EL CAMPO CIENTÍFICO*
Bourdieu, Pierre, 2000.
Cap. 1. El campo científico. En: Los usos sociales de la ciencia. Ediciones Nueva
Visión. Buenos Aires. Pag. 11 a 27.
He tratado de describir en otros trabajos la lógica de
funcionamiento de los campos de producción simbólica
(campo intelectual, y artístico, campo religioso, campo de la
alta costura, etc.). Quisiera determinar aquí cómo esas leyes
se especifican en el caso particular del campo científico;
más precisamente, qué condición (es decir, a qué
condiciones sociales) de los mecanismos genéricos como los
que rigen en todo campo la aceptación o la eliminación de
los nuevos ingresantes o la competencia entre los diferentes
productores, puede determinar la aparición de esos
productos sociales relativamente independientes de sus
condiciones sociales de producción como lo son las
verdades científicas. Esto, en nombre de la convicción, ella
misma producto de una historia, de que es dentro de la
historia donde hay que buscar la razón de un progreso
paradójico de una razón en todo histórica y sin embargo
irreductible a la historia.
La sociología de la ciencia reposa en el postulado de que
la verdad del producto -se trata de ese producto muy
particular como lo es la verdad científica- reside en
particulares condiciones sociales de producción; es decir,
más precisamente, en un estado determinado de la estructura
y del funcionamiento del campo científico. El
* Publicado originalmente en Actes de la recherche en sciences
sociales, N° 1-2, 1976, bajo el título Le champ scientifique. Esta
traducción de Alfonso Buch, revisada por Pablo Kreimer, fue publi-
cada enRedes, Revista de Estudios Sociales de la Ciencia del Centro de
Estudios e Investigaciones de la Universidad Nacional de Quilines. Vol.
1, N° 2, Buenos Aires, diciembre de 1944, pp.131-160.
11
"puro" de la ciencia más "pura" es un campo social como
otro, con sus relaciones de fuerza, sus monopolios, sus luchas
y sus estrategias, s universo us intereses y sus ganancias, pero
donde todas estas invariancias revisten formas específicas.
LA LUCHA POR EL MONOPOLIO DE LA COMPETENCIA CIENTÍFICA
El campo científico, como sistema de relaciones objetivas
entre posiciones adquiridas (en las luchas anteriores), es el
lugar (es decir, el espacio de juego) de una lucha competitiva
que tiene por desafío específico el monopolio de la autoridad
científica, inseparablemente definida como capacidad técnica
y como poder social, o, si se prefiere, el monopolio de la
competencia científica que es socialmente reconocida a un
agente determinado, entendida en el sentido de capacidad de
hablar e intervenir legítimamente (es decir, de manera
autorizada y con autoridad) en materia de ciencia.
Dos comentarios breves para descartar posibles malos
entendidos. Primero: hay que cuidarse de reducir las
relaciones objetivas que son constitutivas del campo al
conjunto de las interacciones, en el sentido del
interaccionismo, es decir, al conjunto de estrategias que,
como lo veremos más adelante, en realidad él determina (cf.
P. Bourdieu, "Una interpretación de la sociología de la
religión de Max Weber", en Archives européenes de
sociologie, la, 1, 1971, pp. 3-21). Por otra parte, habrá que
precisar lo que quiere decir "socialmente reconocido":
veremos que el grupo que otorga este reconocimiento tiende
siempre a reducirse más al conjunto de los sabios, es decir a
los competidores, a medida que se acrecientan los recursos
científicos acumulados y, correlativamente, la autonomía del
campo.
Decir que el campo es un lugar de luchas no es sólo
12
romper con la imagen pacífica de la "comunidad
científica" como la ha descrito la hagiografía científica -
y a menudo después de ella la sociología de la ciencia-,
es decir, con la idea de una suerte de "reino de los fines"
que no conocería otras leyes que las de la competencia
pura y perfecta de las ideas, infaliblemente
diferenciadas por la fuerza intrínseca de la idea
verdadera. Es también recordar que el funcionamiento
mismo del campo científico produce y supone una
forma específica de intereses (las prácticas científicas
no aparecen como "desinteresadas" más que por
referencia a intereses diferentes, producidos y exigidos
por otros campos).
Hablando de interés científico y de autoridad (o de
competencia) científica, buscamos descartar de plano las
distinciones implícitas que dificultan las discusiones
sobre la ciencia. Así, intentar disociar en la competencia
(o autoridad) científica lo que sería pura representación
social, poder simbólico, marcado por todo un "aparato"
(en el sentido de Pascal) de emblemas y de signos, de lo
que sería pura capacidad técnica, es caer en la trampa
constitutiva de toda competencia, razón social que se
legitima presentándose como pura razón técnica (como
se ve por ejemplo en los usos tecnocráticos de la noción
de competencia).1* De hecho, "el aparato
* En francés, competencia (compétence) sólo hace referencia a un
conjunto de habilidades diferente de concurrence, competencia o
competición. (N. del E.)
augusto" del que son rodeados aquellos a quienes se
denominaba los "capacitados" en el siglo pasado y hoy los
"competentes": togas rojas y armiños, sotanas y birretes
cuadrados de los magistrados y de los doctores en otros
tiempos, títulos escolares y distinciones científicas de
investigadores hoy, toda esta "muestra tan auténtica", como
decía Pascal, toda esta ficción social que socialmente no tiene
nada de ficticio, modifica la percepción social de la capacidad
propiamente técnica. Es así que los juicios sobre las
capacidades científicas de un estudiante o de un investigador
están siempre contaminados, en todos los niveles del
"cursus", por el conocimiento de la posición que ocupa en las
1 El conflicto del que da cuenta Sapolsky entre los partidarios de la
fluoridación, es decir entre los detentadores de la autoridad oficial (health
officials), que se consideraban los únicos "competentes" en materia de
salud pública, y los adversarios de esta innovación, entre los cuales se
encontraban muchos científicos, pero quienes, a los ojos de los oficiales,
excedían "los límites de su dominio propio de competencia", permite
percibir claramente la verdad social de la competencia como palabra
autorizada y palabra de autoridad que es el objeto de una lucha entre grupos
(cf. H. M. Sapolsky, "Science, voters and fluoridation controversy", en
Science, vol. 162, 25 de octubre de 1968, pp. 427-433). El problema de la
competencia no se expone con tanta agudeza y claridad como en la relación
con los "profanos" (cf. Barnes, "On the Reception of Scientific Beliefs", en
B. Barnes (ed.),Sociology of Science, Londres, Penguin, 1972, pp. 26913
jerarquías instituidas (las "Grandes Ecoles" en Francia, o las
de las universidades en los Estados Unidos, por ejemplo).
