Resumen del capítulo sobre Karl Marx – George Ritzer
Karl Marx es uno de los pensadores más importantes de la sociología moderna, aunque
muchas veces ha sido más asociado con la política que con la teoría sociológica. Su
pensamiento ha sido interpretado de muchas maneras a lo largo del tiempo. Algunos lo ven
como economista, otros como filósofo, como político o como revolucionario. Pero lo cierto es
que Marx fue, ante todo, un pensador profundo de la sociedad, y aunque su obra nunca se
presentó en forma acabada y definitiva, sigue siendo una de las más influyentes en el
pensamiento social moderno.
Para Ritzer, uno de los problemas al estudiar a Marx es que no dejó una teoría terminada. Es
más, ni siquiera completó su obra más ambiciosa, El capital, y otros trabajos clave, como sus
Manuscritos económicos y filosóficos de 1844, se publicaron póstumamente. Esto ha llevado
a que distintos autores rescaten aspectos distintos de su pensamiento: algunos subrayan su
lado humanista, otros lo ven como un pensador estructuralista. Aun así, existe consenso en
que sus ideas siguen siendo centrales para entender la estructura del capitalismo y los
conflictos que genera.
Marx tenía un profundo compromiso con transformar la sociedad. No le interesaba solo
explicar el mundo, sino cambiarlo. Esta idea aparece claramente en su frase: "Los filósofos no
han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de
transformarlo". Esta declaración sintetiza su proyecto intelectual y político.
Uno de los aspectos fundamentales de Marx es su forma de pensar la realidad social, lo que
él llama el enfoque dialéctico. Esta forma de análisis proviene de Hegel, aunque Marx la
modifica profundamente. Para Hegel, el mundo avanza por contradicciones entre ideas. Para
Marx, en cambio, las contradicciones están en la vida material, en las relaciones sociales
concretas. Por ejemplo, dentro del sistema capitalista hay una gran contradicción entre la
producción social (muchas personas que trabajan colectivamente para producir bienes) y la
apropiación privada (esos bienes terminan siendo propiedad de unos pocos). Este tipo de
contradicciones, según Marx, generan tensiones y conflictos que impulsan el cambio social.
El análisis dialéctico, entonces, no busca estudiar la sociedad de manera estática, como si
fuera algo fijo. Para Marx, todo está en constante cambio, impulsado por conflictos y
contradicciones internas. Esta visión permite ver a la sociedad como un sistema dinámico,
que puede ser transformado por la acción de las personas.
Además, Marx no creía que fuera posible separar los hechos de los valores. Su sociología no
pretendía ser neutral. Por el contrario, estaba profundamente comprometida con la crítica al
orden existente. Pensaba que todo análisis social debía tener un propósito práctico: ayudar a
liberar a las personas de las estructuras que las oprimen. Esto lo diferencia de otras corrientes
sociológicas más positivistas, que buscan una supuesta objetividad científica.
También es importante entender que para Marx la historia no se mueve de forma automática.
Las personas hacen su propia historia, pero no lo hacen en las condiciones que eligen, sino
dentro de un marco de relaciones heredadas del pasado. Esta idea aparece claramente en su
obra El dieciocho brumario de Luis Bonaparte, donde afirma que los seres humanos hacen la
historia, pero bajo condiciones que ya existen.
En este sentido, Marx combina tres dimensiones del tiempo: pasado, presente y futuro. El
pasado influye en el presente, pero no determina completamente lo que ocurrirá. El presente
contiene posibilidades abiertas que pueden conducir a distintos futuros, dependiendo de la
acción de los sujetos sociales.
Marx también fue muy claro en que su análisis no es determinista. Aunque veía ciertas
tendencias dentro del capitalismo (como la concentración del capital o la proletarización de la
población), no creía que el resultado estuviera predestinado. El cambio social, para él,
dependía de la acción consciente de las personas, especialmente de los trabajadores
organizados como clase.
A pesar de su crítica al idealismo de Hegel, Marx mantuvo algunas de sus categorías clave.
Por ejemplo, tomó la idea de contradicción como motor del cambio, pero la trasladó del
terreno de las ideas al de las relaciones sociales. Mientras Hegel analizaba el pensamiento
humano, Marx quería analizar las condiciones materiales que determinan la vida de las
personas.
Una de las nociones centrales en el pensamiento marxista es la de trabajo. Para Marx, el
trabajo es lo que define a los seres humanos. A diferencia de los animales, que producen solo
lo necesario para sobrevivir, los humanos son capaces de trabajar de manera consciente,
planificada y creativa. El trabajo es, en este sentido, una forma de objetivar la subjetividad: es
decir, de hacer realidad nuestras ideas a través de la acción práctica.
