Unidad Didáctica 8
EL EMPIRISMO: DAVID HUME
0. Introducción
1.- Los contenidos de la mente.
1.1. Impresiones e ideas.
1.2. La asociación de ideas.
1.3. Ideas generales abstractas.
2. Relaciones de ideas y cuestiones de hecho.
3. El análisis de la causalidad.
4.La crítica a la noción de sustancia
4.1La realidad exterior.
4.2 La existencia de Dios.
4.3 La identidad personal.
5. La ética de Hume
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0.- INTRODUCCIÖN
Presentación
¿Qué significa que algo sea causa de otra cosa? ¿Es posible si quiera hacer ciencia? ¿Tiene
razón Descartes en su demostración de la existencia de Dios? ¿Existe el yo, o solo una sucesión
de momentos vividos? ¿qué es más importante en la ética: la razón o las emociones? Estas son
algunas de las cuestiones que plantearemos y trataremos de dar forma en los próximas
semanas de mano de Davis Hume, un filósofo escocés del siglo XVIII. Conocedor del
racionalismo y de la obra de autores empiristas previos como John Locke, va a tratar de
fundamentar su filosofía desde la experiencia y negando buena parte de los postulados
racionalistas.
Tras una breve presentación del filósofo, vamos a centrarnos en dos temas: los aspectos
principales de su teoría del conocimiento, que veremos con un poco de extensión y al final,
veremos su ética.
Aspectos introductorios
Hume (1711-1776) constituye una de las figuras de más relevancia de la filosofía
occidental y de la Ilustración. Además, es un crítico nato y un pensador independiente que
arremete contra todo. Su filosofía va a consistir en un empirismo desarrollado hasta el
máximo. El propósito de su filosofía es doble:
Estudiar la naturaleza humana. Esto sólo se puede conseguir construyendo la
ciencia de la naturaleza humana. Su tesis es que debemos, empezar por estudiar el
conocimiento humano, los procesos psicológicos humanos utilizando el método
experimental, partiendo de los datos empíricos. Nuestro método debe ser inductivo y no
deductivo. En este sentido Hume se propuso ser el Newton de las ciencias Humanas. Igual
que los cuerpos físicos se conexionan por la fuerza de la atracción, también en el mundo
mental las ideas se atraen según unas leyes, leyes que él se propuso descubrir.
Determinar el alcance del conocimiento humano: el ámbito del conocimiento
debe estar limitado por la experiencia humana. No podemos ir más allá de la experiencia.
David Hume nació en Edimburgo, capital de Escocia, en el seno de una familia bien
relacionada, pero de escaso patrimonio. De acuerdo con la profesión del padre, que era
abogado, la familia quiso inclinarle a la carrera judicial pero él prefería el estudio de la filosofía
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y las ciencias naturales. Hizo amistad con diferentes filósofos franceses ilustrados como
Diderot, Rousseau, o D’Alembert, entre otros. Además conoció las aportaciones físicas de
Newton, por quien sentía gran admiración. Solicitó la Cátedra de Ética en la Universidad de
Edimburgo, pero su fama de escéptico y ateo le impiden lograr este deseo. Fue bibliotecario
de la Facultad de Abogados de Edimburgo, secretario de la Embajada de Londres en Francia y
subsecretario de Estado.
En 1739 publica el Tratado sobre la naturaleza humana, que no tuvo el éxito esperado.
Por el contrario, La investigación sobre el entendimiento humano, de 1748 tuvo mucho más
éxito. Escribió, entre otras obras, una Historia de Inglaterra, Discursos políticos, Diálogos
sobre la religión natural, Ensayos sobre el suicidio…Sus obras fueron incluidas en el Índice de
obras prohibidas de la Iglesia Católica.
