Arminda Aberastury y Mauricio Knobel
La adolescencia normal. Un enfoque psicoanalítico.
México, Paidós educador, 2004.
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Capítulo 5
EL PENSAMIENTO EN EL ADOLESCENTE Y EN EL ADOLESCENTE PSICOPÁTICO
por GELA ROSENTHAL – MAURICIO KNOBEL
En este capítulo presentamos las ideas surgidas en un grupo de estudio dirigido por Arminda
Aberastury1, elaborando sus nociones y el material surgido en las discusiones del tema 2 3.
Básicamente, el proceso de la adolescencia, tal como está definido en el capítulo sobre el Síndrome de
la Adolescencia Normal, basado en conceptos de Knobel 4, implica un cierto grado de conducta psicopática
inherente a la evolución normal de esa etapa. La exageración en la intensidad o la persistencia de estos
fenómenos configura la psicopatía, en el sentido y gnosológico del término.
De acuerdo con A. Aberastury, en la adolescencia se puede observar la elaboración de tres duelos
fundamentales:
1. duelo por el cuerpo infantil;
2. duelo por la identidad y el rol infantil;
3. duelo por los padres de la infancia.
Veamos cómo estos tres duelos repercuten en la esfera del pensamiento.
DUELO POR EL CUERPO INFANTIL
En virtud de las modificaciones biológicas características de la adolescencia, el individuo, en esta etapa
del desarrollo, se ve obligado a asistir pasivamente a toda una serie de modificaciones que se operan en su
propia estructura, creando un sentimiento de impotencia frente a esta realidad concreta, que lo lleva a
desplazar su rebeldía hacia la esfera del pensamiento. Éste se caracteriza, entonces, por una tendencia al
manejo omnipotente de las ideas frente al fracaso en el manejo de la realidad externa. Vive en ese momento
la pérdida de su cuerpo infantil con una mente aún en la infancia y con un cuerpo que se va haciendo adulto.
Esta contradicción produce un verdadero fenómeno de despersonalización que domina el pensamiento del
adolescente en los comienzos de esta etapa, que se relaciona con la evolución misma del pensamiento. Las
palabras son las adquisiciones culturales transmitidas a los niños por los padres. La pérdida de los objetos
reales se va sustituyendo por símbolos verbales que son las palabras (pecho y madre reales se reemplazan
por las palabras correspondientes). Estos símbolos pueden manejarse omnipotentemente en su sustitución
fantaseada, y a medida que el pensamiento evoluciona, lo conceptual simbólico reemplaza cada vez más a
lo concreto real egocéntrico5. En el adolescente normal este manejo de las idea les sirve también para sustituir
la pérdida de su cuerpo infantil y la no adquisición de la personalidad adulta, por símbolos intelectualizados
de omnipotencia, reformas sociales y políticas, religiosidad, en donde él no está directamente comprometido
como persona física (ya que en este estado se siente totalmente impotente e incómodo), sino como entidad
pensante. Niega así su cuerpo infantil perdido, y en fluctuaciones incesantes con la realidad, que lo ponen
en relación con sus padres, su familia y el mundo concreto que lo rodea y del cual depende, elabora esa
pérdida y va aceptando su nueva personalidad.
La despersonalización del adolescente implica una proyección en la esfera de una elucubración
altamente abstracta del pensamiento y explica la relación lábil con objetos reales a los que rápidamente
pierde, como pierde paulatina y progresivamente su cuerpo infantil.
"Esto nos permite seguir el equilibrio progresivo y comprender el papel específico de la vida mental,
el cual consiste en conquistar una movilidad y una reversibilidad completas, imposibles de realizar en el
plano orgánico"6.
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Este proceso de despersonalización fluctuante en el adolescente normal puede por exageración en su
intensidad o por fijación evolutiva adquirir las características observadas en la psicopatía.
