Colección
Argum entos
Colección dirigida por
uan de D io s G on zález lbarra
C uerpo y psicoanálisis
M a rth a P atricia E . A guilar M ed in a
M arco A ntonio M acías L ópez
(C oordinadores)
Primera edición: 2011
D IR E C T O R IO D E KA U N IV E R SID A D
AUTONOM A D E Q U E R L T A R O
Rector M. en A. Raúl Iturralde Olvera
Secretario Académico Dr. Guillermo Cabrera Ixipcz
Dirccif r de la Facultad de Psicología M D.H. Jaime E Rivas Medina
Encargada del Departamento de la
Secretaria de Extensión Universitaria I j c D ora Ehzabeth González
Coordinador de Publicaciones M. en H. Sergio Rivera G uerrero
Reseñados todos los derechos conforme a la ley
D.R. COI niversidad Autónoma de Querétaro
Centro Universitario
Cerro de las Campanas s/n
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\v. Hidalgo No. 4-'-b, Colonia Del Carmen
Deleg. Coyoacán, 04100, México, D. F.
Tels. 5659*7117 y 5659*79‘ 8 Fax 5658*4282
F.mail:
[email protected]www.fontamara.com.mx
ISBN 978-607-7971-16-0
Impreso y hecho en México
Pnn/ed and madt in M ixu o
En memoria de nuestra entrañable compañera
y amiga Dra. Janis Elizabeth Pacheco Pérez
y con todo nuestro cariño
para sus hijos Mariana y Daniel
Prólogo
Tener un cuerpo implica haberse apropiado de él en alguna medi
da, aunque siempre queden restos inasibles. El cuerpo humano, a di
ferencia del animal, es el lugar de escritura de demandas que provie
nen del Otro, ésa es una condición de posibilidad de la subjetivación
y del enlace entre carne y significante. El cuerpo, así, se erogeniza, se
humaniza, deja de ser fisiología pura. La dimensión fisiológica del
cuerpo humano no funciona de modo independiente respecto del or
den significante.
Freud se interesó por el cuerpo muy tempranamente, desde su
Proyecto de una psicología para neurólogos encontramos importan
tes matrices de sus desarrollos posteriores. Ahí, analiza las vivencias
de satisfacción y de dolor como dos condiciones básicas para la for
mación de los primeros juicios que darán origen al yo. También, en
sus historiales clínicos, nos deja ver su aguda escucha y su atención al
significante en los modos en que interviene el cuerpo en la conversa
ción de la sesión clínica y en las formas de enunciar los síntomas que
tenían las pacientes llamadas histéricas. Desde la talking cure de Ber-
tha Papenheim, encontró la relación que parecía derivar el sufrimien
to del cuerpo a la palabra.
La imagen del cuerpo es un aspecto que Freud cercó en su obra so
bre el sueño de muy diversas maneras, ya fuera para explicar el papel
del cuerpo, en su forma exterior y en sus órganos interiores, en la
elección de ciertos símbolos en el sueño, o sea, para plantear cómo el
soñante está diversamente representado en los actores de la película
9
onírica. La imagen del cuerpo le interesó también en la pintura; recor
demos, por ejemplo, el estudio que dedicó a un cuadro de Da Vinci.
Más tarde en su obra El Yo y el Ello. planteó: “El yo es sobre todo
una esencia-cuerpo, no es sólo una esencia-superficie, sino, é\ mismo,
la proyección de una superficie”. Para Freud, el cuerpo propio es en
acto interno-externo, producto de una síntesis que lo recorta como
algo diferenciado. La pulsión, uno de los principales conceptos psi-
coanalíticos freudianos, fue concebida precisamente en una situación
fronteriza entre lo psíquico y lo somático. Los agujeros del cuerpo,
como lugares sede de intercambios con otro-semejante, son suscepti
bles de devenir zonas erógenas y en ese sentido son asiento pulsional.
entran en el circuito de las palabras y las fantasías.