1.- LOS CONTENIDOS DE LA MENTE
En la medida en que estamos ante cuestiones que tienen que ver con el proceso del
conocimiento, Hume comienza desde lo más básico: cómo se originan los contenidos de la
mente. Según él, todo lo que contiene nuestra mente recibe el nombre de percepción. Todo
lo que hay en la mente son percepciones. Pero no todas las percepciones son iguales. Se
distinguen dos clases de percepciones:
• Impresiones: son los datos inmediatos de la experiencia, el conocimiento por medio
de los sentidos. Son percepciones simples, originarias, más vivas y fuertes, violentas...
• Ideas: copias debilitadas, imágenes debilitadas de las impresiones en nuestro
pensamiento. Son débiles, desvaídas, un reflejo.
1.1 IMPRESIONES E IDEAS.
La diferencia existente entre las impresiones y las ideas es que las impresiones tienen un
mayor grado de viveza y de intensidad que las ideas. La única diferencia es, por tanto, de
grados.
Percepciones: designa con este nombre tanto a los contenidos de conciencia como a los
actos en que se presentan tales contenidos. Abarcan, por lo tanto, el mimo campo que las
ideas en Descartes. Son de dos tipos:
- Impresiones: son los actos inmediatos de la experiencia. La experiencia puede ser
externa o interna, por lo que hay dos tipos de impresiones: impresiones de sensación e
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impresiones de reflexión. Mediante las impresiones de sensación conocemos las
cualidades de los objetos del mundo exterior. Mediante las impresiones de reflexión.
conocemos nuestros estados de conciencia (estados internos). Las impresiones de reflexión
son llamadas en otros lugares de su obra, emociones o pasiones.
- Ideas: son copias o huellas derivadas de las impresiones cuando estas han desaparecido;
por lo que no aportan ningún contenido de conocimiento nuevo que no haya sido dado por
la impresión correspondiente. Las ideas se diferencian de las impresiones únicamente en
que: 1) son más débiles que las impresiones, y 2) pueden aparecer en un orden temporal
distinto.
Hume clasificaba las percepciones en impresiones e ideas. Las impresiones proceden de
los sentidos, por lo que son vivas e intensas. En cambio, las ideas son copias debilitadas de las
impresiones
Por otro lado, Hume clasifica las ideas en simples y complejas. Una impresión simple es,
por ejemplo, el sabor de una manzana que se está comiendo en ese momento, mientras que
la impresión compleja la constituye la suma del sabor, la textura, el color, la forma el tamaño…
de dicha manzana. Las ideas simples son las correspondientes a las copias o evocaciones de
las impresiones simples anteriores. Las ideas complejas, sin embargo, pueden tener dos
orígenes distintos. Algunas con copias de las impresiones complejas, mientras que otras son
producto de la asociación que nuestra mente establece entre otras ideas distintas.
1.2. LA ASOCIACIÓN DE IDEAS
La actividad dinámica del sujeto, la imaginación, produce ideas complejas agrupando las
impresiones o ideas simples. Agrupación que se produce siguiendo tres leyes de asociación:
1ª- Ley de semejanza: opera en casos tales como el reconocimiento de una persona
concreta en un retrato, y también cuando a una diversidad de individuos los denominamos con
una misma palabra: “hombre”, etc. Es decir, nos hace agrupar ideas en virtud de un parecido o
identidad.
2ª- Ley de contigüidad en el espacio y en el tiempo: tendemos a establecer una relación
entre las ideas en base a su proximidad temporal o espacial. Así, ante un color amarillo, una
superficie de madera lisa, y cuatro patas, que se encuentran toda unidas en determinada
posición, en un espacio próximo, y en un mismo tiempo, las agrupamos en una idea compleja:
una mesa.
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3ª- Ley de causalidad (relación causa-efecto): con frecuencia esta ley podría ser reducida a
la anterior, ya que en toda relación causa efecto lo que en realidad vemos siempre es que a un
hecho sigue otro hecho contiguo. Así, vemos que una bola de billar golpea a otra y la segunda
sale disparada. De ahí inferimos que la primera es la causa del movimiento de la segunda, pero
lo que en realidad vemos, de lo único que tenemos impresiones, es de una bola que avanza, que
llega junto a la otra, y que la otra sale disparada.
