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Análisis del Prólogo de Operación Masacre

En el prólogo de 'Operación Masacre', Walsh narra cómo se entera de los fusilamientos clandestinos y su decisión de investigar el caso tras conocer a un sobreviviente, Juan Carlos Livraga. A medida que avanza en su investigación, se encuentra con varios otros sobrevivientes y enfrenta la represión del régimen, lo que transforma su vida y lo lleva a publicar su relato como una denuncia política. El análisis del prólogo destaca la subjetividad del relato y la transición de Walsh de un mundo aislado al compromiso con la realidad política, simbolizando la violencia y las injusticias del estado.

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Análisis del Prólogo de Operación Masacre

En el prólogo de 'Operación Masacre', Walsh narra cómo se entera de los fusilamientos clandestinos y su decisión de investigar el caso tras conocer a un sobreviviente, Juan Carlos Livraga. A medida que avanza en su investigación, se encuentra con varios otros sobrevivientes y enfrenta la represión del régimen, lo que transforma su vida y lo lleva a publicar su relato como una denuncia política. El análisis del prólogo destaca la subjetividad del relato y la transición de Walsh de un mundo aislado al compromiso con la realidad política, simbolizando la violencia y las injusticias del estado.

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Operación Masacre Resumen y Análisis del Prólogo

Resumen

Walsh comienza el prólogo diciendo que la primera noticia que tiene sobre los
fusilamientos clandestinos de José León Suárez le llega de forma casual, a fines de
1956, en un café de la ciudad de La Plata. Es un bar donde suele jugar al ajedrez,
desinteresado de los conflictos políticos de su país.

Seis meses antes de tener esta noticia, en ese mismo café, los ruidos de un tiroteo
cercano irrumpen la tranquilidad de su juego de estrategias. Walsh y los otros
ajedrecistas salen a la calle para ver de qué se trata el alboroto: es el levantamiento
de Valle, quien ha liderado un asalto al comando de la segunda división y al
departamento de policía de La Plata.

Walsh atraviesa el caos, primero acompañado y después solo, hasta encontrarse en


su casa, que se halla rodeada de soldados, porque está ubicada cerca del cuartel.
Se torna visible la violencia de la confrontación: su casa tiene agujeros de balas, un
hombre dentro de un coche agujereado tiene los sesos al aire, y, desde adentro de
su casa, Walsh oye cómo un conscripto muere al grito de “No me dejen solo, hijos
de puta” (18).

Walsh quiere olvidar el asunto. Es cuestión del azar, piensa, que le haya tocado vivir
tan de cerca el enfrentamiento. Intenta volver al ajedrez, a la literatura y a su trabajo
de periodista, aunque no cree que lo que entonces hacía pueda llamarse
“periodismo”. Entonces, seis meses más tarde, le llega la noticia de un “fusilado que
vive”. Inmediatamente, Walsh se pone en contacto con aquel hombre, Juan Carlos
Livraga.

Livraga, con su cara agujereada por el fusilamiento, le cuenta una historia increíble.
De allí surge la investigación de Operación masacre que, nos cuenta Walsh, lo
llevará a abandonar su casa y su trabajo, a tomar un nombre falso y a ocultarse en
el Tigre, cargando consigo un revólver mientras “a cada momento las figuras del
drama [vuelven] obsesivamente” (19).
Walsh sostiene que ha escrito esta historia “en caliente y de un tirón” (20) para que
nadie la sacara antes que él. Sin embargo, no logra publicarla. Finalmente, consigue
a un hombre que se anima, aunque temblando, a publicarla. La historia sale y
circula.

En este punto, el escritor menciona la colaboración de una periodista que se llama


Enriqueta Muñiz, y que se ha comprometido tanto como él la investigación. Con ella
se toma el tren a para ir al lugar de la masacre: el basural de José León Suárez. En
ese lugar, la historia se hace más palpable.

Walsh sabe por Livraga que no es el único sobreviviente. Van entonces a buscar a
Miguel Ángel Giunta, quien, desconfiado, no quiere recibirlos. Ellos lo convencen y
logran que Giunta les cuente su relato, que a Walsh le genera la sensación de estar
viendo una película. Se enteran por él de que puede haber otro sobreviviente y van
en su búsqueda. Mientras tanto, el teniente coronel Fernández Suárez se entera de
la investigación que circula y va a buscar a su autor, de quien solo tiene las iniciales.
Termina interrogando a otro periodista del periódico que comparte las iniciales de
Walsh.

El tercer sobreviviente, descubren, es Horacio Di Chiano. Este hombre vive


escondido. Una niña del barrio les hace saber que, aunque digan en la casa que
Horacio no está, en verdad sí está. Finalmente, logran hablar con este “enterrado
vivo” (23), que sale de su escondite para darles su testimonio.

Entonces le llega a Walsh una carta anónima que suma otro nombre más a la lista
de sobrevivientes: el ex suboficial Gavino. Lo buscan en la embajada de Bolivia,
donde no lo encuentran, pero se enteran, por medio de Juan Carlos Torres, de dos
sobrevivientes más: Julio Troxler y Reinaldo Benavídez. Walsh suma luego un
séptimo personaje: Rogelio Díaz.

Después de hablar con “sobrevivientes, viudas, huérfanos, conspiradores, asilados,


prófugos, delatores presuntos [y] héroes anónimos” (24), Walsh se sienta a escribir.
En mayo de 1957 publica la mitad del libro, y lo demás es el relato que viene a
continuación, con algunas modificaciones posteriores.
El prólogo cierra agradeciendo a varios actores involucrados en la causa: abogados,
periodistas, informantes, colaboradores y familiares de las víctimas.

Análisis

Vale la pena analizar en profundidad el prólogo de Operación masacre, que no solo


trata varios de los temas principales de la obra, sino que además es rico en
símbolos y procedimientos literarios.

El prólogo es quizás el momento más subjetivo del relato. Trata la historia de la


investigación, de cómo Walsh va recopilando los datos necesarios hasta llegar al
libro, a Operación masacre como texto de denuncia periodística. Pero esta historia
es también un relato de transformación individual, en el que el autor-narrador pasa
por un proceso que marca un antes y un después en su vida profesional y privada.
Si bien Walsh menciona que hubo otras personas involucradas en la investigación,
como la periodista Muñiz, la tendencia en todo el relato va a ser el “yo” singular, que
intensifica la experiencia subjetiva del investigador.

