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El Infierno de Eva

El relato narra un crimen brutal en una cabaña de montaña, donde una mujer es asesinada de manera violenta, dejando a la comunidad en shock. Mientras tanto, Eva Linares, una mujer atrapada en una relación complicada, se encuentra con Lautaro, el hermano de su prometido, quien la invita a tomar un café, generando en ella una mezcla de nerviosismo y curiosidad. La historia entrelaza el horror del asesinato con la vida cotidiana de Eva, sugiriendo conexiones más profundas entre los personajes.

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El Infierno de Eva

El relato narra un crimen brutal en una cabaña de montaña, donde una mujer es asesinada de manera violenta, dejando a la comunidad en shock. Mientras tanto, Eva Linares, una mujer atrapada en una relación complicada, se encuentra con Lautaro, el hermano de su prometido, quien la invita a tomar un café, generando en ella una mezcla de nerviosismo y curiosidad. La historia entrelaza el horror del asesinato con la vida cotidiana de Eva, sugiriendo conexiones más profundas entre los personajes.

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EL INFIERNO DE EVA

María Cristina Maldonado

1
CAPITULO I

El invierno se había desbocado implacable.

Era julio en la comarca serrana, con sus largas noches saturadas de aroma a madera quemada

y guisos sobre el fogón que desbordaban los muros de los hogares familiares.

Caminó sin prisa haciendo crujir el pasto escarchado bajo la suela de sus botas de cuero

engrasado. Estaba decidido a mezclarse entre los curiosos que acechaban detrás de la cinta

amarilla sin llamar la atención. Una figura más entre las decenas de mirones que intentaban

descubrir qué, cómo y, sobretodo, por qué. Nada en su aspecto lo hacía sobresalir, sabía como

mimetizarse, y en el conjunto de personas que se aglomeraban en esa calle oscura, podía pasar

desapercibido.

El viento gruñía entre las ramas de los añejos pinos y el aire helado de las sierras se clavaba

en la piel de los rostros desfigurados por las luces de los vehículos de emergencia. A nadie

parecía importarle, demasiado sorprendidos, demasiado asqueados, demasiado aterrados para

preocuparse por algo tan cotidiano como el frío. En un abrir y cerrar de ojos, la quimera de la

tranquilidad y la seguridad había desaparecido para dar lugar a la cruda vida real. La pacífica

noche serrana había sido despojada sin piedad de su esencia cuando la muerte, en su forma

más brutal, irrumpiera fulminante y sin previo aviso.

La cabaña de troncos y piedra era una de las tantas que se alquilaban por día a los

privilegiados turistas que visitaban la localidad. Enmarcada por el paisaje agreste del bosque,

se alzaba impasible ante el despliegue de las fuerzas de seguridad que se movían como

espectros desorientados. Nada había en su entorno que pudiese augurar un desenlace fatal.

Nada lograba evidenciar cual era la trascendencia del acontecimiento que se ocultaba dentro

del cálido ambiente interior.

2
La mujer no era demasiado joven. Tenía justo la edad en la que las mujeres dejan de sentirse

vulnerable y bajan la guardia. La edad en la que creen que ya están por encima de cualquier

amenaza o prefieren tomar riegos antes que enfrentarse al aburrimiento o a la soledad. Esa, en

particular, había cometido un error y lo había pagado excesivamente caro.

La ropa y las joyas evidenciaban una situación económica por encima de la media y la

presencia de ambas descartaba, por lo menos, los móviles del robo y de la violación. No había

signos de lucha ni en el cuerpo ni en la habitación, la violencia había sido concisa y certera.

Tan solo la garganta seccionada por un corte brutal, dejando apenas un pequeño pedazo

sanguinolento de músculo como ligadura entre la cabeza y el torso, los huesos de la columna

al descubierto. Pero había sangre, demasiada sangre.

El olor a muerte impregnaba cada centímetro de la estancia provocando náuseas en los

efectivos más inexpertos. Un par de novatos habían tenido que salir deprisa a tomar aire por

miedo a estropear la escena del crimen con sus propios fluidos estomacales. La mujer estaba

caída, boca arriba, en medio de la sala. Los ojos abiertos, desorbitados por la sorpresa de

sentir que la vida se le escapaba sin mediar explicación. La sangre oscura y espesa se esparcía

en un gran charco alrededor de la víctima creando un macabro círculo final.

Ella no había puesto resistencia a su abrazo ¿Por qué habría de hacerlo? Ni siquiera

sospechaba que él había presentido su traición. La había abrazado, por la espalda, suave,

sensual, como tantas otras veces mientras miraban el fulgor de la luna creciente a través de las

ventanas. Había dejado que el aroma dulce y exótico de su perfume avasallara sus sentidos

mientras besaba suavemente su delicado cuello. Esperó a sentirla entregarse a sus caricias y

cerrar los ojos anticipando los placeres que proseguían a las preliminares y no había dudado

en hundir la hoja afilada bajo la blanca curva de su mentón. Podía describir, mejor que el

forense, como el cuchillo había entrado en la carne cortando la piel y todos los demás tejidos

con la misma facilidad que lo haría en un trozo de carne asada. Como la sangre caliente

3
saltaba de las arterias seccionadas al ritmo de las pulsaciones del corazón mientras éste

continuó latiendo. Como el cuerpo se sacudió en sus últimas convulsiones entre sus brazos

antes de caer inerte al impecable suelo de cerámicas frías.

No necesitaba entrar para saber exactamente como se veía la escena, ni donde encontraría la

policía las llaves y los documentos. También conocía con precisión el monto de dinero que

había en el bolso de la víctima y el resto de su contenido. Además, sabía que números y que

mensajes eran los últimos que figuraban en el celular. Por descontado, nada de eso lo

complicarían. Había tomado medidas extremas para asegurarse que nada pudiera delatarlo,

que ni siquiera un pequeño detalle pudiera señalarlo como un posible implicado en la

situación. Aún más, esa noche, él ni siquiera estaba allí. Se encontraba a cientos de kilómetros

y un centenar de personas podían dar fe de eso.

Esperó para ver salir la camilla con el cuerpo amortajado. Los bomberos se movían con

decisión pero sin prisa, después de todo, nada podían hacer ya por la mujer mutilada. Los

murmullos de la multitud cesaron de pronto como si alguien los hubiera incitado a un inútil

minuto de silencio en homenaje a la difunta. Fue más una repentina incapacidad de decir algo

que borrase la atroz realidad que los noqueaba que el deseo de ser respetuosos. Por un breve

lapso de tiempo, cada individuo se dedicó a intentar traducir los sentimientos y las emociones

que la escena les despertaba en algo con lo que pudieran convivir de ahí en más. Su realidad

había dado un vuelco irreversible y necesitaban enterrar los miedos bajo varias capas de

inconsciencia antes de seguir creyendo en el espejismo de una vida ajena a la brutalidad.

Para él era diferente, conocía todas las respuestas y tenía la certeza de haber actuado

conforme a su necesidad. Su realidad estaba ahora más estable y segura que algunas horas

atrás.

Su misión estaba terminada y ya podía volver a su rutina habitual.

4
CAPITULO II

Viernes, seis de la tarde. Al fin ya se podía ir a casa.

Eran comienzos de otoño, con esas tardes grises y ventosas que auguraban un obstinado

aguacero. Eva Linares miró al cielo desde la ventana de su oficina y deseó fervientemente que

no se desatara antes de que estuviera resguardada en la calidez de su hogar. Se colocó el saco

de su traje sastre bordó y volvió a mirar resignada la corrida en sus pantys que, por mucho

que hiciera, cada vez era más evidente. Por un instante, pensó en sacárselas y tirarlas al tacho

de basura, pero hacía frió y lo estético dejó de ser tan relevante. Tomó, del perchero, la cartera

de cuero, demasiado pesada para su tamaño y se dirigió a la salida. Un instante frente al

espejo del vestíbulo fue suficiente para corroborar que su peinado hacía horas que había

dejado de considerarse así. Murmuró una maldición entre dientes y decidió también dejar

pasar ese detalle.

Salió a la calle algo apurada El automóvil negro estacionado enfrente se le antojó conocido.

Se sorprendió de verlo apoyado en su auto, tan indolente, tan elegante, tan despreocupado, tan

él. Con ese aire de dueño y señor de su espacio y del mundo en general, Lautaro Montiel

esperaba, un pie mancillando la bruñida pintura de la puerta del conductor, los brazos

cruzados sobre el pecho, una sonrisa indescifrable y la mirada devastadora clavada

exactamente en ella. Miró hacia ambos lados buscando a su prometido o alguna señal de que

él se hallaba cerca, pero no encontró nada y no se le ocurría ninguna explicación lógica para

la presencia, en ese lugar, de su futuro cuñado. Respiró hondo para tratar de paliar esa

inquietud que él solía despertarle y esbozando una sonrisa, quiso creer, amistosa, se decidió a

cruzar la calle adoquinada evitando que los tacos quedaran atascados entre las húmedas

piedras.

Él se incorporó sin prisa y dejó que sus brazos cayeran a los lados del cuerpo, pero no se

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adelantó a recibirla, como si mostrarse ansioso no fuera compatible con su estilo

despreocupado e informal. Amplió la sonrisa dejando a la vista su blanca y perfecta

dentadura, digna de una publicidad de pasta dental e inclinó levemente su cabeza en señal de

conformidad al ver que ella no se hacía esperar.

- ¿Sorprendida?

Había querido sonar como una pregunta pero era indudablemente una afirmación. Un

relámpago burlón cruzó su mirada cuando Eva intentó negar lo que era indiscutible

sacudiendo sus rizos caoba algo alterados por la humedad. Desistió de su inútil negativa y se

estiró para rozar apenas las mejillas en un pseudo beso que sopló al aire.

- ¡Hola……….!?

Su voz sonaba demasiado ronca, delatando su nerviosismo, por lo que prefirió esperar que

Lautaro explicase el motivo de su presencia y así ganar algunos segundos para calmarse. Si él

notó su inquietud no se dio por aludido, esperó apenas un instante a que hiciera las preguntas

de rutina y luego se encogió de hombros.

- Ramiro tuvo que viajar de urgencia. No sabía si él acostumbraba pasar a buscarte y lo ibas a

estar esperando.

Eva pensó en los viajes urgentes de Ramiro que cada vez se repetían con más frecuencia y en

la poca delicadeza que él demostraba al no avisarle. No quería especular al respecto pero de

alguna manera le molestó que su hermano tuviese ese tipo de consideración.

- No, no lo estaba esperando.

Le pareció poco leal comentar que su prometido no acostumbraba buscarla, ya sea en el

trabajo o en cualquier otro lugar. Si debían salir juntos, ella pasaba por las oficinas de la

empresa o, en su defecto, mandaba un coche con chofer para que la llevara donde la estaba

esperando. Ese pequeño detalle no le molestaba o, por lo menos, eso era lo que deseaba creer.

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Esbozó una sonrisa algo rígida y lo miró como retándolo a realizar algún comentario mordaz

al respecto pero él no mordió el anzuelo.

- Bueno, no importa – su actitud algo distraída confirmaba sus palabras –. Ya estoy acá y no

es una linda tarde para pasear. Podría llevarte hasta tu casa.

Una vez más una pregunta transformada en afirmación. Se sintió algo avasallada por lo

imperativo de la situación, como si ella no tuviera más opción que permitir que los hermanos

Montiel decidieran sobre sus gustos y necesidades. Sintió deseos de rebelarse contra lo que

consideraba una intrusión inoportuna pero advirtió que estaba colocando sobre los hombros

de Lautaro meses de arbitrariedades cometidas por Ramiro. Después de todo, no era una linda

tarde para pasear y su casa quedaba bastante lejos, negarse a que él la llevara sería solo un

capricho inconsecuente. Dejó de lado los impulsos infantiles que la llevaban a actuar de

manera irracional y se sintió agradecida por la posibilidad de evitarse una ducha potencial

durante su largo recorrido.

- Me encantaría ahorrarme la caminata.

Sin darle tiempo a cambiar de opinión, Lautaro la escoltó hasta la puerta del acompañante y se

la abrió solícito. El gesto caballeresco la tomó por sorpresa. Se había criado en una sociedad

donde las mujeres habían perdido la costumbre de dejarse halagar. Donde, para demostrar su

igualdad e independencia, le habían negado la oportunidad a los hombres de mostrarse atentos

y serviciales. Se hundió en el asiento inmersa en un torbellino de emociones que no podía

definir. No estaba habituada a ser tratada de esa manera y, en el fondo, el hecho de que le

gustase que lo hicieran, la inquietaba. O tal vez no era el cómo, sino el quién.

- ¿Tenías algún plan?

La pregunta la sobresaltó al interrumpir sus cavilaciones y la hizo responder casi de manera

automática.

- No. ¿Por qué?

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Lautaro no respondió enseguida atento al tránsito. Cuando volvió a hablar parecía algo tenso.

- Pensé que tal vez podíamos parar para tomar un café.

No era una invitación tan inusual, sin embargo Eva sintió un nerviosismo inaudito al pensar

en aceptarla. Un nudo en el estómago y un leve temblor le hizo dudar en dar una respuesta

afirmativa. Quiso analizar los sentimientos que interferían en su decisión pero no llegó a

ninguna conclusión coherente. No podía dejar de sentir culpa por desear entablar una charla

amistosa, en un lugar público con un hombre que no fuera Ramiro, pero sin duda, era una

reacción desmedida. Sin embargo, sabía que si llegaba a enterarse, su prometido se

enfurecería. Tal vez sería mejor dejarla para otra ocasión.

Lautaro percibió su vacilación y esbozó una sonrisa resignada.

- Era solo una idea – comentó quitando importancia al asunto - No te sientas obligada a

aceptar.

Eva no pudo evitar el respirar profundamente, como cuando se toma aire para zambullirse en

el agua. Esa era exactamente la sensación que tenía, se estaba tirando de cabeza en aguas

profundas y no sabía con que se podía encontrar. Arguyó para si misma que era una tontería

tanta alharaca por una inocente invitación a tomar un café. Después de todo, hacía poco que

conocía a su cuñado y que mejor oportunidad de entablar una relación amistosa con su futura

familia política. Ramiro no pondría objeciones en eso.

- Me parece una excelente idea - replicó queriendo convencerse -. En realidad no me vendría

mal algo de cafeína para llegar hasta el final del día.

No hubo ningún comentario al respecto ni un cambio brusco de dirección del automóvil.

Apenas un leve asentimiento con la cabeza por parte del conductor como queriendo confirmar

que había oído la repuesta o que ésta era satisfactoria.

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El atardecer había pasado desapercibido entre las nubes y la bruma gris. La noche salpicada

de faroles borrosos desfilaba apresurada a través del cristal de la ventanilla. La radio apenas

murmuraba las estrofas de una vieja canción de Rita Coolidge, “…all's forgotten now, we're

all alone oh oh we're all alone..”, como una advertencia de la irrefutable realidad. Eva apoyó

la cabeza en el respaldo de la butaca y cerró los ojos. No quería seguir analizando las causas y

los motivos de cada acción, necesitaba dejarse llevar por el momento sin cuestionarse cada

hecho y cada palabra. Esta parecía una excelente oportunidad de pasar un rato agradable y

pensaba aprovecharla. Abrió los ojos decidida a cambiar su actitud y miró a su acompañante.

Algo en su expresión la inquietó. Sin saber porque, tuvo la certeza que, desde un primer

momento, él se dirigía exactamente a donde quiera que la estuviera llevando ahora.

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CAPITULO III

La lluvia no se hizo esperar.

Comenzó a caer en forma de chispas finas y volátiles que humedecían lentamente todo el

paisaje. Mientras el automóvil avanzaba con cuidado por las calles abarrotadas de viernes por

la noche, las pequeñas gotas iban tomando coraje para convertirse en algo más.

Tomar café había sido un eufemismo. Lautaro la había llevado a uno de esos bares con

grandes ventanales sobre la vereda, mesas de madera rústica y aroma de café expreso y

tostadas. Sin preguntarle pidió dos vasos de whisky en las rocas y por algún motivo ella no se

atrevió a contradecirlo. El líquido ámbar se deslizó fácilmente a pesar de su nerviosismo y

dejó a su paso un agradable calor en su rostro y deseos de contar más cosas que las

convenientes. Él lo había notado y no dejó pasar la oportunidad para preguntarle por su

pasado. Fue así como se encontró hablando de su infancia de hija única, la muerte prematura

de su padre cuando ella tenía catorce años y la larga enfermedad terminal de su madre que

hizo que tuviera que dejar la universidad para mantenerlas a ambas.

Él no había hablado demasiado, ni siquiera una vez que habían vuelto al coche. Parecía

absorto en sus propios pensamientos y como ella ya había parloteado más de la cuenta prefirió

mantenerse callada.

Volvió su atención hacia el exterior. Por lo visto, no iba a ser un tranquilo aguacero otoñal. El

viento cada vez soplaba más fuerte y no muy lejos comenzaban a verse los primeros flashes

que anticipaban una furiosa tormenta como las del verano, con violentos torbellinos,

descargas eléctricas y explosivos truenos. Eva suspiró resignada mientras miraba a través del

vidrio empañado. Eran esas las noches que odiaba. Eran esas las que la habían llevado a

pensar que, tal vez, el dicho no fuera real y más valía mal acompañada que sola. Sabía que la

esperaban horas de insomnio, dando vueltas en la cama y estremeciéndose de terror ante cada

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estallido de luz y su inevitable estruendo posterior, intentando anticiparse a la ráfaga que iba a

conseguir definitivamente, arrancar el techo de su frágil vivienda.

Sumida en sus cavilaciones, no se percató cuando comenzó a pensar en voz alta.

- ¡Qué lástima! Si tuviera algo en la heladera te invitaría a cenar...

No podía creer que lo había dicho pero ya era demasiado tarde para retractarse. Él la miró de

soslayo y sonrió divertido.

- Bueno, si no soy yo el que tiene que cocinar, podemos cenar en casa.

Estaba hablando en serio y ella no sabía como reaccionar. Una cosa era el espacio neutral de

un bar y otra, muy diferente, era meterse de cabeza en territorio enemigo. Pero la idea había

sido suya y no podía dar marcha atrás sin quedar como una pusilánime.

- Mientras no pretendas nada demasiado elaborado puedo cocinar yo – comentó titubeante.

Él se giró para observarla, intentando descifrar si hablaba en serio. Un brillo fugaz iluminó

sus ojos antes de volver a concentrarse en el tránsito.

- Es un trato – sentenció categórico.

Tuvo más de media hora para meditar sobre las posibles consecuencias de su temeridad antes

que los barrios de viviendas bajas dejaran paso a las grandes casas quintas. Lautaro la llevó

por calles estrechas, oscuras y arboladas hasta un gran portón que se abrió automáticamente.

- ¡Vaya! ¡Qué caserón! – su sorpresa fue totalmente genuina – Debe costarte una fortuna

mantenerlo para venir solo un par de semanas al año.

Lautaro se encogió de hombros.

- No es mío, lo alquilo por el tiempo que estoy acá – respondió distraído mientras observaba

por el retrovisor como se cerraba el portón -. Mi estilo nómada me impide tener propiedades.

No podría encargarme de ellas.

Eva lo observó bastante asombrada. La idea no era fácil de asimilar tomando en cuenta el alto

poder adquisitivo que tenía su familia.

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- ¿No tienes ninguna casa propia? - indagó sorprendida.

Él estaba concentrado en avanzar hacia la casa por la angosta senda de pedregullo y demoró

algunos segundos en contestar.

- Sólo el chalet familiar de la estancia, donde ahora vive mi hermano.

Apagó el motor del auto frente a la puerta de entrada y se quedó unos minutos en silencio

- Y es obvio porque no me quedo allí cuando vengo – acotó con algo de amargura.

El ladrido frenético la tomó por sorpresa. El hocico de un röttwailler del tamaño de un ternero

se estrelló contra la ventanilla de Eva. Los enormes diente amarillos golpearon contra el

vidrio mientras la baba espumosa del animal se esparcía por la superficie húmeda. Ella saltó

hacia su compañero mientras emitía un chillido de horror. Le costó varios segundos darse

cuenta que él permanecía inmutable.

- ¡Lo estabas esperando! - acusó aún agitada por el susto.

Él sonrió y se encogió de hombros.

- ¡Y no me advertiste! – su voz sonó tan indignada como ella se sentía.

El ya no intentó disimular su risa pero al ver la cara de disgusto de la dama y el brillo del

enojo en su mirada café, decidió procurar apaciguarla.

- No me dio tiempo, estaba apunto de comentártelo – explicó con aire divertido.

Eva bufó y se cruzó de brazos pero no se despegó de su lado. El enorme perro aún permanecía

apoyado en la puerta, la miraba con ojos de asesino y emitía gruñidos bajos que le erizaban la

piel.

Una figura cubierta por un impermeable empapado se paró frente a la ventanilla del

conductor. Lautaro bajó el vidrio apenas lo suficiente para poder hablar sin interferencias.

- ¡Buenas noches, señor! - saludó ronco -. ¿Está todo en orden?

La voz del cuidador era casi como el ladrido del röttwailler.

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- ¡Buenas noches, Renzo! Si, todo en orden – Lautaro sonó tan frío y tormentoso como la

noche –. ¿Podría sujetar al perro para que podamos entrar?

El gesto de asentimiento anticipó la respuesta.

- ¡Por supuesto, señor! – ladró con prontitud.

La capa de hule chorreante se alejó algunos metros del coche. Mientras la ventanilla subía con

un ronroneo eléctrico, Eva pudo escuchar al cuidador llamar al gran mastín.

- ¡Vamos Coco!

Mientras las figuras del hombre y del perro desaparecían en el parque oscuro Eva sintió como

el cuerpo de su compañero temblaba a causa de la risa contenida. Bajó la cabeza avergonzada

por su cobardía.

- ¿Te estás riendo de mí, no es cierto? - murmuró entre dientes -. No te atrevas a negarlo.

Lautaro, sin dejar de reír, la tomó de la barbilla para que lo mirara.

- ¡Tendrías que haber visto tu cara! – comentó divertido – Vamos, no te sientas mal, ese perro

de verdad da miedo.

Su risa era contagiosa y ella comenzó a asumir las verdaderas dimensiones de la situación. No

podía negar que había sido un imprevisto gracioso, una vez pasada la primera impresión.

Intentó fruncir el ceño en un inútil impulso de parecer enojada solo para no dar el brazo a

torcer tan rápido, pero un pequeño detalle que había pasado por alto atrajo su atención.

- ¿¡Coco!?

La carcajada espontánea de Lautaro fue el impulso final que ella necesitaba para lanzarse a

reír. Un instante después, ambos lloraban de risa y cualquier comentario balbuceante era

suficiente motivo para un nuevo estallido de hilaridad. El primero en controlarse fue Lautaro

que, con el dorso de su mano secó las lágrimas que corrían por el rostro de Eva.

- Vamos, entremos antes que Renzo vuelva a soltar a.... Coco.

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Ella asintió aún medio ahogada por la risa, intentando que el comentario no consiguiera

tentarla nuevamente. Bajó del auto y enfrentó la noche hostil con una sonrisa en los labios.

Fuera, la lluvia caía copiosamente y el viento se arremolinaba, creando torbellinos que daba la

sensación de llevar el agua hasta los huesos. Pero ni siquiera eso consiguió aplacar esa

sensación de calor interno, de felicidad, que hacía mucho tiempo que no experimentaba.

Corrieron hasta el refugio de la entrada, pero esos pocos metros fueron suficientes para

empaparlos a ambos. Cuando al fin pudieron entrar al vestíbulo y encender la luz, un gran

charco de agua quedó inmediatamente a sus pies, sobre el porcellanato impoluto. Aún

animada por las risas compartidas Eva se volvió hacia Lautaro con una sonrisa cómplice solo

para llevarse una gran sorpresa. Con los mechones mojados de cabello oscuro y los ojos

negros como el pecado, tenía la misma apariencia que el röttwailler. Él la miraba especulativo

- ¡Demonios! Creo que vamos a tener que hacer algo con nuestra ropa....

No fue exactamente lo que dijo sino cómo lo dijo lo que la llevó a sentir el escalofrío que ni el

agua ni el viento habían conseguido producir. De pronto, tomó conciencia de lo solos y

aislados que estaban en aquel caserón. Pudo discernir hasta que punto se había colocado en

una situación de total vulnerabilidad y reconociendo para sí misma que no había nada que

quisiera hacer para revertir ese hecho, lo siguió lentamente hacia el interior de la casa.

14
CAPITULO IV

La luz se cortó en el momento más inconveniente.

Ante la sorpresa, el cuchillo resbaló de su mano y se precipitó con estrépito en el suelo

rozando su pie descalzo. Eva lanzó una maldición impropia para una dama y se acuclilló

tanteando el suelo para poder recuperarlo. La oscuridad era absoluta salvo en breves instantes

que la luz de los relámpagos irrumpía por las ventanas de la cocina e iluminaba el recinto con

su flash cegador. Ella se sentó en el piso algo desorientada, sin saber como reaccionar al

imprevisto. Pensó en quedarse allí y tomarse esa tregua de sus sentidos para poner en claro

sus pensamientos. Podía buscar innumerables excusas para su temerario e, incluso, insensato

comportamiento de esa noche, pero la realidad era que estaba jugando con fuego y se podía

quemar. A pesar de tener en claro esa posibilidad, el deseo de romper las reglas y aventurarse

en sendas prohibidas lograba abrirse camino entre la maraña de objeciones que su conciencia

ponía a cada paso. Una nueva chispa de rebeldía cruzó por su mente cuando la voz de su otro

yo quiso hacerse oír destacando las peores consecuencias que podría acarrearle su insensatez.

Hasta ese día siempre había actuado con moderación y cautela y de nada le había servido.

Desde algún lugar en el fondo de la casona, la voz apagada Lautaro le indicó que las velas y

los fósforos estaban en el segundo cajón de la derecha, interrumpiendo así sus divagaciones.

Con un suspiro de resignación, ella se acomodó las mechas húmedas de cabello detrás de la

oreja y como jugando al gallito ciego, comenzó a buscar los mencionados cajones.

Se había dado una buena ducha en cuanto entraron a la casa. Él le había preparado el baño en

uno de los cuartos y le había dado las toallas antes de desaparecer por el pasillo. Al salir,

encontró sobre la cama un conjunto deportivo algo grande pero apropiadamente seco. La

remera de algodón rojo, era amplia, con mangas hasta el codo y le llegaba hasta la cadera. El

pantalón lograba ajustarle en la cintura gracias a un cordón elástico pero había tenido que dar

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varias vueltas a la botamanga para no arrastrarlo por el suelo. Había querido agradecerle la

atención a su anfitrión pero él había desaparecido, probablemente para ducharse y cambiarse.

Encontró un paquete de velas en el cajón señalado y las dispersó por la cocina para poder

seguir trabajando. La heladera, como era de esperar en la casa de un hombre solo, no tenía

gran variedad de productos. Había revuelto todos los estantes y las gavetas hasta descubrir

que las opciones se reducían a carne y ensalada. Estaba en plena faena de cortar los tomates

cuando la luz se apagó. Al volver sobre sus pasos descubrió que el jugo de las frutas trozadas

se derramaba sobre la mesada de mármol y el elegante piso. Fastidiada, dejó de lado sus

reflexiones para limpiar el desorden y poder volver a poner manos a la obra.

El resplandor rojizo de la hornalla encendida acrecentó un poco la claridad del ambiente,

recuperando algo de la calidez que la atmósfera lúgubre de la tormenta le quitaba. Sintió un

cosquilleo de efervescencia al admitir que estaba cocinando casi a oscuras, en un lugar

desconocido y para un hombre al que la unía un incierto parentesco pero que, en realidad, era

un completo extraño. Desde donde la mirase, era una situación absurda y, para muchos,

peligrosa, pero para ella, significaba sentir, por primera vez en mucho tiempo entusiasmo y

expectativas por algo. Su corazón latía a un ritmo mucho más acelerado que el habitual,

respiraba agitadamente y sentía un aleteo de mariposas en el estómago que, decididamente, no

se debía al hambre.

Escuchó a Lautaro mucho antes de poder verlo. A pesar de la oscuridad, sus pasos seguros y

determinados retumbaron primero por le corredor y luego en la sala contigua. El tenue reflejo

que pronto iluminó las paredes aledañas le indicó que había conseguido más velas para poner

en el comedor.

Eva esperó ansiosa que él apareciera en la cocina pero se llevó una desilusión. Sin querer

profundizar en los motivos, sintió la necesidad apremiante de terminar la cena para poder ir

adonde estaba. Cuando al fin concluyó los preparativos y llevó los platos servidos, se

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sorprendió al encontrarse la mesa preparada y unas elegantes copas de cristal colmadas de

vino. Lautaro estaba sentado en la cabecera, con expresión distraída, como sumido en sus

pensamientos. Ella se acercó en silencio y depositó con cuidado el plato delante de él.

- ¿Bifes con tomate? – preguntó irónico.

No pudo dejar de advertir que había una cierta burla en el tono de su compañero de mesa,

dejando claro que conocía de antemano lo que iba a encontrar en la heladera. Apoyó

suavemente el plato frente a ella y se sentó con toda la elegancia que su incongruente ropa le

permitía.

- Bifes a la plancha en su punto exacto. Perfectos tomates partidos al medio con aceite de

oliva, orégano y sal - enumeró minuciosamente -. No se te ocurra quejarte.

Lo dijo con una sonrisa pero había en su tono una leve advertencia que permitía percibir que

estaba hablando en serio.

- Por el contrario, es uno de mis platos favoritos dado mi escaso, casi nulo, desempeño

culinario – acotó mientras levantaba la copa de vino en señal de saludo – ¡A tu salud! Gracias

por convertir esta horrible noche en una velada agradable.

Eva sintió una oleada de calor subir por su rostro y tuvo que contenerse para no tomar la

servilleta de lino perfectamente doblada y abanicarse con ella. Si lo tomaba al pie de la letra,

era un comentario inocente pero no podía dejar de pensar que había un significado implícito

en semejante alegato. Prefirió pasar por alto la observación y transitar por aguas menos

profundas.

Por algunos minutos comieron en silencio mientras ella se esforzaba por poder encontrar

algún tema neutral con el que poder amenizar la cena.

- ¿Cómo es la vida de piloto privado? - la pregunta sonó casi como un disparo.

Lautaro se reclinó levemente sobre la mesa como buscando una cierta complicidad.

- Emocionante... – le susurró a media voz, como si le contara un secreto.

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A ella se le escapó una risita nerviosa y tomó un sorbo de vino para no caer en la tentación de

hacer un comentario sobre la insólita declaración. Él se tendió hacia atrás apoyándose en el

respaldo de la silla y le lanzó una mirada especulativa como intentando descifrar sus

pensamientos.

- Viajes, hoteles, restaurantes, gente interesante. En realidad no necesito trabajar demasiado

pero lo hago porque me gusta – el tono de sus palabras encerraba algún tipo de desafío -.

Puedo volar para empresas, para particulares, en mi propio aparato o en los de otras personas.

No estoy ligado a nadie y nunca me quedo mucho en el mismo lugar.

La supuesta provocación continuó flotando en el aire aún después que él dejara de hablar. Eva

no estaba segura a que se debía, talvez estuviera acostumbrado a ser juzgado por sus

preferencias, cosa que ella no estaba predispuesta a hacer. No le dio mucha importancia al

tono beligerante y decidió continuar la conversación sin advertir que estaba entrando en

terreno peligroso.

- ¿Por qué no trabajas con tu hermano? - indagó osada -. Se que él necesita un piloto de vez

en cuando.

Lautaro volvió a inclinarse hacia adelante y se llevó la copa a los labios. Parecía absorto en

sus propios pensamientos pero su mirada estaba atenta a la mujer que tenía enfrente. Cuando

al fin habló lo hizo como midiendo sus palabras.

- Él maneja las empresas familiares como más le gusta, sin mi interferencia, y a cambio me

pasa una parte de las ganancias. Es el arreglo perfecto – el silencio que siguió estuvo lleno de

concesiones -. Si estuviera aquí viviríamos batallando por hacer cada uno las cosas a su modo.

Había sido tajante en sus declaraciones y no dejaba espacio para réplicas. Si a Eva le quedaba

alguna duda sobre los sentimientos que unían, o mejor dicho distanciaban, a los hermanos, el

tono terminante de la afirmación la había evaporado.

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- ¿Por que se llevan tan mal con Ramiro? – preguntó confundida.

Lautaro pareció meditar la respuesta mientras volvía a servir vino en ambas copas. No se lo

veía enojado por el rumbo que había tomado la conversación pero había una cierta tensión en

sus movimientos que demostraban que no estaba totalmente cómodo en la posición de

indagado. Al final se encogió de hombros antes de contestar.

- Inconvenientes durante nuestra niñez – confesó secamente..

Ella sacudió la cabeza y suspiró. Había escuchado la misma respuesta de labios de su

prometido la única vez que había se había atrevido hacerle la pregunta. Sin embargo, a

diferencia de Lautaro, Ramiro se había enojado debido a lo que consideraba una

imperdonable indiscreción por su parte, cosa que le recriminó considerablemente sin darle

espacio para decir lo que pensaba. Esta vez la situación era diferente.

- No lo creo, esa es una excusa – comentó atrevidamente -. Llevan más de cuarenta años de

relación. Si fueran problemas de la niñez, tendrían que haberlos superado hace, por lo menos,

veinte.

En contra de todas sus expectativas, su acompañante se rió del comentario.

- ¡Touche! – dijo divertido, luego pareció pararse a pensar en una respuesta más adecuada -.

Debe ser por nuestra terrible incompatibilidad.

Eva lo miró de manera inquisitiva. Habiendo llegado hasta allí, no pensaba contentarse con

una respuesta tan vaga. Él lo advirtió y se puso serio antes de continuar.

- Ramiro es ambicioso, obsesivo, posesivo y autoritario – el tono de su voz era aún más duro

que las palabras - pero eso ya lo debes saber por experiencia propia.

Ella sintió que se le formaba un nudo en la garganta. Hubiera deseado decirle que estaba

equivocado, que estaba exagerando, pero no podía seguir mintiéndose a sí misma y no

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intentaría mentirle a él. Por el bien de la velada, hizo de cuenta que no había escuchado ese

último comentario e intentó restarle importancia a las ásperas declaraciones.

- Eso es echarle todos los pecado sobre sus hombros – comentó encogiéndose de hombros –

Donde uno no quiere, dos no pelean.

Lautaro la miró fijamente por algunos segundos. Notó una sombra de vacilación en sus ojos

antes de que volviera a hablar. Algo es su interior le advirtió que no debía seguir indagando

pero necesitaba algunas respuestas y él era el más indicado para dárselas.

- En realidad, lo único que pretendo es que no interfiera en mi vida, que me deje disfrutarla a

mi manera – había un dejo de cansancio en su voz, como si ya hubiera dicho esas palabras

muchas veces -. Para él eso es inconcebible, debe ser a su manera cueste lo que cueste. Genio

y figura de nuestro padre.

No estaba segura si el tono era de tristeza o de resignación pero era innegable que había

mucho escondido detrás de la fachada de indiferencia que habitualmente solía exhibir.

- ¿También te llevabas mal con tu padre? – inquirió apesadumbrada -. Eso es en verdad una

pena……

Se arrepintió de haber dicho lo que pensaba en voz alta casi antes de terminar la frase. Él alzó

las cejas en señal de interrogación como instándola a completar sus pensamientos pero no se

atrevió a continuar. Se concentró en su plato aunque ya no tenía hambre, los trozos de tomate

se deslizaron de un lugar a otro sin ningún objetivo. Se sorprendió cuando él comenzó a

hablar nuevamente.

- En mi adolescencia solía imaginar que en realidad mi madre había tenido una aventura con

un tipo guapo, inteligente y divertido y que yo era el fruto de ese desliz. Quería creer que mi

padre solo había aportado el apellido. Pensar eso me hacía feliz – la risa con la que acompañó

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su confesión estaba muy lejos de ser alegre -. Cuando maduré me di cuenta que mi madre era

un ser demasiado cobarde para siquiera pensar en algo así y mis ilusiones se desvanecieron.

La voz se le quebró en un desborde de resentimiento y apoyó la copa con demasiada fuerza

sobre la mesa. Eva no pudo dejar de sentirse culpable por eso. Sabía que callaba mucho más

que lo que decía pero no se atrevió a preguntar más. Se dio cuenta que la conversación había

llegado demasiado lejos cuando lo vio ponerse de pié y empezar a levantar las cosas que

estaban sobre la mesa. Ella lo ayudó sin decir nada, acompañando su cambio de disposición

con un silencio solidario. Cuando volvieron al comedor, Lautaro sirvió nuevamente vino en

las copas vacías y le alcanzó la suya.

- Gracias – murmuró bastante afligida.

