La Trinidad, éxtasis de Amor.
Una aproximación a la doctrina
trinitaria de sor Isabel
MARÍA JOSÉ MARIÑO, CM
(Burgos)
La vida y experiencia de Isabel de la Trinidad poseen una den-
sidad y un atractivo, tanto humano como espiritual, que justifican el
deseo de adentrarse en tan fascinante singularidad. Sin embargo,
todo lo que en ella podemos hallar de propio y específico viene
marcado fundamentalmente por la irrupción de la gracia carismáti-
ca, por el don de Dios del que fue una dócil y fiel receptora. Cons-
ciente de la primacía de la gracia, este artículo tiene la modesta
pretensión de acercarse no a la mujer, sino al misterio de la Trinidad
a través de ella. Si su existencia es «una continua Alabanza de
gloria de sus adorables perfecciones» 1, nada más justo y justificado
que intentar descubrir a Aquel que se manifiesta en la sencillez de
esta joven carmelita.
Los trazos de la Trinidad que nos muestra podrían muy bien
iluminar desde la mística un discurso dogmático, habida cuenta de
la unánime aceptación de los místicos como una de las fuentes para
la reflexión sobre la fe. Con todo, nada más lejos de mi intención.
Más bien intento hallar luz para el círculo hermenéutico que se
establece entre la fe vivida y su comprensión. Necesariamente he-
1
Últimos Ejercicios (UE). Sor Isabel de la Trinidad. Obras completas.
Burgos, Monte Carmelo, 1985, p.193. Todas las citas del artículo están tomadas
de esta edición.
REVISTA DE ESPIRITUALIDAD 66 (2007), 97-139
98 MARÍA JOSÉ MARIÑO, CM
mos de intentar dar razón de nuestra propia experiencia creyente.
Para ello, los maestros nos ofrecen palabra, su palabra, que ayuda
a sacar a la luz la nuestra propia, pero al mismo tiempo, esto se
convierte en horizonte de nuevas experiencias que ahondan progre-
sivamente en la vida del Espíritu dentro de nosotros. Isabel supo
como pocos hacer este camino totalmente personal junto a grandes
de la tradición espiritual, integrando creativa y vitalmente la palabra
de otros. Esa misma posibilidad quisiera ofrecer —y ofrecerme— al
hablar de su doctrina trinitaria.
Teniendo en cuenta los ya numerosos estudios con que conta-
mos, esta aproximación seguirá a la propia beata como fuente prin-
cipal. El influjo de otros autores o del contexto, siempre factores
importantes, se considerará sólo tangencialmente como aclaración.
Otras personas de mayor competencia han emprendido esa tarea y
la doy por supuesta. También renuncio a una visión diacrónica que
muestre la evolución de su pensamiento. Los rasgos fundamentales
siguen una progresión sólida y, por tanto, la experiencia recogida en
sus obras finales reasume logradamente todas las etapas anteriores.
Otros detalles que podrían obtenerse siguiendo la trayectoria dete-
nidamente, sin dejar de ser interesantes, rebasan el objetivo de este
estudio.
Para esta tarea, también entiendo imprescindible tener en cuenta
dos premisas fundamentales: la acción siempre primera de la gracia,
el sentido trinitario de su cristocentrismo y la intrínseca conjunción
de lo humano y lo divino en la vida cristiana. El don carismático
ilumina en ella las realidades sobrenaturales que nos han sido reve-
ladas y participadas a todos los cristianos. Nada en ella queda ajeno
a nosotros, sin más diferencia que la singularidad e intensidad que
la experiencia mística le concede, además de su vocación particular
en el Carmelo Descalzo. Ella misma subraya a sus numerosos inter-
locutores laicos la común vocación que les une desde el bautismo.
Su experiencia particular ahonda en la condición de todo cristiano
porque la comunión trinitaria nos invita a todos por igual. De aquí
que toda su doctrina resulta muy valiosa para una vida cristiana que
quiere tomar en serio su profesión de fe en la Trinidad, tarea aun en
camino, pero especialmente importante en un tiempo de increencia
y pluralismo religioso.
LA TRINIDAD, ÉXTASIS DE AMOR. UNA APROXIMACIÓN... 99
En segundo lugar, su cristocentrismo debe ser leído siempre en
clave trinitaria 2. No se trata de disminuir su fuerza, sino de devol-
verle su lugar dentro de la experiencia de la Trinidad. No son dos
acentos paralelos, sino un único horizonte, la Trinidad, que redi-
mensiona todos los demás. Aquí cobra toda su radicalidad la afir-
mación de nuestra fe sobre Cristo como único Mediador y la afir-
mación bíblica de Cristo como único Camino, Verdad y Vida. Toda
espiritualidad cristiana es cristocéntrica, pero, entre sus diversos
matices, lo propio de Isabel consiste hacer de Cristo el centro de su
vida como acceso único al misterio de la Trinidad.
Por último, los aspectos antropológicos y los teológicos se pre-
sentan siempre entrelazados, remitiendo uno a otro constantemente.
Sor Isabel no aporta reflexiones teóricas sobre ninguno de los dos,
sino una experiencia vital en la que se halla a sí misma en total
referencia a la Trinidad. Se adentra en ella al soplo del Espíritu y
va penetrando en el Misterio a la par que en su propia existencia.
Lo que ella es y vive se entiende como respuesta al Dios que la
inunda. A la inversa, a través de lo que siente como llamada, infe-
rimos como entre brumas algo de Dios. Esta característica, muy
notable en Isabel, obedece a la dinámica propia de la vida creyente.
Nuestra fe tiene un carácter encarnatorio, como lo tiene la gracia y
la proximidad de Dios se ofrece siempre mediada. Jesucristo, Hijo
encarnado, revela el misterio de Dios y el misterio que somos no-
sotros, siempre referido a su Señor. Cuando penetramos en la fe, se
va consolidando la relación personal entre la persona y Dios, una
relación que ilumina progresivamente al Dios que se hace «Dios-
para-nosotros» y a nosotros, que en Él nos movemos y existimos.
«Muéstrame tu rostro, Señor», podríamos decir al iniciar estas
páginas. Y la respuesta la encontraremos, siempre pálida y a la par
luminosa, en la existencia concreta de Isabel. Toda su persona «ha-
bla» y «canta» la presencia de la Trinidad. Sus acordes, escritos en
armónica partitura, nos dirán algo acerca del Autor de la eterna
melodía que nos envuelve, la melodía del Amor divino.
2
Esta perspectiva radical y totalmente trinitaria determina todas las otras
notas de la mística de sor Isabel. Por este motivo y en mi opinión, debe quedar
clara esta perspectiva al tratar cualquier otro aspecto, así como al denominar su
mística.
100 MARÍA JOSÉ MARIÑO, CM
1. EL MISTERIO QUE SALE DE SÍ MISMO
Isabel nos transmite fundamentalmente la Trinidad «vivida» en
su propia carne, el misterio de Dios en cuanto se nos da a los seres
humanos en nuestra historia. En lenguaje teológico diríamos que
hace, a partir de la experiencia de la gracia, una exposición de la
Trinidad económica, tal y como en su libre designio desea comuni-
carse. Las elucubraciones sobre el misterio de Dios en sí mismo
(Trinidad inmanente) son escasas. Sólo una certeza firme late al
respecto, convicción y fundamento de toda su existencia: Dios es
Amor, siempre y sólo Amor.
El esquema que puede guiar el desarrollo de esta sucinta expre-
sión es el mismo que vertebra la Elevación a la Santísima Trinidad.
En un movimiento circular y envolvente, partimos del misterio tri-
nitario y a él volvemos pasando por Cristo, el Espíritu y el Padre
en este orden. Reproduce los pasos de la revelación de Dios en la
historia 3 y, en sentido inverso, esquematiza nuestro regreso al Pa-
dre, a modo de ofrenda eucarística. Desde una perspectiva de comu-
nión, me parece muy oportuno mantenerlo como guía para la re-
flexión porque, preservando la dinámica propia de la historia de
salvación, introduce nuestra historia y relaciones en ese mismo
movimiento ascendente. Se respeta así la centralidad de Jesucristo,
acceso a la Trinidad como revelación y salvación para nosotros. Por
Él entramos en la comunión trinitaria y sin Él, el reflejo de esta
comunión en las relaciones humanas resultaría imposible. Nunca
nuestras fuerzas pueden alcanzar lo que al fin es regalo en Jesucris-
to y cualquier intento quedará frustrado por nuestra natural finitud
y nuestra realidad de pecado. El amor trinitario nos llega, personal
y comunitariamente, a través de Cristo y por la fuerza del Espíritu.
3
Precisamente, la teología trinitaria es posible a partir de la experiencia
que se hace con Jesús en la historia. En ella, Cristo es el don que descubre a
Otro que es dador (el Padre) y una relación de donación (el Espíritu Santo),
a la que Isabel se refiere como «vínculo». Cf. por ejemplo, M. BIELER, Freiheit
als Gabe. Verlag Herder, Freiburg im Bresgau, 1991, o G. GRESHAKE, Der
dreieine Gott. Verlag Herder, Freiburg im Breisgau, 1997.
LA TRINIDAD, ÉXTASIS DE AMOR. UNA APROXIMACIÓN... 101
a) El Dios todo Amor
«Dios es amor». Ésta es la única afirmación sobre la intimidad
del ser de Dios que encontramos, afirmación y certeza que sostiene
su vida entera. «El Dios todo amor» 4, «el Dios sólo amor», «aquel
que es amor» son algunas de las variantes más repetidas de la mis-
ma verdad ofrecida por el testimonio de la Escritura. Aquí se mez-
clan una vez más, de modo primoroso, la gracia y la naturaleza, si
es que aun podemos separarlas de modo tan agresivo y artificial. El
temperamento sensible y apasionado de Isabel Catez, afectuoso y
abierto a la relación profunda, halla el centro de su amor en el
origen de todo amor: Dios Trinidad 5. La gracia que le permite ex-
perimentar con enorme fuerza esta verdad y sus resonancias en lo
más íntimo de su ser, encuentra en ella el lugar idóneo para expre-
sarse con intensidad. Sin embargo, no es una teoría, ni un mero
sentimentalismo: en la vida de Isabel con toda su concreción se
puede tocar la fuerza transformadora y creadora de ese amor creído
y confesado.
«Siento a mi lado al Amor como un ser viviente que me dice:
deseo vivir en tu compañía» 6. Aquí se halla condensado todo el
saber que podemos hallar sobre la Trinidad: un Dios personal, vivo,
cuya esencia es el puro amor, que se ofrece a sus criaturas para una
relación de intimidad y comunión. Él mismo es relación, relación
de los Tres, y es cada uno de ellos, con su particularidad personal,
quien trata con la persona dentro de un movimiento único de amor
que les envuelve y en el que somos introducidos. Es «el amor de los
Tres, mar inmenso donde quedamos sumergidas» 7. Una expresión
4
Esta expresión aparecía en la estampita que María de Jesús le regaló en
su visita al Carmelo el día de su primera comunión. Difícil imaginar hasta qué
punto llegaría a convertirse en verdad vivida por ella.
5
Merece la pena recordar el impacto que le produjo oír hablar de Dios
como Amor infinito. Ella misma nos ofrece su testimonio de esa conversación
con el P. Vallée en el locutorio del Carmelo de Dijon: «la primera vez que le
vi me habló sobre el amor de Dios. Quedé abrumada. Nunca he olvidado la
impresión que me produjo al hablarme de ese amor infinito que busca y per-
sigue incansablemente a cada una de nuestras almas». Palabras Luminosas
(PL), p. 720.
6
Ibíd., p. 739.
7
Epistolario (EP), n.o 263 a su hermana Margarita, julio de 1906.
102 MARÍA JOSÉ MARIÑO, CM
tan simple posee, por el contrario, un gran calado doctrinal. Los
Tres se relacionan con la persona de manera personal y propia,
aunque con un amor único. Y el misterio divino que sale a nuestro
encuentro nos introduce en sí mismo, tal y como es en su divina
intimidad. La Trinidad inmanente no sólo no permanece aislada e
incognoscible, sino que, al fin, penetraremos en ella pues que ya en
la historia se nos ha dado en su propia realidad 8.
Entre las consecuencias de esta convicción encontramos el sen-
tido de eternidad en el tiempo y su correlato del cielo en la tierra:
«quiere que donde Él (Cristo) está, permanezcamos también noso-
tros, no sólo durante la eternidad, sino incluso en el tiempo que es
la eternidad iniciada» 9. El tiempo caracteriza esencialmente nues-
tro ser creado. La presencia de la Trinidad como donación dentro
de nuestra historia, en nuestra carne, establece una continuidad entre
las coordenadas de nuestro presente y la realidad desconocida de
nuestro porvenir. La ruptura que la muerte conlleva no puede arran-
carnos de las manos de Dios. Al contrario, este paso o «regresar a
la casa del Padre» 10 lleva a su plenitud esa relación, rescatada
de la caducidad y la limitación propias de nuestra condición actual.
La existencia viene marcada por esa llamada a la comunión con la
Trinidad y, en la medida que respondemos en una aceptación incon-
8
Evidentemente, las disquisiciones dogmáticas son ajenas a Isabel. Sin
embargo, en alusión al conocido axioma trinitario de K. RAHNER («la Trinidad
inmanente es la económica y viceversa», en Advertencias sobre el tratado
dogmático De Trinitate, Escritos de Teología, IV, p. 110. Madrid, Ediciones
Cristiandad, 2002), podríamos decir que ella afirma desde su experiencia la
primera parte sin reservas: Dios se nos entrega tal y como es en su intimidad
eterna. Respecto al tan debatido «viceversa», de su doctrina realmente sólo
podríamos decir que, desde luego, siendo el mismo Dios que nos sale al en-
cuentro, permanece en su misterio del que sólo dirá que es misterio de Amor
creador y que, al fin, se abrirá para nosotros al participar como hijos en la
relación de los Tres.
