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Comprendiendo a Jesús de Nazaret

El documento explora la figura histórica de Jesús de Nazaret, destacando que los Evangelios no son biografías sino expresiones de fe de la comunidad cristiana. Se analiza su personalidad como un hombre público, sensible y contestatario frente a las normas religiosas, morales y políticas de su tiempo, enfatizando la importancia de su humanidad para la fe cristiana. Finalmente, se plantea la dificultad de comprender cómo Jesús enfrentó su destino, sugiriendo que su experiencia puede ser relevante para el cristiano moderno que busca sentido en su propia vida.

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Comprendiendo a Jesús de Nazaret

El documento explora la figura histórica de Jesús de Nazaret, destacando que los Evangelios no son biografías sino expresiones de fe de la comunidad cristiana. Se analiza su personalidad como un hombre público, sensible y contestatario frente a las normas religiosas, morales y políticas de su tiempo, enfatizando la importancia de su humanidad para la fe cristiana. Finalmente, se plantea la dificultad de comprender cómo Jesús enfrentó su destino, sugiriendo que su experiencia puede ser relevante para el cristiano moderno que busca sentido en su propia vida.

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PARA UNA COMPRENSIÓN DE

JESÚS DE NAZARET

JESUCRISTO

PERSONALIDAD

Parece que la cuestión histórica de Jesús interesa


menos a las generaciones jóvenes. Las generaciones
más antiguas consagraron al problema demasiado
tiempo. Pero no se puede pasar en silencio: Jesús es
un personaje de la Historia. Si ahora es de siempre y
de todas partes, primeramente fue de un lugar y de
un tiempo.

I. Un primer acercamiento

¿Quién era este Jesús de Nazaret?

Antes la respuesta parecía simple: "Abrid los


Evangelios y conoceréis a Jesús." Quiero pensar que
este consejo tiene todavía su valor de cara a un
primer descubrimiento (aproximativo) de la
personalidad de Jesús. Por ejemplo, buscar en un
Evangelio aquellas palabras que describen a Jesús.
Con el Evangelio según San Mateo, se llega a un
retrato de este tipo: un hombre que se desplaza que
llega hasta la gente y se deja abordar por todo el
mundo, un hombre que habla y que predica, un
hombre que manda, que amenaza, reprende, un
hombre que se emociona, que admira, se indigna, un
hombre que llama, interroga y envía. En resumen, un
hombre de la palabra, un ser sensible y que se impone
por su personalidad, un hombre público que no teme a
la muchedumbre. Todo lo contrario de un eremita, de
un tímido o de un soñador.

II. Una observación importante

Pero no podemos quedarnos aquí porque el gran


descubrimiento de las ciencias religiosas modernas es
que los Evangelios no nos hablan de Jesús de Nazaret.
No son una biografía de Jesús sino una profesión de fe
en el Señor Jesucristo Resucitado y presente en la
Iglesia. Como dice San Pablo "Cristo según la carne no
me interesa". Cuando se abren los Evangelios,
encontramos ante todo la experiencia espiritual de la
comunidad. La atención al Jesús histórico, apareció
relativamente tarde, probablemente contra los herejes
del final del siglo primero (los gnósticos): estos
pretendían que el Verbo de Dios no se había
encarnado verdaderamente. Y resulta una paradoja
constatar que el Evangelio según San Juan que parece
el Evangelio menos histórico es, en realidad, el que,
quizá, da los detalles biográficos más seguros.

En todo caso, antiguamente se tenía la impresión de


que el Evangelio era un espejo fiel de la vida, de las
palabras y de los hechos de Jesús de Nazaret. No, es
un espejo deformante: los evangelistas nos hablan de
Jesús a través de una fe vivida durante años y años.

Evidentemente, semejante afirmación exigiría un


largo estudio que no tiene cabida en estas páginas.
Remito a las obras citadas al final de este capítulo,
que exponen con amplitud las razones de esta
evolución capital en la lectura de los Evangelios.
Damos solamente un ejemplo para mostrar este
cambio de óptica: el relato de la tempestad
apaciguada no nos dice lo que pasó en el lago de
Galilea, nos dice lo que pasa en la Iglesia (la barca de
Pedro) cuando la persecución (la tempestad) sacude
la Iglesia y cuando el Señor Jesús parece dormir. En
realidad, El está ahí, y nuestra fe debería ser lo
suficientemente fuerte para creerle ("Hombres de
poca fe... " ~, porque no está muerto, no, está de
vuelta, resucitado y habla al mal (representado por el
mar) y las fauces del abismo no podrán devorar a la
Iglesia conducida por su Señor.