Estaba susurrando nuevamente, como si no deseara llamar demasiado la atención. Era una

mala costumbre que había adquirido en los últimos tiempos, desde que tenía que cuidarse de

no hacer comentarios que irritaran a su novio. Vio que su anfitrión tomaba uno de los

candelabros y se encaminaba hacia el salón contiguo mientras con un gesto la invitaba a

seguirlo. Por un momento dudó pues el cambio e humor de Lautaro había sido drástico y

temía tener que enfrentarse a una desagradable discusión. Sin embargo, no tenía demasiado

sentido quedarse ahí sola, si él pretendía algo no había lugar para esconderse.

La tormenta continuaba sacudiendo ferozmente la casa. En esa habitación se hacía más

evidente ya que la lluvia azotaba sin cesar los grandes vidrios que se estremecían

violentamente ante cada ráfaga de viento. Eva entró en la sala con pasos vacilantes sin tener

demasiado claro como debía actuar. Se detuvo a pocos metros de la puerta para observar su

entorno antes de decidir caminar hacia los ventanales. Lautaro se había sentado

en uno de los cómodos sillones de cuero y la miraba especulativo.

- ¿Qué es lo que buscas? – indagó fríamente.

La brusca ruptura del silencio la sorprendió con la guardia baja.

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- Solo quería mirar hacia fuera – explicó desconcertada por el tono.

Él sacudió la cabeza al tiempo que se estiraba sobre los almohadones.

- Me refiero a tu vida – explicó -. ¿Qué es lo que buscas?

Eva se distrajo al observar que la luz de las velas arrancaba destellos irreales de la copa de

vino que tenía en su mano y no prestó mucha atención al trasfondo de la pregunta.

- Eso es difícil de responder – musitó abstraída.

Él no objetó su comentario enseguida. Por algunos minutos solo se escucharon los sonidos del

viento y de la lluvia. Ella pensó que había desistido de su interrogatorio. Estaba equivocada y

cuando él volvió a hablar el tono amistoso había desaparecido de su voz.

- Desde que te conocí, estoy intentando entender que hace una mujer de tu tipo al lado de mi

hermano – declaró ásperamente -. ¿Qué es lo que buscas entre el fango?

No le gustó lo que escuchó. Más que una pregunta eso parecía una acusación. Intentó no

sentirse agredida pero no tuvo más remedio que colocarse a la defensiva.

- Creo que estás exagerando – se defendió nerviosa.

No podía permitir que el tema la desbordase y quiso dejar claro que no quería continuar

hablando. Lo miró con el ceño fruncido, luego le dio la espalda y se acercó a una de las

enormes ventanas que daban al parque. Él resopló fastidiado pero no se dio por vencido.

- Vamos, a esta altura ya tendrías que haberte dado cuenta que Ramiro es una mala persona –

agregó duramente -. No te mereces a alguien así.

Eva no le respondió. Estaba decidida a no hablar con él de su vínculo con Ramiro. En parte

por su parentesco pero, sobretodo, porque no estaba dispuesta a admitir todas las concesiones

que había hecho para poder llevar a adelante esa relación. Esperó tensa el próximo embate

discursivo. Los minutos pasaron lentamente sin que ninguno volviera a hablar. Al ver que

Lautaro no insistía con sus preguntas, poco a poco, comenzó a relajarse.

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La tormenta arreciaba y con cada rayo el parque se iluminaba por un segundo creando figuras

monstruosas que se agitaban al ritmo del vendaval. Mientras se mantenía a oscuras, la imagen

distorsionada del salón se reflejaba en los vidrios esmerilados de la puerta balcón, dándole a

la situación un ambiente irreal. Una débil voz en su interior la instaba a abandonar el lugar, a

huir de una situación que solo podía terminar de una manera, la incorrecta, pero estaba harta

de ser cobarde y hacer lo correcto solo por miedo a las consecuencias. Deseaba más que nada

quedarse allí esa noche y pensar que Lautaro podría sugerirle llevarla a su casa la desanimaba

intensamente. Cerró los ojos para luchar contra la ansiedad que quería atraparla en su espiral

apocalíptico y se concentró en pensamientos positivos para lograr calmarse.

No necesitó abrir los ojos para saber en que momento exactamente él se colocó detrás de ella.

Se había levando del sillón y se había acercado sin hacer el menor ruido pero la intensa

energía que emanaba su ser la envolvió por completo. Se quedaron en silencio, cada uno

absorto en sus pensamientos, tan cerca físicamente como alejadas estaban sus mentes. Sin

querer hablar para evitar que una palabra absurda pudiera estropear ese momento de

intimidad.

El rayo y el trueno estallaron al unísono sacándola de su letargo y haciéndola dar un respingo

y un grito apenas ahogado a tiempo. Al retroceder por instinto, para alejarse de la ventana, su

espalda chocó contra el pecho de Lautaro.

- ¿Te asustaste? – preguntó sosteniéndola por los hombros.

Su tono transmitía verdadera preocupación.

- Odio las tormentas – murmuró ella con voz quejosa -. Me hacen sentir realmente mal.

Aunque no lo veía, supo que su declaración le había dibujado una sonrisa.

- ¿Por qué? – preguntó divertido.

Si su intención era lograr que ella se tranquilizara, debería aclararle que no iba por buen

camino. En realidad, el innecesario interrogatorio la estaba fastidiando.

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- No sé, tal vez algún trauma infantil no resuelto - respondió insolente.

Estaba segura que el tono de su respuesta había rayado lo grosero pero él no se dio por

aludido.

- ¡Excusas! – dijo en tono burlón -. Si fuera una problemática infantil ya lo tendrías resuelto

hace unos cuantos años.

Era imposible no darse cuenta que se habían invertido los papeles y que él le estaba

cobrándose los comentarios anteriores. No le quedaba otra alternativa que seguirle el juego y

no dar marcha atrás.

- ¡Touché! – respondió ella imitándolo para luego ponerse seria -. No lo sé en realidad, puede

ser por esa fuerza imparable, por su furia destructiva, su poder incontrolable. No tener el

control me da miedo.

Cuando él volvió a hablar después de un largo silencio, supo que en algún momento de su

discurso el argumento había dejado de ser la tormenta. Su tono ronco y bajo le arrancó un

jadeo involuntario.

- Muchas cosas son incontrolables y no por eso tienen que darte miedo – murmuró

roncamente.

Mientras hablaba y como al descuido, Lautaro acarició suavemente con la yema de sus dedos,

la piel de su brazo desnudo, dejando a su paso una leve estela de vello erizado. Fue algo tan

sutil que apenas se percató de su efecto cuando todo su cuerpo se estremeció en un

involuntario escalofrío.

- ¿Tienes frío? – indagó en un murmullo enronquecido.

Ella estuvo tentada a decirle la verdad pero al fin asintió. Era preferible eso a asumir lo mucho

que la afectaba tan efímero contacto.

Lautaro aprovechó la excusa y la abrazó suavemente, cubriendo con sus amplios brazos todo

su torso. El calor que emanaba su cuerpo era reconfortante, así como la sensación de

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seguridad que esa postura le transmitía. Su mente quedó en blanco mientras asimilaba cada

una de las sensaciones que ese contacto le provocaba. Cerró los ojos y se dejó caer en una

vorágine de bienestar conciente de que eso solo era el comienzo. La tensión previa al epílogo

fue tomando como rehén a su cuerpo, pero nada la había preparado para la descarga de

adrenalina que desencadenó el sentir en la piel del cuello el cálido aliento de su respiración.

Cuando los labios húmedos se apoyaron suavemente en la unión entre el cuello y la

mandíbula, justo debajo de sus pendientes, simplemente se olvidó de cómo respirar.

El tiempo se detuvo en ese instante para ambos esperando la más leve señal para poder

avanzar. Eva sintió que le ardían los pulmones a fuerza de contener la respiración y dejó que

el aire se escapara en un suspiro. Fue suficiente pretexto para el inicio de la acción. El torrente

sanguíneo acelerado rugía en sus oídos apagando cualquier otro sonido exterior. En ese

momento, todos los sentidos se concentraron en esos diez centímetros de piel donde los labios

de Lautaro comenzaron a dejar un rastro ardiente en su lenta y sensual trayectoria hacia los

labios. Cada centímetro parecía durar una eternidad y el deseo se hacía cada vez más

incontrolable. Ella, impaciente, comenzó a girar lentamente para ir a su encuentro, apurando

el instante del cita final. Los labios llegaron a tocarse apenas y quedaron suspendidos en el

aire por una milésima de eternidad, era como extender la agonía para que el éxtasis se

alcanzara en una única deflagración.

El beso fue mucho más que la consecuencia esperada, fue el desborde de los deseos

clandestinos largamente postergados. Las ansias y el ardor, lejos de aplacarse con el paso de

los minutos, crecían avivados por las caricias cada vez más audaces.

En medio de un laberinto de sensaciones, Eva apenas percibió cuando el escenario fue

cambiando del salón iluminado, al dormitorio casi en penumbras. La sorprendió el sentir un

blando colchón bajo su espalda. Entrampada entre sus propios demonios, sintió que su

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conciencia se rebelaba ante lo inminente y le exigía terminar con esa locura. Contra sus más

profundos deseos, intentó dar un paso atrás.

- Creo que sería mejor que me fuera – jadeó ansiosa.

Su voz sonó demasiado vacilante aún para ella misma. Lautaro se separó lo suficiente para

poder ver su rostro. Inspiró profundamente y luego tomó su barbilla con delicadeza para

lograr que ella también lo mirara. Por un instante clavó sus ojos letalmente negros en los de

ella y la observó con una mezcla de deseo y resignación, luego sacudió la cabeza en forma de

negativa. La mano se apoyaba en su cintura bajó suavemente hasta sus caderas solo para

volver a subir por debajo de la remera, acariciando suavemente su piel mientras iba

ascendiendo. Cuando se inclinó nuevamente buscando su boca, le susurro con voz ronca que

no permitía réplica.

- Ya es demasiado tarde.

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CAPITULO V

La herida de la mano le latía intensamente.

Eso, la tormenta y a los últimos acontecimientos dentro de la Delegación Departamental de

Investigaciones, había logrado ponerlo de un humor peligroso.

La oficina del jefe era una de las más acomodadas. Muebles nuevos, paredes impecables,

cuadros de buen gusto y una computadora de última generación. Sin embargo, para él, no

dejaba de ser una jaula de cristal. Deambulaba de un lado a otro como un animal aprisionado,

haciendo crujir los vidrios que aún quedaban en el suelo, vestigios de su escaramuza horas

atrás.

- ¿Por qué no se sienta?

El tono del Comisario Mayor estaba lejos de ser cordial. El Comisario Santillán lo miró

furibundo desde su metro noventa de altura. Se estaba conteniendo para no responder algo

indebido.

- No, gracias.

Su voz sonó como un gruñido ronco, sugestiva mixtura de rabia y dolor.

El jefe esperó pacientemente que los empleados de mantenimiento terminasen de colocara el

vidrio nuevo de la puerta de su despacho antes de volver a dirigirse a su subordinado que

continuaba caminando sin pausa.

- Por favor, siéntese – reiteró en voz baja.

A pesar de sus palabras educadas, la frase fue imperativa. El policía no se dio por aludido,

apoyó ambas manos sobre el escritorio y se inclinó hacia adelante con el ceño fruncido y los

dientes apretados.

- Señor, si tiene algo que decirme, dígalo y no perdamos más tiempo – gruñó ofuscado.

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Para cualquier otra persona la imagen de un hombre enorme a punto de estallar de ira sería

suficiente para desistir de cualquier tipo de conversación, pero el Comisario Mayor Sánchez

estaba acostumbrado a este gigante iracundo en particular y no le prestó atención a la amenaza

velada que encerraba el tono de voz. En su lugar, se detuvo a mirar la mano vendada que

continuaba sobre el escritorio.

-¿Cómo está su mano? – preguntó con algo de preocupación – El médico me dijo que tuvieron

que darle siete puntos.

El comisario se incorporó rápidamente y metió la mano en cuestión dentro del bolsillo de su

gabardina. La luz blanca del tuvo fluorescente resaltó aún más el color arrebatado de su

rostro.

- Está bien – gruñó entre dientes – El médico exageró, yo solo necesitaba que quitase los

restos de vidrios.

El Comisionado chasqueó la lengua al tiempo que sacudía la cabeza en forma negativa.

- ¡Siéntese, Santillán!

La orden directa no admitía réplicas. Estoico, la gran mole se dejó caer sobre la silla en medio

de una sinfonía de gruñidos incoherentes, pero no se relajó. Estaba listo y atento para ponerse

de pie de un salto a la menor provocación.

- No fue muy inteligente de su parte atravesar el vidrio de mi puerta con su puño. Es más, fue

una muestra de negligencia imperdonable – comentó el jefe mirándolo disgustado -. Y lo peor

es que lo hizo frente al Secretario del Ministro de Seguridad.

Santillán se encogió de hombros.

- No me importan esos estúpidos políticos – escupió con gran resentimiento -. Son unos

despreciables burócratas que tiene un cargo de jerarquía y no saben nada en realidad.

Sánchez bufó fastidiado.

- Pero tienen el poder para dejarlo fuera de la Fuerza – le recordó ceñudo.

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El Comisario Santillán no pudo contenerse y volvió a ponerse de pie. Había perdido el poco

control que le quedaba. El rumor de los truenos se sofocaba ante el sonido de su voz.

- Llevo 25 años rompiéndome el culo por la Fuerza, viendo como los policías corruptos ganan

cargos y jerarquía mientras lo que trabajan por derecha quedamos en el camino – bramó

enfurecido -. Estoy harto de tener que decir: ¡Si Señor! a tipos que entraron en la Fuerza

porque al momento de elegir entre ladrón y policía fueron lo suficientemente astutos para

elegir el segundo y así poder ser lo primero sin que los molesten.

Más que palabras, lo que salía de la boca del policía eran disparos de ametralladora.

- Ahora tengo que aceptar que unos inútiles oficinistas me digan como hacer mi trabajo –

continuó casi sin respirar.

El oficial al mando acabó perdiendo la paciencia.

- ¿Qué pensaba que ocurriría si le decía al Juez que el asesino de su mujer fue un amante

contrariado sin tener pruebas?– dijo ofuscado levantando la voz –. ¿Qué iba a palmearle la

espalda y felicitarlo? ¡Siéntese Santillán!

El interpelado lanzó una maldición a viva voz pero volvió a sentarse.

- Las pruebas tienen que buscarse a partir de una hipótesis – gruñó en medio de un bufido -.

Estoy seguro que en el caso de la esposa del Juez y en el caso de la esposa del empresario hay

un amante escondido y esa es la pieza que nos falta.

El jefe sacudió la cabeza, incrédulo ante tanta testarudez. Llevaban días discutiendo sobre el

tema.

- Estoy cansado de decirle que no hay nada que una los dos casos. Son apenas suposiciones

suyas sin ningún asidero válido – respiró profundamente intentando calmarse para poder

continuar -. Volviendo al tema principal. Tiene que darse cuenta que cometió un serio error y

con la persona equivocada.

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Miró a su subordinado con cierta intranquilidad antes de seguir adelante.

- El Juez pidió su cabeza. – masculló apurado.

Un sinnúmero de expresiones azotaron el rostro del policía. La ira fue, finalmente, a la que se

aferró.

- ¡Me está tomando el pelo! – gritó colérico.

El Comisario Mayor sacudió la cabeza en forma negativa, su voz se suavizó un poco

buscando calmar los ánimos.

- Hagamos lo siguiente – propuso considerado -. Olvídese de sus delirios y mantenga un perfil

bajo. Yo lo voy a trasladar a otra área por un tiempo hasta que las aguas se calmen.

Como en sintonía con su ánimo colérico, un estruendo descomunal sacudió los vidrios de toda

la repartición y las luces temblaron por un breve instante. Inmune a los furores de la

naturaleza Lucas continuó su vehemente discurso.

- No son delirios, señor – declaró a viva voz-. Ha habido dos homicidios similares en menos

de un año dentro de nuestra jurisdicción.

Con la respiración superficial y entrecortada Lucas se parecía cada vez más a un animal

enfurecido

- Dos mujeres de alta sociedad degolladas, una en un country alejado y otra en una villa

turística y estoy seguro que tienen un asesino en común. En el último caso tenemos muestras

de ADN que podrían ser del criminal – el enojo hacía que su tono de voz cada vez fuese más

ronco -. No puede quedar todo en la nada porque el Juez no quiere que se indague sobre la

vida íntima de su mujer.

Sánchez volvió a resoplar fastidiado.

- ¡Basta! – la orden no admitía objeciones - Usted ya no está en el caso.

El Comisario Santillán se levantó de la silla lentamente como un gran oso que se yergue sobre

sus patas. Su rostro se había convertido en una máscara de piedra.

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- Va a haber más asesinatos, estoy seguro – sentenció.

Sánchez, con aire cansado, sacudió la cabeza.

- Ya no es más su problema – contestó el jefe mientras desviaba su atención hacia unos

papeles que se hallaban sobre el escritorio -. Está fuera de este Departamento, lo voy a

reasignar.

- ¿Qué?

La incredulidad estaba plasmada en la voz de Santillán. Sánchez no se molestó en mirarlo,

continuó revolviendo los papeles como si no hubiera dicho nada.

- A partir de mañana va pasar a la Policía de Custodia – mencionó indiferente -. Preséntese a

las 8:00 a.m. en la Central y se le designará su nueva función.

El policía se apoyó una vez más sobre el escritorio y se reclinó hacia delante para acercarse a

su interlocutor en una suerte de amenaza velada.

- ¿Pretende ponerme de niñera de un maldito político? – indagó aprensivo.

El superior se recostó sobre el respaldo de la silla y lo miró directamente a la cara.

- Es eso o el retiro, Santillán, se está jugando su futuro – había cansancio y resignación en su

voz - O cambia de actitud o va a terminar en la calle y sin jubilación.

Sabía que la situación había llegado al límite pero no le quedaba otra opción. Lo vio erguirse

una vez más y cruzarse de brazos.

- No me preocupa - dijo en tono desafiante -. Estando aquí adentro aprendí que hay otras

maneras de asegurarse una jubilación.

El Comisario Sánchez se puso rígido.

- Voy a hacer de cuenta que no escuché eso – dijo amenazador.

Luego inspiró profundamente como buscando un resto de paciencia.

- No tire su carrera por la borda, Santillán.

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El tono había vuelto a ser indulgente.

-¿Mi carrera? – gruñó con dureza.

El Comisario Santillán se sujetó las sienes con la mano sana en un vano intento de parar la

vorágine de su mente. El superior creyó que no lo estaba entendiendo.

- Sus años de trabajo y de aportes – enumeró tratando de rescatar algo de cordura de su

subordinado.

Las palabras sensatas cayeron al vacío. Lucas había perdido por completo el control.

- ¡Esto ya es demasiado! – bramó.

El golpe del puño sobre el escritorio retumbó aún más que los truenos exteriores.

- Durante todo lo que usted llama mi carrera tuve que soportar ver a los peores criminales usar

el mismo uniforme que yo pero con mejores cargos y permitir que estúpidos burócratas

decidan lo que es mejor o peor para la Fuerza – aulló descontrolado -. Allí afuera, hay un loco

matando mujeres, vaya a saber por que razones, y a ustedes les preocupa la opinión de un juez

cornudo.

Los cien kilos de músculos en tensión estaban prontos para estallar. Su superior por primera

vez, dudó antes de hablar.

- ¡Tranquilícese Santillán! – intimó nervioso.

Era como arrojar combustible al fuego. El policía le dio tal puntapié a la silla donde había

estado sentado que la arrojó contra la pared.

- ¡No señor, no me voy a tranquilizar! – respondió trastornado -. Por mi se pueden ir todos al

infierno. ¡Renuncio!

Sánchez se puso de pie, pero no salió de detrás del escritorio. Nuevamente intentó calmar los

ánimos de su subalterno.

- Lucas, no haga algo de lo que pueda arrepentirse después – aconsejó con aire cansado.

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El tono del Comisario Mayor trataba de ser conciliador.

- ¿Arrepentirme? – él lanzó una carcajada estridente -. A esta altura me arrepiento de no haber

renunciado antes y haberme dedicado a la seguridad privada – su tono destilaba amargura -.

Por lo menos, si tengo que arriesgar mi trasero, voy a hacerlo por un buen sueldo y otros

privilegios.

Con ademanes torpes y bruscos sacó su arma reglamentaria de la sobaquera y su credencial

del bolsillo y las arrojó sobre el escritorio del jefe. Sin decir más, se dio media vuelta y salió

de la oficina cerrando la puerta con furia. El fuerte golpe hizo estallar nuevamente el cristal.

Su paso por el corredor fue dejando una estela de rostros curiosos en las puertas, Los gritos

proferidos por ambos participantes de la contienda verbal no había pasado desapercibida para

el resto del personal que aún quedaba en al Delegación a pesar de lo avanzado de la noche.

Lucas Santillán salió a la calle en plena tormenta pero ni siquiera el torrente de agua fue

suficiente para enfriar su estado de ánimo. La puerta principal se cerró tras de él atrapando en

el aire sus últimas palabras.

- Alguien va a sufrir por esto.

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CAPITULO VI

El insistente sonido del celular la arrancó de un profundo sueño.

Sin entender exactamente que era lo que sucedía, Eva estiró la mano y tanteó la mesa de luz

hasta encontrarlo. Cuando consiguió atenderlo, aún estaba medio dormida.

- ¿Hola?

La pronunciación ronca e indolente evidenciaba su estado de aturdimiento.

-¿Eva? – una voz demasiado conocida sonó del otro lado - ¿Aún estabas durmiendo?

Se incorporó de un salto asustada como si él pudiese verla a través del aparato. Los restos de

somnolencia se evaporaron de inmediato.

- ¡Ramiro, qué sorpresa! – balbuceó.

Su tono chillón y bastante alterado confirmaba su afirmación. Del otro lado se escuchó una

risa amortiguada.

- No será para tanto – comentó su interlocutor – Ayer tuve que viajar de urgencia y no pude

avisarte.

Eva intentó encontrar algo que decir pero su mente estaba en blanco. Ramiro no pareció

preocupado por la falta de locuacidad de su prometida.

- Ya estoy regresando – explicó en tono jovial -. ¿Te parece que almorcemos juntos?

Ella sintió un nudo en el estómago que iba creciendo junto con el sentimiento de culpa.

Respiró hondo dispuesta a representar su papel de novia dócil hasta las últimas consecuencias.

- Si, me parece una buena idea – respondió intentando parecer entusiasmada.

- El auto te pasará a buscar... – hubo un momento de silencio donde se escuchó un murmullo

de otra conversación - ....a las doce y media. ¿Está bien para ti?

Ella consultó la hora en su celular. Eran pasadas las nueve de la mañana, no le sobraría tiempo

y debería apurarse pero no se atrevió a contradecirlo.

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- Si, estaré lista – confirmó.

Desde el otro lado de la línea se escuchaban varias voces en las cuales resaltaba la e Ramiro.

- Bien, entonces nos vemos y..... Eva........

La frase inconclusa le provocó palpitaciones.

- ¿Si? – indagó ansiosa.

Él pareció dudar algunos segundos antes de volver a hablar.

- ¡Te extraño!

La sensación de culpabilidad de Eva escaló varios grados.

- Yo también – mintió algo agitada -. Hasta luego.

Cortó el teléfono antes de darle tiempo a decirle algo que la hiciera sentir peor y apoyó el

celular contra su frente. Sabía que tendría que poner sus ideas en claro antes de enfrentarse a

Ramiro pero en ese momento le parecía una empresa imposible. Se volvió hacia Lautaro y lo

encontró despierto. Se había incorporado apoyándose sobre un codo y la observaba callado.

Por algunos segundos, ella se distrajo observando el pecho desnudo y los fuertes brazos que la

habían mantenido abrazada casi toda la noche y suspiró. Debía actuar rápido.

- Tengo que irme – comentó intranquila.

Él alzó las cejas en señal de interrogación pero el resto de su rostro estaba inmutable.

- Debo encontrarme con Ramiro para almorzar – explicó afligida.

Lautaro extendió la mano y la atrajo hacia él hundiéndola contra el colchón bajo su peso. Con

un dedo comenzó a recorrer el contorno de su rostro y su garganta.

- ¡No te vayas! – pidió suplicante.

Ella cerró los ojos y dejó que las caricias tomaran cuenta de sus sentidos. Sería tan fácil

dejarse llevar y no hacerse cargo de sus obligaciones pero las consecuencias podrían ser

nefastas.

- Tengo que irme – repitió en un susurro apenas audible – No soy buena para inventar

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excusas.

Él comenzó a repasar la estela de sus manos con sus labios, rozando suavemente cada

centímetro del perfil de sus facciones. Solo se detuvo lo suficiente para volver a hablar.

- No tienes que poner excusas – murmuró suavemente – Solo tienes que romper el

compromiso.

Eva se puso tensa y abrió los ojos con la fútil esperanza de ver en el rostro de su amante algo

que le revelara que no estaba hablando en serio. Que él creyera en esa posibilidad era algo que

no había figurado ni en sus más alocados sueños. Intentó incorporarse pero el peso del otro

cuerpo le impedía cualquier movimiento, sin embargo, su cambio de actitud no pasó

desapercibida por su acompañante.

- ¿Qué te sucede? – preguntó algo inquieto.

Ella comenzó a agitarse debajo de su cuerpo con la obvia intención de librarse de su peso. La

luz mortecina de una mañana lluviosa que se filtraba a través de los pesados cortinados de las

ventadas era lo suficientemente clara para destacar su gesto de impaciencia.

- No puedes estar hablando en serio – exclamó perturbada -. La boda es en menos de veinte

días, nunca se me ocurriría suspenderla.

Lautaro se irguió apenas para poder mirarla a los ojos pero la sujetó con ambas manos

manteniéndola en la misma posición.

- Dime que no te escuché decir que la boda sigue en pie – inquirió adusto.

Ella desistió de debatirse ante la evidente imposibilidad de liberarse de su dominio.

- ¿Qué pretendías? – preguntó desafiante -. No voy a tirar por la borda todo por lo que vengo

luchando desde hace tanto tiempo.

Lautaro frunció el ceño y apretó los dientes. El músculo de su quijada se contraía

esporádicamente, única señal de su tensión interior. Eva pensó que él se levantaría sin decir

nada y la discusión terminaría allí pero se sorprendió cuando se inclinó nuevamente hacia ella

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y la besó abruptamente. Sometida por la conmoción, su primera reacción fue luchar contra esa

embestida implacable pero su resistencia solo consiguió que él se obstinara aún más. Poco a

poco la furia inicial del beso se fue aplacando y las sensaciones desbordadas retornaron a su

cauce natural. Eva se dejó llevar por el camino que ya habían recorrido juntos deseando que

fuese tan perfecto como lo había sido el comienzo.

Cuando él se incorporó nuevamente hundiendo el codo en el colchón tenía un fuego

indescifrable en la mirada.

- Entonces...¿Esto que se supone que es? – preguntó con la voz ronca - ¿Vas a fingir que no

sucede nada?

Ella giró la cabeza para evitar sus ojos. Parecía como si él pudiera leer su mente y llegar a las

profundidades de su alma.

- Es complicado de explicar – murmuró abrumada -. No creo que lo entiendas.

Lautaro estiró su mano y la tomó de la barbilla para obligarla a mirarlo.

- Tal vez si te tomases el trabajo de intentarlo podríamos entenderlo ambos.

Ella respiró profundamente y dejó que el aire saliera despacio en un inútil intento de

regularizar los latidos de su corazón.

- Ramiro es una persona estable en todos los aspectos. Hemos logrado llevar adelante una

relación sólida. Está todo programado, sin sobresaltos ni sorpresas. Es lo que siempre quise y

por lo que siempre luche – explicó a media voz -. No voy a destruir ahora lo que tanto me

costó conseguir.

Lautaro la miró con cierto recelo y sacudió la cabeza.

- Estás en la cama conmigo a 19 días de tu boda – dijo con impaciencia -. ¿Eso no te dice

nada?

Ella se mordió los labios para evitar decir algo que podría ponerla en desventaja. A pesar del

aire tibio del cuarto, un escalofrío recorrió todo su cuerpo. Los planteos de Lautaro eran

37
lógicos pero solo ella podía entender los miedos y las necesidades que la llevaban a atarse a

una relación donde no había espacio para la pasión. Acarició el brazo que aún la mantenía

inmóvil.

- No hagas que me arrepienta - pidió afligida -. No quiero considerarte un error.

Él se sentó en la cama mirándola indignado.

- ¿Entonces esta noche no significó nada?

Eva también se sentó y lo observó con cierta amargura. Eran demasiado tentadoras las

promesas ocultas en su perseverancia por convencerla a que se quedara con él. Pero ya en

otras oportunidades había caído en las redes de pasiones incontrolables que terminaban

dejándola solitaria y derrotada. No, esta vez sería práctica y apostaría al número ganador.

- Sí significo – replicó afligida -. Pero no lo suficiente.

Lautaro se quitó de encima las oscuras sábanas que los habían refugiado durante las febriles

horas de insomnio con un gesto de resentimiento. Con movimientos bruscos, saltó de la cama,

caminó hacia las ventanas y corrió los cortinados dejando entrar la realidad del nuevo día.

Afuera llovía, sombrío y velado. El parque parecía un cuadro monocromo en matices de gris.

Él crispó sus manos sobre el pulido marco de madera y apoyó su frente en el vidrio como

buscando congelar la turbulencia de su mente. Su hálito empañó el gélido cristal de la ventana

enturbiando la visión externa.

- Estás haciendo un pacto con el Diablo, Eva – dijo sin volverse -. Estás cambiando el Paraíso

por el Infierno.

Ella se sentó indignada.

- Está hablando un hombre que jamás tuvo que preocuparse por como conseguir el dinero

para un medicamento o para un plato de comida – argumentó agraviada -. ¿Qué puedes saber

del Infierno?

Lentamente, Lautaro se giró y la miró con incredulidad.

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- ¿Es todo a causa del dinero? – preguntó contrariado -. En eso no hay diferencia entre él y yo.

Eva se levantó de la cama usando las sábanas como túnica en un tardío arranque de pudor.

Ante la discusión, la desnudez la hacía sentirse fuera de lugar.

- La diferencia está en tu estilo de vida – soltó en un estallido de rabia -. Si lo dejo por ti, no

creo que tu hermano continúe dispuesto a mantenernos a los dos.

Lautaro avanzó hacia ella decidido. En apenas dos zancadas la había alcanzado sin darle la

mínima oportunidad de retroceder. Sujetó con ambas manos su rostro y la obligó a mirarlo a

la cara. El furor oculto en cada gesto no pasó desapercibido para Eva que, por un instante,

temió por su integridad. Él pareció darse algunos minutos para recuperar la tranquilidad antes

de volver a hablar.

- Ni todo el dinero del mundo va a ser suficiente para pagar tu error. – murmuró críptico – Te

advierto que vas a vender tu alma.

La soltó tan bruscamente como la había sujetado y salió de la habitación sin mirar atrás.

Eva se sentó en el borde de la cama agotada por la tensión. Sabía que existía la posibilidad de

estar cometiendo un error pero ya antes había elegido lo contrario y había elegido mal. Esta

vez había pensado y meditado sobre su decisión, había planteado los pros y los contra de su

relación y la balanza aún se inclinaba por su casamiento con Ramiro. Por supuesto que la

atracción que sentía por su futuro cuñado había colocado una piedra en su camino pero no

estaba dispuesta a arruinar su futuro por la lujuria de una noche. Se levantó despacio y sacó su

ropa de encima del radiador donde la había colocado para secar. Se vistió maldiciendo entre

dientes a Lautaro por las dudas que había logrado sembrar y por la oscura sombra que había

esparcido sobre su porvenir. No podía permitir que él arruinara todos sus proyectos solo por

haber consentido que la sedujera.

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Salió dispuesta a continuar con la batalla verbal pero se llevó una sorpresa. Él la esperaba

fuera de la casa, junto al auto, en la misma postura indolente en la que lo había encontrado en

la víspera. Eva se acercó y él le abrió gentilmente la puerta del automóvil, luego, sin decir

nada, se dirigió hacia la puerta del conductor.

El trayecto hacia su casa fue rápido y silencioso. Ella intentó concentrarse en resolver su

dilema interno pero la presencia a su lado era demasiado sólida, demasiado trascendental,

demasiado implicada en la historia, para poder ser ignorada. Lo miró de soslayo intentando

descifrar sus emociones, pero su postura pensativa y formal no le daba espacio para

conclusiones. Solo de vez en cuando, las manos se aferraban con fuerza al volante, como si

alguna idea demasiado sombría, pasara por su mente. Cuando el auto se detuvo frente a su

hogar, buscó las palabras más adecuadas para evitar otra confrontación.

- Lamento que esto terminara así – susurró realmente dolida – Solo te pido que lo

mantengamos en secreto.

Lautaro la miró largamente y luego asintió.

- No soy del tipo que anda contando sus conquistas por ahí - su voz sonó fría y serena -. Y

mucho menos sus derrotas.

Ella miró por la ventanilla la calle donde la gente iba y venía sin tener idea de la trama que se

desarrollaba en el interior del vehículo. Por un minuto deseó que la historia tuviera otro final

pero no se trataba de una película o de una novela romántica, eso era la vida real. Se volvió

hacia él y se acercó para besarlo en la mejilla.

- Espero que no me guardes rencor – dijo en tono de súplica -. No quiero pensar que cometí

una falta de criterio al estar contigo.

Él respiró profundamente y la miró con evidente resentimiento.

- Sin embargo, yo estoy seguro que me engañé – dijo con frialdad – Cuando pensé que no te

merecías a la basura de mi hermano estaba equivocado. Si te lo mereces, son el uno para el

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otro.

Ella sintió como el rubor incendiaba sus mejillas y la garganta se cerraba por la aflicción.

Salió del auto sin decir más nada, apremiada por conseguir algo de intimidad antes de

quebrarse. No quería que él supiera hasta que punto la había afectado. Después de todo y para

no deshonrar su estigma, había cometido un error.

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CAPITULO VII

El centenario chalet de la estancia “El Edén” resplandecía bajo el sol del mediodía.

Los jardines adornados con esmero daban cuenta de la importancia del evento. Trescientos

invitados paseaban, charlaban y comían el delicioso banquete que había seguido a la

ceremonia. Nadie reparaba en la sombría silueta que los acechaba desde una de las grandes

ventanas de la planta baja.

El estudio de la mansión mantenía el aroma ancestral de la cera y el cuero. Los dos hombres

que lo ocupaban tenían el mismo porte, los mismos rasgos y hasta la misma sangre pero no

podían ser más distintos. Sentado detrás del enorme escritorio de caoba, Ramiro Montiel

observaba ceñudo la espalda de su hermano menor que había decidido centrar su atención en

el parque engalanado. Como habitualmente, las raras reuniones fraternales conseguían

mantenerse en la tensión justa para evitar el quiebre.

- Bonita fiesta – comentó Lautaro con algo de cinismo.

Ramiro no pudo contener un gesto de disgusto ante la evidente falsedad del comentario pero

no fue más allá. Prefirió no darse por aludido y tomar la expresión al pie de la letra.

- Gracias – respondió fríamente.

Lautaro se volvió lentamente hacia él, apoyó su hombro en el marco de la ventana y se cruzó

de brazos. Su rostro era una máscara dura que no denotaba emoción alguna pero sus ojos

brillaban con rabia apenas contenida.

- Creo que aún no te he felicitado por tu boda..... – comentó mordaz.

El mayor de los hermanos se recostó contra el respaldo del sillón de cuero queriendo

aparentar una distensión que estaba lejos de sentir.

- No, no lo hiciste – replicó ceñudo.

Lautaro se encogió de hombros y esbozó una sonrisa cáustica.

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- Bien.

La mirada furiosa de Ramiro que no le pasó desapercibida consiguió ampliar su sonrisa. Con

evidente deleite al haber logrado importunar a su hermano, dejó su posición de vigía y se

encaminó hacia el escritorio.

- Volviendo al tema – dijo con absoluta tranquilidad -. Me parece que te estás arriesgando

demasiado.

Ramiro, apenas repuesto de su disgusto, se inclinó nuevamente hacia delante y apoyó los

codos sobre la lustrosa tapa del escritorio.

- No sé a que viene tanta preocupación – comentó con frialdad -. Como siempre, yo me

arriesgo y tú disfrutas de los beneficios.

Lautaro chasqueó la lengua y sacudió la cabeza mientras se sentaba en una de las sillas

tapizadas en verde inglés.

- Entonces digamos que me inquieta perder mi fuente de ingresos – respondió en tono

sarcástico -. Si piensan que los estás estafando, esos tipos primero te pegan un tiro y luego

hacen una auditoría.

La risa maliciosa del mayor retumbó dentro de las paredes de la habitación. Con movimientos

lentos y medidos separó el sillón del escritorio y se puso de pie como desperezándose. Miró

por algunos segundos a su hermano como evaluándolo y luego se dirigió hacia la ventana.

- Ya tomé los recaudos necesarios para cuidar mi espalda – comentó dogmático -. Soy un

hombre previsor.

