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Izquierda y Derecha Definiciones Básicas

Los conceptos de izquierda y derecha política se originaron en la Revolución Francesa, donde la izquierda defendía el cambio social y la soberanía nacional, mientras que la derecha apoyaba el poder absoluto del monarca. En el contexto actual, las distinciones entre ambas se han vuelto difusas, ya que los partidos pueden adoptar políticas de ambos lados del espectro. La izquierda se caracteriza por su lucha contra la opresión y la desigualdad, mientras que la derecha tiende a justificar las desigualdades sociales como resultado de diferencias naturales y decisiones individuales.

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Izquierda y Derecha Definiciones Básicas

Los conceptos de izquierda y derecha política se originaron en la Revolución Francesa, donde la izquierda defendía el cambio social y la soberanía nacional, mientras que la derecha apoyaba el poder absoluto del monarca. En el contexto actual, las distinciones entre ambas se han vuelto difusas, ya que los partidos pueden adoptar políticas de ambos lados del espectro. La izquierda se caracteriza por su lucha contra la opresión y la desigualdad, mientras que la derecha tiende a justificar las desigualdades sociales como resultado de diferencias naturales y decisiones individuales.

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IZQUIERDA Y DERECHA

DEFINICIONES BÁSICAS

1. ORIGEN DE LOS CONCEPTOS

Los términos Derecha e Izquierda política, tienen su origen formal en la votación


que tuvo lugar el 11 de septiembre de 1789 en la Asamblea Nacional
Constituyente surgida de la Revolución Francesa en la que se discutía la propuesta de
un artículo de la nueva Constitución. Allí se establecía el veto absoluto del rey a las
leyes aprobadas por la futura Asamblea Legislativa. Los diputados que estaban a favor
de la propuesta, que suponía el mantenimiento de hecho del poder absoluto del monarca
(por más que la mayoría de ellos estaban a favor de una monarquía constitucional), se
situaron a la derecha del presidente de la Asamblea. Los que estaban en contra, y
defendían que el rey sólo tuviera derecho a un veto suspensivo y limitado en el tiempo
poniendo por tanto la soberanía nacional por encima de la autoridad real, se situaron a la
izquierda del presidente. Así el término "izquierda" quedó asociado a las opciones
políticas que propugnaban el cambio político y social, mientras que el término
"derecha" quedó asociado a las que se oponían a dichos cambios.

Hay acuerdo entre historiadores, sociólogos y filósofos alrededor del origen de


los conceptos de manera que es posible encontrar un relato como este en autores tan de
izquierdas como Paul Johnson, Norberto Bobbio o Seymour Lipset y en célebres
conservadores como Burke o Carl Schmitt.

Asimismo, es vital decir que en el contexto de las sociedades postindustriales en


las que vivimos (Siglo XXI) organizar el pensamiento político en base a dicotomías
como izquierda/derecha puede resultar un error. Vivimos en sociedades tan complejas
que un partido que se dice de izquierdas puede adoptar políticas de derechas y
viceversa. No es raro encontrar partidos que se autodescriben como de derechas o son
percibidos de derechas que aceptan plenamente la ampliación de la sanidad pública, la
educación pública, las subidas de impuestos, el apoyo vía subvención a los sindicatos, la
ampliación de la seguridad social o se muestran reticentes a formas de proteccionismo a
la vez que promueven políticas migratorias de alto coste público. Es decir, defendiendo
idearios y políticas socialdemócratas puras. A la inversa pasa lo mismo, desde que en
los años noventa del siglo pasado se decretara la crisis de la socialdemocracia son
habituales las críticas a partidos de izquierda por llevar a cabo políticas neoliberales que
favorecen al gran capital en detrimento de los derechos de los trabajadores, que llevan a
cabo políticas de austeridad presupuestaria según la coyuntura política, que debilitan a
los sindicatos en las negociaciones con la patronal o que promueven la formación de
auténticas élites político-sociales a través de puertas giratorias o corruptelas de índole
diversa (prevaricación, malversación, cohecho, clientelismo…).

