Introducción
La historia de Estados Unidos ha sido un experimento en el ejercicio de la
democracia desde hace más de 200 años. Las disyuntivas que enfrentó en
sus primeros años siguen siendo abordadas y resueltas hoy: gobierno
grande versus gobierno pequeño, derechos individuales versus derechos
de grupo, capitalismo sin restricciones versus comercio y trabajo
regulados, participación en el mundo versus aislacionismo. Las
expectativas siempre han sido grandes para la democracia de este país y la
realidad ha resultado a veces desalentadora.
Sin embargo, la nación ha crecido y prosperado en un proceso continuo de adaptación y
compromiso.
– Los editores
1. Los Inicios de Estados Unidos
En el apogeo de la Edad de Hielo más reciente, hace unos 35.000 años, gran parte del agua del
mundo estaba
atrapada en enormes capas de hielo continentales y un puente de acceso hasta de 1.500
kilómetros de ancho
comunicaba Asia con América del Norte. Hace 12.000 años ya vivían seres humanos en gran
parte del
hemisferio occidental.
Los primeros americanos cruzaron ese puente desde Asia y se cree que permanecieron miles de
años en lo
que hoy es Alaska. Después emigraron al sur, internándose en lo que más tarde sería Estados
Unidos. Se
asentaron a la orilla del Océano Pacífico en el noroeste, en las montañas y desiertos del
sudoeste y en las
márgenes del río Mississippi en el Medio Oeste.
Esos primeros grupos son conocidos como los hohokam, los adenanos, los
hopewelianos y los anasazis. Ellos fundaron aldeas y cultivaron el campo.
Algunos erigieron estructuras de tierra en forma de pirámides, aves o
serpientes. Su vida estaba estrechamente vinculada con la tierra, y su
sociedad se orientaba hacia el clan y la comunidad. Los elementos del
mundo natural eran parte esencial de sus creencias espirituales. Su cultura
era principalmente oral, aunque algunos desarrollaron una especie de
jeroglíficos para preservar ciertos textos. Según las evidencias, entre los
distintos grupos había un intenso comercio, pero a veces sus relaciones
eran hostiles.
Por razones que aún no entendemos del todo, aquellos primeros grupos
desaparecieron al cabo del tiempo y fueron sustituidos por otros, nativos
de América, como los hopis y los zunis que entonces florecieron. Para
cuando los europeos llegaron a lo que hoy es Estados Unidos, en estas
tierras vivían cerca de 2 millones de nativos, tal vez más.
Los primeros europeos que llegaron a Norteamérica –por lo menos los
primeros de los que se tienen pruebas concretas– fueron noruegos.
Viajaron al oeste desde Groenlandia, donde Erik el Rojo fundó un
asentamiento hacia el año 985. Se cree que su hijo Leif exploró en 1001 la
costa nororiental de lo que hoy es Canadá. Se han descubierto ruinas de
casas noruegas que datan de esa fecha en L’Anse-aux-Meadows, en el norte de Terranova.
Tendrían que pasar casi 500 años más antes que otros europeos llegaran a Norteamérica y un
siglo más para
que establecieran en ella asentamientos permanentes. Los primeros exploradores buscaban una
ruta marítima
al Asia. Otros –sobre todo británicos, holandeses, franceses y españoles– llegaron después para
tomar
posesión de las tierras y las riquezas de lo que ellos llamaban “el Nuevo Mundo”.
El primero y más famoso de esos exploradores fue el genovés Cristóbal Colón. Sus viajes
fueron financiados
por la reina Isabel de España. Colón desembarcó en las islas del Mar Caribe en 1492, pero
nunca vio la
porción continental de lo que más tarde sería Estados Unidos. El veneciano John Cabot llegó
cinco años
después en una misión encomendada por el rey de Inglaterra. Su viaje pronto fue olvidado, pero
sentó las
bases para que Gran Bretaña reclamara posesiones en Norteamérica.
El siglo XVI fue la era de las exploraciones españolas en América. Juan Ponce de León
desembarcó en lo
que hoy es la Florida en 1513. Hernando De Soto llegó a esa península en 1539 y avanzó hasta
el río
Mississippi. En 1540, Francisco Vázquez de Coronado emprendió el viaje desde México, cuyo
territorio
había sido conquistado por España en 1522, en busca de las míticas Siete Ciudades de Cibola.
Jamás las
encontró, pero sus viajes lo llevaron hasta el Gran Cañón de Arizona e incluso a las Grandes
Llanuras.
Mientras los españoles avanzaban desde el sur, la parte norte de lo que hoy es Estados Unidos
se fue
revelando lentamente en las exploraciones de otros europeos. Algunos de ellos fueron Giovanni
da
Verrazano, Jacques Cartier y Amerigo Vespucci, en honor de quien el continente recibió su
nombre:
América.
El primer asentamiento europeo permanente en lo que habría de ser Estados Unidos fue
establecido por los
españoles a mediados del siglo XVI en St. Augustine, en la Florida. Sin embargo, éste no
intervino en la
formación de la nueva nación. Ese proceso ocurrió en asentamientos mucho más
septentrionales a lo largo
de la costa del Atlántico: en Virginia, Massachusetts, Nueva York y las otras 10 regiones
colonizadas por
una creciente marea de inmigrantes llegados de Europa.
2. El Periodo Colonial
La mayoría de los colonizadores que llegaron a las colonias británicas en
el siglo XVII eran ingleses. Otros venían de los Países Bajos, Suecia,
Alemania, Francia y, más tarde, Escocia e Irlanda del Norte. Algunos
dejaron sus países de origen para huir de la guerra, la presión política, la
persecución religiosa o una sentencia de cárcel. Otros emprendieron el
viaje como siervos, con la expectativa de trabajar para pagar su libertad.