La simbolización fracasa, el símbolo y lo simbolizado se confunden y las ideas tratan de desarrollarse
en el "plano orgánico", que es lo que lleva a la acción en cortocircuito7. Aquí la confusión puede ser extrema
y el adolescente niega su realidad biopsíquica comenzando a actuar roles fantaseados que siente como
verdaderos.
Todo el fenómeno del "impostor"8 o el de "si yo fuera usted"9 caben en esta descripción. Esto nos lleva
al conflicto de identidades y al segundo duelo.
DUELO POR LA IDENTIDAD Y POR EL ROL INFANTIL
En la infancia, la relación de dependencia es la situación natural y lógica; el niño acepta su relativa
impotencia, la necesidad de que otros se hagan cargo de cierto tipo de funciones yoicas, y su yo se va
enriqueciendo mediante el proceso de proyección e introyección que configura la identificación. En la
adolescencia hay una confusión de roles, ya que al no poder mantener la dependencia infantil y al no poder
asumir la independencia adulta, el sujeto sufre un fracaso de personificación y así, el adolescente delega en
el grupo gran parte de sus atributos, y en los padres, la mayoría de las obligaciones y responsabilidades.
Recurre a este mecanismo esquizoideo quedando su propia personalidad fuera de todo el proceso de
pensamiento, con un manejo omnipotente; es la irresponsabilidad típica del adolescente, ya que él entonces
nada tiene que ver con nada y son otros los que se hacen cargo del principio de realidad. Así nos podemos
explicar una característica típica de la adolescencia, la "falta de carácter", surgida de este fracaso de
personificación, que a su vez lo lleva a confrontaciones reverberantes con la realidad; un continuo comprobar
y experimentar con objetos del mundo real y de la fantasía que se confunden también, permitiéndole a su
vez despersonalizar a los seres humanos, tratándolos como objetos necesarios para sus satisfacciones
inmediatas. Esta desconsideración por seres y cosas del mundo real hace que todas sus relaciones objetales
adquieran un carácter, si bien intenso, sumamente lábil y fugaz, lo cual explica la inestabilidad afectiva del
adolescente, con sus crisis pasionales y sus brotes de indiferencia absoluta. Aquí, la exclusión del
pensamiento lógico, que surge del duelo por el rol infantil, se convierte en la actuación afectiva, como el
duelo por el cuerpo de la infancia se convertía en la actuación motora. El manejo objetal, realizado de la
manera descripta, lo lleva a una serie de continuos cambios, a través de los cuales establecerá su identidad,
siguiendo un proceso lógico de maduración. En este desarrollo y, en parte, por los mecanismos de negación
del duelo y de identificación proyectiva con sus coetáneos y con sus padres, pasa por períodos de confusión
de identidad. El pensamiento, entonces, comienza a funcionar de acuerdo con las características grupales,
que le permiten una mayor estabilidad a través del apoyo y del agrandamiento que significa el yo de los
demás, con el que el sujeto se identifica.
Esta sería una de las bases del fenómeno de las "barras", en donde el adolescente se siente
aparentemente tan seguro, adoptando roles cambiantes y participando de la actuación, responsabilidad y
culpas grupales son trasladadas a su propio proceso de pensamiento, en el cual los afectos y los objetos
depositarios de los mismos son también fragmentados y tratados con prescindencia de una responsabilidad
personal. Amor y odio, culpa, reparación, son intermitentemente vividos con intensidad y rápidamente
eliminados, para volver a ocupar posteriormente el pensamiento, en ese proceso constante de aprendizaje
que significa este juego de manejo objetal y afectivo.
