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1.ª edición: abril 2025
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[email protected]ISBN: 978-84-10495-44-9
Fotocomposición: Urano World Spain, S.A.U.
Para las amantes de los personajes bocazas,
los protagonistas de dudosa moral
y las criaturitas adorables pero letales.
Nota de la autora
Esta historia no se desarrolla en la Grecia que conocemos y no pretende en
ningún momento ser un tratado de mitología griega; es más, me he
permitido crear una versión muy libre de un mundo en el que los dioses
existen y rigen el destino de los mortales. He tomado de dicha mitología
elementos que me convenían y desechado otros, por lo que no se trata de
una guía a seguir o de la que extraer certezas. Algunos nombres de ciudades
son adaptaciones, otros provienen de localizaciones que existieron en su
momento. Parte de la cultura, los ritos… han sido creados a partir de
detalles de la Grecia clásica, pero, de nuevo, he empleado lo conocido como
una referencia con la que jugar para dar lugar a una historia de ficción, no a
una histórica.
Mi amor por la mitología griega ha estado ahí desde que recuerdo, y la
idea de escribir una historia inspirada en ella rondaba mi cabeza desde hacía
mucho, aunque nunca me acababa de decidir. Hasta que llegó Kore y, con
ella, Karan. El mito de Hades y Perséfone es quizás uno de los más
conocidos y supongo que, teniendo en cuenta mi debilidad por los villanos,
resultaba inevitable que ese fuese el elegido. Pero la culpa, sobre todo, es de
Korelana y su impulsividad, su carácter arrollador y esa lealtad desmedida
que la lleva a atravesar el cruel reino de Hadesya. También de Karan, cómo
no, que me enamoró en cuanto entró en escena y esbozó una de sus sonrisas
descaradas por primera vez. Y por supuesto de la necesidad de inventar algo
totalmente nuevo inspirándome en los mitos y leyendas de la Antigüedad
por las que tanta afinidad siento.
1
Hadesya era un reino infernal, cruel y salvaje. Casi cualquier habitante de
Olympya al que le preguntases te diría que jamás pondría un pie en él por
propia voluntad; sin embargo, era allí a donde yo quería ir. A donde
necesitaba ir.
—No —espetó la suma sacerdotisa.
Había un brillo de compasión en su mirada, pero eso no hizo que su
respuesta fuera menos tajante.
—Estoy preparada.
—No, no lo estás. No has acabado tu instrucción.
—Mi instrucción ha durado más que la de cualquiera de las hermanas que
has enviado a esta misión, y lo sabes.
Nunca tuteaba a Adara cuando había alguien más presente, y a veces ni
siquiera cuando estábamos a solas, pero apelaría a la relación que nos unía
si eso me ayudaba a convencerla. Aunque, pensándolo bien, tal vez tuviera
el efecto contrario.
Adara no solo representaba la máxima autoridad del Templo de Artemisa
en la ciudad de Karya, sino también de todos los templos dedicados a la
diosa de la caza del sector sureste del reino. Era lo más parecido a una
madre que yo hubiera conocido jamás, dado que la mía había decidido
abandonarme, siendo yo una recién nacida, en las puertas de uno de los
templos del norte, en Petra. Por aquel entonces, Adara rondaba la treintena
y aún no ostentaba un cargo relevante. Se decía que, en realidad, los
templos ubicados en las zonas más septentrionales del territorio se hallaban
tan alejados que los dioses no les habían prestado atención ni siquiera
cuando aún habitaban este mundo. Fuera cierto o no, la verdad era que a la
mayoría de nosotras sí se nos había olvidado.
Cuando había sido trasladada a Karya, una ciudad más importante y
situada mucho más al sur, Adara no había dudado en traerme con ella. Me
había criado en ese lugar y recordaba poco de Petra, salvo el frío y la
blancura de la nieve que lo impregnaba todo. Así que Karya siempre había
sido mi hogar. O, más bien, este templo lo era.
En teoría, nunca había abandonado la seguridad de sus muros. En teoría,
no conocía las calles de la ciudad ni a sus gentes. Las novicias, fueran
futuras guerreras o cazadoras al servicio de la diosa, pasaban su formación
—desde los diez a los veinte años— sometidas a un estricto aislamiento.
Sin embargo, mi mejor amiga y yo a menudo encontrábamos el modo de
escabullirnos para poder conocer detalles de una vida de la que yo nunca
había podido formar parte.
La primera vez que nos escapamos, habíamos temido tanto ser
descubiertas que apenas si recordaba lo que había visto de la ciudad. Pero
conforme nos fuimos atreviendo a volver a salir, todo había cambiado.
Habían sido poco más que una docena de veces a lo largo del último año,
cuando yo ya había cumplido los dieciocho y corríamos un riesgo menor de
que alguien nos parara para saber por qué dos mujeres aún no ciudadanas
vagaban solas por ahí, pero Dafne siempre me había acompañado.
Y ahora ella ya no estaba.
—La respuesta sigue siendo no, Korelana. No vas a ir. Y ahora sal de mi
despacho; tengo cosas que hacer.
No tenía sentido discutir con Adara, sobre todo porque ahora estaba
actuando como la suma sacerdotisa del templo y no como una madre, algo
que tampoco ocurría a menudo; menos aún en los últimos tiempos. Siempre
había sido muy estricta y exigente conmigo, más incluso que con el resto de
las novicias. Me había empujado a recibir formación como cazadora y, a la
vez, como guerrera de Artemisa. Quien dijera que me mostraba alguna clase
de favoritismo por haberme ofrecido refugio siendo un bebé no podía estar
más equivocado.
—Bien —dije, y fui hacia la puerta sin una palabra más.
—Korelana, te lo advierto. Nada de escabullirte. Sé que lo has hecho
antes, pero no esta vez y no así. No puedes.
El aire rehuyó mis pulmones y me quedé sin aliento. ¿Lo sabía? ¿Desde
cuándo? ¿Cómo? ¿Y por qué no había dicho nada?
—Yo no… Nunca… —tartamudeé, lo cual no ayudaría en nada a mi
defensa si ella decidía ahondar en el tema.
Adara cortó mi balbuceo con tan solo una mirada; los años la habían
tratado bien, pero no la habían hecho menos inflexible.
—Vete.
Me marché corriendo antes de ponerme más en evidencia. Los castigos
por abandonar el templo durante la formación eran severos, a veces incluso
físicos. Aunque para eso tenían que atraparte, claro estaba. No podía
comprender por qué Adara podría haber elegido ignorarlo en vez de
aprovechar la oportunidad para ofrecer un castigo ejemplar que disuadiera
al resto de las novicias; mi amiga y yo no éramos las únicas que se saltaban
las normas de vez en cuando.
Fuera como fuese, aquello no cambiaba nada. Dafne había sido otra
novicia huérfana como yo, y habíamos cuidado la una de la otra durante
años. Lo habíamos compartido todo: los duros entrenamientos, las tareas,
los desvelos provocados por el miedo a no ser capaz de cumplir las
expectativas, el dolor de los músculos día tras día, nuestro aprendizaje
continuo… También la primera vez que habíamos bailado en una de las
fiestas de la ciudad, rodeadas de tanta y tanta gente como nunca había visto
junta antes; el día en que comimos demasiado en un puesto del mercado y
creímos no ser capaces de saltar el muro del templo para regresar; aquella
noche en la que un chico le había robado un beso en una taberna oscura y
poco aconsejable en la que no deberíamos haber estado o la ocasión en la
que había sido yo la que se había aventurado a besar a otro. Y más, mucho
más que eso, cosas que no se les permitían hacer a las novicias; secretos que
ambas nos llevaríamos a la tumba.
Desde su llegada siempre habíamos estado juntas, pero Dafne era un poco
mayor que yo y su instrucción había terminado antes, así que ya estaba lista
para salir al mundo. Era una cazadora, pero sabía pelear, y yo, con un mejor
entrenamiento como novicia guerrera, también le había enseñado una buena
cantidad de trucos. Gracias a ello, la habían enviado a su primera misión de
exploración hacía una semana, pero las noticias que acabábamos de recibir
no eran buenas.
Al despedirme de mi mejor y única amiga, le había hecho prometer que
regresaría conmigo costara lo que costase o yo misma marcharía en su
busca. Dafne había sido consciente de que no mentía. Iría al infierno por
ella, al mismísimo Tártaro de ser necesario; y sabía que ella lo haría por mí.
Así que no había decisión que tomar: me escaparía, rastrearía al grupo de
rescate que había salido esa misma mañana y me uniría a ellas cuando ya
hubieran atravesado la frontera. No volverían a Olympya por mí, aunque
me castigarían por mi desobediencia, pero eso sería a nuestro regreso. Y yo
no pensaba regresar si no traía a Dafne conmigo; no iba a abandonarla en
ese reino de sufrimiento y oscuridad que era Hadesya.
Según Clio, la única exploradora que había escapado del asalto, las había
atacado un grupo de adeptos de Ares en los territorios intermedios, la zona
que quedaba entre ambos reinos. El dios de la guerra era de los pocos que
poseía templos tanto en Olympya como en Hadesya, solo que sus
respectivos miembros seguían directrices muy diferentes en lo que se
refería a los adeptos del resto de los dioses. Los olímpicos ya se
consideraban bastante brutales, medio salvajes. Su único propósito en la
vida era ejercer de soldados y custodiar nuestras fronteras, y estaban más
que dispuestos a embarcarse en una guerra que el resto tratábamos de evitar
por cualquier medio. No quería pensar en cómo se comportarían los de
Hadesya, menos aún cuando Stavros, el actual heredero regente de Hades,
parecía más sanguinario y cruel que cualquier otro que hubiera ostentado el
poder en dicho reino.
Argos, nuestro propio heredero regente y descendiente del linaje de Zeus,
era partidario de la paz. Pero, dadas las cada vez más frecuentes y violentas
incursiones de Hadesya, la guerra parecía inevitable, solo una cuestión de
tiempo. Nuestra mayor baza para mantener la batalla lejos era la ubicación
de la laguna Estigia; esa era una frontera muy complicada de cruzar con un
ejército al completo a tus espaldas.
Aparté la política de mis pensamientos, a sabiendas de que no era
relevante para mi propósito actual. Lo más urgente para mí en ese momento
era conseguir provisiones. Mis hermanas viajarían ligeras y cazarían por el
camino. Aunque yo pudiera hacer lo mismo, ese aspecto de mi formación
era todavía más teórico que práctico. Mi puntería era excelente y podía
acertarle sin problema a un blanco en movimiento, pero jamás había
asistido a una cacería sobre el terreno y también me haría perder tiempo, así
que algo de comida no me vendría mal. Y armas, necesitaba armas. Un arco
y un par de dagas. Y quizás también una espada.
Recorrí los pasillos de la zona sur del templo a paso normal para evitar
llamar la atención. Era un poco ridículo, porque no me encontraba en
ningún sitio en el que no pudiese estar. Aun así, me daba la sensación de
que, si alguien se fijaba demasiado en mí y en mi expresión, descubriría de
inmediato la naturaleza de mis planes. Eso hizo que tampoco me detuviera a
hablar con ninguna de las hermanas que encontré en mi camino y me
dirigiera directamente al campo de entrenamiento junto al muro sureste. A
esa hora de la tarde las novicias ya estarían preparándose para la cena, por
lo que era el mejor momento para conseguir las armas que llevaría
conmigo. Más tarde, cuando todas durmiesen, pasaría por las cocinas a por
algo de pan, queso y lo que fuera que no ocupara demasiado espacio pero
pudiera alimentarme bien. Luego, me marcharía.
Nadie se daría cuenta hasta el amanecer, una vez que no apareciera en el
desayuno. Con suerte, pensarían que me había dormido de nuevo y no irían
a buscarme hasta que no me presentara al entrenamiento matutino. Elora,
mi instructora, se iba a cabrear mucho, eso seguro, pero yo no estaría allí
para verlo ni para recibir la reprimenda correspondiente.
Eché un vistazo a la arena del campo de entrenamiento antes de cruzarlo
de parte a parte; estaba tan desierto como esperaba. Había todo tipo de
armas dispuestas en sus soportes junto al círculo donde se nos enseñaba a
combatir a las novicias elegidas como futuras guerreras, pero no eran esas
las que yo buscaba. Proseguí avanzando hasta la pared que se alzaba más
allá. La puerta de la armería estaba cerrada con llave, una que yo no tenía;
pero contaba con una habilidad que no me había enseñado ninguna
instructora del templo, sino la propia Dafne. Forzar cerraduras había sido
muy ventajoso para una niña que se había criado en las calles de Karya sin
padres que atendieran sus necesidades más básicas.
Tardé algo más de lo que me hubiera gustado. Por suerte, la sombra del
muro camufló mi presencia mientras forcejeaba con la cerradura. Hasta que
sonó un clic. Una sonrisa se extendió por mi rostro cuando me colé en el
interior y mis ojos se posaron sobre lo que había ido a buscar: armas de
verdad, afiladas y grandiosas. No siempre se nos permitía entrenar con
ellas, pero de vez en cuando Elora se sentía magnánima y nos dejaba
sostenerlas y jugar un poco.
Dioses, no estaba segura de cuál elegir.
«Sigues muy agitada, oraíos». Di un pequeño respingo a pesar de que
sabía que estaba sola y esa voz masculina provenía de mi mente. No era la
primera vez que la escuchaba; llevaba alrededor de seis meses irrumpiendo
en mi cabeza en los momentos menos adecuados. Había pasado por mucho
a causa de esa voz. Al principio creía haberme vuelto loca y, de hecho, lo
seguía creyendo; aunque me había acostumbrado a ella.
«Estoy bien. Todo está bien», mentí.
No podía contarle lo que sucedía. Confiaba y, a la vez, no confiaba en mi
fantasma —lo había llamado así, dado que él había evitado confesarme su
nombre real—. Y aunque casi me había convencido de que existía un
hombre real tras esa voz, continuaba siendo un desconocido para mí.
Aún recordaba la primera vez en la que lo había oído; el suave y ronco
tono reverberando en el interior de mi cabeza. Durante semanas había
buscado toda clase de información en la biblioteca del templo. Primero
examiné textos médicos, luego pasé a los que hablaban de algunos dones
antiguos y muy preciados; por último, me concentré en las leyendas. No
había descubierto nada que hablara de dos mentes comunicándose y
manteniendo una conversación como si fueran dos personas que se hallasen
frente a frente. Claro que los volúmenes más interesantes se encontraban en
una parte inaccesible de la biblioteca. O incluso en la propia biblioteca
personal de Adara.
Al final, concluí que la locura había clavado sus garras en mí y no le
había hablado jamás a nadie de aquello, ni siquiera a Dafne y mucho menos
a Adara. No había otra forma de explicar esa voz de mi cabeza. Sin
embargo, el paso de los días había traído consigo más conversaciones. Y no
solo eso, sino que de vez en cuando algunos chispazos de ciertas emociones
se habían deslizado también a través de esa conexión: diversión,
inquietud…, deseo. Y luego, un día cualquiera, el fantasma había empezado
a preguntarme dónde estaba. Quería llegar hasta mí.
Poco dispuesta a una charla en ese momento, blindé mi mente e hice un
barrido rápido de la sala con la mirada. Había armas de todo tipo, aunque
abundaban los arcos, dado que tanto cazadoras como guerreras siempre
llevaban uno consigo. Fue lo primero con lo que me hice. Ninguna
seguidora de Artemisa era nada sin su arco. Tomé un carcaj con flechas de
punta dentada —creadas no para la caza en sí misma, sino para maximizar
el daño a un atacante— y también me hice con unas pocas lisas. Luego, me
giré hacia el lugar en el que colgaban las espadas; esto sería más difícil.
Normalmente, cuando la formación de una novicia guerrera se daba por
finalizada, Adara —o, en su defecto, la hermana armera si la suma
sacerdotisa por lo que fuera no podía asistir a la ceremonia— la ayudaba a
escoger la que sería su fiel compañera a partir de ese momento. Unas decían
que sentían un tirón que las llevaba hasta el arma adecuada; otras,
simplemente, tomaban la más bonita o la que más llamaba su atención.
Según Adara, todas terminaban en las manos en las que debían estar; solo
los dioses sabrían por qué.
No podía entretenerme esperando a que uno de los filos se decidiera a
escogerme, así que avancé un par de pasos y estiré el brazo en dirección al
que me pareció que tenía un tamaño adecuado para mí. En el último
momento, mi mano cambió levemente de rumbo y mis dedos terminaron
enredándose por propia voluntad en la espada que se encontraba justo a su
lado. Era algo más pequeña y contaba con una hoja de doble filo y aspecto
reluciente. La empuñadura lucía algunos grabados, pero no me detuve a
admirarlos. Cuanto más rato pasara en ese lugar, más probabilidades había
de que me descubrieran.
—Tú servirás.
Tendría que hacerlo. Al menos su peso en mi mano se sentía adecuado.
Correcto.
Me apresuré a escoger también dos pequeños cuchillos que podría
esconder en mi bota y entre la ropa, solo por si acaso. Y luego tomé un
tercero. Mejor pecar de exceso que morir desarmada. Dejé para el final el
armario donde se guardaban los uniformes. Yo tenía un par en mi
dormitorio, pero eran de entrenamiento, por lo que carecían del símbolo de
Artemisa: el arco y la flecha que solo podían portar las hermanas de pleno
derecho. Si iba a unirme al grupo de rescate, no pensaba desentonar. No era
una cuestión de vanidad ni nada por el estilo; si nos veíamos inmersas en
una refriega, la ausencia de dicho símbolo podía darles demasiadas pistas a
nuestros atacantes. Los incitaría a ir a por mí si consideraban que era aún
una novicia a la que, por alguna razón, se le había permitido abandonar el
templo antes de tiempo y participar en una misión.
Escogí un pantalón, el corsé que me cubriría el pecho y las hombreras y
brazales, todo de cuero grueso y con numerosas tiras para ajustarlos de
forma adecuada. También tomé una capa, así como dos camisolas verdes.
Mis botas valdrían.
Incluso cuando lo único en lo que podía pensar era en encontrar a Dafne,
la emoción burbujeó en mi pecho al encontrarme provista de todo el
material. Esto no iba a ser como una de nuestras escapadas a la ciudad. Una
vez que abandonara los límites de Karya, no solo tendría que preocuparme
de la posibilidad de que Adara descubriera mi huida demasiado pronto y
enviara a alguien tras de mí. Karya estaba muy cerca de la frontera con los
territorios intermedios, de ahí que el nuestro fuera uno de los Templos de
Artemisa con una mayor defensa y más seguros de toda Olympya, y la
ciudad, de las mejores fortificadas.
Cuando traspasara la muralla, los peligros que me acecharían no tendrían
nada que ver con la ira de la suma sacerdotisa ni con sus castigos. Y en
cuanto pusiera un pie más allá de la frontera, podría encontrarme no solo
con adeptos de Ares hadesianos, sino, peor aún, con fanáticos del dios
Hades, los guerreros más oscuros y aterradores de ambos reinos. De ellos se
decía que eran muy escasos en número, pero solo porque se escogía
únicamente a individuos dotados de determinados dones, regalos oscuros
del propio dios de los muertos; si los rumores eran ciertos, podían detener
un corazón valiéndose únicamente de una mirada o incluso arrancarte el
alma a voluntad. Esperaba no tener ocasión de comprobarlo.
Tampoco me emocionaba demasiado pensar en las criaturas que poblaban
el lugar; si bien se suponía que los cerberos no abandonaban nunca
Hadesya, muchos contaban que habían visto vagar a algunos de esos perros
enormes y rabiosos por los territorios intermedios.
—Estoy preparada —afirmé en voz alta, tal y como había hecho en el
despacho de Adara.
Deseé con todas mis fuerzas que fuese verdad.
2
Lo bueno de mi formación ambivalente como cazadora y como guerrera era
que el sigilo se trataba de una habilidad extremadamente necesaria para
ambas; por lo tanto, era una verdadera experta en pasar desapercibida.
Cargada con mi botín, me deslicé por los pasillos entre las sombras.
Saltarme la cena no era una opción si quería evitar la atención indeseada,
así que, tras dejarlo todo escondido en mi dormitorio, me encaminé hacia el
comedor común de las novicias. Una vez allí, busqué entre las caras de las
presentes hasta dar con Calla, una muchacha de las más jóvenes. No a todas
las novicias del templo se las entrenaba; las que no poseían aptitudes como
rastreadoras, cazadoras o guerreras eran destinadas a las labores del templo
hasta llegar a la edad en las que pasaban a convertirse en ciudadanas y
podían escoger entre regresar a vivir con sus familias, si la tenían, o
permanecer sirviendo a la diosa en el templo. Calla era una de esas chicas.
Me senté a su lado y me dedicó una sonrisa tímida. Había otras dos
novicias ocupando la parte final de la mesa, pero volvieron enseguida a su
conversación.
—¿Qué tal tu día? —pregunté, tratando de establecer una charla banal.
Necesitaba su ayuda para conseguir provisiones. Podía encargarme yo
sola de la cerradura de la puerta que daba acceso a la cocina, pero me iría
mucho mejor si supiera exactamente dónde estaba todo. No tendría que
perder el tiempo dando vueltas por la despensa enorme con la que contaba
el templo.
Calla le dio una rápida mirada a nuestras compañeras de mesa y luego se
inclinó un poco hacia mí.
—¿Qué necesitas?
Parpadeé, perpleja. ¿Cómo…? Oh, dioses, de verdad se me veían las
intenciones en la cara, ¿no? Dafne llevaba razón cuando decía que era
pésima mintiendo.
—No sé a qué te refieres.
Se acercó un poco más a mí y bajó la voz hasta terminar susurrando:
—Vas a ir a por Dafne.
Empecé a negarlo, pero me dije que no tenía sentido. Si de verdad lo
sabía, no estaba corriendo en dirección al despacho de Adara para
contárselo. Calla era otra de las pocas chicas huérfanas que había en el
templo; las demás no eran especialmente amables con nosotras y tanto
Dafne como yo la habíamos protegido de su malicia en más de una ocasión,
así que supuse que podía confiar en que no alertara de mis planes a Adara o
a alguna de las instructoras.
—Emm… Necesito comida: pan, queso, tal vez algo de carne salada si es
posible. Lo que sea que me facilite el viaje sin tener que detenerme para
cazar.
Calla asintió.
—Te lo llevaré a tu habitación.
Bien, eso era aún mejor. Ella no llamaría tanto la atención si la
encontraban en la cocina. Debería haberle agradecido su buena
predisposición, pero aún trataba de asumir que conociera mis planes.
—¿Cómo lo has sabido?
—Soy consciente de lo unidas que estáis Dafne y tú, todo el mundo aquí
lo sabe en realidad. Y tal vez escuchase por casualidad tu petición a la suma
sacerdotisa —añadió con una mueca de disculpa. Sentí un repentino alivio;
prefería que hubiera estado cotilleando tras la puerta que pensar que de
verdad yo era tan transparente—. Supuse que no te rendirías.
En el templo era de sobra conocida mi tozudez y mi tendencia a desafiar a
las figuras de autoridad; seguir órdenes nunca había sido mi fuerte, quizás
por haber sido criada por la propia Adara. Tendía a rebelarme contra ella
como lo haría un muchacho adolescente contra la voluntad de sus
progenitores. La mayoría de las novicias llegaban al templo entregadas por
sus familias a cambio de una asignación y pocas osaban buscar problemas
que pusieran en peligro ese acuerdo. Tampoco las culpaba. No era una mala
vida; teníamos un techo, comida y una educación que más tarde podría
convertirse en un objetivo vitalicio.
Puede que Olympya fuera un reino menos oscuro y cruel que Hadesya,
pero tampoco era perfecto. Había una parte de la población con privilegios
y riquezas, mientras que la otra subsistía como podía. Y la amenaza de una
guerra inminente tan solo había acrecentado dicha desigualdad.
—Gracias, Calla.
—Estaré allí a medianoche.
Así fue. Apenas dieron las doce, Calla trajo consigo lo que había
prometido. Yo ya estaba vestida, a falta de la capa. El corpiño, ceñido al
torso con multitud de tiras de cuero, dejaba ver las mangas verdes desde un
poco más abajo del hombro hasta los codos, donde los brazales me cubrían
ambos antebrazos. En mitad del pecho, entre los gruesos cordones, el arco y
la flecha de Artemisa se hallaban grabados en el cuero duro. Los pantalones
eran más suaves, al igual que las botas, atadas hasta casi alcanzar las
rodillas.
Los ojos de Calla recayeron sobre el símbolo en mi pecho. Elevó la vista
hacia el techo y, con ella, una plegaria silenciosa atravesó sus labios. No me
había ganado aún el derecho a lucir la marca de la diosa, pero no me planteé
siquiera rogar para que Artemisa me perdonara por ello, si acaso estaba
prestando atención. Hacía tiempo que los dioses nos habían dejado de lado
y, desde donde fuera que estuviesen, dudaba que se dedicaran a escuchar
nuestros rezos.
—Hay un adepto de Ares que suele estar a menudo de guardia en la
puerta sur de la ciudad. —Arqueé las cejas, no estaba segura de cómo podía
Calla conocer ese detalle, pero era la clase de información que a veces sabía
Dafne después de haber vivido en las calles durante diez años—. Se llama
Cosmo. Tiene el pelo negro y una cicatriz muy prominente en el pómulo
derecho, lo reconocerás de inmediato. Si le dices que vas de mi parte, no
hará preguntas. O no demasiadas al menos. Se cauta, Korelana —dijo por
último, y su expresión reflejó una profunda preocupación.
No era más que una niña, pero incluso ella era consciente de que el viaje
que estaba a punto de emprender era demasiado peligroso para una novicia,
y más aún para una que viajase sola. Lo que no sabía Calla era que yo tenía
algo que jugaba a mi favor, un secreto que Adara se había asegurado de que
nadie descubriera. Aparte de la suma sacerdotisa, solo Dafne conocía su
existencia. Y aunque no tenía en mente valerme de él, lo haría si no me
quedaba otra opción.
—Lo seré.
Calla retrocedió hacia la puerta y me dedicó una última mirada.
—Que la diosa Artemisa te acompañe en tu misión, que guíe tu mano y
empuje tus flechas para que encuentren siempre su objetivo, que no te
permita desfallecer hasta encontrar a tu presa y darle caza, y que sea ella
también la que te traiga de vuelta con nosotras.
Pese a mi reticencia con respecto a los dioses, la humedad se me acumuló
en los ojos al escuchar la despedida que se les brindaba a las hermanas a las
puertas del templo antes de que marchasen a cualquier misión. Había
presenciado el momento en que Dafne la había recibido una semana antes,
pero no esperaba que nadie la empleara conmigo esa noche.
En respuesta, me limité a asentir; no me salía la voz. Ambas inclinamos la
cabeza con deferencia hacia la otra y luego Calla ya se había ido,
dejándome finalmente a solas con mis pensamientos.
Retrocedí hasta la cama y me senté. Si Calla había sido capaz de suponer
que la negativa de la suma sacerdotisa no me detendría, ¿no estaría Adara
esperando que la desobedeciera? Conociéndola, habría apostado a alguna
hermana como refuerzo en el perímetro del recinto del templo para
sorprenderme escaqueándome.
«Oraíos, por favor. Déjame encontrarte», volvió a reclamar mi fantasma
con un tono cargado de desasosiego. Así era como había elegido referirse a
mí cuando, en represalia por su cautela, también yo me había negado a darle
mi nombre: oraíos. O lo que era lo mismo: preciosa.
«No es un buen momento para charlar».
Mi puño se cerró sobre el colgante que adornaba mi cuello. Era una
espiga de oro, el símbolo de Deméter, lo cual debería haber resultado
extraño para una novicia del Templo de Artemisa. Era lo único que mi
madre biológica había dejado atrás al abandonarme. A lo largo de los años
había elucubrado mucho acerca de ese colgante y lo que podía significar.
Mi mejor hipótesis se basaba en que mi madre había sido una adepta de
Deméter que se había quedado embarazada y lo había ocultado para luego
deshacerse de mí. Eso tendría sentido. Como servidoras de Artemisa, se nos
prohibía tener familia; no nos casábamos y no teníamos hijos, y mucho
menos retozábamos con desconocidos a escondidas; algo que Dafne y yo
negaríamos haber hecho jamás. Si la diosa Artemisa estaba por ahí en
alguna parte y conocía nuestro desliz, no nos había castigado aún por ello.
Para las servidoras de Deméter, las cosas no eran muy distintas. Y, si mi
madre había sido una de ellas, mi teoría justificaría al menos una pequeña
parte de la procedencia de mi secreto; aunque esa era también una
posibilidad en la que me había negado a pensar demasiado.
Colé el collar por dentro de la blusa y me levanté para terminar de
prepararme mientras luchaba por no ceder al tirón mental que dejaba claro
que el fantasma sí que quería hablar. En su lugar, traté de imaginar lo que
Adara creería que haría, si es que sospechaba de mis intenciones, y me
propuse hacer justo lo contrario.
«¿Qué camino hubiera elegido Dafne para escapar del templo?».
Me eché a reír. Sabía lo que mi mejor amiga hubiese hecho. Puede que yo
fuera temeraria, pero ella lo era aún más. Dafne saldría caminando por la
puerta principal como si tuviera todo el derecho del mundo a hacerlo. Y no
miraría atrás.
Bien, tal vez yo pudiera hacer eso mismo.
Mis planes se frustraron en cuanto me deslicé entre las sombras de la
fachada del templo hacia la entrada y descubrí allí a cuatro hermanas
haciendo guardia. El portalón estaba abierto, lo cual no era tan extraño
como el hecho de que la suma sacerdotisa se hallara plantada frente a él.
Podría haber pensado que Adara había previsto mis planes si no hubiera
sido porque su atención no se dirigía hacia el interior del recinto; todo lo
que podía ver desde mi posición era su regia espalda, erguida y tensa.
Parecía expectante. Desde luego, esperaba a alguien, pero no creía que
fuese a mí.
La piedra de la pared contra la que me refugié desprendía la misma
sensación de frescor que traía consigo la brisa nocturna. El silencio de la
ciudad, dormida en su mayor parte a esas horas de la noche, era también
más profundo que de costumbre. Incluso con la capa rodeándome y la
capucha que me cubría la cabeza, podía sentir la sensación de algo helado y
siniestro arrastrándose por mi piel, algo que no estaba segura de que fuera
producto de la baja temperatura.
Me mantuve inmóvil en la oscuridad, expectante también. ¿A quién o qué
estaba esperando Adara? Las hermanas custodias parecían en tensión e iban
completamente armadas, aunque eso no era necesariamente una novedad. El
Templo de Artemisa en Karya se alzaba en el cuadrante sureste de la ciudad
y, de haber un ataque proveniente del reino vecino, había muchas
probabilidades de que viniera de esa dirección, así que toda precaución era
poca. Incluso años atrás, cuando la amenaza de una guerra no acechaba con
tanta intensidad, recordaba a las hermanas bien pertrechadas en sus rondas
alrededor del recinto.
«No temas, Korelana. Este es el templo más seguro de toda Olympya»,
me había dicho una vez Adara, después de que yo descubriera lo cerca que
se hallaba la ciudad de los territorios intermedios.
Más que temor, había albergado una profunda curiosidad por Hadesya en
ese entonces; todavía lo hacía, como una especie de morbo siniestro del que
no podía sustraerme del todo. A lo largo de los años, me había planteado
muchas veces cómo sería cuando mi instrucción finalizase y se me enviara
a alguna misión de reconocimiento cerca de sus fronteras. Nunca había
creído que acabaría por descubrirlo antes de tiempo y por un motivo tan
terrible, pero allí estaba.
De repente, las cuatro hermanas se posicionaron frente al portalón con
una flecha ya cargada en sus arcos y apuntando a algún lugar de la plaza
que se extendía más allá del umbral. La oscuridad pareció hacerse más
profunda, y el aire, más frío. Algo destelló entre las sombras. Una figura
avanzó y se hizo visible. En ocasiones, mensajeros de templos de otras
ciudades recalaban en el templo, o el propio regente enviaba a uno de sus
hombres para comunicarse con la suma sacerdotisa. De nuevo, incluso
cuando se tratase de un aliado, Adara siempre se mostraba muy cauta con
cualquiera que intentara atravesar nuestros muros. Pero esta vez parecía
diferente. Había un extraña tensión flotando en el ambiente que no se
parecía a nada que hubiera sentido antes.
La figura continuó aproximándose hasta quedar a solo un par de metros
del umbral. Embozado de pies a cabeza con una capa oscura, era imposible
distinguir detalles del resto de su atuendo, así que no podía descartar que
fuese un simple ciudadano, pero mi intuición me decía que no era el caso.
Recorrí la tela que lo cubría con ojos ansiosos, tratando de advertir algún
símbolo o marca de color en ella. Cada adepto a un dios se identificaba con
un símbolo propio y un color que siempre asomaba aquí y allá, en la propia
capa, la camisa u otra prenda, o incluso impregnando el cuero del peto, las
hombreras… En este caso no había rastro del blanco que acompañaba a los
soldados del regente, adeptos del Templo de Zeus. El verde era para las
servidoras de Artemisa; el rojo, para los de Ares. El azul indicaría que era
un seguidor de Poseidón, aunque estos eran bastante escasos en ciudades
alejadas del mar, mientras que el negro solo podría pertenecer a uno de
Hades. Pero era casi imposible que un adepto del dios de los muertos se
paseara por las puertas de un templo de Olympya, por muchos y muy
variados motivos. Para empezar, se decía que ni siquiera eran capaces de
abandonar su propio reino. Estaban atados a él de una manera tan íntima
que apenas les era posible vagabundear por los territorios intermedios,
mucho menos cruzar sus fronteras y adentrarse en nuestras tierras.
De todas maneras, el recién llegado no portaba nada que mostrara su
procedencia; no de forma visible.
Solté el aire muy muy despacio cuando me di cuenta de que había estado
conteniendo el aliento. Me inquietó la idea de que el débil sonido pudiera
llegar a los oídos del desconocido. ¿Lo percibiría Adara? Aquella mujer
tenía una capacidad auditiva extraordinaria, como toda buena cazadora, solo
que en su caso era tan fina que llegaba a resultar perturbadora.
Hubo un breve intercambio de palabras susurradas que no logré captar
desde mi posición. Luego, el desconocido se inclinó un poco más cerca, su
brazo derecho asomó entre la tela de la capa y se extendió hacia delante. La
luz de los faroles situados alrededor de la puerta cayó entonces sobre su
figura y lo iluminó por completo. Todo lo que podía decir de él —porque
estaba bastante segura de que bajo la capa había un hombre— era que
medía más de un metro ochenta; su muñeca era gruesa, y su antebrazo,
musculoso. Su mano parecía acostumbrada a sostener una espada, y el
breve destello metálico que atisbé entre los pliegues de la capa seguramente
provenía de una.
Adara extendió también la mano y le mostró la palma mientras negaba
con la cabeza. Volvieron a murmurar algo entre ellos; no pudieron ser más
que unas pocas palabras, porque enseguida él retrocedió tres pasos. Su
cabeza se elevó un poco, como si tratase de llevar su mirada más allá de la
figura de Adara, y la sombra bajo la capucha que era su rostro apuntó
directamente en mi dirección.
¡Oh, dioses! ¿Me había visto? ¿Sabía que estaba allí?
Un escalofrío reptó por mi espalda y me apreté aún más contra el muro,
deseando con todas mis fuerzas fundirme con la piedra. Por suerte, el
hombre apartó la vista con rapidez, giró sobre sí mismo y se esfumó entre
las sombras tal y como había llegado. Adara permaneció inmóvil durante un
momento más y las cuatro hermanas continuaron apuntando sus flechas en
dirección a la oscuridad, como si creyesen que el hombre regresaría y las
atacaría esta vez. Finalmente, la suma sacerdotisa se volvió y les indicó con
un gesto de la mano que cerraran el portalón. La larga túnica verde
ribeteada de oro que vestía revoloteó a sus pies cuando empezó a andar de
vuelta al interior del templo.
Adiós a mi idea de salir directamente por la puerta principal. Después de
la extraña visita, las hermanas custodias seguro se quedarían allí toda la
noche. Tampoco descartaba que Adara pasara por mi dormitorio a
comprobar que había obedecido sus órdenes. No tenía tiempo para ponerme
creativa, así que iba a tener que emplear el que siempre había sido el último
recurso cuando se trataba de escapar del templo: el sistema de drenaje de la
ciudad. Dafne y yo lo habíamos usado una vez y habíamos prometido no
hacerlo nunca más. Arrastrarse entre la inmundicia y casi morir asfixiada
por el hedor de esos túneles no era nuestra idea de una escapada agradable,
pero dudaba que nada lo fuera a partir de ese momento, así que… las
cloacas serían.
«Voy a buscarte, Dafne. Resiste, hermana mía».
3
Tenía tan solo cinco años cuando llegué a Karya con la suma sacerdotisa,
aunque en ese tiempo ella acababa de ser nombrada como tal. Nunca
entendí muy bien cómo, de la noche a la mañana, había pasado de ser una
hermana más en el templo de Petra a verse encumbrada hasta tan
importante cargo. La política que regía los nombramientos y las idas y
venidas de nuestro sistema religioso me daban dolor de cabeza sin importar
lo mucho que Adara y mis instructoras trataran de hacérmela entender.
Mientras que el resto de las novicias ingresaban al templo a sus diez años,
se podía decir que yo había nacido formando parte de uno. Una vez que
habíamos recalado en Karya, Adara ordenó que mi formación diera
comienzo de inmediato. No era de extrañar que destacara en la mayoría de
las disciplinas, y tampoco que muchas de las novicias me odiaran por ello.
Si me viesen en ese momento, cubierta de su propia porquería hasta las
orejas, seguro que ya no sentirían tanta envidia.
El pensamiento no me detuvo; si acaso, me brindó aún más impulso.
Calla había tenido razón al pensar que no me rendiría; yo era terca, muy
terca, y seguramente también demasiado leal a mis afectos para mi propio
bien. No podía evitar aferrarme al amor y al cariño que sentía por Dafne
mientras continuaba avanzando por la oscuridad de aquel túnel sombrío y
maloliente.
Cuando crecías sin familia y encerrada entre unos muros que eran al
mismo tiempo hogar y prisión, aprendías a valorar a las pocas personas con
las que contabas. Quería a Adara como a una madre a pesar de su trato recto
y frío, y en otras circunstancias no la hubiera desafiado de un modo tan
abierto y temerario, pero era de Dafne de quien estábamos hablando.
Todavía podía escuchar el relato de la cazadora que había escapado, la
descripción de las cadenas que habían enlazado en torno a las muñecas de
las demás y los empujones y golpes que habían recibido al resistirse. Las
risas de sus captores y sus miradas lascivas. Los adeptos de Ares
procedentes de Hadesya que las habían apresado pagarían por ello. Ojalá su
reino ardiera con las llamas del inframundo del que tomaban su nombre.
Un resplandor más adelante me indicó que no estaba lejos de la salida.
¡Gracias a los dioses! No volvería a poner un pie en aquellos túneles nunca
más. Era probable que mi sentido del olfato se hubiera atrofiado para el
resto de mi vida, y de verdad que esperaba que la comida que llevaba en mi
bolsa no hubiera entrado en contacto con… aquello; me dieron arcadas solo
de pensarlo.
Aceleré el paso y troté hasta la verja que se alzaba en la zona iluminada.
El túnel desembocaba muy cerca de la muralla sur, justo en las
proximidades de la puerta de la que Calla me había hablado. No perdía nada
por comprobar si el adepto que había mencionado estaba de guardia. Mi
otra opción era escalar, lo cual habíamos hecho Dafne y yo en más de una
ocasión con los muros del templo; sin embargo, la muralla exterior de la
ciudad era mucho más alta, y la caída, mortal. Había escuchado rumores de
algunos pasos ocultos que contrabandistas y traficantes empleaban para
acceder a Karya con sus cargamentos ilegales, pero encontrar uno podría
llevarme toda la noche y tiempo era precisamente con lo que no contaba. Si
daban conmigo y me llevaban de vuelta, Adara me encerraría y tiraría la
llave al pozo más profundo que pudiera encontrar, y luego se plantaría en la
puerta a esperar que la forzara para volver a encerrarme de nuevo.
Inspiré profundamente cuando por fin me encontré al aire libre, lo cual no
fue una buena idea dada la nube fétida que me rodeaba. Tendría que
encontrar algún arroyo en el que lavarme si no quería que el hedor que
desprendía mi ropa me acompañase durante días. Traté de ignorarlo
mientras me deslizaba en silencio y muy despacio pegada a la muralla. El
pulso se me aceleró al percatarme de que la ciudad continuaba sumida en
esa calma espeluznante que el extraño visitante al templo había traído
consigo. Puede que la mayoría de los ciudadanos durmiesen, pero casi
siempre había algo de alboroto proveniente de las múltiples tabernas. La
vida nocturna de Karya no era nada despreciable en ese aspecto y no
parecía natural que todo estuviese tan tranquilo.
Un rápido vistazo me valió para detectar a dos guardias delante de la
puerta, los dos con toques de rojo tanto en la camisa bajo el peto de cuero
como en el resto de su armadura. El consejo que gobernaba la ciudad,
subordinado siempre a los deseos de nuestro rey, confiaba la seguridad de
esta al Templo de Ares. Nunca había conocido en profundidad a uno de sus
adeptos, pero su carácter belicoso y casi siempre irracional despertaba mi
desconfianza de forma instintiva. Así que me armé de paciencia y los
observé durante un rato mientras charlaban; uno parecía algo más joven,
moreno, pero —desde donde estaba, y con las sombras que lanzaba la
muralla sobre ellos— no conseguía ver su rostro con claridad.
Por fin, el otro adepto le dio una palmadita en el hombro y señaló la
portezuela que se abría en el muro. La atravesó un momento después y
desapareció en el interior de la muralla. El más joven giró entonces hacia el
interior de la ciudad. La cicatriz de su pómulo era… grotesca. No daba
lugar a confusión, aquel tenía que ser por fuerza Cosmo. Ahora solo me
quedaba comprobar que de verdad no iba a hacer ninguna pregunta y me
permitiría salir de Karya sin dar la voz de alarma.
Eché a andar hacia él. En algún momento, seguro que empezaría a
plantearme lo poco que había pensado en realidad todo aquello; la decisión
impetuosa de ir en busca de Dafne debería haberme alterado quizá un poco
más, pero mis emociones se habían sentido anestesiadas desde el instante en
que había recibido la noticia de su secuestro. Y en lo más profundo de mi
pecho, algo me impulsaba a seguir adelante. A correr en busca de mi mejor
amiga.
El adepto se irguió en cuanto detectó mi presencia. Sus músculos se
tensaron, pero luego, tras darle un repaso a mi indumentaria, se relajó un
poco. Cuando llegué hasta él, olisqueó el aire y su mueca dejó muy claro
que no apreciaba el aroma que me envolvía.
Bien, ya éramos dos.
—¿De dónde sales, hija de Artemisa?
—No quieres saberlo —repliqué, haciendo uso de mi mejor sonrisa, la
que Dafne siempre decía que engatusaría incluso al mismísimo Hades. Me
apresuré a seguir hablando, ya que no sabía cuánto tardaría su compañero
en regresar—. Eres Cosmo, ¿verdad? Me envía Calla. Necesito salir…
—¿Calla? ¿Cómo está? ¿Te ha dado algún mensaje para mí?
El semblante se le había iluminado al escuchar su nombre. Entrecerré los
ojos ante sus preguntas. ¿Qué interés podía tener en ella? Calla solo era una
niña y él debía tener más de veinte años si había terminado su instrucción y
estaba allí de guardia.
—¿De qué os conocéis?
—¿No te lo contó? Calla y yo crecimos juntos.
«En las calles», eso fue lo que no dijo. Por la diferencia de edad, sabiendo
que Calla me había enviado allí y que por tanto confiaba en él, parecía
probable que Cosmo la hubiera estado cuidando. A los adeptos de Ares no
se les prohibía salir del templo durante su formación como a nosotras, así
que quizás aquel tipo había sido el responsable de que una cría sobreviviera
en las calles no siempre seguras de Karya. Aun así, debía de haber pasado al
menos un año desde la última vez que se habían visto, el tiempo que llevaba
Calla en el templo. Y si él todavía se interesaba por su bienestar… Bueno,
no podía ser un mal tipo del todo.
—Ella está bien —dije, y la sonrisa que me dedicó en respuesta fue tan
sincera como entrañable—. Puedes estar tranquilo.
No le dije que no era la reina de la popularidad debido a su procedencia,
pero supuse que eso él ya lo sabría si compartían origen. Aunque, tal vez,
para los adeptos de Ares fuese diferente. Quizás entre ellos ese detalle no
tuviera importancia. Cualquiera lo sabía. Los fanáticos del dios de la guerra
eran gente extraña.
—Bien. Eso está muy bien. Y tú… —Volvió a olisquearme.
Dioses, aquello era muy humillante.
—No preguntes. Solo necesito que me dejes pasar.
—Eres una novicia.
—¿Cómo lo sabes?
Esbozó una sonrisa.
—De haber sido nombrada ya como una seguidora de Artemisa, habrías
atravesado la puerta sin siquiera mirarme. Tus hermanas nunca se detienen
ni nos prestan la más mínima atención si pueden evitarlo.
Oh, vaya. Eso resultaba bastante lógico. Mi desconfianza no era un caso
aislado y, en realidad, no rendíamos cuentas salvo ante Adara, el rey regente
y, en última instancia, Artemisa. Y no era como si esta última se presentase
a menudo a pedírnoslas tampoco. Tendría que haber sabido que, portando el
símbolo de la diosa, y por muy extraño que resultara que abandonara Karya
de noche y sola, no se me exigiría ninguna explicación al respecto. Esta vez
sí que debería haber intentado salir por la puerta sin más.
—Ya. —Fue todo lo que dije, sintiéndome ridícula.
—Por si es de tu interés, un grupo de tus hermanas cruzaron esta mañana
temprano.
Asentí. La partida de rescate. Llevaban más de medio día de ventaja, pero
podía alcanzarlas. Es más, mi idea era hacerlo mucho antes de que llegaran
al límite con los territorios intermedios y acecharlas hasta que se adentraran
en ellos. No era tan estúpida como para creer que podía rescatar yo sola a
Dafne y a las demás. Mi entrenamiento había sido concienzudo y puede que
tuviera ciertos recursos a los que recurrir en caso de necesidad, pero
Hadesya era un infierno en sí mismo y la mayoría de sus habitantes, si los
rumores eran ciertos, actuaban en consecuencia. No esperaba recibir
amabilidad de ningún tipo allí.
—¿Puedo preguntarte a dónde vas?
—No, y es mejor que me marche ya.
La portezuela por la que había desaparecido su compañero seguía cerrada,
pero mi mirada se dirigió hacia ella. Cosmo pareció comprender mi temor.
—¿Seguro que Calla está bien?
—Lo está. Cuando regrese le diré que preguntaste por ella.
—Gracias.
Desvié la vista hacia el exterior y pensé en decirle que no me las diera
aún. Para volver a ver a Calla y entregarle los buenos deseos de su amigo,
primero tendría que encontrar a Dafne y regresar sana y salva de Hadesya
con ella. Al contemplar los terrenos cubiertos de oscuridad que rodeaban la
ciudad, por primera vez me di cuenta de la locura en la que me estaba
embarcando, de lo grande que me venía todo aquello. ¿Era una idiota por
creer siquiera que lograría llegar hasta la frontera? ¿Cómo se sentiría Adara
cuando descubriera que había desaparecido? Se cabrearía mucho y,
probablemente, también le partiría el corazón.
Me llevé la mano al pecho, allí donde mi propio corazón latía ahora con
mucha más rapidez.
—¿Estás bien? —preguntó Cosmo—. ¿Seguro que quieres salir de la
ciudad?
De lo único que estaba segura era de que quería a Dafne a mi lado de
nuevo, todo lo demás… Si me paraba a pensarlo, posiblemente daría media
vuelta y regresaría al templo para esconderme tras la seguridad de sus
muros.
—No quiero, pero debo —respondí finalmente.
Cosmo me observó durante unos pocos segundos y a continuación dirigió
la vista más allá de la entrada, tal y como yo misma había hecho un
momento antes.
—El deber a menudo nos convierte en personas que jamás hubiéramos
deseado ser y nos obliga a cometer actos que nunca hubiésemos realizado.
Ten mucho cuidado con lo que crees que debes hacer.
Cuando sus ojos se posaron de nuevo sobre mí, contemplé el borde
irregular de la cicatriz que le cruzaba el rostro y me pregunté cómo se la
habría hecho; quién se la habría hecho. Tenía los ojos de un azul casi
transparente y el pelo castaño alborotado, un poco más largo de lo que lo
llevaba su compañero y que yo sabía que era mucho más habitual en los
hijos de Ares.
Asentí en silencio. No había mucho que pudiera decir al respecto. Hasta
ese momento, y a pesar de mis múltiples obligaciones como novicia del
Templo de Artemisa, sabía muy poco de las cosas que el deber podía o no
forzarnos a hacer.
—¿Puedes…? Si tienes ocasión o se presenta pidiendo explicaciones,
¿podrías decirle a la suma sacerdotisa Adara que lo siento?
Hubo un destello de sorpresa en su expresión. Supuse que Adara era para
el resto del reino una figura de poder a la que respetar y temer; no le pedías
disculpas, sencillamente no te metías en una situación que requiriese tener
que suplicar su perdón.
—Para hacer eso tendría que admitir que te dejé cruzar sabiendo que no
debería.
Hice una mueca al comprender que llevaba razón. Lo mejor que podía
hacer si lo interrogaban era fingir que me había visto pasar por la entrada
sin más; solo otra hija de Artemisa que abandonaba la ciudad en alguna
misión de rastreo o para cazar.
—Lo entiendo. Gracias de todas formas.
Se oyeron pasos tras la portezuela y ambos miramos en esa dirección.
—Ve ahora, hija de Artemisa, y que Ares te brinde la fuerza para pelear y
vencer en todas tus batallas.
Mi estómago se contrajo al escucharlo. Ya era la segunda bendición que
recibía esa noche. Dudaba que los adeptos de Ares se la dieran a menudo a
mis hermanas, pero la agradecí con una suave inclinación de cabeza que
Cosmo me devolvió.
Sin más ceremonia, comencé a avanzar por el camino en dirección a los
campos sombríos que se extendían más allá de la muralla. La oscuridad
apenas si estaba interrumpida en algunos puntos donde se alzaba una granja
o la casa de algún ganadero al que no le quedaba más remedio que
permanecer fuera de los límites protectores de la ciudad para poder ganarse
la vida. Su número iría descendiendo conforme creciera la cercanía a los
territorios intermedios. Al menos conocía el punto de paso por el que mis
hermanas se adentrarían en ellos; si no era capaz de localizarlas antes,
tendría que asegurarme de alcanzar esa zona para cuando ellas llegaran. Eso
suponía que iba a tener que viajar todas las horas posibles, de noche y de
día, sin detenerme casi a descansar. Bien podría ponerme en marcha de una
vez.
Tras un leve titubeo, dejé atrás Karya por fin y me obligué a no volver la
vista hacia sus altas murallas ni una sola vez. Me pregunté si Dafne lo
habría hecho cuando abandonó la ciudad. O si habría pensado en algún
momento que yo seguiría sus pasos solo una semana después.
4
Olympya era un reino rico, pero sus riquezas estaban mal distribuidas. Yo
ya había tenido algunos atisbos de dicha desigualdad durante mis años de
estudio y también en las escasas escapadas con Dafne, pero contemplar con
mis propios ojos lo vulnerables y desamparadas que parecían las viviendas
que iba encontrando en el camino hacia los territorios intermedios fue
descorazonador.
Puede que hubiera vivido encerrada toda mi vida, pero, incluso si me
remontaba a mi estancia en el templo de Petra, mis recuerdos no eran los de
una niña que hubiera sufrido ninguna necesidad. Dormía arrebujada entre
gruesas mantas y siempre había comida en la mesa, también ropa con la que
vestirme. Y se me había dado una formación, tanto para alentar mis
destrezas físicas como mi intelecto.
La mayoría de las granjas que encontré durante la primera parte del viaje
se hallaban en un estado más o menos decente. Había cultivos extensos a su
alrededor y vallas de madera y alambre cercándolos. Eso cambió según me
fui alejando de Karya: las fachadas se deterioraban cada vez más, el grano
crecía a duras penas y los animales, si acaso contaban con alguno, apenas
debían estar siendo alimentados.
Lo peor de todo era saber que a esas personas se les requerían unos
impuestos muy similares a los que vivían con toda clase de comodidades en
las ciudades, y que, sin ellos y la labor que desempeñaban, nuestros
estómagos también estarían vacíos. No quise plantearme cómo serían las
cosas al otro lado de la frontera. La fama de tirano de Stavros era conocida
incluso en nuestro reino, y estaba segura de que el dios Hades, antes de su
partida, no habría maltratado menos a su pueblo de lo que lo hacía el
heredero regente o sus predecesores. La sed de guerra y conquista de
Hadesya —su oscuridad— habría drenado a sus habitantes de forma más
severa de lo que ahora contemplaba en Olympya.
Si alguien creía que la desaparición de los dioses casi un siglo atrás nos
liberaría de sus continuos enfados y peleas sin motivo y de la ira de sus
egos, no podría haber estado más errado. Los mortales tampoco estábamos
libres de esa misma ira ni de la ambición desmedida. Todos sabían lo
mucho que Stavros anhelaba anexionar nuestro reino al suyo y proclamarse
el ser más poderoso que hubiera existido, por encima de todo y todos,
incluso si eso se convertía en un insulto a su propio dios. Supuse que el
regente tampoco creía que este fuese a aparecer para arrebatarle dicho
triunfo.
Lo que fuera que hubiera llevado a los dioses a retirarse era todo un
misterio; quizás habían creído que prosperaríamos mejor sin su supervisión,
o bien que caeríamos con tanta fuerza que el mundo entero volvería a elevar
sus ruegos hacia ellos y podrían regresar como nuestros salvadores. Aunque
aún quedaban muchas almas temerosas de su poder, la realidad era que cada
vez se les rendía menos culto. Si no hubiésemos contado con un rey de
ascendencia divina, los templos no hubiesen gozado de una importancia tan
significativa y se les hubiese dotado de muchos menos recursos.
Pasé el resto de la noche andando. A pesar de emplear una de las vías
principales que llevaban hasta Karya, apenas si me tropecé con algún que
otro viajero. Mi atuendo de hija de Artemisa funcionó a la perfección y
ninguno trató de acercarse demasiado. Eso podría cambiar cuanto más me
alejase de la ciudad. No había ninguna otra gran población entre Karya y
los territorios intermedios, solo un par de aldeas pequeñas. Y salvo los
comerciantes que llevaban sus productos para venderlos en la ciudad, o los
que regresaban de hacerlo, poca gente tomaba aquel rumbo en concreto. Las
cosas hubieran sido muy diferentes de haberme dirigido hacia el norte, pero,
dado que buscaba pasar lo más desapercibida posible, era una suerte para
mí que así fuera.
El amanecer me encontró aún sobre el camino. Agradecí la resistencia
que las hermanas instructoras me habían obligado a forjar a base de
entrenamientos interminables, pero a media mañana se hizo evidente que
tenía que detenerme a descansar. Me senté bajo un árbol y comí un poco de
pan y queso mientras contemplaba el entorno. Tendría que emplear mis
habilidades de cazadora pronto. Había revisado algunos mapas disponibles
en la biblioteca del templo antes de acudir al despacho de Adara el día
anterior, por lo que conocía la existencia de un bosquecillo a medio día más
de viaje. De cualquier modo, en las planicies de aquella zona de Olympya
podría encontrar conejos en abundancia.
No temía por la falta de comida mientras estuviera en este reino, pero
concentrarme en las provisiones hacía más fácil no pensar en otros detalles
mucho más inquietantes de mi aventura. Nunca me había alegrado tanto de
mi excelente capacidad mental para compartimentar como en ese momento.
Proseguí mi camino tan solo un par de horas después, cuando sentí mis
músculos algo más descansados, y mi estómago, menos vacío. Obcecada
como estaba en avanzar lo más rápido posible y conseguir alcanzar a mis
hermanas, tampoco entonces me detuve a reflexionar sobre lo que estaba
dejando atrás y lo que me esperaba más adelante. Quizás debería haberlo
hecho. Tal vez Adara había tenido una buena razón para prohibirme
marchar en busca de Dafne, una más allá de mi formación incompleta o mi
inexperiencia. Una razón poderosa que yo desconocía y por la que, al final,
acabaría pagando un alto precio.
Fracasé en mi primer propósito. Mis hermanas ya habían cruzado hacia los
territorios intermedios cuando por fin llegué al paso entre suaves colinas,
árboles medio raquíticos que crecían en ellas y arbustos bajos pero
sorprendentemente frondosos. Había dormido apenas un puñado de horas
en las dos últimas noches; en ambas ocasiones, acurrucada contra el tronco
de un árbol y sumida en una especie de duermevela que no hizo mella en mi
falta de sueño. Mi fantasma se dio cuenta de ello; percibía mi cansancio y
mi frustración a través de nuestra conexión, así como yo podía notar de vez
en cuando destellos de su preocupación por mí. Consciente de que algo iba
mal, me habló las dos mañanas, justo al despertar, cuando mi mente aún se
estaba deslizando fuera del sueño y me era difícil poder bloquearlo. No lo
hubiera hecho de todas formas; su presencia en mi cabeza me hacía sentir
algo menos sola y agradecía tener a alguien a quien decirle que todo iba
bien, incluso si no era cierto. Volvió a rogarme que le revelara mi paradero
y yo continué negándome, aunque tampoco él fue demasiado comunicativo
respecto al suyo. Quizás, por eso, no podía evitar seguir desconfiando.
Durante esos dos días, y al margen de las pocas horas de descanso, mis
únicas paradas habían sido muy breves; para comer, cazar en una ocasión y
lavar mi ropa pestilente, además de a mí misma. Estaba exhausta y ni aun
así había sido capaz de recortar distancia con el grupo de rescate. El
cansancio había estado a punto de no permitirme descubrir el rastro apenas
perceptible que habían dejado tras de sí, pero las huellas de mis hermanas,
invisibles tal vez para ojos ajenos, resaltaban en la tierra con cierta claridad
para los míos. Incluso creí percibir el aroma del cuero de sus armaduras y el
olor a incienso del templo allí donde sus cuerpos habían rozado un arbusto
o las ramas bajas de un árbol.
—Malditos sean los dioses —gemí para mí misma.
Llevaba un día entero sin ver una sola granja o construcción en pie,
mucho menos a ninguna persona, lo cual seguramente era una buena noticia
porque allí solo podría tropezarme con adeptos de Ares en alguna de sus
patrullas, en caso de que fueran olímpicos; en cambio, si eran hadesianos…
Bueno, estaba segura de que no quería encontrarme en medio de una de sus
incursiones. Las últimas granjas que había dejado atrás habían sido
quemadas hasta sus cimientos y, aunque no parecía reciente, sabía que los
ataques y saqueos eran una constante en la zona.
En lo alto de una de las colinas, me arrodillé y dejé caer mi bolsa al suelo.
Me deshice de la capa y también solté el arco y el carcaj para descansar la
espalda. Eché un vistazo al territorio que se extendía frente a mis ojos. No
había nada que lo hiciera diferente del que ya había dejado atrás y por un
momento me planteé si estaría en el punto adecuado. Me reí de mí misma
por haber esperado algo distinto; no sé, tal vez un desierto que naciera de
forma abrupta justo en el límite. O fuego brotando de la tierra. Algo…
amenazante o perturbador. Pero solo había más y más campo, árboles
dispersos y esa especie de matorral que me rodeaba y cubría gran parte del
terreno. Eso sí, del otro lado tampoco se atisbaban granjas o casas ni ningún
poblado.
Por un momento casi sentí que estaba completamente sola en el mundo.
Solo que no lo estaba, y esta vez no me refería a mi fantasma. Alguien me
estaba observando.
Fingí no darme cuenta en absoluto y permanecí en cuclillas, recogiendo y
doblando mi capa. Hacía más calor y no la necesitaría salvo por la noche.
Además, pelearía mejor sin ella. Y sospechaba que iba a tener que hacerlo.
Si mi acechador era uno de esos salvajes hadesianos seguidores de Ares…
Me erguí cuando el viento trajo a mis oídos el leve susurro de unos pasos.
Quienquiera que se me estaba acercando era muy bueno; apenas hizo el
menor ruido al caminar. Pero yo era mejor. O mi oído al menos lo era. Metí
la capa doblada en mi bolsa, dejé esta sobre el suelo y luego deslicé la mano
hasta la cinturilla del pantalón. Mis dedos se cerraron sobre el mango del
cuchillo que escondía allí.
El aire revoloteó a mi espalda provocando un suave silbido. Estaba cerca.
Muy muy cerca. Capté un aroma dulzón y delicioso, y la piel de la nuca se
me erizó como si el ambiente se hubiera cargado de electricidad. Durante
un segundo, la sensación me aturdió y estuve a punto de perder la
concentración. Casi olvidé donde estaba y lo que me sobrevenía.
Casi.
—¿Qué tenemos…?
Ignoré el tono profundo e hipnótico con el que esas pocas palabras fueron
pronunciadas y giré sobre mí misma en el mismo instante en el que unas
manos me rozaban las caderas. Mi atacante no tuvo tiempo de sujetarme,
pero mi brazo, ahora extendido en su dirección, rebotó contra el suyo y él
desvió el golpe. No me paré a lamentarme. Me agaché y arremetí contra el
cuerpo que se alzaba frente a mí. Uno de mis pies se enredó en su tobillo
buscando desestabilizarlo. Mi atacante, un hombre alto y fornido, trastabilló
hacia atrás llevándome con él, pero enseguida se afianzó lo suficiente como
para que no consiguiera derribarlo.
Tampoco entonces perdí la calma.
Empujé con el hombro contra su pecho con toda la fuerza que fui capaz
de reunir mientras trataba de encontrar un hueco entre nuestros cuerpos para
colar la mano que sostenía el cuchillo y apuñalarlo. Unos dedos se cerraron
sobre mi muñeca y apretaron hasta hacerme gritar de dolor. Aparté la oleada
de pánico que me sacudió y aferré con más fuerza el arma; no tenía
intención de morir allí y tampoco permitiría que me capturasen. Lo golpeé
en el hombro con el otro puño y empujé aún más. Caímos y rodamos. Hasta
que mi atacante se las arregló para terminar sobre mí y pude ver su rostro.
Mi mirada tropezó con un par de ojos del tono de la plata líquida, unos
ojos que brillaban, no sabía muy bien si divertidos o crueles; las líneas
duras de su expresión no dejaban entrever emoción alguna. Tendría unos
pocos años más que yo si acaso, labios gruesos y mechones de pelo muy
oscuro revoloteaban sobre su frente. Su respiración ni siquiera se había
acelerado durante el forcejeo.
—Buen golpe, cazadora.
Me dio la impresión de que estaba a punto de sonreír. No esperé a que lo
hiciera o añadiera algo más en ese tono condescendiente que había
empleado. Cuando percibí que, demasiado confiado, su agarre se aflojaba
un poco, elevé de golpe las caderas y lo empujé a un lado. Rodé y me
coloqué a horcajadas sobre él. No trató de evitarlo o lanzarme lejos, como
estaba claro que podía hacer dada su superioridad física, pero subestimarme
fue una estupidez por su parte, porque me dio la oportunidad que necesitaba
para encajar la punta del cuchillo justo en la zona desprotegida que quedaba
entre el peto y sus pantalones de cuero. La clavé un poco hasta asegurarme
de que le pinchaba la carne.
«¿Qué estás haciendo, oraíos?».
Oh, dioses. No tenía tiempo para el fantasma en ese momento. Más me
valía aprender a bloquearlo mejor, porque no necesitaba su voz profunda y
sensual susurrándome al oído en situaciones como esta.
—Te reventaré un riñón si se te ocurre moverte. Pon las manos sobre la
cabeza, las muñecas juntas —ordené a mi atacante, sin darle opción a
hablar siquiera.
Sus cejas se elevaron hasta desaparecer bajo los mechones que le caían
sobre la frente y las comisuras de sus labios se curvaron de forma tentativa.
La piel pálida y el tono oscuro de su pelo solo hacían que sus ojos
destacaran aún más. El tipo era absurdamente atractivo y olía aún mejor,
algo en lo que yo no debería haberme fijado siquiera y mucho menos
prestarle atención. No en ese momento. Nunca, en realidad.
Tampoco me permitiría pensar en la forma en la que estaba sentada sobre
sus caderas o en lo satisfecho que parecía él al respecto. Reafirmé mi
posición antes de volver a hablar.
—Mueve las manos de una vez.
—Muy bien. —Fue todo lo que dijo.
Apreté un poco más la punta del cuchillo contra su costado.
—Despacio. Muy muy despacio, hijo de Ares.
El atuendo que llevaba era el de un guerrero, muy similar al mío, aunque
sobre su pecho se cruzaban varias correas con sus respectivas fundas para
cuchillos, algo con lo que yo no contaba. No atisbé el símbolo del dios de la
guerra por ningún lado, pero la tintura marrón rojiza del cuero en ciertas
zonas no dejaba lugar a dudas. Resultaba obvio a qué dios le rendía culto.
Un fanático de Ares. Quedaba por ver de qué reino provenía, aunque
apostaba a que era hadesiano. Pese a que los olímpicos no eran los tipos
más razonables del mundo, no atacarían a una hija de Artemisa sin mediar
palabra. También era verdad que yo no le había dado mucho margen.
—¿Cuál es tu reino?
—¿Importa? —replicó. Supuse que lo decía por la afilada punta que
amenazaba con destriparlo, pero asentí de todas formas. También retorcí un
poco la mano para que el acero le arañara la piel. Él se limitó a susurrarme
—: Soy hadesiano, cazadora.
—Los brazos. Sobre la cabeza —exigí de nuevo.
Seguí sus movimientos con la mirada mientras apretaba con firmeza el
cuchillo. Casi esperaba que me temblase el pulso. Nunca había matado a
nadie, pero ahora tenía a un adepto de Ares del reino enemigo frente a mí
—debajo de mí— e iba a tener que tomar una decisión. Con algo de
habilidad, podría interrogarlo y sonsacarle información que me llevara más
cerca de Dafne; sin embargo, para eso necesitaba inmovilizarlo.
El hadesiano hizo lo que le había pedido. Extendió los brazos de forma
perezosa por encima de la cabeza y colocó las muñecas una sobre otra, tras
lo cual esbozó una sonrisita a la que yo respondí con un nuevo pinchazo en
su costado. No era extraño que los hijos de Ares menospreciaran a cualquier
seguidor de otro dios, pero la arrogancia de este en concreto resultaba
irritante.
—Una hija de Artemisa a la que le gusta jugar —se burló, demasiado
pagado de sí mismo para la situación en la que se encontraba—. Esto sí que
es toda una sorpresa. Una muy agradable, he de decir.
—No creo que comprendas lo que está sucediendo realmente.
—No me importa que una mujer tome las riendas —continuó desvariando
—. Es refrescante.
Lo silencié con una mirada de desprecio. No era una ilusa. Sabía que
estaba jugando conmigo, buscando distraerme para tomar ventaja.
Bueno, eso no iba a pasar.
Me convencí de que lo que iba a hacer resultaba necesario y que Adara
entendería que desvelara ante ojos enemigos un secreto guardado con celo
durante años. Puede que fuese yo quien mantenía un cuchillo contra la piel
del hadesiano, pero era él quien amenazaba mi vida. Me mataría en cuanto
tuviera ocasión. Así que, sin perderlo de vista, me estiré un poco sobre su
cuerpo y llevé mi mano libre más cerca de sus muñecas. Silbó por lo bajo al
sentir que me apretaba contra él, pero no dije nada y le permití que creyera
que esto era algo que no era. Si eso lo hacía feliz…
—Las cosas se ponen cada vez más interesantes —murmuró, demasiado
contento para mi gusto con la presión que ejercía sobre él.
Hadesiano estúpido.
No necesitaba tocarlo para ejercer mi poder, pero quería asegurarme de
que funcionara, así que rocé la piel de su muñeca con la punta de los dedos
mientras me concentraba. La sonrisita de imbécil presuntuoso desapareció
de golpe de su rostro, tal vez porque, de algún modo, fue capaz de presentir
lo que se ocultaba bajo la superficie.
5
Algo se movió entre la maleza cuando estaba a punto de dejar escapar el
poder de mi piel. Me quedé paralizada durante una décima de segundo, pero
luego mi cabeza giró como un látigo en dirección al sonido. Los arbustos
cercanos se agitaron de forma brusca.
—¿Qué es…? —No tuve tiempo de terminar de formular la pregunta.
Lo que parecía ser solo una sombra saltó hacia delante e irrumpió en el
claro, dirigiéndose directamente hacia mí. El cuchillo resbaló de mi mano
cuando rodé hacia atrás para evitar que me embistiese, lo cual también
supuso liberar al hadesiano, pero me pareció lo único que podía hacer dado
que ahora tenía otro enemigo del que preocuparme, y no era uno cualquiera.
—¡Por todos los dioses! —exclamé, agazapada sobre el suelo.
El hadesiano, en cambio, no intentó escapar. Todo lo que hizo fue
incorporarse hasta quedar sentado y mirar a la criatura infernal mientras
esta corría hacia él. Los cerberos adultos podían llegar a alcanzar el metro y
medio de alto, así que supuse que lo que tenía frente a mí era un cachorro.
Eso no significaba que fuese un animal al que esperar sentado como si tal
cosa.
Cuando lo vi saltar gruñendo sobre el tipo, supe que de ningún modo iba
a terminar entero. Solo que, en vez de atacar, el cachorro le lamió la cara
con un entusiasmo conmovedor. Si eso no hubiera sido suficientemente
surrealista, el tipo empezó a hablarle mientras le acariciaba la cabeza y le
rascaba detrás de las enormes orejas.
—Buen chico. ¿Quién es mi buen chico?
Se me escapó una risita estrangulada. ¿En serio? Los cerberos una vez
habían sido criaturas sometidas a Hades que este empleaba para proteger su
palacio. Cuando los dioses habían decidido no continuar viviendo entre
nosotros y el dios de los muertos partió de este mundo, los cerberos se
volvieron criaturas totalmente salvajes que no obedecían a nadie. Se
dispersaron por el territorio y, sedientos de sangre, destrozaban a cualquiera
que se cruzase en su camino.
Volví a reírme a saber por qué estúpida razón, lo cual hizo que el animal
apartara el hocico de la cara del tipo y se fijara en mí. Un gruñido bajo
reverberó a través de sus dientes. Ya no aparentaba ser un cachorrillo
inofensivo y entusiasta. Si me fiaba de la postura y el modo en el que me
contemplaba, no parecía que yo le cayera demasiado bien.
Rodeó al hadesiano y avanzó hacia mí. Muy despacio, moví la mano
hacia mi espada. Mis dedos rozaron la empuñadura y se cerraron sobre ella.
—Lex —lo llamó el adepto—. Quieto.
El cachorro levantó las orejas y volvió la cabeza en parte hacia atrás.
Luego, me miró de nuevo. Continuó gruñéndome, pero al menos se había
detenido a una distancia prudencial.
—¿Has llamado «Lex» a un cerbero?
Esa ni siquiera tendría que haber sido la pregunta que saliera de mis
labios, pero la idea de que una de aquellas cosas salvajes acatara su
voluntad era impensable. No podía ser suyo, ¿verdad?
—Tenía que llamarlo de alguna manera.
—¿Te estás burlando de mí? Esa cosa podría… —El animal chasqueó los
dientes en mi dirección.
—Estás hiriendo sus sentimientos, cazadora. Si deseas conservar todos
tus miembros en su sitio, te aconsejaría que no volvieras a llamarlo «cosa»,
y también te sugiero que retires la mano de tu espada. Lex es muy protector
conmigo, no querrás que piense que tienes intención de hacerme daño, ¿no?
Aparté la mirada del cachorro para fulminar con ella al hadesiano. ¿Se
podía ser aún más imbécil y pretencioso?
—Deja de hablarme con ese tono de superioridad.
—¿O qué? ¿Rodarás sobre mí y me montarás de nuevo?
Elevó una ceja y me brindó una media sonrisa exasperante. Deseé
borrársela de la cara de un puñetazo, pero me obligué a fingir que no había
captado la insinuación en su comentario y me erguí lentamente mientras él
hacía lo mismo. El tipo se sacudió la ropa con una tranquilidad que hablaba
de lo poco amenazado que se sentía por mi presencia, lo cual solo hizo que
me enfureciera aún más.
—Estaba disfrutando mucho de nuestro encuentro —agregó, una vez que
terminó con su exhibición de templanza.
Sus palabras no eran del todo ciertas. Estaba bastante segura de haber
visto un destello de inquietud en sus ojos un momento antes de que el
cerbero irrumpiera en el claro. Pero estaba bien, yo también podía jugar a
hacerme la temeraria; era una especialista en eso.
Estiré la mano en dirección a… Lex y le mostré la palma.
—Hola, perrito.
—Espera, no hagas eso.
—Cállate —espeté. Me extrañó que me hiciera caso, pero volví a
concentrarme en el animal—. Vamos, ¿tienes hambre? Tengo un poco de
carne si quieres.
El hadesiano se cruzó de brazos y no perdió detalle de la escena. Aquel
animal podría arrancarme el brazo de cuajo sin tener que esforzarse
demasiado, así que me sentí extrañamente orgullosa de mantener firme la
mano extendida.
—Vamos, ven conmigo, Lex.
—No va a funcionar —terció el tipo, pero no hizo nada para atraer a la
criatura de nuevo a su lado.
Me acuclillé con movimientos muy suaves, tiré de la correa de mi bolsa
para acercarla a mí y abrí la solapa. El cerbero estiró un poco el cuello y
olisqueó el aire. En cuanto saqué uno de los trozos de carne que Calla me
había conseguido para el viaje, su mandíbula cayó y sacó la lengua.
Bien, eso estaba muy muy bien.
—¿Lo quieres? Es tuyo. Solo para ti.
Se lo lancé y lo atrapó al vuelo. Desapareció en el interior de su boca en
cuestión de segundos; una boca muy grande para un trozo de carne tan
pequeño.
—Ven aquí, bonito —susurré en un nuevo intento de atraerlo.
No había nada bonito en la criatura, más bien era brutal, con su pelaje y
ojos oscuros y colmillos de casi un palmo de largo.
El cerbero me miró, pero no hizo amago de moverse. Cuando traté de
avanzar un poco para acercarme a él, aplanó las orejas sobre la cabeza y
gruñó, mostrándome más de sus afilados dientes.
El hadesiano soltó una carcajada de lo más irritante.
—Te dije que no funcionaría, cazadora.
—Que te jodan.
Una vez más, traté en vano de asesinarlo con la mirada, pero él se limitó a
extender los brazos, casi como si esperase que yo me lanzara a ellos.
—Creía que las hijas de Artemisa hacían voto de castidad, pero, si eso es
lo que deseas, estoy a tu entera disposición.
—Ojalá Zeus te fulmine con uno de sus rayos.
Al escucharme, dejó caer los brazos. Sus comisuras se curvaron; sin
embargo, esta vez su sonrisa estaba muy lejos de resultar burlona. Fue más
una advertencia; una promesa de muerte y dolor mucho más acorde con la
imagen que tenía sobre los adeptos de Ares. Y sobre los hadesianos en
concreto.
Deslicé la vista con disimulo hacia mi arco y el carcaj. Ambos yacían no
muy lejos, a tan solo dos pasos de mi bolsa. Si pudiera hacerme con ellos…
—Zeus no tiene poder aquí y tu diosa tampoco. Si estás esperando que
responda a tus plegarias —chasqueó la lengua—, bien podrías dirigir tus
pasos directamente hacia el Tártaro y acabar con tu vida de una manera
mucho más sencilla.
La oscuridad se asomó a sus ojos plateados y hubiera jurado que
sombríos torbellinos se arremolinaban en sus iris. Un silencio mortal
descendió sobre el claro; incluso el susurro del viento en las ramas de los
árboles se detuvo. Me estremecí de forma involuntaria, aunque me obligué
a no dar muestras de ello. Me daba la sensación de que cualquier asomo de
debilidad sería empleado contra mí como un arma arrojadiza.
—No me amenaces, hijo de Ares.
Otra de esas oscuras carcajadas sacudió su pecho.
—Haré lo que me plazca. Si me place advertirte de tu destino, tomarás el
aviso en serio. O no vivirás lo suficiente como para disparar una más de
esas flechas que te mueres por alcanzar.
Me envaré al comprender que, a pesar de que su aparente
despreocupación, estaba muy atento a todos y cada uno de mis
movimientos. Su comportamiento podía estar cargado de arrogancia y
desdén, pero haría bien en no tenerlo por un completo estúpido.
—Ahora que hemos aclarado quién de los dos está al mando aquí, dime
qué hace una hija de Artemisa vagando sola y sin rumbo por este lugar. —
Callé. El silencio sería todo lo que obtendría de mí, y cuando se dio cuenta
de que no pensaba contestar, añadió—: Esa actitud no te ayudará en nada.
—No finjas que contártelo cambiaría mi destino.
—No, no lo hará.
Comenzó a pasearse por el claro. Sus pies se deslizaron sobre la tierra con
tanta suavidad y elegancia que apenas si provocaron ruido alguno, como el
depredador que era. Y yo era su presa, me convendría no olvidarlo.
Eché un rápido vistazo al cerbero. Se hallaba sentado sobre sus cuartos
traseros. No gruñía, pero su atención estaba puesta en mí. Cualquier
movimiento brusco podría hacerlo saltar sobre mi cuello y me destrozaría
antes siquiera de que pudiera llevar la mano hasta mi espada. Debería
haberme ocupado del hadesiano cuando había tenido la oportunidad, al
menos así ahora tendría que preocuparme de un solo animal. Sinceramente,
no estaba segura de que el cerbero fuese el más peligroso de los dos.
—Repetiré mi pregunta…
—Y encontrarás la misma respuesta —lo interrumpí con brusquedad,
ganándome un nuevo chasquido de dientes de su mascota.
El tipo detuvo su andar errático y me miró. Otra de esas sonrisas
maliciosas se extendió por sus labios, aunque sus ojos continuaron luciendo
más oscuros de lo que lo habían hecho la primera vez que los había
contemplado. Me dije que tenía que aprender a callarme y no empeorar más
la ya de por sí delicada situación. Adara solía regañarme a menudo por mi
constante necesidad de tener la última palabra cuando discutía con alguna
de las instructoras y con ella misma; tal vez este fuese un buen momento
para hacer caso de sus consejos.
—¿Qué haces aquí? —insistió, y la voz le salió en un tono bajo y suave
pero mucho más inquietante que cualquier otro que hubiese empleado antes.
La amenaza estaba ahí, flotando en esas tres únicas palabras, y supe que
estaba caminando por el borde de un abismo muy profundo. Ni una sola vez
aquel extraño había intentado hacerme daño, más allá de su intento de
inmovilizarme, pero la postura de sus hombros, el leve ángulo que había
adoptado su cabeza, la fijeza de sus turbulentos ojos sobre mí y la expresión
dura que mantuvo mientras esperaba una respuesta me hizo comprender que
podría provocarme toda clase de sufrimiento.
Valoré la idea de mentirle y finalmente decidí que no había motivo para
ello; esperaba que mi instinto no se equivocase y aquello no supusiera
ninguna diferencia.
—Busco a una de mis hermanas. Los tuyos la secuestraron un par de días
atrás.
Ladeó el cuello un poco más y me observó con tanta intensidad que deseé
tener mi espada en la mano. Hubiera apretado con fuerza la empuñadura y
se la hubiera clavado en mitad del pecho de tener oportunidad para ello.
Peligroso, ese hombre era mucho más peligroso de lo que hubiera
esperado de un hijo de Ares hadesiano, lo cual era mucho decir.
—¿Y crees ser capaz de rescatarla? —preguntó sin rastro de burla esa
vez, más bien parecía… curioso—. Siento decirte que tu hermana irá ya de
camino al palacio de Hades.
El palacio. Entonces era allí a donde llevaban a sus capturas. El alivio me
invadió al comprender que una parte de mí había temido que los hadesianos
no se molestaran en hacer prisioneros y mataran a cualquiera que osara
adentrarse en su reino. Pero ¿de verdad arrastrarían a Dafne hasta el
mismísimo palacio real?
—¿Cómo sabes que no acabará vendida como esclava? ¿Sirviendo al
primer hadesiano que pague por ella unas pocas monedas?
Tampoco esta vez hubo burla alguna ni expresión desafiante cuando
contestó:
—¿Una hija de Artemisa? Será llevada al palacio, y sin sufrir ningún daño
además. —No tenía motivos para creerlo, pero no pude evitar la chispa de
esperanza que sus palabras provocaron en mí. Hasta que añadió—: Hades
siempre tuvo una cruzada personal contra tu diosa, y a su heredero le
gustan… puras.
La bilis me llenó la boca al captar lo que estaba insinuando. No había
señal de engaño en su voz, ni tampoco altivez o desdén. Solo estaba
señalando un hecho que, por desgracia, seguramente fuese cierto.
—¿Por qué? —me atreví a cuestionarlo.
Al hadesiano pareció sorprenderle mi pregunta.
—No creo que quieras que te explique las preferencias personales…
—¿Por qué esa cruzada contra las hijas de Artemisa? —aclaré. No, desde
luego que no quería saber nada más de los gustos retorcidos del rey Stavros.
A lo largo de los siglos, los dioses habían escrito la historia de ambos
reinos con una serie muy larga de disputas, pero no lograba recordar
ninguna en concreto entre Hades y Artemisa. Al menos, ninguna tan
relevante como para que el dios de los muertos guardara esa clase de rencor
hacia nosotras sobre cualquier otro adepto.
—Esa es una buena pregunta, pero la respuesta es demasiado larga. Si
eres buena y te portas bien, te responderé de camino.
Eso me puso en alerta.
—¿De camino a dónde?
La solemnidad de su rostro había desaparecido. Ahora, de nuevo, era el
imbécil burlón con aires de grandeza.
—Al palacio de Hades, cazadora. ¿A dónde si no?
6
Tenía que pensar rápido. Muy rápido. Una parte de mí se dijo que era buena
idea dejarme arrastrar por aquel tipo hasta el palacio de Hades, dado que
eso me llevaría con Dafne. La otra parte… La otra parte no creía que el
viaje fuera a producirse en mis propios términos.
Todavía estaba reflexionando sobre cómo responderle cuando él echó a
andar directamente hacia mí. Retrocedí de forma instintiva, pero entonces
fue el cerbero el que se movió. Se interpuso en el camino del hadesiano y le
dedicó un gruñido similar a los que había estado lanzándome a mí. Eso hizo
que se detuviera. Frunció el ceño mientras observaba el cambio de actitud
del animal.
—Atrás, Lex.
Yo apenas si me atreví a sonreír. Cuando el hadesiano repitió la orden y el
cerbero continuó plantado justo delante de mí, la esperanza revoloteó en mi
pecho y una torpe sonrisita se apropió de mis labios.
—Atrás —exigió él una vez más.
Esta vez, el cerbero sí que se movió; sin embargo, su suave trote lo llevó
a situarse a mis pies. Me quedé completamente inmóvil a la espera de
descubrir qué se proponía, y deseé con mucha fuerza que no fuese a
arrancarme ninguna parte vital del cuerpo. Pero el animal rozó su pelaje
negro contra mi costado y se colocó de manera que su parte posterior quedó
detrás de mi cuerpo, y sus patas delanteras, frente a mí. Prácticamente se
había enroscado a mi alrededor.
Demasiado satisfecha conmigo misma, abrí la boca para señalar con
algún comentario sarcástico el dominio pésimo que, al parecer, ejercía el
hadesiano sobre la bestia, pero el sonido de unas carcajadas provenientes de
algún lugar a la espalda del tipo inundó el claro y me interrumpí al darme
cuenta de que no había contado con que hubiera otros adeptos de Ares con
él.
Dos hombres aparecieron por detrás de los arbustos. Parecían unos tres o
cuatro años mayores que yo. El más alto de los dos, robusto y de pelo
castaño, empujaba de forma juguetona a otro con el pelo largo hasta el
mentón y aún más rubio que el mío, casi blanco. Este último era algo más
pequeño en tamaño, pero tan atlético como se esperaría de un soldado bien
entrenado. Aunque no vestían el mismo tipo de atuendo que mi atacante,
sino simples camisas de algodón y pantalones de cuero, las espadas en sus
cinturones eran señal suficiente de su pertenencia al mismo grupo. Si ya
tenía pocas posibilidades frente a uno de ellos, tres era un número
imposible. Aunque tal vez si el cerbero estaba de mi parte…
Los hombres se detuvieron en cuanto nos descubrieron allí. O, más bien,
en cuanto se dieron cuenta de que su compañero no estaba solo.
—Vaya, vaya —dijo el de mayor tamaño, adelantándose—. Te dejamos
un rato solo en medio de este erial desértico y te las arreglas para encontrar
a una bella dama.
Su sonrisa se ensanchó de un modo que no me gustó en absoluto. Era una
sonrisa bonita, casi amable, pero que sonriera no parecía nada bueno dadas
las circunstancias.
—¿Cómo lo haces, Karan?
No pude evitar echarme a reír. Los tres me miraron; incluso Lex elevó un
poco el hocico. Con todos los ojos puestos sobre mí, me sentí un poco
intimidada y me obligué, solo los dioses sabrían por qué, a darles una
explicación.
—Karan no parece un gran nombre para un adepto de Ares.
Los tres intercambiaron miradas que no supe muy bien cómo interpretar.
Tal vez no esperaban mi comentario. Era posible que de verdad tuviera que
aprender a callarme. Sin embargo, resultaba un poco ridículo teniendo en
cuenta que Karan significaba «puro, de gran corazón y alma noble». Que
alguien llamado así se hubiera convertido en un hijo de Ares —uno
hadesiano, además— parecía una burla de las moiras.
—¿Ni siquiera te has presentado como es debido entonces? —prosiguió
hablando el mismo hombre.
No dudó en adelantarse aún más y acercarse hasta mí. Ignoró a Lex por
completo, como si estuviera más que acostumbrado a que lo rondase un
cerbero. El animal tampoco dio ninguna muestra de hostilidad, aunque
siguió sus movimientos con esos dos ojos negros que parecían mucho más
conscientes e inteligentes de lo que se esperaría de una bestia.
—Bien, yo soy Xander —dijo, y luego señaló al muchacho rubio que
había llegado con él—. Él es Egan. Y Karan es…
—Suficiente —lo cortó el hadesiano.
El tal Xander se volvió hacia él, pero no le ofreció ninguna réplica a pesar
de la brusquedad de su tono. Un momento después, volvió a concentrarse
en mí.
—¿Y cuál es el nombre de nuestra nueva amiga?
No hubo interrupción por parte de Karan esta vez, aunque no se mostró
demasiado interesado en la respuesta. Más bien resignado. Mi terquedad —
o un instinto de supervivencia recién descubierto— me llevó a mantener la
boca cerrada, incluso cuando podría haberles dado un nombre cualquiera.
Nunca sabrían que mentía y poco importaba en realidad. Quizás fuera solo a
lo que me había acostumbrado con mi fantasma.
—¿Y bien? —insistió el tipo.
—No creo que necesites saberlo.
Lex eligió ese momento para restregarse contra mi costado. Ahogué un
grito y clavé los pies en el suelo para evitar que me tumbara de un empujón.
Tenía a una bestia salvaje frotándose contra mí mientras tres hijos de Ares
provenientes de Hadesya me interrogaban. Puede que estuviera mostrando
bastante más calma de la que sentía.
El rubio que respondía al nombre de Egan señaló entonces al cerbero.
—Creía que a Lex solo le gustabas tú.
—Yo también lo pensaba —dijo Karan, tan inexpresivo que no dejó
traslucir si eso le molestaba o no.
Supuse que lo hacía, ya que había parecido muy seguro de que no lograría
congraciarme con el animal, algo que yo tampoco tenía muy claro cómo
había sucedido. Un exiguo trozo de carne no podía haber obrado el milagro,
pero no lo cuestionaría si eso conseguía mantener a los tres hombres a raya.
Los ojos castaños de Xander descendieron por mi cuerpo en un lento
barrido y percibí el momento exacto en el que se percató del símbolo de la
diosa estampado en mi pecho. Al menos, esperé que fuera eso en lo que se
estaba fijando con tanta atención y no en cierta parte de mi anatomía.
—Bueno, es una hija de Artemisa, así que… ¿qué piensas hacer con ella?
Me tensé de pies a cabeza a pesar de que Karan ya me hubiera informado
de cómo se procedía con mis hermanas. Mi mano se cerró en un puño
contra el cuello del cerbero sin que fuera consciente de que la había movido
hasta allí; el pelaje del animal era corto, pero me sorprendió que fuese tan
suave, y aún más que yo estuviera tocándolo. Dafne nunca lo creería
cuando se lo contara.
El pensamiento trajo de nuevo a mi mente el motivo último de que me
hallara metida en todo aquel lío. Si lo que había dicho el hadesiano era
cierto, lo cual estaba aún por ver, mi mejor amiga iría ya de camino al
palacio de Hades, en el centro del reino. Solo los dioses sabrían lo que le
esperaba allí. ¿Se atreverían las hermanas que Adara había enviado a
adentrarse tanto en Hadesya? ¿Llamarían a las mismísimas puertas del
inframundo para rescatarla a ella y a las otras hijas de Artemisa capturadas?
¿O darían sus vidas por perdidas y regresarían a Olympya?
Por desgracia, intuía la respuesta a todas esas preguntas. Mi corazón lo
sabía, aunque no me gustase. Nadie se arriesgaría a irrumpir en el palacio
del rey regente para exigirle que las liberara. Nadie en su sano juicio osaría
hacer tal cosa sin un ejército detrás que lo respaldase. No eran las primeras
de mis hermanas en desaparecer y nunca regresar; no serían las últimas.
Solo que esta vez Dafne estaba entre ellas y yo sí que no podía dar media
vuelta y fingir que nada había sucedido.
—Está bien. Iré con vosotros al palacio de Hades.
Ya vería cómo me las arreglaba una vez allí para deshacerme de aquellos
tres y llegar hasta mi mejor amiga. Trazaría un plan. Desvelaría mi secreto
frente a todos ellos. Lo que fuese. Casi pude escuchar a Adara
recriminándome por mi comportamiento impetuoso e irreflexivo, pero
descarté los reproches que sabía que me dedicaría de estar presente. A esas
alturas, ya habría descubierto mi ausencia y solo me quedaba rezar para que
no enviara a nadie a su vez a por mí. Contar con refuerzos sería de gran
ayuda, pero no quería a más hermanas capturadas por mi culpa.
—Lo dices como si tuvieras opción —rio Xander, al que al parecer la
situación no dejaba de divertirle.
No, no tenía muchas opciones; no si quería encontrar a Dafne. ¿Y qué
mejor guía a través de un reino desconocido que tres hadesianos que
además eran adeptos de Ares? Si tenía que creer en su palabra, no me harían
ningún daño. Me reservarían intacta para que el propio Stavros disfrutara de
mi pureza. Pobre de él si era eso todo lo que quería de mí. Por primera vez
desde que había entregado mi virginidad a un campesino de paso en Karya,
me alegré de haber cometido lo que a ojos de Artemisa y mi comunidad
sería un sacrilegio imperdonable.
Alcé la barbilla y dediqué a los tres hombres una sombría mirada de
determinación.
—Mi nombre es Korelana de Petra —dije entonces, asegurándome de que
mi voz sonase firme—, y soy una hija de Artemisa. Como tal, siempre
tendré opciones, pero en esta ocasión elijo ir con vosotros.
Xander se echó a reír. Acto seguido, palmeó el hombro de Karan, cuya
expresión continuaba imperturbable aunque estaba segura de que había
escuchado con claridad cada una de mis palabras y la advertencia tras ellas.
Probablemente, me desarmarían y era posible que incluso me maniatasen,
pero quería hacerles comprender que no estaba tan indefensa como ellos
suponían. Sobre todo, quería demostrarles que no les temía, aunque eso sí
que fuese mentira.
—Amigo, es exactamente tu tipo de diversión —dijo Xander, aún riendo,
a pesar de lo serio que se mostraba su compañero.
Presentía que Karan debía de ser su líder, dado que era a él a quien le
había preguntado qué hacer conmigo.
El tipo ladeó la cabeza e ignoró la pulla. Me contemplaba con una
intensidad que me ponía los pelos de punta, como si pudiera atravesar piel y
carne hasta alcanzar mi alma valiéndose de la oscuridad que desbordaba su
mirada. Como si estuviera viendo más allá de la armadura o de mi
expresión altiva y pudiera conocer cada uno de mis secretos. Mi secreto. O
como si esperara hacerlo en algún momento, jugando a encajar las piezas de
un puzle interminable que peleara por armar.
—Llevadla al campamento —ordenó, con la firme exigencia que
emplearía un general con sus tropas. No creía haberme equivocado al
respecto; él estaba al mando allí—. Lex, conmigo.
El cerbero no dudó en esta ocasión, tampoco gruñó en desacuerdo cuando
Xander extendió el brazo en mi dirección y me rodeó el codo con su
enorme mano. No me arrastró tras él de malos modos, sino que me empujó
con suavidad para hacerme caminar. No tenía sentido resistirme, pero de
todas formas di un tirón para zafarme de su agarre. Xander soltó una risita y
Egan resopló mientras se agachaba y recogía mis pertenencias. Para
entonces, Karan había desaparecido ya por el otro lado del claro junto con
el cerbero.
Me pregunté si no estaría cometiendo un terrible error al rendirme sin
más.
—Así que Petra, ¿eh? Eso está muy al norte —dijo Xander, mientras
avanzábamos hacia el lugar por el que Egan y él habían aparecido.
Me extrañó que no me desarmaran enseguida; mantenía mi espada aún en
su funda, colgando de mis caderas, y tenía otro de mis cuchillos oculto en la
bota. Lo que no me sorprendió demasiado fue que Xander tratara de darme
conversación. Desde luego, había demostrado ser el más hablador de los
dos. De los tres, aunque, en realidad, Karan había parecido mucho más
predispuesto a compartir sus estúpidos pensamientos cuando habíamos
estado a solas.
Me di cuenta de que los estaba analizando como posibles presas,
buscando debilidades que pudiera aprovechar llegado el momento. De tener
que elegir a uno de ellos para sonsacarle información, apostaría que sería
más fácil con Xander. Egan lucía mucho más desconfiado, y Karan…
Bueno, él era un imbécil, pero no se dejaría engañar con facilidad si la
oscuridad de su mirada era un reflejo de lo sombrío que resultaban sus
pensamientos. Quizás mostrarme amable con el fornido adepto de Ares no
fuese mala idea.
—Lo está. Todo es nieve y hielo allí.
Xander me sonrió y sus ojos castaños chispearon como los de un crío.
Silbó por lo bajo.
—Bueno, no verás nieve en Hadesya, eso seguro, pero tenemos algún que
otro río de fuego y un montón de criaturas que…
Egan cortó su perorata con un golpe en la nuca.
—¿En serio? ¿Vas a vomitar todos los detalles de nuestro reino a una
olímpica? Sabes cómo va a acabar esto, ¿verdad?
Por «esto» supuse que se refería a mí y a mi destino a manos de su
regente, pero Xander soltó otra de esas potentes carcajadas. Para ser un
hadesiano, parecía uno muy feliz.
—Vamos, Egan, ¿ya has visto a…? —Otro golpe en la nuca interrumpió
su discurso—. ¡Joder! ¿Quieres dejar de hacer eso?
—Pues cállate antes de que digas algo de lo que Karan te haga
arrepentirte.
Intercambiaron otra de esas miradas con las que parecían capaces de
conversar en silencio, aunque creo que Xander no tenía muy claro de qué
hablaba su amigo. A mí también me hubiera gustado saberlo, la verdad. Si
los planes de su cabecilla no eran llevarme al palacio de Hades, iba a tener
que buscar una alternativa y escapar de ellos antes de que ese tipo se
pusiera creativo conmigo y me apartara de mi objetivo. Seguirlos era solo
una estrategia, una muy burda quizás, pero no me quedaba más remedio que
trabajar con lo que tenía.
—¿Cuántos días de viaje hay hasta el palacio? —pregunté, esperando que
Xander me respondiera antes de que llegara el siguiente golpe de su amigo.
Para mi sorpresa, fue Egan quien contestó:
—Depende.
—¿De qué?
Se encogió de hombros.
—De los recursos que tengas para ello. —Quise preguntar entonces si se
refería a caballos o algún otro tipo de transporte, pero no me dio opción—.
Cállate y camina, hija de Artemisa. Será mejor para ti no hacer más
preguntas.
7
El campamento resultó no contar con más que sus propias capas
amontonadas junto a un pequeño fuego ya casi apagado y un par de petates
que supuse que contendrían algo de comida. Aunque había tenido razón con
lo de los caballos; tres bonitos y enormes sementales, uno negro y dos del
tono gris de la ceniza, pacían tranquilamente a pocos metros de sus cosas.
Xander me invitó a sentarme junto a los restos de la hoguera mientras,
poco a poco, el sol descendía en busca del horizonte. Entre Egan y él
alimentaron el fuego, despiezaron un par de conejos y los cocinaron. Me
limité a observarlos y tomar nota de sus escasas interacciones, en busca de
cualquier detalle que resultara útil más adelante. También descubrí dos
corazas colgando de una rama baja de un árbol y sendas espadas apiladas
junto a su tronco. Hasta ese momento no me había dado cuenta de que
ninguno de los dos llevaba armas encima, al contrario que su líder.
Karan no apareció por allí hasta que las sombras rodeaban ya el
campamento. Lo hizo acompañado del cerbero y con esa expresión oscura y
ceñuda que haría que le salieran arrugas antes de tiempo.
Xander se mostró abierto y charlatán en todo momento, aunque sus
comentarios no revelaron nada más allá de lo poco que le gustaba esa
mierda de lugar —sus palabras, no las mías, aunque estaba de acuerdo con
él—, las ganas que tenía de regresar a casa —donde fuera que eso estuviese
— y lo mucho que anhelaba la satisfacción de un baño caliente y algo más
que un conejo raquítico como comida. Egan era muy diferente: discreto,
callado y tan observador como yo. Sus ojos se desviaban de forma continua
hacia donde me encontraba sentada y, siendo estos más claros que los
castaños del propio Xander, parecían albergar una oscuridad mucho mayor.
—¿Y bien? —preguntó Xander, cuando Karan ocupó un lugar en la
hoguera frente a mí.
Le tendió una porción, pero este desechó su ofrecimiento con un gesto de
la mano y negó con la cabeza a lo que fuera que su amigo le estaba
preguntando. Xander le lanzó el trozo de carne al cerbero y, al contrario que
su dueño, este dio buena cuenta de él. De inmediato, se acercó a pedirle
más.
—Ve a cazar, hombre. Búscate tu propia comida —dijo el fornido
hadesiano.
Karan palmeó la cabeza al animal antes de murmurar:
—Ve.
La bestia se marchó trotando alegremente y, muy a mi pesar, no pude más
que maravillarme frente a la demostración del control que ejercía sobre el
animal.
La noche nos rodeó rauda y silenciosa, y también más oscura y siniestra
de lo que recordaba que hubieran sido las anteriores. Karan retiró un poco
del fuego una de las camas improvisadas, pero fue Xander quien señaló el
lugar que este había dejado libre.
—Túmbate ahí.
—Nos pondremos en marcha temprano —intervino entonces Karan. Era
la primera vez que hablaba desde su regreso con el cerbero, salvo por la
escueta orden para indicarle al animal que fuese a cazar—, así que
aprovecha las horas para dormir un poco. Y no se te ocurra intentar nada o
enviaré a Lex a por ti.
Me erguí frente a él, desafiante.
—Quizás él no quiera perseguirme.
—Quizás no quieras descubrir cómo acabarías si lo hiciera o si fuese yo
en su lugar. Así que túmbate y duerme, cazadora.
En algún momento me iba a asegurar de que el filo de mi espada
encontrara su garganta, entonces ya veríamos si sonaba tan altanero y
seguro de sí mismo o comenzaba a suplicar por su vida. Y pensaba llegar a
ese instante más pronto que tarde.
Él me brindó una sonrisa que era todo dientes cuando ni siquiera hice
amago de moverme.
«Maldito salvaje hadesiano», lo insulté mentalmente.
Xander ya estaba tumbado y con un brazo sobre los ojos. Karan apenas
tardó un momento más en terminar de colocar su capa, desentendiéndose
finalmente de mí. Ignoré la elegancia de sus movimientos cuando se estiró
para acercar uno de los petates y usarlo como almohada, y me concentré en
sacar mi propia capa de la bolsa. Nadie se estaba fijando demasiado en lo
que hacía, así que, aunque me deshice del cinturón del que colgaba mi
espada y lo dejé a un lado, me las arreglé para sacar también el tercero de
mis cuchillos y deslizarlo bajo la cinturilla del pantalón. Eran estúpidos por
no haberme revisado en busca de armas; aún conservaba el otro cuchillo en
mi bota.