A su vez, en un mundo de grandes bloques económico-políticos que conviven


con poderosos procesos de descentralización, los gobiernos nacionales de los países
postindustriales ven buena parte de sus competencias absorbidas por los entes
regionales (Comunidades autónomas, Landers…) o por los entes supranacionales
(Unión Europea, Mercosur, NAFTA…), de manera que no pueden diferenciarse las
políticas nacionales de partidos de derecha e izquierda tanto como nos imaginamos,
toda vez que, por ejemplo, la política económica española viene, en última instancia,
determinada por la UE, gobierne aquí quien gobierne.

Se pueden distinguir políticas de izquierda y derecha pero cada vez es más difícil
decir que un partido es claramente de derechas o de izquierda cuando vamos más allá de
su programa político y vamos a la realidad de su gobierno.

2. LA IZQUIERDA

Se trata de un concepto gigantesco en política. Lo es por sus múltiples variantes


y por no presentar uniformidad a ningún nivel, ni sincrónicamente ni diacrónicamente.
Es decir, la propia idea de izquierda se ha modificado a lo largo de la historia
(perspectiva diacrónica) aunque también podría defenderse correctamente que han
convivido dos conceptos de izquierda hasta hoy: una izquierda revolucionaria y otra
parlamentaria o pacífica. Además, la izquierda ha dado lugar a ideologías incluso
contradictorias entre ellas en un mismo periodo histórico (perspectiva sincrónica). Por
ello no podemos hablar de la izquierda sino de múltiples izquierdas en función de la
miríada de ideologías que penden de este concepto.

Incluso si huimos de las distinciones tradicionales y nos adentramos en teorías


filosóficas fuera del mainstream como el materialismo filosófico de Gustavo Bueno,
veremos la distinción entre una izquierda definida y una izquierda indefinida con los
tipos que cada una conlleva, que no son pocos.

Cosmovisión de la izquierda

Siempre que hablemos de ideologías de izquierda o pensamiento de izquierdas,


hablamos de igualitarismo. Esto es así porque la idea general de la izquierda que nos
llega a día de hoy no es tanto la interpretación kantiano-rousseauniana (que también)
sino más bien la línea marxista que reinterpreta a los autores anteriores.

La izquierda parte de un conflicto básico en el corazón de la sociedad y es que


vivimos en una sociedad, ya no desigual, sino eminentemente injusta. Y es injusta
porque los poderes tradicionales en su origen y los grandes poderes económicos
actualmente mantienen su posición de privilegio a costa de los que menos tienen. En
líneas generales, los autores de izquierda defenderán la teoría de la dependencia en
virtud de la cual los ricos son ricos porque los pobres son pobres. Esto se ve ya en su
nacimiento en la lucha del pueblo contra su opresor, los privilegiados del antiguo
régimen (el trono y el altar), y se ha visto a los largo de la historia contemporánea en la
lucha del proletariado contra el burgués opresor. Hoy, en el siglo XXI este esquema de
lucha de clases se extrapola a la defensa de cualquier grupo social o ente que se perciba
desfavorecido (feminismo, ambientalismo, animalismo…).

La izquierda se configura alrededor de la lucha contra la opresión y la injusticia


social, luchando contra lo que llamaran el mito de la derecha consistente en pensar que
las desigualdades sociales son un correlato lógico de las desigualdades naturales. A su
vez, lucharán denodadamente contra los instrumentos de opresión (guerras,
colonialismo, capitalismo, globalización…) de dos maneras: por la vía violenta o
revolucionaria o por la vía pacífica o parlamentaria.
Los defensores de la vía revolucionaria entienden que en el sistema económico
movido por el interés de lucro de los burgueses explotadores, éstos nunca cejarán en su
empeño de lucrarse a costa de los débiles e indefensos. Los explotadores, las élites,
crearan Estados y promoverán guerras para abrir nuevos mercados y lucrarse en base a
lógicas de intercambio desigual y esclavitud (comprar materias primas baratas a las
naciones colonizadas para vender productos manufacturados por ellos muy caros a sus
propios paisanos o a las mismas colonias). Así como los privilegiados nunca han dejado
de aprovecharse y de vivir del campesino durante toda la historia de las sociedades
agrarias, el burgués no dejará nunca de vivir del proletario sea al precio que sea. Por ello
hay que erradicar por la fuerza a una clase elitista y parasitaria, junto a su Estado y a sus
mecanismos de control social, para volver a un estado de cosas en que unos ya no
exploten a otros. Aquí se encuadra el comunismo, la primera socialdemocracia y
algunos nacionalismos de izquierda recientes (ETA en España, por ejemplo).