Walsh propone dos comienzos para su narración. El primero sucede cuando la


coyuntura política, con todo su horror, irrumpe en el espacio aislado del ajedrez y lo
mueve a salir a la calle, a comprometerse con lo que está pasando. El ajedrez,
juego estratégico, se opone simbólicamente a la realidad: “se hablaba más de Keres
o Nimzovitch que de Aramburu y Rojas” (17), dice Walsh en el primer párrafo del
prólogo, dando a entender que en el café interesaban más los nombres de
ajedrecistas famosos que de los militares en el gobierno.

El ajedrez, asimismo, está vinculado con el género policial clásico o de enigma,


aquel en el cual el detective, a lo Sherlock Holmes, resuelve un crimen como si
fuera un problema lógico, encerrado dentro de cuatro paredes, sin tener la
necesidad de embarrarse en el lodo de los conflictos sociales. Walsh se encuentra
en este mundo, aficionado como es al ajedrez y al cuento policial, hasta que la
realidad le toca la puerta, puesto que incluso irrumpe en su casa: “La violencia me
ha salpicado las paredes” (18), nos cuenta, utilizando una metonimia mediante la
cual una idea abstracta (la violencia) se convierte en el agente de la acción. De esta
manera, Walsh inicia su relato con un pasaje simbólico, del ámbito cerrado del
ajedrez a la coyuntura sangrienta de la realidad política, un pasaje que tiene que ver
con el tema de la denuncia política, puesta a revelar la violencia y las injusticias
estatales, y con el tema de la conversión ideológica del autor, quien ya no podrá
volver como si nada a su vida de antes.

Pero la verdadera transformación, el verdadero comienzo de la historia, sucede


cuando Walsh escucha una frase que lo atrapa como si se tratara de un cuento
fantástico: “hay un fusilado que vive” (19). Esta es la primera nota del tema “Verdad
vs. Verosímil”, porque Livraga, un hombre que parece un “muerto que habla” (20)
con su cara desfigurada por el disparo, provoca con su presencia un contrasentido
lógico; es un oxímoron que se escapa de lo verosímil, pero que es visiblemente
verdadero. “Livraga me cuenta su historia increíble; la creo en el acto” (19), sostiene
Walsh, y con estas palabras reafirma su compromiso con el caso, pero también nos
da a entender que lo atrapante de esta historia se halla en este componente terrible
y extraordinario, que pone en cuestión lo que entendemos por real.

Con su reposición de cómo va descubriendo a los distintos sobrevivientes de la


masacre, Walsh entra a jugar con los procedimientos del género policial negro que,
a diferencia del clásico, trata de detectives que se comprometen con su
investigación, al punto de enfrentar situaciones límite que ponen en peligro su vida.
No nos dice en seguida que son siete los sobrevivientes, sino que nos los va
revelando de a poco, emulando el modo en que los fue descubriendo él mismo en
su investigación. De esta manera, juega con el suspenso, dosificando la información
para atrapar al lector.

También despliega las dificultades que tiene en el proceso, cómo tiene que
resguardarse y cómo logra que los sobrevivientes salgan de su escondite para dar
testimonio. Horacio Di Chiano es presentado con una imagen como la de Livraga,
pero inversa: mientras Livraga es descrito como un zombi, un muerto vivo, Di
Chiano es un vivo muerto, porque está enterrado en vida, dado que vive encerrado
por temor a ser descubierto y que intenten de nuevo asesinarlo. Estas imágenes
fantásticas, que son metafóricas pero al mismo tiempo muy críticas de la realidad
política, nos hacen reflexionar sobre cómo los conflictos representados en la historia
se involucran con cuestiones de vida y muerte.
Todo esto nos lleva al tema de la denuncia política, central de toda la obra. Walsh
cuenta que al verlo a Livraga y al escuchar su historia le sucede algo: “me siento
insultado, como me sentí sin saberlo cuando oí aquel grito desgarrador detrás de la
persiana” (19). Refiere aquí al día del levantamiento de Valle, cuando desde su casa
escuchó a alguien morir, no al grito de “Viva la patria”, sino al de “No me dejen solo,
hijos de puta” (18). En este sentido, Walsh nos muestra cómo el segundo comienzo,
el que se involucra directamente con el fusilamiento clandestino, resignifica el
primero, aquel que lo introduce azarosamente en el conflicto. Este sentirse insultado
marca el tono de denuncia del relato, cargando de connotación crítica todas las
imágenes de la masacre, toda la reposición de los hechos. La intención de Walsh en
el prólogo es no dejar impune lo que ha sucedido.

Operación Masacre Resumen y Análisis de la Primera Parte: Las Personas


(Capítulos 1-13)

Resumen

1. Carranza

Operación masacre comienza con una primera parte en la que se presenta a las
víctimas del fusilamiento clandestino ocurrido en la madrugada del 10 de junio de
1956, al mismo tiempo que se repone cómo llegaron al lugar en donde son
detenidos. El primero es Nicolás Carranza, a quien Walsh ubica entrando a su casa
la noche del 9 de junio. Lo reciben sus seis hijos y su compañera, Berta Figueroa,
acostumbrada a que su marido llegue “al amparo de las sombras” (29), en su
condición de perseguido por ser peronista.

Carranza juega con sus hijos. Antes alegre, ahora no es un hombre feliz. Su mujer
le cuenta sus preocupaciones: teme que les quiten la casa porque Carranza ya no
trabaja en el ferrocarril y está prófugo. Ella le pide que se entregue, pero él insiste
en que no es un delincuente. Le avisa a su mujer que aquella noche no duerme allí
y sale. Hace unos pocos metros, se detiene frente a una casa y llama a la puerta.

2. Garibotti
El capítulo anterior deja a Carranza frente de la casa de la familia Garibotti, casa de
“muchachones bravos” (32) y de retratos en las paredes. El padre de la familia,
Francisco Garibotti, trabaja de ferroviario, de donde conoce a Carranza. “¿Qué
viene a hacer Nicolás Carranza?”, pregunta el autor-narrador, a lo que responde con
una línea de diálogo que pertenece a la esposa: “Vino a sacármelo. Para que me lo
devolvieran muerto” (34).

