0000551
QUINIENTOS CINCUENTA Y UNO
2025
REPÚBLICA DE CHILE
TRIBUNAL CONSTITUCIONAL
____________
Sentencia
Rol N° 15.632-24 INA
[17 de abril de 2025]
____________
REQUERIMIENTO DE INAPLICABILIDAD RESPECTO DEL
ARTÍCULO 523, N° 4°), DEL CÓDIGO ORGÁNICO DE TRIBUNALES
WILLIAMS RAÚL ÁVILA PÉREZ
EN EL PROCESO ROL N° 16.694-2024, SOBRE RECURSO DE PROTECCIÓN,
SEGUIDO ANTE LA CORTE DE APELACIONES DE SANTIAGO, ACTUALMENTE
PENDIENTE ANTE LA EXCMA. CORTE SUPREMA, POR RECURSO DE
APELACIÓN DE INADMISIBILIDAD, BAJO EL ROL N° 28.846-2024
VISTOS:
Introducción
A fojas 1, con fecha 26 de julio de 2024, Williams Raúl Ávila Pérez deduce
requerimiento de inaplicabilidad por inconstitucionalidad respecto del
artículo 523, N° 4°), del Código Orgánico de Tribunales, en el proceso Rol N°
16.694-2024, sobre recurso de protección, seguido ante la Corte de Apelaciones
de Santiago, actualmente pendiente ante la Excma. Corte Suprema, por
recurso de apelación de inadmisibilidad, bajo el Rol N° 28.846-2024.
Precepto legal impugnado
El precepto cuestionado dispone:
“Art. 523. Para poder ser abogado se requiere:
(…)
4°) Antecedentes de buena conducta.
(…)”
1
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QUINIENTOS CINCUENTA Y DOS
Antecedentes y conflicto constitucional sometido al conocimiento y
resolución del Tribunal
En cuanto a la gestión judicial pendiente que sirve de antecedente al libelo de
inaplicabilidad, la parte requirente, don Williams Raúl Ávila Pérez explica
que dedujo recurso de protección en contra de la resolución de la Excma.
Corte Suprema, de fecha 3 de junio de 2024, por la cual, aplicando la norma
impugnada que se contiene en el reprochado artículo 523 Nº4 del Código
Orgánico de Tribunales, resolvió el Procedimiento Administrativo Expediente
TI-2409-2020 para abrir Carpeta de Titulación de Abogado, rechazando la
petición del requirente para recibir el Juramento de Abogado, por estimar la
Excma. Corte Suprema que el señor Ávila Pérez no contaba con “buena
conducta”.
En el recurso de protección se alega que la resolución antedicha es
ilegal y arbitraria, y conculca diversos derechos fundamentales del actor,
siendo el precepto reprochado desde luego una norma decisoria litis de la
acción de protección.
El Recurso de Protección, al momento de interponerse la
inaplicabilidad de autos, se encontraba pendiente, en estado de ser conocida
por la Excma. Corte Suprema la apelación respecto de la resolución de la Corte
de Apelaciones que declaró inadmisible el recurso.
Explica el requirente que es Licenciado en Ciencias Jurídicas de la
Universidad de Ciencias de la Informática y que, con fecha 05 de diciembre de
2023, presentó ante la Excma. Corte Suprema (Rol Expediente TI-958-2009),
una nueva solicitud de Reconsideración Fundada llamada también reposición
extraordinaria, con nuevos antecedentes, presentando entre otros, las
sentencias del Excmo. Tribunal Constitucional roles N°13.081-2022 y Rol
N°13.913-2022 que declararon inaplicable por inconstitucional el mismo
artículo 523 N°4 del Código Orgánico de Tribunales, por cuanto su aplicación
en dichos casos, similares al de autos en la forma y en el fondo), implicaba
una vulneración de las garantías constitucionales de la igualdad ante la ley y
la libertad de trabajo. Sin embargo, indica la parte requirente que la Excma.
Corte Suprema, aplicando la norma legal impugnada, rechazó la solicitud de
juramento, teniendo en consideración que los nuevos argumentos vertidos no
logran desvirtuar las circunstancias que se tuvieron en consideración al
momento de denegar la solicitud de juramento, particularmente la anotación
por delito de cohecho.
Explica el requirente que el elemento central de los razonamientos de
los señores ministros que conducen a las conclusiones del fallo en la gestión
judicial pendiente, es que la aplicación del precepto cuestionado significa
haber calificado al requirente como “inapto moralmente”, juicio de valor que
en este caso concreto, restringe desproporcionadamente diversos derechos
fundamentales del requirente, ya que dicha calificación se deriva de un hecho
que ha desaparecido del ordenamiento jurídico, atendido que el requirente ha
borrado sus antecedentes y por consiguiente no tiene antecedentes penales,
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QUINIENTOS CINCUENTA Y TRES
siendo aplicable plenamente lo prescrito en el D.L. 409 del año 1932, del
Ministerio de Justicia, y debiendo por tanto el requirente ser tratados igual
que aquellas personas que nunca han tenido ni tienen antecedentes.
Luego y entrando al conflicto constitucional, se indica por la parte
requirente que la aplicación a la gestión judicial invocada del artículo 523, N°
4°), del Código Orgánico de Tribunales transgrede principios fundamentales
del ordenamiento jurídico, tal como ya lo declaró esta Magistratura
Constitucional en las sentencias precedentes contenidas en los expedientes
roles N°s 13.081-22 INA y 13.913-22 INA, casos ambos en que se declaró
inaplicables a los casos particulares el mismo precepto legal que se viene
impugnando.
Estima la requirente que la aplicación del precepto impugnado al caso
particular es contraria a lo dispuesto en el artículo 19 N°s 2, 3, 4, 16, 17, 21, 24
y 26 de la Constitución Política de la República.
Desde luego, se afirma que aplicar el artículo 523 Nº 4 del COT cuando
exige “buena conducta” para poder denegar el juramento de abogado, deja
una margen a una interpretación tan amplia, que hace que su aplicación
pueda tener efectos inconstitucionales, como sucedió en el caso concreto.
Así, se alega que la aplicación del artículo 523 Nº 4 del COT en la
especie al plantear como requisito para obtener el título de abogado, contar
con antecedentes de buena conducta, deja en la ley un concepto abierto, sin
descripción de ninguna especie, y sin parámetros para el juez que debe
aplicar la norma, lo que la torna una norma difusa con efectos que, en el caso
concreto permitieron que el requirente se vea impedido de acceder al Título
de Abogado.
Así, la aplicación de la norma reprochada a la acción de protección que
constituye la gestión judicial invocada, a entender de la parte requirente,
importa las siguientes infracciones constitucionales:
a. Al derecho a la Igualdad ante la Ley: artículo 19 N° 2 de la Carta
Fundamental;
b. A la Garantía Prevista en el artículo 19 N°3, inciso primero, de la
Constitución, esto es, igual Protección de la Ley en el ejercicio de los
derechos;
c. A la Garantía prevista en el artículo 19 Nº 4, esto es, el respeto y
protección a la vida privada y a la honra de las personas;
d. A la Garantía prevista en el artículo 19 Nº 16 esto es, la Libertad de
Trabajo y al derecho a su libre elección y libre contratación;
e. A la Garantía prevista en el artículo 19 Nº 17, esto es, el derecho a
acceder a la función pública;
f. A la Garantía prevista en el artículo 19 Nº 21, esto es, el derecho a
desarrollar actividades económicas;
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QUINIENTOS CINCUENTA Y CUATRO
g. A la Garantía prevista en el artículo 19 Nº 24, esto es, el Derecho de
Propiedad;
h. A la Presunción de Inocencia, garantizada en el Artículo 19 N° 3 inciso
séptimo;
i. Y la afectación de los derechos precitados en su esencia. Artículo 19 Nº
26, todos de la Constitución Política de la República.
Enfatiza el requirente en la vulneración de la igual protección de la ley
en el ejercicio de sus derechos, y la infracción al artículo 19 constitucional, en
sus numerales 16, 17 y 21, en tanto el actor se ha visto privado de poder
acceder al ejercicio de su profesión para lo cual estudió una carrera bastante
larga dedicando muchísimos años de esfuerzo, por lo que se podría estimar
ilegítimamente coartada su libertad de trabajo y protección del mismo y
privado al mismo tiempo de ser admitido a funciones y empleos públicos en
igualdad de condiciones ya que, aun cumpliendo los requisitos que la
Constitución y las leyes establecen, no le ha sido posible acceder a jurar como
abogado.
Explica que en este caso también se configura una vulneración a la
igualdad ante la ley, si hace ya diez años a la fecha que fueron borrados sus
antecedentes para todos los efectos legales y administrativos, y debiendo por
tanto considerarse como si nunca hubiere delinquido, lo que estima evidencia
la irrefutable e indesmentible arbitrariedad del acto de la Corte Suprema,
basando en una anotación prontuarial inexistente al momento de dictar su
resolución.
Tramitación y observaciones al requerimiento
El requerimiento fue acogido a tramitación y declarado admisible por la
Primera Sala de este Tribunal Constitucional; decretándose la suspensión del
procedimiento en la gestión judicial invocada, conforme consta en
resoluciones que rolas a fojas 33 y 313.
Conferidos los traslados de fondo a los órganos constitucionales
interesados y a las demás partes en la gestión invocada, fueron formuladas
observaciones dentro de plazo por el Consejo de Defensa del Estado (CDE), en
representación del Estado de Chile y en el interés de la Excma. Corte Suprema
de Justicia.
En su presentación de fojas 492, la parte requerida afirma que
efectivamente la Excma. Corte Suprema ha resuelto rechazar la solicitud de
otorgamiento de título de abogado, o las reposiciones respectivas, con motivo
del incumplimiento de la exigencia dispuesta en el N° 4 del artículo 523 del
Código Orgánico de Tribunales, norma que en su aplicación al juicio sub lite
no genera efecto alguno contrario a las garantías constitucionales de la parte
requirente.
