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Omisiones, Prejuicios y Estereotipos Racistas Hacia La Población Afromexicana

El documento analiza la historia y la situación actual de la población afromexicana en México, destacando que, a pesar de su presencia significativa desde la época colonial, han sido objeto de omisiones, prejuicios y estereotipos racistas. Se argumenta que el racismo en México se manifiesta en diversas dimensiones sociales y que es necesario reconocer y abordar su impacto en la vida de las comunidades afrodescendientes. Además, se enfatiza la importancia de visibilizar las contribuciones históricas de los afrodescendientes para combatir la ignorancia y los estigmas asociados a su identidad.

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Omisiones, Prejuicios y Estereotipos Racistas Hacia La Población Afromexicana

El documento analiza la historia y la situación actual de la población afromexicana en México, destacando que, a pesar de su presencia significativa desde la época colonial, han sido objeto de omisiones, prejuicios y estereotipos racistas. Se argumenta que el racismo en México se manifiesta en diversas dimensiones sociales y que es necesario reconocer y abordar su impacto en la vida de las comunidades afrodescendientes. Además, se enfatiza la importancia de visibilizar las contribuciones históricas de los afrodescendientes para combatir la ignorancia y los estigmas asociados a su identidad.

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VII. Omisiones, prejuicios y estereotipos racistas


hacia la población afromexicana
Gabriela Iturralde Nieto1,2

De acuerdo con los datos recabados por el Censo de Población y Vivienda 2020, 2% de
la población que reside en México (2 576 213 personas) se considera afrodescendiente.
Casi 70 años antes el antropólogo Gonzalo Aguirre Beltrán, en su libro La población
negra de México, escrito en 1946, afirmaba que por lo menos 250 mil personas de
diversos orígenes africanos llegaron a la Nueva España como resultado del comercio de
esclavos que se extendió desde el siglo XV hasta el XIX (Aguirre-Beltrán, 1946).3
A pesar del interés que los estudios históricos y antropológicos han mostrado por la
población afrodescendiente, el conocimiento y las nociones que se han generalizado en
México sobre el pasado y el presente de las personas, las comunidades y los pueblos
afromexicanos han estado marcados por una serie de omisiones, estereotipos y
prejuicios que a lo largo del tiempo han contribuido a construir formas de expresión
del racismo hacia este grupo de población en nuestro país.
El racismo es un sistema de dominación que se expresa en distintas dimensiones de
la vida social y puede identificarse, de acuerdo con Taguieff, “en actitudes (opiniones,
creencias, prejuicios, estereotipos), comportamientos o prácticas sociales (apartar,
discriminar, segregar, perseguir, etc.), funcionamientos institucionales de tipo
exclusionista [sic], y en construcciones ideológicas que se presentan como doctrinas o
teorías” (Taguieff, 2010: 28). El racismo toma forma en los niveles macro y microsocial,
desde los discursos que han nutrido la construcción de la narrativa nacional y los
referentes nacionalistas, la legislación o el diseño de políticas públicas excluyentes hasta
las interacciones cotidianas de los colectivos y los individuos a través de dichos
populares, bromas y agresiones coloquiales, entre otras.
El racismo es, además, un conjunto de ideas y prácticas que tiene gran capacidad de
adaptación a diferentes contextos, pues explica y justifica —en razón de una supuesta
diferencia “natural”— la exclusión, la subordinación y el maltrato del que son objeto las
personas y los grupos sociales que se suponen “inferiores”. Solo hasta hace poco se
empezó a reconocer en México que somos una sociedad en la que pervive el racismo y
tiene efectos significativos sobre la vida de las personas, y si bien este fenómeno afecta
al conjunto de la sociedad, algunas colectividades, como los pueblos indígenas y
afrodescendientes, lo enfrentan cotidianamente.
En tanto sistema de dominación, el racismo tiene explicaciones históricas; es decir,
podemos trazar la genealogía de su surgimiento y desarrollo en distintos contextos;
además, existe una serie de hechos económicos y políticos que explican su
reproducción y vigencia. Así, tanto su estudio como su posibilidad de eliminación
radican en la comprensión y la atención de este fenómeno desde una perspectiva
estructural, que integre el papel que juegan las prácticas individuales cotidianas en su
reproducción (Tversky y Kahneman, 1981).4