Cabe decir que el comunismo se impuso en 64 países durante el siglo XX y allí


donde triunfó no pudo ser más dramático para la sociedad que vivió terribles dictaduras,
sanguinarias en muchos casos (dictaduras comunistas africanas de Nguema, Abacha,
Mugabe, Idi Amin, Bokassa, Paul Biya o el camboyano Pol Pot, por no hablar de Stalin)
que dejan el escalofriante bagaje de más de 100 millones de muertos en su historia. No
fueron mejores que las dictaduras de derechas.

Los defensores de la vía pacífica lo ven de manera muy diferente. No creen que
la economía determine el rumbo de la historia y piensan que los conflictos de clase y las
desigualdades que genera el sistema capitalista pueden ser corregidos desde la política.
Por ello abogan por actuar desde el arco constitucional y los medios democráticos, sin
violencia. No ven al Estado como un ente predatorio sino que abrazan la tradición
contractualista de Hobbes a Siéyes que ve al Estado como un mediador necesario que
regula la convivencia de la población y se pone al servicio del ciudadano para mejorar
su calidad de vida. No niegan que la sociedad sea desigual o injusta, en buena medida
comparten el diagnóstico de los revolucionarios, pero no comparten sus métodos ni sus
metas. Esta sería la cosmovisión propia de la socialdemocracia actual.

A medio camino entre estas dos vías encontraríamos el anarquismo que


comparte el diagnóstico de la sociedad que hace el marxismo y defiende la desaparición
de todo gobierno obligatorio y del Estado, en pos de la libertad del individuo y del
colectivo en un régimen de voluntariedad; niega la democracia representativa afirmando
que la función del Estado, en ese campo, es nula u opresora. No obstante, no defiende la
vía revolucionaria sino que apela a la desconexión del Estado mediante la formación de
cooperativas, sindicatos, comunas u organizaciones de libre unión.

Sea como fuere, el pensamiento de izquierdas del común de los mortales es


intervencionista por oposición al de derechas. Pretende que el Estado sea grande y se
ocupe de regular la economía y nacionalizar servicios básicos como la educación o la
sanidad para intentar asegurar el acceso a todo el mundo. Por ese mismo afán corrector
de los vicios del sistema capitalista serán partidarios del reformismo social y se alejarán
del tradicionalismo. No debe extrañar que sean laicistas y que, por encima de todo, no
sean nacionalistas pues entienden que la lucha es a favor de los oprimidos y eso no
entiende de fronteras nacionales. La defensa de la separación, el privilegio, la tradición
y el terruño es de derechas por más que a finales del siglo XX aparecerían izquierdas
nacionalistas. Abogarán siempre por los derechos colectivos y, en líneas generales,
priorizarán la política igualitarista a la libertaria.

La Nueva Izquierda

Concepto muy ligado a la tan cacareada crisis de la socialdemocracia a partir de


los años 90 del siglo pasado. Al empezar el siglo XX, la izquierda política se manifiesta
prácticamente en forma de socialdemocracia en cualquier país postindustrial y se dice
que sufre una crisis galopante en dos fases:

 Durante los 90 del siglo XX se decía que la izquierda había cedido a los
intereses del gran capital, que ya no velaba por la causa obrera y que había sido
comprada por las grandes multinacionales tras la caída del comunismo.
 A partir de la primera década del siglo XXI se defiende algo que, a primera
vista, choca con las críticas de los 90. Como la causa obrera ya no da votos en
las sociedades acomodadas postindustriales, hay que buscar un nuevo semillero
de votos extrapolando el esquema de lucha de clases que caracterizó al
sindicalismo socialdemócrata a movimientos sociales supuestamente
minoritarios e igualmente oprimidos.
Así, la Nueva Izquierda amplia la base de su lucha social más allá del obrerismo
e incluye a los siguientes movimientos sociales que se moverán, fundamentalmente, en
la órbita de las izquierdas:

 Sindicalismo: Reivindica los derechos de los trabajadores y controla sus


manifestaciones.
 Ecologismo: Propone una sociedad respetuosa con el medio ambiente.
 Antiespecismo: Defiende la igualdad social, jurídica y moral entre seres
humanos y animales. Estrechamente relacionado con el veganismo.
 Pacifismo: Rechaza las guerras y cualquier tipo de violencia con fines políticos.
 Feminismo: Persigue la equiparación social entre hombres y mujeres.
 Antirracismo: Rechaza cualquier discriminación entre seres humanos por
motivo de raza o etnia.
 Antifascismo: Oposición a las ideologías ultraderechistas.
 Movimiento LGBT: Defiende la no discriminación y reivindicación de
derechos de lesbianas, gais, bisexuales y transexuales.
 Movimiento anticonsumismo: Oposición al consumo exagerado y artificial
producido por el mercado.
 Movimiento antiglobalización: Denuncia las desigualdades provocadas por la
llamada globalización.
 Laicismo: Propone un estado sin religión dominante, o sea, laico.
 Teología de la liberación: Reivindicaciones y objetivos de la izquierda política
en el seno del movimiento católico en favor de los más pobres.

3. LA DERECHA

El significado de la derecha también varía según las sociedades, las épocas


históricas y los sistemas e ideologías políticas. En las democracias liberales, la derecha
política en teoría se opone a la socialdemocracia, el laborismo y el socialismo. Los
partidos de derecha tradicionalmente incluyen conservadores, demócratas cristianos y
nacionalistas. Además, autores como Roger Eatwell y Neal O'Sullivan dividen la
derecha en cinco tipos: reaccionaria, moderada, radical, extrema y nueva derecha. No
son los únicos, Gustavo Bueno nos habla de derecha tradicional y derecha no alienada
diciéndonos que la primera hay que subdividirla en tres variantes: la derecha primaria,
la derecha liberal y la derecha socialista.

Quiero decir con esto que no hay un solo concepto de derecha sino muchos.
Ahora bien, nuestro objetivo no es desarrollar cada categoría sino dar una serie de
conceptos funcionales que ayuden al alumno de ESO o bachillerato a distinguir con
claridad la idea de derecha, al menos como se ha entendido tradicionalmente.

Cosmovisión de la derecha

El catedrático de teoría política por la Universidad de Berlín, Ignacio Sotelo, nos


explica que la visión del mundo de las derechas, históricamente, es conservadora y
jerárquica. Entienden que las diferencias naturales dan lugar a desigualdades sociales
por lógica y principio. Es decir, las desigualdades naturales (los hay que son más altos,
más listos, más trabajadores, más delgados…) que son obvias e indiscutidas inciden o
más bien determinan la instauración de desigualdades sociales. Es decir, los que son
más ricos o exitosos en la vida lo son porque son más listos, más trabajadores, más
guapos, etc. Les favorece el acervo genético.

Esta idea nos lleva a entender que el pensamiento de derechas no ve un problema en


un orden social desigual, no ve injusticia en ello, sino un correlato de las capacidades de
cada uno. Por ello fenómenos como la pobreza y la riqueza, la marginación o el ascenso
social o las distinciones de clase no son vistos como la consecuencia de un orden injusto
que las élites imponen a las capas inferiores sino como la consecuencia de las decisiones
personales que uno toma a lo largo de su vida, principalmente. Tradicionalmente, se
justificaban las desigualdades sociales en base a un orden divino establecido desde la
cuna. No obstante, cuanto más nos acercamos al siglo XXI, estas se justifican más en
base a la naturaleza humana, la economía o el derecho natural más que al derecho
divino o a la tradición.