Este enfoque lo lleva a pensar que la sociedad ideal sería aquella donde el trabajo no fuera
una imposición, sino una expresión libre y creativa del ser humano. Pero en el capitalismo, el
trabajo está profundamente distorsionado. Ya no es una actividad en la que uno se realiza,
sino una fuente de sufrimiento y opresión. Esta situación es lo que Marx llama alienación.
En los Manuscritos económicos y filosóficos, Marx describe cuatro formas principales de
alienación:
● El trabajador está alienado del producto de su trabajo, porque no le pertenece.
● Está alienado del proceso de trabajo, porque no tiene control sobre cómo trabaja.
● Está alienado de los demás, porque la relación con sus compañeros está mediada por la
competencia y no por la cooperación.
● Está alienado de sí mismo, porque el trabajo no le permite desarrollarse como ser humano.
Esta alienación no es un problema psicológico individual, sino una condición estructural del
trabajo asalariado. Es una característica propia del sistema capitalista, que transforma el
trabajo en una mercancía más.
En el capitalismo, según Marx, todo tiende a convertirse en mercancía. Esto quiere decir que
todo —el trabajo, el conocimiento, incluso las relaciones sociales— puede ser comprado y
vendido en el mercado. Esta lógica mercantil produce un fenómeno que Marx denomina
fetichismo de la mercancía. Las cosas que producimos aparecen como si tuvieran vida
propia, y las relaciones sociales detrás de ellas quedan ocultas.
Un ejemplo claro de esto es cómo las relaciones entre las personas se transforman en
relaciones entre objetos. En lugar de ver que detrás de cada producto hay un trabajador,
vemos solo el precio. El valor de cambio (es decir, cuánto cuesta algo en el mercado) oculta el
valor de uso (para qué sirve realmente) y, sobre todo, oculta las relaciones sociales que
hicieron posible su existencia.
Este fenómeno no solo es económico, sino también ideológico. Contribuye a que la gente
naturalice el sistema capitalista y no vea que es un producto histórico que puede ser
transformado. De ahí que Marx diga que “la mercancía es una cosa extraña, llena de sutilezas
metafísicas y caprichos teológicos”. Esta frase quiere decir que el valor de una mercancía
parece surgir de la cosa misma, cuando en realidad proviene del trabajo humano.
El capital, entonces, no debe entenderse como una simple cosa (dinero, maquinaria,
edificios), sino como una relación social entre quienes poseen los medios de producción y
quienes venden su fuerza de trabajo. Lo que distingue al capital del dinero común es que el
capital es dinero en movimiento: se invierte para producir más valor, y este nuevo valor se
reinvierte para producir aún más. Es un proceso continuo de acumulación que necesita
extraer plusvalor del trabajo.
Aquí aparece otro concepto central: el plusvalor. Marx explica que el capitalista le paga al
trabajador un salario que equivale al valor de su fuerza de trabajo, pero el trabajador produce
más valor del que recibe. Esa diferencia es el plusvalor, que es apropiado por el capitalista
como ganancia. Este proceso no es un robo en el sentido moral, sino una característica
estructural del sistema capitalista.
Por eso, Marx dice que la explotación no es un accidente ni un abuso excepcional. Es la base
del capitalismo. El capitalista necesita explotar al trabajador para sobrevivir en el mercado,
donde compite con otros capitalistas. Si no logra obtener suficiente plusvalor, queda en
desventaja.
Además, como el capitalista busca reducir costos y aumentar ganancias, tiende a prolongar la
jornada laboral, intensificar el ritmo de trabajo o reducir los salarios. Incluso cuando introduce
maquinaria, lo hace para aumentar la productividad y obtener más plusvalor, no para
beneficiar al trabajador.
La consecuencia de este proceso es que el capitalismo no solo explota a los trabajadores,
sino que además tiende a reproducir y profundizar la desigualdad social. Cuanto más exitoso
es el capitalista en la acumulación de capital, más puede invertir para seguir creciendo,
mientras que el trabajador queda atrapado en una situación de dependencia y alienación.
Esto lleva a Marx a desarrollar su teoría de la lucha de clases. Según él, la historia de todas
las sociedades hasta hoy es la historia de las luchas de clases. Cada época ha tenido una
clase dominante que controla los medios de producción y una clase subordinada que trabaja
para ella. En la sociedad capitalista moderna, esas clases son la burguesía y el proletariado.