Puesto que todas las prácticas se orientan hacia la
adquisición de la autoridad científica (prestigio,
reconocimiento, celebridad, etc.), búsqueda intrínsecamente
doble, lo que llamamos comúnmente "interés" por una
actividad científica (una disciplina, un sector de esta
disciplina, un método, etc.) tiene siempre dos caras; y lo
mismo ocurre con las estrategias que tienden a asegurar la
satisfacción de este interés.
Un análisis que tratara de aislar una dimensión puramente
"política" en los conflictos por la dominación en el campo
científico sería tan radicalmente falso como su contraparte,
más frecuente, el análisis que no considera sino las
determinaciones "puras" y puramente intelectuales de los
conflictos científicos. Por ejemplo, la lucha que opone hoy a
los especialistas por la obtención de créditos y de instrumentos
de investigación no se reduce jamás a una simple lucha por el
poder propiamente "político": quienes se ponen a la cabeza de
las grandes burocracias científicas sólo pueden imponer su
victoria como una victoria de la ciencia si se muestran
291; L. Boltanski y Maldidier, "Carriére scientifique, morale scientifique et
vulgarisation", en Information sur les sciencies sociales (9), 3, 1970, pp.
99-118).
14
capaces de imponer una definición de la ciencia que implique
que la buena manera de hacer ciencia supone la utilización de
los servicios de una gran burocracia científica, provista de
créditos, de equipos técnicos poderosos, de una mano de obra
abundante; y constituyen en metodología universal y eterna
los procedimientos de encuesta por sondeo de grandes
muestras, las operaciones de análisis estadístico de los datos y
la formalización de los resultados, instaurando así como
medida de toda práctica científica el patrón más favorable a
sus capacidades personales e institucionales. Recíprocamente,
los conflictos epistemológicos son siempre,
inseparablemente, conflictos políticos: es por eso que una
investigación sobre el poder en el campo científico podría
comprender sólo cuestiones de tipo epistemológico.
De una definición rigurosa del campo científico como
espacio objetivo de un juego donde se encuentran
comprometidas posiciones científicas se deduce que es inútil
distinguir determinaciones propiamente científicas y
determinaciones propiamente sociales de prácticas
esencialmente sobredeterminadas. La descripción de Fred
Reif deja ver, casi a su pesar, hasta qué punto es artificial y
hasta imposible la distinción del interés intrínseco y el interés
extrínseco, de lo que es importante para un investigador
determinado y lo que es importante para los otros
investigadores:
Un científico pretende realizar las investigaciones que
considera importantes. Pero la satisfacción intrínseca y el interés
no son sus únicas motivaciones. Esto aparece claramente cuando
se observa lo que ocurre cuando un investigador descubre la
publicación por parte de otra persona de un resultado que él
estaba a punto de alcanzar. Casi siempre lo afecta, a pesar de que
el interés intrínseco de su trabajo no se encuentre para nada
afectado. Ocurre que su trabajo no debe ser interesante sólo
para él sino que debe ser importante para los otros.2 2
F. Reif, "The Competitive World of the Puré Scientist", en
Science, 15 de diciembre de 1961,134 (3494), pp. 1957-1962.
15
Lo que es percibido como importante e interesante es
lo que tiene chances de ser reconocido como importante
e interesante para otros y, por lo tanto, de hacer aparecer
al que lo produce como importante e interesante a los
ojos de los otros (habrá que examinar de nuevo esta
dialéctica y las condiciones en las cuales funciona en
beneficio de la acumulatividad científica y no como un
simple círculo de legitimación mutua).
A riesgo de volver a la filosofía idealista, que otorga a
la ciencia el poder de desarrollarse de acuerdo con su
lógica inmanente (como lo hace el mismo Kuhn cuando
sugiere que las "revoluciones científicas" sólo se
producen a continuación del agotamiento de los
"paradigmas") hay que suponer que las inversiones se
organizan con referencia a una anticipación -consciente o
inconsciente- de las posibilidades promedio de beneficio
(que se especifican también en función del capital
detentado). Es así como la tendencia de los
investigadores a concentrarse sobre los problemas
considerados como los más importantes (por ejemplo,
porque ellos han sido constituidos como tales por los
productores dotados de un alto grado de legitimidad) se
explica por el hecho de que un aporte o un
descubrimiento relativo a estas cuestiones es de un
carácter tal que aporta un beneficio simbólico más
importante. La intensa competencia que así se genera
tiene grandes posibilidades de determinar una baja en las
tasas medias de beneficio material y/o simbólico y, por
ello, que una fracción de investigadores se dirija hacia
otros objetos menos prestigiosos pero alrededor de los
cuales la competencia es menos fuerte, y que son por lo
tanto adecuados para ofrecer beneficios por lo menos de
igual importancia.2
La distinción que hace Merton (hablando de las
ciencias sociales) entre los conflictos "sociales" (que
tratan sobre "la asignación de recursos intelectuales entre
diferentes tipos de trabajos sociológicos" o sobre "el rol que
conviene al sociólogo") y los conflictos "intelectuales",
"oposición de ideas sociológicas estrictamente formuladas"
(R. K. Merton, The sociology of science, Chicago y Londres,
The University of Chicago Press,
1973, p. 55), constituye ella misma una estrategia a la vez
social e intelectual que tiende a imponer una delimitación del
campo de los objetos legítimos de discusión. Se habrá
reconocido en esta distinción una de esas estrategias por las
cuales la sociología oficial americana tiende a asegurarse la
respetabilidad académica y a imponer una delimitación de lo
científico y de lo no científico que prohiba toda interrogación
que ponga en cuestión los fundamentos de su respetabilidad,
como una falta al buen sentido científico.4
Una auténtica ciencia de la ciencia no puede constituirse
más que a condición de rechazar radicalmente la oposición
abstracta (que se encuentra también en otros lados, por
ejemplo en historia del arte) entre un análisis inmanente o
interno, que incumbiría propiamente a la epistemología y que
restituiría la lógica según la cual la ciencia engendra sus
propios problemas, y un análisis externo, que relaciona sus
problemas con sus condiciones sociales de aparición. Es el
campo científico el
4
De entre las innumerables expresiones de este credo neutralista, ésta es
particularmente típica: "En tanto que profesionales -como universitarios o
2 Dentro de la misma lógica hay que comprender las
transferencias de capital de un campo determinado a un campo
socialmente inferior, donde una competencia menos intensa
promete posibilidades de beneficios más elevados al detentador de
un capital científico determinado.
16
en el ejercicio de la profesión- los sociólogos se consideran esencialmente
capaces de separar, en nombre de su sentido de responsabilidad social, su
ideología personal de su rol profesional en sus relaciones con sus clientes,
sus públicos y sus pares. Es claro que está allí el resultado más completo de
la aplicación del concepto de profesionalización en la sociología,
particularmente en el período que comienza en 1965 (Ben David, 1972).
