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Capítulo I

La protagonista, Daira, encuentra un diario de su homónima en el trastero y se siente intrigada por su contenido y la reacción de su padre. A través de sus entradas, se narra su experiencia en un nuevo instituto, donde lucha por encajar y formar amistades, especialmente con un chico llamado Elián. A medida que avanza la historia, Daira enfrenta desafíos personales, incluyendo problemas de salud, mientras explora su identidad y relaciones sociales.
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Capítulo I

La protagonista, Daira, encuentra un diario de su homónima en el trastero y se siente intrigada por su contenido y la reacción de su padre. A través de sus entradas, se narra su experiencia en un nuevo instituto, donde lucha por encajar y formar amistades, especialmente con un chico llamado Elián. A medida que avanza la historia, Daira enfrenta desafíos personales, incluyendo problemas de salud, mientras explora su identidad y relaciones sociales.
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CAPÍTULO I:

Ayudando a mi padre a limpiar el trastero, encontré, entre las cosas que estaban para
tirar, lo que parecía ser un pequeño diario de color rosa fucsia con un gato en la parte
delantera que parecía estar jugando con una bolita de lana. Nada más abrirlo, pude
observar el nombre de “Daira” escrito en la primera página, llena de purpurina y más
pegatinas de gatos. Me extrañé porque yo también me llamo Daira, sin embargo, no
recuerdo haber tenido ese diario y mucho menos haber escrito en él en mis 17 años.

Curiosa, le pregunté a mi padre que de quién era y él se quedó ahí, parado, sin decir
nada. Le volví a preguntar que de quién era, sacándolo del trance en el que se
encontraba, a lo que me respondió, con un tono más seco de lo normal, que lo
devolviera donde estaba en ese mismo instante. Sin más preguntas, hice lo que me
dijo, cerré el diario y me dirigí a la caja en la que se encontraba para deshacerme de él.
Al abrir la caja de nuevo, me fijé en que aún había más cosas que no había visto
nunca: un gatito de peluche, lo que parecía ser un pañuelo, unas flores secas
enmarcadas en un cuadro, una carta con el nombre de Daira escrito en él y lo que más
me llamó la atención, una pequeña cajita cerrada con un candado. El candado era de
esos que se abren con una combinación de números y, como es lógico, intenté abrirlo
poniendo cuatro ceros, lo cual no funcionó. Decidí dejarlo estar, ya que sería imposible
abrirlo a menos que me comprometiese a perder horas y horas de mi vida descifrando
números.

Aproveche que mi padre estaba distraído para llevarme la caja a mi habitación y


descubrir de qué se trataba eso. En otra ocasión lo hubiera dejado estar y seguramente
me habría olvidado de la existencia de ese diario a los 15 minutos, pero había algo que
no me acababa de encajar, algo en la reacción de mi padre o el hecho de que en el
diario estuviera escrito el mismo nombre que el mío… No sé, me producía una
sensación de inquietud muy extraña y necesitaba averiguar por qué.
CAPÍTULO II:

12 de septiembre de:

Querido diario,

Hoy ha sido mi primer día de clase en el nuevo instituto y he estado extremadamente


nerviosa, tanto que creí que iba a vomitar nada más entrar en clase. Cuando todos
estuvimos sentados en nuestra mesa, hicimos una ronda de presentación y “madre
mía” que alivio al ver que no era la única que había venido nueva al pueblo. Había otro
chico, no me acuerdo de su nombre, pero me cayó bien nada más verlo. Y por lo que
se ve, no fui la única que tuvo esa sensación, ya que en el recreo se hizo amigo de
prácticamente toda clase. Hablaba con todos, todo el mundo se reía de sus bromas y
encima lo invitaban a jugar. ¡Qué envidia! Yo también quería ser como él, aunque se
notaba que era un poco forzado, como para encajar, ¿sabes lo que te digo? Yo hablé
un poco con dos compañeras muy agradables en el cambio de clase, pero nada más.

Durante toda la mañana había estado sintiéndome un poco invisible, pensando que
solo el chico nuevo tendría la suerte de formar parte del grupo, pero a última de clase
hora la cosa cambió. Estaban hablando sobre un grupo de WhatsApp y vi como le
pedían el número de teléfono al chico nuevo, supongo que para añadirle. La chica que
estaba hablando con él —que luego descubrí que se llamaba Daniela— se acercó con
una sonrisa y me pidió mi número de teléfono. Intenté mantener la calma, pero no te
voy a engañar, en ese momento estaba a punto de explotar de la emoción. No sabes el
vuelco que me dio el corazón al sentir que por fin, POR FIN, iba a formar parte de algo.