Eché un vistazo furtivo mientras me arrodillaba sobre la tela extendida y
descubrí a Egan aún en pie. No se percató de que lo estaba mirando, ya que
él a su vez estaba observando el lugar en el que yacía Xander. Y aunque
también yo había sido la destinataria de la fría mirada azul del hadesiano,
había una intención muy distinta ahora que era su amigo quien recibía dicha
atención. Me pareció que su vista se desplazaba con una lentitud casi
clínica, bebiéndose cada línea y cada curva de su figura. Quizás fuese algo
similar al anhelo lo que emanaba de él. ¿Sería consciente Xander de que su
compañero lo estaba devorando con la mirada como si se tratara del festín
más exquisito?
Guardé ese dato junto con el resto de la escasa información que había
recopilado de mis captores, si es que podía llamarlos así, y me tumbé
enrollada en la capa. En cuanto me quedé quieta, percibí a Karan arrastrarse
hacia mí.
—Lo que quiera que estés pensando, hadesiano, quítatelo de la cabeza.
Juro que percibí su sonrisa incluso cuando estaba a mi espalda y no podía
verle el rostro. Un brazo se deslizó por mi cintura y, con un tirón, mi
espalda quedó apretada contra su pecho. A pesar del grueso de las telas que
había entre nosotros, podía notar el calor reconfortante que desprendía su
cuerpo. Estaba segura de que él también podía oír el modo en el que me
rechinaban los dientes.
En cuanto terminó de acomodarse contra mi cuerpo, me acercó la boca al
oído y susurró:
—Solo para asegurarme de que no intentas escapar mientras dormimos.
Sus dedos se extendieron sobre mi cadera, justo donde se hallaba
escondido el cuchillo, y afianzó el brazo a mi alrededor. Durante un
momento no retiró la boca, y la calidez de su aliento estuvo a punto de
provocarme un estremecimiento. Me obligué a mantenerme inmóvil a pesar
de que percibía todos y cada uno de los puntos en los que nos estábamos
tocando, y eran muchos. Demasiados. Aunque no podía negar que la fría
brisa nocturna me resultaba ahora imperceptible, lo cual resultaba
agradable.
Le di un codazo solo por principios, aunque él apenas si acusó el golpe y
tampoco se retiró.
—Si tratas de aprovecharte…
—Estás a salvo conmigo, ¿recuerdas? —aseguró con un nuevo susurro.
Claro, cómo olvidarlo. Cuidaría de mantener intacta mi inexistente pureza
hasta que me entregara a su rey. Bueno, tal vez eso lo convertía en alguien
un pelín más civilizado de lo que hubiera esperado, aunque fuera por el más
depravado de los motivos.
—Duerme, cazadora —agregó. Su nariz se hundió en mi pelo y me
pareció que inspiraba—. O al menos deja que yo lo haga si no confías en
mí.
Por supuesto que no confiaba en él en absoluto, pero era muy consciente
de que necesitaba descansar y acumular fuerzas para cuando tuviera que
enfrentarme a ellos. Así que allí, hundida contra el pecho de mi enemigo y
rodeada por sus brazos, permití que Morfeo me enviara de cabeza a un
sueño largo y reparador.
No desperté en toda la noche, tampoco me moví en modo alguno a pesar
de que, según contaba Dafne de las veces que habíamos compartido la
cama, era de las que repartía patadas a diestro y siniestro. El brazo de Karan
continuaba enrollado en mi cintura, aunque su agarre era más laxo. Ahora
que el sol empezaba a despuntar y la temperatura era más alta, yo estaba
sudando como un condenado a muerte. Me sentía pegajosa y también era
probable que necesitara ocuparme de ciertas necesidades básicas.
Empujé con suavidad su mano, lo cual no fue una idea demasiado buena
porque solo conseguí que sus dedos recorrieran todo mi estómago. La capa,
desde luego, fue un pobre amortiguador, y sentí la caricia como si se tratara
de una dispensada por un amante de lo más entregado. El pensamiento me
calentó las mejillas, así que cerré los ojos y me obligué a relajarme. Ese
instante de calma fue todo lo que necesitó el fantasma para colarse en mi
mente.
«¿Oraíos?».
Me contuve para no gemir en respuesta a su acostumbrada dulzura;
hubiera sido bastante inapropiado dada mi situación. No supe qué tipo de
vibraciones estaría enviándole por nuestra conexión, pero sentí el eco de
una risa rica y oscura como si estuviera allí mismo, burlándose en persona
de mi bochorno.
«Supongo que no mentías cuando decías que estabas bien —comentó, sin
hacer nada para esconder su diversión—, pero puedo ir a buscarte a
dondequiera que estés. Solo tienes que pedirlo, oraíos».
Casi cedí. Estaba a punto de hacerlo. La posibilidad de que alguien, quien
fuese, acudiera en mi rescate era muy tentadora. Tampoco me engañaba
pensando que no deseaba comprobar la apariencia que tenía mi fantasma
personal. Creo que lo único que me detenía era pensar que, en realidad,
estaba loca y me dedicaba a mantener conversaciones conmigo misma. ¿Y
si no aparecía nadie? ¿Y si de verdad era solo un fantasma creado por mi
propia mente?
Aunque existiera, no era como si pudiera tener una vida con él. Yo era
una hija de Artemisa; nunca me casaría, nunca conocería el amor de un
compañero o de mis propios hijos. Nada de eso estaba destinado a ser. Una
cosa era un beso torpe con un muchacho de Karya o el desafío lanzado a la
propia diosa al entregarle mi cuerpo a un hombre cualquiera; sí, había roto
ese voto, pero no había sido nada más que un instante ilícito que había
sabido que nunca se repetiría. Y si Artemisa quería venir a reprochármelo…
Bueno, entonces yo sería la primera en comerme mis palabras y admitir que
los dioses continuaban observándonos.
«No tienes que preocuparte por mí», transmití para aplacar su inquietud.
«Conozco tu fortaleza y tu valor, pero te quiero a mi lado. Quiero
cuidarte».
A pesar de que estaba, literalmente, en brazos de otro hombre, eso sonaba
bien en aquel momento. Demasiado bien. Sin embargo, no se criaba a una
hija de Artemisa para que fuese un objeto decorativo al cual cuidar y
brindar atenciones. Y era muy probable que nadie rescatara a mi mejor
amiga si yo la abandonaba a su suerte.
«Estás intranquila y triste. Tienes miedo».
Maldije para mí misma. Filtrar todas mis emociones hacia él no era algo
que hiciera de forma consciente. Intentaba que no fuera así, pero a veces las
captaba de todas formas, daba igual lo mucho que me esforzase en
guardármelas para mí.
«Permíteme cuidarte, theá mou».
Oh, eso era nuevo. Nunca antes me había llamado «mi diosa». Casi
esperé que un dios de verdad, cualquiera de ellos, apareciera allí mismo
para castigarme por permitir que se refiriera a mí de esa forma.
«Pronto», aseguré, sin darme cuenta de lo que decía.
«¿Cuándo?».
«Nos encontraremos si el destino decide que debemos hacerlo». Hubiera
sido cruel darle más esperanzas cuando ni yo las tenía. Tampoco estaba
segura de que quisiera tenerlas.
«¿Sabes lo que han dicho las moiras sobre ti?», preguntó, y pude sentir su
impaciencia, la necesidad de llegar hasta mí.
«No puedes saberlo, no puedes haber hablado con las moiras».
Una risa profunda reverberó una vez más a través de nuestra conexión y
tuve que hacer acopio de toda mi fuerza de voluntad para evitar que su eco
se extendiera hacia partes poco nobles de mi cuerpo. Lo último que quería
era que Karan se despertase mientras hablaba con mi fantasma y me
sorprendiera… excitada. El muy imbécil seguramente pensaría que se debía
a su cercanía.
«Está bien, entonces, ¿sabes lo que me habrían dicho si hubiera hablado
con ellas?».
«¿Qué?».
«Que tú eres mi destino, oraíos».
Me estremecí de pies a cabeza. No solo por lo que había dicho, sino por la
seguridad con la que había hablado a pesar del ronroneo grave y sensual
que convirtió su voz en una provocación.
Cerré mi mente de golpe y la protegí con el muro más grueso que fui
capaz de conjurar. Aparté del todo el brazo de Karan sin rastro del cuidado
que había empleado antes de la charla con el fantasma e hice amago de
ponerme en pie, pero su mano salió volando y sus dedos se aferraron a mi
muñeca, reteniéndome de forma brusca.
—¿Dónde te crees que vas, cazadora?
8
Arranqué mi brazo de su mano con tanta fuerza que lo único que conseguí
fue hacerme daño yo misma. Me dio igual. Me tragué el quejido de dolor
que provocaron sus uñas al arrastrarse por mi piel y rodé para incorporarme
y poner distancia entre nosotros.
No era con Karan con quien estaba enfadada. Tampoco con el fantasma.
O tal vez sí. No estaba segura. Quizás fuera conmigo misma por dejarme
arrastrar por una voz que no tenía ni idea de a quién pertenecía o si existía
siquiera. Peor aún, por anhelar en secreto escucharla incluso cuando
siempre elegía el instante más inoportuno para presentarse.
—Necesito asearme —le espeté a Karan cuando se irguió y se plantó a
pocos metros de mí—. Hay un arroyo cerca, puedo escuchar el sonido del
agua desde aquí.
Estaba segura de que no se encontraba muy lejos. Mi oído se había
pasado toda la noche catalogando cualquier ruido que llegara hasta mí,
incluso mientras dormía. La promesa de un poco de agua fresca fue todo lo
que necesitaba para ponerme en marcha, aunque haría falta algo más que el
simple ritual del aseo matutino para deshacerme del eco de la contundente
afirmación del fantasma. Mi mente parecía decidida a repetir sus palabras
una y otra vez.
«Tú eres mi destino, oraíos».
Las moiras tejían los hilos del destino de toda criatura existente, mortal o
no; Cloto, Láquesis y Átropos, tres hermanas a cuyos caprichos incluso los
propios dioses estaban sujetos. La inquietud se apropió de mí a pesar de
saber que era imposible que mi fantasma hubiera podido tener acceso a
ellas. Por lo que sabía, también se habían marchado de este mundo junto
con el resto de las divinidades.
Un potente silbido salió de los labios de Karan y me sacó de la espiral
descendente de mis pensamientos. Apenas un momento después, Lex
irrumpió en el campamento a la carrera y se colocó frente a él. Movía el
rabo como un cachorrillo que le reclamara mimos a su dueño. No había
regresado de su excursión de caza antes de que me durmiese y tampoco
había estado allí al despertar, pero no albergaba ansia alguna por conocer lo
que había estado haciendo una bestia como aquella al amparo de la
oscuridad.
—Lex irá contigo —dijo Karan.
A pesar de que la compañía del cerbero, que debería haberme aterrado, no
me molestaba en absoluto, la sangre comenzó a hervirme a fuego lento en
las venas. ¿Había dicho ya lo mal que me sentaba que me dieran órdenes?
Pues bien, lo llevaba aún peor cuando era un idiota hadesiano quien lo
hacía; específicamente, aquel idiota hadesiano. Apreté los dientes y evoqué
la imagen mental de uno de mis cuchillos contra su garganta; tal vez si lo
deseaba con mucha fuerza, el momento llegaría antes.
Karan debió de percatarse de mi mal humor y arqueó una ceja en una
especie de desafío silencioso que me vi muy tentada a aceptar. Si no hubiera
sido porque esperaba que me facilitaran mi viaje hasta el palacio de Hades,
las cosas se hubiesen desarrollado de un modo muy muy diferente.
Aun así, cuando el destino me brindó la oportunidad de darle una
pequeña muestra de mis habilidades, no la desaproveché. Una de mis
rodillas se clavó en la tierra y mi mano salió disparada hasta donde se
encontraba mi arco. Antes de que Karan pudiera ser consciente de lo que
sucedía, yo ya tenía el arma entre las manos y una flecha cargada en él.
Disparé en el momento en el que Lex lanzó un potente ladrido; si bien, el
cerbero no se abalanzó sobre mí. Él también había visto lo mismo que yo.
Escuché una maldición de boca de Xander, ya despierto también,
mientras la flecha volaba hacia su objetivo, colándose entre las piernas
ligeramente abiertas de Karan. Impactó a varios metros a su espalda, en el
cuello de una liebre algo más rechoncha que los conejos de la cena de la
noche anterior.
—Ahí tienes tu desayuno —escupí de una forma venenosa—. De nada.
Aunque Karan había tenido al menos unos pocos segundos para
reaccionar, había que reconocerle que no había hecho el más mínimo amago
de evitar mi disparo. Tampoco se movió entonces, solo giró la cabeza hacia
atrás para contemplar el lugar donde Lex tomaba ahora la presa entre los
dientes. El cerbero la trajo hasta la hoguera y la dejó caer sobre el suelo,
ajeno a la tensión que flotaba en el ambiente. Tal vez hubiera sido una
estupidez mostrar mi pericia con el arco, pero era una hija de Artemisa, ya
lo habrían tenido en cuenta. Aquello solo era un recordatorio de que nunca
resultaba buena idea permitir que una de las nuestras tuviera acceso a su
arma favorita.
Sin una palabra más, giré en redondo, dispuesta a dejarlos atrás y buscar
el arroyo. Necesitaba refrescarme y quitarme de encima el sudor y la rabia.
Hubiera jurado que Karan sonreía cuando le di la espalda. Xander, desde
luego, rio a carcajadas cuando empecé a alejarme del campamento. Si Egan
no se había despertado para entonces, lo haría con la risa atronadora de su
compañero de armas.
Lex trotó a mi lado mientras caminaba siguiendo el sonido del agua. Si
alguien me hubiera dicho una semana atrás que acabaría en Hadesya con
tres adeptos de Ares y un maldito cerbero… Bueno, hubiera pensado que la
voz de mi cabeza era el menor de mis problemas, eso seguro.
Aparté el pensamiento con rapidez, ya que no quería activar de nuevo sin
querer la conexión mental con mi fantasma, y proseguí avanzando. No tardé
en encontrar lo que buscaba. El arroyo discurría entre dos suaves
elevaciones. Seguí su curso varios metros hasta alcanzar una pequeña
hondonada que serviría a mis necesidades. El agua se veía limpia y casi
transparente, apenas manchada por el tono ligeramente rojizo del terreno.
Ayudaba que parte del lecho estuviera cubierto de piedrecitas.
Lex se lanzó hacia delante y chapoteó a su antojo. Me sorprendí
observándolo con una sonrisa en los labios. Incluso con la ristra de dientes
que asomaba en su hocico, en ese instante no lucía nada amenazador. En
realidad, no tenía en absoluto el aspecto de la criatura salvaje y sanguinaria
que se suponía que debía ser.
Mientras el animal se remojaba y bebía hasta saciarse, me quité las botas
y metí los pies en el agua con un suspiro. Estaba fría, pero no tanto como
para resultar incómoda. Eché un vistazo por encima del hombro para
asegurarme de que ninguno de los hombres me había seguido y, tras un
instante de duda, procedí a desvestirme. Tendría muy pocas oportunidades
más como aquella en los siguientes días; desde luego, no era probable que
fuera a darme un chapuzón en la laguna Estigia, sabiendo lo que se contaba
sobre sus aguas malditas.
Me quedé tan solo con la camisola por si acaso. Aprovecharía también
para lavarla mientras me bañaba. La profundidad del arroyo apenas
alcanzaba a cubrirme los muslos, pero me arrodillé hasta conseguir que solo
el cuello y la cabeza quedaran al aire. Otro suspiro de satisfacción me vació
los pulmones y aplacó un poco mi malestar. Procedí a deshacer las dos
trenzas que apenas si mantenían ya mi pelo rubio a raya y, una vez que mi
melena quedó libre, incliné el cuello hacia atrás. El cuero cabelludo me
hormigueó al contacto fresco con el líquido.
En mi prisa por abandonar lo más rápido posible el campamento, no
había traído mi bolsa, así que atrás había quedado la pastilla de jabón que
me hubiera permitido lavarme de forma adecuada. Me contenté con
restregar mi piel y mi pelo valiéndome solo de las manos, al menos me
desharía del polvillo y de la suciedad más evidente. Cerré los ojos y pensé
en Dafne, preguntándome si ella estaría teniendo siquiera una parte de las
libertades de las que yo gozaba. No creía que fuera así. Debía encontrar la
forma de alentar a los hadesianos a llevarme lo más rápido posible hasta el
palacio. Con suerte, tal vez tropezásemos con las hermanas del grupo de
rescate; supuse que no se rendirían y darían media vuelta al menos hasta
que les tocase enfrentarse a la frontera natural que representaba el Estigia.
Más allá de ese punto… No estaba segura de las órdenes que Adara les
habría dado, pero lo más probable era que dieran media vuelta y regresaran
al templo o, como mucho, se mantuvieran en la frontera.
Abrí los ojos al escuchar a Lex moverse de vuelta a la orilla. El cerbero se
retorció y lanzó agua en todas direcciones. Acto seguido, se dirigió hacia
una zona rocosa y se tumbó sobre una losa de piedra que ya debía de estar
caliente por el sol, lo cual parecía una buena opción también para mí si
quería que la camisola se secara un poco antes de tener que vestirme de
nuevo. Tenía suerte de que mi piel fuese dorada por naturaleza y no tuviera
que preocuparme demasiado por las horas que había viajado a pleno sol o
por pasar ahora un rato tumbada bajo él.
Vadeé el arroyo y fui a sentarme en otra de las rocas, no demasiado cerca
del cerbero. Por muy manso que se mostrara, no olvidaba de lo que era
capaz. Me tendí y estiré las piernas, como también lo hice con la tela
mojada que me cubría. No era lo que se decía demasiado cómodo. Se me
pegaba a la piel, evidenciando mis pezones endurecidos por el frío, la
redondez de mis caderas, nada desdeñables, y la leve protuberancia de mi
estómago. El feroz entrenamiento físico de la hermana Elora no suponía
rival para mi apetito o para una constitución que no podía saber si había
heredado de mi padre o de mi madre. Mis músculos eran duros y
abundantes, pero no era como muchas de mis hermanas, espigadas y
atléticas. Tampoco me preocupaba, dado que nunca había resultado ser un
impedimento para cumplir con los ejercicios que se nos asignaban ni
afectaba mi puntería u otras destrezas. Sin embargo, al igual que yo había
fantaseado en alguna ocasión con el aspecto de mi fantasma, me pregunté si
él lo habría hecho con el mío y cómo me imaginaría.
—Eres todo un regalo para la vista, cazadora.
Por un momento, creí que era de nuevo la voz en mi cabeza la que había
hablado. Hasta que recordé que no era así como me llamaba el fantasma.
No, aquel era, sin duda, el imbécil hadesiano. Levanté los párpados, pero no
me moví ni intenté cubrirme. Si estaba tratando de avergonzarme
valiéndose del pudor que se esperaba de una hija de Artemisa, iba a
resultarle más complicado que eso.
Encontré a Karan tan solo a un par de pasos de mi posición. No lo había
escuchado llegar, lo cual hablaba muy bien del modo sigiloso en el que se
movía, tanto como para burlar mi oído de cazadora. Y eso no era fácil de
conseguir. Pero ya me había percatado de ese andar silencioso y elegante
que empleaba en determinados momentos; sus pasos apenas parecían rozar
el suelo. Otro detalle para tener muy en cuenta cuando se tratase de él.
Lo miré directamente a los ojos.
—Qué pena no poder decir lo mismo de ti.
Una de sus comisuras tembló, pero el resto de su rostro se mantuvo
inexpresivo. Sus ojos destellaban a la luz del día de un gris reluciente.
Feroces. Profundos. Demasiado sabios para alguien que apenas me
superaba en unos pocos años. Claro que yo había vivido muy protegida.
Lex levantó la cabeza en un gesto de reconocimiento, pero enseguida
volvió a apoyarla sobre las patas delanteras y se mantuvo al margen de
nuestro pequeño rifirrafe. Perrito listo.
Karan se adelantó en dirección al arroyo, supuse que para asearse
también. Por el rabillo del ojo, lo vi acuclillarse en la orilla. Sus manos
volaron hasta el cuello de la camisa. No llevaba el peto, me di cuenta, y las
correas de su portacuchillos habían desaparecido, como también lo hizo en
ese momento la única prenda que aún le cubría el torso. Su espalda quedó al
aire y mi mirada abandonó cualquier cautela. Aproveché que no podía
verme para contemplar los músculos tensándose mientras se lavaba la cara,
músculos que hablaban de muchas más horas de entrenamientos que las que
yo había padecido. Tragué saliva; mi garganta de repente tan reseca como el
terreno árido que me rodeaba. Ni siquiera traté de imaginarme la locura que
sería su pecho, por el bien de mi salud mental y de un decoro que era obvio
que había olvidado por completo.
A la altura del hombro, descubrí la cicatriz de lo que parecía una
quemadura muy fea. Lo que fuera que se la hubiera hecho tenía que haberle
arrancado más de un grito de dolor. La carne se había derretido y lucía
arrugada y más oscura. Había otras cicatrices además de esa; rastros de
cortes y tajos de distintos tamaños y profundidades, algunos de bastante
importancia, pero mis ojos volvieron una y otra vez a su hombro.
—Para una casta hija de Artemisa que no duda en mostrar su desprecio
por los míos cada vez que abre la boca, me estás mirando con mucho
interés.
¿Cómo demonios lo sabía? ¡Por los dioses, se hallaba de espaldas! ¿O
aquello era solo una muestra más de su arrogancia y presuponía que lo
estaba haciendo?
—No te estoy mirando.
—Llevas varios minutos haciéndolo. Se te ha acelerado la respiración y el
pulso en cuanto me he quitado la camisa. Incluso podría asegurar que te has
mojado los labios en algún momento.
¿Lo había hecho? No estaba segura. Me había quedado mirándolo
demasiado embobada como para recordarlo. Me senté de golpe cuando me
di cuenta de que empezaba a girar la cabeza hacia mí.
—¿Y bien? ¿Te gusta lo que ves?
Juro que pensé en fingir una arcada; sin embargo, me limité a sostenerle
la mirada y espantar cualquier expresión de mi rostro. Lo que creyera que
iba a encontrar allí, no se lo daría. No importaba que llevara razón y hubiera
estado bebiéndome cada línea de su cuerpo con una necesidad vergonzosa.
Tampoco me molesté en contestarle, pero, al parecer, él no lo esperaba.
—Mientes muy mal.
—No he dicho una palabra —solté, aunque empezaba a creer que Dafne
no se equivocaba sobre mi nula capacidad de engaño.
—No hace falta. Está escrito por toda tu cara, y tengo que admitir que es
una cara muy bonita.
La consiguiente sonrisita que me dedicó me hizo poner los ojos en
blanco, aunque mi irritación se tambaleó cuando se levantó y se volvió del
todo. Dioses, yo tenía razón; su pecho era una auténtica locura. Había más
cicatrices allí, viejas heridas y otras más recientes. Para mi desgracia, eso
no lo hacía menos impresionante. Tampoco lo desvirtuaban para nada los
músculos de su abdomen. O los dos profundos surcos que descendían junto
a sus caderas y se perdían más allá de la cinturilla de un pantalón
demasiado bajo para resultar decente.
Me tragué una maldición y procedí a levantarme también. Él ni siquiera
se molestó en fingir que no le dedicaba un buen repaso a mi figura una vez
que me hube puesto en pie. Sus ojos se demoraron aquí y allá, y juro que se
me calentaron las mejillas cuando la punta de su lengua asomó brevemente
entre sus labios y se lamió el inferior.
—Un regalo —murmuró para sí mismo, repitiendo parte de las palabras
que me había dedicado al aparecer allí.
—Yo que tú tendría cuidado. A veces, los dones de los dioses no son más
que regalos envenenados —repliqué.
Su mirada buscó la mía antes de contestarme:
—Lo sé, cazadora, pero no estoy seguro de que tú seas uno de esos.
—Ponme a prueba.
Se pasó la mano por el pecho desnudo, arrastrando las gotitas de agua que
aún se aferraban a su piel. Una parte de mí, aquella que no debería permitir
aflorar jamás una hija de Artemisa, se dijo que, de ser agua, yo también me
aferraría a su pecho. Luego, esos mismos dedos se hundieron en su pelo
oscuro y se lo revolvió. Echó a andar en dirección al campamento.
—Lo haré —susurró al pasar junto a mí. Ya comenzaba a alejarse cuando
añadió—: Nos pondremos en marcha enseguida, así que deberías vestirte si
no quieres verte arrastrada medio desnuda a través de mi reino; no es que a
mí me importe.
—Ojalá Lex decida arrancarte uno a uno los miembros y me permita estar
presente para contemplarlo.
Aunque estaba convencida de que me había oído, Karan no replicó, sino
que prosiguió alejándose con la camisa colgando de una mano y esa maldita
aura de pura fanfarronería rodeándolo.
«Mi espada y tu garganta. Entonces seré yo la que sonría. Lo juro por los
dioses».
9
Para cuando regresé al campamento, estaba todo recogido y los caballos
preparados para partir. Me había perdido el desayuno, pero Xander me
tendió un poco de queso y algunos frutos secos que acabé identificando
como parte de los que yo misma había llevado hasta allí. Cuando le
pregunté si había rebuscado entre mis cosas, me respondió con una escueta
sonrisa. Puede que fuera más amable que Karan, pero no era tonto; sin
embargo, me permitió recuperar tanto mi espada como el arco y las flechas,
además del cuchillo que creía haber perdido en mi primer encontronazo con
Karan y Lex y que él mismo me devolvió.
Los dos soldados montaron los caballos grises, mientras que su cabecilla
se alzó sobre el negro. Una vez que los tres se acomodaron, me di cuenta de
que iba a tener que compartir montura con uno de ellos. Karan abrió la boca
para hablar, pero yo me fui directamente hacia Xander; no había nada que
discutir al respecto.
Xander irguió la espalda con evidente satisfacción y se dirigió a Karan
para decirle:
—Me debes una botella de ese néctar que reservas con tanta avaricia.
El otro se limitó a tomar las riendas y azuzar a su caballo para que se
pusiera en marcha.
—No sé si quiero preguntar —dije, mientras Xander me tendía la mano
desde lo alto de su montura.
Él ignoró el comentario y no me brindó ninguna explicación sobre el
intercambio con Karan, aunque me dio por pensar que habían hecho alguna
clase de apuesta sobre con quién montaría. Si era así, me alegraba de que el
idiota hadesiano hubiese perdido. Que hubiera creído que preferiría ir con él
era ridículo y una prueba más de su estúpida arrogancia.
—¿Delante o detrás? —preguntó Xander.
—Detrás.
Tiró de mí con tanta fuerza que apenas si tuve que esforzarme para
situarme tras él. Ni siquiera había esperado que me diera la opción;
resultaba muy confiado por su parte dejar su espalda al descubierto
sabiendo que éramos enemigos y yo iba cargada de cuchillos. De tenerme
delante, hubiera sido muy fácil cortar cualquier intento de agresión por mi
parte.
Egan aún parecía adormilado mientras contemplaba la escena, pero lo que
fuera que pensaba se lo guardó para sí mismo. Espoleó a su montura y fue
tras los pasos de Karan. Xander y yo lo seguimos un instante después.
—Está bien, hija de Artemisa, cuéntame qué te trae a este reino. El
camino por delante es largo y tedioso. Entretenme.
La petición podría haber resultado insultante, pero en sus labios sonó
como mera curiosidad ociosa; una forma cualquiera de pasar el rato. Así
que no me lo tomé a mal. Por mucho que me pesara, Xander empezaba a
caerme bien; todo lo bien que podría hacerlo uno de los suyos.
Ya le había dado parte de esa información a Karan y este la había
transmitido al irrumpir sus compañeros en el claro; repetirla no sería un
problema. Pero me encontré haciéndole una pregunta que no me había
parado a plantearme hasta ese momento.
—¿Y vosotros? ¿Qué hacíais en los territorios intermedios? ¿Tal vez
regresabais de quemar alguna granja en Olympya o de aterrorizar a unos
cuantos campesinos?
Hubo una pausa demasiado larga en la conversación, tanto que creí que
no iba a contestar o que lo haría con una orden de mantenerme calladita y
dócil por mi bien.
No fue así.
—Ningún hadesiano quemaría cultivos.
—Estoy bastante segura de que no arden solos. ¿O quieres hacerme creer
que uno de los rayos de Zeus hizo el trabajo?
Karan y Egan iban un poco más adelante con sus caballos marchando en
un trote suave que les permitía mantener su propia conversación, pero no
estaba segura de que no estuvieran prestando oídos también a la nuestra.
—Quizás deberías preguntarle a esos campesinos a los que según tú nos
dedicamos a aterrorizar.
—¿Qué quieres decir?
La mirada que me lanzó Xander por encima de su hombro fue breve pero
sombría, algo que hubiera esperado recibir de Egan o de Karan, no de él.
Tampoco era que los conociera lo suficiente; sin embargo…
—¿Estás insinuando que queman sus propias tierras?
La idea resultaba totalmente ofensiva. Había contemplado con mis
propios ojos la escasez a la que se enfrentaban; ¿por qué motivo arruinarían
sus casas y su medio de vida?
—No insinúo nada. Los olímpicos prefieren perderlo todo antes que
permitir que un hadesiano pueda hacerse con algo de su grano —sentenció,
con un tono igual de siniestro que su mirada anterior—. ¿Dónde has estado
metida, hija Artemisa? ¿En tu templo no os cuentan nada de lo que lleva
años sucediendo entre nuestros reinos?
No supe qué contestar. Siempre me había jactado de recibir una extensa
educación que incluía los detalles conocidos del reino vecino, así como sus
ambiciones y sus métodos. Tal vez me había perdido los del nuestro. O
quizás alguien había omitido esa parte de la historia.
—No puede ser cierto.
Se encogió de hombros. Con la coraza cubriendo su torso, me parecieron
aún más anchos.
—No tienes que creerme, pero pregúntate por qué alguien que procede de
un reino que se muere de hambre y cuyos cultivos apenas consigue hacer
prosperar quemaría campos que sí lo hacen.
—Así es la guerra, ¿no? —tercié, pero no había convicción en mi voz.
Arrasar un territorio que pretendieses ocupar no parecía una buena
estrategia.
Me dije que los campos podían recuperarse. Si en algún momento
Hadesya se hacía con ese terreno, estaría listo para ser arado y resembrado.
Mientras, reducir el alimento disponible debilitaría a su oponente.
Aun así, no puse voz a esos pensamientos. Por alguna razón, no dudaba
de la palabra de Xander al respecto; lo cual seguramente era estúpido y
peligroso. Era hadesiano y un adepto de Ares, solo los seguidores de Hades
podían ser peores. Ambos dioses eran violentos y crueles, y aquel reino
también podía ajustarse perfectamente a esa descripción.
Durante un rato no hablamos más. Los otros dos hombres continuaron
encabezando la marcha. De vez en cuando los oía intercambiar alguna
palabra, aunque no presté atención a lo que se decían. Me dediqué a
contemplar el entorno: conforme avanzábamos por los territorios
intermedios en dirección a la frontera, el terreno se volvía más y más
yermo, los árboles escaseaban y la temperatura parecía ir en aumento,
aunque eso bien podría ser debido a que el sol fue elevándose cada vez más
por el cielo. Detecté el sonido de algún pequeño animal escarbando en su
madriguera que cesó con el retumbar de los cascos de los caballos a nuestro
paso. No había pájaros en el cielo y no nos encontramos con nadie;
tampoco tenía interés en que eso sucediese.
—No llegaste a responder a mi pregunta —me aventuré a hablar mucho
después, como si la conversación nunca se hubiese detenido a pesar de que
llevábamos varias horas de trote.
Xander ladeó de nuevo la cabeza, pero se mostró mucho más relajado en
esta ocasión.
—Teníamos que hacer algunos recados.
Me eché a reír. No me imaginaba a esos tres haciendo simples recados.
—Ya, claro.
Esperaba que al menos esos recados no supusieran capturar a más de mis
hermanas.
Por norma general, una parte de las hijas de Artemisa tenía como misión
explorar tanto aquella zona como la misma frontera de Hadesya. Ejercían
esa labor para informar luego sobre movimientos, asentamientos o
cualquier cosa que resultara útil a los hijos de Ares olímpicos, encargados
de repeler los ataques del enemigo. Las hermanas guerreras ayudaban si se
daba el caso; aunque ninguna exploradora huiría tampoco de una batalla,
fuera o no ese su cometido. Y mientras hacían todo eso, también cazaban
para aprovisionar a los soldados, no fuera a ser que aquellos idiotas
descerebrados y obsesionados con la guerra se alimentaran por sí mismos.
Dado que no parecía que Xander fuese a darme más detalles sobre su
misión allí, cambié de tema.
—¿Por dónde cruzaremos la frontera?
Si mis conocimientos de la orografía de Hadesya eran correctos, había
dos pasos para ello, uno al este y otro al oeste de la laguna Estigia, y
ninguno de los dos era de fácil tránsito. Eso estaba muy bien cuando lo que
querías evitar era que los hadesianos saliesen de su reino, pero convertía el
acceso en una trampa mortal si eras tú quien deseabas entrar. Me
preguntaba cuál de los dos emplearían ellos para hacerlo.
—La cruzaremos por su mismo centro, a través de la laguna Estigia.
Mis manos reaccionaron por sí mismas aferrándose a sus caderas, lo cual
fue un poco vergonzoso. La laguna Estigia sí que resultaba una trampa
mortal. Estaba segura de que ni siquiera sobornando a los caballos con una
carreta entera de azucarillos conseguiríamos que se acercasen a cien metros
de su orilla, y cualquier persona con un poco de sensatez no despreciaría la
sabiduría de esos animales. Se decía que sus aguas eran amargura y
desesperación líquidas, que quien caía en ellas perdía por completo la
lucidez —si es que era capaz de escapar vivo y regresar a la orilla— y que
la habitaban criaturas inimaginables y horrendas.
—Bromeas, ¿verdad?
—Ni un poco.
—¿Y los caballos?
—Cruzarán con nosotros —aseguró, pese a que yo lo veía del todo
improbable a no ser que aquellos fueran pegasos camuflados y de repente
les salieran alas—. Tranquila, hija de Artemisa, prometo no permitir que
Karan te empuje al agua.
Hice una mueca; la sola mención del otro hadesiano era suficiente para
agriar mi escaso humor.
—Mejor preocúpate de que no sea yo la que lo haga.
A pesar de que no era una burla, Xander se rio. Su cuerpo se sacudió y el
caballo relinchó en respuesta a su particular muestra de alegría.
—La botella de néctar que me debe es tuya si consigues tirarlo a ese
cenagal.
Cuando una vez más echó la mirada atrás buscando mi rostro, yo estaba
sonriendo de oreja a oreja.
—Trato hecho.
Nos llevó todo el día y una parte de la noche acercarnos a la frontera. Para
cuando atisbamos a lo lejos la oscura extensión de la laguna Estigia, mi
trasero estaba tan entumecido que quería llorar. En el templo contábamos
con algunos caballos, sobre todo para el uso personal de Adara, pero yo no
acostumbraba a montar y solo nos habíamos detenido para dar cuenta de la
liebre gordinflona y otro par de conejos escuálidos que había cazado por el
camino. Como ninguno de los tres hombres parecía acusar demasiado las
largas horas a lomos de los caballos, no había protestado; me había limitado
a soportarlo estoicamente mientras buscaba el rastro de mis hermanas.
Concluí que debían de haber escogido otra ruta, porque no hallé más
señales después de las que había encontrado al cruzar a los territorios
intermedios.
—Pasaremos aquí la noche —dijo Karan, deteniéndose a pesar de lo
cerca que estábamos. Debió de ver algo en mi expresión, porque mientras
desmontaba añadió—: No conviene acercarse al Estigia bajo las sombras.
No discutí. Ni siquiera quería acercarme a la laguna en pleno día, pero
tuve que creer que ellos sabían lo que hacían. Además, necesitaba recuperar
la movilidad de las piernas y descansar un poco o acabaría cayéndome de la
montura de un momento a otro.
Egan desmontó en segundo lugar y tomó las riendas también del semental
empleado por Karan, que se las entregó sin una palabra y con los ojos aún
sobre mí. De nuevo, la intensidad de su mirada resultaba tan pesada que
tuve que luchar para no apartar la vista. Cuando avanzó hacia donde Xander
y yo aún nos encontrábamos a caballo, me dije que tal vez era un buen
momento para poner los pies en tierra. Solo que no estaba segura de que
mis piernas fueran a sostenerme y me negaba a hacer el ridículo de esa
forma frente a él.
Como si fuera totalmente consciente de lo que ocurría, Karan extendió los
brazos, me agarró de la cintura y tiró de mi cuerpo para llevarme al suelo.
—Podías haber preguntado —me quejé, en vez de simplemente darle las
gracias.
Una chispa de malicia se apropió de su expresión. Retiró sus manos y dio
un paso atrás, y mis rodillas se doblaron sin pedir permiso para ello. Para
aumentar mi bochorno, Karan se las arregló para agarrarme de nuevo antes
de que acabara despatarrada sobre el terreno.
—¿Decías?
Inspiré profundamente, estaba demasiado cansada para pelearme con él.
Lo peor era que no podía simplemente alejarme y ya está; no había una
salida digna para mí.
—No seas idiota, Karan. Tiene que tener el culo en carne viva —lo
reprendió Xander, mientras se deslizaba del caballo con una agilidad
ofensiva.
Que mencionara mi trasero tampoco le ayudó a ganar puntos; igual ya no
me caía tan bien.
Karan resopló, pero me rodeó la cintura con un brazo y me ayudó a
avanzar hacia la zona más llana y limpia que se convertiría en nuestro
campamento. Me mantuvo contra su costado lo que me pareció una
eternidad, claro que yo me movía como una anciana al final de su vida, y
fue difícil ignorar el aroma que desprendía. Estaba bastante segura de que
yo olería a sudor y a caballo, pero él mantenía ese matiz dulzón y delicioso
que ya había captado en otras ocasiones.
Sus dedos presionaron un poco más fuerte mi cadera mientras se
inclinaba para que me sentase, y su aliento acabó haciéndome cosquillas en
la piel del cuello. Esperé algún comentario burlón o arrogante que me
hiciera desear arrancarle la cabeza, así que, cuando no llegó, tuve que
empujar la siguiente palabra a través de mis labios:
—Gracias.
—Mañana, cuando tengas que montar de nuevo, no me estarás tan
agradecida.
Al día siguiente seguramente volvería a imaginarme estrangulándolo o
cortándole la garganta, pero esa noche tenía todo mi agradecimiento,
aunque solo fuera porque a continuación hizo otro viaje para acercarme mi
bolsa y, en un movimiento aún más sorprendente, me envolvió con su
propia capa mientras Egan y Xander preparaban un fuego y Lex reclamaba
un lugar a mis pies.
Acurrucada bajo la gruesa tela, mis pulmones se impregnaron de su
aroma de tal modo que supe que no conseguiría sacármelo de la cabeza.
Cuando mis ojos tropezaron con los suyos, me brindó una sonrisita
socarrona que ni siquiera tuve ánimo para corresponder con una mirada de
advertencia.
Ya me preocuparía del exasperante hadesiano cuando hubiese descansado
lo suficiente.
10
Esa noche terminé de nuevo en brazos de Karan. Resultaba curioso que se
me permitiese llevar conmigo mis armas, pero luego él decidiera asegurarse
de que no me escabullía durante las horas de sueño; curioso e irritante. Ni
Xander ni Egan cuestionaron sus motivos, aunque yo estaba convencida de
que lo único que buscaba era fastidiarme. Lo que él no sabía era que el
calor natural que desprendía su cuerpo resultaba agradable, en esa ocasión
incluso aún más que la noche anterior; mis músculos doloridos daban buena
fe de ello.
Por supuesto, el descanso reparador ejerció una pésima influencia sobre el
bloqueo con el que mantenía al fantasma lejos de mi mente y este consiguió
colarse en ella conforme me iba alejando del sueño a la mañana siguiente.
«Oraíos, has dormido mejor estas últimas dos noches», susurró en un
tono aterciopelado que sentí como una caricia. No era una mala manera de
despertarse, aunque no tenía nada que ver con el brazo que me rodeaba la
cintura, ni con la calidez y el aroma dulce y embriagador de Karan.
Como era una afirmación y no una pregunta, supuse que habría percibido
mi estado de ánimo. A pesar del dolor muscular, producto de la larga
cabalgada, era verdad que había tenido dos noches de sueño mucho más
placenteras que las anteriores, aunque de ningún modo le haría saber eso,
dado que las había pasado en brazos de otro hombre. Tampoco pensaba
admitirlo frente a Karan; el hadesiano ya se mostraba lo suficientemente
altivo sin que yo añadiera más leña al fuego descontrolado de su ego.
Me alegré de que el fantasma no mencionara nada sobre nuestra última
charla, así como de que no me reprochara haberlo dejado fuera de una
forma tan brusca.
«Tú… ¿estás bien?», pregunté, sintiéndome un poco culpable por mi
actitud. Si aquella voz era producto de mi imaginación, desde luego hacía
un trabajo excelente para despertar toda clase de emociones en mí.
Percibí lo mucho que le agradó que preguntase por su estado, y eso solo
consiguió que anhelase aún más una respuesta.
«Todo lo bien que podría estar sin ti».
Envié una risa a través de la conexión, aunque no había parecido estar
burlándose de mí. Sin darme cuenta de lo que hacía, me acurruqué un poco
más contra el pecho de Karan y volví a cerrar los ojos. Todos dormían aún y
el sol apenas si empezaba a colorear el cielo, así que bien podía aprovechar
esos pocos minutos de tranquilidad.
«Cuéntame algo de ti».
«¿Algo como qué, oraíos?», ronroneó, y la sensualidad del sonido hizo
que se me encogieran los dedos de los pies.
Antes de que pudiera pensar en nada para preguntarle, escuché las pisadas
cercanas de Lex, regresando al campamento de donde fuera que hubiera
pasado la noche, así que terminé diciendo:
«¿Qué piensas de los animales?».
En Olympya, los caballos eran unas de las pocas criaturas a las que se
prestaban cuidados, y solo porque ejercían una labor. Aún me costaba creer
que Karan simplemente hubiera decidido adoptar al cerbero, aunque,
pensándolo bien, quizá solo se debía a que también le resultaba de cierta
utilidad.
«Que a menudo son más nobles que algunas bestias que se hacen llamar
hombres», contestó finalmente el fantasma.
Esa había sido una respuesta inesperada. ¿Sería un granjero? ¿Tal vez un
mozo de cuadra que tratara a menudo con caballos? Estos, desde luego,
podían llegar a ser más amables que muchas personas. Sin embargo, por su
forma de hablar y algunas de nuestras charlas, siempre había creído que era
un hombre instruido. Por desgracia, ni granjeros, campesinos o nadie que
estuviera al cuidado de una caballeriza tenía demasiadas oportunidades para
formarse.
«¿Algún animal en concreto que te preocupe?», preguntó entonces.
No podía hablarle de mi experiencia con el cerbero; eso significaría
admitir que estaba en Hadesya… Un momento, él nunca había mencionado
el reino al que pertenecía. Yo había dado por sentado que era el mismo que
el mío, pero bien podría ser un hadesiano o pertenecer a algunos de los
reinos lejanos del continente.
«¿Quién es tu rey?».
Contuve el aliento a la espera de su respuesta; por suerte, esta no tardó en
llegar.
«No tengo rey. No me inclino ni me arrodillo ante nadie, aunque lo haría
por ti. Me postraría a tus pies sin dudarlo, y aprovecharía dicha posición
para complacerte, theá mou».
Me mordí el labio para contener el suave gemido que ascendió por mi
garganta cuando una imagen muy explícita tomó forma en mi mente,
sabiendo que era él quien la había puesto ahí y no yo la que la hubiese
convocado. Ni siquiera sabía que se pudiera hacer eso con la lengua.
Quizás había llegado el momento de poner fin a nuestra charla, me dije al
encontrarme apretando sin querer los muslos en busca de alivio, pero el
fantasma no me dio tregua.
«Adoraría cada centímetro de tu cuerpo con mi boca y mis manos.
Lamería entre tus…».
«Tengo que irme», lo interrumpí.
Me apresuré a enviar el aviso un segundo después de percibir un leve
movimiento a mi espalda. El brazo de Karan se desplazó por mi estómago
con la pereza típica de quien tiene aún un pie en la inconsciencia, pero a mi
cuerpo no le importó en absoluto lo que fuera aquello en realidad. Apreté
los labios para no encontrarme gimiendo y me dije que tenía que apartarme.
¡Ya!
—Mmm… —farfulló él, y luego lo oí bostezar.
Incluso ese sonido torpe me resultó sugerente. Aun así, no reuní la fuerza
de voluntad suficiente para moverme. Los dedos de mis manos se
retorcieron hasta formar sendos puños y me obligué a abrir los ojos, que a
saber por qué motivo aún mantenía cerrados. Me di de bruces con la mirada
alegre de Xander, tendido frente a mí al otro lado de la hoguera. Luego,
busqué a Egan, pero este aún dormía. El más callado de los hadesianos era
el que con peor humor solía empezar el día; claro que, por las vueltas que le
escuchaba dar de madrugada, no creía que tuviera sueños especialmente
agradables.
—Buenos días. —La voz de Karan, somnolienta y algo más ronca que de
costumbre, se derramó en mi oído. Cálida y oscura.
Había llegado el momento de salir de entre sus brazos.
Apenas si mascullé una réplica y me empujé hacia delante para abandonar
el lío que se había formado entre su capa y la mía. Solo entonces me percaté
de que, en esta ocasión, nuestra ropa era lo único que se había interpuesto
entre su pecho y mi espalda.
El calor de mis mejillas, así como el que amenazaba con derretir otras
partes de mi cuerpo, se duplicó mientras me incorporaba hasta quedar
sentada. Ni siquiera pensé en volver la vista y mirar a Karan. Con mi suerte,
encontraría la forma de leerme y acabaría descubriendo la clase de
emociones totalmente inapropiadas que entre mi fantasma y él habían
conseguido provocarme.
Evité mirarlo durante largo rato.
Mientras comíamos algo, Lex me rodeó en busca de un bocado, y yo me
encontré rascando al cerbero detrás de las orejas antes de darme cuenta de
lo que hacía. Karan no comentó nada al respecto, aunque parecía albergar
bastante curiosidad frente al hecho de que el animal se mostrara tan dócil
conmigo. Los demás tampoco se quedaban atrás con las miraditas apenas
disimuladas que me dedicaban.
Egan me sorprendió cediéndome su propia cantimplora cuando se dio
cuenta de que había agotado mis reservas de agua. Me la tendió en silencio
y yo le agradecí el gesto con una inclinación de cabeza que, a pesar de
nuestras interacciones en los últimos días, me costaba aún creer que me
encontraría dedicando a un hadesiano.
Reanudamos la marcha poco después y monté con Xander de nuevo. La
orilla del Estigia era visible desde nuestra posición. A pesar de la luz dorada
del amanecer, su superficie continuaba luciendo tan oscura e impenetrable
como durante la noche y estaba cubierta en parte por retazos de niebla.
Entrecerré los ojos mientras avanzábamos hasta darme cuenta de que no
estaba sufriendo ninguna alucinación: había construcciones a pocos metros
del agua. Eran rudimentarias, apenas se considerarían chozas, y sus paredes
habían sido enlucidas con alguna tintura para que se camuflaran con el tono
rojizo del terreno. No era un pueblo, sino una aldea más bien; aunque,
teniendo en cuenta la advertencia de Karan sobre no acercarse al Estigia de
noche, me pregunté si viviría alguien allí.
Mis dudas se disiparon cuando advertí a lo lejos figuras asomando por los
umbrales de varias de las casas. Karan refrenó un poco su caballo y lo llevó
junto al nuestro.
—Vamos, montarás conmigo —dijo, y luego se dirigió a los otros—. Ya
sabéis qué hacer.
Sin esfuerzo aparente, a pesar de que no era precisamente ligera, me
arrastró hasta la grupa de su montura. No me dio la misma opción que
Xander, sino que me colocó delante de su cuerpo. Claro que yo tampoco me
hubiera fiado de mí misma, tratándose de él. Mis cuchillos continuaban en
su sitio, y la espada, junto a mi cadera.
Xander y Egan partieron al galope de inmediato, pero no hacia la aldea,
sino en dirección a algún punto a nuestra derecha. Karan los observó
alejarse un buen trecho antes de que sus brazos me rodearan y se hiciera de
nuevo con las riendas. La posición me recordó demasiado a lo sucedido esa
misma mañana. Me revolví un poco, en tensión, y la cosa no mejoró cuando
Karan tiró de mí para pegarme aún más a su cuerpo.
—¿A dónde van? —pregunté para no pensar en la forma en la que sus
músculos duros presionaban contra mis curvas.
Antes de contestar, espoleó con suavidad al caballo y nos pusimos en
marcha, aunque avanzamos muy muy despacio. Lex iba y venía de un lado
a otro, olisqueando el terreno como lo haría uno de esos perros que a veces
la gente entrenaba para cazar.
—A hacer unos recados.
Vaya, así que el día anterior sí que había estado escuchando mi
conversación con Xander. Fingí no darle ninguna importancia y me
aventuré con otra pregunta a pesar de que había esquivado la primera.
—¿Eres tú quien les da las órdenes? ¿Su capitán tal vez?
—Si les preguntases a ellos, te dirían que he sido, soy y siempre seré su
general.
—Pero es a ti a quien le estoy preguntando —proseguí escarbando.
Más que trotar, parecía que el caballo estuviera simplemente pastando a
sus anchas. Imaginé que, fuera lo que fuera que hubieran ido a hacer los
otros dos hombres, Karan esperaría por ellos para adentrarse en la aldea.
—Entonces te diría que son casi la única familia que tengo.
Casi. Eso implicaba que había alguien más. Alguien, en alguna parte, que
tal vez esperaba su regreso. Más y más preguntas acudieron a mis labios y
él parecía especialmente colaborador, así que no me reprimí. Podía añadir la
información que consiguiera a mi lista de fortalezas y debilidades del
enemigo.
—¿Os une algún parentesco?
—Egan es una especie de primo lejano.
Eso no me lo esperaba, Egan y él apenas tenían nada en común, al menos
físicamente. De haberme visto obligada a apostar por un lazo de sangre
entre ellos, no habría escogido al muchacho rubio y callado.
—¿Y Xander?
A pesar de que mi mirada estaba fija en las pocas personas que parecían
estar esperando nuestra entrada en la aldea, percibí una sonrisa asomarse a
su voz. También sentía la presión constante de su pecho contra la espalda y
su respiración sobre la nuca.
—Xander es el mejor amigo con el que uno pueda contar, en la vida y en
la guerra.
Resoplé.
—La guerra, cómo no. Para los hijos de Ares todo se trata de la guerra.
—Lo peor de la guerra es que suele encontrar a quien la busca y también
a aquel que la rehúye. Sin embargo, siempre acaba igual de mal para ambos.
Había creído que un adepto de Ares, uno que además era hadesiano,
abrazaría cualquier batalla que se le presentase. Pero él había dicho «lo
peor»; no había regocijo ni satisfacción alguna en el modo en el que había
hecho el comentario.
Pensé en Cosmo, tan entusiasta al escucharme mencionar a Calla.
También él era un seguidor del dios de la guerra, pero me había parecido
sereno y amable. Tal vez yo no tenía ni idea de cómo juzgar a la gente o
estaba cegada en parte por unos prejuicios inculcados junto con mi
instrucción desde mi nacimiento. Sin embargo, mi terquedad y mis
convicciones eran lo que me había llevado hasta allí, a la búsqueda de mi
mejor amiga, y esperaba que esos mismos principios nos hicieran regresar a
las dos sanas y salvas a Olympya.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
—No has pedido permiso para las anteriores…
El matiz sarcástico de su voz me hizo poner los ojos en blanco, pero me
descubrí empujando hacia abajo mi barbilla para ocultar la sonrisa que se
apropió de mis labios sin permiso.
—¿Por qué me habéis permitido mantener mis armas?
Esa vez hubo una pausa evidente entre la cuestión y su respuesta.
—Porque nadie debería encontrarse nunca indefenso frente a otro. Y si
eres tan lista como para conseguir escapar de nosotros, te habrás ganado de
sobra el derecho a llevarte tus armas contigo. —Otra pausa, esta algo más
acusada, y su tono perdió entonces la solemnidad y recobró el deje burlón
que solía emplear al dirigirse a mí—. Además, preferiría que, si vas a
dedicarte a corretear tu sola por este reino, lo hicieras con tantas armas
encima como fuese posible.
Eso me silenció por completo y terminó con las preguntas. También
decidí esperar para sacar conclusiones de ello hasta más tarde;
preferiblemente cuando no me viese abrumada por su aroma intenso y dulce
y no estuviese apretándose contra mí.
Xander y Egan regresaron finalmente trayendo consigo una ristra
generosa de conejos y otros pequeños animales. Debían de haber estado
cazando en los alrededores, de ahí que se hubieran demorado tanto en
volver. Aun así, habíamos avanzado tan despacio que nuestro caballo
alcanzó la aldea justo cuando los otros accedían también a ella. «Acceder»
era quizás un término muy generoso teniendo en cuenta que el lugar era
poco más que un par de docenas de chozas dispersas y lo que parecía ser un
pozo rodeado de una valla que había visto días mejores; hacía uno o dos
siglos tal vez.
Contemplé los rostros de los que, a su vez, nos observaban. Conté unas
diez personas. No había niños a la vista, así que quizás hubiera más gente
en el interior. Sus miradas no eran amables; había una animosidad en los
habitantes que ninguno se molestó lo más mínimo en esconder, y la
presencia de Lex a nuestro alrededor no creo que ayudara a tranquilizarlos.
Mi mano se deslizó hacia la empuñadura de la espada, algo que tampoco
yo traté de ocultarles. Casi esperaba que se alzaran contra nosotros con
palos y piedras para espantarnos; no era como si parecieran contar con otras
armas. Su estado general era deplorable, al igual que el del poblado. Lucían
hambrientos, todo piel y huesos, con las mejillas hundidas y sombras bajo
los ojos que competían con la negrura del Estigia tras ellos.
Egan se reservó dos de las piezas capturadas antes de entregarle las que
llevaba a Xander. Este las tomó, se adelantó y las dejó caer junto al pozo sin
ningún preámbulo. Nadie dijo una palabra y yo no me atreví a preguntar
qué estaba pasando. La atmósfera del lugar resultaba densa y cargada de
algo a medias entre la hostilidad y el temor.
—Al muelle —ordenó Karan a sus dos compañeros, y su voz desgarró el
silencio como lo haría un trueno restallando en mitad de una tormenta.
Un hombre se adelantó entonces. Tan solo fueron unos pocos pasos, pero
se separó de la construcción junto a la que se hallaba lo suficiente como
para resaltar entre los demás. No habló; sin embargo, le dedicó a Karan una
muy leve inclinación de cabeza. Si este se percató del gesto, no dio
muestras de ello. Ya estaba haciendo girar al caballo para llevarlo hacia un
lateral, en dirección al muelle, supuse.
Esperé para hacer algún comentario hasta que lo que había llamado
«muelle» apareció frente a nosotros. Otra vez el término resultaba
demasiado generoso; la construcción no era más que un puñado de tablas
que apenas si se sostenían sobre pilares roídos por el tiempo y por el agua
en la que se hundían. Traté de no encogerme cuando el caballo de Egan, a la
cabeza, comenzó a avanzar por la débil estructura. Xander y el cerbero
pasaron tras él, y nosotros fuimos los últimos.
Temí que acabásemos en el agua y ganar la apuesta con Xander sobre
lanzar a Karan a la laguna sin siquiera tener que hacer nada para
conseguirlo y acompañándolo yo en el proceso.
—¿De qué iba todo eso? ¿Era un pago por hacer uso del muelle? ¿Alguna
clase de impuesto de paso?
—No. En realidad, ese es otro pago que aún tendremos que hacer —
murmuró Karan. Me volví para poder contemplar su expresión, pero no
había ninguna emoción en su rostro salvo, tal vez, cierta amargura—. Lo
que me recuerda…
Se estiró hacia un lado y metió la mano en las alforjas, de donde sacó una
bolsita cuyo contenido tintineó. Se la lanzó a Egan y este la agarró al vuelo.
Luego, Karan volvió a inclinarse en busca de algo más. Dejé de prestar
atención cuando me pareció ver una silueta moverse entre la niebla.
Tenía un mal presentimiento.
—Escúchame bien, cazadora. Una vez que subamos a bordo, permanece
en todo momento con alguno de los tres. —«¿A bordo de qué
exactamente?», me pregunté, pero no lo interrumpí—. No te quedes nunca
sola. Y si por casualidad nos separásemos…
Un nuevo movimiento en la laguna me hizo apartar la mirada de él. Se me
abrieron los ojos como platos.
—¡Por todos los dioses del inframundo!
11
Una embarcación se materializó a través de la niebla. Su aspecto no
resultaba más tranquilizador que el del propio muelle, aunque era grande, lo
bastante como para que su cubierta permitiera transportar a nuestro grupo
junto con los caballos. La madera del casco lucía desgastada y llena de
costras de algo en lo que no quise detener demasiado mi atención. Aunque
contaba con un mástil que se elevaba varios metros hacia el cielo, no había
ninguna vela ondeando sujeta a él ni tampoco plegada. Antigua y ajada, de
todas formas, su apariencia ni siquiera era lo más llamativo.
En la popa, una figura encapuchada de al menos dos metros de altura
mantenía los brazos extendidos hacia la superficie de la laguna. Dado que
nos daba la espalda, era difícil ver qué estaba haciendo exactamente, y
tampoco estaba segura de querer saberlo. Los aldeanos que habían
permanecido observándonos se metieron en el interior de sus casas de
forma tan apresurada que no presagiaba nada bueno.
Karan reanudó el desfile de advertencias mientras la embarcación se
acercaba más y más al muelle.
—Mantente cerca de nosotros. Si te vieras a solas con el barquero, dale
esto —deslizó algo en mi mano: una moneda de oro con el grabado de un
cetro que reconocí como el símbolo de Hades—, y corre a buscarnos.
No veía cómo tendríamos ocasión de separarnos en aquel lugar. Había
una abertura en la proa que con toda probabilidad llevaba bajo cubierta,
pero el barco no era tan grande como para contar, si acaso, con algo más
que una pequeña bodega.
Aun así, asentí y me guardé la moneda bajo una de las tiras del corpiño;
Karan siguió murmurando en mi oído.
—No le hagas preguntas al barquero y procura guardarte tu sarcasmo para
ti hasta que volvamos a estar en tierra firme. Estoy seguro de que él no lo
apreciaría tanto como yo.
Su tono se aligeró al pronunciar la última frase. Quise pensar que era una
especie de broma, pero no consiguió que me relajase en absoluto. Dudaba
que nada pudiera hacerlo, menos aún cuando la embarcación se ladeó para
situarse en línea con el muelle y pude ver al barquero desde más cerca. O
no verlo, en realidad. El manto negro con capucha le oscurecía el rostro y
solo dejaba a la vista las manos, huesudas y apenas cubiertas de un fino
pellejo; comparados con él, los aldeanos podrían considerarse rollizos.
Tendió una de esas manos hacia nosotros y Egan lanzó la bolsita —repleta
de más monedas— a sus pies; a continuación, hizo lo mismo con los
conejos que se había quedado al entregar el resto a Xander.
Esperamos y esperamos, y por un instante me emocionó la idea de que la
criatura no nos permitiera subir a bordo. No resulté ser tan afortunada. Un
hilillo de sombras brotó de uno de sus dedos y onduló por el aire hasta el
lateral del barco, y esas mismas sombras hicieron descender una pasarela de
acceso. Me tragué un jadeo de sorpresa cuando el golpe reverberó contra la
madera del muelle, y también me hundí sin pensarlo contra el pecho de
Karan. No me avergoncé de ello. Con esa clase de poder, el barquero no
podía ser otra cosa que un adepto de Hades; sus dones eran siempre sombra
y muerte, y también dolor.
Se me puso todo el vello de punta.
—No estoy segura de querer subir ahí —farfullé por lo bajo, esperando
que solo Karan pudiera escucharlo.
—Todo irá bien. Solo haz lo que te he dicho.
Quizás él estuviera acostumbrado a tratar con adeptos de Hades, los hijos
del dios más oscuro y siniestro de todos los reinos. En mi caso, una cosa era
leer sobre ellos o que alguna de mis profesoras nos instruyera acerca de sus
poderes y demás características, pero acababa de ver cómo se materializaba
frente a mí algo de lo que en Olympya se hablaba poco y entre susurros. No
estaba preparada para ello; no importaba que hubiera afirmado estarlo.
Tampoco creí que fuera a lograrlo nunca.
Karan me mantuvo cobijada con su cuerpo. No se burló de mí ni de mis
temores, que resultaban obvios. En ese mismo instante, la apuesta de
lanzarlo por la borda quedaba oficialmente cancelada; Xander podía
quedarse con la botella de néctar y bebérsela toda él solito. De todas
formas, Dafne y yo nos habíamos tomado una vez un par de sorbitos y,
brebaje de los dioses o no, daba una resaca infernal. Era un lujo —uno
bastante caro— del que estaba muy dispuesta a prescindir.
Tanto Egan como Xander descendieron de sus monturas y embarcaron a
pie. Ambos tuvieron que forcejear con las riendas de los animales, que
parecían tan poco entusiasmados con el inminente viaje a través del Estigia
como lo estaba yo. Lex, en cambio, saltó al interior sin más, aunque emitió
un gruñido bajo en dirección a la figura del barquero.
Karan y yo esperamos para acceder en último lugar. No me hizo
desmontar, sino que azuzó al semental negro y este le obedeció sin un solo
titubeo. Al atravesar la pasarela y una vez en cubierta, lo premió con una
serie de toquecitos cariñosos en el cuello. Acto seguido, me hizo resbalar
por el flanco del animal, y no me soltó del todo hasta que no se aseguró de
que mis pies estaban sobre el suelo.
Más sombras tiraron de la pasarela y la alzaron de vuelta a su sitio para
luego disolverse en el aire hasta desaparecer. El barquero, sin moverse aún
de la popa, giró y extendió los brazos hacia el agua una vez más, y un
nuevo torrente de oscuridad cayó en cascada más allá del borde de la
cubierta. El barco empezó a moverse de inmediato.
Xander se apoyó en la barandilla lateral con la naturalidad del que espera
poder disfrutar de las vistas durante la travesía, y Egan acudió a su lado.
Cuando iba a colocarme lo más pegada posible a ellos sin importar que
pudiera llegar a resultarles incómodo, Karan me agarró de la muñeca.
—La llevo abajo. —Fue todo lo que dijo.
Sus hombres replicaron con un murmullo de acuerdo y una mirada de
Karan bastó para que el cerbero se acomodara junto a ellos.
—Pensé que no convenía separarse.
—Eres tú la que no debe estar sola aquí. Además, ellos pasarán el viaje en
cubierta. Xander prefiere estar al aire libre siempre que puede, así que Egan
le hará compañía.
No discutí, aunque solo se debió a que ir abajo significaba perder de vista
al barquero. Su mera presencia resultaba espeluznante y, aunque la otra
orilla no parecía estar demasiado lejos y el viaje fuera breve, prefería no
compartir espacio con aquel ser más allá de lo estrictamente necesario.
Karan me guio hasta la única abertura de la cubierta y me hizo descender
por delante de él. Al llegar al pie de las escaleras, parpadeé. Y luego volvía
a parpadear, convencida de que los vapores del Estigia o los poderes del
barquero le estaban haciendo cosas raras a mi percepción. Un largo pasillo
—muy muy largo— se extendía frente a mí, con puertas a los lados y un
pequeño farol junto a cada una de ellas. Era literalmente imposible que
aquello fuese real; el barco ni siquiera era tan grande, y las escaleras, en la
proa, se hallaban situadas de manera que deberíamos haber tropezado con la
parte delantera de la embarcación.
Karan llegó a mi lado y lo miré.
—Es una ilusión óptica, ¿no?
Una risita fue todo lo que obtuve por respuesta. Apostaba a que estaba
disfrutando bastante de la situación, pero, mientras no sacara a relucir su
impertinente petulancia, yo mantendría la boca cerrada y mi sarcasmo a
buen recaudo.
Me llevó hasta una de las primeras puertas y me hizo atravesar el umbral.
El camarote no contenía más que un par de estructuras rígidas de madera
sobre las que se extendían sendos colchones, o algo similar a un colchón;
eran más tela y paja que otra cosa. No había baño, aunque tampoco había
planeado usarlo, y carecía de adornos o ningún otro mobiliario. Un ojo de
buey se abría en la pared del fondo. A pesar de que nada lo cubría, tampoco
parecía que los sonidos o la brisa se colaran a través de él, solo la luz. Por
haber, no había tan siquiera ni uno de los candiles del pasillo.
Mi acompañante se desplomó en uno de los catres. Le llevó un latido
tumbarse y otro más taparse los ojos con el antebrazo. Yo me dirigí al que
quedaba libre, me senté y apreté las piernas contra el pecho en un intento de
recuperar un poco de serenidad después de mi encuentro con el siniestro
hijo de Hades.
—No puedo creer que vayas a intentar dormir, solo hace unas horas que
nos despertamos.
Él no se molestó en retirar el brazo para contestar:
—Das patadas.
—¡¿Qué?! ¡No! ¡Yo no doy patadas! —mentí de forma flagrante.
—Y también balbuceas mientras duermes, aunque a veces dices cosas con
un poco de coherencia.
Oh, dioses, eso sí que era preocupante.
—¿Qué clase de cosas?
No podía verle los ojos, pero sí el perfil sinuoso de la curva de sus labios,
así como apreciaba también el modo en el que subía y bajaba su pecho,
tirando de las correas cada vez. Me quedé un breve instante atrapada en la
visión de ese movimiento.
—Algo sobre fantasmas, y otras cosas mucho más interesantes.
Deseé tener a mano algo que lanzarle y borrar la sonrisa canalla que
asomó a su boca. No quería pensar a qué clases de cosas se refería, aunque
la insinuación fue bastante burda para que no me viese abrumada por el
bochorno.
—Déjame descansar un poco, cazadora. Ya te hablaré en otro momento
de esas cosas.
—Casi estaremos ya en la otra orilla —señalé, ignorando su petición y el
resto de su comentario—. Ni siquiera entiendo por qué me has hecho bajar
aquí.
No iba a admitir que estaba más que encantada, la verdad. No podía fingir
que no había visto las sombras guiadas por la mano de un hijo de Hades
hacía solo un momento…
Karan resopló, resignado.
—Hay siete minutos de navegación de un lado a otro de la laguna, pero se
sentirán como siete horas para nosotros. Así que déjame dormir.
—¿Qué? —Eso no tenía ningún sentido—. No puede ser.
—Puede ser y es. Siete horas, cazadora.
Pensé en ello, y terminé por plantearme si los hadesianos —o quizás el
mismísimo Hades años atrás— no habrían ideado una trampa de tiempo así
como una precaución que les permitiera tomar medidas en contra de los
posibles ocupantes del barco. Al fin y al cabo, aquella era la frontera natural
de entrada a su reino. O eso, o el barquero se aburría tanto que disfrutaba
alargando el trayecto para torturar a los pasajeros durante más tiempo del
necesario. Cualquier cosa era posible en ese reino.
Mi ánimo se derrumbó aún más al asumir que me quedaban siete largas
horas por delante. No tenía sueño; yo sí había dormido, y muy bien además.
—No doy patadas —refunfuñé, solo para dejarlo claro.
Karan no contestó, pero me di cuenta de que se estaba esforzando para no
ceder a la risa.
Unos dos minutos después, yo ya estaba desesperada por el silencio. Mi
mente empezó a divagar y se desvió hacia los dos hombres que habíamos
dejado en cubierta. No le había dado mayor importancia antes, creyendo
que la travesía sería breve, pero no entendía que optaran por permanecer
cerca del barquero cuando había otras opciones.
—¿Por qué Xander prefiere estar arriba?
—Esa clase de pregunta es bastante personal.
Repasé lo que había dicho mentalmente y…
—Oh, por Zeus, deja ya de buscarle el filo a cada uno de mis comentarios
y responde a la pregunta.
Soltó una carcajada que brotó de la parte más profunda de su pecho y,
acto seguido, deslizó el brazo fuera de su rostro. Ladeó la cabeza para
mirarme con una expresión que decía que estaba más divertido que
frustrado, por mucho que quisiera aparentar lo contrario.
—Haces muchas preguntas.
—Eso es porque tú me das unas respuestas de mierda todo el tiempo.
Pasó a tumbarse de lado, apoyó el codo en aquel triste colchón y la
mejilla a su vez en la mano, como si ya se hubiera resignado a tener que
brindarme toda su atención y hubiese descartado el descanso.
—No le gusta estar encerrado en sitios pequeños.
—Ah.
—Y Egan no simpatiza demasiado con el barquero, pero se quedará con
Xander. Siempre lo hace.
Eso me dio pie para saciar más de mi curiosidad.
—¿Egan y él…? —Las cejas de Karan treparon por su frente de un modo
casi cómico, pero esperó a que terminara la frase—. Bueno, he visto cómo
se miran.
—¿Y cómo crees que se miran, cazadora?
Rebusqué en mi memoria para traer al frente de mi mente todos los
pequeños detalles que había ido almacenando en los dos días anteriores,
enlazarlos con lo poco que me había contado el propio Karan sobre ellos y
darle forma a mis palabras.
Había pescado a Egan observando a Xander en repetidas ocasiones, pero
no era el único que aprovechaba para hacerlo cuando creía que nadie se
percataba de ello.
—Xander mira a Egan de la forma en que lo haría alguien que se dejaría
cortar un brazo con tal de evitarle cualquier daño.
—Yo mismo me dejaría cortar ambos brazos por cualquiera de los dos,
pero eso no significa que los quiera en mi cama.
—Bueno, tampoco creo que ellos te quieran a ti en la suya.
Frunció el ceño y me apuntó con el dedo.
—Siento que hay un insulto ahí en alguna parte…
—Lo hay —sonreí abiertamente solo para fastidiarlo—, pero no me
refiero a esa clase de devoción. Es más como la que te hace colocar un
jarrón valioso en un lugar alto para que nadie pueda tocarlo por miedo a que
acabe roto, accidentalmente o no. Esa devoción suele ser peligrosa —
continué, perdida en lo que seguramente era una de mis divagaciones sin
sentido. Aunque quizás, en realidad, estaba pensando en Adara y en que me
hubiera dado la oportunidad de salir del templo a escondidas con Dafne y
no hubiera dicho nada al respecto. Tal vez esa decisión sí la había tomado
como una madre y no como la suma sacerdotisa—. Todos tenemos que
permitir que la gente a la que queremos salga al mundo, incluso si eso los
quiebra o abre fisuras en su superficie o bajo la piel. Lo único que podemos
hacer es estar ahí luego para ayudar a sellarlas o, si es necesario, para
recoger los pedazos. Eso es lo que tal vez debería comprender Xander.
Los ojos de Karan se pasearon por mi rostro, ya sin rastro de burla o
diversión. Su mirada grave me hizo comprender que había compartido con
él más de lo que pretendía. Había pensado en aquella charla como una
forma de pasar el rato mientras continuaba sonsacándole más detalles para
mi lista, no como un ejercicio de reflexión sobre mi propia experiencia.
—El problema de Xander es que… —Se detuvo, cerró los ojos y apretó
los párpados durante un instante—. Deberías preguntarle y que él decida si
quiere compartirlo contigo. Es probable que consigas una confesión
completa si le suministras suficiente néctar para ello. Al parecer, le caes
bien.
—Lo dices como si eso fuera algo descabellado.
Su mirada destelló de una forma que no fui capaz de interpretar. Se
colocó de espaldas de nuevo, volvió a taparse los ojos y susurró:
—Siete horas, cazadora. Concédeme eso al menos.
12
La respiración de Karan no tardó en volverse más profunda y rítmica, lo
cual alivió un poco la culpa que sentía por el tema de las patadas nocturnas,
algo que no admitiría jamás frente a él. También me dejó sin nadie a quien
continuar interrogando y con toda una travesía por delante para rumiar en
silencio sobre lo acontecido durante los últimos días.
Me quedé acurrucada sobre la cama y, al principio, todo lo que hice fue
observar la figura del hombre que tenía tumbado delante. Su brazo volvía a
cubrirle una parte del rostro y mantenía las piernas estiradas y cruzadas a la
altura de los tobillos. Su espada reposaba junto a la cadera y la armadura de
cuero se le ajustaba con precisión a unos músculos que, a pesar del sueño,
casi parecían continuar en tensión. ¿Se relajaría alguna vez del todo?
Incluso cuando se burlaba de mí y adoptaba su habitual actitud engreída, no
dudaba de que Karan estaba totalmente alerta y listo para una pelea.
También era muy atractivo, pese a que había algo oscuro y quizás un
poco retorcido en él, lo cual no era un pensamiento con el que desease lidiar
en ese instante. Seguramente, que sintiera una ligera atracción por un hijo
de Ares hadesiano decía más de mi escasa cordura que el hecho de que me
hubiese aventurado sola en aquel reino.
Desvié mis erráticos pensamientos y la vista de él, y llevé mi mirada
hacia el ojo de buey. Podía ver una parte del cielo, ahora de un tono
grisáceo. Me pregunté si Dafne se encontraría también contemplando ese
mismo cielo encapotado, si habría ocupado uno de esos camarotes días o
solo unas horas antes. ¿Podía hacer uso cualquier adepto de Ares de los
servicios del barquero? ¿La habrían alertado sus captores también de los
riesgos de quedarse a solas con el hijo de Hades que dirigía la embarcación?
¿Habría dado ella muestras de su temor al verlo dominar las sombras y
emplearlas a su antojo? ¿Y habría pensado en lo que yo diría sobre eso
como yo misma no podía dejar de hacer?
Me prometí que, cuando Karan despertase, le preguntaría sobre el posible
camino que habían tomado sus hermanos para llevar a las prisioneras hasta
el palacio. Desde luego, no creía que el grupo de rescate se plantease cruzar
el Estigia de aquella forma; si Adara les había permitido internarse en
Hadesya en busca de las demás, emplearían alguno de los dos pasos
alternativos. El rodeo las retrasaría, por lo que aún había posibilidades de
que nos cruzásemos en un futuro no muy lejano.
Apoyé la cabeza en la pared y miré el techo. Mis ojos siguieron las grietas
de la madera podrida como si se tratasen de los senderos y desviaciones que
me llevarían hasta mi mejor amiga. Algunos sin salida o errados; otros,
largos y sinuosos.
Suspiré.
Opté por revisar lo que ya sabía y lo que había descubierto en los últimos
días: la amenaza continua de una guerra, las incursiones hadesianas en
nuestras fronteras, la conversación con Xander sobre los cultivos quemados
de Olympya y los cuerpos famélicos de los aldeanos que habíamos dejado
atrás, el hambre en sus ojos que competía con la animosidad hacia los
hadesianos a los que acompañaba y que yo no terminaba de comprender…
La crueldad y la ambición colonizadora de Stavros no me parecía un punto
que admitiera discusión, pero ¿y si su pueblo solo había ido a la guerra
porque se moría de hambre, por pura necesidad? Sus motivos bien podrían
servir del mismo modo al afán conquistador de su regente; no había nada
que empujara más a una persona a pelear que la supervivencia. Y si
Hadesya carecía de recursos hasta ese punto…
Desde luego, eso no exoneraba de la culpa a los malditos que se habían
llevado a mis hermanas. Nunca podría perdonar a quienquiera que hubiese
capturado a Dafne. Sin embargo, la imagen de Xander lanzando las piezas
cazadas junto al pozo flotó frente a mis ojos una vez más. Karan no había
llegado a contestar a mi pregunta sobre si era alguna clase de pago; bien
podría haberse tratado de una forma de paliar las carencias de aquella gente;
de ayudarlos. En Olympya, los adeptos de Ares no se molestaban
demasiado en afinar sus habilidades para la caza, para eso nos tenían a
nosotras. Todo lo que hacían era pelear como obedientes soldaditos a las
órdenes de Argos, nuestro rey. Quizás hubiera en Hadesya adeptos que no
actuaban igual. Quizás existiesen en ambos reinos.
En el Templo de Artemisa había una hermana, una adepta ya muy anciana
y retirada, con la que había coincidido en varias ocasiones en la biblioteca.
La mujer respondía al nombre de Alysa y estaba prácticamente ciega, pero
pasaba muchos días sentada en un rincón de la estancia, siempre con un
libro en el regazo y una mano sobre su cubierta, como si esperase que el
conocimiento traspasara las hojas y se colara en su mente a través del mero
contacto de sus dedos. Una de las veces en las que yo buscaba un texto en
una sección cercana a donde solía sentarse, cuando ya empezaba a
desesperar, ella había estirado el brazo y había señalado un estante. Nunca
entendí cómo había sido capaz de saber que el libro estaba allí, pero di con
él en cuestión de segundos. Me había acercado para darle las gracias y
habíamos pasado un rato charlando de cosas que ahora ni siquiera podía
recordar, pero no había olvidado un comentario en particular: «Novicia —
me había llamado—, la historia la escriben siempre los vencedores, y casi
nunca lo hacen atendiendo por igual a las batallas que se han librado ni a los
desafíos por los que han pasado ambos bandos, solo a sus propias
victorias». En ese entonces, no le había dado demasiada importancia a sus
palabras y las había descartado con rapidez, pero ahora no podía dejar de
pensar si los libros que había leído estaban escritos por esos vencedores de
los que había hablado. Por los olímpicos; mi gente.
Cerré los ojos y me escurrí por la pared hasta quedar tumbada boca
arriba. Cada vez parecía más obvio que solo era una ilusa que se creía a pies
juntillas lo que leía en los libros sobre sus vecinos y su propio reino, o lo
que me contaban mis instructoras, sin cuestionar jamás cuánto podría haber
de cierto en esas enseñanzas. Tal vez ni ellas mismas lo supieran; una
mentira repetida mil veces a lo largo de los años podía acabar convertida en
verdad. Y, lo que era aún más importante, quizás ni siquiera existiera una
única verdad.
Tenía demasiadas cosas en la cabeza. Preguntas, suposiciones, miedos y
deseos. Esperanzas. Y un pozo profundo de terror ante la posibilidad de no
volver a ver jamás a Dafne. Me negué a aceptar ese último pensamiento.
Puede que fuera inquietud, quizás aburrimiento o tal vez solo la necesidad
de que alguien me brindara algo de consuelo, pero, por primera vez desde
que la voz del fantasma había retumbado en el interior de mi cabeza, fui yo
la que dio un tirón mental y reclamó su atención. Él apenas tardó unos
segundos en contestar:
«Oraíos», fue todo lo que dijo, pero esa única palabra estaba cargada de
satisfacción, anhelo y necesidad. De algo profundo y demasiado intenso.
«Solo quería saber si estabas bien».
«Me preocupa más cómo te encuentras tú, ya que estás hablándome sin
que tenga que colarme por las grietas de tu mente. Pareces frustrada».
Lo estaba. Todo había sido más sencillo cuando las cosas eran blancas o
negras. Cuando Hadesya representaba el mal, y Olympya, el bien. No era
como si de repente hubiera decidido concederle a ese reino tétrico un
salvoconducto que justificase cualquier atrocidad, pero…
«Estoy bien. Solo… —me detuve antes de emplear las palabras de
Xander y pedirle que me distrajera. No parecía correcto esperar que
abandonara lo que fuera que estuviera haciendo solo porque yo estuviese
agitada y aburrida—. ¿Tienes tiempo para esto?».
«Siempre tendré tiempo para ti».
Una reconfortante calidez inundó nuestra conexión, cubriéndome como
una manta mullida y suave. En ese instante, juro que no me importó si todo
aquello era solo producto de mi imaginación. Si estaba loca, pues que así
fuera.
«Me da la sensación de que dices siempre lo que crees que quiero
escuchar», repliqué, porque parecía demasiado bueno; demasiado perfecto.
Algo que sumaba puntos a la teoría de que lo había creado mi propia mente.
«Aunque así fuera, no significa que no sea verdad. Sé que te encanta
oírme llamarte “preciosa”, pero que yo te lo diga para poder sentir tu
sonrisa no lo convierte en algo menos cierto».
«Nunca me has visto».
«No he necesitado hacerlo para saber que es así. Lo eres para mí. Lo he
sentido en cada centímetro de mi cuerpo y mi mente desde el primer
momento en el que nuestros caminos se cruzaron. —Debió percibir mi
suspicacia, porque agregó—: ¿Qué tal si hacemos un trato? Prometo que
nunca dejaré de decirte tanto lo que creo que quieres escuchar como lo que
necesitas oír».
«Eso estaría muy bien».
Durante un rato no hablamos, solo nos sentimos el uno al otro. Nunca
habíamos compartido un instante así, en un silencio cómodo. La conexión
zumbaba entre nosotros, tan vibrante que no parecía que fuera necesario
decir nada. Fue precisamente esa complicidad relajada la que me empujó a
plantearle la siguiente pregunta:
«Esta conexión que compartimos, ¿qué crees que significa? ¿Por qué nos
pasa esto?».
«Oraíos —susurró, y más de su ternura se derramó en mi mente—, te
contaré una historia. Dice la leyenda que hace mucho mucho tiempo los
humanos no éramos como ahora. Los seres que nos precedieron poseían
cuatro piernas, cuatro brazos, dos rostros y una sola cabeza…».
«Eso es asqueroso», me burlé, y también él rio.
«Un poco tal vez. Desconcertante como mínimo, pero eso no es lo
importante. Paciencia, theá mou. La cuestión es que en dichos seres
convivían el sexo femenino y masculino. Su fortaleza era tal que Zeus se
sintió amenazado por su poder y, lanzándoles un rayo, los dividió en dos.
Así, los condenó a vivir sin su otra mitad y a vagar por la Tierra en busca de
ella. Dos partes de un todo, dos personas destinadas a estar juntas y encajar
de una forma en la que jamás podrían hacerlo con alguien más. Se dice que,
cuando esas almas son lo suficientemente poderosas, cuando su anhelo
resulta desgarrador y la necesidad rebosa de sus corazones doloridos por la
ausencia del otro, a veces consiguen comunicarse incluso estando
separados. Se les llama “almas gemelas”».
Sus palabras permanecieron flotando en mi mente hasta que la
comprensión me golpeó con tanta fuerza que agradecí estar tumbada. Él
creía que éramos el uno para el otro…
«Almas gemelas», repetí para mí misma.
Ni en mis fantasías más estrafalarias hubiera podido idear algo como eso;
no, mi mente no era capaz de urdir por sí sola algo tan tan… Ni siquiera
sabía cómo llamarlo.
«Te he asustado», susurró él, y pude sentir un atisbo de arrepentimiento.
«No, no. Solo que es… mucho».
Percibí su sonrisa, aunque ahora había un toque de tristeza en ella.
«No me mientas, oraíos, por favor. Siempre preferiré cualquier verdad de
tus labios, por muy dolorosa y amarga que sea, que la más pequeña de las
mentiras».
La declaración llegó acompañada de un sentimiento de serenidad y
franqueza que me hizo saber que estaba siendo del todo sincero conmigo.
No repliqué, me limité a tratar de enviarle algo que esperaba que fuese
capaz de identificar como aceptación y gratitud.
¿Era aquello una locura? Nunca nos habíamos visto, pero siempre había
tenido la sensación de que lo conocía desde hacía mucho más tiempo del
que llevábamos hablando. También sentía que estaba segura con él. Que
jamás me haría daño. Sin embargo, tenía que ser consciente de que, incluso
si le decía dónde estaba y acudía a mí, yo seguiría siendo una hija de
Artemisa.
Dioses, ni siquiera sabía quién era él. O si tenía otros compromisos.
Me reí de mí misma; quién sabe, tal vez no regresara jamás al templo en
Karya, a lo mejor lo que yo era ya no importaría. A lo mejor, tampoco lo
que fuera él.
«Creo que será mejor que descanse un poco», dije, incorporándome hasta
sentarme de nuevo. Me daba vueltas la cabeza, más, si cabe, que antes de
nuestra charla. Necesitaba procesar todo aquello.
Miré a Karan. Su pecho subía y bajaba despacio y no se había movido en
ningún momento, disfrutando de un sueño tranquilo y esperaba que también
reparador. Deseé que durmiera durante toda la travesía; lo último que
necesitaba ahora era tener que lidiar con él.
«Espera, oraíos, por favor. No me dejes fuera de tu mente de nuevo. Una
vez me preguntaste mi nombre, ¿aún quieres saberlo? ¿Haría eso que te
sintieras mejor?».
«Yo…», titubeé, a pesar del tono desesperado y suplicante de su voz. A
pesar de que me estaba rogando.
¿Cambiaría las cosas conocer su nombre? Lo haría aún más real, eso
seguro. Ya no sería un fantasma, sino una persona de carne y hueso. Un
hombre que tenía acceso a mi mente y que, al parecer, también ansiaba
colarse en mi corazón. Y yo no estaba segura de poder evitarlo; no estaba
segura de nada.
Me froté los ojos y luego las sienes. ¿Por qué los desafíos no podían venir
de uno en uno? Las moiras parecían empeñadas en ponerme a prueba,
aunque él hubiera afirmado que según las tres hermanas yo era su destino.
Y él sería el mío, ¿no?
«Te diré mi nombre y entonces quizás me creas», continuó
persuadiéndome.
«¿Y eso por qué?».
«Dijiste que te gustaba cazar, que eras muy hábil en ello».
No le había hablado de mi pertenencia al Templo de Artemisa, pero sí de
lo cómoda que me sentía con un arco entre las manos. Se lo había
comentado una vez meses atrás, ni siquiera esperaba que lo recordase.
«Lo soy».
Una sonrisa inundó la conexión de golpe. Fue como ver encenderse un
faro en la oscuridad más profunda y tenebrosa. Como una llama que brotase
de repente e incendiase todo a su alrededor.
«Mi nombre es Orien. ¿Sabes lo que significa?».
Lo sabía, por supuesto que lo sabía.
«Significa “oriente” o “al este”, pero también… también significa…»,
balbuceé, y él tuvo que concluir la frase por mí.
«Significa “cazador”».
13
El fantasma… No, Orien y yo nos despedimos después de eso. Fue él quien
retrocedió de forma cautelosa por la conexión para dejarme a solas con mis
pensamientos. No estaba segura de que sumergirme en el caos que era mi
mente en ese momento fuese una buena idea, pero no traté de retenerlo.
Antes de retirarse del todo, dejó tras de sí lo que sentí como una tierna
caricia de sus dedos en mi mente.
Después de comprobar que Karan continuaba dormido, me sentí tentada
de subir a cubierta para ir en busca de los otros. Seguro que su compañía
resultaría una mejor opción que quedarme en el camarote a solas con el
sonido rítmico de la respiración de Karan de fondo y la certeza de que había
cometido un error terrible al permitir que Orien me dijese su nombre. Pero
vagar sola por el barco parecía una idea aún peor y no tenía especial interés
en tropezarme con el barquero y descubrir qué podía ocurrirme, así que no
me moví de allí.
Orien. El cazador. Un cazador en busca de una hija de Artemisa. Tenía
que reconocer que parecía algo que las moiras harían solo para divertirse;
una especie de burla a dos almas que, según esa estúpida leyenda, eran una.
Almas gemelas.
Por los dioses, ni siquiera sabía por dónde empezar a diseccionar todo
aquel lío. Cómo enfrentarme a ello. Si creerlo o no. O qué hacer en el caso
de que me convenciera de que era verdad.
«Nada. No puedes hacer nada. Tienes que salvar a Dafne», me recordé.
No estaba en Hadesya en busca del amor verdadero o cualquier otra cosa
por el estilo, así que, de ser Orien quien decía ser —o lo que él creía que era
para mí—, iba a tener que esperar hasta que encontrase a mi mejor amiga y
estuviésemos a salvo. De todas formas, y a pesar de que estaba convencida
de que acudiría a mi lado si le confesaba donde estaba, jamás lo pondría en
peligro de esa forma. Bastante temeraria había sido y estaba siendo ya como
para arrastrarlo a él conmigo. El reloj estaba en marcha entonces, y la
cuenta atrás para resolver lo que fuese aquello que había entre nosotros
llegaría a su fin una vez que regresara a Olympya. Si es que lo hacía.
Cuando Karan por fin comenzó a desperezarse, yo ya estaba más centrada
y había recuperado la mayor parte de la compostura. Templé los nervios y
me dije que tenía que pensar en mi búsqueda como una partida de caza; no
podía distraerme o perdería la oportunidad y erraría el tiro final. Y eso no
iba a suceder, no cuando supondría perder a mi amiga; mi hermana, si no de
sangre, en todo lo demás.
Karan se sentó y me miró con los ojos aún empañados por el sueño. Tenía
un mechón rebelde brotando del lateral de la cabeza que lo hacía parecer un
niño alborotador y más inocente de lo que sin duda era. Incluso en mitad de
toda aquella locura, la imagen estuvo a punto de arrancarme una carcajada.
—¿Mejor? —pregunté, luchando con una sonrisa.
Él elevó los brazos y se estiró con pereza, y luego hizo crujir el cuello.
—Mucho mejor. Es sorprendente lo bien que se puede descansar cuando
no tienes a alguien dándote pataditas y murmurándote obscenidades al oído.
—Te prefería inconsciente. Si me lo permites, un golpecito y puedo
solucionarlo.
Se puso en pie, para nada intimidado con mi amenaza. Igual tenía que
empezar a cumplirlas, o ponerme más creativa. La verdad era que me había
salido más como una burla que como una advertencia.
—Vamos, cazadora, subamos con los otros. No queda mucho para que
lleguemos.
No tenía ni idea de cómo podía saber cuánto tiempo había pasado, pero
me resigné a creer en su palabra y lo seguí fuera del camarote. No iba a
echar aquel sitio de menos y, cuando volviese a Olympya con Dafne, no
pensaba viajar de vuelta con el barquero. Emplearíamos uno de los otros
pasos aunque eso supusiera alargar el camino.
Encontramos a Xander y Egan sentados donde los habíamos dejado y con
Lex dormitando a sus pies, en la proa, lo más lejos posible del barquero.
También este continuaba exactamente en la misma posición. Las sombras
brotaban de sus dedos y se hundían en el agua, y lo que fuera que hicieran
bajo esta nos acercaba cada vez más a la otra orilla. Reprimí un escalofrío y
aparté la vista de él.
Karan no se había equivocado, ya estábamos casi al otro lado del Estigia.
Cuando abandonase la embarcación y pusiera un pie en tierra, me
encontraría en el reino de Hadesya. La niebla que antes solo había
permitido atisbar poco más que la débil línea de la orilla opuesta, ahora ya
no representaba un estorbo. El terreno que se extendía más allá del Estigia
era semimontañoso, con colinas elevándose por todas partes y algún pico de
mayor altura, vegetación más bien pobre y decrépita y el aspecto de no
haber visto lluvia caer durante varias estaciones a pesar de la oscuridad que
perseveraba en el cielo.
—¿Tienes pensado pasar por la casa de Asfodelos? —preguntó Egan, una
vez que nos unimos a ellos.
Xander, que había estado contemplando la orilla como si estuviese
midiendo las posibilidades que tenía de saltar por la borda y alcanzarla para
no tener que pasar ni un minuto más allí, deslizó su atención hacia Karan.
Por el modo en que ambos hombres lo observaban ahora, no era una
decisión que creyeran que Karan tomaría a la ligera. Me quedé mirándolo
yo también, a la espera de una respuesta, aunque no tuviera ni idea de qué
significaba.
Él asintió un momento después.
—Sí, quiero asegurarme de que… todo está bien.
Xander dio una palmada con renovada alegría y Egan también pareció
complacido.
—Deberíamos ir directamente al palacio —intervine. Por mucha
curiosidad que me provocase ese «todo» que Karan había titubeado al
pronunciar, necesitaba llegar a Dafne cuanto antes—. Tenéis que llevarme
allí. Dijisteis que lo haríais.
—Si yo fuera tú, no tendría tanta prisa por reunirme con Stavros y su
corte —dijo Egan.
—No la tengo, pero tampoco quiero que él tenga la oportunidad de
reunirse con mis hermanas. Necesito llegar antes de que…
Me callé de golpe y mi mirada rebotó entre sus rostros. Casi había
olvidado que para ellos solo era una prisionera. Puede que fueran laxos con
las precauciones que habían tomado conmigo o que incluso se mostrasen
amables, unos más que otros. Pero no me estaban acompañando al palacio
de Hades para que pudiera rescatar a Dafne y las demás, me llevaban para
que me uniera a las otras hijas de Artemisa capturadas. Para el disfrute y
goce de su rey.
—Pasaremos por Asfodelos —sentenció Karan. No me miró al hablar y
tampoco mostró el mínimo matiz de ninguna emoción en su voz—. De
todas formas, se encuentra de camino.
Si no suponía un retraso, podía aceptarlo, aunque no era como si fuesen a
escuchar mi opinión al respecto. No sabía qué más me esperaba ahora que
iba a adentrarme en el corazón de Hadesya, pero supuse que enfrentarlos y
salir de aquel barco a punta de cuchillo no acabaría bien para mí. Cuando
llegase el momento, tendría que buscar la oportunidad de quedarme en
compañía de solo uno de ellos e intentar escapar; Xander seguía siendo la
elección más alentadora.
—Tenemos compañía —anunció este, y todos nos volvimos hacia la
orilla.
Allí, justo donde ya era visible la silueta del muelle, había aparecido un
grupo de hombres. No eran campesinos hambrientos, sino soldados
armados y vestidos para la batalla. Por la manera en la que Xander había
señalado su presencia, no creí que fueran amigos que habían acudido a
darles una calurosa bienvenida.
No tardé en poder apreciar el rojo en su armadura, aunque no se distribuía
sobre el cuero como en el caso de mis acompañantes, sino que eran las
capas y algunos detalles de las camisas que asomaban bajo ellas las que se
hallaban teñidas de dicho color. Fuera como fuese, resultaba evidente que
eran hijos de Ares hadesianos.
—¿Compañeros vuestros? —inquirí, pero me ignoraron.
Karan intercambió una mirada con Egan y este asintió. Luego, se dirigió a
Xander.
—Desembarcaré a pie. Ocúpate de los caballos, y tú —agregó,
volviéndose hacia mí— sitúate a mi espalda y baja antes que los demás; no
quieres quedarte ni un segundo sola en este barco, te lo aseguro. Caronte lo
tomaría como una invitación para disponer libremente de tu alma.
Quería cuestionar las órdenes que se había limitado a ladrarnos, pero
Xander lucía ahora mucho menos entusiasmado con nuestra inminente
llegada, así que decidí que sería mejor mantenerme callada y a la
expectativa. Además, supuse que Caronte era el nombre del barquero y no
dudaba de la advertencia que Karan me había dado sobre él. Se rumoreaba
que esa era una de las habilidades de algunos de los adeptos del dios Hades:
arrancarte el aliento, la vida e incluso el alma. No pensaba quedarme para
comprobar si era verdad.
Karan no hizo ningún comentario cuando me vio rescatar de las alforjas
de uno de los sementales mi arco y el carcaj. La embarcación comenzó a
virar y, demasiado pronto, quedó alineada con el muelle. No me giré para
contemplar cómo las sombras del barquero hacían descender la pasarela,
sino que me prepararé para escuchar el golpe de esta al caer. Mantuve el
brazo pegado a mi costado, pero mis dedos inquietos juguetearon con la
cuerda del arco.
Los soldados que esperaban formaron dos líneas. Conté siete en total, tres
en la primera y otros cuatro por detrás; todos con las espadas envainadas,
aunque sus expresiones revelaban lo preparados que estaban para hacer uso
de ellas. No solo eso, sino que parecían desearlo. No era una buena señal de
lo que nos esperaba en tierra, y tuve que preguntarme por qué sus propios
compañeros mostrarían a los tres hadesianos tal hostilidad. ¿Serían
desertores? ¿O tal vez habían desobedecido alguna orden por cruzar
conmigo el Estigia?
No tenía ni idea y no era un buen momento para interrogarlos al respecto.
Eso iba a tener que esperar.
—Contén tus flechas, cazadora —susurró Karan, solo para mis oídos—.
No hay nada de lo que tengas que preocuparte.
Eso sí que no me lo creí. Empezaba a pensar que al final sí iba a resultar
necesario salir de allí haciendo uso de mis cuchillos; si bien no tendría que
emplearlos contra quien había esperado.
El golpe de la pasarela hizo temblar el pequeño muelle. Karan le hizo una
señal a Lex y el cerbero se lanzó a través de ella. Luego, fue él quien se
dirigió al lateral del barco y se dispuso a atravesarla; los hombros y la
espalda rectos, la barbilla alta. Me di cuenta de que cada uno de sus pasos
resonaba con fuerza en la madera, como si deseara que la comitiva de
bienvenida fuese totalmente consciente de que estaba avanzando hacia
ellos. Tenía muy claro que era algo intencionado. Ahora, más que un
depredador mortal y silencioso, se había convertido en el general que había
mencionado esa misma mañana.
Se situó junto a Lex, frente al grupo de soldados, y le palmeó la cabeza
con cariño antes siquiera de dignarse a echar una mirada a los hombres.
—Es una pena que tengamos prisa y otros lugares en los que estar, no
podemos quedarnos a charlar con vosotros, muchachos —proclamó, en voz
alta y con claridad para que todos pudieran escucharlo.
Hubo maldiciones murmuradas en respuesta a la clara ofensa implícita en
su tono condescendiente e incluso uno de los soldados de la primera línea
escupió en el suelo a sus pies. Karan se detuvo justo frente a él, mientras
que Xander me hacía una señal para que me moviera. Enfilé la pasarela y
todas las miradas se posaron sobre mí.
Karan también volvió la vista por encima de su hombro un momento y
me regaló una breve sonrisa.
—Además, como podéis ver, nos acompaña una dama y no tengo
intención de hacerla esperar.
—Vuestra dama tiene una espada —dijo el mismo soldado que había
escupido a sus pies.
—La tiene. También tiene un arco y flechas, una cara muy bonita y los
ojos del color del cielo del Tártaro al amanecer, pero no pensaba que
estuviésemos aquí para señalar obviedades.
A pesar de la atmósfera de violencia que se respiraba, tuve que reprimir la
carcajada que ascendió por mi garganta. Xander no fue tan discreto, aunque
se limitó a soltar una risita suave que fingió tratar de esconder con un golpe
de tos. No creí ni por un momento que de verdad quisiera disimular lo
mucho que se estaba divirtiendo.
Para entonces yo ya estaba casi al final de la pasarela. Me aparté y
Xander pasó a mi lado con los caballos, los tres sueltos y encabezados por
el semental negro de Karan. Aun libres, no se alejaron demasiado. Luego, el
propio Xander se colocó un poco por delante de mí y Egan también tomó
posición junto a él.
—Tus burlas no son bienvenidas aquí —intervino otro soldado.
Lex gruñó, enseñando los dientes, y Karan avanzó un único paso. La
mayoría de los hombres se mantuvieron firmes, pero me di cuenta de que
algunos querían retroceder e incluso dos de ellos rompieron la fila y se
movieron con discreción hacia atrás. Sus edades eran dispares, pero casi
todos debían contar con algunos años más que él; por consiguiente, se les
suponía más experiencia en cualquier tipo de enfrentamiento. No entendía
qué los amedrentaba tanto, aunque a lo mejor era que yo me había
acostumbrado demasiado a mis acompañantes y al cerbero.
El aire se hizo aún más denso y hubiera jurado que el cielo se oscureció
mientras Karan los observaba sin variar su expresión decidida. Fue Xander
quien intervino a continuación.
—Todos sabemos cómo acabará esto, así que ¿por qué no hacéis como
esas otras veces que nos hemos encontrado? Fingís no habernos visto y os
largáis por donde habéis venido.
La incredulidad se reflejó en algunos rostros, aunque me dio la sensación
de que fue más bien porque algunos de ellos no tenían constancia de
encuentros anteriores y Xander había destapado el dudoso proceder de sus
compañeros. Supongo que eso fue demasiado para el honor de los aludidos.
Las espadas se deslizaron fuera de sus vainas sin que mediara orden
alguna, solo que entonces Egan habló y lo hizo con una voz gutural que ni
siquiera parecía la suya. De no haberlo visto mover los labios, ni siquiera
hubiera pensado que provenía de él.
—Dolor. Sangre. Muerte —enumeró, como una letanía macabra y con los
ojos en blanco, totalmente inmóvil de una forma que tampoco parecía
natural.
Xander masculló una palabrota y algo que sonó como «Joder, ahora no»,
mientras que Karan ni siquiera se inmutó al escucharlo. A mí me puso los
pelos de punta.
—¿Qué le está pasando? —pregunté, al ver que varios soldados volvían a
retroceder y contemplaban a Egan como si fuese el mismísimo Hades.
Él eligió justo ese instante para repetir las mismas tres palabras y sonó
aún más siniestro si cabe. Los soldados empuñaron las espadas con un
aplomo que no creí que sintieran. No podía culparlos por ello, yo tampoco
sabía muy bien qué estaba sucediendo, pero de igual modo me aferré a mi
arco.
—Rendíos —dijo el primero que había hablado.
—Dolor. Sangre. Muerte —insistió Egan.
Cuando los soldados no se retiraron, Karan asintió y desenvainó su propia
espada.
—No se puede decir que no os hayamos avisado. Muerte será.
14
La primera fila de hombres no mostró ninguna indecisión al arremeter
contra Karan, pero él los esquivó y optó por enfrentarse a los cuatro de la
segunda. Xander también reaccionó enseguida. Se movió hasta quedar justo
delante de Egan y brindarle así la protección de su propio cuerpo, dado que
este parecía continuar en trance o lo que fuera que le estuviera pasando.
