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Verano 11

El cuento 'El padre de Stanzu' narra la experiencia del padre de Stanzu al llegar a Buenos Aires, donde se enfrenta a una ciudad desconocida y llena de posibilidades. A través de su viaje, se exploran temas de búsqueda, destino y la complejidad de la vida urbana en contraste con su vida anterior en el campo. La historia refleja la lucha interna del protagonista mientras navega por un entorno que desafía sus expectativas y sueños.
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Verano 11

El cuento 'El padre de Stanzu' narra la experiencia del padre de Stanzu al llegar a Buenos Aires, donde se enfrenta a una ciudad desconocida y llena de posibilidades. A través de su viaje, se exploran temas de búsqueda, destino y la complejidad de la vida urbana en contraste con su vida anterior en el campo. La historia refleja la lucha interna del protagonista mientras navega por un entorno que desafía sus expectativas y sueños.
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Sábado

11 I 01 I 25

Por Hernán Ronsino

El padre
de Stanzu

El cuento por su autor

Hay historias que aparecen de un modo ines- en blanco, no hay tampoco un destino en la es-
perado, se terminan de configurar como resto de critura porque a lo que se aspira siempre es a
una búsqueda que no ha llegado a su destino. una ilusión que terminará desvaneciéndose ante
¿Pero hay un destino en la búsqueda de una his- lo que no estaba planeado. Algo semejante a
toria? A veces se planean objetivos, se estructu- esto me sucedió con “El padre de Stanzu”: bus-
ran formas pero la escritura devuelve lo sorpresi- caba otro destino, iba hacia un lugar que se de-
vo. La escritura se mueve con la misma lógica rrumbó pero en el tránsito –siempre la escritura
del agua. Siempre filtra algo incontrolable. Por se trasluce en un tránsito– apareció esta historia
eso, de la misma manera que no existe la página que no esperaba encontrar.
Por Hernán Ronsino

El padre
U
na sola vez el padre de Stanzu se sintió así, ex- dijo Pedro Lezano pisando el pucho en el suelo.
traño, como sapo de otro pozo. Fue cuando Le dio un abrazo. Sintió, seguro, ese olor ran-
bajó del tren en Retiro y se enfrentó con Buenos cio, a humo, pegado en la lana. El olor del pa-
Aires. Una ciudad pegajosa, inmanejable. Pero dre de Stanzu. Al rato el tren se movió en el an-
por eso mismo, también, un mapa de infinitas dén con un tironeo brusco, buscando el este;
posibilidades. El padre de Stanzu, entonces, en cambio, el sol bajaba, quemando en su reti-
sintió una voracidad, una especie de excitación rada los campos del oeste, los campos de Le-
que lo encendía. Mientras caminaba por la pla- zano. Y el propio Pedro Lezano, siendo parte de
taforma del tren, mientras miraba las columnas esa imagen, con un pie en el paragolpes de la
de hierro, los relojes, mientras respiraba la hu- chata y el corazón un poco acelerado por la
medad espesa que venía del río, el olor del río, despedida, levantó la mano y saludó a una má-
percibió en su extrañeza algo parecido a lo que quina infernal que largaba polvo, espantaba pá-
sentía cuando tenía que empezar a limpiar un jaros, estremecía la tierra. Limpiar un terreno y
terreno, cuando tenía que desmalezarlo. Empe- caminar por primera vez una ciudad desmesu-
zar a limpiar un terreno y caminar por primera rada se parecen. Cuando salió de la estación
vez una ciudad, se parecen, pensó. En su des- Retiro, el padre de Stanzu caminó buscando
concierto, en su desmesura, se parecen. El pa- una calle, una dirección que Pedro Lezano ha-
dre de Stanzu tenía veinte años y un olor a bía anotado en un papelito. La letra era comple-
humo pegado en la ropa, difícil de sacar. Vivía ja. Casi infantil. Alguien le dijo que esa dirección
con la madre en una casita en Castilla. Hacía estaba como a diez cuadras. Por eso el padre
changas. Y nunca había viajado a Buenos Aires. de Stanzu cruzó la plaza San Martín. Por eso
La imaginaba, la inventaba, con restos de pelí- llegó a Florida. En un puesto de diarios volvió a
culas, con tonos de voces que escupía la radio, preguntar. El diariero le quitó el papel y lo leyó
con las fotos de revistas. En el pueblo ya había con calma, pensó un momento y después le nes, chimeneas y árboles más frondosos. Lo
