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Breve Historia de La Supersticion

El libro 'Breve historia de la superstición' de Stuart Vyse explora la evolución y el impacto de la superstición desde sus orígenes en la antigua Grecia hasta su persistencia en la sociedad moderna. A través de varios capítulos, se abordan temas como la superstición religiosa, su secularización, y la psicología detrás de estas creencias, concluyendo con reflexiones sobre su futuro. La obra destaca la paradoja de la superstición en un mundo científico y su continua relevancia cultural.

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Breve Historia de La Supersticion

El libro 'Breve historia de la superstición' de Stuart Vyse explora la evolución y el impacto de la superstición desde sus orígenes en la antigua Grecia hasta su persistencia en la sociedad moderna. A través de varios capítulos, se abordan temas como la superstición religiosa, su secularización, y la psicología detrás de estas creencias, concluyendo con reflexiones sobre su futuro. La obra destaca la paradoja de la superstición en un mundo científico y su continua relevancia cultural.

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Stuart Vyse

Breve historia
de la superstición
Título original: Superstition: A Very Short Introduction
Traducción de Manuel Cuesta Aguirre

Superstition: A Very Short Introduction ha sido publicada originalmente en


inglés en 2019. Esta traducción se publica por acuerdo con Oxford Univer-
sity Press. Alianza Editorial es la única responsable de la traducción de la
obra original y Oxford University Press no será responsable de ningún
error, omisión, imprecisión o ambigüedad en dicha traducción ni de cual-
quier problema derivado de la confianza depositada en Alianza Editorial.

Diseño de colección: Estudio de Manuel Estrada con la colaboración de Roberto


Turégano y Lynda Bozarth
Diseño de cubierta: Manuel Estrada
Ilustración de cubierta: Hombre cruzando los dedos
© ACI/Bridgeman Images
Selección de imagen: Carlos Caranci Sáez

Reservados todos los derechos. El contenido de esta obra está protegido por la Ley, que establece penas
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quienes reprodujeren, plagiaren, distribuyeren o comunicaren públicamente, en todo o en parte, una
obra literaria, artística o científica, o su transformación, interpretación o ejecución artística fijada en
cualquier tipo de soporte o comunicada a través de cualquier medio, sin la preceptiva autorización.

PAPEL DE FIBRA
CERTIFICADO

© Stuart Vyse 2019


© de la traducción: Manuel Cuesta Aguirre, 2022
© Alianza Editorial, S. A., Madrid, 2022
Calle Juan Ignacio Luca de Tena, 15
28027 Madrid
[Link]

ISBN: 978-84-1362-618-5
Depósito legal: M. 27.759-2021
Printed in Spain

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Índice

11 Prólogo
13 Agradecimientos

15 1. Los orígenes de la superstición


36 2. La superstición religiosa
64 3. La secularización de la superstición
94 4. La superstición en el mundo moderno
141 5. La psicología de la superstición
177 6. El futuro de la superstición

189 Bibliografía
203 Para seguir leyendo
209 Lista de ilustraciones
213 Índice analítico

7
Para mis padres,
Norma M. Vyse
y Arthur F. Vyse (1926-2010)
Prólogo

Cuando me pidieron que escribiera una Breve historia de


la superstición, me sentí honrado por la invitación y, al
mismo tiempo, un poco abrumado por la tarea que se
me presentaba, pues aunque la superstición es un tema
que nunca deja de fascinar y sobre el que se han escrito
infinidad de monografías y artículos académicos, ningún
libro había intentado ofrecer una visión de conjunto.
Cada una de las materias de que se ocupan los capítulos
que siguen ha dado lugar, en efecto, a toda una serie de
importantes volúmenes, y el lector interesado encontrará
muchos de ellos incluidos en la sección «Para seguir le-
yendo» que se encuentra al final de este; pero no existe
libro alguno –breve o largo– que haya tratado de contar
la historia de la superstición desde el principio hasta el
final. De manera que este pequeño proyecto conllevaba
una responsabilidad notable. Es complicado coger un
tema tan vasto y reducirlo para que quepa en un libro de

