LA DESCOLONIZACIÓN
Agustina Quiroga y Pablo Moro
Resumen
El capítulo busca poner en común algunos rasgos generales acerca de los procesos de
descolonización vividos en Asia y en África tras la Segunda Guerra Mundial, a fin de
realizar algunos aportes para la enseñanza del tema. Se propone pensarlos contemplando
las múltiples dimensiones que constituyen la relación imperial —económico, política,
cultural—y analizarlos desde la decolonialidad del saber. Asimismo, el caso de Argelia
será presentado como paradigmático por su gran peso simbólico y político en la historia
del siglo xx. De esta manera, se invita al abordaje de este tema desde una mirada
problematizadora y como parte constitutiva de la historia de las periferias que merece
ser estudiado en las aulas.
TABLA DE CONTENIDOS 101
«El colonialismo es la organización de la dominación
de una nación por medio de la conquista militar.
La guerra de liberación no es busca de reformas sino
esfuerzo grandioso de un pueblo, antes momificado,
para encontrar su genio, para retornar su historia y
volverse soberano.»
Frantz Fanon (1973)
El proceso de descolonización es, sin dudas, largo y complejo. Una variedad de expresiones
desde abajo (expresiones de clase, de etnia, de estatus político) en distintos lugares
del tercer mundo confluyen en movimientos contrahegemónicos con fines claros: la
destitución de la ocupación imperialista y la constitución de una nación soberana.
Ahora bien, sería necio desconocer que esas expresiones estaban atravesadas por
múltiples factores que las definían y que, incluso, podemos encontrar contradictorios
entre sí. Dependiendo del momento y del lugar en el que centremos nuestro análisis
podemos observar posiciones más o menos consolidadas al respecto. En definitiva, la
descolonización como objeto de estudio de la historia se puede abordar desde múltiples
perspectivas y que, por haber sido motivo de revueltas políticas en un pasado no tan
lejano, despierta aún hoy tantas emociones como análisis racionales. Esto presenta
algunas dificultades a la hora de abordar el tema en una clase, incluso en un curso de
nivel universitario. Se puede hablar de dos grandes problemas: en primer lugar, el mismo
concepto de descolonización implica tener debates ya saldados o haber transitado ciertos
recorridos que los estudiantes no necesariamente tienen (los conceptos de colonia,
imperialismo o soberanía, por ejemplo); y, en segundo lugar, y teniendo en cuenta lo que
decíamos más arriba, muchos estudiantes cuentan con alguna versión parcial sobre el
tema, que muchas veces está atravesada por las propias lógicas culturales de las naciones
que impusieron o imponen aún sus verdades hegemónicas.
Este capítulo se enmarca dentro del trabajo de cátedra de Historia Social General, pensada
como una introducción a la historia del siglo xix y xx a estudiantes de diversas carreras de
la Facultad de Artes (FDA) de la Universidad Nacional de la Plata (UNLP). Intentará eludir
las discusiones historiográficas en torno al tema, con el fin de poner en común algunos
rasgos generales sobre los procesos de descolonización y así poder realizar algunos
aportes para el tratamiento y la enseñanza del tema en el aula.
Hacia una construcción de la descolonización
En una fotografía de 1960 [Figura 1] observamos cinco hombres de pie. Algunos sonríen,
otros no tanto. La heterogeneidad de rasgos es lo que cunde en aquella imagen, a pesar
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Historia Social Contemporánea. Una invitación a pensar desde el Sur
de que lo que se iniciaba en aquel momento era la unidad de los países no alineados.
Los presidentes Jawaharlal Nehru, de India; Kwame Nkrumah, de Ghana; Gamal Abdel
Nasser, de Egipto; Ahmed Sukarno, de Indonesia, y Josep Tito, de Yugoslavia, protagonizan
un año después, en 1961, la Conferencia de Países No Alineados en Belgrado. Hacía
catorce años, India había alcanzado su independencia, un acontecimiento simbólico y de
gran impacto, pues se trataba de la liberación de una colonia de grandes dimensiones. Un
año después de Belgrado, Argelia logra su liberación.
