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Tras La Calima - Helen Rytkonen

Zoe, una negociadora internacional, regresa a su isla natal tras la muerte de su madre para gestionar su legado. En medio de su dolor, se encuentra con un atractivo inglés que la ayuda a enfrentar sus emociones y a redescubrir su conexión con la isla, especialmente durante el vibrante carnaval de Tenerife. A medida que navega por sus recuerdos y decisiones, Zoe se da cuenta de que su vida está a punto de dar un giro inesperado.
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Tras La Calima - Helen Rytkonen

Zoe, una negociadora internacional, regresa a su isla natal tras la muerte de su madre para gestionar su legado. En medio de su dolor, se encuentra con un atractivo inglés que la ayuda a enfrentar sus emociones y a redescubrir su conexión con la isla, especialmente durante el vibrante carnaval de Tenerife. A medida que navega por sus recuerdos y decisiones, Zoe se da cuenta de que su vida está a punto de dar un giro inesperado.
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Zoe es negociadora internacional y su vida está bien estructurada entre viajes,

trabajo y su gran afición: bailar. Pero cuando su madre muere de forma


repentina se ve obligada a volver a su isla de origen para decidir qué hacer
con el legado de la reputada investigadora.
Y en medio de esa tormenta de emociones, un inglés sexi lleno de secretos y
sonrisas la enseñará a dejarse llevar por una atracción inesperada, una intensa
calima llenará sus ojos de arena para limpiarlos de todo lo pasado, y la
purpurina del carnaval de Tenerife la envolverán hasta que la vida le dé otra
voltereta.

Página 2
Helen Rytkönen

Tras la calima
ePub r1.0
Titivillus 22.02.2025

Página 3
Helen Rytkönen, 2021

Editor digital: Titivillus


ePub base r3.0 (ePub 3)

Página 4
Índice de contenido

1. Volver
2. Conocer a alguien
3. Rubias y murciélagos
4. Lo que eliges y lo que no
5. Un infierno de arena y un caballero inglés
6. Una cita casi a ciegas
7. Calentando motores
8. El retorno de Nigma
9. La vida es un carnaval
10. Dos días fuera de concurso
11. Recuerdos y sospechas
12. Mi madre y mi hermana
13. La dificultad de entenderlo todo
14. Ni en mis peores pesadillas
15. Paraíso perdido
16. Una historia de muy adentro
17. Planes, distracciones, añorar
18. Las revelaciones de Derek Grant
19. Londres y el visceral miedo de perderle
20. Tottenham y una silla
21. No seríamos nosotros si no…
Epílogo
Notas de la autora
Agradecimientos
Sobre el autor

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A José, por dar brillo a mis alas y acompañarme
en esta aventura tan bonita que es nuestra vida.

Página 6
Página 7
1.
VOLVER

Valiente, Vetusta Morla

La tarde que aterricé en Los Rodeos la lluvia caía como si alguien hubiese
abierto un grifo en el cielo. La cortina de agua era tan densa que no me dejó
ver el paisaje que me sabía de memoria a pesar de que llevase muchos años
viviendo fuera de la isla. Y al igual que la vez anterior, no experimenté la
dulce y cálida sensación de volver a casa. No, esta había sido sustituida por
una vibración extraña, como si de pronto ese no fuese mi lugar, como si no
fuese bienvenida, y aquello me hacía sentir una inquietud inesperada.
De alguna forma intuía que los días en la isla no iban a ser una mera visita
de cortesía. Que no se iba a tratar solo de quitarme de encima la herencia
material de mi madre, algo a priori frío y sin complicaciones.
Ahora sonrío al pensar que si hubiera podido entrever que aquel viaje se
iba a convertir en una voltereta del destino, de esas que te dejan descolocada,
con el cabello revuelto y el corazón latiendo a mil por hora, me habría reído
en voz alta. Con incredulidad, incluso con sarcasmo. La mujer que era yo en
aquel entonces jamás hubiese vislumbrado que la vida me iba a poner en una
encrucijada como la que estaba por venir.
Me sobresalté al notar cómo las ruedas del avión rebotaban dos veces en
la pista y finalmente se estabilizaron, permitiéndome relajar los dedos de las
manos y soltarlos del reposabrazos. Respiré hondo y me dije que lo que
estaba sintiendo era una tontería. Que, aunque ahora fuese una ciudadana del
mundo, el sitio donde había crecido y me había convertido en adulta siempre
sería mi hogar, a pesar de que ya no quedase nadie, o casi nadie.
Me estremecí con suavidad. El recuerdo de mi anterior visita estaba allí,
teñido de esa especie de desazón que siempre me pasaba con cualquier cosa
relacionada con mi madre. Sobre todo, con su muerte. Hacía unos meses