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Este texto tiene como propósito presentar brevemente algunas de las ideas y los
estereotipos más generalizados acerca de los afrodescendientes en el pasado y en el
presente de México y evidenciar algunos elementos que han contribuido a ignorar las
contribuciones de los africanos y sus descendientes en la historia de México, así como a
negar el racismo que los afecta.
Como preámbulo, es necesario señalar que a lo largo del texto se entrecomilla la
palabra “negro” por considerarse una categoría clasificatoria y descriptiva. Como
sustantivo se ha utilizado para nombrar y referir a las personas de origen africano cuyo
color de piel se supone más oscuro que otras tonalidades de piel; este fenómeno se debe
a la acumulación de pigmentos en la epidermis y no a la supuesta pertenencia de las
personas a una u otra “raza” (Vergara, 2018).5
La palabra “negro” se ha usado como sustantivo y como categoría en las
clasificaciones desarrolladas por el racismo “científico”,6 según el cual los
centroeuropeos “blancos” ocupaban el pináculo del sistema y a partir de ahí se
“degradaba” la evolución humana hasta llegar a los “negros”. Desde entonces los
sustantivos coloristas con los que nos referimos a las personas claramente no son
inocentes: en el caso del término “negro”, encierra una historia de colonización,
explotación y racismo; y si bien también ha sido reivindicado y resignificado por los
movimientos sociales —sobre todo los afroamericanos, considero que es necesario
tomar conciencia de los múltiples sentidos y usos de los términos. Finalmente, también
es importante señalar que la “clasificación racial” es una de las principales
condicionantes o sesgos que han dominado desde distintas perspectivas la manera de
relacionarnos entre las personas y los grupos sociales; esto es muy evidente respecto a
los afrodescendientes.

EN MÉXICO NO HAY “NEGROS”: UNA HISTORIA


BORRADA Y OLVIDADA
En México suponemos que los afrodescendientes son una colectividad ajena a nuestra
historia, que no está vinculada con nuestra vida, nuestras prácticas ni con la existencia
de nuestra sociedad y nuestra cultura; sin embargo, esta es una de las primeras grandes
falacias. Ni siquiera podemos decir que es un estereotipo, es simplemente una falacia,
es decir, una mentira o engaño que omite o esconde algo por algún motivo.
Diversos estudios históricos han mostrado que entre los siglos XVI y XIX el territorio
de la Nueva España, al igual que el resto de la actual América Latina, recibió un
número significativo de personas de origen africano.7 Como se mencionó
anteriormente, de acuerdo con los datos recopilados por Gonzalo Aguirre Beltrán, casi
250 mil africanos fueron transportados a la Nueva España durante ese periodo. A esta
cifra deben sumarse los africanos esclavizados que llegaron por medio del contrabando,
lo que sin duda incrementaría considerablemente esta cifra. El comercio de esclavos
hacia México se realizó principalmente por la ruta del océano Atlántico hacia los
puertos de Veracruz y Campeche, aunque estudios recientes también han identificado
una ruta a través del océano Pacífico.

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Llegados junto con las expediciones de conquista, los africanos esclavizados