Cuando llegué a casa, me tiré directamente al sofá comiendo las patatas Grefusa de
Tijuana que ya sabes que mataría por ellas. Estaba mirando la serie de Yo nunca,
donde la protagonista también intenta encajar en su instituto y hace cualquier cosa y
créeme que cuando digo cualquier cosa me refiero a CUALQUIER COSA para que la
incluyan, cuando el teléfono vibró: era un mensaje en el grupo de WhatsApp de la
clase.
Alguien había preguntado si queríamos salir esa tarde. Mi primera reacción fue pensar
que nadie realmente esperaba que yo respondiera, así que dejé el móvil a un lado y
seguí viendo mi serie. Por alguna razón, decidí volver a mirar el grupo unos minutos
después, y entonces vi como Daniela, la chica que me pidió el número, nos había
mencionado tanto al chico nuevo como a mí diciendo que nos deberíamos apuntar.
Tanto tú como yo sabemos las ganas que tenía de ir, así que no me lo pensé dos veces
y respondí que sí, que nos veríamos más tarde.

Nos hemos encontrado en el parque a las cinco de la tarde. ¿Sabes esa sensación de
qué estás tan emparanoiada y nerviosa que se te olvida hasta como andar? Pues así
estaba yo a medida que me iba acercando más y más al grupito reunido en ese banco
del parque. Mientras caminaba hacia allá, me repetía una y otra vez que debía ser yo
misma, que no intentara forzar nada o de lo contrario me tacharían de la niña rara, cosa
que ahora mismo no creo que nos convenga. Es difícil no sentirse presionada cuando
sabes que todo el mundo está en el proceso de conocerte y que probablemente se
están haciendo una primera impresión de ti.

Cuando llegué, ya estaban allí Daniela, el chico nuevo (que aún no tengo idea de como
se llama) y algunos más de la clase. Me uní al grupo sonriendo de la manera más
natural posible, y oye, no se me da tan mal esto de actuar normal, eh. Nos sentamos
en un banco y empezamos a hablar de cosas sin mucha importancia: las asignaturas,
los profesores y, por supuesto, lo caótico que había sido el primer día para todos. Me
sorprendió lo rápido que me sentí cómoda. El chico nuevo, aunque claramente tenía
algo de energía nerviosa que parece que solo yo percibí, seguía siendo el alma de la
conversación, pero lo mejor fue que no monopolizaba el momento. Hizo preguntas, se
rio de sí mismo, e incluso logró que yo me sintiera lo suficientemente cómoda como
para olvidar esos horribles nervios con los que vine. Este chico nuevo… ¿Supongo que
nos cae bien, no?
Empezó a anochecer y volvimos todos a casa. Mientras andaba, supe que este día
sería uno de esos que recordaría durante mucho tiempo y por eso he decidido
contártelo con lujo de detalles. Estaba tan agradecida por haber decidido salir esa
tarde. ¿Qué crees que hubiera pasado si hubiese sido una cabeza dura y me hubiese
quedado en mi casa? Supongo que nunca lo sabremos…
CAPÍTULO III:

19 de septiembre

Querido diario,

Ya ha pasado una semana desde que empecé el instituto, y aunque parezca que todo
ha ido muy rápido, siento como si estuviera aquí desde hace meses. La verdad es que
ha sido una semana de rara, pero creo que al final todo ha salido mejor de lo que
esperaba.

Lo primero que quiero contarte es que ahora sé más sobre mis compañeros. Me llevo
bastante bien con Daniela, aunque me he dado cuenta de que tiene su propio grupo de
amigas de antes, pero siempre me incluye en las conversaciones. No me siento
completamente parte del grupo todavía, peeero es un buen comienzo. ¡POR CIERTO!
Elián, así es como se llama el chico nuevo.

Estos días, hemos salido varias veces después de clase. Nada del otro mundo,
simplemente quedadas en el parque o ir a tomar algo cerca del instituto, pero eso me
ha dado la oportunidad de conocer mejor a los demás. Ahora me siento más cómoda
en el grupo, aunque a veces todavía me pasa eso de no saber muy bien qué decir. Es
raro, ¿verdad? Como si todo el mundo tuviera siempre algo interesante que comentar y
yo estuviera en modo observadora.

Sin embargo, he notado algo interesante. Al principio, cuando todos hablaban, me


sentía demasiado insegura para intervenir, pero últimamente he empezado a darme
cuenta de que no pasa nada si no hablo todo el tiempo. Poco a poco, me voy sintiendo
más segura, y cuando digo algo, la gente me escucha. Es una sensación extraña, pero
agradable.

