Una exposición
bíblica de las
doctrinas
fundamentales
Creenci
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Creencias
delosAdventistas * L .
de Séptimo Día
Una exposición
bíblica de las
¿
Jesús, el foco central
de las Escrituras y de la historia, también es el foco central de la
doctrina y la experiencia del adventista. En este libro dinámico
doctrinas tiene a la mano sus creencias fundamentales; puede explorarlas,
fundamentales considerarlas, estudiarlas y corroborarlas.
Este tomo muestra en detalle cómo cada creencia está basada en la
Biblia y centrada en Jesucristo. Las diferentes creencias o doctrinas
destacan diversas facetas del amoroso carácter de Cristo. Cada una
revela cómo es él y lo que significa una relación con él.
Los miembros de la Iglesia Adventista pueden leer este libro para
profundizar en las raíces de su fe, para redescubrir aquellos detalles
de la verdad que los inspiraron cuando sintieron por primera vez
el gozo de la salvación.
Estudiantes de cualquier trasfondo descubrirán ricas enseñanzas
conducentes a una relación personal satisfactoria con Jesús. Si usted
es miembro de otra iglesia, en este libro encontrará algunas perspec
tivas nuevas. Los cristianos seguimos siendo una minoría en el mundo.
Necesitamos sacar provecho de nuestro conocimiento mutuo y crecer.
Este libro es una contribución de la Iglesia Adventista en favor del
crecimiento “en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y
Salvador Jesucristo” (2 Ped. 3:18).
Creencias de los Adventistas del Séptimo Día representa una
fuente auténtica de información en cuanto a las enseñanzas de la
Iglesia Adventista, porque fue escrito por adventistas. Más de 230
hombres y mujeres examinaron el manuscrito y contribuyeron a la
publicación de este libro. Muchos compartieron vivencias ganadas a
través de años de estudio, oración y una relación personal con
Jesús.
ISBN 978-987-567-362-5
Una exposición bíblica de las
doctrinasfundamentales de la
Iglesia Adventista del Séptimo
Día
Título del original en inglés: Seventh-day Adventists Believe
Traducción: Armando Collins, Miguel A. Valdivia
Diagramación de interior y tapa: Publicaciones Interamericanas
IMPRESO EN LA ARGENTINA
Printed in Argentina
Segunda edición
M M VII - 105M
Es propiedad. © Asociación Ministerial de la Asociación General de la Iglesia
Adventista del Séptimo Día (2006).
© ACES (2007).
Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723.
ISBN 978-987-567-362-5
Asociación Ministerial de la Asociación General de los Adventistas del Séptimo Día
Creencias de los Adventistas del Séptimo Día / Asociación Ministerial de la Asociación
General de los Adventistas del Séptimo Dia - 1“ ed. - Florida : Asoc. Casa Editora
Sudamericana, 2007.
432 p. ; 21 x 14 cm.
Traducido por: Miguel A. Valdivia y Armando
Collins ISBN 978-987-567-362-5
1. Iglesias Adventistas del Séptimo Día. I. Miguel A. Valdivia, trad. II. Armando Collins,
trad. III.
Titulo.
Se terminó de imprimir el 30 de noviembre de 2007 en talleres propios (Av. San
M artín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires).
Prohibida la reproducción to ta l o p a r c ia l de esta publicación (texto, imágenes y
diseño), su manipulación informática y transmisión ya sea electrónica, mecánica, por
fotocopia u otros medios, sin permiso previo del editor.
-102636 -
Breve comentario..................................................................................................................5
A los lectores de esta obra..................................................................................................8
LA DOCTRINA DE DIOS
Capítulo 1 La Palabra de Dios.................................................................................11
Capítulo 2 La Deidad................................................................................................23
Capítulo 3 Dios el Padre...........................................................................................34
Capítulo 4 Dios el Hijo..............................................................................................41
Capítulo 5 Dios el Espíritu Santo............................................................................67
LA DOCTRINA DEL HOMBRE
Capítulo 6 La creación...............................................................................................76
Capítulo 7 La naturaleza humana...........................................................................87
LA DOCTRINA DE LA SALVACIÓN
Capítulo 8 El gran conflicto...................................................................................109
Capítulo 9 La vida, muerte y resurrección de Cristo........................................118
Capítulo 10 La experiencia de la salvación............................................................131
LA DOCTRINA DE LA IGLESIA
Capítulo 11 Crecer en Cristo.....................................................................................147
Capítulo 12 La iglesia..................................................................................................161
Capítulo 13 El remanente y su misión....................................................................180
Capítulo 14 La unidad en el cuerpo de Cristo.....................................................200
Capítulo 15 El bautismo..............................................................................................211
Capítulo 16 La Cena del Señor................................................................................225
Capítulo 17 Los dones y ministerios espirituales.................................................237
Capítulo 18 El don de profecía.................................................................................246
LA DOCTRINA DE LA VIDA CRISTIANA
( ,'apítulo 19 La ley de Dios.......................................................................................262
(Capítulo 20 El sábado...............................................................................................280
Capítulo 21 La mayordomía....................................................................................301
Capítulo 22 La conducta cristiana...........................................................................312
Capítulo 23 El matrimonio y la fam ilia...............................................................330
LA DOCTRINA DE LOS ACONTECIMIENTOS FINALES
Capítulo 24 El ministerio de Cristo en el Santuario celestial...........................348
Capítulo 25 La segunda venida de Cristo.............................................................372
Capítulo 26 La muerte y la resurrección...............................................................389
Capítulo 27 El milenio y el fin del pecado............................................................403
Capítulo 28 La Tierra Nueva..................................................................................415
índice general alfabético................................................................................................426
A través de los años, los adventistas del séptimo día se han mostrado reacios
a la formalización de un credo (en el sentido común de la palabra). Sin embargo,
de tiempo en tiempo, y con propósitos prácticos, hemos visto necesario recapitu
lar nuestras creencias.
En 1872, el editorial adventista de Battle Creek, ciudad del Estado de Michi
gan (EE. UU.), publicó una “sinopsis de nuestra fe”, que abarcaba 25 proposicio
nes. Este documento, ligeramente revisado y ampliado a 28 secciones, apareció
en el anuario denominacional (Yearbook) de 1889. No se lo incluyó en las edicio
nes inmediatamente posteriores, pero en 1905 fue insertado nuevamente en el
anuario, y continuó apareciendo hasta 1914. En respuesta a una petición de los
dirigentes de diversos campos africanos, los cuales pidieron “una declaración
que ayudara a los oficiales del gobierno y a otros individuos a comprender mejor
nuestra obra”, un comité de cuatro personas, que incluía al presidente de la Aso-
nación General, preparó una declaración que abarcaba “los principales rasgos”
di* nuestras creencias en forma abreviada. Esta declaración de 22 creencias fun
damentales, publicada por primera vez en el anuario de 1931, permaneció hasta
que la sesión de la Asociación General celebrada en 1980 la reemplazó con un
resumen similar pero más abarcante, que contenía 27 párrafos, publicado bajo el
Ululo: “Creencias Fundamentales de los Adventistas del Séptimo Día”. Dichos
l' irrafos, encabezados por el mismo título, aparecen también en el Manual de
la iglesia, de cuya edición en español de 2001 se los ha tomado para esta obra.
Pero al publicar el resumen de 2000, la iglesia tomó medidas para asegurar
que no se lo tomara como un credo incambiable. El preámbulo a la declaración
de las creencias fundamentales dice:
"Los Adventistas del Séptimo Día aceptamos la Biblia como nuestro único
i icdo y sostenemos una serie de creencias fundamentales basadas en las ense
ñanzas de las Sagradas Escrituras. Estas creencias, tal como se presentan aquí,
5
6 ♦ LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
constituyen la forma como la iglesia comprende y expresa las enseñanzas de la
Escritura. Se pueden revisar estas declaraciones en un congreso de la Asociación
General, si el Espíritu Santo lleva a la iglesia a una comprensión más plena de la
verdad bíblica o encuentra un lenguaje mejor para expresar las enseñanzas de la
Santa Palabra de Dios”.
Una expansión y revisión tal ocurrió en el Congreso de la Asociación
General de 2005, en St. Louis, Missouri, Estados Unidos, cuando se aprobó una
creencia fundamental adicional, no para añadir material nuevo o desconocido
previamente, sino para expresar mejor el entendimiento de la iglesia respecto del
poder de Dios para otorgar una vida victoriosa sobre los poderes del mal a los
creyentes en Jesucristo (ver el capítulo 11).
Este libro, Creencias de los adventistas del séptimo día, se basa en los cortos
resúmenes que aparecen al comienzo de cada capítulo. En esta obra presenta
mos en forma ampliada, amena y práctica, para beneficio de nuestros miem
bros, amigos y otros individuos interesados, estas convicciones doctrinales y su
significado para los cristianos adventistas que deben actuar en la sociedad de
hoy. Si bien este libro no constituye una declaración aprobada oficialmente por
votación formal —únicamente una sesión plenaria de la Asociación General
podría proveer esto—, puede ser considerado como representativo de “la ver
dad... en Jesús” (Efe. 4:21), que los adventistas de todo el mundo aprecian y
proclaman.
Reconocemos y agradecemos la visión del ex presidente de la Asociación
General, Neal C. Wilson, y otros dirigentes de la denominación, quienes origi
nalmente autorizaron y animaron a la Asociación Ministerial a encargarse de la
preparación de la primera edición de este libro en 1988, con el propósito de
proveer información confiable sobre las creencias de nuestra iglesia. También
reconocemos a varios eruditos y técnicos que proveyeron el manuscrito básico
para su primera edición: P. G. Damsteegt, Norman Gulley, Laurel Damsteegt,
Mary Louise McDowell, David Jarnes, Kenneth Wade, y mi predecesor inmediato
en el cargo de secretario de la Asociación Ministerial, W. Floyd Bresee. Un co mité
selecto de 194 individuos de todas las divisiones mundiales de la iglesia, más
un comité editorial más pequeño de líderes, teólogos y pastores supervisa ron
adicionalmente la preparación de la edición de 1988. También reconocemos y
agradecemos la destreza del Dr. John Fowler en la escritura y la redacción de
esta segunda edición expandida, particularmente el capítulo adicional (número
11), titulado “Creciendo en Cristo”.
Finalmente se debe rendir tributo al Pr. Robert Spangler, secretario anterior
de la Asociación Ministerial y director durante muchos años de la revista Minis-
try, quien inició el concepto y la financiación de este proyecto. Los sueños pocas
Breve comentario ♦ 7
veces se tornan realidad. En el caso suyo, sí. Usted lo sostiene en sus manos. Sin
su visión, este libro no habría sido concebido. Sin su persistencia, no se habría
publicado.
Oramos para que, al ponderar cada una de estas creencias fundamentales,
usted vea claramente a Jesús y su plan de abundancia para su vida personal.
James Cress
Secretario de la Asociación Ministerial
Asociación General de los Adventistas del Séptimo Día
¿Cuál es nuestra creencia acerca de Dios? ¿Quién es él? ¿Qué espera de
nosotros? ¿Cómo es él en realidad?
Dios le dijo a Moisés que ningún hombre podría ver su rostro y vivir. Pero
Jesús le dijo a Felipe que el que lo había visto a él, había visto al Padre (Juan 14:9).
Debido a que Cristo caminó entre nosotros —de hecho, se hizo uno de noso
tros—, podemos darnos cuenta de quién es Dios, y cómo es su carácter.
Hemos escrito esta exposición de nuestras creencias principales, para revelar
cómo los adventistas del séptimo día perciben a Dios. Esto es lo que creemos
acerca de su amor, bondad, misericordia, gracia, justicia, benevolencia, pureza,
santidad y paz. Por medio de Jesucristo, vemos la benevolencia de Dios en el
trato con los niños. Vemos cómo llora junto a la tumba de Lázaro, compartiendo
la tristeza de los dolientes. Vemos su amor al oírlo exclamar: “Padre, perdónalos,
porque no saben lo que hacen” (Luc. 23:34).
Hemos escrito este libro con el fin de compartir nuestra visión de Cristo, una
visión que encuentra su foco en el Calvario, en donde “la misericordia y la verdad
se encontraron; la justicia y la paz se besaron" (Sal. 85:10). En el Calvario, donde
Aquel que no conoció pecado fue hecho pecado por nosotros, “para que nosotros
fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Cor. 5:21).
Hemos escrito esta obra creyendo que toda doctrina, toda creencia, debe
revelar el amor de nuestro Señor. En él hallamos un amor y determinación in
condicional sin paralelo en la historia humana. Reconociendo que Aquel que es
la encarnación de la verdad es infinito, confesamos humildemente que todavía
hay mucho de la verdad que queda por descubrir.
Hemos escrito esta obra conscientes de nuestra deuda para con las ricas ver
dades bíblicas que hemos recibido de manos de la iglesia cristiana de la historia.
Reconocemos la noble línea de testigos como Wiclef, Hus, Lutero, Tyndale, Cal-
vino, Knox, y Wesley, cuyos avances en la recepción de nueva luz hicieron avan
zar a la iglesia hacia una comprensión más plena del carácter de Dios. Esta com
prensión es siempre progresiva. “La senda de los justos es como la luz de la
aurora, que va en aumento hasta que el día es perfecto” (Prov. 4:18). Y sin em
bargo, al ir descubriendo nuevas facetas de la revelación de Dios, veremos que
armonizan perfectamente con el testimonio unido de las Escrituras.
8
A los lecto res de esta o b ra ... »9
Hemos escrito este libro dejándonos guiar por una clara directiva que con
tinuamente nos recuerda que “si escudriñas las Escrituras para vindicar tus pro
pias opiniones, nunca alcanzarás la verdad. Estudia para aprender qué dice el
Señor. Y cuando la convicción te posea mientras investigas, si ves que tus
opiniones acariciadas no están en armonía con la verdad, no tuerzas la verdad
para que cuadre con tu creencia, sino acepta la luz dada. Abre la mente y el
corazón, para que puedas contemplar las cosas admirables de la Palabra de Dios”
(Elena G. de White, Palabras de vida del gran Maestro, [Mountain View, Califor
nia: Pacific Press Pub. Assn., 1971], p. 84).
No hemos escrito este libro para que sirva como un credo, es decir, una de
claración de creencias “asentadas en concreto”, teológicamente hablando. Los
adventistas tienen un solo credo: “La Biblia, y la Biblia sola”.
No hemos escrito este libro con el fin de excitar la imaginación. Esta no es
una obra especulativa. En cambio, es una exposición abarcante de lo que creemos,
fundada en Cristo y en la Biblia. Y las creencias que aquí se expresan no son el
producto de unos momentos de reflexión ocasional; representan más de cien
años de oración, estudio, meditación y más oración... En otras palabras, son el
producto del crecimiento de los adventistas “en la gracia y el conocimiento de
nuestro Señor y Salvador Jesucristo” (2 Ped. 3:18).
Hemos escrito este libro sabiendo que algunos preguntarán si la doctrina es
verdaderamente importante en esta época en la cual el mundo lucha por sobre
vivir ante la amenaza de la aniquilación nuclear, una época preocupada con el
crecimiento explosivo de la tecnología, en la cual los esfuerzos de los cristianos
parecieran ser inútiles para alejar los espectros de la pobreza, el hambre, la injus
ticia y la ignorancia que se ciernen sobre el mundo. Y sin embargo...
Hemos escrito esta obra con la profunda convicción de que todas las doctri
nas, cuando se las entiende como es debido, están centradas en Cristo, el Cami
no, la Verdad, y la Vida, y son extremadamente importantes. Las doctrinas de
finen el carácter del Dios a quien servimos. Interpretan acontecimientos tanto
pasados como presentes, estableciendo un sentido de lugar y propósito en el cos
mos. Describen los objetivos que Dios tiene al actuar. Las doctrinas constituyen
una guía para los cristianos, proveyendo estabilidad en lo que de otro modo po
dría no ser otra cosa que experiencias desequilibrantes, inyectando certidumbre
en una sociedad que niega lo absoluto. Las doctrinas alimentan el intelecto
humano y establecen blancos que inspiran a los cristianos y los motivan a de
mostrar su preocupación por el prójimo.
Hemos escrito esta obra con el fin de llevar a los creyentes adventistas a esta
blecer una relación más profunda con Cristo por medio del estudio de la Biblia.
Conocer a nuestro Salvador y su voluntad tiene importancia vital en esta época
10 ♦ LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
de engaño, pluralismo doctrinal y apatía. Esta clase de conocimiento constituye
la única salvaguardia del cristiano contra los que, a manera de “lobos rapaces",
vendrán hablando cosas perversas con el fin de pervertir la verdad y destruir la fe
del pueblo de Dios (ver Hech. 20:29, 30). Especialmente en estos últimos días, y
con el fin de evitar el ser “llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por
estratagema de hombres” (Efe. 4:14), todos debemos adquirir un concepto cor recto
del carácter, gobierno y propósitos de Dios. Únicamente los que hayan for tificado
sus mentes con la verdad de la Escritura podrán resistir en el conflicto final.
Hemos escrito esta obra como una colaboración para los que están interesa
dos en saber por qué creemos lo que creemos. Este estudio, escrito por adventis
tas, no constituye un intento de presentar una verdad adornada. Ha sido cui
dadosamente documentado, y representa una exposición auténtica de las
creencias adventistas.
Finalmente, hemos escrito esta obra reconociendo que la doctrina cristo-
céntrica cumple tres funciones evidentes: Primero, edifica la iglesia; segundo,
preserva la verdad; y tercero, comunica el evangelio en toda su riqueza.
La doctrina verdadera va mucho más allá de ser una mera creencia. Consti
tuye un llamado a la acción. Por medio del Espíritu Santo, las creencias cristia
nas se convierten en obras de amor. El verdadero conocimiento de Dios, de su
Hijo y del Espíritu Santo, es “conocimiento salvador”. Ese es el tema de esta obra.
—Los editores.
LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
La Palabra de Dios
Las Sagradas Escrituras, que abarcan el Antiguo y el Nuevo
Testamento, constituyen la Palabra de Dios escrita, transmitida por inspi
ración divina mediante santos hombres de Dios que hablaron y escribieron
impulsados por el Espíritu Santo. Por medio de esta Palabra, Dios comunica
a los seres humanos el conocimiento necesario para alcanzar la salvación.
Las Sagradas Escrituras son la infalible revelación de la voluntad divina.
Son la norma del carácter, el criterio para evaluar la experiencia, la revel
ación autorizada de las doctrinas, y un registrofidedigno de los actos de Dios
realizados en el curso de la historia (2 Ped. 1 :20 ,21 ; 2 Tim. 3:16,17;
Sal. 119:105; Prov. 30:5, 6; Isa. 8:20; Juan 17:17; 1 Tes. 2:13; Heb. 4:12).
NINGÚN LIBRO HA SIDO TAN AMADO, tan odiado, tan reverenciado, tan
condenado como la Biblia. Hay quienes han sufrido la muerte por su causa.
Otros se han convertido en asesinos creyendo así honrarla. Ha inspirado los
hechos más nobles y más grandes del hombre, y ha sido culpada por sus hechos
más condenables y degradantes. Se han levantado guerras sobre la Biblia, re
voluciones han sido alimentadas en sus páginas, y reinos han caído por sus
ideas. Personas de diversos puntos de vista: desde teólogos de la liberación
hasta capitalistas; de fascistas a marxistas, de dictadores a libertadores, de
pacificadores a militaristas, buscan en sus páginas las palabras con las cuales
justificar sus acciones.
La exclusividad de la Biblia no viene de su influencia política, cultural y
social inigualable, sino de su origen y de los temas que trata. Es la reve
lación del único Dios-hombre: el Hijo de Dios, Jesucristo, el Salvador del
mundo.
11
12 . LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
La revelación divina
Mientras a través de toda la historia algunos han dudado de la existencia de
Dios, muchos otros han testificado confiadamente que Dios existe y que se ha
revelado a sí mismo. ¿En qué formas se ha revelado Dios mismo y qué función
cumple la Biblia en su revelación?
Revelación general. La vislumbre del carácter de Dios que proveen la histo
ria, la conducta humana, la conciencia y la naturaleza con frecuencia se llama
“revelación general”, porque está disponible a todos y apela a la razón.
Para millares, “los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia
la obra de sus manos” (Sal. 19:1). El sol, la lluvia, las colinas, los arroyos, todos
declaran el amor del Creador. “Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder
y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo enten
didas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa” (Rom.
1:20).
Otros ven la evidencia del cuidado de Dios en las relaciones de amor felices y
extraordinarias entre amigos, familiares, esposo y esposa, padres e hijos. “Como
aquel a quien consuela su madre, así os consolaré yo a vosotros” (Isa. 66:13).
“Como el padre se compadece de los hijos, se compadece Jehová de los que le te
men” (Sal. 103:13).
Sin embargo, el mismo sol que testifica del amante Creador puede volver la
tierra en un desierto que cause hambre. La misma lluvia puede crear torrentes
que ahoguen a familias enteras; la misma montaña puede desmoronarse y luego
aplastar. Y las relaciones humanas a menudo envuelven celos, envidia, ira y hasta
odio que conduce al asesinato. El mundo que nos rodea da señales mixtas,
generando más preguntas que respuestas. Revela un conflicto entre el bien y el
mal, pero no explica cómo el conflicto comenzó, quién está luchando y por qué,
o quién finalmente triunfará.
Revelación especial. El pecado limita la revelación que Dios hace de sí mis
mo mediante la creación al oscurecer nuestra capacidad de interpretar su testi
monio. En su amor nos dio una revelación especial de sí mismo para ayudarnos
a obtener respuestas a estas preguntas. Mediante el Antiguo y el Nuevo Testa mento
Dios se reveló a sí mismo ante nosotros en una forma específica, no dejando
lugar a dudas en cuanto a su carácter de amor. Su revelación vino primeramente
mediante los profetas; luego la revelación máxima, mediante la persona de
Jesucristo (Heb. 1:1,2).
La Biblia contiene tanto proposiciones que declaran la verdad acerca de Dios
como la revelación misma de él como persona. Ambos aspectos son necesarios.
La Palabra de Dios • 13
Necesitamos conocer a Dios mediante Jesucristo (Juan 17:3), “conforme a la ver
dad que está en Jesús” (Efe. 4:21). Y mediante las Escrituras Dios penetra en
nuestras limitaciones mentales, morales y espirituales, comunicándonos su an
helo de salvarnos.
El enfoque de las Escrituras
La Biblia revela a Dios y expone la humanidad. Expone nuestra dificultad y
revela su solución. Nos presenta como perdidos, alejados de Dios, y revela a Jesús
como el que nos encuentra y nos trae de vuelta a Dios.
Jesucristo es el foco de la Escritura. El Antiguo Testamento presenta al Hijo
de Dios como el Mesías, el Redentor del mundo; el Nuevo Testamento lo revela
como Jesucristo, el Salvador. Cada página, ya sea mediante símbolo o realidad,
revela alguna fase de su obra y carácter. La muerte de Jesús en la cruz es la
revelación máxima del carácter de Dios.
La cruz hace esta última revelación porque une dos extremos: la maldad in
comprensible de los seres humanos y el amor inagotable de Dios. ¿Qué podría
dar mayor prueba de la pecaminosidad humana? ¿Qué podría revelar mejor el
pecado? La cruz revela al Dios que permitió que mataran a su único Hijo. ¡Qué
sacrificio! ¿Qué otra revelación de amor mayor que ésta podría haberlo hecho?
Sí, el foco de la Biblia es Jesucristo. Él está colocado en el centro del escenario del
drama cósmico. Pronto su triunfo en el Calvario culminará en la eliminación del
mal. La humanidad y Dios serán reunidos.
El tema del amor de Dios, particularmente como se ha visto en el sacrificio de
Cristo en el Calvario, es la mayor verdad del universo, el foco de la Biblia. De
modo que todas las verdades bíblicas deben estudiarse en torno a esta perspec
tiva.
El origen de las Escrituras
La autoridad de la Biblia tanto en asuntos de fe como de conducta, surge de su
origen. Los mismos escritores sagrados la consideraban distinta de toda otra lite
ratura. Se refirieron a ella como las “Santas Escrituras” (Rom. 1:2), “Sagradas
Escrituras” (2 Tim. 3:15), y “palabras de Dios” (Rom. 3:2; Heb. 5:12).
La individualidad de las Escrituras está basada en su mismo origen. Los
escritores de la Biblia declararon que ellos no fueron los originadores de sus
mensajes, sino que los recibieron de Dios. Fue mediante la revelación divina
que ellos pudieron “ver" las verdades que comunicaron (ver Isa. 1:1; Amos 1:1;
Miq. 1:1; Hab. 1:1; Jer. 38:21).
Estos escritores señalaron al Espíritu Santo como el Ser que inspiraba a los
profetas a comunicar los mensajes al pueblo (Neh. 9:30; Zac. 7:12). David dijo: “El
14 . I.OS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN.
I spiritu de Jehová ha hablado por mí, y su palabra ha estado en mi lengua”
(2 Sam. 23:2). Ezequiel escribió: “Entró el Espíritu en mí”, “vino sobre mí el Espí
ritu de Jehová”, “me levantó el Espíritu" (Eze. 2:2; 11:5, 24). Y Miqueas testificó:
“Mas yo estoy lleno del poder del Espíritu de Jehová ’ (Miq. 3:8).
El Nuevo Testamento reconoció el papel del Espíritu Santo en la producción
del Antiguo Testamento. Jesús dijo que David fue inspirado por el Espíritu Santo
(Mar. 12:36). Pablo creyó que el Espíritu Santo habló “por medio del profeta
Isaías” (Hech. 28:25). Pedro reveló que el Espíritu Santo guió a todos los profetas,
no solo a unos pocos (1 Ped. 1:10; 2 Ped. 1:21). En algunas ocasiones el escritor se
desvanecía completamente y solo el verdadero Autor, el Espíritu Santo, era
reconocido: “Como dice el Espíritu Santo...” “Dando el Espíritu Santo a en
tender...” (Heb. 3:7; 9:8).
Los escritores del Nuevo Testamento reconocieron también al Espíritu Santo
como la fuente de sus propios mensajes. Pablo explicó: “Pero el Espíritu dice
claramente que en los postreros tiempos algunos apostatarán de la fe” (1 Tim.
4:1). Juan habló diciendo haber estado “en el Espíritu en el día del Señor” (Apoc.
1:10). Y Jesús comisionó a sus discípulos mediante el Espíritu Santo (Hechos 1:2;
Efe. 3:3-5).
De modo que Dios, en la persona del Espíritu Santo, se ha revelado a sí mismo
mediante las Sagradas Escrituras. Él las escribió, no con sus manos, sino con
otras manos —más o menos cuarenta pares—, en un período de más de 1.500
años. Y por cuanto Dios el Espíritu Santo inspiró a los escritores, Dios entonces
es el autor.
La inspiración de las Escrituras
Pablo dice: “Toda la Escritura es inspirada por Dios” (2 Tim. 3:16). La palabra
griega theopneustos, traducida como “inspiración”, literalmente significa “alen
tada de Dios”. “Dios respiró” la palabra en las mentes de los hombres. Ellos a su
vez, la expresaron en las palabras que se hallan en las Escrituras. Por lo tanto, la
inspiración es el proceso mediante el cual Dios comunica sus verdades eternas.
El proceso de inspiración. La revelación divina fue dada por inspiración de
Dios a “santos hombres de Dios” que eran “inspirados por el Espíritu Santo”
(2 Pedro 1:21). Estas revelaciones fueron incorporadas en el lenguaje humano
con todas sus limitaciones e imperfecciones; sin embargo, permanecieron como
el testimonio de Dios. Dios inspiró a los hombres, no las palabras.
¿Eran los profetas tan pasivos como las grabadoras que repiten lo que se ha
grabado? En algunas ocasiones se mandó a los escritores a que expresaran las
palabras exactas de Dios, pero en la mayoría de los casos Dios los instruyó a que
La Palabra de Dios • 15
describieran lo mejor que pudieran lo que habían visto y oído. En estos últimos
casos, los escritores usaron sus propios estilos y palabras.
Pablo observó que “los espíritus de los profetas están sujetos a los profetas”
(1 Cor. 14:32). La inspiración genuina no anula la individualidad ni la razón,
integridad o personalidad del profeta.
En cierto modo, la relación entre Moisés y Aarón ilustra la que existe entre el
Espíritu Santo y el escritor. Dios dijo a Moisés: “Yo te he constituido dios para
Faraón, y tu hermano Aarón será tu profeta” (Éxo. 7:1; 4:15,16). Moisés informó
a Aarón los mensajes de Dios, y Aarón, a su vez, los comunicó a Faraón en su
propio estilo y vocabulario. De la misma forma los escritores de la Biblia comu
nicaron los divinos mandatos, pensamientos e ideas, en su propio estilo de ex
presión. Es porque Dios se comunica en esta forma que el vocabulario de los di
versos libros de la Biblia es variado y refleja la educación y cultura de sus
escritores.
La Biblia “no es la forma del pensamiento de la expresión de Dios... Con fre
cuencia los hombres dicen que cierta expresión no parece de Dios. Pero Dios no
se ha puesto a sí mismo a prueba en la Biblia por medio de palabra, de lógica, de
retórica. Los escritores de la Biblia eran los escribientes de Dios, no su pluma”.1
“La inspiración no obra en las palabras del hombre ni en sus expresiones, sino en
el hombre mismo, que está imbuido con pensamientos bajo la influencia del Es
píritu Santo. Pero las palabras reciben la impresión de la mente individual. La
mente divina es difundida. La mente y voluntad divinas se combinan con la men
te y voluntad humanas. De ese modo, las declaraciones del hombre son la palabra
de Dios”.2
En una ocasión Dios mismo habló y escribió las palabras exactas: los Diez
Mandamientos. Son composición divina, no humana (Éxo. 20:1-17; 31:18; Deut.
10:4,5); sin embargo, aún éstos tuvieron que ser expresados dentro de los límites
del lenguaje humano.
La Biblia, entonces, es la verdad divina expresada en el idioma humano.
Imaginémonos tratando de enseñar física cuántica a un bebé. Ésta es la clase de
dificultad que Dios enfrenta en sus intentos de comunicar las verdades divinas a
la humanidad pecaminosa y limitada. Son nuestras limitaciones lo que restringe
lo que él puede comunicarnos.
Existe un paralelo entre el Jesús encarnado y la Biblia: Jesús era Dios y hom bre
combinado, lo divino y lo humano hecho uno. De modo que la Biblia es lo divino y
lo humano combinado. Como se dijo de Cristo, también se puede afir mar de la
Biblia que “aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros” (Juan 1:14). Esta
combinación divino-humana hace que la Biblia sea única entre toda la literatura.
K. . LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
¡.a inspiración y los escritores. El Espíritu Santo preparó a ciertas personas
para que comunicasen la verdad divina. La Biblia no explica detalladamente
cómo calificó a estos individuos, pero de alguna manera formó una unión entre
el agente divino y el humano.
Quienes tuvieron una parte en la escritura de la Biblia no fueron escogidos
porque poseyesen talentos naturales. Tampoco la revelación divina convierte
necesariamente a una persona o le asegura una vida eterna. Balaam proclamó un
mensaje divino estando bajo la inspiración a la vez que actuaba en contra de los
propósitos de Dios (Núm. 22-24). David, que fue usado por el Espíritu Santo,
cometió grandes crímenes (ver Sal. 51). Todos los escritores de la Biblia fueron
hombres de naturaleza pecaminosa, que necesitaban diariamente de la gracia de
Dios (ver Rom. 3:12).
La inspiración que experimentaron los escritores bíblicos fue más que la ilu
minación o la dirección divina, puesto que todos los que buscan la verdad la re
ciben. En realidad, los escritores bíblicos a veces escribieron sin entender plena
mente el mensaje divino que estaban comunicando (1 Ped. 1:10-12).
Las respuestas de los escritores a los mensajes que portaban no eran todas
iguales. Daniel y Juan dijeron sentirse grandemente perplejos en cuanto a sus
escritos (Dan. 8:27; Apoc. 5:4), y Pedro indica que otros escritores escudriñaron
en busca del significado de sus mensajes o de los de otros (1 Ped. 1:10). A veces
estos individuos temían proclamar un mensaje inspirado, y otras veces hasta al
tercaban con Dios (Hab. 1; Jon. 1:1-3; 4:1-11).
El método y el contenido de la revelación. Frecuentemente el Espíritu Santo
comunicaba conocimiento divino mediante visiones y sueños (Núm. 12:6). A veces
hablaba audiblemente o al sentido interior de la persona. Dios le habló a Samuel “al
oído” (1 Sam. 9:15). Zacarías recibió representaciones simbólicas con explicaciones
(Zac. 4). Las visiones del cielo que recibieron Pablo y Juan fueron acompañadas
de instrucciones orales (2 Cor. 12:1-4; Apoc. 4, 5). Ezequiel observó hechos que
ocurrieron en otro lugar (Eze. 8). Algunos escritores participaron en sus visiones,
realizando ciertas funciones como parte de la visión misma (Apoc. 10).
En cuanto al contenido de las revelaciones, a algunos escritores el Espíritu les
reveló acontecimientos que aún tendrían que ocurrir (Dan. 2, 7, 8, 12). Otros
registraron hechos históricos, ya sea sobre la base de una experiencia personal o
seleccionando materiales de registros históricos existentes (Jueces, 1 Samuel, 2
Crónicas, los Evangelios, Hechos).
La inspiración y la historia. La aseveración bíblica de que “toda la Escritura
es inspirada por Dios”, provechosa y una guía autorizada para regir la vida en lo
La Palabra de Dios • 17
moral y en lo espiritual (2 Tim. 3:15-16), no deja dudas en cuanto a la dirección
divina en el proceso de selección. Ya sea que la información fuera el resultado de
la observación personal, del uso de fuentes orales o escritas, o de la revelación
directa, le llegó al escritor a través de la dirección del Espíritu Santo. Esto garan
tiza el hecho de que la Biblia es digna de confianza.
La Biblia revela el plan de Dios en su interacción dinámica con la raza hu mana,
no en una colección de doctrinas abstractas. Su revelación propia se ori gina en
hechos reales que ocurrieron en lugares y épocas definidas. Los sucesos de
confianza de la historia son de extremada importancia porque forman un
marco para que podamos comprender el carácter de Dios y su propósito para
nosotros. Una comprensión exacta nos conduce a la vida eterna, pero una inter
pretación incorrecta conduce a la confusión y a la muerte.
Dios ordenó a ciertos hombres que escribieran la historia de sus tratos con el
pueblo de Israel. Estos relatos históricos, escritos desde un punto de vista dife
rente de la historia secular, comprenden una parte importante de la Biblia (Núm.
33:1, 2; Jos. 24:25, 26; Eze. 24:2). Nos proporcionan una visión exacta y objetiva
de la historia, desde una perspectiva divina. El Espíritu Santo otorgó a los escri
tores información especial para que ellos pudieran registrar los sucesos en la
controversia entre el bien y el mal que demuestran el carácter de Dios y guían a
la gente en la búsqueda de su salvación.
Los incidentes históricos son tipos o ejemplos, y están escritos “para
amonestarnos a nosotros, a quienes han alcanzado los fines de los siglos”
(1 Cor. 10:11). Pablo dice: “Porque las cosas que se escribieron antes, para
nuestra enseñanza se escribieron, a fin de que por la paciencia y la consolación
de las Escrituras, tengamos esperanza" (Rom. 15:4). La destrucción de Sodo-
ma y Gomorra sirve como ejemplo o advertencia (2 Ped. 2:6; Judas 7). La ex
periencia de justificación de Abraham es un ejemplo para cada creyente (Rom.
4:1-25; Sant. 2:14-22). Aun las leyes civiles del Antiguo Testamento, llenas de
profundo significado espiritual, fueron escritas para nuestro beneficio actual
(1 Cor. 9:8, 9).
Lucas menciona que escribió su Evangelio porque deseaba relatar la vida
de Jesús “para que conozcas bien la verdad de las cosas en las cuales has sido
instruido” (Luc. 1:4). El criterio que usó Juan al seleccionar cuales incidentes de
la vida de Jesús incluir en su evangelio fue “para que creáis que Jesús es el Cristo,
el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre” (Juan 20:31).
Dios condujo a los escritores de la Biblia a presentar la historia en una forma que
nos guiara hacia la salvación.
Las biografías de los personajes bíblicos proveen otra evidencia de la inspi
ración divina. Esos registros trazan cuidadosamente tanto las debilidades como
18 • LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO Dí A CREEN EN.
la fortaleza de sus caracteres. Cuidadosamente despliegan sus pecados, así como
sus victorias.
En ninguna forma se encubre la falta de control propio de Noé o el engaño de
Abraham. Se registran fielmente las ocasiones cuando Moisés, Pablo, Santiago y
Juan perdieron la paciencia. La Biblia expone los fracasos del rey más sabio de
Israel, y las debilidades de los doce patriarcas y de los doce apóstoles. La Escri
tura no los justifica, ni trata de disminuir su culpabilidad. Los describe a todos
tales como fueron y expresa lo que llegaron a ser por la gracia de Dios, o lo que
podrían haber logrado por su intermedio. Sin la inspiración divina ningún bió
grafo podría escribir un análisis tan perceptivo.
Los escritores de la Biblia consideraban todos los incidentes que contiene
como registros históricos verídicos y no como mitos o símbolos. Muchos escép
ticos contemporáneos rechazan los relatos de Adán y Eva, de Jonás y del Diluvio.
Sin embargo, Jesús aceptaba su exactitud histórica y su importancia espiritual
(Mat. 12:39-41; 19:4-6; 24:37-39).
La Biblia no enseña inspiración parcial o grados de inspiración. Estas teorías
son especulaciones que le quitan su autoridad divina.
La exactitud de las Escrituras. Tal como Jesús “fue hecho carne y habitó
entre nosotros” (Juan 1:14), para que pudiéramos comprender la verdad, la Biblia
nos fue proporcionada en el lenguaje humano. La inspiración de las Escrituras
garantiza su veracidad.
¿Hasta qué punto salvaguardó Dios la transmisión del texto para asegurarse
que su mensaje es válido y verdadero? Es claro que, si bien es cierto que los ma
nuscritos antiguos varían, las verdades esenciales han sido preservadas.3 Es muy
posible que los escribas y los traductores de la Biblia hayan cometido pequeños
errores. Sin embargo, la evidencia de la arqueología bíblica revela que muchos así
llamados errores fueron solamente malentendidos de parte de los estudiosos. Al
gunas de estas dificultades se levantaron porque la gente estaba leyendo la historia
y las costumbres bíblicas desde un punto de vista occidental. Debemos admitir que
la capacidad humana de penetrar en las operaciones divinas es limitada.
De modo que las discrepancias que se perciban, no debieran despertar dudas
acerca de las Escrituras; a menudo son producto de nuestras percepciones
inexactas más bien que errores. ¿Está Dios a prueba cuando hay algún texto o
frase que no podemos entender completamente? Quizá nunca podremos expli
car cada texto de la Escritura, pero no es necesario. Las profecías que se han
cumplido verifican su veracidad.
A pesar de los intentos de destruirla, la exactitud de la Biblia ha sido preser
vada en forma increíble y hasta milagrosa. La comparación de los rollos del Mar
La Palabra de Dios • 19
Muerto con los manuscritos posteriores del Antiguo Testamento demuestra el
<uidado con que se ha trasmitido.4 Confirman la veracidad y confianza de las
l'.scrituras como una revelación infalible de la voluntad de Dios.
l a autoridad de las Escrituras
Las Escrituras tienen autoridad divina porque en ellas Dios habla mediante el
I spíritu Santo. Por lo tanto, la Biblia es la Palabra de Dios escrita. ¿Dónde está la
evidencia de ello y cuáles son las implicaciones para nuestras vidas y el cono
cimiento que perseguimos?
Las afirmaciones de las Escrituras. Los escritores de la Biblia testifican que
sus mensajes vienen directamente de Dios. Fue la palabra del Señor la que vino a
jeremías, Ezequiel, Oseas y otros (Jer. 1:1 ,2 ,9 ; Eze. 1:3; Ose. 1:1; Joel 1:1; Jon. 1:1).
Como mensajeros del Señor (Hag. 1:13; 2 Crón. 36:16), los profetas de Dios fueron
instruidos para que hablaran en su nombre, diciendo: “Así dice Jehová” (Eze. 2:4;
Isa. 7:7). Sus palabras constituyen sus credenciales y autoridad divinas.
A veces el agente humano que Dios usa queda en el trasfondo. Mateo men
ciona la autoridad que respaldaba al profeta del Antiguo Testamento que él cita
con las palabras: “Todo esto aconteció para que se cumpliese lo dicho por el Se
ñor por medio del profeta” (Mat. 1:22). Se presenta al Señor como el agente di
recto, la autoridad; el profeta es el agente indirecto.
Pedro clasifica los escritos de Pablo como la Escritura (2 Pedro 3:15, 16). Y
Pablo testifica con relación a lo que escribe: “Yo ni lo recibí ni lo aprendí de hom
bre alguno, sino por revelación de Jesucristo” (Gál. 1:12). Los escritores del Nue
vo Testamento aceptaron las palabras de Cristo como la Escritura y dijeron tener
la misma autoridad de los escritores del Antiguo Testamento (1 Tim. 5:18; Luc.
10:7).
Jesús y la autoridad de las Escrituras. A través de todo su ministerio, Jesús
destacó la autoridad de las Escrituras. Cuando Satanás lo tentaba o luchaba con
tra sus oponentes, las palabras “escrito está” eran su arma de defensa y de ataque
(Mat. 4:4, 7, 10; Luc. 20:17). “No solo de pan vivirá el hombre —dijo—, sino de
toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mat. 4:4). Cuando le preguntaron
cómo obtener la vida eterna, Jesús contestó: “¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo
lees?” (Luc. 10:26).
Jesús colocó la Biblia por sobre todas las tradiciones y opiniones humanas.
Amonestó a los judíos por despreciar la autoridad de las Escrituras (Mar. 7:7-9),
y los exhortó a que las estudiaran más cuidadosamente, diciendo: “¿Nunca leis
teis en las Escrituras?” (Mat. 21:42; Mar. 12:10,26).
20 . LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
Jesús creía firmemente en la autoridad de la palabra profètica y revelaba lo
que señalaba hacia él. Refiriéndose a las Escrituras, Jesús dijo: “Dan testimonio
de m í”. “Porque si creyeseis a Moisés, me creeríais a mí, porque de mí escribió él”
(Juan 5:39, 46). La afirmación más convincente de Jesús en cuanto a que tenía
una misión divina surgió de su cumplimiento de las profecías del Antiguo Testa
mento (Lue. 24:25-27).
De modo que sin reservas Cristo aceptó las Sagradas Escrituras como la
revelación autoritativa de la voluntad de Dios para la raza humana. Consideraba
las Escrituras como un cuerpo de verdad, una revelación objetiva, otorgada para
sacar a la humanidad de las tinieblas de las tradiciones y mitos a la luz verdadera
del conocimiento de la salvación.
El Espíritu Santo y la autoridad de las Escrituras. Durante la vida de Jesús
los dirigentes religiosos y la multitud descuidada no descubrieron su verdadera
identidad. Algunos pensaban que era un profeta como Juan el Bautista, Elias, o
Jeremías, simplemente un hombre. Cuando Pedro confesó que Jesús era “el Hijo
del Dios viviente”, el Maestro señaló que fue la iluminación divina lo que hizo
posible esta confesión (Mat. 16:13-17). Pablo enfatiza esta verdad diciendo: “Na die
puede llamar a Jesús Señor, sino por el Espíritu Santo” (1 Cor. 12:3).
Así también sucede en el caso de la Palabra escrita de Dios. Sin la iluminación
del Espíritu Santo nuestras mentes nunca podrían comprender correctamente la
Biblia, ni tan solo reconocerla como la autoridad divina.5Porque “nadie conoció
las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios” (1 Cor. 2:11). “El hombre natural no
percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las
puede entender, porque se han de discernir espiritualmente” (1 Cor. 2:14). Por
consiguiente “la palabra de la cruz es locura a los que se pierden; pero a los que
se salvan, eso es, a nosotros, es poder de Dios” (1 Cor. 1:18).
Unicamente con la ayuda del Espíritu Santo, que discierne “lo profundo de
Dios” (1 Cor. 2:10), podemos convencernos de la autoridad que le corresponde a
la Biblia en su calidad de revelación de Dios y de su voluntad. Es solo así como la
cruz se convierte en “poder de Dios” (1 Cor. 1:18), y podemos unirnos al testimo
nio de Pablo: “Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el
Espíritu que proviene de Dios, para que sepamos lo que Dios nos ha concedido”
(1 Cor. 2:12).
Las Sagradas Escrituras y el Espíritu Santo nunca pueden estar separados. El
Espíritu Santo es tanto el autor como el revelador de las verdades bíblicas.
La autoridad de las Escrituras en nuestras vidas aumenta o disminuye según
sea nuestro concepto de inspiración. Si percibimos la Biblia como una simple
colección de testimonios humanos o si la autoridad que le damos en alguna for
La Palabra de Dios • 21
ma depende de cómo conduce nuestros sentimientos y emociones, socavamos su
autoridad en nuestras vidas. Pero cuando discernimos la voz de Dios que nos
habla mediante los escritores, no importa cuán débiles y humanos hayan sido, la
Escritura viene a ser la autoridad absoluta en lo que a doctrina, impugnación,
corrección e instrucción en justicia se refiere (2 Tim. 3:16).
Cuánto abarca la autoridad de la Escritura. Con frecuencia las contradic
ciones entre la Escritura y la ciencia son el resultado de la especulación. Cuando
no podemos armonizar la ciencia con la Escritura, es porque tenemos una “com
prensión imperfecta de ya sea la ciencia o la revelación... pero cuando se com
prenden en forma correcta, están en armonía perfecta”. 6
Toda la sabiduría humana debe estar sujeta a la autoridad de la Escritura. Las
verdades bíblicas son la norma por la cual todas las demás ideas deben ser proba
das. AI juzgar la Palabra de Dios con normas humanas perecederas es como si
tratáramos de medir las estrellas con una vara de medir. La Biblia no debe estar
sujeta a las normas humanas. Es superior a toda la sabiduría y literatura humana.
Más bien, en vez de juzgar la Biblia, todos seremos juzgados por ella, porque es la
norma de carácter y la prueba de toda experiencia y pensamiento.
Finalmente, las Escrituras ejercen autoridad aun sobre los dones que vienen
del Espíritu Santo, incluyendo la conducción que provee el don de profecía o la
glosolalia (1 Cor. 12; 14:1; Efe. 4:7-16). Los dones del Espíritu no son superiores a
la Biblia; lo cierto es que deben probarse por la Biblia, y si no están de acuerdo
con ella, deben descartarse: “¡A la ley y al testimonio! Si no dijeren conforme a
esto, es porque no les ha amanecido” (Isa. 8:20; compárese con el cap. 18).
La unidad de las Escrituras
La lectura superficial de la Escritura producirá una comprensión superficial.
Cuando así se lee, la Biblia resulta ser un conjunto desorganizado de relatos,
sermones e historia. Sin embargo, los que la abren para obtener iluminación del
Espíritu de Dios, los que están dispuestos a buscar con paciencia y oración las
verdades ocultas, descubren que la Biblia expone una unidad fundamental en lo
que enseña acerca de los principios de salvación. La Biblia no es monótona. Más
bien, reúne una rica y colorida variedad de testimonios armoniosos de rara y
distinguida belleza. Y debido a su variedad de perspectivas, está perfectamente
capacitada en forma mejor para enfrentar las necesidades humanas de todas las
épocas.
Dios no se ha revelado a sí mismo a la humanidad en una cadena continua de
declaraciones, sino poco a poco, a través de generaciones sucesivas. Ya sea me
diante Moisés que escribiera desde los campos madianitas, o mediante Pablo
22 . LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN E N .
desde una prisión romana, sus libros revelan la misma comunicación inspirada
por el Espíritu. La comprensión de sus “revelaciones progresivas” contribuye a la
comprensión de la Biblia y su unidad.
Las verdades del Antiguo y Nuevo Testamento, a pesar de haber sido escritas
a través de muchas generaciones, permanecen inseparables; no se contradicen
unas a otras. Los dos Testamentos son uno, tal como Dios es uno. El Antiguo
Testamento, mediante profecías y símbolos, revela el evangelio del Salvador que
vendría; el Nuevo Testamento, mediante la vida de Jesús, revela al Salvador que
vino: la realidad del evangelio. Ambos revelan al mismo Dios. El Antiguo Testa
mento sirve como fundamento del Nuevo. Provee la clave para abrir el Nuevo
mientras que el Nuevo explica los misterios del Antiguo.
Dios bondadosamente nos llama para que le conozcamos mediante su Palabra.
En ella podemos encontrar la rica bendición de la seguridad de nuestra salvación.
Podemos descubrir por nosotros mismos que “toda la Escritura es inspirada por
Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia,
a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda
buena obra” (2 Tim. 3:16,17).
Referencias
1. Elena G. de White, Mensajes selectos, t. 1, p. 24 (Mountain View, California: Pacific Press
Pub. Assn., 1966).
2. Ibíd.
3. Ver Elena G. de White, Primeros Escritos, pp. 220, 221 (Mountain View, California: Pacific
Press Pub. Assn., 1962)
4. Siegfried H. Horn, The Spade Confirms the Book [El azadón confirma el Libro], ed. rev.,
(Washington, D.C.: Review and Herald, 1980).
5. Para el estudio de la posición general adventista acerca de la interpretación bíblica, ver el
Informe del Comité Anual de la Asociación General, 12 de Oct., 1986, “Methods of Bible
Study" [Métodos para estudiar la Biblia], distribuido por Biblical Research Institute, Aso
ciación General de los Adventistas del Séptimo Día, 6840 Eastern Ave., N. W„
Washington,
D.C. A Symposium on Biblical Hermeneutics [Simposio sobre hermenéutica bíblica], G. M.
Hyde, ed. (Washington, D.C.: Review and Herald, 1974); Gerhard F. Hasel, Understanding
. the Living Word o fG o d [Cómo comprender la Palabra viva de Dios] (Mountain View,
Cali fornia: Pacific Press, 1980). Ver también P. Gerard Damsteegt, “Interpreting the
Bible" [La interpretación de la Biblia] (Comité de Investigaciones Bíblicas de la División
del Lejano Oriente, Singapur, mayo de 1986).
6. Elena G. de White, Patriarcas y profetas (Mountain View, California: Pacific Press, 1958), p.
114.
LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
La Deidad
Hay un solo Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo, una unidad de tres personas
coeternas. Dios es inmortal, todopoderoso, omnisapiente, superior a todos y
omnipresente. Es infinito y escapa a la comprensión humana, aunque se lo
puede conocer por medio de su autorrevelación. Es digno para siempre de
reverencia, adoración y servicio por parte de toda la creación (Deut. 6:4;
Mat. 28:19; 2 Cor. 13:14; Efe. 4 :4-6; 1 Ped. 1:2; 1 Tim. 1:17; Apoc. 14:7).
EN EL CALVARIO, CASI TODOS RECHAZARON A JESÚS. Solo unos
pocos
reconocieron quién era realmente Jesús; entre ellos, el ladrón moribundo que
lo reconoció como Rey y Señor (Luc. 23:42), y el soldado romano que dijo:
“Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios” (Mar. 15:39).
Al escribir Juan las siguientes palabras: “A lo suyo vino, y los suyos no le
recibieron” (Juan 1:11), se refería no solo a la multitud que se amontonaba al pie
de la cruz, ni siquiera a Israel, sino a toda generación que haya vivido. A excep
ción de un puñado de individuos, toda la humanidad, a semejanza de la bulli
ciosa multitud reunida en el Calvario, ha rehusado reconocer en Jesús a su Dios
y Salvador. Este fracaso, el mas trágico y profundo de la humanidad, demuestra
que el conocimiento de Dios que poseen los seres humanos es radicalmente
deficiente.
El conocimiento de Dios
Las muchas teorías que procuran explicar a Dios, y los numerosos argumen
tos en pro y en contra de su existencia, muestran que la sabiduría humana no
puede penetrar lo divino. Depender exclusivamente de la sabiduría humana con
el fin de aprender acerca de Dios, equivale a usar una lupa en el estudio de las
23
24 . LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
constelaciones. Por esto, para muchos, la sabiduría de Dios es una “sabiduría
oculta” (1 Cor. 2:7). Para ellos, Dios es un misterio. Pablo escribió: “La que nin
guno de los príncipes de este siglo conoció; porque si la hubieran conocido, nun
ca habrían crucificado al Señor de gloria” (1 Cor. 2:8).
Uno de los mandamientos más básicos de la Escritura es: “Amarás al Señor tu
Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente” (Mat. 22:37;
ver también Deut. 6:5). No podemos amar a alguien del cual no sabemos nada;
por otra parte, no podemos descubrir las cosas profundas de Dios buscándolas
por cuenta propia (Job 11:7). ¿Cómo podemos entonces llegar a conocer y amar
al Creador?
Se puede conocer a Dios. Dios conoce el dilema que enfrentamos los seres
humanos; por eso en su amor y compasión, ha llegado hasta nosotros por medio
de la Biblia. En sus páginas se revela que “el cristianismo no es el registro de la
búsqueda que los hombres hacen de Dios; es el producto de la revelación que
Dios hace de sí mismo y de sus propósitos para con el hombre”.1Esta autorreve-
lación está designada para salvar el abismo que existe entre este mundo rebelde
y nuestro amante Dios.
La mayor manifestación del amor de Dios llegó hasta nosotros por medio de
su suprema revelación, es decir, de Jesucristo, su Hijo. Por medio de Jesús podemos
conocer al padre. Como declara Juan: “Sabemos que el Hijo de Dios ha venido, y
nos ha dado entendimiento para conocer al que es verdadero” (1 Juan 5:20).
Además, Jesús declaró: “Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único
Dios verdadero, y a Jesucristo a quien has enviado" (Juan 17:3).
Estas son buenas noticias. Si bien es imposible conocer completamente a
Dios, las Escrituras nos permiten obtener un conocimiento práctico de él que
basta para permitirnos entrar en una relación salvadora con él.
Cómo conocer a Dios. A diferencia de otros procesos de investigación, el
conocimiento de Dios tiene tanto que ver con el corazón como con el cerebro.
Abarca todo el ser, no solo el intelecto. Debemos abrirnos a la influencia del Es
píritu Santo, y estar dispuestos a cumplir la voluntad de Dios (Juan 7:17; ver Mat.
11:27). Jesús dijo: “Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a
Dios” (Mat. 5:8).
Es claro, entonces, que los incrédulos no pueden comprender a Dios. Pablo
exclamó: “¿Dónde está el sabio? ¿Dónde está el escriba? ¿Dónde está el disputa dor
de este siglo? ¿No ha enloquecido Dios la sabiduría del mundo? Pues ya que en
la sabiduría de Dios, el mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría, agradó a
Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación” (1 Cor. 1:20, 21).
La Deidad ♦ 25
La manera en que aprendemos a conocer a Dios por medio de la Biblia, difiere
de todos los otros métodos de adquirir conocimiento. No podemos colocarnos
por encima de Dios y tratarlo como un objeto que debe ser analizado y cuantifi-
cado. En nuestra búsqueda del conocimiento de Dios, debemos someternos a la
autoridad de su autorevelación: la Biblia. Por cuanto la Biblia es su propio intér
prete, debemos someternos a los principios y métodos que provee. Sin estos in
dicadores bíblicos no podemos conocer a Dios.
¿Por qué tantos de los contemporáneos de Jesús no lograron distinguir la
revelación que Dios hizo de sí mismo en Jesús? Porque rehusaron someterse a la
conducción del Espíritu Santo a través de las Escrituras, interpretando de este
modo en forma equivocada el mensaje de Dios, lo cual los llevó a crucificar a su
Salvador. Su problema no era intelectual. Fueron sus corazones endurecidos los
que oscurecieron sus mentes, y el resultado fue una pérdida eterna.
La existencia de Dios
Hay dos grandes fuentes de evidencias relativas a la existencia de Dios: el li
bro de la naturaleza y la Sagrada Escritura.
Evidencias de la creación. Todos pueden aprender de Dios a través de la
naturaleza y de la experiencia humana. David escribió: “Los cielos cuentan la
gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos” (Sal. 19:1). Juan
afirma que la revelación de Dios, incluyendo en ella a la naturaleza, alumbra a
todos (Juan 1:9). Y Pablo declara: “Las cosas invisibles de él, su eterno poder y
deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo enten
didas por medio de las cosas hechas” (Rom. 1:20).
La conducta humana también provee evidencias de la existencia de Dios. En el
culto ateniense al “dios no conocido”, Pablo vio evidencias de una creencia en Dios.
Dijo el apóstol: “Al que vosotros adoráis, pues, sin conocerle, es a quien yo os
anun cio” (Hech. 17:23). Pablo también dice que la conducta de los no cristianos
revela el testimonio de su conciencia, y muestra que la ley de Dios ha sido “escrita
en sus corazones” (Rom. 2:14,15). Esta intuición de que Dios existe se encuentra
aun en tre los que no tienen acceso a la Biblia. Esta revelación general de Dios ha
llevado a la formulación de diversos argumentos clásicos en favor de la existencia
de Dios.2
Evidencias de la Escritura. La Biblia no procura comprobar la existencia de
Dios; simplemente, la da por sentada. Su texto inicial declara: “En el principio
creó Dios los cielos y la tierra” (Gén. 1:1). La Biblia describe a Dios como el Creador,
Sustentador y Legislador de toda la creación. La revelación de Dios por medio
de la creación es tan poderosa que no hay excusa para el ateísmo, el cual surge
26 ♦ LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIM O Dí A CREEN EN.
cuando se suprime la verdad divina o cuando una mente rehúsa reconocer la
evidencia de que Dios existe (Sal. 14:1; Rom. 1:18-22, 28).
Hay suficientes evidencias de la existencia de Dios para convencer a cualquiera
que procura seriamente descubrir la verdad acerca de él. Y sin embargo, la fe es
un requisito previo, por cuanto “sin fe es imposible agradar a Dios; porque es
necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los
que le buscan” (Heb. 11:6).
La fe en Dios, sin embargo, no es ciega. Está basada en una amplia gama de
evidencias que se encuentran tanto en las revelaciones de Dios a través de las
Escrituras, como en el mundo de la naturaleza.
El Dios de las Escrituras
La Biblia revela las cualidades esenciales de Dios a través de sus nombres,
actividades y atributos.
Los nombres de Dios. En los tiempos bíblicos, los nombres eran importantes,
como es aún el caso en el oriente. En esas regiones, se considera que un nombre
revela el carácter del que lo lleva, su verdadera naturaleza e identidad. La impor
tancia de los nombres de Dios, que revelan su naturaleza, carácter y cualidades,
se revela en el siguiente mandamiento: “No tomarás el nombre de Jehová tu Dios
en vano” (Éxo. 20:7). David decía: “Cantaré al nombre de Jehová el Altísimo” (Sal.
7:17). “Santo y temible es su nombre” (Sal. 111:9). “Alaben el nombre de Jehová,
porque solo su nombre es enaltecido” (Sal. 148:13).
Los nombres hebreos Él y Elóhim (“Dios”) revelan el poder divino de Dios. Lo
describen como el Fuerte y Poderoso, el Dios de la creación (Gén. 1:1; Éxo. 20:2;
Dan. 9:4). Elyón (“Altísimo”) y Él Elyón (“Dios Altísimo”) enfocan su posición
exaltada (Gén. 14:18-20, Isa. 14:14). Adonái (“Señor”) presenta a Dios como el
Gobernante Todopoderoso (Isa. 6:1; Sal. 35:23). Estos nombres enfatizan el
carácter majestuoso y trascendente de Dios.
Otros nombres revelan la disposición que Dios tiene para entrar en una
relación con los seres humanos. Shaddai (“Todopoderoso”) y El Shaddai (“Dios
Todopoderoso”) describen a Dios como la Fuente de bendición y bienestar (Éxo.
6:3; Sal. 91:1). El nombre Yahweh,3traducido por Jehová o SEÑOR, hace énfasis
en la fidelidad y la gracia de Dios relativas al pacto (Éxo. 15:2, 3; Ose. 12:5,6). En
Éxodo 3:14, Yahweh se describe a sí mismo como "Yo soy el que soy”, o “Yo seré
lo que seré”, indicando así su relación inmutable con su pueblo. En otras ocasio
nes Dios ha provisto una revelación aún más íntima de sí mismo, al presentarse
como “Padre” (Deut. 32:6, Isa 63:16; Jer. 31:9; Mal. 2:10), y al llamar a Israel “mi
hijo, mi primogénito” (Éxo. 4:22; ver Deut. 32:19).
La Deidad ♦ 27
A excepción del apelativo Padre, los nombres de Dios que aparecen en el Nue
vo Testamento tienen significados equivalentes a los del Antiguo. En el Nuevo
Testamento, Jesús usó el término Padre para llevarnos a una relación estrecha y
personal con Dios (Mat. 6:9; Mar. 14:36; ver Rom. 8:15; Gál. 4:6).
Las actividades de Dios. Los escritores bíblicos pasan más tiempo des
cribiendo las actividades de Dios que la esencia de su ser. Lo presentan como
creador (Gén. 1:1; Sal. 24:1, 2), sustentador del mundo (Heb. 1:3), y redentor y
salvador (Deut. 5:6; 2 Cor. 5:19), que lleva sobre sí la responsabilidad del desti
no final de la humanidad. Hace planes (Isa. 46:11), predicciones (Isa. 46:10) y
promesas (Deut. 15:6; 2 Pedro 3:9). Perdona pecados (Éxo. 34:7), y en conse
cuencia merece nuestra adoración (Apoc. 14:6, 7). Por encima de todo las Es
crituras revelan a Dios como Gobernante, “Rey de los siglos, inmortal, invisi
ble... único y sabio Dios” (1 Tim. 1:17). Sus acciones confirman que es un Dios
personal.
Los atributos de Dios. Los escritores sagrados proveen información adicio
nal acerca de la esencia de Dios a través de sus testimonios relativos a los atribu
tos divinos, tanto los que son comunicables como los incomunicables.
Los atributos incomunicables de Dios comprenden aspectos de su naturaleza
divina que no se han revelado a los seres creados. Dios tiene existencia propia: “El
Padre tiene vida en sí mismo” (Juan 5:26). Es independiente, tanto en su voluntad
(Efe. 1:5) como en su poder (Sal. 115:3). Es omnisciente, conociendo todas las
cosas (Job 37:16; Sal. 139:1-18; 147:5; 1 Juan 3:20), por cuanto, en su calidad de
Alfa y Omega (Apoc. 1:8), conoce el fin desde el principio (Isa. 46:9-11).
Dios es omnipresente (Sal. 139:7-12; Heb. 4:13), por lo cual trasciende toda
limitación de espacio. No obstante, se halla enteramente presente en cada parte
del espacio. Es eterno (Sal. 90:2; Apoc. 1:8); excede los límites del tiempo, y sin
embargo se halla plenamente presente en cada momento del tiempo.
Dios es todopoderoso, omnipotente. El hecho de que para él nada es imposi ble,
nos asegura de que puede cumplir cualquier cosa que se proponga (Dan. 4:17, 25,
35; Mat. 19:26; Apoc. 19:6). Es inmutable, o incambiable, porque es perfecto.
Dice: “Yo Jehová no cambio” (Mal. 3:6; ver Sal. 33:11; Sant. 1:17). Por cuanto en
cierto sentido estos atributos definen a Dios, son incomunicables.
Los atributos comunicables de Dios fluyen de su amorosa preocupación por
la humanidad. Incluyen el amor (Rom. 5:8), la gracia (Rom. 3:24), la misericordia
(Sal. 145:9), la paciencia (2 Pedro 3:15), la santidad (Sal. 99:9), la justicia (Esdras
9:15; Juan 17:25; Apoc. 22:12) y la verdad (1 Juan 5:20). Estos dones son insepa
rables del Dador.
28 ♦ LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
La soberanía de Dios
Las Escrituras establecen claramente la soberanía de Dios: “Él hace según su
voluntad... y no hay quien detenga su mano” (Dan. 4:35). “Tú creaste todas las
cosas, y por tu voluntad existen y fueron creadas” (Apoc. 4:11). “Todo lo que Je-
hová quiere, lo hace en los cielos y en la tierra” (Sal. 135:6). Así, Salomón pudo
decir: “Como los repartimientos de las aguas, así está el corazón del rey en la
mano de Jehová; a todo lo que quiere lo inclina” (Prov. 21:1). Pablo, consciente de
la soberanía de Dios: "Otra vez volveré a vosotros, si Dios quiere” (Hech. 18:21;
ver Rom. 15:32). Por su parte, Santiago amonesta diciendo: "deberíais decir: si el
Señor quiere viviremos y haremos esto o aquello” (Sant. 4:15).
La predestinación y la libertad humana. La Biblia revela que Dios ejerce
pleno control sobre el mundo. El Creador "predestinó” a los seres humanos “para
que fuesen hechos conforme a la imagen de su Hijo” (Rom. 8:29,30), con el fin de
adoptarlos como sus hijos, y permitirles obtener una herencia (Efe. 1 :4 ,5,11,12).
¿Qué implicaciones tiene para la libertad humana esta soberanía divina?
El verbo predestinar significa “determinar de antemano”. Algunos suponen
que estos pasajes enseñan que Dios elige arbitrariamente a unos para la salvación
y a otros para que sean condenados, sin tomar en cuenta sus propias elecciones.
Pero al estudiar el contexto de estos pasajes, notamos que Pablo no enseña que
Dios excluye a nadie en forma caprichosa.
El sentido de estos textos es inclusivo. La Biblia afirma claramente que Dios
“quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la ver
dad” (1 Tim. 2:4). Además, “es paciente para con nosotros, no queriendo que
ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento” (2 Ped. 3:9). No
existe evidencia alguna de que Dios haya decretado que algunas personas deben
perderse; un decreto así negaría el Calvario, en el cual Jesús murió por todos. La
expresión todo aquel que aparece en el siguiente texto: “Porque de tal manera
amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en
él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16), significa que cualquier
persona puede ser salva.
“El hecho de que la voluntad libre del hombre es el factor determinante en su
destino personal, se hace evidente a partir del hecho de que Dios continuamente
presenta los resultados de la obediencia y la desobediencia, e insta al pecador a que
escoja la obediencia y la vida” (Deut. 30:19; Jos. 24:15; Isa. 1:16, 20; Apoc. 22:17);
y del hecho de que es posible que el creyente, aunque haya sido una vez recipiente
de la gracia, caiga y se pierda (1 Cor. 9:27; Gál. 5:4; Heb. 6:4-6; 10:29)...
“Dios puede prever cada elección individual que se hará, pero su conocimien
to anticipado no determina cuál será esa elección... La predestinación bíblica
La Deidad ♦ 29
consiste en el propósito efectivo de Dios, según el cual todos los que elijan creer
en Cristo serán salvos (Juan 1:12; Efe. 1:4-10)”.4
Entonces, ¿qué significa la Escritura cuando dice que Dios amó a Jacob y
aborreció a Esaú (Rom. 9:13), y que endureció el corazón de Faraón (Rom. 9:17,
18; compárese con vers. 15, 16; Éxo. 9:16; 4:21)? El contexto de estos pasajes
muestra que la preocupación de Pablo se concentra en el concepto de misión y no
de salvación. La redención está disponible para todos, pero Dios elige a ciertas
personas para que cumplan tareas especiales. La salvación estaba igualmente
disponible para Jacob como para Esaú, pero Dios eligió a Jacob, y no a Esaú, para
que estableciera el linaje a través del cual Dios haría llegar el mensaje de sal vación
a todo el mundo. El Creador ejerce soberanía en su estrategia misionera.
Cuando la Escritura dice que Dios endureció el corazón de Faraón, simple
mente le da crédito por hacer lo que él mismo permite, y no implica que lo ha
ordenado así. La respuesta negativa al llamado de Dios, de hecho ilustra el res
peto que Dios tuvo por la libertad de elección de dicho gobernante.
La presciencia divina y la libertad humana. Algunos creen que Dios se
relaciona con los individuos sin saber sus elecciones, hasta que las realizan; que
Dios conoce ciertos acontecimientos futuros, como el Segundo Advenimiento, el
milenio y la restauración del mundo, pero que no tiene idea de quién se salvará y
quién se perderá. Los proponentes de esta posición suponen que la relación
dinámica que existe entre Dios y la raza humana estaría amenazada si el Creador
supiera todo lo que va a suceder desde la eternidad hasta la eternidad. Algunos
sugieren que si Dios supiera el fin desde el principio, podría llegar a sentir
aburrimiento.
Pero el hecho de que Dios sepa lo que los individuos harán, no estorba su elec
ción más de lo que el conocimiento que un historiador tiene de lo que la gente
hizo en el pasado estorba sus acciones. Tal como una cámara registra una escena
sin cambiarla, la presciencia divina contempla el futuro sin alterarlo. El cono
cimiento anticipado de que disfruta la Deidad nunca viola la libertad del hom
bre.
La dinámica de la Deidad
¿Existe sólo un Dios? ¿Qué sucede con Cristo y con el Espíritu Santo?
La unidad de Dios. En contraste con los paganos de las naciones circundantes,
Israel creía en la existencia de un solo Dios (Deut. 4:35; 6:4; Isa. 45:5; Zac. 14:9).
El Nuevo Testamento coloca el mismo énfasis en la unidad de Dios (Mar. 12:29-
32; Juan 17:3; 1 Cor. 8:4-6; Efe. 4:4-6; 1 Tim. 2:5). Este énfasis monoteísta no
contra
<0 . LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
dice el concepto cristiano del Dios triuno o Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo;
más bien, afirma que no existe un panteón de diversas divinidades.
La pluralidad dentro de la Deidad. Si bien el Antiguo Testamento no ense
ña explícitamente que Dios es triuno, no es menos cierto que se refiere a una
pluralidad dentro de la Deidad. En ciertas ocasiones Dios emplea plurales, tales
como: “Hagamos al hombre a nuestra imagen” (Gén. 1:26); “He aquí el hombre es
como uno de nosotros” (Gén. 3:22); “Ahora, pues, descendamos” (Gén. 11:7). A
veces, la expresión “Ángel del Señor” está identificada con Dios. Cuando se le
apareció a Moisés, el Ángel del Señor dijo: “Yo soy el Dios de tu padre, Dios de
Abraham, Dios de Isaac, y Dios de Jacob” (Éxo. 3:6).
En diversas referencias se hace una distinción entre Dios y su Espíritu. En el
relato de la creación, “el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas” (Gén.
1:2). Algunos textos no solo se refieren al Espíritu, sino que además incluyen una
tercera Persona en la obra de la redención que Dios realiza: “Ahora me envió
[habla el Hijo] Jehová el Señor [el Padre], y su Espíritu [el Espíritu Santo]” (Isa.
48:16); “He aquí mi siervo [habla el Padre]... he puesto sobre él [el Hijo] mi Es
píritu; el traerá justicia a las naciones” (Isa. 42:1).
La relación que existe entre las personas de la Deidad. La primera venida
de Cristo provee para nosotros una visión mucho más clara del Dios triuno. El
Evangelio de Juan revela que la Deidad consiste en Dios el Padre (cap. 3), Dios el
Hijo (cap. 4) y Dios el Espíritu Santo (cap. 5), una unidad de tres Personas co-
eternas, vinculadas por una relación misteriosa y especialísima.
1. Una relación de amor. Cuando Cristo exclamo: “Dios mío, Dios mío, ¿por
qué me has desamparado?” (Mar. 15:34), estaba expresando el sufrimiento produ
cido por la separación de su Padre que el pecado había causado. El pecado que
brantó la relación original de la humanidad con Dios (Gén. 3:6-10; Isa. 59:2). En
sus últimas horas, Jesús, el Ser que no conoció pecado, se hizo pecado por nosotros.
Al tomar nuestro pecado, al ocupar nuestro lugar, experimentó la separación de
Dios que nos correspondería experimentar a nosotros, y en consecuencia pereció.
Los pecadores nunca comprenderemos lo que significó para la Deidad la
muerte de Jesús. Desde la eternidad el Hijo había estado con su Padre y con el
Espíritu. Habían compartido una vida co-eterna, co-existente, en absoluta ab
negación y amor mutuos. El hecho de haber podido pasar tanto tiempo juntos,
revela el amor perfecto y absoluto que siempre existió en la Deidad. “Dios es
amor” (1 Juan 4:8) significa que cada uno vivió de tal manera por los otros, que
todos experimentaron perfecto contentamiento y perfecta felicidad.
La Deidad • 31
En 1 Corintios 13 se define el amor. Alguno podría preguntarse cómo se apli
carían dentro de la Deidad las cualidades de longanimidad o paciencia, en vista
de que entre sus miembros siempre existió una perfecta relación de amor. La
paciencia se necesitó primero al tratar con los ángeles rebeldes, y más tarde con
los seres humanos desobedientes.
No hay distancia entre las personas del Dios triuno. Todas son divinas, y sin
embargo comparten sus cualidades y poderes divinos. En las organizaciones
humanas, la autoridad final descansa sobre una persona: un presidente, rey o
primer ministro. En la Deidad, la autoridad final reside en sus tres miembros.
Si bien es cierto que la Deidad no es una en personas, Dios es uno en propósi to,
mente y carácter. Esta unidad no destruye las distintas personalidades del
Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Además, el hecho de que en la Deidad haya
personalidades separadas, no destruye la enseñanza monoteísta de la Escritura,
según la cual el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son un único Dios.
2. Una relación práctica. Dentro de la Deidad, existe la economía funcional.
Dios no duplica innecesariamente su obra. El orden es la primera ley del cielo, y
se manifiesta en formas ordenadas de actuar. Este orden surge de la unión que
existe entre los componentes de la Deidad, y sirve para preservar dicha unión. El
Padre parece actuar como fuente, el Hijo como mediador, y el Espíritu como
actualizador o aplicador.
La encarnación provee una hermosa demostración de la relación que existe
en la obra de las tres personas de la Deidad. El Padre dio a su Hijo, Cristo se en
tregó a sí mismo, y el Espíritu produjo la concepción de Jesús (Juan 3:16; Mat.
1:18, 20). El testimonio que el ángel pronunció ante María, indica con claridad
las actividades de las tres Personas en el misterio de Dios hecho hombre. “El Es
píritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por
lo cual también el Santo Ser que nacerá será llamado Hijo de Dios” (Luc. 1:35).
Todos los miembros de la Deidad estaban presentes en el bautismo de Cristo:
el Padre, expresando palabras de ánimo y aprobación (Mat. 3:17), Cristo, en
tregándose a sí mismo para ser bautizado como nuestro ejemplo (Mat. 3:13-15),
y el Espíritu, entregándose a Jesús para impartirle su poder (Luc. 3:21,22).
Hacia el fin de su vida terrenal, Jesús prometió enviar el Espíritu Santo en
calidad de consejero o ayudador (Juan 14:16). Horas más tarde, cuando colgaba
de la cruz, Jesús clamó a su Padre: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abando
nado?” (Mat. 27:46). En esos momentos supremos de la historia de la salvación,
el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo estuvieron presentes en la escena.
Hoy, el Padre y el Hijo se acercan a nosotros a través del Espíritu Santo. Jesús
dijo: “Cuando venga el Consolador, a quien yo os enviaré del Padre, el Espíritu de
32 . LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
verdad, el cual procede del Padre, él dará testimonio acerca de mí” (Juan 15:26).
El Padre y el Hijo envían el Espíritu para revelar a Cristo ante cada persona. El
gran propósito de la Trinidad es llevar a todo corazón el conocimiento de Cristo
y la presencia de Dios (Juan 17:3), y hacer que la presencia de Jesús sea una reali
dad (Mat. 28:20; ver Heb. 13:5). Pedro declara que los creyentes han sido elegidos
para salvación, "según la presciencia de Dios Padre en santificación del Espíritu,
para obedecer y ser rociados con la sangre de Jesucristo” (1 Ped. 1:2).
La bendición apostólica incluye las tres personas de la Deidad. “La gracia del
Señor Jesucristo, el amor de Dios, y la comunión del Espíritu Santo sean con to
dos vosotros” (2 Cor. 13:14). Cristo encabeza la lista. El punto de contacto entre
Dios y la humanidad fue y es siempre a través de Jesucristo, el Dios que se hizo
hombre. Si bien los tres miembros de la Trinidad obran unidos para salvarnos,
sólo Jesús vivió como hombre, murió como hombre y se convirtió en nuestro
Salvador (Juan 6:47; Mat. 1:21; Hech. 4:12). Pero por cuanto “Dios estaba en Cris
to reconciliando consigo el mundo” (2 Cor. 5:19), Dios también puede ser desig
nado como nuestro Salvador (ver Tito 3:4), por cuanto nos salvó por medio de
Cristo el Salvador (Efe. 5:23; Fil. 3:20; ver Tito 3:6).
En la economía de funciones, los diferentes miembros de la Deidad cumplen
distintas tareas en la salvación del hombre. La obra del Espíritu Santo no le añade
nada a la calidad del sacrificio que Jesucristo hizo en la cruz. Por medio del Es
píritu Santo, la expiación objetiva realizada en la cruz se aplica subjetivamente
en la medida en que el Cristo de la expiación es aceptado en el corazón. De este
modo, Pablo habla de “Cristo en vosotros, la esperanza de gloria” (Col. 1:27).
Enfoque de la salvación
La iglesia primitiva bautizaba a los creyentes en el nombre del Padre, del
Hijo y del Espíritu Santo (Mat. 28:19). Pero por cuanto el amor de Dios y su
propósito fueron revelados por medio de Jesucristo, la Biblia lo enfoca a él.
Cristo es la esperanza a la que apuntaban los sacrificios y festivales del Antiguo
Testamento. Él es quien ocupa el lugar central en los Evangelios. Él es las Bue
nas Nuevas, la Bendita Esperanza que proclamaron los discípulos en sus ser
mones y sus escritos. El Antiguo Testamento apunta hacia su venida futura; el
Nuevo Testamento testifica de su primer advenimiento y mira con esperanza
hacia su retorno.
Cristo, el mediador entre Dios y nosotros, nos une de este modo a la Deidad.
Jesús es “el camino, y la verdad, y la vida” (Juan 14:6). Las buenas nuevas están
centradas en una Persona y no solo en una práctica. Tienen que ver con una
relación, y no solo con reglamentos, puesto que el cristianismo es Cristo. En él
encontramos el corazón, el contenido y el contexto de toda verdad de la vida.
La Deidad ♦ 33
Al mirar a la cruz, contemplamos el corazón de Dios. Sobre ese instrumento
de tortura derramó su amor por nosotros. A través de Cristo, el amor de la Dei
dad llena nuestros dolientes y vacíos corazones. Jesús colgó de ella como el don
de Dios y como nuestro sustituto. En el Calvario, Dios descendió al punto más
bajo del mundo para encontrarse allí con nosotros; pero a la vez, constituye el
lugar más elevado a donde podemos ir. Cuando llegamos al Calvario, hemos as
cendido tan alto como podemos en dirección a Dios.
En la cruz, la Trinidad hizo una revelación completa de abnegación. Allí en
contramos nuestra más completa revelación de Dios. Cristo se hizo hombre para
morir por la raza humana. Valoró más la abnegación que su derecho a la vida.
Allí Cristo se convirtió en nuestra “sabiduría, justificación, santificación y reden
ción” (1 Cor 1:30). Cualquier valor o significado que poseamos o que lleguemos
a adquirir en el futuro, se deriva de su sacrificio en esa cruz.
El único Dios verdadero es el Dios de la cruz. Cristo reveló ante el universo el
infinito amor y el poder salvador de la Deidad; reveló un Dios triuno que estuvo
dispuesto a sufrir la agonía de la separación, debido a su amor incondicional por
este planeta rebelde. Desde esa cruz, Dios proclama su amorosa invitación a
nosotros: Reconciliaos, “y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento,
guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús” (Fil. 4:7).
Referencias
1, Gordon R. Lewis, Decidefo r Yourself: A Theological Workbook [Decida por cuenta propia: Un
libro de ejercicios de teología] (Downers Grove, Illinois: Inter-Varsity Press, 1978), p. 15.
2. Son los argumentos cosmológico, teológico, ontológico, antropológico y religioso. Ver por
ejemplo T. H. Jemison, Christian Beliefs [Creencias cristianas] (Mountain View,
California: Pacific Press, 1959), p. 72; Richard Rice, The Reign ofG od [El reino de Dios] (Berrien
Springs, Michigan: Andrews University Press, 1985), pp. 53-56. Estos argumentos no
prueban la ex istencia de Dios, pero demuestran que hay una elevada posibilidad de que
Dios exista. En última instancia, sin embargo, la creencia en la existencia de Dios se basa
en la fe.
:t. Yahweh es “una transliteración conjetural” del sagrado nombre de Dios en el Antiguo
Testa mento (Éxo. 3:14, 15; 6:3). El hebreo original contenía las cuatro consonantes
YHWH. Con el tiempo, y por temor de profanar el nombre de Dios, los judíos llegaron a
rehusar leer este nombre en voz alta. En vez de ello, dondequiera que aparecían las cuatro
consonantes YHWH, las sustituían por la palabra Adonái. En el siglo séptimo u octavo de
nuestra era, cuando se les añadieron vocales a las palabras hebreas, los masoretas suplieron
las vocales de Adonái agregándolas a las consonantes YHWH. La combinación produjo la
palabra Jehová, la cual se usa en la versión de Valera. Otras traducciones prefieren la
palabra Yavé (Biblia de Jerusalén, y otros.) o el término “Señor" (Ver Siegried H. Hora,
Diccionario bíblico adven tista del séptimo día, Aldo D. Orrego, ed. [Buenos Aires: Casa
Editora Sudamericana, 1995],
pp. 409,410).
I "Predestinación”, Enciclopedia adventista del séptimo día, Don F. Neufeld, ed. (Washington,
D.C.: Review and Herald, 1976), p. 1144.
■C. A S. D.
LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
Dios el Padre
Dios, el Padre Eterno es el Creador, Originador, Sustentador y Soberano de
toda la creación. Es justo y santo, misericordioso y clemente, tardo en airarse
y abundante en amor yfidelidad. Las cualidades y lasfacultades del Padre
se manifiestan también en el Hijo y en el Espíritu Santo (Gen. 1:1; Apoc. 4:11;
1 Cor. 15:28; Juan 3:16; 1 Juan 4:8; 1 Tim. 1:17; Éxo. 34:6, 7; Juan 14:9).
COMIENZA EL GRAN DÍA DEL JUICIO. Tronos ardientes con ruedas de fuego
son colocados en sus lugares. El Anciano de Días ocupa su lugar. De majestuosa
apariencia, preside sobre la corte. Su presencia formidable se impone sobre el
vasto público que llena el salón de la corte. Delante de él hay una multitud de
testigos. El juicio está preparado, los libros se abren, y comienza el examen del
registro de las vidas humanas (Dan. 7:9,10).
El universo entero ha estado esperando este momento. Dios el Padre ejecutará
su justicia contra toda maldad. Se pronuncia la sentencia: “Se dio el juicio a los
santos del Altísimo; y... recibieron el reino” (Dan. 7:22). Por todo el cielo re
suenan gozosas alabanzas y acciones de gracia. El carácter de Dios es percibido
en toda su gloria, y su maravilloso nombre es vindicado por todo el universo.
Conceptos acerca del Padre
Con frecuencia se comprende mal a Dios el Padre. Muchos conocen la misión
que Cristo vino a cumplir a este mundo a favor de la raza humana, y están al tanto
del papel que el Espíritu Santo realiza en el individuo, pero, ¿qué tiene que ver con
nosotros el Padre? ¿Está él, en contraste con el Hijo lleno de bondad y el Espíritu,
totalmente sepa rado de nuestro mundo? ¿Es acaso el Amo ausente, la Primera
Causa inamovible?
O será él, según algunos piensan, el “Dios del Antiguo Testamento”, un Dios
34
Dios el Padre ♦ 35
de venganza, caracterizado por el dicho: “Ojo por ojo y diente por diente" (ver
Mat. 5:38; Éxo. 21:24); un Dios exigente, que requiere conducta perfecta, bajo la
amenaza de terribles castigos. Un Dios que ofrece un contraste absoluto con la
descripción que hace el Nuevo Testamento de un Dios de amor, el cual nos pide
que volvamos la otra mejilla y que caminemos la segunda milla (Mat. 5:39-41).
Dios el Padre en el Antiguo Testamento
La unidad del Antiguo y Nuevo Testamento, y su plan común de redención,
se revela por el hecho de que el mismo Dios habla y actúa en ambos Testamentos
para la salvación de su pueblo. “Dios habiendo hablado muchas veces y de mu
chas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días
nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien
asimismo hizo el universo” (Heb. 1:1, 2). Si bien el Antiguo Testamento alude a
las Personas de la Deidad, no las distingue entre sí. Pero el Nuevo Testamento
deja claro que Cristo, Dios el Hijo, fue el agente activo en la creación (Juan 1:1-3,
14; Col. 1:16) y que él fue el Dios que sacó a Israel de Egipto (1 Cor. 10:1-4; Éxo.
3:14; Juan 8:58). Lo que el Nuevo Testamento declara acerca del papel que Cristo
desempeñó en la creación y el éxodo, sugiere que aun el Antiguo Testamento a
menudo describe a Dios el Padre por medio del Hijo. “Dios estaba en Cristo rec
onciliando consigo al mundo” (2 Cor. 5:19). El Antiguo Testamento describe al
Padre en los términos siguientes:
Un Dios de misericordia. Ningún pecador ha visto jamás a Dios (Éxo. 33:20).
No tenemos ninguna fotografía de su rostro. Dios demostró su carácter por sus
hechos de misericordia y por la descripción de sí mismo que proclamó ante Moisés:
Jehová! ¡Jehová! Fuerte, misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en
misericordia y verdad; que guarda misericordia a millares, que perdona la
iniquidad, la rebelión y el pecado, y que de ningún modo tendrá por inocente al
malvado; que visita la iniquidad de los padres sobre los hijos y sobre los hijos de
los hijos, hasta la tercera y cuarta generación” (Éxo. 34:6,7; ver Heb 10:26,27). Con
todo, la misericor dia no perdona ciegamente, sino que se deja guiar por el principio
de la justicia. Los
que rechazan la misericordia divina, cosechan el castigo de su iniquidad.
En el Sinaí, Dios expresó su deseo de ser el amigo de Israel, y de estar con su
pueblo. Por eso le dijo a Moisés: “Y harán un santuario para mí, y habitaré en
medio de ellos” (Éxo. 25:8). Por cuanto el santuario era la morada de Dios en la
tierra, se convirtió en el punto focal de la experiencia de Israel.
El Dios del pacto. Ansioso de establecer relaciones perdurables, Dios estableció
pactos solemnes con personajes como Noé (Gén. 9:1-17) y Abraham (Gén. 12:1-3,
K, • LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
7; I .i: 14-17; 15:1, 5 ,6 ; 17:1-8; 22:15-18; ver el capítulo 7 de esta obra). Estos pactos
revelan un Dios personal y amoroso, que se interesa en las situaciones por las que
pasa su pueblo. A Noé le dio la seguridad de que habría estaciones regulares
(Gén. 8:22) y de que nunca sucedería otro diluvio mundial (Gén. 9:11); a Abra-
ham le prometió numerosos descendientes (Gén. 15:5-7) y una tierra en la cual
pudiera morar (Gén. 15:18; 17:8).
El Dios redentor. En el éxodo, Dios guió milagrosamente a una nación de
esclavos hasta la libertad. Este gran acto redentor constituye el telón de fondo de
todo el Antiguo Testamento y provee un ejemplo del anhelo que Dios siente de
ser nuestro Redentor. Dios no es una persona distante y desconectada, que no se
interesa por nosotros; por el contrario, se halla íntimamente involucrado en
nuestros asuntos.
Los salmos, especialmente, fueron inspirados por la profundidad de la inge
rencia amorosa de Dios: “Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las
estrellas que tú formaste, digo: ¿Qué es el hombre para que tengas de él memoria,
y el hijo del hombre para que lo visites?” (Sal. 8:3,4). “Te amo, oh Jehová, for
taleza mía. Jehová, roca mía y castillo mío, y mi libertador; Dios mío, fortaleza
mía, en él confiaré; mi escudo, y la fuerza de mi salvación, mi alto refugio” (Sal.
18:1,2). “Porque no menospreció ni abominó la aflicción del afligido, ni de él es
condió su rostro” (Sal. 22:24).
Un Dios de refugio. David consideraba a Dios como alguien en quien podemos
encontrar refugio, muy a semejanza de las seis ciudades de refugio israelitas, es
tablecidas para socorro de los fugitivos inocentes. El tema del “refugio” que apa
rece repetidamente en los salmos, describe tanto a Cristo como al Padre. La
Deidad era un refugio para el salmista. “Él me esconderá en su tabernáculo en el
día del mal; me ocultará en lo reservado de su morada; sobre una roca me pondrá
en alto” (Sal. 27:5). “Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio
en las tribulaciones” (Sal. 46:1). “Como Jerusalén tiene montes alrededor de ella,
así Jehová está alrededor de su pueblo desde ahora y para siempre” (Sal. 125:2).
El salmista expresa el anhelo de gozar más de la presencia de su Dios: “Como
el ciervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, oh Dios, el alma
mía. Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo” (Sal. 42:1, 2). Por experiencia pro
pia, David testificó: “Echa sobre Jehová tu carga, y él te sustentará; no dejará para
siempre caído al justo” (Sal. 55:22). “Esperad en él en todo tiempo, oh pueblos;
derramad delante de él vuestro corazón; Dios es nuestro refugio” (Sal. 62:8). El
Creador es un “Dios misericordioso y clemente, lento para la ira, y grande en
misericordia y verdad” (Sal. 86:15).
Dios el Padre ♦ 37
Un Dios perdonador. Después de haber cometido adulterio y asesinato, David
rogó con profundo anhelo: “Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia;
conforme a la multitud de tus piedades borra mis rebeliones”. “No me eches de de
lante de ti, y no quites de mí tu Santo Espíritu” (Sal. 51:1,11). Se sintió
reconfortado por la seguridad de que Dios es maravillosamente misericordioso.
“Porque como la altura de los cielos sobre la tierra, engrandeció su misericordia
sobre los que le temen. Cuanto está lejos el oriente del occidente, hizo alejar de
nosotros nuestras rebeliones. Como el padre se compadece de los hijos, se
compadece Jehová de los que le temen. Porque él conoce nuestra condición; se
acuerda de que somos polvo” (Sal. 103:11-14).
Un Dios de bondad. Dios es el que “hace justicia a los agraviados, que da pan
a los hambrientos. Jehová liberta a los cautivos; Jehová abre los ojos a los ciegos;
Jehová levanta a los caídos; Jehová ama a los justos. Jehová guarda a los extranje
ros; al huérfano y a la viuda sostiene” (Sal. 146:7-9). ¡Qué maravilloso es el cuadro
de Dios que presentan los Salmos!
Un Dios de fidelidad. A pesar de la grandeza de Dios, Israel pasó la mayor
parte del tiempo apartado de él (Lev. 26; Deut. 28). Se describe la actitud de Dios
para con Israel como la de un esposo que ama a su esposa. El libro de Oseas ilus
tra en forma conmovedora la fidelidad de Dios frente al flagrante rechazo e infi
delidad de su pueblo. La persistente disposición de Dios a perdonar, revela su
carácter de amor incondicional.
Si bien Dios, en su deseo de corregir la conducta de Israel, le permitió experi
mentar las calamidades causadas por su infidelidad, de todos modos lo abrazó con
su misericordia. Le aseguró: “Mi siervo eres tú; te escogí, y no te deseché. No
temas, porque yo estoy contigo; no desmayes porque yo soy tu Dios que te
esfuerzo; siem pre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia”
(Isa. 41:9,10). A pesar de su infidelidad, Dios le promete con ternura: “Y
confesarán su iniquidad, y la iniquidad de sus padres, por su prevaricación con que
prevaricaron contra mí... entonces se humillará su corazón incircunciso, y
reconocerán su pecado. Entonces yo me acordaré de mi pacto con Jacob, y
asimismo de mi pacto con Isaac, y también de mi pacto con Abraham me acordaré”
(Lev. 26:40-42; ver Jer. 3:12).