ocuparon este territorio en convivencia e intercambio —a veces armonioso y otras
veces en conflicto, violencia y subordinación— con los distintos pueblos indígenas y las
personas de origen europeo, y juntos dieron lugar al surgimiento de nuevas sociedades.
En el folio 22v. del Códice Azcatitlán, así como en el folio del Códice Durán que relata
el encuentro de Cortés con Moctezuma, se puede ver la figura de una persona “negra”
que acompaña la llegada de Cortés a Tenochtitlan. Este personaje se ha identificado
con Juan Garrido o Juan Cortés, persona libre que acompañó la conquista de México,
recibió un solar dentro de la traza de la Ciudad de México y fue encomendero. Estos
códices, así como otros estudios, permiten documentar la incorporación temprana de
personas de origen africano tanto en América como en México y reflexionar sobre las
distintas experiencias que se gestaron, unas signadas por la esclavitud y otras no
(Restall, 2000). Este ejercicio permite desvanecer algunos de los prejuicios y
estereotipos que han perdurado.
Es una idea generalizada que la totalidad de personas de origen africano que llegaron
durante el largo periodo colonial fueron esclavizadas y que en su mayoría eran
hombres. Ambas ideas son verdades a medias. Por un lado, es verdad que desde el siglo
XV se estableció un negocio que lucró con el comercio de personas en condición de
esclavización, provenientes de diversas regiones del África subsahariana, a fin de nutrir
con su trabajo las empresas coloniales. Sin embargo, también se sabe, como en el caso
de los conquistadores “negros”, de personas que lograron su libertad apenas llegaron a
América.
Despejar esta verdad a medias es imprescindible. Es común, no solo en el
conocimiento cotidiano sino también en otro tipo de espacios —los libros de texto, por
ejemplo—, crear una asociación directa entre “ser negro” y ser esclavo, estigma que
señala negativamente a los afrodescendientes y justifica malos tratos o la explotación.
La observación de dinámicas cotidianas, por ejemplo, en comunidades de la Costa
Chica, o la lectura de conversaciones a través de redes sociales, ponen en evidencia el
uso de la palabra esclavo para ofender y denigrar a los afrodescendientes.
Asimismo, es necesario señalar que el comercio atlántico de esclavos incluyó un
número importante de mujeres, niñas y niños. Sin la participación de las mujeres
africanas no podríamos entender cómo se incorporaron los distintos bagajes culturales
de origen africano a la conformación de las nuevas sociedades. En la mayoría de las
sociedades humanas las mujeres están a cargo de la crianza de los hijos y las hijas y son
las encargadas de transmitir saberes y conocimientos y de reproducir las prácticas de la
vida material.
La investigadora María Elisa Velázquez ha documentado detalladamente los
distintos ámbitos de participación de las mujeres africanas y afrodescendientes en el
periodo virreinal. Esta autora aporta datos de las distintas formas en que estas mujeres
contribuyeron con su trabajo a la conformación de la vida colonial y de la
heterogeneidad de las experiencias que vivieron, desde aquellas que fueron esclavizadas
y sometidas a malos tratos, hasta las que gozaron de libertad y una vida más
acomodada, o aquellas que pelearon por la libertad de sus hijos (Velázquez, 2016).

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En este sentido, vale la pena referir las pinturas conocidas como cuadros de castas,
obras que generalmente se toman como testimonio de la existencia de un régimen o
sistema de distinción “racial” en el periodo. Velázquez señala que, al contrario de lo
que comúnmente se supone, estos cuadros retrataban una realidad de convivencia
frecuente entre los distintos grupos sociales y muestran a mujeres y hombres de origen
africano en muy distintas situaciones, ayudándonos a esclarecer otras ideas confusas.
Una de estas confusiones, por ejemplo, perpetúa la idea de que fue una población
insignificante en términos numéricos y siempre estuvo relegada a las regiones de las
costas del Golfo de México o en Guerrero. En muchas regiones de la Nueva España las
personas de origen africano constituyeron por lo menos el segundo grupo de población
más numeroso después de los indígenas; en otras, como Acapulco, hay periodos en que
son incluso el grupo mayoritario. La idea errónea de que era una población exigua
proviene fundamentalmente de dos hechos: por una parte, en el siglo XIX se dejaron de
hacer registros de población diferenciados por origen y castas como medida para
garantizar la igualdad ante la ley;8 por otra, desde mediados del siglo XIX, pero sobre
todo en los primeros años del XX, se consolidó la idea de que México estaba constituido
por un pueblo mestizo, resultado de la mezcla cultural y biológica de indígenas y
españoles, borrando de las narrativas históricas la participación de otros grupos de
población, principalmente de personas de origen africano, en la conformación de la
sociedad mexicana (Iturralde, 2018, 2019).
Asimismo, la idea de la segregación de este grupo social queda contradicha por
numerosos testimonios, no solo por los cuadros de castas antes mencionados, sino en
el estudio de padrones y otros registros de población coloniales que indican su
presencia en distintas regiones de la Nueva España y sobre todo cifras que dan cuenta
de matrimonios y uniones no convencionales entre personas de origen africano y otros
grupos (Pérez, 2018; Córdova, 2018). Este estereotipo es complicado de vencer debido a
que la idea de la segregación de los afrodescendientes se repite constantemente en
distintos espacios, como en el cine.
Estas ideas han tendido un velo de ignorancia sobre esta parte de la historia de
México y han ignorado las contribuciones africanas y afrodescendientes, omitiendo del
conocimiento colectivo algunos referentes históricos importantes. Ejemplo de ello es lo
poco que se sabe del origen africano de Vicente Guerrero, de Juan Álvarez o Mariano
Tabares, todos ellos gestores de la independencia de México. Y existe evidencia del
apremio por borrar el pasado africano de estos insurgentes. Dolores Ballesteros ha
documentado cómo Carlos María de Bustamante, connotado intelectual y político de la
época, denostó a Vicente Guerrero debido a su origen. Habiéndose convertido en
opositor político de Guerrero, Bustamante lo descalificó haciendo referencia a su
origen africano, calificándolo como descendiente de una “estirpe de cerdos” y
emitiendo otras calificaciones respecto de su apariencia. Desde la perspectiva de
Ballesteros, el origen de Guerrero resultó tan incómodo que incluso se cambió su
imagen en la iconografía posterior —en cuadros, monografías y otras representaciones
—, aclarando paulatinamente su color de piel y estilizando su fisonomía (Ballesteros,
2011).