Por ejemplo, El teórico político Edward Banfield apuntó al fenómeno de la


preferencia temporal como la explicación subyacente a la pobreza. Las culturas que no
tienden al ahorro sino que tienden al gasto inmediato de lo que ganan tienen una
preferencia temporal muy corta que les sume en la pobreza crónica, como sucede en
sociedades orgánicas en las que el beneficio de un miembro de la comunidad se
socializa entre los otros miembros de forma inmediata. Por el contrario, las sociedades
capaces de reprimir el tiempo, de sacrificar un beneficio ahora para obtener un beneficio
mayor en el futuro son las que se permiten ahorrar e invertir sabiamente ese ahorro en
bienes de capital que les ayudará a producir más. En sociedades agrícolas, ahorrar un
poco cada mes para poder comprar un tractor pequeño con el tiempo, multiplicará la
producción de ese campesino por mucho y así será que irá saliendo de la pobreza
siguiendo la fórmula capitalismo (invertir sabiamente en bienes que te permitan
producir más en el futuro), ahorro y trabajo duro.

El sociólogo conservador Daniel Bell en su libro Las contradicciones culturales del


capitalismo nos advierte de algo parecido. Los valores de ahorro, autocontrol, sacrificio,
frugalidad, lealtad y los buenos hábitos de inversión que han levantado la sociedad
industrial se están perdiendo en las generaciones que viven en la sociedad
postindustrial. Movidos por la abundancia de la sociedad en la que nacieron, cultivan el
hedonismo, la cultura de la inmediatez y la necesidad de obtener satisfacción aquí y
ahora a cualquier demanda que tengan, lo cual los convierte en generaciones de cristal,
poco proclives a reproducir los valores que nos han hecho ricos y muy dispuestos a
reproducir patrones que nos llevaran a la pobreza.

Los valores de orden, tradición y jerarquía son fundamentales para la mente


conservadora, de ahí que históricamente sean aislacionistas y no especialmente
proclives a mezclarse con alguien que no esté en sus coordenadas culturales, morales e,
incluso, económicas pues se sobreentiende que si la persona tiene los valores que hemos
explicado, necesariamente ha de alcanzar un estatus determinado que place al
conservador. Al aislacionismo lo acompaña el clasismo en lo social y el proteccionismo
en lo económico. Hay que decir que a medida que nos acercamos al siglo XXI estas
tendencias se van diluyendo pues desde la derecha política hoy se es más liberal en lo
económico que proteccionista (que también según sopla el viento) y, en lo social,
también cabe apuntar que sociedades cada vez más aconfesionales y más diversas hace
que las rígidas estructuras clasistas del pasado sean cada vez más difíciles de mantener
aunque existan.
Como hemos dicho, no existe una definición unívoca de derecha aunque podríamos
decir que en relación a las siguientes dicotomías la derecha siempre se va a situar más
cerca de la primera opción que de la segunda:

La derecha siempre estará más cerca de defender el individualismo y los derechos


individuales que el colectivismo o los derechos colectivos a los que verá como una
amenaza a la libertad de cada uno. Por supuesto, defenderán la confesionalidad frente
al laicismo, la propiedad privada frente a la propiedad pública de ciertas actividades
económicas, la igualdad de oportunidades frente a igualdad de resultados, el
tradicionalismo frente a reformismo social, al conservadurismo frente al progresismo y
al liberalismo social, a la patronal frente al sindicato y a la iglesia frente a los poderes
civiles.

Lo que no hay que perder en ningún momento de vista es que la derecha política es
hoy democrática, parlamentarista y constitucionalista e insisto en que lo dicho hasta
ahora, muchas veces se diluye en la complejidad del momento político actual. No son
características muy rígidas en la práctica política de nuestros días.

La extrema derecha

Hay un debate reciente sobre la definición de la extrema derecha básicamente


porque el concepto se ha generalizado y se ha convertido en moneda de cambio habitual
en cualquier conversación de bar.

Lo que acabo de escribir no es baladí. Este concepto se generaliza no porque el


común de los mortales sea especialista en teoría política sino porque ha sido
bombardeado desde los medios de comunicación masivos con este concepto. En España
se ha utilizado este concepto así como el de fascista para descalificar a opositores
políticos en el parlamento. Lo mismo ha sucedido con el concepto de comunista,
bolivariano o chavista cuando desde opciones de derechas se ha querido descalificar a la
izquierda en el parlamento. Sea como fuere, este concepto nos llega desde los medios de
comunicación masivos atizados por la clase política. Desde 2022, parece que brotan
como setas tras la lluvia sesudos estudios de académicos de cámara que se dedican a
definir la “nueva extrema derecha” para legitimar lo que el político de turno lanza como
propaganda para ganar el voto.