La pulsión, decía Lacan, se expresa por giros lingüísticos, únicos,
singulares Se trata de una sintaxis imposible de generalizar. Pero esa sin
taxis está afectada por un nuevo orden económico y político que
afecta las formas mismas en que el cuerpo es vivido. La imagen del
cuerpo, dijo Lacan, es la matriz simbólica en la que se entrecruzan Je
w
y Moi.
Las posibilidades de apropiación del cuerpo no son ahistóricas.
I as demandas del Otro ayudan a historizaral infans, le proveen un lu
gar con sus discursos que recoge un estilo, un tiempo, y un espacio en
una cultura determinada. La apropiación de un cuerpo tampoco es
ajena a las concepciones políticas del cuerpo empleadas como metá
foras del orden social. Por ejemplo, entre los hindúes la metáfora del
cuerpo hizo posible sostener sin violencia las diferencias entre las
castas. Cada casta pro\ iene de una parte diferente del cuerpo de Brah-
ma y así se explican la diferencia. En otro tiempo y lugar, Pablo se di
rige a los efesios empleando la metáfora del cuerpo para lo social y a
C risto como cabeza. Si lo social es un cuerpo, la búsqueda es de uni
dad. y si la cabeza es una sola, se espera que el cuerpo obedezca sus
mandatos. Ésta es una metáfora tan antigua como los primeros tiem
pos del cristianismo, pero su uso durante el virreinato fue un recurso
para prolongar la colonización. La cabeza del cuerpo social era el rey.
Las consecuencias de la utilización política de esta metáfora siguen
recreando el imaginario colectivo. Esta imagen atravesó el discurso
sobre la lamilla. Se dice que el padre es la cabeza de familia. La idea
del amo se recrea en muv diversas metáforas.
10
Las concepciones del cuerpo, los tabúes que han dominado sobre
el cuerpo en cada momento histórico y su transmisión en discursos
han producido muy diversas prácticas, sean rituales, terapéuticas o
punitivas. Dichas concepciones han creado también peinados y mo
dos y modas del vestir, formas de esconder o exhibir distintas partes
del cuerpo en diversas épocas, lisos discursos han producido muy di
versos objetos y tecnologías y una gama amplia de síntomas o formas
de gozar del cuerpo propio y del cuerpo del semejante. También cabe
decir que cada momento histórico tiene sus aberraciones, sus torturas
y sus crímenes de los que el cuerpo se hace objeto, así como diversos
tratamientos para los restos mortales.
Hoy en día, los discursos sobre el cuerpo están afectados por un
orden macrosocial que va más allá del Estado-nación: la economía
neoliberal-global ordena formas de intercambio social y de consumo,
dicta cuáles son las necesidades y cómo han de ser atendidas por mer
cancías. Cree saber los deseos, ordena formas de mirar y concebir al
cuerpo, de disciplinarlo, de ofrecerlo a la vista, de engendrar bebés
médicamente asistidos, de modelaje a través de la cirugías plásticas,
de blanquear el rostro para explotar las minusvalías fabricadas por la
idea de razas superiores cuyo constructo lleva varios siglos.
El cuerpo ha devenido cada vez más una mercancía y es “perche
ro” de numerosas mercancías. El cuerpo es el eje del consumo para lo
que lleva dentro y para lo que lo envuelve, sea piel, moda o tecnolo
gía. La mercantilización del cuerpo no deja nada sin reinsertar en el
circuito como mercancía, por ejemplo, el uso de las cenizas mortuo
rias para la creación de diamantes. Esta mercantilización de la condi
ción humana tiene muy diversos efectos en la subjetiv idad.