Intrigado ante el extraño comentario, Lautaro volvió a incorporarse y se acercó a su hermano.

Sin disimular su curiosidad, observó interesado a través del cristal buscando una explicación

para semejante afirmación pero solo vio a los elegantes invitados disfrutando del agasajo.

- ¿Realmente te consideras a salvo de represalias? – preguntó algo desconfiado -. Me intriga

sobremanera saber cómo.

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Ramiro sonrió ante el comentario y no se apuró por responder. Dejó que su hermano

continuase hurgando el parque en una vana búsqueda de la respuesta. Solo cuando éste se

volvió hacia él con el ceño fruncido en clara manifestación de impaciencia realizó un breve

gesto con la cabeza indicándole hacia donde debía mirar.

El enorme hombre estaba en pie a la sombra de los árboles, no demasiado lejos de la

concurrencia pero lo suficiente para tener un panorama general de los presentes. Quieto,

apoyado en un tronco añejo, parecía uno más de los comensales disfrutando de la fiesta. Sin

embargo, si le prestaban la debida atención, se podía descubrir que mantenía un estado de

alerta que cualquier depredador hubiese envidiado. La copa en su mano estaba llena y la

mirada escudriñadora no descansaba de recorrer el lugar ni por un momento.

- ¿Quién demonios es? – preguntó ofuscado.

El tono de fastidio de Lautaro era más que evidente, por primera vez, la sonrisa de Ramiro fue

de real satisfacción.

- Mi nuevo secretario privado – respondió irónico.

Su hermano volvió a observar al desconocido, pero esta vez con mayor detenimiento. Su

gesto de fastidio fue creciendo a medida que pasaban los segundos. Cuando la mirada del

corpulento individuo se cruzó con la suya, éste se detuvo lo suficiente para dejar claro que

sabía que lo estaban observando, luego continuó con su inspección. Lautaro se puso rígido y

maldijo entre dientes.

- ¡Es un policía! – exclamó indignado -. ¡Es un maldito policía!

Luego se volvió furioso hacia su interlocutor.

- ¿En qué diablos estabas pensando cuando decidiste meter un policía aquí?

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Ramiro sonrió ampliamente sin esconder el gusto que sentía al haber conseguido que su

hermano perdiese el control. Miró él también al sujeto en cuestión y realizó un breve gesto de

asentimiento con la cabeza que fue correspondido de inmediato por el gigante.

- Es un ex policía – explicó francamente satisfecho -. Hace un par de semanas que renunció a

la Fuerza y comenzó a trabajar por su cuenta. Me lo recomendaron.

Lautaro cerró los puños y después de un breve intervalo decidió enterrarlos en los bolsillos de

su blazer, no por eso su postura fue menos agresiva.

- ¡No me jodas! Un policía siempre es policía – gruñó ofuscado -. En tu caso es un arma de

doble filo. Me extraña que te hayas vuelto tan descuidado.

Ramiro hizo una mueca de fastidio pero no modificó el tono de voz.

- Y a mí me extraña que pienses que soy un idiota – contraatacó -. ¿Crees que no tomé los

cuidados necesarios para saber con quién estoy tratando?

Lautaro rió nervioso.

- ¡Ramiro el imbatible! – se burló su hermano -. Como si esos gusanos uniformados no se las

ingeniasen para infiltrarse en todos lados.

La expresión de suficiencia del hermano mayor había desaparecido como por arte de magia

dando paso a una nueva oleada de irritación. En contra de su costumbre, optó por dar

explicaciones.

- Sé de buena fuente que el tipo tuvo problemas. Renunció antes que lo diesen de baja –

declaró ofuscado -. Es un profesional y no lo oculta.

Lautaro resopló con evidente impaciencia.

- Te estás ablandando hermano – replicó -. O, lo que es peor, te estás confiando demasiado en

tu posición de intocable.

Ramiro miró a su interlocutor con toda la arrogancia que su posición de primogénito y

administrador de los bienes familiares le había otorgado a través del tiempo.

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- No pedí tu opinión – comentó con soberbia.

Los dientes del hermano menor rechinaron cuando él apretó la mandíbula para no decir nada

impensado. Después de algunos segundos de silencio volvió a hablar.

- Lo sé pero no me importa – declaró desafiante -. Tener de guardaespaldas a un ex policía es

una pésima idea. Incluso tus clientes, por llamarlos de alguna manera, pueden resentirse con

eso.

Ramiro lo miró con desaprobación evidente y se dispuso a refutar sus comentarios pero

advirtió un innegable cambio en la atención de su hermano. Intrigado por conocer el motivo

de su distracción, se volvió hacia la ventana. Su flamante esposa entró dentro de su campo de

visión alterando su humor visiblemente.

- En realidad, ya lo había tomado en cuenta – dijo lentamente sin apartar los ojos de la figura

femenina – pero pienso usarlo a un nivel más, digamos, doméstico.

Lautaro desvió la mirada hacia el vigilante con gesto huraño.

- No te entiendo – replicó enfadado.

Su hermano hizo una mueca de disgusto que disimuló al volverse hacia él con una sonrisa

helada.

- Será mi hombre de confianza aquí, no pretendo llevarlo a mis viajes de negocios –comentó

cáustico -. Además me dará mayor tranquilidad con respecto a Eva.

La sola mención del nombre hizo que Lautaro se pusiera tenso pero aún así encaró a Ramiro

con gesto burlón.

- ¿Quieres que te cuide de tu esposa? – preguntó interesado.

Fue evidente que el interpelado no había hallado gracioso el comentario pues no solo no

sonrió sino que su expresión se tornó de franca ira.

- No pretendo que me cuide de mi esposa, pretendo que la cuide a ella – respondió con un

gruñido ronco -. Me he percatado que no es inteligente dejarla sola cuando viajo.

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El choque de las miradas fue previsible. Ambos se trabaron en un duelo silencioso de

reconocimiento mutuo. Mucho más que cualquier palabra, mucho más que cualquier gesto,

los ojos transcribieron un mensaje letal. Las cartas estaban sobre la mesa y el juego se había

abierto. El odio latente durante tanto tiempo ahora afloraba por esas ventanas del alma.

Lautaro fue el primero en reconocer su desventaja y asintió a modo de derrota. Luego se

encogió de hombros.

- Si te parece – dijo con frialdad – haz lo que quieras.

Ramiro observó el jardín una vez más antes de volver hacia el escritorio. Abrió uno de los

cajones superiores y retiró un abultado sobre de papel madera que le extendió a su hermano.

- Esto es tuyo – dijo indiferente -. No me des las gracias.

Lautaro tomó el paquete y lo guardó en el maletín que había dejado en el suelo.

- No pensaba dártelas – dijo en el mismo tono mientras lo cerraba -. Ya es hora de irme.

Ramiro asintió y se acomodó nuevamente detrás del escritorio.

- Me alegro – comentó en tono cortante.

El hermano menor sonrió, tomó el maletín y se dirigió hacia la puerta de salida sin realizar

más comentarios.

- Lautaro....

El mencionado se volvió algo sorprendido. No esperaba ningún tipo de despedida.

- ¿Si? – preguntó intrigado.

El mayor de los hermanos comenzó a acomodar los papeles que tenía enfrente antes de

responder.

- Desde siempre esta ha sido tu casa tanto como la mía – dijo sin levantar la vista.

Lautaro alzó las cejas en una claro gesto de sorpresa.

- Si, lo sé – replicó vanidoso.

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Ramiro asintió conforme con la respuesta y dejó de lado la pila de papeles que tenía en las

manos antes de mirarlo.

- Bien – continuó, con gesto sombrío -. Lo que deseo que sepas, en caso de que pienses

regresar, es que aquí no eres bienvenido.

Una mueca burlona iluminó el rostro del menor.

- Eso también lo sabía – aclaró sin inmutarse.

Sin embargo, la sonrisa de suficiencia que había comenzado a aflorar en sus labios se congeló

al ver que su hermano retiraba del cajón abierto una pistola 357 Magnun y la apoyaba sin

ruido sobre la bruñida superficie de madera. Dejando el arma a la vista, Ramiro apoyó los

codos, entrecruzó sus dedos y lo miró seriamente.

- Me alegro que lo sepas y espero que lo tomes en cuenta....– dijo con en tono claramente

hostil – porque no lo pienso repetir.

Lautaro dejó el maletín en el suelo y se acercó lentamente hacia el escritorio. Apoyó ambas

manos sobre éste y se inclinó hacia delante. Su rostro, transfigurado por el odio, quedó a

pocos centímetros del de su hermano.

- No importa lo que hagas o digas, ella va a terminar abandonándote – masculló con rabia -.

No vas a poder tenerla encerrada aquí para siempre.

Ramiro estiró su mano y acarició suavemente la superficie fúlgida de la pistola mientras una

sonrisa francamente malévola se instalaba en su rostro.

- ¿Estás dispuesto a apostar?

Lautaro maldijo sin reparos y retrocedió un par de pasos, luego tomó su maletín y se volvió

hacia la puerta. Supo exactamente cuando su hermano se puso en pie pero no se volteó para

ver si se atrevía a llevar a cabo su amenaza. Al cerrar la puerta a sus espaldas alcanzó a oír la

carcajada de victoria de su rival.

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CAPITULO VIII

Había cometido un error.

Eva maldijo entre dientes y decidió levantarse. Llevaba horas dando vueltas en la cama sin

poder conciliar el sueño después de despertarse de una pesadilla gracias a los truenos. Se

colocó la bata sobre el fino camisón de raso y dejó la habitación de puntillas. Si de algo estaba

segura era de no querer despertar a su marido. Ramiro se había acostado hacía poco y ella

había fingido dormir para evitar cualquier tipo de confrontación.

El viejo caserón estaba silencioso y, a pesar de la calefacción de los dormitorios, el aire de los

corredores estaba frío. Mientras caminaba, su respiración se condensaba frente a sus labios

después de cada suspiro. Recorrió el pasillo superior y se asomó por el hueco de la escalera.

En la planta inferior no había luz pero eso no la intimidó a seguir su derrotero nocturno. Bajó

los escalones lentamente, evitando los chirridos habituales y, sin encender ninguna lámpara,

se dirigió decidida hacia la cocina.

Había cometido un error. En realidad, varios y, para complicar aún más la situación, esa

noche sobradas cosas le recordaban aquella otra, tres meses atrás. La tormenta, la oscuridad,

el viento aullando entre los árboles y, sobre todo, esa vulnerabilidad interior y el deseo de

liberarse de una vez y para siempre, de la terrible sensación de vacío y soledad.

Accionó el interruptor y la luz amarillenta de la araña bañó la amplia y confortable habitación.

El ambiente era más cálido allí gracias a la cocina económica que había permanecido

encendida todo el día pero sus pies descalzos sufrían la embestida de las heladas piedras del

suelo. Colocó la pava con agua sobre la hornalla y se sentó en una de las pesadas sillas de

algarrobo que rodeaban la mesa redonda. Subió los pies y se hizo un ovillo mientras recostaba

la cabeza sobre sus rodillas.

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Había cometido demasiados errores pero el principal era haberse casado con Ramiro Montiel.

Las dudas despertadas por los crípticos vaticinios de Lautaro la habían corroído durante las

semanas previas a la boda. Eso y las sospechas estimuladas por su propia experiencia habían

logrado que los días anteriores a la ceremonia fueran los más largos de su vida. Pero si en

algún momento había pensado seriamente en cancelar todo, la conmoción que le produjo

descubrir que estaba embarazada había inclinado la balanza definitivamente hacia el sí.

Apretó los brazos alrededor de las piernas hasta que sintió la presión en el vientre. Allí estaba

ahora, aunque todavía no se notara, su razón para luchar por una vida mejor.

Aún no podía creer que las cosas se hubieran complicado hasta ese punto pero la verdad era

irrefutable. Para cuando ella comenzó a preguntarse si el embarazo no sería una última e

insospechada consecuencia de su pérfida noche de pasión, Ramiro ya estaba propagando a los

cuatro vientos que el heredero estaba en camino. No tuvo más opción que dibujarse una

sonrisa en el rostro y aceptar las felicitaciones cuando lo único que realmente deseaba era huir

lo más lejos posible, preferentemente con Lautaro.

No había vuelto a hablar con él, ni siquiera se le había acercado el día de la boda. No lo

culpaba, él tenía razón en todo lo que había dicho, pero no por eso le dolía menos. Había

fantaseado con su irrupción en la ceremonia oponiéndose al enlace en el momento crucial,

quitándole a ella el peso de la decisión y evitando tener que enfrentarse con Ramiro. Pero solo

había sido un sueño vano que nunca se llegó a concretar. Nadie habló en su defensa, nadie la

rescató. La ilusión del príncipe azul que salva a la princesa no fue más que eso, una quimera.

El ruido de la puerta abriéndose de golpe y estrellándose contra la pared la sobresaltó. La

inmensa figura del guardaespaldas de su marido irrumpió la habitación y se dirigió

velozmente hacia la cocina. Eva ahogó un grito y se levantó de un salto. Descalza, con los

oscuros rulos alborotados, la bata suelta sobre el delicado camisón, blanca como el papel y

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temblando por una extraña combinación de frío y terror era un cuadro digno de contemplar.

Lucas Santillán no pudo menos que admitirlo antes de encararla furioso.

- Dígame, señora – gruñó furibundo -. ¿Usted pensaba morir sola o quería hacernos volar a

todos?

Eva estupefacta y sin poder reaccionar, se quedó mirándolo con la boca abierta. No podía

entender que estaba hablando y, mucho menos, porque estaba tan molesto. Retrocedió algunos

pasos para aumentar la distancia entre ellos. Solo en ese momento se percató del desastre

sobre la cocina y del fuerte olor a gas. El agua de la pava olvidada sobre la hornalla había

hervido hasta derramarse apagando la llama y dejando que el gas continuara saliendo

libremente. Debido a los ruidos de la tormenta y hundida en sus cavilaciones ella no lo había

advertido pero, de alguna manera el esbirro de Ramiro sí.

Sintió una oleada de nauseas al tomar conciencia de lo que había estado a punto de suceder.

El fuerte mareo posterior pudo tener varias otras causas. Antes que pudiera reaccionar, dos

fuertes manos la levantaron el vilo y la depositaron en una de las sillas. La voz del custodio

sonó demasiado cercana.

- ¿Se siente bien? – el tono preocupado no parecía fingido -. ¿Quiere que llame a su marido?

Eva abrió los ojos a pesar del dolor punzante que sintió en la sien. El rostro rudo de su

cancerbero estaba apenas a algunos centímetros del suyo. Estaba acuclillado a su lado y con

ambas manos la sujetaba por los hombros contra el respaldo. El pánico la tomó por asalto sin

previo aviso y sin estar segura del motivo. La mención de Ramiro, la tormenta, un cierto “de

ja vu” o la proximidad del individuo pudo ser la causa pero no se detuvo a pensar porque.

Solo quería librarse de esa sensación que disimuló, rápidamente, bajo una máscara de enfado.

- ¡Suélteme! – exclamó sacudiendo los hombros -. Y ni se le ocurra llamar a mi esposo.

El guardián se incorporó lentamente con un gesto de incredulidad en el rostro.

- Cómo usted desee, señora – murmuró receloso.

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Después de observarla indeciso por algunos segundo, resopló y se dirigió hacia una de las

ventanas para abrirla de par en par. Las ráfagas de viento helado y rocíos de lluvia no tardaron

en entrar por ella. Eva lo miró irritada.

- ¿Qué hace? – preguntó molesta – Me voy a congelar.

Lucas, que se había quedado mirando hacia afuera, giró hacia ella y la observó de arriba abajo

detenidamente.

- Si estuviera vestida no se congelaría – replicó sarcástico.

El comentario en tono mordaz le hizo reparar en lo escueto de su vestimenta. La bata

entreabierta mostraba el delicado camisón que dejaba poco para la imaginación. En un

arrebato de enfado más que de pudor ella cruzó las solapas y se ató el cinturón con fuerza.

Refunfuñando por lo bajo sacó una taza de la alacena y comenzó a inspeccionar la caja de

saquitos de té.

- Al fin de cuentas – dijo irritada - ¿Qué es lo que está haciendo aquí a estas horas?

El guardia resopló algo fastidiado pero, aún así, le respondió adecuadamente.

- Llegamos muy tarde de la reunión – dijo en tono condescendiente -. Su marido prefirió que

me quedara a dormir para no tener que volver manejando bajo la tormenta.

Ella preparó la taza y volcó lentamente el agua caliente que aún quedaba dentro de la pava.

Sin dignarse mirarlo, continuó con su amonestación.

- Si era para dormir, sigo sin entender que hace aquí – replicó fastidiada.

El guardaespaldas se volvió hacia la ventana y la cerró nuevamente, evitando que la tormenta

continuara inundando la cocina, luego se acercó lentamente a Eva.

- Escuché ruido y vine a ver que sucedía – replicó con impaciencia - ¿Qué es exactamente lo

que le molesta de mí?

Ella lo miró por sobre el borde de su taza mientras tomaba un sorbo de té. Luego la bajó

lentamente y lo miró con simulada ingenuidad.

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-No sé de que me está hablando – mintió inmutable.

Poco cortés, el custodio resopló fastidiado.

- Vamos, señora. Tanta agresividad no puede ser gratuita – dijo en tono seco -. Con usted

ladrándome a cada paso se me hace difícil cumplir con mi tarea.

Ella se encogió de hombros y volvió a tomar un sorbo de té. Si debía ser sincera, tampoco ella

estaba segura de cual era el motivo exacto de su antipatía. En realidad el hombre siempre

había sido educado y atento con ella e, incluso, si lo miraba detenidamente podía advertirse

que, a pesar de su tamaño, era atractivo. Tal vez en otras circunstancias todo eso hubiera

hablado en su favor pero el solo hecho de ser el lacayo de su marido lo ponía su la lista negra.

Quizás un psicólogo podría indicarle que estaba desplazando su foco de agresividad, atacando

al subalterno por no poder atacar al jefe, pero todo eso era demasiado rebuscado para su

lamentable situación actual. Por supuesto, no le pareció adecuado darle ese tipo de

explicación al custodio, sin embargo, él estaba esperando alguna repuesta así que tendría que

improvisar.

- Me molesta que me persiga todo el tiempo – dijo de pronto -. No puedo salir de aquí sin

tenerlo revoloteando a mí alrededor.

El guardaespaldas esbozó una sonrisa algo torcida y se apoyó en la mesada de brazos

cruzados.

- ¡Señora! Yo no la persigo ni revoloteo – dijo en tono burlón – Solo la cuido por orden de su

esposo.

- Pero yo no necesito ni quiero que me cuide – replicó ella disgustada.

Lucas sacudió la cabeza como si no pudiera creer la testarudez de la dama.

- Soy simplemente un empleado – explicó pacientemente -. El señor Montiel da las órdenes y

yo las cumplo.

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Un trueno retumbó haciendo vibrar los cristales y Eva se sobresaltó. Por un momento olvidó

donde y con quien estaba y su mente voló en el tiempo y la distancia. La nostalgia y el dolor

fueron malos consejeros cuando volvió la realidad.

- ¿Y si mi marido le pide que le dispare a alguien también lo va a hacer? – indagó atrevida.

Se arrepintió de la pregunta casi antes de haber terminado de formularla. La mirada violenta

del guardia le produjo escalofríos.

- ¡No me conteste! – dijo apurada -. ¡No quiero saber!

Abrumada, se zambulló nuevamente en su taza buscando una excusa para romper el contacto

visual sin ser demasiado evidente. Se dio cuenta que había puesto en palabras las profundas

dudas que la acechaban. Desde el primer día, había considerado la posibilidad que el supuesto

guardaespaldas de Ramiro no fuera otra cosa que un matón a sueldo, listo para eliminar a

quien su marido dispusiese, incluida ella. Sintió el ardor de las lágrimas largamente guardadas

que pugnaban por romper el dique de contención que tanto esfuerzo le costaba mantener. No

podía derrumbarse ahora y mucho menos frente a él. No se dio cuenta de la proximidad del

hombre hasta que sintió que la piel se le erizaba al oír su voz.

- Nunca le haría daño – susurró a su oído.

Lo miró sorprendida. De alguna manera él había logrado descubrir sus pensamientos. Pero

una cosa era lo que decía y otra muy diferente lo que ella podía interpretar en su postura y sus

gestos. Ese hombre era peligroso, de eso no tenía ninguna duda. La señal de alerta se

intensificó cuando el espacio entre los dos fue devorado con un pequeño movimiento. Eva no

pudo evitar dar un salto hacia el costado para poner nuevamente una distancia prudente entre

ellos. El gesto brusco hizo que derramara parte del líquido que quedaba en la taza. Lucas

sonrió.

- No es necesario que huya de mí – dijo divertido por su actitud.

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Enojada, principalmente consigo misma por ponerse en evidencia y ser tan torpe, no pudo

evitar descargar sobre él parte de su frustración.

- No huyo – dijo fastidiada -. Solo pongo la distancia correcta entre usted y yo.

Él se estiró para tomar un paño de la mesada y se inclinó para limpiar el té derramado. Luego

la miró severo.

- Ya le dije que nunca le haría daño – reiteró con seriedad.

Ella dejó la taza vacía en el mármol con un golpe seco que demostraba su impaciencia.

- ¡No confío en usted! – soltó exasperada.

Lucas frunció el ceño como muestra d disgusto pero luego se encogió de hombros. Si prisa,

dejó el paño dentro de la pileta y se secó las manos sobre el pantalón antes de volverle la

espalda y dirigirse a la puerta. Antes de salir se giró y reiteró su gesto de observarla de los

pies a la cabeza como analizándola. Sus ojos eran los de un depredador esperando el momento

de atacar. La mueca que se dibujó en su rostro, semejante a una sonrisa, fue casi lobuna.

- ¿Sabe una cosa? –dijo con voz ronca -. Es lo mejor que puede hacer.

Eva se quedó parada en medio de la cocina sin saber como reaccionar. Se sintió sola, aún más

sola que lo que estaba antes. Muy a su pesar, tuvo que admitir que había cometido otro error y

se había ganado un peligroso enemigo.

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CAPITULO IX

Era su santuario.

Ramiro se lo había aclarado poco después de la boda. Era su lugar privado y ella no tenía

acceso salvo que él la llamase. El estudio de la mansión estaba reservado exclusivamente para

el dueño de casa, pero ese día tendría que romper las reglas y entrar sin invitación. Había

pasado varios días reuniendo el coraje suficiente para enfrentar a su marido y si dejaba pasar

la oportunidad no sabía si volvería a tenerlo. Golpeó la gran puerta de roble y esperó hasta

que él le indicó que pasara.

La inmensa habitación de grandes ventanas y pesados cortinados parecía estancada en el

tiempo. El mobiliario, las fotos, los libros y cada uno de los accesorios decorativos ostentaban

no menos de un centenario de vida. Totalmente fuera de lugar, la computadora personal de

avanzada tecnología ronroneaba ufana sobre el gran escritorio. Frente a ella, sentado en su

trono de gran señor, Ramiro trabajaba totalmente abstraído del resto del mundo.

Eva esperó pacientemente a que él levantara la vista para avanzar. Sabía que la había

escuchado y que tenía absoluta conciencia de su presencia, pero no iba a permitir que esa

actitud glacial la intimidara. Varios minutos después, su marido alzó la cabeza.

- ¿Eva? – su tono era claramente admonitorio.

Ella avanzó decidida hasta las sillas que estaban frente al escritorio y se sentó sin esperar que

se lo pidiera.

- Necesitamos hablar – dijo resuelta.

Ramiro, algo extrañado por su actitud determinada, dejó a un lado los papeles en los que

trabajaba y bajó la tapa de su notebook.

- Entonces, te escucho – respondió atento.

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Sin encontrar la manera de comenzar con la conversación, Eva se removió un poco en la silla.

El carraspeo impaciente de su marido le indicó que no tenía demasiado tiempo para perder.

- Las cosas no están bien, Ramiro – soltó antes de arrepentirse -. No sé si ya lo habías notado.

Su esposo alzó las cejas en señal de desconcierto.

- En realidad no lo había notado – comentó asombrado -. ¿Qué es lo que sucede?

Se sintió algo desorientada pues había esperado una respuesta afirmativa. Ante la postura

negativa de su marido, las contrariedades deberían plantearse desde su realidad personal.

- Estoy sola, me siento sola – dijo afligida -. Aún peor, me siento como una prisionera.

Ramiro volvió a parecer confundido.

- Ésta es tu casa, Eva, no es una prisión – replicó él -. Además tienes libertad de ir y venir

cuando quieras.

Ella resopló fastidiada. Si bien tenía que admitir que eso era cierto, también era verdad que no

podía salir sin acompañante.

- Siempre estoy vigilada – dijo amargada -. Tu guardaespaldas me sigue a todas partes.

Su marido, algo perplejo, minimizó la queja.

- No te está vigilando, querida – explicó amable -. Solo te está cuidando.

Al no poder expresar sus carencias de la manera adecuada, ella se sintió frustrada. Todo lo

que decía acababa pareciendo vago e infundado.

- Siempre me manejé sola y nunca necesité que nadie me cuidase – argumentó sintiéndose

abrumada por la retórica retorcida de su cónyuge.

- Pero no eras mi esposa entonces – retrucó él –. Soy un hombre rico e influyente y pueden

querer extorsionarme a través tuyo. No me voy a arriesgarme a que eso suceda solo por

satisfacer tus caprichos.

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Eva sintió que los remolinos de la desesperación la estaban absorbiendo. Tendría que ir

directo a asunto si no quería que la conversación acabase en la nada.

- No son caprichos, Ramiro – dijo con aire cansado -. Esto no está funcionando, no es lo que

yo esperaba.

Su esposo inspiró lentamente, como dándose un tiempo para no impacientarse.

- Tuviste una boda magnífica y envidiable, tienes una hermosa casa, autos con chofer a tu

disposición, empleados que mantienen todo en orden evitando que tengas que dedicarte a las

tareas domésticas – enumeró en tono aburrido -, no necesitas trabajar y tienes carta blanca

para comprar todo lo que desees para la casa, para ti o para el bebé. ¿Qué es lo que te falta?

Ella se sintió avergonzada de alguna vez haber pensado que todo eso era realmente

importante. No podía mentirle y decirle que nunca había deseado tenerlo pero el vacío que

sentía no podía llenarse con nada material.

- Me siento atrapada aquí – intentó explicar -. No tengo ninguna libertad.

Él frunció el ceño y comenzó a golpear con un lápiz la superficie del escritorio en una clara

demostración de exasperación.

- Admitamos que matrimonio y libertad son dos conceptos antagónicos – comentó con

fastidio -. Deberías haber pensado mejor las cosas antes de aceptar mi propuesta de

casamiento.

Ella asintió ante la evidente verdad. Tendría que haberlo pensado mejor pero ahora no había

posibilidad de volver atrás. Las correcciones eran hacia el futuro.

- Tienes razón, pero mi problema no está en el concepto general de matrimonio – argumentó

ansiosa -. Es nuestro matrimonio el que está fallando.

Ramiro la miró con suspicacia y dejó de golpetear el lápiz.

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- ¿Adónde quieres llegar? – indagó cauteloso.

Ella sintió que su cuerpo temblaba de ansiedad al sentirse al borde del abismo. Debía dar el

paso decisivo y no sabía con que se enfrentaría después.

- Creo que lo mejor sería que nos separásemos – propuso anhelante.

El crujido del lápiz quebrándose fue algo inesperado. Eva vio caer los pedazos sobre el

escritorio y se estremeció al pensar la terrible fuerza que podían ejercer las manos de su

marido. Fuera esa demostración de enojo, Ramiro estaba imperturbable. Incluso, cuando

volvió a hablar, su voz sonó tranquila.

- Creo que eso no es viable – comentó sereno -. Tendrías que pensar en una nueva opción.

Sorprendida ante la respuesta, por un momento, pensó que él no la había comprendido.

- Te estoy pidiendo el divorcio, Ramiro – explicó impaciente.

Él tomó los trozos del lápiz quebrado y los arrojó al cesto de basura. Su rostro era una

máscara de piedra cuando la volvió a mirar.

- Acabo de decirte que no – dijo elevando apenas el tono de voz -. No voy a permitir que dos

meses después de la boda me pongas en ridículo abandonándome.

Ella se sujetó con ambas manos al borde del escritorio buscando un anclaje que la mantuviera

amarrada a la realidad. Por momentos, la negativa absurda de su marido le hacía sentir que

estaba perdida en un laberinto onírico.

- Las personas cometen errores con frecuencia. Nosotros lo hicimos al casarnos – le dijo

alterada -. No tiene sentido que continuemos juntos solo por el qué dirán.

Ramiro se quedó callado un largo rato como pensando en lo que ella le había dicho. Durante

ese tiempo, Eva creyó que lo había convencido y que las cosas pronto se solucionarían. Sus

esperanzas dieron por tierra en el instante exacto en el que él volvió a hablar.

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- Aclaremos el tema ahora porque no lo pienso repetir – dijo ásperamente -. Debes encontrar

la manera que nuestro matrimonio funcione porque bajo ningún concepto te voy a dar el

divorcio ni permitiré que te vayas de aquí.

Eva, atónita, no alcanzaba a creer lo que acababa de oír. Las emociones desbordadas hicieron

que se olvidara de la diplomacia y de la cautela. Su tono estridente de voz daba cuenta de lo

sobrepasada que estaba.

- ¡El matrimonio no es una cadena perpetua! – dijo rebelándose.

Ramiro había logrado mantenerse en calma exteriormente pero la llama de sus ojos no

auguraba nada bueno.

- ¡Lo sé! – contestó sin alterarse – Pero, lamentablemente para ti, la maternidad sí.

Aún sintiendo terriblemente nerviosa, Eva no pudo evitar su curiosidad.

- ¿A qué te refieres? – su voz tembló a pesar del esfuerzo que llevó a cabo para controlarla.

Su esposo la miraba impávido mientras hacía girar la alianza en su dedo como un recordatorio

de la situación conyugal.

- Si intentas dejarme, perderás lo único que realmente es tuyo – murmuró amenazante.

Eva se quedó boquiabierta cuando cayó en cuenta de la gravedad implícita en la supuesta

advertencia.

- ¿Serías capaz de lastimar a mi bebé? – preguntó horrorizada.

Ramiro pareció absolutamente sorprendido ante la pregunta.

- ¡Qué locura! – dijo indignado -. Nunca haría algo semejante.

Respirando lentamente después de escuchar la repuesta, ella consiguió recuperar

paulatinamente el ritmo cardíaco que se había disparado ante la mal interpretada amenaza.

- Entonces, no te entiendo – dijo suspirando desanimada.

Con un gesto familiar, su marido se aflojó el nudo de la corbata, se recostó sobre le mullido

respaldo y se cruzó de brazos, poniéndose cómodo antes de darle las explicaciones que ella

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precisaba.

- Nuestro hijo va a nacer, crecer y educarse en este lugar y bajo mi tutela – declaró de manera

rotunda -. Si te vas, lo pierdes. No permitiré bajo ningún concepto que te lo lleves – expuso

con determinación-. Sabes que tengo el poder y los contactos necesarios para quitártelo.

Una bofetada en pleno rostro no la habría sorprendido más.

- ¡No tienes derecho! – gritó indignada levantándose de un salto.

Ramiro la miró reprobando su actitud. Sin decir nada le hizo una seña para indicarle que

volviera a sentarse. Esperó pacientemente a que Eva le obedeciera sin quitarle la vista de

encima. Cuando al fin claudicó y se sentó, él volvió a hablar.

- ¿Por qué crees que no tengo derecho? – preguntó condescendiente -. ¿Tal vez porque puedo

no ser el padre?

Ella sintió como si le golpeasen el estómago. La adrenalina recorrió su cuerpo dejándole una

sensación de vértigo y calor. Intentó parecer indignada por la pregunta pero la sorpresa la

había dejado sin posibilidad de reacción.

- ¿De qué estás hablando? – alcanzó a balbucear.

Ramiro se inclinó hacia delante como buscando cierta complicidad.

- Siempre ha sido fácil cubrir los lugares estratégicos con mi gente. Tomando en cuenta que

una de mis prioridades es mantener a Lautaro bajo vigilancia, no es extraño que el cuidador de

su casa cumpliera ambas funciones – dijo con una sonrisa perversa-. Si mi hermano le

prestase un poco de atención a los negocios de la familia, habría reconocido en “Coco” la

genética de nuestro criadero de röttwaillers.

Eva se sintió más ultrajada que arrepentida. A esa altura de los acontecimientos, lo único que

realmente lamentaba era que al descubrir su traición, Ramiro no la hubiese plantado. Él

continuó con su diatriba indiferente a la tormenta de emociones que azotaba su interior.

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- En realidad no me sorprendió demasiado – comentó indiferente -. Lautaro es tan previsible y

tu...bueno, tu eres solo una mujer.

Ahora si estaba realmente indignada. La sensación de culpa se había evaporado por completo

y su orgullo clamaba por una explicación.

- ¿Si lo sabías, si tienes dudas acerca de tu paternidad, por qué te casaste conmigo? – preguntó

ofendida -. Es evidente que no sientes nada por mí.

Ramiro se enderezó y suspiró como si estuviera resignado a lo inevitable.

- Si te dedicases a la cría de perros y de caballos como hago yo, entenderías fácilmente mi

posición – explicó solícito -. Nosotros buscamos determinados rasgos heredables para que

cada generación mejore a la anterior. Padres perfectos son garantía de hijos aún más

perfectos.

Eva lo escuchaba totalmente aturdida, sin entender nada de lo que le decía. Él pareció

comprender que las metáforas no le servirían en esa ocasión y optó por la cruda verdad.

- Digamos te considero la mujer correcta para ser la madre de mis herederos – explicó

intentando ser más ilustrativo –. Eres bella, elegante, inteligente y fácil de manejar. Y yo ya

había invertido demasiado tiempo y dinero como para tener que empezar a buscar de nuevo.

Hasta los elogios le sonaron a insulto. Eva sintió el rubor cubrir sus mejillas pero ya no era de

vergüenza o culpa, ahora era de rabia.

- No soy fácil de manejar – dijo furiosa -. No creas que no puedo reaccionar y echar por tierra

todos tus maquiavélicos planes.

Él se rió como si le divirtiera su intento de rebeldía.

- Eva, Eva, Eva. ¿Qué puedes hacer? – preguntó divertido – En todo caso, sea quien sea el

padre, el estudio de ADN siempre va a dar positivo y yo pienso hacer valer mi patria potestad.

La realidad la golpeó en pleno pecho dejándola sin aire. Sintió un dolor agudo y un nudo en la

garganta. No cabía la menor duda que estaba en un callejón sin salida. La única oportunidad

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que tenía era intentar contactarse con Lautaro y pedirle su ayuda. Sus pensamientos debieron

reflejarse en su rostro de alguna manera ya que Ramiro chasqueó la lengua y negó con la

cabeza.

- Creo que sería importante que evitases comentarle a mi hermano tus dudas – dijo con

seriedad.

Ella lo miró intentando encontrar un salvavidas al que aferrarse. Tal vez una duda o la

posibilidad de saberlo preocupado por la posibilidad que Lautaro tomase cartas en el asunto.

- ¿Y por que no lo haría? – preguntó desafiante.

Los ojos de Ramiro brillaron con odio aunque sus facciones permanecieron inmutables. La

sonrisa de su rostro era malévola.

- Por que me vería en la obligación de matarlo.

La frialdad con que lo dijo le produjo más efecto que las palabras en sí. Sabía que no

alardeaba, que estaba absolutamente decidido a cumplir con su amenaza Las náuseas la

invadieron al tiempo que se hundía en un abismo de desesperación. El mutismo que siguió a

la declaración se transformó en algo opresivo. Por algunos minutos Eva miró a su marido

deseando que aquello solo fuese otra de sus pesadillas. Solo el rítmico tic tac del antiquísimo

reloj de péndulo rompía el denso silencio dando cuenta del inexorable paso del tiempo. Un

tiempo que la acercaba aún más a un futuro apocalíptico.

El sonido del teléfono produjo en ella el mismo efecto que la descarga de un arma. Su esposo,

impasible, atendió su celular.

- ¿Si?

El silencio duró algunos segundos mientras la voz desconocida del otro lado de la línea

planteaba su problemática.

- Dame unos minutos, por favor. Te llamaré enseguida – contestó educado antes de cortar.

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Después de dejar el celular, Ramiro se volvió nuevamente hacia ella.

- ¿Hay algo más que desees discutir? – preguntó solícito.

Eva hizo un gesto negativo con la cabeza. En el estado en que se encontraba no se atrevió a

intentar decir algo. Estaba segura que si abría la boca no podría contener el llanto y no quería

que él supiera que la había derrotado completamente. Se levantó despacio decidida a retirarse

de la habitación lo más dignamente posible. Su esposo la observaba impasible.

- No seas drástica, Eva – dijo en tono conciliador -. El mundo no se acaba aquí.

