorrear.

LORD WINDERMERE.— ¿Y qué diferencia hay entre la


murmuración escandalosa y el chismorreo?
CECILIO GRAHAM.— ¡Oh, el chismorreo es siempre encantador!
La Historia es únicamente chismorreo. Pero la murmuración
escandalosa es un chismorreo que la moralidad hace aburrido. Por eso
yo nunca moralizo. Un hombre que moraliza es, generalmente, un
hipócrita; y una mujer que moraliza es, invariablemente, fea. Nada hay
en el mundo entero tan indecoroso como la conciencia de una puritana.
Me satisface decir que muchas mujeres lo saben.

LORD AUGUSTO.— Exactamente mi modo de pensar, chico;


exactamente mi modo de pensar.

'CECILIO GRAHAM.— Siento oírte decir eso, Tuppy; en cuanto


una persona está de acuerdo conmigo, pienso siempre que debo de
estar equivocado.

LORD AUGUSTO.— Hijo mío, cuando yo tenía tu edad…

CECILIO GRAHAM.— Pero ¡si nunca la has tenido, Tuppy, ni la


tendrás jamás! (Va hacia el centro.) Oye, Darlington: ¿quieres darme
unas cartas? ¿Tú querrás jugar, Arturo?

LORD WINDERMERE.— No; gracias, Cecilio.

DUMBY.— (Con un suspiro.) ¡Santo Dios! ¡Cómo destroza el


matrimonio a un hombre! Es tan desmoralizador como los cigarrillos, y
mucho más costoso.

CECILIO GRAHAM.— ¿Tú jugarás, naturalmente, Tuppy?

LORD AUGUSTO.— (Sirviéndose un «brandy» con soda en la


mesa.) No puedo, querido. He prometido a mistress Erlynne no volver a
jugar ni a beber.

CECILIO GRAHAM.— Vamos, mi querido Tuppy, no irás a


extraviarte por los senderos de la virtud. Si te reformas, serás
perfectamente aburrido. Esto es lo peor de las mujeres. Quieren
siempre que sea uno bueno. Y si es uno bueno, entonces nos rehuyen y
no se enamoran de nosotros. Les gusta encontrarnos irreparablemente
malos y abandonarnos insípidamente buenos.

LORD DARLINGTON.— (Levantándose de la mesa donde ha


estado escribiendo cartas.) ¡Siempre nos encuentran malos!

DUMBY.— No creo que seamos malos. Creo que somos todos


buenos, excepto Tuppy.
LORD DARLINGTON.— No; todos estamos en la cloaca, pero
algunos miramos hacia las estrellas.

(Se sienta junto a la mesa del centro.)

DUMBY.— ¿Que estamos en la cloaca, pero algunos miramos hacia


las estrellas? Te doy mi palabra de que estás muy romántico esta noche,
Darlington.

CECILIO GRAHAM.— ¡Demasiado romántico! Debe de estar


enamorado. ¿Quién es la muchacha?

LORD DARLINGTON.— La mujer que yo amo no es libre, o cree no


serlo.

(Mira instintivamente a LORD WINDERMERE al decirlo.)

CECILIO GRAHAM.— ¡Una mujer casada, entonces! Bueno; no


hay nada en el mundo semejante al cariño de una mujer casada. Ésa es
una cosa que ignora por completo el hombre soltero.

LORD DARLINGTON.— ¡Oh! Ella no me ama. Es una mujer


honrada. La única mujer honrada que he encontrado en mi vida.

CECILIO GRAHAM.— ¿La única mujer honrada que has


encontrado en tu vida?

LORD DARLINGTON.— ¡Sí!

CECILIO GRAHAM.— (Encendiendo un cigarrillo.) ¡Bueno, pues


eres un hombre de suerte! Porque yo he encontrado miles de mujeres
honradas. No he encontrado nunca más que mujeres honradas. El
mundo está lleno por completo de mujeres honradas. Se reconocen por
su educación de clase media.

LORD DARLINGTON.— Esa mujer representa la pureza y la


inocencia. Tiene todo cuanto los hombres han perdido.
CECILIO GRAHAM.— Mi querido amigo, ¿y qué iban a hacer en la
tierra los hombres con la pureza y la inocencia? Un ojal
cuidadosamente adornado es mucho más eficaz.

DUMBY.— ¿Entonces no te quiere ella, realmente?

LORD DARLINGTON.— ¡No, no me quiere!

DUMBY.— Pues te felicito, chico. En este mundo hay sólo dos


tragedias. Una es no conseguir lo que uno quiere; y otra, conseguirlo.
Esta última es la peor; ¡esta última es una verdadera tragedia! Pero me
interesa oír que no te ama. ¿Cuánto tiempo podrías tú amar a una
mujer que no te quisiera, Cecilio?

CECILIO GRAHAM.— ¿A una mujer que no me quisiera? ¡Oh, toda


mi vida!

DUMBY.— Lo mismo que yo. Pero ¡es tan difícil encontrar una de
ésas!

LORD DARLINGTON.— ¿Cómo puedes ser tan vanidoso, Dumby?

DUMBY.— No lo digo por vanidad. Lo digo con pena. Me han


adorado impetuosamente, locamente. Y lo siento. Ha sido un enorme
fastidio. Me gusta de vez en vez concederme un poco de tiempo a mí
mismo.

LORD AUGUSTO.— (Mirando a su alrededor.) Un poco de tiempo


para educarte tú mismo, supongo…

DUMBY.— No; un poco de tiempo para olvidar lo que he


aprendido. Esto es mucho más importante, querido Tuppy.

(LORD AUGUSTO se agita inquieto en su sillón.)

LORD DARLINGTON.— ¡Qué pandilla de cínicos sois!

CECILIO GRAHAM.— ¿Y qué es un cínico?

(Se sienta en el respaldo del sofá.)


LORD DARLINGTON.— Un hombre que sabe el precio de todo e
ignora el valor de nada.

CECILIO GRAHAM.— Y un sentimental, mi querido Darlington, es


un hombre que asigna un absurdo valor a todo y no conoce el precio fijo
de una sola cosa.

LORD DARLINGTON.— ¡Cómo me diviertes siempre, Cecilio!


Hablas como si fueras un hombre de experiencia.

