Las habilidades sociales, como la comunicación verbal, la empatía y la
cooperación, son esenciales en la niñez y adolescencia para resolver conflictos y
mantener relaciones saludables. Estas habilidades mejoran la autorregulación, la
autoestima y el rendimiento académico. La falta de habilidades sociales puede
llevar a problemas como la agresividad, el aislamiento social y un bajo rendimiento
académico (Ramírez et al., 2020). Asimismo, López (2023) señala que la
agresividad, entendida como una carencia de habilidades sociales, refleja
dificultades en la regulación emocional y la comunicación. Esto no solo impacta
negativamente en la salud psicológica de los adolescentes, sino que también
deteriora sus relaciones interpersonales y puede perpetuar un ciclo de
interacciones problemáticas. La agresividad en el ámbito escolar, además, afecta
el rendimiento académico y genera un ambiente de inseguridad y estrés tanto para
el agresor como para sus compañeros.
Según la OMS, (2020) ha resaltado la importancia de abordar las actitudes
agresivas y la violencia escolar, señalando que estas son problemáticas
prevalentes en el ámbito global. En un estudio realizado en 40 países, se descubrió
que aproximadamente el 42% de los niños y el 37% de las niñas están en riesgo de
enfrentar amenazas y agresiones constantes. Estos datos subrayan la prevalencia
de la problemática de la violencia en el entorno escolar y la importancia de abordar
esta situación requieren atención en sus implicaciones en el bienestar y desarrollo
de los estudiantes. La presencia de actitudes agresivas y comportamientos
violentos no solo afecta la seguridad de los niños y adolescentes, sino que también
puede tener consecuencias significativas en su entorno educativo y emocional.
Asimismo, la conexión entre las habilidades sociales y las actitudes agresivas
influye en el ambiente educativo, afectando el rendimiento escolar. Acosta (2021)
en [Link]. subraya que comprender las causas de la agresividad es crucial para
corregirla y que responder con agresividad perpetúa el comportamiento. Estudios
en California indican que los niños agresivos son rechazados por sus compañeros
y tienen problemas para relacionarse, destacando la importancia de la familia y los
docentes. Las conductas agresivas pueden persistir en el desarrollo, siendo más
comunes en varones desde los 3 años. Así, la intervención temprana en habilidades
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sociales es clave para reducir la agresividad y promover un entorno educativo
positivo.
En Perú, la preocupación por la violencia escolar y la agresividad en las
instituciones educativas ha aumentado en los últimos años. Entre 2013 y 2018, se
reportaron 26.285 casos de violencia, con predominancia de la violencia física,
seguida por la psicológica y sexual. El informe de Siseve (2023) muestra un aumento
significativo en las denuncias, alcanzando 55.248 casos en total, con un notable
incremento en violencia física, psicológica y sexual. Un estudio reveló que las
estudiantes en la región Selva reportaron mayor violencia sexual por parte de
docentes. Además, en el 2018, Piura y Tacna registraron los niveles más altos y
bajos de violencia psicológica. La literatura sugiere ya que es fundamental
examinar los factores de riesgo que subyacen al comportamiento agresivo en el
entorno escolar. Las políticas educativas han comenzado a centrarse en programas
de prevención y promoción de habilidades sociales, pero su implementación y
eficacia varían entre regiones (López, 2023).
La violencia escolar impacta en el proceso de enseñanza y aprendizaje. según Darío
Balcázar Quintana, director de la UGEL Chiclayo. En 2016, se reportaron 200 casos
de violencia escolar. Según el SiSeve (2017) nos dice que más del 60% de los
involucrados tuvieron dificultades para aprobar. Los estudiantes con conductas
agresivas mostraron un rendimiento académico menor, aunque la intervención de
especialistas evitó que ellos y sus víctimas repitieran el grado. Este año, se han
registrado más de 40 casos, algunos ya solucionados. Los agresores suelen
inventar apodos, imitar a sus víctimas, promover juegos violentos e interrumpir
clases, lo que contrasta con el perfil de un buen estudiante. Balcázar Quintana pide
a las instancias de gobierno que incluyan la violencia escolar en sus agendas y
promuevan políticas para mejorar la salud psíquica y emocional de las familias.