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La omisión de las contribuciones de los africanos y afrodescendientes del


conocimiento histórico ha tenido como consecuencia que se haya puesto muy poca
atención en las características y necesidades de las personas y las comunidades
afromexicanas, y, por el contrario, ha contribuido a la reproducción de prejuicios que
afectan la vida de estas personas, vulnerando sus derechos y su dignidad. A
continuación, algunas de estas consecuencias.

TÚ NO ERES DE AQUÍ: EXTRANJERIZACIÓN Y EXOTIZACIÓN


DE LOS AFROMEXICANOS
En la primera mitad del siglo XX Aguirre Beltrán, entre otros, realizó diversas
investigaciones sobre el pasado de la población afrodescendiente en México; no
obstante, las aportaciones de su investigación, los enfoques interpretativos de la época y
las coyunturas políticas lo llevaron a tejer la hipótesis de la desaparición de este grupo
de población. Estas ideas han perdurado a lo largo del tiempo y han influido la manera
de enseñar la historia. En sus planteamientos Aguirre Beltrán formuló la idea de la
integración de los afromestizos —como él los llamó— al mestizaje mexicano y
argumentó su asimilación e inevitable desaparición en el mediano plazo debido a los
procesos de aculturación, enfoque dominante entre los años treinta y cuarenta del siglo
XX. Este enfoque consideraba que en contextos coloniales o de relaciones interétnicas
las culturas “débiles” tendían a asimilarse y fundirse con las culturas dominantes y
perder su distintividad (Aguirre-Beltrán, 1946).
Durante muchos años esta fue una forma frecuente de interpretar el destino de las
poblaciones surgidas de la diáspora africana; sin embargo, este enfoque ha sido
revisado para destacar los distintos procesos de convivencia e intercambio que tuvieron
lugar en lo social, lo cultural e incluso lo biológico entre los afrodescendientes y otros
grupos sociales, lo que ha permitido comprender los procesos de recreación cultural
con la intención de romper estereotipos.
La idea de la desaparición de los afrodescendientes de México ha conducido a la
generalización de estereotipos que extranjerizan y exotizan a esta población. Al
extranjerizarlos se hace una asociación directa entre las personas “negras” y la
condición de no ser nacionales de México. Esto afecta la vida cotidiana de estas
personas y el ejercicio de sus derechos. Hoy en día sigue siendo común que se le
pregunte a los afromexicanos por su país de origen. Podría parecer una pregunta
inocente; sin embargo, casi siempre está revestida de asombro, como cuando es
esgrimida por una autoridad migratoria, que encierra duda y sospecha. Hay un
sinnúmero de testimonios de afromexicanos a los que se les solicita acreditar su
nacionalidad, y cuando lo hacen, se les acusa de portar documentos falsos y en
ocasiones, incluso, de ser delincuentes.
Por otra parte, los estereotipos generalizados han exotizado a las personas “negras”.
Hombres y mujeres afrodescendientes son pensados, imaginados y representados no
solo como extranjeros provenientes de un lugar de origen distante, sino que también se
consideran radicalmente distintos en su condición humana. Se les atribuyen

