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Teatro Abandonado: Ecos de Ausencias

El documento describe un teatro de ópera abandonado, donde el silencio y el polvo han reemplazado la música y la gloria de las actuaciones pasadas. Se evoca la decadencia de un espacio que una vez fue un templo de la belleza y la pasión, ahora dominado por la ausencia y la vanidad. El Demonio, simbolizando la vacuidad y la envidia, se convierte en el único espectador de esta farsa universal que ha llegado a su fin.

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Teatro Abandonado: Ecos de Ausencias

El documento describe un teatro de ópera abandonado, donde el silencio y el polvo han reemplazado la música y la gloria de las actuaciones pasadas. Se evoca la decadencia de un espacio que una vez fue un templo de la belleza y la pasión, ahora dominado por la ausencia y la vanidad. El Demonio, simbolizando la vacuidad y la envidia, se convierte en el único espectador de esta farsa universal que ha llegado a su fin.

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Palco vacío donde el terciopelo raído guarda la forma espectral de ausencias

ilustres; escenario inmenso cubierto por el polvo que fue alfombra para divas
trágicas y tenores apasionados. Teatro de ópera abandonado, cuya acústica perfecta
ahora sólo amplifica el silencio o el crujido de la madera reseca. Las bambalinas,
antaño cómplices de entradas triunfales y salidas furtivas, cuelgan como harapos
fúnebres en la penumbra densa, oliendo a maquillaje rancio, a sudor de artistas y a
la humedad de telones que no volverán a alzarse.

Aquí se representaron todos los pecados con música sublime: la traición cantada a
plena voz, el adulterio envuelto en arias desgarradoras, la venganza servida en
recitativos solemnes. La pasión fingida noche tras noche, ¿no dejó acaso un
sedimento impalpable, una vibración malsana en el aire estancado? Los aplausos se
han convertido en el aleteo de murciélagos en la cúpula pintada con ángeles
barrocos que parecen ahora muecas grotescas. La belleza cultivada aquí fue siempre
artificio, máscara dorada sobre la calavera inevitable.

Y en este templo de la ilusión marchita, el Demonio no necesitó nunca aparecer en


escena; reinaba ya en la vanidad de los intérpretes, en la envidia que corroía los
camerinos, en el deseo impuro que acechaba desde los fosos oscuros. Su triunfo es
la apoteosis del vacío tras la última función, el silencio que sigue al aplauso más
atronador. El gesto persistente es el de la máscara caída revelando la nada, el
telón que baja sobre una farsa universal cuyo único espectador final es él,
sonriendo invisible desde el palco real abandonado.

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