La exageración o fijación de este proceso por la no elaboración del duelo por la identidad y por el rol
infantil explica las conductas psicopáticas de desafecto y crueldad con el objeto e induce a la actuación y
falta de responsabilidad. El psicópata maneja a las personas como objetos, con desconsideración y sin culpa,
en forma permanente e intensa, así como el adolescente lo hace transitoriamente en su evolución y con
capacidad de rectificación. El cortocircuito afectivo, al eliminar el pensamiento, donde la culpa puede
elaborarse, permite el maltrato definitivo de los objetos reales y fantaseados, creando en última instancia un
empobrecimiento del yo, que trata de mantenerse irrealmente en una situación infantil de irresponsabilidad,
pero con aparente independencia, a diferencia del adolescente normal, que tiene conflictos de dependencia
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pero que puede reconocer la frustración. La imposibilidad de reconocer y aceptar la frustración obliga a
bloquear la culpa e inducir al grupo a la actuación sadomasoquista, no participando de la misma. Puede
hacerlo porque disocia pensamiento de afecto y utiliza el conocimiento de las necesidades de los demás para
provocar su actuación, satisfaciendo así, indiferentemente su apariencia, sus propias ansiedades psicóticas.
El adolescente normal puede, en estas circunstancias, seguir los propósitos del psicópata, y sucumbir
en la acción, ya que participa intensa y honestamente de la misma. Es así que el conflicto de identidad en el
adolescente normal adquiere en el psicópata la modalidad de una mala fe consciente, que lo lleva a
expresiones de pensamiento cruel, desafectivo, ridiculizante de los demás, como mecanismos de defensa
frente a la culpa y al duelo por la infancia perdida, que no pueden ser elaborados.
Normalmente, el adolescente va aceptando las pérdidas de su cuerpo infantil y de su rol infantil, al
mismo tiempo que va cambiando la imagen de sus padres infantiles, sustituyéndola por la de sus padres
actuales, en un tercer proceso de duelo.
DUELO POR LOS PADRES DE LA INFANCIA
La relación infantil y dependencia se va abandonando paulatina y dificultosamente. La impotencia
frente a los cambios corporales, las penurias de la identidad, el rol infantil en pugna con la nueva identidad
y sus expectativas sociales hacen que se recurra a un proceso de negación de los mismos cambios, que
concomitantemente se van operando en las figuras y las imágenes correspondientes de los padres y en el
vínculo con ellos, que por supuesto no permanecen pasivos en estas circunstancias, ya que también tienen
que elaborar la pérdida de la relación de sometimiento infantil de sus hijos, produciéndose entonces una
interacción de un doble duelo, que dificulta aún más este aspecto de la adolescencia. Se pretende no sólo
tener a los padres protectores y controladores, sino que periódicamente se idealiza la relación con ellos,
buscando un suministro continuo que en forma imperiosa y urgente debe satisfacer las tendencias inmediatas,
que aparentemente facilitarían el logro de la independencia. El pensamiento se expresa aquí en forma de
contradicciones: es la necesidad inmediata del automóvil familiar (dependencia), para mostrarse como adulto
y dueño de la potencia familiar (seudoindependencia). La demanda desconsiderada y a veces inoportuna de
dinero (dependencia) para manejarse como un individuo adulto y potente frente a los demás
(seudoindependencia).
Las contradicciones de pensamiento de este tipo, tan frecuentes en la adolescencia, nos muestran la
falta de elaboración conceptual y la permanencia en niveles inferiores de este proceso. Esta misma
contradicción produce perplejidad en el manejo de las relaciones objetales parentales internalizadas y rompe
la comunicación con los padres reales externos, ahora totalmente desubicados en el contexto de su
personalidad. Figuras idealizadas deben sustituidos, y entonces el adolescente se refugia en un mundo autista
de meditación, análisis, elaboración de duelo, que le permite proyectar en maestros, ídolos deportivos,
artistas, amigos íntimos y su diario, la imagen paterna idealizada. Esta soledad periódica del adolescente es
activamente buscada por él, ya que le facilita su conexión con los cambios internos en este proceso de pérdida
y sustitución de los mismos, que va a terminar enriqueciendo el yo. El diario que frecuentemente llevan los
adolescentes sirve para la externalización de los objetos internos y de sus vínculos, permitiendo el control y
cuidado de los mismos en el exterior. Esto facilita la elaboración de las relaciones objetales perdidas,
mediante la fijación de las mismas en su diario.
