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PeterPan Grado 4to5to

El documento es una adaptación del clásico 'Peter Pan' de James Matthew Barrie, elaborada por el Ministerio de Educación de Buenos Aires. La historia sigue a Wendy y sus hermanos mientras se encuentran con Peter Pan, un niño que puede volar y que los lleva al País de Nunca Jamás, donde enfrentan aventuras y peligros, incluyendo al pirata Garfio. Este material es parte de un programa educativo destinado a estudiantes de grados de aceleración.

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PeterPan Grado 4to5to

El documento es una adaptación del clásico 'Peter Pan' de James Matthew Barrie, elaborada por el Ministerio de Educación de Buenos Aires. La historia sigue a Wendy y sus hermanos mientras se encuentran con Peter Pan, un niño que puede volar y que los lleva al País de Nunca Jamás, donde enfrentan aventuras y peligros, incluyendo al pirata Garfio. Este material es parte de un programa educativo destinado a estudiantes de grados de aceleración.

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Peter Pan

AbC

/educacionba buenosaires.gob.ar/educacion Buenos Aires Ciudad Vamos Buenos Aires


Jefe de Gobierno
Este material fue elaborado en el marco del Programa de Aceleración.
Horacio Rodríguez Larreta
Coordinación de la serie: María Elena Cuter y Alejandra Rossano
Adaptación: Mirta Torres
Ministra de Educación
María Soledad Acuña
“Elaboración de este material curricular. Edición original”

Subsecretaria de Coordinación Pedagógica


y Equidad Educativa
Andrea Bruzos Bouchet

Subsecretario de Gestión Económico


Financiera y Administración de Recursos
Alberto Gowland

Subsecretario de Carrera Docente


Javier Tarulla

Barrie, James Matthew


Peter Pan / James Matthew Barrie ; adaptado por María Elena Cuter ; María
Subsecretaria de Planeamiento e
Alejandra Rossano ; Mirta Torres. - 1a ed adaptada. - Ciudad Autónoma de Buenos
Aires : Ministerio de Educación del Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Innovación Educativa
Aires. Subsecretaria de Equidad Educativa, 2016.
16 p. ; 22 x 14 cm. - (Grados de aceleración 4º5º : material para el alumno) Diego Meiriño
ISBN 978-987-549-644-6

1. Cuentos Clásicos Infantiles. I. Cuter, María Elena, adap. II. Rossano, María
Alejandra, adap. III. Torres, Mirta, adap. IV. Título.
CDD 823.9282

© Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires


Ministerio de Educación

Hecho el depósito que marca la Ley nº 11.723

Subsecretaría de Coordinación
Pedagógica y Equidad Educativa.
Paseo Colón 255
Tel: 4339-7967

Permitida la transcripción parcial de los textos incluidos en esta obra, hasta 1.000 palabras,
según Ley 11.723, art. 10º, colocando el apartado consultado entre comillas y citando la fuente;
si éste excediera la extensión mencionada deberá solicitarse autorización
a la Dirección General de Inclusión Educativa. Distribución gratuita. Prohibida su venta.
Peter Pan
Versión apatada de la novela original de James Matthew Barrie.
Ilustrado por Eugenia Nobati
EstE lIbro PErtENEcE a: ..........................
......................................................................
Peter Pan
Grado: ........................................................
turNo: ........................................................
EscuEla: ......................................................
d.E. Nº: ......................................................
docENtE: ....................................................
......................................................................

1. aparece Peter

W
endy era la hija mayor de la familia Darling; vivió durante
su infancia en una casa pequeña, cerca de Londres, con
sus padres y sus hermanos menores, John y Michael.

El señor Darling trabajaba en una oficina. Su esposa, la señora


Darling, era una dama encantadora, romántica e imaginativa. Cada
noche, reunía a sus hijos después de comer y les contaba hermo-
sas historias de hadas, de dragones, de príncipes valientes y piratas
salvajes...

Pero Wendy, John y Michael preferían, sobre todo, la historia de


un niño que podía volar libremente sobre los tejados de las casas,
entrar en silencio por las ventanas entreabiertas y alegrar los sue-
ños de los niños dormidos...