Desde la organización inicial de la sociología como disciplina, muchos
sociólogos han tenido ideologías muy intensas que los empujaban a tratar
de poner sus conocimientos al servicio del cambio social, aun cuando, en
tanto que universitarios, ellos debían afrontar el problema de las normas
que se imponen al profesor y al investigador
(M. Janowitz, The American Journal of Sociology, 78 (1), julio de 1972, pp.
105-135).
17
que, como lugar de una lucha política por la dominación
científica, asigna a cada investigador, en función de la
posición que ocupa, sus problemas, indisociablemente
políticos y científicos, y sus métodos, estrategias científicas
que, puesto que se definen expresa u objetivamente por
referencia al sistema de posiciones políticas y científicas
constitutivas del campo científico, son, al mismo tiempo,
estrategias políticas. No hay "elección" científica -elección
del área de investigación, elección de los métodos empleados,
elección del lugar de publicación, elección que describe
Hagstrom" entre una publicación rápida de resultados
parcialmente verificados o la publicación tardía de resultados
plenamente controlados que no sea, por uno de sus aspectos,
el menos confesado y el menos confesable, una estrategia
política de ubicación al menos objetivamente orientada hada
la maximización del beneficio propiamente científico, es decir
al reconocimiento susceptible de ser obtenido de los pares-
competidores.
LA ACUMULACIÓN DEL CAPITAL CIENTÍFICO
La lucha por la autoridad científica, especie particular de
capital social que asegura un poder sobre los mecanismos
constitutivos del campo y que puede ser reconvertido en otras
especies de capital, debe lo esencial de sus características al
hecho de que los productores tienden (tanto más cuanto más
autónomo es el campo) a no tener otros clientes posibles que
sus competidores. Esto significa que dentro de un campo
científico fuertemente autónomo, un productor particular no
puede esperar el reconocimiento del valor de sus productos
("reputación", "prestigio", "autoridad", "competencia",
5
W. D. Hagstrom, The Scientific Community, Nueva York, Basic
Books, 1965, p. 100.
18
etc.) sino de los otros productores, quienes, siendo también
sus competidores, son los menos proclives a darle la razón
sin discusión ni examen. En principio, y de hecho: sólo los
sabios comprometidos en el juego tienen los medios para
apropiarse simbólicamente de la obra científica y para
evaluar sus méritos. Y también de derecho: quien apela a una
autoridad exterior al campo sólo se atrae el descrédito. 6 (En
todo similar en esto a un campo artístico fuertemente
autónomo, el campo científico debe su especificidad, entre
otras cosas, al hecho de que los competidores no pueden
darse por satisfechos sólo por distinguirse de sus antecesores
ya reconocidos, sino que se ven obligados, so pena de ser
aventajados y "desclasados", a incluir sus logros dentro de la
construcción distinta y distintiva que los excede.)
En la lucha en la cual cada uno de los agentes debe
comprometerse para imponer el valor de sus productos y de
su propia autoridad como productor legítimo, está siempre
presente el desafío de imponer la definición de la ciencia (i.e.
la delimitación del campo de los problemas, las
metodologías y las teorías que pueden considerarse
científicas) más conveniente para sus intereses específicos,
es decir, la más adecuada para permitirle ocupar con toda
legitimidad la posición dominante,
6
Fred Reif recuerda que quienes, por inquietud de ver su trabajo
publicado lo más rápidamente posible, recurren a la prensa cotidiana (los
descubrimientos importantes en física han podido así ser anunciados en el
New York Times) se atraen la reprobación de sus pares-competidores en
nombre de la distinción entre publicación y publicidad que gobierna
también las actitudes con respecto a ciertas formas de divulgación, siempre
sospechadas de ser sólo formas eufemísticas de auto-divulgación. Será
suficiente citar los comentarios del editor del periódico oficial de los físicos
americanos: "Por cortesía con respecto a sus colegas, los autores tienen el
hábito de impedir toda forma de divulgación pública de sus artículos antes
de que éstos aparezcan en la revista científica. Los descubrimientos
científicos no poseen las características sensacionalistas que interesan a los
diarios y todos los medios de comunicación de masas deben poder tener
acceso simultáneamente a la información. De aquí en adelante nosotros
rechazaremos, entonces, los artículos cuyo contenido haya sido ya
publicado en la prensa cotidiana" (F. Reif, op. cit.).
19
asegurando la posición más alta en la jerarquía de los valores
científicos, de las capacidades científicas que el agente
detenta a título personal o institucional (por ejemplo en tanto
detentador de una especie determinada de capital cultural,
como ex alumno de una institución de enseñanza particular,
como miembro de una institución científica determinada,
etcétera).7
Es así que los debates sobre la prioridad de los
descubrimientos oponen en más de un caso a aquel que ha
descubierto el fenómeno desconocido, a menudo bajo la
forma de una simple anomalía o de un fracaso de las teorías
existentes, a aquel que ha hecho de ese descubrimiento un
hecho científico nuevo, insertándolo en una construcción
teórica irreductible al simple dato bruto: estas discusiones
políticas sobre el derecho de propiedad científica, que son al
mismo tiempo debates científicos sobre el sentido de lo que es
descubierto, y las discusiones epistemológicas sobre la
naturaleza del des-cubrimiento científico, oponen, en
realidad, a través de esos protagonistas particulares, dos
principios de jerarquización de las prácticas científicas; uno
que da prioridad a la observación y la experimentación, y por
lo tanto las disposiciones y las capacidades correspondientes,
y otro que privilegia la teoría y los "intereses" científicos
correlativos, debate que jamás ha cesado de ocupar el centro
de la reflexión epistemológica.
Así, la definición de la cuestión de la lucha científica
forma parte de las posiciones en la lucha científica, y los
dominantes son aquellos que consiguen imponer la definición
de la ciencia según la cual su realización más acabada
consiste en tener, ser y hacer lo que ellos tienen, son o hacen.
Es decir que la communis doctorum 7
Existe en cada momento una jerarquía social de los campos
científicos -las disciplinas- que orienta fuertemente las prácticas y
muy especialmente las "elecciones" de "vocación" -y en el interior
de cada una de ellos, una jerarquía social de los objetos y de los
métodos (sobre este punto cf. P. Bourdieu, "Méthode scientifique et
hiérarchie sociale des objets", en Actes de la recherche en sciences
sociales, 1, 1975, pp. 4-6). (Las autorreferencias, muy numerosas en
este texto, tienen una función estrictamente estenográfica.)