conocido todos los límites posibles. Y los había dijo que estaba equivocado: la dirección que que el diariero llamó provincia. Anduvo, así,
transgredido también. Después de aparecer bo- Pedro Lezano había escrito era de Avellaneda. atento, tratando de descifrar los nombres de las
rracho en una zanja, la madre decidió ir a ver a Tenía que tomarse un colectivo y viajar hasta calles, los números hasta que el colectivo rodeó
Pedro Lezano. Y cuando alguien del pueblo de- provincia. Esta dirección es de provincia, dijo el un estadio de fútbol –eso le había indicado el
cide ir a ver a Pedro Lezano es porque está en diariero. El padre de Stanzu sintió que esa for- diariero– y entonces el padre de Stanzu se alistó
problemas. Y ese problema sólo se puede re- ma de decir provincia era distinta a la manera para tocar el timbre y bajar en la siguiente para-
solver en manos de alguien que pueda desanu- de mencionar la provincia donde quedaba Cas- da. Bajó en un descampado que lo inquietó. El
dar la madeja. Pedro Lezano lo recibió en la es- tilla. Eso era otra cosa, era la provincia, el cam- colectivo salió despacio pero largando un bra-
tancia. Y después de escuchar el relato de la po. El diariero le dijo un número de colectivo, un mido espeso. Por eso mismo ladraron algunos
madre – quebrado por el llanto – le prometió número que el padre de Stanzu grabó como se perros. El estadio, en la noche, parecía un vol-
que la iba a ayudar. Al otro día el padre de Stan- graba en la cabeza un idioma nuevo. Un rato cán abandonado. Estaba en la calle indicada
zu llegó a la estancia media hora más tarde de después se subió a un colectivo que tenía como por Pedro Lezano. Y ahora tenía que caminar
lo acordado. Por eso Pedro Lezano lo hizo es- destino Sarandí. Pudo sentarse en un asiento cerca de cinco cuadras. Cuando estuvo frente
perar una hora en la galería del caserón. Cuan- individual, junto a la ventanilla. El asiento tenía al zaguán de la casa de Gliemo Zárate descu-
do Pedro Lezano apareció, quedó claro que es- una funda de cuerina blanca. Algo de felicidad brió que no había timbre y, además, sintió que
taban a mano. Desde ahí miraban el campo, le venía siempre –no sabía muy bien por qué– del interior de la casa venía un olor a asado. El
sentían el silencio del campo. Pedro Lezano le cuando los asientos de los colectivos venían en- hambre se le abrió con ferocidad. Entonces gol-
preguntó qué era lo que más le gustaba hacer fundados con cuerina blanca. Esos detalles lo peó la puerta con fuerza. Dio dos golpes. Mien-
en la vida. El padre de Stanzu dijo algo vago e conmovían. Y mientras el colectivo se desplaza- tras esperaba que alguien saliera, volvió a mirar
impreciso. Entonces Pedro Lezano reformuló la ba por avenidas anchas, por calles arboladas y los bordes irregulares del estadio de fútbol y
pregunta. Cómo imaginás tu vida dentro de un bordeadas de edificios irregulares, unos detrás descubrió, a un costado, unas vías del ferroca-
tiempo, dentro de unos años. Cuando tengas de otros, sintió dos cosas: un poco de asfixia rril resplandeciendo por el efecto de algunos fo-
cuarenta, ponele. Y el padre de Stanzu, mirando primero y, después, una idea un tanto confusa cos de luz. El que abrió la puerta fue el hijo de
el campo con una sonrisa que demostraba un que, con el tiempo, con los años diría, fue des- Zárate. Y cuando el padre de Stanzu vio la cara
placer secreto, dijo que soñaba con un imperio. plegando, fue aclarando. Que para entender a de Gabriel Zárate descubrió que no sabía qué
Pedro Lezano primero pensó que el lugar de una ciudad hay que pensar en su doblez, en la debía decirle. Vengo de parte de Pedro Lezano,
ese muchacho era en la administración de los ciudad secreta que sostiene a la visible. Eso lo de Castilla, murmuró. Gabriel Zárate lo miró un
silos. Pero había algo desmesurado en su mira- tranquilizó. Y, con esa tranquilidad, se aferró a lo poco desconcertado. Le dijo que esperara un
da que no se correspondía con una oficina ad- único cierto que tenía: apretó el papelito donde momento. Al rato apareció un hombre viejo,
ministrativa. Por eso, Pedro Lezano pensó que Pedro Lezano además de la dirección había es- prepotente, con una voz ronca y pausada.