1
Wendy conocía muy bien al niño inquieto del cuento... Lo había
descubierto una noche, aleteando junto a la ventana. Es que el chi-
quillo volador acudía a menudo, sin que nadie lo hubiera notado, a
escuchar los cuentos de la señora Darling en los que él mismo
era el héroe. Una noche, después de dar vueltas en silencio
hasta que todos se quedaron dormidos, el niño volador se
atrevió a acercarse hasta los pies de la cama de Wendy.
–Soy Peter Pan –le dijo–. Soy el Capitán de los Niños
Perdidos, los que caen de sus cochecitos cuando los
grandes están distraídos. Si a los siete días nadie los
reclama, se los envía al País de Nunca Jamás.

–Oh –dijo Wendy–, mi nombre es Wendy


Mary Angela Darling.
–Vaya, qué largo es tu nombre –se
asombró Peter–. ¿Sabes? No hay niñas
en el País de los Niños Perdidos. Son
demasiado listas para caerse de los
cochecitos.
7. El regreso a casa

Una noche, mientras sus padres dormían,


Wendy, John y Michael entraron volando
por la ventana de su habitación.

Cuando la señora Darling entró en el cuarto no lanzó


ningún grito de alegría. Simplemente se sentó en la butaca junto a
la ventana y alargó los brazos hacia los tres niños que corrieron
hacia ella. Nana entró y se quedó junto a los pies de John.

La escena no podría haber sido más encantadora, pero no había


nadie para contemplarla. Nadie, excepto un extraño chiquillo que
miraba por la ventana.
2 27
—¡Aquí estoy! ¡Soy
Peter Pan el vengador!
—¡Abridlo en dos! –ordenó
Garfio a sus piratas.
—Vamos, chicos, a ellos
–resonó la voz de Peter.
Algunos de los villanos
saltaron al mar, otros inten-
taron esconderse en rincones
oscuros, pero Presuntuoso los
iluminaba con su linterna y debían
huir. Un grupo de chicos enarde-
cidos rodeó a Garfio.
—Dejadlo, chicos –gritó Peter–, este hombre es mío.

Los dos enemigos se miraron y sin mediar una palabra entraron


en combate. Peter era un gran espadachín; Garfio sólo lograba
obligarlo a retroceder con la amenaza de su garra de hierro.
En medio de la lucha, Garfio lanzó una pregunta:
—Pan, ¿quién eres?
—Soy la juventud, soy la alegría– respondió Peter, por decir algo
mientras avanzaba hacia él.
Por primera vez, Garfio retrocedió. Peter revoloteaba a su alre-
dedor y el pirata se defendía sin esperanza. Dio un paso atrás y cayó
por la borda sin saber que el cocodrilo lo aguardaba.
Así pereció Garfio.

26 3
—Me parece encantador tu modo de hablar acerca de las niñas. 6. la pelea
Te permito que me des un beso –respondió Wendy.

—¿Un “beso”, Wendy? ¡Nunca he escuchado esa palabra! –con-


Peter se asomó a la cubierta y se sorprendió al ver a los piratas
fesó Peter.
huyendo con Garfio en medio de ellos, tan abatido como si hubie-
Wendy se ofreció a enseñarle, besándolo en la mejilla.
ra oído al cocodrilo.
A Peter le gustó mucho el beso de Wendy y decidió seguir con-
De puntillas, Peter trepó al barco y avanzó hacia el camarote.
tando historias que conmovieran a la niña.
Estaba decidido a deshacerse de los piratas. Se podía oír la respira-
ción entrecortada de los demás.
—¿Sabes, Wendy? Ni yo, ni ninguno de los Niños Perdidos cono-
—El cocodrilo se ha ido, capitán –dijo uno de los piratas.
ce ningún cuento como los que sabe tu madre, la señora Darling.
Poco a poco, Garfio fue asomando la cabeza.
—No sólo mi madre, también yo conozco muchos cuentos –res-
pondió Wendy con sonrisa seductora.
—Meted a los niños en el camarote –gritó a sus hombres y se
puso a escuchar atentamente.
—¡Wendy, ven conmigo! –exclamó Peter–. Te enseñaré a volar
No se oía ni un ruido. Sólo Wendy quedaba atada al mástil obser-
sobre el lomo del viento y nos elevaremos los dos... En vez de dor-
vando a Garfio y esperando la reaparición de Peter.
mir tontamente en tu camita, podrías venir conmigo a contarle cosas
No tuvo que esperar mucho. En el camarote, Peter había libera-
a las estrellas.
do a los niños de sus
grilletes y les había
ordenado que se
escondieran.
Después, sigilosa-
mente, cortó las
ataduras de
Wendy y lanzó un
grito:

4 25
—¡Atadla al mástil! –gritó Garfio. Wendy sintió un fuerte deseo de seguirlo; sin embargo, tuvo un
Mientras los piratas ataban a Wendy, Garfio sonrió con los dien- poco de miedo.
tes apretados. Esperaba oírla gritar de angustia. En cambio, oyó —¡Vamos, Wendy! –la tranquilizó Peter– Soy muy hábil y fuerte,
otra cosa. nada te pasará...
Era el horrible tic tac del cocodrilo.
Todos lo oyeron: los piratas, los chicos, Wendy; e inmediatamen- Por esa noche, Peter no insistió. Se sentó a los pies de la cama
te todas las cabezas se volvieron hacia Garfio. Fue espantoso de la niña e hizo sonar su caramillo suavemente hasta que Wendy
observar su cambio; quedó flojo como un trapo, hasta la garra de se durmió. Salió luego como había entrado, volando por la venta-
hierro colgaba sin fuerza. na, y dejó detrás de sí un reguero de pequeñas hojas secas, hojas
—Escondedme –pidió roncamente. muy raras que no pertenecen a ningún árbol de los que se cono-
Los piratas se apiñaron alrededor de él. Cuando Garfio quedó cen en Inglaterra.
oculto, los chicos pudieron correr hacia el costado del barco para
ver al cocodrilo. Entonces se llevaron la sorpresa mayor de la
noche, pues ningún cocodrilo venía en su ayuda. Era Peter.
Les hizo señas para que no soltaran ningún grito de admiración
que pudiera despertar sospechas. Luego, siguió haciendo tic tac.

24 5
5. Garfio o Peter

Peter salió detrás de Campanilla cargado de armas para empren-


der su peligrosa aventura. La luna corría por el cielo nublado cuan-
do Peter pronunció este terrible juramento:
—Esta vez, Garfio o yo.

Garfio, mientras tanto, preguntaba:


—¿Están todos los niños encadenados para que no puedan salir
volando?
—Sí, señor.
—Pues subidlos a cubierta.
A la mañana siguiente, cuando la señora Darling fue a despertar Sacaron a rastras de la bodega a los desdichados niños, a todos,
a los niños, descubrió unas cuantas hojas de árbol en el suelo del menos a Wendy.
cuarto. —Traed a la niña y preparad la plancha.
—Seguro que ha sido Peter otra vez –dijo Wendy tranquilamente. Sólo eran unos niños, y se quedaron blancos al ver preparar la
—¿Qué quieres decir con eso, Wendy? plancha mortal. Pero trataron de parecer valientes cuando trajeron
a Wendy.

6 23
No hubo respuesta. La niña explicó que a veces Peter entraba en el cuarto de los niños
—No abriré si no hablas –gritó Peter. cuando ellos ya estaban dormidos y que, en ocasiones, se sentaba a
—Déjame entrar, Peter. los pies de su cama para hacerle oír la música de su caramillo.
Era Campanilla, volando muy agitada, con la cara enrojecida y el —Pero, ¿qué bobadas dices, preciosa? Nadie puede entrar en la
vestido manchado de barro. casa sin llamar.
—¿Qué ocurre?
—Peter entra por la ventana –dijo Wendy.
Campanilla le contó la captura de Wendy y los chicos. Se puso a
revolotear como un rayo por el lugar repitiendo con su vocecita: —Pero, mi amor, hay tres pisos de altura...
—Vamos a rescatarlos... —¿No están las hojas al pie de la ventana, mamá? –insistió
Wendy.

Era cierto. La señora Darling no sabía qué pensar. Hizo memo-


ria y recordó las historias de Peter Pan que había oído en su propia
infancia. En aquel entonces, ella también creía que Peter vivía con
las hadas y que acompañaba a los niños que se quedaban solos para
que no tuvieran miedo. Pero ahora que la señora Darling era una
mujer casada y llena de sentido común, dudaba seriamente de que
tal persona existiera.

—Mira, hija –le dijo a Wendy–, han pasado muchos años. Ahora
Peter ya sería mayor.
—Oh, no, no ha crecido –le aseguró Wendy muy convencida–, es
de mi tamaño.

Quería decir que era de su tamaño, tanto de cuerpo como de


mente; no sabía cómo lo sabía; simplemente, lo sabía.