20
opinio, como decía la escolástica, no es más que una ficción
oficial que no tiene nada de ficticio porque la eficacia
simbólica que le confiere su legitimidad le permite cumplir
una función semejante a la que la ideología liberal reserva
para la noción de opinión pública. La ciencia oficial no es lo
que en general hace de ella la sociología de la ciencia, es
decir el sistema de normas y de valores que la "comunidad
científica", grupo indiferenciado, impondría e inculcaría a
todos sus miembros, considerando la anomia revolucionaria
sólo imputable a los fracasos de la socialización científica. 3
Esta visión 'durkheimniana' del campo científico podría ser
sólo la transfiguración de la representación del universo
científico que a los detentadores del orden científico les
conviene imponer, y en primer lugar imponerlo a sus
competidores.
No terminaremos nunca de reseñar los ejemplos de este
"funcionalismo", incluso en un autor que, como Kuhn,
incorpora el conflicto dentro de su teoría de la evolución
científica: "una comunidad de especialistas (de ciencia) se
esmerará por asegurarse la progresión en la acumulación de
datos que ella puede usar con precisión y con detalle" (T.
Kuhn, The structure of Scientific Revolutions, Chicago, The
University of Chicago Press,
1962, p. 168). Debido a que la "función" en el sentido del
"funcionalismo" de la escuela americana no es otra cosa que
el interés de los dominantes (de un campo determinado o, en
el campo de la lucha de clases, la clase dominante), es decir
el interés que los dominantes tienen en la perpetuación de un
sistema conforme a sus intereses (o la función que el sistema
cumple para esta clase particular de agentes); basta silenciar
los intereses (i.e. las funciones diferenciales) -haciendo de la
"comunidad científica" el tema de análisis- para caer en el
"funcionalismo".
Y justamente porque la definición de lo que está en juego
forma parte de la lucha, aun dentro de ciencias -como las
matemáticas- donde el consenso aparente es muy amplio, nos
encontramos todo el tiempo con las antinomias de la
legitimidad. (El interés apasionado que los investigadores en
ciencias sociales manifiestan ante las ciencias de la naturaleza
no se comprendería de otra manera: es la definición de
3 Como la filosofía social de inspiración durkheimniana que describe el
conflicto social en el lenguaje de la marginalidad, de la desviación o de la
anomia, esta filosofía de la ciencia tiende a reducir las relaciones de
competencia entre dominantes y dominados a las relaciones entre un
"centro" y una "periferia", reencontrando en la metáfora emanatista, cara a
Halbwachs, de la distancia al "foco" de los valores centrales (cf. por
ejemplo, J. Ben David, The Scíentist's Role in Society, Englewood Cliffs
(N.J), Prentice Hall Inc., 1971, y E.
Shils, "Centerand Periphery", en The Logic of Personal Knowledge, Essays
Presented to Michael Polanyi on his Seventieth Birthday, Londres,
Routledge and Kegan Paul Ltd., 1961, pp. 117-130).
21
principios de evaluación de su propia práctica lo que está en
juego en su pretensión de imponer, en nombre de la
epistemología o de la sociología de la ciencia, la definición
legítima de la forma más legítima de la ciencia, es decir, la
ciencia de la naturaleza.) Ni en el campo científico ni en el
campo de las relaciones de clase existe instancia alguna que
legitime las instancias de legitimidad; las reivindicaciones de
legitimidad obtienen su legitimidad de la fuerza relativa de los
grupos cuyos intereses expresan: en la medida en que la
definición misma de criterios de juicio y de principios de
jerarquización refleja la posición en una lucha, nadie es buen
juez porque no hay juez que no sea juez y parte.
Se puede ver la ingenuidad de la técnica de los "jueces" a
la que ha recurrido muy comúnmente la tradición sociológica
para definir las jerarquías características de un campo
determinado (jerarquía de agentes o de instituciones -las
universidades de los Estados Unidos- jerarquías de
problemas, de áreas o métodos, jerarquía de los campos
mismos, etc.). Es la misma filosofía ingenua de la objetividad
la que inspira el recurso a los "expertos internacionales".
Como si su posición de observadores extranjeros pudiese
ponerlos al abrigo de las posiciones tomadas o de las tomas
de partido en un momento donde la economía de los cam-
22
bios ideológicos participa hasta tal punto de sociedades
multinacionales, y como si sus análisis "científicos" del
estado de la ciencia pudiesen ser otra cosa que la justificación
científicamente enmascarada del estado particular de la
ciencia o de las instituciones científicas de las que ellos
forman parte. Veremos luego que la sociología de la ciencia
escapa muy raramente a esta estrategia del informe pericial
como imposición de legitimidad que prepara la conquista de
un mercado.4
4 Detrás de las problemáticas de expertos sobre el valor relativo de los
regímenes universitarios se oculta, inevitablemente, la cuestión de las
condiciones óptimas para el desarrollo de la ciencia y por lo tanto la del
mejor régimen político, puesto que los sociólogos americanos tienden a
hacer de la "democracia liberal" a la manera americana la condición de la
"democracia científica" (cf. por ejemplo R. K. Merton, "Science and
Technology in a Democratic Order", en
Journal of Legal and Political Sociology, vol. 1,1942, publicado
nuevamente en R. K. Merton, Social Theory and Social Structure, edición
revisada, Free Press, 1967, pp. 550-551, bajo el título "Science and
Democratic Social Structure", B. Barber, Science and the Social Order,
Glencoe, The Free Press, 1952. pp. 73 y 83.
La autoridad científica es, entonces, una especie particular
de capital que puede ser acumulado, transmitido e incluso
reconvertido en otras especies bajo ciertas condiciones.
Podemos pedir prestada a Fred Reif la descripción del
proceso de acumulación de capital científico y de las formas
que adopta su reconversión. Esto dentro del caso particular
del campo de la física contemporánea, donde la posesión de
un capital científico tiende a favorecer la adquisición de
capital suplementario y donde la carrera científica "exitosa"
se presenta de esta manera como un proceso continuado de
acumulación en el cual el capital inicial, representado por el
título escolar, juega un rol determinante:
Desde la "high school" el futuro hombre de ciencia
tiene conciencia del rol de la competición y del prestigio
en su éxito futuro. Debe esforzarse por obtener las
mejores notas para ser admitido en el "college" y más
tarde en el "graduate school". Se da cuenta de que el
pasaje por un "college" prestigioso tiene una
importancia decisiva para él [...] finalmente debe
ganarse la estima de sus profesores para asegurarse las
cartas de recomendación que lo ayudarán a entrar en el
"college" y a obtener las becas y los premios [...].
Cuando esté en la búsqueda de un empleo, estará en
mejor posición si viene de una institución conocida y si
trabajó con un investigador renombrado. En todo caso
es esencial para él que las personas mejor situadas
acepten darle comentarios favorables sobre su trabajo
[...]. El acceso a niveles universitarios superiores está
sometido a los mismos criterios. La universidad exige
nuevamente cartas de recomendación dadas por
expertos del exterior y puede a veces proponer la
formación de un comité de examen antes de tomar la
decisión de promover a alguien a un puesto de profesor
titular.
