Martes
14 I 01 I 25
Por Luis Sagasti
El cielo de
Peter Pan
El cuento por su autor
El origen de este relato es un texto que escribí para el acto de oler el libro que nos aprestamos a leer; la
un libro extraordinario de Eduardo Berti, Un hijo ex- carne cociéndose en una parrilla de amigos. Si hubie-
tranjero. Lo que me había atrapado de la pequeña ra que reducirlo a un grafiti escribiría: Si una noche de
novela de Berti era la sensación de inicio constante, invierno un viajero. Así, el inicio de Peter Pan, el de Pi-
de que todas sus experiencias en un pueblo de Ru- nocho: un cuarto iluminado en medio de la niebla y
mania, adonde había ido a conocer la casa natal de de la noche donde algo está por suceder. Creo que
su padre, estaban en un maravilloso estado de inmi- así se transita la infancia: siempre en el borde de una
nencia. En ese sentido, creo que el modo umbral ate- revelación. Luego caemos en el tiempo, en el capital,
sora una intensidad que solemos olvidar cuando tras- el hábito monocorde. Concluida la adolescencia (si es
pasamos la puerta. Cuando se apagan las luces del que de veras se concluye) nos aguarda el camino de
cine, o las del estadio porque la banda está por salir; regreso. Entre otras cosas, para eso sirve el arte.
Por Luis Sagasti
El Cielo d
C
uando tenía doce años leí un cuento que la edito- la tercera vez, cuando el tono de voz cambiana
rial Bruguera de España había publicado en una levemente. Pero antes de que eso ocurriera uno
de sus clásicas antologías –esas donde los auto- de nosotros podía entrar a buscar algo o a ir al
res anglosajones, mayormente ignotos para el baño. Al volver al patio entendía con claridad la in-
lector, ocupaban la totalidad del índice–. Ya de sistencia de la madre. Con las pupilas contraídas
grande advertí que el relato podía leerse sin mu- por la luz del interior no era tan sencillo acoplarse
cho esfuerzo como una versión alternativa y para de nuevo al juego de quienes aún recortaban figu-
adultos de Peter Pan. Claro que, cuando en su ra de fondo sin mucho inconveniente. En la playa
momento tuve el libro en mis manos, era incapaz era distinto. El sol se ponía en el mar, las sombras
de establecer esa clase de analogías, entre otras se alargaban buscándose unas a otras hasta re-
razones porque la versión del libro del niño de las plicar en la arena un cielo sin estrellas. Solo cuan-
calzas verdes, a la que todos habíamos accedido do ya estaba de veras oscuro levantábamos cam-
por aquel entonces, era la que reducía a unas pamento. Pero cada vez que el sol estaba a pun-
pocas páginas la película adaptada por Disney y to de besar el horizonte nuestros padres nos de-
no la original, cuya primera línea constituye uno cían de mirar el atardecer. Por lo visto se trataba
de los mejores comienzos de la literatura: Todos de algo ciertamente hermoso. Mirábamos de sos-
los niños crecen, menos uno. Esa primera y reve- layo, como un absurdo acto de obediencia, para
ladora oración no figuraba ni en el librito de Dis- no desairar la incomprensible invitación a observar
ney, ni en la película, claro. Fíjense, por ejemplo, lo que de todas formas iba a repetirse al otro día.