Dejando de lado todo lo de esta semana, hoy ha pasado algo curioso en clase que
todavía me tiene dándole vueltas a la cabeza. A ver, te cuento.
Todo empezó en la clase de matemáticas. Estábamos resolviendo unos ejercicios
bastante complicados, y el profesor, el señor Ortega, es de esos que no te dejan
relajarte ni un segundo. Nos separó en grupos pequeños para que trabajáramos juntos,
y por suerte o por desgracia, me tocó con Elián y otra chica llamada Laura, que es
suuuperlista, pero bastante reservada. Al principio, pensé que iba a ser un desastre
porque yo NO soy precisamente la mejor en matemáticas, y no sabía si iba a poder
servir de algo al grupo. Empezamos a trabajar en el primer problema, y Laura tomó la
iniciativa. Se notaba que tenía todo bajo control, y Elián, aunque no era tan bueno en
mates, seguía con su buen humor de siempre, haciendo comentarios de lo que fuera a
cada rato. Debo admitirte que, a pesar de su forma de ser tan relajada, de vez en
cuando se concentraba en serio en los ejercicios. Me hizo gracia porque, a pesar de
que intentaba hacerse el desentendido y despreocupado, Adrián entendía más de lo
que aparentaba.

Mientras hablábamos, me di cuenta de que Elián, el chico que parecía tenerlo TODO
bajo control, también tenía sus inseguridades. Y en ese instante, dejé de verlo como el
chico nuevo que quería impresionar a todos y lo vi simplemente como un chico que
estaba tratando de encajar, igual que yo. ¿Te acuerdas de que te pregunté si nos cae
bien o no? Pues sí, la respuesta es que sí, al menos por ahora…
CAPÍTULO IV:

26 de septiembre

Querido diario, hoy he estado un rato hablando con Daniela antes de que sonara la
campana. Ella es una de esas personas que tiene siempre algo que decir, aunque sea
sobre lo que ha desayunado. Me gusta que siempre parece dispuesta a escuchar,
aunque hay que decir que a veces sí que noto que tiene más afinidad con su grupo de
amigas de siempre. No me molesta, para nada, solo me hace recordar que esto de
hacer amigos lleva tiempo y hacer amigos de verdad lleva aún más.

Ayer, después de clase, quedamos en el parque como casi siempre. Pero esta vez fue
diferente. Daniela no pudo ir. Así que éramos otros dos chicos, Elián y yo. Resulta que
sobre eso de las 6 de la tarde, los chicos con los que estábamos tenían entreno de
fútbol, así que al final solo quedábamos Elián y yo. Al principio, los dos estábamos un
poco incómodos; creo que no estamos tan acostumbrados a estar solos como con los
demás. Pero después de unos minutos, la conversación comenzó a fluir. Hablamos
sobre cosas, no sé, cosas sin más, que parecían triviales al principio, como nuestras
series favoritas, comida favorita, que hacíamos en nuestro tiempo libre, bla-bla-bla…
Hasta que, sin darnos cuenta, estábamos hablando de cosas… No sé como decírtelo.
¿Profundas, quizás?

Me confesó que también había tenido una infancia un poco solitaria antes de mudarse
aquí y, créeme cuando te digo que me sorprendió lo MUCHO que me identifiqué con él.
Era como si, de repente, nos entendiéramos a otro nivel distinto al de los demás.

Hubo un momento en el que empecé a sentir un ligero dolor de cabeza. No era para
tanto, pero preferí volver a casa antes de que fuera a más. Miré la hora y habían
pasado DOS HORAS. Ni de broma, en mi mente fueron como 20 minutos. Elián me
acompañó hasta la esquina de mi calle, según él, para asegurarse de que no me
desmayara en medio de la calle y terminara devorada por los animales callejeros.
Durante toda la noche no pude pegar ojo, pero no por lo que estás pensando, ¿vale?
No me quedé toda la noche pensando en él como una bobalicona. Fue por ese ligero
dolor de cabeza, que ya no era tan ligero. Mañana iré al doctor, ya te contaré qué es lo
que me dicen. Espero no sea nada grave, sinceramente no quiero saltarme clase. Mi yo
del pasado estaría suplicando por qué el médico le dijera que se quedara en casa, pero
como bien he dicho: esa era mi yo del pasado.