CECILIO GRAHAM.— Y lo soy.

(Se acerca a la chimenea.)

LORD DARLINGTON.— ¡Eres todavía demasiado joven!

CECILIO GRAHAM.— Ése es un gran error. La experiencia es


cuestión de instinto de la vida. Y yo la tengo. Tuppy, no. Experiencia es
el nombre que da Tuppy a sus errores. Eso es todo.

(LORD AUGUSTO mira indignado a su alrededor.)

DUMBY.— Experiencia es el nombre que da todo el mundo a sus


errores.

CECILIO GRAHAM.— (En pie, de espaldas a la chimenea.) No


debiera cometerse ninguno.

(Ve el abanico de LADY WINDERMERE sobre el sofá.)


DUMBY.— La vida sería muy insulsa sin ellos.

CECILIO GRAHAM.— ¿Y, naturalmente, eres absolutamente fiel a


esa mujer de quien estás enamorado, Darlington; a esa mujer honrada?

LORD DARLINGTON.— Cecilio, cuando uno está enamorado de


verdad de una mujer, todas las demás mujeres del mundo le tienen a
uno completamente sin cuidado. El amor le cambia a uno… Yo estoy
cambiado.

CECILIO GRAHAM.— ¡Amigo mío! ¡Qué interesante! Tuppy,


quiero hablarte un momento.

(LORD AUGUSTO no se entera.)

DUMBY.— Es inútil que hables a Tuppy. Es exactamente lo mismo


que si hablases a una pared.

CECILIO GRAHAM.— Pero ¡si a mí me gusta hablar a las paredes!


… ¡Son las únicas cosas en el mundo que no me contradicen jamás!
¡Tuppy!

LORD AUGUSTO.— Bueno, ¿qué es ello? ¿Qué ocurre?

(Se levanta y va hacia CECILIO GRAHAM.)

CECILIO GRAHAM.— Ven aquí. Necesito hablarte


reservadamente. (Aparte.) Darlington ha estado moralizando,
hablándonos de la pureza del amor y de cosas por el estilo, y tenía una
mujer en sus habitaciones durante todo este rato.

LORD AUGUSTO.— ¡No! ¿De verdad? ¿De verdad?

CECILIO GRAHAM.— (En voz baja.) Sí; aquí está su abanico.

(Señalando el abanico.)
LORD AUGUSTO.— (Riendo entre dientes.) ¡Caramba, caramba!

LORD WINDERMERE.— (Junto a la puerta.) Tengo que irme


ahora, lord Darlington. Siento que se marche usted tan pronto de
Inglaterra. Le ruego que venga a casa cuando vuelva. ¡Mi mujer y yo
tendremos mucho gusto en verle!

LORD DARLINGTON.— (Acompañando a LORD WINDERMERE.)


Me temo que estaré ausente bastantes años. ¡Buenas noches!

CECILIO GRAHAM.— ¡Arturo!

LORD WINDERMERE.— ¿Qué?

CECILIO GRAHAM.— Quisiera hablarte un momento. ¡No, ven


aquí!

LORD WINDERMERE.— (Poniéndose el abrigo.) No puedo…


¡Tengo que irme!

CECILIO GRAHAM.— Es algo muy particular. Te interesará


muchísimo.

LORD WINDERMERE.— (Sonriendo.) Será alguna de tus


tonterías, Cecilio.

CECILIO GRAHAM.— ¡No lo es! De verdad: no lo es.

LORD AUGUSTO.— (Yendo hacia él.) Pero, querido, no debes irte.


Tengo mucho que hablar contigo. Y Cecilio quiere enseñarte algo.

LORD WINDERMERE.— (Marchando a su encuentro.) Bueno;


¿qué es ello?

CECILIO GRAHAM.— Darlington tiene una mujer aquí, en sus


habitaciones. Ahí está su abanico. Divertido, ¿verdad?

(Una pausa.)
LORD WINDERMERE.— ¡Santo Dios!

(Coge el abanico. DUMBY se pone en pie.)

CECILIO GRAHAM.— ¿Qué sucede?

LORD WINDERMERE.— ¡Lord Darlington!

LORD DARLINGTON.— (Volviéndose.) ¿Qué?

LORD WINDERMERE.— ¿Qué hace aquí en sus habitaciones el


abanico de mi mujer? Aparta las manos, Cecilio. No me toques.

LORD DARLINGTON.— ¿El abanico de su mujer?

LORD WINDERMERE.— ¡Sí, ahí está!

LORD DARLINGTON.— (Yendo hacia él.) ¡No sé!

LORD WINDERMERE.— Pues debe usted saberlo. Le pido una


explicación. (A CECILIO GRAHAM.) ¡No me sujetes, estúpido!

LORD DARLINGTON.— (Aparte.) Ella está aquí, sin duda.

LORD WINDERMERE.— ¡Hable usted! ¿Por qué está aquí el


abanico de mi mujer? ¡Contésteme, por Dios! Voy a registrar sus
habitaciones, y si mi mujer está aquí le…

(Da un paso hacia adelante.)

LORD DARLINGTON.— Usted no registrará mis habitaciones. ¡No


tiene usted derecho a hacerlo! ¡Se lo prohíbo!

LORD WINDERMERE.— ¿Usted, miserable? ¡No saldré de esta


casa sin registrar todos los rincones! ¿Qué se mueve detrás de esa
cortina?

(Se precipita hacia la cortina del centro.)

MISTRESS ERLYNNE.— (Entrando por la derecha.) ¡Lord


Windermere!

LORD WINDERMERE.— ¡Mistress Erlynne!

(Todos se estremecen, volviéndose hacia ella. LADY WINDERMERE se


desliza entonces por detrás de la cortina y sale de la habitación por la
izquierda.)

MISTRESS ERLYNNE.— Temo haberme traído equivocadamente


el abanico de su mujer, en lugar del mío, al salir de su casa esta noche.
Lo siento mucho.

(Le coge el abanico de las manos. LORD WINDERMERE la mira con


desprecio. LORD DARLINGTON tiene una expresión mezcla de asombro
y de ira. LORD AUGUSTO se vuelve hacia otro lado. Los otros dos se
miran sonriendo.)

TELÓN
CUARTO ACTO

Decoración: La misma decoración que en el primer acto.