Dios le recuerda a su pueblo su actitud redentora: “Israel, no me olvides. Yo
deshice como una nube tus rebeliones, y como niebla tus pecados; vuélvete a mí,
porque yo te redimí” (Isa. 44:21,22). Con razón Dios tiene derecho a decir: “Mirad
a mí, y sed sal vos todos los términos de la tierra, porque yo soy Dios, y no hay
más" (Isa. 45:22).
Un Dios de salvación y de venganza. La descripción que hace el Antiguo
Testamento de Dios como un Dios de venganza, debe ser colocada en el contexto
:w • LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO Dí A CREEN EN.
de la destrucción de su pueblo fiel por los malvados. A través del tema del “día del
Señor”, los profetas revelan las acciones de Dios en defensa de su pueblo al fin del
tiempo. Es un día de salvación para su pueblo, pero un día de venganza sobre sus
enemigos, los cuales serán destruidos. “Decid a los de corazón apocado: Esforzaos,
no temáis; he aquí que vuestro Dios viene con retribución, con pago; Dios mismo
vendrá, y os salvará” (Isa. 35:4).
Un Dios paternal. Dirigiéndose a Israel, Moisés se refirió a Dios llamán
dolo su Padre, que los había redimido: "¿No es él tu Padre que te creó?” (Deut.
32:6). Por la redención, Dios adoptó a Israel como su hijo. Isaías escribió: “Aho
ra pues, Jehová, tú eres nuestro Padre" (Isa. 64:8; ver el cap. 63:16). Por medio
de Malaquías, Dios afirmó su paternidad (Mal. 1:6). En otro texto, el mismo
profeta relaciona la paternidad de Dios con su papel como creador: “¿No tenemos
todos un mismo Padre? ¿No nos ha creado un mismo Dios?” (Mal. 2:10). Dios
es nuestro Padre tanto por la creación como por la redención. ¡Qué verdad más
gloriosa!
Dios el Padre en el Nuevo Testamento
El Dios del Antiguo Testamento no difiere del Dios del Nuevo. Dios el Padre
está revelado como el originador de todas las cosas, el Padre de todos los ver
daderos creyentes, y en un sentido especialísimo, el Padre de Jesucristo.
El Padre de toda la creación. Pablo identifica al Padre, distinguiéndolo de
Jesucristo: “Solo hay un Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas... y un
Señor, Jesucristo, por medio del cual son todas las cosas, y nosotros por medio de
él” (1 Cor. 8:6; ver Heb. 12:9; Juan 1:17). El apóstol da el siguiente testimonio:
“Doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo, de quien toma
nombre toda familia en los cielos y en la tierra” (Efe. 3:14,15).
El Padre de todos los creyentes. En los tiempos del Nuevo Testamento, esta
relación espiritual entre padre e hijo existe, no entre Dios y la nación de Israel,
sino entre Dios y el creyente individual. Jesús provee los parámetros que guían
esta relación (Mat. 5:45; 6:6-15), la cual se establece a través de la aceptación que
el creyente hace de Jesucristo (Juan 1:12,13).
A través de la redención que Cristo ha obrado, los creyentes son adoptados
como hijos de Dios. El Espíritu Santo facilita esta relación. Cristo vino “para que
redimiese a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de
hijos. Y por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su
Hijo, el cual clama: ¡Abba, Padre!” (Gál. 4:5, 6; ver Rom. 8:15,16).
Dios el Padre • 39
Jesús revela al Padre. Jesús, Dios el Hijo, proveyó la más profunda revelación
de Dios el Padre al venir en la carne humana, en calidad de autorrevelación de
Dios (Juan 1:1,14). Juan declara: “A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo... él
le ha dado a conocer” (Juan 1:18). Jesús dijo: “He descendido del cielo” (Juan
6:38); “el que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Juan 14:9). Conocer a Jesús es
conocer al Padre.
La epístola a los Hebreos hace énfasis en la importancia de esta revelación
personal: “Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro
tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por
el Hijo a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el uni
verso... siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia, y
quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder” (Heb. 1:1-3).
1. Un Dios que da. Jesús reveló que su Padre es un Dios generoso, que da.
Vemos su generosidad en el acto de dar durante la creación, en Belén y en el
Calvario.
En la creación, el Padre y el Hijo actuaron juntos. Dios nos dio vida a pesar de
saber que hacer eso llevaría a su propio Hijo a la muerte.
En Belén, se entregó a sí mismo al entregar a su Hijo. ¡Qué dolor habrá ex
perimentado el Padre cuando su Hijo entró en nuestro planeta contaminado por
el pecado! Imaginemos los sentimientos del Padre al ver a su Hijo cambiar el
amor y la adoración de los ángeles por el odio de los pecadores; la gloria y felici
dad del cielo por el sendero de la muerte.
Pero es el Calvario lo que provee para nosotros la mayor comprensión del Pa
dre. El Padre, siendo divino, sufrió el dolor de verse separado de su Hijo —en la
vida y en la muerte— con mayor intensidad de lo que ningún ser humano jamás
podría experimentar. Además, sufrió con Cristo en la misma medida. ¡Cómo po
dríamos pretender que existiera un testimonio mayor acerca del Padre! La cruz
revela, como ninguna otra cosa puede hacerlo, la verdad acerca del Padre.
2. Un Dios de amor. El tema favorito de Jesús era la ternura y el abundante
amor de Dios. “Amad a vuestros enemigos —dijo el Salvador—, bendecid a los
que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan
y os persiguen; para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que
hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos”
(Mat. 5:44, 45). “Y será vuestro galardón grande, y seréis hijos del Altísimo,
porque él es benigno para con los ingratos y malos. Sed, pues, misericordiosos,
como también vuestro Padre es misericordioso” (Luc. 6:35, 36).
Al humillarse para lavar los pies del que lo traicionaría (Juan 13:5,10-14), Jesús
reveló la naturaleza amante del Padre. Al contemplar a Cristo alimentando a los
in . |i i\ ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
hiMiilnii'iilo’1 (Mm, 6:39-44; cap. 8:1-9), sanando a los sordos (Mar. 9:17-29), de-
1111\11'iii l<i <'I habla a los mudos (Mar. 7:32-37), abriendo los ojos de los ciegos
(Mar.
II ’ 1 .’(>), levantando a los paralíticos (Luc. 5:18-26), curando a los leprosos (Luc.
• 12, I i), resucitando a los muertos (Mar. 5:35-43); Juan 11:1-45), perdonando a
los pecadores (Juan 8:3-11), y echando fuera demonios (Mat. 15:22-28; 17:14-21),
vemos al Padre mezclándose con los hombres, trayéndoles su vida, libertándolos,
concediéndoles esperanza, y llamando su atención a la nueva tierra restaurada que
habría de venir. Cristo sabía que la única forma de llevar a los individuos al arre
pentimiento era revelarles el precioso amor de su Padre (Rom. 2:4).
Tres de las parábolas de Cristo describen la preocupación amorosa que Dios
siente por la humanidad perdida (Luc. 15). La parábola de la oveja perdida enseña
que la salvación viene a nosotros por iniciativa de Dios, y no porque nosotros
podamos buscarlo a él. Como un pastor ama a sus ovejas y arriesga su vida
cuando una falta, así también en medida cada vez mayor, Dios manifiesta su
amor anhelante por todo pecador perdido.
Esta parábola también tiene significado cósmico: La oveja perdida representa
nuestro mundo rebelde, un simple átomo en el vasto universo de Dios. El hecho
de que Dios haya entregado el costoso don de su Hijo con el fin de restaurar a
nuestro planeta al redil, indica que nuestro mundo caído es tan precioso a los
ojos de él como el resto de su creación.
La parábola de la moneda perdida destaca el inmenso valor que Dios coloca
sobre nosotros los pecadores. Y la parábola del hijo pródigo muestra el amor in
finito del Padre que le da la bienvenida al hogar a sus hijos penitentes. Si hay gozo
en el cielo por un pecador que se arrepiente (Luc. 15:7), imaginemos el gozo que
el universo experimentará cuando nuestro Señor venga por segunda vez.
El Nuevo Testamento hace clara la íntima participación que el Padre tiene en
el retorno de su Hijo. Ante la segunda venida, los malvados claman a las monta
ñas y a las rocas: “Caed sobre nosotros, y escondednos del rostro de aquel que
está sentado sobre el trono, y de la ira del Cordero” (Apoc. 6:16). Jesús dijo:
“Porque el Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre con sus ángeles” (Mat.
16:27);"... veréis al Hijo del hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y vi
niendo en las nubes del cielo” (Mat. 26:64).
Con un corazón anhelante, el Padre anticipa la Segunda Venida, cuando los
redimidos sean finalmente llevados a su hogar eterno. Entonces se verá que su
acto de enviar “a su Hijo unigénito al mundo para que vivamos por él” (1 Juan
4:9) claramente no habrá sido en vano. Únicamente el amor abnegado e insondable
puede explicar por qué, aunque éramos enemigos, “fuimos reconciliados con
Dios por la muerte de su Hijo” (Rom. 5:10). ¿Cómo podríamos rechazar tal amor,
y rehusar reconocerle como nuestro Padre?
LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
Dios el Hijo
Dios el Hijo Eterno se encamó en Jesucristo. Por medio de él se crearon todas
las cosas, se reveló el carácter de Dios, se llevó a cabo la salvación de la human
idad y se juzga al mundo. Aunque es verdadero y eternamente Dios, llegó a ser
también verdaderamente hombre, Jesús el Cristo. Fue concebido por el Espíritu
Santo y nació de la virgen María. Vivió y experimentó la tentación como ser
humano, pero ejemplificó perfectamente la justicia y el amor de Dios. Medi
ante sus milagros manifestó el poder de Dios y éstos dieron testimonio de que
era elprometido Mesías de Dios. Sufrió y murió voluntariamente en la cruz por
nuestros pecados y en nuestro lugar, resucitó de entre los muertos y ascendió
para ministrar en el Santuario celestial enfavor de nosotros. Volverá otra vez
en gloria para librar definitivamente a su pueblo y restaurar todas las cosas
(Juan 1:1-3,14; Col. 1:15-19; Juan 10:30; 14:9; Rom. 6:23; 2 Cor. 5:17-19; Juan
5:22; Luc. 1:35; Fil. 2:5-11; Heb. 2:9-18; 1 Cor. 15 :3 ,4 ; Heb. 8 :1 ,2 ; Juan 14:1-3).
EL DESIERTO SE HABÍA CONVERTIDO EN UNA PESADILLA de serpientes.
Los reptiles se arrastraban bajo las ollas, se enrollaban en las estacas de las tien das.
Acechaban entre los juguetes de los niños, o se ocultaban en los rollos de la ropa de
cama. Sus colmillos se hundían profundamente, inyectando su veneno mortífero en
la carne de sus victimas.
El desierto que una vez había sido el refugio de Israel, se convirtió en su ce
menterio. Centenares de victimas yacían agonizantes. Dándose cuenta de su
crítica situación, los aterrorizados padres y madres se apresuraron a ir en busca
de Moisés, para rogarle que los ayudara. “Y Moisés oró por el pueblo”.
¿Cuál fue la respuesta de Dios? Debían hacerse una serpiente y levantarla en
alto; todos los que la miraran, vivirían. “Y Moisés hizo una serpiente de bronce,
41
■12 . I.()S ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
y la puso sobre una asta; y cuando alguna serpiente mordía a alguno, miraba a la
serpiente de bronce y vivía” (Núm. 21:7, 9).
La serpiente siempre ha sido el símbolo de Satanás (Gén. 3, Apoc. 12). Repre
senta el pecado. El campamento había caído en las manos de Satanás. ¿El reme
dio de Dios? No consistió en mirar a un cordero en el altar del santuario, sino a
una serpiente de bronce.
¡Extraño símbolo de Cristo! Así como sobre el poste fue levantada la imagen
de las serpientes que mordían, también Jesús, hecho “en semejanza de carne de
pecado” (Rom. 8:3), había de ser levantado en la cruenta cruz del Calvario (Juan
3:14,15). Se hizo pecado, tomando sobre sí mismo todos los pecados de todo ser
que haya vivido o vivirá: “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado,
para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Cor. 5:21). Al mirar
a Cristo, la humanidad sin esperanza puede hallar vida.
¿Cómo podría la encarnación traer salvación a la humanidad? ¿Qué efecto
tuvo sobre el Hijo? ¿Cómo pudo Dios convertirse en un ser humano, y por qué
fue necesario?
La encarnación: predicciones y cumplimiento
El plan que Dios desarrolló para rescatar a los que se apartaban de su omnisa
piente consejo (Juan 3:16; 1 Juan 4:9) demuestra su amor en forma convincente.
En este plan, su Hijo fue “ya destinado desde antes de la fundación del mundo”
para que fuese el sacrificio por el pecado, y la esperanza de la raza humana (1
Ped. 1:19, 20). Él nos haría volver a Dios, y proveería liberación del pecado al
destruir las obras del diablo (1 Ped. 3:18; Mat. 1:21; 1 Juan 3:8).
El pecado había separado a Adán y a Eva de la fuente de vida, y debiera haber
causado su muerte de inmediato. Pero en armonía con el plan establecido antes
de la fundación del mundo (Ped. 1:20, 21), el “consejo de paz” (Zac. 6:13), Dios el
Hijo se interpuso entre ellos y la justicia divina salvando el abismo, impidiendo
así que la muerte actuara sobre ellos. Aun antes de la cruz, entonces, su gracia
mantuvo vivos a los pecadores y les aseguró la salvación. Pero con el fin de res
taurarnos completamente como hijos e hijas de Dios, tendría que convertirse en
hombre.
Tan pronto como Adán y Eva pecaron, Dios les dio esperanza prometiendo
introducir una enemistad sobrenatural entre la serpiente y la mujer, entre su
simiente y la de ella. En la misteriosa declaración de Génesis 3:15, la serpiente y
su descendencia representa a Satanás y sus seguidores; la mujer y su simiente
simboliza al pueblo de Dios y al Salvador del mundo. Esta declaración fue la
primera afirmación de que la controversia entre el bien y el mal terminaría en
victoria para el Hijo de Dios.
Dios el Hijo ♦ 43
Sin embargo, la victoria sería dolorosa: “Este [el Salvador] te herirá en la ca
Nadie saldría incólume del conflicto.
Desde ese momento, la humanidad comenzó a esperar la venida del Prometi
do. En el Antiguo Testamento se desarrolla la búsqueda. Las profecías asegura
ban que cuando llegara el Salvador prometido, el mundo tendría evidencias que
confirmarían su identidad.
Una dramatización profètica de la salvación. Después de la entrada del
pecado, Dios instituyó sacrificios de anímales para ilustrar la misión del Salvador
venidero (ver Gén. 4:4). Este sistema simbólico dramatizaba la manera en que
Dios el Hijo habría de eliminar el pecado.
Por causa del pecado —la trasgresión de la ley de Dios—, la raza humana se
vio en peligro de muerte (Gén. 2:17; 3:19; 1 Juan 3:4; Rom. 6:23). La ley de Dios
demandaba la vida del pecador. Pero en su amor infinito, Dios entregó a su Hijo
“para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan
3:16). ¡Cuán incomprensible es este acto de condescendencia! Dios el Hijo eterno
pagó por sí mismo en forma vicaria la pena del pecado, con el fin de proveernos
perdón y reconciliación con la Deidad.
Posteriormente al éxodo de Israel desde Egipto, los sacrificios empezaron a
reali zarse en un tabernáculo, como parte de una relación contractual entre Dios
y su pueblo. Construido por Moisés según un modelo celestial, el Santuario y sus
servi cios fueron instituidos para ilustrar el plan de salvación (Éxo. 25:8,9,40; Heb.
8:1-5). Para obtener el perdón, el pecador arrepentido debía llevar un animal
para sacrificarlo, el cual no tuviese ninguna imperfección, puesto que representaba
el Salvador exento de pecado. El pecador colocaba entonces su mano sobre el
ani mal inocente y confesaba sus pecados (Lev. 1:3,4). Este acto simbolizaba la
trans ferencia del pecado, desde el pecador culpable a la víctima inocente,
revelando
así la naturaleza sustitutiva del sacrificio.
Por cuanto “sin derramamiento de sangre no se hace remisión” de los pecados
(Heb. 9:22), el pecador mataba a continuación el animal, poniendo en evidencia
la naturaleza mortífera del pecado. Sin duda de que ésta era una forma triste de
expresar esperanza, pero por otra parte era la única manera en que el pecador
podría expresar fe.
Una vez que se realizaba el ministerio sacerdotal (Lev. 4-7), el pecador recibía
el perdón de los pecados por su fe en la muerte sustitutiva del Redentor venidero,
la cual los sacrificios de animales simbolizaban (ver Lev. 4:26, 31, 35). El Nuevo
Testamento reconoce que Jesucristo, el Hijo de Dios, es “El Cordero de Dios, que
quita el pecado del mundo” (Juan 1:29). A través de “la sangre preciosa de Cristo,
44 . LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN.
como de un cordero sin mancha y sin contaminación” (1 Ped. 1:29), Cristo ob
tuvo para la raza humana la redención del castigo eterno del pecado.
Predicciones acerca de un Salvador. Dios prometió que el Salvador —el
Mesías, el Ungido— surgiría del linaje de Abraham: “En tu simiente serán bendi
tas todas las naciones de la tierra” (Gen. 22:18; ver el cap. 12:3).
Isaías predijo que el Salvador vendría como un Hijo varón y que sería tanto
humano como divino: “Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado y el
principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios
fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz” (Isa. 9:6). Este Redentor ascendería al trono de
David y establecería un reino eterno de paz (Isa. 9:7). El lugar de su nacimiento sería
Belén (Miq. 5:2).
El nacimiento de esta Persona divino-humana sería sobrenatural. Haciendo
referencia a Isaías 7:14, el Nuevo Testamento declara: “He aquí, una virgen con
cebirá y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Emmanuel, que traducido es:
Dios con nosotros” (Mat. 1: 23).
La misión del Salvador se expresa en las siguientes palabras: “El Espíritu de
Jehová el Señor está sobre mí, porque me ungió Jehová; me ha enviado a predicar
buenas nuevas a los abatidos, a vendar a los quebrantados de corazón, a publicar
libertad a los cautivos, y a los presos apertura de la cárcel; a proclamar el año de
la buena voluntad de Jehová” (Isa. 61:1, 2; ver Luc. 4:18,19).
Cosa asombrosa, el Mesías sufriría rechazo. Lo considerarían como “raíz de
tierra seca; no hay parecer en él, ni hermosura; le veremos, mas sin atractivo para
que le deseemos. Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores,
experimentado en quebranto... y no lo estimamos” (Isa. 53:2-4).
Uno de sus amigos lo traicionaría (Sal. 41:9) por treinta piezas de plata (Zac.
11:12). Durante su juicio lo escupirían y lo azotarían (Isa. 50:6). Los que lo
ejecutasen echarían suertes por sus ropas. (Sal. 22:18). Ninguno de sus huesos
habría de ser quebrado (Sal. 34:20), pero su costado sería traspasado (Zac. 12:10).
En sus aflicciones, no se resistiría, sino que “como oveja delante de sus trasquila
dores, enmudeció, y no abrió su boca” (Isa. 53:7).
El inocente Salvador sufriría inmensamente por los pecadores. “Ciertamente
llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores.... Herido fue por
nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue
sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados... Jehová cargó en él el pecado de
todos nosotros... Porque fue cortado de la tierra de los vivientes, y por la rebelión
de mi pueblo fue herido” (Isa. 53:4-8).
El Salvador identificado. Únicamente Jesucristo ha cumplido estas pro
fecías. Las Escrituras trazan su genealogía hasta Abraham, llamándolo el Hijo de
Dios el Hijo ♦ 45
Abraham (Mat. 1:1), y Pablo afirma que la promesa hecha al patriarca Abraham
y a su simiente se cumplió en Cristo (Gál. 3:16). El título mesiánico “Hijo de Da
vid’’ le fue aplicado profusamente a Cristo (Mat. 21:9). Fue identificado como el
Mesías prometido, que ocuparía el trono de David (Hech. 2:29, 30).
El nacimiento de Jesús fue milagroso. La virgen María “se halló que había
concebido del Espíritu Santo” (Mat. 1:18-23). Un decreto romano la llevó a Belén,
lugar predicho para el nacimiento del Mesías (Luc. 2:4-7).
Uno de los nombres de Jesús era Emanuel o “Dios con nosotros”. Este apelativo
reflejaba su naturaleza divino-humana e ilustraba la identificación de Dios con la
humanidad (Mat. 1:23). Su nombre común, Jesús, enfocaba su misión de sal vación:
“y llamará su nombre JESÚS, porque él salvará a su pueblo de sus peca dos” (Mat.
1:21).
Jesús identificó su misión con la del Mesías predicho en Isaías 61:1,2: “Hoy se
ha cumplido esta Escritura delante de vosotros” (Luc. 4:17-21).
Si bien es cierto que Cristo causó un profundo impacto en su pueblo, en
general su mensaje fue rechazado (Juan 1:11; Luc. 23:18). Con pocas excepciones,
no fue reconocido como el Salvador del mundo. En vez de hallar aceptación,
debió afrontar amenazas de muerte (Juan 5:16; 7:19; 11:53).
Hacia el final de los tres años y medio del ministerio de Jesús, Judas Iscariote
—un discípulo— lo traicionó (Juan 13:18; 18:2) por treinta piezas de plata (Mat.
26:14, 15). En vez de resistirse, Cristo reprendió a sus discípulos por tratar de
defenderlo (Juan 18:4-11).
A pesar de ser inocente de cualquier crimen, menos de 24 horas después que
lúe arrestado, había sido escupido, azotado, juzgado, condenado a muerte y cru
cificado (Mat. 26:67; Juan 19:1-16; Luc. 23:14,15). Los soldados echaron suertes
sobre su ropa (Juan 19:23,24). Durante su crucifixión, ninguno de sus huesos fue
quebrado (Juan 19:32, 33, 36), y después que murió, los soldados atravesaron su
tostado con una lanza (Juan 19:34, 37).
Los seguidores de Cristo reconocieron que su muerte constituía el único
sacrificio sustitutivo que pudiera servir para los pecadores. Pablo declaró: “Dios
muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por
nosotros” (Rom. f>:8). “Andad en amor —escribió el apóstol—, como también
Cristo nos amó, y se en tregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en
olor fragante” (Efe. 5:2).
El tiempo de su ministerio y muerte. La Biblia revela que Dios envió a su
I lijo al mundo “cuando vino el cumplimiento del tiempo” (Gal. 4:4). Cuando
( ,'risto comenzó su ministerio, proclamó: “El tiempo se ha cumplido” (Mar. 1:15).
IIstas referencias al tiempo indican que la misión del Salvador procedió en ar monía
con los exactos planes proféticos.
46 ♦ LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN.
Más de cinco siglos antes, por medio de Daniel, Dios había predicho el tiempo
exacto del comienzo del ministerio de Cristo, así como de su muerte.1
Hacia el fin de los 70 años de la cautividad de Israel en Babilonia, Dios le
reveló a Daniel que les había asignado a los judíos y a la ciudad de Jerusalén un
período de prueba de 70 semanas.
Durante este tiempo, los miembros de la nación judía debían cumplir los
propósitos que Dios tenía para ellos, arrepintiéndose y preparándose para la
venida del Mesías.
Daniel también expresó que durante este período se iba a “expiar la iniqui
dad” y “traer la justicia perdurable”. Estas actividades mesiánicas indican que el
Salvador debía aparecer durante ese período profètico (Dan. 9:24).
La profecía de Daniel especificaba que el Mesías había de aparecer “siete se
manas, y sesenta y dos semanas”, es decir un total de 69 semanas, a partir de “la
salida de la orden para restaurar y edificar a Jerusalén” (Dan. 9:25). Después de la
semana número 69 se quitaría la vida al Mesías, mas no por sí” (Dan. 9:26). Estas
palabras son una referencia a su muerte vicaria. Habría de morir a la mitad de la
semana número 70, haciendo “cesar el sacrificio y la ofrenda” (Dan. 9:27).
La clave que permite comprender las profecías cronológicas se encuentra en
el principio bíblico según el cual un día de tiempo profètico equivale a un año
solar literal (Núm. 14:34; Eze. 4:6).2Según este principio de día por año, las 70
semanas (o 490 días proféticos), representan entonces 490 años literales.
Daniel declara que este período había de comenzar “desde la salida de la or
den para restaurar y edificar a Jerusalén” (Dan. 9:25). Este decreto, que concedía
plena autonomía a los judíos, fue proclamado en el año séptimo del rey persa
Artajerjes, y se hizo efectivo en el otoño del año 457 a.C. (Esd. 7:8, 12-26; 9:9).3
Según la profecía, "el Mesías Príncipe” aparecería 483 años (69 semanas profé-
ticas) después de la promulgación del decreto. Si contamos 483 años después del
457 antes de Cristo, llegamos al otoño del año 27 de la era cristiana, cuando Jesús
fue bautizado y comenzó su ministerio público.4Al aceptar las fechas de los años
457 a.C. y 27 d.C., Gleason Archer comenta que ésta constituyó “una exactitud
asombrosa en el cumplimiento de una profecía tan antigua. Solo Dios pudo haber
predicho la venida de su Hijo con una precisión tan asombrosa que desafía toda
explicación racionalista”.5
En ocasión de su bautismo en el Jordán, Jesús fue ungido por el Espíritu San
to y recibió el reconocimiento de Dios como el “Mesías” (hebreo) o el Cristo
(griego); ambos términos significan “el Ungido” (Lue. 3:21, 22; Hech. 10:38; Juan
1:41). La proclamación de Jesús: “El tiempo se ha cumplido” (Mar. 1:15), se
refiere al cumplimiento de esta profecía cronológica.
A la mitad de la septuagésima semana, en la primavera del año 31 de nuestra
Dios el Hijo ♦ 47
era, exactamente tres años y medio después del bautismo de Cristo, el Mesías causó
el fin del sistema de los sacrificios al entregar su propia vida. En el momento de su
muerte, el velo del templo se rasgó en dos, “de arriba abajo” (Mat. 27:51),
indicando así la abolición de todos los servicios del templo, por decisión divina.
70 Semanas-490 años
Daniel 9 7 semanas- 1 semana-
49 años 62 semanas-434 años 7 años
538/ ( \r r
537 a.C.
\ \
457 408 a.C. —► d.C. 27 31 3
Todas las ofrendas y los sacrificios habían apuntado hacia el sacrificio per
fectamente suficiente del Mesías. Cuando Jesucristo, el verdadero Cordero de
Dios, fue sacrificado en el Calvario como rescate por nuestros pecados (1 Ped.
1:19), el tipo se encontró con el antitipo, y la sombra se fundió en la realidad. Los
servicios del Santuario terrenal no volverían a ser necesarios.
En el tiempo exacto indicado por la profecía, durante la fiesta de la Pascua, él
murió. Pablo dijo: “Porque nuestra pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por
nosotros” (1 Cor. 5:7). Esta profecía asombrosamente exacta presenta una de las
evidencias más fuertes de la verdad histórica fundamental de que Jesucristo es el
Salvador del mundo, predicho mucho tiempo antes.
La resurrección del Salvador. La Biblia predecía no solo la muerte del Salva
dor, sino también su resurrección. David se refirió a la resurrección de Jesús,
dicien do “que su alma no fue dejada en el Hades, ni su carne vio corrupción”
(Hech. 2:31; ver Sal. 16:10). Si bien es cierto que Cristo había levantado de los
muertos a otros (Mar. 5:35-42; Luc. 7:11-17; Juan 11), su propia resurrección
demostró el poder que constituía el fundamento de su pretensión de ser el
Salvador del mundo: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque
esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente”
(Juan 11:25,26).
Después de su resurrección, proclamó: “No temas; yo soy el primero y el úl-
Iuno; y el que vivo y estuve muerto; mas he aquí que vivo por los siglos de los
siglos, amén. Y tengo las llaves de la muerte y del Hades” (Apoc. 1:17,18).
I as dos naturalezas de Jesucristo
Cuando Juan dijo: “Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros”
(luán 1:14), expresó una profunda verdad. La encarnación de Dios el Hijo es un
misterio. A la manifestación de Dios en la carne, la Escritura la llama “el misterio
ile la piedad” (1 Tim. 3:16).
48 ♦ LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
El Creador de los mundos, aquel en quien se manifestó la plenitud de la Dei
dad, se convirtió en el Niño impotente del pesebre. Muy superior a cualquiera de
los ángeles, igual al Padre en dignidad y gloria, ¡y sin embargo condescendió a
revestirse de humanidad! Apenas podemos comenzar a comprender el signifi
cado de este sagrado misterio, y aún así, logramos hacerlo únicamente al per
mitir que el Espíritu Santo nos ilumine. Cuando procuramos comprender la en
carnación, es bueno que recordemos que “las cosas secretas pertenecen a Jehová
nuestro Dios; mas las reveladas son para nosotros y para nuestros hijos para
siempre” (Deut. 29:29).
Jesucristo es verdaderamente Dios. ¿Qué evidencias tenemos de que Jesu
cristo es divino? ¿Qué dijo acerca de sí mismo? ¿Reconocieron su divinidad sus
contemporáneos?
1. Sus atributos divinos. Cristo posee atributos divinos. Es omnipotente. Dijo
que el Padre le había concedido “toda potestad... en el cielo y en la tierra” (Mat.
28:18; Juan 17:2).
El Salvador es omnisciente. En él, dijo Pablo, “están escondidos todos los
tesoros de la sabiduría y del conocimiento” (Col. 2:3).
Jesús estableció su omnipresencia al darnos palabras de seguridad como las
siguientes: “He aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”
(Mat. 28:20); “donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en
medio de ellos” (Mat. 18:20).
Si bien a la divinidad de Cristo le corresponde en forma natural el atributo de
la omnipresencia, en su encarnación el Hijo de Dios se ha limitado voluntaria
mente en este aspecto. Ha escogido ser omnipresente por medio del ministerio
del Espíritu Santo (Juan 14:16-18).
La epístola a los Hebreos da testimonio de su inmutabilidad, al declarar:
“Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos" (Heb. 13:8).
Su autoexistencia se hizo evidente cuando aseveró tener vida en sí mismo
(Juan 5:26), y Juan testificó: “En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hom
bres” (Juan 1:4). El anuncio de Cristo: “Yo soy la resurrección y la vida” (Juan
11:25) afirmaba que en él se encuentra la “vida original, que no proviene ni deriva
de otra”.6
La santidad es parte de su naturaleza. Durante la anunciación, el ángel le dijo
a María: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con
su sombra; por lo cual también el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de
Dios” (Luc. 1:35). Al ver a Jesús, los demonios exclamaron: “¡Ah! ¿Qué tienes con
nosotros, Jesús Nazareno?... Sé quién eres, el Santo de Dios” (Mar. 1:24).
Dios el Hijo • 49
Jesús es amor. “En esto hemos conocido el amor —escribió Juan—, en que él
puso su vida por nosotros” (1 Juan 3:16).
Jesús es eterno. Isaías lo llamó: “Padre eterno” (Isa. 9:6). Miqueas se refirió a
él como aquel cuyas “salidas son desde el principio, desde los días de la eterni
dad” (Miq. 5:2). Pablo colocó su existencia “antes de todas las cosas” (Col. 1:17),
y Juan está de acuerdo con esto: “Este era en el principio con Dios. Todas las co
sas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho” (Juan
1:2, 3)7
2. Sus prerrogativas y poderes divinos. Las obras de Dios se adjudican a Jesús.
Se lo identifica tanto como el Creador (Juan 1:3; Col. 1:16), como el Sustentador
o Preservador: “Todas las cosas en él subsisten” (Col. 1:17; Heb. 1:3). Puede levan
tar a los muertos con su voz (Juan 5:28, 29), y al fin del tiempo juzgará al mundo
(Mat. 25:31, 32). Además, perdonó pecados (Mat. 9:6, Mar. 2:5-7).
3. Sus nombres divinos. Los nombres de Cristo revelan su naturaleza divina.
Emanuel quiere decir “Dios con nosotros” (Mat. 1:23). No solamente los creyen
tes, sino también los demonios se dirigían a él como el Hijo de Dios (Mar. 1:1;
Mat. 8:29; ver Mar. 5:7). A Jesús se le aplica el mismo nombre sagrado, Jehová o
Yavé, que el Antiguo Testamento le aplica a Dios. Mateo usó las palabras de
Isaías 40:3: “Preparad el camino del Señor”, para describir la obra que debía pre
parar el camino a la misión de Cristo (Mat. 3:3). Y Juan identifica a Jesús como el
Señor de los ejércitos que estaba sentado en su trono (Isa. 6:1, 3; Juan 12:41).
4. Se reconoce su divinidad. Juan describe a Jesús como el divino Verbo que
“fue hecho carne” (Juan 1:1, 14). Tomás reconoció al Cristo resucitado llamán
dolo "¡Señor mío, y Dios mío! (Juan 20:28). Pablo se refirió a Cristo diciendo que
“es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos” (Rom. 9:5); y el autor de
Hebreos se dirige a él como Dios y Señor de la creación (Heb. 1:8,10).8
5. Su testimonio personal. El mismo Jesús afirmó su igualdad con Dios. Se iden
tificó a sí mismo como el “YO SOY” (Juan 8:58), el Dios del Antiguo Testamento.
Llamaba a Dios “mi Padre”, en vez de “nuestro Padre” (Juan 20:17). Y su declara
ción: “Yo y el Padre uno somos” (Juan 10:30) establece la aseveración de que Cristo
era “de una sustancia con el Padre, poseyendo los mismos atributos”.9
6. Se presume su igualdad con Dios. La igualdad de Cristo con Dios el Padre
se da por sentada en la fórmula bautismal (Mat. 28:19), la bendición apostólica
completa (2 Cor. 13,14), su último consejo (Juan 14-16), y la exposición que hace
50 . LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO Dí A CREEN EN.
Pablo de los dones espirituales (1 Cor. 12:4-6). La Escritura describe a Jesús como
el resplandor de la gloria de Dios, y “la imagen misma de su sustancia” (Heb. 1:3).
Y cuando se le pidió que revelara a Dios el Padre, Jesús replicó: “El que me ha
visto a mí, ha visto al Padre” (Juan 14:9).
7. Se lo adora como Dios. En más de una ocasión, sus seguidores lo adoraron,
y él se lo permitió (Mat. 28:17, ver Luc. 14:33). “Adórenle todos los ángeles de
Dios” (Heb. 1:6). Pablo escribió: “que en el nombre de Jesús se doble toda rodi
lla... y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor” (Fil. 2:10, 11). Diversas
expresiones formales de bendición le adjudican a Cristo la “gloria por los siglos
de los siglos” (2 Tim. 4:18; Heb. 13:21; ver 2 Ped. 3:18).
8. Su naturaleza divina es necesaria. Cristo reconcilió a Dios con la humani
dad. Los seres humanos necesitaban una revelación perfecta del carácter de Dios
con el fin de desarrollar una relación personal con él. Cristo llenó esta necesidad
al exhibir la gloria de Dios (Juan 1:14). “A Dios nadie le vio jamás; el unigénito
Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer” (Juan 1:18; ver cap.
17:6). Jesús dio testimonio, diciendo: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre”
(Juan 14:9).
En su completa dependencia del Padre (Juan 5:30), Cristo usó el poder divino
para revelar el poder de Dios. Con ese poder divino, se reveló a sí mismo como el
amante Salvador enviado por el Padre para sanar, restaurar y perdonar pecados
(Luc. 6:19; Juan 2:11; 5:1-15,36; 11:41-45; 14:11; 8:3-11). Sin embargo, nunca
realizó un milagro para ahorrarse las dificultades y sufrimientos personales que otras
per sonas experimentarían si tuvieran que pasar por circunstancias similares.
Jesucristo es uno con Dios el Padre, en su naturaleza, en su carácter y en sus
propósitos.10Es verdaderamente Dios.
Jesucristo es verdaderamente hombre. La Biblia testifica que además de su
naturaleza divina, Cristo posee una naturaleza humana. La aceptación de esta
enseñanza es crucial. Todo aquel que “confiesa que Jesucristo ha venido en carne,
es de Dios” y todo aquel que no lo hace “no es de Dios” (1 Juan 4:2,3). El nacimien
to humano de Cristo, su desarrollo, sus características y su testimonio personal,
proveen abundantes evidencias de su humanidad.
1. Su nacimiento humano. “Aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre
nosotros” (Juan 1:14). La palabra “carne” significa aquí “naturaleza humana”, una
naturaleza inferior a la naturaleza celestial de Cristo. Con palabras muy claras,
Pablo dice: “Dios envió a su Hijo, nacido de mujer” (Gál. 4:4; ver Gén. 3:15). Cris
Dios el Hijo ♦ 51
to tomó “forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la
condición de hombre, se humilló a sí mismo” (Fil. 2:7, 8). Esta manifestación de
Dios en la naturaleza humana es “el misterio de la piedad” (1 Tim. 3:16).
En la genealogía de Cristo se hace referencia a él como “Hijo de David” y tam
bién “Hijo de Abraham” (Mat. 1:1). Según su naturaleza humana, Cristo “era del
linaje de David según la carne” (Rom. 1:3, 9:5) y fue el “hijo de María” (Mar. 6:3).
Si bien es cierto que, a la manera de todo niño, Cristo nació de una mujer, hubo
en ello una gran diferencia, una característica exclusiva. María era virgen, y este
Niño fue concebido del Espíritu Santo (Mat. 1:20-23; Luc. 1:31-37). A través de su
madre, Cristo obtuvo verdadera humanidad.
2. Su desarrollo humano. Jesús estuvo sujeto a las leyes del desarrollo huma
no. Dice el registro bíblico que “el niño crecía y se fortalecía, y se llenaba de sabi
duría” (Luc. 2:40, 52). A los doce años, dio por primera vez evidencia de que
comprendía su misión divina (Luc. 2:46-49). Durante todo el período de su niñez
estuvo sujeto a sus padres (Luc. 2:51).
El camino de la cruz fue uno de crecimiento constante por medio del su
frimiento, el cual jugó un papel importante en el desarrollo de Jesús: “Y aunque
era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia; y habiendo sido perfeccio
nado, vino a ser autor de eterna salvación para todos los que le obedecen” (Heb.
5:8, 9; cap. 2:10,18). Sin embargo, si bien experimentó desarrollo, no pecó.
3. Fue llamado “varón”, y “hombre”. Juan el Bautista y Pedro se refieren a Jesús
llamándolo “varón” (Juan 1:30, Hech. 2:22). Pablo habla de “la gracia de un hom
bre, Jesucristo” (Rom. 5:15). Jesús es el “hombre” que trajo “la resurrección de los
muertos” (1 Cor. 15:21); el “solo Mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo
hombre” (1 Tim. 2:5). Al interpelar a sus enemigos, Cristo se refirió a sí mismo
como hombre, al decir: “Ahora procuráis matarme a mí, hombre que os he habla
do la verdad, la cual he oído de Dios” (Juan 8:40).
La designación favorita que Jesús aplicaba a sí mismo, y que usó 77 veces, era
“el Hijo del Hombre” (ver Mat. 8:20; 26:2). El título Hijo de Dios enfoca nuestra
atención en su relación con los demás miembros de la Deidad. El término Hijo
del Hombre, hace énfasis en su solidaridad con la raza humana por medio de su
encarnación.
4. Sus características humanas. Dios hizo al hombre “poco menor que los
ángeles” (Sal. 8:5). En forma similar, la Escritura presenta a Jesús como “aquel
que fue hecho un poco menor que los ángeles” (Heb. 2:9). Su naturaleza humana
fue creada y no poseía poderes sobrehumanos.
52 . LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
Cristo debía ser verdaderamente humano, esto era parte de su misión. El
serlo requería que poseyera las características esenciales de la naturaleza hu
mana. Por eso participó de “carne y sangre” (Heb. 2:14). Cristo fue hecho “en
todo semejante a sus hermanos” (Heb. 2:17). Su naturaleza humana poseía las
mismas susceptibilidades físicas y mentales del resto de la humanidad: hambre,
sed, cansancio y ansiedad (Mat. 4:2; Juan 19:28; 4:6; ver Mat. 26:21; 8:24).
En su ministerio en favor de sus semejantes, Cristo reveló compasión, santa
ira, y tristeza (Mat. 9.36; Mar. 3.5). En ciertas ocasiones se sintió turbado y triste,
y aun lloró (Mat. 26:38; Juan 12:27, 11:33, 35; Luc. 19:41). Oró con gemidos y
lágrimas, en una ocasión hasta el punto de sudar gotas de sangre (Heb. 5:7; Luc.
22:44). Su vida de oración expresaba su completa dependencia de Dios (Mat.
26:39-44; Mar. 1:35; 6:46; Luc. 5:16; 6:12).
Jesús experimentó la muerte por todos nosotros (Juan 19:30, 34). Cuando
resucitó gloriosamente tres días más tarde, no lo hizo convertido en un espíritu,
sino con un cuerpo (Luc. 24:36-43).
5. La extensión de su identificación con la naturaleza humana. La Biblia reve
la que Cristo es el segundo Adán; vivió “en semejanza de carne de pecado” (Rom.
8:3). ¿Hasta qué punto se identificó con la humanidad caída? Es crucial que se
desarrolle una visión correcta de la expresión “semejanza de carne de pecado”, la
cual describe al ser humano pecador. Ciertos puntos de vista inexactos han traí
do disensión y enemistades a través de la historia de la iglesia cristiana.
a. Cristo adoptó la “semejanza de carne de pecado”. La serpiente que
fue levantada en el desierto ayuda a comprender la naturaleza humana de
Cristo. Tal como la imagen de bronce hecha a semejanza de las serpientes
venenosas fue levantada para salvación del pueblo, así también el Hijo de
Dios hecho “en semejanza de pecado” habría de convertirse en el Salvador
del mundo.
Antes de la encarnación, Jesús era “en forma de Dios” (Fil. 2:6,7); esto es,
la naturaleza divina le pertenecía desde el comienzo (Juan 1:1). Al tomar
“forma de siervo”, puso a un lado sus prerrogativas divinas. Se convirtió en
siervo de su Padre (Isa. 42:1), para cumplir su voluntad (Juan 6:38; Mat.
26:39,42). Revistió su divinidad con la humanidad, fue hecho “en semejanza
de carne de pecado”, de “naturaleza humana pecaminosa”, o de “naturaleza
humana caída” (ver Rom. 8:3).u Esto de ninguna manera indica que Jesu
cristo fuese pecador o hubiese participado en actos o pensamientos
pecaminosos. Si bien fue hecho en la forma o semejanza de carne de pecado,
el Salvador jamás pecó, y su pureza perfecta está más allá de toda duda.
Dios el Hijo ♦ 53
b. Cristo fu e el segundo Adán. La Biblia establece un paralelo entre
Adán y Cristo, llamando a Adán el “primer hombre” y a Cristo “el postrer
Adán” o “el segundo hombre” (1 Cor. 15:45, 47). Pero Adán tenía ventaja
sobre Cristo. Cuando cayó en el pecado, vivía en el paraíso. Poseía una
humanidad perfecta, y gozaba del completo vigor en su cuerpo y en su
mente.
No fue ése el caso de Jesús. Cuando adoptó la naturaleza humana, la
raza ya se había deteriorado a través de cuatro mil años de pecado en este
planeta maldito. Con el fin de salvar a los que se hallaban en las profun
didades de la degradación, Cristo tomó sobre sí una naturaleza humana
que, comparada con la naturaleza no caída de Adán, había disminuido
dramáticamente en fortaleza física y mental; a pesar de ello, Cristo lo hizo
sin pecar.12
Cuando Cristo adoptó la naturaleza humana que evidenciaba las con
secuencias del pecado, pasó a estar sujeto a las debilidades que todos ex
perimentamos. En su naturaleza humana, estuvo “rodeado de debilidad”
(Heb. 5:2; Mat. 8:17; Isa 53:4). El Salvador sentía su debilidad. Por eso
debió ofrecer “ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al que le podía
librar de la muerte” (Heb. 5:7), identificándose de este modo con las nece
sidades y debilidades tan comunes en la humanidad.
Así, “la humanidad de Cristo no fue la de Adán; esto es, la humanidad
de Adán antes de su caída. Tampoco fue la humanidad caída, esto es, la
humanidad de Adán después de la transgresión, en todos sus aspectos. No
era la humanidad original de Adán, porque poseía las debilidades inocen
tes de los seres caídos. No era la humanidad caída, porque nunca había
descendido a la impureza moral. Por lo tanto, era en el sentido más literal
nuestra humanidad, pero sin pecado”.13
c. Su experiencia con las tentaciones. ¿Cómo afectaron a Cristo las ten
taciones? ¿Le era fácil o difícil resistirlas? La forma en que Jesús experi
mentó las tentaciones prueba que era verdaderamente humano.
1) “Tentado en todo según nuestra semejanza". El hecho de que
Cristo “fue tentado en todo según nuestra semejanza” (Heb. 4:15),
demuestra que participaba de la naturaleza humana. Para Jesús, la
tentación y la posibilidad de pecar eran reales. Si no hubiera podido
pecar, no habría sido humano ni nos habría servido de ejemplo.
Cristo tomó la naturaleza humana con todas las desventajas, in
cluyendo la posibilidad de ceder a la tentación.
. LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
¿Cómo podría Jesús haber sido tentado "en todo”, así como so
mos nosotros?
Es obvio que la expresión “en todo” no significa que se encontró
con tentaciones idénticas a las que afrontamos hoy. Nunca se sintió
tentado a mirar programas inmorales de televisión, o a ignorar el
límite de velocidad en una carretera.
El punto básico que sirve de fundamento para todas las tentaciones,
es nuestra decisión de si vamos a rendir nuestra voluntad a Dios o no.
En su encuentro con la tentación, Jesús siempre mantuvo su obediencia
a Dios. Por medio de su continua dependencia del poder divino, resis
tió con éxito las más fieras tentaciones, aunque era humano.
La victoria de Cristo sobre la tentación lo capacitó para sim
patizar con las debilidades humanas. N uestra victoria sobre la
tentación se logra al mantener nuestra dependencia de él. “No os
ha sobrevenido ninguna tentación que no sea humana; pero fiel es
Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podéis resistir,
sino que dará también juntamente con la tentación la salida, para
que podáis soportar” (1 Cor. 10:13).
Debemos reconocer que en última instancia, “el hecho de que
Cristo pudiese ser tentado en todas las cosas como nosotros, y sin
embargo mantenerse sin pecado, es un misterio que ha sido dejado
sin explicación para los mortales”.14
2) “Padeció siendo tentado”. Cristo padeció mientras estuvo su
jeto a la tentación (Heb. 2:18). Fue perfeccionado “por aflicciones"
(Heb. 2:10). Por cuanto él mismo debió enfrentar el poder de la
tentación, podemos tener la seguridad de que sabe cómo ayudar a
cualquiera que es tentado. Fue uno con la humanidad en sufrir las
tentaciones a las cuales la naturaleza humana se halla sujeta.
¿Cómo sufrió Cristo bajo la tentación? A pesar de tener la “seme
janza de carne de pecado”, sus facultades espirituales estaban libres
de cualquier efecto o consecuencia del pecado. Por lo tanto, su natu
raleza santa era extremadamente sensible. Cualquier contacto con el
mal le causaba dolor. Así pues, y debido a que el Salvador sufrió en
proporción a la perfección de su santidad, las tentaciones le pro
ducían mayores sufrimientos que a cualquier otro ser humano.15
¿Cuánto sufrió Cristo? Su experiencia en el desierto de la
tentación, el Getsemaní y el Gólgota, revela que resistió al punto
de derram ar su sangre (ver Heb. 12:4).
Dios el Hijo • 55
Cristo no solo sufrió más en proporción a su santidad, sino que
también debió enfrentar tentaciones más fuertes que las que nos
asaltan a los seres humanos. B. F. Wescott nota: “La simpatía con el
pecador en sus tribulaciones no depende de haber experimentado
el pecado, sino de haber experimentado la fortaleza de la tentación
a pecar, la cual únicamente una persona justa puede conocer en
toda su intensidad. El que cae, cede antes del último esfuerzo”.16F.
F. Bruce se muestra de acuerdo, al declarar: “Sin embargo, Cristo
soportó triunfante toda forma de prueba que el hombre podría ex
perimentar, sin debilitar en lo más mínimo su fe en Dios, ni debili
tar en lo más mínimo su obediencia a él. Esta clase de perseveran
cia atrae sufrimiento más que humano, y no menos”.17
Cristo debió además enfrentar una poderosa tentación que el
hombre jamás ha conocido: La de usar su poder divino en su propio
beneficio. Elena G. de W hite declara: “Cristo había recibido honor
en las cortes celestiales, y estaba familiarizado con el poder absolu
to. Le era tan difícil mantener el nivel de la humanidad, como lo es
para los hombres levantarse por encima del bajo nivel de sus natu
ralezas depravadas, y ser participantes de la naturaleza divina".18
d. ¿Podía pecar Cristo? Los cristianos difieren en el punto de si Cristo
podía o no pecar. Nosotros concordamos con Philip Schaff, que dijo: “Si
[Cristo] hubiera estado provisto de impecabilidad absoluta desde el co mienzo,
es decir, si le hubiera sido imposible pecar, no podría ser un ver dadero
hombre, ni nuestro modelo para imitar: su santidad, en vez de ser su
propio acto autoadquirido y mérito inherente, sería un don accidental o
externo, y sus tentaciones una apariencia sin realidad”.19Karl Ullmann añade:
“La historia de la tentación, no importa cómo se la pueda explicar, no
tendría significado; y la expresión que aparece en la epístola a los He breos,
‘tentado en todo como nosotros’, carecería de significado”.20
6. La santidad de la naturaleza humana de Jesucristo. Es evidente que la na
turaleza divina de Jesús era santa. Pero ¿qué podemos decir de su naturaleza
humana?
La Biblia describe la humanidad de Jesús, llamándola santa. Su nacimiento
fue sobrenatural; fue concebido del Espíritu Santo (Mat. 1:20). Cuando aún no
había nacido, fue descrito como “el Santo Ser” (Luc. 1:35). Tomó la naturaleza del
hombre eri su estado caído, llevando las consecuencias del pecado, no su
pecaminosidad. Era uno con la raza humana, excepto en el pecado.
56 . LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
Jesús fue “tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado”, “santo,
inocente, sin mancha, apartado de los pecadores” (Heb. 4:15; 7:26). Pablo escribió
que Cristo “no conoció pecado” (2 Cor. 5:21). Pedro testificó que Jesús “no hizo
pecado, ni se halló engaño en su boca” (1 Ped. 2:22), y lo comparó con “un Cor
dero sin mancha y sin contaminación” (1 Ped. 1:19; Heb. 9:24). Juan declaró: “No
hay pecado en él... él es justo” (1 Juan 3:5-7).
pero se mantuvo libre de la corrupción hereditaria y de la depravación y la prác
tica del pecado. Ante sus oponentes, proclamó: “¿Quién de vosotros me redar
guye de pecado?" (Juan 8:46). Y cuando se acercaba su mayor prueba, declaró:
“Viene el príncipe de este mundo, y él nada tiene en m í” (Juan 14:30). Jesús no
poseía propensiones ni inclinaciones al mal, ni siquiera pasiones pecaminosas.
Ninguna de las tentaciones que lo asaltaban como un alud, pudo quebrantar su
inamovible lealtad a Dios.
Jesús nunca hizo confesión de pecado ni ofreció sacrificio. No oró: “Padre,
perdóname”, sino “Padre, perdónalos” (Luc. 23:34). Procurando siempre cumplir
la voluntad de su Padre y no la suya propia, Jesús mantuvo constantemente su
dependencia del Padre (ver Juan 5:30).
A diferencia de la humanidad caída, la “naturaleza espiritual” de Jesús es pura
y santa, “libre de toda contaminación del pecado”.21Sería un error pensar que
Cristo es “absolutamente humano” como nosotros. Es el segundo Adán, el único
Hijo de Dios. Tampoco debiéramos considerarlo como "un hombre con la pro
pensión a pecar”. Si bien su naturaleza humana fue tentada en todo lo que la
naturaleza humana puede ser tentada, nunca cayó, jamás pecó. Nunca se halló en
él ninguna inclinación al mal.22
De hecho, Jesús es el mayor y más santo ejemplo de la humanidad. Es santo, y
todo lo que hizo demostró perfección. En verdad constituye el ejemplo perfecto
de la humanidad sin pecado.
7. La necesidad de que Cristo tomara la naturaleza humana. La Biblia expresa
diversas razones de por qué Cristo necesitaba tener una naturaleza humana.
a. Para ser el sumo sacerdote de la raza humana. Jesús, como el Mesías,
debía ocupar la posición de sumo sacerdote o mediador entre Dios y el hom
bre (Zac. 6:13; Heb. 4:14-16). Esta función requería poseer naturaleza hu
mana. Cristo cumplió con los requisitos: (1) podía ser “paciente con los ig
norantes y extraviados”, por cuanto “él también está rodeado de debilidad”
(Heb. 5:2). (2) Es “misericordioso y fiel", porque fue hecho en todas las cosas
“semejante a sus hermanos” (Heb. 2:17). (3) “Es poderoso para socorrer a los
Dios el Hijo ♦ 57
que son tentados”, por cuanto “él mismo padeció siendo tentado” (Heb.
2:18). (4) Cristo simpatiza con nuestras debilidades porque fue tentado en
todo según nuestra semejanza, pero sin pecado” (Heb. 4:15).
b. Para salvar aun a los más degradados. Con el fin de alcanzar a los
individuos donde ellos están, y rescatar aun a los que ofrecen menos espe
ranza, se humilló a sí mismo al nivel de un siervo (Fil. 2:7).
c. Para dar su vida por los pecados del mundo. La naturaleza divina de
Cristo no puede morir. Para morir, entonces, Cristo debía poseer una na
turaleza humana. Se convirtió en hombre y pagó la penalidad del pecado,
que es la muerte (Rom. 6:23; 1 Cor. 15:3). Como ser humano, gustó la
muerte por todos (Heb. 2:9).
d. Para ser nuestro ejemplo. Con el fin de convertirse en ejemplo de
cómo los seres humanos debieran vivir, Cristo tenía que vivir una vida sin
pecado como ser humano. En su papel de segundo Adán, expuso el mito
de que los seres humanos no pueden obedecer la ley de Dios y obtener la
victoria sobre el pecado. Demostró que es posible que la humanidad sea
fiel a la voluntad de Dios. Allí donde el primer Adán cayó, el segundo
Adán obtuvo la victoria sobre el pecado y Satanás, convirtiéndose así en
nuestro Salvador y nuestro perfecto ejemplo. En su fortaleza, su victoria
puede ser nuestra (Juan 16:33).
Al contemplar al Salvador, los seres humanos “somos transformados
de gloria en gloria en la misma imagen” (2 Cor. 3:18). “Corramos con pa
ciencia la carrera... puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la
fe... Considerad a aquel que sufrió tal contradicción de pecadores contra
sí mismo, para que vuestro ánimo no se canse hasta desmayar” (Heb. 12:2,
3). En verdad, “Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que
sigáis sus pisadas” (1 Ped. 2:21; ver Juan 13:15).
La unión de las dos naturalezas
La persona de Jesucristo tiene dos naturalezas: divina y humana. Es el Dios-
hombre. Pero notemos que al realizarse la encarnación, fue el eterno Hijo de
Dios el que tomó sobre sí la naturaleza humana y no el hombre, Jesús, que ad
quirió la divinidad. El movimiento es desde Dios hacia el hombre, no del hombre
hacia Dios.
En Jesús, esas dos naturalezas se fundieron en una sola persona. Notemos las
siguientes evidencias bíblicas:
58 . LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
En Cristo se unen dos naturalezas. En Cristo no se halla presente la plu
ralidad asociada con el Dios triuno. La Biblia describe a Jesús como una persona,
no dos. Diversos textos se refieren a la naturaleza divina y humana; sin embargo,
se refieren solo a una persona. Pablo describió la persona de Jesucristo como el
Hijo de Dios [naturaleza divina] que nació de una mujer [naturaleza humana]
(Gál. 4:4). De este modo, Jesús, “siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a
Dios como cosa a qué aferrarse” [naturaleza divina], “sino que se despojó a sí
mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres” [naturaleza
humana] (Fil. 2:6, 7).
La naturaleza doble de Cristo no está compuesta de una influencia o poder
divino abstracto conectado con su humanidad. “Y aquel Verbo —dijo Juan— fue
hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigé
nito del Padre), lleno de gracia y de verdad” (Juan 1:14). Pablo escribe que Dios
envió “a su Hijo en semejanza de carne de pecado” (Rom. 8:3); “Dios fue mani festado
en carne” (1 Tim. 3:16; 1 Juan 4:2).
La mezcla de las dos naturalezas. En ciertas ocasiones, la Biblia describe al
Hijo de Dios en términos de su naturaleza humana. El Señor compró su iglesia
con su propia sangre (Hech. 20:28; ver Col. 1:13,14). En otras ocasiones, carac
teriza al Hijo del Hombre en térm inos de su naturaleza divina (ver Juan 3:13;
6:62; Rom. 9:5).
Cuando Cristo entró en el mundo, se le preparó un “cuerpo” (Heb. 10:5).
Cuando Cristo tomó sobre sí la humanidad, su divinidad fue revestida de hu
manidad. Esto no se logró cambiando su humanidad en divinidad o su divinidad
en humanidad. Cristo no se despojó de su naturaleza inherente para tomar otra
naturaleza, sino que tomó la humanidad sobre sí mismo. De ese modo, la divini
dad y la humanidad se combinaron.
En su encarnación, Cristo no dejó de ser Dios, ni se vio reducida su divinidad
al nivel de la humanidad. Cada naturaleza mantuvo su nivel. Pablo declara: “En
él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad” (Col. 2:9). En la crucifixión,
fue su naturaleza humana la que murió, y no su divinidad, pues habría sido
imposible que eso sucediera.
La necesidad de la unión de las dos naturalezas. El hecho de comprender
la manera en que las dos naturalezas de Cristo se relacionan entre sí, provee una
comprensión vital de la misión de Cristo, así como de nuestra misma salvación.
1. Para reconciliar a la humanidad con Dios. Únicamente un Salvador divi
no-humano podía traer salvación. En la encarnación, Cristo se revistió de hu
Dios el Hijo • 59
manidad con el fin de impartir su naturaleza divina a los creyentes. Gracias a los
méritos de la sangre del Dios-hombre, los creyentes pueden compartir la natura
leza divina (2 Ped. 1:4).
La escalera que vio Jacob en su sueño, la cual simbolizaba a Cristo, nos al
canza dondequiera que estemos. El Salvador tomó la naturaleza humana y ven
ció, para que nosotros pudiésemos vencer, al tomar sobre nosotros su natura
leza. Sus brazos divinos se aferran del trono de Dios, mientras que su
humanidad nos abraza a nosotros conectándonos con Dios, uniendo la tierra
con el cielo.
La naturaleza divino-humana combinada hace que el sacrificio expiatorio de
Cristo sea efectivo. La vida de un ser humano sin pecado, o aun la de un ángel, no
podía expiar los pecados de la raza humana. Únicamente el Creador divino-
humano podía rescatar a la humanidad.
2. Para velar la divinidad con la humanidad. Cristo veló su divinidad con el
ropaje de la humanidad, dejando de lado su gloria y majestad celestial, con el fin
de que los pecadores pudiesen existir en su presencia sin ser destruidos. Si bien
aún era Dios, no apareció como Dios (Fil. 2:6-8).
3. Para vivir victoriosamente. La humanidad de Cristo nunca podría haber
resistido por sí sola los poderosos engaños de Satanás. Logró vencer el pecado
debido a que en él habitaba “corporalm ente toda la plenitud de la Deidad” (Col.
2:9). Por haber confiado completamente en su Padre (Juan 5:19, 30; cap. 8:28), su
“poder divino combinado con la humanidad obtuvo una victoria infinita a favor
del hombre”.23
La experiencia que Cristo adquirió en cuanto a la vida victoriosa no es privi
legio exclusivo suyo. No ejerció ningún poder que la humanidad no pueda ejercer.
Nosotros también podemos ser “llenos de toda la plenitud de Dios” (Efe. 3:19).
Gracias al poder divino de Cristo, podemos tener acceso a todas las cosas que
pertenecen a “la vida y a la piedad” (2 Ped. 1:3).
La clave de esta experiencia es la fe en las “preciosas y grandísimas promesas”,
por medio de las cuales podemos llegar a ser “participantes de la naturaleza
divina, habiendo huido de la corrupción que hay en el mundo a causa de la
concupiscencia” (2 Ped. 1:3, 4). Cristo nos ofrece el mismo poder por medio del
cual él venció, de modo que todos podamos obedecer fielmente y gozar de una
vida victoriosa.
Cristo nos hace una consoladora promesa de victoria: “Al que venciere, le
daré que se siente conmigo en mi trono, así como yo he vencido, y me he sentado
con mi Padre en su trono” (Apoc. 3:21).
60 . LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
Los oficios de Cristo Jesús
Los oficios de profeta, sacerdote y rey eran exclusivos, y requerían en general
un servicio de consagración por medio de la unción (1 Rey. 19:16; Éxo. 30:30; 2
Sam. 5:3). El Mesías venidero, el Ungido —según apuntaban las profecías—, de bía
cumplir estos tres cargos. Cristo realiza su obra como mediador entre Dios y
nosotros por medio de su actuación en calidad de Profeta, Sacerdote y Rey. Cris
to el Profeta proclama ante nosotros la voluntad de Dios, Cristo el Sacerdote nos
representa ante Dios y viceversa, y Cristo el Rey ejerce la benévola autoridad de
Dios sobre su pueblo.
Cristo el Profeta. Dios reveló a Moisés el cargo profètico de Cristo: “Profeta
les levantaré de en medio de sus hermanos, como tú; y pondré mis palabras en su
boca, y él les hablará todo lo que yo le mandare” (Deut. 18:18). Los contemporá
neos de Cristo reconocieron el cumplimiento de esta predicción (Juan 6:14; 7:40;
Hech. 3:22, 23).
Jesús se describió a sí mismo como “profeta” (Luc. 13:33). Proclamó con auto
ridad profètica (Mat. 7:29) los principios del reino de Dios (Mat. 5-7; cap. 22:36-
40), y reveló el futuro (Mat. 24:1-51; Luc. 19:41-44).
Antes de su encarnación, Cristo llenó a los escritores bíblicos de su Espíritu,
y les dio profecías relativas a sus sufrimientos y las glorias que habrían de venir
(1 Ped. 1:11). Después de su ascensión, continuó revelándose a su pueblo. La Es
critura especifica que le habría de conceder su “testimonio”, esto es, “el Espíritu
de profecía”, a su fiel remanente (Apoc. 12:17; 19:10; ver cap. 18).
Cristo el Sacerdote. El sacerdocio del Mesías fue establecido firmemente por
juramento divino: “Juró Jehová, y no se arrepentirá, tú eres sacerdote para siem
pre según el orden de Melquisedec” (Sal. 110:4). Cristo no era descendiente de
Aarón. Como Melquisedec, su derecho al sacerdocio fue establecido por decisión
divina (Heb. 5:6,10; ver cap. 7). Su sacerdocio mediador tenía dos fases: Una ter
renal y una celestial.
1. El sacerdocio terrenal de Cristo. El oficio del sacerdote junto al altar de los
holocaustos simbolizaba el ministerio terrenal de Jesús. El Salvador cumplía per
fectamente todos los requisitos necesarios para el oficio de sacerdote. Era ver
daderamente hombre, y había sido “llamado por Dios”, actuando “en lo que a
Dios se refiere” al cumplir la tarea especial de ofrecer “ofrendas y sacrificios por
los pecados” (Heb. 5:1,4,10).
La tarea del sacerdote consistía en reconciliar con Dios a los penitentes, por
medio del sistema de sacrificios, el cual representaba la provisión de una expiación
Dios el Hijo ♦ 61
por el pecado (Lev. 1:4; 4:29, 31, 35; 5:10; 16:6; 17:11). De este modo, los sacrifi
cios continuos que ardían sobre el altar de los holocaustos simbolizaban la con tinua
disponibilidad de la expiación.
Esos sacrificios no eran suficientes. No podían perfeccionar al penitente, qui tar
los pecados ni producir una conciencia limpia (Heb. 10:1-4; 9:9). Eran simple
mente una sombra de las cosas mejores que estaban por venir (Heb. 10:1; ver cap.
9:9,23, 24). El Antiguo Testamento decía que el Mesías mismo había de tomar el
lugar de esos sacrificios de animales (Sal. 40:6-8; Heb. 10:5-9). Esos sacrificios,
entonces, señalaban a los sufrimientos vicarios y la muerte expiatoria de Cristo
el Salvador. Jesús, el Cordero de Dios, se convirtió por nosotros en pecado, lle
gando a ser maldición; su sangre nos limpia de todo pecado (2 Cor. 5:21; Gál.
3:13; 1 Juan 1:7; ver 1 Cor. 15:3).
Así pues, durante su ministerio terrenal, Cristo fue ambas cosas: sacerdote y
ofrenda. Su muerte en la cruz fue parte de su obra sacerdotal. Después de su
sacrificio en el Gólgota, su intercesión sacerdotal se centró en el Santuario celes tial.
2. El sacerdocio celestial de Cristo. El ministerio sacerdotal que Jesús comen
zó en este mundo, se completa en el cielo. La humillación que Cristo sufrió en
este mundo como el Siervo sufriente de Dios, lo calificó para ser nuestro Sumo
Sacerdote en el cielo (Heb. 2:17, 18; 4:15; 5:2). La profecía revela que el Mesías
sería sacerdote en el trono de Dios (Zac. 6:13). Después de su resurrección, el
Cristo humillado fue exaltado. Ahora nuestro Sumo Sacerdote se sienta “a la
diestra del trono de la Majestad en los cielos”, “ministrando en el santuario celes
tial" (Heb. 8:1,2; ver cap 1:3; 9:24).
Cristo comenzó su obra intercesora inmediatamente después de su ascen
sión. La nube de incienso que asciende en el lugar santo del Templo tipifica los
méritos, las oraciones y la justicia de Cristo, que hacen que nuestro culto y
nuestras oraciones sean aceptables a Dios. El incienso podía ofrecerse única
mente colocándolo sobre los carbones ardientes tomados del altar de los sacrifi cios,
lo cual revela que existe una íntima conexión entre la intercesión y el sacri ficio
expiatorio del altar. De este modo, la obra intercesora de Cristo se funda en los
méritos de su completo sacrificio expiatorio.
La intercesión de Cristo provee ánimo para su pueblo: Jesús “puede también
'■alvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para
interceder por ellos” (Heb. 7:25). Por cuanto Cristo ejerce mediación por su
pueblo, todas las acusaciones de Satanás han perdido su base legal (1 Juan 2:1; ver
Zac. 3:1). Pablo hace la siguiente pregunta retórica: “¿Quién es el que condenará?”,
luego ofrece la seguridad de que Cristo mismo se halla a la mano derecha de
62 • I.OS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN.
Dios, intercediendo por nosotros (Rom. 8:34). Afirmando su papel de Mediador,
Cristo declaró: “De cierto, de cierto os digo, que todo cuanto pidiérais al Padre
en mi nombre, os lo dará” (Juan 16:23).
Cristo el Rey. Dios “estableció en los cielos su trono, y su reino domina sobre
todos” (Sal. 103:19). Es de por sí evidente que el Hijo de Dios, en su calidad de
miembro de la Deidad, comparte el gobierno divino sobre todo el universo.
Cristo, como el Dios-hombre, ejerce su autoridad real sobre los que le han
aceptado como Señor y Salvador: “Tu trono, oh Dios, es eterno y para siempre;
cetro de justicia es el cetro de tu reino” (Sal. 45:6; Heb. 1:8, 9).
El reino de Cristo no fue establecido sin lucha, por cuanto “se levantarán los
reyes de la tierra, y príncipes consultarán unidos contra Jehová y contra su Un
gido [Mesías]” (Sal. 2:2). Pero sus planes nefastos fracasarán. Dios establecerá al
Mesías en su trono por decreto divino: “Yo he puesto mi rey sobre Sion, mi santo
monte”; además, dice: “Mi Hijo eres tú, yo te he engendrado hoy” (Sal. 2:6,7; Heb.
1:5). El nombre del Rey que ocuparía el trono de David es “Jehová, justicia nues
tra” (Jer. 23:5, 6). Su gobierno es único, por cuanto funciona en el trono celestial
tanto en calidad de sacerdote como de rey (Zac. 6:13).
A la virgen María, el ángel Gabriel le anunció que Jesús había de ser ese
gobernante mesiánico, diciendo: “Reinará sobre la casa de Jacob para siempre y
su reino no tendrá fin” (Luc. 1:33). Se describe su calidad de rey por medio de
dos tronos, que simbolizan sus dos reinos. El “trono de la gracia” (Heb. 4:16)
representa el reino de la gracia; su “trono de gloria” (Mat. 25:31) representa el
reino de la gloria.
1. El reino de la gracia. En cuanto el primer ser humano pecó, se instituyó el
reino de la gracia. Pasó a existir gracias a la promesa de Dios. Por fe, los hombres
podrían llegar a ser ciudadanos en él. Pero no fue establecido plenamente sino
hasta la muerte de Cristo. Cuando el Salvador exclamó en la cruz: “Consumado
es”, se cumplieron los requisitos del plan de redención y se ratificó el nuevo pacto
(ver Heb. 9:15-18).
La proclamación que hizo Jesús: “El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios
se ha acercado (Mar. 1:15) constituía una referencia directa al reino de gracia que
pronto sería establecido por su muerte. Este reino, fundado sobre la obra de
redención, y no sobre la creación, recibe a sus ciudadanos a través de la regenera
ción, es decir, el nuevo nacimiento. Jesús decretó: “El que no naciere de agua y del
Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios” (Juan 3:5; ver vers. 3). Comparó su
crecimiento al desarrollo fenomenal de una semilla de mostaza, y a los efectos
que causa la levadura en la harina (Mar. 4:22-31; Mat. 13: 33).
Dios el Hijo ♦ 63
El reino de la gracia no se manifiesta en apariencias externas, sino por su
efecto en el corazón de los creyentes. Este reino, enseñó Jesús, “no vendrá con
advertencia, ni dirán: Helo aquí, o helo allí; porque he aquí el reino de Dios está
entre vosotros” (Luc. 17:20, 21). No es un reino de este mundo, dijo el Salvador,
sino un reino de verdad: “Dices que yo soy Rey. Yo para esto he nacido, y para esto
he venido al mundo, para dar testimonio a la verdad. Todo aquel que es de la
verdad, oye mi voz” (Juan 18:37). Pablo dice que este reino es “justicia, paz y gozo
en el Espíritu Santo”, “el cual nos ha... trasladado al reino de su amado Hijo"
(Rom. 14:17; Col. 1:13).
El establecimiento de este reino fue una experiencia dolorosísima, lo cual
confirma que no hay corona sin una cruz. Al fin de su ministerio público, Jesús,
el Mesías, El Dios-hombre, entró a Jerusalén como legítimo heredero del trono
de David. Sentado en un asno, según la costumbre judía relativa a una procesión
real (Zac. 9:9), aceptó el entusiasta y espontáneo despliegue de apoyo que le
rindió la multitud. Durante su entrada triunfal en la ciudad real, “una multitud,
que era muy numerosa, tendía sus mantos en el camino; y otros cortaban ramas
de los árboles, y las tendían en el camino. Y la gente... aclamaba, diciendo:
“¡Hosana
.il Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! (Mat. 21:8, 9),
cumpliendo así la profecía de Zacarías. Entonces Cristo se presentó como el Rey
mesiánico.
Desgraciadamente se levantó terrible oposición contra su derecho real. La ira
satánica contra el inocente Hijo de Dios alcanzó su culminación. En un período
de doce horas, los defensores de la fe, el Sanedrín, lo hicieron arrestar secreta
mente, lo llevaron a juicio y lo condenaron a muerte.
Durante su juicio, Jesús afirmó públicamente que era el Hijo de Dios, y el Rey
de su pueblo (Luc. 23:3; Juan 18:33-37). En respuesta a su afirmación, se burlaron
de él vistiéndolo de una ropa real y coronándolo, no con una corona de oro, sino
de espinas (Juan 19:2). Su recepción como rey fue una burla sumamente cruel.
I.os soldados lo golpeaban y lo saludaban burlonamente, diciendo: “¡Salve, Rey de
los judíos!” (Juan 19:3). Y cuando el gobernador romano, Pilato, lo presentó ante
la nación, diciendo: “¡He aquí vuestro Rey!”, su propio pueblo lo rechazó en forma
unánime, vociferando: “¡Fuera, fuera, crucifícale!” (Juan 19:14,15).
A través de la más profunda humillación —su muerte en la cruz— Cristo es-
lübleció el reino de la gracia. Poco después, su humillación terminó en exaltación.
< liando ascendió al cielo, fue entronizado como Sacerdote y Rey, compartiendo
el trono de su Padre (Sal. 2:7, 8; ver Heb. 1:3-5; Fil. 2:9-11; Efe. 1:20-23). Esta en-
l ionización no le concedió ningún poder que no fuera ya suyo en su calidad de
divino Hijo de Dios. Pero ahora, en su papel de Mediador divino-humano, su
naturaleza humana participó por primera vez de la gloria y el poder celestiales.
(. I . I.OS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
2. El reino de gloria. En el monte de la transfiguración se representó el reino
de gloria. Allí Cristo se presentó en su propia gloria. “Resplandeció su rostro
como el sol, y sus vestidos se hicieron blancos como la luz” (Mat. 17:2). Moisés y
Elias estaban allí, en representación de los redimidos: Moisés representaba a los
que murieron en Cristo y serán resucitados, y Elias a los que serán trasladados al
cielo sin experimentar la muerte, en la Segunda Venida.
El reino de gloria será establecido en medio de acontecimientos cataclísmi-
cos cuando vuelva Cristo (Mat. 24:27, 30, 31; 25:31, 32). Después del juicio,
cuando la obra mediadora del Hijo del Hombre en el Santuario celestial haya
concluido, el “Anciano de Días” —Dios el Padre— le conferirá el “dominio,
gloria y reino” (Dan. 7:9, 10,14). Entonces, “el reino y el dominio y la majestad
de los reinos debajo de todo el cielo" será “dado al pueblo de los santos del Al
tísimo, cuyo reino es reino eterno, y todos los dominios le servirán y obede
cerán” (Dan. 7:27).
El reino de la gloria será establecido en este mundo al fin del milenio, cuando
la Nueva Jerusalén descenderá del cielo (Apoc. 20, 21). Si aceptamos a Jesucristo
como nuestro Salvador, podemos convertirnos hoy en ciudadanos de su reino de
gracia, y participar del reino de la gloria cuando venga por segunda vez. Ante
nosotros se extiende una vida con posibilidades ilimitadas. La vida que Cristo
ofrece no es una existencia llena de fracasos y esperanzas y sueños esparcidos
aquí y allá, sino una vida de crecimiento, un viaje lleno de éxitos, en compañía
del Salvador. Es una vida que despliega cada vez más el amor genuino, el gozo, la
paz, la benignidad, la bondad, la fe, la mansedumbre y el autocontrol (Gál. 5:22,
23), es decir, los frutos de la relación que Jesús ofrece a todo aquel que le ofrece
su vida. ¿Quién puede resistir un ofrecimiento así?
Referencias
1. En relación con la profecía de las 70 semanas, ver 70 Weeks, Leviticus, and the Nature o f
Prophecy [Las 70 semanas, Levítico y la naturaleza de la profecía], Frank B. Holbrook, ed.
(Washington, D:C.: Instituto de Investigación Bíblica, Asociación General de los Adventis
tas del Séptimo Día, 1986), pp. 3-127.
2. En referencia a los fundamentos bíblicos del principio de día por año, ver William H. Shea,
Selected Studies on Prophetic Interpretation [Estudios selectos sobre interpretación profè
tica] (Washington, DC: Review and Herald, 1982), pp. 56-93
Olimpíadas, el Canon de Tolomeo, los papiros de Elefantina y las tabletas cuneiformes de
Babilonia.
4. Ver también C. Mervyn Maxwell, Dios revela elfuturo (Boise, Idaho: Pacific Press, 1989), 1.1,
pp. 216-218.
5. Gleason L. Archer, Encylopedia o f Bible Difficulties [Enciclopedia de dificultades bíblicas]
(Grand Rapids, Michigan: Zondervan, 1982), p. 291.
Dios el Hijo • 65
6. Elena G. de White, El Deseado de todas las gentes (Mountain View, California: Pacific Press,
1955), p. 489.
7. El hecho de que la Sagrada Escritura aluda a Jesús llamándolo el “unigénito” y el “primogé
nito”, y el que se haga en ella referencia al día en que fue engendrado, no niega su
naturaleza divina ni su existencia eterna. El término “unigénito” (Juan 1:14; 1:18; 3:16; 1
Juan 4:9) se deriva de la palabra griega monogenes. El uso bíblico de monogenes revela
que su significado abarca la ¡dea de “único” o “especial", refiriéndose de este modo a una
relación especial y no a un acontecimiento cronológico. A Isaac, por ejemplo, se lo llama el
“hijo único" de Abraham, aunque no era el único hijo del patriarca, ni siquiera su
primogénito (Gén. 16:16; 21:1-21; 25:1-6). Isaac era un hijo especialísimo, único en su
género, destinado a convertirse en el sucesor de Abraham. “Cristo Jesús, el Dios
preexistente, el divino Verbo, en su encarnación se convirtió en un sentido especialísimo en
el Hijo de Dios, razón por la cual se lo designa monogenes’, el único en su clase,
absolutamente sin par en muchos aspectos de su ser y de su vida. Ningún otro hijo de la
raza humana se mostró tan maduro, ni gozó de una relación tan inigualable con la Deidad,
ni llevó a cabo una obra como la que él realizó. De modo que el término ‘monogenes’
describe una relación existente entre Dios el Padre y Jesucristo el Hijo como Personas
separadas de la Deidad. Ésta es una relación que corresponde a la com pleta personalidad
divino-humana de Cristo, en conexión con la economía del plan de sal vación” (Comité
sobre problemas de traducción bíblica, Problems in Bible Translations [Washington, D.C.:
Review and Herald, 1954], p. 202). De igual manera, cuando Cristo es llamado el
“primogénito” (Heb. 1:6, Rom. 8:29; Col. 1:15, 18; Apoc. 1:5), el término no se refiere a
un momento cronológico. Más bien enfatiza un sentido de importancia o prioridad (ver
Heb. 12:23). En la cultura hebrea, el primogénito recibía los privilegios familiares. De este
modo, Jesús, como el primogénito entre los hombres, rescató todos los privilegios que el
hombre había perdido. Se convirtió en el nuevo Adán, el nuevo “primogénito” o cabeza de
la raza humana. La referencia al día en que Jesús fue engendrado se basa en un concepto
simi lar a los del unigénito y el primogénito. Dependiendo de su contexto, la predicción
me- siánica: "mi Hijo eres tú; yo te engendré hoy” (Sal. 2:7), se refiere a la encarnación de
Jesús (Heb. 1:6), a su resurrección (Hech. 13:33; ver vers. 30), o a su entronización (Heb.
1:3,5).
8. En las leyes de la gramática griega se encuentra evidencia adicional. (1) El uso inarticulado
de “Señor” (sin estar asociado con un artículo definido). La Septuaginta traduce YHWH
con un kurios inarticulado. Muy a menudo, cuando se encuentra un kurios inarticulado en
el Nuevo Testamento, se refiere a Dios (ver Mat. 7:21; 8:2, 6, 25). (2) Un solo artículo
modifica dos sustantivos. De este modo, se describe a Cristo como Dios en las frases
“nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo” (Tito 2:13), “la justicia de nuestro Dios y Salvador
Jesucristo (2 Ped. 1:1).
(3) Cuando hay dos sustantivos, y el segundo está en el caso genitivo sin un artículo, para
cualquiera de los dos sustantivos, la cualidad del uno se le atribuye al otro. Así, del mismo
modo como Romanos 1:17,18 habla de “la justicia de Dios” y “la ira de Dios”, así también
se describe a Jesús como “Hijo de Dios" (Luc. 1:35).
9. Elena G. de White, "The True Sheep Respond to the Voice of the Shepherd” [Las ovejas ge-
nuinas responden a la voz del Pastor], Signs ofthe Times, TI de Nov. de 1893, p. 54.
10. Elena G. de White, Patriarcas y profetas, p. 12.
11.Estas expresiones han sido usadas a menudo en los escritos de diversos autores adventistas
del séptimo día para describir la identificación de Jesús con la raza humana, pero nunca
implican que haya sido en alguna forma pecaminoso. A través de su historia, la posición
oficial de la iglesia ha sido exaltar la absoluta pureza del Señor Jesucristo.
12. Cristo tomó sobre sí “las mismas susceptibilidades, físicas y mentales” de sus
contemporáneos (Elena G. de White, “Notes of Travel” [Notas de viaje], Advent Review and
Sabbath Herald, 10 de febrero de 1885, p. 81), es decir, una naturaleza humana que había
disminuido en “fortaleza
3—C. A. S. D.
<>() . LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
física, en poder mental y en valor moral”, eso sí, sin tener ninguna depravación moral, sino
totalmente exenta de pecado (Elena G. de White “Tentado en todo tal como nosotros",
Signs, 3 de die. de 1902, p. 2; Elena G. de White, El Deseado de todas las gentes, p. 32).
13. Henry Melvill, en Sermons by Henry Melvill B. D. [Sermones por Henry Melvill], C. P.
Mcll- vaine, ed. (New York, N. Y.: Stanford & Swords, 1844), p. 47. Al decir “debilidades
inocentes”, se refería a cosas como el hambre, el dolor, la tristeza, etc. A este concepto de la
naturaleza de Cristo antes y después de la caída, lo llamó “la doctrina ortodoxa” (Ibíd).
14. Elena G. de White, Carta 8,1895 en Comentario bíblico adventista, t. 5, pp. 1102,1103; ver
además SDA Bible Commentary, ed. rev., t. 7 p. 426.
15. Ver Elena G. de White “In Gethsemane” [En el Getsemaní], Signs, 9 de die. de 1897, p. 3;
Elena G. de White en Comentario bíblico adventista, t. 7, p. 939.
16. Brook F. Wescott, The Espistle to the Hebrews [La epístola a los Hebreos] (Grand Rapids,
Michigan: W. B. Eerdmans, 1950), p. 59.
17. F.F. Bruce, Commentary on the Epistle to the Hebrews [Comentario sobre la espístola a los
Hebreos] (Grand Rapids, Michigan: W. B. Eerdmans, 1972), pp. 85,86.
18. Elena G. de White, “The Temptation of Christ”, Review and Herald, 1 de abril de 1875, p. 3.
19. Philip Schaff, The Person o f Christ [La persona de Cristo] (Nueva York: George H. Doran,
1913), pp. 35, 36.
20. Kart Ullmann, An Apologetic View o f the Sinless Character ofJesus [Una presentación apolo
gética del carácter sin pecado de Jesús], The Biblical Cabinet; or Hermeneutical Exegetical,
and Philological Library (Edimburgo, Thomas Clark, 1842), t. 37, p. 11.
21. Elena G. de White, “In Gethsemane” (En el Getsemaní], Signs o f the Times, 9 de die. de 1897,
p. 3; ver también Elena G. de White, El Deseado de todas las gentes, p. 231.
22. Elena G. de White, Carta 8,1895, en Comentario bíblico adventista, t. 5, pp. 1102,1103. En
la época de Elena G. de White se usaban las siguientes definiciones de la palabra “propen
sión”: “Propensión”, del latín propensus, se define como “inclinación natural; sesgo, (Web
ster’s Collegiate Dictionary, 3“ed., [Springfield, MA: G. & C. Merriam Co., 1916]; ver también
Nuttall’s Standard Dictionary o f English Language (Boston, MA: De Wolfe, Fiske & Co.,
1886). El Diccionario Webster define el término como “la cualidad o estado de ser propenso
[inclinarse hacia, en un sentido moral]; inclinación natural; disposición a hacer el bien o el
mal; sesgo; dirección, tendencia”, Webster’s International Dictionary o f the English Language
(Springfield, MA: G. & C. Merriam & Co. 1890). Uno de los autores favoritos de Elena G
de White, Henry Melvill, escribió: “Pero si bien tomó la humanidad con sus debilidades
inocen tes, no la tomó con las propensiones pecaminosas. Aquí se interpuso la Deidad. El
Espíritu Santo cubrió a la virgen con su sombra, y, permitiendo que de ella se derivara la
debilidad, prohibió la maldad; y así causó que fuese generada una humanidad sufriente y
capaz de sentir tristeza, pero a pesar de ello, sin mancha ni contaminación; una humanidad
con lágri mas pero sin mácula; accesible a la angustia, pero no dispuesta a ofender; aliada en
forma estrictísima con la miseria producida» pero infinitamente separada de la causa
productora” (Melvill, p. 47). Ver Tim Poirier, “A Comparison of the Christology of Ellen
White and Her Literary Sources” [Una comparación de la cristologia de Elena G. de White
con sus fuentes literarias], (Manuscrito inédito, Ellen G. White Estate, Inc. Asociación
General de los Ad ventistas del Séptimo Día, Washington, D. C.).
23. Elena G. de White, “Temptation of Christ” [La tentación de Cristo!, Review and Herald, 13
de oct. de 1874, p. [1]; ver White en Comentario bíblico adventista, t. 7, p. 916.
LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
Dios el Espíritu Santo
Dios el Espíritu Eterno desempeñó una parte activa con el Padre y el Hijo
en la creación, la encarnación y la redención. Inspiró a los autores de las
Escrituras. Infundió poder a la vida de Cristo. Atrae y convence a los seres
humanos, y renueva a los que responden y los transforma a la imagen de
Dios. Enviado por el Padre y el Hijo para estar siempre con sus hijos,
concede dones espirituales a la iglesia, la capacita para dar testimonio en
favor de Cristo y, en armonía con las Escrituras, la guía a toda la verdad
(Gén. 1:1,2; Luc. 1:35; 4:18; Hech. 10:38; 2 Ped. 1:21; 2 Cor. 3:18; Efe. 4:11,
12; Hech. 1:8; Juan 14:16-18, 26; 15:26, 27; 16:7-13).
SI BIEN ES CIERTO QUE LA CRUCIFIXIÓN HABÍA confundido, angustiado y
aterrado a los seguidores de Jesús, la resurrección, en cambio, llevó el amanecer
a sus días. Cuando Cristo quebrantó las ataduras de la muerte, el reino de Dios
amaneció en sus corazones.
Ahora, sus almas ardían con un fuego que no se podía apagar. Desaparecieron
las diferencias que tan solo pocas semanas antes habían levantado perversas barre
ras entre los discípulos. Confesaron sus faltas los unos a los otros y abrieron más
completamente sus corazones para recibir a Jesús, su Rey que había ascendido.
La unidad de este rebaño una vez esparcido, creció a medida que pasaban los
días en oración. En un día inolvidable, se hallaban alabando a Dios cuando en
medio de ellos se oyó un ruido como el rugido de un tornado. Como si el fuego que
ardía en sus corazones se estuviese haciendo visible, lenguas de fuego descendieron
sobre cada cabeza. Como un fuego consumidor, el Espíritu Santo descendió sobre
ellos.
Llenos del Espíritu, los discípulos no pudieron contener su nuevo amor y gozo
ardiente en Jesús. En forma pública, y llenos de entusiasmo, comenzaron a pro-
67
68 . LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
clamar las buenas nuevas de salvación. Atraída por el sonido, una multitud de
ciudadanos locales mezclados con peregrinos de muchas naciones se reunió jun
to al edificio. Llenos de asombro y confusión, escucharon —en su propio lengua je
— poderosos testimonios relativos a las poderosas obras de Dios, expresados
por galileos sin educación.
“No comprendo —decían algunos—; ¿qué significa esto?” Otros procuraban
quitarle importancia, diciendo: “Están ebrios”. "¡No es así!”, exclamó Pedro,
haciéndose oír por encima de las voces de la multitud. “Son solo las nueve de la
mañana. Lo que ustedes han oído y visto está sucediendo porque el Cristo resu
citado ha sido exaltado a la mano derecha de Dios y ahora nos ha concedido el
Espíritu Santo” (ver Hech. 2).
¿Quién es el Espíritu Santo?
La Biblia revela que el Espíritu Santo es una persona, no una fuerza imper
sonal. Declaraciones como ésta: “Ha parecido bien al Espíritu Santo, y a nosotros”
(Hech. 15:28), revelan que los primeros creyentes lo consideraban una persona.
Cristo también se refirió a él como a una persona distinta. “Él me glorificará
—declaró el Salvador—; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber” (Juan
16:14). Las Escrituras, al referirse al Dios triuno, describen al Espíritu como una
persona (Mat. 28:19; 2 Cor. 13:14).
El Espíritu Santo tiene personalidad. Contiende (Gén. 6:3), enseña (Luc.
12:12), convence (Juan 16:8), dirige los asuntos de la iglesia (Hech. 13:2), ayuda e
intercede (Rom. 8:26), inspira (2 Ped. 1:21), y santifica (1 Ped. 1:2). Esas activi
dades no pueden ser realizadas por un mero poder, una influencia o un atributo
de Dios. Solamente una persona puede llevarlas a cabo.
El Espíritu Santo es verdaderamente Dios
La Escritura presenta al Espíritu Santo como Dios. Pedro le dijo a Ananías
que, al mentirle al Espíritu Santo, “no has mentido a los hombres, sino a Dios”
(Hech. 5:3,4). Jesús definió el pecado imperdonable como “la blasfemia contra el
Espíritu”, diciendo: “A cualquiera que dijere alguna palabra contra el Hijo del
Hombre, le será perdonado; pero al que hable contra el Espíritu Santo no le será
perdonado, ni en este siglo ni en el venidero” (Mat. 12:31, 32). Esto puede ser
verdadero si el Espíritu Santo es Dios.
La Escritura asocia los atributos divinos con el Espíritu Santo. El Espíritu es
vida. Pablo se refirió a él llamándolo “Espíritu de vida” (Rom. 8:2). Es la verdad.
Cristo lo llamó “el Espíritu de verdad” (Juan 16:13). Las expresiones “el amor del
Espíritu” (Rom. 15:30) y “Espíritu Santo de Dios” (Efe. 4:30) revelan que el amor
y la santidad son parte de su naturaleza.
Dios el Espíritu Santo ♦ 69
El Espíritu Santo es omnipotente. Distribuye dones espirituales “repartiendo
a cada uno en particular como él quiere” (1 Cor. 12:11). Es omnipresente. Estará
con su pueblo “para siempre” (Juan 14:16). Nadie puede escapar de su influencia
(Sal. 139:7-10). También es omnisapiente, porque “el Espíritu todo lo escudriña,
aun lo profundo de Dios” y “nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de
Dios” (1 Cor. 2:10,11).
Las obras de Dios también están asociadas con el Espíritu Santo. Tanto la
creación como la resurrección requirieron su actividad. Eliú declaró: “El espíritu
de Dios me hizo, y el soplo del Omnipotente me dio vida” (Job 33:4). Y el salmista
afirmó: “Envías tu Espíritu, son creados, y renuevas la faz de la tierra” (Sal.
104:30). Pablo proclamó: “El que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará
también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros” (Rom.
8:11).
