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Enseñanza de Religión en la Escuela

La enseñanza de la religión en las escuelas es fundamental para el desarrollo integral de los alumnos, ya que contribuye a su formación moral y social, y es un derecho de los padres decidir sobre la educación religiosa de sus hijos. La educación religiosa debe ser impartida de manera que respete las convicciones de los padres y fomente el sentido crítico y ético en los estudiantes. La escuela, como institución social, debe garantizar la diversidad educativa y permitir la enseñanza religiosa para aquellos que lo deseen, respetando así la pluralidad cultural de la sociedad.

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Enseñanza de Religión en la Escuela

La enseñanza de la religión en las escuelas es fundamental para el desarrollo integral de los alumnos, ya que contribuye a su formación moral y social, y es un derecho de los padres decidir sobre la educación religiosa de sus hijos. La educación religiosa debe ser impartida de manera que respete las convicciones de los padres y fomente el sentido crítico y ético en los estudiantes. La escuela, como institución social, debe garantizar la diversidad educativa y permitir la enseñanza religiosa para aquellos que lo deseen, respetando así la pluralidad cultural de la sociedad.

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TEMA 1

IDENTIDAD DEL ÁREA DE RELIGIÓN Y MORAL CATÓLICA

1. NATURALEZA Y FINALIDAD

La enseñanza de la religión en la escuela constituye una exigencia de la


concepción antropológica abierta a la dimensión trascendente del ser humano: es un
aspecto del derecho a la educación (Cf. c. 799 CIC). Sin esta materia, los alumnos
estarían privados de un elemento esencial para su formación y para su desarrollo
personal, que les ayuda a alcanzar una armonía vital entre fe y cultura. La formación
moral y la educación religiosa también favorecen el desarrollo de la responsabilidad
personal y social, así como de las demás virtudes cívicas, y constituyen pues una
relevante contribución al bien común de la sociedad.

En este sector, en una sociedad pluralista, el derecho a la libertad religiosa exige que se
asegure la presencia de la enseñanza de la religión en la escuela y, a la vez, la garantía
que tal enseñanza sea conforme a las convicciones de los padres. El Concilio Vaticano
II recuerda que: "[A los padres] corresponde el derecho de determinar la forma de
educación religiosa que se ha de dar a sus hijos, según sus propias convicciones
religiosas (...) Se violan, además, los derechos de los padres, si se obliga a los hijos a
asistir a lecciones escolares que no corresponden a la persuasión religiosa de los padres,
o si se impone un único sistema de educación del que se excluye totalmente la
formación religiosa." (Declaración Dignitatis humanae [DH] 5; Cf. c. 799 CIC; Santa
Sede, Carta de los derechos de la familia, 24 de noviembre de 1983, art. 5, c-d). Esta
afirmación encuentra correspondencia en la Declaración universal de los derechos
humanos (art. 26), y en muchas otras declaraciones y convenciones de la comunidad
internacional.

La marginalización de la enseñanza de la religión en la escuela equivale, al menos en


práctica, a asumir una posición ideológica que puede inducir al error o producir un daño
en los alumnos. Además, se podría crear también confusión o engendrar relativismo o
indiferentismo religioso si la enseñanza de la religión fuera limitada a una exposición de
las distintas religiones, en un modo comparativo y "neutral". A este respecto, Juan Pablo
II decía: "La cuestión de la educación católica conlleva (...) la enseñanza religiosa en el
ámbito más general de la escuela, bien sea católica o bien estatal. A esa enseñanza
tienen derecho las familias de los creyentes, las cuales deben tener la garantía de que la
escuela pública -precisamente por estar abierta a todos- no sólo no ponga en peligro la
fe de sus hijos, sino que incluso complete, con una enseñanza religiosa adecuada, su
formación integral. Este principio se encuadra en el concepto de la libertad religiosa y
del Estado verdaderamente democrático que, en cuanto tal, es decir, respetando su
naturaleza más profunda y verdadera, se pone al servicio de los ciudadanos, de todos los
ciudadanos, respetando sus derechos, sus convicciones religiosas" (Discurso a los
Cardenales y a los colaboradores de la Curia Romana, 28 junio de 1984).

