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1.ª edición: abril 2025
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ISBN: 978-84-10495-74-6
Fotocomposición: Urano World Spain, S.A.U.
Para mis amigas.
«Madre, corona mi cabeza victoriosa y alégrate con motivo de mis
nupcias reales. Permíteme partir y, si yo no tuviese, según tú, buen
ánimo, empújame incluso a la fuerza. Pues si existe Loxias, unas
nupcias más desgraciadas todavía que las de Helena va a contraer
conmigo el ilustre Agamenón, soberano de los aqueos, porque pienso
matarlo y destruir su casa como revancha, cobrando venganza por mis
hermanos y mi padre […] Por esto no debes, madre, compadecerte ni
de tu tierra ni de mis desposorios, toda vez que a estos enemigos, tuyos
y míos, con estas bodas mías voy a aniquilar».
«Las Troyanas». Tragedias II. Eurípides.
Edición de Juan Miguel Labiano
1
LA VÍSPERA DE LA VENDIMIA
L
a víspera de la vendimia descubrí que el rojo es el color más difícil
de olvidar. Aquella tarde tibia despedía un verano sucio y gastado,
que hedía a algas y excrementos de gaviota. Como era nuestra
costumbre, bajamos la ladera en dirección a la playa, hasta la gruta que se
abría a los pies de los altos acantilados. Mi madre, doña Gwadiana, presidía
la marcha, haciendo tintinear los numerosos brazaletes con los que se
adornaba. Sostenía un collar de cuentas de ámbar en la mano derecha y en
la izquierda se aferraba a la manita morena de Aleya, mi hermana pequeña,
quien participaba en aquella tradición por primera vez. Yo las seguía de
cerca, temerosa de que la incipiente brisa me hiciera tropezar con la falda.
Ojalá hubiera tenido tiempo de recogerme el dobladillo. Me dolían los
brazos por el peso de la dádiva para el ermitaño. En aquella ocasión
habíamos sido generosos con la cesta: queso de cabra, tarros de miel, leche
y la famosa vid de las viñas del duque. Gartian, a sus diez años, gastaba el
doble de intuición y sagacidad que sus mayores y me observaba de reojo,
con gesto contrito.
—¡Hermana! Permitidme que os libere de la cesta —me dijo tirándome
de la falda.
—Sabes que eso no puede ser —respondí, enternecida.
Ya veía la figura encorvada del ermitaño cuando me percaté de la
ausencia de un miembro de la comitiva. Giré la cabeza con disimulo,
haciendo como que me molestaba el velo. Elidel se había escabullido del
control de la guardia para acercarse a la orilla. El viento levantaba las gasas
de su vestido rosa y el viejo velo, que apenas le cubría el rostro. Fruncí el
ceño al recordar las largas madrugadas cosiendo bajo la luz de la vela para
que su vestimenta estuviera lista a tiempo. Por su culpa no había tenido
tiempo de arreglarme la túnica, que ahora se arrastraba por la arena negra.
Suspiré antes de pedirle a Gartian que fuera a buscarla. Entre todos mis
hermanos, no había otro igual de obediente y dispuesto.
Elidel volvió descalza y con las manos sucias, vigilada de cerca por su
hermano menor. Tenía un par de mechones húmedos y rebeldes pegados a la
cara y deduje que se había estado deshaciendo las trenzas. Si no hubiera
sido por la ceremonia, habría dejado la dádiva en el suelo para peinarla,
colocarle bien el vestido y sacudirle la arena. Al llegar a mi altura soltó una
risilla tan impertinente que me hizo comprender por qué el Libro del
Maestro Sagrado hace tanto énfasis en prevenir los asesinatos filiales.
—¿Dónde están las sandalias? —siseé.
—Las tiene Gartian.
El niño se nos unió agitando las sandalias en el aire antes de que Elidel se
las arrebatara sacándole la lengua. Tuvo que apoyarse en mí para volver a
calzarse, lo que me hizo perder el equilibrio y uno de los tarros de miel se
precipitó al suelo. Gartian lo recogió y le sacudió la arena con primor antes
de volver a colocarlo en su sitio.
—¿Creéis que madre se ha dado cuenta? —pregunté en voz baja,
mientras retomábamos la marcha.
—Te preocupas en vano, Ginois —respondió Elidel, encogiéndose de
hombros—. Anoche la sorprendí regresando a la alcoba con dos calabazas
rebosantes de vino. Es un milagro que camine en línea recta.
—¡Embustera! No hables así de madre —la reñí, por costumbre—. Y
dirígete a mí con la deferencia que me corresponde como tu hermana
mayor.
—Por supuesto —contestó ella con los ojos chispeantes de malicia—.
Perdonadme, mi señora hermana.
Decidí no seguir alimentando aquel fútil cacareo. No hacía tanto que
aquella mocosa no podía ni limpiarse las babas sin mi ayuda. Cuando al fin
llegamos a la gruta, deposité la dádiva en la roca junto a la entrada y realicé
la reverencia de rigor ante el ermitaño, que me la devolvió y me marcó la
frente con un círculo de ceniza. Me aparté para dejar sitio a mis hermanos y
ocupé mi lugar junto a madre. Olisqueé con disimulo. Su aliento despedía
aquel aroma agrio y embriagador que me indicó que ya había empezado las
celebraciones de la vendimia por su cuenta.
—Ah, vamos a echar tanto de menos a vuestro padre —susurró, ayudando
a la pequeña Aleya a corregir su postura.
—Rezaremos por su pronto regreso —respondí mientras examinaba la
mediocre y desganada reverencia de Elidel.
Una vez que la comitiva entera presentó sus respetos ante el ermitaño nos
adentramos en la gruta. Los hombres permanecieron en la entrada, Gartian
incluido. En otras ocasiones había protestado o pataleado, pero ya era
suficientemente mayor como para entender que había lugares y liturgias que
no estaban pensadas para sus ojos. O quizá simplemente la ausencia de
padre nos había echado a todos un par de años encima. A casi todos, me
corregí al escuchar la poco solemne risa de Elidel mientras toqueteaba las
pinturas en las paredes de aquel angosto túnel para deleite de Aleya. Según
nos alejábamos del exterior, la luz iba diluyéndose en unas sombras
acariciantes y apenas podían discernirse los dibujos que tanto fascinaban a
mis hermanas. No es que fueran dignos de contemplación: figuras
esquemáticas postradas ante deidades con forma animal, a las que rodeaban
de unos halos de colores brillantes. También yo había preguntado
inútilmente por su significado la primera vez que atravesé aquella gruta.
Nadie lo sabía ya. La luz del Maestro Sagrado engullía las sombras de
nuestro impío pasado.
Cuando llegamos a la cámara principal tuvimos que andar con cuidado de
no pisar las lámparas de aceite que el ermitaño había encendido en cada una
de las esquinas. Yo me situé al fondo. Mis acompañantes proyectaban en la
pared unas sombras voluminosas que parecían querer devorarse las unas a
las otras. Aleya se sentó a mi diestra y Elidel a la siniestra. Madre se
arrodilló justo en el centro y el ermitaño trazó un círculo de ceniza en torno
a ella antes de tomar el Libro.
La senectud del sacerdote ermitaño se reflejaba en su voz temblorosa y
las pausas repentinas que rompían el ritmo de sus oraciones. Elidel bostezó
con deliberada parsimonia y la amonesté con un codazo disimulado. Madre
se sabía sus intervenciones de memoria, pero las entonaba con hastío. Cerré
los ojos e intenté aislarme del resto para encontrar en mi interior la evasiva
serenidad del rezo. Debíamos dar las gracias al Maestro por las buenas
cosechas, por los hombres del sur que luchaban por nosotras en el norte
ignoto y la seguridad que nos brindaba la civilización construida en su
nombre. También habíamos de pedir por el regreso de padre. Nada era más
importante. Con timidez añadí un último nombre a mi oración y su mero
recuerdo me hizo estremecer, pero antes de que pudiera concluirla sentí el
peso de Aleya, dejándose caer sobre mis hombros. La pobre niña no sabía
respirar por la nariz y roncaba copiosamente.
El ermitaño fingió no percatarse de la somnolencia del miembro más
joven de su audiencia y continuó con la lectura del episodio de San Ivanno,
el hombre cuya fe volvía la tierra fecunda y multiplicaba las cosechas.
Habría jurado que estaba saltándose párrafos enteros, aquellos que se
recreaban en la belleza que el santo arrancaba de la tierra y estaban
plagados de vocablos arcaicos y figuras retóricas de gran valor estético y
significado críptico.
El final fue tan abrupto como el despertar de un sueño plácido: el santo
echaba raíces y se metamorfoseaba en una encina para huir de sus
perseguidores, pero estos lo reconocían por la manera en la que las criaturas
del bosque le rendían pleitesía. Los paganos ensartaban el árbol con sus
flechas y de él manaba la sangre sacra que alimentaría al bosque durante
años hasta convertirlo en el más frondoso de la tierra, que se extendía hoy
en día en el lejano continente.
Madre se puso en pie para la última oración y nosotras con ella. Fue
entonces cuando me percaté de que había una mancha en el suelo que no
estaba allí antes. Era demasiado espesa para tratarse de agua y en cuanto
detecté el olor ferroso de la sangre, comprobé mis faldas con angustioso
disimulo para asegurarme de que no se me hubiera adelantado el mal rojo,
pero no hizo falta que me esmerara: enseguida me topé con la mirada
culpable de Elidel y desvié la atención a su vestido donde habían aparecido
varios lunares color carmesí, de los que sin duda sería fatigoso deshacerse.
Le hice un gesto para que se apartara de la vista del ermitaño. No me
entendió y eso que por una vez parecía ávida de mi guía. Pese a todo, me
invadió la compasión. Se suponía que las mujeres no debían visitar los
lugares de culto mientras sangrasen. En cuanto recibimos la última
bendición, la agarré de la mano, sin percatarme de que también tenía sangre
entre los dedos.
—¡Elidel! —la reprendí en voz baja.
Ella se apartó de mí y se escurrió delante de madre para internarse en el
pasadizo que conducía al exterior. El ermitaño abrió la desdentada boca en
un gesto de condescendiente hilaridad y habló sin titubeos:
—La joven doncella no tiene de qué avergonzarse. Es un buen presagio.
El rojo es el color de la vendimia.
—Os ruego que nos disculpéis, padre. De haberlo sabido, mi hermana
habría permanecido en el castillo —me apresuré a contestar.
—Guardaos las disculpas para los grandes hombres de la fe —replicó él
ladeando la cabeza—. Yo solo soy un humilde ermitaño y no temo a la
sangre ni a la suciedad inherente del mundo.
Aquellas palabras me turbaron de sobremanera, así que elegí el silencio,
quizás para no delatar mis propios miedos. Madre, que había permanecido
ajena al asunto hasta aquel instante, rio despreocupada mientras se recogía
la capa para evitar que rozara el suelo, aunque estaba segura de que no
había prestado atención a lo que había dicho el ermitaño. Lejos de
sosegarme, la ligereza de aquellos dos no hizo más que inflamar la
vergüenza prestada que sentía y me encaminé en busca de Elidel sin
molestarme en pedir permiso.
—¿Qué le pasa a Eli? —La voz de Aleya me llegó como un eco que
reverberaba por la gruta.
No alcancé a discernir la respuesta. Me recogí las faldas para correr hacia
la entrada, donde los guardias se carcajeaban. Uno se había sentado en una
roca, mientras que el otro daba vueltas, aparentemente nervioso, con la vista
perdida en un punto distante. Ambos parecieron aliviados cuando me uní a
ellos.
—¡Doña Ginois! Vuestra hermana se ha metido en el agua —me anunció
el que estaba de pie con una aprensión que no acababa de ocultar su
hilaridad.
Me encaminé hacia la orilla, a sabiendas del espectáculo que iba a ofrecer
para aquellos guardias quienes, en cuanto pudieran, repetirían el cuento con
todo lujo de detalles, añadiendo si acaso alguno de su propia cosecha.
Desde que la mayoría de los hombres se habían marchado con padre a la
guerra, el tedio y la ausencia de novedades magnificaban cada rumor
absurdo.
Encontré a Gartian detrás de una duna, sosteniendo con evidente
desagrado el vestido ensangrentado de Elidel. Al verme, se apresuró a
depositarlo en mis manos y señaló a la protagonista de aquella tarde roja.
Mi hermana se había quedado solo con el fino blusón de algodón que
llevaba bajo el vestido y se frotaba los muslos con saña. Las olas le pasaban
por encima una tras otra, pero ella no parecía tener intenciones de volver a
la orilla. Mientras tanto, el sol teñía el mar de escarlata y una extraña
desazón me invadió. La primera vez que sangré me negué a salir de mi
alcoba por mucho que las doncellas me ofrecieran cinturones cuajados de
amapolas o rosas que, según prometían, disiparían el hedor de la sangre. Me
asqueaba incluso contemplarlos, como si fueran ponzoñosos. Tuvo que
venir madre a sacarme a rastras y recordarme que mis obligaciones seguían
siendo las mismas y que aún más desagradable y sucio era dar a luz y
también me llegaría la hora. Después me ofreció un vaso de vino, aunque
sabía perfectamente que lo aborrecía. Desde entonces, envuelta en aquel
doble martirio carmesí, supe que detestaría el rojo toda mi vida.
Dejé a Gartian en la duna y avancé unos pasos hasta colocarme frente a
Elidel para asegurarme de que me escuchaba sin tener que gritar.
—¡Ya basta! Vas a enfermar y te perderás la vendimia.
—¡Espera un momento! —me respondió.
—Pronto anochecerá —protesté.
Madre se acercó, seguida de la constante Aleya. Elidel se arrojó descalza
y tiritante a sus brazos, que la envolvieron en una fina capa de verano.
Madre le acarició el pelo húmedo y suelto con tanto cariño que sentí una
punzada de celos. Nadie iba a pedirle a Elidel que se tragara las lágrimas y
se convirtiera en mujer. Se refugiaba con tozudez en aquella niñez que le
permitía disfrazar su rebeldía de encanto. Sin embargo, yo sabía bien que
detrás se ocultaba una determinación fiera que, a menos que alguien lo
impidiera, la haría arder en un nuevo y brillante matiz de rojo.
El incidente de Elidel quedó relegado al olvido en cuanto regresamos a
Tralia. Era una larga caminata por la pendiente hasta alcanzar las lindes de
nuestros terrenos y la recorrimos con una agilidad insólita para lo que
habría debido ser una procesión solemne. Una vez allí, unas campesinas
acogieron a mi hermana y le proporcionaron ropa para cambiarse. Madre las
acompañó, tras encomendarme que supervisara los preparativos para la
vendimia. Asentí con tristeza. No reconocía en su expresión lánguida el
entusiasmo con el que solía ejercer de anfitriona para estas celebraciones.
Madre podía pecar de perezosa en los asuntos cotidianos, pero nunca dejaba
de honrar una fiesta. Amaba la vid de su tierra casi tanto como al fruto de su
vientre.
Pronto me diluí en el ajetreo. La tristeza que me embargaba no me
pertenecía ya solo a mí, sino que parecía nutrirse de todos los que me
rodeaban, aquellos que nos habíamos quedado atrás a merced de la
incertidumbre. La mayoría de los señores habían prescindido de las fiestas
por respeto a quienes habían marchado a la guerra, pero madre opinaba que
había que celebrar el valor de padre y sus hombres en lugar de lamentarnos
como si ya los diéramos por perdidos. Si el Maestro era generoso, los
paganos del norte derramarían las lágrimas rojas de la derrota antes de la
próxima vendimia. Así pues, cada uno ocupó su papel: abrimos las bodegas,
llenamos la cocina de suculentos manjares y decoramos el jardín con el
escudo de la casa en el que aparecía un racimo de uvas amarillas sobre unas
ondas azules que simulaban las olas. Músicos y rapsodas de todos los
rincones de Gibelia se presentaron en nuestra puerta. Vestían quizás ropas
más gastadas y tenían un aspecto ligeramente famélico, pero exhibían las
mismas sonrisas de misteriosa solicitud, como si lo que ofrecieran no
estuviera bien en absoluto o no pudiera conocerse del todo.
Uno de estos últimos me abordó en uno de los pequeños patios interiores
mientras me dirigía al salón de madre para cenar junto a mis hermanos.
Estaba tan exhausta que ni siquiera me asusté ante la repentina aparición de
aquel hombre extraño de largas barbas negras trenzadas y ajados ropajes
rojizos. Se adornaba las orejas con una ristra de zarcillos dorados de gran
tamaño que tintinearon cuando hizo una reverencia.
—Mi señora —dijo con una voz grave pero risueña—. Traigo un mensaje
de vuestro padre desde el remoto norte.
Aquellas palabras me despertaron de aquel embotamiento de las últimas
horas del día y me apresuré a pedirle que me acompañara, intentando que
no me temblase la voz. Hacía varios meses que no recibíamos
correspondencia y lo que sabíamos de la guerra era tan nebuloso e
imposible que se asemejaba a cuentos de viejas: mares que se abrían,
hombres transformados en bestias, hechiceras paganas que seducían a
centenares de soldados para que cambiaran de bando, nieblas que
devoraban espíritus… La desazón creada por aquellas historias solo podía
hallar su antídoto en la estoica y desnuda letra de padre.
Recorrimos dos patios más y subimos a la planta superior, donde se
encontraban las dependencias de madre. Por el camino, le pedí a un criado
que avisara a Sagramore, ya que no me cabía la menor duda de que habría
preferido comer solo antes de unirse a nuestra rutinaria algarabía.
El salón era una estancia rectangular y ancha con un pequeño balconcito,
ocupada casi en su totalidad por una mesa redonda en torno a la que solían
transcurrir nuestras veladas. Madre se había recostado en el sillón y bebía
con desgana de su copa. Gartian se sentaba muy erguido y giró la cabeza
cuando entramos, reprimiendo un bostezo. Aleya jugaba con una muñeca de
trapo. Probablemente Elidel se habría excusado en el mal rojo para
permanecer en la alcoba.
—¡Nuevas de padre! —anuncié con una mezcla de nerviosismo y orgullo
por haber descubierto al portador.
De inmediato mi madre dejó caer la copa y escudriñó al mensajero con
sus ojos que eran como cortezas de almendro. No dio tiempo a saludar al
recién llegado antes de que las puertas se abrieran para dar paso a un
muchacho altísimo, cuyo rostro estaba semioculto por un río de rizos
negros. Entró jadeando y se dejó caer junto a madre con naturalidad. Así era
Sagramore, cuyas tardanzas e impropiedad lo definían tanto como su piel
oscura y los tres lunares sobre su frente.
—¿Es cierto? ¿Ha venido un mensajero de padre? —dijo sin mirar a
nadie.
El susodicho extrajo de un bolsillo de su capa un fajo de papeles
arrugados que sostuvo en alto entre madre y Sagramore. Ambos
intercambiaron una breve mirada en la que se palpaba la tensión ácida que
marcaba nuestros días desde la ausencia de padre. Al final, madre se limitó
a tomar la carta ante la incredulidad de su hijo mayor. Incluso en sus horas
bajas, ninguno de nosotros podía aspirar a derrotar a madre, y Sagramore
menos que nadie.
Antes de empezar a leer, madre despachó al mensajero y ordenó a uno de
los criados que le procurara alimento en abundancia y un lecho donde pasar
la noche. El rostro de Sagramore se contraía de avidez mientras nos
sentábamos. Aleya tenía los puñitos cerrados y parecía a punto de echarse a
llorar, mientras que Gartian contemplaba con tristeza su plato vacío. Le
sonreí con toda la entereza que pude reunir. Aquel había sido un día duro y
yo también estaba famélica.
Madre se tomó su tiempo para finalizar la lectura. Chasqueaba la lengua a
menudo, como solía hacer cuando algo la incomodaba. Tuve que juntar las
manos bajo la mesa para contener los nervios y me sobresalté al escuchar su
voz.
—Vuestro padre está en Adra —nos anunció—. La ciudad y todos los
territorios colindantes han caído. La región es prácticamente nuestra.
—Y si tienen Adra el resto del norte no podrá resistir —intervino
Sagramore, sin duda repitiendo lo que había escuchado en boca de algún
veterano.
Ante aquello el rostro de Aleya se iluminó como si ya viera a padre
cabalgando de vuelta.
—Lo mismo opina él. Aun así, es un territorio vasto y no está previsto
que vuelva a casa pronto.
Madre nos dedicó un gesto sombrío, que me hizo intuir que el resto de la
carta no iba a ser alegre.
—¿No dice nada más? —exigió saber Sagramore
—Ahora viene lo más importante. Debemos la victoria a don Loren, que
puso bajo sitio al barón de Adra y le dio muerte en duelo singular.
—¡Cómo no! El favorito del rey —masculló Sagramore.
Le di un codazo para que guardara silencio, sin importar que los demás se
percataran. No me gustaba el veneno constante con el que hablaba de
Loren. Siempre se había mostrado dulce y cortés con nosotros.
—Favorito o no, ha cumplido con lo que le asignaron —hice notar.
—No lo hizo solo —dijo mi madre de pronto y su voz adoptó un timbre
fúnebre—. Recibió la ayuda de una de las hijas del barón, que se enamoró
de él y abrió la puerta a sus hombres para que tomaran el castillo. Según
vuestro padre, la resistencia fue feroz. Hasta los campesinos refugiados allí
lucharon contra ellos. Han recibido un castigo ejemplar. Al amanecer no
quedaba vivo nadie entre la familia o los vasallos del barón, solo esa
muchacha. Al parecer, don Loren la desposó de inmediato.
Todas las miradas se posaron en mí, incluso la del indolente Sagramore.
Ninguno se molestó en disimular su lástima. Yo misma estaba tan
desconcertada que no sabía qué hacer para evaporar la humillación y
recuperar la compostura.
—Les deseo toda la dicha que sea posible en tales circunstancias —
musité.
—¡Pero esa mujer es una bruja! —protestó Aleya con las mejillas
encendidas.
—Eso no lo sabemos —dijo Gartian—. Si don Loren se ha casado con
ella, es porque está dispuesta a renunciar al paganismo y sus malas artes.
—En todo caso, don Loren no es nuestro pariente y no nos corresponde
juzgar a su esposa —zanjó madre.
—¿Y qué pasa con Ginois? —inquirió Aleya.
—Es cierto, madre, dijisteis que habíais hablado con doña Cordelia y que
prácticamente estaba ya decidido. —Las palabras de Sagramore hicieron
que mi madre alzara una ceja, divertida.
—Nunca llegamos a cerrar el compromiso —les recordé con toda la
firmeza que pude reunir—. Decidimos esperar a que terminara la guerra.
Don Loren es libre de hacer lo que se le antoje.
—Es un desalmado, Ginois. ¿Es que no te duele lo que te ha hecho?
—¡No sabemos cómo ha sucedido! Es posible que las circunstancias
hayan conspirado en su contra —le espeté.
—¡Cómo puedes estar tan ciega!
Me sentí tentada a alimentar el fuego en la voz de mi hermano, como si
así pudiera distraer la cuestión que anidaba en nuestros pechos. Sin
embargo, me contuve para no sentar un mal precedente delante de los niños.
—Como sigáis interrumpiendo, no vamos a cenar nunca —dijo madre.
—Os ruego que nos perdonéis —contesté con una leve sonrisa.
—¿No dice padre nada sobre mí? —preguntó Sagramore sin lograr
ocultar su anhelo.
—Ah, sí, quiere que acompañes a tu hermana al norte como escolta.
—¿A Ginois? ¿Y qué va a hacer ella en el norte?
—No me dejáis explicarme… Don Loren le ha rogado a vuestro padre
que envíe a Ginois al norte para encomendarle la educación de su nueva
esposa en nuestras costumbres y la fe del Primer Credo.
—¿Cómo se atreve? —gritó Sagramore—. Me niego a creer que padre
haya dado su consentimiento.
—Piensa que es una buena oportunidad —contestó madre antes de
llevarse de nuevo la copa a los labios—. ¿Quién sabe? Quizás nos convenga
que esa pelandusca pagana esté en deuda con nosotros. Don Loren no es el
único caballero joven que ha marchado al norte. Todo el círculo cercano del
rey Ezio está allí.
—Una guerra no es una fiesta de la corte —escupió Sagramore.
—Claro, hijo mío, tú lo sabes bien con toda tu experiencia militar —se
burló madre—. En cualquier caso, la palabra que importa aquí es la de
Ginois. No la obligaré a ir en contra de tu voluntad.
—Madre, yo… —contesté con la voz ahogada—-. Iré si es lo que padre
desea. Don Loren es un amigo muy querido para mí y estoy segura de que
su esposa también lo será.
En cuanto terminé de hablar, me llevé la mano a la boca, como si pudiera
retirar las palabras y tragármelas de nuevo. Había estado demasiado
ocupada elaborando una respuesta que sonara comedida y digna de la hija
de un duque como para examinar las implicaciones de aquel compromiso.
—¿Estás segura? Estamos hablando de una guerra. Tu hermano no iba del
todo desencaminado al aconsejar cautela —respondió madre, como si de
súbito ella también hubiera cambiado de opinión.
—Yo no quiero que Ginois se vaya —dijo Aleya, cruzando los brazos
sobre la mesa.
—Ni yo, pero nuestra hermana es muy valiente y va a volver junto con
padre. Ya lo verás —la consoló Gartian.
La devoción que me tenía Gartian siempre lograba conmoverme, mi niño
de miel, con lengua de anciano. Ante sus ojos siempre quería ser valiente,
así que no me desdije de mis palabras.
—Deberíamos cenar ya, madre —me apresuré a señalar—. Mañana es la
fiesta y todos querremos estar descansados.
—Eso es cierto, hija. La respuesta no corre prisa. Lo discutiremos mejor
después de la vendimia.
Apenas probé bocado. La carne estaba fría y la salsa insípida, o al menos
eso me pareció mientras masticaba bajo la atenta mirada de Sagramore,
quien despachó su plato enseguida. Supe leer las sutilezas de su conflicto
interior en ese aire meditabundo y enrabietado que se gastaba. Su deseo de
ir a la guerra, algo que padre le había negado en tantas ocasiones, iba a
cumplirse por gracia de Loren. Me miraba con una fijeza que parecía exigir
una respuesta, pero mi único consejo para él era agradecer su suerte y
asumir el curso natural de los acontecimientos, lo que hice con una medio
sonrisa triste. Él ladeó la cabeza, frustrado y arrimó la copa en mi dirección,
como si con aquella discreta invasión quisiera obligarme a revelar mis
auténticos sentimientos. Cerré los ojos y suspiré. Era más fácil analizar a
mis hermanos, con sus reacciones frescas y espontáneas, que detenerme a
examinar el revoltijo de hilos que me atenazaba el pecho. Con suerte, una
vez sola podría desenmarañar la madeja a mi propio ritmo.
No era una tarea grata, así que después de cenar rehuí la inminente
soledad para dirigirme a la alcoba de Aleya y Elidel, donde imaginaba que
mi hermana estaría rumiando su dolor y vergüenza. Las nuevas de padre la
distraerían un poco de aquel incidente tan desafortunado. Madre se había
guardado la carta para sí, ignorando nuestra infantil ansía por leer con
nuestros propios ojos la caligrafía tosca de padre, mientras buscábamos
nuestros nombres en cada línea como una caricia en la distancia.
Elidel pasaba los dedos por un pequeño mapa de la isla que le había
sustraído a padre bajo la luz de una única vela. Se había echado la capa por
encima de su camisón y parecía una erudita en miniatura. Suspiré y esbocé
una tímida sonrisa antes de acercarme a ella.
—¿Cómo te encuentras?
—Mejor, aunque la infusión de Marita me ha dado mucho sueño.
Estaba familiarizada con aquella infusión que sustituía el dolor por la
pesadez en los párpados. Hacía años que no me permitía el lujo de
entregarme a ella. Mi familia no podía pasar tanto tiempo sin mí y menos en
aquellos momentos. Aquel pensamiento me dejó un pozo desagradable en el
estómago al percatarme de lo alegremente que había accedido a abandonar
a quienes me necesitaban.
Le conté las nuevas a Elidel en voz baja, exhausta. A diferencia del resto,
ella no me contempló con lástima ni se enfureció. Su expresión no denotaba
la más nimia sorpresa, como si para ella fuera natural que me enviaran a
educar a una mujer salvaje. Fui yo la que quedó anonadada ante la añoranza
que brillaba en sus ojos.
—¿Vas a ir entonces? —me preguntó
—He dicho que lo haría.
—¿Crees que madre me dejaría acompañarte?
—¡Por supuesto que no! El norte es peligroso.
—¿Y qué? Yo también quiero ver las montañas y a los paganos. ¿Crees
que la bruja de Loren sabrá hacer magia de verdad?
—¡Elidel! —grité—. Piensa un poco antes de hablar. Esto no es un juego
y tú no eres ya una niña.
—Ya sabías que él no quería casarse contigo —me espetó con ligereza—.
¿Preferirías que lo hubiera hecho a regañadientes?
Inspiré hondo para contener las lágrimas que pugnaban rabiosas por
derramarse por mis mejillas. Aquella crueldad tan leve y cotidiana de mi
hermana siempre lograba desarmarme, quizás precisamente por su
inocencia natural. Elidel era ajena a los disfraces con los que el lenguaje
endulzaba la verdad. Había dado voz a un hecho que siempre había querido
eludir: Loren no veía en mí lo que yo veía en él. Su mirada estaba puesta en
el cielo, no en los vulgares ojos de una mujer como yo. No cabía imaginar
cómo debía ser aquella norteña que lo había cautivado tanto.
—No es esa la cuestión —me obligué a responder—. Don Loren y yo no
estábamos prometidos. ¿Qué razón hay para discutir con tanto ahínco algo
que no va a suceder? Debes aprender a callar cuando toca.
—Te prometo que refrenaré la lengua si me llevas al norte.
—¡Eso es imposible! Esa tierra plagada de milagros que imaginas no
existe. Es un lugar hostil, en guerra, donde ni siquiera puedes estar segura
en compañía de las mujeres. Además, alguien tendrá que ocuparse de los
niños. Ya sabes que madre…, no es un secreto que últimamente está
indispuesta a menudo.
—«Beoda» es la palabra que buscas —me interrumpió Elidel.
—No te consentiré que…
—¡Lo que no consientes es la verdad!
—¿Yo? Tú eres quien persigue fantasías y te niegas a crecer. Vengo a
pedirte que asumas ciertas responsabilidades para que pueda marchar
tranquila y lo único que haces es burlarte de mí.
—¡Que tú hayas renunciado a tener una vida propia no significa que yo
tenga que imitarte! Dejas que madre te mangonee como se le antoje. En vez
de agradecer la libertad, te mortificas pensando en quién va asumir tu carga.
¿Es que no te das cuenta?
—No todos somos tan egoístas —le espeté medio gritando—. Yo sé lo
que se espera de mí.
—Pues yo sé en lo que no quiero convertirme —dijo en medio de un
bostezo.
—Mejor acuéstate, a ver si tienes mejor juicio por la mañana.
Con esas palabras me di la vuelta para dejarla con su somnolencia. Ojalá
hubiera podido yo descansar. Era consciente de que el sueño me rehuiría en
cuanto comenzara a pensar en Loren y su nueva esposa, o en los
preparativos del viaje, o en la vendimia. Corrí a mi alcoba con los ojos
nublados por las lágrimas y el agotamiento.
No me percaté de que madre se tambaleaba por el pasillo hasta que me
tropecé con ella. Llevaba en las manos una copa de vino que se derramó
sobre mi vestido. El olor me dio náuseas, pero no la aparté cuando me rodeó
con los brazos y me apretó contra su pecho.
—Pobre niña, tendrás que ser cauta. Esa mujer, Devana, fue artífice de la
muerte de toda su familia, ¿qué no te haría a ti?
No respondí. Me temblaban los labios y temía abrirlos. No veía más que
la mácula roja sobre el vestido. Las gotas se deslizaban desde la cintura
hasta el suelo. El licor había dibujado manchas deformes y escarlatas en las
mejillas de madre. Sus palabras se repetían también rojas en mi mente,
como si las hubieran marcado a fuego. Devana. Hasta entonces no había
sabido el nombre de aquella por la que tendría que abandonar el hogar. Se
me antojo que esas tres sílabas tenían la espesa y ferrosa consistencia de la
sangre. Devana. Su huella carmesí me acompañará hasta el fin de mis días.
2
UN BOSQUE BLANCO Y EXTRAÑO
E
n mis recuerdos Loren siempre aparece bañado en una luz delicada
y benigna que cincela cada uno de sus rasgos: desde aquel rostro
aniñado y redondo, enmarcado en una cabellera lisa de oro viejo,
hasta sus piernas oscuras y suaves. En sus escasos ratos de asueto,
permanecía junto a la ventana, sumido en pensamientos de los que no nos
hacía partícipes, pero que le otorgaban un resplandor puro y solemne. Todos
albergaban grandes esperanzas para aquel niño que parecía tocado por la
gracia del Maestro Sagrado. El fervor no hacía más que ensalzar su
hermosura a un plano casi místico. Más tarde, cuando manifestó sus deseos
de ordenarse sacerdote, los mayores comenzaron a recelar de esa luz. El
primogénito y único heredero de una familia como la suya no debía servir al
Maestro en el púlpito sino en el campo de batalla. Él nunca se rebeló, pero
en su carácter comenzaron a aparecer claroscuros, nostalgias inconfesables.
Yo, que también amaba a alguien que no me correspondía, supe verlo
enseguida.
Nuestros padres habían sido buenos amigos desde la infancia. Doña
Cordelia, su madre, era una suerte de abuela para mí y nos confío a su hijo
cuando murió su marido. Quería que mi padre lo entrenara en las artes
militares, por lo que vivió durante largas temporadas en Tralia hasta que lo
llamaron a servir a don Ezio, que entonces todavía no era rey, sino un mero
príncipe en el destierro. Desde entonces dejó de pasar tiempo con nosotros
y solo hablaba con padre. No me dedicaba ya más que una breve sonrisa al
verme pasar, como si se estuviera disculpando por no salir a jugar.
No había reparado en que hacía bastante tiempo que yo tampoco jugaba.
Quizás, después de todo, no nos conocíamos tan bien como creíamos. Yo
jamás hubiera imaginado a aquel muchacho áureo y obediente rendido ante
los encantos de una meretriz pagana. ¿Cómo sería ella? No la concebía más
que como una quimera de belleza inenarrable, pero carente de alma. Claro
que, si Santa Brida había fabricado almas para los paganos con sus
enseñanzas, tal vez Loren esperaba que yo hiciera lo propio. Habíamos
rezado juntos tantas veces. Cuando todos los demás abandonaban la capilla,
nosotros seguíamos arrodillados frente a las imágenes de los santos de
piedra, madera y bronce, por mucho que nos dolieran las rodillas. Amaba
aquellos instantes de silencios íntimos y profundos que no volverían a
repetirse.
Tras la vendimia comenzamos a preparar la partida. Incluso Sagramore
renunció a sus laboriosas peroratas contra Loren ante la perspectiva de la
aventura. A mí me aterrorizaba lo largo y farragoso del viaje, casi tanto
como la mujer pagana que me esperaba al otro lado, pero me lo guardé para
mí.
Entre tanto, madre se ahogaba en conflictos indescriptibles. Algunos días
evitaba el licor y supervisaba ella misma los preparativos, entusiasmada
ante la perspectiva de que me ganara un lugar en la corte del nuevo rey.
Otros, se encerraba en su alcoba y requería mi presencia para empaparme
de lágrimas y consejos excéntricos. Repetía constantemente que me hallaba
frente a una prueba que bien podría decidir el futuro de la familia tanto
como las acciones de padre en la batalla. Yo me sentía como si me hubieran
colocado sobre un antiguo altar pagano y solo la intervención del Maestro
pudiera impedir que me desmembraran. Mientras empaquetaba las ropas
más desvencijadas que poseía, reflexionaba sobre lo expuesta que iba a
sentirme fuera de aquellos muros. Era consciente de la fragilidad de mis
carnes voluminosas y blandas, carentes de agilidad y resistencia. Sin
embargo, mis dedos eran hábiles, entrenados con la costura y el bordado. En
un arranque de inspiración, tejí unas bolsas para las agujas, que me
enganché bajo las mangas del vestido para poder llevarlas siempre
conmigo.
«Esa mujer, Devana, fue artífice de la muerte de toda su familia, ¿qué no
te haría a ti?». Aquellas palabras me perseguían con el timbre malhadado de
una maldición y, en cada ocasión, la esposa de don Loren iba adquiriendo
tintes más tenebrosos. En aquellos momentos, creía con pasión que los
paganos carecían de alma. ¿Cómo habría podido si no esa Devana quebrar
los vínculos familiares más sagrados?
Al despedirnos, madre insistió de nuevo en que cuidáramos la discreción
en nuestras ropas y gestos. Después, me besó con una ternura que no me
dedicaba desde hacía varios años. Sus caricias eran cálidas y secas, como su
piel, y aún conservaba la huella de su contacto cuando me subí al carro.
También atesoraba los húmedos y pegajosos adioses de Aleya, y la
somnolienta despedida de Gartian. Elidel no se había tomado la molestia de
levantarse, como era de esperar.
Hasta que llegamos a las montañas de San Ibra, que separaban Gibelia del
salvaje norte, pudimos viajar en carro, pero a partir de ahí las carreteras se
deterioraban. Nos acompañaban los dos únicos caballeros de los que madre
había podido prescindir y fueron ellos quienes nos buscaron las monturas.
Agradecí que me eligieran un bicho pardo y peludo que prácticamente era
un poni. Nunca he sido una buena jinete ni amiga de los animales.
Sagramore, sin embargo, se crecía al aire libre. Su hosquedad y malhumor
no fueron más que un recuerdo ingrato durante aquellos días. Incluso llegué
a preocuparme de que su felicidad lo volviera descuidado y nos jugara una
mala pasada.
Nuestras jornadas transcurrían entre los juegos que se nos iban ocurriendo
y un charloteo inocente. De manera tácita, habíamos decidido no mencionar
a Loren a menos que fuera absolutamente necesario. Me habría gustado
olvidar el objetivo final del viaje y disfrutar de aquellos bellos paisajes
montañosos, con sus lagos espejados y vientos que hacían susurrar a las
flores. Aquellas bondades aliviaban un poco las incomodidades del camino,
pero no el sinsabor de lo que nos aguardaba al final. Así reía por el día y me
mantenía en vela cada noche: entreviendo ánimas paganas en cada rayo de
luna.
Sin embargo, la belleza de aquellos días estuvo abocada a su fin en cuanto
abandonamos las tierras de las montañas, en las que solo habitaban
granjeros solitarios ajenos a la guerra. Aún estábamos lejos del frente, pero
no podíamos contar con la hospitalidad de los lugareños, así que viajábamos
de noche y nos refugiábamos a descansar en bosquecillos durante el día. El
norte parecía contener un sinfín de claros, quizás precisamente por lo
necesarios que eran para la magia, como descubrí más tarde. Si lo hubiera
sabido, no me habría deslizado por ellos con tanta ligereza, segura de que
los hombres que me acompañaban no me fallarían.
No dejaba de ver mujeres solas por los caminos. Intuía que algunas huían
de la guerra. A primera vista, no se diferenciaban de las campesinas de
Gibelia, si acaso tenían la piel más pecosa o usaban vestimentas más
coloridas, pero había algo en ellas que resultaba perturbador. Al principio
no lograba adivinar de qué se trataba, pero hallé la respuesta comparándolas
conmigo misma, con el temblor que me sacudía cada vez que alguien nos
miraba con excesiva fijeza. Aquellas norteñas miserables y analfabetas, con
sus ropas sucias y su tierra a medio conquistar, luchaban contra el miedo
cada día, con sus expresiones hoscas y andares pesados, mientras que yo me
acostaba cada día presa de un terror voraz y exigente, que devoraba las
horas que me separaban del alba.
Cuando alcanzamos el primer campamento sureño, los atisbos de
familiaridad en los rostros y la disposición hexagonal de las tiendas me
bañaron de sosiego. En Gibelia amábamos la geometría y el orden,
hacíamos las cosas con un propósito. En el norte no había más soberano que
el caos.
Nos recibieron con un almuerzo magro, pero nutritivo y una misiva de
Loren que mi hermano se apresuró a esconder entre sus ropas. No la
abrimos hasta mucho más tarde, cuando nos retiramos a descansar y,
durante aquellas horas interminables, tuve que contenerme para no
arrebatársela a mi hermano, como si se tratase de un juguete hurtado.
Nos cedieron una tienda, dividida en dos con una especie de tela para
concedernos intimidad durante las horas de sueño. Mientras nuestros dos
acompañantes jugaban a los dados con los soldados, Sagramore y yo leímos
la carta. Era una breve nota con caligrafía descuidada que nos informaba del
lugar desde el que Loren nos escoltaría hasta el castillo de Iblis. Después de
atravesar media isla para socorrerlo, se me antojó de una frialdad
injustificable.
—No hace falta que se moleste —masculló Sagramore—. Podríamos
encontrar el camino sin su ayuda.
—¿Crees que veremos a padre en Iblis? —pregunté para desviar su
atención de Loren.
—No lo sé —contestó y su indignación se diluyó en un cansancio triste
—. Adra no está tan lejos, pero es posible que no pueda permitirse perder ni
un solo día.
—Tiene que venir —contesté, vehemente—. Imagina lo contentos que se
pondrían madre y los niños de saber que le hemos visto.
—Oye, Gin, hay algo sobre lo que quiero que hablemos —dijo Sagramore
tras un breve silencio espeso de anticipación.
Asentí, adivinando en su repentina timidez que estaba a punto de
escuchar algo que llevaba tiempo barruntando.
—Puesto que las circunstancias me han traído hasta el norte…, me
gustaría luchar con los hombres del rey, ya que padre no me acepta entre
sus tropas. Creo que es lo que debo hacer como heredero del ducado y
como hombre de Gibelia. Por supuesto, antes me aseguraré de que estés
cómoda y segura en Iblis…
Me bastó mirar a mi hermano para que cesara aquel reguero de
dubitaciones inconexas. Durante unos instantes, sentí algo parecido a la
compasión. Pobre Sagramore, constantemente infeliz con lo que se le
ofrecía y anhelando aquello que no podía poseer. En nuestro deseo de
protegerlo de sí mismo, nos habíamos convertido en sus enemigos.
Entonces recordé el vino sobre mi vestido. La terrible voz de madre
cerrando el puño en torno a mis entrañas: «Esa mujer, Devana, fue artífice
de la muerte de toda su familia, ¿qué no te haría a ti?». No iba a permitir
que me dejaran a merced de esa mujer, sola en tierra extraña.
—Sagramore, ya no estamos en casa —dije con un tono lento y
desapasionado—. Aquí no puedes deshacerte de tus responsabilidades por
capricho.
—¿A qué viene eso? No me hables como si fueras madre. Conozco bien
cuál es mi deber. El primogénito de un duque no debería verse relegado al
papel de guarda personal de su hermana. Solo soy dos años menor que el
rey.
—¿Cómo te atreves a compararte con su majestad? Dudo que sea un crío
petulante como tú.
—Él nos ha llevado a la guerra.
—Para traer a estas tierras la palabra del Maestro. Tú solo quieres
probarte en la batalla, Sagramore. ¿Cuánto tiempo vas a huir de nosotros?
Sé que estás dolido por la manera en la que te tratan padre y madre, pero
ellos solo piensan en tu bien. Además, no son los únicos que te necesitan.
—No me apartaría de ti si te hallaras en peligro.
—¿Por qué tienes que aislarte siempre? No eres el único que sufre.
—No lo entiendes… Ginois, no entiendes nada. ¿Cómo puedes decirme
que tú sufres? Padre y madre solo tienen elogios para ti.
Cerré los ojos en medio de un suspiro triste. Añorando la época en la que
Sagramore y yo nos comunicábamos con tanta eficacia mediante gestos que
apenas nos hacía falta hablar. Habíamos construido un lenguaje propio que
nadie más podía entender y que todo el mundo interpretaba como una
grosería. En aquellos tiempos, Sagramore no se habría atrevido a hacer una
afirmación tan atrevida. Mi dolor le habría resultado tan evidente como el
trío de lunares que me adornaban la nariz. No habrían hecho falta más
explicaciones. Ahora, sin embargo, madre se emborrachaba noche sí y
noche también para después derramar su soledad sobre mi vestido y él era
indiferente.
—Vete —le dije, la voz ácida de decisión.
—¿Adónde quieres que me vaya?
Señalé con decisión la tela que dividía las dos mitades de la tienda. Él se
irguió con una torpeza motivada por la sorpresa. Como si quisiera llevarme
la contraria, se dirigió hacia el exterior, donde los soldados jugaban a la luz
de la hoguera. Su voz rasposa se unió a la de ellos, indistinguible entre las
vulgaridades de aquellos hombres. Estuve un rato contemplando la entrada
con fijeza, aguardando que volviera a prometerme que afrontaríamos juntos
lo que tuviera que pasar. No ocurrió, por supuesto. Sagramore celaba su
orgullo como si de una amada inmaterial y arrogante se tratase, sin
percatarse de que sus besos fantasmales no eran más que ilusiones que
engañaban a la mente y dejaban el corazón frío.
Loren nos había pedido que nos encontráramos con él en un claro en mitad
del bosque que rodeaba el castillo de Iblis, donde pasaríamos los próximos
meses. Sagramore pidió detalles sobre la zona al capitán del destacamento.
Era un hombre grande y severo, pero la mera mención del bosque lo hacía
desviar la mirada y limpiarse el sudor de la frente.
—Lo sabréis cuando lleguéis —dijo entre dientes—. No hay más que un
camino entre los árboles.
Sagramore chistó de pura frustración y fui yo quien agradeció al capitán
sus buenas atenciones. Estaba tan acostumbrada a ir detrás de mi hermano
arreglando sus desastres que normalmente no me habría importado, pero la
discusión de la noche anterior me llevó a reprochar aquel descuido con
mayor dureza. Aunque no se tradujo en más que un desdén silencioso.
Jamás le habría dicho una mala palabra en presencia de otros.
No me apetecía en absoluto volver a cabalgar. Tenía rozaduras en ambos
muslos que seguían escociendo por muchas capas que usara. Además, el
caballo se detenía a su antojo. Cuando esto sucedía, Sagramore solía darle
un par de palmadas al animal o le susurraba una orden queda que siempre
funcionaba. En aquella ocasión, ignoró todas mis cuitas y dejó que fuera el
más joven de los caballeros quien me socorriera.
—La mayoría de las damas adoran montar a caballo —comentó la tercera
vez con un hastío más que evidente.
—Quizás deberían haberlas traído a ellas al norte en mi lugar —mascullé.
Aún no habíamos llegado al bosque y ya tenía ganas de echarme a llorar.
No eran tanto sus palabras, sino la manera en que las había pronunciado,
cargadas de un reproche cuya violencia apenas podía contener. Aquel
incidente se repetiría mil veces en mi cabeza cada vez que estuviera a solas.
Me mortificaba que mis torpezas supusieran inconvenientes para otros y la
más mínima alusión a ellas me llevaba a sumirme durante días en una
melancolía áspera. Sabía compensar mi falta de belleza con afabilidad y
abnegación. Igual que diluía lo excesivo de mis emociones entre mis
continuas labores. Sin embargo, no se me ocurría cómo hacerme perdonar
por mi inexperiencia en un mundo que me aterraba.
El bosque de Iblis no parecía tan distinto a los de casa hasta que una se
adentraba en su glauca espesura. A diferencia de las montañas, los árboles
crecían los unos junto a los otros, entrelazando sus ramas como si de un
tapiz de corteza blanca se tratase. Para los seguidores del Maestro, el blanco
es el color de la muerte, así que hice la señal de la Luz tres veces, lo que me
granjeó una mirada burlona de Sagramore.
Lo bueno de aquella densidad asfixiante era que resultaba difícil apartarse
del camino. Mi montura relinchaba con lo que intuí que era aprensión, así
que le acaricié la melena tentativamente para transmitirle sosiego. En lugar
de detenerse, ahora avanzaba a una velocidad que me hacía tambalear y me
aferré a las riendas con todas mis fuerzas.
En esta ocasión, Sagramore se dignó a acudir al rescate. Una vez calmada
la bestia, se mantuvo a mi lado sin mirarme. Exhibía una expresión fúnebre
en la que se adivinaba algo más perturbador que los resquicios de nuestra
pelea de anoche.
—No es solo este caballo —dijo—. Los demás también están nerviosos.
Miré a mi alrededor, dubitativa, para descubrir que nuestros
acompañantes se habían quedado rezagados. Uno de ellos había
desmontado e intentaba obligar a su caballo a avanzar tirándole de las
riendas. Sagramore hizo que nos detuviéramos a esperarlos y fue entonces
cuando percibí la calma espectral que se había instalado en torno a nosotros,
apenas interrumpida por el ocasional susurro de las hojas o el graznido de
un ave. Yo misma me sentía tentada a emular a los animales y ponerme a
gritar para que me sacaran de aquel lugar.
Retomamos la marcha colocándonos de nuevo en dos filas, con
Sagramore y yo a la cabeza. Mi hermano estaba tan cerca que podía ver las
gotas de sudor descendiéndole por la nuca. Me habría gustado poder
ofrecerle algo de seguridad o consuelo, pero ni siquiera sabía a qué peligro
nos enfrentábamos, si es que había alguno, y no nos estábamos dejando
llevar por las historias de las brujas que convertían los bosques en su feudo.
Me pareció discernir un resplandor dorado a lo lejos y aquello me hizo
sospechar que quizás más adelante el camino estaría despejado. Quise
apresurarme, alentada ante la posibilidad de salir a campo abierto, pero
Sagramore me agarró de la manga. Le sonreí con timidez y avanzamos
juntos hasta llegar a un pasaje en el que el denso entramado de árboles daba
paso a una colección de arbustos y flores violáceas y blancas. Según nos
íbamos acercando, distinguía nuevas tonalidades y formas, reinando entre
una hierba viva y suave. La luz había regresado al mundo como si ansiara
acariciar aquellos pétalos tan suaves. Incluso a mí, tan recelosa de la
naturaleza, me habría gustado poseer un ramo o adornarme el pelo con
aquellas flores tan adorables y abundantes, similares a piedras preciosas
desperdigadas por alguna gruta encantada. Sin embargo, al acercarme a
curiosear me llegó un desagradable zumbido. Había avispones de tamaño
esperpéntico por doquier. Solté un chillido cuando uno me pasó junto a la
oreja. Ni siquiera tuve valor para intentar espantarlo. Mis acompañantes
estallaron en roncas carcajadas al percatarse de mi lamentable tesitura.
—¿Tanto miedo os dan las picaduras, mi señora? —preguntó uno de los
guardias, que dio un manotazo a otro avispón con su mano enguantada.
—Dejadla en paz —lo acalló mi hermano con un gruñido—. Cuanto antes
salgamos de aquí mejor. No es lugar para ella.
—Gracias, hermano —repuse con una frialdad triste. Sentía que me había
cerrado la puerta a aquella exuberancia. Aunque quizás tuviera razón y las
flores no fueran para mí si no era capaz de soportar las espinas e insectos.
Al tomar el siguiente recodo, una compañía de jinetes se hizo visible,
aunque la luz del sol era tan fuerte que me hizo parpadear. Durante un
instante lo olvidé todo y tuve la tentación de espolear al caballo para ir al
encuentro de Loren.
—Ya estamos, tranquila —me susurró Sagramore.
Un jinete de la comitiva se adelantó, el jazmín de Santa Brida bordado en
su capa. Era un muchacho, algo mayor que nosotros. Tenía el rostro moreno
y enjuto. Me hizo pensar en un ave, quizás un cuervo por su plumaje negro
y liso. Nos saludó con un asentimiento de cabeza, o más bien me saludó a
mí porque a los demás ni siquiera les dedicó una mirada. Me sentí cohibida
ante la intensidad de aquellos ojos negros desprovistos de calidez, el gesto
torcido de aquellos labios finos. Apretó visiblemente los enguantados
puños, antes de hablar con una voz que era más canto que graznido. La
suavidad en el acento acompaña a todos los oriundos en Gibelia.
—¡Salve, doña Ginois! He venido a recogeros en nombre del caballero
don Loren.
—¿Quién sois? —inquirió Sagramore, con un carraspeo bastante
elocuente.
—Vuestro guía hasta el castillo de Iblis, mi señor. Podéis llamarme
Arwan si así lo deseáis.
—¿Dónde está don Loren? —quise saber, la garganta seca.
—Me temo que eso no puedo decíroslo, pero no hay razón para
preocuparse. Si lo conocéis tan bien como él afirma, sabréis que es
invencible.
Acompañó sus palabras con una sonrisa descarada y yo me esforcé por
ocultar la profunda desazón que me había causado la ausencia de mi amigo
de la infancia. Había anhelado encontrarme con él entre aquella belleza tan
dulce, mirarle a los ojos y ver cómo lo habían cambiado la guerra y el
matrimonio. ¿Sería al fin feliz? Cualquier respuesta me habría atormentado.
El resto de la comitiva se nos acercó. Eran otros tres caballeros de buena
familia que se apresuraron a rogarnos nuevas sobre sus respectivos hogares.
Todos mostraron la debida referencia hacia Sagramore, como hijo del duque
Leomar, y pude ver el retorno de la luz a los ojos de mi hermano mientras
se integraba en el grupo junto a nuestros dos acompañantes. Don Arwan y
yo pasamos a encabezar la marcha. Me pregunté quién sería aquel
muchacho que había obviado mencionar su origen. Traté de adivinarlo, pero
no había nada en él que lo vinculara a las altas casas de Gibelia. Pensé que
quizás fuese un hijo ilegítimo y aquello me incomodó.
—Don Loren habla a menudo de vos —dijo de pronto, como si se tratara
de una acusación.
—Nos conocemos desde hace largos años —repuse.
—También yo he pasado largas temporadas a su lado.
—Pues nunca os ha mencionado —contesté con una malicia que me tomó
desprevenida hasta a mí.
Soltó una carcajada y sospeché que se estaba riendo de mi ignorancia.
Suspiré, dolida porque Loren ni siquiera se hubiera preocupado de enviar a
alguien un poco más agradable.
—En todo caso, no es de extrañar que haya elegido a un dechado de
virtudes como vos para educar a su señora esposa.
—Estoy segura de que me halagáis en exceso —respondí, mientras
apartaba una rama—. Don Loren sabe perfectamente lo difícil que ha sido
criar a mis hermanos y…
—Sois jovencísima, ¿cómo podéis haber criado a vuestros hermanos? —
Hizo notar con esa odiosa mueca suya de sus labios—. Ese muchacho
vuestro de ahí atrás os saca al menos dos cabezas. Comprendo las enormes
dificultades de criarlo.
—Sagramore es mi hermano mayor —contesté, esquiva. Nunca
mencionaba delante de extraños que éramos mellizos. Muchos lo
consideraban aún un mal presagio, sobre todo en casos de un bebé de cada
sexo como el nuestro—. Tengo otros tres que han precisado de mis
cuidados. Además, por muy grande que sea mi osadía, mayor es la vuestra
al llamar «muchacho» a Sagramore cuando probablemente tenga vuestra
misma edad.
—Creo que don Loren no os conoce tan bien —me espetó—. Me dijo que
erais tímida.
No supe qué responder y mantuve la mirada al frente. Yo misma me
avergonzaba de mi comportamiento. Normalmente el recato guiaba mis
actos, sobre todo al conversar con caballeros jóvenes, pero había algo en
este don Arwan que despertaba una antipatía ineludible en mi interior y
hacía que moviera sola la boca.
Una vez que atravesamos aquel pasaje encantado volvimos a
encontrarnos en medio de altos robles blancuzcos que bloqueaban la luz,
aunque al menos se hallaban más espaciados, y no regresó la angustia
anterior.
—¿Pertenece este bosque a los paganos? —quise saber.
—Todos los bosques del mundo pertenecen a los paganos —contestó él
—. Sacan su fuerza de la tierra y sus frutos.
—Supongo que debe ser difícil enfrentarse a ellos.
—Vos misma vais a comprobarlo muy pronto.
—¿Ah, sí? —Me faltó la voz ante la sospecha de que Iblis se encontrara
amenazado.
—Claro, estoy deseando ver cómo os desenvolvéis en vuestra próxima
batalla contra doña Devana.
Entonces fui yo quien trató de quitarle importancia al asunto con una
sonrisa incómoda, pero no me sentía aliviada en absoluto. No encontraba
consuelo más que en el par de agujas que guardaba bajo la manga. Me
pregunté si don Arwan también se reiría de saber de su existencia.
Miré a Sagramore en una muda petición de auxilio, pero no se dio por
aludido. Se le veía muy a gusto entre sus nuevos compañeros y me invadió
la certeza de que iba a hacer todo lo posible por marchar a la guerra.
Suspiré, medio resignada a aquella soledad prospectiva que tanto miedo me
daba. No recordaba un momento de mi vida en el que no hubiera tenido al
menos a uno de mis hermanos a mi lado.
En eso ocupaba mi mente cuando detecté un extraño olor a quemado,
como un incienso denso y fragante. Busqué su origen sin éxito, pero este se
iba haciendo más persistente según avanzábamos. Me percaté de que don
Arwan también arrugaba su ganchuda nariz.
—¿Vos…? —empecé.
Se llevó un dedo a los labios y azuzó a su caballo. Sagramore se adelantó
para situarse a mi lado.
—¿Ha pasado algo? —quiso saber.
No me dio tiempo a responderle antes de que un resplandor plateado
descendiese desde el árbol más cercano para golpear a mi montura. Esta se
encabritó y me tiró al suelo en medio de un relincho atroz. Aterricé en unos
brazos níveos y musculosos, que se aferraron a mi cuello.
—¡Soltadla! —gritó Sagramore, a la vez que desenfundaba la espada.
Tardé unos segundos en darme cuenta de que me encontraba en manos de
nuestro atacante y aquel despertar me dejó paralizada. No veía de mi captor
más que la lanza que sostenía con su mano libre. Sin embargo, sentía su
cuerpo pegado al mío, una cercanía que me resultó vomitiva, en especial
por el olor a incienso, que parecía proceder de aquel malhadado personaje.
—¡Lo haré si ese desgraciado se viene conmigo!
Señalaba a don Arwan, pero no fue eso lo que me sorprendió, sino el
timbre agudo de su voz, que parecía pertenecer a una mujer. El interpelado
se bajó de su montura y se acercó a nosotras con una expresión inescrutable
en la que se había borrado todo rastro de hilaridad. Los demás, incluido
Sagramore, formaron un círculo a nuestro alrededor, pero don Arwan les
ordenó que permanecieran en el sitio. Probablemente por miedo a que mi
captora me rebanara el cuello al verse amenazada.
—¿Qué quieres de mí?
—Aquello que portas y no te pertenece.
—Ah, eso. —En su voz había un odio tan profundo que temí que fuera a
chorrear veneno por la boca—. Suelta a la doncella y ven a recuperarla si te
atreves.
—¡Ni lo sueñes! Dámela o despídete de esta mocosa.
—Adelante, no es nadie para mí.
—¡Seréis miserable! —intervino Sagramore, adelantándose. Un par de
caballeros lo siguieron y le sujetaron de los brazos para calmarlo.
En la lanza de mi captora comenzaron a brotar nuevas chispas plateadas
que emitían un desagradable calor. Me acercó el arma a la cara y Sagramore
intentó revolverse con más violencia. Sin embargo, me percaté de que no
era a mí a quien apuntaba el arma sino a Arwan, que se había quedado
jugueteando con la empuñadura de su espada.
—¡Don Arwan! —chillé.
Se apartó solo un instante antes de que la lluvia de chispas descendiera
sobre él. Una le alcanzó en la mejilla, haciéndole un corte del que pronto
manó sangre en abundancia. Mi captora me colocó el filo de la lanza sobre
la garganta y emití un gritito ahogado.
—Silencio —me ordenó.
Las agujas bajo mi manga cruzaron mis pensamientos con la fugacidad de
una estrella caída y casi me echo a reír ante la ocurrencia de que podían
protegerme de algún peligro real. Cerré los ojos, convencida de mi próxima
muerte cuando, de pronto, dejé de sentir el agarre en torno al cuello. Caí
desplomada al suelo y presencié cómo don Arwan atravesaba a la mujer de
la lanza con una espada irisada que resplandecía tanto como si estuviera
hecha de luz.
Sagramore se abalanzó sobre mí en cuanto logré ponerme en pie y me
rodeó con sus brazos como si quisiera asegurarse de que nunca más iba a
abandonar su cobijo.
—Gin, Gin, perdóname.
Yo no le prestaba atención. No veía más que los estertores de aquella
mujer, con la larga melena castaña ahora llena de barro, las ropas macilentas
y masculinas, la indudable fuerza física que había poseído. Y a su lado el
hombre que la había matado, que no parecía afectado en absoluto.
—Mi señora —dijo tras envainar la espada—, he pecado de arrogancia y
me habéis salvado. Quiero que sepáis que bajo ningún concepto le habría
permitido tocaros…
—Nos habéis mentido —escupí—. No sois quién decís ser.
—Ginois, por favor —me susurró Sagramore.
—Vuestra hermana tiene derecho a enfadarse —contestó él—. Supongo
que me ha delatado la espada.
—Así es, majestad.
Me aparté de Sagramore y realicé una reverencia que habría hecho que
madre se hinchara de orgullo, pero que quizás estuviera fuera de lugar en
presencia de la muerte y aquel rey de guantes ensangrentados. El rey don
Ezio de Gibelia se deshizo de ellos para darme la mano y ayudarme a
incorporarme.
—Ah, señora, a nuestro amigo común no le va a hacer gracia nada de
esto.
3
LA ARTÍFICE DE LAS DESGRACIAS
L
a primera vez que Sagramore y yo visitamos la corte no tendríamos
más de ocho años. Habíamos acudido para las celebraciones de las
fiestas de Santa Brida, que duraban varios días e incluían toda
clase de divertimentos. Padre compitió en el torneo, pero fue desmontado
enseguida, lo que hizo que Sagramore torciera el gesto apesadumbrado el
resto de la jornada y madre esgrimiera una sonrisa taimada.
Rescaté la textura seca de los pasteles de zanahorias entre los recuerdos
emborronados de aquel día. El pastel se tornó de un amargor rancio en
cuanto vi a la reina vestida de blanco, con el rostro enjuto marcado por las
ojeras y el cabello ralo recogido con una redecilla de oro. A su lado, el rey
caminaba con un aire lúgubre que revelaba la podredumbre escondida tras
aquella suntuosidad. Año tras año, dedicaban vastas ofrendas a Santa Brida
para que les concediera un heredero, pero la mujer sacra ignoraba
inamovible sus súplicas. En aquella ocasión, mi madre estaba encinta, así
que se mantuvo alejada de la vista de los soberanos, no fuera a ser que su
envidia atrajera la desgracia.
En la corte se decía que el rey y la reina reina estaban malditos, que
ambos habían asesinado a sus anteriores conyugues para contraer aquel
matrimonio antinatural. El Maestro considera la destrucción de la familia
como uno de los crímenes más abyectos y la nueva reina era hermana de la
anterior.
El rey había tenido un hijo con su primera esposa, pero nadie conocía la
suerte que había corrido el crío tras la muerte de su madre. Los
bienintencionados decían que lo habían mandado lejos para protegerlo de la
belicosidad de su madrastra, mientras que otros apuntaban a la peculiaridad
del muchacho, que nunca había llorado en la cuna y cuyo cuerpo mostraba
marcas amorfas, como si las ánimas hubieran posado en él sus dedos
mugrientos.
Yo no supe nada de aquel príncipe en el exilio hasta que nos arrebató a
Loren. Desde entonces, le tomé antipatía y susurraba para mis adentros que
nunca sería rey. Los señores del reino no aceptarían a aquel heredero oscuro
criado en los bosques.
No sabía lo pronto que tendría que desdecirme, pues la muerte acechaba a
nuestro soberano y sus rezos seguían siendo fútiles. Ezio apareció en la
corte poco después hablando de la guerra como si no le tuviera miedo y no
necesitó mucho más para despertar fervor allá donde su padre había
fracasado.
El rey contemplaba el cadáver de la mujer que nos había atacado con una
fijeza indiferente. Mientras retomábamos la marcha, yo con el corazón
encogido y él con la mejilla sanguinolenta, siguió hablando ajeno al
mutismo que le rodeaba. Me habría gustado limpiarle la sangre reseca con
el pañuelo como hacía con Gartian.
—Esa mujer pertenecía a una orden de guerreras sagradas casi extinta ya
antes de que llegáramos nosotros. Unas cuantas lucharon por Iblis y Loren
dio buena cuenta de ellas, pero esta se le debió escapar. Podemos decir que
ha sido culpa suya —explicó el rey Ezio con ligereza.
—¿Era como una especie de santa para los paganos? —pregunté,
dubitativa.
—En absoluto —contestó—. La sangre mágica es común en el norte,
incluso entre los mendigos más deplorables. No es un don extraordinario
como la santidad. Esta orden en concreto estaba dedicada a una feérica que
habita el bosque: la Reina del Estío. Recordadme que algún día os cuente su
historia.
—La matasteis sin dudarlo un momento —intervino Sagramore, con ese
tono meditabundo suyo que sonaba a sermón.
—No hay que apiadarse de las nativas. A menudo son más peligrosas que
sus hombres. Jamás tocaría el pelo a una muchacha de Gibelia, pero ¿qué
deshonor hay en matar a un soldado enemigo?
—Yo no estoy seguro de poder hacerlo, majestad —musitó él—. Os
agradezco que hayáis salvado la vida de mi hermana.
—¿Por qué decía que la espada Alba le pertenecía? —quise saber yo,
antes de que la conversación acabara por desviarse del todo.
Aquella arma legendaria llevaba vinculada a la familia real de Gibelia
desde antes incluso de que se adorara al Maestro en aquellas tierras. Hasta
aquel momento había pensado que los rapsodas embellecían sus cualidades
al decir que «quien empuña el Alba posee la mismísima luz». La espada
había desaparecido hacía varias generaciones, convirtiéndose en una mera
reliquia mítica que encendía los corazones de aquellos en busca de
aventuras. Ezio sorprendió a la corte entera cuando se internó en la capital
blandiendo el arcoíris. Era aquel resplandor irisado lo que había disipado las
voces contrarias a su ascenso al trono.
—Sois demasiado curiosa, mi señora. Otro detalle que nuestro amigo
común olvidó mencionar —respondió al cabo de un rato.
—¿Entonces es verdad que la espada pertenece a los paganos?
—No sabría deciros. A mí me la entregó una ermitaña en una cueva y os
puedo asegurar que era una mujer pía.
—Es hermosa —musité para mí misma contemplando la vaina de plata y
escarlata.
El rey asintió con una gravedad nostálgica que, por una vez, parecía
exenta de burla o dobleces. Tan obnubilada estaba mirándolo que me olvidé
de preguntarle por qué había ocultado su identidad.
No tardamos en salir del bosque y encontrarnos junto a un río de aguas
transparentes y alegres como un gorgojeo que ascendía hasta el castillo de
Iblis. Este se nos presentó como un sueño de infinitas torres blancas en
medio de un cielo azul y despejado. Había imaginado un lugar lúgubre,
contaminado por las oscuras prácticas de los paganos, y me resultó casi
inquietante descubrirme de pronto en aquel paisaje encantador, salpicado de
puentes y acariciado por un suave viento cargado de frescor. Al menos el
castillo estaba rodeado de una muralla almenada que se adivinaba lo
suficientemente alta y recia como para protegernos de los peligros de
aquella extraña tierra. Aunque, a decir verdad, no había sabido resguardar a
sus anteriores moradores de las tropas de Gibelia, cuyas cenizas ahora eran
abono de los campos que sembraban nuestros colonos.
Cuando atravesamos los gruesos y avejentados portones, exhalé un hondo
suspiro sin darme cuenta. El rey sonrió con tanta malicia que me revolvió el
estómago. Desvié la vista para que no se notara mi repulsión. Aquellos
asomos de impertinencia debían acabar. Si nuestro soberano había resultado
ser un caballero harto deficiente, no me quedaba más que evitarlo y
tragarme los pensamientos que me inspiraba. A diferencia del pobre Loren,
nadie me obligaba a pasar el día a su sombra. De pronto comprendí un poco
mejor aquella perenne melancolía de mi caballero.
No nos dio tiempo a desmontar cuando una dama entrada en años nos
salió a la zaga con sorprendente agilidad. Reconocí a doña Cordelia, la
madre de Loren, gracias al sempiterno velo blanco que cubría su rostro.
Podría haber saltado de mi montura para besarle las manos. Ignoraba que
también estuviera en el castillo. Padre debió de olvidar mencionarlo, igual
que siempre obviaba todos los detalles importantes de verdad. Con doña
Cordelia allí, todo era distinto. Ahora que contaba con una aliada, los
pesares que ondulaban en mi mente se tornaron más livianos.
Doña Cordelia iba acompañada de su doncella, que mantenía la cabeza
gacha, mientras su ama se abría paso hacia nosotros.
—¿Sabéis el susto que me habéis dado? —gritó, señalando al rey Ezio
con un librito de oraciones que tenía entre las manos—. Podrías haberme
avisado al menos de que ibais a sustituir a mi hijo.
—Os habríais opuesto y quería ahorraros el disgusto —contestó el
monarca con jovialidad, bajándose del caballo.
—¿Qué os ha pasado en la mejilla?
—Ah, hemos tenido un pequeño contratiempo. He salvado la vida de
vuestra doña Ginois. Espero que sepáis agradecérmelo. Ella desde luego no
lo ha hecho.
—Vos mismo habéis reconocido que no habría habido peligro de no ser
por vuestra presencia —respondí, airada, olvidando mi propósito.
—No vais a lograr que doña Ginois esté todo el día suplicando vuestro
perdón como el tonto de mi hijo, majestad —dijo la anciana.
—Ya me he dado cuenta de que es recia e intachable como vos —
comentó su majestad en medio de un bostezo.
Doña Cordelia nos instó a dejar las monturas con sus mozos de cuadra
con premura y enlazó el brazo con el mío, sin importarle la suciedad que
arrastraba.
—Luego tenéis que contarme vuestro viaje al detalle. Estoy tan contenta
de que hayáis venido, mis niños valientes.
—Y nosotros de veros al fin, mi señora —respondí a mi vez.
Una vez que nos hubimos adecentado y cambiado de ropa, Sagramore y
yo nos dirigimos a la salita de doña Cordelia, como nos indicó su doncella,
una joven temblorosa que olvidó mencionar su nombre.
Como todos los lugares que habitaba, las estancias de doña Cordelia eran
acogedoras y limpias, lo cual agradecí después de aquel largo viaje. Nos
sentamos en unos sillones grandes frente al fuego. Había una alfombra
tejida con los intrincados patrones del norte. Parecían conformar un cisne,
que brillaba con tantos colores como la espada Alba. Me mordí el labio
mientras lo examinaba para copiarlo más adelante en el telar.
La doncella nos trajo vino para después marcharse sigilosa como un
pensamiento incómodo. Sagramore se rellenó la copa hasta el borde y bebió
con fruición.
—Sé que no soportas el vino, pero deberías beber algo.
—Ya tomaré agua —contesté—. Necesito tener la cabeza despejada.
—¿Por si vuelve su majestad?
—¡Claro que no! Por si traen a doña Devana.
—No me gusta cómo el rey se ha dirigido a ti —confesó—. Parece querer
algo y no se me ocurre qué puede ser. Cuando le dijo a la bruja esa que no
le importaba si te mataba, creí que hablaba en serio.
—Yo también lo he pensado, pero sospecho que sus propósitos tienen
más que ver con Loren que con nosotros.
—Ten cuidado con él, Gin, por favor. Prometo que no voy a dejarte sola.
Anoche me comporté como un necio.
Le tomé la mano, agradecida, aunque ya había decidido que soportaría su
ausencia mientras doña Cordelia estuviera en Iblis. Aun así, no dije nada. Al
igual que padre y madre, yo también temía que la guerra me arrebatara a
aquel muchacho alto y delgado como un rayo de luna.
Doña Cordelia llegó poco después. Había prescindido del velo y nos
miraba fulgurante con aquellos ojos de color miel que expresaban más
sagacidad que dulzura. Era una mujer pequeña en estatura, con las caderas
estrechas y los brazos escuetos. No sabía si era por la ropa de tonos
apagados que solía usar, pero siempre me daba la impresión de que
menguaba a medida que nosotros crecíamos. No pasaba lo mismo con mis
padres. El duque de Leomar era un perpetuo gigante y madre, su digna
cónyuge. Doña Cordelia les sacaba bastantes años, aunque apenas se
notaran las arrugas en su rostro moreno, que olía a aceites caros de su reino
al otro lado del mar. Pocas veces hablaba del continente, ni de su hogar,
pero cuando lo hacía exageraba su pose distintiva, como si quisiera destacar
que ella provenía de un mundo más sofisticado, puro y bello que nosotros,
meros isleños apartados de la civilización en nuestra frágil Albor.
—He dispuesto que os traigan algo de comer. Supongo que estáis
famélicos.
—Me temo que el ataque de esa bruja me ha quitado el apetito —contestó
Sagramore taciturno.
Nuestra anfitriona exigió que se lo contáramos al detalle y así lo hicimos,
mientras los criados iban y venían trayéndonos las viandas. Me fijé en que
habían preparado el asiento de una cuarta persona y aquello hizo que se me
trabara la voz. Al fin iba a conocer a Devana.
—Menos mal que ya os tengo bajo mi protección. Me angustiaba tanto
haceros viajar hasta aquí.
—Lo hemos hecho con mucho gusto, mi señora —me apresuré a
intervenir—. Estamos encantados de poder ayudar a don Loren.
—No os envidio la tarea que tenéis por delante, hija mía. Yo misma la he
rehuido.
Asentí, deseosa de saber más, pero sin atreverme a formular las preguntas
pertinentes por miedo a que se interpretara como una insolencia. Por mucha
confianza que hubiera entre nuestras familias, Devana era su nuera y se
debían lealtad mutua. O al menos así lo establecían el Libro y nuestras
leyes.
—¿Dónde está don Loren, por cierto? Nos hizo creer que iba a reunirse
con nosotros en el bosque —dijo de pronto Sagramore, fingiendo una
afabilidad que era obvio que no sentía.
—Tuvo que partir esta mañana para socorrer a don Aníbal en una ciudad
al este que le está dando problemas. Creo que vuestro padre también está
allí.
—Ojalá vuelvan juntos —dije con un anhelo más que evidente en la voz.
Justo entonces se abrió la puerta y me asomé con disimulo, solo para
contemplar la entrada del rey Ezio con sus andares abruptos y pesados. Se
había cambiado las ropas de viaje por una camisa negra y ligera ribeteada
de plata, que acentuaba su semejanza a un cuervo. Se sentó justo enfrente
de mí y nos dio permiso para que comiéramos con el hastío de quien sabe
observados cada uno de sus gestos.
—¿No esperamos a doña Devana? —inquirí.
—Siempre come sola en su alcoba —dijo doña Cordelia.
—¿La conoceremos luego entonces?
—Será mejor que nos esperemos hasta mañana, querida niña. Descansad
del viaje y poneos cómodos.
—Eso, ya habéis tenido suficientes damas norteñas por el día de hoy —
intervino el rey con la malicia deslizándose entre su desgana.
—Será lo mejor, no quisiera molestarla —capitulé, molesta.
Habría preferido abordar aquel trámite lo antes posible. Beber la hiel
amarga de una sola vez. El fantasma de aquella Devana quimérica no hacía
más que crecer en mi mente, adoptando características de una crueldad y
belleza inhumanas. Con cada respiración, me recordaba que era mucho
mejor que yo.
—Supongo que debe de pesarle la marcha de su marido —dijo Sagramore
en voz baja, como si fuera un pensamiento a la fuga.
Ezio, por supuesto, lo escuchó perfectamente y se apresuró a contestar
antes de que las palabras se perdieran en el aire.
—Ah, los pesares de la pobre doña Devana no dejan de apilarse, pero
hasta ahora no he sido capaz de discernir si la ausencia de Loren le duele
tanto como la compañía del resto de nosotros.
Sagramore asintió, visiblemente turbado por la respuesta. Doña Cordelia
pasó a preguntar por la vendimia, por el verano en el sur con sus cálidas
alegrías, el rojo que cubría la tierra en forma de amapolas, las uvas de
nuestras cosechas. Y yo, que había pasado las fiestas llorando en mi alcoba,
primero, y consolando a mis hermanos después, pinté una imagen
maravillosa para ella, que alimentó su nostalgia y los recuerdos del hogar.
Vi en sus ojos que no deseaba permanecer en el norte más tiempo del
necesario.
Cenamos cordero asado, con lechuga y pan especiado. Pese a nuestras
educadas afirmaciones sobre nuestra ausencia de apetito, Sagramore y yo
comimos sin protestar. Traté de no excederme, pero era difícil disimular que
la cena estaba curando gran parte de mi malestar. Doña Cordelia dirigió la
conversación a temas poco controvertidos que no requirieran un gran
esfuerzo por nuestra parte, lo cual fue de agradecer. El rey tragó en silencio
dirigiéndome ocasionales miradas de soslayo de las que fingí no
percatarme.
Cuando terminamos, tuve que reprimir un bostezo y me di cuenta de lo
exhausta que me sentía. Sagramore, a mi lado, tenía los ojos entrecerrados y
asentía vagamente ante el discurso de doña Cordelia sobre las
peculiaridades del clima del norte. Decidí intervenir antes de que delatara su
somnolencia de manera más escandalosa.
—Si me disculpáis, creo que debería retirarme a la alcoba. Ha sido un
viaje largo.
—Yo también debería marchar ya —dijo el rey con un asentimiento de
cabeza—. Mañana vuelvo a Adra. Un placer haberos conocido al fin a
ambos. —Habló sin mirarnos a ninguno de los dos, de una forma que se me
antojó deliberada. Se apartó la melena de la cara antes de añadir con esa voz
profunda que tanto me estremecía—. Los amigos de Loren siempre pueden
contar con mi favor.
Me despedí con una nueva reverencia en la que escondí el alivio ante la
próxima partida de su majestad.
Doña Cordelia había ordenado que me prepararan una alcoba en lo alto de
una de las torretas, a la que se ascendía por unas estrechas escalinatas de
piedra. Allí me dirigí junto a Sagramore tras la cena, pero mi hermano no
tardó en abandonarme con tan solo un beso en la frente como consuelo. A
veces fantaseaba con ser alta como él. Sin embargo, la suerte me había
concedido las piernas cortas y regordetas de la familia de mi madre. Ambos
teníamos los mismos rizos, pero yo siempre los escondía en elaboradas
trenzas mientras que la cabellera de Sagramore se asemejaba a un bello mar
embravecido que descendía hasta los hombros. De niños habíamos sido
idénticos y ambos habíamos considerado la súbita divergencia como una
traición. Nos habíamos convertido en una suerte de espejo roto el uno para
el otro. Hasta entonces no había sido consciente de lo diferentes que serían
nuestras vidas. Sagramore no podría seguirme siempre ni yo a él. Para
cuando mi hermano empezó a distanciarse de todos, aquellos primeros años
compartidos no parecían sino un sueño.
Para alejar aquellos pensamientos errantes, me dispuse a inspeccionar la
alcoba. Se me antojaba desnuda y fría. Las paredes de piedra exhibían la
marca de muebles ausentes, sobre las que habían colocado un par de tapices
minúsculos en un intento vago por disimular. La cama también era enorme,
con una manta tejida en hilos multicolores que representaban árboles
cargados de frutas de gran tamaño. A pesar de que se trataba de un motivo
festivo, la imagen me provocó un violento desasosiego, como si estuviera
incitándome a presenciar algo obsceno. Sobre la cómoda descansaba un
espejo de bronce, que me devolvió un rostro cansado y temeroso. Suspiré,
harta de mí misma, antes de desnudarme.
Desperté en una oscuridad rota por un único rayo de luna que se colaba
por la balaustrada con aire timorato. Me levanté para beber agua, presa de
un súbito ardor en la garganta, y fue entonces cuando vislumbré la delicada
figura de una niña diminuta que jugaba en el amplio balcón al que se
accedía por una arcada con serpientes esculpidas. Estaba de rodillas, vestida
con lo que parecía un sayo de un color inmaterial, igual que su piel perlada.
La contemplé largo rato sin saber qué hacer. El temor instalado en mi pecho
desde hacía tanto tiempo se materializó en unas lágrimas incontrolables,
pero mis sollozos no alertaron a la cría. Fui a su encuentro, incapaz de dejar
a una criatura tan pequeña a merced de la voluptuosidad de la noche. Quise
auparla, pero se desvaneció entre mis brazos. Entonces comencé a dudar de
mi cordura. Quizás había sido solo el destello de un recuerdo. También
Elidel había jugado así y yo la había refugiado junto a mi pecho cada vez
que se había hecho daño.
Me dispuse a volver a la cama, mas la encontré ocupada por una
bestezuela negra y peluda cuya corporalidad era innegable y me miraba con
unos ojos verdes tan grandes que parecían abarcar toda la habitación. De
sus fauces se asomaba el cadáver agujereado de una rata.
Emití un breve chillido. El gato dio un salto y me pasó por el lado
ladeando la cabeza, como si estuviera decepcionado por mi falta de
modales. Se encaramó a la baranda moviendo su enorme cola y desapareció
entre las tinieblas.
Ya no fui capaz de conciliar el sueño y dejé pasar las horas hasta el
amanecer abrazada al ejemplar del Libro que traía desde casa. A diferencia
del enorme volumen que conservábamos en la capilla, este era ligero y con
la letra minúscula. A mi madre se lo había legado la suya cuando contrajo
matrimonio. Me sumergí en sus páginas como si su cercanía pudiera
protegerme de las extrañas fuerzas que me olfateaban.
El día me encontró acurrucada en el sillón, con la garganta irritada y los
párpados pesados. Las capas que constituían mi ser, Ginois la hija del duque
Leomar, se habían desparramado por la habitación y no tenía fuerzas para
agacharme a recogerlas y ponerlas en orden. Por suerte, rara vez una dama
debe ocuparse ella sola de sus trapos. Al rato apareció la doncella de doña
Cordelia y me ayudó a adecentarme.