Te contaría más detalles, pero mejor me voy a descansar un rato, antes de que la cosa
empeore.
CAPÍTULO V
27 de septiembre

Querido diario,
Ayer te conté que aparentemente tenía un leve dolor de cabeza, así que decidí acudir
al médico. Me estuvo revisando, y después de varias preguntas, me confirmó que el
dolor de cabeza que había tenido anoche no era más que una migraña. ¡Qué alivio!
Bueno… Alivio “entre comillas”. Me dijo que las migrañas suelen venir cuando uno está
muy estresado o no ha descansado bien. Y bueno… no voy a mentir, entre la emoción
de estos días, conocer a Elián y todo lo que ha pasado, probablemente he estado más
nerviosa de lo que me he dado cuenta.

Cuando salí de la consulta, sentí un peso menos encima, aunque me seguía doliendo
un poco la cabeza. Me animé a ir a clase, aunque llegué un poco tarde. Justo cuando
entraba al aula, me crucé con Elián en el pasillo. Estaba hablando con alguien por
teléfono y no sonaba muy contento, es más, parecía que estuviera gritando. Cuando
me vio, colgó la llamada al instante y se escondió el móvil. Me dijo que le había dado
un susto tremendo, que se pensaba que era una profesora. Me reí, pero sin ganas.
Elián lo notó y me preguntó qué ocurría. Le conté lo de la migraña y me miró con una
mezcla de preocupación y diversión, diciendo que ya se había imaginado que el
causante de ese dolor de cabeza de ayer fue él, de tanto que estuvimos hablando.

En clase, Daniela me preguntó si estaba bien porque me vio un poco “fofa”. Le conté lo
de la migraña y se mostró preocupada, incluso me ofreció quedarme en su casa esa
noche para que no estuviera sola. No acepté, y le dije que tampoco tenía tanta
importancia, pero aun así me hizo sentir muy agradecida. Cada vez siento que, poco a
poco, este grupo va convirtiéndose en algo importante para mí, en algo parecido a lo
que siempre quise.

Durante las clases, apenas tomé apuntes o escuché a los profesores. El médico me
dijo que el dolor iría desapareciendo y al final de la mañana ya me encontraría mejor,
pero ese final mejor nunca apareció.
A última hora sentía que la cabeza me daba vueltas y vueltas y no era capaz de
mantener los ojos abiertos. Le pedí a la profesora que si podía ir al baño y ella, al
verme toda pálida, dijo que sí, que por supuesto. Cuando estaba a punto de salir de
clase, me preguntó que si estaba bien o si necesitaba que alguien me acompañase. Iba
a responderle cuando, de repente, todo a mi alrededor desapareció.
CAPÍTULO VI
30 de septiembre

Querido diario,

Nunca pensé que escribiría algo así aquí, pero supongo que la vida tiene una forma
extraña de cambiar de rumbo cuando menos lo esperas. Han pasado tres días desde
que… Bueno, desde que me desmayé en la puerta de clase, y todavía estoy tratando
de asimilar todo lo que ha ocurrido.

Después de caerme, como es obvio, me llevaron al hospital, no me iban a dejar ahí


tirada, ¿sabes? No recuerdo absolutamente NADA, pero cuando desperté, estaba en
una habitación con paredes blancas, un pitido constante que salía de las máquinas al
lado de mi cama. Pip… Pip… Pip

Mi madre estaba sentada en una silla con cara de preocupación. Lo primero que pensé
fue: "Qué vergüenza, ¿cuántos habrán visto mi numerito?" Pero no tardé en darme
cuenta de que lo que había pasado era algo más serio y que debía dejar, por una vez
en mi vida, de pensar en que opinarán los demás. Por Dios, estoy en el hospital,
¿cuándo aprenderé?

Los médicos decidieron que debía quedarme ingresada para hacerme pruebas. Al
principio pensé que estaban exagerando. "Fue solo un mareo", les decía. Pero los
análisis mostraron algo que yo no me esperaba, que tú no te esperabas, que ellos se
esperaban, que NADIE se esperaba.

Me hicieron de todo: radiografías, análisis de sangre, e incluso una, ¿puntución


lumbar? ¿Punto lumbar? ¿Punción lumbar? No sé, como sea que se llame. Según
ellos, era solo para descartar, pero madre mía como dolía la cosa esa. Durante esos
días en el hospital, apenas pude dormir. La habitación era silenciosa, pero mi mente no
paraba de pensar. ¿Qué estaba pasando? ¿Por qué tanto drama por un simple
desmayo? Y lo más importante: ¿y mi teléfono?
Cuando se lo pregunté a mi madre me dijo que el médico había dicho que me tenían
totalmente prohibido usar el móvil durante mi estancia en el hospital, al menos hasta
tener los resultados de no-se-qué. ¿Pero qué regla es esta? ¿Desde cuándo prohíben
usar el móvil? No entendía nada.