En el psicópata, los padres infantiles tienen vigencia real y permanente, y la pérdida del suministro
continuo acarrea frustraciones demasiado intensas para ser soportadas. Hay aquí una verdadera "demencia
de las percepciones"10, que le impide verificar la realidad y lo obliga a vivenciar la frustración como una
amenaza de muerte, de la que se defiende con una respuesta en cortocircuito, en donde la percepción
distorsionada actúa como causa desencadenante de un efecto avasallador.
La negativa del automóvil, por ejemplo, obliga al robo del mismo (robo del pecho omnipotente y
frustrador). La falta de dinero puede llevar al acto delictivo o criminoso que facilite su obtención. Hay
percepción-acción, sin pensamiento.
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En vez de buscar la soledad que le permita la elaboración de la pérdida de los padres infantiles, la evita
constantemente, tratando de diluir su personalidad a través de identificaciones proyectivas masivas con
grupos de delincuentes o semi delincuentes, a los que hace actuar sus ansiedades. El psicópata percibe el
mundo externo como amenazador y frustrante, y en su respuesta apresurada y angustiosa frente a esta
amenaza utiliza su caudal intelectual para prescindir de la confrontación crítica, y emplea tan sólo una
racionalización más o menos coherente para explicar su conducta desaprensiva y cruel, carente
aparentemente de culpa, y la no necesidad de justificación, ya que está permanentemente en la actitud de
recibir el suministro continuo que el adolescente normal sólo desea momentánea y periódicamente. El duelo
por el cuerpo infantil perdido, por la identidad y el rol infantil, y por los padres infantiles, lleva consigo,
dentro del proceso del pensamiento, una dificultad en la discriminación de la ubicación temporal del sujeto
y de la identificación sexual del mismo.
EL TIEMPO EN EL ADOLESCENTE
El adolescente entra en una crisis de temporalidad 11. El niño tiene un concepto fenomenológico de la
limitación del espacio y le falta el concepto de tiempo, que es limitado para él. El adulto tiene la noción de
lo infinito espacial y la temporalidad del existir. En el adolescente esto se entremezcla y confunde,
presentando entonces el pensamiento del adolescente las contradicciones de inmediatez o de relegación
infinita frente a cualquier tipo de posibilidades de realización, a las que pueden seguir sentimientos de
impotencia absoluta. Es un verdadero estado caótico que por momentos parecería indicar la invasión y
predominancia de un tipo de pensamiento primario.
Éste va siendo sustituido por el juicio de realidad mediante la elaboración de los tres duelos
enunciados, que permite ubicar cuerpo, rol y padres infantiles en el pasado, aceptando el transcurso del
tiempo y, con éste, el concepto de muerte como proceso irreversible y natural dentro del desarrollo.
En el psicópata, la atemporalidad se establece rígidamente en su pensamiento; posterga y exige sin
discriminación frente a la realidad, y actúa sin esta noción limitante, que permite la ubicación del individuo
en el mundo.
La periodicidad de pensamiento primario observada en el adolescente normal adquiere caracteres de
permanencia en el psicópata.
EL SEXO EN EL ADOLESCENTE
Freud 12 estableció la importancia de los cambios puberales en el camino del autoerotismo a la
sexualidad madura genital. Los cambios biológicos de la pubertad imponen la sexualidad genital al individuo
e intensifican la urgencia del duelo por el cuerpo infantil perdido, que implica también el duelo por el sexo
perdido.