Garibotti se va con Carranza, avisa que hace una diligencia y vuelve pronto. En este
punto, el narrador hace sus conjeturas acerca de lo que pudieron hablar los dos
hombres: tal vez Garibotti le recomienda a Carranza que se entregue; tal vez este
tiene un pedido para él, o solo quiere que vayan juntos a la casa de un amigo a
escuchar la radio, porque van a dar un noticia; acaso tan solo vayan a esa casa a
jugar naipes y escuchar el partido de boxeo. Lo cierto es que ambos van
desarmados y que, cuando llegue la ocasión, se dejarán arrestar sin resistencia. De
Carranza dice el narrador: “se dejará matar como un chico, sin un solo movimiento
de rebeldía” (35).

Walsh cierra el capítulo diciendo que de Garibotti no volverán a tener referencias


ciertas, y que de Carranza solo se tendrá alguna otra información más adelante, en
el transcurso de aquella noche.

3. Don Horacio

El capítulo comienza con una descripción del barrio de Florida, donde se inician los
acontecimientos que llevarán a la masacre. Se detiene luego en la casa de portones
celestes en la que transcurre “el primer acto del drama” (37). La casa tiene dos
departamentos, uno al frente y otro al fondo.

En ese mismo momento, a las 9:30pm, se inicia el trágico levantamiento de junio,


orquestado por Tanco y Valle. La mayor parte del país, incluidos Di Chiano y Giunta,
no saben nada de lo que está sucediendo. Mientras tanto, la Radio del Estado, voz
oficial de la Nación, transmite música de Haydn.

4. Giunta
A Giunta, Walsh lo ha conocido personalmente. Lo describe como un hombre de 30
años, alto, rubio, sincero y de humor irónico. Por su forma de hablar, uno se
convence rápidamente de su inocencia, afirma el narrador. Giunta trabaja como
vendedor en una zapatería de Buenos Aires, oficio que le ha dado la habilidad de
adivinar los deseos de sus clientes, cualidad que el narrador destaca, porque más
adelante, aunque Giunta no lo sospeche, le ayudará “a salir del trance más amargo
de su vida” (40).

5. Díaz: dos instantáneas

Antes de presentar a Rogelio Díaz, el narrador cuenta que va llegando gente a la


casa del fondo, donde habrá hasta quince hombres jugando a las cartas y
escuchando el partido de box. Sostiene que por momentos será difícil saber con
precisión cuándo llegaron y cuándo se fueron los presentes, y que incluso algunas
identidades no quedarán del todo dilucidadas.

Sabemos, dice Walsh, que alrededor de las 9pm llega Rogelio Díaz, aunque se
desconoce qué lo lleva hasta aquella casa. Díaz es un suboficial retirado de la
Marina que vive cerca, en Munro. Está casado y tiene dos o tres hijos, aunque nadie
pudo dar luego con su familia. Walsh no sabe si está o no comprometido con el
movimiento revolucionario. El narrador decide describirlo a través de dos imágenes,
de las que infiere su inocencia: una, en la que se lo ve alegre y conversador jugando
a los naipes; otra, en la que ronca apaciblemente cuando los tienen detenidos en la
Unidad Regional de San Martín, mientras todos temen. “En estas dos instantáneas
puede resumirse toda la vida de un hombre” (41).

6. Lizaso

Carlos Lizaso es un muchacho de 21 años, que trabaja duramente y a quien en sus


momentos de ocio le gusta jugar al ajedrez. Proviene de una familia numerosa en la
que se suele hablar de política. Cuando llega a la casa de portones celestes aquella
noche, puede no saber de la revolución: no lleva un arma consigo y nunca tuvo una.
Pero su novia encuentra una nota con la letra de Carlos en la que dice “Si todo sale
bien esta noche…”. “Pero todo saldrá mal” (43), responde Walsh.

7. Alarmas y presentimientos
“Marcelo”, uno de los informantes de Walsh cuyo verdadero nombre permanece
oculto, pasa un par de veces por la casa de Torres, con la intención de prevenir a
Lizaso. Este hombre sabe lo que está ocurriendo y es amigo de la familia de
Carlitos. Antes de marcharse por última vez, llama aparte a uno de los presentes y
le pregunta si los que se encuentran allí saben algo de lo que está pasando. Este le
responde que no, que vinieron a escuchar la pelea. “Marcelo” se va y le pide a su
interlocutor que cuide a Lizaso. Este le dice que se quede tranquilo, que “ya no hay
nada esta noche” (45).

8. Gavino

Descubrimos que aquel interlocutor de “Marcelo” es Norberto Gavino. Él, a


diferencia del resto, está involucrado en el levantamiento. Aquella noche no tiene
novedades del asunto y no quiere alarmar a los que allí se encuentran escuchando
a la pelea y jugando a los naipes. Gavino está prófugo y su esposa está
encarcelada como rehén. Se ha resguardado en el departamento de Torres, a la
espera de noticias.

9. Explicaciones en una embajada

El relato llega en este punto al inquilino del departamento del fondo, a Juan Carlos
Torres. Aquí Walsh repone las conversaciones que tuvo con este hombre desde su
asilo en la embajada latinoamericana. Él le cuenta que, como Gavino, también
estaba a la espera de noticias y que en su casa había documentación, aunque no
armas, como después se dijo. No puso sobre aviso a quienes habían caído en su
casa, acostumbrada a estar abierta a todo el mundo, porque no tenía información
certera y no quería exponerse. Unos minutos más y todos se hubieran ido a sus
casas, dice. Walsh cierra el capítulo con estas palabras: “En este caso, todo girará
alrededor de unos minutos más” (48).

10. Mario

De Mario Brión, el narrador da una imagen muy detallada acerca de su forma de ser,
sus aspiraciones laborales y su estilo de vida. Lo describe como un muchacho serio
y trabajador, aficionado a la lectura y emprendedor. Brión resuelve a ir a escuchar la
pelea a la casa de su vecino porque lo invitaron. Allí, algunos testigos lo ven alegre
y alejado del resto del grupo, cerca de la radio.

11. “El fusilado que vive”

Juan Carlos Livraga vive en la casa de su padre. Es un muchacho de ideas


comunes y temperamento reflexivo, con una curiosidad instintiva. ¿Sabe algo de los
levantamientos?, se pregunta Walsh, y luego responde: Livraga lo niega
rotundamente. Varios testimonios despejan toda sospecha. Pasadas las 10pm,
Livraga está indeciso, no sabe si quedarse en un bar que frecuenta, o si ir a un
baile. En esa duda estaba cuando se encuentra con su amigo Vicente Rodríguez.

