Valor: Honestidad
En un pequeño pueblo
rodeado de montañas,
vivía una niña llamada
Camila, que siempre
decía la verdad, incluso
cuando se metía en
problemas. Un día,
mientras caminaba por
el bosque, encontró
una piedra brillante
con una nota que
decía:
"Quien diga la verdad
frente a esta piedra,
será recompensado con
algo muy valioso."
Camila decidió probarla.
Se paró frente a la
piedra y dijo:
—Ayer rompí el florero de la abuela y no lo confesé. Lo siento.
La piedra comenzó a brillar con fuerza y, de pronto, en
sus manos apareció una pequeña llave de oro. Con ella,
pudo abrir una caja que su abuelo tenía guardada desde
hace años. Dentro encontró un libro antiguo lleno de
aventuras... ¡y el primer mapa de un tesoro escondido!
Desde ese día, Camila se convirtió en una
exploradora muy especial, guiada siempre por la
verdad.
EL PARAGUAS DE LEO
Valor: Amistad
Leo era un castor
muy ordenado que
siempre cuidaba
mucho sus cosas.
Un día, el cielo se
cubrió de nubes
oscuras y empezó a
llover con fuerza.
Todos los animales
del bosque corrieron
a esconderse… todos
menos su amiga
Rita, la mapache,
que no tenía dónde
protegerse.
Leo miró su
paraguas nuevo,
brillante y seco.
Dudó un momento,
pero al ver a Rita
temblando de frío,
corrió hacia ella, la
cubrió con el
paraguas y juntos corrieron hacia su casa.
—¡Gracias, Leo! —dijo Rita, abrazándolo—. Este ha sido
el mejor paseo bajo la lluvia de mi vida.
Desde entonces, el paraguas de Leo siempre se abría
para dos, porque entendió que la amistad es más
valiosa que cualquier objeto.
Valor: Responsabilidad
Tomás era un niño
alegre pero olvidadizo.
Un día, su maestra le
regaló una planta
especial
llamada “Dormilona”.
—Necesita agua todos
los días —le dijo—. Si la
cuidas bien, te
regalará flores
mágicas.
Tomás estaba
emocionado. Los
primeros días la regó
con cuidado, pero luego
se distrajo con sus
juguetes y olvidó
hacerlo. La Dormilona
empezó a cerrarse y
marchitarse.
Preocupado, Tomás corrió a pedir ayuda a su abuela.
—Hijo, cuidar algo es un compromiso —le dijo—. No
basta con empezar bien, hay que seguir hasta el final.
Tomás comprendió. Desde entonces, regó la planta cada
mañana y le hablaba con cariño. Un mes después, la
Dormilona floreció y una pequeña flor azul se abrió…
¡con un suave brillo que iluminaba por las noches!
Tomás aprendió que ser responsable también hace
florecer cosas hermosas.
Valor: Empatía
Lulú era una conejita
que amaba saltar y
correr. Siempre ganaba
las carreras de la
escuela del bosque y
le encantaba que
todos la aplaudieran.
Pero un día, su amiga
Mía, una tortuguita
tímida, tropezó y cayó
durante una carrera.
Todos se rieron, incluso
Lulú.
Mía se fue llorando.
Esa noche, Lulú no pudo
dormir. Soñó que sus
patas estaban pesadas
como piedras y que no
podía moverse. Al
despertar, entendió cómo se había sentido Mía.
Al día siguiente, en lugar de competir, Lulú caminó con
Mía todo el camino.
—Hoy no quiero correr —le dijo—. Quiero acompañarte.
Desde ese día, Lulú no solo fue la más rápida, también
fue la más querida, porque aprendió a ponerse en los
zapatos de los demás… aunque fueran lentos.
LA
En la ladera de una
montaña, vivían
animales de todos los
tamaños: zorros, osos,
ardillas y hasta un
pequeño topo llamado
Rolo. Un día, una gran
tormenta causó un
derrumbe y varios
árboles bloquearon el
camino principal del
bosque.
Los animales grandes
podían escalar y rodear
los troncos. Pero Rolo
y sus amigos más
pequeños no podían
pasar. Algunos
animales se fueron sin
ayudar, pero un grupo
decidió quedarse.
—¡Podemos hacer una cuerda con lianas y ramas! —
propuso una cabra montés.
Juntos, tejieron una cuerda larga y fuerte. Los grandes
ayudaban desde arriba, los medianos ataban nudos, y
los pequeños como Rolo pasaban agarrados con fuerza.
Al final, todos lograron cruzar. Los animales que
ayudaron sonrieron al ver a Rolo feliz del otro lado.
—Hoy no fuimos solo un bosque —dijo la cabra—.