Únicamente un Dios personal y omnipresente —no una influencia imper
sonal ni un ser creado— podría realizar el milagro de traer al Cristo divino a un
individuo, por ejemplo María. En el Pentecostés, el Espíritu hizo que Jesús, el
único Dios-hombre, estuviese universalmente presente en la vida de todos los
que estuvieran dispuestos a recibirlo.
En la fórmula bautismal, se considera que el Espíritu Santo es igual al Padre y
al Hijo (Mat. 28:19); también en la bendición apostólica (2 Cor. 13:14), y en la
enumeración de los dones espirituales (1 Cor. 12:4-6).
El Espíritu Santo y la Deidad
Desde la eternidad, Dios el Espíritu Santo vivía en la Deidad como su tercer
miembro. El Padre, el Hijo y el Espíritu son igualmente eternos. Aun cuando los
tres están en posición de absoluta igualdad, dentro de la Trinidad opera una
economía de función (ver el capítulo 2).
La mejor forma de comprender la verdad acerca de Dios el Espíritu Santo, es
verla a través de Jesús. Cuando el Espíritu desciende sobre los creyentes, viene
como el “Espíritu de Cristo”; no viene por su propia cuenta, trayendo sus propias
credenciales. Su actividad en la historia está centrada en la misión salvadora de
Cristo. El Espíritu Santo estuvo activamente involucrado en el nacimiento de
Cristo (Luc. 1:35), confirmó su ministerio público en ocasión de su bautismo
(Mat. 3:16,17) y puso los beneficios del sacrificio expiatorio de Cristo y su resur
rección, al alcance de la humanidad (Rom. 8:11).
En la Deidad, el Espíritu parece ocupar el papel de ejecutor. Cuando el Padre
dio a su Hijo al mundo (Juan 3:16), Jesús fue concebido del Espíritu Santo (Mat.
1:18-20). El Espíritu Santo vino para completar el plan, para hacerlo una reali
dad.
,'<) . IO S ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
La íntima participación del Espíritu Santo en la obra de la creación se pone
en evidencia al notar cómo estuvo presente durante el proceso (Gén. 1:2). El
origen y el mantenimiento de la vida dependen de su operación; su partida
significa muerte. Dice la Escritura que si Dios “pusiese sobre el hombre su
corazón, y recogiese así su Espíritu y su aliento, toda carne perecería junta
mente, y el hombre volvería al polvo” (Juan 34:14, 15; ver 33:4). Podemos vis
lumbrar reflejos de la obra creativa del Espíritu en la obra de regeneración que
realiza en todo individuo que abre su vida a Dios. Dios realiza su obra en los
individuos por medio del Espíritu creador. De este modo, tanto en la encar
nación como en la creación y la renovación, el Espíritu viene para cumplir las
intenciones de Dios.
El Espíritu prometido
Hemos sido destinados para ser morada del Espíritu Santo (ver 1 Cor. 3:16). El
pecado de Adán y Eva los separó tanto del Jardín del Edén como del Espíritu que
moraba en ellos. Esa separación continúa; la enormidad de la maldad manifesta
da antes del Diluvio llevó a Dios al punto de declarar: “No contenderá mi espíritu
con el hombre para siempre” (Gén. 6:3).
En los tiempos del Antiguo Testamento, el Espíritu equipó a ciertos indivi
duos para que realizaran tareas especiales (Núm. 24:2; Jue. 6:34; 1 Sam. 10:6). En
ciertas ocasiones se lo presenta “en” ciertas personas (Éxo. 31:3; Isa. 63:11). Sin
duda, los creyentes genuinos siempre han tenido un sentido de su presencia, pero
la profecía predijo un derramamiento del Espíritu “sobre toda carne” (Joel 2:28),
es decir, una época en la cual una manifestación mayor del Espíritu inauguraría
una nueva era.
Mientras el mundo permanecía en las manos del usurpador, el derramamien
to de la plenitud del Espíritu debió esperar. Antes que el Espíritu pudiera ser
derramado sobre toda carne, Cristo tendría que llevar a cabo su ministerio terre
nal y ofrecer el sacrificio de la expiación. Refiriéndose al ministerio de Cristo
como un ministerio del Espíritu, Juan el Bautista dijo: “Yo a la verdad os bautizo
en agua”, pero “el que viene tras mí... os bautizará en Espíritu Santo y fuego”
(Mat. 3:11). Pero los Evangelios no muestran que Jesús haya bautizado con el
Espíritu Santo. Cuando faltaban solo unas horas para su muerte, Jesús prometió
a sus discípulos: “Yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con
vosotros para siempre: el Espíritu de verdad” (Juan 14:16,17). ¿Fue recibido en la
cruz el bautismo prometido del Espíritu? Ninguna paloma apareció en ese vier
nes de la crucifixión; tan solo oscuridad y relámpagos.
No fue sino hasta después de su resurrección que Jesús sopló el Espíritu sobre
sus discípulos (Juan 20:22). El Salvador declaró: “He aquí, yo enviaré la promesa
Dios el Espíritu Santo ♦ 71
de mi Padre sobre vosotros; pero quedad vosotros en la ciudad de Jerusalén, has
ta que seáis investidos de poder desde lo alto” (Luc. 24:49). Este poder se recibiría
“cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo”, transformando a los
creyentes en sus testigos hasta lo último de la tierra” (Hech. 1:8).
Juan escribió: “Aún no había venido el Espíritu Santo, porque Jesús no había
sido aún glorificado” (Juan 7:39). La aceptación del sacrificio de Cristo por parte
del Padre era el requisito básico para el derramamiento del Espíritu Santo.
La nueva era amaneció recién cuando nuestro Señor victorioso fue sentado
en el trono del cielo. Solo entonces podría enviar el Espíritu Santo en su plenitud.
Pedro dice que después de haber sido “exaltado por la diestra de Dios... ha
derramado esto que vosotros véis y oís” (Hech. 2:33) sobre sus discípulos, los
cuales anticipando ansiosos este acontecimiento, se habían reunido “unánimes
en oración y ruego” (Hech. 1:5,14). En el Pentecostés, cincuenta días después del
Calvario, la nueva era irrumpió en escena con todo el poder de la presencia del
Espíritu. “Y de repente vino del cielo un estruendo como de un viento recio que
soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados [los discípulos];... y
fueron todos llenos del Espíritu Santo” (Hech. 2:2-4).
Ambas misiones, la de Jesús y la del Espíritu Santo, eran totalmente inter-
dependientes. La plenitud del Espíritu Santo no podría ser concedida hasta que
Jesús hubiese completado su misión. Y Jesús, por su parte, fue concebido del
Espíritu (Mat. 1:8-21), bautizado con el Espíritu (Mar. 1:9, 10), guiado por el
Espíritu (Luc. 4:1), realizando sus milagros por medio del Espíritu (Mat. 12:24-
32), ofreciéndose a sí mismo en el Calvario por medio del Espíritu (Heb. 9:14,15),
y en un sentido, siendo también resucitado por el Espíritu (Rom. 8:11).
Jesús fue la primera persona que experimentó la plenitud del Espíritu Santo.
Es una verdad asombrosa que nuestro Dios está dispuesto a derramar su Espíritu
sobre todos los que lo desean anhelantes.
La misión del Espíritu Santo
La noche antes de la muerte de Cristo, las palabras que pronunció acerca de
su inminente partida turbaron en gran manera a sus discípulos. Inmediatamente
les aseguró que recibirían el Espíritu Santo como su representante personal. No
serían dejados huérfanos (Juan 14:18).
El origen de la misión. El Nuevo Testamento revela al Espíritu Santo de una
manera especialísima. Lo llama “el Espíritu de su Hijo” (Gál. 4:6), “el Espíritu de
Dios” (Rom. 8:9), el “Espíritu de Cristo” (Rom. 8:9; 1 Ped. 1:11), y “Espíritu de
lesucristo” (Fil. 1:19). ¿Quién originó la misión del Espíritu Santo, Jesucristo o
I) ios el Padre?
72 . LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
Cuando Cristo reveló el origen de la misión del Espíritu Santo a un mundo
perdido, mencionó dos fuentes. Primero, se refirió al Padre: “Y yo rogaré al
Padre, y os dará otro Consolador” (Juan 14:16, ver también 15:26, “del Pa
dre”). Identificó el bautismo del Espíritu Santo llamándolo “la promesa del
Padre” (Hech. 1:4). En segundo lugar, Cristo se refirió a sí mismo: “Si no me
fuere, el Consolador no vendría a vosotros; mas si me fuere, os lo enviaré”
(Juan 16:7). De este modo, el Espíritu Santo procede tanto del Padre como del
Hijo.
Su misión en el mundo. Podemos reconocer el señorío de Cristo únicamente
por medio de la influencia del Espíritu Santo. Dice Pablo: "Nadie puede llamar a
Jesús Señor, sino por el Espíritu Santo” (1 Cor. 12:3).
Se nos da la seguridad de que, por medio del Espíritu Santo, Cristo “aquella
luz verdadera”, “alumbra a todo hombre” (Juan 1:9). Su misión consiste en con
vencer “al mundo de pecado, de justicia y de juicio” (Juan 16:8).
En primer lugar, el Espíritu Santo nos lleva a una profunda convicción de
pecado, especialmente el pecado de no aceptar a Cristo (Juan 16:9). Segundo, el
Espíritu insta a todos a que acepten la justicia de Cristo. Tercero, el Espíritu nos
amonesta acerca del juicio, una poderosa herramienta, útil para despertar las
mentes oscurecidas por el pecado a la necesidad de arrepentirse y convertirse.
Una vez que nos hemos arrepentido, podemos nacer de nuevo por medio del
bautismo del agua y del Espíritu Santo (Juan 3:5). Entonces nuestra vida se
renueva, por cuanto hemos llegado a ser la morada del Espíritu de Cristo.
Su misión en favo r de los creyentes. La mayoría de los textos relativos al
Espíritu Santo se refieren a su relación con el pueblo de Dios. Su influencia san-
tificadora lleva a la obediencia (1 Ped. 1:2), pero nadie continúa experimentando
su presencia sin cumplir ciertas condiciones. Pedro dijo que Dios ha concedido
el Espíritu a los que obedecen continuamente (Hech. 5:32).‘ De este modo, se
amonesta a los creyentes a no resistir, entristecer y apagar el Espíritu (Hech. 7:51;
Efe. 4:30; 1 Tes 5:19).
¿Qué hace el Espíritu en favor de los creyentes?
1. Ayuda a los creyentes. Al presentar el Espíritu Santo, Cristo lo llamó “otro
Consolador [paráklétos]” (Juan 14:16). Esta palabra griega ha sido traducida de
diversas formas, por ejemplo: “ayudador”, “consolador”, "consejero”, y también
puede significar “intercesor”, “mediador”, o “abogado”.
Aparte del Espíritu Santo, el único paráklétos que menciona la Escritura es
Cristo mismo. Él es nuestro Abogado o Intercesor ante el Padre. “Hijitos míos,
Dios el Espíritu Santo ♦ 73
estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiese pecado, abogado
tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo” (1 Juan 2:1).
Como Intercesor, Mediador y Ayudador, Cristo nos presenta ante Dios y
revela a Dios ante nosotros. En forma similar, el Espíritu nos guía a Cristo y
manifiesta la gracia de Cristo ante nosotros. Esto explica por qué se llama al
Espíritu “Espíritu de gracia” (Heb.l0:29). Una de sus mayores contribuciones es
la aplicación de la gracia redentora de Cristo a los seres humanos (ver 1 Cor.
15:10; 2 Cor. 9:14; Juan 4:5, 6).
2. Nos trae la verdad de Cristo. Cristo se refirió al Espíritu Santo llamándolo
“el Espíritu de verdad” (Juan 14:17; 15:26; 16:13). Sus funciones incluyen hacer
nos recordar “todo lo que yo os he dicho” (Juan 14:26) y guiarnos “a toda la ver
dad" (Juan 16:13). Su mensaje testifica de Jesucristo (Juan 15:26). “No hablará
por su propia cuenta —declaró Jesús—, sino que hablará todo lo que viere, y os
hará saber las cosas que habrán de venir. Él me glorificará; porque tomará de lo
mío, y os lo hará saber” (Juan 16:13,14).
3. Trae la presencia de Cristo. No solo trae el mensaje acerca de Cristo,
sino que nos hace llegar a la presencia misma de Cristo. Jesús dijo: “Os conviene
que yo me vaya; porque si no me fuere, el Consolador no vendría a vosotros;
mas si me fuere os lo enviaré” (Juan 16:7).
Estorbado por su humanidad, el Hombre Jesucristo no era omnipresente, y por
esta razón convenía que se fuera. Por medio del Espíritu podría estar en todo lugar,
constantemente. Jesús dijo: “Yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para
que esté con vosotros para siempre: el Espíritu de verdad”. Dio la seguridad de que
el Espíritu “mora con vosotros y estará en vosotros. No os dejaré huérfanos; vendré
a vosotros” (Juan 14:17,18). “El Espíritu Santo es el representante de Cristo, pero
está despojado de la personalidad de la humanidad, y es independiente de ella”.2
En la encarnación, el Espíritu Santo trajo la presencia de Cristo a una persona:
María. En el Pentecostés, el Espíritu trajo el Cristo victorioso al mundo. Las
promesas de Cristo: “No te desampararé, ni te dejaré” (Heb. 13:5) y “he aquí yo
estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mat. 28:20), se cumplen
por medio del Espíritu. Por esta razón el Nuevo Testamento le adjudica al Es
píritu un título que en el Antiguo Testamento nunca aparece: “Espíritu de Jesu
cristo” (Fil. 1:19).
De la misma manera como por el Espíritu tanto el Padre como el Hijo hacen
su hogar en el corazón de los creyentes (Juan 14:23), así también, la única forma
en que los creyentes pueden permanecer en Cristo es por medio del Espíritu
Santo.
74 ♦ LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
4. Guía la obra de la iglesia. Por cuanto el Espíritu Santo provee la
presencia misma de Cristo, es el verdadero Vicario de Cristo en el mundo. En su
calidad de centro permanente de autoridad en todo lo que se refiere a la fe y a
la doctrina, los caminos por los cuales guía a la iglesia están enteramente de
acuerdo con la Biblia. “La nota distintiva del protestantismo, sin la cual este
tampoco existiría, es el hecho de que el Espíritu Santo es el verdadero Vicario y
Sucesor de Cristo aquí en la tierra. La dependencia de organizaciones y dirigentes,
o de sabiduría terrenal, significa poner lo humano en lugar de lo divino”.3
El Espíritu Santo estaba íntimamente involucrado en la administración de la
iglesia apostólica. Al seleccionar misioneros, la iglesia obtenía su conducción por
medio de la oración y el ayuno (Hech. 13:1-4). Los individuos seleccionados eran
conocidos por su disposición a ser guiados por el Espíritu. El libro de los Hechos
los describe diciendo que “estaban llenos... del Espíritu Santo” (Hech. 13:52; ver
también vers. 9). Sus actividades estaban bajo el control del Espíritu (Hech. 16:6,
7). Pablo recordó a los ancianos de la iglesia que habían sido colocados en su
posición por el Espíritu Santo (Hech. 20:28).
El Espíritu Santo jugó un papel importante en la resolución de serias dificul
tades que amenazaban la unidad de la iglesia. De hecho, la Escritura introduce
las decisiones del primer concilio de la iglesia con las palabras: “Ha parecido bien
al Espíritu Santo, y a nosotros...” (Hech. 15:28).
5. Equipa a la iglesia con dones especiales. El Espíritu Santo ha concedido
dones especiales al pueblo de Dios. En los tiempos del Antiguo Testamento, “el
Espíritu de Jehová” descansó “sobre” ciertos individuos, concediéndoles poderes
extraordinarios para conducir y librar a Israel (Jue. 3:10; 6:34; 11:29; etc.), así
como la capacidad de profetizar (Núm. 11:17, 25, 26; 2 Sam. 23:2). El Espíritu
vino sobre Saúl y David cuando fueron ungidos como gobernantes del pueblo de
Dios (1 Sam. 10:6, 10; 16:13). En el caso de ciertos individuos, la recepción del
Espíritu les concedió capacidades artísticas especiales (Éxo. 28:3; 31:3; 35:30-
35).
También en el caso de la iglesia primitiva, fue por medio del Espíritu como
Cristo le concedió sus dones. El Espíritu distribuyó esos dones espirituales a los
creyentes conforme a su voluntad, beneficiando así a toda la iglesia (Hech. 2:38;
1 Cor. 12:7-11). El Espíritu proveyó el poder especial necesario para proclamar el
evangelio hasta los fines de la tierra (Hech. 1:8; ver el cap. 17).
6. Llena el corazón de los creyentes. La pregunta que les hizo Pablo a los cre
yentes de Éfeso: “¿Recibisteis el Espíritu Santo cuando creisteis? (Hech. 19:2), es
crucial para todo creyente.
-
Dios el Espíritu Santo • 75
Al recibir Pablo la respuesta negativa, les impuso sus manos a los discípulos,
y recibieron el bautismo del Espíritu Santo (Hech. 19:6).
Este incidente indica que la convicción de pecado que produce el Espíritu
Santo, y la obra del Espíritu al llenar la vida, son dos experiencias diferentes.
Jesús reveló la necesidad de ser nacido de agua y del Espíritu (Juan 3:5). Justo
antes de su ascensión, mandó que los nuevos creyentes fuesen bautizados “en el
nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo” (Mat. 28:19). En armonía con
este mandato, Pedro predicó que “el don del Espíritu Santo” debe ser recibido en
el bautismo (Hech. 2:38). Y Pablo confirma la importancia del bautismo del Es
píritu Santo (ver el cap. 15) al extender el urgente llamado a que los creyentes
sean “llenos del Espíritu” (Efe. 5:18).
La recepción del Espíritu Santo, que nos transforma a la imagen de Dios, co
mienza con el nuevo nacimiento y continúa la obra de santificación. Dios nos ha
salvado según su misericordia “por el lavamiento de la regeneración y por la
renovación en el Espíritu Santo, el cual derramó en nosotros abundantemente
por Jesucristo nuestro Salvador” (Tito 3:5,6).
“La ausencia del Espíritu es lo que hace tan impotente el ministerio evangé lico.
Puede poseerse saber, talento, elocuencia, y todo don natural o adquirido, pero, sin
la presencia del Espíritu de Dios, ningún corazón se conmoverá, ningún pecador
será ganado para Cristo. Por otro lado, si sus discípulos más pobres y más
ignorantes están vinculados con Cristo, y tienen los dones del Espíritu, ten drán un
poder que se hará sentir sobre los corazones. Dios hará de ellos conduc tos para
el derramamiento de la influencia más sublime del universo”.4
El Espíritu es vital. Todos los cambios que Jesucristo efectúa en nosotros vienen
por medio del ministerio del Espíritu. Como creyentes, debiéramos estar constan
temente conscientes de que sin el Espíritu no podemos lograr nada (Juan 15:5).
Hoy el Espíritu Santo dirige nuestra atención al mayor don de amor que Dios
nos ofrece en su Hijo. Ruega que no resistamos sus llamados, sino que aceptemos
el único medio por el cual podemos ser reconciliados con nuestro amoroso y
misericordioso Padre celestial.
Referencias
1. Ver Arnold V. Wallenkampf, New by the Spirit [Renovado por el Espíritu] (Mountain
View, California: Pacific Press, 1978), pp. 49, 50.
2. Elena G. de White, El Deseado de todas las gentes, p. 622.
3. LeRoy E. Froom, La venida del Consolador (Mountain View, California: Pacific Press Pub.
Assn., 1972), p. 60.
4. Elena G. de White, Joyas de los testimonios (Mountain View, California: Pacific Press, 1953),
t. 3, p. 212.
LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
La creación
Dios es el Creador de todas las cosas, y reveló en las Escrituras el relato
auténtico de su actividad creadora. El Señor hizo en seis días “los cielos y la
tierra”y todo ser viviente que la habita, y reposó en el séptimo día de esa
primera semana. De ese modo estableció el sábado como un monumento
perpetuo conmemorativo de la terminación de su obra creadora. Hizo al
primer hombre y la primera mujer a su imagen como corona de la creación, y
les dio dominio sobre el mundo y la responsabilidad de cuidar de él. Cuando
el mundo quedó terminado era “bueno en gran manera”, proclamando la
gloria de Dios (Gén. 1; 2; Éxo. 20:8-11; Sal. 19:1-6; 33:6, 9; 104; Heb. 11:3).
EL RELATO BÍBLICO ES SENCILLO. Ante el mandato creativo de Dios, “los
cielos y la tierra, el mar, y todas las cosas que en ellos hay” (Éxo. 20:11)
aparecieron en forma instantánea. En solo seis días, la tierra fue transformada de
“desordenada y vacía” hasta llegar a ser un verdeante planeta rebosante de
criaturas y plantas completamente desarrolladas. Nuestro mundo estaba adornado
de colores claros, puros y brillantes, y de encantadoras formas y fragancias,
combinadas con un gus to exquisito. Todo mostraba exactitud en sus detalles y
funciones.
Luego, Dios “reposó”, deteniéndose para celebrar su obra y gozar de ella. Para
siempre, la belleza y majestad de esos seis días sería recordada debido a que él se
detuvo. Dediquemos una rápida mirada al comienzo de todo.
"En el principio creó Dios los cielos y la tierra”. La tierra estaba envuelta en
agua y oscuridad. En el primer día, Dios separó la luz de la oscuridad, llamando
a la parte luminosa “día” y a la oscuridad “noche”.
En el segundo día, Dios “separó las aguas”, haciendo división entre la
atmósfera y el agua que estaba sobre la superficie de la tierra, produciendo así
condiciones
76
La creación • 77
apropiadas para la vida. El tercer día, Dios juntó las aguas en un lugar,
estableciendo así la tierra seca y el mar. Luego Dios vistió de verdor las costas,
colinas y valles desnudos. “Produjo pues, la tierra hierba verde, hierba que da
semilla según su na turaleza, y árbol que da fruto, cuya semilla está en él, según
su género" (Gén. 1:12).
El cuarto día, Dios estableció el sol, la luna y las estrellas para que sirvieran
“de señales para las estaciones, para días y años”. El sol debía gobernar durante el
día, y la luna durante la noche (Gén. 1:14-16).
Dios creó a las aves y los peces en el quinto día. Los creó “según su especie”
(Gén. 1:21), lo cual indica que sus criaturas habían de reproducirse en forma
consecuente según sus propias especies.
El sexto día, Dios hizo las formas superiores de la vida animal. Dijo: “Pro
duzca la tierra seres vivientes según su género, bestias y serpientes y animales de
la tierra según su especie” (Gén. 1:24).
Luego, en el acto cumbre de la creación, Dios hizo al hombre “a su imagen, a
imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó” (Gén. 1:27). “Y vio Dios todo
lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera” (Gén. 1:31).
La palabra creadora de Dios
“Por la palabra de Jehová —escribió el salmista— fueron hechos los cielos, y
todo el ejército de ellos por el aliento de su boca” (Sal. 33:6).
¿Cómo actúa esta palabra creadora?
La palabra creadora y la materia preexistente. Las palabras del Génesis:
“Y dijo Dios”, introducen el mandato dinámico divino responsable de los acon
tecimientos majestuosos que ocurrieron en los seis días de la creación (Gén.
1:3, 6, 9,11, 14, 20, 24). Cada orden venía cargada con la energía creadora que
transformó este planeta “desordenado y vacío” en un paraíso. “Porque él dijo, y
fue hecho; él mandó, y existió” (Sal. 33:9). En verdad, “entendemos haber sido
constituido el universo por la palabra de Dios” (Heb. 11:3).
Esta palabra creadora no dependía de la materia preexistente (ex-nihilo): “Por
la fe entendemos haber sido constituido el universo por la palabra de Dios, de
modo que lo que se ve fue hecho de lo que no se veía” (Heb. 11:3). Ocasional
mente Dios usó materia preexistente: Adán y las bestias fueron formados de la
tierra, y Eva fue hecha a partir de una costilla de Adán (Gén. 2:7,19, 22); en últi
ma instancia, Dios creó también la materia.
El relato de la creación
Se han hecho muchas preguntas acerca del relato de la creación que aparece
en Génesis. ¿Se contradicen las dos narraciones de la creación que aparecen en el
78 . LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIM O DÍA CREEN EN.
primer libro de la Biblia, o son consecuentes? ¿Son literales los días de la cre
ación, o representan largos períodos? ¿Fueron creados los cielos, el sol, la luna y
aun las estrellas tan solo seis mil años atrás?
El relato de la creación. Los dos informes de la creación que aparecen en la
Biblia, uno en Génesis l:l-2:3, y el otro en Génesis 2:4-25, armonizan entre sí.
La primera narración relata en orden cronológico la creación de todas las
cosas. La segunda comienza con las palabras: “Estos son los orígenes...”, una
expresión equivalente a otras que en Génesis introducen la historia de una fa milia
(ver Gén. 5:1; 6:9; 10:1). Esta narración describe el lugar que ocupó el hombre en
la creación. No es estrictamente cronológica, pero revela que todo sirvió para
preparar el ambiente para el hombre.1Provee más detalles que la primera acerca
de la creación de Adán y Eva y del ambiente que Dios proveyó en el Jardín del
Edén. Además, nos informa acerca de la naturaleza de la hu manidad y del
gobierno divino. La única manera como estos dos relatos de la creación
armonizan con el resto de la Escritura, es si se los acepta como litera les e
históricos.
Los días de la creación. Los días de la creación bíblica significan períodos
literales de 24 horas. La expresión “la tarde y la mañana” (Gén. 1:5, 8,13,19, 23,
31), típica de la forma en que el pueblo de Dios del Antiguo Testamento medía el
tiempo, especifica días individuales que comenzaban al atardecer, es decir a la
puesta del sol (ver Lev. 23:32; Deut. 16:6). No hay justificación para decir que
esta expresión significaba un día literal en Levítico, por ejemplo, y miles de mil
lones de años en el Génesis.
La palabra hebrea que se traduce como “día” en Génesis 1 es Yom. Cuando la
palabra Yom va acompañada de un número definido, siempre significa un día
literal de 24 horas (por ejemplo en Gén. 7:11; Éxo. 16:1); esto constituye una
indi cación más de que el relato de la creación habla de días literales de 24 horas.
Los Diez Mandamientos ofrecen otra evidencia de que el relato de la creación
del Génesis involucra días literales. En el cuarto mandamiento, Dios dice:
“Acuér date del día de reposo para santificarlo. Seis días trabajarás, y harás toda
tu obra; mas el séptimo día es reposo para Jehová tu Dios; no hagas en él obra
alguna... porque en seis días hizo jehová los cielos y la tierra, el mar, y todas las
cosas que en ellos hay, y reposó en el séptimo día; por tanto, Jehová bendijo el día
de reposo y lo santificó” (Éxo. 20:8-11).
En forma sucinta Dios repite la historia de la creación. Cada día (Yom) estuvo
lleno de actividad creativa, y luego el sábado constituyó el punto culminante de
la semana de la creación. El día sábado de 24 horas, por lo tanto, conmemora una
La creación ♦ 79
semana literal de creación. El cuarto mandamiento no tendría ningún significa
do si cada día representara largas épocas.2
Los que citan 2 Pedro 3:8: “Para con el Señor un día es como mil años” pro
curando así probar que los días de la creación no eran días literales de 24 horas,
pasan por alto el hecho de que el mismo versículo termina diciendo que “mil
años” son “como un día”. Los que consideran que los días de la creación
represen tan miles de años, o enormes períodos indefinidos de millones o aun
miles de millones de años, niegan la validez de la Palabra de Dios, tal como la
serpiente tentó a Eva a que lo hiciera.
¿Qué son “los cielos”? Algunas personas se sienten confusas, y con cierta
razón, por los versículos que dicen que Dios creó “los cielos y la tierra” (Gén.
1:1; ver 2:1; Éxo. 20:11) y que hizo el sol, la luna y las estrellas en el cuarto día
de la semana de la creación, hace seis mil años (Gén. 1:14-19).
¿Fueron llamados a la existencia en ese momento todos los cuerpos celestes?
La semana de la creación no incluyó el cielo en el cual Dios ha morado desde
la eternidad. Los “cielos” de Génesis 1 y 2 probablemente se refieren a nuestro
sistema solar.
En verdad, este mundo, en vez de ser la primera creación de Cristo, lo más
probable es que haya sido su última obra. La Biblia describe a los hijos de Dios,
probablemente los Adanes de todos los mundos no caídos, reunidos con Dios
en algún rincón distante del universo (Job 1:6-12). Hasta este momento, las
exploraciones espaciales no han descubierto ningún otro planeta habitado.
Aparentemente están situados en la vastedad del espacio, más allá del alcance
de nuestro sistema solar contaminado por el pecado, y en cuarentena para pre
venir la infección del mal.
El Dios de la creación
¿Qué clase de Dios es nuestro Creador? ¿Se interesa una Persona infinita
como él en nosotros, minúsculos átomos de vida en un distante rincón de su
universo? ¿Se dedicó Dios a cosas mayores y más interesantes después de haber
creado el mundo?
Un Dios responsable. El relato bíblico de la creación comienza con Dios y
pasa a los seres humanos. Implica que al crear los cielos y la tierra, Dios estaba
preparando el ambiente perfecto para la raza humana. Los seres humanos, varón
y hembra, constituyeron su gloriosa obra maestra.
El relato revela que Dios es un planificador cuidadoso que se preocupa por el
bienestar de su creación. Plantó un jardín para que fuese su hogar especial, y les
80 . LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
dio la responsabilidad de cultivarlo. Creó a los seres humanos con el fin de que
tuviesen una relación con él. Esta relación no debía ser forzada, antinatural; los
creó con libertad de elección y la capacidad de amarle y servirle.
¿Quiénfue el Dios creador? En el acto creador, todos los miembros de la Deidad
estuvieron involucrados (Gén. 1:2, 26). El agente activo, sin embargo, era el Hijo de
Dios, el Cristo preexistente. En el prólogo del relato de la creación, Moisés escribió:
“En el principio creó Dios los cielos y la tierra”. Al recordar estas palabras, Juan espe
cificó el papel que le tocó desempeñar a Cristo en la creación: “En el principio era el
Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios... todas las cosas por él fueron
hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho” (Juan 1:1-3). Más adelante,
en el mismo pasaje, Juan deja muy en claro acerca de quién está escribiendo: “Y aquel
Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros” (Juan 1:14). Jesús es el Creador, el
que por su Palabra trajo la tierra a la existencia (ver también Efe. 3:9; Heb. 1:2).
Un despliegue del amor de Dios. ¡Cuán profundo es el amor divino! Cuando
Cristo, con amoroso cuidado se arrodilló junto a Adán, dándole forma a la mano
de este primer hombre, debe haber sabido que las manos de los hombres algún
día lo maltratarían y por último lo clavarían a la cruz. En un sentido, la creación
y la cruz se unen, por cuanto Cristo el Creador fue muerto desde la fundación del
mundo (Apoc. 13:8). Su presciencia divina3no lo detuvo. Bajo la ominosa nube
del Calvario, Cristo sopló en la nariz de Adán el aliento de vida, sabiendo que este
acto creador lo privaría a él mismo de su propio aliento de vida. El amor incom
prensible es la base de la creación.
El propósito de la creación
El amor provee el motivo de todo lo que Dios hace, por cuanto él mismo es
amor (1 Juan 4:8). Nos creó, no solo para que pudiésemos amarle, sino con el fin
de que él también pudiese amarnos. Su amor lo llevó a compartir en la creación
uno de los mayores dones que él pudiese conferir: la existencia. ¿Ha indicado
entonces la Biblia con qué propósito existen el universo y sus habitantes?
Para revelar la gloria de Dios. A través de sus obras creadas, Dios revela su
gloria: “Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de
sus manos. Un día emite palabra a otro día, y una noche a otra noche declara
sabiduría. No hay lenguaje, ni palabras, ni es oída su voz. Por toda la tierra salió
su voz, y hasta el extremo del mundo sus palabras” (Sal. 19:1-4).
¿Qué propósito tiene este despliegue de la gloria de Dios? La naturaleza fun
ciona como testigo de Dios. Es su intención que sus obras creadas atraigan a los
La creación ♦ 81
individuos hacia él. Pablo declara: “Porque las cosas invisibles de él, su eterno
poder y Deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo
entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa" (Rom.
1:20).
Al ser nosotros atraídos a Dios por medio de la naturaleza, aprendemos más
acerca de sus cualidades, las cuales pueden ser incorporadas en nuestras propias
vidas. Y al reflejar el carácter de Dios, le damos gloria, cumpliendo así el propósi
to para el cual fuimos creados.
Para poblar el mundo. El Creador no deseaba que la tierra fuese un planeta
solitario y vacío; debía ser habitado (Isa. 45:8). Cuando el hombre sintió la nece
sidad de tener compañía, entonces Dios creó a la mujer (Gén. 2:20; 1 Cor. 11:9).
Así estableció la institución del matrimonio (Gén. 2:22-25). El Creador no solo le
dio a la primera pareja el dominio sobre este mundo nuevamente creado, sino
que también, al pronunciar las palabras “fructificad y multiplicaos” (Gén. 1:28),
les concedió el privilegio de participar en su creación.
El significado de la creación
Los seres humanos han sido tentados a ignorar la doctrina de la creación. “¿A
quien le importa cómo Dios creó el mundo?”, dicen. “Lo que necesitamos saber
es cómo llegar al cielo”. Sin embargo, la doctrina de una creación divina forma “el
fundamento indispensable de la teología bíblica y cristiana”.4Buen número de
conceptos bíblicos fundamentales se hallan arraigados en la creación divina.5De
hecho, el conocimiento de cómo Dios creó “los cielos y la tierra”, puede en última
instancia ayudarnos a encontrar el camino a los nuevos cielos y la nueva tierra a
que se refiere Juan el revelador. ¿Cuáles son, entonces, algunas de las implicacio
nes que tiene la doctrina de la creación?
El antídoto de la idolatría. El hecho de que Dios es Creador lo distingue de
todos los otros dioses (1 Cor. 16:24-27; Sal. 96:5, 6; Isa. 40:18-26; 42:5-9; 44).
Debemos adorar al Dios que nos hizo, y no a los dioses que nosotros hemos
hecho. Por ser nuestro Creador, Dios merece nuestra lealtad absoluta. Cualquier
relación que estorbe esta lealtad es idolatría, y está sujeta al juicio divino. De este
modo, nuestra fidelidad al Creador es un asunto de vida o muerte.
Elfundamento de la verdadera adoración. Nuestro culto a Dios se basa en
el hecho de que él es nuestro Creador, y nosotros sus criaturas (Sal. 95:6). La
importancia de este tema está indicada por su inclusión en el llamado que se
extiende a los habitantes del mundo justamente antes del retorno de Cristo, ins
82 . LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN.
tándolos a adorar “a aquel que hizo el cielo y la tierra, el mar y las fuentes de las
aguas” (Apoc. 14:7).
El sábado, monumento de la creación. Dios estableció el séptimo día sábado
con el fin de que tuviésemos un recordatorio semanal del hecho de que somos cria
turas de sus manos. El sábado fue un don de gracia, el cual no expresa lo que noso tros
hayamos hecho, sino lo que Dios hizo. El Creador bendijo especialmente este día y
lo santificó, para que nunca nos olvidáramos de que la vida incluye, además del
trabajo, la comunión con el Creador, el descanso y la celebración de las maravillosas
obras de la creación de Dios (Gén. 2:2, 3). Con el fin de recalcar su importancia, el
Creador colocó en el centro de la ley moral el mandato de recordar este sagrado
monumento de su poder creativo, como una señal eterna y un símbolo de la crea
ción (Éxo. 20:8-11; 31:13-17; Eze. 20:20; ver el cap. 20 de esta obra).
El matrimonio, una institución divina. Durante la semana de la creación,
unión sagrada entre dos individuos fuese indisoluble: El hombre “se unirá a su
mujer”, y deben llegar a ser “una sola carne” (Gén. 2:24; ver también Mar 10:9; y
el cap. 23 de esta obra).
La base de la verdadera estima propia. El relato de la creación declara que
fuimos hechos a imagen de Dios. La comprensión de este hecho provee un ver
dadero concepto de cuánto vale el individuo. No deja lugar para sentimientos de
inferioridad. De hecho, se nos ha reservado un lugar único en la creación, con el
privilegio especial de mantener comunicación constante con el Creador, y la
oportunidad de llegar a ser cada vez más parecidos a él.
La base del verdadero compañerismo. La dignidad creadora de Dios esta
blece su paternidad (Mal. 2:10) y revela la hermandad de todos los seres huma
nos. Él es nuestro Padre; nosotros somos sus hijos. No importa el sexo, la raza, la
educación o la posición, todos han sido creados a imagen de Dios. Si se com prendiera
y se aplicara este concepto, se eliminaría el racismo, la intolerancia y cualquier otra
forma de discriminación.
Mayordomía personal. Por cuanto Dios nos creó, somos su propiedad. Este
hecho implica que tenemos la sagrada responsabilidad de ser fieles mayordomos
de nuestras facultades físicas, mentales y espirituales. Actuar en forma comple tamente
independiente del Creador constituye la máxima expresión de la in gratitud (ver
el cap. 21 de esta obra).
La creación ♦ 83
Responsabilidad por el ambiente. En la creación, Dios colocó la primera
pareja en un jardín (Gén. 2:8). Ellos debían cultivar la tierra y “señorear” sobre
toda la creación animal (Gén. 1:28). Esto indica que tenemos la responsabilidad,
divinamente asignada, de preservar la calidad de nuestro ambiente.
La dignidad del trabajo manual. El Creador le dio instrucciones a Adán
para que “labrara” y “guardase” el huerto del Edén (Gén. 2:15). El hecho de que
Dios mismo le asignara a la humanidad esta ocupación útil en un mundo per
fecto, revela la dignidad del trabajo manual.
El valor del universo físico. Después de cada paso de la creación, Dios de
claró que lo que había hecho era “bueno” (Gén. 1:10, 12, 17, 21, 25), y cuando
terminó su obra creadora, afirmó que el conjunto “era bueno en gran manera”
(Gén. 1:31). Así pues, la materia creada no es intrínsecamente mala, sino buena.
El remedio para el pesimismo, la soledad y una vida sin sentido. El relato
de la creación revela que, en vez de llegar a la existencia por evolución ciega, todo
fue creado con un propósito. La raza humana fue destinada a gozar de una rela
ción eterna con el Creador. Si comprendemos que fuimos creados con una razón
específica, la vida se convierte en algo lleno de riqueza y significado, y se desva
nece el doloroso vacío y descontento que tantos expresan, siendo reemplazado
por el amor de Dios.
La santidad de la ley de Dios. La ley de Dios existía antes de la caída. En su
estado de perfección original, los seres humanos estaban sujetos a ella. Servía
para protegerlos contra la autodestrucción, para revelarles los límites de la liber
tad (Gén. 2:17), y para salvaguardar la felicidad y la paz de los súbditos del reino
de Dios (Gén. 3:22-24; ver el cap. 19 de esta obra).
El carácter sagrado de la vida. El Creador de la vida continúa tomando
parte activa en la formación de la vida humana, haciendo de este modo que la
vida sea sagrada. David alaba a Dios por haberse involucrado en su nacimiento:
“Tú formaste mis entrañas; tú me hiciste en el vientre de mi madre. Te alabaré;
porque formidables, maravillosas son tus obras... No fue encubierto de ti mi
cuerpo, bien que en oculto fui formado, y entretejido en lo más profundo de la
tierra. Mi embrión vieron tus ojos, y en tu libro estaban escritas todas aquellas
cosas que fueron luego formadas” (Sal. 139:13-16). En Isaías, el Señor se identifica
como el “que te formó desde el vientre” (Isa. 44:24). Por cuanto la vida es un don
de Dios, debemos respetarla; de hecho, tenemos el deber moral de preservarla.
84 . LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN.
La obra creadora de Dios continúa
¿Ha terminado Dios su creación? El relato de la creación termina con la
siguiente declaración: “Fueron, pues, acabados los cielos y la tierra, y todo el ejér
cito de ellos” (Gén. 2:1). El Nuevo Testamento afirma que la creación de Dios fue
completada “desde la fundación del mundo” (Heb. 4:3). ¿Significa esto que la
energía creativa de Cristo ya no se halla en actividad? De ninguna manera. La
Palabra creadora todavía actúa de diversas maneras.
1. Cristo y su palabra creadora. Cuatro mil años después de la creación, un
centurión le dirigió a Jesús el siguiente ruego: “Solamente di la palabra, y mi
criado sanará” (Mat. 8:8). Tal como había hecho en la creación, Jesús habló, y el
siervo fue sanado. A través de todo el ministerio terrenal de Jesús, la misma
energía creadora que le concedió vida al cuerpo inerte de Adán, levantó a los
muertos y renovó las energías de los afligidos que le pedían ayuda.
2. La palabra creadora en la actualidad. Ni este mundo ni el universo
funcionan gracias a ningún poder propio, inherente. El Dios que los creó, los
preserva y los sostiene. “Él es quien cubre de nubes los cielos, que prepara la llu
via para la tierra, el que hace a los montes producir hierba. Él da a la bestia su
mantenimiento, y a los hijos de los cuervos que claman” (Sal. 147:8, 9; ver Job
26:7-14). Él sostiene todas las cosas por su palabra, y “todas las cosas en él sub
sisten” (Col. 1:17; ver Heb. 1:3).
Dependemos de Dios para la función de cada célula de nuestros cuerpos. Cada
respiración, cada latido del corazón, cada pestañada, habla del cuidado de un
amante Creador: “Porque en él vivimos, y nos movemos, y somos” (Hech. 17:28).
El poder creador de Dios está involucrado no solamente en la creación, sino
también en la redención y restauración. Dios re-crea corazones (Isa. 44:21-28;
Sal. 51:10). Pablo afirma: “Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús
para buenas obras” (Efe. 2:10). “Si alguno está en Cristo, nueva criatura es” (2
Cor. 5:17). Dios, que puso en movimiento las innumerables galaxias por todo el
universo, usa ese mismo poder para volver a crear a su propia imagen y seme
janza al más degradado pecador.
Este poder redentor y restaurador no se limita a la transformación de vidas
humanas. El mismo poder que originalmente creó los cielos y la tierra, después
del juicio final los renovará, es decir hará de ellos una nueva y magnífica
creación, nuevos cielos y nueva tierra (Isa. 65:17-19; Apoc. 21,22).
La creación y la salvación
En Jesucristo, la creación y la salvación se encuentran. Él creó un universo
La creación ♦ 85
majestuoso y un mundo perfecto. Tanto los contrastes como los paralelos que
existen entre la creación y la salvación son significativos.
La duración de la creación. En la creación Cristo mandó, e instantáneamen
te se cumplió su voluntad. Antes que vastos períodos de metamorfosis, es su po derosa
palabra lo que es responsable de la creación. En seis días creó todas las cosas.
Ahora bien, ¿por qué se necesitaron aun estos seis días? ¿No podría él haber hablado
una sola vez, y hecho que todas las cosas existieran en un momento?
Es posible que nuestro Dios se deleitase en el desarrollo paulatino de nuestro
planeta en esos seis días. Posiblemente este tiempo “extendido” tiene más que ver
con el valor que Dios le asigna a cada cosa creada, o con su deseo de establecer la
semana de siete días como un modelo para el ciclo de actividad y reposo desti
nado para el uso del hombre.
En lo que se refiere a la salvación, sin embargo, Cristo no se limita a efectuar
la con un mandato instantáneo. El proceso de salvar a la humanidad se extiende
por milenios. Abarca el antiguo y el nuevo pacto, los treinta y tres años y medio
del ministerio de Cristo en este mundo, y sus casi 2.000 años posteriores de in
tercesión celestial. Aquí se presenta un vasto período —según la cronología de la
Escritura, unos 6.000 años desde la creación—, a pesar del cual la humanidad
todavía no ha sido devuelta al Jardín del Edén.
El contraste entre el tiempo que se requirió para la creación y el necesario
para la restauración, demuestra que las actividades de Dios siempre tienen en
cuenta los mejores intereses de la raza humana. La brevedad de la creación refle
ja su gran deseo de producir individuos perfectamente desarrollados que pudie
sen gozar de su creación. Demorar la culminación de la creación, haciéndola
depender de un proceso de desarrollo gradual a través de prolongados períodos,
habría sido contrario al carácter de un Dios amoroso. El tiempo destinado para
la restauración revela el amante deseo que Dios siente de salvar a tantas personas
como sea posible (2 Ped. 3:9).
La obra creadora de Cristo. En el Edén, Cristo pronunció la Palabra creadora.
En Belén, “aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros” (Juan 1:14); el
Creador llegó de este modo a ser parte de su creación. ¡Qué gesto incomprensible
de condescendencia! Si bien nadie fue testigo de la creación del mundo que realizó
Cristo, muchos vieron con sus propios ojos el poder que devolvió la vista a los cie
gos (Juan 9:6, 7), el habla a los mudos (Mat. 9:32, 33), la salud a los leprosos (Mat.
8:2,3) y la vida a los muertos (Juan 11:14-45).
Cristo vino como el segundo Adán, el nuevo comienzo para la raza humana
(Rom. 5). En el Edén, le dio al hombre el árbol de la vida; a su vez, el hombre lo
86 . LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN.
colgó de un árbol en el Calvario. En el paraíso, el hombre se erguía en su plena
estatura a imagen de Dios; en el Calvario, el Hombre se dejó colgar a imagen de
un criminal. Tanto en el viernes de la creación como en el de la crucifixión, la
expresión “consumado es” hablaba de una obra creadora completada (Gén. 2:2;
Juan 19:30). La una, Cristo la cumplió en calidad de Dios; la otra, como Hombre;
una con poder veloz, la otra en sufrimiento humano; una por un tiempo, la otra
para toda la eternidad; una sujeta a la caída, la otra obteniendo la victoria sobre
Satanás.
Fueron las manos divinas y perfectas de Cristo las que le dieron la vida al
primer hombre; y son las manos de Cristo, heridas y ensangrentadas, las que le
conceden vida eterna a la humanidad. El hombre no solo fue creado; debe tam
bién ser re-creado. Ambas creaciones son igualmente la obra de Cristo. Ninguna
puede originarse en el corazón del hombre por medio de un desarrollo natural.
Por haber sido creados a imagen de Dios, hemos sido llamados a darle gloria.
Como el acto culminante de su creación, Dios invita a cada uno de nosotros a
entrar en comunión con él, buscando cada día el poder regenerador de Cristo de
modo que, para gloria de Dios, podamos reflejar más perfectamente su imagen.
Referencias
1. L. Berkhof, Systematic Theology [Teología sistemática], 4a. ed. (Grand Rapids, Michigan: W.
B. Eerdmans, 1941), p. 182.
2. Aun si se considera que cada día de la creación haya tenido una duración de tan solo mil años,
esto produciría problemas. En un esquema tal, el atardecer del sexto “día" —su primer “día”
de vida—, Adán habría tenido mucho más edad que la cantidad total de años de vida que le
asigna la Biblia (Gén. 5:5). Ver Jemison, Christian Beliefs [Creencias cristianas], pp. 116,
117.
3. Ver el capítulo 4.
4. “Creation” [La creación], SDA Encyclopedia, p. 357.
5. ¡bíd.; Arthur J. Ferch, “W hat Creation Means to Me” [Lo que significa para mí la creación],
Adventist Review [Revista Adventista], 8 de oct. de 1986, pp. 11-13.
LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
La naturaleza humana
Dios hizo al hombre y la mujer a su imagen, con individualidad propia, y con
lafacultad y la libertad de pensar y obrar. Aunque los creó como seres libres,
cada uno es una unidad indivisible de cuerpo, mente y espíritu, que depende
de Dios para la vida, el aliento y todo lo demás. Cuando nuestros primeros
padres desobedecieron a Dios, negaron su dependencia de él y cayeron de la
elevada posición que ocupaban bajo el gobierno de Dios. La imagen de Dios en
ellos se desfiguró y quedaron sujetos a la muerte. Sus descendientes participan
de esta naturaleza caída y de sus consecuencias. Nacen con debilidades y
tendencias hacia el mal. Pero Dios, en Cristo, reconcilió al mundo consigo
mismo y, por medio de su Espíritu Santo, restaura en los mortales penitentes la
imagen de su Hacedor. Creados para la gloria de Dios, se los llama a amarlo a
él y a amarse mutuamente, y a cuidar del ambiente que los rodea (Gén. 1:26-
28; 2:7; Sal. 8:4-8; Hech. 17:24-28; Gén. 3; Sal. 51:5; Rom. 5:12-17; 2 Cor.
5:19,20;
Sal. 51:10; 1 Juan 4:7,8,11,20; Gén. 2:15).
“ENTONCES DIJO DIOS: HAGAMOS AL HOMBRE a nuestra imagen, con
forme a nuestra semejanza”. Al realizar la obra culminante de su creación, Dios
no recurrió al poder de su palabra. En vez de ello, se inclinó en un gesto de amor
para formar a esa nueva criatura a partir del polvo de la tierra.
El escultor más creativo del mundo nunca podría producir un ser tan noble
como el que Dios formó. Quizás un Miguel Ángel podría darle forma a un exte
rior exaltado, pero ¿qué de la anatomía y la fisiología cuidadosamente diseñadas
para función y para belleza?
La perfecta escultura yacía completa, con cada cabello, pestaña y uña en su lugar,
pero Dios aún no había terminado. Este hombre no estaba destinado a permanecer
87
88 . LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIM O DÍA CREEN EN..
inmóvil, llenándose de polvo, sino a vivir, a pensar, a crear y a crecer en gloria.
Inclinándose sobre esa magnífica forma, el Creador “sopló en su nariz aliento de
vida, y fue el hombre un ser viviente”(Gén. 2:7; ver 1:26). Dios, que conocía la
necesidad que el hombre tendría de compañía, le preparó “ayuda idónea”. Dios
hizo caer sobre Adán un “sueño profundo”, y mientras este dormía, extrajo una de
sus costillas y la transformó en una mujer (Gén. 2:18,21, 22). “Y creó Dios al
hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó”. Luego
Dios los bendijo, y les dijo: “Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra y sojuzgadla, y
señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se
mueven sobre la tierra”. Adán y Eva recibieron un hogar-jardín más espléndido que
la más fina mansión del mundo. Había árboles, viñas, flores, colinas y valles, todo
adornado por el mismo Señor. También había en el jardín dos árboles especiales, el
árbol de la vida y el árbol del conocimiento del bien y del mal. Dios le concedió a la
primera pareja permiso para comer libremente de todo árbol, excepto del árbol del
conocimiento del bien y del mal (Gén. 2:8,9,17).
Así se cumplió el acontecimiento culminante de la semana de la creación. “Y
vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera”
(Gén. 1:31).
El origen del hombre
Si bien en nuestros días muchos creen que los seres humanos se originaron a
partir de las formas inferiores de vida animal, y que son el resultado de procesos
naturales que requirieron miles de millones de años, tal idea no puede armonizar
con el registro bíblico. La aceptación del hecho de que los seres humanos han
estado sometidos a un proceso de generación es un componente crucial de la
posición bíblica acerca de la naturaleza del hombre.1
Dios creó al hombre. El origen de la raza humana se encuentra en un concilio
divino. Dios dijo: “Hagamos al hombre” (Gén. 1:26). La forma plural del verbo
hacer, se refiere a la Deidad trinitaria; Dios el Padre, Dios el Hijo, y Dios el Es
píritu Santo (ver el cap. 2 de esta obra). De común acuerdo, entonces, Dios co
menzó a crear el primer ser humano (Gén. 1:27).
Creado delpolvo de la tierra. Dios formó al hombre del “polvo de la tierra”
(Gén. 2:7), usando materia preexistente, pero no otras formas de vida, como
animales mari nos o terrestres. Hasta que no hubo formado cada órgano y lo hubo
colocado en su lugar, no introdujo el “aliento de vida” que hizo del hombre una
persona viviente.
Creado según el modelo divino. Dios creó a cada uno de los otros animales:
peces, aves, reptiles, insectos, mamíferos, etc., “según su especie” (Gén. 1:21, 24,
La naturaleza hum ana • 89
25). Cada especie tenía una forma típica, y la capacidad de reproducir su especie
específica. El hombre, sin embargo, fue creado según el modelo divino, y no
según modelos del reino animal. Dios dijo: “Hagamos al hombre a nuestra ima
nen, conforme a nuestra semejanza” (Gén. 1:26). Existe una separación muy
definida entre los seres humanos y el reino animal. El registro genealógico de
Lucas, al describir el origen de la raza humana, expresa esta diferencia con sen
cillez, pero en forma profunda: “Adán, hijo de Dios” (Luc. 3:38).
La exaltada posición del hombre. La creación del hombre constituyó el cénit
de toda la creación. Dios puso al hombre, creado a imagen del Dios soberano, a
cargo del planeta Tierra y de toda la vida animal. L. Berkhof declara, refiriéndose
a Adán: “Era su deber y privilegio hacer que toda la naturaleza y todos los seres
crea dos que fueron colocados bajo su dominio, estuvieran sometidos a su
voluntad y propósito, con el fin de que tanto él como todo su glorioso dominio
magnificasen al Todopoderoso Creador y Señor del universo. Gén. 1:28; Sal. 8:4-
9”.2
La unidad de la raza humana. Las genealogías del Génesis demuestran que
las generaciones sucesivas después de Adán y Eva descendían sin excepciones de
esta primera pareja. En nuestra calidad de seres humanos todos compartimos la
misma naturaleza, la cual constituye una unidad genética o genealógica. Pablo
declaró: “Y de una sangre ha hecho todo el linaje de los hombres, para que
habiten sobre toda la faz de la tierra” (Hech. 17:26).
Además, vemos otras indicaciones de la unidad orgánica de nuestra raza en
los asertos bíblicos de que la transgresión de Adán trajo pecado y muerte sobre
todos, y en la provisión de salvación para todos por medio de Cristo (Rom. 5:12,
19; 1 Cor. 15:21, 22).
La unidad de la naturaleza humana
¿Cuáles son las partes características de los seres humanos? ¿Están formados
de varios componentes independientes, como un cuerpo, un alma y un espíritu?
El aliento de vida. Dios “formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su
nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente” (Gén. 2:7).
Cuando Dios transformó los elementos de la tierra en un ser viviente, "sopló”
el “aliento de vida” en los pulmones del cuerpo inerte de Adán. Este aliento de
vida es “el soplo del Omnipotente”, que da vida (Job 33:4), la chispa vital. Podría
mos compararlo con las corrientes eléctricas que, cuando corren a través de di
versos componentes eléctricos, transforman un panel gris e inerte de vidrio en
una caja, convirtiéndolo en un cambiante cortinado de colores y acción, al en
90 . LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIM O DÍA CREEN EN.
cender un televisor a colores. La electricidad produce sonido y movimiento
donde antes no había nada.
El hombre es un alma viviente. ¿Qué hizo el aliento de vida? Cuando Dios
formó al ser humano a partir de los elementos de la tierra, todos los órganos es
taban presentes: el corazón, los pulmones, los riñones, el hígado, el páncreas, el
cerebro, etc.; todos perfectos, pero sin vida. Entonces Dios sopló sobre esta ma
teria inerte el aliento de vida, “y fue el hombre un ser viviente”.
La ecuación bíblica es bien clara: El polvo de la tierra (los elementos de la
tierra) + el aliento de vida = un ser viviente o alma viviente. La unión de los ele
mentos de la tierra con el espíritu de vida produjo un ser viviente o un alma.
Este “aliento de vida” no se limita a la gente. Toda criatura viviente lo posee.
La Biblia, por ejemplo, atribuye el aliento de vida tanto a los animales que en
traron al arca de Noé como a los que no lo hicieron (Gén. 7:15, 22).
El término hebreo de Génesis 2:7 que se ha traducido como “ser viviente” o
“alma viviente”, es nefesh chayyah. Esta expresión no designa exclusivamente al
hombre, ya que también se refiere a los animales marinos, los insectos, los rep
tiles y las bestias (Gén. 1:20, 24; 2:19).
Nefesh, que se traduce como “ser” o “alma”, proviene de náfash, que significa
“respirar”. Su equivalente griego en el Nuevo Testamento es psujé. “Por cuanto la
respiración es la más conspicua evidencia de vida, el término nefesh básicamente
designa al hombre como un ser viviente, una persona”.3Cuando se lo usa en ref
erencia a los animales, como en el relato de la creación, los describe como criatu
ras vivientes que Dios creó.
Es importante notar que la Biblia dice que el hombre “fue” —es decir, llegó a
ser— un ser viviente. No hay nada en el relato de la creación que indique que el
hombre recibió un alma, es decir, alguna clase de entidad separada que en la
creación se unió con el cuerpo humano.
Una unidad indivisible. La importancia que tiene el relato de la creación para
comprender correctamente la naturaleza del hombre no puede sobreestimarse. Al
hacer énfasis en la unidad orgánica del hombre, la Escritura lo describe como un
todo. ¿Cómo se relacionan entonces con la naturaleza humana el alma y el
espíritu?
1. El significado bíblico de alma. Como ya hemos mencionado, en el Antiguo
Testamento el término “alma” es una traducción del hebreo nefesh. En Génesis
2:7 denota al hombre como un ser viviente después que el aliento de vida entró
en un cuerpo físico formado de los elementos de la tierra. “Similarmente, una
nueva alma viene a la existencia siempre que nace un niño; cada alma es una
La naturaleza hum ana • 91
nueva unidad de vida con características especialísimas, diferente y separada de
todas las otras unidades similares. Esta cualidad de individualidad en cada ser
viviente, que lo hace constituir una entidad única, parece ser la idea que se
destaca en el término hebreo nefesh. Cuando se lo usa en este sentido, nefesh no
es una parte de la persona, es la persona; y en muchos casos, se lo traduce como
‘persona’ (ver Gén. 14:21; Núm. 5:6, 7; Deut. 10:22; Lev. 11:43).
“Por otra parte, las expresiones tales como ‘mi alma’, 'tu alma’, ‘su alma’,
etc., son por lo general modismos que reemplazan los pronombres personales yo,
tú, él, etc. (ver Gén. 12:13; Lev. 11:43, 44; 19:8; Jos. 23:11; Sal. 3:2; Jer. 37:9,
etc.). En
más de 100 de 755 instancias en el Antiguo Testamento, la versión inglesa lla
mada “Versión del Rey Jacobo” traduce nefesh como vida (Gén. 9:4,5; 1 Sam.
19:5;
|ob 2:4,6; Sal. 31:13; etc.).
“A menudo, nefesh se refiere a los deseos, los apetitos, o las pasiones (ver
Deut. 23:24; Prov. 23:2; Ecl. 6:6, 7), y a veces se traduce como ‘apetito’ (Prov.
23:2). Pu ede referirse al asiento de los afectos (Gén. 34:3; Cant. 1:7; etc.), y
ocasionalmente representa la parte volitiva del hombre como cuando se lo hace
formar parte de expresiones como “saciarte” o “saciar tu deseo”, “como él
quisiese”, “a su volun tad” (Deut. 23:24; Sal. 105:22; Jer. 34:16). En Números
31:19, el nefesh (traducido tomo persona), está muerto, y en Jueces 16:30
(traducido ‘yo’), muere. En Números
!>:2 y 9:6 (‘muerto’) se refiere a un cadáver (compárese con Lev. 19:28; Núm. 9:7,
10).
“El uso de la palabra griega psujé en el Nuevo Testamento, es similar al de
nefesh en el Antiguo Testamento. Se la usa con referencia a la vida animal así
como la humana (Apoc. 16:3). En diversos pasajes aparece traducida
simplemente romo ‘vida’ (ver Mat. 6:25; 16:25, etc.). En ciertas instancias se la
usa simplemente para designar ‘gente’ (ver Hech. 7:14; 27:37; Rom. 13:1; 1 Ped.
3:20; etc.), y en otras es equivalente al pronombre personal (ver Mat. 12:18; 2
Cor. 12:15, etc). A veces se refiere a las emociones (Mar. 14:34; Luc. 2:35), a la
mente (Hech. 14:2; Fil. 1:27) o al corazón (Efe. 6:6)”.4
La psujé no es inmortal, sino que se halla sujeta a la muerte (Apoc. 16:3); pu
ede ser destruida (Mat. 10:28).
La evidencia bíblica indica que a veces nefesh y psujé se refieren a la persona
completa, y en otras ocasiones a un aspecto particular del ser humano, como los
alectos, las emociones, los apetitos y los sentimientos. Sin embargo, este uso de
ninguna manera muestra que el hombre sea un ser hecho de dos partes separa
das y distintas. El cuerpo y el alma existen unidos; unidos forman un todo indi
visible. El alma no tiene existencia consciente fuera del cuerpo. No hay texto al
guno que indique que el alma sobrevive al cuerpo como una entidad consciente.
2. El significado bíblico de espíritu. La palabra hebrea nefesh, traducida como
92 . LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
alma’ denota individualidad o personalidad; por su parte, la palabra hebrea del
Antiguo Testamento, rüaj, traducida como ‘espíritu’, se refiere a la chispa de vida
esencial para la existencia humana. Describe la energía divina o principio vital
que anima a los seres humanos.
“Rüaj ocurre 377 veces en el Antiguo Testamento, y su traducción más fre
cuente es espíritu, viento, o aliento (Gén. 8:1, etc.). Se lo usa también para deno
tar vitalidad (Jue. 15:19), valor (Jos. 2:11), genio o ira (Jue. 8:3), disposición (Isa.
54:6), carácter moral (Eze. 11:19), y el asiento de las emociones (1 Sam. 1:15).
"En el sentido de soplo o aliento, el rüaj de los hombre es idéntico al rüaj de
los animales (Ecl. 3:19). El rüaj del hombre abandona el cuerpo al morir (Sal.
146:4) y vuelve a Dios (Ecl. 12:7; compárese con Job 34:14). Rüaj se usa frecuent
emente con referencia al Espíritu de Dios, como en Isa. 63:10. En el Antiguo
Testamento, y con respecto al hombre, la palabra rüaj nunca denota una entidad
inteligente capaz de existir separada de un cuerpo físico.
"El equivalente de rüaj en el Nuevo Testamento es pnéuma, 'espíritu’, de
rivado de pneo, ‘soplar’, o ‘respirar’. Tal como sucede con rüaj, no hay nada inher
ente en la palabra pnéuma que denote una entidad existente consciente fuera del
cuerpo; tampoco implican de manera alguna un concepto tal los usos de este
término con respecto al hombre que presenta el Nuevo Testamento. En pasajes
tales como Romanos 8:15, 1 Corintios 4:21, 2 Timoteo 1:7 y 1 Juan 4:6, pnéuma
denota ‘tem peramento’, ‘actitud’, o ‘estado emocional’. Se lo usa también para
designar diversos aspectos de la personalidad, como en Gál. 6:1; Rom. 12:11, etc.
Como sucede con rüaj, el pnéuma se entrega al Señor al morir (Luc. 23:46; Hech.
7:59). Como rüaj, pnéuma se usa también para designar al Espíritu de Dios (1
Cor. 2:11,14; Efe. 4:30; Heb. 2:4; 1 Ped. 1:12; 2 Ped. 1:21; y otros)”.5
3. Unidad de cuerpo, alma y espíritu. ¿Cuál es la relación entre el cuerpo, el
alma y el espíritu? ¿Qué influencia tiene esta relación sobre la unidad del hom bre?
a. Una doble unión. Por cuanto la Biblia considera que la naturaleza
del hombre es una unidad, no define en forma precisa la relación que exis
te entre el cuerpo, el alma y el espíritu. En ocasiones, el alma y el espíritu
se usan en forma intercambiable. Notemos su paralelismo en la expresión
de gozo de María después de la anunciación. “Engrandece mi alma al Se
ñor; y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador” (Luc. 1:46,47).
En una instancia, Jesús caracteriza al hombre como una combinación
de cuerpo y alma (Mat. 10:28), y en otra ocasión Pablo se refiere al cuerpo
y al espíritu (1 Cor. 7:34). En la primera cita, alma se refiere a las facul-
La n a tu ra lez a h u m a n a ♦
tades superiores del hombre, presumiblemente la mente, a través de la
cual se comunica con Dios. En la siguiente, espíritu se refiere a esta facul
tad más elevada. En ambas instancias, el cuerpo incluye el aspecto físico
además de emocional, en la persona.
b. Una triple unión. Hay una excepción a la caracterización general del
hombre como una entidad que comprende una unión doble. Pablo, que se
refiere a la unión doble de cuerpo y espíritu, también habla en términos de
una unión triple. Declara: “Y el mismo Dios de paz os santifique por com
pleto; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irre-pren-
sible para la venida de nuestro Señor Jesucristo” (1 Tes. 5:23). Este pasaje
expresa el deseo de Pablo, de que ninguno de estos aspectos de la persona
sea excluido del proceso de la santificación.
En esta instancia, el término espíritu puede comprenderse como “el
principio superior de inteligencia y pensamiento de que ha sido dotado el
hombre, y con el cual Dios puede comunicarse por su Espíritu (ver Rom.
8:16). Es por la renovación de la mente por medio de las actividades del
Espíritu Santo cómo el individuo puede transformarse a la semejanza de
Cristo (ver Rom. 12:1, 2).
“Por ‘alma’... cuando se la distingue del espíritu, podemos comprender
esa parte de la naturaleza del hombre que encuentra expresión a través de
los instintos, las emociones y los deseos. Esta parte de nuestra naturaleza
también puede ser santificada. Cuando gracias a la obra del Espíritu Santo,
la mente es puesta en conformidad con la mente de Dios, y la razón santi
ficada se impone sobre la naturaleza inferior, los impulsos —que de otro
modo serían contrarios a Dios— se sujetan a su voluntad”.6
El cuerpo, que está bajo el control ya sea de la naturaleza superior o de
la inferior, es la constitución física: la carne, la sangre y los huesos.
El orden en que Pablo coloca los elementos, primero el espíritu, luego
el alma y finalmente el cuerpo, no es una mera coincidencia. Cuando el
espíritu está santificado, la mente se halla bajo el control divino. A su vez,
la mente santificada tendrá una influencia santificadora sobre el alma, es
decir, sobre los deseos, los sentimientos y las emociones. La persona en la
cual se lleva a cabo esta santificación no abusará de su cuerpo, y por lo
tanto su salud física será excelente. De este modo, el cuerpo se convierte
en el instrumento santificado a través del cual el cristiano puede servir a
su Señor y Salvador. El llamado que hace Pablo a la santificación se halla
claramente fundado en el concepto de la unidad de la naturaleza humana,
y revela que la preparación efectiva para la Segunda Venida de Cristo hace
94 . LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
necesaria la preparación de toda la persona: espíritu, alma y cuerpo.
c. Una unión estrecha e indivisible. Es claro que cada ser humano es
una unidad indivisible. El cuerpo, alma y espíritu funcionan en estrecha
cooperación, revelando una relación intensamente interdependiente entre
las facultades espirituales, mentales y físicas de una persona. Las deficien
cias es un aspecto estorbarán a los otros dos. Una mente o espíritu confu
so, impuro y enfermo, tendrá un efecto destructivo sobre la salud física y
emocional del individuo. Lo contrario es también la verdad. Una constitu
ción física débil, enferma o sufriente, generalmente afectará en forma ne
gativa nuestra salud emocional y espiritual. El impacto que las facultades
tienen unas sobre otras, significa que cada individuo tiene una responsa
bilidad que Dios mismo le ha asignado, en el sentido de mantener sus fa
cultades en la mejor condición posible. Hacer eso constituye una parte
vital del proceso de ser restaurados a la imagen del Creador.
El hombre a imagen de Dios
La pareja de seres vivientes que Dios creó en el sexto día de la creación fue
hecha “a imagen de Dios” (Gén. 1:27). ¿Qué implica ser creados a imagen de
Dios?
Creados a imagen y semejanza de Dios. Con frecuencia se sugiere que las di
mensiones humanas morales y espirituales revelan algo acerca de la naturaleza mo
ral y espiritual de Dios. Pero por cuanto la Biblia enseña que el hombre comprende
una unidad indivisible de cuerpo, mente y alma, las características físicas del hom
bre también deben de algún modo reflejar la imagen de Dios. Pero, ¿no es Dios un
espíritu? ¿Cómo puede un ser espiritual estar asociado con una forma corporal?
Un breve estudio de los ángeles revela que, a semejanza de Dios, ellos también
son seres espirituales (Heb. 1:7, 14). Sin embargo, siempre aparecen en forma
humana (Gén. 18:1-19:22; Dan. 9:21; Luc. 1:11-38; Hech. 12:5-10). ¿Es posible que
un ser espiritual pueda tener un “cuerpo espiritual” con forma y rasgos definidos
(ver 1 Cor. 15:44)?
La Biblia indica que algunas personas han visto a Dios, o partes de su perso
na. Moisés, Aarón, Nadab, Abiú y los 70 ancianos “vieron al Dios de Israel” (Éxo.
24:10). En su encuentro con Moisés en el Sinaí, Dios —si bien rehusó mostrar su
rostro—, después de cubrir a Moisés con sus manos, le permitió contemplar sus
espaldas (Éxo. 33:20-33). Dios se le apareció a Daniel en una visión de la escena
del juicio, mostrándose como el Anciano de Días, sentado en un trono (Dan. 7:9,
10). Pablo describe a Cristo como “la imagen del Dios invisible” (Col. 1:15) y “la
imagen misma de su sustancia” (Heb. 1:3). Estos pasajes parecen indicar que
La naturaleza humana • 95
Dios es un ser personal y que posee una forma personal. Esto no debe sorpren
dernos, puesto que el hombre fue creado a imagen de Dios.
El hombre fue creado “un poco menor que los ángeles" (Heb. 2:7), una indi
cación de que fue dotado de dones mentales y espirituales. Si bien Adán, al ser
creado, no poseía experiencia, ni desarrollo del carácter, fue hecho “recto” (Ecl.
7:29), lo cual constituye una referencia a su rectitud moral.7Como poseía la ima
gen moral de Dios, era justo además de santo (ver Efe. 4:24), y era parte de la
creación que Dios consideró buena “en gran manera" (Gén. 1.31).
Por cuanto el hombre fue creado a la imagen moral de Dios, se le dio la opor
tunidad de demostrar su amor y lealtad a su Creador. A semejanza de Dios, tenía
la capacidad de escoger, es decir, la libertad de pensar y actuar con referencia a
imperativos morales. De este modo, era libre de amar y obedecer o de desconfiar
y desobedecer. Dios corrió el riesgo de que el hombre escogiera en forma equivo cada,
porque únicamente poseyendo la libertad de escoger podría el hombre de sarrollar un
carácter que exhibiera plenamente el principio del amor que es la esencia de
Dios mismo (1 Juan 4:8). Su destino era alcanzar la mayor expresión de la
imagen de Dios: Amar a Dios con todo su corazón, alma y mente, y amar a otros
como a sí mismo (Mat. 22:36-40).
Creado para establecer relaciones con sus semejantes. Dios dijo: “No es
bueno que el hombre esté solo” (Gén. 2:18), y creó a Eva. Así como los tres miem
bros de la Deidad se hallan unidos en una relación de amor, también nosotros
fuimos creados para gozar de la comunión que es posible en la amistad o el ma
trimonio (Gén. 2:18). Al entrar en esta clase de relaciones, tenemos la oportuni
dad de vivir por los demás. Ser genuinamente humano significa estar orientado
hacia una relación. El desarrollo de este aspecto de la imagen de Dios constituye
una parte integral de la armonía y la prosperidad del reino de Dios.
Creados para ser mayordomos del ambiente. Dios dijo: “Hagamos al hom
bre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del
mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que
se arrastra sobre la tierra” (Gén. 1:26). En este pasaje, Dios menciona en la misma
frase la imagen divina del hombre y su dominio sobre la creación inferior. El
hombre fue colocado sobre los órdenes inferiores de la creación en calidad de
representante de Dios. El reino animal no puede comprender la soberanía de
Dios, pero muchos animales son capaces de amar y servir al hombre.
David se refiere al dominio del hombre en los siguientes términos: “Le hiciste
señorear sobre las obras de tus manos; todo lo pusiste debajo de sus pies” (Sal.
8:6-8). La exaltada posición del hombre indicaba la gloria y el honor con los
96 . LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
cuales fue coronado (Sal. 8:5). Suya era la responsabilidad de gobernar con bon
dad el mundo, reflejando el benéfico gobierno de Dios sobre el universo. De este
modo, vemos que no somos víctimas de las circunstancias, dominados por fuer
zas ambientales. Más bien, Dios nos ha comisionado para hacer una contribu
ción positiva al formar el ambiente, usando cada situación en la cual nos vemos
colocados como una oportunidad para cumplir la voluntad de Dios.
La aceptación de estos postulados provee la clave para mejorar las relaciones
humanas en un mundo en el cual abunda el quebrantamiento. Provee además la
solución al problema que representa el consumo egoísta de los recursos naturales
del mundo, y la desconsiderada contaminación del aire y el agua que lleva a un
deterioro progresivo de la calidad de la vida. La adopción de la perspectiva bíblica
acerca de la naturaleza humana provee la única seguridad de un futuro próspero.
Creados para im itar a Dios. Como seres humanos, debemos actuar como
Dios porque fuimos hechos para ser como Dios. Si bien es cierto que somos hu
manos, y no divinos, dentro de nuestro dominio debemos reflejar a nuestro
Hacedor en todas las maneras posibles. El cuarto mandamiento destaca esta
obligación: Debemos seguir el ejemplo de nuestro Creador, trabajando los pri
meros seis días de la semana y reposando en el séptimo (Éxo. 20:8-11).
Creados con inm ortalidad condicional. En la creación, nuestros primeros
padres recibieron la inmortalidad, si bien su disfrute de ella estaba condicionado
a su obediencia. Como tenían acceso al árbol de la vida, habían sido destinados a
vivir para siempre. La única forma en que podían poner en peligro su estado de
inmortalidad era por la transgresión del mandamiento que les prohibía comer
del árbol del conocimiento del bien y del mal. La desobediencia los conduciría a
la muerte (Gén. 2:17; ver 3:22).
La caída
A pesar de haber sido creados perfectos y a imagen de Dios, y de estar coloca
dos en un ambiente perfecto, Adán y Eva se convirtieron en transgresores. ¿Cómo
sucedió una transformación tan radical y terrible?
El origen del pecado. Si Dios creó un mundo perfecto, ¿cómo pudo desarro
llarse el pecado?
1. Dios y el origen del pecado. Dios el Creador, ¿es también el autor del peca
do? La Escritura nos dice que por naturaleza Dios es santo (Isa. 6:3) y que no hay
ninguna injusticia en él. “Él es la Roca, cuya obra es perfecta, porque todos sus
La naturaleza humana • 97
caminos son rectitud; Dios de verdad, y sin ninguna iniquidad en él” (Deut. 32:4).
La Escritura declara: “Lejos esté de Dios la impiedad, y del Omnipotente la
iniquidad” (Job 34:10). “Dios no puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie”
(Sant. 1:13); Dios odia el pecado (Sal. 5:4; 11:5). La creación original de Dios era
"en gran manera buena” (Gén. 1:31). Lejos de ser el autor del pecado, Dios es “au
tor de eterna salvación para todos los que le obedecen” (Heb. 5:9).
2. El autor del pecado. Dios hubiera podido evitar el pecado si hubiese creado
un universo lleno de autómatas que solo hicieran aquello para lo cual fueron
programados. Pero el amor de Dios requería que creara seres que pudiesen res
ponder libremente a su amor; y una respuesta así es posible solo de parte de seres
que tienen libertad de elección.
La decisión de proveer su creación con esta clase de libertad, significaba sin
embargo que Dios debía arriesgarse a que algunos seres creados se apartaran de
él. Desgraciadamente, Lucifer, un ser de elevada posición en el mundo angélico,
se volvió orgulloso (Eze. 28:17; ver 1 Tim. 3:6). Descontento con su posición en el
gobierno de Dios (compárese con Judas 6), comenzó a codiciar el lugar que le
correspondía a Dios (Isa. 14:12-14). En un intento por obtener el control del uni
verso, este ángel caído sembró la semilla del descontento entre sus compañeros,
y obtuvo la lealtad de muchos. El conflicto celestial que resultó se term inó
cuando Lucifer, conocido ahora como Satanás, el adversario, y sus ángeles fueron
expulsados del cielo (Apoc. 12:4, 7-9; ver también el capítulo 8 de esta obra).
3. El origen del pecado en la raza humana. Sin dejarse conmover por su ex
pulsión del cielo, Satanás decidió engañar a otros para que se unieran en su re
belión contra el gobierno de Dios. Su atención se dirigió a la recientemente creada
raza humana. ¿Qué podía hacer para que Adán y Eva se rebelaran? Vivían en un
mundo perfecto, en el cual su Creador había provisto para todas sus necesidades.
¿Cómo podrían ser inducidos a sentirse descontentos y desconfiar del Ser que
era la fuente de su felicidad? El relato del primer pecado provee la respuesta.
En su asalto a los primeros seres humanos, Satanás decidió tomarlos despre
venidos. Acercándose a Eva cuando estaba próxima al árbol del conocimiento del
bien y del mal, Satanás, disfrazado de serpiente, le hizo preguntas acerca de la
prohibición divina de comer del árbol. Cuando Eva afirmó que Dios había dicho
que si comían del árbol morirían, Satanás contradijo la prohibición divina, di
ciendo: “No moriréis”. Despertó la curiosidad de la mujer, sugiriendo que Dios
estaba procurando impedirle gozar de una maravillosa y nueva experiencia: La
de ser como Dios (Gén. 3:4, 5). Inmediatamente se arraigó la duda acerca de la
Palabra de Dios. Eva se dejó cegar por las grandes posibilidades que parecía ofre-
4— C. A. S. D.
98 . LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIM O DÍA CREEN EN..
cer la fruta. La tentación comenzó a atacar su mente santificada. La creencia en
la Palabra de Dios ahora se transformó en creencia en la palabra de Satanás. De
pronto se le ocurrió que “el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los
ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría”. Descontenta con su posición,
Eva cedió a la tentación de llegar a ser como Dios. “Y tomó de su fruto, y comió;
y dio también a su marido, el cual comió así como ella". (Gén. 3:6).
Por confiar en sus sentidos antes que en la Palabra de Dios, Eva dejó de de
pender del Creador, cayó de su elevada posición, y se hundió en el pecado. Por lo
tanto, la caída de la raza humana se caracterizó, por encima de todo, por la falta
de fe en Dios y su Palabra. Esta incredulidad llevó a la desobediencia, la cual, a su
vez, resultó en una relación quebrantada, y finalmente en la separación entre
Dios y el hombre.
El impacto del pecado. ¿Cuáles fueron las consecuencias inmediatas y de
largo alcance que tuvo el pecado? ¿Cómo afectó a la naturaleza humana? ¿Ycuál
es la posibilidad de eliminar el pecado y mejorar la naturaleza humana?
1. Las consecuencias inmediatas. La primera consecuencia del pecado fue un
cambio en la naturaleza humana que afectó las relaciones interpersonales, así
como la relación con Dios. La nueva experiencia reveladora y estimulante solo
produjo en Adán y Eva sentimientos de vergüenza (Gén. 3:7). En vez de conver
tirse en seres iguales a Dios, como Satanás había prometido, se sintieron atemo
rizados y procuraron esconderse (Gén. 3:8-10).
Cuando Dios interrogó a Adán y a Eva acerca de su pecado, en vez de admitir
su falta, procuraron transferir su propia culpabilidad. Adán dijo: “La mujer que
me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí” (Gén. 3:12). Sus palabras
implican que Eva y, en forma indirecta, Dios eran responsables de su pecado,
mostrando claramente cómo su trasgresión quebrantó su relación con su esposa
y su Creador. Eva, a su vez, culpó a la serpiente (Gén. 3:13).
Las nefastas consecuencias que tuvo la trasgresión revelan la seriedad de la
falta cometida. Dios maldijo a la serpiente, el instrumento de Satanás, condenán
dola a arrastrarse sobre su pecho, como un recuerdo perpetuo de la caída (Gén.
3:14). A la mujer, Dios le dijo: “Multiplicaré en gran manera los dolores en tus
preñeces; con dolor darás a luz los hijos; y tu deseo será para tu marido, y él se
enseñoreará de ti” (Gén. 3:16). Y por cuanto Adán escuchó a su mujer en vez de
a Dios, la tierra fue maldita para aumentar la ansiedad y el esfuerzo de sus traba
jos: “Maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días
de tu vida. Espinos y cardos te producirá, y comerás plantas del campo. Con el
sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella
La naturaleza hum ana • 99
fuiste tomado” (Gén. 3:17-19).
Al reafirmar la naturaleza incambiable de su ley, y el hecho de que cualquier
transgresión lleva a una muerte inevitable, Dios declaró: “Polvo eres, y al polvo
volverás” (Gén. 3:19). Dios ejecutó este veredicto cuando expulsó de su hogar
edénico a los transgresores, interrumpiendo así su comunión directa con él (Gén.
3:8), y al impedirles participar del árbol de la vida, fuente de vida eterna. Así,
Adán y Eva pasaron a estar sujetos a la muerte (Gén. 3:22).
2. El carácter delpecado. Muchos pasajes de la Escritura, incluyendo en forma
particular el relato de la caída, dejan en claro que el pecado es un mal moral, lo
que sucede cuando un agente moral libre elige violar la voluntad revelada de Dios
(Gén. 3:1-6; Rom. 1:18-22).
a. La definición del pecado. Las definiciones bíblicas del pecado in
cluyen: “El pecado es infracción de la ley” (1 Juan 3:4), una falta en la
actu ación de cualquiera “que sabe hacer lo bueno y no lo hace” (Sant.
4:17), y “todo lo que no proviene de fe” (Rom. 14:23). Una definición
amplia del pecado es: “Cualquier desviación de la voluntad conocida de
Dios, ya sea al descuidar lo que ha mandado específicamente, o al hacer lo
que ha prohibido específicamente”.8
El pecado no conoce la neutralidad. Cristo declara: “El que no es con
migo, contra mí es” (Mat. 12:30). El no creer en Jesús es pecado (Juan
16:9). El pecado tiene carácter absoluto porque constituye rebelión contra
Dios y su voluntad. Cualquier pecado, pequeño o grande, resulta en el
veredicto de “culpable”. De este modo, “cualquiera que guardare toda la
ley, pero ofendiere en un punto, se hace culpable de todos” (Sant. 2:10).
b. Elpecado abarca lospensamientos así como las acciones. Con
frecuen cia se habla del pecado solo en términos de actos de transgresión
concretos y visibles. Pero Cristo dijo que el sentir ira contra alguien viola
el sexto man damiento del decálogo: "No matarás” (Éxo. 20:13), y que los
deseos impuros quebrantan el mandamiento que dice: “No cometerás
adulterio” (Éxo. 20:14). El pecado, por lo tanto, abarca no solo la
desobediencia abierta que se tradu ce en actos, sino también los
pensamientos y los deseos.
c. El pecado y la culpabilidad. El pecado produce culpabilidad. Desde
la perspectiva bíblica, la culpabilidad implica que el que ha cometido
pecado es digno de castigo. Y por cuanto todos somos pecadores, todo el
mundo está “bajo el juicio de Dios” (Rom. 3:19).
La culpabilidad, si no se deshace de ella en forma adecuada, destruye
100 . LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIM O DÍA CREEN EN..
las facultades físicas, mentales y espirituales. Y en última instancia, si no
se la resuelve, produce muerte, porque “la paga del pecado es muerte”
(Rom. 6:23).
El antídoto contra la culpa es el perdón (Mat. 6:12), el cual produce
una conciencia limpia y paz mental. Dios está ansioso de conceder su
perdón a los pecadores arrepentidos. Lleno de misericordia, Cristo llama
a la raza aplastada por el pecado y la culpa, diciéndole: “Venid a mí todos
los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mat. 11:28).
d. El centro de control del pecado. El asiento del pecado se halla en lo
que la Biblia llama el corazón, y que nosotros conocemos como la mente.
Del corazón “mana la vida” (Prov. 4:23). Cristo revela que son los pensa
mientos de la persona los que contaminan, “porque del corazón salen los
malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los
hurtos, los falsos testimonios, las blasfemias” (Mat. 15:19). El corazón in
fluye sobre la totalidad de la persona: el intelecto, la voluntad, los afectos,
las emociones y el cuerpo. Por cuanto “engañoso es el corazón más que
todas las cosas, y perverso” (Jer. 17:9), la naturaleza humana puede ser
descrita como corrompida, depravada y completamente pecaminosa.
3. El efecto del pecado sobre la humanidad. Algunos pueden creer que la
sentencia de muerte constituía un castigo demasiado severo por comer la fruta
prohibida. Pero solo podemos medir la seriedad de la transgresión a la luz del
efecto que causó el pecado de Adán sobre la raza humana.
El primer hijo de Adán y Eva se convirtió en un asesino. Sus descendientes
pronto violaron la sagrada unión del matrimonio cometiendo poligamia, y no
pasó mucho tiempo sin que la maldad y la violencia llenaran el mundo (Gén. 4:8,
23; 6:1-5; 11-13). Los llamamientos divinos al arrepentimiento y a la reforma no
causaron efecto, y solo ocho personas fueron salvadas de las aguas del diluvio
que destruyó a los impenitentes. La historia de la raza después del Diluvio, con
pocas excepciones, constituye un triste relato de los frutos de la pecaminosidad
de la naturaleza humana.
a. La pecaminosidad universal de la humanidad. La historia revela
que los descendientes de Adán comparten la pecaminosidad de su natura
leza. En oración, David dijo: “No se justificará delante de ti ningún ser
humano” (Sal. 143:2; ver 14:3). “No hay hombre que no peque (1 Rey. 8:46).
Salomón declaró: “¿Quién podrá decir: yo he limpiado mi corazón, limpio
estoy de mi pecado?" (Prov. 20:9); "ciertamente no hay hombre justo en la
La naturaleza hum ana ♦ 101
tierra, que haga el bien y nunca peque” (Ecl. 7:20). El Nuevo Testamento
es igualmente claro, al decir que “todos pecaron, y están destituidos de la
gloria de Dios” (Rom. 3:23), y que “si decimos que no tene-mos pecado,
nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros” (1
Juan 1:8).
b. La pecaminosidad, ¿es heredada o adquirida? Pablo dijo: “En Adán
todos mueren” (1 Cor. 15:22). En otro lugar señala: “Como el pecado entró
en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó
a todos los hombres, por cuanto todos pecaron” (Rom. 5:12).
La corrupción del corazón humano afecta a toda la persona. Por eso
Job exclama: “¿Quién hará limpio a lo inmundo? Nadie” (Job 14:4). David
dice: “He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi
madre” (Sal. 51:5). Pablo, por su parte, declara que “los designios de la
carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios ni
tampoco pueden; y los que viven según la carne no pueden agradar a Dios”
(Rom. 8:7, 8). Antes de la conversión, señala el apóstol, los creyentes eran
"por naturaleza hijos de ira”, tal como el resto de la humanidad (Efe. 2:3).
Si bien cuando niños aprendemos la conducta pecaminosa por imi
tación, los textos que hemos visto afirman que heredamos nuestra pe
caminosidad básica. La pecaminosidad universal de la humanidad es
evidencia de que por naturaleza nos inclinamos hacia el mal, y no ha
cia el bien.
c. La erradicación de la conducta pecaminosa. ¿Cuánto éxito tienen
los individuos en sus esfuerzos por quitar el pecado de sus vidas y de la
sociedad?
Todo esfuerzo por lograr una vida recta apoyándonos en nuestra pro pia
fortaleza, está condenado al fracaso. Jesús aseguró que todo aquel que lia
pecado, "esclavo es del pecado”. Tan solo el poder divino puede eman
ciparnos de esta esclavitud. Cristo nos ha asegurado: “Si el Hijo os liber
tare, seréis verdaderamente libres" (Juan 8:36). Sólo podréis producir jus
ticia, declaró, “si permanecéis en mí”, porque “separados de mí nada
podéis hacer” (Juan 15:4, 5).
Aun el mismo apóstol Pablo fracasó en sus intentos de vivir una vida
recta por sus propias fuerzas. Al recordar sus esfuerzos, dijo: “Lo que
hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco,
eso hago”. Luego señala el impacto que el pecado tuvo en su vida: “De
manera que ya no soy yo quien hace aquello, sino el pecado que mora en
102 . LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
m í”. A pesar de sus fracasos, admiraba la perfecta norma de Dios, diciendo:
“Según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; pero veo otra ley en
mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cau
tivo a la ley del pecado que está en mis miembros. ¡Miserable de mí! ¿Quién
me librará de este cuerpo de muerte?” (Rom. 7:15,19, 20,22-24).
Pablo finalmente reconoce que necesita poder divino para vencer. Por
medio de Cristo, abandonó la vida según la carne y comenzó una nueva
vida según el Espíritu (Rom. 7:25; 8:1).
Esta nueva vida en el Espíritu constituye el don transformador de Dios.
Por medio de la gracia divina, nosotros que estábamos “muertos" en
nuestros “delitos y pecados”, llegamos a ser victoriosos (Efe. 2:1, 3, 8-10).
El renacimiento espiritual trasforma de tal modo la vida (Juan 1:13; 3:5),
que podemos hablar de una nueva creación: “Las cosas viejas pasaron; he
aquí todas son hechas nuevas” (2 Cor. 5:17). Sin embargo, la nueva vida no
excluye la posibilidad de pecar (1 Juan 2:1).
4. La evolución y la caída del hombre. Desde la creación, Satanás ha confun
dido a muchos al debilitar su confianza en los relatos bíblicos de los orígenes de
la raza humana y la caída de Adán y Eva. Podríamos llamar a la evolución el con
cepto "natural” de la humanidad, el cual se basa en la suposición de que la caída
comenzó por casualidad, y que los seres humanos, a través de un largo proceso
evolutivo, emergieron a partir de las formas inferiores de vida. Por un proceso de
supervivencia del más apto, habrían evolucionado hasta alcanzar su nivel actual.
Como aún no han alcanzado su potencial, continúan evolucionando.
Un numero creciente de cristianos han adoptado la evolución teísta, la cual
afirma que Dios usó la evolución para realizar la creación descrita en el Génesis.
Los que aceptan la evolución teísta no consideran que los primeros capítulos de
Génesis sean literales, sino meras alegorías o mitos.
a. El concepto bíblico del hombre y la evolución. Los cristianos creacionis-
tas están preocupados por el impacto que tiene la teoría de la evolución so
bre la fe cristiana. Jaime Orr escribió: “En nuestros días, el cristianismo se ve
amenazado, no por ataques aislados a sus doctrinas... sino por una contravi
sión del mundo, concebida positivamente, la cual pretende estar fundada
sobre hechos científicos, hábilmente construida y defendida, pero que en sus
ideas fundamentales, ataca la raíz misma del sistema cristiano”.9
La Biblia rechaza la interpretación mítica o alegórica de Génesis. Los
mismos escritores bíblicos interpretan los primeros once capítulos del
Génesis como historia literal. Adán, Eva, la serpiente y Satanás son con-
La naturaleza humana • 103
siderados personajes históricos en el drama de la gran controversia (ver
Job 31:33; Ecl. 7:29; Mat. 19:4, 5; Juan 8:44; Rom. 5:12,18,19; 2 Cor. 11:3;
1 Tim. 2:14; Apoc. 12:9).
b. El Calvario y la evolución. La evolución, en cualquier forma que se la
presente, contradice los fundamentos básicos del cristianismo. Bien lo ex
presó Leonardo Verdiun cuando declaró: “En lugar de la historia de una
‘caída’, aparece la historia de un ascenso".10El cristianismo y la evolución se
hallan diametralmente opuestos. La historia según la cual nuestros prim
ero padres fueron creados a imagen de Dios y experimentaron la caída en
el pecado, o es cierta o no lo es. Y si no lo es, entonces, ¿para qué ser cris
tianos?