Los africanos negros eran vendidos como esclavos y llegaron
encadenados.
En 1690, la población era de 250.000 habitantes. Menos de un siglo
después, ya había aumentado a 2,5 millones.
Los colonizadores vinieron a América por las más variadas razones y a la postre crearon aquí
13 colonias
diferentes. Se formaron así tres agrupamientos regionales de colonias, entre las cuales las
diferencias eran
aún más marcadas.
Los primeros asentamientos fueron establecidos sobre la costa del
Atlántico y en los ríos que fluían hacia ese océano. En el nordeste, los
colonizadores hallaron montes cubiertos de árboles, y suelos que quedaron
llenos de piedras cuando los glaciares de la Edad del Hielo se derritieron.
La energía del agua fue fácil de aprovechar, con lo cual “Nueva
Inglaterra” –constituida por Massachusetts, Connecticut y Rhode Island–
desarrolló una economía basada en productos forestales, pesca,
construcción de barcos y comercio. Las colonias de la región media –entre
ellas Nueva York y Pennsylvania– tenían un clima más templado y su
territorio era más variado. Allí se desarrollaron la industria y la
agricultura, y la sociedad era más diversa y cosmopolita. Por ejemplo, en
Nueva York había emigrantes de Alemania, Bohemia, Dinamarca,
Escocia, Francia, Holanda, Inglaterra, Irlanda, Italia, Noruega, Polonia,
Portugal y Suecia. Las colonias del Sur –Virginia, Georgia y las Carolinas– tenían una
temporada de cultivo
larga y tierra fértil, por lo cual su economía fue principalmente agrícola. En ellas había tanto
pequeños
granjeros como ricos terratenientes aristócratas que poseían grandes fincas, llamadas
plantaciones, en las que
trabajaban esclavos africanos.
Las relaciones entre los colonizadores y los norteamericanos nativos, a quienes aquéllos
llamaban indios,
eran una incómoda mezcla de colaboración y conflicto. En algunas áreas hubo comercio y
cierta interacción
social, pero en general, a medida que los nuevos asentamientos se expandieron, los nativos
fueron obligados
a emigrar, muchas veces sólo después de ser derrotados en combate.
La creación de las colonias no fue patrocinada por el gobierno británico, sino directamente por
grupos
privados. Todas, salvo Georgia, surgieron como compañías de accionistas o como propiedades
otorgadas por
el rey. Algunas fueron gobernadas con rigor por los dirigentes de esas compañías, pero a su
debido tiempo
todas desarrollaron un sistema de gobierno participativo, basado en la tradición y el precedente
jurídico
británicos.
Varios años de descontento político en Gran Bretaña culminaron con la Revolución Gloriosa de
1688-89, en
la cual el rey Jaime II fue derrocado; entonces se establecieron límites a la monarquía y se
otorgaron más
libertades a la población. Las colonias norteamericanas se beneficiaron con esos cambios. Las
asambleas
coloniales reclamaron el derecho de actuar como parlamentos locales y aprobaron medidas para
expandir su
propio poder y limitar el poder de los gobernadores reales.
En los siguientes decenios, las disputas recurrentes entre los gobernadores y las asambleas
hicieron que los
colonizadores se percataran de la creciente divergencia entre sus intereses y los de Gran
Bretaña. Los
principios y precedentes que surgieron de esas disputas se convirtieron en la constitución no
escrita de las
colonias.
Al principio, su centro focal fue la autogestión dentro de una mancomunidad británica. Sólo
después
empezaron a aspirar a la independencia.
3. El Camino a la Independencia
Los principios de liberalismo y la democracia –los cimientos políticos de
Estados Unidos– surgieron en forma natural del proceso de edificar una
nueva sociedad en tierras vírgenes. Con esa misma naturalidad, la nueva
nación se vería a sí misma como algo diferente y excepcional. Europa la
miraría con aprensión o esperanza.
Las 13 colonias británicas de Norteamérica maduraron en el siglo XVIII;
fue entonces cuando crecieron en población, poder económico y logros
culturales, y ya tenían experiencia en la autogestión. Sin embargo, no fue
sino hasta 170 años después de la fundación del primer asentamiento
permanente en Jamestown, Virginia, cuando el nuevo Estados Unidos de América surgió como
nación.
Parte de la guerra entre Gran Bretaña y Francia en la década de 1750 se llevó a cabo en
Norteamérica. Los
británicos salieron triunfantes y pronto implantaron políticas para controlar y financiar su vasto
imperio.
Esas medidas impusieron mayores restricciones a la forma de vida de los colonizadores
norteamericanos.
La Proclama Real de 1763 restringió la apertura de nuevas tierras a la colonización. La Ley del
Azúcar de
1764 gravó con impuestos los bienes de lujo, como el café, la seda y el vino, y declaró ilegal la
importación
de ron. La Ley Monetaria de 1764 prohibió la impresión de papel moneda en las colonias. La
Ley de
Alojamiento de 1765 obligaba a los colonos a proveer de alimento y hospedaje a los soldados
del rey. Y la
Ley del Timbre de 1765 exigía la compra de sellos reales para todos los documentos legales,
periódicos,
licencias y contratos de arrendamiento.
Los colonos protestaron por todas esas medidas, pero la Ley del Timbre desencadenó la mayor
resistencia
organizada. Para un creciente número de colonos, la principal objeción era que, por medio de
esa ley, una
legislatura distante en la que ellos no podían participar les aplicaba impuestos. En octubre de
1765, 27
delegados de nueve colonias se reunieron en Nueva York para coordinar sus esfuerzos con el
propósito de
lograr que la Ley del Timbre fuera revocada. Ellos aprobaron resoluciones que exaltaban el
derecho de cada
una de las colonias a crear sus propios impuestos.