Cubriendo a su amigo, encaró a los tres hombres, pero ni siquiera hizo
amago de armarse. Elevó una mano hacia el que se hallaba a la derecha y la
otra en dirección al de la izquierda, y los dos soldados cayeron de rodillas
un segundo después. Las espadas resbalaron de sus dedos y se llevaron las
manos al pecho, gimiendo de pura agonía. Casi como si alguien acabara de
apuñalarlos directamente en el corazón.
Cuando el del medio, el mismo que había escupido a los pies de Karan, se
lanzó sobre Xander, este se limitó a alzar la pierna y golpearlo en pleno
estómago. La fuerza de la patada fue tal que el tipo salió propulsado hacia
atrás por el aire y rodó varios metros al caer; luego, se quedó inmóvil.
Yo ya había cargado una flecha en el arco sin siquiera percatarme de que
lo hacía, aunque mi mirada estaba fija en los soldados que continuaban
retorciéndose sobre el suelo y lanzando alaridos de dolor. La expresión de
concentración de Xander mientras los observaba nada tenía que ver con el
tipo amable y risueño que yo había creído conocer.
Mi mente no tuvo tiempo de procesar lo que acababa de suceder. Por el
rabillo del ojo vi que los otros soldados habían rodeado a Karan y apunté mi
flecha hacia el que había quedado a su espalda, que en ese momento estaba
a punto de lanzarle una estocada a traición. La flecha voló y se clavó en su
hombro. Podría haberle acertado en un punto que resultara mortal, tenía la
puntería para ello, pero eso hubiera significado darle muerte a alguien por
primera vez en mi vida. Por mucho que hubiese intentado convencerme de
que era la guerrera que se me había entrenado para ser, no sabía si estaba de
verdad preparada para ello.
La herida debió de provocarle el dolor suficiente y el arma resbaló de su
mano, aunque la suerte no duró demasiado. El soldado se llevó la otra mano
a la cadera y el filo de un cuchillo destelló cuando lo deslizó fuera de su
funda. Karan seguía de espaldas a él, danzando de un lado a otro con tanta
soltura y gracia que la espada parecía una prolongación de su propio brazo.
Sus golpes eran precisos y contundentes, y sus movimientos hablaban de
cientos —tal vez miles— de horas ya no practicando, sino enfrentándose a
diestros enemigos. Sin duda, era un guerrero experimentado.
Disparé una segunda flecha al muslo de su atacante y esta también
encontró su objetivo. La pierna se le aflojó y el adepto de Ares clavó la
rodilla en la tierra; sin embargo, sus dedos se aferraron aún con más fuerza
al mango del arma. Volvió la vista en mi dirección y me lanzó una mirada
cargada de odio.
Todo estaba ocurriendo demasiado deprisa y, en el momento en que
Karan retrocedió hacia él para evitar un golpe, supe que iba a tener que
tomar una decisión.
El soldado extendió el brazo para atacar la espalda desprotegida de
Karan, así que… disparé. Sin embargo, en ese mismo instante Karan giró
con rapidez y se arrodilló frente a él. Antes de que mi flecha le acertara en
el cuello al soldado, él ya le había asestado su propio golpe de gracia. Me
dedicó un guiño rápido, como si en todo momento hubiera sabido lo que
estaba sucediendo a su alrededor. Un instante después se encontraba de
nuevo en pie y listo para seguir lidiando con los otros soldados. No supe si
estarle agradecida por haberme evitado tener que matar a aquel hombre o
enfadarme por su interferencia.
La pelea continuó. Lex lanzaba dentelladas al aire y hacía retroceder a
dos de los soldados mientras Karan se enfrentaba al tercero. El sonido de
acero contra acero acompañó a los gruñidos sibilantes de Egan, que repetía
sin pausa la misma cantinela sin fin. Una y otra y otra vez. Su mirada, en
blanco, parecía estar muy lejos de allí. Por cómo se mantuvo Xander en
todo momento cerca de él, sin intentar acudir a ayudar a Karan, quedaba
claro que no quería alejarse demasiado de su amigo, y también que no debía
de ser la primera vez que algo así le sucedía.
—Os lo advertimos —dijo a los dos soldados que agonizaban a pocos
pasos, a los que aún apuntaba tan solo con las palmas de sus manos
desnudas—, y sabíais lo que ocurriría.
Resultaba evidente que había dicho la verdad y, o bien ya se habían
encontrado antes, o al menos debían conocerse de alguna manera; tal vez
hubieran estado a las órdenes de Karan en el pasado. Los hombres no
respondieron. Dudaba que pudieran. Sus dedos se habían curvado en forma
de garras y se arañaban la armadura que les cubría el pecho con
desesperación. Sus rostros estaban desfigurados por el dolor.
Xander los miró durante un momento más, y creí ver sombras
acurrucándose en sus ojos castaños. A continuación, con los brazos
extendidos en su dirección, giró las muñecas y los gritos cesaron de golpe;
los soldados también dejaron de moverse de inmediato, quedando inertes
sobre el terreno. No pude evitar jadear de la impresión y trastabillé hacia
atrás.
Muertos. Estaban… muertos, y los había matado empleando únicamente
sus manos desnudas, a saber con qué don oscuro.
—¿Qué… qué les has… hecho? —pregunté, atragantándome con las
palabras.
El soldado que había recibido la patada en el pecho aún se removía sobre
el terreno polvoriento, pero no hizo ademán de levantarse y Xander no le
prestó atención. Tampoco se molestó en explicarme nada de lo que acababa
de suceder. Se concentró en Egan y empezó a sacudirlo con suavidad al
tiempo que le susurraba algo en voz baja.
Dos de los otros soldados yacían ya en el suelo alrededor de Karan y uno
más aprovechó para intentar escapar corriendo.
—¿Puedes acertarle desde ahí? —gritó, y tardé un momento en darme
cuenta de que Karan me estaba hablando a mí.
Bajé la vista para mirar el arco que aún sostenía entre las manos, mientras
mi cerebro se dedicaba a interpretar lo que significaba que Xander poseyera
la clase de poder que podía acabar con una persona sin siquiera tocarla. Lo
que él tenía que ser.
—¿Cazadora? —volvió a reclamarme Karan, mientras el único soldado
en pie continuaba alejándose de nosotros a la carrera.
Al parecer, él no tenía intención de perseguirlo, y tampoco trató de enviar
al cerbero tras sus pasos. Pero no debía querer dejarlo marchar; podría
alertar a más de los suyos y vendrían en nuestra persecución. Yo tampoco
quería eso, supuse, incluso con lo que acababa de descubrir sobre uno de
mis acompañantes. Así que levanté el arco y cargué otra flecha. Inspiré
mientras apuntaba, tomé nota de la dirección y potencia de la brisa y de la
distancia, y calculé la velocidad a la que se movía mi presa. No me llevó
más de un parpadeo. Disparé y la flecha fue a alojarse profundamente en
mitad de su espalda.
En cuanto cayó sobre el suelo, mis ojos se apartaron de él y recorrieron de
nuevo todos los cuerpos dispersos frente a mí. Contemplé a Karan, erguido
e inmóvil en el centro de aquel círculo de muerte; su armadura lucía nuevas
manchas de un tono rojizo aún más intenso al estar frescas, un montón de
salpicaduras que se fundían las unas con las otras. Comprendí entonces que
lo que yo había creído que teñía el cuero como una marca de su pertenencia
al Templo de Ares resultaba ser en realidad la sangre de las víctimas que
habían muerto bajo el filo de su espada.
Miré a Lex, echado ahora a los pies de Karan, un cerbero cuyos dientes se
hallaban manchados también de sangre. Mis ojos se trasladaron a
continuación a Egan, murmurando aún con la mirada perdida, inmerso en a
saber qué clase de crisis existencial. Y por último pasé a Xander.
Tenían que ser adeptos del dios de los muertos. Hijos de Hades. Los tres.
Retrocedí de forma instintiva y a punto estuve de tropezar con el muelle.
Cuando miré atrás, me di cuenta de que la embarcación de Caronte ya no
estaba allí. Maldita sea, ¿por eso habíamos viajado con él? ¿Porque era uno
de sus hermanos? Y las advertencias sobre quedarme sola, ¿se debían a que
yo no lo era?
Había pasado con aquellos hombres los últimos días; había compartido su
comida, aceptado agua de Egan, cabalgado y bromeado con Xander y
dormido entre los brazos de Karan…
Me temblaron las manos, no supe si a causa del miedo o de la ira. Me
aterrorizaba lo que representaban y todo lo que me habían contado durante
años sobre ellos —incluso si no eran más que especulaciones, sabía que
debía de haber algo de verdad en los rumores—, pero también estaba
furiosa por haber sido tan ingenua como para tragarme sus mentiras.
—Me mentiste —dije, dirigiéndome directamente a Karan—. Eres un
hijo de Hades.
Él suspiró; su expresión era seria pero también cauta. Se inclinó para
limpiar el filo de su espada con la capa de uno de los soldados caídos y la
envainó antes de contestar:
—No te mentí. Tú diste por supuesto lo que éramos, pero yo nunca
confirmé que fuese cierto.
Se me escapó una carcajada tan cínica que incluso yo me sorprendí.
—Ocultar la verdad también es mentir. Tenías que habérmelo…
—¿Contado? —me interrumpió. Se movió hacia mí, aunque se detuvo al
ver que yo me apartaba de su camino—. ¿Para qué? ¿Qué hubieras hecho?
¿Huir? ¿Matarnos?
Su expresión se transformó de repente. Abrió los ojos como platos,
rebosantes de todas las emociones que había estado conteniendo hasta
entonces y que no tuve tiempo de interpretar porque al instante siguiente se
abalanzó en mi dirección. Mi reacción fue alejarme aún más. Durante un
puñado de latidos, ni siquiera me percaté de que el soldado al que Xander
había pateado estaba justo detrás de mí. Hasta que una mano me sujetó por
el hombro y la hoja afilada de un cuchillo se hundió en mi carne. El dolor
irradió desde mi costado derecho en todas direcciones. Quise gritar, pero al
abrir la boca no salió más que un gorjeo de dolor que apenas llegó a mis
propios oídos.
Para entonces, Karan ya estaba sobre mí, y la oscuridad también llegó con
él.
Mi instrucción en el Templo de Artemisa había comenzado a los cinco años.
Había compartido las clases teóricas con novicias de diez, aunque una vez a
la semana era la propia Adara la que me llevaba a su despacho y me
interrogaba a conciencia sobre lo que había aprendido en los días anteriores.
Para el entrenamiento físico, en cambio, había contado con una instructora
particular que me enseñó a manejar el arco. Una vez que hube alcanzado la
edad habitual para ello, Adara permitió que me uniera al resto de las
novicias. Para entonces ya acumulaba una amplia habilidad en todos los
aspectos salvo en uno: la lucha cuerpo a cuerpo. Así que durante los años
siguientes había recibido un sinfín de golpes mientras aprendía a bloquear y
defenderme. En esa época, no había día en el que no contara con un surtido
de moretones en las más variadas partes de mi cuerpo. Me habían cortado
con el filo de una espada o con un cuchillo más veces de las que podía
contar, partido el labio, una ceja… En una ocasión, incluso me dislocaron
un hombro, lo cual resultó muy muy doloroso, sobre todo cuando tuvieron
que devolverlo a su sitio.
Sin embargo, nunca antes me habían apuñalado. Nunca hasta ese día a
orillas de la laguna Estigia. Nunca hasta que no me sirvió de nada mi
excelente oído, ni mis reflejos, porque estaba demasiado conmocionada
como para prestar atención a mis sentidos. Nunca hasta que descubrí que
mis captores eran adeptos de Hades, el dios de los muertos; seres con
poderes siniestros y muy peligrosos.
En la turbia oscuridad en la que me sumí tras el ataque, escuché gritos y
susurros. Alguien tiró de mi ropa. La brisa me besó la piel expuesta. Calor.
Frío. Unas manos que se aferraban a mis hombros. Gruñidos. El relinchar
de un caballo. Me trasladaron. O eso fue lo que me pareció. El paso del
tiempo se convirtió en algo ajeno a mí y no supe si soñaba o estaba
despierta. Si estaba muerta. Solo el dolor que sentía en el costado me hizo
pensar que aún quedaba algo de vida luchando por no abandonar del todo
mi cuerpo.
Una de las veces creí haber abierto los ojos. Contemplé el techo blanco de
una habitación y, a continuación, una mirada tan brillante como la plata
mejor bruñida lo ocupó todo. Percibí presión en mis músculos doloridos y
me desmayé otra vez. Luego estaba boca abajo. Alguien murmuraba en mi
oído con suavidad, ternura y una desesperación tal que el dolor pareció
calmarse un poco. Me tomaron de la mano y la apretaron. Un leve toque en
el dorso. Dedos que se enredaban en los míos. Unos labios en mi sien. Y
una voz… Esa voz. ¿Conocía esa voz?
Regresó la oscuridad.
La siguiente vez Karan estaba a mi lado, inclinado sobre la cama. La
mejilla apoyada en el colchón y sus ojos buscando los míos. Una arruga en
su frente. Su rostro demacrado. Maldiciones farfulladas que apenas podía
entender. O tal vez fuesen oraciones.
Más dolor y nuevas palabras que resbalaban de unos labios que se movían
demasiado rápido. Plegarias elevadas a dioses ausentes.
Dolor.
Pasaron horas. ¿Días? Había alguien a mi alrededor. ¿Era Karan de
nuevo? ¿Tal vez Xander? ¿O estaba alucinando?
«No te mueras. No se te ocurra morirte». No supe si las súplicas estaban
en mi cabeza o llegaron a través de mis oídos.
Más dolor. Más oscuridad. Y luego… nada.
Cuando recobré la conciencia, no abrí los ojos de inmediato, pero escuché
la voz de Egan.
—Debería haberle dicho quién era, y también haber sido sincero con
nosotros.
—Ya sabes cómo es —replicó Xander, y tuve que suponer que hablaban
de Karan.
Bueno, así que no era la única a la que le había mentido, solo que no tenía
manera de saber qué podía haberle ocultado a sus amigos. Era imposible
que Karan hubiera conocido el tipo de poder que albergaba mi sangre, ¿no?
No había llegado a emplearlo con él, aunque seguía convencida de que, de
algún modo, el hadesiano había detectado que había algo más bajo mi piel
que carne y hueso. Lo había visto en sus ojos cuando estaba a punto de
dejarlo salir; solo la irrupción de Lex en el claro había evitado que se lo
mostrara.
Me mantuve inmóvil y en silencio para no dar muestras de que había
despertado, y también porque necesitaba reorganizar un poco mis
pensamientos. Me habían atacado, lo sabía, pero después de eso no era
capaz de recordar nada de lo que había sucedido. Tanto el costado como la
zona baja de la espalda me palpitaba, aunque el dolor ya no era tan
punzante y brutal como en el momento en el que el soldado había hundido
el cuchillo en mi carne. Imaginé que habían tratado mi herida y que esta no
había sido tan grave como yo había creído. Percibía el tacto suave de la
sábana sobre mi cuerpo y un colchón debajo de mí, también que nos
encontrábamos bajo techo, por lo que atrás habían quedado los
campamentos improvisados. Debíamos de estar en la casa de Asfodelos, a la
que habían mencionado que nos dirigiríamos en nuestro camino hacia el
palacio de Hades.
—Así que es ella —dijo Egan.
—Ya viste lo que le hizo su sangre a la tierra.
Me forcé a no saltar de la cama a pesar de que una profunda oleada de
preocupación me sacudió de pies a cabeza. Lo sabían. Había sido
descuidada y había permitido que mi sangre entrara en contacto con el
terreno árido bajo mis pies. Claro que acababan de apuñalarme cuando
había sucedido. Por los dioses, ni siquiera me había parado a pensar en eso
en realidad. No importaba los años que Adara había pasado aleccionándome
para que tomara las debidas precauciones si resultaba herida en algún
entrenamiento. Estaba autorizada para detenerlos e incluso marcharme de
ellos y curarme; las instructoras no sabían qué motivo había para que la
suma sacerdotisa les hubiese ordenado no intervenir, pero cumplían su
voluntad sin preguntar al respecto.
Mi sangre no podía caer. Ocurrían cosas cuando tocaba la tierra.
—Todo el puto terreno floreció como un oasis a su alrededor —señaló
Xander, aunque resultaba evidente que Egan también había sido testigo de
ello.
Luché por no abrir los ojos, sentarme para mirarlos y negarlo todo. No
serviría de nada. Mi poder había quedado al descubierto. Durante años,
había habido una parte de mi entrenamiento que Adara había tomado en sus
propias manos y que le habíamos ocultado a todo el mundo; la que se
refería al poder que albergaba mi sangre. Esas clases privadas no se habían
detenido hasta que yo había sido capaz de hacer uso de parte de dicho poder
incluso sin tener que derramarla, pero no había manera de que, si eso
sucedía, las cosas no se descontrolaran. La hierba crecía y plantas brotaban
del suelo sin ningún tipo de orden, y estas últimas florecían en cuestión de
segundos y daban fruto poco después. El terreno reverdecía como si la
mismísima Deméter hubiera ordenado que así fuera.
Adara me había asegurado que nadie debía descubrirlo si no quería
terminar convertida en esclava de mis capacidades. Por mucho que pudiera
acceder a una parte de él sin tener que sangrar, la realidad era que su efecto
resultaba mucho más potente si lo hacía. ¿Cuál sería mi destino si el rey o
cualquier otro miembro de la corte se enteraba de que mi sangre tenía la
capacidad de volver fértiles los campos o hacer crecer cosechas enteras en
cuestión de minutos? ¿Cuánto tardarían en drenar hasta la última gota de
mis venas para hacer uso de ella en su propio beneficio? Me encerrarían e
irían desangrándome poco a poco hasta que mi cuerpo no resistiera más. Y
una vez que alcanzara ese punto de no retorno…
La de ocultar mi habilidad era de las únicas órdenes de Adara que no
había osado desobedecer nunca. Hasta ahora. Teniendo en cuenta dónde
estaba y con quién, mi secreto se había desvelado en el peor momento
posible.
Al menos no eran conscientes de que también podía hacer brotar de la
tierra raíces y manejarlas a voluntad, lo cual resultaba bastante útil también
si querías inmovilizar a un enemigo o incluso enjaularlo. O asfixiarlo. Mi
poder podía ser usado para dar vida, pero también para traer la muerte, y
eso era algo en lo que jamás había querido pensar demasiado. Era más feliz
ignorándolo la mayor parte del tiempo, aunque en algunas ocasiones me
hubiera preguntado si había sido algo heredado de mi madre. O si ella de
alguna manera lo había descubierto tras mi nacimiento y se había
horrorizado tanto que por eso me había abandonado. Tal y como le había
dicho a Karan, los regalos de los dioses, si es que el mío provenía de ellos, a
veces estaban envenenados.
De donde fuera que hubiese venido, la cuestión era que lo tenía y que
ahora los tres hijos de Hades que solo habían sido un medio para alcanzar
mi objetivo también lo sabían. Así que solo me restaba por descubrir qué
harían con ese conocimiento. Qué harían conmigo.
Y si yo tendría que matarlos para sobrevivir.
15
—¿Qué crees que hará Karan ahora?
Contuve el aliento al escuchar una nueva pregunta por parte de Egan,
pero un instante después me obligué a reanudar la respiración y mantenerla
estable. Necesitaba que creyesen que seguía dormida.
—Sabes dónde reside su lealtad. Hará lo que necesita ser hecho.
La lealtad de un hadesiano estaba con su rey, de la misma forma en que
los olímpicos se la debíamos al nuestro. Pero pensé en los adeptos de Ares
que nos habían asaltado nada más desembarcar. ¿Por qué atacarían a unos
hijos de Hades? ¿Podrían ser disidentes Karan y su grupo? ¿O sería ese el
caso de los soldados a los que nos habíamos enfrentado? Si Hadesya estaba
sumergida en alguna clase de lucha de poder interna, desde luego en
Olympya ese hecho nos resultaba del todo desconocido. Quizás no fuera
así; incluso cuando aquellos tres hombres contaran con poderes oscuros, eso
no era suficiente para enfrentarse a Stavros, un descendiente de la línea del
mismísimo Hades. Y Karan había mencionado que para Xander y Egan él
siempre sería su general. Tal vez había cometido un error y el rey lo había
desterrado…
Mi respiración tropezó una vez más cuando una idea se abrió paso en mi
mente. Si Karan había sido expulsado, ¿no sería mi capacidad un regalo
excelente con el que volver a recuperar el favor de su monarca? ¿Era eso lo
que le preguntaba Egan a Xander? ¿Qué hacer conmigo? De todas formas,
era al palacio de Hades a donde me llevaban desde el principio, ¿no?
Dioses, estaba demasiado aturdida para poder pensar con claridad.
—¿Incluso con… ella? —inquirió Egan.
El más callado de los tres hadesianos no parecía serlo tanto cuando
pensaba que yo estaba inconsciente, aunque no me quejaría por ello; no
cuando yo misma quería escuchar lo que Xander pensaba al respecto. Pero
la única respuesta de este consistió en un suspiro suave que no supe cómo
interpretar. Quizás hubiera asentido con la cabeza; quizás hubiera negado.
No podía saberlo. O tal vez Xander no tenía ni idea de qué esperar de su
propio amigo. De su general.
Egan continuó el interrogatorio.
—¿Y tú estás de acuerdo con eso?
—Es su decisión. Es él quien ha de tomarla.
Hubo un cambio en el ambiente de la habitación. La tensión creció a mi
alrededor y, tras un momento de silencio total, una puerta se abrió y se cerró
con un portazo. ¿Se había enfadado Egan? Sinceramente, no creía que fuera
justo él quien, de los tres hadesianos, fuese a rebelarse contra lo que parecía
un destino inevitable para mí.
Como fuera, no podía pararme a pensar en ello. Mi objetivo continuaba
siendo llegar hasta Dafne y mis hermanas, liberar a cuantas pudiera y
regresar a Olympya. No permitiría que mi mejor amiga se pudriera en ese
lugar; antes yo misma me plantaría frente al rey y me entregaría para que
ella pudiera salir indemne. La cuestión era si seguía necesitando que me
guiasen a través de Hadesya o podría valerme por mí misma. Mis guías —
mis captores— serían de utilidad y, posiblemente, conseguirían que llegase
más rápido e ilesa; eso no había cambiado en absoluto, pero ahora que
sabían lo que mi sangre podía hacer…
La puerta volvió a abrirse y a cerrarse. Xander también se había ido, lo
que me permitió por fin abrir los ojos y observar lo que me rodeaba. Dejé
salir una bocanada de aire larga y temblorosa mientras mi vista vagaba y
absorbía y catalogaba todos los detalles de la estancia. Era muy amplia y
luminosa, con un enorme ventanal frente al cual una cortina casi
transparente ondulaba al ritmo de la brisa. Había algunos muebles de
madera, una silla con algo de ropa doblada encima y una espada envainada
en una funda preciosa y apoyada en una esquina como si se tratase de un
vulgar bastón que alguien hubiera olvidado.
La cama era tan grande que había espacio al menos para otras dos
personas, y el cabecero reposaba contra la pared opuesta a una de las
puertas. También había una segunda puerta en el lateral izquierdo que
supuse que conduciría al baño. Cuando giré la cabeza para mirar en esa
dirección y mi mejilla presionó contra la almohada, un aroma dulzón de
sobra conocido me inundó los pulmones. Mis ojos volvieron de golpe hasta
la espada y de ahí saltaron al montón de ropa. Luego, me quedé observando
la fina sábana que cubría mi cuerpo. Mi mente giró y giró…
—Es su cama. La maldita cama de ese imbécil. —La voz me salió áspera,
pero aparté la molestia que formular esas dos frases me supuso.
No estaba desnuda bajo la sábana, pero tampoco vestía mi armadura. Ni
siquiera era mi propia camisola la que me cubría la piel, sino una especie de
combinación de un tejido tan fino como el de la cortina. Fino, de color
negro y muy escaso; apenas alcanzaba a cubrir la mitad superior de mis
muslos. Alguien me había desvestido y puede que incluso me hubieran
lavado, porque no sentía ni rastro de la sensación pegajosa y desagradable
que la sangre dejaba tras de sí. No era que me molestara que me hubieran
curado, pero me inquietaba mucho la idea de haber estado totalmente
vulnerable frente a cualquiera de aquellos tres hombres. Especialmente,
frente al dueño de la cama en la que me encontraba.
Me dije que poco podía hacer ya al respecto y que tampoco era ese el
detalle más preocupante. Por lo que sabía, Karan o cualquiera de los otros
podían haberse hecho con un poco de mi sangre y guardarla para su propio
uso. Pero, de nuevo, ya no podía cambiar lo sucedido.
Inspiré profundamente para ordenar mis pensamientos antes de recordar
que estaba rodeada del aroma de Karan. ¿Cómo era posible que un hijo de
Hades oliera tan bien? A puro azúcar. Dulce y delicioso, a la vez que oscuro
y… pecaminoso. Su olor despertaba un montón de extrañas sensaciones por
todo mi cuerpo. Quizás ese fuera el aroma de la muerte. O tal vez solo era
algo propio de él; estaba segura de que ni Xander ni Egan olían así.
«Deja de pensar en cómo huele. Es el enemigo. Un hijo de Hades. Es un
monstruo».
¿Se parecería su poder al de Caronte? ¿También poseía el mismo tipo de
sombras que había visto brotar de las manos del barquero? ¿O podría
detener un corazón a voluntad, como Xander? Tal vez su don fuese aún más
cruel y retorcido. ¿Podría arrancarle el alma a una persona?
No quería pensar en ello. Entraría en pánico si lo hacía. Adara había
llevado razón al creer que no estaba preparada para salir al mundo; sin
embargo, ya no había tiempo ni opción de echarse atrás. Estaba donde
estaba y haría lo que fuera necesario. Por lo pronto, podría empezar por
tratar de salir de la cama y comprobar cuán grave había sido mi herida.
Moví las piernas para llevarlas a un lado del colchón; mejor dicho, las
arrastré con cierta dificultad. La palpitación en mi costado redobló su
intensidad.
—Mierda —jadeé, cuando el esfuerzo de incorporarme me provocó un
mareo considerable. Aquello no podía estar pasándome ahora. Necesitaba
estar bien. Por Dafne.
Apreté los dientes y seguí moviéndome hasta quedar sentada y con los
pies sobre la madera cálida del suelo. Uno de los tirantes del camisón
resbaló por mi hombro y me quedé mirándolo fijamente. La tela era muy
suave y un pelín brillante, la clase de material que no solíamos vestir las
novicias, y no estaba segura de querer saber de dónde demonios lo había
sacado Karan y por qué tenía ropa de ese tipo para una mujer.
Aparté la vista y miré en dirección a la ventana. La cortina permitía
entrever parte del exterior. Aprecié un extenso terreno y un gran árbol en la
parte más cercana. Sus ramas se mecían también con la brisa y el sonido de
las hojas agitándose tan levemente resultaba calmante. Si había algo que yo
necesitaba era serenarme y pensar con claridad. Así que cerré los ojos,
respiré muy despacio y me repetí varias veces que podía hacerlo. Podía
levantarme, vestirme, ir en busca de Xander, Egan o Karan, quien fuera de
los tres, y decirle que estaba lista para marchar al palacio. Teniendo en
cuenta lo que había escuchado a escondidas un rato antes, esperaba que
Karan tuviera cierta prisa por llevarme ante su rey. Eso jugaría en mi favor
hasta alcanzar el palacio de Hades; una vez más, me dije que ya pensaría en
cómo proceder cuando estuviera allí.
Sabía que era un plan de mierda, no era tan ingenua como para no darme
cuenta de las escasas posibilidades de éxito que tenía. Pero también era
consciente de que había aún menos probabilidades de que Adara hubiera
dado órdenes al grupo de rescate de llegar hasta la morada del rey Stavros,
así que tendría que ser yo la que lo hiciera.
Me impulsé para ponerme en pie. Un quejido escapó de entre mis labios
cuando los músculos de la parte baja de mi espalda se estiraron por el
movimiento. El fogonazo de dolor casi me hizo caer de culo, pero aguanté.
Me temblaban las piernas y había empezado a sudar. Llevé la mano derecha
hasta la zona en la que me habían apuñalado y tanteé con cautela la venda
con la que la habían cubierto. Toda mi cintura estaba rodeada por ella y, por
extraño que pareciese, fue el momento que mi mente eligió para detectar
que, salvo eso, no había ninguna otra tela bajo el camisón.
—Por los dioses, no llevo ropa interior —gemí en voz alta, dolorida y
abochornada casi a partes iguales—. Por favor, por favor, que no haya sido
Karan el que me ha desvestido.
No debería haber representado ninguna diferencia que se hubiese tratado
de Egan o Xander, pero lo hacía. Una diferencia brutal. Incluso cuando
había estado durmiendo entre sus brazos o cuando ya me hubiera visto en el
arroyo con la camisola empapada y pegada a la piel.
Resoplé, no supe muy bien si por el esfuerzo que me suponía mantenerme
en pie o por la rabia y la frustración. Por vergüenza. A saber. Tal vez por
todo en general. Por que mi vida se había torcido de tal manera desde la
partida de Dafne que preocuparse por quién me hubiera visto desnuda
parecía un poco patético por mi parte. Aun así…
—No deberías estar levantada.
Me di la vuelta tan rápido que el mundo entero se ladeó y perdí el
equilibrio. Mi trasero acabó de nuevo sobre el mullido colchón, aunque eso
no evitó que sisease de dolor y, durante unos pocos segundos, también tuve
que cerrar los ojos.
Al abrirlos me encontré a Karan ocupando todo el umbral de la puerta.
Por algún estúpido motivo, mi respiración tropezó y mi corazón hizo
exactamente lo mismo. No sabía qué aspecto tenía yo, no había tenido
tiempo de mirarme en un espejo, pero el suyo era lamentable. Su pelo
estaba descontrolado, como si en las horas previas no hubiese hecho otra
cosa que pasarse la mano una y otra vez por él. Había sombras muy
profundas bajo sus ojos vidriosos y enrojecidos. La armadura había
desaparecido y la camisa le colgaba por fuera de los pantalones, arrugada y
con varios de los botones superiores desabrochados, exponiendo la piel
pálida de su cuello y parte de su pecho. En sus pies, también los cordones
de las botas estaban sueltos, como si hubiera pensado en quitárselas, pero se
hubiera aburrido a medio camino. Lo peor de todo era que incluso hecho un
desastre continuaba siendo atractivo.
«Maldito hadesiano».
Me contempló con una expresión distante que hizo que el estómago se me
retorciera y también me obligó a apartar la mirada. Mis ojos tropezaron con
la botella de licor que mantenía en la mano derecha.
Arqueé las cejas y volví a repasar las líneas de su rostro.
—¿Estás borracho? —Esbozó una sonrisita que fue más desganada que
otra cosa; no había nada divertido en ella. Cuando no respondió, insistí—:
¿Y bien?
Tampoco entonces se dignó a contestar. Solo se quedó allí, inmóvil,
observándome con una intensidad abrumadora que me caló hasta los
huesos. Esta vez no aparté la vista. Me valí de mis exiguas fuerzas y me
puse en pie.
Karan contempló el movimiento con suma atención; con sus ojos
viajando de arriba abajo por mi cuerpo. Aunque había hecho lo mismo
durante nuestro encuentro en el arroyo días atrás, el gesto no tuvo nada de
la actitud provocadora de entonces. Cuando terminé de erguirme del todo,
lo cual fue un proceso mucho menos digno de lo que me hubiese gustado,
sentí otro tirón de dolor en el costado que me obligó a cerrar los ojos de
nuevo. Juraría que, cuando volví a mirarlo, se encontraba un paso más cerca
de mí y su brazo derecho se extendía ligeramente en mi dirección.
—Deberías estar en la cama —habló por fin, arrastrando ligeramente las
palabras.
Sí, definitivamente estaba borracho. Tal vez hubiera decidido celebrar el
regreso a casa; quizás, que había conseguido un trofeo para su rey: yo.
—Estoy bien —mentí.
No estaba para nada bien. Ni me acercaba. Pero eso él no tenía por qué
saberlo. Prefería mostrar toda la entereza posible en su presencia. Ninguna
hija de Artemisa debía de parecer nunca débil o insegura.
Karan ladeó la cabeza con la mirada aún sobre mí y los ojos de un gris
tormentoso entrecerrados.
—Permitiste que te hirieran.
—¿Perdón?
—¿No presumís como cazadoras de contar con unos sentidos
excepcionales? Deberías haber detectado que se te acercaba y no dejar que
te apuñalara.
Se me escapó una carcajada ronca que me raspó la garganta reseca al
salir. ¿Me acusaba de permitir que me apuñalaran? ¿Como si lo hubiera
elegido? ¿Como si simplemente hubiera abierto los brazos y le hubiera
dicho al soldado: «Vamos, clávame un maldito cuchillo en los riñones»?
Lo de este tipo no era normal.
Estaba hecha una mierda, indefensa, herida y desarmada, pero él seguía
siendo un cabrón y yo tenía la boca demasiado grande. No iba a quedarme
callada.
—Eres un auténtico imbécil.
No acusó el insulto. Se llevó la botella a los labios y le dio un trago largo.
Ni siquiera entonces dejó de abrasarme con su mirada oscura. Aquello tenía
que ser una broma.
—Casi te mueres —escupió a continuación, y parecía realmente ofendido.
El recuerdo de algunos rezos atropellados destelló en mi mente, pero
desapareció enseguida.
Crucé los brazos sobre el pecho, lo que me hizo pensar en lo poco
adecuada que era mi vestimenta para mantener una conversación así; para
ninguna clase de conversación, al menos con él. Sin embargo, no traté de
encogerme o taparme. No quería que pensara que me intimidaba. Me daba
igual que fuera un hijo de Hades o el mismísimo rey del inframundo.
—Agradezco tu preocupación —repliqué, y las palabras salieron cargadas
de un sarcasmo venenoso y corrosivo.
Sus ojos se entrecerraron un poco más, aunque tal vez eso fue producto
de su evidente ebriedad. Continuó mirándome. Y luego me miró un poco
más. Y más aún. Me miró durante tanto rato que la situación comenzó a
volverse un poco incómoda. Más aún de lo que ya era.
Estaba medio desnuda en una casa desconocida, en un reino extraño,
herida y a solas con un adepto del dios más oscuro y cruel que hubiese
existido jamás. Debería haber tenido miedo. Debería haber sentido el
mismo temor que me había provocado Caronte y su embarcación hechizada.
En cambio, estaba cabreada, muy muy cabreada.
Eso solo confirmaba que mi sentido de supervivencia era una mierda, y
también que aquel maldito idiota tenía una habilidad especial para sacarme
de quicio.
16
Tambaleándose, Karan avanzó un par de pasos más hacia el interior de la
habitación. Los dedos con los que aferraba el cuello de la botella se
apretaban tanto en torno al cristal que los nudillos perdieron todo color.
—Casi… mueres —repitió entre dientes a pesar de que parecía que estaba
deseando ponerse a gritar.
—¡Me apuñalaron, idiota! —repliqué, y yo sí que le grité, ya fuera de mí.
Todo aquello era ridículo—. ¿Qué quieres? ¿Que te pida perdón por casi
morir? ¡¿Y a ti qué demonios te importa de todas formas si vivo o muero?!
¡¿O es que te da miedo no poder recuperar el favor de tu rey?!
La máscara inexpresiva que había cubierto su rostro hasta ese momento
resbaló tras mi exabrupto; no fue más que un segundo y no se desprendió
del todo, pero sí lo suficiente como para que advirtiera el desconcierto que
le provocaron mis reproches y una chispa de algo parecido al dolor
reflejándose en sus ojos. Imaginé que no me consideraba tan lista como
para haber atado cabos por mí misma. Si incluso los adeptos de Ares
olímpicos despreciaban o infravaloraban la labor de las hijas de Artemisa y
su inteligencia, ¿qué no haría un hijo de Hades de aquel reino maldito?
—Puedes estar tranquilo —espeté acto seguido—, estoy viva y ni siquiera
voy a oponer resistencia. Dejaré que me lleves al palacio y…
Me detuve cuando lo que en un primer momento creí que era una niña
irrumpió en la habitación a la carrera.
—¡Por todo los dioses, Karan! —exclamó ella, mientras le daba un
empujón para apartarlo de su camino—. ¿Es que te has vuelto loco? ¡Está
herida!
Vino directamente hacia mí, se metió debajo de mi brazo y me forzó a
que descargara mi peso sobre ella. Me tomó tan desprevenida que no me
resistí. A decir verdad, mi cuerpo lo agradeció incluso cuando era más bajita
que yo. El alivio fue inmediato, lo cual evidenció mi pésimo estado. Tal vez
Karan no exageraba al decir que había estado a punto de morir, aunque no
veía motivo para que me lo lanzara a la cara como si yo hubiera deseado
que me atacasen. Salvo, claro estaba, por su necesidad de congraciarse con
Stavros y recuperar el estatus de general.
Ay, joder, ¿Karan había sido el hombre que comandaba todas sus tropas?
¿El general de su ejército? ¿Era eso? De todos los tipos con los que podía
haberme topado en los territorios intermedios, ¿había ido a dar justo con el
comandante general de Stavros? Ahora sí que estaba convencida de que no
contaba con el favor de los dioses. A lo mejor tenía que empezar a rezar
más y a actuar como se esperaba de una hija de Artemisa.
Bajé la vista hasta la pequeña que se aferraba a mi cintura y se me
abrieron los ojos como platos.
—Estás embarazada. Muy muy embarazada —señalé, a pesar de que era
un comentario bastante maleducado teniendo en cuenta que no nos
conocíamos de nada.
Escuché resoplar a Karan, pero no me digné a mirarlo. Si lo hacía,
reaparecerían las ganas de estrangularlo con mis propias manos. La recién
llegada me brindó una sonrisa tan amplia que le ocupó toda la cara. Tenía el
rostro redondo, mejillas sonrojadas y un arco de Cupido perfecto, además
de una cascada de rizos castaños que le llegaban a media espalda. Y no era
una niña, me di cuenta. Es más, posiblemente me llevaba unos cuantos años
de ventaja. Lucía un montón de arruguitas en torno a unos ojos azules
enormes que desprendían amabilidad.
Se pasó la mano por la abultada tripa y asintió. Luego, su ceño se frunció
y desvió su atención de vuelta a Karan. Fue bastante cómico el modo en el
que su expresión se cargó de desaprobación cuando lo miró. Casi parecía
una persona totalmente distinta.
—Deberías haberla dejado descansar. No me esperaba este tipo de
comportamiento tan descortés por tu parte. —Su vista descendió hasta la
botella de licor y luego regresó a su rostro—. ¿Has estado bebiendo? ¿En
serio?
Karan abrió la boca para contestar, pero el huracán que era aquella
pequeña mujer no le dio margen para responder. Elevó la mano que
mantenía extendida sobre su vientre y señaló la puerta.
—Lárgate, y no vuelvas hasta que estés sobrio y dispuesto a disculparte.
—Mel…
—No —lo cortó ella—. Vamos, vete. No quieres verme enfadada.
Karan apretó los dientes con fuerza. No pensé que fuera a marcharse a
pesar de que la mujer no parecía dispuesta a dar su brazo a torcer. Sin
embargo, giró sobre sí mismo y abandonó la habitación mucho más rápido
de lo que hubiera esperado que lo hiciera en su estado; eso sí, su andar no
fue ni la mitad de sigiloso de lo que solía ser, tampoco elegante.
En cuanto atravesó el umbral, dejé ir el aire que no sabía que había estado
reteniendo.
—¿Estás bien? No, claro que no estás bien. Soy Melíone, por cierto, pero
puedes llamarme Mel. Ese burro ni siquiera nos ha presentado como es
debido —parloteó sin apenas pararse a respirar, repleta de energía—. En
fin, vamos, tienes que descansar. Te trajeron más muerta que viva y no
creíamos que lo contaras. Yo ya me estaba preparando, pero Karan hizo lo
suyo…
Me arrastró de vuelta a la cama. Para ser tan pequeña y estar embarazada,
tenía una fuerza nada despreciable. Daba un poco de miedo. No se me
ocurrió llevarle la contraria.
—Así que tú eres Korelana —prosiguió hablando, mientras me ayudaba a
tumbarme—. Te imaginaba morena, ¿sabes? No sé por qué. Pero eres rubia.
Muy rubia. Bueno, tiene sentido.
No tenía ni la más mínima idea de lo que estaba hablando ni por qué se
habría imaginado nada sobre mí, pero no dije una palabra. Tampoco era que
me estuviera dando mucha opción para meter baza.
—Todo esto es un lío; un lío muy gordo. Pero no sé cómo a ese idiota se
le ha ocurrido emborracharse. Seguro que el bobo de Xander lo ha animado.
Eso no va a arreglar nada. Claro que yo también bebería néctar de los dioses
hasta hartarme si pudiera. No puedo, obviamente.
Apoyé la cabeza en la almohada y la miré. Casi esperaba que su piel se
estuviese tornando azul por la falta de oxígeno, pero lucía fresca y perfecta,
aún inclinada sobre mí. Y sonriente de un modo un poco inquietante.
—¿Estás bien? —preguntó entonces. De algún modo, se las había
arreglado para volver al punto de partida de la conversación.
—Vaya —dije ahora que por fin tenía la oportunidad de hablar; no se me
ocurría qué otra cosa decir.
—Ay, dioses, eres muy bonita. —Se llevó las manos a la tripa y se irguió
junto a la cama, observándome como una madre orgullosa—. ¿Estás
cómoda? Puedo traerte algo de beber. O de comer. Debes tener hambre.
Llevas una semana…
Me incorporé tan de repente que ella dio un saltito hacia atrás. Reprimí un
gemido de dolor y pregunté:
—¡¿Llevo una semana aquí?!
Mel asintió y a mí se me cayó el mundo encima.
—Tranquila. Xander me explicó lo de tu amiga, pero esos idiotas
descerebrados tardarán aún en poder llevarla al palacio. Ningún hijo de
Ares tiene acceso a Caronte. No le caen muy bien, así que les niega el paso
a través del Estigia y los obliga a dar un rodeo por el este solo para fastidiar.
Es un tipo bastante rencoroso, entre otras muchas cosas. ¿No te lo dijo
Karan? —Puso los ojos en blanco y negó—. Juro que voy a matarlo en
cuanto le ponga las manos encima.
Un momento, la mujer trataba a Karan con mucha familiaridad y estaba
embarazada. Y aquella parecía ser su casa. No podía ser.
—Lo mataré. No tenía por qué ocultártelo. Es un…
—¿Eres su esposa? —la interrumpí.
Cerró la boca de golpe. Bien, a lo mejor preguntar era el secreto para que
se callase un poco. El pensamiento me avergonzó. A pesar de su cháchara
interminable, parecía de verdad preocupada por mí, y también acababa de
hacerme saber que el viaje de Dafne aún se alargaría, que era mucho más de
lo que a ese puñetero hadesiano idiota se le había ocurrido contarme. Eso
me daba un poco de margen.
Sus carcajadas rebotaron a lo largo y ancho de la habitación y me sacaron
de mis cavilaciones.
—¿La esposa de Karan? Ay, no. ¡Por Hades y todas las almas del Tártaro!
No. No. No. —Cerró los ojos un momento y juraría que se estremeció—.
Lo quiero mucho, pero no de esa forma. Eso sería asqueroso. Mi marido es
Deacon. Cuando mejores, te lo presentaré. Es terriblemente atractivo. —A
continuación, soltó una risita y la escuché murmurar para sí misma—: Por
favor, la esposa de Karan. Qué locura. Ni por todo el néctar de este mundo.
Me froté el puente de la nariz y me dije que la sensación de alivio que
sentía solo se debía a que había estado durmiendo varios días en los brazos
de Karan y no me hubiera parecido adecuado hacer algo así si él estaba
casado. En realidad, no lo era por muchas más razones. Y no volvería a
suceder, con esposa o sin ella.
Mel revoloteó por la habitación a pesar de que todo estaba recogido y
limpio. Descorrió del todo la cortina, canturreó mientras tomaba la espada
del rincón y la colocaba en un soporte de la pared y luego fue hasta la otra
puerta y la abrió.
—Puedo prepararte un baño si quieres. Seguro que te hace sentir mejor. Y
luego te damos algo de comer —dijo, asintiendo—. Sí, eso es lo que vamos
a hacer. ¿O quieres dormir un poco?
Negué. Llevaba una semana inconsciente, no quería volver a dormir por
muchas molestias que sintiera. Solo entonces me di cuenta de que Orien no
había sabido nada de mí en todo ese tiempo, ¿no debería haber estado ahí al
despertarme? Estaba bastante segura de que había mantenido mis barreras
mentales alzadas cuando me habían atacado, pero mientras perdía la
conciencia tal vez algo de mi dolor se hubiera filtrado a través de nuestra
conexión. Aunque no fuese así, no habíamos pasado tantos días sin hablar
desde nuestros inicios, cuando el contacto era mucho menos frecuente.
Debía de estar preocupado. Yo lo estaba.
Di un suave tirón mental y esperé. No hubo respuesta. No podía sentir
nada, al margen de la propia conexión. Al menos continuaba estando ahí,
flotando entre los dos, lo que imaginaba que quería decir que seguía con
vida. Pero ¿y si era a él al que le había sucedido algo grave? Algo que lo
mantuviera inconsciente o aislado de alguna forma que…
—¿Korelana?
—¿Sí? —respondí, abandonando el refugio de mi mente.
—¿Un baño?
Me extrañó que la pregunta fuese tan escueta y directa, pero la acompañó
de una sonrisa tan enternecedora que me recordó un poco a cuando era una
niña y Adara todavía me sonreía a veces así. Luego, al crecer, solía mirarme
como si yo la… angustiase.
—Sí, por favor. —Me miré la cintura, donde la venda se vislumbraba a
través de la fina tela del camisón—. ¿Puedo así?
—Aprovecharemos para limpiar la herida y echarle un vistazo. También
cambiaremos el vendaje. Tranquila, yo te ayudo.
Quise preguntarle por qué estaba siendo tan amable conmigo, y también a
qué se había referido antes al hablar del color de mi pelo y del lío tan gordo
en el que estábamos. Pero ella se acercó a la cama, me tendió los brazos y
comenzó a hablar de nuevo a toda velocidad sobre lo guapo que era su
marido, lo pronto que nacería su hijo, lo mucho que se alegraba de tener a
otra mujer allí y sobre mil cosas más sin ninguna relación entre sí.
Y ya no hubo manera de preguntar.
17
Resultó que Melíone no era solo muy charlatana, también era risueña —
salvo para regañar a Karan—, divertida y extremadamente amable. Preparó
el baño y me ayudó a desvestirme, y mientras lo hacía se dedicó a hablarme
de todo y de nada. Me contó que el agua la extraían mediante una bomba de
un pozo a mucha profundidad, donde la tierra estaba a tal temperatura que
podían disfrutar de largos baños calientes sin tener que hacer nada para
conseguirlo. Descubrí que lo del exterior era el árbol de la granada —fuera
eso lo que fuese, no tenía ni idea— y que no se trataba de un árbol en sí,
sino de un arbusto que había crecido de forma desproporcionada. Tenía
propiedades analgésicas y antisépticas, lo cual me explicó cuando empezó a
lanzar puñados de sus hojas secas en el agua caliente. El aroma azucarado
que inundó la estancia hizo que me mareara un poco; también se parecía de
forma sospechosa al olor que desprendía Karan, algo en lo que me había
prometido no volver a pensar.
—Esto ayudará a que puedas permanecer un rato más en el agua y
disfrutar del baño —agregó, guiñándome un ojo— sin que la herida corra el
riesgo de infectarse.
No encontré manera de agradecérselo. Todo lo que pude hacer cuando me
sumergí fue gemir de placer, y ella respondió al sonido con otra de sus
enormes sonrisas.
Su marido estaba preparando la cena, que tomaríamos temprano, y
Xander y Egan, de los que también habló con sorprendente cariño a pesar
de haber llamado «bobo» a Xander un rato antes, se encontraban
alimentando a Kaos y Thanatos, aunque estos últimos yo no sabría quiénes
—o más bien qué— eran hasta el día siguiente. A Karan no lo mencionó,
pero afirmó que tal vez podría ver a Lex durante la cena si me sentía con
fuerzas para tomarla fuera de la cama. Aunque lo negaría, tuve que
reconocer que me alegró saber que los soldados no le habían causado
ningún daño al cerbero, y puede que también lo echara un poquitín de
menos. Eso tampoco hablaba demasiado bien de mi estado mental, pero ya
me había cansado de sumar puntos a esa lista.
Mel me dejó a solas y se marchó alegando que me traería una muda de
ropa. Ni siquiera me dio opción a indicarle que, a ser posible, fuese algo
más discreto que lo que había llevado al despertar. Aquella mujer diminuta
no se callaba el tiempo suficiente, aunque gracias a eso también me enteré
de que había sido ella la que me había desnudado y vuelto a vestir a mi
llegada a la casa.
En el fondo, agradecía su parloteo incesante; permitió que no me
concentrara ni en el silencio de mi cabeza —señal de que Orien continuaba
ausente— ni en el hecho de que había perdido una semana de viaje y era
posible que perdiera más tiempo mientras me recuperaba. Solo esperaba
que tuviera razón acerca del barquero y que mantuviéramos aún cierta
ventaja sobre el grupo que había apresado a Dafne. Si pudiera interceptarlos
antes de que llegaran al palacio, ni siquiera tendría que encontrar el modo
de escapar de allí.
Me repetí que no podía fiarme de nadie, por mucho que me hubieran
permitido cierta libertad o por muy amable que resultara ser Mel. Todos
eran extraños, habitantes del reino de Hadesya y, al menos tres de ellos,
hijos de Hades. No parecía que la mujer formara parte de ese selecto grupo
de fanáticos, pero dar cosas por sentado no me había ayudado mucho hasta
ahora, así que no podía descartarlo por completo.
Sumergida hasta el cuello y envuelta en el dulce aroma y la calidez del
agua, dormité a ratos dentro de la bañera. Mel me había colocado una toalla
bajo la nuca y había dejado otra al alcance de la mano para cuando
decidiera salir, aunque me hizo prometer que no lo haría hasta que ella
regresase para ayudarme.
En una de las ocasiones que me desperté, volví a tironear de la conexión
con Orien. Me pareció sentir un leve toque a través de ella, algo así como la
caricia sutil de unos dedos, pero tampoco entonces obtuve respuesta. Hasta
ese momento no había pensado que fuese a extrañar tanto su presencia o
que me preocupase de esa forma tan angustiosa por él. Es decir, llevábamos
meses hablando, pero la mayoría del tiempo yo había creído que solo eran
imaginaciones mías y había deseado que la voz desapareciera. Ahora que lo
había hecho, anhelaba con todas mis fuerzas que regresara.
—Despierta, Korelana. —Alguien me sacudió los hombros con suavidad
—. El agua está fría, deberías salir ya.
Parpadeé hasta enfocar el rostro de Mel. El baño me había relajado de tal
forma que notaba mis extremidades flojas y todo mi cuerpo mucho más
descansado, también me molestaba menos la herida.
Me entregó la toalla y me ayudó a incorporarme con tanta destreza que se
las arregló para que no tuviera que mostrarme totalmente desnuda ante ella.
Lo agradecí por puro pudor. Ni siquiera la vez que me había acostado con
Loren, el muchacho desgarbado y torpe al que le había entregado mi
virginidad, me había desprendido de toda la ropa. Salvo por Dafne, lo más
cerca que había estado alguien de verme desnuda había sido Karan en el
arroyo; la camisola mojada había dejado bastante poco a la imaginación.
Todavía no sabía cómo había conseguido mantener cierta entereza frente a
él. Claro que el hadesiano resultaba tan exasperante que conseguía sacar mi
lado más temerario. Y no es que eso fuera necesariamente bueno.
—Te he traído esto.
Ya fuera de la bañera, me quedé mirando las dos prendas que sostenía.
Mientras que ella vestía una túnica de un radiante tono blanco que se
abrochaba sobre uno de sus hombros y que abrazaba su abultado vientre
para caer hasta por encima de los tobillos, había escogido para mí algo muy
diferente: otra de esas camisas con unos tirantes finísimos y lo que parecía
un pantaloncito suelto que no taparía lo suficiente. Ambos eran negros y de
la misma tela sedosa del camisón.
—Pensé que preferirías estar cómoda y usar pantalón —señaló, titubeante
por primera vez desde que nos habíamos conocido, aunque enseguida tomó
carrerilla—. Puedo buscarte una túnica, aunque aquí siempre hace mucho
calor. No tengo muchas oportunidades para ir a la ciudad de Asfodelos a
comprar, pero cuando Deacon se acerca hasta allí siempre me trae este tipo
de cosas. Tengo el armario lleno de ropa así —dijo, y esbozó una sonrisita
insinuante que me hizo imaginar por qué su marido disfrutaba tanto
comprándole esa clase de prendas—. ¡Está sin estrenar! Puedes quedártelos
si quieres, seguro que les das más uso que yo. Ahora mismo no podría
emplearlo ni para cubrir una de mis piernas…
—¡Está bien! —intervine, solo para detener su perorata—. No hay
problema. De todas formas, será bueno tener acceso fácil para revisar la
herida o cambiar la venda de ser necesario.
Complacida, enseguida me ayudó a vestirme. Podía moverme con mayor
facilidad ahora que la piel de la espalda no estaba tan tirante, aunque
continuaba percibiendo punzadas de vez en cuando según me inclinase o
tensase los músculos.
—Oh, he olvidado traer vendas limpias. ¿Puedes llegar hasta la cama
mientras voy a por ellas? Espera, no; te ayudo y luego las busco.
—Tranquila, ve. Puedo sola.
Me miró un momento, pero luego asintió y se marchó a toda prisa. Se me
escapó una risita sin querer. Sentía cierta curiosidad por conocer a su
marido y comprobar cómo se las arreglaba para lidiar con tanta energía a
diario. Debía de contar con una paciencia legendaria.
Salí del baño y me dirigí a la cama a paso demasiado lento para mi gusto.
¿Tan mala había sido la herida? Mel había afirmado que había temido que
no sobreviviera, y también había dicho algo así como que Karan había
hecho… ¿lo suyo? ¿Qué demonios significaba eso?
La mujer regresó antes de que pudiera sopesar si la habría entendido mal,
justo cuando acababa de sentarme en el borde del colchón.
—¡Ya estoy aquí! —exclamó, entrando por la puerta como un vendaval.
Me encontré sonriendo de nuevo. Ojalá fuera capaz de mantener esa
actitud risueña y feliz todo el tiempo. Tampoco entendía cómo podía
moverse de la manera en que lo hacía teniendo en cuenta que debía de estar
a punto de dar a luz. Iba a preguntarle cuánto le quedaba cuando descubrí
que no había regresado sola.
La sonrisa desapareció de mi cara.
Karan había llegado tras ella, pero en vez de adentrarse en la habitación
como hizo Mel, se quedó en la puerta. Tenía el pelo húmedo, señal de que
había estado refrescándose como yo, y se había cambiado de ropa. Iba
complemente de negro. La camisa se le abría sobre el pecho y en la parte
inferior vestía un par de pantalones de tela suave, aunque más gruesa que
las de mi conjunto. Ahora llevaba las botas perfectamente abrochadas.
Desde luego, iba mucho más tapado que yo.
Su expresión también era ligeramente diferente. Casi parecía…
compungido. E indeciso. Aunque igual de serio. Se mantuvo allí plantado,
inmóvil bajo el umbral de la entrada. Me dio la sensación de que no estaba
respirando siquiera, y también de que Mel no era consciente de su presencia
mientras se acercaba a mí con las manos repletas de vendas y su eterna
sonrisa.
Enarqué una ceja cuando los ojos de Karan se posaron sobre mi rostro. Si
estaba allí para gritarme de nuevo, ya podía largarse por donde había
venido.
—¿Puedes subirte la camisa para darme acceso a la herida? —pidió Mel,
ajena a la presencia del hombre.
Karan dio un paso al frente.
—Yo lo haré.
—No. Ni hablar —espeté apenas habló.
Mel, que estaba a punto de arrodillarse frente a mí, echó un vistazo por
encima de su hombro y escaneó la figura de Karan de pies a cabeza.
—No creo que… —comenzó a decir.
—He dicho que yo lo haré.
—Y yo he dicho que no —intervine de nuevo.
Ni de broma iba a permitirle que se acercase tanto a mí después de su
ridículo comportamiento, y menos aún que me tocara. Pero él no parecía
estar escuchándome.
—No puedes estar de rodillas en tu estado —le dijo a Mel, arrancándole
las vendas de las manos.
—Estoy embarazada, no impedida.
Karan le brindó una mirada de advertencia, pero enseguida sus duras
facciones se suavizaron y su expresión reflejó solo una leve exasperación
que fue más de cariño que de irritación. Sonó mucho más dulce cuando
habló de nuevo.
—Deacon me matará si acabas provocándote el parto antes de tiempo.
Vamos, déjame a mí.
Vale, lo hacía por ella, no porque desease estar cerca de mí.
Mel fue a contestar, pero Karan la apartó con una delicadeza que jamás
hubiera esperado de un bruto como él. A continuación, cayó de rodillas a
mis pies. A Mel se le abrieron los ojos como platos y se le descolgó la
mandíbula.
—Karan… —balbuceó.
—Ve a descansar un poco, Melíone. La cena ya casi está lista.
La mirada de la mujer alternó durante unos segundos entre él y mi propio
rostro. Lucía conmocionada. Imaginé que no acostumbraba a contemplar a
Karan siendo tan amable con un extraño. Bien, ya éramos dos. No tenía ni
idea de a qué venía aquel cambio de actitud, y no podía dejar de pensar en
que había algo diferente en él, solo que no era capaz de detectar qué era.
Bajé la vista y lo observé mientras desenrollaba la venda solo para darme
cuenta de que Mel me había pedido que me levantara la camisa justo
cuando Karan había aparecido y que ahora iba a tener que hacerlo para él.
—Yo misma puedo vendarme —insistí, porque tampoco quería
aprovecharme más de la hospitalidad de aquella dulce mujer.
Por mucha energía que mostrase, había estado danzando a mi alrededor y
ayudándome todo el tiempo. Y puede que no fuera una inválida, tal y como
ella misma había dicho, pero su avanzado estado tenía que estarle pasando
factura.
—Estoy más que acostumbrada a curar mis propias heridas —proseguí
argumentando.
Eso llamó la atención de Karan. Levantó la barbilla de golpe y me miró.
Una arruga profunda atravesaba su frente.
—¿Por qué?
Se inclinó un poco hacia delante y su pecho me rozó las rodillas. Así que
me lancé a hablar solo porque así era más fácil ignorar el cosquilleo que el
toque inocente había despertado en mi piel.
—Seguro que alguna vez te has herido durante un entrenamiento, pues yo
también. Y no se me permitía pedir ayuda si estaba sangrando; tenía mucho
que ocultar. —Su ceño se profundizó, y su expresión se volvió mucho más
sombría—. No finjas que no sabes lo que mi sangre le hace a la tierra.
Mel se echó a reír.
—Vaya, eso sí que es poner todas las cartas sobre la mesa.
Karan siguió observándome y, de nuevo, la intensidad de sus ojos
plateados sobre mí provocó cosas extrañas en mi cuerpo. Tampoco ayudaba
tenerlo arrodillado a mis pies.
Tardó un momento en retomar la palabra, y se dirigió primero a Mel.
—Creía que ya te ibas. —Cuando ella le puso los ojos en blanco por toda
respuesta, se centró en mí—. Bueno, ya que no hay motivo para que finjas
aquí, tampoco lo hay para que tengas que arreglártelas sola.
—Puedo hacerlo.
Karan gruñó, pero Mel debió decidir que se comportaría, porque agitó la
mano a modo de despedida y se dirigió hacia la puerta.
—¡Asegúrate de disculparte con ella por tu comportamiento, hermanito!
—gritó, antes de desaparecer por el pasillo.
¿Mel y él eran hermanos? Por los dioses, si no podían ser más diferentes.
Claro que eso explicaría la familiaridad con la que se trataban y también la
actitud mucho más complaciente que tenía Karan con ella, al margen de su
embarazo.
—¿Sois hermanos? ¿Qué edad tiene? ¿Es tu hermana pequeña?
—Hermanastros, y yo soy el pequeño —replicó, y luego cambió
radicalmente de tema—. Súbete la camisa. Quiero echar un vistazo antes de
vendar la herida.
No me moví a pesar de que su tono no distó mucho del que había
empleado con Mel. No había rastro de ebriedad, lo cual me hizo
preguntarme cuántas horas había pasado yo en el baño. Karan había dicho
que la cena estaba casi lista, pero la habitación continuaba inundada de luz
y ese maldito y seductor aroma dulzón era más potente que nunca. Me
tragué un quejido avergonzado al asumir que ahora yo debía oler como él.
—Por favor —dijo a continuación, cuando yo me mantuve inmóvil. Sus
ojos buscaron los míos y, al tropezar con su mirada repleta de sombras, mi
estómago dio un vuelco que no estuve segura de cómo interpretar—.
Permíteme que te ayude, Korelana.
Perdí el aliento. Era la primera vez que no se refería a mí llamándome
«cazadora», y pronunció mi nombre de una forma tan peculiar, como si lo
estuviese saboreando y al mismo tiempo le doliera hacerlo; como si
resbalase por su lengua y sus labios y, a la vez, tuviera que arrancarse cada
letra del pecho. Lo pronunció con tal devoción que me encontré a mí misma
con los dedos enredados en el dobladillo de la camisa y tirando hacia arriba.
Tragué saliva, porque la garganta se me había quedado seca de repente, y
no aparté la mirada de él ni un segundo mientras lo hacía.
18
Sostener el borde de la camisa por debajo de mis pechos mientras tenía a
Karan arrodillado entre mis piernas y su rostro demasiado cerca de mi piel
resultó ser una pésima idea. Probablemente, la más terrible que hubiese
tenido jamás, y había tenido unas cuantas a lo largo de mi corta vida.
Cuando sus dedos rozaron la carne alrededor de la herida, di un respingo
que no tuvo nada que ver con la herida en sí misma y mucho con la delicia
suave y delicada en la que se convirtió ese toque sobre mi piel.
El aliento me salía de entre los labios a trompicones y se me había
acelerado el pulso de forma preocupante. ¿Por qué me tocaba con tanta
ternura y cuidado? Estaba herida, sí, pero ya apenas me dolía. El baño lo
había mejorado bastante. Y cualquiera pensaría que un hijo de Hades —un
soldado, ¡un general!— no tenía la habilidad adecuada para acariciar a
alguien así.
No, no se trataba de eso. No me estaba acariciando. De ninguna manera.
Solo comprobaba que la herida tuviera buen aspecto y no hubiera señales de
infección.
—Muy bien —tarareó para sí mismo, con los ojos aún sobre mi costado.
Me había ladeado un poco y él se había inclinado más hacia delante; yo
había abierto las piernas y Karan se había colado entre ellas. Y allí
estábamos, en una posición de lo más inadecuada y tensa. Aunque lo de
tenso, en mi caso, se quedaba muy corto. De lo inadecuado que era ni
siquiera iba a hablar.
Karan deslizó la yema de los dedos hasta alcanzar mi cadera y luego
levantó la vista hacia mi rostro. Tuve que apretar los labios para no soltar
alguna ridiculez que terminara revelándole lo nerviosa que me estaba
poniendo. Ese roce sí había sido una caricia, una que se había extendido
como una marea de fuego a través de todos mis músculos y huesos.
—Tiene buen aspecto.
No pude hacer más que asentir, y luego asentí otra vez por si acaso
cuando él no dijo nada más y permaneció ahí arrodillado, contemplándome
con los labios entreabiertos y las pupilas inundándole el iris. Su pecho subía
y bajaba a un ritmo un poco más rápido de lo normal y sus dedos
continuaron anclados con firmeza en el hueso de mi cadera. Quemándome
la piel y la carne bajo esta.
—Lamento lo de antes. Yo solo…
No concluyó la frase. No creía que Karan fuese el tipo de hombre que
pide disculpas a menudo, y tampoco que lo estuviese haciendo solo porque
su hermanastra se lo hubiera exigido. Dudaba que ni siquiera Melíone
pudiera obligar a alguien como él a hacer algo que no desease.
Su aroma estaba por todos lados, y su mirada, sobre mí. Sus dedos
presionaban. Mi corazón se había vuelto loco y estaba aporreándome las
costillas con tanta fuerza que era probable que Karan fuese consciente de
ello. El instante se alargó y se alargó; los segundos pasaron a ser minutos, y
estos, horas interminables. No encontré ni una sola razón para alejarme de
él a pesar de que una parte de mí sabía que había al menos varias docenas.
Pero él prosiguió alimentando durante un rato más el silencio con sus
feroces ojos plateados fijos sobre mi cuerpo y yo olvidé cómo formular
frases coherentes.
Casi se me escapó un jadeo al sentir que arrastraba los nudillos muy
despacio por mi estómago hasta alcanzar una vieja cicatriz junto a mi
ombligo. No era la única con la que contaba, la mayoría fruto de mi
tardanza a la hora de aprender a bloquear los golpes correctamente y alguna
que otra por las arriesgadas escaladas de las murallas del templo. De
repente no había suficiente aire en la habitación y hacía mucho más calor.
—Tienes muchas cicatrices —comentó de forma distraída, mientras sus
dedos resbalaban ahora hacia otra pequeña marca en mi costado izquierdo.
En un acto reflejo, se me encogieron los músculos del estómago, aunque
eso no eliminó del todo la curva de mi vientre una vez que él empezó a
deshacer el camino trazado y persiguió dicha curva con la punta de los
dedos. Traté de no sentirme avergonzada; tanto la comida como mi cuerpo
me gustaban demasiado para eso, pero una estúpida vocecita, una que
sonaba muy parecida a la de la hermana Elora y a la que yo sabía que no
debía prestar ninguna atención, aprovechó para recordarme que tal vez me
sobraban tres o cuatro kilos.
La expresión de Karan, por el contrario, era de puro deleite. Estaba
totalmente absorto en el recorrido que dibujaba con tanta calma sobre mi
piel. Yo apenas podía respirar.
—El entrenamiento —atiné a decir, y soné jadeante.
—Aun así, son demasiadas —murmuró, y tras una pequeña pausa repitió
—: Demasiadas.
No supe qué contestar. Desde luego, no tenía tantas como él. Aún
recordaba a la perfección su torso desnudo la mañana de nuestro tropiezo en
el arroyo. Bien, seguro que no era el mejor momento para pensar en Karan
semidesnudo, por más de esas razones que no era capaz de recordar.
—Lo siento —repitió.
El eco solemne de esas dos únicas palabras reverberó a través de mi
cuerpo, y juraría que la disculpa ahora abarcaba mucho más que su
lamentable comportamiento de un rato antes. Levantó la mirada de vuelta a
mi rostro y me di cuenta de que estábamos mucho más cerca, tanto que
podía percibir su aliento revoloteando sobre mis labios.
Él retrocedió enseguida y se irguió, elevándose sobre mí.
—Tal vez sea mejor que te pongas en pie para poder vendarte.
Su expresión había vuelto a adquirir la fría dureza que tanto me irritaba.
Me levanté por inercia, desorientada e inquieta. ¡Dioses! ¡¿Qué demonios
acababa de pasar?! Me había acariciado y yo había dejado que me tocase.
Por un momento, me había parecido que estaba a punto de besarme. Por un
momento, yo había estado a punto de permitir que lo hiciera.
Mantuve ambos brazos en torno a la zona justo por debajo de mis pechos,
sujetando la camisa al tiempo que trataba de aparentar también una
tranquilidad que ni de lejos sentía. Karan recuperó la venda que había
quedado olvidada sobre la cama.
—Tienes… que… —Se aclaró la garganta después de atragantarse con
esas dos palabras y comenzó de nuevo—: Tienes que bajarte un poco el
pantalón por detrás.
Maldije a los dioses mentalmente y luego me apresuré a pedir su perdón,
por si mi bocaza era la responsable de todos los líos en los que me había
metido en los últimos tiempos.
—Vale.
Sujeté la camisa con un solo brazo y solté el otro para llevar la mano
hasta la cinturilla del ridículo pantalón que me había proporcionado Mel.
No la conocía tan bien como para pensar que me había tendido una
emboscada y aquello era una forma de torturar a su hermanastro por su mal
comportamiento, pero apostaba a que era la clase de mujer que haría algo
así. Claro que para que fuese una tortura para él, Karan tendría que sentirse
atraído por mí.
Tiré un poco hacia abajo y escuché la profunda inhalación que tomó
Karan justo antes de que se acercase un poco más. Cuando sus brazos
empezaron a rodearme, me tensé de golpe.
—Voy a vendarte —dijo con un tono mucho más seco, algo bastante
evidente dado que había estirado la tira de tela y la estaba pasando
alrededor de mis caderas.
Tal vez le irritaba tener que darme explicaciones ridículas; quizás lo que
yo creía que había estado a punto de ocurrir entre nosotros había sido algo
unilateral. Sentí que me sonrojaba al pensar en lo estúpida que debía
parecerle. Aun así, erguí la espalda y estiré el cuello, luchando por no
mostrar ningún tipo de afectación. Apreté los labios mientras él continuaba
con su labor de forma mecánica. No fue brusco y en ningún momento llegó
a hacerme daño, pero ya no quedaba nada de la delicadeza que había
empleado conmigo tan solo unos segundos antes.
Recé a todos los dioses conocidos para que terminara de una vez. Cuando
por fin fijó el borde de la venda de modo que quedase bien asegurado, di un
paso a un lado para ganar el espacio que tanto necesitaba. Coloqué mi ropa
en su sitio, me giré para no tener que verle la cara y me obligué a recordar
todo lo que parecía habérseme olvidado con tanta facilidad: Karan era un
hijo de Hades hadesiano y conocía el poder que albergaba mi sangre, y yo,
en cambio, pertenecía a Olympya y al Templo de Artemisa y no sabía aún
con qué clase de dones oscuros contaba él.
Lo único que teníamos en común era que yo quería llegar hasta el palacio
de Hades y Karan quería llevarme allí, aunque nuestras motivaciones fuesen
bien distintas.
—Si sigues el pasillo hacia la derecha, llegarás sin problemas hasta el
comedor y la cocina. Los demás ya deberían estar allí.
Asentí sin darme la vuelta, fingiendo que contemplaba el paisaje al otro
lado de la ventana, y me mordí la lengua para no preguntar si, que me diera
esas toscas indicaciones con voz inexpresiva, significaba que él no iría a
cenar y que le importaba una mierda si yo tampoco lo hacía. Me daba igual,
nada de aquello tenía relevancia para mí; nada salvo la necesidad de llegar
hasta mi mejor amiga a tiempo.
No sé qué vio en mi cara, pero la sonrisa de Mel murió en sus labios
cuando, un rato después de que Karan se largara sin decir una palabra más,
me atreví a asomarme al comedor.
—¿Estás bien? —preguntó, acercándose a mí con rapidez.
Esperé otra retahíla de preguntas que no llegó, así que tuve que contestar.
—Sí, todo bien.
—Karan no habrá…
—Estoy bien, Melíone, de verdad —aseguré, para no tener que escuchar
hablar más del imbécil hadesiano.
Eché un vistazo más allá de ella y descubrí a Egan en un rincón, apoyado
contra la pared; Xander se encontraba sentado ya, pero lo había hecho en la
esquina opuesta a su amigo, algo que no creí que, después de la pequeña
pelea que había «presenciado», fuera una simple casualidad. No había nadie
más, pero supuse que Deacon no tardaría en aparecer. A lo largo de la
enorme mesa de madera que presidía la estancia, había repartidas unas
cuantas fuentes de carne y verduras y también varias jarras de lo que debía
ser vino, pan y otra fuente con fruta. Conté los platos y me di cuenta de que
la mesa estaba puesta solo para cinco personas; no me había equivocado al
suponer quién iba a perdérsela.
La cena fue distendida a pesar de los silencios de Egan y de que Xander y
él apenas se miraron y menos aún se dirigieron la palabra. Deacon resultó
ser un tipo callado y demasiado serio, aunque tal vez eso contrarrestaba la
exuberante personalidad de su mujer. También era muy atractivo: alto,
moreno y con unos rasgos armoniosos; Mel no había exagerado en eso. Me
resultó fascinante ver que, cada vez que el hombre la miraba, su expresión
se iluminaba y sus ojos rebosaban ternura. Seguía permaneciendo callado
casi todo el tiempo, pero lo hacía observándola con una adoración que en
más de una ocasión me hizo apartar la mirada para no sentir que me estaba
entrometiendo en algo muy íntimo. Era evidente que se amaban, así como
que el niño que esperaban era muy deseado y los haría aún más felices.
Ese detalle me provocó un extraño nudo en la boca del estómago.
Representaban la imagen perfecta de todo lo que yo no había tenido ni
tendría jamás: una pareja, hijos… Una familia. Un hogar. La seguridad de
que siempre habría alguien ahí para sostenerte. Aunque Adara hubiera
ejercido a medias de madre, nunca dejaría de anteponer sus funciones como
suma sacerdotisa a cualquier otra relación que pudiera mantener,
incluyéndome a mí.
Pensé en Dafne y me reafirmé en mi objetivo de rescatarla a cualquier
precio, a sabiendas de que ella era la única persona a la que podría referirme
como mi familia. Y luego no pude evitar pensar también en Orien y en su
rotunda afirmación sobre lo que éramos el uno para el otro. Mi prolongado
silencio tenía que haberle preocupado, pero mantuve mi mente bloqueada y
me forcé a no enviarle ninguna señal reclamando su atención; hablaría con
él más tarde, cuando estuviera sola.
Mientras comía, Melíone se encargó de llevar casi todo el peso de la
conversación, algo que agradecí. Los demás, de un modo u otro, no nos
mostramos muy dispuestos a colaborar en esa labor, por lo que fue una
suerte que ella sola se bastara para evitar silencios incómodos. En un
momento dado, Deacon me sorprendió señalando que se alegraba de verme
repuesta y en pie, más que nada porque no me conocía de nada y también
porque fue una de las pocas veces que abrió la boca.
Egan se disculpó y se retiró en cuanto terminamos. Antes de abandonar el
comedor, se acercó a Mel y le dio un beso en lo alto de la cabeza junto con
las buenas noches, y recordé entonces que Karan había comentado que ellos
dos eran una especie de primos lejanos, lo que implicaba que también
estaría emparentado con Mel.
La feliz pareja fue la siguiente en marcharse. Xander detuvo a Mel antes
de que se le ocurriera ponerse a recoger y le aseguró que se encargaría de
todo para que ella pudiera descansar. Me ofrecí a ayudar, pero me
prohibieron hacer esfuerzos para que no tardara más en recuperarme. La
idea de quedarme a solas con Xander —no podía olvidar que era un hijo de
Hades— debería haberme enviado de vuelta a la habitación, pero permanecí
allí sentada mientras él iba y venía de una habitación a otra cargado con los
restos y toda la vajilla.
Tras un último viaje a la cocina, regresó con una botella y dos copas.
Levantó ambas manos y las agitó mientras entraba en el comedor. Sonreía,
aunque había un aire de derrota en la curva de sus labios.
—Bebamos.
—No creo que deba.
Puso los ojos en blanco y me plantó una de las copas delante.
—Debes. Esto te ayudará.
Eché un vistazo rápido a la botella. No era el vino que Deacon y él habían
tomado durante la cena. Mel, Egan y yo habíamos optado por agua, cada
uno por distintos motivos, supuse. Pero lo que me estaba sirviendo Xander
era… No sabía lo que era en realidad.
—¿Qué se supone que me estás ofreciendo?
—Zumo de granada.
Le dediqué una mirada suspicaz.
—No parece zumo. —Olisqueé la copa. Había un rastro de dulzura que
identifiqué de inmediato, pero sin duda también contenía alcohol—. Y no
huele a zumo.
—Bien, bueno, tal vez sea licor, pero sí que es de granada. Vamos,
pruébalo. Te prometo que no te hará daño, y lo mejor es que no deja resaca.
Empujó la copa hasta que casi alcanzó el borde de la mesa y no me quedó
más remedio que enredar los dedos en torno a la base. Mis ojos
permanecieron fijos sobre sus manos; las mismas manos que habían
terminado con la vida de dos soldados sin que él tuviera que dignarse a
tocarlos.
—Supongo que tienes muchas preguntas —dijo, y supe que ni mi
reticencia ni mi mirada recelosa le habían pasado desapercibidas—. Bebe y
yo contestaré todas las que pueda.
—¿Solo las que puedas?
Se echó a reír y me guiñó un ojo.
—Hay historias que no son mías para contarlas, Korelana. Empecemos
con las que sí lo son.
19
A pesar de que era verdad que tenía muchísimas preguntas, no comencé a
planteárselas a Xander de inmediato. Permití que me llevara fuera. Copa en
mano, y aunque me costaba moverme más de lo que quería admitir, nos
acomodamos en el escalón de la entrada principal de la casa a contemplar
cómo el sol se ponía. Asfodelos era una ciudad de Hadesya de cierta
importancia; si bien, al descubrir las hectáreas de terreno no poblado que se
extendían alrededor de la solitaria construcción, Xander me explicó que
estábamos en las afueras. Traté de situarme mentalmente en el mapa que
había estudiado antes de mi partida, porque él se cuidó mucho de
especificar en qué punto exacto de los alrededores nos encontrábamos.
Viendo la cordillera que se alzaba muy hacia el este, que debía de ser la
misma que rodeaba los territorios del Tártaro, y las llanuras frente a
nosotros, concluí que la ciudad debía quedar a nuestra espalda;
posiblemente, a bastante distancia. Parecía obvio que, si Karan era alguna
clase de desertor o exiliado, establecería su residencia en algún lugar en el
que no resultara fácil que lo encontraran.
La casa contaba con una única planta, más larga que ancha, y debía
albergar un número considerable de habitaciones. Era bastante grande,
aunque no me lo había parecido desde el interior. El camino que había
recorrido hasta llegar a la zona de la cocina y el comedor había sido corto,
pero había dejado atrás otro tramo de pasillo donde imaginé que se
encontrarían el resto de los dormitorios.
—¿Me habéis alojado en la habitación de Karan? —No supe por qué
demonios fue esa la primera pregunta que escogí hacer.
Xander le dio un sorbo a su copa antes de contestar:
—Su cama es la más cómoda y la más grande. —Hice una mueca cuando
confirmó mis sospechas—. Considérate una privilegiada. No suele dejar
que nadie entre ahí, ni siquiera Mel.
Pensé en señalar que ese mismo día su hermanastra había estado allí no
una, sino varias veces, pero decidí que era una estupidez discutir por eso.
Había cosas más importantes que deseaba descubrir. Contemplé el líquido
sonrosado de mi copa un momento, reflexionando sobre lo que de verdad
quería saber.
Xander estaba al otro lado del escalón, al menos a medio metro de donde
yo me sentaba, con los ojos al frente. Confieso que recorrí con la mirada el
perfil de su rostro y su cuerpo en busca de cualquier señal de lo que era, y
me encontré deseando captar aunque fuese un atisbo de su oscuridad;
porque observándolo ahora, mientras disfrutaba de la puesta de sol y bebía
pequeños tragos de licor, con la camisa un poco arrugada y la sombra de
una sonrisa curvándole los labios, casi me parecía que la ejecución que
había presenciado una semana atrás se trataba solo de un mal sueño.
Me había parecido un tipo decente para ser un hadesiano, incluso había
reído con sus bromas y le había hablado de mis orígenes en Petra. Conciliar
la imagen del hombre agradable y despreocupado que había creído que era
con la de un salvaje fanático del dios de los muertos que mataba a voluntad
resultaba más complicado de lo que había creído.
—Te va a explotar la cabeza —rio, volviéndose hacia mí.
—Los mataste —solté de golpe, y él dejó caer los párpados durante un
instante.
—Así es. Eran ellos o nosotros. No creas que, de no haberlo hecho, no
hubiésemos corrido esa misma suerte.
Me sentí como una hipócrita. Yo también había matado a un hombre.
Podría haber dejado a aquel soldado correr y escapar de nosotros; podría
haberme negado a disparar la flecha que se había hundido en su espalda y
esperar que Karan enviara a Lex en su persecución o que fuera en su busca
él mismo. Sin embargo, había optado por darle muerte solo para evitar que
alertara a otros de nuestra posición. Yo había elegido matar.
—Aun así… —No supe qué decir. Tampoco si trataba de justificar sus
actos o los míos.
—Preferiría que no hubieras tenido que verlo —prosiguió él, y me di
cuenta de que no había aprovechado para reprocharme lo que yo había
hecho. O no lo recordaba, o había elegido no emplear ese hecho para
defenderse, y eso solo me hizo sentir peor—. Pero algo me dice que vas a
tener que acostumbrarte a que la muerte dance a tu alrededor.
Todo lo que había sabido hasta entonces de ese reino, de sus gentes y
criaturas, de los hijos de Ares y Hades que se entrenaban en sus templos,
me empujaba a contemplar a Xander como un monstruo; otra cruel criatura
más dotada de poderes oscuros y retorcidos. Sin embargo, yo misma había
estado a punto de emplear mi don con Karan tan solo un minuto después de
conocernos. Aunque mis intenciones habían sido inmovilizarlo, no era más
que otra persona con poder que hacía uso de él a la primera oportunidad que
surgía.
No estaba segura de en qué forma se estaban reflejando esos
pensamientos en mi rostro, si había lástima o tristeza, o aún desprendía
recelo, pero Xander balanceó la cabeza de un lado a otro, negando.
—No te equivoques, Korelana. No me arrepiento de nada. He matado en
el pasado y no dudaré en matar de nuevo si alguien amenaza con hacerle el
más mínimo daño a alguno de mis seres queridos. Igual que lo harán Karan
y Egan. O Deacon. Incluso Mel. No te dejes engañar por lo que has visto
ahí dentro —dijo, señalando hacia la casa con un golpe de barbilla—.
Melíone podría ser la peor de todos nosotros con diferencia, salvo por
Karan.
No había modo alguno de que pudiera imaginar a la mujer dicharachera y
alegre, que con tanto mimo me había ayudado horas antes a vestirme,
siendo cruel o matando a alguien, pero Xander no parecía estar bromeando.
Tampoco se me escapó que había colocado a Karan por encima de
cualquiera de ellos.
—Lex puede parecer un cachorrillo tierno y juguetón la mayoría del
tiempo, pero aún no lo has visto cuando de verdad alguien intenta hacerle
daño a Karan. Lo de esos estúpidos adeptos de Ares ni siquiera fue un
ataque de verdad —prosiguió, y esperé que no dijera él también que había
sido una idiota por dejarme apuñalar. Por suerte, no lo hizo, solo soltó una
risotada antes de añadir—: Y todavía no conoces a Kaos y a Thanatos. Te
vas a cagar encima cuando te los presenten.
—¿Quiénes son?
—Ya lo verás mañana —replicó, con una sonrisa que no auguraba nada
bueno.
Suspiré y volví la mirada al frente. Me tomé mi tiempo para darle un
nuevo sorbo a la copa. El licor bajó por mi garganta y me calentó el
estómago de una forma agradable. No hacía frío a pesar de mi exigua
vestimenta y de que la noche estaba alcanzando con rapidez aquella parte
remota de Hadesya; dudaba que nunca lo hiciera tan al sur. Igualmente,
agradecí la calidez de la bebida y su sabor dulce sobre la lengua, así que no
dudé en rellenar mi copa.
—Está rico, ¿eh? —bromeó él, y yo quise reír, reírme de verdad.
¿Estaba mal que lo hiciera ahora que sabía que era un adepto de Hades?
¿O ya había sido algo malo cuando creía que rendía culto al dios de la
guerra y era un hadesiano? No tenía ni idea, solo sabía que una parte de mí
quería olvidar que lo había visto con los brazos extendidos hacia los
soldados. Quería borrar de mi mente el giro brusco de sus muñecas y el
modo en el que habían sonado los dos cuerpos al derrumbarse sobre el
suelo.
Xander también bebió a la espera de nuevas preguntas, en absoluto
inquieto por lo que pudiera pensar de él. Aunque… yo era una extraña, un
trofeo que brindarle a su rey y que este podría emplear para hacer de
Hadesya un reino mucho más próspero; ninguno de ellos tenía motivos para
preocuparse por mi opinión. Ahora entendía también por qué me habían
permitido conservar mis armas, por mucho que Karan hubiera afirmado que
no le gustaría que vagara sola y desprotegida; no era rival para el don de
Xander.
Volví a pensar en Mel y en lo amable que había sido.
—Melíone también es como vosotros. —Era lógico. Si estaba
emparentada con Karan y Egan, y estos contaban con algún antepasado
lejano con sangre del propio Hades, ella tenía la misma posibilidad de haber
desarrollado ciertos dones oscuros.
—Lo es.
—Y Karan… —proseguí, tanteándolo.
Sentía muchísima curiosidad por él y su poder, aunque la sola idea de
pensar en su comportamiento errático de esa tarde me ponía de los nervios.
Convenientemente, había decidido olvidar la forma en la que había
deslizado los dedos por mi estómago y lo que yo había sentido mientras lo
hacía.
—¿Recuerdas aquello de no contar historias que no me corresponden?
—Entonces, Egan —tercié, porque esperaba que de él sí quisiera hablar.
Xander hizo una mueca ante la mención de su amigo y comenzó a negar,
pero me apresuré a continuar antes de que verbalizara otra negativa—. Os
habéis peleado.
—Muy observadora.
Apuró su bebida y alargó el brazo para verter más licor en la copa vacía.
Se bebió la mitad de un solo trago. Vaya, estaba claro que hablar de Egan,
como mínimo, lo ponía nervioso.
—Lo soy, pero la verdad es que os escuché.
No supe por qué había confesado eso. Xander se quedó mirándome y sus
ojos se desenfocaron un poco, como si tratase de recordar lo que habían
dicho y si podría resultar comprometedor. Enseguida se echó a reír.
—Muy astuta entonces también, aunque debería haberme imaginado que
lo serías. Me caes bien, Korelana.
—No tan bien como para no llevarme con vuestro rey.
Tuvo que esforzarse para mantener la expresión burlona; sin embargo, no
logró esconder del todo el brillo intranquilo que asomó a sus ojos. Tampoco
se apresuró a darme una respuesta, lo cual me hizo pensar que estaba
ideando una adecuada para mis oídos.
—No entiendes lo que de verdad significa…
—Te equivocas. Lo entiendo. Este reino se muere de hambre, ¿verdad?
No he visto apenas cultivos, y los que podáis tener probablemente apenas si
deben generar grano o cualquier otro vegetal. Nada crece bien aquí. Por eso
cazasteis para esos aldeanos antes de cruzar el Estigia, y por eso me dijiste
que ningún hadesiano quemaría un cultivo. Lo saquearía. —Hice una pausa
para tomar aire—. Así que entiendo el por qué alguien como yo, alguien
con mi sangre, sería todo lo que un general venido a menos podría necesitar
para recuperar su lugar al servicio del rey.
Durante la última parte de mi discurso, las cejas de Xander habían ido
escalando por su frente y ahora me estaba observando totalmente perplejo.
Por un momento creí que soltaría una de sus carcajadas, pero la sorpresa dio
paso a algo que parecía… amargura. Quizás remordimiento.
Abrió la boca para hablar, pero lo interrumpieron.
—Será mejor que te vayas a la cama, cazadora.
Aunque cerré los ojos al escuchar el filo helado y autoritario de esa voz,
los abrí enseguida. La conversación había llegado a su fin; no tenía el
ánimo necesario para enfrentarme con Karan. Sin embargo, caí en la cuenta
de lo extraño que había sido uno de los comentarios que había hecho
Xander y que, a su vez, me recordó la afirmación de Mel sobre mi color de
pelo.
—¿Por qué has dicho que deberías haberte imaginado que sería astuta?
—Vete a la cama. Ahora —insistió Karan.
Chasqueé la lengua en su dirección, irritada por su brusquedad. Aun así,
ninguno de los dos parecía inclinado a responder más de mis preguntas, así
que empecé a levantarme, pero Xander me agarró del brazo antes de que
llegase a incorporarme del todo.
—Solo conoces la mitad de la historia —murmuró de forma apresurada.
Eso fue todo. Acto seguido, me soltó el brazo y comprendí que él no iba a
ser quien me contase la otra mitad. No parecía que nadie fuese a hacerlo.
No pude contactar con Orien y tampoco estaba del mejor humor para ello.
La madrugada llegó y me encontró dando vueltas en la cama mientras
maldecía mil veces el aroma de las sábanas y a su propietario. Dormité a
ratos, y el palpitar de la herida se reanudó en algún momento de las horas
que pasé recordándome mi objetivo: llegar al palacio o interceptar en el
camino hacia él al grupo que había secuestrado a mis hermanas.
Rescatar a Dafne.
Rescatar a mi mejor amiga.
Rescatarla y regresar a Olympya.
Una vez allí, olvidaría que alguna vez había pisado este reino; que había
matado y había visto dar muerte, y que todo un pueblo se moría de hambre
y el líquido de mis venas podría cambiar eso.
Solo que había un montón de cosas que sabía que no podría olvidar.
Que Xander había asesinado a dos personas con el poder de su mente.
Que a Egan le pasaba algo, no sabía qué, y que lo había visto contemplar
a Xander como si fuese el alimento que con tanta urgencia necesitaba
Hadesya.
Que Melíone estaba embarazada de un niño; un niño que tal vez
manifestara un don oscuro como cualquiera que fuese el que poseía su
madre, y cuyo padre lucía como si estuviera dispuesto a caminar sobre
brasas ardientes por ella.
Y que Karan… Que Karan me había tocado como si no existiera en el
mundo nada más valioso y frágil que yo. Como si yo de verdad le
importara. O al menos lo hicieran las cicatrices de mi piel. Y luego había
adquirido una frialdad aún mayor que la de los témpanos de hielo que solía
encontrar durante mis primeros años de vida a las puertas del templo de
Petra.
«Orien, ¿estás ahí?».
Tironeé de la conexión. No era la primera vez que lo hacía esa noche,
pero en esa ocasión no fue sutil ni leve, más bien un poco desesperado. Una
llamada urgente. Necesitaba la calma que me transmitía. Necesitaba que
alguien me dijera que mi único deber era para con mi mejor amiga. Con mis
hermanas, mi templo y mi diosa. Con mi reino.
Un momento después, me sentí cobarde y débil por anhelar algo así, y no
me gustó sentirme de esa forma. Así que volví a girarme y me tumbé de
lado. Me obligué a mí misma a dejar la mente en blanco, y acabé
quedándome dormida por fin.
20
Orien no se deslizó en el interior de mi mente al día siguiente y tampoco
había nadie en la habitación esperando a que me despertase. No tenía ni
idea de qué hora era ni si había dormido segundos, minutos o había
desperdiciado toda la mañana en la cama. De todas formas, mi movilidad
continuaba siendo peor de lo que hubiera deseado. El sueño inquieto y mis
continuas idas y venidas por el colchón no habían ayudado demasiado a que
mi cuerpo sanase, eso seguro.
Encontré el uniforme de hija de Artemisa limpio y doblado sobre la silla,
así que decidí hacer uso del blusón y los pantalones; ya era hora de dejar de
ir en paños menores por la casa. Vestirme con mi ropa me llevó una
cantidad de tiempo bochornosa, pero también me hizo sentir muchísimo
mejor. Más yo misma y menos vulnerable, a pesar de que inclinarme para
atar los cordones de las botas resultó una auténtica tortura.
Salí al pasillo para ir en busca de los demás. Pasé el comedor de largo y,
cuando estaba a punto de alcanzar la entrada de la cocina, la voz de Karan
llegó alta y clara a mis oídos.
—No tengo tiempo para esto, Mel. —Su tono no fue tan cortante como el
que había empleado conmigo la noche anterior, pero conservaba cierto
matiz de dureza que me empujó a detenerme.
Me quedé en un rincón, junto a la puerta, y esperé. Lo de escuchar a
escondidas se estaba convirtiendo en un hábito para mí.
—Así que te vas.
¿Qué demonios…? ¿Karan se marchaba? ¿No pensaba llevarme al
palacio?
—Volveré pronto, mañana a más tardar.
—Estás huyendo —replicó Mel, con tanta suavidad que a punto estuve de
perdérmelo.
—No huyo de nada. Solo… necesito alejarme un poco.
Ella resopló, eso sí que lo escuché con claridad, y casi pude imaginarme
la mirada reprobatoria que debía de estar lanzándole. El hecho de que
Melíone hablara con frases tan cortas me hizo comprender que no estaban
discutiendo por una banalidad.
—Alejarte un poco… —repitió, como si eso le pareciera una ridiculez.
Sin embargo, Karan estaba perdiendo la paciencia, porque su siguiente
comentario sonó mucho más brusco que los anteriores:
—Eso es justo lo que he dicho.
—Creo que cometes un error.
—¡¿Y qué se supone que tengo que hacer entonces?! —explotó él
finalmente. Su voz retumbó con tanta fuerza a través del pasillo que podría
haberlo escuchado incluso desde el dormitorio—. ¡Dime, Melíone! ¿Qué
demonios quieres que haga? ¡No es como si me sobraran las opciones! ¡Y
no puedo estar aquí, joder! ¡Apenas lo soporto!
Se detuvo de golpe. De repente estaba gritando y un segundo después la
casa al completo se sumió en un silencio espeluznante. Hubiera jurado que
hasta la temperatura era ahora unos cuantos grados más baja y que el
tiempo había encontrado la manera de detenerse.
Aunque no podía imaginar qué demonios sucedía en la cocina, ya me
planteaba entrar en tromba para descubrirlo —también para decirle a Karan
que, si era a mí a quien no soportaba, podía irse directo al Tártaro y no
regresar—, cuando él habló de nuevo. Su tono fue mucho más calmado,
pero también estaba cargado de arrepentimiento.
—No quería alterarte.
—No pasa nada —respondió Mel tras una pausa demasiado larga. No
estaba segura de lo que acababa de pasar, pero fui muy consciente de que
hacía más calor de nuevo; no habían sido imaginaciones mías—. Sé que no
es fácil, Karan, y también que estás convencido de que esto es lo mejor para
todo el mundo, pero no me pidas que no me preocupe por lo que es mejor
para ti, porque has dejado claro que tú no lo estás haciendo.
—No todos podemos tener un final feliz.
Una nueva pausa.
—Pues entonces, hermano, haz que el final que has elegido no sea de
verdad un final.
Después de eso se hizo de nuevo el silencio, así que regresé de inmediato
al dormitorio y me quedé allí esperando no sabía muy bien qué. Hasta que
Melíone vino a comprobar si ya me había despertado. Si le extrañó
encontrarme vestida y sentada en el borde de la cama, no lo señaló. Con la
misma actitud alegre del día anterior, me ofreció su compañía mientras
comía algo y no comentó nada acerca de Karan.
Desayuné con ella. De nuevo, fue quien se encargó de dirigir la
conversación mientras yo me dedicaba a armar un posible plan alternativo
si por casualidad Karan no regresaba lo suficientemente rápido. No perdería
más tiempo allí del necesario para recuperarme. Tenía que creer que me
habían dicho la verdad sobre que los captores de Dafne no tocarían a una
hija de Artemisa, pero que no abusaran de mis hermanas de forma sexual no
implicaba que no lo hicieran de otras. No quería ni pensar en lo que podrían
estar sufriendo.
Al acabar, Mel me informó de que los demás estaban en la parte de atrás
de la casa y sugirió que saliese fuera. Al abrir la puerta, lo primero que vi
fue a Xander y Karan; no se había marchado entonces, o no todavía.
Ninguno de los dos miró en mi dirección a pesar de que no me molesté en
ser sigilosa. Sin camisa, giraban uno alrededor del otro, acechándose. La
piel les brillaba por el sudor y no llevaban ningún arma, pero resultaba
evidente que se encontraban inmersos en algún tipo de entrenamiento.
No aparté la vista de ellos ni siquiera para echar un vistazo a lo que me
rodeaba, absorta en el modo en el que se movían. Me quedé junto a la
puerta, observándolos en silencio, aunque ya los había visto pelear contra
los hijos de Ares que nos habían asaltado tras cruzar el Estigia. Ahora que
sabía que Xander no necesitaba emplear los puños contra un enemigo para
someterlo, y que el poder de Karan debía de ser igual o aún más letal que el
suyo, casi resultaba absurdo que estuvieran entrenando. Sin embargo, tanto
los músculos de sus torsos, brazos y piernas como la manera en la que se
medían con la mirada hablaban de una considerable destreza física. Supuse
que ninguno querría depender únicamente de dicho poder.
Cuando continuaron girando y Xander quedó de espaldas a mí, se me
escapó un jadeo. La tenía cubierta de la clase de marcas que solo dejaría un
látigo; uno usado en repetidas ocasiones y con una crueldad terrible, hasta
destrozarle por completo la piel y convertir toda esa zona de su cuerpo en
nada más que surcos profundos y carne arrugada.
El sonido no distrajo a Xander, pero hizo que Karan desviara su atención
hacia mí. Su mirada conectó con la mía. No había descaro ni tampoco nada
del brillo burlón que mostraba cuando nos habíamos conocido, mucho
menos calidez. Apretó los dientes y luego ladeó la cabeza, haciendo crujir
cada hueso de su cuello. Y esos pocos segundos fue todo lo que Xander
necesitó para lanzarle un derechazo que impactó directamente con su
mandíbula.
Karan trastabilló hacia atrás, pero se rehízo enseguida a pesar de la dureza
del golpe.
—Idiota —escupió, aunque le dedicó a su amigo una sonrisa desafiante.
—No te despistes. Y deja de contenerte, ambos sabemos que estás
deseando soltarte.
La provocación de Xander solo hizo que la curva de sus labios se
profundizara. Siguieron girando y girando, hasta que Karan atacó por fin.
Xander bloqueó su primer golpe y el segundo, pero no fue tan rápido con el
siguiente. Aun así, lo encajó lo suficientemente bien como para decirle a
Karan por lo bajo algo que no le gustó demasiado, a juzgar por el empujón
que este le regaló a continuación.
El ataque se recrudeció. Empezaron a intercambiar puñetazos que habrían
tumbado a un ciudadano normal e incluso a muchos soldados. Su estatura
era similar. Xander era algo más ancho y corpulento, pero Karan lo suplía
con una agilidad tan elegante como práctica. De nuevo, como ya había
sucedido al verlo luchar antes, me daba la sensación de que estaba inmerso
en un baile. Un baile letal. Cada paso medido al centímetro. Cada golpe
sincronizado con una melodía que tan solo él escuchaba. Y, aunque la forma
de pelear de Xander no era tan refinada, tampoco resultaba menos
peligrosa. Ambos iban a acabar doloridos y con más de un moretón.
Karan no parecía que se estuviese reprimiendo ya en absoluto, y Xander
se mostraba encantado de que así fuera. Incluso cuando, después de un
golpe especialmente virulento, se inclinó un momento y escupió un poco de
sangre sobre el terreno árido. A pesar de que mi cuerpo no estaba para nada
preparado para un entrenamiento de ese tipo, mentiría si dijera que la
guerrera que había en mí no estaba deseando unirse a ellos y comprobar si
era capaz de devolverles los golpes.
Mientras aquello, fuera lo que fuese, continuaba su curso, eché un vistazo
alrededor por fin. Además de lo que tenía aspecto de ser una pequeña
cuadra, descubrí otra construcción a la derecha. La había visto por el rabillo
del ojo y creía que formaba parte de la casa principal, pero al fijarme mejor
me di cuenta de que era una especie de granero, con el techo más alto y
ninguna ventana. También advertí que no existía ningún muro que
delimitara la propiedad y la protegiera. No sabía si era una forma de no
llamar la atención de extraños y hacerles creer que no había allí nada de
interés o bien la confianza de sus residentes en su capacidad para hacer
frente a cualquier ataque era tal que no creían necesitarlo.
Al otro lado de mi posición, vislumbré un par de bancos de piedra
pegados a la fachada así como el arbusto desproporcionado que ya había
contemplado desde mi dormitorio. Robusto y tan alto como la propia casa,
estaba cuajado de frutos; granadas, recordé que me había dicho Melíone.
Imaginé que era la fuente del licor que había compartido con Xander la
noche anterior.
Mi mirada regresó entonces a la pelea. Xander había echado el brazo
hacia atrás y estaba a punto de golpear a Karan en el costado totalmente
desprotegido. No llegó a rozarlo siquiera, y no se debió a que Karan lo
esquivara; en realidad, estaba plantado frente a él y al alcance de la mano.
Todo sucedió tan rápido que no estaba segura de que mis ojos no me
hubiesen engañado, pero fue como si el puño de Xander atravesara el aire.
Como si atravesase el cuerpo de Karan.
—Tramposo —resopló Xander.
Karan no contestó. Abrí bien los ojos cuando Xander intentó encadenar
otro par de puñetazos, y entonces ya no me quedó duda de lo que había
visto. La figura de Karan se había desvanecido; no del todo y no durante
demasiado tiempo, pero lo había hecho. Fue como si se diluyese en el aire y
se convirtiese solo en una sombra de sí mismo. En oscuridad.
«Joder», fue mi único pensamiento. No había hecho uso de ese poder
cuando había peleado con los adeptos de Ares. O al menos yo no me había
percatado de ello.
