A partir del estudio, Waldinger afirma que las personas ricas en
relaciones, tanto en cantidad como en calidad, son más felices, hasta el
punto de repercutir en una mejora de su salud tanto física como mental.
Esas personas, por ejemplo, tienen menos tendencia a la depresión y la
ansiedad y las afectan menos algunas enfermedades físicas ligadas a la
edad, como las cardíacas, la diabetes o la artritis. En otros términos, unas
relaciones profundas y verdaderas, más que el dinero o el prestigio, son lo
que hace que las personas se sientan felices a lo largo de sus vidas. Sus
vínculos con otras personas las ayudan a afrontar las frustraciones, hacen
que retrasen el deterioro mental y físico y son un predictor de una vida
larga y plena mejor que la clase social, el cociente intelectual o los genes.
El estudio de Waldinger ratifica algo que en el fondo ya sabíamos: todos
experimentamos un profundo anhelo de conexión con nuestros
semejantes y somos tanto más felices cuanto más queridos y arropados
por lo otros nos sentimos. ¿Hay estudios que nos muestren en qué
medida las personas tienen realmente en nuestra sociedad actual esta
experiencia de conexión y se sienten, correlativamente, felices y
satisfechas con sus vidas? Los hay. Tenemos, por ejemplo, el informe
“España 2020” Links to an external site.elaborado por la Cátedra José
María Martín Patino de la Cultura del Encuentro de la Universidad
Pontificia Comillas y presentado en noviembre de ese año. Existen
estudios semejantes en muchos otros lugares del mundo, pero este es
más interesante, obviamente, para nosotros porque analiza la realidad
social española. Puede que nos dé mucha luz echar un vistazo a algunos
de los datos que presenta. Los dos porcentajes más significativos –y en
verdad poco halagüeños– son quizá los siguientes: el 90,5% de la
población encuestada de Madrid tiene la percepción de que somos una
sociedad cada vez más solitaria y el 86,1% piensa que, en general, no nos
preocupamos suficientemente por los demás. ¿Qué dice el estudio sobre
nuestra forma de relacionarnos en el día a día? El 21,1% de la gente dice
carecer de un grupo de amigos con los que verse con frecuencia y el
37,3% no tiene un vecino al que pedir un favor importante. El 19% no
habla nunca o casi nunca sobre sus sentimientos o inquietudes con
ningún amigo o familiar y el 7,3% lo hace una vez al mes. Es decir, una
persona de cada cuatro (en realidad un poquito más) no habla nunca o
habla con muy poca frecuencia sobre sus sentimientos o inquietudes con
familiares o amigos. El estudio ofrece otros datos acerca de algunas
acciones muy sencillas y cotidianas que tienen que ver con la necesidad
de una relación físicamente presencial con otras personas. Muchos de
nosotros quizá no les daríamos especial valor, pero cuando faltan la
existencia se hace mucho más árida y difícil. No son porcentajes muy
elevados, pero dan que pensar: El 14% de la gente echa mucho de
menos poder reírse con otra persona. El 13% de la población echa de
menos ser abrazado. El 15% echa de menos mantener conversaciones
largas. El 12% de los encuestados echa de menos pasear con alguien. El
13% echa mucho de menos estar con otra persona, simplemente
presentes, de un modo físico. ¿Y las redes sociales? ¿De qué modo
contribuyen a que las personas se sientan acompañadas? Solo al 23% de
los encuestados le suponen cierto acompañamiento. El 54% no se siente
acompañado en absoluto por su participación en ellas. El 10,3% de los
encuestados no usa ninguna red social. El 87% utiliza WhatsApp, el 47%
Facebook, el 32% Instagram y el 14,7% Twitter. Una de cada diez
personas dedica más de tres horas diarias a las redes digitales y una de
cada cuatro les dedica entre una y tres. En conjunto, el 35% dedica más