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había viajado a la isla a enterrarla, o al menos eso era lo que me había dicho
mi tía tras aquella llamada que tuve que coger en medio de una negociación.
Ni siquiera ella supo lo que tenía pensado, mi madre jamás dijo nada ni lo
dejó entrever. Resoplé: era muy típico de ella obviar que había decidido donar
su cuerpo a la ciencia y que no la enterraríamos en Santa Lastenia, como a
toda la familia. Aunque en el fondo era lógico: siempre pensé que, en vez de
Margot, mi madre debería haberse llamado scientia o cualquier palabreja
latina que tuviese que ver con la medicina.
El coche de alquiler que me habían adjudicado estaba aparcado al raso,
por lo que me mojé entera antes de entrar al vehículo. Puse la calefacción para
combatir el frío húmedo que reinaba dentro, y sonreí al pensar lo rápido que
me había olvidado del tiempo que podía hacer en la isla en febrero. Para mí,
Tenerife siempre reposaba al sol, refulgiendo el verde de sus montes y el azul
profundo del mar. Sin embargo, por lo que estaba viendo, también me había
olvidado de los microclimas, porque al rebasar la ciudad de La Laguna la
lluvia había remitido, y la costa de Santa Cruz se veía despejada, con apenas
nubes.
Conduje sin programar el GPS, con el piloto automático activado de quien
tiene grabados los trayectos de toda la vida en lo más profundo de su
memoria. Bajé por la autopista contemplando el mar salpicado de alguna que
otra plataforma petrolífera, y, cerca del puerto, el ferry que navegaba desde
Gran Canaria iba dejando su estela blanca entre los cruceros atracados en las
proximidades de la dársena pesquera.
La entrada de las Ramblas me llamó la atención por su inusual colorido, y
me di cuenta de que toda la zona de las piscinas municipales estaba
engalanada con pancartas colgadas de las farolas y, sobre una zona cebreada,
se alzaba un gigantesco tótem. «Claro», me dije sonriendo. No había caído en
la cuenta de que aquella era la semana en la que empezaba el carnaval, y que
la ciudad estaría latiendo fiesta desde ese lunes, que era cuando se decoraban
las calles. Meneé la cabeza, preguntándome cómo no me había acordado de
aquel hecho, lo cual supuso una agradable distracción a mis pensamientos,
algo mustios por la tarea que tenía por delante.
La suerte hizo que encontrase aparcamiento en la calle, en el barrio del
Toscal, y arrastrando mi maleta me di un paseo hasta el hotel, que se
encontraba en la zona de la plaza del Príncipe. A mi paso vi cómo ya se
habían montado algunas casetas de metal de diferentes casas comerciales, las
estructuras de los mesones tradicionales más grandes y algunos coloridos
puestos de comida rápida, y me sorprendí con las colas de gente que

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serpenteaban por fuera de las mercerías y tiendas de chinos. Sonreí con
nostalgia. Hacía muchos años que no asistía al carnaval, y todo aquello tocaba
la tecla de mis recuerdos de juventud, esos que siempre parecían mejores de
lo que realmente fueron.
«Podría quedarme un poco más y aprovechar…».
El pensamiento se deslizó en mi cerebro como la serpiente tentadora con
la manzana en la boca. No, negué con la cabeza. Había venido para cerrar
todos los flecos de la muerte de mi madre, y eso era lo que iba a hacer.
Después me iría sin mirar atrás. Con carnaval y sin carnaval. Pero algo muy
en el fondo, quizá cierto cosquilleo en la boca de mi estómago, me susurró
que aquello no iba a ser tan fácil. Que llevaba de fábrica el gen del carnaval y
que solo bastaría una canción de Celia Cruz para alborotar mi cuerpo y activar
aquella chispeante jiribilla. Me reí por lo bajo y no pude evitar echar un
vistazo a las boas de colores y los botes de purpurina que vendía un kiosco
ambulante justo enfrente de mi alojamiento.
El hotel era un antiguo edificio reformado, moderno y limpio, y aproveché
para darme una ducha antes de salir de nuevo a la calle. Esa noche no me
había podido escapar de cenar con mi tía Arminda, la única hermana viva de
las Acosta, aquella tríada de morenas amazonas que fueron famosas en su
época por su belleza y su ferocidad. Cada una había destacado a su forma: mi
madre como la consagrada investigadora médica, mi tía Manuela como reina
de la moda y diosa de la farándula local, y Arminda, quien hizo de las artes su
amante y relación más duradera. Había expuesto por toda Europa sus
vibrantes cuadros, y siempre andaba metida en mil y un proyectos para
impulsar la cultura y el arte en las islas.
Al llegar a la calle San José la divisé esperándome, alta y llamativa con su
abrigo naranja y melena oscura veteada de anchos mechones de canas. Según
mis cálculos ya tenía que haber pasado los setenta, aunque parecía diez años
más joven. Tenía un carisma irresistible y una calidez abrumadora, como
comprobé al hundirme en su abrazo. Siempre olía a especies orientales, y
aspiré con felicidad su aroma familiar. Me cogió la barbilla con la mano, y
noté cómo los ojos negros como el alquitrán me escudriñaban como si
estuviesen dragando el fondo marino.
—Estás guapa, Zoe. Flaca, pero guapa. ¿O será que me gusta verte con tu
color de pelo original?
Sonreí, encogiéndome de hombros. Armi estaba siendo muy benévola
conmigo. Los últimos meses habían sido complicados, entre lo de mi madre y