22 7
Entretanto, los chicos se preguntaban qué bando había ganado,
sin atreverse a salir de su casa subterránea. Los piratas esperaban
con avidez ante los huecos de los árboles, hasta que escucharon la
voz de Peter:
—Si han ganado los pieles rojas, toca-
rán el tam-tam –dijo–; esa es siempre
la señal de su victoria. Entonces,
podremos salir del escondite.
2. Vámonos, vámonos...
Garfio, entonces, hizo señas a uno
de sus hombres para que tocara el
Aquel fatídico viernes, el señor y la señora tam-tam que le habían arrebata-
Darling estaban invitados a una fiesta en el do a los pieles rojas. Dos veces
número 27 de su misma calle, a pocos pasos de la casa. Los niños golpeó el pirata comprendien-
se quedarían al cuidado de Liza, la mucama, y de Nana, que los pro- do la horrenda maldad de la
tegía día y noche, los acompañaba al parque y a la escuela, y dor- orden de Garfio.
mía en el mismo cuarto, junto a la cama de John o de Michael. —¡El tam-tam! –oye-
La señora Darling había metido a los niños en la cama y había ron gritar a Peter.
encendido sus lamparillas de noche cuando oyó ladrar a Nana de Los desafortunados ni-
manera extraña. ños respondieron con un
salto de júbilo. El primero
—Así ladra Nana cuando huele algún peligro –pensó la señora en salir fue Rizos, que cayó
Darling. Sin embargo, se despidió de sus hijos y salió con su espo- en brazos de uno de los pira-
so hacia el número 27. ¡Felizmente, estarían muy cerca si ocurría tas, que se lo arrojó a otro. Todos
alguna cosa! los chicos fueron apresados y lanzados
como paquetes de mano en mano. A
Las estrellas son hermosas pero no pueden participar activamen- Wendy, que salió última, Garfio la saludó con irónica cortesía y la
te de nada, tienen que limitarse a observar eternamente. No es que condujo hasta el lugar en que todos los chicos estaban siendo
sean realmente amigas de Peter, que tiene la traviesa costumbre de amordazados. Luego, los cautivos fueron llevados al barco.
acercarse por detrás y tratar de apagarlas de un soplido; pero, como Peter, convencido del triunfo de los pieles rojas, se había queda-
les gusta tanto divertirse, esa noche estaban esperando que los do tocando su caramillo en un rincón de la casita.
mayores desaparecieran tras la puerta del número 27. Entonces, la En el silencio de la noche, unos suaves golpecitos lo sobresaltaron.
más pequeña de todas las estrellas de la Vía Láctea gritó: —¿Quién es?

8 21
4. El rapto de los niños

Una tarde, Wendy cosía tranquilamente los bolsillos agujereados


de los pantalones de los niños mientras Campanilla espiaba desde
las ramas más altas de un árbol cercano. Arriba, el aire se llenó de
alaridos y de choques de armas. Los piratas habían desatado un tre-
mendo ataque sobre los pieles rojas. Las bocas de los niños se
abrieron y se quedaron abiertas. Wendy cayó de rodillas y tendió los
brazos hacia Peter. En cuanto a Peter, tomó su espada y sus ojos
relampaguearon con el ansia de batalla.
—¡Ahora, Peter!
El ataque pirata había sido una total sorpresa. Uno no puede al La lamparilla de Wendy parpadeó y las tres se apagaron de pron-
menos reprimir cierta admiración involuntaria por el talento que to. Sin embargo, una luz mil veces más brillante se deslizaba rápi-
había concebido un plan tan audaz y tan cruel. Pero no era a los damente por la habitación. Cuando se detenía un instante, se veía
pieles rojas a quienes quería destruir; a ellos Garfio los ahuyentó que era un hada de apenas un palmo de altura, en período de cre-
como a abejas para llegar a la miel. Era a Pan a quien quería, a cimiento. Su nombre era Campanilla, estaba primorosamente ves-
Wendy y a su banda, pero sobre todo a Pan. tida y se le notaba una ligera tendencia a engordar. Peter llegó con
Peter le crispaba los nervios a Garfio. Mientras Peter viviera, ella; como la había traído de la mano parte del camino, aún con-
aquel hombre seguiría atormentado. servaba polvillo de hada entre los dedos.