11
Breve historia de la superstición

bolsillo; ayudó a lograrlo, no obstante, la propia historia


de la superstición, que, si bien presenta numerosos giros
y vaivenes, sigue un arco coherente desde el comienzo de
la civilización hasta la actualidad. Como las páginas que
siguen revelan, mucho de lo que era el caso con la su-
perstición en tiempos antiguos sigue siéndolo hoy.
Parte de nuestra fascinación por la superstición viene
dada por el misterio y la paradoja que la acompañan. Ya
solamente por pertenecer a determinada cultura, todas
las personas aprendemos una serie de rituales encamina-
dos a atraer la buena suerte; pero a menudo no está cla-
ro cómo empezaron tales supersticiones, muchas de las
cuales son bastante elaboradas. El cuarto capítulo inclu-
ye un catálogo de algunas de las supersticiones más co-
munes y sus orígenes.
La paradoja de la superstición consiste, por su parte,
en que haya tanta gente con creencias supersticiosas. En
un mundo donde los frutos de la ciencia están todos a
nuestro alrededor, ¿por qué hay gente que sigue ponien-
do su fe en fuerzas mágicas? La psicología lleva bastante
tiempo tratando de contestar a esta pregunta, y en el
quinto capítulo resumo las conclusiones a las que ha lle-
gado.
Por último, el sexto capítulo se plantea el futuro de la
superstición. Parece improbable, en efecto, que el pen-
samiento mágico vaya a desaparecer en un futuro próxi-
mo, y su influencia en nuestros mercados comerciales no
ha hecho sino aumentar. En ese capítulo de cierre me
ocupo de los efectos que la superstición podría tener en
la sociedad durante las próximas décadas.

12
Agradecimientos

Estoy en deuda con una serie de colegas que leyeron bo-


rradores de este libro y me hicieron útiles comentarios;
valga mencionar a Eric Adler, Joseph Alchermes, Simon
Feldman, Yibing Huang, Dale B. Martin y los lectores
anónimos de la editorial. Mención aparte merece Frede-
rick Paxton, quien me brindó sus útiles consejos desde
el minuto uno. También quisiera agradecer el impagable
apoyo y la gran paciencia de amigos y familiares: Emily
Vyse, Graham Vyse, Norma Vyse, Keith Vyse, Kayo No-
naka, Gabby Arenge, Lynn Callahan, Jeff Callahan,
Langdon Hammer, Uta Gosmann, Gary Greenberg, Pe-
rry Susskind, Kevin Plummer, Gary Stoner, Alex Hybel,
Jan Hybel, Lee Hisle, Julie Worthen, Robert Gay, Sherri
Storms, Frederick Paxton, Sylvia Malizia, Ross Morin,
Simon Feldman, Kim Stillwell, Michael Reder, David Ja-
ffe, Rachel Boggia, Lindsay Crawford, Bill Campbell,
Kira Goldenberg y Rachel Dreyer. La guía de Jessica Pa-

13
Breve historia de la superstición

pin, mi agente literaria, resultó esencial, y en Oxford fue


un placer trabajar con Andrea Keegan, Jenny Nugee,
Edwin Pritchard, Dorothy McCarthy y Kayalvizhi Ga-
nesan.

14
1. Los orígenes de la superstición

Evitamos sentarnos en la fila 13 de un avión; tenemos un


tío que siempre lleva una piedra de la suerte en el bolsi-
llo; un amigo que ha puesto su casa a la venta entierra una
figurilla de plástico de san José en el jardín delantero con
la esperanza de que aparezca pronto un comprador. Ser
supersticioso no es el tipo de cosa de la que la gente pre-
sume; si miramos a nuestro alrededor encontramos, sin
embargo, que hay bastante superstición por ahí. Puede
parecer paradójico e irracional que la superstición persis-
ta en nuestro mundo moderno, pero lo cierto es que per-
siste. De hecho, a pesar del rápido avance de nuestra
comprensión del universo, la naturaleza y la enfermedad,
hay indicios de que las creencias supersticiosas no están
disminuyendo, sino en alza. Ni siquiera las personas con
mayor nivel educativo son inmunes a su influjo.
El concepto de superstición lleva acompañándonos
milenios, pero sigue sin haber acuerdo sobre su significa-

15
Breve historia de la superstición

do; tendemos a reconocer una superstición cuando la ve-


mos, como en los ejemplos de arriba. Si la superstición
tiene una connotación que aún perdura, se trata de una
connotación peyorativa. Prácticamente desde el princi-
pio, llamar a alguien supersticioso no era hacerle ningún
cumplido. Durante toda su historia, la superstición ha
sido un concepto transaccional que no tenía un significa-
do fijo propio, sino que cobraba sentido en contraste
con otra visión del mundo más aceptada. En paralelo a
las formas de gobierno y a los sistemas de creencias, han
ido cambiando también los objetos a los que se aplicaba
esta categoría. De donde resulta que la historia de la su-
perstición es, en buena medida, la historia de una pala-
bra y de los distintos modos en que la misma se ha em-
pleado.
El origen del concepto se encuentra en la antigua Gre-
cia –como mínimo, ya en el siglo iv a. C., y durante los
siguientes dos mil años la superstición se consideró lo
contrario de las prácticas religiosas que las élites reco-
mendaban–. La palabra a menudo se ha aplicado a prác-
ticas que, todavía hoy, consideraríamos mágicas o paranor-
males. Y sin embargo, en la actualidad se siguen cultivando
versiones de la mayoría de tales prácticas.