En la segunda mitad del primer año de vida, de acuerdo con lo señalado por Arminda Aberastury, el
niño verifica su identidad sexual y, a través del juego, trata de elaborar la situación traumática que significa
la pérdida del otro sexo, recuperándolo de un modo simbólico a través de objetos. En la pubertad, la
definición de su capacidad creativa marca una nueva definición sexual en la procreación, ya que sus genitales
no sólo aceptan la unión de la pareja, sino también la capacidad de crear. En la adolescencia se intenta
recuperar infructuosamente el sexo perdido, mediante la masturbación, que es una negación omnipotente de
esta pérdida. El psicópata, en cambio, permanece en una bisexualidad fantaseada que tiene para él todo el
significado de la realidad psíquica y que le impide relaciones amorosas de objeto y el logro de la pareja que
busca, y que en cambio sí puede obtener el adolescente normal. Éste pasa por momentos de confusión de
sexos que implican fantasías homosexuales, que son las que precisamente le permiten elaborar los duelos
inherentes a esta etapa del desarrollo.
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RESUMEN
El pensamiento del adolescente está determinado por un proceso de triple duelo:
1. duelo por el cuerpo infantil;
2. duelo por la identidad y el rol infantil;
3. duelo por los padres de la infancia.
El duelo por la bisexualidad infantil perdida acompaña a estos tres procesos de duelo.
Se produce básicamente un cortocircuito del pensamiento, en el que se observa la exclusión de lo
conceptual lógico mediante la expresión a través de la acción.
El duelo por el cuerpo infantil perdido obliga a una expresión en la acción motora directa.
El duelo por la identidad y por el rol infantil permite la actuación afectiva desaprensiva, pasional o
llena de indiferencia, sin consideración racional alguna por los objetos.
El duelo por los padres de la infancia produce una distorsión de la percepción que facilita la respuesta
inmediata, global e irracional.
Esta triple situación trae consigo también la confusión sexual y de la temporalidad, que caracterizan el
pensamiento del adolescente.
La elaboración incompleta de los duelos o la no elaboración de alguno de ellos producirá fijaciones o
exageraciones de estos procesos, que podrán ser identificados en la conducta psicopática, donde adquieren
modalidades de fijeza y de irreductibilidad, que, teniendo en cuenta estas consideraciones, pueden ser
modificadas mediante el tratamiento psicoanalítico.
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NOTAS
1
Grupo constituido por Arminda Aberastury, Adolfo Dombusch, Néstor Goldstein, Mauricio Knobel, Gela Rosenthal y Eduardo
Salas.
2
Aberastury, A.: "La fase genital previa". Buenos Aires, Revista de psicoanálisis, XXI, 3, págs. 203-213, 1964.
3
Aberastury, A.: "La existencia de la organización genital en el lactante". Revista Brasileira de Psicoanálise, 1, 1, pág. 18, 1967.
4
Knobel, M.: "Psicología de la adolescencia". La Plata, Revista de la Universidad Nacional de La Plata, 16, enero-diciembre,
1962.
5
Piaget, J.: Psicología de la inteligencia. Buenos Aires, Psique, 1955.
6
Piaget, J.: La formación del símbolo en el niño. México, Fondo de Cultura Económica, 1961.
7
Arieti, S.: "Psychopatic personality. Some views on its psychopathology and psychodinamics". Comprehensive Psychiatry, IV,
5, pág. 301, 1963.
8
Zac, J.: "El impostor. Contribución al estudio de la psicopatía". Buenos Aires, Revista de Psicoanálisis, XXI, 1, pág. 58, 1964.
9
Klein, M.: "Sobre la identificación", en Klein, M. y otros: Nuevas direcciones en psicoanálisis. Buenos Aires, Paidós, 1965.
10
Gruhle: Cit. en E. Mira y López: Manual de psiquiatría. Buenos Aires, El Ateneo, pág. 483, 1958.
11
Merenciano, F. M.: Psicopatología de la adolescencia. Valencia, Metis, 1947.
12
Freud, S.: "Una teoría sexual". Obras Completas. Madrid, Biblioteca Nueva, II, 1923.