La justificación del estudio se basa en los siguientes criterios: A nivel teórico, la
relación entre habilidades sociales y actitudes agresivas ha sido ampliamente
documentada en la literatura científica. Los enfoques teóricos indican que
fomentar habilidades sociales, como la empatía y una comunicación eficaz, puede
disminuir significativamente la incidencia de comportamientos agresivos. Esta
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investigación busca aportar evidencia específica al contexto local, enriqueciendo
el cuerpo de conocimiento existente con datos relevantes para la región.
A nivel social, radica la importancia de comprender el impacto de la violencia
escolar en la convivencia y el aprendizaje dentro de las instituciones educativas.
Debido a que la violencia escolar puede afectar de manera considerable el
desarrollo personal y académico de los estudiantes, resulta esencial abordar este
problema desde un enfoque que permita identificar y reducir sus impactos. Este
estudio tiene como objetivo contribuir a mejorar las prácticas educativas y
fomentar entornos escolares más seguros y adecuados para el aprendizaje.
Además, aborda una problemática relevante para la comunidad educativa y ofrece
información que puede ser utilizada para implementar estrategias preventivas y
correctivas. A nivel práctico, esta investigación proporcionará información valiosa
para el diseño de intervenciones y programas de capacitación en habilidades
sociales en la I.E de JLO. Al identificar las áreas específicas donde los estudiantes
necesitan apoyo, se podrán desarrollar estrategias efectivas para reducir la
agresividad y mejorar el clima escolar, beneficiando tanto a los estudiantes como a
los educadores. Desde una perspectiva metodológica, el estudio permitirá aplicar
y adaptar técnicas y herramientas de evaluación de habilidades sociales y
actitudes agresivas en un contexto local específico. La investigación contribuirá a
la validación de instrumentos y enfoques metodológicos que pueden ser utilizados
en futuras investigaciones en otras instituciones educativas similares.
Las variables de este estudio han sido objeto de interés para diversos
investigadores, quienes han explorado y analizado ampliamente su impacto y
manifestaciones. A continuación, se destacan algunos de los estudios más
relevantes sobre habilidades sociales y conductas agresivas, proporcionando un
panorama integral de cómo estas variables han sido entendidas y abordadas en
diferentes contextos:
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La falta de habilidades sociales en la educación secundaria está estrechamente
relacionada con problemas de rendimiento académico y altas tasas de deserción y
repetición escolar. En Ecuador, las tasas de deserción y repetición han aumentado
de un 1.9% en 2010 a un 3.4% en 2017. En la Institución Educativa analizada, el
22.58% de los estudiantes enfrentó exámenes supletorios, el 15.75% realizó
exámenes remediales, el 4.25% se sometió a exámenes de gracia y el 2.66% repitió
el año escolar. Este panorama subraya el vínculo entre el bajo rendimiento
académico y las deficiencias en habilidades sociales, cruciales para el éxito escolar
(Díaz et al., 2020). Globalmente, la falta de habilidades sociales se ha identificado
como una causa principal de problemas entre estudiantes, incluyendo conflictos
con compañeros y dificultades en las interacciones con profesores, lo que
contribuye a diversos problemas de comportamiento (Claros et al., 2023).
En un estudio sobre violencia escolar realizado en el Instituto Cultura Nacional de
Tegucigalpa, se examinó la prevalencia de bullying en estudiantes de primaria y
secundaria. La investigación reveló que el 36% de los estudiantes reportaron haber
experimentado algún tipo de violencia escolar. Los tipos de violencia más comunes
fueron verbales (84%), psicológica (73%), física (70%), económica (48%) y social
(31%). La violencia afectó principalmente a los varones (42%) y se distribuyó entre
diferentes rangos de edad: 64% en estudiantes de 8 a 10 años, 51% en los de 11 a
13 años, y 25% en mayores de 17 años. Las consecuencias emocionales
observadas en las víctimas incluyeron tristeza (7%), llanto (5%) y falta de deseo de
asistir a clase (3%). Además, el 47% de los niños estudiados presenciaron actos de
violencia escolar y el 59% se perciben como agresores. Las agresiones ocurrieron
predominantemente en aulas de clases (16%) y en canchas deportivas (9%) (Zavala
et al., 2013).