La autogestión produjo dirigentes políticos locales y éstos trabajaron juntos para anular lo que a
su juicio
eran actos opresivos del parlamento inglés. Cuando tuvieron éxito, su campaña coordinada
contra Gran
Bretaña llegó a su fin. No obstante, en los siguientes años un pequeño número de radicales trató
de mantener
vigente la controversia. Su objetivo no era la concertación sino la independencia.
Samuel Adams de Massachusetts fue el más eficaz. Escribió artículos en periódicos y
pronunció discursos
en los que apelaba a los instintos democráticos de los colonos. Él ayudó a organizar, en todas
las colonias,
comités que llegaron a ser la base de un movimiento revolucionario. En 1773, el movimiento
atrajo a los
comerciantes coloniales que estaban disgustados porque Gran Bretaña intentaba reglamentar el
comercio del
té. En diciembre, un grupo de hombres entró furtivamente en tres buques británicos anclados en
el puerto de
Boston y arrojó al mar sus cargamentos de té.
Para castigar a Massachusetts por su acto vandálico, el Parlamento británico cerró el puerto de
Boston y
restringió la autoridad local. Las nuevas medidas, conocidas como las Leyes Intolerables,
fueron
contraproducentes porque en lugar de aislar a la colonia, provocaron que las otras se unieran a
ella. Todas
las colonias, salvo Georgia, enviaron representantes a Filadelfia en septiembre de 1774 para
discutir “su
desdichado estado actual”. Ese fue el primer Congreso Continental.
Los colonos se sentían cada día más frustrados e irritados porque los británicos los privaban de
sus derechos.
Sin embargo, ni remotamente había unanimidad de opiniones en cuanto a lo que debían hacer.
Los “leales”
querían seguir siendo súbditos del rey. Los “moderados” proponían un compromiso para
establecer una
relación más aceptable con el gobierno británico. Y los revolucionarios aspiraban a la
independencia total,
para lo cual empezaron a acumular armas y a movilizar sus fuerzas en espera del día en que
tuvieran que
luchar para conquistarla.
4. La Revolución
La Revolución de Estados Unidos –su guerra para independizarse de Gran
Bretaña– empezó como una pequeña escaramuza entre tropas británicas y
colonos armados el 19 de abril de 1775.
Los británicos habían salido de Boston, Massachusetts para incautar las
armas y municiones que unos colonos revolucionarios habían recolectado
en las aldeas vecinas. En Lexington tropezaron con un grupo de milicianos
minutemen, así llamados porque se decía que se podían aprestar para el
combate en un minuto. El único propósito de los milicianos era realizar
una protesta silenciosa y su dirigente les ordenó no hacer fuego, a menos
que les dispararan primero. Los británicos ordenaron que los milicianos se dispersaran y éstos
obedecieron.
Sin embargo, cuando se retiraban, alguien hizo un disparo. Entonces los soldados británicos
atacaron a los
minutemen con armas de fuego y bayonetas.
La lucha estalló también en otros lugares a lo largo del camino, a medida que los soldados
británicos
avanzaban de regreso a Boston con sus uniformes de color rojo brillante. Más de 250 “casacas
rojas”
resultaron muertos o heridos. Los norteamericanos perdieron 93 hombres.
Los choques mortales continuaron en los alrededores de Boston al tiempo que los
representantes coloniales
salían apresuradamente hacia Filadelfia para discutir la situación. En su mayoría votaron por
hacer la guerra
contra Gran Bretaña. Acordaron consolidar las milicias coloniales en un ejército continental y
nombraron a
George Washington, de Virginia, su comandante en jefe. Sin embargo, al mismo tiempo, aquel
Segundo
Congreso Continental adoptó una resolución de paz en la que instaba al rey Jorge III a evitar
que continuaran
las hostilidades. El rey la rechazó y el 23 de agosto declaró que las colonias norteamericanas se
habían
rebelado.
Las exhortaciones a la independencia se intensificaron en los meses siguientes. El teórico
político radical
Thomas Paine ayudó a cristalizar el argumento a favor de la separación. En un folleto titulado
Common
Sense (Sentido común) del cual se vendieron 100.000 ejemplares, él rebatió la idea de la
monarquía
hereditaria. Paine propuso dos opciones para Norteamérica: seguir estando sometida a un rey
tiránico y un
sistema de gobierno gastado, o liberarse y ser feliz como una república autosuficiente e
independiente.
El Segundo Congreso Continental designó un comité encabezado por Thomas Jeff erson, de
Virginia, para
preparar un documento donde se expusieran los agravios de las colonias
contra el rey y se explicara la decisión de aquéllas de separarse. Esa
Declaración de Independencia fue adoptada el 4 de julio de 1776. Desde
entonces, el 4 de julio se celebra cada año como el Día de la
Independencia de Estados Unidos.
La Declaración de Independencia no sólo anunció el nacimiento de una
nueva nación. También expuso una filosofía de la libertad humana que
habría de llegar a ser una fuerza dinámica en todo el mundo. Incluía ideas
políticas francesas y británicas, sobre todo las de John Locke en su Second
Treatise on Government (Segundo tratado de gobierno), que reafirmaban
la convicción de que los derechos políticos son derechos humanos básicos
y, por lo tanto, son universales.
El hecho de declarar su independencia no hizo que los estadounidenses fueran libres. Las
fuerzas británicas
derrotaron a las tropas continentales en Nueva York, desde Long Island hasta la ciudad de
Nueva York.
Ellas vencieron también a los insurgentes en Brandywine, Pennsylvania y ocuparon Filadelfia,
lo cual
provocó la huida del Congreso Continental. Las fuerzas estadounidenses salieron victoriosas en
Saratoga,
Nueva York, y en Trenton y Princeton en Nueva Jersey. No obstante, George Washington
seguía luchando
por conseguir los hombres y los materiales que tanto necesitaba.