¿Debemos concluir de esto que es una historia


completamente inventada y que Cristo no subió sobre
una barca que...? La mayor parte de los especialistas
de la Biblia no concluyen absolutamente tal cosa:
sucedió ciertamente algo, pero el fin de San Mateo
(por ejemplo) no era contarnos esa cosa. Se servía de
un episodio y lo presentaba para iluminar la
experiencia espiritual de la comunidad, para reforzar
su fe en medio de las dificultades. De golpe, además,
no dudaba en cambiar los detalles, en modificar las
palabras e imponer una presentación que hiciera clara
su intención de predicador y no de historiador.
Conclusión: No es imposible llegar hasta Jesús de
Nazaret, al hombre histórico de Palestina. Pero es un
intento arriesgado, quizá ilusorio y con frecuencia
temerario que supone al menos hacerse guiar por
personas competentes.

Algunos dicen: "Es una empresa inútil querer


encontrar al Jesús histórico que vivió 'bajo Poncio
Pilato'. Lo único que cuenta para la fe es la unión con
Jesús resucitado." No estoy de acuerdo. Me inclino a
pensar que la mayor parte de los católicos
contemporáneos no creen verdaderamente en la
humanidad de Cristo. Ahora bien, esto es decisivo
para la fe y los Padres del siglo IV lo han comprendido
así (San León en particular). Si Cristo no es
verdaderamente hombre ¿en qué se ha transformado
nuestro destino? Si ha volado por encima de la plebe a
la manera de un supermán, hemos de reconocer que
es un bello espectáculo pero no una salvación real.
Tenemos que detenernos en la humanidad de Jesús,
encontrarnos frente a este campesino de manas
callosas, frente a este advenedizo muy caracterizado,
este joven que se lanza, que fracasa y a quien se
liquida según métodos muy experimentados y
siempre válidos (una plebe aterrorizada, un poder
cómplice y unos esbirros decididos)

III. Un estudio «histórico»

Tratemos, pues, de 'encontrar" a Jesús con la ayuda


de historiadores serios, situándole dentro de la
mentalidad de su tiempo para de esta manera captar
mejor su originalidad. ¿Cual era el entorno de Jesús?
Por el lugar que ocupan los milagros y los exorcismos
que encontramos en los Evangelios, se desprende que
Jesús vivía en un mundo muy religioso. Dios y el diablo
eran vecinos, lo natural se bañaba en lo sobrenatural,
pero esta distinción incluso llega hasta nosotros. Para
los contemporáneos de Jesús, las fronteras eran
porosas: todo era signo del más allá, del más allá del
cielo o del más allá del infierno (por ejemplo, la
creencia de que las enfermedades nerviosas o los
desequilibrios mentales eran forzosamente casos de
posesión").

A través de todas las diatribas de Jesús contra los


fariseos se capta un segundo rasgo del entorno de
Jesús: un mundo muy moralista, con una moral
legalista puritana. La vida del hombre queda inserta
en un abanico de leyes y esto para su bien: hay que
estar encorsetado para comportarse bien, es
necesario un buen sistema de señalización para no
perderse. El hombre debe progresar, debe caminar
hacia su perfección. Esta atmósfera muy voluntarista
("la alegría en la disciplina") se encuentra en el mundo
contemporáneo (por ejemplo, en el librito rojo del
Presidente Mao). Este ideal de perfección a fuerza de
puños lanzaba y lanza siempre con bastante facilidad
o hacia el elitismo (la casta de los puros para aquellos
que son capaces de ello) o hacia la hipocresía (para
los que se contentan con las apariencias).