En Chile, aunque se están implementando reformas educativas para mejorar las
habilidades sociales y la convivencia escolar, el enfoque principal sigue siendo el
rendimiento intelectual. Esta falta de atención a las habilidades sociales puede
resultar problemas adaptativos que afectan tanto a nivel personal como social a
largo plazo, estos déficits pueden manifestarse en dificultades emocionales y
sociales en el ámbito laboral. Asimismo, se ha detectado que la carencia de
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competencias sociales en estudiantes chilenos está relacionada con trastornos
adaptativos, lo que resalta la relevancia de estas competencias para un desarrollo
integral. Alfaro, Muñoz y Romero, (2023).
Diversas investigaciones han evidenciado la prevalencia de la violencia escolar y su
estrecha relación con conductas agresivas entre estudiantes. En Chile, el 23.3% de
los escolares de la Región Metropolitana ha sido agredido en su escuela, mientras
que, en Colombia, un 3.2% ha experimentado exclusión social y agresión verbal. En
Europa, el 20.6% de los niños y adolescentes sufren acoso escolar, cifra que en
España alcanza el 23.7%. En Norteamérica, los estudiantes afroamericanos e
hispanos presentan una probabilidad doble de ser víctimas de agresión. De igual
manera, en Asia, África y el Caribe, la violencia escolar relacionada con conductas
agresivas es frecuente tanto en escuelas urbanas como rurales, siendo la familia y
la escuela los principales entornos en los que se desarrollan estas conductas de
agresividad y violencia. (Paredes & Montero, 2021).
A Nivel Nacional: En Perú, la educación busca desarrollar habilidades sociales y
promover la convivencia respetuosa, siguiendo el principio de "aprender a convivir
juntos" de Delors y la normativa nacional. Sin embargo, estudios recientes
muestran deficiencias en las habilidades sociales de los adolescentes, lo que
contribuye a problemas en el manejo constructivo de conflictos. Los altos índices
de violencia escolar entre 2013 y 2018 reflejan estas deficiencias y la dificultad para
interactuar positivamente. Esto indica que, a pesar de las políticas educativas
existentes, su implementación aún no es efectiva (Araoz et al., 2020).
Por consiguiente, se ha observado que los adolescentes, tanto en Lima como en
Puno, presentan en su mayoría un nivel medio o bajo de habilidades sociales. En
Lima, se destaca que la mayoría de los jóvenes se encuentran en estos niveles,
mientras que, en Puno, el 30% de los adolescentes muestra un desarrollo promedio
en estas competencias. Además, en una institución educativa de Caya, región
Puno, se reportó que los adolescentes son generalmente callados y poco
participativos, lo que se atribuye a la falta de enfoque en habilidades sociales
durante el año escolar. Asimismo, en el distrito de Putina, la sobrepoblación ha
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impedido la realización de actividades extracurriculares programadas, lo que limita
aún más el desarrollo de estas habilidades (Sacaca & Pilco, 2022).
Por otro lado, Hasta el año 2018, se habían registrado 26,284 casos de acoso
escolar en Perú, con el 37% de estos casos concentrados en Lima Metropolitana.
Los tipos más frecuentes de bullying incluyen el verbal, que se manifiesta en
insultos y apodos; el físico, que abarca golpes, empujones y robos; y el
cyberbullying, que involucra la intimidación o humillación a través de dispositivos
electrónicos como celulares y computadoras. El Ministerio de Educación del Perú
ha destacado que el acoso escolar no solo impacta negativamente el rendimiento
académico de los estudiantes, disminuyendo su desempeño, sino que también
tiene serias consecuencias para su salud mental, como la aparición de ansiedad y
depresión. Por lo tanto, es fundamental implementar estrategias de intervención
temprana y programas educativos centrados en el desarrollo de habilidades
sociales para enfrentar y mitigar estos problemas. (Ministerio de Educación del
Perú, 2020).