LADY WINDERMERE.— (Tendida en el sofá.) ¿Cómo podré


decírselo? No puedo decírselo. Me mataría. Me pregunto qué sucedería
después de escapar yo de aquella horrible habitación. Quizá ella le dijo
la verdadera razón de encontrarse allí, y el auténtico significado de ese
abanico fatal que me pertenecía. ¡Oh! Si lo sabe, ¿cómo podré mirarle
otra vez a la cara? No me lo perdonará nunca. (Toca el timbre.) Cree
una vivir segura…, fuera del alcance de la tentación, del pecado y de la
locura. Y luego, de repente… ¡Oh! La vida es terrible. Nos gobierna, y
no nosotros a ella.

(Entra ROSALIA por la derecha.)

ROSALIA.— ¿Me llamaba su señoría?

LADY WINDERMERE.— Sí. ¿Ha averiguado usted ya a qué hora


volvió anoche lord Windermere?

ROSALIA.— Su señoría no volvió hasta las cinco.

LADY WINDERMERE.— ¿Las cinco? ¿Sabe usted si llamó en mi


puerta esta mañana?

ROSALIA.— Sí, señora… A las nueve y media. Le dije que la


señora no se había despertado aún.

LADY WINDERMERE.— ¿Y dijo algo?

ROSALIA.— Algo dijo del abanico de la señora. Pero no comprendí


del todo lo que dijo el señor. ¿Se le ha perdido el abanico a la señora?
Yo no lo he encontrado, y Parker dice que no quedó en ninguna de las
habitaciones. He mirado en todas y también en la terraza.

LADY WINDERMERE.— No importa. Dígale a Parker que no se


moleste. Ya se encontrará. (Sale ROSALIA. LADY WINDERMERE,
levantándose, dice:) Estoy segura de que se lo dirá. No puedo imaginar
que una persona realice un acto tan maravilloso de sacrificio de sí
misma de un modo espontáneo, temerario, noble… Y que luego se deje
sorprender a costa de tal precio. ¿Por qué iba ella a dudar entre su
pérdida y la mía?… ¡Qué extraño! Yo quería afrentarla públicamente en
mi propia casa, y ella acepta la pública afrenta en casa de otro para
salvarme… Es una de las amargas ironías de la vida; es una amarga
ironía que hablemos de buenas y de malas mujeres… ¡Oh, qué lección!
¡Y qué lástima que recibamos en la vida únicamente estas lecciones
cuando ya no nos son útiles! Pues si ella no habla, debo hacerlo yo. ¡Oh,
qué vergüenza! Decirlo es volver a vivir todo de nuevo. Las acciones
son la primera tragedia en la vida; las palabras, la segunda. Las
palabras son acaso la peor. Las palabras son inexorables… ¡Oh!

(Se estremece al entrar LORD WINDERMERE.)

LORD WINDERMERE.— (Besándola.) Margarita, ¡qué pálida


estás!

LADY WINDERMERE.— He dormido muy mal.

LORD WINDERMERE.— (Sentándose en el sofá junto a ella.)


¡Cuánto lo siento! Volví atrozmente tarde y no quise despertarte. ¿Estás
llorando querida?

LADY WINDERMERE.— Sí; estoy llorando porque quiero decirte


algo, Arturo.

LORD WINDERMERE.— Tú no estás bien, niñita mía. Te has


agitado demasiado. Nos iremos al campo. Estarás muy bien en Selby.
Empieza casi la temporada. Allí no hay ajetreo mundano. ¡Pobre
Margarita! Nos marcharemos hoy mismo, si quieres. (Se levanta.)
Podemos tomar cómodamente el tren de esta tarde. Le telegrafiaré a
Fannen.

(Se dirige y se sienta a la mesa para escribir el telegrama.)


LADY WINDERMERE.— Sí; vámonos hoy. No; hoy no puedo,
Arturo. Antes de salir de aquí debo ver a alguien…, a alguien que ha
sido muy buena conmigo.

LORD WINDERMERE.— (Levantándose y apoyándose en el sofá.)


¿Buena contigo?…

LADY WINDERMERE.— Más que buena. (Se levanta y va hacia


él.).— Te lo diré, Arturo; pero quiéreme; eso sí: quiéreme como
acostumbrabas quererme.

LORD WINDERMERE.— ¿Como acostumbraba?… ¿No pensarás


en esa vil mujer que vino aquí anoche? (Acércase y se sienta a la
derecha de ella.) No te imaginarás todavía… No; es imposible.

LADY WINDERMERE.— No; ahora sé que me equivocaba, que era


una locura.

LORD WINDERMERE.— Fuiste muy buena al recibirla anoche…;


pero no debes volver a verla nunca más.

LADY WINDERMERE.— ¿Por qué dices eso?

(Una pausa.)

LORD WINDERMERE.— (Cogiéndole una mano.) Margarita, creí


que mistress Erlynne era una mujer más caída que culpable, por decirlo
así. Creí que quería ser buena; que volvería al sitio perdido en un
momento de locura; que llevaría de nuevo una vida decorosa. Creí lo
que ella me dijo…, y me equivoqué. Es mala…, tan mala como puede
serlo una mujer.

LADY WINDERMERE.— Arturo, Arturo, no hables tan duramente


de ninguna mujer. Yo no creo que las personas puedan ser clasificadas
en buenas y malas, como lo son en dos razas o especies. Las mujeres
que llamamos buenas pueden llevar cosas terribles en ellas; pasar por
situaciones de locura, de inconsciencia, de afianzamiento propio, de
celos, de pecado. Las mujeres malas, como se las denomina, pueden
tener, en cambio, dolor, arrepentimiento, compasión, sacrificio. Yo no
creo que mistress Erlynne sea una mujer mala…; sé que no lo es.

LORD WINDERMERE.— Niña mía, esa mujer es imposible.


Aunque intente perjudicarnos, no debes volver a verla jamás. Es una
mujer inadmisible en ninguna parte.

LADY WINDERMERE.— Pero yo quiero verla. Quiero que vuelva


aquí.

LORD WINDERMERE.— ¡Nunca!

LADY WINDERMERE.— Ella vino aquí una vez como invitada


tuya. Ahora debe venir como invitada mía. Que quede esto claro.