de una hora diaria a las redes sociales. Las redes sociales suponen una
compañía en mayor medida para los jóvenes (34,5% frente a la media del
23%). Pero, curiosamente, los jóvenes se sienten el doble de solos: se han
sentido solos el 14,7% de los mayores de 60 años, el 18% de quienes
están entre los 30 y los 60, y el 31% de los jóvenes por debajo de los 30
años. Además, los jóvenes –y este dato no debe sorprendernos, teniendo
en cuenta la correlación que existe entre sentirnos queridos y sentir que
tenemos una vida con sentido– están menos contentos con su vida (54,6%
de satisfacción, frente a una media del 70%). Podría concluirse que
participar en las redes sociales no implica que las personas se sientan
más acompañadas. Tampoco significa, obviamente, que las redes sociales
hagan que las personas se sientan más solas. Ocurre exactamente lo
mismo que con las relaciones en el mundo offline: hay quien rodeado de
decenas de personas se siente solo y aislado. El informe España 2020
describe así el fenómeno: “La soledad de esta última Modernidad no es
aislamiento físico, sino una profunda desconexión existencial con los
demás que no solo afecta al estar sino al ser. (…) La soledad del siglo XXI
no es una soledad del estar, un mero aislamiento físico, sino una profunda
soledad del ser.” (p. 97). La cuestión no es, por lo tanto, cuántas
relaciones tengo, sino cómo las vivo. Por eso uno de los objetivos de este
tema es analizar qué tipo de relación es la que el corazón humano ansía.
Como veremos enseguida, no cualquier forma de relación tiene capacidad
para dotar de sentido la existencia humana, sino aquella que llamamos
“encuentro”. Lo cierto es que, en nuestras sociedades, muchas personas
parecen sentirse bastante solas. En palabras de Agustín Blanco,
coordinador del informe España 2020, “la pandemia del coronavirus ha
puesto imagen y voz a otra enfermedad más silenciosa que nos
acompaña desde hace años y que no deja de crecer: la soledad. En la era
de las redes sociales, de la hiperconectividad, son cada vez más los que
se sienten solos”.Tanto es así que en Gran BretañaLinks to an external
site. y en JapónLinks to an external site. se han creado Ministerios de la
Soledad para hacer frente a las consecuencias sociales de este
fenómeno.En realidad, esta soledad, esta desconexión que tantas
personas experimentan puede que no sea otra cosa que la consecuencia y
el síntoma de un modelo económico y social que hemos elegido. Para
reflexionar sobre este enfoque te aconsejo que leas este artículo.Links to
an external site., ,
1.- De la relación al encuentroLa persona es un ser relacional, con una
constitutiva apertura a la realidad y especialmente a las otras personas.
Más aún: es relación. No es que sea y además se relacione, como si
relacionarse fuera simplemente una capacidad que posee y que después
pone en acto o no, opcionalmente. No. La relación no es algo consecutivo
al ser del hombre (en ese caso diríamos que la persona primero es y
luego, si quiere, se relaciona o no). La relación es constitutiva. No es algo
accidental y añadido a la persona, ni objeto de elección para ella, sino que
forma parte intrínseca de su ser. Las relaciones o vinculaciones que he
tenido, tengo y tendré son, por eso, una fuente de identidad para mí,
explican en gran medida quién y cómo soy. ,
Reflexiona un momento:Según una antigua leyenda persa, cuando alguien
muere, el alma del fallecido ha de comparecer en un juicio en el que, a la
luz de un tapiz que el difunto ha tejido con su propia vida, se decide su
destino eterno. Se cuenta que una vez se juzgó a un rey que acababa de
morir. El difunto mostró lleno de orgullo un tapiz de maravillosa belleza.