Este proceso se continúa cuando se trata de acceder a los
puestos administrativos, a las comisiones gubernamentales,
etc., y el investigador depende también de su reputación entre
sus colegas para obtener los fondos de investigación, para
atraer a los estudiantes de calidad, para asegurarse los grants
y las becas, las invitaciones y las consultas, las distinciones
(i.e. Premio Nobel, National Academy of Science). El
reconocimiento socialmente señalado y garantizado (por todo
un con-
23
junto de signos específicos de consagración que el grupo de
pares-competidores otorga a cada uno de sus miembros) es
función del valor distintivo de sus productos y de la
originalidad (en el sentido de la teoría de la información)
colectivamente reconocidos a la contribución que él hace a los
recursos científicos ya acumulados. El hecho de que el capital
de autoridad obtenido por el descubrimiento sea
monopolizado por el primero en haberlo hecho o, al menos,
en haberlo hecho conocer y reconocer, explica la importancia
y la frecuencia de las cuestiones de prioridad. Por otro lado,
si ocurre que el primer descubrimiento es atribuido a varios
nombres, el prestigio atribuido a cada uno de ellos se ve
disminuido. Aquel que llega al descubrimiento algunas
semanas o algunos meses después que el otro, ha dilapidado
todos
24
sus esfuerzos, sus trabajos se ven así reducidos al estatus de
duplicación carente de interés de un trabajo ya reconocido (lo
que explica la precipitación con que algunos publican para
evitar que otros les tomen la delantera). 10 El concepto de
visibilidad que emplean seguido los autores americanos (se
trata, a menudo, de una expresión de uso corriente entre los
universitarios) expresa bien el valor diferencial, distintivo de
esta especie particular de capital social: acumular capital es
"hacerse un nombre", un nombre propio (y, para algunos, un
apellido), un nombre conocido y reconocido, marca que
distingue instantáneamente a su portador, recortándolo como
forma visible del fondo indiferenciado, desapercibido, oscuro,
en el cual todo se pierde (de allí, sin duda, la importancia de
las metáforas perceptivas, donde la oposición entre brillante
y oscuro es el paradigma, en la mayor parte de las taxinomias
escolares).11 La lógica de la distinción funciona a pleno en el
10
Así se explican las estrategias muy diferenciadas que los
investigadores ponen en práctica en la difusión de las preimpresiones y de
las reimpresiones. Será fácil demostrar que todas las diferencias observadas
según la disciplina y la edad de los investigadores o la institución a la cual
pertenecen puede ser comprendida a partir de las muy diferentes funciones
que cumplen estas dos formas de comunicación científica: la primera
consiste en difundir muy rápidamente, escapando a las demoras de la
publicación científica (ventaja importante en los sectores altamente
competitivos) entre un número restringido de lectores, que son a menudo
también los competidores más competentes, productos que no están
protegidos contra la apropiación fraudulenta por la publicación oficial, pero
que pueden ser mejorados por la circulación; la segunda consiste en
divulgar más ampliamente, entre el conjunto de colegas e interesados,
productos con marca y socialmente imputados a un propio nombre (cf. W.
Hagstrom, "Factors Related to the Use of Different Modes of Publishing
Research in Four Scientific Fields", en C. E. Nelson y D. K. Pollock (ed.),
Communication Among Scientists and Engineers, Lexington (Mass.),
Health Lemington Books, D. C. Heath and Co., 1970. 11 De allí las
dificultades que se encuentran en las investigaciones sobre los intelectuales,
los sabios o los artistas, tanto en la investigación misma como en la
publicación de los resultados: proponer el anonimato a todas estas personas,
cuyo interés es hacerse un
25
caso de las firmas múltiples que, en tanto que tales, reducen el
valor distintivo impartido a cada uno de los que firman. Se
puede así comprender el conjunto de las observaciones de
Harriet A. Zuckerman12 sobre los "modelos de rango de
nominación entre los autores de artículos científicos" como el
producto de estrategias tendientes a minimizar la pérdida de
valor distintivo impuesta por las necesidades de la nueva
división del trabajo científico. Así, para explicar que los
laureados con el premio Nobel no sean nombrados más
frecuentemente que otros en primer lugar, como debería
esperarse dado que los autores son normalmente nombrados
en el orden del valor relativo de su contribución, no hay
necesidad de invocar una moral aristocrática de "nobleza
obliga"; alcanza suponer que la visibilidad de un nombre en
una serie es primero función de su visibilidad relativa,
definida por el rango que ocupa en la serie y, segundo, de
suvisibilidad intrínseca, que resulta del hecho de que, ya
conocido, es más fácilmente reconocido y retenido (uno de los
mecanismos que hacen que, aquí también, el capital vaya al
capital) para comprender que la tendencia a dejar a los otros
el primer rango crece a medida que crece el capital poseído,
con lo que el beneficio simbólico está automáticamente
asegurado a su poseedor, independientemente del orden en
que se lo nombra.13 El mercado de bienes científicos tiene sus
nombre, es hacer desaparecer la motivación principal para participar
en una encuesta (cf. el modelo de la encuesta literaria o del
interview). No proponerlo supone impedirse de formular preguntas
"indiscretas", es decir objetivantes y reductoras. La publicación de
los resultados plantea problemas equivalentes, ¿no será porque el
anonimato tiene como efecto tornar el discurso ininteligible o
transparente según el grado de información de los lectores? (Tanto
más cuando, en este caso, numerosas posiciones no tienen más que
un elemento, un nombre propio.)
12
H. A. Zuckerman, "Patterns of Name Ordering among Authors
of Scientific Papers: A Study of Social Symbolism and its
Ambiguity", 74 (3). noviembre de 1968, pp. 276-291. 13 El modelo
propuesto aquí da cuenta perfectamente -sin apelar a ninguna
determinación moral- del hecho de que los laureados
26
leyes, que no tienen nada que ver con la moral. Y con el
riesgo de hacer entrar en la ciencia de la ciencia, bajo
diversos nombres "eruditos", aquello que los agentes llaman a
veces "los valores" o las "tradiciones" de la "comunidad
científica", hay que saber reconocer como tales las estrategias
que, en los universos en los cuales se tiene interés en el
desinterés, tienden a disimular las estrategias. Estas
estrategias de segundo orden, por las cuales se pone en regla
transfigurando la sumisión a las leyes (que es la condición de
la satisfacción de los intereses), en obediencia electiva a las
normas, permiten acumular las satisfacciones del interés bien
entendido y los beneficios más o menos umversalmente
prometidos a las acciones que no tienen otra determinación
aparente que el respeto puro y desinteresado de las reglas.