Tercer rasgo del entorno de Jesús: la efervescencia


política. El pueblo judío no es más que un pobre peón
en el inmenso tablero del imperio romano. Pueblo
ridiculizado por otra parte y seriamente agitado. La
desproporción entre la realidad romana y la utopía
judía es pasmosa. El imperio romano está en la
cumbre de su poder, no cuenta más que con su
fuerza, su poder de organización y su inteligencia. La
religión romana es un triunfo de civilización entre
otros. ¿Quién podía adivinar seriamente la
desaparición o incluso el debilitamiento de este
coloso? Y, sin embargo, en el pequeño pueblo judío
hierve una esperanza demencial: sí, todo puede
cambiarse, los engañados pueden convertirse en
reyes, el mundo puede cambiar de capital y Roma
puede ceder el paso a Jerusalén. El Mesías está para
llegar, todo cambiará.

Una lectura atenta de los Evangelios muestra que


Jesús tomó sus distancias frente a estas tres
corrientes. Y lo que es más sorprendente todavía en la
personalidad de Jesús es verle al mismo tiempo
perfectamente enraizado en ese mundo judío y
perfectamente libre frente a esta religión, a esta
moral y a esta política.

Jesús da testimonio de que los poderes infernales no


deben impedir que el hombre viva. El mal que paraliza
al hombre le hace mudo y frenético. Jesús le rechaza o
le impone su ley. (Este testimonio no es indiferente al
mundo moderno que, de buena o mala gana, se
encuentra obligado a contar con estos poderes
infernales, incluso secularizados, entre sus
habitantes.)

Se enfrenta también Jesús de rechazo con el gusto por


lo sobrenatural, esta invasión de lo divino en el
espíritu de sus contemporáneos. Para decirlo con
mucha precisión, no se satisfacerá con su ansia de
milagros y esa reserva le costará su popularidad. Ante
la plebe que reclama un mago, Jesús quiere ser el
hombre de las manos desnudas. Es la fe sola la que
cuenta; la confianza infantil en Dios y el gusto por lo
sobrenatural, el fervor religioso deben estar sometidos
a la fe.

El mayor escándalo causado por Jesús será su libertad


hacia la ley, hacia la moral codificada. Lo que debe ser
el resorte de la vida humana, no es la virtud sino el
amor. El amor, venido de Dios y transmitido a los
demás, he aquí el único dinamismo digno del hombre.
"¿Cuál es el mayor mandamiento? Déjate amar de
Dios y estate atento a tus hermanos."

Finalmente, Jesús afirmará su libertad frente a la


aspiración política, y de modo particular frente a la
impaciencia política. De la misma manera que Jesús
no desprecia nunca ni la religión ni la moral, tampoco
desprecia la acción política. Niega que la política sea
un absoluto. Ha de estar al servicio de una esperanza
más profunda: la liberación de todo el hombre y de
todos los hombres.

Uno se queda maravillado ante la actualidad de la


acción histórica de Jesús. Fue el gran contestatario
tanto de la religión y de la política como de la moral.
Respetaba profundamente estos tres registros
fundamentales de la actividad humana pero se
negaba a admitir que la religión, la moral y la política
fueran absolutos. La religión debe estar dirigida hacia
la fe, la moral hacia el amor y la política hacia la
esperanza. Los únicos absolutos dignos del hombre
son la fe, la esperanza y el amor.

Si continuamos situando a Jesús encontramos que en


los Evangelios el paralelismo Juan Bautista-Jesús es
también muy revelador (cf. Lc 7, 18-35; o Mt 11, 2-
19). Juan anunciaba un Mesías justiciero y un Dios
bastante vengador y se encuentra completamente
desconcertado ante la no violencia de Jesús. En
efecto, el Dios-Padre revelado por Jesús, es un Dios
paciente, sanador y no justiciero, un Dios
desconcertante ("Dichoso el que no se escandalice en
este Dios...").

Es el Dios tan familiar que Jesús le llama "Abba" "mi


querido padre". Jesús habla de El con una total
naturalidad. Frente a Dios, no siente ningún temor,
ningún miedo, ninguna reserva. Jesús se deja
atravesar de parte a parte por la mirada de Dios y él
mantiene apaciblemente esta mirada del Amor
Absoluto que todos los demás místicos han descrito
como un Amor terrible. No terrorífico sino majestuoso,
tan poderoso que no se le puede recibir más que de
rodillas. Jesús es "el Hijo", por eso se mantiene de pie.