Se le preguntó si debía agradecer la ayuda de alguien en la elaboración
de semejante obra, a lo que respondió que bajo ningún concepto, que él
era un “hombre hecho a sí mismo” con mucho esfuerzo. De inmediato
empezaron a aparecer unas figuras fantasmagóricas que fueron
llevándose uno a uno los hilos del tapiz. Eran los espíritus de todos
aquellos que le habían aportado algo en su vida al rey: sustento, crianza,
educación, fe, consejo, apoyo… Al final el rey se quedó con el simple
bastidor, sin un solo hilo, y hasta el bastidor le fue arrebatado, pues se le
dijo que debía devolver lo que se le había dejado en préstamo al nacer.
Sin hilos ni bastidor, el rey ya no era nadie y su figura se disipó como un
poco de humo.¿Se podría decir que, de alguna manera, cada ser humano
es hijo de sus relaciones? ¿Sabrías hacer una relación lo más completa
posible de todos aquellos hilos con los que está tejida tu vida y has
recibido de otros? ¿Quiénes han sido tus influencers y qué les
agradeces? ,
Siendo la relación algo constitutivo y esencial para la persona, se
comprende que no haya situaciones más frustrantes que la
incomunicación, el aislamiento o el desencuentro, hacia los que tantas
veces se deslizan nuestras relaciones interpersonales. Después
hablaremos de esto. Lo cierto es que nuestro anhelo de sentido y nuestro
anhelo de relación están conectados, de forma que experimentamos una
vida plena y con sentido cuando en ella se da el milagro de unas
relaciones profundas y verdaderas. Ahora bien, hay relaciones y
relaciones… Relación y encuentro no son sinónimos. Nuestra forma de
mirar a los otros condiciona nuestra manera de relacionarnos con ellos y
solo hay una forma de mirar que hace posible el encuentro: Si somos
sinceros, tendremos que reconocer que con demasiada frecuencia vemos
al otro como un simple medio al servicio de nuestros fines. A esta forma
de relación, que unas veces padecemos y otras “ejercemos”, se le puede
llamar instrumentalización. Lo más habitual es quizá ver al otro como
alguien con quien colaborar en función de un fin que nos interesa a
ambos. Podría decirse que nos instrumentalizamos mutuamente, en una
relación en la que cada uno obtiene algo del otro, como una especie de
simbiosis. Nos servimos el uno del otro. A esto se le llama asociarse o,
simplemente, ser socios. Podemos ver al otro, por último, como un fin en
sí; cada uno sale de sí mismo para ofrecer gratuitamente al otro la propia
riqueza, lo que tiene y lo que es. Solo aquí cabe hablar de verdadera
relación personal. Esta clase de relación es la que podemos denominar
encuentro. Repasa mentalmente las relaciones que has vivido a lo largo
de tu vida personal, en tus prácticas sociales y en tu interacción con otras
personas en las redes sociales; intenta identificar situaciones que se
ajusten a los tres tipos de relación que se acaban de describir. En el
siguiente artículo Download siguiente artículoencontrarás una reflexión
antropológica profunda sobre cómo el ser humano es un ser para los
demás,
¿Qué es el encuentro? A primera vista, no se trata de un concepto difícil y,
de hecho, es un término de uso común en nuestras conversaciones. Busca
en el diccionario de la Links to an external site.RAELinks to an external
site. el significado de esta palabra: ¿Alguna de las acepciones recogidas
por el diccionario podría convertirse en la definición que estamos
buscando? ,
Quizá debamos buscar en otra parte, o idear nuestra propia definición. Te
proponemos contemplar la siguiente escena. Pertenece a la película The
Verdict (Sidney Lumet, 1982), que en España llevó el título de “Veredicto
final” (para más información sobre el argumento pulsa aquíLinks to an
external site.),
Escena "Soy tu abogado" de Veredicto FinalLinks to an external site.,
Dividíos en equipos para comentar la escena que acabamos de ver: a)
qué te/os ha llamado la atención (en la situación, los personajes, el
diálogo, etc.); b) si lo que ha sucedido es un encuentro: qué es para
ti/vosotros el encuentro, cómo lo definiríais,
El concepto de encuentro, entendido como esa forma de relación que
satisface los más profundos anhelos del ser humano, proviene de la
filosofía personalista. Es normal que ninguna de las acepciones del DRAE
nos sirviera. El DRAE no es un libro de filosofía. El pensador español más
importante que ha tratado este tema es Alfonso López Quintás, que define
el encuentro de la siguiente manera:,
ENCUENTRO: esa profunda forma de vinculación entre las personas que
acontece cuando se abren mutuamente, cuando cada una deja que la
realidad de la otra entre e impacte en su vida. ,
Esta forma de relación nos constituye, nos configura como lo que somos.