¡Fuimos un equipo!
Nico era un niño curioso
al que le encantaban
los inventos. Un día
decidió construir su
propia cometa para el
festival del viento. Usó
palitos, papel de colores
y mucha cinta, pero
en su primer intento…
¡la cometa ni se levantó
del suelo!
Sus amigos se rieron
un poco, pero Nico no
se rindió. Volvió a casa,
leyó libros, pidió
consejos y rediseñó su
cometa. Hizo una
segunda… y una
tercera… hasta que
perdió la cuenta.
Finalmente, un domingo por la tarde, el viento sopló
fuerte. Nico corrió con su nueva cometa, y esta vez… ¡se
elevó por los cielos como un ave feliz!
Los demás niños lo aplaudieron y Nico sonrió.
—No importa cuántas veces se caiga —dijo—, lo
importante es volver a intentarlo.
Tolerancia
En el bosque
encantado, un grupo
de animales decidió
formar una banda
musical. Cada uno
tocaba un
instrumento: la ardilla
una flauta, el búho el
tambor, el zorro la
guitarra y el
puercoespín… ¡las
maracas!
Al principio, no se
ponían de acuerdo. La
ardilla quería tocar
rápido, el búho lento, y
el puercoespín hacía
sonar las maracas
cuando no debía.
Empezaron a discutir
tanto que pensaron en
abandonar la banda.
Pero un día, la tortuga del bosque se acercó y dijo:
—Si todos tocan igual, la música sería aburrida. ¡Lo
hermoso es que sean distintos!
Reflexionaron y comenzaron a escucharse. Aprendieron a
respetar los ritmos de los demás y descubrieron que su
música sonaba mucho mejor así.
Desde entonces, "La Banda del Bosque" dio conciertos
donde la armonía no solo estaba en la música, ¡sino en
su amistad!
Pepa era una cerdita
famosa en su granja
por hacer los mejores
pasteles de zanahoria.
Un día decidió preparar
uno muy especial solo
para ella, con glaseado
de miel y nueces
crujientes.
Cuando lo sacó del
horno, el aroma se
esparció por todo el
lugar. Pronto llegaron
sus amigos: la vaca Lola,
el pato Pancho y la
oveja Rita.
—¡Qué bien huele, Pepa!
—dijo Lola—. ¿Es tuyoṭ
Pepa dudó. Ella había hecho ese pastel con mucho
esfuerzo. Pero al ver las caritas de sus amigos, sonrió.
—Sí, era para mí… pero ahora será para todos.
Cortó el pastel en pedazos y lo compartió con todos. Fue
el pastel más sabroso que habían probado, no por el
sabor, sino porque estaba lleno de cariño.
Desde entonces, cada semana alguien preparaba
algo para compartir, y la granja se volvió un lugar aún
más dulce.
En el pueblo de Tic-
Tac, todos los días
pasaba un tren muy
especial: el Tren del
Tiempo. Solo salía una
vez al día y siempre…
¡a la hora exacta!
Martina, una gatita
curiosa, siempre
llegaba tarde. Perdía
la escuela, el
desayuno y hasta las
películas por no estar
lista a tiempo.
Un día, quiso visitar a
su tía en el pueblo
vecino y decidió tomar
el Tren del Tiempo.
—Llegaré justo a la hora —pensó. Pero se distrajo
jugando con una mariposa y… ¡el tren partió sin ella!
Triste, volvió a casa. Su abuelo la abrazó y le dijo:
—El tiempo no espera, pero tú sí puedes aprender a esperarlo.
Desde entonces, Martina usó un reloj de cuerda que su
abuelo le regaló y se convirtió en la más puntual del
pueblo.
—Ahora siempre estoy a tiempo… ¡y hasta me sobra para sonreír!
—decía feliz.
ÁRBO
L
En el centro de un
parque tranquilo,
crecía un árbol muy
especial. Era grande,
frondoso… y tenía un
cartel que decía:
"Dí 'gracias' en voz
alta, y algo bueno
pasará."
Los niños pasaban y
se reían, sin creerlo.
Hasta que un día,
Mateo, un niño
amable, se acercó y
dijo:
—Gracias por el sol
que calienta mis
mañanas.
Al instante, una flor
brillante creció al pie del
árbol. Al día siguiente,
dijo:
—Gracias por mi mamá, que me abraza fuerte.
Y apareció otra flor. Pronto, más niños empezaron a dar
gracias: por los amigos, los juegos, la escuela, los libros.
El árbol floreció como nunca antes.
Mateo entendió que dar las gracias no era solo por
educación, sino por reconocer lo bonito de cada día.
Desde entonces, el árbol nunca dejó de florecer,
regado por las palabras del corazón.