12. “Me voy a trabajar”

Hombre corpulento, Vicente Rodríguez quería ser alguien en la vida, pero su mala
suerte lo dejará pidiendo, desesperado, que le den el tiro de gracia, después de
haber recibido varios disparos. Casado y con tres hijos, cuando aquella noche sale
para la casa fatídica, le dice a su mujer: “Me voy a trabajar” (53). Walsh conjetura si
ha mentido, si sabe algo del levantamiento, o si su primera intención era, en efecto,
irse a trabajar. Se encuentra con Livraga y lo invita a escuchar la pelea. Antes de
llegar a su casa, ve gente en el departamento del fondo de la casa de portones
celestes. Averigua que pueden escuchar la pelea ahí. Livraga se encoge de
hombros y acepta el ofrecimiento.

13. Las incógnitas

En este último capítulo de la primera parte, Walsh hace un repaso de quiénes se


encuentran en el departamento del fondo: Carranza, Garibotti, Díaz, Lizaso, Gavino,
Torres, Brión, Rodríguez y Livraga. No se sabe a ciencia cierta si hubo otras
personas. Algunos vienen y se van. A eso de las 10:45pm aparecen dos
desconocidos a quienes nadie reconoce, pero que después se sabe que son
pesquisas, que ingresan para notificar que no hay armas en el lugar. Walsh anticipa
que cuando llegue la policía, nadie ofrecerá la menor resistencia.

En el departamento de adelante se encuentran Di Chiano y Giunta. Faltan pocos


minutos para las 11pm; la Radio del Estado pasa música clásica. En la Comisaría 2ª
de Florida se han reunido veinte hombres para un operativo. La pelea de box dura
10 minutos. Mientras Don Horacio se encuentra en la cocina, calendando agua
caliente para su mujer, escucha unos golpes fuertes a la puerta, continuados por un
grito: “¡La policía!” (57).

Análisis

En esta primera parte predomina el tema de las tensiones entre literatura y


periodismo. Walsh utiliza muchos recursos que dinamizan la narración y que
convierten la investigación en un relato atrapante.

Podemos destacar, en primer lugar, el uso de los testimonios de familiares,


sobrevivientes e involucrados para reconstruir las escenas previas y particulares de
cada uno de los que estaban presentes en la casa del barrio Florida. Esta
reconstrucción llega, cronológicamente, hasta el momento en que la policía golpea
la puerta del departamento de Don Horacio, acción que cierra este “primer acto del
drama”, como lo llama Walsh. Pero también aparecen anticipos, en pequeñas dosis,
de lo que sucederá más adelante, de modo que los acontecimientos que se narran
se van cargando de expectativa y de suspenso. Por ejemplo, Walsh nos dice que
Carranza “se dejará matar como un chico”, un adelanto que nos dice cuál es el final
trágico de este personaje y que le sirve, asimismo, para representar su inocencia.
En sentido inverso, el narrador también toma una cualidad del personaje para
entender mejor los sucesos futuros: esto sucede cuando anticipa que una de las
habilidades de Giunta, la de adivinar qué desean sus clientes, lo ayudará a
sobrevivir la masacre.

Por momentos, la historia parece estar contada por un narrador casi omnisciente,
que describe la vida de sus personajes y que recrea, casi como si se tratara de una
representación realista, los diálogos que tienen con sus seres queridos aquella
noche. Pero también aparece, en algunas zonas, la instancia de investigación, como
cuando el narrador se pregunta por qué Carranza fue a la casa de Garibotti, y la
respuesta se otorga con una línea de diálogo de la mujer de Garibotti, que le ha
dicho personalmente a Walsh: “Vino a sacármelo. Para que me lo devolvieran
muerto”. Esta irrupción de un diálogo que viene de otra línea temporal, la de la
investigación, quiebra el verosímil de una reconstrucción de tipo realista y lo hace
consciente al lector de la realidad cruda de la masacre.

Walsh pone a disposición de su relato datos objetivos, como cuál es la temperatura


aquella noche, para comprender mejor las circunstancias de los hechos. Algunos de
esos datos se tornarán relevantes más adelante, como qué transmitía la Radio del
Estado según la hora, un elemento clave de su investigación que se nos presenta
como importante, aunque todavía no se nos revela el porqué: “En este caso, todo
girará alrededor de unos minutos más” (48).

La sucesión de los capítulos en esta primera parte también tiene una función
literaria: las personas son colocadas, en la secuencia narrativa, por cercanía, y en
algunos casos una intriga pendiente de un capítulo se resuelve en el otro, como
cuando nos enteramos que la puerta a la que llama Carranza en el capítulo 1 es de
la casa de Garibotti en el capítulo 2, o que quien habla con “Marcelo” en el capítulo
7 es Gavino en el 8. Llama la atención también que Livraga, un personaje que se
destaca en el prólogo por ser “el fusilado que vive”, aparezca recién en el capítulo
11; quizás Walsh estaba buscando quitarle protagonismo a uno de los
sobrevivientes, para que el lector llegue a simpatizar también con las otras víctimas.
El modo en que estas personas son descritas como hombres de familia y
trabajadores, en su mayoría ignorantes del levantamiento, busca interpelar la
conciencia del público lector, para que se entristezca o se indigne ante la situación
de injusticia con que fueron arruinadas estas vidas “honradas”. De esta manera, las
imágenes de la cotidianidad que aparecen en esta parte funcionan como recurso
para despertar la empatía del lector. A medida que avance el relato, y en relación
con las modificaciones realizadas por el autor años más tarde (ver sección
“Apéndice”), la impunidad de los victimarios también relativiza y aminora la
condición de “culpables” de quienes sí estaban comprometidos con la causa
revolucionaria, como Gavino.

Las marcas subjetivas de la narración aparecen cuando se muestran las “lagunas”


de la investigación. Los acontecimientos no pueden ser reconstruidos en su
totalidad, puesto que los diferentes testimonios se revelan incompletos y parciales.
Walsh, en vez de ocultar esta situación, la pone en evidencia, realizando sus propias
conjeturas y haciéndose cargo de las incógnitas irresueltas. Precisamente estos
momentos, en los que el investigador expone sus preguntas y sus inferencias,
ponen de manifiesto que las instancias de mayor objetividad periodística son
aquellas que, paradójicamente, están atravesadas por la subjetividad del
narrador-periodista.