9
El cielo en la tierra (CT, o el cielo en la fe, según otras ediciones),
p. 131. Elijo esta cita porque aparece dentro de una larga explicación de
Jn 15,4: «permaneced en mí». En ella nos da una doble perspectiva del «per-
manecer», y con ello del tiempo, que son inseparables: permanecer en el sen-
tido de inhabitación - morar en la Trinidad; permanecer en el sentido de iden-
tificación con Cristo desde el recogimiento interior y la transformación de la
persona en toda su actividad y relaciones por el amor.
10
Esta es la expresión que repetidamente utiliza en sus últimos años para
referirse a la muerte.
LA TRINIDAD, ÉXTASIS DE AMOR. UNA APROXIMACIÓN... 103
dicional, el presente se transfigura por la presencia activa de los
Tres en nosotros (el cielo en la tierra). Y siendo el mismo y único
Dios con quien dialogamos, lo eterno (que no es sinónimo de tiem-
po ilimitado, sino lo intemporal de Dios) irrumpe ya en el tiempo
que adquiere así una densidad divina, de eternidad.
El «eterno presente» que descubre en el hoy, poco o nada tiene
que ver con el presentismo que nos abruma, huérfano de ayer y es-
téril sin mañana, perdido sin historia ni esperanza, compulsivo. La
hondura de amor trinitario arraiga lo efímero en la eternidad de Dios
porque Él mismo es eterno, divino. La existencia rescatada en manos
de los Tres y cada uno de sus momentos 11 está penetrada de una den-
sidad que desborda el tiempo hacia el secreto de Dios. Entramos en
el «eterno presente» que es el Ser divino, siempre actual, plenitud
de ser. Pero esta eternidad, latido de la trascendencia en el seno de
lo fugaz, abre el hoy a su dimensión escatológica, a la irrupción
de Dios y su novedad. Lo totalmente inimaginado del futuro definiti-
vo, vigente ya en Cristo, no rompe tampoco con el pasado que, en
cuanto historia salvífica, vive hoy como memorial, como sacramen-
to, como presencia resucitada escondida en la historia. La apertura
escatológica del hoy dentro de una historia del hombre con su Señor,
transfigura el presente con el espesor del Espíritu. Lejos de agotarse
en una sucesión de fragmentos inconexos y caóticos, nos devuelve a
una historicidad propiamente humana, proyectada a un futuro desde
la tensión escatológica. La persona encuentra su existencia como
parte de un proyecto universal, sintiéndola al mismo tiempo como
gracia y responsabilidad insustituibles. La fe trinitaria nos devuelve
un presente abierto al futuro de Dios en Cristo, personalmente denso
y henchido de eternidad.
La entrega amorosa de Dios a las criaturas posee la fuerza y
hondura infinitas propias de lo divino. Realmente, no podemos ima-
11
Quizá parezca muy etérea esta explicación, pero quizá resulte más con-
creta si consideramos que la existencia rescatada de los hijos de Dios se traduce
en una vida configurada en torno al amor y las opciones evangélicas. Este
aspecto moral, respuesta y tarea a la filiación recibida gratuitamente, traduce el
amor de Dios en vida concreta y tiene validez eterna porque de ella depende
lo que llamaríamos nuestra salvación o condenación eternas. Si sólo el amor
permanece y el amor viene de Dios, la vida humana en el amor de algún modo
«permanece» también eternamente.
104 MARÍA JOSÉ MARIÑO, CM
ginar cuál es el abismo de amor manifestado en Jesucristo. Por eso,
su revelación en la historia y en la propia vida no pueden menos que
suscitar el más profundo asombro, una admiración inefable. No
todos pueden percibirlo, sino aquellos que mantienen los ojos y
el corazón abiertos, dispuestos a dejarse fascinar, a hacer silen-
cio, a recibir y adorar. Pasa el «amor excesivo» (Ef 2,4) de Dios por
nuestra vida sin cesar, siempre concreto y tangible, aunque indispo-
nible. No puede ser de otro modo porque «Dios es amor». Se regala
totalmente hasta llegar a ser «más íntimo a nosotros que nosotros
mismos» porque «el amor tiene un fin: darse, introducirse total-
mente en aquel a quien se ama» 12. Toda la actividad en Dios y de
Dios consiste en la actividad del amor. Por el amor Dios sale hacia
nosotros y lo hace constantemente. Se vuelca y entrega sin cesar, se
hace don de tal modo que «la única ocupación de Dios parece
consistir en colmar al alma de caricias y pruebas de amor como
una madre cría a su hijo y le alimenta con su leche» 13.
En este continuo salir de sí hacia sus criaturas, conocemos qué
significa la afirmación «Dios es amor». El constante riesgo que nos
acecha es el de darle un contenido previamente conocido para noso-
tros, dejarlo en el saber accesible desde nuestra finitud e inmanencia.
Pero en el «Dios es amor», tanto el sujeto como el predicado nos
quedan inmersos en la tiniebla, sólo accesibles en la medida en que
advienen hacia nuestro mundo e historia, tangibles en su condición
misteriosa. La cualidad y medida de este amor divino se nos revela
en Jesucristo, a lo largo de toda su existencia humana y por su pre-
sencia viva hoy. Su continuo volverse al ser humano muestra la pro-
piedad del amor divino, que libre y gratuitamente se inclina y desbor-
da sobre lo creado. Sale de sí mismo sólo por amor: «es el amor quien
atrae, quien impulsa al Señor hacia su criatura» 14. Y esto de modo
radical, permanente, íntimo, de modo que se puede afirmar que «nos
ama hasta hacerse compañero de destierro, ser el confidente, el
amigo de todas las horas...» 15. Es preciso sumergirse en Cristo, Dios
y Hombre, para saber qué amor nos ha dado el Padre...
12
EP, n.o 168, febrero de 1904.
13
CT, p. 152.
14
CT, p. 135.
15
EP, n.o 273, agosto de 1906.
LA TRINIDAD, ÉXTASIS DE AMOR. UNA APROXIMACIÓN... 105
b) Creación y filiación en el proyecto eterno de Dios
El proyecto de hacernos entrar en la vida trinitaria como hijos
adoptivos se hunde en el designio eterno del Creador. Él se halla en
el origen de todo lo existente, principio y fuente de toda vida. En
un exceso de amor, sale de sí mismo para volcarse en «lo otro que
sí mismo» con un acto libre, generoso y creador. La sobreabundan-
cia de Vida divina suscita toda otra vida, marcándola con la impron-
ta del amor en su estructura más profunda. Por eso, la creación no
queda abandonada a su propia marcha, sino que se encamina hacia
su fuente como meta y plenitud en una especie de retorno al hogar
una vez alcanzado su pleno desarrollo. El ser humano lleva en sí
esta llamada a compartir la vida divina, a entrar en comunión con
los Tres o, dicho en otras palabras, «la voluntad del Creador es
siempre la misma: unir e identificar consigo a su criatura» 16. La
creación, y concretamente la del ser humano, se ha realizado con
vistas a nuestra filiación divina. Este verdadero derroche de amor
sólo Dios podía concebirlo: «nos ha creado a su imagen y semejan-
za para llegar hasta este abismo de gloria» 17 que es nuestra filia-
ción. Somos hijos para su gloria.
La conciencia de esta realidad nos sitúa en la existencia de un
modo distinto, hecho de una sorpresa agradecida e inefable. Existi-
mos como fruto de la plenitud de Dios que se derrama sobre noso-
tros y nos hace suyos. Significa reconocernos como sueño de los
Tres desde la eternidad 18, un sueño para ser acogido en su propia
intimidad. El despliegue de este proyecto, cuya cima sólo se alcan-
zará al final de los tiempos, se realiza en y por Cristo. Creación y
redención quedan unidas, que no confundidas, en un único plan de
llevar a la consumación en Cristo todo lo creado. La historia de la
salvación no es simplemente la necesaria consecuencia del pecado
para «devolvernos» a una relación con Dios. Desde toda la eter-
nidad, ha querido llamarnos a la comunión en el Hijo y para eso
16
UE p. 177.
17
CT, p. 151. El contexto de esta frase es la filiación divina desde Rom
8,14-17 y 1 Jn 3,1-3.
18
Esta certeza fascina a Isabel, que la repite con frecuencia, hallando así
la resonancia eterna de su propia vocación.
106 MARÍA JOSÉ MARIÑO, CM
hemos sido creados. El pecado y la reconciliación traída por Cristo
poseen su peso y lugar propio, pero siempre en vistas a hacernos
hijos en El 19, siendo ésta la realidad primordial en la voluntad de
Dios, una voluntad de amor y sólo amor.
Desde esta perspectiva cobra todo su significado el hecho de que
entienda la Encarnación dentro de la oferta de Dios a vivir en su in-
timidad. No ignora la realidad de la redención, sino que la suprema-
cía corresponde a la voluntad de participarnos su propia vida, desig-
nio que ni el pecado pudo revocar. Escuchamos cómo lo narra Isabel
en una de sus poesías: «Queriendo demostrar su gran amor - la Om-
nipotencia baja hasta nosotros - y busca un corazón que le compren-
da - para hacerlo morada permanente. - En su amor, olvidando leja-
nías, - busca la unión divina con el hombre - y abandona la altura de
los cielos – para así con nosotros fusionarse» 20.
Este énfasis en el amor que se ofrece lo desarrolla bajo distintos
aspectos. El ya citado de la unión es uno de ellos, junto con el de
la inhabitación o vivir en comunión 21. Todos ellos, al fin, se con-
densan en la filiación divina. Hemos sido creados para ser hijos en
Cristo, participando de la vida trinitaria como hijos adoptivos 22. La
fascinación que esto le produce lo transmite con calor a su hermana
Margarita, ya madre de dos hijas: «acabo de leer en san Pablo unas
ideas maravillosas sobre el misterio de la adopción divina. Pensé
naturalmente en ti. Obrar de otro modo hubiera sido incomprensi-
ble. Tú eres madre. [...] Estás, por lo tanto, capacitada para com-
prender la grandeza de este misterio. ¡Hijo de Dios! ¿No te emo-
19
Este planteamiento de la redención se encuentra en las antiguas dispu-
tas sobre el motivo de la encarnación: a causa del pecado o por designio del
Padre previo (si se puede usar esta expresión tan inapropiada) a la caída.
Conviene recordar que la postura que se abrió paso en la tradición fue la
primera, la que respiró Isabel y, sin embargo, se desmarca de la misma en su
personal itinerario de gracia. Quizá aun no hemos llegado nosotros a extraer
todas las consecuencias de una visión semejante del misterio de Cristo...
20
Composiciones poéticas (CP), n.o 88, Navidad de 1904.
21
Isabel utiliza con frecuencia «vivir en sociedad», que traduce el «socie-
tas» latino de la Vulgata. También lo utiliza Ruysbroeck, pero ella refleja más
bien el contenido bíblico del concepto.
22
Desde aquí se justifica el peso de la doctrina paulina de la filiación con
textos como Ef 1,6 o Gal 4,7, y el escaso eco explícito que tiene la doctrina
de la justificación en Isabel, aunque queda como trasfondo cuando habla del ser
hijos desde Rom 8.
LA TRINIDAD, ÉXTASIS DE AMOR. UNA APROXIMACIÓN... 107
ciona este pensamiento? [...] Dentro de su divina omnipotencia,
parece ser que no puede realizar nada más extraordinario» 23.
Pero el Amor infinito no permanece ajeno a su creación una vez
realizada. Penetra en su entraña, donde se despliega como fuerza
dinámica, incesante actividad 24. Dentro del mundo, Dios providente
«sólo puede realizar obras de amor» 25 y en eso se muestra tal como
es en sí mismo. Este amor vivo en movimiento continuo se dirige
siempre a consumar el magnífico proyecto que se encuentra en la
creación y se distingue por su perenne novedad. La «entrega abso-
luta», sin condiciones ni límites, a la continua acción creadora 26 de
Dios a través del tiempo es el modo en que el creyente responde a
su iniciativa. La respuesta al amor es fundamentalmente pura aco-
gida, receptividad filial.
No olvido otros aspectos con los que intenta caracterizar el
misterio trinitario y entre los que destacan la unidad, la soledad,
la inmutabilidad y el silencio. De todos modos, no me parece que
contradigan sino en apariencia una visión del amor divino como
donación y relación. Respecto a la unidad, se trata de una afirma-
ción fundamental del credo, de la fe cristiana que es trinitaria. Esta
unidad de Dios puede desviarse a un cierto monoteísmo rígido y
uniforme que desdibuja la personalidad de los Tres. Sin embargo,
Isabel trata con Ellos particularmente, reflejando en todo momento
un comportarse trinitario de Dios hacia nosotros. Al mismo tiempo,
refleja una intrínseca relacionalidad en el interior de la vida divina
23
EP, n.o 219, agosto de 1905. Evidentemente, esta idea de la filiación
viene largamente vivida, madurada y compartida, no se trata de ninguna nove-
dad en este momento tardío de su corta vida. El hecho de recuperarlo con tanto
entusiasmo nos habla, más bien, del arraigo en su experiencia como algo siem-
pre nuevo y sublime. En este caso, además, conecta delicadamente con la vi-
vencia de su hermana, madre vocacionada y feliz.