En este libro se reúnen trabajos en cuya diversidad de miradas re
side su interés. Este proyecto de reunir en una edición enfoques dis
tintos sobre el tema del cuerpo responde al pedido de que los docentes
se constituyan en un cuerpo académico y compartan lineas afines en
la investigación. Esta demanda del Otro llamado Secretaria de Edu
cación Pública-, como toda demanda del Otro, no deja de presentar
enigmas y no deja de tener muy diversos efectos en las universidades
públicas, pues la creación de los cuerpos académicos no nace de los
propios docentes, sino de las autoridades gubernamentales. Su orga
nización es de algún modo disiónica con la tradicional organización
II
burocrática de las universidades, si compartimos el análisis de Tirso
Suárez Núñez y Leonor López Canto.1
Los trabajos que aquí se exponen plantean muy diversas maneras
de analizar la implicación del cuerpo en la clínica analítica, sea la
sexualidad, la sexuación, la vida reproductiva, el dolor, el grupo como
cuerpo, los discursos sobre el cuerpo, la pulsión, las prácticas eróti
cas, los síntomas que comprometen de una u otra forma al cuerpo, y
los efectos que el ultraliberalismo tiene sobre éste. Sus autores son
clinicos practicantes del psicoanálisis y docentes e investigadores
universitarios que desde la singularidad de sus miradas buscan una
plataforma que sea condición de muchos diálogos y debates posibles.
Si lo plural y lo diverso hace cuerpo o no, será tarea del modo
como circulen esos discursos en la medida que procuren espacios de
reflexión para que los alumnos, que en esta Universidad Autónoma
de Querétaro se forman, puedan apropiarse de los saberes en que me
jor se sientan concernidos y alimenten con su entusiasta curiosidad y
su crítica la incesante renovación de lo que ignoramos, pues la igno
rancia situada como deseo de saber es el motor de la investigación.
Enhorabuena por este nuevo libro que hace cuerpo en el sentido de
la física; y puesto que en todo nacimiento se hacen votos, formulo mis
mejores votos porque este cuerpo-libro pueda crear muchos lazos,
porque no hay cuerpo n lazo social.
Dra. A ra cfx i C o l ín C a b r k r a
Los cuerpos académicos en la organización de las universidades públicas mexica
nas , en Ingeníenos, núm. 31, \ol IX, Universidad Autónoma de Nuevo León, abril-junio.
El cuerpo, escenario del masoquismo
Muritc Colovini
En la época feudal nosotros creíamos que la sinceridad
moraba en nuestras entrañas)’que si teníamos necesidad
de mostrarla, debíamos abrirnos el vientre y poner al
descubierto nuestra sinceridad de modo visible
Mishima
El sepuku, ritual japonés, demostración de una verdad de las entra
ñas. Verdad que se hace visible al abrir el vientre. Operación topoló-
gica de corte necesaria en un cuerpo -fetiche, un cuerpo preparado
como objeto de sacrificio.
¿Qué verdad era necesario hacer visible para Mishima? ¿Se ofrece
Mishima como objeto a cambio de la verdad?
Si llegó a la belleza de su cuerpo para lograr realizar las palabras
de su abuela, con el corte de su vientre intenta hacer salir de allí lo que
no le permitía superar su clivaje. Muerte en belleza, muerte del gue
rrero. Mishima solicita a su esposa los honores de un guerrero. Pero
ofrece su sepuku a la mirada de un general, sustituto de la figura del
Otro, a quien dirige su suicidio, el Emperador, que había osado decir
que no era Dios.
¿Por qué apelaba al Otro para poner al descubierto su verdad de
modo visible?
No cabe duda de que Mishima intentó otros recursos, que a la luz
de su historia se demostraron fracasados: la constitución de un feti-
13
che, la escritura, el teatro, la máscara, el amor homosexual. Pero era
necesaria una operación sobre el cuerpo, un corte que lo librara de la
topología mortífera, la creación de una superficie que hiciera posible
la superación del clivaje insoportable.
¿Por qué el cuerpo?
Sin aquello que hace agujero no hay constitución posible del ima
ginario Un agujero es la condición misma de posibilidad de anudarse
a otras consistencias.