CAPITAL CIENTÍFICO Y PROPENSIÓN A INVERTIR
La estructura del campo científico se define en cada
momento por el estado de las relaciones de fuerza entre los
protagonistas de la lucha, agentes o instituciones, es decir por
la estructura de la distribución del capital específico,
resultado de las luchas anteriores que se encuentran
objetivadas en las instituciones y las disposiciones, y que
dirige las estrategias y las posibilidades objetivas de los
diferentes agentes o instituciones en las luchas presentes.
(Alcanza aquí, como en otro lado, con percibir la relación
dialéctica que se establece entre las estructuras y las
estrategias -por intermedio de las
ceden el primer lugar más a menudo después de la obtención del
premio y de que su contribución a la investigación premiada sea
marcada más visiblemente que la parte que ellos han tomado en sus
otras investigaciones colectivas.
27
disposiciones- para hacer desaparecer la antinomia de la
sincronía y la diacronía de la estructura y de la historia). La
estructura de la distribución del capital científico es el
fundamento de las transformaciones del campo científico por
intermediación de las estrategias de conservación o de
subversión de la estructura que ella misma produce: por una
parte, la posición que cada agente singular ocupa en un
momento dado en la estructura del campo científico es la
resultante, objetivada en las instituciones e incorporada en las
disposiciones, del conjunto de las estrategias anteriores, de
este agente y de sus competidores, que dependen, ellas
mismas, de la estructura del campo por la intermediación de
las propiedades estructurales de la posición a partir de las
cuales son engendradas; y.por otra parte, las transformaciones
de la estructura del campo son el producto de las estrategias
de conservación o de subversión que encuentran el principio
de su orientación y de su eficacia en las propiedades de la
posición que ocupan los que las producen en el interior de la
estructura del campo.
Esto significa que en un estado determinado del campo, las
inversiones de los investigadores dependen tanto de su
importancia (medible por ejemplo en el tiempo consagrado a
la investigación) como de su naturaleza (y en particular en el
grado de riesgo asumido), de la importancia de su capital
actual y potencial de reconocimiento y de su posición actual y
potencial dentro del campo (según un proceso dialéctico que
se observa en todos los dominios de la práctica). Según una
lógica muchas veces observada, las aspiraciones -es decir lo
que se llama comúnmente "ambiciones científicas"- son tanto
más altas cuanto más elevado es el capital de reconocimiento:
la posesión del capital que confiere desde el origen de la
carrera científica el sistema escolar bajo la forma de un título
poco común implica e impone -por mediaciones complejas- la
persecución de objetivos elevados que son socialmente
pedidos y garantizados por ese título. Así, intentar medir la
rela-
28
ción estadística que se establece entre el prestigio de un
investigador y el prestigio de sus títulos escolares de origen
("Grande Ecole" o facultad en Francia, universidad que otorga
el doctorado para los Estados Unidos) una vez controlados los
efectos de su productividad14 es asumir implícitamente la
hipótesis de que la productividad y el prestigio actual son
independientes (entre ellos) e independientes de los títulos de
origen: en los hechos, en la medida en que el título, en tanto
capital escolar reconvertible en capital universitario y
científico, encierra una trayectoria probable dirige, por la
intermediación de las "aspiraciones razonables" que autoriza,
todo lo relativo a la carrera científica (la elección de objetos
más o menos "ambiciosos", una productividad más o menos
grande, etc.); de tal manera que el efecto de prestigio de las
instituciones no se ejerce solamente de manera directa,
"contaminando" la forma en que se juzgan las capacidades
científicas manifestadas por la cantidad y calidad del trabajo
o, incluso de manera indirecta, a través de los contactos con
los maestros más prestigiosos que posibilita un alto origen
escolar (la mayoría de las veces asociado a un alto origen
social), sino también por la intermediación de la "causalidad
de lo probable", es decir por virtud de las aspiraciones que
autorizan o favorecen las posibilidades objetivas (se podrían
hacer observaciones análogas a propósito de los efectos del
origen social cuando los títulos escolares de partida son
semejantes). Es así, por ejemplo, que la oposición entre las
colocaciones seguras de la investigación intensiva y
especializada, y las colocaciones arriesgadas de la
investigación extensiva que puede conducir a vastas síntesis
teóricas (revolucionarias o eclécticas) -aquellos que, en el
caso de la física analizado por F. Reif, consisten en informarse
sobre los desarrollos científicos producidos fuera de los
límites estrictos de la especialidad, en lugar de descansar
sobre 14
Cf. por ejemplo L. L. Hargens y W. O. Hagstrom, "Sponsored and
Contest Mobility of American Academic Scientists", en Sociolo-
gy ofEducation, 40 (1), invierno de 1967, pp. 24-38.
29
los andariveles seguros de una dirección de investigación
probada, y que pueden quedarse en pura pérdida o suministrar
analogías fecundas- tiende a reproducir la oposición entre las
trayectorias altas y las trayectorias bajas en el campo escolar
y en el campo científico. 15 Asimismo, para comprender la
transformación, descripta a menudo, de las prácticas
científicas que acompaña el progreso en la carrera científica,
hay que relacionar las diferentes estrategias científicas -por
ejemplo las inversiones masivas y extensivas solamente en la
investigación o las inversiones moderadas e intensivas en la
investigación asociadas a inversiones en la administración
científica- ciertamente no con las clases etarias -cada campo
define sus propias leyes de envejecimiento social- 16 sino con
la importancia del capital científico poseído que, definiendo a
cada momento las posibilidades objetivas de beneficio, define
las estrategias "razonables" de inversión y desinversión. Nada
es más artificial, lo vemos, que describir las propiedades
genéricas de las diferentes fases de la "carrera científica", 17
aunque se tratara de la "carrera media" en un 15
Cf. P. Bourdieu, L Boltanski y P. Maldidier, "La défense du corps", en
Information sur les sciences sociales, 10(4), pp. 45-86. 16
El análisis estadístico muestra, por ejemplo, que para el conjunto de
las generaciones pasadas, la edad de productividad científica máxima se
sitúa entre los 26 y los 30 años en los químicos, entre los 30 y los 34 años
entre los físicos y los matemáticos, entre los 35 y los 39 años entre los
bacteriólogos, los geólogos y los fisiólogos (H. C. Lehman, Age and
Achievment, Princeton. Princeton University Press, 1953). 17
Cf. F. Reif y A. Strauss, "The Impact of Rapid Discovery upon the
Scientist's Career", en Social Problems, invierno de 1965, pp. 297-311. La
comparación sistemática de este artículo -para el cual el físico ha
colaborado con el sociólogo- con el que escribía el físico algunos años
antes, suministraría enseñanzas excepcionales sobre el funcionamiento del
pensamiento sociológico americano. Baste indicar que la
"conceptualización" (es decir la traducción de los conceptos indígenas en la
jerga de la disciplina) tiene por precio la desaparición total de la referencia
al campo en su conjunto y, en particular, al sistema de trayectorias (o de
carreras) que confiere a cada carrera singular sus propiedades más
importantes.