Tradicionalmente, la extrema derecha no es aquel que utiliza un discurso racista-


xenófobo y defiende postulados ultranacionalistas, como se dice hoy. Esto es una
simplificación burda que está muy de moda y tiene mucho más de consigna periodística
propagandística que de análisis serio de la política del momento.

Para autores especialistas en extrema derecha española como José Luís Rodríguez
Jiménez, la extrema derecha tendría las siguientes características, que voy a resumir en
10 para no cansar:

1. Es antidemocrática, abomina de los mecanismos directos e indirectos de


democracia y prefiere un pequeño grupo de corporaciones o familias
clientelares con el que tomar decisiones. Cuando no sea oligárquica, la extrema
derecha defenderá el culto al líder sin fisuras.
2. Es antiparlamentaria i anticonstitucional. Ello implica una negación total de
conceptos como soberanía nacional o soberanía popular.
3. Está contra la separación de poderes toda vez que el poder se aglutina en los
órganos del partido.
4. Sigue una lógica de partido único. La extrema derecha abomina de las
alternativas políticas al considerarlas incapaces y un lastre para el desarrollo.
No hay posibilidad de disentir.
5. Eliminará todo derecho colectivo que suponga la creación de algo que
pueda suponer una amenaza al statu quo. Ello implica prohibir el derecho de
reunión, de asociación, de libertad de prensa, de expresión…
6. Nada puede estar a la altura o sobre el Estado. No sólo no se acepta la
alternativa política sino que se entiende que el ciudadano está al servicio del
Estado y no el Estado al servicio del ciudadano.
7. Es ultranacionalista y, por ello, extremadamente centralista en cuanto a la
organización política. Hay que puntualizar que ser ultranacionalista no tiene que
ver con tener un discurso agresivo ante todo tipo de separatismo. Tiene que ver
con prohibirlo, perseguirlo, eliminarlo físicamente o exiliarlo.
8. Es racista, supremacista y xenófoba. Una vez más aquí hay que puntualizar
que no se trata de manifestarse contra la inmigración ilegal, endurecer el acceso
por los pasos fronterizos como en Suiza o Australia o hacer proclamas
islamófobas. Se trata de que en su culmen, los Einsatzgruppen de Himmler
mataron a más de un millón cuatrocientos mil extranjeros entre judíos, romaníes
y eslavos (dejamos aparte la solución final). Es otro nivel.
9. Es extremadamente religiosa. La religión juega su papel en la organización
política y social del país. Sin llegar a la implementación de una teocracia, la
extrema derecha es cualquier cosa menos laica.
10. Es química y temperamentalmente contraria al comunismo. La lucha es,
como no puede ser de otra manera en la extrema derecha, a muerte contra el
comunismo.

Nueva Extrema Derecha

Por más que me parece un concepto de uso propagandístico, es necesario explicar


como mínimo cual es la cosmovisión o idea general de sociedad que tiene esa supuesta
Nueva extrema derecha y que soluciones da a lo que considera que está errado. Ni que
decir tiene que lo que escribiré se explica desde la perspectiva de autores de izquierda
exclusivamente.

Con respecto a la teoría política de la derecha radical (expresión anglosajona) o


nueva extrema derecha (expresión europea), si tuviera que presentar un esquema sobre
sus posiciones en torno al diagnóstico de la sociedad, los objetivos que plantean y los
medios a los que recurren, llegaríamos a lo siguiente:

 Un diagnóstico decadentista. La extrema derecha contemporánea parte de


entender el mundo como amenazado por la degeneración (algo que habría
empezado con la Ilustración), donde el igualitarismo es la principal
desgracia que enfrenta la sociedad. El despliegue de una ideología de lo
mismo (igualitarismo), en palabras de Benoist, estaría socavando la
naturaleza humana, jerárquica y apegada a los valores tradicionales. El
multiculturalismo es la forma más avanzada del igualitarismo, ya que está
acabando con las identidades nacionales, sustituyendo la civilización
occidental por una musulmana, lo que, inevitablemente, genera un conflicto
violento entre etnias. La familia heteronormativa es víctima también de
estos ataques, ya que representa la educación en valores cristianos. Los
responsables de esta decadencia serían los miembros de la élite global, que
preocupados únicamente por sus intereses económicos habrían autorizado a
la pérdida de soberanía de los Estados-nación.

