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Fe y razón: búsqueda de la verdad

El documento 'Fides et Ratio' de San Juan Pablo II explora la relación entre la fe y la razón, destacando que ambas son necesarias para alcanzar la verdad y el conocimiento de Dios. Se enfatiza que el deseo de conocer a Dios está inscrito en el corazón del hombre y que la filosofía y la teología deben colaborar para profundizar en la comprensión de la fe. Además, se presentan diversas 'vías' que permiten al hombre acceder al conocimiento de Dios, subrayando que la fe no se opone a la razón, sino que la complementa.
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Fe y razón: búsqueda de la verdad

El documento 'Fides et Ratio' de San Juan Pablo II explora la relación entre la fe y la razón, destacando que ambas son necesarias para alcanzar la verdad y el conocimiento de Dios. Se enfatiza que el deseo de conocer a Dios está inscrito en el corazón del hombre y que la filosofía y la teología deben colaborar para profundizar en la comprensión de la fe. Además, se presentan diversas 'vías' que permiten al hombre acceder al conocimiento de Dios, subrayando que la fe no se opone a la razón, sino que la complementa.
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Fe

y
Razón
Fides et Ratio
La fe y la razón (Fides et
ratio) son como las dos alas
con las cuales el espíritu
humano se eleva hacia la
contemplación de la verdad.
Dios ha puesto en el corazón
del hombre el deseo de
conocer la verdad y, en
definitiva, de conocerle a Él
para que, conociéndolo y
amándolo, pueda alcanzar
también la plena verdad
sobre sí mismo. (FR 1, San
Juan Pablo II)
La vida del ser humano
consiste en conocer y
amar (CEC)

En el mundo actual se nos plantea una vida


Conocimiento de sí acelerada, sin tener tiempo para preguntar
mismo por cuál es el sentido hacia dónde nos
dirigimos. A veces es necesario parar,
detenernos para encontrar las verdades
relativas a la existencia del ser humano.
Encuentro Dios
y Hombre

Homo Capax Dei

El deseo de Dios está inscrito en el corazón del hombre, porque el


hombre ha sido creado por Dios y para Dios; y Dios no cesa de
atraer al hombre hacia sí, y sólo en Dios encontrará el hombre la
verdad y la dicha que no cesa de buscar. (CEC 27)
La Filosofía y la
Teología
La Iglesia, por su parte, aprecia el esfuerzo de la
razón por alcanzar los objetivos que hagan
cada vez más digna la existencia personal.
Ella ve en la filosofía el camino para conocer
verdades fundamentales relativas a la
existencia del hombre. Al mismo tiempo,
considera a la filosofía como una ayuda
indispensable para profundizar la inteligencia
de la fe y comunicar la verdad del Evangelio a
cuantos aún no la conocen.
La Fe y la Razón.

El constitutivo esencial de la Filosofía es la


búsqueda de la verdad en la forma de un deseo
exigente de alcanzarla, tanto en amplitud como
en profundidad. La sabiduría a la que el ser
humano por naturaleza aspira –saberlo todo de
todo, en intensidad y extensión– nunca la logra
en plenitud: aspiramos a ser sabios pero nos
quedamos en “filósofos”, digamos, en aspirantes.
Si bien a esa plenitud del saber efectivamente
aspiramos, siempre nos quedamos cortos.
(Barrio-Maestre, José María. Circularidad fe-razón en Joseph Ratzinger/Benedicto
XVI)
La Fe y la Razón.

Ahora bien, quien efectivamente busca la verdad no se


conforma sólo con buscarla; lo que en efecto quiere es
encontrar lo que busca. La búsqueda no se justifica por
ella misma, sino por el hallazgo al que da lugar, por
modesto que sea. No busca verdaderamente quien no
quiere encontrar lo que busca, a saber, la verdad, por
mucho que en plenitud nunca la hallemos. A su vez,
sólo puede considerarse hallazgo intelectual un
conocimiento verdadero. De acuerdo con esto, quien
verdaderamente busca está abierto a la verdad, venga
por donde venga, es decir, no sólo a aquella que
encuentra como resultado de su búsqueda o
investigación, sino también la que le sale al paso
inopinadamente. (Barrio-Maestre, José María. Circularidad fe-razón
en Joseph Ratzinger/Benedicto XVI)
La Fe y la Razón.

En consecuencia, si lo propio de la
Filosofía es buscar la verdad en esa
forma de peculiar exigencia –por su
envergadura y alcance– que le es
característica, para nada colisiona,
sino que más bien converge con la
fe. (Barrio-Maestre, José María. Circularidad fe-razón en Joseph
Ratzinger/Benedicto XVI)
La Fe y la Razón.

Fe y razón mantienen una relación de circularidad


que no consiste sólo en la mutua colaboración o
sinergia entre ambas, sino también en que ambas
se reclaman mutuamente. Agustín de Hipona
formuló el famoso aforismo Credo ut intelligam,
intelligo ut credam, que libremente podríamos
traducir: Creo para entender mejor, y pienso para
poder creer más y mejor. La fe cristiana siempre
ha supuesto una invitación a la inteligencia para
que vaya más arriba y más a fondo. (Barrio-
Maestre, José María. Circularidad fe-razón en
Joseph Ratzinger/Benedicto XVI)
La Fe y la Razón.