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QUINIENTOS CINCUENTA Y CINCO
Desde luego, se consigna por el CDE que el Código Orgánico de
Tribunales otorga una facultad privativa, exclusiva y excluyente a la Excma.
Corte Suprema para otorgar el título de abogado, y que para ejercer dicha
facultad la Excma. Corte Suprema, requiere de la comprobación en forma
previa, que el postulante reúna los requisitos establecidos en las disposiciones
legales respectivas, pues de otro modo dicha función y facultad de autorizar el
ejercicio de la profesión de abogado en nuestro país, como en el caso de autos,
se traduciría en una mera constatación de que se ha presentado la
documentación exigida, sin analizar el mérito de esos antecedentes. En efecto,
para ejercer la facultad mencionada, la Excma. Corte Suprema, debe y tiene
que realizar un análisis de mérito de los antecedentes que en cada caso el
peticionario debe presentar para efectuar la declaración correspondiente.
Se añade que el requerimiento de fojas 1 confunde dos conceptos
jurídicos diferentes: un requisito con una sanción, descansando toda su
estructura argumental sobre un grave error conceptual, como es estimar que
nos encontramos en presencia de una sanción. Lo anterior toda vez que el Nº
4 del artículo 523 del Código Orgánico de Tribunales es claro en disponer una
exigencia para la obtención del título de abogado: “Antecedentes de buena
conducta”. En consecuencia, nos encontramos frente a un requisito legal, lo
que resta todo mérito a las alegaciones de la parte requirente.
Así, la no existencia de una circunstancia exigida como requisito para
el ejercicio de determinados derechos, importa una exclusión razonable, que
en caso alguno puede ser considerada como una sanción jurídica. En el caso
particular, este tipo de requisitos -como muchos otros en la legislación-
pueden verse como un efecto desfavorable conexo a la propia sanción, pero
ello, en caso alguno comunica el carácter sancionatorio de aquella sanción a
todos los requisitos, inhabilidades o exclusiones que tome en consideración
aquella sanción.
Se añade por el CDE que la exigencia de requisitos para obtener el
título de abogado tiene su amparo en la propia Constitución Política de la
República, que en su artículo 19 N° 16, inciso cuarto asegura a todas las
personas la libertad de trabajo y su protección, además de que “la ley
determinará las profesiones que requieren grado o título universitario y las
condiciones que deben cumplirse para ejercerlas", y se añade que el requisito
de buena conducta se justifica atendida la indiscutible función pública que
cumplen los Abogados y su colaboración con el servicio judicial, por lo cual se
le imponen a esos profesionales deberes superiores a los meramente
privados.
Así, el requisito de buena conducta corresponde a una exigencia legal
ineludible, junto a las demás contenidas en el artículo 523 del Código
Orgánico de Tribunales.
En seguida, se afirma que en la especie no se vislumbra infracción
alguna en relación con la proporcionalidad ni nos encontramos frente a una
norma indeterminada o abierta, sin parámetros para su aplicación por el juez,
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QUINIENTOS CINCUENTA Y SEIS
desde luego, porque esta alegación, solo es procedente para el caso de
sanciones, lo que no ocurre en autos.
Además, la norma que se viene impugnando de inaplicabilidad forma
parte de las facultades económicas o administrativas de los tribunales
superiores de justicia, facultades que tienen rango constitucional. Así, en
definitiva el requerimiento no cuestiona las disposiciones del Código Orgánico
de Tribunales, sino que acusa como inconstitucionales las facultades
administrativas y económicas que tienen los tribunales superiores de justicia,
siendo que constitucionalmente la Excma. Corte Suprema ejerce la
superintendencia directiva, correccional y económica de los tribunales de la
nación, y debe velar porque los funcionarios judiciales y los auxiliares de la
administración de justicia sean idóneos para ejercer sus cargos.
En el mismo sentido, es claro que el requerimiento de inaplicabilidad
por inconstitucionalidad de autos carece de fundamentos, ya que el mismo no
cuestiona la constitucionalidad de preceptos legales del Código Orgánico de
Tribunales, sino más bien se está cuestionando las facultades administrativas
y económicas de los Tribunales Superiores de Justicia, y en concreto, la
facultad de establecer si el postulante cuenta o no, con los requisitos para
ejercer la profesión de abogado.
Dicho lo anterior, cae asimismo la argumentación sobre infracción al
non bis in ídem o a la presunción de inocencia, toda vez que la negativa a
acceder a la titulación no puede ser considerada sanción, puesto que con ella
no se busca reprender al sujeto que cometió la ilicitud, sino que opera
después y como la verificación de la inconcurrencia de un requisito legal. Si la
decisión no es una sanción, malamente puede alegarse una vulneración al
principio del non bis in ídem.
Agrega la parte requerida que la decisión de la Excma. Corte Suprema
no es arbitraria, desde que la requirente ha confundido el concepto de
discrecionalidad con el de arbitrariedad, especialmente a la hora de realizar
un ejercicio de estimación la buena conducta exigida por la norma. Y se
afirma que el hecho de que existan factores de discrecionalidad en la
asignación de potestades como en este caso, no implica que la Excma. Corte
Suprema pueda actuar obviando el marco de la ley que se la ha conferido, ya
que ésta “fija el alcance del poder que le otorga y los fines que debe servir”. Así,
el asunto que pretende debatir el requirente versa sobre el sentido y alcance
que discrecionalmente -y no arbitrariamente como se sostiene- le da la Corte
Suprema a un concepto jurídico determinado contenido en el precepto
impugnado, como lo son los antecedentes de buena conducta del postulante.
En fin, la norma impugnada no afecta el principio de proporcionalidad,
en primer lugar, porque el artículo 523 Nº 4 del Código Orgánico de
Tribunales establece un elemento ponderador de la aplicación del requisito
para la titulación, eso es la buena conducta previa del que pretende titularse
de abogado, es decir, la ley establece que no toda persona que haya cumplido
los requisitos académicos pueda recibir el título de abogado, sino en aquellas
circunstancias en que, exista buena conducta previa, de acuerdo con la
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QUINIENTOS CINCUENTA Y SIETE
ponderación de los hechos que haga la Excma. Corte Suprema en aplicación
de dicha preceptiva.
Dicho todo lo anterior, concluye el Consejo de Defensa del Estado que,
La buena conducta es un requisito que no vulnera ninguna de las garantías
constitucionales invocadas en el requerimiento.
Así, no existe afectación al debido proceso porque no nos encontramos
frente a una sanción, sino al efecto de la no concurrencia de un requisito,
basado a su vez en antecedentes que suponen el incumplimiento de
obligaciones relacionadas con la protección de bienes jurídicos de particular
valor que el Estado debe resguardar en forma especial. Y en todo caso, la
decisión de la Excma. Corte Suprema fue tomada tras un procedimiento que
permitió que se evaluaran todos los antecedentes aportados por el requirente.
No se afecta tampoco su derecho de propiedad, desde que al
inhabilitarlo para acceder al título de abogado, no se afecta bien alguno que
haya ingresado a su patrimonio, y tampoco se la afecta la libertad para ejercer
una actividad económica ni hay discriminación arbitraria en materia
económica, pues el ejercicio de la abogacía se dispone constitucionalmente,
respetando las normas legales que la regulen.
Los requisitos para ejercer la abogacía no pueden tampoco importar
discriminación arbitraria o irracional y, en consecuencia, no quebrantan de
modo alguno el marco constitucional que nos rige.
En fin, si el legislador determinó presupuestos jurídicos y fácticos para
acceder al título de abogado, atendida su relevancia para la sociedad, ello
malamente podría afectar la igualdad ante la ley o la libertad de trabajo del
artículo 19 N° 16 de la Carta Fundamental, atendido que la misma Carta
prescribe que la ley determinará las profesiones que requieren grado o título
universitario y las condiciones que deben cumplirse para ejercerlas,
autorizando que ley disponga un requisito de idoneidad para el ejercicio de
esta profesión, como lo hace el artículo 523 de modo ajustado a la
Constitución.
Vista de la causa y acuerdo
A fojas 518, se ordenó traer los autos en relación y, en audiencia de Pleno del
día 21 de noviembre de 2024 se verificó la vista de la causa, oyéndose la
relación pública y los alegatos certificados por el señor Relator, quedando
adoptado el acuerdo y la causa en estado de sentencia con la misma fecha.
Y CONSIDERANDO:
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QUINIENTOS CINCUENTA Y OCHO
PRIMERO. Que la parte requirente ha planteado un conflicto de
constitucionalidad respecto del artículo 523 N° 4 del Código Orgánico de
Tribunales (“COT”), norma que regula los requisitos para acceder al título
profesional de abogado, que confiere la Excma. Corte Suprema. El requisito
cuestionado es contar con “Antecedentes de buena conducta”. Asimismo, el
precepto confiere la facultad a la Excma. Corte Suprema de “practicar las
averiguaciones que estime necesaria acerca de los antecedentes personales del
postulante.
SEGUNDO. Que esta Magistratura ya se ha pronunciado sobre el precepto
impugnado en STC roles 13.081 y 13.913 que acogen los requerimientos de
inaplicabilidad, advirtiendo los efectos inconstitucionales que genera su
aplicación, pues permite denegar el juramento a un postulante en base a
criterios que no están determinados en la ley, sino que se incorporan por el
órgano encargado de aplicar la norma, al amparo de un concepto jurídico
indeterminado -“buena conducta”- situación que genera de facto una
inhabilidad perpetua para el ejercicio de la profesión. El presente
requerimiento será acogido siguiendo sustancialmente lo razonado en las
sentencias previamente individualizadas, dado que no se han entregado
argumentos nuevos que ameriten modificar lo ya resuelto a propósito del
precepto en cuestión.