Sin embargo, aunque no haya un fundamento real para la relación causal sí que lo hay en
nuestra mente. Es una ley de nuestra mente establecer relaciones de causa efecto, y creer en su
necesidad.
Memoria e imaginación: la diferencia entre memoria e imaginación reside en que en la
memoria las ideas aparecen más vivas y en el orden y posición en que se dieron las impresiones
correspondientes; mientras que en la imaginación las ideas aparecen más débiles y ordenadas
al azar –aunque usualmente se establece un orden entre ellas en virtud de las tres leyes que
rigen la combinación o asociación de ideas.
1.3 IDEAS GENERALES ABSTRACTAS.
En coherencia con lo anterior, Hume va a negar la existencia de ideas generales de carácter
abstracto. Es decir, una idea no puede referirse a una pluralidad de objetos, sino que tiene un
carácter individual. Esto es así por varias razones:
- Según él mismo afirma: “la mente no puede formar ninguna noción de cantidad o
cualidad sin formar una noción precisa de los grados de cada una”. No podemos formar una idea
general de una línea que non incluya una cantidad determinada, ni podemos formar una idea
general de línea que incluya todas las longitudes posibles
- Todas las ideas han de ser definidas y determinadas, ya que se forman en base a
impresiones, que necesariamente son definidas y determinadas. Mi idea de “casa” está basada
en una impresión de una casa determinada o una serie de ellas que asocio por semejanza, pero
siempre casas individuales
- Todo lo que existe es individual. No puede por ejemplo, existir un triángulo que no sea
un triángulo concreto dotado de características individuales
Cuando encontramos repetidamente una semejanza entre cosas que observamos a
menudo, solemos aplicarlas el mismo nombre cualquiera que sea la diferencia que pueda
haber entre ellas. Por ejemplo, después de haber observado lo que llamamos árboles y
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habernos dado cuenta de que existen semejanzas entre los mismos, aplicamos a todos ellos la
misma palabra “árbol” a pesar de las diferencias que hay entre roles, olmos pinos, etc., y una
vez adquirida la costumbre de aplicar la misma palabra a esos objetos, el oír la palabra revive
la idea de uno de esos objetos y hace que la imaginación lo conciba. El hecho de oír la palabra
o nombre no puede recordar ideas de todos los objetos a os que el nombre se aplica; recuerda
uno de estos objetos. Pero al mismo tiempo pone en juego un “hábito”, una disposición para
producir cualquier otra idea semejante, si la ocasión lo exige.
Criterio de la copia: Del hecho de que todas las ideas procedan de una impresión se deduce
que el criterio para decidir acerca de la verdad de nuestras ideas será: una idea es verdadera si
se corresponde con una impresión (establece así la evidencia sensible como criterio de
verdad). Si podemos señalar la impresión correspondiente a esta idea, es una idea verdadera; si
no podemos, es una idea falsa. Así, el criterio y el límite de nuestro conocimiento son
nuestras impresiones. Por lo tanto dada cualquier idea si no podemos encontrar la impresión
sensible de la que es copia, podemos concluir que no es verdaderamente una idea, sino una
palabra sin contenido. De aquí que afirme Hume que las palabras abstractas o generales no
existen, sino que son meros nombres
De la concepción humeana de las ideas se puede inferir que:
1º- No hay ideas innatas. Ni al modo platónico, ni al cartesiano, pues toda idea se deriva de
una impresión anterior.
2º- Por la misma razón las ideas no son ni se derivan de arquetipos ejemplares (frente a la
concepción platónica, neoplatónica y agustiniana).
3º- Las ideas no se obtienen por abstracción, (tal como sostenía Aristóteles y Tomás de
Aquino), pues, las ideas simples derivan de impresiones, y las complejas surgen a partir de las
ideas simples merced a las tres leyes de asociación.