La joven era eficiente y silenciosa. No me molestó con charlas
insustanciales ni preguntas de cortesía. Me percaté de que evitaba mirarme
a los ojos y lo aduje a un caso de timidez extrema, que no me resultó
precisamente antipático.
—¿Cómo te llamas? —pregunté.
—Fabia.
Su nombre era como ella: breve y agradable, así que me decidí a
recordarlo. En un arranque de inspiración, le hice otra pregunta algo más
indiscreta para sondear sus lealtades mientras me trenzaba el pelo.
—¿También servís a doña Devana?
Por primera vez, Fabia abandonó la indolencia para reflejar genuina
confusión. Se recompuso con rapidez y ladeó la cabeza vigorosamente.
—No, mi señora —lo repitió tres veces, alzando la voz un poco más en
cada ocasión, hasta que quedó satisfecha.
«Tal vez sea una doncella tan insignificante como para mandarme a morir
al norte, pero ni aun así voy a tocarle un pelo a esa sucia pagana», parecía
gritar con su insistencia. Después me condujo a las dependencias de doña
Cordelia. La anciana me agarró los hombros y me hizo sentarme en su
mesa, en esta ocasión dispuesta solo para dos personas.
—Me he tomado la libertad de mandar a buscarte en cuanto ha salido el
sol. Hay cosas que tu hermano no tiene necesidad alguna de saber. ¿Cómo
has pasado la noche?
—Me he desvelado —confesé—. He recibido la indeseada visita nocturna
de un gato gigantesco y bastante antipático.
—¿Una bestezuela negra?
—Así es.
—Ya estaba aquí cuando nos instalamos y doña Devana se ha encariñado
con él. Mejor que no huela tu nerviosismo porque te seguirá allá donde
vayas. Es un animal inquietante. Nunca sabes dónde va a aparecer.
Sus palabras me desasosegaron sobremanera y me descubrí espiando las
esquinas en busca de aquella bestia oscura. Fabia nos trajo una bandeja con
leche y pasteles de miel, que observé con mal disimulada ansia. Doña
Cordelia solía ser frugal e ignorar la comida durante largo rato y no fue
distinto esta vez. Yo me debatía entre tomar un pedazo de pastel o aguardar
a que mi anfitriona diera el primer bocado.
—Deberías aprovechar para familiarizarte con Iblis. De momento, solo
hemos restaurado la mitad del castillo, pero las reparaciones avanzan a buen
ritmo. Este lugar se caía a trozos cuando llegamos y todavía no tengo claro
que no vaya a derrumbarse sobre mi cabeza. La mujer pagana que lo
ocupaba vivía aquí prácticamente sola, como una especie de alma en pena
desquiciada. No fue muy difícil para Loren acabar con ella.
»Pronto será muy distinto. Ya lo verás. Cuando acabe la guerra, florecerá
una ciudad próspera en lugar de las casuchas cochambrosas que nos rodean.
Ya han llegado los primeros colonos del sur.
—¿Pretendéis quedaros aquí mucho tiempo? —inquirí, apesadumbrada.
—Solo mientras mi hijo me necesite.
—Me gustaría conocer hoy a Devana —repuse.
—No hace falta. Aún no ha terminado el verano, quizás preferirías salir a
los jardines o investigar las torres. Si encuentras cualquier cosa que te guste
te la puedes quedar. Es imposible hacer inventario de todo. Creo que
todavía quedan libros en la biblioteca que han escapado de la purga.
Nuestro pobre sacerdote dedicó varios días a bendecir el lugar. Según él,
estaba infestado de artes malignas. ¡Ah, también hay una sala de costura
con varios telares que están acumulando polvo!
—No os ofendáis. Ardo en deseos de conocer cada rincón de Iblis, pero
creo que antes debo presentar mis respetos a doña Devana.
—Siempre tan diligente. ¿Es que acaso quieres dejarle claro que no le
tienes miedo?
—No sé por qué habría de temer a la esposa de vuestro hijo —respondí
alzando en exceso la voz.
Doña Cordelia sonrió con aprobación ante aquel valor fingido que
deseaba hacer mío con tanta fiereza. No nos distrajimos mucho con el
desayuno y pronto estuvimos recorriendo los pasillos. Durante el día, la luz
brillaba en aquellas paredes blancas, amasando una sensación de extraña
irrealidad, como si estuviésemos dando zancadas entre las nubes. No estaba
segura de si me gustaba. Nos dirigimos a una de las torretas más alejadas de
la parte habitada del castillo, por las que pululaban los escasos criados y
soldados que protegían aquella suerte de base de Gibelia en el norte.
Ascendimos por unas escaleras en espiral, mucho más estrechas y
empinadas que las que conducían a mi alcoba. Devana habitaba el lugar
más alto del castillo, como la princesa cautiva de un romance.
Doña Cordelia llamó a su puerta con los nudillos. Nadie respondió
durante un rato hasta que una voz grave de acento duro y afilado se coló por
debajo de la puerta con aires de ofrecer una concesión extraordinaria.
—Adelante.
Mi anfitriona abrió la puerta, desvelando una estancia redonda, tan
diminuta que parecía de juguete, con el suelo azul cobalto y el techo pintado
con un mapa desvaído de Albor, nuestra isla. No había más muebles que
una cama y una mecedora, antiquísima, sobre la que dormitaba el gato de
anoche.
Devana era tan pálida que se confundía con la luz de la balaustrada en la
que se apoyaba. Tuve que parpadear un par de veces para discernir sus
rasgos: los pómulos altos, la dulzura de la curvatura de sus labios, las cejas
rectas y pobladas, oscuras como el cabello a medio cepillar que le caía hasta
los hombros. Sus ojos, enormes e inquisitivos, centelleaban de un color
imposible. Más tarde sabría que eran azules por la mañana y se tornaban
verdes por la tarde, o incluso grises cuando la atravesaban pensamientos
plomizos. Al hacerle una reverencia me percaté de que era alta y esbelta,
con la cintura fina y las caderas marcadas. Lucía un vestido de lana gris,
viejo, que le quedaba un poco estrecho y aun así seguía poseyendo aquella
belleza altiva. La luz parecía ser su misma esencia y la carne no más que un
engaño.
—¿Quién eres? —me dijo posando en mí su mirada.
—Mi hijo os habló de ella. Se llama Ginois y es la hija del duque Leomar.
Ha venido a enseñaros los usos y costumbres de las mujeres de Gibelia.
—¿Y no habla? —quiso saber y adiviné una burla disfrazada de
ingenuidad.
—He venido a serviros, mi señora —dije con la cabeza gacha.
—Os dejo solas para que os conozcáis. —Quise detener a doña Cordelia,
arrepentida de todas las decisiones que me habían conducido a aquella torre,
pero la anciana se deslizó fuera de mi alcance y cerró la puerta tras de sí.
Devana levantó al gato de la mecedora. Supuse que era un gesto para
invitarme a tomar asiento, así que me dirigí allí, mortificada al pensar en
todos los pelos negros que se iban a quedar pegados a mi vestido.
—Sé que no es muy cómoda, pero no tengo nada más —se excusó,
mientras se aposentaba en la cama con el gato en su regazo. Se puso a
juguetear con un colgante de aspecto tosco del que pendía un pedrusco
escarlata de aspecto desigual.
—Yo estoy cómoda en cualquier lado, mi señora.
—No hace falta que me respondas a todo con «mi señora» y mucho
menos que me hables de «vos».
—Sois mi señora y una dama casada con un caballero —respondí—. Es
así como debo hablaros. —Tras un instante de vacilación, añadí—: Y yo soy
la hija de un duque, de vuestra misma edad, así que deberíais responderme
de la misma manera.
—Nadie me había hablado de eso. En Adra no se estila, ni en el resto del
norte que yo sepa.
—¿No os lo había mencionado doña Cordelia?
—Apenas me dirige la palabra.
—¿Y vuestro marido?
—Ah, él habla todo el tiempo, pero nunca lo escucho.
No supe qué contestar ante aquella afirmación y deseé tener alguna labor
a la que poder dirigir la mirada. Lentamente, la voluptuosa mujer pagana
que había imaginado se iba derritiendo para dar lugar a una joven de
desconcertante extravagancia con la cabeza en un lugar tan lejano que a su
boca no llegaban más que frases estrafalarias.
—¿De qué parte de Gibelia vienes? —preguntó señalando el techo.
—De Tralia, al este.
—¿Junto a la costa?
—Así es.
—Y ahora mismo estamos aquí —dijo, triunfal, señalando un punto con
el dedo índice. Tenía las manos enrojecidas y las uñas mordisqueadas.
Recorrió la distancia entre ambos puntos con la vista durante largo rato—.
¿Has hecho ese viaje tan largo solo para conocerme?
—Don Loren me lo pidió expresamente. Es amigo de mi familia y estoy
encantada de poder…
—¿Por qué tenías que ser tú? En el castillo hay muchas mujeres sureñas.
—No pertenecen a la nobleza ni han recibido instrucción.
—Al menos podrían haberme preguntado antes de hacerte venir —dijo
acariciando a su gato, que ronroneó de puro gusto—. No estoy segura de
poder hacerme a vuestros usos y costumbres, como ha dicho Cordelia.
—Doña Cordelia —la corregí.
—¿Lo ves? Es difícil.
—Pero es vuestro deber —repuse, anonadada—. ¿Qué clase de esposa
vais a ser para don Loren? Es un hombre con muchas obligaciones, cercano
a su majestad…
Ante aquellas palabras, su rostro indiferente pareció arder. Me contempló
con la boca abierta mientras los ojos se le oscurecían a un verde opaco y el
gato en su regazo se erizaba. Él también me dirigió una mirada desdeñosa y
yo, timorata, me encogí en el sitio, deseando haber cerrado la boca cuando
tocaba.
—Ser una buena esposa para ese hombre es la menor de mis
preocupaciones, créeme —dijo al final.
—Lo… lo siento mucho si os he ofendido, mi señora.
—¿Ah, sí? Yo diría que lo disfrutas bastante.
—Vos también me habéis incomodado deliberadamente.
—No me sale hablar como una pánfila dama de Gibelia. Quizás tú y los
tuyos penséis que he perdido todo el amor a mi tierra, pero no es así. Mi voz
es mía y mi lengua también. Os habéis quedado con el castillo en el que
nací, con la ciudad de mis abuelos, conformaros con eso.
Se le había quebrado la voz en una rara mezcla de furia y llanto. Me
recordaba un poco a Elidel cuando después de un berrinche sollozaba
durante horas sin dejar que nos acercáramos a ella, deleitándose en aquel
dolor que nadie más sabía comprender.
—Doña Devana —la llamé—, ¿que… quieres que me vaya?
—Será lo mejor. Vuelve mañana si te apetece. Ya ves que no tengo nada
que hacer. No te garantizo que vaya a escucharte, pero me recuerdas las
cosas que no tengo derecho a olvidar.
No le conté a Sagramore ni la mitad de lo que había hablado con Devana.
En parte porque me avergonzaban mis torpezas y en parte por la súbita
intimidad con la que había terminado nuestro encuentro. Devana me había
dejado asomarme a su dolor por un instante y a mí me había dado miedo
mirar. Era un horror demasiado grande e ineludible. ¿Cómo se podía
consolar a alguien que había sufrido una pérdida semejante y se sabía
culpable?
«Fue artífice de la muerte de toda su familia, ¿qué no te haría a ti?».
Costaba creerlo al mirar su rostro hermoso e indolente como la luna,
enmarcado en ese largo río nocturno que eran sus cabellos.
—No suena muy dispuesta —dijo Sagramore, cuando terminé mi
censurado relato—. ¿Qué vas a hacer?
Nos habíamos sentado en la alfombra frente al fuego. Él apoyaba la
cabeza en mi hombro y yo iba alimentando las llamas, tronco a tronco,
como si fueran pensamientos que necesitaba sacarme de encima.
—Voy a educarla en nuestros usos y costumbres, tal y como me han
ordenado.
Un rato más tarde arrastré a mi hermano por todo el castillo, en busca de
la sala de costura de la que me había hablado doña Cordelia. Ninguno de los
sirvientes estaba al tanto de su localización exacta, ya que formaba parte del
ala oeste del castillo. Pese a las protestas de Sagramore, que quería
presentarse ante el capitán de la guardia para entrenar con sus hombres, nos
adentramos en las zonas inhabitadas del castillo. Encontramos un salón de
altos techos con una enorme mesa redonda, en torno a la que había decenas
de sillones con vetustos nombres inscritos en los respaldos; también varias
alcobas con la ropa de sus antiguos propietarios aún doblada en los baúles;
una habitación completamente vacía con las paredes encaladas; un cajón
repleto de instrumentos musicales, del que Sagramore robó una flauta; y,
entre dos torretas, la famosa sala de costura, que olía a moho. Registré todos
los armaritos hasta hallar una cesta que rellené de agujas, lana e hilos de
colores variopintos. Después, examiné los telares: algunos parecían en buen
estado, pero decidí no entretenerme con ellos hasta que no hubiera acabado
de instalarme. Me extrañaba que las mujeres del castillo no se hubieran
apoderado de ellos para hilar y tejer las ropas para el invierno.
A la mañana siguiente, me dirigí con mi botín a la torre de Devana como
quien se encamina con resolución a la batalla. Encontré a la joven nativa
con una bata de un material suave y etéreo sobre el camisón blanco. Las
pálidas piernas, recubiertas de vello oscuro, estaban desnudas y me sentí
enrojecer.
—Podríais haberme avisado de que no estabais presentable —protesté.
—No he tenido tiempo de asearme. Pelnor me ha tenido despierta toda la
noche y no he podido conciliar el sueño hasta que se ha posado el alba en la
ventana.
—¿Por Pelnor os referís a…?
—El gato, sí. Mi Pelnor.
El animal maulló desde su puesto junto a la chimenea como si quisiera
darnos a entender que era muy consciente de que hablábamos de él. Ocupé
mi puesto en la mecedora y dejé la cesta a un lado, mientras Devana pasaba
un cepillo de plata por la larga melena oscura. Rehusó trenzarse los
cabellos, igual que el día anterior. Otra muestra más de su desaliño.
—Es un nombre curioso para un gato —comenté, por decir algo.
—No se lo puse yo, sino su antigua familia.
—¿La conocíais?
—Solo de oídas, pero Pelnor es más que elocuente.
Tragué saliva un poco incómoda y permanecí en silencio con la vista
clavada en el suelo, mientras Devana se quitaba la ropa como si yo no
estuviera presente. Di un respingo cuando sus brazos desnudos revelaron
enormes tatuajes desde los hombros hasta el antebrazo. Ella se rio y yo
desvié la mirada sin ser capaz siquiera de distinguir las formas de los
dibujos en su piel. ¿Conocería Loren aquel impúdico secreto cuando se casó
con ella? Me parecía motivo suficiente para considerar el divorcio. Antes de
que me diera cuenta, Devana había vuelto a colocarse el vestido del día
anterior.
—¿Os las apañáis bien sin doncella? —inquirí por despejar mi mente.
—No te preocupes por eso —dijo con ligereza, aunque los cordones
torpemente anudados de su vestido contaran otra historia—. ¿Qué vas a
enseñarme hoy?
—En realidad esperaba que fuerais vos quien me enseñara a mí —repuse
con timidez—. Tal vez sería mejor tener algo que hacer mientras hablamos.
Siempre he admirado los bordados del norte, quizás podáis iluminarme
sobre vuestros patrones y técnicas.
Devana parpadeó asombrada y dirigió su mirada a la cesta que aguardaba
en el suelo con expresión ceñuda. Se la acerqué para que la examinara y
sostuvo los ovillos como si fuera un material inusual y quizás peligroso.
—Lo cierto es que nunca he sido ducha en esas artes —confesó.
—Bueno, pero seguro que estáis acostumbrada, ¿no? También en el norte
tendréis necesidad de vestiros y protegeros de las inclemencias del invierno.
—Para eso tenemos la magia —repuso y su boca se torció en una sonrisa
maliciosa. La primera que le veía.
Tragué saliva y me contuve para no hacer la señal de la Luz.
—No hablaba en serio —cedió con un suspiro—. Por supuesto que me
han enseñado a tejer, hilar y coser, pero siempre lo he detestado, así que mi
instructor perdió pronto la paciencia conmigo.
—Pongámonos a ello —dije, resignada.
Devana no mentía al hablar de su torpeza. Tuve que enhebrarle yo la
aguja, después de una multitud de intentos poco fructíferos que por poco
acaban con la joven tirando la cesta por la ventana. Apretaba demasiado el
hilo y no llevaba la cuenta de las puntadas, por lo que pronto su labor perdió
uniformidad y elasticidad. Casi me dio lástima desaprovechar un material
tan bueno. Yo, sin embargo, bordé varias margaritas simples en los retales
que había hallado en la sala de costura.
—¿Qué hacéis cuando os hace falta zurcir un calcetín o ensanchar un
vestido? —pregunté curiosa.
—Mi compañera del Templo de la Doncella se encargaba de ello —
contestó con un deje endurecido, que me hizo arrepentirme de haber
preguntado—. Los estudios de alta sacerdotisa me mantenían ocupada
durante todo el día.
Me sorprendió la mención a aquel templo casi tanto como los tatuajes en
su piel. La mera palabra se me antojaba impía en sus labios.
—Mañana podemos bajar a la sala de costura —sugerí, intentando
disimular mi turbación—. Te enseñaré a manejar el telar y luego podemos
empezar con las lecturas del Libro del Maestro Sagrado.
Devana suspiró y se mordió el labio en un gesto pesaroso.
—Ginois, no sé si a Cordelia va a hacerle mucha gracia que ande libre por
el castillo, ni siquiera si es contigo.
—¿Por qué no?
—Para empezar, no se fía de mí y tampoco le gusta que me vea la gente.
Tendrás que pedirle permiso.
—Así lo haré, pero no lo entiendo. ¿Cómo os vais a adaptar a vuestro
nuevo hogar si no salís de esta alcoba diminuta?
—¿Mi nuevo hogar? Yo siempre he habitado esta tierra, doña Ginois. Si
fuerais listos seríais vosotros los que intentaríais aprender algo de mí.
Tras aquellas palabras soltó una extraña risa con cierto tinte macabro.
Solo se refería a mí según las normas de cortesía para burlarse de mis
esfuerzos. En apenas dos días, sentía que mis buenas intenciones corrían
peligro de ahogarse en la volatilidad despectiva de la nueva mujer de Loren.
Más tarde me dirigí a la alcoba de doña Cordelia, con la voz de Devana
aún pegada a los oídos. Me invitó a entrar y me ofreció una copa de vino
que rechacé, pero que me sirvió de todas formas porque no tenía otra cosa.
—Te iba a mandar a llamar, querida —me dijo con la voz chispeante—.
Ayer no pudimos hablar, pero supongo que ya habrás captado de qué va la
canción de nuestra Devana.
—Ella no quiere que nadie la conozca —repuse, incómoda ante su
repentina jovialidad.
—Pero te das cuenta de lo que pretende, ¿no es así?
—Es infeliz —respondí—, pero supongo que es lo normal después de
todo lo que ha pasado.
—Es infeliz porque no debería estar aquí —dijo doña Cordelia y supe que
todo lo que había sucedido en los últimos días no era sino un preámbulo de
aquella conversación—. Ginois, ¿por qué crees que has venido?
—Para ayudar a doña Devana a adaptarse a su nueva posición.
—¿Y quién crees que sembró la idea en la mente de mi hijo? Eres lo
suficientemente inteligente para saber que a él solo no se le hubiera
ocurrido.
—Vos, me imagino —dije, con cautela.
—Exacto, porque sé que puedo confiar en ti y que tú deberías haber sido
la esposa de mi hijo.
Las palabras murieron en mi garganta y me llevé las manos a los ojos,
como si así pudiera contener las lágrimas. ¿Por qué había tenido que
decirlo? ¿Por qué no había dejado que el silencio devorara las promesas
pasadas?
—No te angusties, hija mía —siguió hablando doña Cordelia—. Aún es
posible.
—¿Cómo? Él ha elegido a Devana.
—Ella no es adecuada para él y tú lo sabes. Lograremos que resulte tan
evidente que el propio Loren acabara pidiendo el divorcio a su majestad. Él
se lo concederá, no hay que preocuparse por eso. Solo nos hacen falta
pruebas de que esa mujer sigue siendo una pagana que adora diosas impías.
—No es ninguna estúpida como para hacerme ese tipo de confidencias —
repliqué.
—Acabará delatándose de una manera u otra, tenlo por seguro. Te he
elegido a ti porque eres buena y dulce, pero también sagaz. Esa cría no tiene
más compañía en esa torre que su horrenda bestezuela. Quizás requieras
algo de tiempo, pero acabará por confiar en ti por pura desesperación.
Como un rayo, se deslizó por mi mente la manera tan casual en la que
había admitido que el gato le había revelado su nombre: una primera piedra
con la que podríamos ir construyendo su caída. Recordé la repulsión que me
habían provocado los tatuajes sobre la piel pálida, aquella profanación
voluntaria del cuerpo que el Maestro prohibía expresamente. ¿Cómo se
podía confiar en alguien así? Me avergoncé de aquel pensamiento y ladeé la
cabeza. Pese a todo, no quería forzar a Loren a abandonar a la mujer a la
que amaba.
—Doña Cordelia, no le deseo ningún mal a Devana. Creo que ya ha
pagado suficiente por sus antiguas creencias.
—Nada que no se haya buscado. Ella sedujo a mi hijo y le abrió la puerta.
¿Crees que Loren merece acabar sus días con una mujer que permitió el
asesinato de toda su familia?
—No quiero ser yo quien la condene.
—No vamos a ejecutarla ni nada parecido, guarda cuidado. La
mandaremos a una abadía en Gibelia a purgar sus pecados.
—Aun así, sentiría que estoy traicionando a don Loren.
—A veces necesitamos que se nos salve de nosotros mismos. —Doña
Cordelia suspiró y dio un trago de su propia copa—. Prométeme al menos
que te lo pensarás.
—Tened por seguro que si percibo algo sospechoso en Devana os lo haré
saber, pero no voy a tergiversar sus palabras ni sus actos.
—Así me gusta, mi niña lista. Sé que amas a mi hijo y harás lo correcto.
Di un sorbo al vino para mantener la boca ocupada, su amargor
poseyéndome por entero. Me marché a mi alcoba con el sabor aún
incrustado en la garganta y bebí media jarra entera de agua del tirón. No
dejé de sentirme sucia y contaminada, pues una esperanza alada que creía
largo tiempo perdida había vuelto a instalarse en mi interior. Deseé amar un
poco menos a Loren para así desterrarlo de mis pensamientos o para que la
idea de juguetear con su vida se me hiciera menos repugnante.
Me dejé caer sobre la cama y la descubrí repleta de unos pelos negros y
cortos que solo podían pertenecer a esa bestezuela de ojos verdes, cuya
dueña también tenía los ojos verdes cuando quería. Sacudí las sábanas
frenéticamente, con lágrimas en los ojos y tan ocupada estaba que tardé en
percatarme de que aquella noche eran dos las niñas espectrales que jugaban
en el balcón.
4
NIEVE EN LA BALAUSTRADA
L
a aletargada rutina de Iblis apaciguó los temores imaginarios con
los que había llegado y los sustituyó por otros nuevos. Añoraba el
olor a salitre y los amplios patios verdosos de mi hogar, pero fue
entre los gruesos muros de aquel castillo norteño donde conocí por primera
vez el silencio. Pese a su latente impertinencia, Devana poseía un carácter
sosegado la mayor parte del tiempo. En comparación, mis hermanos se
asemejaban a un atajo de bestias. Cada mañana subía a su torre y
rompíamos el ayuno juntas. Después, leíamos los pasajes correspondientes
de las escrituras sacras, paseábamos por los jardines y, después del
almuerzo, estudiábamos el protocolo y la costura. O, al menos, yo me
dedicaba a mis labores mientras ella jugaba con el gato o se asomaba a la
terraza. A menudo, los intentos de extraerle conversación morían ante sus
desplantes. No respondía y, si lo hacía, ofrecía ocurrencias desconcertantes.
Al final, acabé ignorando sus palabras, igual que fingía pasar por alto los
cortes y magulladuras que se le dibujaban acusadores en torno a los dedos y
el rostro. Seguía sin recogerse el cabello, a pesar de que a menudo me
ofrecía a trenzárselo e insinuaba que no existían más alternativas que
cortarlo o cubrirlo con un velo.
Pasaba las últimas horas del día con doña Cordelia; el único sacerdote en
Iblis, al que conocíamos como padre Aquilino; y don Marsias, el capitán de
la guardia, primo del difunto padre de Loren. Estos dos últimos se me
antojaban una compañía difícil y poco halagüeña. El sacerdote padecía de
una terrible falta de moderación con la bebida y una lengua no menos
excesiva; mientras que don Marsias era taciturno y masticaba con la boca
abierta. Doña Cordelia los trataba a ambos con una cordialidad empalagosa
y era la única capaz de interrumpir las peroratas del padre Aquilino con su
ingenio. A mí nadie me prestaba atención, lo que en secreto agradecía, ya
que Sagramore se prodigaba poco por estas reuniones y no había nadie más
con quien quisiera hablar.
Después regresaba a la alcoba, donde habitaba mi corte nocturna.
Solo aparecían durante las noches de insomnio, cuando la oscuridad se
tornaba líquida plata durante los breves instantes en los que los niños
perlados la atravesaban con sus juegos. Sus movimientos parecían torpes y
pesados, quizás por la desproporción de aquellos cuerpecitos infantiles cuya
volatilidad respondía a las fases de la luna: empezaban escuetos y
alargados, y crecían noche tras noche hasta alcanzar formas orondas en el
plenilunio.
Transcurrieron tres meses sin que me atreviera a mencionar las
esporádicas apariciones de aquellos niños perlados e intangibles. Cada uno
poseía un patrón de comportamiento inalterable. En primer lugar, se
presentaba la niña del balcón, a la que seguía una hermanita, un poco más
grande, que corría en círculos a su alrededor. Unos instantes más tarde se
materializaba un crío en la esquina hurgándose la nariz. Otro tejía en
silencio, aunque su labor jamás crecía, como si destejiera por el día lo que
tejía por la noche. También había tres que siempre iban juntas, tomadas de
la mano y se susurraban secretos al oído. Por mucho que contemplara el
movimiento de sus labios no era capaz de discernir las palabras.
Eran ajenos a mi presencia. En cuanto los tocaba se disolvían en el aire.
Pasé largas noches observando sus idas y venidas, aprendiendo sus pasos
exactos hasta convencerme de que no eran producto de un sueño.
Guardé silencio porque me incomodaba causar problemas nada más llegar
al castillo. Además, temía las miradas escépticas, la conmiseración. Ya
había tenido suficiente de eso en casa cuando los criados transportaban a mi
madre beoda a su alcoba. Creía con firmeza que las vergüenzas debían
solucionarse con discreción y en silencio. Y, si no era posible, mejor era
cerrar los ojos y aceptar lo que el Maestro enviara.
Por otra parte, intuía que doña Cordelia intentaría culpar a Devana y
dudaba que ella tuviera algo que ver. Estos niños pertenecían a la alcoba
tanto como los muebles dispares y el edredón de las frutas. Estábamos en el
norte y en el norte los espectros no eran tímidos como en Gibelia. Así que
cargué con aquel secreto como un dolor misterioso del que no se quiere
alertar a nadie.
Ya me había acostumbrado cuando llegó a mi modesta corte un invitado
inesperado coincidiendo con la luna nueva. A diferencia del resto, no emitía
la amable luz perlada que me acompañaba en la vigilia. Cubría su rostro con
su capucha púrpura bordada con manzanas putrefactas. Su aparición venía
acompañada de un nauseabundo hedor a podrido que me arrebataba el
sueño. Vagó por la alcoba rozando a los niños en la cabeza con una mano
diminuta para hacerlos desaparecer. Después, alzó unos ojos de iris blanco y
cuencas negras en mi dirección, como si quisiera demostrarme que me veía
con tanta claridad como yo a él. Supe que llegaría la noche en que aquella
mano se posaría en mi frente y, quizás, yo también me desvanecería. El
terror me secó la boca y me paralizó en el lecho. Habría querido gritar, pero
fui incapaz.
La noche siguiente, el insomnio volvió a mantenerme en vilo y con él
regresaron los niños, que habían perdido parte de su lustre y volvían a ser
pequeños y delgados como gatos domésticos. Fue así como logré
comprender el ciclo y empecé a vivir con miedo a la luna nueva.
Un mes después, mientras me acicalaba frente a un espejo que no tenía
compasión con los crecientes surcos bajo mis ojos, intenté idear una excusa
lo bastante convincente como para justificar un cambio de alcoba. Era cierto
que, espectros o no, era un lugar frío y la nieve empezaba a amontonarse
tímidamente en el balcón, pero doña Cordelia aduciría que lo mismo pasaría
en cualquier otra estancia. Consideré buscar refugio junto a Sagramore
hasta que se me ocurriera una idea mejor, aunque aquello bien podría
generar preguntas incómodas. De pronto, añoré la dulce presencia de
Gartian, con quien todavía podía pasar la noche sin temor a rumores
maledicentes. Incluso la hosca Elidel me habría bastado. Echaba en falta a
aquellos niños y sus necesidades, que había hecho mías como si fueran
extensiones de mi cuerpo.
Subí las escaleras a la torre de Devana con dificultad y aquello no hizo
más que empeorar mi ya maltrecho humor. ¿Cómo iba a poder idear una
solución cuando se me exigía que gastara todas mis energías en aquella
mujer desagradecida?
Fabia iba detrás con la bandeja del desayuno y por una vez rompió su
silencio para inquirir por mi salud. Fingí que no la había escuchado
aprovechando que ya nos aproximábamos a la puerta, donde Devana
aguardaba con el cabello alborotado y una gruesa túnica de lana masculina
que le quedaba exageradamente grande. Necesitaba ropa a medida que se
correspondiera con su posición de esposa de un caballero del reino; otro
tema que tenía que discutir con doña Cordelia, tan poco prolija con las
necesidades de su nuera.
—Ha nevado esta mañana —me anunció, mientras Fabia depositaba con
cuidado la bandeja sobre la cama y se esfumaba sin decir nada.
Devana se metió una galleta en la boca y le dio otra a Pelnor, mientras yo
arrimaba la mecedora como cada mañana.
—Necesitamos una mesita —dije por enésima vez.
—Pídesela a Cordelia.
—Ya lo he hecho —admití.
—¿Y?
—Dijo que ya vería.
Devana esbozó la sonrisa feroz que solo aparecía en sus labios cuando
hablábamos de la anciana dama, cuya animadversión parecía encontrar
deliciosa.
—Es una lástima porque con las mesitas pueden conjurarse una gran
cantidad de terribles ánimas. Verás…
—No estoy de humor, mi señora —le espeté con un suspiro, antes de
concentrarme en el desayuno—. ¿Os habéis estudiado las siete promesas del
Pupilo como os pedí?
Devana se metió la última galleta en la boca en un patético intento de
retrasar la respuesta que podía leer con claridad en sus ojos, azul pálido en
aquel día nubloso.
—Cada vez anochece antes y tengo muy pocas velas —se excusó.
—Haré que os traigan más.
—Rezaré para que vuestras súplicas sean escuchadas entonces —
respondió con sorna, haciendo la señal de la Luz con la siniestra en lugar de
la diestra con un aire de deliberada belicosidad.
—Mi señora, vuestra suegra inquiere a menudo por los progresos que
estamos haciendo. Cuando don Loren vuelva querrá examinar vuestros
conocimientos. Es extremadamente devoto. Además, en cuanto os aprendáis
las promesas podemos empezar a considerar celebrar vuestro Segundo
sacramento. ¿No os gustaría poder ir a la capilla a las ceremonias como el
resto? —Mi soliloquio comenzó como un sermón y terminó en una súplica.
—Estás cansada —dijo Devana, arrugando la nariz—. ¿Por qué no te
tumbas en la cama mientras recito?
—No hay ninguna necesidad.
—Venga, da pena verte —insistió, retirando la bandeja para ponerla en el
suelo a falta de otro sitio.
Al final la obedecí porque no tenía fuerza para resistirme. Se me iban
cerrando los ojos mientras hablaba y me dolían tanto los hombros que no
creía que pudiera aguantar mucho más en aquella mecedora. La cama no
resultó mucho mejor. No me había fijado en lo estrecha y corta que era,
como si estuviera pensada para un niño. Seguro que a Devana le sobresalían
los pies.
—Bien, empecemos con esto —dijo Devana tomando el ejemplar del
Libro y colocándose junto a la ventana—. Siete son las promesas del Pupilo
al Maestro. El Pupilo ha de obedecer al Maestro, aunque no entienda sus
mandatos; el Pupilo ha de honrar al Maestro tanto en la bonanza como en la
desgracia; el Pupilo ha de compartir con otros la palabra del Maestro; el
Pupilo ha de cuidar los dones del Maestro, su cuerpo es sagrado pues es
instrumento de su obra; el Pupilo ha de cultivar y amar a la familia que le
entregue el Maestro. —La voz segura de Devana se detuvo y en su silencio
parecía haber contenido algo sucio y peligroso, una blasfemia a medio cocer
—. El Pupilo debe amparar al desamparado y enseñar al necio; y, por
último, cuando el Pupilo falle, ha de rogar Perdón a su Maestro, y si su fe es
tan fuerte como sus palabras perdonado será.
Quise pedirle que lo repitiera con más parsimonia, paladeando las sílabas
en lugar de escupirlas con asco, pero no logré encontrar la voz y mi boca se
abrió en un tremendo bostezo que no fue más que el preludio de una siesta
tan dulce que me arrebató las ganas de luchar contra ella. Cuando desperté
ya había pasado el mediodía. Me puse en pie, avergonzada y me alisé la
falda.
Devana estaba en la mecedora acariciando a Pelnor con una mano,
mientras con la otra sostenía el Libro.
—¿Doña Devana? —la llamé—. Disculpadme esta torpeza. Deberíais
haberme despertado…
—Estabas tan exhausta que dabas lástima, Ginois. He aprovechado para
estudiar ese libro vuestro.
—Sigamos practicando entonces las promesas, con un poco de empeño…
—No.
—¿Qué habéis dicho?
—Ya he roto demasiadas promesas a deidades a las que juré consagrar mi
vida —dijo con una firmeza que me tomó desprevenida—. Y eso que jamás
tuve que prometer renuncias ni sandeces semejantes. He leído lo que
implican cada una de estas promesas, las cadenas que imponen al cuerpo y a
la mente. No las quiero.
—Ya lo habéis prometido. Aceptasteis convertiros al casaros con don
Loren…
—No digas más —me interrumpió.
—¡Siempre hacéis igual y esta vez no voy a callarme! No podéis
permanecer encerrada aquí eternamente. Algún día esta guerra acabará.
Tendréis que bajar y hablar con vuestros pares, con vuestra suegra y sus
amigos, con vuestros sirvientes. No podéis dirigiros a ellos como hacéis
conmigo. De hecho, yo nunca debí haberlo permitido —grité—. ¿Es que no
entendéis que es peligroso? Si sospechan de vos os harán daño.
Devana me contempló con los ojos tormentosos fijos en los míos, su faz
se había transformado en una máscara pétrea y aferraba el Libro con tanta
fuerza que temí que fuera a arrojármelo a la cara.
—No me importa —respondió—. Pueden matarme si quieren. Seguro que
eso haría feliz a Cordelia y quizás a ti también. Sé que deseas a ese hombre
que llamas «mi marido». Haz lo que quieras con él. Me trae sin cuidado.
Podéis ahorcarme o quemarme en la hoguera, pero ya no podéis hacerme
daño.
—¿He sido mala con vos? ¿He sido cruel? —contesté, con la voz rota de
rabia y dolor, incapaz de sostenerle la mirada—. Sé que habéis sufrido y
quiero ofreceros el consuelo que yo encuentro en el Maestro en los tiempos
difíciles.
—Dime, Ginois, ¿qué consuelo va a ofrecerme a mí un dios que reclama
la familia como el bien más alto? Todos con los que compartía sangre están
muertos por mi culpa.
Me agarró de la barbilla para obligarme a contemplar sus ojos
cambiantes, tan claros como negra era su voz. Madre tenía razón: era
peligrosa y, sin embargo, me sentía hipnotizada por su presencia y su dolor
irredento. Me sentí como una niña que dejaba que el fuego le lamiera las
yemas de los dedos en busca de una caricia cálida que al final acababa
prendiéndole fuego a sus cabellos.
—Redención —contesté y por una vez las lágrimas no me empeñaron la
voz—. «Cuando el Pupilo falle, ha de rogar Perdón a su Maestro, y si su fe
es tan fuerte como sus palabras perdonado será». Una nueva familia, una
vida renacida. Eso es lo que Él os otorga si queréis tomarlo.
Devana me soltó de inmediato y me dio la espalda para dirigirse a la
ventana como si así pudiese borrar mi presencia.
—Podéis marchar, doña Ginois. Yo también me siento un poco
indispuesta.
Los rescoldos de mi discusión con Devana ardieron durante el resto del día.
Apenas podía concentrarme en lo que debería haber sido mi preocupación
prioritaria: escapar del ánima púrpura que acecharía mi corte aquella noche.
Estuve tentada a deslizarme a las habitaciones de doña Cordelia y
contárselo todo, con aquella voz afectada y nerviosa que se me había
instalado en la garganta. Un testimonio así era lo que necesitaba para
expulsar a Devana de la vida de su hijo. En mi rabiosa soledad me convencí
de que era lo mejor. Sería igual de desdichada en casa de Loren que en una
abadía y allí al menos la protegería el anonimato de una vida dedicada al
trabajo y la oración. También me reconcomía su indiferencia ante la
posibilidad de que otra mujer le arrebatara a Loren. Parecía erizarse igual
que la bestezuela cada vez que traía a colación el nombre de su marido.
Quizás no era yo quien estaba en peligro.
Ya estaba a medio camino de las dependencias de doña Cordelia cuando
recordé la manera en la que Devana me había ofrecido descansar en su
cama, la delicadeza con la que me había dejado dormir sin hacer preguntas
ni echarme nada en cara. Había instantes en los que una sonrisa genuina
regalaba paz a su rostro y yo olvidaba la extrañeza que la rodeaba, la tinta
que se escondía bajo su piel y sus rabietas abruptas, creyendo que al fin nos
habíamos hecho amigas.
Llamé a la puerta de Sagramore, pero no lo encontré allí. Probablemente
estaría entrenando o pasando el rato con los guardias. En casa nunca salía
de su alcoba, mientras que en Iblis apenas la pisaba. Quizás en parte fuera
culpa mía; no le prestaba atención desde que estábamos allí.
Volví a mi torreta y me entretuve tejiendo una capa para mi hermano,
adornada con unas sencillas hojas de abedules que había copiado de un
tapiz del pasillo. Había sido Devana quien me lo había sugerido. Parecía
conocer al dedillo todo lo que había en el castillo, pese a que las raras veces
en las que salía de la torre lo hacía siempre conmigo.
Al final, no abordé ninguno de los males que me aquejaban. Una parte de
mí se convenció de que merecía otra noche de insomnio a merced de
aquella extraña criatura. Aun así, me acosté temprano, sin cenar, arrullada
por la ventisca que se asomaba por el balcón. Desperté con el beso de la
luna en los párpados. A mi alrededor los niños espectrales jugueteaban: ya
se habían presentado las pequeñas y los dos chicos, pronto llegarían las tres
chismosas. Tragué saliva y me di la vuelta, decidida a conservar la calma.
No iba a mirar. Dejaría que el ánima llegara, tomara lo que deseara y se
marchara. Tal vez me dejase tranquila si pensaba que no la estaba mirando.
De pronto me llegó una especie de chirrido, seguido de una mole que
saltó encima de la cama, justo sobre mi espalda. Me di la vuelta, en medio
de un grito agudo del que me arrepentí enseguida. El gato de Devana se
había sentado sobre el edredón, como si quisiera disfrutar del espectáculo
de la corte.
—Le he dicho a tu ama cientos de veces que no te quiero aquí —le
susurré propinándole un empujón por si mis palabras no eran lo
suficientemente elocuentes.
Estaba convencida de que la bestia había sido poseída por las ánimas y
entendía el lenguaje humano. Su desaprobatorio maullido no hizo más que
confirmármelo. Se deslizó por la estancia, esquivando a los niños hasta
encaramarse al balcón. Seguro que Devana la había mandado para
mortificarme. Era propensa a las venganzas pueriles.
Aún estaba rumiando aquellos pensamientos cuando el trío de niñas
chismosas se materializó ante mis ojos. Sabía lo que venía después, e
intenté retomar la ficción de que dormía, protegiéndome con el edredón. Sin
embargo, estaba demasiado inquieta como para permanecer inmóvil. Cada
sonido resonaba en mi mente con una intensidad arrolladora. Era como si la
ventisca me rodeara y yo no pudiera sentirla. Unos pasos ágiles recorrieron
la estancia. Alguien levantó el edredón. La ventisca se desató entonces en
mi piel, expuesta a aquellas manos demasiado pequeñas que me hicieron
incorporarme. Abrí los ojos poco a poco, al sentir un aliento espeso como el
incienso. Tenía frente a mí al último miembro de mi corte, el ánima
púrpura, cuyos miembros ya no eran intangibles ni su rostro una sombra. En
su faz se mezclaban las cabezas del resto de los niños espectrales, inmóviles
y sonrientes, ajenas al horror que generaba aquella espantosa amalgama.
Tuve el impulso de alargar las manos y acariciar al engendro, como si así
fuera a devolver a las criaturas sus inocentes juegos.
El monstruo púrpura tiró de mí fuera de la cama, mientras yo sollozaba e
intentaba zafarme. Me agarré al colchón con las fuerzas que me restaban,
rezando al Maestro para que intercediera por mí con su luz.
—¡Ginois, quédate donde estás! —escuché una voz clara y potente.
Devana entró en la alcoba con el gato en los brazos. Parecía más alta y
esbelta regada con la escasa luz de las estrellas. De su puño cerrado
surgieron unas motitas brillantes que arrojó sobre el ánima.
—Regresa al Otro lado del velo, donde te aguarda tu señora. No se te
necesita más aquí —ordenó la joven.
Obediente, el monstruo me soltó y se encaminó al balcón, alzando los
brazos hacia las estrellas antes de desvanecerse en su resplandor. Acaricié
con cuidado las marcas que me habían quedado en las muñecas. Devana
depositó a Pelnor en el suelo y se sentó a mi lado en la cama. Olía a jazmín
y violetas, como si albergara la primavera en el pecho. Quizás por eso se
permitía pasearse en camisón por el castillo en mitad de una noche invernal
enseñando sus tatuajes a cualquiera que tuviera ojos. Yo misma los tenía tan
cerca que pude distinguirlos con claridad en la tenue luminosidad de la
terraza: una luna creciente y una luna llena en el hombro izquierdo,
mientras que diversas plantas florecían en el derecho. Se percató de que la
estaba mirando, pero no se cubrió, sino que me escudriñó de arriba abajo,
mientras yo me echaba el edredón por encima, avergonzada, pese a que mi
camisón me cubría más que el suyo.
—¿Estás bien? —quiso saber.
—Sí —respondí con un hilo de voz—. ¿Por qué has venido?
—Pelnor me ha traído —contestó como si tal cosa—. Ni siquiera sabía
que nos dirigíamos a tu alcoba, aunque me lo imaginaba. Llevaba tiempo
sospechando que había algo detrás de ese perpetuo cansancio tuyo y le pedí
que te echara un ojo.
—¿Entonces es cierto que puedes hablar con él?
—No como hablo contigo, pero tenemos nuestras maneras de
comunicarnos.
—Creía que me odiabas —confesé—, ¿por qué me has salvado?
—No te odio, Ginois —me interrumpió Devana—. Más bien te
compadezco. Este castillo es viejo, rezuma de magia antigua, de hechizos
que han logrado sobrevivir a sus artífices. Me di cuenta al poco de llegar.
Hay una presencia poderosa en estas paredes que no da visos de marchitarse
y que crece con la muerte. No me importa lo que le haga a Cordelia o a los
soldados de Gibelia. Se lo han buscado por usurpar lo que no les pertenece,
pero tú no tienes nada que ver con eso.
Aquellas palabras vinieron acompañadas de un movimiento en la
oscuridad que me hizo chillar y aferrarme al brazo de Devana. Pelnor saltó
desde su escondrijo y apareció con una rata muerta en la boca que despedía
un hedor penetrante.
—Esas ratas están por todas partes —protesté—. Y son mucho más feas
que las de casa.
—Parece que te asustan más que las ánimas —rio Devana—. Ojalá
alguna visitara a esa vieja horrible.
—¿Dejarías que las ánimas se llevaran a doña Cordelia?
—Sin mover ni un dedo —dijo, su rostro iluminado con una sonrisa breve
—. Si vuelve a sucederte algo parecido, no te lo calles.
—Quizás no debería aceptar algo así —reflexioné—. Se supone que
tengo que apartarte de la magia. Y… es lo que has hecho, ¿verdad?
—Más o menos. Me he limitado a señalar a la criatura el camino de
vuelta a casa y arrojarle un poco de sal para que no se lo pensara mucho.
¿Habrías preferido que me quedara de brazos cruzados para no dañar mi ya
maltrecha pureza?
—No, es solo que… me siento como una hipócrita.
—Pues temo decirte que esto no ha terminado. La criatura no volverá a
visitarte esta noche, pero tendré que hacer un exorcismo si quieres
deshacerte de ella del todo.
—Quizás podría encargarse el padre Aquilino —sugerí sin mucho ímpetu,
dado que aquel hombrecillo apenas podía terminar un oficio sin ahogarse.
—¿Qué necesidad hay? Lo he hecho muchas veces con almas infelices
que se han quedado rezagadas en este lado. No me gusta dejarlas sufrir en
vano. Te dije que iban a ordenarme sacerdotisa.
—Pero ya no lo eres.
—Más o menos —repitió—. No puedo dejar de serlo del todo. Me he
iniciado y he traspasado ciertos umbrales. —Al percatarse del desconcierto
en mi rostro tomó mis manos entre las suyas y las condujo a su hombro—.
Cada tatuaje representa un umbral, una hazaña, un hallazgo espiritual…
—Como una ceremonia de paso —susurré al recordar nuestras propias
costumbres.
—He estado pensando en lo que me dijiste sobre la redención —continuó
Devana—. Al principio me pareció tan absurdo. Mi gente me odia, los tuyos
desconfían de mí. Quizás no haya más umbrales para mí.
—Yo creo que sí —insistí—. Tan solo tienes que dejar de despreciar a la
luz.
—No pierdo nada por intentarlo —respondió, de pronto recelosa.
En la penumbra de la alcoba su voz sonaba con una suavidad
desgarradora. Yo bebía sus palabras, dibujando en el aire aquel mundo al
que Devana pertenecía y había ayudado a destruir. En aquellos momentos
veía en ella un eco de Loren niño, arrodillado frente al altar de la capilla,
confesando en voz baja que para él no existía vocación más alta que el
sacerdocio. Quizá sí había una manera de unir a aquellas dos almas, quizás
no debía interponerme. Le acaricié las manos con la yema de los dedos,
como hacía con mis hermanos cuando estaban tristes, deteniéndome en las
cicatrices entre los dedos y las muñecas.
—He de pediros perdón, mi señora. Yo tampoco he estado a la altura de
las circunstancias. A partir de ahora, me esforzaré para comprenderos mejor.
Ansío vuestra felicidad tanto como la propia.
—Comprenderme —me corrigió—. No me has hablado de vos en toda la
noche.
—Creo que se me puede perdonar un desliz —protesté.
—¿Tanto te costaría que nos habláramos sin formalidades cuando
estamos a solas? Se me hace muy difícil prestar atención con tanto
tratamiento innecesario.
—Está bien —cedí—. Supongo que es lo justo. Una promesa por una
promesa.
—Gracias —contestó con un suspiro exageradamente largo mientras se
acariciaba la melena.
—Y una cosa más: a partir de ahora llevarás el pelo recogido cuando
salgamos de la torre. Descubrirás que es conveniente para la higiene.
—¡Oye! —protestó—. No tengo el pelo sucio. En el norte lo lavamos a
menudo con unas plantas especiales. Descubrirás que es mejor que rociarlo
de perfume apestoso.
—No quería insinuar… —Un bostezo de Devana me hizo callar de
inmediato.
Todavía no me había abandonado del todo la desazón, así que no me
quejé cuando Devana se introdujo bajo el edredón con la obvia intención de
pasar la noche a mi lado. La cama era lo suficientemente grande como para
que no padeciéramos estrechez, pero me mantuve cerca de ella, arrullada
por su calor.
—Más te vale descansar, Ginois —me susurró con los ojos ya cerrados—.
Esta noche nada perturbará tus sueños.
A la mañana siguiente, la turbación de Fabia al descubrirnos juntas fue más
que evidente, pero aún peor le resultó encontrar a aquella mole negra que
era Pelnor a los pies de la cama. La joven doncella apenas podía despegar la
mirada del suelo y no habló más que en tartamudeos mientras me peinaba y
vestía.
—Tráenos el desayuno —ordenó Devana, con aquella voz maliciosa tan
característica suya.
En cuanto lo dijo me arrepentí de no haber propuesto antes impartir las
lecciones en mi alcoba. Ahora que era de día y la luz revelaba cada
recoveco de la torreta, la comparación con el diminuto espacio en el que
existía Devana resultaba casi ofensiva. Me pregunté si al otorgarle unos
aposentos tan incómodos doña Cordelia había tenido la intención de
menguar también su espíritu. Era una mujer muy consciente de la
importancia de los lugares que una habitaba. Yo lo sabía bien por la manera
en la que me había instruido cuando creía que Loren y yo íbamos a
desposarnos. Tenía la sensación de que doña Cordelia estaba asediando la
mente de Devana, donde se libraba una guerra tan implacable como la del
exterior.
—Creo que ya sé de dónde procede el ánima —me dijo Devana más tarde
cuando Fabia se llevó los restos del desayuno.
—¿Ah, sí?
—Es el edredón —sentenció con un dedo acusador.
—No os… no te burles de mí.
—Posee un hechizo de fertilidad. En el norte son muy comunes, aunque
normalmente están vinculados a objetos más pequeños. Tuvo que requerir
un esfuerzo enorme tejer la magia en cada puntada. Sospecho que la
artesana es la madre de la anterior dueña del castillo, Dana Doula. Creo
recordar que se casó a una edad bastante avanzada.
—¿Y funcionó? —inquirí, curiosa.
—Su esposo y ella tuvieron siete hijos por lo que tengo entendido.
—Antes de que aparezca el ánima, siempre veo siete niños perlados —
dije con el corazón en un puño—. Juegan, parecen felices.
—Son los siete que se engendraron con la venia del hechizo —contestó
Devana—. La magia los recuerda y los añora, los hace regresar de entre los
muertos, pero la Vigía, la diosa del Velo Púrpura, ya los ha tocado y sus
esencias están empapadas de muerte. Por eso traen consigo esa ánima que
reclamará sus cuerpos una y otra vez hasta que la magia se rompa o se
agote.
—¿Cómo es que todos han muerto? —pregunté horrorizada—. ¿Cuánto
tiempo hace de eso?
Devana alzó la cabeza, con la irritación coloreando su rostro. Aquel día
era ella la que parecía exhausta y me pregunté si habría estado intentando
recomponer el rompecabezas del hechizo en lugar de dormir.
—Murieron junto con su padre en una epidemia. Me consta que Dana
Doula se casó una segunda vez y juraría que tuvo otra hija más, pero no sé
más de ella. Supongo que la ajusticiarían junto a su madre en el asalto al
castillo.
—Tendría que haberlo supuesto —respondí avergonzada y entristecida.
No había querido preguntar cómo había sido la conquista de aquel lugar
para escapar de la culpabilidad que me agujereaba en aquellos instantes. Al
conjurar a los terribles hechiceros paganos, nunca imaginaba niños jugando
en la alcoba de sus padres ni abuelas amorosas que se aseguran los nietos a
golpe de aguja. Siempre había creído que la magia era un instrumento
maligno para negar al Maestro Sagrado, que había dictaminado cómo debía
funcionar el mundo. Experimentaba una maravilla triste ante la
cotidianeidad de los hechizos a los que se refería Devana y, por primera
vez, me pregunté si de verdad era necesario derramar tanta sangre norteña,
si no habría una manera mejor de traer la luz del Maestro a aquellas tierras.
—En fin, la Compañía de las ánimas va a nutrir sus huestes con tanta
muerte en los campos —dijo Devana—. Me pregunto cómo piensa
afrontarla vuestro rey cuervo.
—¿Cómo osas llamar así a su majestad?
—No negarás la semejanza.
—Yo también lo había pensado —admití, con una tímida sonrisa al
recordar el alargado rostro de Ezio permanentemente oculto por su melena
negra—. Bueno, ¿y qué vamos a hacer con esta ánima en particular?
—Me temo que tendremos que destruir el edredón.
—¡De ninguna manera! —protesté—. Es bellísimo. ¿No valdrá con
esconderlo en el sótano o algo así?
—Llevas tres meses durmiendo con él a diario. El ánima te encontraría —
dijo Devana, acariciando las frutas bordadas.
Tuve el impulso de lavarme a conciencia al pensar en la contaminación a
la que había estado expuesta. Me habría gustado frotarme la piel hasta
arrancármela. Entonces, pensé en la anciana que había tejido el edredón con
sus propias manos. Hacía falta una paciencia exquisita, meses y meses de
trabajo para crear algo así. Era demasiado consciente del amor enhebrado
en él como para experimentar algún tipo de catarsis con su destrucción.
Llamaron a la puerta y Fabia volvió a aparecer, esta vez sin ninguna
bandeja de sustanciosas viandas.
—Mi señora, doña Cordelia os requiere en su salón —me anunció en voz
baja y temblorosa.
—No estará contenta —me susurró Devana antes de dejarme partir.
No me había tomado en serio la advertencia, pero me bastó observar la
expresión contrariada de doña Cordelia, aposentada con dignidad en su
sillón, para dilucidar que no iba desencaminada. Me senté junto a ella tras
una reverencia y esperamos a que Fabia se marchase para empezar a hablar.
—¿Se puede saber por qué le has permitido a esa mujer pasar la noche en
tu alcoba?
—Vino porque tenía insomnio —improvisé.
—Tendrías que haberla echado —me espetó con tanta dureza que di un
respingo—. Ay, mi niña, ¿es que no te das cuenta de que los paganos son
más fuertes en la noche? ¿Quieres acabar como esos pobres desagraciados
que ya no distinguen sus fantasías de lo que tienen delante de las narices?
—No, mi señora —respondí, contrita—. He sido descuidada. No volverá
a suceder.
—Más nos vale —dijo ella—. ¿Ha intentado tocarte?
—No os entiendo.
—¿No sabes a lo que me refiero? Es posible que no. Eres tan inocente…
Las mujeres paganas realizan todo tipo de prácticas obscenas las unas con
las otras.
—¡Por supuesto que no ha sucedido nada semejante! —respondí, airada
—. ¿Creéis que yo…? ¿Por quién me tomáis?
Doña Cordelia relajó un poco su expresión severa y me ofreció una jarra
de agua.
—Confío en ti, niña, pero nunca se es demasiado precavida.
—Os ruego que no volváis a mencionar nada por el estilo —contesté, aún
incapaz de mirarla.
—Bueno, ¿y no tienes novedades para mí? ¿Nada con lo que incriminar a
nuestra querida doña Devana?
—Nada —contesté con cierta vacilación, pues su aparición bañada de
estrellas todavía anidaba en mi mente, igual que sus palabras al desterrar al
ánima.
—Es una lástima, niña. Te sugiero que te apresures. Me han informado
esta mañana de que su alteza y mi hijo vienen de camino para pasar el
invierno con nosotras. Me gustaría que el asunto estuviera arreglado antes
de que se marchen de nuevo.
Loren venía de camino. Dejé que aquel pensamiento me inundara mientras
ascendía de dos en dos los escalones de vuelta a la torreta. Me detenía en
cada ventana para contemplar los campos, el viento que me lo traería. Loren
volvía al fin y tenía tantas ganas de verlo que no me importaba que lo
acompañaran el ejército y su rey cuervo.
Estaba tan exultante que abrí la puerta sin llamar y la noticia murió en
mis labios. La cama estaba desnuda. El edredón crepitaba en la chimenea de
la que emanaba un aroma ácido y envolvente. Frente a la lumbre, Devana
bailaba descalza, con tan solo un canesú y el colgante rojo sobre su piel
nívea. Con cada gesto que hacía, los tatuajes y las cicatrices de su piel
resplandecían con aquella luz despiadada que arrancaba lágrimas de los
ojos. La joven jadeaba extasiada y sus pies eran como la lluvia que martillea
la tierra. Aquel espectáculo no precisaba de música, porque la misma
Devana y su cuerpo componían una canción que calaba hasta lo más hondo.
Cuando del edredón no quedaron más que cenizas, metió las manos en el
fuego y las sacó a puñados, ajena al dolor. Sin detenerse ni un instante, se
dirigió a la terraza y dejó que las cenizas volaran lejos, arrastradas por el
viento que nos traería a Loren.
Loren se había casado con una bruja. Esa mujer buscó mis manos y dejó
caer montañas de ceniza sobre ellas. Juntas terminamos aquel extraño
exorcismo y devolvimos, quizás, algo de la paz robada a los antiguos
habitantes de aquel lugar. Devana siguió bailando incluso cuando comenzó
a nevar y los copos resplandecieron en su melena azabache hasta que fueron
reemplazados por la débil luna, que se quedaba prendada de sus cabellos.
Comprendí por qué doña Cordelia temía tanto a su nuera: en aquel
momento don Loren dejó de existir para mí. Habría hecho cualquier cosa
que Devana me hubiera pedido. Si hubiera tomado de nuevo mis manos
cenicientas entre las suyas, yo también habría bailado descalza sobre la
nieve.
5
EL REY CUERVO Y SU CABALLERO
A pesar de los numerosos mensajes para averiguar el paradero de padre,
nadie supo decirme dónde pasaría el invierno. Parecía que se había
desvanecido en lo más hondo de aquellas tierras salvajes, quizás aislado por
las nevadas. Como compensación, recibimos una misiva cariñosa de madre,
cuya caligrafía temblorosa me hizo arrugar la nariz. Al parecer Aleya había
estado enferma, pero ya se encontraba mejor. Gartian y Elidel tenían un
tutor nuevo venido del continente, que el primero odiaba y la segunda
adoraba.
Leímos la carta en voz alta varias veces en la alcoba de Sagramore, por
turnos, dejándonos arropar por la nostalgia. Mi hermano me permitió
quedarme con la misiva, como si de repente le avergonzara haber mostrado
tanto entusiasmo ante las palabras de madre.
—¿Qué vamos a escribir sobre padre? —dijo de pronto Sagramore,
balanceándose en la silla.
—Quizás deberíamos aguardar unos días. Su majestad sabrá cuáles eran
sus órdenes.
—Sería lo más sensato —coincidió, alicaído—. ¿Cómo sigue doña
Devana? Hace mucho que no la veo.
—Nieva demasiado para salir —contesté y la decepción de mi hermano
se cristalizó en una mueca enfurruñada.
A veces lo encontrábamos en el jardín a la hora de nuestros paseos
sumido en una contemplación que se me antojaba harto sospechosa. Su
mirada se posaba en Devana con una timidez sedienta que me exasperaba.
Estaba un poco enamorado de ella o, quizás, ansiaba lo que pertenecía a
Loren por costumbre. Ella no le correspondía en lo más mínimo, así que
preferí guardar silencio.
—Supongo que el regreso de su marido le causa inquietud —dijo
Sagramore, con una vocecilla suplicante.
—Te equivocas —me apresuré a responder, esquiva—. Devana es la
encarnación de la serenidad.
Sospechaba que mi pupila se engalanaba de entereza y sosiego para
ocultar los pensamientos que le rondaban por la cabeza. Estaba más
taciturna que de costumbre. No me atrevía a inquirir sobre sus auténticos
sentimientos respecto a Loren. Me sentía cohibida ante su presencia desde
la tarde del exorcismo. Creía que, si le afeaba lo más mínimo su
comportamiento, me echaría en cara haber participado en un rito pagano. La
mera visión de la nieve me causaba desasosiego, como si cada copo hubiera
sido testigo de mis actos. Daba miedo pensar lo fácil que había sido. Cada
noche, en la oscuridad ininterrumpida, aguzaba la vista por si regresaba
aquella corte de niños olvidados. Pero ya no iban a volver jamás. Devana y
yo habíamos expulsado su recuerdo.
—Dile que siempre pienso en ella —me pidió Sagramore cuando me
levanté.
Suspiré mientras me encaminaba a la torre de Devana, preguntándome
por qué Sagramore y yo teníamos que parecernos tanto en las cosas más
dolorosas. Ambos elegíamos amar a aquellos que nos eludían y
ocultábamos nuestra desazón con escasa fortuna. No me sentía digna de
criticarlo cuando la certeza de la pronta llegada de Loren era lo único que
me hacía sonreír aquellos días.
Encontré a Devana resguardada bajo las mantas, que no la protegían del
todo de la tormenta que arreciaba fuera mientras pasaba las páginas con una
languidez rítmica. Me entristeció la expresión de hastío en su rostro. No
sabía cómo volver a llegar a ella ni si debía hacerlo.
—¿Quieres que te recite? —inquirió en mitad de un bostezo sin dejar de
mesarse los sueltos y alborotados cabellos.
Torcí el gesto ante su indiferencia. Sabía que me había ausentado para
leer la carta con Sagramore y ni siquiera se le ocurría interesarse por mi
familia.
—¿No sería mejor trasladarnos a un lugar más agradable? Podemos pasar
la tarde en mi alcoba…
—No.
—Aquí hace demasiado frío —insistí.
—Quiero ver la biblioteca.
—¿Y tiene que ser ahora?
—¿Por qué no? Un paseo nos hará bien.
—Déjame entonces que te haga una trenza —exigí.
Devana se colocó solícita frente a mí, pero su impaciencia se evidenciaba
en la manera en la que agitaba los pies. Nunca había trenzado un cabello tan
largo. Esperaba que estuviera plagado de enredos y, sin embargo, domeñar
aquel río negro no supuso más ordalía que la de sobreponerme la fresca
fragancia a violetas. Al terminar, dediqué unos instantes a contemplar la
obra.
—¿Has terminado ya? —inquirió Devana, separándose de pronto de mí.
—Sí —musité, avergonzada.
Nos pusimos en marcha enseguida. La biblioteca se hallaba en el ala
inhabitada del castillo y, por tanto, corríamos el riesgo de acabar perdidas
en aquel gélido y sucio laberinto plagado de ratas. Tendría que haberme
negado, pero un orgullo inconsciente me impelió a olvidar mis eternos
temores. Odiaba parecer débil o cobarde ante Devana.
Nos internamos juntas en el ala oeste. Nadie se molestaba en mantener el
fuego en aquellas estancias o retirar la escarcha, que se amontonaba en las
esquinas, donde había adquirido una negrura y olor perniciosos. Intuía que
la biblioteca se hallaba mucho más lejos de lo que Sagramore y yo
habíamos explorado. Devana me adelantó, con sus ademanes altivos, y fue
guiándonos por aquel laberinto, lámpara de aceite en mano, como si se
tratase de la sacerdotisa de aquel templo al olvido. En sus manos todas las
llamas parecían sagradas.
—Casi diría que conoces el camino.
—Pelnor me lo ha mostrado a través de sus ojos —dijo distraída.
—Así que es verdad que lo usas para espiarnos —contesté, presa de una
súbita ira.
—Yo no he dicho eso.
—No tendrías que haber dicho nada en absoluto —le espeté—. ¿No se
supone que has renunciado a esas prácticas?
—No te quejaste tanto cuando te ayudé a expulsar al ánima.
—No es lo mismo.
—Si no lo hubiera hecho estarías atrapada al Otro lado del Velo —insistió
—. Te dije que hay cosas a las que es difícil renunciar, forman parte de mí.
Lo mismo le sucede a Pelnor. Es un familiar. Nunca va a ser un gato
corriente.
—¿Y hay más? —pregunté, aún hosca, mientras nos plantábamos frente a
un portón de roble bellamente decorado con letras de oro y plata
engalanadas con telas de araña.
—¿A qué te refieres?
—A la magia que haces sin darte cuenta.
—No creo que sea una conversación adecuada para esas piadosas orejas.
—Dijiste que ya no ibas a burlarte más de mí por mis creencias —le
recordé.
—Y tú que te ibas a esforzar por comprenderme. Supongo que ambas
somos unas mentirosas —repuso mientras abría los portones sin dificultad.
Al otro lado nos aguardaba una desolación tan vasta que parecía exigirnos
silencio. Aquel espacio circular estuvo tiempo atrás coronado con una
cúpula de cristal coloreado, cuyos fragmentos se dispersaban ahora por
doquier como un afilado y níveo rompecabezas. El resto del techo era de
madera y se apoyaba en columnas labradas en espiral, sobre las que se
adivinaban nidos congelados. Las estanterías de roble exhibían, en su
mayoría, una desnudez vergonzosa y algunas tenían los estantes
destrozados. El polvo, la ceniza y la nieve contaban una historia que era
fácil trazar en el aire. En aquellos momentos odiaba a Devana por
colocarme frente a aquella desolación que habría preferido ignorar. Al fin y
al cabo, aquellos volúmenes perdidos jamás deberían haber existido.
—Vámonos —supliqué.
—No.
Devana me adelantó y se adentró en aquel lugar, esquivando los
escombros y los charcos de nieve derretida, con la mirada fija en uno de los
pocos volúmenes que seguían en su sitio. Este era extraordinariamente
grueso y me sorprendió que pudiera sostenerlo entre sus delgados brazos
con tanta facilidad. Se sentó en una estantería caída y comenzó a hojearlo.
—¡Devana! —la llamé en medio de un estornudo, arrebujándome en la
capa. Había visto corretear bajo los pies de mi amiga a una rata enorme y
calva y ahora me sentía incapaz de levantar la vista del suelo.
Hizo oídos sordos y me di la vuelta para respirar hondo, invocando a la
paciencia que me había permitido mantener la cordura todos aquellos
meses. Estaba bastante segura de que Devana había montado aquel
espectáculo para fastidiarme e iba a concederle la satisfacción de demostrar
hasta qué punto lo había conseguido.
—Como no te levantes ahora mismo me iré sin ti —la amenacé con
admirable frialdad.
—De acuerdo, estoy segura de que a Cordelia le encantará verme
deambular sola por sus pasillos —contestó sin alzar la vista.
—Eres insoportable, Elidel.
—¿Cómo me has llamado? —inquirió, cerrando el libro de golpe.
—Ah, es el nombre de mi hermana —confesé, avergonzada.
—¿Acaso te recuerdo a ella? —quiso saber y para mi inmenso alivio se
levantó con agilidad, llevándose el libro bajo el brazo.
—Un poco —admití, sonrojada—. También es testaruda.
—¿Es mayor?
—¡No! Tiene doce años —le expliqué, cada vez más incómoda.
—Así que me ves como una cría —dedujo mientras atravesamos de
nuevo el pasillo.
—O como una hermana menor.
—Entonces te sorprenderá saber que soy la mayor de once hermanas —
contestó Devana y, por una vez, la mención a su familia no le arrebató la
voz.
—Once —dejé que la cifra se deslizara pavorosa por mis labios—. Solo
tengo cuatro y se me antoja imposible hacerme cargo de todos.
—Nunca fue mi responsabilidad ocuparme de ellas. Apenas convivimos
unos años bajo el mismo techo. A los ocho ya vivía en el templo. No las
conocí como me habría gustado, ni tampoco a sus madres.
—¿Madres?
—Ah, sí. Mi padre solía desposarse con todas las hechiceras a su servicio
y adoptar a sus vástagos. Tenía cinco, sin contar a mi madre, que murió
joven.
—¿Es eso lo que se estila en estas tierras? —esbocé la pregunta a pesar
de lo cohibida que me sentía, pero no fui capaz de rematarla.
—Es una práctica común entre la gente pudiente cuando buscan cierto
número de herederos o establecer alianzas. Dos de las mujeres de mi padre
también estaban casadas entre sí.
Tuve que detenerme a tomar aire unos instantes, enmudecida y
temblorosa. Traté de convencerme de que Devana había conjurado una
barbaridad imposible para reírse de mí, pero leí el desconcierto en sus ojos
y supe que no mentía.
—No sabes nada del norte, ¿verdad?
—Al parecer no —reconocí de mala gana.
—Mis maestras me dieron a entender que en el sur también era costumbre
que los hombres mantuvieran varias mujeres.
—Solo algunos hombres se vanaglorian de ello —admití de mala gana—,
la mayoría mantiene sus asuntos en privado para fingir algo de decencia.
—Y también algunas damas.
—Sí, bueno, algunas también —cedí, recordando las anécdotas sobre la
corte que me contaba mi madre cuando la embriaguez arrasaba con
cualquier rastro de decoro.
—E incluso aman a otras damas —lo dejó caer con ligereza, pero vi cómo
una sonrisa inesperadamente maliciosa iluminaba su rostro—, pero no
hablemos de eso si tanto te turba. Cuéntame más de tu hermana Elidel.
Nunca pensé que hablaría de buena gana de las rarezas de mi hermana y
mis continuos fracasos con ella, pero no me veía capaz de soportar las
inmoralidades del pueblo de Devana y sus veladas insinuaciones sin gritar.
—No hay mucho que decir —mentí, pues tenía más quejas sobre sus
travesuras e insolencias que dedos para contarlas—. Solo es una niña de
carácter rebelde que quiere lo que no puede tener. Supongo que algún día se
dará cuenta del daño que puede causar con sus palabras.
—¿Y qué es lo que quiere?
También más cosas de las que se podían contar con los dedos.
—Que la dejemos tranquila —resumí—. Hasta que se le antoja meterse
donde no la llaman o cortarse el pelo. También le gusta llevar los dedos
cuajados de las sortijas de la abuela, saltarse los oficios y leer los libros de
padre. La obsesiona el continente, con sus costas azules y altas torres, las
universidades. Incluso el norte le parece más digno que nuestro hogar.
—Parece bastante inocuo.
—Quizás cuando era más niña, pero ahora vivimos constantemente en
liza. Yo no he dejado que mis anhelos supusieran una molestia para los
demás. Siempre estoy pendiente de mis hermanos y sus necesidades. Si
Elidel me echara una mano todo sería más fácil. Se lo pedí antes de marchar
y se rio de mí. No sé qué va a ser de ella.
—Mayor es Sagramore y no veo que a él le hagas reproches.
—Su papel es otro —me apresuré a responder—. Podría ayudarme, claro,
pero no es lo mismo. Además, también sufre por sus obligaciones. No
quiero crearle más pesares de los necesarios.
—No me lo imagino compartiendo tus desvelos.
—No te lo creerás, pero es el favorito de Elidel.
—Y seguro que tú te mueres de celos.
—Un poco —confesé—, pero supongo que en el fondo ellos se
comprenden mejor el uno al otro de lo que yo puedo comprender a
cualquiera de los dos.
Volvimos a la torre de Devana y nos sentamos juntas en la cama,
demasiado cansadas para continuar con el estudio. Consideré regresar a mi
propia alcoba o buscar a doña Cordelia para reunirme con el sacerdote y el
capitán como de costumbre, pero había algo que me retenía en aquella
estancia, arrullada por la intimidad de la conversación.
—Tú también me recuerdas a una de mis hermanas —dijo Devana de
pronto, en un raro arranque de timidez mientras daba vueltas a la piedrecita
de su colgante—. A Enid, que nació solo dos meses después que yo y era
bastante mandona. También me echaba en cara mi desapego, pero en el
fondo la quería. Las quería a todas. Sus nombres se han quedado grabados
para siempre bajo mi piel. Nunca podré redimirme por lo que les hice.
—Estoy segura de que tú no deseabas que sus vidas acabaran así —la
interrumpí, como si mi voz pudiera contener el inminente estallido que se
asomaba en sus ojos—. Fueron ellas quienes eligieron no rendirse.
—¿Y qué? Murieron porque yo abrí esa puerta para Loren. Subestimé el
orgullo de Enid; la tozudez ciega de Sigrid y su marido. Incluso Sombra se
negó a rendirse, pese a saber lo que nuestro padre había preparado para ella.
Tenía el don de la Vigía, ¿sabes? Nadie más que yo se atrevía a tocarla por
la marca que adornaba su rostro. Cada vez que venía a casa hacía que sus
espíritus mascotas me siguieran. Es lo primero que aprende a hacer una
nigromante: atar a los espíritus de los animales a este mundo y convertirlos
en sus sirvientes. Los suyos siempre eran ratones. Era buena adiestrándolos.
No supe qué contestar. Hasta entonces las hermanas de Devana habían
sido entes sin nombre, un aderezo para su misterio, la mujer que trajo
asesinos a su propia casa. Yo no era la interlocutora que ella añoraba, sino
una excusa para romper el silencio. Sombra… ¿Quién dejaría caer
semejante oscuridad sobre la cabeza de un bebé? Me estremecí al pensar en
los poderes que había descrito Devana: yo tampoco estaba segura de haber
podido amar a una niña así. No podía decirle todo eso a mi pupila, pero
intuía que era capaz de leerlo en mi rostro.
—Debe pesarte mucho todo lo que te obligo a escuchar.
—Alguien tiene que hacerlo —respondí, evasiva.
—Quizás no haga falta. Sería mejor que se olvidara mi historia y la de los
míos.
—No digas eso —imploré—. No podría olvidarte nunca.
—Eso es justo lo que me temía. —Devana se levantó y se encaminó hacia
la ventana, mientras se deshacía la trenza a todo correr—. Lo siento mucho,
Ginois.
—Tampoco querría hacerlo —confesé y me uní a ella junto a la ventana
—. Si no te hubiese conocido seguiría pensando que todas las mujeres del
norte son súcubos aterradores e impíos.
—Ah, ¿y qué soy yo si no? —preguntó con su sorna habitual empañada
por la ronquera triste.
Me apretó las manos con fuerza como si anhelara dejar marcas en mi piel.
—No lo sé aún —respondí—, pero creo que te equivocas cuando dices
que tu vida se ha acabado.
De pronto, Devana me soltó la mano y me embargó una melancolía
inesperada.
—¡Ven! Seguro que quieres ver llegar a los victoriosos caballeros.
Salió corriendo escaleras abajo y yo la seguí con una congoja en la que se
enredaban la anticipación y la suspicacia. ¿Cómo lo había sabido? No había
mirado por la ventana. Tampoco yo lo había hecho. No podía apartar la
vista de ella, de sus apenados ojos grises. Salimos a las almenas justo
cuando se estaba abriendo el portón. Vi a Pelnor encaramado a uno de los
huecos, con el rabo erecto y el pelaje erizado. Lo que observaba no debía de
complacerle.
Había cientos de hombres allá abajo, con los jazmines o el Libro
bordados en las ropas. Busqué entre ellos, sedienta, y pronto hallé a nuestro
rey cuervo, cuyo plumaje había crecido hasta alcanzarle los hombros. Alzó
su mirada de cobre y habría jurado que nuestros ojos se encontraron en una
fugaz confrontación: todavía no sabíamos si éramos enemigos.
—¡Mira, Ginois! ¡Te he traído porque creía que querías verlo! —Devana
me hizo moverme un poco a la izquierda y señaló a don Loren, que
encabezaba la multitud en su yegua blanca.
Las lágrimas acudieron a mis ojos sin poder evitarlo. No podía distinguir
bien su rostro, pero lo notaba enjuto, alicaído, su luz empañada por sombras
inexplicables para mí. Habría querido volar a su lado, susurrarle al oído que
antes que nada era su amiga. Entonces Devana habló y en su voz había una
nostalgia roja, preñada de ocaso:
—La primera vez que lo vi supe por qué la hija que se me aparece en
sueños tiene ese cabello rubio oscuro, oro viejo, reliquia de una tierra
extraña.
Una envidia punzante me deshizo en añicos afilados. Ella era a quien él
había venido a buscar y con quien anhelaba pasar el invierno. Ella que lo
detestaba. Ella que lo había enredado con sus hechizos y le había entregado
una victoria a cambio de su mano. Ella que sería la madre de sus hijos a
menos que yo lo impidiera.
Cerré los puños, clavándome las uñas en la piel hasta hacerme daño como
si así pudiera controlar la violencia de mis pensamientos. Nadie me había
trastocado tanto como Devana. Con ella, el amor y el odio más viscerales se
confundían. Bailaban en el filo de una espada con la que me cortaba una y
otra vez.
Rehusé apresurarme a recibir a Loren como el héroe que era. Habría
resultado absurdo dado que su mujer se retiró a su alcoba, sin responder
siquiera a la insinuación de que él aguardaba su bienvenida. En lugar de
eso, inspeccioné las tristes marcas de agotamiento en el espejo, encogida de
angustia. Fabia apareció poco después, como si la hubiera convocado mi
desesperación. Me trajo las nuevas que ya conocía y, sin más dilación, me
ayudó a adecentarme para la cena con los recién llegados. Doña Cordelia
me enviaba dos vestidos que habían hallado en los baúles de la antigua
señora del castillo. Uno me apretaba los pechos y le dije a la doncella que se
lo llevara a Devana, que buena falta le hacía. No podía recibir a Loren
vestida como una moza de establo. El otro era de terciopelo, de un color
bermellón intenso. El roce de la tela, tan suave y cálida, transmitía una
sensualidad que sentía ajena. Sin embargo, ¿qué podía hacer sino lucirlo
para honrar a mi anfitriona?
Fabia deshizo mis trenzas infantiles y me cepilló el pelo a conciencia,
dejando que los mechones me rozaran el cuello. Después, volvió a
recogérmelo con varios pasadores de plata de apariencia anticuada. Me
pregunté si también habrían pertenecido a Dana Doula, la madre de los
niños que habían conformado brevemente mi corte. Aquel lugar desprendía
una tristeza inenarrable que iba calando en mi interior, creando lagunas
subterráneas de penas prestadas.
La cena transcurrió en un alborotado tedio. Doña Cordelia y yo éramos
las únicas damas entre todos aquellos hombres que acababan de volver de la
guerra. Solo nos acompañaban una docena aquella velada, pero hacían el
mismo ruido que el resto del ejército. Un tal don Salazar, barbudo y gritón,
me resultó harto desagradable, aunque al parecer era primo del rey y servía
junto a don Loren, a quien tenía una gran devoción, igual que la mayoría.
Este apenas me había dedicado un gesto medio distraído. Se sentaba a la
derecha de su rey cuervo, el centro de toda aquella vorágine, que enseñaba
sus colmillos sobresalientes, con su voz de terciopelo desgarrada por la
ronquera. Doña Cordelia se encontraba frente a su hijo y yo al lado de un
caballero de mediana edad y baja estatura, llamado don Gosto, casado con
una prima lejana de mi madre, quien tuvo la compasión suficiente para
informarnos a Sagramore y a mí de las últimas nuevas sobre padre:
—Está en Narsis luchando contra las brujas del mar. El camino a través
de las montañas no es transitable, así que tendrá que permanecer allí hasta
el deshielo, pero no os preocupéis: es una zona prácticamente inhabitada,
hay más pescadores que soldados. No tendrá problemas, si el Maestro lo
guarda.
—Esperemos que así sea —contesté, insegura de si lo había escuchado
bien entre aquel alboroto.
—Por cierto, mi señora, hemos instalado a los heridos en uno de los
pabellones vacíos. Muchos de esos hombres han luchado con vuestro padre
y vuestra presencia sería un consuelo para ellos.
—Ah, por supuesto. —Miré a Sagramore, que ni siquiera había
reaccionado a las noticias sobre padre—. Iremos los dos, ¿verdad?
Sagramore respondió con una sonrisa nerviosa. Sabía por sus constantes
miradas hacia la puerta que habría preferido emborracharse con sus amigos
de la guardia antes de permanecer allí con todos aquellos hombres que lo
miraban como a un niño, pero no me quedaba lástima para él. Ya la había
gastado compadeciéndome de mí misma por la manera en la que todos me
ignoraban aquella noche. Suspiré al recordar que mis padres albergaban la
esperanza que asegurara un compromiso con alguno de aquellos caballeros,
quienes estaban más interesados los unos en los otros que en cualquier
dama.
—¿Va a venir doña Devana? —me preguntó Sagramore en voz baja.
—Lo dudo mucho, a menos que alguien la saque de la torre a rastras —le
espeté malhumorada.
Hice amago de retirarme, pero doña Cordelia me pidió que me quedase
con una mirada bastante elocuente. Cuando la mayoría de los comensales se
marcharon, nuestra anfitriona me hizo pasar junto a Sagramore, Ezio y
Loren a su salita privada. La actitud victoriosa de la anciana me estremeció.
Tomé asiento en uno de los sillones junto a la chimenea y el rey se dejó
caer en el contiguo. Ezio parecía escuálido en comparación con la última
vez que lo había visto y desprendía un aroma a incienso que me hizo
arrugar la nariz.
Sagramore, que permanecía de pie, se precipitó en mi dirección, presto a
protegerme, aunque fuera con su callada presencia.
—¿No pensáis, Loren, que a doña Ginois le sienta bien ese vestido
carmín? —empezó Ezio, pero sus ojos no se posaban en mí sino en su
caballero, examinando su reacción.
—Doña Ginois detesta ese color —respondió Loren con una sonrisa triste
—. Dejadla en paz, majestad. No es digno de vos hablar de una dama como
si no se hallara presente.
Tragué saliva y traté de devolverle la sonrisa, conmovida. No eran pocas
las veces que me había visto mirar asqueada el vino o rezar en la capilla
insistentemente para que mi madre aprendiera las virtudes de la abstinencia.
—Mi intención no era otra que halagarla —replicó el rey—. Además, me
consta que la dama sabe defenderse sola. ¿O acaso os ablandáis delante de
Loren?
—En absoluto —respondí con una dureza nacida del hartazgo—. Él me
conoce bien.
—También me conoce a mí —me recordó el monarca.
—Ya está bien —intervino doña Cordelia—. No estamos aquí para
comentar naderías, sino para discutir los progresos de doña Devana quien,
por cierto, no se ha dignado a unirse a nosotros.
—Está exhausta —dije, con una lealtad instintiva—. Estoy segura de que
mañana…
—Mi pobre amigo se ha casado con la mujer menos enérgica del norte,
me temo —me interrumpió Ezio.