Históricamente es cierto que Jesús de Nazaret es un


hombre totalmente aparte. No es un aerolito ni mucho
menos. Es judío ciento por ciento, hasta el punto de
que no atraviesa las fronteras de su país ni siquiera lo
más mínimo. No se encuentra cómodo más que en su
casa. Pero sobre este fondo de cultura judía que lo
penetra hasta la medula, destaca con toda precisión y
fascina por su originalidad.

Sus exigencias hacia sus compatriotas y


particularmente hacia sus discípulos son, también,
singulares, en el sentido riguroso del término. Llama a
sus interlocutores a una decisión radical: optar por o
contra el Reino de Dios. Pero concretamente, esta
decisión ha de tomarse frente a su persona: hay que
optar por o contra Jesús. Jesús llama a sus discípulos a
aceptarle a El, incondicionalmente. Muchos judíos le
rechazaron porque no responde a la idea que se
hacían del Mesías. Y el mérito de los apóstoles, a la
cabeza de Pedro, será aceptar a Jesús en bloque, de
seguirle sin condiciones, a él, a la vez tan fascinante y
tan desconcertante. En efecto (y esto está subrayado
sobre todo por Marcos) Jesús rechazará todas las
ideas que se habían formado de El ("Yo no soy el que
esperáis...") y exige hacia su persona la fe que los
judíos entregaban a solo Dios. En resumen, a través
de esta encuesta histórica, descubrimos en Jesús de
Nazaret a una personalidad eminentemente
contestataria de todas las seguridades, a alguien que
hace brillar en lo alto todas las esperanzas humanas.
Descubrimos una libertad total que llama a una
decisión total.

IV. Un ensayo de comprensión de Jesús

Me gustaría ir más lejos en la comprensión de Jesús.


Este camino es bastante más difícil que el anterior. Se
trataría de saber cómo ha vivido Jesús su destino en
su conciencia de hombre. Es un ensayo muy atrevido

1. porque los Evangelios dan un lugar muy reducido a


la psicología. Esta no les interesaba en absoluto;

2. porque la hipótesis avanzada aquí parece contraria


a la hipótesis del pensamiento católico tradicional.

Hay, pues, que tomar estas líneas por lo que son: un


pensamiento personal que tiene muy poca autoridad.
No obstante, gentes competentes (J. Guillet, H. Urs
von Balthasar...) han ensayado el mismo esfuerzo.

Es una necesidad de cristiano moderno. El hombre


moderno tiene el sentimiento de estar "embarcado"
en la existencia. La mayor parte de las coordenadas
de su vida le son impuestas: es lo que llama el
destino. Pero no renuncia a su libertad. La grandeza
de su libertad consiste precisamente en desplegarse
en medio de estas necesidades, para hacer retrasar
un poco los límites de lo posible y sobre todo para dar
un sentido positivo o negativo al conjunto de su vida y
del curso del mundo. No es dueño del viento pero es,
en parte, dueño de la vela. Se puede avanzar contra el
viento.

Inevitablemente el cristiano moderno hace la


pregunta a Jesús: "Tú, que te dices hombre perfecto,
¿cómo te has enfrentado a tu destino?" Si Cristo
escapa completamente a esta pregunta; si a su vez, la
pregunta no se formula porque la palabra "destino" le
sería completamente extraña, entonces, nos es difícil
decir a Cristo: "Tú eres nuestro hermano, Tú eres de
nuestra raza." Nuestra condición fundamental de
hombre es conocer los obstáculos pero no el
resultado, de creer sin saber, de esperar arriesgando.
Queremos admitir de grado que Cristo tuvo triunfos
que nosotros no poseemos. Que era un genio de la fe,
un hombre para quien el amor era tan accesible como
la música para Bach y Mozart. Pero nosotros,
cristianos modernos, nos resistimos a creer que Jesús
fuera verdadero hombre si lo supiera todo, si
caminara en la vida con la perfecta seguridad de guía
de turistas al abrigo de toda sorpresa. Jesús
ciertamente iba muy por delante de nosotros por el
camino de la tierra, pero tenía los pies en el camino, y
lo mismo a El que a nosotros el horizonte le ocultaba
el futuro, al menos este es mi modo de ver.