24
En ningún momento se alude al dinamismo como algo propio de Dios,
pero así lo sugiere al hablar de constante creación, el continuo volcarse en la
criatura, proceso desplegado por la gracia, etc. Juan de la Cruz, por ejemplo,
se preocupa de matizar este aspecto indicando que, en realidad, es el alma quien
se mueve y Dios «el principio y raíz de todo movimiento» (Llama 4,6), pero
inmóvil. Isabel no toma esos cuidados, ni siquiera cuando alude a la inmuta-
bilidad divina entra en esa cuestión, como veremos más adelante.
25
CT, p. 143.
26
Cf. Elevación a la Santísima Trinidad (ET). En otras ediciones, como la
dirigida por C. DE MEESTER, aparece como Notas íntimas, n.o 15.
108 MARÍA JOSÉ MARIÑO, CM
que, siendo un solo Dios, es siempre Padre con el Hijo y el Espíritu.
Por esto, no podemos considerar esta unidad disociada de la plura-
lidad, que —hay que insistir en ello— es propia del ser de Dios. Su
perfección excluye toda necesidad, es plenitud de vida y felicidad
en sí misma, que explica el significado de su «soledad». No puede
ser solitario quien «es» Tres personas, sino que nada fuera de Él
posee densidad de ser. La soledad expresa su absoluta trascendencia
respecto a todo lo que existe.
Hablar de la inmutabilidad está en la línea del discurso escolásti-
co sobre los atributos divinos. Por otra parte, parece contradecir una
concepción de Dios esencialmente dinámica, que es la que encontra-
mos en la experiencia de Isabel. Una vez más, ella recoge lo transmi-
tido desde la peculiaridad de su propia vivencia. ¿Qué significa un
Dios inmutable en su lenguaje? Dios sólo es inmutable en su amor,
absoluta permanencia amorosa, fidelidad en la gracia. Frente a la rea-
lidad humana, poco consistente, siempre inconstante, sometida a su
propia caducidad, de natural mutable incluso en sus afectos, Dios «es
el Inmutable el que nunca cambia, Él te ama hoy como te amaba ayer
y te amará mañana aunque le ofendas» 27. Por eso, ciertamente, se
puede exclamar «¿quién podrá apartarnos del amor de Dios?» Nada
logrará vencerlo porque Él es Vida en plenitud en la que, al fin, des-
emboca nuestra existencia mundana tras ese paso que llamamos mo-
rir. Nuestro Dios, «Amor inmutable» o eternamente fiel, triunfa in-
cluso sobre el «enemigo definitivo», la muerte.
Por último, los Tres no permanecen mudos, sino en un «eterno
canto». La relación entre Padre, Hijo y Espíritu no consigue traducir-
la como diálogo, tampoco como palabra pues una sola es la Palabra
del Padre. El pensamiento heredado justifica estas ausencias. Pero no
duda en calificar su relación como «canción de amor que el cielo
canta» 28, imagen que evoca la belleza, la armonía, la sonoridad, como
reflejo de la vida y el dinamismo, de la reciprocidad entre los Tres.
La teología le marca límites que su experiencia rebasa por los peque-
ños resquicios de lo cotidiano, y pocas cosas tan familiares para Isa-
bel de la Trinidad como la música. Podría parecer que se trata de una
27
EP, n.o 264, julio de 1906.
28
CP, n.o 84, 1902.
LA TRINIDAD, ÉXTASIS DE AMOR. UNA APROXIMACIÓN... 109
lectura subjetiva e interesada, pero quizá lo que no aciertan mis pala-
bras a expresar, lo comprenderán quienes sienten la música en las
últimas fibras de su ser, quienes entienden el mundo que construyen
las notas en su delicado entretejerse, quienes perciben la armonía
musical como ese dialogar siempre melódico, rítmico y convergente
entre distintas notas, que unifica sin anular todas las voces. Es silen-
cio porque nada lo perturba ni interrumpe, porque integra perfecta-
mente cada voz. También excede nuestra condición y, al resultar
siempre inefable, nos parece silencio, cuando no vacío. «El himno del
silencio, la más sublime de las canciones. Es el himno que se canta
en el seno de la Santísima Trinidad» 29.
c) La gracia, don de Dios o Dios que se dona
Este Dios sale continuamente de sí mismo hacia nosotros dán-
dose como gracia. Por eso, el «todo Amor» es Dios de toda gracia.
Así se presenta a los ojos de Isabel, como quien se derrocha en con-
tinuas gracias. En primer lugar, toda su vida nos queda como silen-
cioso testimonio del impulso de la gracia y las maravillas que puede
obrar en la persona, no como algo meramente interior, sino percep-
tible en el entramado cotidiano de su vida. Cuando hace memoria
del paso de Dios por su vida, sólo puede exclamar: «me has llenado
de favores. ¿Qué podré ofrecerte en recompensa? Muy poca cosa
y aun esto es también un regalo tuyo» 30. Al fin, todo es gracia y
Laudem gloriae cumple su misión viviendo «en un estado perma-
nente de acción de gracias» 31.
No parece extraño que una mujer disciplinada y de vigorosa vo-
luntad como ella insista con determinación en los aspectos de ascesis
y voluntad en el camino espiritual. A pesar de ello, la fuerza no está
en el logro de la persona, muy al contrario. Todo este esfuerzo, refle-
jo de su decidida opción por el don divino, nunca la convierte en
29
EP, n.o 272, agosto de 1906.
30
Diario espiritual (D), p. 87, 1899. Hasta el final de su vida mantiene esta
actitud que desde jovencita le caracteriza: descubrir y acoger los múltiples do-
nes de Dios.
31
CT, p. 158.
110 MARÍA JOSÉ MARIÑO, CM
protagonista. Tamaño empeño toma su vigor en el descentramiento
de sí y en la absoluta centralidad de Dios. Por este motivo, el trabajo
personal de recogimiento, unificación y sometimiento de la propia
voluntad, no logran por sí mismos su objetivo, sino en cuanto permi-
ten la libre obra del amor en su interior. Su ascesis resulta una ascesis
mística, nunca voluntarista, que se convierte en activa pasividad, en
receptividad: «deseo vivir en tu compañía (dice el Amor). Por eso,
quiero que sufras sin pensar que sufres, entregándote sencillamente
a mi acción» 32. Este dejar espacio a la libertad de Dios y su gracia
exige un doloroso camino de renuncia, vivir «libres de todo, menos
de su amor. Desprendidas de todo, principalmente de sí mismas.
Despojadas de todas las cosas, tanto naturales como sobrenatura-
les» 33. Son los dos movimientos de la vida pascual: muertos a una
existencia según la carne (que sólo Dios puede completar) y recibir la
vida divina gratuitamente. La fuerza que sostiene este proceso, pro-
cede siempre y únicamente de Dios mismo. Lo importante no es el
esfuerzo personal invertido, sino el «dejar hacer» a la gracia y con-
templar el Misterio amado. Por este motivo, son almas que «se pre-
ocupan mucho menos de la obra de destrucción y aniquilamiento que
les queda aun por realizar que de su inmersión en la hoguera del
amor que arde en ellas» 34.
La gracia no consiste fundamentalmente en «cosas» o momen-
tos puntuales. La gracia es Dios mismo que se entrega a la criatura
en su vida divina 35. Y se da trinitariamente, como Padre, Hijo y Es-
píritu: «la Santísima Trinidad se inclina y se vuelca sobre su alma
32
PL, p. 739.
33
UE, p. 172.
34
CT, p. 138.
35
Esto, que a casi todos nos parece una obviedad, no lo era en modo
alguno a comienzos del siglo XX. Hasta la renovación conciliar, la doctrina de
la gracia permaneció petrificada en una rígida clasificación que, de algún modo,
la cosificaba. Esta visión profundamente relacional como autodonación de Dios
al ser humano ha sido un giro efectuado en las últimas décadas y recuerda a
la idea clave de K. RAHNER respecto a gracia como Dios que se autocomunica
(cf., por ejemplo, Curso fundamental sobre la fe, cap. 4, donde desarrolla
extensamente esta idea). En Juan de la Cruz también hallamos una intuición
similar que comprende las gracias como la comunicación de Dios en lo que
tiene («atributos y virtudes») y es («Yo soy tuyo y para ti y gusto de ser tal cual
soy por ser tuyo y para darme a ti», Llama 3,6).
LA TRINIDAD, ÉXTASIS DE AMOR. UNA APROXIMACIÓN... 111
para hacer resplandecer la gloria de su gracia» 36. Esta gracia nos
habita o, dicho de otro modo, la Trinidad nos habita por la gracia.
No existe ningún extrinsecismo de la acción divina en nosotros,
sino al contrario, se hace lo más íntimo de nuestro ser. Desde ese
centro que personaliza y unifica todas las dimensiones humanas,
desde ese santuario que nos define en nuestra identidad radicalmen-
te, esto es, ante Dios, la gracia opera la transformación de la cria-
tura: «recuerda que Él (el Dios todo Amor) mora en el centro más
profundo de tu alma como en un santuario donde quiere que se le
ame y se le adore. Permanece allí para colmarte de sus gracias,
para transformarte en Él» 37. Se convierte en algo propio y la vida
de Dios se hace nuestra misma vida: «Él se ha volcado sobre nues-
tras almas con todo su amor, de día y de noche, queriendo comu-
nicarnos e infundirnos su vida divina para deificarnos e irradiarle
después por todas partes» 38.
Cuando quiere transmitir la diferente acción de cada una de las
Personas divinas —como distinta es la relación con cada uno de
los Tres— recurre a la imagen repetida de la encarnación: «El Padre
te cubrirá con su sombra, interponiendo como una nube entre ti y
las cosas terrenas para conservarte suya. Te comunicará su poder
para que le ames con un amor fuerte como la muerte. El Verbo
imprimirá en tu alma, como en un cristal, la imagen de su propia
belleza para que seas pura con su pureza, luminosa con su luz. El
Espíritu Santo te transformará en una lira misteriosa que, en silen-
cio, al contacto divino, entonará un magnífico canto al Amor» 39.
36
EP, n.o 180, junio de 1904. Hace referencia, una vez más, al texto de
Ef 1,6.
37
EP, n.o 224, agosto de 1905.
38
EP, n.o 180, junio de 1904. Por supuesto, el tema de la divinización del
ser humano es muy antiguo, con brillantes exponentes en la tradición espiritual,
entre los cuales está con voz propia Juan de la Cruz. Sin embargo, ha ca-
racterizado más bien la espiritualidad oriental, teniendo una aceptación muy
limitada en Occidente. Isabel lo une a la inhabitación y al sentido de sacramen-
talidad del cristiano como presencia viva de Dios, una pequeña mediación e
instrumento de la gracia en la historia.
39
EP, n.o 250, mayo-junio de 1906, escrita a modo de testamento espiritual
para su hermana Margarita. Es muy similar a lo escrito por las mismas fechas
a Germana Gémeaux (EP, n.o 245). Prefiero el texto dirigido a Margarita por-
que considero elocuentes las diferencias. En la carta que dirige a ésta, resal-
112 MARÍA JOSÉ MARIÑO, CM
Son los tres aspectos distintos de una misma acción: divinizarnos.
La alusión a la encarnación no es simplemente acomodaticia o
poética. Aquí confluyen dos aspectos que toma rigurosamente en
serio. Por un lado, el Verbo encarnado es la imagen del Padre, que
permanece siempre oculto para nosotros. El significado de «ima-
gen», antes que una alusión a la «imagen y semejanza» del hombre,
implica la relación Padre-Hijo en el seno de la Trinidad. El Padre
«se mira» en el Hijo que, a su vez, le refleja. Desde el punto de
vista de la criatura, reafirma la visión sacramental (dicho esto en un
sentido amplio) de la humanidad 40.
Sin embargo, muchos textos sobre la gracia como comunicación
de Dios al hombre no hacen alusión a la Trinidad, sino que son
totalmente cristocéntricos. La Trinidad abre y comparte su intimi-
dad en y por Cristo, el Mediador entre los hombres y Dios. A través
de Él se nos comunica la Trinidad entera y sólo en el Hijo hecho
hombre, en su persona y por su acción, entramos en la vida trinita-
ria: «¡oh, qué hermoso sería vivir, como usted me dice, esa vida
trinitaria que Jesucristo vino a darnos!» 41 Es decir, toda gracia es
gratia Christi. Por eso, cuando Dios se nos da, nos da a su Hijo y
en Él, todo: «si conocieras el don de Dios, decía una tarde Cristo
a la Samaritana. Pero, ¿qué don de Dios es ese sino Él mismo?» 42
Buscando alcanzar el misterio de la Trinidad, nuevamente encontra-
mos a Cristo como única puerta de acceso.
ta el poder del Padre y el amor a Él, acentuando su paternidad y monarquía;
Cristo aparece bajo la metáfora de la luz; el Espíritu se presenta bajo la imagen
de hoguera del amor, vínculo de los Tres. Todos estos rasgos son típicos y
significativos en la doctrina de sor Isabel y, aunque no sean originales, sí tienen
un desarrollo peculiar. El tema de la Anunciación y «nueva encarnación» se
introduce tras los ejercicios dados por el P. Fages y que Isabel terminó con la
bella Elevación a la Santísima Trinidad. Sin duda, encontró aquí un motivo de
inspiración, pero lo adoptó con una audacia, vigor y con unas consecuencias
que superan con mucho las propuestas del dominico.