Mientras me dedicaba a elucubrar si Karan podría hacerse del todo
invisible y de cuántas maneras distintas podría emplear una capacidad de
ese tipo, Xander se abalanzó sobre él y logró agarrarlo del cuello.
—Deja de fanfarronear delante de nuestra invitada —lo regañó Xander,
mientras giraba para tratar de inmovilizarlo.
Empujó el pecho contra su espalda e intentó rodear su torso con ambos
brazos, pero Karan se las arregló para lanzarlo por encima de su hombro
con uno de esos movimientos elegantes pero tan efectivos. Xander cayó a
plomo sobre el suelo con un quejido y eso pareció poner fin al
entrenamiento. Se quedó allí tirado, resoplando, mientras Karan se sacudía
el polvillo de las manos y luego se pasaba los dedos por el corte que lucía
en uno de los pómulos.
Yo apenas podía procesar lo que acababa de ver.
El ruido de una puerta al abrirse me sacó de mis cavilaciones. No venía
de detrás de mí, sino de la otra construcción. Egan salió de ella y se quedó
un momento contemplando la escena; juraría que puso los ojos en blanco
antes de preguntar:
—¿Habéis acabado? Porque Kaos y Thanatos ya han comido. —Su
mirada pasó de sus dos amigos a mí—. Es el mejor momento si quieres
conocerlos.
Karan le tendió la mano a Xander y tiró de él.
—Probemos primero con Thanatos. No quiero que Kaos se ponga
nerviosa —dijo, tras ayudar a su amigo a levantarse del suelo.
Sin dignarse a reconocer mi presencia, él mismo se dirigió hacia la puerta
doble por la que acababa de salir Egan. Abrió las dos hojas y ambos
retrocedieron. No tenía ni idea de lo que aguardaba en el interior. ¿Tal vez
los padres de Lex? Era un cachorro, así que tenía sentido. De algún lugar
tenían que haberlo sacado. Por cierto, ¿dónde se había metido el…?
—¡Dioses del Tártaro! —exclamé ahora en voz alta.
No, no era una pareja de cerberos lo que se ocultaba tras aquellos muros,
aunque no me hubiera importado que lo fuera. Me di cuenta de que me
había movido sin darme cuenta un par de pasos hacia atrás cuando Xander
se acercó y se colocó a mi lado.
—Suelen permitir que Egan y yo nos acerquemos si les llevamos comida,
pero solo Karan puede montarlos. O toquetearlos de cualquier manera, ya
que estamos.
No supe qué contestar. Empezaba a plantearme si Melíone me habría
drogado durante el desayuno y estaba alucinando. Con la cabeza y el cuello
ligeramente bajos, a través de las enormes puertas estaba emergiendo algo
en lo que siempre había pensado como una leyenda: un grifo.
Una vez, cuando apenas tenía ocho años, yo misma le había preguntado a
Elora por su existencia durante uno de nuestros entrenamientos privados. La
instructora había soltado un resoplido de desdén y había comentado que
bien podría dejar de acudir con tanta frecuencia a la biblioteca del templo y
leer tantos libros, sobre todo la clase de libros que mencionaban a dichas
criaturas. Por ese entonces, Dafne vivía aún en las calles de Karya y yo no
contaba con nadie con el que pasar mi escaso tiempo libre, así que casi
siempre acababa empleándolo en rebuscar entre estanterías y viejos tomos
polvorientos. Ese había sido mi refugio durante años incluso después de la
llegada de mi mejor amiga al templo. No todas las profesoras aprobaban
mis hábitos de lectura ni mis elecciones en cuanto a estos. Elora, como
responsable de nuestro entrenamiento físico, era una de ellas. Hubiera
pagado por ver su cara si estuviera conmigo en este momento y pudiera
contemplar a la descomunal bestia que tenía delante. Habría tenido que
tragarse sus palabras.
La criatura rodeó a Karan, rozándose contra él, y este deslizó la mano por
todo su costado. Luego, le palmeó el cuello, a lo que el grifo respondió
extendiendo por completo unas alas enormes.
—Benditos dioses —murmuré sin aliento y con los ojos desorbitados.
Era grandioso, y no solo porque fuera colosal, muchísimo más grande que
el semental de Karan. La parte anterior de su cuerpo estaba cubierta de
plumas que iban desde un tono ligeramente marrón hasta un blanco
impoluto en la cabeza, la garganta y la zona central de las alas, mientras que
en las puntas de estas últimas viraban al negro. A ello se sumaban un par de
patas propias de un águila, cuyas garras estaban afiladas en extremo, un
pico ganchudo y brillante y los ojos dorados de un depredador. La mitad
posterior de su cuerpo, en cambio, se correspondía con la de un león y
contaba con una larga cola rematada con un mechón de pelo también
marrón.
De todas las criaturas o seres con los que había imaginado que podría
encontrarme en mi viaje por Hadesya, sin duda este no era uno de ellos.
—Apenas si quedan un par de docenas en todo el reino —comentó
Xander—, y los que hay se han vuelto aún más salvajes e impredecibles de
lo que nunca lo habían sido antes.
—Karan lo está toqueteando —señalé, reproduciendo sus propias
palabras.
—Porque tienen una historia propia, igual que ocurre con Lex. Karan lo
rescató cuando era una cría. Mataron a sus padres, así que lo escondió y
cuidó de él hasta que pudo valerse por sí mismo. Entonces, Thanatos se
marchó, pero busca a Karan de vez en cuando. Creo que, a su manera,
quiere asegurarse de que está bien.
Fruncí el ceño.
—Pero habéis dicho que hay dos, ¿no?
Xander esbozó una media sonrisa.
—Kaos es la responsable de que Thanatos haya decidido quedarse un
poco más esta vez. Han anidado.
Se quedó mirándome como si aquello tuviera que significar algo para…
—Oh —susurré al comprenderlo por fin—. Kaos está preñada.
—Lo estaba. En realidad, hay un tercer grifo ahí dentro, una cría de poco
más de unas semanas. Esa es la única razón por la que Thanatos ha
sacrificado su libertad y ha permanecido en este lugar. Normalmente, viene,
da una vuelta con Karan y se marcha. Nunca hasta ahora había pasado la
noche aquí. Supongo que recuerda lo que Karan hizo por él y quiere darle
todas las oportunidades posibles a su progenie.
Dioses, una pareja de grifos con una cría. Elora se desmayaría, también
Dafne. Yo misma estaba a punto de hacerlo. Mientras Karan continuaba
dedicándole atenciones, mis pies se pusieron en marcha antes siquiera de
tomar la decisión consciente de avanzar, pero Xander me sujetó del brazo.
—¿A dónde te crees que vas? ¿No has escuchado lo que he dicho?
Thanatos puede destriparte o atravesarte de parte a parte con el pico solo
por respirar un poco más fuerte de lo normal. No digamos ya Kaos; te
tragará entera si piensa que estás amenazando a su polluelo.
Me volví un poco hacia Xander sin perder del todo de vista la estampa
irreal que se desarrollaba ante mis ojos. Era… ni siquiera sabía muy bien
cómo empezar a describir aquel pequeño milagro.
—¡Es un grifo! —exclamé, porque yo era así de obvia y, una vez pasada
la impresión inicial, sentía un entusiasmo infantil—. ¡Posiblemente no
vuelva a tener otra oportunidad como esta! ¿De verdad pensabais que me lo
enseñaríais y me limitaría a contemplarlo de lejos? Además, dijisteis que
me lo presentarías, y ya lo habéis alimentado, ¿no?
Xander soltó una risita de lo más impertinente.
—A lo mejor no tienes otra oportunidad para hacer nada si Thanatos
decide que aún le queda hueco para el postre.
Le sonreí como una perturbada mental, lo cual quizás no estuviese tan
alejado de la realidad, y aproveché que me había soltado para escabullirme
y avanzar un par de pasos. Xander debió de resignarse y esta vez no trató de
detenerme.
—Procura no agitar los brazos delante de su cara o creerá que le estás
ofreciendo un tentempié —me advirtió, y luego se apresuró a añadir—: Ah,
y por Hades y toda la oscuridad del inframundo, ni se te ocurra amenazar a
Karan.
Lo miré por encima del hombro y arqueé una ceja.
—Yo no haría tal cosa.
Fue obvio que no me tomó en serio. Por mi tono gélido y el sarcasmo que
desbordó mi voz, resultaba obvio que tampoco yo creía ni una sola de mis
palabras. No había olvidado la conversación que había escuchado a
escondidas entre Melíone y Karan, como tampoco su cambio de actitud o el
hecho de que éramos solo enemigos que mantenían una extraña y delicada
tregua. Ahora que conocían mi secreto, la débil confianza que hubiera
podido depositar en ellos se había esfumado. El hecho de que me hubiesen
salvado la vida solo servía a su propio interés: mantenerme ilesa y poder
llevarme con su rey.
De cualquier manera, eso que yo me repetía que jamás había sucedido
entre Karan y yo mientras me vendaba seguramente había sido tan solo
producto del licor que él había tomado. Un desliz de borracho. Lo que no
tenía muy claro era mi excusa para haberle permitido tocarme de la forma
en la que lo había hecho, y mucho menos para el cosquilleo que aún
perduraba en mi piel y en la boca de mi estómago sin importar cuánto me
estuviera esforzando para desterrarlo.
Yo seguía siendo una hija de Artemisa olímpica, y él, un hijo de Hades
hadesiano. Solo que ahora resultaba que tenía un grifo, uno que yo estaba
dispuesta a correr el riesgo de conocer.
21
Me acerqué muy despacio. Una cosa era que fuese un poquitín temeraria, y
otra, completamente estúpida. Egan se había retirado a un lado de la entrada
del granero y Xander se mantenía junto a la casa, lo cual era prueba de que
no exageraban sobre la hostilidad de los grifos. Pero aquello era casi como
si un dios hubiera bajado y se hubiera plantado frente a mí, ¿cómo iba a
poder resistirme a echar un vistacito más de cerca?
Al escuchar mis pasos, la cabeza de Karan giró como un látigo hacia mí
al mismo tiempo que lo hacía la de Thanatos. Su sincronización habría
resultado graciosa si no hubiera sido por el tema de arrancar extremidades y
picotearme del que Xander me había advertido. Más aún teniendo en cuenta
que estaba completamente desarmada y moverme resultaba todavía, si no
doloroso, molesto.
—Retrocede, cazadora.
Ignoré la brusca advertencia y mi ceja se elevó de nuevo en un ademán
desafiante. Aunque igual ese gesto perdió un poco de fuerza cuando
Thanatos alzó la cabeza y lanzó un graznido tan estridente que sentí deseos
de taparme los oídos. El grito, a su vez, debió de atraer la atención de Kaos,
porque la hembra de grifo se asomó desde el interior del granero. Por
suerte, no avanzó más, sino que permaneció ocupando el hueco de la
entrada. Y digo «por suerte» porque Kaos era aún más grande que su pareja.
«Descomunal» la describiría a la perfección.
Karan me lanzó otra de sus miradas irritadas junto con una nueva
advertencia.
—Yo que tú me pensaría muy bien lo que vas a hacer a continuación.
—Y yo que tú dejaría de ladrarme órdenes como si fuera uno de tus
soldados, general.
Supe de inmediato que el término le había escocido, y hubiera jurado que
se encogía un poco, aunque su expresión continuó vacía y no apartó los ojos
de mí. Deslizó la mano por el cuello de Thanatos para atraer su atención,
pero el animal parecía mucho más interesado en la idiota que se le estaba
acercando como si de verdad sintiera deseos de morir. La idiota, por
supuesto, era yo.
Al final, lo de llevar tan mal que alguien me diera órdenes iba a acabar
costándome caro. Mientras eso sucedía, no podía evitar sentirme fascinada
por aquella bestia imponente y majestuosa. No podía creer que una criatura
así permitiera a Karan subirse a su lomo y cabalgarla por mucho que este la
hubiese criado. Si lo que me había contado Xander era cierto, el grifo no
había dudado en largarse y dejar a Karan atrás una vez que había podido
hacerlo, aunque el hecho de que regresase de vez en cuando desde luego
hacía suponer que algo lo mantenía unido a él.
—No, no eres un soldado, pero sí mi prisionera.
Me permití sonreírle, y no fue la sonrisa amable ni juguetona que le había
brindado un momento antes a Xander, sino algo mucho más mordaz y
exasperante. Si ahora estábamos jugando a comportarnos como imbéciles
despreciables y altivos, yo también sabía cómo hacerlo.
—Y tú un imbécil. ¿Recuerdas lo que te dije? Una hija de Artemisa
siempre puede elegir.
Se nos adiestraba como exploradoras, cazadoras o guerreras; en mi caso,
como todas ellas. Pero, más allá de eso, las hijas de Artemisa éramos
luchadoras. No solo en el sentido físico, sino en el mental. No nos
rendíamos. Persistíamos. Que yo fuera tan terca no se trataba de una
casualidad, aunque bien era verdad que en mi caso lo llevaba al extremo.
Kaos replicó el graznido de Thanatos. No tenía ni idea de si se estaban
comunicando entre ellos, pero sonaba como una advertencia para mí, una
que sí iba a escuchar; no importaba que yo no tuviera una familia y nunca
fuera a tenerla, entendía que Kaos solo estaba defendiendo a su cría de
cualquiera que pudiera representar un peligro. La certeza de que una
supuesta bestia tuviera más instinto maternal que mi propia madre me dejó
un regusto amargo en la boca e hizo que, durante un momento, me costase
un poco respirar.
—Vete adentro. Hoy no cuento con la paciencia necesaria para lidiar
contigo —insistió Karan.
—Bueno, pues es una pena que tengas que hacerlo. Te aseguro que a mí
me encantaría marcharme ahora mismo de este lugar y dejarte aquí jugando
con tus amiguitos.
Su amiguito podía despedazarme en cualquier momento, pero por ahora
no había hecho ningún movimiento hostil. Me observaba con atención y las
plumas de las alas en parte erizadas. Si me veía obligada a rodar por el
suelo para evitar un ataque suyo, no estaba segura de ser lo suficientemente
rápida y mucho menos de poder levantarme luego. Aún no me sentía tan
bien.
Aparté los ojos de Karan para no tener que ver la expresión agria que
seguramente me estaba dedicando. Prefería contemplar al grifo. Seguía
pareciéndome una locura que de verdad existieran. Todo lo que había leído
de ellos, y no era mucho, lo había hallado en historias que se consideraban
meras invenciones; simples relatos de aventuras de héroes que nunca fueron
reales, viajando por mundos a su vez también inventados.
Y yo tenía a dos de esas criaturas ahora mismo a unos pocos pasos de mí.
—Son absolutamente increíbles.
—Y yo que había apostado que te pondrías a gritar —dijo Xander, sin
esconder su diversión.
—Estás loca —señaló Karan al mismo tiempo.
Desvié la vista hacia su rostro y entrecerré los ojos. Él me devolvió la
mirada. Así pasamos los siguientes segundos, ambos desafiándonos a solo
los dioses sabían qué nueva temeridad. Quizás yo esperaba que insistiera en
que me marchase solo para negarme y continuar fastidiándolo. Había algo
perverso, y a la vez un poco infantil, en que sintiera dicho impulso. Para lo
que seguro que no tenía paciencia era para su severidad. Sinceramente, me
había pasado toda mi vida recibiendo esa clase de miradas y reproches de
mis instructoras, de Adara e incluso de mis propias compañeras. Estaba
cansada de ello; hastiada más bien. Como si esa manera de reprenderme, y
de juzgarme, se hubiera convertido en un peso físico que mis hombros no
soportaran llevar durante más tiempo.
Así que aguanté el tirón sin apartar los ojos de su rostro. No tengo ni idea
de lo que vio en los míos, pero un segundo después de que el músculo de su
mandíbula empezara a palpitar y las pupilas le ganaran casi todo el terreno a
sus iris, giró hacia Thanatos, se encaramó de un salto sobre su lomo y,
cuando quise darme cuenta, ambos habían salido disparados hacia el cielo.
—¿En serio? —grité, elevando los brazos y agitándolos por si de algún
modo aún fuera visible para él desde tanta altura. Fue una suerte que Kaos
prefiriese permanecer custodiando el acceso al granero en vez de venir a
arrancármelos—. Eso ha sido muy maleducado por su parte.
Xander se echó a reír.
—Te aseguro que hubiera sido mucho peor si no se hubiese marchado.
Kaos resopló —sí, resopló, como si se hubiera aburrido de pronto de
nosotros— y regresó al interior del granero con su cría. Solo entonces, Egan
se puso en marcha también. Xander lo persiguió con la mirada hasta que la
puerta de la casa se cerró tras él y nos quedamos a solas. No sabía si
aquellos dos continuaban molestos el uno con el otro o ya habían
claudicado, pero me pareció un buen momento para empezar a hacer más de
las preguntas que la noche anterior Karan había interrumpido.
—¿Qué demonios le pasa conmigo?
—¿Qué? —repuso Xander.
—Me has oído perfectamente.
—Ya, solo trataba de ganar algo de tiempo.
Me eché a reír por la franqueza de su respuesta. Era fácil olvidar que
Xander era un hijo de Hades, demasiado fácil a decir verdad.
—¿Y bien?
—Eso es algo que debes tratar con Karan.
Señalé el cielo y, como Kaos, yo también resoplé. No fue un sonido
delicado ni sutil, tampoco lo pretendía.
—Se ha ido, lo cual dificulta un poco que tengamos una charla.
—Volverá. Solo necesita un poco de tiempo para organizar sus…
prioridades.
Yo no estaba tan segura después de lo que había escuchado a escondidas,
pero Xander parecía totalmente convencido de que su amigo y la bestia que
montaba regresarían, así que no me quedaba más remedio que esperar. En
mi estado no era como si pudiera ir a ninguna parte de momento. Sin
embargo, si Karan no volvía pronto, robaría uno de los caballos y me
adentraría en Hadesya; abandonar a su suerte a mi mejor amiga no era una
opción para mí.
Xander, aún cubierto de polvo y con alguna que otra salpicadura de
sangre reseca, se dejó caer en uno de los bancos. Fui a sentarme a su lado y
no pude evitar echar un nuevo vistazo a las cicatrices de su espalda. De
cerca resultaban aún peores; quienquiera que hubiera empuñado el látigo no
había titubeado en emplearse a fondo para castigarlo.
Él debió de advertir que mis ojos se demoraban allí más de lo necesario,
porque ladeó la cabeza y enarcó las cejas.
—¿Algo que quieras preguntar?
Avergonzada, me apresuré a responder:
—No. Eh, ¿sí? ¿Cómo…? —Hice una pausa, sabiendo que estaba siendo
una entrometida, aunque Xander no parecía incómodo—. ¿Cómo te las
hiciste?
—Con un látigo —dijo, y luego se echó a reír, aunque había una sombra
cubriendo el brillo de sus expresivos ojos castaños.
—Lo siento. No debería haber preguntado.
Era impetuosa, curiosa y muchas veces carecía de cualquier sentido del
decoro, pero creo que fue la primera vez que de verdad creí haberme
excedido. Sin importar quién fuera Xander, sus marcas hablaban de un
dolor indescriptible. También podía ser que el pecado cometido igualase en
horror el castigo, pero algo en lo más profundo de mi pecho me decía que
no era así.
—Es una larga historia.
Miré al cielo. A pesar de saber que no era asunto mío, cuando volví la
vista de nuevo hacia él dije:
—Bueno, creo que tengo tiempo.
Xander soltó otra carcajada.
—Está bien, supongo que esta sí es una historia que puedo contarte: me
atraparon colándome en el palacio de Hades. Varias veces —soltó sin más,
y a mí se me descolgó la mandíbula.
No tenía ni idea de cómo era la antigua morada del dios de los muertos,
ahora ocupada por su heredero, el rey Stavros, pero si se asemejaba en algo
a la de nuestro rey… En realidad, irrumpir en ese lugar era lo que yo
pretendía hacer, pero tenía un motivo de peso para intentar esa clase de
locura.
—¿Por qué?
Xander me brindó una sonrisa cargada de algo amargo y triste.
—Tenía apenas doce años y vivía con mi madre en un cuarto de un par de
metros cuadrados. Ella… —Tragó saliva y desvió la vista lejos de mi rostro
—. Ella vendía su cuerpo para poder mantenernos. Yo ni siquiera era
consciente de lo que eso significaba por aquel entonces, y tampoco sabía
nada del poder oscuro que corría por mis venas; de ser así, me habrían
permitido unirme al Templo de Hades de la capital y tal vez ella no hubiera
tenido que… —Se detuvo e inspiró hondo.
No lo apresuré para que continuase. Los recuerdos debían de resultarle
dolorosos, y no solo por las marcas que llevaba sobre la piel. Cuando por
fin retomó la historia, me contó lo mucho que odiaba pasar el día encerrado
en aquel diminuto cuarto repleto de desesperación y miseria y lo
claustrofóbico que le resultaba; intuí entonces que de ahí provenía la
necesidad de permanecer al aire libre durante nuestro viaje a través del
Estigia. Dado que estaba solo la mayor parte del tiempo, a menudo se
dedicaba a vagabundear alrededor de los muros del palacio. Era así como
había descubierto una grieta apenas suficiente para permitirle la entrada a
alguien pequeño y extremadamente delgado como lo era él en aquel tiempo.
Desde entonces, había tomado por costumbre espiar los entrenamientos de
los soldados en el patio del palacio, hijos de Ares encargados de la
seguridad del lugar, dado que los hijos de Hades eran los que custodiaban a
Stavros y realizaban sus entrenamientos ocultos de cualquier ojo ajeno.
La ingenuidad infantil de Xander lo había llevado a creer que ninguno de
aquellos descerebrados se daría cuenta de que estaba allí, y así había sido
durante semanas. Una vez, incluso se las había arreglado para escalar la
fachada de las cocinas con la intención de acceder al propio palacio. Al
parecer, había en la segunda planta un ventanuco sin rejas ni ninguna otra
protección y la curiosidad lo había llevado a asomarse para echar un vistazo
a la morada de su soberano.
—¿Qué fue lo que viste? —inquirí, cuando hizo una pausa demasiado
larga.
Una sonrisa suave se extendió por su rostro.
—A un crío. Un crío muy rubio, pálido y tan escuálido como yo lo estaba
en ese tiempo, y que se asustó tanto al verme asomar al interior que hizo
que me sobresaltase y casi acabase resbalando. —Su expresión se volvió…
nostálgica—. Pero él no llegó a gritar y yo me lancé a través del hueco para
evitar caerme desde varios metros de altura. Esa primera vez, todo lo que
hicimos fue mirarnos como dos idiotas. Ni siquiera cruzamos una palabra.
Xander había vuelto en varias ocasiones a visitar a aquel muchacho
callado y extraño. Así fue cómo descubrió que llevaba encerrado en esa
habitación casi desde su nacimiento y no conocía del mundo exterior más
que lo que había podido entrever a través de los escasos comentarios de los
soldados que le traían comida y lo que contemplaba más allá del estrecho
ventanuco. No recordaba a su madre ni tener un padre, y tampoco sabría de
dónde provenía realmente hasta tiempo después; de esto último, Xander no
hizo ninguna aclaración.
—La ironía fue que, al contrario de lo que yo pensaba de mi propia
existencia, el mundo real para él sí que se reducía a cuatro paredes. Antes
de conocer ese detalle, yo había pensado que debía de tratarse del hijo de
algún noble rico porque el dormitorio era muchísimo más grande que la
casa que compartíamos mi madre y yo. Recuerdo haberlo envidiado mucho
por ello.
Se pasó la mano por la cara, pero sus ojos continuaron fijos al frente y su
semblante mucho más serio que de costumbre. Fui a preguntar quién había
sido ese chico, pero cerré la boca al caer en la cuenta de que la descripción
podría ajustarse perfectamente a uno de sus dos amigos en concreto. Egan
contaba con una cabellera muy rubia y era callado, y tal vez un poco
extraño. No escuálido en modo alguno, pero tampoco lo era ahora Xander;
los años los habían dotado de la clase de músculos y forma física que solo
se adquiere con un duro entrenamiento.
Si él no quería mencionar que se trataba de su compañero, tal vez no era
buena idea insistirle para que me lo confirmase.
—El caso es que continué regresando. Charlábamos y yo le contaba cosas
banales, detalles de lo que veía por las calles y sitios de la ciudad en los que
había estado, mientras él escuchaba cada palabra con una avidez que
siempre me dejaba embelesado. Me sentía como el centro de su pequeño
universo y me hice adicto a esa sensación —confesó, y sus hombros se
hundieron un poco, no supe si por vergüenza, tristeza o por otro motivo—.
Hasta que me atraparon. Esa primera vez me encontraron en el patio y solo
me gané cinco latigazos. Me echaron a patadas de allí después de recibir mi
castigo y juro que estaba agradecido de que no hubieran decidido matarme.
La segunda vez en cambio…
Realizó una nueva inspiración, aunque me dio la sensación de que el aire
apenas entró en sus pulmones. Me sentí mal por haber preguntado.
—No tienes por qué contármelo.
Forzó una sonrisa y se irguió un poco, ladeándose hacia mí. Luego, se
llevó la mano derecha al hombro izquierdo y rozó el borde de una de las
marcas con las puntas de los dedos. No reaccionó a ese toque, pero yo no
pude evitar estremecerme.
—La segunda vez no fueron piadosos. Se me condenó a cien latigazos. —
Exhalé de forma brusca. Cien latigazos para un niño de solo doce años era
una completa salvajada, más aún si ese crío estaba débil y mal alimentado
—. Fue más bien una condena a muerte, y debería haber muerto…
—Pero no fue así —murmuré, sobrecogida.
Me daba igual que Xander fuera un hijo de Hades, incluso sabiendo el
poder con el que contaba ahora, en ese momento había sido solo un niño
tratando de consolar a otro igual de desamparado.
—Aguanté. Solo los dioses saben cómo pudo mi cuerpo resistirlo. Los
soldados me habían maniatado y habían colocado mis brazos extendidos en
torno a uno de los postes de entrenamiento, y cuando el que sostenía el
látigo me rodeó para burlarse de mí tras el último de los golpes, yo ya
apenas sabía quién era o dónde estaba, pero tenía muy claro que quería
matarlo por lo que me había hecho. Lo único que sentía era una furia
abrasadora, ni siquiera me dolía ya. Recuerdo haber estirado los dedos
agarrotados en su dirección y desearle la peor de las muertes posibles. Y
luego… sucedió: el corazón le estalló en el pecho y dejó tal agujero en su
carne que se podía ver a través de él.
«Se lo merecía», fue todo lo que pude pensar, y me daba igual si eso me
convertía en una mala persona. Mis ojos se deslizaron de nuevo por la
espalda de Xander y la visión de las marcas me reafirmó en mis
pensamientos. Castigar a un niño de esa forma salvaje… Bueno, no había
manera de que me sintiera mal por el destino que su verdugo había
encontrado.
—Lo irónico es que la muerte de ese hombre fue lo que me salvó.
Aunque me desmayé después de eso, al despertar me encontré en el Templo
de Hades de la capital; habían curado mis heridas, en la medida en que algo
así podía ser curado, y se me proporcionó una cama, comida y un nuevo
propósito: entrenarme como un hijo de Hades.
—Lo siento —murmuré, porque no sabía qué otra cosa decir.
Xander tampoco parecía tener nada más que añadir a su relato, así que
nos quedamos allí sentados no sé por cuánto tiempo, uno junto al otro; él,
rodeado de un halo de tristeza y rabia, y yo, recordándome que, si bien los
hadesianos que había conocido hasta ahora habían mostrado cierta
amabilidad, no había duda de que aquel era un reino cruel.
22
Las horas siguientes transcurrieron en calma y con una lentitud exasperante.
En repetidas ocasiones me encontré contemplando el cielo, pero no hubo
señal alguna de Karan, y un grifo volando por los alrededores no era algo
que se pasara por alto así como así. Lo único bueno fue que mi cuerpo
parecía estar sanando más rápido de lo que era de esperar; mis molestias
fueron diluyéndose hasta concentrarse tan solo en el costado. Seguía sin
creer que hubiera estado al borde de la muerte, la verdad.
Cuando el sol casi se había ocultado ya, la cena fue servida en una mesa
dispuesta para cuatro personas. A pesar de lo reacios que eran a visitar la
ciudad, Deacon había marchado en dirección a Asfodelos en busca de
algunos suministros. Por lo que entendí, a menudo el trío formado por
Karan, Xander y Egan se encargaba de abastecer la despensa en sus viajes a
la frontera, aunque no me dieron explicaciones de cómo lo hacían y no
estaba segura de querer pensar en ello si por casualidad implicaba un asalto
a las granjas de Olympya limítrofes con su reino. Debía ser eso lo que
habían estado haciendo cuando tropecé con ellos y mi aparición había
trastocado cualesquiera que fueran sus planes.
Tras una comida frugal, regada con abundante vino del que esta vez me
serví varias copas, Melíone sugirió que me vendría bien tomar otro baño. El
uso de las hojas del granado actuaría de antiséptico y ayudaría a cicatrizar la
herida. Tal vez ese fuese el secreto de mi milagrosa recuperación, así que
acepté la oferta y poco después estaba sumergida en agua caliente hasta la
nariz.
Rodeada de nuevo de aquel aroma ya tan familiar, no hubo manera de que
mis pensamientos no vagaran hacia Karan. Pero como no quería pensar en
lo mucho que me desconcertaba el hadesiano, me dije que era un buen
momento para tratar de hablar con Orien. Mis esfuerzos resultaron del todo
infructuosos. Varios tirones mentales después, todo lo que recibí fue una
vibración baja y muy suave que no tenía ni idea de lo que significaba. Es
decir, sabía que Orien continuaba al otro lado; estaba vivo y quise pensar
que también consciente, pero ni respondió a mis llamadas ni hubo manera
alguna de que yo pudiese colarme en su mente sin invitación. A decir
verdad, normalmente era él quien se adentraba en la mía, así que tal vez
había sido descuidada al no haber dado ese paso nunca. Estaba claro que me
estaba bloqueando y yo no sabía cómo saltarme dicho bloqueo.
Gemí y me hundí del todo en el agua. Aguanté la respiración hasta que
los pulmones me ardieron y, aun entonces, esperé un par de segundos más
para sacar la cabeza. El aire entró de sopetón por mi garganta e hinchó mi
pecho. Mientras esperaba que mi respiración se calmara, apoyé la cabeza en
el borde de la bañera y cerré los ojos. Estaba frustrada por la situación,
preocupada por el destino de Dafne y mis hermanas e intrigada por mis
anfitriones; también me sentía bastante… inútil. Perdida.
El baño no calmó todas mis preocupaciones de forma mágica, tal y como
sí hizo con mis molestias, pero al menos dejó mi cuerpo relajado. Envuelta
tan solo en una fina bata de seda que me había prestado Melíone, me dejé
caer en mitad de la cama. Ni siquiera aparté las sábanas, sino que permanecí
tumbada boca arriba sobre ellas, con la cabeza ladeada y contemplando el
trozo de cielo que veía a través del ventanal. La perpetua capa de oscuridad
ocultaba el destello luminoso de las estrellas y una suave brisa acunaba las
ramas del granado junto a la fachada. Todo estaba tranquilo.
Debí quedarme dormida y soñé con aquella misma cama y el mismo
aroma azucarado envolviéndome, con las mismas sombras que rodeaban la
casa, el mismo silencio. La misma paz. Pero en el sueño mi bata estaba
abierta y mi cuerpo expuesto, y en mi mente la vibración suave proveniente
de mi conexión con Orien se había convertido en una especie de ronroneo
sensual y tentador. Los dedos de mi mano izquierda se aferraban a las
sábanas y los de la otra se deslizaban entre mis muslos…
—Por los dioses —jadeé cuando el roce despertó aún más mi necesidad.
No era la primera vez que tenía un sueño de ese tipo. Algunas noches en
el templo, después de una de mis conversaciones con Orien, mi cuerpo
reclamaba algo más que los susurros y sonrisas que este me hacía llegar a
través de la conexión. Puede que se esperase que las hijas de Artemisa nos
mantuviésemos puras, pero, aunque aparentemente se sobreentendía, nadie
hablaba de no poder proporcionarnos placer. De todas formas, tampoco yo
había sido nunca la más casta de mis hermanas.
Fuera como fuese, la situación actual no parecía la más adecuada para
aquello, pero tal vez solo era mi cuerpo buscando una salida a la rabia, la
frustración y los eventos más recientes. Quizás necesitaba liberar tensión;
olvidarme del lío en el que estaba metida y del que no sabía cómo iba a
salir.
En el sueño, otro ruidito vergonzoso abandonó mis labios. Mis pezones se
endurecieron hasta tal punto que resultó doloroso y estaba tan mojada que
mis dedos resbalaron con suavidad en torno a mi clítoris. Lo sentí hinchado
y caliente bajo la yema de los dedos, y yo, necesitada como pocas veces lo
había estado. Ansiosa. Me dije que no era más que un sueño y que no tenía
nada que ver con cómo mi mente reproducía una y otra vez el momento en
que Karan había sido el que deslizaba los dedos por mi piel. Ni con el rastro
ardiente que había dejado en ella, como una marca al rojo vivo que siguiera
quemando mucho tiempo después. Tampoco con que me encontrara en su
cama, oliendo como él.
Me obligué a pensar en la voz de Orien, baja, ronca y excitante, y evitar
así que Karan se colase en mis pensamientos. De ninguna manera iba a
permitirle apropiarse de mi mente mientras me tocaba, no me importaba lo
bien que se hubiera sentido cuando lo había hecho.
Presioné con el talón de la mano contra el sensible nudo de nervios
mientras dos de mis dedos encontraban el camino hacia mi interior. Mi
cuerpo al completo vibró y jadeé de placer. Dioses, se sentía casi demasiado
bien. Hacía tanto tiempo, y yo había pasado los últimos días en una tensión
casi constante. Aquello era justo lo que necesitaba.
No pensé en la suavidad con la que Orien susurraba ese oraíos que tanto
me agradaba, sino en el tono lujurioso que su voz había adquirido la vez
que había hablado de arrodillarse frente a mí y lamerme. Casi pude sentir su
lengua deslizándose en torno a mi entrada. Saboreando mi humedad.
Bombeé dentro y fuera una y otra vez, con la otra mano provocando uno de
mis pezones erectos ya sin languidez alguna. Sin pudor. El cosquilleo en mi
bajo vientre creció y creció, mientras mi mente traidora empezó a
deambular sin mi permiso y terminó evocando el toque de Karan…
Mis ojos se abrieron de golpe, pero no me moví. El corazón me latía
desbocado en el pecho y una fina capa de sudor cubría mi frente. Ya
totalmente despierta, miré hacia abajo y descubrí que la bata continuaba
anudada en torno a mi cintura; sin embargo, al igual que en el sueño, mi
mano derecha se hallaba bajo la tela, entre mis piernas, y la izquierda, sobre
uno de mis pechos. Y estaba mojada.
El mínimo movimiento de mis dedos me arrancó un nuevo gemido. Oh,
por todos los infiernos, ¿me había estado masturbando mientras dormía?
Estuve a punto de echarme a reír, solo que el palpitar entre mis muslos no
era ni por asomo gracioso. Necesitaba alivio ahora mismo.
La puerta se abrió de repente y Karan entró en la habitación como un
maldito huracán que solo dejara tras de sí destrucción y muerte.
—Tenemos que hablar… —En cuanto su mirada se posó sobre mí, se
detuvo de golpe.
Sus ojos recorrieron toda mi figura, absorbiendo los detalles de la escena:
mi mano entre las piernas, la otra acunando mi pecho, la curva que había
formado mi espalda en respuesta a los dos dedos que se hallaban enterrados
profundamente en mi cálida carne y el aliento que salía entrecortado a
través de mis labios.
Ni siquiera atiné a reaccionar. Me limité a parpadear, creyendo por un
momento que él era alguna clase de absurda alucinación que mi diabólica
mente había conjurado para torturarme. No podía ser que Karan estuviera
de verdad allí.
No… podía… ser.
Solo que sí lo era.
En mitad de la habitación. Mirándome. Sus iris prácticamente negros; su
expresión… Mierda, su expresión se había cargado de algo oscuro, tenso y
sinuoso. Algo excitante y a la vez perturbador. Algo vivo que parecía capaz
de devorarme, de tragarme entera y no dejar nada de mí. Así que ni siquiera
entonces me moví o hablé; retirar las manos de mi cuerpo solo atraería
atención sobre ellas.
Tampoco Karan dijo nada. Se quedó allí plantado contemplándome, pero
juro que las sombras de la habitación se hicieron más densas a su alrededor,
como si se arrastraran hacia él para condensarse en algo mucho más sólido
en torno a su figura imponente. Como si se sintieran atraídas de forma
irremediable por su piel y su carne. Como si le obedecieran.
—¡¿Qué se supone que estás haciendo?! —exigí saber, aunque la
pregunta salió de mi boca como un gritito demasiado agudo.
—Me encantaría que respondieras a esa misma pregunta. ¿Qué estás
haciendo, Korelana? —replicó, y mi nombre sonó como una maldición en
sus labios.
—Eso no te incumbe.
—Estás en mi casa. En mi cama —añadió. El tono ahumado y profundo
de su voz me provocó un estremecimiento, y no fue de los malos—. Así que
igual sí que es de mi incumbencia.
Erguido y abrazado por un aura sombría, parecía aún más alto, más
ancho. Más arrogante y peligroso. Parecía un hijo de Hades y ciertamente lo
era. Parecía letal y, al mismo tiempo, el fruto prohibido que cualquiera
desearía tener la oportunidad de saborear. Un mal demasiado tentador.
La piel se me erizó cuando avanzó un paso hacia la cama, con la barbilla
inclinada hacia el suelo y los ojos fijos en mi rostro. No aparté la vista de él
a pesar de que ambos sabíamos dónde estaban exactamente mis dedos. No
estaba segura de poder retirarlos sin que se me escapara un nuevo gemido.
Su interrupción no había atemperado en lo más mínimo la marea abrasadora
que corría por mis venas, más bien la había empeorado, lo cual era aún más
bochornoso que todo lo demás. Y eso era mucho decir.
—Deberías haber llamado.
—Debería —repitió, pero no pareció creer de verdad que eso fuera lo que
tendría que haber hecho—. Todavía no me has pedido que me vaya.
Su respuesta y lo que implicaba me hicieron hervir de rabia. Entrecerré
los ojos.
—No te atrevas siquiera a insinuarlo.
Las comisuras de sus labios se retorcieron con malicia en una sonrisa
devastadora que hizo que los dedos de mis pies se enroscaran. Los de mi
mano se deslizaron un poco y se me escapó un gemido de placer agónico.
Al escucharlo, el mismo músculo de su mandíbula que había palpitado esa
mañana justo antes de que se encaramase al lomo de Thanatos se tensó y
afiló su rostro, y su mirada se volvió aún más intensa. Hambrienta.
Desafiante y… letal.
Los segundos se arrastraron uno tras otro, tortuosos y eternos, mientras
nos observábamos. Karan aún con la sombra de una sonrisa curvando sus
labios y otras tantas reunidas en torno a su figura; y yo tan abstraída por la
irritación que había despertado en mí que ni siquiera sentía ya vergüenza
alguna por la delicada situación. Por supuesto, bajo su incisiva mirada, tuve
que elegir ese momento para tratar de retirar la mano que mantenía entre
mis piernas; nunca había tenido el don de la oportunidad.
Solo aparté los ojos durante un instante tan breve que hubiera resultado
imposible que nada cambiase alrededor, por eso tal vez me sobresalté al
encontrarme de repente a Karan frente a mí, con una rodilla clavada en el
colchón junto a mis piernas y su cuerpo inclinándose demasiado cerca.
Ahogué un jadeo brusco y mis ojos se abrieron como platos cuando me
rodeó la muñeca con los dedos; su agarre firme y, aun así, delicado.
—¿Qué demonios…? —comencé a protestar, pero las siguientes palabras
se negaron a salir de mi garganta.
—¿Puedo?
Asentí por inercia, o tal vez por pura lujuria, aunque no sabía
exactamente para qué me estaba pidiendo permiso. Cuando empezó a tirar
muy lentamente de mi mano, mi corazón redobló su ya de por sí acelerado
palpitar y tuve que morderme el labio para evitar nuevos ruiditos
indeseados. Bajo su toque, mis dedos se arrastraron fuera de mi cuerpo en
un deslizamiento implacable y mi interior se incendió. Sus ojos, cargados
de un brillo tan oscuro y reluciente como el ónix, no abandonaron los míos,
y no estaba segura de que la descarga que me recorrió de pies a cabeza se
debiera solo a la sensual caricia.
Empujó y tiró de mi muñeca, llenándome y vaciándome con mis propios
dedos, y luego repitió el movimiento varias veces. Tuve que esforzarme
para mantener los ojos abiertos y que mi placer no se tradujera en nuevos
gemidos, pero no detuve aquella locura. Quizás mi cuerpo había llegado a
un punto en el que no era capaz de renunciar al placer. Karan empuñaba mi
mano como un arma que emplear contra mí, y se le daba demasiado bien.
Era… Dioses, no tenía ni idea de lo que era aquello. De lo que era él.
Entonces comenzó a tirar más y más y mi mano asomó bajo la tela. Al
sentirme vacía, emití un ruidito de frustración que debería haberme
avergonzado. Lo haría más tarde, seguro. Él alzó mi propia mano entre
nosotros, frente a su rostro. Sus fosas nasales se expandieron al contemplar
la humedad que me cubría los dedos y la punta de su lengua asomó para
lamer su labio inferior, lo que envió una serie de pensamientos terribles y
muy muy sucios a mi mente.
Tendría que haberme sentido abochornada. O furiosa. Probablemente,
ambas cosas. No era capaz de decidirlo. Sin embargo, todo lo que sentía era
el calor abrumador de su mirada sobre mí. Me pregunté si, después de todo,
no me encontraría aún inmersa en el sueño lujurioso con el que había dado
comienzo aquel lío.
—Aún no me has pedido que me marche.
De todo lo que podía haber dicho, no esperaba oír precisamente eso; sin
embargo, no le faltaba razón. ¿Por qué demonios no le había exigido que se
largase en cuanto había abierto la puerta? Las posibles respuestas no me
gustaron en absoluto, pero tampoco tuve tiempo de formular ninguna
excusa. La presión de sus dedos alrededor de mi muñeca disminuyó y luego
desapareció por completo. Cuando quise darme cuenta, se dirigía ya hacia
la puerta con el mismo ímpetu arrollador con el que había entrado allí.
«¡¿Qué demonios…?!».
No me lo pensé dos veces antes de saltar de la cama y salir al pasillo tras
él. Karan avanzaba hacia la zona de la cocina sin hacer ningún esfuerzo por
silenciar sus pasos, sin rastro alguno del andar sigiloso que bien podía
competir con el mío. No, en aquel momento era el general marchando al
frente de sus tropas, directo hacia la batalla. Decidido y feroz. Y mientras lo
seguía, la parte más sensata de mí gritaba que nada de aquello tenía sentido
y que lo dejara marchar, solo que esa parte era demasiado pequeña como
para imponerse sobre la algarabía de mis turbulentos pensamientos y mi ira.
—¡Ah, no, no vas a largarte otra vez, estúpido hadesiano! —proclamé a
su espalda, cuando me di cuenta de que se dirigía al exterior de la casa.
La ira resonó con fuerza a través de mi cuerpo. ¿Quién demonios se creía
que era para irrumpir en el dormitorio de la forma en que lo había hecho,
provocarme y luego marcharse sin más?
Aseguré el nudo de la bata cuando amenazó con deshacerse y atravesé la
puerta solo unos segundos después que él. Las largas zancadas lo llevaron
hacia la pequeña explanada en la que había estado entrenando esa misma
mañana con Xander.
—¡No te marcharás! —insistí a gritos.
Solo entonces se detuvo, aunque no giró para encararme. Había tensión
en la línea de sus hombros y su espalda, y ahora sí que no me cabía ninguna
duda de que las sombras acudían a su llamada. La noche se volvió más
oscura a nuestro alrededor y el aire se hizo más pesado, pero eso no
consiguió hacerme retroceder ni tampoco apagó el rumor sordo de la
indignación en mi pecho. No sabía muy bien lo que había ocurrido en la
habitación, ni cuando me había vendado la herida ni ahora mismo, pero no
iba a dejar que se saliera con la suya sin más.
—Vuelve adentro —ordenó, aún de espaldas a mí.
—Vete al infierno.
Entonces sí, giró muy muy despacio. Las sombras a su alrededor se
movieron con él, enroscándose sobre su piel como densas volutas de humo.
El poder sombrío que emanaba presionó contra mi pecho. No retrocedí,
algo que tal vez no fuese muy inteligente por mi parte, pero ya habíamos
establecido que la mayoría de las veces yo no tomaba decisiones
inteligentes.
Planté con firmeza los pies descalzos sobre la tierra incluso cuando eso
supuso que varias piedrecitas se me clavaran en las plantas. Karan esbozó
una mueca que iba de la sonrisa al desafío, aunque su ceño se arrugó
cuando inclinó la barbilla y su mirada descendió hacia el suelo.
—Te harás daño.
—¿Y a ti qué más te da?
—Sangrarás.
Oh, bien, ahí llevaba razón, aunque no pensaba admitirlo frente a él.
—Tal vez a Melíone le agrade contar con un bonito jardín —repliqué,
solo por el placer de hacerlo. En realidad, me aterraba sangrar, estaba
demasiado acostumbrada a evitarlo. A ocultarlo.
Sus ojos buscaron mi rostro y descubrí que había en ellos un brillo de
diversión, aunque la arruga de su frente no se había suavizado en absoluto.
—Eres de lo más exasperante.
Se me escapó una carcajada. ¿Yo era exasperante? Joder, ¿por qué no se
miraba en un espejo?
—No soy yo quien va por ahí repartiendo sonrisas y burlas para al
segundo siguiente comportarse como un bastardo engreído y luego salir
huyendo.
Su gesto se endureció frente al reproche y las sombras ondularon contra
su piel. Por un momento, sentí la tentación de acercarme y enredar los
dedos en ellas, comprobar si serían solo humo que pudiera traspasar o de
verdad resultaban tan sólidas como parecían. ¿Me harían daño? Tal vez era
mejor dejar las manitas quietas, ya me habían metido en bastantes
problemas esa noche. Pero mi cuerpo no debía estar recibiendo el mensaje,
y cuando quise darme cuenta me había adelantado un poco más hacia él.
Me detuve justo en el momento en el que él abrió la boca y soltó:
—Tienes que irte de aquí.
Fue mi turno para apretar los dientes. Vaya, al final sí que era un imbécil
de verdad.
—Dame un caballo y algo de comida; puedo llegar sola al palacio —dije,
a pesar de lo mucho que me costaba tener que pedirle cualquier clase de
ayuda.
Me marcharía en ese momento y no miraría atrás. El baño había hecho
maravillas con las molestias. Aunque era casi demasiado bueno para creer
que no había una trampa en algún lado, nadie me oiría quejarme sobre mi
milagrosa recuperación. Además, Karan estaba liberándome. Lo que fuera
que le hubiera hecho replantearse la idea de arrastrarme a los pies de
Stavros y reclamar su premio no me importaba.
Hubo un destello de algo en su mirada que no supe identificar, pero
enseguida empezó a negar con la cabeza.
—Te llevaremos de vuelta a la frontera y regresarás a tu templo —afirmó,
y luego, como si quedase alguna duda de lo que estaba diciendo, sentenció
—: Debes abandonar Hadesya cuanto antes.
23
—No.
Mi negativa fue rotunda a pesar del desconcierto que me provocó su
repentino cambio de opinión. Desde el principio, Karan había querido
llevarme al palacio. ¿Me había equivocado al suponer que se debía a que
eso le restituiría el favor de su rey? ¿Por qué se negaba ahora que sabía lo
que yo era capaz de hacer?
—No me iré de Hadesya sin mis hermanas. No sin Dafne. —Nunca sin
ella.
Él no podía comprenderlo. No sabía lo que era haber crecido en un
templo sola. Adara se había asegurado siempre de que tuviera comida, ropa
con la que vestirme, educación y un techo, e incluso sabía que sentía algo
de apego por mí. Pero ella nunca había dejado de ser la suma sacerdotisa, y
eso había mantenido una distancia insalvable entre nosotras. Hasta que
Dafne había entrado a formar parte del templo, yo no había conocido lo que
era un abrazo de cariño ni una sonrisa cómplice, una mano que me
sostuviera sin exigir… No había habido nadie que me reconfortase o
escuchase mis quejas cuando las largas horas de entrenamiento me
convertían en una quejica exhausta y malhumorada. Nadie que estuviera ahí
para mí, sin excepción, desde el momento en que nos habíamos conocido.
Que no me mirase de reojo al pasar solo porque era la niña abandonada de
la que Adara se había compadecido. Incluso las novicias recién llegadas de
alguna manera siempre se enteraban de ese detalle y desconfiaban, como si
eso supusiera para mí un trato de favor que en realidad nunca tuve. Antes de
Dafne, yo ya había aprendido a mantenerme apartada de ellas y evitar unos
susurros que no deseaba escuchar. Había estado completamente sola.
Por ello, Dafne era mi prioridad. Sin importar en qué me convertiría eso,
renunciaría incluso a liberar al resto de mis hermanas llegado el caso, pero a
ella no la dejaría atrás.
Karan me observó con tal atención que me provocó un escalofrío. Quizás
trataba de adivinar si estaba dispuesta a ceder a sus exigencias y cuánto le
costaría convencerme. Esperaba que lo que fuera que estuviera viendo en
mi expresión resultara suficiente para hacerlo desistir de ello, porque no
dudaría en pelear si intentaba obligarme a abandonar el reino.
Lamenté de inmediato no haber preguntado qué demonios habían hecho
con mis armas. Me había confiado demasiado; había olvidado dónde estaba
y quiénes eran mis captores. La amabilidad que me habían mostrado o que
me hubieran salvado la vida no debería haber supuesto una diferencia. Yo
no quería que lo fuera. No podía serlo.
—Tienes que abandonar Hadesya, alejarte todo lo posible de aquí —
insistió, aunque hubo un leve titubeo en su voz del que no estaba segura de
que él mismo fuera consciente—. Stavros ha dado orden de que todas las
hijas de Artemisa capturadas sean llevadas de inmediato frente a él.
Fruncí el ceño.
—Esas han sido siempre sus órdenes, ¿no es así? —Era lo que había
dicho anteriormente, que a Stavros le gustaba disfrutar de la pureza de las
hijas de Artemisa.
Una brisa cálida revoloteó con el bajo de mi bata y me obligó a aferrar las
solapas para mantenerla cerrada sobre mi cuerpo. Era ridículo estar
manteniendo una conversación así en esas condiciones, pero no iba a darle
margen. No pensaba retroceder. Y si tenía que robar uno de los caballos y
largarme medio desnuda, eso era justo lo que haría. Pero antes quería
respuestas. Aunque fuera impulsiva por naturaleza, no era idiota, o no del
todo; sabía que me estaban ocultando algo. En realidad, seguramente me
ocultaban un montón de cosas, pero tanto el intercambio de Xander y Egan
que había escuchado mientras fingía estar aún dormida como la charla en la
cocina entre Karan y Mel me hacían pensar que había algún detalle
importante relacionado conmigo del que nadie me había hablado. Si se
hubiese tratado solo de lo que mi poder podía hacerle a la tierra, lo lógico
hubiera sido que ya me estuviesen arrastrando en dirección al palacio.
Frente a su rey.
—Esta vez es diferente.
—¿Por qué?
Me erguí un poco más, elevando la barbilla, y las sombras de su piel
emitieron una especie de pulso bajo que reverberó a través de mi carne. Su
mirada era ahora un pozo de oscuridad, aunque su expresión permaneció
inalterable.
—Stavros sabe que estás en Hadesya. —Abrí la boca para intervenir y
preguntarle de qué demonios estaba hablando, pero Karan no me lo
permitió—. Desde el momento en que sangraste sobre la tierra de su reino y
esta floreció, él lo supo. Y no va a detenerse hasta que te encuentre.
Cerré la boca.
¿Stavros era capaz de percibir mi poder derramándose sobre su territorio
y transformándolo? Las casas reales de ambos reinos descendían de forma
directa de los dioses; Argos pertenecía a la casa de Zeus, y Stavros, a la de
Hades. Como tal, esa ascendencia divina los había dotado de ciertos
poderes, pero no había creído que llegasen hasta tal punto.
Cuando las implicaciones de lo que había dicho Karan calaron en mi
mente, pensé más en Dafne que en mí misma. El alma se me cayó a los
pies.
—Mi amiga está… —Mi voz se apagó, pero él debió de comprender lo
que me preocupaba.
Su semblante se suavizó ligeramente, aunque su tono no fue menos duro.
—En el palacio o llegando a él. Todas las hijas de Artemisa que se han
capturado en los últimos días han sido trasladadas allí.
—¿Cómo lo sabes?
—Lo he comprobado. —Sus ojos se deslizaron tan solo una fracción de
segundo hacia el granero; me lo hubiera perdido de no haber estado
prestando tanta atención.
No dio más explicaciones, pero no pude evitar sorprenderme. Así que no
se había marchado sin más para alejarse de mí, irritado por mi
comportamiento, sino que había volado con Thanatos en busca de Dafne.
Tal vez tenía informantes por el territorio; un antiguo general contaría con
algunos soldados fieles, ¿no? Quizás Xander y Egan no fueran los únicos
que aún le guardaban lealtad.
Parte de mi enfado se desvaneció. Ya ni siquiera recordaba lo que me
había llevado a perseguirlo desde el dormitorio hasta allí. O más bien no me
importaba en absoluto. Yo era una hija de Artemisa; cazadora, sí, y una
guerrera también. Tenía cosas más importantes de las que preocuparme que
de la frustración sexual o el descaro arrogante de un hadesiano.
—Mel dijo que aún tardarían días en llegar allí. No pueden haber viajado
tan rápido.
Incluso si eso suponía que estaba confiando demasiado en ellos, quería
agarrarme a las palabras de su hermanastra; me aferraría a cualquier
esperanza, porque si dichas esperanzas eran vanas y, finalmente, Dafne
estaba ya en el palacio, no tenía ni idea de cómo iba a poder rescatarla. Y no
quería ni pensar en lo que el rey cruel de Hadesya podía hacerle a mi mejor
amiga antes de que pudiera llegar hasta ella, como tampoco quería
plantearme qué podría hacer yo frente a un descendiente del mismísimo
Hades para liberar a Dafne de sus garras. Aunque lo haría, desde luego que
lo haría.
—Stavros tiene sus propios medios. Envió a parte de su guardia personal
en busca de las prisioneras.
Hijos de Hades, pensé para mí, con solo los dioses sabían qué clase de
poderes. Pero seguía sin entender por qué Karan quería que me fuera, ¿por
qué intervenir para protegerme? Tenía que haber alguna razón por la que de
repente quisiera enviarme de vuelta a mi reino. Nada de aquello tenía
sentido.
—Tienes que partir de inmediato —prosiguió—. No parará hasta llegar a
ti.
—Soy muy consciente de lo que mi poder significaría para este reino.
Eso sí que lo entendía. No había mentido al decirle a Xander que
comprendía por qué alguien como yo podía representar tanto para Hadesya;
aquel reino florecería con mi sangre y tal vez entonces pudiera hacer frente
a Olympya, incluso podría llegar a conquistarla.
La cabeza de Karan osciló en una brusca negativa.
—Esto va mucho más allá de lo que puedes hacer.
—¡Entonces deja de dar vueltas sobre el tema y escúpelo de una vez!
Mi grito lo silenció tan solo durante un momento.
—Eres la prometida de Stavros.
—¿Perdona? —Estaba convencida de que no lo había escuchado bien.
—Tú, Korelana de Petra, eres la futura esposa del rey de Hadesya. Su
reina.
Parpadeé y, de nuevo, pensé que no lo estaba entendiendo, por mucho que
sus palabras no pudieran ser más claras.
—¡Y una mierda! —Fue lo único que se me ocurrió decir, y juro que las
comisuras de sus labios temblaron solo por un instante; una sonrisa
fantasmal que no llegó a dejarse ver del todo. Tampoco parecía muy
sorprendido por la brusquedad de mi respuesta—. Ni siquiera puedo
casarme.
Aquello era absurdo a niveles que estaban más allá de cualquier otra cosa
que hubiera podido experimentar durante mi estancia en Hadesya, y eso que
acumulaba unas cuantas. ¿Yo, reina de Hadesya? ¿La esposa de Stavros?
—Dudo que tu procedencia sea un impedimento en este caso —intervino
una voz femenina.
Con un rápido vistazo sobre mi hombro, descubrí que Egan, Xander y
Melíone estaban junto a la puerta trasera de la casa. Tan centrada en Karan
como había estado, no me había percatado de que nos habían seguido al
exterior. Aquel maldito hadesiano afectaba mis sentidos de una manera que
no quería pararme a considerar; una manera muy peligrosa. También
acababa de afirmar que yo era la prometida de su cruel y sanguinario
monarca y, por tanto, la futura reina de Hadesya. Estaba segura de que todo
aquello era una broma. Retorcida y estúpida, pero una broma al fin y al
cabo.
—Como hija de Artemisa, no se me permite casarme. Aunque pudiera
hacerlo, te aseguro que no hay forma humana o divina de que lo hiciera con
tu rey.
Alguien emitió un sonido ahogado a mi espalda, casi como si se hubiera
atragantado en respuesta a mis palabras, aunque estaba demasiado ocupada
fulminando a Karan con la mirada y desafiándolo a contradecirme como
para comprobar quién de los tres había sido.
—Ahora que mencionas a los dioses… —terció él.
—Creo que me estás confundiendo con otra persona.
Tenía que ser eso. Ni siquiera conocía a Stavros, ¿cómo diablos iba a
estar comprometida con él? Y bien sabían los dioses que yo no tenía madera
para gobernar un reino.
Pero resultó que no era una confusión.
Resultó que había una historia.
Y también resultó que yo era la protagonista. O, al menos, la elegida para
pagar por los pecados de los dioses.
24
Me reuní con Karan en el comedor una vez que estuve vestida de forma
decente. Los demás desaparecieron. O bien preferían continuar durmiendo
antes que ser testigos de todo aquel drama, o bien Karan los había
despachado para no tener que sufrir interrupciones mientras desgranaba la
larga historia que pasó relatándome parte de la madrugada. Una historia de
la que, al principio, reconocí ciertas partes, pero que después pasó a
convertirse en algo nuevo y desconocido para mí.
Durante siglos, los dioses habían vagado por el mundo entre nosotros.
Algunos se mostraban ante los mortales solo en las celebraciones que se les
dedicaban; aparecían frente a cientos de ojos que los observaban con
reverencia, temor o fascinación y se permitían emborracharse de su
devoción antes de regresar a donde fuera que existieran al margen de
nuestro mundo. Otros, en cambio, no dudaban en ser aún más cercanos;
Dionisio, por ejemplo, solía frecuentar ciertas tabernas de Olympya y a
menudo se le veía disfrutando de los placeres que dicho reino podía
ofrecerle, mientras que Ares comandaba tropas en las guerras contra los
lejanos reinos de otros continentes. De cualquier modo, los mortales los
adoraban en cada una de sus apariciones, los seguían, suplicaban su favor y
también sufrían cada vez que alguno se aburría lo suficiente o simplemente
se dedicaba a ensañarse con ellos por cualquier motivo absurdo. Eran
dioses, no necesitaban razones para hacer lo que hacían.
Ni siquiera entre ellos mismos estaban a salvo de su caprichoso
comportamiento. Había leyendas sobre multitud de disputas entre los
distintos dioses de nuestro panteón, así que no me sorprendió en absoluto
cuando Karan explicó que los enfrentamientos entre ellos, los celos, la
envidia o de nuevo el simple hastío terminaban a menudo en peleas de las
que los mortales solíamos salir casi siempre perjudicados.
—Hades y Zeus eran de los más proclives a enfrentarse —señaló Karan,
apoyado en la pared y con los brazos cruzados sobre el pecho, mientras yo
permanecía sentada en una de las sillas al otro lado de la estancia—.
Olympya siempre fue un reino más próspero y rico que Hadesya, dotado de
muchos más recursos naturales, pero Hadesya contaba con las minas de
metales preciosos y canteras, y el poder de Hades para explotar dichos
yacimientos, durante un tiempo, fue suficiente para mantener el equilibrio
entre ambos reinos. Eso y que nuestra tierra, a pesar de no resultar tan
productiva, albergaba una cantidad de cultivos que nos permitía subsistir de
un año al siguiente.
Asentí. Los libros de historia hablaban de Hadesya como un territorio
que, en el pasado, había podido autoabastecerse en mayor medida que en la
actualidad. Luego, en algún momento, todo había cambiado. Un año tras
otro, las sequías habían azotado el continente más allá de nuestra frontera y
habían convertido el reino prácticamente en un desierto donde las semillas
no germinaban y casi ningún cultivo arraigaba y mucho menos prosperaba.
Sin embargo, siempre que se hablaba de Stavros y su ansia colonizadora,
todo lo que salía a relucir era la eterna lucha de poder entre las casas
regentes, o más bien la obsesión del monarca hadesiano por derrocar a
Argos y erigirse como el único rey en estas tierras. Su propio padre,
Xhantus, ya había actuado de forma similar. Control, sometimiento, tortura,
esclavitud y la necesidad de poder, más y más poder, esas parecían ser las
motivaciones de cualquiera de sus reyes. Además, Zeus siempre había sido
un dios mucho más reverenciado que Hades, y su linaje, el más adorado. Al
fin y al cabo, a Zeus se le consideraba como el dios de dioses.
—Hades nunca estuvo satisfecho con el reparto del territorio —recalqué,
al hilo de sus comentarios sobre las eternas peleas entre Zeus y Hades.
Poseidón, el último del trío de poderosos dioses, se había mantenido al
margen, contento con su dominio sobre los océanos y las islas salpicadas
alrededor de ambos reinos. Lidiar con las rencillas entre aquellos ajenos a
su territorio nunca había sido una prioridad para él y, según los textos
antiguos, jamás se había inclinado en favor de uno u otro dios.
—De todas formas —continué, aunque Karan estaba negando con la
cabeza ante mi afirmación—, aunque agradezca la clase de historia, no
entiendo qué tiene que ver todo esto conmigo.
—Paciencia, cazadora. —Colocó las manos planas en la pared a su
espalda y se impulsó hacia delante. Luego, rodeó la mesa con su habitual
andar felino y se apoyó en ella, a mi lado. Tuve que levantar un poco la
barbilla para mirarlo—. Llegaremos a eso pronto, pero antes tienes que
entender muchas cosas sobre los dioses, empezando por el hecho de que
Hades nunca estuvo descontento con su parte del pastel. Él adoraba esta
tierra y nunca ejerció su poder para atormentar al pueblo. De todos, fue el
dios que menos intervino en sus vidas, al menos para mal. Hades era una
divinidad compasiva y tan consciente de lo efímeras, delicadas y preciosas
que eran las vidas de los mortales que sufría cuando ellos lo hacían.
—Eh… —comencé a protestar, pero Karan levantó la mano para
acallarme.
—Las repetidas sequías que asolaron Hadesya no fueron fruto de un
cambio natural en el clima. Fue Zeus quien decidió que sería divertido
emplear su poder para desviar las tormentas lejos del reino vecino, él
convirtió Hadesya en un erial, y a sus súbditos, en unos muertos de hambre.
Hera intentó interceder…
—¿Cómo sabes todo eso? —lo corté.
A pesar de que la historia hablaba de múltiples y repetidas peleas entre
casi todos los dioses, y especialmente entre Zeus y Hades, nunca había
leído nada sobre lo que él me estaba contando.
No era como si hubiera viajado mucho por Olympya y mi educación
había estado más centrada en Artemisa, dado que era la diosa a la que le
rendíamos culto, pero esa clase de ensañamiento de un dios hacia otro —de
un dios contra un reino entero— debería haber estado ampliamente
documentado.
—Simplemente lo sé —me interrumpió Karan. Al ver mi expresión
suspicaz, añadió—: Y te aseguro que es cierto.
Era Argos quien tenía más fama, respaldada por los hechos, de
preocuparse por su pueblo; tal y como había sucedido en el pasado con su
antepasado, Zeus. Lo que estaba diciendo Karan no tenía ningún sentido, y
seguía sin entender en qué se relacionaba nada de ello conmigo.
—Si Hades era un dios tan rebosante de bondad, ¿por qué no hizo nada
por enfrentarse a Zeus y ayudar a su gente? No es como si no tuviera
suficiente poder para ello. Después de todo, es el dios de los muertos.
—¿Y crees que eso es lo que hubiera hecho un dios compasivo? ¿Desatar
la muerte sobre una parte de la humanidad? ¿Sobre un reino entero? —me
rebatió, y su rostro, hasta entonces sereno, se convirtió en una máscara
cargada de dureza y reproche—. Puede que los habitantes de Olympya no
fueran sus súbditos, pero formaban parte de un todo para él. De todas
formas, al principio ni siquiera Hades supo lo que estaba haciendo su
hermano; Zeus se aseguró de que sus acciones fueran sutiles y de no dejar
rastro de su poder en los vientos que arrastraban las tormentas lejos de
Hadesya. Cuando Hades por fin comprendió lo que estaba sucediendo y
reveló sus sospechas al resto de los dioses, nadie lo creyó. O no quisieron
hacerlo. Temían enfrentarse a Zeus. Y para cuando resultó evidente,
Hadesya ya se había secado hacía tiempo. No solo se trató de lo que Zeus
hizo, sino de que Deméter lo había estado ayudando; ignoró los rezos de los
hadesianos y permitió que sus tierras murieran.
—Eso no tiene sentido.
—¿Ah, no? Te olvidas de lo mezquinos que pueden llegar a ser los dioses.
La más leve ofensa provoca respuestas desproporcionadas en ellos, y si el
desaire proviene de otro dios… No tengo ni idea de por qué Deméter sentía
esa clase de rencor hacia Hades o si solo buscaba congraciarse con Zeus,
pero poco le importó que los que pagaran las consecuencias fueran los
mortales que vivían bajo su protección.
Las palabras de Karan permanecieron flotando entre nosotros. Por un
lado, parecía ridículo que tanto Zeus como Deméter hubieran elegido
maltratar así a todo un reino para castigar a Hades; por otro, eran dioses,
seres inmortales, poderosos y con egos lo suficientemente grandes como
para despreciarnos solo por no ser como ellos. Nuestra debilidad y nuestras
vidas fugaces debían de parecerles prescindibles, y nuestro sufrimiento solo
era un efecto colateral de sus actos egoístas. Si era cierto lo que decía Karan
sobre la preocupación de Hades por su pueblo, ¿qué mejor forma de
torturarlo que ensañarse con ellos?
—La cuestión es que finalmente todos los dioses fueron conscientes de lo
que sucedía y tuvieron que admitir que Zeus se había sobrepasado; sin
embargo, con ese conocimiento también llegó otro. Algo sin relación
aparente, pero que les provocó una preocupación mucho mayor: el hecho de
que, cuanto más tiempo pasaban entre los mortales, más se debilitaba su
poder y más comenzaban a parecerse a ellos en todos los sentidos. —Se me
abrieron los ojos como platos, y Karan esbozó una sonrisa que me puso los
pelos de punta—. ¿Por qué crees que se retiraron de este mundo?
Abrí la boca, pero luego la volví a cerrar. Había un montón de hipótesis
sobre lo que había llevado a los dioses a desaparecer, incluso se había
aventurado la posibilidad de que simplemente hubieran muerto; daba igual
que fueran dioses y, en teoría, inmortales. También que el hastío de sus
largas vidas los hubiera llevado a marchar de este mundo en busca de algo
de emoción. O que hubiesen decidido que la humanidad prosperaría mejor
sin su constante intervención. Una pérdida de poder solo se hubiera
justificado con un descenso del nivel de devoción por parte de los mortales,
y que yo supiera eso solo había sucedido de un tiempo a esta parte, tras su
desaparición. Pero quizás los eruditos habían soslayado la posibilidad de
que los dioses pudieran volverse… humanos.
—¡Santa mierda del inframundo! —maldije, conmocionada—. ¿Por eso
se marcharon?
Preguntar era una obviedad. Estaba claro que eso era justo lo que Karan
había insinuado. No sabía por qué, pero no me planteé que estuviera
equivocado o que todo aquello no fuera más que una elaborada mentira.
También me había olvidado de que, en teoría, había algo en la historia
relacionado con el hecho de que Stavros creyera que estaba prometida con
él, aunque Karan no tardó en recordármelo.
—Y ahí es donde entras tú, cazadora. Antes de retirarse, Hades se aseguró
de que Zeus restituyera parte del daño que le había provocado a su pueblo.
Con la connivencia del resto de los dioses, Hades presionó a su hermano
hasta que este no tuvo más remedio que ofrecerle una retribución; él y
Deméter. Zeus se vio obligado a prometerle la mano de una descendiente de
la diosa de la agricultura, una que se uniría en matrimonio con un
descendiente de la casa de Hades, dado que el propio dios debía marcharse
y no podría hacerlo él mismo, y le devolvería la prosperidad a sus tierras.
—Eso no… No es… —balbuceé, porque resultaba evidente que estaba
hablando de mí y de mi poder.
Me llevé la mano al colgante en forma de espiga, el único objeto que
conservaba de mi madre y que a menudo yo había pensado que era una
prueba de su pertenencia al Templo de Deméter. Pero que fuera una hija de
la diosa no la convertía en miembro de su casa. Es decir, ser adepto no
significaba que fueses descendiente del propio dios. Los adeptos ingresaban
al servicio de una divinidad por multitud de razones: podían sentir una
afinidad por dicho dios; ser huérfanos y ver en ello una salida a sus
miserias, como le había pasado a Dafne; que sus padres eligieran por ellos,
lo cual pasaba a menudo… Pocos eran los que mostraban alguna chispa de
poder. Salvo en el caso de los hijos de Hades; ellos eran los únicos a los que
se seleccionaba porque contaban con aptitudes provenientes del dios de los
muertos, lo que ponía de relevancia que de verdad corría por sus venas al
menos una gota de sangre de dicho dios.
Incluso con mi poder, yo siempre me había negado a pensar que en mi
árbol genealógico hubiese alguien que se hubiese dado un revolcón con
Deméter. ¡Era de locos! Mi poder no podía provenir directamente de una
diosa. Era un don, solo eso, un favor que se me habría concedido por alguna
razón aleatoria y seguramente tan absurda como los propios dioses. Un
capricho.
Sin embargo, Karan no había acabado su explicación, y lo que dijo a
continuación me arrancó de los labios todas las protestas que estaba a punto
de escupir.
—Hades desconfiaba, así que Zeus quiso demostrarle que su promesa se
cumpliría y el futuro rey de Hadesya encontraría una reina que devolvería la
prosperidad a aquellas tierras. Para ello consultó a las moiras… —Dejé de
escuchar a partir de ese momento.
Las moiras. Las tejedoras del destino de los mortales e incluso del de los
dioses. Era lógico que hubieran recurrido a ellas para dar validez a la
palabra de Zeus; de ser Hades, yo tampoco me hubiera conformado con
menos. Pero no era eso lo que me había acelerado el pulso, ni tampoco la
razón por la que sentía que apenas podía llevar aire a mis pulmones.
«¿Sabes lo que me han dicho las moiras sobre ti, oraíos? Tú eres mi
destino».
Oh, por todo lo divino. No, no, no… Mi fantasma. La voz que se había
estado colando en mi cabeza desde hacía meses. Aquel con el que había
estado fantaseando, al que había sentido a través de nuestra extraña
conexión mental. No, aquello era imposible; de ninguna manera Orien
podía ser en realidad un rey. Y no uno cualquiera, sino Stavros, el monarca
cruel y maldito de Hadesya.
25
Karan no me explicó por qué querría evitar que yo y mi poder cayésemos
en manos del rey, pero se aseguró de que entendiera que mi marcha del
reino no estaba en discusión. A la mañana siguiente, me llevarían a la
frontera y pondrían así fin a mi desventurado rescate. O eso era lo que él
creía.
Mi mente daba vueltas con todo lo que me había contado y con mis
propios descubrimientos, aunque me resultaba difícil aceptar que Orien
pudiese ser Stavros. Cada vez que recordaba nuestras conversaciones, el
modo en el que le había permitido entrar en mi mente o sentir lo que yo
sentía… Ahora parecía lógico su empeño por llegar hasta mí y que nunca
hubiera querido decirme su nombre; seguramente, se habría inventado que
se llamaba Orien solo para ganarse mi confianza y convencerme de que
estábamos destinados. Y lo estábamos, al menos según los dioses y las
moiras.
Lo peor de todo aquello era que no solo se suponía que debía convertirme
en la reina de Hadesya, sino que además descendía de la propia Deméter. Se
me escapó una risita de desequilibrada y di gracias por encontrarme a solas.
Karan se había marchado hacia los dormitorios un rato antes para descansar
un poco, dado que partiríamos temprano. Decía mucho de lo poco que me
conocía y de esa extraña confianza que había depositado en mí que no me
hubiera arrastrado hasta la habitación y me hubiera encerrado allí. ¿De
verdad creía que iba a marcharme y abandonar mi propósito?
Lo único que sabía Stavros sobre su futura esposa era que sería un
miembro de la casa de Deméter, pero profesaría su devoción a Artemisa.
Que yo hubiese terminado en un templo de dicha diosa no era una
casualidad, sino un último intento desesperado por parte de Deméter —y tal
vez incluso del propio Zeus— de dificultarle al heredero del dios de los
muertos encontrar a su reina, y también de darme las herramientas para
pelear con él llegado el momento. De alguna manera, Hades y sus
descendientes habían descubierto dicho ardid; de ahí esa obsesiva fijación
de Stavros por las adeptas de Artemisa y su eterna cruzada contra la diosa
de la caza.
Si Karan estaba en lo cierto, aunque Stavros había captado los cambios
que mi sangre le habían provocado a su territorio, desconocía la forma
exacta en la que manifestaría mi don y cómo podría yo devolverle el
esplendor a su reino, lo cual era un punto a mi favor, pero no quería ni
imaginar lo que les estarían haciendo a mis hermanas para descubrir cuál de
nosotras era la elegida. Lo que le haría a Dafne.
El pensamiento fue suficiente para negarme a abandonar. Era a mí a quien
buscaba el rey de Hadesya. Era mi poder lo que él quería.
Orien —o Stavros, o cualquiera que fuese su maldito nombre— había
bloqueado nuestra conexión después de que mi poder se derramase sobre la
tierra. Tal vez por miedo a que sus emociones se filtraran y descubriera
quién era o quizás porque ahora sabía que estaba en su reino. No tenía ni
idea, pero, si él había sido consciente de quién era yo todo el tiempo y creía
que continuaba ignorando su identidad, tal vez pudiera aprovechar de algún
modo esa vía de comunicación para sacar partido.
—¿Tú sabías quién era yo cuando nos encontramos? —le había
preguntado a Karan antes de que se retirara a descansar.
Él había negado después de exhalar un profundo suspiro. A pesar de que
quería creerlo, la conversación entre Egan y Xander continuaba volviendo a
mí y no podía dejar de preguntarme qué podría haberle ocultado a sus
amigos.
Tras la marcha de un Karan silencioso y contrito, me había dirigido al
exterior y ahora estaba sentada en el banco del porche trasero. Cerré los
ojos y me concentré en cualquier ruido proveniente de la casa. Hacía rato
que reinaba el silencio. Había planeado esperar a que todos durmieran para
luego robar un caballo y marcharme sin mirar atrás. Era mi única opción.
En el mejor de los casos, tan solo contaría con unas pocas horas de ventaja;
en el peor, me descubrirían de inmediato o Karan podría optar por
perseguirme montando a Thanatos. Mi esperanza era que su honradez —o
lo que fuera que lo había llevado a tratar de alejarme de Stavros— no fuera
tan sólida como quería aparentar y una vez que lo pensase mejor me
abandonara a mi suerte. Después de todo, el reino saldría ganando si me
capturaban, ¿no? Aunque teniendo en cuenta su supuesta deserción del
ejército de Hadesya, a lo mejor era ese el motivo por el cual no quería que
cayera en manos de su rey.
No, había visto cómo ayudaba a los aldeanos antes de cruzar la laguna
Estigia; si el grupo de Karan no era del todo leal al reinado de Stavros, al
menos sí debía serlo a su pueblo. Y desde luego mi poder sería más que
bienvenido por aquellas gentes hambrientas y desesperadas.
Necesitaba mis armas de vuelta o cualquier otra que encontrase. Así que,
en vez de dirigirme a la cuadra, regresé al interior de la casa. Me deslicé de
la forma más sigilosa posible por el pasillo y accedí a la habitación en la
que había pasado los últimos días. Antes de la conversación con Karan, me
había vestido con el blusón y el pantalón de mi uniforme, así que todo lo
que tuve que hacer fue colocarme el resto de la armadura. Eso sí, me
aseguré de eliminar el símbolo de Artemisa que lucía en el pecho. Había
valorado durante un instante dejarlo donde estaba para que, si me
capturaban, me condujeran directamente frente a Stavros y evitar que me
hicieran daño, pero prefería que mi llegada al palacio fuese bajo mis
propios términos. Aunque sabía que sería una empresa casi imposible,
quería tener la oportunidad de estudiar el terreno e intentar colarme en la
corte sin ser vista; perder la protección que me brindaría ser identificada de
inmediato como una hija de Artemisa bien valía el riesgo.
Encontré mi bolsa y las escasas pertenencias que había traído conmigo en
el interior del armario, incluidos los cuchillos. Uno de ellos regresó a mi
bota, deslicé otro a mi espalda, en la cinturilla del pantalón, y el tercero
quedó firmemente asegurado bajo el corpiño. Saberme armada me hizo
sentir algo más decidida y segura a pesar de que la incertidumbre era ahora
mayor que cuando había abandonado el templo. Revisé entonces cada
centímetro de la habitación en busca de la espada y el arco, pero no había ni
rastro de ellos y tuve que conformarme con la espada bellamente
ornamentada que estaba colgada en un soporte en la pared. Recé para que
Karan no le tuviese demasiado cariño y fuera justo ese detalle el que lo
hiciera partir tras mis pasos.
En la cocina, apenas tomé algunas piezas de fruta que había a mano y un
trozo de pan. Ponerme a abrir y cerrar armarios me haría perder aún más
tiempo, y por muy silenciosa que estuviera siendo alguien podría
despertarse y alertar a los demás. Tendría que cazar por el camino, algo
complicado sin mi arco, pero ya me las apañaría.
Cuando regresé al patio trasero, todo estaba igual de tranquilo tanto en la
casa como fuera. Permití que el aire nocturno me llenara por completo los
pulmones y el aroma del granado flotó una vez más hasta mí. Escruté las
sombras que lanzaba el imponente árbol así como las de los muros de la
casa y el granero en el que habitaban los grifos. Casi esperaba que Karan o
alguno de los otros me saliera al paso mientras me dirigía al pequeño
establo, pero nadie apareció.
Estaba decidida a escapar de allí. De ellos. Solo lamentaba no poder
despedirme de Mel, que tan amable se había mostrado, y darle las gracias
por sus cuidados. Me di cuenta de que echaría también de menos las bromas
de Xander a pesar de que ahora sabía lo que era capaz de hacer con su
poder, y tal vez incluso un poco la sobriedad silenciosa de Egan.
Respecto a Karan… No quería pensar más en él, porque entonces
evocaría la suavidad de sus dedos sobre mi piel, lo bien que me había
sentido con sus manos sobre mi cuerpo y cómo reaccionaba a su presencia.
Que me había mirado con una mezcla de anhelo y deseo feroz, y que
durante un momento yo lo había deseado de igual manera. Lo único que
necesitaba recordar era lo irritante que resultaba y que era el enemigo, o al
menos un rival del reino vecino. Era hora de dejar el resto atrás.
Me acerqué al semental negro. Robarle su caballo no era mi idea más
brillante, pero sí una pequeña venganza que estaba dispuesta a permitirme.
Además, el animal era sin duda el mejor y más rápido de los que allí había y
se había mostrado casi inmune a la presencia del barquero, mientras que los
de Egan y Xander eran puro nervio. No planeaba encontrarme con otros
hijos de Hades, pero me daba la sensación de que mis planes esta vez no
contarían mucho.
—Ey, tranquilo. Todo está bien —susurré, mientras abría la portezuela de
su cubículo.
Tomé un azucarillo del puñado con el que también me había hecho a mi
paso por la cocina y extendí el brazo hacia él. Con un suave relincho, no
dudó ni un momento en lamerlo de la palma de mi mano. Le palmeé el
cuello mientras lo degustaba; luego, acaricié su costado. Suspiré de alivio al
comprobar que no parecía inquieto por mi cercanía y recé para que eso no
cambiase cuando tratase de montarlo.
Había visto las alforjas al entrar en la cuadra, así que volví a por ellas y
tuve un golpe de buena suerte al descubrir mi arco y también el carcaj
contra la pared. La textura de la madera y el peso del arma se sintieron
familiares en mi mano y fue como si la última pieza de toda aquella locura
encajase en su lugar.
Dado que mi espada no estaba por ningún lado, no me quedaba más
remedio que llevarme conmigo la de Karan. Estaba lista y tenía que
marcharme ya.
Cargué al semental con las alforjas, comprobé que la montura estuviera
bien asegurada y le acaricié el cuello una vez más para agradecerle su
confianza. Un leve crujido me alertó de que no estaba sola cuando por fin
me disponía a montar. Me planteé si mi destreza me permitiría elevarme
sobre el caballo y espolearlo con tanta rapidez como para evitar que
quienquiera que se escondiese entre las sombras pudiera evitar mi partida;
sin embargo, me obligué a no reaccionar de forma precipitada.
—¿A dónde te crees que vas?
Reprimí un suspiro de frustración al escuchar la voz de Karan, aunque
que fuera él quien me había seguido era una buena noticia en realidad. No
me veía peleándome con una muy embarazada Melíone o arremetiendo
contra Xander. Las cosas serían más sencillas así.
Volví la cabeza muy despacio mientras rastreaba cada esquina del establo
en busca del hadesiano. Surgió de la oscuridad junto a la puerta de entrada
casi como si se hubiera materializado del interior de las propias sombras.
Llevaba la misma ropa, por lo que, de haberse ido a dormir, lo había hecho
vestido. O a lo mejor sí que me conocía un poco y ni siquiera había llegado
a acostarse.
—Apártate, Karan —le advertí—. Déjame ir. No sé qué te ha hecho
cambiar de opinión y no quiero saberlo, pero necesito ir al palacio de
Hades. Necesito encontrar a Dafne y sacarla de allí. No puedes entenderlo,
pero voy a irme sí o sí. Tú no…
—Hazme caso, Korelana, no quieres ir al palacio de Hades —dijo en un
tono bajo y exigente. Parecía saber de lo que hablaba, pero al diablo si
pensaba que eso me haría huir—. La corte de este reino es un nido retorcido
de maldad del que nadie sale entero o cuerdo.
—Más razón para que vaya en busca de mi hermana.
La desesperación que sentía impregnó cada una de mis palabras. Sin
embargo, la actitud de Karan no varió en lo más mínimo. Me observaba
fijamente, y estaba segura de que trataría de impedir que me marchara por
todos los medios, pero yo no podía esperar más. No permitiría que ni él ni
nadie me apartara de Dafne otra vez, no ahora que estaba ya a medio
camino de encontrarla. Mi seguridad o el destino que me esperaba no
cambiaría eso.
Mi mano se deslizó sola hacia la empuñadura del cuchillo que llevaba a la
espalda. Era una cazadora, una guerrera, y había llegado el momento de
demostrarlo.
Karan avanzó hacia mí. Sus pies no produjeron ni un solo sonido, lo cual
me hizo pensar que el crujido que me había revelado su presencia había
sido del todo intencionado. Las sombras se arremolinaban a su alrededor,
sobre sus hombros y sus brazos, y ondularon junto con su figura conforme
sus piernas devoraban la distancia entre nosotros. De haber estado menos
decidida, y ser un poco menos temeraria, era posible que me hubiera
resultado demasiado perturbador como para mantener la compostura. Karan
lucía imponente y bastante aterrador cuando se lo proponía; había un eco de
malicia latiendo en su mirada y en los ángulos de su rostro, y el poder que
albergaba probablemente fuese mucho más terrible que el de Xander. Pero
aunque esto no fuera exactamente para lo que se me había preparado
durante mis años en el templo, quería creer que la necesidad de llegar hasta
Dafne me daría la fuerza necesaria para hacerle frente.
—No trates de retenerme —dije de nuevo, revelando el cuchillo que
sostenía y amenazándolo con él—. Ambos sabemos que en realidad no te
importa lo que me ocurra allí y yo tengo que salvar a mi amiga.
Karan se detuvo a solo un par de pasos de mí. Su mirada no se había
apartado en ningún momento de mi rostro; sus labios formaban una línea
fina y apretada, y la tensión se acumulaba en cada músculo de su cuerpo
con la misma intensidad con la que lo hacían las volutas de humo negro que
acompañaban sus movimientos.
—Aparta de mi camino —insistí como última advertencia a pesar de que
él no parecía estar escuchándome.
No supe qué fue lo que desencadenó mi reacción, probablemente que él
extendiera la mano hacia mí; de repente, los años de entrenamiento entraron
en acción y el cuchillo de mi mano silbó al cortar el aire un instante antes
de alcanzar su objetivo.
Karan retrocedió a trompicones y su piel palideció mientras una línea roja
se abría en su garganta; un segundo después, la sangre brotó de golpe y
comenzó a empaparle la camisa. Cuando fui consciente de lo que acababa
de hacer, también el color huyó de mi rostro. Un súbito temblor se apropió
de mis dedos, firmes hasta ese momento, y el cuchillo resbaló de ellos hasta
caer sobre el suelo.
¡Por todos los dioses! ¿Qué acababa de hacer? Ni siquiera había sido
consciente de tenerlo tan cerca como para… Aunque Karan fuera un
fanático de Hades, el enemigo, nunca había tratado de hacerme daño y
estaba segura de que me había salvado la vida. Y ahora… Ahora yo acababa
de arrebatarle la suya.
Horrorizada, contemplé cómo se llevaba ambas manos al cuello y trataba
de cubrir la herida sin éxito. Le fallaron las piernas y cayó de rodillas con
un ruido sordo que desató un eco brutal en mi pecho. Ni aun así dejó de
mirarme, y la forma en que lo hizo… Dioses, había un horror profundo en
sus ojos, incomprensión y otra cosa, algo totalmente distinto a lo que no
supe cómo hacer frente.
—¿Por qué…? ¿Por qué no lo has evitado?
Lo había visto cuando entrenaba con Xander y debería haber podido
esquivarme o hacer esa cosa extraña de evaporarse en la oscuridad para que
no lo alcanzase… Quizá solo lo había atacado porque en el fondo pensaba
que a lo más que llegaría sería a infligirle algún que otro pequeño corte,
pero no había sido así.
Entré en pánico de inmediato y me dije que tenía que salir de allí cuanto
antes.
No quería dejarlo solo, pero tampoco podía hacer otra cosa: en cuanto los
demás descubriesen lo que le había hecho a Karan, no mostrarían por mí
una piedad que tampoco merecía, y no podía condenar a Dafne por mis
errores. No a ella.
—Lo siento, pero tengo que irme —farfullé aturdida, al tiempo que
retrocedía.
—N-Noo… Kore… —balbuceó él, y luego intentó añadir algo más, pero
todo lo que salió de sus labios fue un gorgoteo siniestro que apretó aún más
el nudo de mi garganta.
Apenas si podía respirar y los temblores se habían apropiado ya de todo
mi cuerpo. La humedad me empañó los ojos y enturbió la imagen de Karan
arrodillado, con las manos en el cuello y la sangre manchándole los dedos.
—Lo siento. De verdad, yo no… Lo siento muchísimo —repetí con
lágrimas en los ojos, y pese al horror que sentía me aferré a la silla de
montar y me elevé sobre ella.
El caballo relinchó, pero no trató de deshacerse de mí. El olor dulzón del
ambiente se había vuelto ahora denso y metálico por el derramamiento de
sangre. Azuzé a mi montura y salí del establo sin ser capaz de mirar atrás.
No quería ver cómo la vida escapaba de Karan sin que nadie pudiera hacer
nada para evitarlo; por mi culpa.
Había matado por primera vez unos días atrás, pero lanzar una flecha a
muchos metros de distancia y acertarle en la espalda a un adepto de Ares
hadesiano no se parecía en nada a aquello; bien fuera por el arma empleada
o por quien había recibido el golpe mortal. Mientras abandonaba el establo,
odié cada centímetro que estaba interponiendo entre Karan y yo, cada golpe
de mi talón sobre el flanco del caballo y cada tirón de riendas; sobre todo,
me odié a mí misma.
Aunque consiguiese rescatar a Dafne, jamás me perdonaría a mí misma
haber asesinado a un hombre que solo había estado intentando sacarme ilesa
de territorio enemigo, un hombre que había curado mis heridas y que me
había tocado como nadie lo había hecho antes.
26
Después de haber vivido durante años poniendo a prueba la paciencia de
Adara y desobedeciendo la mitad de sus normas, creía saber lo que eran los
remordimientos… Estaba equivocada. Una oleada brutal de culpa se abatió
sobre mí en cuanto puse el caballo a galope y la casa de Asfodelos se fue
convirtiendo en un punto cada vez más pequeño a mi espalda. Aunque no
hubiera nada que hacer por Karan, no debería haberme alejado sin más. Era
inhumano y cruel permitir que una persona muriera sola tirada sobre el
suelo sucio de un establo, más aún cuando era yo la que lo había asesinado.
No importaba a qué reino perteneciese. ¿Era esto en lo que me había
convertido? ¿Era así como iba a ser a partir de ahora? ¿Disparando a
extraños por la espalda y rebanando cuellos?
La vergüenza y el horror, sin embargo, no consiguieron que tirara de las
riendas para hacer girar el caballo, sino que lo espoleé aún con más ganas y
dejé que tomara el control de mis actos alguna clase de instinto oscuro que
ni siquiera sabía que tenía.
«Concéntrate en llegar a Dafne, es lo único que importa», esa fue la
cantinela que me repetí conforme los kilómetros volaban bajo los cascos de
mi montura. Una y otra y otra vez. Hasta que se convirtió en una especie de
salmo, en una obsesión. En una maldición.
Una tenue luz comenzaba a iluminar el cielo cuando de repente me vi en
la necesidad de refrenar el caballo. No se había detenido del todo cuando
lancé un pie a tierra, me arrodillé sobre el suelo y vomité todo el contenido
de mi estómago. Cuando quedó vacío, seguí vomitando bilis, ácido y baba
hasta que el dolor en mi vientre, el de mi cabeza y el de mi pecho se
volvieron uno solo. Pasé largo rato allí de rodillas, mirando la tierra bajo
mis manos sin verla en realidad y con el sabor amargo de la culpa sobre la
lengua, mientras luchaba por recuperar no ya la dignidad, sino un mínimo
de templanza que me permitiera proseguir mi camino.
Gracias a los dioses, atravesar un reino desconocido resultó un desafío tan
extenuante que me permitió evadir los pensamientos más oscuros la
mayoría del tiempo. Esa fue la única tregua que mi mente me concedió: un
cuerpo agotado por las largas horas de cabalgada, a juego con el nudo de
inquietud en mi pecho debido a la preocupación de que me asaltaran o, peor
aún, de que me perdiera y no supiera cómo llegar hasta el palacio de Hades.
El consuelo que en el pasado hubiera podido encontrar en mi conexión con
Orien había desaparecido por completo. A pesar de que el zumbido
continuaba presente, no trató de contactarme y yo no me atreví a hacerlo
aunque estuviese desaprovechando una magnífica oportunidad para
comprobar qué podía descubrir sobre él. El torbellino caótico de emociones
en mi interior no sería buen compañero si de lo que se trataba era de
engatusar al mismísimo rey de Hadesya.
«Malditos sean todos y cada uno de los dioses».
Ya no me importaba si escuchaban o no, si me castigaban o no. Debería
haberlo hecho. Nada había cambiado en mi misión; todo estaba en juego
aún. Si me capturaban o me atrapaban intentando liberar a Dafne, o si
llegaba a ella demasiado tarde, lo sucedido habría sido en vano y Karan
habría muerto solo por capricho.
Durante los siguientes días, evité los caminos y las aldeas y los pueblos
que me salieron al paso. Dormí al raso refugiada en una capa que olía tanto
a Karan que apenas si conseguía conciliar el sueño y, cuando lo lograba,
todo eran pesadillas. Cazaba lo poco que encontraba y fue una bendición
que mi apetito estuviera desaparecido. Me guiaba por las estrellas y por el
mapa que había memorizado antes de abandonar el templo; parecía como si
hubieran pasado siglos de eso.
En determinados momentos, me preguntaba cómo habría reaccionado
Adara al saber de mi marcha o si Calla se habría visto forzada a confesar
que me había ayudado. Tuve que hacer paradas cada vez más frecuentes
para no quebrar mi montura. Echaba de menos la humedad vaporosa de la
noche de Karya y el aroma que siempre flotaba por los pasillos desde las
cocinas del templo; el murmullo de los rezos de mis hermanas y el silencio
imposible que se extendía tras las paredes de piedra de madrugada. A Dafne
y su risa cantarina. Las órdenes secas y autoritarias de Elora durante mi
instrucción. Incluso la alegría extenuante de Mel, las burlas de Xander,
Egan y su seriedad, y Karan…
Quizá en otras circunstancias hubiera disfrutado del viaje; quizá si mi
ánimo no hubiera estado tan enturbiado habría encontrado algo de belleza
en aquella tierra inhóspita. En la majestuosidad de las altas cumbres que
aislaban la zona del Tártaro del resto del territorio, allí donde se decía que
habitaban las gentes más oscuras y terribles de Hadesya. En el color
purpúreo del cielo al atardecer, grisáceo durante el día. En las llanuras
salpicadas de arbustos que, de vez en cuando, ondulaban con suaves colinas
y convertían el terreno en algo siempre nuevo y diferente. Tal vez incluso
hubiera hallado algo de paz al imaginarme el verde inundando el suelo
estéril, un manto de vegetación exuberante con flores que brotarían y
animales que se animarían a poblar un territorio mucho más rico y próspero
si mi voluntad y mis habilidades no llegaban a ser suficientes como para
evitar que Stavros me capturase y me hiciera sangrar sobre su territorio, tal
y como yo había hecho sangrar a Karan.
Aun con ese ánimo tumultuoso, acampé un par de semanas después al
refugio de una pequeña arboleda que constaba tan solo de unos pocos
ejemplares de madera negra y hojas de un gris tan oscuro que parecían
muertas. No tenía ni idea de qué clase de árboles eran aquellos ni de cómo
conseguían mantenerse con vida, pero había dejado de sorprenderme lo
diferente que era Hadesya de Olympya días atrás.
Casi no me había cruzado con nadie. Las veces que me era imposible
rehuir a otros viajeros sin despertar sospechas, me envolvía en la capa para
ocultar mis ropas y recurría a la capucha para mantener el rostro entre las
sombras. Nadie me había mirado dos veces, aunque tampoco había
tropezado con ninguna patrulla de soldados. Recé para que continuara
siendo así.
Los primeros días después de mi huida, había esperado ver a Thanatos
aparecer en mitad del cielo en cualquier momento. Luego recordé que el
grifo solo permitía a Karan montarlo, por lo que, a no ser que la bestia
albergara la inteligencia necesaria para perseguirme y reclamar venganza,
no tendría que preocuparme por que cayera sobre mí y me arrancara la
cabeza de un picotazo. Con suerte, el espectacular animal preferiría
permanecer junto a su pareja y su cría.
A mi alrededor, el terreno lucía ahora casi más desolador que en los días
previos y la oscuridad de la noche no ayudaba en nada a mejorar dicha
apariencia. Decidí que el calor y la protección de un fuego bien valía el
riesgo de que alguien lo viera y acudiese a investigar. No hacía un frío atroz
ni mucho menos, pero mis huesos y mis músculos se encontraban cubiertos
de una sensación helada de la que no sabía cómo deshacerme. Así que
recogí unas pocas ramas secas, algo que había en abundancia, y en cuestión
de unos pocos minutos las llamas anaranjadas de una pequeña hoguera
bailaban no demasiado lejos de mis pies. Atada como estaba mi montura a
la rama de uno de los árboles, ya que no me fiaba de que no fuera a largarse
si la dejaba suelta, me aseguré de que bebiera agua y tuviera algo de forraje
disponible antes de cubrir mis propias necesidades.
Mientras calculaba mentalmente cuánto podía tardar aún en alcanzar
Elysium, la ciudad sobre la cual se alzaba el palacio de Hades, mordisqueé
de forma distraída los restos de un conejo que había atrapado y cocinado
esa misma mañana. Concluí que, si no había errado mi camino, llegaría al
día siguiente con la caída de la tarde. Una vez allí, estudiaría cada posible
grieta en la seguridad, sus murallas y los turnos de los guardias, y tendría
que buscar la manera de comprobar qué era lo que sabían los súbditos de
Stavros sobre lo que ocurría tras sus muros. Si mis hermanas estaban siendo
tratadas como esclavas o algo peor, no creía que se les permitiera salir del
recinto real, pero quizás pudiera entrar en él haciéndome pasar por parte del
servicio o algo por el estilo. Fuera como fuese, encontraría la forma. Y si
no, siempre me quedaba descubrirme como una hija de Artemisa, lo cual
me llevaría directamente frente al maldito rey.
Elucubrar sobre lo que me esperaba parecía una pérdida de tiempo en
aquel lugar y momento, así que me arrebujé en la capa para tratar de
descansar un poco. Salvo el leve silbido de la brisa nocturna y los relinchos
suaves del caballo, el lugar se hallaba sumido en una calma espeluznante.
Parpadeé mientras observaba cada sombra a mi alrededor y el latido de mi
corazón me llenó los oídos; aun intranquila, me obligué a cerrar los ojos e
intenté darle a mi cuerpo unos minutos de descanso.
Horas después, descubrí que el agotamiento me había vencido de la peor de
las maneras. Me desperté de golpe con un peso sobre el pecho que me robó
el aliento y la voluntad. No podía moverme y, cuando levanté los párpados,
me encontré cara a cara con un extraño. El hombre se había sentado a
horcajadas sobre mí, atrapando mis brazos en el proceso. A su sonrisa
lasciva le faltaban un par de dientes y estaba bastante segura de que su
barba descuidada daba cobijo a una fauna mayor de la que existía en toda
Hadesya. Su ropa estaba sucia, harapienta y apestaba. Era repugnante,
además de enorme. Realmente enorme.
El pánico y la presión de su cuerpo me impidieron gritar. Aunque forcejeé
con todas mis fuerzas, no conseguí quitármelo de encima, ni tan siquiera
moverlo un poco. El hombre soltó una carcajada en respuesta a mis
lamentables esfuerzos y echó un vistazo por encima de su hombro. Fue
entonces cuando descubrí que había un segundo hombre de pie a pocos
metros. Este era más pequeño y delgado, de mejillas hundidas y mirada
extraviada. No sonreía, pero desde luego estaba muy interesado en lo que
estaba haciendo su amigo.
—¿Qué tenemos aquí? —dijo la bestia sobre mí. Le dio un tirón a mi
capa hasta que consiguió retirarla de su camino. Luego, sin ningún pudor,
su manaza me apretujó un pecho a través del corpiño—. ¿De dónde has
sacado esta armadura, niñita?
No debía de querer una respuesta, porque resultaba evidente que yo no
podía dársela más allá de los jadeos de dolor y asco que brotaban de mi
garganta. O me deshacía de él pronto, o acabaría perdiendo la conciencia.
—No importa —prosiguió, con su mano palpando mis pechos de forma
dolorosa—. Vamos a quitártela de todas formas.
—Suélt… ame… —logré articular con mi escaso aliento.
Solo obtuve más de aquellas repulsivas risotadas.
El otro tipo se movió para poder observarme por encima del hombro de
su amigo. Le supliqué con la mirada que me ayudase, pero se limitó a
continuar contemplando la escena. Los pulmones me ardían y mi campo de
visión estaba empezando a oscurecerse por los bordes, así que cuando mi
poder avanzó hacia la superficie de mi piel, no traté de retenerlo como
siempre hacía. Estaba rodeada de unos pocos árboles; sus raíces podrían
servirme como arma improvisada.
—Mírame a mí, pequeña zorra —gruñó mi agresor, clavándome los dedos
en la barbilla con tanta fuerza que me arrancó un nuevo quejido de dolor.
Una sombra se movió tras el hadesiano desgarbado en el instante exacto
en el que yo clavé las uñas en la tierra. Se escuchó un gruñido y, acto
seguido, el tipo fue derribado por una mole densa y más oscura aún que la
propia noche. Lo que fuera aquello que lo había atacado no se detuvo
cuando el hombre soltó un alarido desgarrador, y tuve que apartar la vista
cuando un brazo cercenado salió volando y cayó justo al lado de mi cuerpo.
El peso que me oprimía el pecho se desvaneció entonces un poco,
dándome por fin la oportunidad de llevar una bocanada completa de aire a
los pulmones. La tos que me sacudió no me impidió reclamar el don que se
me había otorgado. Dos juegos de raíces tan gruesas como mis muñecas
rompieron el terreno y se enredaron de inmediato en torno al cuello de mi
atacante. Empujé al hombre y salí rodando de debajo de él entre espasmos,
jadeos y maldiciones. Con el pulso desbocado y la sensación de que podría
desmayarme en cualquier momento, giré para contemplar la dantesca
escena.