TERCERO. Que, en efecto, pese a que las STC 13.081 y 13.913 son relevantes
para resolver el presente conflicto constitucional en similares términos, el
Consejo de Defensa del Estado no se hizo cargo de ellas en sus traslados de
fondo, falencia que intentó subsanarse en estrados, al plantearse, en lo
sustancial, tres nuevos argumentos: (i) la textura abierta de la norma se
subsana con los mecanismos institucionales para suplir su indeterminación;
(ii) las STC 13.081 y 13.913 razonan en “abstracto” y la inaplicabilidad es un
control “concreto”; (iii) el presente caso difiere de los previos, pues la negativa
a otorgar el título es una decisión razonada y no arbitraria. Se incardina en
estos argumentos el central: que la norma no contiene una sanción penal, sino
un requisito de acceso para ejercer una determinada profesión.
CUARTO. Que, si se aprecia con atención las gestiones que dieron lugar a las
STC 13.081 y 13.913, así como aquellas que dieron lugar a las causas cuya vista
fue conjunta con la presente, se vislumbra con nitidez que los mecanismos
institucionales para subsanar la textura abierta de la norma son
insatisfactorios. En algunos casos los postulantes cumplieron con todos los
requisitos del artículo 523 del COT; aprobaron su práctica profesional;
acompañaron los testigos exigidos por el acta 47-2020 de la Excma. Corte
Suprema; contaron con informe favorable del Comité de Personas; y pese a
ello el juramento fue denegado en decisiones que no siempre fueron
unánimes.
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QUINIENTOS CINCUENTA Y NUEVE
Respecto del control de la negativa de juramento, cabe tener presente lo
acontecido en la gestión judicial pendiente que dio lugar a la sentencia
estimatoria de inaplicabilidad rol 13.081, en la que consta que la Corte de
Apelaciones de Santiago declaró inadmisible el recurso de protección “toda vez
que no resulta ser la vía idónea al efecto”, sentencia confirmada por la Excma.
Corte Suprema con fecha 7 de agosto de 2023 (causa rol N° 7.286-2022). Vale
decir, pese a la sentencia estimatoria de inaplicabilidad, la Excma. Corte
Suprema estimó que el recurso de protección no era la vía idónea para
cuestionar su propia decisión. Sin embargo, cuando la gestión pendiente se
hace consistir en el expediente mismo de titulación, la Excma. Corte Suprema
sostiene que no es gestión útil para sustentar un reclamo de inaplicabilidad,
debiendo judicializarse la negativa a través de una acción que,
presumiblemente, es la acción de protección (véase STC 13.913, c. 3 a 20).
QUINTO. Que, en efecto, pese a que los postulantes cumplan con los requisitos
para acreditar buena conducta según el acta 47-2020 (testigos y certificado de
honorabilidad), la Excma. Corte Suprema igualmente podría denegar el
juramento. La Excma. Corte podría ilustrar su decisión con lo que informe el
Comité de Personas, pero sucede que éste se encuentra integrado por
Ministras y Ministros del propio tribunal, y aún si se obtuviera una
recomendación favorable, el juramento podría ser igualmente denegado.
Respecto del control de la negativa a jurar, cualquier reclamo jurisdiccional
terminará siendo conocido y resuelto, en última instancia, por la propia
Excma. Corte Suprema. A la luz de estos antecedentes, no persuade el
argumento esgrimido por el Consejo de Defensa del Estado en orden a que la
textura abierta de la norma se subsana a través de mecanismos institucionales
idóneos para ello, pues siempre la determinación de lo que es “buena
conducta” en cada caso quedará al parecer de la mayoría del pleno de la
Excma. Corte Suprema, con independencia de lo que regule el Acta N° 47-2020,
y sin mecanismos externos de control de la decisión final.
SEXTO. Que también se dijo por el Consejo de Defensa del Estado que la STC
13.913 entrega argumentos que se acercan a un control abstracto de la norma,
lo que es propio de la competencia del artículo 93 N° 7 de la Constitución.
Pues bien, es cierto que en reiteradas oportunidades esta Magistratura ha
distinguido entre las competencias del artículo 93 N° 6 y N° 7 de la
Constitución según el carácter de control “concreto” de la primera y
“abstracto” de la segunda. En tal sentido, predomina la idea de que un
precepto puede ser en “abstracto” constitucional, pero su aplicación en el caso
“concreto” específico de que se trate puede ser inconstitucional, con lo cual es
posible acoger una acción del artículo 93 N° 6 y rechazar la del artículo 93 N° 7
respecto de un mismo precepto legal. De ahí la diferencia entre ambas
atribuciones.
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QUINIENTOS SESENTA
Cosa muy distinta es lo que propone el Consejo de Defensa del Estado, en
orden a que esta Magistratura estaría impedida de entregar argumentos de
tipo abstracto cuando ejerce la atribución del artículo 93 N° 6. Ello implicaría
desconocer la conexión que existe entre ambas acciones, la que queda de
manifiesto con el requisito de procesabilidad para la declaración de
inconstitucionalidad con efectos erga omnes, que debe recaer, según texto
constitucional expreso, sobre “un precepto legal declarado inaplicable en
conformidad a lo dispuesto en el numeral anterior” (artículo 93 N° 7 parte final
de la Constitución). Así, se ha dicho que el juicio propio de la atribución del
artículo 93 N° 7 es de tipo abstracto, y procedente en el caso que el precepto
legal en cualquier circunstancia y cualquiera sea la interpretación que de él se
haga, infrinja la Carta Fundamental (STC 4966), y si ello es así, es razonable
suponer que su aplicación a cualquier caso concreto producirá efectos
inconstitucionales. Entonces, cuando un precepto tiene vicios de
constitucionalidad de tipo abstracto, el control concreto de la inaplicabilidad
se agota en dilucidar si el precepto tendrá aplicación decisiva en una gestión
judicial pendiente (84 N° 3 y 5 de la Ley Orgánica del Tribunal Constitucional),
lo que en este caso acontece.
SÉPTIMO. Que, si se ha constatado que el precepto puede tener aplicación
decisiva en la gestión pendiente, es procedente entrar a conocer del fondo de
la acción del N° 6 del artículo 93 de la Constitución. Este control recae sobre un
precepto legal o, si se quiere, sobre su aplicación en la gestión pendiente, pero
no sobre el actuar de los poderes públicos, como sería entrar a conocer los
fundamentos de la Excma. Corte Suprema para denegar el título. En efecto, el
Consejo de Defensa del Estado insinúa que el control concreto en este caso
consistiría en determinar si el requirente cuenta o no con mala conducta, pero
ello implicaría sustituir la labor de la Excma. Corte Suprema y además
controlar su decisión, cuestión improcedente, tal como se reconoce en estrados
al indicar que “este Tribunal no está llamado a ponderar el criterio del
evaluador”. Además, cabe observar que la falta de densidad normativa del
precepto cuestionado deja poco margen para un control de lo resuelto, pues
resultará inevitable que en tal labor entren los juicios de valor permitidos por
la norma, que es precisamente uno de los defectos que le reprochará esta
sentencia. Es así que el control concreto que corresponde efectuar en ningún
caso se relaciona con determinar si el requirente cuenta o no con
“antecedentes de buena conducta” pues ello sería, por una parte, sustituir a la
Excma. Corte Suprema en la labor de aplicación de la ley a los hechos del caso
y, por otra, efectuar una labor que pugna con la Constitución, aunque
autorizada por el precepto en examen.
OCTAVO. Que, entonces, no cabe distinguir el presente caso de aquellos
previos (STC 13.081, 13.913) bajo el argumento de que en el presente la
decisión de denegar el juramento se encuentra justificada. A esta Magistratura
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QUINIENTOS SESENTA Y UNO
Constitucional no le corresponde verificar si la Excma. Corte Suprema ha
hecho una aplicación, correcta, incorrecta o arbitraria del artículo 523 N° 4 del
COT. Tampoco es resorte de esta Magistratura, vía inaplicabilidad, señalar cuál
es la interpretación correcta de una norma, menos cuando la elección de una
podría presentar reparos de constitucionalidad, pues la recta interpretación y
aplicación de la ley es una labor privativa del juez del fondo (en este sentido,
STC rol 12.885, c. 5°). Como ha señalado esta Magistratura “dentro de la lógica
del control concreto de constitucionalidad que caracteriza al requerimiento de
inaplicabilidad, un análisis del sentido y alcance de la ley para la gestión judicial
de que se trata, no tiene cabida” (STC rol 3877, c. 19°). Esto es así, porque el
efecto extremadamente gravoso para el requirente -inhabilidad para ejercer la
profesión- no deriva tanto de la actuación de la Excma. Corte Suprema -que
podemos o no compartir- sino más bien de la alusión del precepto impugnado
a un concepto indeterminado que puede ser colmado por criterios éticos,
valorativos y extralegales de quien está llamado a aplicar la norma.
NOVENO. Que, en cuanto al fondo del requerimiento, el Consejo de Defensa
del Estado sostiene que el precepto impugnado no establece una sanción, sino
que establece un requisito de acceso, razón por la cual no corresponde
analizar el conflicto desde las garantías establecidas en el numeral 3 del
artículo 19 de la Constitución, sino de lo señalado en su numeral 16. Pues bien,
tal como razonó esta Magistratura en sus STC 13.081 y 13.913, precisamente la
aplicación del artículo 523 N° 4 del COT contraviene los numerales 2 y 16 del
artículo 19 de la Carta Fundamental, como se pasa a desarrollar a
continuación.
