Benjamin critica a los historiadores que, como Fustel de Coulanges y Von Sybel, practican una
historia al servicio de los vencedores, repitiendo la postura del historicismo tradicional que
justifica el éxito como prueba de moralidad y legitimidad. En oposición a esta “empatía” con los
dominadores — que asocia con la *acedia*, la melancolía que conduce a la sumisión—, Benjamin
propone una lectura crítica del pasado, “cepillar la historia a contrapelo”.
Por lo tanto, cepillar la historia a contrapelo —fórmula de un enorme alcance historiográfico y
político-señala, en principio, la negativa a unirse, de una manera u otra, al cortejo triunfal que,
aún hoy, sigue pisando los cuerpos de quienes están en tierra. Como siempre en Benjamin, el
imperativo de “cepillar la historia a contrapclo” tiene una doble significación:
a) Histórica: se trata de ir a contracorriente de la versión oficial de la historia, oponiéndole la
tradición de los oprimidos. Desde ese punto de vista, la continuidad histórica de las clases
dominantes se percibe como un único y enorme cortejo triunfal, ocasionalmente interrumpido
por los levantamientos de las clases subalternas.
b) Política (actual): la redención/revolución no se producirá debido al curso natural de las cosas,
el “sentido de la historia”, el progreso inevitable. Habrá que luchar contra la corriente. Librada a
sí misma o acariciada en cl sentido del pelo, la historia sólo producirá nuevas guerras, nuevas
catástrofes, nuevas formas de barbarie y opresión.
VIII
Benjamin confronta aquí dos concepciones de la historia, con implicaciones políticas notorias
para el presente: la Benjamin contrapone dos visiones de la historia: una “progresista”, que ve el
avance hacia la libertad y la democracia como norma, y otra, que él defiende, basada en la
tradición de los oprimidos, según la cual la norma es la opresión y la violencia ejercida por los
vencedores. Estas concepciones responden de manera opuesta al fascismo: la primera lo
interpreta como una regresión momentánea, mientras que la segunda lo ve como la expresión
extrema y brutal de una opresión constante.
Benjamin, influido por Carl Schmitt, considera que el estado de excepción es parte esencial del
poder soberano, y que el fascismo, lejos de ser una anomalía, continúa la tradición dictatorial de
los poderosos. Sin embargo, su análisis no alcanza a captar la novedad radical del nazismo,
como el exterminio industrial, ya que estos horrores se desplegaron tras su muerte. Benjamin
también critica a la izquierda por subestimar al fascismo, interpretándolo como un fenómeno
arcaico, cuando en realidad era una forma moderna de dominación.
Benjamin critica al movimiento comunista oficial, especialmente al estalinismo, por subestimar al
nazismo, creyendo erróneamente que su dominio sería breve y fácilmente derrotado por las
fuerzas progresistas. A diferencia de esta visión ingenua, Benjamin entendió que el fascismo no
era un rezago del pasado, sino un fenómeno profundamente vinculado a la modernidad industrial
y capitalista. Rechaza la idea de que el progreso técnico e industrial sea incompatible con la
barbarie, denunciando esa ilusión como una causa de la incomprensión y derrota frente al
fascismo.
Para enfrentar efectivamente al fascismo, Benjamin propone una teoría de la historia libre de
ilusiones progresistas, capaz de revelar su verdadera naturaleza. Solo así, considera, será posible
fortalecer la lucha antifascista, cuyo objetivo final es instaurar el “verdadero estado de
excepción”: una sociedad sin clases ni dominación. Este estado utópico está anticipado en
rebeliones y carnavales, momentos en los que se invierte el orden establecido. Sin embargo,
mientras el carnaval es un breve paréntesis donde todo vuelve luego a la normalidad, el
verdadero estado de excepción busca abolir definitivamente toda jerarquía entre dominadores y
dominados.
IX
Benjamin proyecta sus sentimientos e ideas sobre el cuadro *Angelus Novus* de Paul Klee,
describiendo un ángel que mira hacia el pasado lleno de ruinas mientras es arrastrado hacia el
futuro por una tempestad, que simboliza el progreso. El Este fragmento analiza la visión trágica
de la historia que Walter Benjamin presenta a través de su *Ángel de la Historia*. El ángel desea
detenerse y sanar las heridas de las víctimas aplastadas por la acumulación de ruinas, pero es
arrastrado inexorablemente por una tempestad hacia la repetición del pasado, una cadena de
catástrofes crecientes.
Las ruinas de las que habla Benjamin no son vistas como un objeto de contemplación estética,
como en el romanticismo, sino como una imagen dolorosa de las masacres y catástrofes que la
humanidad ha sufrido. En su confrontación con la filosofía hegeliana de la historia, que justifica
las ruinas como momentos necesarios en el progreso de la humanidad, Benjamin invierte esta
visión. Para Hegel, la historia es una serie de sacrificios inevitables en el camino hacia la libertad
y la razón, pero Benjamin se opone a esta idea, proponiendo una mirada más crítica y
moralmente rebelde hacia las ruinas.
El concepto de "tempestad" en Benjamin, aplicado al Progreso, se refiere a una fuerza
destructiva e inevitable que arrastra a la humanidad hacia nuevas catástrofes. Esta metáfora
está inspirada tanto en el lenguaje bíblico, donde las tempestad está asociada a la destrucción
(como el diluvio o la destrucción de Sodoma y Gomorra), como en la ideología positivista, que ve
el Progreso como un fenómeno natural y necesario. Benjamin critica esta visión "naturalista" de
la historia, que busca descubrir leyes fijas para la sucesión de los eventos históricos.
La respuesta de Benjamin a esta tempestad es doble: religiosa y profana. En el ámbito religioso,
la solución es la intervención del Mesías; en el contexto profano, se trata de la Revolución. Según
Benjamin, la Revolución actúa como un freno de emergencia que puede interrumpir el avance
descontrolado del Progreso. Este concepto está relacionado con la noción de que, si la
humanidad permite que el "tren" del progreso siga su curso sin detenerlo, se precipitará al
desastre.