4º- Las ideas tampoco son “universales” si las entendemos al modo escolástico (esto es,
como la forma sustancial representada en la mente “sin la materia”). Las ideas universales tales
como “hombre”, “perro”, “espada”, etc., surgen por asociación de múltiples ideas simples y
particulares mediante la ley de semejanza.
5º-Tampoco son las ideas “modos” del pensamiento (como sostenía Descartes).
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2.- TIPOS DE CONOCIMIENTO: RELACIONES DE
IDEAS Y CUESTIONES DE HECHO
Una vez establecido el origen de las ideas, Hume pasa a estudiar la validez que tienen
nuestros conocimientos y creencias. Esto requiere que nos detengamos a analizar el modo en
que se formulan as verdades en ls que creemos. Nuestras creencias y opiniones se expresan
mediante proposiciones, que son expresiones con las que afirmamos o negamos algo. Hume
señala la importancia de reconocer que no todas las proposiciones son iguales. Pro un lado, están
las relaciones de ideas, y por otro, las cuestiones de hecho.
- Relaciones entre ideas: está constituido por todas las proposiciones que trabajan con
puras ideas, prescindiendo de si corresponden a algún contenido o no. Esas proposiciones
surgen de establecer relaciones entre las ideas respetando únicamente el principio de no
contradicción.
Todas las proposiciones de la Lógica y de las Matemáticas son de este tipo. Así, una vez
definido lo que es el signo “2”, el signo “4”, el signo “=” y el signo “+”, se deriva de ahí la
proposición “2+2=4”, y no cualquier otra, simplemente porque sería contradictoria con las
definiciones antes establecidas.
Estas proposiciones son siempre verdades, por definición; y además son de tal naturaleza
que del análisis del sujeto de la proposición se infiere el predicado de la misma. (A este tipo de
proposiciones en las que del análisis del sujeto de la proposición se deriva el predicado se les
denominará “proposiciones analíticas”). Éste es el único campo del conocimiento donde es
posible la certeza, pero para ello se ha renunciado de antemano a decir nada acerca de la
realidad. Ejemplos: “un triángulo tiene tres lados” o “los solteros no están casados”
- Cuestiones de hecho: está constituido por todas las proposiciones que se refieren a
datos de hecho (obtenidos a partir de impresiones). Este tipo de proposiciones no se basan en
el principio de no contradicción; así una proposición como “por la tarde hará frío”, es tan válida
como “por la tarde no hará frío”. La verdad de esta proposición no se puede establecer, por lo
tanto, de manera puramente lógica, a partir del principio de no contradicción, sino que habrá
que someterla a la experiencia.
Este tipo de proposiciones es el que constituye las ciencias empíricas; y sólo engendran
mera opinión, aunque se nos impongan necesariamente por virtud de la “costumbre”.
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3.- EL ANÁLISIS DE LA CAUSALIDAD
El problema de la causalidad y la necesidad:
El principio de causalidad es la base de todas las ciencias que tratan sobre cosas reales, sobre
hechos (por ejemplo, la física, la biología, la química…); así, parece indudable que el fuego es
causa del humo, que no hay efecto sin causa. Además, el principio de causalidad ha sido el
concepto fundamental de la filosofía desde Aristóteles hasta Descartes quien, como hemos
visto, asienta sobre ese principio la demostración de la existencia de Dios (substancia infinita) y
del mundo (substancia extensa).
Pues bien, esta idea fundamental de la metafísica tradicional será objeto de la crítica de
Hume. El análisis y la crítica de Hume a la teoría de la causalidad es uno de los puntos más
conocidos y relevantes de su pensamiento y una de las páginas más importantes de la Historia
de la Filosofía.
Según Hume no se puede fundamentar el principio de la causalidad: cuando pensamos en
la causalidad, por lo general, interpretamos que existe una conexión necesaria entre la causa y
el efecto. No se trata simplemente de que una cosa venga a continuación de la otra. Más bien lo
que creemos es que la causa ha sido la responsable de que, de forma inevitable, tenga que
producirse el efecto. Así, por ejemplo, decimos que el fuego es causa del calor porque pensamos
que la presencia del primero está ligada necesariamente a la aparición del segundo.