—Doña Devana estudia con mucho ahínco —se apresuró a añadir
Sagramore, lo que le valió una carcajada irónica del rey.
—No me cabe duda de ello. Doña Devana es una mujer de inteligencia
excepcional, acostumbrada al estudio teológico. —Había una furia
contenida en la voz de don Loren—. Y vos lo sabéis perfectamente.
—Quizás esta velada tan embriagadora me haya hecho olvidar. Añoraba
el vino de casa.
—Vos nunca dejáis que el licor os empañe el buen juicio.
—¡Loren! —lo hizo callar su madre—. Es a Ginois a quien hemos de
escuchar.
Me aclaré la garganta y comencé un improvisado discurso sobre las
dudosas virtudes de Devana. Me fastidió tanto la expresión petulante del rey
cuervo que exageré bastante las proezas intelectuales y devoción de mi
pupila, convencida de que si lo repetía las suficientes veces a Devana no le
quedaría otra que amoldarse a nuestros deseos.
—Entonces —dijo Loren—, ¿creéis que está preparada para el Segundo
sacramento? Me gustaría que lo organizáramos cuanto antes.
—Sin duda —contesté—. Lo hablaré con ella mañana.
—Se lo sugeriré yo mismo si no os importa —me interrumpió Loren.
—Como gustéis, mi señor.
—También me gustaría que vos oficiarais la ceremonia. —Loren miraba
ahora a Ezio con una dulzura suplicante que habría deseado para mí.
—No oses pedirle semejante despropósito a su majestad —dijo doña
Cordelia, con el ceño fruncido.
—Lo haré si ella se presta —contestó el rey, de nuevo serio.
—Nadie volvería a dudar de doña Devana si el rey, que es el elegido del
Maestro, la acoge como miembro del Credo —me apresuré a intervenir,
entusiasmada ante la idea.
Doña Cordelia me dirigió una mirada iracunda y llena de asombro, que yo
no le devolví.
—Parece que os habéis hecho íntimas en muy poco tiempo —hizo notar
Ezio.
—Ese es mi cometido —contesté y me pregunté de qué me estaba
acusando en realidad. Ellos llevaban más de un año luchando contra los
paganos y los conocían mejor que yo. ¿Pensaría acaso que era víctima de un
encantamiento?
La conversación se fue disolviendo poco a poco y nos levantamos para
dejar descansar a doña Cordelia, aunque estaba claro que no iba a acostarse
pronto. Quería que nos fuéramos para cavilar su próximo movimiento. Me
retuvo agarrándome del brazo y me susurró:
—Muy astuta, mi niña.
Yo le sonreí y me apresuré a unirme a Sagramore, quien no se había
atrevido a abrir la boca una segunda vez. El rey se había esfumado,
devorado por las sombras de Iblis, siempre sumido en una oscuridad pobre
a aquellas horas, a causa de la escasez de aceite y velas.
—Mi señora —dijo don Loren de repente—. ¿Me acompañaríais a la
capilla? Ha pasado largo tiempo desde la última vez.
Sagramore me imploró silencioso que me negara, aferrándome la mano
con violencia, pero me deshice de su agarre. Nunca le negaba nada a Loren.
Quizás por eso mi hermano lo odiaba. A él sí que era capaz de oponerme.
Caminamos juntos en silencio. Apreciaba la solemnidad de los gestos
comedidos de Loren, su altura prodigiosa. En la semioscuridad no se
apreciaban los surcos bajo sus ojos, ni las cicatrices del cuello, como si lo
hubiera atacado un animal salvaje. Nos arrodillamos frente al altar de la
improvisada capilla del castillo, igual que hacíamos de niños. Las mejillas
se me anegaron de lágrimas mientras rezaba. El amor y la tristeza me
sobrepasaron.
—Ginois —me llamó él una vez concluida su oración—, habría querido
veros cuando llegasteis. Necesitaba hablar con vos.
—Yo también lo habría querido así —confesé—. Me sentí muy sola. No
sabía qué esperabais de mí.
—Pero lo habéis adivinado. Quería que cuidarais de ella.
—¿Y cómo sabéis que lo he hecho? —repliqué, un poco ofendida porque
hubiera asumido de inmediato que mi abnegación no tenía límites, que
había renunciado a mi deseo por él.
—Por cómo la habéis protegido de Ezio y de mi madre.
No se me pasó por alto que llamaba al rey por su nombre. Me turbaba
aquella intimidad entre ellos, la manera en la que Ezio lo guardaba como si
fuera suyo y a la que él parecía responder.
—Quizás fingía para que no pensarais que eludo mis responsabilidades.
—Os conozco. Sé que jamás haríais tal cosa.
—Pues me he sentido tentada —le espeté, con la voz aún ronca por las
lágrimas—. No le deseo ningún mal a Devana, pero es difícil estar a su
lado. Impregna todo lo que la rodea. Cada día me cuenta sus historias de
embrujos ineludibles y entonces soy quien se enreda en magia, que siempre
es necesaria para una cosa u otra.
—¿La habéis visto?
—¡Sí y más de una vez! Y, aun así, no dudo de que acabará abandonando
del todo esas malas artes. Necesita algo que la ayude a vivir de nuevo y
supongo que ese algo sois vos —reconocí.
Él no respondió durante unos instantes, sino que elevó los ojos hasta el
techo de la capilla, donde no había frescos como en otras, ni esculturas o
vidrieras, solo un artesonado robusto y funcional.
—No le habéis contado nada de esto a mi madre, ¿verdad?
—Ni una palabra —aseguré.
—Os imploro que no lo hagáis. Sé que desaprueba mi matrimonio.
—¿A vos no os importa?
—Ah, Ginois, hay algo más que no sabéis, pero has de jurarme que jamás
revelaréis lo que estoy a punto de decir.
—Lo juro por mi fe —respondí, pese a que habría preferido ahorrarme
más cargas. Él no se equivocaba al confiar en mi abnegación y nos odié a
ambos por ello.
—He mentido a todo el mundo. Devana nunca accedió a convertirse, ni
siquiera estamos casados de verdad. Perdió la cordura ante los cadáveres de
sus hermanas. Se alzó sobre mí con el poder de los vientos y trató de darme
muerte. Nunca vi nada igual entre todas las brujas del norte, pero por suerte
las fuerzas no tardaron en abandonarla. La encerré bajo llave cuando perdió
la conciencia y le dije a todo el mundo que habíamos contraído matrimonio
en secreto. No había testigos de lo que había hecho y yo no se lo dije a
nadie. Ni siquiera a Ezio, aunque sé que sospecha la verdad. Él quiso
ajusticiarla. Se enfureció tanto cuando se enteró que la había dejado con
vida.
—Pero si quiere acabar con vos, ¿por qué la protegéis?
—¿No lo entendéis, Ginois? Ella vino a mí como una doncella
desamparada, intangible y bella como el alba. Puso sus esperanzas en que la
liberara de la tiranía de un hombre loco y cruel y yo prometí hacerlo. Me
otorgó su confianza y yo la traicioné. Rompí todas mis promesas. Ha sido
así desde que empezó la guerra. Solo traigo dolor y muerte. Mueren muchos
inocentes junto a todos estos señores de la magia. Ezio opina que es
inevitable, que el Maestro exige su sacrificio y yo no lo niego, pero necesito
creer que lo estamos haciendo para salvar la tierra, para expurgar el mal.
¿Qué hay de piadoso en dar muerte a una doncella? Demasiadas han muerto
por mi culpa. Sus hermanas eran unas crías y, aun así, lucharon contra
nosotros. ¿Cómo iba a ordenar a mis hombres que se contuvieran?
»Necesito que Devana viva para volver a creer que soy un caballero y no
un verdugo. Pero yo solo no puedo. Ella no confía ya en mí. Solo vos
podéis obrar el milagro. Devana ha de convertirse por voluntad propia. ¿Me
ayudaréis? ¿Lo haréis por mí?
Podía sentir su aliento cálido sobre el rostro, contemplar las sombras del
candil en sus ojos color miel, que eran como sus cabellos, los que le
susurraron a Devana en la distancia que se hallaba ante el padre de su hija.
Me permití acariciar un mechón con mi mano libre, enredarlo entre los
dedos. Supe que aquel amor que había ansiado durante tantos años nunca
sería mío. Ninguna maquinación iba a convertirme en un poder redentor tan
imprescindible para Loren como lo era Devana. Nunca volvería a mirarme
con aquella desesperación anhelante. Dejé que mi respuesta se deslizara con
una lentitud deliberada, para disfrutar del poder que me concedía:
—No lo haré por vos, mi señor, sino por ella, que se merece algo mejor
que una vida en las sombras.
6
EL MANUSCRITO QUE CONTENÍA
EL VERANO
A
l regresar a la torre me aguardaba una larga y oscura vigilia
repleta de cavilaciones mientras recomponía el complicado
mosaico del romance de Loren y Devana, que nunca acababan de
encajar a pesar de mis afanes.
La paciencia de doña Cordelia parecía a punto de agotarse. La
vehemencia de la anciana había crecido ante la cercanía de su hijo. Intuía
que lo sensato sería apaciguarla, hacerle ver que estaba de su lado, pero era
una mujer inteligente, mucho más que yo, y temía que adivinara la verdad
que se asomaba en los resquicios de mi voz. Me había criado admirando a
la madre de Loren por su brillantez y mesura. Una parte de mí aborrecía la
idea de traicionarla y perder su confianza.
Había olvidado por completo el libro rescatado de la biblioteca, así que
cuando al día siguiente me presenté en la torre de Devana y la vi sentada en
su estrecho lecho con las piernas cruzadas, el camisón todavía puesto y el
libro abierto amorosamente sobre su regazo creí durante unos breves
instantes que había pasado la noche estudiando. Me saludó con las mejillas
arreboladas, exhibiendo una energía poco habitual en ella. Parecía que toda
la pesadumbre del día anterior se había derretido en su níveo rostro y yo no
pude más que contemplarla obnubilada mientras mordisqueaba los bollos de
pasas y nueces que nos había traído Fabia.
—Ven, Ginois, siéntate conmigo.
La obedecí tras echarle una mirada triste a los esponjosos bollos recién
horneados que no tardarían en enfriarse. Devana cerró el libro de golpe y
me lo puso en el regazo. Después se situó detrás de mí y me susurró que
cerrara los ojos.
—¿Por qué? —me resistí, inquieta.
—No te quejes tanto y obedece.
Me agarró la mano, con una urgencia que no hizo más que aumentar mi
nerviosismo. Sentí el suave roce de su despeinado cabello suelto y tuve el
impulso de hundirme en él por completo. Entonces Devana me guio para
que abriera el volumen.
—Ojos cerrados —recordó.
El interior era rugoso y cortante como la vetusta corteza de un tronco
centenario. Devana me hizo presionar la palma contra las páginas. Fue
entonces cuando me llegó a los oídos un canto de ave, al que siguieron unas
cigarras y el zumbido perezoso de las moscas. Había brotado un bosque alto
y frondoso, con el aire cargado de los densos aromas estivales, que parecían
pegarse a la piel. Me hallaba frente a un roble, incandescente bajo la luz del
crepúsculo. Me encaminé hacia él con las manos extendidas para palparlo.
Se me encaramó una hormiga roja en el brazo. Jamás había contemplado un
insecto de tamaño tan exagerado. La observé espantada durante unos
instantes hasta que me mordió. Agité la mano para quitármela de encima,
pero tenía la cabeza de la hormiga clavada en los dedos y allí se quedó,
separada del resto del cuerpo. Roja como una pesadilla.
De pronto, en un movimiento tan ágil como pasar de página, el paisaje se
metamorfoseó. Yacía acurrucada en un prado regado de rocío, bajo un sol
tibio. Se había apoderado de mí una pereza dulce y despreocupada que me
llevó a dejarme guiar por el capricho. Junto a mí había un arbusto en el que
crecían bayas moradas y apetitosas. Quise llenarme la boca de ellas, pero no
me llegó el ansiado frescor sino la textura suave de la carne. Entonces brotó
una risa clara y abrí los ojos, abochornada. De nuevo me encontraba en la
estancia de Devana, con sus largos dedos entre los labios. Me aparté de ella,
presa de una vergüenza ácida. Devana seguía riéndose, ajena a mi
conmoción, como era habitual.
—¿Qué me has hecho?
—Nada en absoluto. Ha sido el libro.
—No me lo creo.
—Pues es cierto. Sospecho que es obra de Dana Doula. Su magia huele
igual a los niños espectrales de tu alcoba —dijo, pasando las páginas.
—¡Tendrías que haberme advertido!
—Eso no habría tenido gracia. ¿No te ha gustado? Son recuerdos de un
verano del que quizás nos separen más de dos décadas.
—¿Qué… qué es ese libro?
—Un registro del castillo y los alrededores, a menos que mucho me
equivoque. Hay varios pasajes escritos en un código que no logro descifrar.
Además de recetas, información sobre remedios medicinales y una
catalogación de la vegetación del bosque.
—Seguro que rezuma brujería y otras artes ocultas.
—Lamento no haber visitado nunca Iblis mientras Dana Doula estuvo
viva —dijo Devana, estrujándose el libro contra el pecho—. Tenía cierta
fama de excéntrica, pero no me cabe duda de que poseía conocimientos
valiosos.
—Quizá sea mejor así —contesté automáticamente—. No tienes
recuerdos de ella que te atormenten.
—Ahora me atormenta la ignorancia. El castillo está impregnado de un
legado que se sabe inacabado. A veces siento que me llama con la suavidad
del verano. Aunque no sea a mí a quien anhela.
—Deberías desoír esas voces —protesté—. Van a llevarte por un camino
que no quieres transitar. O al menos eso dijiste. Por lo que sabemos, la tal
Dana Doula podría haber dejado allí el libro con malas intenciones.
—Lo dudo —contestó Devana—. Este volumen es un tesoro familiar
genuino.
—Tal vez, pero también lo era el edredón de mi alcoba y tú misma
admitiste que se había corrompido. Quizá suceda lo mismo con el libro.
—Es una hipótesis interesante —comentó Devana—. Quizás un
superviviente del sequito de Dana Doula se oculte en el castillo y esté
corrompiendo la magia en contra de los invasores.
—Más bien resulta una perspectiva aterradora —respondí, ofuscada, a
sabiendas de que Devana no se desharía del libro pese a mis advertencias.
Devana suspiró y llamó a Pelnor, que estaba subido en la mecedora. El
gato se desperezó con parsimonia antes de acudir al regazo de su ama. No
pude apartar la vista mientras los largos dedos pálidos de mi compañera se
hundían en aquel pelaje de noche.
—¿Y si hacemos una excursión al bosque? —dijo de pronto.
—No es eso lo que deberíamos estar discutiendo —respondí, un poco
hastiada de sus caprichos—, sino de cuándo vas a dignarte a ver a don
Loren.
—Hoy mismo —prometió—, pero solo lo haré si vienes conmigo al
bosque.
Era difícil negarse ante la decisión de su voz, en especial cuando hasta
hacía tan poco tiempo no había demostrado interés por nada.
—No podemos ir solas —le advertí.
—Nos llevaremos a tu hermano.
—Veré lo que puedo hacer —cedí y una sonrisa esquiva se aposentó en
los labios de mi compañera—, pero no te vas a escabullir. Esta misma tarde
verás a Loren.
—Puede venir cuando quiera —escupió y la curvatura de sus labios me
dio escalofríos.
—No sé qué interés tenéis en el bosque —me espetó doña Cordelia cuando
le propuse la excursión durante la cena—. Ninguna de las dos sois
especialmente atléticas, ni es momento para montar a caballo o ir de caza.
Estábamos solas en su salita, ambas tensas, pensativas y calladas,
examinándonos la una a la otra con una suspicacia nueva entre nosotras.
«Quizás te vaya mejor que a mí», me había dicho madre una vez, «si imitas
a esa egregia señora del continente en lugar de a la pobre mujer que te trajo
al mundo». Yo había bebido de la amargura de sus palabras, asegurándole
que la respetaba y amaba más que a doña Cordelia, pero ya entonces había
sabido que no era del todo verdad.
—Es un capricho inofensivo —dije con más aplomo del que sentía.
—¿He de recordarte que os tendieron una emboscada entre la espesura?
—Si hubiera más asesinos escondidos, las tropas los hubieran encontrado
en su camino.
—Ay, Ginois, parece que no te das cuenta de dónde estamos. En el norte
un bosque no es solo un bosque. Devana será más fuerte allí que en su
alcoba.
Suspiré y recé en silencio antes de echar mano del último recurso a mi
disposición. Habría preferido no enredarme en aquella madeja, pero no veía
otra manera de seguir adelante sin tener que recurrir a Loren.
—Precisamente por eso debemos ir. ¿No os parece? —insistí con fingida
inocencia—. Me parece prudente descubrir los auténticos motivos por los
que doña Devana tiene tanto interés en el bosque.
Doña Cordelia dio un sorbo breve a su copa de vino. Al contrario de lo
que solía suceder, la anciana había limpiado el plato con sus parsimoniosos
modales mientras que en el mío todavía se apelotonaban las verduras
asadas. Cuando habló, lo hizo con una jovialidad burlona que contradecía
sus palabras.
—No parecías tener tanta prisa ayer. Casi me dio la impresión de que
pretendías frustrar mis esfuerzos. Llegué a pensar que eras víctima del
embrujo de esa mujer.
—No quería que don Loren se llevara la impresión de que he dado por
perdida a su esposa —repliqué.
—¿Seguro? Has aprendido a disimular bien. Todas tus reacciones se me
antojaron genuinas.
—Es cierto que no deseo mal alguno a doña Devana —concedí,
sosteniéndole la mirada en un patético intento de aparentar serenidad—.
Creo que debe recibir el Segundo sacramento, así podrá dedicarse a Santa
Brida.
—Ojalá estemos a tiempo de salvarla, hija mía —dijo, de pronto brusca
—. Será Santa Brida o la hoguera para ella, todo dependerá de la pericia con
la que manejemos la situación y… de su colaboración, por supuesto.
—Guardad cuidado, doña Devana es una mujer inteligente.
—Oh, no lo dudo, pero está desesperada. No bajes la guardia con ella,
Ginois. Mi hijo lo hizo y fíjate lo que le ha pasado.
Después de cenar, en lugar de dirigirme a mi torreta me desvié para pasar
por la diminuta alcoba de Sagramore solo para hallarla desierta. Mi
hermano se estaba acostumbrando a emborracharse a diario con los vulgares
hombres del castillo. Ni siquiera había podido decirle todavía nada sobre la
futura excursión al bosque.
Casi sin pensar, puse rumbo a la torre de Devana, donde había cenado con
su fingido esposo. No me atrevía a subir, no fuera que Loren y ella
siguieran juntos. Aún seguía inquieta por la conversación con doña Cordelia
y no tenía a nadie más a quien acudir.
Me sobresaltó el ruido de unos pasos que descendían por la escalera. Era
Loren, con una lámpara de aceite en la mano derecha que alumbraba su
rostro semioculto tras su melena de color oro deslucido. Entre las sombras
era imposible distinguir su expresión.
—¿Venís a ver a doña Devana? —preguntó con su acostumbrada tristeza
amable.
—Así es, a menos que ya esté acostada.
—Acabó de dejarla y no parecía tener sueño.
—¿Ha ido bien? —inquirí sin poder contener mi nerviosismo.
—Ha accedido a tomar el Segundo sacramento de manos de Ezio… de su
majestad.
—Me alegra oírlo.
Habría querido preguntarle por qué parecía tan decaído, pero intuía que la
respuesta me aguardaba arriba. Nos despedimos y ascendí en un estado de
congoja latente, solo para descubrir a Devana junto a la ventana, todavía
vestida, y con la luna prendada de sus cabellos. La oscuridad tintaba su
belleza de una decadencia hipnótica.
—Ginois.
Me acerqué a ella como si su voz me hubiera convocado a aquella
estancia, en la que la luz y el calor siempre eran escasos. Ella no se giró
para mirarme, pero distinguí las lágrimas que descendían por su rostro
perlado. Quise acogerla entre mis brazos, besar su rostro húmedo, pero me
sentí cohibida por su vulnerabilidad desnuda.
—Ginois, ¿cómo puede ser que ese hombre se presente aquí y con él lo
haga la única primavera que voy a conocer?
—¿Lo amas entonces? —Fue lo único que se me ocurrió decir, en una
vocecilla tan fina que deseé que no me hubiera oído.
—No, por supuesto que no. ¿Cómo podría? Pero hay algo que me empuja
a él y no sé lo que es. Tengo miedo, Ginois.
—Es un buen hombre, te lo prometo. No tienes nada que temer —le
aseguré, pero mis palabras sonaron huecas.
—No, no lo es. Pero desea serlo.
La acogí entre mis brazos con la esperanza de acallar sus palabras de mal
agüero y transformarlas en algo tibio, dulce. Cuando nos separamos, el frío
y la soledad me atravesaron como una flecha inesperada.
—Quédate esta noche, por favor.
—Sabes que a doña Cordelia no le gusta.
—Me trae sin cuidado esa pajarraca absurda —me espetó con insolencia
para luego añadir con voz dulce—: Quédate conmigo, te lo suplico.
No le pregunté qué era lo que se había asomado a su mente con la
aparición de Loren, a pesar de que el anhelo y la curiosidad me carcomían.
Permanecimos sumidas en un silencio pensativo y arrullador. Poco a poco
se me fueron cerrando los ojos y sentí cómo Devana me echaba su única
manta por encima.
—Descansa, hermana —susurró.
Había postergado mi visita a nuestros soldados más de lo decoroso, pero no
podía acudir en compañía de Devana, cuyos problemas e inquietudes
absorbían mis días. Por no hablar de la congoja que me provocaba aquella
situación. Sabía que en cuanto presenciara el sufrimiento de aquellos
hombres, me imaginaría a mi padre padeciendo cada uno de esos males,
desamparado, en algún sucio campamento junto al mar. Sin embargo, como
hija de un duque, era mi obligación ofrecer consuelo y auxilio. Me constaba
que doña Cordelia ya se había pasado por allí en más de una ocasión cuando
el dolor era aún reciente y el eco de los gritos acompañaba nuestras
sosegadas rutinas de antaño.
Sagramore me acompañó a regañadientes. Llevaba el pelo sucio y los
surcos bajo sus ojos me informaron de que no dormía la mitad de lo que
decía. Lo conocía lo suficiente como para intuir que estaba atravesando una
de sus épocas oscuras, en las que se recluía y no quería saber nada de nadie.
Harta de sus bufidos y un poco culpable, le hablé de la excursión al bosque
con Devana para mendigar algo de entusiasmo por su parte. Accedió con
una celeridad indecorosa que me hizo replantearme si no habría sido mejor
acudir a Loren, a pesar de las protestas de Devana.
En el momento en el que pisé la enfermería, me percaté de la meticulosa
mano de doña Cordelia. Cada rincón estaba impregnado de su buen hacer.
Esperaba un lugar asfixiante y abarrotado, pero en su lugar descubrí un
pabellón de amplios ventanales en el que olía a alcohol en lugar de a sangre.
Los heridos yacían en camastros repartidos por toda la estancia. Muchos
estaban sentados, pese a los vendajes; otros emitían quejidos incesantes.
Solo había un cirujano, que se movía con parsimonia entre los pacientes,
mientras sus ayudantes lo atosigaban a preguntas. Estaba bastante segura de
que el cirujano había venido con los soldados y que se había presentado
durante la cena de bienvenida con el nombre de Servio. No nos dirigió la
palabra, sino que gruñó en nuestra dirección y ordenó a una chica que se
ocupara de nosotros.
Cuando esta se dio la vuelta me sorprendió descubrir que se trataba de
Fabia. Llevaba un pañuelo en la cabeza y un grueso delantal cubierto de
sospechosas manchas parduzcas sobre la ropa. Hizo una breve reverencia,
igual que cada mañana, como si estuviera a punto de peinarme.
—Debo de pediros que guardéis silencio. Don Servio no tolera los
alborotos.
—Oh, faltaría más —le espetó Sagramore, con evidente fastidio—. No
estaremos aquí mucho tiempo.
—Pero nos encantaría ayudar en todo lo posible —añadí, presurosa.
Pronto nos dimos cuenta de que nuestros esfuerzos para no perturbar el
trabajo del cirujano eran poco más que inútiles. Nuestro paso despertaba el
interés de la mayoría de los soldados, quienes exigían saber quiénes éramos
y de dónde veníamos, como si leyeran en nuestro andar la familiaridad del
lejano hogar.
Me acerqué a ellos con cierta timidez para interesarme por su salud y
dejar que me contaran sus historias. En sus labios, los paganos eran altos
como torres, arteros e imprevisibles. Un joven de aspecto apocado había
perdido la vista por vacilar antes de matar a una bruja, cuyo hechizo conjuró
una sombra alrededor de los ojos del soldado que ninguna oración había
sido capaz de disipar. Al pasar por su lado, Fabia le empapó la frente con
agua y le susurró algo al oído.
Otros estaban demasiados consumidos por la fiebre como para contarme
nada. Pedían agua a gritos o que los ayudaran a cambiar de postura. Sobre
todo, aquellos que habían perdido miembros y cuya supervivencia parecía
pender de la buena voluntad del Maestro.
Durante la visita, me regaron con los nombres de sus hijos y mujeres, con
los pueblos a los que pertenecían y la casa a la que servían. Muchos me
transmitían sus buenos deseos para mi padre y sus hombres. Yo asentía y
sonreía, aunque se había apoderado de mí una impotencia devastadora. Me
reconcomía la necesidad de hacer algo por ellos, aunque fuera lavar las
sábanas, pero el cirujano, aquel tal don Servio, detestaba a los extraños e
hizo lo que pudo para deshacerse de nosotros con la mayor prontitud.
Sagramore, sin embargo, no parecía tener intenciones de irse a pesar de
las insinuaciones del cirujano. Se había agachado junto a uno de los
camastros y reía a carcajadas. Avergonzada, me uní a él para sacarlo de allí
con disimulo. El paciente con el que tan bien se lo estaba pasando tenía el
cráneo quemado y todas las extremidades vendadas. Aun así, exhibía una
sonrisa franca en sus dientes amarillentos. Nos contó que por poco muere
atrapado en una tienda de campaña durante una incursión liderada por una
bruja ígnea, cuya piel desprendía ceniza.
—Naimo ha servido con padre —me informó Sagramore.
—Así es, mi señora —dijo con una voz tosca—. Me habría gustado
acompañarlo a la costa, pero su alteza tenía otros planes.
—Espero que vuestras heridas sanen pronto —contesté con sencillez—.
Seguro que en casa os añoran.
—Esto no es suficiente para alejarme del campo de batalla. No se dirá de
mí que le tengo miedo a un par de quemaduras. Creo que la bruja me ha
hecho un favor. Ahora doy mucho más miedo.
Ante aquellas palabras, Sagramore soltó una risilla.
—Vuestro buen humor es encomiable —contesté mientras le daba un
codazo a mi hermano.
—Prefiero reír, mi señora. He tenido suerte de salir con vida. Aquella
noche muchos no pudieron decir lo mismo. No sé qué habría sido de
nosotros de no ser por don Loren. Es el único capaz de plantarle cara a esas
brujas endemoniadas. Vos conocéis a su esposa, ¿no es así?
Asentí, incómoda, sin saber adónde iba a derivar aquella conversación.
¿Cuánto sabrían aquellos hombres de lo que había sucedido en realidad
entre Devana y Loren?
—¿No podríais pedirle que bajara a vernos?
—Padece de una salud delicada —respondí en voz baja con la vista
puesta en el cirujano, que solo se encontraba a un par de camastros de
distancia.
—Mis compañeros y yo la conocimos hace tiempo como la Dama del
Alba, cuando no era más que un espectro que rondaba el campamento de
don Loren.
—Os aseguro que es una mujer de carne y hueso —repuse.
—Con más razón ha de venir, entonces. La gente puede decir lo que
quiera, pero yo creo que nos salvó. Solo el Maestro sabe cuánto tiempo más
habríamos malgastado asediando aquel castillo plagado de ánimas.
—Le haré saber de vuestro cariño —dije, apartándome.
Marché con la convicción absoluta de que jamás le mencionaría nada de
aquello a Devana ahora que al fin había abandonado su apatía. Sabía que la
gratitud de aquellos hombres no le acarrearía más que pesar.
Apenas unos días después, aprovechamos una mañana de sol frío para
internarnos a caballo en el bosque en compañía de Sagramore. Mi hermano
se mostraba de un humor espléndido que no lograba ocultar los profundos
surcos bajo sus ojos ni el leve tufo a la cerveza norteña a la que se habían
aficionado los soldados. Se había peinado y puesto ropa limpia. Incluso su
aliento parecía más fresco de lo habitual.
Devana resultó ser una jinete excepcional y se ganó a su montura con un
par de terrones de azúcar. La mía, por el contrario, no parecía guardar gratos
recuerdos de nuestro viaje y no dejaba de entorpecernos la marcha.
Estornudé con aprensión, refugiándome en la capa de lana gruesa que me
había agenciado. Era vieja y áspera. Devana también vestía una similar,
pero le quedaba enorme y flotaba tras ella mecida por el viento. Sagramore
trotó para ponerse a su altura y yo me quedé a la zaga. Él se cubría con la
capa que le había tejido y habría jurado que padecía menos frío que
nosotras.
Con la llegada del invierno, el bosque había perdido aquella atmósfera
embriagadora y tensa que recordaba. El aroma fresco y gélido evocaba una
suerte de renacer, si acaso algo hostil, como los montoncitos de aguanieve
que se precipitaban desde las ramas para empaparnos las nucas. Aquel
manto fulgurante en descomposición no estaba desprovisto de encanto, pero
no olvidaba que el blanco era el color de la muerte y el bosque, con su
silencio taimado, un sepulcro más que probable.
Al principio cabalgamos sin apartarnos del camino. Llegamos a un roble
que reconocí como el que aparecía en el libro, aunque había perdido las
hojas y adquirido un gris apagado. Devana dio tres vueltas en torno a él,
ante la atónita mirada de Sagramore, que interrumpió el insustancial
parloteo con el que trataba de despertar el interés de mi pupila.
—Vamos a desviarnos un poco al oeste —declaró Devana con esa voz
solemne de cuando tomaba una decisión sin dar margen al interlocutor a
abrir la boca.
—Mi señora, no creo que eso sea buena idea, aunque no lo parezca, este
bosque es enorme y se extiende bastante al norte. Haríamos bien en
continuar por el camino —intervino Sagramore.
—Ninguno lo conoce bien como para aventurarnos —aduje.
Ella se mordió el labio y nos miró consternada durante unos instantes,
antes de proclamar:
—Conmigo no os perderéis nunca.
Y marchó al galope entre aquel laberinto de árboles y charcos de nieve.
Sagramore y yo intercambiamos una mirada de hastío en mi caso y
curiosidad en el suyo. La seguimos, gritando su nombre, entre salpicaduras
y ramas arrastradas por el viento. Devana giró la cabeza en nuestra
dirección con cierto aire desafiante y, en aquel momento, la odié de verdad.
Me entraron ganas de chillar de frustración al pensar que me había
enfrentado a doña Cordelia por ella. De pronto, una sospecha me congeló
las entrañas. ¿Y si estaba tratando de escapar?
Devana seguía un ritmo errático, rodeando algunos árboles, deteniéndose
junto a otros para arrancar un trozo de corteza y, en cierto momento, nos
enseñó los dedos rebosantes de musgo. Sagramore intentó seguirle el ritmo
inútilmente, pero parecía que la joven cabalgaba el viento y ya podía
detenerse mil veces, que se fugaba en cuanto creías que la tenías a tu
alcance.
Una nevada repentina asustó a mi montura, que relinchó en una protesta
más que elocuente. Descendí con torpeza para intentar calmarla. Tenía
demasiado miedo de las coces de la bestia, así que continué la marcha a pie
tirando de las riendas con cuidado. Quería observar de cerca los árboles que
Devana había tocado. En uno de ellos encontré una especie de signo rúnico,
probablemente trazado con un cuchillo. Consistía en tres líneas verticales
atravesada por una cuarta sobre la que habían tallado una espiral de la que
surgían amplios rayos. Cuando la rocé con los dedos, experimenté la misma
sensación de embriagadora calidez que me había transmitido el libro de
Dana Doula. Aparté la mano con la certeza de que estábamos siguiendo las
instrucciones de aquel volumen sin saber en dónde desembocaban sus
páginas.
Volví a subir al caballo con dificultad. El bajo de mi vestido estaba
cubierto de una aguanieve que me empapaba los leotardos y apreté los
labios antes de darle un tímido golpecito en el costado al animal. Temía lo
que sucedería si no alcanzaba a mis acompañantes pronto.
—Por favor, por favor, por favor —susurré a mi montura.
Tal vez se apiadase de mí, porque siguió adelante, aunque con una
lentitud que habría jurado reticente y orgullosa. Rara vez me entendía con
las bestias.
La nieve continuaba precipitándose sobre nosotros, arrastrada por el
viento como una caricia gélida y desesperada. Encontré a Sagramore un
poco más adelante, frente a un arroyo congelado en el que Devana patinaba
con torpeza.
—¡Ven, Ginois! —me gritó.
Sagramore jadeaba, mientras sostenía las riendas de ambos caballos con
una expresión anhelante en el rostro moreno, salpicado de motitas de nieve.
Descendí de mi montura y le tendí las riendas antes de que se le ocurriera
unirse a Devana. Me acerqué a la orilla y examiné el hielo, que parecía
bastante sólido, pero, aun así, me resistí a dar el paso. Devana decidió por
mí y me agarró del brazo, empujándome hasta el río. Chillé y me hubiera
resbalado si mi pupila no me hubiera mantenido erguida.
—Sé lo que estás haciendo —le susurré.
—¿Ah, sí?
—Sigues el camino que trazó Dana Doula en su libro.
Me dedicó una sonrisa amplia y felina que no le conocía.
—Quizás, pero he descubierto que es una misión abocada al fracaso.
—¿Por qué?
—Luego te lo cuento —dijo avanzando un poco entre el hielo—. Venga,
te enseño a patinar.
—¡Pero si está nevando! —protesté, algo ofendida porque hubiera dado
por hecho que no sabía.
—Solo un rato.
Mientras tanto, Sagramore había logrado atar los tres caballos a un árbol
y se aproximó con la obvia intención de unirse a nosotras. No encontraría
en él un aliado. Una vez más, la vehemencia de mi hermano no le hizo
ningún bien y se desplomó bocabajo apenas puso los pies en el hielo. Tuvo
que apoyarse en ambas manos para enderezarse, pero lo hizo con una
sonrisa en los labios.
Devana no resultó ser una patinadora tan prodigiosa como prometía y
también se cayó un par de veces, lo que achacó a la falta de idoneidad de las
botas. En una ocasión, me arrastró consigo y nos convertimos en una
maraña de capas y guantes de cuero. No dejaba de reírse y tenía las mejillas
arreboladas, con un brillo casi febril. Sagramore no desaprovechó la
oportunidad de ofrecerle el brazo, pero ella prefirió seguir deslizándose de
mala manera por aquel hielo negro.
A pesar de los peligros del bosque, me sentí muy joven y despreocupada,
ajena a los tejemanejes y las angustias oscuras que me habían atormentado
hasta aquella mañana. En Tralia no nevaba nunca ni tampoco se congelaba
el río. Gartian y las niñas habrían adorado aquel paisaje helado y solitario.
Aunque era probable que Elidel hubiera acabado partiéndose una pierna en
su empeño por demostrar que no conocía el miedo.
Sin embargo, la melancolía no me duró en exceso porque Sagramore me
agarró la mano enguantada para obligarme a deslizarme con él hasta
Devana. Caí en sus brazos, pero ella impidió que nos cayéramos los tres al
suelo.
—Estás empapada —se quejó Devana, secándome la cara con el pulgar.
En lugar de dejarla ir, me apretuje más fuerte contra ella. Aquella frágil
felicidad se desmoronó en cuanto nos percatamos de las voces que se
aproximaban, acompañadas de dos figuras que cabalgaban en nuestra
dirección.
—¿Qué estáis haciendo ahí?
Reconocí la voz de Ezio antes de que se quitara la capucha. Por una vez
no había rastro de burla en sus palabras, sino una furia apenas contenida.
Nos contemplaba desde su montura, impaciente, mientras Loren, a su lado,
soltaba un suspiro. Busqué la mano de Sagramore para pedirle en silencio
que tomara la iniciativa. El rey no debía saber que la excursión había sido
idea de Devana. Por suerte, mi hermano no había perdido del todo la
capacidad de interpretar mis gestos.
—Su majestad, don Loren —los saludó jadeante—. Mi hermana me ha
pedido que las llevara a cabalgar.
—Este bosque es peligroso —escupió Ezio—. No podéis traer aquí a las
damas.
—Tendríais que haberlo consultado conmigo. No habría puesto reparos en
acompañaros yo mismo —añadió Loren con cautela.
—Vuestra madre nos ha dado permiso, mi señor —le hice saber, iracunda
ante la manera en la que nos juzgaban como si fuéramos unos niños
indisciplinados, cuando apenas nos sacaban unas cuantas primaveras.
—Hablaré con ella —me espetó, bajándose del caballo—, pero os ruego
que no volváis a sacar a mi esposa del castillo sin mi consentimiento.
Sentí el aliento agitado de Devana en la nuca. Ezio y Loren se acercaron,
mientras Sagramore y yo salíamos del río apoyados el uno en el otro.
Devana se quedó en el sitio y Loren le ofreció un brazo, galante. Mi amiga
se agachó, dio forma a una bola de nieve y apuntó al rostro de su falso
marido con una agilidad envidiable.
—¿Cómo os atrevéis? —dijo Ezio, antes de que su caballero pudiera
reaccionar.
—Si tantas ganas tenéis de uniros a la excursión, lo mínimo que podéis
hacer es ofrecernos una compañía más agradable —dijo Devana.
El estoico Loren agachó la cabeza al sentir nuestra atención sobre él. Le
eché una mirada de reojo a Ezio, quien apretaba los puños. En un arranque
de inspiración, recogí un poco de nieve, a la que di forma entre los guantes
antes de arrojársela a Devana, que se apresuró a hacerse con más munición
para devolverme el favor, a la vez que Sagramore dejaba caer otra bola
sobre mi espalda.
—Veo que no merece la pena razonar con vosotros. Os comportáis como
ni…
Loren hizo callar al rey con una bola de nieve dirigida al pecho y pude
ver cómo el desdén en su rostro se metamorfoseaba en una expresión
sorprendida, que nos dio permiso para seguir con la pelea, entre risas en las
que aún no se había diluido la tensión. Sagramore perseguía incesante a la
implacable Devana, que correspondía a sus atenciones. Yo me interponía
entre ambos como podía, mientras Loren y su rey se enzarzaban en un duelo
que no parecía concernir a nadie más, lanzándose los proyectiles a
distancias tan cortas que bien podrían haberse limitado a cubrirse el uno al
otro de nieve. De pronto, Devana tosió y Loren se separó de Ezio para
acudir a su lado. Ella levantó la mano enguantada, como si quisiera rogarle
que no se acercara, pero él se quitó su propia capa y se la echó por encima
con cuidado de no tocarla.
—Será mejor que volvamos —dijo sin quitar la vista de la mujer que
fingía ser su esposa.
Devana intentó contener la tos, pero no hacía más que crecer. Sagramore
corrió hacia los caballos y yo quise ir junto a mi amiga, pero una mano se
aferró a la mía y un instante después sentí el aliento del rey en la nuca.
—Creía que teníais más juicio, señora —susurró—. O quizás vuestras
intenciones sean más perversas de lo que parece. Si de verdad os importara
esa mujer la habríais atado en corto.
Me aparté de él con una brusquedad instintiva y agaché la cabeza,
barruntando la respuesta que podía sacarme de aquella situación, pero no
hicieron falta más palabras. Ezio se marchó con zancadas grandes y
pesadas, como si quisiera hacer partícipe a todo el bosque de su furia.
Mientras lo observaba, Sagramore me puso las riendas en la mano. Alcancé
a ver que Loren y Devana ya cabalgaban juntos de vuelta a Iblis, sus raudas
figuras difuminándose en la creciente nevada.
El malestar no desapareció cuando me deshice de la ropa húmeda. La
alcoba se me antojaba demasiado silenciosa y oscura. Pese al agotamiento,
anhelaba sentir a Devana a mi lado. La despreocupada diversión de la
mañana había dado paso a una nostalgia punzante. No quería que aquel día
tan hermoso terminara empañado por los perpetuos aires ominosos del rey
cuervo. Aunque quizás tuviera algo de razón y no le hacía ningún bien a mi
pupila al someterme a sus caprichos.
A veces me preguntaba si Devana se percataba de la precaria conjunción
de casualidades que la mantenían viva. En caso de que fuera tan consciente
como yo, debía de encontrar un placer perverso en seguir tirando del
delgado hilo de la devoción de Loren, para descubrir hasta dónde podía
llegar antes de que se rompiera del todo.
Decidí ir en su búsqueda con la excusa de amonestarla por su breve
escapada. En cuanto subí por la escalera oí unas toses violentas, así que no
me sorprendió encontrar a Devana envuelta en su manta, con Pelnor
acurrucado a su lado. Me acerqué despacio para no despertarla, pero
enseguida se incorporó para contemplarme con sus ojos tristes.
—Ginois —llamó entrecortadamente, ronca—. ¿Me traes una infusión
calentita? Hierbabuena, a poder ser.
Por la desazón en su voz habría parecido que se trataba de un asunto de
vida o muerte, pero no me dio la impresión de que tuviera fiebre. Su frente
seguía fresca. Arrugué la nariz con cierta condescendencia. A veces Aleya
exageraba sus males para obtener unos cuantos mimos o librarse de sus
lecciones. Pensar en ella hizo que se me encogieran un poco las entrañas:
nunca había sido una niña de salud perfecta.
Sin embargo, bajé en busca de Fabia para pedirle que preparara la
infusión y nos subiera la cena a la torre. También traje una manta de mi
alcoba para envolver a Devana con ella. Era un milagro que no hubiera
enfermado antes en aquel lugar. Me quedé de pie junto a su cama, creyendo
que la infusión la adormecería pronto.
—Tenías razón —dijo Devana en medio de un bostezo mientras buscaba
mis dedos con los suyos.
—¿Sobre qué? —inquirí, intentando disimular el desasosiego.
—Tengo que cortar mis lazos con la magia o va a seguir llamándome.
—No te preocupes por eso —respondí, aliviada—. Si tanto te incomoda,
nos desharemos del libro y será como si no hubiera pasado nada.
—No voy a olvidar lo que he descubierto —repuso enderezándose y
colocando a Pelnor sobre sus rodillas—. El libro contiene un mapa, como
sospechaba. Sirve para llegar a la guarida de la feérica que habita el bosque,
la Reina del Estío.
Aquel nombre halló un tímido eco en mi memoria y la voz profunda de
Ezio me inundó los oídos explicándome como de pasada que la mujer que
había intentado asesinarnos servía a esa reina, una suerte de deidad pagana
sobre la que no me había atrevido a preguntar. Habría preferido continuar
en la inopia, pero intuía que Devana no tenía intenciones de callar.
—No pude entrar pues se halla bien protegida, pero vislumbré un roble
incandescente en cuyo fulgor se derretía la nieve; en sus ramas invernaba la
Reina del Estío. Mirarla era como contemplar a la Madre, con sus anchas
caderas y su piel en flor.
—¿Qué es… exactamente? —pregunté.
—Una criatura de Más allá del Velo que ha cruzado la frontera para
habitar nuestro mundo. Igual que tantas otras. En esta tierra siempre se le ha
rendido pleitesía a mitad del verano con unas fiestas en las que se corona a
una pareja como «los reyes del Estío», los encargados de llevar las ofrendas
al bosque, mientras representan la historia de cómo la Reina tomó a un
amante humano y engendró una niña sabia. Pensaba que se trataría de algún
claro o manantial, pero me he percatado de que el libro conduce a un lugar
de paso, entre mundos, donde habita la Reina. Ahora no dejo de
preguntarme cuál es el propósito… —Hizo una pausa para toser y Pelnor
saltó fuera de su regazo para refugiarse bajo la cama—. Cada minuto sola
no hago más que pensar y rememorar. Esta familia y su culto a la Reina va a
consumirme hasta que llegue el verano. Y entonces, ¿qué he de hacer? ¿Ir al
encuentro de la Reina o descuidar sus ritos? Estoy segura de que sabe quién
soy, que mi traición se ha quedado impregnada en el aire, se repite como un
leve temblor en la tierra.
—Razón de más para quedarte —repuse—. ¿Y si desea hacerte daño?
—Tal vez es lo que me merezco.
—¿Y te da igual? Yo me estoy arriesgando para protegerte.
—¿De Cordelia? No me da miedo, ya lo sabes.
—¿Qué necesidad tienes de buscar a ese demonio?
—No es un demonio, ni un ente maligno de ninguna clase.
—Viene de un lugar impío, en el que reina una diosa pagana, claro que lo
es —escupí con más virulencia de la que pretendía.
—¿Y tú qué sabes? ¿Es que ese Libro vuestro legisla sobre todos los
mundos?
—Todo lo que queda fuera de la luz del Maestro es impío.
—¿Como yo?
—Tú vas a recibir pronto su luz en el Segundo sacramento, quizás
entonces veas las cosas de otra manera.
—No voy a dejar que vuestros sacerdotes me devoren las entendederas si
es a lo que te refieres.
—No te entiendo, Devana, de verdad que no. Acabas de decirme que
tenía razón y ahora estamos discutiendo otra vez.
—Quizás tengas razón en que la magia ha de marcharse de esta tierra,
pero no por las razones que crees. No es mala ni perversa ni impía, igual
que no puede serlo el mar o el viento. Nos nutre y nosotros la nutrimos a
ella. Pero hay quien le da formas degradantes para dominar a otros. Mi
padre era uno de ellos. Igual que sus esposas. Mientras dure la guerra, los
hechiceros seguirán invocando poderes antiguos que apenas pueden
comprender y obtendrán victorias a cambio de destrozar campos y ciudades
enteras. Arrasan hogares, mutilan a niños, marcan y explotan allá donde
van. Yo no soy muy distinta. He conjurado todo tipo de hechizos en mi
camino hacia aquí.
»Pero recuerdo también los párpados de rosa de la Reina del Estío y a las
ancianas que tejen hechizos protectores para sus familias y a las
sacerdotisas que bendicen los campos. Las niñas que aprenden la magia
junto al abecedario para después crear sus propios hechizos con dientes de
león; el mundo que amo y al que nunca podré volver. Sé que la guerra va a
acabar con él. Lo he visto. Mis hermanas veneran y cuidan la magia, pero
van a perecer igual que los que abusan de ella.
Esas últimas palabras murieron en un profundo bostezo, como si
pronunciar aquella perorata se hubiera llevado toda la energía que le
quedaba. Aquello me libró de responder, aunque a menudo sentía que a
Devana le importaba más bien poco lo que yo dijera. Además, en aquellos
momentos solo tenía ganas de gritarle hasta que se le quitara de la cabeza la
idea de entregarse a esa criatura del bosque, cuyas siervas ponían tan pocos
reparos a la hora de matar.
Recorrí la estancia, mordiéndome los labios y con el corazón desbocado.
Ya ni siquiera sentía el frío. A diferencia de Devana, no iba dejando caer
mis sentimientos sobre la primera persona que me prestara oídos. Ni
siquiera entendía por qué confiaba tanto en mí, a menos que su amistad
conmigo no se tratara de otro de sus planes suicidas. Suspiré y traté de
regular la respiración con la mirada puesta en la ventana. Los copos
descendían sobre el castillo como lágrimas regadas de luz lunar. Cerré los
ojos. Desconfiaba de la belleza de la naturaleza, igual que desconfiaba de
los paganos. Madre habría dicho que era un temor sano: la verdadera vida
de las mujeres siempre se desarrolla de puertas para dentro. Quizás Devana
empezaría a sanar si mirara menos por la ventana, pero de momento solo
había conseguido que yo lo hiciera más a menudo.
Cuando escuché los ronquidos de Devana, me deslicé escaleras abajo con
todo el sigilo que pude. Añoraba la soledad que antes había rehusado.
Quería volver a mi propia alcoba, arrebujarme entre las mantas y concluir
aquel día, como si nuestra excursión no hubiera sido más que un sueño, a
ratos hermoso, a ratos siniestro.
Entonces me llegó el ruido de unos pasos que ascendían por el estrecho
pasaje. Me detuve a mitad de la escalera, sin saber si darme la vuelta. Tal
vez doña Cordelia había enviado a alguien para asegurarse de que no pasaba
de nuevo la noche junto a Devana. O quizá se tratara del siempre atento
Loren.
Engañarme era fútil. Aquellos pasos desgarbados e irregulares no podían
pertenecer a mi caballero. De pronto, percibí algo más: un fuerte olor a
incienso, tan embriagador como el de una celebración mayor a puerta
cerrada en la capilla y supe, sin lugar a dudas, quién ascendía la torre de
Devana en mitad de la noche.
—Majestad —lo llamé, intentando contener el temblor en la voz.
Los pasos se detuvieron durante un instante en el que me encomendé al
Maestro. Después, aguardé a que Ezio me alcanzara. Él tampoco traía
ninguna luz, pero reconocí su figura, sus movimientos descuidados, si acaso
más toscos de lo habitual.
—Señora, no deberíais pasear sola a estas horas de la noche —contestó
con una voz ronca que había perdido aquella untuosidad de terciopelo—.
Volved a vuestra alcoba.
—Acompañadme vos, pues —le espeté.
—¿Qué diría eso de vuestro honor? —respondió.
—No temo por él a vuestro lado. —Suspiré antes de suavizar el filo de
mis palabras—. Vos tampoco deberíais estar aquí, majestad. Os ruego que
vengáis conmigo.
Tras un silencio espeso y pegajoso como la miel, sentí su mano
cerniéndose alrededor de mi muñeca. No fue un gesto delicado, ni tampoco
brusco, pero en la firmeza del agarre sentí la promesa de una violencia más
que meditada.
—Mi señora, volved a vuestra alcoba y olvidad que me habéis visto.
—¿Qué vais a hacer?
—Si no me obedecéis por las buenas tendré que ordenároslo como
soberano —me amenazó.
—¿Qué vais a hacer? —repetí sin variar el tono de voz.
—Lo que es mejor para todos.
Ante esas palabras, me sobrevino de nuevo un mal presentimiento e
intenté en vano zafarme de él. No soportaba aquella arrogancia pesarosa ni
su voz de mártir.
—Sois un cobarde —le dije—. Si la queréis muerta, podéis condenarla a
la luz del día y ante testigos, nadie se opondría a vos.
—Sería una crueldad alargar la agonía de Loren. Mejor que sea rápido y
la olvide con la misma celeridad.
—¿No será acaso que preferís echarle la culpa a otro y ahorraros el rencor
de vuestro caballero?
—Él nunca me abandonaría, pero tampoco es necesario ponerlo a prueba
—respondió y, por un momento, volvió a asomarse su antiguo tono burlón
—. No creáis que yo disfruto con esto. Apartaos o tendré que haceros daño.
—Gritaré.
—Y yo sabré acallaros.
—¿Acaso vais a matarme a mí también?
Me apretó la muñeca con tanta fuerza que tuve que contener las lágrimas,
pero no me aparté.
—No, pero me aseguraré de que no seáis un estorbo y no será agradable.
—Que sea así, pues.
Chasqueó la lengua y subió otro escalón para ponerse a mi altura. Su
cercanía me turbó. Era más alto que yo, más fuerte. Podía tirarme escaleras
abajo. Podía golpearme con la espada. Yo solo podía interponerme en su
camino y no sabía durante cuánto tiempo.
—No podéis salvarla, Ginois.
—Vos no la conocéis.
—Vos tampoco. Veis lo que ella quiere que veáis.
—No soy tan fácil de manipular.
—Oh, pero habéis dejado que os seduzca. Creía que amabais a Loren,
igual que yo. ¿No es él más importante que esa pagana?
—Él quiere estar con ella. Vos sois quien tendría que respetarlo.
—Ya sabéis no hay tarea lo suficientemente ardua para él ni obstáculo
que no salve su empeño, pero en esta ocasión se equivoca y vos también.
No hay redención para esa mujer.
—Y si es tan peligrosa, ¿cómo pensáis derrotarla? ¿Solo con la espada?
—Eso me concierne a mí. ¿O es que os preocupa mi bienestar?
—Sois mi rey.
—Entonces apartaos como os ordeno.
—Eso no sería bueno para vos, ni para don Loren a quien decís amar.
—Ginois, esa mujer le guarda rencor. Quiere matarlo. ¿No la viste esta
mañana en la nieve? Solo tenía ojos para él.
—Devana no va a tocarle un pelo a don Loren —dije.
—Sabéis que no lo ama. No sois una estúpida.
—Todo llegará. Comparten una carga que nadie más puede comprender y
cuando se miran ven un futuro. Yo sé lo que es eso y también sé lo que se
siente cuando no es correspondido.
—Ah, ojalá hubierais sido vos, Ginois. Todo habría sido más fácil.
—Eso es irrelevante ahora, majestad. ¿Estáis dispuesto a asumir el dolor
que le causaréis a don Loren si le arrebatáis a su esposa?
Ezio dio un golpe a la pared antes de posar aquellos ojos oscuros en mí
con una mirada furibunda, como si quisiera hacerme desaparecer junto a
mis palabras. Me había soltado las muñecas y en la oscuridad comenzaba a
distinguir los rasgos de aquel rostro atormentado, embrutecido. Se abalanzó
sobre mí y tuve la tentación de apartarme, segura de que iba a hacerme
daño, pero en lugar de eso cayó de rodillas al suelo en medio de un sollozo
ronco y descarnado. Se abrazó a mis faldas, llorando en silencio. Al
principio, no supe reaccionar. Me quedé embobada, mirando a nuestro rey
cuervo, su arrogancia e indolencia a mis pies, anegando mi vestido de
lágrimas. Le acaricié la cabeza con delicadeza, imprimiendo en cada gesto
toda la ternura que pude reunir. Devana tenía sus hechizos y yo los míos.
Sabía que las palabras ya habían cumplido su función.
—Si esa mujer le hace algo no me lo perdonaré jamás —musitó—.
Ginois, no puedo perderlo a él también.
No me atreví a preguntar a quién más había perdido, ahora que parecía
tan cerca de lograr que se marchase, pero la cuestión pareció posarse sobre
mis hombros. ¿Quién podría ser tan importante para Ezio? Estaba
acostumbrada a que la gente se mostrara vulnerable y visceral conmigo, a
soportar sus penas, pero con Ezio era distinto. Aquel hombre en el suelo no
parecía el mismo que había comenzado una guerra.
Tras unos instantes, se incorporó, aún con la cabeza gacha, como si fuera
incapaz de mirarme.
—Os acompañaré a vuestra alcoba como sugeristeis.
—No hace falta. Se ha hecho muy tarde. Será mejor que vuelva arriba.
Soltó una risilla y casi pareció él mismo de nuevo.
—Así que os fiais más de esa mujer que de mí —dijo como despedida
antes de darse la vuelta y descender con una lentitud que se me antojo
deliberada.
Quería que me acongojara al verlo marchar y lo consiguió. No estaba
segura de si habría represalias o si se alegría de haberse decantado por la
prudencia con la sobriedad de la mañana. Me mordí el labio,
apesadumbrada. Me había opuesto a Ezio me manera instintiva, pero ahora
me preguntaba hasta dónde iba a llegar para proteger a Devana. Cuando sus
pasos se perdieron, subí de vuelta a la estancia y me metí en la cama sin
molestarme en desnudarme. Devana ni siquiera se inmutó. Quise abrazarla,
besar su frente, sentir su aliento en el cuello mientras le susurraba al oído
cómo había comprado una noche más de esa vida que tan pesada le
resultaba a veces. Mis anhelos me abrumaban y no fui capaz de conciliar el
sueño.
«Esa mujer, Devana, fue artífice de la muerte de toda su familia, ¿qué no
te haría a ti?».
Al parecer, la respuesta era más complicada de lo que madre hubiera
podido soñar.
7
SEGUNDO SACRAMENTO
N
o me aparté de Devana durante su breve convalecencia.
Aprovechando el permiso tácito de doña Cordelia, propuse
trasladarnos a mi alcoba, donde dispondríamos de más espacio y
comodidades. Mi amiga mejoró de inmediato, pero yo caí enferma, como ya
había dado por hecho que ocurriría. No en vano había cuidado a mis
hermanos desde cría.
Durante aquellos días, Devana se mantuvo inquieta, más gruñona de lo
habitual y tan perezosa que su rostro se contraía ante la visión del Libro o
una labor de costura. Por mucho que me irritara, acabé por consentirlo.
Incluso acepté que Pelnor durmiera a los pies de nuestra cama. Me ocupaba
de alimentarlo a diario, aunque solía volver de sus paseos con rastros de
sangre, orgulloso de sus habilidades como cazador de ratas.
Devana no era una compañía sencilla, pero la inquietud me devoraba en
cuanto la perdía de vista. Temía que la conversación con Ezio en la escalera
fuera el preámbulo de algo peor. Sin embargo, no volví a saber de él, a
diferencia de Loren que se asomaba a diario a la torre. A veces nos traía
dulces, de los que Devana jamás probaba bocado a menos que se le
insistiera. Al principio intenté ofrecer conversación, tender puentes entre
ellos, pero ninguno era capaz de hablar claro en presencia del otro. Entre
Loren y Devana existía un abanico de miradas furtivas, en el que la timidez
se mezclaba con una violencia latente en los gestos de ambos que casi
parecían cómplices. Devana ya no lloraba cuando nos quedábamos solas,
aunque tardaba un rato en recuperar el habla.
—Creo que puede llegar a amarte —le dije una vez, mientras le rehacía
las trenzas para colocarle el último regalo de don Loren: un pasador de
madera con forma de mariposa pintado de azul.
—Pero ¿puede llegar a amar mi tierra y a las mías? ¿Amará a nuestra hija
si es como yo?
No supe qué responder. Temía enzarzarme en una de nuestras largas
discusiones y que se me escapara lo sucedido con Ezio. No tenía intención
de contárselo jamás. ¿Con qué derecho podía pedirle que jurara lealtad a un
rey que la quería muerta? Ya entonces me había quedado claro que mi deber
principal era proteger a Devana de sí misma.
Mi amiga se deslizó a la balaustrada y yo fui tras ella, dispuesta a
arrastrarla de vuelta junto a la chimenea. La noche había caído sobre
nosotras y en el cielo carente de luna se dibujaban las estrellas, afiladas y
centelleantes como la mirada de Devana.
—Se nos ha hecho muy tarde.
—Antes solía velar la llama del templo y pasar noches enteras sin dormir
—dijo de pronto.
—Suena un castigo terrible —respondí, en medio de un bostezo, aunque
me hizo pensar en que los caballeros también velaban sus armas antes de
ser ordenados.
—En absoluto —protestó—. Manteníamos el fuego vivo y después
salíamos al patio a estudiar las estrellas. Entonces creía que era la lengua de
las diosas, que habían escrito sus historias en el cielo para que las
conociéramos. Mientras el resto de las niñas bostezaba y se tendía en la
hierba, mi amiga Enara y yo entornábamos los ojos para distinguir las
constelaciones y musitábamos los nombres de las estrellas, como quien
recorre un camino.
—¿Tu amiga Enara? —inquirí frunciendo el ceño y con un poco de
retintín.
—Mi familia la envió conmigo al templo para que se ocupara de mí.
—Osea que más bien era tu criada.
Apartó la vista, como si mis palabras la avergonzaran.
—Nunca la consideré mi sirvienta. De no ser por la guerra, habríamos
sido ordenadas sacerdotisas juntas. En cierto sentido, era más hermana mía
que las otras hijas de mi padre.
—¿Y qué ha sido de ella? —inquirí con más virulencia que la que
pretendía.
Me tapé la boca al darme cuenta de mi error. Ahora Devana sí que me
miraba, arrebujada en el vestido nuevo de lana.
—Se negó a acompañarme cuando me reclamó mi padre, así que seguirá
en el templo de la Doncella. Supongo que ahora me detesta, como todas,
pero es mejor así. Prefiero que me odie a que esté muerta. Sé que
sobrevivirá a la guerra y a todo lo que venga después. Si hay alguien entre
nosotras capaz de mantener la llama, es ella. Tiene mucho más talento,
fuerza e inteligencia que yo. Jamás se resignaría a una vida de cautiva.
La pasión que impregnaba la voz de Devana al hablar de aquella otra
mujer me sumió en el silencio. Los celos me volvían mezquina. Sin
embargo, al contemplar de reojo las lágrimas deslizándose por su rostro me
ablandé y me acerqué un poco a ella.
—¿Cómo son esas historias escritas en el cielo?
Se enjuagó las lágrimas y fijó la vista en el firmamento, tan concentrada
como si de verdad estuviera observando un mapa. Yo la imité, meditabunda,
incapaz de recordar si alguna vez había prestado tanta atención a las
estrellas. En casa siempre estaba demasiado ocupada como para dedicarme
a la contemplación de la bóveda celeste y a aquellas horas el sueño
doblegaba mi voluntad. Los flameantes astros que nos bañaban con su luz
de plata me hicieron sobrecogerme. Me sentí ridícula, incapaz de hallar un
sentido o reconocer las constelaciones que Devana describía con tanta
paciencia. Si de verdad existía un libro en el cielo, yo nunca podría leerlo y
aquello me hizo encogerme de pena. A veces se me antojaba que mi
pragmatismo era una especie de cadena, que había aniquilado mi capacidad
de conmoverme de verdad ante la belleza, de hallar las señales ocultas que
para Devana se presentaban tan claras y sencillas. Quizás fuera un
pensamiento sacrílego, pero a veces mi fe se retorcía y hallaba caminos
inesperados.
Devana se percató de mi aflicción y me agarró la barbilla para hacerme
girar la cabeza y levantar los ojos hasta que mi mirada se posó en una
estrella cuyo fulgor azulado parecía eclipsar al resto.
—El tocado de la Vigía —me dijo Devana—. Si alguna vez te pierdes de
noche, puedes seguirla para hallar el norte.
—Esperemos que no se dé la situación —respondí, sin que desapareciera
la congoja.
—Mira, ¿no ves que conforman una corona? Cada diosa tiene una
constelación que representa sus atributos. Ahora estamos en invierno, así
que son la Vigía y sus elegidos quienes nos guardan en la noche.
—¿No era esa la que habitaba junto a los demonios?
—Feéricos —me corrigió como si para mí hubiera una diferencia—. La
Vigía es la señora de la vida y la muerte y todo lo que hay entre ambas. A la
izquierda puedes ver la torre de Aurea, una famosa nigromante que trajo de
entre los muertos a todos los habitantes de su ciudad después de que
perecieran en una plaga. Sus conciudadanos habían dejado de ser ellos
mismos y se habían metamorfoseado en meros ecos. Decían que cualquiera
que se adentrara en sus murallas moriría de pena ante semejante visión.
Entre ellas la propia Aurea, que se arrojó de su torre al comprender que su
don solo engendraba más podredumbre. La Vigía, sin embargo, recompensó
su hazaña.
Entorné los ojos, pero no logré distinguir la forma de la torre hasta que
Devana la dibujó con los dedos. Al parecer, de su mano sí que podía
disfrutar de algunas cosas que de otra forma me habrían estado vedadas.
Quise aferrarme a ella con todas mis fuerzas.
—Suele decirse que el don de la Vigía se parece más a una maldición. Mi
hermana Sombra lo tenía y le trajo mucho dolor. Mi padre no quería saber
nada de ella a menos que requiriera de sus poderes. Creían que tenía la
muerte en la piel, pero no era verdad. Aun así, mi hermana solo conoció la
soledad. Espero que la Vigía la guarde como nosotras no supimos hacerlo.
—Pobre niña —musité, inquieta.
No podía imaginar algo más contradictorio que una niña consagrada a la
muerte. Retener a los espíritus en su viaje de regreso hasta el Maestro era
uno de los peores pecados, aquella magia no conocía el perdón. Al parecer,
incluso los paganos la aborrecían. Recordé que uno de los milagros de
Santa Brida había sido liberar a cientos de espíritus que una bruja
conservaba en cántaros. Al salir de su prisión, se arremolinaron alrededor de
la santa para implorar que les permitiera convertirse y recibir la luz del
Maestro antes de disolverse en las tinieblas.
—Nadie era feliz del todo en la casa de mi padre —escupió Devana con
una rabia que me hizo temblar—. ¿Por qué crees que quise irme al templo
de la Doncella? Me aterrorizaba quedarme allí para siempre a merced de sus
exigencias constantes, de su mal humor y su crueldad. ¡Decían que yo era
su favorita! Nunca lo supe ver. No sé qué hubiera pasado de no ser por la
guerra. A veces deseaba enfrentarme a él y a todo el que se pusiera de su
lado, pero después callaba y no hacía nada. Porque parecía que los demás
adoraban vivir así y prestarse a sus locuras. Y yo también le habría
resultado utilísima si me hubiera convertido en suma sacerdotisa. Solía
forzarme a vislumbrar mi futuro en cada una de las estancias del templo
para convencerme de que no volvería jamás a la casa de mi padre, frustrada
porque no lograba captar una imagen de mi vejez en las aguas del tiempo,
siempre van y vienen, ahogándome en futuros que no deseo conocer. La
profecía es otro don envenenado. Nunca sabes qué es lo que te está
mostrando.
—Devana, debe haber una manera de librarte de esa maldición. Quizás el
rezo…
—Oh, ya lo creo que voy a rezar —me interrumpió con el ceño fruncido,
antes de retirarse de vuelta al calor de la habitación—. Me arrodillaré en
vuestra capilla y rezaré como si me hubiera criado en una de vuestras
abadías. Eso sí que lo he visto. A menudo tiemblo al imaginar qué será lo
que me conduzca a esa desesperación. Dime, Ginois, ¿cómo tienes planeado
despertar mi fervor?
La seguí sin atreverme a pronunciar ni media palabra, incapaz de
discernir si aquella revelación era una buena noticia. En todo caso, me
poseyó una urgencia y una energía que creía perdidas en aquellos días de
miedo y fiebre.
—Mañana retomaremos las clases sin demora. No quiero que Loren
vuelva a la guerra sin haberte visto cumplir con el Segundo sacramento.
Devana protestó, pero supe intuir en sus habituales quejas una cierta
benevolencia. En el fondo, se alegraba de que me hubiera recuperado y me
mostrara diligente de nuevo. Pasamos las siguientes semanas imbuidas en
un estudio profundo en el que a veces también participaba Loren, si bien
con cierta timidez. Él tenía mejor memoria que yo y resultaba útil cuando
no era capaz de encontrar un pasaje determinado. Devana mantuvo a raya la
melancolía y se abstuvo de rememorar más historias sobre su vida anterior.
Me di cuenta de que el estudio, con sus repeticiones constantes, las lecturas
y la memorización se habían convertido para ella en una especie de
bálsamo. No creía que albergara auténtica fe, pero al menos dejaba que el
Credo acallara su dolor.
Sin embargo, la inquietud hacía tambalear mis buenos pronósticos. En
todos aquellos días, no había sabido nada de doña Cordelia. Ni sus planes ni
sus amenazas habían atravesado la puerta de mi alcoba. Intuía que el peso
de su silencio no tardaría mucho en sepultarnos, sin que nos diera ocasión
de gritar. Todo sucedería con elegancia y decoro, tal y como le gustaba a la
madre de Loren.
En una ocasión, mientras Devana dormía a media tarde, aproveché para
visitar de nuevo a los heridos. Algunos salían ya a pasear por los patios y
planeaban el regreso al hogar o al campo de batalla. Me sorprendió que
estuvieran al tanto de mi enfermedad. A veces olvidaba la facilidad con la
que se propagaban las noticias entre los que estábamos encerrados y no
teníamos más que los rumores para pasar el rato. Naimo se apresuró a mi
encuentro en cuanto me vio. Se cubría las quemaduras del cráneo con un
pañuelo y tenía un aspecto menos cadavérico. Seguía conservando la
calidez de la sonrisa y volvió a pedirme que trajera a Devana conmigo. Un
par de sus amigos lo escuchó y se sumó a su ruego. Entonces, decidí
esfumarme bajo la premisa de un dolor de cabeza que no era del todo
fingido.
Después, me dirigí a la antigua torre de Devana en busca de signos de que
la hubieran registrado recientemente. No era el caso. Habría jurado que
nadie más la había pisado desde que la abandonamos. Tampoco es que
hubiera gran cosa que llevarse. Los pelos de Pelnor sobre una manta raída y
el libro de Dana Doula escondido debajo de la cama. Me hice con él y lo
hojeé con cuidado de no rozar ninguna de las hojas de roble que adornaban
las páginas. Las manos me temblaban y tuve la tentación de arrojarlo a la
chimenea más cercana. No lo hice por prudencia. Sabía que las maldiciones
paganas eran crueles. También consideré devolverlo a la biblioteca, pero
solo serviría para que Devana lo encontrara de nuevo. Debía esconderlo en
un lugar al que ella no tuviera acceso. Llegué a la conclusión de que no
podía hacer otra cosa que entregárselo a Loren. Por muy asqueado que se
sintiera, al menos no dejaría caer el volumen en manos de su esposa. Con
un poco de suerte, aquella misteriosa Reina del Estío que tanto fascinaba a
mi pupila prolongaría su letargo más allá del invierno si nadie iba en su
busca.
Como no me avenía a plantarme sola en los aposentos del caballero, fui a
buscar a Sagramore. Ya anticipaba la expresión de hastío y las indirectas
envenenadas contra Loren, pero no se negaría a acompañarme. Nunca le
había gustado dejarme a solas con él. Llamé a la puerta con los nudillos de
la mano derecha mientras me aferraba al pesado volumen con la izquierda.
No hubo más respuesta que un gruñido lastimero que me hizo decidirme a
entrar.
—¿Sagramore?
La estancia estaba sumida en la penumbra a excepción de un exiguo
fuego en la chimenea. Me apresuré a alimentarlo tras depositar el libro en la
repisa con un golpe sonoro al que siguió un nuevo gruñido. Encontré a
Sagramore aún acostado y envuelto hasta arriba en las mantas que
configuraban su férrea crisálida. A su lado había una palangana de vómito
cuyo hedor me provocó arcadas, pero no tantas como la visión del rostro
pálido y ojeroso de mi hermano y las reminiscencias que me trajo. Retiré las
mantas sin piedad y le propiné una bofetada para despertarlo.
—¿Qué haces? —me gritó él en medio de un bostezo, antes de llevarse
los alargados dedos a la cara.
—¿Es que quieres acabar como ella? —respondí, sin apiadarme de sus
ojos enrojecidos y legañosos.
—Ginois, por favor, no tengo ánimos para escuchar un sermón.
—¿Cuándo entonces? ¿Cuando no puedas dormir sin emborracharte hasta
perder el sentido?
Me apartó para incorporarse y entonces comprobé que seguía llevando la
misma ropa arrugada y sucia que la última vez que lo había visto. Me habría
gustado desviar la mirada, no reconocer aquellos ademanes y esa
brusquedad, pero lo había presenciado en demasiadas ocasiones como para
engañarme a mí misma.
—Mira, Ginois. No te atrevas a compararme con madre. —Al decir
aquello, pareció a punto de desbordarse, tan rota sonaba la cáscara de su
voz.
Sentí cómo la culpa atravesaba mis defensas para aguijonearme con
virulencia. Había descuidado mis deberes familiares para adentrarme en el
embriagador mundo de Devana y gastar cada hora pensando en ella sin
mesura.
—Madre tampoco pensaba que fuera un problema al principio —musité
—. Solo quería apaciguar el dolor, pero cada día necesitaba más y cada día
se encontraba peor. Por eso padre ya no visita su alcoba ni Aleya duerme
con ella. Una noche nuestra hermana me despertó llorando y con la ropita
manchada de vino. Madre le había dicho que iba a entregarse a las olas.
—No lo sabía —masculló.
—Porque no se lo dijimos a nadie. Pasé varias noches con ella sin pegar
ojo. Es una cosa horrible el dolor de madre. No le da tregua.
—No es lo mismo en absoluto, Ginois. Me divierto con mis amigos, eso
es todo. Vete de una vez y déjame descansar.
—Ya te gustaría.
No podía confiar en él, así que lo obligué a lavarse el vómito y arreglar su
cuarto. Me habría gustado que fuera igual de fácil poner el resto de nuestras
existencias en orden con un poco de higiene, estirando camisas y
desechando lo que nos avergüenza.
Volví a la torreta, agotada y meditabunda. No fue hasta que me dejé caer
en la cama junto a Devana que me percaté de que había olvidado el libro en
la alcoba de Sagramore. Me propuse ir a buscarlo nada más levantarme con
la excusa de echarle un ojo a mi hermano. Por suerte, exhibía mejor
aspecto, aunque no dejaba atrás aquel humor huraño y ausente.
—No he visto ningún libro —protestó sin mirarme siquiera.
Ignoré sus quejidos y registré de nuevo la estancia hasta que me resultó
obvio que decía la verdad. Insistió en que nadie había entrado desde la
noche anterior, pero después de lo que había visto me parecía plausible que
un intruso hubiera sido capaz de robar el pesado volumen sin que él se
percatase.
En cualquier caso, el libro ya no estaba y su ausencia vino acompañada
de una inquietud que traté de enterrar. Sabía que iba a obsesionarme con
encontrarlo y dudé sobre si debía hacer partícipe a Devana. Habría sido útil
contar con la ayuda de Pelnor, que podía colarse con facilidad en cualquier
lugar por el que habría sido sospechoso que yo merodeara y, no por primera
vez, comprendí por qué a Devana le resultaba tan fácil recurrir a la magia
como si se tratara de una amiga íntima. Así que guardaría silencio y trataría
de solucionar aquel problema que yo misma había creado.
El invierno transcurrió en aquella cadencia agitada, espoleada por un temor
que no acababa de materializarse, pero que me mantenía precavida,
temerosa de cada roce y susurro. Devana parecía contar los días para que
volviera la primavera y los hombres abandonaran el castillo. Yo la odiaba
por ello. El dulce dolor de ver a Loren a diario me embriagaba como el vino
a mi madre y a mi hermano. Sin embargo, no iba a echar de menos a los
soldados que lo acompañaban ni al rey cuervo con su ominosa presencia.
Desde el incidente en las escaleras, solo lo había visto un par de veces de
pasada. No habíamos vuelto a cruzar palabra y empezaba a sospechar que
sería así para siempre. Me habría gustado sentir alivio, pero en su lugar
experimentaba una especie de abandono. Nuestras conversaciones
despertaban mi sagacidad como ninguna otra cosa.
Por eso me sorprendí cuando Ezio atravesó la puerta de nuestra alcoba
junto a don Loren. Tenía los dedos ocupados en el huso mientras Devana
repasaba su lección en voz alta con el tono desapasionado de una persona
cuya mente recorre un derrotero ajeno a sus palabras. Durante unos
instantes, el rey escudriñó la estancia, ajeno al desdén que le regalaba mi
pupila. Le di una patada disimulada y ella frunció los labios. Entonces los
pasos de Ezio se dirigieron hacia nosotras y tomó asiento a mi lado, como
solía hacer. Loren siempre mantenía sus distancias con Devana, pero en esta
ocasión se vio obligado a situarse a la diestra de su falsa esposa.
Me levanté un momento para hacer una breve reverencia ante su
majestad, pero Devana no reconoció su presencia más que con un leve
asentimiento de cabeza. Loren la contempló con intensidad y alargó la
mano hacia ella, pero la retiró antes de rozar la tela de su vestido. Devana
no pareció siquiera percatarse, pero Ezio gruñó y entonces fui yo quien fijé
la vista en él.
—¿A qué debemos este honor, majestad?
Él dejó transcurrir unos segundos en los que su mirada no se apartó de
Loren y Devana. El caballero hacía como que no se daba cuenta, pero la
joven le devolvía sus atenciones con sus ojos grandes, verdes a la luz del
atardecer, atravesados por una sombra que bien podría haber sido una
advertencia.
—Quizás no os deis cuenta ya que estáis tan enfrascadas en la dulce
compañía mutua de la que disfrutáis, pero el tiempo pasa y hemos de
celebrar el Segundo sacramento de doña Devana antes del deshielo, ¿no os
parece?
—No podría estar más de acuerdo —contesté con una frialdad carente de
intención.
—La semana que viene, si puede ser —intervino don Loren con
delicadeza.
—¿Creéis que estará preparada? —preguntó Ezio, girando la cabeza
bruscamente en mi dirección.
Hubo algo en aquel gesto que me hizo desear abofetearlo. Odiaba esa
arrogancia malhumorada y más aún que pagara conmigo sus frustraciones.
—Guardad cuidado, alteza. Devana es una estudiante excelente.
—Tan excelente que hasta compongo frases sin aprendérmelas de
memoria —intervino ella.
No había rabia en su voz, pero tampoco burla. Siempre que se hallaba en
presencia del rey hablaba con firmeza y claridad, la misma imagen de un
decoro contenido. Su falso marido se apresuró a disculparse, pero Ezio no
hizo más que insistir en que fijáramos la fecha. Después se puso en pie con
la intención de marcharse y farfulló una excusa imposible de entender.
—No quisiéramos reteneros, majestad —respondí con una sonrisa tan
falsa como las suyas—. Estoy segura de que hay muchos otros asuntos de
mayor importancia que requieren vuestra atención.
—Me temo que así es —escupió antes de darse la vuelta.
Cuando hubo transcurrido un tiempo prudencial, Loren soltó un largo
suspiro que fue recibido con una mirada suspicaz de Devana.
—Os ruego que disculpéis a su majestad. Nada de esto es fácil para él. La
espera lo está matando y anhela volver a casa, como todos. No quería
faltaros el respeto a ninguna de las dos.
Me mordí el labio, intentando tragarme la respuesta que anidaba en mi
interior como una serpiente supurante de veneno. Quería espetarle que
estaba siendo ridículo, que el rey había querido asesinar a Devana y nada le
impedía intentarlo de nuevo, pero me contuve a sabiendas de que Loren no
dejaría correr aquel asunto y, si había algo que Ezio no habría podido
soportar, era perder la devoción de su caballero favorito. Lo intuía de la
misma manera en la que todos olfateaban mi amor por Loren.
—Su posición no es fácil para alguien tan joven —respondí, aunque en
aquellos instantes no sentía ninguna compasión por él.
Los labios de Devana se curvaron con malicia y supe que en su mente se
había aposentado un pensamiento cruel que se guardó para sí.
—No vais desencaminada —admitió Loren—. No ha tenido una vida
sencilla.
—¿Acaso alguno de nosotros ha llevado una existencia amable? —dijo de
pronto Devana, haciendo que Loren volviera a centrar su atención en ella.
—Mi señora… —El anhelo en la voz de Loren se me clavó en las
entrañas, pero no pudo continuar y ella desvió la mirada.
—En fin, lo importante es que la semana que viene doña Devana
demostrará ante su majestad, vuestra madre e Iblis que su fe es tan pura
como la de cualquier otra dama de Gibelia —concluí.
Devana soltó una risita, pero me negué a recular. Había hablado en serio.
Si Ezio quería que fracasáramos, se iba a llevar una sorpresa. Yo también
sabía imponerme cuando la situación lo requería.
Bautizamos a los niños a los pocos días de vida. Es una ceremonia corta y
modesta incluso si el bebé es un príncipe o el hijo de un duque. Su función
es arrojar la luz del Maestro sobre la criatura, bendecirla antes incluso de
que aprenda a caminar. Ninguno de los nuestros desea que sus hijos vaguen
en una oscuridad perpetua, sin nombre ni derecho a conservar su alma. Así
que los engalanamos de azul y dorado y los colocamos en el altar para que
reciban el aceite, el agua y la ceniza en la frente. Invocamos a la luz y les
damos un nombre, mientras ellos lloran, aullando al verse en brazos
extraños y con los ojos enrojecidos por el incienso.
Loren me contó que Devana también lloró cuando la bautizaron, que se
removió en sus cadenas y lanzó maldiciones contra todos los presentes, pero
el sacerdote era un buen amigo suyo y no se amilanó, aunque la joven
incluso tratase de morderlo. Vi las cicatrices pálidas en el brazo moreno de
Loren y entonces temí despertar de nuevo aquella violencia ciega que
anidaba en mi amiga. Mi caballero sostenía que no había nada de lo que
preocuparse. Aquellos días el dolor la había dominado por completo, pero
ahora había conocido la apatía de la torre, los días interminables de estudio
y bordado, la compañía de una mujer noble como yo. Como el fervoroso
creyente que era, estaba convencido de que la luz del Maestro era absoluta y
aniquilaba a las sombras, de que su mera presencia nos volvía buenos a
todos. El dolor de Devana ya no se le antojaba capaz de invocar una
hecatombe, sino una mera melancolía callada. No la conocía aún. No como
yo. Yo sabía que Devana se encaminaba hacia el Segundo sacramento con
una fe todavía inmadura.
Y aquello era natural. El Segundo sacramento estaba destinado a los niños
que salían de las dependencias de los infantes para ser recibidos por sus
mayores. Hacía unos años había preparado a Elidel y Gartian para la
ceremonia y sabía que tenía mucho de impostura teatral. Había críos
fervorosos como monjes a esas edades, pero la mayoría tenía dificultades
para aprender los textos y mantenerse quietos el tiempo necesario.
La fe se cultivaba mejor con la paciencia. Llegaría el día en el que esos
mismos niños se sintieran perdidos y desesperados, necesitados de un
refugio, y ahí estarían las capillas de altos techos, con su silencio arropador
y sus figuras de bronce, acogiéndolos con las palabras que aprendieron en
aquellos días remotos. Desde que padre marchó a la guerra, Elidel me
acompañaba cada día a la capilla sin protestar. Cuando madre estuvo al
borde de la muerte durante el parto de Aleya, incluso Sagramore pasó la
noche allí, con la mirada gacha y de rodillas, la misma imagen del santo
mártir. No iba a forzar a Devana a admitir una devoción que aún le
resultaba ajena: dejaría las semillas del amor y la salvación al alcance de su
mano para que ella misma las recogiera y las hiciera florecer.