La contradicción más radical de la evolución la provee el Calvario. Si
no hubo caída, ¿por qué necesitaríamos que Dios muriera por nosotros?
No solo la muerte en general, sino específicamente la muerte de Cristo
por nosotros proclama que la humanidad está lejos de la perfección. Si
fuésemos abandonados a nuestros propios medios, continuaríamos dete
riorándonos hasta que la raza humana fuese aniquilada.
Nuestra esperanza se afirma en el Hombre que colgó de la cruz. Su
muerte es lo único que abre la posibilidad de una vida mejor y más plena
que nunca tenga fin. El Calvario declara que necesitamos un sustituto que
nos libere.
c. La encamación y la evolución. Probablemente, la mejor respuesta al
conflicto entre la creación y la evolución se obtiene al mirar la creación de
la humanidad desde la perspectiva de la encarnación. Al introducir en la
historia a Cristo, el segundo Adán, Dios obró en forma creativa. Si Dios
pudo realizar ese milagro supremo, no cabe duda alguna acerca de su ca
pacidad de formar al primer Adán.
d. ¿Ha llegado el hombre a su madurez? Con frecuencia los evolucio
nistas han señalado los considerables avances científicos que han sucedido
en los últimos siglos, como evidencia de que el hombre parece ser el árbi
tro de su propio destino. Si la ciencia suple sus necesidades, con el tiempo
resolverá todos los problemas del mundo.
Sin embargo, el papel mesiánico de la tecnología es recibido con cre
ciente escepticismo, porque la tecnología ha llevado a nuestro planeta al
borde de la aniquilación. La humanidad ha fracasado miserablemente en
su empeño de subyugar y controlar el corazón pecaminoso. En conse-
104 • LOS AD V EN TISTA S DEL SÉPTIM O DÍA CREEN
EN..
cuencia, lo único que ha logrado hacer el progreso científico ha sido trans
formar el mundo en un lugar cada vez más peligroso.
A medida que avanza el tiempo, las filosofías del nihilismo y la deses
peranza parecen cada vez más válidas. La frase de Alejandro Pope: “La
esperanza surge, eterna, en el pecho humano”, suena hueco en nuestros
días. Job comprende mejor la realidad, al decir: “Mis días... se me cierran
sin esperanza” (Job 7:6).. El mundo del hombre está rápidamente perdien
do sus fuerzas. Alguieni tenía que venir desde más allá de la historia hu
mana, invadirla, y colocar en ella una nueva realidad.
Rayos de esperanza. ¿Cuán grande es la depravación de la humanidad? En la
cruz, los seres humanos asesinaron a su Creador, cometiendo así el parricidio
culminante. Pero Dios no ha dejado a la humanidad sin esperanza.
David contempló la posúción de la humanidad en la creación. Primeramente,
impresionado con la vastedad del universo, pensó que el hombre era insignifi
cante. Posteriormente se Fue dando cuenta de la verdadera posición de la hu
manidad. Refiriéndose a la relación actual del hombre con Dios, dijo: “Le has
hecho poco menor que los ¡ángeles, y lo coronaste de gloria y de honra. Le hiciste
señorear sobre las obras de: tus manos” (Sal. 8:5, 6; compárese con Heb. 2:7).
A pesar de la caída, aúni subsiste un sentido de la dignidad humana. Aunque
la semejanza divina se dañíó, no fue completamente borrada. A pesar de que el
hombre es un ser caído, corrompido y pecaminoso, todavía representa a Dios
en el mundo. Su naturaleza es menos que divina, y sin embargo ocupa una
posición dignificada en su calidad de cuidador de la creación terrenal de Dios.
Cuando David se dio cuenlta de esto, respondió con alabanzas y agradecimien
tos: “¡Oh Jehová, Señor nuiestro, cuán grande es tu nombre en toda la tierra!”
(Sal. 8:9).
El pacto de la gracia
Por la transgresión, la {primera pareja se volvió pecaminosa. Ahora que no
tenían poder para resistir ;a Satanás, ¿podrían alguna vez volver a ser libres, o
serían dejados para que perrecieran? ¿Habría alguna esperanza?
El pacto después de la caída. Antes de que Dios pronunciara el castigo so
bre los pecados de la parejat caída, impartió esperanza introduciendo el pacto de
la gracia. Declaró: “Y pondlré enemistad entre ti [Satanás] y la mujer, y entre tu
simiente y la simiente suya;; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calca
ñar” (Gén. 3:15).
El mensaje de Dios produjo ánimo, porque anunciaba que, si bien Satanás
La naturaleza hum ana ♦ 105
había hecho caer bajo sus encantamientos a la humanidad, por último sería
derrotado. El pacto fue hecho entre Dios y la humanidad. Primero, Dios prome tió
concedernos por medio de su gracia, una defensa contra el pecado. Haría nacer
el odio entre la serpiente y la mujer; entre los seguidores de Satanás y el pueblo de
Dios. Esto interrumpiría la relación entre el hombre y Satanás, y abri ría el
camino para renovar la relación con Dios.
A través de los siglos, continuaría la guerra entre la iglesia de Dios y Satanás.
El conflicto alcanzaría su culminación en la muerte de Jesucristo, la personifi
cación predicha de la Simiente de la mujer. En el Calvario, Satanás fue derrotado.
A pesar de que la Simiente de la mujer fue herida, logró derrotar al autor del
mal.
Todos los que acepten el ofrecimiento de la gracia de Dios experimentarán
enemistad contra el pecado, lo cual les permitirá ganar la victoria en la batalla
contra Satanás. Por fe compartirán el triunfo del Salvador en el Calvario.
Elpacto establecido antes de la creación. El pacto de la gracia no se desa
rrolló después de la caída. Las Escrituras señalan que aun antes de la creación,
los miembros de la Deidad habían pactado entre ellos rescatar la raza si caía en
el pecado. Pablo dice que Dios “nos escogió en él [Cristo] antes de la fundación
del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, en amor,
habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesu cristo,
según el puro afecto de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia” (Efe.
1:4-6; compárese con 2 Tim. 1:9). Pedro se refirió al sacrificio ex piatorio de
Cristo, diciendo “Cristo... ya destinado desde antes de la fundación del mundo”
(1 Ped. 1:19, 20).
El pacto se basaba en un fundamento inconmovible: la promesa y el jura
mento de Dios mismo (Heb. 6:18). Jesucristo sería el fiador del pacto (Heb. 7:22).
Un fiador es alguien que se compromete a asumir alguna deuda y obligación en el
caso de que el deudor deje de pagar. El hecho de que Cristo fuese el fiador,
signifi caba que si la raza humana caía en pecado, él llevaría su castigo. Pagaría el
precio de su redención; haría la expiación por sus pecados y cumpliría las
demandas de la ley de Dios, pisoteada por los seres humanos. Ningún hombre o
ángel podía asumir esa responsabilidad. Solo Cristo el Creador, la Cabeza
representativa de la raza, podría cargar con esa responsabilidad (Rom. 5:12-21; 1
Cor. 15:22).
El Hijo de Dios es no solo el fiador del pacto, también es su mediador o ejecu
tor. La descripción que hizo de su misión como Hijo del Hombre encarnado,
revela este aspecto de su papel. Dijo: “He descendido del cielo, no para hacer mi
voluntad, sino la voluntad del que me envió” (Juan 6:38, compárese con 5:30,43).
La voluntad del Padre es “que todo aquel que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida
106 . LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIM O DÍA CREEN EN..
eterna” (Juan 6:40). “Y ésta es la vida eterna —proclamó el Señor—: que te
conoz can a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” (Juan
17:3). Al final de su misión, testificó acerca de su obediencia a la comisión del
Padre, diciendo: “Yo te he glorificado en la tierra; he acabado la obra que me diste
que hiciese” (Juan 17:4).
En la cruz, Jesús cumplió su promesa de ser el fiador de la humanidad en el
pacto. Su exclamación: “Consumado es” (Juan 19:30), marcó el cumplimiento de
su misión. Con su propia vida había pagado la pena que requería la ley de Dios
quebrantada, garantizando la salvación de los seres humanos arrepentidos. En
ese momento, la sangre de Cristo ratificó el pacto de la gracia. Por fe en su sangre
expiatoria, los pecadores arrepentidos serían adoptados como hijos e hijas de
Dios, convirtiéndose así en herederos de la vida eterna.
Este pacto de gracia demuestra el infinito amor que Dios siente por la
humanidad. Establecido antes de la creación, el pacto fue revelado después de
la caída. En ese momento, en un sentido especial, Dios y la humanidad se
convirtieron en socios.
La renovación del pacto. Desgraciadamente, la humanidad rechazó este
magnífico pacto de gracia tanto antes del Diluvio como después (Gén. 6:1-8;
11:1-9). Cuando Dios ofreció nuevamente el pacto, lo hizo por medio de Abra-
ham. Nuevamente afirmó la promesa de la redención: “En tu simiente serán ben
ditas todas las naciones de la tierra, por cuanto obedeciste a mi voz” (Gén. 22:18;
12:3; 18:18).
Las Escrituras destacan en forma especial la fidelidad de Abraham a las
condiciones del pacto. Abraham creyó a Dios, y le fue contado por justicia” (Gén.
15:6). El hecho de que la participación de Abraham en las bendiciones del pacto,
si bien estaba fundada en la gracia de Dios, también dependía de su obediencia,
revela que el pacto afirma la autoridad de la ley de Dios (Gén. 17:1; 26:5).
La fe de Abraham era de tal calidad que se le concedió el titulo de “padre de
todos los creyentes” (Rom. 4:11). Él es el modelo que Dios nos ha dejado para que
compren damos la justicia por la fe que se revela en obediencia (Rom. 4:2,3; Sant.
2:23,24). El pacto de la gracia no dispensa automáticamente sus bendiciones sobre
los descen dientes naturales de Abraham, sino únicamente sobre los que siguen el
ejemplo de fe del patriarca: “Los que son de fe, estos son hijos de Abraham” (Gál.
3:7). Cualquier persona en el mundo puede experimentar las promesas del pacto de
salvación si cumple la condición: “Si vosotros sois de Cristo, ciertamente linaje de
Abraham sois y herederos según la promesa” (Gál. 3:29). Respecto de Dios, el pacto
sinaítico (cono cido como el primer pacto) fue una renovación del pacto
abrahámico de la gracia (Heb. 9:1). Pero Israel lo pervirtió y lo tornó un pacto de
obras (Gál. 4:22-31).
La naturaleza hum ana ♦ 107
El nuevo pacto. Otros pasajes bíblicos posteriores hablan de un pacto nuevo
o mejor.11Pero lo hacen no porque el pacto eterno hubiese sido cambiado, sino
porque (1) por causa de la infidelidad de Israel, el pacto eterno de Dios se había
pervertido en un sistema de obras; (2) estaba asociado con una nueva revelación
del amor de Dios en la encarnación, vida, muerte, resurrección y mediación de
Jesucristo (ver Heb. 8:6-13); y (3) no fue sino hasta la cruz cuando fue ratificado
por la sangre de Cristo (Dan. 9:27; Luc. 22:20; Rom. 15:8; Heb. 9:ll-22).12
Es inconmensurable lo que ofrece este pacto a los que lo aceptan. Por medio
de la gracia de Dios, les ofrece el perdón de sus pecados. Ofrece la obra del Es
píritu Santo, quien se compromete a escribir los Diez Mandamientos en el
corazón y restaurar en los pecadores arrepentidos la imagen de su Hacedor (Jer.
31:33). La experiencia del nuevo pacto y el nuevo nacimiento trae a nuestra vida
la justicia de Cristo y la experiencia de la justificación por la fe.
La renovación del corazón que produce, transforma a los individuos de modo
que en ellos se manifiestan los frutos del Espíritu: “Amor, gozo, paz, paciencia,
benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza” (Gál. 5:22,23). Por medio del
poder de la gracia salvadora de Cristo pueden caminar como Cristo caminó,
gozando cada día de las cosas que le agradan a Dios (Juan 8:29). La única espe
ranza de la humanidad caída consiste en aceptar la invitación que Dios hace a
entrar en su pacto de gracia. Por fe en Jesucristo, podemos experimentar esta
relación que asegura nuestra adopción como hijos de Dios y herederos con Cris
to de su reino celestial.
Referencias
1. La doctrina del hombre por mucho tiempo ha sido un térm ino teológico que se usa para
discurrir acerca de los componentes de la familia humana. En esta presentación, el tér
mino “hombre” no significa necesariamente un varón, excluyendo a la mujer, sino que ha
sido usado para facilitar la discusión y la continuidad con la tradición y la semántica teo
lógica.
2. Berkhof, Systematic Theology [Teología sistemática], p. 183.
3. “Soul”, [Alma], SDA Encyclopedia, ed. rev. p. 1361
4. “Alma”, Diccionario bíblico adventista, p. 37.
5. Ibíd. p. 1064
6. Comentario bíblico adventista, t. 7, p. 264.
7. Comentario bíblico adventista, t. 3, p. 1107.
8. “Pecado”, Diccionario bíblico adventista, pp. 907, 908.
9. James Orr, God’s Image in Man [La imagen de Dios en el hombre] (Grand Rapids, Michigan:
W. B. Eerdmans, 1948), pp. 3,4.
10. Leonard Verduin, Somewhat Less than God: The Biblical View o f M an [Un poco menos que
mans, 1970), p. 69.
108 . LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
11. El Nuevo Testamento asocia la experiencia de Israel en el Sinaí con el antiguo pacto (Gál.
4:24, 25). En el Sinaí, Dios renueva su pacto eterno de gracia a su pueblo que había sido
liberado (1 Cron. 16:14-17; Sal. 105:8-11; Gái. 3:15-17). Dios les promete: “Si diéreis oído a mi
voz, y guardáreis mi pacto, vosotros seréis mi especial tesoro sobre todos los pueblos; porque
mía es toda la tierra. Y vosotros me seréis un reino de sacerdotes, y gente santa” (Exo. 19:5,
6; compárese con Génesis 17:7, 9, 19). El pacto estaba basado en la justicia que es por la fe
(Rom. 10:6-8; Deut. 30:11-14), y la ley sería escrita en sus corazones (Deut. 6:4-6; 30:14).
El pacto de la gracia puede ser motivo de perversión de parte de los creyentes, convirtié
ndolo en un sistema de salvación por las obras. Pablo usó el fracaso que Abraham experi
mentó siglos antes, en su esfuerzo por confiar en Dios, al depender de sus propias obras para
resolver sus problemas, trasformándolo en una ilustración del antiguo pacto (Gén. 16; 12:10-
20; 20; Gál. 24:22-25). De hecho, la experiencia de procurar la justicia por obras humanas ha
existido desde que entró el pecado en este mundo, quebrantándose así el pacto eterno (Oseas
6:7).
A través de la historia de Israel, la mayoría procuró vivir bajo el antiguo pacto “ignorando
la justicia de Dios, y procurando establecer la suya propia” “por obras de la ley” (Rom. 9:30-
10:4). Vivían conforme a la letra y no conforme al Espíritu (2 Cor. 3:6). Procurando justifi
carse a sí mismos por la ley (Gál. 5:4), vivían bajo la condenación de la ley en cautividad, no
en libertad (Gál. 4:21-23). Así pervirtieron el pacto del Sinaí.
El libro de Hebreos aplica el primer pacto —el antiguo— a la historia de Israel desde el
Sinaí, y revela su naturaleza temporal. Demuestra que el sacerdocio levítico estaba destinado
a ser temporal, cumpliendo una función simbólica hasta que llegara la realidad en Cristo
(Heb. 9; 10). Tristemente, muchos no lograron ver que en sí mismas las ceremonias no tenían
valor alguno (Heb. 10:1). La adherencia a este sistema de "sombras” después que el tipo se
había encontrado con su antitipo, la sombra con la realidad, distorsionaba la verdadera
misión de Cristo. Esto explica el fuerte lenguaje usado para hacer énfasis en la superioridad
del pacto mejor o nuevo sobre el del Sinaí.
El antiguo pacto, por lo tanto, puede ser descrito en términos negativos y positivos. En lo
negativo, se refiere a la respuesta imperfecta del pueblo al pacto eterno de Dios. En lo posi
tivo significa el ministerio terrenal temporal que Dios designó para enfrentar la emergencia
creada por este fracaso humano. Ver también Elena G. de W hite, Patriarcas y profetas, pp.
378-390; Elena G. de W hite, “O ur W ork” [Nuestra obra], Review and Herald, 23 de junio de
1904, p. 8; Elena G. de W hite “A Holy Purpose to Restore Jerusalem” [Un propósito santo
para restaurar Jerusalénj, Southern Watchman, Io de marzo de 1904, p. 142; G. Hasel, Cov-
enant ín Blood [Pacto en sangre], (Mountain View, California: Pacific Press, 1982); compárese
con Wallenkampf, Salvation Comes From the Lord [La salvación viene del Señor], (Washing
ton, D.C.: Review and Herald, 1983), pp. 84-90.
12. Ver Hasel, Covenant in Blood [Pacto con sangre].
LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
El gran conflicto
Toda la humanidad está ahora envuelta en un gran conflicto entre Cristo y
Satanás en cuanto a l carácter de Dios, su ley y su soberanía sobre el uni
verso. Este conflicto se originó en el cielo cuando un ser creado, dotado de
libre albedrío, se exaltó a sí mismo y se convirtió en Satanás, el adversario
de Dios, e condujo a la rebelión a una parte de los ángeles. Satanás in
trodujo el espíritu de rebelión en este mundo cuando indujo a Adán y a Eva
a pecar. El pecado humano produjo como resultado la distorsión de la
imagen de Dios en la humanidad, el trastorno del mundo creado y, posteri
ormente, su completa devastación en ocasión del diluvio universal. Obser
vado por toda la creación, este mundo se convirtió en el campo de batalla
del conflicto universal, a cuyo término el Dios de amor quedará finalmente
vindicado. Para ayudar a su pueblo en este conflicto, Cristo envía a l
Espíritu Santo y los ángeles leales para guiarlo, protegerlo y sostenerlo en el
camino de la salvación (Apoc. 12:4-9; Isa. 14:12-14; Eze. 28:12-18; Gén. 3;
Rom 1:19-32; 5:12-21; 8:19-22; Gén. 6:8; 2 Ped. 3:6; 1 Cor. 4:9; Heb. 1:14).
LA ESCRITURA DESCRIBE UNA BATALLA CÓSMICA entre el bien y el mal,
Dios y Satanás. Comprender esta controversia, que ha involucrado el universo
entero, nos ayuda a responder la pregunta: ¿Por qué vino Jesús a este mundo?
Una visión cósmica del conflicto
Misterio de misterios, el conflicto entre el bien y el mal comenzó en el cielo.
¿Cómo pudo el pecado originarse en un ambiente perfecto?
Los ángeles, que son seres de un orden más elevado que los humanos (Sal.
8:5), fueron creados para gozar de íntima comunión con Dios (Apoc. 1:1; 3:5;
109
lio. LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN.
5:11). Poseen poder superior, y son obedientes a la Palabra de Dios (Sal. 103:20);
funcionan como siervos o “espíritus ministradores” (Heb. 1:14). Se mantienen
por lo general invisibles, pero ocasionalmente aparecen en forma humana (Gén.
18,19; Heb. 13:2). Fue uno de estos seres angélicos el que introdujo el pecado en
el universo.
El origen de la controversia. Usando a los reyes de Tiro y Babilonia como
descripciones figuradas de Lucifer, la Escritura ilumina cómo empezó esta con
troversia cósmica: Lucifer, el “hijo de la mañana”, el querubín cubridor, residía en
la presencia de Dios (Isa. 14:12; Eze. 28:14).' La Escritura dice: “Tú eras el sello de
la perfección, lleno de sabiduría, y acabado de hermosura... perfecto eras en to
dos tus caminos desde el día que fuiste creado, hasta que se halló en ti maldad”
(Eze. 28:12,15).
Si bien la aparición del pecado es inexplicable e injustificable, se puede trazar
su origen hasta el orgullo de Lucifer: “Se enalteció tu corazón a causa de tu her
mosura, corrompiste tu sabiduría a causa de tu esplendor” (Eze. 28:17). Lucifer
rehusó conformarse con la exaltada posición que su Creador le había concedido.
En su egoísmo, codició la igualdad con Dios mismo: “Tu... decías en tu corazón:
subiré al cielo; en lo alto, junto a las estrellas de Dios, levantaré mi trono... y seré
semejante al Altísimo” (Isa. 14:12-14). Pero aunque Lucifer codiciaba la posición
de Dios, no deseaba poseer su carácter. Procuró alcanzar la autoridad de Dios,
pero no su amor. La rebelión de Lucifer contra el gobierno de Dios fue el primer
paso en su proceso de transformarse en Satanás, “el adversario”.
Las acciones solapadas de Lucifer cegaron a muchos ángeles, impidiéndoles
discernir el amor de Dios. El resultante descontento y deslealtad al gobierno de
Dios, continuaron creciendo hasta que la tercera parte de la hueste angélica se le
unió en la rebelión (Apoc. 12:4). La paz del reino de Dios fue quebrantada, y
“hubo una gran batalla en el cielo” (Apoc. 12:7). Como resultado del conflicto
celestial, Satanás, al cual se lo caracteriza como el gran dragón, la serpiente anti
gua y el diablo, “fue arrojado a la tierra, y sus ángeles fueron arrojados con él”
(Apoc. 12:9).
¿Cómo se vieron implicados los seres humanos? Después que Satanás fue
expulsado del cielo, se dedicó a extender su rebelión a nuestro mundo. Disfraza
do a manera de serpiente que hablaba, y usando los mismos argumentos que lo
habían llevado a su propia caída, logró socavar la confianza que Adán y Eva
tenían en su Creador (Gén. 3:5). Satanás despertó en Eva el descontento en
relación con la posición que se le había asignado. Infatuada por la posibilidad de
ser igual a Dios, creyó en la palabra del tentador, y dudó de la Palabra divina.
El gran conflicto ♦ 111
Comió del fruto prohibido, desobedeciendo así el mandato de Dios, y luego in
fluyó en su esposo para que este hiciera lo mismo. Al creer en la palabra de la
serpiente por encima de la de su Creador, traicionaron la confianza y la lealtad
que los unían a Dios. Trágicamente, las semillas de la controversia que había
comenzado en el cielo germinaron en el planeta Tierra (ver Gén. 3).
Al seducir a nuestros primeros padres y hacerlos pecar, Satanás ingeniosa
mente les arrebató su dominio sobre el mundo. Afirmando ahora ser el “príncipe
de este mundo”, Satanás desafió a Dios, desconociendo su autoridad, y amenazó
así la paz de todo el universo, desde su nuevo centro de operaciones, el planeta
Tierra.
El impacto sóbrela raza humana. Los efectos de la controversia entre Cris
to y Satanás pronto se hicieron evidentes, cuando el pecado comenzó a distor
sionar la imagen de Dios en la humanidad. A pesar de que Dios ofreció su pacto
de gracia a la raza humana a través de Adán y Eva (Gén. 3:15, ver el capítulo 7),
su primer hijo, Caín, asesinó a su hermano (Gén. 4:8). La maldad continuó mul
tiplicándose hasta que, lleno de tristeza, Dios vio que “todo designio de los pen
samientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal” (Gén. 6:5).
Dios usó un gran diluvio para limpiar el mundo de sus habitantes impíos y
proveer un nuevo comienzo para la raza humana (Gén. 7:17-20). Pero antes de
mucho, los descendientes del fiel Noé se apartaron del pacto de Dios. Si bien el
Creador había prometido que nunca volvería a destruir todo el mundo por medio
del agua, la generación posterior al diluvio erigió la torre de Babel como un mo
numento concreto de su desconfianza en Dios, procurando así llegar al cielo y
tener de este modo una forma de escapar a las consecuencias de algún diluvio
futuro. Esta vez Dios puso fin a los rebeldes propósitos de los hombres al confun
dir su lenguaje universal (Gén. 9:1,11; 11).
Un tiempo después, cuando el mundo se hallaba sumido en la apostasía casi
completa, Dios extendió su pacto a Abraham. Por medio de él, Dios se proponía
bendecir a todas las naciones del mundo (Gén. 12:1-3; 22:15-18). Sin embargo, las
generaciones sucesivas de los descendientes de Abraham fueron infieles al mi
sericordioso pacto divino. Esclavizados por el pecado, colaboraron con Satanás
ayudándole a lograr su objetivo en la gran controversia al crucificar a Jesucristo,
el Autor y Fiador del pacto.
El mundo, teatro del universo. El relato que aparece en el libro de Job refe
rente a una convocación cósmica de representantes de diversas partes del univer
so, nos permite comprender mejor la gran controversia. El relato comienza di
ciendo: “Un día vinieron a presentarse delante de Jehová los hijos de Dios, entre
112 . LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
los cuales vino también Satanás. Y dijo Jehová a Satanás: ¿De dónde vienes? Res
pondiendo Satanás a Jehová, dijo: de rodear la tierra y de andar por ella” (Job 1:6,
7; ver también 2:1-7).
Entonces el Señor dijo algo así como: “Satanás, mira a Job. Él obedece fiel
mente mi ley. ¡Es perfecto!” (ver Job 1:8).
Cuando Satanás argumentó: “Sí, pero es perfecto solo porque le conviene ser
virte. ¿Acaso no lo proteges?”, Cristo respondió permitiendo que Satanás probara
a Job de cualquier forma, excepto quitándole la vida (ver Job l:9-2:7).
La perspectiva cósmica que ofrece el libro de Job provee una poderosa confir
mación de la gran controversia entre Cristo y Satanás. Este planeta es el esce
nario en el cual se desarrolla este dramático conflicto entre el bien y el mal.
Según declara la Escritura, “hemos llegado a ser espectáculo al mundo, a los
ángeles y a los hombres” (1 Cor. 4:9).
El pecado cortó la relación que existía entre Dios y el hombre, y “todo lo que
no proviene de fe, es pecado” (Rom. 14:23). El quebrantamiento de los manda
mientos o leyes de Dios, es el resultado inmediato de una falta de fe, la evidencia
de una relación interrumpida. A su vez, y por medio del plan de salvación, Dios
procura restaurar en los seres humanos la confianza en el Creador, que lleva a
una relación de amor manifestada por la obediencia. Tal como lo señaló Cristo,
el amor lleva a la obediencia (Juan 14:15).
En nuestra era de iniquidad, los conceptos absolutos han sido neutralizados,
la deshonestidad recibe alabanzas, la prevaricación es un estilo de vida, se exalta
el adulterio, y los acuerdos, tanto internacionales como personales, se ven pi
soteados. Es nuestro privilegio m irar más allá de nuestro mundo sin esperanza,
y ver al Dios amante y omnipotente. Esta visión abarcarte nos revela la impor
tancia de la expiación que obró nuestro Salvador, la cual está llevando a su fin
esta controversia universal.
El tema central
¿Cuál es el tema central en esta lucha a vida o muerte?
El gobierno y la ley de Dios. La ley moral de Dios es tan esencial para la exis
tencia de su universo como lo son las leyes físicas que le dieron origen y lo man tienen
funcionando. El pecado es “la transgresión de la ley" (1 Juan 3:4), o “ile galidad”,
como lo indica la palabra gr iega anomia. La ilegalidad brota del rechazo de Dios y
su gobierno.
En vez de aceptar la responsabilidad por la ilegalidad que reina en el mundo,
Satanás le echa la culpa a Dios. Afirma que la ley de Dios, que según él es arbi
traria, estorba la libertad individual. Además —afirma Satanás—, por cuanto es
El gran conflicto ♦ 113
imposible obedecerla, sus efectos son contrarios a los mejores intereses de los
seres creados. Por medio de sus constantes e insidiosos intentos de socavar la ley,
Satanás procura echar por tierra el gobierno de Dios y aun derrocar a Dios mis
mo.
Cristo y la obediencia. Las tentaciones que Cristo debió afrontar durante su
ministerio terrenal revelaron cuán seria es la controversia acerca de la obedien
cia y la entrega a la voluntad de Dios. Al enfrentar esas tentaciones, lo cual lo
preparó “para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote” (Heb. 2:17), entró
en combate singular con un enemigo mortal. En el desierto, después que Cristo
había ayunado 40 días, Satanás lo tentó a transformar las piedras en pan para
probar así que en verdad era el Hijo de Dios (Mat. 4:3). Así como Satanás había
tentado a Eva haciéndola dudar de la Palabra de Dios en el Edén, también pro
curó ahora hacer que Cristo dudara de la validez de lo que Dios había dicho en
ocasión de su bautismo: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia”
(Mat. 3:17). Si Cristo hubiera tomado el asunto en sus propias manos, creando
pan a partir de las piedras, para probar así su naturaleza divina, habría revelado,
a imitación de Eva, falta de confianza en Dios. Su misión habría terminado en el
fracaso.
Pero la mayor prioridad de Cristo consistía en vivir por la Palabra de su Padre.
A pesar de su gran necesidad de alimento, respondió a la tentación de Satanás,
diciendo: “No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la
boca de Dios (Mat. 4:4).
En otro intento de causar la derrota de Cristo, Satanás le dio una vista pano
rámica del mundo, prometiendo: “Todo esto te daré, si postrado me adorares”
(Mat. 4:9). Implicó que al hacer eso, Cristo podría rescatar el mundo y completar
su misión sin tener que pasar por la agonía del Calvario. Sin un momento de
duda, y en absoluta lealtad a Dios, Jesús ordenó: “Vete, Satanás”. Luego, usando la
Escritura, el arma más efectiva en la gran controversia, declaró: “Al Señor tu Dios
adorarás, y a él solo servirás” (Mat. 4:10). Sus palabras terminaron la confronta
ción. Al mantener su dependencia absoluta del Padre, Cristo derrotó a Satanás.
Confrontación en el Calvario. Esta controversia cósmica adquiere su enfo
que más claro en el Calvario. Satanás intensificó sus esfuerzos por hacer abortar
la misión de Jesús a medida que se acercaba el tiempo de su culminación. Satanás
tuvo especial éxito en usar a los dirigentes religiosos de ese tiempo, cuyos celos
de la popularidad de Cristo causaron tanta dificultad que el Salvador se vio obli
gado a term inar su ministerio público (Juan 12:45-54). Por la traición de uno de
sus discípulos y por testimonio de perjuros, Jesús fue arrestado, enjuiciado y con
114 . LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN.
denado a muerte (Mat. 26:63,64; Juan 19:7). Guardando absoluta obediencia a la
voluntad de su Padre, Jesús se mantuvo fiel hasta la muerte.
Los beneficios que se derivan tanto de la vida como de la muerte de Cristo
van mas allá del mundo limitado de la raza humana. Al referirse a la cruz,
Cristo declaró: “A hora el príncipe de este mundo será echado fuera” (Juan
12:31).
La controversia cósmica llegó a su punto culminante en la cruz. El amor y la
fidelidad obediente de Cristo que se demostraron allí, a pesar de la crueldad de
Satanás, destruyeron la base de la posición de Satanás, asegurando así su even
tual caída definitiva.
Controversia acerca de la verdad como es en Jesús
En nuestros días, la gran controversia se libra con furia en torno a Cristo y las
Escrituras. Se han desarrollado formas de interpretación bíblica que dejan poco
o ningún lugar para la revelación divina.2Se trata a la Escritura como si fuera
igual a cualquier otro documento antiguo, y se la analiza con la misma metodolo
gía crítica. Un número creciente de cristianos, incluso teólogos, ya no consideran
que las Escrituras son la Palabra de Dios, la revelación infalible de su voluntad.
En consecuencia, han llegado a dudar de la validez de la posición bíblica con
respecto a la persona de Jesucristo; su naturaleza, su nacimiento virginal, sus
milagros y su resurrección son ampliamente debatidos.3
La pregunta más crucial. Cuando Cristo preguntó: “¿Quién dicen los hom
bres que es el Hijo del hombre? ’, los discípulos replicaron: “Unos, Juan el Bau
tista; otros, Elias; y otros, Jeremías o alguno de los profetas” (Mat. 16:13,14). En
otras palabras, la mayoría de sus contemporáneos lo consideraban un simple
hombre. La Escritura continúa el relato: Jesús les preguntó a sus doce discípulos:
“Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”
Respondiendo Simón Pedro, dijo: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivien
te.”
Entonces le respondió Jesús: “Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás,
porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos” (Mat.
16:15-17).
En nuestros días, cada uno de nosotros debemos responder la misma pregunta
que Cristo les hizo a sus discípulos. Nuestra respuesta a este interrogante funda
mental depende de la fe que tengamos en el testimonio de la Palabra de Dios.
El centro de las doctrinas bíblicas. Cristo es el foco de las Escrituras. Dios
nos invita a comprender la verdad como es en Jesús (Efe. 4:21), porque él es la
El g ra n co n flicto ♦
115
verdad (Juan 14:5). Una de las estrategias que Satanás usa en el conflicto cósmi
co, consiste en convencer a los seres humanos de que pueden comprender la
verdad aparte de Jesús. Con este fin, se han propuesto diversos centros de verdad,
ya sea individualmente o en combinación: (1) El hombre, (2) la naturaleza o el
universo observable, (3) las Escrituras, y (4) la iglesia.
Si bien es cierto que todos ellos tienen una parte en la revelación de la verdad,
la Escritura presenta a Cristo como el Creador de cada uno de los elementos men
cionados, trascendiéndolos a todos. Su único verdadero significado se descubre en
el Ser que los originó. El divorciar de Cristo las doctrinas lleva a comprender erró
neamente “el camino, y la verdad, y la vida” (Juan 14:6). El acto de sugerir elemen
tos de verdad separados de Cristo, está de acuerdo tanto con la naturaleza como
con el propósito del anticristo. (En el griego original, anticristo puede significar no
solo “contra” Cristo, sino también “en el lugar de” Cristo.) Al colocar un centro di
ferente de Cristo en las doctrinas de la iglesia, Satanás logra su objetivo de desviar
nuestra atención de Aquel que es la única esperanza de la humanidad.
Lafunción de la teología cristiana. La visión cósmica revela el intento que
hace Satanás de quitar a Cristo de su legítimo lugar, tanto en el universo como en
la verdad. La teología, que por definición es un estudio de Dios y de su relación
con sus criaturas, debe desarrollar todas sus doctrinas a la luz de Cristo. El m an
dato de la teología cristiana es inspirar confianza en la autoridad de la Palabra de
Dios y quitar de la verdad cualquier otro centro que sugiera, reemplazándolo por
Cristo. Cuando hace esto, la verdadera teología cristiana le hace un gran servicio
a la iglesia, porque señala la raíz de la controversia cósmica, exponiéndola, y re
solviéndola con el único argumento incontrovertible: Cristo como se halla reve
lado en las Escrituras. Desde esta perspectiva, Dios puede usar la teología como
un instrumento efectivo para ayudar a la humanidad a oponerse a los esfuerzos
de Satanás en el mundo.
El signiñcado de la doctrina
La doctrina de la gran controversia revela la batalla formidable que afecta a
cada persona que nace en el mundo; de hecho, el conflicto abarca hasta los últi
mos rincones del universo. La Escritura dice: “Porque no tenemos lucha contra
sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los goberna
dores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las
regiones celestes” (Efe. 6:12).
La doctrina produce un estado de constante vigilancia. La comprensión
de esta doctrina nos convence de que es necesario combatir el mal. El éxito es
116 ♦ LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN.
posible únicamente por la dependencia de Jesucristo, el Capitán de las huestes, el
que es “fuerte y valiente, Jehová el poderoso en batalla” (Sal. 24:8). Como expre
sara Pablo, el hecho de aceptar la estrategia de Cristo requiere aceptar “toda la
armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y habiendo acabado
todo, estar firmes. Estad, pues, firmes, ceñidos vuestros lomos con la verdad, y
vestidos con la coraza de justicia, y calzados los pies con el apresto del evangelio
de la paz. Sobre todo, tomad el escudo de la fe, con que podáis apagar todos los
dardos de fuego del maligno. Y tomad el yelmo de la salvación, y la espada del
Espíritu, que es la palabra de Dios; orando en todo tiempo con toda oración y
súplica en el Espíritu, y velando en ello con toda perseverancia y súplica por to
dos los santos” (Efe. 6:13-18). Para los verdaderos cristianos significa un exaltado
privilegio vivir una vida que se caracterice por la paciencia y la fidelidad, y por
estar en todo tiempo aparejados para el conflicto (Apoc. 14:2), manifestando
nuestra constante dependencia de Aquel que nos ha hecho “más que vencedores”
(Rom. 8:37).
Explica el misterio del sufrimiento. El mal no se originó con Dios. Aquel del
cual se dijo: “Has amado la justicia, y aborrecido la maldad” (Heb. 1:9), no puede
ser culpado por la miseria del mundo. Satanás, el ángel caído, es responsable de
la crueldad y el sufrimiento. Podemos comprender mejor los asaltos, los asesina
tos y los funerales —por crímenes o accidentes—, por angustiosos que sean, si los
analizamos a la luz de la gran controversia.
La cruz testifica tanto de lo destructivo que es el pecado como de las profun
didades que alcanza el amor de Dios por los pecadores. De este modo, el tema de
la gran controversia nos enseña a odiar el pecado y amar al pecador.
Despliega la amorosa preocupación actual de Cristo por el mundo. Cuan
do Cristo volvió al cielo, no dejó a su pueblo huérfano. Con gran compasión, nos
proveyó todas las ayudas posibles en la batalla contra el mal. Comisionó al Es
píritu Santo para que reemplazara a Cristo y fuese nuestro constante compañero
hasta que el Salvador volviera (Juan 14:16; compárese con Mat. 28:20). También
fueron comisionados los ángeles para que estuviesen involucrados en su obra
salvadora (Heb. 1:14). Nuestra victoria está asegurada. Podemos tener esperanza
y valor al enfrentar el futuro, porque nuestro Señor lo controla todo. Nuestros
labios pueden expresar alabanzas por su obra salvadora.
Revela el significado cósmico de la cruz. En el ministerio y la muerte de
Cristo había mucho más involucrado que la mera salvación de la humanidad.
Vino no solo para entregar su vida por la remisión de nuestros pecados, sino
El gran conflicto ♦ 117
también para vindicar el carácter, la ley y el gobierno de su Padre, contra lo cual
Satanás había dirigido sus falsas acusaciones.
La vida de Cristo vindicó la justicia de Dios y su bondad, demostrando además
que la ley y el gobierno divinos eran justos. Cristo reveló que los ataques sa
tánicos contra Dios no tenían base alguna, y demostró que por medio de una
dependencia completa del poder y la gracia de Dios, los creyentes arrepentidos
pueden elevarse por encima de las dificultades y frustraciones de las tentaciones
cotidianas, y vivir una vida victoriosa sobre el pecado.
Referencias
1. “Lucifer” viene del latín, y significa “portador de luz". La frase “hijo de la mañana” era una
expresión común que significaba “estrella matutina”, es decir Venus. “Una rendición literal
de la expresión literal hebrea que se traduce por 'Lucifer, hijo de la mañana’, sería ‘el que
brilla, hijo de la aurora’. La aplicación figurada del brillante planeta Venus, la más gloriosa de
todas la luminarias celestiales, a Satanás antes de su caída... es muy apropiada como ilus
tración gráfica del nivel elevado de donde cayó Lucifer” (“Lucifer”, SDA Bible Dictrionary
[Diccionario bíblico adventista], ed. rev., p. 683).
2. Ver “Methods of Bible Study” [Métodos de estudios de la Biblia!, Asociación General, 1986;
Hasel, Biblical Interpretation Today [La interpretación bíblica en nuestros días], (Washing
ton, D.C.: Biblical Research Institute of the General Conference of Seventh-day Adventists,
1985).
3. Ver por ejemplo K. Runia, The Present-day Christological Debate [El debate cristológico de
hoy], (Downers Grove, Illinois: Inter-Varsity Press, 1984); G. C. Berkouwer, The Person o f
Christ [La persona de Cristo] (Grand Rapids, Michigan: W. B. Eerdmans, 1954), pp. 14-56.
LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
La vida, muerte y
resurrección de Cristo
Mediante la vida de Cristo, de perfecta obediencia a la voluntad de
Dios, y en sus sufrimientos, su muerte y su resurrección, Dios proveyó el único
medio para expiar el pecado humano, de manera que los queporfe aceptan
esta expiaciónpuedan tener vida eterna, y toda la creaciónpueda comprender
mejor el infinito y santo amor del Creador. Esta expiación perfecta vindica la
justicia de la ley de Dios y la benignidad de su carácter; porque no solo con
dena nuestro pecado sino también nosgarantiza nuestroperdón. La muerte de
Cristo es vicaria y expiatoria, reconciliadora y transformadora. La resurrec
ción de Cristo proclama el triunfo de Dios sobre lasfuerzas del mal, y asegura
la victoriafinal sobre elpecado y la muerte a los que aceptan la expiación. Ella
declara el señorío de fesucristo, ante quien se doblará toda rodilla en el Cielo y
en la Tierra (Juan 3:16; Isa. 53; 1 Ped. 2:21,22; 1 Cor. 15:3,4,20-22; 2 Cor.
5:14,
15,19-21; Rom. 1:4; 3:25; 4:25; 8:3,4; 1 Juan 2:2; 4:10; Col. 2:15; Fil 2:6-11).
UNA PUERTA ABIERTA CONDUCE AL CENTRO del universo, el cielo. Una
voz resuena: “¡Ven y ve lo que está sucediendo aquí!" En el Espíritu, el apóstol
Juan contempla la sala del trono de Dios.
Un deslumbrante arco iris semejante a la esmeralda circunda el trono princi
pal, y desde él surgen relámpagos, truenos y voces. Un grupo de dignatarios ata
viados con vestiduras blancas y luciendo en sus cabezas doradas coronas, está
sentado en tronos menores. Llenan los aires los ecos de una doxología, y los an
cianos se postran en adoración, echando sus coronas de oro delante del trono.
Un ángel que tiene en su mano un pergamino sellado con siete sellos, excla
ma: “¿Quién es digno de abrir el libro y desatar sus sellos? (Apoc. 5:2). Muy
preo cupado, Juan ve que no hay nadie en el cielo ni en la tierra digno de abrir el
libro.
El gran conflicto ♦ 117
118
La vida, muerte y resurrección de Cristo • 119
Su preocupación se convierte en llanto, hasta que uno de los ancianos lo con
suela: "No llores. He aquí que el León de la tribu de Judá, la raíz de David, ha
vencido para abrir el libro y desatar sus siete sellos” (Apoc. 5:5).
Juan dirige nuevamente su vista al majestuoso trono, y ve allí a un Cordero
que había sido muerto pero que ahora está vivo y lleno del poder del Espíritu.
Cuando ese humilde Cordero toma el rollo, los seres vivientes y los ancianos
entonan un nuevo cántico: “Digno eres de tomar el libro y de abrir sus sellos;
porque tú fuiste inmolado, y con tu sangre nos has redimido para Dios, de todo
linaje y lengua y pueblo y nación; y nos has hecho para nuestro Dios reyes y
sacerdotes, y reinaremos sobre la tierra” (Apoc. 5:9,10). Todo ser creado, tanto
en el cielo como en la tierra, une sus voces en el cántico: “Al que está sentado en
el trono, y al Cordero, sea la alabanza, la honra, la gloria y el poder, por los siglos
de los siglos” (Apoc. 5:13).
¿Por qué es tan importante este rollo? Porque registra el rescate de la raza
humana de su esclavitud a Satanás y describe la victoria final de Dios sobre el
pecado. Revela una salvación tan perfecta, que los cautivos del pecado pueden ser
libertados de su prisión simplemente por su propia elección. Mucho antes de su
nacimiento en Belén, el Cordero exclamó: “He aquí, vengo, en el rollo del libro
está escrito de mí; el hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado, y tu ley está
en medio de mi corazón” (Sal. 40:7, 8; compárese con Heb. 10:7). Lo que efectuó
la redención de la humanidad fue la venida del Cordero, muerto desde la fun
dación del mundo (Apoc. 13:8).
La gracia salvadora de Dios
Las Escrituras revelan un Dios que tiene una preocupación avasalladora por
la salvación de la humanidad. Los miembros de la Deidad están aliados en la obra
de restaurar en los seres humanos la unión con su Creador. Jesús destacó el amor
salvador de Dios, diciendo: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha
dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas
lenga vida eterna” (Juan 3:16).
Las Escrituras declaran que “Dios es amor” (1 Juan 4:8). Procura alcanzar a la
humanidad “con amor eterno” (Jer. 31:3). El Dios que extiende la invitación a ser
salvos es todopoderoso, pero su amor requiere que permita a cada persona la
libertad de elección en su respuesta (Apoc. 3:20, 21). La coerción, método que es
contrario a su carácter, no puede tener parte alguna en su estrategia.
La iniciativa divina. Cuando Adán y Eva pecaron, Dios tomó la iniciativa de
ir a buscarlos. Los miembros de la pareja culpable, al oír el sonido de la voz de su
c'reador, no corrieron gozosos a encontrarse con él como lo habían hecho antes.
120 . LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
En vez de ello, se ocultaron. Pero Dios no los abandonó. Con persistencia divina
continuó llamando: “¿Dónde están?”
Con profunda pena, Dios describió las consecuencias de su desobediencia, el
dolor, las dificultades con que se encontrarían. Sin embargo, aun frente a su
situación absolutamente desesperada, reveló un plan maravilloso que prometía
obtener la victoria final sobre el pecado y la muerte (Gén. 3:15).
¿Gracia o justicia? Más tarde, posteriormente a la apostasía de Israel en el
Sinaí, el Señor reveló a Moisés su carácter benevolente pero justo, proclamando:
“¡Jehová! ¡Jehová! Fuerte, misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en
misericordia y verdad; que guarda misericordia a millares, que perdona la
iniquidad, la rebelión y el pecado, y que de ningún modo tendrá por inocente al
malvado; que visita la iniquidad de los padres sobre los hijos y sobre los hijos de
los hijos, hasta la tercera y cuarta generación” (Éxo. 34:6, 7).
El carácter de Dios revela una unión especialísima de gracia y justicia, de la
voluntad de perdonar, la indisposición a considerar inocente al malvado. Solo en
la persona de Cristo podemos comprender cómo estas cualidades de carácter
pueden reconciliarse entre sí.
¿Perdonar o castigar? Durante los tiempos de apostasía en Israel, Dios a
menudo rogaba fervorosamente a su pueblo que reconocieran su iniquidad y se
volvieran a él (Jer. 3:12-14). Pero ellos rechazaron sus amorosas invitaciones (Jer.
5:3). Una actitud recalcitrante, que se burla del perdón, hace que el castigo sea
inevitable (Sal. 7:12).
Si bien es cierto que Dios es misericordioso, no puede perdonar a los que se
aferran al pecado (Jer. 5:7). El perdón tiene un propósito. Dios desea transformar
a los pecadores en santos: “Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pen
samientos, y vuélvase a Jehová, el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nues
tro, el cual será amplio en perdonar" (Isa. 55:7). Su mensaje de salvación resuena
claramente por todo el mundo: “Mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de
la tierra, porque yo soy Dios, y no hay más” (Isa. 45:22).
La ira de Dios contra el pecado. La transgresión original creó en la mente
humana una disposición de enemistad contra Dios (Col. 1:21). En consecuencia,
merecemos el desagrado de Dios, el cual es “fuego consumidor” para el pecado
(Heb. 12:29; compárese con Hab. 1:13). La solemne verdad es que “todos pecaron
y están destituidos de la gloria de Dios” (Rom. 3:23), todos somos “por naturaleza
hijos de ira” (Efe. 2:3; compárese con 5:6) y nos hallamos bajo el imperio de la
muerte “porque la paga del pecado es muerte” (Rom. 6:23).
La vida, muerte y resurrección de Cristo • 121
A la reacción de Dios ante el pecado y la injusticia, la Escritura la denomina
“ira divina” (Rom. 1:18). El rechazo deliberado de la voluntad revelada de Dios
—su ley— provoca su santa ira (2 Rey. 17:16-18; 2 Crón. 36:16). G. E. Ladd es
cribió: “Los seres humanos son éticamente pecaminosos; y cuando Dios cuenta
sus transgresiones contra ellos, debe considerarlos como pecadores, como en
emigos, como los objetos de la ira divina; porque es una necesidad ética y religi
osa que la santidad de Dios se manifieste en ira contra el pecado”.1Y sin
embargo, al mismo tiempo, Dios anhela salvar el mundo rebelde. Es cierto que
odia todo pecado, pero también siente preocupación amorosa por cada pecador.
La respuesta humana. La relación de Dios con Israel culminó en el ministe
rio de Jesucristo, quien proveyó la comprensión mas clara de “las abundantes
riquezas” de la gracia divina (Efe. 2:7). Juan declaró: “Y vimos su gloria, gloria
como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad” (Juan 1:14). “Cristo
Jesús”, escribió Pablo, “nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, y re
dención; para que, como está escrito: el que se gloría, gloríese en el Señor” (1
Cor. 1:30, 31). Por lo tanto, ¿quién podría despreciar “las riquezas de su
benignidad, paciencia y longanimidad”? Con razón Pablo declara que lo que lleva
al arrepen timiento es “su benignidad” (Rom. 2:4).
Aun la misma respuesta humana a la oferta divina de salvación no se origina
en los seres humanos, sino en Dios. Nuestra fe es tan solo un don de Dios (Rom.
12:3); también lo es nuestro arrepentimiento (Hech. 5:31). Nuestro amor surge
en respuesta al amor de Dios (1 Juan 4:19). No podemos salvarnos a nosotros
mismos de Satanás, el pecado, el sufrimiento y la muerte. Nuestra propia justicia
es como trapos inmundos (Isa. 64:6). “Pero Dios, que es rico en misericordia, por
su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos
dio vida juntamente con Cristo... porque por gracia sois salvos por medio de la
fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se
gloríe” (Efe. 2:4,5,8,9).
Cristo y el ministerio de la reconciliación
Las buenas nuevas son “que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al
mun do” (2 Cor. 5:19). Su acto de reconciliación restaura la relación entre Dios y
la raza humana. El texto señala que este proceso reconcilia a los pecadores con
Dios, y no a Dios con los pecadores. La clave para llevar a los pecadores de vuelta
a Dios es Jesu cristo. El plan de reconciliación que Dios ha establecido es una
maravilla de condes cendencia divina. Dios tenía todo el derecho a dejar que la
humanidad pereciera.
Como ya hemos notado, fue Dios quien tomó la iniciativa para restaurar la
relación quebrantada. “Siendo enemigos —dijo Pablo—, fuimos reconciliados
122 . LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
con Dios por la muerte de su Hijo” (Rom. 5:10). En consecuencia, “también nos
gloriamos en Dios por el Señor nuestro Jesucristo, por quien hemos recibido
ahora la reconciliación” (Rom. 5:11).
El proceso de reconciliación ha sido asociado con el término expiación. “El
término griego refleja la idea fundamental de restablecer la armonía en una
relación, de modo que cuando hubo una separación, ésta pueda ser eliminada
por el proceso de cubrir el problema, producir la reconciliación".2
Muchos cristianos limitan la idea de la reconciliación, asociándola exclusiva
mente con la expiación, es decir con los efectos redentores de la encarnación, los
sufrimientos y la muerte de Cristo. Sin embargo, en los servicios del Santuario, la
expiación no solo implicaba la muerte del cordero del sacrificio, sino que incluía
también la ministración sacerdotal de su sangre derramada en el santuario
mismo (ver Lev. 4:20,26, 35; 16:15-18,32,33). En armonía con el uso bíblico, la
expiación puede referirse tanto a la muerte de Cristo como a su ministerio in
tercesor en el santuario celestial. Allí, como Sumo Sacerdote, aplica los benefi
cios de su completo y perfecto sacrificio expiatorio para logar la reconciliación
de los seres humanos con Dios.3
Vicente Taylor también observó que la doctrina de la expiación tiene dos
aspec tos: “(a) La obra salvadora de Cristo, y (b) la apropiación de su obra por fe,
tanto individual como comunal. Estos dos aspectos unidos constituyen la
Expiación”. Gracias a esta forma de comprender la doctrina, concluyó que “la
expiación se cumple tanto por nosotros como en nosotros ’.*Este capítulo enfoca
la expiación en su relación con la muerte de Cristo. La expiación asociada con su
ministerio como Sumo Sacerdote será presentada más adelante (ver el capítulo
24).
El sacrificio expiatorio de Cristo
El sacrificio expiatorio de Cristo en el Calvario marcó el punto de retorno en
la relación entre Dios y la humanidad. A pesar de que hay un registro de los
pecados de la gente, como resultado de la reconciliación, Dios no les imputa sus
pecados (2 Cor. 5:19). Esto no significa que Dios deja de lado el castigo, o que el
pecado ya no despierta su ira. Más bien significa que Dios ha encontrado una
forma de conceder el perdón a los pecadores arrepentidos, sin dejar por eso de
exaltar la justicia de su eterna ley.
La muerte de Cristo es necesaria. Para que un Dios de amor mantenga su
justicia y corrección moral, la muerte expiatoria de Jesucristo llegó a ser “una
necesidad moral y legal”. La justicia de Dios “requiere que el pecado sea llevado
a juicio. Dios, por lo tanto, debe ejecutar juicio sobre el pecado y de este modo
sobre el pecador. En esa ejecución, el Hijo de Dios tomó nuestro lugar, el lugar
del
La vida, muerte y resurrección de Cristo • 123
pecador, en armonía con la voluntad de Dios. La expiación era necesaria, porque
el hombre se hallaba bajo la justa ira de Dios. He aquí el corazón del evangelio
del perdón de los pecados y el misterio de la cruz de Cristo: la perfecta justicia de
Cristo satisfizo adecuadamente la justicia divina, y Dios está dispuesto a aceptar
el autosacrificio de Cristo en lugar de la muerte del hombre”.5
Los pecadores que no están dispuestos a aceptar la sangre de Cristo no re
ciben el perdón de sus pecados, y quedan sujetos a la ira de Dios. Juan dijo: “El
que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá
la vida, sino que la ira de Dios está sobre él” (Juan 3:36).
En consecuencia, la cruz es una demostración tanto de la misericordia de
Dios como de su justicia. “Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por
medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado
por alto, en su paciencia, los pecados pasados, con la mira de manifestar en este
tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe
de Jesús” (Rom. 3:25, 26).
¿Qué logra realizar el sacrificio expiatorio? Fue el mismo Padre el que pre
sentó a su Hijo “como propiciación" (Rom. 3:25; el griego hilasterion), “una pro
piciación” o expiación. El uso que el Nuevo Testamento hace del término hilaste
rion no tiene nada que ver con la noción pagana de “aplacar un dios airado" o
"apaciguar a un dios vengativo, arbitrario y caprichoso”.6El texto revela que
“Dios, en su voluntad misericordiosa, presentó a Cristo como la propiciación de
su san ta ira sobre la culpabilidad humana, porque aceptó a Cristo como el
representan te del hombre y el sustituto divino para recibir su juicio sobre el
pecado”.7
Desde esta perspectiva se puede comprender la descripción que hace Pablo de
la muerte de Cristo como ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante” (Efe. 5:2;
compárese con Gén. 8:21; Éxo. 29:18; Lev. 1:9). “El sacrificio propio de Cristo
complace a Dios porque esta ofrenda de sacrificio quitó la barrera que existía
entre Dios y el hombre pecador, por cuanto Cristo cargó plenamente la ira de
Dios contra el pecado del hombre. A través de Cristo, la ira de Dios no se vuelve
amor, sino que es desviada del hombre y llevada por sí mismo”.8
Romanos 3:25 también revela que por medio del sacrificio de Cristo, el peca
do es expiado o juzgado. La expiación señala lo que hace la sangre expiatoria a
favor del pecador arrepentido. Este experimenta el perdón, el retiro de su culpa
bilidad personal y la limpieza del pecado.9
Cristo, el portador vicario del pecado. Las Escrituras presentan a Cristo
como el que lleva el pecado de la raza humana. En profundo lenguaje profètico,
Isaías declaró que “él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros
124 . LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
pecados... Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros... Jehová quiso que
brantarlo, sujetándole a padecimiento. Cuando haya puesto su vida en expiación
por el pecado... verá el fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho; por
su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos, y llevará las iniquidades de
ellos” (Isa. 53:5, 6, 10, 11; compárese con Gál. 1:4). Pablo tenía en mente esta
profecía al decir: “Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras”
(1 Cor. 15:3).
Estos textos apuntan a un concepto importante en el plan de salvación: los
pecados y la culpabilidad que nos han contaminado10pueden ser transferidos al
Portador de nuestros pecados, haciéndonos así limpios (Sal. 51:10). Las ceremo
nias de los sacrificios del santuario del Antiguo Testamento revelaban este papel
de Cristo. Allí, la transferencia del pecado desde el pecador arrepentido al cor
dero inocente, simbolizaba su transferencia a Cristo, el Portador de nuestros
pecados (ver el capítulo 4).
¿Cuál es el papel de la sangre? La sangre jugaba un papel central en los
sacrificios expiatorios del servicio del santuario. Dios hizo provisión para la ex
piación cuando declaró: "La vida de la carne en la sangre está, y yo os la he dado
para hacer expiación sobre el altar por vuestras almas” (Lev. 17:11). Después de
la muerte del animal, el sacerdote necesitaba aplicar la sangre de este antes que se
concediera el perdón.
El Nuevo Testamento revela que las ceremonias que prescribía el Antiguo
Testamento para obtener el perdón, la purificación y la reconciliación por medio
de la sangre sustitutiva, fueron cumplidas en la sangre expiatoria que Cristo de
rramó en su sacrificio en el Calvario. En contraste con las maneras antiguas de
proceder, el Nuevo Testamento dice: "¿Cuánto más la sangre de Cristo, el cual
mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará
vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo?” (Heb. 9:14).
El derramamiento de la sangre de Cristo cumplió tanto la propiciación como la
expiación (Rom. 3:25). Juan declaró que Dios, a causa de su amor, “envió a su
Hijo en propiciación (hilasmos) por nuestros pecados” (1 Juan 4:10; en ciertas
versio nes, “expiación”; “un sacrificio expiatorio").
En resumen, “el acto objetivo de reconciliación que realizó Dios, ha sido lo
grado por medio de la sangre propiciadora y expiadora (el sacrificio propio) de
Cristo Jesús, su Hijo. De este modo, Dios ‘es tanto el Proveedor como el Receptor
de la reconciliación’”.10
Cristo, el Redentor
Cuando los seres humanos pasaron a estar bajo el dominio del pecado, llega
La vida, muerte y resurrección de Cristo • 125
ron a estar sujetos a la condenación y la maldición de la ley de Dios (Rom. 6:4;
Gál. 3:10-13). Por ser esclavos del pecado (Rom. 6:17) y estar sujetos a la muerte,
no tenían escape. “Ninguno de ellos podrá en manera alguna redimir al herma
no, ni dar a Dios su rescate” (Sal. 49:7). Solo Dios está investido de poder para
redimir. “De la mano del Seol los redimiré, los libraré de la muerte" (Ose.
13:14).
¿Cómo los redimió Dios? Por medio de Jesús, el cual testificó que “el Hijo del
Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate
por muchos” (Mat. 20:28; ver 1 Tim. 2:6); Dios “ganó” a la iglesia “por su propia
sangre” (Hech. 20:28). En Cristo “tenemos redención por su sangre, el perdón de
pecados” (Efe. 1:7; compárese con Rom. 3:24). Su muerte había de “redimirnos
de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras”
(Tito 2:14).
¿Qué logró el rescate? La muerte de Cristo ratificó el derecho de propiedad
que Dios tiene sobre la humanidad. Pablo declaró: “¿O ignoráis... que no sois
vuestros? Porque habéis sido comprados por precio” (1 Cor. 6:19,20; ver también
1 Cor. 7:23).
Por medio de su muerte, Cristo quebrantó el dominio del pecado, terminó
con la cautividad espiritual, quitó la condenación y la maldición de la ley, e hizo
que la vida eterna estuviese disponible para todos los pecadores arrepentidos.
Pedro se dirige a los creyentes, para recordarles “que fuisteis rescatados de vues
tra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres” (1 Ped. 1:18).
Pablo escribió que los que fueron librados de la esclavitud del pecado, y de su
fruto mortífero, se hallan ahora ocupados en el servicio de Dios, teniendo “por
vuestro fruto la santificación, y como fin, la vida eterna” (Rom. 6:22).
Ignorar o negar el principio del rescate sería “perder el corazón mismo del
evangelio de gracia, y negar el motivo más profundo de nuestra gratitud para con
el Cordero de Dios.11Este principio es central en las doxologías que se entonan
en el salón del trono celestial: "Tú fuiste inmolado, y con tu sangre nos has
redimido para Dios, de todo linaje y lengua y pueblo y nación; y nos has hecho
para nuestro Dios reyes y sacerdotes, y reinaremos sobre la tierra (Apoc. 5:9,10).
Cristo, el Representante de la humanidad
Tanto Adán como Cristo, “el postrer Adán” o “el segundo hombre” (1 Cor.
15:45, 47), representan a toda la humanidad. Por una parte, el nacimiento natu
ral coloca sobre todo individuo la carga de los resultados de la transgresión de
Adán; por otra parte, todo aquel que experimenta el nacimiento espiritual, re cibe
los beneficios de la vida y sacrificio perfectos de Cristo. “Porque así como en
126 ♦ LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados” (1 Cor. 15:22).
La rebelión de Adán trajo el pecado, la condenación y la muerte para todos
sus descendientes. Cristo invirtió esa tendencia descendiente. En su gran amor,
se sujetó a sí mismo al juicio divino sobre el pecado, y se convirtió en el repre
sentante de la humanidad. Su muerte vicaria proveyó la liberación de la penali dad
del pecado, y el don de la vida eterna para los pecadores arrepentidos (2 Cor.
5:21; Rom. 6:23; 1 Ped. 3:18).
La Escritura enseña con claridad la naturaleza universal de la muerte vicaria
de Cristo. “Por la gracia de Dios” gustó “la muerte por todos” (Heb. 2:9). Como
Adán, todos pecaron (Rom. 5:12), y por lo tanto, todos experimentan la muerte, es
decir, la primera muerte. La muerte que Cristo gustó por todos fue la segunda
muerte, la plena maldición de la muerte (Apoc. 20:6; ver el cap. 27 de esta obra).
La vida y la salvación de Cristo
“Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de
su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida” (Rom.
5:10). Para salvar el abismo excavado por el pecado se requirió no solo la muerte
de Cristo, sino también su vida. Ambas son necesarias y contribuyen a nuestra
salvación.
¿Qué puede hacer por nosotros la perfecta vida de Cristo? Jesús vivió una
vida pura, santa y amante, confiando completamente en Dios. Esta vida preciosa
la comparte con los pecadores arrepentidos, en calidad de regalo. Su perfecto
carácter es descrito como un vestido de bodas (Mat. 22:11) o un manto de justicia
(Isa. 61:10), que nos concede para cubrir los trapos inmundos que simbolizan los
intentos humanos de producir justicia (Isa. 64:6).
A pesar de nuestra corrupción humana, cuando nos sometemos a Cristo,
nuestro corazón se une con su corazón, nuestra voluntad se sumerge en la suya,
nuestra mente llega a ser una con su mente, nuestros pensamientos son puestos
bajo su cautividad, vivimos su vida. Estamos cubiertos con su vestidura de justi
cia. Cuando Dios mira al pecador creyente y penitente, no ve la desnudez o defor
midad del pecado, sino el manto de justicia formado por la perfecta obediencia
de Cristo a la ley.12Nadie puede ser verdaderamente justo a menos que esté
cubierto por este manto.
En la parábola del vestido de bodas, el huésped que llegó vestido con su pro
pio traje no fue echado afuera por no haber creído. Él había aceptado la invita ción
al banquete (Mat. 22:10). Pero su asistencia no era suficiente. Necesitaba el
vestido de bodas. En forma similar, no basta con creer en la cruz. Para estar pre
sentables delante del Rey, necesitamos poseer además la perfecta vida de Cristo,
La vida, muerte y resurrección de Cristo • 127
su carácter inmaculado.
Como pecadores, no solo necesitamos que se cancele nuestra deuda; además,
necesitamos que se restaure nuestra cuenta en el banco. No solo necesitamos que
se nos suelte de la prisión; además necesitamos ser adoptados en la familia del
Rey. El ministerio mediador del Cristo resucitado tiene el doble objetivo de per
donar y vestir; esto es, la aplicación de su vida y muerte a nuestra vida y nuestra
situación delante de Dios. La exclamación “consumado es” que se oyó en el Cal
vario, marcó la culminación de una vida perfecta y un sacrificio perfecto. Los
pecadores necesitamos ambas cosas.
La inspiración que provee la vida de Cristo. La vida de Cristo en el mundo
le proveyó a la humanidad un modelo de cómo vivir. Pedro, por ejemplo, reco
mienda como dechado para nosotros, la manera como Jesús reaccionó ante los
insultos personales (1 Ped. 2:21-23). El que fue hecho semejante a nosotros, y
tentado en todo como nosotros, demostró que los que dependen del poder de
Dios no necesitan continuar en pecado. La vida de Cristo provee la seguridad de
que podemos vivir victoriosamente. Pablo testificó: “Todo lo puedo en Cristo que
me fortalece” (Fil. 4:13).
La resurrección y la salvación de Cristo
“Si Cristo no resucitó —dijo Pablo—, vana es entonces nuestra predi
cación, vana es también nuestra fe... aun estáis en vuestros pecados” (1 Cor.
15:14, 17). Jesucristo fue resucitado físicamente (Luc. 24:36-43), ascendió al
cielo como el Dios-hombre, y comenzó su obra intercesora crucial como Me
diador a la mano derecha de Dios el Padre (Heb. 8:1, 2; ver el cap. 4 de esta
obra).
La resurrección de Cristo le dio un significado a la cruz que los acongojados
discípulos no podían distinguir el viernes de la crucifixión. Su resurrección
transformó a esos hombres en una fuerza poderosa que cambió la historia. La
resurrección —siempre unida a la crucifixión— se convirtió en un punto central
de su misión. Proclamaron al Cristo crucificado pero viviente, que había triun
fado sobre las fuerzas del mal. Ése fue el fundamento del poder que acompañó al
mensaje apostólico.
“La resurrección de Cristo —escribe Philip Schaff— es enfáticamente un
punto de prueba del cual depende la verdad o falsedad de la religión cristiana. Es
el mayor milagro o el mayor engaño que registra la historia.13Wilbur M. Smith
comentó: “La resurrección de Cristo es la ciudadela de la fe cristiana. Ésta es la
doctrina que trastornó el mundo en el primer siglo y que exaltó al cristianismo a
un nivel preeminente por encima del judaismo y de las religiones paganas del
128 . LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO Dí A CREEN EN.
mundo mediterráneo. Si se deja esto de lado, habría que hacer lo mismo con todo
lo demás que es vital y único en el evangelio del Señor Jesucristo: ‘Si Cristo no
resucitó, vuestra fe es vana (1 Cor. 15:17)”.14
El ministerio actual de Cristo está arraigado en su muerte y resurrección. Si
bien es cierto que el sacrificio expiatorio realizado en el Calvario fue suficiente y
completo, sin la resurrección no tendríamos la seguridad de que Cristo completó
con éxito su divina misión en el mundo. El hecho de que Cristo ha resucitado,
confirma la realidad de la vida más allá del sepulcro, y demuestra que la promesa
que Dios hace de concedernos vida eterna en Cristo es verdadera.
Los resultados del ministerio salvifico de Cristo
El ministerio expiatorio de Cristo afecta no solo a la raza humana, sino a todo
el universo.
Reconciliación en todo el universo. Pablo revela la magnitud de la salvación
de Cristo en la iglesia y por medio de ella. La intención divina es que “la multi
forme sabiduría de Dios sea ahora dada a conocer por medio de la iglesia a los
principados y potestades en los lugares celestiales" (Efe. 3:10). Asevera además
que agradó al Padre, por medio de Cristo, “reconciliar consigo todas las cosas, así
las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz me
diante la sangre de su cruz” (Col. 1:20). Pablo reveló los resultados asombrosos
de esta reconciliación: “Para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de
los que están en los cielos, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesu
cristo es el Señor, para gloria de Dios Padre” (Fil. 2:10,11).
La vindicación de la ley de Dios. El perfecto sacrificio expiatorio de Cristo
exaltó la justicia y la bondad de la santa ley de Dios, así como su carácter
bondado so. La muerte y el rescate de Cristo satisfizo las demandas de la ley (que
el pecado necesitaba ser castigado), justificando al mismo tiempo a los pecadores
arrepenti dos por medio de su gracia y misericordia. Pablo dijo: “Dios, enviando a
su Hijo... condenó al pecado en la carne; para que la justicia de la ley se cumpliese
en noso tros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu”
(Rom. 8:3, 4).
Justificación. La reconciliación se hace efectiva solo cuando se acepta el
perdón. El hijo pródigo fue reconciliado con su padre cuando aceptó su amor y
su perdón.
“Los que aceptan por fe que Dios ha reconciliado el mundo a sí mismo en
Cristo, y que se someten a él, recibirán de Dios el don invalorable de la justifi
La vida, muerte y resurrección de Cristo ♦ 129
cación con su fruto inmediato de paz con Dios (Rom. 5:1). Los creyentes justifi
cados ya no son el objeto de la ira de Dios; por el contrario, se han convertido en
los objetos del favor divino. Teniendo acceso sin restricciones al trono de Dios
por medio de Cristo, reciben el poder del Espíritu Santo para quebrantar todas
las barreras o muros divisorios de hostilidad entre los hombres, simbolizados por
la hostilidad que existe entre los judíos y los gentiles (ver Efe. 2:14-16)”.15
La futilidad de la salvación por obras. El ministerio divino de reconcilia
ción revela la futilidad de los esfuerzos humanos por obtener salvación a través
de las obras de la ley. La comprensión de la gracia divina lleva a nuestra acep
tación de la justicia disponible para nosotros por fe en Cristo. La gratitud de los
que han experimentado el perdón hace que la obediencia sea un gozo; las obras,
entonces, no son la base de la salvación, sino su fruto.16
Una nueva relación con Dios. El hecho de experimentar la gracia de Dios,
que nos ofrece como un don gratuito la vida perfecta de obediencia de Cristo, así
como su justicia y su muerte expiatoria, nos lleva a establecer una relación más
profunda con Dios. Surgen la gratitud, la alabanza y el gozo, la obediencia se
convierte en una delicia, el estudio de su Palabra en un deleite, y la mente llega a
ser la morada del Espíritu Santo. Se establece así una nueva relación entre Dios y
el pecador arrepentido. Es un compañerismo basado en el amor y la admiración,
antes que en el temor y la obligación moral (ver Juan 15:1-10).
Mientras más comprendamos la gracia de Dios a la luz de la cruz, menos in
clinados nos sentiremos a la justicia propia, y más nos daremos cuenta de cuán
bendecidos somos. El poder del mismo Espíritu Santo que operaba en Cristo
cuando se levantó de los muertos transformará nuestras vidas. En vez de experi
mentar fracasos, viviremos una victoria cotidiana sobre el pecado.
Motivación para el servicio misionero. El amor asombroso que se revela en
el ministerio divino de reconciliación por medio de Jesucristo, nos impulsa a
compartir el evangelio con los demás. Si lo hemos experimentado en nuestro
propio ser, no podremos ocultar el hecho de que Dios no les cuenta su pecado a
los que aceptan el sacrificio de Cristo por los pecados. Extenderemos a nuestro
prójimo la conmovedora invitación del evangelio: “Reconciliáos con Dios. Al que
no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos
hechos justicia de Dios en él” (2 Cor. 5:20,21).
rt -C . A. S. D.
130 . LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
Referencias
1. George E. Ladd, A Theology o f the New Testament [Una teología del Nuevo Testamento],
(Grand Rapids, Michigan: W. B. Eerdmans, 1974), p. 453.
2. “Expiación", Diccionario bíblico adventista del séptimo día, (Buenos Aires: Asociación Casa
Editora Sudamericana, 1995), p. 429.
3. Para un tratam iento más completo de este concepto bíblico, ver Seventh-day Adventists A n
swer Questions on Doctrine [Los adventistas responden preguntas acerca de doctrinas]
(Washington D. C., Review and Herald, 1957), pp. 341-355.
4. Vicente Taylor, The Cross o f Christ [La cruz de Cristo] (Londres: McMillan, 1956), pp. 88,
89.
5. Hans K. LaRondelle, Christ Our Salvation [Cristo, nuestra salvación], (Mountain View, Cali
fornia: Pacific Press, 1980), pp. 25, 26.
6. Raúl Dederen, “A toning Aspects in Christ’s Death” [Aspectos expiatorios de la muerte de
Cristo] en The Sanctuary and the Atonement, [El santuario y la expiación], Arnold V. Wal-
lenkampf y W. Richard Lesher, eds. (Washington, D.C.: Instituto de Investigación Bíblica de
la Asociación General de los Adventistas del Séptimo Día, 1981), p. 295. Añade el autor:
“Entre los paganos, se consideraba que la propiciación era una actividad por la cual el adora
dor lograba por sí mismo proveer lo que indujese un cambio de actitud en la deidad. Simple
mente, le ofrecía un soborno a su dios para que le fuera favorable. En las Escrituras, se pre
senta la expiación-propiciación como algo que surge del amor de Dios” (Ibid., p. 317).
7. LaRondelle, p. 26.
8. Ibid., pp. 26, 27.
9. Dederen, p. 295.
10. LaRondelle, p. 28. La cita en esta referencia proviene de H. G. Link y C. Brown, “Reconcilia
tion”, The New Internacional Dictionary o f New Testament Theology [El nuevo diccionario
internacional de teología del Nuevo Testamento] (Grands Rapids, Michigan: Zondervan,
1978), t. 3, p. 162.
11. LaRondelle, p. 30.
12. Ver Elena G. de W hite, Palabras de vida del gran Maestro, (Washington, D.C.: Review and
Herald, 1941), p. 253.
13. Philip Schaff, History o f the Christian Church [Historia de la iglesia cristiana] (Grand Rapids,
Michigan: W. B. Eerdmans, 1962), 1 .1, p. 173.
14. W ilbur M. Smith, “Twentieth-Century Scientists and the Resurrection of Christ” [Científi
cos del siglo XX y la resurrección de Cristo] Christianity Today, 15 de abril de 1957, p. 22.
Para argumentos adicionales en favor de la historicidad de la resurrección, ver Josh McDow
ell, Evidence that Demands a Verdict [Evidencia que requiere un veredicto], (Campus Cru
sadefor Christ, 1972), pp. 185-274.
15. LaRondelle, pp. 32, 33.
16. Vease Hyde, “W hat Christ’s Life Means to Me” [Lo que significa para mí la vida de Cristo],
Adventist Review, 6 de noviembre de 1986, p. 19.
LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN...
La experiencia de
la salvación
Con amor y misericordia infinitos Dios hizo que Cristo, que no conociópecado,
fuera hechopecado por nosotros, para que nosotrospudiésemos ser hechos
justicia de Dios en él. Guiados por el Espíritu Santo sentimos nuestra necesi
dad, reconocemos nuestra pecaminosidad, nos arrepentimos de nuestras
transgresiones, y ejercemosfe en Jesús como Señory Cristo, como sustituto y
ejemplo. Estafe que acepta la salvación nos llega por medio del poder divino
de la Palabra y es un don de la gracia de Dios. Mediante Cristo somos justifi
cados, adoptados como hijos e hijas de Dios y librados del dominio del pecado.
Por medio del Espíritu nacemos de nuevo y somos santificados; el Espíritu
renueva nuestras mentes, graba la ley de amor de Dios en nuestros corazones
y nos da poderpara vivir una vida santa. Alpermanecer en él somos partici
pantes de la naturaleza divina y tenemos la seguridad de la salvación ahora y
en ocasión del juicio (2 Cor. 5:17-21; Juan 3:16; Gál. 1:4; 4:4-7; Tito 3:3-7;
Juan 16:8; Gál. 3:13,14; 1 Ped. 2:21,22; Rom. 10:17; Luc. 17:5; Mar. 9:23,24;
Efe. 2:5-
10; Rom. 3:21-26; Col. 1:13,14; Rom. 8:14-17; Gál. 3:26; Juan 3:3-8; 1 Ped.
1:23;
Rom. 12:2; Heb. 8:7-12; Eze. 36:25-27; 2 Ped. 1:3,4; Rom. 8:1-4; 5:6-10).
11ACE SIGLOS, EL PASTOR DE HERMAS soñó con una anciana arrugada que
había vivido mucho tiempo. En su sueño, a medida que pasaba el tiempo, la anciana
comen zó a cambiar: Si bien su cuerpo todavía estaba envejecido y su cabello blanco,
su rostro comenzó a parecer más joven. Eventualmente, fue restaurada a su
juventud.
El autor británico, T. F. Torrance, comparaba a la anciana con la iglesia.1Los
cristianos no pueden mantenerse estáticos. Si el Espíritu de Cristo reina en
nuestro interior (Rom. 8:9), nos mantenemos en un proceso de cambio dinámico.
Pablo dijo: “Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para
santifi-
132 . LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
131
132 . LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN.
caria, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la Palabra, a fin de pre
sentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni
cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha” (Efe. 5:25-27). El blanco de la
iglesia es obtener esa limpieza. Por lo tanto, los creyentes que forman parte de la
iglesia pueden testificar que “aunque este nuestro hombre exterior se va
desgastando, el interior no obstante se renueva de día en día” (2 Cor. 4:16). “Por
tanto, nosotros to dos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del
Señor, somos trans formados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el
Espíritu del Señor” (2 Cor. 3:18). Esta transformación constituye la culminación
del Pentecostés interior.
A través de toda la Escritura, las descripciones de la experiencia del creyente —
la salvación, justificación, santificación, purificación y redención—, se presentan
como
(1) ya cumplidas, (2) en proceso de verse cumplidas en la actualidad, y (3) por
reali zarse en el futuro. La comprensión de estas tres perspectivas nos ayuda a
resolver las aparentes tensiones en el énfasis relativo que se coloca sobre la
justificación y la santificación. Este capítulo, por lo tanto, se ha dividido en tres
secciones principales, que tratan de la salvación en el pasado, el presente y el
futuro del creyente.
La experiencia de la salvación y el pasado
No basta con obtener un conocimiento factual acerca de Dios, y de su amor y
benevolencia. Es contraproducente procurar desarrollar el bien en uno mismo
aparte de Cristo. La experiencia de salvación que alcanza las profundidades del
alma viene solo de Dios. Refiriéndose a esta experiencia, Cristo declaró: "El que
no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios... el que no naciere de agua y
del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios” (Juan 3:3, 5).
Únicamente por medio de Jesucristo puede un individuo experimentar la sal
vación: “Porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que
podamos ser salvos” (Hech. 4:12). Jesús dijo: “Yo soy el camino, y la verdad, y la
vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Juan 14:6).
La experiencia de la salvación implica arrepentimiento, confesión, perdón,
justificación y santificación.
El arrepentimiento. Poco antes de su crucifixión, Jesús les prometió a sus
discípu los el Espíritu Santo, el cual revelaría al Salvador cuando este convenciera “al
mundo de pecado, de justicia y de juicio” (Juan 16:8). Cuando en el Pentecostés el
Espíritu Santo convenció al pueblo de su necesidad de un Salvador, y los oyentes
preguntaron cómo deberían reaccionar, Pedro replicó: “arrepentios” (Hech. 2:37,38;
compárese con 3:19).
1. ¿Qué es el arrepentimiento? La palabra arrepentimiento es una traducción
La experiencia de la salvación ♦ 133
del hebreo nájam, "sentir pesar”, “arrepentirse”. El equivalente griego, metanoéó,
sig-
134 . LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN.
nifica “cambiar de parecer”, “sentir remordimiento”, “arrepentirse”. El arrepen
timiento genuino produce un cambio radical en nuestra actitud hacia Dios y el
pecado. El Espíritu de Dios convence de la gravedad del pecado a los que lo
reciben, y produce en ellos un sentido de la justicia de Dios y de su propia
condición perdi da. Experimentan pesar y culpabilidad. Reconociendo la verdad
que “el que encu bre sus pecados no prosperará; mas el que los confiesa y se
aparta alcanzará mi sericordia” (Prov. 28:13), confiesan pecados específicos.
Ejercitando en forma decidida sus voluntades, se entregan enteramente al
Salvador y renuncian a su con ducta pecaminosa. De este modo, el
arrepentimiento alcanza su punto culminante en la conversión, que constituye el
acto por el cual el pecador se vuelve hacia Dios (del griego epístrofe, “volverse
en dirección a”, compárese con Hech. 15:3).2
El arrepentimiento de sus pecados de adulterio y asesinato que experimentó
David, ejemplifica vividamente la manera como esta experiencia prepara el
camino para obtener la victoria sobre el pecado. Bajo la convicción del Espíritu
Santo, despreció su pecado y se lamentó de él, rogando que se le concediera pure
za: “Reconozco mis rebeliones, y mi pecado está siempre delante de mí. Contra
ti, contra ti solo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos”. “Ten piedad
de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia; conforme a la multitud de tus pie
dades borra mis rebeliones". “Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva
un espíritu recto dentro de mí” (Sal. 51:3,1,10). La experiencia posterior de Da
vid demuestra que la misericordia de Dios no solo provee el perdón del pecado,
sino que rescata de sus garras al pecador.
Si bien es cierto que el arrepentimiento precede al perdón, el pecador no puede
por su arrepentimiento hacerse digno de obtener la bendición de Dios. De hecho, el
peca dor ni siquiera puede producir en sí mismo el arrepentimiento, porque es el
don de Dios (Hech. 5:31; compárese con Rom. 2:4). El Espíritu Santo atrae al
pecador a Cristo con el fin de que pueda hallar arrepentimiento, ese profundo
pesar por el pecado.
2. La motivación del arrepentimiento. Cristo dijo: “Y yo, si fuere levantado
de la tierra, a todos atraeré a mí mismo” (Juan 12:32). Nuestro corazón se
reblandece y subyuga cuando nos damos cuenta de que la muerte de Cristo nos
justifica y nos libra de la pena de muerte. Imaginémonos los sentimientos de un
prisionero que espera su ejecución, al ver que repentinamente se le entrega un
documento en el cual se lo perdona.
En Cristo, el pecador arrepentido no solo recibe el perdón sino que se lo de
clara inocente. No merece un tratamiento tal, y no puede esperar ganarlo. Según
señala Pablo, Cristo murió para efectuar nuestra justificación mientras aún éra
mos débiles, pecaminosos, impíos y enemigos de Dios (Rom. 5:6-10). Nada
puede conmover las profundidades del alma al punto que puede lograrlo la
compren-
134 ♦ LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
sión del amor perdonador de Cristo. Cuando los pecadores contemplan este
amor divino insondable, que se exhibió en la cruz, reciben la más poderosa mo
tivación al arrepentimiento que existe. Ésta es la bondad de Dios que nos guía al
arrepentimiento (Rom. 2:4).
La justificación. Dios, en su infinito amor y misericordia, “al que no conoció
pecado [Cristo], por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos
justicia de Dios en él” (2 Cor. 5:21). Por medio de la fe en Jesús, el corazón se
llena de su Espíritu. Por medio de esa misma fe, que es un don de la gracia de
Dios (Rom. 12:3; Efe. 2:8), los pecadores arrepentidos reciben la justificación
(Rom. 3:28).
El término “justificación” es una traducción del griego dikaioma, que significa
“requisito recto, acta”, “reglamentación”, “sentencia judicial”, “acto de justicia”, y di-
kaiosis, que significa “justificación", “vindicación”, “absolución”. El verbo dikaioo, que
está relacionado, y que significa “ser pronunciado recto y tratado como tal”, “ser ab-
suelto”, “ser justificado”, “recibir la libertad, ser hecho puro”, “justificar”,
“vindicar”, “hacer justicia”, provee comprensión adicional del significado del
término.3
En general, el término justificación, en su uso teológico, es “el acto divino por
el cual Dios declara justo a un pecador penitente, o lo considera justo. La justifi
cación es lo opuesto de la condenación (Rom. 5:16)”.4La base de esta
justificación no es nuestra obediencia sino la de Cristo, por cuanto “por la justicia
de uno vino a todos los hombres la justificación de vida... por la obediencia de
uno, los muchos serán constituidos justos” (Rom. 5:18,19). El Salvador concede
esta obediencia a los creyentes que son “justificados gratuitamente por su gracia”
(Rom. 3:24). “Nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho,
sino por su misericordia” (Tito 3:5).
1. El papel de lafe y las obras. Muchos creen erróneamente que su posición
delante de Dios depende de sus obras buenas o malas. Pablo, al tratar el tema de
cómo se justifican los individuos delante de Dios, declaró en forma inequívoca
que estimaba “todas las cosas como pérdida... para ganar a Cristo, y ser hallado
en él, no teniendo mi propia justicia... sino la que es por la fe de Cristo, la justicia
que es de Dios por la fe” (Fil. 3:8, 9). Señaló a Abraham, el cual “creyó... a Dios,
y le fue contado por justicia” (Rom. 4:3, Gén. 15:6). Fue justificado antes de
some terse a circunsición, y no por causa de ella (Rom. 4:9,10).
¿Qué clase de fe tenía Abraham? Las Escrituras revelan que “por la fe Abra
ham, siendo llamado, obedeció” cuando Dios lo llamó, dejando su tierra natal y
viajando “sin saber a dónde iba” (Heb. 11:8-10; compárese con Gén. 12:4; 13:18).
Su fe viva y genuina en Dios se demostró por su obediencia. El patriarca fue jus
tificado de acuerdo con esta fe dinámica.
La experiencia de la salvación • 135
El apóstol Santiago nos amonesta contra otra comprensión incorrecta de la
justificación por la fe, según la cual uno puede ser justificado por fe sin manifes
tar las correspondientes obras. Como Pablo, Santiago ilustró el concepto recu
rriendo a la experiencia de Abraham. El acto de Abraham al ofrecer a su hijo
Isaac (Sant. 2:21) demostró su fe. Pregunta el apóstol: ¿No ves que la fe actuó
juntamente con sus obras, y que la fe se perfeccionó por las obras?” (Sant. 2:22).
"La fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma” (Sant. 2:17).
La experiencia de Abraham reveló que las obras constituyen la evidencia de
una verdadera relación con Dios. La fe que lleva a la justificación es, por lo tanto,
una fe viva que obra (Sant. 2:24).
Pablo y Santiago están de acuerdo en lo que constituye la justificación por la
fe. Pablo revela la falacia de obtener justificación por obras, mientras que Santia
go enfoca el concepto igualmente peligroso de pretender que somos justificados
sin mostrar las obras correspondientes. Ni las obras ni una fe muerta pueden
conducirnos a la justificación. Ésta puede cumplirse únicamente por una fe
genuina que obra por amor (Gal. 5:6) y purifica el alma.
2. La experiencia de la justificación. Por medio de la justificación por la fe en
Cristo, su justicia nos es imputada. Pasamos a estar bien con Dios gracias a Cris
to nuestro Sustituto. Dios, dijo Pablo, “al que no conoció pecado, por nosotros lo
hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Cor.
5:21). Como pecadores arrepentidos, experimentamos un perdón pleno, comple
to. ¡Estamos reconciliados con Dios!
La visión que tuvo Zacarías acerca de Josué, el sumo sacerdote, provee una
hermosa ilustración de la justificación. Josué se halla delante del ángel del Señor,
cubierto con vestiduras sucias, que representan la contaminación del pecado.
Por su condición, Satanás exige su condenación. Las acusaciones de Satanás son
correctas; Josué no merece ser hallado inocente. Pero Dios, en su misericordia
divina, reprende a Satanás, diciendo: “¿No es este un tizón arrebatado del incen
dio?” (Zac. 3:2). ¿No es este mi posesión preciosa, que yo he preservado en forma
especial?
El Señor ordena de inmediato que se le quiten las vestiduras sucias, y declara:
“Mira que he quitado de ti tu pecado, y te he hecho vestir de ropas de gala” (Zac.
3:4). Nuestro Dios amante y misericordioso echa a un lado las acusaciones de
Satanás y justifica al tembloroso pecador, cubriéndolo con el manto de la justicia
de Cristo. Así como las vestiduras viles de Josué representaban el pecado, las
nuevas vestiduras representan la nueva experiencia del creyente en Cristo. En el
proceso de la justificación, los pecados que han sido confesados y perdonados se
transfieren al puro y santo Hijo de Dios, el Cordero portador del pecado.
“El
136 . LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO D í A CREEN EN.
creyente arrepentido y carente de méritos, sin embargo, es vestido con la justicia
imputada de Cristo. Este intercambio de vestiduras, esta transacción divina y
salvadora, es la doctrina bíblica de la justificación”.5El creyente justificado ha
experimentado el perdón y ha sido purificado de sus pecados.
Los resultados. ¿Cuáles son los resultados del arrepentimiento y la justifi
cación?
1. La santificación. La palabra “santificación” es una traducción del griego
haguiasmós, que significa “santidad”, “consagración”, “santificación”, derivado de
hagiazo, “hacer santo”, “consagrar”, “santificar”, “colocar aparte”. El equivalente
en hebreo es qádash, “apartar del uso común”.6
El verdadero arrepentimiento y justificación conducen a la santificación. La
justificación y la santificación se hallan estrechamente relacionadas,7distintas
pero nunca separadas. Designan dos aspectos de la salvación: La justificación es
lo que Dios hace por nosotros, mientras que la santificación es lo que Dios hace
en nosotros.
Ni la justificación ni la santificación son el resultado de obras meritorias. Am
bas se deben únicamente a la gracia y justicia de Cristo. “La justicia por la cual
somos justificados es imputada; la justicia por la cual somos santificados es im
partida. La primera es nuestro título al cielo; la segunda es nuestra idoneidad
para el cielo”.8
Las tres frases de la santificación que presenta la Biblia son: (1) Un acto cumpli
do en el pasado del creyente; (2) un proceso en la experiencia presente del creyente;
(3) y el resultado final que el creyente experimentará cuando Cristo vuelva.
Con referencia al pasado del pecador, en el momento de la justificación, el cre
yente es también santificado “en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de
nuestro Dios" (1 Cor. 6:11). El individuo se convierte en un “santo”. En ese punto,
el nuevo creyente es redimido, y pasa a pertenecer completamente a Dios.
Como resultado del llamado de Dios (Rom. 1:7), los creyentes son llamados
“santos”, por cuanto ahora están “en Cristo” (Fil. 1:1; ver también Juan 15:1-7),
no por haber logrado un estado de impecabilidad. La salvación es una experiencia
presente. “Nos salvó —dice Pablo—... por su misericordia, por el lavamiento de
la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo” (Tito 3:5), apartándonos
y consagrándonos para un propósito santo y para caminar con Cristo.
2. La adopción en lafamilia de Dios. Al mismo tiempo, los nuevos creyentes
han recibido el “espíritu de adopción”. Dios los ha adoptado como sus hijos, lo
cual significa que los creyentes son hijos e hijas del Rey celestial. Nos ha transfor
La experiencia de la salvación • 137
mado en “herederos de Dios y coherederos con Cristo” (Rom. 8:15-17). ¡Qué
privilegio, qué honor y gozo!
3. La seguridad, de la salvación. La justificación trae aparejada la seguridad
de que el creyente ha sido aceptado. Trae el gozo de ver cómo nuestra unión con
Dios se restaura ahora. No importa cuán pecaminosa haya sido nuestra vida
pasada, Dios perdona todos nuestros pecados y ya no nos hallamos bajo la con
denación y maldición de la ley. La redención se ha vuelto una realidad: "En el
Amado... tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las
riquezas de su gracia” (Efe. 1:6, 7).
4. El comienzo de una vida nueva y victoriosa. El darnos cuenta de que la
sangre del Salvador cubre nuestro pasado pecaminoso, trae salud al cuerpo, el
alma y la mente. Podemos entonces abandonar nuestros sentimientos de culpa
bilidad, por cuanto en Cristo todo es perdonado, todo llega a ser nuevo. Al im
partirnos diariamente su gracia, Cristo comienza a transformarnos a la imagen
de Dios.