¿De dónde proviene esta conexión necesaria?
Desde luego, las proposiciones con las que expresamos las conexiones causales no son
relaciones de ideas, sino cuestiones de hecho. Las relaciones de ideas son verdades necesarias
cuya negación resulta contradictoria, pero negar las proposiciones que expresan relaciones
causales no implican contradicciones. Por ejemplo, lo contrario de “el fuego produce calor”, sería
“el fuego no produce calor”. Esto es algo extraño y contrario a lo que hasta ahora he
experimentado, pero no se trata de un sinsentido. Todo el mundo entiende lo que esta
proposición significa, y todos podemos recurrir a la experiencia para comprobar si es verdadera
o falsa.
Efectivamente, para saber cuál es el efecto que produce el fuego, no tenemos más remedio
que verificarlo en la práctica. De acuerdo con la posición de Hume, una persona que jamás
hubiese visto el fuego no podría saber de antemano cuáles son sus efectos hasta haberlo
comprobado por sí misma.
Realmente Hume está aplicando a este concepto el criterio de la copia: ¿de qué impresión
o impresiones proviene la idea de causa? Según Hume no tenemos ninguna impresión de la
idea de causa. Ante una mesa de billar podemos observar que una bola se va aproximando a
otra, y posteriormente a esta última en movimiento, pero jamás veremos que una sea causa del
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movimiento de la otra. Entonces, ¿Por qué la mayoría de los seres humanos creemos en el
principio de causalidad? ¿Cómo surge en nosotros la idea de causa y efecto? Veamos el análisis
que hace Hume.
No se puede demostrar que haya una relación necesaria entre causa y efecto. Por ejemplo,
si meto la mano en el fuego y me quemo no puede “demostrarse” a partir de ahí que
necesariamente siempre vaya a ser así. No puede de mostrarse por tres razones:
1º- Porque no hay ninguna impresión que me muestre la necesidad de esa relación “mano
en el fuego-quemarse”.
2º- No hay un conocimiento que me muestre a priori (es decir, sin recurrir a la experiencia)
que siempre que meta la mano en el fuego me quemaré. Los conocimientos a priori sólo son
posibles cuando tratamos con relaciones entre ideas (como hacen las matemáticas).
3º- Puesto que no hay ninguna impresión que me muestre la necesidad de la relación
“meter la mano en el fuego-quemarse”, y puesto que esta relación tampoco puede ser
demostrada a priori, tal relación sólo podrá ser demostrada a partir de la experiencia. Pero la
experiencia se compone de casos particulares. Y no se puede (por las razones expuestas en la
crítica al método inductivo) inducir a partir de los casos particulares una ley general ( es decir,
no puedo demostrar a partir de que me queme en una o mil ocasiones que en el futuro siempre
que meta la mano en el fuego seguiré quemándome).
En toda relación causal lo único que la experiencia nos permite observar es una relación de
contigüidad espacio-temporal (en el ejemplo anterior lo que podemos observar es una
proximidad espacial y temporal entre la mano metida en el fuego y el quemarme). Pero nunca
podremos observar, porque no hay impresión de ello, la necesidad de esa relación.
Por lo tanto, la causalidad descansa en la noción de "conexión necesaria"(es decir, que no
puede no darse) existente entre lo que llamamos causa y el efecto. Pero no tenemos ninguna
impresión de conexión necesaria. Solamente tenemos impresiones de la contigüidad espacio-
temporal entre los objetos considerados causa y los objetos considerados efecto, de la prioridad
temporal de la causa con respecto al efecto, y la conjunción constante de ambos; pero no
tenemos ninguna impresión de la "conexión necesaria", de la supuesta "fuerza" causal.
Recordemos el ejemplo de la bola de billar. En este ejemplo nuestras impresiones nos muestran
sólo una sucesión de fenómenos, pero únicamente eso. No nos muestran una impresión de una
supuesta conexión necesaria entre uno y otro, ni de una relación de causa y efecto.