La ayuda decisiva llegó en 1778 cuando Francia reconoció a Estados Unidos y ambos países
firmaron un
tratado bilateral de defensa. En realidad, el apoyo del gobierno francés se basó en razones
geopolíticas, no
ideológicas. Francia quería debilitar el poder de Gran Bretaña, su inveterada adversaria.
La lucha que empezó en Lexington, Massachusetts continuó durante ocho años en gran parte
del continente.
Hubo batallas desde Montreal (Canadá) en el norte hasta Savannah (Georgia) en el sur. Un
enorme ejército
británico se rindió en Georgetown, Virginia en 1781, pero la guerra prosiguió dos años más sin
llegar a un
resultado concluyente. Un tratado de paz fue firmado al fin en París el 15 de abril de 1783.
La Revolución tuvo trascendencia mucho más allá de Norteamérica. Atrajo la atención de los
teóricos
políticos europeos y fortaleció el concepto de los derechos naturales en todo el mundo
occidental. Atrajo a
personalidades notables como Thaddeus Kosciusko, Friedrich von Steuben y el Marqués de
Lafayette,
quienes se unieron a la revolución y esperaban llevar las ideas liberales de ésta a sus propios
países.
El Tratado de París reconoció la independencia, la libertad y la soberanía de las 13 ex colonias
norteamericanas que ahora eran estados. La tarea de unirlas a todas en una nueva nación estaba
aún por
realizarse.
5. La Formación de un Gobierno Nacional
Las 13 colonias norteamericanas se convirtieron en los 13 Estados Unidos de América en 1783,
después de
su guerra para independizarse de Gran Bretaña. Antes del final de esa guerra, ratificaron un
marco de trabajo
para sus esfuerzos colectivos. Esos Artículos de la Confederación permitieron crear una unión,
pero ésta era
extremadamente informal y frágil. George Washington la llamó “una cuerda de arena”.
No había moneda común en virtud de que cada estado acuñaba todavía la suya. Tampoco
existía una fuerza
militar nacional pues muchos estados seguían teniendo sus propios ejércitos y armadas. Había
poco control
centralizado sobre la política exterior; los estados negociaban directamente con otros países y
tampoco
tenían un sistema nacional para establecer y recolectar impuestos.
Las disputas entre Maryland y Virginia por los derechos de navegación en
el río Potomac, que era su frontera común, dieron lugar a una conferencia
de cinco estados en Annapolis, Maryland en 1786. Alexander Hamilton, un
delegado de Nueva York, dijo que esos problemas comerciales eran parte
de cuestiones económicas y políticas más amplias. Añadió que lo que se
necesitaba era un replanteamiento de la Confederación. Él y los demás
delegados propusieron organizar una convención con ese propósito. El
apoyo de Washington, que era sin duda el hombre que inspiraba más
confianza en Estados Unidos, los ayudó a imponerse sobre quienes
pensaban que esa idea era demasiado audaz.
La reunión realizada en Filadelfia en mayo de 1787 fue notable. Los 55 delegados elegidos para
la
convención tenían experiencia en el gobierno colonial y estatal. Ellos conocían bien la historia,
la ley y la
teoría política. Eran jóvenes en su mayoría, aunque en el grupo estaba también el veterano
Benjamin
Franklin, quien se acercaba al final de una extraordinaria carrera de servicio público y logros
científicos.
Dos estadounidenses notables no estaban allí: Thomas Jeff erson había ido a París como
embajador de
Estados Unidos en Francia, y John Adams estaba en Londres como embajador en Gran Bretaña.
El Congreso Continental había autorizado a la convención para que enmendara los Artículos de
la
Confederación. En lugar de eso, los delegados descartaron los Artículos por considerar que no
eran
adecuados para las necesidades de la nueva nación e idearon una nueva forma de gobierno
basada en la
separación de los poderes legislativo, ejecutivo y judicial. La reunión se había convertido en
una convención
constitucional.
Llegar a un consenso en algunos de los detalles de una nueva constitución sería
en extremo difícil. Muchos delegados abogaban por un gobierno nacional fuerte
que limitara los derechos de los estados. Otros argumentaban en forma
igualmente convincente a favor de un gobierno nacional débil que preservara la
autoridad estatal. Algunos delegados temían que los estadounidenses no fueran
capaces de gobernarse por sí mismos y, por lo tanto, se oponían a las elecciones
populares de cualquier tipo. Otros pensaban que el gobierno nacional debía
tener una base popular de la mayor amplitud posible. Los representantes de
estados pequeños insistían en una representación igualitaria en la legislatura
nacional. Los de estados grandes creían que ellos merecían tener más
influencia. Los representantes de estados donde la esclavitud era ilegal
esperaban que ésta fuera proscrita. Los que venían de estados esclavistas
rechazaban cualquier intento a ese respecto. Algunos delegados querían limitar
el número de los estados de la Unión. Otros pedían que se otorgara la condición
de estado a las tierras recién colonizadas en el Oeste.
Cada cuestión suscitó nuevas divisiones y cada una fue resuelta por medio de un compromiso.
El texto de la Constitución no era un documento largo. Sin embargo, sirvió de marco general
para establecer
el gobierno más complejo creado hasta entonces. El gobierno nacional tendría plenas facultades
para emitir
moneda, recaudar impuestos, otorgar patentes, conducir la política exterior, mantener un
ejército, establecer
oficinas de correos y declarar la guerra. Además, tendría tres ramas iguales –un congreso, un
presidente y un
sistema de tribunales– con facultades equilibradas y contrapesos para que todas controlaran sus
acciones en
forma recíproca.