La burguesía es la clase que posee los medios de producción —fábricas, tierras, máquinas—
y contrata a los trabajadores para que produzcan bienes y servicios. El proletariado es la
clase que solo tiene su fuerza de trabajo para vender. Estas dos clases tienen intereses
opuestos: mientras la burguesía busca maximizar sus ganancias, el proletariado busca
mejores condiciones laborales y de vida.
Marx no ve a las clases como simples categorías económicas. Son actores sociales, con
capacidad de acción histórica. Pero para que una clase pueda transformar la realidad, debe
pasar de ser una “clase en sí” (es decir, una clase que existe objetivamente por su posición
económica) a una “clase para sí” (una clase consciente de sus intereses y capaz de
organizarse políticamente).
Este paso no es automático. Requiere el desarrollo de la conciencia de clase, que surge a
partir de la experiencia compartida de explotación, pero también del conflicto, de la lucha, de
la organización colectiva. La conciencia de clase se construye a través de la acción política,
los sindicatos, los partidos, las movilizaciones.
Marx consideraba que, al intensificarse las contradicciones del capitalismo, el proletariado se
organizaría como clase revolucionaria. Esta organización llevaría a una revolución, que
acabaría con la propiedad privada de los medios de producción y daría lugar a una nueva
sociedad sin clases, donde el trabajo sería libre y cooperativo.
Este modelo de sociedad es el comunismo, que para Marx no era una utopía lejana, sino una
posibilidad real que surge de las propias contradicciones del capitalismo. En el comunismo no
existiría la propiedad privada de los medios de producción, ni la división entre clases, ni la
alienación del trabajo. Cada persona podría desarrollarse plenamente, y la producción estaría
orientada a satisfacer necesidades humanas, no a obtener ganancias.
Sin embargo, Marx también advirtió que este proceso no era inevitable. Como escribió en el
Manifiesto del Partido Comunista, el conflicto entre burguesía y proletariado puede terminar
en la transformación revolucionaria de la sociedad, o en “la ruina común de las clases en
lucha”. El resultado depende de la acción consciente de las personas.
Un aspecto importante del análisis de Marx es que él no veía al capitalismo como un sistema
estático, sino como un sistema dinámico que se transforma constantemente y que tiende a
generar sus propias crisis internas. En El capital, Marx estudia en profundidad cómo
funciona el sistema capitalista, cómo se reproduce y cómo está lleno de contradicciones que
lo empujan al cambio.
Estas contradicciones surgen, por ejemplo, de la búsqueda constante de ganancia por parte
de los capitalistas, que los lleva a aumentar la productividad, reducir los salarios, eliminar
empleos o saturar el mercado. Cuando la producción supera la capacidad de consumo, se
produce una crisis. Así, el capitalismo entra en ciclos de crecimiento, recesión y recuperación,
que generan sufrimiento para los trabajadores y solo benefician a una minoría.
Marx también anticipó que el capitalismo tendería a la polarización social. A medida que se
acumula el capital en unas pocas manos, las masas trabajadoras se empobrecen. Aunque
esta tendencia no ha sido lineal, sigue siendo evidente en muchas sociedades actuales. La
concentración de la riqueza y la precarización del trabajo son fenómenos que Marx ya había
previsto.
Un gran mérito del pensamiento de Marx es que nos permite ver lo que el sistema oculta. La
economía capitalista se presenta como algo natural, como un conjunto de leyes objetivas e
inevitables. Pero Marx muestra que esas leyes son el resultado de relaciones sociales
específicas, históricamente construidas y, por tanto, modificables.
Por eso, su teoría no es solo una explicación del funcionamiento del capitalismo. Es también
una herramienta crítica para desenmascarar las ideologías que sostienen el sistema.
Conceptos como alienación, fetichismo de la mercancía, plusvalor o lucha de clases permiten
ir más allá de las apariencias y comprender los mecanismos de dominación que operan en la
vida cotidiana.
Ritzer concluye que, aunque muchas de las predicciones de Marx no se cumplieron tal como
él las formuló, su pensamiento sigue siendo central en la sociología contemporánea. Muchas
de sus ideas fueron retomadas, corregidas y desarrolladas por otros pensadores, pero la base
sigue siendo la misma: la crítica radical a un sistema que convierte a las personas en
instrumentos y al trabajo en mercancía.
Incluso hoy, en un mundo profundamente transformado, sus conceptos siguen siendo
herramientas poderosas para analizar la desigualdad, el poder, el trabajo y la posibilidad de
construir un mundo más justo. Su pensamiento no es un dogma, sino una invitación constante
a pensar críticamente y a transformar la realidad.
Bibliografía
Ritzer, G. (2001). *Teoría sociológica clásica*. McGraw-Hill. Capítulo sobre Karl Marx.