Con toda razón puede la persona ser considerada un “ser de encuentro”.
Como decía un gran filósofo personalista, Martín Buber, “la vida del
hombre, o es encuentro o no es nada”. Ciertamente, «venimos del
encuentro de nuestros progenitores y estamos llamados a fundar toda
una serie de encuentros, sobre todo personales. Esta llamada constituye
nuestra auténtica vocación. Llevarla a cabo es nuestra misión en la vida».
En otros términos, el hábitat natural del ser humano es el encuentro:
somos fruto de un encuentro, crecemos en los encuentros, nos hacemos
más plenamente personas a través de los encuentros. ,
¿Qué hacer para que se dé el encuentro? ,
En primer lugar, encontrarse implica conducirse de acuerdo con lo que
podríamos llamar la lógica del don, pues salir de uno mismo –sin lo cual
no podría darse el encuentro– es una forma de dar. En cuanto seres de
encuentro, el don es un elemento esencial para comprender qué es ser
persona: no podemos encontrarnos sin darnos, sin una actitud generosa,
sin la disposición a poner en juego lo que somos y también a acoger lo
que tiene el otro de don para mí.
La lógica del don no incluye, pues, solamente la acción de dar sino
también la disposición a acoger, lo que incluso puede que sea más difícil
para una mentalidad individualista como la que se respira en muchos de
los ambientes en que nos movemos. Así como solo habrá encuentro si
aceptamos abrirnos al otro, exponernos, hacernos vulnerables, una
actitud individualista nos lleva a encerrarnos tratando de protegernos y
preservarnos. Immunitas frente a communitas. El don desea reciprocidad
y la implica lógicamente –pues que haya un donante es inherente al acto
de donar, pero también alguien que acoge–, e incluso la genera o la
provoca como una respuesta espontánea, pero no la pone como
condición; si se pusiera como condición, estaríamos dentro de una lógica
retributiva, contraria a la lógica del don. ,
Hay, por tanto, muchas formas de dar, pero solo el dar gratuito es don. El
don, en suma, tiene como notas esenciales la reciprocidad y la gratuidad.
Ahora bien, no es don por ser recíproco –pues hay otras formas de
relacionarse con el otro que también lo son–, sino por ser gratuito.A esta
lógica del don pertenece una serie de aspectos que podríamos considerar
como otras tantas condiciones del encuentro; es decir, como aquellos
“requisitos” necesarios para que se dé el encuentro. Los podemos llamar
también, por eso, valores del encuentro. Frente a ellos, hablaríamos de
contravalores, que serían “la otra cara del valor”, aquello que obstaculiza
o imposibilita el encuentro con el otro. ,
Busca en el siguiente texto [S. GONZÁLEZ Y A. SASTRE, Una mirada a la
empresa desde la lógica del encuentro]Links to an external site. una
descripción de dichos valores del encuentro.Hay otras condiciones del
encuentro que, probablemente, estarán relacionadas de una forma u otra
con las que aparecen en este artículo. ¿Cuáles te vienen a la cabeza? Pon
ejemplos de situaciones que hayas vivido en tus prácticas sociales en las
que se materialice alguna de estas condiciones o valores del encuentro. ,
Dinamismo y frutos del encuentroAbordamos ahora el dinamismo del