Figura 1. Los presidentes Jawaharlal Nehru, de India; Kwame Nkrumah, de Ghana; Gamal Abdel
Nasser, de Egipto; Ahmed Sukarno, de Indonesia, y Josep Tito, de Yugoslavia, 1960
Las diversas naciones que habían sido sometidas durante años al colonialismo constituían
en los años sesenta una tercera posición, centrada en la liberación de los países periféricos.
Este conjunto de procesos, al que llamamos descolonización, implicaba una intrínseca
articulación de fuerzas entre distintos sectores de las sociedades colonizadas como parte
fundamental en la lucha contra la imposición política y el racismo.
Nos proponemos presentar algunas reflexiones en torno a las guerras de liberación
nacional vividas en Asia y en África tras la Segunda Guerra Mundial, focalizando en la
intención de pensar las independencias desde la decolonialidad del saber. Tomaremos el
caso de Argelia como hecho histórico que condensa los diversos aspectos que constituyen,
de manera articulada, la política de control y de sometimiento de una nación sobre otra.
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Las dimensiones del imperialismo
Reflexionar en torno a los procesos de descolonización que tuvieron lugar en Asia y en
África luego de 1945 implica necesariamente dar cuenta del imperialismo. Como sabemos,
las crisis económicas son un aspecto inherente al sistema capitalista y tras las profundas
quiebras de escala global, el capital tramita la manera de recomponerse generando
nuevas lógicas de acumulación.
La larga depresión de 1870-1885 fue la antesala de la salida imperialista. Esta implicó la
concentración de la economía, la ocupación de territorios extraeuropeos en busca de
mercados, inversión y materias primas. La belle époque fue el momento ascendente y
de resolución de aquella depresión que favoreció el pasaje de muchos países del status
de gran potencia europea a convertirse en gran potencia mundial (Mommsen, 2004). El
imperialismo, entonces, a diferencia del colonialismo europeo de siglos anteriores, ya no
se trataba de adquirir territorios a partir de la revolución oceánica (Bender, 2011), sino del
aprovechamiento económico y de la fuerza de trabajo en las colonias, el monopolio y la
exportación del capital financiero. La libre concurrencia y la exportación de mercancías será
superada por el capitalismo monopolista y la exportación de capital (Lenin, 2008).
Con relación a esto, Edward Said (1996) señala:
Ni el imperialismo ni el colonialismo son simples actuaciones de acumulación y adquisición.
Ambos se encuentran soportados y apoyados por impresionantes formaciones
ideológicas que incluyen la convicción de que ciertos territorios y pueblos necesitan y
ruegan ser dominados (p. 44).
En ese sentido, resulta interesante dar cuenta de los aspectos culturales que favorecieron
la hegemonía de ciertas naciones imperiales sobre otras, de manera tal que los procesos
imperialistas se producen más allá de las leyes económicas y de las definiciones
políticas. Tal es así que la jerarquía de la colonialidad se manifestaba en todos los
dominios: político, económico y, no menos, en lo cultural (Quijano & Wallerstein, 1992).
La ideología nacionalista europea funcionó como una ética en aquellos años. Wolfgang
Mommsen (2004), en su clásico texto, explica que solo en la encrucijada de las rivalidades
nacionalistas, el capitalismo moderno empezó a desarrollar rasgos imperialistas. Las
ideas nacionalistas en Occidente encontraron eco y apoyo popular, como también gestó
exponentes nacionalistas como Charles Maurras en Francia, quién promovió el máximo
valor de la nación conservadora.