El hombre de mayor tamaño yacía ahora de lado, con la piel del rostro
azul y un collar macabro y serpenteante en torno al cuello. Incluso cuando
ya no estaba ejerciendo mi poder, las raíces se apretaban más y más,
centímetro a centímetro, mientras él intentaba tirar de ellas para aflojarlas.
Fue inútil. No podía luchar contra ello más de lo que yo podía hacer que se
detuvieran; a pesar de mi entrenamiento con Adara, había muchas cosas que
jamás había probado a hacer, y estrangular a un hombre era una de ellas.
Tan enfurecida y conmocionada como me sentía, ni siquiera intenté hacer
que se retiraran.
Un ladrido llamó mi atención y levanté la vista del hombre moribundo.
La sombra que había entrevisto poco antes tomó la forma de un cerbero
adulto. Tan alto como mi caballo, con dientes del tamaño de mis dedos y las
mandíbulas chorreando sangre. Sentada como estaba, retrocedí
arrastrándome por la tierra en un acto reflejo, sin pensar que eso podría ser
una invitación para que el animal se lanzase sobre mí. Pero cuando la bestia
me alcanzó, se sentó sobre los cuartos traseros y la lengua le resbaló fuera
de la boca de un modo que hubiese resultado cómico de no ser porque
estaba cubierta sangre. Se quedó mirándome sin hacer amago alguno de
atacar, casi parecía estar sonriendo.
—¿Lex?
No podía ser él. En los días que había pasado en la casa de Asfodelos no
lo había visto, pero era imposible que hubiera crecido tanto en tan solo un
par de semanas. Sin embargo, la chispa de inteligencia en sus ojos negros y
la forma en la que me contemplaba… Me había librado de mis atacantes y
no estaba devorándome también a mí, lo cual era lo único bueno de todo
aquel lío.
—¿Eres tú? —pregunté de nuevo.
Al escucharme, trotó hacia mí y me rodeó con su cuerpo de la misma
forma en la que lo había hecho aquella primera vez, resguardando mi
espalda con el costado de su cuerpo y enroscándose de tal manera que, con
su tamaño actual, casi me hizo desaparecer.
Exhalé un suspiro de alivio y me derrumbé contra él.
—No sé qué demonios haces aquí, pero gracias por eso.
Desde donde estaba, no podía ver bien qué había sido del otro hombre, lo
cual era de agradecer porque tenía la certeza de que Lex no había sido
precisamente amable; el rastro de sangre de su hocico hablaba a las claras
de ello, además del brazo amputado junto al cuerpo ahora inerte del
asaltante que había estado sobre mí.
Lex gruñó en respuesta a mi agradecimiento de tal forma que todo su
cuerpo vibró alrededor del mío. No tenía ni idea de cómo me habría
encontrado, si me había estado siguiendo desde mi partida o si era
consciente de que yo había matado a su dueño. Suponía que no; tal vez solo
había estado en unas de sus excursiones nocturnas, había detectado mi
rastro y había decidido seguirlo, a lo mejor creyendo que Karan estaría
conmigo. Bueno, eso ya no sería posible nunca más.
La culpa regresó y, sumada al agotamiento por las escasas horas de
descanso y la pelea, drenó todas mis fuerzas de golpe. Juro que cerré los
ojos tan solo un breve instante para tratar de recuperar el aliento.
Cuando los volví a abrir, ya había amanecido.
27
«Oraíos». Esa única palabra retumbó en mi mente. Estaba medio dormida
aún y la elaborada barrera que había reforzado en las últimas semanas para
mantener a Orien fuera debía de haberse resquebrajado en algún momento
de la noche, quizás debido a la violencia del asalto o tal vez solo al
agotamiento que me había sobrevenido después.
El pánico me inundó con mayor intensidad de lo que lo había hecho en mi
despertar anterior, y no quería pensar en lo jodido que era temer más una
voz en mi cabeza que a un matón que había pretendido violarme y muy
posiblemente matarme cuando hubiera saciado sus instintos lujuriosos.
«Oraíos, por favor», me llamó de nuevo.
Fue una súplica en toda regla, algo bastante inesperado teniendo en
cuenta de quién procedía, tanto como la corriente de preocupación que
inundó nuestra conexión a continuación, pero estaba claro que a Stavros
fingir se le daba muy muy bien; lo había estado haciendo durante meses.
Me rehíce lo mejor que pude mientras me sentaba. Lex aún dormitaba y
yo había acabado tirada contra su costado. Luchando por mantener mis
emociones y pensamientos a buen recaudo, evité mirar el resultado de la
carnicería de la noche anterior.
Respiré hondo antes de responder y me dije que lo mejor sería mostrarme
enfadada por su abandono. Por el motivo que fuera, él me había bloqueado
después del ataque que me había hecho sangrar sobre su tierra; de no
conocer su identidad, supuse que eso era lo que mi yo ignorante hubiera
hecho. Pero incluso sabiendo que disimular era mi mejor baza, me costaba
encontrar las palabras.
«Me abandonaste», dije finalmente.
Demasiado escueta, aunque al menos me las arreglé para sonar herida. Y
lo estaba, pero no por el motivo que Orien esperaría. Me dolía pensar que
nuestras charlas, cada intercambio, cada risa y susurro… Todo había sido
una mentira. Él había buscado llegar hasta mí no porque creyera en las
almas gemelas, por muy estúpido que eso hubiera sido, sino para hacerse
con mi poder. Para forzarme y quebrarme. Había violado mi mente con la
intención de violar luego mi voluntad.
Apreté los dientes para no ponerme a gritar, necesitaba conservar la
calma.
«He estado ocupado».
«Sí, buscándome», me burlé mentalmente, pero me aseguré de que el
pensamiento no llegase hasta él. La excusa hubiera sido pobre incluso si no
fuese Stavros el que hablaba, y no tenía ni idea de qué contestar.
«Te aseguro que lo siento, theá mou, y disculparme no es algo que haga a
menudo».
Podía imaginarlo. Ningún rey pediría perdón. Su origen divino lo eximía
de tener que mostrar remordimientos, en eso no se distinguía mucho de sus
antepasados. Pero ni Argos ni Stavros eran dioses, daba igual lo que
creyeran.
«¿Todo va bien? ¿Estás bien? ¿A salvo? Puedo percibir que estás muy
intranquila, además de enfadada».
Maldije para mí misma y reforcé mi mente, aunque lo último lo había
señalado de forma tentativa, como si creyera que me conocía tan bien como
para aventurar mis reacciones. Joder, era odioso. Tomé aire una vez más y
hundí los dedos en el pelaje de Lex en un intento de tranquilizarme.
«Estoy perfectamente, y muy bien acompañada». Quizá si yo lo hacía
enfadar a él, cometería el error de revelarme algún dato importante. Stavros
pensaba que era su prometida, que le pertenecía por mandato divino; tan
cruel como podía ser el monarca de Hadesya, seguramente también era
posesivo con sus cosas.
«¿Ah, sí?», ronroneó a través de la conexión. «¿Qué tal si me dejas
unirme a esa buena compañía?».
«No estoy preparada aún», me apresuré a contestar, tirando por la borda
cualquier intento de sonar firme y convencida. Aquello era un desastre. O le
soltaba de una vez que sabía quién era exactamente, o lo bloqueaba. Era una
tontería creer que alguien como Stavros iba a revelarme algo importante por
descuido. Habíamos hablado durante meses y ¿qué sabía yo de él? Solo lo
que había querido contarme, que no era mucho. Y, aunque podría tragarme
toda la parte de la lujuria, no era posible que la dulzura implícita en su voz
hubiese sido real; todo había sido un complejo entramado destinado a
ganarse mi confianza.
«Vas a tener que estarlo, oraíos. No me has dejado muchas opciones».
Enmudecí, aunque solo fuera porque tuve que contener la avalancha de
emociones que se desató en mi mente ante el rumbo que estaba tomando la
conversación. ¿Iba a descubrirse por fin? ¿Me diría quién era ahora?
Traté de extraer algo de nuestra unión, pero la pared que evitaba que él
llegase a la parte más profunda de mi mente también alejaba de mí la gran
mayoría de sus pensamientos y sentimientos. Lo poco que captaba era
caótico y nada esclarecedor.
Era una hija de Artemisa, una cazadora y una guerrera, no dejaría que me
acorralase; no lo haría. No me rendiría.
«Sé quién eres», escupí.
«No, no tienes ni idea, pero lo sabrás pronto».
Sin darle una réplica, corté la conexión de golpe y me prometí que
también yo le haría saber quién era Korelana de Petra. Puede que él fuera
un rey, pero yo tenía mis armas, una voluntad inflexible y la temeridad
suficiente como para enfrentarme a él. Prefería la muerte a ser suya y, si
tenía que caer, pondría patas arribas su reino maldito antes de hacerlo.
La ciudad de Elysium no se parecía a ninguna que hubiera visto antes. No
tenía nada que ver con las aldeas que había dejado atrás durante mi viaje; ni
siquiera Karya podía compararse con ella, aunque esta no era más que una
población al sur de Olympya y no la capital del reino. No había estado
nunca en Theonys, donde residía nuestro rey, y por tanto no había
contemplado por mí misma el palacio de Zeus, pero empezaba a dudar que
pudiera ser más imponente que su contraparte hadesiana.
El camino que me había llevado allí no era uno de los principales, así que
me había acercado a la ciudad casi sin saberlo. Una vez que había coronado
lo que solo parecía otra de tantas colinas, quizás un poco más elevada que
las anteriores, la visión que había surgido a mis pies me había dejado sin
aliento.
Elysium se hallaba en un amplio valle, rodeada casi en su totalidad por
dos ríos: el Aqueronte y el Cocito. Estos funcionaban como barreras
naturales ante posibles ataques al igual que lo hacía la laguna Estigia en la
frontera. Para cerrar el triángulo que formaban sus calles empedradas, en el
tercer lado se encontraban las montañas Elíseas y, en un lugar privilegiado
de la ladera, presidiendo de forma majestuosa la capital del reino, se alzaba
el palacio de Hades. Su situación no resultaba aleatoria; al abrigo de dichas
montañas, solo era accesible desde la parte alta de la ciudad, y esta, a su
vez, tan solo podía alcanzarse atravesando uno de los tres puentes
existentes, puentes que se hallaban custodiados por un buen número de
soldados. Desde donde me encontraba era imposible vislumbrar cualquier
toque de color en sus ropas que me indicara el dios al que le rendían culto
dichos hombres, pero suponía que serían hijos de Ares hadesianos.
Mi mirada vagó sobre las construcciones. Desde la lejanía se apreciaba
que las más cercanas a las orillas de los ríos lucían modestas y mucho más
precarias, mientras que al adentrarte en el trazado las calles se ampliaban y
los edificios adquirían lustre, las paredes brillaban, amplias ventanas se
abrían en ellas y algunas estaban rematadas por cúpulas y contaban con
torreones. En ciertas zonas había grandes plazas, y varias de ellas se
correspondían con lo que parecían ser mercados, lo que me hizo pensar que
debían mantener rutas de comercio activas con otros reinos del continente.
Al llegar a la falda de las montañas, las calles se convertían en avenidas, y
las viviendas, en mansiones. Supuse que sería allí donde viviría la nobleza y
los miembros de la corte de Stavros que no lo hicieran en el palacio.
Sin embargo, nada de aquello era comparable con la magnificencia de la
residencia real. Había visto dibujos y grabados en algunos viejos volúmenes
de la biblioteca del templo, pero los detalles no habían sido demasiado
buenos en ninguno de ellos; no como lo eran ahora que lo tenía a la vista.
Aislado por un grueso muro, el llamativo color oscuro de la piedra
contrastaba con el tono gris claro del resto de la ciudad. Su fachada estaba
decorada con decenas de columnas también de piedra negra y plantas
sucesivas discurrían ladera arriba. A pesar de la dificultad que debía de
haber supuesto su construcción, cada nivel encajaba de una forma perfecta
con el siguiente y se acomodaba a la paulatina elevación de las montañas.
Aquí y allá se entreveían también algunas zonas abiertas, incluso creí ver
una cascada de agua entre dos de los niveles que seguramente
correspondería a algún tipo de fuente. O quizás a un baño al aire libre, si es
que podían permitirse semejante derroche de recursos hídricos.
No me sorprendió no ver ni un solo toque de verde entre tanta piedra a
pesar de las zonas que parecían haber estado destinadas en algún momento
a albergar jardines; había cosas que ni la riqueza obvia del monarca podía
comprar. Sí aprecié algunos árboles, pero eran similares a los que me había
encontrado ya en el camino. Ejemplares de madera oscura y hojas negras,
más tétricos que decorativos, la verdad; siniestros. Aquella había sido la
morada del dios de las sombras y los muertos, y ahora lo era de su
descendencia. Era algo de esperar.
¿Me desangraría el rey sobre esa misma tierra si lograba capturarme solo
por el placer de contar con un esplendoroso jardín? ¿Algo de lo que nadie
más pudiera disponer en aquel reino, ni siquiera la nobleza asentada
alrededor de sus muros? Teniendo en cuenta su crueldad, quizás lo
preferiría a dar de comer a su pueblo.
Un escalofrío me recorrió la espalda al pensarlo.
A pesar de la supuesta benevolencia de Hades con sus súbditos, Stavros
no era el dios, y su linaje había tenido tiempo suficiente para acumular
mucho rencor hacia los olímpicos y para anhelar lo que se les había negado
por el único capricho del dios de dioses. Si de verdad yo era el pago por
dichos pecados, estaba segura de que el monarca haría buen uso de mi don,
aunque solo fuera porque esperase que Zeus y Deméter, desde donde
estuviesen, fueran testigos por fin del cobro de esa deuda.
En cualquier caso, yo no planeaba convertirme en el premio de nadie; no
importaba lo que las moiras hubieran profetizado ni lo mucho que se
esforzaran en tejer los hilos de mi vida a su conveniencia. Mi destino era
mío y yo decidiría qué hacer con él y con mi poder. Solo yo.
Bajé la vista para mirar a mi acompañante. Por mucho que le había
insistido a Lex para que regresara sobre sus pasos, el cerbero no había dado
muestras de comprender mis órdenes; si lo había hecho, se había negado a
dejarme. Es más, pese a su tendencia a desaparecer, no se había separado de
mi lado ni un momento desde que había despertado tumbada contra su
costado esa misma mañana. Así que ahora tenía conmigo a una bestia negra
cuya presencia no pasaría inadvertida para nadie, empezando por los
soldados que custodiaban las puertas.
—Tienes que marcharte, Lex. No puedes entrar conmigo en la ciudad.
No esperaba encontrar problemas. Desde mi posición, había visto ya
varios convoyes acceder sin que los revisaran siquiera, así como a distintas
personas a caballo y a pie. El paso era libre y yo había eliminado cualquier
detalle de mi apariencia que me señalara como una hija de Artemisa;
incluso había cambiado la camisa verde bajo mi armadura por la negra que
había robado antes de mi partida de Asfodelos. Sin embargo, los soldados
pararían a alguien si les resultaba sospechoso, y estaba bastante segura de
que no acostumbraban a ver cerberos adultos paseándose frente a las
puertas.
—Vamos, Lex —supliqué, aunque rogarle a un animal como aquel
seguramente no serviría de mucho.
Él ladeó su enorme cabeza, elevó las orejas, como si de verdad estuviera
prestando atención a mis palabras, y sus ojillos oscuros destellaron con más
de ese familiar brillo de inteligencia. El aire crujió y pareció cargarse de
electricidad a su alrededor, y de repente Lex ya no era una mole de carne y
dientes enormes, sino un cachorrillo que apenas levantaba un palmo del
suelo.
Abrí los ojos como platos al verlo corretear con paso torpe en torno a las
patas del caballo, dando ladriditos y saltitos ridículos. Se me escapó una
carcajada mientras me dejaba caer del caballo. Me arrodillé sobre la tierra y
Lex se lanzó en mi regazo, un segundo después lo acunaba entre los brazos,
maravillada.
Así que su aumento de tamaño no había sido porque hubiera crecido
realmente. Tal vez ni siquiera había sido un cerbero joven cuando lo había
conocido, como tampoco era ahora un cachorro, por mucho que lo
pareciese. Viéndolo así, me resultó demasiado fácil olvidar que había
desmembrado a un tipo la noche anterior.
—Ay, dioses, eres una cosita adorable, ¿no es así? Pero de todas formas
no puedes venir. —Se puso a lloriquear y me miró con esos ojos casi más
grandes que su cara, y mi determinación se tambaleó—. Eres un pequeño
chantajista.
Comenzó a lamerme la cara y tuve que separarlo un poco para evitar que
me babease encima. Su entusiasmo, desde luego, sí que era el de una cría de
pocos meses. Y tal vez… Bueno, con aquel tamaño cabría dentro de mi
bolsa.
—Está bien, te llevaré conmigo, pero tienes que estar muy calladito. Nada
de ladridos. —Emitió un gruñido que resultó más entrañable que
amenazador y esperé que significase que había comprendido lo que le
pedía.
Y así, decidida a adentrarme en la capital de Hadesya y llegar hasta el
mismísimo palacio de Hades, volví a montar y me encaminé hacia el puente
más cercano con el ánimo un poco menos sombrío, mis armas bien
dispuestas y un cerbero escondido en el bolso.
«Ya casi estoy contigo, Dafne».
28
Crucé la entrada bajo la mirada atenta de tres hijos de Ares. Hasta el último
segundo, creí que se interpondrían en mi camino y comenzarían a hacerme
preguntas, pero se mantuvieron a un lado y contemplaron el trote lento del
caballo mientras atravesaba las puertas. Tampoco comentaron nada sobre el
hecho de que iba armada. La única indicación que me hizo uno de ellos,
ataviado con una capa cuyo borde inferior se encontraba salpicado de rojo,
fue la de dejar mi montura en el establo que se encontraba a escasos metros
de la entrada. Enseguida me franqueó el paso, pero no sin antes dedicarme
una sonrisa lasciva que me hizo desear arrancarme la piel a tiras solo por
ser su destinataria.
Contaba con muy poco dinero, solo unas monedas que había atesorado a
lo largo de los años en el templo y que había tenido la precaución de traer
conmigo, pero empleé buena parte de ellas en asegurarme de que tratasen a
mi caballo lo mejor posible; se lo había ganado a pulso. Me costó
separarme de él más de lo que esperaba. No obstante, no podía negar que
montarlo me había recordado continuamente quién había sido su anterior
jinete y lo que yo le había hecho. El picor incómodo de la culpa resurgía en
oleadas inesperadas que, en más de una ocasión, traían consigo nuevas
arcadas. Mi estómago no estaba en el mejor estado, a lo que contribuían no
solo los remordimientos, sino también que se hallaba mucho más vacío de
lo que acostumbraba.
Haciendo revisión de mi aspecto sucio y polvoriento y mis escasas
fuerzas, concluí que tenía que encontrar la manera de descansar y obtener
una comida caliente. Si pretendía colarme en el palacio, necesitaría estar en
la mejor forma posible. La herida de mi costado había sanado de forma
milagrosa, pero quería revisar que todo estuviera en orden después del
ataque del día anterior. Lo que restaba de mis fondos solo sería suficiente
para pagar una habitación en una posada en los barrios marginales y
comprar un par de comidas, si es que alcanzaba. No estaba acostumbrada a
tener que preocuparme por algo así, y no fue hasta ese momento que caí en
la cuenta de lo realmente segura y protegida que había vivido en ese
aspecto; muchísimo más de lo que había supuesto nunca.
Con la capucha sobre la cabeza para evitar miradas indiscretas,
vagabundeé por las calles más cercanas al límite exterior de la ciudad, las
más humildes. No olía mal, lo cual era señal de que disponían de una red de
alcantarillado similar a la de las ciudades olímpicas. De contar con más
tiempo para estudiar su trazado, tal vez hubiera sido una buena vía para
colarme en el palacio, pero cada día que Dafne pasaba en manos de los
hadesianos era un día más que podía estar sufriendo torturas, maltratos o
algo mucho peor. Así que, aunque tomé nota del detalle, descarté esa
posibilidad por el momento.
El cansancio que arrastraba no me impidió prestar toda la atención
posible a las conversaciones y cuchicheos de las personas con las que me
iba cruzando, casi todas de aspecto humilde. Pasé largo rato en uno de los
mercados. A pesar de lo avanzado del día, pequeños puestos se agrupaban
en una de las plazas y había un movimiento considerable en la zona. Los
productos a la venta no eran lujosos: comidas caseras, herramientas, ciertas
clases de telas y objetos de uso diario sobre todo; cosas básicas y necesarias
que los mercaderes apenas si se molestaban en pregonar a gritos como
había visto hacer en Karya. Supuse que quien acudía allí era para paliar una
necesidad concreta y que habría otros mercados en la ciudad en los que el
ambiente sería muy diferente.
No había gritos que alentaran a la compra, pero mercaderes y clientes
charlaban amistosamente todo el tiempo, y eso me permitió empaparme de
los rumores que corrían por la ciudad y de las preocupaciones de sus
habitantes. Como la proximidad de uno de los festivales dedicados a Hades,
su dios predilecto, o el hecho de que el rey hubiera enviado un contingente
de soldados a la frontera; dos hombres debatían sobre la posibilidad de que
una guerra abierta entre los reinos estuviera más cerca que nunca, así como
de que Stavros estuviera decidido a apropiarse de los territorios intermedios
y cohesionarlos al suyo propio. Ambos hombres parecían satisfechos con
esa idea, aunque también escuché quejas acerca de la tiranía con la que el
rey imponía ciertas normas o la crueldad y la violencia de los soldados que
no dudaban en hacer cumplir algunas de esas leyes.
Mientras escuchaba con atención cada susurro, proseguí con la búsqueda
de un lugar en el que pasar la noche. Años atrás, la vez en la que Dafne y yo
nos habíamos atiborrado en exceso precisamente en uno de los mercados de
Karya y habíamos estado a punto de no ser capaces de escalar la muralla del
templo, ella me había dicho algo que regresó a mi mente en ese momento:
«De necesitar refugio y poder elegir, escoge siempre una posada regentada
por una mujer. Suelen estar más dispuestas a ayudar a otra mujer en apuros
y hay menos probabilidades de que intente aprovecharse de ti». Por la
mirada y la expresión seria que me brindó en aquel momento, había
comprendido que hablaba por experiencia, y creo que esa había sido una de
las veces en las que más me horrorizó pensar en la vida que había llevado
antes de que la admitieran en el templo.
Con el consejo en mente, recorrí varias manzanas hasta dar con lo que
buscaba. O al menos esperaba que así fuera cuando elegí una posada
llamada «Iris». Al ser la única que había encontrado con un nombre
femenino —y mucho menos tétrico que la última que había pasado que
rezaba El Descanso de Hades en el letrero—, pensé que había bastantes
posibilidades de que tuviera como propietaria a una mujer.
Gracias a los dioses, acerté.
El interior estaba pobremente iluminado y olía a cerveza agria y sudor.
Había algunas mesas y sillas de madera dispersas por la estancia, la mayoría
de ellas ocupadas por hombres. Ignoré las miradas curiosas que me
persiguieron mientras avanzaba y me dirigí al fondo, donde una mujer
pequeña y malhumorada me informó de que podía ocupar la habitación de
la buhardilla, la cena se servía a las seis y, si quería lavarme, tendría que
hacerlo con agua fría. Asentí a todo, aunque había soñado con un baño
caliente gran parte del camino. Después de entregarme un plato de estofado
aguado que devoré en cuestión de minutos, me acompañó arriba, donde su
actitud ruda se suavizó un poco; tal vez porque allí nadie nos estaba
observando o porque se dio cuenta de lo exhausta que estaba.
—Pareces salida del infierno, muchacha —señaló, mientras me tendía una
llave—. Cierra bien cuando te vayas a dormir.
—Lo haré.
Esperé hasta que se hubo marchado para sacar a Lex de la bolsa; el
cerbero se había acomodado encima de mi única muda de ropa y dormía
con una tranquilidad envidiable, algo que agradecí, porque al menos nadie
se había percatado de que lo llevaba conmigo. Lo coloqué sobre la cama y
rodó hasta quedar panza arriba. Un espasmo lo hizo agitar las patas en el
aire, soltó un ronquidito adorable y luego siguió durmiendo como si tal
cosa.
La habitación era diminuta; el único mobiliario consistía en una cama
estrecha, un sencillo lavamanos con un espejito junto al cual Iris había
dejado un cubo de agua lleno hasta el borde y una silla, pero serviría. Al
menos tenía un ventanuco en el techo que podría convertirse en una vía de
escape en caso de ser necesario.
Lo único que quería en ese momento era desplomarme sobre el colchón,
pero me obligué a lavarme antes. Como tan solo contaba con una camisola
limpia, tras desvestirme sacudí la capa y el resto de mi atuendo para
eliminar el polvo del camino y dejarlos lo más presentable posibles.
Cada músculo de mi cuerpo protestó mientras me aseaba, especialmente
los de mi espalda, y cuando contemplé mi reflejo en el espejo me costó
reconocerme. Mi pelo rubio lucía apagado a pesar de que no estaba tan
sucio como cabría esperar después del largo viaje. La piel de mi rostro era
otro cantar; además de varias manchas de tierra, descubrí un moretón en mi
barbilla, producto con toda seguridad del asalto de la noche anterior. Había
evitado pensar en ello, así como en todo lo demás, pero mientras observaba
esa huella morada reflexioné sobre lo que podría haber sucedido si no
hubiese aparecido Lex. Quizás mi poder me hubiera salvado, quizás no.
Solo sabía que le estaba muy agradecida por su don de la oportunidad.
Ahora que lo pensaba, había sido casi demasiado oportuno. ¿Me habría
estado siguiendo todo el tiempo? ¿Cuidando de mí desde las sombras solo
los dioses sabían por qué extraño sentimiento de lealtad? Desde luego, no
creía que fuera a causa de aquel único trozo de carne que le había dado al
conocernos.
Le eché otro vistazo. Me resultaba imposible relacionar aquella pequeña
bola de pelo con el cerbero adulto que había despedazado a un hombre en
cuestión de segundos, lo que contribuía a cubrir de un halo de irrealidad los
últimos acontecimientos. Sin embargo, la marca en mi mandíbula no
mentía, tampoco el dolor generalizado o el vacío que se había instalado tras
mis ojos; un vacío con cierto matiz de desesperación. Por Dafne, por mí…
por lo que había requerido llegar hasta allí. Me dolía pensar en Karan, y
trataba por todos los medios de borrar lo ocurrido de mi mente, pero la
amargura y la culpa seguían ahí, recordándome que no solo le había
arrebatado la vida, sino que, con ello, también había destrozado a una
familia que me había ayudado y se había preocupado por mí. Los había
traicionado a todos.
Adara había llevado toda la razón al proclamar que no estaba preparada,
pero ahora sabía que no se refería tanto al entrenamiento o mi formación
como al mundo exterior y lo que este iba a requerir de mí.
Con la puerta cerrada con llave y la silla encajada bajo el pomo, me
derrumbé por fin junto a Lex. En cuanto me coloqué de lado y encogí las
piernas, buscó refugio contra mi vientre. Ni siquiera se despertó para
hacerlo. Juro que estaba dormido profundamente cuando se arrastró hasta
allí. Yo no tardé en seguir sus pasos.
El día siguiente lo pasé recorriendo la ciudad. Me levanté al alba y
empleé cada segundo de la jornada y la primera parte de la noche en
absorber cada detalle de la ciudad. Analicé los movimientos de los guardias
a la entrada del palacio y en la muralla que lo rodeaba, así como la altura de
dichos muros, las mejores zonas para escalarlo y cada posible grieta en
ellos. Al contarme su historia, Xander me había dado sin querer una pista
para poder entrar. Aunque habían pasado bastantes años desde que él fuera
un crío con demasiada curiosidad para su propio bien, logré encontrar lo
que debía ser la ruta que había utilizado para colarse en la zona de la
muralla que lindaba con la montaña. La buena noticia era que la abertura
daba a un patio de entrenamiento que muy posiblemente estaría desierto
durante la noche, aunque cuando yo lo había descubierto había al menos
una docena de adeptos de Ares ocupándolo; la mala, que ni de broma podría
pasar a través ella.
Esa idea quedó descartada. Me restaba por tanto entrar por la puerta,
fingiendo ser alguien del servicio, o bien escalar. Esto último lo había hecho
un buen número de veces en Karya para salir del templo y el muro tenía
aproximadamente la misma altura, así que era factible. La otra opción
perdió muchos puntos cuando me di cuenta de que los únicos que entraban
o salían por el enorme portalón eran soldados, casi todos con capas teñidas
de rojo y, por tanto, adeptos del dios de la guerra. Tan solo vi una pareja
vestida con armaduras y capas negras, las cabezas cubiertas por capuchas
que ocultaban sus rostros por completo y un aura tan siniestra que me hizo
pensar que tenían que ser hijos de Hades. Su templo quedaba en el centro de
la ciudad, rodeado también por una muralla, aunque sin soldados que
guardaran la puerta. Supe que ese lugar estaba protegido de formas muy
diferentes desde el momento en que puse los ojos sobre el edificio. Me
convencí de que el hecho de que el palacio sí tuviera hombres patrullándolo
significaba que no había ninguna magia oscura custodiando su entrada y, si
mis suposiciones eran ciertas, los adeptos de Hades eran designados como
guardias del rey, por lo que estarían donde él se encontrara y no controlando
los accesos.
Había tantas variables en juego que una parte de mí solo quería regresar a
la buhardilla y hacerse una bola con Lex sobre la cama. Ni siquiera sabía
qué encontraría detrás de aquellos muros, dónde retenían a los prisioneros y
cómo demonios iba a moverme por un palacio del que desconocía todos los
detalles. Era una locura, pero estaba tan desesperada por llegar hasta Dafne
y mis hermanas que no sabía qué otra cosa hacer más que jugármela. Todo
lo que había pasado para llegar hasta allí, lo que le había hecho a Karan…
Tenía que servir de algo.
De madrugada, me obligué a volver a la posada. Arrastraba cierto
desánimo y los pies doloridos. Además, conforme avanzaba el día se me
había ido formando un nudo en el pecho que ahora resultaba asfixiante. Era
angustia y miedo, y un temor a fallar que jamás había sentido antes. Mi
determinación no había disminuido, pero no era tan estúpida como para no
darme cuenta de que lo tenía todo en contra. Lo más fácil sería plantarme en
la puerta del palacio y gritarles a los soldados que era la maldita prometida
de su rey.
Estaba bastante desanimada cuando me senté en la cama y dejé a Lex
salir de mi bolsa, y puede que el agotamiento fuera el culpable de que la
barrera mental se debilitara durante un segundo y un gruñido ronco y severo
inundara mi cabeza.
«Oraíossssss».
«Vete a la mierda, cabrón».
29
Soñé que estaba desnuda en una cama desconocida, enorme y mullida. Soñé
con la presencia de alguien a mi espalda, una presencia pesada, excitante y
a la vez evocadora. Soñé con unas manos de dedos ásperos pero toque
delicado que recorrían la curva de mi cadera y con la caricia de un aliento
cálido haciéndome cosquillas en la nuca. Con el dolor provocado por un
deseo desgarrador; la dureza de mis pezones y humedad entre mis muslos.
Soñé con una necesidad tan intensa que las palabras no alcanzaban mis
labios, el pulso me retumbaba en los oídos y toda mi piel parecía estar en
llamas. Y cuando estaba a punto de girar la cabeza y contemplar el rostro de
aquel que provocaba todas esas sensaciones, fui arrancada del sueño de
golpe.
Al principio creí que mi repentino despertar solo había sido una
coincidencia, pero entonces me di cuenta de que Lex también estaba alerta,
sentado sobre el colchón y con los ojos clavados en la ventana; una ventana
que yo había cerrado y que ahora estaba abierta. Me incorporé de un salto
con el cuchillo que había dejado bajo la almohada ya en una mano y saqué
un segundo de la bota. Tanto la noche anterior como esa, había estado tan
paranoica que había dormido vestida; me alegraba mucho de haber tomado
dicha precaución.
Me pegué a la pared y eché un vistazo al trozo de tejado que quedaba a la
vista a través del ventanuco. No había mucho que ver y había creído que
nadie podría acceder a la buhardilla desde allí, a no ser que se dedicara a
saltar de tejado en tejado, lo cual ahora ya no me resultaba tan descabellado.
Lex seguía sentado a los pies de la cama. No gruñó y tampoco se le
ocurrió ladrar, así que valoré si, cansada como había estado, me habría
descuidado al cerrar la ventana; tal vez no hubiera echado el pestillo y el
viento hubiera hecho el resto. Solo esperaba que, de ser necesario, el
cerbero pudiera crecer de nuevo y echarme una mano si las cosas se ponían
feas.
Contuve el aliento y guardé silencio, escuchando con atención. Estaba
más que preparada cuando una figura enorme cayó a través del hueco y
aterrizó en cuclillas sobre el suelo. Uno de mis cuchillos salió volando tan
solo un segundo después. El recién llegado trató de evitarlo, pero supe que
no había escapado del golpe por la brusca exhalación que soltó.
—¡Joder!
Detuve mi otra mano en el último momento.
—¿Xander?
La figura se irguió en toda su altura y la luz que entraba por la ventana se
derramó sobre el rostro familiar del hadesiano al que creía haber dejado
atrás. No parecía demasiado contento. Si la habitación había parecido
pequeña antes, con él allí apenas quedaba un hueco libre, pero eso no era lo
más preocupante. Alcé el cuchillo que había bajado sin ser consciente de
ello y lo apunté con él.
—¿Por qué estás aquí? ¿Y cómo demonios me has encontrado?
—Mierda —siseó, llevándose la mano al hombro.
Se arrancó el cuchillo sin siquiera tomarse un momento para prepararse.
La sangre brotó entonces con más fuerza. Hice una mueca cuando otra ristra
de maldiciones retumbó en el pequeño espacio. Xander no parecía
preocupado, aunque sí muy muy cabreado. Acostumbrada como estaba a
que fuera el bromista del trío de hadesianos, me resultaba chocante verlo así
de furioso. Claro que acababa de apuñalarlo y… ¡Por todos los dioses! Yo
había asesinado a su amigo. Obtener venganza parecía la razón más
probable de su irrupción allí. Una vez recuperada de la sorpresa, y
consciente del motivo de su presencia, agarré el cuchillo con más fuerza.
Sin embargo, Xander no me estaba prestando atención y ni siquiera se
molestó en taponar la herida, sino que arrastró la mano hasta el lado
izquierdo del pecho, cerró los ojos e inspiró profundamente.
—¿Qué haces?
—Intento no morir desangrado, ¿a ti qué te parece? —replicó tras unos
pocos segundos. Yo seguía sin comprender, pero luego añadió—: Obligo a
mi corazón a latir más despacio para que el flujo de sangre disminuya hasta
que alguien me cure esta mierda.
Vaya, sí que había dejado atrás su actitud despreocupada y cortés
conmigo. Sin embargo, cuando sus palabras calaron en mi mente y
comprendí por fin a qué se refería…
—¿Estás parando tu propio corazón? —chillé, y eso provocó que Lex, en
silencio hasta entonces, soltara un ladrido.
Los ojos de Xander volaron en su dirección y casi parecía más
sorprendido de verlo allí que del hecho de que yo acabara de intentar
matarlo. Lo apuntó con el dedo y luego me miró.
—¡Por todas las almas del Tártaro! ¿Lo has encogido?
—¿Qué? ¡No! ¡Lo ha hecho él solito!
¿Es que no sabían que el cerbero cambiaba de tamaño a voluntad? ¿No lo
había hecho antes?
Xander agitó la cabeza, como si quisiera deshacerse de la visión del
pequeño cachorrillo que era ahora Lex. La hemorragia de su hombro se
había detenido casi por completo y resultaba obvio que no podía haberse
parado el corazón del todo, pero…, joder, aquello era muy muy raro.
—Recoge tus cosas. Nos vamos.
Di un paso atrás y mis dedos apretaron el mango del cuchillo. Xander me
caía bien y había sido el más tolerable de mis captores, pero ambos
sabíamos que yo era la culpable de que su amigo estuviera muerto. Si
quería hacerme pagar por ello, iba a tener que esperar hasta que cumpliera
mi objetivo y Dafne estuviera a salvo.
—No voy a ir a ningún lado contigo.
—Oh, sí, sí que vas a venir —se jactó sin humor. Nunca lo había visto tan
serio—. A no ser que quieras que las dos patrullas de hijos de Ares que
deben estar a punto de irrumpir en la planta baja de este sitio te encuentren
aquí.
Di un pequeño paso hacia la cama y la espada ya estaba en mi otra mano.
La mirada que le echó Xander al arma me dijo que reconocía a quién había
pertenecido, pero no comentó nada al respecto.
—¿Qué? —prosiguió, nada impresionado con mi hostilidad—. ¿Creías
que una chica bonita con un acento exótico vagabundeando por la ciudad no
llamaría la atención?
Me había asegurado de pasar lo más desapercibida posible, incluso había
dejado en la habitación la espada y el arco para que las armas no atrajeran
miradas indeseadas, arriesgándome a salir solo con los cuchillos para
protegerme. Y los guardias de la entrada a la ciudad se habían fijado en mí,
pero ya llevaba allí dos días, ¿por qué justo en ese momento? Espera…
Apunté la espada hacia Xander.
—Esas patrullas que vienen hacia aquí… ¿Me has delatado tú?
Ni siquiera se molestó en negarlo, el muy cabrón. Y todo ¿para qué?
¿Para obligarme a ir con él? ¿O para asegurarse de que, si él no podía
cobrar venganza, alguien me diera mi merecido?
—Nos quedamos sin tiempo, Korelana —señaló, y yo negué con la
cabeza. No iría voluntariamente al matadero, y ahí era donde terminaría si
me marchaba con él. Xander resopló, irritado—. Está claro que eres
demasiado terca para dejarte ayudar. O demasiado estúpida, no lo he
decidido. Pero ya has dejado claro que no vas a rendirte. Si tan importante
es tu amiga para ti, te ofrezco tu mejor oportunidad para entrar en el palacio
por la puerta principal y protegida. Nadie te tocará.
—¿De qué estás hablando?
El sonido de varios grupos de pasos a la carrera se coló por la ventana
desde la calle. Era de madrugada y todo había estado bastante tranquilo.
¿Eran los soldados de los que Xander había hablado?
—Tenemos que irnos ya. Muévete —exigió—. Te lo explicaré por el
camino.
Si los adeptos de Ares irrumpían en la posada, no tenía muchas
posibilidades de salir bien parada. Podía confesar quién era, sí, aunque ya
sabía cómo acabaría eso: me apresarían y no había duda de que mi
problema para acceder al palacio se solucionaría, pero me entregarían a
Stavros, probablemente maniatada, y estaría demasiado vigilada como para
poder hacer nada por mis hermanas.
—No me voy a mover de aquí hasta que me des una buena razón.
Traté de no sonar desesperada. No había motivos reales para que Xander
desease ayudarme, más bien al contrario; aunque, de haber querido hacerme
daño, podría haberlo intentado ya. En aquel momento no mostraba signo
alguno de debilidad a pesar de mi puñalada, y era lo suficientemente diestro
como para conseguir desarmarme en un espacio tan pequeño. Sin contar
con que podía optar por pararme el corazón. O hacerlo explotar, lo que
fuera que hiciera su poder.
Xander elevó la vista hasta la ventana y murmuró algo que no entendí.
Luego, añadió:
—Vamos a celebrar un ritual de compromiso formal…
—¡No voy a comprometerme con tu rey! —lo interrumpí, por si no había
quedado claro que esa no era una opción válida.
—No con él. Pero un compromiso formal de matrimonio es algo sagrado
en Hadesya tanto como lo es en Olympya; ni siquiera el rey puede
intervenir, nadie puede hacerlo salvo los implicados. —Unos golpes
resonaron en la planta baja y ambos desviamos la mirada hacia la puerta—.
Vas a tener que conformarte con eso por ahora. Vámonos, ¡ya!
No esperó una respuesta. Se elevó a través del hueco de la ventana y
desapareció por él. Nuevos golpes retumbaron por el edificio. Supuse que
estaban aporreando la puerta principal; Iris no tardaría en abrir, o bien la
echarían abajo, y llegarían en cuestión de unos pocos minutos. Prefería
conservar mi libertad por el momento, así que me lancé a recoger mis
escasas pertenencias. Lex no opuso resistencia cuando deslicé su pequeño
cuerpo dentro de la bolsa. Más pisadas llegaron a mis oídos, esta vez ya
desde el interior del edificio. No me quedé para descubrir si eran soldados o
no. Me abroché al cuello la capa y fui tras Xander.
Correr por los tejados y saltar de uno a otro requirió una buena dosis de
equilibrio; nunca como entonces me alegré tanto de contar con una buena
capacidad para saber mantenerlo en las circunstancias menos favorables.
Tendría que agradecérselo a mis instructoras del templo, si es que las volvía
a ver.
La frenética huida no me permitió interrogar a Xander sobre su oferta.
¿Iba él a prestarse a un compromiso conmigo? Estaba segura de que Egan
no se mostraría muy interesado. ¿Y qué suponía eso para él? ¿O para mí? Si
había desertado del ejército de Stavros junto con Karan, ¿cómo iban a
recibirlo de vuelta sin más? Por muy sagrada que fuese dicha unión, ¿por
qué comprometerme con un hijo de Hades me brindaría protección frente al
mismísimo rey de Hadesya? Si Stavros descubría quién era yo, dudaba que
nada pudiera interponerse en su camino; después de todo, nuestra unión era
cosa de los dioses, ¿no?
—Xander. ¡Xander! —lo llamé, aunque me aseguré de no elevar
demasiado la voz.
Él me ignoró. Saltó entre dos viviendas y luego se acuclilló en el borde
del tejado en el que cayó. No me había perdido el rumbo que había tomado,
y empecé a rezar para que no se dirigiera a donde yo creía que lo hacía.
Levantó la mirada y me observó saltar. Cuando llegué hasta él, señaló una
serie de salientes en la fachada.
—Bajaremos por ahí, el templo está muy cerca.
Dioses, no. El templo del dios de los muertos, justo el último lugar al que
quería ir.
—Estará lleno de hijos de Hades —dije, solo para no admitir que ese
lugar me inquietaba incluso más que el propio palacio.
—Hay una entrada que pocos conocen, y necesitamos a un maestro para
el ritual.
Quise preguntar, pero de nuevo me dejó con la palabra en la boca. Se
lanzó hacia la calle bajo nuestros pies con una agilidad envidiable teniendo
en cuenta su tamaño y que estaba herido. Mascullé una maldición y, tras
asegurarme de que Lex estaba seguro, descendí escalando tras él.
Una vez abajo, me planteé escapar. Podía tratar de perderlo; era rápida,
quizás no me alcanzaría. Pero no tenía a dónde ir y nada indicaba que no
volvería a encontrarme, ni siquiera sabía cómo lo había hecho.
Al final, corrí tras sus pasos. Parecía convencido de que lo seguiría,
porque ni una vez hizo ademán de esperarme y no se detuvo hasta que
estuvimos en la parte de atrás de una vivienda situada a varias calles del
templo; la siniestra silueta del edificio se elevaba contra el cielo y era
claramente visible desde allí.
Xander tiró de la portezuela y me cedió el paso. Entré en una cocina en
sombras que olía a moho y polvo. No creí que la vivienda estuviese
habitada. Apenas si veía por dónde iba, pero Xander se movió sin
problemas; se arrodilló en el suelo y tiró de una trampilla. Con una última
mirada y más de esa seriedad que tan mal le sentaba me dijo:
—Te espero abajo.
Fue mi segunda oportunidad para huir. No lo hice, y quise creer que
aquella no era otra de mis estúpidas decisiones. Elevé una rápida plegaria a
Artemisa —a este paso iba a convertirme en una devota creyente— y
descendí por la escalera hasta el sótano. El olor a tierra se volvió más
intenso, y la oscuridad, opresiva. Al menos hasta que las llamas de una
antorcha destellaron e iluminaron parte del espacio. Luego, todo lo que
quedó fue adentrarse en el túnel que se abría en una de las paredes.
Comenzamos a avanzar por él. Era bastante estrecho y las paredes
estaban formadas de la misma tierra que el irregular suelo. Xander me
precedía y, dado que ahora no podía ir demasiado rápido, parecía el mejor
momento para sonsacarle algo de información.
Me aclaré la garganta.
—¿Por qué lo haces? ¿Por qué me ayudas? —pregunté. No podía
entenderlo.
Él eludió la pregunta, pero al menos me contó algo más del maldito ritual.
—Tendrás que sangrar, pero será solo un pequeño corte. No dejaremos
que toque la tierra, no te preocupes.
Sí que debería haberme preocupado por ese detalle; sin embargo, estaba
aún más intrigada por sus motivos, por lo que decidí insistir.
—Así que vamos a comportarnos como si no supieses lo que he hecho…
No me creo que quieras ayudarme después de eso.
Todo lo que veía de él era su ancha espalda, una espalda cubierta de
latigazos bajo la ropa, no lo había olvidado; tampoco lo que podía hacerme
si se daba la vuelta y extendía una de sus manos hacia mí. Un suspiro y
estaría muerta.
—Me alegro de que a mí solo me hayas apuñalado —agregó, después de
una pausa.
Aunque no había ni una pizca de diversión en su tono, y había sido yo la
que le había rajado el cuello a su amigo, su respuesta me indignó. Degollar
a Karan pesaba en mi ánimo más que nada de lo que hubiera hecho para
llegar hasta allí.
—¿En serio? ¿Te estás burlando de mí?
Se detuvo en seco y juro que se estremeció de pies a cabeza. Más
adelante, vislumbré el contorno de una puerta de madera muy oscura.
Supuse que habíamos llegado a nuestro destino.
Xander continuó avanzando tras unos pocos segundos. Al alcanzar la
puerta, agarró el pomo y se quedó de nuevo inmóvil. Me echó un vistazo
por encima del hombro.
—Pagarás de sobra las consecuencias de tus actos y decisiones, Korelana.
Estoy seguro de ello.
—Eso suena a amenaza.
Por primera vez desde que nos habíamos reencontrado, Xander amagó
una sonrisa.
—Una advertencia más bien, y solo porque te has empeñado en complicar
mucho las cosas.
Dicho lo cual, abrió la puerta, se hizo a un lado y me invitó a pasar.
Esa fue mi tercera y última oportunidad para escapar de todo aquello y…
tampoco entonces la tomé.
30
Accedimos a una especie de antesala cuadrada muy pequeña y sin muebles
ni ningún elemento decorativo. La puerta al otro lado de la estancia tenía un
aspecto mucho más robusto que la que acabábamos de atravesar; Xander se
dirigió directamente hacia ella. El ambiente estaba aún más cargado que en
el túnel, pero detecté un aroma a cera quemada y a alguna clase de incienso
que me hizo pensar que ya nos encontrábamos en el interior del Templo de
Hades.
Corroboré mis sospechas enseguida. La siguiente sala estaba bañada en
una suave penumbra, iluminada tan solo por un grupo de velas que alguien
había dispuesto sobre el altar central de piedra. La estancia era de mayor
tamaño que la anterior y rectangular, aunque las sombras habían
conquistado de tal manera las esquinas y paredes que resultaba difícil
calcular sus dimensiones reales. La piedra oscura de los muros tampoco
ayudaba mucho.
Sabía que aquella no era la cámara central del templo; de ser así, contaría
con una estatua de Hades. Más bien parecía alguna clase de capilla ubicada
en las catacumbas. Posiblemente, su uso estaba restringido.
Xander cerró la puerta por la que habíamos entrado y se colocó a mi lado
en silencio, mientras que yo —tras un primer repaso rápido, y dado que no
había nadie más allí— contemplé de nuevo lo que me rodeaba con una
atención clínica, absorbiendo todos los detalles de la sala. En realidad, no
había mucho más que ver, pero se me había erizado la piel en cuanto había
puesto un pie en el interior y hubiera jurado que…
Un movimiento llamó mi atención desde uno de los rincones. Las
sombras oscilaron y se hicieron más densas. Algo comenzó a tomar forma,
construyéndose de adentro hacia afuera, y luego, donde no había habido
más que oscuridad, se materializó una figura. Dejé de respirar y estoy
bastante segura de que mi corazón también perdió el ritmo. Incluso cuando
no era más que una mancha de negrura en la penumbra que lo rodeaba,
hubiera reconocido el contorno de esa silueta en cualquier parte: su altura,
el ancho de los hombros repletos de tensión y hasta los rizos juguetones del
pelo enroscados alrededor de las orejas.
«Karan».
Inspiré de forma brusca y mi mano se movió por instinto hasta la
empuñadura de la espada; la otra acunó la bolsa en cuyo interior Lex se
estaba mostrando especialmente tranquilo. Era completa y absolutamente
imposible que Karan estuviera vivo. Mi mente planteó y descartó un sinfín
de posibilidades, a cada cual más estrambótica. Hasta me planteé si podía
ser un fantasma o alguna clase de espectro que hubiera regresado para
reclamar venganza. Karan era un adepto de Hades, el dios de los muertos;
tal vez este le hubiera concedido una oportunidad para hacerme pagar,
desde donde fuera que estuviese.
Dio un paso al frente, las sombras quedaron atrás y el reflejo amarillento
de la luz de las velas por fin cayó sobre él. No tenía el aspecto de un
fantasma. En su cuello no distinguí ni rastro del tajo, aunque me resultó
imposible apreciar si había o no una cicatriz que probara que no me estaba
volviendo loca. Su expresión parecía tallada en la misma piedra que las
paredes que nos rodeaban; lucía estoico, pero en sus ojos la ira hervía a
fuego lento.
Mi mirada vagó hasta Xander solo para asegurarme de que aquello no era
una alucinación producto de la culpa que arrastraba conmigo, pero el
hadesiano también estaba mirándolo.
—¿Está aquí de verdad?
—Lo está —confirmó a pesar de que era una locura.
—Parece muy cabreado —susurré esta vez para que solo Xander me
oyera, y él se inclinó también un poco hacia mí.
—No te lo tomes a mal, no es por ti.
—Pues lo disimula muy bien.
Ambos susurrábamos, aunque estaba claro que Karan no perdía detalle
del intercambio. Me preocupaba un poco que no hubiera dicho nada aún y
lo que diría cuando finalmente explotara, porque esto iba a explotar de un
momento a otro.
—Bueno, él no quería volver a esta ciudad.
—¿Y por qué está aquí entonces?
—Porque tú decidiste venir aquí —replicó Xander con un resoplido.
—A mí no me quedaba más remedio.
—Puede que a él tampoco.
Fui a preguntarle el porqué de ese comentario, pero Karan se movió de
nuevo. A pesar de que mi mano seguía aferrada con fuerza a la empuñadura
de la espada —su espada— no hice nada por desenvainarla; estaba
demasiado desconcertada como para reaccionar. Cuando quise darme
cuenta, Xander había retrocedido hasta una de las paredes y yo tenía a
Karan delante e inclinado sobre mí. Desde luego, no olía como un muerto y
tampoco como un fantasma, aunque no es que los fantasmas tuvieran un
olor, supuse. Fuera como fuese, continuaba emanando ese dulce y
pecaminoso aroma que le hacía cosas raras a mi cuerpo, así como un calor
embriagador que me obligó a contener un escalofrío.
—Tú… tú… —balbuceé, atónita—. Estabas… Yo te… maté.
Xander soltó una risita y un «Allá vamos con eso», pero Karan no lo oyó
o no quiso hacerlo. Me estaba observando con una atención abrumadora;
sus ojos grises convertidos en puro acero, afilado y letal. Se acercó un poco
más, hasta que su barba de tres días me raspó la mejilla y su boca estuvo
contra mi oído. No dijo nada, y estaba claro que yo no sabía estarme
callada, porque solté:
—Te corté el cuello.
—Lo hiciste, y no estoy precisamente contento con eso, pero no vamos a
discutirlo ahora. —Se me escapó una carcajada de la clase que indicaba que
mi cordura había decidido tomarse unas vacaciones—. Estamos aquí para
otra cosa, cazadora.
Me eché hacia atrás cuando la comprensión me golpeó de repente. Ay,
dioses, no. No, no, no. Ni de broma. Por favor, que no se estuviera
refiriendo a todo eso del compromiso formal.
Giré la cabeza y estaba a punto de empezar a insultar a Xander por
haberse olvidado de contarme el pequeño detalle de que no sería con él con
quien iba a comprometerme, pero Karan me agarró de la barbilla para evitar
que apartase la mirada. Solté un quejido; aunque el cardenal casi había
desaparecido, aún tenía la zona sensible.
Karan frunció el ceño mientras retiraba los dedos y me sujetaba el cuello
con ambas manos esta vez. Empujó con delicadeza hacia un lado, buscando
la luz escasa de las velas. Todo su cuerpo se puso rígido de un segundo al
siguiente y juraría que las sombras que lo rodeaban se aferraron a sus
brazos y le clavaron las garras en la piel.
—¿Quién demonios te ha hecho esto? —La voz le salió suave y baja;
terrible y oscura.
Buscó a Xander con la mirada. De no haber sabido que eran muy buenos
amigos, hubiera apostado a que estaba valorando seriamente la idea de
asesinarlo y ya había elegido el modo en que lo haría, uno muy muy
doloroso. Pero ¿por qué?
—¿Xander? Estoy esperando —reclamó cuando no obtuvo ninguna
respuesta.
Su amigo eligió justo ese momento para recuperar el humor. Se limitó a
cruzarse de brazos y exhibir una enorme sonrisa de satisfacción. Me daba la
sensación de que me estaba perdiendo algo, pero no entendía qué. ¿Acaso
imaginaba Karan que el cardenal de mi barbilla me lo había hecho él? Y si
así fuera, ¿qué más le daba? ¿Por qué parecía importarle?
Decidí intervenir cuando me soltó e hizo ademán de ir hacia Xander. Lo
agarré del brazo para detenerlo.
—No ha sido él y, por los dioses, no es nada.
Karan no se deshizo de mi agarre y la tensión tampoco abandonó su
cuerpo. Xander y él continuaron contemplándose el uno al otro durante un
momento más antes de que Karan por fin se volviera hacia mí.
—No parece «nada».
—Vamos, hace solo un par de semanas me apuñalaron, esto no es para
tanto. Además, ¿a ti qué más te da?
La ira se arremolinó aún con mayor intensidad en sus ojos; toda la
conversación parecía fuera de lugar. No tenía sentido que se comportase
como si desease matar a alguien solo por un moretón que ya era casi
inapreciable, sobre todo porque yo le había cortado la garganta; en la que,
por cierto, ahora que la veía más de cerca, tan solo exhibía una suave y
finísima línea blanca.
—En primer lugar, yo decido lo que me importa y lo que no. Y en
segundo, te aseguro que el tipo que te atacó sufrió lo suficiente como para
arrepentirse del momento en el que decidió hundir la hoja en tu espalda —
espetó, y luego hizo una leve mueca, como si no hubiera querido revelar
nada de eso.
Aunque yo ya había supuesto que aquel hijo de Ares había acabado
muerto como los demás, lo que no entendía era por qué se lo había tomado
como algo personal ni su preocupación, que parecía ilógica y excesiva.
De golpe, giró sobre sí mismo, evitando mi mirada.
—Vamos, acabemos con esto.
Me eché a reír.
—Tu entusiasmo resulta conmovedor, pero no voy a casarme contigo si
realmente es a lo que hemos venido aquí.
—No es una boda, sino un compromiso formal de matrimonio, Korelana.
Mi nombre sonó a amenaza en sus labios, a advertencia. Le había cortado
el cuello y me había marchado sin mirar atrás, así que eso fue lo único
lógico de todo aquello.
—Estás empeñada en ir al palacio —prosiguió, aún dándome la espalda
—, esto te protegerá de la corte y de Stavros, en la medida en que algo
puede protegerte de ellos. Mientras el compromiso se mantenga, nadie más
podrá reclamarte.
Obvié el detalle de que, dicho de esa forma, sonaba como si mi opinión
en todo aquello no contase para nada y cualquiera pudiera apropiarse de mi
cuerpo y mi voluntad solo para satisfacer sus deseos. Decidí que era mejor
elegir mis batallas, y acto seguido me dije que esta era una a la que no
quería renunciar.
—¿Reclamarme? No soy un trozo de tierra que conquistar…
—Lo sé —dijo, con un suspiro—. Ya sabes a lo que me refiero.
—¿Qué sacas tú de todo esto? No puede ser por mí, apenas me conoces.
—Digamos que conviene a mis intereses —replicó, volviéndose, y clavó
sus ojos oscuros en mí.
Así que eso era. Ahora todo encajaba, por fin entendía la necesidad de
mantenerme a salvo a pesar de lo que le había hecho y su preocupación por
mis heridas. Me necesitaba entera.
—Tanto tiempo fuera de la corte podría haber socavado mi influencia. Tú
serás el motivo por el que me marché y aquel por el que regreso —añadió.
Tenía que estar tomándome el pelo.
—¿Una mujer? ¿Lo dices en serio? —me burlé, porque era bastante
inesperado y poco creíble—. ¿Esa es la explicación que vas a darle al rey
por tu partida?
—Una esposa —puntualizó él, a pesar de haber insistido en que el ritual
no era una boda—. Nunca subestimes lo que el amor puede empujarnos a
hacer, cazadora, ni las guerras que se pueden librar en su nombre.
Nada de lo que decía me convencía. Es decir, había leído algunas
historias, cánticos y baladas sobre hermosas mujeres que llevaban a los
hombres a la guerra, pero Karan no parecía de los que se guiarían por esa
clase de impulsos; dudaba que nadie en la corte se tragara nada de esto. Aun
así, me descubrí preguntando:
—¿Lo harías? ¿Irías a la guerra por una mujer?
Solo los dioses sabrían por qué razón, contuve el aliento, y al final me
convencí de que su respuesta solo sería otro detalle para añadir a la lista de
fortalezas y debilidades que había elaborado sobre los hadesianos.
Su respuesta tardó unos segundos eternos en llegar.
—Iría al mismísimo infierno si fuese necesario. Lo haría por la mujer
adecuada. Por la única mujer. Quemaría reinos por ella y no pediría permiso
ni perdón a los dioses por hacerlo.
Abrí la boca, pero la cerré enseguida. ¿Qué clase de réplica podía darle?
Había sonado sincero de una forma visceral y cruda. No tenía ni idea de
cómo era que alguien te amase así, inquebrantable e incondicionalmente.
Suponía que podría parecerse a mi amor por Dafne y, a la vez, sería algo
totalmente diferente. Me pregunté si alguna vez alguien se sentiría de esa
forma respecto a mí, y eso me llevó a pensar en Orien; no en el Orien que
ahora era Stavros, sino en aquel que había asegurado que yo era su destino.
¿Y si él fuese el único que podía quererme de esa forma? ¿Y si, tal y como
habían predicho las moiras, era aquel destinado a estar a mi lado?
¿Quemaría el rey de Hadesya el mundo por mí?
«Céntrate, Korelana». Nada de eso era relevante. Ni siquiera podía
casarme en realidad. Esperaba que el falso compromiso no acabara de
inclinar la balanza —que ya pesaba bastante con mis recurrentes ofensas a
los dioses— y Artemisa decidiera regresar de ese otro mundo al que se
había exiliado solo para fulminarme con una de sus certeras flechas.
—De todas formas, ¿por qué abandonaste la corte? —pregunté, porque
eso sí que era un detalle importante.
Me había limitado a elucubrar y nunca lo había preguntado directamente,
aunque él tampoco lo había negado cuando yo había hecho referencia a ello.
Un leve temblor en la comisura de su boca amenazó con desbaratar la
expresión seria que había mantenido hasta ese momento.
—Esa, cazadora, es una pregunta muy personal, y la explicación
demasiado larga para este momento, pero nadie me impedirá entrar en el
palacio si es lo que te inquieta.
Si esa fuera mi única preocupación, todo sería mucho más sencillo. Pero
no lo era; nada era sencillo en absoluto.
31
—Se puede romper, ¿verdad? Este compromiso…
No podía creerme que estuviese planteándome aceptar, pero mis opciones
eran muy limitadas. Si la corte de Stavros, la guardia real y el propio
monarca eran tan despiadados como se rumoreaba, ¿cómo podría yo aspirar
a colarme en el palacio, rescatar a Dafne y salir airosa de ello? Necesitaba
ayuda, y quién mejor que un hijo de Hades con cierto poder en la corte para
prestármela.
Karan se apoyó en el altar. Parte de la rigidez de su postura se desvaneció
junto con la ira que había dejado entrever su mirada a mi llegada. Seguía
preguntándome cómo era posible que estuviera de pie frente a mí y por qué
no había intentado resarcirse aún. Había dicho que yo le convenía a sus
«intereses», fueran los que fueran; aunque a lo mejor su oferta era una
trampa enrevesada que acabaría conmigo pagando el precio por casi
haberlo matado.
—¿Te asusta terminar casada conmigo?
Me eché a reír a pesar de la seriedad con la que hizo la pregunta.
—Me las arreglaría para enviudar con rapidez.
Las sombras a su alrededor palpitaron, como si respondieran a la
provocación en su nombre.
Amenazarlo tal vez no era muy conveniente después de lo sucedido entre
nosotros, pero acababa de aceptar comprometerme con un hijo de Hades al
que previamente le había cortado el cuello. Si esta era mi vida ahora, que
los dioses se apiadaran de mí.
—No tengo ninguna duda de que lo intentarías con mucho ahínco. —A
pesar de todo, parecía casi divertido.
—En cualquier caso… Stavros sospechará si apareces prometido con una
hija de Artemisa —dije, aunque solo fuera para oponer algo de resistencia.
—Nadie va a decirle lo que eres. Sospechará de todas formas, porque eso
es lo que hace. No confía en nadie y mucho menos en mí, pero no tendrá
manera de probar nada; no cuando te presente como mi futura esposa frente
a toda la corte. Ni siquiera el rey de Hadesya puede inmiscuirse cuando
existe un compromiso formal. Lo intentará, desde luego, pero no lo hará en
público.
Me adelanté un poco hacia donde estaba. Él no se movió; sinceramente,
resultaba un poco ofensivo que ni siquiera temiera el uso que podría darle a
mis cuchillos.
—¿Qué hay de Dafne y mis hermanas?
No quería demostrar lo mucho que en realidad lo necesitaba, lo cual era
estúpido porque había cruzado todo su reino solo para llegar hasta mi
amiga, así que resultaba evidente que haría cualquier cosa por mejorar las
posibilidades de éxito de aquel desastroso rescate. Sabía que eso me hacía
vulnerable, y casi podía escuchar a Adara reprochándome mi debilidad.
—Algunos de mis hombres dicen que Stavros las mantiene en su ala del
palacio, cerca de sus aposentos. Muy muy cerca —aclaró, y se me revolvió
el estómago al pensar en por qué haría algo así el rey—. A esa zona solo
tiene acceso su guardia real, hijos de Hades leales; ninguno es muy amable.
Pero estoy buscando una manera de llegar hasta ellas. Lo prometo.
—¿Por qué?
—Era eso lo que querías, ¿no? Lo único que has querido todo este
tiempo.
—Lo es, pero me refería a por qué haces todo esto.
—No quieres una respuesta sincera a esa pregunta, cazadora. Tampoco
importa ahora mismo. La cuestión es que te ayudaré a entrar en el palacio y
llegar hasta ellas, ¿no es suficiente con eso?
¿Lo era? No estaba segura, no cuando desconocía sus verdaderas
motivaciones —sus «intereses»— y era evidente que las tenía más allá de
recuperar su puesto y su influencia en la corte; algo que me daba la
sensación de que en realidad no le importaba lo más mínimo. Sin embargo,
desde que nos habíamos tropezado en la frontera yo había sido la que más
motivos le había dado para desconfiar. Aun así, estaba segura de que tenía
que haber algo que se me estaba escapando; seguía sin encontrar una razón
legítima para que él se arriesgara a regresar a aquella ciudad solo por mí si
tan poco deseaba estar allí.
—Ya vienen —intervino Xander, sacándome de golpe de mis
divagaciones.
Su voz sonó algo débil, y al mirarlo lo encontré recostado contra la pared
y muy pálido.
—¿Estás bien?
Asintió, pero, al acercarme a él y comprobar la herida, descubrí que había
vuelto a sangrar.
—¿Cómo te has hecho eso? —preguntó entonces Karan, y yo me encogí
un poco, lo cual seguramente resultó ser toda la información que necesitaba
—. Oh, venga ya, ¿lo has apuñalado también?
—A ti no te apuñalé —me defendí. Siendo estrictos, a él lo había
degollado—. Y una puñalada es lo menos que se merece un hombre que se
cuela en el dormitorio de una dama de madrugada y sin su consentimiento.
Xander puso los ojos en blanco y se dirigió a Karan.
—Estoy bien, solo necesito cerrar la herida.
—¿Puedes aguantar?
Asintió de nuevo y quise intervenir. No sabía cuánto duraría el ritual, pero
Xander parecía como si fuese a desmayarse de un momento a otro. Karan
aceptó su palabra sin más y el sonido de una puerta abriéndose en la
estancia desvió hacia ella la atención de los presentes. El primero en
atravesarla fue Egan, que acudió junto a su amigo en cuanto se percató del
mal aspecto que tenía. No creí que fuera a mostrarse más amable conmigo
cuando descubriera que yo era la responsable.
Tras él llegó quien supuse que oficiaría el ritual. No tuve dudas de que el
maestro era un hijo de Hades, aunque no podría describir ni una sola
característica de su aspecto: iba cubierto de pies a cabeza por una capa tan
oscura que juraría que se tragaba la escasa luz de la sala, llevaba el rostro
oculto bajo la capucha y las manos metidas en la manga contraria; ni
siquiera sus pies eran visibles al caminar. En cierta manera me recordó a
Caronte. Su estatura era menor, pero emanaba la misma aura siniestra que te
hacía desear darte la vuelta y huir lo más lejos posible.
—Maestro.
No hubo inclinación de respeto ni ningún otro añadido al saludo que le
brindó Karan, y su tono tuvo un matiz cortante que me hizo pensar que no
se hallaban en buenos términos. Tampoco el maestro le devolvió la cortesía,
pero supuse que Karan confiaba en el hombre lo suficiente como para
pedirle que oficiara aquella farsa. Espera… ¿sabría siquiera que no era un
compromiso de verdad?
Tuve un breve momento de pánico cuando mi mente asumió que, aunque
aquello solo fuera una triquiñuela, el compromiso sería real a todos los
efectos. Estaría comprometida con Karan, un hadesiano. Un hijo de Hades.
Y muy posiblemente el general de Stavros.
«¡Por las tetas sagradas de Artemisa!».
Estuve a punto de echarme a reír. O de correr. Si reprimí ese y otros
impulsos fue solo porque el maestro se situó tras el altar, dispuesto a dar
comienzo a la ceremonia. Karan levantó el trasero de la losa de piedra con
desgana —otra poco sutil señal del escaso respeto que parecía sentir por el
hombre— y se giró para quedar frente a él. Cuando se dio cuenta de que yo
no hacía nada por acercarme, me echó un vistazo por encima del hombro.
—¿Vienes o quieres apuñalar también a Egan antes?
Al aludido se le abrieron los ojos como platos. Cuando comprendió lo
que daba entender la pregunta, me fulminó primero con la mirada y luego
se volvió hacia Xander. Los escuché murmurar por lo bajo, pero decidí
ignorar lo que fuera que estuviesen cuchicheando y me concentré en Karan.
—Que te jodan —articulé en silencio, asegurándome de que el maestro
no se percataba de nada.
Karan extendió la mano hacia mí y esbozó una sonrisita que prometía de
todo menos un compromiso aburrido.
—Vamos, cazadora. Es la hora.
El ritual en sí fue un poco… decepcionante. El maestro apenas habló,
salvo para preguntarnos si consentíamos en aceptar nuestra futura unión. Su
voz no fue más que un susurro áspero que me puso todo el vello de punta;
algo cruel y oscuro que removió una parte de mi alma y me hizo mantener
una mano en la empuñadura de la espada. Karan permaneció inmóvil todo
el tiempo. Solo cuando un puñal de acero oscuro emergió de entre los
pliegues de la capa del maestro, ladeó ligeramente la cabeza para observar
mi reacción. No le di el gusto y fingí que no me perturbaba en absoluto el
hecho de que el arma se deslizase por el aire sin mano alguna que la
sostuviese.
—Extiende el brazo —exigió Karan, adelantándose a la petición del
maestro.
Xander ya me había avisado de que tendría que sangrar, pero de repente
nada de aquello parecía buena idea. ¿Dónde demonios me estaba metiendo?
Mis dedos se cerraron en un puño tan apretado que me clavé las uñas en la
palma.
—¿Se puede deshacer? —pregunté de nuevo, pero esta vez no me dirigí a
Karan.
La oscuridad bajo la capucha del maestro era tan espesa que resultaba
imposible apreciar nada de su rostro. Tampoco hubo una respuesta verbal,
sino que su cabeza osciló hacia Karan, como si le estuviese reclamando a su
vez una explicación.
Yo también me volví hacia él.
—No respondiste antes. Si esto es alguna clase de…
—Puede romperse. De mutuo acuerdo.
—¿Me estás diciendo que tenemos que acceder los dos para anular el
compromiso?
¿Y si luego Karan se negaba? ¿Estaría atada a él de por vida?
—Evitará que Stavros pueda manipularte y convencerte para que lo
rompas. No queremos que eso pase y termines casada con él, ¿verdad?
—Tampoco quiero terminar casada contigo.
Alguien —probablemente Xander— soltó una risita. A pesar de lo mucho
que divertía a su amigo mi insistente rechazo hacia él, resultaba obvio que
Karan no sentía lo mismo al respecto. Hubo un chispazo de algo que alteró
su expresión durante apenas una décima de segundo y que no me dio
tiempo a identificar; la máscara de frialdad cayó tan rápido de nuevo sobre
su rostro que bien podría haberlo imaginado todo.
—Ha quedado muy claro. —Fue todo lo que dijo.
—¿Romperás el compromiso cuando yo así lo desee?
—Lo haré —confirmó con una contundencia que no podría haber sonado
más honesta.
Era una estupidez creerle, sabía que lo era, pero no había mucho más que
pudiera hacer salvo arriesgarme a asaltar el palacio por mi cuenta y rezar a
los dioses para que saliese bien. Y, dado que esos mismos dioses habían
decretado que yo estaba destinada a casarme con Stavros, dudaba mucho
que me ayudasen.
Sentí la tentación de reabrir el canal entre Orien y yo, ese que había
blindado de manera obsesiva después de nuestra última conversación, solo
para… ¿para qué? ¿Confirmar que Stavros y él eran la misma persona?
¿Preguntarle qué planes tenía para mí? ¿Decirle «Ey, ¡que te jodan! ¡Voy a
comprometerme con otro!»? En lo que a mí se refería, los malditos dioses
podían meterse todos sus planes y maquinaciones por donde mejor les
viniera en gana; si Zeus quería una novia para el heredero de Hades, que se
casara él mismo con Stavros.
—Está bien —cedí finalmente.
Casi no me dio tiempo a extender del todo la mano. El puñal se movió tan
rápido que, cuando quise darme cuenta, ya me había abierto un corte en el
dedo. Una única gota resbaló hasta caer sobre la piedra negra del altar. Un
instante después, otra procedente de Karan se unió a la mía y se escuchó un
leve siseo. El puñal desapareció de inmediato de vuelta al lugar donde el
maestro lo ocultaba bajo la capa. Cuando fui a retirar la mano, los dedos de
Karan se cerraron sobre mi muñeca y empezó a inclinarse sobre mí.
—¿No irás a besarme? —solté de golpe, casi sin aliento, lo cual no me
quería parar a analizar desde demasiado cerca.
Las cejas de Karan treparon por su frente y la sonrisa canalla que tan
ausente había estado desde que nos habíamos vuelto a reunir afloró a su
rostro.
—Es la mejor forma de sellar el compromiso, y prometo que no te dolerá.
Estuve a punto de darle un puñetazo, y eso sí le dolería, me aseguraría de
ello.
Resultaba estúpido preocuparse por algo tan banal como un beso en
aquellas circunstancias, pero la verdad era que pensar en sus labios cerca de
los míos me ponía más nerviosa que la primera y única vez que había
estado con un hombre. No supe si Karan se dio cuenta de la inquietud que
aquello me provocaba o creyó que le cortaría el cuello por segunda vez si se
excedía, porque se quedó esperando, totalmente inmóvil. Hasta que al final
farfullé un escueto «Vale» que ojalá hubiera sonado más reacio. Solo
entonces se movió. La mano que sostenía la mía se deslizó por mi brazo y
alcanzó el lateral de mi cuello; la otra buscó mi cintura. Recortó la distancia
entre nuestras bocas poco a poco, mirándome en todo momento a los ojos.
A pesar de haberle dado mi consentimiento, su expresión lucía demasiado
culpable como para que estuviera disfrutando de la situación. Ya no había
nada burlón en su actitud, en su rostro o en sus ojos plateados.
¿Preocupación? Tal vez, no lo sabía; no estaba segura de nada porque no
había manera de que pudiera entender a Karan.
Fuera lo que fuese en lo que pensase, no empleó la situación contra mí.
Extendió los dedos sobre mi nuca y con el pulgar trazó lentos círculos que
me erizaron la piel. Había una delicadeza inesperada en su toque, la misma
de la que hizo gala cuando sus labios por fin encontraron los míos. El roce
fue tan sutil como seda bajo la yema de los dedos, y la presión de su boca,
casi inexistente. Nada de todo aquello duró más de un segundo que resultó
demasiado breve y a la vez eterno. Cada músculo de mi cuerpo vibró con el
contacto y luché para no ceder al gemido que se estaba formando en mi
garganta. Los demás habrían podido creer que fue el beso más casto que
alguien hubiera recibido nunca; es más, quizás ni siquiera se pudiera uno
referir a él como un beso de verdad, pero yo no pensaba lo mismo. No
cuando mi corazón empezó a aporrearme las costillas y un inoportuno y
vergonzoso aleteo se apoderó de mi estómago, y menos aún cuando
comprendí que no lo hubiera detenido si él hubiera intentado profundizar
más.
Karan dio un paso atrás y se llevó mi escaso aliento con él. Me hubiese
quedado allí plantada, aturdida y deshecha, observando la extraña expresión
de su rostro y la arruga que se había apoderado de su frente, si no fuera
porque el maestro dijo:
—Está hecho.
Retrocedí de golpe. Por desgracia, el fantasma de aquel beso fugaz
persistió sobre mis labios, al igual que el calor residual de su mano se aferró
a mi nuca. Hubiera jurado que lo sentía aún contra la piel; que a pesar de
que ahora nos separaba una distancia más que prudencial, y que él ni
siquiera me estaba mirando, su cuerpo todavía se cernía sobre mí.
La abrupta marcha del maestro resultó ser la distracción perfecta. El
hombre no se demoró con felicitaciones —tampoco era que yo las esperase
—, giró hacia la puerta por la que había venido y flotó hacia ella sin
dedicarnos una última mirada. Yo me lancé a contemplar el lugar donde
habían caído las dos gotas de sangre con una intensidad tal que a punto
estuve de perderme el gesto que Karan le hacía a Egan. Este se apresuró a ir
tras el hijo de Hades.
—¿Qué va a…?
Karan se llevó el dedo a los labios para indicarme que no hablase y
esperó hasta que el sonido de los pasos que resonaban más allá de la sala
desapareciera. Sin embargo, cuando bajó la mano, no me dio ninguna
explicación.
—¿Qué va a hacer Egan? —insistí en saber.
Karan me dedicó una mirada sombría.
—Tiene un asunto pendiente con él.
—¿Qué clase de asunto?
—Uno que no acabará bien para ese hombre. —Tomé una inhalación
brusca al comprender lo que estaba diciendo, y Karan dudó un momento
antes de añadir—: No sientas compasión por él, te aseguro que no se la
merece.
32
La sola idea del compromiso resultaba irreal por completo. Había pasado de
ser una hija de Artemisa, y por tanto no poder aspirar jamás a formar mi
propia familia, a convertirme en la futura reina de Hadesya y esposa de
Stavros primero, y en la prometida falsa de un hadesiano idiota después.
Quería pensar que había salido ganando con esto último, aunque solo fuera
porque me acercaba un paso más al posible rescate de Dafne y porque podía
deshacerme de Karan con mayor facilidad que del rey.
Ahora que el ritual se había completado, me sentía unida a él de una
forma extraña. Es decir, lo estaba. Aunque fuera falsa, era su prometida, así
que definitivamente estábamos conectados. Pero la sensación de que
acababa de cometer un error fatal fue asentándose en mi pecho conforme
los minutos avanzaban. Tanto Karan como Xander permanecieron en
silencio y la atmósfera se tornó tan agobiante que de nuevo me encontré
aferrando la empuñadura de la espada como si me dispusiera a enfrentarme
a cualquiera de los dos con ella.
—¿Qué hacemos ahora?
—Puedes empezar por no atacar a nadie más —dijo Xander, al que debía
de resultarle evidente mi malestar.
—Para alguien que está a punto de desmayarse, tienes un humor
encantador.
Xander sonrió y se dirigió a Karan con esa misma alegría.
—Te auguro un matrimonio muy muy entretenido.
—¡No vamos a casarnos! —exclamé, sin darle margen a Karan para
replicar.
Tampoco pareció que fuera a hacerlo. Había retomado su posición, con el
trasero sobre el borde del altar y los brazos cruzados, y nos observaba con
semblante imperturbable; lo que fuera que estaba pensando, no se sentía
inclinado a compartirlo con nosotros. Así que no me quedó más remedio
que preguntar:
—¿Y bien? ¿Iremos ya al palacio?
—No, aún no. —Sus ojos descendieron por mi figura con una lentitud
nada casual—. Necesitas otro tipo de atuendo. A pesar de lo bien que te
queda la armadura, no puedo permitir que mi futura esposa se presente ante
la corte con ese aspecto.
Tenía razón, mi apariencia era lamentable. No tanto por llevar las ropas
de una guerrera, sino por lo maltrechas que estaban después del viaje a
través de las llanuras de Hadesya. Eso sin contar con que la camisa
pertenecía en realidad a Karan, lo cual no pensaba pararme a señalar si él no
se había dado cuenta aún.
—No estoy segura de si acabas de halagarme o de insultarme.
—Sospecho que lo tomarás como lo segundo —replicó, elevando la vista
hacia mi rostro. Su mirada revoloteó un instante sobre mis labios y la
sensación del suave roce de su boca contra la mía recobró una fuerza que
apenas si había llegado a perder—. Vas a tener que jugar tu papel muy bien
frente a la corte, cazadora, si es que quieres de verdad tener la oportunidad
de rescatar a tu amiga. Así que empieza a practicar cómo mirarme con un
poco menos de odio y mucho más… cariño.
La risotada que soltó Xander no fue nada comparada con la carcajada que
se me escapó a mí. Hasta que me di cuenta de que Karan no se estaba
riendo.
—¿Hablas en serio?
—Bueno, ¿qué esperabas? Eres mi prometida, deberías aparentar estar
profundamente enamorada de mí. —Fui a intervenir, pero él se apresuró a
continuar antes de que yo pudiera empezar a enumerar las razones por las
que eso iba a resultar especialmente complicado—. Vamos a guardarnos el
hecho de que me cortaste el cuello, aunque, bien pensado, eso podría ser
toda una declaración de amor eterno para las retorcidas mentes del palacio.
Se me descolgó la mandíbula cuando me di cuenta de que tampoco
entonces bromeaba. ¿De verdad eran tan depravados en este reino para
considerar un ataque mortal como un símbolo de cortejo?
—Es agradable dejarte sin palabras por una vez, cazadora.
Fruncí el ceño. No sabía qué decir. Ni siquiera conocía los detalles de
cómo se cortejaban las parejas en Olympya, pero seguro que no era de una
forma tan sangrienta. Si cortarle el cuello a alguien se consideraba un acto
de amor, no quería ni imaginar lo que harían cuando se odiasen.
Karan tenía que estar bromeando.
—En el palacio todo es un juego, Korelana —intervino Xander, aunque
su cabeza reposaba en el muro y sus ojos estaban fijos en el techo—. Todo
son mentiras, crueldad y ansias de poder. Así que tal vez Karan tenga razón
y deberíamos extender el rumor de cómo deslizaste un cuchillo por su
garganta antes de que te prometieras con él.
—No sé si eso los hará mantenerse apartados de ella por mucho tiempo
—dijo Karan.
—La temerán, al menos al principio; sabes bien que lo harán.
Intercambiaron otra de esas enigmáticas miradas. Estaba empezando a
cansarme de ellas, estaba claro que había mucho que no me contaban.
—Mientras no me apuñales en mitad de la noche como represalia —
tercié, aunque no había pensado en decir aquello en voz alta.
Sinceramente, cortejo y compromiso aparte, se estaba tomando
demasiado bien lo de que hubiese intentado matarlo.
Karan se impulsó hasta erguirse del todo y se acercó a mí con el andar de
un depredador. Me daba rabia reconocer que su aspecto era imponente; los
hombros anchos y los brazos bien formados, el modo impecable en el que la
chaqueta negra le abrazaba el torso y los pantalones se ceñían a sus
poderosos muslos. Y más allá de eso, los ojos plateados y brillantes, la
curva leve pero socarrona que se insinuaba en sus labios y los filos agudos
de su mentón.
Cuando se cernió sobre mí, no permití que nada de eso me intimidase.
«Le cortaste el cuello y puedes volver a hacerlo», me dije, mientras él se
inclinaba para llevar la boca hasta mi oído.
—Apuñalarte no es algo que consideraría si te tuviera en mi cama en
mitad de la noche —susurró en un tono bajo y ronco.
Su aliento acarició mi mejilla, y mi cuerpo, el muy traidor, reaccionó con
violencia a su descaro. La piel de la nuca se me erizó y tuve que apretar los
muslos al recordar nuestro breve encuentro en su dormitorio días atrás. Sin
embargo, sus palabras bien podrían tratarse de una amenaza; había castigos
peores y con una muerte mucho menos inmediata que un tajo en el cuello o
una puñalada en el lugar adecuado, y algo me decía que Karan los conocía
todos.
Cuando Egan regresó a la capilla, sus dos amigos no le hicieron ninguna
pregunta, y yo tuve que morderme la lengua para no interrogarlo; de todas
formas, tampoco creí que él fuera a entretenerse saciando mi curiosidad.
Abandonamos el templo enseguida; los tres hombres se relajaron de forma
visible en cuanto atravesamos por fin la misma entrada oculta de la casa por
la que Xander me había llevado hasta allí. El lugar en el que habían crecido
y sido entrenados como hijos de Hades no representaba lo que el Templo de
Artemisa para mí; claro que, mejor o peor, yo no había conocido otra cosa.
A pesar de que volví a insistir en dirigirnos al palacio directamente, Karan
mantuvo su empeño en proporcionarme un vestuario adecuado. A mí me
parecía una frivolidad, pero según él cada detalle contaba cuando se trataba
de la corte hadesiana y de Stavros. Las calles por las que me guiaron hacia
la parte alta de la ciudad estaban tranquilas y silenciosas; aun así, Karan me
sugirió que empleara la capucha de mi capa para ocultarme el rostro y ellos
hicieron lo mismo. Estuve a punto de decirle que cuatro encapuchados
armados y recorriendo de madrugada las calles no resultaban demasiado
discretos, pero a saber por qué motivo me guardé mi sarcasmo para mí. Fue
una suerte también que Lex continuara en su tamaño de bolsillo y dormido
en el interior de mi bolsa; Xander no le había dicho a Karan que lo llevaba
conmigo, así que yo decidí no mencionarlo tampoco por ahora.
Fuimos a parar a una de las mansiones de la zona más próspera de
Elysium. Desde el exterior, todo en ella hablaba de riqueza y ostentación.
Algunos de aquellos árboles de ramas retorcidas y hojas oscuras formaban
un corto pasillo que llevaba a la entrada. En la fachada frontal, al menos
una docena de columnas de mármol blanco relucían, brillantes en contraste
con ellos. No accedimos al edificio por allí, sino que lo rodeamos y nos
dirigimos a la entrada de servicio, más humilde y discreta. En Hadesya, a
diferencia de Olympya, los trabajos más ingratos eran realizados por
esclavos que se compraban y vendían en sus mercados como ganado; otras
de las razones por las que odiar aquel reino y a su monarca.
Karan hizo resonar la madera con dos golpes de su puño. Debían de estar
esperándonos, porque la puerta se abrió casi de inmediato. La muchacha
que nos recibió era prácticamente una niña. Lucía una túnica de tela
tornasolada y demasiado bonita para tratarse de una esclava; no me
imaginaba a ningún hadesiano desperdiciando los escasos recursos de aquel
reino en vestir a personas a las que ni siquiera pagaban por su trabajo. La
chica mantuvo la vista en el suelo todo el tiempo mientras nos hacía pasar
al interior y tampoco dijo una palabra una vez que cerró la puerta tras de sí.
La decoración de los pasillos pasó de casi inexistente a recargada y
opulenta según nos adentramos en la casa, lo cual no resultó especialmente
llamativo; en el Templo de Artemisa, estaba acostumbrada al contraste entre
la sencillez de los dormitorios de las novicias y las zonas destinadas al culto
a la diosa. Lo que sí me sorprendió fue que, aunque fuera evidente que
estábamos en la residencia de alguien perteneciente a la nobleza de
Hadesya, la escasez de dicho reino no parecía haber llegado hasta allí.
Había incluso un par de jarrones con flores que no podía imaginar de dónde
habrían sacado teniendo en cuenta lo estéril que era la tierra.
—Informa a Alina de que la veremos a primera hora de la mañana —dijo
Karan, dirigiéndose a la muchacha, cuando esta se detuvo al final de un
pasillo y señaló varias puertas.
Seguía con los ojos clavados en el mármol veteado del suelo, y tampoco
entonces levantó la vista. Solo se inclinó en una reverencia formal y luego
salió corriendo por donde había venido. Tal vez allí tampoco estuvieran
demasiado acostumbrados a tratar con hijos de Hades después de todo.
Karan abrió una de las puertas y me hizo un gesto para que me
adelantase. Lo primero que me llamó la atención al entrar fue la inmensa
arcada que se extendía por la pared del fondo. Avancé hacia ella casi sin
darme cuenta, atraída por el contorno visible del palacio que se atisbaba a
través del espacio abierto. Las vistas eran realmente impresionantes. Si la
antigua morada del dios de los muertos me había parecido excepcional
desde la distancia, de cerca resultaba majestuosa y deslumbrante. Los
distintos espacios que ascendían por la colina estaban perfectamente
diseñados para conformar un todo espectacular; incluso con la presencia de
las sombras tétricas que enviaban aquellos árboles tan característicos y que
distinguí en muchos de los jardines, la piedra negra de sus muros devolvía
con una intensidad devastadora el brillo de la media luna que flotaba en el
cielo despejado de esa noche.
Me aferré a la barandilla mientras trataba de imaginar al dios Hades
recorriendo sus habitaciones o caminando por los senderos exteriores, tan
imponente, hermoso y perverso como el lugar en el que vivía.
Giré sobre mí misma, esperando encontrar a los tres hadesianos a mi
espalda. Mi intención era indagar de nuevo en su convencimiento de que
todas las hijas de Artemisa capturadas estaban allí y, por tanto, también
tendría que estarlo Dafne. Me negaba a creer que pudiera ser de otra forma,
porque… ¿qué haría entonces?
Las palabras murieron antes de alcanzar mis labios al encontrarme a
Karan justo detrás de mí. No había rastro de los demás y la puerta estaba
cerrada, pero no fue eso lo que inmovilizó mi lengua, sino la expresión en
el rostro de Karan. Su atención estaba más allá de mí, posiblemente en el
paisaje que yo había admirado unos segundos antes. Sus ojos lucían
desenfocados y mantenía los labios apretados. Se había mostrado más serio
que de costumbre desde que nos habíamos reunido de nuevo —algo lógico
después de lo sucedido en nuestro último encuentro—, pero ahora parecía…
trastornado.
Eché un vistazo por encima de mi hombro y seguí el rumbo de su mirada
a pesar de saber que tenía que estar contemplando el palacio. Cuando volví
a mirarlo, no había movido ni un solo músculo.
—No querías venir aquí —dije, recordando lo que Xander me había
confesado sobre él.
—No, no quería.
—¿Temes lo que te harán?
Supuse que era eso lo que le preocupaba. Después de todo, había
desertado, ¿no? Tal vez no pudiera ofrecerme la protección de la que
alardeaba, aunque era un poco tarde para plantearse eso. Pero ¿lo
castigarían a él? ¿O de verdad el pretexto de haber partido en mi busca le
valdría para obtener alguna clase de inmunidad? Por mucho que Karan
enarbolara la bandera del amor, dudaba mucho que Stavros o su corte se
sintieran inclinados a darle tanta importancia a ese tipo de sentimiento.
Esperé pacientemente y por un momento creí que no llegaría a contestar;
lo que no me esperaba en absoluto fue la réplica que me ofreció:
—Temo más lo que yo les pueda hacer a ellos.
33
—Estoy seguro de que quieres darte un baño.
No respondí, aunque tenía razón. Un baño sonaba como el maldito
paraíso ahora mismo, pero mi mente seguía atascada en lo que había dicho
unos minutos antes. Su afirmación no dejaba lugar a muchas
interpretaciones; si la corte hadesiana era en verdad tan cruel, decía mucho
que Karan temiera sus propias acciones por encima de un posible castigo.
Sabía que su poder debía ser aún más terrible que el de Xander, que ya era
profundamente perturbador, lo cual me hacía pensar que quizás hubiera
subestimado mucho de lo que era capaz. Me pregunté si el hecho de que no
lo hubiese empleado durante la pelea junto al Estigia había sido algo
intencionado; tal vez no deseaba mostrarse de esa forma ante mí, y de todas
formas había quedado claro que era extremadamente hábil con tan solo una
espada.
Mi mente volvió al presente cuando Karan se desabrochó la capa y la
colocó sobre la butaca junto a él. No había podido contemplar con detalle
su atuendo de esa noche y distaba mucho de los que había empleado hasta
entonces, tanto que me quedé observándolo sin ningún disimulo. Llevaba
una chaqueta corta de un profundo color azul medianoche y ribeteada de
plata, cuyos botones ascendían desde el estómago hasta su clavícula
derecha en una línea inclinada. La tela se aferraba a su pecho y sus hombros
del mismo modo en que lo hacían los pantalones a sus caderas, sus
poderosos muslos y… lo que había en medio, algo en lo que probablemente
no debería estar fijándome por nada del mundo.
La única arma a la vista era la espada que colgaba en la funda del
cinturón sujeto a sus caderas. Mis ojos se regocijaron con la imponente
imagen mientras vagaban perezosos sobre cada curva y cada línea bien
marcada de su cuerpo. Hasta que me obligué a devolverlos a su rostro. Lo
encontré inmóvil; una de sus cejas levemente enarcada, a juego con la
media sonrisa que bailaba en sus labios.
—Si te complace, puedo permanecer así un ratito más para que puedas
echar un segundo vistazo.
Abrí la boca para soltar alguna réplica mordaz con la que bajarle los
humos, pero sus manos se movieron y procedió a desabrocharse la
chaqueta. Cuando quise darme cuenta, sus diestros dedos ya habían hecho
la mitad del trabajo y bajo las solapas asomaba una fina camisa, también
azul oscuro y de aspecto sedoso. Quizá, si no hubiese estado tan
embelesada con su apariencia, hubiera hecho antes la pregunta que escupí
acto seguido.
—¿Qué demonios se supone que estás haciendo?
—Yo también necesito un baño.
—Pues vete a tu habitación.
La chaqueta, ahora abierta del todo, resbaló de sus hombros y Karan la
lanzó sobre la capa. Lo siguiente fue el cinturón junto con su espada, y un
tirón al bajo de su camisa que terminó con esta por fuera del pantalón.
Solo los dioses sabrían por qué razón, pero le eché un vistazo fugaz a la
cama en la que apenas había reparado hasta ese momento; en ella cabían al
menos tres personas, cuatro si se apretaban un poco. No quería plantearme
por qué en ese reino requerían tanto espacio en ese sentido…
—Esta es mi habitación. —Mi cabeza giró de golpe hacia él, y estaba a
punto de decirle que me indicara cuál era la mía cuando prosiguió hablando
—: Eres mi prometida. Como tal, se espera de nosotros que compartamos
dormitorio. Alina puede ser una buena amiga, y su personal de servicio es
muy discreto, pero no vamos a hacer nada que levante sospechas.
—Esclavos.
De todo lo que habría podido corregir de su comentario, y había mucho
que corregir, no supe por qué había elegido ese detalle. Quizás porque ni de
broma pensaba acostarme en esa cama con él; eso no era negociable. Solo
pensarlo…
—¿Perdón?
—No son sirvientes, sino esclavos. Es lo que tenéis en Hadesya, gente a
la que forzáis a serviros.
Frunció el ceño, y la sonrisa ladeada que tan alegremente había exhibido
momentos antes desapareció por completo de su rostro. Elevé un poco más
la barbilla, desafiándolo a que lo negara. No lo hizo.
—Me alegra que no discutas sobre el resto.
Sus dedos se enredaron en el dobladillo de la camisa y tiró hacia arriba
para sacársela por la cabeza. La tela ascendió para revelar un montón de
piel dorada y un estómago repleto de músculos. No era la primera vez que
veía su torso desnudo y me dije que, por muy apetecible que resultara el
hadesiano imbécil que tenía frente a mí, no le permitiría que me distrajera.
Estaba segura de que era lo que pretendía con aquel numerito. Sin embargo,
en cuanto se descubrió por completo, todas mis protestas acerca de nuestra
supuesta obligación de compartir dormitorio y lecho cayeron en el olvido.
En mi defensa diré que no fue porque luciera como un dios hermoso y
oscuro —que lo hacía, para mi desgracia—, ni tampoco porque me
sorprendiera una vez más la cantidad de cicatrices que acumulaba sobre la
piel. Por una vez mi cuerpo y mis hormonas no reaccionaron a su estúpida
belleza, sino al hecho de que Karan lucía un tatuaje que apenas unos días
antes no había estado ahí; un remolino de tinta negra se extendía alrededor
del lado izquierdo de su pecho, justo a la altura del corazón, y de él
brotaban tres trazos serpenteantes en dirección a su garganta, el estómago y
el costado izquierdo.
Durante un buen rato todo lo que pude hacer fue mirarlo, hipnotizada.
Perseguí con la mirada los suaves lazos que formaban sobre su piel. La tinta
era tan oscura que relucía, y el movimiento de su pecho con cada
respiración le arrancaba destellos de azul y plata. Quienquiera que fuese el
artista que lo había puesto allí debía tener unas manos prodigiosas.
—¿Qué es eso?
Karan bajó la mirada y contempló su propio pecho unos segundos.
Luego, levantó la vista muy lentamente hacia mí. Había una leve confusión
en su rostro y no me gustó lo titubeante que sonó al contestar:
—¿Xander no te lo dijo?
—¿Decirme qué?
Pasaron otro puñado de segundos interminables en los que se limitó a
deslizar la mano sobre su pecho.
—No creo que vaya a gustarte la respuesta.
Sus ojos se desplazaron desde mi cara hasta mi propio pecho. Fue solo un
segundo, pero el movimiento no me pasó en absoluto desapercibido y
plantó en mi mente la semilla de un pensamiento de lo más alarmante…
Alarmante y estrafalario.
—¿Qué fue lo que no me dijo Xander? —insistí, y la voz me salió con un
matiz agudo de pánico.
No me gustaba nada hacia dónde iba aquello. Nada de nada.
—El compromiso formal… —Hizo otra pausa y mi pánico aumentó—.
Lo selló un hijo de Hades y es un pacto inquebrantable, así que siempre…
Comencé a negar con la cabeza. Al menos Karan no estaba sonriendo y
había dejado de lado su actitud arrogante. De ser así, le hubiera lanzado el
cuchillo cuyo mango se me clavaba ahora en la palma de la mano.
—No, no vas a decir eso. Ni se te ocurra.
Mis ojos volvieron al tatuaje. Era enorme, joder, y rodeaba su corazón.
¡Su puto corazón! El compromiso era una farsa, ¡no nos habíamos
declarado amor eterno!
—Xander debería haberte informado de que tú también ibas a…
—No acabes esa frase —lo callé una vez más, furiosa.
Al infierno con todo. Di media vuelta y me escabullí a toda prisa en el
baño. La estancia desprendía el mismo lujo que el dormitorio, pero no me
detuve a contemplarlo. Aparté la capa hacia atrás y me abrí el corpiño a
tirones. Farfullando maldiciones que ni siquiera creía conocer, finalmente
empleé el cuchillo para cortar los cordones. La prenda cayó a mis pies.
Aferré el cuello del blusón y tiré hacia abajo. No tenía margen para verme
todo el pecho, pero fue más que suficiente.
Ay, madre. Había un trazo oscuro asomando bajo el hueco de mi garganta.
—Esto no está pasando.
Ni siquiera había recibido aún mi marca de Artemisa, y desde luego que
no sería algo tan monstruoso como aquello, solo un tatuaje pequeño con el
arco que simbolizaba a la diosa y una flecha cargada en él; pero seguía
siendo una novicia y aún faltaban algunos meses para que se me aplicara.
Forcé un poco más la tela hacia abajo. El tatuaje parecía seguir un patrón
similar al de Karan, pero no era idéntico. Levanté el bajo de la blusa y allí,
en dirección a mi costado, había una de esas elongaciones, solo que la mía
era más parecida a la rama de un árbol o un arbusto. No portaba hojas, pero
sí espinas, y se retorcía sobre mis costillas de tal forma que por un momento
creí que se movía.
Empujé más la tela hacia arriba, esta vez mucho más despacio, hasta que
descubrí mi pecho izquierdo. Rodeando el pezón, el remolino de tinta,
además de la maraña de ramas y espinas, contaba con varios capullos
diminutos. Al final, harta de verlo por trozos, me deshice de la camisa por
completo. Ni siquiera me paré a pensar en que Karan estaba en la
habitación de al lado y yo no había cerrado la puerta. Desnuda de cintura
para arriba, perseguí el dibujo con la punta de los dedos. Una de las
ramificaciones ascendía por encima de mi esternón, la otra se curvaba por
mi costado y una tercera formaba bucles de camino a mi ombligo. De no
haber estado en pleno ataque de pánico, podría haber admitido que el
tatuaje se adaptaba con verdadera maestría a las líneas y curvas de mi torso.
No solo eso; las espinas simulaban clavárseme levemente en la piel y los
pequeños capullos estaban dibujados de tal forma que daba la sensación de
que en cualquier momento florecerían. En realidad, era incluso bonito. Pero
lo que significaba…
Apenas atiné a recoger la camisa del suelo y taparme con ella antes de
regresar a la habitación contigua dando pisotones y soltando una nueva
retahíla de maldiciones entre dientes. Karan estaba en el mismo sitio en el
que lo había dejado y todavía con el pecho expuesto. Sus ojos volaron hacia
mí, aunque mantuvo cualquier emoción lejos de su rostro.
—¿Qué es esto? —pregunté, a pesar de que ya lo sabía.
Había aludido al compromiso, así que resultaba evidente que era una
expresión física de este. Y Xander, definitivamente, no había mencionado
una palabra al respecto.
—Es la prueba de nuestro reciente compromiso.
—¿No fastidies? ¿En serio? Nunca lo habría imaginado.
Karan apretó los labios de forma que supe que estaba reprimiendo la risa.
Moví la mano para apuntarlo con el dedo y a punto estuve de dejar caer la
tela que me cubría el pecho, así que tuve que contentarme con fulminarlo
con la mirada; mi arrepentimiento por lo que le había hecho estaba
disminuyendo a pasos agigantados.
—Te juro por todos los dioses que, si se te ocurre reírte, te corto el cuello.
Otra vez.
—Anotado —replicó, pero su boca seguía temblando debido al esfuerzo.
—¿Cuándo ocurrió?
Ni siquiera me había dado cuenta; no recordaba haber notado nada raro
durante el ritual.
—Cuando nuestra sangre se mezcló. La forma y disposición del tatuaje
varía según la persona.
—¿Por eso no son idénticos?
Karan se cruzó de brazos y eso hizo que la tinta ondulara junto con sus
músculos. Oh, dioses, ¿de verdad tenía que lucir aún más atractivo con el
maldito tatuaje? Aparté el pensamiento cuando sus ojos destellaron,
cargados de diversión.
—No lo sé. Si me enseñas el tuyo, tal vez pueda apreciar las diferencias.
—Que te jodan, imbécil.
El insulto no hizo retroceder su estúpida sonrisita.
—Eso, cazadora, es algo que también se puede arreglar.
34
Karan tuvo la gentileza y la inteligencia de dejarme a solas para que pudiera
bañarme. Se marchó descamisado, y juraría que escuché una carcajada en
cuanto la puerta se cerró tras él.
«Imbécil».