DÉCIMO. Que el artículo 19 N° 16 de la Constitución asegura a todas las
personas “La libertad de trabajo y su protección”. En su acepción incluso más
clásica y liberal, esta garantía es entendida como el reconocimiento “a toda
persona el derecho constitucional a buscar, escoger, obtener, practicar, ejercer o
desempeñar cualquier actividad remunerativa profesión u oficios lícitos, vale
decir, no prohibido por la ley. También incluye el derecho a abandonar una
actividad. Con ello se rechazan los obstáculos legales o reglamentarios que
inhabiliten el ejercicio de esta libertad, tal como ha ocurrido en otros períodos
históricos” (Irureta, Pedro, Constitución y orden público laboral. Un análisis del
art. 19 N°16 de la Constitución chilena”, en Colección de Investigaciones
Jurídicas N°9, Universidad Alberto Hurtado, 2006, p. 47). Siguiendo al autor,
esta Magistratura ha señalado que “De acuerdo con la doctrina, la garantía de
la libertad de trabajo faculta a toda persona a buscar, obtener, practicar y
ejercer o desempeñar cualquier actividad remunerada, profesión u oficio lícitos,
vale decir, no prohibidos por la ley. Implica, desde luego, la libertad de elegir un
trabajo, evitando compulsiones para realizar labores determinadas” (STC rol
1413, c. 21°). Asimismo, como se tuvo la ocasión de recordar recientemente por
esta Magistratura “’[l]a protección del trabajo es una cuestión que se asume
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como inherente a la propia legislación del trabajo’ (Rol N° 2671, c.7°) y tal
protección se extiende al resguardo del trabajo mismo, ‘en atención al
compromiso inseparable de respeto a la dignidad del trabajador en la forma que
efectúa su labor y a la ineludible función social que cumple el trabajo. En
consecuencia, la Constitución también protege al trabajo propiamente tal, no
consagrando el derecho al trabajo en términos generales, pero sí derechos que
constituyen elementos fundamentales de éste y que pueden exigirse
efectivamente del Estado’ (Rol N° 1852, c. 6°). Consecuentemente, ‘[l]a
protección, ya sea a la libertad de trabajo, ya del propio trabajo, constituye una
obligación que corresponde a toda la comunidad y, en especial, a quien la dirige,
es decir, al Estado. Constituye, por lo tanto, un derecho social o de segunda
categoría, por cuanto fuerza al Estado a crear las condiciones necesarias para
que, en el hecho, puedan ejercerse realmente tanto la libertad como el trabajo
que ya se está desarrollando. Su consagración a nivel constitucional importa la
creación de una norma programática, resultando ser para el legislador un
verdadero mandato su regulación’ (Alejandro Silva Bascuñán (2010), ‘Tratado de
Derecho Constitucional’, tomo XIII, Ed. Jurídica de Chile, p. 225)” (STC Rol,
13.298, c. 27°).
DECIMOPRIMERO. Que la intervención del legislador en los derechos
fundamentales, como es la libertad de trabajo, es permitida en la medida que
sea proporcionada. La proporcionalidad en sentido amplio, o prohibición de
exceso, es aquel “principio constitucional en virtud del cual la intervención
pública ha de ser susceptible de alcanzar la finalidad perseguida, necesaria o
imprescindible, al no haber otra medida menos restrictiva de la esfera de
libertad de los ciudadanos” (Barnes, Javier, 1994, Introducción al principio de
proporcionalidad en el Derecho comparado y comunitario, en Revista de
Administración Pública, N° 135, p. 500; en este sentido también, STC rol 2983,
c. 21°). En virtud de tal principio, “la intervención del legislador en derechos
fundamentales podrá considerarse válida siempre y cuando: 1) persiga un fin
constitucionalmente legítimo; 2) constituya un medio idóneo para alcanzarlo; 3)
sea necesaria, al no existir un medio menos lesivo e igualmente apto para
alcanzar la misma finalidad; 4) exista proporcionalidad entre los sacrificios y los
beneficios que se obtienen con la medida legislativa” (Lopera Mesa, Gloria, 2010,
Principio de proporcionalidad y control constitucional de las leyes penales, en
Carbonell, coord., el Principio de proporcionalidad en la interpretación
jurídica, Librotecnia, pp. 214-215). Asimismo, la doctrina ha sostenido que “El
principio de proporcionalidad cumple la función de estructurar el proceso
interpretativo para la determinación del contenido de los derechos
fundamentales que resulta vinculante para el Legislador y para la
fundamentación de dicho contenido en las decisiones de control de
constitucionalidad de las leyes. De este modo, este principio opera como un
criterio metodológico, mediante el cual se pretende establecer qué deberes
0000563 13
QUINIENTOS SESENTA Y TRES
jurídicos imponen al Legislador las disposiciones de los derechos fundamentales
tipificadas en la Constitución” (Bernal Pulido, Carlos, 2007, El principio de
proporcionalidad y los derechos fundamentales, 3ª ed., Madrid, Centro de
Estudios Políticos y Constitucionales, p. 81).
DECIMOSEGUNDO. Que el Tribunal Constitucional Federal Alemán, pionero
en el empleo del principio de proporcionalidad en el control de
constitucionalidad de las leyes, se ha referido a este principio precisamente en
materia de regulación legal del ejercicio de la profesión. En su Sentencia
BVerfGE 41, 378, sostuvo que “De acuerdo con ese principio, la intervención se
debe fundamentar en el libre ejercicio de la profesión con consideraciones de
orden lógico y adecuado; el medio empleado debe ser además, idóneo y necesario
para alcanzar los fines que se persiguen; para el caso de una ponderación entre
la magnitud de la intervención y el peso y urgencia de los motivos que lo
justifican, se tienen que tener en cuenta también los límites de la razonabilidad;
entre más sensible sea el perjuicio que se cause al libre ejercicio de la profesión,
más fuertes deberán ser los intereses de la comunidad, a cuyo servicio se haya
destinado la reglamentación” (Schwabe, 2009, Jurisprudencia del Tribunal
Constitucional Federal Alemán, Konrad – Adenauer- Stiftung e. V., p. 326).
DECIMOTERCERO. Que, es claro que el legislador, al establecer determinados
requisitos para el acceso al ejercicio de la profesión, realiza una intervención
de derechos fundamentales. Corresponde, entonces, analizar si tal
intervención responde a un fin constitucionalmente legítimo; es idónea o
adecuada para alcanzarlo; es necesaria, y es proporcional en sentido estricto.
DECIMOCUARTO. Que, en cuanto al fin legítimo, observando el estatuto
constitucional en el ámbito de la libertad de trabajo y su protección, éste, en su
artículo 19 N°16, “prohíbe cualquiera discriminación que no se base en la
capacidad o idoneidad personal, sin perjuicio de que la ley pueda exigir la
nacionalidad chilena o límites de edad para determinados casos”. La idoneidad
es la aptitud referida a conocimientos y experiencia para desempeñar una
labor y su concreción estará dada en cada caso al conectarse las exigencias a la
tarea en cuestión. Tal idoneidad si es llevada a un ámbito moral encuentra un
campo particularmente crítico para determinar restricciones y, por lo mismo,
requeriría un estándar de fundamentación particularmente exigente. Desde
ahí, la reglamentación del legislador para incidir en materias que afecten el
núcleo esencial de garantías debe ser especialmente cuidadosa a efectos de
entregar los parámetros en virtud de los cuales podrá inhibirse el ejercicio de
tal garantía. En tal sentido, tal como se asentó en el pronunciamiento de la
Corte Interamericana de Derechos Humanos, en el caso Pávez versus Chile,
mediante sentencia de 4 de febrero de 2022, “el Estado no puede renunciar a su
función de control y tiene la obligación de establecer reglas claras y eficaces
0000564 14
QUINIENTOS SESENTA Y CUATRO
para la protección de los derechos eventualmente afectados en estos actos
dictados por delegación”.
DECIMOQUINTO. Que, cabe observar que el título de abogado y de las
exigencias para su obtención están determinadas en la ley. El COT, en el
artículo 520, del Título XV, define a los abogados como: “(…) Personas
revestidas por la autoridad competente de la facultad de defender ante los
Tribunales de Justicia los derechos de las partes litigantes (…)”. Por su parte el
artículo 521 del mismo cuerpo legal señala que: “(…) El título de abogado será
otorgado en audiencia pública por la Corte Suprema reunida en tribunal pleno,
previa comprobación y declaración de que el candidato reúne los requisitos
establecidos por los artículos 523 y 526 (…)”. Asimismo, los requisitos para ser
Abogado de acuerdo al artículo 523 son los siguientes: “(…)1° Tener veinte años
de edad; 2° Tener el grado de licenciado en Ciencias Jurídicas otorgado por una
Universidad, en conformidad a la ley; 3° No haber sido condenado ni estar
actualmente acusado de crimen o simple delito que merezca pena aflictiva; 4°
Antecedentes de buena conducta. La Corte Suprema podrá practicar las
averiguaciones que estime necesarias acerca de los antecedentes del postulante;
y 5° Haber cumplido satisfactoriamente una práctica profesional por seis meses
en las corporaciones de asistencia judicial a que se refiere la Ley N°17.995,
circunstancia que deberá acreditarse por el Director General de la respectiva
Corporación (…)”. Finalmente, se señala en el artículo 526 del COT que sólo los
chilenos, y los extranjeros residentes que hayan cursado la totalidad de sus
estudios de derecho en Chile, podrán ejercer la profesión de abogado, sin
perjuicio de lo dispuesto por los tratados internacionales vigentes.
DECIMOSEXTO. Que, el fin perseguido por el legislador al establecer el
requisito contenido en el precepto censurado dice relación con garantizar que
quienes accedan a este título profesional “tengan la calificación profesional
suficiente para el ejercicio de la facultad de defender ante los Tribunales de
Justicia los derechos de las partes litigantes y de las demás que se ganan con el
otorgamiento del título en mención” (Acta 47-2020, Excma. Corte Suprema), esto
es, que puedan ejercer adecuadamente la autoridad que el artículo 520 del
COT les otorga. La profesión de abogado está inherentemente ligada al acceso
a la justicia, a la protección de derechos y, en esta línea, a los derechos
humanos (“Principios Básicos sobre la Función de los Abogados”, Instrumento
Universal de la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los
Derechos Humanos). En tal contexto, el requisito de gozar de buena conducta
para ser abogado se pretende alzar como idóneo para garantizar que quienes
desempeñen la profesión revistan la aptitud para el ejercicio de la función que
le encomienda el artículo 520 del COT.