La expansión de los estados europeos implicó conquistas militares, explotación económica
e injusticias, justificadas por la supuesta difusión de civilización, crecimiento económico y
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Historia Social Contemporánea. Una invitación a pensar desde el Sur
desarrollo y progreso (Wallerstein, 2007). El reparto de Asia y de África, las disputas y los
acuerdos en torno a las áreas de influencia, al tutelaje y el control de aquellos pueblos que
eran considerados inferiores por Occidente gestó el enfrentamiento bélico interimperialista
de la primera mitad del siglo xx. Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, se iniciaron las
guerras de liberación protagonizadas por el pueblo africano y asiático.
Pensar la descolonización desde la decolonialidad del saber
Existe una tensión entre el concepto de descolonización y el de guerras de liberación
según Muriel Evelyn Chamberlain (1997). El primero supone la iniciativa de las potencias
imperialistas para la negociación y el acuerdo de la independencia de sus colonias,
mientras que el segundo pone el foco en la acción de los pueblos dominados. Ante este
debate, consideramos que resulta de interés comprender la complejidad del fenómeno,
contemplando la diversidad de situaciones vivenciadas en las excolonias, como las
generalidades compartidas. En algunos casos, las metrópolis se encontraron cercadas y
se abrieron al diálogo frente a la tendencia de independencias que parecía irrefrenable.
En otros casos, la resistencia por parte de las potencias europeas llevó a enfrentamientos,
generando guerras por la liberación nacional, tal es el caso de Indochina y Argelia.
Más allá de la discusión conceptual, entendemos que los análisis socio-históricos
producidos en las academias occidentales en torno a estos hechos, han ayudado a
construir y a legitimar perspectivas históricas acerca del sistema mundo contemporáneo.
Las potencias lograron forjar y consolidar un relato en torno a los sucesos imperiales
basados en la misión civilizatoria europea, destinada a acompañar y tutelar estas naciones
subdesarrolladas e inferiores a los ojos occidentales.
Pensar desde la decolonialidad del saber implica comprender que en la producción misma
de conocimiento occidental se produce una necesaria subalternización del conocimiento
y de las culturas de estas otras sociedades (Escobar, 2003). Repensar las guerras de
liberación nos invita a analizar dichos hechos socio-históricos desde el sur, contemplando
la complejidad y ubicándolos como parte de un proceso más amplio que se teje con la
idea de modernidad y el nacimiento de Europa como centro de poder, tras la conquista
de América y el control del Atlántico.
En este sentido, sostenemos que la colonización se produjo también en el plano de las
ideas y de la producción de conocimiento. Fue tal así, que en el mundo excolonial las
ciencias sociales han favorecido al establecimiento de contrastes con la experiencia
histórico cultural universal europea, identificando carencias y diferencias a ser superadas,
dejando a un lado el conocimiento de esas sociedades a partir de sus especificidades
histórico culturales (Lander, 2011). Europa logró forjar y consolidar un modo de
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conocimiento que se manifiesta como universal, pero que descansa en «una confusión
entre una universalidad abstracta y el mundo concreto derivado de la posición europea
como centro» (Dussel, 2000, p. 471).
Los aspectos culturales han cumplido y cumplen un papel fundamental en la construcción
y el sostenimiento de las vinculaciones hegemónicas. De esta forma, sostenemos lo
señalado por Arturo Escobar (1996) acerca de que la economía occidental debe ser vista
como una institución compuesta por sistemas de producción, poder y significación. Estos
tres sistemas se unieron al final del siglo xviii y están inseparablemente ligados al desarrollo
del capitalismo y la modernidad. Asimismo, Said (2005) nos invita a problematizar en
torno a esto, cuando afirma que en las colonias la coerción y la intimidación si bien se
manifestaba a través del ejército, este tenía un papel reducido si consideramos el inmenso
territorio que administraban.
Había un programa de pacificación ideológica: el sistema de educación que se promulgó
en 1830 que dejó en claro que debía enseñarse a los indios la superioridad de la cultura
inglesa. Desde luego, en el caso de revueltas no se escatimaba el uso de la fuerza para
aplastar las revueltas […]. Si bien había fuerza pero, en mi opinión, mucho más importante
que la fuerza era la idea inculcada en la mente de los colonizados: que su destino era vivir
gobernados por Occidente (Said, 2005, p. 66).