Operación Masacre Resumen y Análisis de la Segunda Parte: Los Hechos


(capítulos 14-21)

Resumen

14. ¿Dónde está Tanco?

Horacio Di Chiano va a abrir la puerta pero la policía salta el cerrojo antes de que
termine de sacar la cadena. La casa se llena de policías rápidamente. El jefe del
grupo, que lleva puesto el uniforme del Ejército Argentino, le pregunta a Horacio
dónde está Tanco; este no sabe de quién habla. El que manda se dirige entonces a
Giunta y le apoya la pistola en la garganta; le dirige la misma pregunta. Ante el
silencio, recibe un puñetazo. Ambos son sacados de la casa y llevados al auto de
policía.

“El episodio es confuso, no hay dos relatos que coincidan” (62), dice Walsh. Parece
que Lizaso y Torres estaban yendo del departamento del fondo hacia el de adelante
cuando llegó la policía. Torres logra escapar saltando la pared del patio que
comunica los dos departamentos; es el primer sobreviviente. “Carlitos” es detenido.

La policía llega al departamento del fondo. “Nadie mueve un dedo. Nadie protesta ni
se resiste” (63), enfatiza el narrador. Los hacen salir a la calle y los van subiendo a
un colectivo. El jefe, mientras los maltrata, va preguntando sus nombres. Cuando
escucha el de Gavino, lo reconoce; con el cañón de la pistola en la boca le pregunta
dónde está Tanco y amenaza con matarlo. Gavino no responde. A Giunta y a Di
Chiano también los suben al colectivo. Detienen a tres personas más que estaban
en las inmediaciones: un chofer de colectivo, un sereno de una fábrica y un joven
que se despedía de su novia.
Antes de irse, revisan los departamentos, buscando armas y documentos. Aquí
Walsh sostiene que “la primera etapa de la ‘Operación masacre’ ha sido rápida”.
Son las 11:30pm y la Radio del Estado sigue transmitiendo música clásica.

15. La revolución de Valle

En este capítulo, Walsh reconstruye el panorama político del momento, en torno a


este primer intento peronista de retomar el poder mediante la revolución. La
proclama firmada por Valle y Tanco acusa al gobierno de la Revolución Libertadora
de censura, represión y del desabastecimiento del país. Según Walsh, la resistencia
peronista de esa época tiene una gran capacidad para percibir los males infringidos,
“y una notable ambigüedad para diagnosticar las causas, convertirse en movimiento
revolucionario de fondo y abandonar definitivamente al enemigo las consignas
electorales y las bellas palabras” (67).

El foco revolucionario es apagado en menos de 12 horas. Hay varios


enfrentamientos, con tiroteos, heridos y muertos. La mayoría de los habitantes del
país ignoran lo que está sucediendo. La Radio del Estado, a las 00hs, interrumpe la
transmisión, como consta en el Libro de Locutores de Radio del Estado. Hasta
ahora, no se ha dicho nada sobre los acontecimientos subversivos, ni se ha hecho
alusión a la ley marcial, que sin ser anunciada públicamente no puede entrar en
vigencia. “Pero ya ha sido aplicada” (69), sostiene Walsh, y será aplicada a hombres
que fueron capturados antes de que rija la ley.

16. “A ver si todavía te fusilan…”

Mientras viajan en el colectivo, los prisioneros de Florida se preguntan por qué los
llevan. Gavino sabe, pero guarda silencio. Llegan a la Unidad Regional de Policía de
San Martín. A las 0.11 del 10 de junio de 1956, la Radio del Estado reanuda su
transmisión, sorpresivamente. Por unos 20 minutos transmite música ligera. “Es el
primer indicio oficial de que algo serio ocurre en el país” (70).

A la casa de Florida llegan dos personas más, en busca de un amigo: Julio Troxler y
Reinaldo Benavídez. De Troxler, Walsh nos cuenta que ha trabajado de oficial de
policía y que sabe cómo tratar con ellos; de Benavídez sostiene que “va a sucederle
algo increíble, algo que aun ubicado en esa noche de singulares aventuras y
experiencias, parece arrancado de una exuberante novela” (71).

Troxler conoce al sargento que los intercede y que les avisa que tiene la orden de
llevarlos. En este momento, ninguno de los dos sospecha nada grave y por eso no
reaccionan, pero más adelante obrarán con una determinación sorprendente.

A las 0.32, la Radio del Estado interrumpe la música y transmite en cadena nacional
el anuncio de dos decretos: declara en vigencia la ley marcial en todo el territorio de
la Nación y pone en conocimiento su reglamentación. Troxler se encuentra con otro
conocido, un comisario que acaba de escuchar el anuncio y que, bromeando, le
dice: “a ver si todavía te fusilan” (73).

17. “Pónganse contentos”

A las 0.45 bajan a los prisioneros del colectivo. Los llevan a una oficina de la Unidad
Regional San Martín. Se preguntan perplejos por qué los tienen allí, sin encontrar
respuesta. Mario Brión piensa en su esposa, que debe estar preocupada porque él
nunca llega tan tarde a su casa. Garibotti se lamenta de haberle hecho caso a su
amigo Carranza. Este recuerda las palabras de su mujer, que le pedía que se
entregue, y piensa que ya es hora de entregarse, porque “matar no lo van a matar,
por unos panfletos y unas conversaciones” (75).

Un oficial les pregunta si son detenidos políticos y les dice que se pongan contentos,
porque estalló la revolución y ya no tienen comunicación con La Plata. Del combate
que se da en esta ciudad, Walsh destaca la participación de Juan Carlos Longoni,
un policía que defiende al gobierno, implacable durante toda la noche, y que
después será dejado cesante por respaldar las denuncias que el doctor Doglia
realiza sobre este caso de los prisioneros de la Unidad Regional San Martín.

18. “Calma y confianza”

Es la 1.45 de la mañana. La ley marcial ha sido propalada varias veces. Hace 15


minutos se difundió un comunicado de la Vicepresidencia de la Nación, firmado por
Rojas, que notifica lo que está ocurriendo y que le pide a la población “tener calma y
confianza en la fuerza y consolidación de la Revolución Libertadora” (77). Los
prisioneros se enteran y empiezan a temer. Gavino pregunta a qué hora salió la ley
marcial y se alivia al enterarse que se promulgó después de su detención. Pero
Mario Brión dice en voz alta: “a ver si todavía nos matan…” (78). Todos hablan al
mismo tiempo, preocupados, hasta que dos guardias armados imponen silencio.
Mientras tanto, el sargento Díaz ronca despreocupado.