Finalmente, ayer vino el médico con una expresión seria pero aparentemente tranquila.
Mi madre estaba sentada al lado de mi cama, agarrándome la mano como si fuera lo
único que la mantenía en pie. No, literalmente, creo que me cortó la circulación de la
sangre. El doctor me miró a los ojos y dijo:​
—Tenemos un diagnóstico.

Mi corazón empezó a latir tan rápido que pensé que me iba a desmayar. Otra vez.

—Se trata de leucemia —continuó.

Leucemia. No sé cuántas veces había oído esa palabra antes, pero nunca la había
asociado conmigo misma. Jamás. Era una enfermedad que pasaba en las películas, en
los documentales, a otras personas... no a mí. ¿Qué cojones?

—Es un tipo de cáncer en la sangre —explicó, tratando de sonar lo más comprensivo


posible—. Pero lo hemos detectado temprano, y eso es algo positivo.

Positivo, ya. No hay mejor palabra que esa para decirle a alguien que le acaban de
detectar que tiene cáncer. Mi madre rompió a llorar en silencio, otra vez apretándome la
mano con tanta fuerza que pensé que se me romperían los dedos. Yo, en cambio, no
sentí nada. Nada en absoluto. Era como si mi cuerpo hubiera apagado todas las
emociones. Vacío, nada.

El resto del día pasó como si estuviera en una nube. Vinieron enfermeras, más
médicos, incluso una psicóloga para hablar conmigo. Todos parecían tan amables, pero
al mismo tiempo no podían evitar mirarme con esa cara que dice: "pobre niña". Qué
mierda, yo no quiero que me miren así. Había pasado toda mi vida recibiendo o
miradas de desprecio o miradas de lástima y cuando por fin la gente me miraba como a
una persona normal... Zas. Cáncer. Toma ya.
Hoy me han dejado volver a casa. Me han explicado que tendré que empezar un
tratamiento en las próximas semanas, que consistirá en quimioterapia y otros
medicamentos y bla-bla-bla. Todo suena aterrador, pero ¿sabes lo más extraño? Estoy
más preocupada por cómo voy a explicar esto en el instituto que por el tratamiento en
sí. ¿Cómo se lo cuento a Daniela? ¿A Elián? ¿Van a tratarme diferente? Se repite la
misma historia, ¡otra vez! Joder tío, pensaba que este año POR FIN iba a ser mi año e
iba a hacer cosas de gente normal con personas normales.

Todavía no sé cómo sentirme respecto a todo esto. Te prometo que, pase lo que pase,
seguiré escribiéndote. Porque, aunque no lo parezca, esto me ayuda a ordenar mis
pensamientos y a alejarme de esta miserable realidad que me envuelve.​
Espero que pronto pueda contarte algo más alegre.
CAPÍTULO VII

5 de octubre

Querido diario,

Honestamente, no sé cómo debería sentirme. Es como si la vida entera se hubiese


convertido en un enorme paréntesis, una pausa incómoda entre lo que era mi vida
antes y lo que será después. ¿Sabes qué es lo peor? Que el mundo sigue adelante. La
gente sigue con su rutina, y yo estoy aquí, en casa, viendo series y buscando mis
síntomas en Google, como si su respuesta no fuera siempre que tienes cáncer, aunque
solo sea un poco de tos.

Desde que supe que tengo leucemia, es como si una sombra me siguiera a todas
partes. Al principio, pensé que sería algo que eventualmente procesaría, como cuando
pierdes algo importante y con el tiempo te acostumbras. Pero esto no es como perder
una pulsera o el móvil. Esto es… todo.

Hoy he ido al instituto, porque no quiero que mis días se reduzcan a estar en casa
pensando en LA “L” PALABRA. No le he contado a nadie todavía, pero he notado cómo
Daniela me mira de reojo, como si intuyera que algo pasa. Es increíble cómo las
personas pueden percibir cosas sin que se lo digas. Lo malo es que cuanto más me
preguntan si estoy bien, más me esfuerzo en fingir que lo estoy, y eso me deja
a-go-ta-da.

Elián también ha estado un poco diferente conmigo. Bueno, en realidad, con todos. Ya
no hace tantas bromas como antes, y parece más callado, aunque cuando hablo con
él, sigue sonriendo como siempre.