LORD WINDERMERE.— No debería haber venido aquí nunca.

LADY WINDERMERE.— (Levantándose.) Es demasiado tarde,


Arturo, ahora para decir eso.

(Separándose.)

LORD WINDERMERE.— (Levantándose también.) Margarita, si tú


supieses dónde estuvo mistress Erlynne anoche, después de salir de
esta casa, no querrías estar en la misma habitación que ella. Fue una
cosa completamente vergonzosa.

LADY WINDERMERE.— Arturo, no puedo aguantar más. Debo


decírtelo. Anoche…

(Entra PARKER, llevando en una bandeja el abanico de LADY


WINDERMERE y una tarjeta.)

PARKER.— Mistress Erlynne ha venido a devolver el abanico de la


señora, que se llevó anoche equivocadamente. Mistress Erlynne ha
escrito unas líneas en la tarjeta.
LADY WINDERMERE.— ¡Oh! Diga usted a mistress Erlynne que
tenga la bondad de subir. (Lee la tarjeta.) Dígale también que me
alegraría mucho verla. (Vase PARKER.) Quiere verme, Arturo.

LORD WINDERMERE.— (Coge la tarjeta y la lee.) Margarita, te


ruego que no lo hagas. Déjame que la vea yo primero, de todos modos.
Es una mujer peligrosísima. La mujer más peligrosa que conozco. No
hagas eso.

LADY WINDERMERE.— Es justo que la vea.

LORD WINDERMERE.— Hija mía, es posible que estés al borde de


un gran dolor. No vayas a su encuentro. Es absolutamente necesario
que la vea yo antes.

LADY WINDERMERE.— ¿Por qué es necesario?

(Entra PARKER.)

PARKER.— Mistress Erlynne.

(Entra MISTRESS ERLYNNE. Sale PARKER.)

MISTRESS ERLYNNE.— ¿Cómo está usted, lady Windermere? (A


LORD WINDERMERE.) ¿Cómo está usted? Sabrá usted, lady
Windermere, que sentí tanto lo de su abanico… No puedo figurarme
cómo tuve esa equivocación tan tonta. Fue estúpido en mí. Y como
pasaba por aquí en coche, he aprovechado la oportunidad para
devolverle en persona su abanico, rogándole disculpe mi descuido, y
para decirle adiós.

LADY WINDERMERE.— ¿Adiós? (Dirigiéndose al sofá con


MISTRESS ERLYNNE y sentándose junto a ella.) ¿Se va usted entonces,
mistress Erlynne?

MISTRESS ERLYNNE.— Sí; me vuelvo a vivir al extranjero. El


clima inglés no me sienta bien. Mi corazón se siente aquí afectado, y
eso no me gusta. Prefiero vivir en el Sur. Londres está demasiado
invadido por las nieblas… y por la gente seria, lord Windermere. ¿Son
las nieblas las que producen la gente seria, o es la gente seria la que
produce las nieblas? No lo sé; pero el caso es que ambas alteran mis
nervios, y por eso esta tarde pienso salir en el primer expreso.

LADY WINDERMERE.— ¿Esta tarde? ¡Y yo que deseaba tanto


verla a usted!

MISTRESS ERLYNNE.— ¡Qué amable es usted! Pero tengo que


marcharme.

LADY WINDERMERE.— ¿Y no la volveré a ver a usted más,


mistress Erlynne?

MISTRESS ERLYNNE.— Me temo que no. Nuestras vidas siguen


caminos muy alejados. Pero le pediría con mucho gusto una cosilla.
Desearía un retrato de usted, lady Windermere… ¿Querría usted
dármelo? ¡No sabe usted cuánto se lo agradecería!

LADY WINDERMERE.— ¡Oh! Con sumo agrado. Ahí, sobre esa


mesa, hay uno. Voy a enseñárselo.

(Yendo hacia la mesa.)

LORD WINDERMERE.— (Llegando hasta mistress Erlynne y


hablándole en voz baja.) Es monstruosa su intrusión después de su
conducta de anoche.

MISTRESS ERLYNNE.— (Con una sonrisa divertida.) Mi querido


Windermere, ¡los buenos modales antes que la moral!

LADY WINDERMERE.— (Volviendo.) Temo estar muy


favorecida…; yo no soy tan bonita.

(Mostrando una fotografía.)

MISTRESS ERLYNNE.— Lo es usted mucho más. Pero ¿no tendría


usted alguna con su hijito?
LADY WINDERMERE.— La tengo. ¿La preferiría usted?

MISTRESS ERLYNNE.— Sí.

LADY WINDERMERE.— Si usted me perdona un momento, voy


por ella. La tengo arriba.

MISTRESS ERLYNNE.— Siento tanto, lady Windermere,


ocasionarle esta molestia…

LADY WINDERMERE.— (Yendo hacia la puerta de la derecha.) No


me molesta nada, mistress Erlynne.

MISTRESS ERLYNNE.— Muchas gracias. (Sale LADY


WINDERMERE por la derecha.) Parece usted algo enfadado esta
mañana, Windermere. ¿Por qué está así? Margarita y yo estamos en
magníficas relaciones.

LORD WINDERMERE.— No puedo soportar el verla a usted con


ella. Además, no me dijo usted la verdad, mistress Erlynne.

MISTRESS ERLYNNE.— No le dije a ella la verdad, querrá usted


decir.

LORD WINDERMERE.— (En pie en el centro.) A veces quisiera


que la hubiese dicho. Me habría usted evitado entonces el dolor, la
ansiedad y las molestias de estos últimos seis meses. Pero con tal que
mi mujer no supiera… que la madre que ella creía muerta; la madre a
quien ha llorado como muerta, vivía… Era una mujer divorciada que
llevaba un nombre supuesto; era una mala mujer expoliando la vida,
como ahora sé que es usted…; antes que supiera esto estaba yo
dispuesto a proporcionarle a usted dinero, a pagar cuenta tras cuenta,
dispendio tras dispendio, exponiéndome a lo que ocurrió ayer: la
primera desavenencia que he tenido nunca con mi mujer. Usted no
comprende lo que significa esto para mí. ¿Cómo podría usted
comprenderlo? Pero yo le digo a usted que las únicas palabras amargas
que han salido nunca de esos dulces labios, a usted se deben; y por eso
me resulta odioso verla a usted junto a ella. Mancha usted la inocencia
que hay en ella. (Yendo hacia la izquierda.) ¡Y yo que quería creer que,
con todas sus culpas, era usted sincera y honesta! No lo es usted.