En un estudio realizado por Estrada (2019) en Perú, se investigó la relación entre
habilidades sociales y agresividad en estudiantes de secundaria de la Institución
Educativa Almirante Miguel Grau Seminario. Este estudio cuantitativo con un
diseño no experimental incluyó una muestra de 153 estudiantes, seleccionados
mediante un muestreo probabilístico estratificado. Se utilizaron la Lista de
Evaluación de Habilidades Sociales del MINSA y el Cuestionario de Agresión AQ,
adaptado por Matalinares et al. (2012), como instrumentos de medición. Los
resultados mostraron que el 49% de los estudiantes tenía un desarrollo promedio
en habilidades sociales, mientras que el 44,4% presentó altos niveles de
agresividad.
La investigación encontró una correlación negativa y significativa entre estas dos
variables, con un coeficiente de Spearman de -0.322 (p<0.05), lo que sugiere que
un mayor nivel de habilidades sociales está asociado con menores niveles de
agresividad entre los estudiantes.
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En el estudio llevado a cabo por Sancho y Arroyo (2019), se examinó la relación
entre las conductas agresivas y las habilidades sociales en estudiantes de tercer
grado de secundaria de una institución en el distrito de Rímac. Este estudio de tipo
básico y descriptivo utilizó un diseño correlacional no experimental. La muestra
incluyó a 120 estudiantes de entre 13 y 15 años, y se emplearon un cuestionario
para medir la agresividad y una lista de verificación para evaluar las habilidades
sociales. Los hallazgos mostraron una correlación positiva y significativa entre las
conductas agresivas y las habilidades sociales, con un coeficiente de correlación
Rho de Spearman de 0.261, indicando una relación positiva baja. El valor p de
0.004, que es inferior al umbral de significancia α de 0.05, permitió rechazar la
hipótesis nula, confirmando así la existencia de una relación significativa entre las
variables analizadas.
A nivel local: Según la investigación de Tarazona (2023) reveló que el 69% de los
adolescentes en el Centro Juvenil de Diagnóstico y Rehabilitación de Chiclayo
presentan niveles altos o medios de agresividad, con un 50% mostrando tendencia
a causar daño a sí mismos o a otros. Esta alta agresividad podría estar relacionada
con la sobrepoblación, conflictos entre internos, escasa tolerancia y manejo
inadecuado de emociones. Además, factores como la disfunción familiar, padres
encarcelados y el consumo de sustancias también contribuyen. La agresividad
física destaca en un nivel alto (36.9%), seguida por la verbal (34.5%) y la ira (33.3%),
mientras que la hostilidad se presenta mayormente en un nivel medio (35.7%).
En la investigación realizada por Velasco (2021), se examinó la conexión entre
habilidades sociales y conductas agresivas en estudiantes de secundaria de la
Institución Educativa Pública “Cristo Rey” en Motupe, Lambayeque. La muestra
estuvo compuesta por 110 estudiantes con edades entre 13 y 16 años.
Este estudio de tipo básico y con un diseño correlacional no experimental empleó
la Lista de Chequeo de Habilidades Sociales de Goldstein y el Cuestionario de
Agresión de Buss y Perry. Los resultados revelaron un nivel general bajo de
habilidades sociales y elevados niveles de agresión física, verbal y hostilidad, con
un coeficiente de correlación general de -0.771. Las dimensiones específicas
mostraron correlaciones inversas significativas, tales como la agresión física (rs = -
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0.718), la agresión verbal (rs = -0.677), la hostilidad (rs = -0.629) y la ira (rs = -0.633),
lo que sugiere que un desarrollo deficiente de habilidades sociales está relacionado
con un incremento en las conductas agresivas.
Las competencias sociales en estudiantes de secundaria abarcan una serie de
habilidades interpersonales que promueven una comunicación eficiente y la
solución de conflictos dentro del contexto escolar. Estas habilidades incluyen la
empatía, el asertividad, y la capacidad de colaborar con otros, y son cruciales para
el desarrollo social y emocional durante la adolescencia. Por otro lado, las
actitudes agresivas se manifiestan como comportamientos hostiles o violentos que
pueden surgir en respuesta a situaciones de conflicto o estrés. Estas actitudes
pueden estar influenciadas por factores individuales, familiares y sociales, y tienen
una influencia considerable en las interacciones escolares y en el bienestar de los
alumnos.