Ramiro se puso en pie y rodeó el escritorio hasta llegar a su lado. Como si la discusión

precedente nunca se hubiera llevado a cabo, la tomó por la cintura y la acercó hacia él. Ella se

puso rígida pero no se atrevió a rechazar el contacto.

- Todavía tienes otra alternativa – dijo mientras le tomaba la barbilla para obligarla a mirarlo

-. Juntos podemos lograr que esto funcione.

Con un gesto seductor, rozó los labios en un beso delicado antes de soltarla e indicarle la

puerta. Eva se volvió hacia ella como una autómata. En ese momento sentía que había pedido

su voluntad y su capacidad de decisión. Nada de lo que hiciera podía cambiar su realidad.

Pensó que ya nada podía ser peor, sin embargo, él aún no había terminado.

- La solución a todos los problemas está al alcance de tus manos, querida – le dijo seriamente

-. El futuro de cada uno de los miembros de esta familia depende de tu decisión.

Era más de lo que podía asimilar. En ese momento, Eva sintió que el peso del universo caía

sobre sus hombros.

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CAPITULO X

Sería el evento de la temporada.

O por lo menos eso era lo que Ramiro le había informado al entregarle una larga lista de

nombres para enviar las invitaciones. Para ella era, simplemente, una nueva ocasión en donde

debería fingir ser una recién casada feliz y enamorada. Políticos, gente de la farándula,

autoridades y conocidos deportistas figuraban entre los asistentes al torneo de polo que

organizaban las empresas Montiel. La copa “Hipólito Montiel” y los premios del certamen

figuraban entre los más codiciados del círculo polista local.

Ni siquiera había intentado convencer a su marido de liberarla de la obligación de jugar a la

anfitriona. Aceptó las indicaciones y los encargos sin emitir opinión alguna y los cumplió al

pie de la letra para evitar cualquier posible reprobación. Sabía que de nada valía quejarse y era

que demasiado peligroso rebelarse. Había tenido que asumir, de una vez por todas, que debía

desempeñar su papel a la perfección o aceptar las consecuencias. Ya no iba a luchar más en

contra de la corriente, un par de días intentándolo solo le habían provocado mayores pesares.

Le costó mucho tomar la decisión que la despojaba de su orgullo y de su dignidad. Pero había

acabado haciéndolo en silencio, entre las sábanas de la cama matrimonial donde, una vez más,

Ramiro había dejado claro que las cosas serían a su manera por las buenas o por las malas.

La mañana era luminosa, agraviando así su oscuridad interior. El sol brillaba indiferente a su

amargura sobre un cielo azul impoluto. El viento, compañero ineludible de los últimos días,

les había brindado la gracia de su ausencia, decidiéndose a no soplar. En contra de lo habitual

para esa época del año, era realmente agradable estar al aire libre. El torneo que se disputaría

durante toda la jornada había atraído a gente de toda la región. Las personas habían

comenzado a llegar desde temprano y ya había una multitud acomodada en las cercanías de la

cancha de polo.

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Eva dejó a sus espaldas la muchedumbre y los caballos y se dirigió hacia la mansión. Sabía

que tendría que pasar varias horas haciendo sociales entre la concurrencia pero aún le quedaba

algún tiempo antes de que comenzara el espectáculo. Había decidido volver a la casa para

poder descansar sin tener la obligación de ser amable con personas que ni siquiera conocía.

Una actitud que seguramente Ramiro reprobaría si no se hubiera ausentado, sin previo aviso,

hacía un par de horas. De nada valía lamentarse ahora, tendría que sobrevivir a la jornada y

esperar que los próximos días su esposo se embarcase en algún negocio que lo mantuviera

ocupado y le diese la oportunidad de estar sola y en paz.

Cruzó el umbral de la puerta principal intentando decidir si subiría a su cuarto para dormir o

solo se recostaría en algunos de los sillones a descansar. El embarazo, aunque aún no se había

hecho evidente, agotaba su energía dejándola cansada y somnolienta la mayor parte del día.

La casa estaba vacía y silenciosa a pesar de lo avanzado de la mañana. Todo el personal

doméstico se encontraba trabajando en las carpas cercanas al torneo. Se paró en el hall

principal mirando las escaleras con desconsuelo. Tal vez el living o la sala de lectura fueran

más adecuados para esa pequeña pausa mañanera. Un movimiento extraño en el corredor

llamó su atención. Resignada, Eva tuvo que admitir que su joven mascota estaba, nuevamente,

haciendo de las suyas.

- ¿Otelo?

El gato no era más que una mancha negra al ras del suelo. Ella lo había salvado

milagrosamente de entre las fauces de uno de los röttwailers de Ramiro cuando el estúpido

animalito intentaba, vaya a saber por que razón, entrar en los caniles de los feroces perros. Lo

había llevado babeado y algo masticado, pero aún con vida, hasta la cocina para curarlo y

darle de comer. De ahí en adelante, para desgracia de las empleadas, “Otelo” había adoptado

la casa como su refugio seguro pero, lejos de comportarse, el ingrato felino acostumbraba

destruir con sus afiladas garras, todo cuanto quedaba a su alcance.

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- ¡Otelo!

La voz de su ama no produjo ninguna reacción en el veloz fugitivo que corrió exactamente

hacia el lado contrario de donde venía el llamado, probando las puertas que encontraba en el

camino. Para su desazón, Eva vio la oscura figura asomarse hacia el interior del estudio de

Ramiro por la puerta entreabierta. Maldijo su mala suerte y corrió detrás de él para evitar que

entrase. Que su marido no se hubiera declarado en contra del minino no significaba que

permitiría que el susodicho vagase por su santuario.

- ¡Otelo!

Una vez más, la llamada no tuvo efecto. La punta del rabo fue lo último que Eva vio antes que

el animal desapareciera completamente por la estrecha rendija. Resignada empujó ligeramente

la puerta para poder pasar.

No había vuelto a ingresar allí desde la discusión, algunas noches atrás. Entró con cautela

sabiendo que se estaba arriesgando demasiado, era malo entrar sin invitación pero hacerlo

cuando Ramiro no estaba era mucho peor. La habitación estaba iluminada por el sol que

entraba por las ventanas. Las cortinas corridas permitían ver todo el parque y, un poco más

allá, la cancha de polo, las tiendas y la multitud.

- ¿Otelo?

La búsqueda infructuosa debajo de los primeros muebles la llevó hasta el escritorio. El lugar

despertaba demasiados recuerdos y palabras que deseaba olvidar. En un arranque de

masoquismo se sentó en una de las sillas, como aquella noche, a revivir la conversación.

Ramiro había demostrado ser un tirano despiadado, preocupado solo por su posición y sus

negocios. Una persona sin escrúpulos capaz de matar a su propio hermano para no perder el

poder que tenía sobre ella. No le extrañaría descubrir que tras su fachada de recto hombre de

negocios se escondía un vil delincuente.

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La idea le dio escalofríos pero, al mismo tiempo, abrió un nuevo panorama para su situación.

Tal vez, si ella consiguiera, de alguna manera, obtener pruebas en su contra, Ramiro tendría

que ceder y permitirle marcharse. Se sintió eufórica solo de pensar que existía la posibilidad

de salir de ese aprieto. Por cierto que lo que pensaba hacer se llamaba extorsión. Sí, era

extorsión pura y llana y no solamente era ilegal, sino que, además, era peligrosa. No obstante,

si gracias a eso podía liberarse de esa jaula de cristal y de su marido, estaba dispuesta a correr

el riesgo.

Se levantó decidida y comenzó a revisar los papeles que había sobre el escritorio. Sabía que

era poco probable que algo realmente importante estuviera tan al alcance de la mano, pero por

algún lado debía comenzar. La computadora llamó su atención. Se preguntó si su marido

tendría archivado en ella notas sobre sus negocios. Quizás guardara algún e.mail o un

documento con detalles de alguna operación ilegal. La abrió esperanzada y pulsó la tecla de

encendido. El siseo y la luz en la pantalla le aceleraron el corazón en una suerte de

anticipación. Pero la ilusión murió antes de lo previsto cuando en la pantalla del aparato

apareció el pedido de clave. No tenía ni la menor idea de que tipo de clave podría usar Ramiro

y no había tiempo suficiente para comenzar a probar opciones. Apagó el aparato frustrada

tomando cuidado que todo quedase de la misma forma que lo había encontrado y rodeó el

escritorio para enfrentarse a los cajones.

Las gavetas de la izquierda contenían infinidad de artículos de librería todos acomodados

cuidadosamente. Resopló fastidiada pensando que la incursión, al fin, no valdría la pena y

comenzó la inspección de los otros compartimientos sin demasiado entusiasmo. La pistola

estaba en el primer cajón de la derecha. Fría, impecable y letal. Se quedó mirándola atónita

mientras sentía que el estómago se le retorcía. Su descubrimiento confirió una nueva

dimensión a la amenaza de muerte que pesaba sobre Lautaro. Si en algún momento ella dudó

de la posibilidad que él fuese capaz de llevarla a cabo, la visión que tenía delante le daba la

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certeza de su ejecución. Estiró la mano como guiada por una fuerza que superaba su voluntad

y recorrió con la yema del dedo el contorno metálico. Antes de darse cuenta el arma pesaba en

su mano. Se cuestionó la posibilidad de tener el coraje para utilizarla en contra de una

persona. Nunca se había encontrado en una situación límite que ameritara semejante decisión

pero si pudiera hacerlo, estaba segura que su marido sería el candidato perfecto para probar su

puntería.

El ruido de pasos y voces la puso en alerta. Reconoció a Ramiro entre los que se acercaban y

se sintió aterrorizada. El aturdimiento hizo que cerrara el cajón pero se quedara con la pistola.

Desesperada, buscó algún lugar donde ocultarse antes que su esposo irrumpiese en la

habitación pues no se le ocurría ninguna excusa plausible para explicar su estancia en el lugar.

Los pesados cortinados que enmarcaban la ventana llamaron su atención. Eran gruesos,

exuberantes y llegaban hasta el suelo. Sin pensar más corrió hasta los más cercanos y se

escondió detrás de ellos.

Los hombres entraron en el estudio en medio de una discusión acalorada. Eva pudo reconocer

la voz de su marido pero no la de su acompañante. Solo en ese momento tomó conciencia que

aún tenía la pistola en la mano. Pensar que Ramiro podría abrir el cajón y darse cuenta que ya

no estaba era una posibilidad que la aterraba. El miedo y la angustia aflojaron sus piernas y la

hicieron temblar. Sabía que cualquier movimiento brusco llamaría la atención de los

contendientes y se esforzó para mantenerse en calma. Prestó atención a la conversación para

estar preparada si acaso la descubrían.

- Entiendo lo que me plantea, Ramiro – dijo la voz desconocida -, pero tiene que darse cuenta

que soy apenas un intermediario.

El mencionado, se paró frente al gran ventanal y se tomó las manos por detrás de la espalda.

- Cómo mediador que es, le pido que transmita mi mensaje – dijo con tono impaciente -. No

quiero que haya dudas con respecto a mis actividades.

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El intermediario resopló molesto y se cruzó de brazos.

- El problema es que las dudas ya existen – recalcó alterado -. La diferencia de dinero es

demasiado importante para que pase desapercibida.

Ramiro no se inmutó ante el comentario. Giró lentamente y se enfrentó a su detractor.

- Ya se lo expliqué – dijo sereno -. Los porcentajes son los acordados, pero ellos no han

tomado en cuenta ciertos gastos que les corresponden y que he debido cubrir.

El otro individuo rió nervioso.

- Señor Montiel, estamos hablando de casi medio millón de dólares – dijo sarcástico -. Mis

clientes están realmente inquietos, por no decir sumamente molestos, por el defasaje.

Ramiro se acercó amenazante.

- ¿Me está acusando de algo? – interrogó encolerizado.

El interpelado retrocedió tenso mirando de reojo hacia la salida.

- No me malinterprete – pidió acobardado -. Lo único que pretendo es ponerlo sobre aviso por

su propio bien.

Totalmente pasmada por la conversación, Eva sintió que comenzaba a acalambrarse. Cada

músculo de su cuerpo se mantenía en tensión permanente y sus sentidos estaban amplificados.

No sabía por cuanto tiempo más podría pasar desapercibida y tenía que decidir que haría en

caso de ser descubierta. Una vez más, el arma desvió su atención. Sintió la mano sudorosa y

el peso del metal que se hacía intolerable.

El golpe en sus tobillos la sorprendió tanto que casi comienza a gritar. Se mordió los labios y

miró hacia el suelo con recelo solo para descubrir que Otelo la había capturado. Típicamente

felino, ahora que ella lo quería lejos, el gatito ronroneaba y se refregaba contra sus piernas en

una suerte de bienvenida. Sin pensarlo dos veces, lo empujó con el costado del pié haciéndolo

rodar fuera del cortinado.

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A pesar de hallarse de espaldas a la ventana, Ramiro no dejó de percibir la protesta gatuna a

tan insensible maltrato. Se volvió iracundo para encontrarse con el minino en cuestión

lamiéndose el lomo para acomodar su pelambre despeinada.

- ¡Maldito gato! – gruñó enojado.

Su impulso inicial de ir hacia el animal a descontar parte de la furia contenida se truncó al

sonar un par de golpes secos en la puerta.

- ¡Pase! – dijo exasperado.

La puerta se entreabrió apenas para que uno de los empleados se asomara temeroso.

- Señor – murmuró amedrentado -, lo necesitan en el palco.

Ramiro inspiró profundamente buscando recuperar la calma.

- Bien – respondió en un tono más sereno -. Avise que ya estoy yendo.

Olvidado por completo del entrometido animalito, se volvió para su increpado negociador.

- Espero que antes del final del día, podamos brindar por un feliz acuerdo – comentó

conciliador -. Acompáñeme y disfrutemos de la jornada. Seguramente, el equipo que elegí

para que los represente nos brindará un excelente espectáculo.

El apelado asintió algo más relajado y se atrevió a sonreír.

- No esperaba menos de usted.

Cuando la puerta se cerró ahogando las últimas palabras, Eva volvió a respirar con

normalidad. Se quedó quieta por algunos minutos más para evitar que un regreso inesperado

la encontrara fuera de su escondite. Luego salió despacio, con las piernas debilitadas por la

tensión y se dirigió directamente al escritorio. Soltó el arma dentro del cajón como si le

quemase y se secó el sudor en el costado del pantalón. Después de lo que había escuchado, no

le cabía ninguna duda que su marido tenía negocios turbios. No sabía sobre que se trataba

pero era innegable el nivel de trasgresión e impunidad con la que él se manejaba. Reconoció

que era inútil intentar ganarle en un juego en el que él era un profesional y ella apenas una

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principiante. La cruel realidad era que aún no estaba preparada para enfrentarlo y no sabía si

en algún momento llegaría a estarlo. Por mucho que lo aborreciera, tendría que aceptar sus

mandatos y mantener las apariencias. Cerró el cajón sintiéndose derrotada y se llevó la mano

al vientre como buscando consuelo en ese ser que apenas se revelaba. A lo lejos, un locutor

por altavoz daba inicio al evento. Eva rodeó el escritorio y suspiró resignada. Tendría que ir

antes que la mandaran a buscar y la encontrasen en el lugar equivocado. Levantó en sus

brazos a Otelo que se había acomodado para dormir en un sofá y salió del estudio aprisa para

evitar que la sorprendieran.

Ni siquiera sospechó que no estaba sola en la habitación. Cuando la puerta se cerró detrás de

ella, la oscura figura que la había estado observando, emergió lentamente del último

cortinado.

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CAPITULO XI

Lo había evitado durante toda la mañana.

Aunque probablemente había logrado su cometido porque él no la estaba buscando. Si Ramiro

la quisiera cerca, todos sus esfuerzos por mantenerse a distancia hubieran sido en vano.

Caminó entre la multitud pretendiendo pasar desapercibida mientas divagaba. El día

continuaba tan radiante como se había vislumbrado durante las primeras horas de la mañana y

el movimiento de gente había aumentado después del almuerzo. Ajena a toda la algarabía,

había pasado las últimas horas intentando develar el misterio de los negocios de su marido. Se

esforzó por recordar las conversaciones que había escuchado durante el tiempo que llevaban

juntos, buscando una pista para descifrar sus actividades. No sabía si él era muy bueno

ocultando las cosas o ella era una absoluta estúpida incapaz de entender nada pero, aunque

sabía cuales eran los negocios legales, no podía siquiera suponer a que actividades

clandestinas se estaba dedicando.

El resoplido del caballo a sus espaldas la sobresaltó. Se giró apurada pensando en como evitar

ser atropellada por un montador distraído y se encontró cara a cara con una hermosa yegua

alazana preparada para jugar. El jinete desmontó a su lado.

- Hola.

A pesar del casco y del atuendo nada convencional, lo había reconocido inmediatamente. El

impacto la descolocó haciendo que sus piernas se aflojasen y se le disparase el corazón. Se dio

cuenta que la atracción y el deseo no habían desaparecido después de aquella desdichada

mañana ya que irrumpieron con más fuerza ahora que lo volvía a enfrentar.

- ¡Lautaro, que bueno es verte!

La sorpresa jugó en su contra. En vez de encararlo con calma y cierta despreocupación, las

palabras brotaron con aires de desesperación. Tendría que tranquilizarse pues no podía dejar

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que él sospechase la verdad. Su cuñado la miró desconfiando. Sus ojos negros, esos que le

despertaban recuerdos y nostalgias, la escudriñaron como intentando descubrir sus

pensamientos más íntimos.

- ¿Está todo bien? – preguntó con aire preocupado.

Por un momento, Eva deseó fervientemente arrojarse a sus brazos, decirle que lo amaba y

pedirle que la sacase de allí. Sería fácil huir en ese momento, en medio de la confusión de la

multitud. Pero el recuerdo del arma en el cajón fue suficiente para descartar la idea. Con un

esfuerzo supremo compuso una sonrisa plástica.

- ¡Por supuesto! – mintió descaradamente -. ¿Por qué no habría de estarlo?

El efecto de sus palabras fue inmediato. Con una agonía indescriptible ella percibió cuando

sus ojos se endurecieron y el rostro se cubrió con una máscara de indiferencia.

- Bueno – dijo con frialdad –. Me alegro.

Eva sintió que su alma se retorcía de dolor ante el evidente desprecio que destilaba su mirada.

Deseaba revelar la verdad y suplicar por su ayuda pero no podía sacar de su mente las

palabras de Ramiro: “me vería en la obligación de matarlo”. Lautaro contempló a su

alrededor como evaluando el panorama antes de volver a hablar.

- Es más, te felicito – dijo mordaz.

Eva lo miró ansiosa, intentando descifrar en esa frase ambigua algo que jugara a su favor.

Pero los gestos y el tono dejaron muy claro que tendría que esperar algún comentario

insultante. Se volvió hacia la yegua y comenzó a acariciarle el cuello como distraída. Lautaro

rechinó los dientes y se interpuso entre ella y el animal lanzándole una mirada de advertencia,

su respiración algo más agitada que lo normal daba cuenta que su actitud lo estaba

provocando.

- Has conseguido todo lo que deseabas – murmuró en tono punzante – Has jugado bien tus

cartas y tienes todo lo que siempre quisiste para ti.

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Eva se recordó una y otra vez que debía mantener la farsa por el bien de los dos pero le dolía

el reproche contenido en sus palabras.

- Es cierto, esto es todo lo que siempre quise para mí – murmuró nostálgica

Era la dolorosa verdad, siempre había deseado lo que ahora tenía, pero se había dado cuenta

que todo eso no valía nada comparado con el amor. Pensó que no era necesario hacer que la

odiase para mantenerlo a salvo y se acercó buscando algo de intimidad en medio del gentío

que los rodeaba.

- A veces, las personas se equivocan – dijo mirándolo a los ojos.

Él la miró sorprendido por el cambio de actitud y la tomó del brazo.

- No juegues conmigo, Eva – reclamó fastidiado -. No voy a tolerar que me tomes por

estúpido.

El contacto físico despertó sensaciones prohibidas. Sabía que se adentraban en terreno

peligroso no tuvo la fuerza para rechazarlo. Mantuvo la mirada fija en Lautaro deseando

poder transmitir con ella sus más profundos sentimientos.

- Nunca jugué contigo – aseguró contrita -. Nunca haría a propósito algo que pudiera

lastimarte.

Sintió como la mano que la sujetaba fue perdiendo presión y comenzó a subir suavemente por

su brazo. La poca distancia que los separaba fue disminuyendo casi sin que se dieran cuenta.

- No me mientas – murmuró turbado -. Puedo aceptar haber perdido, pero no que me uses y

me descartes solo por diversión.

Eva suspiró. Estaban tan cerca pero tan infinitamente fuera de su alcance que le ardían las

manos por el deseo de tocarlo. Por un momento, el mundo que los rodeaba dejó de existir. No

había nada más importante en el universo que la posibilidad de estar otra vez juntos.

- Me equivoqué y lo lamento – susurró casi al oído -. Te extraño y sé que todo esto es culpa

mía.

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Lautaro la sujetó nuevamente del brazo.

-Vamos – dijo resuelto.

Eva lo miró desconcertada. El movimiento abrupto de la yegua cuando tiró del cabestro le

hizo notar que él intentaba realmente llevarla a algún lugar.

- ¿Adónde quieres ir?

Decidido, él tironeó una vez más.

- No sé exactamente a dónde – dijo alterado -, pero nos vamos juntos de este maldito lugar.

Campanas de alarma sonaron en su cabeza. La situación se estaba saliendo de control y ella

debía evitarlo. Con un brusco movimiento se desprendió de su mano y se plantó frente a él.

- No.

Lautaro la miró desconcertado.

- ¿Por qué no? – preguntó sorprendido.

Ella notó que tras esa fachada de confusión estaba pronta a desencadenarse una tormenta e

intentó apaciguarlo. Se volvió a acercar y le apoyó su mano en el pecho.

- No puedo, Lautaro – murmuró dolida -. No me preguntes nada. Simplemente no puedo irme

contigo.

Vio como la tensión tomaba cuenta de cada músculo de su cuerpo y la borrasca anunciada

asomaba en su mirada. Antes que él preguntase nada ella volvió a hablar.

- No tiene nada que ver con el dinero ni con la posición ni con nada material – explicó

apresurada -. No puedo dejar a Ramiro.

Al escuchar la obstinada declaración, una mueca de dolor surcó el varonil rostro. El resoplido

de resignación surgió espontáneamente.

- No te entiendo, Eva. Estoy haciendo un gran esfuerzo pero no logro comprenderte – dijo

apesadumbrado - ¿Qué es lo que quieres que haga?

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Él no aceptaría seguir así, sería una tortura que los desgarraría cada vez que estuvieran

próximos. Cerca pero sin poder tocarse, sin poder besarse, sin poder volver a pasar una noche

perdidos el uno en el otro. Renunciar a él, definitivamente, sería doloroso pero el tiempo

curaría la herida.

- Quiero que te mantengas lo más alejado posible – murmuró mientras sentía que su alma

estallaba en pedazos-. Quisiera no tener que volver a verte.

Lautaro sacudió la cabeza como negándose a creer lo que estaba oyendo.

- ¿Estás segura? – preguntó casi sin voz.

Eva no se atrevió a responder por miedo a que su tono la delatase. Asintió brevemente

dándole énfasis a su afirmación. Lautaro respiró profundamente, varias veces intentando

calmarse. Cuando volvió a hablar parecía más triste que enojado.

- Esta es nuestra última oportunidad – dijo apesadumbrado -. No voy a permitir que me

rechaces una vez más.

Ella se quedó mirándolo tentada a olvidarse de todas las amenazas y dispuesta a arriesgar

hasta su propia alma con tal de aprovechar la oportunidad de volver a estar con él. Lautaro

pareció presentir lo cerca que estaba de quebrar su resistencia. Alzó su mano y enredó sus

dedos en los rizos alborotados mientras los acariciaba suavemente.

- Vamos, Eva, no dudes más – murmuró seductor -. Tu lugar está a mi lado. Yo....

Iba a decir algo más pero sus palabras murieron antes de nacer y su expresión cambió

bruscamente. Eva se sobresaltó ante la abrupta mudanza presintiendo el peor desenlace. Por el

semblante de odio de Lautaro, supuso que se acercaba su marido. No tuvo siquiera la

oportunidad de girarse para corroborar la hipótesis antes que la presencia se hiciera tangible.

- Eva, te estaba buscando.

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El tono jovial no coincidía con la brusquedad de sus acciones. Ramiro le pasó el brazo sobre

los hombros y la atrajo hacia él en un gesto claramente posesivo. Luego se dirigió hacia su

hermano.

- ¡Lautaro, me alegra que hayas podido venir! – saludó animado.

Su hermano le obsequió una sonrisa torcida e inclinó la cabeza.

- No podía negarme a una invitación tan especial – respondió con un dejo de ironía.

Eva sintió que Ramiro se tensaba pero no cambió el tono de voz.

- Quisiera presentarles al señor Miguel Calderón.

Se giró un poco para incluir en el grupo al hombre que lo acompañaba. Ella sospechó que

debía ser el mismo que había estado discutiendo con él en el estudio. Su marido comenzó con

el ritual de las presentaciones.

- Miguel, le presento a mi hermano Lautaro – dijo en tono ufano – Como le anticipé, es el

mejor jugador de polo de la familia y vino expresamente para formar parte de su equipo.

El caballero se adelantó y le extendió la mano.

- Un gusto conocerlo – saludó atento –. Me alegra que haya aceptado jugar para mí.

Lautaro correspondió el saludo amablemente.

- El placer es mío – respondió comedido –. Soy apenas un aficionado al deporte, espero no

desilusionarlo.

Ramiro volvió a tomar la palabra.

- Y aquí está mi bella esposa, Eva – comentó orgulloso.

El visitante se acercó y tomó la mano que ella le extendía entre las suyas de un modo algo

más que formal.

- Sra. Montiel, realmente su marido no le hace justicia – dijo galante -. Cualquier elogio que

pudiera decirle, sería insuficiente para describirla.

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Eva sintió que el rubor teñía sus mejillas a pesar de estar segura que todo no pasaba de una

representación. Sonrió al invitado de su marido y actuó tal como esperaban que hiciera.

- Muchas gracias, Sr. Calderón – respondió con aire recatado -. Espero que disfrute su estadía

en la estancia.

- Con usted como anfitriona, estoy seguro que así será – comentó el recién llegado.

Ramiro, con una sonrisa algo dura se volvió hacia su hermano una vez más.

- Lautaro, me gustaría que acompañaras al Sr. Calderón para presentarle al resto del equipo y

mostrarle nuestros caballos.

La orden encubierta de amabilidad no engañó a Eva. Quería librarse de los testigos para estar

a solas con ella. Presintió algo muy negro en su futuro y deseó tener la habilidad de poder

inventar alguna excusa plausible para desaparecer de la escena antes que fuera demasiado

tarde. Muy a pesar suyo, vio que Lautaro asentía y le proponía al invitado que lo siguiese.

Mientras los miraba alejarse se dio cuenta que ya no necesitaba fingir. Intentó deshacerse del

abrazo forzado para alejarse de su marido pero él se lo impidió sujetándola debajo del codo

con más fuerza que la necesaria. Eva sintió como el dolor trepaba hasta su hombro y seguía

hacia su cabeza.

- Me estás lastimando – dijo enojada.

Ramiro se volvió hacia ella echando fuego por los ojos, a pesar de sus discusiones, nunca lo

había visto tan furioso.

- ¿En que demonios estabas pensando para avergonzarme así? – gruñó furibundo - ¿Piensas

que te voy a permitir que me hagas pasar por estúpido delante de todo el mundo?

Eva intentó soltarse nuevamente pero fue en vano. El dolor empezaba a hacerse insoportable y

las lágrimas comenzaban a acumularse en sus ojos.

- Yo no hice nada – murmuró quejosa.

Su marido continuó sujetándola con fuerza al tiempo que la atraía hacia él.

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- Tú y el necio de mi hermano han dado un espectáculo vergonzoso delante de una multitud

de invitados – escupió enfurecido -. ¿Qué es lo que crees, que soy ciego o estúpido?

Eva gimió de dolor e intentó soltarse una vez más pero la mano de Ramiro se había

convertido en una garra de acero que la mantenía presa. Ella sabía que no debía enfurecerlo y

ahora estaba pagando las consecuencias por su sutil descuido. Solo esperaba que su marido no

tomase represalias contra Lautaro. Alzó la cabeza y lo miró desafiante.

- Yo no hice nada – repitió apretando los dientes para no volver a gemir -. Solo estábamos

hablando.

Ramiro la miró furibundo.

- Se lo dijiste.

No era una pregunta, era la afirmación que la llevaría al desastre. Toda su bravuconería se

desbarrancó ante la posibilidad de que él cumpliera su amenaza.

- No, no le dije nada – replicó alarmada -. Te juro que no le dije nada.

Él pareció creerle y aflojó la presión. Luego la volvió a abrazar por los hombros y la guió

hacia la zona de los palcos. Cuando volvió a hablar estaba más controlado.

- Me alegro que no le dijeras nada – comentó con frialdad -. Me has ahorrado tiempo y dinero.

Luego se detuvo y se enfrentó a ella.

- No te quiero volver a ver cerca de él – gruñó amenazante -. ¿Soy claro?

Eva asintió intuyendo que realmente había perdido su última oportunidad de estar con

Lautaro. Después de ese encuentro, su marido no permitiría que volviera a tener otra chance

de escapar con su hermano. Vio que él hacía una señal y pronto el guardaespaldas estaba

cerca de ellos para recibir las indicaciones.

- Lucas, mi esposa no se siente bien – dijo fingiendo preocupación -. Acompáñela hasta su

cuarto y encárguese de que nadie la moleste.

El custodio asintió y se colocó al lado de Eva instándola a avanzar.

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- ¿Señora, necesita que la ayude? – preguntó solícito.

Eva miró a su esposo con furia e ignoró de plano al guardia. Sin hacer ningún comentario

comenzó a caminar hacia la casa.

- ¡Lucas!

La voz de Ramiro era perfectamente audible a pesar de la distancia que ya los separaba.

- ¿Señor?

El guardián se interpuso en su camino consiguiendo sutilmente que ella también tuviera que

detenerse.

- Que absolutamente nadie la moleste – repitió Ramiro dándole énfasis a sus palabras – Ni

siquiera mi hermano.

El enorme guardaespaldas asintió y permitió que iniciaran el camino hacia la mansión. Eva

supo que las órdenes serían cumplidas al pié de la letra. Realmente había perdido su última

oportunidad. Ahora, más que nunca, estaba atrapada.

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CAPITULO XII

Las luces del automóvil iluminaron los vidrios empañados.

En la cocina, Eva suspiró resignada y apoyó las manos sobre la mesada de mármol buscando

apoyo. Ramiro había llegado más temprano que lo habitual, demasiado pronto para su gusto.

Esperaba que no pretendiera cenar con ella. Había decidido prepararse unos sándwichs y un

jugo y no tenía ningún interés en pasar las próximas horas cocinando o compartiendo la

velada con él.

La última semana había sido difícil. La había mantenido enclaustrada en la mansión. Durante

el día, era custodiada por el personal de la estancia, quienes creían realmente que ella estaba

pasando por una depresión debido a su embarazo. De la vigilancia nocturna se encargaban

media docena de röttwailers asesinos que hacían de los jardines y el parque su territorio de

caza. Cualquier intento de escape o ingreso ilegal sería cruelmente reprimido por varias

decenas de dientes. Por otro lado, estaba siempre su marido, omnipresente y omnipotente.

Con la facultad de cobrarse en cada oportunidad la supuesta afrenta recibida aquel fatídico

domingo por la tarde. Volvió a suspirar cuando escuchó los pasos que se acercaban por el

pasillo. A pesar de oír abrirse la puerta no se dignó girar para saludar al recién llegado hasta

que escuchó una voz inesperada.

- Buenas noches.

El guardaespaldas de su marido se encontraba apoyado en el marco de la puerta. Eva lo miró

con frialdad y sin responde el saludo continuó con su tarea. Tenía que aceptar la presencia de

Ramiro pero no tenía porque aguantar a su lacayo. Decidió ignorarlo y terminó de preparar su

jugo exprimido. Sintió que el sujeto entraba en la cocina manejándose con soltura. Por el

ruido que hacía, sospechó que estaba preparándose alguna bebida. A pesar de su decisión, el

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paso de los minutos la estaba poniendo nerviosa y comenzó a mirar la puerta por la que

debería entrar su esposo. Al final, maldiciendo por lo bajo, se volvió hacia el guardia para

encontrarlo apoyado en la mesa, mirándola divertido.

- ¿Ramiro? – gruñó nerviosa.

La escueta pregunta fue hecha en un tono belicoso. Lucas continuó bebiendo el líquido

ambarino que colmaba su vaso sin apurarse en contestarle. Solo después de algunos minutos

al ver la mirada rabiosa de su interlocutora se dignó responder.

- Tuvo que viajar – respondió de la misma forma.

El alivio que sintió al saber que se vería libre de la aborrecida presencia de su marido duró

solo hasta que se percató que estaba aislada del resto del mundo, en compañía del custodio.

La aparición, hasta ese momento fastidiosa, ahora se le antojaba un tanto amenazadora.

- ¿Y usted que hace aquí?

La interrogación no sonó todo lo indiferente que ella quería. De alguna manera, la inquietud

se filtró en su voz. Él se encogió de hombros y sonrió.

- Su marido me dejó encargado de cuidarla – explicó solícito.

Cuidarla era un eufemismo. Había más de veinte personas a su alrededor durante todo el día

que decían que la cuidaban pero que estaban dedicados a brindarle a Ramiro un

pormenorizado listado de lo que hacía o dejaba de hacer. Lucas Santillán era simplemente

otro sirviente encargado de impedir que ella pudiera librarse de las garras de su esposo. La ira

se abrió paso dejando de lado cualquier tipo de recelo que pudiera existir con respecto a la

presencia del guardaespaldas a su alrededor.

- No necesito que me cuiden – soltó furiosa -. Mucho menos usted.

Lucas se encogió de hombros y apuró el último trago de su vaso.

- Hable con su marido – dijo indiferente a la muestra de malhumor de su interlocutora -. Yo

solo sigo órdenes.

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Eva bufó contrariada y le dio la espalda para continuar preparando su cena. No tenía sentido

discutir con ese individuo pues ya había probado que para él, la palabra de Ramiro era ley.

Pensó en lo feliz que la haría poder echarlo por la fuerza pero la doblaba en tamaño y no

quería hacer el ridículo una vez más.

- ¿No tiene algo que hacer? – preguntó en tono grosero

Lucas se había dirigido nuevamente hacia la heladera a servirse hielo. Las piedras tintinearon

en el vaso cuando él lo agitó.

- Si, cuidarla a usted, señora.

Él se estaba regodeando con la situación. Eva se percató que le estaba tomando el pelo y eso

la enfureció aún más.

- Creo que ya le dije que no necesito niñera – gruñó ofuscada -. Mucho menos un

guardaespaldas de su tipo.

No había medido las palabras. Se arrepintió antes que él demostrara que había entendido la

indirecta.

- ¿Está intentando insultarme? – indagó suspicaz.

La pregunta contenía una amenaza velada a la que ella no quiso dar crédito. Después de todo,

la verdad no era ofensiva.

- Tómelo como quiera – respondió desafiante - pero hágalo en otro lado.

Escuchó como el líquido caía en el vaso señal que él se estaba sirviendo whisky una vez más.

Pensó en decirle que no debía beber en servicio pero, realmente, eso no le importaba. El ruido

de la madera arrastrándose por el suelo le hizo pensar que había corrido alguna de las sillas

para sentarse, exactamente lo contrario de lo que ella le había pedido.

- Hagamos un trato – dijo él con soltura -. Usted me deja hacer mi trabajo y yo la dejo seguir

con el suyo.

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Eva arrojó el cuchillo sucio en la pileta con más fuerza de la necesaria haciendo que el ruido a

metal retumbase en toda la habitación.

- No importa – dijo jactanciosa -. Ya terminé.

Con ademanes algo bruscos que no se ajustaban a su supuesta serenidad, Eva apiló los

emparedados sobre un plato y tomó su vaso de jugo. Cuando sintió que el guardaespaldas se

levantaba se volvió para enfrentarlo con desdén. Lucas se acercó lentamente con pasos

felinos. Su mirada depredadora le causó escalofríos.

- No me refería a ese trabajo, si no a su trabajo de esposa, por llamarlo de alguna manera –

dijo en tono enigmático -. Al fin de cuentas, usted y yo no estamos en situaciones tan

diferentes.

Estaba intentando insultarla para devolverle el favor. Sabía que no era seguro provocar a las

fieras pero no estaba dispuesta a dejarlo con la última palabra.

- No se equivoque, señor, usted es apenas un empleado ocasional – dijo con desdén -. Un

policía fracasado que echaron de la Fuerza y tuvo que terminar como chofer de lujo.

Fue evidente cuando él se enojó. La discusión había perdido la gracia y se estaban adentrando

en asuntos oscuros y complicados. Los ojos transparentes del custodio habían perdido su

habitual indiferencia y ahora brillaban de rabia.