30
campo particular18 -en efecto, toda carrera se define
fundamentalmente por la posición que ocupa en la estructura
del sistema de carreras posibles-.19 Existen tantas maneras de
entrar en la investigación, de mantenerse en la investigación
y de salir de la investigación como clases de trayectorias, y
toda descripción que, tratándose de tal universo, se atiene a
las características genéricas de una carrera "cualquiera" hace
desaparecer lo esencial, es decir las diferencias. La
disminución con la edad de la cantidad y de la calidad de las
producciones científicas que se observan en el caso de las
"carreras promedio", y que se comprende aparentemente si se
admite que el incremento del capital de consagración tiende a
reducir la urgencia de la alta productividad que ha sido
necesaria para obtenerlo, sólo se torna completamente
inteligible si se comparan las carreras medias con las carreras
más altas, que son las únicas que conceden hasta el final los
beneficios simbólicos necesarios para reactivar
continuamente la propensión hacia nuevas inversiones,
retardando así continuamente la desinversión.
EL ORDEN (CIENTÍFICO)
ESTABLECIDO
La forma que reviste la lucha, inseparablemente política y
científica, por la legitimidad científica, depende de la
estructura del campo, es decir, de la estructura de la
distribución del capital específico de reconocimiento
científico entre los participantes de la lucha. Esta
18
Cf. B. G. Glaser, "Variations in the importance of Recognition in
Scientist's Careers", en Social Problems, 10 (3), invierno de 1963, pp. 268-
276.
19
Para evitar rehacer aquí toda la demostración, me contentaré con
reenviar a P. Bourdieu, "Les catégories de l'entendement professoral", en
Actes de la recherche en sciences sociales, 3, 1975, pp. 68-93.
31
estructura puede variar teóricamente (como es el caso de
todo campo) entre dos límites teóricos en los hechos
jamás alcanzados: por un lado la situación de monopolio
del capital específico de autoridad científica y, por el
otro, la situación de competencia perfecta que supone la
distribución equitativa de este capital entre todos los
competidores. El campo científico es siempre el lugar de
una lucha más o menos desigual entre agentes
desigualmente provistos de capital específico, por lo
tanto en condiciones desiguales para apropiarse del
producto del trabajo científico (y también, en ciertos
casos, de los beneficios externos tales como las
gratificaciones económicas o propiamente políticas) que
producen por su colaboración objetiva, puesto que el
conjunto de competidores pone en juego el conjunto de
los medios de producción científicos disponibles. Dentro
de todo campo se oponen, con fuerzas más o menos
desiguales según la estructura de la distribución del
capital dentro del campo (grados de homogeneidad), los
dominantes, ocupando las posiciones más altas dentro de
la estructura de la distribución del capital científico, y los
dominados, es decir los recién llegados, que poseen un
capital científico tanto más importante (en valores
absolutos) cuanto más importantes son los recursos
científicos acumulados.
Todo parece indicar que, a medida que los recursos
científicos acumulados se incrementan, y que se eleva el
grado de homogeneidad entre los competidores (que
bajo el efecto de factores independientes tienden a
volverse más y más numerosos), como consecuencia de
la elevación correlativa del derecho de entrada, la
competencia científica tiende a distinguirse en su forma
y en su intensidad de la que se observa en los estados
más antiguos de los mismos campos o en otros campos
donde los recursos acumulados son menos importantes y
el grado de heterogeneidad mayor (cf. más adelante).
Olvidando (lo que se hace casi siempre) tener en cuenta
estas propiedades estructurales y morfológicas de los
diferentes campos, los sociólogos de la ciencia se expo-
32
nen a unlversalizar el caso particular. Es así que la oposición
entre las estrategias de conservación y las estrategias de
subversión, que serán analizadas más adelante, tiende a
debilitarse a medida que la homogeneidad del campo se
incrementa y que decrece correlativamente la probabilidad de
grandes revoluciones periódicas en beneficio de
innumerables pequeñas revoluciones permanentes.
En la lucha que los opone, los dominantes y los
pretendientes, es decir los recién llegados, como dicen los
economistas, recurren a estrategias antagónicas,
^profundamente opuestas en su lógica y en su principio: los
intereses (en el doble sentido) que los animan y los medios a
los que pueden recurrir para satisfacerlos dependen en efecto
muy estrechamente de su posición en el campo, es decir de su
capital científico y del poder que él les da sobre el campo de
producción y de circulación científica y sobre los beneficios
que produce. Los dominantes adoptan estrategias de
conservación tendientes a perpetuar el orden científico
establecido del cual son parte interesada. Este orden no se
reduce, como se cree comúnmente, a la ciencia oficial,
conjunto de recursos científicos heredados del pasado, que
existen en estado objetivado, bajo la forma de instrumentos,
de obras, de instituciones, etc., y en estado incorporado, bajo
la forma de habitus científicos, sistemas de esquemas
generadores de percepción, de apreciación y de acción que
son el producto de una forma específica de acción pedagógica
y que vuelven posible la elección de los objetos, la solución
de los problemas y la evaluación de las soluciones. Engloba
también el conjunto de instituciones encargadas de asegurar la
producción y circulación de los bienes científicos al mismo
tiempo que la reproducción y la circulación de los productores
(o de los reproductores) y de los consumidores de esos bienes,
es decir centralmente el sistema de enseñanza, único capaz de
asegurar a la ciencia oficial la permanencia y la consagración
inculcándola sistemáticamente (habitus científicos) al
conjunto de los destinatarios de la acción
33
pedagógica y, en particular, a todos los recién llegados al
campo de producción propiamente dicho. Además de las
instancias específicamente encargadas de la consagración
(academias, premios, etc.), comprende también los
instrumentos de difusión y, en particular, las revistas
científicas que, por la selección que ellas operan en función
de los criterios dominantes, consagran los productos
conformes con los principios de la ciencia oficial, ofreciendo
así continuamente el ejemplo de lo que merece el nombre de
ciencia, y ejerciendo una censura de hecho sobre las
producciones heréticas, tanto rechazándolas expresamente,
cuanto desanimando simplemente la intención de publicar por
medio de la definición de lo publicable que proponen.20
El campo asigna a cada agente sus estrategias, incluyendo
aquella que consiste en trastocar el orden científico
establecido. Según la posición que ocupan en la estructura del
campo (y sin duda también según variables secundarias como
la trayectoria social, que rige la evaluación de las
posibilidades), los "recién llegados" pueden encontrarse
orientados hacia las colocaciones seguras de las estrategias de
sucesión, capaces de asegurarles, al final de una carrera
previsible, los beneficios correspondientes a los que realizan
el ideal oficial de la excelencia científica, asumiendo el costo
de realizar innovaciones circunscriptas en los límites
autorizados, o hacia estrategias de subversión, colocaciones
infinitamente más costosas y más arriesgadas que sólo pueden
asegurar los beneficios prometidos a los detentadores 20 Sobre
la acción de "filtraje" de los comités de redacción de las revistas
científicas (en ciencias sociales) véase D. Crane, "The GateKeepers
of Science: Some Factors Affecting the Selection of Articles for
Scientific Journals", American Sociologist, II, 1967, pp. 195-201.