A medida que crece nuestra fe en él, progresa también nuestro sanamiento y
transformación, y recibimos de Cristo victorias crecientes sobre los poderes de
las tinieblas. El hecho de que el Salvador venció al mundo, garantiza nuestra
liberación de la esclavitud del pecado (Juan 16:33).
5. El don de la vida eterna. Nuestra nueva relación con Cristo trae consigo el
don de la vida eterna. Juan afirmó: “El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no
tiene al Hijo de Dios no tiene la vida” (1 Juan 5:12). Ya se ha solucionado el
problema que significaba nuestro pasado pecaminoso: por medio del Espíritu
que mora en nosotros, ahora podemos gozar de las bendiciones de la salvación.
La experiencia de la salvación y el presente
A través de la sangre de Cristo, que trae purificación, justificación y santifi
cación, el creyente se convierte en “nueva criatura... las cosas viejas pasaron; he
aquí todas son hechas nuevas” (2 Cor. 5:17).
Un llamado a una vida de santificación. La salvación incluye el vivir una
vida santificada sobre la base de lo que Cristo cumplió en el Calvario. Pablo apeló
a los creyentes para que vivieran una vida consagrada a la santidad ética y la
conducta moral. (1 Tes. 4:7). Con el fin de capacitarlos para experimentar la san
tificación, Dios concede a los creyentes el “Espíritu de santidad” (Rom. 1:4).
“Que [Dios] os dé —dijo Pablo—, conforme a las riquezas de su gloria, el ser
fortalecí-
138 . LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
dos con poder en el hombre interior por su Espíritu; para que habite Cristo por
la fe en vuestros corazones” (Efe. 3:16,17).
Por haber llegado a ser una nueva creación, los creyentes tienen nuevas
responsabilidades. Dice Pablo: “Así como para iniquidad presentasteis vuestros
miembros para servir a la inmundicia y a la iniquidad, así ahora para santifi
cación presentad vuestros miembros para servir a la justicia” (Rom. 6:19). Ahora
los creyentes deben vivir “por el Espíritu” (Gál. 5:25).
Los creyentes llenos del Espíritu “no andan conforme a la carne, sino con
forme al Espíritu" (Rom. 8:1; ver 8:4). Son transformados, puesto que “el ocuparse
de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz” (Rom. 8:6). Al
recibir el Espíritu Santo, los creyentes ya no viven “según la carne, sino según el
Espíritu” (Rom. 8:9).
El propósito más elevado de la vida llena del Espíritu es agradar a Dios (1 Tes.
4:1). Pablo declara que la voluntad de Dios es nuestra santificación. Por lo tanto,
debemos abstenernos “de fornicación” y recibir el consejo de “que ninguno agra
vie ni engañe en nada a su hermano... pues no nos ha llamado Dios a inmundicia,
sino a santificación” (1 Tes. 4:3, 6 ,7).
El cambio interior. En ocasión de la segunda venida de Cristo, seremos
transformados físicamente. Este cuerpo mortal corruptible se revestirá de in
mortalidad (1 Cor. 15:51-54). Sin embargo, nuestros caracteres deben ser trans
formados en preparación para la segunda venida.
La transformación del carácter implica los aspectos mentales y espirituales de
la imagen dañada de Dios, esa “naturaleza interior” que debe ser renovada diaria
mente (2 Cor. 4:16; compárese con Rom. 12:2). Así, como la anciana del relato del
Pastor de Hermas, la iglesia está rejuveneciéndose interiormente; cada cristiano
completamente entregado está siendo cambiado cada día de gloria en gloria, hasta
que, en la segunda venida, se complete su transformación a la imagen de Dios.
1. La participación de Cristo y el Espíritu Santo. Únicamente el Creador
puede cumplir la obra creativa de transformar nuestras vidas (1 Tes. 5:23). Sin
embargo, no lo hace sin nuestra participación. Debemos colocarnos en el canal
de la obra del Espíritu, lo cual podemos realizar contemplando a Cristo. A me
dida que meditamos en la vida de Cristo, el Espíritu Santo restaura las facultades
físicas, mentales y espirituales (ver Tito 3:5). La obra del Espíritu Santo abarca,
entonces, no solo la revelación de Cristo, sino el proceso de restaurarnos a su
imagen (ver Rom. 8:1-10).
Dios desea vivir en el corazón de sus hijos. El apóstol Juan dice: “El que guar
da sus mandamientos, permanece en Dios, y Dios en él" (1 Juan 3:24; 4:12; ver 2
La experiencia de la salvación • 139
Cor. 6:16). Es esta realidad lo que le permitió al apóstol Pablo decir: “Ya no vivo
yo, mas vive Cristo en mí” (Gál. 2:20; compárese con Juan 14:23). La presencia
interior del Creador, revive diariamente a los creyentes en lo interior (2 Cor. 4:16),
renovando sus mentes (Rom. 12:2; ver también Fil. 2:5).
2. Participamos de la naturaleza divina. Las “preciosas y grandísimas prome
sas” de Cristo, lo comprometen a concedernos su divino poder para completar la
transformación de nuestro carácter (2 Ped. 1:4). Este acceso al poder divino nos
permite añadir con toda diligencia “a vuestra fe virtud; a la virtud, conocimiento;
al conocimiento, dominio propio; al dominio propio, paciencia; a la paciencia,
piedad; a la piedad, afecto fraternal; y al afecto fraternal, amor” (2 Ped. 1:5-7).
“Porque si estas cosas están en vosotros, y abundan —agrega el apóstol—, no os
dejarán estar ociosos ni sin fruto en cuanto al conocimiento de nuestro Señor
Jesucristo. Pero el que no tiene estas cosas tiene la vista muy corta; es ciego"
(2 Ped. 1:8, 9).
a. Sólo por medio de Cristo. Lo que transforma a los seres humanos a la
imagen de su Creador es el acto de revestirse, o participar, del Señor Jesu
cristo (Rom. 13:14; Heb. 3:14), la “renovación del Espíritu Santo” (Tito
3:5). Es el perfeccionamiento del amor de Dios en nosotros (1 Juan 4:12).
He aquí el misterio similar al de la encarnación del Hijo de Dios. Así como
el Espíritu Santo hizo posible que el Cristo divino participara de la
natura leza humana, de la misma forma ese Espíritu hace posible que
nosotros participemos de los rasgos divinos de carácter. Esta apropiación de
la na turaleza divina renueva el ser interior, haciendo que nos parezcamos a
Cristo, si bien en un nivel diferente: Cristo se hizo humano; los creyentes,
por su parte, no pasan a ser divinos. En vez de ello, desarrollan un carácter
semejante al de Dios.
b. Un proceso dinámico. La santificación es progresiva. Por medio de la
oración y el estudio de la Palabra, crecemos constantemente en comunión
con Dios.
No basta con el mero desarrollo de la comprensión intelectual del plan
de salvación. “Si no coméis la carne del Hijo del hombre, y bebéis su san
gre, no tenéis vida en vosotros —reveló Jesús—. El que come mi carne y
bebe mi sangre, tiene vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero.
Porque mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El
que come mi carne y bebe mi sangre, en mí permanece, y yo en él” (Juan
6:53-56).
140 ♦ LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
Esta imagen presenta vividamente el hecho de que los creyentes deben
asimilar las palabras de Cristo. Jesús dijo: “Las palabras que yo os he
hablado son espíritu y son vida” (Juan 6:63; ver también Mateo 4:4).
El carácter se compone de lo que la mente “come y bebe”. Cuando di
gerimos el Pan de Vida, somos transformados a la semejanza de Cristo.
3. Las dos transformaciones. En 1517, el mismo año que Lutero clavó sus 95
tesis en la puerta de la iglesia-castillo de Wittenberg, Alemania, Rafael comenzó
a pintar en Roma su famoso cuadro de la transfiguración. Esos dos sucesos tenían
algo en común. El acto de Lutero marcó el nacimiento del protestantismo, y el
cuadro de Rafael, si bien en forma no intencional, simbolizaba el espíritu de la
Reforma.
El cuadro muestra a Cristo de pie en la montaña, y al endemoniado en el
valle, mirando hacia Cristo con una expresión de esperanza en el rostro (ver Mar.
9:2-29). Los dos grupos de discípulos —uno en la montaña y el otro en el v a lle -
representan dos clases de cristianos.
Los discípulos que estaban en la montaña deseaban permanecer con Cristo,
aparentemente sin sentir preocupación por las necesidades de los habitantes del
valle. A través de los siglos, muchos han construido refugios en las “montañas”,
muy alejados de las necesidades del mundo. Su experiencia consiste en oraciones
sin obras.
Por otra parte, los discípulos que estaban en el valle trabajaron sin orar, y sus
esfuerzos por echar fuera el demonio fracasaron. Hay multitudes que se han
visto aprisionadas, ya sea en la trampa de trabajar a favor de otros careciendo de
poder, o en la de orar mucho sin trabajar por los demás. Estas dos clases de cris
tianos necesitan que se restaure en ellos la imagen de Dios.
a. La verdadera transformación. Dios espera reproducir su imagen en
los seres caídos, transformando sus voluntades, mentes, deseos, y ca-rac-
teres. El Espíritu Santo produce en los creyentes un cambio decidido en su
punto de vista. Sus frutos, “amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bon
dad, fe, mansedumbre, templanza” (Gál. 5:22, 23), ahora constituyen su
estilo de vida, aunque continúan siendo mortales corruptibles hasta la
venida de Cristo.
Si no resistimos al Salvador, él “se identificará de tal manera con
nuestros pensamientos y fines, amoldará de tal manera nuestro corazón y
mente en conformidad con su voluntad, que cuando le obedezcamos es
taremos tan solo ejecutando nuestros propios impulsos. La voluntad, refi
nada y santificada, hallará su más alto deleite en servirle”.9
La experiencia de la salvación ♦ 141
b. Los dos destinos. La transfiguración de Cristo revela otro contraste
notable. Cristo se transfiguró, pero, en cierto sentido, lo mismo se puede
decir del muchacho en el valle. El joven se había transfigurado en una
imagen demoníaca (ver Mar. 9:1-29). Aquí vemos iluminarse dos planes
opuestos: el plan divino de restaurarnos, y el de Satanás para arruinarnos.
La Escritura afirma que Dios “es poderoso para guardaros sin caída” (Ju
das 24). Satanás, por su parte, hace todo lo posible por mantenernos en un
estado caído.
La vida implica constantes cambios. No hay terreno neutral. Estamos
siendo, ya sea ennoblecidos o degradados. Somos “esclavos del pecado” o
“siervos de la justicia” (Rom. 6:17, 18). El que ocupa nuestras mentes nos
ocupa a nosotros. Si por medio del Espíritu Santo Cristo ocupa nuestras
mentes, llegaremos a ser individuos semejantes a Cristo; una vida llena del
Espíritu lleva “cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo” (2 Cor.
10:5). Pero si estamos sin Cristo, eso nos separa de la fuente de vida y en
cambio hace que nuestra destrucción final sea inevitable.
La perfección de Cristo. ¿En qué consiste la perfección bíblica? ¿Cómo
puede recibírsela?
1. La perfección bíblica.
ciones del hebreo tám o támim, que significa “completo”, “recto”, “pacífico”, “ín
tegro”, “saludable”, o “intachable”. En general, el término griego teleios significa
“completo”, “perfecto”, “completamente desarrollado”, “maduro”, “plenamente
desarrollado”, o “que ha logrado su propósito”.10
En el Antiguo Testamento, cuando la palabra se usa con referencia a seres
humanos, tiene un sentido relativo. A Noé, Abraham y Job se los describe como
perfectos o intachables (Gén. 6:9; 17:1; 22:18; Job 1:1, 8), a pesar de que todos
ellos tenían imperfecciones (Gén. 9:21; 20; Job 40:2-5).
En el Nuevo Testamento, la palabra perfecto a menudo describe a individuos
maduros que vivieron de acuerdo con toda la luz de que disponían, y lograron
desarrollar al máximo el potencial de sus poderes espirituales, mentales y físicos
(ver 1 Cor. 14:20; Fil. 3:15; Heb. 5:14). Los creyentes deben ser perfectos en su
esfera limitada, declaró Cristo, así como Dios es perfecto en su esfera infinita y
absoluta (ver Mat. 5:48). A la vista de Dios, un individuo perfecto es aquel cuyo
corazón y vida se han rendido completamente a la adoración y al servicio de
Dios, creciendo constantemente en el conocimiento de lo divino, y que, por la
gracia de Dios, vive en armonía con toda la luz que ha recibido, regocijándose al
mismo tiempo en una vida de victoria (ver Col. 4:12; Sant. 3:2).
142 . LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
2. La perfección completa en Cristo. ¿Cómo podemos llegar a ser perfectos? El
Espíritu Santo nos trae la perfección de Cristo. Por fe, el carácter perfecto de
Cristo llega a ser nuestro. Nadie podrá jamás pretender que posee esa perfección
en forma independiente, como si fuese su posesión innata, o como si tuviese
derecho a ella. La perfección es un don de Dios.
Aparte de Cristo, los seres humanos no pueden obtener justicia. “El que per
manece en mí, y yo en él, este lleva mucho fruto —dijo Jesús—; porque separados
de mi nada podéis hacer” (Juan 15:5). Cristo es el que “nos ha sido hecho por Dios
sabiduría, justificación, santificación, y redención” (1 Cor. 1:30).
En Cristo, estas cualidades constituyen nuestra perfección. Él completó de
una vez por todas nuestra santificación y redención. Nadie puede añadir a lo que
nuestro Salvador ha hecho. Nuestro vestido de bodas, o manto de justicia, fue
tejido por la vida de Cristo, su muerte y resurrección. El Espíritu Santo toma el
producto terminado y lo reproduce en la vida del cristiano. De este modo,
podemos ser “llenos de toda la plenitud de Dios” (Efe. 3:19).
3. Avancemos hacia laperfección. ¿Qué papel nos toca desempeñar a nosotros
en calidad de creyentes? Por medio de Cristo que mora en nosotros, crecemos
hacia la madurez espiritual. Por medio de los dones que Dios ha concedido a su
iglesia, podemos desarrollarnos “hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe...
a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (Efe.
4:13). Necesitamos crecer más allá de la experiencia provista por nuestra niñez
espiritual (Efe. 4:14), y de las verdades básicas de la experiencia cristiana, avan
zando hasta participar del “alimento sólido”, preparado para los creyentes madu
ros (Heb. 5:14). “Por tanto —dice Pablo—, dejando ya los rudimentos de la doc
trina de Cristo, vamos adelante a la perfección” (Heb. 6:1). “Esto pido en oración
—dice el apóstol—, que vuestro amor abunde aún más y más en ciencia y en todo
conocimiento, para que aprobéis lo mejor, a fin de que seáis sinceros e irrepren
sibles para el día de Cristo, llenos de frutos de justicia que son por medio de Je
sucristo, para gloria y alabanza de Dios” (Fil. 1:9-11).
La vida santificada no se halla exenta de severas dificultades y obstáculos.
Pablo amonesta a los creyentes, diciéndoles: “Amados míos... ocupaos en vuestra
salvación con temor y temblor”. Pero en seguida añade las siguientes palabras
animadoras: “Porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el
hacer, por su buena voluntad” (Fil. 2:12,13).
“Exhortaos los unos a los otros cada día” aconseja el apóstol, “para que nin
guno de vosotros se endurezca por el engaño del pecado. Porque somos hechos
participantes de Cristo, con tal que retengamos firme hasta el fin nuestra con
fianza del principio” (Heb. 3:13,14; compárese con Mat. 24:13).
La experiencia de la salvación ♦ 143
Pero, advierte la Escritura, “si pecáremos voluntariamente después de haber
recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda más sacrificio por los peca
dos, sino una horrenda expectación de juicio” (Heb. 10:26,27).
Estas exhortaciones hacen evidente que los cristianos “necesitan más que una
justificación o santificación puramente legal. Necesitan santidad de carácter, si
bien la salvación siempre es por fe. El título al cielo descansa exclusivamente en
la justicia de Cristo. Además de la justificación, el plan divino de salvación pro vee,
por medio de dicho título, y por el hecho de que Cristo mora en el corazón, la
idoneidad para el cielo. Esta idoneidad debe ser revelada en el carácter moral del
hombre como evidencia de que la salvación ‘ha sucedido’ ”.u
¿Qué significa esto en términos humanos? La oración continua es indispen
sable si hemos de vivir una vida santificada que sea perfecta en cada etapa de su
desarrollo. “Por lo cual también nosotros... no cesamos de orar por vosotros,...
para que andéis como es digno del Señor, agradándole en todo, llevando fruto en
toda buena obra, y creciendo en el conocimiento de Dios” (Col. 1:9,10).
La justificación diaria. Todos los creyentes que viven una vida santificada y
llena del Espíritu (poseídos por Cristo), tienen una necesidad continua de recibir
diariamente la justificación (otorgada por Cristo). La necesitamos a causa de
nuestras transgresiones conscientes y de los errores que podamos cometer sin dar
nos cuenta. Conociendo la pecaminosidad del corazón humano, David rogó el
perdón de sus errores ocultos (ver Sal. 19:12; Jer. 17:9). Refiriéndose específica
mente a los pecados de los creyentes, Dios nos asegura que “si alguno hubiere peca
do, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo” (1 Juan 2:1).
La experiencia de la salvación y el futuro
Nuestra salvación se cumple en forma final y completa al ser glorificados en
la resurrección, o trasladados al cielo. Por medio de la glorificación, Dios com
parte con los redimidos su propia gloria radiante. Esa es la esperanza que todos
nosotros anticipamos, en nuestra calidad de hijos de Dios. Dice Pablo: “Nos glo
riamos en la esperanza de la gloria de Dios” (Rom. 5:2).
Es en ocasión de la segunda venida cuando Cristo aparece “para salvar a los
que le esperan” (Heb. 9:28).
Glorificación y santificación. La encarnación de Cristo en nuestros cora
zones es una de las condiciones para la salvación futura, es decir, la glorificación
de nuestros cuerpos mortales. Porque es “Cristo en vosotros —dice Pablo—, la
esperanza de gloria” (Col. 1:27). Y en otro lugar, explica: “Si el Espíritu de aquel
que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros, el que levantó de los muer
144 . LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
tos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu
que mora en vosotros” (Rom. 8:11). Pablo afirma que Dios nos ha “escogido desde
el principio para salvación, mediante la santificación por el Espíritu y la fe en la
verdad... para alcanzar la gloria de nuestro Señor Jesucristo” (2 Tes. 2:13,14).
En Cristo, ya estamos en el salón del trono celestial (Col. 3:1-4). Los que son
“partícipes del Espíritu Santo", ya “gustaron... los poderes del siglo venidero”
(Heb. 6:4, 5). Al contemplar la gloria del Señor y fijar nuestros ojos en la belleza
irresistible del carácter de Cristo, “somos transformados de gloria en gloria en la
misma imagen [de Cristo]” (2 Cor. 3:18), y vamos siendo preparados para la
transformación que experimentaremos en la segunda venida.
Nuestra redención y adopción final como hijos de Dios sucede en el futuro.
Pablo dice: “Porque el anhelo ardiente de la creación es el aguardar la mani
festación de los hijos de Dios”, y añade que “nosotros también gemimos dentro de
nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo” (Rom.
8:19, 23; compárese con Efe. 4:30).
Este acontecimiento culminante sucede en “los tiempos de la restauración de
todas las cosas” (Hechos 3:21). Cristo lo llama “la regeneración” (Mat. 19:28).
Entonces “la creación misma será libertada de la esclavitud de corrupción, a la
libertad gloriosa de los hijos de Dios” (Rom. 8:21).
La posición bíblica según la cual, en un sentido, la adopción y la redención —o
salvación— ya se han cumplido, pero en otro sentido todavía no, tiende a confun dir
a algunos. La respuesta la provee el estudio del panorama completo que abarca la
obra de Cristo como Salvador. “Pablo relacionaba nuestra salvación presente con la
primera venida de Cristo. En la cruz histórica, en la resurrección y en el minis terio
celestial de Jesucristo, nuestra justificación y santificación fueron aseguradas de una
vez y para siempre. Sin embargo, Pablo relaciona nuestra salvaciónfutura, la
glorificación de nuestros cuerpos, con el segundo advenimiento de Cristo.
“Por esta razón Pablo puede decir en forma simultánea: ‘somos salvos’, en
vista de la cruz y resurrección de Cristo en el pasado; y: ‘todavía no somos salvos’,
en vista del futuro retorno de Cristo para la redención de nuestros cuerpos”.12
Hacer énfasis en nuestra salvación presente excluyendo al mismo tiempo
nuestra salvación futura, produce una comprensión incorrecta y desafortunada
de la salvación completa de Cristo.
La glorificación y la perfección. Algunos creen incorrectamente que la per
fección máxima que la glorificación producirá, ya está disponible para los seres
humanos. Pero Pablo, ese consagrado hombre de Dios, escribió refiriéndose a sí
mismo, cerca del fin de su vida: “No que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea per
fecto; sino que prosigo, por ver si logro asir aquello para lo cual fui también asido
La experiencia de la salvación •
145
por Cristo Jesús. Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero
una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo
que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios
en Cristo Jesús” (Fil. 3:12-14).
La santificación es un proceso que dura toda la vida. La perfección actual es
nuestra solo en Cristo, pero la transformación ulterior y abarcante de nuestras vi das
conforme a la imagen de Dios, sucederá en ocasión de la segunda venida. Pablo nos
amonesta: “Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga” (1 Cor. 10:12). La
historia de Israel y las vidas de David, Salomón y Pedro, constituyen serias
amonestaciones para todos. “Mientras dure la vida es preciso resguardar los afec
tos y las pasiones con un propósito firme. Hay corrupción interna; hay tentaciones
externas; y siempre que deba avanzar la obra de Dios, Satanás hará planes para
disponer las circunstancias de modo que la tentación sobrevenga con poder aplas
tante sobre el alma. No podemos estar seguros ni un momento a menos que de
pendamos de Dios y nuestra vida esté oculta con Cristo en Dios”.13
Nuestra transformación final sucederá cuando recibamos la incorruptibili-
dad y la inmortalidad, cuando el Espíritu Santo restaure completamente la cre
ación original.
La base de nuestra aceptación ante Dios
Ni los rasgos de un carácter semejante al de Cristo ni la conducta impecable
deben constituir la base de nuestra aceptación ante Dios. La justicia salvadora
viene del único Hombre recto, Jesús, y es el Espíritu Santo el que la trae hasta
nosotros. No podemos contribuir absolutamente nada al don de la justicia de
Cristo; sólo podemos recibirlo. Fuera de Cristo, no hay nadie más que sea justo
(Rom. 3:10); la justicia humana independiente de él es solo trapos inmundos (Isa.
64:6; ver también Dan. 9: 7, 9,11, 20; 1 Cor. 1:30).14
Aun lo que hacemos en respuesta al amor salvador de Cristo no puede formar la
base de nuestra aceptación ante Dios. Esa aceptación se identifica con la obra de
Cris to. Al traer a Cristo hasta nosotros, el Espíritu Santo nos concede esa
aceptación.
Dicha aceptación, ¿se basa en la justicia imputada de Cristo, en su justifi
cación santificadora, o en ambas? Juan Calvino señaló que así como “Cristo no
puede ser dividido en partes, del mismo modo las dos cosas, justificación y san
tificación, las cuales percibimos que están unidas en él, son inseparables".15El
ministerio de Cristo debe ser visto en su totalidad. Esto hace que sea de primor
dial importancia evitar especulaciones acerca de estos dos términos, al “tratar de
definir minuciosamente los detalles que distinguen a la justificación de la santi
ficación. .. ¿Por qué tratar de ser más minuciosos que la Inspiración en la cuestión
vital de la justificación por la fe?”16
146 ♦ LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
Tal como el sol tiene luz y calor, ambos inseparables y sin embargo con fun
ciones únicas, así también Cristo debe convertirse para nosotros en justificación
tanto como santificación (1 Cor. 1:30). No solo nos hallamos plenamente justifi
cados sino también completamente santificados en él.
El Espíritu Santo trae a nuestro interior el “consumado es" del Calvario, y apli
ca a nosotros la única experiencia de aceptación de la humanidad por parte de
Dios. El “consumado es” de la cruz invalida cualquier intento humano de lograr
aceptación. Al poner en nuestro interior al Crucificado, el Espíritu nos concede la
única base de nuestra esperanza de aceptación ante Dios, proveyendo así el único
título genuino de idoneidad para la salvación disponible para nosotros.
Referencias
1. T. F. Torrance, “Royal Priesthood", [Real sacerdocio], Scottish Journal o f Theology Occasional
Papers, N°. 3 (Edimburgo: Oliver and Boyd, 1963), p. 48.
2. Véanse los artículos “Conversion” y “Repent, Repentance”, SDA Bible Dictonary,
[Dicciona rio bíblico adventista], ed. rev., pp. 235,933.
3. W. E. Vine, An Expository Dictionary o f the New Testament Words [Diccionario expositivo de
las palabras del Nuevo Testamento], (Old Tappan, NJ: Fleming H. Revell, 1966), pp. 284-286;
William F. Arndt y F. Wilbur Gingrich, A Greek English Lexicon o f the New Testament and
Other Early Christian Literature (Chicago, Illinois: University of Chicago Press, 1973), p. 196.
4. “Justificación”, Diccionario bíblico adventista, pp. 687, 688.
5. LaRondelle, p. 47.
6. “Sanctification”, Diccionario bíblico adventista, p. 1054.
7. Ibíd.
8. Elena G. de White, Mensajes para los jóvenes (Casa Editora Sudamericana, 1941), p. 32.
9. Elena G. de White, El Deseado de todas las gentes, p. 621.
10. “Perfección, perfecto", Diccionario bíblico adventista, p. 922.
11. LaRondelle, p. 77.
12. Ibíd., p. 89.
13. Elena G. de White en Comentario bíblico adventista, t. 2, p. 1026.
14. Refiriéndose a Cristo, nuestro Sumo Sacerdote, Elena G. de White declaró: “Los servicios
religiosos, las oraciones, la alabanza, la confesión arrepentida del pecado ascienden desde
los verdaderos creyentes como incienso ante el Santuario celestial, pero al pasar por los
canales corruptos de la humanidad, se contaminan de tal manera que, a menos que sean
purificados por sangre, nunca pueden ser de valor ante Dios. No ascienden en pureza
inmaculada, y a menos que el Intercesor, que está a la diestra de Dios, presente y purifique
todo por su justi cia, no son aceptables ante Dios. Todo el incienso de los tabernáculos
terrenales debe ser humedecido con las purificadoras gotas de la sangre de Cristo”
(Mensajes selectos, t. 1, p. 404).
15. Juan Calvino, Institutes o f the Christian Religion [Instituciones de la religión cristiana]
(Grand Rapids: Associated Publisher and Authors, Inc.), Ill, 11, 6.
16. Elena G. de White en Fey obras (Buenos Aires: Casa Editora Sudamericana, 1984), p. 11.
LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN...
Crecer en Cristo
Jesús triunfó sobre lasfuerzas del mal por su muerte en la cruz. Quien
subyugó los espíritus demoníacos durante su ministerio terrenal, quebrantó
su poder y aseguró su destrucción definitiva. La victoria de Jesús nos da la
victoria sobre lasfuerzas malignas que todavía buscan controlarnos y nos
permite andar con él en paz, gozo y la certeza de su amor. El Espíritu Santo
ahora mora dentro de nosotros y nos da poder. Al estar continuamente
comprometidos con Jesús como nuestro Salvador y Señor, somos librados de
la carga de nuestros actos pasados. Ya no vivimos en la oscuridad, el temor a
los poderes malignos, la ignorancia ni lafalta de sentido de nuestra antigua
manera de vivir. En esta nueva libertad en Jesús, somos invitados a desarro
llarnos en semejanza a su carácter, en comunión diaria con él por medio de
la oración, alimentándonos con su Palabra, meditando en ella y en su
providencia, cantando alabanzas a él, retiñiéndonos para adorar y partici
pando en la misión de la iglesia. Al darnos en servicio amante a quienes nos
rodean y al testificar de la salvación, la presencia constante de Jesús por
medio del Espíritu transforma cada momento y cada tarea en una experien
cia espiritual (Sal. 1 :1 ,2 ; 23:4; 77:11,12; Col. 1:13 ,14 ; 2 :6 ,14 ,15 ; Luc.
10:17-
20 ; Efe. 5 :19 ,20 ; 6:12-18; 1 Tes. 5:23; 2 Ped. 2:9; 3:18; 2 Cor. 3:17,18; Fil. 3:7-14;
1 Tes. 5:16-18; Mat. 20:25-28; Juan 20:21; Gál. 5:22-25; Rom. 8 :38 ,39 ;
1 Juan 4:4; Heb. 10:25).
EL NACIMIENTO ES UN MOMENTO DE GOZO. Una semilla germina, y la
apariencia de aquellas primeras hojas traen felicidad al jardinero. Nace un bebé,
y su primer quejido anuncia al mundo que una nueva vida exige su lugar. La
madre olvida todo su dolor y se une al resto de la familia en gozo y celebración.
147
148 . LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
Una nación nace para ser libre, y un pueblo entero inunda las calles y llena las
plazas citadinas, agitando símbolos de su nuevo gozo. Pero imagine lo siguiente:
Las dos hojitas no se convierten en cuatro, sino que permanecen igual o se des
vanecen; un año después el pequeño bebé no sonríe ni ha podido dar sus prime
ros pasos, sino que su desarrollo ha quedado congelado en la etapa en la que vino
al mundo; la nación recién liberada poco después se derrumba y se torna en una
prisión de temores, torturas y cautiverio.
El gozo del jardinero, el éxtasis de la madre y la promesa de un futuro lleno de
libertad se tornan en desánimo, penas y luto. El crecimiento —el crecimiento
continuo, constante, madurador y fructífero—es parte esencial de la vida. Sin él,
el nacimiento no tiene significado, propósito ni destino.
Crecer es una ecuación inseperable de la vida, tanto física como espiritual. El
crecimiento físico exige nutrición, ambiente, apoyo, ejercicio, educación y entre
namiento apropiados, y una vida llena de propósito. Pero el asunto en cuestión
aquí es el crecimiento espiritual. ¿Cómo crecemos en Cristo y maduramos como
cristianos? ¿Cuáles son las señales del crecimiento espiritual?
La vida com ienza con la m uerte
mienza con la muerte; de hecho, con dos muertes. En primer lugar, la muerte
de Cristo en la cruz hace posible nuestra nueva vida: libre del dominio de Sata
nás (Col. 1:13, 14), libre de la condenación del pecado (Rom. 8:1), libre de la
muerte que es el castigo del pecado (Rom. 6:23); además, trae reconciliación
con Dios y los humanos. En segundo lugar, la muerte del yo hace posible que
tomemos la vida que Cristo ofrece. En tercer lugar, como resultado de lo ante
rior, caminamos en novedad de vida.
La muerte de Cristo. La cruz se encuentra en el centro del plan divino de
salvación. Sin ella, Satanás y sus fuerzas demoníacas no serían vencidas, el pro
blema del pecado no habría sido resuelto, y la muerte no habría sido aplastada. El
apóstol nos dice: “La sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado”
(1 Juan 1:7). “Porque de tal manera amó Dios al mundo”, dice el pasaje más cono
cido de la Biblia. Si el amor de Dios concibió y dio origen al plan de salvación, la
ejecución del plan se explica en la segunda parte del pasaje: “que ha dado a su
Hijo unigénito”. Lo extraordinario del don de Dios no es que dio a su Hijo, sino
que lo dio para morir por nuestros pecados. Sin la cruz no habría perdón de pe
cados ni vida eterna ni victoria sobre Satanás.
A través de su muerte en la cruz, Cristo triunfó sobre Satanás. Desde las fieras
tentaciones en el desierto hasta la agonía en el Getsemaní, Satanás dirigió ata
Crecer en Cristo ♦ 149
ques contra el Hijo de Dios: para debilitar su voluntad, para hacer que su misión
fracasara, para hacerlo desconfiar de su Padre, y para presionarlo a desviarse del
sacrificio vicario. La cruz fue el asalto final. Allí, “Satanás, con ángeles suyos en
forma humana, estaba presente”,1 para llevar a cabo la gran guerra contra Dios
hasta el fin, con la esperanza de que Cristo descendiera de la cruz en ese momen
to y dejara de cumplir el propósito redentor de Dios de ofrecer a su Hijo como un
sacrificio por el pecado (Juan 3:16). Pero Cristo, al entregar su vida en la cruz,
destruyó el poder de Satanás, despojó “a los principados y a las potestades, [y] los
exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz” (Col. 2:15). Sobre la
cruz, “la batalla había sido ganada. Su diestra y su brazo santo le había conquis tado
la victoria. Como Vencedor, plantó su estandarte en las alturas eternas... Todo
el cielo se asoció al triunfo de Cristo. Satanás, derrotado, sabía que había perdido su
reino”.2
La descripción gráfica del apóstol en Colosenses es digna de notarse. En pri
mer lugar, Cristo despojó a los principados y potestades. El término griego sugie
re que los dejó “sin nada”. Gracias a la cruz, Satanás ha sido despojado de todo su
poder demoníaco sobre el pueblo de Dios, siempre y cuando este coloque su con
fianza en Aquel que ganó tal victoria sobre la cruz. En segundo lugar, la cruz hizo
de Satanás y sus colaboradores un espectáculo público ante el universo. Quien
una vez se ufanaba de que iba a ser “como el Altísimo” (Isa. 14:14) ahora ha sido
hecho un espectáculo cósmico de vergüenza y derrota. El mal ya no ejerce poder
sobre los creyentes, los que han pasado del reino de las tinieblas al reino de la luz
(Col. 1:13). En tercer lugar, la cruz ha asegurado la victoria final, escatológica,
sobre Satanás, el pecado y la muerte.
Por lo tanto, la cruz de Cristo se ha transformado en un instrumento de la
victoria de Dios sobre el mal:
• Un medio por el cual se hace posible el perdón de los pecados (Col. 2:13).
• Una exhibición cósmica de la reconciliación universal (2 Cor. 5:19).
• La certeza de la posibilidad presente de una vida victoriosa y el crecimiento
en Cristo, de manera que el pecado no reine sobre nuestra mente o cuerpo
(Rom. 6:12), y de nuestra condición como hijos e hijas de Dios (Rom.
8:14).
• Una certeza escatológica de que este mundo de maldad, el otrora usurpado
dominio de Satanás, será purificado de la presencia y el poder del pecado
(Apoc. 21:1).
A cada paso en esta escalera de la redención y la victoria, vemos el cumpli
miento de la profecía de Cristo mismo: “Yo veía a Satanás caer del cielo como un
rayo” (Luc. 10:18).
150 . LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
Cristo sobre la cruz es el acto redentor de Dios para el problema del pecado.
Para que no olvidemos este hecho, Jesús afirmó que su sangre sería “derramada
para remisión de los pecados” (Mat. 26:28). Ese derramamiento de sangre es
crucial para la experiencia y la apreciación de la salvación. En un sentido, se re
fiere al pecado. El pecado es real. El pecado es costoso. La fuerza del pecado es
tan inmensa y mortífera que el perdón de los pecados y la libertad de su poder y
culpa son imposibles sin la sangre preciosa de Cristo (1 Ped. 1:19). Esta verdad
sobre el pecado debe decirse vez tras vez, porque vivimos en un mundo que nie
ga la realidad del pecado o es indiferente al tema. Pero en la cruz confrontamos
la naturaleza diabólica del pecado, que solo puede ser limpiada por la sangre
“derramada para remisión de los pecados” (Mat. 26:28).
Nunca olvidemos ni seamos indiferentes al hecho de que Jesús murió por
nuestros pecados, y que sin su muerte no habría perdón. Nuestros pecados
fueron lo que llevó a Jesús a la cruz. Según declara Pablo: “Porque Cristo, cuan
do aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos... Dios muestra su
amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por noso
tros” (Rom. 5:6, 8). Elena G. de White dice: “Los pecados de los hombres des
cansaban pesadamente sobre Cristo, y el sentimiento de la ira de Dios contra el
pecado abrumaba su vida”.3 No podemos dejar de afirmar y proclamar la natura
leza sacrificial y sustitutiva de la muerte de Jesús, de “una vez y para siempre” (ver
Rom. 6:10; Heb. 7:27; 10:10).
No somos salvos por Cristo el hombre bueno, Cristo el hombre-Dios, Cristo el
gran maestro, o por Cristo el ejemplo impecable. Somos salvos por el Cristo de la
cruz: “Cristo fue tratado como nosotros merecemos a fin de que nosotros pudiése
mos ser tratados como él merece. Fue condenado por nuestros pecados, en los
cuales no había participado, a fin de que nosotros pudiésemos ser justificados por
su justicia, en la cual no habíamos participado. Él sufrió la muerte nuestra, a fin de
que pudiésemos recibir la vida suya. ‘Por su llaga fuimos nosotros curados’”.4
La sangre de Jesús garantiza entonces el perdón de los pecados y lanza la se
milla de la novedad del crecimiento. Uno de los primeros aspectos de esta nove dad
y crecimiento en la vida cristiana es la reconciliación. La cruz es el instru mento de
Dios para efectuar la reconciliación del ser humano con él. “Dios esta ba en
Cristo —dice el apóstol Pablo— reconciliando consigo al mundo” (2 Cor. 5:19).
Debido a lo que él hizo en la cruz, somos capaces de permanecer ante Dios sin
pecado y sin temor. Lo que nos separaba de Dios ha sido quitado. “Cuanto está
lejos el oriente del occidente, hizo alejar de nosotros nuestras rebeliones” (Sal.
103:12). El Hombre en la cruz ha abierto un nuevo camino a la misma pre sencia de
Dios. "Consumado es” anunció en la cruz, y entonces animó a sus se guidores que
entraran en una comunión permanente con Dios.
Crecer en Cristo • 151
La reconciliación con Dios inmediatamente nos aboca a la segunda fase del
proceso de crecimiento redentor: la reconciliación con otros seres humanos. Uno
de los aspectos más hermosos de la cruz es la variedad de personas que se reunió
a su alrededor. No todos eran admiradores de Jesús. No todos eran santos. Pero
observe quiénes eran. Había egipcios orgullosos de su habilidad comercial, ro
manos que se ufanaban de su civilización y cultura, griegos que se especializa
ban en los estudios, judíos que se consideraban el pueblo escogido de Dios, fari
seos que pensaban que eran los escogidos dentro de los escogidos, saduceos que
se creían puros en la doctrina, esclavos que buscaban libertad, hombres libres
que disfrutaban del lujo del ocio, hombres, mujeres y niños.
Pero la cruz no hizo distinción entre todos éstos. Los juzgó a todos como
pecadores; les ofreció a todos el camino divino de la reconciliación. Al pie de la
cruz, la tierra es plana. Todos se acercan, y nada divide ya a la humanidad. Se
lanza una nueva hermandad. Comienza una nueva comunión. El oriente se une
al occidente, el norte se allega al sur, el blanco estrecha la mano del negro, el rico
salta la barrera para tomar las manos del pobre. La cruz los vincula a todos con
la fuente de la sangre, para probar la dulzura de la vida, para compartir la expe
riencia de la gracia y para proclamar al mundo la emergencia de una nueva vida,
una nueva familia (Efe. 2:14-16). Así, la cruz inició la victoria sobre Satanás y el
pecado, y consecuentemente trajo nueva vida en Cristo.
La muerte al yo. Un segundo aspecto importante de la novedad y el creci
miento cristianos es la muerte al viejo hombre. Usted no puede leer el Nuevo
Testamento sin enfrentar este aspecto fundamental de la nueva vida del cristia
no. Lea Gálatas 2:20, 21: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo
yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo
de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí”. O lea Romanos 6:6-11:
“Nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del
pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado... También
vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús,
Señor nuestro”. O lea la enunciación que Jesús hizo acerca de los principios de la
nueva vida: “Si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si
muere, lleva mucho fruto” (Juan 12:24).
La vida cristiana, entonces, no comienza con el nacimiento. Comienza con la
muerte. No hay comienzo alguno hasta que el yo muera, hasta que el yo sea cru
cificado. Debe haber una extirpación radical y deliberada del yo. “De modo que
si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas
son hechas nuevas” (2 Cor. 5:17). “La vida del cristiano no es una modificación o
mejora de la antigua, sino una transformación de la naturaleza. Se produce una
152 ♦ LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
muerte al yo y al pecado, y una vida enteramente nueva. Este cambio puede ser
efectuado únicamente por la obra eficaz del Espíritu Santo”.5 El apóstol subraya
tanto la muerte al pecado como la resurrección a una nueva vida por medio de la
experiencia del bautismo: “¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados
en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte? Porque somos sepultados
juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resuci
tó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida
nueva” (Rom. 6:3, 4). El bautismo de esta manera abre simbólicamente la puerta
a la nueva vida y nos invita a crecer en Cristo.
Algo le ocurre a una persona que acepta a Jesús como su Salvador y Señor. Si
món el vacilante se torna en Pedro el valiente. Saulo el perseguidor se convierte en
Pablo el proclamador. Tomás el dudoso se convierte en el misionero a nuevas tie
rras. La cobardía cede su lugar a la valentía. La incredulidad cede a la antorcha de
la fe. Los celos son ahogados por el amor. El interés propio se desvanece ante la
preocupación por el prójimo. El pecado no halla lugar en el corazón. El yo queda
crucificado. Por eso Pablo escribió: “Habiéndoos despojado del viejo hombre con
sus hechos, y revestido del nuevo, el cual conforme a la imagen del que lo creó se
va renovando hasta el conocimiento pleno” (Col. 3:9,10).
Jesús insistió: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y
tome su cruz, y sígame” (Mat. 16:24; compárese con Lucas 9:23). En la vida cris
tiana, la muerte al yo no es una opción sino una necesidad. La cruz y sus atribu
tos —tanto los inmediatos como los finales— deben confrontar el discipulado
cristiano y exigir una respuesta absoluta. El poderoso comentario de Dietrich
Bonhoeffer es digno de notarse: “Si nuestro cristianismo ha dejado de considerar
seriamente el discipulado, si hemos diluido el evangelio hasta convertirlo en una
elevación emocional que no hace demandas costosas y que no distingue entre la
existencia natural y la cristiana, entonces hemos de considerar la cruz como una
calamidad ordinaria de todos los días, como si fuese una de las pruebas y tribu
laciones de la vida... Cuando Cristo llama aun hombre, le pide que venga y mue
ra... es siempre la misma muerte: la muerte en Jesucristo, la muerte del viejo
hombre cuando se lo llama”.6
Por lo tanto, el llamamiento a la vida cristiana es un llamado a la cruz, a negar
continuamente al yo su deseo persistente de ser su propio salvador, y adherirse
totalmente al Hombre de la cruz, para que nuestra “fe no esté fundada en la sa
biduría de los hombres, sino en el poder de Dios” (1 Cor. 2:5).
Vivir una nueva vida. Un tercer aspecto del crecimiento en Cristo es vivir la
nueva vida. Uno de los grandes malentendidos de la vida cristiana es que la sal
vación es un don gratuito de la gracia de Dios, y que eso es todo. No es así. Sí, es
Crecer en Cristo • 153
verdad que en Cristo “tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados
según las riquezas de su gracia” (Efe. 1:7). También es cierto que “por gracia sois
salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por
obras, para que nadie se gloríe” (Efe. 2:8,9).
Sí, la gracia es gratuita. Pero la gracia costó la vida del Hijo de Dios. La gracia
gratuita no equivale a gracia barata. Podemos citar nuevamente a Bonhoeffer:
“La gracia barata es la predicación del perdón sin requerir arrepentimiento, bau
tismo sin disciplina eclesiástica, comunión sin confesión, absolución sin confe
sión personal. La gracia barata es gracia sin discipulado, gracia sin la cruz, gracia
sin Jesucristo, vivo y encarnado [en nosotros]”.7
La gracia barata no guarda relación alguna con el llamamiento de Jesús.
Cuando Jesús llama a una persona, le ofrece una cruz que debe cargar. Ser un
discípulo es ser un seguidor, y ser un seguidor de Jesús no es un truco barato.
Pablo les escribió a los corintios enérgicamente sobre las obligaciones de la gra
cia. En primer lugar, habla de su propia experiencia: “Por la gracia de Dios soy lo
que soy; y su gracia no ha sido en vano para conmigo, antes he trabajado más que
todos ellos; pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo” (1 Cor. 15:10). De esta
manera Pablo reconoce la supremacía de la gracia de Dios en su vida. E inmedia
tamente añade que esta gracia no le fue dada en vano. La frase griega eis kenon
literalmente significa “para algo vacío”. En otras palabras, Pablo no recibió la
gracia para vivir una vida vana y vacía, sino una vida llena del fruto del Espíritu,
y no por sus propias fuerzas, sino por el poder de la gracia que moraba en él. De
manera similar, le ruega a los creyentes que no reciban “en vano la gracia de
Dios” (2 Cor. 6:1).
La gracia de Dios no ha venido para redimirnos de un tipo de vacío para co
locarnos en otro tipo de vacío. La gracia de Dios es su actividad para reconciliar
nos consigo mismo, para hacernos parte de la familia de Dios. Cuando entramos
a esta familia, vivimos como esta familia y llevamos los frutos del amor de Dios
a través del poder de su gracia maravillosa.
Crecer en Cristo, por lo tanto, equivale a crecer en madurez de manera que
día tras día reflejamos la voluntad de Cristo y caminamos los caminos de Cristo.
Entonces surge la pregunta: ¿Cuáles son las señales de esta vida madura y de un
crecimiento constante? Aunque podríamos enumerar otras más, ofrecemos siete
a su consideración.
Señales del crecim iento en Cristo
1. Una vida del Espíritu. Jesús le dijo a Nicodemo, “el que no naciere de
agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios” (Juan 3:5). Sin el poder
regenerador del Espíritu Santo, la vida cristiana ni siquiera puede comenzar. Él
154 . LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
es el Espíritu de verdad (Juan 14:17). Él nos guía a toda verdad (Juan 16:13) y nos
hace entender la voluntad de Dios según se ha revelado en las Escrituras. Él trae
una convicción de pecado, de justicia y de juicio (Juan 16:7,8), sin la cual no po
demos percibir las consecuencias presentes y eternas de nuestras acciones y la
vida que llevamos. Es el poder transformador y la presencia del Espíritu en nues
tra vida que nos hace hijos e hijas de Dios (Rom. 8:14). Es a través del Espíritu que
Cristo “mora en nosotros” (1 Juan 3:24). Con la morada interna del Espíritu viene
una nueva vida, nueva en el sentido de que rechaza la antigua manera de pensar,
actuar y relacionarnos que era contraria a la voluntad de Dios; nueva también en
que hace de nosotros una nueva creación, reconciliada y redimida, libre del peca
do para crecer en justicia (Rom. 8:1-16) y para reflejar la imagen de Jesús “de
gloria en gloria” (2 Cor. 3:17, 18). “Cuando el Espíritu de Dios se posesiona del
corazón, transforma la vida. Los pensamientos pecaminosos son puestos a un
lado, las malas acciones son abandonadas; el amor, la humildad y la paz reempla
zan a la ira, la envidia y las contenciones. La alegría reemplaza a la tristeza, y el
rostro refleja la luz del cielo. Nadie ve la mano que alza la carga, ni contempla la
luz que desciende de los atrios celestiales. La bendición viene cuando por la fe el
alma se entrega a Dios. Entonces ese poder que ningún ojo humano puede ver,
crea un nuevo ser a la imagen de Dios".8
El Espíritu nos hace “herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que
padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados”
(Rom. 8:17). La vida del Espíritu es por lo tanto un llamado a la acción espiritual:
A rechazar el viejo orden del pecado y a ser partícipes de los sufrimientos de
Cristo en la vida presente para poder participar con él de la gloria futura. La es
piritualidad cristiana por lo tanto no es un escape a un mundo de fantasía y
misticismo. Es un llamamiento a sufrir, compartir, testificar, adorar y vivir la
vida de Cristo en este mundo, en nuestras comunidades y nuestro hogar. Esto lo
hace posible únicamente la presencia interna del Espíritu. La oración de Jesús
estipula que aunque estamos en el mundo, no debemos ser del mundo (Juan
17:15). Debemos vivir en el mundo, es el lugar donde habitamos y el escenario de
nuestra misión. Pero no pertenecemos al mundo, porque nuestra ciudadanía y
esperanza están en el mundo venidero (Fil. 3:20).
Pablo describe esta vida habilitada por el Espíritu como una vida que crece y
madura. Tal madurez rechazará las obras de la carne: “adulterio, fornicación,
inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, con
tiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas
semejantes a éstas” (Gál. 5:19-21). En contraste, aceptará y producirá el fruto del
Espíritu: “amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre,
templanza” (Gál. 5:22, 23).
Crecer en Cristo • 155
2. Una vida de amor y unidad. La vida cristiana es una vida de unidad, una
vida reconciliada con Dios, por una parte, y reconciliada con otros seres humanos,
por la otra. La reconciliación es la sanidad de una brecha en las relaciones, y la
causa primaria de esta brecha es el pecado. El pecado nos ha separado de Dios (Isa.
59:2) y ha resquebrajado la humanidad en una multitud de facciones; según raza,
etnia, género, nacionalidad, color, casta, etc. El evangelio de lesús trata con este
problema del pecado y todos los factores divisivos asociados con este, y crea un
nuevo orden de unidad y reconciliación. Por eso Pablo pudo decir, Dios “nos recon
cilió consigo mismo por Cristo” (2 Cor. 5:18). A raíz de esta reconciliación nace
una nueva comunidad: una comunidad redimida marcada por la unidad vertical
con Dios y la unidad horizontal con otros seres humanos. De hecho, esta vida de
amor y unidad es la esencia del evangelio. ¿No dijo Jesús tal cosa en su oración
sumo sacerdotal, “que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que
también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste”
(Juan 17:21)? La entera misión redentora de Jesús y el poder de su evangelio claman
por vindicación en el amor y una unidad que debe ligar a los miembros de la co
munidad redimida. No hay crecimiento cristiano sin tal amor y unidad. Y donde
prevalecen esta unidad y este amor, todas las paredes divisivas entre los pueblos se
derrumbarán. Las barreras de raza, origen nacional, género, casta, color y otros
factores divisivos quedan abolidos en la vida de la persona que ha experimentado
la nueva creación, una nueva humanidad (Efe. 2:11-16). Según la persona crece y
madura, la gloriosa verdad de la reconciliación, el amor y la unidad brilla cada vez
más en las expresiones personales y corporativas de la vida cristiana.
El factor del amor en el crecimiento cristiano es único al evangelio. Jesús lo
llamó el nuevo mandamiento (Juan 13:34), pero la novedad no se refiere al amor
sino al objeto del amor. Las personas aman, pero aman a aquello que se deja
amar, aman a los suyos. Pero Jesús introdujo un nuevo factor: “Como yo os he
amado, que también os améis unos a otros”. En otras palabras, nuestro amor
debe ser tan universal, tan sacrificial y tan completo como el amor de Jesús. El
nuevo amor no erige barreras; es inclusivo; ama incluso al enemigo. De ese tipo
de amor “depende toda la ley y los profetas” (Mat. 22:37-40).
El mandato de amar a nuestro prójimo no deja lugar a modificaciones. No
elegimos a quien hemos de amar; se nos llama a amar a todos. Como hijos de un
mismo Padre, se espera que nos amemos los unos a los otros. En la parábola del
Buen Samaritano, Cristo ha mostrado que “nuestro prójimo no es meramente
quien pertenece a la misma iglesia o fe que nosotros. No tiene que ver con distin
ción de raza, color o clase. Nuestro prójimo es toda persona que necesita nuestra
ayuda. Nuestro prójimo es toda alma que está herida y magullada por el adversa rio.
Nuestro prójimo es todo aquel que pertenece a Dios”.9
156 ♦ LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DíA CREEN EN.
El verdadero amor al prójimo penetra el color de la piel y confronta la huma
nidad de la persona; se niega a refugiarse bajo una casta, sino que contribuye al
enriquecimiento del alma; rescata la dignidad de la persona de los prejuicios de
la deshumanización; libra el destino humano del holocausto filosófico de las co sas.
En efecto, el amor genuino ve en cada rostro la imagen de Dios, ya sea poten cial,
latente o real. Un cristiano maduro en crecimiento poseerá ese tipo de amor, que en
realidad constituye la esencia de toda unidad cristiana.
3. Una vida de estudio. El alimento es un elemento esencial para el creci
miento físico. La función de cualquier organismo vivo requiere una nutrición
adecuada y constante. Así también es en la vida espiritual. ¿Pero dónde encontra
mos el alimento espiritual? Principalmente, en dos fuentes: la comunión cons tante
con Dios mediante el estudio de su Palabra y el cultivo de una vida de ora ción. En
ninguna parte es tan claramente expresada la importancia de la Palabra
de Dios para la vida espiritual como en las mismas palabras de Jesús: “No solo de
pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mat. 4:4).
Jesús nos da un ejemplo perfecto de cómo usó la Palabra cuando enfrentó a Sa
tanás: “Jesús hizo frente a Satanás con las palabras de la Escritura. ‘Escrito está’,
dijo. En toda tentación, el arma empleada en su lucha era la Palabra de Dios. Sa
tanás exigía de Cristo un milagro como señal de su divinidad. Pero aquello que
es mayor que todos los milagros, una firme confianza en un ‘así dice Jehová’, era
una señal que no podía ser controvertida. Mientras Cristo se mantuviese en esa
posición, el tentador no podría obtener ventaja alguna".10
Sucede lo mismo con nosotros. El salmista dice: “En mi corazón he guardado
tus dichos, para no pecar contra ti” (Sal. 119:12). Añada a esto la promesa provis
ta por el apóstol: “Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que
toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyuntu
ras y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón”
(Heb. 4:12). Cuando el cristiano utiliza esta afilada espada de dos filos del Espíri tu
para repudiar los ataques de Satanás, se encuentra en el bando vencedor. El creyente
es habilitado para penetrar y cortar a través de cada obstáculo a su de sarrollo
espiritual, para discernir entre el bien y el mal de manera que pueda es coger
consistentemente lo correcto, y para distinguir entre la voz de Dios y los susurros
del diablo. Por eso es que la Palabra de Dios es una herramienta irrem- plazable para
el crecimiento espiritual.
Pablo escribió que “toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para ense
ñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre
de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra” (2 Tim. 3:16,
17). ¿Desea usted crecer en la comprensión de la verdad y la doctrina? ¿Desea
Crecer en Cristo ♦ 157
saber cómo mantener su alma enfilada hacia Dios? ¿Desea saber lo que Dios tiene
en mente para usted hoy, mañana y el día siguiente? Eche mano a su Biblia. Estu
díela diariamente. Acérquese a ella en oración. No hay una manera mejor de
conocer la voluntad de Dios y buscar sus caminos.
4. Una vida de oración. Dios nos habla a través de su Palabra. Conocer su
voluntad es parte del crecimiento espiritual, parte de la comunicación con él. La
oración es otro aspecto de la comunión con Dios y del proceso de crecer en él. Si
la Palabra de Dios es el pan que nutre nuestra alma, la oración es el aliento que la
conserva viva. La oración es hablar con Dios, escuchar su voz, arrodillarse arre
pentido y levantarse fortalecido por el poder divino. Esto no demanda nada de
nosotros mismos, excepto que neguemos nuestro yo, descansemos en su fortale
za y esperemos en él. De ese descanso fluye el poder con el que podemos caminar
con Cristo y pelear la batalla espiritual. La oración del Getsemaní aseguró la
victoria de la cruz.
Pablo considera la oración como algo tan importante en la vida y en el creci
miento cristianos que menciona seis principios fundamentales: Orad sin cesar,
orad con las súplicas del Espíritu, orad en el espíritu, orad con vigilancia, orad
con perseverancia y orad por todos los santos (ver Efe. 6:18). Como el fariseo
(Luc. 18:11), a menudo somos tentados a orar para mostrarnos en público, egoís
tamente, o simplemente como rutina. La oración efectiva es abnegada, llena del
Espíritu, intercesora, ruega por las necesidades de los otros, a la vez que ruega
también por el cumplimiento de la voluntad de Dios sobre la tierra. La oración es
una perpetua comunión con Dios; es el oxígeno del alma, sin el cual el alma se
atrofia y se muere. Elena G. de White dice que “la oración es uno de los deberes
más esenciales. Sin ella, no puedes observar una conducta cristiana. Eleva, forta
lece y ennoblece; es el alma en conversación con Dios”.11
5. Una vida que tienefrutos. Jesús dijo: “Por sus frutos los conoceréis” (Mat.
7:20). Tener frutos es un aspecto importante del crecimiento cristiano. La salva ción
por la gracia a menudo es mal interpretada, negando la obediencia y el he cho de
llevar frutos. Nada puede estar más lejos de la verdad bíblica. Sí, somos salvos
libremente por la fe en lo que Dios, por gracia, hizo a través de Cristo, y no
tenemos nada de qué jactarnos (Efe. 2:7,8; Juan 3:16). Pero no somos salvos para
hacer lo que se nos antoje; somos salvos para vivir de acuerdo a la voluntad de
Dios. No hay nada de legalista, y por lo tanto innecesario, en el hecho de obede
cer la ley de Dios, pues la obediencia es la consecuencia natural de la liberación
del pecado por la gracia del Señor. Pues, “así también la fe, si no tiene obras, es
muerta en sí misma” (Sant. 2:17).
158 . LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
Consideremos la aseveración y el deseo expresados por Jesús en Juan 14 y 15.
La aseveración es su relación con el Padre, y el deseo es para una relación de sus
discípulos con él. Primeramente, Jesús afirma: “Yo he guardado los mandamien
tos de mi Padre, y permanezco en su amor” (Juan 15:10). La obediencia de Jesús
al Padre no es el resultado de un cumplimiento legalista, sino el fruto de haber
permanecido en el amor del Padre. La relación íntima entre el Padre y el Hijo está
basada en el amor y solo en el amor, y este amor llevó al Hijo a aceptar la voluntad
del Padre y a probar el amargo sorbo del Getsemaní y del Calvario.
Jesús usa la relación de amor de Padre-Hijo como una ilustración de la clase
de relación que sus discípulos deberían tener con él. Así como la relación de Jesús
con el Padre precede su obediencia al Padre, así también, la relación de los discí
pulos con Jesús debería preceder toda obediencia de aquéllos a él. “Si me amáis,
guardad mis mandamientos” (Juan 14:15). “Para que el mundo conozca que amo
al Padre, y como el Padre me mandó, así hago” (vers. 31).
Notemos el deseo que Jesús tiene para sus discípulos. Él hace lo que le mandó
su Padre, para que el mundo conozca la relación de amor que tiene con él. La
relación amorosa precede al hecho de hacer la voluntad del Padre. Jesús ama al
Padre, y por lo tanto desea hacer su voluntad. Del mismo modo, Jesús pone el
amor como el fundamento de su relación con sus propios discípulos. El dijo:
“Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto
por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, sino permanecéis
en mí” (Juan 15:4). Llevar frutos, obedecer, y vivir de acuerdo con la voluntad de
Dios son señales esenciales del crecimiento espiritual. La falta de frutos indica la
falta de permanecer en Cristo.
6. Una vida de guerra espiritual. El discipulado cristiano no es un viaje fácil.
Estamos en medio de una guerra real y peligrosa. Como dice Pablo: “Porque no
tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades,
contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales
de maldad en las regiones celestes. Por tanto, tomad toda la armadura de
Dios, para que podáis resistir en el día malo, y habiendo acabado todo, estar
firmes” (Efe. 6:12,13).
En esta guerra, las fuerzas sobrenaturales están alineadas contra nosotros.
Así como los ángeles del Señor están ocupados en el ministerio de servir a los
seguidores de Cristo, liberarlos del mal y guiarlos en el crecimiento espiritual
(Sal. 34:7; 91:11,12; Hech. 5:19, 20; Heb.l:14; 12:22), así también los ángeles caí
dos conspiran incansablemente para desviarnos de las demandas del discipula
do. La Biblia afirma que Satanás y sus ángeles están enfurecidos contra los segui
dores de Jesús (Apoc. 12:17). Y el propio diablo se mueve como “león rugiente,
Crecer en Cristo * 159
buscando a quién devorar” (1 Ped. 5:8,9). El camino del crecimiento espiritual
está lleno de las trampas del diablo, y es aquí que nuestra guerra espiritual
adquiere toda su ferocidad. Por eso, Pablo usa algunas palabras muy fuertes:
“tomad la armadura”, “resistid”, “estad firmes” (Efe. 6:12-14).
“La vida cristiana es una batalla y una marcha. En esta guerra no hay des canso;
el esfuerzo ha de ser continuo y perseverante. Solo mediante un esfuer zo
incansable podemos asegurarnos la victoria contra las tentaciones de Sata nás.
Debemos procurar la integridad cristiana con energía irresistible, y conservarla
con propósito firme y resuelto.
“Nadie llegará a las alturas sin esfuerzo perseverante en su propio beneficio.
Todos deben empeñarse por sí mismos en esta guerra; nadie puede pelear por
nosotros. Somos individualmente responsables del desenlace del combate”.12
Sin embargo, Dios no nos deja solos en esta guerra. Nos hizo victoriosos en y
mediante Jesucristo (1 Cor. 15:57). Nos ha dado una sólida armadura para en
frentar al enemigo. Pablo describe esta armadura como el cinturón de la verdad,
la coraza de la justicia, el calzado del evangelio de la paz, el escudo de la fe, el
yelmo de la salvación, la espada del Espíritu y el poder incontrovertible de la
oración (Efe. 6:13-18). Vestidos con tal armadura, dependiendo completamente
del poder infalible del Espíritu, no podemos sino crecer en valor espiritual y
triunfar en la guerra en la cual estamos inmersos.
7. Una vida de adoración, testificación y esperanza. El crecimiento cristia
no no ocurre en un vacío. Ocurre por un lado dentro de la comunidad de los re
dimidos, y por otro, como testimonio a la comunidad que necesita ser redimida.
Observe la comunidad apostólica. Poco después de la ascención de Cristo y
acompañada por el poder del Espíritu Santo, la iglesia primitiva tanto individual
como corporativamente manifestó su crecimiento y madurez en la adoración, la
comunión, el estudio y la testificación (Hech. 2:42-47; 5:41,42; 6:7). Sin la adora
ción corporativa, perdemos la identidad y el escenario de nuestra comunión, y es
en esta comunión y la relación interpersonal con otros que maduramos y crece mos.
He aquí el consejo del apóstol: “Y considerémonos unos a otros para esti mularnos
al amor y a las buenas obras; no dejando de congregarnos, como algu nos tienen
por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se
acerca” (Heb. 10:24, 25).
sentimos impulsados a servir y testificar. El crecimiento cristiano demanda cre
cimiento en el servicio (Mat. 20:25-28) y un crecimiento en la testificación.
"Como me envió el Padre —dijo Jesús—, así también yo os envío” (Juan 20:21).
La vida cristiana nunca debiera girar alrededor del yo, sino que debe ser
derramada
160 . LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
en servicio y testificación a otros. La gran comisión de Mateo 28 encarga al cris
tiano que tenga la madurez suficiente como para llevar el evangelio del perdón al
mundo que lo rodea para que todos conozcan la gracia redentora de Dios. La
señal de la vida del Espíritu y el crecimiento cristiano es una vida de testificación
que se expande continuamente: a Jerusalén, Judea, Samaría y hasta los confines
más lejanos de la tierra (Hech. 1:8).
Vivimos, adoramos, comulgamos y testificamos en el presente, y para el cris
tiano el presente anticipa el futuro. “Prosigo a la meta —dice Pablo—, al premio
del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús” (Fil. 3:14). El apóstol nos dice
que vivamos una vida santa, de manera que “todo vuestro ser, espíritu, alma y
cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo” (1
Tes. 5:23). Crecer en Cristo es por lo tanto un desarrollo de la anticipación, de la
esperanza, de la consumación final de la experiencia redentora en el Reino veni
dero. “Para el alma humilde y creyente, la casa de Dios en la tierra es la puerta del
cielo. El canto de alabanza, la oración, las palabras pronunciadas por los repre
sentantes de Cristo, son los agentes designados por Dios para preparar un pueblo
para la iglesia celestial, para aquel culto más sublime, en el que no podrá entrar
nada que corrompa”.13
Referencias
1. Elena G. de White, El Deseado de todas las gentes, p. 696.
2. Ibíd., p. 706.
3. Ibíd., p. 638.
4. Ibíd., pp. 16,17.
5. Ibíd., p. 143.
6. Dietrich Bonhoeffer, The Cost o f Discipleship [El costo del discipulado], (Nueva York: Mac-
Millan Company, 1959), pp. 78,79.
7. Ibíd., p. 47.
8. Elena G. de White, El Deseado de todas las gentes, p. 144.
9. Ibíd., p. 464.
10. Ibíd., p. 95.
11. Elena G. de White, Testimonios pa ra la Iglesia, t. 2, p. 280.
12. Elena G. de White, El ministerio de curación, p. 359.
13. Elena G. de White, Joyas de los testimonios, t. 2, p. 193.
LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
La iglesia
La iglesia es la comunidad de creyentes que confiesan que Jesucristo es Señor
y Salvador. Como continuadores del pueblo de Dios del Antiguo Testamento,
se nos invita a salir del mundo; y nos reunimos para adorar, para estar en
comunión unos con otros, para recibir instrucción en la Palabra, para la
celebración de la Cena del Señor, para servir a toda la humanidad y para
proclamar el evangelio en todo el mundo. La iglesia recibe su autoridad de
Cristo, que es la Palabra encarnado, y de las Escrituras, que son la Palabra
escrita. La iglesia es lafamilia de Dios; somos adoptados por él como hijos,
vivimos sobre la base del nuevo pacto. La iglesia es el cuerpo de Cristo, es una
comunidad defe, de la cual Cristo mismo es la cabeza. La iglesia es la esposa
por la cual Cristo murió para poder santificarla y purificarla. Cuando
regrese en triunfo, él presentará a sí mismo una iglesia gloriosa, losfieles de
todas las edades, adquiridos por su sangre, una iglesia sin mancha, ni
arruga, sino santa y sin defecto (Gén. 12:3; Hech. 7:38; Efe. 4:11-15; 3:8-11;
Mat. 28 :19 ,20 ; 16:13-20; 18:18; Efe. 2:19-22; 1 :22 ,23 ; 5:23-27; Col. 1:17,18).
LLENO DE IRA, EL ANCIANO GOLPEA con fuerza la roca con el bastón que
tiene en su mano. Repite el golpe y exclama: “¡Oíd ahora, rebeldes! ¿Os hemos de
hacer salir aguas de esta peña?” (Núm. 20:10).
De la roca brota una corriente de agua que satisface la necesidad de Israel. Pero
al tomar para sí mismo el crédito por el don del agua, en vez de dirigirlo a la roca,
Moisés pecó. Y por ese pecado no habría de entrar a la tierra prometida (ver Núm.
20:7-12).
Esa Roca era Cristo, el Fundamento sobre el cual Dios estableció a su pueblo,
tanto en lo individual como en el sentido colectivo. A través de toda la Escritura,
se halla entretejida esta imagen.
6—C. A. S.
0.
161
162 . LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DíA CREEN EN.
En el último sermón que Moisés predicó a Israel, el patriarca, posiblemente
recordando este incidente, usó la metáfora de la roca para simbolizar la estabili
dad y confiabilidad de Dios:
“Porque el nombre de Jehová proclamaré.
Engrandeced a nuestro Dios.
Él es la roca, cuya obra es perfecta,
Porque todos sus caminos son rectitud;
Dios de verdad y sin ninguna iniquidad
en él” (Deut. 32:3,4).
Siglos más tarde, David se hizo eco del mismo tema, presentando al Salvador
como la roca:
“En Dios está mi salvación y mi gloria;
En Dios está mi roca fuerte, y mi refugio” (Sal. 62:7).
Isaías usó la misma imagen para referirse al Mesías venidero. “Por fundamen to
una piedra, piedra probada, angular, preciosa, de cimiento estable” (Isa. 28:16).
Pedro testifica en cuanto a que Cristo cumplió esta predicción, no como una
piedra común, sino “piedra viva, desechada ciertamente por los hombres, mas
para Dios escogida y preciosa” (1 Ped. 2:4). Pablo identificó al Salvador como el
único fundamento seguro, diciendo: “Porque nadie puede poner otro fundamen
to que el que está puesto, el cual es Jesucristo” (1 Cor. 3:11). Refiriéndose a la roca
que Moisés golpeó, dijo: “Y todos bebieron la misma bebida espiritual; porque
bebían de la roca espiritual que los seguía, y la roca era Cristo” (1 Cor. 10:4).
El mismo Jesús usó la imagen en forma directa, al declarar: “Sobre esta roca
edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella” (Mat.
16:18). El Salvador estableció la iglesia cristiana fundándola sobre sí mismo, la
Roca viviente. Su propio cuerpo sería sacrificado por los pecados del mundo; la
Roca sería herida. Nada puede prevalecer contra una iglesia construida sobre el
sólido fundamento que él provee. De esa Roca, fluirían las aguas sanadoras que
apagarían la sed de las naciones sedientas (ver Eze. 47:1-12; Juan 7:37,38; Apoc.
22:1-5).
¡Cuan débil y necesitada era la iglesia cuando Cristo hizo esa declaración!
Consistía en unos cuantos discípulos cansados, ambiciosos y llenos de duda, un
puñado de mujeres, y la variable multitud que se desvaneció cuando la Roca fue
golpeada. Sin embargo, la iglesia fue edificada, no sobre un fundamento de
ingenio frágil y sabiduría humana, sino sobre la Roca de los siglos. El tiempo
La iglesia ♦ 163
demostraría que nada sería capaz de destruir la iglesia ni impedirle cumplir su
misión de glorificar a Dios y llevar a los seres humanos a los pies del Salvador
(ver Hech. 4 :12 ,13 , 20-33).
Signiñcado bíblico del térm ino “iglesia”
En las Escrituras, la palabra iglesia1es una traducción del término griego
ekklésía, que significa un llamado a reunión. Esta expresión se usaba común
mente para designar cualquier asamblea reunida como resultado de un llamado
o proclamación.
La Septuaginta, la versión griega del Antiguo Testamento hebreo que era po
pular en el tiempo de Jesús, usaba ekklésía como traducción del hebreo qáhál,
que significaba “reunión”, “asamblea” o “congregación” (Deut. 9:10; 18:16; 1
Sam. 17:47; 1 Rey. 8:14; 1 Crón. 13:2).2
Este uso se amplió en el Nuevo Testamento. Nótese cómo se usa el término
iglesia: (1) Creyentes reunidos para adorar en un lugar específico (1 Cor. 11:18;
14:19, 28), (2) creyentes que vivían en cierta localidad (1 Cor. 16:1; Gál. 1:2; 1
Tes. 2:14), (3) un grupo de creyentes en el hogar de un individuo (1 Cor. 16:19;
Col. 4:15; Filemón 2), (4) un grupo de congregaciones en una zona geográfica
especí fica (Hech. 9:31),3(5) todo el cuerpo de creyentes esparcidos por el mundo
(Mat. 16:18; 1 Cor. 10:32; 12:28; ver Efe. 4:11-16), (6) toda la creación fiel en el
cielo y en la tierra (Efe. 1:20-22; compárese con Fil. 2:9-11).
La naturaleza de la iglesia
La Biblia describe a la iglesia como una institución divina, llamándola “la
iglesia del Señor” (Hech. 20:28) y “la iglesia de Dios” (1 Cor. 1:2). Jesús invistió a
la iglesia con autoridad divina (Mat. 18:17, 18). Podemos comprender la naturaleza
de la iglesia cristiana al explorar sus raíces provenientes del Antiguo Testamento y
las diversas metáforas que el Nuevo Testamento usa para referirse a ella.
Las raíces de la iglesia cristiana. El Antiguo Testamento describe a la igle
sia como una congregación organizada del pueblo de Dios. Desde los primeros
tiempos, las familias temerosas de Dios conectadas con el linaje de Adán, Set,
Noé, Sem y Abraham, eran los guardianes de su verdad. Esos hogares, en los
cuales el padre funcionaba como el sacerdote, pueden ser considerados como la
iglesia en miniatura. Al patriarca Abraham, Dios le concedió las ricas promesas
a través de las cuales ese hogar entregado a Dios gradualmente se convirtió en
una nación. La misión de Israel era simplemente una extensión de la que se le
había encomendado a Abraham: ser una bendición para todas las naciones (Gén.
12:1-3), proclamando el amor de Dios por el mundo.
164 . LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
La nación que Dios sacó de Egipto fue llamada “la congregación en el desier
to” (Hech. 7:38). Sus miembros eran considerados “un reino de sacerdotes, y gen
te santa” (Exo. 19:6), el “pueblo santo” de Dios (Deut. 28:9; compárese con Lev.
26:12), su iglesia.
Dios los colocó en Palestina, el centro de las grandes civilizaciones del mundo.
En Palestina se encuentran tres grandes continentes: Europa, Asia y África. Allí,
los judíos habían de estar al servicio de las otras naciones, y extender a otros la
invitación de unirse a ellos para integrar el pueblo de Dios. En resumen, Dios los
llamó a salir con el fin de llamar a las naciones a entrar (Isa. 56:7). Deseaba
establecer, por medio de Israel, la mayor iglesia del mundo, una iglesia a la cual
asistieran los representantes de todas las naciones del mundo para adorar, aprender
acerca del Dios verdadero y volver a su propio pueblo con el mensaje de salvación.
A pesar del continuo cuidado de Dios por su pueblo, Israel se involucró en la
idolatría, el aislamiento, el nacionalismo, el orgullo y la exaltación propia. El pue
blo de Dios no cumplió su misión.
En Jesús, Israel llegó a una encrucijada. El pueblo de Dios esperaba la llegada
de un Mesías que libertara la nación, pero no un Mesías que los liberara de sí
mismos. En la cruz, la bancarrota espiritual de Israel se hizo evidente. Al crucificar
a Cristo, demostraron por sus obras externas, su corrupción interior. Cuando
exclamaron: “No tenemos más rey que César” (Juan 19:15), lo que hicieron fue
negarse a permitir que Dios gobernara sobre ellos.
En la cruz, dos misiones opuestas llegaron a su culminación: la primera, la de
una iglesia desviada, tan centrada en sí misma que estuvo ciega a la presencia del
mismo Ser que le había concedido existencia; la segunda, la de Cristo, tan centra
do en su amor por los demás, que pereció en lugar de ellos, para concederles vida
eterna.
La cruz señaló el fin de la misión de Israel; la resurrección de Cristo, por su
parte, inauguró la iglesia cristiana y su misión: la proclamación del evangelio de
salvación por medio de la sangre de Cristo. Cuando los judíos perdieron su
misión, se convirtieron en una nación más como el resto, y dejaron de constituir
la iglesia de Dios. En su lugar, Dios estableció una nueva nación, una iglesia, la
cual continuará su misión ante el mundo (Mat. 21:41,43).
La iglesia del Nuevo Testamento, íntimamente vinculada con la comunidad de
la fe del antiguo Israel,4está formada tanto por judíos convertidos como por genti
les que creen en Jesucristo. De este modo, el verdadero Israel está formado por to
dos los que por fe aceptan a Cristo (ver Gál. 3:26-29). Pablo ilustra la nueva
relación orgánica de esos pueblos distintos simbolizándolos por dos árboles: un
olivo bueno y cultivado, y un olivo silvestre, los cuales representan,
respectivamente, a Israel y a los gentiles. Los judíos que no aceptan a Cristo
dejan de ser los hijos de Dios
La iglesia •
165
(Rom. 9:6-8), y están representados por ramas cortadas del buen árbol, mientras
que los judíos que recibieron a Cristo permanecen unidos al tronco.
Pablo expresa que los gentiles que aceptan a Cristo son ramas del olivo silves
tre que han sido injertadas en el buen árbol (Rom. 11:17-25). Instruye a esos nue
vos cristianos gentiles a respetar la herencia divina de los instrumentos escogi
dos de Dios: “Si la raíz es santa, también lo son las ramas. Pues si algunas de las
ramas fueron desgajadas, y tú, siendo olivo silvestre, has sido injertado en lugar
de ellas, y has sido hecho participante de la raíz y de la rica savia del olivo, no te
jactes contra las ramas; y si te jactas, sabes que no sustentas tú a la raíz, sino la
raíz a ti’’(Rom. 11:16-18).
La iglesia del Nuevo Testamento difiere en forma significativa de su contra
parte del Antiguo Testamento. La iglesia apostólica llegó a ser una organización
independiente separada de la nación de Israel. Los límites nacionales fueron des
cartados, dándole a la iglesia un carácter universal. En vez de ser una iglesia na
cional, se convirtió en una iglesia misionera, la cual existe para cumplir el plan
original de Dios, reformulado en el mandato divino de su fundador, Jesucristo:
"Haced discípulos a todas las naciones” (Mat. 28:19).
Descripciones metafóricas de la iglesia. Las descripciones metafóricas de la
iglesia del Nuevo Testamento iluminan la naturaleza de la iglesia.
1. La iglesia como un cuerpo. La metáfora del cuerpo hace énfasis en la uni
dad de la iglesia y la relación funcional que cada miembro mantiene con el
todo. La cruz reconcilia a todos los creyentes con Dios “en un solo cuerpo” (Efe.
2:16). Por el Espíritu Santo, son “todos bautizados en un solo cuerpo” (1 Cor.
12:13), la iglesia. La iglesia no es otra cosa que el cuerpo de Cristo (Efe. 1:23).
Es el organismo a través del cual el Salvador imparte su plenitud. Los creyentes
son los miembros de su cuerpo (Efe. 5:30). En consecuencia, le concede a cada
creyente vida espiritual por medio de su poder y su gracia. Cristo es “la cabeza
del cuerpo” (Col. 1:18), la “cabeza de la iglesia” (Efe. 5:23).
En su amor, Dios le ha concedido a cada miembro de su cuerpo eclesiástico por
lo menos un don espiritual que le permite a dicho miembro cumplir una función
vital. De la misma forma como la función de cada órgano es vital para el cuerpo
humano, el éxito de la iglesia en completar su misión depende de que cada uno de
los dones espirituales concedidos a sus miembros funcione como es debido. ¿De
que sirve un cuerpo sin el corazón, o cuánto menos eficiente es si se halla despro
visto de ojos, o le falta una pierna? Si los miembros retiran sus dones, la iglesia es
tará muerta, ciega, o por lo menos impedida. Sin embargo, esos dones especiales
que Dios asigna, no son un fin en sí mismos (ver el capítulo 17 de esta obra).
166 • LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
2. La iglesia como templo. La iglesia es “edificio de Dios”, “templo de Dios”
en el cual mora el Espíritu Santo. Jesucristo es su fundamento y la “principal
piedra del ángulo" (1 Cor. 3:9-16; Efe. 2:20). Este templo no es una estructura
muerta; despliega crecimiento dinámico. Así como Cristo es la “piedra viva”, dice
Pedro, de la misma forma los creyentes son “piedra vivas” que sirven para edificar
la “casa espiritual" (1 Ped. 2:4-6).
El edificio todavía no está completo. Constantemente se añaden nuevas pie dras
vivas al templo que está siendo edificado “para morada de Dios en el Espíri tu”
(Efe. 2:22). Pablo insta a los creyentes a que usen los mejores materiales de
construcción en este templo, con el fin de que soporte la prueba del fuego en el
Día del Juicio (1 Cor. 3:12-15).
La metáfora del templo hace énfasis en la santidad, tanto de la congrega
ción local como de la iglesia en general. El templo de Dios es santo, dijo Pablo.
“Si alguno destruyere el templo de Dios, Dios le destruirá a él” (1 Cor. 3:17).
Las alianzas estrechas con los no creyentes son contrarias al carácter santo
de la iglesia, hizo notar Pablo, y por lo tanto deben evitarse, “porque, ¿qué
compañerismo tiene la justicia con la injusticia?... ¿y qué acuerdo hay entre el
templo de Dios y los ídolos?” (2 Cor. 6:14, 16). (Este consejo se aplica tanto a
la relación de negocio como al matrimonio.) A la iglesia debe respetársela en
sumo grado, porque es el objeto sobre el cual Dios derrama su interés supre
mo.
3. La iglesia como la novia. Se representa la iglesia como una novia, y al Señor
como el novio. Cristo promete solemnemente: “Te desposaré conmigo para siem
pre; te desposaré conmigo en justicia, juicio, benignidad y misericordia” (Ose.
2:19). En confirmación de esta idea, dice en otro lugar: “Yo soy vuestro esposo”
(Jer. 3:14).
Pablo usa la misma imagen: “Os he desposado... como una virgen pura a Cris
to" (2 Cor. 11:2). El amor que Cristo siente por su iglesia es tan profundo y dura
dero que él “se entregó a sí mismo por ella” (Efe. 5:25). El Salvador hizo este sa
crificio con el fin de “santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua
por la palabra” (Efe. 5:26).
Por medio de la influencia santificadora de la verdad que contiene la Palabra
de Dios (Juan 17:17) y la purificación que provee el bautismo, Cristo puede puri
ficar a los miembros de la iglesia, quitándoles sus vestiduras sucias y revistiéndo
los con el manto de justicia perfecta. Así puede preparar a la iglesia para que sea
su novia, “una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejan te,
sino que fuese santa y sin mancha” (Efe. 5:27). La gloria plena y el esplendor de
la iglesia no serán vistos sino hasta cuando vuelva Cristo.
La iglesia ♦ 167
4. La iglesia como la “Jerusalén de arriba”. Las Escrituras llaman Sion a la
ciudad de Jerusalén. Allí Dios mora con su pueblo (Sal. 9:11); de Sion sale la sal
vación (Sal. 14:7; 53:6). Esa ciudad debía llegar a ser “el gozo de toda la tierra”
(Sal. 48:2).
El Nuevo Testamento describe a la iglesia como la “Jerusalén de arriba”, la
contraparte espiritual de la Jerusalén terrenal (Gál. 4:26). Los ciudadanos de esta
Jerusalén tienen su ciudadanía “en los cielos” (Fil. 3:20). Son los “hijos de la pro
mesa”, los que han "nacido según el Espíritu”, y que gozan de la libertad por me
dio de la cual Cristo los ha hecho libres (Gál. 4:28, 29; 5:1). Los ciudadanos de
esta ciudad ya no están atados a los esfuerzos de obtener justificación “por la ley”
(Gál. 4 :22,26, 31; 5:4); "por el Espíritu” aguardan anhelantes “por fe la esperanza
de la justicia”. Se dan cuenta de que en Cristo Jesús, lo que los hace ciudadanos es
únicamente “la fe que obra por el amor” (Gál. 5:5, 6).
Los que forman parte de esta gloriosa compañía, se han acercado “al monte
de Sion, a la ciudad del Dios vivo, Jerusalén la celestial, a la compañía de mucho
millares de ángeles, a la congregación de los primogénitos que están inscritos en
los cielos” (Heb. 12:22, 23).
5. La iglesia comofamilia. En la Escritura, se considera que la iglesia del cielo
y de la tierra constituye una familia (Efe. 3:15). Se usan dos metáforas para des
cribir cómo los individuos se unen a esta familia: La adopción (Rom. 8:14-16; Efe.
1:4-6) y el nuevo nacimiento (Juan 3:8). Por fe en Cristo, los recién bautizados ya
no son esclavos, sino hijos del Padre celestial (Gál 3:26-4:7), los cuales viven bajo
el nuevo pacto. Ahora forman parte “de la familia de Dios” (Efe. 2:19), “la familia
de la fe” (Gál. 6:10).
Los miembros de la familia de Dios se refieren a él llamándolo “Padre” (Gál.
4:6) y se relacionan unos con otros en calidad de hermanos y hermanas (Sant.
2:15; 1 Cor. 8:11; Rom. 16:1). Por haber llevado a muchos a integrar la familia de
la iglesia, Pablo se considera a sí mismo como un padre espiritual. Dice el após
tol: “En Cristo Jesús yo os engendré por medio del evangelio” (1 Cor. 4:15). Se
refiere a los que convirtió, llamándolos “hijos míos amados” (1 Cor. 4:14; compá
rese con Efe. 5:1).
Una característica especial de la iglesia como familia, es la comunión. La co
munión cristiana (koinonia en griego) no es solo sociabilidad, sino “comunión en
el evangelio” (Fil. 1:5). Abarca la comunión genuina con Dios el Padre, su Hijo, y
el Espíritu Santo (1 Juan 1:3; 1 Cor. 1:9; 2 Cor. 13:14); además, incluye la comu
nión con los creyentes (1 Juan 1:3, 7). De este modo, los miembros le extienden
"la diestra en señal de compañerismo” (Gál. 2:9) a todo aquel que pasa a ser par
te de la familia.
168 . LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
La metáfora de la familia revela una iglesia tierna “en la cual la gente se siente
amada, respetada y reconocida como individuos con una identidad clara. Un lu
gar cuyos miembros reconocen que se necesitan los unos a los otros, donde se
pueden desarrollar los talentos y donde la gente puede crecer y sentirse realiza
da”.5También implica responsabilidad, respeto por los padres espirituales, y pre
ocupación por los hermanos y hermanas espirituales. Finalmei re significa que
cada miembro siente hacia todos los demás miembros ese amor que engendra
una lealtad profunda que fundamenta y fortalece.
El ser miembros de una familia eclesiástica les permite a diversos individuos,
cuya naturaleza y disposición muestran grandes variaciones, gozar de la compañía
mutua y apoyarse unos a otros. Los miembros de la familia de la iglesia aprenden a
vivir en unidad sin perder por ello su individualidad.
6. La iglesia como columna y baluarte de la verdad. La iglesia del Dios vivien
te es la ‘‘columna y baluarte de la verdad” (1 Tim. 3:15). Es la depositaría de la
verdad y la ciudadela que la protege de los ataques de sus enemigos. La verdad,
sin embargo, es dinámica, no estática. Si algún miembro pretende tener nueva
luz —una nueva doctrina o nueva interpretación de las Escrituras—, los que tie
nen experiencia deben probar la nueva enseñanza aplicándole la regla de las Es
crituras (ver Isa. 8:20). Si la nueva luz se ajusta a esta regla, entonces la iglesia
debe aceptarla; si no, debe rechazarla. Todos los miembros deben ceder ante el
veredicto que se basa en la Biblia, porque “en la multitud de consejeros hay segu
ridad” (Prov. 11:14).
Al esparcir la verdad, es decir, al dar testimonio, la iglesia llega a ser “la luz del
mundo”, “una ciudad asentada sobre un monte” que “no se puede esconder”, y “sal
de la tierra” (Mat. 5:13-15).
7. La iglesia como un ejército, militante y triunfante. La iglesia en el mundo es
como un ejército empeñado en la batalla. Se la llama a luchar contra la oscuridad
espiritual: “Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principa
dos, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, con tra
huestes espirituales de maldad en las regiones celestes” (Efe. 6:12). Los cris tianos
deben tomar “toda la armadura de Dios”, para que puedan “resistir en el día
malo, y habiendo acabado todo, estar firmes” (Efe. 6:13).
A través de los siglos, la iglesia ha tenido que luchar contra el enemigo, tanto
dentro de ella como fuera (ver Hech. 20:29,30; 1 Tim. 4:1). Ha progresado en
forma notable y obtenido victorias, pero no es todavía la iglesia triunfante.
Desgraciada mente, todavía adolece de grandes defectos. Por medio de otra
metáfora, Jesús ex plicó las imperfecciones que se hallan en la iglesia: “El reino de
los cielos es seme
La iglesia ♦ 169
jante a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero mientras dormían
los hombres, vino su enemigo y sembró cizaña entre el trigo, y se fue” (Mat. 13:24,
25). Cuando los siervos quisieron arrancar las malezas, el hacendado les dijo: "No,
no sea que al arrancar la cizaña, arranquéis con ella el trigo. Dejad crecer junta
mente lo uno y lo otro hasta la siega" (Mat. 13:29,30). Tanto el trigo como la cizaña
prosperaron en el campo. Por una parte, Dios trae a la iglesia a los conversos. Sata
nás, por su parte, trae a los inconversos. Estos dos grupos influyen sobre todo el
cuerpo, uno para purificación y el otro para corrupción. El conflicto entre ellos —
dentro de la iglesia— continuará hasta el tiempo de la cosecha.
La guerra externa de la iglesia tampoco se ha terminado. En el futuro le espe
ran tribulaciones y conflictos. Sabiendo que le queda poco tiempo, Satanás está
airado contra la iglesia de Dios (Apoc. 12:12,17), y causará contra ella un “tiem
po de angustia, cual nunca fue desde que hubo gente hasta entonces". Pero Cris
to intervendrá a favor de su pueblo fiel, los cuales serán libertados, “todos los que
se hallen escritos en el libro" (Dan. 12:1). Jesús dejó la reconfortante seguridad de
que “el que persevere hasta el fin, este será salvo” (Mat. 24:13).
Cuando Cristo vuelva, surgirá la iglesia triunfante. Entonces podrá “presen
társela a sí mismo, una iglesia gloriosa”, los fieles de todas las edades, comprados
con su sangre, sin “mancha, ni arruga ni cosa semejante” (Efe. 5:27).
La iglesia visible e invisible. Los términos visible e invisible se han usado
para distinguir dos aspectos de la iglesia en el mundo. Las metáforas que hemos
presentado se aplican particularmente a la iglesia visible.
1. La iglesia visible. La iglesia visible es el pueblo de Dios organizado para el
servicio. Cumple la gran comisión dada por Cristo de llevar el evangelio a todo el
mundo (Mat. 28:18-20), y preparar un pueblo para su glorioso retorno (1 Tes.
5:23; Efe. 5:27).
Como el testigo de Cristo escogido especialmente por el Maestro, ilumina el
mundo y ejerce un ministerio semejante al suyo, predicando el evangelio a los
pobres, sanando a los quebrantados de corazón, proclamando libertad a los cau
tivos y apertura de los ojos a los ciegos, dejando en libertad a los oprimidos y
predicando el año aceptable del Señor (Luc. 4:18,19).
2. La iglesia invisible. La iglesia invisible, llamada también la iglesia universal, está
compuesta de todos los hijos de Dios que hay en el mundo. Incluye los creyentes
que componen la iglesia visible, y muchos que, a pesar de no pertenecer a una
organiza ción religiosa, han seguido toda la luz que Cristo les ha concedido (Juan
1:9). Este último grupo incluye a los que nunca tuvieron la oportunidad de aprender
la verdad
170 ♦ LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
acerca de Jesucristo, pero que han respondido positivamente al Espíritu Santo,
de modo que "hacen por naturaleza lo que es de la ley” de Dios (Rom. 2:14).
La existencia de la iglesia invisible revela que la adoración a Dios es espiritual
en el más elevado sentido del término. “La hora viene, y ahora es —dijo Jesús—,
cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; por
que también el Padre tales adoradores busca que le adoren” (Juan 4:23). Por cuanto
la naturaleza de la verdadera adoración es espiritual, los seres humanos no pueden
calcular con precisión quién es y quién no es parte de la iglesia de Dios.
Por medio del Espíritu Santo, Dios lleva a su pueblo perteneciente a la iglesia
invisible a la unión con su iglesia visible. “También tengo otras ovejas que no son
de este redil, aquellas también debo traer y oirán mi voz; y habrá un rebaño, y un
pastor” (Juan 10:16). Únicamente en la iglesia visible pueden experimentar ple
namente la verdad de Dios, así como su amor y su compañía, porque el Padre le
ha concedido a la iglesia visible los dones espirituales que edifican a sus miem
bros en forma colectiva e individual (Efe. 4:4-16). Cuando Pablo se convirtió,
Dios lo puso en contacto con su iglesia visible, y luego lo designó para dirigir la
expansión misionera de su iglesia (Hech. 9:10-22). De la misma forma, procura
en nuestros días llevar a su pueblo a que forme parte de su iglesia visible, carac
terizada por la lealtad a los mandamientos de Dios y la posesión de la fe en Jesús,
con el fin de que cada uno participe en la obra de terminar su misión en el mun
do (Apoc. 14:12; 18:4; Mat. 24:14; ver el capítulo 13 de esta obra).