encuentro, es decir, todo lo que el encuentro despierta y mueve dentro de
los que lo experimentan. El encuentro, en primer lugar, es fuente de luz,
ilumina ciertas zonas de la realidad que estaban en penumbra, hace
descubrir aspectos fundamentales de las cosas, de los demás, de uno
mismo, del para qué de mi vida, de mi trabajo, etc. No se trata de un
descubrimiento o conocimiento puramente intelectual, sino de un
conocimiento existencial en el que se pone en juego mi persona entera –
afectividad, inteligencia y voluntad–. De ahí la alegría, por no decir
entusiasmo, que acompaña a ese momento de comprensión. Y de ahí
también la metáfora de la luz, símbolo tanto de descubrimiento como de
gozo. ,
Aquello, en fin, que en el encuentro he descubierto me moviliza, me
regala una energía que se convierte en viento que empuja las alas de mi
voluntad, se materializa en decisiones que afectan a mi mundo personal y
relacional produciendo en ellos cambios más o menos grandes que van
transformando y enriqueciendo la realidad. Por eso esta “dinámica del
encuentro”, en resumidas cuentas, se articula en tres pasos: ,
,
Trata de recordar un encuentro que haya tenido un particular impacto en
ti. ¿Qué despertó en ti? ¿Qué te descubrió de ti, del otro, del mundo…? ¿A
qué te sentiste llamado a partir de él? ,
Los ámbitos del encuentroNo estaría completa esta breve y sencilla
descripción del encuentro si no esbozáramos, por lo menos, aquellos
campos de juego o ámbitos en los que se da o puede darse el encuentro.
En este sentido, podemos hablar de encuentro: con uno mismo con los
demás con las comunidades de las que se forma parte con la
trascendencia. Todas estas modalidades del encuentro comparten las
mismas características y están intrínsecamente relacionadas entre sí. Es
necesario comprender al mismo tiempo la especificidad y el sentido de
cada una de ellas. ,
a) Encuentro con uno mismoSi el encuentro es cosa de, al menos, dos, si
exige de alguna forma la alteridad, ¿cómo puede alguien encontrarse
consigo mismo? La persona tiene esta posibilidad gracias a su dimensión
espiritual, que la hace capaz de salirse o separarse de sí y enfrentarse a sí
misma, dominando su propia realidad. La persona, pues, es capaz de
recogerse, de despegar su atención de las cosas y volverla sobre sí
misma, de verse como desde fuera. No solo se pregunta por el sentido de
las cosas, sino por el sentido de su propia vida, que es tanto como
preguntarse quién soy yo. Responder a esta pregunta es la tarea más
importante de su vida. «El hombre es para sí un enigma. Cada vez se
conoce mejor al tiempo que descubre cimas más admirables y abismos
más sobrecogedores» (Olegario González de Cardedal). Por eso desde
muy antiguo se comprendió que el principio de la sabiduría es el
conocimiento de uno mismo, desde el “conócete a ti mismo” socrático
hasta el personalismo dialógico actual, pasando por San Agustín y su “en
el hombre interior habita la verdad”.Pero, lejos de tratarse de una especie
de reclusión introspectiva y solitaria, lo cierto es que es una tarea que no
podemos realizar solos; para esta búsqueda necesitamos a los demás.