Desde que vemos que no somos un cuerpo, que sólo lo tenemos,
tenemos algo que no conocemos y a partir de ese momento tenemos
una idea del cuerpo, muy precisa, en cuanto que ese cuerpo fue pri
mero el lugar del falo, es decir, de un misterio que se puede aprehen
der. Olvidamos que somos “esc" cuerpo, ese que toma valor por la
significación fálica que nuestra madre pone amorosamente sobre no
sotros. Lo tenemos solamente sin comprender lo que representa, sal
vo que se trata de un misterio, el de un amor que ignora aquello que lo
traumatiza.
Es necesario un primer no, un rechazo a este primer amor, para
eludir esa cita mortífera del amor con la pulsión de muerte. Represión
primaria, que programa de inmediato una segunda.
I I niño se libera de esta alienación letal, confirmando su potencia
al padre, que será amado como precio de esta liberación.
Ahora bien, este segundo amor será también traumático porque la
potencia atribuida al padre es castradora, y porque tal potencia hace
de ese padre un seductor, un \ iolador potencial. El niño deberá renun
ciar a una parte de su goce a fav or del padre, preservando de esta for
ma su amor.
La represión de esta seducción traumatizante es el no querer saber
del sujeto para seguir amando y viviendo, a pesar del trauma.
Represión originaria, entonces, es la represión de la significación
tálica del cuerpo, lo que equivale a la castración materna. La repre
sión secundaria recae sobre el trauma que resulta de la delegación de
la potencia lalica al padre; corresponde a la castración por el padre.
, Qué encontramos en los orígenes sino un vacío? Un vacío que sin
lin toma todo y llama a algo. Un amor previo a cualquier elección de
objeto, que lleva en si la aspiración vacía. Un amor próximo al horror
de un vacio originario.
1 4
Así, el cuerpo de lo simbólico es incorporado a un cuerpo de car
ne, deviniendo entonces un cuerpo que habla. Porque el soma está to
mado en la dialéctica irrealizante del sujeto.
El cuerpo, el que un sujeto tiene, porque olvida que es. no es un
dato de entrada, sino una realidad, que como tal se construye. Se
construye cuando sobre un organismo vivo hace su entrada la imagen,
encontrando en esta operación una fuente de malestar, puesto que el
organismo no se coordina con la imagen. Por otro lado, el significante
introduce el discurso en el organismo y, así, éste pierde cohesión.
Hace falta, entonces, que el significante introduzca el Uno.
El lenguaje es cuerpo, y cuerpo que da cuerpo. Ese cuerpo al que
llamamos “mío” nos es dado por el lenguaje. El lenguaje nos atribuye
un cuerpo y nos lo otorga al unificarlo. El cuerpo se presenta a recibir
la marca significante, a ser un lugar de inscripción a partir de lo cual
podrá ser contado como tal. El sujeto es el efecto del encuentro del
cuerpo con las palabras. Este encuentro deja marcas de corte como
ecos del decir. La pulsión recorta bordes en el cuerpo devenido eróge-
no, verdadera operación topológica, de la que surge el sujeto y el ob
jeto a. Un corte, por definición, supone una separación y un despren
dimiento, que constituye lo que conocemos como pieza separada.
Ahora bien, no todo trazo tiene esta consecuencia, pues no todo trazo
cumple con la condición mínima de ser cerrado. I lay trazos que sutu
ran, porque el trazado de la pulsión es de ida y vuelta, produce aguje
ro, y éste define una superficie. Y el sujeto es segundo respecto del
trazado estructural. Según Lacan, esta un grado abajo de la estructura
que define el cuerpo.
Por existir, el sujeto está en posición masoquista respecto del goce.
9
Hay un masoquismo primordial por el hecho de que el goce existe.
Este es erógeno, masoquismo del goce.
El cuerpo conserva una cantidad de dolor constante. I s la parte de
pulsión de muerte que no se descarga en los objetos y permanece en el
organismo, con lo que escapa a la protección de la libido narcisistica
y se mantiene con la ayuda de la coexcitación sexual.