Aquel día Devana iba a abandonar su niñez simbólica, pero la vestimos
como a la mujer casada que fingía ser. Estuve toda la semana arreglándole
uno de mis vestidos azules que le quedaba enorme. No me importaba
trasnochar, con una vela junto a la chimenea, mientras Devana me daba
conversación desde la cama. Al contrario que Elidel, que jamás me
agradeció estos gestos, mi amiga no habría consentido conciliar el sueño
mientras yo trabajaba. Siempre era ella quien decidía con sus bostezos
cuando era la hora de irse a dormir.
—Venga, Enara —me dijo una vez—. No querrás que cabeceé mañana
durante la visita de mi señor esposo.
Fingí no percatarme de que me había llamado por el nombre de su antigua
compañera, pero aquella noche permanecí largo rato con la mirada puesta
en el techo y un dolor de cabeza tan intenso como mis deseos de hacer
desaparecer a aquella mujer de los recuerdos de Devana. No soportaba
pensar que había compartido lecho y confidencias con otra, que había
alguien cuya amistad valoraba más que la mía. Cada vez que cosía, me
imaginaba clavándole las agujas en los ojos a esa pagana sin rostro que
probablemente fuera sucia, fea y maloliente.
Llamé a Fabia para que me ayudara a engalanar a Devana para la
ceremonia. La doncella de doña Cordelia apareció con su timidez habitual,
pero con la mitad de su aplomo. Dejaba caer todo lo que tenía en las manos
y se estremecía cada vez que Devana se movía, lo cual sucedía a menudo
porque era una de esas damas incapaces de permanecer quietas mientras las
peinaban.
Agradecí que mi amiga no pudiera ver la sutil repugnancia que
impregnaba el rostro de la doncella mientras le trenzaba el cabello como si
aquel río de mechones negros se tratase de un montón de estiércol. Después
la enfundó en el vestido con dedos torpes y temblorosos. Estuve tentada de
pedirle que se apartara y hacerlo yo misma, pero sabía que iría corriendo a
contárselo a doña Cordelia. Sin embargo, insistí en anudarle la voluminosa
capa dorada del sacramento. Como estaba hecha para una niña de bastante
menos envergadura, solo le llegaba hasta la mitad de la espalda y, aun así,
no resultaba ridículo sino encantador. Devana resopló y nos hizo gestos para
que nos alejáramos.
—¿No queréis que doremos un poco vuestra piel, mi señora? —inquirió
Fabia—. He traído unos afeites.
La expresión hastiada de Devana se metamorfoseó en aquella máscara de
furia reminiscente que había llegado a temer. Le hice un gesto a Fabia para
que cerrara la boca, pero llegué tarde.
—Doña Cordelia insistió en ello.
—Agradece a doña Cordelia sus consejos de mi parte, pero son
innecesarios. Jamás vuelvas a sugerir algo así por la cuenta que te trae.
Devana le arrebató a Fabia el velo con brusquedad para colocárselo con
esmero. La doncella se disculpó y salió a las escaleras entre sollozos.
—A lo mejor se pensaba que iba a transformarla en sapo —dijo Devana,
como si aquello fuera precisamente lo que habitaba en sus pensamientos.
—Recuerda que hoy tienes que parecer inofensiva y devota —dije con
firmeza—. Fabia es muy cercana a doña Cordelia y harías bien en tratarla
con amabilidad.
—Como quieras —respondió con su sonrisa oculta tras un velo que
durante unos instantes se me antojo púrpura.
Me percaté de que llevaba puesto el fino colgante rojo del que jamás se
separaba con aquella piedra tan tosca y fea.
—¿Por qué no lo escondes bajo la ropa al menos? —dije para cambiar de
tema—. Puedo prestarte algo mejor.
—No pienso quitármelo nunca —repuso aferrándose a él como si temiera
que fuera a arrancárselo—. Pertenecía a mi madre. Renunciaré a las diosas
que han guiado mis pasos, pero no a ella.
—No… no lo sabía.
Devana no respondió, sino que abandonó la estancia sin mirar atrás para
comprobar que la siguiera.
La ceremonia transcurrió sin incidentes, aunque entre los participantes
existía una falta de entendimiento que habría resultado cómica en otras
circunstancias. El rey exhibía su faz más burlona, como si ni siquiera se
tomara en serio su función de oficiante. Sus gestos y su voz estaban
preñados de impaciencia, cuando no de desdén. Quería provocar a Devana,
pero ella representaba su papel de dama conversa a la perfección,
imprimiéndole a cada una de sus sílabas una timidez temblorosa que logró
impresionarme. Doña Cordelia, que actuaba como madrina, también sacó a
relucir sus dotes de actriz y aparentaba alegría ante la perspectiva de dar a
Devana la bienvenida a su casa y su familia.
El único que mostraba sus auténticos sentimientos era Loren, desde el
primer banco, cuyo desasosiego era más que evidente en la manera en la
que golpeaba el suelo con los pies y elevaba los ojos al techo de la capilla
en busca de aquel Maestro en el que siempre había confiado. Yo suspiré
aliviada cuando Devana pronunció las siete promesas del Pupilo sin
equivocarse ni una sola vez.
—… y si su fe es tan fuerte como sus palabras perdonado será —terminó
mi amiga, de rodillas, en medio de un calculado sollozo que generó de
inmediato susurros entre el resto de fieles, que no eran más que el resto de
nobles compañeros de Ezio y Loren, algunos de los criados y un par de
soldados muy devotos, entre los que distinguí a Naimo.
El rey le tendió la mano a Devana para ayudarla a incorporarse. Un
soldado joven de cabello arenoso ejercía de ayudante y acercó un cuenco.
Ezio introdujo sus dedos para después retirar el velo de Devana y besarle la
frente. Por último, marcó su rostro con la ceniza. A continuación, pronunció
la oración de cierre, recuperando la solemnidad. Incluso nuestro rey cuervo
temía y veneraba al Maestro.
Corrí hacia Devana para ser la primera en darle la enhorabuena, pero
Loren la alcanzó antes y se aproximó a ella con un pañuelo en la mano.
—¿Me permitís, mi señora? —preguntó.
Devana asintió con una sonrisa almibarada y él limpió la ceniza con
exquisito cuidado mientras yo los contemplaba embobada. No me di cuenta
de que tenía a Ezio al lado hasta que oí su voz junto a mi nuca:
—Yo no me felicitaría todavía. Queda lo más difícil.
Iba a replicarle que su pesimismo estaba fuera de lugar cuando me di
cuenta de que no éramos los únicos que observábamos a la pareja. Todos los
presentes estaban pendientes de cada uno de sus gestos, lo cual parecía
incomodar de sobremanera a don Loren, siempre tan parco en palabras.
Entonces Naimo y algunos de sus amigos se adelantaron hasta colocarse
justo enfrente de Devana, quien desvió la vista hacia ellos, mientras le
hacían reverencias.
—Mi señora, ansiábamos presentaros nuestros respetos desde hacía
tiempo. Participamos en el asedio al castillo de vuestro padre y fuimos
testigos del valor que exhibisteis —dijo Naimo—. Hoy también habéis
estado magnífica.
Devana se adelantó, ignorando el agarre de Loren. Temblaba de la cabeza
a los pies. Quise interponerme entre ellos, adelantándome al estallido que
veía asomarse en las azules profundidades de sus ojos. Creía que iba a
gritarles, quizás incluso a golpear el cráneo pelado de Naimo, pero en su
lugar, Devana hizo una pequeña genuflexión y les ofreció una sonrisa
empañada por las lágrimas que surcaron su rostro.
—Soy yo quien he de agradeceros que luchéis por mi esposo. Veo que
muchos habéis recibido heridas en su nombre y me avergüenza que me deis
las gracias cuando mi aportación ha sido tan insignificante.
Me quedé con la boca abierta hasta que recordé que, por muy pagana que
fuera Devana, también era hija de un barón que enviaba hombres a la
batalla y que no sería ni por asomo la primera vez que hablaba con
soldados. Estos la vitorearon, mientras ella se enjuagaba las lágrimas. En
cuanto Naimo se dio la vuelta, la expresión de Devana se tornó pétrea
mientras volvía a colocarse bien el velo.
Doña Cordelia, visiblemente contrariada por aquella escena, agarró a
Devana del brazo en un gesto tan tenso que ambas parecieron rígidas de
pronto.
—No os rezaguéis. La cena ya está lista.
Doña Cordelia había aceptado a regañadientes la celebración de un
banquete en honor a Devana. La beatífica sonrisa de mi amiga se quebró al
verse arrastrada al salón principal de Iblis, donde nos recibieron el calor del
fuego y el centelleo de las lámparas. Nuestra modesta comitiva tomó
asiento en torno a una mesa redonda. Yo acabé junto a Sagramore, con
quien apenas había intercambiado palabra desde la semana anterior. Mi
hermano no apartaba la vista de Devana, sentada al otro extremo entre don
Loren y doña Cordelia. El resto de los hombres tampoco se molestaban en
ocultar su interés. Hasta aquel momento, Devana había sido una presencia
etérea de la que se hablaba mucho, pero a la que solo unos pocos habíamos
visto. Todos querían aprovechar para contemplar a la nativa que tanto había
cautivado a don Loren. Deseé encontrarme a su lado para ayudarla a
navegar aquella ráfaga de atenciones.
Nos trajeron carne asada en abundancia, demasiado especiada para mi
gusto, acompañada de pan negro y empanadas. Sagramore no dejaba pasar
una oportunidad de rellenar su copa, sin importar mis codazos y patadas.
Según transcurría la velada, su rostro pareció hincharse y tornarse rojizo.
Quise cerrar los ojos, evaporarme y reaparecer en mi alcoba, donde no
tuviera que lidiar con aquel comportamiento. En cierto momento, Devana
escapó del enjambre de curiosos y se deslizó hasta nuestro lado de la mesa.
Se le había caído un poco el moño, pero seguía pareciendo una princesa.
Había una sonrisa nerviosa en sus labios y tomé sus manos entre las mías
para ofrecerle algo de consuelo.
—Hacía tanto que no os veía sonreír —dijo Sagramore en voz tan alta
que acalló el resto de las conversaciones—. Es una desfachatez que os
tengan todo el día en esa torre, lejos de los que os queremos bien.
Le pegué una patada sin contenerme ni un ápice, pero él conocía mis
trucos y levantó la pierna antes de recibir el golpe.
—Ahora mismo prefiero recluirme por mis estudios —respondió Devana,
su voz serena como un lago.
Mi pupila se crecía en los momentos de tensión, nunca tenía tanto control
sobre sí misma como cuando se hallaba en peligro.
—¿Y de verdad es así? ¿Nadie os está presionando para que os ocultéis?
Sabe el Maestro que necesitamos damas aquí abajo. Nunca imaginé que la
guerra sería tan triste sin ellas.
—Ya ha sido suficiente, don Sagramore, ¿no os parece? —La voz del rey
resonó alta y clara desde unos asientos a la izquierda—. Estáis
avergonzando tanto a doña Devana como a vuestra hermana.
Sagramore cerró la boca en el acto, pero no se disculpó. De hecho,
parecía tener mucho más que decir y su postura emanaba una belicosidad
pueril. Le puse la mano en el hombro, deseando recordar nuestra lengua
secreta, que fuéramos todavía niños y nuestras palabras tuvieran el peso y la
consistencia de una pluma.
—Vamos a retirarnos —susurré.
Él no se movió del sitio, pero don Loren, hasta entonces silencioso y
meditabundo, se irguió cuan alto era y echó una mirada a todos los
presentes hasta detenerse en Sagramore.
—Nos une una amistad de largos años y nos conocemos bien.
Seguramente no pretendíais insinuar que obligo a mi esposa a permanecer
encerrada en esa torre por celos u otros motivos indignos. Cualquiera que
me conozca sabe que aborrezco esas prácticas bárbaras. Mi señora es libre
de ir adonde le apetezca dentro de los terrenos del castillo y si elige no
hacerlo es porque tiene sus buenos y muy píos motivos, que os pido
humildemente que no cuestionéis.
Sagramore farfulló una disculpa y se levantó para abandonar la sala. Fui
tras él después de despedirme apresuradamente de doña Cordelia, que
también parecía cansada de fingir y se mostraba encantada con los
acontecimientos. Alcancé a mi hermano a mitad de la escalera y tuve que
contenerme para no gritarle.
—¿Lo ves ahora? ¡No puedes seguir así, Sagramore!
—¡Déjame en paz y vuelve a la fiesta con tu don Loren!
—No me iré hasta que me escuches.
—¿Y qué tengo que escuchar? ¿Que debo controlarme o acabaré como
madre? Eso ya lo sé. No es lo que me preocupa ahora mismo. ¿Has visto
cómo la miraban? Era repugnante.
—Tú no se lo has puesto fácil —le dije, inmisericorde.
—No se da cuenta de lo que están haciendo con ella. Loren teme que su
esposa se percate de que no es tan bueno como todo el mundo dice…
—Ella lo sabe mucho mejor que tú. ¿Es que te has olvidado de cómo
llegó hasta aquí?
—No, por supuesto que no, pero a veces pienso que la estáis manipulando
entre todos. Pasa la vida encerrada sin ver a nadie más que a ti, dependiente
de la autorización de doña Cordelia hasta para salir a tomar el aire…
—Sagramore, dedica tus esfuerzos a cualquier otra cosa, te lo suplico.
Devana no es de quien deberías preocuparte. Está en buenas manos.
—¿Las tuyas? Porque creo que vas a hacer exactamente lo que Loren te
pida.
Aquello me dolió más que si me hubiera abofeteado. Me di la vuelta para
que no viera las lágrimas aflorando de mis ojos.
—No sabes cuánto te equivocas.
Me alejé sin rumbo, a sabiendas de que era demasiado tarde para vagar
sola por el castillo, sobre todo después de una celebración. Quizás podría
deslizarme al salón principal y hacer que Loren nos acompañara a Devana y
a mí de vuelta a nuestra torre. Después del espectáculo de Sagramore, el
caballero tendría el tacto suficiente como para no inquirir acerca de mis
lágrimas.
Sin embargo, no fue con ellos con quien me encontré mientras sollozaba
de vuelta hacia la luz, sino con doña Cordelia y su majestad, apoyados en
una de las columnas del patio frente al salón. Me hicieron gestos para que
me acercara y tal vez por eso pensé que no había nada sospechoso en que
conversaran a solas en aquel lugar oscuro.
—Estaba preocupada por ti, niña —dijo doña Cordelia con su voz
acaramelada por el licor—. No sabía que tu hermano siguiera los pasos de
doña Gwadiana.
Levanté la vista y me enjuagué las lágrimas, a sabiendas de que no había
nada de accidental en aquellas palabras. Quería humillarme y que Ezio
supiera el tipo de mujer que era mi madre.
—No había bebido más que el resto —respondí, con lealtad—, pero es
joven y se le suelta la lengua.
—No os apuréis, doña Ginois. El incidente estará olvidado por la mañana,
pero os recomiendo que habléis con vuestro hermano. No es un niño y con
una compañía menos comprensiva habría tenido problemas —intervino
Ezio sin rastro de burla.
—Debería ir a buscar a doña…
—¡No! Dejad que disfrute de la fiesta, ya que la pobre sale tan poco y
todos están tan encantados con ella —me interrumpió doña Cordelia con
ademán cruel.
—Además, será la última antes de que partamos. Los días cada vez son
más largos y la nieve comienza a derretirse —intervino Ezio.
Nuestras miradas se encontraron y ninguno de los dos apartó la vista. Me
había cansado de tener miedo. Quería saber qué anhelaba de verdad nuestro
rey: las veladas con sus hombres al amor del fuego de Iblis o la sangre de
los paganos en su espada. ¿Por qué nos había llevado a aquella tierra en la
que sobraban dioses? Pero la respuesta no parecía anidar en sus pétreos ojos
negros. Me centré entonces en doña Cordelia, que ya no fingía
compadecerse de mí. No vi en ella más que un despecho corrosivo.
Quise aferrarme al invierno protector, a la nieve en la que habíamos sido
felices y que me había enseñado el sabor de la magia, pero ni en esta tierra
ni en ninguna es posible negociar con el tiempo.
8
LA LLEGADA DE LA PRIMAVERA
S
olo anhelaba tumbarme en la cama lejos del aliento beodo de
Sagramore. Sus palabras se me clavaban en las entrañas como
dardos. Mi hermano me conocía lo suficiente como para saber que
la culpa siempre acababa desarmándome. No es que me faltaran
remordimientos: era cómplice de los engaños mutuos de Loren y Devana,
de la magia que seguía impregnando los blancos muros y, por si fuera poco,
había desobedecido al rey de una manera inexcusable. En aquellos
momentos no me habría sentido digna de mirar a padre a los ojos, temerosa
de descubrir la consabida mezcla de decepción y desprecio que se le
asomaba cuando las mejillas de mi madre se teñían de rojo y su risa
enronquecida resonaba por el comedor como el aullido de una bestia
sufriente.
Devana no preguntó por lo sucedido con mi hermano. Parecía haber
empleado todas sus energías en exhibir aquel comportamiento ejemplar que
tanto había dado que hablar. Volvimos a la torre en silencio. Se desnudó con
su habitual indiferencia y pasó la noche en una postura rígida, sin cerrar los
ojos. Al amanecer, desperté para encontrar su cuerpo pegado al mío.
Todavía había momentos en los que nuestra intimidad me turbaba, pese a
que compartía a menudo lecho con otras mujeres de mi casa. Al despertar
junto a Devana, envuelta en su sempiterno aroma a violetas, sentía una
urgencia por hablar de naderías, besarle la frente como si fuéramos
hermanas, atraer la cotidianeidad a aquella torre. Librábamos una guerra
callada en la que las treguas nunca eran tal y la victoria resultaba más
amarga que la derrota. Allá fuera, los paganos retrocedían ante los hombres
de Gibelia, pero en la torre era yo quien me acobardaba ante aquella
sacerdotisa a la que parecía amar la luna.
—¿Has dormido bien?
Los surcos oscuros bajo sus ojos grisáceos sirvieron de respuesta. Bostezó
y se frotó los párpados mientras me surgían sospechas sobre el motivo
oculto para esa repentina pérdida del habla. Repetí la pregunta,
imprimiéndole un tono más urgente.
Rehuyó mi mirada y soltó un bostezo tan forzado que me hizo arrugar la
nariz.
—He tenido un mal sueño.
Me percaté enseguida de que mentía y no me esforcé en disimular lo
contrario. Habíamos pactado unos días de descanso después del Segundo
sacramento, pero de pronto no soportaba la idea de encontrarme a solas con
Devana y añoré la posibilidad de devolverla a su alcoba al menos unas
horas.
Devana se acurrucó en un rincón con Pelnor y no abrió la boca en todo el
día. Loren no se presentó, pero no quise indagar y arriesgarme a toparme
con Sagramore. Sabía que lo perdonaría en cuanto mostrara el más mínimo
arrepentimiento y aquella seguridad me resultaba tan humillante que preferí
retrasar la reconciliación. Aunque quizás mi obstinado hermano no se
dignaría a retractarse de sus palabras. Mientras más cavilaba respecto a lo
sucedido en los últimos meses, más temía el regreso a casa. Aunque Devana
había seguido mis instrucciones y todos se mostraran encantados con ella,
sentía que había fracasado de manera absoluta e irremisible. Era una
sensación tiránica, que parecía descender por la garganta y apoderarse de mi
estómago. La falta de sinceridad de todo lo que nos rodeaba, las máscaras
que nos obligamos a llevar. Quizás Devana se había hartado de ellas,
¿cuánto de lo que me había contado no era sino una treta para ganarse mi
complicidad? ¿Pensaba que ya no me necesitaba?
Aquellas cuestiones me torturaron hasta el final del día cuando me decidí
a salir de la torreta para alejarme de aquella Devana muda y ausente. Sin
embargo, no había dado un par de pasos en las escaleras cuando escuché a
alguien ascender frenéticamente. Me detuve en seco, igual que la otra vez,
mi respiración convertida en un jadeo intermitente, pero no era Ezio quien
nos visitaba, sino Sagramore. Me dedicó unos aspavientos urgentes para
que continuara el camino escaleras abajo, pero en lugar de eso regresé a la
estancia. Él esbozó un gesto de fastidio sin atreverse a insistir.
—Mi señora, tenéis visita —anuncié con rabia corrosiva.
Devana levantó la vista, sus ojos claros parecían haber perdido
consistencia, como si los difuminaran las lágrimas que se asomaban sin
discreción alguna. Sagramore hizo una reverencia, que ya no era en
absoluto necesaria, y desenvainó la espada.
—Sagramore —lo reprendí, escandalizada, como si se tratara de Gartian
y mi desaprobación fuera suficiente para detenerlo en el acto.
Pero ya no ostentaba ese poder sobre él. Ahora era Devana a quien
contemplaba con ojos anhelantes.
—Mi señora, su majestad me ha ordenado partir con él a la guerra.
Las lágrimas se derramaron por el rostro pálido y sereno de Devana. No
habría sabido decir si eran de tristeza o alivio ante la pronta marcha de
Loren.
—Me entristece separarme de vos, pero he de obedecer —continuó
Sagramore, pese a que era obvio por su súbito arrebato y la manera en la
que sostenía la espada que no podía esperar a entrar en batalla—. Solo
quería pediros que bendijerais mi espada y me concedierais una prenda para
recordaros en estas tierras frías y oscuras.
—Esas tierras frías y oscuras han sido mi hogar desde que abrí los ojos al
mundo —respondió Devana, afilando cada sílaba con su voz de pedernal.
—No pretendía…
—Queréis mi bendición para pasar a mi pueblo por la espada.
—Me habéis malinterpretado.
—Yo creo que no.
—Sagramore, vete —intervine.
—Vos mejor que nadie sabéis que es necesario —insistió mi hermano.
—Vuestra misión es pía y sagrada, nadie lo duda. Rezaré por la pronta
conversión de mi pueblo, pero no besaré la espada ejecutora. —En cierta
manera me tranquilizó que Devana recuperara su afilada verborrea—.
Deberíais pedírselo a vuestra hermana que es quien más sufrirá vuestra
ausencia.
—Perdonadme por mi atrevimiento, mi señora, pero necesito algo
vuestro. Os lo suplico. He de teneros cerca.
—¿Y por qué pensáis que yo os quiero cerca? —dijo Devana.
Había creído que mentaría a su marido o a su reciente conversión para
disuadirlo de seguir persiguiéndola, pero el caudal de nuestra cultura no
corría todavía por su mente y recurrió a hablarle como a un igual, como
habría hecho con un joven noble de su pueblo, y aquello pareció herir a
Sagramore más que una invocación a los poderes divinos que impedían
aquel malhadado romance.
Él se dio la vuelta sin despedirse y yo fui detrás, gritando el nombre de mi
hermano mientras descendía los escalones de dos en dos con sus largas
piernas, la humillación retumbando a cada paso. Se detuvo casi al final y
me agarró por los hombros, con una urgencia que no esperaba.
—No vas a convencerme para que me quede.
—Jamás te pediría que desobedecieras una orden de su majestad —
respondí—, pero sabes que no es lo que padre querría para ti.
—Así le demostraré que se equivoca conmigo.
—Entonces cuídate de no regresar como un cadáver —le espeté,
deshaciéndome de su agarre.
Sabía muy bien adonde debía dirigirme y lo hice a paso ligero,
atravesando aquellos pasillos interminables y blancos como la muerte.
Tenía una sospecha sobre el motivo por el que Sagramore había sido
llamado a las armas. Mi hermano era tozudo e infantil, pero había otros ante
cuya voluntad debía plegarse.
Cuando llamé a la puerta de Ezio temblaba de rabia, de otra manera no
me habría atrevido a presentarme allí sola a aquellas horas. Contaba con
que el rey se encontrara dentro y así fue. Me abrió él mismo la puerta,
confuso y con el rostro marcado por unas profundas ojeras que no me
conmovieron lo más mínimo.
—¿A qué debo el honor, señora?
—¡Como si no lo supierais perfectamente! —grité.
Me había abandonado la tibia compostura que doña Cordelia tanto
alababa. No había pretendido gritar, pero era lo único que había acudido a
mi garganta al ver la expresión arrogante de Ezio, como si se felicitara
porque hubiera ido yo sola a buscarle. Probablemente llevaba tiempo
maquinando en mi contra. Sabía que estaba casi tan aislada en Iblis como
Devana. Sagramore era mi único asidero, por minúsculo que fuera, pero no
había ido a su encuentro por eso.
—Me temo que no os entiendo —dijo Ezio, ya sin rastro de burla,
mientras trataba de conducirme a la mesa en la que se enfriaba su cena sin
que yo me moviera ni un ápice.
Su alcoba parecía más bien un salón y contaba con la chimenea más
grande que había visto en el castillo. Las paredes estaban adornadas con
tapices de rojos y verdes desde los que nos observaban ciervos de
cornamentas descomunales, similares a otros que había visto por los
pasillos. Las sillas estaban desordenadas, lo que me dio a entender que
recibía frecuentes visitas.
—Mi hermano. Va a marchar con vos a la guerra.
—Tengo entendido que es lo que deseaba.
—Pero no lo que ordenó nuestro padre.
—Guarda cuidado, Ginois. Yo hablaré con él…
Me enfureció que volviera a llamarme por mi nombre. Daba demasiado
por sentado y se apropiaba de una intimidad que no le correspondía.
—¡No lo entendéis! Creéis que, si quitáis a Sagramore de en medio,
Devana y yo estaremos indefensas y os libraréis de ella sin que nadie
sospeche de vuestra intervención.
—Ah, así que una vez más venís a defender a vuestra amiga.
—¡No! Devana y yo nos las apañaremos. Es Sagramore quien me
preocupa. Morirá si os lo lleváis.
—¿Por qué estáis tan segura? —me gritó endureciendo el semblante—.
No os tenía por una pusilánime. Muchos jóvenes van a la guerra.
—Vos sabéis de eso más que yo —escupí—, pero yo conozco a mi
hermano. No es habilidad lo que le falta, sino templanza. Vos lo visteis ayer.
Sagramore es más frágil de lo que parece.
Ezio se mordió el labio y no dijo nada. Percibí la sorpresa y la lástima en
la manera en la que cerró los ojos durante unos instantes, reevaluando la
situación con un asomo de arrepentimiento. Encontrarme de nuevo sola en
mi furia me hizo resquebrajarme. Ya no tenía fuerzas para gritar, solo quería
llorar y arrancarme la lengua.
—No os entiendo.
—Mi hermano es una persona peculiar —admití, avergonzada—. De niño
rehusaba hablar con nadie, excepto mediante gestos que solo yo entendía.
Se le pasó una vez creció un poco, pero aun así… sigue siendo impulsivo y
descuidado. Nuestro padre no desea que lo ponga en evidencia ni corra
riesgos innecesarios.
—Sois demasiado estrictos con él. ¿Qué muchacho no es impulsivo a esa
edad? Tiene arrojo y eso es bueno.
—Hay una diferencia entre el arrojo y la temeridad. Sagramore es el
heredero de mi padre. Ha de obedecerle.
—Dejadme vuestro padre a mí. Me aseguraré de que no os culpe a vos.
Cerré los ojos durante un momento, consciente de que Ezio no iba a
dejarme escapar.
—Mi hermano no está preparado —insistí—. Pierde el control cuando se
siente acorralado y comete un sinfín de estupideces.
—Como casi todos los hombres.
—Siempre he permanecido a su lado para ayudarle todo lo que he podido,
pero allí no podré hacerlo. Por favor, os lo ruego. No lo llevéis a la guerra.
Castigarme por mi atrevimiento cómo gustéis, pero a él dejadlo vivir en
paz.
Ezio cubrió los pasos que nos separaban y, con una delicadeza de la que
no le habría creído capaz, me sujetó de la barbilla para obligarme a mirarlo,
mientras con la otra mano me acariciaba las mejillas.
—Daría cualquier cosa por ver a mi hermana suplicar por mí con tanta
desesperación.
No dije nada, bastante humillada me sentía ya, pero tampoco me aparté.
Habría tenido que tocarlo y temía provocarlo todavía más. Sabía que Ezio
era inestable, dominado por los caprichos de su temperamento. No estaba
segura de que mis palabras fueran a hacerlo cambiar de opinión en esta
ocasión.
—No he llamado a Sagramore a la batalla para castigaros —continuó—.
Doña Cordelia me lo sugirió y me pareció apropiado. Me dio a entender que
era necesario apartarlo de la mujer de su hijo y después de lo de anoche
apenas puedo culparla.
Asentí, guardándome para mí la frustración. Tendría que haberlo sabido.
Me había criado en las faldas de doña Cordelia, mirándola hilar con hábiles
manos, mientras construía el futuro de todos nosotros en el huso y la rueca.
Ella había convencido a mi madre de que me encargara la educación de los
pequeños y también había guiado la mano de don Loren para traerme a
Iblis. Nunca se resignaba y, si se equivocaba, se limitaba a deshacer la parte
estropeada de su labor para empezar de nuevo.
—Os suplico que os retractéis de vuestra decisión —pedí al final,
sorbiéndome las lágrimas.
—Sagramore no es un niño y tiene derecho a arriesgar su vida en la
batalla si así lo desea.
—¡Él solo quiere probarse ante padre y…!
—Conozco bien los pensamientos de los jóvenes —dijo—. No obstante,
os doy mi palabra de que cuidaré de él y lo devolveré a casa. No os odio,
como parecéis pensar. En realidad, estoy en deuda con vos. Vuestro buen
juicio evitó que cometiera un error que difícilmente me habría perdonado.
Vuestro hermano estará tan protegido como yo mismo.
Quería creerlo, pero no sabía si podía confiar en él. Me resultaba ridículo
cuando se fingía mayor de lo que era y el título de monarca parecía
desbordarle. Le despreciaba en los momentos en los que aparentaba
crueldad e indiferencia. Sin embargo, sus instantes de vulnerabilidad, tan
escasos, siempre lograban conmoverme. Debía de haberse ganado la
fidelidad de Loren de algún modo. Mi antiguo amigo no se dejaba
deslumbrar más que por la virtud y la espiritualidad más puras. Se aferraba
al fervor y a la devoción como si fueran el único alimento del que precisara
su cuerpo.
Me disculpé apresuradamente y abandoné los aposentos del monarca con
la mano posada en la mejilla. Fue entonces cuando caí en la cuenta de que
Ezio había hablado de una hermana, pese a que yo sabía, igual que todo el
reino, que su padre no había engendrado más hijos que él. Quizá se tratara
de alguna bastarda, pero me resultó extraño no haber oído hablar de ella.
Con todas las visitas que recibíamos durante la vendimia, mi hogar no era
parco en chismorreos sobre la corte.
Cuando regresé a la torre, Devana se había puesto el camisón y enseñaba
al mundo unos brazos desnudos engalanados de tinta negra e impía. Pelnor
dormitaba en su regazo, mientras su dueña lo acariciaba distraídamente. Por
primera vez en todo el día, había vuelto a adoptar su halo de serenidad
inquebrantable. Cuando entré, me sonrió con tristeza.
—Anoche soñé con mi familia —confesó—. Sabían lo que había hecho
en la capilla y que llegaría la primavera y no llevaría flores a la Doncella…
Corrí hacia ella y la hice callar colocándole un dedo en los labios. Ante
mi cercanía, Pelnor maulló en protesta y saltó en busca de un rincón más
tranquilo. Yo hundí el rostro en el regazo liberado de Devana. Las lágrimas
volvieron a surcar mi rostro, como un río tibio y sucio.
—Tus hermanas muertas te visitan y temo que el mío se reúna con ellas
—dije en un súbito arrebato—. Olvida todo lo que te he enseñado y dime,
¿ves un futuro para él? ¿Volverá con nosotras?
Devana me contempló un rato en silencio, mientras me acariciaba el
cabello con sus largos dedos. Parecía como si estuviera rezando: sus labios
se movían sin emitir ni el más leve sonido. Yo también debería orar por mi
osadía, por la impureza que aquella tierra había derramado sobre mí desde
el momento en el que me comprometí a educar a Devana.
—Volverá con el fulgor del verano a sus espaldas, pero será distinto.
Albergará un pesar de oro translúcido, invisible para todos menos para él.
Asentí y le di las gracias paladeando su profecía en los labios. El verano
siempre se me antojaba una época emponzoñada, afectada por una
embriaguez que a menudo se confundía con júbilo. El calor acarreaba
dolores de cabeza, gargantas secas, sudores. En cualquier caso, la
melancolía no era una rara compañera en Iblis. A menudo empañaba los
momentos que se suponían dichosos. Podía domesticar el pesar y darle un
lugar en nuestra rutina, sin importar lo duro que fuese. Anhelaría el regreso
de mi hermano, ya estuviera enfermo, herido o cambiado de manera tan
irremisible como Loren. Vinimos juntos al mundo y juntos lo exploramos
tomados de la mano. Quizás hubiera perdido su confianza, quizás nunca
volveríamos a entendernos sin palabras, pero nunca dejaría de intentar
salvarlo.
La inquietud enraizó en mi interior a medida que el tiempo mejoraba y los
soldados terminaban los preparativos para partir de nuevo. Doña Cordelia
parecía contrariada y me hizo llamar en un par de ocasiones para que la
ayudara con el inventario de nuestros víveres.
—Estos hombres se creen que nosotras no comemos —protestaba
insistentemente agarrándome del brazo.
Después de todas las veces en las que se había negado a delegar en mí
nuevas tareas, recibí sus propuestas con un poco de suspicacia. Me
reconcomía la preocupación por Sagramore y necesitaba una distracción
absorbente. Fue en una de estas jornadas cuando mi hermano se aproximó a
mí, desgarbado y con la mirada oculta tras los largos rizos. No habíamos
vuelto a hablar desde la discusión en la torre. Suponía que su orgullo
necesitaba tiempo para sanar tras el rechazo de Devana.
—Gin —me llamó—. Partimos en tres días.
—Lo sé —respondí, sin prestarle mucha atención, mientras seguía
anotando en el inventario la cantidad de velas y aceite que iba a llevarse el
ejército.
—Sé que te he decepcionado y me he comportado como un cretino.
—Es una conclusión digna de tener en cuenta.
—¡Basta, Ginois!
Me mordí el labio y anoté los números en el pergamino. Yo también era
orgullosa a mi manera.
—Me acusaste de ser una marioneta de Loren y dejaste en ridículo a
nuestra familia delante de todos.
—Estuvo mal, lo sé.
—¿Seguro? No se te ve arrepentido.
—Siento todo lo que te dije. Es obvio que nunca traicionarías a Devana.
—Ah, Devana se conduce muy bien ella sola.
—Me he dado cuenta.
—Sagramore —dije, convenciéndome a mí misma de que no debía
suavizar el tono ni endulzar mis palabras—, no sabes nada de Devana. Solo
la quieres porque es la mujer de Loren.
—Devana es la dama más hermosa y fascinante que he conocido —se
defendió—. Y aun así le tengo lástima. Una vida junto a ese hombre está
destinada a ser triste.
—Eres cruel —lo reprendí.
—¿Vas a negarme que es verdad? Ha sido infeliz desde que lo conocemos
sin importar que fuera el mejor en todo.
—No tenía una familia grande como la nuestra que lo consolara tras la
muerte de su padre.
—Espero que no te arrastre con él. Prométeme que no te quedarás
suspirando por su regreso.
—Solo hay un caballero por el que tengo intención de lanzar suspiros,
aunque serán de exasperación —contesté, clemente.
Interpretó mis palabras como un permiso para acercarse y rodearme la
espalda con los brazos. Hundió la sien en mis cabellos y me enternecí al
percibir la familiaridad de su olor, como un retazo del sol, del hogar, del sur
al que deseaba volver.
—Tienes que prometerme que vas a ser cauto —insistí.
—Descuida, no tengo intención de morir aún —respondió.
—Créeme que si pudiera te obligaría a quedarte conmigo.
—¿Quién es cruel ahora?
—No es tan malo eso de quedarse en casa. Muchos no tenemos otra
opción.
—Solo se quedan los ancianos, las mujeres y… los enfermos —admitió
de mala gana.
—No habría ningún deshonor si decidieras permanecer aquí —ofrecí,
conciliadora, intentando que no sonara condescendiente—. Todos lo
comprenderían.
—Eso no es verdad y, además, sabes que deseo marchar —respondió
cerrando los ojos durante unos instantes—. No sé cuán larga será mi vida o
si llegaré a heredar el ducado, pero sí que me arrepentiré si me acobardo
aquí mientras mis amigos luchan por el reino que siempre hemos soñado.
Loren no es el único que tiene ideales y quiere vivir como un caballero.
Con un suspiro, levanté la cabeza del pergamino para mirar a Sagramore,
la luz de las velas lo hacía parecer mayor, más lejano ya. Se me escurriría
entre los dedos si intentaba retenerlo. Por una vez, Ezio tenía razón. La
decisión nunca había sido mía. Me levanté de un salto y le tendí la mano a
mi hermano.
—Venga, vamos a tu alcoba. Estoy segura de que no has preparado nada
todavía.
Los hombres se marcharon, sus voces derritiéndose de nuestra memoria
como la nieve. Debajo de aquel resplandor inmaculado que había endulzado
nuestro invierno resultó haber roña acumulada que corrió negra durante el
deshielo.
Acudíamos a diario a la capilla para que el relato de la piedad de Devana
se propagara hasta que nadie se atreviese a dudarlo. Además, no nos haría
mal arrodillarnos ante el Maestro y regalarle nuestra obediencia a cambio
del regreso de los que luchaban por nosotras. Murmuraba oraciones por
Sagramore, por Loren y, a veces, incluso por el rey cuervo.
Devana no protestaba, aunque tampoco habría sabido dirimir el rumbo de
sus pensamientos. Se habían terminado los exabruptos y las largas
conversaciones. A Loren lo había dejado ir con una sola palabra:
«Volveréis», que él había recogido con su expresión meditabunda y grave.
—Entonces haremos las cosas bien —respondió, las implicaciones
posándose en el regazo de Devana como un gato al que ella espantó con la
mano.
—Ya veremos.
No necesitaban más, por muy escueto que a mí me pareciese. A veces,
dudaba de si el romance entre ellos solo existía en mi imaginación, pero en
otras ocasiones me parecía que en sus miradas y parcas palabras ya se había
creado un lenguaje propio, cuya clave solo ellos poseían. Entonces, me
carcomían los celos y me concentraba en cualquier labor que tuviera a
mano, apretando los hilos con fuerza, a sabiendas de que más tarde tendría
que deshacerlo todo.
Odiaba verme relegada a un lugar secundario en su compañía. Ansiaba
ser un puente entre ellos, no una mera espectadora con quien quizá se
desahogarían por separado. Aunque, en realidad, ni siquiera me usaban ya
con ese fin. Tal vez había llegado la hora de retirarme con discreción y dejar
que se entendieran solos.
Mientras rezaba en voz baja y deslizaba los dedos por las cuentas del
rosario de coral, me percaté de la presencia de una figura desgarbada que
tomó asiento a mi lado. Saludé a Naimo detrás del velo. Él respondió con
una reverencia vacilante que, a juzgar por su expresión, debía de haberle
costado un esfuerzo considerable. Le di un codazo a Devana, que alzó la
mirada con deliberada parsimonia. Naimo le sonrió con torpe entusiasmo y
ella asintió con la acostumbrada sobriedad.
Naimo se había quedado para proteger Iblis en lugar de volver a la
batalla. Ya había entablado amistad con los guardias, los antiguos
compañeros de Sagramore. No había rincón del castillo que estuviera a
salvo de él, ni siquiera las salas que seguían abandonadas a los escombros.
La restauración del castillo despertaba su interés y me hablaba a menudo al
respecto cuando bajaba al pabellón a hacer compañía a los pocos heridos
que permanecían en el castillo. Entre ellos, el joven cuyos ojos habían
quedado nublados de tinieblas mágicas, quien me despertaba una
compasión punzante. Los demás lo evitaban como si su condición fuera
contagiosa y se había vuelto retraído hasta el extremo, pero a veces lo veía
paseando con Fabia por los pasillos.
Cuando nos levantamos para marcharnos, Naimo nos imitó, caminando a
poca distancia de nosotras. Devana soltó un suspiro largo y pesado que hizo
que su velo se agitara. Aceleró el paso y yo la seguí a trompicones,
envidiando la seguridad y ligereza con la que se conducía. Nadie habría
dicho que pasaba sus días sumida en la quietud de la piedra.
—¡Señoras! —nos llamó Naimo, incansable—. ¡Esperadme! ¿No me
concederéis unas palabras?
—Por supuesto —me apresuré a responder.
Devana se detuvo y regresó a mi lado, silenciosa pero imponente.
—¿Os asomasteis anoche a ver las hogueras? —preguntó el soldado con
ligereza.
—No me hizo falta para saber que estaban ahí —contestó Devana.
—Me preguntaba si sería peligroso pasarse y tratar de confraternizar con
los aldeanos. No es más que una fiesta, ¿no? He oído que corre la cerveza y
que las chicas se decoran el pelo con flores. Quizás nos venga bien a todos.
—No os lo recomendaría si queréis seguir manteniendo la cabeza sobre
los hombros.
Naimo rio, pero su jovialidad desapareció al percatarse de que Devana
hablaba en serio.
—Me refería a las hogueras de los aldeanos conversos que trabajan
nuestros campos…
—Para empezar, debéis de saber que los hombres no han de acercarse a
las hogueras hasta la última noche. Ahora es el tiempo de las doncellas.
—¿Ellas solas en los bosques y prados?
—Nuestras mujeres no son como las vuestras.
—No dejan de decírmelo, pero no acabo de creérmelo. Otra cosa son las
brujas, esas apenas sí son mujeres.
—Todas lo son un poco cuando empieza la primavera —replicó mi amiga
—, pero no temáis. No se atreverán a realizar los ritos delante de vuestras
narices y más si son conversos. Quizás tengáis razón y encienden las
hogueras por tradición, para animar los corazones en medio de la guerra.
Aun así, os ruego que no las molestéis. Ya habrá momentos para
confraternizar.
—Además, no creo que sea apropiado para seguidores del Maestro como
nosotros —añadí con desaprobación, pese a ignorar de qué iba el asunto.
—Ah, el sacerdote no quiere que acudamos a menos que sea para apagar
las hogueras y colgar a unos pocos falsos conversos.
Lo escudriñé con atención para ver si su mirada se desviaba hacia Devana
al decir aquello, pero no fue así.
—Doña Cordelia no autorizaría nada semejante. No quiere problemas con
los aldeanos y menos ahora que don Loren y los demás se han marchado —
intervine ante el elocuente silencio de Devana.
—No, por supuesto que no —se apresuró a aclarar Naimo—. No
queremos…, bueno, hay quien sí va buscando gresca.
Devana dio un paso adelante y se retiró el velo. Sus ojos resplandecían
con un tormentoso fulgor azul cuando dijo:
—Os ruego que me informéis si semejantes planes prosperan. He de
saberlo antes que el sacerdote o que doña Cordelia.
—Sí, mi señora —respondió Naimo, con una premura que pareció
sorprenderlo a él mismo.
Más tarde, me uní a Devana en la balaustrada de la torre, donde se había
instalado tras la conversación con Naimo. Quizás en busca de aquellas
dichosas hogueras.
—¿Cuánto de lo que le contaste es verdad?
—Tengo las mismas razones para mentirte a ti que a él.
—Yo soy tu amiga —señalé, dolida.
—No eres una iniciada. Juré que guardaría ciertos secretos.
—Está bien —cedí—, pero al menos dime esto: ¿crees que se están
celebrando los ritos?
—Sí, de eso no hay duda. Pero si esos patanes piensan que solo están
emborrachándose, mejor para las aldeanas.
—¿Es peligroso para nosotros? —seguí inquiriendo.
Devana sonrió, mostrándome sus colmillos sobresalientes.
—Un poco.
Solo me quedaba una pregunta, quizás la más difícil, pero sentía que
debía formularla.
—Tú no vas a ir, ¿verdad?
—Me despedazarían viva, Ginois. No me tienen más cariño que a
vuestros soldados.
Cerró los ojos y supe que no hablaría más. Me retiré lentamente
maldiciendo a los paganos, a sus ritos barbáricos e impíos, entrelazados con
las raíces más profundas de Devana. Yo quería sembrar otras tradiciones en
su pecho, darle una vida alejada de las sombras. Su melancolía me hacía
creer que mis esfuerzos eran vacuos e infantiles en comparación con la
grandeza de lo que había perdido. En aquellos instantes, sentía una alegría
vindicativa al saber que mi pueblo destruía al suyo. Si lo que amaba
quedaba reducido a cenizas se vería obligada a abrir su corazón a nosotros.
O, quizás, amaría las ruinas toda la vida y se alimentaría con el fantasma de
lo que fue.
Doña Cordelia me llamaba a menudo para interesarse por cómo
sobrellevaba la ausencia de mi hermano, como si no fuera cosa suya. Nos
sentábamos en los grandes sillones junto al fuego para hilar o discutir sobre
los asuntos de Iblis. En otro tiempo, habría tratado de ganarme su
aprobación, de elegir mis palabras y gestos acorde a su humor, de
asegurarme de que se percatara de los progresos de mi labor y mantener una
postura prudente en mis opiniones. Sin embargo, ya no tenía para ella más
que hartazgo y cierta decepción.
Quizás yo hubiera cometido la primera traición, pero seguía manteniendo
la creencia infantil de que a la familia se le perdona todo y a mis ojos ella
había sido una segunda madre. Con todos sus defectos, habría creído
imposible que doña Gwadiana, la que aguardaba beoda en casa, actuara
para hacerme daño de manera tan deliberada. La miraba a los ojos mientras
hablaba con su cadencia beata y recordaba a Sagramore subido a sus
rodillas. Solía contarnos las historias de los santos antes de dormir para que
soñáramos con recibir la luz del Maestro, su Grial Milagroso, como una
lluvia de plata, pero también con los martirios que soportaban los santos a
manos de paganos y descreídos: las torturas y mutilaciones, las burlas y
desprecios. Solía preguntarme qué haría yo en su situación, si mi fervor era
tan puro.
Aquella tarde, mi mente ardía pensando en Devana y nuestro último
desencuentro. Doña Cordelia parloteaba sobre la despreocupación con la
que los días iban alargándose, como si se desperezaran tras un largo sueño;
sobre los tributos que tendríamos que requerir a los campesinos y yo
asentía, fingiendo permanecer en vilo de sus palabras hasta que la
conversación desembocó en los ritos paganos de la primavera. Me
estremecí y solté la labor sobre el regazo.
—El padre Aquilino me ha sugerido que enviemos a unos pocos soldados
esta noche a apagar las hogueras —me dijo a continuación, regando sus
palabras de una incertidumbre maliciosa—. ¿Qué opinas tú, niña?
—Creía que no deseabais altercados con los nativos.
—Nadie resultaría herido, por supuesto —respondió—. A menos que se
nieguen a abandonar esos fuegos obscenos.
Pensé en los hombres aburridos que llevaban patrullando pasillos vacíos y
guardando portones a los que solo se acercaban mercaderes y buhoneros,
mientras sus compañeros se cubrían de gloria matando paganos en la costa.
Imaginé a las mujeres paganas embriagadas por el alcohol y los ritos, con la
certeza de que la diosa las protegía mientras durara la noche.
—Creo que sería muy fácil que las buenas intenciones se torcieran.
—Prudente como siempre.
—Estamos solas y no conviene enemistarnos con los campesinos. Esta no
es nuestra tierra.
—Yo llevo lejos de casa la mayor parte de mi vida y eso no me ha
impedido hacer lo que debía.
—Doña Cordelia…
—Quizás tengas razón, tal vez sea mejor esperar a que la guerra acabe
para extirpar del todo a esas diosas y sus costumbres —me interrumpió
alzando la voz—. He de pensarlo un poco más. Enseguida vendrá el padre
Aquilino, ¿por qué no te marchas de vuelta a tu torre?
—Como gustéis.
—Y, supongo que no hace falta decirlo, pero ni una palabra de esto a
nuestra frágil doña Devana. No queremos darle un disgusto, ¿verdad?
Busqué al sacerdote en vano por todo el castillo. Sabía que carecía de
influencia sobre aquel hombre cuyo aliento beodo y barba sucia tanto me
repugnaban, pero quería asegurarme de que nuestros soldados se
mantendrían alejados de las hogueras.
Me conduje con una tranquilidad frustrante, consciente de que mostrar
inquietud sería un error. Al final, me rendí, vencida por el cansancio y la
inexorable caída del sol. Me topé con Naimo cerca de las escaleras de la
torre y, antes de que le diera tiempo a flexionar las rodillas, lo agarré de la
manga.
—¿Habéis subido a ver a doña Devana?
—No, mi señora. Solo pasaba por aquí.
—Olvidad lo que os dijo. No habléis con ella pase lo que pase. Ya ha
sufrido lo suficiente. ¿Qué podría hacer para detener a los soldados?
No quería saber la respuesta a aquella pregunta. Era la única certeza que
me permitía mantener la compostura. Prefería seguir en la inopia respecto a
las transgresiones que Devana iba a permitirse, la manera en la que se
sacrificaría por cuatro pueblerinas beodas mascullando el nombre de una
falsa diosa. Si alguien tenía que morir aquella noche, que fueran ellas.
Naimo asintió con una seriedad que no había exhibido ni siquiera cuando
sus heridas seguían sin cicatrizar. Le solté el brazo y subí los escalones de
dos en dos, ansiosa por cerrar la puerta tras de mí. Devana leía el Libro
junto a la ventana o más bien lo agitaba en el aire como si esperara que
echara a volar.
—¿Qué tal se encuentra Cordelia?
No era habitual que se interesara por esas cosas.
—Igual que siempre. Lanzando dardos entre puntada y puntada —
respondí con una leve sonrisa.
Me hizo un gesto para que me acercara. Obedecí, vacilante y me
estremecí cuando levantó el Libro.
—Son hermosos los cantos.
—Me alegro de que te gusten —respondí, evasiva.
No recordaba bien las partes poéticas del Libro. Solo le había pedido que
las leyera porque sabía que ella disfrutaría de los ritmos arcaicos y las rimas
tan volubles que parecían esculpidas en el viento.
—Ahora comprendo por qué mi antigua maestra estudiaba vuestros
textos. Cuando los he leído en voz alta las palabras han resonado familiares
en mis oídos.
Se levantó y dirigió sus pasos a la balaustrada, pero antes me agarró la
mano para conminarme a acompañarla. La retiré como si aquel contacto
fuera capaz de transmitirle lo que ocultaba.
—¿Qué pasa? ¿Estás enfadada?
—No quiero ver los fuegos —improvisé.
—Es la última noche —me informó, más juguetona que molesta—. Solo
son hogueras. A veces es peor no mirar.
Me mordí la lengua y avancé los pasos que nos separaban, mientras el sol
se hundía en el bosque. Entrecerré los ojos con el aliento límpido de Devana
en el cuello. Tenía que mantenerme firme. El sol se pondría y la noche
transcurriría con su fuego y acero mientras nosotras compartíamos lecho,
quizás por última vez. Estaba convencida de que, si aquellas campesinas
llegaban a morir, Devana leería la verdad en mi silencio cómplice.
Creo que no llegué a conciliar el sueño del todo. Yací con los ojos cerrados,
pendiente de la respiración de mi compañera. Devana era silenciosa hasta
en sueños. A veces parecía que transcurrían siglos entre cada bocanada. En
una de estas ocasiones me deslicé a su lado de la cama para comprobar que
siguiera dormida.
Un rayo de luna se posó entonces sobre nosotras y era tan hostil aquella
plata que me vi obligada a entreabrir los ojos, de los que se derramaron
sendas lágrimas. Antes de que pudiera enjuagarlas sentí cómo unas manos
gélidas me agarraban las muñecas. Quise gritar, imaginando una nueva y
terrible herencia de los antiguos propietarios del castillo, pero enseguida me
percaté de que se trataba de Devana. Se había situado encima de mí, con las
piernas tan juntas que rozaban las mías.
—Quería esperar a que te durmieras para que mañana pudieras decirle a
Cordelia que ni siquiera te inmutaste cuando me fui, pero parece que te ha
vuelto el insomnio. ¿O quizá sospechabas mis intenciones? Algo me dice
que sabes lo que va a ocurrir esta noche.
Tragué saliva y esquivé su mirada punzante. Pensé en las agujas que solía
esconder bajo las mangas. No habría sido capaz de alcanzarlas, pero
tampoco sabía si me habría avenido a usarlas y arriesgarme a profanar aquel
rostro que tanto había llegado a amar.
—¿Qué podríamos hacer nosotras para impedirlo?
—Se me ocurren un par de cosas.
—Devana, si te descubren…
—Cuento con ello.
—Esa gente no merece tu sacrificio. No son tu familia. Tú misma dijiste
que te despedazarían.
—Que sea lo que tenga que ser.
—Te detendrán antes de que puedas alcanzarlos. Yo me aseguraré de ello.
Se reclinó sobre mí, como si fuera a besarme. Forcejeé un poco,
intentando librarme de su agarre, pese a saber que sería inútil. No quería
que se percatara de lo indefensa que me sentía.
—¿Y todo lo que te he enseñado? Te has convertido, has iniciado otro
camino —supliqué.
—El Maestro también conmina a proteger a los inocentes y predicar con
la palabra antes que el acero —replicó y sus labios se abrieron en una media
sonrisa—. Sin embargo, creo que tendría ciertos reparos contra lo que voy a
hacerte.
Sus piernas se ciñeron a mis caderas a la vez que me soltaba las muñecas.
Tiró del cuello de mi camisón hasta rasgarlo. Intenté cubrirme los pechos,
pero no me lo permitió. Colocó ambas manos sobre mi piel y me clavó las
uñas hasta que emití un leve chillido.
—Todo este tiempo has intentado destruirme para modelarme a tu gusto.
Sentía que querías deshacerte de mi piel, de mi acento, de los recuerdos que
moraban en lo más íntimo de mi ser. Querías reemplazar a mis hermanas,
obligarme a amar a tu dios y a tu caballero.
Sus uñas se deslizaron lentamente por mi pecho, pero aquel dolor era lo
único a lo que podía aferrarme y me imbuía en una extraña calma. Me
olvidé de todo excepto de las marcas rojas que me dejaba en la piel, como
uno de sus tatuajes.
—Pero tú también me has destruido a mí —protesté débilmente—.
Viniste y te llevaste todo lo que me importaba. He tenido que cuidar de ti
cuando mis hermanos me necesitaban. Me he enfrentado a los míos por ti.
Yo no sabía nada de la magia antes de conocerte. No imaginaba que pudiera
ser hermosa. Y ya no puedo volver atrás.
—Lo sé.
Posó sus labios sobre los míos y cerré los ojos, esperando un beso que se
transformó en un escupitajo.
—Y no te moverás, no hablarás y no escaparás hasta que te toque un rayo
de sol —dijo, mientras se incorporaba y se alejaba de mí—. Lo siento,
Ginois. De verdad creí que podría dejar que me destruyeras.
9
EL ECO DE LAS LLAMAS
D
evana me abandonó en una oscuridad densa y líquida en la que el
viento se confundía con caricias gélidas. Su hechizo me había
robado la voluntad por completo. Yací con los ojos abiertos
durante horas en una especie de duermevela cruel en la que las pesadillas
febriles hicieron las veces de invitados indeseados.
La percusión llegaba persistente a mis oídos como si yo también estuviera
en el bosque con los paganos al cobijo de las hogueras. Ante mi cama
desfilaron hombres de barbas y cejas mullidas cuyas voces quedaban
ahogadas por los tambores. Vestían ropajes vistosos de pieles y túnicas
bordadas de oro. Algunos tenían los rostros tatuados y miradas vacías de
color. Pronto aparecieron también doncellas de trenzas larguísimas entre las
que se asomaban flores de un brillo intenso. Había entre ellas una mujer
menuda de mayor edad que el resto. Una anciana la llevaba del brazo y la
mostraba ante la concurrencia, que acariciaba su túnica verde y las rosas en
su cabello ceniciento a la mínima oportunidad.
«Son Dana Doula y su madre». Estaba segura de mi intuición y se me
encogió el corazón al recordar cómo habíamos exorcizado su magia al
quemar el edredón que tejieron con tanto ahínco.
Dana Doula soltó el brazo de la anciana cuando un niño risueño le puso
un grueso libro en las manos. Lo sostuvo en alto durante unos instantes y
reconocí las tapas rugosas del volumen que había perdido. Entonces la
mujer se arrodilló y sobre ella descendió una lluvia de pétalos mientras un
joven con el torso desnudo la coronaba de flores estivales. Él era también
rubio, pero su cabello aún conservaba el brillo dorado de la adolescencia.
Miraba a Dana Doula con una veneración que solo había presenciado en los
ojos elevados al cielo de los santos pintados en las capillas. Dana Doula se
levantó y rodeó la cintura del joven con sus brazos delgados. Él acercó su
boca, anhelante, y ella lo besó con furia.
Justo en aquel instante, el amanecer se filtró por la balaustrada con una
fuerza inusitada como si quisiera bañar a Dana Doula y su amante de
aquella luz nueva en la que acabaron derritiéndose.
Me incorporé en medio de un violento y largo ataque de tos que me
arrancó lágrimas de los ojos. Seguía sintiéndome febril, pero al menos se
habían acabado las alucinaciones. «Maestro, no quiero seguir aquí. Me he
hartado del norte y de sus habitantes. Añoro a mi madre y mis hermanos»,
imploré en silencio, entre toses, incapaz de mantenerme erguida.
Avancé a tientas por la habitación, apoyándome en los muebles para
evitar tambalearme. Tenía que encontrar a Devana y devolverle su maleficio
a gritos. No me conformaba con que los paganos la despedazaran.
Necesitaba verla suplicarme perdón de rodillas, tan vulnerable como me
había hecho sentir a mí.
Alcancé la puerta con un exabrupto de triunfo solo para toparme con un
guardia ya entrado en años cuyo nombre desconocía. Fue entonces cuando
recordé que Devana me había roto el camisón y marcado el pecho.
Retrocedí hasta la cama y me eché el edredón por encima en un gesto más
primitivo que decoroso.
—¿Quién creéis que sois para irrumpir así en la habitación de una
doncella? —grité y mi voz sonó ajena.
—Señora, doña Cordelia creía que estabais en peligro. Solo he cumplido
con su voluntad.
—Concededme unos instantes para recomponerme y bajaré yo misma a
hablar con ella —repuse.
—Me temo que eso no es posible. Ha ordenado que permanezcáis en
vuestra alcoba.
Iba a protestar, pero me lo pensé mejor. No me convenía comportarme
como una desquiciada, por mucho que ansiara golpear a aquel hombre y
ponerlo en su lugar. Entonces, asentí y pregunté lo que de verdad deseaba
saber.
—¿Y dónde se encuentra doña Devana? —Traté de transmitir un
desconcierto inocente, pero el hombre resopló como toda respuesta y
aquello rompió mis buenos propósitos.
—Os he hecho una pregunta. ¿Dónde está?
—Si de verdad no lo sabéis, os enteraréis muy pronto.
—No podéis hablarme así —grité, apretando la manta en torno a mi
cuerpo—. Exijo saber qué está sucediendo.
—Como os he dicho, mi señora, lo sabréis pronto.
Se marchó sin hacer caso de mis exigencias. No me moví del sitio hasta
que Fabia apareció con los acostumbrados enseres de aseo. Caminaba
incluso con más parsimonia de la habitual y me percaté de inmediato de su
reticencia a mirarme, en la que leí algo más que timidez. Me trataba como si
fuera Devana y mi tacto le resultara venenoso.
No le grité, porque en casa me enseñaron a no maltratar jamás a las
doncellas, pero tampoco hice nada por tranquilizarla. Ya tenía bastante con
mantener el control sobre mí misma.
Cuando doña Cordelia apareció, ya estaba vestida y peinada como de
costumbre. Quise despedir a Fabia, pero la anciana ladeó la cabeza tras una
corta deliberación no exenta de teatralidad.
—Comprenderás que no puedo quedarme a solas contigo, niña.
—No veo por qué no —repuse.
—Quizá sigas bajo el embrujo de esa mujer.
Fabia dio un saltito al escuchar esas palabras, como si la mera mención le
resultara sacrílega. Entonces recordé que la doncella había visto la herida
del pecho y dudaba que fuese a guardar silencio. Tejiera lo que tejiera en
torno a la noche anterior, habría de hallar una explicación plausible para los
arañazos. Carraspeé al percatarme de que mis opciones eran bastante
pobres: doña Cordelia se había encargado de destruir mi credibilidad. Solo
había un camino disponible si quería salir indemne y era entregarle a
Devana. Desde luego, era lo que se merecía después de lo que me había
hecho. No tenía más que arrojarme a los pies de doña Cordelia y ofrecerle
todo lo que necesitaba para deshacerse de su falsa nuera. Entonces podría
volver a casa y dedicar mi existencia a olvidar el norte.
Sin embargo, permanecí inmóvil y callada. Cordelia sugirió que
tomáramos asiento y yo asentí, avanzando entre temblores. De pronto caí en
la cuenta de que no me habían traído siquiera una jarra de agua.
—Estoy preocupada por doña Devana. El guardia se niega a revelarme su
paradero.
Carecía de fuerzas para aderezar mis palabras de artificio alguno.
—Ha vuelto a su alcoba y permanece bien guardada, como vos —
respondió doña Cordelia con una satisfacción supurante—. No hay nada
que temer.
—¿Por qué habría de temer a una buena amiga?
—Ah, ¿una buena amiga? ¿Qué ha sido de tu antigua prudencia, niña?
—Solo quiero saber si está bien. No me pidáis que la condene sin saber lo
que ha hecho. ¿Qué tendría eso de prudente?
—¿He de entender que desconocías sus planes?
—¡Por supuesto que sí!
—Tu buena amiga encendió una hoguera en la capilla, por poco no le
prende fuego.
«Se ha vuelto loca», pensé a la vez que hacía la señal de la Luz,
acongojada. Entonces reparé en que el fuego también era un regalo del
Maestro que los paganos no tenían derecho a reclamar para sí, igual que no
podían poseer el aire o los bosques de la tierra. De donde ellos extraían su
magia perversa, nosotros obteníamos lumbre para el invierno, madera para
construir un altar a nuestro dios. Sin embargo, no acababa de saber cómo
articular aquella idea ante la petulante doña Cordelia, ebria de victoria. Sin
esperar a mi respuesta, continuó con la historia:
—Nos lo han contado los guardias y el sacerdote. Iban a salir a los
campos a apagar las hogueras y decidieron encaminarse a la capilla para
recibir la bendición del Maestro. En cuanto se arrodillaron, se vieron
cercados por un círculo de fuego que los retuvo toda la noche. Aseguran
haber visto cómo Devana mantenía las llamas con alguna hechicería.
—¿Alguien le ha preguntado por qué lo hizo?
—¿Qué necesidad hay? Ha profanado un lugar consagrado y eso no tiene
perdón.
—Es la mujer de vuestro hijo. Tendríais que escucharla.
—También es una pagana que se ha criado en el seno de un culto salvaje
—me espetó ella, dejando que se asomaran las profundidades de su
desprecio—. De todas formas, no podría arrancarle media palabra aunque
quisiera: guarda silencio desde que apagó las llamas. No se resistió a que la
encerráramos, ni ha negado sus actos.
—Supongo que querréis escribir a don Loren y su majestad sobre un
posible divorcio. —Intenté camuflar la rabia de mi voz como una mansa
tristeza, que acabó sonando rasposa y ronca. Había dado demasiado de mí
misma para que todo acabara así.
—Me temo que ya no existe la posibilidad de mandarla a la abadía. ¿En
qué situación pondríamos a las hermanas? Solo nos queda un camino y es la
ejecución. Ya que mi hijo es demasiado cobarde para dar la orden, lo haré
yo.
—¡No! —grité—. No tenéis derecho. Al menos merece un juicio.
—Su majestad me ha concedido la autoridad de proteger Iblis y a sus
habitantes por los medios necesarios. No malgastaré un tiempo valioso con
una pantomima fútil.
—Loren no os lo perdonará.
—No le quedará más remedio. Soy su madre —me espetó con una sonrisa
beata—. Con el tiempo se dará cuenta de que no fui yo quien falló en su
cometido.
Suspiré exasperada. Aquella mujer seguía pensando que mi único interés
era complacer a su hijo. Mucho antes de que Loren me suplicase que
salvara a su Devana, yo ya la había visto bailar en la nieve con los dedos
tiznados de ceniza. Para alejarla de su mundo me había aventurado en su
interior, consciente a medias de las marcas que iba a dejarme.
—Dejadme hablar con ella al menos —supliqué.
—¿Y arriesgarnos a que vuelva a hechizarte? Olvídala, niña. Pronto
estará muerta y con ella su magia. Entonces volverás a ser libre de ir adonde
se te antoje.
—No sé por qué creéis que me ha hechizado, os aseguro que…
Doña Cordelia le hizo un gesto a Fabia para que se acercara y la doncella
se apresuró a obedecer, aunque me di cuenta de que le temblaban las manos
y no separaba la vista del suelo.
—Subí a vuestra alcoba esta noche, mi señora, para asegurarme de que
estuvierais bien y vi… esas marcas en vuestro pecho. Cuando intenté
llamaros no respondíais, aunque teníais los ojos abiertos.
No fui capaz de hilar una mentira con la rapidez suficiente y tampoco
sabía si quería hacerlo. Todavía me sentía dolida. Supe que había perdido la
oportunidad de defenderme cuando doña Cordelia se levantó y se alisó el
vestido.
—Aprovecha el tiempo para rezar y recuperar la cordura. En un par de
días todo esto no será más que un mal sueño —me dijo como despedida—.
Con un poco de suerte, la herida no dejará cicatriz y nadie sabrá lo
sucedido, ¿verdad? Siempre que sepas mantener la boca cerrada.
En cuanto me quedé sola, me dediqué a pasear por la torre descalza hasta
que me sangraron los pies. Sabía que había un guardia al otro lado de la
puerta, así que no me avenía a llorar como deseaba. La noche anterior
seguía pesándome sobre los hombros, como un recordatorio del descanso
que le debía a mi cuerpo, pero me parecía que dejarme caer en el lecho
equivaldría a admitir que no había manera de salvar a Devana. No quería
dormir mientras ella sufría.
A mitad de la tarde, una mole negra se introdujo en la alcoba desde la
balaustrada. Tardé unos instantes en reconocer a Pelnor paseándose con sus
aires perezosos como si no estuviera a punto de quedarse de nuevo sin
dueña. Lo llamé de vuelta a la balaustrada sin éxito hasta que le ofrecí un
pedazo del pescado que había sido incapaz de ingerir.
—Devana —susurré en dirección al gato, sintiéndome ridícula y
esperanzada a la vez—. Tienes que defenderte. Ha de haber una explicación
tras tus actos. Por favor, sé que piensas que tienes que sacrificarte, pero no
es verdad. Tú eres más importante que toda esa gente. No debes morir.
Pelnor devoró todo el pescado sin levantar la cabeza, mientras yo lo
observaba, anhelante de la más mínima indicación de que Devana veía a
través de sus ojos.
—Lo que hiciste ayer no estuvo bien —continué—. Creí que me habías
vendido por salvar a cuatro pueblerinas a las que ni conocías. No sé si voy a
poder perdonarte, pero sí que no soportaría que todo nuestro esfuerzo de
estos últimos meses hubiera sido en vano. Si… si de verdad yo no te
importo lo más mínimo, hazlo por tu hija. No llegará a existir si dejas que
Cordelia te ejecute, por favor…
Antes de que pudiera seguir con mi retahíla, Pelnor dio un salto hacia la
baranda y se marchó por donde había venido, escalando con una habilidad
sobrenatural para un gato de su edad y tamaño. Lo llamé durante un buen
rato, casi a gritos, mientras me clavaba las uñas en las palmas de las manos
y rezaba por que el cielo nos concediera un milagro.
Y, en medio de mis balbuceantes oraciones, comprendí que ante los ojos
del creyente un milagro era indistinguible de la magia. Cesé los sollozos y
fui en busca del ejemplar del Libro que Devana solía leer junto a la
balaustrada mientras imploraba en silencio por la infinita misericordia
divina.
Los textos sacros exigían atención y disciplina, quizás por eso me ayudaron
a sentarme, secarme los ojos y respirar de nuevo. Sabía que mi plan era una
quimera frágil y volátil. Me dispuse a emplear el escaso tiempo del que
disponía en adornarla con una red tan intrincada que fuera capaz de poner
en un aprieto a cualquier sacerdote. No me engañaba pensando que lograría
la salvación definitiva, pero sí compraría unos cuantos días más para
recurrir a alguno de los amigos de Loren en Adra.
Al caer la noche, encendí un par de velas para seguir leyendo y fue
entonces cuando Fabia se adentró en la estancia con una bandeja. Se quedó
mirando las llamas en mis manos y a punto estuvo de derramar la comida
por el suelo. A aquellas alturas, volvía a tener hambre, así que me apresuré a
recoger la bandeja y colocarla en la mesa.
—Doña Cordelia desea saber cómo habéis pasado el día —dijo con un
hilo de voz tan fino que tuve que esforzarme para discernir las palabras.
—Rezando para que la luz del Maestro nos ilumine antes de que el daño
sea irreparable —respondí con severidad.
Ella asintió y se dispuso a irse, pero la retuve llamándola por su nombre.
No tendría la posibilidad de hablar con nadie que no fuera mi taciturno
guardia hasta la mañana. Ignoraba casi todo sobre Fabia, nunca me había
interesado más que su discreción y ahora lamentaba no haber indagado
sobre las lealtades de aquella mujer tan cauta y callada.
—Eres piadosa, ¿no es verdad, Fabia?
—Lo intento, mi señora —contestó ella, alzando sus ojos cálidos y
parduzcos.
—Bien, está a punto de cometerse un terrible sacrilegio en estas paredes.
Si doña Devana muere, será mártir, y nosotros no mucho mejores que los
paganos a los que combate su majestad.
Leí en su rostro que ansiaba alejarse de mí, así que suavicé la voz para no
espantarla.
—¿Acaso no fue también Santa Brida una mujer del norte y tuvo
compasión de cuantos paganos encontró? Fue su piedad y no el acero lo que
originó las primeras conversiones en esta tierra. Cuando Devana acudió
anoche a la capilla para rezar por su pueblo, se produjo un milagro. No era
una hoguera, sino la luz del Maestro —terminé con más seguridad de la que
sentía.
—¿Creéis que doña Devana es una santa?
—¿Cómo habría podido invocar al fuego en la capilla de otro modo?
¿Piensas acaso que el Maestro lo permitiría?
De nuevo, se sumió en el mutismo y yo contuve una sonrisa victoriosa.
Estaba bastante segura de que la incertidumbre iba a echar raíces en su
interior.
—Pero doña Cordelia… —musitó.
—Hemos de salvarla de cometer un terrible sacrilegio, ¿no te parece?
—No lo sé, mi señora. Yo no puedo hacer nada.
—Eso no es cierto —repuse y le indiqué que me acompañara a la
balaustrada antes de continuar—. Necesito que corras la voz sobre lo que te
he dicho. Es muy importante que el castillo entero se oponga a la ejecución:
desde los mozos de cocina a los caballeros.
—No… no me atrevo a hacer algo así —confesó con la voz temblorosa
—. A mí nadie me escucha, mi señora.
—No pasa nada —la interrumpí, pues lo último que deseaba era perderla
como aliada—. En ese caso, ¿podrías enviar una carta en mi nombre?
Ladeó la cabeza, tajante.
—El guardia me registrará cada vez que entre y salga de vuestras
dependencias —susurró.
—Intentaré solucionarlo mañana —prometí—. De momento, solo te pido
que vayas a ver a Devana en mi lugar. Dile que no se preocupe, que vamos
a salvarla.
—Iré a verla y le llevaré la cena, pero no me atrevo a hablarle —
murmuró, aún reticente.
—Fabia, te ruego que medites sobre lo que te he contado. Devana está
sola y cree que la van a ajusticiar —supliqué, desesperada—. Ten un poco
de compasión.
—No puedo, mi señora. No soy valiente como vos.
—Está bien —capitulé, consciente de que no iba a obtener nada mejor—.
Asegúrate al menos de que siga con buena salud.
Cuando volví a quedarme sola di cuenta del caldo frío y el pan negro
antes de comenzar a redactar varias cartas en fino papel de manuscrito.
Estaban dirigidas a distintos capitanes apostados en las cercanías. Gracias a
mi reciente labor de secretaria para doña Cordelia, conocía sus nombres y
localizaciones. Les pedí a los tres que acudieran de inmediato en honor a la
amistad que los unía a don Loren y su compromiso con la guerra santa. Don
Goro, don Dacio y don Salazar. Apenas sabía nada de ellos, pero confiaba
en atraerlos con mis palabras. Solo nos hacía falta que uno de ellos se
presentara aquí para retrasar la ejecución hasta el regreso de Loren.
Abrí los ojos para encontrar a Pelnor tumbado a mi lado. En lugar de
alejarlo como de costumbre, me aferré a él para acariciarlo, hambrienta de
calor y consuelo.
Fabia llegó poco después con la bandeja del desayuno, exhibiendo un aire
despierto y resolutivo insólito en ella. La contemplé expectante mientras me
aseaba. Debía presentar un aspecto deplorable, pero no me importaba en
absoluto. Ya habíamos perdido demasiado tiempo.
—No come ni habla, mi señora —anunció al final con mal disimulada
admiración—. No pude subir a su torre, porque se lo encargaron a otra, pero
todo el mundo lo comenta en la cocina: ayuna y guarda silencio como una
santa mártir.
Tardé unos segundos en ser capaz de responder, tan acongojada como
estaba. Por conveniente que pudiera parecer, sabía que Devana ignoraba la
comida solo en sus peores momentos. Prefería padecer sus gritos y
mezquindades antes que verla fingir una serenidad antinatural junto a la
ventana en un perverso intento de castigarse por seguir viva.
—Claro que no come —me obligué a responder—. No come ni habla
porque busca purificarse.
—Mi señora, anoche tenía mis dudas, pero ahora os creo —confesó en
voz tan alta que tuve que recordarle la presencia del guardia en la puerta
mandándola a callar—. ¿Qué vamos a hacer? Doña Cordelia pretende
ejecutarla mañana al atardecer.
—¿Tan pronto? —Ahora fui yo quien se mordió la lengua para no gritar
—. Fabia, has de enviar las cartas. No hay otra manera.
Me precipité sobre el escritorio para hacerme con las misivas, mientras
Fabia volvía a sumirse en un silencio esquivo. Sospechaba que las dudas
habían regresado junto con el considerable riesgo de aquella enmienda, pero
no iba a permitir que se echara atrás.
—Mi señora, nada ha cambiado desde anoche…
—Las esconderemos entre la ropa, guarda cuidado.
—No voy a ser capaz, el guardia lo sabrá en cuanto me vea…
—Pase lo que pase me haré responsable.
Tomé sus manos entre las mías y sonreí para transmitirle valor. Habría
podido hablarle durante horas sobre los sacrificios que nos exigía el
Maestro para demostrar nuestra fe, pero sospechaba que no habría servido
de nada. Por muy pía que fuera Fabia, era una mujer apegada a su seguridad
terrena.
—¿Cómo podría confiar en vos? —dijo de pronto—. Después de todos
estos meses ni siquiera habéis reparado en mí. ¿No os disteis cuenta de que
nos conocíamos?
La miré con atención durante unos instantes, intentando evocar algún tipo
de familiaridad, que no surgió por mucho que me detuviera en aquellos
rasgos anchos y severos. Improvisé una disculpa que no llegué a articular
porque Fabia me interrumpió con un suspiro de irrespetuosa pesadez. Tuve
que recordarme que debía ser paciente y generosa con ella. Sin Fabia, todos
mis planes se resquebrajarían contra un muro infranqueable.
—Prefiero que no os molestéis en fingir, doña Ginois —me soltó—.
Quizás erais demasiado pequeña para acordaros, ahora que lo pienso.
—¿Habéis visitado Tralia con doña Cordelia alguna vez? —titubeé.
—Fuisteis vos quien vinisteis a mi casa junto a vuestra madre y don
Sagramore para acudir al entierro de vuestra señora abuela, ¿no lo
recordáis? Vuestro hermano apenas hablaba entonces sino a través de vos.
Parecíais una especie de heraldo gritando sus palabras con toda la
solemnidad del mundo. Jamás vi dos hermanitos más unidos.
—No lo entiendo —musité, avergonzada como si hubiera desvelado algo
sucio sobre mí—. ¿Qué hacías en casa de mi abuela?
—Mi abuela es prima de vuestra madre —anunció.
—Ah, entonces ¿eres hija de Cladia o de Isobel? —inquirí, satisfecha de
que al menos siguiera reteniendo los nombres de mis primas segundas,
compañeras de mi madre en su juventud.
—De Isobel, mi señora.
—Ojalá lo hubiera sabido antes. No sé por qué doña Cordelia no lo
mencionó. Aunque eso no me excusa, por supuesto. Debí de interesarme
más por ti.
Madre nunca me lo iba a perdonar. Adoraba a sus parientes con fervor,
igual que todo lo que le recordaba a su juventud. A lo largo de los años
había traído a casa a muchos de los hijos de sus primas para que se
formaran como caballeros, mientras que las hijas habían sido nuestras
doncellas. Probablemente fuera cosa suya que doña Cordelia acogiera a
Fabia.
Aquella frustración iba a ser difícil de rumiar. ¿Cómo podía haber
obviado algo así? Iba a pagar el precio de la ceguera obsesiva en la que
había vivido los últimos meses. Fabia no me respondió, sino que empezó a
retorcerse las manos con nerviosismo.
—No quería obligaros a concederme un trato especial —dijo al cabo de
un rato, retirando las manos a su espalda—. Me di cuenta enseguida de que
no os acordabais de mí.
Al percatarme de que la conversación se había hundido en la
incomodidad del descubrimiento, decidí optar por una estrategia un poco
más arriesgada.
—Supongo que preferías que no te prestara mucha atención. Al fin y al
cabo, me estabas espiando para doña Cordelia.
Contemplé con inquietud cómo el color abandonaba su rostro, pero no me
desdije ni ella se marchó.
—Mi señora…
—No te culpo, no tenías otra opción, pero comprenderás lo que arriesgo
al confiarte algo tan importante, ¿no? Sé que eres una buena persona y que
no dejarás que doña Devana se convierta en mártir sin necesidad.
Le coloqué las cartas en las manos y ella se las metió debajo del vestido
con manos temblorosas.
—Estáis segura de que es una santa, ¿no es así, mi señora?
—Estoy segura de que si la dejamos morir no habrá perdón para ninguna
de nosotras —le espeté, mientras recogía algunas joyas guardadas en un
cofrecito y las deslizaba en el bolsillo de su delantal—. Esto es por si
necesitas sobornar al mensajero. ¡Ahora, corre! Si no te apresuras, todo
riesgo será en vano.
Elidel decía a menudo que le gustaría metamorfosearse en gaviota para
atravesar el mar. Hasta aquellos instantes no había comprendido su anhelo.
Las gaviotas se me antojaban sucias y descaradas. Odiaba su desagradable
canto resonándome en la cabeza. No dejaba que mis hermanos se acercaran
a ellas cuando bajábamos a la playa y reprendía a Elidel por expresar aquel
deseo tan poco pío. Tenía brazos y piernas porque así lo había querido el
Maestro. Estaba anclada a la isla porque era el lugar que él había dispuesto
para ella.
—Pero doña Cordelia cruzó el mar desde el continente —replicaba mi
terca hermana.
—Su caso es distinto —contestaba yo—. Vino porque era su deber.
Por supuesto, aquello nunca había satisfecho a Elidel quien sostenía que
algún día ella también haría de cruzar el mar su deber mientras yo la
agarraba de la cintura como si así pudiera impedir que le crecieran alas y
nos abandonara. Sin embargo, en aquellos instantes habría hecho cualquier
cosa por metamorfosearme en ave y asegurarme yo misma de que las tres
misivas llegaran a tiempo.
Miraba ansiosa por el balcón o pegaba la oreja a la puerta. No obstante,
no hubo más pasos que el caminar nervioso del guardia ni más sonidos que
sus resoplidos. No se trataba del mismo del día anterior, sino un hombre
más joven y aparentemente indignado de que le encomendaran vigilar a una
doncella. Al menos parecía menos hostil que su compañero.
Las horas transcurrieron con una parsimonia lacerante y silenciosa
mientras la luz abandonaba la torre. Ni siquiera me molesté en encender una
vela para alumbrarme y entretenerme con la lectura. A la hora
acostumbrada, la puerta se abrió para dar paso al guardia viejo y
desconfiado que me había descubierto el día anterior. No me saludó, sino
que se aclaró la garganta y anunció:
—Doña Cordelia requiere vuestra presencia.
Asentí, ocultando mi nerviosismo con una mirada grave y distante.
Quizás alguno de los tres capitanes había enviado un mensajero para
desaconsejar la ejecución. Sin duda doña Cordelia trataría de desquitarse
conmigo, pero no me importaba. Alcé los ojos al techo para una rápida
oración y salí de la alcoba con actitud enérgica.
El guardia me condujo a las dependencias de doña Cordelia, quien nos
aguardaba frente a un par de copas de vino con una sonrisa rígida que
auguraba problemas. Dio un par de sorbos a la copa antes de despachar al
guardia. Al parecer ya no tenía miedo de quedarse conmigo a solas.
La anciana no habló de inmediato, sino que me miró en silencio como si
tratara de buscar algo concreto en mi rostro, quizás un cambio sutil.
—No te reconozco, hija mía.
—Lo mismo podría decir yo de vos —respondí y la voz se me quebró—.
Os tenía por la mujer más virtuosa sobre la tierra.
—No hace falta que sigas lloriqueando —me interrumpió, mientras
rebuscaba algo en su escritorio—. Haz el favor de explicarme sin balbuceos
cómo has podido traicionarme después de todo lo que he hecho por ti.
Dejó caer tres sobres en la mesa en los que reconocí mi propia caligrafía.
Las lágrimas anegaron mis ojos en el instante en el que me percaté de que
las cartas no habían llegado a su destino y nadie vendría a nuestro rescate.
—¿No tienes nada que decir? —siguió insistiendo, mientras me llevaba
los sobres al pecho como si así pudiera hacerlos desaparecer—. Porque, si
te interesa mi opinión, me ha parecido un intento muy burdo. El mensajero
nunca llegó a abandonar los terrenos del castillo.