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Costumbres y creencias: ¿por qué, entonces, seguimos empeñados en establecer
relaciones necesarias entre unas determinadas causas y unos determinados efectos? La
respuesta de Hume es “por la costumbre”. Una vez arraigada una costumbre engendra una
creencia. (En el ejemplo anterior, nuestra convicción de que existe una relación necesaria entre
meter la mano en el fuego y quemarse se explica así: en una serie de experiencias se ha dado
esta relación. La costumbre de encontrar asociados estos hechos engendra en nosotros la firme
creencia de que siempre que metamos la mano en el fuego nos quemaremos).
Sólo el hábito, la costumbre de haber experimentado reiteradamente la contigüidad, la
prioridad temporal y la sucesión o conjunción constante nos lleva a suponer, a creer el enlace,
la conexión necesaria entre la causa y el efecto.
Ahora bien, la creencia es un sentimiento (es decir, una impresión de reflexión), con lo que
tenemos una vez más, que un determinado conocimiento se fundamenta en una impresión.
Este análisis tendrá un efecto demoledor contra toda la metafísica tradicional y la propia
física, destruyendo también las substancias cartesianas. Todo quedará sometido al fenomenismo
y escepticismo del que Hume queda salvado gracias a ese sentimiento nacido del hábito, de la
costumbre: la creencia. En la práctica, piensa Hume, esto no es realmente grave, ya que tal
creencia nos basta y sobran para vivir.
4.- CRÍTICA A LA NOCIÓN DE SUBSTANCIA (Crítica de
las sustancias cartesianas)
Por la misma razón que Hume niega el concepto de causa, la inferencia causal, niega también
el concepto de substancia. Para la filosofía anterior la sustancia era la cosa en sí, la realidad
primaria y fundamental. Aplicando su criterio de certeza, comienza Hume analizando si dicha
idea de sustancia se deriva de alguna impresión y concluye que detrás de la idea de substancia
no hay ninguna impresión. La substancia la concebimos como un soporte, o sustrato en el que
descansan todas las impresiones, pero no tenemos ninguna impresión de un soporte estable,
permanente. La idea de substancia es sólo una palabra con la que nos referimos a una
asociación de sensaciones unidas por nuestra imaginación, pero que no tiene nada detrás. Para
Hume el concepto de sustancia es un concepto vacío, ya que no corresponde a ninguna
impresión sensible. Así Hume va a criticar las tres sustancias cartesianas:
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4.1 La realidad exterior. (Res extensa cartesiana)
Según Hume puesto que en nuestra mente no hay más que percepciones, es decir,
impresiones e ideas, no sabemos qué hay más allá de ellas. Por tanto, no acepta la pretendida
existencia de una realidad fuera de nuestra mente, pues no concibe que algo imposible de
conocer sea la causa de nuestras impresiones. Así, la creencia en la existencia de una realidad
corpórea distinta de nuestras impresiones es, por tanto, injustificable apelando a la idea de
causa…
Debido, pues, a la actividad de la memoria y de la imaginación, creemos en la existencia de
cuerpos, apoyándonos en la constancia y semejanza de nuestras impresiones.
De acuerdo con Hume, creer que existen sustancias exteriores e independientes de nosotros
es solo una suposición útil, no una certeza indudable
4.2 La existencia de Dios. (Res infinita cartesiana)
Hume niega la posibilidad de demostrar la existencia de Dios. Esto obedece a que Dios no
puede ser conocido por la experiencia, ni demostrado por la razón.
la existencia de Dios no puede ser conocida por la experiencia porque de Dios no
tenemos ninguna impresión.
Tampoco es posible demostrar su existencia por medio de la razón. Los principales
argumentos para demostrar la existencia de Dios se apoyaron en el principio de causalidad
(recuerda las dos primeras pruebas de la existencia de Dios en Descartes), pero como hemos
visto ningún conocimiento racional puede lograrse mediante tal principio.