El cuerpo, antes de devenir en superficie, antes de ser marcado por
el significante, es pura sustancia gozante, objeto del goce del Otro, es
él mismo objeto de goce. Este cuerpo, escenario del masoquismo eró-
geno, debe ser olvidado por la acción de la represión primaría. Ahora
bien, ¿qué sucede si no se produce este rechazo originario? Es un más
15
allá del principio del placer, objetivo de goce sin tope. Reencuentro
del punto de anclaje de lo simbólico en su emergencia, antes de que
temían vigencia sus efectos de corte. Objetivo de un Otro no barrado,
garante de la unidad mítica del sujeto, para evitar la Spaltung, ese
efecto del significante.
Goce del órgano, goce arrancado al órgano, material del forza
miento de la castración. Encarnación del goce, figura del perverso.
Juego con los limites del cuerpo, impuesto por la renegación. Bús
queda de das Ding real anterior al tiempo del sujeto, inclinación de
toda perversión.
Al hacerse objeto del goce del Otro, el masoquista desaparece
como sujeto. Así. se presenta como hiancia la distancia entre la exis
tencia del sujeto y lo que puede experimentar en su cuerpo. Esta hian
cia es el resorte del masoquismo y del sadismo. La revelación que el
perverso no tolera es la eyección del ser viviente empujado a objeto.
El cuerpo, sede del masoquismo erógeno, opera como escenario
privilegiado de la escena masoquista.
El placer de órgano es el modo de satisfacción de las pulsiones
parciales, encamado en diferentes lugares y regiones del cuerpo.
La excitación del órgano, fuente pulsional, es un acontecimiento
en sí mismo desorganizador. Sólo se hace viable cuando la pulsión le
asigna un objeto. Si esto no ocurre, es decir, si el corte pulsional no se
realiza en un trazo cerrado, la excitación del órgano produce un efec
to desorganizador que vira del placer al dolor. El dolor es una obje
ción interna a la economía del placer.
El dolor induce una pasivización que, en contraste con la actividad
de meta pulsional, puede hacer de esa pasividad una meta “casi” pul-
sional. El dolor hace solidarios el alma y el cuerpo, los enlaza amoro
samente. id dolor hace pasar del sí mismo al otro.
Para que el dolor ya no sea señal sino meta, es necesaria la puesta
en acción de la pulsión de muerte. Y así, hay placer en el sufrimiento.
Mishima atravesó una e apa de su vida en que el dolor le daba
pruebas de su existencia. Los esfuerzos físicos a que se sometía, in
cluso el dolor por el dolor mismo, pequeñas muertes, le permitieron
entrever otra escisión de su yo: esta vez, entre conciencia de sí mismo
• g
> existencia. C uando su cuerpo finalmente adquiere la forma bella
que lúe trabajando en su musculatura, ya no había guerra, ya no era
posible la muerte del guerrero". Y también, como la manzana, aspira
16
verse a sí mismo en exterior y en interior, para tener la prueba de su
perfección de ser.
Cortarse en dos, abrirse el vientre en el sepuku, unía su drama exis-
tencial con la tradición japonesa: sacar de las entrañas su sinceridad
visible, última garantía de buena fe.
Si el sueño es el guardián del deseo de dormir, la renegación guar
da el deseo de creer.
El corte en su vientre realizó finalmente una operación topológica.
Entonces, ¿pasaje al acto como único modo de situarse como sujeto?
Bibliografía
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Pommier, Gerard, El amor al revés, Buenos Aires, Amorrortu, 1997.
Sibony, Daniel, Perversiones, México, Siglo XXL 1990.