Durante el recreo, Daniela me arrastró hasta las gradas del campo de fútbol para
hablar conmigo a solas. No me dio ni tiempo a protestar. Te resumo la conversación:

—Oye, ¿estás segura de que todo está bien? —me soltó de golpe, con esa forma tan
directa suya que siempre, siempre, siempre me desconcierta.
—Sí, claro. ¿Por qué no habría de estarlo?

Ella me miró fijamente, cruzando los brazos. Sabía que no me iba a dejar escapar tan
fácil.

—Mira, no soy tonta. Desde que volviste al instituto, estás rara. No hablas mucho, y el
otro día casi te duermes en medio de clase. Si necesitas algo… Venga ya, no hace falta
ni que te lo diga, me tienes para lo que sea, lo sabes.

—De verdad, estoy bien. Solo estoy un poco cansada.

Me abrazó rápidamente y cambió de tema, algo que agradecí en el momento. Pero


ahora, mientras escribo esto, no puedo evitar sentirme culpable por no haberle dicho la
verdad. Ella sólo quiere ayudar, pero... ¿cómo voy a soltar algo tan así de repente? ¿Y
si empieza a tratarme diferente?

Al final del día, cuando todos ya estaban recogiendo sus cosas, Elián se acercó a mi
mesa:

—Eh, ¿te apetece dar una vuelta por el parque? —me preguntó, con esa sonrisa suya
que parecía medio nerviosa, no sé, no era suya.

Me quedé pensando un segundo. La verdad, no tenía ganas de socializar y además


Elián nunca me ha dicho de quedar él y yo a solas, siempre quedamos con todo el
grupo y ya si eso nos acabamos quedando solos. Salimos de clase y caminamos en
silencio al principio, algo poco habitual en él. Finalmente, se detuvo antes de salir:

—Sé que no es de mi incumbencia, pero... ¿Estás segura de que todo está bien?

¡Otra vez esa pregunta! ¿Es que acaso llevo un letrero en la frente que dice "TENGO
PROBLEMAS" y no me he enterado?

—Claro, Elián. ¿Por qué lo preguntas? —Él se encogió de hombros

—No sé... a veces pienso que todos intentamos fingir que estamos bien para que los
demás no se preocupen por nosotros.
Esas palabras me golpearon como una bofetada. ¿Era eso lo que estaba haciendo?
Fingir. Claro que sí. Pero no podía evitarlo. ¿Cómo explicarle a alguien que acabas de
recibir un diagnóstico que podría cambiar toda tu vida? Así que me limité a asentir y
cambiar de tema.

Hablamos durante un rato más, y aunque no dije nada sobre mi situación, me sentí
más ligera después de esa conversación. Aunque no del todo, había algo raro en él,
algo que no supe descifrar, pero que no me daba muy buena espina. No sé…
CAPÍTULO VIII

12 de octubre

Querido diario,

Hoy ha sido el día más extraño desde que llegué aquí. No sé por dónde empezar. Creo
que lo primero que debería decir es que el ambiente en este lugar es siempre gris. No
sé si es la quimioterapia o la falta de sueño, pero siento que mi cabeza está en todos
lados menos donde debería estar. Esta mañana, cuando me desperté, lo primero que vi
fue a mamá dormida en la silla al lado de mi cama. Pensé en despertarla, pero no lo
hice. Me quedé mirándola, intentando recordar la última vez que la vi relajada.

Cuando llegó la enfermera con mi desayuno, mamá se despertó sobresaltada, como si


hubiera olvidado dónde estaba. Yo le sonreí y le dije que no era necesario que se
quedara, que podía ir a casa a descansar un poco, pero ella solo negó con la cabeza.
"No me voy a ir a ninguna parte, Daira", me dijo. El resto de la mañana fue bastante
aburridooo. Me pusieron el tratamiento mientras mamá leía una revista que claramente
no le interesaba. Yo intenté distraerme viendo vídeos en el móvil, pero no funcionó. Mi
cabeza seguía llena de preguntas, aunque no todas tenían respuestas.

¿Y si la quimio no funciona? ¿Y si pierdo el pelo? ¿Y si dejo de ser yo? ¡Y si, y si, y si!

Es raro, ¿no? Cómo una sola palabra, "cáncer", puede hacer que todo lo que antes
parecía importante se vuelva insignificante. Las salidas con los de la clase, las series
que veía, incluso las tonterías que suelo escribir aquí, ahora me parecen tan lejanas.