No estaba segura de por qué el descubrimiento del tatuaje me había
alterado tanto. Teniendo en cuenta lo sucedido, no debería haber supuesto
gran cosa; después de todo, yo era una hija de Artemisa y ahora estaba
comprometida con un hijo de Hades, y eso sí que era alarmante. Pero
supongo que portar sobre la piel una evidencia física y palpable lo convertía
todo en algo mucho más real. Mi única esperanza era que desapareciera
cuando, tras rescatar a Dafne, disolviésemos el compromiso. Nada de
aquello importaría si conseguía encontrarla y sacarla de Hadesya sana y
salva. Me repetí que eso era lo que me había llevado hasta allí y lo único
que debía preocuparme de verdad. En mi opinión, el fin justificaba de sobra
los medios en aquel caso, algo con lo que Adara seguro que no estaría de
acuerdo.
Me hundí en la bañera hasta que el agua caliente me rozó los labios. No
me había planteado qué consecuencias traería mi huida del templo desde
hacía días, ni había pensado en Adara. Tampoco quería hacerlo ahora. Me
convencí de que encontraría una explicación para ella cuando todo esto
hubiese acabado, aunque algo me decía que ya nada volvería a ser igual. Ni
siquiera yo creía poder ser la misma después de aquello.
Al salir del baño, evité fijarme en el tatuaje por enésima vez y me dirigí
de vuelta al dormitorio. Encontré un camisón extendido sobre la cama y me
vestí con él solo porque no tenía nada más que ponerme. La tela cayó en
torno a mis caderas y mi pecho con una suavidad tal que hizo que se me
pusiera la piel de gallina.
Ahora que estaba aseada y todo lo relajada que permitían las
circunstancias, volví a observar lo que me rodeaba. La casa de Asfodelos
había resultado acogedora y práctica, pero de ningún modo se podía
comparar con este lugar. Si la situación y el exterior no hubiesen puesto de
relevancia lo bien situados que estaban sus ocupantes, la decoración y el
mimo por los detalles del interior lo dejaban muy claro.
Destellos de oro salpicaban la estancia aquí y allá, incrustados incluso en
la madera de unos muebles que nada tenían que ver con los que habían
decorado mi humilde habitación en el templo. Pasé la mano por las sábanas
y mis dedos prácticamente resbalaron por ellas; el tejido era tan delicado
como los pétalos de una rosa recién abierta.
Sin ninguna señal de cuándo regresaría Karan, me metí en la cama. La
advertencia de que debíamos compartir dormitorio como la pareja que se
suponía que éramos pesaba sobre mi ánimo. Me hubiese gustado decir que
aborrecía la idea con toda mi alma, pero mi cuerpo no compartía de manera
tan entusiasta el rechazo que le había mostrado. Mientras que mi mente se
empeñaba en recordarme todo el tiempo quién era y lo terrible que resultaba
que me sintiera atraída por él, había una parte de mí que… simplemente no
podía evitarlo. Y no solo se trataba de que fuera estúpidamente atractivo,
tatuaje incluido —hasta las cicatrices que hablaban de una vida de lucha y
de su fortaleza—; en el fondo, ese humor ácido y provocador que empleaba
en determinadas ocasiones resultaba demasiado divertido, y yo lo odiaba un
poco por ello.
Lo odiaba y creo que me gustaba odiarlo. Demasiado.
Gemí y apreté la cara contra la almohada, decidida a no recordar cómo se
sentían sus manos sobre mi piel y todo lo que no nos habíamos dicho
aquella noche mientras él sostenía mi mano y yo la hundía en mi…
Genial, y ahora estaba pensando en eso.
El amanecer me encontró dando vueltas en la cama y con un humor de
mierda, además de sola. La conexión con Orien se había mantenido en
silencio gracias a mi bloqueo, aunque el perpetuo zumbido me hacía
demasiado consciente de que continuaba al otro lado. Karan no había
pasado ni un solo minuto de la noche conmigo. Tal vez le quedara algo de
decencia. No era que hubiera mostrado demasiada las noches en las que se
había enredado a mi alrededor al principio de conocernos, y eso me dio que
pensar sobre la mencionada amistad entre él y la dueña de la casa. ¿Qué
clase de amigos eran? ¿Habría pasado la noche en su dormitorio? No, no
podía ser, dado su interés por mantener las aparicencias.
Con más reticencia de la que debería, me convencí de que no era asunto
mío. Si todo iba bien, ese sería el día en el que por fin pudiese adentrarme
en el palacio de Hades y encontrar a Dafne. El sentimiento de anticipación
jugaba tanto a mi favor como en contra. No podía despreciar las
advertencias recibidas sobre la corte real de Hadesya y que se esperaba de
mí que apareciera frente a esta como una amante totalmente enamorada de
Karan. Eso sí que iba a ser divertido.
Un golpe resonó en la puerta. Sin una respuesta por mi parte, Karan
accedió al dormitorio cargando con una bandeja. Solo el olor delicioso de la
comida consiguió acallar el reproche por sus escasos modales. Estaba
muerta de hambre.
—Cazadora —me saludó—, veo que estás despierta.
Tal vez era una tontería, pero no recordaba que me hubiera llamado por
mi nombre salvo en contadas ocasiones, algo que con toda probabilidad
cambiaría cuando nos encontrásemos frente a la corte. No estaba segura de
cómo me sentía al respecto ni por qué demonios estaba pensando en ello.
Lo observé mientras sus largas piernas devoraban la distancia desde la
entrada hasta la cama. Vestía la misma ropa que horas antes y lucía igual de
impecable, más noble que soldado. Si bien la espada colgaba de nuevo de
su cinturón y un rápido vistazo me valió para descubrir que tan solo la capa
permanecía sobre la butaca en la que la había dejado. En algún momento de
la noche debía haber accedido a la habitación para rescatar el resto, aunque
no se había quedado.
—Creía que teníamos que fingir que somos una amorosa y tierna pareja
—solté, antes de darme cuenta de lo que podría dar a entender mi tono
recriminatorio.
Karan se inclinó a los pies de la cama con elegancia; nada en su actitud en
ese momento diría que se trataba del antiguo general de un ejército.
Prácticamente parecía estar haciendo una reverencia al tiempo que colocaba
la bandeja sobre el colchón. Y sí, aunque detestaba la idea de que tuviesen
esclavos, podría acostumbrarme muy rápido a ver a aquel hadesiano en
concreto sirviéndome.
Al alzar la cabeza, me encontró con una sonrisa complaciente que fui
incapaz de reprimir. Mi buen humor, por supuesto, no duró.
—¿Me has echado de menos en tu cama?
—¿Has echado tú de menos mis supuestas patadas?
Sus dedos desmenuzaron un trozo de pan y se lo llevó a la boca. Masticó
sin ninguna prisa mientras su mirada recorría mi cuello y mi pecho, o bien
la parte de tatuaje que asomaba por encima de la tela, no estaba segura; de
lo que no había duda era del calor que transmitían sus ojos.
Me forcé a mí misma a no retorcerme bajo su intenso escrutinio.
—No, las patadas no, pero escucharte murmurar cosas lascivas dormida
siempre es un buen entretenimiento. Todos esos ruiditos que haces…
—Oh, cállate —resoplé—. Dioses, de verdad te encanta oírte hablar.
—No tanto como me gusta escucharte hablar a ti. Cuando no estás
insultándome o atacándome, eres una verdadera delicia. Vamos a tener que
practicar un poco para que eso pase más a menudo.
El cuchillo que había dejado bajo la almohada durante la noche apareció
en mi mano de nuevo. Karan desvió la vista hacia él; no pareció muy
impresionado o temeroso.
—¿Sabes? Cuando Xander y yo afirmamos que estaría bien que todos
supieran que me habías atacado, no me refería a que fueses por ahí
apuntándome con un arma todo el tiempo. Empieza a resultar algo molesto.
—No confío en ti. —Fue todo lo que dije.
Una vocecita traicionera en mi mente cuestionó esa declaración dado que
había viajado con él, le había permitido dormir a mi lado y también curarme
las heridas, pero no estaba interesada en hacerle ningún caso a esa voz
estúpida.
—Lo sé.
Su respuesta me dejó un poco descolocada. Había esperado que intentara
convencerme alegando que me había salvado la vida o algo por el estilo, lo
cual no podía negar que hubiera tenido cierto sentido.
—Sin embargo, respecto a la parte de ser amorosos y tiernos… —
prosiguió. Balanceé el cuchillo solo para recordarle que aún podía
lanzárselo, algo que no ejerció ningún poder disuasorio sobre él. El muy
idiota me guiñó un ojo antes de soltar—: Digamos que los hadesianos
somos más del tipo posesivo y lujurioso cuando se trata de nuestras parejas.
Solo para que lo tengas en cuenta.
—¿Y eso qué demonios se supone que significa?
Karan sonrió con descaro.
—Lo dejaré a la interpretación de esa maravillosa mente que tienes y…
—Lo que fuera a decir a continuación quedó olvidado cuando Lex eligió
justo ese momento para dejarse ver.
Se había refugiado bajo la cama unas horas antes, cuando lo había sacado
por fin de mi bolso, casi como si temiese precisamente que Karan
descubriera que lo había traído conmigo. Pero ahora se escabulló fuera de
su escondite, tambaleándose de modo adorable por el suelo en dirección a él
y moviendo el rabo de un lado a otro con evidente alegría.
Karan deslizó las manos bajo sus patas delanteras y lo alzó en vilo.
—Así que estabas aquí.
—¿Vas a decirme que no lo enviaste a cazarme?
Karan me miró entonces.
—Cazar no es lo mismo que brindar protección.
—Es decir, que sí es cosa tuya que me siguiera.
—No sé de qué me hablas, cazadora —replicó, colocando a Lex sobre su
regazo. El cerbero se giró para mostrarle la barriga. Traidor—. Lex no es
una mascota y yo no le digo qué hacer. Si decidió ir detrás de ti, fue solo
cosa suya.
Ya, claro, por eso estaba evitando mirarme mientras le dedicaba
carantoñas al cachorro. No me creía una palabra.
—¿Puedo preguntar cuándo te encontró?
—Hace unos días, a las afueras de la ciudad.
«Justo a tiempo», fue lo que me callé. Karan no tenía por qué saber de lo
que me había salvado, aunque en realidad supuse que debería estarle
agradecida por haberlo enviado en mi busca. De no ser por Lex… Mi pecho
se apretó bajo el peso invisible del recuerdo. Durante un segundo eterno fue
como si aquel hombre estuviera de nuevo sobre mí y el aire no consiguiera
alcanzar mis pulmones. Cuando por fin logré respirar de nuevo, me di
cuenta de que me había llevado la mano a la garganta.
Karan había dejado de jugar con Lex y me estaba observando con el ceño
fruncido.
—¿Qué demonios ha sido eso?
—Nada —contesté demasiado deprisa como para no delatarme, así que
me obligué a agregar—: No es nada.
Su mirada osciló de mi rostro al cerbero en su regazo y luego de vuelta a
mí.
—¿Y ese nada tiene algo que ver con las marcas de tu barbilla? Porque
Xander me ha asegurado que no fue él quien te las hizo.
¿Había vuelto a preguntarle? ¿Y de verdad creía que su amigo podía
habérmelas hecho? Aunque yo lo había apuñalado, así que tal vez unas
leves marcas a cambio de eso no serían inesperadas.
—No fue Xander.
—Entonces, ¿quién fue, Korelana?
Me recorrió un escalofrío al escuchar mi nombre en sus labios.
Definitivamente, prefería cuando se refería a mí como «cazadora», aunque
la sensación no fuese del todo desagradable. Su insistente mirada, y el
hecho de que no quería que pensase mal de Xander, me obligó a brindarle la
verdad.
—Dos hombres me asaltaron, pero nos ocupamos de ellos.
Un músculo tembló en el rostro ahora mortalmente serio de Karan.
—Entiendo que ocuparse de ellos significa que están muertos. —Lo
estaban, bien muertos, así que asentí—. Bien.
El tono bajo y amenazante de esa última palabra bastó para dejar claro
que esperaba que hubieran encontrado un final lento y muy muy doloroso.
Aunque antes ya se había mostrado protector conmigo, seguía sin entender
cuáles eran sus motivos para todo lo que hacía.
—¿Por qué me ayudas? ¿Por qué te preocupa tanto lo que me pase? —
pregunté sin poder evitarlo. No era la primera vez que lo hacía y no
esperaba que contestara con la verdad, fuera cual fuese.
—Ya te expliqué que tengo mis razones para hacer esto, aunque no las
comparta contigo. Respecto al hecho de que algún imbécil te ataque o te
haga el más mínimo daño… —Sombras que no habían estado ahí un
segundo antes se arremolinaron en torno a sus hombros, sus brazos, incluso
sus dedos desprendían oscuridad, inmóviles ahora sobre la cabeza de Lex.
El cerbero también se había quedado totalmente quieto—. Nadie toca lo que
es mío, Korelana.
—Por todo lo divino, Karan, ¡yo no soy tuya!
—Eres mi prometida.
—Falsa prometida, y de eso hace solo unas horas.
Ladeó la cabeza. Sus dedos reanudaron el movimiento tras las orejas de
Lex y el cerbero gimió, extasiado por la caricia. Durante un instante creí
que Karan iba a quedarse ahí, atravesándome con esos dos ojos grises que
se habían convertido en un charco de plata líquida, pero luego preguntó:
—¿Sabes por qué no elegí simplemente decirle a todos que eres mi
prometida y ahorrarnos así el ritual?
No estaba segura de lo que decía de mí que ni siquiera me hubiese parado
a pensar en esa posibilidad, pero la cuestión era que ni siquiera me lo había
planteado. Hasta ahora. Y resultaba un poco vergonzoso admitirlo.
—¿Por qué?
—Porque en cuanto pongamos un pie en el palacio, todos en esa corte,
incluido el rey, van a desearte. No solo porque eres una mujer preciosa a la
que cualquier hombre o mujer querría tener en su cama, sino porque les
bastará una sola mirada para ver el fuego que hay en ti. Sabrán que no eres
dócil ni débil y ansiarán desesperadamente doblegarte, y el poder que te
corre por las venas no ayudará en absoluto. Puede que no sepan que lo
tienes, pero lo percibirán —aseguró, cada palabra envuelta en una
convicción inamovible—. Ese tatuaje les dirá a todos que me perteneces,
por muy arcaico que te parezca, y eso va a ser lo único que evite que
Stavros o cualquier otro te acorrale y te penetre, con consentimiento o sin
él, en cualquier esquina. Esa marca es sagrada para los nuestros, y es lo
único que detendrá incluso al mismísimo rey de Hadesya.
Pese a que la crudeza con la que había hablado me dejó sin aliento y,
aunque tanto mi instinto como su expresión severa me decían que no estaba
exagerando, me las arreglé para replicar:
—Sigo sin pertenecerte.
Karan tomó una profunda bocanada de aire. Su pecho se elevó y cayó
acto seguido cuando exhaló un largo suspiro. Luego, bajó la mirada y
devolvió toda su atención a Lex.
—Lo sé, cazadora. Lo sé.
35
Karan se marchó poco después envuelto en un aura sombría, y yo me quedé
a solas con el desayuno y una extraña sensación en el estómago. No
importaba lo que dijese; desconocer los motivos por los que hacía todo
aquello por mí continuaba haciendo que desconfiara de él. Lo peor era que
cada vez me costaba más hacerlo.
Aunque había descubierto algunas cosas que no se correspondían con lo
que sabía de Hadesya, otras muchas sí eran ciertas, y no creía que mi
opinión fuese a mejorar una vez que accediéramos al palacio. Sin embargo,
había un montón de detalles que no podía pasar por alto: la inesperada
amabilidad de Melíone o el trato fácil de Xander, cuando no estaba
cabreado por haberlo apuñalado sin querer; el cerbero que, por mucho que
Karan lo negara, yo sabía que había enviado para que cuidase de mí; el
propio Karan vendando mis heridas, tocándome con una delicadeza
impensable y que yo había disfrutado demasiado… Todo hubiera sido más
sencillo si pudiera achacarlo a un interés exclusivo por mi poder, pero ni
Karan ni ninguno de los otros habían intentado indagar en ello más allá de
la curiosidad inicial. De no ser porque había escuchado a escondidas
aquella conversación entre Xander y Egan tras el ataque, hubiera creído que
no le habían dado mayor importancia.
La cuestión era que la había escuchado, y continuaba teniendo muy
presente que, según Xander, Karan haría lo que tenía que hacer. Cualquiera
que fuera ese deber, no había sonado demasiado bien para mí.
Con todas esas cuestiones sin respuesta, alguien llamó a la puerta por
segunda vez esa mañana y Xander me hizo saber desde el pasillo que iba a
entrar en la habitación. Me alegré de escuchar su voz, y también me
emocioné aún más cuando entró y pude comprobar que tenía mucho mejor
aspecto que la última vez que lo había visto.
—¿Cómo estás? —pregunté antes de darme cuenta de que no venía solo.
Una mujer que solo podía describirse como absolutamente
despampanante entró tras él. Alta, de piernas kilométricas, cintura estrecha
y un rostro de rasgos tan suaves y armoniosos que bien podría competir en
belleza con la mismísima Afrodita. Tenía los ojos de un azul muy claro y la
melena rubia; la llevaba retirada en uno de los laterales de la cabeza hacia
atrás y le caía sobre el hombro contrario hasta cubrirle el pecho. La túnica
blanca que vestía abrazaba las curvas de su cuerpo con tal gracia y precisión
que estaba bastante segura de que no llevaba ropa interior, algo que no
podía criticar porque en realidad yo tampoco la estaba usando.
Caminó hacia el interior con pequeños pasos y una elegancia que envidié
de inmediato.
—¿Preocupada por mí? —rio Xander—. La próxima vez procura no
apuñalarme y todo estará bien.
La desconocida alternó la mirada entre nosotros sin disimular la
curiosidad.
—Así que tú eres la causante de que ahora tenga una alfombra inservible
—dijo la mujer—. La sangre sale muy mal, pero no negaré que yo misma
he deseado apuñalar más de una vez a este grandullón, así que puede que
haya merecido la pena.
La mujer se encogió de hombros y soltó una risita que me hizo pensar en
campanillas. Xander, en cambio, resopló con fingida indignación antes de
presentarnos.
—Alina, esta es Korelana. Korelana, ella es Alina Kana, nuestra
anfitriona.
Un poco avergonzada, salí de la cama en la que me había quedado
desayunando y rumiando mis preocupaciones más de lo necesario. Aún
estaba en camisón y mi pelo, que había trenzado húmedo tras el baño de la
noche anterior, estaba muy lejos de poder compararse con la preciosa
melena ondulada y perfectamente peinada que lucía ella. Toda yo estaba
muy lejos de compararme con aquella mujer. Desde su radiante sonrisa
hasta las perfectas proporciones de su figura.
—Gracias por tu hospitalidad. —Fue lo único que se me ocurrió decir.
Mi mente divagó mientras la observaba y me planteaba, ahora más que
nunca, qué tipo de amistad era la que mantenía con Karan; no podría
culparlo si habían pasado la noche juntos, pero que ese pensamiento
despertara un ramalazo de algo agrio y oscuro en mi pecho me tomó
totalmente desprevenida.
«No, ni de broma vas a ponerte celosa», me reprendí mentalmente. Al
diablo si me importaba con quién se acostara el hadesiano.
Alina se adelantó un poco más.
—Siempre es un honor ayudar a…
—Alina —la interrumpió Xander, y ella dio un respingo—, tenemos algo
de prisa.
—Oh, por supuesto. Claro que sí. Iré a por los vestidos ahora mismo.
Le lancé al grandullón una mirada suspicaz cuando Alina salió a la
carrera de la habitación.
—La has espantado.
—Es una buena mujer, pero estaríamos aquí todo el día si fuese por ella.
El rumor de que Karan ha regresado a la ciudad ya ha empezado a
extenderse por las calles, y él quiere que nuestra entrada en el palacio se
haga a su manera, tanto en tiempo como en forma.
—¿Dónde está?
Xander sonrió.
—Ha ido a cambiarse.
—Vaya, pensaba que el atuendo ostentoso y de apariencia noble se debía
a nuestra inminente llegada a la corte.
Mi tono sarcástico no hizo menos amplia la curva de sus labios, pero
balanceó la cabeza en una negativa.
—Solo se puso eso para el ritual. Él no quería… Quería estar presentable
—dijo tras una breve pausa, y luego añadió—: No deseaba formalizar su
compromiso contigo vistiendo como un soldado, sino como un hombre.
Aunque fuera falso, como ya sabemos.
—Llevaba una espada.
Era algo tonto para remarcar, pero no estaba pensando con claridad. Mi
estómago había empezado a hacer cosas raras después del comentario de
Xander. El hecho de que Karan se hubiera parado a considerar qué vestir
durante el ritual no debería suponer ninguna diferencia, pero por algún
motivo lo hacía.
Preferí ignorar el retintín de la frase en la que hacía referencia a la
falsedad del ritual; no me metería en ese charco ahora mismo, y de verdad
era falso; o fingido, si nos poníamos puntillosos.
—Es tu espada la que llevaba.
—¿Qué?
—Es tradición que se intercambien regalos durante el ritual. Si me
preguntas, apostaría a que Karan sospechaba que no apreciarías nada que
viniese de él, así que, como tomaste una de sus espadas antes de huir,
decidió no reclamártela de vuelta y agarrar la tuya.
Parpadeé, y luego volví a parpadear.
—¿Se autorregaló mi espada?
Xander me dedicó una mirada exasperada.
Estaba siendo terca a propósito y yo lo sabía; cualquier cosa para no
admitir lo mucho que me perturbaba todo aquello, y con perturbar no lo
decía en el mal sentido, aunque tampoco estaba segura de que fuese en el
bueno. Todo era… muy raro.
—¡Por el maldito Tártaro, mujer, te ha regalado la suya! Y créeme cuando
te digo que le tiene mucho cariño a esa en concreto. Proviene de una larga
herencia familiar.
Vale, tal vez fuera en el buen sentido después de todo. Me había «dado»
una espada que había pertenecido a su familia. ¿A su padre tal vez? A lo
mejor lo odiaba y era por eso por lo que no había dudado en desprenderse
de ella; quizás incluso había estado ansioso por perderla de vista.
Sí, vale, estaba siendo muy muy terca. Xander ya había dicho que le tenía
cariño al arma.
—No le digas que te lo he contado. No quiero que me apuñalen de nuevo.
—Vale —acepté, sin saber si hablaba en serio sobre la parte del
apuñalamiento.
El resto parecía ser verdad y yo no tenía ni idea de qué hacer con esa
información, así que cambié de tema.
—¿Egan está bien?
Xander enarcó las cejas, confundido.
—¿Por qué me lo preguntas? Te recuerdo que fue a mí a quien apuñalaste.
No tenía ninguna duda de que iba a estar echándomelo en cara hasta el fin
de los días. Por otro lado, mejor ser la destinataria de sus pullas que de su
ira o su poder.
—El maestro… —comencé a decir, y la mirada de Xander se endureció
como el acero al mencionar al hijo de Hades que había oficiado la
ceremonia.
—Fue quien autorizó que me azotaran cuando era un crío. Por aquel
entonces servía en el palacio y no en el templo. Pero Egan tenía sus propios
asuntos que resolver con él; azotar a niños indefensos no era lo único con lo
que disfrutaba ese cabrón.
Se me revolvió el estómago al comprender a lo que se refería; lo que ese
hombre le habría hecho a Egan para que fuese él, y no el propio Xander,
quien se vengara de ello. Una venganza más que merecida en mi opinión.
—Puede que nosotros seamos monstruos, Korelana, pero siempre hay
monstruos peores que otros. No lo olvides.
—Me alegra que esté muerto, y de verdad espero que sufriera.
Lo decía en serio. La clase de persona que era capaz de abusar de un niño
no merecía formar parte de este mundo, y abandonarlo recibiendo tanto
daño como había infligido me parecía más que justo.
—También yo me alegro —sentenció él.
El regreso de Alina puso fin a la conversación y deshizo parte de la
tensión del ambiente. Apareció con dos muchachas jóvenes. Aunque
ninguna de ellas era la que nos había recibido la noche anterior, se
mostraron igual de tímidas y discretas mientras retiraban los restos del
desayuno y depositaban varias decenas de vestidos sobre la cama.
Xander se escabulló después de eso y yo pasé la siguiente hora entre seda,
raso, cantidades ingentes de tul y gasa y montones de pedrería. Nunca había
visto tal volumen de telas tan preciosas y costosas juntas, ni siquiera en los
puestos del mercado de Karya que Dafne y yo habíamos visitado en una de
nuestras salidas prohibidas. Algunos de los vestidos eran verdaderamente
indecentes; la mayoría en realidad. No era algo que hubiera tenido
oportunidad de contemplar en las calles de mi ciudad de origen, eso seguro.
Después de muchas pruebas, Alina eligió uno en concreto.
—Enviaré los demás al palacio, pero este puedes llevarlo puesto. A él le
va a encantar —dijo, mientras me hacía girar—. Pagaría por verle la cara
cuando te eche un vistazo.
Esperaba que se refiriese a Karan y no al rey, aunque no estaba del todo
segura.
Alina mantuvo las manos sobre mis hombros un momento antes de
retirarlas y retroceder. Las dos muchachas sostuvieron en alto un espejo de
cuerpo entero y yo… yo ni siquiera sabía dónde mirar. El vestido, del
mismo color azul medianoche que la ropa de Karan durante el ritual, era
sencillamente magnífico, y también demasiado para alguien con mis curvas.
La gasa de la falda formaba varias capas que se superponían. En cuanto
avancé unos pasos hacia el espejo, mis piernas quedaron al descubierto
desde los tobillos hasta la parte alta de los muslos a través de sendas
aberturas. Por encima, una banda ceñía mis caderas y mi cintura, y otras dos
ascendían para cubrir mis pechos y formar un nudo sobre mi nuca. El escote
resultante era tan profundo que revelaba gran parte del tatuaje de
compromiso. Y mi espalda… Dioses, no había nada de tela allí; el más leve
movimiento podría dejar a la vista la curva superior de mi trasero. La única
concesión al recato fueron los apliques situados de manera estratégica sobre
mis pechos, tenían forma de pequeñas hojas y la textura de un pergamino
viejo. Me pregunté si sería una simple casualidad o bien Karan, con mi
poder en mente, habría tenido algo que ver en la elección de aquellos
motivos vegetales.
—No puedo llevar esto —balbuceé.
—Estás espectacular, Korelana. —Hizo una pausa, contemplándome con
algo tan cercano a la lujuria en su expresión que el rostro se me incendió—.
Espera.
Se dirigió a una cajita que una de las muchachas había dejado también
sobre la cama y la abrió. Sacó un par de pendientes con una única piedra
también azul y un collar a juego. Eran sencillos, pero supuse que el vestido
ya era lo suficientemente llamativo por sí solo.
—Ten, póntelos mientras te peino.
Aturdida, hice lo que me decía por pura inercia a pesar de que mantuve
también el collar con la espiga; contra mi piel dorada, apenas se apreciaba,
y no quería desprenderme de él. Les permití que continuaran con sus
atenciones. Delinearon de negro la raya superior e inferior del ojo, algo que
yo jamás había hecho y que resaltó con tanta intensidad mi mirada que me
impresionó incluso a mí misma. También pintaron mis labios de rojo. Tras
muchos tirones para deshacer la enorme cantidad de nudos que acumulaba
mi melena, la propia Alina la trenzó alrededor de mi cabeza con paciencia y
luego me colocó una tiara que consistía tan solo en un fino hilo de metal
oscuro que formaba un triángulo invertido sobre mi frente.
Al acabar, se retiró varios pasos hacia atrás y me contempló de nuevo con
ojos brillantes y ansiosos.
—Vas a causar conmoción en la corte; no me extraña que hayáis decidido
formalizar lo vuestro antes de acudir al palacio.
Forcé una sonrisa. A pesar de estar abrumada por completo, era
consciente de que Alina no debía descubrir nuestro engaño.
Me alisé un pliegue inexistente de la falda mientras observaba una vez
más mi reflejo. Estaba… estaba… No sabía cómo describirme siquiera.
Nunca me había visto así. Cada centímetro de tela realzaba mis abundantes
curvas y era muy posible que no estuviera errada al creer que el vestido era
demasiado para mí, pero también me veía preciosa. No una novicia, ni una
hija de Artemisa, sino una mujer.
Traté de imaginar el modo en el que me miraría Karan, si podría advertir
en su rostro la misma lujuria que persistía en la mirada de Alina. Pensé en
cómo reaccionaría mi cuerpo cuando sus ojos me barrieran de pies a cabeza
y en lo que me había dicho un rato antes sobre el tatuaje. Sobre el fuego de
mi interior. Sobre el deseo. Y finalmente me pregunté si, aunque nuestro
compromiso me brindara protección contra la corte y el rey, habría algo que
me protegiera de él o, peor aún, que me mantuviera a salvo de mis propios
deseos.
36
No fui la única vestida para la ocasión. Poco después de que Alina diera por
concluida mi sorprendente transformación, Egan y Xander aparecieron
también con un aspecto muy diferente. Ya los había visto con armadura
antes, pero la que lucían al acceder a la habitación distaba mucho de los
cueros descuidados e insulsos que habían vestido hasta entonces. Negra de
pies a cabeza, estaba compuesta de placas que se solapaban unas con otras y
hombreras rígidas; los filos de cada parte relucían plateados, el cuello alto,
cubriéndoles la garganta, y la manga larga hasta alcanzarles las muñecas. La
única piel a la vista era la de su rostro y sus manos.
El símbolo de Hades, un cetro de dos puntas también plateado, asomaba
entre las correas que les cruzaban el pecho y en cuyas fundas se alojaban un
buen número de cuchillos. La espada en la cadera, en el caso de Egan, y a la
espalda, en Xander. Sin capas, eso sí, pero su ausencia solo los hacía
parecer aún más intimidantes.
Yo sí llevaba una que cubría por completo la indecencia de mi vestido.
Eso no detuvo a Xander, que se acercó con una sonrisa burlona en los labios
y, con un gesto de la mano, me invitó a descubrirme.
—Vamos, hazme feliz. Necesito saber con qué estoy tratando antes de
aventurar cuántos ojos deseará arrancar Karan una vez que lleguemos al
palacio.
Le daría el gusto. Tiré de los bordes de la capa y la lancé sobre mi
espalda. Egan tosió una maldición y Xander, como ya era habitual en él,
dejó escapar una carcajada.
—Muchos, muchísimos ojos —dijo una vez que consiguió dominar la
risa.
—Esto fue idea suya.
—Y estoy seguro de que va a arrepentirse de ello más pronto que tarde —
intervino Egan.
Me encogí de hombros a pesar de que el nudo en mi estómago se apretó.
Era demasiado consciente de toda la piel expuesta y de la tinta infiltrada en
ella. Que no me avergonzara de mi cuerpo o que hubiera aprendido a
aceptar sus curvas no implicaba que no me sintiera mucho más insegura que
de costumbre. Tal vez Xander fue consciente de ello, porque me tomó de la
mano y depositó un suave beso sobre el dorso.
—Estás encantadora.
El halago no fue nada del otro mundo, pero lo dijo mirándome a los ojos
y sonó tan sincero que no pude más que creerlo.
—Lo estás —subrayó entonces Egan, y eso sí que no lo hubiera esperado
jamás.
Si los tres hadesianos continuaban siendo en gran parte un misterio para
mí, desde luego que Egan era el mayor de ellos. Pero ahora que había
empezado a atisbar parte de lo que había sido su pasado, no podía más que
comprender su actitud distante y fría y sentir un renovado respeto por él.
Le dediqué un suave asentimiento de cabeza y volví a cubrirme antes de
que a Karan se le ocurriera aparecer por allí; no creía estar preparada para
enfrentarme a su mirada aún.
—Los caballos están listos —nos informó Alina. Luego, se volvió hacia
mí—. Espero verte pronto. Si no es así, te deseo un compromiso breve, un
largo y feliz matrimonio y que Hades no reclame tu alma hasta que estés
dispuesta a entregarla.
Yo también lo deseaba, lo último al menos. Lo demás… Bueno, a la parte
del matrimonio no íbamos a llegar, y entregar mi alma a Hades de buena
gana no era algo que fuera a suceder. Nunca. Si de mí dependía, tendría que
venir el dios en persona a arrancármela del pecho con sus propias manos.
Atravesamos la casa en dirección a la entrada principal, lo cual evidenció
que esta vez no se requería que fuésemos tan discretos como a nuestra
llegada. Sin ninguno de los esclavos de Alina a la vista, ella misma nos
abrió la puerta. Al atravesarla, parpadeé deslumbrada a pesar de que el cielo
se mantenía cubierto por esa difusa neblina grisácea a la que ya me había
acostumbrado. Cuando por fin enfoqué la vista, me encontré con tres
caballos muy familiares. Karan montaba ya el semental negro que yo le
había robado y que, supuse, habría rescatado de los establos de la ciudad.
Le palmeó el cuello con cariño mientras lo observaba, tal vez pensando
precisamente en lo que había sucedido con su propia garganta justo antes de
que me apropiara del animal.
Tiré de los bordes de mi capa y erguí la espalda.
—No voy a montar con…
—Lo harás —me cortó él, inclinándose un poco hacia delante.
Cruzó las muñecas y las apoyó juntas sobre el pomo de la silla, y solo
entonces me fijé en que también su armadura era diferente. Se parecía en
gran medida a las que llevaban Egan y Xander y era igual de oscura, pero la
suya no estaba compuesta por escamas, sino que era lisa y pulida. Contaba
con una hilera de afiladas púas sobre los hombros y otras tantas en el dorso
de ambas manos. No había correas que le cruzaran el pecho ni nada que
ocultara el emblema en medio de este: el símbolo de Hades, pero este
estaba coronado por un halo circular del que carecían los otros; una señal de
su rango superior, me aventuré a imaginar.
Sus ojos relampaguearon con la misma intensidad que dicho emblema
mientras los mantenía fijos en mí, casi como si pudiera atravesar el grueso
tejido de mi capa y ver lo que se ocultaba bajo los pliegues. Tampoco yo
podía apartar la mirada, y tuve que admitir que Karan vestido como hombre
o noble resultaba impresionante, pero como general… Como general
parecía la muerte misma. Oscuro y letal. Desde los diestros dedos que
aferraban ahora con fuerzas las riendas hasta los rizos negros que le caían
sobre la frente alta y orgullosa, pasando por esa curva provocadora y feroz
que sus labios me estaban dedicando.
—Vendrás conmigo —sentenció; sin embargo, todo en su postura se
suavizó al añadir—: No sería apropiado que mi prometida montara con otro
hombre.
Recordé entonces que Alina estaba junto a la puerta, contemplando la
escena, y me obligué a asentir. También me aseguré de que mi furiosa
mirada informara a Karan de la charla que tendríamos al respecto en algún
momento posterior. Él no se inmutó. Tan solo se inclinó aún más y me
tendió la mano. Lo torturé durante algunos segundos antes de aceptar su
ayuda y permitirle que me izara. En cuanto me situó delante de su cuerpo,
me arrepentí de no haber alargado esa breve tortura mucho más. Su pecho
se pegó a mi espalda y sus brazos me rodearon. Cuando quise darme cuenta,
había perdido la batalla y estaba hundida en él.
La única satisfacción que encontré a cambio fue que tampoco Karan
parecía inmune a mi contacto. Notaba el ritmo acelerado de su respiración
como caricias cortas sobre la piel de la nuca y hubiera jurado que podía
sentir el retumbar desbocado de su corazón golpeándome la espalda.
—¿Lista?
El susurro me recordó a dónde íbamos y devolvió a mi mente algo de la
lucidez perdida. Tragué saliva, asentí y luego forcé a mi columna a
enderezarse sobre el asiento. Mis muslos apretaron los costados del caballo
y los de Karan presionaron contra los míos.
—Estarás protegida en todo momento, recuérdalo —continuó susurrando,
aunque no era eso lo que me preocupaba. La idea de que no fuese capaz de
llegar a Dafne, de que ella no estuviese allí, le hubiesen hecho daño o algo
peor me aterraba más que ninguna otra cosa—. No muestres debilidad. No
te inclines ante nadie. No dudes, ni preguntes; puedes cortar cuellos primero
y plantearte las amenazas después.
La chispa de humor con la que pronunció la última frase fue bastante
inadecuada, pero logró su objetivo. Templé mis nervios y sonreí.
—Bien.
—Mucho mejor —repuso él a continuación.
Agitó las riendas y, como una sola unidad, los tres caballos se pusieron en
marcha.
Fuera de la finca nos esperaban otros cuatro caballos con sus respectivos
jinetes; todos con capas negras y capuchas cubriéndoles la cabeza y gran
parte del rostro. Una sensación extraña se apropió de mi estómago.
—¿Quiénes son?
—Hijos de Hades leales a mí.
No pregunté más.
Aquellos hombres —aunque bien podrían haber sido espíritus— se
situaron en nuestra retaguardia sin siquiera recibir la orden de Karan para
hacerlo. Enseguida reemprendimos la marcha. No tardamos en llegar a las
proximidades del palacio. Bien podríamos haber ido a pie, dado que estaba
muy cerca de la residencia de Alina, pero me imaginaba que dicha elección
había sido premeditada y tan estratégica como la de nuestros ropajes o los
jinetes que nos escoltaban.
En cuanto nos avistaron a lo lejos, los guardias del portón, todos ellos
hijos de Ares, se movieron para cerrarnos el paso. No podía verle la cara a
Karan, pero en ningún momento ralentizó el ritmo del caballo ni dio
muestras de preocupación por ello. Tal vez con razón, porque la actitud de
los soldados cambió por completo conforme nos aproximamos. Algunos
retrocedieron varios pasos y la mayoría intercambiaron miradas cargadas de
inquietud. Y eso fue antes de que, finalmente, alcanzásemos su posición y
todos se inclinasen en una reverencia de respeto. Acto seguido, se apartaron
del camino y nos franquearon el paso.
Tras cruzar el amplio portón, otros tantos soldados y varios mozos de
cuadra nos recibieron de igual forma. Ni un susurro, ni una palabra; nada
salvo un montón más de miraditas fugaces y nerviosas.
Karan desmontó el primero envuelto en un silencio que parecía
antinatural, pero no reconoció su presencia ni los miró. Se giró hacia mí y
me hizo un gesto para que no abandonara todavía mi lugar sobre la
montura. Reprimí mi deseo de llevarle la contraria y permanecí inmóvil,
demasiado intrigada por cuanto nos rodeaba y por la actitud de aquella
gente.
El momento se alargó más y más. Ninguno de los otros desmontó, los
guardias siguieron paralizados y los mozos tampoco se movieron. Hasta que
Karan finalmente elevó los brazos y me bajó del caballo. Agradecí que mi
capucha estuviera alzada, así nadie pudo verme poniendo los ojos en blanco
por lo innecesario del gesto.
—Podría haberlo hecho yo sola —susurré entre dientes, solo para sus
oídos.
—Lo sé. —Giró y se dirigió a los hijos de Hades que nos acompañaban
con una voz tan autoritaria e inflexible que incluso yo me tensé al
escucharlo—. Quedaos conmigo. —Su atención regresó entonces a mí—.
Xander y Egan te acompañarán a mis habitaciones. No os detengáis bajo
ningún concepto y no dejes que nadie se te acerque. Recuerda: les cortas el
cuello primero y preguntas después.
—Eso es…
—Hazme caso. —Me acercó a su cuerpo, se inclinó y sus labios rozaron
muy levemente mi mejilla antes de trasladarse a mi oído—. Confía en mí.
Pese a lo que le había dicho esa misma mañana, opté por no discutir. Él se
retiró muy despacio, como si de verdad recelase de la idea de dejarme
marchar.
—Vamos, ve.
Me dejé guiar por Xander y Egan hacia la entrada, dos enormes portones
tan oscuros, lisos y pulidos como la armadura de Karan y con el mismo
emblema por toda decoración. Él nos observó un instante y luego empezó a
repartir órdenes que no alcancé a escuchar entre los presentes.
No llegamos muy lejos. Al principio solo porque yo me detuve de forma
abrupta en cuanto puse un pie en el interior, lo cual obligó a que mis
acompañantes también lo hicieran. La majestuosidad de aquella entrada
bien merecía ignorar las advertencias de Karan desde el minuto uno. Ni
siquiera la naos del Templo de Artemisa, impresionante ya de por sí, podía
compararse con lo que estaban contemplando mis ojos. No creía que
ninguno de los templos de Olympya pudiese; tal vez, tampoco los de
Hadesya. Los techos eran altísimos y las extensas paredes se hallaban
cubiertas de diferentes murales y pinturas, algunos más sombríos que otros,
pero todos espectaculares. El suelo parecía elaborado a partir de una única
loseta de mármol negro infinita y reflejaba la luz procedente de los distintos
apliques y lámparas distribuidos por toda la zona. Dos escaleras gemelas se
elevaban desde los laterales, enroscándose alrededor de la sala para
encontrarse en la planta superior, y ambas cubiertas de una alfombra del
color de la sangre. En el hueco central que dejaban colgaba otra lámpara,
aunque esta era enorme, repleta de cristalitos que destellaban con mayor
intensidad que el resto.
Por todos los dioses, y aquello solo era el maldito recibidor.
—Cierra la boca y empieza a caminar, Korelana.
Fulminé a Xander con la mirada, aunque, a pesar de mi curiosidad, sabía
que tenía que hacerle caso. No me dio tiempo a obedecer. Se escuchó una
risita y un momento después dos mujeres asomaron en lo alto de una de las
escaleras: una morena, alta y espigada, ataviada con un vestido púrpura de
corte muy similar a los que Alina había escogido para mí, escotado y falto
de tela por todos lados, aunque en su caso cubría bastante más; y la otra
algo más recatada y de apariencia más joven, dado que la morena parecía
rondar la treintena y esta apenas rozaría los veinte, de pelo castaño oscuro y
rostro redondeado.
—¿Las conocéis? —murmuré, mientras descendían hacia nosotros.
Por lo quietos que se habían quedado ambos, pensé que así debía ser. Fue
Xander quien tuvo la amabilidad de sacarme de dudas.
—Sybila —dijo en alto, y luego habló solo para mí—. Es la hermana de
Stavros.
Me tragué el jadeo de sorpresa solo por pura fuerza de voluntad. Ya ni
siquiera me importaba quién fuera la otra. No sabía que el rey tuviera
hermanos o hermanas, pero eso no cambiaba nada; mientras que toda la
línea de sangre de Argos, el rey de Olympya, era de sobra conocida por
nuestro pueblo, la de Hades había permanecido envuelta en las mismas
sombras que parecían cubrir todo su reino. No había motivo para pensar que
Xander estuviera bromeando respecto a aquello.
La mujer, colgada del brazo de su acompañante, se apartó de ella y se
llevó la mano al pecho. Sus largas uñas quedaron entonces expuestas sobre
la piel, pálida al contraste con la pintura roja que las cubría. Y cuando digo
largas… Eran verdaderamente largas.
—Veo que tus modales siguen dejando mucho que desear, y deduzco por
vuestra presencia que nuestro amado Karan ha regresado por fin a casa.
No me agradaron ni su voz ni sus palabras, pero me gustó menos aún el
tono burlón que empleó al pronunciar el nombre de Karan. En definitiva, no
me gustaba aquella mujer.
Xander echó un vistazo sobre su hombro, hacia la puerta, antes de
responder:
—Estará aquí en un momento, así que puedes darle la bienvenida tú
misma.
—Eso haré —replicó, acercándose hasta quedar a un brazo de distancia.
La muchacha que la acompañaba, en cambio, permaneció un paso por
detrás.
Karan había dicho que no nos detuviésemos y que no hablásemos con
nadie. «Corta cuellos primero, pregunta después», pero no creí que fuera
aplicable a la hermana del rey, y no sería porque me faltasen ganas.
—Veo que habéis traído compañía. —Juro que sentí a Egan moverse
hacia mí, mientras que Xander se limitó a sonreír; no fue una de sus
sonrisas amables—. ¿No vas a presentarnos?
37
—Más tarde quizá, Sybila. Estoy seguro de que Karan querrá hacerlo él
mismo.
La tensión en la postura y la voz de Xander era tan evidente que incluso
yo, con toda mi temeridad, estaba deseando largarme de allí. Me maldije a
mí misma por no haber pensado en llevar algún arma encima, y me prometí
que incrustaría un cuchillo entre mis tetas si era necesario en cuanto
saliésemos de esta. Si salíamos, porque lo que fuera que estaba gestándose
en la mente de aquella mujer no podía ser nada bueno.
—No creo que quieras cometer un desaire así conmigo —dijo Sybila, sin
molestarse en emplear ya la falsa amabilidad con la que se había dirigido a
nosotros hasta ahora—. ¿Quién es ella?
Extendió el brazo hacia mí y llegué a plantearme cuánto la ofendería si
me retiraba hacia atrás, pero no tuve tiempo de llegar a ninguna conclusión.
Pasaron un montón de cosas a continuación. Xander comenzó a moverse,
Egan se presionó contra mi costado y una espada salió de la nada y silbó al
atravesar el espacio entre Sybila y mi cuerpo antes de que ella alcanzara a
tocarme. De su boca salió un alarido de dolor y unos dedos —los suyos
seguramente— cayeron al suelo haciendo un ruidito que reviviría en mis
pesadillas a lo largo de toda la vida.
—¡¿Qué demonios?! —grité. Traté de retroceder, pero Egan me rodeó
con los brazos y evitó que me moviese.
Lo siguiente que vi fue que Karan apartaba a Sybila de mí y la llevaba
contra la pared. Contuvo las sacudidas de su cuerpo con una mano cerrada
alrededor de su garganta; con la otra aún empuñaba la espada, pero la
empleó igualmente para mantener el brazo sano de la mujer lejos de él. La
sangre chorreaba por la parte delantera de su vestido, allí donde ella
apretaba los muñones de las falanges amputadas contra su estómago,
mientras los pocos sollozos de dolor que lograba articular resonaban a lo
largo y ancho del monstruoso recibidor.
La chica que estaba allí un momento antes había desaparecido.
—Ni se te ocurra volver a tocarla —espetó Karan, con una ira helada que
jamás le había escuchado emplear.
—¿Cómo… te… atreves? —balbuceó ella a duras penas.
Me preguntaba exactamente lo mismo. ¡Por todas las almas del Tártaro!
¿Se había vuelto loco? Le había cortado los dedos y la mujer ni siquiera
había llegado a rozarme. ¡Era la hermana del rey! ¡La princesa de Hadesya!
Stavros nos mataría a todos en cuanto se enterase.
—Es mía, ¿lo entiendes? Y si vuelves siquiera a respirar demasiado cerca
de ella, te cortaré las dos manos y te las haré tragar.
Joder, Karan no parecía estar bromeando, y yo no tenía ni idea de qué
decir o hacer. Nada, seguramente. No era el momento; es más, era probable
que estuviese entrando en shock. No hubiera podido abrir la boca ni aunque
quisiera. Me avergüenza admitir que a esas alturas Egan sostenía ya mi peso
por completo.
La cabeza de Karan giró de golpe en nuestra dirección. Su mirada
albergaba la clase de oscuridad que yo había visto antes alrededor de su
figura, y su expresión… No, no había bromeado sobre lo que le haría a la
mujer.
—Llevadla arriba. Ahora. —Xander ni siquiera esperó a que pronunciara
la última palabra para sacarme de entre los brazos de Egan y tirar de mí
hacia la escalera—. Y revísala en cuanto lleguéis a mis habitaciones.
¿Revisarme a mí o a la habitación? No tenía ni idea, pero me dejé
arrastrar.
Había visto sangre antes, yo misma había matado a un hombre con una de
mis flechas y había contemplado cómo mis acompañantes daban muerte a
otros, incluso había estrangulado a uno de mis atacantes valiéndome de mi
poder. Y no podía olvidar tampoco lo que le había hecho a Karan. Pero
aquello… Aquello había sido una salvajada sin ninguna provocación previa,
sin una advertencia siquiera. Si en algún momento dejaba de darme vueltas
la cabeza, iba a tener que replantearme mi opinión sobre Karan. No había
sido precisamente excelente hasta entonces, pero ahora…
—Le ha cortado la mano sin más —farfullé cuando alcanzamos la
segunda planta. Egan enfiló un pasillo y Xander nos llevó tras él.
—Han sido solo los dedos.
Me reí. Sí, se me escapó una carcajada, aunque no fue algo bonito de
escuchar.
—Es la hermana del rey. ¡La hermana! —grité medio ida.
Egan, desde un poco más adelante, nos chistó.
—Esperad a llegar a las habitaciones de Karan —dijo, y señaló las
paredes.
Comprendí lo que no llegó a decir, pero me costó guardar silencio. Quería
gritar o reírme, no lo sabía. Tenía que decir algo, cualquier cosa. Aun así,
mantuve la boca cerrada hasta que atravesamos dos conjuntos de puertas.
Egan echó el pestillo de la última y Xander me ayudó a acomodarme en un
canapé con más cuidado del esperado.
El hadesiano se acuclilló frente a mí.
—¿Te ha tocado?
Negué con la cabeza.
—Ya te lo he dicho, ni siquiera ha llegado a rozarme.
—Karan quiere que te revise. Cuando llegue aquí va a estar de un humor
de mierda y no me siento tentado a tocarle las narices cuando eso ocurre,
pero será lo que pase si no me dejas que te eche un vistazo.
Me aferré aún más a la capa.
—Tal vez te corte la mano si está tan cabreado.
—Han sido solo los dedos —insistió él—. Vamos, Korelana, échame una
mano con esto.
Lo miré fijamente; tal y como estaban las cosas, lo de «echarle una
mano» no era para nada acertado.
—No me ha tocado, y lo que debería preocuparos es que Karan acaba de
atacar a la princesa.
Me froté la cara con ambas manos, frustrada. Aquello era de locos, pero
Xander no parecía dispuesto a ceder.
—Tendría sus motivos.
—Sí, claro, porque soy suya —comenté, y mi torpe intento de replicar la
voz profunda de Karan quedó arruinado cuando se me escapó otra de esas
risitas enloquecidas.
—No se trata de eso —intervino Egan.
—Da igual de lo que se trate. Stavros va a matarnos a todos y después nos
cortará en pedazos. O antes, lo que mejor le parezca. ¡Era su hermana!
Xander se dejó caer hacia atrás y se sentó en el suelo antes de hacer el
comentario más estúpido de la historia de los comentarios estúpidos.
—Tiene más hermanos, y unos cuantos dedos no van a marcar la
diferencia para él.
Egan resopló y avanzó hasta el canapé. La mirada irritada que le dedicó a
Xander me hizo sentir solo un poquito mejor.
—Karan te ha salvado la vida —soltó cuando se hubo acomodado a mi
lado. Me quedé mirándolo y esperé. De los tres, era el que menos hablaba,
pero si esa era la mierda de explicación que iba a darle a todo aquel lío…
—. Poco antes de marcharnos, descubrí que Sybila suele llevar las uñas
impregnadas de veneno, algo que, en retrospectiva, deberíamos haber
sospechado teniendo en cuenta que la gente suele morir a su alrededor y sin
causa aparente demasiado a menudo.
—¡Joder! —exclamó Xander, que no parecía estar al tanto de nada de
aquello—. ¿Damian?
Egan asintió.
—¿Quién es Damian?
—Era un amante de Sybila. Oficialmente, murió durmiendo en su
habitación, pero justo había empezado a rumorearse que estaba pensando en
cambiarla por otra amante —me explicó Xander, pero enseguida miró a
Egan—. Espera, Damian tenía una hija de otra mujer, ¿no? La niña también
apareció…
No terminó la frase y Egan tampoco dijo nada, pero su silencio resultó
muy esclarecedor. Me desplomé contra el respaldo del canapé y cerré los
ojos un momento.
—Hija de puta. —Fue Xander el que maldijo, pero las palabras podían
haber sido mías—. ¿Por qué no me lo habías contado antes, Egan?
—Abandonamos el palacio apenas poco después de enterarme de ello, y
tú siempre has huido de Sybila como de la peste. Pero se lo hice saber a
Karan para que mantuviera a Mel lejos de ella.
Archivé el dato de que la hermanastra de Karan había estado allí alguna
vez en el pasado, no tenía fuerzas para preguntar al respecto en ese
momento. Cuando reuní el ánimo para levantar los párpados y mirarlos,
ambos lucían tan atormentados como me sentía yo.
—Bienvenida a la corte de Hadesya, Korelana, acabas de sufrir el primer
atentado contra tu vida. Posiblemente, no será el último.
Estuve a punto de golpear a Xander por el comentario. Si no lo hice fue
porque, aunque pretendía ser una de sus bromas absurdas, sus ojos no
reflejaban otra cosa que no fuese preocupación. No ayudó que Egan
añadiese:
—Te lo advertimos.
Sí, lo habían hecho, sobre todo Karan. Yo ya conocía los rumores sobre el
reino y dicha corte, sobre su rey, pero mi mente no había alcanzado a
imaginar el nivel real de crueldad de sus habitantes. Debería haberlo hecho
después de que Xander me contara lo de sus latigazos o me hablara de ese
niño que vivía encerrado y que, o mucho me equivocaba, o había sido Egan.
La insinuación sobre los abusos sufridos por este. Y Karan… Karan tenía
demasiadas cicatrices, algo lógico para un soldado, pero quizás no todas las
hubiera conseguido en una batalla. No quería ni pensarlo.
—¿Va a meterse en un lío por esto?
Xander ladeó un poco la cabeza y me dio unos golpecitos en la pierna.
—Todos estamos en un lío ya, Korelana.
Genial. Aquello era fantástico.
—Pero él dijo que el tatuaje me brindaría protección. —Oh, mierda, eso
había sonado como si solo me preocupara por mí misma, ¿verdad?
Me sentí aún peor cuando Xander no se molestó en señalar ese hecho y
respondió mi pregunta sin dar ninguna muestra de acritud.
—Funcionará con la mayoría de los cortesanos y nobles hombres,
también con muchas mujeres. Sybila… Bueno, con la capa ni siquiera ha
podido verlo, y es la hermana del rey como bien te has empeñado en
recordarnos cada dos minutos. Aunque no voy a decir que no me agrade lo
que ha hecho Karan; lo hubiera hecho yo mismo de haber sabido lo que
tramaba.
Estaba arriesgándolo todo por Dafne y mis hermanas. No ya mi
integridad física, a la cual ya había demostrado que no le mostraba el
suficiente aprecio, sino la de Karan, Xander y Egan. Tal vez también la de
Lex, al que Karan me había prometido trasladar allí desde casa de Alina si
tenía oportunidad para hacerlo. Podía dedicarme a maldecir a los tres
hadesianos, arremeter contra ellos o discutir por todo con Karan, pero hasta
ahora no habían hecho otra cosa que protegerme; no deseaba que les pasara
nada malo por mi culpa.
Mi mirada osciló entre los dos hombres, uno sentado en el suelo y el otro
a mi lado, tan diferentes entre sí, pero ambos leales hasta la médula al único
que no estaba presente y, al parecer, por extensión también a mí. Me di
cuenta entonces de que, a pesar de todo, en algún momento del largo
camino que me había llevado hasta Elysium y el palacio de Hades se habían
ido convirtiendo en algo muy parecido a… amigos.
38
Para cuando el pestillo traqueteó un rato después y comenzó a moverse,
Xander había desistido del propósito de revisarme en busca de heridas y
Egan había regresado a su melancolía silenciosa, pero no hicieron nada por
apartarse de mi lado y, desde luego, ninguno de ellos estaba abriendo la
puerta. La ausencia de alarma por su parte quedó explicada cuando un hilo
de sombras tiró del pestillo del todo y Karan apareció en el umbral. Bueno,
ese sí que parecía un poder genial.
Lo escudriñé de pies a cabeza en un acto reflejo. Su arma estaba de vuelta
en la funda y él lucía un aspecto normal; no había sangre o heridas a la
vista, ni nada que indicara que alguien había tomado represalias.
Bien. Eso estaba muy muy bien.
Karan debió sentir la misma necesidad de cerciorarse de nuestro estado,
porque también nos observó desde la puerta y se tomó su tiempo para
contemplar la escena miserable que debíamos de representar.
—¿La has revisado? —espetó, dirigiéndose a Xander.
Ni siquiera dejé que este respondiera.
—Estoy bien, Karan. —Me puse en pie para darle algo de veracidad al
tono apagado de mi voz.
Él intercambió una dura mirada con sus amigos y los dos perdieron el
culo por salir corriendo de allí. No dije nada mientras atravesaban la puerta;
se habían ganado un descanso y yo podía arreglármelas con Karan y su
excesivo afán protector.
—Deberías dejar…
—Estás loco si crees que voy a permitir que me toquetees.
En otro momento y circunstancias, Karan hubiera sonreído con
arrogancia y habría dicho alguna barbaridad. En cambio, cerró los ojos,
suspiró y cuando los abrió de nuevo parecía el doble de cansado.
—Lo siento. —Desde que nos conocíamos, tan solo se había disculpado
una vez, tras su numerito de borracho después de que me apuñalaran, pero
ahora no tenía ni idea de por qué pedía perdón. No había estado equivocado
al instarnos a no detenernos ni hablar con nadie—. Esto es solo una
pequeña muestra de lo que trataba de evitarte cuando te pedí que te alejaras
de este reino.
Erguí la espalda y elevé la barbilla. Agradecí que no hubiera llegado un
poco antes y me hubiera encontrado en pleno ataque de nervios; no era una
parte de mí que quisiera que viera, significara eso lo que significase.
—Puedo soportarlo.
Al contrario de lo que esperaba, Karan asintió.
—Sé que puedes, Korelana —dijo, con total honestidad; directo y brutal
—, pero eso no implica que necesites hacerlo ni que yo quiera que lo hagas.
Me planteé si en realidad se estaba refiriendo al comportamiento de
Sybila o hablaba de su propia reacción.
«Temo más lo que yo pueda hacerle a ellos», esas habían sido sus
palabras. Quizás, igual que yo no quería mostrarme débil frente a él, Karan
tampoco había querido que viera nada de esto. Y tal vez el motivo por el
cual se había marchado de la corte era para no tener que responder a la
violencia de este lugar con más violencia; a la crueldad, con una aún mayor.
La posibilidad de que fuese yo quien lo había obligado a enfrentarse de
nuevo a aquello despertó un malestar en mi pecho que no supe cómo
afrontar. Me estremecí, consciente de nuevo de lo mucho que el destino de
los hadesianos había comenzado a importarme. Karan se percató del
temblor y dio un paso hacia mí, pero se detuvo enseguida. Muy despacio,
levantó las manos y me mostró las palmas.
—Deja que me acerque y te eche un vistazo. Si Sybila llegó a tocarte…
—Sé lo del veneno, pero no me rozó siquiera.
—Permíteme que lo compruebe de todas formas. Por favor —insistió,
rogó en realidad.
La actitud cauta que exhibía, como si creyese que iba a retroceder si
trataba de alcanzarme, ya resultaba algo totalmente novedoso entre
nosotros, pero aquello… Por Artemisa y todos los dioses del Olimpo, no
estaba preparada para ver a Karan suplicando.
—Está bien.
No se movió, así que abrí los dos broches que mantenían la capa cerrada
sobre mi pecho y luego el del cuello. Karan tomó aire de forma brusca
cuando dejé que la prenda resbalara por mi espalda para caer sobre el
canapé. Con todo lo sucedido, no había llegado a ver mi vestido, algo que
yo acababa de recordar y sobre lo que no sabía muy bien cómo sentirme.
Una emoción desconocida burbujeó en la boca de mi estómago. Me
quedé inmóvil, ni siquiera me atreví a respirar. Él tampoco parecía estar
haciéndolo. Sus ojos se deslizaron muy suavemente desde mis pies hacia
arriba por mis piernas y mis muslos, recorrieron con la misma calma mis
caderas, la cintura, el vientre, mi pecho… Se detuvo allí un momento aún
más largo y juraría que su mirada perseguía cada trazo del tatuaje a la vista.
Cada espina y bucle de la tinta. Una eternidad después, continuó
ascendiendo por mi cuello hasta alcanzar mis ojos.
No dijo nada y tampoco se movió. Su expresión estaba repleta de más
emociones de las que pudiera empezar a enumerar; el deseo, sin embargo,
palpitaba con claridad en cada uno de los rasgos afilados de su rostro. Un
deseo furioso y abrasador. Hambriento, eso parecía, y también desesperado.
Tardó aún un minuto más en reaccionar. Contemplé cómo se forzaba a
apartar toda esa necesidad a un lado y se aclaraba la garganta, tratando de
recuperar la compostura. Puede que yo estuviese disfrutando un poquitín de
todo aquello.
—Estás… —Volvió a aclararse la garganta y lo intentó otra vez—. Será
mejor que yo… eche un vistazo.
Esbocé una sonrisita y arqueé las cejas, dándole la salida del humor. A mí
me hormigueaba la piel, y otras partes mucho más privadas, con una
emoción muy similar a la que había visto en su rostro. Si Karan hacía algún
movimiento más osado ahora mismo, una insistente y lujuriosa vocecita en
mi mente me dijo que no lo detendría.
—Solo para asegurarme de que no te ha arañado.
—Solo por precaución —dije yo.
—Sí, solo por eso.
No pude evitarlo, me entró la risa tonta. Quizás fuera mi cuerpo
intentando deshacerse de la adrenalina que corría por mis venas después de
lo sucedido o que me estaba rompiendo del todo debido a la tensión que
había estado construyéndose entre Karan y yo desde el momento en el que
nos habíamos encontrado en los territorios intermedios. Quizás fuese el
miedo por Dafne y la amargura que había acumulado… No lo sabía, pero la
cuestión fue que empecé a reírme sin control, y un instante después Karan
también rompió a reír a carcajadas.
El corazón me dio un vuelco en el pecho. El sonido no se parecía a nada
que hubiera escuchado proveniente de él antes. Era profundo, rico y tan…
natural. Y su rostro, dioses, muchas mujeres matarían solo por contemplar
una sonrisa así, no digamos ya por ser las destinatarias de ella.
Cuando sus carcajadas cesaron, yo aún sonreía. También me lo estaba
comiendo con los ojos. Karan me mantuvo la mirada un instante y luego
comenzó a avanzar hacia mí.
—Voy a…
—Si vuelves a decirlo una vez más, te juro que me pondré a gritar. Hazlo
y ya está.
—Bien. —Fue su única respuesta.
Llegó hasta mí y se arrodilló a mis pies, trayendo de regreso a mi mente
otra ocasión en la que también lo había hecho y las caricias que me había
brindado entonces. Eso ayudó muy poco a que las partes menos nobles ya
mencionadas se recuperaran del sonido de su risa. Apreté los muslos en un
acto reflejo y, cuando enredó los dedos en torno a mi tobillo, el toque envió
una nueva descarga directamente a mi bajo vientre.
—Ni siquiera se acercó a mí, no digamos ya a mis pies —dije, aunque
soné sin aliento.
Karan alzó la barbilla, desafiante.
—Estoy siendo meticuloso.
Ah, así era cómo íbamos a jugar a aquello entonces.
Mi desvergonzado atrevimiento se hizo cargo. Adelanté el pie. Los
paneles de la falda se abrieron y toda mi pierna quedó al descubierto. Un
lado de su boca se curvó y el calor que apenas si había comenzado a
extinguirse en sus ojos resurgió aún con más fuerza. Una segunda mano se
unió a la primera y ascendieron juntas hasta alcanzar la parte de atrás de mi
rodilla. Sin apartar la vista de mi rostro ni un segundo, trazó círculos ligeros
sobre la piel sensible de la zona. Empezaba a preguntarme dónde me estaba
metiendo cuando sus manos volvieron a moverse hacia arriba. Más y más
arriba. Una de ellas se dirigió hacia la cadera mientras que la otra se deslizó
por la cara interna de mi muslo.
El rastro ardiente que dejaba a su paso no fue comparable con el fuego
que se desató en mi estómago. A pesar de la fina tela y de su escasez,
empecé a sudar. Mi pulso se disparó y el poco aire que conseguía atravesar
mis labios se volvía aún más pesado al llegar a mis pulmones. La sensación
de su toque era deliciosa, puro pecado. Pero entonces Karan se incorporó de
repente y sus manos se saltaron muchos puntos intermedios —puntos muy
interesantes— para trasladarse a mi cintura.
Se me escapó un ruidito de disgusto que alentó aún más su actitud
provocadora. Me tomó de la barbilla con suavidad, como si sostuviera algo
delicado y precioso, y empujó hacia arriba para contemplar con atención mi
mandíbula. Sabía que estaba buscando el rastro de los moretones, ya apenas
visibles, pero el breve fogonazo de ira que atravesó su expresión me hizo
saber que aún debía de haber una huella de ellos ahí. Aparentemente, eso le
molestaba mucho.
No lo mencionó, sino que desplazó la mano hasta mi cuello y me rodeó la
garganta con los dedos del mismo modo en que lo había hecho con Sybila.
El gesto no despertó temor alguno, lo cual era un indicativo más de que mi
sensatez se esfumaba cuando se trataba de él. Con el pulgar, frotó la zona
donde mi pulso latía. La caricia no debería haber resultado especialmente
íntima, pero la percibí con una intensidad tal que bien podría haber estado
deslizando el dedo por mi mismísimo centro.
Se me aflojaron un poco las rodillas.
—¿Puedo? —preguntó con la voz áspera, bajando la mirada hacia la V de
piel de mi escote.
Esperó hasta que sintió mi cabeza moverse y concederle permiso. Esta
vez no arrastró toda la mano; empleó tan solo la yema de los dedos. Puede
que su toque fuera más leve, pero lo sentí por todo el cuerpo. Dibujó la
ramificación del tatuaje que descendía por mi esternón hasta llegar al borde
de la tela, y deseé que continuara rastreándola por debajo de la gasa que me
cubría el pecho. Sin embargo, él saltó a la que bajaba en dirección a mi
ombligo y sus dedos permanecieron allí un instante un poco más largo. Sin
presionar, apenas rozándome. Una tortura.
Los siguientes segundos transcurrieron con una lentitud agónica. La
atmósfera estaba tan cargada de expectación que cada respiración dolía; el
pecho de Karan subía y bajaba con pesadez, y a mí tampoco me iba mucho
mejor. Él mantenía los labios entreabiertos y, con la barbilla baja, los
párpados le cubrían los ojos. Cuando yo también dirigí mi mirada hacia
abajo, descubrí hilos de oscuridad brotándole de la punta de los dedos.
Si hubo un momento en el que debería de haber retrocedido y salir
corriendo de la habitación, tuvo que ser aquel. Pero no me moví, sino que
me quedé observando cómo las sombras serpenteaban sobre la banda de tela
que rodeaba mis caderas y se extendían hacia mis costados. Una leve
presión en la curva baja de mi espalda me hizo saber que se habían
reencontrado allí.
—Gira para mí —murmuró Karan—. Por favor.
Otra súplica que no pude evitar atender. Me volví muy despacio, con su
mano aún levitando sobre mi estómago, girando en el centro del círculo que
formaba ahora la oscuridad de su poder. En cuanto le di la espalda la
presión fantasmal regresó, más insistente pero también deliciosa. Una
caricia sutil e inesperadamente cálida que fue cubriendo toda la piel
expuesta a su alcance. Recorrió mi columna y se abrió como un abanico
para abarcar los omóplatos.
—Karan…
—No creo que te haya arañado.
Me hubiera reído si la lujuria que sentía me lo hubiese permitido. Tal y
como me había hartado de repetir, Sybila no había estado ni siquiera cerca
de tocarme, y él lo sabía. Aquello no era más que la excusa que ambos
estábamos esgrimiendo para ceder a lo que fuera que había entre nosotros;
era una excusa bastante pobre, la verdad, pero no sería yo la que nos dejara
en evidencia.
Sentí a Karan inclinarse sobre mí y luego sus labios rozaron mi hombro.
Fue un beso muy breve, pero tuve que cerrar los ojos y apretar los puños
para evitar volverme, aferrarme a sus brazos y rogarle que lo hiciera de
nuevo, esta vez contra mi boca.
Nadie me había hecho sentir así. Ni siquiera Orien con su tono
provocador y las sensaciones que a veces me enviaba a través de la
conexión había despertado en mí un anhelo tan profundo y desgarrador. Tan
salvaje y maldito.
—Vas a ser mi muerte —me susurró al oído, desatando otra cascada de
placenteras descargas entre mis muslos.
—No quiero parecer engreída, pero creo que sería una manera bonita y
agradable de abandonar este mundo.
Soltó otra de esas exquisitas carcajadas masculinas. Los extremos de los
zarcillos sombríos asomaron por mis costados, ascendieron por debajo de la
mano que mantenía en mi estómago y prosiguieron su camino sobre mi
esternón. Luego, tantearon la tela que cubría mis pechos… La visión
resultaba extraña, pero al diablo si no era también lo más erótico que
hubiera experimentado jamás.
—Eres una verdadera delicia, Korelana, pero voy a tener que salir de esta
habitación ahora. Si me quedo…
¿Iba a largarse? ¿Quería yo que lo hiciera? Era lo adecuado, ¿no? Nuestro
compromiso solo era una treta; no podía olvidar que yo era una hija de
Artemisa olímpica, y él, un hijo de Hades hadesiano. Por si eso fuera poco,
los dioses habían determinado que debía convertirme en la esposa de
Stavros y, aunque no era como si estuviesen demasiado presentes para hacer
cumplir su voluntad, no era algo que pudiésemos despreciar sin más.
Además, al margen de que fuésemos enemigos de reinos enfrentados y yo el
premio de consolación de su rey, se me presuponía una pureza con la que ya
no contaba, ¿era ese detalle por lo que se sentía obligado a retroceder? Si se
trataba de eso, desde luego resultaría ser mucho más decente de lo que yo
era y de lo que se esperaría de alguien de su procedencia y estatus. Karan
era el general de Stravos y formaba parte destacada de esta corte cruel; yo
misma había sido testigo de la reverencia y el miedo mostrado por un
montón de soldados frente a él.
—No tienes que irte —me escuché decir, cualquier lógica relegada por
completo—. Yo no… no soy pura.
Bueno, ya estaba dicho, con todo lo que eso suponía. Nadie excepto
Dafne lo sabía. Si se descubría, me expulsarían del templo y nunca llegaría
a convertirme en una hija de Artemisa de pleno derecho; ni siquiera Adara
podría salvarme de ese tipo de deshonra. Todo ello siempre que consiguiera
regresar sana y salva a Olympya, pero quería pensar que así sería.
Yo no había decidido dónde nacer, que mi madre me abandonase, tener
que prestar servicio a una diosa ausente, viajar de Petra a Karya, entrenarme
desde mi más tierna infancia o contar con un don por el que muchos
desearían mi sangre y no dudarían en esclavizarme. Así que decidir entregar
mi cuerpo, aunque fuese a un desconocido, había sido un acto de rebeldía
del que no encontraba la manera de arrepentirme. No esperaba que Karan lo
comprendiera, por lo que agradecí estar de espaldas a él y no tener que
contemplar su reacción.
Durante un momento solo hubo silencio y sus sombras se mantuvieron
inmóviles sobre mi piel. ¿Le daría mi confesión el impulso para quedarse,
dado que a ojos de dioses y mortales ya estaba arruinada? ¿Lo
escandalizaría de tal modo que me rechazaría?
Esperé y esperé, y me obligué a no ser yo la que se apartase primero.
—Siento verdadera lástima —empezó a decir. Aunque había previsto esa
clase de reacción, me encogí un poco— por quienquiera que fuese el
estúpido que te tuvo alguna vez entre sus brazos y luego te dejó marchar.
39
Mi mente se demoró más de lo debido en comprender y asumir el
significado de su afirmación. Cuando lo hizo, solté el aire que no sabía que
había estado conteniendo. Con él llegó un alivio también inesperado. No
necesitaba su aprobación, pero la había deseado de todas formas. Lo
deseaba. A él. Un hadesiano irritante, atractivo de una manera absurda y que
tan solo un rato antes le había amputado los dedos a la princesa de aquel
reino infernal solo porque se había acercado demasiado a mí.
No, mi cordura no estaba en su mejor momento, pero desde el secuestro
de Dafne todo había sido una locura tras otra, una decisión impulsiva tras
otra. Así que supuse que, si añadía una más a la lista, no empeoraría las
cosas. No demasiado.
Giré para enfrentar a Karan. Sus manos me sujetaron por las caderas y sus
sombras comenzaron a retroceder. Las eché de menos de inmediato; aún
siendo pura oscuridad, se sentían reconfortantes. Familiares.
Nuestras miradas se encontraron a mitad de camino. El metal de sus ojos
argénteos contra el radiante dorado de los míos, ambos brillantes y
ansiosos. Inspiré profundamente y me lamí el labio inferior, saboreando la
dulzura de su aroma. Karan bajó la mirada para seguir el movimiento, sus
dedos se me clavaron en la carne y…
Me abalancé sobre él. O puede que fuese Karan quien se movió primero.
No sabría decirlo. Cuando nuestras bocas se encontraron, el beso nos barrió
de pies a cabeza. No fue sutil. No fue débil ni tentativo. No fue nada de eso,
y lo fue todo. Todo. Una explosión de sombras sobre la lengua. Destellos de
luz. Un estallido de colores y aromas y espinas y flores. Una primavera
brotando en cada toque y, al mismo tiempo, ese momento en el que el otoño
asoma la cabeza y todas las hojas caen para renacer después. Para volver a
la vida. Fue la muerte más dulce, apasionada y placentera que nadie podría
desear.
Ladeé la cabeza y Karan no tardó en profundizar aún más el beso. Su
lengua empujó contra la mía, jugando con ella, con más de ese toque
provocador que no era capaz de abandonar ni siquiera ahora. Arrastró
ambas manos por mi espalda desnuda y, al llegar a mi trasero, las extendió
sobre mis nalgas y me empujó contra su cuerpo. Gemí al sentir su dureza
contra mi estómago. La cabeza empezó a darme vueltas al imaginarlo
deslizándose en mi interior. Mi limitada experiencia no me permitía adornar
con demasiados detalles esa imagen, pero dudaba que se pareciese en nada
a mi apresurada y torpe primera vez. No, no sería para nada así. No cuando
Karan solo me estaba besando y yo ya sentía que me moría por dentro.
De cualquier forma, quería más de él, un montón de cosas que no se me
permitía desear, pero a menos que bajase el mismísimo Zeus en persona y
me partiera en dos con uno de sus rayos, estaba decidida a obtenerlas. Así
que, cuando los besos de Karan se tornaron más superficiales y suaves y él
comenzó a retirarse, no me avergoncé en absoluto de agarrarlo de los
hombros y susurrar contra sus labios: «No pares».
Mi ruego no sirvió de nada. Colocó una de sus manos enormes contra mi
mejilla y me sostuvo la cabeza para evitar que persiguiese su boca, mientras
que empujaba su cuerpo hacia atrás. La distancia entre nosotros era mínima.
Aun así, me resultó ofensiva. Dolía físicamente.
—No imaginas lo mucho que deseo liberarte de este maldito vestido,
volver a arrodillarme ante ti y adorarte como te mereces antes de enterrarme
tan profundo en tu interior que no pueda distinguirse dónde acaba mi
cuerpo y dónde empieza el tuyo. Pero… no soy un buen hombre, cazadora
—dijo, y cuando empleó ese estúpido apodo supe que todo había terminado
—. He pretendido serlo en los últimos meses, y más aún en estas últimas
semanas. Lo he intentado con todas mis fuerzas, pero en el momento en el
que te seguí hasta aquí… Bueno, hice mi elección. No te arrebataré la tuya.
—No tengo ni idea de lo que estás hablando.
Sus comisuras se curvaron, pero la alegría esquivó sus ojos.
—Esto no es más que un falso compromiso. Fuera de esta habitación y
para todos los que forman parte de la corte, eres mía. Mi prometida. Mi
futura esposa. Aquí dentro… —negó lentamente— no es real. Y puede que
esta sea la única parte decente que queda de mí; así que, cuando me odies,
no lo hagas por esto.
Retrocedió tan de repente que me tambaleé. Apenas había recuperado el
equilibrio y él ya estaba junto a la entrada. Se detuvo de espaldas a mí y ni
siquiera me miró cuando dijo:
—Enviaré a Xander o Egan por si quieres compañía, aunque en todo
momento tendrás a dos hijos de Hades custodiando la puerta. Me son leales,
te cuidarán bien. También trataré de averiguar dónde y en qué condiciones
se mantiene a tus hermanas. Te contaré enseguida cualquier novedad.
Agarró el pomo y se dispuso a salir.
—Karan —lo llamé. No contestó, pero tampoco se movió—. ¿Todas
las… cicatrices que tienes son producto del entrenamiento o de la batalla?
No supe por qué había elegido preguntarle algo como eso justo en aquel
momento. Ni siquiera había entendido lo que acababa de pasar entre
nosotros o la mierda de explicación que me había dado para ponerle fin.
Aun así, Karan había dicho que esto no era real y tenía razón. Si íbamos a
mantener esta farsa, yo quería algo real, lo que fuera; una verdad que no
tuviera nada que ver conmigo y todo con él.
—No, no lo son —admitió tras una pausa demasiado larga.
—¿Me lo contarás alguna vez?
—Quizás algún día, cazadora.
Se marchó antes de que pudiera decir nada más. No sé muy bien cuánto
tiempo pasé plantada en mitad de la estancia con una sensación helada
sobre la piel y una presión asfixiante en el pecho. Desconcertada y furiosa a
la vez. Dolida de una forma que no conseguía descifrar porque no había
heridas a la vista y, pese a ello, sentía la carne abierta sobre los huesos.
«Liberarte de este maldito vestido».
«Arrodillarme ante ti».
«Adorarte como te mereces».
«Enterrarme tan profundo en tu interior que no se pueda distinguir dónde
acaba mi cuerpo y dónde empieza el tuyo».
«No soy un buen hombre».
«Lo he intentado con todas mis fuerzas».
«Hice mi elección. No te arrebataré la tuya».
«Cuando me odies, no lo hagas por esto».
Esa última frase se repitió en mi mente una y otra vez como un eco
infinito y cruel. Hasta que descubrí lo que se me estaba escapando: cuando
lo odiase, no si llegaba a hacerlo.
Pero ¿no lo había odiado desde nuestro primer encuentro? No, eso no era
cierto. Había odiado lo que representaba, quién se suponía que debía ser por
su origen, pero no al Karan que había ido descubriendo con el paso de los
días.
«Tal vez no lo conoces en absoluto. Quizás el compromiso no sea la única
farsa», me dije, pero no encontré las fuerzas para convencerme de que esa
era la verdad.
Egan me encontró en el mismo lugar en el que Karan me había dejado, tan
sumida en mis pensamientos que ni siquiera lo oí llegar, y eso era muy
peligroso en un lugar como aquel. Iba a tener que poner al día mis
habilidades como cazadora, porque algo me decía que a partir de ese
momento las necesitaría más que nunca.
—¿Estás bien?
Asentí y me acerqué hasta las puertas del balcón que se abría al fondo de
la estancia solo para esquivar su mirada repleta de curiosidad. La habitación
en la que nos encontrábamos debía de ser una antesala del dormitorio de
Karan, al que ni siquiera habíamos llegado a entrar y que ahora mismo no
tenía ninguna prisa por conocer. Había canapés y butacas dispuestos sobre
una alfombra, junto con varias mesitas auxiliares; el mismo suelo de
mármol negro que en el resto del palacio y más pinturas en las paredes a las
que no presté demasiada atención. Miré el exterior y traté de deducir en qué
zona estábamos empleando el recuerdo de la vista general que había
obtenido del palacio antes de entrar en la ciudad. Habíamos subido varias
plantas para llegar aquí, lo que indicaba que podríamos encontrarnos a
media altura de las montañas sobre las que se alzaba la residencia real.
¿Estarían los aposentos de Stavros cerca de nosotros? ¿Y Dafne? Puede que
mi amiga se encontrara a solo unos cuantos pasillos y tramos de escaleras
de mí. Estaba tan cerca de conseguir llegar a ella que no tenía sentido
pensar en nada o en nadie más.
—¿Korelana? ¿De verdad estás bien?
Me rehíce como pude antes de volverme hacia Egan. Había esperado que
fuese Xander quien acudiese para brindarme la compañía que Karan había
prometido, pero forcé una sonrisa de todas formas.
—Sí, estoy bien, solo me gustaría encontrar a Dafne y salir de aquí.
—¿Así se llama tu amiga? ¿Dafne? Creo que no te había escuchado decir
su nombre antes.
Dioses, seguramente tenía razón. ¿Era una amiga terrible por eso? ¿O
solo la había estado protegiendo del enemigo? ¿Significaba este desliz que
confiaba en Egan? Bueno, ya era tarde para desdecirme.
—Dafne de Karya.
El hadesiano ocupó una de las butacas y yo decidí sentarme también, pero
lo hice en el canapé frente a él.
—Es curioso que solo los reyes y los huérfanos empleen como apellido el
nombre de sus reinos y ciudades de origen, ¿no te parece?
Nunca lo había pensado, pero sí que resultaba irónico. No había nadie
más alejado en la escala social que un huérfano sin raíces y sin hogar, sin
nada salvo su misma persona, y un rey, que lo tenía todo.
—Tal vez ningún rey se haya dado cuenta aún —bromeé— o ya hubieran
promulgado una estúpida ley para evitarlo.
Me recosté en el asiento y empleé la capa para taparme las piernas.
Debería haberme quitado de una vez el vestido, pero estaba demasiado
cansada para eso y no sabía siquiera qué ropa me pondría cuando lo hiciera.
Reinó el silencio durante largo rato, y pensé en liberar a Egan de la carga
de mi compañía. Había hijos de Hades en el pasillo, lo cual no me resultaba
tan tranquilizador como Karan lo había hecho sonar al informarme de ello.
Aun así, había dicho que le eran leales y me di cuenta de que le había
creído. Nadie entraría en esta habitación; confiaba en su palabra.
Confiaba en Karan.
—Podría preguntarles a mis madres —sugirió Egan de la nada.
—¿Qué?
—Por Dafne y tus hermanas. Quizás ellas sepan dónde están o tengan
algún tipo de información útil, aunque los dioses saben que su especialidad
nunca ha sido dar indicaciones claras.
Aquella podría ser de las frases más largas y personales que me había
dedicado el hadesiano, y tenía muchas preguntas sobre… todo.
—¿Tus madres viven aquí?
La expresión de Egan no era precisamente entusiasta cuando asintió, así
que supuse que no mantenían una buena relación. ¿Habían sido ellas las que
lo habían encerrado de niño? Eso supondría un nivel totalmente nuevo y
espeluznante en lo que respecta a su pasado ya jodido de por sí.
—No es que me apetezca verlas, pero podría probar suerte.
—¿Harías eso por mí?
—Lo haría por Karan —se apresuró a contestar—. Cuanto antes
encuentres a tu amiga, antes romperás el compromiso y te marcharás.
—Vaya, no te andas con rodeos, ¿eh?
Una patada en el estómago me hubiera dolido menos. Egan nunca había
sido mi fan número uno, pero aquello era demasiado incluso para él.
Aunque ¿podía culparlo? ¿Cuán estúpido sería que el único motivo real del
regreso de Karan a la corte fuese un compromiso falso para ayudarme? Y,
visto lo visto, Karan no era el único que tenía motivos para dejar atrás aquel
lugar. Ni Xander ni Egan querían estar en el palacio, era una lealtad
inquebrantable hacia su general lo que los había traído a ese lugar.
—Me mataría si supiera que acabo de decirte algo así —replicó, y
entonces el tipo soltó una risita.
No creía haberlo visto reír antes. Nunca. Y era muy… raro. Rarísimo.
—Todos decís cosas como esa, pero ninguno aclara las razones que tiene
Karan para ayudarme, lo que me lleva a pensar que hay mucho más de lo
que me estáis contando y que no es bueno. Así que ¿sabes qué? Que te
jodan. He cruzado este reino horrible para encontrar a mi mejor amiga, mi
hermana, y me largaré con ella o moriré intentándolo; Dafne haría lo mismo
por mí.
Si mi corte de mangas verbal lo ofendió, no dio muestras de ello. Se
quedó observándome fijamente, y yo recordé que desconocía la naturaleza
de su poder. ¿Y si le daba por reventarme la cabeza o algo por el estilo? A lo
mejor debería haberme quedado callada por una vez.
—Amas a tu amiga. —No era una pregunta, así que no contesté, aunque
me sentí aliviada de conservar los sesos dentro del cráneo—. ¿Sabes por
qué estoy yo aquí contigo en vez de Karan?
—No, no lo sé, como tampoco entiendo qué clase de relación de ideas has
seguido para pasar de un tema a otro —solté con mayor brusquedad de lo
que pretendía. Empezaba a cansarme de lo crípticos que eran todos siempre
—. Solo sé que Karan estaba aquí y nos hemos besado, pero le ha dado
alguna clase de cortocircuito mental, ha empezado a divagar sobre las cosas
que quería hacerme y sobre lo malo que era o que había sido y luego…
pufff, se ha marchado sin más.
—¿Pufff?
Puse los ojos en blanco, aunque era mejor que estuviese remarcando eso
que la parte de Karan deseando hacerme cosas.
—Bueno, no se ha desvanecido en el aire, pero le ha faltado poco.
—Podría haberlo hecho. El muy cabrón tiene ese poder.
—¿En serio?
Egan no lo confirmó, pero recordé a Karan evitando el golpe de Xander
durante el entrenamiento en el patio trasero de la casa de Asfodelos. Su
figura había parpadeado un instante. Debería haberlo sospechado entonces.
De todas formas, Egan no tenía por qué contarme nada de eso, lo cual me
hacía preguntarme cuál era el motivo para que lo hiciera ahora.
—No estoy segura de hacia dónde va esta conversación —admití.
Empezaba a dolerme la cabeza, recé para que no tuviera nada que ver con
Egan y su poder desconocido.
Apoyó los codos en las rodillas y se inclinó hacia mí antes de hablar, de
nuevo con la mirada fija en mi rostro.
—Tú amas a Dafne, y yo amo a Karan —dijo. En ninguno de los dos
casos lo hizo sonar como algo romántico o sexual, y eso me agradó más de
lo que debería—. La cuestión es que Karan ama muchas cosas, Korelana.
Ama esta tierra y a sus gentes, pero no a los que habitan el palacio, sino a
los que están ahí fuera y apenas tienen con qué llenar el estómago, esos que
jamás pidieron ser peones de una guerra absurda entre los dioses o sus
descendientes. Ama a Melíone y al niño que lleva en su vientre y al que
considera lo más parecido a un hijo propio que llegará a tener nunca. Ama a
Lex, a Thanatos, a Caos y a su cría, a su caballo y a la mayoría de los
animales descarriados que se encuentra y que acaba convirtiendo en su
responsabilidad sin darse cuenta de que lo hace. Ama también a sus amigos,
que son pocos, pero sienten ese mismo amor incondicional hacia él. Ama su
espada y saber cómo emplearla cuando es necesario defender a los suyos.
Ama el color del cielo del Tártaro al amanecer a pesar de que esa ciudad es
un infierno en sí misma. Ama darle a los demás oportunidades que él nunca
tuvo o tendrá y la justicia que no cree merecer cuando se trata de su propia
persona. Y ama el sabor de esa basura que llaman «néctar de dioses», solo
Hades sabrá por qué. —Hizo una pausa, aunque no me atreví a interrumpir
su discurso—. Lo que pasa es que a veces no puede amarlo todo a la vez. A
veces, tiene que elegir entre esos amores tan diferentes. A veces, toma
decisiones imposibles y se calla las cosas más importantes porque cree que
está haciendo lo correcto o lo que algún supuesto deber requiere que haga,
incluso si eso supone que será él quien acabe jodido al final del camino.
—Sigo sin entenderlo —me aventuré a murmurar al comprender que no
iba a decir nada más.
—Lo harás. Karan también lo sabe, y cuando llegue el momento tal vez
entiendas por qué soy yo quien está sentado aquí contigo en vez de él.
40
Siguiendo órdenes de Karan de que nadie más tuviera acceso a mí, fue un
guardia con el mismo aspecto espeluznante que los de nuestra escolta hasta
el palacio quien trajo el almuerzo. Egan se retiró poco después. Xander no
apareció y tampoco Karan regresó. Decidida a ser paciente y no forzar mi
mano todavía, no traté de escabullirme e ir en busca de Dafne yo misma.
Corretear sin rumbo por los pasillos del palacio de Hades no parecía muy
buena idea. Lo haría llegado el momento; buscaría la forma de despistar a
los hijos de Hades que me custodiaban y sabía cómo ser sigilosa. Era una
hija de Artemisa, joder, y no lo había olvidado a pesar de que últimamente
lo pareciese.
Las palabras de Karan y las de Egan se entremezclaban en mi mente unas
con otras, con lo que ya sabía sobre los hadesianos y su reino y lo que había
descubierto recientemente. Con lo que mis ojos me habían mostrado y lo
que no. Eso me estaba volviendo loca. Así que después de que Egan se
despidiera, procuré no permanecer ociosa. Revisé el conjunto de estancias
que conformaban las habitaciones de Karan. La decoración era impecable
en todas y acorde al lujo de lo poco que había visto del palacio. Salvo una
habitación en la que se acumulaban decenas y decenas de libros a lo largo
de las estanterías de las paredes, no encontré muchos objetos que pudieran
considerarse personales. Algunas armas y ropa en el armario de su
dormitorio, poco más. No llegué a abrir ningún cajón, incluso yo tenía
algunos límites.
La tarde llegó y se fue. Me deshice del vestido y me enfundé en una
camisa de Karan, una pésima idea por muchísimos y muy variados motivos,
pero era lo único que tenía a mano. Otro guardia —o el mismo, era
imposible saberlo con la capucha y la capa cubriéndolo de pies a cabeza—
me entregó la cena, de la que di cuenta a solas. Cayó la noche. Regresé al
dormitorio de Karan y contemplé con suspicacia la cama tamaño
extragrande. Contaba con un tálamo y cortinas de tela oscura pero
semitransparente, dos pares de almohadones y sábanas y una manta negras
tan suaves que daban ganas de llorar.
Nada de eso me ayudó a reunirme con Morfeo. Solo el agotamiento,
muchas horas después, consiguió aplacar el discurrir incesante de mis
pensamientos. Más que dormirme, me desmayé. No tuve sueños ni Orien
me encontró al amanecer, justo en ese momento de mayor debilidad. De
haber logrado colarse en mi mente por algún motivo, habría salido
espantado, porque en cuanto abrí los ojos regresaron las teorías sobre Karan
y todo lo que callaba. El runrún continuo de mi preocupación por Dafne se
unió a la fiesta al mismo tiempo.
Mi ansiedad creció y creció, y una multitud de suposiciones desfilaron
ante mis ojos minuto tras minuto. Para cuando Xander apareció con el
desayuno, había llegado a mis propias conclusiones; erradas o no, fue lo
mejor que se me ocurrió. Pero si tenía razón…
—Karan es Stavros —solté incluso antes de que cerrara la puerta tras de
sí.
Xander se detuvo tan de repente que la bandeja estuvo a punto de
resbalársele de las manos. Se escuchó un ruidito extraño en el pasillo, algo
que no era risa, ni tos ni lamento, sino una mezcla de todo ello, y que hizo
que él, una vez que tuvo la bandeja bien sujeta, echase un vistazo alarmado
sobre su hombro. Luego, cerró la puerta de una patada y sus ojos volaron
hacia mí. Se quedó mirándome largo rato.
A mí el corazón estaba a punto de salírseme del pecho e iba a ponerme a
gritar en cualquier momento si no decía algo.
—¿Se puede saber de dónde demonios te has sacado esa mierda?
—¿Es él? ¿Es Stavros? —insistí, y enseguida me puse a balbucear de
forma patética—. Porque… ya sabes… Lex es un cerbero, un puto cerbero,
y le hace caso. Eso es muy de Hades. Lo de Thanatos y Caos tampoco es
normal. Sé que tú puedes detener un corazón a voluntad, pero él seguro que
hace algo mucho peor en lo que he procurado no pensar. Todos los soldados
le tienen miedo. ¡Y Alina! La cortaste cuando trató de decir algo sobre el
honor de servir a Karan…
—¿Quién ha sembrado esa idea en tu mente, Korelana?
Tendría que haberme callado entonces, pero no sabía cómo interpretar la
expresión de Xander. ¿Me estaba preguntando quién me había dicho la
verdad o se estaba riendo de mis elucubraciones?
No, no me callé.
—Karan sigue ayudándome sin razón aparente. Y vosotros. —Lo apunté
con el dedo como una auténtica desquiciada y juro que se estremeció—.
Pero primero me ibais a traer aquí y luego Karan quería que me largara del
reino. ¡Oh, dioses, le corté el cuello! ¿Intenté matar al rey? Esto es peor que
lo de Sybila. —Se me abrieron los ojos como platos—. ¿Por eso no teme las
consecuencias de su regreso o haber dejado manca a esa mujer? ¿Porque es
su hermana y este es su puto castillo?
—Fueron solo los dedos —remarcó, y el muy imbécil tuvo el valor de
reírse—. Y no digas estupideces; esto es un palacio, no un castillo.
No lo estaba negando, y eso…, joder, eso era malo.
—Con razón estaba seguro de que podría protegerme y… —Me
interrumpí de golpe, y creo que eso preocupó aún más a Xander—. El
compromiso en realidad es por mi poder. ¿La historia que me contó sobre
este reino, Zeus haciendo el imbécil y Hades pidiendo un pago por ello era
siquiera verdad? Bueno, da igual —dije, y ahora fui yo la que dejé salir una
risa; sin duda, la mía fue mucho más cínica—, al final estoy destinada a ser
la esposa de Stavros, es decir, su esposa. Todo se reduce a eso.
Mi ánimo se desplomó al comprender la totalidad de lo que significaba
que Karan fuese Stavros. Trastabillé hacia atrás y tropecé con una butaca, lo
cual fue una suerte, porque cuando se me doblaron las rodillas acabé
sentada en ella y no tirada por el suelo.
Aquello encajaba incluso con que hubiera dicho que marcharse de la
habitación era la única cosa decente que había hecho. Sabía que lo odiaría si
me entregaba a él y luego descubría la verdad; no hubiera esperado un acto
así de Stavros, pero precisamente eso era lo único correcto que había hecho.
El resto no eran más que mentiras.
—Karan no es Stavros. —Levanté la mirada hacia Xander. Me dolía el
pecho de una forma extraña y se me había revuelto el estómago—.
¿Korelana? ¿Me estás escuchando? No es Stavros.
—No me mientas.
Sus ojos parecían sinceros, pero también tristes y desolados. ¿Quién
estaría triste por que su mejor amigo no fuese un tirano?
—No te estoy mintiendo, pero te aseguro que voy a matar a esos dos de
ahí fuera por pasarte la mierda que quiera que se fumen en sus ratos libres.
Me eché a reír con su pretendida broma al tiempo que parpadeaba para
contener la humedad que se había acumulado en mis ojos. Xander suspiró,
dejó el desayuno sobre una mesita y se plantó frente a mí. Su mirada
continuaba albergando demasiada amargura, pero aun así repitió:
—Él no es Stavros. ¿El general de sus ejércitos? Sí, pero no es él. No es
el rey de Hadesya.
—Entonces, ¿por qué? ¿Por qué todo esto?
—Porque quiere que encuentres a tu amiga.
—¿Por qué?
—Porque eso es lo que tú quieres.
Elevé un poco más la barbilla, con la irritación sustituyendo a toda
velocidad a la decepción y el dolor que mi descubrimiento había provocado.
—Pero ¿qué demonios es lo que quiere Karan?
—Eso vas a tener que preguntárselo a él.
—¿Porque no es tu historia para contarla? —tercié, al recordar lo que me
había dicho aquella noche en el porche de la casa de Asfodelos.
Habíamos bebido néctar de dioses y luego ese licor de granada tan fuerte,
y Karan, como siempre, había aparecido en el momento más inoportuno
posible; tal vez ese fuera su puto don.
—Porque ni siquiera yo entiendo del todo sus motivos. Solo… creo que
quería pasar el máximo tiempo que pudiera contigo; conocerte y que tú lo
conocieras.
—Eso ni siquiera tiene sentido, Xander.
Se encogió de hombros.
—A los dioses les encanta jugar con nosotros, y en esta partida todos
llevamos unas cartas de mierda.
—Los dioses ya no están —rebatí.
—La mayoría no están, Korelana, pero existen unas pocas divinidades
que no quisieron renunciar a este mundo.
¿Qué demonios estaba diciendo? ¿Y cómo demonios habíamos acabado
hablando de esto? A no ser que…
—Por favor, dime que Karan no es una divinidad, porque eso sería aún
peor.
Xander estalló en carcajadas. Acto seguido, tomó un panecillo de la
bandeja y se dejó caer en otro de los canapés con tanta despreocupación que
me dieron ganas de golpearlo hasta la muerte.
—Esto se pone cada vez más divertido.
No tenía una buena tolerancia a la frustración. Nunca había sido una de mis
virtudes y mi aventura por Hadesya no había cambiado eso para bien; si
acaso, lo había empeorado. Cualquiera diría que después de todo por lo que
había pasado tendría que haber aprendido a reflexionar sobre las
consecuencias de mis actos, pero dudaba que ese fuera un rasgo que llegase
a adquirir nunca. Así que estar encerrada en los aposentos de Karan, por
muy lujosos que fueran y mucha comida suculenta que me trajesen, no
tardó en hacer resurgir mi impulsividad.
Había pasado otro día y medio atrapada allí. Egan y Xander me habían
visitado en un par de ocasiones, aunque fueron dejando de mostrarse tan
comunicativos conmigo de forma paulatina según avanzaban las horas. Los
hijos de Hades mantuvieron sus puestos en el pasillo y Karan seguía
desaparecido. Yo ya había decidido que haría una pequeña escapada de
reconocimiento tras la caída del sol. Todavía estaba valorando si las sábanas
y cortinas anudadas serían suficientes para descolgarme por el balcón, si
debía intentar escalar o bien trataría de atravesar la puerta de entrada como
si se me hubiese concedido el permiso para hacerlo, convencida de que mis
escoltas no se atreverían a hacerme daño. Karan no se habría tomado tantas
molestias para luego ordenarles que emplearan la fuerza conmigo; tal vez
pudiera convencerlos de que me estaba permitido explorar el palacio.
Una vez más desde que mi viaje había comenzado, decidí que optaría por
probar primero la puerta y, si no lo conseguía, el balcón sería entonces.
Cené sola, aunque apenas conseguí que nada atravesara mi garganta,
demasiado ansiosa por mi inminente fuga. Esa misma mañana, Xander se
había burlado nuevamente de mis descabelladas suposiciones. Había
comentado que el rey le sacaba más de diez años a Karan, tenía un humor
menos afilado y sarcástico que este y, desde luego, también muchos menos
escrúpulos. Eso sí, al parecer, a ninguno de los dos les temblaba el pulso al
sostener una espada y eran casi igual de poderosos. No había esperado
menos de un general, tampoco del mismísimo rey de Hadesya.
Después de mi segunda —o tercera, había perdido la cuenta— crisis
nerviosa en apenas un par de días, procuré no permitir a mi mente vagar
demasiado en ese aspecto. Todo aquello me daba dolor de cabeza.
Tumbada de espaldas sobre la cama, entre sábanas que olían a Karan a
pesar de que debía llevar quién sabía cuánto tiempo sin dormir allí, me
obligué a esperar un poco antes de emprender mi excursión nocturna. De
madrugada, la mayoría de los residentes del palacio estaría durmiendo y
sería menos probable tropezarme con alguien. Sin ropa propia, llevaba tan
solo una camisa de Karan, la capa sobre ella y las zapatillas de piel teñidas
de azul medianoche que Alina me había dado. Al menos eran cómodas y, si
me descubrían, la menor de mis preocupaciones sería no ir vestida para la
ocasión. Lo que sí lamentaba era la falta de mi arco, me sentía desnuda sin
él, pero había agarrado un par de cuchillos de entre las armas que encontré
y una funda para ellos que ahora colgaba de mis caderas. Mi aspecto era…
interesante.
Cerré los ojos. No había estado descansando bien, era imposible hacerlo
cuando la preocupación por Dafne me carcomía todo el tiempo y mi cuerpo
desbordaba una energía nerviosa que no me permitiría quedarme dormida.
También acumulaba una buena cantidad de ira por la ausencia de Karan. No
podía creer que me hubiera dejado allí encerrada y se hubiese olvidado de
mí. ¿Qué demonios lo mantenía tan ocupado? ¿Habría siquiera tratado de
descubrir algo sobre Dafne y mis hermanas?
La cuestión a la que no quería hacer frente era que no solo sentía ira. En
el fondo, una parte de mí se preocupaba por Karan aunque me negara a
aceptarlo. Temía que el rey hubiera descubierto lo que le había hecho a su
hermana y hubiese tomado represalias. ¿Lo estarían castigando?
¿Azotándolo como a Xander? ¿O algo aún peor? ¿Y si estaba del todo
equivocado respecto a su posición y Stavros lo había matado nada más
presentarse ante él?
41
Me incorporé de un salto y me dirigí a la estancia contigua, decidida a no
esperar más y probar suerte con los guardias del pasillo. Ya avanzaba hacia
la puerta cuando alguien la abrió desde el otro lado. La visión de Karan
ocupando el umbral, intacto al menos en apariencia y aún vistiendo la
magnífica armadura, se sintió como… como una maldita victoria; sin
embargo, a la alegría se sobrepuso toda la rabia y la ansiedad acumulada.
Me planté frente a él.
—¿Dónde estabas?