- No me echaron – farfulló furioso -. Yo renuncié.

Eva sintió que estaba pisando fuerte. De pronto, la pelota había cambiado de manos y podía

sentirse más segura. Tal vez tuviera que aceptar que el hombre no le perdiera pisada pero

quería dejar claro cuanto lo despreciaba por eso.

- Cómo usted quiera – asintió indiferente -. Renunció porque lo iban a echar.

Él la miró intrigado a pesar de que era evidente que estaba exasperado.

- ¿Y usted que sabe de eso? – indagó impertinente.

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Eva bebió un sorbo del jugo mientras lo miraba sobre el borde del vaso con gesto burlón.

Creía tener la mano ganadora y se dio el lujo de brindarle una sonrisa ufana.

- Leí el informe que le dieron a mi marido.

El gruñido hosco de su contrincante le concedió la certeza que había dado en el blanco. Sin

embargo, no esperaba el contra ataque.

- Bueno – dijo él dejando el vaso vacío sobre la mesa -. Yo no necesito un informe para saber

que usted no es la dama que aparenta ser.

La afirmación, dicha en tono cáustico, la tomó desprevenida.

- ¿De que está hablando? – preguntó sintiendo la ansiedad cerrar poco a poco su garganta.

Lucas esbozó una mueca mordaz y se metió las manos en los bolsillos.

- Usted no se casó por amor – comentó sagaz -. Apenas soporta a su marido y anda

arrastrándose detrás de su cuñado.

Eva sintió que le ardían las mejillas. No importaba si era verdad o mentira, pero no podía

permitir que un empleado estuviera ventilando sus oscuros secretos.

- ¡Que osadía! – replicó indignada - ¿Cómo puede inventar esas mentiras?

Él sacudió la cabeza y la miró burlón

- No, no invento, sé lo que vi. – dijo jactancioso -. Usted no está con Ramiro por amor, lo que

nos lleva a una motivación mucho más material.

Ella se sintió realmente ultrajada. El hecho era que su intimidad estaba en boca de cualquiera

gracias a la manía de Ramiro de mantenerla vigilada. No tenía ni siquiera el consuelo de que

sus errores se mantuvieran ocultos.

- ¡Cállese! – gritó enardecida -. Usted se está propasando.

Lucas la miraba con una expresión petulante. Estaba claro que disfrutaba de la nueva posición

que había logrado.

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- Es evidente que usted está con Montiel por dinero – declaró arrogante -. Eso, señora, en mi

pueblo tiene nombre propio y se llama prostitución.

La afirmación fue demasiado para ella. Antes de darse cuenta había perdido el control y el

miedo a las represalias. El líquido anaranjado que aún quedaba en su vaso salió volando hacia

la cara de su interlocutor. La puntería fue excelente. En pocos segundos, el rostro y la ropa de

Lucas chorreaban jugo de naranja.

- ¡Hijo de puta! – exclamó ella a boca llena.

Por apenas una fracción de segundo, el guardia evitó que el vaso corriera la misma suerte que

el jugo. Sujetó la muñeca de su agresora con fuerza y la obligó a soltar el arma letal que acabó

hecha añicos contra el suelo.

- Bueno, bueno, la gatita tenía uñas – comentó fastidiado mientras se limpiaba las gotas de

líquido que corrían por su cara -. Se está buscando una buena paliza, señora.

Eva, aún más colérica por haber fallado, estiró la mano libre hacia atrás buscando algún otro

proyectil sobre la mesada. Un envase plástico fue lo primero que alcanzó pero a pesar de su

furia, no fue lo suficientemente rápida para llegar a lanzarlo. La gran mano de hierro se cerró

como una trampa aprisionando entre ambos al sachet. La presión desmedida hizo reventar el

envase lanzando ketchup en todas direcciones. Mientras el aderezo viscoso resbalaba por sus

brazos él la empujó contra la mesada dejándola atrapada entre su cuerpo y el frío mármol.

Enajenada por la rabia y el miedo al sentirse vulnerada, ella lo empujó reiteradas veces sin

conseguir que la soltara. A pesar de la diferencia de tamaño, la ira de dio el coraje para volver

a enfrentarlo.

- ¡Suélteme basura! – gritó iracunda –. Voy a contarle a Ramiro y lo va a mandar matar.

Él sacudió la cabeza y se rió, sujetándola aún con más fuerza.

- No lo hará – dijo convencido -. Sabe que él creería que es un invento para librarse de mí.

Eva lo miró con odio sin saber que responder y volvió a empujar su pecho para apartarlo.

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- ¡Déjeme, bestia inmunda!

Antes de que ella pudiese reaccionar, Lucas se inclinó y la sujetó por la nuca enredando sus

dedos en los rizos oscuros. El imprevisto tirón hizo que echara la cabeza hacia atrás

dejándolos cara a cara. Los ojos cafés lanzando rayos y los helados azules con una chispa que

ella no pudo identificar. Avivado por los fuegos de la discusión el beso explotó sin previo

aviso. Eva apenas pudo inspirar una bocanada de aire antes de que él tomara su boca por

asalto, aplastando sus labios sobre los de ella sin ningún tipo de sensualidad.

La había tomado por sorpresa sin darle la oportunidad de resistirse y su mente comenzó a caer

en un espiral de confusión. Gimió de dolor al sentir la compresión de los labios sobre los

dientes poco antes de reconocer el sabor acre de la sangre. Él pareció notar su sufrimiento y

poco a poco fue aflojando la presión mientras comenzaba su tarea de seducción. Con poco

esfuerzo, logró que ella dejase de oponerse y entreabriera lentamente sus labios. Sin darle un

respiro, la besó rudo e implacable. Fue un beso que exigía una respuesta a la que Eva no se

pudo negarse, un beso que logró desbordar sus sentidos y que la dejó sin aliento.

Cuando Lucas la soltó tan abruptamente como la había tomado, tardó algunos segundos en

reaccionar. Se sintió desorientada y tuvo que sujetarse a la mesada. Mientras trataba de

regularizar su respiración, le pareció que él había dicho algo que no llegó a comprender.

Haciendo un esfuerzo para que su cabeza dejara de dar vueltas, lo miró intentando descifrar lo

que había sucedido. Se sorprendió al ver que él la observaba ceñudo, con el cuerpo tenso y los

puños apretados.

- ¡Vamos! Límpiese ese desastre y váyase a dormir. - gruñó arrojándole un paño húmedo.

Eva logró comprender por fin lo que decía y creyó interpretar su significado. No le constó

entender que Lucas solo había querido demostrarle que no era más que una cualquiera incapaz

de resistirse a los avances de un hombre. Lo peor del caso es que ella se lo había permitido.

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La ira volvió a dominarla pero aceptó la idea de salir de allí cuanto antes. Alzó la cabeza en

señal de desafío y lo miró con desprecio.

- ¡Lo odio!

Él retrocedió algunos pasos dejando el camino libre hacia la puerta. Metió las manos dentro

de los bolsillos traseros del pantalón y le sonrió con descaro.

- Pues lo disimula bastante bien – acotó con insolencia.

Eva deseaba golpearlo sin piedad o insultarlo hasta perder el aliento, pero decidió no

continuar la contienda verbal pues había quedado en desventaja. Dejó el paño sobre la mesada

y salió de la cocina con toda la dignidad que pudo juntar.

Lucas la observó irse con aire taciturno y sacudió la cabeza, contrariado.

- ¡Maldita mujer! – gruñó ronco de frustración -. ¡Maldita mujer!

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CAPITULO XIII

La culpa la tenía ella.

Siempre exigiendo, siempre pidiendo, como si no entendiese que no podía dejar todo solo

para complacerla. Él le había explicado que no había futuro, que debía conformarse con las

noches robadas a la realidad de cada uno. Las discusiones habían llegado a desgastar tanto su

relación que últimamente ya no le apetecía ni siquiera compartir un revolcón entre las

sábanas. Sabía que tarde o temprano vendría el ultimátum y la extorsión. El llanto, las quejas

y los reclamos insistentes ya se perfilaban en el horizonte.

Aquel día había estado más obstinada que lo habitual. Lo había llamado en varias ocasiones

para suplicar que fuera a visitarla. Su marido estaba de viaje y ella le había dado la noche libre

al personal. Harto ya de tanta persecución, decidió dar por terminada la historia. Confirmó su

asistencia para altas horas de la noche y se preparó para lo inevitable.

Ella lo había esperado ansiosa, escasa de ropa y bañada en perfume. Las luces tenues, la

música suave, el champagne en el balde de hielo, las copas de cristal labrado, las frutillas

transpiradas, toda la escenografía dispuesta para la seducción.

Él había fingido caer nuevamente en sus redes, aceptar las demandas y analizar la posibilidad

de dejarlo todo por un futuro en común. Solo habían sido una pantalla para disfrazar sus

verdaderas intenciones. Sabía que si se negaba, ella inmediatamente pensaría en traicionarlo,

tal como la habían hecho las otras. No tenía ninguna duda, pero él no le dio la oportunidad.

Caminó lentamente hacia el cuarto de baño y abrió la canilla del lavamanos. El agua barrió la

hoja manchada de sangre dejándola otra vez impoluta. El reflejo de su hoja brillante dibujó

figuras surrealistas en las cerámicas de la pared mientras la secaba con mucho cuidado antes

colocarla en su vaina. Poco después, el gran cuchillo de caza desapareció nuevamente dentro

del borceguí como si nunca hubiera existido.

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Una vez más los hechos se habían consumado como por voluntad propia. Como si otra

persona decidiera por él y no tuviera la fuerza de voluntad para oponérsele. Se miró al espejo

en un intento de descubrir si la nueva marejada de eventos había conseguido marcarlo de

alguna forma pero se encontró cara a cara con su yo inexpugnable.

Sabía lo que decían por ahí cuando se referían a sus actos. Lo catalogaban de cruel, de salvaje,

de bestial. No sabían cuan equivocados estaban. Por supuesto que él no era un monstruo

inhumano, solo reaccionaba cuando lo enfurecían y, lamentablemente, ella y las anteriores, lo

habían desafiado.

Volvió al dormitorio con el ánimo aletargado. El golpe de adrenalina que lo llevaba a la

acción luego le cobraba gran parte de sus ímpetus y le exigía a concluir la tarea con un

esfuerzo adicional. Miró el cuerpo de la mujer que yacía sin vida y sacudió la cabeza, abatido.

Parecía una muñeca articulada que alguna niña había olvidado tirada después de jugar. El

charco de sangre oscura la rodeaba como un marco macabro, resaltando aún más su palidez.

Los ojos abiertos, fijos en el vacío, todavía parecían suplicarle otra oportunidad. No era algo

bonito de ver y no lo hacía sentirse orgulloso pero no le había quedado más remedio que

matarla. Si él no hubiera actuado a tiempo, ella habría convertido su vida en un infierno.

La culpa de todo era de las mujeres. Ya en los albores de la humanidad habían conseguido

destruir lo que había de más preciado para el hombre. Por su causa, Adán había sido

expulsado del paraíso. Confundido, engañado, seducido, había accedido a sus caprichos y sus

ruegos para terminar desterrado del mundo que le habían prometido. Él no cometería el

mismo error. Nunca, ninguna mujer, lograría que perdiera de vista su principal objetivo.

Recorrió la habitación confirmando que nada de lo que había pudiese, de alguna manera,

conectarlo con la difunta. No quería que un simple descuido destruyese la perfecta vida que

había logrado erigir con tanto esfuerzo. Todo su tiempo, toda su energía y todo su dinero

puestos en pos de sostenerlo como un pilar de la sociedad. No podía permitir que una

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mujerzuela sin escrúpulos fuese la causante de su decadencia. Ella no se merecía su

remordimiento, ni siquiera su pesar. No había dudado en traicionar, en engañar, en mentir

para su propio beneficio. Así como lo había hecho con su esposo, en algún momento lo habría

hecho también con él.

La noche era clara y fría cuando se escabulló de la casa por los ventanales del jardín. La

bruma que se alzaba de la gran piscina rodeaba el parque con un halo fantasmal, colándose

entre los árboles circundantes como un telón de fondo. El gran perro que dormitaba a pocos

metros de la galería no le prestó atención. Estaba tan acostumbrado a sus incursiones

nocturnas que lo aceptó como parte habitual del paisaje. En pocos minutos, atravesó el cerco

perimetral de laurentinos y se perdió en la profunda oscuridad de los senderos vacíos.

Mientras las suelas gruesas quebraban las hojas escarchadas en su disipado éxodo, volvió a

reprocharse por su necia turbación.

No era el responsable de lo sucedido. Apenas había actuado para evitar un mal mayor. La

culpa era de las mujeres que siempre deseaban más de lo que uno les podía dar, como si la

única obligación de los hombres fuera satisfacer sus ambiciones La culpa era de ella por

haberlo llevado hasta el límite exigiendo que obedeciera todos sus caprichos. Él error era de

ella. El pecado era de ella. El desliz, la imprudencia, la falta, el vicio, la mentira, la traición

era todo de ella. Él no tenía la culpa.

La culpa era de Eva.

92
CAPITULO XIV

Iba a morir.

Fue lo primero que pensó al despertarse con la gran mano presionando su boca. No sabía por

que ni le importaba, pero no pensaba dejar este mundo sin resistirse siquiera. Eva comenzó a

debatirse golpeando con piernas y manos a su agresor hasta que, maldiciendo entre dientes, él

la aplastó con todo el cuerpo y le habló al oído.

- Tranquila, soy yo – dijo Lucas apenas susurrando -. Si me promete no hacer ruido voy a

soltarla.

Ella sacudió la cabeza lanzándole miradas abrasivas. Estaba loco si pensaba que iba a

permitirle tomarse atribuciones sin presentar contienda. Él gruñó ante la falta de cooperación

e intentó hacerla entrar en razones.

- Escuche, estamos en peligro – murmuró ansioso -. Hay varios tipos abajo y tenemos que

salir de aquí sin que se enteren.

Ella volvió a sacudir la cabeza como si no le creyera y se revolvió para librarse de su peso.

Lucas intuyó que no conseguiría convencerla por las buenas y escogió la opción más práctica.

La enroscó en la sábana de algodón cubriéndola por completo y se la echó al hombro sin

grandes ceremonias.

- Si grita nos matan – declaró con tono sombrío antes de emprender su huída.

Eva pareció entender el ultimátum y dejó de debatirse, aunque siseó groseras amenazas para

el caso que él le estuviera mintiendo.

Superado el primer inconveniente, el guardia salió del cuarto sin más demora. El pasillo

estaba en penumbras pero él lo conocía palmo a palmo y, a pesar del peso extra, se movió con

gran celeridad. Sin detenerse a verificar la retaguardia, se deslizó hasta la escalera de servicio

que daba a las antiguas dependencias de los empleados y descendió sin perder un minuto.

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Favorecidos por la oscuridad y la confusión, los fugitivos se escurrieron por la puerta trasera

hacia el jardín procurando quedar al amparo de la sombra de los arbustos.

La noche estaba despejada y quieta. La escarcha cubría todo el césped y Lucas caminó con

cuidado evitando dejar huellas que llevaran a los intrusos hasta su escondite. Algunos metros

más adelante, el amparo de los árboles le dio un respiro para orientarse y decidir cuál sería el

mejor refugio. Sabía que las cocheras y los establos estarían dentro de la mira de los invasores

y las casas del personal estaban demasiado alejadas para ser una opción segura. Decidió

seguir hasta los galpones y colarse por las puertas posteriores para evitar que pudieran verlos

desde la casa.

Los grandes tinglados brillaban cubiertos de hielo a la resplandeciente luz de la luna. Con

mucho cuidado, Lucas abrió la puerta trasera y entró cargando su eventual rehén. Las altas

ventanas permitían el ingreso de la luz lunar lo que le daba al recinto claridad suficiente para

ver sin problemas. Bajó lentamente su paquete depositándola cerca de una pila de bolsas de

granos. Solo ahí permitió que ella saliese del capullo.

- Disculpe el maltrato – murmuró dejando claro que en realidad no estaba arrepentido -. Usted

no me dejó otra alternativa.

Eva, ofuscada, se liberó con prisa del envoltorio con la intención de lanzar un ataque letal

contra su captor. Cuando la tela que la cubría cayó a sus pies se dio cuenta que realmente no

estaba vestida para la ocasión. El frío la golpeó cortándole el aliento y tuvo que agacharse

deprisa para recuperar la sábana y algo de protección.

- Maldición – gruñó temblando -. Me voy a congelar.

Lucas también había perdido el aliento. La visión de la mujer cubierta apenas por un diminuto

y transparente camisón de raso lo había dejado petrificado. Resopló fastidiado mascullando

algo sobre la dificultad de concentrarse en su labor y le dio la espalda intentando escuchar los

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sonidos que venían del exterior. Muy a pesar suyo, el ruido de los dientes entrechocando de su

compañera, volvieron a atraer su atención.

- Si estuviera vestida como corresponde no tendría tanto frío – gruñó ofuscado.

Eva, envuelta en la fina tela no dejaba de tiritar, a pesar de eso, aún le quedaban fuerzas para

rechazar la injusta crítica.

- ¿Qué pretende, que duerma vestida de monja? – replicó enojada -. Si usted me hubiera dado

tiempo me habría cambiado.

Lucas farfulló algunas incoherencias intentando no prestar demasiada atención a la figura

descalza y temblorosa. En un arranque de caballeresca practicidad, se quitó el grueso pulóver

negro y se lo entregó.

- ¡Tome, póngase esto! – dijo exasperado -. Con el ruido que hace van a terminar

encontrándonos.

Eva tomó el abrigo y se lo colocó sobre el camisón.. La prenda era enorme y alcanzaba a

cubrirla hasta la mitad del muslo. La lana áspera tenía el aroma penetrante de la loción

masculina. A pesar de la nueva vestimenta, se volvió a colocar la sábana como una túnica. En

pocos minutos, comenzó a recuperar temperatura y, junto con el bienestar, recobró toda su

belicosidad.

- ¿Qué demonios está pasando? – pregunto ofuscada.

Lucas le hizo una señal para que bajara el tono de voz y se acercó a ella.

- Un grupo de seis individuos ingresó a la mansión – dijo ceñudo -. Dudo que sean ladrones

comunes.

Ella bufó ofuscada mientras se friccionaba las piernas buscando recuperar la circulación.

- ¿Cómo puede estar seguro de eso?

La pregunta fue más una manera de descargar su nerviosismo que una necesidad de satisfacer

su curiosidad. En realidad no era demasiado importante los motivos, el hecho en si ya era lo

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suficientemente grave como para dejarla abalada. Por el tono de fastidio de su interlocutor,

pudo deducir que él pensaba lo mismo.

- Traen armas automáticas con silenciador – gruñó ofuscado -. Para mí ese dato habla por sí

solo. No me pareció adecuado pararme a preguntarles.

Eva lo miró con displicencia y continuó friccionando sus piernas.

- Pues que guardaespaldas corajoso que resultó ser – criticó insolente -. ¿Acaso usted no tiene

armas?

Con un gesto brusco, Lucas levantó el borde de su polera negra dejando a la vista una 9mm

reluciente metida en la cintura del pantalón. Luego le dio la espalda y se acercó nuevamente a

la puerta de entrada para escuchar los ruidos que provenían del caserón. Eva cada vez más

ansiosa y sin saber como reaccionar ante la situación volvió a descargar su hostilidad contra

su acompañante.

- ¿De que sirve que esté armado si no hace nada?- reprochó una vez más -. ¿Por qué no va a

sacarlos de la casa?

Lucas Santillán se volvió hacia su protegida con una mirada asesina en el rostro. La observó

por algunos segundos como intentando descubrir si lo que ella pretendía era que lo liquidasen

o, realmente no tenía idea de lo que estaba diciendo. Antes de perder los estribos, optó por

darle el beneficio de la duda. Se acercó lentamente mientras cruzaba los brazos en un bizarro

intento de no tomarla por el cuello.

- Señora, usted ve demasiadas películas de acción. Los buenos no siempre ganan – gruñó

intentando controlar su mal humor -. Seis contra uno es realmente una importante desventaja.

Ella pareció no notar lo cerca que estaba el custodio de perder el control. Se encogió de

hombros como desmereciendo el comentario y volvió al ataque.

- ¿Y los perros?

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Preguntó mientras avanzaba hacia la puerta con la intención de investigar el exterior. Lucas la

detuvo cruzándose en su camino.

- Los deben haber liquidado – respondió sin hesitar.

Eso realmente la afectó. Aunque no le tuviera cariño a los animales en cuestión, el hecho de

que posiblemente los hubieran matado le revolvió el estómago y la hizo reaccionar de mala

manera contra la persona equivocada.

- ¿Y usted no va a hacer nada?

Lucas sacudió la cabeza.

- La estoy cuidando – gruñó resentido - y eso es hacer más de la cuenta.

Eva lanzó una carcajada cáustica. Desde su punto de vista, el hombretón solo buscaba excusas

para no arriesgar su pellejo.

- ¿Cuidándome? – comentó en tono mordaz -. Está aquí escondido conmigo y no hace nada.

El custodio maldijo entre dientes y rogó por una dosis extra de paciencia. Retrocedió

nuevamente hasta la puerta hurgando en la oscuridad del parque para prevenir cualquier

eventual ataque. No había señales que indicaran que los buscaban fuera de la casa pero no

quería descuidarse. Después de una aguda inspección se volvió hacia su compañera con aire

cansado.

- ¿Qué quiere? – preguntó bastante fastidiado -. ¿Qué salga de aquí con solo una pistola y

enfrente media docena de tipos armados?

Ella resopló y se encogió de hombros. La propuesta era algo descabellada pero, seguramente,

no era necesario ser tan drástico. La inactividad era lo que más le molestaba.

- Bueno – comentó vehemente - pero puede pedir ayuda.

Al límite de su tolerancia, el guardián hizo un último intento por convencerla que estaba

actuando de la manera más lógica y sensata.

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- Con el apuro, no traje el celular – bufó enojado – Tendría que volver a la casa a riesgo que

me encuentren o dejarla sola para ir hasta un puesto.

Eva ya no soportaba los pusilánimes pretextos. Si él no tomaba una actitud radical estaba

decidida a actuar por su cuenta.

- ¡Pues muévase, vaya de una buena vez! ¡Llame a la policía, a los bomberos, a Defensa

Civil! – dijo enfadada - ¡Llame a la caballería si quiere pero no se quede ahí parado sin hacer

nada!

Completamente superado por las agresiones verbales, Lucas avanzó furioso, la sujetó por

ambos lados de la cara y la besó con rudeza. El impulso duró lo suficiente para llevarla hasta

el rincón donde la había depositado la primera vez. Allí la soltó tan bruscamente como la

había tomado y la encaró furioso.

- Mal que le pese, en este momento, esto es lo único que se encuentra dentro de mis

posibilidades – soltó belicoso -. ¿Quiere que hagamos algo más?

La sorpresa la dejó sin palabras y sin posibilidad de reaccionar. Sacudió la cabeza en forma

negativa y retrocedió varios pasos buscando apoyo en las bolsas de grano apiladas junto a la

pared. Al sentirse un poco más segura lo miró con rencor.

- Algún día, usted me las va a pagar – murmuró entre dientes.

Lucas se encogió de hombros y le dio la espalda.

- Tal vez – comentó indiferente -. Por ahora manténgase quieta y callada.

Después de la escaramuza, no volvieron a hablar. El tiempo transcurrió lentamente y, a pesar

del abrigo Eva comenzó a entumecerse. Hacía demasiado frío y la inactividad jugaba en su

contra. Una hora después Lucas le indicó que no se moviera y desapareció en la noche.

Cuando volvió una expresión huraña cruzaba su semblante.

- Se fueron, ya podemos volver a la casa. – dijo serio -. ¿Quiere que la lleve?

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Ella lo miró con desdén.

- No, gracias, puedo caminar – respondió ofendida.

El suelo estaba cubierto de escarcha y mil agujas de hielo se clavaban en sus pies descalzos.

Caminó hasta la casa apurada por el frío. Entró por la puerta trasera y se enfrentó con un caos

para el que no estaba preparada.

La cocina estaba absolutamente desordenada. Todo el contenido de las alacenas y los bajo

mesada, así como el de la heladera estaban desparramados por el suelo. Gimió al ver el

desastre y escuchó a sus espaldas una ruda maldición. Lucas, que la seguía, la empujó

suavemente para que continuara.

- No va a poder solucionar nada ahora – dijo práctico -. Mañana será otro día.

Ella asintió y pasó evitando pisar los trastos tirados. El corredor en penumbra no parecía

haber sido desordenado pero al llegar al salón principal el daño se hizo aún más evidente.

Parecía que un terremoto hubiera azotado el lugar. Eva se quedó estupefacta ante la visión y

sacudió la cabeza incrédula. Lucas colocó una mano sobre su hombro y la sacudió

suavemente.

- No se preocupe. A primera hora voy a llamar a su marido para ver que es lo que quiere que

haga – dijo en tono consolador -. Ahora váyase a dormir.

Ella suspiró resignada y se dirigió hacia las escaleras. Antes de comenzar a subir el horror la

paralizó. Colgado de la lámpara del hall, el cuerpo de Otelo con la cabeza aplastada, se

balanceaba solitario.

El grito de horror estremeció las paredes del caserón. Cuando Lucas llegó hasta ella la

encontró sentada en el suelo abrazándose las piernas entre las que había hundido la cabeza.

- No puedo más – sollozaba desconsolada -. No aguanto más.

Lucas, maldiciendo su estupidez por no haber entrado antes, descolgó el cuerpo del pobre

animalito y lo dejó en un rincón. Después se acuclilló junto a ella.

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- Vamos señora, no tiene sentido que se ponga así – susurró con dulzura acariciando su cabeza

como si fuera una criatura -. Suba a su cuarto e intente descansar. Han sido muchas

emociones para una sola noche.

Eva continuaba llorando desconsolada y repitiendo su letanía.

- No puedo más, no aguanto más.

Decidido a terminar cuanto antes con el mal trago, Lucas la tomó en sus brazos y comenzó a

subir la escalera con cuidado. Ella le pasó los brazos alrededor del cuello y continuó llorando

sobre su hombro. La angustia de los sollozos borró cualquier recelo que las discusiones

anteriores hubieran generado. Mientras recorría el corredor hacia su cuarto, el custodio buscó

las palabras necesarias para apaciguarla.

- Tranquila, descanse y mañana las cosas no se verán tan negras – dijo intentando consolarla.

La dejó en la cama suavemente y tuvo que retirar los brazos que aún lo sujetaban del cuello.

Ella lo retuvo de la mano.

- ¡No se vaya!

Lucas rechinó los dientes en un esfuerzo por no caer en la tentación. Soltó suavemente la

pequeña mano que lo sujetaba y la dejó sobre el colchón. Sin responder a la súplica anhelante,

la tapó con la manta y el edredón. Ella quedó quieta como si se hubiera dormido. Cuando se

giró para irse lo detuvo el murmullo ahogado que salía debajo de las cobijas.

- No me deje sola.

Volvió a acercarse y la observó por algunos momentos. Continuaba acurrucada y con los ojos

cerrados, el cabello suelto y desparramado cubría toda la almohada. Las lágrimas habían

dejado surcos brillantes en su rostro pálido. Se inclinó un poco y acomodó la colcha

cubriéndola un poco más.

- Por favor – murmuró atormentado-. No me pida eso.

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Antes de arrepentirse, dejó la habitación a paso firme. Bajó las escaleras y se enfrentó al

desastre de la planta baja. Lo primero que hizo fue tirar el cuerpo del gato a la basura para

evitar que cuando ella se levantase lo tuviera que volver a ver. Luego comenzó a recoger los

documentos desparramados.

El sonido del automóvil acelerando y levantando una lluvia de piedras lo sorprendió. Su

primer impulso fue empuñar la pistola, pero al sentir que el sonido se alejaba una nueva

posibilidad lo golpeó de lleno. Negándose a asumir su descuido, corrió escaleras arriba hacia

el cuarto de Eva. Antes de abrir la puerta ya sabía que encontraría la cama vacía.

- ¡Maldita mujer!

El bramido retumbó en las paredes del corredor y lo persiguió en su carrera hasta el teléfono.

Sin dejar de maldecir su estupidez, marcó el número reservado solo para casos de extrema

emergencia. Del otro lado una voz adormilada respondió enseguida.

- ¡Sánchez!

Maldiciendo por lo bajo, se dio a conocer.

- Habla Santillán.

Escuchó el sonido apagado de objetos cayendo, típicos de un despertar sobresaltado. Cuando

el interlocutor volvió a hablar su tono era de preocupación.

- ¿Qué sucedió?

Respiró hondo y volvió a maldecir con vehemencia a la mujer que tantos trastornos le

acarreaba.

- Lamento despertarlo, señor – dijo con rabia apenas controlada -. ¡Tenemos un problema!

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CAPITULO XV

Estaba libre.

Había sido solo cuestión de tomar la decisión y esperar el momento justo. El hombre rudo

había bajado la guardia y le había dado la oportunidad que tanto necesitaba. No había

demorado más que lo necesario para vestirse y colocar en un bolso de mano alguna de las

prendas desparramadas por el piso del cuarto. Luego había recorrido de puntillas el mismo

camino que habían hecho horas antes para escapar de la mansión. Las llaves del automóvil

estaban en el panel central de la cochera, debidamente rotuladas, y el control del portón

eléctrico exactamente donde debería estar. Tomó las del auto deportivo y tiró todas las

restantes en un gran tacho con agua.

La legua de tierra que unía el casco con la ruta fue una prueba para su ansiedad. Zumbó por

sobre los guardaganados que separaban los potreros y solo se detuvo ante el gran portón de

rejas que no se dignó cerrar después de haber superado.

La vacía y oscura carretera se desplegaba frente a ella como la frontera entre el infierno de su

matrimonio y la libertad. Aceleró el vehículo esperando que los veinte kilómetros que la

separaban de la ciudad desaparecieran lo antes posible debajo de los neumáticos. Las lejanas

luces de la urbe se le antojaron huidizas cada vez que una curva las colocaba fuera de su

centro de atención. No se atrevió a encender la radio como si cualquier distracción pudiera

jugar en su contra. Sabía que Ramiro estaba lejos y que, a pesar de los otros vehículos, tenía

una importante ventaja de tiempo con respecto a Santillán pero aún así no se dignó relajarse.

Solo quince minutos después de haber iniciado su huída comenzó a respira con mayor

normalidad.

Las luces intermitentes no accionaron ninguna señal de alarma en su mente. A esas horas de la

noche, no eran extraños los operativos policiales. Bajó la velocidad pensando que era solo

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cuestión de rutina y se sorprendió cuando los efectivos le señalaron que debían aparcar en la

banquina. Estacionó a pocos metros del móvil policial, bajó la ventanilla y espero impaciente

que el agente se le acercase.

- ¡Buenas noches!

El tono del efectivo no auguraba una charla amena. Eva compuso una sonrisa austera y

retribuyó el saludo.

- ¡Buenas noches!

El policía se inclinó hacia la ventanilla y escudriñó el interior del automóvil. Luego fijó su

hosca mirada en ella.

- ¡Registro y cédula verde!

El pedido cotidiano la dejó mal parada. Por algunos segundos se preguntó cuál sería la mejor

manera de salir del atolladero. La verdad es que no tenía idea donde podrían estar los papeles

del coche y no creía que alguna excusa plausible fuese suficiente para que la dejasen

continuar. Fingiendo una tranquilidad que no tenía, se estiró para abrir la gaveta.

El espejo lateral reflejó un movimiento inusual. En principio, no le llamó la atención la

aparición de los otros policías hasta que vio el reflejo del arma a la luz de los vehículos. La

certeza que sucedía algo extraño se acentuó cuando giró para encarar nuevamente al primer

efectivo. Él había retrocedido y la apuntaba directamente con la pistola reglamentaria. La

orden fue brusca y cortante.

- ¡Baje del auto!

La impresión le causó taquicardia. Temblando como una hoja abrió lentamente la puerta y se

apeó del vehículo.

- ¿Qué está sucediendo, oficial? – preguntó sin poder ocultar su angustia.

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El interpelado retrocedió dando lugar a una de sus compañeras que la colocó frente al coche y

la palpó de armas. Los otros ingresaron al auto y retiraron sus pertenencias. A la señal de

limpio, el primer agente se volvió a acercar.

- Va a tener que acompañarnos, señora – dijo en tono rudo -. El automóvil tiene denuncia de

robo.

Eva sacudió la cabeza incrédula.

- ¡Imposible! El auto es mío – dijo agitada -. Bueno, en realidad de mi marido.

El policía miró a sus compañeros quienes, sin hesitar, le hicieron una señal negativa. El oficial

femenino se retiró hasta el móvil. Algunos minutos después volvió con el ceño fruncido y se

acercó a su compañero que continuaba apuntándola con el arma. Hablaron unos minutos en

voz baja, luego, el primero, se volvió hacia ella.

- No hay documentación que avale su propiedad y me confirman la denuncia – dijo sombrío -.

El automóvil queda secuestrado y usted tiene que acompañarnos.

Eva sintió que la vana utopía de liberación se escurría de sus manos sin darle tiempo a

reaccionar. Se dejó conducir hasta el móvil policial sin poder creer lo poco que había durado

su independencia. Perdida en sus cavilaciones no se percató de la dirección del vehículo hasta

pasados varios kilómetros. Incrédula, vio las luces de la ciudad quedar a sus espaldas.

- ¿Adónde demonios me llevan? – preguntó agitada.

La mujer policía que se encontraba a su lado le obsequió una mirada calculadora.

- A su domicilio, señora. El mismo lugar de donde se realizó la denuncia – explicó en tono

mordaz -. Tal vez allí podamos verificar cual de las versiones es la correcta.

Eva enterró el rostro entre sus manos y se obligó respirar hondo para no comenzar a gritar.

Estaba más que claro que Lucas Santillán le había jugado una mala pasada. Había pensado

que le llevaba ventaja cuando, en realidad, el se había adelantado con una estrategia

104
totalmente fuera de lo esperado. En vez de salir corriendo detrás de ella había conseguido

quien la interceptase, una maniobra digna de su mentor.

Las luces del parque y del caserón estaban encendidas. Sobre las escalinatas del porche la

enorme figura del guardaespaldas parecía una estatua colosal. El patrullero estacionó en la

plazoleta justo frente a la puerta de entrada y dos efectivos descendieron para hablar con él.

Eva se giró hacia su acompañante.

- Cuando confirme mi versión, me vuelvo a la ciudad con ustedes – dijo esperanzada.

La oficial la miró con desdén. Los bellos ojos azules destilando un desprecio difícil de

ignorar.

- ¿Qué se cree? – preguntó arrogante -. ¿Qué somos un taxi o chóferes de lujo?

Ella sintió de inmediato la animosidad recíproca. La hostilidad latente de la atractiva policía

despertó la urgencia de revancha.

- Que yo sepa – recordó beligerante -, no les pedí que me traigan.

La policía le dedicó una sonrisa maliciosa.

- Si hubiera dependido de mí, ahora estaría en una celda – comentó insidiosa -. Pero la alta

sociedad siempre cuenta con prerrogativas legales.

Eva sintió el frío resentimiento a un nivel físico y supo que la rivalidad superaba un simple

viaje en móvil policial. De alguna manera, el guardaespaldas había logrado hacer causa

común con los efectivos que consideraban su escapada como una afrenta personal. Miró con

irreverencia a la agente y emitió una nueva invectiva.

- Ustedes saben tan bien como yo que no hubo robo – acusó indignada -. No me hable de

prerrogativas legales. Hable del grueso fajo de billetes que pronto va a cambiar de manos.

La policía se puso tensa y siseó un insulto nada femenino. Eva no se dejó amilanar por la

actitud claramente agresiva y alzó la cabeza en señal de desafío. Ambas se enfrentaron en un

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duelo de miradas que insinuaba un combate a escala corporal. La llegada de los otros

efectivos puso fin al potencial altercado pero sin bajar el nivel de agresividad del ambiente.

El oficial más joven abrió la puerta del vehículo y extendió la mano hacia la supuesta

criminal.

- Lo siento, señora – dijo en tono condescendiente mientras le entregaba su cartera y el bolso

-. Parece que todo ha sido un error.

Eva lo miró con repulsa y salió del patrullero con gesto arrogante. Ni siquiera se dignó

responder los falsos pedidos de disculpa. Subió las escalinatas con altivez y se enfrentó a su

captor sin rodeos.

- ¡Tengo que irme de aquí!

Lucas observó como el móvil policial rodeaba la plazoleta y se alejaba por el sendero

empedrado. Su rostro sombrío no pronosticaba una conveniente solución del conflicto.

Cuando las luces se perdieron en la noche bajó la mirada hacia la fugitiva.

- Entre – ordenó secamente.

Ella sacudió la cabeza y se mantuvo firme en su lugar.

- Usted no entiende, tengo que irme, sea como sea – reiteró nerviosa.

Lucas la tomó por los hombros y se inclinó para quedar cara a cara.