DECIMOSÉPTIMO. Que, ahora bien, artículo 523 N° 4 del COT pretende
garantizar la idoneidad y aptitud de los profesionales, incorporando un
0000565 15
QUINIENTOS SESENTA Y CINCO
requisito de acceso que se basa, como sostiene el Consejo de Defensa del
Estado, en una evaluación ética -no penal- de los postulantes. Sin embargo,
aunque se haya tratado de trazar una línea de distinción entre el estándar
ético y el estándar penal para garantizar la idoneidad profesional, el legislador
normalmente ha recurrido al iter criminal de la persona para efectos de
establecer limitaciones de ejercicio de la profesión. Así lo hizo en el artículo en
el artículo 28 del Código Penal al establecer que “Las penas de presidio,
reclusión, confinamiento, extrañamiento y relegación mayores, llevan consigo la
de inhabilitación absoluta perpetua para cargos y oficios públicos y derechos
políticos y la de inhabilitación absoluta para profesiones titulares mientras dure
la condena”, y lo propio puede decirse del numeral 3° del artículo 523 del COT,
que impone como requisito para ser abogado: “No haber sido condenado ni
estar actualmente acusado por crimen o simple delito que merezca pena
aflictiva”. Por su parte, la Excma. Corte Suprema, para efectos de denegar el
título invocando el N° 4 impugnado, suele invocar procesos criminales,
normalmente culminados, ya sea por sobreseimiento definitivo, o por
cumplirse la condena y haberse eliminado los antecedentes.
DECIMOCTAVO. Que parece ineludible, entonces, recurrir a conductas
criminales cuando se trata de juzgar éticamente ex ante a quien aún no es
profesional, pero esta evaluación ya fue incorporada por el legislador en el
numeral 3° del artículo 523 del COT. Y así surge la duda de qué conductas
serán incorporadas por el órgano encargado de aplicar la norma, pues existe
un amplio catálogo de delitos que tendrán penas no aflictivas, sin que el
precepto cuente con una densidad suficiente para conocer anticipadamente
qué conductas serán constitutivas de “mala conducta”, posibilitando tratos
discriminatorios y desproporcionados que no están sujetos a control, lo que
infringe el N° 2 del artículo 19 de la Constitución.
DECIMONOVENO. Que, por otra parte, respecto del control ético que
justificaría la norma, se aprecia una diferencia importante cuando se pretende
realizar idéntico control ex post a quienes ya cuentan con el título profesional,
y ello es así porque en ese caso se está sujeto al catálogo de deberes propios de
cada profesión, lo que se conoce como la lex artis profesional. Pues bien,
sucede que, en lo tocante al control ético de los abogados, los colegios
profesionales ya no detentan la facultad de sancionar a sus asociados con la
pérdida del título de abogado, toda vez que no existe en la Carta Fundamental
una norma que excepcione del cumplimiento de la prohibición constitucional
del artículo 19 N° 16 inciso 4° que establece que “Ninguna ley o disposición de
autoridad pública podrá exigir la afiliación a organización o entidad alguna
como requisito para desarrollar una determinada actividad o trabajo, ni la
desafiliación para mantenerse en éstos”. Lo anterior, sin perjuicio de que, en
ese mismo inciso, en relación al control ético de las profesiones, se establecen
normas para el control del desempeño ético de los afiliados a los respectivos
0000566 16
QUINIENTOS SESENTA Y SEIS
colegios profesionales y se reafirma que la afiliación es voluntaria,
restringiendo la esfera de actuación de estas instancias gremiales,
disponiéndose “Los colegios profesionales constituidos en conformidad a la ley
y que digan relación con tales profesiones, estarán facultados para conocer de
las reclamaciones que se interpongan sobre la conducta ética de sus miembros.
Contra sus resoluciones podrá apelarse ante la Corte de Apelaciones respectiva.
Los profesionales no asociados serán juzgados por los tribunales especiales
establecidos en la ley”.
VIGÉSIMO. Que, como el N° 3 del artículo 523 ya impone un estándar ético
que se alzaría como idóneo para garantizar la idoneidad profesional de los
abogados, la expresión “Antecedentes de buena conducta” contemplada en el N°
4 implica una regulación en exceso abierta, vaga y con precaria densidad
normativa para consignar un obstáculo al requirente a efectos de recibir un
trato igual ante la ley y que le permita ejercer libremente un oficio o profesión.
La disposición carece de un verbo rector o conducta concreta establecida
expresa y directamente por ley, de modo que impide al postulante conocer los
elementos nucleares de aquel comportamiento que serán utilizados en este
caso por la Excma. Corte Suprema al momento de juzgar su idoneidad ética
para la profesión.
VIGESIMOPRIMERO. Que, garantizar la idoneidad de los abogados es una
finalidad legítima, pero la recurrencia de “buena conducta” como un requisito
de acceso, no satisface el examen de necesidad derivado del principio de
proporcionalidad, considerando que existen medios menos lesivos y
compatibles con la interdicción de la arbitrariedad. En efecto, ex ante se
encuentra el baremo fijado por el artículo 523 N°3 que permite saber al
postulante qué conductas son, para el legislador, éticamente reprochables; y ex
post, se contempla un mecanismo disciplinario y penal al que se sujetan todos
los abogados por sus conductas profesionales.
VIGESIMOSEGUNDO. Que, siguiendo con el principio de proporcionalidad, en
materia de ejercicio de la profesión, cobra relevancia lo razonado por el
Tribunal Constitucional Federal Alemán acerca del alcance de la competencia
del legislador en la regulación de derechos fundamentales, la que ha de
efectuarse por niveles según si se trata de (i) la libertad de elegir la profesión;
(ii) el ejercicio de la profesión:
La libertad de ejercer una profesión se puede restringir por vía de
‘reglamentación’, en la medida que consideraciones razonables sobre el bien
común, lo hagan parecer adecuado. la libertad de elegir profesión, por el
contrario, sólo puede ser restringida en la medida que la protección de un bien
común especialmente importante (‘prevalente’) lo exija obligatoriamente, esto es,
en la medida que la protección de los bienes en cuestión, a los cuales, luego de
una ponderación cuidadosa, se les deba conceder prevalencia frente al derecho a
0000567 17
QUINIENTOS SESENTA Y SIETE
la libertad del particular y en la medida que esa protección no se pueda asegurar
de otra manera, principalmente con los medios, que no restringen la elección de
profesión o lo hacen en menor grado. Si la intervención en la libertad de elegir
profesión se manifiesta como indispensable, entonces el legislador tendrá que
elegir siempre la forma de la intervención, que limite lo menos posible el derecho
fundamental” (Schwabe, 2009, Jurisprudencia del Tribunal Constitucional
Federal Alemán, Konrad – Adenauer- Stiftung e. V., p. 322).
VIGESIMOTERCERO. Que, en este orden de ideas, se infringe el principio de
proporcionalidad si se establece un requisito de acceso a la profesión que
resulta más exigente y gravoso que las condiciones de ejercicio. En el caso de
los abogados, la “buena conducta” es sólo un requisito de acceso, pero no de
ejercicio, pues una vez otorgado el título, no se pierde el título por el hecho de
tener “mala conducta”. El título de abogado se pierde sólo cuando la ley ha
establecido la inhabilitación del ejercicio de la profesión y ante conductas
(delitos) claramente determinadas y que afectan bienes jurídicos relevantes
como la administración de justicia y específicamente la función de auxiliar de
la administración de justicia que ejercen los abogados en cuanto “personas
revestidas por la autoridad competente de la facultad de defender ante los
Tribunales de Justicia los derechos de las partes litigantes” (artículo 520, COT).
VIGESIMOCUARTO. Que lo dicho en el considerando precedente permite
descartar que el precepto tenga su justificación en las facultades
constitucionales disciplinarias o correccionales de la Excma. Corte Suprema.
Esto, porque tales facultades alcanzan a los tribunales y a los auxiliares de la
administración de justicia, por las conductas en el ejercicio o con ocasión de
sus funciones. En cambio, el precepto reprochado autoriza a la Excma. Corte
Suprema a juzgar a quienes aún no son abogados, y de una forma más gravosa
e intensa que aquellos que están sujetos a sus facultades disciplinarias pues,
tal como se reconoció en estrados, la Excma. Corte, en el ejercicio de sus
facultades disciplinarias, sólo puede establecer como sanción la suspensión
temporal -no perpetua- del ejercicio de la profesión.
VIGESIMOQUINTO. Que, a mayor abundamiento, lejos de reglar o dotar de
contenido a la expresión “buena conducta”, el precepto impugnado contempla
una autorización a la Excma. Corte Suprema para “practicar las averiguaciones
que estime necesarias acerca de los antecedentes personales del postulante”, que
se traduce en una carta blanca para inmiscuirse en aspectos que podrían
quedar bajo la esfera íntima y privada de una persona.
Sobre el particular, esta Magistratura ha cuestionado este tipo de
habilitaciones no sujetas a ningún parámetro de control, indicando que pugna
con la privacidad y la dignidad de la persona humana garantizadas por la
Constitución:
0000568 18
QUINIENTOS SESENTA Y OCHO
“[…] se observa la habilitación irrestricta que el inciso primero de la letra b)
otorga al órgano administrativo correspondiente para recabar, con cualidad
imperativa, toda clase de antecedentes, sin que aparezca limitación alguna que
constriña tal competencia al ámbito estricto y acotado en
que podría hallar justificación.
Es más, dicha habilitación se confiere sin trazar en la ley las pautas o
parámetros, objetivos y controlables, que garanticen que el órgano
administrativo pertinente se ha circunscrito a ellos, asumiendo la
responsabilidad consecuente cuando los ha transgredido […].
[…] Que, por consiguiente, la disposición en examen merece ser calificada como
discrecional, es decir, abierta, por la indeterminación que contiene, con respecto
a las decisiones que el Director del órgano pertinente juzgue necesario llevar a la
práctica, circunstancia que reviste gravedad singular tratándose de la dignidad
y de los derechos esenciales ya comentados;
[…] Que se halla así demostrado que la dignidad de la persona y sus derechos a
la vida privada y a la reserva de las comunicaciones de igual naturaleza, que
fluyen de aquella, quedan en situación de ser afectados en su esencia por la
normativa del proyecto examinado, sin que esta iniciativa contemple los
resguardos y controles heterónomos indispensables, sobre todo los de
naturaleza judicial, que eviten o rectifiquen tal eventualidad, motivos por los
cuales debe ser declarada la inconstitucionalidad” (STC rol 389, c. 25° a 27°).