Magia, profecía y adivinación en el mundo antiguo

En muchas culturas antiguas, los chamanes, magos, he-


chiceros y profetas ofrecían al público artes adivinatorias
y otros servicios mágicos. Como parte de su trabajo, al-
gunos de aquellos chamanes alcanzaban estados de tran-

16
1. Los orígenes de la superstición

ce mediante sangrías, fumando tabaco o ingiriendo setas


alucinógenas.
Durante la dinastía Shang –ca. 1560-1050 a. C.–, e in-
cluso antes, la adivinación chamánica era asunto de
miembros de la familia gobernante que estaban en con-
tacto con los espíritus del más allá. El chamán recibía
ofrendas de comida y vino. Lo que se quería preguntar a
los espíritus del otro mundo se grababa en huesos de
animales o en caparazones de tortugas que se calenta-
ban hasta que se resquebrajasen. A menudo se creía que
quien transmitía el mensaje era un espíritu animal que se
elevaba hasta el cielo para hablar con los ancestros y los
dioses. Las grietas en el objeto que se calentaba ofrecían
pistas sobre qué depararía el futuro y cómo había de ac-
tuar el suplicante.
El más famoso de todos los métodos adivinatorios chi-
nos se describe en el I Ching, también conocido como
Libro de las transformaciones. Provisto de un manojo de
cincuenta palitos sacados de tallos secos de milenramas,
el adivino utilizaba un proceso aleatorio para determinar
una combinación llamada «hexagrama»: seis líneas hori-
zontales superpuestas, cada una de las cuales puede
ser continua o estar interrumpida en su mitad (véase la
­ilustración 1). Y cada uno de estos hexagramas llevaba
su comentario. Las versiones originales del Libro de las
transformaciones, texto que data del primer milenio a. C.,
se escribían en tiras de bambú que se ensamblaban de
manera que formasen rollos o libros. El I Ching fue muy
usado durante miles de años en China, y se sigue estu-
diando en la actualidad. El famoso psiquiatra suizo Carl
Jung (1875-1961) estaba fascinado con esta obra porque

17
Breve historia de la superstición

consideraba que la manipulación de los palitos de milen-


rama abría una ventana al subconsciente de la persona
en cuestión.

1. El hexagrama Chun del I Ching («Libro de las transformaciones»)

Nuestra actual palabra «mago» deriva del persa anti-


guo maguš, voz que se encuentra asimismo en el origen
de la palabra castellana «magia» o de la inglesa magic.
En la antigua Persia, los magos eran sabios profesiona-
les que se dedicaban a diversas formas de adivinación,
por ejemplo la interpretación de los sueños, la astrolo-
gía, la lectura del vuelo de los pájaros y la nigromancia
(práctica consistente en vaticinar mediante la invoca-
ción de los muertos). En Los persas de Esquilo, trage-
diógrafo ateniense del siglo v a. C., un coro de ancianos
conjura al fantasma de Darío, padre de Jerjes, que es
quien ocupa el trono persa en la tragedia. Darío se apa-
rece, expresa su disconformidad respecto de la hybris o
desmesura de su hijo y lanza el vaticinio de que Jerjes
será derrotado en el campo de batalla, profecía que ter-
mina cumpliéndose.
En el antiguo Egipto, la magia estaba bien integrada
en el gobierno y la religión. La mayor parte de los magos
egipcios antiguos pertenecían, en efecto, a la casta sacer-
dotal; es decir, que no eran magos o chamanes indepen-