Con estos presupuestos, se comprende que la enseñanza de la religión católica tiene una
especificidad con respecto a las otras asignaturas escolares. Efectivamente, como
explica el Concilio Vaticano II: "el poder civil, cuyo fin propio es actuar el bien común
temporal, debe reconocer y favorecer la vida religiosa de los ciudadanos; pero excede su
competencia si pretende dirigir o impedir los actos religiosos" (DH 3). Por estos
motivos corresponde a la Iglesia establecer los contenidos auténticos de la enseñanza de
la religión católica en la escuela, que garantiza, ante a los padres y los mismos alumnos
la autenticidad de la enseñanza que se transmite como católica.
La Iglesia reconoce esta tarea como su ratione materiae y la reivindica como de
competencia propia, independientemente de la naturaleza de la escuela (estatal o no
estatal, católica o no católica) en donde viene impartida. Por lo tanto: "depende de la
autoridad de la Iglesia la enseñanza y educación religiosa católica que se imparte en
cualesquiera escuelas (...) corresponde a la Conferencia Episcopal dar normas generales
sobre esta actividad, y compete al Obispo diocesano organizarla y ejercer vigilancia
sobre la misma" (c. 804 §1 CIC; Cf., además, c. 636 CCEO).

2. POR QUÉ UNA ENSEÑANZA RELIGIOSA ESCOLAR


1. La e1. nseñanza religiosa, exigencia de la escuela

1. La enseñanza religiosa, exigencia de la escuela

10. Es función propia de la escuela transmitir, de manera sistemática y crítica, la cultura.


Esta transmisión no se hace sólo en orden a lograr que el alumno acreciente sus
conocimientos o se inicie en los métodos de aprendizaje y de aplicación del saber a los
problemas concretos, sino también en orden a una educación de la persona en su
capacidad de juicio y de decisión responsable. Los niños y adolescentes acuden a los
centros escolares no sólo para adquirir una información científica y unos hábitos
intelectuales según los distintos campos del saber, sino también para aprender a
orientarse en la vida individual y social.

11. La enseñanza religiosa escolar, impartida como materia ordinaria a aquellos


alumnos que –por medio de sus padres o por sí mismos– la deseen, está en la línea de
los objetivos mismos de la escuela. Si ésta es lugar privilegiado para la formación
integral del hombre, si no puede contentarse con instruir, sino que ha de educar, debe
cultivar todas las dimensiones de la personalidad de los alumnos y, entre ellas, la
dimensión religiosa.

12. Para un sistema educativo entendido como factor de liberación y humanización,


como contribución esencial a la comprensión del mundo, como apertura universal y
realista a los problemas de la humanidad, la formación religiosa es una exigencia
imprescindible, ya que funda, potencia, desarrolla y completa la acción educadora de la
escuela.

13. La formación religiosa aparece como necesaria, en efecto, en orden a una serie de
objetivos, entre los que cabe destacar los siguientes:

a) Situarse lúcidamente ante la tradición cultural

La maduración de la personalidad humana surge dentro de una determinada tradición


cultural y en este medio se sustenta y crece, pudiendo sólo configurarse a partir de un
dato cultural heredado. Aunque luego el adulto pueda y, en muchos aspectos, deba
distanciarse de esa cultura heredada para hacerla evolucionar, no podrá hacerlo sin una
previa asimilación reflexiva de la misma.
Nuestra cultura occidental está sustentada y conformada profundamente por creencias,
costumbres, ritos, fiestas, valores y modos de vida impregnados de cristianismo. Es
imposible interpretarla en profundidad sin tener en cuenta, para bien o para mal, ese
punto de referencia.
La escuela tendrá que transmitir, pues, el patrimonio cultural cristiano ofreciendo a los
niños y adolescentes los elementos del suelo nutricio de su cultura. Y ha de poder
ofrecerlos, al menos a los creyentes, en toda su verdad y realidad, es decir, mediante
una presentación creyente de los mismos.