40
Se verá con más detenimiento en el apartado 2c.
41
EP, n.o 175, abril de 1904.
42
CT p. 154. Es un comentario a Jn 4,10. También cf. EP, n.o 159, 1903,
y n.o 199, 1905.
LA TRINIDAD, ÉXTASIS DE AMOR. UNA APROXIMACIÓN... 113
43
2. CRISTO, SOL QUE NACE DE LO ALTO
«Si la Trinidad es el término, Cristo sigue siendo el camino» 44.
Siempre dentro del marco trinitario, se contempla el misterio de
Cristo del que Isabel nos transmite intuitivamente una lograda con-
junción de aspectos. No hay una polarización, sino una comprensión
global de Cristo. La Elevación a la Trinidad nos da una prime-
ra síntesis. En ella, la segunda Persona se presenta en su doble di-
mensión: como Hijo encarnado, Jesucristo, y como Verbo eterno de
Dios, humanidad y divinidad. A través de otros escritos, Jesucris-
to se ve siempre en la totalidad de su misterio, es decir, como el
Encarnado Crucificado, los dos extremos de su vida terrena como
aspectos indisociables. Además, incluso en los momentos de más
ardiente énfasis en la Pasión y entrega de Jesús hasta la muerte,
encontramos como trasfondo al Resucitado. Ese Cristo que «vive en
nosotros», cuyo poder es el amor, siempre actuante, que se sigue
entregando a la pequeñez de nuestras vidas, no es un Cristo doliente
sin más, sino exaltado, glorificado eternamente. En este sentido,
creo que es muy sugerente la predilección por el título de Maestro
una vez que se encuentra en el Carmelo 45. Además de la resonan-
cia al seguimiento que sin duda contiene, evoca con fuerza el en-
cuentro del Resucitado con la Magdalena, por quien sintió una
especial devoción. Esto tiene aun más fuerza cuando ese Maestro,
el Resucitado, invita tomar su camino de cruz y de muerte glorifi-
cadora del Padre.
43
Con este epígrafe quiero hacer referencia al conocido texto de la Eleva-
ción. Siendo como es un tema reiterado en Ruysbroeck, aunque mucho más
desarrollado, lo traigo aquí por su resonancia del Benedictus, como alusión
litúrgica y bíblica familiar a la vida de oración eclesial que con tanta intensidad
vivió Isabel de la Trinidad. Cristo-sol en ella se concentra en torno a Cristo Luz,
motivo fundamentalmente joáneo, aunque en una clave de lectura personal.
44
PL, p. 741.
45
No significa el abandono de otras designaciones, en especial la de Cristo
Esposo. Sin embargo, con un trasfondo de esponsalidad bien marcado, las in-
vocaciones al Esposo son más frecuentes, curiosamente antes de su ingreso en
el Carmelo, aun desde una espiritualidad más inmadura y sentimental. Culmi-
nada la entrega en la vocación a la que ha sido llamada, descubre vitalmente
a este Maestro cuyo magisterio se encuentra en el señorío absoluto. Este acento
en el Resucitado también resalta en la escasa referencia a Jesús, el Cristo en su
vida terrena antes de su exaltación.
114 MARÍA JOSÉ MARIÑO, CM
Esta mirada totalizadora elude los problemas tan frecuentes que
surgen en la cristología quien, incapaz de una síntesis similar, toma
uno u otro punto de partida y se ve obligada a continuas correccio-
nes que no limiten la profundidad del misterio 46. Quizá aparece un
escaso interés por la dimensión salvadora de Jesucristo en una vi-
sión rápida. En realidad, queda relegada a un segundo plano en el
discurso explícito 47 porque el interés principal se centra en la filia-
ción divina reproduciendo la imagen del Hijo. Su función redento-
ra aparece, por el contrario, en el discurso implícito. Dentro de la
historia de salvación, está contenida especialmente en la Pasión 48 y
también en una cierta predilección por el Cristo Sacerdote, que en
su entrega nos reconcilia con el Padre. Dentro de la relación perso-
nal con Él, emerge con fuerza este aspecto precisamente en la gran
preocupación con la que Isabel vive esta misión de Cristo como
propia 49. De este modo, hallamos al Salvador a través de la esposa
que comparte su misión. Su salvación personal parece no importarle
mucho, pero sí la salvación de los demás. Muestra su amor y per-
tenencia al Señor en el servicio a los hermanos porque su único
deseo es devolver con amor el amor recibido. Evidentemente, ex-
perimenta en sí el pecado, incluso un cierto temor 50, pero, una vez
46
De un modo muy simplificado, se trata de una alusión a las discusiones
entre las cristologías descendentes (a partir del Verbo encarnado) o ascenden-
tes (desde la Pasión y Resurrección), que, más allá de la dialéctica teórica,
reflejan acercamientos distintos, aunque complementarios, a Jesucristo y con
ello —esto es lo importante— distintas consecuencias para la vida de fe.
47
Esto no implica la ausencia del título «Salvador» dado a Cristo. Por
ejemplo, podemos encontrarlo en CP, n.o 93 (1905), sobre la Navidad.
48
Esta centralidad de la Pasión como redención de la humanidad es propio
de la época, mientras que en la actualidad se ve toda la vida de Jesucristo como
salvadora. Sin embargo, no deja de ser sugerente que use este título precisa-
mente en una poesía navideña, uniendo una vez más la encarnación con la
Pascua desde el interior.
49
Esta intuición aparece ya, aunque poco madura, en sus primeros diarios
espirituales de 1899 y 1900.
50
Cf. D, p. 32. El clima espiritual del momento y las influencias jansenis-
tas favorecían el miedo al juicio de Dios, dando más fuerza al pecado que a la
misericordia. Isabel lo padeció en propia carne, por eso me parece aun más
importante que a sus diecinueve años descubra que nada puede dar a Dios, sino
su amor, y que en el amor desaparece el temor. Las angustias y el miedo que
expresa al final de su vida no la distraen en absoluto de su identificación con
Cristo en su pasión redentora. Además, responden más bien a su situación
LA TRINIDAD, ÉXTASIS DE AMOR. UNA APROXIMACIÓN... 115
más, la centralidad del amor y la confianza que ello le inspira re-
orientan sus fuerzas a la relación.
a) El Encarnado y Crucificado por amor
En el cuestionario que realizó al entrar como postulante, entre
bromas y veras, afirmó que su libro predilecto era «el alma de
Cristo. Ella me descubre todos los secretos que el Padre tiene» 51.
Entrar en la intimidad de Jesucristo representa para nosotros el único
modo de penetrar en lo escondido del Padre. Su humanidad revela
el misterio trinitario, lo expresa y lo abre para nosotros 52 porque es
el mismo Verbo eterno entre nosotros. El abismo de amor fontal que
es el Padre, «el amor infinito oculto en Dios» 53, lo hallamos en su
persona y a lo largo de su vida: Verbo, se ha hecho carne y se ha
entregado hasta la muerte por amor. Este amor, siendo don univer-
sal, nos afecta y pertenece como algo propio. Así como repite el
«por amor» junto al Encarnado y Crucificado, insiste en ese «por
mí» 54 que, al tiempo que ayuda a comprender el significado perso-
nal de la salvación realizada por Cristo, suscita la respuesta de amor
en reciprocidad.
La transformación de la persona a imagen de la Trinidad, la
inhabitación divina, se realizan en un camino de identificación total
con la persona del «Encarnado y Crucificado por amor». Somos
hijos transformándonos en el Hijo, «reproduciendo su imagen». Esto
conlleva dos aspectos: un activo de configuración creyente, libre
y voluntaria (seguimiento) y otro pasivo (acción de la gracia gra-
tuitamente en nuestro interior). Respecto al primero, Isabel lo
concentra en su ideal cristológico, único camino a la Trinidad:
«identificarme con todos los movimientos del alma de Cristo» 55.
existencial (el sufrimiento y la agonía) que a la extendida preocupación por
«salvarse».
51
PL, p. 726.
52
Cf. CP, n.o 75, 1901.
53
Cf. CP, n.o 112, probablemente de 1906.
54
Gal 2,20. También recuerda esta insistencia al ignaciano «por mí» ante
Cristo crucificado.
55
PL, p. 730.
116 MARÍA JOSÉ MARIÑO, CM
El seguimiento sobrepasa el ideal moral para alcanzar un calado
místico que contiene en sí todos los dinamismos personales 56. Los
refleja sin desarrollarlos en el tradicional esquema ternario de me-
moria, entendimiento y voluntad, que se corresponde con las tres
virtudes teologales. Lo importante es no perder de vista ese carácter
totalizador y transformante que adquiere el seguimiento, afectando
a la identidad misma de la persona.
Naturalmente, este proceso no se resuelve en una interioridad
evanescente. El seguimiento sostenido por la gracia consiste en un
camino de fe con traducción concreta en la existencia. No hallamos
los distintos misterios de la vida de Cristo, tan sólo mira los dos
momentos cumbre, encarnación y cruz que nos marcan con su im-
pronta. La encarnación se realiza de algún modo en nosotros, dando
nuevamente carne al Hijo, pues hijos o nuevos Cristos hemos de ser
también. Y esto se va desplegando en obediencia creyente y entrega
absoluta, como toda la vida de Jesús, hasta llegar a la pasión. Aquí
se puede tocar la grandeza y hondura del amor divino hacia nosotros
pues «habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo»
(Jn 13,1), la pasión. Ella expresa en toda su incomprensibilidad hasta
qué punto el Dios todo Amor se hace donación por y para nosotros.
Ahí llega también a término el proyecto del Padre y la glorificación
que recibe del Hijo. Por todo esto, las situaciones de dolor y sufri-
miento pueden vivirse desde Cristo y desde el amor como participa-
ción en su pasión. Alcanzarla como cumbre del seguimiento se da,
como todo, gratuitamente, pero en su aceptación, el alma descubre
que «el dolor es la revelación del amor» 57. En ella se logra también
la mayor identificación posible con Jesucristo, un excepcional modo
56
Me parece interesante notar el énfasis que Isabel pone en el aspecto del
deseo y su configuración con los de Cristo. Somos «animales de deseos» y ese
mundo nuestro encierra una capacidad enorme para movilizar la persona entera.
Su conformación con Jesucristo es imprescindible para la autenticidad de la
transformación personal. Así, la esfera del deseo pasa a sintonizar con el mo-
vimiento del Espíritu. El «deseo de Dios» se transforma en un querer concreto,
un desear desde Dios mismo en la vida diaria que orienta las preferencias, las
elecciones, las inclinaciones. Esta sabiduría del modelar el deseo en Jesucristo
se puede hallar muy claramente, por ejemplo, en el itinerario sanjuanista y en
la pedagogía ignaciana de los Ejercicios Espirituales. Ella pudo conocerlo, pues
hizo ejercicios en 1900 con el P. Hoppenot SJ.
57
EP, n.o 285, 1906.
LA TRINIDAD, ÉXTASIS DE AMOR. UNA APROXIMACIÓN... 117
de reproducir su imagen filial dando gloria al Padre y continuando su
obra redentora. Por eso, cuando Isabel llega a compartir la cruz con
Cristo a través de la enfermedad, puede exclamar: «nunca he com-
prendido como ahora que el sufrimiento es la garantía más grande
de amor que Dios puede ofrecer a su criatura» 58.
c) Sacramentos de Cristo y de su amor en la historia
En la última etapa de su recorrido, Isabel descubre un sentido
sacramental en toda la realidad. Habla de las personas y las circuns-
tancias como de «sacramentos», con toda la libertad de quien no con-
sidera lo discutible y equívoco del término. Lo que se impone para
ella es la presencia y comunicación del amor de Dios a través de la
vida, de los hechos, de los otros. El espacio para el encuentro con
la Trinidad, que es entrega mutua, no puede quedar limitado a la
interioridad. Siguiendo la lógica de la historia de la salvación, la do-
nación de Dios y la respuesta humana siguen una estructura «sacra-
mental». Cuando la superiora demora su visita para entrevistarse con
la postulante, exclama con alegría: «aprovéchese de la ocasión por-
que ella es para nosotras como un sacramento» 59. Omite pruden-
temente este término ante el canónigo Angles, pero de algún modo
mantiene el contenido cuando, refiriéndose a la misma M. Germana,
afirma: «para el cuerpo es una verdadera mamá. Para el alma, es la
imagen del Dios de la misericordia, de la paz y del amor» 60. En co-
rrespondencia a Mme. Bobet, dice con rotundidad: «quiero que seas
un sacramento donde le vean siempre tus dos hijas» 61.
58
EP, n.o 277, 1906. La misma frase, casi literalmente, se encuentra en
varias cartas escritas por las mismas fechas, a sólo dos meses de su muerte. En
mi opinión, esta idea puede resultar equívoca, incluso negativa, si se aísla del
resto de la trayectoria que viene a culminar, a saber, del seguimiento e iden-
tificación con Cristo en la fe. ¡Cuántas veces ha expresado la distancia y la
dureza ante el dolor ajeno! Del mismo modo, su valor redentor no se puede
separar del resto de la vida de Jesús, su intimidad con el Padre y su entrega por
el Reino. En caso contrario, llegamos a ese cierto dolorismo, poco humanizador
y tan manipulable, en que se ha caído a lo largo de la historia.
59
PL, p. 728.
60
EP, n.o 244, 1906.
61
EP, n.o 222, 1905.