18
1. Los orígenes de la superstición

dientes. Los templos en que se rendía culto a los dioses


estaban a cargo de los correspondientes sacerdotes, que
a menudo se dedicaban a la magia. Los textos mágicos
egipcios que han llegado hasta nosotros apuntan a que
estos magos-sacerdotes ofrecían conjuros que a menudo
procuraban la ayuda de los dioses. Uno de los profesio-
nales egipcios de la magia más eminentes fue el príncipe
Caemuaset, el cuarto hijo de Ramsés II (1279-1213 a. C.)
y la reina Isis-Nefert. Caemuaset fue un famoso sacerdo-
te y coleccionista de objetos mágicos, entre ellos muchos
poderosos amuletos. También reunió una biblioteca de
libros de conjuros.
La mitología y la historia griegas están llenas de profe-
tas, oráculos y videntes que poseían diversos poderes so-
brenaturales. En la tragedia de Sófocles Edipo rey, el adi-
vino ciego Tiresias revela que Edipo ha asesinado al
anterior rey de Tebas. Edipo inicialmente rechaza el va-
ticinio, ridiculizando a Tiresias y tachándolo de sacerdo-
te mendicante y de charlatán a quien únicamente motiva
el dinero. Luego descubre, sin embargo, que el adivino
ciego tenía razón y que de hecho Layo, el anterior rey de
Tebas, era su padre.
Según varios autores, Pitágoras, el filósofo griego del
siglo vi a. C. a quien se atribuye el famoso teorema, tenía
una serie de dotes sobrenaturales. De él se decía, igual
que de videntes de otras culturas, que había descendido
al inframundo, de donde habría regresado con una sabi-
duría especial. También se le consideraba capaz de bilo-
carse, esto es, de aparecer en dos ciudades diferentes en
el mismo día y a la misma hora. Asimismo se afirmaba
que Pitágoras tenía un notable control de los fenómenos

19
Breve historia de la superstición

naturales, pudiendo predecir terremotos y sofocar pes-


tes, granizadas y tempestades.
En la República, Platón presenta a los sacerdotes men-
dicantes como mercachifles inmorales que acudían a las
casas de los ricos buscando dinero. Cuando sus clientes
habían cometido injusticias, estos profetas itinerantes les
ofrecían reparar la situación con sacrificios y ensalmos.
Y lo que es peor (a ojos de Platón): cuando aquellas per-
sonas acaudaladas se veían amenazadas por algún ene-
migo o rival, los sacerdotes en seguida se prestaban a
perjudicar a la parte contraria con hechizos y maldicio-
nes, sin importarles que semejantes castigos fuesen me-
recidos o no.
Muchos chamanes, hechiceros y magos de la Anti­
güedad se atribuían dotes especiales para curar enferme-
dades, compitiendo en ocasiones con médicos reconoci-
dos. Los papiros manuscritos que conservamos sugieren,
en efecto, que los antiguos egipcios alcanzaron unos co-
nocimientos médicos considerables: aunque su elenco
de intervenciones quirúrgicas era más bien limitado, de-
sarrollaron métodos para extraer fragmentos de hueso
y vendar heridas; asimismo empleaban numerosos ca­
taplasmas y medicamentos especializados que con fre-
cuencia contenían sangre o excrementos. Y sin embargo,
los sacerdotes y médicos que trataban problemas de sa-
lud también realizaban conjuros y ensalmos. Algunos sa-
cerdotes eran a la vez encantadores de escorpiones y afir-
maban tener poder sobre el dios escorpión y ser capaces
de proteger a sus pacientes contra ataques de escorpio-
nes y serpientes. En ocasiones, un tratamiento de carác-
ter más práctico iba acompañado de un hechizo. La

20
1. Los orígenes de la superstición

miel, por dar un caso, se solía aplicar en quemaduras y


heridas, y este uso era normal que se combinara con un
«conjuro para la miel» encaminado a prevenir infeccio-
nes. Las técnicas mágicas eran especialmente comunes
cuando no se disponía de un tratamiento más práctico.
Los métodos habituales de arreglar huesos, por ejemplo,
no implicaban expedientes mágicos, pero el tratamiento
del dolor de cabeza sí.
En Grecia, una obra atribuida al gran médico Hipó-
crates (ca. 460-370 a. C.), pero probablemente no escrita
por él, contiene una feroz invectiva contra los sacerdotes
mendicantes, a los que se tacha de charlatanes que se
atribuían falsamente la capacidad de influir en los dio-
ses. En lugar de acercarse a estos de las maneras piado-
sas tradicionales –visitar templos, hacer ofrendas y re-
zar–, los sacerdotes mendicantes defendían la postura
disparatada –a juicio del autor hipocrático– de que las
enfermedades eran obra de una serie de dioses y de que
ellos, los sacerdotes, podían influir en las divinidades.
Frente a esto, Hipócrates sostenía que ningún dios con-
creto infectaría nunca a nadie con ninguna enfermedad,
y que un griego verdaderamente piadoso jamás intenta-
ría influir en los dioses más allá de los métodos tradicio-
nales de expresar devoción. Naturalmente, la frontera
entre la práctica médica reconocida y los expedientes de
los sacerdotes mendicantes a menudo era difusa, por lo
que cabe enmarcar esta crítica hipocrática en una guerra
jurisdiccional entre gremios profesionales.
En general, los autores griegos y romanos no tenían un
concepto demasiado positivo de la magia y sus cultores. La
magia con frecuencia se presentaba como una forma de in-