- No mientras yo esté a cargo – dijo furioso -. Y no vuelva a intentarlo.

La soltó, le quitó el equipaje y caminó hacia la puerta de entrada con pasos decididos. En el

umbral se giró y se quedó parado esperándola mientras respiraba alterado

- ¡Entre ahora! – bramó enfurecido -. No me obligue a ir a buscarla.

Eva miró a su alrededor como explorando una salida alternativa. La noche había continuado

su derrotero y la luna declinaba sobre el occidente. El frío de la madrugada había pincelado de

diamantes todas las superficies y se pegaba a su piel como una máscara mortuoria. Sabía que

estaba sola y nadie acudiría en su auxilio. Si quería salir de allí debía jugarse el todo por el

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todo. Caminó lentamente hacia el hombre que la aguardaba como aceptando su destino. Aún

le quedaba la esperanza de conseguir convencerlo de jugar a su favor. Se quedó parada en el

vano de la puerta y lo volvió a enfrentar usando una estrategia diferente.

- No le pido que me ayude, solo mire para otro lado – susurró anhelante -. Tengo joyas y

dinero con que recompensarlo.

Lucas pareció enfurecerse aún más con la propuesta. Arrojó el bagaje dentro de la casa y,

bruscamente, golpeó las manos contra la madera dejándola atrapada entre su cuerpo y la

puerta.

- No todo pasa por el dinero, señora – gruñó iracundo -. Algunas personas tenemos principios.

Ella no se amilanó, el violento rechazo aún le dejaba una última oportunidad. Lo miró a los

ojos y se acercó hasta casi rozar su cuerpo.

- Le doy lo que quiera – murmuró en un suspiro.

El custodio contuvo el aliento por algunos segundos, luego lo soltó con fuerza.

- Señora, eso es algo que no debería ofrecer – resopló inquieto -. Podría malinterpretarla.

Eva cerró los ojos e inspiró profundamente. Sus manos se deslizaron por el pecho del

guardaespaldas hasta cruzarse detrás del cuello. Sus labios rozaron el mentón levemente

áspero y se detuvieron a milímetros de la boca.

- A esta altura de los hechos, estoy siendo literal – susurró sensual -. Soy capaz de acceder a

lo que desee si promete ayudarme.

Lucas la atrajo hacia sí aprisionándola entre sus brazos. Los cuerpos ligados, los miembros

entrelazados, los alientos enroscándose en volutas de vapor agitadas. Luego tomó su cabello y

tironeó suavemente para obligarla a mirarlo a la cara.

- ¿Está segura? – jadeó enronquecido.

Ella escurrió su mano por la nuca del guardián y enredó sus dedos en el cabello en lentos

masajes sensuales. Luego comenzó a rozar con los labios las comisuras de su boca.

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- Estoy más que segura, estoy desesperada – murmuró entre cada embate -. Usted me besó dos

veces contra mi voluntad. ¿No quiere saber como es hacerlo con mi consentimiento?

El gemido ahogado le dio a Eva la certeza de estar ganando la contienda, mordió suavemente

la boca de su captor una y otra vez como incitándolo a tomar represalias. Cuando él intentó

aferrarse a sus labios ella lo alejó.

- Prométame que va dejarme ir y juro hacer todos sus deseos realidad – ofreció con tono

voluptuoso.

Lucas se separó algunos centímetros de ella para contemplarla enardecido, la respiración

agitada y la mirada abrasadora. Sin responder a su proposición, la tomó de la muñeca y

entraron juntos en la casa. Llevándola a rastras, subieron las escaleras y recorrieron el pasillo

hasta el cuarto de Eva. Él empujó la puerta del dormitorio con el pié y siguió hasta la cama

adonde la arrojó como a un gran paquete, haciéndola rebotar sobre el colchón. Luego se dio

media vuelta y salió de la habitación llevándose la llave. Cuando la puerta se cerró de golpe,

Eva se levantó de un salto y corrió hacia la salida a tiempo para escuchar como la encerraba.

- ¡Maldito cobarde! Abra la puerta ya mismo – gritó golpeándola con los puños cerrados -.

¿Qué es lo que cree que hace?

La voz del otro lado de la puerta sonó algo apagada pero no por eso menos furiosa.

- Tengo que dormir un poco, señora – explicó enfadado -. Y no quiero tener que seguir el

resto de la noche corriendo detrás de usted.

Ella comenzó a golpear aún más fuerte para descargar su frustración.

- ¡No se atreva a dejarme encerrada! – gritó colérica -. ¡No se atreva a dejarme encerrada!

Los gritos y los golpes no tuvieron ninguna respuesta y la dejaron extenuada. Resignada,

volvió hacia su lecho y se derrumbó sobre ella totalmente deshecha.

No tuvo conciencia de haberse dormido pero cuando el ruido del cerrojo abriéndose la

despertó ya era de día. Salió de la cama hecha una furia y tomó un antiguo florero que estaba

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sobre el peinador. Cuando su carcelero entró en el cuarto el proyectil estalló a pocos

centímetros de su cabeza.

- ¡Lárguese, maldito bastardo! – gritó descontrolada -. ¡Fuera de aquí!

Lucas esquivó los siguientes proyectiles mientras avanzaba lentamente dentro del cuarto.

- Tranquilícese, señora - pidió conciliador -. Tenemos que hablar.

Eva ignoró totalmente el pedido y continuó arrojando todo lo que encontraba a su paso sin

dejar de vociferar.

- No quiero hablar con usted – chilló rabiosa -. Váyase al infierno

Él se detuvo en medio de la habitación y alzó las manos como pidiendo una tregua.

- ¡Escúcheme! – exigió firmemente -. Es sobre su marido.

El último portarretratos salió volando de su mano y alcanzó a pegar en el blanco. El cuadro

repercutió contra el pecho del guardaespaldas y cayó al suelo.

- No me importa – escupió con repulsión -. Mi marido también puede irse al infierno.

Lucas aprovechó la falta de proyectiles para llegar hasta ella y sujetarla de los hombros.

Frenética Eva comenzó debatirse, intentando golpearlo y patearlo con saña. El guardián la

sacudió un poco para lograr que le prestase atención.

- Es exactamente de eso que quiero hablarle – murmuró impaciente.

Enajenada en su propia furia ella no recordaba lo que había dicho y no entendió a que se

refería. Lo encaró rabiosa dispuesta a iniciar una nueva retahíla de insultos y golpes pero él se

adelantó.

- Escúcheme, hubo un accidente aéreo – le explicó con aire turbado.

Eva lo miró intrigada pero sin bajar la guardia.

- ¿Y eso que tiene que ver conmigo? – preguntó desconfiada.

Él la empujó suavemente hacia la cama y la obligó a sentarse.

- Era el charter de Ramiro – dijo lentamente -. No hubo supervivientes.

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CAPITULO XVI

- No te tortures más. No fue tu culpa.

La voz ronca y sensual en su oído lo trajo de nuevo a la realidad. Lucas Santillán alzó la

cabeza a tiempo para ver el guiño cómplice de su compañera al dejarle una taza de café

cargado sobre los papeles que tenía en el escritorio. La Oficial Inspector Lara Braun era toda

una belleza. En la Delegación Departamental de Investigaciones solían hacerse apuestas sobre

cuando dejaría el uniforme para dedicarse a las pasarelas. A pesar de eso, llevaba diez años en

la Fuerza y no parecía interesada en renunciar a su cargo. Por el contrario, usaba y abusaba de

su atractivo para conseguir todo lo que se proponía, lo que la convertía en un miembro

trascendental para cualquier equipo. Rodeó el grupo de escritorios abarrotados y se sentó

sobre la esquina del más alejado.

- Por cierto – dijo alzando su jarra en señal de saludo -, bienvenido nuevamente al redil.

Los otros tres oficiales que compartían el espacio, levantaron sus respectivos jarros y, entre

aplausos y ovaciones, se unieron a la fingida ceremonia. Lucas, algo incómodo por las

chanzas, puso los ojos en blanco.

- No inventen – dijo molesto -. Ustedes sabían que era todo una farsa.

El Principal Randó, guiñando un ojo a sus colegas, no pudo evitar agregar un comentario.

- Aún así – dijo en tono jocoso -, nuestra compañera se ha pasado más de tres meses llorando

por los rincones, extrañándote.

Lara resopló fastidiada. Era evidente, para todos, la preferencia que sentía por el Comisario

Santillán y eso le acarreaba las bromas pesadas del resto del equipo. Supo que las burlas no

habían terminado cuando el más joven del grupo se le acercó y la sujetó por la cintura.

- Lo peor del caso – comentó con osadía -, es que no dejó que ninguno de nosotros la

consolara.

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La mujer policía respondió al atrevimiento incrustándole el codo en el estómago, despertando

la hilaridad del resto.

- Bien, dejémonos de tonterías – bufó intentando no parecer afectada -. ¿En qué posición

quedamos?

Lucas, que se había levantado de su silla y paseaba por la oficina como una fiera enjaulada,

los miró ceñudo.

- Con tres meses de duro trabajo tirado a la basura – gruñó disgustado.

Cabrini, que hasta el momento se había mantenido callado, lanzó una carcajada burlona.

- ¿Y desde cuando correr detrás de una falda es una tarea ruda? – preguntó jocoso.

Los otros dos colegas se unieron a la chanza.

- Hay faldas y faldas, y esa falda era de las que acarrean problemas – comentó Randó -. La

dama era demasiado bonita para poder trabajar tranquilo.

Solís, que aún continuaba masajeándose el vientre, no pudo dejar de hacer una observación

oportuna.

- En realidad, Lucas, aún nos debes una compensación por tener que salir a cubrirte la espalda

la otra noche – comentó entre gemidos -. Además, tuvimos que ponernos los viejos uniformes

que ya nos quedaban algo apretados.

- Cierto, tuvimos que salir a congelarnos debido a un negligencia tuya - ratificó Randó

señalándolo con el dedo -. Ya has sido mejor guardián compañero.

- Para colmo de males – continuó Solís -, ni siquiera me dejaron palparla de armas.

Lucas gruñó algunos insultos groseros al azar pero no se dignó darse por aludido. Cuanto más

se enojara él, peor serían las pullas. Cabrini, envalentonado por el apoyo de los otros,

continuó pinchando al líder del grupo.

- Creo que nuestro amigo aquí no las tenía todas a su favor – señaló ocurrente -. Supongo que

la escapada le habrá valido una buena paliza a la damisela fugitiva.

111
Guiñando un ojo a sus cómplices, Randó fue un poco más allá.

- En realidad, sospecho que Lucas no necesitaba esa excusa para poner una mano en su trasero

– aventuró entre risas -. Vamos, amigo, no vas a decirnos que entre tantas noches a solas en

medio del campo no hay nada para contar.

El sonido seco de una taza golpeando con fuerza sobre el vidrio del escritorio los sobresaltó.

Lara, echando chispas por los ojos los miraba enojada.

- ¿Podrían dejar de fabricar baba y dedicarse a trabajar? – gruñó exasperada.

Los otros no pudieron evitar las risas ante el evidente ataque de celos.

- Vamos, Lara, no te enfades – dijo Solís acercándose con las manos en alto -. Tú eres mucha

más bonita.

Ella miró de reojo a Lucas como queriendo confirmar si él pensaba lo mismo pero lo encontró

nuevamente absorto en sus reflexiones. Con un suspiro de resignación volvió a dirigirse al

resto de sus colegas.

- ¿Entonces en que punto quedamos? – preguntó malhumorada -. ¿Lucas?

El mencionado pareció volver a la realidad pero sin saber exactamente que pretendían de él.

Los miró con expresión interrogante y ocupó su lugar frente al escritorio donde tenía sus

papeles. Lara se acercó y se sentó en los apoyabrazos del sillón inclinándose levemente hacia

él.

- Tenemos los últimos informes que nos enviaste el día del evento de la estancia – dijo

señalando la carpeta que sobresalía de la pila -. ¿Conseguiste algo más después de eso?

El comisario tomó las páginas indicadas y las ojeó rápidamente, luego volvió a colocarlas en

el montón.

- Aquel día casi arruino todo. Estaba revisando los libros contables de la caja fuerte y me

descuidé – comentó reflexivo -. Primero la señora buscando al gato y poco después Montiel

con su contacto. Si las cortinas hubieran sido menos gruesas me habrían descubierto.

112
Como si se hubieran puesto de acuerdo, los presentes sacudieron la cabeza intentando borrar

las imágenes que semejante situación habría generado. Sabían que probablemente, Lucas ya

no estaría entre ellos.

- ¿Por qué no esperaste otro momento para hacerlo? – preguntó Lara algo más afectada de lo

que quería demostrar -. Fue una estupidez con inclinaciones suicidas.

Lucas sonrió y le palmeó la rodilla con afecto.

- Montiel los había sacado de la caja de seguridad del banco para trabajar con ellos ese fin de

semana. Al día siguiente pensaba devolverlos y perdería la oportunidad de revisarlos –

explicó reflexivo -. Tuve suerte, además de poder fotografiarlos y mandarlos, descubrí quien

era el contacto y supe que había existían diferencias a causa del dinero.

Cabrini se levantó de su silla y fue a ocupar la que estaba frente a la computadora. Entró en

internet y tecleó las contraseñas que le solicitaban para poder acceder a los bancos de datos

oficiales.

- ¿Apellido? – preguntó mirando la pantalla.

- Calderón – respondió Lucas sin dudar.

- ¿Algún otro apellido?

Lucas pensativo, sacudió la cabeza.

- Creo que no, por lo menos no lo mencionaron delante de mí.

El ruido de las teclas fue lo único que se escuchó por algunos segundos.

- ¿Nombre?

- Miguel... – antes que volviera a preguntarle, Lucas continuó -. No sé si tiene algún otro.

El oficial Cabrini ingresó los datos en la computadora y esperó la respuesta. Poco después

emitió un silbido de sorpresa y se inclinó hacia atrás en la silla como buscando una mejor

perspectiva.

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- Tenemos más de trescientas entradas con ese nombre – comentó filosófico -. Necesitamos

más datos o estamos en un callejón sin salida.

Lucas se levantó y caminó hacia la computadora como queriendo confirmar lo expuesto por

su colega. La lista interminable de nombres pronosticaba horas de trabajo extenuante con

pocas posibilidades de conseguir algo viable. Se volvió hacia el resto del equipo y los observó

pensativo.

- Sabemos con seguridad que Ramiro Montiel lavaba dinero, que usaba su empresa de

exportación de caballos de polo como pantalla y que su contacto era Miguel Calderón –

enumeró meticuloso -. También sabemos que tenía algún problema con los socios por

quedarse con dinero que no le correspondía – miró a sus colegas que asintieron casi al

unísono -. Ahora suponemos que debido a su muerte, Calderón tendrá que buscar un nuevo

empresario para que ocupe su lugar. ¿Alguien tiene idea de quien puede ser el elegido?

Lara fue la primera en responder.

- La señora Montiel – dijo con indiscutible resentimiento.

Los otros oficiales no pudieron ocultar totalmente sus risas ante la evidente antipatía que

sentía hacia la mencionada. Para no dejarla nuevamente en evidencia, Solís también decidió

arriesgarse.

- El hermano – dijo aunque algo inseguro.

Los otros sacudieron la cabeza sin saber que responder. Lucas colocó sus manos cruzadas

sobre la cabeza y se estiró. En su rostro podía notarse que estaba intentando tomar las

decisiones más adecuadas para continuar con el caso. Volvió a mirar la pantalla de la

computadora y frunció el ceño, luego se giró para enfrentar a su equipo.

- No creo que los herederos del imperio estén en condiciones de asumir el reto. Sin embargo

debemos cubrir cualquier posibilidad – dijo serio -. Por otro lado, necesitamos más datos para

encontrar a Calderón y tal vez ellos puedan ayudarnos.

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Se quedó pensativo por algunos minutos y luego miró al oficial Solís.

- Probablemente, yo tenga mucho éxito si intento entrevistar a la Sra. Montiel – comentó

resignado -. Quiero que tu te encargues ella.

Entre risas y chanzas los otros lo felicitaron por la misión. Lucas lo miró ceñudo.

- Espero no tener que arrepentirme de haberte encomendado el asunto. A la primera queja que

me llegue vas a sentir mucho dolor – amenazó irritado -. Bueno, nos queda el hermano menor.

Buscó entre los papeles y sacó una foto con notas al pie.

- Lautaro Montiel, 42 años, soltero, de profesión piloto comercial, no tiene domicilio fijo

conocido. Nunca ha intervenido en los negocios familiares pero recibe una sustanciosa renta.

Es el heredero principal de la fortuna de los Montiel y el más preparado para asumir el mando

– leyó formal -. Existen muchas posibilidades de que sea al primero con el que se relacione

nuestro contacto, ya sea para que ocupe el lugar del hermano o para reclamar la deuda

pendiente.

Lara le quitó la foto de la mano, la observó por un momento y repasó los datos en voz alta

como si fuera una lección.

- Soltero, 42 años y millonario – dijo con una sonrisa maliciosa -. Exactamente lo que me

recomendó el doctor.

Suspiró teatralmente mientras dejaba la foto sobre el resto de los papeles y miró a los cuatro

hombres con actitud presumida.

- Ustedes háganse cargo de la muñequita de porcelana – dijo jactanciosa -. De Lautaro

Montiel, me encargo yo.

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CAPITULO XVII

Las risas provenientes de la sala principal habían logrado alterarla.

Reconoció la voz de la mujer policía mientras bajaba la escalera y sintió el calor de la ira

arrasar todo su ser. No soportaba más las visitas reiteradas, ni los llamados telefónicos que

habían hecho que Lautaro saliese con prisa rumbo a la ciudad durante la última semana. A su

ya precaria situación emocional, había tenido que sumarle la certeza que no era competencia

para la escultural beldad.

Se miró en el espejo del hall y odió cada centímetro de su cuerpo. Sus pechos hinchados, la

cintura desaparecida, el vientre que empezaba a abultarse a causa del embarazo, el cabello

rebelde cada vez más rizado, las ojeras azules y la palidez casi espectral por tantas noches de

insomnio. El cansancio, la ansiedad y el mal humor también habían causado estragos en su

trato con el mundo. Comparada con ella, la belleza nórdica y la gracia sensual de la oficial

Braun eran joyas relucientes en medio de la oscuridad.

Fuera eso, existía el problema de su relación con Lautaro que había quedado estancada en el

vacío. Superado el impacto de la noticia de la muerte de Ramiro, había creído que las cosas

entre ellos se arreglarían y retomarían donde se habían quedado. Sin embargo, después de casi

diez días de permanecer juntos debajo del mismo techo, él aún no había intentado ni siquiera

un sutil acercamiento.

Por supuesto la situación se había salido de su cauce por culpa de la diosa pagana que estaba

en la sala, de eso no tenía ninguna duda. Con su voz ronca, sus sonrisas incitantes y sus

miradas lascivas había logrado separarla de Lautaro, pero la cosa no iba a quedar así. Si ella

pretendía seducirlo no lo haría bajo sus narices ni dentro de su casa. Esa fulana no sabía con

quién se estaba metiendo.

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Respirando profundamente y colocándose una gélida máscara de simpatía, Eva entró en la

sala y se enfrentó a su cuñado con una sonrisa venenosa.

- Lautaro, no me avisaste que teníamos visita – dijo con helada amabilidad.

Sin esperar respuesta, siguió hasta el sillón donde él estaba sentado y se acomodó a su lado.

Recién en ese momento se dignó dirigirse a la antipática invasora.

- ¿Qué sorpresa usted otra vez por aquí? Parece que la ley no descansa.

Lautaro se removió incómodo en su lugar y apoyó la mano en su brazo llamando su atención

- Lara,....la oficial Braun, tenía algunas preguntas pendientes – explicó deferente -. No creí

necesario molestarte.

- ¡Qué atento! – comentó Eva regalándole una mueca irónica, luego se volvió a la visitante -

En realidad estamos muy agradecidos por su interés en resolver cuanto antes los asuntos

relacionados a la muerte de mi esposo, pero creo que su responsabilidad la lleva a

extralimitarse.

Lara se enderezó en su asiento y la miró con algo de sorpresa.

- ¿Perdón?

Eva dibujó una sonrisa condescendiente.

- Por cumplir de la mejor manera sus obligaciones no se da cuenta que hay lugares y horarios

que debería respetar – explicó cáustica -. No creo que lo que tenga para preguntarnos no

pueda esperar hasta mañana en las oficinas de la DDI.

La oficial se ruborizó y su rostro se puso tenso, aún así esbozó una sonrisa formal.

- Tiene razón, no hay nada demasiado urgente – comentó rígida -. Lamento haberlos

importunado.

Se levantó con elegancia del sillón y se acercó extendiendo la mano hacia Lautaro.

- Buenas noches, Lautaro – dijo con tono sensual -. Lo espero mañana en nuestra oficina.

Luego se volvió hacia Eva y la saludó con una leve inclinación de cabeza.

117
- Señora – el tono fue abiertamente seco.

Eva respondió con el mismo gesto.

- Llamaré a alguien que la acompañe hasta la puerta – dijo con una sonrisa punzante.

La oficial mejoró la puesta en escena mostrando sus pequeños dientes blancos y brillantes.

- No se moleste – respondió gentil -. Conozco la salida.

Lautaro, que se había puesto de pie, interrumpió el intercambio de amabilidades. Mirando a

Eva con el ceño fruncido intervino en la conversación.

- No te preocupes – dijo secamente -. Yo la acompaño.

La puerta se cerró detrás de la pareja y Eva se arrancó la máscara de cortesía.

- ¡Maldita Barbie!

Minutos después, Lautaro regresó a la sala, se acercó al minibar y se sirvió otra medida de

whisky. Luego se giró hacia ella irritado.

- Fuiste grosera.

Eva se encogió de hombros.

- Solo lo necesario – respondió indiferente - No quiero a esa policía rondando en mi casa.

Él la observó callado por algunos momentos, su rostro se volvió aún más sombrío.

- Con que facilidad usas el posesivo en singular – comentó molesto -. Tal vez tendrías que

darte cuenta que compartimos la propiedad.

Ella sintió el reproche como una afrenta y reaccionó devolviendo el ataque.

- Si no uso el “nuestro” es porque tú no has demostrado interés en cambiar el tú y el yo por el

nosotros – explicó enojada -. ¿Qué pasa Lautaro? ¿Ahora que no hay nadie que se oponga

dejó de ser divertido?

El aludido se encaminó despacio hasta el hogar encendido dándole la espalda. Las piedras de

hielo golpeando contra el cristal del vaso fue el único sonido que se oyó por un largo rato.

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Eva se mordió los labios por la ansiedad, necesitaba una explicación y ese era el momento

adecuado para exigirla.

- ¿No vas a responderme? – preguntó anhelante.

Lautaro se volvió para enfrentarla, la ira había pasado pero el dolor se reflejaba claramente en

sus ojos negros.

- No puedes recriminarme que me mantenga alejado – murmuró resentido -. Después de todo,

ningún hombre con algo de dignidad se arriesgaría a que lo rechacen tres veces.

Eva se levantó del sillón y caminó hacia donde él estaba. Sabía que había sido injusta pero los

celos habían nublado su percepción de la realidad.

- No estoy negando mi parte de culpa – aclaró intentando revertir la insinuación -. Pero tuve

motivos. Motivos que ahora ya no existen.

Lautaro esbozó una sonrisa burlona.

- Por cierto, dinero y posición te sobran – comentó con sorna -. Tal vez yo tampoco te haga

falta ahora.

Ella sacudió los rizos y suspiró.

- Eres injusto – dijo con aire resignado-. Mi principal error fue casarme con Ramiro pero

después solo quería protegerte.

La respuesta lo alteró visiblemente, dejó el vaso sobre la repisa del hogar y la tomó por los

hombros.

- ¿Protegerme? – inquirió incrédulo - ¿De qué?¿ De tu ambición?

Eva sintió deseos de llorar. A pesar de sus intentos, la situación empeoraba cada vez más.

- Ramiro amenazó con matarte si buscaba tu ayuda – explicó angustiada.

Lautaro la observó fijamente como queriendo adivinar sus más profundos pensamientos.

Luego la soltó y tomando su vaso se sentó en uno de los sillones.

119
- Mi hermano siempre edificó su poder sobre los pilares del miedo y las amenazas – comentó

con tono cansado recostándose sobre el respaldo -. ¿Tan poca cosa me consideras que sería

incapaz de defenderme y defenderte si fuera necesario?

La recriminación tan acertada abrió un abismo frente a ella. Un abismo que parecía separarla

definitivamente del hombre de quien estaba enamorada. Lo miró ansiosa intentando descubrir

si aún le quedaba alguna oportunidad de revertir el desastre al que se encaminaba.

- Quizás me equivoqué pero fue por miedo – susurró consternada - Tuve miedo por nosotros.

Lautaro reclinó la cabeza hacia atrás, cerró los ojos y suspiró profundamente.

- Lamentablemente, Eva – murmuró cansado –, en tu “nosotros” yo nunca estuve incluido.

Ella bajó la cabeza en señal de derrota. No podía refutar las acusaciones y sintió como la

oportunidad de arreglar su vida se escurría de los dedos. Él tenía razón en guardarle rencor y,

en retrospectiva, sabía que la única culpable de sus miserias había sido ella misma. Se dirigió

hacia la puerta lentamente. Estaba segura que cualquier cosa que dijera podía ser usada en su

contra, sin embargo, sintió la necesidad masoquista de completar su confesión.

- Me casé con Ramiro por interés. Nunca estuve enamorada y odié cada minuto que estuve

con él. Durante cada noche que pasé en su cama, en cada caricia, en cada beso, cerré los ojos

y fingí que estaba contigo – dijo angustiada -. Seguí junto a él porque era más fácil aceptar sus

amenazas que hacer algo para cambiar mi vida.

Lautaro mantuvo su postura como si no estuviera escuchando su alegato, aún así continuó el

monólogo.

- Te rechacé dos veces y cada una de ellas, una parte de mí murió cuando te fuiste – declaró

mortificada -. No puedo modificar lo que pasó pero quiero que sepas que te amo y que, si

cambias de opinión, no volveré a rechazarte.

No tuvo coraje para esperar su reacción. Salió del estudio, subió las escaleras deprisa y se

encerró en su dormitorio. Las ansias de gritar y llorar para liberarse de la presión en su pecho

120
la llevaron hasta el cuarto de baño. Se quitó la ropa y entró bajo la ducha deseando que el

agua que corría sobre su cuerpo pudiese también lavar su alma. Solo cuando sintió que los

músculos se rendían ante el calor y los sollozos se transformaban en suspiros cerró la llave, se

colocó el camisón, envolvió su cabello en una toalla y volvió al dormitorio para enterrar su

desdicha debajo de las cobijas.

El golpe en la puerta la sacó de su madriguera, se colocó el salto de cama apurada y fue a

abrir. Sorprendida, retrocedió algunos pasos ante la figura que se alzaba en el vano. Esperó

inquieta que Lautaro le dijera algo, pensando que, tal vez, la había seguido para continuar la

discusión. Sin embargo, la postura tensa, la respiración agitada y la mirada ardiente le dejaron

concebir la profundidad de su lucha interior.

Presintió que en la batalla entre mantener el rencor por lo sucedido o aprovechar la nueva

oportunidad, cualquier cosa que dijera podría inclinarla balanza para el lado equivocado. Pero

no podía darse el lujo de no intentar que el resultado fuera a su favor.

Eva tomó la decisión de dar el primer paso antes de perder el coraje. Sin dejar de mirarlo,

soltó el cinto de la bata y dejó que éste se deslizase silenciosamente hacia el suelo. Lautaro

contuvo la respiración apenas unos segundos pero fueron suficientes para que ella percibiera

que iba por el camino correcto. Lentamente, alzó un brazo y se quitó la toalla que cubría su

cabello. Al tiempo que una cascada de rizos oscuros y perfumados caía irrespetuosamente

sobre su cuerpo, él avanzó dentro del dormitorio y cerró la puerta a sus espaldas.

Como en un duelo mortal largamente esperado, los dos quedaron enfrentados, mirándose,

midiéndose, esperando que el otro comience el movimiento para reaccionar con algo de

ventaja. Eva intuyó que aún no había conseguido quebrar las últimas barreras y se apresuró

para no perder la iniciativa. En un último y desesperado intento hizo correr los breteles del

camisón que flotó suavemente sobre su piel hasta quedar rendido a sus pies. Luego se acercó a

él y le apoyó sus manos sobre el pecho. La primera reacción de Lautaro, fue sujetarla de las

121
muñecas, pero luego, en medio de un suspiro de resignación, la soltó y la tomó en sus brazos

atrayéndola hacia él.

- No juegues conmigo, Eva – suplicó hundiendo su rostro en la mata de cabellos húmedos.

Para ella, el gesto de rendición fue la confirmación de que había ganado la batalla

- Te amo – susurró comenzando a desabrocharle la camisa.

Él la miró con aire escéptico.

- No me mientas – pidió intranquilo

Eva sonrió sabiendo que no se cansaría de repetir esas dos palabras.

- Te amo - murmuró sensual mientras continuaba su tarea de soltar los botones.

Lautaro la tomó por el mentón y la obligó a mirarlo a la cara

- No vuelvas a herirme – demandó desesperado.

Ella amplió su sonrisa y se estiró para besarlo suavemente

- Te amo – repitió mientras deslizaba las manos hacia sus hombros por debajo de la tela.

Él desistió de luchar contra sus ansias de poseerla y se dejó llevar por el deseo. Mientras su

camisa caía al montón de ropas tiradas en el suelo, rozaba una y otra vez los labios sobre la

boca de Eva sin darse la tregua del beso. Aún tenía algo que decir.

- Prométeme que no vas a volver a dejarme – gruñó con voz ronca.

- Te amo - gimió ella abrazándolo por el cuello.

- Promételo – insistió Lautaro exigente

- Te lo prometo.

Él dejó que sus manos se deslizaran por la piel desnuda sin barreras ni oposición. La besó una

y otra vez con el ansia de quien encuentra agua justo antes de morir de sed en el desierto.

Pero había algo que no se podía callar y se lo dijo al oído.

- Si rompes tu promesa, Eva – le advirtió afligido -, terminaremos los dos en el infierno.

122
CAPITULO XVIII

La oficina había ido quedando vacía.

La noche acometió lenta e inexorable dejando a su paso silencio y quietud. Solo dos personas

aún permanecían en las dependencias de la Departamental rodeados de papeles, jarras de café

vacías y computadoras apagadas. Lucas, absorto en sus pensamientos, los codos sobre el

escritorio y la cabeza entre las manos, parecía no haberse dado cuenta del transcurso del

tiempo. Lara, agotada de dar vueltas sin sentido dentro de la habitación saturada de aire

viciado, se acercó y le colocó la mano sobre el hombro.

- Ya pasaron casi tres semanas, Lucas, y no hemos avanzado en nada – comentó fatigada -.

Lautaro Montiel no parece querer seguir los pasos de su hermano y Miguel Calderón ha

desaparecido completamente de nuestro radar.

Esperó a que él la mirase antes de proseguir

- ¿Por qué no te olvidas de todo por esta noche y salimos a cenar? – invitó persuasiva – Pizza

por metro en La Esquina y el postre en la cama.

Lucas sonrió pero sacudió la cabeza, las invitaciones de su colega hacía tiempo que no lo

sorprendían pero, últimamente, le provocaban demasiados dolores de cabeza.

- ¡Vete, son las diez de la noche! – ordenó cansado - No se que diablos estás haciendo aquí.

Lara se sentó en el borde del escritorio atiborrado de carpetas, envoltorios sucios y manchas

de café, enfrentándolo.

- Exactamente lo mismo que tú, grandísimo idiota – escupió enfadada -. Pierdo mi tiempo.

Él no pareció ofenderse por el insulto, por el contrario, volvió a sonreír agobiado.

- Estoy tratando de cerrar este caso de una vez por todas – comentó con aire resignado -. No

tienes por que quedarte a hacerme compañía.

Ella empujó el viejo sillón de ruedas con el pie alejándolo del escritorio.

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- Vamos, ya es tarde – reiteró con un guiño cómplice -. Deja los papeles y salgamos de ronda.

Lucas le dio una palmada en el delicado tobillo para quitar su pie del medio.

- Lara, tienes más de veinte tipos embobados que esperan que les des una oportunidad para

hacerte la mujer más feliz de la tierra – masculló fastidiado -. Por que no sales de aquí y

llamas a alguno para que te haga compañía.

Ella sacudió su cabeza en una negativa rotunda y se desperezó como si fuera un felino a punto

de iniciar su actividad nocturna.

- Tal vez mañana me decida por uno de ellos – dijo estirando los brazos sobre su cabeza - Esta

noche quiero pasarla contigo.

El comisario masculló algunas maldiciones mientras acercaba nuevamente su negro sillón de

cuero maltratado al escritorio.

- ¿Por qué yo? – interrogó exasperado - Soy un viejo malhumorado que no tiene nada que

ofrecerte.

Lara, esbozando una sonrisa mordaz, volvió a empujar el sillón con su pie, alejándolo aún

más que la vez anterior, y lo miró desafiante.

- Debe ser porque eres el único que no me acosa – comentó con una mueca burlona -. Me

gusta más cazar que ser cazada.

Lucas resopló fastidiado ante la imposibilidad de mantenerse en su sitio, tomó el tobillo de la

oficial con su gran mano y lo levantó colocándola en una posición precaria mientras la

observaba especulativo.

- ¿Es decir que si empiezo a perseguirte me vas a dejar en paz? – preguntó reflexivo.

Con un movimiento brusco ella consiguió que la soltara, luego subió ambas piernas sobre el

escritorio estirándolas para impedir que él tuviera acceso a los documentos.

- ¿Por que no pruebas? – replicó con una sonrisa burlona.

Lucas se puso en pie y se paró amenazante a su lado.

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- ¿No tienes miedo de que te de una paliza? – gruñó tomándole ambas piernas y obligándola a

bajarlas.

Ella se rió demostrando lo lejos que estaba de creer en semejante amenaza.

- No le tengo miedo a nada – respondió riendo mientras se paraba a su lado y le daba un

empujón como invitándolo a pelear -. Soy una mujer muy valiente.

El comisario ignoró el reto, acercó el viejo sillón al escritorio y se volvió a sentar.

- No tener miedo no te hace valiente – refunfuñó mientras apilaba algunas carpetas -, te

convierte en una persona peligrosa.

El sonido apagado de alguna puerta cerrándose en otro lugar del edificio le recordó que aún

no estaban solos y que pronto vendrían a limpiar la oficina. Lara hizo una mueca de disgusto

y se sentó en el apoya brazos del sillón, colocando la mano sobre el hombro de su jefe.

- Dime la verdad, Lucas – preguntó algo mortificada - ¿No te gusto siquiera un poco?

Él se giró para observarla y colocó la mano sobre la de su inquisidora, apretándola apenas,

como una muestra de afecto sin poder evitar una sonrisa condescendiente.

- Mucho, y lo sabes, pero no estoy de humor – explicó con aire cansado -. Quiero terminar de

una vez con este asunto para sacármelo de la cabeza.

Ella lo miró, especulativa

- ¿Al asunto o a la dama? – preguntó impertinente.

La sonrisa de Lucas murió repentinamente dando paso a una seriedad sombría. Por un

momento pareció vacilar.

- A ambos – respondió taciturno

Lara rechinó los dientes en una clara muestra de su enfado. Se puso de pie bruscamente y lo

señaló son su dedo acusador.

- ¿Te acostaste con ella? – más que a interrogación, la frase sonó a censura.

Él se puso tenso y negó varias veces.

125
- No – gruñó molesto.

La oficial relajó un poco su postura agresiva pero aún no parecía demasiado convencida.

- ¿Por qué? – cuestionó indiscreta -. Es evidente que te morías de ganas de hacerlo y no creo

que ella se hubiera resistido.

Lucas colocó las manos en su frente y se recostó sobre el respaldo cerrando los ojos.

- Acostarme con ella podía arruinar mi cobertura. Su marido tenía informantes por todos lados

– dijo reflexivo -. No me hubiera perdonado hundir el caso solo porque no aguanté los

pantalones puestos. Hubiera sido una terrible experiencia.

Lara dio la vuelta y se colocó detrás del sillón apoyándose en el respaldo y mirando al

comisario desde arriba.

- ¿No sabes que es lo que dicen sobre las experiencias? – preguntó con aire burlón-. Las

peores, son las que no tuviste.

Él bajó las manos pero no abrió los ojos.

- Tal vez sea así, pero estaba arriesgando demasiado.

Ella se inclinó y apoyó los codos sobre el respaldo acortando la distancia.

- Ella no te merece – dijo venenosa -. Es una cualquiera disfrazada de señora.

Lucas se irguió y la miró con censura.

- No la juzgues – reprochó resentido -. Tú tampoco eres de lo más puritana.

La policía se encogió de hombros e hizo una mueca despectiva.