El argumento ontológico concluye que la existencia de Dios es una verdad necesaria que
se deriva de la misma definición de la divinidad como el ser más perfecto que puede pensarse.
Sin embardo, Hume nos recuerda que las únicas verdades realmente necesarias son las
relaciones de ideas, que son siempre verdaderas porque su contrario implica contradicción y
nos lleva a enunciados sin sentido. La existencia de Dios no es una relación de ideas, sino una
cuestión de hecho. Afirmar que Dios no existe no resulta contradictoria, de modo que para
saber si existe tendríamos que comprobarlo en la práctica.
4.3 El yo y la identidad personal. (Res cogitans)
De las tres realidades o sustancias cartesianas (Dios, mundo, yo), nos queda solamente
ocuparnos del “yo”. La existencia de un “yo”, había sido considerada in-dubitable. Y no le sirve
ahora a Hume aplicar su crítica de la idea de causa, ya que la existencia del yo no fue considerada
por sus predecesores como resultado de una inferencia causal, sino como resultado de una
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intuición inmediata. Si amo, dudo, quiero, imagino, etc., existo. Así pues, «Pienso, luego existo»,
la evidencia de mi “yo”, de mi identidad personal era irrefutable.
Sin embargo, Hume no piensa del mismo modo. Absolutamente fiel a sus principios
empiristas, sostiene que no tenemos ninguna impresión de nuestra identidad personal, y que el
“yo” resulta incognoscible.
Según él, si hubiera alguna impresión que correspondiera al “yo”, tal impresión debería ser
invariablemente idéntica porque se supone que nuestro “yo” permanece idéntico - es decir, es
el mismo-, a lo largo de toda nuestra vida. Ahora bien, no existe ninguna impresión contante e
invariable. Dolor y placer, tristeza y alegría, emociones y sensaciones…se suceden unas tras
otras. Luego la idea del “yo” no puede derivarse de ninguna impresión. En consecuencia,
hablando con rigor, no existe tal idea.
Fíjate cómo nos lo dice Hume: «El yo o persona no es ninguna impresión, sino aquello a que
se supone que nuestras ideas e impresiones se refieren. Si alguna impresión originara la idea del
yo, tal impresión habría de permanecer invariable a través del curso total de nuestra vida, ya que
se supone que el yo existe de este modo. Sin embargo, no hay impresiones constantes e
invariables. Dolor y placer, tristeza y alegría, pasiones y sensaciones suceden unas a otras y nunca
existen todas al mismo tiempo (Tratado acerca de h naturaleza humana, I. 4, 6).» Más adelante
añade Hume: «Si alguien, tras una reflexión seria y sin prejuicios, piensa que tiene una noción
distinta de su yo, he de confesar que no puedo seguir discutiendo con él. Todo lo que puedo
concederle es que tal vez esté tan en lo cierto como yo, en cuyo caso somos esencialmente
distintos en este aspecto. Tal vez él perciba algo simple y permanente que denomina su yo; por
mi parte, estoy seguro de que en mí no hay tal principio (ibidem).»
Por lo demás, esta afirmación tajante de Hume no permite explicar fácilmente la conciencia
que todos poseemos de nuestra propia identidad personal: en efecto, cada sujeto humano se
reconoce él mismo a través de sus distintas y sucesivas ideas e impresiones. (El lector que está
leyendo esta página tiene conciencia de ser el mismo que antes contemplaba el paisaje o
escuchaba música apaciblemente; si sólo hay conocimiento de las impresiones e ideas, y éstas
—la página, el paisaje, la melodía— son tan distintas entre sí, ¿cómo es que el sujeto tiene
conciencia de ser el mismo?) Para explicar la conciencia de la propia identidad, Hume recurre
a la memoria: gracias a la memoria reconocemos la conexión existente entre las distintas
impresiones que se suceden; el error consiste en que confundimos sucesión con identidad.