MISTRESS ERLYNNE.— ¿Por qué dice usted eso?

LORD WINDERMERE.— Me hizo usted enviarle una invitación


para el baile de mi mujer.
MISTRESS ERLYNNE.— Para el baile de mi hija…, sí.

LORD WINDERMERE.— Vino usted, y una hora después de su


salida de esta casa la encontraba en las habitaciones de un hombre…
Está usted deshonrada ante todo el mundo.

(Va hacia el centro.)

MISTRESS ERLYNNE.— Sí.

LORD WINDERMERE.— (Volviéndose hacia ella.) Por eso tengo


derecho a considerarla como lo que es: una mujer indigna, viciosa.
Tengo derecho a decirle que no vuelva usted a entrar nunca en esta
casa, que no intente usted nunca acercarse a mi mujer.

MISTRESS ERLYNNE.— (Fríamente.) A mi hija querrá usted decir.

LORD WINDERMERE.— No tiene usted derecho a pretender que


lo sea. Usted se separó de ella, la abandonó cuando era una niña, en la
cuna; la abandonó por su amante, quien a su vez la abandonó a usted.

MISTRESS ERLYNNE.— (Levantándose.) ¿Dice usted eso en


mérito de él, lord Windermere…, o en el mío?

LORD WINDERMERE.— En el de él, ahora que la conozco a usted.

MISTRESS ERLYNNE.— Tenga usted cuidado… Haría usted mejor


en ser prudente.

LORD WINDERMERE.— ¡Oh! Con usted no tengo que medir las


palabras. La conozco a usted a fondo.

MISTRESS ERLYNNE.— (Mirándole fijamente.) Lo dudo.

LORD WINDERMERE.— La conozco a usted. Durante veinte años


ha vivido usted sin su hija, sin un pensamiento para su hija. Un día leyó
usted en los periódicos que se había casado con un hombre rico.
Presintió usted su indigna posibilidad. Sabía usted que, para evitarle a
ella la afrenta de enterarse de qué clase de mujer era su madre, yo lo
soportaría todo. Y empezó usted su chantaje.

MISTRESS ERLYNNE.— (Encogiéndose de hombros.) No emplee


usted palabras feas, Windermere. Eso es plebeyo. Vi una posibilidad, es
cierto, y la aproveché.

LORD WINDERMERE.— Sí; la aprovechó usted… y la desperdició


por completo al ser sorprendida fuera de esta casa.

MISTRESS ERLYNNE.— (Con una extraña sonrisa.) Tiene usted


razón en absoluto. La desperdicié por completo anoche.

LORD WINDERMERE.— Y en cuanto a coger por equivocación el


abanico de mi mujer y dejárselo en las habitaciones de Darlington, es
algo imperdonable. No podré ya soportar la vista de ese abanico. Ni
permitiré que mi mujer vuelva a usarlo nunca. Está manchado para mí.
Hubiera preferido que se hubiese usted quedado con él en vez de
traérselo.

MISTRESS ERLYNNE.— Creo que me quedaré con él.


(Adelantándose.) Es precioso. (Lo coge.) Le voy a pedir a Margarita que
me lo dé.

LORD WINDERMERE.— Espero que se lo dará a usted.

MISTRESS ERLYNNE.— ¡Oh! Estoy segura de que no hará


ninguna objeción.

LORD WINDERMERE.— Quisiera que le diese al mismo tiempo


una miniatura que besa ella todas las noches antes de rezar. Es la
miniatura de una muchacha de expresión inocente, con un hermoso
pelo negro.

MISTRESS ERLYNNE.— ¡Ah, sí! Ya recuerdo. ¡Qué lejano parece


eso! (Va hacia el sofá y se sienta.) Me la hicieron antes de casarme. ¡El
pelo negro y la expresión inocente estaban de moda entonces,
Windermere!

(Una pausa.)

LORD WINDERMERE.— ¿Qué se propone usted viniendo aquí


esta mañana? ¿Cuál es su objeto?

(Yendo hacia la izquierda y sentándose.)


MISTRESS ERLYNNE.— (Con un ligero acento de ironía en su
voz.) Decir adiós a mi querida hija, naturalmente. (LORD
WINDERMERE se muerde los labios con ira. MISTRESS ERLYNNE le
mira y su voz y su ademán se tornan serios. Mientras habla hay en su
tono una nota hondamente trágica. Por un momento se revela tal como
es.) ¡Oh! No se imagine usted que voy a tener una escena patética con
ella ni a llorar abrazada a su cuello y a decirle quién soy, ni nada por el
estilo. No tengo la ambición de representar el papel de madre. Una sola
vez en mi vida he sabido lo que son los sentimientos maternos. Fue
anoche. Resultó terrible… Me hicieron sufrir…, sufrir demasiado.
Durante veinte años, como usted dice, he vivido sin hija… y quiero
seguir viviendo sin ella. (Ocultando sus sentimientos con una risa
frívola.) Además, mi querido Windermere, ¿cómo podría yo dármelas de
madre con una hija tan crecida? Margarita tiene veintiún años y yo no
he confesado nunca más de veintinueve o treinta, a lo sumo.
Veintinueve, cuando hay pantallas rosas, y treinta, cuando no las hay. Ya
ve usted las dificultades que eso implica. No; por mí, deje usted que su
mujer venere la memoria de esa madre muerta, inmaculada. ¿Por qué
quitarle sus ilusiones? Encuentro ya bastante difícil conservar las mías.
Anoche perdí una. Creí que no tenía corazón. Y resulta que lo tengo: un
corazón que no me cuadra, Windermere. Por una u otra razón, no sienta
bien con un vestido moderno. Le hace a una parecer vieja. (Coge un
espejo de mano que hay sobre la mesa y se mira en él.) Y es perjudicial
a nuestra carrera en momentos críticos.

LORD WINDERMERE.— ¡Me llena usted de horror, de infinito


horror!