118 MARÍA JOSÉ MARIÑO, CM
Precisamente en esta última carta, aparece claramente el sentido
de esta sacramentalidad: «le pido (al Maestro) que se imprima en tu
alma para que puedas exclamar con el Apóstol: ya no vivo yo, sino
que vive Cristo en mí (Gal 2,20)». Viviendo la realidad de la propia
filiación divina en una identificación con Cristo, verdaderamente
la vida de Dios nos habita y se hace historia a través del seguidor
de Jesús. Aquí reside su sacramentalidad. Siendo Él quien se hace
presente, se le llegará a reconocer en nosotros. Más aun, cada cris-
tiano está llamado a irradiar lo que vive en lo más profundo de
su ser: la comunión con la Trinidad, el amor otorgado en Jesucris-
to. La fuente de agua viva 62 —la fe, que nos transmite auténtica-
mente a Dios mismo— mana desde nuestra pequeña humanidad.
Se puede impugnar esta visión o, más bien, el uso del término
«sacramento» fuera del sentido estricto. Sin embargo, admitien-
do que se trata de un uso hasta cierto punto impropio, se esta-
blece a partir de la raíz verdadera de toda acción sacramental de
la Iglesia: Cristo, sacramento primordial. En Él irrumpe la vida y la
salvación de Dios en nuestra historia, que se hace oferta efecti-
va para cada uno de nosotros a través de su Iglesia, sacramento
de Cristo, y sus siete concreciones rituales. Gracias a la inserción en
Él por el bautismo, también su amor puede hacerse visible en nues-
tra carne.
La visibilidad del amor —no el nuestro, sino el de Dios que
transparentamos— equivale a la «eficacia» de este re-presentarle
en el mundo. La relación fundante con Él pide respuesta y ésta
se traduce, hay que insistir, en seguimiento y obediencia. En el
Evangelio descubrimos el amor y la voluntad del Padre precisa-
mente en las obras de Jesús, signos eficaces del Reino. Por eso,
filiación consiste en fe, en intimidad con Jesucristo y en realizar
las obras del amor: «adorémosle en verdad. Es decir, con nuestras
obras, pues nuestra veracidad se manifiesta a través de nuestra
conducta. Adorarle en verdad es hacer siempre lo que agrada al
Padre de quien somos sus hijos» 63. Unidos a Cristo, sólo se puede
62
Cf. CT, p. 142. En Juan de la Cruz podemos hallar esta idea de la fe
como la que nos da a Dios mismo y se hace fuente en nosotros, explicado en
el contexto del encuentro con la samaritana (Cántico B, 12,3).
63
CT, p. 152.
LA TRINIDAD, ÉXTASIS DE AMOR. UNA APROXIMACIÓN... 119
amar como Él lo hace, esto es, con «el amor que ya no se contempla
a sí mismo, sino que se olvida de sí, se eleva sobre sus sentimientos
y sus impresiones; el amor que es donación y entrega; el amor que
constituye la Unidad» 64. Cuando Isabel afirma que «toda la Trini-
dad habita en el alma que le ama de verdad, es decir, que cumple
su palabra» 65, hay que definir su pensar desde el significado de
«voluntad del Padre» y el trasfondo de las cartas de Juan sobre el
amor, esto es, el amor a Dios y al prójimo como absolutamente
indisociables.
Tampoco conviene perder de vista que el amor desde la Trini-
dad conduce a la unidad. Podríamos traducirlo ya como «comunión
con los hermanos». Ella reconoce este aspecto muy cálidamente
cuando se trata de las personas amadas con quienes comparte in-
quietudes espirituales. Esto no es óbice para aplicarlo de un modo
general porque nace de la unión con la Trinidad y, como tal, no
puede limitarse, como no se limita su amor, a un grupo selecto y
restringido. También este aspecto, por tanto, tiene que ser tenido en
cuenta cuando Isabel invita a amar, invitación en forma de deseo
—«que ames, que seas toda amor, que sólo te muevas dentro de la
órbita del amor, que hagas feliz al Amor» 66— o de exhortación: «le
ruego que imprima en todas sus obras el sello del amor» 67. Según
este valor sacramental de la existencia, la acción irradia el amor
recibido porque es obra del Espíritu que la conduce. No se opone al
aspecto contemplativo de la unión, sino que lo intensifica y, de este
modo, «el alma que penetra y mora en estas profundidades (1 Cor
2,10) y todo lo realiza en Él, con Él, por Él y para Él [...] se
arraiga más profundamente en Aquel que ama a través de sus
movimientos, aspiraciones y actos por insignificantes que sea» 68.
La unión explicada como «permanecer» incluye tanto el «orad en
mí, adorad en mí, amad en mí, sufrid en mí» como el «trabajad y
64
Misivas espirituales (ME) n.o 10. En el contexto, la frase aparece como
la petición que el Señor nos hace, después de recordar la perícopa de la peca-
dora de Lc 7,47.
65
UE, p. 181.
66
EP, n.o 257, 1906. Muy conscientemente, Isabel aclara que todo esto,
mezcla de intimidad con el Maestro y actitud constante, forma un único deseo.
67
EP, n.o 282, 1906.
68
UE, p. 175.
120 MARÍA JOSÉ MARIÑO, CM
obrad en mí» y re verifica también «durante vuestras relaciones
con las personas y vuestro trato con las cosas» 69.
A partir de esta sacramentalidad, la dimensión fraterna e inter-
humana del amor en sor Isabel queda incorporada a la dinámica
de transformación espiritual. Ya no se consideran dos momentos,
intimidad con Dios y relación con los hermanos porque la comunión
con Él implica necesariamente la segunda. Inversamente, el servi-
cio y la caridad con el prójimo no distraen ni separan del trato con
Dios pues permanece en todo y a través de todo en Él. Hay un solo
amor, el que nace en las entrañas de la Trinidad. Esto justifica que
para hablar de la caridad hacia el prójimo, no necesite incorporar
el característico doble movimiento del alma que encontramos en
Ruysbroeck. Según él, «el alma, armada con la caridad y todas
las virtudes, sale de sí misma y se extiende sobre el mundo; ávida
de gustar a Dios, entra de nuevo en sí misma y siempre, en estos
dos movimientos, permanece fiel a la simplicidad del amor» 70.
Si somos sacramentos del amor de Dios en el mundo, la ausencia
de la dimensión horizontal del amor en los escritos de sor Isabel
no equivale en absoluto a intimismo aislado y despectivo frente al
otro. Asimismo, hay que considerarla dentro de la tradición carme-
litana, cuyo sentido fraterno y apostólico impregna toda la vida
contemplativa 71.
La encarnación realizada nuevamente en nosotros ilustra, que no
explica, esta visión de nuestra vida como sacramento, transparencia
o mediación para Dios. Otra aproximación a lo mismo se da en la
Elevación y se repite en varias cartas casi literalmente: la llamada
69
CT, p. 132.
70
Citado por E. ZOLA, Los místicos de Occidente, Barcelona, Paidós, 2000.
71
No estaría de más recordar, a propósito de esta parcialidad, que los
escritos de la tradición carmelitana también se han centrado notablemente en la
relación personal con Dios, como puede verse en Camino, Llama o Cántico, tan
importantes para comprender a sor Isabel. Los textos como tal permiten una
lectura intimista y ajena al otro, pero su espíritu pide una lectura más integral
y abierta. En Isabel, además, hay que tener presente su objetivo, simplemente
explicar y profundizar su original experiencia de inhabitación y misión de ala-
banza. Por último, recordemos que vive en clausura, luego con una dimensión
apostólica contemplativa, y que sus escritos de su madurez coinciden con la
cruel enfermedad que la consume en plena juventud. Creo que se comprende
el énfasis en el valor redentor de su sufrimiento, más que del apostolado activo.
LA TRINIDAD, ÉXTASIS DE AMOR. UNA APROXIMACIÓN... 121
«humanidad suplementaria» 72. Emerge tras una experiencia privile-
giada del misterio trinitario y lo hacen con ímpetu, ofreciendo otra
clave de lectura. Somos mediación como humanidad suplementaria,
esto es, que pertenece a Cristo y a través de la cual Él mismo se
hace presente y tangible, mediación que transmite su vida en la
medida en que la participa. Nuevamente hay que rechazar cualquier
interpretación que lo reduzca a un añadido prescindible o a una
vinculación superficial. Participamos real y verdaderamente de su
vida, como los sarmientos de la vid. Estamos llamados a unirnos
con Él hasta que «el alma está hecha Dios de Dios» 73. Uno a otro
se pertenecen como algo propio, siendo nuestro ser, espíritu encar-
nado, lugar privilegiado en el que se manifiesta Cristo y, con Él,
toda la Trinidad 74.
Por último, falta mencionar el matiz sacramental que aplica
por último a los sucesos: «cada acontecimiento y suceso de la
vida, cada dolor y gozo es un sacramento por el que Dios se co-
munica al alma. Por eso, ella no establece ya diferencias entre
semejantes cosas. Las supera, las trasciende para descansar, por
encima de todo, en su divino Maestro» 75. Por supuesto, difiere
notablemente del aplicado a las personas, aunque lo profundiza
al tiempo. Dios está en el fondo de toda la realidad como amor
creador y ahí podemos hallarlo con una mirada de fe. Parece
que una obviedad semejante no merece la pena comentario. ¿O
quizá sí? Llegada a su madurez espiritual y al calor de la gra-
cia, palpa que, efectivamente, puede hallar a Dios en todo. Más
aun, a través de todo comunica su presencia amorosa y su volun-
72
Cf. ET (21 de noviembre 1904), EP n.o 193 (29 de noviembre de 1904)
como anhelo compartido al seminarista Chevignard, EP n.o 232 (1905), referida
a la vocación carmelitana, EP n.o 235 (1906), aplicada a Mme. Hallo. La ex-
presión no es original, sino tomada de Mons. Guy y la inserta en su personal
marco espiritual. Al datar las referencias a la persona como sacramento se
comprueba que también son posteriores a ET.
73
JUAN DE LA CRUZ, Llama 3,8.
74
Para una mejor y actual profundización en el significado de «humanité
du surcroît», sugiero recurrir a J. L. MARION, Étant donné: essai d’une phé-
noménologie de la donation. París, Presses Universitaires de France, 1997.
ÍD. De surcroît: étude sur les phénomènes saturés. París, Presses Universitaires
de France, 2001.
75
CT, p. 136.
122 MARÍA JOSÉ MARIÑO, CM
tad 76 a quien, como ella, no busca sino a Cristo. Todo lo que acaece
en torno, lejos de obstaculizar su camino, forma parte de su parti-
cular historia de salvación como medio.
b) Verbo eterno, Palabra de Dios
«El Verbo creador, Omnipotente —el Dios inaccesible, Dios
oculto— por nosotros los hombres se hace niño» 77. En el Verbo,
Dios mismo entra por nuestro amor en el mundo como uno de
nosotros. Es, por tanto, la invocación a Jesucristo en su divinidad,
como muy bien se puede observar en la Elevación. Todo lo que en
ella dice sobre la actitud respecto al Verbo eterno (escucha atenta,
discipulado) sólo puede aplicarse en rigor a Jesucristo. A la inversa,
sólo en cuanto Cristo es verdaderamente Palabra y Dios, tiene sen-
tido dirigirse a Él como única voz a escuchar y único Maestro a
seguir. En cuanto Palabra, es el revelador del Padre que, al expre-
sarse humanamente, nos transmite el decirse de la Trinidad hacia
nosotros. Recurre, además, a la imagen de la luz, muy utilizada por
Isabel. Como tal, se ofrece como término de la mirada contempla-
tiva. Ésta no se posa en misterios abstractos ni en el vacío, sino en
el Verbo que toma rostro humano en Jesús. Cuando se realiza en
silencio y recogimiento interior, efectúa una acción gratuita, miste-
riosa, en el interior del alma: «contemplemos, pues, esta Imagen
adorada, permanezcamos continuamente bajo su irradiación para
que esa imagen se imprima en nosotros» 78. La configuración con el
Hijo destaca aquí en su dimensión pasiva y contemplativa, comple-
mentaria del seguimiento y de la obediencia en el amor.
A pesar de ser la filiación un tema conductor, destaca la mar-
cada preferencia por «Verbo» en lugar de «Hijo» para designar a la
segunda Persona. Esta aparente contradicción se resuelve en la iden-
tificación de ambos, constatable al ver su lugar dentro de la Tri-
nidad económica. El Verbo (o «expresión», «esplendor», etc.)
76
Cumplir la voluntad del Padre como Cristo es el contexto de la cita pre-
cedente.
77
CP, n.o 93, Navidad de 1905.
78
CF, p. 148.
LA TRINIDAD, ÉXTASIS DE AMOR. UNA APROXIMACIÓN... 123
nos revela al Padre —pues quien le conoce, conoce también al Padre
(Jn 8,19)— y es, al mismo tiempo, imagen o «ejemplar divino» 79.
El Padre se encuentra «mirando» a su Verbo, «diciéndose» en Él.
Es decir, el Padre es tal en la donación total a su Hijo, al cual se
puede considerar «reflejo» en cuanto que es total acogida del Pa-
dre 80. Nosotros hemos sido creados a imagen suya, pero Él es la
verdadera Imagen de Dios, y llegamos a ser hijos enteramente cuan-
do alcanzamos la total semejanza con Él, imágenes de la Imagen.
Nuestra divinización consiste en filiación y ésta se produce en y por
el Verbo-Hijo.