b) Insertarse críticamente en la sociedad

14. El sistema educativo no puede tener como objetivo reproducir sin más el modelo de
sociedad existente. Habrá de disponer a sus alumnos para que puedan abordar
críticamente esa sociedad e intervenir en ella para cambiarla o modificarla. La
preparación para esta crítica y futura intervención en la vida social supone una
determinada manera de ver la vida, en cuyo fondo hay siempre una referencia a una
escala de valores y a un concepto de hombre. Desde esta concepción del hombre y de la
vida tendrá lugar todo juicio y acción transformante, a no ser que demos por bueno el
positivismo sociológico que escondería, en el fondo, una voluntad de reproducir la
sociedad de hecho establecida. Consideramos que la religión, como instancia crítica de
la sociedad, ejerce un papel esencial en el desempeño de esta imprescindible función
escolar, a la que también otras disciplinas, ciertamente, han de colaborar.

c) Dar respuesta al sentido último de la vida con todas sus implicaciones éticas

15. Sin una conveniente orientación hacia un significado último y total de su existencia
humana no lograrán el niño y el adolescente su identidad personal, finalidad
fundamental del quehacer escolar. Uno de los objetivos más importantes de este
quehacer es suscitar y aclarar, según la capacidad del educado, sus preguntas radicales
en torno a sí mismo, a su vida en comunidad, al sentido último de la historia y del
mundo, a las limitaciones y fracasos, y a la muerte. Proporcionar este sentido es una de
las competencias propias de la formación religiosa. De hecho, cuando falta este
horizonte religioso, son las ideologías las que tratan de dar una respuesta. El niño, como
el adulto, necesita ese sistema último de orientación en el mundo, ese hondo sentido de
vivir que es la dimensión religiosa.
Esta dimensión religiosa vehicula no sólo una respuesta a los interrogantes más
radicales del hombre, sino además le proporciona una axiología, una jerarquía de
valores, unas actitudes, que se traducen en modos concretos de conducta y de
convivencia éticas.
Dentro de los cometidos de las demás disciplinas, la contribución más específica de la
enseñanza religiosa al quehacer escolar es la respuesta al sentido último de la vida con
sus implicaciones éticas.

16. De todo esto deducimos que la enseñanza religiosa en la escuela es, con toda su
legitimidad –sin perjuicio de su propia peculiaridad–, una materia propia y
rigurosamente escolar, equiparable a las demás asignaturas en el planteamiento de sus
objetivos, en el rigor científico de sus contenidos, en el carácter formativo de sus
métodos, y en la significación educativa del conjunto del programa escolar.
2.La enseñanza Religiosa: un derecho de la persona y de los padres de familia

a) La enseñanza religiosa: estatuto original

17. El hecho de que la originalidad de la religión esté en ocuparse de las cuestiones que
afectan al sentido último de la vida, hace que la enseñanza religiosa se sitúe –en el
conjunto de las demás disciplinas– en una posición particular. No es una disciplina más
al lado de otras. Si se ocupa del sentido último, la religión ha de asumir y discernir el
sentido de vida que las demás disciplinas también ofrecen. La formación religiosa, en
un respeto total y absoluto de la autonomía de las demás materias, ha de integrar estos
diferentes sentidos en el sentido último, que fundamentará un proyecto de vida
coherente.

18. Esto trae consigo la necesidad de un diálogo interdisciplinar y de un discernimiento.


Tener o no tener religión afecta decisivamente a la persona humana, ya que la
dimensión religiosa constituye la instancia última, el criterio definitivo en torno al cual
el hombre organiza su existencia.

19. La religión, bajo este aspecto de oferta de sentido último, siendo la disciplina
escolar más importante, es, sin embargo, la que menos puede imponerse. Por afectar al
núcleo esencial de la existencia, cualquier coacción en materia religiosa sería sinónimo
de dominio sobre la persona humana.

20. Además, la fe cristiana es una interpelación a la libertad del hombre. Por su propia
naturaleza la enseñanza religiosa cristiana presupone la libertad de fe. La respuesta al
Mensaje cristiano es siempre una adhesión libre, un consentimiento responsable a la
Palabra de Dios y por ello mismo un acto de fidelidad a la propia consciencia. Ninguna
otra disciplina es, de suyo, tan respetuosa con la libertad como la enseñanza religiosa.