Además, se ha considerado que el concepto de la iglesia invisible incluye la
iglesia unida en el cielo y en la tierra (Efe. 1:22, 23), y la iglesia oculta durante
épocas de persecución (Apoc. 12:6,14).
La organización de la iglesia
El mandato de Cristo, según el cual el evangelio debe ser llevado a todo el
mundo, implica también la tierna enseñanza y protección de los que ya han acep tado
las buenas nuevas de salvación. Los nuevos miembros deben ser estableci dos
en la fe, y se les debe enseñar a usar los talentos y dones que Dios les dio, en
beneficio de la misión de la iglesia. Por cuanto “Dios no es Dios de confusión,
sino de paz” y desea que todas las cosas sean hechas “decentemente y con orden”
(1 Cor. 14:33, 40), la iglesia debe poseer una organización sencilla pero efectiva.
La naturaleza de la organización. Consideremos lo que se refiere a la feli gresía
de la iglesia y su organización.
1. Feligresía de la iglesia. Cuando los nuevos conversos han cumplido ciertos
requisitos, se convierten en miembros de la comunidad de fe del nuevo pacto. La
La iglesia •
171
feligresía implica la aceptación de nuevas relaciones con el prójimo, el Estado
y Dios.
a. Requisitos defeligresía. Los individuos que desean llegar a ser miem
bros de la iglesia de Jesucristo, deben aceptarlo como Señor y Salvador,
arrepentirse de sus pecados, y ser bautizados (Hech. 2:36-41; compárese
con 4:10-12). Deben haber experimentado el nuevo nacimiento y aceptado
la comisión que Cristo dejó, de enseñar a otros que observen todas las
cosas que él ha mandado (ver Mat. 28:20).
b. Igualdad y servicio. En armonía con la declaración que Cristo hizo,
según la cual “todos vosotros sois hermanos” y “el que es el mayor de
vosotros, sea vuestro siervo” (Mat. 23:8,11), los miembros se comprome ten
a relacionarse unos con otros sobre una base de igualdad. A la vez, deben
darse cuenta de que seguir el ejemplo de Cristo significa que han de
ministrar a las necesidades de otros, llevándolos al Maestro.
c. El sacerdocio de todos los creyentes. Al comenzar el ministerio de
Cristo en el Santuario celestial, la eficacia del sacerdocio levítico se terminó.
Ahora la iglesia ha llegado a ser un “sacerdocio santo” (1 Ped. 2:5). Luego
agrega el apóstol: “Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación
santa, pueblo adquirido por Dios, para que anuncies las virtudes de aquel
que os llamó de las tinieblas a su luz admirable” (1 Ped. 2:9).
Este nuevo orden, el sacerdocio de todos los creyentes, no autoriza a
cada individuo para que piense, crea y enseñe lo que le parezca, sin sentir
se responsable ante el cuerpo de la iglesia. Significa que cada miembro de
iglesia tiene la responsabilidad de ministrar a otros en el nombre de Dios,
y puede comunicarse directamente con el Padre sin ningún intermediario
humano. Enfatiza la interdependencia de los miembros de la iglesia, así
como su independencia. Este sacerdocio no hace distinciones de rango
entre los ministros y los laicos, si bien deja lugar para una diferencia en
función entre ambos grupos.
d. Lealtad a Dios y al Estado. La Biblia reconoce la mano de Dios en el
establecimiento de los gobiernos y requiere de los creyentes que respeten
y obedezcan a las autoridades civiles. El que posee la autoridad civil es
“servidor de Dios, vengador para castigar al que hace lo malo”. Por lo tan
to, los miembros de iglesia pagan “al que tributo, tributo; al que impuesto,
impuesto; al que respeto, respeto; al que honra, honra” (Rom. 13:4,7).
172 . LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
En sus actitudes frente al Estado, los miembros se deben dejar llevar
por el principio de Cristo: “Dad, pues, a César lo que es de César, y a Dios
lo que es de Dios” (Mat. 22:21). Pero si el Estado contradijera un mandato
divino, su lealtad fundamental se dirige a Dios. Dijeron los apóstoles: “Es
necesario obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hech. 5:29).
2. La principalfunción de la organización eclesiástica. La iglesia fue organi
zada para cumplir el plan que Dios tenía de llenar este planeta con el conoci
miento de su gloria. Únicamente la iglesia visible puede proveer la mayor parte
de las funciones vitales para cumplir este propósito.
a. Adoración y exhortación. A través de la historia, la iglesia ha sido la
agencia que Dios ha empleado para reunir a los creyentes y enseñarles a
adorar al Creador en el día sábado. Cristo y sus apóstoles siguieron esta
práctica de culto, y las Escrituras amonestan a los creyentes de hoy en los
términos siguientes: “Considerémonos unos a otros... No dejando de con
gregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y
tanto más, cuando véis que aquel día se acerca" (Heb. 10:25; compárese
con 3:13). El culto de la congregación provee refrigerio, ánimo y gozo para
el adorador.
b. La comunión cristiana. Por medio de la iglesia, las necesidades más
profundas de sus miembros en relación con la comunión se ven completa
mente satisfechas. La “comunión en el evangelio" (Fil. 1:5) trasciende todas
las demás relaciones, por cuanto provee una relación íntima con Dios, así
como con los demás que comparten nuestra fe (1 Juan 1:3, 6 ,7).
c. La instrucción en las Escrituras. Cristo le dio a la iglesia “las llaves
del reino de los cielos” (Mat. 16:19). Esas llaves son las palabras de Cristo,
todas las palabras de la Biblia. Más específicamente, incluyen “la llave de
la ciencia” referente a la manera de entrar en el reino (Luc. 11:52). Las pa
labras de Jesús son espíritu y vida para todos los que las reciben (Juan
6:63). Traen vida eterna (Juan 6:68).6
Cuando la iglesia proclama las verdades bíblicas, estas llaves de la sal
vación tienen poder para atar y desatar, para abrir y cerrar el cielo, porque
declaran las condiciones por cuyo cumplimiento los individuos son reci
bidos o rechazados, salvados o perdidos. De este modo, la proclamación
evangélica de la iglesia exuda “olor de vida para vida” o el “olor de muerte
para muerte” (2 Cor. 2:16).
La iglesia ♦ 173
Jesús conocía la importancia de vivir "de toda palabra que sale de la
boca de Dios” (Mat. 4:4). Únicamente haciendo eso puede la iglesia cum
plir el mandato dado por Cristo de enseñar a todas las naciones “que guar
den todas las cosas que os he mandado” (Mat. 28:20).
d. La administración de las ordenanzas divinas. La iglesia es el instrumen
to de Dios para la administración de la ordenanza de bautismo, el rito de en
trada a la iglesia (ver el capítulo 15 de esta obra), y las ordenanzas del lava
miento de los pies y la Cena del Señor (ver el capítulo 16 de esta obra).
e. La proclamación mundial del evangelio. La iglesia está organizada
para el servicio misionero, con el fin de cumplir la obra que Israel no realizó.
Conforme a lo que revela la vida del Maestro, el mayor servicio que la
iglesia provee para el mundo radica en su entrega absoluta a la tarea de
completar la predicación del evangelio para “testimonio a todas las nacio
nes” (Mat. 24:14), habilitada para ello por el bautismo del Espíritu Santo.
Esta misión incluye la proclamación de un mensaje de preparación
para el retorno de Cristo, el cual está dirigido tanto a la iglesia (1 Cor. 1:7,
8; 2 Ped. 3:14; Apoc. 3:14-22; 14:5) como al resto de la humanidad (Apoc.
14:6-12; 18:4).
El gobierno de la iglesia
Después de la ascensión de Jesús, la conducción de la iglesia descansó en las
manos de los apóstoles. Su primer acto de organización, en consejo con los demás
creyentes, fue elegir otro apóstol para que tomase el lugar de Judas (Hech. 1:15-26).
A medida que la iglesia crecía, los apóstoles se fueron dando cuenta de que
era imposible predicar el evangelio y al mismo tiempo cuidar de los asuntos tem
porales de la iglesia. Por esto, delegaron los asuntos prácticos de la iglesia en las
manos de siete hombres que la iglesia señaló. Si bien se hizo distinción entre “el
ministerio de la palabra” y el acto de “servir a las mesas” (Hech. 6:1-4), no se hizo
ningún esfuerzo por separar a los ministros y los laicos en la tarea de cumplir la
misión de la iglesia. De hecho, dos de los siete, Esteban y Felipe, se destacaban
por su efectividad en la predicación y el evangelismo (Hech. 7,8).
La expansión de la iglesia en Asia y Europa requirió medidas adicionales de
organización. Al establecerse numerosas iglesias nuevas, se “constituyeron ancia
nos en cada iglesia” (Hech. 14:23) con el fin de asegurar una dirección estable.
Cuando se desarrolló una crisis de importancia, se les permitió a las partes
involucradas que presentaran sus posiciones respectivas ante un concilio general
formado por los apóstoles y ancianos representantes de la iglesia. Se consideraba
174 ♦ LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
que las decisiones de este concilio debían ser aceptadas por todos los sectores de
la iglesia y ser consideradas como la voz de Dios (Hech. 15:1-29). Este incidente
ilustra el hecho de que cuando se trata de asuntos que afectan a la iglesia en su
totalidad, se necesita obtener consejo y ejercer autoridad en un nivel mucho más
amplio que el de la iglesia local. En este caso, la decisión del concilio surgió a
partir del consenso desarrollado por los representantes de todos los grupos invo
lucrados (Hech. 15:22, 25).
El Nuevo Testamento deja en claro que a medida que surgió la necesidad,
Dios guío a los dirigentes de su obra. Con su dirección y en consulta con la igle
sia, formaron un gobierno eclesiástico que, si se lo aplica hoy, ayudará a salva
guardar la iglesia de la apostasía, y le permitirá cumplir su gran comisión.
Principios bíblicos de gobierno eclesiástico
1. Cristo es la cabeza de la iglesia. El dominio de Cristo sobre la iglesia se basa
primariamente en su obra mediadora. Desde su victoria sobre Satanás en la cruz,
Cristo recibió “toda potestad... en el cielo y en la tierra” (Mat. 28:18). Dios “some
tió todas las cosas bajo sus pies, y lo dio por cabeza sobre todas las cosas a la
iglesia” (Efe. 1:22; compárese con Fil. 2:10, 11). Por lo tanto, Jesús es “Señor de
señores y Rey de reyes” (Apoc. 17:14).
Cristo es también la cabeza de la iglesia, porque la iglesia es su cuerpo (Efe.
1:23; Col. 1:18). Los creyentes son “miembros de su cuerpo, de su carne y de sus
huesos” (Efe. 5:30). Deben mantener una conexión íntima con él, porque de él la
iglesia “nutriéndose por las coyunturas y ligamentos, crece con el crecimiento
que da Dios” (Col. 2:19).
2. Cristo es la fuente de toda la autoridad de la iglesia. Cristo demuestra su
autoridad (a) en el establecimiento de la iglesia cristiana (Mat. 16:18), (b) en la
institución de las ordenanzas que la iglesia debe administrar (Mat. 26:26-30;
28:19, 20; 1 Cor. 11:23-29; Juan 13:1-17), (c) en que invistió a la iglesia con auto
ridad divina para actuar en su nombre (Mat. 16:19; 18:15-18; Juan 20:21-23), (d)
al enviar el Espíritu Santo para guiar a su iglesia bajo su autoridad (Juan 15:26;
16:13-15), (e) al establecer dentro de la iglesia la operación de dones especiales de
modo que diversos individuos pudiesen funcionar como apóstoles, profetas,
evangelistas, pastores y maestros, con el fin de preparar a sus miembros para el
servicio y “para la edificación del cuerpo de Cristo” hasta que todos experimenten
la unidad en la fe y reflejen “la plenitud de Cristo” (Efe. 4:7-13).
3. Las Escrituras poseen la autoridad de Cristo. Si bien es cierto que Cristo
guía a su iglesia por medio del Espíritu Santo, igualmente cierto es que la Pala
La iglesia • 175
bra de Dios constituye la única regla por la cual la iglesia se guía en sus activida
des. Todos sus miembros deben obedecer la Palabra, porque es ley en el sentido
más absoluto. Todas las tradiciones humanas, costumbres y prácticas culturales
están sujetas a la autoridad de las Escrituras (2 Tim. 3:15-17).
4. La autoridad de Cristo y los cargos de la iglesia. Cristo ejerce su autoridad a
través de su iglesia y sus siervos especialmente elegidos, pero nunca transfiere su
poder. Nadie tiene el derecho de ejercer ninguna autoridad independiente, aparte
de Cristo y su Palabra.
Las congregaciones adventistas del séptimo día eligen sus oficiales. Pero si
bien dichos oficiales funcionan como representantes del pueblo, su autoridad
viene de Cristo. Su elección simplemente confirma el llamado que recibieron de
Cristo. El deber primordial de los oficiales elegidos consiste en asegurarse de que
se aplican las instrucciones bíblicas para el culto, la doctrina, la disciplina y la
proclamación del evangelio. Por cuanto la iglesia es el cuerpo de Cristo, deben
buscar su consejo en lo que se refiere a sus decisiones y acciones.
Los oficiales de la iglesia del Nuevo Testamento. El Nuevo Testamento
menciona dos cargos eclesiásticos: el de anciano y el de diácono. La importancia
de estos cargos se ve subrayada por los elevados requerimientos morales y espi
rituales que se establecen para los que aspiran a llenarlos. La iglesia reconoció el
carácter sagrado del llamado a la dirección, por medio de la ordenación, expre sada
en la imposición de las manos (Hech. 6:6; 13:2,3; 1 Tim. 4:14; 5:22).
1. Los ancianos
a. ¿Qué es un anciano? Los “ancianos" (del griego, presbúteros) u “obis
pos” (epískopos) eran los oficiales más importantes de la iglesia. El término
anciano significa una persona mayor, lo cual implica dignidad y respeto.
Su posición era similar a la del que supervisaba la sinagoga. El término
obispo significa “supervisor”. Pablo usa estos términos en forma intercam
biable, igualando a los ancianos con los supervisores u obispos (Hech.
20:17, 28; Tito 1:5, 7).
Los que ocupaban esta posición, supervisaban las iglesias reciente
mente formadas. La palabra anciano se refiere al nivel o rango del cargo,
mientras que obispo denota el deber o responsabilidad propios del oficio:
“supervisor”.7Por cuanto los apóstoles también se designaban a sí mismos
como ancianos (1 Ped. 5:1; 2 Juan 1; 3 Juan 1), es evidente que había tanto
ancianos locales como ancianos itinerantes. Pero ambas clases funciona
ban como pastores de las congregaciones.
176 . LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
b. Las calificaciones. El individuo que deseaba ocupar el cargo de an
ciano debía ser “irreprensible, marido de una sola mujer, sobrio, prudente,
decoroso, hospedador, apto para enseñar; no dado al vino, no pendencie
ro, no codicioso de ganancias deshonestas, sino amable, apacible, no ava
ro; que gobierne bien su casa, que tenga a sus hijos en sujeción con toda
honestidad (pues el que no sabe gobernar su propia casa, ¿cómo cuidará
de la iglesia de Dios?); no un neófito, no sea que envaneciéndose caiga en
la condenación del diablo. También es necesario que tenga un buen testi
monio de los de afuera, para que no caiga en descrédito y en lazo del dia
blo” (1 Tim. 3:1-7; compárese con Tito 1:5-9).
Antes de ser elegido para el cargo, el candidato debía haber demostra
do en su propio hogar su capacidad de dirigente. “Debiera considerarse la
familia del individuo sugerido para el cargo. ¿Le están sujetos? ¿Puede el
varón gobernar su propio hogar con honor? ¿Qué carácter tienen sus
hijos? ¿Honrarán la influencia del padre? Si no tiene tacto, sabiduría o el
poder de la piedad en su hogar, en el manejo de su propia familia, es segu ro
concluir que allí se verá la misma supervisión no santificada”.8El candi dato,
si es casado, debe demostrar en el círculo de su propio hogar la capa cidad
de dirigir, antes de que le sean confiadas las responsabilidades mayores de
la dirección de “la casa de Dios” (1 Tim. 3:15).
A causa de la importancia del cargo, Pablo aconseja: “No impongas
con ligereza las manos a ninguno” (1 Tim. 5:22).
c. La responsabilidad y autoridad del anciano. Antes que nada, un an
ciano es un dirigente espiritual. Se lo elige “para apacentar la iglesia del Se
ñor” (Hech. 20:28). Sus responsabilidades incluyen apoyar a los miembros
débiles (Hech. 20:35), amonestar a los desviados (1 Tes. 5:12), y mantenerse
alerta para distinguir cualquier enseñanza que pudiera crear divisiones
(Hech. 20:29-31). Los ancianos deben ser modelo del estilo de vida cristiano
(Heb. 13:7; 1 Ped. 5:3) y dar ejemplo de liberalidad (Hech. 20:35).
d. La actitud hacia los ancianos. En gran medida, la dirección efectiva
de la iglesia depende de la lealtad de los miembros. Pablo anima a los
creyentes a respetar a sus dirigentes y a tenerlos “en mucha estima y
amor por causa de su obra” (1 Tes. 5:13). “Los ancianos que gobiernan
bien —agrega el apóstol—, sean tenidos por dignos de doble honor, ma
yormente los que trabajan en predicar y enseñar” (1 Tim. 5:17).
La Escritura deja en claro la necesidad de respetar a los dirigentes de la
iglesia: “Obedeced a vuestros pastores, y sujetaos a ellos; porque ellos ve-
La iglesia ♦ 177
lan por vuestras almas, como quienes han de dar cuenta” (Heb. 13:17;
compárese con 1 Ped. 5:5). Cuando los miembros hacen que a los dirigen tes
les resulte difícil cumplir sus responsabilidades asignadas por Dios, ambos
sufrirán y dejarán de gozar la alegría de la prosperidad de Dios.
Se anima a los creyentes a que observen la conducta cristiana de los
dirigentes. “Acordaos de vuestros pastores... considerad cual haya sido el
resultado de su conducta, e imitad su fe” (Heb. 13:7). No deben prestar
atención a los chismes. Pablo amonesta: “Contra un anciano no admitas
acusación sino con dos o tres testigos” (1 Tim. 5:19).
2. Los diáconos y diaconisas. El nombre diácono viene del griego diákonos,
que significa "siervo” o “ayudador”. El oficio de diácono se instituyó para permitir
que los apóstoles se entregaran completamente a persistir “en la oración y en el
ministerio de la palabra” (Hech. 6:4). Los diáconos no debían limitarse a cuidar
de los asuntos temporales de la iglesia; además debían estar activamente com
prometidos en la obra evangelizadora (Hech. 6:8; 8:5-13, 26-40).
La forma femenina del término aparece en Romanos 16:1.9 La palabra y su
uso en este texto sugiere que el oficio de diaconisa probablemente ya se hallaba
establecido en la iglesia en la época en que Pablo escribió el libro de Romanos”.10
Como los ancianos, los diáconos también debían ser elegidos por la iglesia en
base a sus cualidades morales y espirituales (1 Tim. 3:8-13).
La disciplina de la iglesia. Cristo le concedió a la iglesia la autoridad de
disciplinar a sus miembros, y proveyó los principios adecuados para realizar la
tarea. Espera que la iglesia implemente dichos principios siempre que sea nece
sario, con el fin de mantener su elevada vocación de ser un “sacerdocio santo”
y “nación santa” (ver Mateo 18:15-18; 1 Ped. 2:5, 9). Junto con esto, la iglesia
debía también procurar impresionar el ánimo de los miembros errantes con la
necesidad de enmendar sus caminos. Cristo alaba a la iglesia de Efeso, dicien
do: “Yo conozco tu obras... que no puedes soportar a los malos” (Apoc. 2:2), y
reprende a las iglesias de Pérgamo y Tiatira por tolerar las herejías y la inmora lidad
(Apoc. 2:14, 15, 20). Notemos el siguiente consejo bíblico relativo a la disciplina:
1. Las ofensas privadas. Cuando un miembro ofende a otro (Mat. 18:15-17),
Cristo aconseja que la persona ofendida se acerque al ofensor —la oveja que se
desvió del camino— y lo persuada a cambiar de conducta. Si no logra su objetivo,
debería probar por segunda vez, acompañado de uno o dos testigos neutrales. Si
este intento falla, el asunto debiera ser llevado ante la iglesia en pleno.
178 ♦ LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
Si el miembro errante rechaza la sabiduría y autoridad de la iglesia de Cristo, se
separa de su comunión por iniciativa propia. Al desfraternizar a la persona culpa
ble, la iglesia simplemente confirma su condición. Si bajo la conducción del Espíri
tu Santo la iglesia ha seguido cuidadosamente el consejo bíblico, sus decisiones son
reconocidas en el cielo. Dijo Cristo: “Todo lo que atéis en la tierra, será atado en el
cielo; y todo lo que desatéis en a tierra, será desatado en el cielo” (Mat. 18:18).
2. Las ofensas públicas. Si bien es cierto que “todos pecaron, y están destitui
dos de la gloria de Dios” (Rom. 3:23), las ofensas flagrantes y rebeldes que arrojan
reproche sobre la iglesia deberían ser enfrentadas inmediatamente, desfraterni
zando al ofensor.
La desfraternización quita el mal —que de otro modo actuaría como levadu ra
—, restaurando la pureza de la iglesia, y actúa como un remedio redentor para el
ofensor. Al saber de cierto caso de inmoralidad sexual que había ocurrido en la
iglesia de Corinto, Pablo instó a la acción inmediata. “En el nombre de nuestro
Señor Jesucristo, reunios vosotros y mi espíritu, con el poder de nuestro Señor
Jesucristo, el tal sea entregado a Satanás para destrucción de la carne, a fin de que
el espíritu sea salvo en el día del Señor Jesús... Limpiaos, pues, de la vieja levadu
ra, para que seáis nueva masa” (1 Cor. 5:4, 5, 7). “No os juntéis con ninguno que
llamándose hermano, fuere fornicario, o avaro, o idólatra, o maldiciente, o borra
cho, o ladrón; con el tal ni aun comáis... Quitad, pues, a ese perverso de entre
vosotros” (1 Cor. 5:11,13).
3. El trato con los individuos que causan división. Un miembro que causa “divi
siones y tropiezos” (Rom. 16:17), “que ande desordenadamente" y que rehúse obe
decer el consejo bíblico debiera ser evitado, “para que se avergüence” de su actitud.
“Mas no lo tengáis por enemigo —dice el apóstol—, sino amonestadle como a her
mano” (2 Tes. 3:6,14,15). Si el “hombre que cause divisiones” se niega a escuchar
“una y otra amonestación” de la iglesia, debe ser desechado, “sabiendo que el tal se
ha pervertido, y peca y está condenado por su propio juicio” (Tit. 3:10,11).
4. La restauración de los ofensores. Los miembros de la iglesia no deben des
preciar, aislar ni descuidar al desfraternizado. Más bien, debieran procurar res taurar
su relación con Cristo a través del arrepentimiento y el nuevo nacimiento. Los
individuos que han sido desfraternizados pueden ser restaurados a la comu nión de
la iglesia cuando revelan suficientes evidencias de un arrepentimiento genuino (2
Cor. 2:6-10).
Es precisamente y en forma especial por medio del acto de restaurar pecadores
a la comunión de la iglesia, cómo se revelan el poder, la gloria y la gracia de Dios.
La iglesia » 179
Nuestro Salvador anhela librar a los cautivos del pecado, transfiriéndolos del rei
no de las tinieblas al reino de la luz. La iglesia de Dios, el teatro del universo,
despliega el poder del sacrificio redentor de Cristo en las vidas de hombres y
mujeres.
En nuestros días, Cristo, obrando por medio de su iglesia, invita a todos a que
formen parte de su familia. “He aquí —dice el Señor—, yo estoy a la puerta y
llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenare con él, y él
conmigo” (Apoc. 3:20).
Referencias
1. Refiriéndose al origen del término iglesia, Berkhof escribió: “Los nombres para iglesia, kerk
(neerlandés) y kirche (alemán), no se derivan de la palabra ekklésía, sino del término kyriake,
que significa 'perteneciente al Señor’. Dichos términos hacen énfasis sobre el hecho de que la
Iglesia es la propiedad de Dios. El nombre kuriakon o he kuriake designa en primer término
el lugar donde la iglesia se reunía. Se consideraba que dicho lugar pertenecía al Señor, y por
lo tanto se lo llamaba to kuriakon" (Systematic Theology [Teología sistemática], p. 557).
2. “Church, Nature of”, SDA Encyclopedia, ed. rev., p. 302; “Iglesia”, Diccionario bíblico adven
tista, pp. 572 ,573 .
3. Según las traducciones modernas que aceptan la rendición en singular que hace Tisschen-
dorf, basadas en los códices Sinaítico, Alejandrino, Vaticano, y el Ephraemi Rescriptus.
4. A excepción de las enseñanzas relativas a Jesús, las creencias de la iglesia primitiva eran muy
similares a las del judaismo. Tanto los cristianos judíos como gentiles continuaban adorando
en las sinagogas el día sábado, escuchando las explicaciones del Antiguo Testamento (Hech.
13:42-44; 15:13, 14, 21). El desgarramiento del velo del templo significaba que los ritos se
habían encontrado con su cumplimiento antitípico. El libro de Hebreos procura desviar la
mente de los cristianos de los tipos a la realidad en que estos se fundamentaban: la muerte
expiatoria de Jesús, su sacerdocio celestial y su gracia salvadora. La era del Nuevo Testamen
to constituyó un tiempo de transición, y si bien es cierto que los apóstoles ocasionalmente
participaron en los rituales del Antiguo Testamento, la decisión del primer concilio de Jeru-
salén demuestra que no les adjudicaban ningún valor redentor.
5. Charles E. Bradford, “W hat the Church Means to Me” [Lo que significa la iglesia para mí],
Adventist Review, 20 de nov. de 1986, p. 15.
6. Ver Comentario bíblico adventista, t. 5 p. 422.
7. Ibíd. t. 6, pp. 28, 39.
8. Elena G. de W hite Testimonios para la iglesia, t. 5, pp. 581, 582.
9. Diákonos puede ser masculino o femenino; por lo tanto, el género en este caso se determina
por el contexto. Por cuanto Phoebe que es “nuestra hermana” es también una diákonos, esta
palabra debe ser femenina aunque se la deletrea como un sustantivo masculino.
10. “Diaconisa”, Diccionario bíblico adventista, p. 320. En los tiempos del Antiguo Testamento,
el término diákonos poseía amplio significado. “Todavía se lo usaba para describir a todos los
que servían a la iglesia en cualquier capacidad. Aun cuando Pablo era apóstol, se aplicó el
término a sí mismo (ver 1 Cor. 3:5; 2 Cor. 3 :6 ,6 :4 ; 11:23; Efe. 3:7; Col. 1:23) y a Timoteo... (ver
1 Tim. 4:6), llamándose diakonoi (plural de diákonos)", (Comentario bíblico adventista, t. 7,
p. 310). En estos pasajes se lo ha traducido como “ministros" o “servidores" en vez de "diáco
nos”.
LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
El remanente y su misión
La iglesia universal está compuesta de todos los que creen verdadera
mente en Cristo; pero en los últimos días, una época de apostasía
generalizada, se llamó a un rem anente para que guarde los m anda
mientos de Dios y la f e de Jesús. Este rem anente anuncia la llegada de la
hora del juicio, proclam a la salvación por medio de Cristo y pregona la
proxim idad de su segunda venida. Esta proclamación está simbolizada
por los tres ángeles de Apocalipsis 14; coincide con la hora del juicio en
los cielos y, como resultado, se produce una obra de arrepentimiento y
reforma en la Tierra. Se invita a todos los creyentes a participar
personalm ente en este testimonio m undial (Apoc. 12:17; 14:6-12; 18:1-4;
2 Cor. 5:10; Jud. 3 , 1 4 ; 1 Ped. 1:16-19; 2 Ped. 3:10-14; Apoc. 21:1-14).
EL GIGANTESCO DRAGÓN ROIO SE AGAZAPA, listo para saltar. Ya ha provo
lograr su propósito de devorar al niño que está por nacer, habrá ganado la guerra.
La mujer que se halla delante de él está vestida del sol, tiene la luna bajo sus
pies y lleva una corona de doce estrellas. El hijo varón que ella da a luz, está des
tinado a regir “con vara de hierro a todas las naciones”.
El dragón lanza su ataque, pero sus esfuerzos por matar al niño son vanos. En
cambio, “fue arrebatado para Dios y para su trono”. Enfurecido, el dragón torna
su ira contra la madre, a la cual se le conceden milagrosamente alas, que le per
miten huir a un lugar remoto especialmente preparado por Dios, quien la susten
ta allí por un tiempo, y tiempos, y la mitad de un tiempo, es decir, tres años y
medio o 1.260 días proféticos (Apoc. 12:1-6,13,14).
En la profecía bíblica, una mujer pura representa a la iglesia fiel de
Dios.1Una
180
El remanente y su misión ♦ 181
mujer representada como fornicaria o adúltera, representa al pueblo de Dios que
ha apostatado (Eze. 16; Isa. 57:8; Jer. 31:4, 5; Ose. 1-3; Apoc. 17:1-5).
El dragón, “la serpiente antigua, que se llama diablo y Satanás", esperaba la
oportunidad de devorar al Niño varón, el Mesías largamente esperado, Jesucristo.
Satanás, en su guerra contra Jesús, usó como su instrumento al Imperio Romano.
Nada, ni siquiera la muerte en la cruz, pudo desviar a Jesús de su misión como
Salvador de la humanidad.
En la cruz, Cristo derrotó a Satanás. Refiriéndose a la crucifixión, Cristo dijo:
“Ahora es el juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo será echado
fuera” (Juan 12:31). El Apocalipsis describe el himno de victoria que resuena en
el cielo: “Ahora ha venido la salvación, el poder, y el reino de nuestro Dios, y la
autoridad de su Cristo; porque ha sido lanzado fuera el acusador de nuestros
hermanos, el que los acusaba delante de nuestro Dios día y noche... por lo cual
alegraos, cielos, y los que moráis en ellos” (Apoc. 12:10-12). La expulsión de Sa
tanás del cielo restringió su actividad. Ya no podría el diablo acusar al pueblo de
Dios ante los seres celestiales.
Pero mientras que el cielo se goza, la tierra debe estar alerta: “¡Ay de los mo
radores de la tierra y del mar! Porque el diablo ha descendido a vosotros con gran
ira, sabiendo que tiene poco tiempo” (Apoc. 12:12).
Para desahogar su ira, Satanás comenzó a perseguir a la mujer —la iglesia—
(Apoc. 12:13), la cual a pesar de su gran sufrimiento, de todos modos sobrevivió.
Las zonas escasamente pobladas del mundo —“el desierto”— proveyeron refugio
para los fieles de Dios durante los 1.260 días proféticos o años literales (Apoc.
12:14-16; ver en el capítulo 4 lo referente al principio de día por año).2
Al fin de esta experiencia en el desierto, el pueblo de Dios emerge en respuesta
a las señales del pronto retorno de Cristo. Juan identifica este grupo fiel como
“el resto... los que guardan los mandamientos de Dios y tienen el testimonio de
Jesucristo” (Apoc. 12:17). El diablo odia a este grupo con especial saña.
¿Cuándo y dónde sucedió esta persecución? ¿Qué le dio origen? ¿Cuándo co
menzó a aparecer el remanente? ¿Cuál es su misión? La respuesta a estas pregun
tas requiere un repaso, tanto de la Escritura como de la historia.
La gran apostasía
La persecución de la iglesia fue provocada en primer lugar por la Roma paga na,
y luego por una gran apostasía dentro de sus propias filas. Esta apostasía no vino
por sorpresa, puesto que Juan, Pablo y el mismo Señor Jesús lo predijeron.
Durante su último discurso formal, Jesús amonestó a sus discípulos acerca del
engaño venidero. “Mirad que nadie os engañe —les advirtió— ... porque se levan
tarán falsos cristos, y falsos profetas, y harán grandes señales y prodigios, de tal
182 . LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
manera que engañarán, si fuere posible, aun a los escogidos” (Mat. 24:4, 24). Sus
seguidores experimentarían un período de “gran tribulación", pero sobrevivirían
(Mat. 24:21, 22). Señales impresionantes de la naturaleza marcarían el fin de esta
persecución y revelarían la cercanía del retorno de Cristo (Mat. 24:29,32,33).
Por su parte, el apóstol Pablo advirtió lo siguiente: “Después de mi partida
entrarán en medio de vosotros lobos rapaces, que no perdonarán al rebaño. Y
de vosotros mismos se levantarán hombres que hablen cosas perversas para
arrastrar tras sí a los discípulos” (Hech. 20:29, 30). Esos “lobos” llevarían a la
iglesia a “la apostasía”.
Esa apostasía debía ocurrir antes del retorno de Cristo, dijo Pablo. Era algo tan
cierto, que el hecho de que todavía no había sucedido, era una señal segura de que
la venida de Cristo no era todavía inminente. “Nadie os engañe en ninguna manera
—dijo el apóstol—; porque no vendrá sin que antes venga la apostasía, y se
manifies te el hombre de pecado, el hijo de perdición, el cual se opone y se levanta
contra todo lo que se llama Dios o es objeto de culto; tanto que se sienta en el
templo de Dios como Dios, haciéndose pasar por Dios” (2 Tes. 2:3,4).
Durante la época de Pablo esta apostasía ya se hallaba obrando en forma
limitada. Su método de operación era satánico, “con gran poder y señales y
prodigios mentirosos, y con todo engaño de iniquidad” (2 Tes. 2:9, 10). Antes
del fin del primer siglo, el apóstol Juan declaró que “muchos falsos profetas han
salido por el mundo”. En verdad, dijo, “el espíritu del anticristo... ahora ya está
en el mundo” (1 Juan 4:1, 3).
¿Cómo surgió este sistema de apostasía?
El surgimiento del “hombre de pecado ”. “Al dejar la iglesia su ‘primer amor’
(Apoc. 2:4), abandonó su pureza doctrinal, sus elevadas normas de conducta
personal y el invisible vínculo de unidad que proveía el Espíritu Santo. En el cul to,
el formalismo reemplazó a la sencillez. La popularidad y el poder personal pasaron
a determinar con creciente influencia la elección de dirigentes, los cuales primero
asumieron autoridad cada vez mayor dentro de la iglesia local, y luego procuraron
extenderla sobre las iglesias vecinas.
“La administración de la iglesia local bajo la dirección del Espíritu Santo
finalmente dio paso al autoritarismo eclesiástico en poder de un solo magistra
do, el obispo, a quien cada miembro de iglesia estaba personalmente sujeto, y
únicamente por cuyo intermedio el creyente tenía acceso a la salvación. Desde
entonces los dirigentes solo pensaron en gobernar la iglesia en vez de servirla,
y el ‘mayor’ ya no era aquel que se consideraba ‘siervo de todos’. De ese modo,
gradualmente se formó el concepto de una jerarquía sacerdotal que se interpu
so entre el cristiano como individuo y su Señor”.3
El remanente y su misión ♦ 183
A medida que se erosionaba la importancia del individuo y de la iglesia local,
el obispo de Roma surgió como el poder supremo de la cristiandad. Con el apoyo
del emperador, este obispo o papa4 fue reconocido como la cabeza visible de la
iglesia universal, y pasó a estar investido de suprema autoridad sobre todos los
dirigentes de su iglesia en el mundo.
Bajo la conducción del papado,5la iglesia cristiana se hundió cada vez más en
la apostasía. La popularidad creciente de la iglesia aceleró su descenso. Las nor mas
rebajadas hicieron que los inconversos se sintieran confortables en la iglesia.
Multitud de individuos que comprendían muy poco del verdadero cristianismo
se unieron a la iglesia solo de nombre, llevando consigo sus doctrinas paganas,
sus imágenes, sus modalidades de culto, celebraciones y fiestas.
Esas transigencias entre el paganismo y el cristianismo llevaron a la forma
ción del “hombre de pecado”, un sistema gigantesco de religión falsa, una mezcla
de verdad y error. La profecía del segundo capítulo de 2 Tesalonicenses no con
dena a los individuos, sino que expone el sistema religioso responsable de la gran
apostasía. Dentro de este sistema, sin embargo, hay muchos creyentes que perte
necen a la iglesia universal de Dios, porque viven según toda la luz que tienen.
La iglesia sufriente. Junto con el descenso de la espiritualidad, la iglesia de
Roma desarrolló un perfil más secular, con vínculos más estrechos al gobierno
imperial. La iglesia y el Estado se unieron en una alianza profana.
En su obra clásica, La ciudad de Dios, Agustín, uno de los padres más influ
yentes de la Iglesia, estableció el ideal católico de una Iglesia universal en control
de un Estado universal. El pensamiento de Agustín estableció el fundamento de
la teología medieval del papado.
En el año 533 d.C., en una carta incorporada en el código de Justiniano, el
emperador Justiniano declaró que el obispo de Roma era la cabeza de todas las
iglesias.6También reconoció la influencia del Papa en la eliminación de los here
jes.7
Cuando Belisario, general de Justiniano, liberó a Roma en el año 538 d.C., el
obispo de Roma se vio libre del control de los ostrogodos, cuyo arrianismo había
resultado en la restricción de la Iglesia Católica en desarrollo. Ahora el obispo
podría ejercer las prerrogativas que le había concedido el decreto de Justiniano,
en el año 533 d.C.; ahora podría aumentar la autoridad de la “Santa Sede”. Así
comenzaron los 1.260 años de persecución que había predicho la profecía bíblica
(Dan. 7:25; Apoc. 12:6,14; 13:5-7).
Trágicamente, la Iglesia, asistida por el Estado, procuró imponer sus decretos y
enseñanzas sobre todos los cristianos. Muchos abandonaron sus creencias por temor
a la persecución, mientras que los que decidieron permanecer fieles a las enseñanzas
184 . LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
bíblicas experimentaron severa persecución. El mundo cristiano se convirtió en un
campo de batalla. ¡Muchos fueron aprisionados o ejecutados en el nombre de Dios!
Durante los 1.260 años de persecución, millones de fieles creyentes experimentaron
grandes sufrimientos y muchos debieron sellar con la muerte su lealtad a Cristo.8
Cada gota de sangre derramada pasó a ser una mancha en el nombre de Dios
y Jesucristo. Nada ha dañado más la causa del cristianismo que esta despiadada
persecución. La visión terriblemente distorsionada del carácter de Dios que pro
veen estas actividades de la iglesia, y las doctrinas del purgatorio y tormento
eterno, llevaron a muchos a rechazar por completo el cristianismo.
Mucho antes de la Reforma, diversas voces dentro de la Iglesia Católica
protestaron contra el despiadado asesinato de sus oponentes, sus pretensiones
arrogantes y corrupción desmoralizadora. La negativa de la iglesia a reformarse
provocó el nacimiento de la Reforma protestante del siglo XVI. El éxito de este
movimiento le asestó un fuerte golpe a la autoridad y al prestigio de la iglesia de
Roma. Por medio de la Contrarreforma, el papado se dedicó a una sangrienta
lucha para aplastar la Reforma, pero gradualmente perdió la batalla contra las
fuerzas que luchaban a favor de la libertad civil y religiosa.
Finalmente, en 1798,1.260 años después del año 538 d.C., la Iglesia Católica
Romana recibió una herida mortal (ver Apoc. 13:3).9Las victorias espectaculares
de los ejércitos de Napoleón en Italia, colocaron al Papa a la merced del gobierno
revolucionario francés, el cual consideraba que la religión romana era el enemigo
irreconocible de la República. El gobierno francés ordenó a Napoleón que tomara
preso al Papa. Bajo sus órdenes, el general Berthier entró en Roma y proclamó el
fin del poder político del papado. Tomando cautivo al Papa, Berthier lo llevó
consigo a Francia, donde murió en el exilio.10
El derrocamiento del papado fue el acontecimiento culminante de una larga
serie asociada con su declinación progresiva. Este suceso marca el fin del período
profètico de los 1.260 años. Muchos protestantes lo interpretaron como el cum
plimiento de la profecía.11
La Reforma
Entre los principales factores que causaron el clamor del pueblo por reformas
dentro de la iglesia establecida, se hallan las doctrinas sin base bíblica, cuyo funda
mento es la tradición, la persecución enconada de los disidentes, la corrupción y la
decadencia espiritual manifestada en gran número de los miembros del clero.
Puntos doctrinales. Se ofrecen a continuación algunos ejemplos de las doc
trinas extrabíblicas que ayudaron a impulsar la Reforma protestante, y que toda
vía separan a los protestantes y los católicos.
El remanente y su misión ♦ 185
1. La cabeza de la iglesia en el mundo es el vicario de Cristo. Esta doctrina
pretende que únicamente el obispo de Roma es el vicario o representante de
Cristo en el mundo, y la cabeza visible de la iglesia. En contraste con la visión
bíblica del liderazgo eclesiástico (ver el capítulo 12 de esta obra), esa doctrina se
basaba en la suposición de que Cristo nombró a Pedro como la cabeza visible de
la iglesia, y el Papa es el sucesor de Pedro.12
2. La infalibilidad de la iglesia y su cabeza. La doctrina que realizó la mayor
contribución al prestigio y a la influencia de la iglesia de Roma fue la de su in
falibilidad. La iglesia pretendía que nunca había errado, y que jamás erraría.
Basaba esta enseñanza en el razonamiento siguiente, que carece completamen
te de base bíblica: Por cuanto la iglesia es divina, uno de sus atributos inheren
tes es la infalibilidad. Además, por cuanto Dios, a través de esta iglesia divina
se proponía guiar al cielo a todos los individuos de buena voluntad, la iglesia
debe ser infalible en su enseñanza de la fe y la moral.13Cristo, por lo tanto, la
preservará de todo error a través del poder del Espíritu Santo.
El corolario lógico, que niega la corrupción básica de los seres humanos (ver
el capítulo 7 de esta obra), es que el dirigente de la iglesia también debe ser infa
lible.14En concordancia con esto, la enseñanza católica afirma que su líder posee
prerrogativas divinas.15
3. El oscurecimiento del ministerio mediador de Cristo como Sumo Sacerdote.
A medida que aumentaba la influencia de la iglesia de Roma, la atención de los
creyentes fue desviándose de la obra mediadora continua de Cristo como Sumo
Sacerdote en el cielo, el antitipo de los sacrificios diarios continuos de los servi
cios del santuario del Antiguo Testamento (véanse los capítulos 4 y 24 de esta
obra), a un sacerdocio terrenal cuyo líder estaba en Roma. En vez de confiar en
Cristo para obtener el perdón de los pecados y la salvación eterna (véanse los
capítulos 9 y 10 de esta obra), los creyentes colocaron su fe en los papas, los
sacerdotes y los prelados. Contradiciendo la enseñanza del Nuevo Testamento
referente al sacerdocio de todos los creyentes, el ministerio de absolución del
clero llegó a presentarse como algo vital para la salvación.
El ministerio sacerdotal de Cristo en el cielo, donde constantemente aplica
los beneficios de su sacrificio expiatorio a favor de los creyentes arrepentidos, se
vio efectivamente negado cuando la iglesia sustituyó la misa por la Cena del Se
ñor. A diferencia de la Santa Cena —un servicio que Jesús instituyó con el fin de
conmemorar su muerte y anunciar su reino venidero (ver el capítulo 16 de esta obra)
—, la Iglesia Católica pretende que la misa constituye el sacrificio incruento de
Cristo, realizado por un sacerdote humano. Por cuanto Cristo es ofrecido
186 . LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
nuevamente, como lo fue en el Calvario, se consideraba que la misa traía gracia
especial a los creyentes y a los muertos.16
Ignorantes de las Escrituras y conociendo únicamente la misa conducida por
un sacerdote humano, multitudes perdieron la bendición del acceso directo a
nuestro mediador, Jesucristo. De este modo, se borró de la conciencia humana la
promesa e invitación divinas: “Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de
la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro”
(Heb. 4:16).
4. La naturaleza meritoria de las buenas obras. La idea que prevaleció, según
la cual una persona podía obtener el mérito vital haciendo buenas obras, y que la
fe no podía salvar, contradecía la enseñanza del Nuevo Testamento (véanse los
capítulos 9 y 10 de esta obra). La Iglesia Católica pasó a enseñar que las buenas
obras que constituyen el resultado de la gracia infusa en el corazón del pecador
eran meritorias, lo que significaba que le daban a un individuo el justo derecho
de exigir la salvación. De hecho, era posible acumular más obras buenas de las
que eran necesarias para la salvación —como en el caso de los santos—, y de este
modo, acumular méritos adicionales. Este extra mérito podía ser usado para el
beneficio de otros. Por cuanto la iglesia sostenía que los pecadores eran justifica dos
gracias a la justicia infusa en sus corazones, las buenas obras llegaron a ocu par
una posición importante en la justificación del individuo.
Las obras meritorias también pasaron a ocupar un papel importante en la
doctrina del purgatorio, la cual asevera que los que no están perfectamente puros
deben pasar por un castigo temporal purificador en el purgatorio, por sus peca
dos, antes que puedan entrar a gozar del cielo. Por sus oraciones y buenas obras,
los creyentes vivos pueden acortar la duración y la intensidad de los sufrimientos
de los que van a parar al purgatorio.
5. La doctrina de las penitencias e indulgencias. La penitencia es el sacramen
to por el cual los cristianos pueden obtener perdón por los pecados cometidos
después del bautismo. Este perdón de pecados se logra por intermedio de la ab
solución de un sacerdote, pero antes que pueda ser obtenido, los cristianos deben
examinar sus conciencias, arrepentirse de sus pecados, y resolver que nunca más
ofenderán a Dios. Entonces deben confesar sus pecados ante el sacerdote y cum
plir la penitencia asignada por él.
Sin embargo, la penitencia no libraba completamente a los pecadores. Toda
vía necesitaban sufrir el castigo temporal, ya sea en esta vida o en el purgatorio.
Para eliminar dicho castigo, la iglesia instituyó las indulgencias, las cuales pro
veían la remisión del castigo temporal que aun se debía a causa del pecado des
El remanente y su misión • 187
pués de la absolución de la culpa. Las indulgencias, que podían beneficiar tanto a
los vivos como a los que se hallaban en el purgatorio, se concedían con la condi
ción de hacer penitencia y realizar las buenas obras prescritas, a menudo en for
ma de pagos de dinero a la iglesia.
Lo que hacía posibles las indulgencias eran los méritos extra de los mártires,
de los santos, de los apóstoles, y especialmente de Jesucristo y de María. Sus
méritos eran depositados en un “tesoro de méritos”, y eran transferibles a los
creyentes cuyas cuentas eran deficientes. El Papa, como el pretendido sucesor de
Pedro, controlaba las llaves de este tesoro, y podía librar del castigo temporal a
los creyentes, asignándoles crédito del tesoro.17
6. La autoridad máxima reside en la iglesia. A través de los siglos, la iglesia
establecida adoptó muchas creencias, días de fiesta y símbolos paganos. Cuando
diversas voces se levantaron clamando contra estas abominaciones, la iglesia de
Roma asumió el único derecho de interpretar la Biblia. La iglesia, y no la Biblia,
pasó a ser la autoridad final (ver el capítulo 1 de esta obra). La iglesia argüía que
existen dos fuentes de autoridad divina: (1) Las Escrituras sagradas y (2) la tradi
ción católica, la cual consiste en los escritos de los padres de la iglesia, los decre
tos de los concilios eclesiásticos, los credos aprobados y las ceremonias de la
iglesia. Cuando las doctrinas de la iglesia se hallaban apoyadas por la tradición
pero no por la Escritura, la tradición tomaba precedencia. Los creyentes comunes
no tenían autoridad para interpretar las doctrinas que Dios había revelado en la
Escritura. Dicha autoridad residía únicamente en la Iglesia Católica.18
El amanecer de un nuevo día. En el siglo XIV, Juan Wiclef llamó a una re
forma de la iglesia, no solo en Inglaterra sino también en toda la cristiandad.
Durante una época en la cual existían pocos ejemplares de la Biblia, proveyó la
primera traducción del texto completo de las Escrituras al inglés. Sus enseñan
zas de salvación únicamente por fe en Cristo, y de que solo las Escrituras eran
infalibles, establecieron el fundamento de la Reforma protestante. En su papel
de estrella matutina de la Reforma, procuró librar a la iglesia de Cristo de las
cadenas del paganismo que la ataban a la ignorancia. Inauguró un movimiento
que lograría libertar las mentes individuales y aun naciones enteras de las garras
del error religioso. Los escritos de Wiclef tocaron el alma de Huss, Jerónimo,
Lutero, y muchos otros.
Martín Lutero —fogoso, impulsivo, inflexible— fue probablemente la per
sonalidad más poderosa de la Reforma. Más que ningún otro hombre, guió al
pueblo de vuelta a las Escrituras y a la gran verdad evangélica de la justificación
por la fe, mientras predicaba contra la salvación por las obras.
188 ♦ LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
Declarando que los creyentes no debían aceptar ninguna autoridad fuera de
las Escrituras, Lutero dirigió las miradas de la gente hacia arriba, separándolas
de obras humanas, sacerdotes y penitencias, y apuntando a Cristo como su único
Mediador y Salvador. Era imposible, afirmaba, disminuir la culpabilidad del pe
cado por obras humanas, o evitar su castigo. Únicamente el arrepentimiento
ante Dios y la fe en Cristo pueden salvar a los pecadores. Por cuanto su gracia
constituye un regalo, libremente ofrecido, no se la puede comprar. Los seres
humanos, por lo tanto, pueden tener esperanza, no a causa de las indulgencias,
sino por la sangre derramada del Redentor crucificado.
Como una expedición arqueológica que descubre tesoros enterrados bajo los
desechos acumulados de los siglos, la Reforma desenterró verdades largamente
olvidadas. Se redescubrió la justificación por la fe, el gran principio del evangelio,
así como un nuevo aprecio por el sacrificio expiatorio de Jesucristo, realizado
una vez para siempre, y su sacerdocio mediador perfectamente suficiente. Mu
chas enseñanzas que no eran bíblicas, como las oraciones por los muertos, la
veneración de los santos y las reliquias, la celebración de la misa, la adoración de
María, el purgatorio, las penitencias, el agua bendita, el celibato de los sacerdotes,
el rosario, la Inquisición, la transubstanciación, la extrema unción y la dependen
cia de la tradición, fueron repudiadas y abandonadas.
Los reformadores protestantes se hallaban casi unánimes en la identificación
del sistema papal como el “hombre de pecado”, el “misterio de iniquidad”, y el
“cuerno pequeño” de Daniel, la entidad que había de perseguir al verdadero pue
blo de Dios durante los 1.260 años de Apocalipsis 12:6,14 y 13:5, antes de la se
gunda venida de Cristo.19
La doctrina de la Biblia y la Biblia sola como la norma de fe y conducta moral,
se convirtió en un punto básico del protestantismo. Los reformadores considera
ban que todas las tradiciones humanas estaban sujetas a la autoridad final y ma
yor de las Escrituras. En asuntos de fe religiosa, ninguna autoridad —Papa, con
cilios, padres de la iglesia, reyes o sabios— podía gobernar la conciencia. De
hecho, el mundo cristiano comenzaba a despertar de su sueño, y eventualmente
la libertad religiosa fue proclamada en muchas tierras.
La Reforma se estanca
La reforma de la iglesia cristiana no debía haber terminado en el siglo XVI.
Los reformadores habían logrado grandes avances, pero no habían vuelto a des
cubrir toda la luz que se había perdido durante la apostasía. Habían sacado a la
cristiandad de las profundas tinieblas, pero todavía permanecían en las sombras.
Mientras que, por una parte, lograron quebrantar la mano de hierro de la iglesia
medieval, darle la Biblia al mundo y restaurar el evangelio básico, no descubrieron
El remanente y su misión • 189
otras verdades importantes. El bautismo por inmersión, la inmortalidad como
un don concedido por Cristo en la resurrección de los justos, el séptimo día como
día de reposo bíblico, y otras verdades (ver los capítulos 7, 15, 20 y 26 de esta
obra) todavía se hallaban ocultas en las sombras.
Pero en vez de hacer avanzar la Reforma, sus sucesores se dedicaron a conso
lidar sus logros. En vez de enfocar su atención en las Escrituras, la dirigieron a las
palabras y opiniones de los reformadores. Unos pocos descubrieron nuevas ver
dades, pero la mayoría se negaron a avanzar más allá de lo que habían creído los
primeros reformadores. En consecuencia, la fe protestante degeneró hasta caer
en el formalismo y el escolasticismo, y ciertos errores que debían haber sido
abandonados fueron incorporados. La llama de la Reforma gradualmente se fue
apagando, y las iglesias protestantes llegaron a ser frías, formalistas y necesitadas
de reforma.
La época posterior a la Reforma fue de gran actividad teológica, pero en ella
se logró muy poco progreso espiritual. Frederic W. Farrar escribió que en este
período la libertad se transformó en servidumbre; los principios universales en
elementos desprovistos de solidez; la verdad en dogmatismo; la independencia
en tradición; la religión en sistema. La reverenda viviente por las Escrituras fue
reemplazada por una teoría muerta de inspiración. La ortodoxia genial le cedió
el paso a la férrea uniformidad, y el pensamiento viviente a una dialéctica de
controversia”.20Y a pesar de que la “Reforma había quebrantado el cetro de
plomo del antiguo escolastisicimo”, las iglesias protestantes introdujeron “un
nuevo escolasticismo cuya vara era de hierro”.21 Robert M. Grant llamó a este
nuevo escolasticismo algo “tan rígido como cualquier construcción teológica
medieval”.22Los protestantes “prácticamente se vieron atados por los límites de
sus confesiones del momento”.23
Brotaron las controversias. “Nunca hubo una época en la cual los seres huma
nos estuviesen tan ocupados en descubrir los errores unos de otros, o en la cual
se llamasen unos a otros usando tantos términos de oprobio”.24De este modo, las
buenas nuevas se convirtieron en una guerra de palabras. “La Escritura ya no
hablaba al corazón sino al intelecto crítico”.25Los dogmas eran ortodoxos, pero la
espiritualidad se extinguió. La teología triunfó, pero el amor fue apagado”.26
El remanente
A pesar de la apostasía y tribulación de los 1.260 años, algunos creyentes
continuaron reflejando la fuerza de la iglesia apostólica. Cuando se terminaron
los 1.260 años de opresión en 1798, el dragón no había logrado la eliminación
completa del pueblo fiel de Dios. Contra ese residuo, Satanás continuó dirigiendo
sus esfuerzos destructivos. Dijo el vidente: “Entonces el dragón se llenó de ira
190 . LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
contra la mujer; y se fue a hacer guerra contra el resto de la descendencia de ella,
los que guardan los mandamientos de Dios y tienen el testimonio de Jesucristo"
(Apoc. 12:17).
¿Qué es el remanente? En la descripción que hace Juan de la batalla entre el
dragón y los descendientes de la mujer, usa la expresión “el resto de la descenden
cia de ella” (Apoc. 12:17). Esta expresión significa “el residuo” o remanente
(Apoc. 12:17, VM). La Biblia describe al remanente como un pequeño grupo del
pueblo de Dios que, a través de calamidades, guerras y apostasía, permanecen
leales a Dios. Este remanente fiel proveyó los vástagos que Dios usó para propagar
su iglesia visible en el mundo (2 Crón. 30:6; Esd. 9:14, 15; Isa. 10:20-22; |er.
42:2;
Eze. 6:8; 14:22).
Dios comisionó al remanente para que declarase su gloria y guiara a su
pueblo esparcido por todo el mundo a su “santo monte de Jerusalén”, el “monte
de Sión” (Isa. 37:31,32; 66:20; compárese con Apoc. 14:1). De los que así lleguen a
unirse, la Escritura declara: “Estos son los que siguen al Cordero por
dondequiera que va” (Apoc. 14:4).
Apoc. 12:17 contiene una descripción del último remanente en el linaje de
creyentes leales que Dios ha escogido, sus fieles testigos en los últimos días
anteriores a la segunda venida de Cristo. ¿Cuáles son las características del
remanente?
Las características del remanente. Es difícil equivocarse con respecto al
remanente que exista en el tiempo del fin. Juan describe a este grupo en términos
específicos. Aparecen después de los 1.260 años de persecución, y se componen
de “los que guardan los mandamientos de Dios y tienen el testimonio de Jesucris
to” (Apoc. 12:17).
Tienen la responsabilidad de proclamar, justo antes de la segunda venida de
Cristo, la última amonestación que Dios envía al mundo, es decir, los mensajes
de los tres ángeles de Apocalipsis 14 (Apoc. 14:6-12). Estos mensajes contienen
en sí mismos una descripción del remanente. Son “los que guardan los manda
mientos de Dios y la fe de Jesús” (Apoc. 14:12). Consideremos cada una de estas
características.
1. Lafe de Jesús. El pueblo remanente de Dios se caracteriza por una fe similar
a la que poseía Jesús. Refleja la misma confianza inquebrantable que tenía el Sal
vador en Dios y la autoridad de la Escritura. Cree que Jesucristo es el Mesías de
la profecía, el Hijo de Dios, que vino como el Salvador del mundo. Su fe abarca
todas las verdades de la Biblia, las que Cristo creyó y enseñó.
El remanente y su misión • 191
El remanente de Dios, entonces, proclamará el evangelio eterno de salvación
por fe en Cristo. Amonestará al mundo, diciendo que la hora del juicio de Dios
ha llegado, y preparará a otros para que se encuentren con su Señor próximo a
venir. Estará empeñado en una misión mundial destinada a completar el testi monio
divino ante la humanidad (Apoc. 14:6, 7; 10:11; Mat. 24:14).
2. Los mandamientos de Dios. La fe genuina en Jesús compromete al remanen
te a seguir su ejemplo. “El que dice que permanece en él —dice Juan—, debe an
dar como él anduvo” (1 Juan 2:6). Por cuanto Jesús guardó los mandamientos de
su Padre, ellos también obedecen los mandamientos de Dios (Juan 15:10).
Especialmente por cuanto son el remanente, sus acciones deben estar en ar
monía con su profesión; de otro modo, ésta carece de valor. Jesús dijo: “No todo
el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la
voluntad de mi Padre que está en los cielos” (Mat. 7:21). Gracias al poder que
Cristo les concede, obedecen los requerimientos divinos, incluyendo los Diez
Mandamientos, la invariable ley moral de Dios (Éxo. 20:1-17; Mat. 5:17-19; 19:17;
Fil. 4:13).
3. El testimonio de Jesús. Juan define “el testimonio de Jesús” como “el espíritu
de profecía” (Apoc. 19:10). El remanente estará guiado por el testimonio de Jesús
comunicado por medio del don de profecía.
Este don del Espíritu había de funcionar continuamente a través de toda
la historia de la iglesia, “hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del
conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura
de la plenitud de Cristo” (Efe. 4:13). Es, por lo tanto, una de las principales ca
racterísticas del remanente.
Esta conducción profètica hace que el remanente sea un pueblo profètico
que proclama un mensaje profètico. Comprenden la profecía y la enseñan. La
revelación de la verdad que llega al conocimiento del remanente, les ayuda a
cumplir su importante misión de preparar al mundo para el retorno de Cristo
(ver el capítulo 18 de esta obra).
El surgimiento del remanente de los últimos días. La Biblia indica que el
remanente aparece en la escena mundial después del tiempo de la gran persecu
ción (Apoc. 12:14-17). Los acontecimientos de la revolución francesa, que con
movieron al mundo, y que llevaron a la cautividad del Papa al fin del período de
1.260 años (1798), y el cumplimiento de las tres grandes señales cósmicas —en
las cuales la tierra, el sol, la luna y las estrellas testificaron acerca de la proximi dad
del retorno de Cristo (ver el capítulo 25 de esta obra)—, condujeron a un
192 . LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
reavivamiento importante en el estudio de la profecía. Surgió una expectativa
ampliamente difundida acerca del inminente regreso de Jesús. Por todo el mun
do, muchos cristianos reconocieron que había llegado el tiempo del fin” (Dan.
12:4).27El cumplimiento de las profecías bíblicas durante la segunda mitad del
siglo XVIII y la primera mitad del XIX, produjo un poderoso movimiento inter
confesional centrado en la esperanza del segundo advenimiento. En cada iglesia,
se podían hallar creyentes en el inminente regreso de Cristo, orando, trabajando
y anticipando la culminación de la historia.
La esperanza adventista produjo un profundo espíritu de unidad entre sus
adherentes, y muchos se unieron para amonestar al mundo acerca del pronto
regreso de Cristo. El movimiento adventista constituyó un fenómeno verdadera
mente bíblico e interconfesional, centrado en la Palabra de Dios y en la espe
ranza del advenimiento.
Mientras más estudiaban la Biblia, los creyentes se sentían más convenci
dos de que Dios estaba llamando a un remanente para que continuara la refor
ma de la iglesia cristiana que se había detenido. Ellos mismos habían experi
mentado la ausencia del verdadero espíritu de la reforma en sus respectivas
iglesias, y la falta de interés en el estudio del tema de la Segunda Venida y la
preparación correspondiente. Su estudio de la Biblia revelaba que las pruebas y
chascos a través de los cuales Dios los había dirigido, constituían una experien
cia purificadora profundamente espiritual, que los unió para formar el rema
nente de Dios. Dios los había comisionado para continuar la reforma que había
traído tanto gozo y poder a la iglesia. Con gratitud y humildad aceptaron su
misión, comprendiendo que la comisión de Dios no les había sido dada a causa
de alguna superioridad inherente, y que únicamente por medio del poder y la
misericordia de Cristo podrían esperar tener éxito.
La misión del remanente
Las profecías del libro del Apocalipsis bosquejan con claridad la misión del
remanente. Los mensajes de los tres ángeles de Apocalipsis 14:6-12 revelan la
proclamación del remanente que producirá la restauración completa y final de la
verdad evangélica.28Estos tres mensajes constituyen las respuestas de Dios ante
el avasallador engaño satánico que arrastra al mundo poco antes del regreso de
Cristo (Apoc. 13:3, 8,14-16). En seguida después del último llamado de Dios al
mundo, Cristo vuelve para recoger la cosecha (Apoc. 14:14-20).
El mensaje del prim er ángel. “Vi volar por en medio del cielo a otro ángel,
que tenía el evangelio eterno para predicarlo a los moradores de la tierra, a toda
nación, tribu, lengua y pueblo, diciendo a gran voz: Temed a Dios y dadle gloria,
El remanente y su misión • 193
porque la hora de su juicio ha llegado; y adorad aquel que hizo el cielo y la tierra,
el mar y las fuentes de las aguas” (Apoc. 14:6,7).
El primer ángel simboliza el remanente de Dios que lleva el evangelio eterno
a todo el mundo. Este evangelio es el mismo mensaje de buenas nuevas del infi nito
amor de Dios que los antiguos profetas y apóstoles proclamaron (Heb. 4:2). El
remanente no presenta un evangelio diferente; por el contrario, en vista del juicio,
reafirman ese evangelio eterno según el cual los pecadores pueden ser justificados
por fe y recibir así la justicia de Cristo.
Este mensaje llama al mundo al arrepentimiento. Requiere de todos que “te
man” o reverencien a Dios, y que le den a él la “gloria” u honor. Fuimos creados
con este propósito y podemos honrar o glorificar a Dios en nuestras palabras y
acciones: “En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto” (Juan
15:8).
Juan predice que el movimiento que ha de preparar el mundo para el regreso
de Cristo pondrá renovado énfasis en la preocupación que la Biblia expresa de
glorificar a Dios. Como nunca antes, presentará el llamado que hace el Nuevo
Testamento a la sagrada mayordomía de nuestras vidas: “Vuestro cuerpo es tem
plo del Espíritu Santo”. No tenemos derecho exclusivo a nuestros poderes físicos,
morales y espirituales; Cristo los compró con su sangre en el Calvario. “Glorifi
cad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios”
(1 Cor. 6:19, 20). “Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, haced lo todo para
la gloria de Dios" (1 Cor. 10:31).
El hecho de que ha llegado “la hora de su juicio” le añade urgencia al llamado
al arrepentimiento (ver el capítulo 24 de esta obra). En Apocalipsis 14:7, la pala
bra juicio es la traducción del término griego krísis, el acto de juzgar, no la sen
tencia del juicio (kríma). Se refiere a todo el proceso de juicio, incluyendo el em
plazamiento de los acusados ante el divino tribunal, la investigación de los
registros de la vida, el veredicto de culpabilidad o inocencia, y el otorgamiento de
la vida eterna o la sentencia de muerte (ver Mat. 16:27; Rom. 6:23; Apoc. 22:12).
El mensaje de la hora del juicio proclama también el juicio de Dios sobre toda
apostasía (Dan. 7:9-11; Apoc. 17,18).
El mensaje de la hora del juicio apunta en forma especial al momento cuando,
en cumplimiento de la última fase de su ministerio como Sumo Sacerdote en el
Santuario celestial, Cristo entró en su obra de juicio (ver el capítulo 24 de esta
obra).
Este mensaje también llama a todos a que adoren al Creador. El llamado de
Dios a la adoración debe ser visto en contraste con el requerimiento de adorar a
la bestia y a su imagen (Apoc. 13:3, 8,15). Pronto todos deberán escoger entre el
verdadero y el falso culto, es decir entre la adoración a Dios según sus términos
7— C. A. S. D.
194 . LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN E N .
(justificación por la fe) o en nuestros términos (justificación por las obras). Al
mandarnos adorar “a aquel que hizo el cielo y la tierra, el mar y las fuentes de las
aguas” (Apoc. 14:7; compárese con Éxo. 20:11), este mensaje exige que se le pres
te atención al cuarto mandamiento del Decálogo. Lleva al pueblo a entrar en una
experiencia de verdadero culto al Creador, una experiencia que incluye honrar su
monumento a la creación, el séptimo día sábado del Señor, que instituyó al fin de
la creación y que afirmó en los Diez Mandamientos (ver el capítulo 20 de esta
obra). Por lo tanto, el mensaje del primer ángel requiere la restauración del ver
dadero culto, presentando ante el mundo a Cristo el Creador y Señor del sábado
bíblico. Ésta es la señal de la creación de Dios, una señal que la vasta mayoría de
sus seres creados han descuidado.
En forma providencial, la proclamación de este mensaje que llama la atención
del mundo al Dios creador, comenzó en el momento de la historia cuando la filo
sofía evolucionista recibió un fuerte apoyo a través de la publicación de la obra El
origen de las especies de Carlos Darwin (1859). La predicación del mensaje del
primer ángel construye el mayor baluarte contra el progreso de la teoría de la
evolución.
Finalmente, este llamado implica la restauración del honor de la santa Ley de
Dios, la cual ha sido pisoteada por el “hombre de pecado” (2 Tes. 2:3). Únicamen
te si se restaura el verdadero culto y los creyentes viven de acuerdo con los prin
cipios del reino de Dios, puede el Creador ser glorificado.
El mensaje del segundo ángel. “Ha caído, ha caído Babilonia, la gran ciudad,
porque ha hecho beber a todas las naciones del vino del furor de su fornicación”
(Apoc. 14:8).
Desde muy temprano en la historia, la ciudad de Babilonia ha simbolizado el
desafío a Dios. Su torre fue un monumento a la apostasía y un centro de rebelión
(Gén. 11:1-9). Lucifer (Satanás) era su rey invisible (Isa. 14:4, 12-14) y se hace
evidente que deseaba hacer de Babilonia la agencia de su plan maestro para con
trolar a la raza humana. A través de la Biblia, el conflicto entre la ciudad de Dios,
Jerusalén, y la ciudad de Satanás, Babilonia, ilustra el conflicto entre el bien y el
mal.
Durante los primeros siglos de la era cristiana, cuando los romanos oprimían
tanto a judíos como a cristianos, la literatura judía y cristiana se refería a la ciu
dad de Roma como Babilonia.29Muchos creen que Pedro usó Babilonia como un
seudónimo de Roma (1 Ped. 5:13). Por causa de su apostasía y persecución, la
mayoría de los protestantes de la época de la Reforma y los tiempos posteriores a
ella, se referían a la iglesia de Roma como la Babilonia espiritual (Apoc. 17), la
enemiga del pueblo de Dios.30
El remanente y su misión ♦ 195
En el Apocalipsis, el término Babilonia se refiere a la mujer malvada, la madre
de las prostitutas, y a sus hijas impuras (Apoc. 17:5). Simboliza todas las organi
zaciones religiosas apóstatas y sus dirigentes, si bien se refiere especialmente a la
gran alianza religiosa apóstata entre la bestia y su imagen que producirá la crisis
final que se describe en Apocalipsis 13:15-17.
El mensaje del segundo ángel establece la naturaleza universal de la apostasía
babilónica y su poder coercitivo, diciendo que “ha hecho beber a todas las nacio nes
del vino del furor de su fornicación”. El “vino" de Babilonia representa sus
enseñanzas heréticas. Babilonia ejercerá presión sobre los poderes del Estado
para que hagan cumplir universalmente sus falsas enseñanzas y decretos religio sos.
La “fornicación” que se menciona representa la relación ilícita entre Babilonia
y las naciones, entre la iglesia apóstata y los poderes civiles. Se supone que la
iglesia está casada con su Señor; al buscar en vez de ello el apoyo del Estado, deja
a su Esposo y comete fornicación espiritual (ver Eze. 16:15; Sant. 4:4).
Esta relación ilícita desemboca en tragedia. Juan ve a los habitantes del mun
do “ebrios” de falsas enseñanzas, y la misma Babilonia “ebria de la sangre de los
santos y de la sangre de los mártires de Jesús”, que han rehusado aceptar sus
doctrinas sin fundamento bíblico y que se niegan a someterse a su autoridad
(Apoc. 17:2, 6).
Babilonia cae porque rechaza el mensaje del primer ángel, es decir, el evange
lio de la justificación por fe en el Creador. Así como en los primeros siglos de la
era cristiana la iglesia de Roma apostató, muchos protestantes de hoy se han
apartado de las grandes verdades bíblicas de la Reforma. Esta profecía de la caída
de Babilonia encuentra su cumplimiento especial en el apartamiento del protes
tantismo en general de la pureza y sencillez del evangelio eterno de la justifica
ción por la fe, que en el pasado motivó tan poderosamente la Reforma.
El mensaje del segundo ángel adquiere pertinencia creciente a medida que el
fin se acerca. Se cumplirá con toda su plenitud cuando suceda la alianza de las
diversas organizaciones religiosas que hayan rechazado el mensaje del primer
ángel. El mensaje de la caída de Babilonia se repite en Apocalipsis 18:2-4, pasaje
en el cual se anuncia la caída completa y definitiva de Babilonia, y en el que se
extiende un llamado a los hijos de Dios que todavía integran los diversos cuerpos
religiosos que comprenden a Babilonia, para que se separen de ella. Dice el ángel:
“Salid de ella, pueblo mío, para que no seáis participes de sus pecados, ni recibáis
parte de sus plagas” (Apoc. 18:4).31
El mensaje del tercer ángel. “Si alguno adora a la bestia y a su imagen, y re
cibe la marca en su frente o en su mano, él también beberá del vino de la ira de
196 . LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
Dios, que ha sido vaciado puro en el cáliz de su ira, y será atormentado con fuego
y azufre delante de los santos ángeles y del Cordero; y el humo de su tormento
sube por los siglos de los siglos. Y no tienen reposo ni de día ni de noche los que
adoran a la bestia y a su imagen, ni nadie que reciba la marca de su nombre. Aquí
está la paciencia de los santos, los que guardan los mandamientos de Dios y la fe
de Jesús” (Apoc. 14:9-12).
El mensaje del primer ángel proclama el evangelio eterno y demanda la res
tauración del verdadero culto a Dios como Creador, porque la hora del juicio ha
llegado. El segundo ángel advierte contra todas las formas de adoración que se
originan en los conceptos humanos. Finalmente, el tercer ángel proclama la
amonestación más solemne de Dios contra el acto de adorar a la bestia y a su
imagen, lo cual harán inevitablemente todos los que rechacen el evangelio de la
justificación por la fe.
La bestia que aparece en Apocalipsis 13:1-10 es la unión entre la Iglesia y el
Estado que dominó al mundo cristiano durante muchos siglos, y fue descrita por
Pablo como "el hombre de pecado” (2 Tes. 2:2-4), y por Daniel como el “cuerno
pequeño” (Dan 7:8,20-25; 8:9-12). La imagen de la bestia representa esa forma de
religión apóstata que se desarrollará cuando las iglesias, habiendo perdido el ver
dadero espíritu de la Reforma, se unan con el Estado para imponer sus enseñan
zas sobre los demás. Al unir la iglesia y el Estado habrán llegado a ser una perfec
ta imagen de la bestia, es decir de la iglesia apóstata que persiguió a los santos
durante 1.260 años. De aquí el nombre imagen de la bestia.
El mensaje del tercer ángel proclama la más solemne y terrible advertencia de
la Biblia. Revela que los que se sometan a la autoridad humana en la crisis final
de la tierra, adorarán a la bestia y a su imagen en lugar de a Dios. Durante este
conflicto final se desarrollarán dos clases definidas. Una clase apoyará un evan
gelio de hechura humana y adorará a la bestia y a su imagen, atrayendo sobre sí
mismos el juicio más grave. La otra clase, en marcado contraste, vivirá el evan
gelio verdadero y guardarán “los mandamientos de Dios y la fe de Jesús” (Apoc.
14:9, 12). El asunto final de discusión implica la adoración verdadera o falsa, el
evangelio verdadero o falso. Cuando este punto se presente claramente delante
del mundo, los que rechacen el memorial de la creación divina —el sábado bíbli co
—, eligiendo adorar y dar honor al domingo, conociendo claramente que no es el
día de adoración dado por Dios, recibirán la “marca de la bestia”. Ésta es una marca
que indica rebelión; la bestia pretende que su cambio del día de adoración muestra
su autoridad incluso sobre la ley de Dios.32
El tercer mensaje dirige la atención del mundo a la consecuencia de rehusar
aceptar el evangelio eterno y el mensaje divino de la restauración del verdadero
culto. Describe con vividez el resultado final que tendrá la elección de la gente en
El remanente y su misión ♦ 197
lo que se refiere a la adoración. Esta elección no es fácil, por cuanto no importa
lo que escojamos, igualmente sufriremos. Los que obedezcan a Dios experimen
tarán la ira del dragón (Apoc. 12:17) y eventualmente se los amenazará de muer
te (Apoc. 13:15), mientras que los que elijan adorar a la bestia y a su imagen verán
caer sobre ellos las siete últimas plagas, y finalmente serán echados en “el lago de
fuego” (Apoc. 15,16; 20:14,15).
Pero si bien ambas elecciones implican sufrimiento, sus resultados son dife
rentes. Los que adoran al Creador serán librados de la ira mortífera del dragón, y
estarán junto al Cordero en el monte de Sión (Apoc. 14:1; 7:2,4). Los adoradores
de la bestia y de su imagen, por su parte, reciben el pleno impacto de la ira de
Dios, y perecen en presencia de los santos ángeles y del Cordero (Apoc. 14:9,10;
20:14).
Todos tendremos que elegir a quién adoraremos. Nuestra elección de la justi
ficación por la fe se revelará en nuestra participación de una forma de adoración
que Dios ha aprobado, o nuestra elección de justicia por obras se revelará en
nuestra participación en una forma de culto que Dios ha prohibido, pero que la
bestia y su imagen mandan obedecer, un culto de origen humano. Dios no puede
aceptar esta última forma de adoración, porque le da prioridad a los mandamien
tos de seres humanos y no a los de Dios. Procura la justificación por medio de las
obras del hombre y no por la fe que es el resultado de una entrega total a Dios,
reconociéndolo como Creador, Redentor y Recreador. En este sentido, entonces,
el mensaje del tercer ángel es el mensaje de justificación por la fe.
Dios tiene hijos en todas las iglesias, pero a través de la iglesia remanente
proclama un mensaje destinado a restaurar su verdadero culto, al llamar a su
pueblo a salir de la apostasía y prepararse para el regreso de Cristo. Reconociendo
que hay muchos entre el pueblo de Dios que todavía no se han unido a ellos, los
miembros del remanente perciben sus graves defectos y debilidades, mientras
procuran cumplir su solemne misión. Se dan cuenta de que únicamente por la
gracia de Dios podrán lograr cumplir su trascendental responsabilidad.
A la luz de la pronta venida de Cristo y la necesidad de prepararse para encon
trarse con él, el urgente y compasivo llamado de Dios resuena en el corazón de
cada uno de nosotros: “Salid de ella pueblo mío, para que no seáis partícipes de
sus pecados, ni recibáis parte de sus plagas. Porque sus pecados han llegado hasta
el cielo, y Dios se ha acordado de sus maldades” (Apoc. 18:4, 5).
Referencias
1. El brillo enceguecedor del sol que rodea a la mujer pura (Apoc. 12:1) representa, según diver
sos comentadores, la luz del evangelio del Nuevo Testamento, que ungió a la iglesia primiti-
198 . LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN.
va con su poder. La luna, que refleja la luz del sol, simboliza en forma adecuada el reflejo que
provee el Antiguo Testamento de la luz del evangelio a través de las predicciones y los ritos
que apuntaban hacia el futuro, a la cruz y al Mesías venidero. La corona de doce estrellas
representa las raíces de la iglesia que surge en el Antiguo Testamento con los padres de las
doce tribus, y se extiende en el Nuevo Testamento por medio de los doce apóstoles.
2. El uso del principio de día por año para calcular el tiempo profetico se mencionó antes en
referencia a la profecía mesiánica de Daniel 9. Ver el capítulo 4 de esta obra.
3. Comentario bíblico adventista, t. 4, pp. 861, 862.
4. El término Papa viene literalmente del latín común papa, griego común papas, “padre”,
“obispo"; griego pappas, “padre”; el Papa es “el obispo de Roma, la cabeza de la Iglesia Católi
ca Romana”. (Webster's New Universal Unabridged Dictionary, 2‘. ed. [Nueva York: Simon &
Schuster, 1979]).
5. El papado puede definirse como el sistema de gobierno eclesiástico en el cual la autoridad
suprema recae sobre el Papa.
6. Carta de Justiniano al Papa Juan, citado en Carta, Papa Juan a Justiniano, en el Codex Justini-
anus (Código de Justiniano), Libro 1, título 1, 8 Corpus Juris Civilis, compilador, Pablo Krue
ger, 12aed. (Berlín: Weidmannsche Verlaglsbuchhandlung, 1959, t. 2, p. 11, en The Civil Law
[La ley civil], S. P. Scott, editor y traductor, (Cincinnati, OH: Central Trust Comp.,1932), t.
12, pp. 11-13. Compárese con Justiniani Novellae (Las nuevas constituciones de Justiniano),
Nueva Constitución, N° 131, cap. 2, Corpus Juris Civilis, compiladores Rodolfo Schoell y
William Kroll, 7* ed., t. 3, p. 665, en Civil Law, [Ley civil], t. 17, p. 125. Ver también Don
Neufeld y Julia Neuffer, eds., Seventh-Day Adventist Bible Student’s Source Book [El manual
de referencia para el estudiante adventista del séptimo día de la Biblia], (Washington, D. C.:
Review and Herald, 1962), pp. 684 ,685 .
7. Carta de Justiniano al arzobispo Epifanio de Constantinopla, 26 de marzo del año 533, en
Codex Justinianus, libro 1, título 1, 7, Corpus Juris Civilis, ed. de Krueger, t. 2, p. 8, según se
cita en Source Book, p. 685.
8. Ver por ejemplo “Persecution”, [Persecución], Encyclopaedia o f Religion and Ethics [Enciclo
pedia de religión y ética], James Hastings, ed., (Nueva York: Charles Scribner’s Sons, 1917), t.
9, pp. 749-757; John Dowling, The History o f Romanism: From The Earliest Corruptions o f
Christianity to the Present Time, [La historia del romanismo: desde las primeras corrupcio
nes del cristianismo hasta el tiempo presente], 10*. ed. (Nueva York: Edward Walker, 1846),
pp. 237-616.
9. Este golpe causó serios daños al prestigio del papado, pero no terminó con su influencia.
Apoc. 13:3 menciona que “la herida de muerte” sería sanada, lo que indica un reavivamiento
de la influencia papal. En los últimos días llega a convertirse en la más poderosa influencia
religiosa en el mundo.
10. George Trevor, Rome: From the Fall o f the Western Empire [Roma: Desde la caída del Imperio
Occidental] (Londres: The Religious Tract Society, 1868), pp. 439, 440; John Adolphus, The
History o f France From the Year 1790 to the Peace Concluded a t Amiens in 1802 [Historia de
Francia desde el año 1790 hasta la paz de Amiens en 1802], (Londres: George Kearsey, 1803),
t. 2, pp. 364-369. Ver también el Source Book, pp. 701,702.
11. Leroy E. Froom, Vìe Prophetic Faith o f Our Fathers [La fe profètica de nuestros padres]
(Washington, D. C.: Review and Herald), 1948, t. 2, pp. 765-782.
12. Peter Geiermann, The Convert’s Catechism o f Catholic Doctrine [El catecismo de la doctrina
católica para el converso] (San Luis, Missouri: B. Herder Book Co., 1957), pp. 27, 28.
13. Ibid., p. 27.
14. Más tarde, la doctrina de la infabilidad papal se basó en la suposición de que (1) “la infatibi-
lidad como un atributo de una iglesia divina se encuentra necesariamente en su plenitud en
El remanente y su misión • 199
la cabeza"; (2) Pedro era infalible en su enseñanza de fe y moral, y (3) el Papa heredó de Pedro
los atributos de la iglesia divina. Se concluía que cuando el Papa hablaba ex-cathedra, “es un
maestro infalible en asuntos de fe y moral” (Geiermann, p. 29). Ex-cathedra en latín significa
literalmente “desde la silla”. En lo que respecta al Papa, se refiere a sus pronunciamientos
oficiales dirigidos a la Iglesia Católica.
15. Para diversas afirmaciones con respecto al papado, ver por ejemplo: Lucius Ferraris, “Papa",
art. 2, en Prompta Bibliotheca (Venecia: Gaspar Storti, 1772), t. 6, pp. 25-29, citadas en el
Source Book, p. 680. En cuanto a las pretensiones del papado mismo, ver por ejemplo: Papa
León XIII, Encíclica, 10 de enero de 1890 y 20 de junio de 1894 en The Great Encyclical Let
ters o f Pope Leo XIII [Las grandes cartas encíclicas del Papa León XIII], (Nueva York: Benzi-
ger Brothers, 1903, pp. 193, 304. Ver también Source Book, p. 614.
16. Catechism o f the Council o f Trentfo r Parish Priests, (Catecismo del Concilio de Trento para
párrocos], trad, de John A. McHugh y Charles J. Callan (Nueva York: Jose F. Wagner, Inc.,
1958), pp. 258,259 . Ver también Source Book, p. 614.
17. Comentario bíblico adventista, t. 7, pp. 50, 51.
18. Ver Concilio de Trento, sesión IV (8 de abril de 1546), según se cita en The Creeds o f Chris
tendom [Los credos de la cristiandad], Philip Schaff, editor, 6* ed. rev. (Grand Rapids, Michi
gan: Baker, 1983), t. 2, pp. 79-83. Ver también Source Book, pp. 1041-1043.
19. Froom, The Prophetic Faith o f Our Fathers, t. 2, pp. 528-531.
20. Frederic W. Farrar, History o f Interpretation [La historia de la interpretación], (Grand Ra
pids, Michigan: Baker 1979), p. 358.
21. Ibid.
22. Robert M Grant, A Short History o f Interpretation o f the Bible [Una corta historia de la inter
pretación de la Biblia] (Filadelfia, PA: Fortress Press, 1984), p. 97.
23. Farrar, p. 361.
24. Ibid., p. 363.
25. Grant, p. 97.
26. Farrar, p. 365.
27. En cuanto al origen del remanente, ver Froom, The Prophetic Faith o f Our Fathers, t. 4; P.
Gerard Damsteegt, Foundations o f the Seventh-Day Adventist Message and Mission [Funda
mentos del mensaje y la misión de los adventistas del séptimo día], (Grand Rapids, Michigan:
W. B. Eerdmans, 1977).
28. Ver Damsteegt, “A Theology of Restoration” [Una teología de la restauración] (Ponencia
presentada en la conferencia del centenario del evangelismo, Andrews University, 4 de mayo
de 1974.
29. Ver Midrash Rabbah en Canticles 1.6, 4; Tertuliano, Contra Marción, III, 13; Tertuliano,
Respuesta a los judíos, 9.
30. Froom, The Prophetic Faith o f Our Fathers, t. 2, pp. 531, 787.
31. Comentario bíblico adventista, t. 7, pp. 843-845.
32. La Iglesia Católica sostiene que posee la autoridad de cambiar el día de adoración. “P. ¿Cuál
es el día de reposo? R. Observamos el domingo en vez del sábado porque la Iglesia Católica
transfirió la solemnidad del sábado al domingo” (Geiermann, p. 50). Este catecismo recibió
la “bendición apostólica” del Papa Pió X, 25 de enero, 1910. (Source Book, p. 886).
LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
La unidad en el cuerpo
de Cristo
La iglesia es un cuerpo constituido por muchos miembros, llamados de entre
todas las naciones, razas, lenguas y pueblos. En Cristo somos una nueva
creación; las diferencias de raza, cultura, educación y nacionalidad, y las
diferencias entre encumbrados y humildes, ricos y pobres, hombres y mujeres,
no deben causar divisiones entre nosotros. Todos somos iguales en Cristo,
quien por un mismo Espíritu nos unió en comunión con él y los unos con los
otros; debemos servir y ser servidos sin parcialidad ni reservas. Por medio de
la revelación de Jesucristo en las Escrituras, participamos de la mismafe y la
misma esperanza, y damos a todos un mismo testimonio. Esta unidad tiene
sus orígenes en la unicidad del Dios triuno, que nos adoptó como hijos suyos
(Rom. 12:4, 5; 1 Cor. 12:12-14; Mat. 28 :19 ,20 ; Sal. 133 :1 ; 2 Cor. 5:16,17:
Hech.
17:26,27; Gál. 3:27, 29: Col. 3:10-15; Efe. 4:14-16; 4:1-6; Juan 17:20-23).
CUANDO JESÚS TERMINÓ SU MINISTERIO EN EL MUNDO (Juan 17:4),
no
dejó por eso de preocuparse profundamente por la condición de sus
discípulos, aun el atardecer antes de su muerte.
Los celos produjeron entre ellos discusiones sobre quién era el mayor, y cuál de
ellos ocuparía las posiciones más elevadas en el reino de Cristo. La explicación de
Cristo, según la cual la humildad era la sustancia de su reino, y sus verdaderos
segui dores debían ser siervos, entregándose voluntariamente al servicio sin
expectativas de recibir nada, ni aun una palabra de agradecimiento, en retorno,
parecía haber caído en oídos sordos (Luc. 17:10). Hasta el ejemplo que estableció el
Salvador, al inclinarse para lavar los pies de sus discípulos cuando ninguno de ellos
quería hacerlo debido a las implicaciones, parecía haber sido en vano (ver el
capítulo 16 de esta obra).
Jesús es amor. Era su simpatía lo que mantenía a las multitudes en pos de
él.
El remanente y su misión • 199
200
Por no comprender ese amor abnegado, sus discípulos estaban llenos de duros
prejuicios contra los no judíos, las mujeres, los “pecadores” y los pobres, lo cual
los cegaba para no ver el amor de Cristo que todo lo abarca, y que se manifestaba
aun hacia esos grupos detestados. Cuando los discípulos lo encontraron conver
sando con una mujer samaritana de mala reputación, todavía no habían aprendi
do que los campos, maduros para la cosecha, incluyen granos de todas clases,
listos para ser recogidos.
Pero a Cristo no podía conmoverlo la tradición, la opinión pública, ni siquiera
el control familiar. Su amor irrefrenable alcanzaba a la humanidad quebrantada
y la restauraba. Ese amor, que los haría distinguirse del pueblo indiferente, sería
la evidencia de que eran verdaderos discípulos. Así como el Maestro amó, ellos
debían amar. Desde entonces, y por siempre, el mundo podría distinguir a los
cristianos, no por causa de su profesión, sino por la revelación del amor de Cristo
en ellos (ver Juan 13:34, 35).
Aun mientras el Salvador estaba en el jardín del Getsemaní, su preocupación
más importante era la unidad de su iglesia, “los hombres que del mundo me dis
te” (Juan 17:6). Le rogó a su Padre que en la iglesia existiese una unidad similar a
la que experimentaban los miembros de la Deidad. “Que todos sean uno; como
tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que
el mundo crea que tú me enviaste” (Juan 17:21).
Esta unidad constituye la herramienta más poderosa que posee la iglesia para
testificar, por cuanto ofrece evidencias del abnegado amor que Cristo siente por
la humanidad. Dijo el Señor: “Yo en ellos, y tú en mí para que sean perfectos en
unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado a
ellos como también a mí me has amado” (Juan 17:23).
La unidad de la Biblia y la iglesia
¿Qué clase de unidad tenía Cristo en mente para la iglesia visible de hoy?
¿Cómo llegan a ser posibles tal amor y unidad? ¿Cuál es su fundamento? ¿Cuáles
son sus elementos constituyentes? ¿Demanda uniformidad o permite la diversi dad?
¿Cómo funciona la unidad?
La unidad del Espíritu. El Espíritu Santo es la fuerza motriz que impulsa la
iglesia a la unidad. Por su medio, los creyentes son llevados a la iglesia, por él son
“todos bautizados en un cuerpo” (1 Cor. 12:13). Dichos miembros bautizados
deben experimentar la clase de unidad que Pablo describió como “la unidad del
Espíritu” (Efe. 4:3).
El apóstol enumera los componentes básicos de la unidad del Espíritu: Hay
“un cuerpo, y un Espíritu, afirma, como fuisteis también llamados en una misma
202 ♦ LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO
La unidad en elDÍA CREEN
cuerpo EN.. ♦ 201
de Cristo
esperanza de vuestra vocación; un Señor, una fe, un bautismo, un Dios y Padre de
todos, el cual es sobre todos, y por todos, y en todos” (Efe. 4:4-6). Las siete repe
ticiones de la palabra uno, enfatizan la unidad completa que Pablo tiene en men
te.
El Espíritu Santo llama a individuos de toda nacionalidad y raza, y los bautiza
en un cuerpo, el cuerpo de Cristo, la iglesia. A medida que crecen en Cristo, las
diferencias culturales van dejando de producir divisiones. El Espíritu Santo de rriba
las barreras entre los encumbrados y los humildes, ricos y pobres, varones y
mujeres. Al darse cuenta de que a vista de Dios son todos iguales, se consideran de
alta estima los unos a los otros.
Esta unidad también funciona a un nivel corporativo. Significa que las iglesias
locales de todo lugar son iguales, aunque algunas reciban dinero y misioneros
provenientes de otros países. Dicha unión espiritual no conoce jerarquías. Tanto
los nacionales como los misioneros son iguales delante de Dios.
La iglesia unida tiene una esperanza, “la esperanza bienaventurada” de salva
ción que se verá cumplida en “la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y
Salvador Jesucristo” (Tito 2:13). Esta esperanza es una fuente de paz y gozo, y
provee un poderoso motivo para el testimonio unido (Mat. 24:14). Lleva a la
transformación, porque “todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a
sí mismo, así como él es puro” (1 Juan 3:3).
