Todavía tengo guardados los cuadernos. Están en una caja, arriba en el altillo.
No
recuerdo cuándo fue la última vez que los abrí, pero sé que están ahí, sé que almacenan las
historias escolares de la nena que fui, que contienen la memoria que mi cuerpo ha ido
olvidando. También sé que las tapas están llenas de stickers, porque era la forma que tenía
de hacer mío algo que me resultaba ajeno. Dentro de esas páginas no podía pintar el cielo
de violeta, aunque así se veía en el atardecer; ni escribir las palabras con las lapiceras
rosas que me gustaban. Tampoco podía llenar los márgenes con mariposas de alas
enormes porque eso significaba que no estaba prestando suficiente atención.
Sin embargo, en esa caja, hay un cuaderno que es distinto: el cuaderno de un
proyecto que hicimos en tercer grado. En ese año, 2014, nuestra maestra fue Flavia. Con
ella, el aula cambió y el aire se llenó con otros sonidos: el murmullo tímido de la imaginación
se animó a quebrar la quietud del aire y se instaló entre nosotros, el papel empezó a crujir
bajo el peso de las historias que se asomaban por la punta de los lápices. Porque ese año,
después de las vacaciones de invierno, Flavia nos pidió que comenzáramos a escribir
nuestros propios cuentos. También nos dijo que luego tendríamos que leerlos frente a la
clase.
Al principio, eso me dio miedo: no me gustaba leer en voz alta, cada vez que
intentaba hacerlo, las palabras quedaban encarceladas dentro de mí. Tampoco me gustaba
escribir: mis letras, como puentes mal armados, parecían frágiles, amenazaban con caerse
y abandonar el renglón. Pero con el tiempo, ese temor inicial se disolvió. Un día, me animé
a levantar la mano y leí lo que había escrito. Al terminar, busqué con la mirada a la
maestra, y ella me devolvió una amable sonrisa.
Lo que inició como una tarea, se convirtió en diversión: en los recreos seguimos
escribiendo y leyendo nuestros cuentos, y los pasillos se llenaron de risas compartidas.
Alrededor de los bancos de madera, nos sentábamos y jugábamos a ser escritores,
soñábamos con ver nuestros nombres en la librería algún día. En esos recreos, y entre las
hojas rayadas, no solo nacieron historias, sino también amistades, que, como los cuentos,
querían quedarse para siempre .
En diciembre, tercer grado llegó a su fin y todos nos pusimos un poco tristes. Al año
siguiente, me iba a cambiar de escuela: la despedida con mis compañeros y con Flavia se
teñía con la incertidumbre de un nuevo comienzo.
La nueva escuela era mucho más grande y muy distinta a la anterior. En la entrada,
formados en fila, nos hacían rezar. Me había aprendido las oraciones y las recitaba de
memoria, aún sin comprender del todo qué significaban. Y a pesar de querer saber el
sentido, no preguntaba, porque nadie lo hacía. Había cosas que simplemente eran así. Y de
ese modo, aprendí a callar las dudas y me acostumbré a hablar con palabras prestadas.
La maestra de cuarto grado no sonreía como Flavia. Se enojaba con nosotros si no
recordábamos las tablas o si no habíamos estudiado para la lección. Además, nos hacía
leer a todos distintos párrafos de un mismo texto. Cuando mi turno se acercaba, repasaba
en silencio el fragmento que me había tocado. Lo leía una y otra vez, apretando los labios,
con temor a equivocarme
Ese año, el cuaderno de cuentos quedó guardado dentro de un cajón. Mi mamá me
había dicho que lo importante ahora eran las notas. Y yo me esforcé: aprendí las tablas,
estudié para cada prueba y aprobé matemáticas. Pero al año siguiente, otra vez había
olvidado el contenido.
Lo que había comenzado con Flavia, nunca desapareció del todo. Seguía
escribiendo, aunque ya nadie leía mis historias. Sin embargo, años más tarde, alguien
volvió a mirarme y pudo ver a través de mí las palabras que me habitaban.
Tenía trece años cuando Laura entró por primera vez a nuestro aula y nos dijo que
iba a ser nuestra profesora de Lengua. Me acuerdo que en ese momento, yo estaba
enojada con los profesores de Literatura: creía que sus clases solo servían para matar el
amor por la lectura porque los textos que mandaban eran demasiado aburridos. Cuando ese
mismo año nos dijo que íbamos a leer la Odisea, supuse -sin haber abierto el libro todavía-
que tenía razón. Le comenté a varias personas que ese año en la escuela íbamos a leer un
texto horrible.
Sin embargo, me había equivocado. Porque lo que yo no sabía, era que al
adentrarme en las páginas de esa historia estaba comenzando un viaje cuyo destino final
era un puerto mucho más lejano que Ítaca. Y tampoco sabía que Laura, con su alegría y su
entusiasmo, me iba a acompañar todo el trayecto.
Recuerdo una clase en particular. Habíamos leído una escena en la que Ulises
vuelve disfrazado a sus tierras, y nadie lo reconoce. Laura se detuvo un segundo y nos
preguntó: “¿Alguna vez se sintieron extranjeros en lugares conocidos?”. Nadie contestó
enseguida. Pero ella esperó, sin apuro y en silencio, hasta que comenzaron a asomarse las
primeras voces. Cuando terminó la hora, no solo habíamos hablado de Ulises: habíamos
hablado de nosotros, de las mudanzas, de las veces que nos sentimos distintos en los
lugares de siempre. Ese día tal vez no aprendimos mucho sobre los poemas épicos, pero
todos salimos con el pecho un poco más liviano. Por primera vez sentí que el aula podía ser
un refugio.
Además, me animé a sacar los cuentos que tenía guardados y decidí mostrarle uno
a nuestra profesora. Ella lo leyó con gran atención y, cuando terminó, levantó la vista y me
sonrió. Su sonrisa, acompañada de pocas palabras, fue suficiente para que yo entendiera
que la docencia no se trataba sólo de transmitir contenidos, sino de alumbrar el camino de
los alumnos, de confiar en ellos incluso antes de que reconozcan sus propias capacidades.
Tal vez por eso, pensé, por primera ve, que algún día, yo también podría enseñar. La pasión
de Laura había encendido en mí un deseo: el de poder compartir la literatura dentro de un
aula con otras personas y de ese modo ayudarlos a crecer. Hoy la recuerdo con un inmenso
cariño, porque ella sembró en mí algo que todavía sigue creciendo.