Los intereses económicos influyeron en el curso del debate en torno al documento, pero lo
mismo se puede
decir de los intereses estatales, sectoriales e ideológicos. Otro factor importante fue el idealismo
de los
hombres que lo redactaron. Ellos estaban convencidos de que habían ideado un gobierno que
promovería la
libertad individual y la virtud pública.
El 17 de septiembre de 1787, al cabo de cuatro meses de deliberaciones, la mayoría de los
delegados
firmaron la nueva Constitución. Acordaron que ésta se convertiría en la ley suprema de la
nación cuando
nueve de los 13 estados la hubieran ratificado.
El proceso de ratificación se prolongó cerca de un año. Los opositores expresaban su temor de
que un
gobierno central fuerte llegara a ser tiránico y opresivo. Los partidarios respondían que el
sistema de frenos
y contrapesos impediría que eso ocurriera. El debate hizo que surgieran dos facciones: los
federalistas que
deseaban un gobierno central fuerte y apoyaban la Constitución, y los antifederalistas que
proponían una
asociación informal de estados y se oponían a la Constitución.
Aún después de que la Constitución fue ratificada, muchos estadounidenses sentían que carecía
de un
elemento esencial pues, a su juicio, no especificaba los derechos de los individuos. Cuando el
primer
Congreso se reunió en la ciudad de Nueva York en septiembre de 1789, los legisladores
accedieron a
agregar las disposiciones en cuestión. Tuvieron que pasar otros dos años antes que esas 10
enmiendas –
conocidas en conjunto como la Carta de Derechos– fueran incorporadas a la Constitución.
La primera de las 10 enmiendas garantiza la libertad de expresión, de prensa y religiosa; y el
derecho de
protestar, reunirse pacíficamente y exigir cambios. La cuarta protege contra los registros y
arrestos sin causa
razonable. La quinta dispone el debido proceso judicial en todos los casos penales. La sexta
garantiza el
derecho a un juicio imparcial y expedito. Y la octava protege contra los castigos crueles e
inusuales.
Desde que la Carta de Derechos fue adoptada, hace más de 200 años, sólo 17 enmiendas más
han sido
agregadas a la Constitución.
6. Los Primeros años, la Expansión al Oeste y las Diferencias Regionales
George Washington prestó juramento como el primer presidente de
Estados Unidos el 30 de abril de 1789. Él estuvo a cargo de organizar una
fuerza militar efectiva durante la Revolución. Ahora se le encomendaba la
tarea de construir un gobierno operante.
Washington trabajó con el Congreso para crear los departamentos de
Estado, Tesorería, Justicia y Guerra. Los jefes de esos departamentos
constituirían el gabinete del presidente y actuarían como sus consejeros. Se
estableció una Corte Suprema integrada por un procurador y cinco
ministros asociados, así como tres tribunales de circuito y 13 juzgados de
distrito. Se desarrollaron políticas para administrar los territorios del Oeste
e incorporarlos a la Unión como nuevos estados.
Washington prestó servicio en dos periodos de cuatro años y luego dejó el cargo, sentando un
precedente
que a la postre se convirtió en ley. Los dos siguientes presidentes, John Adams y Thomas
Jefferson, eran
representantes de dos escuelas de pensamiento diferentes sobre el papel del gobierno. Esa
divergencia dio
lugar a la creación de los primeros partidos políticos del mundo occidental. Los federalistas,
encabezados
por Adams y Alexander Hamilton, el secretario del Tesoro de Washington, representaban en
general los
intereses del comercio y la industria. Ellos temían la anarquía y creían en un gobierno central
fuerte que
pudiera establecer la política económica y mantener el orden. Encontraron el mayor apoyo en el
norte. Los
republicanos, encabezados por Jefferson, representaban los intereses agrícolas en general. Ellos
se oponían a
un gobierno central fuerte y creían en los derechos de los estados y la autosuficiencia de los
agricultores.
Tuvieron más apoyo en el sur.
Durante unos 20 años, la joven nación pudo prosperar dentro de una paz relativa. Su política
consistía en ser
amigable e imparcial con todas las demás naciones. Sin embargo, no era inmune a
los acontecimientos políticos de Europa, sobre todo de Gran Bretaña y Francia
que estaban en guerra. La marina de guerra británica capturó barcos
estadounidenses que se dirigían a Francia, y la armada francesa capturó barcos
estadounidenses con destino a Gran Bretaña. Las negociaciones diplomáticas
mantuvieron a Estados Unidos al margen de las hostilidades en la década de 1790
y a principios de la siguiente, pero al parecer sólo era cuestión de tiempo para que
este país tuviera que defender sus propios intereses.
La guerra con Gran Bretaña estalló en 1812. La lucha tuvo lugar sobre todo en los
estados del nordeste y en la costa oriental. Una fuerza expedicionaria británica
llegó a la nueva capital, establecida en Washington en el Distrito de Columbia,
prendió fuego a la residencia del poder ejecutivo –obligando al presidente James
Madison a huir– y dejó la ciudad en llamas. No obstante, el ejército y la armada
estadounidenses ganaron suficientes batallas decisivas para reclamar la victoria. Al cabo de dos
años y
medio de combates y con su tesorería exigua a causa de la guerra que libraba por separado
contra Francia,
Gran Bretaña firmó un tratado de paz con Estados Unidos. La victoria estadounidense puso fin,
de una vez
por todas, a las esperanzas británicas de restablecer su influencia al sur de la frontera de
Canadá.