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características físicas, psicológicas y morales exclusiva y “naturalmente” inferiores,


peligrosas o exageradas.
El racismo ha considerado que los rasgos físicos visibles del cuerpo, como el color de
piel, el tipo de pelo y la fisonomía, son la expresión de costumbres particulares y
condiciones morales de los grupos humanos, obedeciendo a una lógica de
jerarquización entre unas y otras poblaciones. Paradigmáticamente, a las personas
“negras” se les atribuyeron rasgos y características que se consideran indeseables o
inferiores, comparándolas incluso con animales. Pensemos, por ejemplo, cómo se
repiten en los estadios de futbol los gritos que emulan el aullido de un mono para
denostar a los jugadores afrodescendientes.
Es habitual pensar que “naturalmente” los hombres “negros” son proclives a la
vagancia, la violencia y la resistencia física. El cine y otros medios de comunicación
masiva se han encargado de repetir este estereotipo. A mediados de 2018 se estrenó la
película La negrada, creación cinematográfica que, en voz de su director, pretendía
hacer visible a la población negra en México. La película, protagonizada por actores
afromexicanos, retrata la realidad de las comunidades de la Costa Chica de Oaxaca y el
olvido que han padecido. Lejos de lograrlo —desde mi perspectiva— la película está
plagada de estereotipos racistas. Los personajes masculinos pasan la mayor parte de la
historia bebiendo, dedicados a la vagancia, armando peleas y engañando a sus parejas.
Quizá haya individuos que se comporten de esta forma, pero esto ocurre en todos los
grupos humanos y sectores sociales. Como sabemos, un estereotipo es una idea,
concepto o imagen —reales o imaginados— que se atribuyen, fijan y generalizan a un
grupo de personas asumiendo que comparten características similares y utilizándolo
para categorizar a las personas de ese grupo social.
Las mujeres afromestizas también han sido fuertemente estereotipadas e híper
sexualizadas. Históricamente se ha considerado que las mujeres negras son por
naturaleza sensuales, provocativas y agresivas y siempre están dispuestas a los
intercambios sexuales. Estos estereotipos se reproducen hasta el cansancio en los
productos de la creación y la industria cultural: las novelas decimonónicas, historietas
como Rarotonga y Memín Pinguín, la publicidad de bebidas alcohólicas, solo por
mencionar algunos ejemplos. Estas ideas se han fijado, además, porque están en
consonancia con las prácticas machistas. Estos prejuicios dañan la dignidad de miles de
mujeres y niñas, quienes enfrentan condiciones de vulnerabilidad por su condición de
mujer, enfrentando agresiones verbales y el asedio justificado de un cuerpo que se
supone disponible.
Estas ideas, además, han ocultado o minimizado las experiencias resilientes de
mujeres afrodescendientes y afromexicanas, quienes luchan cotidianamente por
mejorar su vida y las de sus familias y comunidades. Desde hace más de cinco años
mujeres de la Costa Chica de Guerrero y Oaxaca han emprendido un importante
proceso de organización, con frutos muy importantes, como es la creación de una
Cátedra Itinerante de Mujeres Afromexicanas. Asimismo, en colaboración con la
Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca e instituciones como el INAH, el
Conapred y la CNDH, han llevado un proceso de formación en feminismo, derechos

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humanos y derechos de las mujeres, brindado al movimiento afromexicano un nuevo


carácter.