3. GLORIA AL PADRE EN LA UNIDAD DEL ESPÍRITU
«Seamos de Él y vayamos al Padre arrastradas por el impulso
de su alma» 81. Esta frase expresa con toda claridad cómo la centra-
lidad de Jesucristo se sitúa como puerta y camino hacia el interior
de la Trinidad. Mirarle se torna mirar con Él hacia el misterio del
Padre, la referencia absoluta, ante quien es Hijo. Esta relación im-
plica naturalmente un tercero, el vínculo que realiza la unidad: el
Espíritu Santo. No puede entenderse la vida trinitaria prescindiendo
del Espíritu. Del mismo modo, aun cuando no se mencione, tampo-
co de puede hablar de inhabitación trinitaria, filiación divina, sino
en la obra y unidad del Espíritu.
79
Cf. CT, p. 145 (en cita de Ruysbreck); UE, p. 161. Evidentemente, este
término con resonancias neoplatónicas, lo toma del místico flamenco. No logra
captar el contenido que aquél le da y lo entiende en la línea de «imagen» del
Padre, modelo para nuestra condición de «imagen de Cristo».
80
Todas las formas de expresión, meras analogías, adolecen de grandes
limitaciones. En ésta, concretamente, desaparece el movimiento de reciprocidad
que va del Hijo al Padre, característico del modelo de comunión. La glorifica-
ción sí contiene esta correspondencia: Cristo glorifica al Padre en la pasión, el
Padre glorifica al Crucificado.
81
ME, n.o 10.
124 MARÍA JOSÉ MARIÑO, CM
a) El Espíritu de Dios, abrazo de amor
Como todas las grandes figuras carismáticas, Isabel de la Trini-
dad se lee a la luz de la obra del Espíritu. Su presencia destaca no
tanto por sus rasgos originales o su frecuencia, sino por la ineludi-
ble fuerza de su acción. Él es vínculo, abrazo de amor entre el Padre
y el Hijo, «el mismo amor que une al Padre con el Verbo en el seno
de la Santísima Trinidad» 82 y, al mismo tiempo, fuerza del amor
personal que vive en el seno de la Trinidad 83, ese «Espíritu que es
su amor» 84. Todo el proceso de transformación de la persona y su
relación con la Trinidad es por ello obra del Espíritu. Él es «llama
pura e incandescente» que «abrasa» y «consume», pero no destru-
ye, sino que realiza «todas las creaciones de su gracia» 85.
Toda su gracia consiste, al fin, en ir cristificando al hombre,
modelarlo en clave de filiación que le permite introducirse en el
movimiento trinitario: «puedes retirarte a esa soledad y ponerte a
disposición del Espíritu Santo. Entonces, El te transformará en Dios
e imprimirá en tu alma la imagen de la Belleza divina para que el
Padre, al contemplarte, vea en ti solamente a su Cristo y pueda
exclamar: «esta es mi hija muy amada en quien tengo todas mis
complacencias» (Mt 3,17)» 86. Llamados a ser hijos a imagen del
Hijo, el Espíritu realiza progresivamente una «nueva creación» en
nosotros: «bajo la unción del Santo (1 Jn 2,20) conseguirás aquella
82
CT, p. 138.
83
En este punto se puede percibir una cierta contradicción que, más que
debilidad de la doctrina, refleja la insuficiencia del marco teórico previo. Si
Dios es amor, el Espíritu es el «abrazo de amor» entre Padre e Hijo, incluso
si en ocasiones se refiere a la vida intratrinitaria como «hoguera de amor», nos
podemos plantear en qué consiste verdaderamente el amor: ¿es algo así como
la esencia divina o la particularidad de la tercera Persona? (cf. CT, p. 136). La
respuesta es compleja, muy matizada, según el esquema teológico en el que se
considere la cuestión. Dentro del pensamiento de Isabel de la Trinidad tomado
en su conjunto, me inclino hacia la primera respuesta porque todo converge en
esa afirmación de «Dios es amor». Otras disquisiciones sobre el Espíritu res-
pecto a la Trinidad inmanente no me parecen pertinentes en este contexto,
máxime cuando su papel en la economía salvífica está tan clara: es el Espíritu
de Cristo, la acción de Dios en nosotros, su amor siempre activo en cuanto
efectivamente donado a las criaturas.
84
CT, p. 141.
85
EP, n.o 209, 1905.
86
EP, n.o 219, 1905.
LA TRINIDAD, ÉXTASIS DE AMOR. UNA APROXIMACIÓN... 125
semejanza y dejando de ser tú serás Cristo» 87. Si el Padre todo lo
mira en el rostro de su Hijo y halla en Él su alegría, el Espíritu brota
como lazo de amor entre los dos para que el Padre se goce también
mirando a todos sus hijos.
Este hacer reclama una actitud muy concreta por nuestra parte.
La mayor cooperación que podemos ofrecer consiste en dejarle
actuar, una activa pasividad. Cualquier esfuerzo de nuestra voluntad
no consigue sino abrir el paso a la obra del Espíritu, aspira a «estar
muerta a cuando no sea Él para vibrar sólo a impulsos de su toque
divino» 88. El toque de la gracia, del Espíritu, conlleva, pues, una
dinámica pascual, de muerte y resurrección, muerte a nosotros para
ser vividos por Dios, otorgándole para ello plena libertad de obrar
en nosotros. Frente a la tendencia de nuestro natural a la autosu-
ficiencia, el Espíritu solicita el libre asentimiento a su paso. Nada
más difícil que dejarse llevar y, sin embargo, es posible vivir total-
mente bajo su impulso pues la filiación se nos ofrece como realidad,
nunca como utopía irrealizable. Así lo vivió Isabel, quien alcanzó
en la tierra su vocación de «alabanza de gloria» en una plena do-
cilidad al Espíritu: «su canto (de alabanza) nunca se interrumpe
porque vive bajo la acción del Espíritu Santo que actúa en ella.
Aunque no tenga siempre conciencia de ello» 89.
«Dejarse conducir por el Espíritu de amor» 90 como forma de
alcanzar nuestra vocación divina implica también una actitud de
fina y sensible escucha espiritual, porque el Espíritu ora y habla en
nuestro interior. Para Isabel la voluntad de Dios se manifiesta de un
modo concreto y personal, de modo que la fidelidad a su querer no
puede consistir en algo preestablecido y rígido que nos uniforma.
Por el contrario, junto a la expresión de su voluntad como ley di-
vina, ella reconoce una operación en el interior de cada uno que
transforma («Él nos ha justificado por sus sacramentos, por sus
toques directos en el fondo de nuestra alma interiormente recogida.
Fuimos justificados también por la fe») 91 y, a la par, revela, «ha-
87
CP, n.o 101, 1906.
88
EP, n.o 232, 1905.
89
CT, p. 158.
90
EP, n.o 138, 1904.
91
CT, p. 148.
126 MARÍA JOSÉ MARIÑO, CM
bla». Esta labor de la gracia transmite el querer de Dios absoluta-
mente personal, de modo que la fidelidad precisa de una escucha
constante y exquisita. Esto permite descubrir el plan divino para mí
ahora e, incluso, la originalidad de la propia llamada dentro y al
servicio de la común vocación. Responde al Espíritu que nos mueve
con el reconocimiento de sus mociones —«todas las luces e inspi-
raciones que Dios comunica a mi alma» 92— a las que otorga una
importancia capital para caminar en auténtica obediencia al Padre.
Como Jesús, conducido por el Espíritu, en nosotros se puede con-
firmar que «por su fidelidad constante a esos mandatos divinos
tanto internos como externos, el alma dará testimonio de la verdad
pudiendo decir: «el que me envió está conmigo. No me ha dejado
sola porque hago siempre lo que le agrada» (Jn 8,29) 93. Obediencia
y fidelidad en el Espíritu caracterizan la vida filial.
b) Paternidad eterna de Dios
Parece que poco más se puede decir del Padre que su paternidad
eterna. Y probablemente sea así, si se considera lo que esto implica
dentro del misterio trinitario. Hablar del Padre nos sitúa en la fuente
de lo divino, desde donde brota y hacia donde tiende todo el movi-
miento que desde Dios llega a lo no divino (creación e historia de
salvación). Permanece invisible y oculto para nosotros, sólo podemos
vislumbrar su presencia a través del Hijo y del Espíritu. No se man-
tiene ajeno a lo creado, pero nunca se nos presenta accesible de modo
inmediato, sino a través de los otros Dos, sus «manos» en metáfora
patrística. Sigue siendo el Eterno Desconocido y, simultáneamente,
el Siempre Presente.
Él es, ante todo, misericordia infinita e infinita ternura que todo
lo ordena desde el amor, porque paternidad nos habla de generar,
de dar vida y darse a sí mismo, de amor. Por eso, su voluntad es un
verdadero «sueño de amor» 94 que abarca desde el comienzo de la
creación hasta la vida de cada uno de nosotros. Por fin, todo retor-
92
UE, p. 173.
93
UE, p. 188.
94
EP, n.o 222, 1905.
LA TRINIDAD, ÉXTASIS DE AMOR. UNA APROXIMACIÓN... 127
nará a sus manos a través del Hijo, subrayando de este modo su
carácter de principio, no metafísico, sino paternal. A modo de ejem-
plo, lo encontramos aplicado a nivel individual cuando se describe
el cielo como final de la vida: «El alma se serena al considerar que
es la casa del Padre, que nos esperan allí como se esperan a los
hijos queridos que retornan al hogar después de una temporada de
destierro y que Dios mismo se hace nuestro compañero de viaje
para conducirnos hasta Él» 95. En cuanto principio sin principio, a
Él se dirigen en último término la alabanza, la adoración y la acción
de gracias, aunque, eso sí, nunca visto aisladamente, sino en unión
con el Hijo y el Espíritu. También a Él se dirige la oración de sú-
plica, resaltando aquí la mediación de Cristo y la similitud con su
propia oración, que es nuestra por el Espíritu: «Padre misericordio-
so, escucha mi oración en nombre de Jesús, mi divino Esposo, hecho
holocausto sublime, cautivo por nuestro amor. [...] en su nombre
me atrevo yo, pobre y miserable criatura, a elevar mis ojos hacia
Vos pues le amor hasta morir de amor» 96.
En realidad, en nuestro mundo sólo percibimos la acción de la
Trinidad a través del Hijo y del Espíritu, pero, a causa de su íntima
unión y primacía del Padre, se puede considerar que es Él quien
obra directamente en sus criaturas 97. Con todo, lo más propio del
Padre se encuentra en ese su designio eterno y originario que yace
en el origen de la historia salvífica y que nos alcanza personalmen-
te. Esta fontalidad, junto a una consideración del Hijo encarnado
como siempre vuelto hacia el Padre (le obedece, le da gloria, nos
conduce, le revela, etc.), podríamos llamarla teológicamente «mo-
narquía del Padre». Esta representación, sorprendentemente, carac-
teriza la visión oriental de la Trinidad, mostrando gran cercanía con
el pensamiento bíblico y la revelación originaria en la historia de la
salvación. Uno de sus riesgos consiste en subordinar al Hijo y del
Espíritu, peligro totalmente ignorado por sor Isabel, quien resalta la
95
EP, n.o 260, 1906.
96
D, p. 18, 1899. En su madurez ya no encontramos esta estructura tan
visible porque, como ella misma confiesa, su oración se vuelve silencio amo-
roso en el que resultan ociosas las palabras. Sin embargo, no hay motivo para
pensar que desaparece como intuición de fondo.
97
Cf, EP, n.o 210, 1905.
128 MARÍA JOSÉ MARIÑO, CM
divinidad de ambos constantemente. Este esquema, además, se so-
lapa con otro diferente cuando se refiere a las relaciones intratrini-
tarias 98, pues sólo parece conocer el ya mencionado de Padre que se
mira en el Hijo y permanecen unidos a través del vínculo de amor
que es el Espíritu 99. Admira ver cómo la experiencia mística escapa
del marco conceptual dado y cómo la Escritura, fuente privilegiada
para Isabel, se hace nuevamente vida en la historia de salvación
personal.
Desde antes de los tiempos, Él nos elige y justifica para su
gloria (Ef 1,4-6), a cada uno de nosotros 100. Igualmente, en cada
uno contempla de nuevo al Hijo predilecto, renovando el misterio
de la Pascua 101 en nuestra carne para gloria suya y salvación del
mundo 102. Con frecuencia, Isabel insiste en que el Padre nos reco-
noce cuando ya hemos llegado a una identificación con Cristo que
sólo queda a falta de su consumación en la cruz 103. Sin embargo,
podemos afirmar que llegamos al fin precisamente porque hemos
sido previamente reconocidos, porque desde el bautismo el Padre
nos dice a cada uno: «tú eres mi hijo muy amado». Destaca la
98
Lo propio del esquema oriental centrado en la monarquía del Padre con-
siste en entender a partir de Él al Hijo como engendrado y al Espíritu como
espirado. La unidad se realiza de forma personal en el Padre quien, de alguna
manera, «transmite» su divinidad.
99
Esto corresponde a un esquema típicamente occidental, cuyo ejemplo
más conocido y de gran influencia posterior, es el de Agustín y su «modelo
psicológico» de la Trinidad. Como detalle, podríamos recordar que la represen-
tación oriental parte de la diferencia de Personas para llegar a la unidad, mien-
tras que la occidental reflexiona desde la unidad para comprender la pluralidad.
Ajena a todos los problemas teológicos (afortunadamente) sor Isabel, al mover-
se fluidamente entre ambos, muestra esa cercanía connatural al misterio trini-
tario en el que unidad y pluralidad son absolutamente inseparables. Son «Tres
Personas distintas y un solo Dios verdadero», que proclamamos en el Credo.