Por la tarde, pasó algo que me sorprendió. Encontré algo en la mesita junto a mi cama.
Era una pequeña cajita rosa con un lazo blanco. Al principio pensé que tal vez era un
regalo de alguna enfermera o incluso de mamá, pero cuando la abrí, dentro encontré
una pulsera de hilo, hecha a mano. Lo más extraño fue que también había una nota
doblada en el interior. Decía:
"Quiero que sepas que no estás sola. Aunque no pueda estar contigo en persona,
estoy aquí de alguna manera. Este pequeño regalo es para recordarte que aún hay luz,
incluso en los días más oscuros. Deja de fingir como si nada importara, porque importa.
Tú importas, Daira”

Leí la nota al menos tres veces. No había ninguna firma ni pista de quién podría
haberla escrito. Quise preguntarle a la enfermera si sabía algo, pero cuando regresó,
me dijo que no había visto a nadie entrar ni salir de mi habitación. Qué extraño…
¿Quizá habrá sido Daniela? ¿O Elián? ¡No! Imposible, ellos ni siquiera saben que
tengo leucemia, mucho menos van a saber mi habitación. ¿O sí qué lo saben? Tendrás
que ayudarme querido diario, porque no tengo NI IDEA de quién pudo haber sido.

Bueno, dejando de lado que no sé quién dejó esa cajita, me puse la pulsera y no he
dejado de mirarla desde entonces. Es un recordatorio de que, aunque no siempre lo
parezca, hay personas que se preocupan, incluso cuando no las vemos.

Gracias, quienquiera que seas


CAPÍTULO VIII

22 de octubre

Querido diario,

Hoy ha sido otro día interminable en el hospital, y siento que cada hora que pasa me
aleja más de la vida que tenía antes. Me despertaron temprano, como de costumbre,
para hacerme más pruebas. El sonido del carrito de las enfermeras en el pasillo ya no
me sobresalta como al principio; ahora, casi parece parte de un ritual al que me he
resignado. La enfermera, una mujer de rostro amable, pero de ojos cansados, me dio
los buenos días mientras ajustaba los tubos conectados al suero. "Hoy te toca un
electroencefalograma", me dijo con una sonrisa que intentaba ser tranquilizadora. Yo
solo asentí.

El procedimiento fue TAN TEDIOSO como lo imaginé. Me colocaron electrodos por


toda la cabeza, y me pidieron que me quedara quieta mientras una máquina registraba
"mi actividad cerebral", según me explicaron. Lo único que podía escuchar era el
zumbido de la máquina y, de fondo, el tic-tac del reloj. Durante el examen, cerré los
ojos e intenté pensar en algo agradable, pero lo único que venía a mi mente era esa
pulsera que encontré y la nota que la acompañaba. Quiero saber quién la dejó.
NECESITO saber quién la dejó.

De vuelta en mi habitación, traté de relajarme. Mamá estaba allí, como siempre,


leyendo una revista que seguramente ya había ojeado cien veces. Me trajo un croissant
de la cafetería del hospital, "para variar", dijo. Intenté comérmelo, pero el sabor me
resultó intragable.

Por la tarde, pasé un rato mirando por la ventana. Desde mi cama puedo ver un jardín
pequeño del hospital, con algunos árboles y flores que parecen estar luchando contra
el otoño. Pero había una en especial que me llamó la atención: era un lirio rosa
precioso y no podía despegar mi vista de él, destacaba tanto entre las demás que
parecía hasta irreal.
Pero lo más extraño sucedió después de la cena. Cuando regresé a la habitación
después de caminar un poco por los pasillos, encontré algo nuevo en mi mesita de
noche: era el mismo lirio rosa que había estado observando desde la ventana y alguien
lo había colocado en un vaso pequeño con agua. Junto al vaso había una hoja de
papel doblada con cuidado. En ella, había una frase escrita:

"Eres como este lirio, aunque creas ser del montón, siempre destacarás en los ojos
correctos"

Llamé a mamá para preguntarle si alguien había entrado en la habitación mientras yo


no estaba. Ella negó, confundida, y me aseguró que no se había movido de la sala de
espera en todo el tiempo que estuve fuera. Entonces llamé a la enfermera. "No he visto
a nadie", me dijo.

El resto de la noche no pude dejar de pensar en el sobre y en la frase. Me pregunté si


alguien me estaba vigilando, si todo esto era una especie de broma pesada. Pero al
mismo tiempo, había algo reconfortante en esas palabras. Como si, de alguna manera,
alguien quisiera recordarme que todavía queda algo de esperanza, aunque yo no sea
capaz de verla.

Antes de dormir, guardaré la hoja dentro del diario. Estará aquí, contigo. Espero que,
poco a poco, este rompecabezas empiece a tener sentido porque creo que me voy a
acabar volviendo loca, claro, si es que ya no lo estoy. Pero por ahora, solo puedo
esperar…
CAPÍTULO X

14 de noviembre

Querido diario,

Hoy ha pasado algo que me ha dejado helada.