lo mejor para el muchacho era lo que se le ha- crito el nombre de Gliemo Zárate, un puntero Quién viene de parte de ese hijo de puta, dijo
bía ocurrido. Una semana después de la prime- político que se encargaba de dar trabajo para, Gliemo Zárate, desde atrás de la puerta, masti-
ra cita, el mismo Pedro Lezano pasó a buscarlo en el mismo momento, otorgar también una cando un pedazo de carne, con la boca brillosa
por la casa y lo llevó en su chata hasta la esta- deuda de por vida. La ciudad, poco a poco, se por la grasa. El padre de Stanzu, frente a seme-
ción. Fumaban, ahora, mirando el campo, mien- disgregaba en la noche, a medida que el colec- jante cuerpo, alto, gordo, un cuerpo de otra
tras esperaban el tren. Pedro Lezano le dijo que tivo se acercaba al riachuelo. Cruzar el puente época, apenas esbozó una sonrisa tímida.
no bajara la guardia, que Buenos Aires era trai- lo sacó de cierta modorra –un rumor metálico y ¿Quién sos?, dijo Gliemo Zárate, la boca sin
cionera; primero te muestra el dulce y después, constante contra un hueco negro, una grieta es- dientes. Hugo, balbuceó el padre de Stanzu.
de cuajo, te lo arranca. El padre de Stanzu lar- pesa que ni siquiera se adivinaba como agua Gliemo Zárate en lugar de concentrarse en el
gaba el humo, apoyado en el guardabarros de corriendo hacia el río– para después volver a muchacho que tenía delante, es decir, en el pa-
la chata con la que Pedro Lezano se paseaba una marcha que zigzagueaba por calles más dre de Stanzu, chasqueaba la lengua entre los
en los caminos rurales de Castilla. Cuidate, le oscuras, edificios abandonados, grandes galpo- dientes y miraba el auto que estaba mal esta-
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de Stanzu
afuera. Un auto rojo. Un Chevrolet, agregó el da, las cosas se discuten con los compañeros,
padre de Stanzu cortando un pedazo de carne. vas a escarmentar, traidor. Entonces Gliemo se
¿Alguien sabe algo? Todos apretaron los labios paró –ese cuerpo enorme, de otra época– y mi-
y menearon la cabeza. Bueno. Cuando el mu- rándolo al padre de Stanzu, dijo: Pibe, ¿qué ha-
chacho termine de comer, largamos, dijo des- cemos con Reynaldito? El padre de Stanzu sin-
pués Gliemo Zárate. Pero cómo, éste viene, tió un sudor en la frente. La cara de Reynaldito
preguntó alarmado Gabriel. Sí, dijo Gliemo, si le dio ternura –nunca había visto a un hombre
ese hijo de puta de Lezano tuvo el valor de así: vencido– pero interpretó que la insistencia
mandarlo, para algo debe servir. Cuando salie- de Gliemo y los muchachos lo ponían frente a
ron, el auto rojo ya no estaba. Se dividieron en un solo camino. Un camino irremediable. Cerró
dos grupos. Gabriel y los muchachos por un los ojos y pensó que se trataba de un pájaro,