VIGESIMOSEXTO. Que se ha sostenido que el precepto en examen es
cumplimiento del mandato establecido en el inciso cuarto del artículo 19 N° 16
de la Constitución: “La ley determinará las profesiones que requieren grado o
título universitario y las condiciones que deben cumplirse para ejercerlas”.
Precisamente es materia de reserva legal el establecimiento de las condiciones
que deben cumplirse para ejercer la profesión, y más allá del debate de la
posible colaboración reglamentaria, administrativa o interpretativa, es claro
que es la ley la que, en primer término, ha de fijar respectivo requisito. Sin
embargo, desde el momento en el que el legislador establece como condición
la “buena conducta”, sin entregar criterio alguno para su determinación,
renuncia a la facultad de legislar que el constituyente le ha encargado,
delegándosela por completo al órgano que ha de otorgar el título de abogado
quien, al amparo del precepto en examen, puede agregar requisitos que no
están expresamente señalados en la ley, valiéndose de una facultad legal no
precisada a nivel normativo. Así, en ningún caso la ley podría alzarse como
una suerte de “carta blanca” o de habilitación sin límites para que algún poder
del Estado sea ejercido sin fronteras reconocibles en la norma por el
ciudadano que está sometido a ellos.
VIGESIMOSÉPTIMO. Que, de esta forma, cuando el constituyente encarga al
legislador la regulación de un determinado derecho fundamental, no puede
0000569 19
QUINIENTOS SESENTA Y NUEVE
este delegar por completo tal función a otro órgano para que lo haga de forma
enteramente discrecional. Es así que, también al amparo del principio de
proporcionalidad, el grado de discrecionalidad que se entrega ha de
corresponderse a la envergadura de los bienes jurídicos que su ejercicio
abarca o cobra. Como ha señalado esta Magistratura “sin pretender que el
legislador determine en este caso un tipo de actividad administrativa
plenamente reglada, como se denomina en la doctrina, las referidas forma y
condiciones de la ejecución de las acciones de salud sí deben determinarse por la
ley con un grado de precisión tal que impida que el ejercicio de la
discrecionalidad administrativa se extienda a la vulneración de los derechos
constitucionales” (STC Rol 1710, c. 158°).
VIGESIMOOCTAVO. Que la infracción a la reserva legal en materia de
condiciones de que deben cumplirse para ejercer una determinada profesión
se verifica tanto si el adjudicador incorpora un requisito no contemplado en la
ley valiéndose de una norma sin densidad normativa o si se hace a través de
regulaciones infra legales. Por ello es que la infracción al artículo 19 N° 16 se
configura cualquiera sea la interpretación que al precepto censurado le dé la
Excma. Corte Suprema, ya en su instructivo, ya en la resolución que concede o
deniega un título de abogado, pues de cualquier forma se incorporan
condiciones de ejercicio de la profesión que no están establecidas en la ley.
VIGESIMONOVENO. Que, finalmente, y como ya se adelantó, la
indeterminación de la norma permite discriminaciones arbitrarias en el
ejercicio de derechos fundamentales, lo que infringe el numeral 2° del artículo
19 de la Constitución. Ello, porque se distingue entre quienes tienen
“antecedentes de buena conducta” y quienes no, sin que existan criterios
objetivos y razonables para realizar tan distinción, quedando tal
determinación al criterio valorativo imperante al momento de aplicar la
norma. Adicionalmente, la norma permite un trato distinto entre quienes ya
cuentan con el título profesional de abogado y quienes no, en tanto los
segundos están sujetos a un control ético más intenso y menos garantista que
aquel al que estarían sujetos si ya contaran con el título.
TRIGÉSIMO. Que, de esta forma, la infracción al principio de
proporcionalidad que fue constatada en los considerandos precedentes,
también se traduce en una infracción a la garantía de igualdad ante la ley,
pues ella “supone también que la diferencia de trato introducida sea
proporcionada a la diferencia de hecho existente, teniendo particularmente en
cuenta el propósito o finalidad perseguida por el legislador” (STC Rol 784, c. 20°),
o como ha razonado el Tribunal Constitucional de España “para que la
diferenciación resulte constitucionalmente lícita no basta que lo sea el fin que
con ella se persigue, sino que es indispensable además que las consecuencias
jurídicas que resultan de tal distorsión sean adecuadas y proporcionadas a
0000570 20
QUINIENTOS SETENTA
dicho fin, de manera que la relación entre la medida adoptada, el resultado que
produce y el fin pretendido por el legislador supere un juicio de proporcionalidad
en sede constitucional, evitando resultados especialmente gravosos o
desmedidos” (Sentencias 76/1990 y 253/2004, citadas en STC Rol 790, c. 22°).
TRIGÉSIMO PRIMERO. Que, finalmente, no es posible preterir la diferencia de
trato por parte del Estado, que ha variado según si la persona trabaja
gratuitamente en interés del Fisco o bien lo hace para sustentar su vida. Esto,
porque al aprobar su práctica profesional se le reconoce idoneidad y aptitud
ética al postulante a fin hacerle soportar una carga pública sin remuneración,
pero inmediatamente después desconoce tales calidades para que ejerza la
profesión, ahora en su propio beneficio. Si este último trato es el correcto, vale
decir, el efectuado con la negativa a otorgar el título, habría de concluir que el
Estado permite y aprueba que personas que considera inaptas para ejercer la
profesión brinden “atención jurídica gratuita de las personas que no cuentan
con los medios necesarios para sufragar los gastos de su defensa por abogados
particulares” (artículo 1 del Reglamento de Práctica Profesional de Postulantes
al Título de Abogado), lo cual es insostenible.
TRIGÉSIMO SEGUNDO. Que, según ya se ha expuesto, el elemento central del
razonamiento que conduce a las conclusiones del fallo es que la aplicación del
precepto cuestionado significa haber calificado de “inapto éticamente” a un
ciudadano, y es este juicio de valor el que restringe desproporcionadamente
diversos derechos fundamentales del requirente. En otras palabras, es un
juicio de valor −sin duda negativo desde el punto de vista de cómo se presenta
una persona ante una comunidad y que le impide el ejercicio de una
profesión− respecto al cual es posible arribar sin baremos fijados desde la
norma de rango legal cuestionada. En consecuencia, la aplicación del precepto
cuestionado constituye un trato distinto y perjudicial que acarrea efectos
inconstitucionales, producidos al negarse el título profesional. De los
descargos por parte del Consejo de Defensa del Estado no ha sido posible
identificar una fundamentación que justifique la constitucionalidad de la
norma, ya que se vale de un argumento circular, cual es que la norma legal
habilitaría a la Excma. Corte Suprema a actuar como lo hizo, porque es la ley
la que le encarga evaluar la “buena conducta”. Precisamente por ello se
declarará la inaplicabilidad solicitada, a fin de que la negativa de otorgar el
título por “mala conducta” carezca de sustento normativo, por
inconstitucional.
TRIGÉSIMO TERCERO. Que, en definitiva, por todas las consideraciones
desarrolladas, este Tribunal acogerá el requerimiento deducido contra el
artículo 523, N°4, del Código Orgánico de Tribunales, por cuanto su aplicación
en la gestión pendiente infringe el artículo 19 N°s 2 y 16, en relación con la
0000571 21
QUINIENTOS SETENTA Y UNO
garantía de igualdad ante la ley, la libertad del trabajo y de ejercicio de la
profesión.
Y TENIENDO PRESENTE lo preceptuado en el artículo 93, incisos primero, N°
6°, y decimoprimero, y en las demás disposiciones citadas y pertinentes de la
Constitución Política de la República y de la Ley N° 17.997, Orgánica
Constitucional del Tribunal Constitucional,
SE RESUELVE:
1) QUE SE ACOGE EL REQUERIMIENTO DEDUCIDO A FOJAS 1,
DECLARÁNDOSE LA INAPLICABILIDAD POR
INCONSTITUCIONALIDAD DEL ARTÍCULO 523, N° 4°), DEL CÓDIGO
ORGÁNICO DE TRIBUNALES, EN EL PROCESO ROL N° 16.694-2024,
SOBRE RECURSO DE PROTECCIÓN, SEGUIDO ANTE LA CORTE DE
APELACIONES DE SANTIAGO, ACTUALMENTE PENDIENTE ANTE
LA EXCMA. CORTE SUPREMA, POR RECURSO DE APELACIÓN DE
INADMISIBILIDAD, BAJO EL ROL N° 28.846-2024.
2) QUE SE ALZA LA SUSPENSIÓN DEL PROCEDIMIENTO DECRETADA
EN AUTOS. OFÍCIESE.
DISIDENCIAS
Acordada con el voto en contra de los Ministros señores HÉCTOR
MERY ROMERO y MARIO GÓMEZ MONTOYA, quienes estuvieron por rechazar el
requerimiento, atendidas las siguientes argumentaciones:
1°. – Que el asunto a dilucidar en la gestión pendiente es la apelación de
protección rol N°28846-2024 de la Corte Suprema, toda vez que el actor
impugnó la resolución que declaró inadmisible el recurso de protección rol
16.694-2024 de la Corte de Apelaciones de Santiago, entablado en contra de la
Excma. Corte Suprema, por haberse denegado ese tribunal su solicitud de
otorgamiento de título de abogado.