Con esto señalamos, entonces, que los mismos análisis y estudios acerca de la colonización
y las guerras de independencia sucedidas entre 1947 y la década de los setenta en Asia y
en África suponen, también, un proceso complejo de disputa. No es casual que hace pocos
años en Francia existió una polémica a partir de la sanción de una ley que implementaba
la incorporación de contenidos, en los manuales escolares, que reconocieran los efectos
positivos de la colonización.1
De esta manera, perdura la idea de colonialidad, más allá de las independencias
—formales— de aquellos países.
La colonialidad se inició con la creación de un conjunto de estados reunidos en un sistema
interestatal de niveles jerárquicos. Los situados en la parte más baja eran formalmente
las colonias. Pero eso era sólo una de sus dimensiones, ya que incluso una vez acabado
el status formal de colonia, la colonialidad no terminó, ha persistido en las jerarquías
sociales y culturales entre lo europeo y lo no europeo (Quijano & Wallerstein, 1992, p.
584).
Contemplar la complejidad de dimensiones —económicas, culturales, políticas— que
constituyen las relaciones imperialistas, desde una mirada decolonial, nos invita a
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Historia Social Contemporánea. Una invitación a pensar desde el Sur
reflexionar en torno a un hecho complejo que perdura en debate. La batalla continúa por
otros medios, hoy lo que está en juego son las formas de presentar, analizar, estudiar y
enseñar esto hechos contemporáneos y fundamentales, a nuestro entender, de la historia
universal.
Hacia la liberación nacional
La noción de misión civilizadora nos ayuda a entender el proceso de descolonización.
Se debe entender dentro del paradigma de darwinismo social francés, que pretendía
legitimar la conquista imperialista. El imperio francés se caracterizó por asimilar los
pueblos que habitaban sus colonias y convertirlos a la cultura y la civilización francesa,
mientras que el inglés experimentó formas de gobierno de tipo indirecto, con ciertos
grados de autonomía (Chamberlain, 1997). Cuando en la posguerra comenzaron los
enfrentamientos entre metrópolis y colonias, la nación francesa tuvo una respuesta
resistente, siendo las guerras más cruentas la de Argelia y la de Indochina. Con relación
a esto, Chamberlain (1997) explica: «La diversidad de las prácticas gubernamentales
adoptadas por las potencias colonizadoras influyó naturalmente en la forma que iba a
tomar la descolonización en los diferentes territorios» (p. 20).
Una de las primeras independencias fue la de India en 1947, convirtiéndose en la
referencia para demás países periféricos sometidos al control imperialista. La experiencia
india era simbólica, pues sucedió en la colonia más grande del mundo y parecía mostrar
que la descolonización en el resto del mundo era inevitable. Atenta a los movimientos de
liberación desarrollados en las periferias, Gran Bretaña rápidamente comprendió que el
formato para el ejercicio del imperialismo debía necesariamente mutar. La Commonwealth
(la comunidad británica de naciones) se adaptaría al momento socio-histórico, ideando
una nueva forma de acumulación que se sintetizaría en la década de los setenta bajo el
neoliberalismo financiero transnacional.
En la Conferencia de Bandung de 1955, a la que asistieron trescientos cuarenta delegados
de veintitres estados asiáticos y seis africanos, los presentes se definieron como tercera
fuerza entre los bloques imperialistas que ordenaban la Guerra Fría. El espíritu de Bandung
se orientó al neutralismo y el no alineamiento. Sukarno (en Bréville, 2016), presidente
indonesio, expresó en el discurso de apertura:
Tengo la certeza de que a todos nosotros nos unen cosas más importantes que aquellas
que nos separan de forma superficial; por ejemplo, nos une el mismo odio al colonialismo
en cualquiera de sus formas, nos une el odio al racismo y la determinación común de
preservar y de estabilizar la paz en el mundo (p. 125).