- Pero soy franca, no finjo ser otra cosa – comentó impasible -. Además soy libre de tener

sexo con quien quiera y lo hago porque me gusta, no por dinero.

El comisario resopló derrotado. El cansancio y la resignación se filtraban en sus gestos y sus

palabras

- Está bien, no quiero discutir contigo – dijo indulgente -. Sabes que te aprecio y que si fueras

hombre serías mi mejor amigo.

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Lara empujó con fuerza el sillón para descargar su frustración, desestabilizando al ocupante

que maldijo entre dientes por la nueva invectiva.

- No quiero ser tu mejor amigo, quiero acostarme contigo – gruñó ofuscada, luego cambiando

su actitud, giró el sillón rotatorio hasta colocar a su interlocutor frente a ella -. ¿Ya te

olvidaste lo bien que lo pasamos aquella noche?

A pesar de su edad y su tamaño el aludido se ruborizó.

- Estaba borracho – mencionó en tono de justificación.

Ella se rió y se inclinó hacia él afirmando las manos en los apoyabrazos.

- Absolutamente, nunca te había visto así. Tardaste dos días en recuperarte – comentó

divertida -. Dos noches atado a mi cama y absolutamente a mi merced.

Lucas se removió inquieto en su asiento y la miró suspicaz.

- Ni siquiera sé si realmente pasó algo – mencionó receloso.

Lara se inclinó aún más para poder hablarle al oído rozando suavemente sus cuerpos.

- ¡Oh, sí! – susurró ronca y sensual -. Si quieres puedo refrescarte la memoria.

Él se puso rígido y rechinó los dientes.

- Lara... – el tono era de advertencia.

Ella depuso su actitud y se irguió algo decepcionada. Mientras él volvía a acomodar el sillón

en su sitio comenzó a caminar alrededor de los escritorios buscando descargar parte de su

decepción. El cesto de basura que se cruzó en su camino recibió un puntapié certero

desparramando su contenido por el suelo inmundo. Algo más tranquila, se volvió hacia el

comisario y lo observó pensativa por algunos minutos antes de volver al ataque.

- Hagamos un trato. Me quedo contigo y te ayudo a terminar esto – propuso práctica -.

Cuando decidas que ya está listo, nos vamos juntos a mi casa.

Lucas compuso una mueca de aburrimiento.

- No vas a darte por vencida ¿No es cierto? – comentó hastiado.

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Ella sonrió con aire de suficiencia.

- Sabes que siempre consigo lo que quiero – ratificó decidida.

Él entrecerró los ojos y la observó especulativo. Al final decidió someterse a sus caprichos y

asintió.

- ¡De acuerdo! - confirmó resignado -. Cuando terminemos con esto te acompaño a donde

desees pero no te prometo nada más.

Lara sonrió satisfecha y acercó otra silla para sentarse a su lado. Tomó las carpetas de sobre el

escritorio y lo miró interrogante.

- Dime que es lo que falta – preguntó entusiasmada - ¿Qué es lo que tengo que terminar?

El comisario negó varias veces y se frotó la frente con su mano.

- En realidad no falta ningún papel – explicó con aire preocupado -. El problema es que tengo

un mal presentimiento.

Ella tomó las carpetas y las revisó una por una con el ceño fruncido, luego se volvió hacia el

comisario, cauta.

- ¿Me estás tomando el pelo? – preguntó con aire ofendido - Está todo claro, tu investigación,

las pruebas, lo que sabemos pero no podemos probar. Es solo cuestión de colocarle un moño y

entregarlo a la Jefatura.

Lucas se estiró hacia atrás en su sillón y sacudió la cabeza.

- Creo que lo del avión no fue un accidente – explicó circunspecto -. Fue provocado por la

gente con la que Montiel tenía negocios.

La policía tiró las carpetas sobre el escritorio y se puso de pie.

- Si fue un atentado, a nosotros no nos afecta. Sucedió en otra jurisdicción – replicó fastidiada

-. Vamos a casa.

Lucas se inclinó hacia delante y se tomó la cabeza con ambas manos.

128
- Conociendo a Ramiro, me llama mucho la atención que haya sido tan descuidado – comentó

pensativo -. Lo llamé esa mañana y le informé sobre la irrupción en la estancia. Me dijo que

ya se lo esperaba y que, probablemente, ahora irían por él.

Ella se acuclilló a su lado y se apoyó sobre sus rodillas.

- ¿Adónde quieres llegar? – preguntó confundida.

El comisario respiró profundamente y la miró a los ojos dispuesto a confesar su peor

corazonada.

- Lara – murmuró intranquilo -, creo que Ramiro Montiel aún puede estar vivo.

Ella sonrió sin saber si tomarlo en serio.

- Estás delirando – declaró sarcástica -. Se verificaron todos los informes, el listado de

pasajeros e incluso las videocintas de seguridad. Montiel subió a ese avión.

Lucas la sujetó por los hombros para conseguir toda su atención.

- Todo eso ya lo sé pero aún así creo que puede estar vivo – reconoció impaciente -. Si tan

solo pudiera ver esas cintas, estaría seguro que la persona que subió al avión era, realmente,

Ramiro.

Lara se puso de pie y se quedo pensativa algunos minutos. Las mismas dudas que acosaban a

su superior consiguieron, lentamente, hacer mella en su convicción. Como si hubiera tenido

una idea, se volvió hacia el escritorio y comenzó a ojear una vez más los papeles. Poco

después, tomando una de las páginas encaró al comisario sonriente.

- ¿Si logro que veas esos videos y Montiel sube al avión, vas a dar por terminado el tema? –

preguntó ilusionada.

Él se puso de pie y se acercó intentando ver el papel que ella tenía en la mano. Lara, esquiva,

lo escondió tras su espalda riendo. Algo malhumorado por el juego de su compañera y sin

estar inclinado a creer que tendría la oportunidad de conseguir lo que tanto anhelaba, aceptó

las condiciones.

129
- Si logras eso, te prometo ser tu esclavo por el resto de la noche – retrucó osado.

Riendo encantada, la oficial tomó su celular y se dirigió hacia la puerta.

- Es un trato – gritó antes de salir de la oficina.

Aún no demasiado convencido y mascullando maldiciones, Lucas comenzó a ordenar las

hojas desparramadas por la incursión de Lara en sus documentos. Había conseguido sacarla

de allí y estaba tentado a cerrar la puerta con llave para evitar que volviese a importunarlo

pero la leve esperanza que ella consiguiera lo que él tanto deseaba lo mantenía parado frente a

su escritorio con en corazón acelerado. La foto se deslizó silenciosa de uno de los folios y

cayó discretamente al suelo pisoteado. Como perdida en sus pensamientos, Eva miraba seria a

un horizonte indefinido. El comisario se agachó a levantarla y se quedó observándola confuso,

intentando descubrir en esa imagen la respuesta a sus interrogantes. El ruido de la puerta

abriéndose de golpe lo sacó de su ensimismamiento y, como un ladrón sorprendido en medio

de sus felonías, escondió el botín dentro de un cajón.

- Vamos, cierra todo, en una hora tendré los videos en mi casilla – lo apuró entusiasmada - Es

suficiente tiempo para llegar a casa y disfrutar de un aperitivo.

Lara, agitada, no se percató de la perturbación de su colega. Él se puso de pie dignamente y

sonrió bastante desconcertado.

- No se como lo consigues pero, realmente, te admiro – comentó algo aprensivo.

Ella lanzó una carcajada cristalina y lo tomó del brazo apurándolo a salir.

- No me halagues, grandullón – roncó sensual -. Esto te va a salir muy caro.

130
CAPITULO XIX

El departamento tenía vista a una plaza.

Era lo único que Lucas recordaba de su visita anterior. La sala amplia, con grandes

ventanales, era moderna pero acogedora. A la derecha, un pasillo bien iluminado

desembocaba en el dormitorio. Apenas entraron, Lara llevó sus cosas hacia la habitación y

desapareció en el cuarto de baño. Él caminó hacia las ventanas y se quedó mirando las luces y

el devenir de los pocos transeúntes trasnochados que decidían andar a esas horas

deambulando por las calles heladas. La noche había avanzado licenciosa y el tránsito

menguaba minuto a minuto.

Un ruido a su espalda hizo que cambiara el foco de atención y usara el vidrio oscuro como

espejo. La dueña de casa entró en su radio de visión, se acercó a él y se detuvo a su lado

fijando su mirada más allá de la baranda del balcón.

- Si quieres, enciende la computadora – le propuso solícita –. Voy a ver que hay en el

refrigerador para preparar la cena.

Lucas vaciló algunos minutos y luego la siguió a la cocina. La observó mientras hurgaba en la

heladera y, sin previo aviso, le cerró la puerta con descaro obligándola a saltar hacia atrás.

Ella se volvió a mirarlo con el ceño fruncido y sin saber a que atenerse.

- Te debo una disculpa – explicó arrepentido -. No me he portado como un caballero en todo

este asunto.

Lara se irguió y lo enfrentó con una sonrisa burlona.

- No – ratificó complacida -, en realidad te has portado como una virgen quinceañera.

El comisario no pudo dejar de sonreír ante el evidente absurdo. Alzó las manos con las palmas

abiertas y bajó la cabeza en señal de rendición.

131
- Lo siento de verdad - insistió arrepentido -. Creo que deberé esmerarme bastante para poder

compensarte.

Animada por el rumbo de la conversación, ella sorteó la distancia que los separaba y lo encaró

seductora.

- Pues si – ronroneó mirándolo incitativa -, deberás esmerarte mucho.

Una sombra de indecisión cruzó el rostro del policía.

- El problema es que nos parecemos –comentó vacilante -. A mí también me desagrada

sentirme acorralado.

Ella retrocedió un par de pasos imitando el gesto de manos en alto.

- Entonces haz las veces de cazador – propuso sonriente - Te entrego el mando sin

problemas.

Lucas esbozó una mueca de incredulidad e hizo un gesto con su dedo índice indicándole que

se aproximara una vez más.

- Bien – dijo sonriendo mientras la abrazaba de la cintura atrayéndola hacia él -. Eso me va a

dar la posibilidad de ser creativo y compensarte.

Lara rió bajito y se acomodó frotándose contra su cuerpo, luego lo miró con recelo.

- ¿Quieres que veamos los videos? – preguntó comedida.

El comisario respiró profundamente mientras negaba reiteradas veces con la cabeza.

- No – decidió resignado -. A esta altura, da lo mismo verlos ahora o por la mañana.

A la oficial se le iluminó el rostro aunque aún no estaba demasiado convencida de su buena

estrella.

- ¿Estás seguro? – preguntó ansiosa.

Él le quitó el broche que sujetaba su rodete informal dejando que la melena rubia cayera como

una cascada de oro sobre su espalda.

- Si, no te preocupes – respondió distraído -. No creo que cambie nada algunas horas más.

132
Lara sonrió encantada y lo tomó de la mano que aún la sujetaba obligándolo a soltarla.

- ¿Qué te parece entonces si continuamos nuestra charla en el dormitorio? – roncó voluptuosa.

Él se encogió de hombros y se dejó arrastrar hasta el cuarto. La luz suave y difusa del velador

iluminaba la cama extra grande que parecía ocupar la mayor parte del espacio. Lucas lanzó un

silbido de admiración.

- No recordaba que la cama fuera tan grande – comentó asombrado -. Realmente asusta.

Lara rió vanidosa.

- La compré poco después de nuestra primera noche – se ufanó atrevida -. La anterior quedó

destruida.

Sin soltarlo de la mano y con un movimiento rápido, se sacó los zapatos de tacón y se volvió

para abrazarlo. Lucas la observó divertido.

- Por lo visto he crecido varios centímetros en los últimos minutos – arriesgó complacido,

luego, colocando su mano sobre la coronilla de Lara agregó burlón -. Pensé que eras más alta.

Ella fingió ofenderse por el comentario y exhibió un mohín de disgusto.

- En posición horizontal la altura no tiene importancia – declaró risueña mientras lo empujaba

sobre la cama.

Tomado por sorpresa, Lucas cayó sobre el colchón golpeando su cabeza contra el respaldo al

tiempo que emitía floridas maldiciones. Lara, que lo había acompañado cayendo sobre él, no

pudo aguantar la risa.

- Lo siento – mintió descarada -. Calculé mal.

Él se incorporó y con un giro la colocó debajo de su cuerpo.

- Pues vas a sentir más que eso esta noche – amenazó mientras se frotaba la nuca con la mano.

Lara lo abrazó por el cuello y lo atrajo aún más hacia ella.

- Te tomo la palabra – murmuró suavemente a su oído.

133
Lucas contuvo brevemente la respiración y luego se estiró para apagar el velador. Ella lo

detuvo sujetándolo del brazo.

- No lo apagues – murmuró ansiosa.

Él la miró intrigado pero obedeció el pedido. Lara volvió a abrazarlo y hundió las finas manos

en su cabello castaño.

- Quiero estar segura que sabes que soy yo todo el tiempo – confesó inquieta.

La certeza de los motivos dibujó una sombra lúgubre en la claridad de los ojos del policía.

Apretó los dientes y maldijo en voz baja mientras buscaba una excusa plausible.

- Lara... – la ansiedad y la confusión se mezclaron en esa sola palabra.

Ella apoyó suavemente un dedo sobre sus labios impidiéndole continuar.

- El resto no importa – reconoció decidida – Solo no cierres los ojos.

Lucas asintió obediente y acarició con sus dedos el rostro de la mujer que lo miraba

expectante. Luego, con suavidad, los labios continuaron con la faena. Los primeros besos

fueron ligeros y delicados, como si experimentaran con cuidado un sabor nuevo y exótico.

Las caricias, sutiles avances de reconocimiento sobre un territorio que se pretende conquistar,

dieron paso a oleadas de una pasión cada vez más embriagadora. Poco a poco, los recelos y

las dudas fueron quedando descartados junto con las prendas que solo servían para entorpecer

la travesía de las manos. Una por una, las inciertas barreras fueron desapareciendo hasta la

comunión total del cuerpo y el alma. Consiente como nunca lo había estado de lo que ella más

deseaba, Lucas pronunció su nombre en el momento final.

Por largo rato, el único sonido en el cuarto fue el de las respiraciones volviendo a la

normalidad. Lucas, extenuado, cerró los ojos dejándose caer lentamente en la inconsciencia

del sueño insondable. Ella, tendida sobre su cuerpo, se estremeció una vez más, perturbada

por la culpa.

- ¡Te mentí! – murmuró con pesadumbre.

134
Aún despierto, él la escuchó y se puso tenso pero no se atrevió a preguntarle nada. Bajo sus

manos ella percibió la rigidez del pecho, el aliento contenido y sintió que la angustia la

devastaba.

- Aquella noche de tu borrachera – confesó entre susurros -, no sucedió nada.

Lara escuchó como el aire salía con alivio de los pulmones de su acompañante al tiempo que

los músculos pectorales se relajaban y recuperó, poco a poco, su serenidad.

- Me ayudaron a traerte y estuviste inconsciente treinta y seis horas – explicó consternada

acariciando la piel bajo su mano -. Cuando lograste reaccionar te fuiste sin despedirte

siquiera.

Lucas tembló un poco intentando evitar la risa.

- ¿Por qué inventaste lo de nuestra noche ardiente? – preguntó divertido.

Ella se sonrojó y ocultó su rostro contra el cuello de su inquisidor.

- Creí que sería mucho más fácil convencerte de tener una segunda vez – confesó avergonzada

-. Me alegra que no estés enojado y te parezca entretenido.

Esta vez, el policía no ocultó su hilaridad y se rió sin reparos. Lara se enfurruñó e intentó

levantarse, él lo evitó y la subió sobre su cuerpo sujetándola con fuerza.

- Eres una mujer increíble – declaró besándola suavemente - y hermosa – luego le rozó la

espalda con ternura -. Sin ninguna duda, la mujer más hermosa que he conocido.

Ella pareció apaciguarse con las caricias y los cumplidos aunque sus ojos transparentes no

podían ocultar una profunda tristeza.

- Pero no estás enamorado de mí – murmuró conmovida.

Lo que tendría que haber sido una pregunta, fue la constatación de un hecho irrefutable.

Lucas la observó serio y no acotó nada, lo que ratificó aún más su hipótesis.

- Durante mucho tiempo tuve la esperanza de conquistarte – continuó resentida -. Ahora es

tarde, estás enamorado de esa bruja de alta sociedad.

135
Él intentó negar la acusación sin demasiada convicción.

- No digas tonterías – replicó incómodo.

Lara se puso seria, en su mirada brillaba un reproche silencioso.

- No lo hago. Lo supe la noche que llamaste para que la interceptáramos – explicó

apesadumbrada -. Nunca te había sentido tan desesperado y, luego, cuando te llamé para

avisarte que ya estaba con nosotros, el alivio en tu voz me rompió el corazón.

Perdido en sus pensamientos, Lucas continuó acariciándola callado. Ella lo observó un largo

rato esforzándose por mantener una fachada serena.

- ¿Sabes que nunca tendrás una chance con ella? – soltó con brutalidad.

A pesar que apretó la mandíbula varias veces, él no pareció inmutarse por el comentario.

- Si, lo sé – respondió secamente.

Lara se mordió los labios y suspiró resignada.

- Ni yo la volveré a tener contigo – aseveró herida.

Dejando que las hebras doradas corrieran entre sus dedos, Lucas la miró con melancolía.

- ¿Preferirías que te mienta? – preguntó afligido.

Ella se deslizó hacia un lado y le dio la espalda para evita que descubriera el fulgor de las

lágrimas estancadas en sus ojos.

- Esta maldita vida es realmente injusta – declaró indignada.

Él se giró buscando abrazarla y le besó suavemente la cabeza, hundiendo su rostro en el

sedoso cabello.

- No es la vida, el problema somos los seres humanos – filosofó condescendiente - Siempre

deseamos con más ansias lo que sabemos que no podemos tener.

Lara resopló ofuscada, se levantó de un salto y se dirigió hacia el tocador. Él se incorporó en

la cama, desconcertado.

- ¿Adónde vas? – preguntó sorprendido.

136
Dándole la espalda, ella comenzó a abrir y cerrar con fuerza las gavetas de la cómoda.

- El trato era que, esta noche, viéramos juntos el video para que te quedaras tranquilo –

explicó mientras revolvía el cajón -. Además, tengo hambre.

Sin darle tiempo a replicar, vistió una larga camiseta coralina a modo de camisón y, antes de

salir del cuarto, lo miró desafiante.

- No te vistas grandote – exclamó resuelta -. La noche aún no terminó.

La sala estaba vacía cuando Lucas se instaló frente a la notebook encendida vestido solo con

sus pantalones. Desde la cocina le llegaba el típico ruido radical de quien descarga su

frustración con los objetos inanimados. Pocos minutos después las imágenes de un video de

seguridad aeroportuaria absorbieron rotundamente su atención. Cuando Lara llegó con varios

bocadillos para compartir y se sentó sobre sus rodillas, él declinó la cena sin dejar de vigilar la

película que aparecía en la computadora.

Casi media hora después, en la pantalla, apareció un borroso grupo de personas que se

dirigían al avión. Lucas se inclinó hacia adelante y señaló a uno de los hombres con su dedo.

- Ese es Montiel – aseveró totalmente convencido.

Los dos observaron atentos como todos los pasajeros, incluido el señalado, subían los

escalones y entraban en el aparato. No demoró mucho para que la escalerilla desapareciera en

el interior, la puerta se cerrara y el personal de pista desapareciera de los alrededores. Lara

resopló cansada mientras se ponía en pie y se desperezaba con gracia felina.

- Listo, ahí va tu Ramiro Montiel directo al infinito y más allá – comentó burlona al tiempo

que se dirigía hacia la cocina llevando los platos vacíos -. Si ya estás convencido de lo que

viste, apaga ese aparato y volvamos a la cama.

Lucas no le respondió. Se recostó contra el respaldo de la silla y se frotó la nuca. Sabía que la

evidencia era irrefutable pero aún permanecía con los ojos clavados en la pantalla.

Cuando ella regresó, se colocó detrás masajeando suavemente sus hombros.

137
- ¿Quieres volverlo a ver? – preguntó paciente.

El comisario negó con decisión y comenzó a incorporarse, decidido a desconectar la

computadora. Exactamente antes de que la flecha del mouse llegase a destino, un destello

desvió su atención. Pocos segundos después la puerta del jet se abrió nuevamente y uno de los

pasajeros descendió apurado. Sin dar crédito a lo que estaban viendo, los dos policías,

observaron como Ramiro se alejaba del aparato y desaparecía de las cámaras. Lara fue la

primera en reaccionar.

- ¡Cristo! ¿Será que nadie miró los videos hasta el final? – gritó exaltada.

Luego retrocedió la filmación y volvió a corroborar lo que ya habían visto.

- ¡Tenías razón! ¡Está vivo! – exclamó impetuosa -. El maldito hijo de puta no estaba en el

aparato.

Lucas se puso de pie. Parecía confundido, como si no pudiese creer todavía lo que había

descubierto.

- ¡Eva! – murmuró aturdido -. Ella tiene que saberlo ya.

Colocando las manos en su cadera, Lara lo miró ceñuda

- Es pasada la media noche, Lucas – dijo seria – Y ella, seguramente, debe estar en la cama

bien acompañada.

Él asintió varias veces como queriéndose convencer a sí mismo pero luego volvió a mirarla

con ansiedad descontrolada.

- ¡Tengo que decírselo a Eva!

Lara hizo el ademán de oponerse pero luego lo pensó mejor. Sacudió la cabeza y resopló

resignada, sabía que nada de lo que dijera lo haría entrar en razones.

- Entonces vístete cabezotas – bufó determinada -. Yo voy contigo.

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CAPITULO XX

El timbre del teléfono la sobresaltó, obligándola a salir de la cama.

- ¿Hola?

No hubo ninguna respuesta. Con el corazón latiendo desbocado en sus oídos, Eva intentó

nuevamente iniciar una interlocución.

- ¡Hola!

La voz que nunca pensó volver a oír resonó del otro lado de la línea.

- ¿Eva..., dormías?

Sin poder contener un chillido, ella arrojó el teléfono al otro lado del cuarto como si así

pudiese destruir la evidencia de que su peor pesadilla se había hecho realidad. Lautaro,

sorprendido, se levantó de un salto y la tomó por los hombros.

- ¿Qué sucede? – inquirió angustiado.

Alterada y confundida, ella solo lograba balbucear algunas incoherencias mientras se debatía

obstinada.

- Es él, es él, volvió – murmuró intentando soltarse -. ¡Oh, Dios! ¡Volvió!

Él la sacudió levemente para conseguir que reaccionase y lo mirara, mientras intentaba

comprender lo que sucedía.

- ¡Eva, tranquilízate! ¿De qué estás hablando? – preguntó preocupado -. ¿Quién volvió?

A fuerza de forcejear, ella logró soltarse y corrió hacia donde estaba su ropa. Lautaro la siguió

intentando, en vano, apaciguarla. Lágrimas de angustia corrían por sus mejillas y las palabras

salían a borbotones.

- Es Ramiro, está vivo, acaba de llamarme – reveló mientras se vestía apresurada - Tengo que

salir de aquí.

139
El rostro preocupado de Lautaro se convirtió en una máscara de odio. Desistió de seguirla y se

plantó en medio del dormitorio.

- ¿No viste desde que teléfono llamó? – preguntó tajante.

Eva agitó la cabeza varias veces y corrió hacia el armario en busca de un bolso. Encrespado,

él se colocó los pantalones y fue en busca del celular. El artefacto se había desarmado dañado

por el golpe.

- Tienes que tranquilizarte – ordenó sobriamente mientras recogía las piezas desparramadas

por todo el lugar - Veremos desde donde llamó y luego decidiremos que hacer.

Sin prestarle atención, ella colocó varias prendas dentro de la maleta y se calzó deprisa. En

tanto tomaba su bolso y un abrigo lo presionó resuelta.

- Tienes que apurarte, no voy a quedarme aquí esperando que vuelva – replicó ansiosa

mientras se encaminaba hacia la puerta.

Lautaro, pendiente del teléfono, no se percató que ella intentaba marcharse hasta escuchar el

picaporte. Maldiciendo entre dientes, se lanzó a buscar el resto de su ropa.

- ¡Eva, no salgas! – gritó alarmado.

Era demasiado tarde, cuando ella abrió la puerta, chocó de lleno con la figura erguida en el

umbral.

- ¿Hola, querida, me extrañaste?

Eva se sintió desfallecer al encontrarse, nuevamente, cara a cara con Ramiro. Retrocedió

apurada trastabillando consigo misma para poner distancia entre ellos. Él avanzó dentro del

cuarto empuñando un arma con total impunidad.

- Lautaro, que sorpresa encontrarte aquí – comentó fingiendo asombro -. Me alegra tener

nuevamente a la familia reunida.

Tirando el celular sobre la cama y cruzándose de brazos, el mencionado se enfrentó a su

hermano en una actitud abiertamente agresiva.

140
- ¿A que estás jugando Ramiro? – gruñó hostil -. ¿De que se trata toda esta macabra puesta en

escena?

El recién llegado avanzó dentro del cuarto con soltura. Se acercó a unas butacas y apoyó su

pie en una postura cómoda y relajada.

- Vamos, no me digas que no sabes por que estoy aquí – pidió con un dejo de ironía -. Acaso

te has olvidado que esta es mí casa y ella es mí mujer.

Eva, que había retrocedido buscando alejarse lo más posible de su marido, gimió al escuchar

el énfasis de la frase. Lautaro se puso aún más tenso

- ¿Qué es lo que querías lograr al fingir tu muerte? – preguntó encolerizado.

En el rostro de Ramiro se dibujó una sonrisa perversa.

- Deseaba conseguir que el traidor de mi hermano se mostrase tal cual es – respondió mordaz,

luego se volvió hacia su esposa –. ¿Querida, aún crees que él es mejor que yo? No sabes con

que lacra estás tratando.

Lautaro maldijo en voz baja y miró intranquilo a Eva.

- Dejémosla fuera de esto – instó a su hermano, colérico - El problema es entre tu y yo.

Ramiro negó con la cabeza y centró su atención en la mujer que observaba aterrada como él

jugueteaba con su pistola.

- No, quiero que ella sepa la verdad sobre su Lancelot – explicó en tono burlón -. Después de

todo, solo uno de nosotros saldrá con vida de esta habitación y quiero que las cosas se aclaren

de antemano.

Temblando y sin prestar demasiada atención a la discusión, Eva levantó la vista hacia su

marido y lo encaró suplicante.

- Ramiro, por favor, baja esa arma – solicitó alarmada.

En un gesto inesperado de consideración, él bajó la pistola y apuntó hacia el suelo.

141
- ¿Te contó Lautaro que está tan al tanto de los negocios sucios como yo? – la interrogó

interesado - ¿Qué usa sus viajes para realizar entregas especiales a nuestros socios del

exterior?

Eva sacudió la cabeza lentamente mientras lo miraba espantada. Él sonrió cáustico.

- ¿Te dijo que fue él quien les entregó la evidencia de mi estafa a los que intentaron

asesinarme a cambio de que le dejen ocupar mi lugar? – preguntó intrigado.

Ella comenzó a negar con más énfasis y lo enfrentó enfurecida.

- ¡No te creo! – gritó indignada -. Estás mintiendo

Sonriendo mordaz, Ramiro se volvió hacia su hermano.

- ¿Vas a negarlo Lautaro? – inquirió sarcástico -. ¿Te atreves a decir que estoy inventando

todo?

Éste se encogió de hombros mientras se colocaba la camisa.

- No, es cierto – respondió indiferente -. Yo les di las pruebas que necesitaban.

La postura tranquila del mayor comenzó a tambalearse frente a la indolencia del menor.

- Sabías que estabas firmando mi sentencia de muerte tanto como si me disparases tú mismo –

declaró ofuscado.

Mientras terminaba de vestirse sin ningún apuro, Lautaro asintió y volvió a encogerse de

hombros.

- ¿Y como prendías que actuara? – interrogó imperturbable - ¿Cruzándome de brazos y

esperando que algún día tu hicieras exactamente eso conmigo?

El interpelado abandonó totalmente su postura casual y se irguió provocador.

- Si te hubieras mantenido a una distancia prudente, nunca habríamos tenido que enfrentarnos

– sentenció beligerante.

Lautaro avanzó algunos pasos y enfrentó a su hermano sin titubear.

142
- Siempre fue todo como tu querías, siempre te quedaste con lo mejor – gruñó fastidiado -.

Me cansé de estar a tu sombra.

La tensión de la discusión había aumentado hasta el punto de ruptura, Ramiro se aprestó para

contrarrestar un posible embate insidioso levantando una vez más su arma.

- Me traicionaste de la peor manera – le reprochó indignado -. Por lo menos, yo siempre te

advertí sobre las consecuencias de tus acciones.

La risa agria del acusado retumbó dentro de cuarto. Eva sintió que un escalofrío recorría su

columna y la piel se le erizaba.

- No advertías, alardeabas. Siempre fuiste de usar palabras fuertes – aclaró irritado -. Yo

prefiero ir directamente a la acción.

El hermano mayor sacudió la cabeza y resopló resignado.

- Es lamentable que siempre desearas lo que yo obtenía. Tendrías que haberte conformado con

lo que te tocaba – declaró hastiado -. Este mundo ha quedado demasiado pequeño para que

vivamos los dos.

Lautaro volvió a reír como si la situación no implicara la gravedad que su hermano le estaba

dando.

- ¿Qué piensas hacer? ¿Vas a matarme? – interpeló burlón - ¿Y después como seguirá la

historia, contigo en prisión?

Ramiro retiró un 32 H&R Magnum de su bolsillo y lo agitó en el aire.

- ¿Qué te parece si dejamos que el azar resuelva el conflicto? – consultó osado -. El vencedor

se queda con todo.

Sin esperar respuesta, tomó una bala y la introdujo en uno de los orificios del tambor, luego lo

hizo girar con rapidez.

- Un solo proyectil – explicó jactancioso-. ¿Tienes las agallas para probar si lleva tu nombre?

Lautaro se irguió desafiante y sonrió a su detractor.

143
- ¿Las tienes tu? – replicó incisivo.

Asintiendo presuntuoso, Ramiro se volvió hacia su esposa que los miraba atónita.

- ¡Vete, Eva! – exigió áspero - Esto es solo entre Lautaro y yo.

Ella sintió que las piernas se le aflojaban y no se atrevió a moverse del lugar.

- ¿Qué es lo que vas a hacer? – demandó asustada.

Esbozando una mueca perversa, su marido hizo girar una vez más el tambor del revolver. El

sonido metálico desgarró la realidad.

- Nosotros jugaremos a la Ruleta Rusa – respondió mirando a su hermano con una sonrisa

torcida.

A pesar del miedo, en un arrebato de coraje suicida, Eva avanzó y se enfrentó a su esposo.

- ¡Estás desquiciado! – gritó alterada -. No voy a permitirlo.

Él señaló la puerta y la apremió impaciente.

- ¡Vete! – ordenó secamente -. No quiero que salgas lastimada por error.

Ella se giró angustiada hacia el menor de los hermanos buscando encontrar algún rastro de la

cordura que parecía haberse esfumado en los Montiel.

- Lautaro, no aceptes esta locura – exhortó anhelante.

Como hipnotizado, él mantuvo la mirada fija en Ramiro destilando ira en cada respiración.

- ¡Vete, Eva! – ordenó inconmovible -. Te quiero fuera de aquí.

Tuvo que admitir que no le quedaba otra opción. Enajenados en su odio, por primera vez los

hermanos estaban de acuerdo y en contra suyo. Huyó del cuarto con la cabeza dándole vueltas

y el corazón desbocado. No sabía a donde ir ni a quien recurrir para frenar el siniestro juego

que, seguramente, destruiría sus vidas. Tanteando la pared como ciega recorrió el pasillo y

bajó por las escaleras. La casa estaba oscura y silenciosa igual que un mausoleo. La soledad y

el aislamiento jugaban una vez más en su contra. Acosada por la bruma de la incertidumbre,

144
la puerta se le presentó como la única posibilidad de librarse de toda esa demencia. Se dirigió

hacia ella, tambaleándose, y salió al jardín.

El frío de la noche la golpeó de lleno ayudándola a reaccionar, sondeó la profunda negrura de

su entorno procurando algún refugio y se sorprendió al reconocer los faros de un vehículo que

avanzaba hacia el parque. Sin perder un segundo, cruzó corriendo la plazoleta para salirle al

cruce. El conductor clavó los frenos pero no pudo evitar que ella chocase contra el

guardabarros y resbalase hasta el suelo. Inmediatamente, Lucas bajó del auto y estuvo a su

lado ayudándola a levantarse. Eva se arrojó en sus brazos y se aferró a él, extenuada.

- Están locos, los dos se volvieron locos – balbuceó rendida –. Tienen un arma y se van a

matar.

El comisario la levantó con cuidado y la sostuvo entre sus brazos, intentando descifrar las

palabras que salían a borbotones.

- ¿De que está hablando? – preguntó solícito - ¿Quién tiene un arma?

Hundiendo su rostro en el pecho de su defensor, Eva comenzó a sollozar.

- Es Ramiro. Ramiro está vivo – explicó entre gemidos -. Volvió y tiene un arma. Se van a

matar.

Lucas miró a su compañera por sobre la cabeza de Eva para constatar que la policía también

hubiese entendido lo mismo, luego se dirigió nuevamente hacia ella.

- Nos se preocupe – dijo condescendiente -. Nosotros nos haremos cargo de todo.

El disparo que retumbó en la noche los sorprendió a todos por igual. Inmediatamente, Lucas

empujó a Eva hasta la parte trasera del automóvil y la introdujo con firmeza

-¡Quédese aquí! – ordenó secamente tomando su pistola, luego se volvió hacia Lara -. ¡Te

quedas con ella!

La oficial sacó su arma de la cintura al tiempo que le mostraba los dientes.

- Ni lo sueñes – gruñó decidida -. Voy contigo.

145
Lucas no se paró a discutir. Con la rapidez y la competencia adquiridas durante sus años de

servicio, se deslizó por el parque e ingresó a la mansión mucho antes que Eva pudiese

reaccionar. Los minutos se arrastraron lentamente mientras ella temblaba, llorosa, acurrucada

en el asiento del vehículo. Deseaba fervientemente tener el coraje para tomar alguna actitud

pero la situación había conseguido superarla.

Una eternidad después, la puerta se abrió, y ella tuvo que contenerse para no gritar. El

comisario Santillán se asomó dentro del auto y se agachó hasta quedar a su altura mirándola

con preocupación. Supo que alguien había muerto antes que él le dijese nada y sintió el

vértigo y las náuseas propias de quien espera la peor noticia.

- Ya terminó todo, Eva – murmuró queriendo tranquilizarla.

Ella sintió que su cabeza giraba en un torbellino de ansiedad, se aferró a su brazo y lo miró

esperando la sentencia final. Lucas le tomó la mano y se la apretó suavemente como para

transmitirle parte de su fuerza, luego resopló, resignándose a darle una vez más la noticia.

- Ramiro está muerto.

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CAPITULO XXI

Suicidio.

El médico forense había sido categórico. Ramiro Montiel se había disparado una bala de

revolver 32 Magnun en la sien y había muerto instantáneamente. Entre bufidos y maldiciones,

Lucas Santillán cerró la carpeta y la arrojó con fastidio dentro de la caja de archivo. Ya no

había nada más que hacer al respecto y el caso estaba irremediablemente cerrado.

En las oficinas de Investigaciones, las últimas horas del viernes tenían siempre la misma

particularidad. Los golpes de los cajones y las puertas, los llamados a gritos, los teléfonos

sonando sin que nadie los atendiese y el devenir de personas de una oficina a la otra

intentando dejar las cosas más o menos acomodadas hasta el lunes siguiente. Todos estaban

alborotados pensando en los programas del fin de semana y apurados por salir de allí.

Consciente que el mundo continuaba girando a pesar de su mal humor, el comisario había

decidido liberar a su equipo más temprano para poder quedarse a solas con sus amargos

pensamientos. Solo le restaban archivar los documentos elaborados durante los meses

anteriores y no necesitaba que, cuatro oficiales bien intencionados, revolotease a su alrededor

intentando conseguir cambiarle el estado de ánimo.

El golpe en la puerta le arrancó una nueva colección de maldiciones. No estaba interesado en

socializar pero el buen censo que aún le restaba le indicó que no podía evadirse totalmente del

resto de sus congéneres.

- Pase – gruñó fastidiado.

Un joven oficial asomó la cabeza y titubeó un poco antes de entrar.

- Siento molestarlo, señor – murmuró nervioso -. Estoy buscando a la Oficial Inspector Lara

Braun.

Brusco y sin levantar la mirada de sus papeles, Lucas resopló contrariado.

147
- Ya se retiró – informó secamente.

Vacilante y cauteloso, el policía se adentró en el cubil agitando un sobre con papeles como si

fuera una bandera de tregua.

- Tengo estos documentos para entregarle – explicó cada vez más inquieto por la evidente

rudeza de su superior -. ¿Puedo dejárselos a usted?