Para aprender a descubrirse y mirarse a sí mismo el yo necesita
experimentar la mirada del tú y del Tú. El fruto de este encuentro con uno
mismo es aprender a mirarse con honestidad y humildad, conocerse y
aceptarse. Conocerse y aceptarse es decir sí a la vida concreta, abrazar la
propia existencia. ¡Quererse! El conocimiento y aceptación personal no
termina nunca, y son la base para el crecimiento y la superación. ,
b) Con los demásPara conocerme a mí mismo, pues, necesito
encontrarme con el otro. En cierto modo, este encuentro con el tú es el
encuentro primigenio, tanto cronológicamente como en el sentido de
posibilitador de todos los demás encuentros. Lo primero que reconoce un
niño, efectivamente, es a su madre, y solo a partir de ese protoencuentro
podrá comenzar un paulatino y lento descubrimiento de sí mismo. En este
ámbito, se cumple y se manifiesta de forma plena esa verdad
fundamental acerca de la existencia humana: el hombre está hecho para
el encuentro, para amar y ser amado. La persona llega a ser tal
únicamente en relación. Este encuentro con el tú es la base de
experiencias tan relevantes para la existencia personal como la amistad
entre dos personas: cada una de ellas es en sí misma un universo entero
que se abre hacia el otro y se convierte en un tú para él. Al entrelazarse,
se crea una «realidad eminente que denominamos nosotros». Sentirme
mirado por el amigo es como estar en casa, sentirme acogido aun en mi
imperfección o limitación, lo que posibilita que yo mismo me pueda
aceptar y acoger así. ,
c) Con nuestras comunidadesHa aparecido dos o tres líneas más arriba la
palabra nosotros. Cuando dos o más personas se encuentran se origina un
ámbito comunitario, un “entre”, un nosotros con identidad propia, porque
es más que la mera suma o adición de las personas que se
interrelacionan. Es en ese tipo de hábitat donde están llamadas a crecer y
florecer las personas: sea en la familia, el hogar, un grupo de amigos, una
comunidad de fe, una promoción universitaria o hasta en un equipo de
fútbol…,
¿También un despacho profesional o una empresa pueden verse y vivirse
como ese tipo de ámbito, como un nosotros? ¿Qué piensas? ,
En Educación para la responsabilidad social profundizaremos en la
esencia de la vida comunitaria (tema 2); digamos ahora solo que un
nosotros es un ámbito de pertenencia y de arraigo confiado en la realidad,
desde el que se puede decir este es mi lugar, este es mi sitio. Carecer de
un nosotros es literalmente estar desarraigado. Pero –atención– no todo
entorno grupal es una verdadera comunidad; hay colectividades que más
que hacer florecer a la persona, la ahogan, sofocan su ser y anulan su
identidad. La comunidad no anula a la persona; al revés: le permite ser y
descubrirse a sí misma, a los demás, y en última instancia a Dios.,
d) Con la trascendenciaPodría decirse que este cuarto ámbito no es en
realidad un ámbito distinto del encuentro con el tú. La única diferencia es
que aquí hay una “T” mayúscula. Intuimos que la plenitud y el sentido
están en el encuentro y el amor, pero experimentamos al mismo tiempo
la insuficiencia de nuestros encuentros y la limitación de nuestro amor. Es
como si en cada relación o encuentro verdaderos con un tú humano
estuviéramos anhelando un Tú infinito, un Encuentro capaz de colmarnos.
Así lo piensa Martin Buber, para quien toda experiencia de encuentro con
un tú finito está atravesada por una “noble nostalgia del Tú eterno”.
Ernesto Sábato, que experimentó dramáticamente la extrema
vulnerabilidad de nuestras relaciones personales en la muerte de su hijo
Jorge, describe la búsqueda espiritual que emprendió después de ese
acontecimiento justamente como la búsqueda de un Tú eterno: “no
buscaba a Dios como una afirmación o una negación, sino como a una
persona que me salvara, que me llevara de la mano como a un niño que
sufre”. ,
Es importante resaltar que todos estos ámbitos del encuentro están
entrelazados o interrelacionados. Ninguno se da de forma aislada o
independiente del otro, es más, cada uno es una oportunidad para abrirse
al resto de encuentros. No es posible crecer en uno de ellos, podríamos
decir, sin crecer en todos los demás. Y, a la inversa, si tengo dificultades
por ejemplo a la hora de encontrarme con una persona con la que me
relaciono de modo habitual, es sensato indagar en mi propio interior para
tratar de encontrar qué parte de esa dificultad está en mí mismo, tal vez
algo que todavía no he resuelto o con lo que no me he reconciliado.,
Y, por último, no es posible encontrarme siempre y con todo el mundo,
pero sí está en mi mano tratar de tomar conciencia de en qué “modo”
vivo, tanto de forma habitual como en cada momento: ,
2.- El amor y la sexualidadExiste una dimensión de la vida personal a
través de la que se vehicula una forma particular y, si se da en el marco
de un verdadero encuentro, especialmente plena de relación yo-tú: la
sexualidad. Sobre ella hablaremos en sesiones específicas.,
3.- El desencuentro y el perdónEl anhelo de encontrarnos nos constituye
tan profundamente, que las situaciones de incomunicación y tensión que
en ocasiones vivimos pueden hacer que nos sintamos muy frustrados.