21. Por esta razón, por su propia índole interna, la formación religiosa en los centros
docentes tendrá siempre necesidad de un tratamiento especial. A nadie se le puede
imponer, pero tampoco puede negarse a nadie el derecho a recibirla.

b) Derecho de los padres

22. ¿A quién corresponde decidir si se debe dar o no enseñanza religiosa a un


determinado grupo de alumnos? Sin duda alguna, a los padres de cada alumno. No se
puede imponer como obligatoria la enseñanza religiosa a los alumnos cuyos padres la
rechazan para sus hijos. Y se debe impartir enseñanza religiosa a aquellos alumnos
cuyos padres la desean. Es un derecho fundamental del niño y del adolescente, del que
deriva el derecho de los padres a exigir que se dé o no a sus hijos la formación religiosa
en la escuela, y a que se les eduque en una u otra confesión religiosa: «Corresponde a
los padres el derecho de determinar la forma de educación religiosa que se ha de dar a
sus hijos, según sus propias convicciones» (Vaticano II, «Dignitatis humanae», 5). No
se garantiza de hecho el pleno respeto al principio de la libertad religiosa si los centros
docentes no facilitan la enseñanza religiosa a quienes lo deseen.
c) El derecho a la enseñanza religiosa no dimana de la confesionalidad del
Estado

23. Ante la nueva situación constitucional y jurídica de España, pudiera parecer,


examinada superficialmente la cuestión, que, desaparecida toda confesionalidad del
Estado, no tiene por qué impartirse enseñanza religiosa en las instituciones docentes,
sobre todo en las escuelas estatales. Pero hay que advertir que la razón jurídica de que
se imparta enseñanza religiosa en el sistema educativo no está en la confesionalidad del
Estado. No le toca al Estado decidir la orientación del saber sobre el significado último
y total de la vida humana. No le corresponde a él, en efecto, pronunciarse en lo referente
a las últimas verdades, no por la falta de comprensión, ni por indiferencia en relación
con las cosmovisiones o con las verdades religiosas, sino por respeto a las decisiones
del hombre en materia de fe, sobre cuyo contenido no han de decidirse ni el Estado ni
los partidos políticos.

24. Esta tarea corresponde a las comunidades religiosas y a los grupos culturales de la
sociedad. «Toca a los grupos establecidos por vínculos culturales y religiosos –dentro
de la libertad que a sus miembros corresponde– desarrollar en el cuerpo social, de
manera desinteresada y por su propio camino, estas convicciones últimas sobre la
naturaleza, el origen y el fin del hombre y de la sociedad» (Pablo VI, «Octogesima
adveniens», 25).

d) Escuela, sociedad, Estado

25. La escuela es una respuesta de la sociedad al derecho que tiene todo ciudadano al
grado de cultura adecuado para realizarse como persona dentro del nivel cultural de la
sociedad y en conformidad con las exigencias del bien común.

26. La escuela no debe ser concebida como una institución independiente de las
familias, de los grupos sociales, de la sociedad. Su razón de ser primordial está en la
ayuda que debe prestar a cada familia en el ejercicio de su misión educativa
irrenunciable: es como una prolongación del derecho de los padres a la educación de sus
hijos.

27. La escuela es, pues, una creación social al servicio de los alumnos y de sus padres, y
–a través de ellos– de la sociedad. Pero la sociedad no es uniforme; está configurada por
grupos sociales diversos, que vinculan diferentes concepciones del mundo. De ahí que
el derecho de la familia, base –según nuestra concepción– de la sociedad, se expresara
normalmente a través de los diferentes grupos culturales y religiosos del país.

28. La educación, como necesario servicio de la sociedad a sus miembros, se canaliza a


través del Estado. Pero no en el sentido de que haya de ser el Estado el organizador y
gestor de cada centro escolar. El Estado debe garantizar la calidad de la enseñanza y la
efectividad de este servicio para todos los ciudadanos. Pero de ahí a considerar que el
único tipo de escuela que tenga legitimidad sea la estatal hay un abismo. Si la sociedad
es pluralista, ha de alumbrar proyectos educativos plurales, ha de conseguir que el
pluralismo cultural se refleje en el sistema educativo. Hay, en efecto, dentro de la
sociedad unos saberes y una cultura comunes que interesan a la sociedad en general,
pero hay otros que son particulares de los grupos culturales y religiosos que integran
dicha sociedad. El Estado habrá de garantizar, jurídica y eficazmente, la articulación de
los saberes de interés general con los propios de los referidos grupos o comunidades del
país.