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Luego de Bandung se avanzó en las independencias de aquellas colonias que aún no lo
habían logrado. Fue así que las colonias del imperio británico, francés, belga, portugués
fueron alcanzando su libertad.2
El caso de Argelia ha sido paradigmático, puesto que puso de manifiesto la mayor
contradicción en el justo centro de los valores occidentales. La libertad y la igualdad,
preconizada por los franceses del siglo xviii, convivía con el sometimiento de poblaciones
árabes. Al concluir la Segunda Guerra Mundial, Francia intentó perdurar su control sobre
el norte de África. Túnez y Marruecos eran protectorados, lo que significaba que existía
una autoridad nacional propia aunque condicionada y no soberana de hecho. En 1956,
tras el fracaso en Indochina y el nacimiento del Ejército de Liberación Nacional (ELN) en
Argelia, una Francia debilitada aceptó la independencia de aquellos dos protectorados.
La situación en Argelia era distinta, pues había sido incorporada como un departamento
del territorio francés. La resistencia argelina no era una novedad, había iniciado un siglo
atrás tras el desembarco francés en 1830. En aquel entonces Emir Abdel Kader inició la
lucha contra la conquista y el Frente de Liberación Nacional (FLN) de Argelia, que derrotó
a los franceses y logró la independencia recién en 1962, se consideraba continuador de la
resistencia iniciada en 1830, «se veía como parte de una misma historia» (Said, 2005, p. 71).
La represión y la tortura fue la respuesta francesa a la rebelión iniciada por Ahmed
Ben Bella en 1954 y a la posterior organización del FLN. En 1957 tuvo lugar la conocida
Batalla de Argel, «los ataques terroristas del FLN contra objetivos civiles y militares
franceses fueron contestados con la tortura generalizada y la ejecución sumaria de
centenares de argelinos» (Béjar, 2013, p. 187).
El proceso de liberación argelino fue arduo y difícil, no es nada nuevo. Pero debemos
tener en cuenta que la represión directa convivía con formas de dominación cultural que
servían como resortes de legitimación de aquel orden. En el libro La batalla de Argel (1996),
de Gillo Pontecorvo, podemos ver una escena ejemplificadora. No es un dato menor que
la película sea de 1966.
La escena se ubica en Argel en 1954. La cámara y una voz en off presentan «la ciudad
europea», y luego enfoca paulatinamente hacia la derecha y se observa allí, a lo alto de
una colina: la Casbah.3 Mientras, nos muestra imágenes de hombres y mujeres habitando y
transitando aquella ciudadela, acarreando canastos en sus espaldas, subiendo las escaleras
clásicas de la ciudad; la voz en off recita el comunicado número 1 del FLN: «Hermanos
argelinos, ha llegado la hora de salir de la larga noche y de la gran miseria en la cual
durante ciento treinta años la opresión colonial nos ha tenido sumergidos. El momento de
la lucha se acerca. El objetivo es la independencia nacional […]» (Pontecorvo, 1996).
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Un hombre alto, robusto, morocho y de rasgos árabes, invita a apostar a un juego de
cartas en plena calle céntrica. Su actividad se ve interrumpida por un agente de seguridad
que lo persigue por dicho juego clandestino. La huida se produce por una avenida donde
se puede observar una cadena de supermercados francesa —Monoprix—. Nuestro
protagonista, Alí, llega corriendo a una esquina, donde un joven rubio, delgado, blanco,
caracterizado como un clásico francés, interrumpe su veloz andar y con su pie logra que
caiga tumbado. La sonrisa del joven rubio se contrasta con la mirada de preocupación y
de enojo del morocho. En seguida el francés recibe un golpe y comienza la clásica trifulca,
se suman otros hombres, mujeres y el policía. Los empujones, golpes y agresiones físicas
se complementan con gritos: «Ladrón, ladrón», «Argelino de mierda».