MISTRESS ERLYNNE.— (Levantándose.) Supongo, Windermere,


que le gustaría a usted que me retirase a un convento, o que me
dedicase a enfermera de hospital, o algo por el estilo, como hacen las
protagonistas de las estúpidas novelas modernas. Es una tontería en
usted, Arturo; en la vida real no suceden tales cosas…, por lo menos
mientras nos queda un bello rostro. No… Hoy lo que consuela no es el
arrepentimiento, sino el placer. El arrepentimiento está enteramente
anticuado. Y además, si una mujer se arrepiente de verdad, tiene que ir
a un modisto malo, pues de otra manera nadie la cree. Y por nada del
mundo haría yo eso. No; voy a separarme por completo de sus dos
vidas. Mi venida aquí ha sido un error… Anoche lo descubrí.

LORD WINDERMERE.— Un error fatal.


MISTRESS ERLYNNE.— (Sonriendo.) Casi fatal.

LORD WINDERMERE.— Ahora siento no habérselo dicho todo a


mi mujer inmediatamente.

MISTRESS ERLYNNE.— Deploro mis malas acciones. Y usted


deplora las suyas buenas… Ésta es la diferencia entre nosotros.

LORD WINDERMERE.— No tengo confianza en usted. Quiero


decírselo a mi mujer. Es preferible para ella saberlo; para ella y para
mí. Le causará una pena infinita…, la humillará terriblemente; pero es
justo que lo sepa.

MISTRESS ERLYNNE.— ¿Piensa usted decírselo?

LORD WINDERMERE.— Voy a decírselo.

MISTRESS ERLYNNE.— (Yendo hacia él.) Si lo hace usted,


envilecerá de tal modo mi nombre que enlodaré cada momento de su
vida. La arruinaré y la haré despreciable. Si se atreve usted a decírselo,
no hay abismo de degradación en que no me hunda, ni precipicio de
vergüenza en que no caiga. Usted no se lo dirá… ¡Se lo prohíbo!

LORD WINDERMERE.— ¿Por qué?

MISTRESS ERLYNNE.— (Después de una pausa.) Si le digo a


usted que me intereso por ella y que incluso la amo…, se burlará usted
de mí, ¿verdad?

LORD WINDERMERE.— Tendría la sensación de que no era


cierto. El amor materno quiere decir fervor, desinterés, sacrificio. ¿Qué
puede usted saber de estas cosas?

MISTRESS ERLYNNE.— Tiene usted razón. ¿Qué puedo yo saber


de esas cosas? No hablemos más de ello… En cuanto a decirle a mi hija
quién soy, eso no se lo permito. Es mi secreto y no el de usted. Si me
decido a decírselo a ella, y creo que lo haré, se lo diré antes de
abandonar esta casa… Si no, no lo sabrá nunca.

LORD WINDERMERE.— (Coléricamente.) Entonces permítame


que le ruegue que salga de esta casa inmediatamente. Yo la disculparé
con Margarita.

(Entra LADY WINDERMERE por la derecha. Se dirige hacia MISTRESS


ERLYNNE con la fotografía en la mano. LORD WINDERMERE se coloca
detrás del sofá y vigila con ansiedad a MISTRESS ERLYNNE en el curso
de la escena.)

LADY WINDERMERE.— Siento mucho, mistress Erlynne, haberla


tenido esperando. No encontraba la fotografía por ninguna parte. Al
final la descubrí en el cuarto de vestir de mi marido… Me la había
robado.

MISTRESS ERLYNNE.— (Coge la fotografía y la contempla.) No


me extraña… Es encantadora. (Se dirige hacia el sofá con LADY
WINDERMERE y se sienta junto a ella.) ¡Y éste es su hijito! ¿Cómo se
llama?

LADY WINDERMERE.— Gerardo; por mi querido padre.

MISTRESS ERLYNNE.— (Dejando la fotografía.) ¿De verdad?

LADY WINDERMERE.— Si hubiera sido una niña, le habría puesto


el nombre de mi madre. Mi madre se llamaba igual que yo: Margarita.

MISTRESS ERLYNNE.— También yo me llamo Margarita.

LADY WINDERMERE.— ¿De veras?

MISTRESS ERLYNNE.— Sí. (Pausa.) Me ha dicho su marido, lady


Windermere, que siente usted devoción por la memoria de su madre.

LADY WINDERMERE.— Todos tenemos ideales en la vida. Por lo


menos, todos debiéramos tenerlos. El mío es mi madre.

MISTRESS ERLYNNE.— Los ideales son siempre peligrosos. Son


preferibles las realidades. Hieren, pero son preferibles.

LADY WINDERMERE.— (Moviendo la cabeza.) Si perdiese mis


ideales, lo habría perdido todo.

MISTRESS ERLYNNE.— ¿Todo?

LADY WINDERMERE.— Sí.

(Pausa.)
MISTRESS ERLYNNE.— ¿Su padre le hablaba a usted a menudo
de su madre?

LADY WINDERMERE.— No; le producía demasiada pena. Me dijo


que mi madre murió pocos meses después de nacer yo. Y sus ojos
estaban anegados en lágrimas mientras hablaba. Luego me suplicó que
no volviera nunca a mencionar su nombre delante de él. Sólo oírlo le
hacía sufrir. Realmente, mi padre…, mi padre…, murió con el corazón
desgarrado. No he conocido vida más destrozada que la suya.

MISTRESS ERLYNNE.— (Levantándose.) Tengo que irme ya, lady


Windermere.

LADY WINDERMERE.— (Levantándose.) ¡Oh, no!

MISTRESS ERLYNNE.— Creo que será mejor. Ya debe de haber


vuelto mi coche. Lo mandé a casa de lady Jedburgh con unas letras.

LADY WINDERMERE.— Arturo, ¿quieres ver si ha vuelto el coche


de mistress Erlynne?

MISTRESS ERLYNNE.— Le ruego que no se moleste, lord


Windermere.

LADY WINDERMERE.— Sí, Arturo; ve, haz el favor. (LORD


WINDERMERE vacila un momento y mira a MISTRESS ERLYNNE. Esta
permanece impasible. Sale él de la habitación. A MISTRESS
ERLYNNE.) ¡Oh! ¿Qué podría yo decirle? Anoche me salvó usted.

(Va hacia ella.)

MISTRESS ERLYNNE.— ¡Bah! No hable usted de eso.