Cuando la Guerra de 1812 terminó, muchas de las graves dificultades que enfrentaba la nueva
república
estadounidense ya habían desaparecido. La Unión nacional establecida bajo la Constitución
trajo consigo el
equilibrio entre la libertad y el orden. Una deuda nacional modesta y un continente en espera de
ser
explorado ofrecían una perspectiva de paz, prosperidad y progreso social. El acontecimiento
más
significativo en política exterior fue el pronunciamiento del presidente James Monroe en el cual
expresó la
solidaridad de Estados Unidos con las naciones de América Latina que acababan de
independizarse. La
Doctrina Monroe fue una advertencia contra cualquier tentativa europea de colonizar a ese
subcontinente.
Muchos de los nuevos países, a su vez, expresaron su afinidad política con Estados Unidos y
basaron sus
propias constituciones en el modelo estadounidense.
Estados Unidos duplicó sus dimensiones con la compra del Territorio de Louisiana a Francia en
1803 y de la
Florida, comprada a España en 1819. Entre 1816 y 1821 fueron creados seis nuevos estados.
Entre 1812 y
1852, la población se triplicó. La magnitud y diversidad de la joven nación desafiaban
cualquier
generalización simple, pero también invitaban a la contradicción.
Estados Unidos era un país de ciudades civilizadas construidas a partir del comercio y la
industria, y
fronteras primitivas donde el imperio de la ley se ignoraba a menudo. Era una sociedad que
amaba la
libertad, pero permitía la esclavitud. La Constitución mantenía unidas todas esas partes
discrepantes. Sin
embargo, las tensiones iban en aumento.
7. Conflicto Sectorial
En 1850 Estados Unidos era una inmensa nación bordeada por dos océanos. Había obvias
diferencias
geográficas, de recursos naturales y de desarrollo entre una y otra región.
Los estados de Nueva Inglaterra y el Atlántico Medio eran los principales centros de las
finanzas, el
comercio y las manufacturas. Sus principales productos eran textiles y ropa, maderas y
maquinaria. El
comercio marítimo floreció. Los estados del Sur eran eminentemente agrícolas y producían
tabaco, azúcar y
algodón con mano de obra esclava. Los estados del Oeste Medio también eran agricultores,
pero sus
productos de cereal y carne provenían del trabajo de hombres y mujeres libres.
Missouri solicitó la categoría de estado en 1819. Los norteños se opusieron porque en ese
territorio había
10.000 esclavos. El congresista Henry Clay de Kentucky propuso un compromiso: Missouri se
incorporaría
a la Unión y seguiría permitiendo la esclavitud, pero Maine sería aceptado como estado libre.
Las posiciones regionales en torno a esa cuestión se endurecieron en las
primeras décadas después del Compromiso de Missouri. En el norte del
país, el movimiento para abolir la esclavitud fue muy activo y se volvió
cada día más poderoso. En el sur, la creencia en la supremacía blanca y el
afán de mantener el statu quo económico fueron igualmente dinámicos y
poderosos. Aun cuando miles de esclavos huyeron al norte a través de una
red de rutas secretas conocidas como el Ferrocarril Subterráneo, los
esclavos representaban todavía un tercio de la población de los estados
esclavistas en la época del censo de 1860.
La mayoría de los norteños no querían impugnar la existencia de la
esclavitud en el sur, pero muchos se oponían a que ésta se expandiera a los
territorios del oeste. Los sureños sostenían con el mismo vigor que los
territorios mismos tenían derecho de decidir su situación. Un político joven
de Illinois, Abraham Lincoln, estimó que el problema era de carácter
nacional, no local. “Una casa dividida contra sí misma no puede prevalecer”, declaró. “Creo
que este
gobierno no puede permanecer en forma permanente siendo mitad esclavo y mitad libre. No
espero que la
Unión se disuelva... lo que sí espero es que deje de estar dividida”.
En 1860 el Partido Republicano nombró a Lincoln su candidato a la presidencia con una
plataforma
antiesclavista. En una contienda entre cuatro hombres, él obtuvo sólo el 39 por ciento del voto
popular, pero
ganó por clara mayoría de votos en el Colegio Electoral. Dicho órgano es el grupo de
ciudadanos que elige
directamente al presidente de Estados Unidos, de acuerdo con el voto popular.
La tormenta que se venía gestando desde hacía decenios estaba a punto de desatarse con fuerza
brutal. Los
estados del sur habían lanzado la amenaza de separarse de la Unión si Lincoln era elegido; las
declaraciones
de secesión empezaron desde antes que él tomara posesión del cargo. Al nuevo presidente
correspondería
tratar de mantener la integridad de la Unión.
8. La Guerra Civil y la Reconstrucción de Postguerra
La guerra entre el norte y el sur empezó en abril de 1861. Los estados del
sur reclamaban el derecho de separarse y habían formado su propia
Confederación. Sus fuerzas hicieron los primeros disparos. Los estados
del norte, bajo el liderazgo del presidente Lincoln, estaban determinados
a contener la rebelión y preservar la Unión.
El norte tenía más del doble de estados y el doble de población. Contaba
con recursos abundantes para producir pertrechos de guerra y además su
red ferroviaria era superior. El sur tenía líderes militares con más
experiencia y un factor que los favoreció fue que la mayoría de los
combates tuvieron lugar en su propio territorio.
Durante cuatro años, decenas de miles de soldados y caballos participaron en batallas
terrestres en
Virginia, Maryland, Pennsylvania, Tennessee y Georgia. Los combates navales se
desarrollaron frente a la
costa del Atlántico y en el río Mississippi. En ese rubro, las fuerzas de la Unión obtuvieron una
serie casi
ininterrumpida de victorias. En cambio, en Virginia fueron derrotadas una y otra vez en sus
intentos de
tomar Richmond, la capital confederada.
El día más sangriento de la guerra fue el 17 de septiembre de 1862,
cuando los dos ejércitos chocaron en Antietam Creek, cerca de
Sharpsburg, Maryland. Las tropas confederadas bajo el mando del general
Robert E. Lee no lograron repeler a los soldados de la Unión encabezados
por el general George McClellan, y Lee escapó con su ejército intacto.