Según Lacunza & Contini (2011), Se considera que las habilidades sociales son un
conjunto de comportamientos que apoyan el desarrollo personal y facilitan las
interacciones en diversos contextos sociales. Estas destrezas permiten a los
individuos expresar adecuadamente sus emociones, opiniones y derechos,
adaptándose a las situaciones que enfrentan. Al promover una comunicación clara
y respetuosa, estas habilidades son esenciales tanto para resolver problemas
inmediatos como para prevenir conflictos futuros, fomentando al mismo tiempo el
respeto hacia las conductas y puntos de vista de los demás. Así, las habilidades
sociales no solo enriquecen las relaciones interpersonales, sino que también
favorecen un ambiente social más armonioso y respetuoso.
Por otro lado, las habilidades sociales se definen como comportamientos
esenciales como la empatía, el asertividad y la comunicación efectiva, que
capacitan a los individuos para relacionarse de manera adecuada en diferentes
contextos.
Estas habilidades no se adquieren de forma espontánea, sino que requieren de
intervenciones educativas bien estructuradas. En este proceso, tanto el entorno
familiar como el escolar juegan un papel fundamental, dado que el aprendizaje se
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basa en la observación y en el refuerzo positivo. Por lo tanto, el fortalecimiento de
las habilidades sociales es esencial para mejorar la comunicación y fomentar una
convivencia armoniosa en los entornos educativos y personales. (Araoz et al. 2021).
Asimismo, las habilidades sociales y la autoestima en adolescentes están
influenciadas por factores familiares y escolares, subrayando la importancia del
entorno educativo en su desarrollo (García & Contreras, 2020).
De igual manera, la comunidad científica coincide en la importancia crucial de la
infancia y la adolescencia para el aprendizaje y la práctica de habilidades sociales.
Estos momentos son clave para desarrollar competencias que afectan el bienestar
psicológico, académico y social a lo largo de la vida. En los primeros años, es
fundamental la habilidad para comenzar y sostener juegos, mientras que, conforme
los niños crecen, cobran mayor importancia las habilidades verbales y las
interacciones con sus compañeros. (Méndez López et al., 2022).
La relación entre habilidades sociales y actitudes agresivas se puede explicar a
través de dos modelos teóricos clave. El Modelo Jerárquico de la Socialización se
describe que los comportamientos sociales se clasifican en prosociales
(consideración y autocontrol) y antisociales (agresividad), Mientras tanto, el Modelo
de Achenbach diferencia entre habilidades sociales externalizantes (agresividad,
hiperactividad) e internalizantes (retraimiento, depresión). Estos modelos sugieren
que mejorar las habilidades sociales puede reducir los comportamientos agresivos,
proporcionando una base teórica sólida para explorar esta relación en el ámbito
educativo local (Ramírez-Corone, et al. 2020).
Albert Bandura (1977), en su Teoría del Aprendizaje Social, sostiene que los niños
adquieren comportamientos no solo mediante la instrucción directa de figuras de
autoridad como padres y maestros, sino principalmente a través de la observación
de las acciones de adultos y compañeros.
Según Bandura, el comportamiento infantil se forma o se ajusta en función de las
consecuencias de sus actos y de cómo los demás reaccionan ante ellos. Así, el
aprendizaje infantil se fundamenta en gran medida en la observación y las
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interacciones sociales, en lugar de depender únicamente de la instrucción verbal
directa.
Según Buss y Perry (1992), la agresividad se conceptualiza como un patrón
complejo de comportamientos y actitudes que tienen como objetivo causar daño o
sufrimiento a otra persona. Este daño puede ser infligido de manera directa, como
a través de la agresión física, o de manera indirecta, como mediante agresiones
verbales, insultos, amenazas o actitudes hostiles. Además, la agresividad incluye
componentes emocionales como la ira, que puede desencadenar o intensificar
estos comportamientos agresivos. Buss y Perry destacan que la agresividad no es
un fenómeno unidimensional, sino que se compone de varias facetas
interrelacionadas, cada una de las cuales contribuye a la manifestación global de
la agresividad en los individuos.