También quisiera resaltar el hecho de que la vivencia mística ha llegado a pe-
netrar sin conceptualizar esta aparente paradoja de nuestra fe, mientras que la
teología considera que los dos esquemas citados son irreconciliables e irreduc-
tibles a la unidad (cf. H. U. VON BALTHASAR, Theologik, II, p. 123).
100
Cf. UE, p. 165.
101
UE, p. 170.
102
EP, n.o 291, 1906.
103
Cf. UE, p. 187. También Juan de la Cruz parece de esta opinión, como
podemos ver, por ejemplo, en Cántico B, 36, 5 o Llama 2,34. Se dirige al alma
como «verdadera hija» una vez consumada la unión.
LA TRINIDAD, ÉXTASIS DE AMOR. UNA APROXIMACIÓN... 129
pasión —que es muerte, pero también resurrección— desde una
perspectiva que aspira a la mayor unión con Cristo, llevando a tér-
mino el camino de seguimiento que es, siempre e irrevocablemen-
te, camino de cruz. Si Él ha dado su vida por amor, por mi amor,
inevitablemente surge el deseo de «ser como Él» y responder del
mismo modo, es decir, llegando hasta la cruz. Una cruz «querida»
por el Padre no significa crueldad, sino que queda escondida en el
misterio de su voluntad salvadora. Quien halla en todo el modo de
cumplir esta su voluntad, comprende la cruz como regalo y expre-
sión del amor. ¡Él es Padre!
La inhabitación trinitaria, la unión con Cristo, la conformación
con Él, etc., representan distintos aspectos de nuestra auténtica par-
ticipación en la vida de Dios (2Pe 1,4; Hbr 3,14, etc.). La filiación
comporta una real transformación ontológica del hombre que se
puede expresar también como santidad, según canta el himno de
Efesios. Uno sólo es Santo, los Tres y el Padre por antonomasia 104.
El hombre no llega a la santidad como premio de su mérito, ni la
posee como algo que le pertenezca por derecho. Simplemente, hace
como el Hijo: la recibe del Padre al acoger con manos y corazón
vacíos la vida que Él le comunica. «Él proyecta sobre ellos la
belleza de sus perfecciones y todos sus atributos divinos se reflejan
en sus almas» 105. Así se expresa en el ser humano lo distintivo del
Hijo: ser reflejo del Padre, recibirlo todo y vivir vuelto hacia Él.
El seguimiento de Cristo conduce, efectivamente, a la comunión
con la Trinidad, pero lo hace de una manera muy determinada, la
del Verbo. Como a Él, el Padre nos dice: «¡Oh alma, hija mía adop-
tiva, muere en mí para que yo viva en ti» 106.
Al final de su trayectoria, comprende que la cima de la vida
espiritual consiste en dejar a Dios «satisfacer en ella su necesidad
de comunicar todo cuanto Él es y todo cuanto posee» 107, «comuni-
104
No olvidar lo dicho sobre la monarquía del Padre. Resulta mucho más
comprensible desde el punto de vista de la economía salvífica. Esta sería la
perspectiva desde la que se leen las expresiones de Jesús terreno al hablar del
Padre: sólo Él es Santo, sólo Él conoce la hora, el Padre da testimonio del Hijo,
el Hijo sólo dice lo que escucha al Padre, hace sus obras, busca su Reino, etc.
105
UE, p. 171.
106
UE, p. 178.
107
CT, p. 157.
130 MARÍA JOSÉ MARIÑO, CM
carle todos sus atributos» 108. La «cotidiana muerte» en activa pasi-
vidad consiste permitir que la Trinidad se muestre en ella como
quien es: pura donación, amor creador en eterno éxtasis. Lo que
hemos denominado receptividad filial nos convierte en «un alma
desasida y despreocupada de sí misma, donde Él logre reflejar todo
cuanto es y todo cuanto quiera» 109. Siendo reflejos de su gloria y
santidad, Dios contempla en nosotros «sus propias perfecciones y
su propio resplandor» 110. Esta es la característica del Padre: mirarse
en el Hijo, reflejo y esplendor de su gloria. Éste es también nuestro
destino.
4. «EL AMOR NOS INVITA A VIVIR EN COMUNIÓN» (1 Jn 1,3) 111
Hablar de comunión, una categoría recuperada por la teología
postconciliar, puede justificarse no sólo por una cuestión de traduc-
ción 112. Intuitivamente, sor Isabel nos introduce en el movimiento
vital que puede describir lo que hoy entendemos por comunión. Lo
plasma fundamentalmente en la relación que la Trinidad establece con
nosotros (Trinidad económica), pero, por la intrínseca vinculación
con el misterio de su vida interna (Trinidad inmanente) habla tam-
bién del misterio de Dios en sí. De hecho, antes de salir hacia noso-
tros haciendo emerger lo creado como fruto de amor desbordante, los
Tres son una continua salida hacia el otro permaneciendo uno y son
uno en la diferencia de personas en relación, están uno en el otro
como amor entregado, recibido y correspondido. Así lo vemos a lo
largo de la historia de salvación: se da cada uno de los Tres, dándose
los Tres al mismo tiempo; obra cada Persona, obrando la Trinidad
entera simultáneamente; se muestra como vida, movimiento, comu-
nicación, amor interpersonal. En resumen, Dios es originariamente
Trinidad, esto es, relacionalidad personal y comunión.
108
UE, p. 166.
109
UE, p. 186.
110
CT, p. 157. Las resonancias sanjuanistas resultan más que evidentes, sin
necesidad de abundar en citas.
111
Cf. EP, n.o 288, C. 293, ME, n.o 26.
112
La «societas» de la Vulgata es la traducción latina del griego «koinonia».
LA TRINIDAD, ÉXTASIS DE AMOR. UNA APROXIMACIÓN... 131
Desde su etapa más temprana, Isabel se comprende dentro de
ese movimiento de mutua inmanencia que implica la comunión:
«Dios en mí y yo en Él» 113. Descubre a la Trinidad habitando en su
interior y se descubre a sí misma en el interior de Dios. Por supues-
to, no es la primera en la historia de la espiritualidad que habla en
estos términos. Sin embargo, en ella constituye un motivo recurren-
te que compendia con gran elocuencia su experiencia del Dios Tri-
nidad. Lo refleja bellamente en la Elevación. Al inicio, invoca a la
Trinidad para que «en cada momento me sumerja más íntimamente
en la profundidad de vuestro misterio» y, a la inversa, convierta su
alma en «vuestro cielo, vuestra morada predilecta, el lugar de vues-
tro descanso». Concluye con el mismo movimiento: «sumergíos en
mí para que yo me sumerja en Vos hasta que vaya a contemplar
en vuestra luz el abismo de vuestras grandezas». Esta circularidad
de vida y amor caracteriza la comunión trinitaria y se nos ofrece por
medio del Hijo. Por eso, su relación con Jesucristo describe en esos
mismos términos de comunión. El «es Cristo quien vive en mí»
representa el reverso del «permanecer en Él». Gracias a Cristo se
alcanza esta reciprocidad y donación mutua entre el hombre y la
Trinidad: «Él quiere (el Maestro) habitar en mí con el Padre y el
Espíritu de Amor, para que yo viva en comunión con ellos» 114.
a) La relación de amor, espacio de personalización
Esta comunión con Dios no anula en absoluto la identidad per-
sonal, al contrario. El misterio nunca se deja apresar por la criatura
y todo el proceso queda en manos de la iniciativa y el poder divino.
La persona, por su parte, puede sentir algo similar a la fusión, pero
no sólo mantiene sus rasgos personales, sino que los adquiere en su
más profunda verdad. El amor devuelve un rostro absolutamente
personal a quien ama.
113
Esta expresión la podemos encontrar ya en EP, n.o 47, escrita en abril
de 1901 a Margarita Gollot. La repite con numerosas variantes a lo largo de su
vida.
114
UE, p. 192. La cita es de Jn 1,3. Isabel, en lugar de comunión, pone
«sociedad» y lo destaca con cursiva.
132 MARÍA JOSÉ MARIÑO, CM
Habla en algunos momentos del «desfallecimiento» en Dios, del
deseo de perderse en Él. Sin embargo, tiene una clara conciencia de
su identidad, vocación y misión, que la elección de Dios le otorga.
Este descubrimiento marca su interioridad con unos rasgos que dejan
en un plano del todo secundario el tema del fundirse con lo divi-
no 115. Un Dios tri-personal establece con nosotros, personas a ima-
gen suya, una verdadera relación de amor. Lógicamente, origina una
espiritualidad personalizada y de personalización, no de fusión.
Desde el momento en que percibe todo el significado de ser «casa
de Dios» hasta que entiende su destino como «alabanza de gloria»,
realiza un recorrido de maduración humana y espiritual. Su identi-
dad se consolida en la relación con el Tú trinitario, pero, lejos de ser
una autoafirmación desde sí misma, resulta de un vivirse referida
radicalmente al Otro. Eso la construye como persona en su sentido
más genuino.
Llega a ser realmente quien Dios ha soñado eternamente y ahí
encuentra su verdad eterna, su identidad más propia. La irrupción de
la Trinidad en el ser humano, lejos de alienarlo, le otorga toda su
plenitud 116, preludio de la que alcanzará en la gloria. Ella será eter-
namente «Laudem gloriae» y su misión de conducir al recogimiento
interior proseguirá tras su muerte. Del mismo modo, cada persona
está llamada a descubrir «su nombre» desde el proyecto de Dios: su
identidad, su misión, su vocación al servicio de todos dentro de la
inmensa vocación a ser hijos en Cristo. Desde esta conciencia de
la unicidad y valor eterno de cada persona en la Trinidad se com-
prenden algunas de las palabras dirigidas a personas cercanas. Sólo
su hermana Margarita comparte con ella su oficio de alabanza
115
La honradez y coherencia de Isabel al expresar sus vivencias impiden
ver en estas expresiones hipérboles de una piedad vacía o superficial. La in-
fluencia de un cierto tipo de literatura espiritual, su apasionamiento natural
plasmado en su respuesta al amor de Dios, incluso el ser considerado como uno
de los aspectos propios de la relación amorosa, pueden justificar las alusiones
a la fusión del alma con Dios.
116
Merece la pena recordar una frase de K. RAHNER quien, frente a una
modernidad sospechosa de Dios, y a partir de Jesucristo, verdadero Dios y
verdadero Hombre, afirmó: «la propia consistencia de la criatura no crece en
una proporción inversa sino directa para con la magnitud de su dependencia
y pertenencia a Dios». Escritos de Teología, V. Madrid, Taurus Ediciones,
1968, p. 21.
LA TRINIDAD, ÉXTASIS DE AMOR. UNA APROXIMACIÓN... 133
de gloria, no por afinidad personal o cercanía humana, sino por-
que comprende su corazón y la llamada que en él está escrita. Lo
distintivo de Germana de Jesús, que también es una «alabanza de
gloria», consiste en mostrar la predilección del Señor y su obra a
través de una actitud de «dejarse amar» a pesar de su sentimiento
de infidelidad 117. La Hermana María Javiera de Jesús, que, osada,
pidió expresamente su nombre, se halló reflejada en el Abscóndi-
ta 118 (Col 3,3) que Isabel le otorgó.
Esta identidad que se hace también servicio en la comunidad de
creyentes, se va forjando a través de una relación absolutamente
personal con el Dios tri-personal. Le descubrimos como relaciona-
lidad divina que, saliendo de sí hacia nosotros, se ofrece como el
Tú de una relación de amor fundante, referencia personal de la
existencia, interlocutor de un diálogo excepcional. En éste no que-
dan anuladas ni excluidas las restantes relaciones del ser humano,
sino que las contiene y libera de quedar cerradas en sí mismas 119.
Amor que configura a la persona desde la relación 120, consigue
desplegar sus más íntimos dinamismos y la capacita para un vínculo
más personal con los demás, para un amor más auténtico y compro-
metido. Desde el momento en que Isabel comienza a vivir su voca-
ción carmelita, constata efectivamente que el Señor «dilata» su
corazón y sus horizontes. A través de los testimonios dejados, todos
podemos palpar la verdad de este sentir suyo. Nunca más cercana,
afectuosa, profunda y libre que cuando se dirige a los otros en la
madurez de su vivencia espiritual. En ella, la oración, «diálogo
cordial», expresa de modo privilegiado —nunca exclusivo— lo ge-
nuino de esta vinculación radical con la Trinidad, pero se despliega
a través de toda su vida espiritual y personal.
La capacidad de relación que la vida trinitaria despliega en
nosotros supera lo meramente humano. Las relaciones humanas
117
EP, n.o 301 que en otras ediciones aparece como un tratadito titulado
precisamente Déjate amar.
118
PL, p. 745.
119
A este respecto, es significativo ver que una jovencísima Isabel sabe
resituar una relación que, a partir de lo espiritual, pudo derivar en algo absor-
bente y cerrado, como es el caso de la mantenida con Margarita Gollot en sus
tiempos de aspirante al Carmelo.
120
Por ejemplo, CT, p. 132.