La breve escena relatada de la película La batalla de Argel da cuenta de que la colonización
francesa en Argelia supuso una fragmentación cultural, visualidad en términos territoriales
(la ciudad europea y la Casbah), como también en términos sociales. El imperialismo no
puede explicarse solamente a través de aspectos económicos-estructurales, sino que
consideramos necesario estudiarlo como hecho complejo, contemplando lo ideológico-
cultural como constitutivo y legitimador de aquella política.
A modo de conclusión
Creemos que el abordaje del tema en clase —entendiéndolo como un debate en torno
al imperialismo, la decolonialidad del saber y la consolidación de una identidad nacional
tercermundista que se nutre de la idea de liberación— puede servir para eliminar las dos
grandes dificultades de las que hablábamos en la introducción.
El caso de Argelia ha sido tomado como paradigmático por su enorme significancia
simbólica, por su peso político en la historia del siglo xx y, sobre todo, porque lo
consideramos idóneo para trabajarlo en clase y empezar a deconstruir los conceptos
previos sobre los procesos de descolonización. Entender la colonización desde su
dimensión política, económica y también cultural es esencial para su análisis y para
una mayor comprensión de la historia en términos generales. Implica que un proceso
descolonizador también debería disputar el ámbito cultural, y así sucedió y sucede.
Hemos planteado este capítulo como un aporte para la reflexión acerca de la
descolonización, intentando establecer algunos elementos comunes que nos permitan el
abordaje de este tema en clase desde una mirada problematizadora. Consideramos que
los procesos de descolonización constituyen parte fundamental de la historia del tercer
mundo y ayuda a comprender la historia de la periferia, hecho que merece ser pensado
pedagógicamente a fin de nutrir los debates en torno a la misma en nuestras aulas.
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Referencias
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Notas
1• El 23 de febrero de 2005, en Francia, la Asamblea Nacional sanciona una ley en la que se
favorecía la enseñanza de los procesos positivos de la colonización. Tras la polémica suscitada, en
enero de 2006, se deroga el artículo 4. Muchos tomaron como ejemplo de ello la posibilidad de
construir hospitales, carreteras e instituciones educativas mientras fueron colonias (Bréville, 2016).
El artículo 4 establecía: «Los programas escolares reconocen, en particular, el papel positivo de la
presencia francesa en el extranjero, especialmente en el norte de África, y otorgan a la historia y a
los sacrificios de los combatientes del ejército francés de esos territorios el lugar relevante al cual
tienen derecho».
2• Algunas fechas de independencias: Filipinas en 1946 (colonia de Estados Unidos); Indonesia
en 1945 (Holanda); India en 1947 (Gran Bretaña); Ceylán, futuro Sri Lanka, el 14 de noviembre
de 1947; Birmania en 1948 (Gran Bretaña); Indochina en 1954 (Francia); Ghana en 1957 (Gran
Bretaña); Malí en 1957 (Gran Bretaña); Nigeria en 1960; Uganda en 1962; Kenia en 1963; Tanzania
en 1964; Zimbabwe (ex Rhodesia) en 1980 todas de Gran Bretaña. Del imperio francés: Túnez en
1955; Marruecos en 1956; Guinea en 1958; 17 estados africanos (entre ellos Senegal, Costa de
Marfil, Chad, Mali, Ubangui-Chari (República Centroafricana), Madagascar) en 1960; Argelia en 1962.
Del imperio Belga: Congo-Kinshasa en 1960; Ruanda y Burundi en 1962. Del imperio portugués:
Guinea-Bissau en 1974; Angola en 1975; Mozambique en 1975; Cabo Verde en 1975; São Tomé en
1975 (Lacouture, 2005).
3• El término casbah deriva del árabe Al Qasbah que significa ‘ciudadela’. Es el primer distrito de
Argel, en ella se levantan tres grandes mezquitas, una de ellas fue convertida por los franceses en
Iglesia católica en 1930.
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