—Sabíais que iba a intentar salvarla —susurré, derrotada—. Por eso me
habéis encerrado.
—No es eso lo que te he preguntado.
—Vos no estáis actuando bien —respondí—. Devana no merece la
muerte. Es una de las nuestras, acogida en el seno del Credo por su
majestad.
—¡Quería prender fuego la capilla!
—¡Si eso fuera verdad, todas habríamos ardido con ella aquella noche! —
le espeté—. Vos la provocasteis y ella ayudó a su pueblo. ¿No es eso por lo
que estamos aquí?
Doña Cordelia dio un trago y señaló a la otra copa que aguardaba sobre la
mesa.
—Lo ha enviado tu madre —me dijo—. Sus cartas y las de tus hermanos
están en mi poder. Se avergonzarían tanto de tu comportamiento. Has
dejado que esa pagana haga de ti su marioneta.
Tragué saliva y, con firmeza, sostuve la copa, sedienta de hogar, pese a
que el amargor me quemara las entrañas y me indujera náuseas. Por mucho
que detestara la vid sabía que a veces no quedaba más remedio que
llevármela a los labios.
—Mi señora, no deseo faltaros más el respeto —dije, abandonando los
sollozos—, solo os pido que me escuchéis. Concededme al menos retrasar
la ejecución y mantener a Devana encerrada hasta que vuelva don Loren y
pueda celebrarse un juicio justo. Os lo ruego por el afecto que ha unido a
nuestras familias durante tantos años.
—Mi hijo la perdonará, no me engaño al respecto —repuso—. Él ha sido
quien nos ha puesto a ambas en esta tesitura tan desagradable. Sé que
piensas que has fallado a Loren, pero ahora tienes que ser fuerte, hija mía.
Mañana nos libraremos de ella para siempre y después volverás a casa.
¿Entendido?
—Doña Cordelia… —rogué.
—Ginois, esa mujer es peligrosa. No puedo dejar que se convierta en la
madre de mis nietos.
—También serían los hijos de Loren.
—Ah, ¿y a quién le importaría eso? La contaminación y la podredumbre
correría por sus venas. Nadie confiaría en ellos.
—No es cierto. Yo sí lo haría.
—¿Y quién eres tú? Después de lo ocurrido no volverás a dejar Tralia,
hija mía. No me extrañaría que acabaras tus días en la abadía. Una lástima,
pero te has labrado tú misma ese fin.
Doña Cordelia llamó al guardia y le ordenó que me condujera de vuelta a
la torre. Aquel hombre me recibió con otro de sus pocos respetuosos
gruñidos. Era obvio que pensaba que estaba bajo la influencia de la magia
de Devana o no se atrevería a tratarme así. Quise escaparme, pero el guardia
me agarró la muñeca con su mano enguantada de verde. Caminamos en
silencio mientras él tiraba de mí hacia la torre. Una vez allí no se limitó a
ocupar su lugar en la puerta, sino que me escupió antes de decir:
—Siento lástima por vuestro padre.
Le habría reprochado la insolencia de no ser porque justo en ese instante
unas manos surgieron de la oscuridad y golpearon al guardia en la cabeza.
Solté un chillido antes de sentir cómo me tapaban la boca.
—Mi señora, guardad la calma —dijo a mi oído un hombre que reconocí
como Naimo.
Otro soldado joven se acercó tímidamente con una lamparita de aceite en
las manos para iluminar el cuerpo caído de su compañero. Había algo en él
que me resultaba familiar, pero no acababa de ubicarlo.
La atacante resultó ser Fabia, blandiendo el atizador de la chimenea.
Temblaba de la cabeza a los pies y miraba su obra con la respiración
entrecortada.
—Creía que me habías traicionado —confesé—. Doña Cordelia tiene las
cartas.
—Lo sé —contestó con la voz ahogada—. Lleva todo el día buscándome,
pero me han ofrecido refugio —añadió dirigiendo una rápida mirada a
Naimo.
Sentí curiosidad por cómo se había creado aquella alianza, pero no había
tiempo para indagar. Aquel hombre recuperaría la conciencia en cualquier
momento y solo contábamos con la noche para salvar a Devana.
El otro guardia se apresuró a atar las manos y los pies de su compañero
como si esperara que le gritara en cualquier momento. Fabia lo apartó para
ocuparse ella misma con sus dedos siempre hábiles, mientras el joven la
observaba con veneración.
—¿Qué hacemos ahora, doña Ginois? —inquirió Naimo.
Los tres me miraban expectantes y sentí que su deferencia me hacía
recobrar el ánimo.
—Hemos de ir en busca de Devana, por supuesto.
Sabía a dónde nos conduciría aquel camino y el amargor del vino volvió a
inundar mi garganta, como un recordatorio de que aquel no sería el único
rojo que vería y sentiría aquella noche sobre mi piel. Aun así, no dudé. En
ocasiones no queda más remedio que llevarnos a los labios lo que
detestábamos sin dilación ni titubeos. No sería la primera en ensuciarme las
manos por Devana.
10
LA SANTA EN LA PIRA
N
o permití que la vacilación delatara la incertidumbre que
empañaba nuestra empresa. Me sentía víctima de una fiebre que
diluía y agrietaba las paredes, dejándome varada en una nada
intangible. Por suerte, mis pies conocían de sobra el camino a la torre de
Devana y me conducían con diligencia incluso si el resto del cuerpo se
derrumbaba.
Naimo iba pegado a mí, seguido de Fabia y el joven guardia, Remigio,
cerraba la marcha con visible aprensión. Sus carraspeos constantes
resultaban un fastidio, pero no me avenía a ordenarle guardar silencio.
Fabia, sin embargo, le chistó en más de una ocasión con un deje irritado que
me hizo pensar que se conocían desde hacía tiempo.
El camino a la torre de Devana estaba despejado. Naimo me hizo
situarme detrás de él con ademán taciturno. Yo asentí, consciente de que los
guardias no se tragarían nuestras mentiras y sería difícil reclutarlos para
nuestra causa. Sabía que doña Cordelia no habría dejado al azar quién
protegía esa puerta.
—Ya casi estamos, mi señora —dijo Fabia, como si no nos separara más
que un parpadeo de Devana.
Sonreí, ahogando las náuseas, y me recogí la falda para comenzar el
angosto ascenso, con el joven Remigio a nuestra espalda.
Un destello ondulante alumbraba las escaleras, proyectando sombras de
ambos guardias, que en su deformidad parecían abalanzarse sobre nosotros
cual ente ignoto y hambriento. Uno de ellos se acercó con la lámpara al oír
los pasos. Lo reconocí como uno de los amigos de Sagramore cuyo nombre
nunca me había molestado en memorizar. Desde aquella altura se me antojó
un gigante infranqueable.
—¡Naimo! —gritó el guardia—. ¿Qué haces aquí con semejante
compañía?
—Venimos a ver a doña Devana —explicó él con naturalidad.
—Eso no es posible.
—¿Por qué no? —dije intentando imitar la autoritaria ligereza de doña
Cordelia.
Mi voz alertó al otro guardia, un hombre barbudo a quien no conocía.
Había tantos soldados en el castillo que era imposible jugar a adivinar las
lealtades de cada uno. Sin embargo, mi intuición me decía que los de mayor
edad compartían la causa de doña Cordelia y nunca la abandonarían.
—Vos también deberíais permanecer en vuestra alcoba, mi señora —dijo
con cierto ademán desdeñoso—. Todos saben que…
—Todos saben que Devana es una santa obradora de milagros y
pretendéis darle muerte cual paganos ignorantes —bramé como si estuviera
perdiendo la paciencia en vez del valor.
Ambos guardias intercambiaron una mirada antes de avanzar en nuestra
dirección. Fabia me apartó apresuradamente mientras que Remigio también
se llevaba la mano a la espada.
—Mira, Naimo, lo mejor será que la devuelvas a su alcoba y hagamos
como que esto no ha pasado. Doña Cordelia no está de humor para
tonterías.
—Sois vosotros los que tendríais que deteneros a pensar —repuso el
soldado con gravedad—. ¿De verdad creéis que don Loren va a dejaros
vivir cuando descubra vuestra vinculación en el asesinato de su joven
esposa?
Ambos hombres profirieron quejas ininteligibles, pero me percaté de que
el barbudo se disponía a dar la alarma. Se lo hice saber a Naimo de un breve
chillido. Mi compañero se interpuso en el camino del guardia, con la espada
desenvainada.
—¡Remi! —llamó y el joven se adelantó para luchar contra el otro
guardia con tanto ímpetu que me dio un empujón y caí al suelo.
Tuve que apoyarme en Fabia para ponerme en pie. Dirigí la vista hacia la
pelea, incapaz de discernir en la oscuridad si los nuestros iban a imponerse.
No me complació entender que, a juzgar por los bramidos de ambos
guardias, pronto el castillo entero estaría despierto.
Un cadáver rodó escaleras abajo. Descendí tras él, angustiada, solo para
comprobar a la luz de la linterna que pertenecía al amigo de mi hermano. Le
cerré los ojos y elevé la vista para pronunciar una oración rogando
misericordia al Maestro por nuestros actos.
«Ha sido cosa mía», pensé. Al recordar todas las veces en las que había
mirado a aquel joven y sus amigos con desdén, me invadió una culpa espesa
y corrosiva. Nunca había deseado que mi huida tuviera consecuencias
fatales. Tendría que haber evitado el enfrentamiento, aunque ni siquiera en
aquellos momentos se me ocurriera un modo.
Me obligué a observar cómo mis aliados acorralaban al guardia barbudo,
cuyos gritos poseían un timbre agudo, parecido a un animal de granja.
—¡No le matéis! —ordené entre jadeos.
Remigio lo dejó fuera de combate de un golpe y me miró en busca de
aprobación. Incluso con la espada ensangrentada y en medio de la oscuridad
se asemejaba a un cachorro confuso.
—Mi señora, cuando habéis dicho que doña Devana es una obradora de
milagros…
—¡Luego habrá tiempo para eso, Remi! —lo reprendió Fabia tomándolo
del brazo.
Naimo nos hizo un gesto a Fabia y a mí para que nos acercáramos. Dimos
un salto para pasar por encima del guardia derribado. Remigio se apresuró a
ayudarnos y me fijé en su rostro sudoroso y los ojos enrojecidos. Quizás él
también estaba recuperándose de alguna herida de combate.
Me adelanté para atravesar la puerta. La inquietud me atenazaba la
garganta y me impedía respirar. Solo la tibia presencia de Devana sobre su
lecho, dormida como si no hubiéramos matado a un hombre en el umbral,
habría podido devolverme la calma.
Un vistazo me bastó para sentir su ausencia. Faltaba su fragancia a
violetas, su silueta enredándose con la luz de la luna. En su lugar, no había
más que mantas en el suelo y muebles volcados, entre los que descansaba
Pelnor, aposentado sobre el viejo vestido invernal de su dueña.
Me dio la impresión de que el gato me había estado esperando así que me
agaché para ponerme a su altura, mientras Fabia y Naimo registraban la
diminuta alcoba y Remi guardaba la puerta.
—Qué frío más atroz —se quejó Naimo tras un estornudo—. No me
puedo creer que doña Cordelia haya mantenido aquí a su nuera todo este
tiempo…
—Eso es que no la conocéis como yo —repuso Fabia—, pero también es
cierto que la chimenea parece recién apagada…
Pelnor se incorporó y me rozó con las patas delanteras, como
indicándome que lo siguiera. Me mordí el labio, pensando en qué
explicación podía darles a mis acompañantes para que confiáramos en el
criterio de esa bestezuela.
—Tal vez se la hayan llevado para prepararla para la ejecución —dije.
—¿Y por qué seguían los guardias en la puerta? —preguntó Naimo.
—Para distraernos. Doña Cordelia sabía de los reparos de doña Ginois —
intervino Fabia.
—Entonces tenemos que darnos prisa —la interrumpí, poniéndome en
pie, a la vez que el gato se deslizaba fuera de la alcoba—. Tengo fe en que
el Maestro nos permitirá hallarla antes de que sea demasiado tarde.
Seguimos a Pelnor escaleras abajo. La fiebre se había marchado junto a la
respiración agitada. Me había vuelto ajena a todo menos a la figura del gato,
que se confundía entre las sombras, mientras a nuestro alrededor resonaban
voces y pasos, acompañados de un tintineo metálico. Sentía el acoso de
nuestros perseguidores como si lo perpetrara la misma oscuridad, cada vez
más angosta.
Acabaron por darnos alcance en uno de los pasillos que conducía al patio
central. Eran al menos cinco guardias con los rostros ocultos tras cascos
grotescos, aunque intuía que no se habrían sentido apelados lo más mínimo
de haberlos llamado por su nombre.
—Remigio y yo hemos recibido la orden de escoltar a doña Ginois —
informó Naimo, adelantándose—. Os ruego que nos permitáis continuar.
—En ese caso, venimos a relevaros. Nosotros la acompañaremos de
vuelta a su alcoba, donde debe estar —dijo uno de los guardias.
—Discrepo —contesté, mientras Pelnor me mordía los tobillos
instándome a continuar—. Mi deber es permanecer junto a doña Devana
hasta el final, tal y como se me encomendó.
Los guardias nos rodearon mientras Fabia dirigía la vista al techo y
musitaba una oración, temblorosa. Remigio y Naimo desenvainaron las
espadas, pero les indiqué con un gesto que actuaran con prudencia.
—Nos entregaremos si nos lleváis con doña Devana —propuse.
—¿Acaso sabéis lo que estáis pidiendo? —inquirió el mismo guardia de
antes—. No es un espectáculo apropiado para una doncella. Ni siquiera para
una tan impertinente.
Me sentí como si me hubiera gritado un insulto soez. Nadie me había
llamado nunca impertinente, pero era una palabra que usaba a menudo.
Devana era impertinente y así se lo había hecho saber. Mis hermanos se
mostraban impertinentes conmigo a cada rato, al menos siempre que
intentaba que cumplieran con sus obligaciones. Por el contrario, mis
mayores me describían como prudente, recta. No por primera vez, sentí que
había traspasado una frontera y me alejaba de casa demasiado rápido.
—Doña Devana no debe morir —insistí—. Todos los que sean cómplices
en esta ejecución profana se arrepentirán el resto de sus días.
Remigio se situó a mi lado con una determinación nueva. Hasta ahora
apenas lo había visto balbucear y obedecer nuestras órdenes:
—Yo soy la prueba de que doña Ginois dice la verdad —declaró—.
Muchos me conocéis. No podéis negarlo. Sabéis que perdí la vista por las
malas artes de una hechicera. Hace dos noches estaba en la capilla cuando
apareció doña Devana. Su fuego me tocó y, en lugar de quemarme, despejó
las tinieblas que me rodeaban.
Tragué saliva, intentando disimular la sorpresa y contemplé a Remigio
con una nueva emoción apenas contenida. Al fin lo recordaba. Había pasado
el invierno con el rostro semicubierto de vendas, atendido amorosamente
por Fabia, siempre en silencio.
—¿Cómo sabemos que dices la verdad? —escupió uno de los guardias—.
Quizás hayas hecho un pacto con la bruja a cambio de tus ojos…
—¿Cómo os atrevéis? —intervino Naimo—. Escupís a la cara de un
milagro.
—Ambos sois unos necios que bailan al son de unas chiquillas —dijo
otro guardia, que se plantó frente a mí y trató de agarrarme la muñeca.
—¡Pelnor! —grité señalando al guardia que tenía delante.
La bestezuela se lanzó contra él de un salto feroz. El guardia no esperaba
que un gato poseyera semejante fuerza y perdió el equilibrio. Aproveché el
hueco para escapar contando con que mis compañeros retrasaran a los otros
cuatro guardias. Vi las luces del patio como una pálida constelación.
Algunos se dieron la vuelta al escuchar pasos apresurados seguidos de
respiración agitada, pero logré salir al patio justo cuando empezaba a
asomarse el amanecer con una timidez anaranjada.
Mis perseguidores me alcanzaron en cuanto avancé hacia la multitud
agrupada en el patio. Los guardias me agarraron de los brazos, sin
importarles que los arañara y pataleara. Era fútil. Ellos iban pertrechados
con armaduras y cotas de malla, mientras que yo solo llevaba un vestido
ligero y carecía de fuerza.
Entonces, una voz poderosa, que yo conocía bien, los detuvo.
—¡Dejadla! Habría preferido ahorrarle este dolor, pero al parecer es la
única manera de librarla del hechizo que la tiene presa.
Ante las palabras de doña Cordelia, me depositaron en el suelo de donde
pude incorporarme con dificultad. Sin embargo, los guardias no se
separaron de mí mientras avanzaba, cojeando bajo la mirada de los soldados
presentes.
Aquella ostentación de fuerza me pareció impropia de doña Cordelia. No
hacía falta sacar a todo el castillo de la cama para una ejecución adelantada
a menos que considerara que existía peligro de fuga por parte de Devana.
Los guardias me condujeron hasta doña Cordelia, de pie frente al cadalso
sin dejar de abanicarse. Vestía ya de blanco como luto preventivo de su
descarriada nuera. Me sonrió con dulzura y me apartó el pelo de la cara de
una manera que me indicó que deseaba que guardara silencio. Me tomó de
los hombros, pero me aparté.
—¿No querías ver a tu amiga, niña?
Alcé la cabeza y me topé con la melena suelta y despeinada de Devana,
agitándose con el viento desde el cadalso improvisado para la ocasión.
Estaba demasiado lejos para discernir las sutilezas de su rostro mientras los
verdugos preparaban una hoguera a sus pies. No sabía si se entregaba a su
suerte con resignación o alivio.
Me giré hacia doña Cordelia, con los labios temblorosos.
—¿Queréis quemarla viva?
—¿No es eso lo que se hace con las brujas?
La contemplé unos instantes, incapaz de continuar. Nunca antes había
vislumbrado asomos de sadismo en aquella mujer que solía parecerme la
cumbre de la mesura. Quería ver sufrir a Devana y mis súplicas no iban a
saciar su sed.
—Con el tiempo verás que es lo mejor…
—¡No! —grité para atraer la atención de todos los que nos rodeaban—.
¿Por qué no lo admitís de una vez? Tratáis de disfrazar vuestra cobardía de
sabiduría, pero ya no me vais a engañar.
—Se me escapa lo que quieres decirme, hija —respondió doña Cordelia
—. Guarda silencio y ten un poco de respeto por el alma que vamos a
purificar.
—Os deshacéis de ella de noche, sin avisar a vuestro hijo, con
acusaciones infundadas —escupí—. ¿Qué tiene eso de puro y pío?
Cerré la boca al percatarme del eco de mi voz, que había resonado en
medio de un repentino silencio. Dejé que el peso de mis palabras
descendiera sobre los hombros de los presentes, haciendo tambalear sus
convicciones.
—Solo cumplo con mi deber, por cruel que sea.
—Otorgáis a Devana el poder de invocar poderes oscuros en la casa del
Maestro, pero creéis que podéis matarla con una simple hoguera.
—¿Cómo te atreves a acusar de mentirosos a los buenos hombres que
presenciaron sus desmanes?
—No los acuso a ellos, sino a vos. La intervención de Devana impidió
que desatarais una violencia imperdonable sobre campesinos inocentes.
Incluso le ha devuelto la vista a un hombre. Quien conozca al soldado
Remigio, sabe que lo que digo es cierto. Podéis preguntárselo a él mismo.
Hemos sido bendecidos con un milagro y vamos a arrojar a su obradora a
las llamas.
—¡Lleváosla! —gritó doña Cordelia a los guardias—. Si no supiera que
eres víctima de un hechizo…
—¿Y de qué sois víctima vos? ¿Por qué no admitís que aborrecéis la idea
de que vuestra sangre se una a la del norte?
El silencio se rompió en el momento en que aquella frase escapó de mis
labios. Entre el barullo, un par de guardias se acercaron para sacarme del
patio, pero entonces una voz grave se alzó entre los murmullos apasionados
que zumbaban en el aire. Devana había hablado y sus palabras encontraron
un hogar en mis oídos:
—No temas, Ginois. ¿Acaso doña Cordelia puede hacer algo contra los
designios del Maestro?
Asentí, a sabiendas de que estaba demasiado lejos para vislumbrar el
alivio en mi rostro. Había temido que Devana se dejara seducir por aquella
muerte regalada, consciente de que su apego a la vida era volátil y efímero.
Me había fustigado sin descanso ante mi fracaso, incapaz de retenerla a mi
lado. Y, sin embargo, ahí estaba en el cadalso, buscando mi complicidad
como lo único a lo que podía aferrarse.
Admiré su entereza, esposada y en camisón, pero tan digna como una
santa. ¿Tan difícil sería creer que lo era? Yo misma empezaba a
encandilarme de mi propia invención.
Doña Cordelia se acercó al cadalso para darle instrucciones a los
verdugos, que ya habían terminado de preparar la hoguera. Uno de ellos
amarró a Devana a la pira, mientras Aquilino, el sacerdote, acercaba la
antorcha a las llamas a la vez que pronunciaba una oración. Los ojos se me
anegaron de lágrimas y me resistí inútilmente.
—Si no arde, sabremos que es una bruja —dijo uno de los guardias a mi
lado.
—¿Qué pasa? —dijo el otro.
—La paja no se prende.
—El cura está haciéndose de rogar.
Alcé la vista y me enjuagué los ojos. No se equivocaban. Aquilino
sostenía la antorcha junto a la pira, sin decidirse a encenderla. Se la tendió a
uno de los verdugos, pero tan pronto como ocupó su puesto se vio aquejado
del mismo mal de la incertidumbre. Tardé unos instantes en comprender el
motivo: Devana movía la boca, pero no me llegaba lo que decía. Quizás
tenían miedo de su magia.
Los guardias que me apresaban se quedaron inmóviles, pues ellos
tampoco deseaban abandonar la escena. Poco a poco, los susurros de la
multitud nos revelaron lo que sucedía:
—Está rezando al Maestro.
Doña Cordelia volvió al cadalso, recogiéndose las faldas con las manos y
con un andar desquiciado. Le arrebató la antorcha al verdugo y se dispuso a
hacer prender la hoguera ella misma. El fuego se avivó de inmediato, ávido
de lamer la piel desnuda de Devana. Los alaridos de mi amiga quebraron las
fuerzas que me quedaban y cerré los ojos, incapaz de verla sufrir aquella
agonía.
—Ya le llega el fuego a los pies —comentó uno de los guardias con
nauseabunda excitación.
Me obligué a mirar, si acaso para que supiera que yo permanecería a su
lado hasta el final. El rojo anaranjado de las llamas me golpeó como un mal
recuerdo, mientras aspiraba el aroma cruel del humo. No distinguía ya a
Devana, ni a la multitud. En mi mente se había desdibujado todo lo que no
fuera aquel color maldito y voraz. Ojalá hubiera podido erradicarlo de la faz
de la Tierra antes de que alcanzara a mi amiga.
—¡Parad! —grité con la garganta irritada y seca—. ¡Es una santa!
Lo repetí hasta que mi voz se hizo una con las llamas y el viento,
esparciéndose entre los presentes. En mi eterna retahíla no me percaté de
que doña Cordelia se había plantado frente a mí hasta que me cruzó el
rostro con una bofetada furibunda.
—¡Calla de una vez, niña estúpida!
—¡Jamás! Estas buenas gentes han de saber de vuestros desmanes.
La atención de los asistentes seguía presa de la santa en la pira, así que
doña Cordelia me agarró por los hombros para zarandearme mientras los
guardias se apartaban al unísono.
—¡Debería dejarte arder a ti también! Sería una justa recompensa. Así
ella te vería morir por su causa, ¿no te gustaría eso?
—¡Habéis perdido la cabeza!
—¡Ella me la ha robado, igual que a ti!
La voz se le quebró en un sollozo y no fui capaz de responder. No estaba
preparada para lo que vi en los ojos de aquella anciana, siempre férrea: una
desesperación supurante de terror, que había disuelto su vigor y arrogancia.
Parecía disminuida y frágil.
—Ginois —me llamó por mi nombre como quien se aferra a una mano
amada antes del final de la vida—. Las cosas que me ha dicho… lo que
sabía. Ginois, confiésalo, no dices más que patrañas, ¿verdad? No es
posible que ella…
—Liberadla —la interrumpí—. Liberadla o estaréis maldita por siempre,
tan odiada en las historias como los descreídos que dieron muerte a Santa
Brida.
Aquellas últimas palabras se alzaron sobre las llamas, todas las miradas
se posaron ahora en doña Cordelia, que se dejó caer al suelo, como si de
pronto los pies no la sostuvieran. Antes de que los guardias volvieran a
abalanzarse sobre mí, me encaminé a la pira, recogiéndome las faldas con la
regia postura que había aprendido de mi antigua mentora.
—¿Qué hacemos, mi señora? —inquirió un guardia a doña Cordelia.
—Que haga lo que le venga en gana —escupió ella—. Todo me trae sin
cuidado.
Me planté en los escalones de la tarima y alcé el mentón en dirección a
los verdugos, que bajaron la cabeza.
—¡Liberad de inmediato a doña Devana! —ordené, con la voz
temblorosa.
Los verdugos se miraron confundidos y permanecieron inmóviles durante
unos instantes, mientras yo luchaba por no dejar que la frustración e
impaciencia me abrieran un agujero en el pecho. Aquella autoridad fingida
solo duraría mientras yo creyera ostentarla.
—Os he dado una orden.
—Mi señora…
—Haced caso a doña Ginois —dijo Cordelia, mientras se incorporaba
arduamente con la ayuda de los guardias.
Los verdugos se apresuraron a apagar la hoguera a pisotones, mientras el
sacerdote se secaba el sudor del rostro, desconcertado y harto decepcionado.
Nadie se atrevió a oponerse, pero la confusión se había propagado como el
fuego en la paja. Los verdugos bajaron a Devana de la pira. Se desplomó en
cuanto sus pies tocaron el suelo y yo la recibí, desarmada ante su súbita
delgadez. Me senté en el suelo y la acomodé en el regazo, acariciándole el
pelo sucio como si se tratara del más exquisito terciopelo.
—Ginois —me llamó con la voz rasposa—. No tendrías que haber venido
a por mí.
Ladeé la cabeza, con las palabras aturulladas de nuevo en una madeja
imposible. Sentía que había hablado demasiado aquella noche y que una
sola palabra más delataría con cristalina crudeza la manera en la que me
estaba quebrando.
Doña Cordelia se nos acercó con el rostro tintado por el humo. Se dirigió
a los hombres que había convocado con una expresión solemne pero
contrariada.
—No es una bruja. Espero que el Maestro sepa perdonar mis errores —
anunció con los puños apretados.
La multitud se fue disolviendo entre susurros admirados o airados, pero
nosotras permanecimos en el cadalso junto a los rescoldos de la pira,
conscientes de que a la noche le quedaba un último acto. Devana se
acurrucó contra mi pecho y al fin encontré el valor para hablarle:
—No… no podía dejarte morir. Aún no he terminado de destruirte.
Soltó una risa amarga que encontró eco en mis labios. Solo que el sonido
que surgió de ellos se parecía más a un alarido. Seguía contemplando a los
que nos rodeaban con desconfianza, como si en cualquier momento fueran a
arrancarme a Devana del regazo.
Me permitieron escoltar a Devana a mi alcoba, donde la dejé al cuidado de
una temblorosa Fabia para reunirme con doña Cordelia en sus
dependencias. La mañana había venido acompañada del canto solitario de
unos pájaros, cuyo eco traspasaba los muros, hablándome de un mundo
nuevo, más fresco y húmedo, que aguardaba más allá de las asfixiantes
estancias del castillo.
Ojalá hubiera dispuesto de tiempo para detenerme en el patio a buscar a
los pájaros cantores y regalarme los ojos con sus plumas, que imaginaba
pardas como los vencejos de Tralia. Entonces, el aire nuevo me habría
dotado de sosiego y no me habría plantado en el umbral de la madre de
Loren como un despojo rencoroso e incoherente.
Entré sin llamar y me sorprendió encontrarla encorvada sobre un baúl, en
el que estaba guardando varios vestidos perfectamente doblados. Se
incorporó al verme y me dedicó una sonrisa fría en la que ya no quedaban
rastros de su antigua debilidad.
—No esperaba que vinieras tan pronto. ¿Ya has dejado sola otra vez a tu
amiga?
—Está bien atendida —respondí.
—No sé cómo puedes fiarte de Fabia con lo ladina que ha resultado ser.
En fin, vas a tener que aprender a lidiar con tus errores muy pronto.
—Fabia solo hizo lo que creía correcto —le escupí—. Igual que yo.
—Oh, sí. Y tus decisiones le han costado la vida a un joven. Me pregunto
cómo piensas comunicárselo a sus padres, leales vasallos de mi familia
desde hace generaciones.
—Yo no quería…
—Por supuesto que no. Solo querías salvar a esa bruja y para ello nos has
condenado a todos. A ti la primera. ¿Qué crees que pasará cuando esos
hombres se den cuenta de que no es una santa?
—Que cada cual piense lo que deba.
Me interrumpió de nuevo, con una virulencia en la que se había
despedazado cualquier rastro de falsedad.
—¡Y tampoco has insinuado que está encinta! ¿A qué no?
Me llevé las manos a la boca, rememorando mi desesperado discurso y el
ajetreo que había despertado. No había acabado de entender el cambio de
parecer de doña Devana hasta entonces. No podía permitirse ajusticiar a
Devana si existía la mínima posibilidad de que llevara dentro al hijo de
Loren. Sería una lacra que la perseguiría durante el resto de su existencia.
El Maestro no perdonaba el asesinato entre aquellos que compartían sangre.
Se jactó de mi silencio con una risa cruel, mientras yo trataba de
recomponerme.
—Pienso dejar el castillo antes de que se ponga el sol. Vuelvo a casa,
niña. No tengo tiempo de arrastrarme contigo en una pelea fútil.
—¿Por qué me habéis llamado entonces? ¿Para despediros?
—Dejo mucho en tus manos. No quiero que mi hijo se encuentre un
desastre a su vuelta. La mayoría de los soldados son iletrados e incultos.
Tendrás que ocuparte de proveer por el castillo y de la recaudación. Eres
una cría y no te tomarán en serio. Aunque como eres tan lista encontrarás la
manera de que esos hombres bailen a tu son, ¿no?
—Sabré cumplir con mis obligaciones.
—Eso espero. Ahora no te eches a llorar. Tú misma te has buscado que te
abandone a tu suerte en esta tierra maldita en compañía de esa lunática con
ínfulas.
—Devana no está loca.
—Repítelo alto y claro hasta que te lo creas, porque la próxima vez que
vengan a por ella no tendrás más armas para defenderla que tus palabras y
en cuanto pase el tiempo y ese vientre suyo no crezca se verá que valen más
bien poco.
—¿Y cómo sabéis que es una mentira?
Cerró el baúl de un golpe y trajo de su escritorio numerosos rollos de
papel, apilados unos encima de otros en forma de pirámide. Sin mediar
palabra, los puso sobre mis brazos y suspiró.
—Si llegara a suceder, espero que el Maestro me dé valor para cumplir
con mi deber. Te sugiero que reces por lo mismo. No me gustaría que tu
pobre madre tenga que sufrir aún más por tu culpa, ¿no te parece?
Tragué saliva y asentí, aferrando los rollos contra mi pecho. Sabía que
doña Cordelia quería verme desfallecer. Me mantuve firme para no rogarle
que reconsiderara su decisión. Ansiaba regresar a casa, sentir el sol del sur
sobre mi piel y que la mañana me trajera el olor a sal. Sin embargo, Devana
rehusaría dejar su hogar y yo debía permanecer a su lado.
Me di la vuelta para marcharme. No había manera de reparar el vínculo
que me unía a doña Cordelia desde que tenía memoria. La mujer sabia y
prudente que me había guiado en mis primeros pasos se deshacía en
mezquindad ante mis ojos.
—¡Espera! Aún me queda compasión, niña. No todo está perdido para ti.
Si sobrevives a esta ordalía, tal vez obtengas una recompensa que te haga
alegrarte de no haberte desposado con mi hijo.
—No sé a qué os referís.
—Ah, por supuesto que no. Sigue fingiendo inocencia todo lo que
puedas. Nunca le viene mal a una doncella.
Me di la vuelta, a sabiendas de que mi expresión no reflejaba sino un
desdén exhausto.
—Yo no soy como vos, pero eso no significa que sea una ingenua. He
querido salvar a Devana y lo he logrado. Si he de pagar las consecuencias,
así sea. No busco nada más.
—Pues en ese caso, todo el mundo seguirá pisoteándote sin misericordia
—dijo doña Cordelia, recuperando su ligereza envenenada—. Ve con el
Maestro, Ginois. No desaproveches lo que te he enseñado por mucho que
me odies. Te juro que te va a hacer falta.
11
PROFECÍAS EN VOZ BAJA
D
ormí durante casi un día entero con la reconfortante certeza de
sentir a Devana a mi lado, su fragancia a jazmín tiznada de humo.
Cuando encontré determinación suficiente para abandonar el
lecho, la vi sentada sobre la alfombra con la nuca apoyada en el colchón.
Reparé en la gruesa trenza que descendía por su espalda y me estremecí al
percibir su tortuosa respiración.
—Devana —la llamé, aún somnolienta—. ¿Has descansado?
Todavía no habíamos intercambiado más que frases breves, dispersas, que
solo avivaban la frustración. No nos odiábamos, pero algo había cambiado
entre nosotras.
—Devana —insistí ante su inmovilidad.
—He dormido un poco —respondió con un carraspeo.
Su frialdad no estaba exenta de artificio y no me dejé engañar. Me levanté
de puntillas para agacharme junto a ella, ahogando un quejido al sentir la
gélida y descarnada dureza del suelo.
—Ay, Ginois, debería pedirte que volvieras a casa y te olvidaras de mí.
—Ya lo intentaste una vez y no funcionó —le recordé, llevándome la
mano hacia el pecho, donde todavía eran visibles las marcas de sus uñas.
Devana cerró los ojos un instante, como si meditara o paladeara la
desazón de aquella noche maldita.
—¿No crees que ya has hecho suficiente? —insistió con un suspiro—.
Durante mi cautiverio… tuve malos sueños, sueños que se enredaban los
unos con los otros como una soga en torno a mi cuello.
—No digas esas cosas… —la interrumpí, angustiada.
—Calla —me reprendió—. Me hundí en aquella sensación, lo que fue y
lo que será se reflejaba en pequeños charcos embarrados. Al ver a mis
hermanas, ansié unirme a ellas en la tierra de la diosa del Velo Púrpura, la
Vigía. Lo habría hecho, habría encontrado la manera… si no fuera por ti,
Ginois. Tu voz me llamó y fue como si la luz me arrancara de las cómodas
tinieblas que deseaba hacer mi hogar.
Me acerqué a ella, instándola a continuar. Devana exhaló un tenue suspiro
y supe que se arrepentía de su confesión. Las disposiciones retraídas de su
ánimo me resultaban cristalinas, pero no iba a ceder. Bebía de su
vulnerabilidad como antes lo había hecho de su particular fortaleza.
—Así que lo escuchaste todo —musité, mientras las implicaciones se
posaban sobre mis hombros haciéndome agachar la cabeza.
—Claro, Pelnor fue a verte porque yo se lo pedí.
Tragué saliva, avergonzada. Recordaba mis exabruptos desquiciados,
pronunciados delante de aquella bestezuela indolente, como si se tratara del
último puente entre Devana y yo. Habría sido más comedida de saber con
certeza que escuchaba lo que decía.
—Como bien me hiciste saber, tengo demasiados asuntos pendientes para
permitirme arder en la hoguera —se excusó.
Me removí al comprender que hablaba de aquella hija profetizada, que
todavía no respiraba ni amaba, pero ya era más poderosa que yo.
—En aquel momento seguía furiosa contigo —admití—. Todavía me
cuesta comprender tus actos. Estamos en guerra y la gente muere en todas
partes. ¿Por qué era tan importante salvar a esas mujeres?
—A ellas podía ayudarlas y al resto no. No hay más —contestó, su voz de
repente cruda—. Tú también te hubieras ahorrado muchos peligros de no
haberme salvado la vida.
—Sospecho que no es justo otorgarme todo el mérito —dije en voz baja,
mirándola de reojo.
Devana esbozó una sonrisa culpable, que me ablandó un poco.
—Tonterías. No hice más que seguir el camino que ya habías trazado tú.
—¿De verdad?
—Fue muy fácil tirar del hilo de la santidad. No en vano me he pasado mi
vida en un templo. Sé lo que los fieles buscan en lo sacro —explicó—, así
que los miré a los ojos y profeticé desde la pira, tal como haría una de
vuestras mártires, sin temor al dolor ni a la muerte.
Se levantó de un salto y se dirigió a la balaustrada. Tras unos instantes de
desconcierto, fui tras ella, descalza y expectante.
—Le dije a vuestro beodo sacerdote que el Maestro había dispuesto para
él una misión harto laboriosa que lo aguardaba más allá de la botella y este
castillo —prosiguió Devana—. Fue misionero en su juventud, ¿lo sabías?
—Me temo que no.
—Muchos ansían volver a encarnar lo que fueron y él no es una
excepción —me reveló con aire descuidado e indiferente—. Después, vino
el verdugo y supe que su mujer estaba encinta allá en su tierra. Le dije que
si marchaba a la costa no conocería a su hijo más joven.
—¿Eran ciertas las profecías?
—Por supuesto.
—¿Y qué le dijiste a doña Cordelia?
Devana se apartó la trenza de la cara en un gesto brusco antes de
responder y supe leer su propia disconformidad en ese gesto. Me llevé la
mano al pecho ansiosa de conocer la profecía que había puesto de rodillas a
la mujer más férrea que conocía.
—Una verdad que conocía desde hace tiempo y me dolió revelar. Mi hija
derramará las lágrimas milagrosas que salvarán a esta tierra, al norte y al
sur. Será la luz que redima las tinieblas engendradas por todos nosotros; sus
manos lavarán la sangre derramada y su voz anunciará los tiempos que han
de venir.
—Una santa —susurré—. Una santa de verdad.
Devana asintió y yo me estremecí antes de continuar en voz baja:
—Hay algo sacro en ti. Devolviste la vista a ese muchacho…
—Nunca la había perdido —protestó—. Solo tenía los ojos nublados. Era
un hechizo burdo, fácil de romper.
—Él ha sido uno de los que colaboró en tu rescate.
—No le he hecho ningún favor. Ahora que puede volver a luchar morirá
en menos de un año.
Se me encogió el corazón al recordar la torpeza de Remigio al ascender
las escaleras, bien guardado por Fabia.
—Quizás haya una manera de impedirlo —propuse.
—Convencer a vuestro rey cuervo de que se lleve a sus hombres de vuelta
a casa —me espetó.
—Tendrías que esforzarte más en cuidar a nuestros aliados —le dije,
herida ante su insensibilidad—. Se rumorea que estás encinta.
No dijo nada y eso me causó una repentina punzada de angustia.
—Y eso no es posible, ¿verdad?
Ahora Devana rio, su melancolía deshecha en el cielo despejado que se
cernía sobre nosotras y ante el que cualquier conversación lóbrega se
tornaba inapropiada.
—¿Tanto te interesa saberlo?
Enrojecí de inmediato y mis pensamientos se derritieron en pura
incoherencia.
—Es que… Loren me contó que aún no estabais casados.
Me escrutó durante unos instantes, leyendo las profundidades de mi
ingenuidad, antes de atraerme hacia ella posando una mano en mis caderas
y besarme en la frente.
—No te preocupes, Ginois. No he sido yo quien ha desflorado a tu
caballero.
—No dudo de la pureza de Loren —lo defendí, con la voz supurante de
fe.
—Ah, ya, seguro que no —repuso.
Me aparté de ella, incapaz de soportar la burla punzante en la voz de
Devana, temerosa de que su magia le susurrara los sentimientos que se
habían apoderado de mí al imaginarla compartiendo alcoba con Loren como
hacíamos nosotras. No eran celos sino una herida más intensa, no exenta de
cierta dulzura adictiva. Volví adentro con la mirada fija en el suelo, mientras
Devana se reía a mis espaldas y algo me decía que no le hacía falta su don
para hurgar en mis pensamientos.
Aquel mismo día dispuse los preparativos para mudarme a las dependencias
de doña Cordelia, harta del frío y las angostas escaleras, en las que las
sombras siempre adoptaban la forma de jóvenes que me miraban desde lo
alto con ojos cadavéricos y acusaciones en los labios.
Sin embargo, aquel impulso inicial no tardó en diluirse en cuanto me
encaminé hacia allí con mis escasos bultos y me vi rodeada de aquellas
cuatro paredes que gritaban el nombre de su antigua habitante. No pude
evitar recordar las confidencias que habíamos compartido en aquella
estancia, como ella había tratado de envenenarme contra Devana, mientras
yo tejía débiles mentiras. Quizá se hubiera llevado todas sus posesiones,
pero su perfume seguía enturbiando el aire como una insidiosa insinuación
de mi escasa idoneidad para sustituirla.
Devana volvió a la torreta a pesar de mis súplicas. Al menos, ya no
permanecía allí enclaustrada, sino que me visitaba a diario en mis nuevas
dependencias o incluso acudía sola a la capilla, donde a menudo se la veía
charlando con el sacerdote en voz baja. Aquello me provocó tanta
curiosidad que intenté instruir a Fabia para que me informara, pero la
doncella se negó en redondo. Si Devana era una santa había que respetarla
como tal. Desde la marcha de doña Cordelia, Fabia me había demostrado
una terquedad inusual que hasta entonces escondía la timidez.
Añoraba la compañía de Devana, pero no me sobraba el tiempo para
deleitarme en la persistente tristeza de saber que no la encontraría junto a la
ventana al levantar la cabeza con su gato en el regazo y una labor torcida en
las manos. Ponerme al día con el trabajo que doña Cordelia había dejado a
medias ocupaba mi jornada entera, además debía atender las múltiples
peticiones del servicio, que no parecían contentos en absoluto de tener que
responder ante mí. Don Marsias, el capitán de la guardia, tampoco se
mostraba colaborativo en nuestros encuentros y no dejaba de insinuar que
haría bien en solicitar que algún secretario de la corte viniera a ocuparse de
una labor que no me correspondía como doncella de tan corta edad.
Nadie se habría atrevido a ningunear a Ezio de aquella manera. Muchos
veneraban la osadía con la que inició una guerra nada más ascender al
trono. Su juventud otorgaba a Ezio un halo de heroicidad, un muchacho al
que el mundo había olvidado y regresaba a su hogar con la espada de sus
ancestros. Sin embargo, yo no hallaba más que exasperación y críticas en
mis mayores cuando inquiría sobre asuntos mundanos como los suministros
del castillo. A mí también me habría venido bien la legitimidad de una
reliquia sacra.
Sin embargo, a nadie le pareció mal que me ocupara de la tediosa tarea de
solventar los conflictos de nuestros colonos con los campesinos nativos, que
parecían renovarse cada mañana. La mitad de las veces no comprendía qué
había sucedido en realidad, más allá de las peleas sobre ganado robado o
disputas sobre el agua, así que solía limitarme a redactar unos párrafos
tibios y vagamente conciliadores para que leyera un mensajero en mi
nombre.
Cada día me percataba de lo equivocada que había estado al pensar que
Iblis era un lugar aborregado y pacífico, estancado en la expectación. Doña
Cordelia me había apartado adrede del trabajo del castillo para que dedicara
mi existencia a destruir a Devana en su nombre. Regresar a la realidad no
me resultó amable en absoluto. En casa había estado resignada a mediar
entre unos y otros, a sabiendas de que siempre contaba con el poderoso
apoyo de mis padres, pero en Iblis sentía que cualquier error podía
convertirse en una excusa para imponernos a una nueva doña Cordelia ante
la que responder.
Así descubrí que Devana había hecho un gran servicio a Iblis cuando
impidió que nuestros soldados irrumpieran en las hogueras. Las tensiones
entre los campesinos del sur y del norte eran mucho más violentas de lo que
había pensado y, con tan pocos hombres en el castillo, habría sido nefasto
avivar esa llama.
Los campesinos, conversos recientes, nos acusaban de favorecer a
nuestros paisanos de Gibelia, además de dejarlos desprotegidos ante
posibles represalias por parte de los guerreros de sus antiguos señores. Me
pareció que sus temores eran bastante razonables y me extrañó descubrir
que doña Cordelia no había hecho nada para apaciguarlos.
Intuía que en algún momento tendría que pedirle ayuda a Devana, pero
los días y las semanas iban transcurriendo sin que me aviniera a ello.
Prefería obviar las cuestiones que pudieran crear una brecha entre nosotras
durante nuestros escasos ratos juntas.
Sin embargo, cuando la pila de disputas relacionadas con altercados
violentos se sumó a la escasez de tributos recibidos, entendí que pronto se
desencadenarían consecuencias irreparables a menos que actuara para
impedirlo.
Inquieta, comencé a meditar sobre la mejor manera de ganarme la
complicidad de Devana para mi empresa y le propuse cenar en mis
dependencias, como teníamos por costumbre. Quería que se percatara por sí
misma de que los tributos eran necesarios para garantizar el abastecimiento
del castillo, sobre todo si teníamos que acoger a algún destacamento
inesperado, lo que era bastante probable según avanzaba la primavera y la
guerra con ella.
En cuanto Devana atravesó la puerta y tomó asiento frente a mí, sentí el
breve impulso de guardarme mis cuitas. En los últimos días, se mostraba
agitada y callada. A menudo la descubría dando golpecitos al suelo con los
pies en un silencioso frenesí mientras se mordía los labios y sus
pensamientos seguían caminos invisibles, vedados para mí. Aquel día, su
mirada se ondulaba azul y embravecida a la luz de las velas mientras
atacaba las zanahorias de su plato y yo temía su secreto.
Me armé de valor y comencé a hablar sobre las disputas entre los
campesinos venidos de Gibelia y los nativos, con una timidez que fue
tornándose en un hastío desesperado. Ella no dejó de comer en ningún
momento, pero me apremió a continuar con sus gestos de asentimiento.
—Me hallo perdida y necesitada de auxilio —terminé, suplicante—. De
momento, mis mensajeros no han encontrado más que rechazo.
Abrió mucho los ojos y dio un trago de agua antes de responder, como si
buscara ganar unos pocos segundos para pensar.
—Mi padre jamás tuvo problemas parecidos —confesó con una
vergüenza transparente—. Inspiraba demasiado terror como para molestarlo
con naderías y teníamos a nuestro servicio numerosos hombres y mujeres
que solventaban las rencillas por nosotros. A menos que se tratara de
asesinatos o algo más inusual.
—De momento no ha llegado la cosa tan lejos —dije con un suspiro—,
pero si no queda más remedio podemos recurrir a esa fama de tu padre y
decir que la hija es igual de cruel y terrible.
Ante eso, Devana depositó la copa en la mesa y me dedicó una mirada
desdeñosa.
—Sería muy estúpido por tu parte —dijo fingiendo indiferencia, aunque
me percaté enseguida de que no le había hecho gracia—. Esa gente ya
piensa que soy cruel y terrible. Por muy conversos que sean, me desprecian
tanto como el resto de mi pueblo. Si quieres ganarte su lealtad, tendrás que
presentarte como lo opuesto a los vetustos poderes del norte.
—¿Qué quieres decir?
—Habla con ellos, juzga tú misma sus disputas y trata de ser imparcial.
No eres una hechicera con el poder de arrebatar la fertilidad a sus campos,
sino la emisaria de un dios misericordioso que ama por igual a todos sus
fieles. Hazles ver la luz del Maestro, pero también ofréceles seguridad
terrena.
—No quiero que los nuestros piensen que vamos a favorecer a los
conversos recientes.
—Solo te he dicho que seas justa —me espetó, el filo de su voz
hendiéndose en mis pensamientos—. Es hora de demostrar que tus palabras
son ciertas y vuestra soñada unificación de la isla va a ser buena para la
gente.
—No tendría que haberte dicho eso —me disculpé, apresuradamente—.
Ha estado fuera de lugar.
—Hay cosas en juego más importantes que nuestras rencillas —sentenció
con tanta solemnidad que me sentí palidecer—. Te ayudaré con los míos
como tú me has ayudado con los tuyos, pero solo si no implica daño alguno
para ellos.
—Claro que no —respondí, alisándome la falda, incómoda—. Todo lo
que te dije es cierto. No creo que tu pueblo merezca el exterminio ni la
opresión. Tengo tantas ganas como tú de que acabe la guerra.
—Bien, empecemos entonces —accedió Devana, poniéndose en pie para
acercarse a la mesa en la que se apilaban los innumerables pleitos y
peticiones con una inquietante actitud entusiasta.
En los días sucesivos, Devana me educó en los usos y costumbres de su
gente, exhibiendo una altanería y severidad que delataron los pequeños
rencores acumulados en la época en la que la había instruido.
Nunca aparecía a la hora acordada. En mi impaciencia, mandaba a Fabia
en su busca, pero a veces ni siquiera mi perspicaz doncella era capaz de dar
con ella. Solía presentarse cuando le venía en gana, a veces con el pelo y la
ropa cubiertos de una sospechosa capa de polvo blancuzco que se sacudía
con descuido sobre la alfombra.
Después hablábamos durante horas, en las que Devana no se sentaba
siquiera por un instante. Iba de un lado a otro de la habitación, su antigua
serenidad hecha añicos, mientras me explicaba las leyes del norte o las
relaciones entre vasallos y señores y yo asentía, sin atreverme a
interrumpirla. Cada día finalizaba nuestras lecciones con la misma y odiosa
cantinela.
—Debes dejar que te vean e impartir justicia tú misma.
Y a mi vez, yo respondía:
—Pronto, pero no aún.
Entonces se marchaba, encogiéndose de hombros, para entregarse a esas
ocupaciones misteriosas de las que no decía ni una palabra. Aún peor era
cuando discutíamos pleitos concretos y ella insistía en soluciones
imposibles que favorecían en exceso a los norteños.
—Es lo justo —insistía.
Pero yo ya no sabía nada de justicia, solo que recorría un sendero
peligroso y angosto en el que debía mantener el equilibrio para no
precipitarme hacia el abismo. Ignoraba cómo hacerle entender a Devana lo
fácil que sería privarnos de aquella precaria posición de poder que doña
Cordelia nos había legado como un regalo envenenado.
Intenté revestirme de infinitas capas de paciencia, decidida a no avivar la
beligerancia de mi amiga, pero no lograba deshacerme de los reproches que
me quemaban la garganta. ¿Es que no se daba cuenta de que solo intentaba
mantenerla a salvo? Poco a poco fue calando en mí la sospecha de que
aquella actitud de Devana buscaba romperme lo suficiente como para que
regresara a casa. Y en ese caso iba a descubrir que gozaba de mucha más
resistencia de la que imaginaba.
Una de estas tardes tensas y opacas, nos interrumpieron unos golpes
apresurados en la puerta. Devana acudió a abrir antes de que me diera
tiempo a levantarme y un acalorado Naimo se precipitó en la estancia
buscando mi mirada con una urgencia pegajosa.
—¡Mi señora! —me llamó con una media reverencia torpe a la que siguió
un balbuceo incoherente—. Ha muerto un muchacho en los establos.
Solté un hipido y me llevé las manos a la boca.
—¿Qué ha ocurrido? —inquirió Devana, con más curiosidad que
afectación.
Naimo pasó a explicarnos que el muchacho trabajaba de mozo de cuadra.
Aquella mañana se había encargado de las monturas de un par de soldados
que salían a patrullar. Al parecer uno de los jinetes no quedó conforme con
su trabajo e insistió en que su silla se tambaleaba. Era un hombre de
afamado mal carácter, quien se encaró con el niño y lo empujó contra una
viga. El golpe en la cabeza había resultado fatal.
—¿Quién era el soldado? —inquirí con voz cansada y trémula—. He de
verlo…
—¿Y el niño? —me interrumpió Devana—. Pertenecía a mi pueblo, ¿no
es así?
Deseé con fervor que Naimo lo negara, pero en su lugar asintió
brevemente, con esa solemnidad impostada que tan poco casaba con su
habitual buen ánimo. Devana se cruzó de brazos y resopló antes de declarar:
—Tendrían que ahorcar a ese desgraciado.
—¡Devana! —la reprendí—. Habrá sido un desafortunado accidente…
—No habría actuado así de tratarse de uno de los vuestros y lo sabes.
—El capitán lo ha dejado marchar tras una amonestación —se apresuró a
aclarar Naimo—. Después me pidió que subiera a buscaros para que
hablarais con la madre del muchacho. Trabaja en la cocina.
—Así lo haré —respondí, tomando aire y echando una ojeada angustiada
a Devana, que temblaba de rabia.
Mi amiga se deslizó fuera de la estancia sin mediar palabra y yo me
contuve para no ir tras ella. Naimo se quedó mirando la puerta como si
esperara que Devana fuera a darse la vuelta para disculparse, imbuida de
nuevo en la compostura de una dama.
—Síguela sin que te vea —ordené a Naimo sin pensar—. No debe
quedarse sola en ningún momento.
—Como queráis, mi señora —respondió dubitativo y supe que mi tono
beatífico no lo había engañado respecto a la verdadera naturaleza de mi
petición.
Fruncí el ceño y me dirigí a la cocina. De camino me acompañó el
reguero de chismorreos sobre lo ocurrido. Desde los caballeros hasta la
última fregona parecían conocer los más minuciosos detalles, así que
cuando me planté delante de la sufriente madre ya sabía su nombre y el de
su hijo, ambos conversos recientes, que apenas llevaban dos meses en el
castillo al que habían llegado huyendo de la guerra.
Las otras dos cocineras rodeaban a la madre, como si formaran una
barrera entre ella y el mundo en el que su hijo ya no existía. Se apartaron en
cuanto me vieron aparecer, mientras morían sus voces preñadas de dolor y
rabia, pero no se alejaron demasiado de su compañera. Sentí el vínculo que
las unía como una especie de telaraña, intrincada y delicada, que crecía por
los rincones sin que nadie se percatara.
La mujer tendría unos cuarenta años, pero me pareció mucho más vieja,
casi una anciana, con los ojos azules anegados en lágrimas y la voz
quebradiza. Nuestra conversación fue breve y no creo que resultara de
mucho consuelo. El chico tenía trece años y cuando vi el diminuto cadáver
envuelto en un sudario no me atreví a volver a hablar de accidentes.
—El culpable recibirá su merecido, ¿verdad, mi señora?
—Me aseguraré de ello —prometí, aunque era consciente de que no tenía
potestad alguna sobre los soldados ni su capitán.
No hubo respuesta y me retiré con discreción, aunque sentía los ojos de
aquellas mujeres sobre mí, clavándoseme como piedras en el zapato
mientras buscaba al capitán Marsias, acompañada de Fabia y las peroratas
de Devana sobre la justicia me zumbaban en los oídos.
Mi doncella tenía los ojos enrojecidos del llanto y supuse que habría
conocido al niño. Quise inquirir, pero no hizo falta. Desde que había
entrado a mi servicio, Fabia había perdido parte de sus reticencias.
—Ese hombre es una bestia —murmuró—. Remi… Remigio me ha
contado que no es la primera vez que causa desgracias con sus arrebatos
violentos.
No pude responder, pues la profecía sobre la pronta muerte de Remigio,
revelada tan descuidadamente por Devana, todavía pesaba sobre mis
pensamientos. El joven ya se me antojaba una suerte de cadáver viviente.
Encontramos al capitán a la mesa junto a otros hombres, que nos
saludaron con desgana mientras jugaban a los dados. Tras un par de
carraspeos, el capitán accedió a hablar conmigo y nos condujo a sus
aposentos.
—Supondría que os interesaríais por el incidente, mi señora —comenzó
sin mirarme siquiera—. Sin embargo, no debéis preocuparos. Enviaremos al
culpable a la costa mañana mismo después de un juicio rápido.
Asentí, conforme. No buscaba una ejecución pública y no quería más
sangre en mis manos. Todavía sentía un resquemor en el estómago al
recordar la carta plagada de mentiras que había redactado para la familia del
joven fallecido por mi causa. En el momento había supuesto que sería más
fácil para la familia asumir que su hijo había muerto a manos de los
paganos que acusarlo de actos traicioneros contra la esposa de don Loren.
—¿Y qué hay de la compensación a la madre? —insistí.
—Creo que deberías encargaros vos, señora, con todos mis respetos —
dijo, rascándose la nariz.
—Con todos mis respetos, capitán, lo que hagan vuestros hombres no es
mi responsabilidad —respondí con dureza, sin poder apartar la mirada de
sus vulgares gestos.
El hombre ladeó la cabeza y resopló.
—Mi señora, sé que sois gentil y no queréis maltratar a los nativos, pero
debemos ser firmes para que entiendan su posición. En una guerra no
podemos mostrar debilidad. No voy a rebajarme a rogar el perdón de una
cocinera conversa.
—Vuestro hombre mató a su hijo.
—Fue un accidente.
—Insisto en que debéis asumir la responsabilidad. Me han llegado
rumores de que no es la primera vez que se produce este tipo de
comportamiento y es consentido.
—A veces los soldados no son conscientes de su fuerza —escupió—. El
crío era escuálido y medio lelo y no se supo apartar.
—Vuestra labor es mantener la disciplina, igual que la mía es cuidar de
los habitantes del castillo.
El capitán suspiró y se rascó la barbilla con gesto hastiado, como si
estuviera analizando cuál era la manera más rápida de liberarse de mi
molesta presencia.
—Está bien, mi señora. Compensaré a la madre con oro, si tanto insistís.
Tras mostrar mi conformidad, me comprometí a organizar un funeral
digno según nuestros ritos, al que yo misma acudiría para presentar mis
respetos.
—Os recomiendo que hagáis lo mismo —concluí antes de darme la vuelta
para marcharme.
—¿Y a doña Devana la llevareis al funeral? —inquirió el capitán en voz
bien alta.
Me temblaron los labios y estuve a punto de encararme con él por su
impertinencia, pero entonces me percaté de la mirada asustada y cauta de
Fabia, instándome a mantener la calma.
—No veo por qué no —respondí sin mirarlo y me precipité por el pasillo
de vuelta a mis dependencias.
Fabia se excusó arguyendo que había visto a Remigio en el pasillo y quería
comentar algo con él, así que volví a quedarme sola, demasiado alterada
como para seguir trabajando. Sin embargo, no tardé en encontrar a Naimo
en mi puerta. Todavía se mostraba avergonzado por nuestra conversación
anterior y suspiré, pues no me interesaban sus tribulaciones morales.
—Mi señora, temo deciros que doña Devana se percató de que la estaba
siguiendo —confesó pasándose la mano por la calva—. Intenté hablar con
ella, pero me despachó con bastante vehemencia y un mensaje para vos.
Dijo que, si querías hablar, la encontraríais en la biblioteca del ala oeste.
—Gracias, Naimo —respondí con un suspiro.
—¿Queréis que os acompañe? Conozco bien esa zona del castillo.
Negué con la cabeza y me encaminé hacia allí, atravesando los pasillos
vacíos con decisión, movida por una urgencia desconocida. Evité
deliberadamente las estancias en las que los albañiles trabajaban en la
restauración. Sentía que cualquier interrupción me arrebataría el valor que
me había dado mi modesto triunfo sobre el capitán.
Temía perderme, pero parecía que el camino se me revelaba en los
susurros del viento, que silbaba tiránico en mis oídos guiándome hacia
Devana. Pronto me arrepentí de no haber traído la capa. En esos lugares, el
invierno parecía eterno y calaba hasta los huesos, incluso bajo el cándido
sol primaveral que se asomaba entre los agujeros del techo.
Encontré a mi amiga sentada en los restos de una estantería, removiendo
un charco con el pie. Ya no quedaban libros, pero la misma lobreguez
trágica pendía sobre nosotras, imponiéndonos una nostalgia por algo que
jamás habíamos conocido.
—Ya está —anuncié—. El asesino recibirá su merecido y la familia será
compensada por su pérdida. Se ha impartido justicia.
—Qué bueno y noble de tu parte —contestó ella, introduciendo un
segundo pie en el charco negruzco.
Me acerqué a la estantería y le tendí la mano para ayudarla a incorporarse,
pero ella no la tomó.
—No sé qué más quieres de mí —dije con un suspiro.
—El libro de Dana Doula. Cabía esperar que lo escondieras. Fue culpa
mía por confiar en ti —dijo con una seriedad que no esperaba.
—Intenté esconderlo —confesé a regañadientes—, pero me lo robaron
antes de que pudiera hacerlo.
—¿Quién te lo robó?
—No lo sé, desapareció sin más.
Se bajó de la estantería y se plantó frente a mí. Era tan alta en
comparación conmigo que se me antojó una enorme escultura de mármol a
la que no podía ver bien de cerca.
—Y ahora envías a ese soldado a espiarme —continuó—. ¿Por qué has
hecho eso? Tengo mis motivos para no compartir lo que hago aquí contigo.
—Es peligroso que deambules sola entre los escombros…
—Por eso precisamente me interesa, ¿no lo has pensado? —dijo—. Lo
que busco no se encuentra entre vosotros, eso está claro.
—¿Y qué buscas si puede saberse?
Tardó unos instantes en responder y el rostro se nubló con la expresión
meditabunda de un sacerdote ante las grandes cuestiones.
—Hay algo en el castillo que no pertenece a este lugar y no me refiero a
tu gente, sino a unas corrientes de poder que creía extintas. La familia de
Dana Doula estaba consagrada a Silva, la Madre Vivaz. Sin embargo, no es
su aroma cálido lo que impregna este lugar, sino el ampuloso y profundo
perfume de la Vigía.
—¿Qué… qué quieres decir?
—Hay un nigromante entre estas paredes. Por eso el hechizo de fertilidad
de tu alcoba se pudrió y cada esquina parece contener recuerdos ajenos, de
otros a los que no conocí, pero se me antojan más cercanos que los míos…
—La noche en la que me hechizaste, vi a Dana Doula —dije,
recordándolo por primera vez—. Formaba parte de una ceremonia floral.
Había un joven…
—Yo vi a mi familia —me interrumpió y la solemnidad se deshizo en un
gesto de muda desesperación—. Oí el crujido de sus huesos, su agonía
cuando los atravesó la espada. Vi a Sombra, mi querida y triste hermana,
saltando por la ventana para no caer en manos de los soldados. Eso es lo
que me persigue cada noche cuando cierro los ojos y a veces ni siquiera la
luz del día es capaz de diluir ese dolor. Hay alguien en este castillo que me
quiere mal y si he de vivir, te juro que no voy a parar hasta obligarle a
guardar respeto por mis muertos.
Me asustó su vehemencia, pero no me aparté de ella, sino que la atraje
hacia mis brazos para ofrecerle consuelo y besar sus mejillas. Ella acercó
las manos a mi rostro y me acarició la barbilla, mientras dirigía hacia mí su
mirada, de un celeste tan claro bajo el techo medio derruido que me pareció
estar contemplando el cielo de un día de violento calor.
—Yo tampoco sé qué quieres de mí —musitó sin separarse de mí, sino
que hundió el rostro en mi pecho—. He intentado mantenerme al margen,
porque sé que la moral de los vuestros es estricta y ansías la vida sosegada
de quien no tiene nada que esconder.
—Yo quiero estar contigo —susurré con un valor que no sabía de dónde
salía.
Nuestros labios se unieron, esta vez sin hechizos ni artificios y sentí que
la parte de mí más prudente se ahogaba en aquel profanado y solemne
sepulcro de saberes prohibidos. Había deseado tantas veces ocupar su lugar
en la vida de Loren, al mismo tiempo que odiaba al caballero por poseerla,
por ser su señor esposo cuando yo quería ser el principio y el fin para ella.
Ahora mordisqueaba sus labios y clavaba mis uñas en su nívea piel.
Devana me hizo darme la vuelta para deshacer los nudos de mi vestido y
dejarme desnuda de cintura para arriba. Acarició las cicatrices con las que
me había marcado la piel aquella noche fatídica, antes de llevarse uno de
mis pechos a los labios con una ceremoniosidad silente. Temblé al sentir los
dientes de Devana agarrándome los pezones, primero uno y luego el otro,
tan metódica como cruel. Solté un gemido ahogado, que ella correspondió
con un nuevo mordisco en el cuello. Me sacudió una sensación de dulzura
corrosiva. No quería que aquello acabara. Habría deseado que Devana
desatara conmigo aquella violencia fría hasta que al mundo se le acabaran
los días.
—¿Y tú qué? —me retó Devana sin saber que yo no podía hablar, porque
la palabra era el arma de la razón y no pensaba invocarla.
Como respuesta, dejé que el vestido cayera del todo al suelo. Devana se
desprendió sin problema de su sencilla túnica gris y la cubrí de besos,
deteniéndome en los tatuajes del brazo, que se prolongaban hasta el pecho.
Cuando llegué al estómago, me detuve, cohibida, pero Devana me empujó
la cabeza hacia su pubis negro como el deseo. Obediente, me agaché, igual
que ante las santas de madera y cobre, para adorarla con todo mi ser con la
esperanza de que comprendiera cuán profunda y sincera era mi devoción
por ella.
No me detuve cuando el suelo comenzó a temblar bajo nuestros pies y los
escombros se precipitaron del techo en una afilada lluvia blanca. Ni siquiera
cuando cientos de ratas abandonaron sus escondrijos a la carrera
conformando un río putrefacto a nuestro alrededor.
Devana, ágil ante el peligro, me apartó al instante en cuanto empezaron a
desprenderse grandes fragmentos del techo de la biblioteca. Cada golpe
creaba un eco seco y terrible, mientras nos alejábamos, con nuestras ropas
en la mano y supe con certeza que aquel lugar poseía una conciencia viva y
añeja que deseaba expulsarnos.
12
LA GRACIA PERDIDA
T
emblaba y me desmoronaba junto a Iblis con los dedos
entumecidos de fabricar vendas a base de sábanas y ropas viejas.
Los soldados se habían llevado todo lo que teníamos y, envueltas
en nuestras intrigas, no nos habíamos ocupado de hacer acopio de
provisiones médicas. Un nuevo error que me torturaría cuando cerrara los
ojos. Me acompañaban el resto de las mujeres del castillo, cuyos cuchicheos
coloreaban el aire de algunos temores reales y otros muchos infundados.
Ahora que deseaba soledad para meditar, no hallaba ni un instante de paz.
Al menos, Devana también estaba allí y cada vez que nos mirábamos, sentía
como si en mi interior se levantaran tempestades.
La labor de reconstrucción del ala oeste se había echado a perder en una
tormenta de derrumbes que redujo a astillas y polvo gran parte de la
ebanistería y los andamios. Al menos, nadie había acabado sepultado entre
los escombros. Los obreros habían evacuado la zona con celeridad y solo
uno de ellos había muerto de un golpe en la cabeza. Aun así, la cuenta de
heridos aumentaba cada hora, como si aquellos hombres se escurrieran
entre las piedras, ansiosos de nuestros exhaustos cuidados.
Los conocimientos de Devana sobre aquellos laberínticos pasillos nos
habían salvado. Me había agarrado de la mano sin perder un instante para
conducirme a una ventana que daba a uno de los patios desde donde
pudimos llegar al jardín de un salto. Acabamos magulladas y cubiertas de
un insidioso polvo blanquecino que nos irritaba los ojos y la nariz. De
hecho, todavía seguía estornudando para horror de las criadas, que parecían
temer que una enfermedad mortal se uniera a nuestras desdichas.
Una vez a salvo, me había llevado las manos a los labios hinchados,
anhelante de certezas sobre lo ocurrido. Devana jadeaba a mi lado mientras
se mesaba los cabellos mugrientos con las manos sucias.
—No ha sido casualidad —dijo con la voz entrecortada supurante de
rabia—. Nos quiere muertas.
—¿El nigromante? —susurré.
—Ajá, estoy bastante segura de que se trata de la elusiva hija de Dana
Doula.
—¿La que tuvo con su segundo marido?
—He hablado con el sacerdote y nadie la vio durante la toma del castillo.
A Dana Doula la hallaron vagando sola por los pasillos, sin siervos ni
parientes que la consolaran. Los hombres de tu rey me la han descrito como
una mujer consumida y espectral, que hablaba a la nada y convivía con las
ratas. Todos asumieron que la hija estaba muerta o había abandonado a su
madre, pero quizás no fuera así. Tal vez haya vuelto para reclamar su hogar.
Con esas palabras murieron mis esperanzas de retomar la intimidad
perdida. No volvimos a estar solas hasta casi la noche, cuando despedí a las
criadas y doncellas que cosían con nosotras. Devana las miró marchar con
su carga, la impaciencia visible en la manera en la que jugueteaba con las
agujas. Tenía las manos salpicadas de gotitas de sangre y quise reprenderla,
pero ella habló primero.
—Deberías descansar para el funeral de mañana.
Suspiré y me acerqué un poco a ella.
—Lo había olvidado por completo. Ha sido un día rico en sinsabores.
—Me mentiste —dijo de pronto—. Prometiste que iba a hacerse justicia,
pero el asesino sigue libre. Fabia se lo ha contado a esas mujeres.
—Lo hemos mandado al frente a morir —la contradije—. No hay mucha
diferencia.
—Ajá, ya me lo puedo imaginar. En cuanto muera, lo llamaréis héroe.
—Al menos he logrado compensación para la madre —le espeté,
demasiado exhausta para mostrarme paciente.
—¿Y por eso estabas tan ufana? Quizá seas tú quien necesite recordar las
enseñanzas del Maestro. No hay metal que compense la carne y la sangre.
—Tú mejor que nadie deberías saber que a menudo no podemos ser tan
rectos como debiéramos. He elegido el mal menor. En otro lugar, esa mujer
solo habría recibido más represalias.
—Oh, sin duda te estará tan agradecida que mañana se postrará a tus pies.
—¡Devana! —la reprendí e intenté tocar sus hombros para calmarla, pero
ella se apartó y se encaminó a la puerta—. ¡Espera! Lo que hicimos no
estuvo bien, pero creo que debe haber una manera de que tú y yo estemos
juntas en la gracia del Maestro.
Devana no se dio la vuelta. El desprecio impregnaba su andar desabrido.
—Será mejor que olvides todo eso —dijo como despedida—. Lo que
sucede en las sombras no halla guarida en la luz.
Se había marchado con sus pies ligeros y yo no iba a permitir que me
vieran suplicándole que volviera. No la comprendía, pero menos aún era
capaz de entenderme a mí misma. Busqué a tientas el velo y me dirigí a la
capilla anhelante de guía y consuelo.
Me arrodillé ante el Maestro, implorando su perdón, porque todo lo que le
había dicho a Devana era cierto: quería permanecer a su lado. Pese a mi
fervor, los rezos no me ayudaron a desvanecer aquellos deseos. Prefería el
honesto dolor de saberme no correspondida por Loren, a las alegrías
salvajes de aquel amor descarriado cuyas convecciones me eran ajenas.
Me habría gustado culpar a las costumbres impías en las que se había
criado Devana. De buen grado la habría acusado de corromperme a su
antojo, pero en el fondo sabía que era yo la que no dejaba de revolotear
anhelante a su alrededor.
¿Cómo podría seguir educándola en nuestra moral después de dejar en
evidencia mi debilidad? En un instante había deshecho la labor de aquellos
arduos meses. Yo misma me daba cuenta de que Devana me ofrecía una
oportunidad de recular y continuar con mi casta existencia, en la que algún
día habría un señor marido, hijos, un castillo que gestionar en el que me
respetarían por mi buen hacer. Devana no me exigía devoción, pero yo
quería que lo hiciera. Ansiaba más que nada que la decisión se escapara de
mi control. Y por ello me sentía culpable ante Loren, mi familia y el
Maestro.
Otra noche de insomnio me aguardaba en mi hostil alcoba, que carecía de
balcón y no me tentaba con la luna. Pensaba en lo que diría en el funeral de
aquel pobre muchacho. A menos que lograra conciliar el sueño, me
presentaría ojerosa y apática, consumida por la preocupación.
Retrasar la ceremonia con la excusa de los derrumbes no me parecía
sensato; debía exhibir fortaleza delante de los nativos y regalarles la
invulnerabilidad de la victoria, si acaso fuera tan hueca y fingida como una
muñeca de barro espolvoreada de oro.
Suspiré, pesarosa, mientras me preguntaba cuántos años tendrían que
transcurrir hasta que la autoridad se me adhiriera a la voz. En aquellos
instantes anhelaba habitar el cuerpo de una mujer madura a la que avalaban
una vida impecable y una fe perfecta. Me había cansado de mi papel de
hermana mayor, de ser una doncella al servicio de todos. Y, sin embargo,
desde que la hermosa y pulcra existencia que había imaginado junto a Loren
había dejado de existir, el matrimonio no se me antojaba más que otra
exigencia a la que tendría que plegarme por mi familia. Nadie podía
reemplazar a Loren, por muy noble o próspero que fuera. En su casa nunca
me habría sentido una extraña.
Contemplar el futuro con mi pobre imaginación solía despertar cierto
resentimiento hacia Devana que había nacido con el don de despejar las
tinieblas de lo que vendría. A mí no me quedaba más remedio que
encomendarme al Maestro en mi penoso avance, a tientas, sostenida por la
fe en una luz que no acababa de discernir. Ella poseía la belleza, la magia y
el amor de Loren y, aun así, tenía la necedad de juzgarnos al resto. No le
perdonaba que tratara de colmarme de remordimientos, que arrojara luz
sobre mis contradicciones e hipocresías.
La noche transcurría en esa agónica letanía cuando escuché unos pasos
dirigirse prestos hacia mi puerta. Después vinieron los golpes, que se
precipitaron con el estruendo de una tormenta repentina mientras yo salía de
la cama y me vestía apresuradamente.
—¿Quién va? —grité antes de abrir, con el corazón enmarañado de cuitas.
«Que no sea el techo, que no haya muerto nadie más, que no sea
Devana». El miedo perforaba mi mente mientras aguardaba por una
respuesta que vino en forma de una voz ronca y malhumorada.
—Soy escudero de su majestad.
Abrí la puerta sin prisas y me sorprendió descubrir a la luz de la lámpara
de aceite a un muchacho sucio y jadeante, que se apoyaba en la pared como
si estuviera a punto de perder el sentido. Volví adentro para traerle una copa
de agua, pero me hizo un gesto brusco para que me detuviera.
—Han herido a su majestad.
—¿Es muy grave? —dije con la pastosidad de la noche aún pegada a los
labios.
—Ha mandado a buscar por vos.
No dijo nada más y acalló mis preguntas con gruñidos que parecían
pertenecer a un hombre mucho mayor. Empezó a caminar y lo seguí,
recogiéndome la falda para no tropezar en la oscuridad. El joven cojeaba y
se apoyaba en las paredes para avanzar. Era fácil discernir en su actitud
veleidosa y maleducada, el rastro de una marcha apresurada y unas heridas
sin atender.
Me condujo hasta las antiguas estancias de Ezio, que ahora volvían a estar
abarrotadas de soldados que murmuraban entre ellos y levantaron la cabeza
cuando me vieron aparecer, como si mi presencia los desorientara.
—¿Dónde está doña Cordelia? —inquirió uno de ellos con visible
mordacidad.
Fingí no haber escuchado y me abrí paso, consciente por primera vez de
que tendría que presentar explicaciones sobre mis actos ante el rey. No le
haría gracia que hubiera vuelto a truncar sus esperanzas de librarse de
Devana. Aunque, en aquel momento, su animadversión hacia la mujer de su
caballero no parecía poseer relevancia alguna.
No me hizo falta ver a Ezio para comprender la lobreguez opresiva de la
estancia. La incertidumbre danzaba en el aire, posándose en los rostros
sudorosos y mugrientos, empañando sus miradas enrojecidas. Un nuevo rey
que moría sin herederos en tierra extraña a manos de los paganos. La luz
irisada que Ezio blandía en nombre del Maestro se apagaba ante nuestros
ojos mientras me aproximaba al quebradizo muchacho que habitaba dentro
del rey cuervo.
—Ginois. —Percibí un cierto alivio en su voz febril.
Los hombres se hicieron a un lado para dejarme pasar y fue entonces
cuando lo vi, ceniciento y pálido a la luz de las velas. Yacía en el lecho con
los ojos cerrados y los labios entreabiertos. Solo veía sus brazos vendados,
pero intuía que bajo las mantas se apreciarían heridas más profundas. El
cirujano se mantenía a su lado con una expresión inescrutable. Recordaba
su antipatía de los tiempos de la enfermería, pero en esta ocasión ni siquiera
me dedicó un gesto de desdén, sino que permaneció con la mirada fija en el
cuerpo tembloroso de Ezio.
—Majestad —susurré, haciendo una fútil reverencia.
Entre toses, me hizo un gesto para que me acercara y ocupé el sitio junto
a don Salazar, en cuya presencia acababa de reparar. Su rostro demacrado y
ausente esbozó una sonrisa ajena. De pronto, se me vino a la cabeza que
tenía cierto grado de parentesco con Ezio, y de inmediato me censuré a mí
misma, por la mezquina fijación en la búsqueda de un posible heredero.
—¿Os dais cuenta ahora de que no debimos dejar a Loren a su aire? —
dijo Ezio como si bromeara pese a que su voz sonaba escueta y débil como
los zumbidos de un insecto moribundo—. No puedo hacer gran cosa sin él.
—¿Qué sucedió? —pregunté.
—Nos tendieron una emboscada junto a un lago no muy lejos de aquí, mi
señora —me explicó don Salazar—. De la tierra surgió una niebla
envenenada y negra, densa como el carbón…
—¿No os lo comunicó el mensajero? —interrumpió el cirujano sin
levantar la mirada.
—Me temo que no ha llegado ninguno —respondí.
—Supongo que eso explica el pésimo recibimiento —concluyó el
cirujano.
—¡Marco! —lo reprendió don Salazar—. No le habléis así. ¿Cómo iba a
saberlo?
—Lo… lo lamento. Por supuesto que si hubiéramos sabido de la
situación, nos habríamos preparado de manera acorde —contesté,
avergonzada.
La caldeada estancia pareció estrecharse cuando todos aquellos ojos
exhaustos se clavaron en mí, inquiriendo por qué habían dejado a una cría
inexperta e ingenua a cargo de semejante fortaleza, tan vital para el
desarrollo de la guerra. Doña Cordelia me sonrió ladina desde mis
recuerdos y yo apreté los dientes, antes de tomar aire.
—Por supuesto, estoy a vuestra disposición, don Marco —le espeté al
médico—. Hablad y tendréis lo que necesitéis.
—Creo que a su alteza le vendría bien descansar —me espetó, señalando
a los sufrientes soldados que guardaban a su rey.
—Dispondré estancias para los hombres de inmediato —contesté.
—¡No! —dijo Ezio, haciendo amago de incorporarse—. Deseo que
Ginois permanezca a mi lado.
El súbito interés de Ezio por tenerme cerca sin duda obedecía a alguna
motivación oculta que quizás no me agradara. Tuve que suspirar ante
aquella tenacidad suicida que se anteponía a sus propios intereses.
—Solo será un momento —aduje, conciliadora—. Os prometo que
volveré enseguida.
No pude ser fiel a mi palabra. Primero hube de poner en pie a todo el
castillo y atender a un sinfín de problemas que se apilaron sobre mi regazo
como cachorros ansiosos. Estaba a punto de amanecer cuando me deslicé de
vuelta a las estancias de Ezio, que dormía profundamente mientras el
cirujano cabeceaba a su lado, tirado sobre uno de los sillones con un aspecto
lamentable.
—¿Cómo se encuentra su majestad? —pregunté en voz baja.
—Al menos le ha bajado la fiebre —contestó, rascándose la barbilla con
fruición.
—¿Vivirá pues? —insistí, mientras me servía un vaso de agua que no
apagó la comezón en mi garganta.
—Es pronto para decirlo —admitió—. Las lesiones mágicas son
impredecibles. Quizás esté envenenada. Es posible que su final esté escrito
y no lo sepamos. Lo he visto otras veces. Muertes agonizantes e
implacables.
—Así que es obra de una bruja —comenté, sentándome a su lado para
sacar partido de la locuaz debilidad que se había apoderado de don Marco.
—A mi entender no hay otra explicación —sentenció—. Lo perdimos
entre la niebla durante largo rato hasta que el brillo de la espada Alba nos
llevó hasta él. Vi a una mujer, estoy seguro, una gigante de pelo oscuro y
rizado, pero…
Se detuvo como si de pronto se percatara de que había hablado
demasiado, pero lo insté a seguir con un gesto.
—Me pareció que la mujer que estaba con él no era una nativa, pero debí
equivocarme. Hace tiempo que expulsamos a las brujas de Gibelia.
—Quizás una de sus herederas busque venganza —sugerí.
—Tal vez, en todo caso, lo importante es mantener con vida a su
majestad.
—Por supuesto —coincidí.
Una extinta bruja sureña y una nigromante. Los vetustos poderes paganos
comenzaban a cercar el castillo que una vez les perteneció. Aunque, en
realidad, tampoco lo habían llegado a abandonar del todo. Pelnor era la
prueba viviente de ello, uno más de los hechizados que vagaban por los
pasillos blancos.
—Espero no importunaros, pero ¿ha venido mi hermano don Sagramore
con vosotros? —pregunté, pues me había extrañado no distinguirlo entre los
soldados y llevaba angustiada por su incierto destino toda la noche.
—Iba a adelantarse para traer las nuevas de nuestro regreso. Ha debido de
perderse en el bosque.
Incrédula, me llevé las manos al rostro, conteniéndome para no afearle la
manera tan desapasionada de la que había hablado de la desaparición de mi
hermano. La furia se hizo un ovillo en mi interior y me levanté, decidida.
—Voy a enviar a alguien a buscarlo.
—Su alteza os ha rogado que os quedéis con él.
Por supuesto, aquel fue el momento que Ezio eligió para abrir los ojos y
toser. Marco se precipitó sobre él y le tocó la frente.
—Parece que ya no tenéis fiebre.
—¿Cómo os encontráis? —inquirí, aliviada de verlo enderezarse sobre las
almohadas con cierta soltura.
—He estado mejor, doña Ginois, pero ya empiezo a pensar con claridad.
—Rezaré por vuestra pronta recuperación.