19. Que nadie se equivoque…

Rodolfo Rodríguez Moreno, el inspector mayor de la Unidad Regional San Martín,


se pregunta por qué le tienen que caer a él estos “pobres diablos” (78). Tiene un mal
presentimiento, atado como está a la “desgracia”. En más de una ocasión le ha
tocado estar envuelto en situaciones complicadas, de accidentes “infortunados” en
los que él es inocente. “Pero el desastre lo sigue” (79). Aquella noche lo acompaña
el comisario Cuello.

Los detenidos empiezan a ser llamados en tandas para ser interrogados. A Livraga
le preguntan si sabía algo de la revolución, si había visto antes unos brazaletes con
la insignia P.V. (Perón Vuelve) y si un revólver que allí tenían le pertenece. A todo
responde que no, y cuenta por qué se hallaba en el departamento de Florida.

Gavino se pone de acuerdo con Carranza para declarar lo mismo: que son
simpatizantes peronistas, que presumían que iba a haber un levantamiento y que
fueron a escuchar la noticia por radio. Mientras tanto, a Troxler y a Benavídez los
tienen separados, en otra dependencia. A estos les dicen que los mandan a La
Plata.

A las 2.53 de la mañana sale en cadena nacional una difusión del vicepresidente
Rojas, en el que anuncia que se está dominando el levantamiento. Luego dice: “Que
nadie se equivoque […] La Revolución Libertadora cumplirá inexorablemente sus
fines” (81). Una hora después, el combate continúa.

Los detenidos tiritan de frío en la Unidad Regional de San Martín. Desde las 3 de la
madrugada el termómetro marca 0 grados. Entonces los llaman de nuevo, de a uno.
Les quitan dinero, relojes, llaves, documentos y otras pertenencias; a cambio les
dan un recibo de lo confiscado. Se torna evidente que no piensan soltarlos.
20. ¡Fusilarlos!

Son las 4.45 de la madrugada y parece que Rodríguez Moreno está tratando de
ganar tiempo. No le resulta placentero tener que salir a matar a estas personas.
Está convencido de que la mayoría no tiene nada que ver con lo que está
sucediendo. A las 4.47 sale una difusión por Radio en la que se avisa que han sido
ejecutados 18 rebeldes civiles. Fernández Suárez da la instrucción determinante:
“¡A esos detenidos de San Martín, que los lleven a un descampado y los fusilen!”
(83). Rodríguez Moreno recibe la orden y se decide.

21. “Le daba pecado…”

A los tres hombres que habían detenido en la calle les devuelven sus efectos
personales y los dejan en libertad. Rodríguez Moreno dirá más tarde que los liberó a
cuenta propia, porque estaban incluidos en la orden de fusilamiento.

El resto es llevado a un carro de asalto. Les dicen que los trasladan a La Plata. En
eso, el comisario Cuello llama aparte a Giunta y, casi suplicando, le vuelve a
preguntar si él estaba en la casa de Florida. Giunta comprende que le está pidiendo
que diga que no, para tener una excusa para soltarlo. Pero no sabe por qué tiene
que mentir, y afirma que estaba. Luego dirá que al comisario le había “dado pecado”
mandarlo a morir. Giunta vuelve con los otros, inconscientemente prevenido.

Walsh conjetura cuántos hay en aquel carro. Son por lo menos 12, pero algunos
dicen que hubo hasta 14. Los vigilantes son alrededor de 13; llama la atención que
van armados con máuseres, pistolas poco propicias para la misión que deben
cumplir, que requiere de fusiles ametralladoras. Es un enigma el porqué de esta
extraña circunstancia que permitirá, junto con otras condiciones inusuales, que la
mitad de los condenados salven sus vidas.

Cabe resaltar que ninguno sabe que están condenados, “inaudita crueldad” que
agrava la ilegal situación. “No se les ha dicho que los van a matar. Más aún, hasta
último momento habrá quien pretenda engañarlos” (86).

El camión empieza a andar. Los prisioneros no pueden ver, no saben que la


dirección que toman. En realidad, se aleja de La Plata. Brión le dice a Giunta que
cree que los matan, y este intenta consolarlo. Carranza y Livraga van confiados.
Troxler va atento, le llama la atención que ninguno de los vigilantes se anima a
mirarlo. En eso se da cuenta que no están yendo para la Plata. Primero cree que
van a Campo de Mayo, pero luego el carro cambia de dirección. Le resulta
incomprensible.

Análisis

El comienzo de la segunda parte es vertiginoso. Se multiplican las imágenes de la


violencia, con los gritos, los culatazos y las armas apuntadas. En este estado de
confusión general, es más difícil reconstruir fielmente los hechos, puesto que los
testimonios se tornan más subjetivos por la experiencia directa del peligro: “no hay
dos relatos que coincidan”, sostiene el narrador. Esto, en vez de empobrecer la
representación, la hace más vívida, puesto que Walsh logra recrear con destreza
esa sensación de caos que reina en la casa del barrio Florida cuando entra,
intempestivamente, la policía.

El narrador utiliza la repetición para enfatizar su punto de vista crítico: “Nadie mueve
un dedo. Nadie protesta ni se resiste”, sostiene, y con este recurso le da un matiz de
denuncia política al relato. En esta parte, asimismo, aparece por primera vez la
referencia al título de la obra, “operación masacre”, nombre con el cual Walsh
bautiza este operativo policial que reiteradamente denuncia como atroz e ilegal.

En esta parte aparecen dos víctimas más: Troxler y Benavídez. Son dos personajes
muy importantes en la “trama”, porque tienen un rol activo en la fuga de los
sobrevivientes. No aparecen mencionados en la primera parte, dedicada a las
personas, por una cuestión cronológica, dado que ellos no estaban presentes
cuando llega la policía, momento que Walsh elije como bisagra para determinar el
comienzo de los hechos. La decisión de hacer un punto de inflexión en ese instante
es, al mismo tiempo, una decisión literaria y política: por un lado, organiza el
material periodístico con un claro motivo de suspenso, que cierra la primera parte
con un grito ("¡La policía!") e inicia la segunda con los sucesos terribles de aquella
noche; por otro lado, se infiere de esta división una acusación: el crimen se inicia
con la llegada de la policía y no antes, porque para Walsh no hubo allí una reunión
subversiva.
En el capítulo sobre la revolución de Valle, Walsh realiza un comentario en el que
cuestiona el proceder de ese entonces de la resistencia peronista, que todavía no se
ha determinado a tomar una postura y un discurso de corte más revolucionario. Esta
crítica es un claro indicio de la conversión ideológica del autor y, posiblemente, haya
sido agregado en ediciones posteriores de Operación masacre, cuando Walsh ya
tenía un posicionamiento político más radicalizado.