LADY WINDERMERE.— Debo hablar de eso. No puedo dejar que


crea usted que voy a aceptar su sacrificio. No puedo aceptarlo. Es
demasiado grande. Voy a decírselo todo a mi marido. Es mi deber.

MISTRESS ERLYNNE.— No es su deber…; o, por lo menos, tiene


usted deberes con otras personas además de con él. ¿No dice usted que
me debe algo?

LADY WINDERMERE.— Le debo a usted todo.

MISTRESS ERLYNNE.— Entonces pague usted su deuda con el


silencio. Es el único modo de poder pagarla. No eche usted a perder la
única cosa buena que he hecho en mi vida diciéndoselo a todos.
Prométame que lo ocurrido anoche seguirá siendo un secreto entre
nosotras. No debe usted ocasionar ninguna desgracia en la vida de su
marido. ¿Por qué destruir su amor? No debe usted destruirlo. El amor
se mata fácilmente. ¡Oh! ¡Qué fácilmente se mata el amor! Déme usted
su palabra, lady Windermere, de que no se lo dirá nunca. Insisto en ello.

LADY WINDERMERE.— (Con una inclinación de cabeza.) Ése es


su deseo, no el mío.

MISTRESS ERLYNNE.— Sí; ése es mi deseo. Y no se olvide nunca


de su hijo… Me gusta considerarla a usted como madre. Me gusta
pensar que lo es usted.

LADY WINDERMERE.— (Alzando la vista.) Ahora quiero serlo


siempre. Sólo una vez en mi vida he olvidado a mi madre… Fue anoche.
¡Oh! Si me hubiese acordado de ella, no hubiera sido tan necia, tan
mala.

MISTRESS ERLYNNE.— (Con un leve temblor.) ¡Bah! Anoche está


ya muy lejos.

(Entra LORD WINDERMERE.)

LORD WINDERMERE.— Su coche no ha vuelto aún, mistress


Erlynne.

MISTRESS ERLYNNE.— No importa. Tomaré uno de alquiler. No


hay nada tan respetable en el mundo como un coche típico de alquiler.
Y ahora, mi querida lady Windermere, tengo que despedirme de verdad.
(Yendo hacia el centro.) ¡Oh! Ahora recuerdo. Voy a parecerle a usted
absurda; pero sepa que fui anoche lo bastante tonta para llevarme de
su baile ese abanico del que me he encaprichado enormemente.
Dígame: ¿querría usted dármelo? Lord Windermere dice que puede
usted regalármelo. Ya sé que es un regalo que él le hizo.
LADY WINDERMERE.— ¡Oh! Ciertamente, se lo daré con mucho
gusto. Pero tiene puesto mi nombre «Margarita».

MISTRESS ERLYNNE.— Pero ¡si tenemos el mismo nombre!

LADY WINDERMERE.— ¡Oh! Lo había olvidado. Téngalo, claro es.


¡Qué extraordinaria casualidad que tengamos el mismo nombre!

MISTRESS ERLYNNE.— Realmente extraordinario. Gracias… Eso


hará que me acuerde siempre de usted.

(Se estrechan la mano. Entra PARKER.)

PARKER.— Lord Augusto Lorton. El coche de mistress Erlynne ha


llegado.

(Entra LORD AUGUSTO.)

LORD AUGUSTO.— Buenos días, querido. Buenos días, lady


Windermere. (Al ver a MISTRESS ERLYNNE.) ¡Mistress Erlynne!

MISTRESS ERLYNNE.— ¿Cómo está usted, lord Augusto? ¿Está


usted del todo bien esta mañana?

LORD AUGUSTO.— (Fríamente.) Completamente bien. Gracias,


mistress Erlynne.

MISTRESS ERLYNNE.— No tiene usted buena cara del todo, lord


Augusto. Se acuesta usted demasiado tarde…, y eso es malo para usted.
Realmente, debería usted cuidarse más. Adiós, lord Windermere. (Se
dirige hacia la puerta, haciendo una inclinación a LORD AUGUSTO. De
repente sonríe y vuelve la cabeza hacia él.) ¡Lord Augusto!, ¿quiere
usted acompañarme hasta el coche? Podría usted llevarme el abanico.

LORD WINDERMERE.— ¡Permítame!

MISTRESS ERLYNNE.— No; quiero que sea lord Augusto. Tengo


un recado particular para la querida duquesa. ¿No quiere usted
llevarme el abanico, lord Augusto?

LORD AUGUSTO.— Si lo desea usted realmente, mistress


Erlynne…

MISTRESS ERLYNNE.— (Riendo.) ¡Claro que sí! ¡Lo llevará usted


tan graciosamente!… Usted llevaría cualquier cosa graciosamente,
querido lord Augusto.

(Al llegar a la puerta se vuelve a mirar por un momento a LADY


WINDERMERE. Sus ojos se encuentran. Luego da media vuelta y sale
por el centro seguida por LORD AUGUSTO.)

LADY WINDERMERE.— No volverás ya nunca a hablar mal de


mistress Erlynne, ¿verdad, Arturo?

LORD WINDERMERE.— (Gravemente.) Es mejor de lo que podía


creerse.

LADY WINDERMERE.— Es mejor que yo.

LORD WINDERMERE.— (Sonriendo y acariciándole los cabellos.)


¡Niña! Tú y ella pertenecéis a mundos diferentes. En el tuyo no ha
entrado nunca la maldad.

LADY WINDERMERE.— No digas eso, Arturo. Este mundo es el


mismo para todos nosotros, y el bien y el mal, el pecado y la inocencia,
pasan por él cogidos de la mano. Cerrar los ojos a esa mitad de la vida
que puede uno vivir tranquilamente es como cegarse uno mismo para
poder pasear con más seguridad por un terreno lleno de abismos y de
precipicios.

LORD WINDERMERE.— (Llevándola cogida del talle.) ¿Por qué


dices eso, amor mío?

LADY WINDERMERE.— (Sentándose en el sofá.) Porque yo, que


había cerrado los ojos a la vida, he estado al borde de ese precipicio. Y
alguien que nos había separado…

LORD WINDERMERE.— Nosotros no hemos estado nunca


separados.
LADY WINDERMERE.— No debemos volver a estarlo. ¡Oh Arturo!
No me quieras menos y yo tendré en ti más confianza. Tendré una
confianza absoluta en ti. Vámonos a Selby. En la rosaleda de Selby hay
rosas blancas y rojas.