Por medio de una fe común —la fe personal en el sacrificio expiatorio de Je
sucristo—, todos llegan a ser parte del cuerpo. El bautismo, que simboliza la
muerte y resurrección de Cristo (Rom. 6:3-6), expresa esta fe a la perfección,
dando testimonio de la unión del creyente con el cuerpo de Cristo.
Finalmente, la Escritura enseña que hay un Espíritu, un Señor y un Dios y
Padre. Todos los aspectos de la unidad eclesiástica están fundados en la unidad
del Dios triuno. “Hay diversidad de dones, pero el Espíritu es el mismo. Y hay
diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo. Y hay diversidad de opera
ciones, pero Dios que hace todas las cosas en todos, es el mismo” (1 Cor. 12:4-
6).
El alcance de la unidad. Los creyentes experimentan unidad de mente y
juicio. Notemos las siguientes exhortaciones: “El Dios de la paciencia y de la
consolación os dé entre vosotros un mismo sentir según Cristo Jesús, para que
unánimes, a una voz, glorifiquéis al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo”
(Rom. 15:5, 6). “Os ruego, pues, hermanos, por el nombre de nuestro Señor
Jesucristo, que habléis todos una misma cosa, y que no haya entre vosotros
divisiones, sino que estéis perfectamente unidos en una misma mente y en un
mismo parecer” (1 Cor. 1:10). “Hermanos, tened gozo, perfeccionaos, consolaos,
204 . LOS AD VEN TISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
sed de un mismo sentir, y vivid en paz; y el Dios de paz y de amor estará con
vosotros” (2 Cor. 13:11).
En consecuencia, la iglesia de Dios debiera revelar unidad de sentimiento,
pensamiento y acción. ¿Significa esto que los miembros deben tener los mismos
sentimientos, pensamientos y acciones? ¿La unidad bíblica implica uniformi
dad?
La unidad en la diversidad. La unidad bíblica no significa uniformidad. La
metáfora bíblica del cuerpo humano demuestra que la unidad de la iglesia existe
en la diversidad.
El cuerpo tiene muchos órganos, y todos contribuyen al funcionamiento óp
timo del cuerpo. Cada uno realiza una tarea vital, pero diferente; nadie es in
útil.
Este mismo principio opera en la iglesia. Dios distribuye sus dones “repar
tiendo a cada uno en particular como él quiere” (1 Cor. 12:11), creando una di
versidad saludable que beneficia a la congregación. No todos los miembros pien san
de la misma manera, ni todos están capacitados para realizar la misma obra. Sin
embargo, todos funcionan bajo la dirección del mismo Espíritu, fortalecien do la
iglesia en la medida que se lo permiten sus capacidades recibidas de Dios.
Para cumplir su misión, la iglesia necesita la contribución de todos los dones.
Unidos, proveen un empuje evangelizador total. El éxito de la iglesia no depende
de que cada miembro sea la misma cosa y haga lo mismo que todos los demás;
más bien, que todos los miembros realicen sus tareas que Dios les asigne.
En la naturaleza, la vid con sus pámpanos provee una ilustración de unidad
en la diversidad. Jesús usó la metáfora de la vid para ilustrar la unión del creyen
te con el Salvador (Juan 15:1-6). Los pámpanos, es decir los creyentes, son las
extensiones de la Vid verdadera, que es Cristo. A semejanza de los pámpanos y
las hojas, cada cristiano individual difiere de los otros, y sin embargo existe la
unidad, por cuanto todos ellos reciben su nutrición de la misma fuente, que es la
Vid. Los pámpanos de la vid están individualmente separados, y no se absorben
los unos a los otros; sin embargo, cada pámpano estará en comunión con los
otros, si se hallan unidos al mismo tronco. Todos reciben alimento de la misma
fuente, y asimilan las mismas propiedades vivificantes.
Así pues, la unidad cristiana depende de que los miembros estén injertados
en Cristo. De él viene el poder que vitaliza la vida cristiana. Él es la fuente del
talento y el poder necesarios para que la iglesia cumpla su tarea. La vinculación
con él da forma a los gustos, los hábitos y los estilos de vida de todos los cristia
nos. Por medio de él, todos los miembros están unidos unos con otros, y empe
ñados en una misión común. Si los miembros permanecen en él, el egoísmo se
La unidad en el cuerpo de Cristo ♦ 203
desvanece y se establece la umidad cristiana, permitiéndoles cumplir la misión
que Cristo le encarga a su pueblo.
De modo que, si bien hay diferentes temperamentos en la iglesia, todos obran
bajo la dirección de una Cabe za. Hay numerosos dones, pero un solo Espíritu. Si
bien los dones difieren, hay agrión armoniosa. “Hay diversidad de operaciones,
pero Dios que hace todas las cosas en todos, es el mismo” (1 Cor. 12:6).
La unidad de la fe . La diversidad de dones no significa diversidad de creen
cias. En los últimos días, la ig;lesia de Dios estará compuesta por un pueblo que
comparte el fundamento del evangelio eterno, y cuyas vidas se caracterizan por
la observancia de los mandam ientos de Dios y la fe de Jesús (Apoc. 14:12). Unidos
proclaman al mundo la invitación divina a la salvación.
¿Cuán im portante es la unidad de la iglesia?
La unidad es esencial para la iglesia. Sin ella, fracasará en el cumplimiento de
su sagrada misión.
La unidad hace que los esfuerzos de la iglesia sean efectivos. En este mun
do, desgarrado por la disensión y los conflictos, el amor y la unidad entre los
miembros de iglesia de diferentes personalidades, temperamentos y disposicio
nes, testifica a favor del mensaje de la iglesia con mayor poder que ninguna otra
cosa. Esta unidad provee evidencia incontrovertible de su conexión con el cielo y
de la validez de sus credenciales como discípulos de Cristo (Juan 13:35). Com
prueba el poder de la Palabra de Dios.
Los conflictos entre los profesos cristianos han producido disgusto en los no
creyentes, y han levantado lo que probablemente sea el mayor obstáculo a su
aceptación de la fe cristiana. La verdadera unidad entre los creyentes aplaca esta
actitud. Cristo declaró que sería una de las principales evidencias ante el mundo
de que él es su Salvador (Juan 17:23).
La unidad revela la realidad del reino de Dios. Una iglesia verdaderamen
te unida revela que sus miembros son serios en su expectativa de vivir juntos en
el cielo. La unidad en el mundo demuestra la realidad del reino eterno de Dios.
En las vidas de quienes viven de este modo, se cumple el siguiente pasaje bíblico:
“¡Mirad cuán bueno y cuán delicioso es habitar los hermanos juntos en armo
nía!” (Sal. 133:1).
La unidad muestra la fortaleza de la iglesia. La unidad produce fortaleza;
y la desunión, debilidad. Una iglesia es verdaderamente próspera y fuerte cuando
204 . LOS AD VEN TISTAS DEL SÉPTIMO
La unidad en elDÍA CREEN
cuerpo EN.. • 205
de Cristo
sus miembros están unidos con Cristo y los unos con los otros, trabajando en
armonía por la salvación del mundo. Únicamente entonces llegan a ser, en el
verdadero sentido del término, “colaboradores de Dios” (1 Cor. 3:9).
La unidad cristiana constituye un desafío para nuestro mundo cada vez más
falto de unidad, desgarrado por el egoísmo que es la antítesis del amor. La iglesia
unificada exhibe la respuesta que necesita una sociedad dividida por culturas,
razas, sexos y nacionalidades. Una iglesia unificada resistirá los ataques satánicos.
De hecho, los poderes de las tinieblas son impotentes contra la iglesia cuyos
miembros se aman unos a otros como Cristo los ha amado a ellos.
El hermoso y positivo efecto que tiene una iglesia unida puede comparar
se con la actuación de una orquesta. En los momentos anteriores a la apari
ción del director, cuando los músicos están ocupados en afinar sus instru
mentos, se escucha una disonancia. Cuando el director aparece, el ruido
caótico se detiene, y todos los ojos se dirigen a él. Cada miembro de la orques
ta se sienta en su lugar, listo para actuar a una señal de quien dirige. Al seguir
sus indicaciones, la orquesta produce música bella y armoniosa.
“La unidad en el cuerpo de Cristo significa fundir el instrumento de mi
vida en la gran orquesta de los llamados, bajo la batuta del divino Director. A
una señal suya, y siguiendo la partitura original de la creación, tenemos el
privilegio de interpretar para beneficio de la humanidad la sinfonía del amor
de Dios”.1
El logro de la unidad
Para que la iglesia experimente unidad, los creyentes deben cooperar con la
Divinidad para lograrla. ¿Cuál es la fuente de unidad? ¿Es posible obtenerla?
¿Qué papel les toca desempeñar a los creyentes?
Lafuente de unidad. La Escritura señala que la unidad halla sus fuentes en
(1) el poder preservador del Padre (Juan 17:11), (2) en la gloria del Padre que Cris
to les impartió a sus seguidores (Juan 17:22), y (3) en la morada interior de Cristo
en los creyentes (Juan 17:23). El Espíritu Santo, “el Espíritu de Cristo” que se
manifiesta en medio del cuerpo de Cristo, es el poder cohesivo y la presencia que
mantiene a todos los segmentos unidos entre sí.
Como el eje y los rayos de una rueda, mientras más se acercan los miembros
de la iglesia (los rayos) a Cristo (el eje), más cerca se hallan unos de otros. “El
secreto de la verdadera unidad en la iglesia y en la familia no estriba en la diplo
macia ni en la administración, ni en el esfuerzo sobrehumano para vencer las
dificultades —aunque habrá que hacer mucho de esto—, sino en la unión con
Cristo”.2
La unidad en el cuerpo de Cristo ♦ 207
El Espíritu Santo como unificador. En su carácter de “Espíritu de Cristo” y
el “Espíritu de verdad”, el Espíritu Santo produce unidad.
1. El fo co de la unidad. Cuando el Espíritu entra en los creyentes, hace que
trasciendan los prejuicios humanos basados en la cultura, la raza, el sexo, el co
lor, la nacionalidad y la posición social (ver Gál. 3:26-28). El Espíritu logra esto al
traer la presencia de Cristo al corazón. Todo aquel que lo reciba, pondrá su aten
ción en Jesús y no en sí mismo. Su unión con Cristo establece el vínculo de uni
dad entre los creyentes, que es el fruto del Espíritu que mora en el interior. En
tonces se minimizarán sus diferencias y se unirán en la misión de glorificar a
Jesús.
2. El papel de los dones espirituales en el logro de la unidad. ¿Cuán alcanzable
es el blanco de la unidad de la iglesia? Cuando Cristo comenzó su obra mediadora
junto a su Padre en el cielo, aseguró de que el blanco de unir a su pueblo no era
una ilusión. A través del Espíritu Santo impartió dones especiales específica mente
destinados a establecer “la unidad de la fe” entre los creyentes.
Al analizar esos dones, Pablo dijo que Cristo mismo “constituyó a unos
apóstoles; a otros, profetas; a otros evangelistas; a otros, pastores y maestros, a
fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación
del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del cono
cimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la
plenitud de Cristo” (Efe. 4:11-13).
Estos dones especialísimos están designados para desarrollar la “unidad del
Espíritu” hasta que llegue a ser la “unidad de la fe” (Efe. 4:3,13), de modo que los
creyentes lleguen a ser maduros y firmes, y dejen de ser “niños fluctuantes, lleva
dos por doquiera de todo viento de doctrina por estratagema de hombre que
para dañar emplean con astucia las artimañas del error” (Efe. 4:14; ver el capítu
lo 17 de esta obra).
Gracias a estos dones, ios creyentes proclaman la verdad en amor y crecen en
Cristo, la Cabeza de la iglesia, desarrollando una unidad dinámica de amor. Pablo
enseña que en Cristo, “todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas
las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada
miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor” (Efe. 4:16).
3. La base de la unidad. Es en su calidad de “Espíritu de verdad” (Juan 15:26)
cómo el Espíritu Santo obra para cumplir la promesa de Cristo. Su tarea es guiar
a los creyentes a toda la verdad (Juan 16:13). Es claro, entonces, que la base de la
unidad es la verdad centrada en Cristo.
206 . LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
La misión del Espíritu es guiar a los creyentes a la verdad tal como es en Jesús.
Dicho estudio tiene un efecto unificador. Sin embargo, el mero estudio no es
suficiente para producir la verdadera unión. Ésta se produce únicamente al creer,
vivir y predicar la verdad como es en Jesús. La comunión, los dones espirituales
y el amor son muy importantes, pero su plenitud viene únicamente con la
presencia de aquel que dijo: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida” (Juan 14:6).
Cristo oró: “Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad” (Juan 17:17). Con el
fin de experimentar la unidad, los creyentes, entonces, deben recibir la luz tal
como brilla en la Palabra.
Cuando esta verdad, tal como es en Jesús, mora en el corazón, lo refina, lo
eleva y purifica la vida, eliminando todo prejuicio y toda causa de aflicción.
El nuevo mandamiento de Cristo. Tal como sucedió con el hombre, la igle sia
fue hecha a la imagen de Dios. Tal como cada uno de los miembros de la Deidad
ama a los otros, así también los miembros de la iglesia se amarán entre sí. Cristo ha
mandado a los creyentes que demuestren su amor a Dios al amar a los demás como
a sí mismos (Mat. 22:39).
El mismo Señor Jesús proveyó la máxima aplicación del principio del
amor,
en el Calvario. Precisamente antes de su muerte, extendió su mandato anterior,
dándoles a sus discípulos un nuevo mandamiento: “Que os améis unos a otros
como yo os he amado” (Juan 15:12; compárese con 13:34). En otras palabras,
“yo les pido a ustedes que no hagan valer sus derechos, que no se empeñen en
recibir lo que les corresponde, y si no, lleven el caso a los tribunales. Les pido
que entreguen sus espaldas al látigo, que vuelvan la otra mejilla, que soporten las
acusaciones falsas, los insultos y las burlas, y que se entreguen para ser maltrata
dos, quebrados, clavados a una cruz y enterrados, si eso es lo que se necesita para
amar a otros. En eso consiste amar a otros como yo los amo a ustedes”.
1. La imposibilidad posible. ¿Cómo podemos amar así como Cristo amó? ¡Es
imposible! Cristo pide lo imposible, pero él puede lograr lo imposible. Su prome
sa es: “Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo” (Juan
12:32). La unidad en el cuerpo de Cristo tiene aspectos de encarnación: la unidad
de los creyentes con Dios por medio de la Palabra que se hizo carne. También
tiene aspectos de relación: la unidad de los creyentes por medio de sus raíces
comunes en la Vid. Y finalmente, está arraigada en la cruz: el amor del Calvario
que nace en los creyentes.
2. Unidad en la cruz. La unidad de la iglesia se realiza en la cruz. Únicamente
cuando nos damos cuenta de que no amamos como Jesús y que en verdad no
La unidad en el cuerpo de Cristo ♦ 209
podemos hacerlo, es que admitimos nuestra necesidad de su presencia permanente,
y creemos lo que dijo: “Separados de mí nada podéis hacer” (Juan 15:5). En la
cruz nos damos cuenta de que Cristo no murió exclusivamente por nosotros,
sino por todos los habitantes del mundo. Esto significa que ama a todas las nacio
nalidades, razas, colores y clases. A todos los ama igualmente, no importa cuáles
sean sus diferencias. Es por esto que la unidad está arraigada en Dios. La visión
estrecha del hombre tiende a separar a los seres humanos. La cruz disipa la ce
guera humana y coloca el precio divino en los seres humanos. Muestra que nin guno
carece de valor. Todos son amados. Si Cristo los ama, nosotros también debemos
hacerlo.
Cuando Cristo predijo que su crucifixión atraería a todos a él, quería decir
que el poder magnético de atracción de él mismo, el mayor de todos los sufrien
tes, era lo que produciría unidad en su cuerpo, la iglesia. El vasto abismo que
separa al cielo de nosotros, el cual Cristo cruzó, hace que sea insignificante la
pequeña distancia que significa cruzar una calle o una ciudad para alcanzar a un
hermano.
El Calvario significa: “Sobrellevad los unos las cargas de los otros” (Gal. 6:2).
Cristo llevó la carga completa de la humanidad, la cual oprimió su vida hasta la
muerte, de modo que pudiera concedernos vida a nosotros, y libertarnos para
que nos pudiésemos ayudar mutuamente.
Pasos hacia la unidad. La unidad no sucede automáticamente. Los creyen
tes deben dar ciertos pasos para obtenerla.
1. Unidad en el hogar. Un ambiente ideal para ensayar la unidad de la iglesia lo
provee el hogar (ver el capítulo 23 de esta obra). Si en el hogar aprendemos a
ejercer dirección sabia, bondad, gentileza, paciencia y amor con la cruz en su
centro, en tonces podremos aprender la aplicación de esos principios en la iglesia.
2. Procúrese la unidad. Nunca lograremos obtener la unidad a menos que
trabajemos concienzudamente por lograrla. Y nunca podremos sentirnos
complacidos y considerar que ya la hemos logrado. Debemos orar cada día
por la unidad, y cultivarla cuidadosamente.
Necesitamos minimizar las diferencias y evitar las discusiones acerca de pun
tos no esenciales. En vez de enfocar nuestra atención en lo que nos divide, debié
ramos hablar acerca de las numerosas y preciosas verdades en las cuales estamos
de acuerdo. Hablemos de la unidad y oremos para que la oración de Cristo sea
cumplida. Al hacer eso, podemos desarrollar la unidad y armonía que Dios desea
que tengamos.
208 . LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO Dí A CREEN EN.
3. Trabajemos unidos hacia un blanco común. La iglesia no experimentará la
unidad hasta que, actuando como un solo hombre, se empeñe en la proclama
ción del evangelio de Jesucristo. Dicha misión provee una preparación ideal para
aprender la armonía. Debemos enseñar a los creyentes que son todos partes in
dividuales de la gran familia de Dios, y que la felicidad del conjunto depende del
bienestar de cada creyente.
En su ministerio, Cristo unió la restauración del alma con la restauración del
cuerpo. Cuando envió a sus discípulos en su misión, insistió en un énfasis simi
lar: la predicación y el saneamiento (Luc. 9:2; 10:9).
Así pues, la iglesia de Cristo debe realizar tanto la obra de predicación —el
ministerio de la Palabra—, como la obra médica misionera. Ninguna de esas fa
ses de la obra de Dios debe ser llevada en forma independiente, ni llegar a absor
ber todos los esfuerzos del grupo. Como en los días de Cristo, nuestra obra en
favor de las almas debe hacerse en forma equilibrada, y sus elementos deben
trabajar unidos en armonía.
Los que están involucrados en las diversas fases de la obra de la iglesia, deben
cooperar estrechamente si desean impartir con poder al mundo la invitación
evangélica. Algunos piensan que la unidad implica la consolidación en procura
de la eficiencia. Sin embargo, la metáfora del cuerpo indica que cada órgano,
grande o pequeño, es importante. El plan de Dios para su obra mundial es la
cooperación, no la rivalidad. De este modo la unidad en el cuerpo de Cristo se
convierte en una demostración del amor abnegado de Cristo que fue revelado en
la cruz en forma tan magnífica.
4. Hay que desarrollar una perspectiva global. Una iglesia no exhibe verdade
ra unidad a menos que se halle activamente comprometida con el fortalecimien
to de la obra de Dios en todo lugar del mundo. La iglesia debe hacer todo lo que
esté de su parte con el fin de evitar el aislamiento nacional, cultural o regional. Si
han de lograr la unidad de juicio, propósito y acción, los creyentes de diversas
nacionalidades deben mezclarse y servir juntos.
La iglesia debe cuidar de no cultivar intereses nacionales separados, lo que
dañaría su avance unido y mundial. Los dirigentes de la iglesia deben operar de
tal modo que preserven la igualdad y la unidad, cuidando de no desarrollar pro
gramas o instalaciones en un área cualquiera que deba ser financiada a expensas
del avance de la obra en otras zonas del mundo.
5. Evítense actitudes que dividen. Las actitudes de egoísmo, orgullo, confian
za propia, suficiencia propia, superioridad, prejuicio, crítica, denuncias y acusa
ciones mutuas entre los creyentes, contribuyen a la desunión en la iglesia. A me
La unidad en el cuerpo de Cristo ♦ 209
nudo, se advierte detrás de estas actitudes la pérdida del primer amor que provee
la experiencia cristiana. Una nueva mirada al don de Dios en Cristo en el Calva
rio puede renovar el amor de los unos para con los otros (1 Juan 4:9-11). La gracia
de Dios, impartida por el Espíritu Santo, puede subyugar esas fuentes de des
unión en el corazón natural.
Cuando una de las iglesias del Nuevo Testamento enfrentó una situación de
desunión, Pablo aconsejó a sus miembros, diciendo: “Andad en el Espíritu” (Gál.
5:16). Por medio de constante oración, debemos buscar la conducción del Espíri tu,
el cual nos guiará a la unidad. Caminar en el Espíritu produce el fruto del Espíritu:
amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y temperancia,
todo lo cual constituye un poderoso antídoto contra la desunión (Gál. 5:22,23).
El apóstol Santiago advierte contra otra raíz de desunión: la tendencia a basar
nuestro tratamiento de los individuos en su riqueza o nivel social. El apóstol de
nuncia este favoritismo en fuerte lenguaje: “Si hacéis acepción de personas, co
metéis pecado y quedáis convictos por la ley como transgresores” (Sant. 2:9). Por
cuanto Dios es imparcial (Hech. 10:34), no debiéramos mostrar deferencia a
ciertos miembros de iglesia más que a otros por su posición, riqueza o capacidad.
Podemos respetarlos, pero no debemos considerarlos más preciosos a la vista de
nuestro Padre celestial que el más humilde hijo de Dios. Las palabras de Cristo
corrigen nuestra perspectiva: “De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno
de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis” (Mat. 25:40). Cristo se
halla representado, no solo en los miembros más dotados de la iglesia, sino tam bién
en la persona de los más humildes. Todos son sus hijos, y por lo tanto tienen la
misma importancia para él.
Así como nuestro Señor, el Hijo del Hombre, se convirtió en hermano de todo
hijo e hija de Adán, también nosotros que somos sus seguidores, somos llamados
a que unidos en pensamiento y misión, extendamos las manos en un esfuerzo
redentor a nuestros hermanos y hermanas de “toda nación, tribu, lengua y pueblo”
(Apoc. 14:6).
Referencias
1. Benjamín F. Reaves, “What Unity Means to Me" [Lo que la unidad significa para mí] Adven
tist Review, 4 de die. de 1986, p. 20.
2. Elena G. de W hite, El hogar adventista (Pacific Press Publishing Assn., 1959), p. 158.
210 ♦ LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN...
El bautismo
Por medio del bautismo confesamos nuestra f e en la muerte y resurrección
de Jesucristo, y damos testimonio de nuestra muerte al pecado y de nuestro
propósito de andar en novedad de vida. De este modo reconocemos a Cristo
como nuestro Señor y Salvador, llegamos a ser su pueblo y somos recibidos
como miembros de su iglesia. El bautismo es un símbolo de nuestra unión
con Cristo, del perdón de nuestros pecados y de nuestro recibimiento del
Espíritu Santo. Se realiza por inmersión en agua, y depende de una afirma
ción defe en Jesús y de la evidencia de arrepentimiento del pecado. Sigue a
la instrucción en las Sagradas Escrituras y a la aceptación de sus enseñan
zas (Rom. 6:1-6; Col. 2 :12 ,13 ; Hech. 16:30-33; 22:16; 2:38; Mat. 28:19-20).
NYANGWIRA, UNA CREYENTE QUE VIVÍA EN ÁFRICA CENTRAL, no
con
sideraba que el bautismo fuese simplemente una opción. Durante más de un año
había estado estudiando atentamente la Biblia. Anhelaba llegar a ser cristiana.
Una tarde compartió con su esposo lo que había aprendido. Muy ofendido, el
hombre dijo a gritos: “¡No quiero que en mi hogar haya esta clase de religión, y si
sigues estudiando te mataré!”
A pesar de esta reacción aplastante, Nyangwira continuó estudiando y pronto
estuvo lista para el bautismo. Antes de salir al servicio bautismal, Nyangwira se
arrodilló respetuosamente ante su esposo y le dijo que iba a ser bautizada. El
hombre tomó su gran cuchillo de caza y vociferó: “¡Te dije que no quiero que te
bautices! ¡El día que lo hagas, te mataré!
Pero Nyangwira, determinada a seguir a su Señor, salió con las amenazas de
su esposo resonando todavía en sus oídos.
Antes de entrar en el agua, confesó sus pecados y dedicó su vida a su
Salvador,
211
El bautismo ♦ 213
sin saber si ese mismo día le tocaría también entregar su vida por el Señor. La paz
llenó su corazón durante su bautismo.
Cuando volvió al hogar, tomó el cuchillo de caza y se lo llevó a su esposo.
—¿Has sido bautizada? —preguntó este, airado.
—Sí —replicó simplemente Nyangwira—. Aquí está el cuchillo.
—¿Estás lista para recibir la muerte?
—Sí, lo estoy.
Asombrado ante el valor de Nyangwira, el esposo dejó de sentir el deseo de
matarla.1
¿Cuán importante es el bautismo?
¿Vale la pena arriesgar la vida por bautizarse? ¿Es cierto que Dios requiere el
bautismo? ¿Depende la salvación de si somos o no bautizados?
El ejemplo de Jesús. Cierto día, Jesús salió del taller de carpintería de Naza-
ret, se despidió de sus familiares, y se dirigió al Jordán donde su primo Juan es taba
predicando. Acercándose a Juan, pidió ser bautizado.
Asombrado, el Bautista procuró disuadirlo, diciendo: “Yo necesito ser bauti
zado por ti, ¿y tú vienes a mí?”
“Pero Jesús le respondió: deja ahora, porque así conviene que cumplamos
toda justicia” (Mat. 3:13-15).
El bautismo de Jesús le impartió a esta ordenanza la aprobación divina para
siempre2 (Mat. 3:13-17; compárese con 21:25). El bautismo constituye un aspecto
de la justicia en el cual todos pueden participar. Así como Cristo, el Ser sin peca
do, fue bautizado para cumplir “toda justicia”, también nosotros, que somos pe
cadores, debemos hacer lo mismo.
El mandamiento de Jesús. Al fin de su ministerio, Cristo mandó a sus discí
pulos: “Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el
nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden
todas las cosas que os he mandado” (Mat. 28:19-20).
En esta comisión, Cristo dejó en claro que él requiere el bautismo de los
que desean llegar a ser parte de su iglesia, su reino espiritual. A medida que
el Espíritu Santo, por medio del ministerio de los discípulos, traía a los pe
cadores al arrepentimiento y los llevaba a aceptar a Jesús como su Salvador,
estos debían ser bautizados en el nombre del Dios triuno. Su bautismo
demostraría que habían entrado en una relación personal con Cristo y que
estaban decididos a vivir en armonía con los principios de su reino de gracia.
Cristo concluyó su mandamiento relativo al bautismo con la siguiente pro
>\ > . I.OS AD VEN TISTAS D EL SÉPTIM O DÍA C R EEN
EN.
mesa solemne: “Y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin
del mundo”.
Después de la ascensión de Cristo, los apóstoles proclamaron la necesidad y
urgencia del bautismo (Hech. 2:38; 10:48; 22:16). En respuesta, multitudes fue
ron bautizadas, formando la iglesia del Nuevo Testamento (Hech. 2:41, 47; 8:12)
y aceptando la autoridad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
El bautismo y la salvación. Cristo enseñó que “el que creyere y fuere
bautizado, será salvo” (Mar. 16:16). En la iglesia apostólica, el bautismo se
guía automáticamente a la aceptación de Cristo. Constituía una confirma
ción de la fe del nuevo creyente (ver Hech. 8:12; 16:30-34).
Pedro usó la experiencia de Noé durante el diluvio para ilustrar la relación
que existe entre el bautismo y la salvación. En los tiempos antediluvianos, el pe
cado había alcanzado tales proporciones que, por medio de Noé, Dios amonestó
al mundo para que se arrepintiera, o si no sería destruido. Solo ocho personas
creyeron, entraron en el arca y “fueron salvadas por agua”. “El bautismo que
corresponde a esto —continua diciendo Pedro— ahora nos salva (no quitando
las inmundicias de la carne, sino como la aspiración de una buena conciencia
hacia Dios) por la resurrección de Jesucristo” (1 Ped. 3:20, 21).
Pedro explica que somos salvados por el bautismo, así como Noé y su familia
fueron salvados por medio del agua. Por supuesto, fue Dios, y no las aguas del
Diluvio, quien salvó a Noé. Por analogía, es la sangre de Cristo, y no el agua del
bautismo, lo que quita el pecado del creyente. “Pero el bautismo, tal como la obe
diencia [de Noé] manifestada al entrar en el arca, es ‘la aspiración de una buena
conciencia hacia Dios’. Cuando el hombre, por el poder de Dios demuestra ‘la
aspiración, la salvación que provee ‘la resurrección de Jesucristo’ se hace efecti-
v an.q
Sin embargo, si bien el bautismo se halla unido vitalmente a la salvación, no la
garantiza.4Pablo consideraba que la experiencia de Israel en el Éxodo era una re
presentación simbólica del bautismo.5“Porque no quiero, hermanos, que ignoréis
que nuestros padres todos estuvieron bajo la nube, y todos pasaron el mar; y todos
en Moisés fueron bautizados en la nube y en el mar, y todos comieron el mismo
alimento espiritual, y todos bebieron la misma bebida espiritual”. “Sumergidos” en
agua —la nube arriba y el agua a cada lado—, los hijos de Israel fueron simbólica
mente bautizados al pasar por el Mar Rojo. Sin embargo, a pesar de esta vivencia,
“de los más de ellos no se agradó Dios” (1 Cor. 10:1-5). Así también hoy, el
bautismo no asegura automáticamente la salvación. La experiencia de Israel fue
escrita “para amonestarnos a nosotros, a quienes han alcanzado los fines de los
siglos. Así, el que piensa estar firme, mire que no caiga” (1 Cor. 10:11,12).
'.'I I . LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN.
“ Un bautismo”
La administración del bautismo varía en el mundo cristiano: Algunos usan la
inmersión, es decir, se sumergen; otros, la aspersión o rociamiento; y aun otros, el
derramamiento. Característica de la unidad que el Espíritu produce en la iglesia
de Dios es la práctica de “un bautismo” (Efe. 4:5).6¿Qué revela la Biblia acerca del
significado del término bautizar, acerca de la práctica misma y de su significado
espiritual?
El significado de la palabra “bautizar”. La palabra española bautizar viene
del verbo griego baptizo, el cual implica inmersión, y que se deriva del verbo
bapto, que significa “sumergir en algo o bajo algo”.7Cuando el verbo bautizar se
refiere al bautismo en agua, implica la idea de inmersión, es decir, el acto de
sumergir a una persona bajo el agua.8
En el Nuevo Testamento, el verbo bautizar se usa (1) para referirse al bautismo
por agua (por ejemplo, Mat. 3:6; Mar. 1:9; Hech. 2:41); (2) como una metáfora de
los sufrimientos y la muerte de Cristo (Mat. 20:22, 23; Mar. 10:38, 39; Luc. 12:50);
(3) para referirse a la venida del Espíritu Santo (Mat. 3:11; Mar. 1:8; Luc. 3:16;
Juan 1:33; Hech. 1:5; 11:16); y (4) para las abluciones o el lavamiento ritual de las
manos (Mar. 7:3,4; Luc. 11:38). Este cuarto uso simplemente denota los
lavamientos des tinados a limpiar de impurezas ceremoniales, y no legitimiza el
bautismo por de rramamiento de agua.9La Escritura usa el sustantivo bautismo
tanto para referirse al bautismo por agua como a la muerte de Cristo (Mat. 3:7;
20:22).
J. K. Howard observa que el Nuevo Testamento no ofrece “ninguna evidencia
de que el rociamiento fuese alguna vez una práctica apostólica; en verdad, la
evidencia apunta en su totalidad al hecho de que esta práctica fue una introduc
ción posterior”.10
El bautismo en el Nuevo Testamento. Los incidentes de bautismo por agua
que presenta el Nuevo Testamento, requerían la inmersión. Leemos que Juan
bautizaba en el río Jordán (Mat. 3:6; compárese con Mar. 1:5) y “también en
Enón, junto a Salim, porque había allí muchas aguas” (Juan 3:23). Únicamente la
inmersión requiere “muchas aguas”.
Juan sumergió a Jesús. Bautizó a Jesús “en el Jordán" y después del bautismo
Jesús “subía del agua” (Mar. 1:9,10; compárese con Mar. 3:16).n
La iglesia apostólica también bautizaba por inmersión. Cuando Felipe el
evangelista bautizó al eunuco etíope, “descendieron ambos al agua” y luego
“subieron del agua” (Hech. 8:38, 39).
El bautismo en la historia. Antes de la era cristiana, los judíos bautizaban a
El bautismo ♦ 215
sus prosélitos por inmersión. Los esenios de Qumran seguían la práctica de
sumergir tanto a los miembros como a los conversos.12
La evidencia proveniente de las escenas pintadas en catacumbas e iglesias, de
los mosaicos de pisos, paredes y cielos rasos, de esculturas en relieve y de ilus
traciones de antiguos Nuevos Testamentos, “provee un testimonio abrumador
de que la inmersión constituía el modo normal de bautismo en la iglesia cristia
na durante los primeros diez a catorce siglos”.13Los bautisterios que perduran en
las antiguas catedrales, iglesias y ruinas de África del Norte, Turquía, Italia,
Francia y otros lugares, aún testifican respecto de la antigüedad de esta prácti
ca.14
El signiñcado del bautismo
El significado del bautismo se halla íntimamente relacionado con la modali
dad del mismo. Alfred Plummer declara: “El pleno significado del bautismo se
advierte únicamente cuando se lo administra por inmersión”.15
Símbolo de la muerte y resurrección de Cristo. De la manera como el hecho
de ser cubierto por el agua simbolizaba dificultades y aflicciones abrumadoras
(Sal. 42:7; 69:2; 124:4, 5), así también el bautismo por agua de Jesús representaba
una profecía de sus sufrimientos, muerte y sepultura (Mar. 10:38; Luc. 12:50), y
su salida del agua representaba su resurrección subsiguiente (Rom. 6:3-5).
El bautismo no habría tenido ningún significado como un símbolo de la pa
sión de Cristo “si la iglesia apostólica hubiese practicado un modo de bautismo
distinto de la inmersión”. Por lo tanto, “el argumento más firme a favor del bau
tismo por inmersión es de índole teológica”.16
Símbolo de estar muerto al pecado y vivo para Dios. En el bautismo, los
creyentes comparten la experiencia de la pasión de nuestro Señor. Pablo dijo: “¿O
no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido
bautizados en su muerte? Porque somos sepultados juntamente con él para
muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos... así
también nosotros andemos en vida nueva” (Rom. 6:3,4).
La intimidad de la relación que existe entre Cristo y el creyente, se revela en
expresiones como “bautizados en Cristo Jesús”, “bautizados en su muerte”, y “se
pultados juntamente con él para muerte por el bautismo”. Howard apunta: “En el
acto simbólico del bautismo, el creyente entra en la muerte de Cristo, y en un
sentido real esa muerte llega a ser su muerte; entra además en la resurrección de
Cristo, y esa resurrección se convierte en su resurrección”.17¿Qué implica la idea
de que el creyente entra en la pasión de nuestro Señor?
216 • LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN.
1. Muerte al pecado. En el bautismo, los creyentes “fuimos plantados junta
mente con él en la semejanza de su muerte” (Rom. 6:5) y estamos “con Cristo...
juntamente” crucificados (Gál. 2:20). Esto significa que “nuestro viejo hombre
fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a
fin de que no sirvamos más al pecado. Porque el que ha muerto, ha sido justifica
do del pecado” (Rom. 6:6-8).
Los creyentes han renunciado a su antiguo modo de vivir. Están muertos al
pecado y confirman que “las cosas viejas pasaron” (2 Cor. 5:17), y que ahora sus
vidas están escondidas con Cristo en Dios. El bautismo simboliza la cruci
fixión de la vida antigua. No es solo muerte sino también sepultura. Somos
“sepultados con él en el bautismo” (Col. 2:12). Así como la sepultura sigue a
la muerte de un individuo, del mismo modo cuando el creyente desciende a la
tumba líquida, la vida antigua que murió cuando el aceptó a Jesucristo, es
sepultada.
En el bautismo, los creyentes renuncian al mundo. En obediencia al mandato:
“Salid de en medio de ellos, y apartaos, dice el Señor, y no toquéis lo inmundo”
(2 Cor. 6:17), los candidatos testifican en público de que han abandonado el
servicio de Satanás y han recibido a Cristo en su vida.
En la iglesia apostólica, el llamado al arrepentimiento incluía el llamado al
bautismo (Hech. 2:38). Así pues, el bautismo también es evidencia del verdadero
arrepentimiento. Los creyentes mueren a sus transgresiones de la ley y obtienen
el perdón de los pecados por medio de la sangre purificadora de Jesucristo. La
ceremonia bautismal es una demostración de una limpieza interior, del lava
miento de los pecados que han sido confesados.
2. Vivos para Dios. El poder que Cristo tiene para resucitar actúa en nuestras
vidas. Nos capacita para caminar en novedad de vida (Rom. 6:4); ahora estamos
muertos al pecado, “pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Rom.
6:11). Testificamos que la única esperanza de vivir una vida victoriosa sobre la
antigua naturaleza descansa en la gracia de un Salvador resucitado, el cual ha
provisto para nosotros una nueva vida espiritual por medio del poder vigorizan
te del Espíritu Santo. Esta nueva vida nos eleva a un nivel más elevado en la
experien cia humana, concediéndonos nuevos valores, aspiraciones y deseos,
centrados en nuestra entrega a Jesucristo. Somos nuevos discípulos de nuestro
Salvador, y el bautismo es la señal de nuestro discipulado.
Símbolo de una relación contractual. En los tiempos del Antiguo Testa
mento, la circuncisión marcaba la relación contractual existente entre Dios y
Abraham (Gén. 17:1-11).
El bautismo ♦ 217
El pacto de Abraham tenía aspectos tanto espirituales como nacionales. La
circuncisión constituía una marca de identidad nacional. El mismo Abraham y
todos los varones de su familia mayores de ocho días, tuvieron que ser circunci
dados (Gén. 17:10-14; vers. 25-27). Cualquier varón no circuncidado debía ser
“cortado” del pueblo de Dios, porque había quebrantado el pacto (Gén. 17:14).
El hecho de que el pacto fue realizado entre Dios y Abraham, un adulto, reve
la su dimensión espiritual. La circuncisión de Abraham significaba y confirmaba
su previa experiencia de justificación por fe. Su circunsición era un “sello de la
justicia de la fe que tuvo estando aún incircunciso” (Rom. 4:11).
Pero la circuncisión sola no garantizaba la entrada a la verdadera dimensión
espiritual del contrato. Frecuentemente los mensajeros de Dios advertían que lo
único que podía llenar el requisito era la circuncisión espiritual. “Circuncidad,
pues, el prepucio de vuestro corazón, y no endurezcáis más vuestra cerviz” (Deut.
10:16; ver el cap. 30:6; Jer. 4:4). Los incircuncisos de corazón serían castigados
junto con los gentiles (ver Jer. 9:25, 26).
Cuando los judíos rechazaron a Jesús como el Mesías, quebrantaron su
relación contractual con Dios, terminando así su situación especial como su pue
blo escogido (Dan. 9:24-27; ver el capítulo 4 de esta obra). Si bien es cierto que el
pacto y las promesas de Dios permanecieron iguales, él escogió un nuevo pueblo.
El Israel espiritual reemplazó a la nación judía (Gal. 3:27-29; 6:15,16).
La muerte de Cristo ratificó el nuevo pacto. Los creyentes entran en este pac
to a través de la circuncisión espiritual, que constituye una respuesta de fe en la
muerte expiatoria de Jesús. Los cristianos poseen “el evangelio de la incircunci-
sión” (Gál. 2:7). El nuevo pacto requiere una “fe interior” y no un “rito exterior”,
de los que desean pertenecer al Israel espiritual. Un individuo puede ser judío
por su nacimiento; pero solo se puede llegar a ser cristiano a través del nuevo
nacimiento. “Porque en Cristo Jesús ni la circuncisión vale algo, ni la incircunci-
sión, sino la fe que obra por el amor” (Gál. 5:6). Lo que importa es “la circunci
sión... del corazón, en espíritu” (Rom. 2:28, 29).
El bautismo, la señal de que se ha establecido una relación salvadora con Je sús,
representa esta circuncisión espiritual. “En él también fuisteis circuncidados con
circuncisión no hecha a mano, al echar de vosotros el cuerpo pecaminoso carnal, en
la circuncisión de Cristo; sepultados con él en el bautismo, en el cual fuisteis
también resucitados con él, mediante la fe en el poder de Dios que le le vantó de los
muertos” (Col. 2:11,12).
“Habiéndole sido quitado el ‘cuerpo de carne’ por medio de la circuncisión
espiritual realizada por Jesús, el creyente bautizado ahora se reviste 'de Cristo’ y
entra en la relación contractual con Cristo. Como resultado, pasa a compartir el
linaje de los que recibirán el cumplimiento de las promesas del pacto”.18“Porque
218 . LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN.
todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos... y si
vosotros sois de Cristo, ciertamente linaje de Abraham sois, y herederos según la
promesa” (Gal. 3:27-29). Los que han entrado en esta relación contractual, se
hacen acreedores a la seguridad que Dios expresa al decir: “Yo seré a ellos por
Dios, y ellos me serán por pueblo” (Jer. 31:33).
Símbolo de consagración al servicio de Cristo. En su bautismo, Jesús
recibió un derramamiento especial del Espíritu Santo, el cual significaba su un
gimiento o dedicación a la misión que su Padre le había asignado (Mat. 3:13-17;
Hech. 10:38). Su experiencia revela que el bautismo de agua y el bautismo del
Espíritu van juntos, y que un bautismo desprovisto de la recepción del Espíritu
Santo es incompleto.
En la iglesia apostólica, el derramamiento del Espíritu Santo seguía en gene
ral al bautismo de agua. Así también hoy, cuando somos bautizados en el nom
bre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, somos dedicados, consagrados y
unidos con los tres grandes poderes del cielo, y con la predicación del evangelio
eterno.
Al purificar de pecado nuestros corazones, el Espíritu Santo nos prepara para
este ministerio. Juan declaró que Jesús "os bautizará en Espíritu Santo y fuego”
(Mat. 3:11). Isaías reveló que Dios limpiaría a su pueblo de sus impurezas “con
espíritu de juicio y con espíritu de devastación” (Isa. 4:4).
“Limpiaré hasta lo más puro tus escorias —dice Dios—, y quitaré toda tu
impureza” (Isa. 1:25). “Nuestro Dios es fuego consumidor” para el pecado (Heb.
12:29) y para con todos los que se entregan a él. El Espíritu Santo purificará sus
corazones y consumirá sus pecados.
Luego de ello, el Espíritu Santo les concede sus dones. Los dones del Espíritu
son “una dote divina especial, concedida en el momento del bautismo, para per
mitir que el creyente sirva a la iglesia y extienda su ministerio a los que todavía
no han aceptado a Jesucristo”.19El bautismo del Espíritu Santo le concedió a la
iglesia primitiva el poder para testificar (Hech. 1:5, 8), y será únicamente ese
mismo bautismo el que le permita a la iglesia completar su misión de proclamar
el evangelio eterno del reino (Mat. 24:14; Apoc. 14:6).
Símbolo de entrada a la iglesia. Como señal de la regeneración o nuevo
nacimiento de una persona (Juan 3:3, 5), el bautismo también marca la entrada
de dicho individuo al reino espiritual de Cristo.20Por cuanto une al nuevo cre
yente con Cristo, siempre funciona como la puerta de entrada a la iglesia. Por
medio del bautismo, el Señor añade los nuevos discípulos al cuerpo de creyen
tes —su cuerpo, la iglesia (Hech. 2:41, 47; 1 Cor. 12:13). Entonces llegan a ser
El bautismo • 219
miembros de la familia de Dios. Uno no puede ser bautizado sin unirse a la
familia de la iglesia.
Requisitos para el bautismo
La Escritura compara la relación que existe entre Cristo y su iglesia con el
matrimonio. En el matrimonio, ambos contrayentes deben saber muy bien las
responsabilidades y compromisos que implica esta relación. Los que desean el
bautismo deben revelar en sus vidas la fe, el arrepentimiento y los frutos del
arrepentimiento, así como la comprensión del significado del bautismo y de la
relación espiritual subsecuente.21
Fe. Un prerrequisito del bautismo es la fe en que el sacrificio expiatorio de
Jesús constituye el único medio de salvación del pecado. Cristo dijo: “El que cre
yere y fuere bautizado, será salvo” (Mar. 16:16). En la iglesia apostólica, única
mente los que creían en el evangelio eran bautizados (Hech. 8:12, 36, 37; 18:8).
Por cuanto “la fe es por el oír, y el oír, por la Palabra de Dios” (Rom. 10:17), la
instrucción es una parte esencial de la preparación bautismal. La gran comisión
de Cristo confirma la importancia de dicha instrucción: “Por tanto, id, y haced
discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo,
y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he manda do”
(Mat. 28:19, 20). El proceso de convertirse en discípulo implica instrucción
minuciosa.
Arrepentimiento. “Arrepentios —proclamó Pedro—, y bautícese cada uno de
vosotros” (Hech. 2:38). La instrucción en la Palabrea de Dios produce no solo fe,
sino también arrepentimiento y conversión. En respuesta al llamado de Dios, el
pecador ve su condición perdida, confiesa su pecaminosidad, se somete a Dios, se
arrepiente de su pecado, acepta la expiación de Cristo, y se consagra a una nueva
vida en el Salvador. Sin la conversión, no puede entrar en una relación personal
con Jesucristo. Únicamente por medio del arrepentimiento puede experimentar
la muerte al pecado, lo cual constituye un prerrequisito para el bautismo.
Frutos de arrepentimiento. Los que desean el bautismo deben profesar fe y
experimentar arrepentimiento. Pero a menos que hagan también “frutos dignos de
arrepentimiento” (Mat. 3:8), no habrán cumplido con los requisitos bíblicos para el
bautismo. Sus vidas debieran demostrar su entrega a la verdad tal como es en Jesús,
y expresar su amor a Dios por medio de la obediencia a sus mandamientos. Al
prepararse para el bautismo debieran haber abandonado sus creencias y prácticas
erróneas. Los frutos del Espíritu que se manifiesten en sus vidas revelarán que el
220 . LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DíA CREEN EN.
Señor mora en ellos y ellos en él (Juan 15:1-8). A menos que den esta evidencia de
su relación con Cristo, todavía no están listos para unirse a la iglesia.22
Examen de los candidatos. El acto de llegar a ser miembro de iglesia implica
dar un paso espiritual; no es simplemente asunto de tener nuestro nombre regis
trado en un libro. Los que administran el bautismo son responsables de determi nar
si los candidatos están listos para dar el paso. Deben asegurarse de que el
candidato comprende los principios de la iglesia, y da evidencias de una nueva
creación y una experiencia gozosa en el Señor Jesús.23
Sin embargo, deben ser cuidadosos de no juzgar los motivos de los que piden
el bautismo. “Cuando un individuo se presenta como candidato a miembro de la
iglesia, debemos examinar el fruto de su vida, y dejar con él mismo la responsa
bilidad de su motivo”.24
Algunos individuos han sido enterrados vivos en el agua bautismal. El yo no
murió. Los tales no recibieron una nueva vida en Cristo. Los que se han unido a
la iglesia de este modo, han traído con ellos las semillas de la debilidad y de la
apostasía. Su influencia “no santificada” confunde tanto a los que están dentro
como los que se hallan fuera de la iglesia, y pone en peligro la efectividad de su
testimonio.
¿Debieran ser bautizados los niños y los recién nacidos? El bautismo in
corpora a los nuevos creyentes a la iglesia, dentro del contexto del “nuevo naci
miento”. Su conversión los ha hecho dignos de recibir el bautismo y llegar a ser
miembros de la iglesia. La incorporación tiene lugar en el momento del “nuevo
nacimiento” y no en el nacimiento del infante. Es por esto que los creyentes eran
bautizados “hombres y mujeres” (Hech. 8:12,13,29-38; 9:17,18; 1 Cor. 1:14). “En
ninguna parte del Nuevo Testamento —admitió Karl Barth—, se permite o se
manda que se bautice a los infantes”.25G. R. Beasley-Murray confesó: “Me hallo
incapaz de reconocer en el bautismo de los infantes el bautismo de la iglesia del
Nuevo Testamento”.26
Por cuanto los infantes y los niños pequeños no pueden experimentar la con
versión, no se los puede bautizar. ¿Significa esto que se verán excluidos de la co
munidad del nuevo pacto? ¡Por cierto que no! Jesús no los excluyó de su reino de
gracia. “Dejad a los niños venir a mí, y nos se lo impidáis —mandó el Señor—;
porque de los tales es el reino de los cielos” (Mat. 19:14,15). Los padres creyentes
cumplen un papel vital al conducir a sus niños a una relación con Cristo que
finalmente los lleve al bautismo.
La respuesta positiva de Jesús a las madres que llevaban a sus hijitos a él para
que los bendijera, ha llevado a la práctica de la dedicación de los niños. Para este
El bautismo • 221
servicio, los padres llevan sus hijos a la iglesia para que sean presentados o dedi
cados a Dios.
¿A qué edad debiera una persona estar lista para el bautismo? Los individuos
pueden ser bautizados (1) si tienen edad suficiente para comprender el significa
do del bautismo, (2) si se han entregado a Cristo y están convertidos, (3) si com
prenden los principios fundamentales del cristianismo, y (4) si entienden el sig
nificado de ser miembros de la iglesia. Una persona hace peligrar su salvación
únicamente si al llegar a la edad de la responsabilidad personal rechaza la in
fluencia del Espíritu Santo.
Por cuanto los individuos difieren en cuanto a su madurez espiritual a una
edad determinada, algunos están listos para el bautismo antes que otros. Por eso
no podemos establecer ninguna edad mínima para el bautismo. Cuando los
padres consienten que sus hijos sean bautizados a una edad temprana, deben
aceptar la responsabilidad que les corresponde por su crecimiento espiritual y
desarrollo del carácter.
El fruto del bautismo
El fruto preeminente que produce el bautismo es una vida por Cristo. Los
propósitos y aspiraciones están enfocados en Cristo y no en el yo. “Si, pues,
habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sen
tado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la
tierra” (Col. 3:1, 2). El bautismo no constituye la mayor altura que puede alcan
zar el cristiano. A medida que crecemos espiritualmente, adquirimos gracias
cristianas para usarlas en el servicio a otros, siguiendo el plan divino de multi
plicación: “Gracia y paz os sean multiplicadas, en el conocimiento de Dios y de
nuestro Señor Jesús” (2 Ped. 1:2). Si permanecemos fielmente entregados a
nuestros votos bautismales, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, en cuyo nom bre
hemos sido bautizados, garantizan que tendremos acceso al poder divino para
socorrernos en cualquier emergencia que enfrentamos en la vida postbau- tismal.
El segundo fruto es una vida que se vive en beneficio de la iglesia de Cristo.
Ya no somos individuos aislados; nos hemos convertido en miembros de la iglesia
de Cristo. Como piedras vivas, pasamos a formar parte del templo de Dios (1 Ped.
2:2-5). Mantenemos una relación especial con Cristo, la Cabeza de la iglesia, del
cual recibimos una provisión cotidiana de gracia para crecer y desarrollarnos en
amor (Efe. 4:16). Asumimos responsabilidades dentro de la comunidad del pacto,
cuyos miembros se consideran responsables del nuevo bautizado (1 Cor. 12:12-
26). Por su propio bien, así como por el de la iglesia, los nuevos miembros deben
involucrarse en una vida de adoración, oración y servicio de amor (Efe. 4:12).
222 . LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
El fruto ulterior es una vida que se vive en el mundo y por el mundo. Es
cierto que los que hemos sido bautizados tenemos nuestra ciudadanía en el cielo
(Fil. 3:20). Pero hemos sido llamados a salir del mundo únicamente con el fin de
ser preparados en el cuerpo de Cristo para volver al mundo como siervos, partici
pando en el ministerio salvador de Jesús. Los verdaderos discípulos no se refu gian
en la iglesia con el fin de desconectarse del mundo; nacemos en el reino de Cristo
como misioneros. La fidelidad a nuestro pacto bautismal envuelve el acto de
llevar a otros al reino de la gracia.27
En nuestros días Dios espera ansioso que entremos en la vida abundante que
tan misericordiosamente ha provisto. “Ahora, pues, ¿por qué te detienes? Leván tate
y bautízate y lava tus pecados, invocando su nombre” (Hech. 22:16).
Referencias
1.S. M. Samuel, “A Brave African Wife” (Una valiente esposa africana), Review and Herald, 14
de febrero de 1963, p. 19.
2. Una ordenanza es una observancia o rito religioso simbólico establecido que proclama las ver
dades centrales del evangelio y que es de obligación universal y perpetua. Cristo prescribió dos
ordenanzas: el bautismo y la Cena del Señor. Una ordenanza no es un sacramento en el sentido
de ser un opus operatum, es decir, un hecho que imparte gracia y efectúa salvación en sí mismo
y por sí mismo. El bautismo y la Cena del Señor son sacramentos únicamente en el sentido de
ser como el sacramentum, el juramento que prestaban los soldados romanos, comprometién
dose a obedecer a su comandante aun hasta la muerte. Estas ordenanzas implican un voto de
lealtad total a Cristo. Ver Strong, Systematic Theology (Filadelfia, PA: Judson Press, 1954), p.
930; “Baptism”, SDA Encyclopedia, ed. revisada, pp. 128,129).
3. Jemison, Chrístian Beliefs (Creencias cristianas), p. 244.
4. “Desde el comienzo, los adventistas del séptimo día, en común con su herencia protestante,
han rechazado cualquier concepto del bautismo como un opus operatum, esto es, un acto, en
sí y por sí, que imparte gracia y efectúa salvación” (“Baptism”, SDA Encyclopedia, ed. rev., p.
128).
5. Comentario bíblico adventista, t. 6, p. 735.
6. En ocasiones, ciertos individuos que han experimentado el bautismo por inmersión se sienten
bajo la convicción de que deben ser rebautizados. ¿Está este deseo en conflicto con el aserto
de Pablo según el cual hay solo “un bautismo” (Efe. 4:5)? La práctica de Pablo revela que no
es así. En una visita a Efeso, se encontró con varios discípulos que habían sido bautizados por
Juan el Bautista, quienes habían experimentado arrepentimiento y expresado su fe en el Me
sías venidero (Hech. 19:1-5).
Esos discípulos no comprendían claramente el evangelio. “Cuando recibieron el bautismo
a manos de Juan, creían en serios errores. Pero al recibir luz más clara, aceptaron gozosos a
Cristo como su redentor; y con este paso avanzado, vino también un cambio en sus obliga
ciones. Al recibir una fe más pura, hubo un cambio correspondiente en su vida y carácter. En
vista de este cambio, y como un reconocimento de su fe en Cristo, fueron rebautizados en el
nombre de Jesús.
Más de un sincero seguidor de Cristo ha pasado por una experiencia similar. La obtención
de una comprensión más clara de la voluntad de Dios, coloca al hombre en una nueva reía-
El bautismo ♦ 223
ción con él. Se revelan nuevos deberes. Mucho de lo que antes pareceía ser inocente, o hasta
digno de encomio, se percibe ahora como pecaminoso... Su bautismo anterior ya no lo satis
face. Ha visto que es un pecador, condenado por la ley de Dios. Ha experimentado nueva
mente una muerte al pecado, y desea ser sepultado de nuevo con Cristo por el bautismo, con
el fin de levantarse para caminar en novedad de vida. Esta conducta está en armonía con el
ejemplo que dio Pablo al bautizar a los conversos judíos. Ese incidente fue registrado por el
Espíritu Santo como una lección instructiva para la iglesia.” (Elena G. de White, Sketches
From the Life of Paul [Bosquejos de la vida de Pablo] (Battle Creek, Michigan: Review and
Herald, 1883), pp. 132,133; ver también Manual de la iglesia (Asociación Publicadora Inte-
ramericana, 2001), ed. rev., p. 42.
La Escritura no dice nada que permita negarles el rebautismo a los individuos que han
quebrantado su pacto con Dios al caer en graves pecados o apostasía, y luego han experimen
tado la reconversión y el deseo de renovar su pacto (ver Manual de la iglesia, pp. 31-35, 43;
Elena G. de White, El evangelismo, p. 375).
7.Ver Albrecht Oepke, “Bapto, Baptizo”, Theological Dictionary ofthe New Testament, Gerhard
Kittel, editor, trad. Geoffrey W. Bromily (Grand Rapids, Michigan; W. B. Eerdmans, 1964), t.
1, p. 529. Vine hace notar que Bapto “se usaba entre los griegos para significar el acto de teñir
ropa, o de sacar agua sumergiendo una vasija en otra, etc.” (W. E. Vine, An Expository Dic
tionary ofBiblical Words (Diccionario expositivo de términos bíblicos) (Nueva York, N. Y.:
Thomas Nelson, 1985), p. 50. “Sumergir” aparece tres veces en el Nuevo Testamento, y en
cada caso refleja el significado de “hundir en el agua”. En la parábola del rico y Lázaro, el rico
le pide a Abraham que le permita a Lázaro sumergir la punta de su dedo en agua fría y traer
le una gota para mojar su lengua (Luc. 16:24). En la noche antes de la crucifixión, Jesús
identificó al que lo traicionaría mojando un bocado —es decir, introduciéndolo en el líqui
do— y entregándoselo a Judas (Juan 13:26). Y cuando Juan vio en visión a Jesús cabalgando
como el Comandante de los ejércitos del cielo, las vestiduras de Jesús le parecían al profeta
como si hubiesen sido teñidas —es decir, sumergidas— en sangre (Apoc. 19:13).
8. George E. Rice, “Baptism: Union With Christ” (El bautismo: la unión con Cristo), Ministry,
mayo de 1982, p. 20.
9. Ver Albretch Oepke, “Bapto, Baptizo”, en Theological Dictonary of the New Testament [Dic
cionario teológico del Nuevo Testamento], t. 1, p. 535. Compárese con Arndt y Gingrich,
Greek-English Lexicon of the New Testament [Léxico griego-inglés del Nuevo Testamento],
p. 131.
10. J. K. Howard, New Testament Baptism [El bautismo del Nuevo Testamento] (Londres:
Picke ring & Inglis Ltd., 1970), p. 48.
11. La cursiva es nuestra.
12. Matthew Black, The Scrolls and Christian Origins [Los rollos y los orígenes cristianos]
(Nue va York: Charles Scribner’s Sons, 1961), pp. 96-98. Ver también el artículo “Bautismo”, Dic
cionario bíblico adventista, pp. 145,146.
13. G. E. Rice, “Baptism in the Early Church” [El bautismo en la iglesia primitiva],
Ministry, marzo de 1981, p. 22. Compárese con Henry F. Brown, Baptism Through the
Centuries [El bautismo a través de los siglos] (Mountain View, California: Pacific Press, 1965);
William L. Lampkin, A History of Immersion [Historia de la inmersión] (Nashville,
Tennessee: Broad- man Press, 1962); Woldred N. Cotte, The Archeology ofBaptism [La
arqueología del bautis mo] (Londres: Yates and Alexander, 1876).
14. Brown, Baptism Through the Centuries, pp. 49-90.
15. Alfred Plummer, A Critical and Exegetical Commentary on the Gospel According to S.
Luke, The International Critical Commentary, Samuel R. Driver, ed., et al, 5'. ed.
(Edimburgo: T. and T. Clark, reimpresión de 1981), p. 88.
224 . LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
16. “Baptism", SDA Encyclopedia, ed. rev., p. 128.
17. Howard, New Testament Baptism, p. 69.
18. G. E. Rice, “Baptism: Union With Christ”, Ministry, mayo de 1982, p. 21.
19. Gottfried Oosterwal, “Every Member a Minister? From Baptism to a Theological
Base” [¿Cada miembro un ministro? Del bautismo a una base teológica], Ministry, feb. de
1980, pp. 4-7. Ver también Rex D. Edwards, “Baptism as Ordination” [El bautismo como
ordenación], Ministry, agosto de 1983, pp. 4-6.
20. Elena G. de White, Comentario bíblico adventista, t. 6, pp. 1074,1075.
21. Si hay requisitos para el bautismo, ¿cómo puede uno ser “bautizado por los muertos”?
La siguiente interpretación preserva la armonía del mensaje bíblico:
En 1 Corintios 15, Pablo hace énfasis en el significado de la resurrección de los muertos, y
rechaza la noción de que no hay resurrección. Muestra que si no hay resurrección, la fe del
creyente es vana e inútil (1 Cor. 15:14, 17). Siguiendo el mismo razonamiento, argumenta:
“¿Qué harán los que se bautizan por los muertos, si en ninguna manera los muertos resuci
tan? ¿Por qué, pues, se bautizan por los muertos?” (1 Cor. 15:29).
Algunos han interpretado la expresión “se bautizan por los muertos” como una referen
cia al bautismo vicario de los creyentes en favor de los muertos. A la luz de los requisitos
bíblicos para el bautismo, no se puede mantener tal concepto. W. Robertson Nicoll señala
que Pablo se estaba refiriendo a una “experiencia normal, que la muerte de los cristianos
lleva a la conversión de los sobrevivientes, los cuales en primera instancia ‘por cariño a los
muertos' (sus amados que han muerto), y en la esperanza de reunirse con ellos, se vuelven a
Cristo". Pablo llama a tales conversos “los que se bautizan por los muertos”. “La esperanza de
una bendición futura, uniéndose a los afectos y amistades familiares, era uno de los factores
más poderosos en el avance de la cristiandad en sus primeros días” (W. Robertson Nicoll, ed.
The Expositor’s Greek Testament [El testamento griego del expositor] (Grand Rapids, Michi
gan: W. B. Eerdmans, 1956), t. 2, p. 931. M. Raeder señala que la preposición “por” [húper en
griego] en la expresión “se bautizan por los muertos” es una proposición de propósito. Esto
significa que el bautismo al cual se alude era “por causa de” o "por respeto a" los muertos,
teniendo el propósito de verse reunidos en la resurrección con los parientes cristianos que
habían muerto” [M. Raeder, “Vikariatstaufe in 1 K. 15:29?” Zeischriftfur die Neutestament-
liche Wissenschaft, 45 (1955), pp. 258-260, citado por Haroldo Rieseneld, “Hüper”, Theologi
cal Dictionary of the New Testament, t. 8, p. 513. Compárese con Howard, New Testament
Baptism, pp. 108, 109).
Howard afirma que en su contexto, el argumento que desarrolló Pablo en 1 Corintios
15:29 puede expresarse así: “Si Cristo no resucitó, los que murieron ‘en Cristo’perecieron, y
si carecemos de esperanza, nos desesperamos y somos miserables, especialmente los que
han entrado en la comunidad cristiana y han sido bautizados por causa de los que han muer
to en Cristo, esperando reunirse con ellos” (Howard, "Baptism for the Dead: A Study of 1
Corinthians 15:29”, Evangelical Quarterly, F.F. Bruce, ed. [Exeter, Eng: Paternoster Press]
julio-septiembre, 1965, p. 141).
22. Ver Damsteegt, “Reaping the Harvest”, Adventist Review, 22 de oct. de 1987, p. 15.
23. Ver Manual de la iglesia, p. 30.
24. Elena G. de White, El evangelismo, pp. 230,231.
25. Karl Barth, Church Dogmatics, traductor G. W. Bromiley (Edimburgo: T. & T. Clark,
1969),
t. 4/4, p. 179.
26. G. R. Beasley-Murray, Baptism in the New Testament (Grand Rapids, Michigan: W. B.
Eerd mans, 1973), p. 392.
27. Ver Edwards, “Baptism”.
LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
La Cena del Señor
La Cena del Señor es una participación en los emblemas del cuerpo y la
sangre de Jesús como expresión defe en él, nuestro Señor y Salvador. Cristo
está presente en esta experiencia de comunión para encontrarse con su
pueblo yfortalecerlo. Al participar de la Cena, proclamamos gozosamente
la muerte del Señor hasta que venga. La preparación para la Cena incluye
un examen de conciencia, el arrepentimiento y la confesión. El Maestro
ordenó el servicio del lavamiento de los pies para denotar una renovada
purificación, para expresar la disposición a servirnos mutuamente en
humildad cristiana, y para unir nuestros corazones en amor. El servicio de
comunión está abierto a todos los creyentes cristianos (1 Cor. 10-16,17;
11:23-30; Mat. 26:17-30; Apoc. 3:20; Juan 6:48-63; 13:1-17).
CON PIES POLVORIENTOS, LLEGARON al aposento alto para celebrar la Pas
cua. Alguien había provisto un jarrón de agua, una palangana y una toalla para el
acostumbrado lavamiento de pies, pero nadie quería realizar esa tarea degradante.
Sabedor de su muerte inminente, Jesús dijo con tristeza: “¡Cuánto he deseado
comer con vosotros esta Pascua antes que padezca! Porque os digo que no la co
meré más, hasta que se cumpla en el reino de Dios” (Luc. 22:15,16).
Los celos que los discípulos albergaban unos contra otros, llenaban de triste za
el corazón de Jesús. Se daba cuenta de que todavía contendían en cuanto a
quién debía ser considerado el mayor en su reino (Luc. 22:24; Mat. 18:1; 20:21).
Lo que les impedía a los discípulos humillarse a sí mismos, sustituir al siervo y
lavar los pies de los demás, era sus maniobras en busca de posición, su orgullo y
estimación propia. ¿Aprenderían alguna vez que en el reino de Dios la verdadera
grandeza se revela por la humildad y el servicio de amor?
8— C. A. S.
D.
225
226 . LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
“Cuando cenaban” (Juan 13:2, 4)1, Jesús se levantó calladamente, tomó la
toalla del siervo, echó agua en la palangana, se arrodilló y comenzó a lavar los
pies de los discípulos. ¡El Maestro como siervo! Comprendiendo el reproche im
plícito, los discípulos se llenaron de vergüenza. Cuando hubo completado su tra
bajo y vuelto a su lugar, el Señor dijo: “Pues si yo, el Señor y el Maestro, he
lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros.
Por que ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también
hagáis. De cierto, de cierto os digo: el siervo no es mayor que su señor, ni el
enviado es mayor que el que le envió. Si sabéis estas cosas, bienaventurados
seréis si las hiciereis” (Juan 13:14-17).
A continuación, Jesús instituyó en lugar de la Pascua el servicio que había de
recordar su gran sacrificio: la Cena del Señor. Mientras comían, “tomó Jesús el
pan, y bendijo, y lo partió, y dio a sus discípulos y dijo: Tomad, comed; esto es
mi cuerpo” que por vosotros es partido; haced esto en memoria de mí. Luego
tomó la copa de la bendición, “y habiendo dado gracias, les dio, diciendo: bebed de
ella todos; porque esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada
para remisión de los pecados”. “Haced esto todas las veces que la bebiereis en
memoria de mí. Así, pues, todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta
copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga” (ver Mat. 26:26-28; 1 Cor.
11:24-26; 10:16).
Las ordenanzas del lavamiento del los pies y de la Cena del Señor constituyen
el servicio de la Comunión. Así, Cristo instituyó ambas ordenanzas con el fin de
ayudarnos a entrar en comunión con él.
La ordenanza del lavamiento de los pies
La costumbre requería que al celebrar la Pascua, las familias de Israel quita ran
toda la levadura —símbolo del pecado—que hubiera en sus hogares antes del
primer día de la Semana del Pan sin Levadura o Fiesta de los Ázimos (Éxo. 12:15,
19, 20). Así también, los creyentes deben arrepentirse y confesar todo pecado,
incluyendo el orgullo, las rivalidades, los celos, los resentimientos y el egoísmo,
antes de poder estar con el espíritu adecuado para gozar de comunión con Cristo
en este nivel más profundo.
Con este propósito, Cristo instituyó la ordenanza del lavamiento de los
pies. No solo estableció un ejemplo, sino también declaró que los discípulos
debían hacer lo mismo, y les prometió una bendición: “Si sabéis estas cosas,
bienaventurados seréis si las hiciereis” (Juan 13:17). Esta ordenanza, que
precede a la Cena del Señor, cumple el mandato según el cual todos deben
examinarse a sí mismos para no participar en el rito “indignamente” (1 Cor.
11:27-29).
La Cena del Señor •
227
El significado de la ordenanza. Esta ordenanza revela características tanto
de la misión de Cristo como de la experiencia del participante.
1. Un recuerdo de la condescendencia de Cristo. La ordenanza del
lavamiento de los pies es un monumento a la condescendencia de Cristo revelada
en su en carnación y su vida de servicio.2Aunque moraba con el Padre en la gloria
celes tial, Cristo “se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho
semejante a los hombres” (Fil. 2:7).
Fue una humillación para el Hijo de Dios el haberse entregado con tal abne
gación y amor, solo para ser rechazado por la mayoría de las personas a quienes
vino a salvar. A lo largo de toda la vida terrenal de Cristo, Satanás estuvo deter
minado a humillarlo hasta lo sumo a cada paso. ¡Qué mortificación debe haber
significado para Jesús, el Inocente, ser crucificado como un criminal!
Cristo vivió una vida de servicio abnegado. “No vino para ser servido, sino
para servir” (Mat. 20:28). Por medio del lavamiento de los pies, demostró que se
hallaba dispuesto a realizar cualquier servicio, no importa cuán humilde, con el
fin de salvar a los pecadores. De este modo, impresionó en las mentes de sus se
guidores su propia vida de servicio y mansedumbre.
Al hacer de esta ceremonia preparatoria una ordenanza, Cristo procuró lle
var a los creyentes a un estado de ternura y amor que los motivara a servir a sus
semejantes. A los que meditan en su significado, esta ordenanza los motiva para
tratar a otros con humildad y tacto. Al seguir a Cristo en el lavamiento de los
pies, profesamos su espíritu: “Servios por amor los unos a los otros” (Gál. 5:13).
Si bien la participación en este servicio produce humillación, está lejos de ser
degradante. ¿Quién no se sentiría privilegiado de inclinarse ante Cristo y lavar
los pies que fueron clavados en la cruz? Jesús dijo: “De cierto os digo que en
cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis”
(Mat. 25:40).
2.Tipifica una purificación mayor. El lavamiento hizo más que limpiar los
pies de los discípulos. Representaba una purificación más profunda, la renova ción
del mismo corazón. Cuando Pedro le pidió a Jesús que le lavara todo el
cuerpo, el Salvador respondió: “El que está lavado, no necesita sino lavarse los
pies, pues está todo limpio” (Juan 13:10).
El que está lavado, está limpio. Sin embargo, los pies calzados con sandalias
abiertas pronto se empolvan y necesitan volverse a lavar. Así sucedía con los
discípulos. Sus pecados habían sido lavados por el bautismo, pero la tentación los
había llevado a albergar orgullo, celos y maldad en sus corazones. No estaban
listos para tener comunión íntima con su Señor, ni para aceptar el nuevo pacto
228 . LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN .
que estaba por concertar con ellos. Por medio del lavamiento de los pies, Cristo
deseaba prepararlos para que participaran de la Cena del Señor. A excepción de
Judas, el traidor, sus corazones habían sido limpiados de egoísmo y orgullo por la
gracia de Cristo, y se hallaban unidos en amor mutuo; gracias al acto abnegado
de Jesús, se humillaron y se volvieron capaces de ser enseñados.
Como los discípulos, cuando aceptamos a Cristo y somos bautizados, hemos sido
limpiados por su sangre. Pero a medida que caminamos por la senda cristiana,
cometemos errores. Nuestros pies se empolvan. Debemos venir nuevamente a
Cristo, y permitir que su gracia purificadora quite de nosotros la contaminación.
Sin embargo, no necesitamos ser bautizados nuevamente, porque “el que está
lavado, no necesita sino lavarse los pies” (Juan 13:10).3La ordenanza del lava
miento de los pies nos recuerda que necesitamos constantemente ser limpiados,
y que dependemos completamente de la sangre de Cristo. El lavamiento de los
pies en sí mismo no puede limpiar el pecado. Solo Cristo puede purificarnos.
3. Comunión en elperdón. La actitud perdonadora entre los participantes in
dica que la limpieza que este servicio simboliza ha hecho su efecto. Solo así como
perdonamos, podemos experimentar el perdón de Dios. “Si perdonáis a los hom
bres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; mas si
no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará
vuestras ofensas” (Mat. 6:14,15).
Jesús dijo: “Vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros”
(Juan 13:14). Necesitamos estar dispuestos no solo a lavar los pies de los demás,
sino también a permitir que los demás laven nuestros propios pies. En este
último caso, admitimos nuestra necesidad de ayuda espiritual.
Cuando se termina el servicio, nuestra fe nos asegura de que estamos limpios
porque nuestros pecados han sido lavados. ¿Por quien? Por Cristo. Pero son otros
creyentes los que nos administran los símbolos del ministerio de Cristo, y de este
modo el servicio se convierte en la comunión del perdón.4
4.Comunión con Cristo y con los creyentes. El servicio del lavamiento de los
pies demuestra el amor que Cristo tuvo por sus seguidores “hasta el fin” (Juan
13:1). Cuando Pedro rehusó permitir que Cristo le lavara sus pies, el Salvador
respondió: “Si no te lavare, no tendrás parte conmigo” (vers. 8). Sin lavamiento,
no hay comunión. Los que desean continuar manteniendo su comunión con
Cristo, participarán de esta ordenanza.
Esa misma tarde, Jesús dijo: “Un mandamiento nuevo os doy: que os améis
unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros” (vers.
34). El mensaje de esta ordenanza es claro: “Servios por amor los unos a los
La Cena del Señor ♦ 229
otros” (Gál. 5:13). Tener esta clase de amor significa que les concederemos a los
demás el lugar de preferencia, estimándolos mejores que nosotros (Fil. 2:3). Re
quiere de nosotros que amemos a los que no están de acuerdo con nosotros. Nos
impide albergar sentimientos de supremacía o de parcialidad. Nuestro estilo de
vida reflejará nuestro amor por los demás creyentes. Al arrodillarnos ante ellos y
lavar sus pies, nos regocijamos de que viviremos con ellos por toda la eternidad.
Todos los que siguen el ejemplo de Cristo en esta ordenanza, experimentarán de
algún modo u otro lo que significa amar como Cristo amó. Y esa clase de amor
puede ser un testimonio muy poderoso.
Un monje budista le pidió en cierta ocasión a un misionero que sugiriera una
escena que representara el cristianismo. Se planeaba decorar una sección del
monasterio con murales y esculturas que representan las grandes religiones del
mundo. Tras cierta reflexión, el misionero comenzó a compartir el relato de Juan
13. El monje “no dijo nada mientras yo leía —recuerda el misionero—, pero sentí
un silencio y poder extraño y asombroso, a medida que el pasaje describía la ac
ción de Jesús al lavar los pies de los discípulos”. En esa cultura, la discusión pú
blica de cualquier cosa que tenga que ver con los pies se considera una grave
falta de etiqueta. “Cuando terminé de leer, hubo un momento de silencio. El
monje me miró, incrédulo, y dijo: ¿quiere usted decir que el Fundador de su reli
gión lavó los pies de sus alumnos?”
“‘Sí’, repliqué. El rostro generalmente plácido, redondo como la luna, con la
cabeza y las cejas afeitadas, se arrugó, tomando una expresión de asombro y
horror. Se quedó sin habla, y yo me sentí igualmente afectado. Ambos nos vi
mos sumergidos en el drama de la escena. Mientras contemplaba su expresión,
la mirada de incredulidad que había en su rostro fue cambiando hasta transfor
marse en temor reverente. ¡Jesús, el Fundador del cristianismo, había tocado y
lavado los pies sucios de unos pescadores! Después de unos momentos, logró
controlarse y se levantó de su asiento, diciendo: ahora comprendo la esencia del
cristianismo”.5
La celebración de la Cena del Señor
Entre los protestantes, el nombre más común que se le da al servicio de Co
munión es la “Cena del Señor” (1 Cor. 11:20). Otros nombres son “la mesa del
Señor” (1 Cor. 10:21), “el partimiento del pan” (ver Hech. 20:7; 2:42) ,6y “la
euca ristía”, una referencia al aspecto de bendición y agradecimiento del servicio
(Mat. 26:26, 27; 1 Cor. 10:16; 11:24).
La Cena del Señor debe ser una ocasión de gozo, y no de tristeza. El servicio
de humildad que la precede, provee la oportunidad de realizar un autoexamen, con
fesar los pecados, reconciliar las diferencias y perdonarse mutuamente las ofensas.
230 ♦ LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
Habiendo recibido la certidumbre de la purificación por la sangre del Salvador, los
creyentes se hallan listos para entrar en una comunión especial con su Señor. Se
congregan junto a la mesa con gozo, andando no en la sombra de la cruz sino en
su luz salvadora, listos para celebrar la victoria redentora de Cristo.
El significado de la Cena del Señor. La Cena del Señor reemplaza el festival
de la Pascua de la época del antiguo pacto. La Pascua se cumplió cuando Cristo,
el Cordero pascual, entregó su vida. Antes de su muerte, el mismo Jesús instituyó
el reemplazo, el gran festival del Israel espiritual bajo el nuevo pacto. Por esto, las
raíces de gran parte del simbolismo evidente en la Cena del Señor, surgen del
servicio de la Pascua.
1. Conmemoración de la liberación delpecado. Tal como el festival de la Pas
cua conmemoraba la liberación de la esclavitud en Egipto, la Cena del Señor
conmemora la liberación del Egipto espiritual, la esclavitud del pecado.
La sangre del cordero pascual que se aplicaba a los dinteles y los postes de las
puertas, protegió de la muerte a los habitantes del hogar; la nutrición que prove
yó su carne les impartió la fuerza necesaria para escapar de Egipto (Éxo. 12:3-8).
Así también el sacrificio de Cristo trae liberación de la muerte; los creyentes son
salvos al participar de su cuerpo y su sangre (Juan 6:54). La Cena del Señor
proclama que la muerte de Cristo en la cruz proveyó para nosotros el perdón y
la salvación, y nos garantiza la vida eterna.
Jesús dijo: “Haced esto en memoria de mí” (1 Cor. 11:24). Esta ordenanza
hace énfasis en la dimensión sustitutiva de la expiación de Cristo. “Esto es mi
cuerpo que por vosotros es partido”, dijo Jesús (1 Cor. 11:24; compárese con Isa.
53:4-12). En la cruz, el Inocente tomó el lugar del culpable, el Justo sustituyó al
injusto. Este acto magnánimo satisfizo las demandas de la ley en cuanto a la
muerte del pecador, proveyó perdón, paz y la garantía de la vida eterna para los
pecadores arrepentidos. La cruz quitó nuestra condenación y nos proveyó con el
manto de la justicia de Cristo y con el poder para vencer el mal.
a. El pan y elfruto de la vid. Jesús usó muchas metáforas para enseñar
diferentes verdades acerca de sí mismo. Dijo: “Yo soy la puerta”(Juan 10:7),
“yo soy el camino” (Juan 14:6), “yo soy la vid verdadera” (Juan 15:1), “yo soy
el pan de vida” (Juan 6:35). No podemos tomar literalmente ninguna de
estas expresiones, ya que Cristo no se halla presente en cada puerta, cami
no o viña. En cambio, ilustran verdades más profundas.
Cuando alimentó milagrosamente a los 5.000, Jesús reveló el significa do
más profundo de su cuerpo y sangre. Al presentarse como el verdadero
La Cena del Señor •
231
pan, declaró: “De cierto, de cierto os digo: No os dio Moisés el pan del
cielo, mas mi Padre os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios
es aquel que descendió del cielo y da vida al mundo. Le dijeron: Señor,
danos siempre este pan. Jesús les dijo: Yo soy el pan de vida; el que a mí
viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás”
(Juan 6:32-35). Cristo ofreció su cuerpo y su sangre para satisfacer el ham
bre y la sed que producen nuestras necesidades y deseos más profundos
(Juan 6:50-54).
El pan de la Pascua que comió Jesús era sin levadura, y el fruto de la
vid, sin fermentar.7La levadura, que produce fermentación y hace que suba
el pan, era considerada un símbolo del pecado (1 Cor. 5:7, 8), y por lo tanto
no servía para representar al Cordero “sin mancha y sin
contaminación" (1 Ped. 1:19).8Únicamente el pan sin levadura, es decir, sin
fermentar, podía simbolizar el cuerpo inmaculado de Cristo. Del mismo
modo, tan solo el fruto intacto de la vid —el vino sin fermentar—
simboliza apropiadamente la inmaculada perfección de la sangre purificadora
del Salvador.9
b. El acto de comery beber. “Si no coméis la carne del Hijo del hombre,
y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe
mi sangre, tiene vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero” (Juan
6:53, 54).
El acto de comer la carne de Cristo y beber su sangre, es lenguaje sim
bólico que representa la asimilación de la Palabra de Dios, a través de la
cual los creyentes mantienen la comunión con el cielo y reciben la vida
espiritual. Cristo declaró: “Las palabras que yo os he hablado son espíritu
y son vida” (Juan 6:63). “No solo de pan vivirá el hombre, sino de
toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mat. 4:4).
Los creyentes se alimentan de Cristo, el pan de vida, al participar de
la Palabra de vida, es decir, la Biblia. Con esa Palabra se recibe el poder
vivificante de Cristo. En el servicio de la Comunión también participamos
de Cristo al asimilar su Palabra por medio del Espíritu Santo. Por esta
razón, cada Cena del Señor va acompañada de la predicación de la Palabra.
Por cuanto nos apropiamos por fe de los beneficios del sacrificio expia
torio de Cristo, la Cena del Señor es mucho más que una simple comida
recordativa. La participación en el servicio de la Comunión significa la
revitalización de nuestra vida por medio del poder sostenedor de Cristo,
el cual nos imparte vida y gozo. En palabras resumidas, el simbolismo
demuestra que “dependemos tanto de Cristo para la vida espiritual como
dependemos del alimento y la bebida para sostener la vida física”.10
232 . LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
Durante el servicio de comunión, “bendecimos” la copa (1 Cor. 10:16).
Esto significa que así como Cristo “dio gracias” por la copa (Mat. 26:27),
también nosotros expresamos gratitud por la sangre de Jesús.
2. La comunión colectiva con Cristo. En este mundo, lleno de divisiones
y conflictos, nuestra participación colectiva en estas celebraciones contribuye a la
unidad y estabilidad de la iglesia, demostrando verdadera comunión con Cristo y
con los hermanos. Con el fin de hacer énfasis en esta comunión, Pablo declaró:
“La copa de bendición que bendecimos, ¿no es la comunión de la sangre de Cris
to? El pan que partimos, ¿no es la comunión del cuerpo de Cristo? Siendo uno
solo el pan, nosotros, con ser muchos, somos un cuerpo; pues todos participa
mos de aquel mismo pan” (1 Cor. 10:16,17).
“Se alude aquí al hecho de que el pan de la Comunión se parte en muchos
pedazos, los cuales comen los creyentes, y así como todos los pedazos vienen del
mismo pan, también todos los creyentes que participan del servicio de comunión
se unen en Cristo, cuyo cuerpo quebrantado está simbolizado por el pan partido.
Al participar juntos de esta ordenanza, los cristianos demuestran públicamente
que están unidos entre sí, y que pertenecen a una gran familia, cuya cabeza es
Cristo”. 1
Todos los miembros de la iglesia debieran participar en esta sagrada comu
nión, porque allí, por medio del Espíritu Santo, “Cristo se encuentra con los su
yos y los fortalece por su presencia. Corazones y manos indignos pueden admi
nistrar el rito; sin embargo, Cristo está allí para ministrar a sus hijos. Todos los
que vienen con su fe fija en él serán grandemente bendecidos. Todos los que des
cuidan estos momentos de privilegio divino sufrirán una pérdida. Acerca de ellos
se puede decir con acierto: ‘No estáis limpios todos’”.12
Junto a la mesa del Señor, experimentamos el más poderoso y profundo sen
tido de comunidad. Allí nos encontramos en terreno común, habiéndose que
brantado todas las barreras que nos separan. Allí nos damos cuenta de que si
bien en la sociedad humana hay mucho que nos divide, en Cristo se encuentra
todo lo necesario para unirnos. Al compartir la copa de la comunión, Jesús entró
en el nuevo pacto con sus discípulos. Dijo el Salvador: “Bebed de ella todos; por
que esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remi
sión de los pecados” (Mat. 26:27, 28; compárese con Luc. 22:20). Así como
el antiguo pacto era ratificado por la sangre de los sacrificios de animales
(Exo. 24:8), el nuevo pacto fue ratificado por la sangre de Cristo. En esta
ordenanza, los creyentes renuevan su compromiso de lealtad a su Señor,
reconociendo nueva mente que son parte del acuerdo maravilloso por medio del
cual, en Jesús, Dios se unió consigo a la humanidad. Por cuanto son parte de este
pacto, tienen razón
La Cena del Señor ♦ 233
de celebrar. De este modo, la Cena del Señor es tanto un memorial como una
acción de gracias por el sellamiento del pacto eterno de gracia. Las bendiciones
recibidas son en proporción a la fe de los participantes.
3. Anticipación de la segunda venida. “Así pues, todas las veces que comiereis
este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él
venga”
(1 Cor. 11:26).
El servicio de la Comunión abarca el tiempo que transcurre entre el Calvario
y la segunda venida. Vincula la cruz con el reino. Une el “ya”y el “todavía no”,
que constituyen la esencia de la visión mundial del Nuevo Testamento.
Mantiene unidos el sacrificio del Salvador y su segunda venida: salvación provista
y salva ción consumada. Proclama que Cristo está presente por medio del Espíritu
hasta que venga en forma visible.
La promesa que hizo Jesús: “Desde ahora no beberé más de este fruto de la
vid, hasta aquel día en que lo beba nuevo con vosotros en el reino de mi Padre”
(Mat. 26:29), es una expresión profética. Dirige nuestra fe a una celebración fu
tura de la Comunión con nuestro Salvador en el reino. Esa ocasión será la gran
fiesta de “la cena de las bodas del Cordero” (Apoc. 19:9).
En preparación para este acontecimiento, Cristo instruyó a sus seguidores, di
ciendo: “Estén ceñidos vuestros lomos y vuestras lámparas encendidas; y vosotros
sed semejantes a hombres que aguardan a que su Señor regrese de las bodas para
que cuando llegue y llame le abran en seguida. Bienaventurados aquellos siervos a
los cuales su Señor, cuando venga, halle velando; de cierto os digo que se ceñirá,
y hará que se sienten a la mesa y vendrá a servirles” (Luc. 12:35-37).
Con sus seguidores reunidos alrededor de la mesa del banquete, Cristo cele
brará la Cena como lo hizo en Jerusalén. Por mucho tiempo ha esperado esta
ocasión, y ahora todo está listo. Se levanta de su trono, y se adelanta para servir
les. El asombro llena todo corazón. Se sienten completamente indignos del honor
de que Cristo les sirva. Protestan, diciendo: “¡Déjanos servir a nosotros!” Pero
Cristo insiste suavemente, y los hace sentarse.
“En realidad, Cristo nunca fue mayor mientras estuvo en el mundo que en la
memorable ocasión de la Cena del Señor, cuando tomó el lugar de un siervo y se
humilló a sí mismo. En el cielo, Cristo nunca es mayor que cuando ministra a sus
santos”.13Ésta es la expectativa culminante hacia la cual nos orienta la Cena del
Señor, el gozo de la gloria futura por medio de la comunión personal con Cristo
en su reino eterno.
Requisitos para la participación. Dos grandes ordenanzas sirven a la fe
cristiana: El bautismo y la Cena del Señor. El primero es la puerta de entrada a la
234 . LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DíA CREEN EN.
iglesia, y la última beneficia a los miembros.14Jesús administró la Comunión úni
camente a sus seguidores profesos. El servicio de Comunión, por lo tanto, es para
los cristianos creyentes. Los niños no participan generalmente en estas orde
nanzas, a menos que hayan sido bautizados.15
La Biblia instruye a los creyentes a que celebren esta ordenanza con la debida
reverencia por el Señor, ya que "cualquiera que comiere este pan o bebiere esta
copa del Señor indignamente, será culpado del cuerpo y de la sangre del Señor”
(1 Cor. 11:27). Esta forma “indigna” consiste “ya sea en conducta impropia (ver el
vers. 21) o en la falta de una fe vital y activa en el sacrificio redentor de
Cristo”.16 Una conducta tal demuestra falta de respeto para con el Señor, que
puede ser considerada un rechazo del Salvador, y de este modo lleva al individuo a
compar tir la culpabilidad de los que crucificaron al Salvador.
La participación impropia desagrada a Dios. Los que comen y beben de ma
nera indigna, comen y beben “juicio” para sí mismos, “sin discernir el cuerpo del
Señor” (1 Cor. 11:29). No hacen distinción entre los alimentos ordinarios y los
emblemas consagrados que simbolizan la muerte expiatoria de Cristo. “Los cre
yentes no deben tratar la ordenanza como si fuera únicamente una ceremonia
conmemorativa de un suceso de la historia. Lo es, y mucho más; constituye tam
bién un recordativo de lo que el pecado le costó a Dios, y lo que el hombre le
debe al Salvador. Es también un medio de mantener fresco en la mente el deber
que tiene el creyente, de testificar públicamente acerca de su fe en la muerte
redento ra del Hijo de Dios”.17
En vista de estas admoniciones, Pablo aconseja a los creyentes: “Pruébese
cada uno a sí mismo” antes de participar en la Cena del Señor” (1 Cor. 11:28).
Antes de tomar parte, los creyentes deben pasar revista a su experiencia cristiana
con oración, confesando sus pecados y restableciendo las relaciones interrumpi
das.
La experiencia de los pioneros adventistas revela cuán grande bendición
puede proveer un examen tal: “Cuando nuestros miembros eran pocos, la cele
bración de los ritos constituía una ocasión sumamente provechosa. El viernes
antes de ese acontecimiento, cada miembro de iglesia se esforzaba por remediar
todo aquello que tendiera a separarlo de los hermanos y de Dios. Se efectuaba
una cuidadosa investigación del corazón, se ofrecían sinceras oraciones pidiendo
que Dios revelase los pecados ocultos; se hacían confesiones de engaños en los
negocios, de palabras ofensivas pronunciadas con apresuramiento y de pecados
acariciados. El Señor se acercaba a nosotros, y recibíamos mucho poder y áni
mo”.18
Este examen constituye una obra personal. Otros no pueden realizarlo en
nuestro lugar, porque ¿quién puede leer el corazón o distinguir la cizaña del tri
La Cena del Señor •
235
go? Cristo, nuestro ejemplo, rechazó la exclusividad en la Cena. Si bien el pecado
abierto excluye a los individuos de participar (1 Cor. 5:11), el mismo Jesús com
partió la cena con Judas, que exteriormente era un seguidor profeso, pero que en
lo interior era ladrón y traidor.
Lo que decide, entonces, quienes son idóneos para participar en el servicio de
la Comunión, es la condición del corazón: una entrega completa a Cristo y fe en
su sacrificio, no la calidad de miembros de una iglesia particular. En consecuen
cia, los cristianos creyentes de todas las denominaciones pueden tomar parte en
la Cena del Señor. Todos están invitados a celebrar a menudo este gran festival
del nuevo pacto, y por medio de su participación, dar testimonio de que han
aceptado a Cristo como su Salvador personal.19
Referencias
1. Ver Robert Odom, “The First Celebration ofthe Ordinance of the Lord's House ’ [La primera
celebración de la ordenanza de la casa del Señor], Ministry, Enero de 1953, p. 20; Elena G. de
White, El Deseado de todas las gentes, pp. 598-603
2. Ibíd., p. 605.
3. Existe una relación entre el bautismo y la Cena del Señor. El bautismo precede la entrada a la
iglesia, mientras que el lavamiento de los pies se aplica a los que ya son miembros de la igle
sia. Durante esta ordenanza, es apropiado que meditemos en nuestros votos bautismales.