En el capítulo 16 nos enteramos por qué el detalle de la Radio del Estado es tan
importante: porque es el medio que comunica la promulgación de la ley marcial,
cuya vigencia da comienzo a un estado de excepción, en el cual se pueden realizar
fusilamientos sin juicio previo. Esta ley no tiene incidencia sobre los hechos
sucedidos antes de ser comunicada oficialmente y, por ende, las personas
detenidas con anterioridad no pueden estar sometidas a su imperio. Como veremos
en la tercera parte, este es un dato crucial de la investigación de Walsh; así lo
anticipa cuando dice que la ley ha sido aplicada antes de tiempo. En términos
literarios, se resuelve el suspenso en torno a la mención insistente sobre la Radio
del Estado y su transmisión.

Varios de los capítulos de esta segunda parte llevan como título un sintagma dicho
por alguno de los involucrados, que luego se repone en la narración. Son palabras
que conllevan algo de ironía y de sarcasmo, no por lo que dicen en sí, sino por el
contexto en que son pronunciadas, y por haber sido destacadas del resto. Un policía
le dice a Troxler, después de haber escuchado la promulgación de la ley marcial, “A
ver si todavía te fusilan”. Ellos se ríen, pero el lector sabe que aquella frase de
broma no tiene nada. Lo mismo sucede cuando en la comisaría les dicen a los
detenidos que se pongan “contentos” porque estalló la Revolución, como si aquello
los fuera a ayudar en este transe. Walsh también decide resaltar dos partes de los
comunicados oficiales del vicepresidente Rojas: “calma y confianza” y “que nadie se
equivoque”. Son dos sintagmas con los que el gobierno de facto quiere remarcar el
poder de la Revolución Libertadora, pero que en el texto se cargan de sentidos
nefatos y premonitorios de lo que está por suceder.

El narrador utiliza el estilo indirecto libre para reponer los pensamientos que tienen
sus personajes mientras se encuentran en la Unidad Regional de San Martín. Si
bien pudo haber recuperado estos pensamientos de los testimonios de algunos de
los sobrevivientes, de otras personas que murieron, como Carranza o Brión, solo
pudo haber utilizado la información que tenía disponible para imaginar lo que
estarían pensando en ese momento. En estas instancias, el relato se apega más al
tipo de representación realista, que apuesta más por la verosimilitud –por lo que
pudo haber pasado– que por la verdad –es decir, por lo que estamos seguros de
que sucedió. No obstante, siguen apareciendo las conjeturas de lo que no pudo ser
dilucidado, como cuántas personas, en efecto, son llevadas al basural para ser
fusiladas.

Walsh también utiliza este recurso del estilo indirecto libre para reponer las
reflexiones de uno de los “malos” de la historia: el mayor Rodríguez Moreno. Es
interesante, en este punto, cómo Walsh utiliza datos que conoce del policía para
suponer qué es lo que está pensando Rodríguez Moreno antes de llevar a cabo los
fusilamientos. Sabe que este personaje ha estado envuelto en varios casos de
abusos policiales que terminaron en la muerte sospechosa de prisioneros y
detenidos. Pero en vez de construir al personaje como evidentemente culpable,
apela al recurso de la ironía, puesto que sostiene que el pobre Rodríguez Moreno se
vio azarosamente envuelto en situaciones turbias en las que él no tuvo nada que
ver. La recurrencia de estos episodios invita al lector a pensar que, evidentemente,
Rodríguez Moreno es menos inocente de lo que aparenta.

Estos capítulos también están llenos de anticipaciones. Se destaca el hecho de que


Benavídez tendrá un rol importante en una situación increíble, todavía no
descubierta, que adelanta el tema de la verdad en oposición a la verosimilitud,
porque “parece arrancado de una exuberante novela”. Lo excepcional marca
también una parte de la denuncia de Walsh, que resalta todas las irregularidades del
operativo, como el hecho de que los oficiales no lleven consigo las armas
reglamentadas para realizar un fusilamiento, y que tampoco le han dicho a los
detenidos que los van a fusilar. Mucho de lo que sucede aquella noche mezcla cierto
descuido de la policía con cuestiones inexplicables, y que por ello rodean lo
inverosímil, lo excepcional en un sentido a la vez fantástico y terrible, porque tiene
que ver con un crimen de Estado.

Operación Masacre Lista de Personajes


Nicolás Carranza
Víctima fatal del fusilamiento, Carranza es presentado como un hombre de familia,
casado y con seis hijos, que está prófugo por ser peronista. Antes trabajaba de
ferroviario, luego no sabe si su familia podrá mantener la casa sin su sueldo. Walsh no
sabe con certeza si sabe algo del levantamiento de Valle y Tanco. Vive con temor a
que lo capturen.

Francisco Garibotti
Amigo de Carranza y ferroviario, tiene también seis hijos y esposa. Es un hombre alto
y musculoso. Aquella noche sale de su casa de mala gana y con la intención de volver
pronto; Walsh infiere de esto, y de la nula resistencia que tiene cuando lo capturan,
que no está involucrado en el levantamiento. Muere en el fusilamiento clandestino.

Horacio Di Chiano
Don Horacio es el dueño del departamento de adelante, en la casa donde se
encuentran todos los que serán detenidos. “Hombre de pequeña estatura, moreno, de
bigotes y anteojos” (37). Vive con su mujer y con su hija, y es electricista. Ignora
completamente los planes de revolución. Di Chiano sobrevive a la masacre y luego
permanece oculto, con temor a que lo atrapen.

Miguel Ángel Giunta


Vecino de Don Horacio, ha ido a visitarlo en el momento en que llega la policía. Es alto
y rubio, tiene 30 años y trabaja en una zapatería. Es uno de los testigos y
sobrevivientes que mayor detalle otorga su relato. Convence a Walsh de su inocencia
respecto del levantamiento.