Lucas levantó la vista y lo observó por algunos segundos. El muchacho era un novato y

parecía atemorizado por su descortés actitud. Apenas arrepentido, esbozó una sonrisa

condescendiente y estiró la mano hacia él.

- Bien, dámelos – aceptó algo más civilizado -. Yo me encargo de entregárselos.

Considerando cumplida su cuota de buenos modales, Santillán dejó los papeles sobre el

escritorio y se abocó una vez más a su tarea. Algunos minutos después, un tímido carraspeo le

hizo erguir nuevamente la cabeza y vio que el joven continuaba parado en el mismo lugar. El

comisario levantó las cejas en señal de interrogación.

- ¿Necesita algo más? – preguntó curioso.

El interpelado se removió nervioso y asintió levemente.

- Quería decirle que me alegro que haya vuelto a la Fuerza – manifestó cohibido -. Yo estaba

totalmente de acuerdo con usted sobre el caso de la esposa del juez.

A pesar de su mal humor, Lucas no pudo evitar hallar gracia en las declaraciones del pobre

oficial que lo observaba expectante.

- Bueno, eso me genera una gran tranquilidad – comentó burlón -. ¿Y exactamente en que

estamos de acuerdo?

El joven policía pareció animarse ante la atención que el veterano le estaba prestando.

- Pues en el asunto del homicida, señor – explicó alentado -. Coincido con usted que estamos

frente a un asesino serial.

148
A esa altura de la conversación, no valía la pena explicarle que la gran discusión en la oficina

del jefe no había sido nada más que una puesta en escena y que él, no solo no había dejado la

Departamental, sino que nunca había creído realmente en lo del degollador psicópata. El

jovencito parecía realmente entusiasmado por su hipótesis y, probablemente, quedaría como

un tonto frente a algún superior, solo por querer apoyarlo moralmente. Decidido a cortar por

lo sano, lo reprendió con sarcasmo.

- Hasta donde yo estoy sabiendo, no hay pruebas de eso – replicó mordaz -. Dos casos

similares no son suficientes para estar seguro que es la misma persona, pueden ser simple

coincidencia.

Olvidando su timidez inicial, el oficial se acercó y se sentó en una de las sillas próximas al

escritorio ocupado por su interlocutor. Con el rostro iluminado por la anticipación se apresuró

a confiarle sus descubrimientos.

- No son dos casos, señor, son cuatro – murmuró entusiasmado -. Los otros fueron en otra

jurisdicción pero tienen las mismas características.

Lo que había comenzado como una conversación irrelevante, de pronto, se transformó en una

revelación trascendental. Lucas se irguió en la silla y se puso serio.

- ¿De qué está hablando? – indagó ceñudo.

Algo intimidado por el brusco cambio de actitud, el joven volvió a trabarse. Necesitó varios

minutos para colocar sus ideas en orden y responder la pregunta con coherencia.

- Durante el tiempo que usted estuvo ausente, hubo dos asesinatos con las mismas

características pero en otras jurisdicciones – explicó lentamente -. Dos mujeres de buen nivel

socio económico degolladas, sin rastros ni testigos. No hubo robo ni violación y, por algún

motivo, tampoco se le han dado la trascendencia que merecen.

Si de algo estaba seguro el comisario Santillán era que no había mejor remedio para sus males

que dedicarse al trabajo. Consagrarse a una nueva investigación lo ayudaría a despejar la

149
mente. Su instinto predatorio se puso en funcionamiento avasallando el descontento y dándole

un excelente motivo para no salir a emborracharse.

- Dígame......

El joven se apresuró a presentarse.

- Oficial Subinspector Julián Agüero, señor.

La prontitud y el entusiasmo del novato lograron arrancar una sonrisa al adusto superior.

- Dígame, Agüero ¿Cómo es que usted tiene acceso a esa información? – interrogó sensato.

Algo avergonzado, el policía asumió su desliz.

- Si uno sabe como utilizarlas y consigue los contactos adecuados, las computadoras son

herramientas maravillosas – explicó con timidez -. Quería obtener material para reivindicarlo

y estuve atento para ver si había algún otro asesinato similar.

Lucas no supo si sentirse halagado o fastidiado por la devoción que el subalterno manifestaba

hacia él. Prefirió continuar haciendo lo que mejor sabía hacer.

- ¿Recuerda las fechas y los lugares donde ocurrieron los asesinatos? – interrogó concienzudo.

Agüero parecía no haber esperado esa pregunta.

- No exactamente, pero el último caso fue la noche anterior a que usted regresara – comentó

algo apesadumbrado por su falta -. La investigación estuvo a cargo de la misma

Departamental que hizo el seguimiento del accidente aéreo en el que no murió Ramiro

Montiel.

El comentario fue un dedo en la llaga y el rostro del comisario se oscureció nuevamente.

- Montiel siempre parecía estar cerca del centro de la tormenta –afirmó resentido -. No me

extrañaría que conociera a la occisa.

Su subalterno pareció coincidir con la declaración y asintió repetidas veces.

150
- No sé si realmente la conocía pero con seguridad se encontraban en los mismos lugares –

observó perspicaz -. Tanto las cuatro mujeres como el señor Montiel frecuentaban los círculos

de la alta sociedad.

Lucas se quedó pensativo por algunos minutos intentando asimilar las acotaciones del joven

oficial.

- Es un hecho que Ramiro coincidió en lugar y fecha con la última víctima – expuso como

pensando en voz alta -. Me gustaría saber donde estaba cuando ocurrieron los otros tres

asesinatos.

La sombra de una duda cruzó por el rostro del joven policía.

- ¿Tiene sentido perseguir a un muerto? – pregunto perplejo.

Era una excelente pregunta. El comisario se concentró en buscar una respuesta que estuviera

al mismo nivel.

- Si descubrimos que Montiel tuvo algo que ver con los asesinatos, podremos quedarnos

tranquilos que no volverán a repetirse.

Convencido y solícito, el novato no perdió tiempo en aportar sus ideas.

- Como a él no se lo puede interrogar, debería buscar a alguien de su círculo íntimo para que

nos brinde esa información – propuso entusiasmado.

No tenía ninguna duda sobre eso pero, el círculo íntimo, se resumía en apenas dos personas.

Lautaro Montiel, el hermano enemigo no podía considerarse una fuente confiable, además,

tenía entendido que estaría de viaje en esos días. La otra persona resumía, en un solo nombre,

todos los conflictos y las dudas que estaban desestabilizando su vida. Eva.

El comisario miró el reloj colgado de la pared y se dio cuenta que aún no era tan tarde, luego

se volvió hacia su casual ayudante.

- La única persona que puede informarme sobre eso es la viuda – argumentó convencido -.

Usted disfrute del fin de semana y el lunes traiga toda la información que haya conseguido.

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Claramente complacido por la misión, el oficial Agüero se dirigió hacia la puerta y salió de la

oficina con una expresión de triunfo en el rostro.

Lucas, cansado, apoyó los codos sobre el escritorio, tomó su celular y buscó el número con el

que quería comunicarse. Tres inspiraciones después, pulsó la tela de llamado.

La voz preocupada de Lara se escuchó enseguida.

- ¿Lucas?

Sabiendo que estaba encendiendo un fuego que no podría controlar, él suspiró resignado.

- ¿Dónde estás? – preguntó secamente.

Como si intuyera las retorcidas intenciones de su colega, en tan solo un intercambio de frases,

la inquietud de la mujer policía comenzó a dar paso a la irritación.

- Llegando al aeropuerto, a una hora de tomar mí vuelo – respondió molesta -. ¿Qué está

sucediendo?

Él vaciló algunos segundos sabiendo que se enfrentaría a la ira de su compañera.

- Necesito que averigües si Lautaro Montiel viajó y cuando piensa regresar – explicó

rápidamente.

La línea quedó muda por algunos segundos antes de la explosión esperada.

- Vete al infierno, Lucas – respondió enojada.

Santillán inspiró profundamente intentando armarse de paciencia.

- No estoy jugando, oficial Braun – replicó en tono enérgico -. Necesito esa información para

avanzar en un caso en el que estoy trabajando.

La línea volvió a quedar muda, como si su interlocutora estuviera decidiendo la actitud a

tomar. El bufido anticipó la claudicación.

- ¿Entonces vas a usar el rango conmigo? ¡Maldito cretino! – siseó colérica -. Como quieras

Comisario, señor, pero a mi no me engañas. Solo estás buscando una puñetera excusa para ir

a verla.

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Ambos sabían que era verdad pero, aún asumiendo que estaba jugando sucio, él no se retractó

- Necesito cierta información que solo la señora Montiel me puede dar – replicó no dándole

importancia a los agravios -. Pero no quiero que haya testigos durante la conversación.

Lara, mascullando insultos poco femeninos, cortó la comunicación. Quince minutos después,

en la solitaria oficina de la DDI, el celular del comisario Santillán comenzó a sonar y él lo

atendió lleno de ansiedad.

- ¡Dime!

A pesar de la tensión, el resoplido de fastidio que llegó desde el otro lado de la línea y el tono

profesional que utilizó la mujer para darle la información, lo hicieron sonreír.

- Salió en un vuelo durante la madrugada y no regresará hasta dentro de unos días, señor –

gruñó irritada.

Lucas respiró aliviado.

- Gracias, Lara.

Las maldiciones flotaron a través de la línea telefónica.

- No te atrevas a agradecérmelo, imbécil – bufó ofuscada -. Ojalá te rompas una pierna, o un

brazo, o mejor, el cuello.

El comisario sonrió ante la verborrea desatinada. Podía imaginar fácilmente lo dolida debía

estar y se sintió apesadumbrado, pero no arrepentido, de ser el culpable.

- Nos vemos a la vuelta – contestó condescendiente – Que tengas buen viaje.

Ella no se dejó ablandar por las palabras amables.

- ¡Muérete!

La comunicación se cortó inmediatamente y Lucas dejó el celular sobre el escritorio. Las

oficinas se habían ido vaciando poco a poco durante las últimas horas y él volvía a estar solo

en el gran edificio. Era el momento que siempre esperaba para poder analizar, evaluar y

tomar decisiones.

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Rebuscó en los cajones hasta encontrar la foto que había ocultado días atrás. La mujer

observaba el horizonte, la mirada perdida embargada de profunda soledad. Tenía absoluta

conciencia que las emociones estaban entorpeciendo su buen criterio profesional, aún así,

acomodó el escritorio y se puso de pie. La figura que lo había obsesionado día y noche

durante los últimos meses desapareció nuevamente dentro de la gaveta. Se colocó el blazer

sobre la sobaquera y se encaminó hacia la salida reflexionando en voz alta.

- No tengo otra alternativa, Eva – murmuró resignado -. Esta noche, tú y yo, tendremos que

solucionar nuestras diferencias...

La decisión ya estaba tomada y no iba a volverse atrás. Apagó la luz de la oficina y cerró con

cuidado la puerta.

- ...o moriremos en el intento.

154
CAPITULO XXII

No pasaría ni una noche más en esa casa.

Lo había intentado, había hecho un gran esfuerzo, pero ya no soportaba más permanecer entre

las paredes que le traían tan horribles recuerdos. Creyó poder esperar hasta instalarse en la

nueva casa y comenzar a trabajar pero el ambiente frío y lóbrego del caserón se estaba

cobrando su cordura. Ese atardecer, mientras las sombras iban cubriendo lentamente su alma,

había resuelto hospedarse en un hotel y tomarse un tiempo para decidir que haría con su vida.

Revisó sus pertenencias una vez más asegurándose que de no olvidar nada importante para

esta primera etapa y cerró con cuidado la valija. El resto de sus cosas quedarían allí hasta que

pudiera llevarlas directamente a su domicilio definitivo.

Cargó los bultos y se dirigió hacia las escaleras. La oscuridad de la planta baja llamó su

atención. Creía haber dejado las luces del hall encendidas antes de subir para armar su

equipaje pero, últimamente, no estaba segura de nada. Descendió los escalones con cuidado,

apoyó las maletas y se dirigió hacia el interruptor.

La luz brillante la encandiló por un momento e iluminó la figura oscura e inmóvil que se

encontraba a pocos metros de distancia. Su corazón dio un vuelto y estuvo a punto de gritar

antes de reconocer el porte familiar.

- ¡Lautaro! – recriminó a media voz -. ¡Me asustaste!

Él la observó callado y luego miró hacia el bagaje apilado al pie de la escalera.

- ¿Huyes, Eva?

El innegable reproche en su tono logró hacerla sentir culpable. Era evidente que estaba

aprovechando su ausencia para marcharse y, así, evitar la discusión a la ahora tendría que

afrontar.

- No puedo quedarme ni un minuto más aquí – explicó afligida -. Esta casa me aterra.

155
Lautaro la miró ceñudo, moviendo la cabeza en un seco gesto de negación.

- ¿Cómo te atreves a decir eso de nuestro hogar? – murmuró hosco.

Ella sintió el resabio de la decepción en sus palabras pero no pudo hacerse cargo de todo el

peso que acarreaba su fracaso. Más que nadie, había esperado con ansias que la historia

tuviera un final feliz.

- Esto nunca fue un hogar – replicó apesadumbrada.

Sin querer profundizar en los motivos de su deserción, aprovechó el silencio que siguió a su

alegato para cambiar de tema.

- ¿Qué haces aquí? – indagó curiosa -. Dijiste que no volverías por un par de días.

Un leve gesto de superioridad atravesó el rostro adusto de su interlocutor.

- Tienes razón, pero cambié de idea – presumió irritado -. Es una de las libertades que te

brinda mi profesión.

Eva lo miró extrañada, intentando, inútilmente, comprender a que se refería.

- No te entiendo.

Él mudó, súbitamente, de actitud. El enojo pareció desaparecer bajo una dura capa de frialdad.

La rigidez cambió por una displicencia relajada.

- Digamos que ser piloto privado, tener dinero y buenos contactos me permite ir y venir a mi

antojo con mucha celeridad – se ufanó cáustico -. Ahora aquí, conversando contigo, en un par

de horas a cientos de kilómetros, festejando con amigos.

Se acercó a ella y comenzó a juguetear con los rizos alborotados.

- No sabes cuanto tiempo y discreción pueden comprar el dinero – se jactó vanidoso – Mucho

más que las amenazas y el terror. Ramiro nunca lo llegó a entender.

Algo en su inesperada conducta la puso en alerta. Los gestos, la voz, incluso su mirada no

eran los mismos a los que ella estaba acostumbrada.

- ¿Por qué volviste? – inquirió desconfiada.

156
Continuando con sus caricias, él la tomó por la nuca y se acercó para besarla. Sin poder

evitarlo, ella retrocedió.

- ¿Lo ves? – murmuró decepcionado -. Has estado fría y distante este último tiempo.

Con un profundo suspiro de resignación la tomó de los hombros.

- Sabía que aprovecharías mi ausencia para escaparte – declaró contrariado -. No puedo

permitir que me dejes, Eva.

No se atrevía a negar lo que era irrefutable. Algo se había roto entre ellos y por más excusas

que quisiera improvisar, el rechazo físico se había hecho evidente.

- Necesito un tiempo, Lautaro - reconoció con melancolía -. Han sucedido demasiadas cosas

y estoy confundida.

Él la abrazó en un desesperado intento por avivar una vez más el deseo que los había reunido.

- Dijiste que me amabas – susurró roncamente a su oído -. ¿Acaso mentías?

Eva se puso rígida pero procuró contener sus ansias de empujarlo.

- No, no mentía – declaró agitada -. Pero tenía una imagen tan diferente de ti que ahora me

parece que no te conozco.

Percibiendo su fracaso y la incomodidad de su prisionera, Lautaro relajó el abrazo pero sin

terminar de soltarla.

- Aún muerto, mi hermano se las ingenia para quitarme lo que me pertenece – resopló con

fastidio -. ¿Confías más en él que en tus propios sentimientos?

Suavemente, ella se deslizó fuera de sus brazos.

- La verdad es que ya no sé lo que siento – confesó apenada.

Él frunció el ceño y apretó con fuerza la mandíbula.

- Prometiste que no volverías a dejarme – le recriminó entre dientes.

Intentando juntar el valor para dar el paso definitivo ella lo miró directamente a los ojos.

- Lo sé, pero las cosas han cambiado.

157
El dolor y la desilusión cubrieron el rostro de Lautaro como una máscara mortuoria.

- ¡No rompas tu promesa, Eva!

Ya no era un ruego, era una orden y no estaba dispuesta a volver a aceptar órdenes de ningún

hombre.

- Lo siento, Lautaro – afirmó agobiada -. Lo siento de verdad.

Eva le dio la espalda y caminó hacia donde había dejado el equipaje. Él la siguió sin hacer

ningún gesto para detenerla.

- Sabes que no lo voy permitir – sentenció fríamente.

El tono de las palabras hizo que un escalofrío recorriera su columna. Giró la cabeza y lo

observó confundida.

- ¿De qué estás hablando? – preguntó preocupada.

Lautaro cruzó los brazos detrás de la espalda y la miró amenazador.

- No puedo dejar que me traiciones – explicó hosco -. Qué corras a la policía a contarle lo que

Ramiro te confesó aquella noche.

Ella lo observó callada intentando encontrar en ese hombre extraño, rastros del Lautaro del

que había estado enamorada. En ese momento, más que nunca, tuvo la sensación que su

esposo se había reencarnado.

- Puedes estar tranquilo que no voy a hacerlo – replicó decepcionada -. A pesar de tus

esfuerzos, todavía me resta algo de lealtad.

No había nada más que decir. Agotada por la tensión, le dio la espalda nuevamente para

recoger su bolso de viaje. El sonido de las pisadas decididas que se acercaban rápidamente la

puso sobre aviso. Una cierta premonición le advirtió que Lautaro había perdido el control.

- ¡Ya no te creo! – bramó ofuscado - ¡No confío en ti!

Ella se volvió repentinamente para enfrentarlo y alcanzó a distinguir el brillo del cuchillo

surcando el aire. Sin pensarlo siquiera, se lanzó contra su atacante logrando desestabilizarlo y

158
derribarlo con el peso de su cuerpo. La hoja erró el blanco previsto pero se clavó encima del

hombro, provocando un profundo corte en el brazo mientras se deslizaba hacia abajo junto

con su manipulador. Eva no pudo evitar el grito de dolor mientras retrocedía, tambaleándose e

intentando no caer. Se sujetó con fuerza el miembro herido y se plantó desconcertada.

- ¡Te has vuelto loco!

Algo aturdido por el golpe, él aún estaba sentado en el suelo.

- Me mentiste, Eva – murmuró con odio mientras tanteaba el piso buscando su cuchillo.

Ella supo que no tenía sentido intentar razonar y que estaba en peligro. Miro con ansias hacia

la puerta de salida. Si corría hacia afuera, la alcanzaría antes de llegar a las cocheras. Él había

recuperado su arma y comenzaba a incorporarse.

- Rompiste tu promesa – gruñó furioso.

No podía perder más tiempo. Corrió hacia el estudio rogando encontrar la pistola de Ramiro

en el cajón del escritorio pero no tuvo suerte. La gaveta estaba vacía y el tiempo se le

terminaba

- No puedo consentir que me traiciones.

El grito amenazante le advirtió que Lautaro se aproximaba. En su desesperada huida, ella no

había contemplado la posibilidad de ganar tiempo cerrando la puerta con llave y ahora era

demasiado tarde. Miró esperanzada a su alrededor buscando otra salida y la vio colgada sobre

la chimenea. La vieja escopeta de dos caños era la única posibilidad que tenía para salir de

allí. Agradeciendo las molestas lecciones que su marido le había obligado a aceptar mientras

cazaba, tomó el arma y le colocó los dos cartuchos que descansaban en la repisa. Cuando se

giró hacia la puerta, su agresor ya estaba dentro de la habitación observándola divertido.

- ¡Vete Lautaro! – suplicó anhelante -. Por favor, vete.

Él arrojó el cuchillo sobre uno de los sillones y alzó las manos mientras avanzaba

cautelosamente.

159
- ¿Serías capaz de dispararme? - inquirió burlón -. No creo que tengas el valor necesario.

El dolor lacerante del brazo le arrancó un gemido cuando lo levantó para apuntar. La sangre

que empapaba su ropa comenzó a gotear sobre el suelo. A pesar de eso, Eva parecía decidida

a todo.

- Por favor, Lautaro, no quiero lastimarte – exhortó angustiada -. ¡No me obligues!

Sin detener su avance ni bajar las manos, él la enfrentó con aire ultrajado.

- ¡Ya me lastimaste, Eva! – declaró ofendido -. Me heriste profundamente. Creí que realmente

eras diferente y que podía confiar en ti. Eres igual a las otras.

Ella comenzó a sentir los mareos propios del dolor y de la pérdida de sangre pero no podía

darse por vencida. En un acuciante intento por salvar su vida, optó por negociar.

- Deja que me vaya y desapareceré de tu vida – propuso ansiosa -. No quiero nada, solo que

me dejes vivir en paz.

Lautaro se detuvo a pocos pasos y bajó los brazos lentamente sin dejar de mirarla a los ojos.

- Es tarde, querida – sentenció secamente -. Me traicionaste.

El movimiento fue demasiado rápido e inesperado. Cuando al fin tuvo el coraje de apretar el

gatillo, él ya había conseguido arrebatarle el arma de las manos. El retumbar del disparo y el

tirón lograron confundirla. El fuerte golpe de un puño en pleno rostro la derribó por completo.

Caída en al suelo, oscilando al borde de la inconsciencia, ella apenas percibió cuando Lautaro

se acuclilló a su lado y le corrió el cabello que ocultaba su rostro.

- Es una pena que terminemos así – murmuró acariciando suavemente la piel que comenzaba

a ponerse morada -. Tendría que haber sido silencioso y rápido.

Eva gimió de dolor y cruzó los brazos sobre el vientre ansiando proteger de alguna manera a

su bebé. Él continuó con la crítica, indiferente a su agonía.

- En pocos segundos todo habría acabado, sin sufrimiento - explicó solícito -. ¿Por qué tenías

que hacerlo tan complicado?

160
Se puso de pie lentamente y tomó el arma que había dejado apoyada contra la pared.

Luchando contra el terror que pretendía paralizarla, ella intentó incorporarse con gran

dificultad.

- Lautaro, por favor, no lo hagas – sollozó suplicante -. Si no es por mí, que sea por el bebé.

Él chasqueó la lengua, negó con la cabeza y la señaló acusador

- No me hagas sentir responsable de tus equivocaciones - reprochó disgustado -. Son tus

pecados, tus faltas y tus errores los que me llevan a esto. Es tu culpa.

Horrorizada, vio como levantaba el arma y apuntaba hacia ella. El oscuro orificio del cañón

quedó a pocos centímetros de su cabeza. Sin poder enfrentar el pánico y dándose por vencida,

se ovilló y ocultó el rostro en las piernas.

- Adiós, Eva – la fría despedida pareció llegar desde otra dimensión -. Nos veremos en el

infierno.

Esperó la detonación entre sollozos y oraciones, solo después de eternos segundos advirtió

que algo había cambiado. Lautaro, bajando el arma, se había acercado a la ventana y

observaba el exterior entre los pesados cortinados.

- Maldición.

El gruñido de fastidio la sobresaltó tanto como lo habría hecho un disparo. Ensordecida por el

miedo y la ansiedad no había escuchado el vehículo que se acercaba. Lautaro sí.

- Bueno, por lo visto tendremos compañía – comentó resignado -. Que pena, querida, esta

noche matarás a un policía.

Sin llegar a comprender la gravedad del enunciado, Eva se vio arrastrada hacia el corredor.

Lautaro tironeó de ella hasta llegar al hall y luego la empujó contra la pared.

- Te quedas ahí – murmuró tajante.

161
Escuchó los pasos acercarse y el golpe en la puerta que anunciaba la llegada de un visitante

inoportuno. Con una sonrisa venenosa en el rostro, Lautaro se apostó con firmeza y apuntó

hacia la entrada.

- ¡Pase!

Supo, sin ninguna duda, que si no hacía algo en ese momento no tendría ninguna oportunidad

de sobrevivir. Inspiró profundamente y gritó con todas las fuerzas que le restaban

- ¡No!

A pesar de haberse esforzado no supo si la había logrado su cometido. La detonación vibró en

el aire apenas la puerta se entreabrió. Aún antes que el humo de la descarga se disipase,

Lautaro se volvió totalmente enloquecido y levantó la escopeta para descargar un golpe letal.

Sin fuerzas para huir, Eva se cubrió la cabeza con ambos brazos y se giró hacia la pared.

El segundo disparo llegó sin previo aviso cubriéndola de gotas calientes y pegajosas. Sintió el

sonido del metal rebotando sobre el embaldosado y el golpe seco de un cuerpo que le hacía

compañía. No se atrevió a mirar hacia atrás y, con los oídos palpitando aún por las

explosiones dio apenas dos pasos antes de perder totalmente la capacidad de caminar. El olor

a sangre y a pólvora le provocaron nauseas. Los mareos llegaron poco después y la obligaron

a deslizarse hasta quedar de rodillas en el suelo.

El sonido de los pasos apurados que se acercaban la puso en alerta. Lucas Santillán se

arrodilló a su lado y la sujetó con suavidad.

- ¡Tranquila, Eva! – murmuró consternado -. ¡Está a salvo!

Reconoció la voz grave del comisario y se sintió aliviada. No sabía que había sucedido

exactamente pero, ahora que él estaba allí, ya no tenía nada que temer. No necesitaba seguir

luchando y, esa certeza, relajó cada músculo de su cuerpo entregándose al dolor.

- La ayuda ya viene en camino.

162
Quiso responder, decirle que lo entendía pero ya no recordaba como hablar. El cansancio y el

sufrimiento aflojaron su cuerpo y sintió que se deslizaba suavemente hacia el suelo.

- No se desmaye, la necesito consciente.

Lucas la acomodó en el piso y colocó el saco en forma de almohada debajo de su cabeza.

Luego comenzó a revisar la herida del brazo.

- ¡Haga un esfuerzo! ¡Aguante!

Intentó levantar su mano para demostrarle que lo entendía pero ya no tenía más fuerzas. Solo

quería descansar y olvidarse del horror que la rodeaba.

- ¡Por favor, por favor! ¡Tienes que resistir un poco más!

El dolor la oprimía y el aire parecía no llegar a sus pulmones. Poco a poco dejó de distinguir

las formas que la rodeaban y todo se volvió borroso. La voz se fue alejando lentamente como

si la hubieran envuelto en algodones.

- ¡Eva, Eva! ¡No te vayas! ¡Eva, por favor, quédate conmigo!

Las luces se fueron apagando lentamente y el dolor cedió. En algún recóndito lugar fuera de

su alcance, la voz continuaba, en vano, suplicando su regreso.

163
CAPITULO XXIII

Paulatinamente, la tenue llovizna había logrado empapar su sobretodo oscuro.

Como una titánica estatua incrustada en la vereda encharcada, Lucas Santillán esperaba

pacientemente, sin inmutarse por las inclemencias del tiempo. Las piernas levemente

separadas, el torso erguido, las manos en los bolsillos y la mirada alerta que no despegaba de

la entrada del edificio aledaño.

La noche había avanzado agazapada detrás del cielo cubierto de nubes oscuras. Poco después

del inadvertido atardecer, el movimiento comenzó a declinar. Los esporádicos transeúntes que

aún deambulaban por la calle evitaban toparse con él, dando un gran rodeo o cruzando a la

vereda de enfrente.

A un par de horas de iniciada su atenta vigilancia, la figura que aguardaba cruzó las puertas de

vidrio y se dirigió decidida hacia la calle. Con pasos rápidos y enérgicos, él alcanzó a

interceptarla en cuanto dejó atrás el último escalón del edificio.

- Buenas noches.

La mujer de ojos café, rizos caoba y un vientre abultado, no pareció sobresaltarse al descubrir

su proximidad. Alzó la cabeza para enfrentarlo y lo observó insolente

- ¡Comisario Santillán, que sorpresa! – saludó impasible -. Creí que ya habíamos terminado

con todo el papelerío.

Él la observó detenidamente, intentando descubrir que era lo que la hacía tan diferente a la

Eva que había conocido algunos meses atrás.

- En realidad tiene razón, los casos ya están cerrados – explicó comedido -. Esta no es una

visita oficial.

Con un gesto inconscientemente refinado, ella sacudió la cabeza para quitarse el cabello del

rostro y lo enfrentó sin titubear.

164
- ¿Es decir que no tengo obligación de hablar con usted si no lo deseo? – preguntó

impertinente.

Era una de las posibilidades para las que se había preparado. Sin embargo no pudo ocultar

totalmente su decepción por el súbito final que prometía la charla

- No – respondió sombrío -. No tiene obligación de hablar conmigo si no lo desea.

Ella no tuvo ninguna de las reacciones que él esperaba. Permaneció quieta y observándolo

como queriendo leer en sus ojos los profundos secretos de su mente. Lentamente, una suave

sonrisa espontánea fue instalándose en su rostro.

- Me alegra poder decidir al respecto – comentó despreocupada -. ¿A que se debe su visita?

Abiertamente aliviado por el giro inesperado de los acontecimientos, el comisario se atrevió a

devolver la sonrisa.

- Quería saber como se encuentra – explicó amable mirando el brazo que había sido herido.

Eva movió el miembro en cuestión con soltura y se encogió de hombros.

- Ya casi no me duele pero aún no me dejan manejar – comentó indiferente –. Por otro lado,

me estoy empapando.

La sutil observación lo hizo volver a la realidad. Desconcertado, Lucas advirtió que la leve

llovizna había comenzado a transformarse en un aguacero. Algo incómodo por su falta de

cuidado señaló el vehículo estacionado en la acera.

- Tengo mi auto allí – dijo diligente -. Vamos, así no se moja.

Ella asintió y ambos se dirigieron rápidamente hacia Chevrolet azul. El comisario abrió la

puerta del acompañante para dejarla subir y luego rodeó el vehículo mientras se quitaba el

sobretodo. Lo arrojó en el asiento trasero y se acomodó al volante.

- ¿Quiere que la alcance hasta algún lugar? – preguntó solícito dando arranque al vehículo.

Algo distraída, mientras observaba como el auto ingresaba en el tránsito nocturno, Eva tardó

en responder.

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- A mi casa – dijo abstraída -, si no le molesta.

Ninguno habló por largo rato. Lucas, concentrado en manejar, parecía haberse olvidado de su

acompañante. Ella, inquieta, intentaba encontrar la manera de expresar sus incomprensibles

inquietudes.

- Aún no he tenido la oportunidad de agradecerle todo lo que hizo por mí – soltó impulsiva.

La súbita declaración lo tomó por sorpresa. El policía se sintió algo azorado por las palabras

de gratitud que no precisaba.

- No me agradezca – pidió inquieto -. Solo fue parte de mi trabajo.

Por largo rato, solo se escuchó el sonido del limpiaparabrisas que parecía marcar el ritmo de

los latidos de su corazón. Conmovida, Eva colocó las manos sobre su vientre como intentando

proteger el ser que crecía en su interior. A pesar de su esfuerzo, los ojos se le nublaron

sutilmente pero las lágrimas no alcanzaron a abandonar su guarida.

- Nosotros no estaríamos aquí si no fuera por usted – susurró con la voz cargada de emoción.

Lucas se aferró al volante con las manos crispadas y apretó fuerte los dientes. No quería

pensar, no quería recordar, no quería volver a ver, como en sus peores pesadillas, la imagen

del cuerpo laxo y ensangrentado que había sostenido entre sus brazos. Cómo si ella hubiera

adivinado sus pensamientos se estiró hacia él. La delicada mano pareció flotar en el aire como

una mariposa y se posó en su brazo buscando comunicarle algo de consuelo.

- Nunca le pregunté por que fue a la estancia esa noche – comentó abstraída.

Había explicado la historia del nuevo caso tantas veces que hasta él mismo llegó a creerla.

Una coartada perfecta que ahora ya no tenía ninguna validez. Si se había atrevido a llegar

hasta allí no tenía sentido que utilizara subterfugios.

- Regresé porque conseguí un pretexto para poder hablar con usted – confesó serenamente.

La mano se deslizó suavemente sobre la manga del saco y se apoyó con delicadeza en el

hombro.

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- ¿Y cual era la excusa?

Lucas realizó un esfuerzo supremo por mantener la atención en el tránsito, la conversación y

la etérea caricia estaban ocasionando estragos en su concentración.

- Realmente, no viene al caso – se apresuró a responder -. No era más que una justificación.

Eva asintió levemente como dándose por satisfecha con la repuesta, sin embargo, aún le

quedaba otra pregunta.

- ¿Y que es lo que quería hablar conmigo? – indagó curiosa.

Esa era la oportunidad que había estado buscando y no podía darse el lujo de echarse atrás.

- Mientras estuve en la estancia, ocurrieron algunas cosas entre nosotros que no debían haber

sucedido – murmuró ronco.

Más que las palabras, el tono consiguió despertar recuerdos inquietantes. Eva volvió a sentirse

débil y vulnerable ante el abrupto y exigente beso que habían compartido en la cocina. Evocó

el sabor de sus labios, el aroma de su cuerpo, el calor de su respiración. Revivió las ásperas

caricias y el recorrido de sus manos que dejaron estelas de fuego sobre su piel. Un perceptible

temblor estremeció su cuerpo y sus ojos se velaron por un latente deseo. Él interpretó,

equivocadamente, que era un insondable rencor.

- Fui rudo con usted y no me lo perdono – se excusó -. Nunca quise hacerle daño.

Ella no supo como interpretar las disculpas. Lo observó detenidamente intentando discernir en

su actitud si estaba queriendo excusarse de haberla besado o de cómo la había besado.

- ¿Usted piensa que me hirió? – inquirió desconcertada.

Lucas apretó los músculos de la mandíbula varias veces, única señal visible de su tensión. La

mirada fija en el tránsito se desvió apenas por un segundo para analizar el rostro de su

acompañante.

- Si – respondió escuetamente - y estoy arrepentido.

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La conversación se había salido de su cauce normal y Eva no conseguía encontrarle sentido.

Aún palpitante por las alusiones a la intimidad compartida se sentía bastante contrariada por

el rumbo que parecían haber tomado las confidencias.

- ¿Se arrepiente de haberme besado? – preguntó confundida.

La pregunta había logrado desconcentrarlo. Nada más lejano de la mente de Lucas que

lamentarse de eso. Tal vez ella quisiera una disculpa por su falta de respeto pero sería

hipócrita si dijera que lo sentía. Sacudió la cabeza negando la conjetura categóricamente.

- Jamás me arrepentiría de haberla besado – declaró terminante -. Pero desde aquella noche en

el umbral, no ha pasado ni un solo día sin que lamente haberla rechazado.

Turbada, ella sintió como el rubor cubría su rostro. Revivió en su memoria la erótica escena

de aquella helada madrugada. Su osadía, las caricias incitativas, el cosquilleo del cabello entre

sus dedos y el roce sensual de los labios sobre la piel. Sintiendo que el aire le faltaba, inspiró

profundamente y lo miró expectante. El fuego que descubrió en sus ojos hizo que se le erizara

la piel. Lucas volvió a su atención nuevamente hacia el tránsito más afectado de lo que quería

demostrar. Después de haber dejado clara su postura y no estando seguro de como continuar

avanzando, decidió darse una tregua.

- Tal vez podamos ir a tomar un café – propuso demasiado indeciso.

Ella se había vuelto hacia la ventanilla y observaba atentamente el tempestuoso paisaje

urbano.

- Lo siento, es tarde, estoy cansada y quisiera llegar a casa – respondió concisa -. Tal vez

podamos dejarlo para otra oportunidad.

Él no pareció afectado por la negativa pero una sombra de desilusión empañó sus ojos claros.

Ella se giró y lo miró provocativa.

- Sin embargo es una hora más que prudente para cenar – comentó sugerente -. ¿Puedo

invitarlo a mi casa?

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Lucas sintió como el calor subía desde su vientre y capturaba todo su ser. Su corazón se

desbocó y necesitó inspirar profundamente para no sentirse sofocado. Decidido a disimular su

inquietud, compuso una actitud seria y moderada.

- ¿Está segura que no será una molestia? – preguntó educado.

Ella sonrió y deslizó con suavidad su dedo por la línea del cuello del policía hasta llegar a la

nuca. Esperó hasta sentir el temblor involuntario de los músculos y volvió a colocar la mano

en su regazo.

- Al contrario – respondió convencida -. Me gustaría contar con su compañía.

La tormenta se había desatado en toda su magnitud. La lluvia golpeaba los vidrios con

ferocidad mientras el viento parecía querer arrancar los árboles de cuajo. Los relámpagos

rasgaban impetuosamente el cielo sombrío y los ensordecedores truenos lograban superar el

rugido del motor.

Nada de eso era importante, Eva se recostó en la butaca y cerró los ojos mientras un suspiro

de alivio escapaba de sus labios. Sin preocuparse por las consecuencias, se atrevió a

confesarle su más oscuro secreto.

- Odio dormir sola las noches de temporal.

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