4. Ver C. Mervyn Maxwell, “A Fellowship of Forgiveness” [Una comunión para el perdón], Re-
view and Herald, 29 de junio de 1961, pp. 6, 7.
5. Jon Dybdahl, Missíons: A Two Way Street [Las misiones: una calle de dos vías] (Boise, Idaho:
Pacific Press, 1986), p. 28.
6. Si bien en general se comprende que en Hechos 20:7 la expresión se refiere a la celebración de
la Cena del Señor, no se refiere exclusivamente a esta ordenanza. En Lucas 24:35 se refiere a
una comida común cotidiana.
7.Se supone que la gente de los tiempos bíblicos no podría haber preservado jugo de uva por un
período extendido en el clima caliente de Israel, desde la época de la cosecha de la uva en el
otoño hasta la Pascua que se celebraba en la primavera. Por esta razón, muchos consideran que
sin duda losjudíos celebraban la Pascua con vino fermentado. Esta suposición no tiene base. Por
todo el mundo antiguo, diversos jugos se preservaban a menudo por extensos períodos en un
estado exento de fermentación, usando diversos métodos. Uno de ellos consistía en concentrar
el jugo, hirviéndolo hasta que se transformara en jarabe. Si se lo guardaba en un lugar fresco,
este concentrado no se fermentaba. El sencillo acto de diluirlo con agua, daba como resultado
un “vino dulce” exento de alcohol. Ver William Patton, Bible Wines -Laws ofFermentation [Los
vinos bíblicos: las leyes de fermentación] (Oklahoma City, OI<: Sane Press, n. d.), pp. 24-41; ver
también C. A. Christoforides, “More on Unfermented Wine” [Información adicional acerca del
vino sin fermentar] Ministry, abril de 1955, p. 34; Lael O. Caesar “The Meaning of Yayin in the
Oíd Testament” [El significado del término yayin en el Antiguo Testamento] (Tesis de Maestría
inédita, Andrews University, 1986), pp. 74-77; Elena G. de White, El Deseado de todas lasgentes,
p. 609. Elvino de la Pascua podía hacerse también de pasas (F. C. Gilbert, PracticalLessons From
the Experience ofIsraelfor the Church of Today [Lecciones prácticas de la experiencia de Israel
para la iglesia’de hoy], [Nashville, Tennessee: Southern Pub. Assn., 1972], pp. 240,241).
236 . LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
8. A la luz de lo expuesto, no carece de significado el hecho de que Cristo evita usar la palabra
común para referirse al vino (griego, óinos), sino que emplea la frase “el fruto de la vid” (Mar.
14:25). Si bien óinos puede referirse al vino tanto en su estado fermentado como no fermen
tado, el fruto de la vid se refiere al jugo puro, un símbolo apropiado de la sangre de Cristo, el
cual se designó a sí mismo como “la vid verdadera” (Juan 15:1).
9. Es la levadura lo que causa también la fermentación del jugo de uva. Las esporas de levadura,
que flotan en el aire o son llevadas por los insectos, se adhieren a la cera que cubre la casca
rita de la uva. Cuando las uvas son aplastadas, las esporas se mezclan con el jugo. A tempe
ratura ambiente, las células de levadura se multiplican rápidamente, haciendo fermentar el
vino (ver Martin S. Peterson, Arnold H. Johnson, editores, Encyclopedia ofFood Technology
[Enciclopedia de tecnología de los alimentos] [Westport, CT: Avi Publishing Co., 1974], t. 2,
pp. 61-69; ver también Encyclopedia ofFood Science [Enciclopedia de la ciencia de la alimen
tación] [Wesport, CT: Avi Publishing Co., 1978], t. 3, p. 878).
10. R. Rice, Reign ofGod [El reino de Dios], p. 303.
11. Comentario bíblico adventista, t. 6, p. 741.
12. Elena G. de White, El Deseado de todas las gentes, p. 613, 616.
13. M. L. Andreasen, “The Ordinances of the Lord’s House” [Las ordenanzas de la casa del
Señor],
Ministry, enero de 1947, pp. 44,46.
14. Ver Elena G. de White, El evangelismo, p. 202.
15. Ver por ejemplo Frank Holbrook, “¿For Members Only?” [¿Solo para miembros?].
Ministry,
feb. de 1987, p. 13.
16. Comentario bíblico adventista, t. 6, pp. 759, 760.
17. Ibíd.
18. Elena G. de White, El evangelismo, p. 203; ver también Comentario bíblico adventista, t.
6, p. 759.
19. La Biblia no especifica cuán frecuentemente debiera celebrarse la Cena del Señor (ver 1
Cor. 20:11,25,26). Los adventistas han seguido la práctica de muchos protestantes y celebran esta
ordenanza cuatro veces en el año. “Al adoptar el plan trimestral, los primeros creyentes ad
ventistas consideraron que si se celebraba el servicio con mayor frecuencia, se corría el peli
gro de caer en la formalidad, y dejar de reconocer la solemnidad del servicio”. Parece una
decisión moderada, equidistante entre el extremo de celebrarla demasiado a menudo, y el de
abstenerse de hacerlo durante un tiempo demasiado largo, por ejemplo un año (W. E. Read,
“Frequency of the Lord’s Supper” [Frecuencia de la Cena del Señor], Ministry, abril de 1955,
P- 43).
LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
Los dones y ministerios
espirituales
Dios concede a todos los miembros de su iglesia, en todas las épocas, dones
espiritualespara que cada miembro los emplee en amante ministerio por el
bien común de la iglesia y de la humanidad. Concedidos mediante la opera ción
del Espíritu Santo, quien los distribuye entre cada miembro según su voluntad,
los donesproveen todos los ministerios y habilidades que la iglesia necesita para
cumplir susfunciones divinamente ordenadas. De acuerdo con las Escrituras,
estos dones incluyen ministerios —tales comofe, sanidad, profecía, predicación,
enseñanza, administración, reconciliación, compasión, servicio abnegado y
caridad—, para ayudar y animar a nuestros semejantes.
Algunos miembros son llamados por Dios y dotados por el Espíritu para
ejercerfunciones reconocidas por la iglesia en los ministerios pastorales, de
evangelización, apostólicos y de enseñanza, particularmente necesarios con el
fin de equipar a los miembrospara el servicio, edificar a la iglesia con el
objeto de que alcance la madurez espiritual, y promover la unidad de lafe y el
conocimiento de Dios. Cuando los miembros emplean estos dones espirituales
comofieles mayordomos de la multiforme gracia de Dios, la iglesia queda
protegida de la influencia destructora de lasfalsas doctrinas, crecegracias a
un desarrollo que procede de Dios, y se edifica en lafe y el amor (Rom. 12:4-8;
1 Cor. 12:9-11,27,28; Efe. 4:8,11-16; Hech. 6:1-7; 1 Tim. 3:1-13; 1 Ped. 4:10,11).
LAS PALABRAS QUE JESÚS HABLÓ JUSTO ANTES de ascender al cielo, ha
brían de cambiar la historia. “Id por todo el mundo —les ordenó a los discípu los
—, y predicad el evangelio a toda criatura” (Mar. 16:15).
¿A todo el mundo? ¿A toda criatura? Los discípulos deben haber pensado que
se trataba de una tarea imposible. Cristo, que conocía su impotencia, los instruyó
237
238 • LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
para que no abandonaran Jerusalén, “sino que esperasen la promesa del Padre”.
Luego les aseguró: “Recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espí
ritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría, y hasta lo
último de la tierra” (Hech. 1:4,8).
Después de la ascensión de Jesús al cielo, los discípulos pasaron mucho tiem
po en oración. La armonía y la humildad reemplazaron la discordia y los celos
que habían caracterizado buena parte del tiempo que pasaron con Jesús. Los
discípulos estaban convertidos. Su estrecha comunión con Cristo y la unidad
resultante constituyeron la preparación necesaria para el derramamiento del Es
píritu Santo.
Así como Jesús recibió una unción especial del Espíritu que lo capacitó para
realizar su ministerio (Hech. 10:38), también los discípulos recibieron el bautis
mo del Espíritu Santo (Hech. 1:5), el cual los capacitaría para testificar. Los resul
tados fueron asombrosos. El mismo día que recibieron el don del Espíritu Santo,
bautizaron a 3.000 personas (ver Hech. 2:41).
Los dones del Espíritu Santo
Cristo ilustró los dones del Espíritu Santo con una parábola: “El reino de los
cielos es como un hombre que yéndose lejos, llamó a sus siervos y les entregó sus
bienes. A uno dio cinco talentos y a otro dos, y a otro uno, a cada uno conforme
a su capacidad; y luego se fue lejos” (Mat. 25:14,15).
El hombre que se fue lejos representa a Cristo, el cual subió al cielo. Los “sier
vos” son sus seguidores, los cuales fueron “comprados por precio” (1 Cor. 6:20), a
saber, “con la sangre preciosa de Cristo” (1 Ped. 1:19). Cristo los redimió para el
servicio, “para que los que viven ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y
resucitó por ellos” (2 Cor. 5:15).
A cada siervo, Cristo le concedió dones según su capacidad, “y a cada uno su obra"
(Mar. 13:24). Junto con otros dones y capacidades (ver el capítulo 21 de esta
obra), estos dones representan los talentos especiales que imparte el Espíritu.1
En un sentido especial, Cristo le concedió a su iglesia estos dones espirituales
en el Pentecostés. “Subiendo a lo alto —dice Pablo—... dio dones a los hombres”.
De ese modo, “a cada uno de nosotros fue dada la gracia conforme a la medida
del don de Cristo” (Efe. 4:8, 7). El Espíritu Santo es el agente que distribuye “a
cada uno en particular como él quiere” (1 Cor. 12:11) los dones que le permiten a
la iglesia cumplir la tarea que se le ha asignado.
El propósito de los dones espirituales
El Espíritu Santo concede una capacidad especial a cierto miembro, permitién
dole ayudar a que la iglesia cumpla su misión divina.
Los dones y ministerios espirituales • 239
Armonía en la iglesia. A la iglesia de Corinto no le faltaba ningún don espi
ritual (1 Cor. 1:4, 7). Desgraciadamente, discutían como niños sobre cuáles do nes
eran los más importantes.
Preocupado por las divisiones en la iglesia, Pablo escribió a los corintios acer
ca de la verdadera naturaleza de esos dones, y cómo debían obrar. Explicó que los
dones espirituales son concedidos por gracia. Del mismo Espíritu viene una "di
versidad de dones”, que lleva a una “diversidad de ministerios” y a una “diversi
dad de operaciones”. Pero Pablo hace énfasis en que “Dios, que hace todas
las cosas en todos, es el mismo” (1 Cor. 12:4-6).
El Espíritu distribuye dones a cada creyente para la edificación y desarrollo de
la iglesia. Las necesidades de la obra del Señor determinan qué distribuye el Espí
ritu, y a quiénes se los da. No todos reciben los mismos dones. Pablo declaró que
el Espíritu le da a uno sabiduría, a otro conocimiento, a otro fe, a otro milagros, a otro
profecía, a otro discernimiento de espíritus, a otro lenguas, y a otro la interpreta
ción de lenguas; “pero todas estas cosas las hace uno y el mismo Espíritu, repar
tiendo a cada uno en particular como él quiere” (vers. 11). El agradecimiento por
la operación de un don en la iglesia debe ser dirigido al Dador, y no a la persona
que ejerce el don. Ypor cuanto los dones se entregan a la iglesia y no al individuo,
quie nes los reciben no deben considerarlos su propiedad privada.
Por cuanto el Espíritu distribuye conforme a lo que le parece, ningún don
debe ser despreciado o pasado por alto. Ningún miembro de la iglesia tiene el
derecho de ser arrogante por habérsele encargado alguna función específica, ni
nadie debiera sentirse inferior porque se le ha asignado una posición humilde.
1. Un modelo a seguir. Pablo usó el cuerpo humano para ilustrar la armonía
que debe existir en la diversidad de dones. El cuerpo tiene muchas partes, cada
una de las cuales contribuye en forma especial. “Mas ahora Dios ha colocado los
miembros cada uno de ellos en el cuerpo, como él quiso” (vers. 18).
Ninguna parte del cuerpo debiera decir a otra: “¡No te necesito!” Todas de
penden unas de otras, y “los miembros del cuerpo que parecen más débiles son
los más necesarios; y aquellos del cuerpo que nos parecen menos dignos, a estos
vestimos más dignamente; y los que en nosotros son menos decorosos, se tratan
con más decoro. Porque los que en nosotros son más decorosos, no tienen nece
sidad; pero Dios ordenó el cuerpo, dando más abundante honor al que le faltaba”
(vers. 21-24).
El mal funcionamiento de cualquier órgano afecta todo el cuerpo. Si el cuer
po no tuviera cerebro, el estómago no funcionaría; y si no tuviera estómago, el
cerebro no serviría de nada. Así también, la iglesia sufriría si le faltara cualquiera
de sus miembros, no importa cuán insignificante sea.
240 . LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN.
Ciertas partes del cuerpo que son estructuralmente más débiles, necesitan pro
tección especial. Uno puede funcionar sin una mano o una pierna, pero no sin el
hí gado, el corazón o los pulmones. Normalmente exponemos nuestro rostro y nuestras
manos, pero cubrimos otras partes del cuerpo con vestiduras, con propósitos de
mo destia o decencia. Lejos de estimar livianamente los dones menores, debemos
tratar los con mayor cuidado, porque la salud de la iglesia depende de ellos.
Dios deseaba que la distribución de dones espirituales en el seno de la iglesia evita
ra la “desavenencia en el cuerpo”, produciendo en cambio un espíritu de armonía e in
terdependencia, para que “los miembros todos se preocupen los unos por los otros. De
manera que si un miembro padece, todos los miembros se duelen con él, y siun miem
bro recibe honra, todos los miembros con él se gozan” (vers. 25, 26). Así que
cuando un creyente sufre, toda la iglesia debe saberlo y ayudar al sufriente. Únicamen
te cuando dicho individuo haya sido restaurado, estará segura la salud de la iglesia.
Después de comparar el valor de cada uno de los dones, Pablo hace una lista
con varios de ellos: “Y a unos puso Dios en la iglesia, primeramente apóstoles,
luego profetas, lo tercero maestros, luego los que hacen milagros, después los que
sanan, los que ayudan, los que administran, los que tienen don de lenguas” (vers.
28; ver también Efe. 4:11). Por cuanto ningún miembro posee todos los dones, el
apóstol anima a todos a procurar “los dones mejores” (vers. 31), refiriéndose a los
que sean más útiles para la iglesia.2
2. La dimensión indispensable. Los dones del Espíritu Santo, sin embargo, no
son suficientes por sí mismos. Hay “un camino aun más excelente” (vers. 31).
Cuando Cristo vuelva, los dones del Espíritu pasarán; sin embargo, el fruto del
Espíritu es eterno. Consiste en la virtud eterna del amor y la paz, bondad y justi
cia que el amor trae consigo (ver Gál. 5:22,23; Efe. 5:9). Si bien desaparecerán la
profecía, las lenguas y el conocimiento, la fe, la esperanza y el amor perma-ne-
cerán. Y “el mayor de ellos es el amor” (1 Cor. 13:13).3
Este amor que Dios concede (agape en griego) es un amor sacrificado y abne
gado (1 Cor. 13:4-8). Es "el tipo más elevado del amor, el cual reconoce algo de
valor en la persona u objeto amado; un amor que se basa en principios y no en
emociones; un amor que surge del respeto por las cualidades admirables de su
objeto”.4 Los dones desprovistos de amor causan confusión y divisiones en la
iglesia. El camino más excelente, por lo tanto, consiste en que cada uno de los
que reciben dones espirituales posea también este amor enteramente abnegado.
“Seguid el amor; y procurad los dones espirituales” (1 Cor. 14:1).
Viviendo para la gloria de Dios. Pablo se refirió también a los dones espiri
tuales en su epístola a los romanos. Al hacer un llamado a cada creyente para que
Los dones y ministerios espirituales • 241
viva para gloria de Dios (Rom. 11:36-12:2), Pablo usa nuevamente las partes del
cuerpo para ilustrar la diversidad y, a la vez, la unidad que caracteriza a los cre
yentes que se unen a la iglesia (vers. 3-6).
Reconociendo que tanto la fe como los dones espirituales tienen su fuente en
la gracia de Dios, los creyentes permanecen humildes. Mientras más dones se
conceden a un creyente, mayor es su influencia espiritual, y más profunda debe
ser su dependencia de Dios.
En este capítulo Pablo menciona los siguientes dones: Profecía (expresión ins
pirada, proclamación), ministerio (servicio), enseñanza, exhortación (dar áni
mo), repartimiento (compartir), liderazgo y misericordia (compasión). Tal como
lo hace en 1 Corintios 12, termina su discusión con el mayor principio del cris
tianismo, a saber, el amor (vers. 9).
Pedro presentó el tema de los dones espirituales colocando como telón de fondo el
hecho de que “el fin de todas las cosas se acerca” (1 Ped. 4:7). La urgencia de la
hora requiere que los creyentes usen sus dones. “Cada uno según el don que ha
recibido
—exhorta el apóstol—, minístrelo a los otros como buenos administradores de la
multiforme gracia de Dios”(vers. 10). Tal como lo hace Pablo, Pedro enseña que
estos dones no son para la glorificación del individuo, sino “para que en todo sea Dios
glori ficado por Jesucristo”(vers. 11). Pedro también asocia el amor con los dones
(vers. 8).
El crecimiento de la iglesia. En su tercera y final discusión de los dones es
pirituales, el apóstol Pablo insta a los creyentes a que vivan “como es digno de la
vocación con que fuisteis llamados, con toda humildad y mansedumbre, sopor
tándoos con paciencia los unos a los otros en amor. Solícitos en guardar la uni dad
del Espíritu en el vínculo de la paz” (Efe. 4:1-3).
Los dones espirituales contribuyen a promover la unidad que hace que la igle
sia crezca. Cada creyente ha recibido “la gracia conforme a la medida del don de
Cristo” (vers. 7).
El mismo Jesús "constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evan
gelistas; a otros, pastores y maestros”. Estos dones constituyen ministerios orien
tados hacia el servicio, y son dados “a fin de perfeccionar a los santos para la obra
del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos
a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la
medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (vers. 11-13). Los que reciben do
nes espirituales deben servir especialmente a los creyentes, preparándolos para
las clases de ministerio que se ajustan a sus dones. Esto edifica la iglesia hacia
una madurez que alcanza la plena estatura de Cristo.
Estos ministerios aumentan la estabilidad espiritual y fortalecen a la iglesia
contra las falsas doctrinas, de manera que los creyentes ya no sean “niños fluc-
242 ♦ LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
tuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de
hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error, sino que
siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto
es, Cristo” (vers. 14,15).
Finalmente, en Cristo, los dones espirituales producen tanto la unidad como
la prosperidad de la iglesia. De él “todo el cuerpo bien concertado y unido entre
sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia
de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor” (vers. 16).
Si la iglesia ha de experimentar el crecimiento que Dios desea, cada miembro
debe usar los dones de gracia que él provee.
Como resultado, la iglesia experimenta un crecimiento doble: en el número
de sus miembros y en la cantidad de dones espirituales disponibles. En esto tam
bién el amor es parte de este llamado, ya que la iglesia puede lograr esta clase de
edificación y crecimiento únicamente por medio del uso de estos dones en el
amor.
Implicaciones de los dones espirituales
Un ministerio común. La Escritura no apoya la idea de que el clero debe
ministrar mientras que los laicos se limitan a calentar los asientos y esperar para
recibir su alimento. Tanto los pastores como los laicos componen la iglesia, el
pueblo adquirido por Dios (1 Ped. 2:9). Unidos, son responsables del bienestar de
la iglesia y de su prosperidad. Han sido llamados para trabajar juntos, cada uno
según sus propios dones especiales que Cristo le ha concedido. La diferencia de
dones resulta en una variedad de ministerios o servicios, todos unidos en su
testimonio con el fin de extender el reino de Dios y preparar al mundo para en
contrarse con su Salvador (Mat. 28:18-20; Apoc. 14:6-12).
Elpapel de los ministros. La doctrina de los dones espirituales coloca sobre
los hombros del ministro la responsabilidad de preparar la congregación. Dios ha
establecido aspóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros, con el fin de
equipar a su pueblo para el ministerio. “Los ministros no debieran hacer la obra
que pertenece a la iglesia, de este modo agotándose, e impidiendo que otros cum
plan sus deberes. Debieran enseñar a los miembros a trabajar en la iglesia y en la
comunidad”.5
El ministro que no tiene el don de preparar a otros no debe ocuparse del
ministerio pastoral, sino actuar en alguna otra parte de la obra de Dios.6El éxito
del plan que Dios tiene para la iglesia depende de la buena voluntad y capacidad
que muestren sus pastores en la preparación de los miembros para que éstos
usen los dones que han recibido de Dios.
Los dones y ministerios espirituales ♦ 243
Los dones y nuestra misión. Dios concede dones espirituales para beneficiar
todo el cuerpo, y no simplemente a los individuos que los reciben. Y, tal como el
receptor no recibe el don para sí mismo, así también la iglesia no recibe la totali
dad de los dones para sí misma. Dios dota a la comunidad de la iglesia con dones
que la preparan para cumplir ante el mundo la misión que él le ha asignado.
Los dones espirituales no son la recompensa por una obra bien hecha, sino que
son las herramientas que permiten hacer bien el trabajo. El Espíritu, por lo general,
concede dones que son compatibles con los talentos naturales de un individuo, si
bien los talentos naturales por sí solos no constituyen dones espirituales. Se re
quiere el nuevo nacimiento para que una persona sea llena con la energía del
Espíritu. Debemos nacer de nuevo para ser dotados de dones espirituales.
Unidad en la diversidad, no uniformidad. Algunos cristianos procuran
hacer que todos los demás creyentes sean como ellos. Este no es un plan divino
sino humano. El hecho de que la iglesia permanece unida a pesar de la diversidad
de los dones espirituales, comprueba la naturaleza complementaria de dichos do
nes. Indica que el progreso de la iglesia de Dios depende de cada creyente. Dios
desea que todos los dones, ministerios y operaciones que se manifiestan en la iglesia,
actúen unidos en la obra de construir sobre el fundamento que ha colocado la iglesia
a través de los siglos. En Jesucristo, la principal piedra del ángulo, “todo el
edificio bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor” (Efe.
2:21).
Elpropósito de los dones: la testificación. Los creyentes reciben diversidad
de dones, lo cual indica que cada uno debe cumplir un ministerio individual. Sin
embargo, cada creyente debiera ser capaz de testificar acerca de su fe, compartir
sus creencias y hablar a otros acerca de lo que Dios ha hecho en su vida. El pro
pósito con el cual Dios concede cada don, no importa cual sea este, es capacitar
al que lo posee para que dé testimonio.
Elfracaso en el uso de los dones espirituales. Los creyentes que rehúsan
emplear los dones espirituales, hallarán que no solo estos se atrofian, sino tam
bién que al hacerlo están poniendo en peligro su vida eterna. Con amorosa pre
ocupación, Jesús pronunció la solemne amonestación de que el siervo que no usó
su talento no era otra cosa que un “siervo malo y negligente”, el cual despreció la
recompensa eterna (Mat. 25:26-30)7 El siervo infiel admitió libremente que su
fracaso había sido deliberado y premeditado. Por eso, debió llevar la responsabi
lidad por su decisión. “En el gran día final del juicio, los que han ido a la deriva,
evitando oportunidades y haciéndoles el quite a las responsabilidades, serán cla
sificados por el gran Juez con los malhechores.8
244 . LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN.
El descubrimiento de los dones espirituales
Si los miembros desean participar con éxito en la misión de la iglesia, deben
com prender sus dones. Los dones funcionan como una brújula, dirigiendo al que los
posee hacia el servicio y el goce de la vida abundante (Juan 10:10). En la medida
como elegi mos “no reconocer, desarrollar y ejercer nuestros dones (o simplemente
los descuida mos), la iglesia es menos de lo que podría ser. Menos de lo que Dios
quería que fuera”.9 El proceso de descubrimiento de nuestros dones
espirituales10debiera carac
terizarse por los siguientes rasgos:
La preparación espiritual. Los apóstoles oraron con diligencia pidiendo la
capacidad de hablar palabras que llevaran a los pecadores a Jesús. Eliminaron las
diferencias y el deseo de la supremacía, que se habían interpuesto entre ellos. La
confesión del pecado y el arrepentimiento los hizo entrar en una relación estre
cha con Cristo. Los que aceptan a Cristo hoy necesitan una experiencia similar
en preparación para el bautismo del Espíritu Santo.
El bautismo del Espíritu no es un acontecimiento único; podemos experimentar
lo diariamente. 1Necesitamos rogar al Señor que nos conceda ese bautismo, porque
le imparte a la iglesia poder para testificar y proclamar el evangelio. Para hacer
esto, debemos entregar continuamente nuestras vidas a Dios, permanecer
enteramente en Cristo, y pedirle sabiduría para descubrir nuestros dones (Sant. 1:5).
El estudio de las Escrituras. Si estudiamos con oración lo que el Nuevo Tes
tamento enseña acerca de los dones espirituales, le permitiremos al Espíritu San to
impresionar nuestras mentes con el ministerio específico que tiene para noso tros.
Es importante que creamos que Dios nos ha concedido por lo menos un don para
ser usado en su servicio.
Abiertos a la conducción providencial. No debemos usar nosotros al Espíri
tu, sino que él debe usarnos, ya que es Dios quien obra en su pueblo “así el querer
como el hacer, por su buena voluntad” (Fil. 2:13). Es un privilegio estar dispuestos
a trabajar en cualquier línea de servicio que la providencia de Dios presente. Debe
mos darle a Dios la oportunidad de obrar a través de otros para solicitar nuestra
ayuda. De este modo debiéramos estar listos para responder a las necesidades de la
iglesia donde quiera que éstas se presenten. No debiéramos tener temor de probar
cosas nuevas, pero al mismo tiempo debemos sentirnos libres de informar acerca
de nuestros talentos y vivencias a los que piden nuestra ayuda.
Confirmación proveniente del cuerpo. Por cuanto Dios concede estos dones
para edificar su iglesia, podemos esperar que la confirmación final de nuestros
Los dones y ministerios espirituales • 245
dones surja del juicio del cuerpo de Cristo, y no de nuestros propios sentimien
tos. A menudo es más difícil reconocer los dones propios que los de otros. No
solo debemos estar dispuestos a escuchar lo que otros nos digan acerca de nues
tros dones, sino también es importante que reconozcamos y confirmemos los
dones de Dios en los demás.
Nada genera mayor entusiasmo ni sentimiento de logro, que saber que estamos
ocupando la posición del ministerio o del servicio que la Providencia había dispuesto
para nosotros. ¡Cuán grande es la bendición que recibimos al emplear en el
servicio de Dios el don especial que Cristo nos ha concedido por medio del
Espíritu Santo! Cristo anhela compartir con nosotros sus dones de gracia. Hoy
podemos aceptar su invitación y descubrir lo que pueden hacer sus dones en una
vida llena del Espíritu.
Referencias
1.Ver por ejemplo, Elena G. de White, Palabras de vida del gran Maestro, pp. 262, 263. No
siempre podemos distinguir fácilmente entre lo que es sobrenatural, lo que es heredado y
nuestras capacidades adquiridas. En aquellos que se hallan bajo el control del Espíritu, estas
capacidades con frecuencia se entremezclan armoniosamente.
2. Ver Richard Hammill, “Spiritual Gifts in the Church Today” [Los dones espirituales en la
iglesia de hoy], Ministry, julio de 1982, pp. 15,16.
3. En el sentido más amplio, el amor es un don de Dios, puesto que todas las buenas cosas vie
nen de él (Juan 1:17). Es el fruto del Espíritu (Gal. 5:22), pero no constituye un don espiritual
en el sentido de que el Espíritu Santo lo ha distribuido a algunos creyentes y no a otros. A
todos se nos dice: “Seguid el amor” (1 Cor. 14:1).
4. Comentario bíblico adventista, t. 6, p. 773.
5. Elena G. de White, “Appeals for Our Missions” [Llamados en favor de nuestras misiones] en
Historical Sketches of the Foreign Missions ofthe Seventh-day Adventists [Bosquejos históri
cos de las misiones extranjeras de los adventistas del séptimo día] (Basilea, Suiza: Imprime-
rie Polyglotte, 1886), p. 291. Ver también Rex D. Edwards, A New Frontier—Every Believer a
Minister [Una nueva frontera: cada creyente un ministro] (Mountain View, California: Paci
fic Press, 1979), pp. 58-73.
6. Ver J. David Newman, “Seminar in Spiritual Gifts” [Seminario acerca de dones espirituales],
manuscrito inédito, p. 3.
7.Acerca de la gravedad de esta condición, ver Elena G. de White, “Home Discipline” [La disci
plina en el hogar], Review and Herald, 13 de junio de 1882, p. [1].
8. Comentario bíblico adventista, t. 5, p. 499.
9. Don Jacobsen, “What Spiritual Gifts Mean to Me” [Lo que significan para mí los dones espi
rituales], Adventist Review, 25 de die. de 1986, p. 12.
10. Ver Roy C. Naden, Discovering your Spiritual Gifts [Cómo descubrir sus dones
espirituales] (Berrien Springs, Michigan: Institute of Church Ministry, 1982); Mark A. Finley, The
Way to Adventist Church Growth [El camino al crecimiento de la Iglesia Adventista] (Siloam
Springs, AR: Concerned Communications, 1982); C. Peter Wagner, Your Spiritual Gifts Can
Help Your Church Grow [Sus dones espirtuales pueden ayudar al crecimiento de su iglesia]
(Glen dale, California: Regal Books, 1979).
11. Ver Elena G. de White, Los hechos de los apóstoles, p. 42; Elena G. de White, Consejos
para los maestros (Mountain View, California: Pacific Press), p. 124.
LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
El don deprofecía
Uno de los dones del Espíritu Santo es el de profecía. Este don es una señal
identificadora de la iglesia remanente y se manifestó en el ministerio de
Elena G. de White. Como mensajera del Señor, sus escritos son una perma
nente y autorizadafuente de verdad que proporciona consuelo, dirección,
instrucción y corrección a la iglesia. Ellos también establecen con claridad
que la Biblia es la norma por la cual debe serprobada toda enseñanza y
toda experiencia (foel 2:28,29: Hech. 2:14-21; Heb. 1:1-3; Apoc. 12:17; 19:10).
JOSAFAT, REY DE JUDÁ, SE HALLABA MUY PREOCUPADO. Las tropas
enemigas se acercaban y la situación parecía desesperante. “Entonces... Josafat
humilló su rostro para consultar a Jehová, e hizo pregonar ayuno a todo Judá”
(2 Crón. 20:3). El pueblo acudió al templo para rogar a Dios que tuviera miseri
cordia de ellos y los librase de sus enemigos.
Mientras Josafat dirigía el servicio de oración, le rogó a Dios que cambiara
las circunstancias. El rey oró: “¿No eres tú Dios en los cielos, y tienes dominio
sobre todos los reinos de las naciones? ¿No está en tu mano tal fuerza y poder,
que no hay quién te resista?” (vers. 6). ¿No había Dios protegido especialmente
a los suyos en el pasado? ¿No había entregado esa tierra a su pueblo escogido?
De modo que Josafat rogó: “¡Oh Dios nuestro! ¿No los juzgarás tú? Porque
en nosotros no hay fuerza... no sabemos qué hacer, y a ti volvemos nuestros ojos”
(vers. 12).
Mientras todo Judá permanecía en pie delante del Señor, un varón llamado
Jahaziel se levantó. Su mensaje trajo valor y dirección al pueblo temeroso. Dijo
así: “No temáis... porque no es vuestra la guerra, sino de Dios... no habrá para
que peleéis vosotros en este caso; paraos, estad quietos, y ved la salvación de Je-
246
El don de profecía •
247
hová... porque Jehová estará con vosotros” (vers. 15-17). En la mañana, el rey Jo-
safat arengó a sus tropas, diciéndoles: “Creed en Jehová vuestro Dios, y estaréis
seguros; creed a sus profetas, y seréis prosperados”(vers. 20).1
Tan plenamente creyó el rey a la palabra de ese profeta desconocido, Jahaziel,
que reemplazó sus tropas de choque con un coro que cantaba alabanzas al Señor,
y expresaba la belleza de la santidad. Mientras los cánticos de fe llenaban los
aires, el Señor producía confusión entre los ejércitos que se habían aliado contra
Judá. La matanza fue tan grande que “ninguno había escapado" (vers. 24).
Jahaziel fue el instrumento que Dios usó con el fin de enviar un mensaje para
ese momento especial.
Los profetas desempeñaron un papel vital tanto en los tiempos del Antiguo
como en los del Nuevo Testamento. Pero, ¿cesaría el don de profecía una vez que
se cerrara el canon bíblico? Para descubrir la respuesta, repasemos la historia
profètica.
El don profètico en los tiempos bíblicos
Si bien el pecado terminó la comunicación cara a cara entre Dios y los seres
humanos (Isa. 59:2), Dios no por eso terminó su intimidad con los seres huma nos;
en vez de ello, desarrolló otras formas de comunicarse. Comenzó a enviar sus
mensajes de ánimo, amonestación y reproche a través de los profetas.2
En las Escrituras, un profeta es “uno que recibe comunicaciones de Dios y
transmite sus intenciones a su pueblo”.3Los profetas no profetizaron por su pro
pia iniciativa, “porque nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino
que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo”
(2 Ped. 1:21).
En el Antiguo Testamento, la palabra profeta es generalmente una traducción
del término hebreo nábi. Su significado se expresa en Éxodo 7:1,2: “Jehová dijo a
Moisés: mira, yo te he constituido Dios para Faraón, y tu hermano Aarón será tu
profeta [nábi]. Tu dirás todas las cosas que yo te mandé y Aarón tu hermano
hablará a Faraón”. La relación entre Moisés y el Faraón era como la que existe
entre Dios y su pueblo. Así como Aarón comunicaba las palabras de Moisés a
Faraón, del mismo modo el profeta comunicaba las palabras de Dios al pueblo. El
término profeta, entonces, designa un mensajero de Dios divinamente escogido.
El equivalente griego del término hebreo nábi es prophètés, del cual se deriva la
palabra profeta.
“Vidente”, que es una traducción del hebreo roeh (Isa. 30:10) o chozeh (2 Sam.
24:11; 2 Rey. 17:13), es otra manera de designar a las personas que tienen el don
profètico. Los términos profeta y vidente se hallan íntimamente relacionados. La
Escritura lo explica así: “Antiguamente en Israel cualquiera que iba a consultar a
248 . LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
Dios, decía así: ‘Venid y vamos al vidente’; porque al que hoy se llama profeta,
entonces se le llamaba vidente” (1 Sam. 9:9). La designación vidente hacía én
fasis en la recepción de un mensaje divino por parte del profeta. Dios abría a los
“ojos" o a la mente de los profetas la información que él deseaba que éstos
transmitieran a su pueblo.
A través de los años, Dios ha dado revelaciones de su voluntad para su pueblo
por medio de individuos en los cuales se manifestó el don de profecía. “Porque no
hará nada Jehová el Señor, sin que revele su secreto a sus siervos los profetas”
(Amos 3:7; compárese con Heb. 1:1).
Lasfunciones del don profètico en el Nuevo Testamento. El Nuevo Testa
mento le concede a la profecía un lugar prominente entre los dones del Espíritu
Santo, en una ocasión colocándolo en primer lugar entre los ministerios más
útiles para la iglesia, y en dos ocasiones en segundo término (ver Rom. 12:6;
1 Cor. 12:28; Efe. 4:11). Anima a los creyentes a desear especialmente este don
(1 Cor. 14:1, 39).
El Nuevo Testamento sugiere que los profetas cumplían las siguientes funcio
nes:4
1. Ayudaban afundar la iglesia. La iglesia ha sido edificada sobre el funda
mento de los apóstoles y profetas, “siendo la principal piedra del ángulo Jesucris to
mismo” (Efe. 2:20,21).
2. Los profetas iniciaron el esfuerzo misionero de la iglesia. Fue por medio
de profetas cómo el Espíritu seleccionó a Pablo y a Bernabé para su primer
viaje misionero (Hech. 13:1, 2), y proveyó dirección en cuanto a dónde debían
trabajar los misioneros (Hech. 16:6-10).
3. Edificaban la iglesia. “El que profetiza —declaró Pablo—, edifica a la
igle sia”. Las profecías son dadas a los hombres “para edificación, exhortación y
con solación” (1 Cor. 14:3,4). Junto con otros dones, Dios le concedió a la iglesia
el de profecía, con el fin de preparar a los creyentes “para la obra del ministerio,
para la edificación del cuerpo de Cristo” (Efe. 4:12).
4.Unieron a la iglesia y la protegieron. Los profetas ayudaron a producir “la
unidad de la fe”, y protegieron a la iglesia contra las falsas doctrinas, de modo que
los creyentes ya no fuesen “niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo vien
to de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar emplean con astu
cia las artimañas del error” (Efe. 4:13,14).
El don de profecía • 249
5. Amonestaban acerca de dificultadesfuturas. Cierto profeta del Nuevo Tes
tamento dio aviso de que se acercaba una época de hambre. En respuesta, la
iglesia comenzó un programa de asistencia para los que sufrieron a causa de esa
hambruna (Hech. 11:27-30). Otros profetas advirtieron a Pablo acerca de su
arresto y prisión en Jerusalén (Hech. 20:23; 21:4,10-14).
6.Confirmaron lafe en épocas de controversia. En ocasión del primer concilio
de la iglesia, el Espíritu Santo guió las deliberaciones hasta que se obtuvo una
deci sión acerca de un tema controvertido que tenía que ver con la salvación
de los cristianos gentiles. Luego, y por medio de ciertos profetas, el Espíritu
confirmó a los creyentes en la verdadera doctrina. Una vez que la congregación
hubo escucha do la decisión del concilio, “Judas y Silas, como ellos también eran
profetas, conso laron y confirmaron a los hermanos con abundancia de palabras”
(Hech. 15:32).
El don profètico en los últimos días
Muchos cristianos creen que el don de profecía cesó al fin de la era apostólica.
Pero la Biblia revela la necesidad especial que tendría la iglesia de obtener con
ducción divina durante la crisis del tiempo del fin. Testifica acerca de una nece
sidad continuada del don profètico —y también de una provisión continuada—
después de los tiempos del Nuevo Testamento.
Continuación de los dones espirituales. No hay evidencia bíblica acerca de
que Dios quitaría los dones espirituales que le concedió a la iglesia antes de que
estos hubiesen completado su propósito, el cual, según Pablo, consistía en llevar
a la iglesia “a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón
perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (Efe. 4:13). Por
cuanto la iglesia aún no ha logrado esta experiencia, necesita todos los dones del
Espíritu. Estos dones, incluyendo el don de profecía, continuarán en operación
para el beneficio del pueblo de Dios hasta que Cristo vuelva. En consecuencia,
Pablo amonesta a los creyentes: “No apaguéis al Espíritu. No menospreciéis las
profecías” (1 Tes. 5:19, 20), y aconsejó: “Procurad los dones espirituales, pero
sobre todo que profeticéis” (1 Cor. 14:1).
Estos dones no siempre se han manifestado con abundancia en la iglesia cris
tiana.5Tras la muerte de los apóstoles, los profetas gozaron de respetabilidad en
numerosos círculos hasta el año 300 d.C.6Pero la disminución de la espirituali
dad en la iglesia, y la apostasia resultante (ver el capítulo 13 de esta obra), provo
có una disminución, tanto de la presencia como de los dones del Espíritu Santo.
Al mismo tiempo, los falsos profetas provocaron falta de confianza en el don de
profecía.7
250 . LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
La disminución del don profètico durante ciertos períodos de la historia de la
iglesia no significa que Dios hubiese eliminado el don en forma permanente. La
Biblia indica que, cuando se acerque el fin, este don estará presente para ayudar
a la iglesia a través de esos tiempos difíciles. Más aún, describe una actividad
todavía mayor de este don.
El don profètico justo antes de la segunda venida. Dios le concedió a Juan
el Bautista el don de profecía con el fin de que anunciara la primera venida de
Cristo. En forma similar, es lógico esperar que él envíe nuevamente el don de
profecía para proclamar el segundo advenimiento, de modo que todos tengan la
oportunidad de prepararse para encontrarse con el Salvador.
De hecho, Cristo menciona el surgimiento de falsos profetas como una de las
señales de que su venida está cercana (Mat. 24:11, 24). Si no hubiera verdaderos
profetas durante el tiempo del fin, Cristo nos habría amonestado contra cualquiera
que pretendiera poseer dicho don. Pero el hecho de habernos amonestado contra
los falsos profetas, implica que también los habría verdaderos.
El profeta Joel predijo un derramamiento especial del don profètico poco antes
de la segunda venida de Cristo: “Y después de esto derramaré mi Espíritu sobre
toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas; vuestros ancianos soña
rán sueños, y vuestros jóvenes verán visiones. Y también sobre los siervos y sobre
las siervas derramaré mi Espíritu en aquellos días. Y daré prodigios en el cielo y
en la tierra, sangre, y columnas de humo. El sol se convertirá en tinieblas, y la
luna en sangre, antes que venga el día grande y espantoso de Jehová” (Joel 2:28-31).
El primer Pentecostés fue testigo de una asombrosa manifestación del Espíri tu.
Pedro, al citar la profecía de Joel, señaló que Dios había prometido tales ben
diciones (Hech. 2:2-21). Sin embargo, podemos preguntarnos si la profecía de
Joel alcanzó su máximo cumplimiento en el Pentecostés, o si todavía habrá de
venir un cumplimiento mayor y más completo. No tenemos evidencias de que los
fenómenos referentes al sol y a la luna a los que se refirió Joel hayan precedido o
seguido al primer derramamiento del Espíritu. Dichos fenómenos no ocurrieron
sino hasta muchos siglos más tarde (ver el capítulo 25 de esta obra).
El Pentecostés, entonces, constituyó una primicia de la plena manifestación del
Espíritu antes de la segunda venida. A semejanza de la lluvia temprana de Palesti
na, que caía en el otoño, poco después de la siembra, el derramamiento del
Espíritu Santo en el Pentecostés inauguró la dispensación del Espíritu. El
cumplimiento fi nal y completo de la profecía de Joel corresponde a la lluvia
tardía, la cual, cayendo en la primavera, maduraba la cosecha (Joel 2:23). Del
mismo modo, el derrama miento final del Espíritu de Dios tendrá lugar justo antes
de la segunda venida, después que sucedan las señales predichas en el sol, la luna y
las estrellas (ver Mat.
El don de profecía •
251
24:29; Apoc. 6:12-17; Joel 2:31). A la manera de la lluvia tardía, este
derramamiento final del Espíritu madurará la cosecha de la tierra (Mat. 13:30, 39),
y “todo aquel que invocare el nombre de Jehová será salvo” (Joel 2:32).
El don profètico en la iglesia remanente. El capítulo 12 del Apocalipsis re
vela dos períodos principales de persecución. Durante el primero, que se exten dió
desde el año 538 al 1798 de nuestra era (Apoc. 12:6,14; ver el capítulo 13 de esta
obra), los creyentes fieles sufrieron intensa persecución. Una vez más, justo antes
de la segunda venida, Satanás hará guerra “contra el resto de la descenden cia de
ella”, la iglesia remanente que rehúsa abandonar su fidelidad a Cristo. El
Apocalipsis caracteriza a los creyentes leales que forman el remanente como “los
que guardan los mandamientos de Dios y tienen el testimonio de Jesucristo”
(Apoc. 12:17).
De las conversaciones posteriores que tuvieron el ángel y Juan, se desprende
con claridad el hecho de que la frase “el testimonio de Jesús” se refiere a la re
velación profètica.8
Hacia el fin del libro, el ángel se identifica ante Juan como “consiervo tuyo, y
de tus hermanos que retienen el testimonio de Jesús" (Apoc. 19:10), y “consiervo
tuyo” y “de tus hermanos los profetas” (Apoc. 22:9). Estas expresiones paralelas
dejan en claro que son los profetas los que tienen “el testimonio de Jesús”.9Esto
explica la declaración del ángel, en cuanto a que “el testimonio de Jesús es el es
píritu de profecía” (Apoc. 19:10).
En un comentario relativo a este texto, James Moffat escribió: “El testimonio
de (es decir, llevado por) Jesús es (es decir, constituye) el espíritu de
profecía. Esto... define especialmente el que los hermanos que guardan el
testimonio de Jesús son poseedores de la inspiración profètica. El testimonio
de Jesús es prácticamente equivalente a un acto de testificación de Jesús (xxii.
20). Es la autorevelación de Jesús (según [Apoc. 1:1], la cual se debe en último
término a Dios) lo que mueve a los profetas cristianos”.10
De modo que la expresión espíritu de profecía puede referirse (1) al Espíritu
Santo que inspira al profeta con una revelación de Dios, (2) a la operación del don
de profecía, y (3) al medio mismo de la profecía.
El don profètico, el testimonio de Jesús “a la iglesia por medio de la profecía”,
1 abarca una característica distintiva de la iglesia remanente. Jeremías vinculó
la desaparición de este don con la ilegalidad. “Su rey y sus príncipes están... donde
no hay ley; sus profetas tampoco hallaron visión de Jehová” (Lam. 2:9). El
Apocalipsis identifica la posesión de ambas cosas como características distintivas de
la iglesia de los últimos días; sus miembros “guardan los mandamientos de
Dios y tienen el testimonio de Jesucristo”, el don de profecía (Apoc. 12:17).
252 . LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DíA CREEN EN.
Dios le impartió el don de profecía a la “iglesia" del éxodo con el fin de
organi zar, instruir y guiar a su pueblo (Hech. 7:38). “Por un profeta Jehová hizo
subir a Israel de Egipto, y por un profeta fue guardado” (Ose. 12:13). Por lo tanto,
no causa sorpresa descubrir la existencia de ese don entre los que participan del
éxodo final, es decir, el escape desde el planeta Tierra, contaminado por el pecado,
a la Canaán celestial. Este éxodo, que seguirá a la segunda venida, constituye el
cumplimiento final y completo de Isaías 11:11: “Acontecerá en aquel tiempo, que
Jehová alzará otra vez su mano para recobrar el remanente de su pueblo que aún
quede”.
Ayuda en la crisisfinal. Las Escrituras revelan que el pueblo de Dios
que viva en los últimos días de la historia del mundo, experimentará en toda
su plenitud la ira del dragón satánico, el cual hará un esfuerzo final por destruirlos
(Apoc. 12:17). Ése será “tiempo de angustia, cual nunca fue desde que hubo gen
te hasta entonces” (Dan. 12:1). Con el fin de ayudar a su pueblo a sobrevivir en
este conflicto, el más intenso de todas las edades, Dios en su amor y bondad le
dio a su pueblo la seguridad de que no estarían solos. El testimonio de Jesús, el
espíritu de profecía, los guiaría por caminos seguros hasta su objetivo final, la
unificación con su Salvador en la segunda venida.
La siguiente ilustración explica la relación que existe entre la Biblia y las
manifestaciones postbíblicas del don profètico: “Supongamos que estamos por
comenzar un viaje. El dueño del barco nos entrega un libro con direcciones, di-
ciéndonos que contiene suficientes instrucciones para todo nuestro viaje, y que si
les hacemos caso, llegaremos seguros a nuestro destino. Al comenzar la navega
ción, abrimos nuestro libro para saber qué dice. Hallamos en él que su autor ha
dejado establecidos principios generales que deben gobernarnos en nuestro viaje,
y que nos instruye tanto como sea practicable, juzgando las diversas contingen
cias que pueden surgir hasta el fin; pero también nos dice que la última parte de
nuestra jornada será especialmente peligrosa; que los rasgos de la costa continua
mente están cambiando debido a las tempestades y la presencia de arenas move
dizas; ‘pero para esta parte del viaje —dice el dueño-, he provisto un piloto, el
cual se encontrará con ustedes y les dará las instrucciones que requieran las
circunstancias y los peligros del momento; escúchenlo y obedézcanlo’. Siguiendo
estas instrucciones, llegamos a la época peligrosa especificada, y cumpliendo la
promesa, el piloto aparece. Pero algunos de los viajeros, al ver que ofrece sus
servicios, se levantan contra él. 'Tenemos el libro de instrucciones original
—afirman—, y eso basta para nosotros. Nos afirmamos en él, y solo en él;
no queremos tener nada que ver con usted’. Ahora bien, ¿quiénes están de acuerdo
con las instrucciones originales del libro? ¿Los que rechazan al piloto, o los que
lo reciben, tal como el libro les manda hacer? Juzgadlo vosotros”.12
El don de profecía • 253
Los profetas postbíblicos y la Biblia
El don profètico produjo la Biblia. En la época postbíblica, este don no puede
reemplazar la Escritura ni añadirle nada, porque el canon bíblico se halla ahora
cerrado.
El don profètico funciona en el tiempo del fin de manera muy semejante a
como lo hizo en el tiempo de los apóstoles. Su fin es exaltar la Biblia como la
base de la fe y la práctica, explicar sus enseñanzas y aplicar sus principios a la
vida diaria. Se halla implicado en el establecimiento y la edificación de la iglesia,
per mitiéndole cumplir su misión divinamente señalada. El don profètico reprueba,
amonesta, guía y anima tanto a los individuos como a la iglesia, protegiéndolos
de la herejía y unificándolos en torno a las verdades bíblicas.
Los profetas postbíblicos tienen la misma función que los profetas bíblicos,
como Natán, Gad, Asaf, Semaías, Azarías, Eliezer, Ahías, Obed, Miriam, Débora,
Huida, Simeón, Juan el Bautista, Agabo, Silas, Ana, y las cuatro hijas de Felipe,
quienes vivieron en tiempos bíblicos, pero cuyos testimonios nunca llegaron a
formar parte de la Biblia. El mismo Dios que habló a través de los profetas cuyos
escritos están en la Biblia, inspiró a esos profetas y profetisas. Sus mensajes no
contradijeron la revelación divina previamente registrada.
Cómo probar el don profètico. Por cuanto la Biblia advierte que antes del
retorno de Cristo surgirán falsos profetas, debemos investigar cuidadosamente
toda pretensión de poseer el don profètico. “No menospreciéis las profecías
—aconseja Pablo—. Examinadlo todo; retened lo bueno. Absteneos de toda espe
cie de mal” (1 Tes. 5:20-22; ver también 1 Juan 4:1).
La Biblia especifica varios principios por medio de los cuales podemos distin
guir el don profètico genuino del espurio.
1. ¿Está de acuerdo el mensaje con la Biblia? “¡A la ley y al testimonio! Si
no dijeren conforme a esto, es porque no les ha amanecido” (Isa. 8:20). Este texto
implica que los mensajes de cualquier profeta deben hallarse en armonía con la
ley de Dios y con su testimonio revelado en toda la Biblia. Un profeta posterior
no debe contradecir a los profetas anteriores a él. El Espíritu Santo nunca contra
dice su testimonio previamente concedido, porque en Dios “no hay mudanza, ni
sombra de variación” (Sant. 1:17).
2. ¿Suceden las predicciones? “¿Cómo conoceremos la palabra que Jehová no
ha hablado? Si el profeta hablare en nombre de Jehová, y no se cumpliere lo que
dijo, ni aconteciere, es palabra que Jehová no ha hablado; con presunción la habló
el tal profeta; no tengas temor de él” (Deut. 18:21,22; compárese con Jer. 28:9). Si
254 . LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN.
bien las predicciones pueden comprender una porción comparativamente pe
queña del mensaje profètico, su exactitud debe demostrarse.
3. ¿Se reconoce la encamación de Cristo?“En esto conoced el Espíritu de
Dios: todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne, es de Dios; y
todo espíritu que no confiesa que Jesucristo ha venido en carne, no es de Dios” (1
Juan 4:2, 3). Esta prueba requiere más que un simple reconocimiento de que
Jesús vivió en este mundo. El verdadero profeta debe confesar la enseñanza
bíblica relativa a la encarnación de Cristo: debe creer en su divinidad y
preexistencia, su nacimiento virginal, su verdadera humanidad, vida sin pecado,
sacrificio expia torio, resurrección, ascensión, ministerio intercesor y segunda
venida.
4. ¿Lleva elprofeta "fruto”bueno o malo? La profecía llega hasta los
creyentes cuando el Espíritu Santo inspira a los “santos hombres de Dios" (2
Ped. 1:21). Podemos discernir a los falsos profetas por sus frutos. “No puede el
buen árbol dar malos frutos —declaró Jesús—, ni el árbol malo dar frutos buenos.
Todo ár bol que no da buen fruto, es cortado y echado en el fuego. Así que, por
sus frutos los conoceréis” (Mat. 7:16,18-20).
Este consejo es crucial en la evaluación de las pretensiones de un profeta. Se
refiere en primer lugar a la vida del profeta. No significa que el profeta debe ser
absolutamente perfecto; después de todo, la misma Escritura dice que Elias era
un hombre “sujeto a pasiones semejantes a las nuestras” (Sant. 5:17). Pero la vida
del profeta debe estar caracterizada por el fruto del Espíritu y no por las obras de
la carne (ver Gal. 5:19-23).
En segundo lugar, este principio se refiere a la influencia que el profeta ejerce
sobre otros. ¿Qué resultados se ponen en evidencia en las vidas de los que acep tan
los mensajes? Dichos mensajes, ¿capacitan al pueblo de Dios para cumplir su
misión y lo unifican en su fe? (Efe. 4:12-16).
Cualquier persona que pretenda poseer el don profetico debe estar sujeta a
estas pruebas bíblicas. Si demuestra estar a la altura de estos principios, podemos
tener confianza en que verdaderamente el Espíritu Santo le ha concedido el don
de profecía a dicho individuo.
El Espíritu de Profecía en la Iglesia Adventista del Séptimo Día
El don de profecía se manifestó en el ministerio de Elena G. de White, quien
fue uno de los fundadores de la Iglesia Adventista del Séptimo Día. Su obra ha
provisto instrucciones inspiradas para el pueblo de Dios que vive durante el
tiempo del fin. El mundo a principios del siglo XIX, época en que Elena G.
de White comenzó a recibir los mensajes de Dios, era un mundo varonil. Su
llama-
El don de profecía ♦ 255
do profètico la colocó bajo severo escrutinio. Tras haber pasado con éxito las
pruebas bíblicas, continuó ministrando por medio de su don espiritual durante
setenta años. Desde 1844, cuando tenía 17 años, hasta 1915, el año de su muerte,
tuvo más de 2.000 visiones. Durante ese tiempo vivió y trabajó en los Estados
Unidos, Europa y Australia, aconsejando, estableciendo obra nueva, predicando
y escribiendo.
Elena G. de White nunca asumió el título de profetisa, pero no objetó que
otros se lo aplicaran. Explicó su concepto de sí misma en las siguientes palabras:
“Temprano en mi juventud, se me preguntó en diferentes ocasiones: ¿Es usted
una profetisa? Siempre he respondido: Soy la mensajera del Señor. Sé que mu
chos me han llamado profetisa, pero yo no he pretendido ese título... ¿Porque no
he pretendido ser profetisa? Porque en estos días muchos que pretenden atrevida
mente ser profetas, son un reproche a la causa de Cristo; y porque mi obra inclu
ye mucho más de lo que significa la palabra profeta... Pretender ser una profetisa
es algo que nunca he hecho. Si otros me llaman por ese nombre, no tengo ningu
na controversia con ellos. Pero mi obra ha cubierto tantas líneas diferentes, que
no puedo considerarme otra cosa que una mensajera”.13
La aplicación de las pruebas proféticas. ¿Cómo se compara el ministerio
de Elena de White con las pruebas bíblicas de un profeta?
1. Concuerda con la Biblia. Su abundante producción literaria incluye dece
nas de millares de textos bíblicos, a menudo acompañados de exposiciones deta
lladas. El estudio cuidadoso ha demostrado que sus escritos son consecuentes,
exactos, y se hallan en completo acuerdo con las Escrituras.
2. La exactitud de las predicciones. Los escritos de Elena de White
contienen un número relativamente pequeño de predicciones. Algunas están en
proceso de cumplirse, mientras que otras todavía esperan su cumplimiento.
Pero las que pueden ser probadas se han cumplido con exactitud asombrosa. Los
dos ejem plos que siguen demuestran el alcance de su visión profètica.
a. El surgimiento del espiritismo moderno. En 1850, cuando el espiritismo
—el movimiento que pretende establecer comunicación con el mundo de los
espíritus y de los muertos— acababa de surgir, Elena de White lo identificó
como uno de los engaños de los últimos días, y predijo su crecimiento. A
pe sar de que en ese tiempo el movimiento era decididamente anticristiano,
la Sra. de White previo que esta hostilidad cambiaría, y que se haría
respetable entre los cristianos.14Desde esa época, el espiritismo se ha esparcido
por todo
256 . LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
el mundo, adquiriendo millones de adherentes. Su posición anticristiana ha
cambiado. De hecho, muchos se llaman a sí mismos espiritistas cristianos,
pretendiendo que poseen la verdadera fe cristiana, y que “los espiritistas son
los únicos practicantes de la religión que han usado los dones que Cristo pro
metió, por los cuales sanan a los enfermos y demuestran una existencia
futu ra consciente yprogresiva”.15Hasta llegan a aseverar que el espiritismo
“provee el conocimiento de todos los grandes sistemas de religión, y aun más,
imparte más conocimiento de la Biblia cristiana que todos los comentarios
combina dos. La Biblia es un libro de espiritismo”.16
b. Estrecha cooperación entreprotestantesy católicos. Durante la vida de
Elena de White existía entre los protestantes y los católicos un abismo que
parecía impedir toda posibilidad de cooperación entre ambos. El anticatoli
cismo era sumamente popular entre los protestantes. Elena de White predi
jo que dentro del protestantismo sucederían cambios de fondo, los cuales
causarían una desviación de la fe de la Reforma. En consecuencia, las dife
rencias existentes entre los protestantes y los católicos disminuirían, lo cual
haría que el abismo que separaba a ambos fuese salvado.17
Los años que han transcurrido desde la muerte de esta mujer extraordi
naria han visto el surgimiento del movimiento ecuménico, el establecimien to
del Concilio Mundial de Iglesias, el Concilio Vaticano II de la Iglesia Cató lica,
y la ignorancia protestante —y hasta el rechazo categórico— de los
puntos de vista de la Reforma relativos a interpretación profètica.18Estos
grandes cambios han derribado las barreras que existían entre el protestan
tismo y el catolicismo, produciendo entre ambos una creciente cooperación.
3. El reconocimiento de la encarnación de Cristo. Elena de White escribió
extensamente acerca de la vida de Cristo. El papel de Jesús como Señor y
Salvador, su sacrificio expiatorio en la cruz y su ministerio actual de interce
sión, dominan sus obras literarias. Su libro El Deseado de todas las gentes ha
sido aclamado como uno de los tratados más espirituales que se hayan escri
to acerca de la vida de Cristo; por su parte, El camino a Cristo, su libro más
ampliamente difundido, ha llevado a millones de personas a establecer una
profunda relación con el Salvador.
Sus obras presentan claramente a Cristo como plenamente Dios y plenamen
te hombre. Sus equilibradas exposiciones están enteramente de acuerdo con el
punto de vista bíblico, y evitan cuidadosamente hacer énfasis exagerado en una
naturaleza o en la otra, lo cual constituye un problema que ha causado mucha
controversia a través de la historia del cristianismo.
El don de profecía ♦ 257
El tratamiento general que hace Elena de White acerca del ministerio de Cristo,
es práctico. No importa a qué aspecto se refiera, su mayor preocupación es guiar al
lector en el establecimiento de una relación más intima con el Salvador.
4. La influencia de su ministerio. Ha pasado más de un siglo desde que Elena
de White recibiera el don profètico. Su iglesia y las vidas de quienes han seguido
sus consejos revelan el impacto de su vida y mensajes.
“Aun cuando nunca ocupó un cargo oficial, no era ministro ordenado y no
recibió sueldo de la iglesia sino hasta después de la muerte de su esposo, su
influencia ayudó a formar la Iglesia Adventista del Séptimo Día más que
cualquier otro factor excepto la Santa Biblia”.19Su influencia motivó a la igle
sia a establecer la obra educativa, con escuelas en todos los niveles, la obra
médico-misionera, de publicaciones y de evangelización mundial, lo que ha he
cho de la Iglesia Adventista una de las organizaciones misioneras protestantes
más grandes y de mayor crecimiento.
Su producción literaria comprende más de 80 libros, 200 tratados y folletos, y
4.600 artículos publicados en diversos periódicos. Sus sermones, sus diarios, sus
testimonios especiales y cartas comprenden otras 60.000 páginas de material en
manuscrito.
El alcance de este material es asombroso. La pericia de Elena de White no se
limitaba a unos cuantos campos estrechos. El Señor le dio consejos con respecto
a la salud, la educación, la vida familiar, la temperancia, el evangelismo, el ministerio
de publicaciones, la alimentación correcta, la obra médica, y muchos otros te
mas. Es posible que sus escritos en el campo de la salud sean los más asombrosos,
debido a la manera como sus postulados, algunos de los cuales fueron presenta
dos más de cien años atrás, han sido verificados por la ciencia moderna.
Sus escritos enfocan a Jesucristo y exaltan los elevados valores éticos y mora
les de la tradición judío-cristiana.
Aunque muchos de sus escritos están dirigidos a la Iglesia Adventista, gran des
porciones de ellos han sido apreciadas por públicos más amplios. Su popular obra
El camino a Cristo ha sido traducida a más de 100 idiomas, en los cuales se han
vendido más de quince millones de ejemplares. Su obra cumbre es la serie de
cinco tomos, Elgran conflicto, muy bien recibida, en la cual se presentan los
detalles de la gran controversia entre Cristo y Satanás, desde el origen del pecado
hasta su eliminación del universo.
El impacto que tienen sus obras sobre los individuos que las leen es profunda.
Recientemente, el Instituto de Ministerio Eclesiástico de la Universidad de An
drews realizó un estudio que comparaba la actitud cristiana y la conducta de los
adventistas que leen regularmente sus libros, con la de quienes no lo hacen. Los
258 . LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
resultados de esta investigación subrayan claramente el impacto que tienen los
escritos de Elena de White sobre quienes los leen. El estudio presenta las siguien
tes conclusiones: “Los lectores mantienen una relación más estrecha con Cristo,
están más ciertos de su situación con Dios, y es más común que hayan identifica
do sus dones espirituales. Están más a favor de hacer gastos para evangelismo
público, y contribuyen con mayores cantidades a los proyectos misioneros loca
les. Se sienten más preparados para testificar, y en la práctica participan más en
diversos programas de testificación y proyección misionera. Entre ellos es más
común el estudio diario de la Biblia, la oración por individuos específicos, el reunirse
en grupos de estudio y testificación, y celebrar el culto familiar cotidiano. Ven a
su iglesia en una luz más positiva. Son responsables de un mayor número de
conversiones”.20
El espíritu de profecía y la Biblia. Los escritos de Elena de White no cons
tituyen un sustituto de la Escritura. No pueden ser colocados en el mismo nivel.
Las sagradas Escrituras están colocadas en un nivel que les pertenece solo a ellas,
la única regla por la cual sus escritos —y todos los demás— deben ser juzgados,
y a la cual deben hallarse sujetos.
1. La Biblia es la regla suprema. Los adventistas del séptimo día apoyan ple
namente el principio de la Reforma, conocido como sola scriptura, según el cual
la Biblia es su propio intérprete, y la Biblia sola es la base de todas las doctrinas.
Los fundadores de la iglesia no recibieron las doctrinas a través de las visiones de
Elena de White, sino que desarrollaron sus creencias fundamentales a partir de
su estudio de la Biblia. El papel más importante que desempeñó Elena de White
durante el desarrollo de las posiciones doctrinales de los pioneros, fue guiarlos
en la comprensión de la Biblia y confirmar las conclusiones a las cuales ellos lle
gaban en su estudio de la Palabra de Dios.21
La misma Sra. de White creía y enseñaba que la Biblia es la norma suprema
de la iglesia. En su primer libro, publicado en 1851, decía: “Recomiendo al amable
lector la Palabra de Dios como regla de fe y práctica. Por esa Palabra hemos de ser
juzgados”. 2Nunca modificó esta opinión. Muchos años más tarde, escribió: “En
su Palabra, Dios comunicó a los hombres el conocimiento necesario para la sal
vación. Las Santas Escrituras deben ser aceptadas como dotadas de autoridad
absoluta y como revelación infalible de su voluntad. Constituyen la regla del ca
rácter, nos revelan doctrinas, y son la piedra de toque de la experiencia
religiosa”.23 En 1909, durante su último discurso ante una sesión general de la
iglesia, abrió la Biblia, la levantó ante la congregación, y dijo: “Hermanos y
hermanas, os reco miendo este Libro”.24
El don de profecía ♦ 259
En respuesta a los creyentes que consideraban que sus escritos constituían
una añadidura a la Biblia, escribió: "Tomé la preciosa Biblia, y la rodeé con los
varios Testimoniospara la iglesia, dados para el pueblo de Dios... No estáis fami
liarizados con las Escrituras. Si os hubieseis dedicado a estudiar la Palabra de
Dios, con un deseo de alcanzar la norma de la Biblia y la perfección cristiana, no
habríais necesitado los Testimonios. Es porque habéis descuidado el familiariza
ros con el Libro inspirado de Dios por lo que él ha tratado de alcanzaros median
te testimonios sencillos y directos, llamando vuestra atención a las palabras de la
inspiración que habéis descuidado de obedecer, e invitándoos a amoldar vuestra
vida de acuerdo con sus enseñanzas puras y elevadas”.25
2. Conducen a la Biblia. Elena de White consideraba que su obra consistía
en llevar al pueblo de vuelta a la Biblia. “Poco caso se le hace a la Biblia”,
declaró, y por lo tanto “el Señor ha provisto una luz menor para guiar a los
hombres y mu jeres a la luz mayor”.26“La Palabra de Dios basta para iluminar
la mente más obscurecida —dijo—, y puede ser entendida por los que tienen
deseos de com prenderla. Pero no obstante todo eso, algunos que profesan estudiar
la Palabra de Dios se encuentran en oposición directa a sus más claras enseñanzas.
Entonces, para dejar a hombres y mujeres sin excusa, Dios da testimonios claros y
señala dos, a fin de hacerlos volver a la Palabra que no han seguido”.27
3.Conducen a la comprensión de la Biblia. Elena de White consideraba que
sus obras eran una guía para la comprensión más clara de la Biblia. “No son sa
cadas a relucir verdades adicionales; sino que Dios ha simplificado por medio de
los Testimonios las grandes verdades ya dadas, y en la forma de su elección, las ha
presentado a la gente, para despertar e impresionar su mente con ellas, a fin de
que todos queden sin excusa... Los testimonios escritos no son dados para pro
porcionar nueva luz, sino para impresionar vividamente en el corazón las verda
des de la inspiración ya reveladas”.28
4.Conduce a la aplicación de losprincipios bíblicos. Gran parte de sus escri
tos están dedicados a la aplicación de los consejos bíblicos a la vida diaria. Elena
de White declaró que le “fue ordenado que presentara principios generales, al
hablar y escribir, y al mismo tiempo especificara los peligros, errores y pecados
de algunas personas, para que todos pudiesen ser amonestados, reprendidos y
aconsejados”.29Cristo le prometió a su iglesia esta conducción profètica. Elena de
White hace notar: “La circunstancia de haber revelado Dios su voluntad a los
hombres por su Palabra, no anuló la necesidad que tienen ellos de la continua
presencia y dirección del Espíritu Santo. Por el contrario, el Salvador prometió
260 . LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DíA CREEN EN.
que el Espíritu facilitaría a sus siervos la inteligencia de la Palabra; que iluminaría
y daría aplicación a sus enseñanzas”.30
Un desafío para el creyente. La profecía del Apocalipsis, según la cual el
“testimonio de Jesús” se manifestaría por medio del “espíritu de profecía” en los
últimos días de la historia del mundo, constituye un desafío a cada uno de no
adoptar una actitud de indiferencia o incredulidad, sino obedecer el mandato
que dice: “Examinadlo todo; retened lo bueno”. Hay mucho que ganar o que per
der, dependiendo de si realizamos o no esta investigación bíblicamente requeri
da. Josafat dijo: “Creed en Jehová vuestro Dios y estaréis seguros; creed a sus
profetas, y seréis prosperados” (2 Crón. 20:20). Estas palabras son tan verdaderas
hoy como cuando fueron pronunciadas.
Referencias
1. La cursiva ha sido añadida
2. Como ejemplos bíblicos de profetisas, ver Éxodo 15:20; Jueces 4:4; 2 Reyes 22:14; Lucas 2:36;
Hechos 21:9.
3. Frank B. Holbrook, “The Biblical Basis for a Modern Prophet” [La base bíblica de un profeta
moderno], p. 1 (manuscrito, Ellen G. White Estate Inc., Asociación General de los Adventis
tas del Séptimo Día, 6840 Eastern Ave. NW, Washington, D. C. 20012). Compárese con Je-
mison, A Prophet Among You [Un profeta entre vosotros] (Mountain View, California: Paci
fic Press, 1955), pp. 52-55.
4. Ver Holbrook, “Modern Prophet”, pp. 3-5.
5. Desgraciadamente, no existen registros completos de lo que ocurrió a través de la era cristia
na.
6. Gerhard Friedrich, “Prophets and prophecies in thè New Testament” [Profetas y profecías en
el Nuevo Testamento] en Theological Dictionary ofthe New Testament, [Diccionario teológi
co del Nuevo Testamento], t. 6, p. 859.
7.Ver Friedrich, pp. 860, 861.
8. La expresión “Testimonio de Jesús” se comprende más claramente como un genitivo subjeti
vo, y no como un genitivo objetivo. “Hay dos traducciones posibles: (a) El testimonio acerca
de o concerniente a (genitivo objetivo), es decir, lo que los cristianos testifican acerca de Je
sús. (b) El testimonio de o por Jesús (genitivo subjetivo), es decir, los mensajes provenientes
de Cristo y destinados a la iglesia. La evidencia que surge del uso de esta expresión en el libro
de Apocalipsis sugiere que debe comprendérsela como un genitivo subjetivo (un testimonio
de o por Jesús), y que este testimonio se concede por medio de la revelación profetica” (Hol
brook, “Modern Prophet”, p. 7).
Como una de las evidencias, Holbrook cita Apocalipsis 1:1,2: “La revelación de Jesucristo
que Dios le dio, para manifestar a sus siervos las cosas que deben suceder pronto; y la decla
ró enviándola por medio de su ángel a su siervo Juan, que ha dado testimonio de la Palabra
de Dios, y del testimonio de Jesucristo, y de todas las cosas que ha visto”. En este contexto, es
evidente que 'la revelación de Jesús’designa una revelación proveniente de o dada por Jesús
a Juan. Juan provee un registro de este testimonio proveniente de Jesús. Ambas expresiones
genitivas reciben su sentido más claro en contexto como genitivos subjetivos, y están de
El don de profecía ♦ 261
acuerdo con las palabras finales de Cristo en el libro: ‘El que da testimonio de estas cosas
dice: Ciertamente vengo en breve’(Apoc. 22:20)” (Ibid., pp. 7,8).
9. Ver Comentario bíblico adventista, t. 7, p. 827; T. H. Blincoe, “The Prophets Were Until John”
[Hubo profetas hasta Juan], Ministry, suplemento de julio de 1977, p. 24L; Holbrook, "Mo
dern Prophet”, p. 8.
10. James Moffatt en Expositor’s Greek Testament [Testamento griego del expositor], W.
Rober tson Nicoll, ed., t. 5, p. 465.
11. Ver el artículo “Spirit of Prophecy” [Espíritu de profecía], SDA Encyclopedia, ed. rev., p.
1412. Pablo afirma que los que esperan la segunda venida han confirmado el testimonio de
Cristo, de modo que no les falta ningún don (1 Cor. 1:6,7).
12. Urías Smith, “Do We Discard the Bible by Endorsing the Visions?” [¿Rechazamos la
Biblia al aceptar las visiones?] Review and Herald, 13 de enero de 1863, p. 52, citado en Review
and Herald, 1° de diciembre de 1977, p. 13.
13. Elena G. de White, “A Messenger”, Review and Herald, 26 de julio de 1906, p. 8. El título
“La mensajera del Señor” fue dado por inspiración (Ibid.).
14. Elena G. de White, Primeros escritos, p. 59.
15. J. M. Peebles, “The Word Spiritualism Misunderstood” [La palabra espiritismo mal
entendi da], en Centennial Book of Modern Spiritualism in America [El libro centenario del
espiri tismo moderno en los Estados Unidos] (Chicago, Illinois: National Spiritualist
Association of the United States of America, 1948), p. 34.
16. B. F. Austin, “A Few Helpful Thoughts”, Centennial Book ofModern Spiritualism in
America,
p. 44.
17. Elena G. de White, El conflicto de los siglos (Mountain View, California: Pacific Press),
pp. 628, 642.
18. Para el estudio de la visión historicista de las profecías de Daniel y el Apocalipsis que
dominó el protestantismo desde la Reforma hasta el siglo XIX, ver Froom, The Prophetic Faith of
Our Fathers [La fe profética de nuestros padres], t. 2-4. Ver también el capítulo 13 de esta obra.
19. Richard Hammill, “Spiritual Gifts in the Church Today”, Ministry, julio de 1982, p. 17.
20. Roger L. Dudley y Des Cummings. Jr, “A Comparison ofthe Christian Attitudes and
Behaviors Between Those Adventist Church Members Who Regularly Read Ellen White
Books and Those Who Do Not” [Comparación de las actitudes y conductas cristianas entre
miembros adventistas que leen regularmente los libros de Elena de White y los que no lo
hacen], 1982,
pp. 41, 42. Informe de la investigación realizada por el Instituto de Ministerio Eclesiástico,
Andrews University, Berrien Springs, Michigan. La encuesta abarcó más de 8.200 miembros
que asistían a 193 iglesias de los Estados Unidos.
21. Jemison, Prophet Among You, pp. 208-210; Froom, Movement of Destiny [Movimiento
del destino], (Wahington, D.C.: Review and Herald, 1971), pp. 91-132; Damsteegt,
Foundations of the Seventh-day Adventist Message and Mission [Fundamentos del mensaje y
de la misión de los adventistas del séptimo día], pp..l03-293.
22. Elena G. de White, Primeros escritos, p. 78.
23. Elena G. de White, El conflicto de los siglos, p. 9.
24. William A. Spicer, The Spirit ofProphecy in the Advent Movement [El espíritu de
profecía en el movimiento adventista], (Washington, D.C.: Review and Herald, 1937), p. 30.
25. Elena G. de White, Joyas de los testimonios, t. 2, p. 280.
26. Elena G. de White, Mensajes selectos, t. 3, p. 32; El colportor evangélico, p. 174.
27. Elena G. de White, Joyas de los testimonios, t. 2, p. 279.
28. Ibid., pp. 280, 281.
29. Ibid., p. 276.
30. Elena G. de White, El conflicto de los siglos, p. 9.
LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
La ley de Dios
Losgrandesprincipios de la ley de Dios están incorporados en los Diez Manda
mientos y ejemplificados en la vida de Cristo. Expresan el amor, la voluntady
elpropósito de Dios con respecto a la conducta y a las relaciones humanas, y
son obligatoriospara todas laspersonas en todas las épocas. Estospreceptos
constituyen la base delpacto de Dios con su pueblo y son la norma deljuicio
divino. Por medio de la obra del Espíritu Santo, señalan elpecado y despiertan
el sentido de la necesidad de un Salvador. La salvación es totalmente por la
gracia y nopor las obras, pero sufruto es la obediencia a los mandamientos.
Esta obediencia desarrolla el carácter cristiano y da como resultado una
sensación de bienestar. Es una evidencia de nuestro amor al Señory de nuestra
preocupación por nuestros semejantes. La obediencia porfe demuestra el
poder de Cristopara transformar vidas y, por lo tanto,fortalece el testimonio
cristiano (Éxo. 20:1-17; Sal. 40:7,8; Mat. 22:36-40; Deut. 28:1-14; Mat. 5:17-20;
Heb. 8:8-10;Juan 15:7-10;Efe. 2:8-10; 1 Juan 5:3; Rom. 8:3,4; Sal. 19:7-14).
TODAS LAS MIRADAS ESTABAN FIJAS EN LA MONTAÑA. La cumbre se
hallaba cubierta de una espesa nube que se hacía cada vez más oscura, y se exten
día hacia abajo hasta que todo el monte estuvo velado en el misterio. En la oscuri
dad brillaban los relámpagos, mientras que el trueno retumbaba una y otra vez.
“Todo el monte Sinaí humeaba, porque Jehová había descendido sobre él en
fuego, y el humo subía como el humo de un horno, y todo el monte se estremecía
en gran manera. El sonido de la bocina iba aumentando en extremo” (Éxo. 19:18,
19). Tan poderosa era esta majestuosa revelación de la presencia de Dios, que
todo Israel temblaba.
De pronto cesaron los truenos y el sonido de la trompeta, y el silencio se hizo
262
La ley de Dios •
263
pavoroso. Entonces Dios habló desde la espesa oscuridad que velaba su presencia
en la cumbre de la montaña. Movido por un profundo amor hacia su pueblo,
proclamó los Diez Mandamientos. Dijo Moisés: “Jehová vino del Sinaí... de entre
diez millares se santos, con la ley de fuego a su mano derecha. Aún amó a su
pueblo; todos los consagrados a él estaban en su mano; por tanto, ellos siguieron
en tus pasos, recibiendo dirección de ti” (Deut. 33:2, 3).
Cuando Dios dio la ley en el Sinaí, no solo se reveló a sí mismo como la majestuo
sa autoridad suprema del universo. También se describió como el Redentor de su
pueblo (Éxo. 20:2). Porque es el Salvador, llamó no solo a Israel sino a toda la
huma nidad (Ecle. 12:13) a obedecer diez breves, abarcantes y autoritativos
preceptos que cubren los deberes de los seres humanos para con Dios y para con sus
semejantes.
Y Dios dijo:
“No tendrás dioses ajenos delante de mí.
No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni
abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás a ellas, ni
las honrarás; porque yo soy Jehová tu Dios, fuerte, celoso, que visito la maldad de
los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me
aborrecen, y hago misericordia a millares, a los que me aman y guardan mis
mandamientos.
“No tomarás el nombre de Jehová tu Dios en vano, porque no dará por ino
cente Jehová al que tomare su nombre en vano.
“Acuérdate del día de reposo para santificarlo. Seis días trabajarás, y harás
toda tu obra; mas el séptimo día es reposo para Jehová tu Dios; no hagas en
él obra alguna, tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu criada, ni tu bestia, ni tu
extranjero que está dentro de tus puertas. Porque en seis días hizo Jehová los
cielos y la tierra, el mar, y todas las cosas que en ellos hay, y reposó en el
séptimo día; por tanto, Jehová bendijo el día de reposo y lo santificó.
“Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se alarguen en la tierra que
Jehová tu Dios te da.
“No matarás.
“No cometerás adulterio.
“No hurtarás.
“No hablarás contra tu prójimo falso testimonio.
“No codiciarás la casa de tu prójimo, no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni
su siervo, ni su criada, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna de tu prójimo” (Éxo.
20:3-17).
La naturaleza de la Ley
Como un reflejo del carácter de Dios, la ley de los Diez Mandamientos es
moral, espiritual y abarcante; contiene principios universales.
264 . LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
Un reflejo del carácter del Dador de la ley. En la ley de Dios, la Escritura
pre senta los atributos divinos. A semejanza de Dios, “la ley de Jehová es perfecta”
y “el precepto de Jehová es puro”(Sal. 19:7,8). "Laley a laverdad es santa, y el
mandamien to santo, justo y bueno” (Rom. 7:12). “Todos tus mandamientos son
verdad. Hace mucho que he entendido tus testimonios, que para siempre los has
establecido” (Sal. 119:151,152). En verdad, “todos tus mandamientos son justicia”
(Sal. 119:172).
Una ley moral. Los Diez Mandamientos revelan el patrón divino de conduc ta
para la humanidad. Definen nuestra relación con nuestro Creador y Redentor, y
nuestro deber para con nuestros semejantes. La Escritura llama pecado a la
transgresión de la ley de Dios (1 Juan 3:4).
Una ley espiritual. “Sabemos que la ley es espiritual” (Rom. 7:14). Por lo
tanto, únicamente los que son espirituales y tienen el fruto del Espíritu pueden
obedecerla” (Juan 15:4; Gál. 5:22, 23). Es el Espíritu de Dios el que nos capacita
para hacer su voluntad (Hech. 1:8; Sal. 51:10-12). Al permanecer en Cristo, reci
bimos el poder que necesitamos para llevar frutos para su gloria (Juan 15:5).
Las leyes humanas se refieren únicamente a los actos externos. Pero de la ley
divina se dice: “Amplio sobremanera es tu mandamiento” (Sal. 119:96); abarca
nuestros pensamientos más secretos, nuestros deseos y emociones, como los ce los,
la envidia, la concupiscencia y la ambición. En el Sermón del Monte, Jesús hizo
énfasis en esta dimensión espiritual de la ley, revelando que la transgresión
comienza en el corazón (Mat. 5:21, 22, 27, 28; Mar. 7:21-23).
Una ley positiva. El Decálogo es mucho más que una corta serie de prohibi
ciones; contiene principios sumamente abarcantes. No solo se extiende a lo que
no debemos hacer, sino que también abarca lo que debemos hacer. No solo se
requiere de nosotros que nos abstengamos de actividades y pensamientos malos;
también debemos aprender a usar con fines benéficos los talentos y dones que
Dios nos ha concedido. De este modo, cada precepto negativo tiene una dimen
sión positiva.
Por ejemplo, el sexto mandamiento, que dice: “No matarás”, tiene como su
aspecto positivo: “Promoverás la vida”. “Es la voluntad de Dios que sus seguidores
busquen la forma de promover el bienestar y la felicidad de todo aquel que se
coloca dentro de la esfera de su influencia. En un sentido profundo, la comisión
evangélica —las buenas nuevas de salvación y vida eterna en Jesucristo— des
cansa en el principio positivo incorporado en el sexto precepto”.1
“La ley de los Diez Mandamientos no ha de ser considerada tanto desde el
aspecto de la prohibición, como desde el de la misericordia. Sus prohibiciones
La ley de Dios ♦ 265
son la segura garantía de felicidad en la obediencia. Al ser recibida en Cristo, ella
obra en nosotros la pureza de carácter que nos traerá gozo a través de los siglos
eternos. Es una muralla de protección para el obediente. Contemplamos en ella
la bondad de Dios, quien al revelar a los hombres los principios inmutables de
justicia, procura escudarlos de los males que provienen de la transgresión ’.2
Una ley sencilla. Los Diez Mandamientos son profundos en su abarcante
sencillez. Son tan breves que hasta un niño puede aprenderlos rápidamente de
memoria, y a la vez son tan abarcantes que cubren cualquier pecado posible.
“No hay misterios en la ley de Dios. Todos pueden comprender las grandes
verdades que implica. El intelecto más débil puede captar esas reglas; el más ig
norante puede regular su vida y formar su carácter de acuerdo con la norma di
vina”.3
Una ley de principios. Los Diez Mandamientos constituyen un sumario de
todos los principios correctos. Se aplican a la totalidad de la humanidad de todas
las épocas. Dice la Escritura: “Teme a Dios, y guarda sus mandamientos; porque
esto es el todo del hombre” (Ecle. 12:13).
El Decálogo —las Diez Palabras o Diez Mandamientos (Éxo. 34:28)— consis
te en dos partes, indicadas por las dos tablas de piedra sobre las cuales Dios los
escribió (Deut. 4:13). Los primeros cuatro mandamientos definen nuestro deber
para con nuestro Creador y Redentor, y los últimos seis regulan nuestros deberes
para con nuestros semejantes.4
Esta división en dos aspectos se deriva de los dos grandes principios funda
mentales del amor, sobre los cuales se funda la operación del reino de Dios:
“Ama rás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con
todas tus fuerzas, y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo” (Luc.
10:27; com párese con Deut. 6:4,5; Lev. 19:18). Los que viven de acuerdo con
estos principios se hallarán en completa armonía con los Diez Mandamientos, por
cuanto éstos expresan dichos principios en mayor detalle.
El primer mandamiento prescribe la adoración exclusiva del único Dios ver
dadero. El segundo prohíbe la idolatría.5El tercero prohíbe la irreverencia y el
perjurio que envuelve la invocación del nombre divino. El cuarto llama a obser
var el sábado e identifica al Dios verdadero como el Creador de los cielos y
la tierra.
El quinto mandamiento requiere que los hijos se sometan a sus padres como
los agentes asignados por Dios para la transmisión de su voluntad revelada a las
generaciones futuras (ver Deut. 4:6-9; 6:1-7). El sexto protege la vida, enseñándo
nos a considerarla sagrada. El séptimo prescribe la pureza y salvaguarda la reía-
266 . LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN..
ción marital. El octavo protege la propiedad. El noveno resguarda la verdad y
prohíbe el perjurio. Yel décimo alcanza a la raíz de todas las relaciones humanas,
al prohibir que se codicie lo que pertenece al prójimo.6
Una ley única. Los Diez Mandamientos poseen la distinción especial de ser
las únicas palabras que Dios habló en forma audible ante una nación entera
(Deut. 5:22). No deseando confiar esta ley a las mentes olvidadizas de los seres
humanos, Dios procedió a grabar los mandamientos con su dedo en dos tablas de
piedra que debían ser preservadas dentro del arca del tabernáculo (Éxo. 31:18;
Deut. 10:2).
Con el fin de ayudar a Israel en la aplicación de los mandamientos, Dios les
dio leyes adicionales que detallaban su relación con él y con sus semejantes. Al
gunas de estas leyes adicionales enfocaban los asuntos civiles de Israel (leyes ci
viles); otras regulaban las ceremonias de los servicios del santuario (leyes cere
moniales). Dios comunicó al pueblo estas leyes adicionales valiéndose de un
intermediario, Moisés, quien las escribió en el “libro de la ley”, y las colocó “al
lado del arca del pacto de Jehová” (Deut. 31:25, 26), no dentro del arca,
como había hecho con la revelación suprema de Dios, el Decálogo. Estas leyes
adiciona les —las instrucciones de Moisés— se conocían como “el libro de la ley
de Moi sés” (Jos. 8:31; Neh. 8:1), “el libro de Moisés” (2 Crón. 25:4), o
simplemente “la ley de Moisés” (2 Rey. 23:25; 2 Crón. 23:18)7
La ley es una delicia. La ley de Dios es una inspiración para el alma. Dijo el
salmista: “¡Oh, cuánto amo yo tu ley! Todo el día es ella mi meditación”.
“He amado tus mandamientos más que el oro, y más que oro muy puro”.
Aunque “aflicción y angustia se han apoderado de mí —afirma David—, tus
mandamientos fueron mi delicia” (Sal. 119:97,127,143). Para los que aman a Dios,
“sus manda mientos no son gravosos” (1 Juan 5:3). Son los transgresores quienes
consideran que la ley es un yugo intolerable, por cuanto los designios de la mente
pecamino sa “no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden” (Rom. 8:7).
El propósito de la ley
Dios dio su ley con el fin de proveer abundantes bendiciones para su pueblo y
llevarlos a establecer una relación salvadora con él mismo. Notemos los siguien
tes propósitos específicos:
Revela la voluntad de Dios para la humanidad. Como la expresión del
carácter de Dios y de su amor, los Diez Mandamientos revelan su voluntad y
propósitos para la humanidad. Demanda perfecta obediencia “porque cualquiera
La ley de Dios ♦ 267
que guardare toda la ley, pero ofendiere en un punto, se hace culpable de todos”
(Sant. 2:10). La obediencia de la ley como regla de nuestra vida, es vital para
nuestra salvación. El mismo Jesús dijo: “Si quieres entrar en la vida, guarda los
mandamientos” (Mat. 19:17). Esta obediencia es posible únicamente por medio
del poder que provee el Espíritu Santo al morar en nuestro interior.
Es la base del pacto de Dios. Moisés escribió los Diez Mandamientos, con
otras leyes explicativas, en un libro llamado el libro del pacto (Éxo. 20:1-24:8; ver
especialmente Éxo. 24:4-7).8Más tarde llamó a los Diez Mandamientos “las ta blas
del pacto”, indicando su importancia como la base del pacto eterno (Deut. 9:9;
compárese con 4:13; en el capitulo 7 de esta obra hay material adicional acer ca
de los pactos).
Funciona como la norma del juicio. Dice el salmista que, a semejanza de Dios,
“todos tus mandamientos son justicia” (Sal. 119:172). La ley, por lo tanto,
establece la norma de justicia. Ninguno de nosotros será juzgado por nuestras
conciencias sino por estos principios justos. “Teme a Dios, y guarda sus
mandamientos —dice la Escritura—, porque Dios traerá toda obra a juicio,
juntamente con toda cosa encubierta, sea buena o sea mala” (Ecle. 12:13,14; ver
también Sant. 2:12).
Las conciencias humanas varían. Algunas son “débiles”, mientras que otras es
tán “contaminadas”, son “malas”, están “corrompidas” o “cauterizadas” (1 Cor. 8:7,
12; Tito 1:15; Heb. 10:22; 1 Tim. 4:2). A la manera de un reloj, no importa cuán
bien puedan funcionar, deben “ponerse” de acuerdo con alguna regla exacta para
ser de valor. Nuestras conciencias nos dicen que debemos ser justos, pero no nos
dicen en qué consiste ser justo. Únicamente la conciencia sincronizada con la gran
norma de Dios —su ley— puede mantenernos libres de caer en el pecado.9
Señala el pecado. Sin los Diez Mandamientos, los seres humanos no pueden
ver con claridad la santidad de Dios, ni su propia culpabilidad, ni su necesidad de
arrepentirse.
Por no saber que su conducta constituye una violación de la ley de Dios, no se
sienten perdidos ni comprenden su necesidad de la sangre expiatoria de Cristo.
Con el fin de ayudar a que los individuos comprendan su verdadera condición,
la ley funciona como un espejo (ver Sant. 1:23-25). Los que "miran”en ella, ven
sus propios defectos de carácter en contraste con el carácter justo de Dios. De
ese modo, la ley moral demuestra que todo el mundo es culpable delante de Dios (Rom.
3:19), haciendo así que cada uno sea plenamente responsable delante de él.
“Por medio de la ley es el conocimiento del pecado” (Rom. 3:20), por cuanto
“el pecado es infracción de la ley” (1 Juan 3:4). De hecho, Pablo afirmó: “Yo no
conocí el pecado sino por la ley” (Rom. 7:7). Al convencer a los pecadores de su
268 . LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DÍA CREEN EN.
pecado, la ley les ayuda a darse cuenta de que están condenados bajo el juicio de
la ira de Dios, y que confrontan la pena de muerte eterna. Los hace conscientes
de su absoluta impotencia.
Es un agente en la conversión. La ley de Dios es el instrumento que el
Espíritu Santo usa para llevarnos a la conversión: “La ley de Jehová es perfecta,
que convier te el alma” (Sal. 19:7). Una vez que por haber visto nuestro verdadero
carácter nos damos cuenta de que somos pecadores, que estamos condenados a
muerte y sin esperanza, entonces captamos nuestra necesidad de un Salvador.
Entonces las bue nas nuevas del evangelio llegan a ser verdaderamente
significativas. D