YO TENGO UN AMIGO NEGRO O CÓMO NEGAMOS


EL RACISMO Y LA DISCRIMINACIÓN
Frecuentemente activistas afromexicanos denuncian hechos que consideran racistas
(insultos, preguntas sobre su origen, alusiones sexistas hacia las mujeres, entre otras);
sin embargo, estas denuncias son rechazadas por la idea de que en México las personas
no son racistas. Los estudiosos del tema han aportado elementos para documentar y
analizar el racismo y también reciben réplicas que niegan su existencia.
La negación del racismo está ampliamente difundida en México y, más aún, la
negación de la discriminación racista hacia los afrodescendientes, pues se esconde el
hecho de que hay negros en México. La negación del racismo generalmente va
acompañada de alguna anécdota personal del tipo “yo conozco a un negrito y nunca se
ha quejado” o “en mi casa no somos racistas, yo tengo un amigo negro”. Muchas
personas tienen experiencias cotidianas y familiares que “normalizan” actitudes
discriminatorias, de violencia u otro tipo de maltratos. Esto puede convertirse en una
forma sesgada de conectarse o de interpretar el mundo, ya que una experiencia
personal se generaliza y se cree que explica el conjunto de la realidad.9
En los últimos años ha aumentado significativamente el número de publicaciones
científicas y de divulgación, así como el tiempo en los medios de comunicación, que
aportan evidencias de la pervivencia y la reproducción del racismo en México. Desde
distintas perspectivas se ha puesto en cuestionamiento la idea generalizada de que en
México no hay racismo y se ha señalado que los comportamientos racistas y violentos
no son problemas de un individuo desequilibrado.
La discriminación y el racismo son un fenómeno estructural, en tanto que se
expresan en distintos niveles y órdenes de la realidad social y estructura las relaciones
sociales en torno a una supuesta condición de superioridad o inferioridad. La
discriminación estructural tiene una gran resistencia y se expresa bajo formas que ni
siquiera sospechamos y que es necesario deconstruir. Una de ellas está relacionada con
la creencia generalizada de que existen razas humanas. Como lo mencioné
anteriormente, esta idea es errónea y tiene una larga historia anidada en el desarrollo de
la cultura occidental y el capitalismo. La idea de que el color de nuestra piel, nuestra
fisonomía y nuestros comportamientos son expresión de la pertenencia a una raza
carece de sustentos científicos. De hecho, desde un punto de vista genético, somos
iguales entre todos los humanos. Sin embargo, la idea de las razas humanas ha sido útil
para justificar la dominación, la desigualdad y ha sido usada por el racismo como
sustento epistemológico para su perpetuación.
Es necesario hacer conciencia de que las razas son una mentira histórica que se
repite de forma irreflexiva o irresponsable. Nelson Mandela ha dicho: “Nadie nace
odiando a otra persona por el color de su piel, su origen o su religión. La gente aprende
a odiar. También se les puede enseñar a amar. El amor llega más naturalmente al
corazón humano que lo contrario”. Así pues, es preciso desvanecer las omisiones, los

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estereotipos y los prejuicios que han marcado el acercamiento hacia las personas, las
comunidades y los pueblos afromexicanos y se reflejan en experiencias cotidianas de
racismo y discriminación.
Ahora bien, estos aprendizajes no se reducen a un cambio de actitud de las personas.
Para que las prácticas cotidianas —dimensión en la que se inscriben las actitudes
subjetivas de los individuos— cambien, es necesario transformar las condiciones
estructurales que favorecen la reproducción de los estereotipos y los prejuicios y
justifican la exclusión y la desigualdad. Esto implica actuar en distintos campos. Por
ello, a manera de conclusión, me referiré a uno que creo que es fundamental y en el que
podemos incidir desde las áreas académicas de investigación y docencia, en
articulación con las áreas de toma de decisiones.
Me refiero a cambiar los contenidos de la historia que enseñamos. Para empezar,
esta debe ser incluyente y dar cuenta de las razones que dieron origen a la esclavización
de millones de personas en África, desvinculando el fenómeno de la esclavitud de las
características físicas de las personas. Es importante hacer énfasis en la pedagogía de la
historia, que el comercio transatlántico de personas esclavizadas no se explica por las
capacidades físicas de las personas negras para el trabajo extenuante; se debe hacer
explícita la vinculación de este hecho con el desarrollo del capitalismo y la expansión de
los intereses coloniales europeos.
Asimismo, es necesario brindar más y mejores contenidos acerca del pasado y el
presente de África. No pueden desvanecerse los prejuicios racistas sobre las personas
“negras” si se mantiene un velo de ignorancia y desinformación sobre el origen
histórico de las poblaciones afrodescendientes, como lo ha resaltado Masferrer (2019).
También es importante que se den a conocer las aportaciones que las personas de
origen africano y sus descendientes han realizado, no solo en tanto trabajadores
esclavizados, sino los conocimientos, saberes y legados culturales de estas comunidades
vitales, sin los cuales, es imposible comprender la conformación actual de las
sociedades latinoamericanas, así como de la mexicana. En este mismo sentido, es
necesario insistir en la pertinencia de incluir en los planes y programas de educación
básica, media y superior, educación en derechos humanos y fomentar una auténtica
educación intercultural y antirracista. Solo por medio de una nueva forma de educar a
través de la historia podremos hacer frente a los prejuicios que siguen estigmatizando a
las poblaciones afrodescendientes.