Argumenta que la decisión que motivó la acción constitucional que
dedujo en tutela de sus derechos es arbitraria e ilegal, a la vez que acarrea
como consecuencia la vulneración de sus derechos a la igualdad ante la ley; a
la igual protección de la ley en el ejercicio de sus derechos; a sus garantías
judiciales; al respeto y protección a la vida privada y a la honra de las
0000572 22
QUINIENTOS SETENTA Y DOS
personas; a la libertad de trabajo, libre elección del mismo y libre
contratación; al derecho a realizar una actividad económica lícita; a la no
discriminación arbitraria en el trato que deben dar el Estado y sus organismos
en materia económica; al derecho de propiedad; y al derecho a la integridad
física y psíquica de las personas.
Sostiene que la decisión el Máximo Tribunal se fundamenta en lo
prescrito en el numeral 4° del artículo 523 del Código Orgánico de Tribunales,
precepto legal que impugna en el requerimiento de fojas 1 por resultar su
aplicación, en este caso, contraria a la Constitución.
2°. – Que, por tanto, la gestión actualmente pendiente corresponde a la
apelación de una inadmisibilidad declarada, y no la cuestión de fondo que se
ha promovido en la acción constitucional de protección. Y, aunque la actora
enfatice que tanto los fundamentos del recurso de reposición como los del
recurso de apelación que dedujo son los mismos, lo cierto es que el recurso de
apelación solo concierne a los requisitos procesales previstos tanto en el
artículo 20 de la Carta Fundamental como en el Auto Acordado sobre
Tramitación y fallo del Recurso de Protección, sin que lo previsto en el artículo
19 numerales 2° inciso segundo, 3° inciso primero, 4°, 16°, 17°, 21° inciso
primero, 24° inciso primero y 26° , puedan tener aplicación en la pretensión de
enmienda de la resolución impugnada.
Ese motivo resulta bastante, a nuestro juicio, para desestimar el
requerimiento de fojas 1.
3°. – Que, sin perjuicio de lo reflexionado en lo precedente, conviene
tener en cuenta consideraciones adicionales.
Así, es imperativo establecer que la actora busca se remueva del
ordenamiento jurídico, para la decisión de este caso particular, la disposición
legal mencionada, puesto que de su aplicación se afecta el contenido esencial
de su derecho a obtener un título profesional de abogado. En la cuestión
constitucional sometida a decisión nuestra confluyen, como es evidente, la
libertad para obtener un título profesional y ejercer una profesión -muy
relacionada con la libertad de enseñanza-, y la libertad de trabajo. Respecto de
esta última, la Constitución prescribe a muy grandes rasgos que:
- Toda persona tiene derecho a la libre contratación y a la libre elección
del trabajo con una justa retribución;
- Se prohíbe cualquiera discriminación que no se base en la capacidad o
idoneidad personal;
0000573 23
QUINIENTOS SETENTA Y TRES
- Ninguna clase de trabajo puede ser prohibida, salvo que se oponga a la
moral, a la seguridad o a la salubridad públicas, o que lo exija el interés
nacional y una ley lo declare así.
- Ninguna ley o disposición de autoridad pública podrá exigir la
afiliación a organización o entidad alguna como requisito para
desarrollar una determinada actividad o trabajo, ni la desafiliación
para mantenerse en éstos.
- La ley determinará las profesiones que requieren grado o título
universitario y las condiciones que deben cumplirse para ejercerlas.
- Los colegios profesionales constituidos en conformidad a la ley y que
digan relación con tales profesiones, estarán facultados para juzgar la
conducta ética de sus miembros.
- La negociación colectiva con la empresa en que laboren es un derecho
de los trabajadores
- No podrán declararse en huelga los funcionarios que la Carta
Fundamental señala.
El Diccionario de la Lengua Española define “profesión” como el empleo,
facultad u oficio que alguien ejerce y por el que percibe una retribución. Max
Weber la concebía como la actividad especializada y permanente de un
hombre que, normalmente, constituye para él una fuente de ingresos y, por
tanto, un fundamento económico seguro de su existencia. Adela Cortina ha
dicho a este respecto que “… la profesión es social y moralmente mucho más
que un medio individual de procurarse el sustento. Podríamos caracterizarla
como una actividad social cooperativa, cuya meta interna consiste en
proporcionar a la sociedad un bien específico e indispensable para su
supervivencia como sociedad humana, para lo cual se precisa el concurso de la
comunidad de profesionales que como tales se identifican ante la sociedad “.
(Adela CORTINA y Jesús CONIL (2000), “10 Palabras Clave en la Ética de las
Profesiones”, p. 15. Editorial Verbo Divino, Estella).
4°. – Que el artículo 54 del Decreto con Fuerza de Ley número 2, que fija
el texto refundido, coordinado y sistematizado de la Ley Nº20.370 con las
normas no derogadas del Decreto con Fuerza de ley Nº 1, de 2005, establece
que los establecimientos de educación superior reconocidos oficialmente
otorgarán títulos técnicos de nivel superior, títulos profesionales y grados
académicos, según corresponda. Como regla general, sólo las universidades
otorgarán títulos profesionales respecto de los cuales la ley requiere haber
obtenido previamente el grado de licenciado en las carreras que impartan. La
única excepción a esta regla está constituida por lo preceptuado en el inciso
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QUINIENTOS SETENTA Y CUATRO
sexto del mencionado artículo 4° de la ley de Educación: el otorgamiento del
título profesional de abogado corresponde a la Corte Suprema de Justicia en
conformidad a la ley. Por lo tanto, en principio y en términos generales, puede
ser válida entre nosotros la afirmación del tratadista argentino Sagüés en el
sentido que “… (el) derecho constitucional de aprender conlleva, asimismo, a
reconocer un derecho a la obtención de un título o diploma, satisfaciendo los
recaudos académicos y administrativos correspondientes” (Néstor Pedro
SAGÜÉS (2019), “Tratado de Derecho Constitucional”, p. 595. Astrea, Buenos
Aires).
La cuestión cambia cuando es la propia ley la que entrega la
responsabilidad de otorgar el título profesional a una institución pública que
no persigue fines educacionales. ¿Puede hacer tal cosa la ley sin quebrantar la
Constitución? Trataremos de dilucidar esa interrogante en los fundamentos
que siguen.
5°. – Que la lectura pausada de los preceptos del título XV del Código
Orgánico de Tribunales permite arribar a conclusiones útiles para resolver
esta controversia. Si los abogados son, según el artículo 520 de ese estatuto
legal, personas revestidas por la autoridad competente de la facultad de
defender ante los Tribunales de Justicia los derechos de las partes litigantes,
podemos sostener que el legislador puede adoptar para la abogacía un
régimen que contemple requisitos o exigencias singulares para la obtención
del título y para el ejercicio de la profesión. Es posible, por lo tanto, que el
legislador pueda establecer una separación entre el grado de licenciado y el
título profesional de abogado, como lo hizo por lo demás en el artículo 54 de la
Ley General de Educación -precepto legal cuya constitucionalidad, por lo
demás, en estos autos no se impugnó-.
6°. – Que el artículo 523 del Código Orgánico de Tribunales establece
que para poder ser abogado se requiere: 1°) Tener veinte años de edad; 2°)
Tener el grado de Licenciado en Ciencias Jurídicas otorgado por una
Universidad, en conformidad a la ley; 3°) No haber sido condenado ni estar
actualmente acusado por crimen o simple delito que merezca pena aflictiva;
4°) Antecedentes de buena conducta; 5°) Haber cumplido satisfactoriamente
una práctica profesional por seis meses.
Atendida la particular naturaleza de los requisitos establecidos en el Código
Orgánico para obtener el título de abogado, que no aluden a competencias
académicas -que ya fueron miradas por la institución de enseñanza al
conceder el grado de licenciatura-, sostenemos que, en nuestro medio, la
obtención del grado académico de licenciado no conlleva en sí misma el deber
-de inmediata ejecución- de otorgar un título profesional. Menos posible
resulta imponer esa exigencia perentoria a la Corte Suprema, una institución
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QUINIENTOS SETENTA Y CINCO
cuya naturaleza y fines son del todo ajenos a la enseñanza de carreras
universitarias.
7°. – Que este Tribunal, en STC 1254, c. 82, enfatiza que la profesión de
abogado tiene determinadas particularidades, habida consideración de la
función que se realiza a través de ella.
El paso del tiempo, el incremento del número de escuelas de derecho y
la mayor incorporación de abogados al mundo profesional, más la propia
evolución de la profesión legal, llevan a sostener que la esencia de la abogacía
no se circunscribe a la defensa en juicio. La defensa de los derechos de las
personas asume un cariz previo al litigio, y no es el de los tribunales el único
ámbito de ejercicio de la abogacía. Tiene razón Chaves García cuando afirma
que “… no todo graduado en derecho es abogado, no todo el que domina las
leyes o defiende la justicia. Ser abogado es ser un profesional del derecho, que
cuente con formación, habilitación legal y presta servicios a terceros, que van
del asesoramiento a la defensa en juicio” (José Ramón CHAVES GARCÍA (2022),
“Elogio de los Abogados Escrito por un Juez”, p. 11. Bosch, Madrid). No se
equivoca Susskind cuando advierte que en los últimos años la abogacía parece
ir desplazándose hacia un profesional orientado a la evitación de disputas y
litigios. Así, el abogado que “apaga incendios” en el nivel doméstico pasa a ser
reemplazado por la idea de administración estratégica del riesgo legal. Así,
sostiene Susskind que el letrado que actúa irreflexivamente, quizá demasiado
confiado en su ingenio (“bright lawyers shooting from the hip”), será
reemplazado para instalar en su lugar “… el desarrollo y uso de técnicas
formales y procesos, echando mano a consultores, administradores
profesionales de riesgos, y también expertos tributarios” (Richard SUSSKIND
(2010), ¿“The End of Lawyers? Rethinking the Nature of Legal Services”, p. 225.
Oxford University Press, Oxford).
8°. - Que, despejadas las cuestiones anteriores, conviene analizar si las
exigencias legales mencionadas en el motivo 6° precedente, y en particular el
contar con buena conducta, son o no desmedidas, irracionales, abusivas,
injustas y por tanto contrarias a la Constitución. Una respuesta apropiada
obliga a considerar que la libertad para obtener un título y ejercer una
profesión puede ser situada, como ya insinuamos en el fundamento 3°
precedente, en el contexto de la libertad de trabajo y su protección.