—Tenía asuntos que atender. —Fue todo lo que dijo.
El tipo había convertido su capacidad para dar respuestas vagas en un
arte, lo cual terminó de sacarme de quicio del todo. Me abalancé sobre él
con los puños en alto.
—¡¿Quién demonios te crees que eres para dejarme aquí encerrada?! —
grité, mientras lo golpeaba en cualquier parte que encontraba a mi alcance:
el pecho, el estómago…—. ¡No soy un mueble que puedas colocar en un
rincón bonito para disfrutar mirándolo cuanto te plazca!
Le di un golpe particularmente violento justo en mitad del esternón que
no provocó ninguna reacción por su parte, dado que la armadura lo
protegía. De cualquier forma, Karan podía haber evitado mis puñetazos si
hubiese querido, le hubiera bastado con desvanecerse y desaparecer, tal y
como Egan había dicho que podía hacer; por qué soportó mis embistes era
algo que escapaba a mi comprensión, y tampoco me paré a pensarlo. Estaba
demasiado furiosa.
Seguí golpeándolo hasta que se movió y capturó mis muñecas. Las apretó
contra su pecho, tirando de todo mi cuerpo en el proceso.
Me revolví y peleé contra él aún con más fuerza.
—¡Hace horas que no veo a nadie! ¡Podríais haber estado todos muertos y
yo no lo sabría! ¡Tú podrías estar muerto! —proseguí a gritos.
Karan empujó la puerta con el pie para cerrarla. Luego, a pesar de mis
patadas y zarandeos, me llevó a través de la estancia. Hizo que me tumbara
sobre el canapé más grande y se estiró sobre mí para inmovilizarme con su
cuerpo.
—Podrías estar muerto —repetí.
Mis músculos cedieron a la presión, pero aún traté de mover las manos
para arañarle la garganta. Él me las sujetó con mayor firmeza.
—¿Estabas preocupada por nosotros? ¿Por mí?
—Eres despreciable —repliqué, aunque su desconcierto lucía genuino—.
¿Recuerdas lo que le hice a tu cuello? Pues te juro que, si no te quitas de
encima ahora mismo, apuntaré más abajo y haré lo mismo con tus pelotas.
En su honor he de decir que la amenaza ni siquiera lo hizo parpadear, y en
el mío, que su peso sobre mí se sentía demasiado bien y su presencia
resultaba tranquilizadora. Sus ojos transmitían perplejidad, pero también un
profundo desasosiego. No quería que él se sintiera así, no quería que se
preocupara por mí, porque entonces yo recordaría lo preocupada que había
estado por él. Y eso implicaba unos sentimientos que no dejaría salir a la
luz.
«Cuando me odies, no lo hagas por esto».
El odio era algo seguro, más aún cuando sabía que Karan pensaba darme
motivos para ello.
—No dudo de tu destreza ni de tu determinación para cumplir con esa
amenaza, cazadora. Me preocuparía si no fuese así. Y me disculpo por
haberte dejado aquí durante tanto tiempo, pero voy a necesitar que te
calmes antes de poder soltarte.
Yo ya había dejado de revolverme, pero mis uñas trataban de clavarse aún
en la placa que le cubría el pecho, justo sobre el emblema, con muy poco
éxito.
—¿Has visto ya a Stavros?
—No se ha reunido conmigo todavía. Se tomará su tiempo para recibirme
a sabiendas de la humillación que eso representa para mí. De todas formas,
no lo vería sin ti.
—¿Por qué?
Aunque aflojó su agarre, no me soltó las muñecas y yo no traté de retirar
las manos, pero las aplané por completo y dejé que reposaran allí.
—Porque cuando por fin me vea, tú estarás a mi lado. Quiero que nos vea
a los dos juntos. Es necesario.
—¿Sabrá quién soy? ¿Lo que soy? —Me había dicho que no sería así,
pero yo ya no estaba segura de nada.
—Sabrá que eres mi prometida.
Ahora sí, tiré de mis brazos hasta que me soltó. Sin embargo, no hizo
ademán alguno de apartarse.
—Eso no contesta mi pregunta.
—No. —Titubeó—. No lo creo. Tal vez hay una pequeña posibilidad.
Entorné los ojos.
—¿Cuán pequeña?
—Mínima.
La conexión mental. ¿La sentiría Stavros con mayor intensidad cuando
por fin estuviésemos en la misma habitación? No lo sabía, pero Karan
desconocía su existencia, así que no podía ser eso lo que lo hacía dudar.
—Podría percibir el poder en tu sangre —añadió, sacándome de mi
incertidumbre—, de la misma forma en que supo que habías sangrado sobre
su tierra.
Sus dedos se movieron y retiraron un mechón rebelde que había escapado
de mi trenza. No permití que su toque me distrajese, eso ya ocurría
demasiado a menudo para mi gusto.
—Nunca has mencionado cuál es su poder.
Karan elevó la vista por encima de nuestras cabezas, justo al punto en que
uno de esos orbes de luz que iluminaban todas las estancias parecía flotar
cerca del techo. La luz que emanaba era cálida y tan intensa que ahuyentaba
las sombras de la habitación, a excepción de las que Karan a veces traía
consigo. Lo que no entendía era por qué lo estaba mirando en ese momento.
—Almas —dijo después de un silencio demasiado profundo.
—¿Qué?
—Las lámparas están llenas de almas, las que Stavros arranca a placer
cuando se siente inclinado a ello y que emplea como decoración para
recordarles a todos dónde y cómo pueden acabar si lo desafían.
La conmoción que me produjeron sus palabras fue tal que dejé de sentir
incluso a Karan sobre mí. La piel se me enfrió mientras el horror me
inundaba. El don de Xander ya resultaba terrorífico, pero la capacidad de
manipular almas, de arrancársela a voluntad a cualquier persona antes de
que llegase su hora… Bueno, Stavros era un digno hijo de Hades, eso
seguro, y su poder el que, por lógica, correspondería al rey de Hadesya. No
se me ocurría nada más terrible y oscuro que eso.
Miré a Karan. Mis manos se habían deslizado por propia iniciativa hacia
sus hombros, y mis dedos rozaban las púas que sobresalían de esa parte de
la armadura.
—¿Y el tuyo? ¿Cuál es tu verdadero don, Karan?
Xander había dicho que era más poderoso que él, que Melíone incluso, y
eso que sus insinuaciones indicaban que lo que podía hacer la amable y
dicharachera mujer no era muy agradable.
Karan dejó caer los párpados solo un instante, ocultando muy brevemente
los charcos de plata líquida en los que se habían convertido sus iris al
escuchar mi pregunta. Se retiró y se irguió a un lado del canapé, pero
enseguida me tendió la mano para ayudarme a levantarme.
—Ven, te lo mostraré.
Aunque desvanecerse en el aire podía resultar genial y muy práctico —yo
le hubiera dado un uso muy frecuente a dicho don durante mi formación en
el templo—, tanto como conjurar tentáculos de sombras y abrir puertas con
ellos, o emplearlos para otras cosas mucho más pervertidas, dudaba que ese
fuese el poder principal del general de Stavros. Contemplando el gesto
receloso de Karan, supe que no estaba equivocada.
—¿Qué vas a…? —Levantó la mano y silenció mi protesta.
No se movió del sitio, sino que extendió esa misma mano hacia la puerta.
Esta se abrió un instante después y uno de los hijos de Hades del pasillo
entró en la habitación. Con el rostro refugiado entre las sombras de la
capucha, todo lo que podía apreciar era la difusa forma de una barbilla muy
pálida. Incluso sus manos estaban cubiertas con guantes tan negros como el
resto de su atuendo.
Karan, como si hubiera sabido cuáles eran mis pensamientos, le lanzó una
orden:
—Descúbrete.
Tuve un mal presentimiento. Uno terrible. La imagen de Caronte brotó de
golpe del rincón de mi mente al que la había desterrado y su mero recuerdo
hizo que se me revolviera el estómago.
La capucha del soldado cayó hacia atrás. Se me escapó un jadeo y
retrocedí hasta estamparme contra el pecho de Karan, que me sujetó por los
brazos.
—No va a hacerte daño. Me es leal.
No necesité preguntar por qué. Si el barquero había sido todo piel y
hueso, aquel ser era simplemente… huesos, sin nada de piel, carne o
músculos sobre estos. Ni siquiera tenía ojos, solo dos cuencas repletas de
oscuridad.
Un esqueleto. Un muerto.
Karan podía levantar a los muertos de sus tumbas, y ese era un poder tan
jodido y maldito como el del propio rey. Quizás peor.
Un golpe de barbilla bastó para que la cosa volviera a cubrirse y se
largara por donde había venido. Esperé hasta que la puerta estuvo cerrada
para hablar.
—Es…
—¿Espeluznante? —terminó Karan por mí—. Sí, y también cruel. Se
merecen un descanso que no puedo concederles por ahora.
Cuando traté de girarme, me soltó y dejó caer los brazos a ambos lados
del cuerpo. No agregó nada más y yo no sabía qué demonios decir. Ya no
quedaba ni rastro de la ira con la que lo había recibido, pero la inquietud
amarga persistía a pesar de lo que acababa de presenciar.
Por mucho que bromeara sobre ese hecho, había olvidado de forma muy
conveniente que yo misma le había cortado el cuello y lo había abandonado
desangrándose sobre el suelo de un establo. Y, aun así, me había seguido
hasta Elysium y estaba allí plantado frente a mí, muy vivo.
Así que ahora que por fin conocía su poder, solo me quedaba por
descubrir si por algún milagro uno de los otros había llegado a tiempo para
salvarlo de una muerte que había creído segura o bien yo era en realidad
una asesina. Su asesina.
El pensamiento trajo de vuelta a mi pecho los remordimientos que me
había limitado a hundir muy profundo en mi interior, ocultándolos en un
lugar oscuro y recóndito.
—Ahora, dime, ¿a dónde se supone que ibas vestida así?
Eché un vistazo distraído a mi capa y me forcé a concentrarme solo en mi
más importante propósito, mi verdadero objetivo. Aunque no pensaba
contarle a Karan que había estado a punto de lanzarme por el balcón o salir
a charlar con sus leales soldados; desde luego, esto último ahora parecía una
idea aún más terrible.
—No tengo ropa.
—Mierda, lo siento mucho. Pensaba que Alina ya habría enviado el resto
de lo que encargué para ti. —Inclinó un poco la cabeza y escudriñó el
pequeño espacio entre las solapas de la capa—. ¿Esa es una de mis
camisas?
Me crucé de brazos, a la defensiva.
—¿Preferirías que fuera desnuda por ahí? No, espera, no contestes a esa
pregunta. —Sencillo, bromear con Karan resultaba demasiado fácil incluso
en las circunstancias y los momentos menos apropiados. Y eso me hacía
sentir muy bien y muy mal a la vez—. ¿Sabes algo sobre mis hermanas?
La chispa de diversión que había aparecido en su rostro se extinguió por
completo.
—He confirmado que están en una de las estancias del ala del rey. No he
podido acercarme a ellas, pero sé que hay cinco en total.
—¿Solo cinco?
Ese número me dejó devastada. El grupo de Dafne lo conformaban siete
hijas de Artemisa, y ellas no eran las únicas que habían desaparecido
recientemente. Que solo quedasen cinco era desalentador; sin embargo,
conocía a mi mejor amiga, si había alguien con la fortaleza suficiente como
para resistir, era ella. Había sobrevivido a las calles de Karya, y no eran un
lugar muy amable para los que no tenían nada, mucho menos cuando se
trataba de niños huérfanos de tan corta edad.
—¿Hay algún modo de verlas? Necesito saber que ella está ahí; que está
bien.
Karan, frente a mí, tiró de los bordes de mi capa, cerrándola sobre mi
pecho.
—Tengo algunas descripciones. Stavros hace que las escolten a menudo a
la sala del trono, aunque no me preguntes con qué finalidad. Hay dos
morenas, dos de pelo castaño y una rubia. Todas con media melena, salvo
una de ellas que lo lleva más largo. Y hay una con una parte… trasquilada.
Tomé una brusca bocanada de aire.
—Dafne. Tiene que ser ella. Elora, una de nuestras instructoras —
expliqué, inundada por la esperanza—, solía decirle que ya que iba a hacer
algo tan vulgar como raparse, lo hiciera con todo el pelo. Dafne lo retocaba
constantemente solo para provocarla y, si no le han permitido hacerlo aquí,
ya debe de haberle crecido un poco.
Karan se había quedado muy cerca de mí y sus dedos aún jugueteaban de
forma distraída con uno de los bordes de la capa, pero mi declaración lo
puso en marcha. Dio un paso atrás y se cuadró de hombros. El emblema de
Hades destelló con la luz de… Bueno, de solo los dioses sabrían cuántas
almas.
—Iré a por tu ropa. Supongo que ha llegado la hora de que te muestre el
palacio de Hades como es debido.
42
Ostentosa, así era la residencia real, y también exquisita y deslumbrante
pese a las malditas luces que ahora no podía dejar de mirar en cuanto
entraba en una habitación. Ascendimos por varios de sus distintos niveles y
recorrimos pasillos hasta que temí no ser capaz de encontrar el camino de
vuelta si me quedaba sola, algo que no creía que Karan permitiese. De todas
formas, mis instintos se hicieron cargo y tomé notas mentales de cada paso,
cada escalón y cada giro.
Poco después de marcharse, Karan había reaparecido acompañado de dos
de sus soldados y con un arcón enorme. Él había despedido a los hijos de
Hades y, acto seguido, yo lo había mandado a hacerles compañía al pasillo
mientras me cambiaba. La impaciencia no me había permitido demorarme
eligiendo un vestido o adecentando mi aspecto más allá de un mínimo, así
que había tomado lo primero que había encontrado al abrir el arcón, que
resultó ser una túnica bastante sencilla de un tono rosado oscuro. Una vez
ceñida con un cinturón, me había calzado a toda prisa.
Por fin estaba segura de que Dafne estaba en algún lugar de ese palacio,
viva y sana, en el exterior al menos; no quería imaginar las heridas que su
secuestro le habrían dejado bajo la piel.
Quería sacarla de allí en ese mismo momento, pero me dije que no podía
irrumpir sin más en los aposentos de Stavros y llevarme a mis hermanas
conmigo. Ese hubiera sido una mierda de plan, como todos los que había
trazado hasta ahora, y por una vez en mi vida tenía que pensar muy bien lo
que haría y cómo lo haría; planificar no solo dicho rescate, sino también
nuestra huida. No cometería errores cuando era la vida de Dafne lo que
estaba en juego.
Karan había afirmado que sus hombres, Xander, Egan y él mismo estaban
buscando el modo de llegar hasta ella y las demás de una forma segura.
Esperaba que la encontrara antes de que el rey nos concediera audiencia; mi
impaciencia no se extendía a nuestra reunión con él, menos aún si existía la
posibilidad de que supiese quién era yo en cuanto me pusiera la vista
encima.
Mi único retraso mientras me vestía había surgido de la necesidad de
armarme, lo que había solucionado haciendo a un lado mis escasos
escrúpulos para rebuscar entre las posesiones de Karan. Al final, había
empleado una correa que se ajustaba al ancho de mi muslo. Un cuchillo me
rozaba la piel, bien sujeto, mientras caminaba de su brazo, interpretando mi
papel de entregada prometida.
—Había un jardín… —Karan dejó el resto de la frase en suspenso cuando
una mujer apareció al fondo del pasillo.
Muy pronto, el modo en el que bajó la vista y se apretó contra la pared al
ser consciente de nuestra presencia reveló que era una de las esclavas del
palacio. Nos habíamos cruzado con unos cuantos, hombres y mujeres, la
mayoría jóvenes; todos actuaban de la misma manera. Era un reflejo de la
actitud que había tenido la muchacha que nos había recibido en casa de
Alina y también de la de los mozos de cuadra a nuestra llegada al palacio,
incluso los hijos de Ares que custodiaban el portón exterior se habían
mostrado sumisos. Aún no tenía claro si solo Karan provocaba esa respuesta
o harían lo mismo con todos los miembros de la corte.
—Te teme —dije, cuando la hubimos rebasado y ella ya no podía oírme.
—Hace bien. Temer a cualquiera en este sitio tal vez la mantenga con
vida un poco más de tiempo.
—Eso es horrible.
—Este palacio es horrible, Korelana, así como la mayoría de la gente que
habita en él.
—¿No todos entonces?
Karan señaló hacia atrás.
—No creo que ella lo sea, y tú tampoco.
—¿Qué hay de ti?
No contestó, así que cambié de tema, a riesgo de asfixiarme con la
atmósfera enfermiza del lugar si seguía hablando de lo mismo y a pesar de
que una parte de mí buscaba sin pausa algo que yo pudiera hacer para
cambiar las reglas de ese reino.
—¿De qué jardín hablabas?
Mantuve mi brazo en torno a su codo. Los dedos de su otra mano
frotaban con suavidad mis nudillos en un gesto del que me daba la
sensación que no era consciente, aunque quizá solo fuera parte de nuestro
paripé.
—En otro tiempo era un excelente refugio, frondoso y exuberante; fue el
último lugar en claudicar a la devastación de este reino. Ahora, no es más
que un trozo de tierra yerma, pero el ala de Stavros está situada justo por
encima de esa zona y sus balcones son visibles desde él. Puede que tus
hermanas no disfruten de la libertad de asomarse a ellos…
—Vayamos.
—Sabía que dirías eso, así que ya nos estamos dirigiendo hacia allí.
—¿Para quién era un refugio? —pregunté mientras avanzábamos por otro
pasillo infinito.
—¿Qué?
—Has dicho que el jardín era un refugio.
Las comisuras de Karan se curvaron levemente, pero mantuvo la vista al
frente.
—Siempre tan observadora, cazadora. —Hubo un momento en el que creí
que eso era todo, pero luego dijo—: A mi madre le gustaba ir allí. Ella…
Bueno, mi padre era también el padre de Melíone, la madre de esta fue su
primera esposa y aún estaban casados cuando conoció a mi madre. Se
supone que se enamoró perdidamente de ella.
—¿Se supone?
Ahora sí, ladeó un poco la cabeza para mirarme; sus iris de un gris
tormentoso y el rictus serio.
—Demostraba su amor a la manera de esta corte, el mismo amor violento
que empleó conmigo cuando nací. Así que ella a menudo se refugiaba en
sus flores y sus plantas; era una de las pocas cosas que le reportaban
felicidad en ese tiempo. Yo acudía allí a buscarla siempre que no la
encontraba.
—¿Tu madre ya no vive aquí?
—No vive —dijo él. A pesar del tono algo brusco, su voz se quebró, pero
continuó hablando de todas formas—: Tampoco hay jardín ya, pero nadie se
extrañará si me ven rondar por allí.
Se me rompió el corazón al comprender lo que podía deducirse de sus
palabras: él había continuado acudiendo al lugar a pesar de que su madre
estaba muerta y no había flores ni nada bonito en él. Nada salvo su
recuerdo.
—Lo siento mucho, Karan.
—Fue hace mucho tiempo.
Como si eso supusiera una diferencia. Ese tipo de duelo no entendía de
días, meses o años; podía atenuarse, podía asumirse, pero la pérdida de
alguien querido dolía para siempre.
—Tengo que advertirte de que la entrada a las habitaciones de las madres
de Egan da directamente a ese jardín.
—Él las mencionó —dije, y el comentario me valió otra mirada de reojo
de Karan—. Se ofreció a hablar con ellas. Cree que tal vez podrían darnos
información sobre mis hermanas.
—Debes caerle muy bien a Egan para que te hiciera una oferta así.
Me eché a reír.
—Creo que era una deferencia hacia ti. A mí no me tiene en mucha
estima.
—No me quiere tanto como para eso.
Quise decirle que no era cierto; estaba segura de que sus dos amigos
harían cualquier cosa por él, tal y como yo lo haría por Dafne. No tuve
oportunidad. Habíamos llegado al final del pasillo, donde una puerta de
cristal daba paso al exterior. Karan se detuvo y me encaró.
—De todas formas, esas mujeres lo empeorarían todo aún más. No me fío
de ellas. No es probable que salgan mientras esté yo aquí. Si lo hacen, nos
marcharemos de inmediato. Ni las mires ni hables con ellas, y sobre todo no
escuches nada de lo que te digan.
—No sé si quiero preguntar por qué.
Egan ya había sembrado dudas sobre la clase de madres que había tenido,
pero los comentarios de Karan evidenciaban aún más que no eran ni
amables ni buenas personas.
Era muy consciente de todas y cada una de las advertencias que se me
habían hecho sobre este reino, y en concreto sobre la corte, pero aún me
costaba aceptar según qué cosas. Resultaba irónico que esta fuese una de
ellas, ya que mi propia madre me había abandonado.
Me froté la sien. Todo en este lugar era agotador.
—¿Te duele la cabeza? —Karan tiró de mi mano para sacarla de su
camino y poder contemplar mi rostro—. Has estado frotándote las sienes a
ratos durante todo el camino hasta aquí.
¿Lo había hecho? No me había dado cuenta, aunque sí que sentía una
ligera molestia.
—Este sitio es… cargante —completé, a falta de una palabra mejor.
«Horrendo» y «vil» seguro que hubiesen servido, pero Karan, Egan y
Xander formaban parte de él. Por algún motivo, no quería rascar más en esa
herida en concreto.
Él frunció el ceño, pero no insistió. Empujó las puertas tras echarme un
último vistazo y, con la palma de la mano en la parte baja de mi cintura, me
invitó a avanzar. Había tela entre su piel y la mía, pero sentí un cosquilleo
en la zona de todas formas. Empezaba a acostumbrarme demasiado a sus
constantes toqueteos; empezaba a anhelarlos.
Atravesé el umbral y di varios pasos hacia el exterior. El aire nocturno me
recibió con una caricia fresca sobre la piel. No había mucho que ver. Un
rectángulo de terreno baldío con tan solo unos pocos árboles de hojas
negras y, en el lateral, un pasadizo con grandes arcos y una serie de puertas.
Las madres de Egan estarían tras alguna de ellas.
—Cada vez me es más fácil entender por qué te fuiste de aquí.
—Me fui por varios motivos —aclaró él, situándose a mi lado—, pero
uno de ellos es lo que este lugar le hace a la gente. Incluso mi madre, al
final, se perdió a sí misma; su mente se retorció y abrazó la violencia que
hasta entonces le había repugnado. La corte de Hadesya crea monstruos.
Mira a Sybila y lo que sucedió con ella; mira lo que despertó.
Hablaba no solo del veneno en las uñas de la princesa, sino de su propia
reacción frente a la posibilidad de un ataque. Karan podría haberle pedido
que se apartase o hacerla retroceder él mismo, pero había respondido con
una ferocidad inusitada. Aun así, yo no encontraba en mí ninguna
compasión hacia ella.
—Lo merecía —repuse, y lo decía en serio—. No por lo que trató de
hacerme a mí, sino por lo que le hizo a su amante y a la hija de este.
—Ese es el problema: cuando empuñas la espada como un verdugo lo
hace con su hacha, empiezas a creerte con la potestad de decidir quién vive
y quién muere. Para eso, Korelana, ya están los dioses, aunque tampoco es
que estos hayan hecho un buen trabajo nunca.
No, los dioses no habían sido conocidos por su equidad en lo que respecta
a los mortales, ni siquiera entre ellos mismos. Tenían un sentido de la
justicia bastante retorcido y cruel, caprichoso. Sin embargo, olvidé
cualquier cosa que fuese a decir a continuación en cuanto alcé la vista. El
corazón me dio un vuelco. Al menos dos plantas por encima de nosotros, en
uno de los numerosos balcones, distinguí una figura que reconocería en
cualquier lugar y momento.
—Dafne.
La mirada de Karan persiguió la mía. De inmediato, envolvió los brazos a
mi alrededor y me pegó a su cuerpo. Su boca alcanzó mi oído y comenzó a
murmurar:
—Aparta la vista de ella. Mírame a mí, Korelana —insistió, bajando aún
más la voz— y finge que solo te estabas asegurando de que disponías de
intimidad para besarme.
Obedecí sin cuestionarme el motivo de su repentino cambio de actitud.
Bajé la mirada e incliné la cabeza hacia atrás para darle acceso a Karan a
mis labios. Enseguida me alegré de ello; no porque Karan me sostuviese
contra su pecho y sus manos se deslizaran de un modo delicioso por mi
espalda, tampoco porque se hundiese en mi boca, ya que solo la rozó con la
suya, sino por lo que me susurró a continuación:
—Hay dos hijos de Hades ahí arriba ocultos entre las sombras, y no son
de los míos. Son guardias reales que informarán a Stavros de que hemos
estado aquí y le contarán cualquier detalle que crean que él debe conocer.
No quieres su atención sobre Dafne, así que finge que no la has visto.
Era más fácil decirlo que hacerlo. No había mantenido mi mirada sobre
ella más allá de un puñado de segundos; sabía que era Dafne, pero solo eso.
Quería volver a mirarla. Quería llenarme los ojos de ella. Hablarle. Dioses,
cerré los ojos y apreté los párpados para retener las lágrimas.
—Estoy aquí —dijo Karan, mientras me acunaba contra su pecho—.
Todo está bien.
Cualquiera que nos observara creería que nos habíamos entregado a un
momento íntimo. Incluso Dafne, y a saber lo que pensaría de ello, pero ya
habría tiempo para las explicaciones.
Apreté la mejilla contra el pecho de Karan para evitar la tentación de
elevar la mirada hacia ella de nuevo. Karan mantuvo el brazo en torno a mi
cintura y colocó una mano en mi nuca; sentí la yema de sus dedos trazando
círculos contra mi piel.
—Tu amiga está bien.
—¿Cómo lo sabes?
—La oscuridad no tiene muchos secretos para mí, ya deberías saberlo —
bromeó—. Ninguna sombra en este sitio es tan densa como para no
haberme permitido echarle un buen vistazo, ni siquiera las mías pueden
hacerlo.
O a lo mejor no bromeaba.
—¿De verdad tiene buen aspecto?
Karan me apretó un poco más y dejó caer un suave beso sobre mi pelo.
—Ella está bien. Caminemos un poco, te avisaré si es seguro volver a
mirar, pero no intentes hablarle. Te oirían.
Asentí discretamente para hacerle saber que lo entendía e invertí unos
segundos más en prepararme para tomar distancia de él.
—Estás… estás haciendo más puntos para que no te odie.
Fue Karan quien interpuso distancia entre nosotros y me negó cualquier
oportunidad de contestar cuando murmuró:
—No los suficientes, cazadora.
43
Era ridículo pasear por un trozo de tierra reseca, pero contaba con que las
razones que había tenido Karan para visitar el jardín en el pasado nos
brindaran una excusa creíble. Caminábamos de la mano y despacio, aunque
muy pronto él me atrajo hacia su costado y pasó el brazo sobre mis
hombros; yo rodeé su cintura con el mío y apoyé la cabeza contra su pecho.
Éramos la viva imagen de una pareja bien avenida, o así suponía yo que
luciría una en privado. En Olympya, las muestras de afecto solían
reservarse para la intimidad, cuando solo se hallaba presente la familia o
amistades muy cercanas.
Podría haberme justificado alegando que se trataba de una actuación o
que la conmoción por encontrar a Dafne había aflojado mis rodillas,
obligándome a buscar apoyo. Ambas cosas eran ciertas. Pero no quise
engañarme más, no entonces. Me reconfortaba la presencia de Karan; su
persistente necesidad, a veces involuntaria, de tocarme, y que yo también
empezaba a acusar. En idénticas circunstancias, no me veía a mí misma
buscando refugio en Egan, ni siquiera en Xander, a pesar de lo mucho que
me divertía con él. Y eso era un problema, pero tendría que ser un problema
para la Korelana del futuro. Ella me maldeciría y yo me arrepentiría de
forma miserable por haber ignorado todas las señales de alarma.
En un impulso estúpido, hice ademán de alzar la barbilla, pero Karan
reaccionó con unos reflejos impecables y detuvo el movimiento colocando
la suya sobre mi pelo.
—Siguen ahí y nos están observando. Paciencia, cazadora. Has pasado
por mucho para llegar hasta aquí, no te derrumbes ahora.
Mi único anhelo era mirar hacia arriba y asegurarme de que no había
imaginado a Dafne en aquel balcón. Obligarme a no hacerlo resultaba muy
muy difícil. Quizás por eso busqué una alternativa que me distrajera y se
me soltó la lengua.
—¿Sabes? Cuando me escapé del Templo de Artemisa, estaba convencida
de que mi entrenamiento me había preparado para cualquier cosa. Poco a
poco he ido entendiendo lo equivocada que estaba, pero ahora… Ahora creo
que lo único que me habían enseñado del mundo exterior era cómo
empuñar un arma.
—Es un habilidad muy deseable, una en la que destacas; tengo una
cicatriz en el cuello que lo prueba. Pero no es tu única capacidad admirable
o habrías sucumbido mucho antes a este reino.
—No lo he dicho para que me regales los oídos, Karan.
Inclinándose sobre mí, me obligó a arquear un poco la espalda. La
sombra de una sonrisa se apropió de su boca. Empujó con la punta de los
dedos mi mentón, descubriendo mi cuello, y apretó los labios contra mi
piel.
—Entrecierra los ojos como si de verdad estuvieses disfrutando de mis
atenciones y echa un vistazo hacia arriba.
Hice lo que me decía, desesperada por obtener cualquier vistazo fugaz de
Dafne, aunque poco sabía él que no iba a tener que fingir demasiado.
Mientras Karan dejaba un rastro de besos ardientes a lo largo de mi cuello,
busqué el balcón. Por suerte, Dafne estaba situada de lado, de modo que la
luz que escapaba del interior le iluminaba parte del rostro. Vestía aún la
camisola de color verde de nuestro uniforme y lucía un desgarrón en uno de
los hombros, pero no aprecié marcas ni ninguna herida en su cara o cuello.
No podía saber si las atenciones de Karan la espantaban, le preocupaban o
si sería consciente de que yo la había reconocido. Por la manera en que sus
ojos parecían a punto de salírsele de las órbitas y cómo se aferraba a la
balaustrada, ella sí que me había reconocido a mí.
La lengua de Karan barrió el espacio detrás de mi oreja y apenas pude
reprimir un gemido. De placer y de alivio. La felicidad al contemplar el
rostro de mi hermana se entremezclaba con mi reacción a los besos y
mordiscos perversos de Karan, y me sorprendió lo potentes que eran ambos
sentimientos incluso si él estaba fingiendo; incluso si se suponía que yo
también lo hacía.
Dafne me miraba abiertamente mientras yo la observaba a ella a través de
mis párpados entornados. Deseé encontrar el modo de poder comunicarnos
y hacerle saber que nos reuniríamos pronto.
—Este espectáculo… Pensaba que el tatuaje por sí solo… —articulé con
esfuerzo— convencería a todos de nuestro compromiso. Que esto no…
sería necesario.
Aún ahogándome con las palabras, no podía evitar preguntarme cuánto de
la actitud de Karan era solo una puesta en escena y si la única diferencia
entre nuestro momento en sus aposentos y aquello era que contábamos con
público.
«Fuera de esta habitación y para todos los que forman parte de la corte,
eres mía. Mi prometida. Mi futura esposa».
—Esto, Korelana —dijo, retirándose para atrapar mi mirada. Su mano
acunó mi rostro—, soy yo peleando contra mí mismo y perdiendo la batalla
de forma estrepitosa. Fracasando. Esto soy yo siendo un egoísta miserable y
tomando de ti cualquier cosa que pueda conseguir antes de que…
Enmudeció de golpe y se enderezó, llevándome consigo; sin embargo, no
hizo ademán de interponer ninguna distancia entre nosotros.
—Las sombras se mueven. Hay alguien más aquí.
Echó un vistazo alrededor y yo me forcé a no mirar hacia arriba, pero,
dado que él había abandonado cualquier discreción, me permití buscar
también a nuestro alrededor. Al otro lado del jardín, bajo la arcada, una de
las puertas estaba abierta. Una mujer tan solo unos años mayor que Karan
estaba apoyada en la pared, descalza y con un camisón muy muy revelador;
podía ver sus pezones desde donde me encontraba.
No podía ser una de las madres de Egan, era demasiado joven.
—Nos vamos —dijo Karan.
Mi primer impulso fue lanzarle una última mirada a Dafne, pero, en
cuanto empezamos a movernos, una voz chirriante se elevó por todo el
jardín y atrajo por completo mi atención. Tuve que mirar por encima del
hombro para asegurarme de que provenía de la mujer.
—El pequeño zorrito ha vuelto y mira lo que ha traído a la madriguera.
¿La has tomado para ti? —Soltó una risotada espeluznante—. ¿Qué harás
ahora, muchacho?
—No la escuches —dijo Karan, mientras me llevaba del brazo hacia el
palacio.
—¿Quién es esa mujer?
Él no respondió y continuó arrastrándome hacia el acceso al palacio.
—¿Y mi hijo? Ha venido contigo, ¿no es así? —prosiguió divagando la
mujer entre alaridos—. Tonto tonto muchacho. ¿Ya te lo ha dicho? ¿Cuánta
sangre se verterá? ¿Quién morirá? ¿Quién conseguirá sobrevivir? ¿A quién
le arrancarán el corazón?
—¿Está hablando de Egan?
Atravesamos el umbral como una exhalación. Todo lo que pude robar fue
un breve atisbo del balcón; por desgracia, Dafne ya no estaba allí. Karan
cerró las puertas del pasillo detrás de nosotros y silenció cualquier cosa más
que la mujer fuese a decir, pero permaneció observando el exterior a través
del cristal.
—¿Es la madre de Egan? —insistí, porque no me había contestado.
—Sus madres.
Yo también miré entonces. No había una mujer ni dos, sino tres. Todas
jóvenes y, al parecer, todas con tendencia a pasearse en ropa de cama, pero
eso ni siquiera era lo más perturbador de todo.
—No puede tener tres madres.
—Puede si son las moiras.
—¿Perdona? —No podía haberlo escuchado bien.
—Egan es hijo de las moiras. —Sentí deseos de reír, pero ni siquiera me
salió la risa, no digamos ya palabras coherentes—. Pero esa es una historia
para otro momento. Basta con que sepas que llevan toda la vida
atormentándolo, que son especialistas en retorcer la verdad y que les gusta
jugar con los mortales tanto como a los dioses.
—Egan es hijo de las moiras… —repetí, porque me había quedado
atascada en esa parte.
Karan se volvió hacia mí.
—Lo es.
Me estaba frotando la sien de nuevo, pero tenía motivos de sobra para
ello. Después del subidón de adrenalina que había supuesto ver a Dafne,
enterarme de esto…
—Las moiras; Átropo, Cloto y Láquesis. ¿Esas moiras? Porque tenía
entendido que son hermanas, no pueden ser sus madres.
—Fue un regalo de Zeus. Una lo engendró, otra lo llevó en su vientre y la
tercera lo dio a luz.
Hice una mueca; no había manera de que entendiera la logística de ese
proceso. Sin embargo, los dioses eran excepcionales a la hora de convertir
en realidad cosas que deberían de haber sido imposibles.
—Espera, Karan, ellas son quienes deciden el destino de los mortales. Es
lo que se dice. ¿Qué hacen aquí?
—No podían marcharse con los demás, pero al permanecer en este mundo
fueron perdiendo poder. Así que tu afirmación es cierta y a la vez no lo es.
Eso no impide que le envíen a Egan algunas de sus visiones en los
momentos más inoportunos. Siempre las más horribles y siempre fuera de
contexto para que no sea capaz de interpretarlas o lo haga de forma errónea.
—Tengo demasiadas preguntas. —Volví a mirar hacia fuera, pero las
mujeres, ¡las malditas moiras!, ya no estaban—. Y Dafne…
—¿Has estado comiendo?
—Vaya, ¡hola, pregunta aleatoria! Mi dieta no es importante justo ahora.
Retiró la mano que mantenía en mi sien y, a cambio, presionó la zona con
dos de sus dedos, lo cual alivió parte de la molestia.
—¿Has comido? ¿Estás durmiendo las horas necesarias?
—Karan…
Evité reprocharle que él seguramente no, o al menos no en su dormitorio.
Ninguna de las noches había aparecido por allí a pesar de que hubiera
alardeado de la necesidad de compartir lecho para no despertar sospechas.
—Responde a las preguntas, Korelana. Las moiras serán el menor de tus
problemas si no te cuidas lo suficiente.
Había tenido una dosis excesiva de revelaciones y cosas alucinantes y
raras y totalmente locas en esos días, pero Karan regañándome por aquella
estupidez parecía aún más fuera de lugar que el resto.
—Tienes que dejar de hacerlo.
—¿El qué? —inquirió con un suspiro resignado.
—Preocuparte por mí. Y lamerme el cuello, eso también. —Fue algo
equivocado para decir, pero ya que estaba pidiendo…
Como debería haber sabido que haría, Karan esbozó una sonrisita cargada
de descaro. ¿Estaba mal que empezara a gustarme esa sonrisa? ¿Que la
anhelase?
—Te encanta que te lama el cuello.
—Sí, quizás más de lo que debería, pero luego no haces más que
alimentar esa sensación que tengo de que esto va a explotar en algún
momento y… me estoy cansando, Karan. Estoy agotada. Así que haré lo
que he venido a hacer, que es sacar a Dafne y a mis hermanas de este sitio,
y luego me marcharé.
Me callé que, a pesar de que estaba desesperada por dejar atrás el palacio
y el reino entero, una parte de mí no quería regresar a Olympya, ya que eso
suponía separar nuestros caminos y lo más probable era que no volviésemos
a vernos. Estaba empezando a aceptar el hecho de que lo deseaba y me
importaba, pero no lo diría en voz alta para después salir corriendo. Eso, al
fin y al cabo, ¿no se parecería demasiado a lo que él estaba haciendo
conmigo? Era cruel. Así que rescataría a Dafne y a todas las hijas de
Artemisa que pudiera, Karan y yo disolveríamos el compromiso y luego…
Luego todo habría acabado.
—Bien. —Fue toda su respuesta.
Me forcé a mantener mi rostro libre del sentimiento de decepción que se
apoderó de mi ánimo. Con idéntica frialdad a la que él había empleado,
repliqué:
—Bien.
Ninguno de los dos dijo una palabra más mientras regresábamos a sus
habitaciones.
44
Karan se escabulló una vez más, aunque aseguró que regresaría más tarde.
Me invitó a aprovechar su ausencia para descansar y, apenas se hubo
marchado, uno de mis escoltas apareció con más comida a pesar de que ya
había pasado de largo la hora de cenar. Ahora que ya sabía lo que había bajo
la capa, imaginé que había estado viendo todo el tiempo a los dos mismos
¿seres?, ¿personas?, ¿muertos? ¿Necesitaban ellos comer siquiera?
¿Dormir? No lo creía.
Tampoco los había escuchado hablar. ¿Quiénes habían sido antes de
convertirse en leales siervos de Karan? ¿Era ese el ejército que enviaría
Hadesya contra Olympya si decidía invadirnos? ¿O solo la parte de él que
comandaba Karan? Mi lista de preguntas no dejaba de crecer, así como la
molestia en mi cabeza que ahora se había convertido en un dolor sordo tras
los ojos.
Quizá sí sería bueno que descansase, pero la sola idea de pensar en Dafne
en los aposentos de Stavros, tan cerca de él… Imaginar los abusos a los que
podrían haberla sometido tanto a ella como a las demás me daba ganas de
vomitar.
No toqué la comida, pero me deshice de la túnica y la cambié por la
camisa de Karan. Ni siquiera me molesté en comprobar si había o no algún
camisón en el arcón. Me deslicé entre las sábanas y me quedé mirando el
techo. Karan había insinuado que, amparándose en sus sombras, podría
acceder al ala de Stavros y quizás incluso traer de vuelta a Dafne consigo,
pero no me aseguraba que pudiese sacar a todas mis hermanas de allí a la
vez, y mucho menos solucionaba el problema de nuestra huida del palacio y
de la ciudad.
Además, Stavros había enviado un contingente de tropas a la frontera.
Debía de ser algo reciente, dado que no nos habíamos cruzado con ellos.
Todo hacía pensar que había tomado esa decisión después del ataque junto
al Estigia. No lo dijo abiertamente, pero Karan parecía pensar que había
sido motivado por el descubrimiento de mi presencia en el reino; un cierre
de las fronteras que evitaría precisamente que yo pudiera abandonarlo.
Fuera como fuese, el movimiento de tropas hadesianas provocaría sin duda
la reacción de Olympya. La guerra que en mi reino de origen se había
percibido durante tanto tiempo como una amenaza constante, pero no
inminente, podía acabar convirtiéndose muy pronto en realidad. Y todo
apuntaba a que yo era la responsable de ello.
Genial, aquello era maravilloso.
Rodé sobre el colchón. Las sábanas se me enredaron en las piernas y las
pateé hasta descubrirme. Tenía la sensación de que la temperatura en el
palacio había ido aumentando paulatinamente durante los pocos días que
llevaba allí. También en el exterior, mientras había paseado con Karan por
el jardín, el ambiente me había resultado más cálido y el cielo había estado
más despejado, aunque esa percepción bien podría haberse debido a las
circunstancias. Él no había ayudado con sus atenciones, eso seguro.
Las siguientes horas las pasé saliendo y entrando de la inconsciencia a
ratos. Una de las veces que me desperté, incluso antes de abrir los ojos,
supe sin ninguna duda que Karan había regresado. Me incorporé en la cama
y escudriñé las sombras; en el dormitorio no había ningún orbe de almas,
solo algunos apliques en dos de las paredes y se hallaban apagados. Sin
embargo, a través de la puerta abierta se derramaba luz suficiente como
para hacerme pensar que Karan no estaba empleando ese poder suyo y me
espiaba como un pervertido desde algún rincón de la habitación.
Me deslicé fuera de la cama y me dirigí a la antesala. Lo encontré
tumbado en el mismo canapé en el que me había inmovilizado horas antes,
con un brazo sobre los ojos y las piernas estiradas y cruzadas a la altura de
los tobillos. La armadura aún estaba en su sitio, lo cual resultaba una forma
bastante incómoda de dormir.
Solo que no lo hacía en absoluto.
—Vuelve a la cama, cazadora.
—¿Te quitas alguna vez esa cosa? —pregunté, apoyando el trasero en una
de las mesas.
Estaba más dormida que despierta, así que esta vez no vi venir su
respuesta.
—¿En este palacio? Solo en la cama, y no para dormir. ¿Por qué?
¿Quieres que te haga una demostración?
Tuve que echarme a reír. Él no varió su postura ni retiró el brazo, y fue
como regresar a las bodegas de Caronte; a aquellos siete minutos
convertidos en siete horas.
—¿Piensas en algo más que en sexo en algún momento?
—Por desgracia, en muchas más cosas de las que me gustaría, pero
contigo cerca se vuelve complicado, cazadora. Muy muy complicado.
¿Sigue doliéndote la cabeza?
Tampoco había visto venir ese cambio de tema.
—No, estoy bien —mentí, solo para que no me diera la lata.
Si hacía un recuento de lo sucedido desde que me había escapado del
templo, mi dolor de cabeza era un precio ridículo que pagar. Gracias a los
cuidados de Melíone, y a los del propio Karan, la herida de mi espalda se
había curado bien y tan rápido que me había olvidado de ella por completo,
y por suerte Lex me había evitado lo peor del ataque sufrido a las afueras de
Elysium.
Karan se apartó el brazo de la cara y clavó la mirada en mí, como si
supiera que no le había dicho la verdad, pero lo dejó pasar.
—Nos han invitado a una pequeña recepción. No Stavros —aclaró antes
de que yo pudiera entrar en pánico—. Hubiera rechazado con mucho gusto
vernos obligados a padecer la compañía de Demetrius y sus dos esposas,
pero resulta que ese imbécil es uno de los lores más influyentes de la corte.
Pasa mucho tiempo aquí y tiene asignadas habitaciones en las proximidades
del ala real. Podría darnos la oportunidad que buscamos para llegar hasta
Dafne.
Me erguí de golpe. La posibilidad de verla o incluso de poder escapar con
ella se llevó cualquier resto de somnolencia.
—¿Has encontrado ya un modo de sacarnos del palacio?
Ya ni siquiera me planteaba los motivos de Karan para ayudarme; lo
estaba haciendo, y eso era lo único que importaba.
Él negó con la cabeza.
—Se han redoblado las patrullas que vigilan la entrada. Yo podría salir,
incluso tú conmigo, pero no hay manera de ocultar a cinco mujeres más.
—¿Podré verla al menos?
—Habrá un grupo considerable de gente en la fiesta, pero se darían
cuenta si ambos desaparecemos. Iremos acompañados de Xander y Egan,
tal vez incluso lleve conmigo a algún hijo de Hades, lo cual seguramente
sería una buena idea, porque planeo escabullirme mientras todos se
encuentran demasiado cautivados por tu presencia como para percatarse de
que me he ido.
No sería yo quien le recordara lo mucho que había insistido en que debía
evitar hablar o acercarme a nadie; no me importaba hacer de señuelo si con
ello Karan podía llegar hasta Dafne. Aunque no pudiera liberarla todavía, al
menos podría comprobar su estado y contarle que estaba allí para sacarla de
este sitio.
—¿Puedo hacerte una pregunta? —Karan se incorporó hasta quedar
sentado y enarcó las cejas en un gesto que decía «Llevas ya un rato
haciéndolo»—. Eres su general, pero el rey y tú sois ¿qué? ¿Rivales?
¿Enemigos? Dijiste que no te ha recibido aún para humillarte, ¿por qué
haría eso con el general de sus tropas? Si desertaste, ¿qué impide que te
destituya y nombre a otro?
Eso por no decir que podría matarlo y poner a cualquier otro en su lugar.
Antes de contestar, Karan levantó la mano y envió un rastro de oscuridad
hacia el techo. Las sombras se envolvieron en torno al orbe de almas,
atenuando la luz de la estancia y sumiéndonos en una agradable penumbra.
—Podría hacerlo, y estoy seguro de que desea hacerlo, pero tendría
consecuencias muy desagradables para él. Una de ellas es que perdería el
apoyo de la mayor parte de los hijos de Hades, y no me refiero solo a los
que yo he creado. Me crie en este templo. Al llegar no era más que un
muchacho del que la mayoría se burlaba por muchas razones; el nombre
que mi padre eligió para mí entre ellas. Nombrarme como «de buen corazón
y alma noble» solo fue otra manera más de hacerle daño a mi madre. Quiso
que ella creyera que había alumbrado a un hombre débil y que no encajaría
ni llegaría a nada en este lugar. —Hizo un gesto de la mano, restándole
importancia, aunque su expresión reflejaba un dolor que no consiguió
ocultar del todo—. La cuestión es que mi poder sobre las sombras creció
bastante rápido junto con mis otras habilidades, y comencé a ganarme el
respeto de todos. He sudado, peleado y sangrado con esos hombres, tanto
durante los años que duró el entrenamiento como fuera del templo al
acabarlo, y eso es algo por lo que Stavros nunca se vio obligado a pasar ni
compartió con ellos. Salvo su guardia real, que le es fiel y a la que se
entrena y forma aparte, el resto de los hijos de Hades verían su lealtad
comprometida si alguna vez nos enfrentásemos. Y puede que nuestro
número en el ejército sea menor con relación a los adeptos de Ares, pero
nuestro poder y fortaleza son muchísimo mayores.
A esas alturas de su discurso, yo ya me había acomodado en una butaca.
Subí los pies al asiento y me rodeé las piernas con los brazos.
—Así que… ¿podrías derrocarlo si quisieras?
Karan titubeó tan solo un instante, y me pregunté si eso sería algo que ya
se había cuestionado más de una vez con anterioridad.
—Nunca he querido ser rey, Korelana.
Su respuesta me recordó una de mis conversiones con Xander:
«—¿Qué demonios es lo que quiere Karan?
—Eso vas a tener que preguntárselo a él».
Y eso fue lo que hice.
—¿Y qué es lo que quieres entonces?
Se encogió de hombros y sus siguientes palabras tardaron tanto en llegar
que ya no las esperaba.
—Tal vez una casita en Asfodelos alejada de todo, tranquila. Compartirla
con mi pareja. Animales. Quizás un niño…
Acababa de describir de forma bastante aproximada lo poco que yo había
presenciado de la vida de Melíone, su hermanastra. Ahora fueron las
palabras de Egan las que regresaron a mi mente: «Ama darle a los demás
oportunidades que él nunca tuvo o tendrá».
Nos quedamos un rato callados. A pesar de que las preguntas se me
amontonaban en los labios, fue él quien rompió el silencio primero.
—No llegué a decirte que otras cualidades creo que tienes.
—No creo que sea una lista muy larga.
—Tenacidad —prosiguió, como si yo no hubiera hablado.
—Terca sí que soy.
—La tozudez puede ser algo bueno.
—¿Estamos jugando a los sinónimos o algo así?
Karan rio, agitando la cabeza de un lado a otro, mucho menos tenso de lo
que lo había estado un momento antes. Mi corazón dio un saltito estúpido
cuando el sonido se hizo eco por todo mi cuerpo. En momentos como ese
olvidaba quiénes éramos y dónde estábamos y me preguntaba qué podría
haber sido de nosotros si las circunstancias fuesen diferentes; si él no fuera
hadesiano y yo olímpica; él, el general de Stavros, y yo, un hija de
Artemisa. Porque este Karan, el que reía y bromeaba conmigo, relajado y
feliz, me gustaba mucho.
—Tu humor. Siempre tienes una respuesta afilada a punto —prosiguió.
—En eso creo que estamos a la par, pero dudo que mi falta de filtro
mental vaya a salvar el mundo. O a mí misma, ya que estamos.
—A mí me divierte.
La penumbra no jugaba a mi favor a la hora de interpretar todas sus
expresiones; sin embargo, estaba segura de que no había dejado de sonreír
en ningún momento.
—Ser tu bufón personal tampoco cuenta como cualidad a resaltar, Karan,
y sigo diciendo que no necesito que me regales los oídos.
No lo necesitaba, pero me estaba divirtiendo tanto como él, y esa era una
agradable distracción que me ayudaba a no pensar en la recepción a la que
nos habían invitado y que nos acercaría aún más a mi objetivo.
—También tienes la habilidad de ponérmela dura con solo respirar —
soltó de la nada.
—¡Karan!
Sus carcajadas no hicieron nada por disminuir el calor que trepó por mi
cuello y se apropió de mis mejillas. Por norma general, Karan era el rey de
las insinuaciones, pero no había margen para el equívoco en lo que acababa
de decir.
—Eso es obsceno.
—Pero no por ello menos cierto. —Hizo una breve pausa. Extendió los
brazos a lo largo del respaldo y separó los muslos. Parecía un rey rebelde en
su trono, un rey muy muy atractivo—. He deseado penetrarte desde que te
vi acercándote a Thanatos sin ningún tipo de recelo o miedo.
No, estaba claro que no había ninguna doble interpretación posible.
—Hay muchas cosas mal en esa afirmación. Cosas muy preocupantes.
Se rascó la barbilla, pensativo, aunque no fue más que un triste intento de
fingir que estaba planteándose lo que decir a continuación.
—Antes de eso tal vez, cuando me pinchaste con uno de tus cuchillos en
el estómago.
—Eso ocurrió a los dos segundos de conocernos.
No replicó, pero su expresión y la intensidad con la que me miró fueron
más que suficientes. Deseé que el hecho de que estuviésemos a solas en sus
aposentos privados significase que no había motivo alguno para fingir nada
de aquello. Que el Karan que tenía frente a mí y lo que había entre nosotros
fuesen reales a pesar de sus burlas y lo directo que estaba siendo, o
precisamente por ello.
45
Los primeros rayos de sol nos habrían encontrado bromeando si yo no me
hubiese quedado dormida encogida en la butaca. Desperté en la cama y
cubierta con la sábana; Karan debía de haberme trasladado. Mientras que
mi espalda y mis piernas le estaban tremendamente agradecidas por haberse
tomado la molestia, mi mente se quedó un rato dándole vueltas al hecho de
que la inconsciencia me hubiera arrebatado el disfrute de ese momento.
Encontré la bañera llena, el desayuno dispuesto y una nota suya
recordándome que estuviese preparada para la recepción de Demetrius.
También sugería que eligiese un vestido que mostrara tanto como fuera
posible del símbolo de nuestro compromiso. Le hice un corte de mangas al
aire cuando terminé de leerla, pero supe que era una precaución que tomaría
igualmente.
Cubierta de pies a cabeza con la capa como había llegado al palacio,
Sybila no había tenido oportunidad de ver el tatuaje, lo cual quizás no
hubiese cambiado nada, pero pensé que era mejor no arriesgarse a nuevos
intentos de asesinato. Además, se suponía que yo sería la distracción
mientras Karan se escabullía para buscar a Dafne, y le brindaría cualquier
posibilidad que estuviera en mi mano para que la empresa llegara a buen
puerto.
Egan hizo una ronda de comprobación a media mañana, aunque su visita
no resultó muy estimulante.
—He conocido a tus madres —se me ocurrió decirle.
—Lo siento por ti. —Fue la única respuesta que conseguí arrancarle.
Yo también lo sentía, más por él que por mí. Ser huérfana ya no me
parecía tan malo después de todo.
Más tarde, Xander lo sustituyó, y llegados a ese punto yo ya estaba que
me subía por las paredes por el encierro.
—¿Hay algún lugar en el que pueda entrenar?
Al hadesiano se le iluminó el rostro de tal manera que empecé a
arrepentirme de haber preguntado, pero llevaba días sin hacer nada más que
sentarme, comer y esperar, y aunque la herida que había sufrido no me
había dejado grandes secuelas, me sentía más floja que de costumbre. Antes
de partir hacia Hadesya, mi entrenamiento había sido constante y
exhaustivo, no quería perder mi buena forma física.
—¿Aburrida?
—Y frustrada. No quieres conocer esa parte de mí. Tengo que obligarme
todo el tiempo a no despistar a los dos del pasillo e ir yo misma a buscar a
mis hermanas.
Su mirada se suavizó.
—Están bien. Dentro de lo que cabe. —Eso no me tranquilizaba en
absoluto—. Lo que sea que trama el rey lo mantiene bastante ocupado y
lejos de sus habitaciones la mayor parte del tiempo.
Eso era una buena noticia, pero el tiempo que sí pasaba allí era el que me
preocupaba.
—¿Y bien? ¿Puedo entrenar?
—No veo por qué no, pero… —Señaló mi túnica, una que se abrochaba
sobre el hombro y que, aunque bastante recatada, no serviría para lo que
tenía en mente—. Tendremos que buscarte algo.
—¿Qué hay de mi armadura? Alina aún debe tenerla, y me aseguré de
eliminar el símbolo de Artemisa antes de entrar en la ciudad.
Xander negó.
—El corte es olímpico, cualquiera que la vea podría deducir de dónde
procede. Y aunque no fuera así, Karan me mataría si se entera de que has
estado entrenándote conmigo solo con esa mierda endeble para protegerte.
—Es una buena armadura.
—Para cazar en la frontera quizás, Korelana.
No discutí más con él. Quería salir de la habitación, y empuñar una
espada o batirme cuerpo a cuerpo con el hadesiano parecía una buena forma
de quemar energía y tiempo hasta que llegara la noche. Una protección
extra contra él tampoco me vendría mal.
Cuando salimos, Xander ni siquiera miró a los hijos de Hades, mucho
menos les dio ninguna indicación, pero se situaron a nuestra espalda y nos
siguieron por el pasillo. No nos alejamos mucho. La distribución de los
distintos niveles del palacio a lo largo de la colina permitía que este
dispusiera de diferentes espacios en el exterior, como el jardín que
habíamos visitado o el lugar al que Xander y yo nos dirigíamos, uno
reservado en exclusiva para que Karan y su círculo íntimo se entrenase.
Supuse que su cercanía era uno de los motivos por los que mi
acompañante no se había negado en rotundo a que vagabundease por el
lugar.
—¿Pretendes ponerme una de las armaduras de Karan? Porque sí es así
ya te digo yo que me va a ir un poco grande.
—Puede que encontremos alguna de Melíone.
Eso me hizo aún más gracia. La hermanastra de Karan era diminuta, y yo
ya era bajita de por sí, pero tenía mucha más carne alrededor de las caderas
y, en general, por todas partes.
—Esa me iría pequeña.
—¿Una de Egan?
Ni siquiera dignifiqué eso con una respuesta, pero en cambio aproveché
la oportunidad para preguntarle por él.
—¿Seguís tonteando? —solté sin mucha ceremonia.
Xander se las arregló para tropezarse con sus propios pies. Bonito
soldado estaba hecho.
—Eres demasiado curiosa para tu propio bien.
—Y vosotros muy vagos con vuestras respuestas. No podéis culparme.
—No.
—No ¿qué? ¿No sois vagos? ¿No me culpáis? ¿No tonteáis?
Si pensaba que iba a librarse esta vez, estaba muy equivocado.
—No tonteamos.
—Lo hacéis. O al menos lo hacíais hasta hace poco.
Xander resopló, pero yo los había visto juntos y estaba bastante segura de
que había algo ahí.
—Es… complicado.
—La historia de mi vida.
—¿Qué hay de Karan y tú?
—Es complicado —me apresuré a responder.
Xander sonrió. Se detuvo frente a una puerta y yo lo hice tras él. Cuando
el eco de nuestros pasos murió, me pareció escuchar un ruidito que no
identifiqué.
—¿Has oído eso?
Eché un vistazo hacia el lugar por donde habíamos venido. No nos
habíamos cruzado con nadie, ni siquiera sirvientes, y los dos hijos de Hades
se habían detenido a una distancia prudencial; parecían estatuas.
Xander no desestimó de inmediato mi pregunta. Nos quedamos inmóviles
y en silencio, pero no hubo más ruidos, por lo que entramos en la
habitación. Había armas de todo tipo: decenas de espadas colgaban en
soportes a lo largo de la pared, así como cuchillos, dagas e incluso más de
un hacha, látigos y picas. Estaba mejor surtida que la armería del Templo de
Artemisa.
Xander señaló hacia el fondo, el lugar destinado a la ropa y las
armaduras.
—Busquemos algo que podamos ajustar a tus medidas.
Un quejido apagado llegó a mis oídos, y esta vez supe que no lo había
imaginado. Sin decir una palabra, me moví de puntillas hacia la puerta.
Xander me miró como si me hubiese vuelto loca, pero no abrió la boca para
llamarme la atención. Los dos escoltas estaban justo donde los habíamos
dejado y dudaba que fueran ellos los responsables del sonido. Miré a un
lado y otro del pasillo, afiné el oído y esperé. Salvo el golpeteo rítmico de
mi propio corazón, no capté nada más. Estaba a punto de desistir y regresar
dentro cuando escuché un golpe.
Ladeé la cabeza para buscar la mirada de Xander. También él lo había
oído ahora. Vino hacia mí con andar sigiloso y me pidió silencio
colocándose un dedo sobre la boca. Había puertas a cada lado, pero se
dirigió a la que quedaba más cerca. Fui tras él a pesar de que me hizo una
señal para que retrocediese.
No sé qué esperaba encontrar Xander, tampoco yo, pero cuando abrió la
puerta de un tirón nos topamos con una especie de armarito de trastos lleno
de polvo. Fue un poco decepcionante. Hasta que escuchamos un grito
ahogado. Mucho más rápido y sin molestarnos ya en ser silenciosos,
corrimos hasta la siguiente habitación. Allí sí que había alguien.
El hombre ni siquiera se percató de nuestra llegada. Estaba inclinado
sobre una chica —por la ropa sencilla diría que se trataba de una esclava—
a la que había doblado sobre una mesa y empujaba con una mano contra la
madera. Ella tenía la falda sobre la espalda; él, el pantalón alrededor de los
tobillos. La imagen no daba lugar a dudas, y el hecho de que la chica
estuviera sollozando hablaba claro de que nada de aquello era consentido.
El sabor ácido de la bilis me llenó la boca y ni siquiera lo pensé. Me
abalancé hacia delante, pero Xander me retuvo.
—No intervengas. Vete.
¿Se había vuelto loco? ¡Ese hombre iba a violarla! Me importaba bien
poco si era el mismísimo rey u otro esclavo, lo cual no era probable, porque
la finura de su atuendo lo señalaban como noble.
No miraría hacia otro lado. Esa chica podría ser Dafne, o yo misma si Lex
no hubiera intervenido. Esa chica podría ser cualquiera, y todos deberíamos
poder decidir a quién entregar nuestro cuerpo y nuestro placer.
—Si no vas a hacer nada, está bien, pero apártate de mi camino o
acabarás como él —le advertí a Xander.
Antes de que pudiera detenerme, giré hasta quedar a su espalda,
desenvainé su espada y lo apunté con ella. Él masculló una maldición. Si
nuestro intercambio previo no había alertado a aquel hombre miserable, eso
lo consiguió. Lo peor fue que ni siquiera trató de metérsela en los
pantalones; solo nos miró. Su cara era una máscara lujuriosa que me
provocó arcadas y acrecentó mi ira.
—No me importa tener público —dijo, sin pudor alguno.
Por todos los dioses, no era posible sentir más asco del que yo albergaba
en ese momento.
La chica sollozó y él apretó la mano que mantenía sobre su espalda.
Quería cortársela, joder. A pesar de lo que había dicho Karan sobre los
monstruos que creaba este lugar, sobre jugar a ser verdugo o un dios, yo
quería matar a ese hombre.
Xander apartó la vista de él. Lucía asqueado, pero eso no aplacó en nada
mi indignación.
—Dame la espada y sal de aquí —dijo.
—¿Para que puedas dejarlo terminar tranquilo?
—¿Es eso lo que piensas de mí? —No esperó mi respuesta antes de
añadir—: Vete. Ahora.
—Uníos —escuché decir entonces al despreciable violador. O Xander
salía de mi camino ya, o me lo llevaba por delante—. Oh, tú no. Eres la
putita del general.
Mi cabeza giró de golpe hacia él. Estaba mirándome el escote, lo cual no
era sin duda lo peor de la situación. Pero sabía lo que veía: el tatuaje.
—En realidad, soy su prometida, pero como prefieras. Esta puta va a
cortarte la verga si no le quitas las manos de encima a esa chica ahora
mismo.
Xander hizo una mueca al escuchar mi amenaza.
—Korelana, lárgate. Me aseguraré de que ella salga de aquí intacta, pero
necesito que tú estés a salvo.
Me sentí aliviada al comprender que Xander no era un imbécil, lo que no
quería era ponerme en peligro; sin embargo, ya estaba demasiado metida en
la situación, y aquel depravado no me lo estaba poniendo más fácil.
—Alguien debería enseñarte modales. Puedo hacerlo yo, ya que tu
prometido no parece saber cómo manejar a una mujer.
—Cállate de una vez, jodido cabrón —escupió Xander esta vez.
El tipo volvió a reírse y empezó a restregarse contra las nalgas expuestas
de la joven. El gesto fue… demasiado.
Me escurrí bajo el brazo de Xander y avancé con tanta rapidez que,
cuando ambos quisieron darse cuenta, el filo de la espada estaba ya contra
la garganta del hombre. Aunque llamarlo «hombre» era muy muy generoso
por mi parte.
—Suéltala.
—Es una esclava.
—Suél-ta-la. ¡Ya, joder! —exigí.
La chica había dejado de llorar y permanecía muy quieta. Tenía que estar
muerta de miedo.
—Libérala, Deo, o saldrás de aquí sin partes de ti mismo que seguro que
quieres conservar —intervino Xander.
La espada estaba bien afilada, así que dejé que mi brazo resbalara un
poco. Un fino corte se le abrió en la piel y varias gotas de sangre cayeron de
él. Se quedó paralizado. Desesperada por alejar sus manos de la muchacha,
yo misma tiré de su brazo. No se resistió, aunque su rostro había empezado
a enrojecer de ira. Había creído que mis amenazas eran vanas y empezaba a
darse cuenta de que no podían ir más en serio, lo cual solo hablaba de lo
acostumbrado que estaba a salirse con la suya.
Al verse liberada de su agarre, la chica por fin reaccionó y salió de debajo
de él. Abandonó la habitación sin siquiera detenerse para colocarse la ropa,
y ni una sola vez levantó la vista del suelo.
—Quiero matarlo —dije, e incluso a mí me sorprendió lo mucho que lo
deseaba.
Respiré hondo, y las palabras de Karan regresaron por segunda vez a mí.
«La corte de Hadesya crea monstruos».
No dudaba de que la violencia pudiera engendrar más violencia, pero
nunca lo tuve tan claro como en ese momento.
Retiré la espada lo justo para permitir que aquel depravado pudiera
subirse los pantalones; no necesitaba seguir viendo su mierda. Le hice un
gesto para que se tapara y, gracias a los dioses, no discutió.
—Es uno de los consejeros del rey —repuso Xander, señalándolo con el
mismo asco y desprecio que yo sentía.
—Entonces dime qué parte de su cuerpo no necesita para dar consejo.
Empezaremos por esa.
46
Xander no me permitió amputarle ningún miembro a Deo, ni siquiera el que
colgaba entre sus piernas. Supuse que eso no ayudaría en nada a Karan y no
quería crearle más problemas de los que ya tenía. Dejar marchar a aquel
despojo humano intacto fue una de las cosas más difíciles que he tenido que
hacer en toda mi vida.
No me puse ninguna armadura después de eso. Le hice un raja a la túnica
desde el tobillo a la cadera y, tras devolverle su espada a Xander y tomar
otra que se ajustaba mejor a mi mano, salimos al exterior. Aplaqué la sed de
venganza peleando contra el hadesiano.
El choque de acero contra acero fue la única melodía que escuché durante
un rato no lo suficientemente largo. Fue como ejecutar un baile mil veces
ensayado. Me cansé más pronto de lo que esperaba a pesar de que la rabia
bullía en mi estómago y mi pecho, y eso me cabreó todavía más. Xander era
un rival formidable y ni siquiera se estaba empleando a fondo. Retrocedía
antes de llegar a hacer sangre y fue una suerte que él sí recordara que algo
así no debía suceder; habría sido bastante complicado explicar por qué
había surgido un jardín en mitad del campo de entrenamiento.
Lo peor de todo fue que no necesitó llegar a tal extremo para patearme el
culo y barrer el suelo conmigo. Acabé en un estado lamentable: agotada,
resollando y cubierta de tierra de pies a cabeza.
—Tienes un buen estilo —dijo Xander, tras limpiar el filo de su espada y
devolverla a la funda.
Yo estaba doblada por la mitad, tratando de recuperar el aliento y la
dignidad. Si el comentario pretendía brindarme algo de consuelo, no lo
consiguió; el temblor de mis músculos se encargó de eso.
—Ese hombre, Deo —escupí su nombre—, ¿de verdad es el consejero de
Stavros?
—Uno de ellos. También lo es Demetrius, lo verás esta noche.
—¿Son todos… así?
—Cuanto más subes en la escala de poder, más corruptas y miserables
son las mentes de los que allí se encuentran.
Karan estaba muy alto en esa escala, y lo que yo había visto de él no
reflejaba nada de eso. Escapar de este lugar quizás lo hubiera salvado, pero
¿lo condenaría haber regresado a él? ¿O podría volver a irse después de que
yo lo hiciera?
—No exagerabais —admití mientras me erguía.
—Aún no has visto nada, Korelana.
Xander echó a andar hacia el interior. Yo le di unos pocos segundos más
de margen a mi cuerpo para recomponerse. La zona quedaba resguardada
por los muros que se elevaban alrededor y desde allí no era posible atisbar
nada de las dependencias del rey, pero sí un pequeño trozo de cielo. Ese día
tenía el tono de gris más cercano al azul que hubiera visto desde que me
había adentrado en Hadesya; la neblina perpetua era mucho más fina,
aunque la leve brisa que soplaba parecía más sofocante que nunca.
Alcancé a Xander en el pasillo y emprendimos la vuelta. Mis zapatos
destrozados fueron dejando un rastro de tierra sobre el mármol negro y
brillante del palacio. Me avergonzaba pensar que algún esclavo tendría que
limpiarlo más tarde. Volví a ver el rostro de la chica sometida y reviví mi
propio miedo; nada de eso mejoró mi ánimo. La certeza de que, aunque
pudiese salvar a mis hermanas de los horrores de ese sitio —si es que lo
conseguía—, un montón de personas continuarían atrapadas allí, siendo
humilladas, vejadas y sufriendo abusos, era algo demasiado amargo para
que lograse olvidarlo sin más.
Puede que no hubiera apartado la mirada en esa habitación, pero lo estaría
haciendo cuando me fuese.
—Será mejor que te des un baño antes de que Karan te vea así.
Ojalá un poco de suciedad fuese todo por lo que Karan necesitase
preocuparse. De todas formas, tampoco dejaría que se enterase de mi
escapadita. Si Xander no se iba de la lengua, yo no iba a decírselo.
Resultó que nadie tuvo que contarle nada. Al acceder a la antesala, Karan
y Egan estaban allí. El primero ocupaba uno de los canapés y tenía un libro
entre las manos; no levantó la mirada de sus páginas cuando nos oyó llegar.
Egan, en cambio, contemplaba la ciudad desde el balcón. Él sí que nos
miró.
—Tenéis un aspecto miserable —señaló, lo cual era una obviedad,
aunque nos incluyó a ambos y la verdad era que su amigo lucía mucho
mejor que yo.
—¿Xander? —lo llamó Karan entonces, su atención aún en el libro—.
¿Podrías explicarme por qué mi prometida parece recién salida de una
batalla, una que aparentemente ha perdido?
Por todos los dioses, ¿tenía ojos en la coronilla o qué?
—Es cosa mía.
—Ha sido cosa suya —dijo Xander al mismo tiempo, el muy traidor.
—Y no he perdido —agregué, aunque era mentira. Sí que había perdido;
el orgullo, la dignidad y puede que también algunos años de vida.
Karan dejó el libro sobre el asiento. Su mirada se posó primero en mis
pies para ir luego ascendiendo muy despacio por mi figura, deteniéndose a
ratos y catalogando cada detalle de mi aspecto maltrecho: el calzado
machacado, el desgarrón de la falda, la tela manchada… Cuando alcanzó mi
rostro, donde seguro que también habría restos de tierra, la dureza de sus
facciones me sorprendió.
—Es solo suciedad —dije, por si se le ocurría ensañarse con Xander.
Era una tontería, y de cualquier forma no hubiera visto la necesidad de
justificarme ante él ni aunque hubiese sido mi prometido de verdad. Y no lo
era; no éramos más que una farsa.
—Stavros ha emplazado mañana a gran parte de la corte en la sala del
trono. También a nosotros, claro está.
Se me cayó el alma a los pies. Si había una sola posibilidad de que
supiera qué era yo para él, vernos cara a cara podría convertirse en un
obstáculo insalvable para nuestra huida. Con compromiso o sin él, y aunque
se viera obligado a respetarlo, el rey nunca dejaría escapar el premio que los
dioses le habían prometido.
—¿Qué vas a hacer? —lo interrogó Xander.
—Seguimos adelante con lo planeado. Honraremos a Demetrius con
nuestra presencia esta noche. Stavros ha estado pasando la mayor parte del
tiempo encerrado con sus consejeros. —«No con todos», pensé yo, pero no
dije nada sobre la chica a la que habíamos ayudado—. Si tenemos suerte,
ocupará también la velada con ellos, y con él estará la mayoría de su
guardia personal.
Eso me hizo intervenir.
—¿Vas a tratar de sacar a Dafne de sus aposentos?
—Sí y no. Echaré un vistazo para confirmar cuántos guardias se quedan
atrás. Xander y yo volveremos más tarde. —El aludido no mostró ninguna
oposición; Egan frunció el ceño—. Y luego las sacaremos a todas de aquí.
La oleada de emoción fue tal que me mareé y tuve que agarrarme al
respaldo del canapé. Ahora Karan también fruncía el ceño.
—¿Estás bien?
Asentí con la cabeza repetidamente y luego añadí:
—Ha sido un día duro.
Aún le quedaban unas cuantas horas más, pero con un poco de suerte la
jornada terminaría con mis hermanas y conmigo abandonando este palacio
maldito.
Karan se incorporó, el libro ya totalmente olvidado. Vino hasta mí y
continuó escudriñando mi rostro. Su mano me rodeó el lateral del cuello.
—Necesitas un baño, cazadora —ronroneó, mientras me frotaba la mejilla
con el pulgar. De repente, Egan y Xander parecieron encontrar sumamente
interesante el brocado de los asientos—. Vamos, ve. Elegiré un vestido para
ti.
Que fuera a seleccionar mi ropa ni siquiera me importaba ya. No me moví
ni aparté los ojos de los suyos, grises, preciosos y llenos de cosas que sabía
que no llegaría a decirme y que yo no debería desear escuchar. Sus dedos
me quemaban contra la piel; su mirada lo hacía de una forma más profunda,
en mitad del pecho, como si la tinta del tatuaje que compartíamos se
hubiese incendiado y estuviese devorando la carne de alrededor. Yo
tampoco encontré palabras para hacerle saber lo que estaba sintiendo.
—Ve —insistió con suavidad, dejando que las comisuras de su boca se
arqueasen—. Así Xander tendrá tiempo para explicarme por qué ha
aparecido muerto uno de los consejeros reales sin más heridas que un
pequeñísimo corte en el cuello. Aquí —dijo, y se tocó la débil cicatriz de su
propia garganta—. Por supuesto, eso no lo ha matado, pero podría ser que,
no sé, se le haya parado el corazón…
No logré contener la sorpresa. ¿Había decidido Xander después de todo
acabar con la vida de Deo? Me había enviado a por una espada mientras
empujaba al hombre por el pasillo para que desapareciera de allí cuanto
antes, y al salir de la sala de armas lo había encontrado solo a él.
Me sentí obligada a defenderlo.
—Tal vez fue cosa de Sybila. Todavía le queda una mano.
—Las dos manos —se empeñó en recalcar Xander, ignorando la
insinuación nada velada de su general—. Aunque solo cinco dedos.
—Por supuesto, Sybila —dijo Karan.
No se creía una palabra, pero no indagó más al respecto o decidió dejarlo
para después.
Me trasladé a la estancia contigua. La pared que nos separaba amortiguó
el sonido y no me permitió seguir la conversación posterior, pero esta no
decayó mientras yo me sacaba el polvo y el sudor de encima. Supuse que
estarían trazando planes para nuestra huida.
Me sentía dividida; es decir, anhelaba con toda mi alma ver a Dafne y a
mis hermanas, las quería a salvo y lejos de las garras del rey más de lo que
deseaba estarlo yo misma. Pero una parte de mí sabía que, en cuanto Karan
hiciera un movimiento para sacarlas de sus habitaciones, pondría en marcha
una cuenta atrás imparable.
Sería el principio del fin. De nuestro fin. Luego solo restaría deshacer el
compromiso.
Por supuesto, tendríamos que salir del palacio, atravesar el reino y
encontrar la manera de evadir el contingente de soldados que Stavros había
enviado a la frontera, lo cual no era poca cosa. Me sentía más capaz de
lograr esa hazaña que de decirle adiós a aquellos tres estúpidos hadesianos.
Incluso a Egan, que seguro que se alegraría de mi marcha. Y Karan… No
estaba segura de cómo iba a despedirme de él.
47
Había esperado que Karan eligiera el vestido más provocador y obsceno de
los que se encontraban a su disposición en el arcón. Me equivocaba, y no
porque el seleccionado no lo fuera. Ni siquiera recordaba habérmelo
probado en casa de Alina y no era una prenda que se pudiese olvidar.
Me había reído de él cuando había agitado frente a mis ojos la tela
semitransparente y de un blanco reluciente, pero ya no me estaba riendo.
—Se me ven los pezones —protesté desde el dormitorio.
—¡Estoy seguro de que son unos pezones preciosos!
Él no podía verme, pero de todas formas fulminé con la mirada la pared
que se alzaba entre nosotros. Agradecía que los otros se hubiesen largado;
no quería hablar de mis pezones delante de los otros dos hadesianos.
Tampoco quería hacerlo con Karan, aunque por motivos diferentes.
—Estás disfrutando demasiado de esto —grité en respuesta, aunque me
encontré sonriendo como una estúpida.
El vestido era, en realidad, magnífico. Mi tatuaje quedaba a la vista casi
por completo, asomando entre las dos tiras de seda que se cruzaban sobre
mi esternón y acunaban mis pechos de tal manera que tapaban poco más
que los mencionados pezones. La falda caía con vuelo y formaba un
charquito reluciente a mis pies, mientras que en la parte posterior las tiras
volvían a cruzarse entre mis omóplatos. Esta vez había un añadido que
cubría mi espalda: desde los hombros, enganchada a estos con dos
pequeños broches gemelos, se desplegaba una capa de gasa con multitud de
brillantitos incrustados; la cola que formaba medía al menos un metro.
A pesar de mis protestas, la elección de Karan no me molestaba. Más bien
estaba conmocionada. La belleza y elegancia de la prenda, el modo en el
que se ajustaba a mis curvas… Llamaría muchísimo la atención, más aún
cuando Karan había relegado su armadura en favor de un atuendo similar al
que había empleado en nuestro ritual de compromiso, aunque este carecía
de cualquier ribete plateado o adorno de ningún tipo. Al salir del baño, me
lo había encontrado vestido de negro de pies a cabeza, algo que tenía
sentido; no habría destellos brillantes que lo delataran mientras trataba de
camuflarse en las sombras o se moviese a través de ellas. Su pelo lucía aún
más oscuro, también sus ojos, y la piel le brillaba pálida en contraste.
Estaba absolutamente devastador.
El estómago se me encogió al regresar a la antesala, donde me esperaba.
Había rescatado el mismo libro de horas antes y lo hojeaba de forma
distraída; disfruté de esos pocos segundos en los que él no me estaba
mirando para llenarme los ojos con su imagen y almacenarla en mi
memoria; sin duda, volvería a ella a menudo en los días o semanas —
meses, años— posteriores. Concluí que devastador ni siquiera era la
palabra adecuada para describirlo, pero no atinaba a encontrar una mejor.
Estaba muy nerviosa, tanto por tener que enfrentarme a una parte de la
corte como por lo que sucedería mientras yo, mi tatuaje y mi singular
atuendo distraíamos a los invitados. Reunirme con Dafne. Huir.
La audiencia con Stavros tendría lugar la tarde siguiente, pero si todo iba
bien yo ya no estaría allí para asistir. Aquella era mi última noche con
Karan, y no estaba preparada para eso.
Hice un ruidito estúpido con la garganta que me delató y él levantó la
vista por fin. Sus ojos se inundaron de deseo en el acto, pero también de
algunas otras emociones mucho menos seguras: admiración, satisfacción,
orgullo y un anhelo que nada tenía que ver con la cantidad de piel expuesta,
pero que aun así me hizo sentir desnuda y vulnerable.
—En realidad, no estoy seguro de estar disfrutándolo —dijo tras un leve
carraspeo, con sus ojos fijos en mi rostro—. Es más, empiezo a plantearme
no dejarte salir de la habitación.
—¿Ah, sí? —repliqué, y puede que le imprimiera cierta picardía a mi voz.
Jugar a desafiarlo era menos comprometedor que el resto de las
posibilidades, que incluían cosas como terminar de cerrar el espacio entre
nosotros y hundirme en su boca hasta que el resto del mundo desapareciera.
—Lo haría. Si pudiera, te encerraría en esta habitación.
—Te estás poniendo espeluznante otra vez.
—Te encantaría, ya me aseguraría yo de que disfrutases cada segundo del
encierro.
La certeza de que Karan podía cumplir esa amenaza y hacerla tan
placentera como su expresión prometía envió toda una oleada de descargas
a través de mi cuerpo. No habíamos compartido ningún otro momento tan
cargado de intensidad ni tan peligroso como el de la primera noche, a
excepción de lo ocurrido en el jardín, y durante un instante deseé disponer
de más tiempo para pasarlo a solas con él. Para explorar más de nuestra
mutua atracción y, quizás, llevarme conmigo ese recuerdo.
El pensamiento me hizo sentir de forma horrible. De nuevo, mi voluntad
—yo misma— se partió por la mitad.
Dolió.
—Ey, está bien —dijo él, y supe que mi rostro estaba revelando
demasiado de mis pensamientos. Nos habíamos acercado, como dos imanes
destinados a atraerse sin remedio por mucho que peleasen contra ello—.
Tus pezones van a estar perfectamente a salvo y cubiertos.
Me reí. Por los nervios. Por el miedo. Por la tristeza. No lo sabía. Tal vez
fuera por todo a la vez.
Karan empujó mi pelo hasta colocarlo detrás de mis hombros. Nunca
había sido diestra para darle forma a mi melena, más allá de la trenza con la
que, por pura comodidad, me había habituado a peinarme. Así que esta vez
lo había cepillado y lo había dejado suelto. Tampoco había empleado
ningún adorno o complemento.
—Estás deslumbrante, Korelana. —Mi nombre en sus labios supo a
devoción y a despedida. A final desesperado e inminente. Supo dulce y
amargo a la vez—. Deberíamos marcharnos antes de que haga algo de lo
que me arrepienta.
—¿Lo harías? ¿Te arrepentirías?
No hubo el más mínimo titubeo antes de que él respondiese:
—Nunca, y ese es justo el motivo por el que tenemos que irnos.
En cuanto salimos del pasillo, yo sí me arrepentí, pero de no haberlo
besado. Nunca me había considerado cobarde, tampoco había estado jamás
en una posición en la que anhelara tanto algo o a alguien, pero pensar que lo
que estaba sintiendo era una novedad para mí no me hizo sentir mejor. Con
suerte, la exhibición de nuestro compromiso requeriría cierto contacto. No
me importó aceptar ante mí misma que estaría deseando que dicho contacto
llegara a pesar de que fuese fingido, lo cual resultaba patético.
Egan y Xander estaban esperándonos en el pasillo, así como los dos hijos
de Hades que también nos acompañarían. Nuestro pequeño séquito provocó
reacciones muy similares en aquellos con los que nos cruzamos. Eran todos
esclavos, y parecían desesperados por salir de nuestro camino. Registré sus
caras en busca de la chica a la que Deo había asaltado, sin éxito. Esperaba
que estuviese bien; supuse que habría mantenido en secreto el abuso, y
resultaba muy triste pensar que fuese ese mismo silencio lo que
probablemente le evitaría males mayores. Mi única satisfacción era saber
que ese pervertido no podría hacer daño a nadie nunca más.
—¿No se supone que Demetrius, al ser consejero, debería estar con el
rey? —le pregunté a Karan mientras nos dirigíamos a la recepción.
—En su caso no es imprescindible. Es el señor que gobierna el territorio
del Tártaro, que es casi como un reino en sí mismo y cuenta con sus propias
normas y leyes. No le tiene mucho aprecio a sus tierras y tampoco es de
extrañar. La ciudad es, con diferencia, lo peor de todo Hadesya; un nido de
perversión, delincuencia y pobreza. Cualquiera que cometa un delito en el
reino es enviado a su cárcel, y cuando vuelven a la calles no creas que se
han convertido en mejores personas. Los planes que Stavros esté trazando
no afectan a Demetrius ni a su territorio, y él prefiere aprovechar su tiempo
en la corte en actividades más placenteras.
—¿Qué debo esperar de esta fiesta?
Conforme nos acercábamos a una zona del palacio que ya conocía, pues
habíamos tomado el mismo camino para dirigirnos al jardín, mi estómago
había empezado a hacer piruetas. Karan pasaría un rato conmigo y luego
trataría de escabullirse; los dos escoltas, Egan y Xander se quedarían a mi
lado. Para mi tranquilidad, me había tomado la libertad de llevar un cuchillo
conmigo, sujeto de nuevo con la correa a mi muslo. Quedaba oculto por
todo el vuelo de la falda, así que no creía que Karan se hubiera percatado de
ello. Si lo había hecho, no lo señaló.
—A Demetrius le gusta mirar —dijo, y eso le valió un arqueamiento de
cejas por mi parte—. Disfruta viendo a otros relacionarse.
—Fornicar, quieres decir.
—Estaba tratando de ser delicado.
—Pues déjalo, porque no te pega para nada. —Sonrió, y se me quedó
mirando—. ¿Qué?
—Es solo que… Voy a echar de menos estos momentos, cazadora.
Mi estómago se agitó, pero no tuvo nada que ver con la fiesta y mucho
con su admisión. Dadas mis recurrentes divagaciones mentales, había
llegado a creer que el compromiso había sido una treta y que los motivos
que Karan se negaba a revelar incluían en su plan no dejarme marchar.
Aunque ya no pensaba así, la confesión me tomó desprevenida.
Nos detuvimos junto a una arcada que daba paso a un nuevo pasillo para
esperar a los demás. Se habían mantenido un poco por detrás; Egan y
Xander charlando en voz baja, y los dos hijos de Hades… Bueno, tan al
margen de todo como se esperaría dada su naturaleza.
—Creo que es lo más bonito que me has dicho desde que te conozco. —
Eso era falso, me había dicho cosas conmovedoras y preciosas, pero yo me
esforzaba mucho para no recordarlas.
—Ni se acerca, pero… Tú no perteneces aquí, Korelana. Tú eres vida, y
esta corte…, todo este reino está diseñado para marchitar tu fuerza. Para
consumirte poco a poco. Para matarte.
—¿Crees que soy débil?
—No, eres todo lo contrario a una persona débil. Yo sé que no lo eres.
Tengo una cicatriz en la garganta que lo prueba, ¿recuerdas?
El cuello alto de su chaqueta la ocultaba de mi vista, pero por supuesto
que lo recordaba, aunque consideraba lo sucedido más una prueba de mi
miedo que de mi valentía.
—¿Qué fue lo que ocurrió esa noche cuando me fui?
Contuve el aliento a la espera de su respuesta. Nuestros acompañantes
habían seguido de largo; se oía música, diversas voces y risas, pero me
concentré en Karan.
—Lex apareció y sus ladridos alertaron a los demás. Xander ralentizó el
latido de mi corazón para evitar que me desangrara del todo y Melíone me
curó. No hay mucho más que contar.
—¿Así que no volviste de la muerte?
Mi pregunta pretendía ser una especie de broma y a la vez no lo era.
Karan no se rio, pese a que tampoco mostró sorpresa alguna.
—Para cualquier hijo de Hades la muerte es como un viejo conocido con
el que sabe que tendrá que reencontrarse más pronto que tarde. En mi caso,
a veces creo que se ha empeñado en convertirse en una amiga íntima.
—¿Y eso qué quiere decir? —insistí cuando se detuvo.
Sus ojos, convertidos en una tormenta impetuosa, buscaron los míos y
negó con la cabeza.
—Que hay algunos lugares, Korelana, de los que solo un dios puede
regresar.
48
Comprendí a qué se había referido Karan sobre la afición de Demetrius a
mirar en cuanto puse un pie en el salón en el que se celebraba la recepción.
La estancia era redonda y estaba coronada por una cúpula. Un solo orbe de
almas flotaba en su centro, así que el ambiente no era lúgubre, pero
tampoco excesivamente luminoso; lo suficiente para ver las camas formar
un semicírculo en una parte de la pared y los cuerpos desnudos que se
retorcían en ellas.
Sí, estaban fornicando, y con un entusiasmo abrumador he de decir.
Un ramalazo de calor descendió por el centro de mi cuerpo y fue a parar
entre mis muslos. Cuando quise darme cuenta, estaba apretándole los dedos
a Karan con tanta fuerza que recibí una de sus miraditas. Si estaba tratando
de calmarme, no funcionó. Mi cuerpo necesitaba de muy pocos estímulos
cuando estaba cerca de él, por lo que traté de no mirar fijamente a ninguna
parte por miedo a lo que acabase sintiendo. O anhelando.
Los invitados que no estaban participando ya activamente del jolgorio
sexual, y algunos de los que sí lo estaban, no se molestaron en fingir
discreción a nuestra llegada. Volvieron sus cabezas hacia la entrada, nos
observaron a placer y cuchichearon entre ellos sin disimulo. Había unas dos
docenas de personas. Era menos de lo que había esperado y más de lo que
querría, pero lo único que me preocupaba era que la escasez de asistentes
no entorpeciera nuestros planes.
El grupo se dividió: los dos soldados permanecieron junto a la entrada y
Egan y Xander se adelantaron en dirección a una mesa en la que
predominaba la bebida frente a la comida. Su apresurada marcha tuvo
mucho que ver con el acercamiento de un hombre alto aunque bastante
rollizo con una mujer colgada de cada uno de sus brazos: Demetrius y sus
dos esposas.
—General —saludó en un tono plano. Hizo una reverencia mínima que
las mujeres imitaron. Su mirada pasó por encima de Karan con una rapidez
ofensiva y se centró en mí, aunque continuó dirigiéndose a él—. Esta debe
de ser su invitada.
La desgana con la que pronunció cada palabra le arrancó una risita a una
de las mujeres, la más pequeña de las dos, y no solo en tamaño. Era joven,
mucho más que él, mientras que la segunda parecía tener una edad más
cercana a la de su esposo. Ambas llevaban vestidos atrevidos, con un corte
muy similar al mío; Demetrius, al contrario que Karan, lucía un aspecto
más desenfadado: una camisa sencilla y discreta, abierta a medias, y un
pantalón gris suelto. Pensar que se trataba de ropa que permitía apartarla
con facilidad del camino fue un excelente revulsivo para controlar mi libido
disparado. Recé para no tener el placer de verlo desnudo.
—Mi prometida —aclaró Karan, aunque, por el modo en el que
Demetrius me miraba las tetas, ya habría visto el tatuaje de compromiso—.
Korelana, este es Demetrius.
No añadió el título de «señor» ni mencionó que fuera consejero del rey, lo
cual fue un movimiento premeditado por parte de Karan que golpeó de
lleno el ego del hombre; más aún en el de una de sus esposas, que
enseguida se apresuró a señalarlos uno a uno.
—Tu regreso se ha producido justo a tiempo —comentó el hombre a
continuación—. El rey parece decidido a arrebatarle por fin a esos necios de
Olympya lo que nunca debieron poseer. Seguro que apreciará el apoyo de
esos soldaditos tuyos.
A pesar de que Karan mantenía sus sombras a buen recaudo, su tenue
sonrisa estaba cargada de oscuridad y muy alejada de ninguna de las que me
hubiese dedicado nunca a mí. Si lo conocía bien, diría que las divagaciones
del consejero lo estaban irritando.
—Esos soldaditos míos podrían ser lo único que, llegado el momento, se
interponga entre las legiones de Olympya y tu territorio, Demetrius. Me
referiría a ellos con algo más de respeto; son hijos de Hades.
El hombre resopló, aunque la esposa más joven retrocedió un paso y
desligó el brazo del suyo. Chica lista. Incluso yo sentí el aire cargándose de
animosidad en torno a Karan y el modo en el que su disgusto crecía de un
segundo al siguiente. Creo que la simple visión del rostro del consejero le
desagradaba, no digamos ya su pretendida superioridad o sus balbuceos.
—Solo son…
—Elige bien tus siguientes palabras —lo interrumpió—, porque los
caídos tienen ya muy poco que perder. Podrían decidir ir a por ti. Una
verdadera lástima lo de Deo, ¿no te parece? ¿Quién iba a decir que Hades
reclamaría tan pronto su alma? —Hizo una breve pausa—. Por cierto, sé
que te encanta admirar cualquier forma de belleza, pero los ojos de mi
prometida están en su cara, te convendría recordarlo, por excepcional y
exquisita que sea la marca de nuestra unión y ella misma.
Demetrius dio un respingo, no supe si por la hostilidad apenas disimulada
que Karan empleó al hacer referencia a mí o por la mención del reciente
fallecimiento de su análogo. Deo no había sido víctima de ninguno de los
soldados resucitados de Karan, sino de Xander, pero eso él no lo sabía. Y
Xander era tan temible como estos o más aún; el resultado había sido el
mismo.
—Sí, una lástima. Disfrutad de la velada, tengo que… atender a mis
invitados.
Los tres anfitriones se movieron tan rápido que resultó cómico. Hubiera
sentido pena por ellos si no fuese por lo que había aprendido sobre la corte.
—Ha sido casi decepcionante.
—¿Sedienta de sangre, cazadora? —preguntó Karan, con un tono tan
diferente al que había usado con el consejero que parecía otra persona—.
Ese imbécil no es de los peores. Suele estar demasiado ocupado en su
búsqueda perpetua de placer como para crear grandes problemas.
—Esta noche estás de lo más metafórico cuando se trata de sexo. No sé si
preocuparme.
La carcajada que soltó atrajo muchas, muchísimas miradas; también la
mía. El sonido envió nuevas oleadas abrasadoras por mi cuerpo. Por las
expresiones de los que nos rodeaban, entre confusas, perplejas o temerosas
incluso, diría que pocos en esa sala lo habían visto reír así. Él no les prestó
ninguna atención, solo me miraba a mí.
—Trato de no pensar en sexo contigo aquí.
—Así que pensarías en ello de no estar yo presente —me burlé, y me
volví hacia la cama más cercana—. ¿Te unirías a los demás?
Karan me abrazó sin previo aviso. Sabía que todo lo que hiciésemos sería
analizado y comentado, y muy probablemente llegaría a oídos del rey;
fingido o no, era un espectáculo, pero me sumergí en él y permití que me
arrastrara hasta su pecho. Nuestros labios estaban tan cerca que uno se
bebía el aliento del otro, y todas las partes interesantes de su cuerpo
presionaban las mías. Partes duras.
—Si tú no estuvieras aquí, tampoco lo haría yo. Pero si quieres meterte en
esa cama y llevarme contigo… Puedo sacar a todos de esta habitación en
cuestión de segundos. O podría limitarme a inundarla de sombras. Me
aseguraría de que nadie te viera salvo yo, pero todos te oirían gritar mi
nombre, Korelana. El palacio entero lo escucharía.
Le sonreí con descaro a pesar de que sus palabras me aceleraron el pulso.
—Eso es solo una amenaza vana que llevas haciendo…
La gente gritó. De un momento al siguiente, la sala se sumió en la nada
más absoluta, pura oscuridad. Ni siquiera yo veía a Karan, y eso que tenía
su pecho presionando el mío.
—No deberías tentarme. Mi voluntad es escasa esta noche, más escasa
que nunca —susurró, mientras los aullidos de los presentes escalaban en
intensidad.
Se oyeron golpes y, en un momento dado, Karan nos movió juntos hacia
un lado, lo que me llevó a pensar que acababa de apartarnos del camino de
alguien al que el pánico había hecho lanzarse a ciegas por la sala.
—¿Puedes ver?
—Ya te lo dije, no hay secretos en las sombras para mí. Dime, cazadora,
¿qué va a ser?
Oh, yo quería, en esa cama o en otra más privada donde pudiera
contemplar su rostro en todo momento. Lo deseaba, pero no podía… no
ahora, no así. No sabiendo que estábamos tan cerca —y a la vez tan lejos
aún— de Dafne y mis hermanas.
—Ojalá, Karan.
—Ojalá —me secundó él, sin necesidad de ninguna explicación.
El mundo se iluminó de golpe. Me llevó unos segundos y varios
parpadeos poder enfocar la vista. Un breve vistazo a nuestro alrededor bastó
para advertir el caos que habíamos causado. Salvo los dos hijos de Hades
que seguían plantados impasibles junto a la entrada, los únicos que lucían
serenos eran Xander y Egan. El primero elevó una copa en nuestra
dirección, sonrió y se bebió el contenido de un solo sorbo.
Nadie señaló lo que acababa de ocurrir ni se atrevió a interrogar a Karan
al respecto. Dado que no se había producido ninguna muerte o contratiempo
importante, tal y como proclamó el mismísimo Demetrius, la celebración
continuó. La música y las conversaciones se reanudaron y los cortesanos
retomaron sus actividades en las camas. Los anfitriones pululaban de un
lado a otro, aunque, de forma muy conveniente para ellos, el ejercicio de
sus funciones los mantuvo a una distancia considerable de nosotros. No los
extrañé, y Karan menos aún.
Cuando Xander avanzó con paso decidido hacia donde estábamos, supe
que había llegado la hora.
—¿Un baile, mi señora? —Si se hubiera inclinado un poco más, podría
haberme besado los pies, pero también él estaba interpretando un papel.
Intercambió una mirada con Karan. Este, antes de dejarme ir del todo,
depositó un beso en la comisura de mi boca que no resultó ni por asomo
suficiente para aplacar mi deseo. Luego, sin más ceremonia, mi mano pasó
de uno a otro. Xander me llevó hacia el centro de la sala, donde había ya
algunas parejas. Karan retrocedió con discreción. Nos estaba cediendo toda
la atención; ahora nos tocaba a Xander y a mí reclamarla de tal forma que
nadie lo echase en falta.
—¿Mi señora? —susurré solo para sus oídos.
Recogí con una mano la larga cola para evitar pisarla y Xander rodeó mi
cintura con el brazo.
—Es lo mejor que se me ha ocurrido. No suelo emplear formas muy
correctas de dirigirme a esta gente; no albergo por ellos esa clase de respeto.
—Me siento especial —bromeé.
Me embargó la necesidad de comprobar si Karan ya había desaparecido,
pero me obligué a no mirar. Mientras que Xander era un bailarín decente,
yo no alcanzaba el nivel de torpe siquiera, pero dejé que me guiara lo mejor
que pude. La única vez que había bailado en pareja había sido en la
celebración de una festividad dedicada a un dios que no recordaba, durante
una de mis escapadas del templo con Dafne. Habían sido solo dos canciones
cuando la fiesta había alcanzado ya un nivel tan desenfrenado que nadie se
preocupaba de hacerlo bien, así que no había llamado demasiado la
atención.
Fue un alivio que el mero hecho de estar compartiendo ese momento con
uno de los soldados a las órdenes de mi prometido nos brindara la atención
que buscábamos. Escuché más de un comentario malicioso al respecto; la
gente no se molestaba en susurrarlos o alejarse para realizarlos, más bien
diría que querían ser escuchados. Resultaba irónico que hubiese personas
teniendo sexo a unos pocos metros y lo que les escandalizara fuese un baile
entre dos amigos.
Pero mientras hablaran y nos miraran todo iría bien.
Así que cuando Egan tomó el lugar de Xander no puse ninguna objeción.
Sabía que él se estaba prestando a ser el centro de atención —algo que no le
gustaba demasiado— más por Karan que por mí. Lo agradecía de todas
formas y su lealtad merecía todo mi respeto. En lo referente al trío de
hadesianos, los rumores sobre lo despreciables y poco confiables que eran
las gentes de Hadesya se sentían para mí como patrañas; claro que debería
haber sabido que uno no puede juzgar a todo un reino en función de su
monarca o del comportamiento de los soldados que asediasen las fronteras
con su enemigo.
—Me alegra haber tenido la oportunidad de haberos conocido —me
encontré diciendo.
Obtuve una pequeña sonrisa a cambio y, aunque Egan no me devolviera
la cortesía, el gesto fue más que suficiente.
49
Mis escandalosas parejas de baile no mantendrían a nuestro público cautivo
eternamente a no ser que uno de nuestros siniestros escoltas se uniera a mí
en la pista, lo cual no era una opción. Así que me vi obligada a socializar.
No elegí a ningún noble, sino que opté por una pareja de hombres jóvenes
que había parado de retozar por el momento. Esperaba que mi acercamiento
provocara toda clase de elucubraciones y eso atrajera nuevas miradas.
Gracias a los dioses, acerté. Me quedaban pocas ideas, salvo deshacerme
del vestido y bailar desnuda o sumarme a los que ya se habían desprendido
de toda inhibición, si es que la tenían, y se hallaban entregados al vicio y la
perversión.
Xander se posicionó junto a mí, decidido a no perderme de vista por si
alguien se sentía inclinado a intentar algo conmigo, sexual o no, sin Karan a
mi lado. Mientras, Egan se trasladó al otro lado de la estancia, bien lejos,
para evitar que vernos a los tres juntos hiciera que se preguntaran por esa
misma ausencia.
Me las ingenié para mantener una conversación animada con los dos
cortesanos. Ellos, tumbados, exhaustos y muy muy felices; yo, bebiendo
sorbitos de una copa de vino y con una sonrisa pegada a la cara. No
hablamos de nada relevante y no podría recordar la mitad de lo que dije,
pero la pareja estaba tan emocionada de compartir conmigo la atención de
los presentes que se ocuparon de alargarlo todo lo posible.
Hubo insinuaciones, y resultó muy divertido porque fue Xander quien las
recibió y no yo. Él escuchó sin siquiera sonrojarse, pero los rechazó de
todas formas. He de decir que ambos hombres eran atractivos y también
estaban muy bien dotados, algo en lo que intenté no fijarme y que Xander
no evitó hacer en absoluto.
—Los has rechazado —tarareé alegremente, cuando nos apartamos de
ellos—. ¿No te divierte compartir? ¿O es porque todos están mirando?
«Incluido Egan».
—Ni una cosa ni la otra. Me limito a cuidar de ti.
Pensé en decirle que iba armada y que apuñalar a gente se me daba
bastante bien, pero un cosquilleo en la nuca y la misma sensación que había
tenido al despertar esa mañana, y que me había hecho saber que Karan
andaba cerca, me empujó a recorrer la sala con la mirada. Él había
regresado.
Unos brazos se deslizaron a mi alrededor y alguien —Karan, estaba
segura de ello o me hubiera revuelto de inmediato— se presionó contra mi
espalda. Su aliento revoloteó sobre mi oído y el calor de su cuerpo me
envolvió, aplacando la mayor parte de la ansiedad que había estado
sintiendo. Sin embargo, la necesidad de interrogarlo sobre lo que había
descubierto me arrolló de inmediato, y Karan lo supo.