Me di la vuelta para abandonar la estancia antes de sentir la mano de Ezio
estirándose en un fútil intento de alcanzarme.
—Prefiero que os quedéis conmigo, si no os importa.
—¡Alteza! —lo reprendió el médico.
—Marco, ¿por qué no descansáis un poco? Ha sido una noche larga y
seguro que no habéis pegado ojo.
—Ni tampoco doña Ginois.
—Pero necesito hablar con ella.
—Puede esperar.
—No sois quién para decidir tal cosa.
Al final, el médico se resignó a concedernos un rato de intimidad tras
prometerme que se ocuparía de enviar a alguien en busca de Sagramore.
Asentí, derrotada y hastiada, antes de tomar asiento a la vera del rey, que
volvió a dejarse caer sobre el lecho.
—Creí que no se marcharía jamás —musitó.
—Se preocupa por vos —contesté, no muy convencida.
Una sonrisa quebrada se dibujó en sus macilentas facciones.
—Antes que nada, os debo una disculpa. Quise daros una alegría al enviar
a vuestro hermano de vuelta antes de lo que esperabais. No esperaba este
contratiempo. Os prometí que lo protegería.
Asentí, conteniendo las lágrimas.
—Estoy segura de que aparecerá —insistí—, pero el bosque es engañoso.
Hemos de apresurarnos…
Ezio ladeó la cabeza, lo que debió provocarle un gran dolor porque su
rostro volvió a nublarse como la noche anterior y cerró los ojos.
—Acercaos, Ginois. He de hablar con vos —me ordenó y en su voz
volvió a surgir la autoridad perdida—. Creí que moriría sin lograrlo, pero el
Maestro ha sido generoso conmigo.
—Os escucho.
—Id al fondo de la estancia y traedme la espada.
Obedecí, sorprendida por aquella extraña petición. Las armas yacían
amontonadas en un rincón, con las vainas embarradas. Aun así, rebusqué
entre ellas con las manos desnudas, tragándome la repugnancia que me
evocaban la sangre y el sudor. Al principio, me costó reconocer a la espada
Alba, cuya rica vaina áurea había desaparecido. La tomé entre mis manos,
vacilante, pero no sucedió nada. En mis manos era como cualquier otro
acero.
—No creo que debais blandirla en vuestro estado.
—Solo será un momento.
En cuanto Ezio rozó la espada, el acero brilló reflejando su naturaleza
irisada y la estancia dejó de ser lúgubre para abrirse a la luz del Maestro,
mientras los numerosos cortes y rojeces en el cuerpo de Ezio se hacían
visibles y yo hacía la señal de la Luz, conmovida.
Entonces Ezio retiró la mano, llevándose el resplandor sagrado con él.
—Todo el mundo conoce la historia de la espada, ¿verdad? Es el arma del
rey de Gibelia, desaparecida durante generaciones…
—Y confiada a vos por una sabia ermitaña —terminé, obediente.
—Lo que pocos saben es que la vaina es más importante que el acero. Su
portador jamás sufrirá heridas mortales en la batalla.
Se rio con una amargura transparente que desembocó en otro de sus
episodios de debilidad.
—Asumo que os la han robado.
—Ahora yace en el fondo del lago, reunida al fin con su hacedora —me
confesó—. ¿Recordáis que aquella mujer intentó reclamarla en el bosque?
Nuestro enemigo sabe que la espada es importante. Me fue profetizado que
solo una traición me separaría de ella y una vez más he de rendirme a las
palabras de los profetas.
—Mentisteis —dije, presa de una súbita sospecha—. Sabíais
perfectamente quién era la mujer que os atacó.
—Eso no es importante, de momento —me espetó—. Solo debéis saber
que partí de este castillo ufano e invulnerable. Ahora he de pagar por mi
arrogancia, pero no es justo que el reino entero sufra conmigo. Ginois,
sabes que no tengo herederos. Mi pariente más cercano es Salazar y es un
ignorante insufrible al que le quedaría grande la guerra.
—Es un buen hombre y me consta que posee descendencia abundante.
—Vos y yo sabemos que eso no es suficiente.
Otro nombre aleteó por mis pensamientos, pero refrené la lengua. En
parte porque se me antojaba un atrevimiento fuera de lugar y, también, por
el dolor que le acarrearía a Loren una carga semejante. Sin embargo, Ezio
debió de figurárselo porque negó con la cabeza con creciente desesperación.
—No, Loren, no. No tengo derecho a pedirle eso. Creía que vos también
lo amabais, Ginois. No está hecho para la corona.
—Ni para la guerra —escupí sin poderlo evitar—. Y aun así lo habéis
traído con vos.
—No fui yo quien lo convirtió en un soldado. Él me entrenó a mí, no al
revés. Cuando lo conocí, el daño ya estaba hecho. —Su voz había vuelto a
perder fuerza y los remordimientos se asomaban en cada sílaba como
lombrices blancas—. A veces os envidio. Yo no viví esa niñez suya tan
esplendorosa en la que no conocía la tristeza y cada alma del reino estaba
encandilada de aquella criatura rubia semejante a un ángel. Me habla a
menudo de aquellos años y de vuestra compañía. Os idealiza como si
fuerais una santa sin mácula. Durante mucho tiempo, os odié por ello.
Envidiaba aquella supuesta perfección vuestra, la infancia compartida, pero
sobre todo no soportaba pensar que contraeríais matrimonio con él y me lo
arrebataríais… Otra ocasión en la que me devoró la arrogancia. Habría sido
todo mucho más fácil si fuerais vos. Sobre todo ahora que os conozco y sé
que distáis mucho de ser un dechado de virtudes.
Su confesión había hecho aflorar tantos recuerdos que tuve que sentarme
para contenerlos. Loren en la capilla con los ojos elevados al cielo y el alma
tan opaca, inalcanzable. Me dijo que había conocido al hijo del rey, que era
un muchacho solitario y medio salvaje que vivía en un castillo rodeado de
bosques, que habían dado caza juntos a un ciervo blanco… Su voz se había
deshilachado en mi mente, porque en aquel momento yo también había
sentido un odio espeso inundándome la garganta, acompañado del temor a
que las estancias en ese castillo maravilloso del príncipe exiliado
sustituyeran nuestros veranos juntos.
—¿Todavía me odiáis? —pregunté al final, intentando mantener el
control sobre mí misma.
—En absoluto, pero me pregunto si vos me despreciáis, si acaso un poco.
—No podría. Sois mi rey.
—Un rey que quiere la verdad.
—Quizás hubo un tiempo en que no pudiera pensar en vos sin
envenenarme de celos, pero hemos pasado por mucho. Yo no soy la elegida
de Loren. ¿Qué sentido tiene ya? Ahora deseo que viváis.
—Yo también, no os quepa duda —respondió y recuperó algo de su
ligereza—. En fin, es por eso que preciso de vuestra ayuda. El pobre Marco,
por muchos conocimientos médicos que posea, es incapaz de enfrentarse a
la magia. No la comprende y no posee el toque de santidad que destierra los
hechizos malignos.
—Majestad… —empecé, pues sentía que debía poner reparos, impedir
que formulara aquella orden que no podía desencadenar más que ruina.
—¿Os dais cuenta? Nos entendemos bien. Ninguno merecemos la
adoración que nos regala nuestro caballero, Ginois. Es mejor que nos
dejemos de preámbulos. ¿Tenéis lo suficientemente domesticada a Devana
como para presentarla ante mí y confiar en que me libre de la ponzoña?
—Esas malas artes son precisamente las que os han herido —protesté.
—Me temo que no disponemos de ningún santo curandero para que me
purifique con sus rezos —escupió con tanto desprecio que me resultó hasta
blasfemo.
—Ha de haber otra alternativa —insistí.
—¡Ginois, he de vivir! Entonces os juro que no volveré a apartarme del
camino de la rectitud, que tomaré esposa y engendraré un heredero lo antes
posible, pero mientras tanto hemos de asegurar el futuro del reino. He
sacrificado demasiado como para perecer en pos de la pureza.
—Viviréis —afirmé—. Vos sois el elegido del Maestro para expandir su
luz por Albor. Él os recompensará si no vaciláis en vuestra fe.
—No podrá hacerlo si no vivo para ser su brazo en la tierra.
—No puedo prometeros nada —advertí—, pero hablaré con ella. Os
alegrará saber que ya es una santa ante los ojos de la mitad de los habitantes
del castillo.
—Sospecho que tenemos mucho que discutir, pero ahora id y descansad.
Os lo habéis ganado.
—Como deseéis —dije a modo de despedida, pues era cierto que el
cansancio que me había hecho ceder empezaba a enturbiarme la mente—.
Solo espero que estéis en lo cierto y el Maestro perdone nuestras faltas.
—A mí no me cabe duda —respondió en medio de un suspiro—. Si todo
sucede de acuerdo a sus designios, también fue Él quien puso a Devana en
nuestro camino. Demostradme que hice bien al dejarla vivir.
Desperté en un lecho revuelto apenas unas horas más tarde y resistí el
impulso de dejarme arrastrar por la impetuosa corriente que me asolaba.
Morderme las uñas bajo las sábanas no propiciaría el milagro que se
esperaba de mí.
En un alarde de egoísmo cobarde, me dirigí al pabellón a interesarme por
los recién llegados. Era una mañana calurosa y los que estaban en
condiciones de caminar habían salido al patio. La luz diurna revelaba la
mugre de los vendajes y las ropas, además de un alcohol penetrante. En
algún lugar, Sagramore quizás presentara aquel mismo abandono con sus
rizos y barba descontrolados, la mirada febril y el uniforme harapiento, solo
en una taberna del camino o quizás preso de los paganos. Con un suspiro,
desvié la mirada y me adentré en el pabellón, donde imperaba el
desesperante aroma del sudor y la sangre. Eché en falta la presencia del
siempre impaciente Marco, que probablemente volvía a acompañar al rey.
Fabia estaba ocupándose de los recién llegados y me hizo una sutil
reverencia desde el otro lado de la estancia.
Por suerte, ninguno de los soldados presentaba heridas tan graves como
las de Ezio. En comparación, las magulladuras de los albañiles parecían
más severas, con sus miembros entablillados y amoratados. En cuanto me
vieron aparecer, dejaron caer sobre mí un chaparrón de preguntas sobre los
derrumbes para las que carecía de respuestas. No podía reconocer que
estábamos en manos del Maestro, sin media certeza respecto al origen del
accidente o las posibilidades de que el resto del techo se desplomara sobre
nosotros.
Llamé a Fabia para que se encargara de ellos y centré mis atenciones en
los más jóvenes entre los soldados recién llegados. Todos conocían a
Sagramore, pero mostraron reticencias a hablar sobre él. Me figuraba los
motivos para la repentina timidez de aquellos muchachos y supe que era
inútil seguir insistiendo. Tras agradecerles sus palabras, me dispuse a salir
cuando un soldado de edad avanzada, me llamó desde el lecho de paja en el
que se sentaba de mala manera. Tenía un parche en el ojo izquierdo y la
mirada febril.
—¿Me permitís hablaros con franqueza, mi señora?
—Por supuesto —respondí, a sabiendas de que me arrepentiría no mucho
después.
—Vuestro hermano empezó a comportarse de manera inusual antes de
emprender el camino. Vos sabéis que es locuaz y alegre. Solía beber y jugar
con los hombres cada noche, pero desde que nos atacó la bruja de la niebla
apenas pronunciaba palabra. Parecía hechizado. No debieron elegirlo como
mensajero. Aún me parece verlo aferrándose a ese librejo suyo, ausente a
las órdenes…
—¿Qué librejo? —inquirí, mientras el pánico florecía en mis entrañas.
—Nunca lo vi de cerca. Supongo que sería el Libro o vidas de santos. Lo
trataba como si fuera una especie de talismán. La dama de don Loren
también quiso más detalles, pero lo cierto es que nunca lo vi de cerca.
—¿Te refieres a doña Devana? ¿Has hablado con ella?
—Vino temprano a preguntar por su marido, mi señora, pero le afectó
muchísimo enterarse de la desaparición de don Sagramore.
Me despedí con una excusa triste y vacilante. Después, me precipité fuera
de la enfermería con una serenidad tan falsa como la sonrisa que se
aposentó en mi rostro mientras atravesaba los pasillos rumbo a la torreta de
Devana. Una vez en la escalera cerré los ojos, intentando exorcizar el hedor
a muerte que impregnaba el estrecho pasaje. Respiré hondo y subí corriendo
como si volvieran a perseguirme los hombres de doña Cordelia. No
entendía por qué Devana insistía en permanecer allí. Di un empujón a la
puerta entre jadeos y me recibió un maullido indignado. Pelnor dominaba
una habitación vacía por la que corría un desafiante vendaval que hacía
agitarse mi falda y susurrar a los muebles.
—¿Dónde está? —pregunté a Pelnor con severidad.
El gato maulló de nuevo con algo parecido a la desidia y se deslizó fuera
de la cama hacia la balaustrada, desde la que se contemplaba la peligrosa
inmensidad del bosque y las montañas azuladas a lo lejos. Me pregunté si
quería decirme que Devana se había marchado, que se encontraba en ese
gran mundo insondable, porque yo la había decepcionado y ahora sabía que
aquel libro que la obsesionaba ni siquiera se hallaba entre estas paredes.
«Me estoy comportando como una desquiciada», pensé, «lo más probable
es que se encuentre en la capilla o en el jardín». Sin embargo, en mi fuero
interno sabía que Devana se me había escurrido entre los dedos. No me
sentía capaz de adivinar los derroteros de su mente con la facilidad de hacía
unos meses, cuando la simbiosis entre ambas alcanzó peligrosos puntos de
no retorno.
Sentía la ausencia de Devana como un fracaso, consciente de que me
rehuía desde mi malhadada confesión en la biblioteca. Ya era tarde para
depositarla bajo llave en el cofrecito de los anhelos inapropiados.
No había domesticado a Devana para Loren ni para Ezio. ¿Hasta cuándo
iba a desperdiciar mis días fingiéndome mejor de lo que era? Había llegado
el momento de despedirme de esa hermana mayor pura y afable que ofrecía
consuelo a todos. Devana nunca me había mirado con esos ojos. Con ella
descubrí lo que era la confianza más descarnada, los vínculos que se
forjaban con un constante sacrificio mutuo. La desobediencia podía ser
bella. Las escrituras sagradas se interpretaban a nuestra conveniencia. Las
estrellas contaban historias. Había sido ella quien me había salvado de la
fantasía infantil de un matrimonio respetable con Loren que no albergaba
para mí más que los sinsabores de un amor no correspondido.
Si deseaba permanecer junto a Devana, debía ser digna de recorrer un
camino distinto al que siempre imaginé para mí. Me encaminé en su
búsqueda con la cabeza alta, atravesando pasillos cada vez más polvorientos
rumbo al ala oeste, donde nos habíamos visto de verdad por última vez.
El suelo estaba sembrado de piedrecitas que crujían a mi paso, como una
sutil advertencia que decidí ignorar. Me detuve ante el reciente muro de
escombros que impedía el acceso a la biblioteca. No me atrevía a buscar
una ruta alternativa sin la ayuda de Devana. Creí que quizás una vez allí
pudiera encontrar rastro de su presencia o, si acaso, oír sus pasos mientras
buscaba a la nigromante o lo que fuera que ocultaban las ruinas. Resultó ser
una creencia ingenua. El viento me acosaba desde todas las direcciones,
chillándome en el oído con una cadencia hostil que se metamorfoseó en
punzadas de dolor de cabeza. No era difícil captar el mensaje enhebrado en
la violencia de los elementos: «¡Marchad! ¡Este lugar ya no os pertenece!».
Por una vez, no me acobardé contrita ante la voluntad de la naturaleza
norteña y sus caprichos.
El vendaval no me hizo retroceder, pero con los ojos entrecerrados
vislumbré una figura cuya quietud y rectitud se me antojó similar a una
columna vetusta. De su nuca pendía una trenza larga y gruesa, adornada con
sendos cordeles dorados que simulaban estrellas en aquella cabellera
oscura. No tardé en adivinar el motivo por el que la trenza me resultaba
antinatural: permanecía estática pese a la fuerza de los elementos, como si
estuviera esculpida en piedra.
Aquella mujer superaba a Devana en altura y también poseía unas
espaldas considerablemente más anchas. Sin embargo, vi en ella el rostro de
mi amiga en cuanto se dio la vuelta, si acaso deformado por una ira que le
teñía las mejillas de carmesí. Aquella muchacha que compartía la frente
ancha de Devana y sus ojos verdes, caminó en mi dirección. Blandía en las
manos una lanza dorada, con hojas de acanto talladas alrededor de la
empuñadura.
—¿Dónde está esa malnacida? ¿Dónde está la vergüenza de mi casa? —
Su voz reverberaba entre las ruinas con un eco atronador que amenazaba
con hacer desprenderse lo que quedaba del tejado.
Quise retroceder, pero el pánico me confería una torpeza paralizante. Me
tropecé en medio de un sordo estrépito al resbalar con los escombros.
Contuve la respiración y me llevé las manos a la boca antes de arrastrarme
contra la pared.
Sin embargo, la extraña seguía deslizándose en un patrón rígido con su
lanza en ristre mientras lanzaba una perorata:
—¡Desgraciada! ¿Por qué no vienes? ¿Te crees mejor que yo? —rugió,
mientras me daba la espalda—. A mí nunca me has engañado. Si eres
sacerdotisa es porque padre lo ha permitido… Le debes lealtad por mucho
que te duela. Nunca has querido ayudar a la familia. Todos te excusaban,
pero yo veía tu egoísmo y desdén. Igual que tu madre. Se quitó la vida por
tu culpa. Vio lo que ibas a hacer. Hasta padre se dio cuenta. ¿Sabes que
saltó de la balaustrada contigo en brazos?
Hizo una pausa y exhaló. Con los ojos entreabiertos la vi golpear el suelo
con la lanza en repetidas ocasiones, sin que emitiera ruido alguno.
—Ahora todos sabrán la verdad —continuó—. Eres débil y cobarde. Has
engatusado a ese mequetrefe sureño para que haga el trabajo sucio. No eres
capaz de plantarme cara.
Volví a incorporarme y entonces se detuvo frente a mí.
—¡Este lugar hiende a tu magia ladina!
Entonces miró para abajo y reparó en mi presencia.
—¿Eres una de sus esbirros? ¡Dime dónde está!
—¿Quién? —grité, aunque intuía la respuesta.
—Mi hermana —chilló antes de escupir en el suelo—. Devana. La
traidora.
Negué con la cabeza, mientras trataba de arrastrarme lejos de ella. La
desconocida me cortó el paso y trató de agarrarme, pero sus manos
atravesaron mi vestido. Gritó de nuevo, pero esta vez su voz pareció
desgarrar el aire de angustia.
—¿Qué tipo de embrujo has cosido para mí, traidora?
Se derrumbó a mi lado sin emitir sonido alguno y me aproximé a ella,
vacilante. Ya no se movía y tenía los ojos cerrados. Contemplé la herida en
su pecho de la que no dejaba de mandar una sangre espesa que nunca tocaba
el suelo. Parpadeé y su rostro apareció deformado por una herida en el ojo,
la trenza se había vuelto roja de la sangre que se derramaba por su cuello.
Cada vez más y más heridas se iban dibujando en su fisonomía, como si la
estuvieran atravesando cientos de lanzas invisibles. Entonces fui yo la que
grité, desesperada, mientras me incorporaba con cuidado de no rozar
siquiera aquel cadáver espectral.
Sin embargo, no fui capaz de apartarme de él y lo guardé durante largo
rato hasta que la luz fue diluyéndose. Ni siquiera me inmuté cuando un par
de ratas corretearon por el pasillo. Encontré una calma extraña en aquella
posición, sumida en el silencio, a merced de posibles derrumbes y
apariciones que me asustaban menos que las obligaciones que me
aguardaban en el otro lado. Quería aprender a mirar a la muerte sin pudor.
—Me consta que Loren lo tuvo difícil y se ensañó bastante con ella. ¿Lo
ves? —Devana se aproximó con delicadeza y se arrodilló junto al cadáver
espectral—. No tienes que preocuparte tanto por los eternos pesares de ese
hombre. Quizás no le guste la guerra, pero se le da bien. Mi hermana no era
ninguna pusilánime.
Ante el contacto de Devana, el espectro se deshizo, dejando tras de sí una
serie de huesos que repiquetearon al precipitarse sobre el suelo. Devana los
recogió amorosamente y se los guardó bajo la túnica.
—Tu hermana —repetí, aún obnubilada.
—Enid. Guerrera consagrada a la Madre —me explicó, su voz tan fina
como ajena—. Nunca nos llevamos bien.
—Dijo algo horrible sobre tu madre… Yo no lo sabía.
—No es la primera vez. Mi madre se suicidó cuando yo contaba con unos
meses de vida. No es un destino extraño entre quienes leen las aguas del
tiempo —dijo llevándose las manos a la piedra roja que le colgaba del
cuello—. Quiso que muriéramos juntas, pero a mí me salvó una ráfaga de
viento que me condujo hasta la orilla. El destino sabe cuidar a sus
instrumentos. Pobre madre. Me alegro de que no haya tenido que presenciar
el cumplimiento de su profecía.
—Devana, lo siento. Lo siento tanto.
—No deberías haber vuelto —replicó con dureza—. ¿Qué habría sido de
ti si no me hubiera dado por buscarte? Podrías haberte topado con algo peor
que una de las muñecas de la nigromante.
—¿Hay más?
—He encontrado ya a la mayoría de los miembros de mi familia vagando
por este lugar. Sus muertes se han presentado ante mí. Es lo justo.
Me mordí el labio, recordando la historia que Loren me había contado en
la capilla y no me sentía capaz de repetir. Si era cierta, Devana también
había dejado que los cadáveres de los hombres de Gibelia se amontonaran a
su paso.
—Deberíamos irnos —dijo Devana.
Esperaba que me diera la mano o me concediera algún gesto
reconciliador, mas permaneció impasible.
—Creía que habías huido —confesé.
—He estado en el bosque. —Devana echó a andar y la seguí, vacilante—.
Y no he vuelto con las manos vacías, por cierto. Mientras tú perseguías de
nuevo a las ánimas, yo he encontrado a tu hermano.
13
SANGRE NEGRA, OJOS DORADOS
S
agramore yacía en un catre de la enfermería con los ojos cerrados y
el pelo cuajado de hojas de pino que verdeaban sus largos rizos
como una suerte de corona. Desprendía un olor cálido, a campo, a
sol prensado en su faz. A veces, cuando abría un poco la boca, se le
escapaba un ronquido y a mí se me encogía el corazón pensando que al fin
abriría los ojos. Lo sacudí con cariño y se dio la vuelta, sin hacer amago de
despertar.
—Ya estaba así cuando lo encontramos —me explicó Naimo, apoyado en
el muro con aire exhausto—. De vez en cuando farfulla algo sobre su señora
áurea.
—Probablemente se refería a nuestra madre —aventuré, aunque no había
nada dorado en ella.
—No sería de extrañar. En todo caso, no hay motivos para preocuparse —
dijo, mostrándome esa sonrisa hueca suya—. Solo está hecho polvo.
Asentí y exhorté a Naimo a acercarse un poco más. No quería alzar la
voz. Sin duda, los aburridos soldados, postrados en sus catres, atendían cada
una de nuestras palabras como si fueran gotas de miel derramándose
inesperadamente sobre sus labios.
—Una vez más estoy en deuda con vos —empecé—, pero no consentiré
que nadie escolte a doña Devana fuera del castillo sin mi permiso. ¿Queda
claro?
—Mi señora…
—No quiero excusas. Comprendo que os precipitasteis debido a la
urgencia y os agradezco que rescatarais a mi hermano —lo interrumpí—.
Por eso no habrá represalias esta vez. Podéis marchar.
Naimo hizo caso omiso y arrojó a mis pies una sarta de excusas
enclenques que no me servían en absoluto.
—A veces las santas tienen la vista puesta en el cielo y olvidan sus
obligaciones con los que habitan la tierra —contesté.
—Pero sus palabras eran ciertas. Encontramos a vuestro hermano justo en
el lugar que describió —farfulló, confuso.
Me mordí la lengua para no gritar y le conminé a marcharse con toda la
serenidad posible. No quería dejar mellas en su lealtad. Después me
entretuve en lavar a mi hermano con paños húmedos y quitarle las hojas del
cabello. No fui tan cuidadosa como de costumbre. Sospechaba que un tirón
de pelo con la suficiente saña haría que Sagramore recuperara la conciencia,
si acaso para apartarme de un empujón. Sin embargo, solo recibí la
docilidad indolente de un muñeco de trapo. El sueño lo tenía enredado
como una amante voraz.
Fabia me descubrió velando a Sagramore en un ensimismamiento que a
duras penas escondía el cansancio. La doncella me sacó de la estancia
contra mi voluntad insistiendo en que tenía otras obligaciones que atender y
que su majestad también me necesitaba. Era cierto, pero no por ello menos
amargo. No deseaba apartarme de mi hermano, como si fuera a volver a
desaparecer en el momento en el que lo perdiera de vista. Mantenía la
absurda creencia de que no abriría los ojos si no estaba allí para obligarlo.
Por una vez, Devana no ocupaba mis pensamientos y no esperaba
encontrarla sentada en mi escritorio, curioseando los listados de provisiones
del castillo con Pelnor en el regazo. Ante mi carraspeo, levantó la cabeza
sin sonreír ni disculparse. Entonces, me envolvió una añoranza tan húmeda
y latente que sentí que debía esconderla como un secreto vergonzoso.
—No te he dado permiso para leer eso —señalé.
—¿Cómo se encuentra tu hermano? —contrarrestó.
—Aún no se ha despertado.
—Me lo temía —contestó alzando un pesado volumen en el que no había
reparado antes—. Adivina lo que escondía en su bolsa.
No me hizo falta alzar la vista para saber que se trataba del dichoso libro
de Dana Doula. Tuve la tentación de arrancárselo de las manos para
arrojarlo a la chimenea, pero para eso habría tenido que tocarlo y no habría
soportado que su embrujo volviera a introducirse en mi mente.
—¿Crees que es víctima de un hechizo? —pregunté a media voz.
—Quizás —respondió—. Si ha seguido las instrucciones de Dana es
probable que se haya visto enredado con alguna sirviente de la Reina del
Estío. Ya debe estar a punto de despertar de su letargo, ¿sabes? Y esperará
los tributos habituales.
—Tendrá que despedirse de ellos —le espeté—. Mi hermano…
—Hemos de separarlo del libro e interrogarlo en cuanto despierte. Si es
cosa de la Reina del Estío, no le dejará secuelas graves. Es una feérica con
debilidad por los muchachos guapos, según tengo entendido.
—¿Y si no ha sido ella? —insistí.
—Entonces lo abordaremos cuando toque —dijo.
Me mordí el labio, conteniendo las ganas de llorar. La frialdad con la que
se conducía Devana me desgarraba por dentro. ¿No se daba cuenta de lo
que me hacía sufrir? Yo era demasiado orgullosa para mendigar las migajas
de consuelo que habrían reparado la brecha entre nosotras.
—Hay otra cosa más —dije, con timidez—. Su majestad requiere tu
presencia.
Alzó la ceja con más desdén que curiosidad mientras la hacía partícipe de
los secretos que Ezio había depositado sobre mi regazo. No quiso saber
más, ni emitió la negativa sarcástica que se asomaba en sus labios
entreabiertos. Ladeó la cabeza con un ímpetu cargado de ira, clavando las
uñas en mi escritorio. Habría querido ver muerto a Ezio, no me cabía duda,
así que tras su vacilación debía haber motivos poderosos.
—No prometo sanar a tu rey cuervo, pero iré a verlo si tanto insiste.
—Te lo agradezco.
Devana depositó a Pelnor en el suelo con una desgana que tenía el regusto
de la derrota. Entre nosotras se aturullaban las palabras no dichas, la
reconciliación pospuesta ante aquel sinfín de circunstancias adversas.
—No lo hago por él —señaló—. Ni por ti, ya puestos.
Otra puñalada directa a mis entrañas. Devana tomó el libro entre sus
manos y fue entonces cuando reaccioné, con el amargor de su rechazo en la
voz:
—El libro se queda.
—¿Y eso por qué?
—Será mejor que nadie lo vea, ¿no crees?
—Fuiste tú quien lo perdió —me dijo con una sonrisa que parecía
desafiarme a abofetearla.
—Y tú quien lo rescató de donde jamás debería haber salido —respondí,
cubriendo los pasos que nos separaban.
Sin embargo, Devana se carcajeó y volvió a colocar el volumen sobre la
mesa como si me dejara ganar por lástima, a sabiendas de que podría venir
y consultar el libro cuando se le antojara. Cerré los ojos para no verla
marchar con el andar errático de los que siempre albergan algún tipo de
pensamiento demasiado profundo y extraño para ser compartido.
En cuanto se marchó, me abalancé sobre el libro, en un impulso lesivo
que espantó mis temores. Paseé el índice por las cortezas de los árboles, por
las entradas del diario, las recetas y los dibujos en tinta roja y verde, en
busca de una respuesta nebulosa y quizás absurda. ¿Cómo podía despertar a
mi hermano de su letargo? Sin Devana, los misterios del ejemplar no se
abrieron para mí y lo único que me salvó de arrojarlo a las llamas fue la
seguridad de que entre aquel pergamino se encontraba un fragmento del
alma de Sagramore, extraída con malas artes.
Pelnor maulló desde el suelo antes de subirse de un salto al escritorio.
Levanté los ojos para encontrármelo con la cola enhiesta y el pelaje erizado.
Ya no me aterrorizaba aquella bestezuela. Cerré el libro de un plumazo y lo
escondí debajo de una pila de pergamino, mientras el animal me seguía con
su mirada de tiránico verde.
—Tu dueña pensará que es un escondite pésimo, pero me da igual —
mascullé—. No pienso guardar esa cosa bajo la cama.
Ezio nos recibió aquella misma noche después de despachar a su reticente
cirujano que frunció el ceño ante la perspectiva de abandonar al monarca en
manos de dos muchachas. Había visto suficientes mujeres paganas como
para estremecerse ante los ojos claros de Devana.
Ezio seguía en el lecho, incorporado sobre un sinfín de cojines forrados
de terciopelo. Se cubría con sábanas blancas en las que se vislumbraban
pequeñas manchas negras. Me descubrió observándolas y carraspeó, por lo
que alcé la vista hacia sus ojos oscuros, más ojerosos que regios.
—Os ruego que no nos demoremos con preguntas innecesarias. Os he
mandado a llamar porque el tiempo apremia.
—Por supuesto, majestad —respondí.
Devana permaneció en el umbral, con los labios apretados y la cabeza
alta. Ezio le dio permiso para acercarse con un gesto de su mano enjoyada.
Aquella actitud magnánima y dicharachera contrastaba con la dureza de su
voz y el poso de desprecio que emanaba la media sonrisa torcida. No le
agradaba ver allí a la mujer de su amigo y no acababa de perdonarse por
necesitarla.
—Hace un par de años, cuando me propuse hacer de nuestros pueblos uno
solo, pagué a varios comerciantes y viajeros para que me hablaran de los
principales señores del norte —empezó—. Oí grandes cosas sobre vuestro
padre. No negaré que muchas de ellas me hicieron dudar de mi empeño. La
mayoría de mis espías me hablaron de las hechiceras a su servicio, de los
guerreros sacros y la bravura de su segunda hija, pero hubo uno que se rio y
dijo: «A quien debéis temer es a la mayor, su predilecta. Tiene el don de la
profecía y guía a su padre desde el templo de la Doncella, donde además
aprende curación y todo tipo de artes. Algún día ostentará los más altos
honores del sacerdocio». Nunca olvidé vuestro nombre. Devana. Los años
me han enseñado a no desdeñar a las sacerdotisas.
—¡Su majestad! —lo reprendí sin poder evitarlo.
Devana no reaccionó más que un gesto de asentimiento indiferente.
—Al templo de la Doncella también nos llegaban historias de vuestra
tierra, su majestad. Recuerdo una sobre un joven príncipe desterrado que se
criaba en el bosque con su hermanastra como única compañía. Decían que
ambos niños provenían del linaje feérico y que realizaban portentos al
amparo de la Vigía que no se veían ni en el norte ni en el sur desde hace
siglos.
—Los cuentos de los viajeros alimentan muchas fantasías —respondió
Ezio, aunque la sonrisa se había evaporado de su rostro.
—Coincido con vos. Quizás carezca de esas habilidades de las que habéis
hablado —replicó ella.
—Ahora se os atribuyen otras, ¿no es así? —intervino Ezio, cuya
paciencia parecía haberse quebrado y desparramado por las sábanas—.
Dicen que sois santa. Os ruego, pues, que bendigáis mis heridas y recéis por
mí. Tal vez el Maestro os escuche.
Habría jurado que un viento fugaz me tiró de la falda arrastrando la sutil
fragancia de las violetas a aquella estancia caldeada sin ventanas. Devana
tomó asiento junto a su majestad, en el lugar que normalmente ocupaba su
cirujano.
—Si os negáis a colaborar, no tendré más remedio que ordenarlo por la
autoridad que me confiere… —insistió Ezio.
—Ya que os habéis molestado en conocer a mi familia, no os sorprenderá
saber que mi padre me hacía llamar a menudo para que lo atendiera de esta
misma manera. Él también tenía una gran confianza en mis dones —lo
interrumpió Devana, mientras levantaba las sábanas y contemplaba el pecho
vendado del monarca, cubierto de un emplasto morado que olía a hierbas.
—Sé que le gustaba batallar con sus vecinos —escupió Ezio, dejando que
la antigua sacerdotisa le palpara la piel y le retirara el vendaje con una
delicadeza fría, desprovista de compasión.
—Mi padre no era un hombre aficionado al azar. No le hacía falta. Tenía
una hija con el don de la clarividencia y la forzaba a mirar las aguas del
tiempo todas las veces que hicieran falta, sin importarle que quizás ella se
perdiera en esa corriente tempestuosa. Vio muchas cosas que no estaban
destinadas para sus ojos —continúo—. Ginois, tráeme un poco de cerveza
caliente y miel.
Me demoré unos instantes en salir, porque no quería dar la impresión de
que estaba acostumbrada a obedecer las órdenes de Devana sin
cuestionarlas; y también porque se me antojaba una temeridad abandonar al
rey a su cuidado.
Sin embargo, Ezio me apremió a que me marchara con la afectación de
quien está a punto de realizar un noble sacrificio y no encontré excusas para
negarme. Al volver, los encontré en la misma posición. Devana examinaba
el pecho de Ezio sin llegar a tocarlo.
—No hay sangre, ¿verdad?
—No, a menos que penséis que por mis venas corren aguas residuales.
—¿Y el resto de las heridas? ¿Puedo mirar vuestros brazos?
Ezio se carcajeó y la arrogancia volvió a asentarse en sus facciones como
si se tratara de un yelmo hecho a medida.
—Ni se os ocurra. El resto son arañazos sin importancia.
Devana chasqueó la lengua y me tendió la mano para que le acercara la
cerveza.
—Como os iba diciendo, mi padre no tenía reparos en abusar del don que
me había sido concedido —dijo Devana, mientras mezclaba la cerveza y
miel con parsimonia—. Me horrorizaba convertir en un arma lo que para mí
era sagrado. Cuando empezó la guerra, supe que no volvería a mi refugio en
el templo. Tendría que zambullirme en esa corriente cada día, durante años,
si no quería que todos los que amaba perecieran por mi causa.
—No es momento para historias, doña Devana. ¿Qué pretendéis?
—Distraeros —replicó Devana, de una manera tan risueña que me dio
escalofríos—. Ginois, sujeta a su majestad. Esto le va a doler.
—¿Qué vais a hacer? —rugió Ezio, justo antes de que Devana derramara
la mezcla sobre su pecho.
El rey se revolvió en el lecho en medio de una agonía incesante. Acudí a
su lado para calmarlo, pero me apartó a gritos.
—Tendríamos que haberlo atado —se lamentó Devana, intentando
fútilmente obligarlo a tumbarse.
—¿Qué me habéis hecho, bruja?
—Hemos de extraer la ponzoña —explicó—. A menos que prefiráis
quedaros así para siempre, su alteza.
—No, seguid —exigió.
Mientras hablaban un humo oscuro y nauseabundo brotó del pecho
desnudo de Ezio, quien volvió a dejarse caer sobre el lecho con los labios
apretados. Por mi parte, tuve que darme la vuelta y taparme la boca para
contener las arcadas. El aire adquirió una textura húmeda y gelatinosa, que
me hizo pensar en una letrina.
Inmune a todo aquello, Devana acercó una daga al fuego de la chimenea
para dejar que las llamas lamieran el acero.
Necesitaba fingir que tenía motivos para permanecer en la estancia, así
que me acerqué al rey para ofrecerle agua y limpiarle el sudor de la frente.
En cuanto me detuve, Ezio entrelazó sus dedos con los míos, apretando con
tanta fuerza que parecía desear arrancarme la carne.
—¿Por qué no continuáis la historia? —gruñó Ezio—. Estabais llegando a
la mejor parte.
—Como deseéis —repuso Devana, concentrada en su tarea—. En el
fondo siempre supe que acabaría oponiéndome a mi padre, con todo lo que
eso conllevaba. El asedio de Loren solo precipitó lo inevitable. Estaba
obsesionado con controlar mis visiones. Habría empleado cualquier
conjuro, cualquier ritual añejo y prohibido para detener la invasión. Acabé
exhausta de buscar una victoria imposible en las aguas del tiempo. Sin
embargo, hallé otra cosa. Una luz que me reconfortó cuando creía perdida
toda esperanza.
—Loren —masculló Ezio como si él también hallara placer en aquel
nombre.
—Vuestro caballero me hizo ver otra vida, al amparo de la luz del
Maestro. Una en la que no tendría que degradar lo más sagrado que poseo al
servicio de un hombre que solo busca el poder para sí. Supongo que ahora
os estaréis preguntando si os consideráis merecedor de mis habilidades.
—¡Dejadlo ya, os lo ruego! Sois cruel —intervine—. ¿Qué hay más sacro
que ayudar a un hombre herido?
—No hace falta que me defendáis, Ginois —respondió Ezio antes de
volverse a Devana—. Me hallo a vuestra merced. Sanadme y obtendréis de
mí lo que deseéis. No obstante, si me engañáis, no habrá lugar donde podáis
esconderos.
—Me parece justo —repuso Devana—. Ahora agarraos bien fuerte a
Ginois y quedaros quietecito.
Ezio cerró los ojos, mientras yo le apretaba las manos para transmitirle
fortaleza. Su majestad rezó en voz baja y temblorosa. Devana, que seguía
exhibiendo aquel sadismo exultante, acercó el cuchillo con la hoja
cauterizada y realizó un corte en medio de la herida supurante, de la que
siguió manando aquel líquido negro con la consistencia de la leche.
Entonces, la antigua sacerdotisa extendió sus manos sobre el rey y
pronunció una oración que no tenía nada de timorata o temblorosa. La
reconocí de inmediato, pues yo también la había pronunciado a menudo
antes de acostarme, como cada doncella de Gibelia. Invocó las sacras
palabras de Santa Brida, la primera seguidora del Maestro en el norte, que
bien podría haber llevado su rostro.
Con la grácil parsimonia de un acto ceremonial, introdujo sus dedos en la
herida y extrajo una piedra roja, que brilló entre sus manos ennegrecidas.
Devana la depositó entre las vendas sucias antes de elevar la vista. Parecía
que su mirada atravesaba la piedra y quizás la misma esencia del tiempo.
Otras veces había vislumbrado la sombra de una adivinación en su faz, pero
no de aquella manera. Aquel arrebato parecía robarle el aire y se agarraba la
garganta como si mendigara aire.
Antes de que pudiera zafarme del agarre de Ezio para acudir en su
auxilio, se separó del muro y tomó aire varias veces con un ímpetu
desgarrador. Tras una breve pausa, volvió a nuestro lado como si no hubiera
sucedido nada en absoluto.
Entonces fue Ezio quien se convulsionó mientras los últimos restos del
repulsivo líquido negro se derramaban por su costado y la sangre
comenzaba a brotar. Devana reunió los materiales para coserle la herida y
yo quedé fascinada por la precisión con la que se movían aquellas manos
que tan torpes eran con todo lo relacionado con labores de costura.
Cuando se levantó, me ofrecí a vendar a Ezio para que ella pudiese
descansar y la conduje con suavidad hasta la puerta, algo culpable por
dejarla sola.
—Gracias —masculló Ezio, en un gruñido febril.
—Descansad y no hagáis esfuerzos de inmediato —recomendó la joven a
su paciente con la voz acerada—. Volveré cuando estéis mejor.
Ezio asintió y pareció que Devana iba a marcharse, pero entonces se dio
la vuelta y añadió:
—Espero que sepáis que la mujer que os hizo eso no cejará en su empeño.
Su herida no es tan fácil de curar y seguirá abierta mientras viva.
—¿La habéis visto? —dijo Ezio—. ¿Sabéis dónde está?
—Eso no era parte del trato —replicó antes de abrir la puerta y escurrirse
hacia el pasillo.
Ezio no insistió, ni tampoco habló mientras terminé de curarle la herida,
que ya no parecía más amenazante que el vulgar corte de una daga. Su
expresión se fue serenando, como presa de un repentino sueño y dijo:
—Ay, Ginois, hicisteis bien al detenerme aquella noche en la torre, pero
esta mujer es peligrosa. No lo olvidéis nunca.
—Os ha salvado la vida —señalé, leal.
—¿A qué precio? Además, podría haberme dado algo para el dolor y lo
evitó deliberadamente.
—Vos podríais haberlo pedido.
—¡Ja! Qué dura sois. Prefiero el dolor a quedarme inconsciente en sus
manos.
—Entonces es cosa vuestra.
—Dulcificadlo si os place, pero sabéis tan bien como yo que quería
verme sufrir.
Ladeé la cabeza para quitarle importancia, incluso a sabiendas de que no
le faltaba razón. Nuestra santa no se había despegado aún de las pasiones
humanas. Su odio era afilado y curvo como una hoz, tan despiadado como
la luna.
El silencio fúnebre de aquellos días desapareció en cuanto las nuevas sobre
la mejoría del rey corrieron de boca en boca. No me había percatado hasta
entonces de la ausencia de risas en los pasillos, sustituidas por el paso
marcial de los soldados. De camino al pabellón, me topé con tres doncellas
que cuchicheaban apoyadas en una columna, con cestos de ropa limpia a
sus pies. Me hicieron una reverencia apresurada y leí el nombre de Devana
en sus labios. Curiosa, ocupé un banco cercano y saqué la labor de bordado
de la bolsa.
Eran chicas tan jóvenes que no les preocupaba quién pudiera escucharlas.
Me pregunté si yo había sido alguna vez tan atolondrada y feliz. Antes de
Devana, había carecido de amigas que me tomaran del brazo y compartieran
sus secretos conmigo. Para mis hermanas, yo había sido una suerte de
madre segundona, cuya autoridad era todavía más fácil de burlar.
—Pues yo voy a pedirle que me bendiga, ya que es una santa.
—¡Anda ya! Te echaría la bronca de tu vida.
—¿Cuándo vamos a tener la oportunidad de conocer a otra?
—Lara dice que deberíamos robarle los calzones y venderlos como
reliquias.
En otro momento, me habría maravillado de que mis desesperadas
ocurrencias hubieran echado raíces, pero en aquellos instantes se apoderó
de mí un terror punzante mientras la risa de las chicas reverberaba como el
graznido de las urracas.
Retomé mi camino y enseguida ocupé mi puesto junto a la cama de
Sagramore. Los otros soldados preguntaron si Devana podía pasarse a
seguir obrando milagros a favor de sus doloridos y tristes miembros.
—Reza por vosotros a diario —insistí, alimentando la leyenda por
costumbre.
Al rato, me dejaron en paz y permanecí en silencio junto a mi hechizado
hermano, cuya respiración constituía un escueto entretenimiento. Habría
sido más fácil guardarle si hubiera mostrado algún signo de desasosiego que
me permitiera dar rienda suelta a mi angustia. No obstante, continuaba
sumido en un sueño tan dulce que me provocaba cierta envidia.
La resignación se escapó en forma de un suspiro corto y práctico,
preludio del regreso a mis labores. La inquina volvió mis puntadas breves y
prietas, mientras reflexionaba en mi eterna languidez sobre la fortuna de
Devana, amada por las diosas del norte y el Maestro. En cierto momento,
me detuve, carcomida por la culpa: la camisa nueva de mi hermano no tenía
la culpa de mis desdichas. No quería maldecir a Sagramore ni el escudo de
la familia enturbiándolo con mis fallas.
Sin embargo, cuando me admití derrotada y me dispuse a guardar de
nuevo la camisa, se me ocurrió una idea. Cerré el puño en torno a la aguja y
la clavé en el brazo desnudo de mi hermano. Lo contemplé con los ojos
muy abiertos y los dientes apretados, rogando en silencio por el ansiado
despertar.
No sucedió nada. Chasqueé la lengua y me aparté. Solo entonces se
incorporó con un movimiento abrupto que me hizo gritar. Abrió los ojos con
parsimonia, como si le costara a causa de la falta de costumbre.
—Sagramore —lo llamé en un desesperado susurro, acariciándole el
rostro en el que crecía una barba descuidada.
Los ojos que se posaron en mí no pertenecían a mi hermano. La calidez
caoba de sus iris se había perdido en un frío oro antinatural, que se había
tragado hasta el blanco de sus ojos. Durante unos instantes, no pude
moverme, obnubilada con aquella transformación. Antes de que pudiera
balbucear siquiera su nombre, Sagramore se me escurrió entre los dedos y
retomó su sueño feliz.
Fabia acudió a mi lado. No sabía cuánto había visto, pero la preocupación
anidaba en su rostro redondo. Enseguida los murmullos de los soldados
plagaron la estancia. Sus ojos marrones, tan humanos que habrían debido
reconfortarme, fueron pasando de Sagramore a mí y yo tuve que salir
corriendo, humillada.
Necesitaba alejarme de aquellos ojos dorados, del muchacho que quizás
no fuera ya mi hermano. Las lágrimas corrieron por mi rostro, como un
caudal infatigable que me nubló la vista. Ahora ya no sabía si quería que
Sagramore despertara. ¿Cómo podría explicarle aquello a padre y madre?
Me culparían a mí por no haber sabido detenerlo y, quizás, con razón.
En medio de los sollozos, sentí una mano posándoseme en el hombro y vi
a Devana, escoltada por Fabia y otras doncellas. Me secó las lágrimas con
su pañuelo y entrelazó su brazo con el mío en un gesto tan natural que nadie
habría sospechado las duras palabras que me había dedicado los últimos
días. Yo me dejé guiar, dócil como un gatito en el regazo adecuado.
—Ven, acompáñame a la capilla —dijo.
Rezamos juntas por la pronta recuperación de Sagramore. La voz grave
de Devana fue adormeciendo mi dolor hasta que solo quedaron ella y la
capilla tenuemente iluminada con un par de lámparas. Habría permanecido
allí toda la noche, acurrucada en ese amor áspero y esquivo.
14
LA REINA DEL ESTÍO
L
os días se alargaron con la perezosa ociosidad del verano mientras
los campos se teñían del mismo oro que poblaba mis noches. Cada
vez que cerraba los ojos se me aparecía el rostro macilento de
Sagramore consumido por aquel mal áureo y voraz. Seguía refugiado en su
letargo sin llegar a apagarse del todo. El cirujano de Ezio tuvo que admitir
que jamás había visto nada igual y nos recomendó que siguiéramos
alimentándolo con caldo y rezásemos por un segundo milagro.
En los pasillos, me seguían las miradas de lástima, que trataba de ignorar
con mi fachada más pétrea. Había aprendido mucho de Devana. Ella era
quien más tiempo pasaba junto a Sagramore, ahora que yo había desistido
de quedarme a solas con él. En su opinión, su mal debía guardar una cierta
relación con el sueño de la Reina del Estío, que no despertaría hasta que la
música de sus celebraciones bañara el aire de candor y alborozo.
Devana y yo habíamos pactado una tregua implícita de términos
confusos. Cada día nos reuníamos en mi alcoba con el libro de Dana Doula
en busca de alguna pista sobre las afinidades mágicas de su esquiva hija
menor. Pasábamos tardes enteras leyendo sus apuntes sobre el bosque, las
medicinas que preparaba para sus hijos, las rimas y los poemas que había
recopilado entre la gente del pueblo y las instrucciones sobre los correctos
preparativos para los ritos estivales.
—Qué curioso —murmuré para mí misma—. En Gibelia celebramos los
festejos de San Tristano en las mismas fechas y también nos decoramos el
pelo con flores. Es un santo del continente, ¿sabes?
—Sí, me acuerdo. Era el que extrajo alimento de la tierra yerma —
intervino Devana, con un bostezo—. Es natural que abunden las
celebraciones en la época de cosecha.
—Hace demasiado calor para mí.
—En el norte es una delicia —contestó con esa nostalgia feliz que a veces
se asomaba en sus labios.
—Podríamos celebrar San Tristano —propuse en un desesperado intento
de atraer su interés.
—No sé si lograrás que el pueblo sustituya a su Reina del Estío por
vuestro aburrido santo extranjero —replicó con altanería.
—No son unos festejos solemnes —insistí—. Hay una ceremonia, pero
también juegos, cacerías y dulces.
Devana rio sin amargura y aquello solo dio alas a aquel repentino
impulso. Si ofrecíamos unos festejos oficiales y seguros, nadie tendría que
encender hogueras prohibidas. Aquel demonio estival no tendría más
remedio que vestir las túnicas de nuestros santos si quería el tributo
acostumbrado. Quizás entonces, dejaría a mi hermano libre de su embrujo.
Esa misma tarde se lo planteé a Ezio en nuestro paseo por los jardines. El
rey todavía no podía hacer grandes esfuerzos, pero el cirujano no se oponía
a que saliera a tomar el aire y aquellos días parecía preferir mi compañía a
la de cualquiera de sus hombres. Solíamos seguir los caminos de grava y
sentarnos junto a la fuente vetusta o en uno de los bancos junto al estanque.
El rey favorecía a las criaturas acuáticas y siempre señalaba con deleite a
las ranas que chapoteaban en la orilla.
—Un festejo alegraría un poco los ánimos —admitió, pensativo.
—Será como traernos un pedacito de Gibelia —insistí—. Además, los
nativos se sentirán acogidos en el seno de su nueva fe.
—Por mi parte no hay inconvenientes —me aseguró—. Quizás para
entonces ya pueda montar y unirme a la cacería.
—Solo tenéis dos semanas —le advertí.
—Más que suficiente.
—Me gusta veros de buen humor —comenté.
—Es todo gracias a vos.
—No os entiendo.
—Sin vos, nuestra querida santa se habría quedado quietecita
contemplando cómo la ponzoña me consumía —replicó ladeando la cabeza
—. Sois mucho más hábil en el trato con los paganos que la mayoría de mis
hombres. He de pensar en una manera de engatusar a vuestro padre para que
me deje llevaros a la corte.
No supe cómo reaccionar y guardé silencio, dejando que los latigazos de
furia me martirizaran solo a mí. ¿Por qué tenía que ser tan cruel y reírse de
mis esfuerzos?
—¿No decís nada? —insistió.
—No os burléis de mí, alteza. Además, mi familia me necesita.
—También el reino y yo soy un hombre egoísta —adujo.
—¿Hablabais en serio?
—¿Y por qué no? Sois una mujer inteligente. Vuestra madre no puede
esperar que malgastéis vuestra vida en casa como una simple nodriza.
—Yo… tendré que pensarlo —contesté, apaciguada.
—Contáis con tiempo de sobra. ¿Quién sabe cuándo acabará la guerra?
—Deberíamos volver ya —lo corté cuando me percaté de que el
crepúsculo se deshacía en brillantes naranjas tras los que se asomaba la
noche.
—No es ninguna broma, Ginois. Me gustaría conservaros a mi lado.
Sonreí levemente y dejé que se apoyara en mi brazo para comenzar el
camino de vuelta, mientras rememoraba todas las veces que alguien me
había cubierto de halagos solo para abandonarme en cuanto dejaba de ser
útil. Debía de parecer una idiota fácil de engatusar.
Las dos semanas siguientes me perdí en el ajetreo de los festejos de San
Tristano. Me entregué como si estuviera disponiendo de los preparativos
para una batalla. Mi mente ahogada de preocupaciones y remordimientos
necesitaba aquel proyecto de salvación. Muchos en el castillo no veían con
buenos ojos abrir las puertas a los nativos y me lo hicieron saber en
repetidas ocasiones cada vez que se cruzaban conmigo, pero estaba
demasiado ocupada asegurando nuestros suministros para prestarles
atención. No quería gastar en exceso, ni que la celebración pareciera
escueta y pobre.
Recluté a un grupo de mujeres del pueblo para que nos ayudaran y pronto
tuve a mi servicio a un pequeño ejército de nativas que invadieron la cocina
para enseñarnos a preparar sus dulces y carnes especiadas. Además,
insistieron en la necesidad de elegir a una Reina del Estío para que
presidiera la fiesta. No me desagradó la sugerencia. Podríamos escamotear
el protagonismo a esa feérica dormilona poniendo en su lugar a una chica
bonita que actuara como anfitriona y llevara un tributo simbólico para el
santo.
Para mi sorpresa, Devana no quiso unirse a semejante algarabía. Me
percaté de que la aterraban esas mismas mujeres por las que había estado
dispuesta a morir en una hoguera. Sin embargo, en ningún momento,
protestó a causa de su presencia. Volvió a recluirse a menudo en su torre y
no solíamos encontrarnos hasta que bajábamos juntas a ver a Sagramore,
que cada vez lucía más ceniciento y pálido.
En una de estas ocasiones la encontré con el pelo sucio y revuelto,
sentada en la enfermería sin mirar siquiera a mi hermano. Fabia se me
acercó discretamente para susurrarme que había entrado llorando,
aferrándose a una extraña bolsa de terciopelo de la que no había consentido
separarse.
Me senté a su lado, como tenía por costumbre, y le sonreí vagamente,
pero ella no estaba de humor para mostrarse cortés.
—Dile al rey cuervo que necesito verle.
—¿Qué ha pasado?
Sin mediar palabra, depositó la bolsa de cuero negro sobre mi regazo.
Emitió un desagradable tintineo que me preparó para su contenido: al
menos una docena de huesos lechosos de distintas formas y tamaños, entre
los que se adivinaba un barro negro, tan hediondo como la ponzoña que
envenenó a Ezio.
—No pienso tolerarlo más —declaró—. Mi familia no merece este
ultraje. Ni siquiera mi padre.
—¿Ha sido él esta vez? —pregunté movida por una súbita intuición.
—Ajá. —Acarició la piedra roja que le colgaba del cuello con los dedos
—. Me he hartado de seguirle el juego a esa nigromante. Es una cobarde. Si
tanto ansía la venganza, que venga a buscarme en persona.
No me atreví a preguntar más. Tras enjugarse las lágrimas con un
pañuelo, Devana se levantó y se alisó la falda con decisión.
—Avísame en cuanto tengas una respuesta de Ezio.
—Devana, yo… yo no sé si él podrá ayudarte.
—Oh, más le vale.
No tuvo que esperar mucho. Ezio nos convocó a las dos a su alcoba en
cuanto recibió mi mensaje. Al parecer estaba de muy buen humor después
de dar un paseo a caballo con don Salazar y se sentía con suficientes fuerzas
como para afrontar su deuda con Devana.
Su juventud volvía a asomarse debajo del cinismo indeleble cuando nos
recibió con el pelo húmedo de sudor y la ropa de montar. En la mesa había
dispuesta una jarra de agua fría y un plato con melocotones y uvas. Ezio
tenía una copa en la mano, de la que bebía como si del Grial Milagroso se
tratase.
—Señoras —nos saludó.
Hicimos sendas reverencias. Devana se había adecentado y presentaba un
aspecto contenido. En gran parte porque había enviado a Fabia a su alcoba
para ayudarla a peinarse y vestirse. Sin embargo, la bolsita de cuero seguía
tintineando en su muñeca con su cadencia ominosa, una nueva
manifestación de las tribulaciones que la habían acosado desde que nos
conocíamos. Me habría gustado apoderarme de aquellos huesos y
machacarlos en el mortero.
—Necesito que cumpláis con vuestra parte del trato —anunció Devana
sin preámbulos.
—Está bien —dijo Ezio, cuya sonrisa comenzaba a vacilar—. Hablad.
Devana depositó la bolsa en la mesa justo al lado de los melocotones.
Ezio frunció el ceño y la abrió con cuidado de no rozar su contenido.
—Pertenecen a mi familia —explicó Devana—. Sus espíritus están
ligados a los huesos y no pueden avanzar a la Otra Tierra.
—Apestan a magia negra —sentenció Ezio acercando la nariz—. ¿Sabéis
quién es el responsable?
—Sospecho de la desaparecida hija de Dana Doula —confesó Devana—.
Nadie la vio durante la toma del castillo y es posible que pretenda vengar a
los suyos.
—Veo que ya habéis hablado con mis hombres. En cualquier caso, no
puede andar muy lejos —dijo Ezio cerrando la bolsita en un alarde de
neutralidad—. Mandaré a la guardia a detener a sujetos de actividad
sospechosa y con las marcas habituales de la magia negra.
—No es eso para lo que necesito vuestra ayuda.
—Es todo lo que puedo hacer por vos.
—¿Se ha curado ya vuestro brazo izquierdo?
—Me temo que la herida es más profunda de lo que creía.
—Entiendo —dijo Devana con insolencia.
La sonrisa de Ezio se había diluido y ahora mordisqueaba un melocotón
con una saña poco justificada.
—Creo que su majestad ha sido bastante razonable —aventuré antes de
que las miradas envenenadas de ambos me devolvieran a mi posición de
espectadora.
—Me ha quedado claro que me equivoqué al esperar algo de vos —
escupió Devana.
—Aguardad un momento —respondió Ezio más meditabundo que
ofendido—, quizás todavía pueda hacer algo más.
—Os escucho.
—Tuvisteis una visión mientras rezabais, ¿no es cierto?
—Así es.
—¿Visteis a la mujer que me hizo esto? ¿Sabéis dónde está?
—Vi a vuestra hermanastra Denira Fata obrando su magia —anunció,
mirándome de reojo como para examinar mi reacción—. No queráis saber
más. Ya teníamos un trato.
—Os juro que os daré lo que queráis si me ayudáis a encontrarla. —La
singular pasión con la que había hablado el rey me hizo pensar en sus
palabras aquella noche aciaga cuando se había desmoronado a mis pies.
Había insinuado entonces una gran pérdida, quizá se tratase de esa mujer,
que lo había herido. Su hermanastra. Su existencia debía de ser un secreto
bien escondido. Una bruja en la familia real no habría sentado bien a los
líderes del Credo.
—¿Estáis seguro de que sobreviviríais una segunda vez? —respondió
Devana.
—No juguéis a provocarme o saldréis mal parada. ¿Podéis encontrarla o
no?
—No.
—Entonces no hay trato.
—De todas formas, ya no esperaba nada de vos —replicó Devana con una
sonrisa cruel—. He de entender que no os importa que Ginois sepa de
vuestro pasado. Seguro que es una sorpresa para ella descubrir que os
criasteis con la última hechicera sureña de la que se tiene noticia.
—Estoy empezando a pensar que sabéis perfectamente dónde encontrar a
Denira Fata. Tal vez se encuentre en un lugar donde no me queréis ver. ¿Me
equivoco?
—¿Quién sabe? —Devana se levantó mientras hablaba y volvió a anudar
la bolsita de cuero en su cinturón.
—Esa insolencia vuestra os saldrá cara algún día.
—Ya no tengo más con lo que pagar —dijo Devana—. Buena suerte con
la búsqueda de vuestra hermanastra, majestad.
Devana abandonó la estancia y me dispuse a seguirla, pero Ezio me tiró
de la manga, con una expresión entre arrepentida y furibunda.
—Ginois, no me gustaría que os marcharais sin aclarar las cosas.
—No me debéis ninguna explicación —me apresuré a decir, turbada.
—Yo creo que sí. No soporto que esa mujer pretenda confundiros o
poneros en mi contra.
—No creo que…
—Lo que ha dicho es cierto. Denira Fata es mi hermanastra. A ella
también la relegaron al Castillo del Bosque Aciago y nos criamos juntos.
Ambos éramos un incordio para nuestros padres, que querían fingir que sus
anteriores matrimonios no habían sido más que una farsa.
—Majestad… —empecé porque creía que debía decir algo.
—Solo nos teníamos el uno al otro. No me avergüenza admitir que la
adoraba con un fervor que otros reservan para sus madres y esposas. Ella
tenía un don para la magia. Atraía a feéricas a nuestro patio y rendía tributo
a la Vigía cada invierno. Me dijo que sería rey y que por eso mi padre me
temía. Sus cuentos eran dulces y me dejé guiar por ellos. Fue ella quien
intercedió por mí ante la Dama del Lago para que me concediera la espada
Alba.
»Dejé que me modelara a semejanza de los monarcas paganos de las
leyendas. Hice míos sus símbolos y comencé a conspirar contra mi padre
desde mi rincón en el bosque, bien seguro de que todas las profecías
hablaban sobre mí. Claro, pero entonces conocí a Loren y todo cambió.
Instauró en mí un fervor nuevo y comprendí que esas fantasías eran
perversas. Ahora sabéis cuánto le debo a nuestro caballero.
—Entonces vuestra… Denira Fata se volvió contra vos —adiviné.
—Sé que no me perdonará jamás por mi traición. Me habría gustado que
ella también fuera capaz de cambiar, pero me temo que no es así. Se cree
depositaria de todos los saberes de Gibelia y no le falta razón. Incluso
vuestra doña Devana se vería en apuros de tener que enfrentarse a ella.
—Devana sí que ha cambiado —protesté—. Su conversión es sincera.
—Si soy honesto, no sé cuál de las dos me asusta más —confesó Ezio y
en sus labios volvió a asomarse una sonrisa—. En todo caso, algún día
tendré que volver a enfrentarme a Denira y asumir mis pecados. ¿Qué
haréis ahora que conocéis mi secreto, Ginois?
—Me lo guardaré para mí, por supuesto.
Ezio rio y, de un súbito movimiento, agarró mis manos desnudas para
llevárselas a los labios.
—Marchad antes de que alguien se percate de que invito a doncellas a mi
alcoba sin acompañante.
Le obedecí, pero antes de marchar había una pregunta que me palpitaba
en la lengua.
—Decidme una cosa, su majestad. Ayudaríais a Devana si pudierais,
¿verdad?
—Lo haré a mi manera, aunque a ella le parezca insuficiente. No me hace
gracia que haya una nigromante merodeando por estos pasillos.
Salí de la estancia alumbrada por un sentimiento extraño, que me instó a
dirigirme a la torre de Devana con una agilidad que creía perdida. Subí los
escalones de dos en dos como si aparentar premura pudiera diluir mi
traición. Sabía que Devana me reprocharía que me hubiera quedado con
Ezio en vez de acompañarla.
Esperaba encontrarla en la terraza y ahí estaba, mordisqueando un
melocotón que debía haber robado al rey.
—Me lo ha contado todo —dije—. Jamás habría imaginado que el rey
fuera tan converso como tú.
—¿Te ha enseñado su brazo izquierdo?
—No.
—Entonces no te ha contado nada. Es un cobarde y un traidor. Tendría
que haberle dejado morir, pero ya es tarde.
—Devana, ¿sabes dónde se esconde esa mujer?
—No lo diré —gritó—. Ni siquiera a ti que me miras con tanto amor. No
lo diría para salvarme de la hoguera.
No la presioné, adivinando que Ezio tenía razón. Aquella mujer se
refugiaba en un lugar que Devana amaba y ya había visto lo que era capaz
de arriesgar por defender a las suyas. Nos quedamos juntas en la terraza,
aprovechando las últimas luces del día hasta que Devana me mandó de
vuelta a mi propia alcoba para irse a dormir.
Vislumbraba la mentira en su semblante serio pero despierto. Quizás
tendría que haberme negado a marcharme y permanecer a su lado para
asegurarme de que descansaba de verdad. En otro momento lo habría
hecho, pero a mí también me sobraban motivos para ansiar la soledad y
buscar un refugio propio. Tantas noches de mal dormir me habían vuelto
dócil e irreflexiva en cuanto caía la tarde.
El día anterior a las celebraciones, Fabia vino a despertarme más temprano
de lo habitual y me encontró sumida en una duermevela intranquila, con el
oro de las pesadillas todavía dibujando filigranas tras mis ojos.
La doncella sonreía con algo de timidez y en sus trenzas se adivinaban
pétalos de margarita como si hubiera estado ensayando para el peinado del
día siguiente. Mientras me lavaba la cara en medio de infinitos bostezos,
Fabia me enseñó una túnica verde de lino con dalias y tréboles bordados en
las mangas.
—Me consta que no tenéis nada festivo —me reprochó.
Esquivé la acusación con otra cuestión más apremiante.
—¿De dónde la habéis sacado?
—Ah, doña Devana me la ha dado para vos —me explicó—. Tendréis que
preguntárselo a ella.
—Luego iré a darle las gracias —respondí, intentando disimular la
suspicacia.
En cuanto me probé la túnica, me invadió una sensación extraña. La
prenda parecía hecha a medida para mí. Nunca podría haber pertenecido a
Devana. Sin embargo, los motivos y la caída recta de la falda la delataban
como una prenda norteña. Desprendía un olor fresco como la hierba
húmeda.
—Os sienta bien —dijo Fabia, que no era muy pródiga con los halagos.
—¿Eso piensas? —No era capaz de admitir que lo sentía ajeno y
peligroso.
—Podéis ponéroslo con el velo rosa de seda —insistió—. Parece un
atuendo digno de una princesa.
No hubo manera de convencerla y yo tenía que supervisar los adornos de
la capilla, así que acabé cediendo a regañadientes. Tras terminar de asearme
y enfundarme en un vestido feo de diario, olvidé por completo la existencia
de la túnica.
No fue hasta media tarde cuando decidí, con un suspiro resignado,
ascender los escalones de la torreta de Devana. No la encontré allí y temí
que nos hubiéramos cruzado, pero tampoco la hallé en mi alcoba o en la
capilla. El cansancio me convenció de dejarlo pasar por una vez. Entonces
vi a Naimo y Remi en el jardín con las cabezas pegadas en ademán
conspiratorio. Me acerqué a ellos movida por la curiosidad y cesaron de
inmediato la charla para ahogarme en reverencias.
—Os veo muy entretenidos —dije con malicia al percatarme del puñado
de flores que Remigio sostenía en las manos.
—Remigio quiere hacer una corona de flores para cierta doncella, pero
me temo que ninguno de los dos somos muy duchos —confesó Naimo
mientras su amigo lo miraba con expresión de extrema contrariedad.
Le arrebaté un par de flores para empezar a trenzar la corona con una
sonrisa triste. Ojalá Devana se hubiera callado el destino de Remi.
—¿Y no será Fabia la doncella en cuestión? —inquirí—. La he visto muy
contenta esta mañana.
—Eh, sí, mi señora —susurró Remi con la mirada tan baja que no veía
más que su coronilla castaña.
—Ven, mira, te voy a enseñar.
La timidez convertía a Remi en un crío balbuceante y torpe en mi
presencia, así que al final tuve que terminar yo sola la corona, envuelta en
dulces reminiscencias de todas las que había trenzado para Aleya, a quien le
gustaba sentirse como una diminuta hada de los bosques. En casa también
estarían ultimando los preparativos para San Tristano y las flores cuajarían
todas las estancias. Probablemente se acordarían de nosotros y rezarían por
nuestro bienestar, ajenos al mal de mi hermano. De pronto, me atravesó la
culpa, rompiendo aquel breve instante de paz triste. Me disculpé y deposité
la corona en las manos de Remigio con el deseo de que aprovechara la vida
mientras aún fuera suya. Unos cuantos pétalos de amapolas se
desprendieron y me cayeron sobre los dedos. Me sacudí las manos,
intentando huir de aquel escarlata brillante que reavivaba mi desazón. Sin
embargo, sentía que el augurio era difícil de ignorar. El rojo nunca me había
traído más que sinsabores.
Unas nubes espesas y ennegrecidas amenazaron las primeras horas del día
de San Tristano, pero al final siguieron su camino impulsadas por el
inclemente viento que azotaba Iblis durante todo el año y, a media mañana,
nos alumbró un sol lustroso, acompañado tan solo de un par de nubes
lechosas e inofensivas.
Pese al mal sabor de boca con el que me había ido a dormir, me dejé
engatusar por el entusiasmo general. Al fin y al cabo, había organizado esa
fiesta para endulzar el ambiente. Fabia apareció más exultante aún que el
día anterior, con un vestido antiguo que había teñido de amarillo y la hacía
parecer un espigado tulipán.
Me resigné a ponerme la túnica verde que tan ajena me resultaba. La tela
era liviana como un camisón. Ni siquiera en casa habría llevado algo tan
fresco. Por si fuera poco, Fabia me dividió el cabello en dos gruesas trenzas
para formar una corona en mi nuca, lo que dejaba el cuello desnudo.
—¿Devana también te ha dejado que la peines a tu antojo? —pregunté,
enfurruñada, en parte porque la novedad me había gustado más de lo que
quería admitir.
—Doña Devana es una mujer casada y puede peinarse como quiera —me
respondió—. Además, no he podido vestirla. Dice que se encuentra mal.
—Ah, vaya.
Intenté fingir indiferencia con una sonrisa serena que solo pareció débil y
triste. En cuanto terminó, le pedí a Fabia que me concediera un rato para
visitar a Devana y la doncella me dedicó una mirada extraña antes de
asentir.
—No tardaré mucho, lo prometo.
«La arrastraré hasta aquí tirándole del pelo si hace falta», me juré a mí
misma.
Me dirigí a la torreta preparada para enfrentarme a gritos y objetos
voladores pero, en lugar de eso, hallé a Devana en camisón rodeada de un
delicado halo de tristeza. Bostezó con ahínco antes de volver a la cama.
—¿De verdad no piensas bajar? —pregunté, mi ira transformada en
súplica.
—Solo sería un estorbo para tus planes —adujo—. Los conversos no
quieren verme allí, créeme, y tampoco el rey cuervo.
—¿Y qué hay de mí?
—A mí también me gustaría comer manzana con caramelo y bailar
contigo, Ginois, pero no puede ser —dijo con tanta pena que por un
segundo me lo creí—. El asesinato de ese pobre muchacho todavía está
reciente. No creas que la promesa de una fiesta va a erradicar la
desconfianza por sí sola. Yo no soy más que una reliquia de un tiempo que
quieren olvidar. Ya oíste a Ezio. La gente me consideraba un arma peligrosa
en manos de mi padre. Ahora es igual, solo que son otras manos quienes me
retienen.
—¿Y va a ser así el resto de tu vida?
—No lo sé —respondió, vacilante—, pero de momento no puedo hacer
otra cosa. Ahora ve y disfruta de esos festejos en los que tanto has
trabajado.
—Devana…
—Me quedaré con tu hermano. Alguien debería estar con él por si
despierta.
—Si eso sucede, me avisarás, ¿verdad? —inquirí, derrotada.
—Por supuesto —dijo con una breve sonrisa—. Estás preciosa, por cierto.
—¿De dónde sacaste la túnica?
—Ah, es un regalo de Loren —respondió.
Me extrañó la ligereza con la que pronunció el nombre de su falso marido
y, más aún, no haberme percatado de un regalo tan hermoso, pero las prisas
del día diluyeron mis suspicacias y volví al lado de Fabia para terminar de
prepararme.
La celebración dio comienzo con un rápido oficio religioso al que solo
acudimos las mujeres y los ancianos, pues los hombres habían salido
temprano a cazar. El sacerdote parecía deseoso de acabar las lecturas sacras
de San Tristano, probablemente para dar cuenta de los vinos que nos habían
traído los mercaderes de Gibelia. A mí me habría gustado escabullirme para
supervisar el montaje de los puestos en el patio exterior o los preparativos
finales en la cocina.
Apreté los puños contra las rodillas mientras imaginaba todos los posibles
contratiempos. Habría quien me acusaría de desperdiciar demasiados
recursos en tiempos de guerra. Otros murmurarían que había pecado de
tacañería a la hora de agasajar a los hombres que luchaban por nosotros.
El pobre San Tristano también se había enfrentado a una multitud
enardecida por la hambruna que les hizo dar la espalda al Maestro.
Quisieron sacrificar al santo, que era entonces un niño, en un antiguo altar
pagano para beber su sangre. Solo había salvado la vida al extraer un sinfín
de hortalizas de la tierra con las que había alimentado a los aldeanos y a los
animales de las granjas. En el lugar donde se produjo el milagro construyó
una abadía para hermanos dedicado al Maestro, donde después se instauró
una escuela importante de sacerdocio. Loren habría querido estudiar allí.
Era curioso cómo los laberintos de mi mente siempre acababan
conduciéndome a los mismos escollos que ya creía superados.
Abandonamos la capilla abanicándonos a causa del calor y bajamos al
patio exterior, guiados por las trompetas y tambores de los músicos errantes,
que ya se habían instalado. En comparación con la oscura capilla, el patio
brillaba de intensos amarillos, verdes y rojos gracias a las flores y las cintas
que decoraban los puestos y las cabezas de las mujeres. Las gentes vestían
ropas de lo más variopintas y alegres, muchas parecían recién teñidas. Por
doquier, los niños de los campesinos correteaban, dedicados a sus propios
juegos. Muchos ya tenían las manos pringosas por comer fruta azucarada o
pasteles de miel.
Di un paseo por el recinto acompañada de Fabia y las otras doncellas para
observar la algarabía general. Nuestros hombres no habían vuelto todavía,
así que solo había campesinos. Los nativos y colonos no solían mezclarse,
pero al menos no se produjeron altercados.
Quise acercarme a escuchar a uno de los rapsodas para descansar un
poco. Las doncellas me trajeron una cerveza especiada y caliente a la que
apenas di un par de sorbos y varios de los dulces tradicionales de Gibelia,
que había preparado nuestra cocinera.
El aburrimiento me hizo anhelar la presencia de Devana. Sabía que, de
tenerla a mi lado, habría apreciado mejor la belleza y simplicidad de las
festividades. En sus ojos, siempre había espacio para las maravillas,
mientras que yo solo parecía detectar las incomodidades que nos rodeaban.
—Van a elegir a la Reina del Estío, vamos —dijo una de las doncellas.
El grupo entero se movilizó hasta el poste estival que habían erigido un
par de campesinas, coronado con cráneo pelado de una cabra. Había varias
chicas con arpas y flautas, a las que se unieron el resto de los músicos,
deseosos de participar en aquella tradición tan antigua como los cimientos
de Iblis. No tardé en percatarme de que nos habíamos quedado solas entre
un numeroso grupo de nativos, pero las doncellas estaban admirando las
bonitas coronas de flores que prendían las jóvenes de sus largos cabellos
rubios y no quise señalar lo inapropiado de nuestra presencia.
Las chicas ocuparon sus posiciones junto a las largas cintas que pendían
del poste. Ninguna tendría más de dieciséis años y el nerviosismo se les
escapaba en forma de risas y grititos agudos. Sus rostros sonrosados y
pecosos me recordaron a Elidel, pues poseían aquella misma inconsciencia
libre y salvaje. Igual que reían y se tiraban del pelo entre ellas, habrían
podido destruirme con sus uñas mal cuidadas.
—¡Falta una! —gritó una mujer mayor que parecía estar a cargo.
—Nela se ha roto la pierna al caerse del tejado —respondió una
adolescente pelirroja tan alta como un guerrero de Gibelia.
—Menuda faena, habrá que buscarle sustituta —dijo la mujer, posando su
mirada aquilina en la multitud de curiosos—. ¿Nos haríais el honor, doña
Ginois?
—¿Yo? —grité, presa del pánico.
—Claro, nos hace falta una doncella de Gibelia —insistió—. Vos no
estáis casada, ¿verdad?
—Pero no sé lo que hay que hacer —protesté.
—Solo debéis agarrar la cinta y bailar —explicó la campesina entre risas.
Recordaba vagamente que aquella mujer había estado presente en los
preparativos de las festividades porque su voz avasalladora llevaba semanas
resonando por el castillo en los momentos más inesperados.
—Quizás alguna de mis doncellas sea más apropiada —sugerí—. Fabia…
Fabia sacudió la cabeza con tal firmeza que no me atreví a sugerirlo de
nuevo.
—Vamos, será divertido.
La mujer me tomó del brazo y me condujo hasta la cinta roja que había
quedado vacía. Dos ancianas me señalaron con una mirada vehemente y el
ceño arrugado.
Cuando la música empezó, las chicas bailaron alzando los brazos y dando
vueltas sobre sí mismas, cada una a su propio ritmo. Intenté seguir los pasos
tradicionales de la danza estival de casa con la esperanza de no asemejarme
a un ave malherida que lanza sus últimos estertores. Sin embargo, mientras
bailaba observaba a las mujeres nativas que se reunían y murmuraban entre
ellas, mientras sacudían la cabeza, protestaban o asentían con un aire
malicioso.
Fueron llamando una a una a las niñas en torno a los postes, gritando el
color de su cinta por encima de la desquiciante melodía. Yo seguí danzando
con los ojos cerrados para alejar mis pensamientos de la multitud.
—¡Rojo! —gritaron al fin.
Abrí los ojos para descubrir que no había nadie más danzando en torno al
poste estival. Me recibió un estruendo gozoso, protagonizado por nuestros
campesinos y los criados, que se habían acercado a ver el baile al enterarse
de mi participación en el asunto.
Las mujeres nativas me agarraron de la mano y me subieron a una tarima,
seguidas de cerca de un par de guardias que se esforzaban por mantener un
aire dicharachero mientras me despojaban de mi velo para coronarme con
una tiara de flores tan pesada que me hizo agachar la cabeza. A
continuación, una jauría de niñas apareció portando una capa amarilla que
ciñeron en torno a mi cuello.
—¡Viva la Reina del Estío! ¡Viva! ¡Viva!
Hice graves esfuerzos por sonreír, confusa y asustada de verme lejos de
mis doncellas y toda la gente que conocía, vestida como un ídolo pagano.
No soportaba que todos se acercaran para tocarme, sobre todo las niñas
nativas que habían formado una cola a mis espaldas.
Los tambores resonaron y supe que tenía que seguir adelante. A mi paso
las otras candidatas a Reina del Estío arrojaban pétalos a diestra y siniestra.
Me detuve junto a la entrada al comprobar que los hombres habían vuelto
de la caza.
Sabía que tenía que esperar al rey Ezio, que se uniría a la Reina del Estío
para llevar juntos las ofrendas al santo. Yo misma había dado mi aprobación
a esa manera de sincretizar ambas celebraciones. Durante demasiado tiempo
nuestros lugares sacros habían sido estancias frías y desnudas. ¿Qué tenían
de impuro unas flores que el mismo Maestro había dibujado con su fantasía
para endulzar la vida? Ahora que era yo quien tenía que someterme a
semejante ridículo, deseaba que la ceremonia terminara pronto y pudiera
deshacerme de aquellos atributos indeseados.
Los hombres silbaron al verme ataviada de aquella manera, mientras
enseñaban sus presas y los perros ladraban de gozo. Parecía que la jornada
había sido fructífera para ellos.
Ezio apareció en último lugar y saltó de su caballo con una media sonrisa
que no ocultaba el dolor que aún le causaban los movimientos bruscos.
Depositó una cabeza de astado a mis pies, cuya cornamenta permanecía
intacta. Se me antojó inusualmente grande, semejante en su forma a la
corona de la Reina del Estío. Sufrí por aquel astado que había sido también
rey en el bosque antes de su sacrificio. Ezio carraspeó y extendió la mano.
—Ginois —me llamó.
Había esperado que se burlara, pero habló con una solemnidad aterradora.
Le tendí la mano desnuda para que me la besara. Sus labios estaban secos e
hinchados por el polvo del camino. Cuando le tomé del brazo supe que iba a
mancharme de barro y sangre, pero no me importó. Aquella túnica no iba a
volver a salir del baúl. Nos trajeron sendos cestos de frutas y verduras,
adornados con las sempiternas flores y cintas. Una vez preparados,
condujimos a la procesión a la capilla donde el sacerdote estaba preparado
para recibir los tributos con las mejillas encendidas y la voz rota por el
alcohol.
—Espero que pronto os veamos de nuevo de camino al altar, doña Ginois
—dijo el padre Aquilino al recibir mi ofrenda.
Forcé una sonrisa y me retiré a los bancos, reprendiéndome a mí misma
por desear que un hombre dedicado al Maestro cayera en manos de las
brujas más sanguinarias que hubiera parido el norte. Ezio no tardó en unirse
a mí y me hizo un gesto para que me quedara con él mientras la procesión
se disolvía y todos volvían a festejar en el jardín.
—Concededme unos instantes —me rogó—. En cuanto salgáis, volveréis
a ser la protagonista.
—Ah, no sé si podría soportarlo.
—Seguidme entonces.
—¿No notarán nuestra ausencia?
—¿Qué más da?
Ezio me sacó de la capilla para conducirme a uno de los jardincitos
interiores. No estaba particularmente bien cuidado y la hierba crecía alta,
salpicada de violetas, dalias y margaritas. No había bancos, así que nos
sentamos en el suelo, rodeados de aquel áspero mar de verdor.
—Hemos dado caza a un ciervo astado, lo habéis visto, ¿verdad?
—Claro.
—¿Sabéis lo que significa para las antiguas deidades tanto del norte como
del sur?
—No —admití.
—El ciervo astado representa al monarca sagrado de estas tierras. Quizás
os parezca una ilusión necia, pero creo que es un presagio de nuestra
inminente victoria.
—Nunca lo he dudado, su alteza —respondí, cortando una violeta con los
dedos.
—Aun así, no me basta con el favor divino —empezó y por primera vez
sentí su voz temblar—. Ya sabéis que a veces me puede la furia, que soy
arrogante y tengo mal perder. Son atributos que heredé de mi padre, aunque
me consta que él era mucho peor. Quizás por eso nadie me lo recrimina.
»Incluso Loren, a quien confiaría mi vida, es demasiado blando conmigo.
Lo ciegan el amor y sus ideales caballerescos. Ya no soy un niño y sé que
no son suficientes. Necesito a alguien con sentido común a mi lado.