McClellan fue relevado del mando. Aunque la batalla no quedó definida en
términos militares, sus consecuencias fueron enormes. Gran Bretaña y
Francia habían pensado reconocer a la Confederación, pero entonces
retrasaron su decisión y el sur nunca recibió la ayuda que necesitaba con
tanta urgencia.
Varios meses después, el presidente Lincoln emitió una versión preliminar
de la Proclamación de Emancipación. Gracias a ella fueron liberados
todos los esclavos que vivían en estados confederados y se autorizó el
reclutamiento de afro-estadounidenses en el ejército de la Unión. Ahora el
norte ya no luchaba tan sólo para preservar la Unión, sino también para erradicar la
esclavitud.
Las fuerzas de la Unión cobraron más ímpetu en 1863 con las victorias de Vicksburg en
Mississippi y
Gettysburg en Pennsylvania, y más tarde con la política de tierras quemadas que aplicó el
general William
T. Sherman cuando avanzó a través de Georgia y se internó en Carolina del Sur en 1864. En
abril de 1865,
enormes ejércitos de la Unión bajo el mando del general Ulysses S. Grant lograron rodear a
Robert E. Lee
en Virginia. Lee se rindió y ese fue el final de la Guerra Civil de Estados Unidos.
Los términos de la rendición fueron generosos. “Los rebeldes ya son otra vez nuestros
compatriotas”, les
recordó Grant a sus tropas. En Washington, el presidente Lincoln ya estaba listo para iniciar
el proceso de
reconciliación. Jamás tuvo oportunidad de hacerlo pues menos de una semana después de la
capitulación
del sur fue asesinado por un sureño amargado por la derrota. La tarea reconciliadora le
correspondería al
vicepresidente de Lincoln, Andrew Johnson, un sureño que era partidario de una
“Reconstrucción” rápida y
sencilla.
Johnson emitió indultos que restablecieron los derechos políticos de muchos sureños. Al final
de 1865, casi
todos los estados ex confederados habían celebrado convenciones para revocar las leyes de
secesión y
abolir la esclavitud, pero todos excepto Tennessee se negaron a ratificar una enmienda
constitucional que
otorgaba plena ciudadanía a los afro-estadounidenses. En consecuencia, los republicanos del
Congreso
decidieron implementar su propia versión de la Reconstrucción. Ellos proclamaron medidas
punitivas
contra los ex rebeldes y prohibieron que quienes habían sido dirigentes confederados
ocuparan cargos
públicos. Dividieron el sur en cinco distritos militares administrados por generales de la
Unión. Negaron el
derecho de voto a todo aquel que no estuviera dispuesto a prestar un juramento de lealtad a la
Unión.
Además, apoyaron con vigor los derechos de los afroestadounidenses. El presidente Johnson
trató de
obstruir muchas de esas políticas y fue sometido a juicio político. El voto no fue suficiente para
destituirlo de
su cargo, pero el Congreso no perdió su enorme poder durante los siguientes 30 años.
Las divisiones y los odios que desembocaron en la Guerra Civil no desaparecieron al término
de la lucha
armada. Cuando los sureños blancos recuperaron el poder político, los negros de esa región
padecieron. Ya
habían ganado la libertad, pero las leyes locales que les negaban el acceso a muchos recursos
públicos les
impedían disfrutar de ella. Habían ganado el derecho de voto, pero eran intimidados en los
comicios. El sur
había quedado segregado y así habría de permanecer 100 años más. El proceso de
Reconstrucción de
postguerra había empezado con altos ideales, pero cayó en un pozo de corrupción y racismo.
Su fracaso
retrasó la lucha de los afro-estadounidenses por la igualdad hasta el siglo XX, cuando se
convertiría en un
problema nacional y no sólo del sur.
9. Crecimiento y Transformación
Estados Unidos maduró en los decenios posteriores a la Guerra Civil. La frontera
se fue desvaneciendo poco a poco y una república rural se convirtió en una nación
urbana. Entonces surgieron grandes fábricas, plantas siderúrgicas y ferrocarriles
transcontinentales. Las ciudades crecieron con rapidez y millones de personas
llegaron de otros países para iniciar su nueva vida en la tierra de la oportunidad.
Los inventores aprovecharon el poder de la ciencia. Alexander Graham Bell
desarrolló el teléfono. Thomas Edison produjo la bombilla luminosa y, con George
Eastman, la película cinematográfica. Antes de 1860, el gobierno ya había
expedido 36.000 patentes. En los siguientes 30 años expidió 440.000.
Fue una época de consolidación corporativa,
sobre todo en las industrias del acero,
ferrocarriles, petróleo y telecomunicaciones. Los
monopolios impedían la competencia en el
mercado, lo cual generó peticiones de regulación gubernamental. En 1890
fue aprobada una ley para impedir los monopolios que restringían el
comercio, pero al principio no fue aplicada con suficiente energía.
A pesar de los grandes progresos de la industria, la agricultura siguió
siendo la ocupación básica en el país, pero también en ella hubo enormes
cambios. La extensión de tierras de cultivo se duplicó y los científicos
desarrollaron semillas mejoradas. Las máquinas –por ejemplo,
sembradoras mecánicas, cosechadoras y trilladoras– se hicieron cargo de
gran parte del trabajo que antes se realizaba a mano. Los granjeros
estadounidenses producían suficiente cereal, algodón, lana y carne de vacuno y de cerdo para
abastecer al
creciente mercado interno e incluso les quedaban grandes excedentes para la exportación.