29. En el aspecto que nos ocupa, el Estado debe hacer posible –por la vía de la escuela
estatal como de la no estatal– la formación religiosa para los alumnos de los padres que
la deseen.

30. En cualquier caso, los derechos de la sociedad y de los grupos sociales –


especialmente respecto a la orientación de la enseñanza sobre cuestiones éticas y
religiosas– son anteriores a los Estados. Confundir sociedad y Estado es caer en
totalitarismo.

e) La enseñanza religiosa está en un plano distinto al de las ideologías políticas

31. Algunos desearían hacer de la escuela un instrumento de captación para las diversas
ideologías políticas, tratando de situar a las filosofías político-sociales en el mismo
plano que la religión. Pertenecen, sin embargo a órdenes de conocimiento muy distintos,
aunque en algunos puntos pueda haber zonas de confluencia. La enseñanza religiosa se
sitúa en un plano que transciende a las concepciones políticas, ya que su misión es
ocuparse del sentido último de la existencia, de la relación entre los valores últimos y
las tareas de cada día, dentro del diálogo gratuito de Dios con el hombre. Las ideologías
políticas apuntan a ser eficaces en la acción, formalmente a través de la consecución del
poder. Frente a ellas, el universo de lo cristiano se mueve en un claro nivel de gratuidad.

32. Pensamos que una escuela abierta a todos debe contribuir a la educación cívica de
los ciudadanos, si bien sólo en los deberes de una moral política o social fundamental, o
en los principios y normas básicas de la Constitución. En esta línea, en la enseñanza
religiosa se propondrá también a los alumnos la obligación de asumir sus compromisos
cívicos, pero no se intentará canalizarles en una línea política determinada, ya que la fe
cristiana es compatible con las diferentes opciones.

33. Hacer, en cambio, de esa escuela el medio de adoctrinamiento de las diversas


ideologías políticas sería un verdadero abuso. Equivaldría a convertir la escuela en
escenario de confrontación política. Si, además, se hiciera del pluralismo ideológico en
su vertiente política el criterio básico de la actividad docente, se correría el riesgo de
aplicar a cada centro el esquema formal de la organización política como principio
interno de la comunidad escolar y del proceso educativo, con sus consecuencias de
lucha por el poder y de entrenamiento de grupos. Todo ello equivaldría, en la práctica, a
la neutralización e incluso la eliminación de la escuela como institución educativa.

3. La enseñanza religiosa integrada en la formación humana

34. La tentación que sienten hoy diversos grupos cristianos de recluirse, con
exclusividad, en sus propias instituciones eclesiales (parroquias, comunidades
cristianas, grupos juveniles...) es grande. Sin embargo, la Iglesia sabe que la escuela es
un marco privilegiado para que el alumno pueda integrar en su formación humana la
dimensión religiosa, lograr un diálogo interno entre la fe cristiana y el saber humano y
para que los sentidos de vida propuestos por las otras disciplinas puedan integrarse en el
sentido radical que proporciona la fe.

a) Fe y cultura: dos interlocutores en constante diálogo

35. La fe y la cultura se interrelacionan necesariamente en el contexto de la vida y no


sólo en el ámbito escolar. Toda la obra evangelizadora de la Iglesia ha de emplazar a la
fe en un diálogo y confrontación con la cultura: «El Reino que anuncia el Evangelio es
vivido por hombres profundamente vinculados a una cultura y la construcción del Reino
no puede por menos de tomar los elementos de la cultura y de las culturas humanas»
(Pablo VI, «Evangelii nuntiandi», 20).

36. Este diálogo significa, en primer lugar, un reconocimiento y una asunción leal de
aquellos valores humanos que caracterizan la cultura de nuestro tiempo. Los cristianos
deben abrirse a la luz que viene de otros hombres de buena voluntad; deben saber
incorporar todo valor positivo, incluso los nacidos sin la influencia de la fe.
El mensaje cristiano está en conexión con los problemas fundamentales del hombre,
sobre su origen y su destino, sobre la libertad, la justicia, el dolor, la muerte y la culpa...
Por consiguiente, la evangelización ha de responder de manera comprensible y
relevante a los problemas siempre actuales sobre el sentido de la vida, y dialogar con
otras posibles respuestas, distintas de las propias. El pensamiento cristiano no puede
dispensarse de una confrontación con los humanismos e ideologías contemporáneas.