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E l c u e r p o en el f u n d a m e n t o d e l d e s e o
DE HIJO EN LA MUJER, UN DESVÍO
BIOLOGIZANTE EN LA TEORÍA
PSICOANALÍTICA A PARTIR DE FREUD
M. Teresa Torres V
Introducción
La ecuación simbólica pene-niño establecida por Freud como
fórmula definitoria de la sexualidad femenina, de acuerdo con la lógi
ca fálico-castrado, es uno de los problemas de la teorización freudia-
na criticado dentro y fuera del pensamiento psicoanalítico contempo
ráneo. La teoría falocéntrica de Freud coloca a la mujer en el lugar de
desear y envidiar un pene que no tiene, pero que al no renunciar a él,
sustituye por el anhelado hijo, homologando la pulsión y la envidia
como previas a la elección del objeto-penc=hijo. Tal ecuación simbó
lica es sostenida por Freud a lo largo de toda su obra y vuelta a plan
tear de manera definitiva e integrada en sus últimos trabajos dedica
dos a sus concepciones acerca de la diferencia sexual, a saber: Sobre
la sexualidad femenina (1931) y en su conferencia numero treinta y
dos titulada “La feminidad” (1932-1933).
¿Es el deseo de hijo,1 sustituto del pene y efecto del reconoci
miento de la diferencia anatómica de los sexos? La controversia ge
nerada ante la ecuación pene=niño ha dado pie a trabajos por parte de
analistas que, a partir su experiencia con mujeres en el ámbito clínico
(donde el deseo de tener un hijo se manifiesta de manera consciente y
1Se c\ ita el uso de la palabra ‘maternidad’ para diferenciar el deseo como aspiración,
del ejercicio del llamado malemaje (métodos de crianza de un bebé).
hasta vehemente), tienden a desvincular este deseo de la supuesta en
vidia de pene, y explicarlo por otras vías, tanto de orden cultural co
mo de carácter corporal y biológico, siempre apoyados en los textos
freudianos.
J. Laplanche ha señalado, desde hace ya algunos años, que en el
mismo Freud se encuentran las contradicciones, las represiones, los
olv idos, etcétera, que han favorecido que, en los desarrollos del pen
samiento psicoanalítico, todo pueda anclarse en lo expuesto por
I rcud. Es decir, en el permanente intento de apegarse al texto freu-
diano se ha descuidado el análisis de éste y se le ha tomado como el
argumento que valida cualquier planteamiento teórico, por el hecho
de haber sido escrito por Freud.
La env idia de pene, como móvil del deseo de hijo en la mujer, plan
teada por S. Freud, ha dado pie a discusiones que en el pensamiento
psicoanalítico se han centrado, hasta ahora, en el tema más amplio de
la sexualidad femenina. El énfasis de tales planteamientos no siempre
aborda el hecho de que se trata de una hipótesis de carácter psíquico
(por más que Freud la anclaría reiteradamente en factores del orden
de lo natural). Como lo hace notar S. Bleichmar, el deseo de hijo en
la mujer es un aspecto poco explorado de la teoría y de la clínica psi-
coanalítica, poi lo que consideramos que requiere de ciertas precisio
nes a fin de esclarecer su ubicación yv su consistencia teórica en el
pensamiento psicoanalítico.
I I título de este trabajo corresponde a otro más amplio que presen
te como tesis de doctorado, lo que ahora me permito proponer para su
discusión es el resumen del capítulo IV de dicho trabajo, teórico por
definición, pero movido como muchos otros por inquietudes clínicas:
el interés por la comprensión del deseo de hijo en la mujer como un
problema en la teoría psicoanalítica fue justamente el resultado del
trabajo con mujeres, tanto en la práctica privada como en la institu
cional, todas ellas con motivos de consulta diversos, centrados algu
nas veces en “el hijo que preocupa” o no: madres con hijos biológicos
o adoptados (con pareja o sin ella); mujeres a cargo de niños por ser
*t fr. Jean I aplanche, Suevos fundamentos para el psicoanálisis. La seducción origi
naria, Buenos Aires. Ainorrortu, 1987 ( 1989).