Pero en la implicación fundamental de la necesaria


unidad entre la fe y la razón, la fe cristiana es
mucho más que una opción en favor del
fundamento espiritual del mundo. Su fórmula
central reza así: Creo en Tí, no en creo en algo.
Es encuentro con el hombre Jesús; en tal
encuentro siente la inteligencia como persona. En
su vivir mediante el Padre, en la inmediación y
fuerza de su unión suplicante y contemplativa con
el Padre, es Jesús el testigo de Dios, por quien lo
intangible se hace tangible, por quien lo lejano se
hace cercano.
«La razón más alta de la dignidad humana consiste en la
vocación del hombre a la comunión con Dios. El hombre
es invitado al diálogo con Dios desde su nacimiento;
pues no existe sino porque, creado por Dios por amor,
es conservado siempre por amor; y no vive plenamente
según la verdad si no reconoce libremente aquel amor y
se entrega a su Creador» (GS 19,1).
De múltiples maneras, en su historia, y hasta el
día de hoy, los hombres han expresado su
búsqueda de Dios por medio de sus creencias
y sus comportamientos religiosos (oraciones,
sacrificios, cultos, meditaciones, etc.). A pesar
de las ambigüedades que pueden entrañar,
estas formas de expresión son tan universales
que se puede llamar al hombre un ser
religioso. (CEC 28)
Pero esta "unión íntima y vital con Dios" (GS 19,1) puede ser
olvidada, desconocida e incluso rechazada explícitamente
por el hombre. Tales actitudes pueden tener orígenes muy
diversos (cf. GS 19-21): la rebelión contra el mal en el
mundo, la ignorancia o la indiferencia religiosas, los
afanes del mundo y de las riquezas (cf. Mt 13,22), el mal
ejemplo de los creyentes, las corrientes del pensamiento
hostiles a la religión, y finalmente esa actitud del hombre
pecador que, por miedo, se oculta de Dios (cf. Gn 3,8-10)
y huye ante su llamada (cf. Jon 1,3). (CEC 29)
Creado a imagen de Dios, llamado a conocer y amar a
Dios, el hombre que busca a Dios descubre ciertas
"vías" para acceder al conocimiento de Dios. Se las
llama también "pruebas de la existencia de Dios", no
en el sentido de las pruebas propias de las ciencias
naturales, sino en el sentido de "argumentos
convergentes y convincentes" que permiten llegar a
verdaderas certezas.
El mundo: A partir del movimiento y del devenir, de la
contingencia, del orden y de la belleza del mundo se puede
conocer a Dios como origen y fin del universo.

San Pablo afirma refiriéndose a los paganos: "Lo que de Dios


se puede conocer, está en ellos manifiesto: Dios se lo
manifestó. Porque lo invisible de Dios, desde la creación
del mundo se deja ver a la inteligencia a través de sus
obras: su poder eterno y su divinidad” (CEC 32)
Y san Agustín: "Interroga a la belleza de la tierra, interroga a la
belleza del mar, interroga a la belleza del aire que se dilata
y se difunde, interroga a la belleza del cielo [...] interroga a
todas estas realidades. Todas te responde: Ve, nosotras
somos bellas. Su belleza es su proclamación (confessio).
Estas bellezas sujetas a cambio, ¿quién las ha hecho sino
la Suma Belleza (Pulcher), no sujeta a
cambio?" (Sermo 241, 2: PL 38, 1134).
El hombre: Con su apertura a la verdad y a la belleza, con su
sentido del bien moral, con su libertad y la voz de su
conciencia, con su aspiración al infinito y a la dicha, el
hombre se interroga sobre la existencia de Dios. En todo
esto se perciben signos de su alma espiritual. La "semilla
de eternidad que lleva en sí, al ser irreductible a la sola
materia" (GS 18,1; cf. 14,2), su alma, no puede tener origen
más que en Dios. (CEC 33)
El mundo y el hombre atestiguan que no tienen en ellos
mismos ni su primer principio ni su fin último, sino
que participan de Aquel que es el Ser en sí, sin
origen y sin fin. Así, por estas diversas "vías", el
hombre puede acceder al conocimiento de la
existencia de una realidad que es la causa primera y
el fin último de todo, "y que todos llaman Dios" (San
Tomás de Aquino, [Link]. 1, q. 2 a. 3, c.). (CEC 34)
Las facultades del hombre lo hacen capaz de conocer la
existencia de un Dios personal. Pero para que el
hombre pueda entrar en la intimidad de Él ha querido
revelarse al hombre y darle la gracia de poder acoger
en la fe esa revelación. Sin embargo, las pruebas de
la existencia de Dios pueden disponer a la fe y
ayudar a ver que la fe no se opone a la razón
humana. (CEC 35)

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