La región occidental de Estados Unidos siguió atrayendo colonizadores. Los mineros
reclamaban
propiedades en las montañas ricas en minerales, los ganaderos en los vastos pastizales, los
criadores de
ovejas en los valles fluviales y los granjeros en las grandes llanuras. Los vaqueros a caballo
conducían a sus
animales y los guiaban hasta lejanas terminales de ferrocarril para su envío al este. Esa es la
imagen de
Estados Unidos que mucha gente tiene todavía, aun cuando la época de los cowboys del
“Salvaje Oeste”
duró sólo unos 30 años.
Desde el momento en que los europeos desembarcaron en la costa oriental de Norteamérica, su
avance hacia
el oeste significó enfrentamientos con los pueblos nativos. Durante mucho tiempo, la política
del gobierno
había consistido en desplazar a los norteamericanos nativos a tierras reservadas para su uso,
más allá del
alcance de la frontera blanca. Sin embargo, el gobierno ignoró una y otra vez sus acuerdos y
abrió esas áreas
a la colonización blanca. A fines del siglo XIX, las tribus sioux de las llanuras del norte y los
apaches en el
sudoeste lucharon denodadamente para preservar su estilo de vida. Aunque eran hábiles
guerreros, a la
postre fueron avasallados por las fuerzas del gobierno. La política oficial después de esos
conflictos era bien
intencionada, pero a veces resultó desastrosa. En 1934, el Congreso aprobó una medida para
tratar de
proteger las costumbres tribales y la vida comunal en las reservaciones.
En los últimos decenios del siglo XIX las potencias europeas competían por colonizar África y
por
conquistar el comercio de Asia. Muchos estadounidenses pensaron que su país tenía el derecho
y el deber de
expandir su influencia en otras partes del mundo. Muchos otros, sin embargo, rechazaban todo
lo que
pudiera sugerir un afán imperialista.
Una breve guerra con España en 1898 permitió que Estados Unidos obtuviera el control de
varias posesiones
españolas en ultramar: Cuba, Puerto Rico, Guam y las Filipinas. Oficialmente, Estados Unidos
las instó a
gobernarse por sí mismas, pero en realidad mantuvo sobre ellas su control administrativo. El
idealismo
coexistió en la política exterior junto con el deseo práctico de proteger los intereses económicos
de lo que
había sido una nación aislada y ahora se convertía en una potencia mundial.
10. Descontento y Reforma
En 1900, los cimientos políticos de Estados Unidos habían resistido los
dolores del crecimiento, una guerra civil, la prosperidad y la depresión
económica. El ideal de la libertad religiosa logró mantenerse. La
educación pública gratuita se había realizado en buena parte y la libertad
de prensa se conservaba intacta. Sin embargo, al mismo tiempo, el poder
político parecía estar concentrado en manos de funcionarios políticos
corruptos y sus amigos empresarios. En respuesta surgió un movimiento
de reforma llamado “progresismo”. Algunas de sus metas eran mayor
democracia y justicia social, honradez en el gobierno y una
reglamentación más eficaz de las empresas.
Escritores y críticos sociales protestaron, afirmando que las prácticas
vigentes eran injustas, insanas y peligrosas. Upton Sinclair, Ida M. Tarbell,
Theodore Dreiser, Lincoln Steffens y otros produjeron una “literatura de
denuncia” con la cual presionaron a los legisladores para que corrigieran
los abusos por medio de leyes. Los reformadores creyeron que al ampliar
el alcance del gobierno se aseguraría el progreso de la sociedad del país y
el bienestar de sus ciudadanos.
El presidente Theodore Roosevelt encarnaba el espíritu del progresismo y
pensó que las reformas necesarias debían aplicarse en el plano nacional.
Trabajó con el Congreso para regular los monopolios y aplicar medidas
legales contra las compañías que violaran la ley. También luchó sin descanso para proteger los
recursos
naturales de Estados Unidos, administrar las tierras públicas y preservar áreas para uso
recreativo.
Las reformas prosiguieron en las presidencias de William Howard Taft y Woodrow Wilson. El
sistema de
banca de la Reserva Federal fue establecido para que determinara las tasas de interés y
controlara la oferta
monetaria. La Comisión Federal de Comercio fue fundada para intervenir cuando las empresas
emplearan
métodos de competencia desleales. Fueron promulgadas nuevas leyes para ayudar a mejorar las
condiciones
de trabajo de los marineros y los jornaleros ferroviarios. Se creó un sistema de “extensión de
condado” para
ayudar a los granjeros a obtener información y créditos. Además, como una ayuda encaminada
a reducir el
costo de la vida para todos los estadounidenses, los impuestos sobre bienes importados fueron
reducidos o
eliminados.
En la época progresista fue también cuando un gran número de personas de todo el mundo
llegó a Estados
Unidos. Casi 19 millones de inmigrantes arribaron entre 1890 y 1921. Los primeros
inmigrantes habían sido
sobre todo europeos del norte y el oeste, y algunos chinos. Los nuevos inmigrantes llegaron de
Italia, Rusia,
Polonia, Grecia, los Balcanes, Canadá, México y Japón.
Estados Unidos siempre ha sido un “crisol” de nacionalidades y durante 300 años impuso pocas
restricciones
a la inmigración. Sin embargo, a partir de la década de 1920 se establecieron cuotas en
respuesta al temor de
los estadounidenses de que los recién llegados fueran una amenaza para sus empleos y su
cultura. Aun
cuando grandes oleadas de inmigración han creado tensiones sociales a través de la historia, la
mayoría de
los ciudadanos –cuyos propios antepasados llegaron como inmigrantes– creen que la Estatua de
la Libertad
en el puerto de Nueva York representa el espíritu de una tierra que da la bienvenida a los que
“anhelan
respirar un aire de libertad”. Esa creencia ha preservado a Estados Unidos como una nación de
naciones.