37. El diálogo con los demás saberes puede realizarse, precisamente, porque la fe es
también un saber razonable, un saber que se traduce en expresiones objetivas de valor
universal. La fe cristiana no es simplemente un grito del alma; es también una
convicción. En la conciencia del creyente se expresa como una certeza fundada. No
surge como un fruto del raciocinio. Pero no es tampoco el resultado de un impulso
irracional. Es un saber razonable, e incluso cuando la fe transciende lo puramente
conceptual, no se opone a las leyes del pensamiento. También en otras dimensiones de
la vida humana sucede algo similar. Como en la relación interpersonal y el amor. En
ellas la percepción de la realidad tiene una certeza singular que va más allá de los
procesos meramente deductivos.

38. A lo largo de la historia, la Iglesia ha creído siempre necesario presentar el mensaje


cristiano a sabios e ignorantes. No ha rehuido la reflexión crítica. Ha buscado
continuamente mostrar la coherencia de la fe cristiana, de sus exigencias éticas, de su
praxis, con la realización de una vida plenamente humana. La confrontación creadora
con las diversas filosofías está en la mejor tradición de la Iglesia. Este diálogo ha dado
origen al pensamiento teológico en sus diversas expresiones, con sus métodos
específicos, con su estatuto epistemológico original. Si «la ruptura entre Evangelio y la
cultura es el drama de nuestro tiempo» (Pablo VI, Evangelii nuntiandi, 20), la Iglesia
habrá de aceptar el reto y hacerse presente en el mundo cultural.

39. En segundo lugar, la fe descubre en la cultura actual elementos que, bajo capa de
progreso y autonomía, alejan de Dios e implantan nuevas servidumbres y dominaciones
del hombre por el hombre. Frente a tales elementos, la fe cristiana ha de ejercer una
función crítica mostrando los riesgos de la deshumanización allí latentes, expresando su
sentido acerca de la verdadera liberación y la auténtica cultura humana. Se trata, en este
caso, de «transformar con la fuerza del Evangelio los criterios de juicio, los valores
determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras
y los modelos de vida de la humanidad que están en contraste con la Palabra de Dios y
con el designio de salvación» (Pablo VI, Evangelii nuntiandi, 19).
Es necesario, ante todo, que el Mensaje evangélico aparezca, en su radical autenticidad,
como una superación positiva de la rivalidad axiológica que el pensamiento
contemporáneo ha establecido entre el hombre y Dios.

b) La síntesis fe-cultura en el proceso educativo escolar

40. En el proceso de maduración de su personalidad cristiana, el creyente necesita entrar


en constante diálogo con la cultura, porque sin este diálogo la personalidad cristiana está
expuesta a escindirse, condenando a la fe a la condición de "añadido" o de "un aparte",
y a empobrecerse hasta el extremo, no asumiendo la existencia humana y su mundo de
una manera vital, en profundidad y hasta sus raíces, en toda su realidad concreta, es
decir, «la cultura y las culturas del hombre en el sentido amplio y rico que tienen sus
términos en la Gaudium et spes (núm. 53), tomando siempre como punto de partida la
persona y teniendo siempre presentes las relaciones de las personas entre sí y con Dios»
(Pablo VI, Evangelii nuntiandi, 20).

41. La cultura que el hombre asimila constantemente desde su universo cultural tiende a
ser una fuerza totalizadora de su personalidad. Pero es en la escuela donde esta
asimilación totalizadora se produce –en cualquier edad– de una manera explícita,
sistemática y crítica. Tal asimilación, función de la escuela, la realiza el alumno a través
de las distintas disciplinas escolares. Una de ellas, la educación religiosa, conforma esta
simulación cultural desde la perspectiva de la fe cristiana. El diálogo entre la fe y la
cultura, que creemos necesario, hablando en general, para la maduración del creyente en
su fe y vida cristiana, se concreta así, en el ámbito escolar y dentro de sus peculiares
condiciones, en la enseñanza de la religión, que lleva a cabo tal diálogo.
La conexión entre la enseñanza religiosa y las demás disciplinas escolares en la escuela,
es una forma privilegiada de la relación ineludible entre la fe y la cultura; es el medio
para que el alumno haga personalmente la síntesis de la fe con la cultura.
Se comprende, por todo lo que antecede, que la Iglesia haya querido siempre estar
presente en el ámbito de la cultura y de la escuela. La Iglesia se encuentra violentamente
mutilada y atada en aquellos países donde no se le permite estar presente en la
enseñanza.
4
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4. La enseñanza religiosa, servicio eclesial