Rogelio Díaz
Es una de las personas de las que Walsh menos sabe, porque no puede contactarse
con ningún familiar o amigo directo. Es una persona corpulenta, morena, de “edad
indefinible” (41). Se sabe que es un suboficial, que está casado y que tiene dos o tres
hijos. Por su actitud alegre y confiada, se supone que no está involucrado en ningún
asunto peligroso. Otra de las víctimas fatales de la “operación masacre”.
Carlos Lizaso
“Carlitos” tiene 21 años cuando es asesinado en el basural de José León Suárez.
Había abandonado sus estudios secundarios para ayudar a su padre, con quien vive,
en su oficina de martillero. Aunque no lleva armas consigo aquella noche, algunas
señales indican que sabe algo de lo que está sucediendo.

Norberto Gavino
Uno de los sobrevivientes. Gavino sí está involucrado en el levantamiento. Tiene 40
años, es de estatura mediana. Ha sido suboficial de gendarmería, luego vendedor de
terrenos. Su esposa es encarcelada como rehén; él permanece prófugo. Se encuentra
en lo de Torres para refugiarse, pero no está seguro de que algo importante vaya a
pasar aquella noche.

Juan Carlos Torres


Es el inquilino del departamento del fondo. También está comprometido con la causa
revolucionaria. Para sus vecinos, es un hombre social y tranquilo, que ofrece su casa
para todo tipo de encuentros. Allí suele ir, de hecho, gente que no lo conoce. Para la
policía, “es un individuo peligroso y escurridizo, vana e incansablemente buscado…”
(46). Al momento de la investigación, se encuentra asilado en una embajada. Es alto y
flaco, de “ojos oscuros y penetrantes” (47). Cuando llega la policía, Torres se escapa y
no llega a ser detenido.

Mario Brión
Tiene 33 años, es de estatura mediana, rubio, con calvicie y bigotes. Lleva una vida
cómoda, con pocas sorpresas, junto a su mujer y su hijo Daniel. Sus vecinos dicen que
es un muchacho serio y trabajador. Aquella noche lo invitan a oír la pelea a lo de
Torres y sale sin sobretodo, con una tricota blanca que más adelante lo hará un
“blanco fácil” para los policías. Muere en José León Suárez.

Juan Carlos Livraga


Es “el fusilado que vive”. Hombre flaco, de rasgos regulares, cabello castaño y bigote.
De ideas comunes pero con temperamento reflexivo y calculador. Livraga es el único
que se anima a presentarse para reclamar justicia. No sabe nada del levantamiento.
Vicente Rodríguez
Rodríguez tiene 35 años y trabaja en el puerto. Es “una torre de hombre” (52). Ha
querido aspirar a más de lo que tiene en su vida. Amigo de Livraga, aquella noche se
encuentran y se van juntos a lo de su vecino, Torres, a escuchar la pelea. A su mujer le
ha dicho que sale a trabajar. Es opositor peronista pero, por su pasividad aquella
noche, Walsh conjetura que no sabe nada del levantamiento. Menos aún sospecha
que lo van a fusilar. No sobrevive.

Julio Troxler
Llega a la casa de Florida después de que los capturados son llevados a la comisaría,
junto con Reinaldo Benavídez. Ambos son también detenidos. Troxler es un hombre
alto y atlético. Ha trabajado como oficial de policía, por lo que sabe cómo tratarla. Es
peronista, pero no le gusta hablar de política. Es uno de los sobrevivientes que, años
después, tendrá una participación importante en la adaptación cinematográfica de
Operación masacre.

Reinaldo Benavídez
Llega junto con Troxler a la casa. Tiene alrededor de treinta años, es dueño de un
almacén y vive con los padres. Walsh lo describe como una persona de carácter
resolutivo, cualidad que le permitirá obrar con determinación para escapar del
fusilamiento, junto con Troxler y otros sobrevivientes.

“Marcelo”
De identidad oculta, Walsh lo presenta como un “ex terrorista” que le sirve de
informante. La noche del 9 de junio pasa un par de veces por el departamento de
Torres, preocupado de que haya tanta gente cuando él sabía que el levantamiento era
inminente. Quiere resguardar a Lizaso, pero no lo consigue.

Teniente coronel Desiderio A. Fernández Suárez


Es el jefe a cargo del operativo que irrumpe en los departamentos de Di Chiano y
Torres y detiene a los hombres que allí se encuentran. Trata a todos con violencia,
dispensando culatazos y trompadas. Es quien manda a fusilar a los detenidos, y por
eso recae en él la responsabilidad del crimen.
Mayor Rodolfo Rodríguez Moreno
Está a cargo del fusilamiento clandestino, por orden de Fernández Suárez. Es un
hombre que se vio implicado varias veces en episodios nefastos de maltrato policial,
de los que salió siempre bien parado.

Comisario Cuello
Segundo a cargo, después de Rodríguez Moreno, en la Unidad Regional San Martín.
Es un hombre bajo y nervioso. Intenta prevenir a Giunta pero no lo consigue. Durante
el juicio, declara que la detención se realiza después de promulgada la ley marcial.

Dr. Jorge Doglia


Jefe de la División Judicial de la provincia. Es el primero en denunciar a Fernández
Suárez por el fusilamiento ilegal de Livraga. Luego es destituido de su cargo por el
propio Fernández Suárez por haber realizado tal acusación.

Eduardo Schaposnik
Representante de la Junta Consultiva que retoma la denuncia de Doglia.

Juez Belisario Huello


Está a cargo de la investigación por el fusilamiento de Livraga hasta que un fallo de la
Suprema Corte pasa el caso a juzgado militar. Walsh sostiene que se destaca del resto
de los jueces por ser honesto.
Operación masacre (motivo)
El título de la obra tiene la marca de la denuncia de Walsh, puesto que con el
sintagma “operación masacre” el periodista busca ubicar los acontecimientos que
comienzan en la casa de Vicente López y que terminan en el basural de José León
Suárez, dentro de un operativo oficial que se convierte en una matanza a mansalva
de personas indefensas, a las que nunca se les dice que han sido condenadas a
muerte. Este motivo se relaciona con la estrategia semántica de Walsh de permutar
las palabras que se utilizan para referirse a este episodio por los términos que
considera correctos. Así, cambia “fusilamiento” por “asesinato”, “detención” por
“secuestro” y “operativo policial” por “operación masacre”.

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