¿Queréis ser vos? ¿Qué me decís, Ginois? ¿Os sentaréis a mi lado? Os
advierto que amo a muy pocos, pero a quienes amo no los dejo escapar
jamás.
—Majestad, ¿estáis seguro de que eso es lo que deseáis? Podríais tener a
una princesa extranjera que comprendiera esas cosas mejor que yo.
—No. Necesito a una mujer de la isla, que conozca los males que nos han
mantenido separados y tenga la compasión que a mí me falta.
—Yo no soy tan compasiva como creéis.
—Sé que no sois perfecta, os conozco bien —respondió atropelladamente
—. ¿No lo comprendéis? Vos sois la Reina del Estío. Vuestras son la luz y
la abundancia, pero con los días de sol también viene el son de la guerra.
Quiero liberar esta tierra de las sombras, sumirla en un estío de perenne
plenitud. ¿Me ayudarás Ginois? ¿Harás tuyo mi sueño?
Ezio me tendió su mano enguantada con el cuero oscurecido por la sangre
de su presa. Aceptar la mano del rey equivalía a acoger la guerra. Loren
había besado aquella misma mano, a sabiendas del dolor que le causaría. En
aquellos instantes, la duda se precipitó por mi garganta roja y amarga. Mis
hombros no soportarían el peso de la complicidad en la ruina del pueblo de
Devana. Torcería el gesto ante la brutalidad y la injusticia para no
arriesgarme a parecer ingenua. No era la reina que Ezio ansiaba, sino una
muchacha disfrazada para una celebración pueblerina.
Quizás, después de todo, sí que anhelaba el anonimato y la serenidad de
vivir como solterona en la hacienda de mis padres. Allí siempre tendría algo
que hacer, la domesticidad erradicaría las impurezas de aquellos meses. El
tiempo sería como un vendaval que se llevaría lejos el recuerdo de haber
visto a Devana bailar y a un rey de rodillas.
Aun así, no me avenía a rechazar a Ezio. Ni siquiera sabía si me estaba
permitido hacerlo. Intuía que él aceptaría mi decisión, si bien a
regañadientes. Las lágrimas se deslizaron por mi rostro como las cintas del
poste estival.
El hombre que aguardaba a mi lado, pagano arrepentido y antiguo
príncipe exiliado, me atrajo hacia él y me besó las mejillas empapadas con
una ternura torpe que se me antojó genuina. Él decía que me conocía bien,
pero había tanto que yo no sabía de él que me sentía frente a una incógnita
injusta.
Nos interrumpió la aparición de Devana, alta y regia entre las columnas
que bordeaban el patio. Se apresuró a nuestro encuentro con el rostro
ensombrecido y temí que nos hubiera escuchado.
Sin embargo, las palabras que salieron de su boca poco tenían que ver con
Ezio ni conmigo:
—Sagramore ha despertado. —Un arañón le recorría el rostro y tenía la
trenza deshilachada, pero lo más terrible eran los ojos que resplandecían de
un verde grisáceo que presagiaba tormenta.
—Alabado sea el Maestro —susurré con la mirada puesta en el cielo—.
¿Cómo se encuentra? Iré a verlo de inmediato.
—¡No! —gritó Devana con una solemnidad exigente—. Se ha marchado.
Lo ha despertado ella, la Reina del Estío. Se ha alzado para ir a su
encuentro y no he podido detenerlo.
—¿Y qué más? —dijo Ezio, recuperando el arrogante desdén que lo
caracterizaba—. Hay algo más, ¿verdad?
—Se ha llevado vuestra espada.
15
EL CONSORTE DE LA REINA
DEL ESTÍO
E
zio insistió en registrar sus aposentos a conciencia. Temía que
Devana hubiera urdido alguna estratagema en su contra. Ella no se
mostró ofendida ni nos apremió y aquello fue lo que aniquiló el
débil control que ejercía sobre mí misma. Devana actuaba como si todo
estuviera ya perdido y las demoras no supusieran diferencia alguna.
En cuanto registramos los aposentos, nos percatamos de que mi amiga no
había mentido: los estragos de una incursión apresurada habían acabado con
el lecho volcado y las armas tiradas por el suelo, mezcladas con las ropas de
Ezio. Eché una mirada de reojo a Devana y me fijé en que tenía varios
cortes en las manos y un moratón incipiente en el antebrazo.
El rey se apoyó en el muro con una expresión rabiosa antes de propinar
una patada al escritorio. Decenas de pergaminos se precipitaron al suelo
para unirse a aquella alfombra de ropajes y aceros. Casi a la vez un par de
ratas atravesaron la estancia a la carrera regando el ambiente de sus
histéricos chillidos. Empezaban a ser un problema. Tendría que hacer algo
al respecto.
—¡Un poco de compostura! —grité—. No perdamos más el tiempo y
vayamos tras él.
Devana se acercó a mí y me tomó el rostro entre las manos, igual que
cuando te dispones a revelarle a una niña pequeña una dura realidad de las
que escuecen el corazón.
—A donde ha ido no podemos seguirle, Ginois —me explicó—. Yo
estaba allí y vi cómo el sol se le posó en el pecho para reclamarlo. El fulgor
dorado de los ojos no dejaba lugar a dudas, ni tampoco su manera de luchar.
Lo he seguido por todo el castillo hasta que ha logrado escapar.
—Tenemos el libro —escupí, insistente—. Iremos en su búsqueda,
aunque no lo quiera.
—Yo no puedo abrir ese camino para ti —me explicó—. Y, aun así, no
serviría de nada.
—¡No! ¡Me niego! Si mi hermano sigue vivo…
—No es cuestión de que viva o no —me interrumpió Devana—. Se ha
ido por voluntad propia.
Ezio dio un golpe a la pared con tanta saña que acabó con los nudillos
ensangrentados. Yo bajé la cabeza, asustada de la rabia que pudiera
encontrar en el rostro que unos instantes antes me había parecido tan dulce.
—Yo os llevaré, Ginois —dijo—. Abriré el camino para vos.
Entonces Devana sacudió la cabeza, interponiéndose entre nosotros.
—¿Tanto vale para vos esa espada como para arriesgar la vida de Ginois?
—Conozco bien el lugar al que vamos —respondió él—. No será mi
primera visita.
—No dejaré que perdáis a Ginois por vuestro orgullo.
—Es imposible hallar a Sagramore sin su ayuda y lo sabéis —replicó—.
Solo una voz amada lo hará darse la vuelta.
—¿Y si os perdéis? Es una tierra peligrosa en la que es imposible
adentrarse sin un guía —advirtió Devana.
—Así sea pues. Vos no habéis podido impedir que se marche y yo lo
traeré de vuelta.
Devana se plantó frente a Ezio, que levantó una de las espadas de la pared
y apuntó en su dirección. Ella escupió a sus pies. Las raíces de su mutuo
desprecio eran tan profundas que habrían podido destruir los cimientos del
castillo. La maraña de secretos entre ellos solía invitarme a la pasividad que
tan bienvenida era entre las doncellas como yo. No obstante, nadie más
parecía preocuparse por Sagramore y no iba a permitir que se nos escapara
el tiempo en rencillas sin sentido.
—¡Deteneos! —grité—. Si he de arriesgarme para salvar a mi hermano
que así sea. Confío en su majestad y le seguiré a donde guste de llevarme.
—Será inútil —me espetó Devana en una triste súplica—. Se ha ido
porque así lo ha querido.
—No sería la primera vez que le hago entrar en razón.
—Ginois…
—¿No harías tú lo mismo? —insistí—. ¿Qué no habrías arriesgado para
salvar a tus hermanas?
—A mis hermanas las maté yo, no es lo mismo en absoluto —puntualizó
Devana, pero le dio la espalda a Ezio para mirarme con una pena distinta y
corrosiva en la que se ahogaban los rencores.
—No era esa tu intención.
—¿Qué importa ya? —Las palabras abandonaron sus labios con una
resignación exhausta—. Ve en pos de tu hermano. No puedo detenerte.
Ezio buscó mi mano y tiró de mí, apremiante.
—Hemos de darnos prisa. Si dejamos que muera el crepúsculo, no
podremos alcanzarlo.
Asentí y me dejé guiar por el rey hasta los establos, mientras
esquivábamos a los criados que seguían acarreando vino y cerveza de un
lado a otro y a los corros de jóvenes que reían y jugaban. Ezio se había
echado la capucha por encima y yo mantenía la cabeza baja, pese a lo
llamativo de mi atuendo. Quizás dispusiéramos de algún encantamiento a
nuestro favor porque logramos llegar a nuestro destino sin incidentes, justo
cuando la luz de la tarde empezaba a adquirir un regusto dorado.
Devana se nos había adelantado por esos atajos que Pelnor le había
revelado. Su figura espigada proyectaba largas sombras que abarcaban el
cubículo del caballo de Ezio mientras acunaba el libro de Dana Doula entre
los brazos con una fiereza tierna. Cubrió la distancia que nos separaba y
entregó el volumen al rey, que vaciló antes de tomarlo entre sus manos.
—Quizás os sirva de ayuda —dijo Devana.
Me dio un fuerte abrazo de despedida en el que sentí la amargura de su
resignación. Unos cuantos pétalos de la corona se desprendieron para
acabar en sus brazos y ella se los llevó a los labios hinchados.
—¿Qué ves? —le pregunté, mientras Ezio preparaba el caballo.
—Demasiadas cosas para discernir el resultado de vuestra expedición —
confesó—, pero sé que volverás, de una forma u otra. Hay un destino para
ti, si lo quieres. He visto más de una vez tus manos oscurecidas y arrugadas
por la vejez, tu cabello gris y quebradizo como una telaraña…
—Suena a una maldición.
—En absoluto, allá donde vas el tiempo pierde su poder y nadie envejece
ni un solo día.
—¡Ginois! —me llamó Ezio, interrumpiendo nuestra conversación—. Es
hora de irnos.
Besé a Devana en la frente antes de marchar, intentando que sus palabras
se convirtieran en un asidero ante el temor. Si yo llegaba a vieja, también lo
haría Sagramore. Así lo dictaba la implacable simetría que regía nuestra
existencia.
Abandonamos Iblis a galope. El corcel de Ezio era mucho más alto y veloz
que cualquiera que hubiera cabalgado antes. Ni siquiera mi padre,
aficionado a los caballos de raza, disponía de un animal semejante. Dejaba
tras de sí una delicada nube de tierra a medida que atravesaba el camino con
la ligereza y elegancia de un ave de presa. Incluso con las manos en torno a
la cintura del rey, temí caerme y romperme la crisma contra el suelo.
Ezio descendió del caballo para hojear el libro de Dana Doula,
deteniéndose en cada página, como si pudiera leerlas solo con el tacto.
Probablemente fuera así. ¿Cuántos secretos más albergaba nuestro rey
cuervo? Quizás había sido bueno que Devana nos interrumpiera. Una vez le
diese mi palabra, no habría vuelta atrás.
En el bosque nos recibió un concierto de grillos que me distrajo del
silencio entre Ezio y yo. Las copas altas de los árboles nos sumieron en una
penumbra resquebrajada por los últimos rayos del crepúsculo que tan
preciados eran para nosotros. Miré a nuestro alrededor, intentando recordar
los árboles que se me habían aparecido al tocar el libro de Dana Doula, los
que Devana había examinado en aquella mañana ya lejana, pero para mis
ojos inexpertos, todos eran iguales.
Ezio tiro de las riendas con el libro bajo el brazo. Me dispuse a bajar,
antes de que mi compañero me detuviera con un aspaviento exasperado.
—Quedaos ahí —me ordenó, mordiéndose el labio—. ¿Podríais vendaros
los ojos?
—De ninguna manera —protesté—. No voy a quedarme indefensa
encima de esta bestia.
—Luna Negra no va a tiraros, os lo prometo —respondió con un deje de
impaciencia—. No me queda otra que pediros que confiéis en mí. Venga.
Vendaros los ojos y dejaos guiar. Voy a contaros una historia.
—Alteza, no hace falta que me tratéis como una niña. Temo por mi
hermano, eso es todo.
—Por eso habréis de escuchar —replicó—. Os necesito para hallar a don
Sagramore y, para llevaros a donde hemos de ir, tendré que jugar un poco
con vos.
Extraje el olvidado velo rosa para anudármelo en torno a los ojos con las
manos temblorosas. De inmediato, los sonidos del bosque parecieron
cernirse sobre mí, como si cada libélula se me hubiera posado en las orejas.
Los árboles ya no eran sino sombras coloreadas y me aferré con ambas
manos a la silla del caballo de Ezio, mientras él tomaba las riendas y
comenzaba a andar hacia el oeste, alejándose del camino.
—Vuestra doña Devana no es la única que se sabe historias interesantes
—comenzó—. Hubo una vez un muchacho a quien su regio padre
despreciaba por motivos que precedían al nacimiento de ambos y los
convertían en enemigos.
»El muchacho creció sin conocer a ese hombre más que como una
sombra que causaba pavor a quien la mentara, pues era un monarca
vengativo. Este joven vivía en un castillo en el bosque acompañado de su
corte de exiliados. No fue hasta que cumplió diez años que su padre vino a
visitarlo. Se había visto un enorme ciervo albino en el bosque y quería darle
caza. Vino con sus caballeros y su corte, que desplazaron a los habitantes
del castillo. Aquel hombre no dedicó a su hijo ni una palabra, pero un
escudero vino a buscar al muchacho el día de la caza para invitarlo a unirse.
Ezio se detuvo unos instantes y soltó las riendas. Me mantuve inmóvil,
atenta a la canción del viento entre las hojas, como si pudiera revelar algún
secreto. Retomamos el camino unos instantes después y a la voz de Ezio se
unió un sonido escueto, un rasguido continúo.
—Todos sus amigos lo animaron a probarse ante el rey e insuflaron sus
esperanzas de volver a la corte —prosiguió Ezio con la voz desprovista de
sorna—. Todos excepto su hermanastra, que era igual de sabia que las
aguas. Ella le aconsejó mantenerse alerta y le hizo entrega de un curioso
objeto: una daga de mango púrpura y una hoja tan fina que no parecía
apropiada para cortar carne o despiezar a un animal.
»La hermanastra le rogó que no dejase que nadie viera su regalo y no lo
usara más que a la caída de la tarde. El muchacho asintió rebosante de
solemnidad, porque nadie se había preocupado por él hasta ese momento y
era una sensación dulce.
—Denira Fata —susurré. Otro nombre que empezaba a adquirir la
cadencia de una maldición. Algo profano y tentador sin lo que estaríamos
mejor.
—No me interrumpas —me regañó Ezio, mientras hacía al caballo darse
la vuelta.
—Lo siento —contesté de mala gana.
—Nuestro muchacho acompañó a la partida de caza, no como hijo del
rey, sino como un paje más y pronto se dio cuenta de que los perros eran
mejor compañía que los hombres de su padre. Por más que se internaron en
la espesura, el codiciado ciervo albino siguió mostrándose esquivo y
tuvieron que conformarse con zorros y jabalíes.
»Iban a emprender el regreso cuando el joven divisó un resplandor níveo
en la espesura y hacia allí dirigió su poni, seguido del resto de la comitiva,
incluido su terco padre. Nadie más parecía capaz de seguirle el rastro al
ciervo, pero él sintió que la criatura lo estaba invocando. Pronto, sin
embargo, se encontró solo en un claro. Había perdido el resplandor y al
resto de la partida. Vio a un caballero solitario y se acercó a él, seguro de
que lo ayudaría a reunirse con el resto. Sin embargo, el jinete desenvainó su
espada. Agarró del brazo al muchacho para que no escapara, mientras le
susurraba que limpiaría la sangre del reino con su sacrificio y el Maestro
sabría perdonarlo.
»El pobre chico supo, con la certeza preclara del pavor, que era su padre
quien había planeado aquello. Cerró los ojos fingiendo docilidad y se hizo
con la daga de su hermanastra con la que atrapó uno de los últimos rayos
del atardecer. Sintió bajo la daga la rotura de una tela delicada, un velo, que
vio púrpura incluso con sus ojos cerrados y, entonces, dejó de sentir el
agarre del caballero de su padre. El aire sabía distinto y los pájaros cantaban
otras canciones.
Recé en silencio, más afectada por la historia de lo que quería dar a
entender. ¿A dónde habíamos de seguir a mi hermano? Ojalá hubiéramos
dispuesto de tiempo para satisfacer las incógnitas. Odiaba entregarme a
ciegas una vez más.
—Pese al miedo, el muchacho adoró de inmediato aquel nuevo lugar
donde no era el hijo exiliado de un rey. Pasó los días jugando con las
feéricas y charlando con los gnomos sin percatarse de que ya no sentía la
necesidad de dormir y comer. Al poco, lo encontró la mujer más hermosa
que jamás hubiera visto, a la que llamaban la Dama de Plata y le enseñó a
vivir en la superficie de su palacio de agua. Habría permanecido allí para
siempre, de no ser por su hermanastra, que fue a buscarlo tras lo que
parecieron siglos. La joven no disponía de más arma que el nombre de su
querido niño y lo fue repitiendo hasta encontrarlo en el regazo de aquella
imponente deidad de las aguas. La Dama de Plata se lo devolvió por un
precio que la hermanastra nunca quiso revelar, pero el niño se asustó al
verla de nuevo: de pronto más alta que él y con el cabello suelto. Al volver,
igual que muchos encantados, se percató de que había transcurrido un año
entero desde su desaparición y muchos le daban por muerto.
—Ezio —lo llamé apesadumbrada al detectar la vacilación en su voz—,
¿es verdad?
—Solo es un cuento —contestó—. Venga, ya estamos, Ginois. Ya podéis
bajar.
Hice amago de retirar la venda, pero él me detuvo colocándome la mano
en la rodilla.
—Saltad a mis brazos, señora, os juro que os recogeré.
—¿De verdad es necesario todo esto?
—Es lo único que se me ha ocurrido para que no salgáis corriendo.
—No me dais muchas esperanzas —dije antes de claudicar y bajarme del
caballo, para aterrizar en los brazos del rey.
Me depositó enseguida en el suelo sin soltarme la mano y sentí que estaba
tan nervioso como yo. Me pregunté si estaba dispuesto a arriesgarlo todo a
cambio de conservar el arma mítica que lo había designado como rey, pero
también lo ligaba a un pasado sombrío.
—No os separéis de mí —me advirtió.
Obedecí, apretando los párpados.
—¡Ahora! Da un paso a la vez que yo.
Una luz púrpura atravesó el velo y me vi obligada a abrir los ojos. Ezio
alzaba el brazo en el que sostenía una daga de mango púrpura mientras
frente a él se abría una grieta resplandeciente en el aire. Era una
luminiscencia violenta y exigente que nos arrastró a su interior. Intenté
taparme los ojos con una mano sin que sirviera de nada. Entonces sentí los
brazos de Ezio en torno a mis hombros.
—Decid su nombre —me ordenó—. Llamad a vuestro hermano.
Mi voz sonó ronca, diluida entre las infinitas lágrimas que ya no podía
contener. Aun así, no me detuve más que para tomar aire. Ezio tiró de mí
con delicadeza mientras atravesamos aquel túnel púrpura para llegar a un
lugar dominado por una luz distinta.
De nuevo, nuestros pies tocaban la hierba, pero no era igual a la del
bosque que habíamos dejado atrás, sino que crecía mucho más alta y oscura,
arqueándose en formas retorcidas y rozándonos los muslos. También
abundaban robles de blanquecinos y gruesos troncos que entrelazaban las
ramas entre sí, tejiendo un tapiz asfixiante de alargadas y gruesas ramas.
Una luz ambarina sin procedencia aparente cubría todo lo que abarcaba la
vista. No había lugar para la oscuridad.
Ezio me soltó entonces la mano y yo miré atrás, donde ya no había grietas
ni túneles de luz.
—¡Vuestro caballo! —señalé.
—No os preocupéis por él. Nos encontrará a la vuelta si el Maestro es
generoso —contestó con la voz ahogada antes de estallar en una carcajada.
—¿Qué sucede? —inquirí.
—Nada. Me aterraba vuestra reacción, eso es todo.
—¿Ah, sí?
—Temía que os alejarais de mí acusándome de ser un impostor impío —
confesó.
—No me conocéis tan bien como decís —contesté, ofendida—. Las
insinuaciones de Devana no dejaban lugar a dudas. No sois un extraño a la
magia.
—Ah, habéis pasado demasiado tiempo con esa mujer.
—Será mejor que sigamos adelante, ¿no os parece? —repliqué—. Antes
de que me dé tiempo a seguir pensando.
—Una posibilidad aterradora, sin duda.
«Como que tuvierais la intención de desposarme sin contarme nada sobre
esa magia vuestra», pensé. No creía que fuera el último secreto de Ezio y,
tal vez, ni siquiera el más peligroso. Mirarlo era como asomarse a un pozo
de aguas negras.
No había camino que seguir en aquel bosque dorado, así que tuvimos que
abrirnos paso entre la imponente hierba. También había piedrecitas con
rostros tallados que nos guiñaban el ojo desde el suelo. Grité acongojada la
primera vez que vi una para diversión de Ezio, así que intenté avanzar sin
posar la vista en nada.
No obstante, cada rincón parecía albergar una nueva curiosidad que me
robaba la entereza. Desde hileras de insectos irisados que formaban
extrañas runas en los troncos de los árboles hasta pájaros cuya canción
perfumaba el aire con aromas demasiado dulces y frescos para pertenecer a
aquel lugar.
Tenía la impresión de que nos habíamos perdido en aquella tierra donde
las cosas no eran como debían, pero Ezio avanzaba a grandes zancadas y yo
iba detrás, sujetándome la túnica para seguirle el ritmo.
—Llámalo otra vez —me ordenó.
—¡Sagramore! —grité con la escasa fuerza que albergaban mis pulmones.
Aquel estertor se transformó en un eco que resonó por todo el bosque con
mil voces distintas. Ezio se detuvo y me tomó de la mano de nuevo,
mientras yo me sentía palidecer.
—Ven, creo que hay un arroyo cerca.
No le pregunté cómo lo había sabido, pero no tardamos en encontrarlo y a
punto estuve de sumergir las manos para disfrutar del frescor del agua, pero
Ezio me lo impidió con un violento empujón.
—No hemos de comer ni beber nada mientras estemos aquí —me dijo—.
Es lo primero que se aprende cuando eres un crío pagano.
A continuación, introdujo las manos en el arroyo y pronunció una letanía
en una lengua extraña, que atrajo a unas criaturas parecidas a luciérnagas de
alas translúcidas y cuerpos azulados que se posaron en su hombro y le
revolvieron el cabello. Al observarlas con atención distinguí que poseían
diminutos cuerpos humanoides con melenas tan vaporosas que parecían de
tul.
Ezio habló con ellas en su feral lengua durante un rato y después se cortó
un mechón de pelo que arrojó a las aguas, donde las extrañas criaturas lo
persiguieron, tratando de llevarse una hebra del cabello de su majestad.
—Dicen que la Reina del Estío y su corte se encuentran al suroeste de
aquí.
—¿Qué son esas criaturas?
—Feéricas menores. No les hagáis mucho caso —me explicó—. También
han visto a vuestro hermano atravesar este robledal, acompañado de un
séquito bastante numeroso.
Continuamos en la dirección que nos habían indicado. De vez en cuando
volvía a llamar a Sagramore, solo para convertirme en víctima de aquel
cruel y desproporcionado eco que parecía burlarse de mí.
—No os amedrentéis —me aconsejó Ezio—-. Lo estáis haciendo bien.
Pronto nos llegó el sonido de las flautas y nos vimos rodeados de unos
niños delgados con guirnaldas en el pelo y piel verde. Difícilmente se podía
distinguir si eran hombres o mujeres, solo la agilidad con la que sus pies
danzaban a nuestro alrededor.
—Uníos, forasteros —gritaron con una misma voz—. Todos son
bienvenidos a los festejos de la Reina del Estío.
—Ella también es reina —dijo Ezio con una sonrisa que me dejó
paralizada—. La Reina Más allá del Velo ha venido a presentar sus respetos
a la soberana del verano.
Los danzantes celebraron aquellas nuevas olfateándome y robando flores
de mi ya maltrecha corona. Entonces me percaté de que a la mayoría les
crecían finas ramas en las extremidades y quise apartarme, asqueada. Ellos
se burlaron de mis reparos y nos acompañaron en nuestro caminar. De
pronto, pareció que avanzábamos a mayor velocidad, como si la mera
presencia de aquellos seres diera alas a los pies.
Nos condujeron a un prado que reconocí de inmediato como el que me
había mostrado el libro de Dana Doula tantos meses atrás, solo que ahora
bullía con todos los colores imaginables en forma de flores gigantescas en
las que descansaban platos de frutas veraniegas en abundancia. Nuestro
festejo resultaba pobre en comparación con aquel despliegue en el que
debíamos de ser los únicos humanos. El aire estaba plagado de diminutas
feéricas como las de antes, que dejaban caer piezas de frutas sobre las
criaturas de mayor tamaño: demonios que ni el Libro había atrevido a
describir. Mujeres de piedra, con caderas anchas, y guirnaldas en torno al
cuello; seres escamosos con rostro de pez y piernas humanas; doncellas de
piel roja y largos colmillos que se apoyaban las unas en las otras. Muchos
traían instrumentos por lo que el aire venía acompañado de deliciosas notas
de arpa y flautas, que tocaban las mismas canciones que las mujeres nativas
de nuestro lado.
Entre aquellas variopintas gentes no hallé rastro de Sagramore, por
mucho que buscara sus rizos descontrolados y poblada barba. Nuestros
acompañantes nos hicieron avanzar hasta el centro del prado y nos
ofrecieron todo tipo de viandas.
—Esta vez no, amigos —contestaba Ezio a todos con la misma voz de
afable teatralidad como si recitara una fórmula.
Admiraba su entereza. Yo no podía tolerar las atenciones sofocantes de
aquellas criaturas. Pronto tuve a mis pies un altar de pequeñas ofrendas, con
el que casi tropiezo en varias ocasiones al tratar de impedir que diminutos
seres de piel terrosa me tiraran de la falda.
—¿Creéis que es aquí donde se dirige Sagramore? —quise saber.
—Ah, no me cabe la menor duda —contestó Ezio que arrancaba los
pétalos de una flor con expresión hastiada—. Solo nos queda esperar.
No le respondí porque me aterrorizaba quién pudiera estar
escuchándonos, pero de pronto las criaturas cesaron su acoso y se reunieron
para danzar en corro.
—Vamos a unirnos —propuso Ezio.
—¿A esos demonios?
—No temáis, Ginois —repuso él con una sonrisa—. La luz del Maestro
no llega a estos lares. Y os aseguro que no es sabio faltarle el respeto a
nuestra anfitriona.
Me empujó hacia el corro sin mucha delicadeza. A la diestra tenía a una
mujer de piedra, completamente desnuda a excepción de las guirnaldas que
le pendían del cuello. Sus falanges marmóreas se aferraron a las mías con
delicadeza y me sonrió con su boca tallada de la que no asomaba un solo
diente. Ezio se situó a mi siniestra y me agarró con la posesividad
acostumbrada. Dimos tres vueltas en torno al prado, cada vez a mayor
velocidad y no pude evitar recordar el poste estival y sus cintas coloreadas,
que no eran más que un pobre sustituto de aquel festejo.
Al culminar la tercera vuelta, la tierra comenzó a temblar, y yo solté a la
mujer de piedra para aferrarme a Ezio. Él me devolvió el abrazo y me
acarició la nuca sin mirarme, pues tenía los ojos puestos en otro sitio.
—Ya viene.
Precedida por el embriagador aroma del vino especiado y la fruta madura,
la Reina del Estío se apareció justo en el centro del prado. Era tan hermosa
como Dana Doula la había dibujado: alta y voluminosa, igual que un cirio.
Su pelo era un rayo de luz trenzada que descendía hasta el suelo, plagado de
ramilletes de cereza. Vestía una túnica idéntica a la mía, solo que de un
tejido etéreo en el que se transparentaba su piel verdosa.
Con un estruendo metálico apareció entre la espesura un numeroso grupo
de muchachos vestidos tan solo con faldas de flores. Sus torsos desnudos
estaban cubiertos de oro, pero se me antojaron más humanos que el resto de
las criaturas, pese a su apostura irreal y sus ojos maquillados de negro.
Mi hermano apareció en último lugar. Le habían recortado el cabello y la
barba para adornarlo con una corona de flores, no muy distinta a la que yo
llevaba. Sus feas ropas de enfermo habían sido sustituidas por una túnica
roja y dorada. En las manos portaba la espada Alba como una ofrenda.
A su paso las criaturas arrojaban pétalos y palabras que sonaban como
canciones.
—¿Qué dicen? —inquirí.
—Dicen que es el consorte de la Reina —contestó Ezio cuyos ojos no se
despegaban de la espada.
—¿Y qué deberíamos hacer?
—Llámalo, deprisa, antes de que llegue hasta ella.
Lo hice, pero mi voz quedó ahogada entre el gentío. Intenté abrirme paso
a codazos para ver si podía interceptarlo. Cada vez que repetía su nombre,
le imprimía más poder, me daba cuenta. Llamarlo era reclamar el vínculo
que nos unía, más antiguo que el poder que aquella feérica o demonio
ejerciera sobre él.
Cuando alcancé al séquito dorado, Sagramore se detuvo, pero no
respondió a mi llamada. Yo corrí hacia él con Ezio a la zaga. Nadie nos lo
impidió, ni siquiera la Reina del Estío, que contemplaba la escena con una
expresión fulgurante en sus ojos de oro, como si aquello fuera un
espectáculo en su honor.
—¡Sagramore! —grité de nuevo, alzando la mano para rozar su piel
desnuda.
Él se dio la vuelta para apartarse.
—Aquel al que llamas ya no existe —me espetó.
—¿Cómo puedes decir eso? —dije—. He venido a por ti.
—¿Por qué? ¿Qué me espera al otro lado?
—Tu vida y tu familia, ¿no somos suficientes?
—Mi señora áurea es más grande que todos vosotros. Y, desde luego, más
regia que ese que os acompaña y se dice rey.
—¡Te ha hechizado!
—No, me ha abierto los ojos. En casa, nunca recibí más que desprecio. —
Su voz ahora había recuperado la familiar cadencia herida—. No hay honor
en obedecer a hombres que me detestan. Ya sean padre o un rey.
—No es verdad, no sabes lo que dices —musité antes de girarme hacia
Ezio—. Por favor, ayudadme.
—Solo escuchará a la voz amada —me recordó.
Sagramore continuó avanzando en dirección a la reina como embrujado
por una llamada que nadie más escuchaba. La feérica se acomodaba ahora
en una de las flores de gran tamaño, que le servía como trono, ante el que
no dejaban de apilarse variadas ofrendas.
—¡Sagramore! ¡Hermano! —grité.
Volvió a detenerse, impelido por la urgencia de mi voz. Aquello me dio
esperanza y corrí hasta llegar a su posición.
—Hermano, vuelve conmigo.
—Te he dicho que no.
—Siempre hemos ido juntos tú y yo —dije con determinación—.
Vinimos juntos al mundo. No me rehúyas ahora.
—Hemos tomado caminos distintos. Nada de eso importa ya.
—Yo creo que sí —le espeté—. ¿Recuerdas cómo solíamos hablar cuando
no queríamos que nadie nos escuchara?
Tomé la palma de Sagramore entre las mías y tracé uno de los pocos
símbolos que recordaba: un sol en espiral que solíamos emplear para
advertirnos el uno al otro de la cercanía del peligro, ya fueran padre, madre
o nuestros tutores. Más tarde adquirió nuevas connotaciones, en cuanto la
lengua de Sagamore se llenó de una mordacidad que sus actos no eran
capaces de defender. Supe que la había reconocido por la manera en la que
ladeó la cabeza. Entonces él trazó un triángulo invertido en mi brazo que,
por primera vez en años, recordé que se trataba de una simple pero firme
negativa.
—Lo siento, Ginois. No he sido el hermano que necesitabas.
—Sagramore, yo también te he fallado, pero, por favor, no me dejes.
Sagramore me dio un beso en la mejilla antes de proseguir su camino. Yo
seguí gritando, apesadumbrada, pero mis palabras ya no parecían
conmoverlo. Corrí tras él y le golpeé la espalda. No se molestó ni en
apartarme. Ya no existía en su mundo más que la reina de ojos dorados, la
cual aplaudió su cercanía.
—Muchacha, muchacha —me llamó la Reina y su voz tenía la
consistencia de un rayo de sol—, no te rebajes de tal manera. ¿No te han
elegido acaso reina? Disfruta y deja marchar a tu hermano.
No respondí sino con un fuerte pisotón, mientras Ezio me alcanzaba y me
colocaba una mano en el hombro en ademán protector. Permanecí entonces
inmóvil, observando cómo Sagramore llegaba junto a la Reina y se
arrodillaba a sus pies con la expresión devota de quien ha encontrado un
soberano merecedor de sus servicios.
Ezio dio un paso al frente para tomar la iniciativa. Me mantuve al margen
a sabiendas de que la voz que negociaría con la Reina no sería la mía. Al fin
y al cabo, era él quien conocía a aquellas gentes.
—Señora —empezó Ezio, pero no hizo reverencia alguna ni reconoció el
poder de nuestra anfitriona—. Vengo a recuperar lo que es mío.
—Yo no veo nada tuyo —respondió ella, mientras acariciaba los rizos de
Sagramore.
—Vuestra amiga, la Dama del Lago, me hizo entrega de esa espada y la
guardo en gran estima.
—¿Ah, sí? Tenía entendido que era el arma destinada al afamado Príncipe
Astado. —La Reina se levantó dejando un reguero de luz a su paso.
—El tiempo para eso ha acabado mi señora. Al Otro lado rigen nuevas
leyes.
—Eso a mí no me incumbe, muchacho —espetó ella—. La Dama del
Lago te ha retirado su favor y ahora la espada vuelve a aguardar a un
portador más digno.
—Podemos hacer un trato —dijo Ezio—. Tengo en mi poder el libro de
Dana Doula, una de vuestras devotas. Contiene los secretos para llegar a
vos. Lo destruiré si no me devolvéis la espada. Nadie volverá a ofreceros
tributos.
—Allá donde haya un corazón que anhele el verano, habrá un camino
hacia mí.
—Señora, os lo suplico —intervine con los ojos cuajados de lágrimas—.
Ya tenéis lo que queríais. Devolvedme a mi hermano.
—Muchacha, ha venido porque así lo ha deseado —explicó, dulcificando
la voz—. Será mi consorte hasta la próxima estación.
—¿Y después?
—Después se unirá al séquito de oro y vivirá para siempre.
—Señora, es el heredero de mi padre. Tiene responsabilidades.
—No malgastéis saliva, Ginois —me dijo Ezio.
Ezio se remangó y mostró su brazo izquierdo en el que se dibujaban
varios tatuajes oscuros de trazos tan gruesos como los de Devana. Entre
ellos había una luna nueva que parecía tragarse al resto de símbolos rúnicos.
Incluso allí, entre demonios y soberanas de cabellos fulgurantes, no pude
contener un hipido. Al final todos los devotos seguíamos ciegamente a un
hombre con la piel corrupta. El rechazo se mezcló en mi mente con una
admiración punzante por la manera en la que Ezio nos había engañado a
todos.
—Tengo a la auténtica señora de este lugar a mi lado —bramó Ezio—. La
Vigía no permitirá que se me desoiga.
—¿Pretendes amenazarme? ¿Tú que has dejado de lado a todo lo que es
sagrado?
La tierra volvió a temblar y un zumbido atroz se apoderó del aire. De
pronto, las criaturas que habían celebrado nuestra presencia, se tornaron
hostiles y alargaron sus garras y pezuñas hacia Ezio.
—¡Esperad! ¡Señora! ¡Señora! —la llamé.
—Te escucharé cuando termine con esta insolente criatura.
—Os suplico que le perdonéis. ¿No tengo derecho a una gracia al menos
por mi coronación? —improvisé.
—Habla.
—Vos no podéis renunciar a vuestro consorte ni yo al mío. —La voz se
me hizo añicos, pero no callé—. Ezio me pertenece y tengo la intención de
desposarme con él.
Ezio alzó la cabeza para mirarme con esa expresión de burlona arrogancia
suya, en la que por primera vez percibí atisbos de ternura. O quizás fueran
imaginaciones mías, porque en aquel momento había tomado una decisión y
no pensaba echarme atrás. Uniríamos nuestros destinos, ya fuera un brujo,
un rey maldito o un perjuro con la piel corrupta. También yo tenía mis
secretos.
La Reina del Estío soltó una carcajada que se replicó en la garganta de sus
súbditos e incluso el séquito dorado vibró de alborozo.
—No te lo quitaré entonces, muchacha, pero marchaos de inmediato. Su
presencia es un insulto en este día alegre. Mi sueño no ha sido gozoso.
Vienen estaciones duras. Hoy despierto para conceder la alegría a quien la
busca, no para castigar a los necios.
—Gracias, gracias, señora.
Tomé a Ezio de la mano y la multitud se apartó para que pasáramos. Ezio
miró atrás un par de veces mientras abandonábamos el prado, como si no
pudiera creer que fuera a prescindir de su amada espada, pero yo mantuve la
mirada en el frente, sin vacilar.
Existía una simetría entre Sagramore y yo desde que llegamos al mundo.
Él había tardado en hablar y yo en andar. Juntos habíamos conspirado
contra los adultos en el sombrío mundo de la infancia. Yo había heredado la
seria respetabilidad de padre. Él había adoptado la frágil sensibilidad de
madre. Nos perdimos al separarnos. Nos enamoramos de quien no
debíamos. Y ahora yo desposaba a un rey y él a la soberana del Otro lado.
16
VOTOS INCUMPLIDOS
E
mprendimos el regreso con la parsimonia rencorosa de la derrota.
Al principio temí que Ezio se diera la vuelta para volver a plantar
cara a la Reina. Sentía su frustración como un metal candente del
que no podía apartar la mirada. Tras una pausa que se me antojó eterna, no
hizo nada. Caminamos en silencio con las manos entrelazadas. Ahora que
nos habíamos alejado de la Reina me percataba de lo atrevido de mis
palabras. Quizás él ya no deseara desposarse conmigo. Después de todo,
había sido mi hermano quien había robado la espada Alba.
—Algún día —dijo con la suavidad de las promesas estivales—, Loren, tú
y yo acabaremos con ellas. Nadie volverá a pisar este lugar. Se quedarán
solas en la oscuridad. Año tras año la Reina del Estío pasará sin un consorte,
mientras nosotros celebramos a la lumbre del Maestro. No volverán a
arrebatarnos nada que amemos, te lo juro, Ginois.
Entonces sacó la daga y abrió el camino de regreso. Esta vez no hice nada
por retener las lágrimas que brotaron ante el contacto con la luz purpúrea.
Deseaba llorar a mi hermano perdido, a aquella mitad de mi alma que ahora
existía al otro lado del atardecer, más allá de donde pudieran encontrarlo las
palabras. ¿Cómo iba a vivir? ¿Cómo iba a decírselo a madre y padre?
Me aferré a Ezio con una violencia nueva y sentí cómo nos unía aquella
sensación de pérdida irremediable mientras bajo nuestros pies aparecía la
hierba que conocíamos y los domesticados aromas del verano en Iblis.
Devana me aguardaba despierta en mi alcoba. Llevaba otra vez ese horrible
camisón blanco con el que mostraba todos sus tatuajes. Mientras nos
deshacíamos en un abrazo sin palabras y me acariciaba el pelo, me pregunté
cuántos de aquellos dibujos serían iguales a los de Ezio, cuántos umbrales
compartirían que nos estaban vedados a los demás.
—Hay peores destinos que el de Sagramore —me dijo con dulzura.
—Pero ya no está —musité—. Atravesar el atardecer no es tan distinto a
la muerte.
Devana me desnudó con torpeza mientras yo seguía sollozando. Al tomar
la túnica verde la acarició unos instantes, deteniéndose en las filigranas de
la manga.
—Me mentiste. No es nada que te haya dado Loren.
—La encontré en las antiguas dependencias de Dana Doula, guardada
como un tesoro —confesó.
—¿Por qué quisiste que yo la tuviera?
—Supe que así debía de ser. Vi una corona y una lluvia de flores
precipitándose sobre ti.
Era una respuesta digna de ella, pero me hizo estremecer de igual forma.
Dana Doula había aparecido con aquella misma prenda en mi sueño para
besar a otro joven dorado que parecía casi un niño a su lado.
—Dana Doula no llegó a tomar un segundo marido, ¿a qué no? Ese
muchacho del sueño era un tributo para la Reina del Estío.
—Es la misma conclusión a la que he llegado —coincidió Devana.
—Es terrible —chillé, enjuagándome las lágrimas—. ¿Qué le daba el
derecho a hacer eso?
—La gente con poder hace todo tipo de cosas terribles. —Devana suspiró
y me rodeó con el brazo—. Es común que las feéricas concedan algún tipo
de gracia tras un servicio semejante. Ella había perdido a toda su familia.
—Entonces, ¿de dónde salió la supuesta hija menor?
—Tal vez ni siquiera exista —escupió Devana—. Quizás es un fantasma
lo que persigue.
No me atreví a confesar que la gracia que la Reina del Estío me había
concedido a cambio de mi hermano era conservar al rey cuervo a mi lado.
La primera noche como prometida real la pasé refugiada en los brazos de
Devana, incapaz de cerrar los ojos por si me perseguían aquellas bellas y
diabólicas criaturas, ataviadas con guirnaldas de flores y dientes lo
suficientemente afilados como para perforar la carne. Devana sí que
concilió el sueño y me maravillé de sentir la dulzura de su respiración.
«Quizás mañana lo sepa y ya no me quiera a su lado». Otro pensamiento
para torturarme en aquella vigilia sin fin. Me habría gustado que mis
sentimientos fueran de una pureza cristalina, sin mácula, ni sutilezas
dolorosas. Si de verdad Devana fuera solo mi amiga y una mujer pía, se
alegraría de que Ezio me hubiera elegido. Por desgracia, nuestras verdades
recorrían derroteros distintos, llenos de meandros y contradicciones.
Devana no era una mujer común. Empezaba a dar por cierto que en ella se
manifestaban los poderes del Maestro y estos no siempre eran benignos. Y
yo no la amaba como se ama a las santas en las capillas.
Al día siguiente, la resaca de la fiesta estuvo aderezada por el rumor de la
traición de Sagramore. La compasión me seguía allá donde fuera como si a
mi paso dejase un reguero de oprobio. Ezio me visitaba a menudo, quizás
para acallar a mis nuevos detractores, o quizás porque ansiaba formalizar
nuestro compromiso lo antes posible. Pronto partiría de nuevo a la batalla,
lo que no parecía entusiasmarlo en exceso y prefería emplear su tiempo
saliendo a montar o bajo la sombra de los almendros.
En aquellos días, aprendí mucho sobre él y los tempestuosos caminos de
sus afectos. Siempre parecía querer tenerme cerca, al alcance de su mano,
aunque casi nunca nos tocábamos. Disfrutaba de su compañía ahora que las
hostilidades entre nosotros se habían disuelto, pero había algo en él que
seguía sin encajar por muchos secretos que me hubiera revelado. A veces
me daba la impresión de que solo se trataba de un humo exótico y
embriagador que me cegaba ante la auténtica naturaleza de mi prometido.
Por eso, cada vez que aquella siniestra hermanastra suya se asomaba por mi
mente, tenía que cerrar los ojos y alejarme de él. ¿Quién era aquella mujer
para Ezio? Me inspiraba un rechazo profundo, aunque no la conociera más
que de oídas. Denira Fata era un nombre antiguo y poderoso, inusual para
una doncella. Solo con pronunciarlo se me llenaba la boca de un humo
denso y embriagador.
Yo no hablaba de la hermanastra de Ezio y él hacía lo propio con Devana.
Nunca pronunciaba su nombre, como si fuera una peligrosa invocación y en
su lugar se refería a ella como «vuestra amiga» o «la mujer de Loren».
Siempre que pasaba tiempo con ella, se mostraba hosco y ausente durante
un rato, como si le ofendiera percibir su influencia sobre mí.
Por si fuera poco, Devana se me antojaba cada vez más esquiva, siempre
habitando lugares extraños en su búsqueda de la nigromante. A medida que
las marcas oscuras bajo sus ojos ganaban consistencia se iban apilando las
bolsitas de huesos en su alcoba.
—¿No deberíamos darles sepultura? —propuse un día en el que Devana
se había negado a pronunciar palabra o comer.
—No hasta que no acabe con la nigromante —respondió con un hilo de
voz desde la mecedora—. Hasta entonces sería un rito vacío.
—Devana —susurré su nombre con toda la delicadeza que pude— no
creo que puedas seguir así, quizás haya llegado el momento de irnos a otro
lugar.
—¿Qué diferencia habría? Me seguiría y con ella todos los muertos por
mi causa.
—Hablaré otra vez con Ezio —propuse—. Ha de haber alguna manera.
—No quiero su ayuda.
—Creía que sus habilidades…
—Me arrepiento de haberlo sugerido siquiera —me espetó—. No confío
en él. Esto es algo que debo hacer sola.
—¿Y si la nigromante intenta hacerte daño?
—Me dejará con vida para verme sufrir —respondió—. Quizás es lo que
merezco.
La crispación ladró en mi interior hasta que no pude retenerla más.
—No he dejado mi vida entera para ver cómo pierdes la razón en
persecución de una sombra.
—¿Insinúas que debo dejar a mi familia en sus manos?
—Insinúo que tal vez derrotarla no sea tu cometido. Quizás debas
emplear mejor tus energías. Hay otras cosas que solo tú puedes hacer.
Devana no contestó y supe que mis palabras habían acertado en algún
lugar de su trágica cabeza. A la conversación le siguió un profundo silencio
que solo se rompió cuando salí de la estancia para bajar a cenar con Ezio,
presa de un malestar creciente. No sabía cómo ayudar a Devana y aquella
impotencia me reconcomía en aquellos extraños días que eran mitad luto,
mitad cortejo.
Apenas unos días después de aquella conversación, Ezio me hizo llamar
mientras hilaba con Fabia y el resto de las mujeres. Desde la fiesta, Fabia
exhibía un carácter más alegre y distendido que me ayudaba a disimular mis
propias penas. Lideraba la conversación con su habitual sentido común y
dejaba que yo me perdiera en mis pensamientos.
Seguí al mensajero hasta las estancias de Ezio, donde lo encontré dando
vueltas con las manos tras la espalda. Al verme alzó la cabeza con una
sonrisa nerviosa y me plantó un casto beso en la frente.
—Loren está a un día de camino —anunció.
Me llevé las manos a la boca, intentando contener la sonrisa de alivio.
Estaba segura de que a Devana le haría bien su presencia. Después de todo,
había conseguido su fama derrotando a brujas ante las que caían hombres
mucho más experimentados. Él se haría cargo de esa malnacida de la
nigromante.
—¿Lo habéis mandado a llamar?
—Así es, tengo planes para él —me explicó—. Además, os trae una
sorpresa.
—¿Para mí?
—Claro, se lo he pedido expresamente.
—Su presencia ya es suficiente. Lo he añorado tantísimo —confesé.
—Callad o me pondré celoso.
—Vos les esperáis incluso con más ganas que yo.
—Por eso mismo —replicó—. No penséis que voy a dejaros acapararlo.
—Ya lo veremos —respondí con malicia.
Aquella misma tarde inicié los preparativos para recibir a Loren y sus
hombres. Por suerte, contábamos con suficientes provisiones para recibirles,
pero contaba con que su visita no se prolongara en exceso. Empezaba a
comprender el mal humor y los suspiros constantes de doña Cordelia.
Mantener aquel castillo bien avituallado era una batalla constante incluso en
verano.
Como no me sentía con fuerzas para batallar también con las reacciones
de Devana ante la inminente llegada de su marido, mandé a Fabia a la torre.
La doncella vaciló un momento antes de partir y me anunció con voz
trémula:
—Me gustaría hablaros de algo, mi señora.
—Ah, ¿de qué se trata?
—Remigio y yo vamos a desposarnos pronto —soltó y bajó la cabeza,
abochornada—. Nos gustaría que acudierais a la ceremonia, si no es
molestia para vos.
—Oh, vaya —dije mientras la congoja se agazapaba en mi interior—.
¿No preferirías aguardar al final de la guerra por lo que pueda pasar?
—Hemos decidido hacerlo ahora precisamente por lo que pueda pasar, mi
señora —repuso Fabia con una determinación que parecía dotar de fulgor a
su voz.
—No hay más que hablar entonces —contesté, con la profecía de Devana
pesándome en los labios.
Tenía la sensación de que no habría cambiado nada si le hubiera revelado
lo que le deparaba aquel camino. Devana leía las tempestuosas corrientes de
las aguas del tiempo, pero Fabia las afrontaba con valor. Amaría a Remigio
hasta que se lo arrebataran las espadas de los paganos y en mi fuero interno
envidie aquella osadía imprudente.
Al día siguiente volví a ponerme la túnica de Dana Doula, a pesar de las
tétricas implicaciones de aquella prenda. No lo había decidido de antemano,
pero la costumbre me exigía lucir mis prendas más hermosas en presencia
de Loren. Fabia se percató de mis intenciones y me recogió el pelo con más
gracia que de costumbre. Apenas pude disimular mi nerviosismo cuando
sonaron las trompetas que anunciaron la llegada de Loren y me precipité
hacia la puerta principal, como si todavía fuera una cría a la que esperaban
días de asueto y diversión con su amigo venido de lejos. Ezio ya estaba allí,
por supuesto, junto con el capitán de la guardia y don Salazar, que iba y
venía de los campamentos cercanos.
—¿Dónde está doña Devana? —preguntó don Salazar inocentemente.
—Ah, me temo que se encuentra indispuesta —respondí, por costumbre.
—Pues yo la estoy viendo ahora mismo —protestó el capitán con el ceño
fruncido.
Me di la vuelta para contemplar a Devana salir del castillo ataviada con
una suave túnica azul ceñida con un cinturón de cuero de apariencia tosca.
Llevaba el cabello recogido en una trenza de la que asomaban amapolas.
Había majestuosidad en su sencillez y alto porte mientras caminaba
despacio hasta detenerse junto a Ezio ante quien hizo una reverencia tan
poco humilde que él no pudo sino torcer el gesto.
Loren y sus hombres aparecieron no mucho después y atravesaron las
puertas en medio de una algarabía de bienvenida. Casi todos los habitantes
del castillo se habían escaqueado de sus labores para recibir al afamado
caballero. Pronto los mozos corrieron a llevar las monturas a los establos y
los soldados presentaron sus saludos ante el rey antes de dispersarse y
buscar a sus camaradas. La mayoría lucía rostros sudorosos y quemados por
el sol.
Nuestro caballero fue de los últimos en descender de su yegua. También
presentó sus respetos ante Ezio, que lo recibió como un hermano y lo
detuvo agarrándolo del hombro durante unos instantes. Después se dirigió a
mí y dijo con la solemnidad nostálgica que lo caracterizaba:
—Siento lo de vuestro hermano, mi señora. Esta tierra es despiadada con
quien menos lo merece.
—Gracias —respondí temblando, porque aún no podía pensar en
Sagramore sin llorar y me sorprendía que Ezio le hubiera hablado de eso en
su carta.
—Tengo un mensaje para vos de vuestro padre, por cierto.
Iba a preguntarle, pero entonces siguió adelante hasta situarse frente a
Devana y arrodillarse para besarle las manos con una veneración tímida.
Ella se arrodilló también para ponerse a su altura y le sujetó el rostro entre
las manos antes de unir su frente a la suya.
Me había quedado boquiabierta y también Ezio, quien se aclaró la
garganta mientras todas las doncellas del castillo suspiraban ante aquel
reencuentro digno de un romance.
Se levantaron apoyándose el uno en el otro, mientras Devana le dedicaba
a Ezio una sonrisa arrebolada que solo podía ser producto de la inquina.
Lancé un suspiro mientras intentaba planear cómo llevarme a Loren aparte
para que me hablara de mi padre. Sin embargo, el caballero se retiró para
asearse y los demás pasamos al salón, donde habíamos preparado un
pequeño almuerzo de bienvenida.
Devana se acercó a mí y entrelazó mi brazo con el suyo en un gesto tan
natural que me ablandó un poco.
—Eso no ha estado bien —la reprendí—. Ha sido un poco infantil de tu
parte.
—Me has dicho cientos de veces que tengo que mostrarme afectuosa con
Loren —replicó, divertida.
—Pero no para fastidiar a su majestad —insistí.
Se encogió de hombros mientras tomábamos asiento en la mesa frente a
unas ricas carnes en salazón y abundantes trozos de queso.
—Debes recordar que no duermo apenas, Ginois —me dijo, mientras le
traían una copa de vino—. Ya no me considero dueña de mis actos.
—Quizás él podría ayudarte —sugerí.
—No —terció de inmediato—, pero supongo que tendría que advertirle
de la situación.
—Me agrada verte tan preocupada de su bienestar —comenté suspicaz.
—No le dejaría morir a manos que no fueran las mías.
Adoptó una sonrisa pensativa tras aquel comentario. No parecía que
hablase en serio. Aun así, la congoja se me subió a la garganta como el
amargor del vino. Loren y sus caballeros volvieron al rato con ropa limpia.
Me hice a un lado para que pudiera situarse junto a su esposa y Ezio tomó
asiento en la cabecera.
Los hombres se abalanzaron sobre la comida y el licor, mientras yo me
aferraba a una jarra de agua fresca con rosas que Fabia me había traído.
Algunos de los soldados empezaron a contar en voz alta las anécdotas del
camino y la guerra, lo que me dio la oportunidad de contribuir a la
conversación con naturalidad. Como de costumbre, Loren parecía refugiarse
en un silencio rebosante de melancolía. Devana hablaba con el caballero a
su izquierda que la contemplaba embelesado, incapaz de creer la gracia que
le había otorgado el Maestro.
Ezio se levantó y me arrebató la jarra de agua con disimulo para rellenar
su copa antes de susurrarme.
—Venid conmigo, ha llegado la hora de hacer el anuncio.
—¿Ahora?
—Claro, ¿qué motivo hay para esperar?
Ojalá se me hubiera ocurrido alguno mejor que el que me quemaba en la
lengua. No quería que Devana se enterara así, sin haber podido conversar a
solas y demostrarle que mi afecto por ella no había cambiado. Ezio
interpretó mi silencio como conformidad y me sostuvo la mano para
ayudarme a levantarme.
Su escudero dio entonces un par de golpes con su jarra en la mesa para
acallar las conversaciones, mientras Ezio me conducía a la cabecera. La
mayoría de los presentes nos seguían con una curiosidad latente, pero no
Devana. Ella contemplaba su copa vacía como si contuviera secretos
insondables.
—Amigos míos, vosotros que compartís conmigo los sinsabores de la
batalla debéis de ser los primeros en oír las buenas nuevas —empezó Ezio
con aquel tono distendido y jovial que solo aparecía cuando hablaba para
más de tres personas—. La corona de mi madre al fin ha hallado dueña. La
bella doña Ginois y yo planeamos desposarnos antes de que acabe el
verano. Saludad a vuestra futura reina.
Los golpes y salvas engulleron la habitación. Los caballeros se levantaron
en orden para darme la enhorabuena y prometerme fidelidad, mientras yo
les devolvía la misma sonrisa beatífica y silente.
—Es magnífico, mi señora. ¡Magnífico! —exclamó don Salazar—.
Pronto habrá un heredero en la capital.
—Rezaré al Maestro para que así sea —contesté.
—Mejor haríais en retener a su alteza a vuestro lado —comentó otro
caballero de mayor edad—. No os resultará difícil con esos ojos vuestros.
Descubrí que me resultaba fácil ruborizarme ante las bromas de aquellos
soldados mientras fantaseaba con golpearlos en la cabeza con las copas de
bronce. Estaba acostumbrada al escrutinio de mis tareas o labores, pero no
esperaba que se observara a una reina como a una vaca de cría. Ezio se
percató de mi malestar y acalló los comentarios:
—Doña Ginois es una mujer de inteligencia viva. Ha estado
administrando Iblis desde la repentina marcha de doña Cordelia.
Su intervención me ayudó a perdonarle que me hubiera puesto en aquella
situación de improviso. Le dediqué una mirada de genuino cariño, que él
correspondió con su habitual gesto arrogante.
Loren se acercó cuando todos los demás se hubieron dispersado. Ezio lo
abrazó para distinguirlo de nuevo entre todos los hombres que lo servían y
yo no pude más que percatarme de la ausencia de Devana a su lado.
—Mi esposa ha tenido que marcharse a causa de un mareo, pero también
desea transmitiros su enhorabuena —dijo un poco avergonzado.
Asentí con las lágrimas al borde de los ojos y Ezio intervino de
inmediato.
—Tenéis un mensaje para Ginois, ¿no es así?
—Así es —corroboró con una sonrisa afable—. Pude ver a vuestro padre
en el camino de vuelta y os manda sus bendiciones para la boda. Intentará
acudir si se lo permiten sus obligaciones. Ha logrado subyugar a varias
poblaciones en la costa y ahora avanza hacia el interior.
—Gracias, don Loren —contesté, aunque sentí cierta decepción ante la
ausencia de una carta—. ¿Cómo se encuentra? ¿Lo visteis bien?
—Mejor que nunca y rebosante de orgullo, mi señora —contestó—. Os
ha escrito unas palabras. Luego haré que os las lleven a vuestra alcoba.
—¿Por qué no os retiráis vos también? Ya no quedan más damas y os
merecéis un descanso —propuso Ezio al ver mi rostro anhelante.
Se lo agradecí con una sutil sonrisa y por poco no salgo corriendo del
salón en busca del escudero de Loren. Sin embargo, no tuve que esperar
mucho. Apenas me había desprendido de los zapatos cuando un joven de
unos doce años llamó a la puerta y depositó la carta en mis manos antes de
marcharse corriendo escaleras abajo.
Para mi dulce Ginois:
Siempre he sabido de vuestra valía, pero no me habría atrevido a
esperar tanto de vos como me habéis dado. Pronto seréis reina de
Gibelia y el norte, si todo sigue como hasta ahora. Vuestra madre no
cabrá en sí de gozo y lo mismo me ocurre a mí.
No solo me han llegado las buenas nuevas. Quiero rogaros que os
centréis en vuestras nuevas obligaciones en lugar de dedicarle más
atención de la que merece a ese malnacido traidor. Tiemblo de rabia al
pensar que sus necias acciones podrían habernos traído la ruina.
Ya me he ocupado de escribir a vuestra madre para que dé comienzo
a la educación de Gartian como heredero. Es un buen muchacho y
estoy seguro de que será mejor elección que ese gañán de mente
blanda.
Haré todo lo posible por acompañaros el día de vuestra boda.
Os desea la mayor de las prosperidades,
Leomar, duque de Tralia
«Malnacido traidor», repetí una y otra vez para mis adentros, incapaz de
leer más allá del odio que se reflejaba en aquellas palabras. ¿Cómo podía
referirse así a Sagramore? Yo misma sufría por su elección, pero no me
avenía a retirarle mi afecto. En aquellos instantes, me di cuenta de que mi
padre habría preferido verlo muerto y lloré de rabia.
Sus alabanzas me supieron amargas. Aquel hombre me había instruido
para honrar y respetar a la familia como el mayor bien, según las
enseñanzas del Maestro. «Jamás dañéis a los vuestros». Era un mandato que
repetían casi todos los profetas, por el que habían vivido los santos. Si uno
de nuestros hijos se desviaba de la luz, nuestra misión sagrada era
arrastrarlo de vuelta, no renegar de él y entregárselo a las sombras.
«Mis hijos jamás sufrirán lo que ha sufrido Sagramore», me prometí.
«Nunca les haré sentir que no son suficientemente buenos, ni los martirizaré
por sus errores. Entonces se quedarán a mi lado, en la luz del Maestro». Era
una promesa a mí misma de la que no pensaba echarme atrás.
Durante los días siguientes pareció que Devana se había esfumado del
castillo o, al menos, se las apañó para desaparecer en los momentos precisos
en los que yo la buscaba. Nadie más parecía compartir esta dificultad y
tanto Loren como Fabia me corroboraron que la habían visto en su alcoba y
en la capilla como de costumbre.
Al tercer día, descubrí a Pelnor en el alféizar de mi ventana y lo saludé
con desgana:
—Dile a tu dueña que no le hace falta enviar espías. Hago lo mismo cada
mañana.
Aquel mismo día, Ezio me convocó para almorzar en compañía de Loren
y Devana. Me pregunté si mi veleidosa amiga se lo saltaría con alguna
excusa mala. Me habría gustado decirle que no esperaba que mi boda con el
rey la hiciera feliz, solo que entendiera mis motivos. No parecía
comprender que, si nos casábamos con hombres que se amaban como
hermanos, podríamos pasar la vida juntas. Se crearían lazos de hermandad y
lealtad entre nuestros hijos. Ella podría quedarse conmigo todas las veces
que se le antojara. Loren no se opondría.
Recordaba vagamente la vehemencia con la que había expresado su deseo
de no abandonar el norte jamás, pero confiaba en convencerla con el
tiempo. Todos decían que había obrado milagros con ella. Solo restaba
seguir afanándome en destejer aquellas creencias y convicciones inútiles.
Era una tarea ardua, pero yo poseía la paciencia suficiente.
Ezio estaba solo cuando llegué y me sonrió con un aire medio ausente,
mientras ocupaba un sitio a su lado en la mesa.
—He hablado con el sacerdote —me dijo escanciando un líquido rojizo
sobre mi copa que desprendía un aroma dulce—. Celebraremos la boda la
semana que viene, si no surgen impedimentos.
—Como gustéis —respondí, olfateando la bebida antes de dar un sorbo.
Era zumo de grosellas—. No me gustaría retrasaros sin necesidad.
—Ah, yo me quedaré un tiempo con vos —contestó—. Son Loren y los
suyos los que se irán.
—No es necesario —me apresuré a aclarar.
—¿Qué os pasa? ¿Ya queréis libraros de mi presencia?
—No quiero ser un estorbo…
—No es solo por vos, guardad cuidado. Tengo otras cosas que hacer por
la zona —contestó, malhumorado—. Me gustaría visitar los campamentos y
mejorar nuestras comunicaciones.
—Entonces me alegraré de contar con vos —añadí con una sonrisa
tímida.
—No es la labor de un héroe, pero no todos podemos ser un caballero
perfecto como Loren —comentó con un suspiro para después adoptar un
gesto malvado—. ¿Todavía lloráis por no haberos casado con él? Os daría
una vida con menos quebraderos de cabeza.
—No —respondí y al instante me percaté de que decía la verdad—. En el
fondo creo que vos me entendéis mejor.
—Es un alivio, la verdad —dijo, acercando su silla a la mía—. Lo último
que deseo es que seáis infeliz.
Depositó un beso rápido en mis labios justo cuando la puerta se abrió de
nuevo para revelar a nuestro caballero perfecto y su esposa fingida. Loren
bajó la cabeza, visiblemente abochornado, pero Ezio rio.
—No seáis así, Loren. La semana que viene a estas horas ya habremos
contraído matrimonio.
Ahora era el rey quien observaba con desdén la reacción de Devana. Solo
que ella no le dio la satisfacción de inmutarse.
—Por la relación que me une a doña Ginois he de pediros que la tratéis
con el respeto que merece.
—De momento no he perdido la lengua —protesté—. No hay necesidad
de defender mi honor.
Una ligera sonrisa se dibujó en el rostro de Devana, avivando mis
esperanzas de que saliéramos de aquella cena como amigas.
—Os ruego que me disculpéis, doña Ginois.
—Después todos querréis saber si hay un heredero o no cociéndose en
mis entrañas —insistí sin saber de dónde sacaba el desparpajo para hablarle
a Loren de aquella manera.
—Yo nunca haría tal cosa —dijo Loren, alarmado.
—Vamos a tener media docena de críos por lo menos —apuntó Ezio—.
Siempre que el Maestro nos lo conceda.
Loren y Devana se sentaron a la mesa. Al verme frente a mi amiga, tuve
que contener la preocupación ante su apariencia pálida y enfermiza. Su
mirada vacilaba, como si fuera incapaz de concentrarse o estuviera
luchando contra el cansancio. Me habría gustado deshacerme de los
hombres para poder mandarla a descansar sin sus interrupciones ni
quejidos.
La cena transcurrió con tranquilidad en medio de sopas frías y fruta
abundante. Ezio dominaba la conversación con charlas sobre la guerra. Las
voluntariosas respuestas de Loren evaporaron la incomodidad inicial. No
parecía que tuviera dificultad alguna para hablar en compañía del rey.
Cuando Devana empezó a cabecear, decidí ofrecerme a llevarla a su alcoba,
pero fue el momento que Ezio eligió para hacer su anuncio, quizás
consciente de que se le escapaba el tiempo.
—He de pediros un favor, Loren.
—Sabéis que estoy a vuestras órdenes.
—He sabido que Denira Fata se encuentra en un lugar llamado Fez, no
muy lejos de aquí, refugiada en un templo pagano donde conspira en mi
contra.
—¿Queréis que la capture?
—Quiero que le deis muerte, si podéis, aunque para ello tengáis que
reducir ese lugar a cenizas.
Devana levantó la cabeza de su plato vacío con una expresión en la que
ya no se molestaba en disimular su desprecio, pero había algo más, una
congoja que la hacía temblar.
—Con todos mis respetos, majestad —intervino Devana con la insolencia
clara en su voz febril—. El templo al que os referís es una escuela y un
lugar de sanación. ¿Cómo podría suponer un peligro para vos?
—Debéis de padecer de una memoria pésima —respondió él, mordaz—.
Allí habitan las sacerdotisas de la Doncella, que no son en absoluto
inofensivas.
—No intervendrán en la guerra. Su labor es otra.
—Se lo tendrían que haber pensado mejor antes de dar cobijo a esa mujer.
—Quizás ni siquiera se encuentre allí —insistió—. ¿Vais a poner bajo
sitio a ancianas y niñas por un rumor?
—Vos sabéis dónde está, ¿no? Iluminadme —concedió Ezio.
—Sois despreciable —respondió ella, sin rabia, como si solo constatara
un hecho.
—Y ahí tengo la confirmación que buscaba.
—Majestad, quizá sea posible negociar con las sacerdotisas para que nos
entreguen a Denira Fata —propuso Loren, desesperado.
—Si lográis tal hazaña, podéis hacer lo que queráis, pero no va a suceder
—contestó Ezio—. Incluso si traicionan a mi hermana, no van a renunciar a
su culto impío.
Devana se levantó y se dirigió hacia la puerta sin mediar palabra. Loren
se dispuso a seguirla, pero ella lo detuvo esbozando una negativa silenciosa
en sus labios.
Ezio vació el contenido de su copa y me horroricé al descubrir la fea
sonrisa de satisfacción en su rostro que me había hecho odiarlo cuando nos
conocimos.
—Eso ha sido cruel —le recriminé.
—¿Y qué he de hacer, Ginois? No puedo dejar escapar a Denira Fata
ahora que al fin conozco su paradero.
—No teníais que comunicárselo de esa manera —coincidió Loren.
—¿Ahora ambos os ponéis en mi contra?
—Ella se crio allí, lo sabéis, ¿no? —le espeté—. Si me lo hubierais
consultado primero, esto no habría pasado.
—Devana no es mi esposa, así que me resulta bastante indiferente herir
sus sentimientos —replicó.
—Pero es la mía —insistió Loren con una gravedad bastante terrorífica
—. En nombre de nuestra amistad, os ruego que no lo olvidéis nunca.
—Id con ella para recordarle que este es su hogar y no tiene que
preocuparse de nadie más que de su marido —me pidió Ezio, aunque me
percaté de que su atención seguía fija en Loren.
—Quizás ya sea tarde.
No obstante, me encaminé hacia la torre de Devana rezando para que me
escuchara. Encontré la puerta abierta y la atravesé con cuidado, observando
a mi alrededor en busca de alguna sorpresa desagradable. Devana no estaba
en la terraza como de costumbre sino sentada en el suelo con los puños
cerrados y los ojos clavados en el mapa del techo, quizás localizando Fez,
su segundo hogar.
—Bienvenida, alteza —masculló.
—No soy reina todavía —la corregí de inmediato.
—Pero lo serás. La reina de ese engreído que se cree que puede masacrar
a mis hermanas impunemente.
—Devana…
—Ni siquiera se atreve a hacerlo él mismo —continuó con la voz salada
por las lágrimas—. Deja que sea Loren quien lleve el fuego y la muerte a
esas niñas a sabiendas de que después tendrá que ser él quien me miré a los
ojos.
—No voy a defenderlo —dije con la fuerza suficiente para que me
escuchara por encima de su retahíla—, pero estamos en guerra. Tarde o
temprano iba a llegar a sus puertas.
—Qué gran consuelo.
—No tienes que sentirte culpable —insistí—. Esas sacerdotisas ya no son
nada para ti. No puedes protegerlas.
—¿Cómo puedes decir eso? ¿He de quedarme aquí callada mientras arden
mis hermanas?
—Pues sí —le espeté—. Loren y yo somos tu familia ahora. Y nosotros
vamos a protegerte con todo nuestro ahínco. Deberías hacer lo mismo.
Devana soltó una carcajada áspera y sonora que parecía escupir
desprecio.
—Ambos os arrodilláis ante el hombre que pretende aniquilarme. ¿Sois
vosotros en quienes debería confiar?
—Sí. Y Ezio no es un mal hombre.
—Ginois, apiádate de mí y ahórrame una lección sobre las bondades de
ese desagraciado. Ambas sabemos que solo vas a casarte con él porque
ansías adornar esos rizos tuyos con una corona.
—Te equivocas —me defendí—. Nunca quise nada de eso.
—Ah, por supuesto que no, entonces es que lo amas, ¿verdad? —Me hizo
un gesto para que me acercara y me agaché para ponerme a su altura—.
¿No hay nadie más por quién suspiras? ¿Ya has olvidado a Loren?
—Así es.
Entonces Devana me agarró de la barbilla y me obligó a mirarla. A la luz
de las velas, sus ojos enrojecidos brillaban de un verde oscuro que me hizo
pensar en la hierba del Otro lado. Retorcida, alta, salvaje.
—Ojalá fuera libre para dejar atrás lo que he hecho y enterrar a mis
muertos —me susurró—. Entonces podría tentarte con una vida nueva, pero
las cosas son como son. Ve y acepta esa corona que te ofrecen. Serás una
reina magnífica.
Me soltó y cayó rendida en el suelo, como si aquel exabrupto le hubiera
arrebatado toda su energía. La tomé en brazos para subirla a la cama, ya
ocupada por Pelnor, que maulló en protesta. Devana pesaba tan poco.
Sospechaba que apenas comía. Tendría que interrogar a Fabia al respecto.
Bajé de la torre despacio, intentando contener los pensamientos que
amenazaban con arrollarme. «No era una despedida», traté de convencerme.
«Está enferma. No puede irse». Aun así, haría bien en informar a Loren de
que su esposa dormía de puro agotamiento.
«Debería estar a su lado cuando despierte», decidí. «Entonces
comprenderá que él se preocupa por ella, que le debe fidelidad…».
No encontré a Loren en su alcoba, así que volví a la de Ezio. La puerta se
abrió con un empujoncito. Como él nunca llamaba cuando venía a verme,
había adquirido la costumbre de hacer lo propio. Siempre andábamos así,
probándonos el uno al otro como si fuésemos niños.
Loren estaba allí y al principio fue lo único que vi. Loren, de espaldas,
con la túnica desabrochada y su larga melena suelta. Entonces, en la
semioscuridad de la estancia, vislumbré a Ezio que lo abrazaba, también
desnudo, mientras besaba su cuello con los ojos cerrados. Loren se
estremecía ante aquel contacto y yo, que lo conocía bien, reconocí esa
expresión arrebolada, extasiada. La había contemplado tantas veces en la
capilla, mientras mi caballero dejaba escapar oraciones que eran como
suspiros. El caballero subió a su rey a la mesa, antes de juntar los labios con
los suyos. Ezio abrió los ojos durante un segundo y me vio. Loren se dio la
vuelta de inmediato y se colocó la túnica en silencio.
—Ginois —me llamó Ezio.
Había terror en su voz, pero no solo eso. Loren se mantenía cabizbajo,
incapaz de enfrentar mi mirada y, sin embargo, Ezio no había perdido el
orgullo. Avanzó hacia mí mientras se subía las calzas de mala manera.
—No os acerquéis —grité.
—Lamento que hayas visto eso —dijo—. Lo siento tantísimo, Ginois.
—Sois unos mentirosos —les espeté—. ¿Cómo habéis podido, alteza?
¿Cómo os atrevéis a afirmar que traéis la luz a esta tierra cuando os
revolcáis en pecado como cualquier pagano ignorante?
—Sabíais que lo amaba, Ginois. Nunca os lo he ocultado.
—No así. No mencionasteis nada de eso.
—Bueno, pues ahora lo sabéis. Mejor así. Nunca quise que hubiera
secretos entre nosotros tres.
—Loren, ¿y tú? ¿Qué ha sido de tu fervor?
No contestó, ni dio muestra alguna de haberme escuchado. Percibía su
vergüenza como un monstruo atroz que lo tenía agarrado del cuello.
—¡Ya basta, Ginois! —gritó Ezio—. No es como si vos estuvierais libre
de culpa. Todos hemos visto cómo miráis a esa bruja.
—Esta bruja, como vos la llamáis, tiene más honor que vos.
—Ah, ¿y os gustaría que tuviese un poco menos y os diera lo que
deseáis?
—¡Ezio! —gritó Loren—. Eso ha estado fuera de lugar.
—Vuestra mujer se encuentra indispuesta —anuncié conteniendo la rabia
—. Se ha desmayado de puro agotamiento. Espero que os encuentre a su
lado cuando despierte.
Me di la vuelta para marcharme, pero Ezio me agarró la mano, anhelante.
Entrelazamos los dedos igual que cuando cruzamos el atardecer.
—No seáis así, Ginois —rogó—. Nosotros no somos hombres corrientes
y no tenemos que guiarnos por las mismas normas que ellos.
Le solté la mano y me dirigí hasta la puerta, mientras él seguía gritando
mi nombre, primero como una súplica y luego como una orden, pero no me
di la vuelta en ningún momento. Él no era el único que tenía orgullo.
17
EL TEATRO DE LAS SOMBRAS
A
quella noche vertí lágrimas suficientes como para ahogarme en
mi propio dolor. Nunca había creído haber encandilado a Ezio
con mi belleza, pero me había permitido enorgullecerme de haber
sido elegida por aquel rey de destino radiante. Ahora pagaba el precio por
haberme tragado aquellos ideales postizos que exhibía con tanto orgullo. No
había renunciado a los poderes de los paganos, ni a sus costumbres
bárbaras. Solo los había guardado bajo llave hasta que volvieran a
resultarles convenientes. Si vestía los ropajes del Credo era porque le
seducía más ser un rey elegido por el Maestro que la última esperanza de un
culto moribundo.
No me molesté en desvestirme, enferma de rabia. Sabía que esa noche no
iba a conciliar el sueño. Me senté en el escritorio deshaciéndome en
prolongados sollozos. Hallé la carta de padre y, en un impulso pueril, la
arrojé a la chimenea solo para contemplar cómo el fuego se tragaba sus
palabras.
«Sin duda padre me aconsejaría seguir adelante con el matrimonio»,
pensé. «Cualquier cosa es mejor que dejar plantado a un rey». Solo que yo
no podía olvidar lo que había visto. Llevaba demasiado tiempo
mortificándome a mí misma por mis deseos. Había esperado que la boda
actuara como un acto de purificación tras largos meses de tontear con ese
Otro lado que se asomaba a los ojos de Devana.
Tal vez, Ezio había albergado la misma esperanza y por eso había elegido
a una mujer intachable y de la familia adecuada, para distraer al mundo de
su amor por Loren. Nadie podía comprenderlo mejor que yo, pero no por
ello iba a fingir indolencia. Al volver la vista atrás, me resultaba evidente
que mientras nuestros padres planeaban una boda, los pensamientos de
Loren vagaban hacia su rey. Mi caballero de los anhelos imposibles. Nunca
se entregaría a la fe ni tendría a Ezio para él solo.
Ya era noche cerrada y, aun así, seguía oyendo pasos que atravesaban el
pasillo de un lado a otro. De pronto, se me ocurrió que quizás se tratara de
Ezio. Habría sido muy típico de él plantarse aquí a medianoche para
recordarme que le debía obediencia y diluir mi dolor con su
grandilocuencia.
«Nosotros no somos hombres corrientes y no tenemos que guiarnos por
las mismas normas que ellos».
En aquel momento, Ezio había hablado como el arrogante rey de un
cuento y yo había sentido miedo, porque en todas las historias los hombres
que se creían invencibles recibían castigos crueles. «Yo le habría hecho
darse cuenta de la necesidad de mesura y disciplina en su vida, pero ahora
ya es tarde», pensé arrullada por las beligerantes corrientes que anegaban
mis pensamientos.
Salí de la alcoba en un arrebato. No sería mala idea pasar la noche con
Devana. Me arrepentía de haberme separado de su lado, refugiada en una
obediencia cobarde. Tendría que haberme ofrecido a liberarla de sus cargas
y ayudarla a enterrar a sus muertos. Loren era demasiado timorato para
darle lo que ella necesitaba.
Atravesé el castillo sin cruzarme con nadie y ascendí los escalones de dos
en dos, ansiosa por dejar atrás esa soledad que me quemaba. La puerta
estaba abierta y la claridad de la luna revelaba unos objetos de pequeño
tamaño esparcidos por el suelo. Al agacharme descubrí que eran huesos.
Las bolsitas que Devana conservaba con tanto cuidado se hallaban
desparramadas en una esquina, con arañazos que me hicieron pensar en las
zarpas de Pelnor. Me estremecí al sentir un aire extraño que no provenía de
ninguna parte, acompañado de un hedor penetrante y dulzón.
Me levanté con dificultad y me dejé caer sobre el lecho solo para
descubrir que estaba vacío a excepción de unas fauces pintadas con sangre
sobre las sábanas. Había varias ratas muertas sobre la almohada y al
rozarlas me invadieron las náuseas.
Me levanté y recorrí la habitación a oscuras, en busca de una vela. Sabía
que Devana tenía una linterna de aceite, pero quizá se la hubiera llevado.
Tropezaba continuamente con los huesos, que emitían alegres cacareos. La
sangre afloraba por doquier en forma de manchas o figuras geométricas
demasiado perfectas para ser fruto de la casualidad. Pronto, aquel líquido
espeso me tiñó también los zapatos y el bajo del vestido. Exhumaba un olor
de un dulzor intenso y pegajoso.
Me topé con las torpes labores de Devana, abandonadas junto con sus
enseres. Tomé las agujas más afiladas y me las até al antebrazo con un
retazo de tela. Al menos así apaciguaría la sensación de ser una niña
ingenua jugando en la oscuridad sin entender los peligros que acechaban en
las sombras.
Bajé las escaleras y volví a mi alcoba a por la linterna, a sabiendas del
lugar al que me llevarían mis pasos. Podría haber buscado en la capilla o en
los patios en los que se reunían los insomnes del castillo para dejar pasar las
horas, pero sabía que no la hallaría allí.
«No puede sacarme mucha ventaja», me dije mientras me encaminaba al
ala oeste. Ya se habían retirado la mayor parte de los escombros de la
entrada, pero las obras seguían paralizadas mientras se investigaba la causa
de los derrumbes. Solo unos pocos obreros se adentraban cada día y nunca
pasaban allí demasiado rato.
Me encomendé al Maestro al pasar bajo los andamios supervivientes y al
adentrarme en aquellos largos pasillos adormecidos por la esquiva luz lunar
que se colaba por las roturas del techo. Avanzaba muy despacio, pendiente
de no tropezarme, mientras recorría el mismo camino de la otra vez. A
menudo me topaba con un bloqueo con el que no contaba y entonces giraba
hacia la izquierda, como en un laberinto.
Tras lo que me parecieron horas, me planté frente a los portones de la
biblioteca. Antes de entrar me detuve, dubitativa. Había polvo y escombros
por todas partes. La mayor parte del techo de la sala se había desplomado
durante la última vez que Devana y yo estuvimos allí. Tal vez los portones
estuvieran bloqueados. Temía quebrar el débil equilibrio de aquella
estructura si trataba de abrirlos.
Un par de ratas me pasaron por encima de las botas. Entonces llegó a mis
oídos un tintineo, seguido de las siguientes palabras:
—Será mejor que demos esto por zanjado, ¿no piensas lo mismo,
hermana? —Era una voz ronca y rasposa, que sonaba como un crujido.
Abrí una ranura lo suficientemente amplia como para atravesarla de lado.
Una vez en la sala, vislumbré una hoguera al otro extremo, así que me
agaché, con cuidado de no tocar los escombros con las manos desnudas.
Transité por un camino despejado que se dirigía al centro de la gran sala.
Era tan estrecho como si lo hubieran ideado para un niño. Al acercarme más
a la hoguera, distinguí un par de figuras que me daban la espalda.
—¿Tan pronto? —dijo Devana con una voz dulce que rara vez había
llegado a oír—. Antes no había manera de obligarte a dejar tus juegos.
—Es que ahora vamos a estar juntas para siempre —contestó aquella otra
figura y me estremecí—. No veo razón para retrasarlo.
—Dices eso porque estoy ganando yo.
Intrigada por aquellas palabras, di un paso más, ansiosa por descubrir la
identidad de la segunda interlocutora. Sin embargo, a ese paso le siguió una
especie de chillido proveniente de una rata medio pelada. Varios congéneres
de la repugnante criatura aparecieron entre los escombros, convocados por
su compañera en apuros. Se movían con el artificio de una marioneta
mientras yo corría hacia la hoguera, ajena a otras cosas que también
deberían haberme asustado.
—Ha llegado tu amiga —anunció la figura misteriosa a la que ahora
distinguía como una cría de la edad de Elidel—. Esta vez gano yo.
—Es una suerte —respondió Devana—, porque a Ginois se le da muy
bien hacer sombras con las manos. ¿Por qué no la invitas a jugar?