lado. Y Gliemo y el padre de Stanzu por otro. como esos que cazaba en Castilla, seguro en
¿Comiste bien?, le preguntó Gliemo antes de
algún campo de Pedro Lezano. Un pájaro in-
arrancar. Y el padre de Stanzu sonrió. Sería cer-
quieto en el aire. Cuando abrió los ojos, además
ca de la medianoche. El auto de Gliemo Zárate
de respirar el olor a pólvora, además de ver que
en principio comenzó a seguir al de su hijo pero
la mitad de la cabeza de Reynadito estaba
después de unas cuadras se desvió, tomó por
abierta como una fruta jugosa, como una gra-
unas calles estrechas y vacías. Ese, en princi-
nada madura desparramada en el piso, descu-
pio, era parte del plan. Bordearon, entonces,
brió que se había equivocado. Por eso mismo
por un rato largo el terraplén de las vías. Iban,
no supo hacer otra cosa que correr. Si no había
prácticamente, sin hablar. Hasta que llegaron a
una avenida luminosa. El auto de Gliemo Zárate que matarlo para qué le habían pasado una pis-
comenzó a moverse a paso de hombre. Así cru- tola calibre 22. Por qué Gliemo Zárate le abrió el
cionado frente a la puerta de su casa. Miraba al zaron la avenida luminosa y luego se internaron telón para que interpretara la escena más dra-
auto como tratando de resolver un enigma. Y en una callecita oscura y arbolada. De pronto, mática. Y, claro, con el telón abierto el padre de
decime, ¿cómo anda ese viejo pelotudo?, pre- en contramano, un auto también empezó a Stanzu actuó. Porque todo indicaba que debía
guntó, siempre atento al auto, un Chevrolet rojo, avanzar despacio. El padre de Stanzu no tardó actuar. Que no bastaba con la apretada de Glie-
último modelo. La pregunta relajó al padre de en darse cuenta que se trataba del auto de los mo Zárate. Ahora, mientras corría, vio que el fla-
Stanzu pero, a la vez, lo dejó sin respuesta. muchachos. Y tampoco tardó en sentir una an- quito voraz y el hijo de Zárate se agarraban la
Cuando Gliemo Zárate volvió sobre sí mismo, siedad intensa. Por eso cuando el padre de cabeza, estaban paralizados, y que entre el ne-
con un tono de falso enojo, lo obligó a pasar. Stanzu estuvo a punto de hablar, Gliemo Zárate gro Buti y Gliemo Zárate trataban de hacer algo
“Pasá, pasá, carajo, que está fresco”. El padre dijo: Me caes bien, porque no hacés preguntas. con ese cuerpo inerte. Durante tres o cuatro
de Stanzu dudó, primero, si debía caminar por Después de eso, Gliemo Zárate detuvo el auto a cuadras, el padre de Stanzu sintió que era una
el pasillo oscuro o si debía dejarlo pasar a ese pocos metros del auto de su hijo. Se bajaron los especie de flecha lanzada al aire y que, en ese
hombre macizo. “Dale, dale”, arengó Gliemo Zá- cinco y se juntaron mirando la casita azul. Tenía recorrido, avanzaba por un mapa sin sentido.