la madre de Wendy, al recibir una flor que su hijita Éramos unos cuantos primos que siempre nos
le obsequia con una naturalidad irresistible, sus- encontrábamos en los veranos. Pero el año en
pira y murmura: Por qué no podrás quedarte así que debí haber leído el cuento de Bruguera, mi
para siempre. Vuelvo al cuento de Bruguera. En prima, un año mayor, estaba mal porque al chico
una noche de dones concedidos una pareja ha- que a ella le gustaba al parecer gustaba de otra o
bía deseado que su hijito de tres años, tan en- algo así. Lo supe por mi hermana. Claro que, en
cantador y adorable, tan gracioso, no creciera ya la playa, el asunto pasó al olvido. Nos habremos
más. No sé si el comienzo del relato era así de bañado, jugado a la pelota y hablado de alguna
abrupto. Lo fue, acaso, el arrepentimiento: suce- serie de televisión. En un momento advertí que mi
dió al año nomás, cuando la pareja se percató, prima se había puesto de pie y contemplaba en
ante la presencia de otros niños, que naturalmen- silencio la puesta del sol. Miré hacia el horizonte, de las cosas: el mundo lunar y el mundo su-
te crecían, de que el deseo se había cumplido. solo noté que unos chicos jugaban una carrera blunar no se encuentran tan separados como
No recuerdo si con el tiempo tuvieron que alegar hacia el mar. creemos. Los entes transmigran de un lado a
una enfermedad para justificar la situación del Y el sol ya se ha puesto en Londres cuando otro sin pasar por la aduana del buen sentido,
pequeño, que seguía tan alegre y feliz como empieza la versión Disney de Peter Pan. So- sus líneas se adhieren dando lugar a formas
siempre había estado. Quienes caían por la casa brevuela una niebla dispersa y lenta que da la nuevas, fugaces. La visión dura un instante; el
ya no encontraban tan adorable a esa criatura y impresión de constatar que todo guarde el or- viento de la noche arria las velas de la nave de
los hijos de esas visitas ya no querían jugar con él den consignado. El misterio de este niño al Peter Pan hasta convertirla en una lánguida
porque, claro, se aburrían. No hubo peleas en el que la sombra le desobedece se diluye al mo- nube que se pierde entre las estrellas. Se apa-
matrimonio, ni crisis o noches de alcohol, hasta mento mismo de comenzar sus aventuras. Es ga la luz del cuarto; mañana los recuerdos co-
donde recuerdo: el cuento no fue hacia ese lado allí donde el libro, la película, encuentra a sus menzarán a tejer el pullover que nos abrigue
sino hacia otro, más asordinado, donde la luz lectores definitivos. Piratas, indios, un alegóri- cuando el invierno de nuestro descontento
que el niño había sido y aún era fue oscureciendo co cocodrilo con un despertador en el estó- nos haga saber de su nieve.
el ánimo de sus padres hasta cubrirlos de una mago, conforman una amalgama tan hetero- Vayamos a otra noche de dones derramados.
tristeza y una culpa que los llevó a fingir un acci- génea e incómoda como la fauna excesiva de En este caso, al cuarto de un viejo carpintero de
dente; no recuerdo cómo mataron a un chico las Crónicas de Narnia. Antes de la última pá- la Toscana. O, mejor aún, detengámonos antes
que, hasta último momento, sonreía de pura feli- gina, el libro se olvida de sus pequeños lecto- de sus sentidas plegarias: en los dos primeros
cidad. res: el padre de Wendy cree distinguir en una compases de una canción capaz de encender
Cuando el sol ya se había puesto y de la noche nube que pasa delante de la luna la barca de una vela en medio de una tormenta. Más allá de
llegaban las primeras noticias, mi madre se aso- su antiguo amigo de la infancia, Peter Pan. esa melodía, la película Pinocho es claramente
maba al patio desde la cocina y nos decía de en- Entonces ese tiempo donde todo era posible para los niños. Pero lo que ellos no saben es
trar; ya estaba muy oscuro y era mejor jugar den- y para siempre levanta su telón por un instan- que la estrella azul cumple el deseo soñado en
tro de la casa. Con mis hermanos obedecíamos a te para dejarnos ver la verdadera naturaleza el momento mismo de su enunciación. Allí la
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de Peter Pan
extensión de los objetos o la importancia de to en la misa donde un pedazo pequeño de pan
ciertos sucesos situados más allá de nuestro concentra el cuerpo de quien fuera crucificado.