a) Sociedad, Estado, Iglesia

42. ¿Qué papel le corresponde a la Iglesia en la organización de la enseñanza religiosa


escolar?
Según lo que hemos afirmado anteriormente y sin que lo que se dice a continuación
deba entenderse como contraposición excluyente, la competencia e iniciativa radical
sobre la escuela se encontraría en la sociedad basada en el derecho de la familia y
configurada por grupos diversos; la competencia garantizadora del tipo de educación, en
las diversas comunidades culturales y religiosas del país; la competencia e iniciativa
promotora y de tutela, en el Estado.

43. La responsabilidad, pues, de ofrecer la enseñanza religiosa radica en la escuela en


cuanto servicio de la sociedad. Pero la escuela tiene el deber de reclamar que la
confesión religiosa correspondiente asegura la veracidad de la enseñanza religiosa que
se oferte. La Iglesia (o, en su caso, la confesión religiosa) tiene el derecho y la
obligación de garantizar la autenticidad de esta enseñanza. Su contenido, y sus líneas
metodológicas fundamentales de él derivadas, deben ser decididos por la competente
autoridad eclesiástica. Cuando realizan su labor docente, los profesores de religión
actúan en nombre de la sociedad y desde la naturaleza propia de la escuela, pero
también en nombre de la Iglesia, y desde su vocación de creyentes; actúan desde su
competencia científica y académica, pero al mismo tiempo desde la fe y el testimonio.

44. La Iglesia católica, al asumir esta responsabilidad en el ámbito educativo, es


consciente de ejercer un tipo de evangelización muy particular sobre el que no tiene la
total iniciativa, principalmente en las escuela estatales, ya que colabora en un servicio
social, desarrollado por esa institución cívica que es la escuela, con todos sus
condicionantes.

45. La Iglesia –las confesiones religiosas– puede y debe colaborar en el campo de la


acción social, que el Estado tiene obligación de dejar libre en el ámbito de la cultura y
de la enseñanza, en un marco jurídico de respeto a los derechos fundamentales de la
persona humana y, en concreto, el derecho a la libertad religiosa. No invade, por tanto,
la Iglesia un campo ajeno. Hace una oferta al grupo humano desde el punto de vista de
la acción social y educativa, aunque, desde el punto de vista de la conciencia eclesial,
esa oferta social sea un servicio vinculado por una parte a la misión jerárquica de
evangelizar a los hombres y por otra al deber de los creyentes de exigirla y de recurrir a
ella.

46. La Iglesia está llamada a servir a los hombres. Debe estar dispuesta a poner al
servicio de todos cuanto ella es y posee, sin distinguir siempre y necesariamente entre
quienes son miembros de la Iglesia y quienes no lo son. Por eso, una enseñanza
religiosa escolar que no se proponga ayudar a toda clase de alumnos a pensar y actuar
con pleno sentido y madurez, presentándoles toda la riqueza de la vida religiosa y de la
fe, es algo absolutamente legítimo desde el punto de vista de la evangelización. Si se
impidiese a la Iglesia realizar esta misión, se mutilaría una de las posibilidades más altas
de realización de la vida humana.

c) Sentido de la enseñanza religiosa escolar como servicio eclesial

47. ¿Por qué una enseñanza religiosa escolar?, preguntamos al comienzo. Porque,
siendo una necesidad el que la dimensión religiosa se integre en los procesos de
transmisión de la cultura, es, consecuentemente, una exigencia del sistema escolar, y, en
su raíz, un derecho del educado tutelado por los padres.

48. En síntesis, entendemos la enseñanza religiosa como materia escolar ordinaria, por
ser exigencia de la escuela. La entendemos como confesional, entre otras razones, por
ser derecho de los padres educar a sus hijos según sus propias convicciones. Y
finalmente, la concebimos como síntesis de la fe y cultura ofrecida al alumno, por ser
inseparable de la formación humana.