rate después de cerrar la puerta. Entonces el una puerta vieja, de madera, y una ventana ape- Era una flecha que, en cualquier momento, iba
padre de Stanzu sintió que estaba caminando nas entornada. Pero no había ninguna luz pren- a caer. Porque las cosas que se lanzan al aire,
por una cornisa y que algo del vértigo que se le dida. El negro Buti, ahora, parecía otro tipo. Te- es así, tarde o temprano se desploman. Enton-
amasijaba en la panza lo atraía. El pasillo se nía el gesto propio de los que pelean. Vamos, ces, en lo oscuro, a unos doscientos metros,
desparramó en una cocina amplia, mal ilumina- largó. Y empezaron a avanzar. Pero Gliemo Zá- entre unos árboles frondosos, reconoció la for-
da, que daba a un patio antiguo, lleno de árbo- rate, con firmeza, los detuvo. El muchacho vie- ma irregular del volcán abandonado. Y como si
les y de flores. Bajo un foco de luz estaban sen- ne conmigo, dijo, ustedes esperan acá. Y los fuera un centro, una dirección posible que lo or-
tados a la mesa Gabriel Zárate y dos tipos más. tres quedaron desencajados. Era el momento denaba, corrió hasta ahí. Apareció por una calle
Un flaquito voraz que tenía un lunar cerca de un de rebelarse pero ninguno pudo hacerlo. Gliemo lateral, distinta de la que había tomado con el
ojo y el negro Buti. ¿Comiste?, le preguntó Glie- Zárate miró al padre de Stanzu, le dijo que en la colectivo, por eso no encontró enseguida las
mo Zárate. No, recién llego, contestó el padre cancha se ven los pingos. Y le estiró una pistola
vías del ferrocarril. Pero al pasar la zona de bo-
de Stanzu y por eso todos sonrieron. Así que calibre 22. El padre de Stanzu sintió la frialdad
leterías, vio el terraplén, los durmientes a lo le-
recién llegás, resaltó Gliemo Zárate. Che, dale del arma. Y sonrió por sentirse el elegido. Cami-
jos. Y decidió que, a pesar de estar tan cerca
un pedazo de carne al muchacho que recién lle- nó detrás de Gliemo Zárate hasta que Gliemo
de la casa de Gliemo Zárate, era ahí donde
ga, le indicó después a su hijo. La noche estaba Zárate, llevándose el dedo índice a la boca, le
quería pasar la noche. Encontró un refugio en
estrellada. El patio mantenía una frescura carga- pidió silencio, para después golpear la puerta
un hueco que formaba una columna contra la
da de olores: la tierra regada, el pasto recién de madera. Esperaron un rato y nada. Gliemo
pared que daba a los vestuarios y se acurrucó.
cortado, las flores. ¿Y viajaste bien?, le pregun- Zárate volvió a golpear y esta vez alguien, en un
Tardó un rato en acomodar la respiración. Pero
tó, irónico, el flaquito voraz. Por eso todos se susurro, balbuceó algo. Reynaldito, dijo Gliemo
rieron otra vez, un poco más fuerte. Entonces el hablándole casi pegado a la puerta, soy yo. La el cansancio lo fue devorando. Si algún día ten-
padre de Stanzu comenzó a incomodarse. Che, puerta se entreabrió y un hombre semidesnudo go una hija o un hijo, pero mejor si fuera una
no molesten al muchacho, dijo Gliemo Zárate asomó la cara. Qué pasa, se atrevió a largar y hija, se decía para evadir, para calmarse, es de-
aguantando también la risa. El muchacho viene fue ahí cuando Gliemo Zárate lo agarró de los cir, voy a ser el padre de Stanzu y le voy a con-
de Castilla, y Castilla es un pueblo de marico- pelos y lo sacó a la calle. Lo tenía en el suelo, tar esta historia pero no así, más bien con algu-
nes, sentenció Gabriel y un silencio se adhirió a desordenado. El padre de Stanzu no podía de- nas lagunas. Y mientras se hundía en el sueño
todas las cosas. Por eso el padre de Stanzu jar de mirarle las medias: cada una con un es- pensando en una hija, pescando con su hija en
contestó casi sin pensar. Sí, dijo, eso dicen. Y cudito, desgastado, de Rácing. Gliemo, por fa- la laguna de la Martingala a las afueras de su
fue el negro Buti, ahora, el que largó la carcaja- vor, decía Reynaldito. Pero Gliemo Zárate, las pueblo, prefirió confundir las columnas del esta-
da y dijo que el muchacho había estado bien. rodillas hundidas en el pecho del hombre, le re- dio de fútbol con las de su propio imperio, ese
Estuvo bien, dijo. Eso distendió las cosas. Y en- cordaba que con el sindicato no se jode, que imperio que deseaba construir, que estaba se-
tonces Gliemo Zárate contó que había un auto las cosas se discuten adentro, carnero de mier- guro iba a construir. PáginaI12
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