20 9
—¡Wendy! –llamó Peter, dándole a la niña suaves golpecitos en Un ruido los hizo callar. Tic tac, tic tac. Garfio salió corriendo
el pie. seguido por sus hombres. Efectivamente, era el cocodrilo. Se había
Ella se sentó en su cama y lo saludó sin sorprenderse; Peter le tiró adelantado a los pieles rojas que venían siguiendo el rastro de los
un beso y ella lo guardó en la cadena que llevaba al cuello. Se pusie- piratas.
ron a conversar como grandes amigos, pero cuando las personas se
hacen amigas es costumbre que se pregunten la edad. Por eso Cuando los chicos pudieron salir a la superficie, vieron acercarse
Wendy le preguntó a Peter cuántos años tenía. a un gran pájaro blanco.
En realidad Peter no tenía ni idea. —Parece cansadísimo –dijo Avispado en el momento en que
—Wendy –le dijo–, me escapé el día que nací porque escuché a Wendy, que de ella se trataba, estaba casi sobre ellos y podían escu-
papá y a mamá hablar sobre lo que yo iba a ser cuando fuera mayor. char sus quejidos. Pero lo que más se oía era la voz de Campanilla.
La niña lo miró sin entender. Peter se puso nerviosísimo y dijo La celosa hada pellizcaba salvajemente a la niña.
con vehemencia: —Aléjate, Campanilla –gritó Peter.
—¡No quiero ser mayor! ¡Quiero ser siempre un niño y divertir- Él, John y Michael descendieron cerca de los niños perdidos y
me! Así que me escapé y viví mucho, mucho tiempo entre las hadas. ayudaron a Wendy a posarse sobre una roca. Peter dijo en voz baja
Ella le echó una mirada de admiración y él pensó que era porque a los niños:
se había escapado, pero en realidad era porque conocía a las hadas. —Poneos guapos; las primeras impresiones son las que valen.
—¡Oh, Wendy! –dijo Peter levantándose a buscar por la habita- Ninguno preguntó qué eran las primeras impresiones porque
ción–, no sé dónde puede haberse metido pero hoy traje conmigo todos estaban ocupados poniéndose guapos. De a uno, se acerca-
a una de ellas. Tú no la oyes, ¿no? ron a Wendy.
—¡Oh, Peter, ojalá pudiera verla! —Muy bien, diablillos –dijo la niña–, tengo tiempo de contaros
—Tal vez quiera ser tu hada, sabiendo que te quiero tanto... el final de Cenicienta antes de que os vayáis a la cama.
Y aquella fue la primera de las
muchas noches felices que pasaron con
Wendy.

10 19
Los chicos se tiran sobre el césped, junto a la entrada de su casa Cuando Campanilla oyó a Peter, gritó con malos modales:
subterránea. —¡Cretino! No pretendas que sea el hada de una niña grande y fea.
—Ojalá volviera Peter –decía cada uno de ellos. —No le hagas caso, Wendy. Tú sabes que eres encantadora.
—Yo soy el único que no teme a los piratas –dijo Presuntuoso–, Pero la niña soltó un chillido.
pero ojalá volviera y nos dijera si ha averiguado algo más sobre —¿Qué pasa, Wendy?
Cenicienta. —Es como si alguien me hubiera tirado del pelo.
Se pusieron a hablar de Cenicienta hasta que oyeron una espe-
luznante canción:
Viva, viva, la vida del pirata,
un cráneo y dos tibias lleva nuestra bandera.
Viva la alegría y unas buenas velas,
y viva el buen demonio que nos espera.

Los Niños Perdidos, ¿pero dónde están? ¡Ya han huido a su casa
subterránea!
Mientras, los piratas avanzaban entre los árboles.
—Recuerden –se oyó la voz de Garfio– sobre todo quiero a su
capitán, a Peter Pan. Fue él quien me cortó el brazo. ¡Ah! ¡Lo haré
pedazos! Arrojó mi brazo a un cocodrilo que pasaba por allí.
—Capitán –se atrevió a decir uno de los piratas– yo he notado su
extraño temor a los cocodrilos.
—A los cocodrilos, no –lo corrigió Garfio–, sino a ese cocodrilo.
Bajó la voz.
—Le gustó tanto mi brazo, compañero, que me ha seguido desde
entonces de mar en mar y de tierra en tierra, relamiéndose por lo
que queda de mí.
—¿Sabes? –añadió roncamente–, ya me habría comido, pero por
una feliz casualidad se tragó también mi reloj que hace tic tac en su
interior y por eso antes de que me pueda alcanzar, oigo el tic tac y
salgo corriendo.