Historiadores serios (Jeremías entre otros) dicen:


"Jesús creía en el próximo advenimiento del Reino de
Dios." Y cuando Jesús proclama: "El Reino de Dios está
aquí, a la puerta", hay que entenderlo de esta
manera: "El poder del Amor se va a desencadenar
inmediatamente. Mirad, surge ya a través de los
milagros y de las expulsiones de los demonios. Los
pobres van a encontrar su dignidad porque son los
primeros y las lágrimas van a cambiarse en alegría."
¿Es imaginación creer que Cristo esperaba la
conversión de todo el pueblo ante esta buena nueva?
¿Quedó decepcionado por el escepticismo de los
sabios y la indiferencia de la plebe? En todo caso, las
imprecaciones contra las ciudades del lago (Lc 10, 13-
15) resuenan como el lenguaje de un hombre
terriblemente decepcionado.
Le vemos vuelto cada vez más hacia el grupo de sus
discípulos. ¿Siguió la táctica clásica del líder que va de
la masa a la élite? En todo caso, Jesús fue ciertamente
muy lúcido sobre su decisión, una vez pasado el
momento de entusiasmo popular demasiado
superficial. Había lanzado al público un mensaje que
no tenía nada de demagógico. Había intentado, con
toda la fuerza de su pasión de tribuno, de arrastrar al
pueblo hacia una fe muy pura y universalista. La plebe
no le sigue más que de lejos, no soñando más que en
la libertad política y en el triunfo inmediato. Habiendo
perdido su apoyo popular, Jesús va a conocer, y El lo
sabe, la suerte trivial de los agitadores: la eliminación
física por la coalición de todos los poderes en juego:
sacerdotes del Templo, escribas y prefecto romano.
Esta iluminación resulta molesta, la razón de Estado
más la razón de la religión tienen prioridad. Los
evangelistas nos han dejado varias frases en que
aparece la lucidez de Jesús ante este futuro trágico.
No se adelanta a El, pero tampoco lo huye.

Es aquí donde me permito imaginar la reacción


interior de Jesús a partir de algunos índices ofrecidos
por los Evangelios. Cuando Jesús supo claramente que
la muerte le esperaba seguramente en Jerusalén, su fe
y su esperanza quedaron intangibles. Había siempre
creído y dicho que Dios iba a venir a cambiarlo todo, y
ello en la misma linea de la predicación de los
antiguos profetas. Estaba íntimamente persuadido de
que toda la acción de Dios en favor de la Humanidad
culminaba en la acción con El. Todas las promesas de
Dios a los hombres estaban en sus manos en El, en
Jesús. Se sabía más que un profeta, El era el Hijo, el
que había de infundir al mundo toda la fuerza del
amor de Dios. En el sentido fuerte de la palabra, era el
plenipotenciario de Dios. Dios le había confiado todo
en sus manos. Lo que El hiciera, sería decisivo para el
futuro de la Humanidad. Por este motivo había
obrado, hablado, exhortado, caminado, sudado,
llorado, gritado. Se había entregado totalmente a su
tarea y había fracasado lamentablemente.

El debía hacerlo todo y no tenía que hacer otra cosa


más que responder a un interrogatorio de la policía,
someterse a una comedia de juicio y dejarse ejecutar.
Exteriormente, no tenía nada más que hacer. Todos
los que leen atentamente la Pasión notan el silencio
desconcertante de Jesús. El, que hablaba como nadie,
se calla. Ya no habla a los hombres porque toda su
energía se va a concentrar en un diálogo interior
dramático con Dios.

El se deja llevar, es un juguete. "Es entregado." Pero


sigue creyendo que Dios vendrá. Puesto que Dios no
ha venido al centro de la acción, de la lucha, Dios
vendrá al vacío del fracaso, del silencio, de la
desesperación y de la muerte. Jesús no piensa: "Voy a
morir, pero mi ideal sobrevivirá." Piensa: "Se va a
realizar la promesa de Dios de que el Reino de Dios
llega conmigo. No puede dejar de realizarse. Va a
realizarse en mi muerte. Mi muerte va a ser la venida
del Reino de Dios." "Veréis al Hijo del Hombre en la
gloria de Dios..." Jesús acepta ser desposeído de todo,
de la amistad, del éxito, del consuelo espiritual ("Dios
mío, ¿por qué me has abandonado?"). Es el silencio y
el vacío completos pero su fe permanece intacta.
Espera la acción de Dios. Y yo pienso que de esta
manera es como Jesús nos ha salvado, es decir, ha
roto los límites de nuestra vida cerrada. Por su fe, por
su confianza incondicional en Dios.

