EL CONEJO
A un conejito se le ocurrió echar a correr.
Corría y corría, y no dejaba de correr.
Corría tanto que pronto se encontró frente a un huerto cercado.
—Éste debe ser un huerto muy rico porque está cercado —dijo el conejito—. Yo quiero entrar. Veo
un agujero, pero no sé si podré entrar por él.
¡Hop! ¡Hop! ¡Hop!
Sí que pudo entrar el conejito en el huerto por aquel agujero que había visto. Y una vez dentro, se
sintió feliz.
—¡Aquí tengo yo una buena comida! ¡Menudo atracón voy a darme!
El animalito se puso a comer, y no se cansaba de comer en las berzas, en las habas y en las coles.
Comió durante todo el día. Y así que el día llegó a su fin, dijo el conejito:
—Ahora yo debo marchar a casa. En casa me aguarda mi madre. Se me había olvidado mientras
comía.
Tres veces intentó salir por el pequeño agujero y no lo consiguió ni en la primera, ni la segunda, ni
la tercera vez.
—¡Ay, madre mía! -gritó-. No puedo salir. Este agujero es demasiado pequeño. Me he pasado el día
comiendo y ahora estoy demasiado grueso. ¡Ay, que no puedo salir! Ay, madre mía.
En esto llegó un perro al huerto y vio al conejito.
—¡Guau! ¡Guau! ¡Guau! -dijo—. Hoy estoy de broma y veo un conejo. Voy a bromear con él.
Echó a correr el perro bromista derecho al conejito.
—Un perro viene -dijo asustado—. ¡Un perro viene! ¡Con lo poco que a mí me gustan los perros!
Yo debo salir de aquí. ¡Ay, madre mía!
El conejito corrió, y corriendo vio un agujero grande.
—Por aquí me escapo —dijo—. A mí no me gustan los perros. Ya estoy fuera del huerto y lejos de
los colmillos del perro. ¡Gracias a mi vista y a mis patas!
Efectivamente, cuando el perro salió por el agujero grande detrás del conejito, éste ya se
encontraba en los brazos de su madre, en la madriguera. Y su madre le reñía diciendo:
—Eres un conejo muy loco. Me vas a matar a sustos. ¿Qué has hecho por ahí todo el día?
Y el conejito, avergonzado, se rascó la barriga.
EL NACIMIENTO DE LA COL
En el paraíso terrenal, en el día luminoso en que las flores fueron creadas, y antes de que Eva fuese
tentada por la serpiente, el maligno espíritu se acercó a la más linda rosa nueva en el momento en
que ella tendía, a la caricia del celeste sol, la roja virginidad de sus labios.
—Eres bella.
—Lo soy —dijo la rosa.
—Bella y feliz —prosiguió el diablo—. Tienes el color, la gracia y el aroma. Pero…
—¿Pero?...
—No eres útil. ¿No miras esos altos árboles llenos de bellotas? Ésos, a más de ser frondosos, dan
alimento a muchedumbres de seres animados que se detienen bajo sus ramas. Rosa, ser bella es
poco…
La rosa entonces —tentada como después lo sería la mujer- deseó la utilidad, de tal modo que
hubo palidez en su púrpura.
Pasó el buen Dios después del alba siguiente.
—Padre —dijo aquella princesa floral, temblando en su perfumada belleza—, ¿queréis hacerme
útil?
—Sea, hija mía —contestó el Señor, sonriendo.
Y entonces vio el mundo la primera col.
EL ZORRO Y LA CIGÜEÑA
Sucedió que un día el señor Zorro quiso dárselas de importante e invitó a comer a la señora
Cigüeña. El menú no era otra cosa que un sopicaldo, una sopa con pocos sólidos que comer, la cual
fue servida en un plato llano.
Como es de esperarse, la señora Cigüeña no pudo comer debido a la forma y extensión de su pico,
en cuanto que el señor Zorro, con su lengua, lamió todo el plato a gusto.
Ofendida, la señora Cigüeña decidió desquitarse por la humillación del señor Zorro, y para ello, lo
convidó a comer a su casa. El señor Zorro dijo:
—¡Enhorabuena! Para los amigos siempre tengo tiempo.
A la hora de la cita, el señor Zorro se presentó en casa de la señora Cigüeña, hizo todas las
reverencias del caso y se sentó a la mesa, donde encontró la comida servida.
La señora Cigüeña había preparado un sabroso guisado, servido en un recipiente de cuello largo y
embocadura muy angosta, por donde solo ella podía pasar su pico, mientras que el señor Zorro no
podía introducir su hocico.
Así, el señor Zorro, el mismo que se daba ínfulas de importante, tuvo que regresar a casa
humillado, con las orejas gachas, el rabo entre las piernas y, claro, el estómago vacío.
Moraleja: no hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti.
EL JOVEN PASTOR Y EL LOBO
En un pueblo muy lejano, había un joven pastor que cuidaba un rebaño de ovejas. Pero este joven
tenía una mala costumbre: engañaba a las personas del pueblo gritando:
—¡Es el lobo! ¡Es el lobo!
Las personas venían a ayudarle, solo para descubrir que el joven mentía, una y otra vez.
Un día, ocurrió que el lobo se apareció entre las ovejas, y el joven pastor, desesperado, comenzó a
gritar, esta vez en serio:
—¡Es el lobo! ¡Es el lobo! ¡Está matando a las ovejas del rebaño!
Pero nadie le creyó y no recibió ayuda. Y así, el lobo se encontró a sus anchas y todas las ovejas
murieron.
Moraleja: Nadie le cree a un mentiroso, aun cuando diga la verdad.
EL RATONCILLO IGNORANTE
Un ratoncito pequeño, sin malicia todavía, al despertar de su sueño, se sentó en su cuarto
un día. Delante del agujero sentado un gatito estaba y con tono zalamero así al ratoncito
hablaba:
—Sal, querido ratoncillo, que te quiero acariciar, te traigo un dulce exquisito que te voy a
regalar.
—Tengo un azúcar muy buena, miel y nueces deliciosas... si sales, a boca llena podrás
comer de mil cosas.
El ratoncillo ignorante del agujero salió; y don gato en el instante a mi ratón devoró.
EL DUENDECILLOFRAILE
Había una vez tres hermanitas que se mantenían amasando de noche una faneguita de
harina. Un día se levantaron de madrugada para hacer su faena, y se la hallaron hecha, y
los panes prontos para meterlos en el horno, y así sucedió por muchos días. Queriendo
averiguar quién era el que tal favor les hacía, se escondieron una noche, y vieron venir a
un duende muy chiquito, vestido de fraile, con unos hábitos muy viejos y rotos.
Agradecidas le hicieron unos nuevos, que colgaron en la cocina. Vino el duende y se los
puso, y en seguida se fue diciendo:
«Frailecito con hábitos nuevos,
ni quiere amasar, ni ser panadero».
Esto prueba, niños míos, que como el duendecito hay muchos, que son complacientes y
oficiosos hasta que logran un beneficio, y que una vez recibido, no se vuelven a acordar de
quien se lo hizo.