Sucede en todos los entornos en los que las personas se relacionan e
interactúan. Es el inevitable fenómeno del desencuentro, que pese a ser
una situación muy ingrata y desestabilizante, puede no ser la muerte de
la relación, sino una oportunidad para que salte a un nivel mayor de
autenticidad y hondura si somos capaces de afrontarlo adecuadamente.
Trataremos de hacer, sin pretender ser exhaustivos, un repaso de las
variadas raíces o causas del desencuentro entre las personas. El
escándalo de la alteridad La diferencia o alteridad, esto es, el hecho de
que el otro sea un ser irreductible a mí mismo, es decir, que sea
verdaderamente otro (en latín alter), es un inmenso don para mí y la
condición de posibilidad del encuentro, pero puede ser también una
piedra de tropiezo (que es lo que etimológicamente quiere decir
escándalo), una pieza incómoda que no sabemos cómo encajar en el
rompecabezas de nuestra vida. Sueño entonces con que el otro fuera un
poco menos otro, más parecido a mí, que pensara como yo y tuviera los
mismos gustos. Incluso a veces puedo tener la tentación de cambiarlo
para que encaje, para que se ajuste a mis ideas y conceptos. Es imposible
que esto no genere conflicto porque el otro percibe mi pretensión sobre él
y se resiste. Pero una relación verdadera con el otro solo es posible
reconociendo, respetando y queriendo su diferencia; reconociendo al otro
en sí mismo y para sí mismo. La verdadera comunión es siempre unidad
en la diversidad. “El tú de «yo te amo» nunca es exactamente mi igual o
mi contemporáneo y el amor es la insensata investigación de ese
anacronismo” (FINKIELKRAUT). La difícil libertad… ajena Si el otro es
alguien irreductible a mí es fundamentalmente por su libertad. Ser libre lo
hace imprevisible; su imprevisibilidad lo hace incontrolable y la falta de
control nos produce inseguridad. Parafraseando el título del célebre libro
de Fromm, hay un cierto miedo a la libertad, pues donde ella aumenta,
perdemos parte del control y puede crecer el desorden. Sin embargo, “el
amor personal no comienza con un movimiento hacia el otro, sino con un
retroceso” (GUARDINI). Al amar tomamos distancia, dejamos al otro
espacio para expresarse y ser. Todos necesitamos crecer en nuestra
forma de amar, que con frecuencia pretende anular esa distancia, sin
dejar espacio al otro para tomar sus propias decisiones y, eventualmente,
equivocarse. Del tú al ello Si lográramos moldear al otro a nuestra imagen
y sometiéramos su libertad, lo estaríamos convirtiendo en un objeto que
manejaríamos, en un medio o instrumento para nuestros propios fines. Y
convirtiéndolo en objeto de posesión, el otro deja de ser un tú para ser un
él o un ello. Entre los variados mecanismos con los que reducimos al otro
a objeto está el de poner etiquetas. Etiquetamos a un compañero por una
primera experiencia que hemos tenido o por algo que nos han dicho de él.