49. Por consiguiente, no se debe reducir los últimos objetivos de esta enseñanza a la
información sobre el fenómeno religioso, ni a la educación de la religiosidad en general
(no nos referimos, obviamente, a los casos hipotéticos de alumnos que, no
perteneciendo a confesión concreta alguna, sus padres pudieran desear esta vía de
aproximación al hecho religioso).
50. No hay que proponerse tampoco en el ámbito escolar, aparte de la clase de religión,
todas las dimensiones de la catequesis; la plena iniciación en la experiencia cristiana, en
el compromiso de la fe y la integración en la comunidad eclesial, aspectos estos que se
realizan más propiamente en las instituciones de la Iglesia.

51. Consideramos que este servicio eclesial debe ofrecer una enseñanza religiosa
confesional:

1º escolar: y por tanto, con el rigor intelectual y con el estatuto académico de toda
disciplina.

2º confesional: es decir, impartida desde una actitud confesante y garantizada, en cuanto


a contenidos y métodos, por la Iglesia o por la correspondiente confesión religiosa.

d) Aclaración complementaria: la enseñanza religiosa ante la propuesta de una


enseñanza religiosa como cultura

52. Hemos estudiado con gran atención el esfuerzo desplegado últimamente por varios
grupos que, en su deseo de renovar la enseñanza religiosa escolar, viene proponiendo la
implantación de una enseñanza como información cultural sobre el hecho religioso y
como educación de la dimensión religiosa en general. La lectura atenta del presente
documento hará ver hasta qué punto compartimos:

– la preocupación por reconocer a la clase de religión, en sus contenidos y métodos, un


carácter escolar y un rigor académico equiparables a las demás materias;

–– el justo deseo de clarificar más nítidamente la distinción entre enseñanza escolar y


catequesis de la comunidad cristiana.

53. Hay, sin embargo, aspectos que no podemos hacer nuestros. Señalamos los
siguientes:

– El prescindir del derecho de los padres a que la escuela imparta oficialmente una
enseñanza religiosa según su propia confesión, como estricta materia escolar, porque
consideramos que este derecho es anterior y previo al planteamiento del sistema docente
y debe configurarlo.

54. – La obligatoriedad civil de la enseñanza religiosa para todos, porque creemos que
esta enseñanza, aunque fuera impartida de manera no confesional y como transmisión
cultural lleva consigo siempre en las edades de maduración del alumno una educación
del sentido religioso que no puede ser nunca impuesta obligatoriamente para quienes
optan por un tipo de educación que no implique esta dimensión. No olvidemos, por otra
parte, que el significado cultural del hecho religioso, como conocimiento para todos los
alumnos, estará necesariamente presente en diversas disciplinas: filosofía, historia,
literatura, arte, historia de la cultura...

55. – La afirmación de que quien debe impartir esta cultura es simplemente «aquel que
la posea», de cuya competencia profesional se haga cargo la sociedad e instancias
civiles, sin que implique necesidad alguna de vinculación confesante con la Iglesia cuya
fe se enseña, porque consideramos que los padres que solicitan una enseñanza religiosa
confesional tienen derecho a que ésta sea oficialmente garantizada, y la instancia civil
no es competente para otorgar esta garantía. La clase de religión podrá convertirse en
escuela de indiferentismo, si no se imparte desde una actitud de fe en comunión con la
Iglesia.

56. Es nuestro deseo que, por servicio a la sociedad y a la comunidad cristiana, la


reflexión en orden a renovar la enseñanza religiosa escolar continúe: la nueva situación
socio-cultural, con sus ineludibles consecuencias para la concepción misma de la
escuela y de la relación que tiene con el conjunto de la comunidad civil, obliga a todos a
una clarificación teórica cada vez más lúcida sobre el carácter propio de la enseñanza
religiosa que corresponde a tal escuela y sociedad. Hay que reconocer que en el pasado
no nos hemos visto tan necesitados de hacer esa clarificación. Por ello, consideramos
deseable que se investigue y se delibere con profundidad y realismo responsable sobre
estas cuestiones.

57. Proponemos a continuación unos puntos de reflexión que, a nuestro entender,


contribuyen a una compresión más explícita del carácter propio de esta enseñanza en el
ámbito de las instituciones docentes y, después, algunas consecuencias sobre los
objetivos y contenidos de la misma.

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