Así, cuando la Constitución manda que la ley determine las profesiones
que requieren grado o título universitario y las condiciones que deben
cumplirse para ejercerlas, inequívocamente establece el principio de reserva
legal. Díez-Picazo, aludiendo a la Constitución española, afirma que “(la) idea
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QUINIENTOS SETENTA Y SEIS
de fondo es que existen ciertas profesiones que, por razones de interés general,
no pueden estar abiertas a cualquiera, sino sólo a quienes han demostrado
fehacientemente una mínima preparación. Basten, como ejemplos clásicos, la
medicina o la abogacía, en que está en juego la salud o los derechos de las
personas, respectivamente”. Luis María DÍEZ-PICAZO (2005), “Sistema de
Derechos Fundamentales”, p. 489. Thomson Civitas, Cizur Menor).
9°. – Que, a renglón seguido, al prescribir que la ley determinará las
condiciones que deben cumplirse para ejercer una profesión, no cabe duda
que la Constitución permite al legislador establecer condiciones, requisitos o
exigencias para obtener un título que permita ejercer los actos propios de una
profesión. El interés general y la promoción del bien común, reconocido como
uno de los fines a los cuales el Estado está llamado a contribuir, constituyen
consideraciones que el legislador debe mirar siempre a la hora de estatuir el
régimen de obtención de los títulos profesionales.
Sobre el sentido de la palabra “condición”, el artículo 1.473 del Código
Civil dispone que es obligación condicional la que depende de una condición,
esto es, de un acontecimiento futuro que puede suceder o no. Usualmente se la
define como el hecho futuro e incierto del cual depende el nacimiento o la
extinción de un derecho. Tal entendimiento, de general aceptación en el
derecho privado, no es el que debemos asignar a la expresión empleada por el
artículo 19 número 16° inciso cuarto de la Constitución. En efecto, las
“condiciones” para obtener un título o ejercer una profesión titular a que alude
la regla constitucional no se refieren a hechos futuros de incierto
acaecimiento. Más certera parece ser una de las acepciones que considera el
Diccionario de la Lengua Española, al definir la condición como “estado,
situación especial en que se halla alguien o algo”.
Por nuestra parte, nos parece que el sentido de la expresión
“condiciones” puede ser dilucidado teniendo en cuenta el sentido del empleo
de las palabras en la propia Constitución. Así, siguiendo a Zapata, sostenemos
que “(la) interpretación constitucional no se agota en el análisis gramatical de
las palabras de la Carta Fundamental ni en el estudio de la intención que tuvo el
constituyente al formularlas. La determinación del significado de un precepto
legal requiere, además, discernir las relaciones entre dicha norma y el resto de
los artículos de la Constitución Política. El Estudio del contexto, a su vez,
permite descubrir cuál es el papel o función distintiva que cumple dentro del
sistema constitucional el precepto cuyo sentido se indaga” (Patricio ZAPATA
LARRAÍN (2024), “Justicia Constitucional”, p. 345. Thomson Reuters, Santiago).
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QUINIENTOS SETENTA Y SIETE
10°. – Que, puestas las cosas del modo que se viene exponiendo, resulta
forzoso tener en cuenta el contexto constitucional inmediato en el que se
inserta la expresión “condiciones” a que se refiere el inciso cuarto del artículo
19 número 16° del Código Político. Así, cuando la Constitución prohíbe
cualquiera discriminación que no se base en la capacidad o idoneidad
personal, inevitablemente está permitiendo al legislador que establezca
diferencias en el ámbito laboral y profesional que se fundamenten
necesariamente en tales atributos.
No cabe duda que la libertad del legislador para fijar condiciones dista
de ser absoluta. Advierte Zagrebelsky que “(es) complicado admitir este
aspecto de la validez-invalidez de la ley en un clima de positivismo jurídico, la
ideología según la cual el derecho solo es ley, la ley no necesita más que de sí
misma y su validez no solo radica en la relación con otras leyes que la
condicionan estableciendo cómo, sobre qué y con qué límites la legislación puede
explicarse. Eso es positivismo, la ideología de la autosuficiencia del derecho al
servicio no de la convivencia, sino del poder. Sin embargo, el estado
constitucional democrático, ya no es el Estado del positivismo. La ley
incompatible con su esencia históricamente ubicada y determinada, es decir, el
arbitrio en forma de ley, es la primera y más grave manifestación de su
invalidez” (Gustavo ZAGREBELSKY y Valeria MARCENÓ, “Justicia
Constitucional, Vol. 1, Historia, Principios e Interpretaciones”, p. 234. Palestra,
Lima). Puede la ley, entonces, al reglar la obtención de títulos profesionales,
establecer condiciones que conciernan a la capacidad y la idoneidad. Puede
también la ley, por tanto, echar mano a consideraciones de solvencia
formativa y moral que sea posible constatar de modo razonable, siempre de
acuerdo a motivos constitucionalmente admisibles, como se dirá en la parte
final del considerando siguiente.
11°. – Que, también, la Constitución asegura a todas las personas la
plena certeza de que los preceptos legales que por mandato de la Constitución
regulen o complementen las garantías que establece o que las limiten en los
casos en que ella lo autoriza, no podrán afectar los derechos en su esencia, ni
imponer condiciones, tributos o requisitos que impidan su libre ejercicio.
Consideramos que el empleo de la expresión “condiciones” por parte del
articulo 19 número 26° de la Carta Fundamental no pugna ni se contradice con
lo dispuesto en el artículo 19 número 16° inciso cuarto del Código Político.
Ambos preceptos, de igual rango, admiten una interpretación coherente y que
debe tener consistencia, en cuanto fije requisitos y condiciones subordinadas a
consideraciones de bien común que inequívocamente forman parte de las
bases de nuestra institucionalidad.
José Ignacio Hernández caracteriza el bien común en nuestro régimen
institucional sosteniendo que “… desde la Constitución de 1980 Chile es un
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QUINIENTOS SETENTA Y OCHO
Estado social en tanto asume, como cometido, promover condiciones reales o
materiales que permitan a las personas, con sus propias capacidades, promover
el bienestar de la comunidad, en especial, facilitando el acceso equitativo a
bienes y servicios anejos a los derechos económicos y sociales. Desde el bien
común, el Estado social se basa en los principios de subsidiariedad y
solidaridad” (HERNANDEZ G., José Ignacio (2023), El Bien Común y el Estado
Social en el Nuevo Proceso Constituyente en Chile, p. 7. En Estudios
Constitucionales [online]. 2023, vol.21, número especial, pp. 2-29). Es en
consonancia con los principios y valores manifestados en los artículos 1° inciso
4°, y 19 números 2°, 16°, 21° y 26°, que el legislador puede adoptar un régimen
regulatorio en materia de títulos profesionales que permita establecer
requisitos y condiciones para su otorgamiento.
12°. - De ningún modo, como hemos advertido desde el principio de esta
disidencia, este discernimiento puede significar si la Corte Suprema obró
correcta o injustamente en el caso sometido la decisión judicial en la gestión
pendiente de conocimiento y decisión ante los jueces del fondo.
En conclusión, mirado desde esta perspectiva el conflicto constitucional
sometido a nuestra decisión, puede el legislador establecer condiciones como
las previstas en el artículo 523 del Código Orgánico de Tribunales, en especial
su numeral 4°, que alude a antecedentes de buena conducta del postulante,
proporcionados por él mismo o recabados por la propia Corte Suprema, quien
podrá practicar las averiguaciones que estime necesarias acerca de los
antecedentes personales del interesado.
Acordada con el voto en contra de la Ministra señora MARÍA PÍA
SILVA GALLINATO, quien estuvo por rechazar el requerimiento, para lo cual
adhiere únicamente a los argumentos vertidos en los considerandos 1° y 2° del
voto disidente, en cuanto afirman que, por la índole de la gestión pendiente, la
norma impugnada no tendrá aplicación en ella. Ante esa deficiencia de
carácter formal del requerimiento, considera que no resulta necesario entrar
al fondo de la cuestión planteada, como lo hacen los restantes considerandos
de la disidencia, cuyo contenido, por lo demás, no comparte.
Redactó la sentencia la Ministra señora NANCY YÁÑEZ FUENZALIDA, y las
disidencias, la Ministra señora MARÍA PÍA SILVA GALLINATO y el Ministro señor
HÉCTOR MERY ROMERO.
Comuníquese, notifíquese, regístrese y archívese.
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QUINIENTOS SETENTA Y NUEVE
Rol N° 15.632-24 INA.
Daniela Beatriz Marzi Muñoz
Fecha: 17/04/2025
Nancy Adriana Yáñez Fuenzalida María Pía Silva Gallinato
Fecha: 17/04/2025 Fecha: 17/04/2025
Miguel Angel Fernández González Raúl Eduardo Mera Muñoz
Fecha: 17/04/2025 Fecha: 17/04/2025
Catalina Adriana Lagos Tschorne Héctor Antonio Mery Romero
Fecha: 17/04/2025 Fecha: 17/04/2025
Marcela Inés Peredo Rojas
Fecha: 17/04/2025
Pronunciada por el Excmo. Tribunal Constitucional, integrada por su Presidenta,
Ministra señora Daniela Beatriz Marzi Muñoz, y por sus Ministros señora Nancy
Adriana Yáñez Fuenzalida, señora María Pía Silva Gallinato, señor Miguel Ángel
Fernández González, señor Raúl Eduardo Mera Muñoz, señora Catalina Adriana
Lagos Tschorne, señor Héctor Mery Romero, señora Marcela Inés Peredo Rojas
y señor Mario René Gómez Montoya.
Autoriza la Secretaria del Tribunal Constitucional, señora María Angélica Barriga
Meza.
María Angélica Barriga Meza
Fecha: 21/04/2025
0A5E7BC1-8B04-4E11-B3FE-CA04AA23706B
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