18 11
—Debe haber sido Campanilla. Nunca la había visto tan antipática.
Campanilla volvió a replicar:
—Cretino.
Peter no entendía por qué Campanilla seguía empleando un len-
guaje tan ofensivo, pero Wendy sí.
—¿Sabes –continuó Peter– por qué he venido? He venido a escu-
char cuentos. Tu madre cuenta esa historia preciosa del príncipe
que no puede encontrar a la dama que llevaba el zapatito de cristal.
—Peter –dijo Wendy–, esa era Cenicienta y él la encontró y vivie-
ron felices para siempre.
Peter se puso tan contento que se levantó del suelo y corrió a la
ventana.
—¿Dónde vas? –exclamó ella alarmada.
—A decírselo a los demás chicos.
—No te vayas, Peter –le rogó ella–, sé muchos más cuentos.
Él regresó, la agarró de la mano y comenzó a arrastrarla hacia la
ventana.
—¡Wendy, ven conmigo y cuéntaselos a los demás chicos! –excla-
mó Peter.
—Pero no sé volar.
—Te enseñaré.
—¡Oh, Peter, sería fascinante! –exclamó la niña–. Pero..., ¿ense-
ñarías a volar también a John y a Michael?
—Si quieres –dijo él con indiferencia y ella corrió a despertar a
sus hermanos.
Tras los pasos de los piratas, deslizándose en silencio por el sende-
John se frotó por un momento los ojos y Michael se despabiló ro de la guerra, pasan los pieles rojas, todos ellos con mirada atenta.
rápidamente. Mientras tanto, Nana, en el jardín, no dejaba de ladrar Mirad cómo pasan por encima de las ramitas secas sin hacer el
de manera extraña. menor ruido. Lo único que se oye es su respiración algo jadeante.
Los pieles rojas desaparecen como han llegado, como sombras, y
pronto ocupan su lugar los animales, una procesión de leones, tigres,
osos e innumerables criaturas más pequeñas que huyen de ellos.
Cuando ya han pasado, llega el último personaje de todos, un gigan-
tesco cocodrilo. No tardaremos en descubrir a quién está buscando.

12 17
Nadie puede volar a menos que haya recibido el polvillo de las
hadas. Por suerte, como ya lo hemos dicho, Peter tenía la mano
llena de él y lo echó soplando sobre cada uno de los chicos con un
resultado magnífico.
—Salgamos –invitó Peter.
Pero los niños dudaban.
—Hay sirenas y piratas...
—¡Ooooh!
—Vámonos ahora mismo...

Al cabo de un rato no muy largo pasan los piratas. Tienen un


aspecto temible y entre todos ellos, la joya más negra y siniestra,
Garfio, echado en su carruaje tirado y empujado por sus hombres;
en lugar de mano derecha, tenía el garfio de hierro con el que de
vez en cuando animaba a los piratas a apretar el paso. Como a
perros, los trataba. Llevaba largos bucles negros y sus ojos eran
azules y singularmente tristes y amenazadores.

16 13
3. la isla hecha realidad

La segunda a la derecha y todo recto hacia la mañana.


Ese, decía Peter, que era el camino hacia el País de
Nunca Jamás. En la Isla, todos estaban ocupados de la
siguiente manera: los niños perdidos estaban buscando a Peter, los
piratas estaban buscando a los niños perdidos, los pieles rojas esta-
ban buscando a los piratas y los animales estaban buscando a los
pieles rojas. Iban dando vueltas y más vueltas por la Isla, pero no
se encontraban porque todos llevaban el mismo paso.

Los niños van en fila; primero pasa Lelo, el más inocente.


¡Cuidado, Lelo, el hada Campanilla está dispuesta a provocar daños
esta noche y piensa que tú eres el que más fácilmente se deja enga-
ñar! ¡Cuidado con Campanilla!
A continuación, viene Avispado, alegre y jovial, seguido de
Presuntuoso que baila las melodías que él mismo silba.
Presuntuoso es el más orgulloso de los chicos y mira a todo el
mundo por encima del hombro. Rizos es el cuarto niño: un pillo.
Lo siguen los gemelos, de quienes no se puede decir nada porque
seguro que describiríamos al que no es.
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