Todo autoriza a pensar que en materia de producción científica,
como en materia de producción literaria, los autores seleccionan,
consciente o inconscientemente, los lugares de publicación en
función de la idea que se hacen de sus "normas". Todo inclina a
pensar que la autoeliminación, evidentemente menos perceptible, es
al menos tan importante como la eliminación expresa (sin hablar del
efecto que produce la imposición de una norma de lo publicable).
34
del monopolio de la legitimidad científica a menos que se
pague el costo de una redefinición completa de los principios
de legitimación de la dominación: los recién llegados que
rechazan las carreras trazadas no pueden "vencer a los
dominantes en su propio juego" sino a condición de
comprometer un aumento de inversiones específicamente
científicas y sin poder esperar beneficios importantes, al
menos en el corto plazo, porque tienen contra ellos toda la
lógica del sistema.
Por un lado, la invención según un arte de inventar ya
inventado que, resolviendo todos los problemas susceptibles de
plantearse dentro de los límites de la problemática establecida
por la aplicación de métodos comprobados (o trabajando para
salvar los principios contra los cuestionamientos heréticos -
pensamos por ejemplo en Tycho Brahe-), tiende a hacer olvidar
que ella no resuelve más que los problemas que puede
proponer o que ella no propone más que los problemas que
puede resolver; por el otro, la invención herética que, poniendo
en cuestión los principios mismos del antiguo orden científico,
instaura una alternativa diferenciada, sin compromiso posible,
entre dos sistemas mutuamente excluyentes. Los fundadores de
un orden científico herético rompen el contrato que aceptan al
menos tácitamente los candidatos a la sucesión: no
reconociendo otro principio de legitimación que el que ellos
intentan imponer, no aceptan entrar en el ciclo de intercambio
de reconocimiento que asegura una transmisión regulada de la
autoridad científica entre los tenedores y los pretendientes (es
decir, muy a menudo, entre miembros de generaciones
diferentes, lo que lleva a muchos observadores a reducir los
conflictos de legitimidad a conflictos generacionales).
Rechazando todos los depósitos y garantías que les ofrece el
antiguo orden y la participación (progresiva) en el capital
colectivamente garantizado i que opera según los
procedimientos regulados por un contrato de delegación, ellos
realizan la acumulación inicial por un golpe de timón y por la
ruptura, desviando en su beneficio el crédito con el cual los
beneficiarían los
35
antiguos dominantes, sin concederles la contrapartida de
reconocimiento que les acuerdan los que aceptan
insertarse en la continuidad de una línea.21
Y todo conduce a creer que la propensión a las
estrategias de conservación o a las estrategias de
subversión es tanto menos independiente de las
disposiciones que se establecen en relación con el orden
establecido cuanto más dependiente es el orden
científico mismo del orden social en el cual está inserto.
Por eso es lícito suponer que la relación que establece
Lewis Feuer entre las inclinaciones universitaria y
políticamente subversivas del joven Einstein, y su
empresa científicamente revolucionaria, es válida en
cierta manera a fortiori para las ciencias como la
biología y la sociología, que están lejos de haber llegado
al grado de autonomía de la física de los tiempos de
Einstein. Y la oposición que establece este autor entre las
disposiciones revolucionarias de Einstein, miembro en
su juventud de un grupo de estudiantes judíos en revuelta
contra el orden científico establecido y contra el orden
establecido, y las disposiciones reformistas que muestra
Poincaré, perfecto representante de la "república de los
profesores", hombre del orden y de la reforma ordenada,
tanto dentro del orden político como en el orden
científico, no puede dejar de evocar la oposición
homóloga entre Marx y Durkheim.
En su esfuerzo de reflexión original, Einstein se
sustentó en un extraño y pequeño círculo de jóvenes
intelectuales, plenos de sentimientos de revuelta social y
científica propios de su generación y que formarían una
contracomunidad científica fuera de la institución
oficial, un grupo de bohemios cosmopolitas llevados, en
esos tiempos revolucionarios, a considerar el mundo de
otra manera (L. S. Feuer, "The Social Roots of Eistein's
Theory of Relativity", en Anuales of Science,
vol. 27, No. 3).
Sobrepasando la oposición ingenua entre los habitas
21
Se verá más adelante la forma original.
36
individuales y las condiciones sociales de su cumplimiento,
Lewis Feuer sugiere la hipótesis de que todos los trabajos
recientes sobre el sistema de enseñanza científica acaban de
corroborar (cf. M. de Saint Martin, Les fonctions sociales de
l'enseignement scientifique, París, La Haya, Mouton, col.
Cahiers du Centre de sociologie européene, No. 8, 1971, y P.
Bourdieu y M. de Saint Martin, Le systeme des grandes
écoles et la reproduction de la classe dominante), según la
cual el acceso rápido y fácil a las responsabilidades
administrativas que se ofrecía en Francia a los alumnos de las
grandes escuelas científicas tendía a desalentar la revuelta
contra el orden (científico) establecido, que encuentra, al
contrario, un terreno favorable en los grupos de intelectuales
marginales, ubicados en las posiciones intermedias entre el
sistema de enseñanza y la bohemia revolucionaria:
Podemos en verdad arriesgar la hipótesis de que,
precisamente porque Francia era una "república de
profesores", precisamente porque los sujetos más
brillantes de la escuela politécnica eran rápidamente
absorbidos por las altas funciones militares y la
ingeniería civil, no era verosímil que una ruptura radical
con los principios recibidos hubiera ocurrido. Una
revolución científica encuentra su terreno más fértil en
una contracomunidad. Cuando el joven científico
encuentra responsabilidades administrativas muy rápido,
su energía está menos disponible para la sublimación en
el radicalismo de una investigación pura. Tratándose de
creatividad revolucionaria, la apertura misma de la
administración francesa a los talentos científicos
constituye quizás un factor explicativo del
conservadurismo científico, más importante que todos
los otros factores que habitualmente se priorizan.