Durante todo el día he tenido una sensación extraña, como si alguien me estuviera
observando. Pensé que era pura paranoia por el cansancio, pero ahora sé que no lo
era. Porque esta tarde, cuando regresé a mi habitación después del tratamiento,
encontré algo. Otra vez…

Encima de mi mesita de noche había una nota. Esta vez no tenía sobre. Era solo un
papel doblado, escrito con una caligrafía temblorosa, como si la persona que lo escribió
estuviera aterrada y muy apresurada porque ni siquiera terminó lo que iba a escribir. Y
lo que decía…

"No confíes en ellos, no nos quieren ayudar. Nos utilizan pa…”

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda. Quise salir a ver si había alguien que vio
entrar a alguna persona a mi cuarto, pero entonces mamá entró por la puerta, con los
ojos enrojecidos.

—Mamá, ¿qué pasa? —le pregunté, preocupada.

Ella suspiró y se secó las lágrimas antes de responder.

—Me acabo de enterar de algo horrible —murmuró—. Un chico que estaba en este
mismo pasillo acaba de morir. Era un paciente joven, como tú… No sé por qué, pero
me dio muchísima pena.

Sentí un nudo en el estómago.

—¿Cómo… murió? —pregunté en un susurro.


Mamá negó con la cabeza.

—No lo sé. No quise preguntar más detalles… pero dicen que fue repentino. Un día
estaba bien y al siguiente… —su voz se apagó y se frotó los ojos otra vez—.

¿De qué trata todo esto?

—Ah, casi lo olvido —dijo de repente, sacando algo de su bolsillo—. Me encontré esto
en el suelo, justo aquí delante de la puerta. ¿Es tuyo?

Me tendió un bolígrafo azul oscuro, con el nombre del hospital impreso en letras
blancas a un lado.

Lo miré fijamente.

—No… no es mío.

—Ah, bueno. Entonces lo dejaré en la recepción para—

—No.

La palabra salió de mi boca antes de que pudiera evitarlo. Mamá me miró con
extrañeza.

—¿Qué?

—Déjamelo. Lo guardo yo. Casi no me queda tinta en mi boli y lo utilizo para mi diario

No sé por qué lo hice. No sé qué me impulsó a decirle a mi madre que me lo quedaba


yo, pero algo dentro de mí gritaba que lo necesitaba.

Mamá no dijo nada más. Solo suspiró, me dio el boli y salió de la habitación.

Me quedé sola, con el bolígrafo frío entre mis dedos y el peso de la nota quemando en
mi mente. La nota. La nota que me acababa de encontrar estaba escrita con el mismo
bolígrafo.
—¡Daira!

Daira se sobresaltó y cerró el diario de golpe.

Se giró rápidamente en la silla, intentando no parecer demasiado alterada. Su padre


estaba en la puerta de su habitación, con el ceño fruncido.

—Te he llamado tres veces. ¿Qué estabas haciendo?

Daira tragó saliva y escondió el diario bajo la manta de su cama.

—Nada... solo estaba leyendo.

Su padre la miró fijamente, como si tratara de descifrar si le estaba diciendo la verdad.

—Baja a cenar —ordenó.

Daira asintió, viendo cómo su padre cerraba la puerta tras él. Solo entonces se permitió
soltar el aire que había estado conteniendo. Pero algo dentro de ella seguía inquieto.
Recordó que en la caja donde encontró este mismo diario había muchas más cosas.
Daira sintió un escalofrío subirle por la espalda. Sacó la caja de su escondite y la abrió
con manos temblorosas. Allí estaba: el mismo bolígrafo con el nombre del hospital
escrito.

El aire en la habitación se volvió denso. ¿Cómo era posible? Antes de que pudiera
procesarlo, recordó que su padre, de joven, le contó que también trabajó en un
hospital. Daira bajó a cenar y, con fingida inocencia, preguntó:

—Papá… tú trabajaste en un hospital, ¿cierto?

Él se detuvo en seco.

—¿Qué?

—Antes de tu trabajo actual. Siempre has dicho que trabajaste en un hospital cuando
eras joven. ¿Cómo se llamaba?
El silencio que siguió fue casi insoportable.

Su padre se quedó quieto.

Entonces, sin mirarla, murmuró:

—Daira, eso fue hace muchos años… No me acuerdo.

Y siguió comiendo, como si nada.

Daira se quedó mirando fijamente la cena.

No se acordaba.

O no quería acordarse.

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