C Ir Sil\ la Bleichmar, La fundación de lo inconsciente Destinos de pulsión, destinos
iL Isujeto, Buenos Aires, Amorronu, 1993 Ñola de pie de página 15. cap. 3, “Lo arcaico,
•o originario, en situaciones de adopción".
madrastras, abuelas, tías o hermanas; hijas hablando de su madre o tu-
tora, o bien de su posibilidad de ser mamás en algún momento o cir
cunstancia. Todas ellas con sentimientos variados en torno a la mater
nidad, desde un anhelo consciente irrenunciable, pasando por la duda
consciente o ambivalencia manifiesta; hasta la decisión de no tener
hijos, ya sea por elegir otras opciones de vida o por la certeza interna
de su propia capacidad maternal. Mujeres sintiéndose con la obliga
ción de ser madres, que resienten la presión social o proyectan en ella
su negativa a sentir que reducen sus v idas a la innecesaria tarea repro
ductiva y al mismo tiempo experimentan la culpa, manifiesta o cons
ciente, respecto a dudar de su deseo maternal o ante la opción de la re
nuncia, cargar con el calificativo de “egoísta", el reproche de la propia
madre, la ausencia de privilegios, etcétera.
¿Es posible ser mujer sin pasar por la maternidad? ¿Se vale el sexo
sin reproducción? ¿No tener un hijo es quedarse castrada, masculina
o envidiosa del pene? ¿Se puede ser una madre diferente de la propia?
¿Qué sentido tiene traer niños a los que ni siquiera aire puro se les
puede garantizar, mucho menos un entorno social estable y confiable?
¿Es posible mantener una relación de pareja donde no haya hijos? ¿El
cuerpo que no cumple “su misión" estará condenado a algún tipo de
cáncer u enfermedad terminal? ¿Y si el cuerpo se niega? son sólo al
gunas de las preguntas explícitas e implícitas en sus discursos.
Los planteamientos en los diversos desarrollos psicoanalíticos en
torno al deseo de hijo en la mujer, \ opuestos a la teoría de la en\ idia del
pene, se centran en considerar el deseo de hijo como característica de
la feminidad, tomando como base el cuerpo de la mujer \ su función
reproductiva natural; la identificación con la madre > sus aptitudes
maternales; el anhelo de compensación amorosa de las carencias in
fantiles; la necesidad de confirmar la integridad corporal interior; un
logro del desarrollo psicosexual, y también como una forma de per
versión. A su vez, la ausencia de dicho deseo (que Freud calificaría de
masculinidad), o las dificultades psíquicas y físicas para su cumpli
miento son manifestaciones, o bien de la pulsión de muerte y de la en
vidia temprana, o bien de conflictos psíquicos de la mujer en relación
con su cuerpo y con a su feminidad, o como resultado de una mala re
lación madre-hija.
La importancia que para la mujer tiene el cuerpo y sus funciones,
así como su representación, ha dado pie a que, en gran parte de los dc-
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sarrollos teóricos psicoanal¡ticos,4 se considere la maternidad en ge
neral, y el deseo de hijo en particular, sustentados en la materialidad
biológica de la feminidad. A esos desarrollos teóricos los hemos de
nominado biologÍ7antes. con fines de exposición.
Por otro lado, quienes se han opuesto a tomar al cuerpo como pun
to de partida, han apelado a la imposición social de carácter ideológi
co que matiza las diferencias de género en la sociedad, por lo que el
rechazo consciente o inconsciente de la mujer para convertirse en ma
dre es una manifestación de su oposición al papel maternal que la so
ciedad le impone a partir de funciones tradicionalmente perpetuadas
y, desde luego, basándose en las características de su cuerpo. A estos
desarrollos los hemos llamado culturalistas.