Y no tiene por qué tratarse de una etiqueta negativa. Lo característico de
las etiquetas es que creemos haber encasillado dentro de ellas toda la
rica realidad de una persona, cuando lo propio de la condición personal
del ser humano es que este es siempre mucho más de lo que aparece.
“En el otro hay siempre más cosas que amar (y que sufrir) que las que
contienen las ideas sobre él o las ensoñaciones pacientemente
fomentadas en su ausencia” (FINKIELKRAUT). Otra forma de encasillar y
etiquetar al otro es desesperar de él, negarle la posibilidad de cambiar.
“El otro-objeto es para mí una realidad acabada, definitiva, sida. (…) el
otro, en principio, no podrá mostrar nada cualitativa y verdaderamente
nuevo, nada «original»: se limitará a patentizar lo que ya era” (LAÍN
ENTRALGO). No hace falta recalcar que, si este fatalismo fuera cierto,
poco o ningún sentido tendría el acto educativo. Educar implica siempre
un acto de esperanza, la convicción de que la persona es siempre capaz
de generar novedad. La insoportable levedad del otro En otras ocasiones
no veo al otro ni como alguien cuya diferencia me desestabiliza ni como
medio del que servirme. Sencillamente, no lo veo. Cuando el otro no nos
suma ni nos resta se nos vuelve fácilmente indiferente o superfluo. La
inautenticidad y la exigencia En nuestras relaciones se introduce a
menudo la inautenticidad, pues nos relacionamos desde la superficialidad
o desde el aparentar lo que no somos o esconder lo que consideramos
nuestras carencias para ser aceptados y estimados. Evitamos así, tal vez,
el encontronazo, pero nos instalamos en el desencuentro. Otras veces
desatamos las hostilidades para exigir al otro lo que pensamos que nos
debe. Nos cuesta pasar por alto que el otro no cumpla con la parte que le
corresponde de las tareas compartidas. O que no reconozca nuestros
méritos y esfuerzos. O que simplemente nos ningunee. Pasamos factura al
otro por los daños, reales o imaginarios, infligidos con su negligencia, su
ineptitud, su egoísmo o simplemente siendo como es. El otro, por
supuesto, también tiene muchas cuentas que saldar. Y todos pensamos
siempre lo mismo: la culpa es del otro. Hay esperanza para la relación si a
pesar de todo uno es capaz de mirar hacia adentro para comprender que
hay un mal que está en él. Puede no ser fácil hacer este cambio de
enfoque, pero ahí radica la posibilidad de un giro radical en nuestra
relación con el otro. El cambio de punto de vista consiste, en definitiva, en
dejar de verme como la víctima, y en empezar a disculpar al otro. Es
preciso que cada uno vea sus luces, pero también que abrace sus
sombras, que las acepte… Se trata de reconocer la propia pobreza:
también hay una factura que los otros podrían pasarme a mí. El otro, a
pesar de que tantas veces podamos salir heridos de nuestros
desencuentros, es un don para mí: con el otro me descubro a mí mismo,
sus dificultades me ayudan a ver las mías. Los otros, con sus limitaciones
y pobrezas, son la condición de mi propio crecimiento, como yo lo soy
para ellos. ,
Para profundizar más sobre el tema del perdón te dejamos aquí el
documento "Un viaje llamado perdón" Download "Un viaje llamado
perdón"del Parlamento Mundial de la Juventud.El perdón es una
manifestación de amor y de misericordia que nos trasciende, que ha de
ofrecerse libremente, y con la humildad de reconocer que para ello
podemos necesitar ayuda. El acto de perdonar y el de pedir perdón son
una puerta abierta a la paz y a la verdadera alegría, tanto del que
perdona como del que es perdonado. Aprendemos a perdonar a los
demás, sabiéndonos perdonados y perdonándonos también a nosotros
mismos. El perdón es clave para la convivencia humana.
Esta escena de la película Maixabel (2021)Links to an external site. nos
ayudará a comprender el ámbito de la realidad del que estamos hablando:
,
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