—Está bien. Están bien. Tranquila —murmuró—. Hablaremos luego,
ahora cuéntame cuán cerca has estado de permitir que esos dos hombres
con los que hablabas te dieran placer.
No quería a esos hombres ni a ningún otro. Lo deseaba a él, y cada nuevo
movimiento que realizábamos para lograr liberar a mis hermanas me
recordaba que mi tiempo con Karan se estaba agotando. Ni siquiera mi
lealtad a Artemisa parecía ya un obstáculo, algo que tal vez tuviera que
plantearme con calma a mi regreso a Olympya. Después de mi aventura,
¿me conformaría con la vida que me esperaba allí? Adara, el templo, servir
a la diosa… ¿Me recibirían siquiera de vuelta?
—Estás muy muy lejos de aquí ahora mismo, cazadora.
Sonreí sin proponérmelo. Ese sexto sentido con el que intuía mi ánimo
era a veces exasperante, pero otras lo agradecía. También lo echaría de
menos.
Me rodeó hasta situarse frente a mí. Nuestras miradas tropezaron, y
durante unos pocos segundos me ahogué en el deseo desgarrador que ardía
en sus ojos. En el peor de sus días, Karan era imponente y formidable, pero
en aquel momento eclipsaba a todos los presentes, incluso a los que ya no
conservaban la ropa; silenciaba las conversaciones, los gemidos, el sonido
de las copas entrechocando. Era imposible no mirarlo, y estaba convencida
de que ahora mismo en aquella estancia nos observaban del mismo modo en
el que yo no podía apartar la vista de él.
—Estás realmente impresionante esta noche, Korelana —dijo, a pesar de
que era yo quien lo miraba embobada. Se inclinó en una reverencia formal
y me tendió la mano—. ¿Me harías el honor de concederme un baile?
Estaba desesperada por obtener cualquier pequeño detalle del estado de
Dafne y mis hermanas, y sabía que Karan no diría nada hasta que nos
encontrásemos lejos de oídos curiosos; sin embargo, no pude rechazarlo. No
con el peso de todas las miradas sobre nosotros y, sobre todo, no cuando
sabía que esta era nuestra última noche juntos.
—Será un placer, pero te advierto que no se me da demasiado bien.
Karan se limitó a sonreír y me llevó de la mano hasta el mismo centro de
la estancia, donde las otras parejas abrieron un hueco que nos dejó con la
pista de baile casi al completo para nosotros. Si había alguien que no
estuviese prestándonos atención, era seguro que ahora lo hacía.
Se inclinó y recogió por mí la cola del vestido. Luego, nuestros cuerpos
se alinearon. La otra mano de Karan buscó mi cintura, y sus ojos, mi rostro.
El calor se extendió por mi pecho junto con una agradable sensación de
pertenencia que debería haberme aterrorizado. Aquello se sentía muy
diferente a los otros bailes de esa velada. Era un espectáculo también y a la
vez no lo era. O quizás lo fuera solo para nosotros.
Ya en posición, Karan me apretó contra su cuerpo.
—Relájate, cazadora —murmuró muy bajito en mi oído.
Luego, comenzó a moverse. Mi primer paso fue mucho más torpe que
cualquiera de los que había dado durante la noche. Estuve a punto de
pisarlo, pero Karan salvó el tropiezo con un espléndido giro. Nos llevó de
un lado a otro con tanta elegancia y seguridad que no me dio margen para
un nuevo error, siempre con los ojos clavados en mi rostro y sus manos
sosteniéndome con firmeza. Giramos y giramos, y las sombras de la
estancia se movieron con nosotros. Acunándonos. Protegiéndonos. Las sentí
rozarme la piel con cada vuelta; en la mejilla, en el hombro, sobre el dorso
de la mano e incluso persiguiendo las líneas del tatuaje de mi pecho.
Durante el tiempo que duró aquella danza oscura, pasado y futuro
desaparecieron; reinos, dioses, guerra, el mundo entero contuvo el aliento.
Juraría que hasta la misma muerte había encontrado un momento de
descanso en su labor solo para observar a su general. Para inclinarse ante él.
También yo quise inclinarme, por muy estúpido que resultase ese impulso.
—Karan…
—Eres magnífica, Korelana. Recuérdalo siempre —me interrumpió él,
aunque yo no tenía ni idea de lo que iba a decir. Rozó mi sien con la boca y
sus labios se movieron para formar una única palabra a la que no llegó a
poner voz antes de añadir—: Pase lo que pase, recuérdame siempre.
No supe qué contestar.
Cuando por fin nos detuvimos, me costó unos segundos ubicarme y
recordar dónde y con quién estaba, por lo que agradecí que Karan no se
separase de mí de inmediato. Las demás parejas de la pista la habían
abandonado y las conversaciones se habían detenido por completo; no me
atreví a mirar con demasiada atención, pero creo que también los ocupantes
de las camas estaban inmóviles. Nadie comía, bebía o fornicaba.
—¿Podemos irnos?
—¿Impaciente por volver a nuestro dormitorio? —se burló él,
presionándose aún contra mí.
—Necesito saber.
No especifiqué qué, pero no hizo falta. Además, si Xander y él iban a
irrumpir en el ala real y sacar a mis hermanas de allí, cuanto más
esperásemos, mayor probabilidad habría de que este finalizara la reunión
con sus consejeros y se retirara a descansar. Y cualquier precioso segundo
que pudiera arañar para estar con Karan sin un público que no quería ni
necesitaba… Bueno, sería más que bienvenido.
Admitir frente a mí misma que estaba así de desesperada no resultó tan
duro como hubiera creído.
—No es nuestro dormitorio —agregué solo para fastidiarlo, aunque
permití que una sonrisa asomara a mis ojos.
Karan tardó un momento en reaccionar. Besó mi mejilla y susurró un
«ojalá» que quebró algo en mi pecho. Me sacó de allí sin molestarse
siquiera en despedirse de nuestros anfitriones, y yo, aturdida como estaba,
me dejé llevar.
A mitad de camino empecé a marearme. Lo achaqué a todas las
emociones que había despertado nuestro baile y a las expectativas de mi
inminente reunión con Dafne y la huida que habríamos de emprender, una
que Karan y los demás habían decidido que nos llevaría a través de las
cloacas del palacio y la ciudad. No me quejaba si eso nos permitía escapar,
pero deseé con todas mis fuerzas que lo de fugarme de los sitios
atravesando montones de mierda no se convirtiese en una costumbre.
Egan y Xander accedieron con nosotros a las habitaciones de Karan
mientras los soldados retomaban su posición en el pasillo. Fui en busca de
un vaso de agua. Tenía mucho calor y sed, me picaba la piel de un modo
extraño y el dolor de cabeza había regresado.
El agua no llegó a mi estómago; en cuanto di un sorbo, vomité.
Karan no era el que más cerca estaba, pero fue el primero en llegar hasta
mí. Me hubiera maravillado verlo convertirse en un borrón de sombra y
oscuridad de no haber estado demasiado ocupada aferrándome a un mueble
para evitar derrumbarme. Sus brazos me rodearon y me sostuvieron antes
de que pudiera estamparme contra el suelo.
—¿Qué te pasa? ¿Ha bebido en la fiesta? —preguntó a los otros sin
esperar mi respuesta—. ¿Quién ha estado cerca de ella? ¿Apareció Sybila
por allí?
Continuó interrogándolos sin descanso mientras me alzaba en vilo y me
trasladaba al dormitorio. Xander y Egan lo siguieron, aunque eso solo lo
supe porque los escuchaba hablar a nuestro alrededor. ¿Cuándo había
cerrado los ojos?
—No ha comido nada, y yo bebí de su copa antes que ella.
¿Había hecho eso Xander? ¿En serio? Sentí deseos de reírme por lo
ridículo de la situación, aunque a lo mejor no estaban tan paranoicos. Sin
embargo, nadie se había atrevido a rozarme un brazo o el hombro siquiera.
Y si Xander había probado mi vino, ¿no debería sentirse también mal?
Con cierto esfuerzo, abrí los ojos.
—¿Cómo está Dafne? ¿Te dijo algo? —pregunté, aunque la lengua me
pesaba tanto como los párpados.
Karan no contestó, y su expresión alarmada solo estaba consiguiendo
ponerme más nerviosa. No quería tener a aquellos tres zumbando alrededor
de la cama cuando la idea era que Xander y Karan regresaran a buscarla.
—Es solo un mareo —farfullé. Ni de broma era solo eso, cada vez me
costaba más hablar—. Tenéis que ir a por mis hermanas.
—Esto no es un simple mareo, Korelana. Y déjame decirte que tu instinto
de autopreservación es deplorable.
Después de eso, las voces se transformaron en murmullos inteligibles y
tan solo capté algunas palabras sueltas aquí y allá. No comprendía nada de
lo que decían, aunque Karan fue elevando el volumen de su voz. Sonaba
muy muy enfadado.
Quise decirle que nada de aquello era culpa de sus amigos a pesar de que
no estaba segura de lo que sucedía. Exhalé un quejido cuando todos mis
músculos se pusieron de acuerdo para retorcerse al mismo tiempo y
después… Después lo único que quedó fue oscuridad.
Durante mi infancia nunca había sido una niña enfermiza y jamás había
tenido que guardar cama. Dafne, por el contrario, había sufrido unas fiebres
que casi habían acabado con su vida dos semanas después de su llegada al
templo. Para entonces, ya éramos inseparables. Los catorce días previos a
su enfermedad habían bastado para convertirnos en mejores amigas;
siempre había creído que, al mirarnos por primera vez, la soledad que sentía
una reconoció a la de la otra.
El caso era que Adara me había prohibido visitar a Dafne mientras
estuviese enferma. Yo era tan solo una cría, pero a mí la rebeldía me
acompañaba desde la cuna y no le había hecho ningún caso. Aunque los
primeros días Dafne había estado inconsciente, cada noche de madrugada
me había colado en su habitación para cuidar de ella y hacerle compañía.
Tumbada a su lado, enfriaba su frente con paños húmedos mientras le
contaba lo que había hecho en las horas previas; a veces, incluso amanecía
allí y me veía obligada a salir corriendo para llegar a tiempo a mis clases.
Por suerte no me había contagiado; ella se recuperó sin problemas y aquello
solo había afianzado aún más nuestra floreciente amistad.
Cuando recobré la conciencia en el dormitorio de Karan y lo primero que
vi fue a Dafne, creí que alucinaba. A lo mejor no me habían envenenado, a
lo mejor me habían drogado y estaba inmersa en alguna clase de viaje al
pasado. Solo que el rostro que estaba contemplando no era el de una niña de
diez años, sino el de una mujer.
—Hola, Kore.
Dolió escuchar su voz. La había echado tanto de menos.
Me forcé a abrir bien los ojos solo para comprobar que de verdad era real
y, al hacerlo, la emoción me empujó a incorporarme en la cama. Fue una
pésima idea. Una oleada de calambres se extendió por todo mi cuerpo.
—Eh, quédate quieta.
—¿Qué…? Dioses, cómo duele —me quejé, encogiéndome sobre el
colchón—. ¿De verdad estás aquí?
—Claro que sí —rio, pese a que la preocupación resultaba evidente en su
forma de observarme.
Las lágrimas me llenaron los ojos. Ambas estábamos tumbadas de lado,
como lo habíamos estado muchas de esas noches en el pasado. A pesar de
que tanto nosotras como lo que nos rodeaba era completamente diferente
ahora, todavía no estaba convencida de que no me hallase inmersa en un
sueño.
—No puedo creer que por fin te haya encontrado… —Se me quebró la
voz.
El alivio era tal que incluso el dolor ocupó un segundo plano. Todo por lo
que había pasado para llegar hasta ella había merecido la pena. Dafne se
movió hasta que sus rodillas tocaron las mías; la hubiera abrazado de poder
moverme, y creo que también ella quería hacerlo, pero se contentó con
estrechar una de mis manos entre las suyas.
Mis párpados continuaban sintiéndose demasiado pesados, pero me resistí
cuanto pude a cerrar los ojos.
—Y yo no puedo creer que hayas venido a buscarme.
—Eres todo lo que tengo, todo lo que he tenido nunca. Siempre iré a
buscarte.
El modo en el que Dafne me miró bastó para hacerme saber que ella haría
lo mismo por mí. Su ceño se frunció a continuación.
—Espera, te has escapado, ¿verdad?
Me eché a reír. Me conocía demasiado bien, al igual que sabía que una
novicia no abandonaba el templo hasta completar su formación.
—Adara me lo prohibió, así que me fugué por las cloacas, y ya puedes
estar agradecida, porque te recuerdo que nos juramos no volver a pisarlas
jamás.
Un acceso de tos se llevó todo el aire de mis pulmones. Dafne se
incorporó sobre un codo sin saber muy bien qué hacer. Le hice un gesto con
la mano para restarle importancia. No quería preocuparla más ahora que nos
habíamos reunido por fin, lo cual era una estupidez porque era consciente
de que algo iba muy mal con mi cuerpo.
—Estás loca, pero te quiero más que a nada en este mundo y me alegro
tanto de tenerte aquí —dijo una vez que recobré el aliento. Luego, hizo una
leve pausa—. Te vi con él, en el jardín. ¿Sabes quién es, Kore? Lo
estabas… besando.
Ah, había tardado más de lo que esperaba en preguntar. El beso no era lo
que la escandalizaba, o no lo que más lo hacía. La armadura de Karan había
sido una señal muy clara de su pertenencia al ejército hadesiano. Si hubiera
sido al revés, yo me hubiera lanzado desde el balcón para pedirle
explicaciones.
—Tengo mucho que contarte.
—Apuesto a que sí.
Su sonrisa fue tensa. No era una sorpresa. Me dije que lo entendería
cuando le explicara todos los detalles; Dafne siempre me comprendía.
Además, había desobedecido a la suma sacerdotisa y me había fugado del
templo, de la ciudad y del reino; lo de besarme con un hadesiano no era tan
importante en comparación, ¿no?
Traté de mirar alrededor, pero la cabeza me pesaba demasiado y a mis
ojos no les iba mucho mejor. A ninguna parte de mí en realidad.
—¿Dónde está? Fue él quien te trajo, ¿no?
Dafne asintió.
Por Artemisa, Karan de verdad lo había hecho. Se las había ingeniado
para sacar a Dafne del ala real y traerla hasta mí; nunca podría estarle lo
suficientemente agradecida por ello. Nunca olvidaría su ayuda y, con tatuaje
o sin él, Karan tendría para siempre un trocito de mi corazón. De mi alma.
—Se ha ido hace un rato, aunque dijo que volvería lo más pronto posible.
—Debería haberte sacado ya de aquí, antes de que descubran que no
estás. ¿Las demás están bien?
Incluso si solo había podido rescatarla a ella, Dafne no podía esperar a
que me recuperase. Tras semanas de búsqueda, aquellos pocos minutos iban
a ser todo lo que teníamos, pero la prefería a salvo y bien lejos del palacio.
Con suerte podría reunirme pronto con ella.
—Aguantan como pueden, pero tú tienes que descansar. Yo no…
—Lo haré, pero debes marcharte. Te seguiré en cuanto pueda.
El dolor se había vuelto más difuso y me dio la sensación de que era
porque mis músculos se estaban entumeciendo. No era una buena señal. De
repente hacía mucho más frío, lo cual no evitó que cediera poco a poco al
sopor.
—Él… Karan dijo algo más… —Apenas escuchaba su voz y menos aún
entendía lo que me estaba diciendo. ¿Había cerrado los ojos de nuevo?—.
Kore, ¿me oyes? Kore…
Quería contestar y tranquilizarla, pero mi lengua no me obedecía. Dafne
soltó una maldición y luego habló de nuevo:
—Sé que estás ahí.
No hubo respuesta, pero me pregunté si Karan ya habría regresado y se
había agazapado en algún rincón oscuro del dormitorio. Él y su instinto
protector. Por todos los dioses, si había alguien de quien no tenía que
preocuparse era de Dafne.
—¿Qué le pasa? ¿Ella se está…?
—Va a mejorar —la interrumpió la voz profunda de Karan. Así que sí que
había regresado. Bien, ahora podría llevarse a Dafne lejos de aquí—. Tiene
que acudir a la audiencia real.
—Ni siquiera puede mantenerse consciente, menos va a poder ir a ningún
lado.
—Estará bien muy pronto —insistió con un tono que no admitía réplica
—, pero ya te lo he dicho: Korelana tiene que quedarse en Hadesya.
Dafne se tomó unos segundos para contestar. Mientras, yo trataba de darle
sentido a las palabras de Karan, pero no podía pensar. Me ardían las venas y
al mismo tiempo sentía la piel helada. Mi cuerpo se había vuelto loco.
—Un tatuaje en su piel no evitará que se vaya. —Ah, Karan o alguno de
los otros le había hablado entonces de nuestro compromiso.
—Ese tatuaje es temporal, no es el problema.
Hubo un movimiento a mi lado. Puede que Dafne preguntara algo más y
quizás Karan le respondiera. Luché por mantenerme despierta. Quería
escucharlos, pero perdí la batalla y la oscuridad me tragó de nuevo.
50
Las siguientes horas transcurrieron en una extraña nebulosa. En los
momentos en los que recuperaba cierta conciencia, a veces oía voces o
sentía una presencia a mi lado, otras no había más que oscuridad y silencio.
Dafne estaba allí, luego desaparecía. Ocurría lo mismo con Karan y los
otros. No supe si había llegado a verlos de verdad o eran producto de mi
imaginación. Ambas cosas parecían posibles.
Desperté sin saber si habían pasado horas o días, aunque al menos me
sentía mucho mejor. Continuaba en la cama y ya no llevaba el vestido, sino
una camisola limpia, lo cual no podía decirse de mi cuerpo. Necesitaba un
baño.
Me decepcionó no encontrar a Dafne a mi lado. ¿Se la habría llevado ya
Karan? Era lo que yo había querido, pero lamentaba no haber podido hablar
más tiempo con ella.
—¿Dafne? —la llamé de todas formas.
La puerta se abrió tan solo unos segundos después. Fue Karan quien
apareció en el umbral. Conservaba el atuendo que había llevado a la fiesta,
por lo que me dije que no podía haber pasado mucho tiempo incapacitada;
quizás aún pudiera alcanzar a Dafne.
Su mirada fue severa mientras escudriñaba mi rostro.
—¿Se ha ido? —pregunté al ver que no decía nada.
—Ha regresado al ala del rey.
Pensé que aún tenía la cabeza demasiado embotada y lo había escuchado
mal. Cuando el silencio se alargó y su expresión permaneció inalterable,
insistí:
—¿Está a salvo? ¿Y mis hermanas?
—No quiso dejarte atrás, así que tuve que llevarla de vuelta.
—Estás bromeando —dije, pero no solo no había rastro de humor en su
tono, sino que destilaba una indiferencia que no reconocía en él—. ¿Karan?
—Tienes que asearte y vestirte. La audiencia será en unas pocas horas y
no podemos faltar.
¿De qué estaba hablando? ¿Y por qué no se movía de la puerta? El Karan
que yo conocía ya estaría sobre mí.
—No tengo ninguna intención de ir a ver al rey. Me voy de este lugar.
Saqué las piernas de la cama y me senté en el borde del colchón. No hubo
dolor ni ninguna molestia, aunque sí sentía un leve cansancio. Al
levantarme, mis piernas me sostuvieron sin problema. El mal que me había
atacado con tanta dureza se había esfumado de la misma forma repentina en
la que había aparecido.
—No puedes irte, Korelana. Vas a tener que ver al rey. Esto… —Titubeó,
y fue la primera vez desde que me había despertado que tuve un breve
atisbo del hombre que yo creía que era. No duró. Su expresión se endureció
aún más si cabe—. No hay opción.
—No sé de qué estás hablando, pero siempre hay una opción.
—Esta vez no. Prepárate; no se hace esperar al rey.
—Me importa una mierda tu rey.
—Pues haz que te importe, porque te conviene más que nunca aparecer en
el salón del trono de mi brazo.
Ya que él parecía reacio a acercarse, fui yo la que avancé varios pasos.
¿Con qué intención? Ni idea. Se estaba comportando como un auténtico
imbécil, más que de costumbre. Su actitud irritante no era un juego esta vez.
—¡¿Se puede saber qué diablos te pasa?!
—Tienes el baño preparado. Sé rápida —prosiguió con sus exigencias el
muy idiota.
—Te he dicho que no voy a ir.
Un pulso de poder recorrió la habitación y las sombras a nuestro
alrededor se profundizaron. Algo me decía que tendría que haber estado
asustada. Que debería temer las reacciones de Karan en el estado en el que
se encontraba cualquiera que fuera la causa que lo había provocado, pero
me negué a retroceder y permanecí erguida y desafiante. No había llegado
hasta el corazón mismo del reino enemigo para rendirme ahora; mucho
menos lo haría frente a él. Además, no había una parte de mí que creyese
que iba a hacerme daño. O tal vez sí que hubiera una, pero era muy pequeña
y no le estaba prestando atención.
—Tus hermanas estarán allí —dijo finalmente.
Era un golpe bajo y él lo sabía. Ya había demostrado que mi propia
seguridad no era una prioridad para mí, pero ¿hablar de nuevo con Dafne o
tan solo poder verla a ella y a mis hermanas? Me arriesgaría sin dudarlo al
margen de las consecuencias. Siempre me arriesgaría cuando se trataba de
Dafne.
—Eres un cabrón —espeté con un tono que fue puro veneno. Le señalé la
puerta—. Lárgate entonces para que pueda ponerme presentable para tu rey.
Casi esperaba que se disculpara o suavizara de algún modo su terrible
comportamiento. No fue así. Me observó durante unos pocos segundos y
luego dio media vuelta y salió de la habitación. Estuve a punto de agarrar lo
primero que encontrase, ir tras él y lanzárselo a la cabeza, pero dudaba
mucho que sirviese de algo. Mi único consuelo era que volvería a ver a
Dafne y podría comprobar en qué estado se encontraban el resto de mis
hermanas, y me aferraría con todas mis fuerzas a la posibilidad de que
Stavros no descubriera quién era yo para él.
No me demoré más de lo necesario en el baño. Por mucho que me
disgustara la idea de conocer al rey de Hadesya, llegar tarde a una audiencia
con él atraería aún más atención sobre mí, y eso era lo último que deseaba.
Solo los dioses sabrían qué castigo reservaban en este reino para los que no
mostraban el respeto adecuado a su monarca.
Al salir, había un vestido extendido sobre el colchón que no había estado
un momento antes. El color de la tela aunaba tonos tornasolados de rojo y
morado que variaban de intensidad y brillo dependiendo del ángulo en el
que la luz incidiera sobre ellos. El escote en forma de corazón carecía de
tirantes y tapaba más de lo que hubiera esperado, dada la obsesión de Karan
por mostrar el tatuaje de compromiso. Cuando lo tuve puesto comprendí
que de todas formas gran parte de él quedaba a la vista, sobre todo la
ramificación que ascendía hacia mi cuello y el círculo que formaban las
espinas en la curva superior de mi pecho izquierdo. Nadie podría obviarlo.
Las múltiples capas de la falda caían hasta rozar el suelo y, a diferencia de
los otros, solo contaba con una abertura, pero era tan profunda que casi
alcanzaba a mostrar mi cadera cuando caminaba. De nuevo, también le
habían añadido una fina capa.
Era precioso y exquisito. De no haber estado tan cabreada, podría haber
felicitado a Karan por su buen gusto, algo que no haría en ningún caso dada
su reciente actitud. No entendía por qué había cambiado su
comportamiento. Es decir, ya habíamos tenido nuestros encontronazos y, sí,
le había rebanado el cuello y todo eso, pero él me había asegurado que me
dejaría ir y yo lo había creído. Hasta ahora. Empezaba a pensar que era una
auténtica estúpida por haberme fiado de él.
Mientras terminaba de arreglarme, traté de recordar lo poco que había
escuchado de la conversación entre Karan y Dafne. Él no había mencionado
los motivos por los que debía quedarme en Hadesya, pero quizás mi amiga
supiera algo sobre ello. Tendría que preguntarle al respecto si podía llegar
hasta ella durante la audiencia.
Me calcé los zapatos que habían aparecido junto con el vestido y tomé el
único accesorio que encontré también sobre la cama: un prendedor para el
pelo de metal oscuro y con una piedra color rojo sangre. Decidí usarlo para
retirar tan solo la parte izquierda de mi melena hacia atrás, así evitaría que
pudiese acabar sobre mi pecho y tapar parte del tatuaje. Durante un
momento sentí la tentación de quitarme el colgante de mi madre para
despejar por completo mi escote, pero acabé dejándolo en su sitio; era un
peso familiar que resultaba reconfortante a pesar de ser también un
recordatorio de que ella me había abandonado.
Una fugaz mirada al espejo me convenció de que estaba lista. Mi aspecto
era impecable. Los pocos días que llevaba en el palacio no habían
conseguido que me acostumbrara a lucir vestidos que no solo abrazaban mis
curvas sin ningún recato, sino que las realzaban. El color de este en
concreto le infundía a mi piel un brillo y tono magnífico; nadie diría que
había pasado la noche anterior retorciéndome de dolor. Yo apenas si lo creía
viendo lo bien que me sentía. Sin embargo, Dafne había estado conmigo y
estaba segura de que, por mucho que hubiese delirado, eso no había sido
ningún sueño.
Salí de la habitación decidida a preguntarle a Karan si sabía qué
demonios me había pasado y a no permitir que me arrastrara a los pies de su
rey hasta que contestase, solo que no lo encontré en el saloncito. Eché un
vistazo al baño y las otras habitaciones, todas vacías. Molesta por su huida,
abrí la puerta que daba al pasillo para encontrarme de frente con las
espaldas de los dos hijos de Hades asignados a mi custodia. Supuse que
habrían escuchado la puerta abrirse, pero no se apartaron. Tras un instante
de duda, me obligué a golpear el hombro de uno con la punta del dedo.
—Necesito pasar.
Permanecieron ocupando el umbral, erguidos y cubiertos aún con las
capas que mantenían sus rostros cadavéricos lejos de cualquier mirada.
Podía comprender por qué unos soldados con sus características supondrían
una evidente ventaja en una batalla. ¿De qué modo acababa uno con alguien
que ya estaba muerto? ¿Cederían alguna vez bajo el filo de la espada? El
pensamiento me provocó un estremecimiento.
Cuando los soldados por fin se apartaron, descubrí a Xander de pie en
mitad del pasillo.
—¿Y Karan? ¿No se supone que tendría que estar aquí conmigo?
—Está esperando por ti. —Hizo un gesto hacia delante, donde el pasillo
giraba hacia la derecha, y echó a andar una vez que me situé a su lado.
Xander no se mostró especialmente hablador y yo aún estaba confusa por
lo sucedido con Karan, así que avanzamos en silencio. No conocía
demasiado bien esta zona del palacio; mis anfitriones se habían cuidado de
no acercarse a ella las pocas veces que me habían permitido salir de la
habitación, supuse que para evitar un encuentro fortuito con el monarca.
—Ya casi hemos llegado —dijo Xander, tras dejar atrás varios pasillos.
—Bien.
Nada estaba bien, pero me alisé la falda del vestido y toqueteé por encima
de la tela el cuchillo que había asegurado contra la parte alta de mi muslo en
un intento de ganar algo de seguridad. Me dije, y me repetí una docena de
veces, que no había manera de que Stavros descubriese quién era. Mi mente
estaba sellada, aunque la conexión continuaba vibrando en el fondo de mi
cabeza y sabía que él estaba al otro lado, esperando solo los dioses sabían
qué. Por ello, era indispensable que mantuviera dichas protecciones en alto;
no podía permitir que una grieta, por pequeña que fuese, amenazara su
integridad, y para ello necesitaba mantener la calma.
Antes de que girásemos hacia un nuevo pasillo, Xander me detuvo.
—Espera. —Enarqué las cejas cuando no añadió nada más. Parecía estar
luchando consigo mismo, así que le di margen para que decidiera sobre lo
que fuera que lo mantenía en ese estado—. Olvídalo. Hablaremos luego, no
hay tiempo.
—¿En serio?
Se pasó una mano por la cara y asintió, con muy poca convicción, eso sí.
Oh, diablos, estaba harta de todo esto.
—Vete a la mierda, Xander.
Me apresuré por el pasillo, mucho más decidida que antes. Los
hadesianos parecían ser especialistas en hablar sin decir nada, en enseñar
sin mostrar realmente. No recordaba quién de los tres me había dicho que
en esta corte todo era un juego, pero empezaba a creer que también ellos
eran expertos manipuladores y esa afirmación resultaba cierta por completo.
Solo podía rezar para que todo aquello no fuese un modo retorcido de
llevarme frente a su rey y entregarme a él como alguna clase de ofrenda. Si
así era, se lo estaba poniendo demasiado fácil.
En la antesala del trono había un buen puñado de personas repartidas en
pequeños grupos o parejas, por lo que imaginé que el rey no había hecho
aún su aparición. Todos lucían sus mejores galas: chaquetas con brocados y
telas ostentosas, camisas con pequeños volantes y botones relucientes,
vestidos de seda y gasa… Me di cuenta de que la gran mayoría empleaban
tonos oscuros o neutros. No sabía muy bien en qué había estado pensando
Karan al elegir mi atuendo, pero no había manera de que sus colores
vibrantes no destacasen en la marea uniforme que conformaban los demás
asistentes.
La estancia era tan majestuosa como el resto del palacio, tal vez más, con
sus suelos pulidos, el techo alto y profusamente decorado, los detalles
dorados que salpicaban el mobiliario y más de esos orbes de luz
escalofriantes; sin embargo, mis ojos se vieron atraídos de inmediato hacia
la zona en la que se encontraba Karan, como si existiese alguna clase de
fuerza invisible que me arrastrase hacia él. Quizás fuera el estúpido tatuaje
que compartíamos haciendo de las suyas, pero una parte de mí había sabido
que Xander no había mentido al decirme que me esperaba allí incluso antes
de ponerle los ojos encima.
Egan se encontraba a su lado y ambos hablaban con un tercer hombre. El
tipo era alto, fornido y llevaba la cabeza rapada por completo; si su postura
erguida y rígida no hubiera sido una señal clara de que se trataba de un
soldado, las armas que portaba y la armadura oscura, muy similar a la de
Xander y Egan, dejaban poco lugar para las dudas. Aunque Karan se
encontraba de espaldas, apenas un momento después empezó a girarse hacia
mí. Cuando nuestras miradas tropezaron, su expresión seria se mantuvo
intacta. Solo una vez que sus ojos recorrieron mi figura de arriba abajo, se
permitió esbozar una leve sonrisa torcida que reveló su satisfacción.
Había esperado encontrarlo en su armadura. En vez de eso, vestía una
levita negra sin ningún adorno y que no se había abrochado, al igual que la
camisa del mismo color, por lo que la parte superior de su pecho quedaba a
la vista, junto con el tatuaje de nuestra unión. La tela suave de sus
pantalones se aferraba a sus muslos de una manera casi obscena y unas
botas con cordones completaban el conjunto. La espada —mi espada—
colgaba del cinturón que le rodeaba las caderas. Además, llevaba el pelo
revuelto; las puntas se le enroscaban sobre la frente, en la nuca y alrededor
de las orejas, como si acabase de saltar de la cama y no se hubiera
molestado en adecentarlo antes de acudir frente a su rey. Todo en su
apariencia descuidada gritaba que le importaba una mierda la audiencia, el
palacio entero y lo que pensaran todos sus ocupantes. Emanaba un aura de
poder oscuro y terrible, y sus ojos plateados prometían muerte y
desesperación a quien se atreviera a interponerse en su camino.
Estaba magnífico y arrebatador.
Un molesto cosquilleo se apropió de mi estómago, pero no permití que
me distrajera; mis hormonas podían irse a la mierda.
Me interné en la sala con paso resuelto y sin perder de vista a Karan, pero
atenta a los que me rodeaban. El murmullo de las distintas conversaciones
disminuyó un poco para resurgir un momento después con una intensidad
mayor. Aunque no había sufrido ningún otro incidente como el de Sybila,
mis instintos estaban ahora en alerta. No quería más sorpresas.
En cuanto me acerqué, Karan extendió el brazo y me tendió la mano. Sus
dedos se cerraron sobre los míos con suavidad. Se inclinó y depositó un
beso sobre mis nudillos, lo que levantó aún más cuchicheos.
—Querida —dijo al enderezarse. Acto seguido, enlazó el brazo en torno a
mi cintura y me atrajo contra su costado—. Estás impresionante. Haces que
desee regresar a nuestras habitaciones, tumbarte en la cama y adorarte como
te mereces.
El hombre a su lado no se alteró lo más mínimo pese a la insinuación
implícita en el comentario. Yo traté de que tampoco me afectara. Se suponía
que estábamos prometidos y enamorados, y Karan solo interpretaba el papel
que le tocaba en aquel espectáculo de mierda; nada de aquello era real.
Podría haber sido un poco menos directo, pero, después de asistir a la
recepción de Demetrius, parecía obvio que el pudor no era una
característica habitual en esta corte.
«Finge; todo esto no es más que una mentira», me recordé.
Mi confianza en Karan se había debilitado, pero decidí seguirle el juego.
Todos nos estaban observando, y cualquiera de ellos estaría encantado de
correr a contarle al rey hasta la última palabra y gesto que
intercambiásemos.
Sonreí. Dejé que mi mano se colase bajo la tela de su camisa y la extendí
sobre la tinta de su pecho. El contacto con su piel cálida envió una descarga
por mi brazo y sentí mi propio tatuaje calentarse, como si respondiera al
toque.
Bueno, eso era ligeramente perturbador.
—Nada me gustaría más, agápi̱ mou.
La plata en sus ojos se fundió y el brazo que me sostenía empujó de tal
forma que me vi presionada contra su pecho, pero un golpecito de sus dedos
en la cadera me dio a entender que, a pesar de mi tono sensual, no había
pasado por alto el sarcasmo tras él, tampoco el término que había empleado:
«Mi amor».
Mantuvo su mirada sobre mí durante unos pocos segundos más antes de
desplazarla hacia el desconocido.
—Ezio, ella es mi prometida, Korelana de Petra. Korelana, este es Ezio
Kana, hermano de Alina y el strategoi que se ha hecho cargo de mis
responsabilidades mientras estaba fuera.
El hombre apenas guardaba ningún parecido con su hermana. Le brindé
una inclinación de barbilla, mientras que él se dobló por la mitad y mantuvo
la posición unos segundos, lo cual me resultó bastante innecesario e intuí
que era más bien una deferencia al rango de Karan que a mi propia persona.
No sonrió, aunque su expresión pétrea no me transmitió desagrado o
desdén. A continuación, repitió la reverencia, esta vez dedicándosela a su
general, y se retiró sin más.
—Es un hombre de pocas palabras —dijo Karan.
Se movió hasta que nuestros cuerpos quedaron alineados; pecho contra
pecho, cadera con cadera. Con las manos en la parte baja de mi espalda,
besó mi sien.
—Deja de toquetearme —murmuré muy bajito— o te arrancaré los
brazos del cuerpo en cuanto estemos a solas.
Su sonrisa se hizo más profunda y pecaminosa. Cualquiera que nos viera
creería que nos estábamos susurrando a saber qué clase de perversiones.
—Te dije que te preparases para esto. Si se siente inclinado a ello, el rey
bien podría pedirnos que consumásemos nuestra unión frente a él para
asegurarse de que de verdad me perteneces o por pura diversión.
Traté por todos los medios de que sus palabras no se transformasen en
una imagen mental de lo que eso supondría y le hundí las uñas en la espalda
con tanta fuerza como pude, aunque lo que deseaba hacer era volver a
sostener un cuchillo contra su garganta. Y sí, quizás también arrancarle la
ropa de encima y hacer lo mismo con la mía.
El odio y el deseo eran dos cosas muy jodidas, pero no excluyentes al
parecer.
—No te pertenezco —escupí, tratando de no levantar la voz y mantener
mi semblante relajado.
—Es bueno saber que eso te preocupa más que… —acercó la boca a mi
oído— fornicar conmigo en público. Tu escala de prioridades es bastante
compleja pero muy divertida.
Se me erizó hasta el último pelo del cuerpo. Maldito imbécil arrogante.
—Eso no es lo… Oh, vete al infierno.
Hice amago de alejarme, pero no me lo permitió. Ponerme a forcejear con
él delante de todo el mundo no parecía la mejor idea; tampoco darle una
patada en las pelotas, que era lo que merecía, así que me contuve.
—Tranquila, agápi̱ mou —dijo, devolviéndome mis palabras con evidente
regocijo.
—Eres odioso.
—No te haces una idea.
Egan se aclaró la garganta. Había olvidado que Xander y él estaban allí;
me había olvidado de todo el mundo en realidad. Para bien o para mal,
Karan siempre tenía ese efecto sobre mí, y lo que estaba claro era que su
actitud no había mejorado desde que me había informado de que no me
ayudaría a abandonar Hadesya ni me permitiría hacerlo.
—Deberíamos entrar —señaló Egan.
Xander mostró su acuerdo con una expresión grave en el rostro; que no
realizase ningún comentario burlón decía mucho de lo que nos esperaba en
el salón del trono. Tenía el presentimiento de que las cosas solo irían cuesta
abajo desde ese momento, pero no me quedaba más remedio que esperar
para interrogar a Karan sobre su conveniente cambio de opinión a última
hora.
Si descubría que durante todo este tiempo me la había estado jugando, un
cuchillo en la garganta sería la menor de sus preocupaciones.
51
Entré en el salón del trono del brazo de Karan, pero muy pronto su mano
resbaló hasta alcanzar la mía y enlazó nuestros dedos. Fue un gesto…
extraño. O yo lo sentí así. Era demasiado íntimo dadas las circunstancias,
algo que haría una pareja al tratar de escabullirse en busca de un rincón
oscuro para dedicarse ciertas atenciones lejos de miradas ajenas y no la
presentación oficial en sociedad que se suponía que estábamos
escenificando.
Fingí que no le daba importancia e ignoré el cosquilleo que me provocaba
el contacto.
El lugar se hallaba a rebosar de nobles y cortesanos, y no hubo ni uno
solo de ellos que no se girara para observarnos. Karan sostenía mi mano
con delicadeza, casi con ternura, pero eso fue lo único en su
comportamiento que podría describirse así. Avanzó con seguridad y el andar
de un depredador en plena cacería; su mirada escudriñaba cada rostro y
todos los rincones de la sala, como si anticipase un ataque en cualquier
momento. Los presentes rehuían sus ojos en cuanto los posaba sobre ellos,
aunque a mí no me dedicaran la misma cortesía. Los sentí recorrer no solo
mi cara, sino mi escote. Mi tatuaje. Y cuando Karan seguía de largo,
también el suyo.
El trono, aún vacío, se encontraba al fondo del salón, una estancia
rectangular y enorme. Era una mole de granito oscuro en la que se habían
tallado diversas criaturas, incluyendo lo que parecían ser varias cabezas de
cerbero. En ciertas partes, sobresalían astillas blanquecinas que al principio
no pude identificar, hasta que comprendí que se trataban de huesos.
También contaba con el grabado del cetro de dos puntas que representaba a
Hades. A los lados, había dos platos circulares en los que ardían sendos
fuegos de llamas de un tono morado profundo, y el suelo a su alrededor
estaba cubierto de pétalos y trozos de flores resecas. Lo consideré un mal
presagio para mí, dado que también había jarrones con ramos mustios
repartidos por la sala. Eso, o alguien en la corte tenía un sentido pésimo de
la decoración.
La atmósfera era decadente, tan turbia y opresiva que sentí mi don
agitarse en el fondo del pecho. Era como si la muerte flotase en el ambiente
y estuviera esperando el momento adecuado para caer sobre todos nosotros.
Karan se detuvo y se colocó frente a mí. Su pulgar se deslizó por el dorso
de mi mano en círculos, mientras que su otra mano se curvó sobre mi
garganta en un gesto posesivo que me obligó a elevar la barbilla y mirarlo a
los ojos. Hice acopio de toda mi fuerza de voluntad para no responder con
un ataque, lo cual fue una suerte para él porque llevaba un cuchillo contra el
muslo y ya sabíamos cómo acababan las cosas cuando me tomaba por
sorpresa.
—¿Qué demonios haces? —siseé en voz baja, para que solo él pudiera
oírme.
—Dafne y tus hermanas están en la esquina. Mira sobre mi hombro.
Despacio, sé discreta.
Ah, así que estábamos jugando a las distracciones de nuevo. Resultaba
irónico que me pidiera discreción cuando él me estaba estrangulando
delante de toda aquella gente. Bien, no estaba apretando, solo me sostenía,
pero el mensaje era claro: «Es mía. Nadie la toca salvo yo».
Íbamos a tener que charlar de nuevo sobre sus alardes territoriales y el
tipo de demostraciones de afecto que elegía para representar toda aquella
charada.
—No soy tan alta —farfullé de mala gana.
Aunque sus labios formaban una línea fina y apretada, sus ojos sonrieron,
cargados de una diversión perversa.
«Imbécil».
Se inclinó sobre mí al tiempo que me obligaba a ladear la cabeza. Su boca
recorrió mi mandíbula primero para acabar en mi oreja un instante después.
—¿Mejor ahora? —susurró, con una voz grave que era puro pecado y me
hacía imaginar toda clase de cosas lujuriosas.
Me concentré en lo que de verdad era importante y, con Karan inclinado,
ahora sí, eché un vistazo a la sala. En una de las esquinas, más allá del
trono, había dos soldados bien armados que portaban el emblema de Hades
en el hombro izquierdo; arrinconadas tras ellos, estaban Dafne y mis
hermanas. Las reconocí a todas como parte del mismo grupo de
exploración: Selene, Cali, Melena y Aria. Esta última, junto con Dafne, era
la más joven. Ambas se habían graduado de forma muy reciente.
Recorrí con la mirada sus caras y cuerpos. Mi corazón tropezó al
comprobar que el estado de sus ropas y la expresión en sus rostros eran
deplorables, peores incluso de lo que había podido apreciar la noche
anterior en mi mejor amiga. Parecían mucho más pequeñas y vulnerables
que las guerreras a las que había visto partir del Templo de Artemisa en
Karya; les habían quitado el corpiño que les protegía el torso y las
camisolas verdes estaban sucias y repletas de desgarrones. Apenas había
algo de vida en sus ojos.
—Parecen… rotas. —Fue la única palabra que me vino a la mente.
Karan no dijo nada, pero la presión de sus dedos desapareció y, a cambio,
sentí el leve roce de su nariz descendiendo por el lateral de mi cuello.
Inspiró con suavidad y luego se apartó de golpe.
Me obligué a mirarlo.
—¿Por qué?
—¿Por qué qué, cazadora?
Él tenía que saber lo que preguntaba. Ya habíamos mantenido esta
conversación antes, dos veces, tal vez tres. O quizás más. Aunque el sentido
de mi pregunta resultaba evidente, antes de contestarle contemplé de nuevo
lo que nos rodeaba: el gran salón, la gente, las almas que flotaban sobre
nuestras cabezas encerradas en aquella lámpara deslumbrante y terrible a la
vez…
—Este espectáculo, ¿para qué? Todos te temen —señalé. Había un círculo
despejado en torno a nosotros; nadie se acercaba demasiado, y seguro que
su recelo no se debía a mi presencia; nadie allí conocía mi poder—. No me
necesitabas para justificar tu regreso; nunca me has necesitado, ¿verdad?
Aquí y ahora, resultaba más obvio que nunca, y la falta de una respuesta
por su parte sin duda fue confirmación suficiente para saber que no me
equivocaba. Desvié la mirada hacia el trono y él también lo miró.
—¿Sabes? Le pregunté a Xander si tú… si eras el rey.
—Lo sé, me lo dijo.
Aunque no tuviera sentido, dada su probada lealtad, había creído que el
hadesiano se guardaría mi pequeño arrebato para sí mismo. ¿Le habría
hablado también Egan de nuestra charla?
—¿Y qué más te dijo?
—Que debería haberte contado la verdad.
Tomé aliento de forma brusca. Por fin estábamos llegando a algún sitio.
Por fin.
—¿Quién? ¿Él o tú?
—Ambos.
Eso sí que no era una sorpresa. Los tres me habían ocultado cosas,
aunque suponía que era él quien así lo había querido.
—¿Y cuál es la verdad, Karan?
Hubo otra pausa, una tan larga que creí que se convertiría en un nuevo
silencio condenatorio. Su mirada barrió mi rostro. En el suyo no había señal
alguna del hombre con el que había bromeado durante nuestro viaje a través
de Hadesya, tampoco de aquel que había curado mis heridas y me había
tocado con tanta devoción; ni siquiera del que se había comprometido
conmigo días antes en el Templo de Hades. No, Karan portaba ahora otras
de sus múltiples máscaras. O tal vez no lo hacía en absoluto y aquel era su
verdadero rostro: atormentado, oscuro y aterrador. Puede que hubiera estado
fingiendo desde el momento en que nos habíamos conocido, quién sabe. Su
advertencia seguía volviendo a mi mente una y otra vez: «Cuando me odies,
no lo hagas por esto».
—Confiaste demasiado rápido en mí. En nosotros —señaló, evitando mi
pregunta—. ¿Por qué?
Reflexioné sobre ello. ¿Lo había hecho? Bueno, él me había salvado la
vida y no me habían torturado; ni siquiera me había sentido como una
prisionera. Pero no se trataba solo de eso.
—No, no confié en ti. Confiaba en mí misma para mantenerte alejado, y a
mí, a salvo. —Muy distinto era si lo había conseguido; estaba claro que no.
Sentía una extraña afinidad por Karan. Una atracción devastadora y…
algo más profundo que me había negado a examinar de cerca una y otra
vez, pero evitarlo no lo convertía en menos real, fuera lo que fuese.
—No importa. No importa… —dijo, aunque no creí que estuviese
hablando conmigo. Arrastró la yema de los dedos por mi pómulo, y luego
dijo—: Lo descubrirás muy pronto.
No desvió la mirada a pesar de que estaba admitiendo abiertamente que
me había mentido, tuve que concederle al menos eso, pero su actitud solo
era una prueba más de lo poco que le importaban las mentiras que había
vertido en mis oídos.
—Sabía que ocultabas algo. Puedo ser temeraria, y puede que a veces no
me pare a pensar dos veces las consecuencias de mis actos, pero no soy una
completa estúpida.
—No, no lo eres —dijo él, con una serenidad exasperante.
—No me gusta cuando me das la razón.
Al escuchar mi reproche, permitió que sus labios se curvaran ligeramente
en una mueca burlona y a la vez triste. A mí la ira me quemó en las venas.
Ira contra él y sus mentiras veladas; contra mí misma y mi exceso de
confianza.
Dos fuertes golpes resonaron a lo largo del salón, atrayendo la atención
de todos los presentes. La sonrisa de Karan se desvaneció, y mi interior
pasó de arder a congelarse por la inquietud.
El rey por fin había llegado.
Una puerta lateral se abrió a la izquierda del trono. Cuatro hijos de Hades
la atravesaron y se situaron a ambos lados. Tras ellos entró el rey Stavros de
Hadesya. No había sabido muy bien qué esperar, dado que las descripciones
que se tenían de él eran escasas y más centradas en su crueldad y su carácter
brutal que en aspectos físicos, pero me sorprendió lo vulgar que parecía,
exceptuando la corona negra y con púas afiladas que se acomodaba
majestuosa sobre su cabeza. Era un hombre de pelo muy oscuro, alto y cuya
palidez solo se veía interrumpida por el tono sonrojado de sus labios. Los
rasgos finos y elegantes armonizaban con su porte distinguido; no el de un
guerrero, desde luego, pero aun así… No era horrible, sino más bien
hermoso, aunque de una forma totalmente opuesta al atractivo salvaje de
Karan. Menos duro y afilado. Estaba claro que la belleza podía resultar muy
engañosa.
Avanzó envuelto en el silencio inquebrantable que se había instaurado en
la sala. No miró ni una sola vez hacia los presentes hasta que ascendió los
tres escalones del estrado y se situó delante del trono. Cuando sus ojos, tan
oscuros como su pelo, se posaron sobre la audiencia, la gente comenzó a
caer de rodillas desde la primera fila hasta la última.
Nunca había estado frente al rey de Olympya, por lo que solo me había
arrodillado para rezarle a Artemisa durante los servicios dedicados a la
diosa en el templo, y solo porque era obligatorio. Hasta ese momento, ni
siquiera había pensado que tendría que rendirle pleitesía al monarca de un
reino enemigo. No sabía cómo sentirme al respecto, pero no tuve que
preocuparme por ello. Antes de que pudiera plantearme cómo proceder,
Karan me agarró del brazo y negó con la cabeza. Si Stavros no se había
percatado ya de nuestra presencia entre la multitud gracias a mi colorido
vestido, quedarnos en pie fue todo lo que necesitamos para no pasar
desapercibidos.
Tal vez fuera un buen momento para empezar a rezar; a rezar con
verdadera devoción, quiero decir.
La mirada de Stavros se dirigió directamente hacia nosotros. No, no
nosotros, sino hacia mí. En cuanto sus ojos se encontraron con los míos,
supe que no tenía ninguna duda de quién era yo. Nuestra conexión se
sacudió en el fondo de mi mente y, acto seguido, sentí un tirón en el centro
del pecho, como si tratase de arrastrarme más cerca de él haciendo uso de
dicha unión.
Me resistí a la atracción con todas mis fuerzas, pero confirmar que Orien
era Stavros marchitó algo dentro de mí. La esperanza ridícula que, sin
saberlo, había mantenido hasta entonces murió mientras la oscuridad de su
mirada devoraba la distancia que nos separaba y clavaba las garras en mi
corazón. Y odié al monarca mucho más de lo que ya lo hacía. Lo odié por lo
que era y, más allá de eso, por arrebatarme la posibilidad de una conexión
tan profunda y hermosa que ya nunca podría ser; lo único verdaderamente
mío que alguna vez había poseído al margen de mi amistad con Dafne.
—Mi general ha vuelto. —Ni siquiera alzó la voz, pero la exigencia
inflexible del comentario se hizo eco a lo largo y ancho de la estancia.
Sentí a todos a mi alrededor estremecerse; yo misma me sacudí con cada
palabra. Karan, por el contrario, permaneció inmutable, erguido y feroz.
Cualquiera que fuera la historia que había entre rey y general debía de estar
llena de recovecos, sombras y hostilidad. Seguía sin comprender por qué
Stavros no destituía a Karan, por mucho apoyo militar que eso le restase,
pero mi especialidad nunca sería la estrategia, así que supuse que tenía muy
buenos motivos para no hacerlo.
—Aquí estoy —dijo Karan, y tampoco él necesitó más para sonar como
un digno rival para el monarca.
Nadie habló o se movió, nadie respiraba siquiera.
La boca de Stavros se curvó de una forma perversa y cruel, y sus ojos
ganaron oscuridad, si es que eso era posible. Nuestra conexión se agitaba de
un modo en el que jamás lo había hecho antes. Quise gritarle de mente a
mente, pero ¿qué podría decirle? ¿Y quién me aseguraba que además de
hacerme llegar sus pensamientos o emociones no podría introducir ideas
ajenas en mi cabeza? Eso era algo en lo que nunca había pensado; sin
embargo, no evitó que dejara surgir una minúscula grieta y le lanzara una
única palabra cargada de rabia a través de ella: «Mentiroso».
Insultar al rey de Hadesya seguramente era una idea terrible, pero la
decepción y el odio que se acumulaban en mi pecho fueron suficientes para
cometer tal temeridad.
—Aquí estáis —dijo entonces, con su atención aún sobre mí.
Karan también debió de percatarse de su interés. Avanzó un paso y se
situó de modo que me cubrió en parte con su cuerpo. Nuestra diferencia de
altura me hubiera permitido esconderme por completo tras él, pero no
mostraría miedo o debilidad; algo me decía que, en el momento que lo
hiciera, Stavros saltaría sobre mi cuello y estaría perdida por completo. Así
que, aunque permanecí un poco por detrás del general, di un pequeño paso a
mi derecha para quedar al descubierto de nuevo. Mientras mis protecciones
mentales aguantaran contra las sacudidas que Orien —no, nunca más sería
Orien, sino el maldito rey de Hadesya— le estaba prodigando al puente
entre nosotros, no me ocultaría. Si caían… Bueno, era probable que yo
cayera con ellas.
Me prometí que eso no sucedería; no plegaría mi voluntad, mis deseos o
mi propia alma frente a él ni frente a nadie.
Karan detectó mi movimiento, pero no varió su posición.
—Majestad, os presento a Korelana de Petra. Mi prometida. —Se las
arregló para que la declaración sonara a la vez formal e irrespetuosa;
también posesiva de una manera tan implacable que me hubiera hecho reír
en un momento y circunstancias diferentes.
La mueca del rey, que no podía considerarse una verdadera sonrisa, se
mantuvo imperturbable, aunque un profundo desagrado se asomó tras la
tiniebla que habitaba su mirada. Oh, sí, aquello no le gustaba nada. Había
tratado de persuadirme durante meses para que le revelara mi ubicación —
supuse que porque siempre había sabido quién estaba al otro lado de la
conexión—, y ahora tenía que presenciar cómo su general, al que por algún
motivo odiaba sin disimulo alguno, exhibía nuestro compromiso frente a
todos los allí reunidos. Esperaba que Karan tuviera razón y de verdad no
pudiese prescindir de él, porque desde luego que no estaba haciendo puntos
para ganarse su favor.
«No debería importarte si se matan entre sí», me reprendió una voz que se
parecía demasiado a la de Dafne. Sin embargo, a pesar de todo lo sucedido
entre Karan y yo, la cruda verdad era que no quería que saliese herido. Y
ese sentimiento… No sabía qué hacer con él.
Me obligué a no mirar a mi mejor amiga; no quería que Stavros
descubriera mi preocupación por ella y decidiera emplearla contra mí, algo
de lo que de todas formas ya podría ser consciente, dado que estaba al tanto
de que su futura reina sería una devota de Artemisa y, por tanto, otra
hermana de sus prisioneras.
—Korelana de Petra. Tu prometida —repitió Stavros. Sentí un nuevo
tirón en la conexión un segundo antes de que añadiese—: Mi enhorabuena.
Karan no perdió el ritmo.
—La boda se celebrará lo más pronto posible, si es que eso os complace.
Tampoco ese comentario alteró a Stavros, aunque estaba bastante segura
de que no le complacía en absoluto. Además, el tono afilado de las palabras
de Karan podría haberse traducido por un: «Me importa una mierda si nos
das o no tu bendición, vamos a casarnos cuando nos dé la gana».
—Tu responsabilidad está ahora con las tropas. Los hijos de Hades han
acusado tu ausencia y necesitan un recordatorio de sus obligaciones, tanto
como tú necesitas enfrentar las consecuencias de tus actos.
Erguí la espalda de golpe al escuchar la amenaza implícita. Karan había
dicho que no lo castigarían, no esperaba que también en eso me hubiera
mentido.
—Marché por una causa justa. —La afirmación pareció despertar cierta
diversión en Stavros—. Fue vuestra voluntad, majestad.
Karan nunca había admitido que el rey lo hubiera enviado en mi busca. A
no ser que le hubiera encomendado la misión de traer al palacio a la mujer
que le habían prometido los dioses y, en cambio, él se hubiese apropiado de
dicha mujer.
Pensé en el extraño que se había presentado a las puertas del Templo de
Artemisa en Karya la noche de mi partida. No había llegado a ver sus
rasgos, pero ¿era posible que hubiese sido Karan? La altura, su
corpulencia… había semejanzas entre ambos, y el extraño había poseído el
aura siniestra y perturbadora de un hijo de Hades. No había percibido esa
oscuridad al tropezar con Karan por primera vez, aunque sí más tarde, en
determinadas ocasiones, cuando las sombras jugaban con su figura. Eso me
llevó a plantearme también si él estaría reprimiendo parte de su poder en mi
presencia.
La cuestión era que si había sabido quién era yo y lo que representaba, si
me había estado buscando desde el principio…
—Fue mi voluntad, aún lo es —dijo Stavros. Luego, debió recordar que
sus súbditos aún se encontraban arrodillados y añadió—: En pie.
Los presentes exhalaron un suspiro colectivo al erguirse. Enseguida,
todos se movieron de modo que quedó un pasillo libre entre Stavros y
nosotros. Una corriente de energía recorrió el ambiente cuando el rey
comenzó a descender uno a uno los escalones del estrado; el aire crepitaba a
nuestro alrededor, pesado y más denso que un instante antes.
Karan se mantuvo firme y yo tampoco me moví. No había sombras en
torno al rey. Quizás ese fuese un poder exclusivo de Karan, pero, conforme
avanzaba, parecía llevarse consigo el aliento de los presentes; tal vez
incluso algo más. Para cuando se detuvo a escasos metros de nosotros, la
mano de Karan rodeaba la empuñadura de su espada. El gesto resultó muy
revelador, pero Stavros no dio muestras de sentirse ofendido ni mucho
menos amenazado. Sus ojos perfilaron el tatuaje de mi pecho con descaro;
luego, miró a Karan.
Cuando habló, su voz fue un susurro dirigido tan solo a su general, pero
yo lo escuché de todas formas.
—Te has apropiado de lo que es mío.
—No hay nada que puedas hacer al respecto, y te recuerdo que también tú
tienes algo que me pertenece —contestó Karan inclinándose ligeramente
hacia él y empleando el mismo tono casi inaudible.
Stavros sonrió ahora abiertamente, lo cual resultó más espeluznante que
alentador.
—Entonces, hermano, supongo que esperas celebrar una boda digna del
príncipe de Hadesya.
52
«Hermano».
La palabra se repitió en mi mente como un eco infinito. Por una vez no
reaccioné de forma impulsiva, aunque tuve que obligarme a no girar la
cabeza y asesinar con la mirada a mi prometido, el príncipe de Hadesya; el
maldito hermano del rey Stavros.
—Hermanastro —aclaró Karan un momento después, justo como había
hecho con Melíone.
Todas las piezas encajaron de golpe. El hombre que había maltratado a
Karan y a su segunda esposa, y del que con tanto resentimiento me había
hablado, no era otro que Xanthus, el anterior rey de Hadesya. Mel debía ser
pues hermana de padre y madre de Stavros y, por tanto, una de las
princesas, junto con Sybila y solo los dioses sabían quién más. No podía
creer que Xander se hubiera burlado de mí cuando no había estado tan
desencaminada en cuanto a la identidad de Karan; no solo era el general del
ejército de Hadesya, sino también un puto príncipe, joder.
Conforme asumía las implicaciones del descubrimiento, y a pesar de la
avalancha de emociones que se desató en mi interior, mantuve el rostro
sereno y la espalda recta. Si hubo un momento en el que Karan se mereciese
que le rebanara el cuello, fue aquel; en cambio, era yo la que me sentía
como si estuviesen abriéndome en canal y mi corazón sangrase sobre el
brillante suelo, frente a toda aquella maldita corte.
Había sido tan estúpida e ingenua que ni siquiera resultaba gracioso. Me
había repetido una y mil veces que no debía de confiar en las intenciones
ocultas de Karan, pero una parte de mí lo había hecho casi desde nuestro
primer encuentro. Y no solo se trataba de él, sino de los demás: Xander,
Egan, Melíone, hasta Deacon… Cualquiera de ellos podría habérmelo
contado y todos se habían callado.
Más que cabreada, estaba muy muy dolida, incluso si no había sido su
historia para contarla, tal y como me había dicho Xander en más de una
ocasión.
Debería haber continuado fingiendo normalidad, que Karan y yo
estábamos comprometidos y que no acababa de enterarme de que él
pertenecía a la realeza de Hadesya. Debería haberme tragado las lágrimas
en las que la humedad de mis ojos amenazaba con convertirse. Debería
haber seguido jugando a cualquiera que fuera el juego establecido entre
Stavros y Karan a pesar de que estaba claro que yo nunca había conocido
las reglas; ignorar los pedazos rotos de mi corazón.
No pude hacerlo.
Recogí los restos de una dignidad ya inexistente junto con la falda de mi
vestido y amagué una reverencia dirigida únicamente al rey.
—Si me disculpáis, majestad. No me encuentro bien.
Eso llamó su atención.
—Puedo enviar a un sanador si lo necesitas.
—Yo me ocuparé de ella —dijo Karan, con un tono tan contundente que
no admitía réplica.
Lo ignoré y me centré en Stavros.
—No creo que eso sea necesario, pero quizás… —Fingí un titubeo.
Estaba a punto de desmoronarme, pero no pensaba desaprovechar la
oportunidad; solo esperaba que aquello no se convirtiera en otra de mis
decisiones estúpidas.
Stavros avanzó un paso hacia mí con el ceño fruncido y una expresión de
inquietud que me hubiera tragado sin pestañear si su fama cruel no hubiese
sido de sobra conocida. Aunque tal vez eso fuese otra mentira; quizás Orien
sí existiese, quizás era yo la que se había equivocado con todo desde el
principio.
No, eso no era posible; no viendo el aspecto que tenían mis hermanas.
—Dime, mi querida Korelana, ¿qué podría hacer por ti?
La mano de Karan se cerró aún con más fuerza en torno a la empuñadura
de su espada al escuchar cómo se refirió a mí el monarca. ¿Atacaría al rey
frente a todos? No lo creía, pero de todas formas me apresuré a responder
antes de que se le ocurriese intervenir de nuevo y estropear mis planes.
—Mi problema es más bien un tema de mujeres —dije, bajando la voz.
Compuse una mueca avergonzada. La mera alusión a mi periodo bastó para
despertar la incomodidad de Stavros; puede que fuera un rey, pero seguía
siendo un hombre, y estos siempre reaccionaban con el mismo horror frente
a esa parte de la naturaleza femenina. Reprimí el impulso de poner los ojos
en blanco—. He visto que contáis con algunas hijas de Artemisa, y como
servidoras de la que se considera también diosa protectora de las mujeres…
Ni siquiera me dejó terminar.
—Enviaré a una de ellas a tus dependencias.
—Nuestras dependencias —puntualizó Karan, pero Stavros continuó sin
reconocer su presencia.
Yo hice lo mismo, y fue una suerte para él. Nada agradable iba a suceder
cuando por fin lo enfrentase. Es más, no estaba segura de querer escuchar
siquiera lo que tuviera que decirme. Ya había obtenido suficiente de sus
mentiras.
Stavros se mostró contento de que hubiese recurrido a él, incluso el
zumbido de nuestra conexión aumentó levemente de intensidad. Sentí la
tentación de abrir de nuevo el canal entre nosotros, pero me dije que
primero necesitaba desentrañar cuánto había de verdad y cuánto de engaño
en lo que sabía de él y de este reino. La protección que me brindaba mi
compromiso con Karan no era garantía de que Stavros no fuera a abrirme
las venas y hacerme sangrar sobre sus tierras a la primera ocasión que
tuviera.
La verdad de mi poder estaba al descubierto, tanto para uno como para el
otro, y mucho me temía que ese había sido el objetivo final de todo lo
sucedido hasta entonces.
—Gracias, majestad.
Realicé una segunda reverencia, lo cual lo complació aún más. A mí me
revolvió el estómago.
—Este es ahora tu hogar, Korelana —replicó él, con más de esa cortesía
que reservaba solo para mí.
Mientras me giraba para marcharme, eché un rápido vistazo en dirección
a Dafne, pero mi mirada no pudo alcanzar el rincón en el que se
encontraban mis hermanas. Los súbditos de Stavros se habían arremolinado
en torno nuestro, guardando una distancia prudencial; curiosos pero a la vez
temerosos del poder de ambos hombres y de lo que representaban.
Me dirigí hacia la salida sin dar señal alguna de lo conmocionada que
estaba. Una multitud de ojos siguió mi camino y no faltaron los cuchicheos.
No les presté oído, como tampoco me paré a comprobar si Karan
permanecía junto al rey o venía tras de mí. Esperaba que no lo hiciera.
Necesitaba estar sola para lidiar con mis emociones y aquella estúpida
sensación de traición que me arañaba el pecho; necesitaba rehacerme antes
de encararme con él, antes de encararme con el príncipe de Hadesya.
Conseguí regresar sin ningún incidente; nadie me habló o trató de
detenerme, de lo cual era posible que fuesen responsables los dos hijos de
Hades que actuaron como escolta. Apenas los dejé atrás y puse un pie en la
antesala, cerré la puerta y me derrumbé contra ella. Estaba temblando.
Resultaba humillante lo mucho que me había afectado descubrir la verdad
sobre Karan. No debería haber sido así, pero el tiempo que habíamos
pasado juntos, incluso si había estado plagado de discusiones, reproches y
pullas, había socavado poco a poco la visión que tenía de él como un
enemigo. Por los dioses, ¡había deseado no tener que separar mi camino del
suyo!
Bueno, mi anhelo se había visto cumplido; Karan no me permitiría
marcharme de Hadesya en un futuro cercano, y parecía obvio que nunca
accedería a romper nuestro compromiso por mucha promesa que me
hubiese hecho. Qué tonta había sido.
Me disponía a arrancarme de encima el vestido y a buscar en el arcón
algo que me hiciera sentir más yo misma cuando el sonido extraño de un
aleteo procedente del balcón llamó mi atención. Al volverme hacia allí,
descubrí a una joven sentada sobre la barandilla. Apenas tardé un par de
segundos en deslizar la mano entre los pliegues de la falda y hacerme con el
cuchillo que ocultaba bajo esta.
Empuñé el arma contra ella sin miramientos.
Los dos arcos perfectos que formaban sus cejas, igual de pelirrojas que su
melena, se elevaron junto con las comisuras de sus labios y la diversión se
apropió de su rostro juvenil; no podía tener más de quince o dieciséis años.
Acomodada sobre la balaustrada de piedra negra, apoyaba las manos a los
lados de su cuerpo y balanceaba las piernas sobre el borde en actitud
relajada. Vestía una túnica de gasa dorada. La delgada tela hacía poco por
cubrirle la piel y bien podría haber estado desnuda, lo cual no me
sorprendió demasiado porque parecía ser la tendencia en ese reino. Lo más
importante, sin embargo, era que no había manera de que ocultara ningún
arma que pudiera emplear contra mí.
Como no dijo nada, me obligué a ser yo la que preguntase:
—¿Quién eres?
Ladeó la cabeza en un movimiento más animal que humano que me hizo
pensar en Lex. Dioses, echaba de menos más que nunca al cerbero.
—Eso es lo que se preguntan en la corte sobre ti —dijo ella, con una voz
cargada de dulzura por la que no me dejé engañar—. Todos están muy
interesados en saber de dónde has salido y por qué el rey no puede apartar
la mirada de la esposa de su hermano. No suele prendarse de ninguna mujer.
—Prometida, y Karan es su hermanastro —aclaré, como si eso cambiase
algo de toda aquella farsa. La desconocida se limitó a sonreír. Mantuve el
cuchillo apuntando en su dirección; había algo en ella que me ponía los
pelos de punta—. Responde a mi pregunta. ¿Quién eres y cómo has entrado
aquí?
—Esas son dos preguntas, Korelana. Yo sí sé quién eres, y también sé lo
que corre por tus venas.
—No sé a qué te refieres.
—Apestas a Deméter.
Empezaba a estar claro de dónde procedía mi poder por mucho que yo me
resistiera a aceptarlo, así que no la contradije; tampoco le di la razón.
—Sigues sin decirme quién eres.
—Tengo muchos nombres, y hay algunos de ellos que los mortales ni
siquiera se atreven a pronunciar en voz alta por temor a convocarme.
—«Mortales», eso implicaba que ella no lo era—. Pero, tranquila, no he
venido a hacerte daño. Siempre que te comportes, claro está.
La joven alzó ambas piernas y las extendió sobre la barandilla, quedando
de lado, aunque mantuvo sus ojos en mí; a pesar de su rostro inocente,
había un toque oscuro de locura en su mirada.
En contra de cualquier sensatez, bajé la mano que sostenía el cuchillo.
—Mira, de verdad que no sé quién eres ni de qué estás hablando y hoy no
estoy para adivinanzas, por lo que agradecería que te explicases con más
claridad o esta charla va a ser muy larga, frustrante y aburrida.
Mi llamada de atención no la ofendió; al contrario, soltó una risita
cantarina que acentuó su aparente juventud.
—Eres directa, me gusta. No he visto mucho de eso por aquí en años,
décadas —frunció el ceño—, siglos tal vez.
Definitivamente tenía que ser alguna clase de divinidad. Para lo mucho
que tanto nuestra historia como mis propias tutoras habían insistido en la
marcha de los dioses de este mundo, cada vez descubría a más de ellos por
aquí. Volví a elevar la mano que sostenía el cuchillo. Tampoco entonces le
dio importancia a dicho gesto, sino que prosiguió con sus divagaciones.
—Ni la franqueza ni la honestidad son bienes apreciados en Hadesya.
—Créeme, me he dado cuenta. Así que… ¿qué tal si me dices quién eres
y qué haces aquí?
Se bajó de un salto de la barandilla. Sus pies descalzos no hicieron ningún
ruido al encontrarse con el mármol. Se movía con una gracilidad que me
hizo pensar si se habría colado en la habitación escalando por la fachada del
palacio. Yo me lo había planteado unos días atrás, aunque para salir en vez
de para entrar, y no era una empresa fácil, pero tampoco imposible.
Inmóvil en mitad del balcón, el etéreo vestido que llevaba osciló con la
brisa y se le enredó en las piernas, lanzando destellos dorados en todas
direcciones. No me relajé a pesar de que no hizo ningún intento de
acercarse a mí o acceder a la estancia. Mis escoltas se hallaban en el pasillo,
así que un grito los alertaría, pero, mientras ella no intentara nada, pensaba
seguirle la corriente y ver a dónde nos llevaba aquella conversación.
—En realidad, solo he venido a… observar. Es parte de mi labor, y tengo
un especial interés siempre que se trata de aquellos que pertenecen a las
grandes casas. Pero has despertado mi curiosidad, Korelana. Dime, ¿y tú?,
¿sabes lo que has venido a hacer aquí?
Seguía sin contestar a mis preguntas, y yo tampoco pensaba decirle más
de lo que ya pudiera saber, así que en vez de confesar que lo único que
quería era liberar a mi mejor amiga, opté por señalar las razones de otros.
Era una buena forma de comprobar si algo de lo que Karan me había
contado era verdad.
—Has dicho que sabes quién soy, lo que soy —aclaré—, así que intuyo
que conocerás también mi historia.
Me brindó una sonrisa chiquitita, cómplice.
—Zeus prometió tu mano y, como tal, estás destinada a contraer
matrimonio con el rey de Hadesya. ¿Qué? ¿He pasado tu examen? Porque
déjame decirte que estás en lo cierto y a la vez estás equivocada. El
principito oscuro tiene sus propios motivos para haberte arrastrado hasta su
hogar.
No se me escapó el deje burlón que empleó al pronunciar las palabras
«principito» y «hogar», y me dio la sensación de que no sentía especial
admiración por Karan. Tuve que preguntarme entonces si sería aliada o
enemiga, aunque en este reino era más acertado pensar que se trataba de lo
segundo.
—No te lo ha contado, ¿verdad? —preguntó a continuación. No dije
nada, lo cual podría interpretarse de por sí como una respuesta, pero no le
daría ninguna pista sobre mi ignorancia—. Quiere que mates a Stavros; que
lo seduzcas y que luego acabes con él.
De todas las cosas que podía haber dicho, aquella era la que menos
sentido tenía. Karan era muy poderoso, mucho más que yo. Si había alguien
que pudiese acabar con Stavros, estaba segura de que era aquel maldito y
estúpido hadesiano mentiroso. Además, se había cuidado mucho de
presentarme como su prometida y dejar claro que era suya.
—Karan no me necesita. Si quiere matar a Stavros, puede hacerlo él
mismo.
—No, no puede. Al igual que Stavros no puede matar a Karan. —Fue tan
tajante que por algún motivo le creí.
—¿Por qué?
—Porque entonces yo tendría que matarlo a él. Mi deber es vengar los
crímenes de sangre y ya te he dicho que siento debilidad por los pecados
cometidos en las grandes casas.
Sabiendo que no era mortal, no tuve que esforzarme demasiado para
comprender frente a quién me encontraba. La sangre se drenó de mi rostro y
retrocedí un paso; la prudencia previa ahora redoblada.
—Tú… tú eres Tisífone, una de las furias.
Ella asintió, satisfecha por mi visceral reacción. No era para menos. Se
me había aleccionado de forma ardua y profunda sobre las tres hermanas. Si
las moiras inspiraban respeto, las llamadas «erinias» o «furias»
—«euménides», si se las mencionaba en voz alta— provocaban puro terror.
Eran los espíritus de la venganza; más antiguas incluso que Zeus, Hades y
Poseidón, y con la capacidad de volver loco a cualquiera que infringiera su
código. Dicha locura normalmente acababa llevándote a la muerte de una
forma u otra, y siendo Stavros y Karan familia y de la realeza… bueno, no
me extrañaba que ella quisiera encargarse personalmente de ese delito.
Estaba frente a frente con la hermana dedicada a vengar los crímenes de
sangre.
—Dado que hemos establecido que me caes bien, al menos por ahora —
remarcó, sin dejar de sonreír—, está bien si me llamas Isi. Tisífone suena
muy recargado.
Le devolví la sonrisa. La mía se veía mucho más forzada, entre otras
cosas porque en las últimas semanas yo había matado a dos hombres; si
decidía que dichas muertes exigían una compensación por mi parte, la
situación iría cuesta abajo con mucha rapidez. Recé para que fuera verdad
que le caía bien y opté por no señalar que Isi sonaba algo ridículo siendo
ella quien era.
Ay, mierda, estaba en presencia de una diosa, una diosa de verdad. De
todo lo que me había sucedido hasta ahora, esto era lo más surrealista, más
incluso que lo de Caos y Thanatos, y eso que descubrir que los grifos
existían había sido genial.
—Te has puesto un poco paliducha —señaló, y no pude evitar que se me
escapara una risita estúpida.
Me tapé la boca para sofocarla lo más rápido posible.
—Lo siento. Estoy procesando… —hice un gesto hacia su persona—
todo.
—Pues procésalo rápido, porque estamos a punto de tener compañía.
53
Isi volvió a encaramarse a la barandilla tan solo un segundo antes de que la
puerta que daba al pasillo se abriera. Karan atravesó el umbral de una forma
muy similar a aquella noche en Asfodelos en la que me había pescado con
la mano en… Detuve el pensamiento antes de que mi mente descarrilara.
No, no era el momento para recordar nada de eso.
En el instante en el que fue consciente de la presencia de Tisífone, se
desplazó a una velocidad sobrehumana hasta posicionarse delante de mí. Le
propiné un empujón por puro reflejo; no conseguí moverlo ni un
centímetro, y él respondió lanzándome una mirada implacable por encima
del hombro antes de volver a centrarse en la furia.
—Tisífone, hacía mucho tiempo. ¿Qué te trae por aquí?
Isi se llevó la mano al pecho.
—Oh, ¿me has echado de menos? ¡Qué detalle por tu parte! Verás, he
venido a conocer a tu futura esposa. ¿O debería decir a la esposa de tu
hermano?
—Hermanastro —corrigió Karan por enésima vez.
—Eres adorable. Y estúpido, muy estúpido, eso también, pero en fin… —
Se encogió de hombros y su sonrisa se volvió maliciosa—. Le estaba
comentando a Kore lo de tu secretito.
Karan se tensó de pies a cabeza; tal vez la furia no había mentido sobre
los motivos de este para traerme al palacio. Me aparté de él antes de que, en
un arrebato, el cuchillo de mi mano acabara de nuevo en su garganta. Ganas
no me faltaban.
—Deberías irte —dije. Karan creyó que le hablaba a la furia, hasta que
ladeó la cabeza y descubrió que me dirigía a él.
Dioses, dolía incluso mirarlo. Dolía mucho más de lo que lo había hecho
en la sala del trono; más de lo que debería doler en ninguna circunstancia.
—Estos son mis aposentos, agápi̱ mou.
Quise arrancarle los ojos en cuanto empleó el apelativo. Aquello había
sido un juego tonto frente a la corte, una forma de burlarme de él que sabía
que correspondería con otra tontería similar; escucharlo de sus labios
después de lo sucedido fue como si hundiera la mano en la herida abierta de
mi pecho y se pusiera a rebuscar en ella.
—Pues búscate otro sitio o búscamelo a mí, o te juro por los dioses que te
apuñalaré en cuanto te quedes dormido.
La amenaza no causó ningún tipo de reacción en su expresión estoica.
Bien era cierto que no habíamos llegado a compartir la cama, pero tenía el
presentimiento de que nada volvería a ser igual ahora que todas las cartas
estaban sobre la mesa.
—Vaya, la chica tiene carácter. Me gusta, me gusta mucho —dijo la furia,
dirigiéndose a Karan—. Si te apuñala, me plantearé hacer una excepción
con ella y no vengarme.
En realidad, yo ya había intentado matar a Karan, pero no pensaba
mencionarlo.
—Me alegra saberlo —dijo él.
—No te alegres tanto, principito. Ya sabes por qué estoy aquí, y ahora
Korelana también lo sabe.
—No tengo ni idea de qué me hablas.
—Sí, sí que lo sabes. Solo queda por ver si ella va a ayudarte —desplazó
su atención hacia mí e hizo una mueca—, lo cual no parece que vaya a
pasar, así que suerte con eso y con… todo lo demás. —Hizo un gestito
ridículo con el hombro y me guiñó un ojo—. Bien, creo que he cumplido mi
cometido aquí por ahora. Os dejo a solas para que habléis.
La furia no malgastó ni un segundo más con nosotros. Las escleróticas se
le inundaron de sombras y unas alas enormes, oscuras y correosas le
brotaron de golpe de la espalda al tiempo que su piel se volvía gris. A
continuación, se puso de pie sobre la barandilla con otro de esos ágiles
saltitos y salió volando sin dedicarnos una última mirada. Ya no parecía una
chiquilla de quince años, sino un monstruo salido de mis peores pesadillas.
El impacto de verla alejarse mientras el sonido del batir de sus alas se iba
apagando fue tal que estuve a punto de dejar caer las barreras de mi mente
sin querer, y eso era lo último que quería. Logré mantener mis protecciones
en alto y me giré muy despacio hacia Karan, también procedí a retroceder
hasta que la distancia entre nosotros me pareció segura.
Segura para él.
—Has estado mintiéndome todo este tiempo, escondiendo cada verdad
que te interesaba que no descubriera.
Sostuve el cuchillo frente a mí, y sus ojos se desviaron brevemente hacia
el arma. Cuando regresaron a mi rostro, había una tormenta fraguándose en
ellos.
—Te recuerdo que quise sacarte del reino y tú preferiste venir al palacio
después de cortarme el cuello.
Por supuesto, ya sabía yo que sacaría ese detalle a relucir.
—No me arrepiento —mentí de forma descarada.
Nunca olvidaría el momento en que lo había visto caer de rodillas sobre el
suelo del establo ni la sangre derramándose por su pecho, tampoco la
mirada que me había dedicado. A diferencia de él, yo sí era capaz de sentir
remordimientos.
—Fuiste tú la que insististe en venir aquí —repitió, mientras hundía las
manos en los bolsillos, sereno y controlado.
—Sabías que lo haría de una forma u otra. Eras muy consciente de que no
abandonaría a Dafne, y me manipulaste para que aceptara este… —me
señalé el escote, aunque evité mirar el tatuaje— compromiso maldito. ¿Y
para qué? ¿Para usarme como moneda de cambio? ¿Qué es lo que Stavros
tiene que te pertenece? Sí, lo escuché —añadí, al advertir el breve destello
de sorpresa que se apoderó de su expresión—. ¿O es el trono lo que planeas
arrebatarle? ¿También mentiste al decir que no querías reinar?
A pesar de la calma fría que emanaba de él, las sombras empezaban a
acumularse en torno a su figura, lo que me hizo pensar que no estaba tan
tranquilo como fingía aparentar.
—Es… complicado.
Solté una carcajada de un crudeza tan descarnada que ni siquiera soné
como yo misma.
—Eres un cabrón embustero. Cuando me advertiste sobre la crueldad de
esta corte, se te olvidó mencionar que tú los aventajabas a todos en ese
rasgo en concreto.
Karan negó con un charco de oscuridad ya en torno a sus pies. Por algún
estúpido motivo, no temía sus sombras, así que no retrocedí.
—Te lo dije, cazadora: no soy un buen hombre…
—¡Que te jodan! —lo interrumpí a gritos.
Minutos antes había estado herida y enfadada, ahora estaba furiosa. Él
levantó ambas manos en un ademán conciliador, lo cual no hizo más que
alimentar mi ira. A decir verdad, me lo tenía merecido por ser tan ingenua.
Dioses, no me extrañaba que a Xander le pareciese tan divertida; todos
debían habérselo pasado en grande a mi costa. Había sido una completa
idiota.
—Cálmate, cazadora.
—¡No me digas que me calme! —escupí, con una rabia que quemó mi
propia boca al salir—. Eres un puto mentiroso. Tú y todos tus amigos.
Juro que vi dolor en sus ojos, y eso solo me enfureció aún más; no tenía
ningún derecho a resentirse por mis palabras, no cuando en las suyas no
había habido ni un solo atisbo de verdad.
Sin pensarlo siquiera, me abalancé sobre él y le coloqué el cuchillo contra
la garganta. No se molestó en rehuir el asalto, y ambos sabíamos que podía
haberlo hecho.
—¿Algo de lo que me has contado es cierto? —pregunté, y me maldije a
mí misma por sonar tan deshecha. Tan rota—. ¿Sabes qué? No contestes,
prefiero no escuchar más mentiras saliendo de tus labios.
Mi mano no tembló cuando presioné la hoja contra la piel. Karan se
limitó a elevar un poco la barbilla, algo que me dio un mejor acceso a su
cuello. Nuestros ojos se encontraron y… aparté la vista para concentrarme
en el filo del acero. No quería mirarlo, joder; no quería siquiera estar tan
cerca de él a pesar de lo acostumbrada que estaba ya a su particular aroma.
A pesar de que lo había deseado casi desde el principio. Eso solo me hacía
sentir más débil y estúpida.
—Tisífone ha dicho la verdad, ¿no es así? Me has traído aquí para que
seduzca y mate a tu rey. A tu hermanastro. Si lo haces tú, ella acabará
contigo, y entonces no podrías reinar sobre los escombros en los que él ha
convertido el reino. Lo único que quieres de mí es que te consiga el trono.
Luché con las lágrimas que no me permitiría dejar caer y silencié la
decepción, la amargura, la tristeza y el dolor. Lo silencié todo salvo la ira
ácida que burbujeaba en mis venas y en mi corazón.
—No. —Su negativa fue rotunda, pero eso no me aplacó en lo más
mínimo—. No se trata de eso.
—Entonces, ¿qué, Karan? ¡¿Qué demonios quieres de mí?! ¡Dilo de una
vez!
Una parte de mí prefería no escuchar la respuesta, y esa misma parte fue
la que empujó mi mano hasta que el cuchillo rompió la piel y una fina línea
roja apareció en el mismo sitio que ocupaba la cicatriz que yo misma le
había infligido. Mientras que el ataque anterior había sido más un accidente
que algo premeditado, esta vez sí que quería deslizar la hoja de un lado a
otro; de verdad lo deseaba. Solo me detuvo una cosa, o una persona más
bien: Dafne. Matar a Karan no me ayudaría a sacarla de allí. No confiaba en
él, pero lo hacía aún menos en Stavros, y era en manos de quien acabaría si
Karan moría.
—Korelana…
—Ni se te ocurra llamarme así —dije, aunque no comprendiera lo que
dolía que eligiese justo ese momento para emplear mi nombre. Retiré el
cuchillo y apoyé el mango sobre su pecho para empujarlo lejos de mí. Supe
que eso sí que no se lo había esperado, porque trastabilló hacia atrás antes
de recuperar el equilibrio—. O te juro por Artemisa y por todos los dioses
de este y cualquier otro mundo que terminaré lo que empecé en Asfodelos,
y luego me sentaré a mirar para asegurarme de que esta vez nadie te salva.
Su expresión se endureció al captar la honestidad brutal con la que lancé
la amenaza. De todo lo que había descubierto ese día sobre él, no estaba
segura de qué era lo más doloroso, lo que sí tenía claro era que necesitaba
respuestas; todas las que no me había dado hasta entonces.
—Siempre supiste quién era, ¿verdad? Estaba allí la noche que fuiste a
buscarme al Templo de Artemisa en Karya y hablaste con la suma
sacerdotisa; te vi. Stavros te envió por mí.
La misma sensación perturbadora que había caído entonces sobre la
ciudad se respiraba ahora en aquella habitación; una oscuridad siniestra que
asfixiaba lentamente mi corazón.
Me moví hacia la derecha, donde la espada que le había robado reposaba
dentro de la funda en una de las mesitas auxiliares. Él siguió el movimiento
con la mirada. No trató de acercarse a pesar de que estaba segura de que se
había percatado de mis intenciones. Mi propia espada colgaba junto a su
muslo, aunque sus manos continuaron lejos de ella, aún en los bolsillos de
su pantalón. Sin duda, no temía que lo atacara. Lo sucedido en el establo de
Asfodelos no se repetiría; Karan no lo permitiría y tampoco convenía a mis
intereses matarlo, pero no estaría nunca más vulnerable frente a él.
—Lo hizo —admitió con un leve asentimiento. Esa era la verdad que yo
había estado buscando; aun así, era una verdadera mierda tener razón—, lo
cual no significa que pensase entregarte a él.
—No, claro que no, porque me querías para ti.
Durante unos segundos no dijo nada, pero la tempestad que rugía en sus
ojos plateados se apaciguó y las sombras que lo rodeaban languidecieron,
como si no tuvieran muy claro cuáles eran los deseos de su dueño para
ellas.
—Nada de eso importa ya.
—Importa mucho más de lo que crees, Karan. —A mí me importaba a
pesar de que no debería hacerlo.
—La cuestión es que ahora estás aquí y no puedes irte.
—Espera y verás.
Eso lo hizo reaccionar por fin. Empezó a avanzar hacia mí, así que me
lancé a por la espada sin ningún disimulo. Karan era rápido, mucho más de
lo que debería, pero logré interponer el afilado acero entre nosotros antes de
que me alcanzara. Se detuvo en el acto.
Amenazar al príncipe de Hadesya —a cualquier miembro de una familia
real— constituía un delito muy grave, pero no era a ese Karan al que yo
apuntaba con mis armas y quería hacer sangrar, sino al que había acariciado
mi piel con una delicadeza exquisita y me había hecho vibrar de pies a
cabeza; en el que había confiado para llegar hasta mi mejor amiga. ¡Había
puesto no solo mi vida en sus manos, sino también la de Dafne y el resto de
mis hermanas! Ese era el hombre al que aborrecía con toda mi alma; el
Karan príncipe, por otra parte, era un extraño al que no tenía ningún interés
por conocer.
Lo malo era que, al final del día, ambos seguían siendo la misma persona.
—No puedes abandonar el reino. Morirás —afirmó, con un tono grave
que reverberó en las paredes y las sombras que lo acunaban.
—Ningún hadesiano que sepa lo que represento para su rey se atreverá a
matarme. —Era mi propia ventaja; eso, y el tatuaje que me unía al maldito
príncipe hadesiano y que resultaba ser lo único bueno que había obtenido de
él.
Karan suspiró y desvió la vista hacia el balcón. Desde que había
irrumpido en la habitación, fue la primera vez que se desprendió de toda su
irritante seguridad. Tampoco entonces bajé la guardia.
—No me refiero a los soldados o las patrullas. Tú… —Su atención
regresó a mí y su expresión era casi culpable—. Comenzarás a sentirte mal
cuando accedas a los territorios intermedios. Una vez que atravieses la
frontera y pongas un pie en Olympya, morirás en poco tiempo.
—¿De qué demonios estás hablando?
—Cometí un error.
—Has cometido muchos errores conmigo, así que vas a tener que ser más
concreto.
—Baja el arma, cazadora. Por favor.
—Ni lo sueñes.
Karan rogando era mi debilidad, pero no caería en la trampa nunca más.
Soltó otro suspiro y un músculo palpitó en su mandíbula. Luego, su rostro
adquirió una expresión resuelta, aunque dejó fuera la frialdad que había
estado empleando al principio de la discusión.
—¿Recuerdas el árbol de Asfodelos? ¿El del patio trasero? —Asentí,
aunque no tenía ni idea de por qué sacaba a relucir el granado—. Es un
poco especial.
—Mel dijo que tenía propiedades curativas, y funcionó. La herida sanó
con mucha rapidez.
—Funcionó demasiado bien. Te estabas muriendo, Korelana. Xander
ralentizó tu corazón durante el viaje hasta allí, pero ya habías perdido
demasiada sangre. Emplear una dosis de granado para curarte no tendría por
qué haber causado ningún problema si hubieses sido hadesiana. Pero luego
te tomaste varias copas más con Xander. Él no sabía que te afectaría de esa
forma, así que no lo culpes. Es responsabilidad mía no haber prestado
atención a lo que estabais bebiendo cuando os encontré juntos en el patio.
Me había tomado ¿dos?, ¿tres copas del licor que Xander me había
ofrecido? Pero ¿por qué iba a ser eso un problema? Solo era una bebida.
—¿De qué forma se supone que me afectó?
—El granado es exclusivo de este reino, pero ya habrás visto que los que
hay en algunos de los jardines del palacio están todos resecos y sin hojas,
mucho menos llegan a dar nunca fruto. El de Asfodelos… Estaba en esas
mismas condiciones cuando trasladé a Melíone allí, pero yo conocía sus
propiedades y lo útil que podría serle si había complicaciones una vez que
se pusiera de parto. Así que empleé mi poder con él… —Se me abrieron los
ojos como platos, porque ese era mi poder en realidad, no debería haber
habido manera de que Karan hiciera algo así—. Sé lo que estás pensando y,
no, no le devolví la vida como estoy seguro de que podrías hacer tú. Fue
algo diferente… Como traer de vuelta a uno de los hijos de Hades; dichos
soldados están atados a este reino, no podrían irrumpir sin más en Olympya
a no ser que yo fuera con ellos, y solo durante un tiempo limitado. Luego,
se desvanecerían.
Apunté ese dato, si la guerra se desataba por fin entre nuestros reinos, una
parte de su ejército, por muchos muertos que Karan pudiese levantar, no
podría avanzar tierra adentro. Era una pequeña victoria para los nuestros.
—¿Estás diciendo que al beber el licor me convertí en uno de…?
—No, estás viva y conservas tu alma, pero una parte de mis sombras
corre por tus venas, así que ahora estarás atada a este reino por un tiempo.
—¿Cuánto tiempo?
—No tengo una respuesta para eso. Podrían ser semanas, meses…
—¿Lo de anoche? —lo interrumpí, porque si se le ocurría decir «años»
me volvería loca.
Karan asintió.
—Tu cuerpo llevaba días peleando contra el efecto del licor, de ahí los
cada vez más frecuentes dolores de cabeza. Anoche perdiste la batalla.
Me quedé en silencio un momento. Había sentido que me moría, estaba
convencida de que iba a abandonar este mundo, y luego todo había pasado
sin más. Sin embargo, mi maltrecho instinto me decía que había algo que
continuaba guardándose para sí mismo.
—¿Cómo sé que esto no es otra más de tus mentiras?
—Vas a tener que confiar en mí.
Me eché a reír de nuevo.
—Eso no volverá a pasar, así que no te hagas ilusiones. —La realidad de
mi situación me golpeó entonces, y la escasa calma que había ganado en los
últimos minutos desapareció—. Oh, dioses, así que ahora no solo estoy
unida a ti, sino también a este reino miserable.
—De una forma u otra, cazadora, deberías saber que las moiras siempre
se salen con la suya.
Lo atravesé con la mirada solo para no dar rienda suelta a mis impulsos y
hacerlo con el filo de la espada.
—No voy a casarme con Stavros, me da igual lo que hayan dicho las
moiras —dije, a pesar de que su hermanastro parecía estar ahora fuera de la
ecuación—. Esas tres brujas, tu rey y tú podéis iros todos al maldito
infierno.
Mi cuerpo se movió hacia delante y la punta de la espada empujó contra
su estómago. Karan no se disolvió entre las sombras, ni siquiera trató de
retroceder. Se quedó allí plantado, observándome, mientras yo peleaba
contra la ira y contenía mi mano para no terminar de hundir el acero en su
carne. Me repetí que sería una estupidez matarlo, pero…, oh, cómo deseaba
hacerlo.
Que él no hiciera nada por defenderse solo era una admisión silenciosa de
sus pecados.
—Eres absolutamente despreciable.
En el silencio posterior a mi declaración, las sombras que hasta entonces
se habían agrupado a su alrededor retrocedieron. Dejó caer la mirada hacia
la espada, y yo lo hice con él. La tinta brillaba entre las solapas abiertas de
la camisa, y juro que las ramificaciones que brotaban del corazón del tatuaje
parecían haberse extendido unos pocos centímetros más sobre su piel.
Durante un instante no pude evitar que mis ojos se perdieran en los
remolinos oscuros del dibujo; se adaptaban a las líneas de sus músculos con
una perfección dolorosamente hermosa a pesar de la mentira que
representaba.
Aparté la vista de su torso, pero Karan mantuvo los ojos clavados en el
arma.
—Perteneció a mi madre —murmuró con expresión ausente y un tono
mucho más suave—. Fue ella misma la que me enseñó cómo usarla. Era
una guerrera diestra, implacable y feroz, pero mi padre se encargó de
arrebatarle cada gramo de esa fuerza arrolladora. Socavó su voluntad día
tras día hasta que consiguió someterla y convertirla en una más de las
sombras que manejaba a su antojo.
—Si crees que una historia triste cambiará lo que has hecho… —dije,
pero él prosiguió hablando.
—Xanthus no soportaba el hecho de que mi madre hubiera alumbrado a
un niño cuyos dones podrían llegar a superar en mucho no solo a los del
resto de sus hijos, sino a los suyos propios.
—Tú…
Karan asintió con rigidez.
—También a mí me castigó por ello; muchas veces y de las formas más
dolorosas que se le ocurrieron, y créeme si te digo que Xanthus podía ser
muy imaginativo cuando se trataba de infligir dolor. —Ah, así que su
propio padre era el responsable de sus numerosas cicatrices. Traté de no
sentir lástima, pero aquello no era más que otra prueba de lo enfermo que
estaba ese reino—. Cuando los maestros del Templo de Hades le
informaron de que el bastardo de su hijo había desarrollado un nuevo poder,
no se lo tomó demasiado bien. Tenía solo diez años, pero todos coincidieron
en que era por fuerza el heredero de la casa de Hades. —No estaba segura
de entender lo que me estaba contando, pero Karan tampoco se detuvo
entonces—. Aborrecía a ese hombre con todas mis fuerzas. Nunca quise
ningún poder y mucho menos deseaba continuar con el legado de un rey
maldito, así que no me resistí cuando mi hermanastro, su preferido, me
embaucó para que le cediera mi poder sobre las almas, el único de los dones
con el que todo rey de Hadesya ha contado siempre desde que Hades fuera
nuestro gobernante. Demasiado tarde comprendí el error que había
cometido.
Negué con la cabeza cuando por fin comprendí lo que trataba de
explicarme. No estaba al tanto de cómo se transmitía la corona en Hadesya,
pero en Olympya pasaba de padres a hijos, y siempre ocupaba el trono el
descendiente más poderoso; normalmente, dicho poder se asemejaba al del
propio Zeus. Lo que Karan estaba diciendo, lo que eso sugería… Si él era
en realidad el legítimo rey, el destino que las moiras habían aventurado para
mí no debería haber sido casarme con Stavros. Y si Karan era mi destino…
Me hundí en busca de la vibrante conexión que me había acompañado
durante tantos meses; un puente entre dos almas que Orien había bloqueado
tras el ataque junto al Estigia, justo en el momento en el que mi don había
quedado al descubierto. Tal vez Karan no había mentido al decir que
nuestro encuentro en los territorios intermedios había sido algo fortuito y no
sabía quién era yo.
Sin valorar las consecuencias, derruí los muros que protegían mi mente.
Esta vez no hubo nada que me impidiera avanzar por ella, y la avalancha de
imágenes que inundó mi cabeza fue tan repentina que me tambaleé hacia
atrás. La espada resbaló de entre mis dedos y cayó al suelo con un tintineo
que apenas llegué a escuchar, cegada por visiones que se sucedían
demasiado rápido: mis ojos dorados, la camisola pegándoseme a la piel
mojada, una sonrisa desafiante, el brillo del sol de Hadesya arrancándole
reflejos a mi melena. La curva de mi hombro apoyada en el pecho de Karan
mientras cabalgábamos. Mis dedos hundidos en el pelaje de Lex. Mi figura
inmóvil, arco en mano, justo antes de dejar volar la flecha cargada en él. Yo
derrumbándome sobre el suelo reseco y todo floreciendo a mi alrededor.
Piel dorada y cicatrices que conocía demasiado bien porque me
pertenecían…
Más y más de esos pequeños momentos robados se superpusieron unos a
otros, y entonces me alcanzaron también las emociones: felicidad, anhelo y
un horror súbito y atroz mezclándose de un modo imposible. Sentí una
presión en el pecho mientras me contemplaba a mí misma, enfundada en el
vestido blanco que había llevado a la recepción de Demetrius, y un
pensamiento ajeno rebotó en el interior de mi cabeza: «Luce como una
maldita reina. Mi reina».
Confusión, ira, orgullo, temor, cariño, culpabilidad, determinación.
Deseo, odio, miedo y una tenue esperanza. Olores, sabores, sensaciones,
luces y sombras; todo ello se precipitó a través de la unión entre nuestras
mentes como el caudal furioso del río que se abre camino hacia el mar.
Ahogué un jadeo, abrumada por lo real que parecía la piel suave bajo mis
dedos mientras acariciaba mi propio estómago, la inmensidad de la emoción
que ese toque mínimo había provocado en él. El calor en sus venas. El
latido acelerado de su corazón, y un regusto a sorpresa… no, incredulidad.
La sobrecarga sensorial cesó tan de repente como se había iniciado; el
delicioso aroma de la primavera, la dulzura que cubría mi lengua, los
reflejos deslumbrantes de mi tatuaje… se extinguieron hasta desaparecer
por completo, llevándose consigo unos recuerdos que no me pertenecían en
absoluto. Fue como ser lanzada de golpe en mitad de un terreno yermo y
sombrío; el vacío más puro y aterrador.
Durante los siguientes segundos, luché para llevar aire a mis pulmones
mientras el pulso me rebotaba en los oídos. Abrí los ojos y miré a Karan.
Las emociones que habían sangrado a través de nuestra unión burbujearon
un instante más en su mirada plateada antes de desaparecer por completo,
como si una vez expuestas le costase enterrarlas de nuevo en el fondo de su
mente.
—Eras tú —susurré, temerosa de la respuesta que sabía que obtendría.
La conexión sufrió una convulsión y la voz a la que le había negado el
acceso en los últimos días resurgió con una claridad que no había tenido
hasta ahora. Sonó igual y al mismo tiempo… diferente, familiar; yo conocía
esa voz.
«Finalmente, cazadora. Finalmente».
Erguido en toda su altura y sin rastro alguno de conmoción en el rostro,
inclinó la cabeza y la sombra de una sonrisa oscura se extendió por su
rostro justo antes de que sus labios se entreabrieran para susurrar:
—Bienvenida a Hadesya, oraíos.
Agradecimientos
Que este libro esté en vuestras manos no habría sido posible sin el apoyo
incondicional de mi editora, Esther Sanz, a la que en cuanto le hablé del
proyecto se le iluminaron los ojos y me transmitió un entusiasmo similar al
que yo misma he volcado en la novela. Así que gracias, Esther, por
secundar todas mis locuras y amar mis historias tanto como yo.
Gracias a Inma Moya, que no ha podido reflejar mejor en la cubierta a los
protagonistas. Tu trabajo ha sido magnífico, y no puedes imaginar lo mucho
que me emocioné al recibir los bocetos.
Gracias a Berta, mi correctora, por ayudarme a sacarle brillo y cuestionar
mis decisiones sin miedo alguno.
Gracias siempre a mi familia por apoyarme y fingir que no estoy loca
cuando les hablo de mis personajes como si se tratase de personas reales. A
Daniela, mi hija, por animarme y escuchar, por ser y estar. Eres la mejor
parte de mí.
Gracias a mis compis, Nana y Nira. Todo esto es mucho más divertido —
y menos frustrante— con vosotras a mi lado. Gracias por las risas y por
soportar las lloraditas cuando necesito desahogarme.
Gracias a vosotras, por darle una oportunidad a esta historia. A las
lectoras que están ahí desde el principio y a las que se han ido uniendo con
el paso de los años. Sé que a veces me odiáis un poquito por haceros sufrir;
no os lo tengo en cuenta, que lo sepáis. Vuestros comentarios me dan la
vida y son el empuje que a veces necesito para seguir adelante. Ah, y a mis
chicas del grupo de lecturas conjuntas de Las crónicas de Ravenswood, sois
maravillosas y estoy deseando repetir.
Por último, gracias a todos los que día tras día contribuís a difundir mis
historias; bookstagrammers, booktokers, reseñadores, lectores… Con tantas
y tantas historias esperando su turno, vuestra ayuda es inestimable.