Las teorías sobre el origen de la conducta agresiva se dividen en dos tipos:
innatistas y reactivas. Las teorías innatistas argumentan que la agresividad es una
característica orgánica esencial para la adaptación y que su expresión debe ser
guiada a través de la educación. Las teorías ambientales, en cambio, destacan la
influencia del entorno y el aprendizaje. La perspectiva psicobiológica considera
factores neurobiológicos, etológicos, endocrinológicos y genéticos-neuroquímicos
como influencias en la conducta agresiva (Ramírez-Corone, et al. 2020).
Lorenz (1963), propone que la agresión tiene un fundamento biológico y evolutivo.
Según su visión, la agresión es una conducta innata que se ha desarrollado para
mejorar las posibilidades de supervivencia y reproducción. También argumenta que
la agresión es un comportamiento natural que surge en respuesta a la competencia
por recursos y que está arraigado en los seres humanos y animales como una
adaptación al entorno.
Bandura (1973), La teoría social cognitiva, propuesta por Bandura, sostiene que la
agresión se aprende mediante la observación e imitación de modelos subraya la
importancia de los procesos mentales en la adquisición de comportamientos
agresivos, indicando que los individuos replican conductas agresivas que han visto
y experimentado en su entorno. Su famoso experimento con el muñeco Bobo
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demuestra cómo los niños tienden a imitar comportamientos agresivos observados
en otros.
Dollard y sus colegas (1939) formularon la teoría de la frustración-agresión, que
postula que la frustración, al dificultar la realización de objetivos, puede
desencadenar comportamientos agresivos. Según esta teoría, la agresión surge
como una reacción natural frente a la frustración ocasionada por obstáculos en el
camino hacia metas deseadas. Este enfoque subraya cómo la frustración puede
desencadenar comportamientos agresivos, aunque no todas las situaciones
frustrantes conducen a agresión.
Blair (2001) Examina los enfoques neurobiológicos de la agresión, relacionando el
comportamiento agresivo con alteraciones en regiones específicas del cerebro,
como la amígdala y el córtex [Link]ún Blair, las anomalías en estas
regiones cerebrales pueden predisponer a los individuos a comportamientos
agresivos, ofreciendo una explicación biológica para la agresión basada en la
neurociencia.
Por otro lado, Buss y Perry (1992) crearon el Cuestionario de Agresión (AQ), una
herramienta destinada a medir la agresividad mediante criterios psicométricos
exhaustivos. Inicialmente, el cuestionario incluía seis dimensiones que cubrían
diferentes facetas de la agresividad: resentimiento, hostilidad, agresión indirecta,
agresión verbal, agresión física e ira. No obstante, tras llevar a cabo un análisis
factorial utilizando la técnica de factorización de ejes principales, encontraron que
estos componentes se agrupaban en cuatro factores principales: agresión física,
agresión verbal, hostilidad e ira. Este hallazgo permitió desarrollar una herramienta
más precisa y específica para evaluar la agresividad.
La agresividad física se manifiesta en comportamientos como golpear y empujar,
que provocan daño físico directo, mientras que la agresividad verbal se manifiesta
a través de insultos y ataques verbales, como sarcasmo y burla.
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La ira surge de actitudes hostiles previas y puede variar desde irritación hasta furia
intensa, acompañada de activación fisiológica y una expresión facial característica
y la hostilidad se caracteriza por una actitud negativa hacia los demás y una
evaluación desfavorable de sus motivaciones. En términos generales, la
agresividad se entiende como un proceso cognitivo que interpreta información
aversiva sobre los demás, facilitando la preparación para posibles conflictos. Los
individuos agresivos suelen interpretar la información de manera sesgada y generar
menos soluciones alternativas. (Cruzata-Martínez et al. 2020).
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