La niña chasqueó la lengua y las ratas se dispersaron por donde habían
venido. Avancé hacia la hoguera con timidez, sin comprender en absoluto lo
que estaba sucediendo. Una vez que me situé junto a la hoguera pude ver
bien a la niña y contuve un grito. Tenía el pelo blanco; la piel, blanca, pero
los dientes amarillos y una mancha negra que le cubría la mitad del rostro
como una sombra. Solo sus ojos claros transmitían la ardiente fuerza de la
infancia. Me recordaron a los de Devana por su manera de titilar y
transformarse según los iluminara la hoguera o la luna.
—Si intentas huir, mis amigas te comerán los dedos de los pies —anunció
alegremente mientras me mostraba unas uñas largas y roñosas.
—Ginois, te presento a mi hermana Sombra. ¿La recuerdas? Te he
hablado de ella muchas veces —dijo Devana con un sosiego que no parecía
acomodarse a la biblioteca en ruinas.
—Claro —contesté a media voz.
Claro que la recordaba. Era su hermana maldita, la del rostro marcado, a
la que nadie excepto ella había dado amor.
—Sombra se ha portado un poco mal —siguió explicando—. Resulta que
lleva aquí todos estos meses y no se ha dignado a visitarnos.
—Seguía enfadada contigo —se excusó con un bufido—. Aunque no
deberías quejarte. Te he mandado a padre y a los demás tantas veces que no
has podido sentirte sola.
—Por supuesto que no —dijo Devana—. De hecho, estoy orgullosa de
que lograras escapar y sobrevivir todo este tiempo.
—No ha sido nada —contestó la niña, aunque se ruborizó un poco—. De
todas formas, yo siempre he estado sola. ¿Vamos a jugar o no?
—No seas impaciente —respondió Devana de inmediato—. Ahora le toca
a Ginois. Seguro que nos sorprende con unas sombras preciosas.
Sombra me escudriñó como si pretendiera evaluar mi valía antes de
señalarme un punto junto a la hoguera. Tras seguir sus indicaciones, alcé las
manos y crucé los pulgares para después aletear los dedos.
—¡Ya sé, ya sé! —gritó Sombra—. Es una polilla.
Devana ladeó la cabeza en un gesto sutil que interpreté como una
negativa.
—No.
Sombra volvió a chasquear la lengua y se dejó caer en el suelo, con los
brazos cruzados.
—Es una mariposa, ¿verdad? —dijo Devana marcando cada sílaba.
—Sí, eso es —contesté dubitativa.
—Las mariposas son aburridas —protestó Sombra—. Las polillas son
mejores. Una vez tuve una. Era peludita y grande como un puño.
—Me toca —la interrumpió su hermana mayor.
Me levanté para dejar sitio a Devana que estiró las larguiruchas manos.
Se tomó su tiempo para ir desplegando la forma con sus dedos: una especie
de triángulo invertido alargado.
—¡Es un candelabro! —opinó Sombra.
—No, no.
—¡Una uña!
—Ahora le toca a Ginois —la reprendió Devana.
—¿Es un escudo? —sugerí.
—¡Sí! —dijo con un arranque de efusividad—. ¿Por qué no hacemos una
cosa, hermana? Cuando Ginois haya ganado tres veces la dejaremos volver
a la cama.
Sombra agitó su cabecita de un lado a otro.
—Avisaría a sus amiguitos los caballeros.
—No es esa clase de persona —se apresuró a contestar Devana—. Seguro
que Ginois entiende que quiera pasar tiempo con mi dulce hermana
pequeña.
—Claro, sé que Devana te ha echado mucho de menos —añadí como una
cobarde.
—¡No me lo creo! —espetó la niña arrugando la nariz—. Las dos sois
unas mentirosas. Además, sé que te quiere para ella sola, hermana. No
estaréis haciendo trampa, ¿verdad?
—Yo siempre juego limpio —se defendió Devana.
—Más os vale. —Su voz ronca perdió parte del regusto infantil cuando
clavó en mí sus ojos de verde incendiario—. Te toca a ti otra vez.
Jugamos tanto rato que se me durmieron los pies. Ante la ausencia de
tejado, el viento nos azotaba con crueldad y ni siquiera aquella conveniente
hoguera aparentemente incombustible era suficiente para protegernos.
Según avanzaba la noche, Sombra se volvía más despótica con cada derrota.
Las palabras suaves de Devana comenzaban a perder su efecto y yo apenas
disimulaba ya el asco y el terror que me inspiraba su hermana. No acababa
de discernir el plan de mi amiga, si es que existía, pero albergaba la
esperanza de que hubiera una salida indolora a aquella pesadilla.
—Me aburro —dijo Sombra con un largo resoplido—. Siempre ganáis
vosotras.
—Quizá sea el momento de retirarse, ¿no te parece? —contestó Devana
con la voz rezumante de paciencia—. Ginois no ha dormido nada esta
noche. Debería volver a su alcoba.
—¡He dicho que no!
—Ginois no te ha hecho nada y es muy injusto que pretendas que se
convierta en el festín de esas ratas tuyas. ¿Cambiarías de opinión si
permaneciera aquí hasta que tú y yo nos marcháramos?
Sombra se mordió los finos labios y se agachó para recoger a una de sus
ratas a la que acarició con ternura a pesar de que no era más una masa
grotesca y calva de carne rosada putrefacta. Me percaté de que las cuencas
de los ojos de la alimaña estaban vacías y que los huesos asomaban de las
patas traseras. «Están muertas», pensé. Al fin y al cabo, Sombra era una
nigromante y era de esperar que se hiciera acompañar de cadáveres.
—Dejaré que se vaya si adivina la próxima sombra —cedió—, pero tú no
puedes ayudarla, hermana. Para ti sería demasiado fácil.
—Está bien —aceptó Devana.
Mi amiga se acercó y me tomó la mano durante unos instantes. Ambas
teníamos la piel oscurecida y pegajosa por la mugre. Ojalá hubiera traído
guantes. Iba a morir con las manos cubiertas de polvo y pelo de rata.
—Nunca quise arrastrarte conmigo —me susurró y sentí la culpa
temblando en su voz como un animalillo de patas enclenques incapaz de
levantarse—. Pero confío en que vivirás para maldecir el día en que se
cruzaron nuestros destinos. Excúsame ante Loren. Al final va a tener que
buscarse otra esposa.
—No digas eso —contesté y la agarré del brazo para asegurarme de que
no se disolvía como en un sueño.
—Oye, separaos —exigió Sombra—. No puedes ni mirarla, ¿te ha
quedado claro, sureña?
—No te preocupes que yo también odio a los tramposos —respondí,
fingiendo templanza.
—Empecemos pues.
Sombra ocupó el asiento junto al fuego y chasqueó varias veces la lengua
mientras agitaba las manos en el aire. De inmediato, las ratas acudieron a su
llamada, junto a una serie de insectos voladores que arrastraban un hedor
áspero como si proviniera de las profundidades más infectas. Sombra cerró
los ojos y dejó los labios entreabiertos mientras sus criaturas tomaban
posiciones en torno al fuego y en la pared iban apareciendo nuevas sombras
cuyos significados se me escapaban. Algunas eran alargadas y parecían
prolongarse hasta las estrellas, mientras que otras apenas formaban un
manchurrón deforme.
Sombra se levantó y sus brazos se convirtieron en un manto que cubría a
todas sus criaturas, coronado por su rala cabecita.
—¿Qué ves? —preguntó.
—Eso es trampa, Sombra —recalcó Devana—. No debes valerte más que
de tus manos.
—Mis amigas son tan parte de mí como mis dedos.
Devana no volvió a protestar, así que Sombra continuó preparando su
espectáculo. Iba ejecutando distintos movimientos a cuatro patas mientras
en el muro aparecía una estructura gigantesca y temblorosa. Una rata
gigantesca escaló por la estirada pierna de la niña y le arrojó algo a la
espalda. Era su cría, cuya sombra apenas tenía consistencia y se asemejaba
más a un gusano. La rata adulta se agitó, alzando las patas como un profeta
antes de destrozar la túnica harapienta de Sombra, a quien no le importó
demasiado, a juzgar por sus secas carcajadas. Entonces la cría emitió un
débil quejido y su madre se abalanzó sobre ella para devorarla hasta que no
quedaron más que unos cuantos huesos de los que los insectos royeron la
carne con fruición. En el muro se proyectaba una criatura serpentina que se
movía con soltura entre la oscuridad, mientras a su alrededor se producía
una lluvia espesa.
—¿Qué es? ¿Qué es? —preguntó Sombra rebosante de orgullo, mientras
se sacudía el polvo y la sangre de la ropa.
No pude contestar porque me invadieron las náuseas y tuve que retirarme
a vomitar, mientras la niña se reía por detrás e insinuaba obscenidades sobre
la debilidad de mi estómago. Traté de ignorarla y pensar en lo que había
visto en busca de la resolución del acertijo, pero no se me ocurría una
respuesta que aunara los movimientos teatrales y estrambóticos con aquel
repentino canibalismo.
Poco a poco me incorporé y mis ojos se encontraron con los de Devana
en cuyos labios se formó una palabra breve como un parpadeo: «Padre».
—Es un dragón devorando a sus hijos —contesté, ufana.
—¡No! ¡No! ¡Fallaste!
—Esta es más difícil que el resto, Sombra —dijo Devana con aquella voz
severa y paciente de hermana mayor que me habría maravillado en otras
circunstancias—. Merece otra oportunidad.
—Solo una más —masculló Sombra entre dientes y le dio una patada a
una de sus ratas.
Intenté volver a recurrir a Devana, pero mi amiga contemplaba fijamente
a Sombra. Resultaba grotesco que una criatura sucia y excéntrica fuera la
receptora de una ternura melancólica y espesa como la miel. Aun así, había
algo hipnótico en aquella chiquilla escuálida de dientes amarillos. Hablaba
como si no tuviera más de diez años, pero exhibía una crueldad añosa y
profunda que parecía hundirse en la tierra de la que extraía sus mascotas.
Devana solo me había hablado de su padre para contarme cómo disponía
de sus esposas e hijas como piezas en un tablero.
—Es un sacrificio —dije con la dignidad que me restaba—. Un padre
intenta sacrificar a su hija a los poderes oscuros.
Sombra dejó de reírse para escupir en el suelo a los pies de su hermana.
—¡Se lo has contado! ¡Eso es trampa!
—No, Ginois lo ha averiguado sola —contestó Devana—. Todo el mundo
sabe que nuestro padre era cruel, ¿verdad? Hasta en Gibelia decían que
había sacrificado a cualquiera de sus hijas para conseguir una perla o
accesorio nuevo. Solo nos quería por lo que pudiéramos hacer por él.
—¡Mentira! ¡Mentira! No me creo nada —dijo ella y se apartó para
volver a convocar a sus criaturas con raudos chasquidos—. Y, aunque lo
haya adivinado, me da igual. Seré yo la tramposa. Ninguna de las dos vais a
ir a ninguna parte.
Sombra extrajo un largo cuchillo, mientras las ratas nos rodeaban y
trataban de trepar por nuestras faldas. Devana las hizo detenerse con un par
de palabras, que las congelaron en el sitio, como si no pudieran tocar su
carne sacra. Yo ensarté con la aguja a la que me había subido a la pierna,
solo para descubrir que en su interior no había más que aire. Asqueada,
agité la aguja hasta que aquel cadáver gomoso volvió a caer al suelo, donde
sus compañeras lo devoraron entre sonidos elásticos.
—¡Sombra! —gritó Devana—. Ya hemos jugado bastante. Es hora de que
tú y yo acabemos con esto. Primero daremos sepultura a los restos de
nuestra familia y luego yo me iré contigo.
—¡No puedes obligarme! ¡Ni siquiera tú! —le espetó—. ¡En vida todos
eran malos y me odiaban! Ahora los llevo siempre conmigo y son mis
amigos. Hasta padre tiene que obedecerme.
—Sabes que no está bien —siguió Devana sin ceder un ápice—. Todas
las almas merecen un descanso.
—¿Incluso la tuya, hermana? Tú te has portado peor que yo. No lo
niegues. Te negaste a morir con nosotras como te correspondía —dijo en un
repentino arrebato de dulzura—. Busqué tus huesos por todas partes con la
esperanza de que te hubieran matado a ti también. Tengo una bolsa muy
bonita reservada para ellos. Me la regalaste tú, ¿no te acuerdas? Serás mi
mejor amiga para siempre, te lo prometo. Nunca dejaré de invocarte.
Devana se acercó a ella y las ratas se abrieron paso, rendidas ante su
autoridad. Sombra dejó que su hermana la abrazara y le acariciara ese pelo
ralo que parecía un triste barullo de telarañas.
—Sombra, Sombra —murmuró Devana como si se dispusiera a cantar
una nana—. ¿Me perdonarás alguna vez por lo que te he hecho? Debí
haberme quedado contigo. Si hubiera sido valiente de verdad, me habría
enfrentado a padre en lugar de buscar a un sureño tonto que lo hiciera por
mí. No quería que te usara así, ¿lo entiendes? No eres una vasija que
contenga poderes oscuros. Eres mi hermana y te quiero.
Sombra dio un saltito para depositar un mugriento beso en la mejilla de su
hermana mayor.
—Entonces vas a quedarte conmigo, ¿verdad? —rogó con la
desesperación de un moribundo—. Morir es mucho mejor que convertirte
en la tonta mujer de ese caballero.
La niña colocó su cuchillo en el cuello níveo de Devana con una
parsimonia reverencial.
—¡No! —grité, acongojada.
—No tengas tanta prisa que ya llegará tu turno —rugió Sombra, sin rastro
ya de esa dulzura aterradora.
—Sombra, Ginois es amiga mía. No me gusta que le hables así —dijo
Devana, apartándose del alcance del cuchillo—. En ningún momento he
dicho que vaya a dejarme degollar como un toro que camina drogado al
sacrificio. Vas a tener que aguardar unos cuantos años más para tener mis
huesos.
—¡Eres una mentirosa! —gritó Sombra—. Tú tampoco me has querido
nunca. Sois todos iguales.
Sombra se apartó y derramó sobre el suelo varios trozos de hueso.
Devana se precipitó sobre ellos, pero las ratas formaron una sólida barrera,
mientras su dueña entonaba un cántico incomprensible que parecía calar
dentro y envenenar las entrañas.
—Ginois, vete —me instó Devana.
—¿Y tú?
—Me enfrentaré a lo que tenga preparado para mí —insistió,
empujándome en dirección a la salida.
Aproveché la distracción de las criaturas de Sombra para encaminarme
hacia los portones con el cántico retumbando en mis oídos con la
perseverancia de un mal recuerdo. A la mitad, oí el grito de Devana y me di
la vuelta, acongojada. La rodeaban varias figuras espectrales, cuyas
palabras se confundían las unas con las otras, acarreadas por el viento.
—¡Ven a jugar, hermana!
—¡Eras su favorita y mira lo que le has hecho!
—¿Hermana? Creo que esos hombres han entrado. Tengo miedo…
—Se quitó la vida para no verte convertida en la vergüenza de su estirpe.
—Tu padre sabe lo que es mejor para la familia. ¿Quién eres tú para
cuestionarlo?
—¡Corre a tu templo si no aguantas más!
—¡Hermana!
Los espectros repetían sus intervenciones, incansables, mientras se
cernían sobre una Devana obnubilada, que iba de uno a otro, intentando
acariciarles en vano. Había perdido la voz y de su garganta no salían más
que sollozos. Según cerraban el círculo en torno a ella, iban ganando
consistencia y transformándose en un nutrido grupo de niñas de pelo
oscuro, lideradas por aquella paladina con quien había tenido un
encontronazo en el pasillo de cuya boca solo salían palabras amargas, Enid.
A lo lejos había un par de hombres a los que Devana miraba pero no se
aproximaba: uno poseía un tamaño portentoso y un ademán oscuro,
mientras que el otro era pálido y delgado. En algún lugar, un bebé lloraba e
incluso ese llanto parecía acarrear el veneno de la culpa por una vida segada
injustamente.
Pese a su bravuconería anterior, Devana aceptó sumisa toda aquella
retahíla de recuerdos en boca de los espíritus amados que se desvivían por
ahogarla. Como siempre había temido, las hermanas de Devana conspiraban
para arrebatármela delante de mis ojos, moviéndose como marionetas a las
órdenes de aquella niña endemoniada.
—¿Por qué crees que tu madre se quitó la vida? —gritaba el hombre
hosco y grande—. Te vio, las aguas se lo dijeron: tú serías la ruina del norte,
tú nos traicionarías a todos.
«Traeré a Loren para que la ensarte con su espada», pensé mientras
alcanzaba los portones. Al echar un vistazo, me percaté de que Devana se
había arrodillado ante las perladas figuras que la acosaban. No resonaba
más que el llanto de un bebé que no podía ver.
—¡Sombra! —grité sin pensármelo—. Pronto caerá sobre ti la luz del
Maestro y no tendrás donde esconderte.
Me refugié detrás de las columnas al oír los chirridos de las ratas
persiguiéndome de nuevo. Solo que esta vez ya sabía que no eran más que
cadáveres huecos y las pisaba sin contemplaciones.
—¡Estúpida! ¡Estúpida! —dijo Sombra apareciendo en una esquina con el
cuchillo en ristre—. ¡Déjanos en paz de una vez! Mi hermana nunca será
para ti.
—Te equivocas —respondí medio ahogada—. Vuestro tiempo ha
acabado. Ya no podrás sumirla en las sombras.
Aquel valor recién estrenado se evaporó en cuanto Sombra me alcanzó el
hombro con el cuchillo. Retrocedí hasta toparme con una de las columnas y
me abalancé sobre ella. Era tan delgada que ambas caímos por la inercia y
rodamos por el suelo. La niña había soltado el cuchillo, así que nos
peleamos a mordiscos y puñetazos, como sin duda ambas habíamos hecho
alguna vez con nuestras respectivas hermanas. Yo siempre perdía, un poco a
propósito, pero esta noche no había espacio para la compasión.
—No… no sabes lo que has hecho sufrir a Devana —le espeté.
—¿Y tú? Quieres convertirla en una sureña aburrida como tú —me
escupió—, pero no lo vas a conseguir. Finge muy bien, esa hermana mía. Su
vida entera es un teatro de sombras. Te puede convencer de lo que se le
antoje.
—Conmigo no finge.
—Muere creyendo eso, si te hace feliz —dijo con una sonrisa aviesa
mientras sus ratas volvían a tenderle el cuchillo.
No llegó a hacer nada con él porque en aquellos instantes el suelo
comenzó a temblar, mientras un viento afilado nos azotaba, arrastrando tras
de sí un cúmulo de hojas y las columnas que bordeaban la sala dejaban caer
un reguero de escombros.
Sombra se arrastró lejos de mí con un patetismo afanoso. Yo alcé la vista
hacia Devana al detectar una fragancia a violetas de rabiosa intensidad. Mi
amiga alzaba los brazos en medio de una invocación sin palabras ante la
que se arremolinaban oscuros torbellinos. Mientras Sombra apelaba a los
muertos y misterios del Otro lado, Devana se hacía amiga del viento. El
temblor de la tierra surgía de las vibraciones bajo sus pies desnudos, que se
movían lentamente al ritmo de una danza ligera.
A pesar de sus esfuerzos, los espectros de su familia permanecían en su
sitio, como si el rencor los anclara al suelo, mientras a su alrededor el viento
empujaba los escombros contra las columnas.
—¡Hermana! ¡Hermana! —gritaba una de las más jóvenes con voz
atolondrada.
—¿Por qué siempre te vas?
—¿Es cierto lo que dicen de ti? ¿Has dejado de lado tus obligaciones para
correr a casa? —decía una joven cuya severidad parecía afilada y sangrante.
—Devana, Sombra ha nacido para enseñarnos lo que es la muerte. Tus
intentos por detener a padre son pueriles.
Devana no contestaba pero, a medida que se recrudecían las voces, el
viento cobraba más arrojo. Sus pies se separaron del suelo y comenzó a
levitar por encima de las columnas.
—Tienes que parar —le grité a Sombra en una súplica aguda—, a menos
que quieras morir sepultada.
La niña se dio la vuelta para contemplarme con una sonrisa radiante.
—Así ha de ser —declaró, mientras el viento jugaba con su melena
blanca—. Moriremos con el rey de la inmundicia y su caballero medio lelo.
Alcé la vista de nuevo, mortificada. El viento convertía a Devana en una
criatura terrible, arrebolando sus faldas y cabello suelto. Desde los pálidos
pies hasta la cabeza centelleante parecía estar tocada de un aura sagrada y
peligrosa. Venía a impartir un castigo divino contra nosotras y sus acciones
ya no parecían cosa de ella.
Pasé por delante de Sombra e intenté internarme en el patio de rodillas,
ignorando los violentos empujes de los elementos. Repetí su nombre hasta
quedarme sin voz, igual que había hecho con Sagramore. Ezio me había
mostrado que hay poder en la llamada suplicante de una voz amada. Los
recuerdos de mi fracaso lograron enmudecerme y entonces lloré hasta que
aquellas tres sílabas se perdieron arrastradas por el viento.
¿Qué podía hacer mi voz humana contra el trueno doloroso de los
espectros de Sombra? Sentía que mi llamada se ahogaba a cada paso, pero
no me detuve, mientras me cortaba con los escombros y el estruendo me
ensordecía.
—¡Devana! —chillé—. Vuelve. Vuelve conmigo. No son reales. Yo sí.
¡Devana!
Me miró y aquello fue suficiente para detenerme. Sus ojos centelleaban
de un azul férreo e inhumano.
—Vuelve conmigo —repetí sin alzar la voz, con la seguridad de que me
escucharía a mí en lugar de a los fantasmas de otra vida.
Tras unos instantes de vacilación, Devana descendió obediente con la
parsimonia de una anciana. El viento volvió a convertirse en un silbido
domesticado y los temblores cesaron. Corrí hacia Devana para recibirla
entre mis brazos. La besé en el pelo y en los labios, sin importarme nada
más porque, para mí, cada parte de su cuerpo era sagrada.
—Ginois, no me dejan —susurró—. No me dejarán jamás.
Sombra surgió entre las columnas con los brazos cruzados y un mohín
contrariado en el rostro. Junto a ella, venían sus espectros, cuyos rostros
ahora podía discernir con claridad. Veía a Devana en sus narices finas o
mentones alzados, en sus ojos apenados. Se repitió el llanto atávico del
bebé, en brazos de otra cría que no tendría más de tres años. Devana
también los miraba y en su respiración agitada volví a temer un nuevo rugir
del viento.
—Bueno, hermana, empecemos contigo —dijo Sombra blandiendo el
cuchillo—. Prometo tallar tus huesos con todo mi cariño.
Agarró a Devana del cuello y ella no se defendió, sino que cerró los ojos
y se aferró a mí. De inmediato, me llevé las manos a las agujas que
guardaba bajo la manga para sentir que yo también contaba con un arma.
—Di adiós a tu amiguita. Sus huesos no los quiero para nada.
Igual que su hermana, Sombra poseía unos ojos extraordinarios,
incapaces de asentarse, sino que resplandecían verdes, azules y grises, a
capricho de la luna. Con el ánimo certero con el que había enhebrado agujas
desde que tenía memoria, apuñalé aquellos bellos iris en el momento en el
que se cernieron sobre Devana.
Ella rio durante sus últimos instantes, con las agujas asomando de sus
ojos ensangrentados. Dejó caer el cuchillo y se tiró encima de mí,
colocándome sus manos sucias en el vestido.
—No criarás más que la muerte —maldijo entre toses—. Tu vientre será
un campo yermo arrasado por la guerra que tú misma iniciaste.
Me atravesó un dolor ardiente que se extendió desde el estómago, como si
guardara el fuego en mi interior. Corrí hacia un charco y empecé a
arrojarme agua encima, ansiosa por apagar las llamas invisibles que me
recorrían la piel sin dejar marca. Entonces unos brazos firmes se me
enroscaron en torno al cuello. Era Devana, que me obligó a darme la vuelta
para mirarla a los ojos, bellos como aquella noche estival que llegaba a su
fin. Sentí el amanecer acercarse, la luz del sol, que era la del Maestro, se
derramó sobre nosotras.
—Se ha ido —susurré—. Ahora eres libre.
Interrumpí mis palabras cuando me sobrevino una nueva oleada de dolor
y acabé arrebujada contra el regazo de Devana.
—No soy libre, Ginois —contestó y su voz era húmeda como el rocío—.
Tengo una deuda eterna y por eso no he de morir.
—Pero…
—No hagas esfuerzos —me ordenó—. Ahora cierra los ojos y duerme.
—No puedo, Devana —me quejé—. Duele demasiado.
No habló, sino que me posó los dedos en los párpados. De inmediato, el
dolor se amortiguó como una bestezuela domesticada y el sueño se apoderó
de mí en una cadencia lenta mientras contemplaba cómo Devana me
apoyaba en una columna y empezaba la ardua tarea de recolectar los huesos
de sus muertos.
18
LAS ATADURAS DEL DEBER, EL AMOR
Y EL DESTINO
E
l dolor se convirtió en la certeza única de mis días. Devana me
guardaba con celo en su torre donde las únicas otras personas a las
que veía eran don Marco, el cirujano de Ezio, y Fabia, que siempre
parecía tener un paño húmedo para mí. En cuanto abría los ojos, me daban
de beber un líquido dulce que me arrastraba de vuelta a sueños oscuros
poblados de altas sombras. Era como presenciar de nuevo aquel tétrico
teatro de formas cambiantes y líquidas. Sin embargo, las historias que me
contaban se deslizaban de mi mente en el momento en el que me atravesaba
aquella quemazón punzante y deseaba abandonar mi piel.
A menudo sentía el tacto de los largos dedos de Devana embadurnándome
de pomada y colando piedrecitas sobre mi estómago antes de embarcarse en
largos rezos, a veces al Maestro, otras a las diosas de sus ancestros.
En una de las interminables tardes de convalecencia, me llegó la
distorsionada voz de Ezio a través de la puerta cerrada. Me sentía más
fuerte y quise levantarme a recibirlo, pero el dolor volvió a quemarme las
entrañas y me entregué sumisa al lecho.
—¡Te exijo que me dejes verla! —bramaba Ezio—. Es mi prometida.
Tengo derecho.
—Necesita descansar, majestad —respondió Devana, implacable ante su
furia.
—Te lo ordeno como soberano, Devana. No me obligues a repetirlo.
—Vuestra preocupación es loable, majestad, pero no puedo dejaros entrar
—insistió ella.
—No deberías ser tan descarada cuando todo esto es culpa tuya —dijo
Ezio—. Esa nigromante era tu hermana.
Volví a cerrar los ojos, hastiada de aquella eterna batalla entre ellos que al
parecer no se detendría siquiera en mi lecho de muerte. Cuando me
desperté, Devana se sentaba en la mecedora con Pelnor en su regazo y me
incorporé sobre el cojín para verla mejor. Seguía pareciendo cansada, pero
de una manera nueva, más tangible.
—¡Cuidado! —exclamó enderezándose de golpe.
—Ya no me duele tanto —dije con una voz rasposa que me sonó ajena.
—Eso es bueno —comentó con un suspiro que no parecía muy
halagüeño.
—¿Cuánto tiempo llevo aquí?
—Cinco días —anunció, mientras se levantaba a acercarme una jarra de
agua.
En cuanto bebí un poco y se calmó el escozor de la garganta, me sentí al
fin dueña de mi cuerpo. Moví un poco las piernas, en actitud tentativa, y no
me sobrevino ningún dolor inhumano. Sin embargo, sentía aquella amenaza
agazapada en mi interior como una bestezuela que me hundiría las zarpas
ante el más mínimo error.
—¿Te hizo daño Sombra a ti también? —pregunté en un susurro, como si
su nombre pudiera invocarla.
—No, al menos no tanto como a ti —contestó con la voz apagándose en
cada sílaba—. No deberías pensar en ella ahora. Descansa.
Vacilé durante unos instantes, tentada ante la posibilidad de aislarme de la
ubicua tristeza que parecía flotar en el aire. Sin embargo, intuía en la
quebradiza actitud de mi amiga una carga que ansiaba compartir.
—Devana, tengo miedo —confesé—. ¿Qué me sucede? ¿Por qué has
expulsado a Ezio?
—Mi hermana te arrojó una maldición con su último aliento —contestó
—. Y el último aliento de un nigromante no es ninguna tontería.
—Pero me has curado, ¿verdad?
—He puesto en ello todo mi empeño, pero me temo que tan solo he
conseguido cicatrizar el daño cometido.
Esquivaba mi mirada y las implicaciones de sus palabras fueron
precipitándose sobre mis adormilados hombros como una repentina lluvia
de granizo.
—¿Y qué va a hacerme esa maldición?
—No lo sé con seguridad. —Supe leer la mentira en la celeridad de su
respuesta.
—Dijo que sería yerma como un campo arrasado por la guerra —musité,
aferrándome el vientre entre ambas manos.
Devana no contestó de inmediato, sino que se agachó con dificultad a mi
lado y me sostuvo las manos.
—No lo sé, no lo sé —repitió con los ojos anegados de lágrimas—. Nadie
más que Sombra podría desentrañar la maldición. Sospecho que estaba
destinada para mí, por si conseguía escapar de su influencia y darle muerte.
Ay, Ginois, lo siento tanto. Has asumido una tarea que no te correspondía.
—No… no puede ser verdad —dije y un ramalazo de dolor me recorrió el
brazo—. Ojalá me hubiera matado.
—Ginois, no digas eso —respondió Devana—. En todos estos días, no he
dejado de ver una vida larga para ti. Nos sobrevivirás a todos.
—Una vida larga en la que no tendré nada mío.
—Dejas que el dolor hable por ti —me reprendió Devana, endureciendo
la voz—. Yo he hecho eso demasiado tiempo. He despreciado la vida y tú
no deberías seguir mis pasos. Puedes ofrecer mucho más a este mundo que
una camada de herederos al trono.
Antes de que pudiera explicarse, Fabia entró con una bandeja de viandas.
Al verme incorporada se precipitó al suelo, con los ojos anegados en
lágrimas.
—¡Doña Ginois! ¿Os encontráis ya con fuerza para levantaros?
Las atenciones de Fabia consumieron todas mis energías. A ella no podía
contarle lo que aquejaba mi mente, así que me afané en diluir la rabia y el
miedo en unos cuantos bostezos. Me dio de comer como si fuera una cría,
explicando todos los remedios a los que me habían expuesto mientras
dormía. Daba por hecho que no recordaba los momentos conscientes de
aquellos días y, en parte, tenía razón. Solo quedaba la memoria del dolor y
un sabor dulzón en la lengua.
No dejé de asentir ni un momento, aferrándome a mi vientre como si me
lo fueran a arrebatar, mientras imaginaba la aburrida vida que me aguardaba
en casa. Perder la corona sería una decepción, pero con el tiempo todos se
alegrarían de tenerme allí. Madre podría entregarse al vino con indulgencia
absoluta y me dejaría a cargo de Gartian y Aleya. Después ayudaría a criar a
los hijos de Gartian. A una mujer soltera y hacendosa no le faltaban las
labores. Nunca volvería a acercarme a reyes ni hechiceras. Mi juventud se
extinguiría vendimia tras vendimia hasta que la esterilidad cesase de
avergonzarme. Habría niños en mi vida y los adoraría. Con eso habría de
conformarme.
—Su majestad está tan preocupado por vos que da pena verlo —dijo
Fabia con una sonrisa a modo de despedida.
Suspiré arrebujándome en la cama, sin fuerzas para hablar con nadie más.
Pensar en Ezio me desarmaba por completo. No le había perdonado del
todo su romance con Loren, aunque era una cuestión que carecía de
importancia en aquellos instantes. La tarde en la que me había pedido la
mano se me antojaba ahora irreal y embriagadora. En ningún momento
había hablado de hijos, solo de la corona y lo que yo podía hacer por él y
por el reino. Eso no había cambiado. Eran sus hombres los que habían
introducido esa insidiosa cuestión. Aun así, era un hecho incontestable que
un rey precisa de un heredero y Ezio ni siquiera tenía hermanos.
«Solo esa bruja que, por lo que sabemos, es peor que Sombra», pensé y el
resentimiento se transformó en un nuevo estallido de dolor.
Volví a despertar a medianoche. Pelnor se había acurrucado a mi lado y lo
atraje hacia mí para enterrar el rostro en su pelaje. Habría preferido la suave
y tibia piel de su dueña, pero hacía días que ella no se acostaba a mi lado.
Pensé en llamarla cuando me llegó su voz desde la balaustrada, donde se
apoyaba con las manos ocupadas en trenzarse el cabello.
—¿Seguro que no os ha visto subir?
—Os lo prometo —contestó Loren, de pie a su lado, con sus aires
cabizbajos habituales—. No creo que actuar a sus espaldas sea lo correcto,
mi señora.
—Menudo mojigato estáis hecho.
—Es como si me hubierais invitado a una conjura —se apresuró a aclarar.
—Ah, lo que os voy a decir no concierne a vuestro rey cuervo —dijo
Devana girándose para mirarlo a los ojos. Todavía llevaba la luna enredada
en los cabellos—. Vais a partir a Fez, ¿no es así?
—Eso me temo, mi señora.
—Tenéis que llevarme con vos.
Ante aquello estuve a punto de delatarme con un grito. ¿Cómo se le
habría ocurrido una idea semejante?
—Mi señora, la guerra no es lugar para una dama.
—Ya lo creo que sí —espetó ella y de pronto parecía casi tan alta como su
falso marido—. Yo conozco a lo que nos enfrentamos. He pasado mi vida
entre esos muros. Si alguien puede conseguir que esas mujeres os entreguen
a Denira Fata, soy yo.
—Lo hablaré con su alteza.
—Ni se os ocurra —dijo Devana—. Habréis de aceptar mi ayuda si
ansiáis poner fin a esta guerra lo antes posible. Yo cabalgaré a vuestro lado,
negociaré en vuestro nombre y os advertiré de los peligros en el camino. A
cambio no tendréis más que permitirme salvar la vida de las mujeres que
habitan en el templo de la Doncella.
—No quiero someteros a una ordalía semejante —contestó él—. Ya
habéis hecho tanto por mí…, no lo considero justo. Haré lo que pueda por
vuestras sacerdotisas. Creo que es lo justo.
—No lo hago por vos, mi señor —respondió Devana con deliciosa
insolencia—. En este castillo no hago más que pudrirme con recuerdos
ingratos. Mi hermana me ha recordado una verdad que escuece. Elegí vivir
y dejar que mi familia muriera. No puedo desperdiciar esta vida tan cara. Es
mi propósito acabar con esta guerra y pienso usaros para ello con más
eficacia que vuestro rey.
—No creo que a él le haga mucha gracia oír eso.
—Por eso no lo he invitado.
—Mi señora, si eso es lo que deseáis… hay algo que he de pediros antes.
—Hablad.
—Deseo dejar atrás esta farsa y hacer las cosas bien —dijo Loren,
decidido por primera vez en la conversación.
—¿Solo eso?
—Solo eso.
—Está bien —cedió Devana—. Es lo justo.
Estrujé a Pelnor con tanta fuerza que me dio un mordisco antes de
alejarse indignado mientras yo me enjuagaba las lágrimas en la almohada.
Tendría que haberme alegrado de que se entendieran al fin, pero no podía
dominar la negrura de los celos. Eran las dos únicas personas que había
amado, lo de Ezio era otra cosa. Ellos se embarcaban en una aventura y yo
me quedaría sola con mi secreto y mi vergüenza.
Al día siguiente, me levanté de la cama y di un breve paseo por la
habitación apoyada en el brazo de Fabia bajo la supervisión de don Marco.
El pobre parecía ansioso por demostrar que sus conocimientos no valían
menos que los de los paganos y me tuvo un rato haciendo ejercicio hasta
declarar que estaba prácticamente recuperada.
Devana frunció los labios e insistió en que necesitaba más tiempo de
reposo y enseguida expulsó a los intrusos de la torre donde era señora.
—Ah, se me acaba el tiempo —dijo entre suspiros y se encaminó a la
balaustrada.
Parecía más enérgica que antes. Su resolución de acompañar a Loren a la
guerra le había conferido parte del resplandor perdido. Ya me había
percatado anoche, pero me dolía contemplarlo tan de cerca.
—Te oí hablar con Loren —confesé, uniéndome a ella.
—Lo sospechaba —contestó encogiéndose de hombros.
—Creo que debes saber que Loren y Ezio son amantes —dije de pronto,
movida por un repentino aguijón de veneno con el que quizás pretendiera
herirla o atraerla—. Los vi la noche en la que ocurrió lo de Sombra.
—Ah, ¿por eso viniste sola a buscarme?
—Sí, claro… no habría podido acudir a ellos.
—Yo lo supe desde que los vi juntos por primera vez —dijo con sencillez
—. No se les da bien ocultarlo.
—¿Y no te importa?
—No me incumbe en absoluto —replicó—. Por lo que a mí respecta,
Loren puede meter a quien se le antoje en su cama.
—Eso es poco práctico —protesté—. ¿Y si no fuera otro hombre? Podría
tener hijos con otras.
—Seguiría sin importarme —dijo—. Que se las apañe con las
consecuencias.
—Yo no puedo pensar así.
—Peor para ti —replicó mientras se sacaba un trozo de pan del bolsillo
para alimentar a una paloma que se había posado en la balaustrada—. Ezio
no va a cambiar. Si dejara a Loren, buscaría a otros. Necesita veneración
constante y tú no cumples esa función.
—¿Ah, no? ¿Tanto se nota?
—Por eso precisamente serías una buena reina.
—No lo sé. —Ladeé la cabeza, frustrada—. ¿Merece Ezio desposarse con
una mujer infértil?
—Él tiene más secretos que tú —protestó Devana—. ¿Merece acaso la
isla quedar en manos de un crío arrogante y cruel que no piensa más que en
sí mismo?
—Vaya, ¿ese es el marido que quieres para mí?
Devana dejó de trocear pan y volvió a girarse en mi dirección, sacudiendo
la cabeza en un gesto desesperado.
—No, claro que no.
—Entonces está decidido —repuse con la voz quebrada—. Será mejor
romper el compromiso.
—Es lo más sabio, sin duda. No puedes depender de la clemencia de un
hombre como él.
—Pero existe otro camino que transitaría de buen grado —confesé—.
¿Por qué no dedicar nuestras vidas a la fe en una abadía de Gibelia? Deja la
guerra a los hombres. Nosotras ya hemos sufrido bastante.
Devana se balanceó aferrándose a la balaustrada unos instantes mientras
el viento le agitaba la melena. No se había trenzado el cabello y quise
alargar la mano hacia él. Permanecí unos instantes a la espera,
preguntándome el motivo de su silencio. Quizás había sido una estúpida al
dar voz a ese deseo.
—¿Devana?
—No puedo permanecer aquí más tiempo. Sombra ha tenido que morir
una segunda vez para darme cuenta.
—Siento…
—No lo digas. No me gusta escucharte mentir. —De pronto sonaba dura
y ajena—. No existía manera de salvarla. Ya lo sé, pero estuvo malviviendo
en ese agujero casi un año con la única compañía de nuestros muertos,
mientras yo me compadecía de mí misma en esta torre. Eso se acabó.
—¿Y qué más habrías podido hacer? —contesté temblorosa—. No todo lo
que sucede en el mundo es por tu causa. Dices que vas a vivir, pero solo
buscas la muerte de otra manera. No te has perdonado a ti misma.
No lo negó y aquello me dio alas para seguir hablando con una sinceridad
atronadora que parecía aflorar de mi tan largamente acallada garganta.
—Si te quedaras conmigo, nada me importaría: ni la maldición, ni la
esterilidad, ni existir para servir a otros.
—Ginois, yo no soy mejor que Ezio.
—No me importa. Tampoco yo soy una santa.
—No funcionaría. Mis muertos me seguirían allá donde fuera y acabarían
envenenándote a ti también. Entonces recordaría cómo fueron tus manos las
que acabaron con Sombra y… te guardaría rencor, Ginois.
Estallé en lágrimas amargas mientras la imagen de los ojos
ensangrentados de Sombra me sonreía con malevolencia revelando la
auténtica mezquindad de su maldición. Devana tenía razón. No lamentaba
su muerte. Habría vuelto a clavarle las agujas de tenerla delante.
Devana agachó la cabeza para ponerse a mi altura, pero no me tocó.
—Ginois, Ginois —me llamó con dulzura—. Encontrarás amores mejores
que yo. Tu futuro es largo y pingüe. Me lo han dicho las aguas. Sin ti no
habría sobrevivido, ¿lo sabes? Habría imitado a mi madre.
—No digas eso.
—Es la verdad. He de darte las gracias. Ven, ¿quieres que te cuente la
historia de las constelaciones? Ya se está haciendo de noche.
Asentí y empezó a narrar de nuevo los cuentos de aquellos héroes y
heroínas de los que jamás había oído hablar, pero que en su boca sonaban
añejos y poderosos. Dejé que me arrullara aquel mundo de maravillas que
tanto me había quemado, pero del que no deseaba salir. «En el fondo, soy
igual que Sagramore». Aquel pensamiento no me hizo infeliz. Cuando
dejaba atrás mis reparos, era capaz de imaginar a mi hermano festejando
como consorte de la Reina del Estío en medio de aquella belleza poderosa e
hiriente.
A la mañana siguiente me levanté sola de la cama. No había nadie en la
torre a excepción de Pelnor que jugaba con la alfombra, ensimismado.
—¿A ti qué te parece que tu dueña nos abandone? —le pregunté,
agachándome a su lado—. Te perdiste una buena cacería de ratas. Me
pregunto qué estabas haciendo.
Pelnor maulló con expresión malhumorada y solté una risilla nerviosa.
Devana apareció un rato después. Me llamó para que me acercara sin
mostrar sorpresa alguna ante mi aparente recuperación.
—Creo que estoy preparada para salir —anuncié—. No puedo huir de
Ezio para siempre.
—Siéntate —me ordenó—. Escucha antes de que me arrepienta.
Devana se llevó las manos al cuello y se quitó el colgante del que pendía
la piedra roja de su madre. Nunca la había visto sin él y me turbó la
parsimonia triste con la que me lo puso en la mano.
—Hay una manera de ocultar el rastro de la maldición de mi hermana —
me dijo—. Tendrás que llevar siempre contigo una parte de mí, nutrirla con
mis palabras y mi sangre.
—No puedo aceptar un regalo así solo para ser reina —protesté.
—Habrás de decidir por ti misma si vas a casarte con Ezio o no —me dijo
—, pero al menos nadie sabrá que te aqueja una maldición. Ven conmigo.
Me hizo agacharme junto a la chimenea y ató nuestras manos izquierdas
con el colgante. La piedra roja quedó en la palma de mi mano. Era más
hosca y afilada de lo que sospechaba. No se asemejaba a ninguna joya u
ornamento, sino que más bien parecía un corazón arrancado de la tierra.
—Vamos a sellar un pacto entre nosotras.
—De acuerdo —cedí, vacilante.
Devana extrajo una daga del cinto y se hizo un corte en la mano que regó
de sangre la piedra. Después, repitió lo mismo conmigo. Me mordí los
labios para soportar el dolor, pero aun así se me escaparon un par de
lágrimas.
—Sangre de la luz y sangre emponzoñada —recitó Devana mientras
expandía la vid carmesí con la mano libre—. Hoy las dos se convierten en
la misma. Tomo libremente esta atadura y le haré honor con mi vida. Allá
donde tú vayas, te seguirá mi esencia. No cerrarás los ojos sin que te
guarde, no caminarás sin que el viento te traiga mis pasos.
—Devana, me da miedo. No quiero más magia.
—Ofrezco los lazos del deber a aquella que hizo en mi nombre lo que
había de hacerse —continuó, ignorando mis protestas y añadiendo un nuevo
nudo a nuestras ataduras.
—¡Detente!
—Ofrezco los lazos que unen nuestros destinos: victoria, perdición y
muerte.
Un nuevo nudo se ciñó en torno al dedo meñique y yo sentí cómo el
estómago se me deshacía en una desazón asfixiante.
—Ofrezco los lazos de amor para fabricar un escudo de magia, sangre y
violetas. Aquellos que entiendan verán a esta mujer y sabrán que yo la
protejo.
El último nudo me apretó las muñecas con saña como si pretendiera
cortarme la circulación. Devana me contempló con una fijeza exigente y
supe que se esperaba que yo también hablara.
—Acepto las ataduras del deber, el destino y el amor —susurré en voz
baja—. Que el Maestro sepa perdonarnos.
Devana entrelazó nuestros dedos una última vez antes de retirar la mano
ensangrentada y dibujar algo en mi frente. Unimos las cabezas durante unos
instantes antes de que me soltara del todo y dejara el preciado recuerdo de
su madre a mi cuidado. Desprendía un aroma a violetas que me bañó el
alma de anhelo. Supe que solo la habían portado mujeres a las que la
tristeza había reconcomido hasta el último de sus días. Era todo lo que
podía legarme Devana. Hice amago de ponérmelo, pero entonces ella lo
recogió y me lo ciñó con cuidado. Me estremecí cuando me rozó el cuello
con los cabellos negros.
—No debes quitártelo jamás —me susurró al oído—. Ezio percibirá su
poder e intentará engañarte para que lo hagas, pero no debes permitírselo.
Tu vida depende de ello. Mientras lo lleves, nadie por muy ducho que sea
en las artes mágicas podrá olfatear la maldición de Sombra.
—¿Das por hecho que voy a casarme con él?
—Creo que el reino estaría mejor en tus manos que en las suyas, pero
¿qué sabré yo? —dijo con un encanto que casi me hace olvidar que aquello
no era sino una manera de disculparse por su rechazo.
Me encaminé de inmediato a las escaleras, deseosa de medir mis fuerzas
con ellas, pero Devana volvió a llamarme.
—Déjame que te cure la mano, anda —ofreció.
Pensé que iba a emplear la magia, pero recurrió a vendas vulgares, como
si no acabáramos de vincular nuestras vidas en un ritual profano.
—Ginois, si muero antes que tú, echa a correr y no mires atrás —me
susurró—. La magia se desvanecerá. No quieras saber lo que pasa después.
—Entonces será mejor que vivas muchos años y nos vayamos de este
mundo agarradas de la mano.
Devana sonrió antes de dirigirse a la balaustrada con los aires pesarosos
de quien rehúsa hablar por buenos motivos.
En un alarde de prudencia, esperé a que Fabia subiera con el desayuno para
bajar. La doncella me ayudó a descender por las escaleras mientras me
narraba los detalles de su boda con voz cohibida. Naimo había ejercido de
padrino y lo habían celebrado con una modesta comida en uno de los patios.
—Nos habría encantado teneros allí, mi señora —se excusó sin saber que
yo no habría sido capaz de presenciarla sin deshacerme en lágrimas. Al ser
testigo de la felicidad tímida de Fabia, odié a Devana y a su don.
Me resultaba extraño escuchar hablar de lo que había sucedido durante mi
convalecencia. En aquellos días, había creído que el mundo había perdido
su forma y su sentido. Sin embargo, fuera de la torre, la vida transcurría
inexorable para todos aquellos que no guardaban una maldición en sus
entrañas. Y mi añoranza por una vida simple no hacía más que enraizarse en
torno a mis pensamientos.
Apenas habíamos llegado al jardín cuando Ezio hizo acto de presencia.
Venía solo y despeinado, con aspecto de haberse apresurado para salir a
nuestro encuentro.
—¡Señora! —gritó desde lejos con aires vigorosos—. Me alegra que
hayáis recobrado la salud.
Dedicó una mirada a Fabia plagada de intención y la doncella se retiró
con excesivo entusiasmo como si estuviera cometiendo una travesura al
dejarme sola con mi prometido en un patio medio desierto a plena luz del
día.
—Ah, creía que esa bruja no os dejaría libre nunca —me susurró,
rozándome la oreja.
—No la llaméis así —le espeté—. Al menos no mientras yo esté presente.
Nos ha salvado a ambos. Solo por eso le debéis respeto.
—No habría hecho falta que te salvara si no hubiera atraído a esa alimaña
a nuestra puerta.
—Si vos la hubierais asistido cuando lo solicitó, tampoco habría sucedido
nada de esto.
—Ah, echaba de menos hasta que me riñerais —me contestó con esa
sonrisa burlona que le habría valido varios bofetones de no ceñir la corona.
—Deberíais tener cuidado —le aconsejé—. Ahora soy una asesina de
paganos como vuestro Loren.
—No me puedo creer que sigáis enfadada.
—Para vuestra desgracia, la fiebre no me ha afectado la memoria.
—Ginois, sé que no estuve a la altura de la situación. Os pido disculpas.
—Lo amáis, ¿no es así?
—Más que a mi vida.
—No me opondré —contesté en medio de un suspiro—. Solo espero que
el Maestro también sepa comprenderlo. Y no debe haber nadie más. Mi
paciencia tiene un límite.
—No os preocupéis por eso —contestó—. Soy bastante arisco.
—No me sorprende.
—Lo digo en serio. Con Loren y vos tengo más que suficiente. Soy leal a
mi manera.
No sabía si creerle, pero aun así asentí, meditabunda. Había otro nombre
del que no habíamos hablado y también ocupaba un lugar importante en su
corazón: Denira Fata, su hermanastra y la mujer que lo había guiado a las
malas artes de los paganos. No quería ofenderle insinuando que mantenía
relaciones ilícitas con su familiar más cercana, así que postergué aquella
aspereza, decidida a dejarla caer en el olvido al menos por un tiempo.
—Majestad, cuando me dijisteis que el principal motivo por el que me
habíais elegido era que poseía sentido común, ¿hablabais en serio?
—Bueno, quizás no es el motivo más importante —contestó de pronto
tímido—, pero admiro vuestra inteligencia y valor. Creo que vos tenéis la
voluntad de hacerme responder por mis actos. No es algo común. No
estaréis teniendo dudas, ¿verdad?
Estuve tentada a confesarlo todo en aquel mismo instante. Sentía que lo
conducía al altar mediante engaños. Sin embargo, ese sentido común que
tanto le convendría a Ezio en otras circunstancias, me instó a guardar
silencio. A mí también me gustaba creer que poseía unas cualidades tan
valiosas que compensaban el fantasma de una esterilidad que ni siquiera
sabíamos real. Quizá solo fuera un espejismo. Una última broma cruel de
Sombra.
—No, no tengo dudas.
—Bien, porque me gustaría seguir con nuestros planes y celebrar la boda
esta misma semana. No volveré a tolerar que vuestra amiga me impida
veros cuando se me antoje.
—No tengo nada preparado —confesé.
—Será una ceremonia discreta, me temo. Las grandes festividades
tendrán que aguardar a nuestro victorioso regreso a la capital.
—No habléis de la victoria como si fuera un hecho consumado. Atrae la
desgracia.
—No para mí.
Había algo de entrañable en el optimismo arrogante de Ezio. Aunque
quizás me sentía inclinada a perdonar los defectos ajenos en un desesperado
intento de que los míos también encontraran perdón.
Devana enterró los huesos de su familia la misma tarde de su boda. Escogió
un jardincito de los que daban al ala oeste, por el que jamás pasaba nadie.
Solo yo la acompañé, aunque con mis dolores no pude hacer mucho más
que ofrecerle agua cuando se cansaba de cavar. Al final, la tumba apenas
fue lo suficientemente profunda para verter en ella los huesos rescatados y
las cenizas de Sombra.
Contemplé a Devana de reojo. Exhibía una serenidad solemne que me
resultó reconfortante. Tomó un puñado de tierra entre las manos solo para
derramarlo con parsimonia sobre el agujero, mientras recitaba los nombres
de los fallecidos. Después me pidió la daga para cortarse un mechón de
pelo, que depositó amorosamente entre los huesos.
—Allá donde vais no puedo llegar aún, pero me llevarán los años —
susurró—. Atravesad el velo púrpura mientras dure el atardecer y
reencontraros con la diosa que es una, que es tres y es cuatro. La Anciana os
guiará, la Madre os cuidará y la Doncella os acompañará a cada paso hasta
alcanzar a la señora del Otro lado, la Vigía, que os guardará amorosamente
en el lugar que os corresponde, allá en las montañas donde nacen las almas.
El atardecer se precipitó sobre el hoyo como si quisiera robar los espíritus
que Devana había liberado. Bajo la luz de las despedidas, terminamos de
cubrir aquel improvisado sepulcro entre las dos. Cuando terminamos,
Devana enterró las manos en la tierra removida, reticente a dejar a los
suyos.
—Os he amado con todo lo que soy, pero no buscaré más vuestro perdón
—dijo antes de levantarse—. Vestiré la culpa como una armadura y me
acompañará hasta el último de mis días. Yo sola. Para que mis actos no os
empañen a vosotras ni a mis descendientes. Quieran las diosas que crezca
un árbol robusto en este lugar, que sus raíces os colmen del amor y la vida
que se os han sido negadas.
Se sacudió la tierra, pero no había manera de devolver el esplendor a
aquel atuendo sin lavarlo a conciencia.
—Deberíamos cambiarnos —propuse.
—No, no hace falta.
—Déjame que te arregle el velo al menos.
—¡No! Loren debe saber con quién se desposa.
Así pues, nos dirigimos a la capilla a pasos apresurados, como si
estuviéramos jugando a las carreras. Ya había caído la noche y los rezos se
habían extinguido. Loren aguardaba en uno de los bancos, solo, vestido con
sencillez impoluta. Le indiqué a Devana que aguardara fuera y me dirigí
hacia él.
Mi antiguo amigo de la infancia no era capaz de sostenerme la mirada.
Apretó los puños contra el banco y permaneció callado.
—Mi señor —lo llamé—. Os traigo a vuestra prometida. Sana y salva, tal
y como acordamos. Ahora soy yo quien os implora que cuidéis de ella.
—Ginois, no encuentro las palabras.
—No hace falta que digáis nada.
—Siento tanta vergüenza. Después de todo lo que habéis hecho por mí, os
lo he pagado como un canalla.
—No lo he hecho por vos, sino por ella —le recordé—. Nuestro rey nos
necesita a ambos, ¿no es cierto? Cada uno hemos de jugar nuestro papel por
su bien y el del reino.
—Devana también nos necesita a los dos —añadió Loren en un suspiro.
Asentí y fue entonces cuando él levantó la cabeza en un gesto de pétrea
solemnidad. Ahí estaba nuestro nuevo propósito. Al fin nos liberábamos de
ese compromiso tan largamente fraguado en el que nunca habíamos
encajado y dejábamos que nuestro vínculo evolucionara a la complicidad
que nos haría falta para guiar y proteger a los que amábamos.
Loren sonrió con timidez al ver acercarse a su desastrosa novia con la
trenza medio deshecha y las mejillas arreboladas. Ella le correspondió con
un gesto feral, acrecentado por las sombras bajo sus ojos.
Un sacerdote joven que no conocía, y al parecer acompañaba a los
hombres de Loren, se encargó de oficiar la ceremonia de la que fui madrina
y testigo único. El joven condujo un oficio rápido y poco ceremonioso.
Quizás porque sospechaba que nadie le estaba prestando atención. Loren y
Devana se miraban por primera vez sin artificio alguno a través del fino
velo de novia. Yo los contemplaba a ambos, rota de melancolía, mientras
agonizaba al recordar que en unos días sería mi turno.
Al terminar, Loren y Devana no recibieron la habitual lluvia de buenos
deseos. Entrelazaron los dedos y atravesaron el pasillo con la cabeza alta y
el rostro despejado para regresar a la guerra que había unido sus vidas.
Jamás había visto una pareja tan hermosa y triste. Y yo no tuve ánimo de ir
tras ellos, pensando en lo dolorosos que son los deseos que se cumplen.
Los días siguientes apenas vi a Devana y a Loren, aunque ni siquiera tuve
tiempo de reparar en ello. Allá donde fuera me seguía un halo de respeto
que no sentía del todo merecido. El rumor de que Devana y yo nos
habíamos enfrentado solas a una poderosa hechicera negra me confería la
autoridad que tanto había anhelado. De pronto, parecía que nadie tenía
ganas de disputar mis decisiones e incluso los conflictos con los nativos se
redujeron en número. Quise creer que en parte se debía a los festejos de la
Reina del Estío y me propuse adaptar todas las festividades paganas de las
que tuviera al calendario del Primer Credo.
Los preparativos de la boda se habían realizado sin mi intervención ni
conocimiento. Sentía que no tenía derecho a quejarme, pero al menos quería
estar al tanto del estado en el que habían quedado nuestros almacenes y
finanzas. Así que me pase dos días inspeccionando los libros de
contabilidad y visitando la despensa con aire desaprobatorio. Ezio era un
derrochador nato.
Sin embargo, también nos llegaron algunos regalos del sur. Mi familia
envió varias garrafas de nuestro famoso vino, además del antiguo velo de
novia de madre y felicitaciones de todos mis hermanos. La carta de Elidel
era más extensa y explicaba que madre se encontraba indispuesta desde que
recibió las nuevas de Sagramore, lo que interpreté como que estaba
demasiado beoda para sujetar la pluma.
Me sorprendió el tono manso y alicaído de Elidel. Echaba en falta sus
impertinencias y la manera en la que antes solía hablar de sí misma como si
fuera el astro en torno al cual se desarrollaran nuestras existencias. Incluso
mencionaba estar ayudando a Gartian y Aleya con sus estudios.
Aquella carta debería haberme sabido a victoria. La prueba de que incluso
mi díscola hermana pequeña podía madurar, pero, en su lugar, se tradujo en
un arrebato de llanto. Habría querido abrazar a Elidel y convertirla de nuevo
en una niña egoísta que perseguía sus anhelos en vez de resignarse.
«Ahora que voy a ser reina, podrá hacer lo que se le antoje», pensé.
Asegurar el futuro de mis hermanas era otro buen motivo para callarme y
seguir adelante con la boda.
En medio de aquella llantina, me interrumpió Fabia, que entró apresurada
y jadeante.
—¡Mi señora! —dijo—, sé que es repentino, pero he de pediros permiso
para acompañar a doña Devana en su viaje al norte.
—¿Cómo dices? —respondí, contrariada.
—Necesitará una doncella.
—Claro, pero preferiría que permanecieras a mi servicio.
—Mi señora, Remigio ya está recuperado y va a volver a unirse a las filas
de don Loren. Os lo ruego. No deseo separarme tan pronto de él.
Jamás habría imaginado que aquella doncella callada y tímida buscara ir a
la guerra por propia voluntad para seguir a un muchacho tonto al que ya
casi matan una vez y que a todas luces moriría ante sus ojos. A mi pesar,
tuve que admirar su arrojo. Sentía que habían transcurrido siglos desde los
días en los que me espiaba para doña Cordelia.
—¿Estás segura?
—Tengo intenciones de ayudar. Me he formado para atender a los heridos
estos últimos meses. Os lo ruego, doña Ginois, alteza.
—No soy reina todavía.
Aun así, podía ahorrarle ese dolor. Pensaría que era cruel y una tirana,
pero me lo agradecería con el tiempo.
—Doña Ginois, os lo pido como pariente.
—Y como pariente me niego a poner tu vida en peligro.
—Me escaparé. Doña Devana no me rechazará.
De nuevo Fabia hacía gala de aquel valor infranqueable. La tragedia se
contaba sola. Poco podía hacer para detenerla.
—Si de verdad estás decidida a ir, cuida de ella al menos —le espeté—. A
Devana le aguarda una tarea ardua.
—Eso haré, mi señora —prometió—. Sentiré perderme vuestra boda,
pero le he enseñado a las chicas nuevas cómo os gusta peinaros…
—¿Qué quieres decir? La boda es mañana. Todavía faltan unos días para
que don Loren y doña Devana nos dejen.
—Temo comunicaros, mi señora, que han adelantado su marcha.
Mi desconcierto tuvo que resultar evidente, porque Fabia me colocó una
mano en el hombro cuando me dejé caer sobre la silla del escritorio.
—¿Desde cuándo lo sabes?
—Me lo ha dicho Remigio ahora mismo.
—No puede ser —musité—. ¿Estás segura?
Fabia asintió, confusa y con una expresión algo dolida, así que tomé aire
y me dispuse a recuperar la compostura.
—Fabia, no te retendré más. Ve a prepararte si tanta prisa corre. Me da
pena no haberlo sabido antes para darte la despedida que mereces. Has sido
una buena amiga todos estos meses.
—Ha sido un honor, mi señora —respondió ella con una leve sonrisa—.
Seréis una reina maravillosa, ya lo veréis.
Salimos juntas, pero tomamos caminos opuestos. Yo me dirigí a la torre
de Devana por última vez, rezando para que no hubiera abandonado todavía
su alcoba. La hallé guardando sus pertenencias en una ancha bolsa de cuero.
Vestía una túnica corta, bajo la que asomaban unas calzas que le quedaban
enormes y llevaba el pelo recogido en un prieto moño. Alzó la cabeza
cuando me vio e hizo un breve asentimiento de cabeza.
—¿Por qué no me has avisado?
—No quería distraerte de tus obligaciones.
—¿Crees que son más importantes que tú? Si te hubieras marchado sin
despedirte no te lo habría perdonado jamás.
—Ay, Ginois, no quiero hacerte sufrir más.
—Eso no te ha importado nunca. ¿Por qué habéis adelantado la partida?
—Loren se ha peleado con el rey cuervo —comentó con naturalidad—. A
tu futuro marido no le hace mucha gracia que yo acompañe a su ejército.
—¿Y qué ha dicho Loren?
—Ni idea, pero al final Ezio ha concluido que, si tan hábil me creo, vaya
a Fez y le traiga la cabeza de su hermanastra como regalo nupcial.
—Hablaré con él —propuse—. No podéis iros así. Os quiero a ambos en
mi boda.
—Ginois, es mejor que no lo hagas —replicó ella con la voz enternecida
—. Prefiero no amargar nuestros últimos momentos juntas.
La miré en busca de algún poso de rabia o frustración, pero solo encontré
su expresión meditabunda e imaginé que por su mente desfilaban cientos de
planes de los que yo ya no era parte.
—Si no quieres acudir a la boda, puedes decirlo sin reparos.
—Nunca he afirmado lo contrario —repuso—. Habría sido adorable verte
vestida de novia, pero no para desposarte con ese cretino.
—Entonces, ¿de verdad te vas a ir?
—Ven, acércate.
Por primera vez desde la muerte de Sombra, Devana me abrazó y apoyó
la cabeza en mi hombro izquierdo. Permanecimos así largo rato, en silencio.
Empecé a sollozar y Devana me enjuagó las lágrimas con los dedos y
recorrió mi cuello hasta encontrar la piedra de su madre.
—Recuerda que llevas una parte de mí.
—Dime, ¿qué ves ahora si miras las aguas del tiempo? ¿Nos ves juntas de
nuevo?
—No está claro —respondió, de pronto esquiva.
La certeza de que mentía me atravesó como un cuchillo ardiente y tuve
que endurecer mi corazón para no suplicarle que se quedara, porque yo
también comprendía que era tarde para algunas cosas.
—En cualquier caso, vas a saber de mí —le dije con toda la altanería que
pude reunir.
Me agarró de la barbilla para darme un beso de dulce fugacidad y se alejó
con una reverencia tan estudiada como la de cualquier dama sureña. En sus
ojos, sin embargo, seguía resplandeciendo el afilado azul que tanto me
había asustado cuando nos conocimos.
En el fondo era tan soberbia como el rey cuervo. Mis esfuerzos por
domesticar a la esposa de Loren no habían engendrado más que un
espejismo: Devana la hechicera, la profetisa, la santa no sería jamás un
mero ornamento que diera fe de la derrota de su pueblo, una conversa
timorata que agachaba la cabeza avergonzada de sus orígenes. Y yo, tras
compartir su mundo durante un año, tampoco habría podido contentarme
con volver a casa a existir de manera inconsecuente.
—Siento todo el mal que te he hecho —dije de pronto, incapaz de
callarme las culpas.
—Ginois, Ginois, ¿por qué hablar de eso ahora? Hemos quedado en paz.
Ambas hemos pagado por nuestros actos.
«Esa mujer, Devana, fue artífice de la muerte de toda su familia, ¿qué no
te haría a ti?».
Mientras contemplaba cómo Devana se preparaba para dejarme,
volvieron a mí las palabras de mi madre, aún capaces de teñir de carmesí
mis pensamientos para recordarme que no tenía clara la respuesta.
El día de mi boda me recibió con el suave golpeteo de una lluvia fina como
el hilo. Tras innumerables días de calor, aquel frescor inesperado se
asemejaba a despertar de un sueño perturbador con una comezón aún viva
en el pecho. Todavía era temprano, así que tuve tiempo para asomarme a la
ventana y sentir la ausencia de Devana.
Sin embargo, pronto llamaron a mi puerta para recordarme que las
nostalgias y miedos de una novia se combaten con el alboroto. Las
doncellas que habían sustituido a Fabia eran un par de crías de quince años
que inundaron la alcoba de risas y júbilo, igual que hubieran hecho mis
hermanas de encontrarse allí.
Así pues, la añoranza fue la madrina de mis nupcias y envenenó mi mente
de nombres ausentes. Volví a ponerme la túnica de la Reina del Estío que
me recogí con cinturón de cuero trenzado y plata, un regalo de don Salazar
que probablemente provendría del vetusto baúl de una noble pagana. Dejé
que el colgante rojo se asomara sobre mis pechos para invocar la magia
benevolente de Devana.
Las doncellas me trenzaron el pelo a su manera, desoyendo las
indicaciones de Fabia. No quise protestar para no arrebatarles su humor
alegre. Trajeron una cesta de flores, aún húmedas de rocío, y fueron
decorando la trenza con ahínco.
—Sois una novia tan hermosa, mi señora —dijo una de ellas, mientras la
otra asentía vigorosamente.
Les agradecí su trabajo con una sonrisa, mientras pensaba en otra novia
que había caminado hasta el altar con la trenza deshecha y el vestido
embadurnado. Ella también había sido hermosa con esa pureza suya.
La ceremonia fue larga y tediosa como correspondía a una boda real, pero
no me molestó en absoluto. Solo tenía que mirar al frente con el rostro
escondido bajo el velo mientras el sacerdote leía pasajes del libro con una
solemnidad pobre.
Ezio, de pie a mi lado, movía las manos con nerviosismo. Tenía los labios
apretados en un mohín angustiado. Sonreí con ternura. Habían logrado que
el rey cuervo pareciera apuesto enfundado en la túnica ceremonial negra
bordada en plata con el roble coronado de la casa real.
El polvo se desprendió del Libro cuando el sacerdote lo cerró de un
golpe. Después nos arrodillamos al unísono para pronunciar las fórmulas
nupciales, mientras don Salazar, que actuaba de padrino, enlazaba nuestras
manos derechas con un cordel de oro.
Las manos de Ezio estaban calientes y húmedas de sudor. Traté de
sonreírle para infundirle valor y me encontré con que sus ojos castaños
estaban pendientes de los míos.
La ceremonia terminó con una ráfaga de buenos deseos que a menudo
mencionaba un reguero de hijos que destruiría el cuerpo de cualquiera que
los trajera al mundo. Había visto a madre parir y deteriorarse las suficientes
veces como para saber el precio de cada criatura.
Ezio recuperó la compostura en cuanto empezaron las celebraciones y se
deslizó de un lado a otro del salón en medio de carcajadas interminables,
animando a sus hombres a beber y a bailar. Nadie habría dicho al
contemplarlo tan espléndido el día de su boda, que no era la novia la que
ocupaba su corazón.
Por mi parte, yo permanecí con las pocas doncellas que había en el
castillo, demasiado jóvenes y tímidas para asustarme con la noche de bodas
más que con insinuaciones tibias como un gatito.
Al final, mi padre se había excusado por su ausencia, así que no había
nadie de mi familia para despedirme antes de entrar en mi nuevo hogar. A
pesar de las asfixiantes atenciones que me rodeaban, jamás me había
sentido tan sola.
«Si Devana no se hubiera marchado, tampoco habría fingido alegría»,
pensé. Habría permanecido callada toda la noche en una disconforme
inmovilidad, pero no se hubiera separado de mí y, quizás, ese amor hosco
suyo habría sido suficiente.
Sentí alivio cuando nos retiramos a medianoche y, por poco, no pongo
rumbo a mi alcoba antes de que Ezio me recondujera hasta la suya con
gentileza.
—Os prometo que no he bebido en exceso —dijo mientras cerraba la
puerta tras nosotros.
—Seréis el único —contesté con lo que intenté que fuera un tono jovial
que sonó más bien aterrorizado.
—Ah, los hombres beodos me recuerdan a mi padre y siempre me he
negado a parecerme a él en nada.
—Puedo entenderlo —respondí, dejando escapar un suspiro pesado.
—Acercaos, no hablemos más de cosas tristes.
Asentí, pero estaba tan nerviosa que permanecí donde estaba. No
soportaba los momentos en los que no tenía claro lo que se esperaba de mí.
Ezio debió de percatarse porque fue él quien se acercó y me condujo a la
cama con parsimonia.
—Sentaos conmigo un rato —dijo, acariciándome el rostro en el que
empezaban a aflorar las lágrimas—. No hace falta que hagamos nada esta
noche. Nadie va a venir a dar parte de la consumación del matrimonio,
tenedlo por seguro.
Reí un poco para fingir que consideraba estúpida aquella ocurrencia, pero
lo cierto era que sus palabras lograron calmarme.
—Os prometo que estoy bien —dije, recuperando el aplomo—. Es solo
que he añorado a mi familia hoy.
—Quizás fui un egoísta al despachar a vuestra amiga de aquella manera.
—¿No queríais que Loren estuviera presente en la boda?
—Habría sido doloroso para él —repuso inquieto—. ¿De dónde habéis
sacado esa cosa?
—Es el regalo de bodas de Devana.
Ezio frunció el ceño.
—Quitáoslo mientras estéis conmigo.
—No —dije con firmeza—. Se quedará conmigo para siempre.
Esquivé su mirada, pero él me obligó a darme la vuelta y me dio un largo
beso en los labios. Cerré los ojos mientras Ezio me quitaba el cinturón y lo
arrojaba al suelo. Ambos temblábamos, pero yo más que él.
—Olvidadla —exigió mientras me recorría los pechos con las manos—.
Yo os he dado una corona. ¿Qué ha hecho ella por vos?
Mostrarme la sutil magia de un baile bajo la nieve. Enseñarme a leer el
idioma de las estrellas. Ofrecerse a protegerme con la misma esencia de su
ser.
Tenía que decir adiós a cada uno de esos regalos, así que lo besé como él
había hecho antes y entonces ambos caímos sobre la cama. Quería
olvidarme de Devana y Loren si acaso por unos instantes. Pese a mis faltas,
merecía sentirme como una novia que empieza una vida nueva y no como el
reemplazo de lo que mi marido jamás podría tener.
Ezio se despojó de la túnica con facilidad y me sorprendió la suavidad de
su pecho desnudo. Enredé las manos en su pelo y lo acaricié durante unos
instantes, antes de que él me tumbara sobre la cama para besarme el cuello
y ayudarme a deshacerme de mi indumentaria, mientras las flores de mi
cabello se derramaban sobre nosotros como una bendición del verano.
Entonces Ezio intentó despojarme del collar y yo detuve su mano con
brusquedad. Él sostuvo la piedra con curiosidad durante unos instantes en
los que temí que me la arrancara de un tirón, pero al final la soltó y me besó
los pechos.
—No creáis que podréis ocultarme nada mucho tiempo —me susurró—.
Soy muy bueno desenterrando secretos ajenos.
Y, solo con esas palabras, Ezio rompió el encantamiento. Mientras nos
acariciábamos en aquella luz tenue y le sentía por primera vez dentro de mí,
nació la duda sobre las verdaderas intenciones de Devana. ¿Por qué ese
repentino interés en que uniera mi destino a Ezio? ¿Por qué me había
perdonado con tanta facilidad la muerte de su hermana? La sospecha me
heló la piel y el dolor regresó. Devana se había vengado del rey que había
arrasado su tierra con mi cuerpo. Al fin había desenmarañado su extraña
despedida. Quizás ella pensara que habíamos quedado en paz, pero yo no.
Estuve a punto de arrancarme el colgante que me ataba a ella y aceptar lo
que tuviera que venir.
Entonces Ezio se detuvo.
—Ginois, ¿qué te ocurre?
—Nada.
Me sostuvo la barbilla con la mano y tuve que contemplar aquellos
oscuros ojos en los que se confundían las sombras. Ya no tendría las
estrellas ni la nieve, solo la corona que él me ofrecía.
Me abalancé sobre el rey cuervo y dejé que nuestros cuerpos volvieran a
unirse en una nueva promesa callada. Mi destino no era un verso perdido en
la tragedia de Ezio. Yo era la nueva Reina del Estío. Me juré que lucharía
por merecerme cada victoria y castigo. Mi nombre también se había
quedado incrustado en las entrañas de Devana, obligada a vivir en mi
mundo si quería dar a luz a esa hija soñada. No era una profecía, sino un
juramento. Al fin nos habíamos destruido la una a la otra.
Durante años pensaría en aquella noche como el nacimiento de mi lealtad
hacia Ezio. Escucharía los terroríficos relatos de otras mujeres sobre la
crudeza y brutalidad de sus maridos en la noche de boda y recordaría cómo
el mío, aparentemente despótico a la luz del día, me había acogido con
delicadeza y esmero. Esa era otra de las buenas facetas que escondía Ezio:
se amoldaba con facilidad a los deseos y necesidades de sus amantes.
Probablemente tenía mucho que ver con su posesividad con la que trataba a
quienes lo queríamos, pero al menos nunca fui de mala gana al lecho con él.
Devana habría dicho que era lo mínimo que se podía esperar, sin contar con
que a mí me habían enseñado a darlo todo y esperar muy poco a cambio.
Ya se asomaba el alba cuando apagamos las velas. Ezio cayó rendido
enseguida. Sin embargo, yo no podía conciliar el sueño a pesar del
agotamiento. Todavía tenía flores en el pelo y me dediqué a desmenuzar los
pétalos, ensimismada. Oía algo en la lejanía, unos ladridos y el llanto de un
niño. Entonces, una familiar mole negra se introdujo en la alcoba por la
ventana con aire contrariado, como reprochándome el abandono.
El gato se subió en la cama de un salto y aterrizó en mi regazo, donde
recibió los mimos de rigor. No le parecieron suficientes y me mordió el
dedo con impaciencia antes de lanzar un maullido imperativo.
—¿Qué es eso? —preguntó Ezio entre bostezos—. ¿No es la bestezuela
de la mujer de Loren?
—Ahora es mi bestezuela —le corregí.
Pelnor no estaba contento con nuestro parloteo y se movió hacia la puerta
con un nuevo maullido.
—Quiere que lo siga —anuncié.
—¿No puede esperar a mañana?
Un tercer maullido nos indicó que no sería posible y me levanté,
resignada.
—No me puedo creer que vayáis a obligarme a salir de la cama —
protestó Ezio mientras me colocaba la camisola de cualquier forma.
—Dormid si queréis.
—¿Estáis loca? No voy a dejaros ir sola a ninguna parte hasta que no
hallamos acabado con la última hechicera de la tierra.
Enseguida, ambos estuvimos listos para seguir a Pelnor, que daba
pataditas a la puerta con impaciencia. En cuanto la abrimos, el animal se
escurrió por los blancos pasillos, en los que empezaba a reflejarse la nueva
luz del día.
—Ginois, mirad —dijo Ezio, señalando una flor púrpura que había
crecido durante la noche entre las grietas de las losetas—. Viene de ese
lugar maldito.
—El Otro lado —susurré con la voz temblorosa.
—Así es. ¿Estáis segura de que queréis seguir?
Me detuve unos instantes y Pelnor me mordió el dobladillo de la falda
para obligarme a continuar.
—Quizá sea mi hermano —respondí con la esperanza revoloteando en el
pecho.
—Está bien, sigamos adelante —concedió Ezio.
El pasillo estaba sembrado de estas extrañas flores, que se asomaban
entre los muros como bellas invasoras. Pelnor no nos dejó detenernos a
investigarlas y nos condujo hasta el patio más alejado de la capilla, que
daba directamente al bosque. Allí había varios sauces junto a un estanque.
La hierba crecía casi tan alta como en el Otro lado y nos adentramos con
cuidado, ya que nadie visitaba aquel lugar.
El viento nos trajo una descorazonadora conjunción de grillos mientras
nos acercábamos al más grande de los sauces. Pelnor salió corriendo y yo
detrás, mientras Ezio lanzaba bostezos e inspeccionaba los alrededores. A
los pies del estanque habían brotado un manto de flores púrpuras y en
medio de ellas, envuelto en una túnica carmesí, yacía un niño de pocos días
desgañitándose con un llanto que quebraba el alma. Su piel era luz líquida,
como la de la Reina del Estío.
—Por el amor del Maestro —susurró Ezio.
Me agaché y sostuve al bebé entre mis brazos. Ante el contacto con mi
piel, fue perdiendo aquel resplandor áureo como una vela que se extingue a
causa de una repentina ráfaga de viento.
—¿Qué significa esto? —musité.
—Las feéricas siempre te dejan algo por lo que se llevan —contestó Ezio,
agachándose a mi lado para observar a la criatura—. Es una niña. Suelen
serlo.
—Hace menos de un mes que Sagramore se fue —protesté.
—Allí el tiempo pasa de otra manera.
La niña dejó de llorar en cuanto Ezio me la arrebató y la meció entre sus
brazos. Fue entonces cuando reconocí en ella los rasgos redondos de
Sagramore, los vivaces ojos castaños de Elidel y Gartian; la boquita
pequeña y rosa de Aleya. También había algo de la Reina del Estío en ella,
un áurea regia y luminosa que me hizo estremecer.
—¿Qué queréis hacer? —me preguntó Ezio antes de devolvérmela.
—Criarla lo mejor que pueda —contesté, mientras la contemplaba
maravillada.
—No será fácil. En cualquier momento las feéricas podrían reclamarla
como una de las suyas y seducirla para que cruce al Otro lado.
Ante aquellas palabras, recordé de pronto el sueño en el que Dana Doula
había entregado a ese muchacho a la Reina del Estío. Creía intuir su
propósito. La ladina feérica le había dado una hija como la que yo tenía
ahora. Una hija que había terminado perdida más allá del atardecer. Por eso
no había rastro de ella. Por eso cuando llegaron los hombres de Ezio no
hallaron más que una mujer borracha de añoranza, incapaz de defenderse.
—No lo permitiré —le espeté—. La niña se quedará con nosotros y
aprenderá a ser humana.
—Ginois, eso no depende de vos.
—Prometo no descuidar mis obligaciones para con vos, guardad cuidado
—dije—, pero la niña se queda. Diremos que mi hermano la engendró con
una criada cualquiera y hemos decidido educarla en la corte.
—No me preocupa que me descuidéis a mí o a nuestros hijos, sino que os
despedace el corazón —protestó Ezio—. A veces las niñas de las feéricas no
saben amar.
—Ella sabrá —le aseguré—. Porque yo le hablaré cada día de las cosas
importantes, de nuestras historias y costumbres, de todo lo que convierte a
una niña en una niña. Fabricaré su alma a mi gusto. Le enseñaré lo que sé y
la mantendré alejada de los bosques y sus misterios. Así nunca se apartará
del camino ni añorará lo que no conoce. Tengo un nombre para ella. A
madre le gustará. Se llamará Clotilde, como la santa a la que hallaron entre
las violetas. Con ella en los brazos, siento que el fin de la guerra está cerca.
FIN
AGRADECIMIENTOS
R
eina del Estío es ante todo la historia de Ginois y Devana. Allá por
2021 cuando revisaba obsesivamente Ritos de Primavera por gusto
y sin planes de publicación a la vista tuve el impulso de añadir un
detalle a la conversación final de la protagonista Delia con su padre, Loren,
con quien se reencuentra tras un viaje. En este diálogo, Loren habla de su
relación con su esposa, y menciona como de pasada la amistad que la unía a
la reina Ginois. En Ritos, la reina es un mero personaje sugerido, en quien
la trama no se detiene en absoluto, pero había algo en ella que me
cautivaba. Comencé Reina un poco como un experimento autoindulgente,
en el que solo sabía dos cosas: Ginois va a convertir a Devana al Primer
Credo y, por el camino, se hará reina. El resultado es quizás mi novela más
personal y querida hasta la fecha. Ojalá estos personajes, con todas sus
grandezas y sombras, se hayan granjeado también vuestro cariño.
Ha sido un largo camino que, una vez más, no he transitado sola, así que
me gustaría expresar mi más sincero agradecimiento a todos los que han
puesto su granito de arena.
En primer lugar, gracias a Pablo por prestar siempre un par de ojos a lo
que escribo y llenarme los manuscritos de consejos y memes.
Gracias de todo corazón a Miri por ser una compañera constante en el
mundo de la escritura, por el intercambio de manuscritos y las charlas de
nuestros personajes y todas tus muestras de amistad. Gracias infinitas a
Iván, cuya lectura salvó a esta novela de un aciago destino que él y yo
conocemos. Vuestros comentarios me hacen sonreír como una idiota.
También me gustaría agradecer a mi agente Txell, por su trabajo y sus
entusiastas comentarios sobre Ginois y su arco de personaje. Por supuesto,
el equipo entero de MB cuenta con mi agradecimiento.
Gracias a Leo, mi editor, por confiar en mí para una nueva novela y por
su infinita profesionalidad y buen hacer. Siempre es un placer hablar
contigo. Gracias también al equipo de Umbriel por haber dado forma a esta
novela con tanto cariño.
No quiero olvidarme de mencionar a todos los que han estado para
apoyarme durante el proceso de escritura y edición. Este último año me ha
hecho falta más de una ayudita para salir adelante. Gracias a Claudia,
Marina y Dani por acudir en mi rescate en verano y sacarme por Madrid.
Gracias a Celia y Sof por todo lo que hemos compartido estos meses y por
vuestras constantes palabras de ánimo. Gracias a Elena, por mostrarme en
un solo fin de semana las cosas que quería para mi vida. Gracias a Pedro
por mostrarme su amor hacia Ritos y hacerme siempre sonreír. Gracias a
Rocío por hablar dos horas conmigo mientras esperaba un tren en
Pontevedra y poner humor a todas las desgracias. Gracias a mis padres y mi
hermano por ayudarme a mudarme varias veces y recomendar siempre lo
que escribo a todo el mundo.
Reina del Estío no sería la misma novela sin todas vuestras aportaciones y
aprovecho para expresaros todo mi amor.