21
Breve historia de la superstición

vasión extranjera que introducían en la sociedad visitantes


foráneos. Plinio el Viejo, autor romano del siglo i d. C.,
postuló que la magia se había originado en Persia con los
antiguos zoroástricos. Del mismo modo, en los mundos
griego y romano, Egipto se consideraba una fuente de ma-
gia particularmente caudalosa. El uso que los antiguos
egipcios hacían del papiro, así como sus elaborados proce-
sos de momificación y enterramiento, a los griegos se les
antojaban exóticos y misteriosos; les parecía que aquel
pueblo tenía acceso a saberes esotéricos. Como el propio
término de «sacerdotes mendicantes» sugiere, a los hechi-
ceros y chamanes normalmente se los asociaba con las cla-
ses bajas. Plutarco y otros autores ridiculizaban a tales cha-
manes, llamando la atención sobre la obvia contradicción
de la situación en que estos se hallaban. Si eran capaces de
atraer la buena suerte, ¿por qué eran tan pobres?

Maldiciones y hechizos

Además de la magia que requería de un intermediario


profesional, en el mundo antiguo también era frecuente
que la gente llevase a cabo sus propias prácticas sobrena-
turales privadas. Y como las maldiciones y los hechizos
implicaban diversos materiales que se han conservado
hasta nuestros días, tenemos una idea bastante aproxi-
mada de en qué consistían aquellas prácticas. El primer
hechizo que conservamos data del siglo vi a. C., y este
uso de maldiciones encaminadas a conjurar o restringir
los actos de un individuo determinado se mantuvo has-
ta los primeros siglos de nuestra era.

22
1. Los orígenes de la superstición

El soporte más habitual de los hechizos que han llega-


do hasta nosotros son las tablillas de plomo (véase la
ilustración 2). El plomo era dúctil, no era caro y podía
estirarse sin dificultad, de modo que formase una delga-
da hoja que ofrecía una buena superficie sobre la que es-
cribir. El hechizo se grababa en el plomo con un punzón
de bronce –a menudo sobre ambos lados de la hoja–, y
luego lo normal era enrollar la tablilla y atravesarla con
agujas. Muchas de las tablillas parecen obra de escribas
o magos profesionales, pero también las hay que parecen
hechas por aficionados.

2. Tablilla de maldición encontrada en Londres.

Algunas maldiciones implicaban usos que son propios


de la magia llamada simpática, empática o imitativa: em-
pleaban, a la manera del vudú, una figurilla de forma hu-

23
Breve historia de la superstición

mana que con toda probabilidad confeccionarían magos


profesionales. Estas figurillas se hacían con barro, latón
o cera y solían representar, con las manos atadas a la es-
palda, a la persona a la que apuntaba el hechizo. En el
Museo del Louvre, en París, podemos ver una figura
de barro con forma de mujer atravesada por una serie de
agujas de cobre (véase la ilustración 3). La figurilla se en-
contró dentro de un recipiente de cerámica, junto a una
tablilla de maldición de plomo que llevaba escrito en
griego un conjuro de amor. Como en tantos otros conju-
ros amorosos, la idea era que la persona representada
por la figurilla concibiera o conservase deseo hacia la
persona que había encargado el hechizo. Aunque estas
figurillas solían atravesarse con agujas, el objetivo no era
matar o hacer daño al blanco del conjuro. Según las ins-
trucciones mágicas que encontramos en papiros egip-
cios, al clavar cada aguja se pronunciaban palabras como
estas: «Atravieso el estómago de Fulanita para que no
pueda pensar en nadie más que en mí».
Como los cementerios eran una especie de puerta al
inframundo, las tablillas de maldición y este tipo de figu-
rillas se solían colocar en tumbas o ataúdes. Los mensa-
jes que se escribían en las tablillas a menudo invocaban a
dioses –generalmente Hermes o Perséfone–, a espíritus
o a ancestros de los que se esperaba que llevasen a cabo
lo que se les pedía. La mayor parte de las veces, el obje-
tivo del hechizo era hacer daño a alguien sin matarlo, y
había toda una serie de situaciones que podían llevar a
un egipcio, a un griego o a un romano a servirse de esta
táctica. Entre los principales fines estaba atacar a un
competidor comercial para imponerse en el mercado, in-

24
1. Los orígenes de la superstición

3. Figurilla de barro empleada en un hechizo.

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