Una Ballena.
Una Ballena.
Una conexión
misteriosa con un mundo marino de inhumanas criaturas. Un mundo que agoniza, que
late mientras se escurre entre las manos, un cosmos desconocido donde cohabitan los
animal y lo humano, homenajes al Polar francés, un trasfondo oscuro, una extraña
belleza. Una Ballena (Pablo Hernando. 2024), es una mistura de cine negro y fantasía
donde una asesina con connotaciones de Alain Delon en El silencio de un hombre
(Samurai. Jean-Pierre Melville. 1967) lleva a cabo diversos asesinatos portuarios.
Ingrid García-Jonsson es una sicaria (con tentáculos) y un aroma lovecraftiano. El viaje
iniciático de la asesina la lleva a dejar jirones de humanidad cada vez que realiza uno de
sus encargos (excelente Ingrid García-Johnson) envuelta en el brutalismo atmosférico,
en la humedad lovecraftiana. En la oscura belleza de una poesía fría y metálica en lo
visual. La interpretación bressoniana y existencialista consigue introducir en la silente
soledad, en ese lugar oscuro que ocultamos, a base de un tempo pausado y una paleta de
grises y azules que deambula por el realismo mágico y la poesía malsana.
Hay una recreación en el mensaje críptico que solicita inmersión del espectador para
aventurar el verdadero significado de lo que estamos viendo. Con un envoltorio a
caballo entre la austeridad, el enigma y la lobreguez. La cámara juega con el fuera de
campo en un proceso hipnótico y valiente. La atmósfera lluviosa juega a la irrealidad,
dotando de un tono de alucinación, favorecido por la frialdad y el acero de la fotografía
(Sara Gallego) que conjuga, en un mundo inquietante de luces y negruras, la tragedia
humana y cósmica de la protagonista. Un mundo opresivo donde, como una sombra, el
personaje de Ingrid va descendiendo cada vez más hacia la atracción abisal y la llamada
de lo profundo.
Enigmática propuesta que bebe de las fuentes del cosmos de Cthulhu en una experiencia
que tiene mucho de inmersiva y solicita la complicidad del espectador. La iconografía
portuaria, plena de personajes húmedos; casi salobres; que se mueven en ambientes
marginales, de estraperlo, con iluminación parcial en los rostros, es impactante. El
personaje de Barea ancla a la asesina a la parte más real del mundo, en una propuesta
arriesgada y de vanguardia, plagada de metáforas sobre la soledad, la inexpugnabilidad
del tiempo, del lastre del pasado. Sobre las sombras que portamos con nosotros o la
grisura de las emociones humanas. Sin maniqueísmos. Todos los protagonistas actúan
con referencia a su propia ética profesional. Novedosa revisitación del clásico policiaco
con mafiosos contratantes y asesinos solitarios, pasado por el tamiz del fantástico con
soltura y fluidez para lanzar un mensaje sobre la deshumanización. Sobre el capital,
sobre la descomposición, metáfora de la ballena varada en la playa.
El desarrollo se inclina a dejar que el lenguaje visual exprese lo que está sucediendo,
que las elipsis sirvan para explorar a base de emociones antes que expresarlo con
diálogos. Dejar campo al espectador para aventurar, interpretar significados o atreverse
con la imaginación, en continuo juego con esa belleza oscura y con las húmedas
texturas que conforman el film. Un hermoso puzle, pleno de simbolismos, donde el
espectador tiene que tomar las piezas para rellanar los espacios vacíos. Hernando es, sin
duda, un creador a contracorriente. Un director sorprendente, que desconcierta y atrae al
tiempo. Que te aproxima al abismo y te invita asomarte. A sentir su oscura atracción. Es
difícil elegir entre la oscuridad de los dos cosmos en que se mueve la asesina. La
abismal oscuridad del océano, donde laten mitológicos seres y la oscuridad del mundo
real, corrupto, implacable. Frío. Indiferente.