 Unos objetivos etnonacionalistas. El objetivo principal de la derecha


radical es enfrentar esta decadencia, poniendo como protagonista de la
acción a las comunidades étnicamente homogéneas. Las reivindicaciones
nacionalistas siguen siendo claves, pero, en lugar de actuar los Estados de
forma aislada, se apuesta por la actuación de Occidente, Europa o la
población blanca en un intento de conformar sociedades donde reine el
“derecho a la diferencia”, es decir, donde cada comunidad étnica esté
territorialmente ubicada (cada etnia es superior en su territorio) y no
mezclada con otras, única forma de preservar las identidades nacionales y
de establecer una “unidad cultural”. Los objetivos nacionalistas se vinculan
con objetivos contrarios a la redistribución económica, en tanto paradigma
del igualitarismo.

 Una estrategia metapolítica y reformista. La receta de la derecha radical


para librar a Occidente de la degeneración es un combate que puede
dividirse en dos partes: una anterior a la toma del poder político y otra en el
poder político. En la primera se optaría por una estrategia metapolítica,
mediante la cual se interviene en la lucha cultural, entendiendo que solo tras
alcanzar la hegemonía cultural se puede tomar el poder político (siguiendo
la lectura de Antonio Gramsci que también hace la izquierda). En la
segunda se optaría por una estrategia reformista, orientada a aplicar medidas
desde el Estado que, progresivamente, vayan realizando el ideal de
comunidad étnicamente homogéneo al que se aspira (con restricciones a la
inmigración, por ejemplo), así como medidas neoliberales para contrarrestar
el igualitarismo y el despliegue de un programa autoritario para socavar el
contenido democrático de las instituciones.
4. EL DISCURSO DE LA MODERNIDAD Y SUS RESONANCIAS
POLITICAS

Es posible definir modernidad desde muchos puntos de vista aunque, para el curso
que nos ocupa, he dado dos posibles definiciones:

A) O bien la entendemos como un período cultural que comprende la segunda


mitad del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX.
B) O bien la entendemos como un discurso cultural, un conjunto de valores que
caracterizan el cambio de mentalidad que el mundo (especialmente el
desarrollado) ha llevado a cabo durante el periodo antes citado.

Si entendemos el origen de este cambio de mentalidad, la explicación del discurso


cultural de la modernidad se simplifica considerablemente. Hay que retroceder a los
orígenes de la Revolución Francesa y al desarrollo de la Revolución Industrial para
entender como el paso de la época moderna a la época contemporánea supone un
cambio a todos los niveles (económico, político, social, etc.).

De la misma manera que la era moderna se apoyaba en determinados valores de


base como la adhesión hacia lo religioso, la permanencia de la tradición, el valor
superior del Rey o el emperador, la legitimidad de las diferencias sociales, los valores
de la vida rural, etc. En la época contemporánea veremos nacer valores, frecuentemente
opuestos a los anteriores, que contribuirán a consolidar los cambios que se den a
muchos otros niveles. Y es que cualquier cambio social está acompañado de una
retórica que lo impulsa, que nos convence de la bondad de ese cambio social y hace que
lo apoyemos.

Por ejemplo, si nuestra sociedad fuera confesional (religiosa), ¿qué necesidad


tenemos de desarrollar la ciencia si el destino de cada uno está ya escrito de antemano
por Dios? Si Dios ya no ocupa un lugar preeminente en nuestra vida, a lo mejor
empezamos a creer que una esperanza de vida superior a los 20 o los 30 años es posible
si la ciencia nos ayuda a través de la experimentación química (encontrar
medicamentos), de la higienización de los entornos urbanos (medidas urbanísticas
higienistas) y de la capacidad para conservar mejor los alimentos (pasteurización…).
Esto requiere de un cambio de mentalidad y nuevos valores.