134 MARÍA JOSÉ MARIÑO, CM
devienen imagen de la Trinidad, la auténtica comunión en el amor:
«este misterio de los Tres volvió —a ser realidad aquí en la tierra—
cuando se fusionaron —nuestros dos corazones con el tuyo— pues
como en Dios también en nosotros —el amor es el fin— y el vínculo
de unión» 121. La comunión interpersonal tiene a Dios como origen,
meta y centro. No se realiza por el deseo o el esfuerzo de reproducir
por nosotros mismos la imagen de la relación entre los Tres. Por el
contrario, antes que tarea es don que desciende hasta nosotros por
y en Cristo. Es una obra de la Trinidad que se nos da en su amor:
«permanezcamos en su amor. Es ahí donde Él ofrece una cita a las
dos hermanitas para fusionarlas en la unidad» 122. No se va a de-
tener en explicar qué nos exige para consumarse, sino que destaca
esa dimensión de gracia que se hace tangible en una comunidad de
vida teologal: «que los Tres fusionen nuestras almas en la unidad
de una misma fe y de un mismo amor» 123. Con todo, el lenguaje de
la comunión no varía, permanece lenguaje de amor.
b) Amor y trascendencia
Hoy más que nunca necesitamos recuperar la centralidad del
amor como fuerza vivificadora que estructura, orienta y consuma
todo lo humano, personal e interpersonal. También, una vez más,
hay que repetir que no se trata de un amor cualquiera. Ese que,
desde el seno de la Trinidad nos transmite y nos muestra el Hijo 124,
tiene un rostro y unos rasgos bien definidos. No creemos en una
fuerza cósmica o en un misterio impenetrable para los no elegidos.
El Dios Trinidad es el Dios todo Amor, personal y comunicativo,
que nos envuelve, siempre operante. Esa es nuestra fe, aunque en
ocasiones las circunstancias parecen contradecir esta afirmación.
Precisamente en esos momentos, reavivar la fe en el amor que Dios
121
CP, n.o 97, 1906. El plural incluye a Isabel y a Ana María del Niño
Jesús, otra hermana enferma en cuyo trato Isabel ejercitó su delicada caridad
fraterna.
122
ME, n.o 8. Toda ella está referida a Cristo.
123
Ibíd., n.o 16.
124
Cf. CP, n.o 95, 1906.
LA TRINIDAD, ÉXTASIS DE AMOR. UNA APROXIMACIÓN... 135
nos tiene constituye el modo de sobreponerse a la contrariedad,
abriendo el paso a la acción divina y permitiendo que el corazón
halle el reposo que sólo su ternura puede proporcionar 125. La fe en
el amor manifestado en Jesucristo es nuestra salvación (Lc 7,50).
Quien ha descubierto y acogido esta verdad llega a exclamar con
Isabel: «sólo quiero vivir de amor» 126. ¿Y qué significa esto? Sen-
cillamente, se trata de amar 127, amar al estilo de Jesús en obediencia
a la voluntad del Padre, entrega al servicio del Reino, aceptar la
existencia como ir hacia la Pascua en unión con Cristo, hacerse uno
mismo donación y ofrenda firmemente establecidos en la fe. Ser
toda amor, esa es la persona que vive la vida de Dios.
Este camino de fe, afectivo también, mas no de un sentimenta-
lismo inconsistente o simplón, conlleva siempre un aspecto de dolor
y pasión en sí mismo. La cruz del seguimiento nos acompaña a
todos, aunque algunos, además, se descubran señalados de modo
especial por ella. Por el bautismo hemos muerto con Cristo y resu-
citado con Él a la nueva vida de los hijos de Dios. Es tan sólo un
proceso incoado porque requiere de nuestro libre asentimiento a
través de una existencia verdaderamente filial y fraterna. El germen
de la vida de Dios, pues el bautismo «nos marcó con el sello de la
Santísima Trinidad» 128, se desarrolla a través de un «cotidiano
morir» 129 a lo viejo, al ego y al orgullo, a la vida superficial y des-
parramada que, por el pecado, caracteriza nuestro existir dejado a
sus propias fuerzas. Traducido en gestos cotidianos, no cabe duda
de que requiere un gran esfuerzo de renuncia y negación. Sin em-
bargo, «esta doctrina de aparente austeridad se transforma en sua-
vidad deliciosa cuando se contempla el término de esta muerte: la
vida de Dios que sustituye a nuestra vida de pecado y de miserias».
La persona centrada en Dios vive en plena libertad porque «el
alma que más se olvida de sí misma es la que goza de más liber-
tad». Goza de esa libertad que se encuentra no en la realización del
125
Cf. CT, p. 143.
126
PL, p. 740.
127
Cf. EP, n.o 257, 1906.
128
Todas las citas que siguen pertenecen a EP, n.o 276, designada en otras
ediciones como La grandeza de nuestra vocación.
129
1 Cor 15,31, cita muy repetida por Isabel al final de su vida.
136 MARÍA JOSÉ MARIÑO, CM
propio querer —siempre tan ambiguo—, sino que realiza las «obras
de la fe», «iluminada por la luz potente de Dios», y «tiene su vo-
luntad inmersa en la voluntad divina». La altura y grandeza a la que
ha sido llamada no le pertenecen como conquista, sino como regalo
de Dios que se va derramando poco a poco en ella. El hijo es hu-
milde, «reconocerá los dones que ha recibido», pero «de nada se
apropia». La persona mengua para que la vida de Dios crezca 130. O,
dicho de otro modo, «se trata de esa muerte mística con que el alma
se anonada y se olvida tanto de sí que muere en Dios para trans-
formarse en Él» 131. La nueva criatura nace en la Pascua cotidiana.
Un aspecto de esta dinámica pascual lo constituye el trascender-
se a sí mismo del que habla con cierta frecuencia Isabel. En momen-
tos puede parecer que ofrece el ideal de la «apatheia», del encon-
trarse más allá de los humanos avatares, la impasibilidad estoica. A
pesar de ello, creo que ni sus palabras ni su vida, sobre todo su vida,
legitiman tal interpretación. Ella siente su debilidad, siente miedo y
angustia, experimenta su fondo de pecado y la tendencia a replegar-
se en sí que cada uno llevamos en nuestro corazón. A pesar de ello,
transmite simultáneamente alegría profunda y serenidad, capacidad
de salir hacia el otro, afecto y gratitud. En esta paradoja desvela el
significado del trascenderse. El «elevarse sobre sí misma» no es
alejarse de lo humano, sino ir más allá de sí misma, hacia Dios y
hacia los hermanos en amor. Trascenderse significa no centrarse en
uno mismo, sino en el Otro, construir la vida no en función de sí
mismo, sino del Otro.
Eso que nos llama y excede sin cesar es precisamente la alteri-
dad por excelencia: Dios Trinidad. Supera las «pequeñas trascen-
dencias» con las que podemos hipotecar nuestra vida sin negarlas.
Se da como el todo al que aspiramos y, a través de lo cotidiano, de
toda relación y toda circunstancia, permanece como horizonte y
meta que atrae nuestro ser. Por eso, la alegría que nos produce el
otro anticipa y conduce al Tú que nos sostiene. De este modo,
«complaciéndose en todos los seres, sólo en Él encuentra plena-
mente sus delicias porque posee en Sí un bien tan sublime que todos
130
Esta idea aparece en el contexto de una peculiar interpretación de las
dos ciudades agustinianas: la de Dios y la propia.
131
EP, n.o n.o 264, 1906. También cf. UE, p. 176.
LA TRINIDAD, ÉXTASIS DE AMOR. UNA APROXIMACIÓN... 137
los demás desaparecen en su presencia. Por eso todas las satisfac-
ciones que sobrevienen al alma son otros tantos estímulos que la
invita a disfrutar preferentemente del Bien que ya posee y que no
admite comparación» 132. Quien ama así, trascendiéndose, no llegará
a eludir el sufrimiento, tampoco lo busca. El dolor ya no representa
esa piedra que nos atrapa en nuestro yo, ni se convierte en el centro
de nuestras energías. El amor que se trasciende «ya no sufre porque
sufre [...] marcha solamente con la mirada puesta en el Pastor que
la conduce» 133. Persigue la plenitud de la comunión con Dios y, en
consecuencia «a través de todo y a pesar de todo, el alma está en
actitud de adorarle siempre por ser quien es» 134. La adoración nace
en el éxtasis de amor.
Este proyecto lo ofrece con palabras bien sencillas a su pequeña
amiga, Françoise Sourdon, temperamental y soñadora, pero de gran
corazón que busca el ideal que le guíe: «comprendo, Francisca mía,
que necesitas un ideal, es decir, algo que nos hace salir de nosotras
para conducirnos a un más allá. Pero, mira, sólo existe Uno. Es Él,
el único verdadero. [...] Ya que necesitas vivir algo trascendente,
vive en Él. Es tan sencillo...» 135. Porque nos lleva fuera de nosotros
por amor, la relación con Dios no aliena, sino que plenifica por-
que no nos saca de nuestro ser, sino de nuestro egocentrismo para
poder realmente amar y existir. El trascenderse en el amor conso-
lida y unifica a la persona que, entregándose al otro, se posee a
sí misma como nadie. Ahora sí, también el hijo vive en «éxtasis
de amor», en comunión. La vida de Dios que le inunda no se la
apropia, no la busca para su satisfacción. Alcanzada la cima de los
hijos, todo se convierte en servicio a los demás porque el amor de
comunión arrastra hacia el otro para colmarle de bienes. Isabel no
quiere «ser santa», sino amar como es amada, hacer llegar a todos
la gracia que se le ha concedido: «Santifiquémonos por las almas.
Ya que todos somos miembros de un solo cuerpo, podemos comu-
nicar la vida divina a ese gran organismo de la Iglesia en la medida
que la poseamos abundantemente. Hay dos palabras que sintetizan
132
CT, p. 151.
133
UE, p. 170.
134
UE, p. 185.
135
EP, n.o 113, 1902.
138 MARÍA JOSÉ MARIÑO, CM
toda santidad y todo apostolado: unión-Amor. Ruegue para que las
viva plenamente. Para conseguirlo, pida que permanezca sumergi-
da en la Santísima Trinidad» 136.
c) «Me voy a la luz, a la vida, al amor»
Estas palabras, las últimas de Isabel, brotan de una interioridad
finamente cultivada que lleva tiempo preparando su última Pas-
cua 137. De alguna manera, la estructura ternaria de la expresión
sugiere, una vez más, el motivo trinitario. Cristo Verbo es la «luz
infinita», «Astro» que irradia y fascina con rayos de amor y luz. De
modo que a su luz, la persona es llevada al Padre, fuente de toda
vida, y al Espíritu, abrazo y hoguera de amor en el seno de la Tri-
nidad. Más que esta posible interpretación, siempre discutible, me
parece interesante precisamente este modo «trinitario» de expresar
su paso a la eternidad de Dios. Este Dios tripersonal se manifiesta
como luz, vida y amor. El «volver a la casa paterna» se transforma
en un paso a la verdad hasta entonces apenas intuida. Lo que es el
amor, lo que significa la vida, la luz que nos guía en forma de
oscura fe, llegan al fin a su plenitud tras pasar por la gran tribula-
ción, martirio sin sangre que es la muerte en Dios. A través de ese
inmenso dolor, hecho de sufrimiento en el cuerpo y angustia en el
alma, toca la «mano paternal de ternura infinita» que la ha guiado
desde el seno materno.
Queda para cada uno el reto de emprender este camino con
audacia, de creer hasta las últimas consecuencias que somos imagen
de la Trinidad, que los Tres quieren darse en nosotros con la gran-
136
EP, n.o 195, 1904.
137
Esta misma expresión la encontramos en EP, n.o 277, septiembre de
1906, en referencia a la muerte de Mme. Maizières, cuñada de la condesa
de Sourdon, destinataria de la carta. Por este motivo, cuando la utiliza ante su
propio final, resulta evidente que se trata de algo ya meditado en su interior con
anterioridad. El hecho de escribirlo durante su agonía da un singular significa-
do a la «gran tribulación» que precede a la muerte y revela la hondura de su
fe en el amor paternal de Dios incluso en medio del sufrimiento. Además, ma-
nifiesta una gran capacidad de «salir de sí misma», uniéndose al dolor del dolor
del otro cuando ella misma está ya próxima al fin.
LA TRINIDAD, ÉXTASIS DE AMOR. UNA APROXIMACIÓN... 139
deza de quienes son: Dios mismo. No valen las excusas porque el
Maestro nos repite hoy: «no temas que algún obstáculo me impida
amarte porque soy libre para comunicar mi amor a quien me plaz-
ca». Tampoco importa nuestra limitación porque «Él se alegra de
poder labrar su perfección a través del amor, para su glorificación
divina. Quiere realizarlo Él solo, aunque usted no haya hecho nada
para merecer esa gracia y posea únicamente obras de pecado y de
miseria. El Señor la ama así [...] con un amor inmutable y creador,
con un amor libre que todo lo transforma según su beneplácito» 138.
Ante nosotros se alza siempre actual la mayor revelación y dona-
ción de la Trinidad: el Crucificado. De su corazón traspasado no
cesa de manar el Espíritu de Amor para nosotros pues «cuando Él,
al morir, abraza a todo el mundo —en su éxtasis divino—, en su
supremo amor —su gracia brota entonces a raudales—. Siempre
nos está amando así el Señor» 139. Sólo saliendo de nosotros mismos
podremos descubrir la realidad de los Tres en su divina autodona-
ción. Estamos invitados a vivir en comunión y, para ello, Cristo no
cesa de interceder ante el Padre: «Yo en ellos y tú en mí, para que
sean plenamente uno; para que el mundo conozca que tú me envias-
te y los amaste como me amaste a mí» (Jn 15,23).
138
EP, n.o 301, 1906 (Déjate amar).
139
CP, n.o 114. No consta la fecha de composición.