(Entra LORD AUGUSTO por el centro.)

LORD AUGUSTO.— ¡Arturo, me lo ha explicado todo! (LADY


WINDERMERE le mira horriblemente asustada. LORD WINDERMERE
se estremece. LORD AUGUSTO coge a WINDERMERE del brazo y le
lleva a las candilejas. Le habla de prisa y en voz baja. LADY
WINDERMERE, en pie, los vigila aterrada.) Chico, me ha explicado
todas esas malditas cosas. Hemos sido enormemente injustos con ella.
Fue a casa de Darlington exclusivamente por mi bien. Llamó primero al
club… y lo hizo queriendo sacarme de dudas…, y al decirle que me
había ido…, me siguió…, y asustada, naturalmente, al oír entrar a todos
los que íbamos…, se metió en otra habitación… Como ves, la cosa no
puede ser más satisfactoria para mí. Nos hemos portado brutalmente
con ella. Es precisamente la mujer que me conviene. La más adecuada
de la tierra. La única condición que impone es que vivamos siempre
fuera de Inglaterra. Una magnífica idea. ¡Malditos clubs, maldito clima,
malditos cocineros, maldito todo! ¡Estoy harto de todo!

LADY WINDERMERE.— (Asustada.) ¿Entonces…, mistress


Erlynne…?

LORD AUGUSTO.— (Adelantándose hacia ella y haciendo una


profunda reverencia.) Sí, lady Windermere… Mistress Erlynne me ha
hecho el honor de aceptar mi mano.

LORD WINDERMERE.— Pues es indudable que te casas con una


mujer muy inteligente.

LADY WINDERMERE.— (Cogiendo la mano de su marido.) ¡Ah!


¡Se casa usted con una mujer muy buena!

FIN DE «EL ABANICO DE LADY WINDERMERE»


ESTRENO Y REPARTO ORIGINAL

LONDRES: TEATRO ST. JAMES

Director: Mr. George Alexander

Febrero 22 de 1892

LORD WINDERMERE, Mr. George Alexander.

LORD DARLINGTON, Mr. Nutcombe Gould.

LORD AUGUSTO LORTON, Mr. H. H. Vincent.

MISTER CECILIO GRAHAM, Mr. Ben Webster.

MISTER DUMBY, Mr. Vane-Tempest.

MISTER HOPPER, Mr. Alfred Holles.

PARKER (mayordomo), Mr. V. Sansbury.

LADY WINDERMERE, Miss Lily Hanbury.

DUQUESA DE BERWICK, Miss Fanny Coleman.

LADY AGATA CARLISLE, Miss Laura Graves.

LADY PLYMDALE, Miss Granville.

LADY JEDBURGH, Miss B. Page.

LADY STUTFIELD, Miss Madge Girdlestone.

MISTRESS COWPER-COWPER, Miss A. de Winton.

MISTRESS ERLYNNE, Miss Marion Terry.


ROSALIA (doncella), Miss Winifred Dolan.
Programa del estreno en Londres el 22 de febrero de 1892
OSCAR WILDE. Oscar Fingal O’Flahertie Wills Wilde (Dublín,
Irlanda, entonces perteneciente al Reino Unido, 16 de octubre de 1854 -
París, Francia, 30 de noviembre de 1900) fue un escritor, poeta y
dramaturgo irlandés.

Wilde es considerado uno de los dramaturgos más destacados del


Londres victoriano tardío; además, fue una celebridad de la época
debido a su gran y aguzado ingenio. Hoy en día, es recordado por sus
epigramas, sus obras de teatro y la tragedia de su encarcelamiento,
seguida de su temprana muerte.

Hijo de exitosos intelectuales de Dublín, mostró su inteligencia


desde edad temprana al adquirir fluidez en el francés y el alemán. En
Oxford estudió en el curso de clásicos, llamado Greats; dio pruebas de
ser un prominente clasicista, primero en Dublín y luego en Oxford;
guiado por dos de sus tutores, Walter Pater y John Ruskin, se dio a
conocer por su implicación en la creciente filosofía del esteticismo.
También exploró profundamente el catolicismo −religión a la que se
convirtió en su lecho de muerte−. Tras su paso por la universidad se
trasladó a Londres, donde se movió en los círculos culturales y sociales
de moda.

Como un portavoz del esteticismo realizó varias actividades


literarias; publicó un libro de poemas, dio conferencias en Estados
Unidos y Canadá sobre el Renacimiento inglés y después regresó a
Londres, donde trabajó prolíficamente como periodista. Conocido por
su ingenio mordaz, su vestir extravagante y su brillante conversación,
Wilde se convirtió en una de las mayores personalidades de su tiempo.
En la década de 1890 refinó sus ideas sobre la supremacía del
arte en una serie de diálogos y ensayos, e incorporó temas de
decadencia, duplicidad y belleza en su única novela, El retrato de
Dorian Gray. La oportunidad para desarrollar con precisión detalles
estéticos y combinarlos con temas sociales le indujo a escribir teatro.
En París, escribió Salomé en francés, pero su representación fue
prohibida debido a que en la obra aparecían personajes bíblicos.
Imperturbable, produjo cuatro comedias de sociedad a principios de la
década de 1890, convirtiéndose en uno de los más exitosos
dramaturgos del Londres victoriano tardío.

En el apogeo de su fama y éxito, mientras su obra maestra, La


importancia de llamarse Ernesto seguía representándose en el
escenario, Wilde demandó al padre de su amante por difamación.
Después de una serie de juicios fue declarado culpable de indecencia
grave y encarcelado por dos años, obligado a realizar trabajos forzados.
En prisión, escribió De Profundis, una larga carta que describe el viaje
espiritual que experimentó luego de sus juicios, un contrapunto oscuro
a su anterior filosofía hedonista. Tras su liberación partió
inmediatamente a Francia, donde escribió su última obra, La balada de
la cárcel de Reading, un poema en conmemoración a los duros ritmos
de la vida carcelaria. Murió indigente en París, a la edad de cuarenta y
seis años.

También podría gustarte