Hemos anotado cómo en el pensamiento psicoanalítico existe una
fuerte tendencia a equiparar la sexualidad femenina con la materni
dad. de manera tal que desear un hijo y tenerlo no es más que la ma
nifestación de un importante logro del desarrollo psicosexual de la
mujer en plena identificación con su madre, y que, sobre todo, impli
ca la aceptación de su cuerpo y de su naturaleza. Tanto en las posturas
biologi/antes como en las culturalistas, si bien se sostiene el carácter
inconsciente del deseo de hijo, se insiste en que no le pertenece a la
mujer, sino que viene de su cuerpo o de la sociedad en la que vive,
respectivamente. F.n ninguna de las dos vertientes del pensamiento
psicoanalítico se excluye la manifestación consciente, por parte de la
mujer, de querer ser madre; sólo que en la vertiente biologizante se
tiende a considerar este deseo como resultado de un recorrido normal
a través del desarrollo, una vez que la niña haya atravesado por una
serie de situaciones que le permitirán aceptar su feminidad cuando
sea adulta y llegue a ser madre; en el caso de la vertiente culturalista,
la lutura mujer aprende a querer lo que se le impone cumpliendo los
deseos inconscientes de la madre o, por medio de ésta, de la sociedad.
Lo que está en juego es el origen del deseo, que no se resuelve con
denominarlo como inconsciente, pues al sostener que el cuerpo de la
mujer esta hecho para tener hijos y por eso los desea, el inconsciente
I tu ra. unes de hrevedad no se exponen aquí las discusiones en lomo a cada uno de
los textos revisados, pero que se incluyen en la bibliografía para facilitar su confrontación
con os mismos. Hemos de aclarar que como toda revisión, la nuestra puede estar ahora
desfasada de publicaciones posteriores a la terminación del escrito.
se ubica en el cuerpo. Pero, por otro lado, decir que el inconsciente es
una especie de herencia cultural resulta en una homogeneización que
niega precisamente la individualidad de las elaboraciones y represen
taciones psíquicas.
Ambas posturas están en el pensamiento psicoanalítico y respon
den a la pregunta sobre por qué las mujeres quieren o rechazan tener
hijos. Esto implica que las discusiones contrarias al falocentrismo
freudiano han ofrecido respuestas para un sinnúmero de situaciones
clínicas observadas y discursos de pacientes escuchados en análisis.
Vemos, a través del recorrido realizado, cómo la mayor parte de los
analistas estudiados nos confrontan con una serie de evidencias clínicas
donde el discurso consciente de la mujer, que se debate entre querer o
no ser madre, es el que se aborda e interpreta, tanto en las sesiones clí
nicas con la paciente en cuestión, como en los trabajos publicados.
Nos referimos a que en nuestro trabajo teórico somos una y otra vez
seducidos por los relatos clínicos, nos angustian los problemas socia
les y de salud pública asociados a la reproducción, nos preocupan te
mas como la libertad sexual, la identidad de género, pero, ¿qué tiene
que ver el psicoanálisis con todo eso?
Retomamos primero aquellas hipótesis (aunque se plantean como
verdades incuestionables) que priv ilegian el papel que tiene el cuerpo
de la mujer en el deseo de hijo. Desde luego que no es posible hablar
de ningún proceso psíquico que no se dé en una materialidad corpo
ral, si algo tiene la criatura humana al nacer es un cuerpo en funciona
miento, el cual es el objeto directo de los cuidados que prodigan los
adultos (generalmente la madre) para su subsistencia principalmente,
pero también para manifestar cariño y aceptación (al menos así se
presume que es).
Esos cuidados maternales han sido ampliamente ponderados, den
tro y fuera del pensamiento psicoanalítico, especialmente por su tras
cendencia en el funcionamiento psíquico de la pequeña cría. Es ahí
donde, creemos, la búsqueda de las explicaciones dinámicas del de
seo de hijo se ha perdido, pues se habla de las características materna
les ideales y de los factores que influyen para que la mujer aspire a ser
una buena madre porque ésa es su función natural.
El otro campo de interés para los psicoanalistas, es el de las moti
vaciones que tienen distintas mujeres, en circunstancias diferentes,
para reproducirse o evitar hacerlo. El valor clínico y social de la pu-
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