El origen más reconocible del discurso de la modernidad está en la Ilustración, esa


corriente cultural de finales del siglo XVIII que se opone al conjunto de valores que
sustentaban al Antiguo Régimen. Desde París y de la mano de autores como Voltaire,
Montesquieu, Rousseau, Laplace, Condorcet, Sieyès o Jean-Baptiste Say nos empezarán
a llegar nuevas ideas que desafiarán el orden establecido y marcarán el cambio de
época.

Montesquieu se manifestará contra la monarquía absoluta y abogará por el


parlamentarismo y la división de poderes; Voltaire abogará por la separación entre
Estado y religión y se mostrará abiertamente anticlerical, no por oponerse a la fe de cada
uno sino por oponerse a la iglesia como sistema de opresión; Rousseau se manifestará
contra las divisiones estamentales y en él encontraremos el origen del igualitarismo;
Sieyès es un demócrata convencido, Say un liberal de libro y Laplace un científico
eminente continuador de la teoría newtoniana según la cual la dinámica del universo (su
pasado y su futuro) era predecible científicamente.

A estas ideas les añadimos las de la Revolución industrial en Inglaterra. No sólo las
ideas de Newton en virtud de las cuales la ciencia puede explicar la realidad de
principio a fin sin mediación de Dios; pensad en el perfeccionamiento de la sembradora
mecánica, el perfeccionamiento de la máquina de vapor o la aparición de las máquinas
de hilar. No son tonterías, de golpe el campo puede producir mucho más si le aplicamos
maquinaria que si le aplicamos el trabajo humano o de animales de carga. Esto significa
que morir de hambre por una cosecha escasa no es cosa de Dios y no hay que resignarse
por ello, es que no conocemos y aplicamos la ciencia al campo. Imaginad las redes
ferroviarias, los trenes o la navegación a vapor: esto nos conecta, no permite mover
nuestro excedente, hacer negocios con gente desconocida, invertir, conocer
innovaciones tecnológicas y enriquecernos.

Lo que nos dicen los ilustrados es que el camino hacia el futuro depende de
nosotros, que ese futuro promete un progreso ilimitado siempre que nos dejemos guiar
por la razón y la ciencia y que tanto la sociedad como la naturaleza humana se pueden
modificar a través de nuestras acciones políticas y económicas. Esto es así porque
estamos aprendiendo a dominar la naturaleza, entendemos sus lógicas internas y las
utilizamos a nuestro favor. Entendemos cómo funciona la realidad, sabemos describirla
cada día mejor, tenemos teorías y leyes científicas que nos aseguran resultados
(medicinas, construcciones, telecomunicaciones y todo tipo de innovaciones que nos
hacen la vida placentera y fácil como en ningún otro momento de la historia) y maneras
de organizarnos socialmente de manera más justa y eficaz de manera que más y más
gente salga de la pobreza a través de las décadas.

Este es el discurso de la modernidad, el conjunto de valores que hoy compartimos


en los países desarrollados y que han permitido el desarrollo del sistema capitalista, la
sociedad de consumo y la contemporaneidad tal y como la conocemos.

Históricamente, derechas e izquierdas asumieron este conjunto de valores con no


pocas reservas.

La izquierda siempre ha denunciado un reverso negativo en todo este discurso tan


optimista: ¿Es que el progreso no tiene costes (los países pobres pagan el desarrollo de
los ricos)?, ¿Todo progreso es humano (primeras ciudades industriales como focos de
muerte, explotación del proletario)?, ¿Es que la ciencia que nos ayuda a avanzar no
puede contribuir a nuestra destrucción (guerras mundiales)?, ¿Es que los nuevos valores
no contribuyen a la implementación de un nuevo sistema de dominación (globalización,
sistema-mundo)?

La derecha por su parte, ha sido históricamente reticente a fenómenos tan propios de


la modernidad como la inclusión de las masas en la toma de decisiones políticas, la
aparición de contrapoderes en la sociedad civil como los sindicatos o a la
multiculturalidad de las sociedades desarrolladas por ser una amenaza a la
supervivencia de los valores tradicionales, entre otras cosas.

Para la izquierda la modernidad siempre ha sido demasiado de derechas y para la


derecha, demasiado de izquierdas. No obstante, es un fenómeno ampliamente aceptado
e incorporado al ADN cultural de nuestras sociedades.

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