REFERENCIAS
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1
Gabriela Iturralde es investigadora en el Programa de Investigación Afrodescendientes y Diversidad
Cultural del INAH y es profesora del Colegio de Estudios Latinoamericanos de la Facultad de Filosofía y
Letras de la UNAM. Forma parte de la Red Integra-Conacyt, así como del Observatorio de Justicia para
Afrodescendientes en Latinoamérica y de Afrodescendencias en México, Investigación e Incidencia, A.
C.
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Este texto es una versión elaborada por la propia autora a partir de la presentación que realizara en el
marco del I Coloquio Universitario sobre Discriminación, Sesgos Cognitivos y Derechos Humanos el 16
de noviembre de 2019. Un tratamiento semejante a este tema ha sido desarrollado y publicado por María
Elisa Velázquez (Velázquez y Correa, 2005) y Gabriela Iturralde, 2019.

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Esta obra forma parte del acervo de la Biblioteca Jurídica Virtual del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM
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Aguirre Beltrán, La población negra de México. Datos recogidos en el portal <www. [Link]>
indican que cerca de 12 millones de personas fueron hechas cautivas y comercializadas desde África en
este periodo. La cifra es conservadora, pues cada vez se conocen nuevos registros del comercio “legal” y
es difícil contabilizar el comercio “ilegal” o de contrabando, estimado casi en la misma proporción, si no
es que más.
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La psicología cognitiva ha desarrollado distintos enfoques acerca de los procesos cognitivos, sus
funciones y sus resultados o consecuencias. Uno de ellos es el de los sesgos cognitivos, tema bajo el que
se convocó el I Coloquio sobre Discriminación, Sesgos Cognitivos y Derechos Humanos y que propone
comprender desde esta perspectiva fenómenos como el del racismo, la discriminación y su relación con
distintos ámbitos. De manera muy general, un sesgo cognitivo puede comprenderse, de acuerdo con
Daniel Kahneman y Amos Tversky, como formas no razonadas en que se toman las decisiones,
permitiendo hacer deducciones sin caer en un alto nivel de esfuerzo, lo que podría desencadenar que la
toma de decisiones sea tendenciosa o errada.
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Este término empezó a generalizarse a raíz de la conquista y colonización de África en el siglo XV, y así
es como los europeos nombraron a un sinnúmero de pueblos y culturas. El término “negro” proviene de
la generalización de la aproximación cognitiva limitada de los europeos a otros pueblos. Posteriormente
este término será empleado por naturalistas del siglo XVIII y por los “científicos” decimonónicos,
inventores del racismo. Una explicación breve y muy esclarecedora sobre la variación física visible en los
humanos puede encontrarse en Vergara, 2018.
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Sistema basado en el establecimiento de una jerarquía de tipos humanos en el que a cada apariencia
física (relacionada con una región geográfica) se le asignó una serie de características culturales y
condicionamientos morales.
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Diversos autores lo han documentado, entre los más importantes se citan a Aguirre-Beltrán, 1946;
Martínez, 1994; Velázquez y Correa, 2005; Serna, 2005; Velázquez, 2016; Naveda, 1987; Díaz, 2015.
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Paradójicamente, esta medida, que buscaba romper la sujeción, hoy nos dificulta conocer con precisión
las características de esta población una vez empezada la vida republicana.
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Desde la perspectiva del análisis del sesgo cognitivo, este comportamiento se denomina sesgo de falso
consenso, que se explica como la tendencia a considerar que las opiniones, las creencias, los valores y las
costumbres propias son las generalizadas, extendidas y compartidas por la mayoría. Es una creencia
errónea que maximiza artificialmente la confianza que tenemos en nosotros mismos. El sesgo de falso
consenso se refiere a una sobreestimación de la extensión de las creencias propias, proyectándolas a
nuestro alrededor. Se podría resumir en “todo el mundo piensa lo mismo que yo”.

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