Existen evidentemente serias objeciones a esta


''hipótesis''

1. "Entonces, ¿Jesús no sabía que iba a resucitar?"

Ciertamente, Jesús, cómo todo judío, creía en la


Resurrección al mismo tiempo que creía en la venida
del Reino de Dios. Las dos cosas iban juntas en la
creencia judía. Pero los anuncios precisos de su
resurrección personal en los Evangelios deben ser los
retoques de los primeros cristianos y no las palabras
auténticas de Jesús. Pienso que Jesús se entregó a la
muerte absolutamente seguro de encontrar la mano
de Dios sin saber de manera clara lo que le sucedería
a El mismo. Creía firmemente que su muerte sería la
victoria del amor de Dios. No sabía, pienso yo, cómo
brillaría esta victoria del amor.
2. "Pero Jesús sabía que era Dios. Por tanto, lo sabía
todo."

No pienso que Jesús tuviera una conciencia


absolutamente clara de que era el Verbo de Dios
encarnado. Evidentemente, Jesús, para mí, es desde
su concepción el Hijo de Dios encarnado. Decir lo
contrario, es salir de los límites de la fe cristiana. Y no
se ve claro cómo Jesús-hombre hubiera podido en un
momento dado convertirse en hijo de Dios, incluso en
su resurrección. Pero sigo pensando que había en
Jesús el desfase que hay en cada hombre entre lo que
es (la imagen de Dios) y la conciencia clara que tiene
de eso mismo.

Pienso que Jesús tenía una plena conciencia de ser el


Mesías, que todo el proyecto de Dios reposaba
enteramente sobre El. Tenía, pues, plena conciencia
de estar aparte de todo el resto de la Humanidad,
pero enteramente responsable de toda la Humanidad.
Tenía la experiencia única de una intimidad única
entre Dios y El. Nada detenía el Amor que pasaba del
Padre a El y de El al Padre. Pero Jesús-hombre
quedaba en la condición humana, no se despegaba de
la condición humana, que no es nunca claridad pura
sino presentimiento, esperanza y progreso.

Yo pienso, por el contrario, que en su Resurrección,


Jesús tuvo conciencia deslumbrante de lo que era
desde su concepción, lo mismo que tendremos
nosotros en nuestra resurrección conciencia clara de
hijos adoptivos (1 Jn 3, 2).

Pienso que esta manera de imaginar la psicología de


Jesús es en todo conforme al dogma de la
Encarnación: el Verbo de Dios al tomar una
humanidad no aminoró en nada esta humanidad.
Jesús era, pues, un hombre parecido en todo a los
otros hombres, excepto en el pecado, es decir, la falta
de fe en Dios. Además, la expresión "una sola persona
en Jesús" ha de entenderse correctamente. Ello no
quiere decir en absoluto: una sola conciencia. La
conciencia de Jesús (en el sentido psicológico de la
palabra) no era una conciencia divina, sino una
conciencia humana, genial, única, insospechada, pero
humana. La expresión "una sola persona" es una
expresión filosófica que considera el ser de Jesús y no
su conciencia. Quiere decir que en fin de cuentas, la
humanidad de Jesús era la humanidad del Verbo de
Dios. El Verbo se había adueñado de este hombre
pero respetando totalmente su condición de hombre.
PAUL GUERIN: YO CREO EN DIOS
Las palabras de la fe, hoy
Edic. MAROVA. MADRID 1978, págs. 33-44

LIBROS UTILIZADOS PARA ESTE CAPITULO

Vocabulario de teología bíblica. Artículos: "Jesús", "Hijo del


Hombre", "Hijo de Dios", "Hombre".

Jacques GUILLET, Jésus devant sa vie et sa morí, Aubier, París,


1971.

Xavier LÉON-DUFOUR, Les Evangiles et l'histoire de Jésus, Le


Seuil, Paris, 1963. Edición castellana: Estela. Barcelona, 1968.

—Etudes d'Evangile, Le Seuil, Paris, 1965.

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