foco de atención –siempre elusivo y en zigzag– Al partírselo se multiplica porque cada miga de
era puro boceto, una suerte de pizarrón no muy ese pan sin levadura concentra la totalidad del
bien borrado donde debajo de lo escrito persis- cuerpo del Salvador. Y el niño que fui yo unos
tía como un eco visual lo antes consignado. Los años antes de leer el cuento de Bruguera tuvo
entes aparecieron y desaparecieron sin preám- un serio problema al respecto: la hostia recibida
bulos durante los mil años que duró la infancia en una obligada misa se le pegó al paladar
hasta que en un momento algo en el cuerpo como una estampilla ahí nomás delante del
nos llevó una tarde a observar cómo el sol se cura. Y a medida su lengua la cubría con una
hundía en el mar. Y allí, en el momento en que impaciente película de saliva, el chico que fui
logramos advertir que dos mundos se intersec- sentía cómo la hostia se diluía en incontables
tan, allí es cuando se han separado definitiva- fragmentos húmedos, casi al borde de lo líqui-
mente para nosotros. Y así fue como esa anto- do: una réplica en miniatura del milagro de los
logía de la editorial Bruguera también desapare- panes y los peces solo que aquí en cada pez se
ció una vez y con ella el nombre del cuento y de encontraban todos los peces. Tal vez la natura-
su autor. No me he topado con esa historia en leza de esta ceremonia haya inspirado a Leibniz
ninguna otra compilación o edición de autor a imaginar la realidad como una configuración
como tampoco jamás pude dar con el cuento de infinitas partículas indivisibles que repiten
del hombre que colocó las cenizas de su espo- cada una a su manera el cosmos por ellas for-
sa en un reloj de arena ni con el libro de la pelí- mado. De modo que en cada partícula de cada
cula Peter Pan. Lo he visto, sí, por internet. Ho- imagen de un vitral encontraremos a la iglesia
rrible. La edición estaba ilustrada por imágenes que lo sostiene junto a jardines y jarrones y es-
de la película, por supuesto: líneas bien defini- tanques con peces, y en las escamas de todos
das, un fondo apenas sugerido, colores planos, los peces de los infinitos estanques y en cada
es decir lo más alejado de cualquier tipo de ma- miguita de hostia recogida por el sacerdote en
gia. Salvo la primera página, donde sobre lo os- la patena crecen a la vez otros jardines y otros
curo se recorta una ventana dorada. Como si estanques y otras iglesias cuyos vitrales inun-
fuera el sol del otro lado del horizonte. El titilar dan de luz a los infinitos sacerdotes que se lle-
palabra es mágica en serio. Mientras dure la de la luz en la penumbra detiene todo lo que se van a la boca los restos de hostia reunidos, se
oración, el fervor con que se pide hace presente encuentra alrededor. Los troncos encendidos hacen un buche con vino y tragan para que
lo anhelado. Ya de grandes, cuando cerramos albergan lo que ha de extenderse y lo que ya ha todo se reintegre una vez más ante la dádiva del
la ventana del cuarto porque de la nave de Pe- regresado y reposa. Pasado y futuro concentra- perdón celeste. Y al mismo tiempo todo esto
ter Pan ni las migas quedan, hemos aprendido dos en un resplandor. Por eso llevamos joyas. también sucede en los añicos del platito que el
a distinguir al deseo de la quimera. Y el mundo Almacenan tiempo, tanto sea para asegurar lo chico tiró sin querer pero que al sentirse tan
de lo posible se reduce entonces no al brillo de que se pueda del futuro como para subrayar los abrumado por el reto de su madre, hubo de
lo codiciado sino al algoritmo que nos permita prestigios del pasado. Piedritas bellas, escasas, confesarlo como pecado antes de comulgar.
su obtención. fáciles de transportar, que al no corromperse Por unos instantes, el mundo sublunar será sin
A la edad en que leí el cuento de Bruguera, el atraen también para sí todos los frutos de la co- mácula para quienes hayan asistido a la cele-
mundo era lo dado y ciertas preguntas no cabí- dicia y la corrupción. Pequeños soles que nun- bración aunque no haya forma de arreglar con
an entonces: cómo llegan los libros a la casa, ca se ocultan, solo cambian de manos, cuellos, pegamento a ese platito al que nadie nunca ja-
quién los compra, quién los lee. Los libros cabezas en forma continua. Cuando ya no fue más le echó un vistazo. El chico con los cristos
–como esos platitos de abuela colgados en la posible la transmigración entre mundos al pintar adheridos al paladar no entiende muy bien eso
pared y a los cuales nadie jamás les ha dedica- bisontes, las cavernas devinieron altares, san- de que ha sido absuelto pero lo habita una sen-
do una simple mirada– siempre estuvieron allí. tuarios. Y se vistieron de oro. Allí en lo resplan- sación de caminar en puntas de pie que, si bien
Del mismo modo sucedía con, por ejemplo, las deciente volvía a presentarse lo que había sido desaparece una vez fuera de la iglesia, a él re-
zapatillas viejas reemplazadas por las nuevas. una vez. El acopio y diversidad de los símbolos gresará más tarde, cuando el sol haya llegado al
De pronto no estaban más y punto; de su desti- expresa con claridad el carácter de la distancia envés del cielo y él vuelva al patio casi en pe-
no ulterior ni interés ni noticias. Un pariente falle- labrada. Y en relación proporcional: a mayor numbras a seguir jugando con sus hermanos
cía y la imprevista noticia, que ese mismo día se cantidad y complejidad de los rituales mayor es que aun ven con claridad los límites de las infini-
olvidaba, agregaba los pormenores de una en- la lejanía con el otro mundo, más grandes los tas mónadas que conforman las apariencias del
fermedad de la que nunca supimos nada. La esfuerzos por fusionarlos. Vean: hay un momen- jardín.
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Jue
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