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4.- ÉTICA DE HUME. EL EMOTIVISMO MORAL
La filosofía moral de Hume
Otra de las consecuencias de la teoría empirista del conocimiento desarrollada por Hume
es su concepción emotivista de la ética. Hume comienza señalando cómo la mayor parte de los
filósofos anteriores han tratado de fundamentar las normas morales en la racionalidad humana.
Efectivamente, la razón ha desempeñado un papel fundamental en la historia de la ética
desde el intelectualismo moral de Sócrates hasta los intentos racionalistas de Descartes y sobre
todo Spinoza de fundamentar racionalmente la ética. Hume sin embargo será contrario a este
punto de vista
Para él, la ética no puede estar basada en la razón, porque la razón solo es capaz de
explicarnos cómo son las cosas, pero no puede decirnos cómo deberían ser. Sin embargo la ética
no describe la realidad, sino que indica cómo hemos de actuar y cuáles son las normas que
tenemos que seguir.
Hume creía que la ética no está basada en la razón, porque ninguna descripción acerca de
cómo son las cosas puede llevarnos a las normas que nos dicen cómo deberían ser. (Esto es lo
que más adelante se ha llamado la falacia naturalista)
El origen de la moralidad
Si la ética no procede de la razón, ¿en qué se basan entonces nuestras normas morales?
Según Hume, el origen de la ética debe buscarse en los sentimientos y en las emociones que
experimentamos cuando nos encontramos ante una acción humana. Algunas acciones nos
producen un sentimiento interno de satisfacción, mientras que, ante otras acciones, lo que
sentimos es un intenso rechazo
Para Hume, las acciones que consideramos moralmente buenas son las que suscitan en
nosotros un sentimiento de aprobación, mientras que las que tachamos de moralmente malas
son las que nos provocan ene l interior una emoción de rechazo.
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La teoría ética de Hume denominada emotivismo moral, afirma que la ética no se basa en
la razón, sino en los sentimientos.
Si nos parece que matar es moralmente malo, no es a causa de la razón (se puede
argumentar que matar es útil para obtener un fin), sino por la emoción interna de rechazo y
reprobación que sentimos cuando nos representamos mentalmente esa acción. Por eso Hume
creía que la moral es algo relacionado con las emociones y no con la inteligencia.
Simpatía, utilidad y benevolencia
Al analizar la ética de Hume, tal vez podría pensarse que su propuesta conduce
inevitablemente al relativismo moral. Si en el fondo lo que nos parece moralmente bueno o malo
depende de nuestros sentimientos, ¿no tendrá cada cual sus propias emociones y, por lo tanto,
sus propias valoraciones morales distintas de las de los demás?
Sin embargo Hume no era ningún relativista, porque pensaba que todas las personas
compartimos una misma naturaleza humana, Esto significa que ante una acción como el
asesinato, todos los seres humanos experimentamos una emoción de rechazo mu parecida,
porque nuestra constitución básica es fundamentalmente idéntica. Por eso es posible hablar de
normas morales de carácter general, basadas en la universalidad de la naturaleza humana
Hume pensaba que todos los seres humanos participamos de una misma naturaleza, lo cual
permite fundamentar normas éticas de carácter universal
De acuerdo con Hume, ente los sentimientos básicos que todos los seres humanos
experimentamos está, desde liego, el egoísmo que nos ayuda a sobrevivir, pero no es la única
motivación que sentimos las personas.
Hume creía que en nuestro interior también hay emociones positivas que nos incitan a
cooperar, a cuidar desinteresadamente a los demás. Entre estas emociones destaca, por su
importancia, la capacidad de sintonizar con las emociones de los demás poniéndonos en su ligar,
a la que denominaba simpatía, aunque actualmente le demos el nombre de empatía.
Para Hume la simpatía es una emoción básica, junto con la benevolencia y el deseo de ser
útiles a los demás. Estos sentimientos naturales son, en realidad, el fundamento de la moralidad
y la base de nuestra vida en sociedad.
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