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lo que había ocurrido en Singapur, y no habían contribuido precisamente a
tener la mejor cara del mundo.
—Más bien es falta de tinte, Armi. Y que tú me ves con buenos ojos.
Sonrió y me dio un beso en la mejilla. Luego me pasó la mano por los
hombros, estrujándome contra sí, y me llevó a una terraza rodeada de plantas
frondosas y luces indirectas.
La observé dándole instrucciones al camarero y sonreí con disimulo. Armi
solo tomaba bebidas de color rosa, así que con ella me veía abocada al vino o
champán de dicho color. Algunas veces la había visto tomar refresco de fresa,
sin embargo ahí no la secundaba: aquel líquido muy popular en las islas me
sabía a jarabe de la tos.
En cuanto nos hubieron servido una copa de vino, me lanzó la primera
pregunta:
—Cuéntame, ¿qué plan tienes para estos días? Porque conociéndote
habrás venido con todo planificado y cuadriculado hasta el último detalle.
La miré, divertida, pero luego no pude evitar que la ironía tiñese mi voz.
—Está bastante claro, ¿no? Gracias a que el papeleo se hizo la otra vez,
ahora solo me queda decidir qué voy a hacer con las casas de mamá.
—¿Y ya tienes alguna idea?
Jugueteé con la copa, admirando el líquido que por lo claro que era,
parecía blanco.
—La casa de Los Cristianos es perfecta para seguirla alquilando. Está en
buena zona y siempre habrá gente que necesite quedarse durante un tiempo
más o menos largo. Eso sí, se lo daré a la inmobiliaria para que lo gestione.
No quiero tener demasiada vinculación con ella.
No, por supuesto que no. Era mejor pensarla como una inversión que
como el lugar donde había pasado mis veranos felices de la infancia. En esa
casa se hallaban los jirones de los recuerdos de papá, mi hermana, los amigos
en la playa del pueblo… De mamá no tanto, pero eso era lo habitual. El que
no estuviera, claro.
Intenté no pensar en mi madre y centrarme en el apartamento. Al día
siguiente tenía planificada una visita para verlo, debía hacerlo para
cerciorarme de cuál era su estado real. No obstante, malditas las ganas que
tenía de enfrentarme al momento de abrir la puerta.
Arminda me observó, sofocando un suspiro. De ella también conservaba
muchos recuerdos allí: siempre se ponía un gigantesco delantal de propaganda
para hacernos de comer, y recordaba sus gritos desde el balcón llamándonos
para el almuerzo. En ese momento pensé que hizo mucho más de madre que

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Margot, y que mi padre se apoyaba mucho en ella. De hecho, pasaba gran
parte de las vacaciones con nosotros.
Su voz suave me sacó de mis recuerdos.
—¿Quieres que vaya contigo?
Mis labios se abrieron para declinar su invitación, pero en el último
momento me callé. Dirigí la mirada a mis dedos, largos y cuajados de anillos
de plata, la única concesión que me daba dentro de mi estilo sobrio, y me
entretuve con el brillo de una piedra azul. Armi esperó, paciente, hasta que
me decidí a hablar sin quitar la vista del pequeño zafiro.
—¿Vendrías?
Puso sus manos sobre las mías y las apretó. Sus ojos se volvieron suaves,
casi líquidos.
—Claro que sí. Sé que esa casa fue importante para ti, lo fue para todos.
No quiero que te enfrentes a ella sola.
«Qué bueno era sentirse cuidada por alguien», pensé, inmersa en la
calidez que Armi creaba solo con su presencia. Yo, que nunca necesitaba a
nadie, que era la mujer más decidida y práctica del mundo, también anhelaba
a veces el calor humano. No tener que ser fuerte y lista, solo dejarme mecer
por los bonitos recuerdos que compartía con mi tía.
—Gracias —susurré con una sonrisa, y me dio unas palmaditas en la cara.
—No te arregostes, que mañana por la noche tengo una cita y si vas a ir
también a la casa de Las Acacias, te las tendrás que arreglar tú sola.
Hizo un gesto divertido, difuminando la emoción del momento, y me reí.
Así era ella, original y especial hasta decir basta.
—No te preocupes, la casa de Las Acacias será más fácil. No tengo tantos
recuerdos aparejados a ella. ¿Fuiste por allí cuando… cuando mamá vivía?
Frunció la boca en un gesto que no entendí demasiado, pero me distraje
con el plato que el camarero depositaba en la mesa. Salivé ante la hojaldrada
de verduras, bien especiada y bañada en salsa, y cogí el tenedor para cortar un
trozo.
—Tu madre y yo no nos vimos demasiado en este último año.
Lo dijo en un tono de voz aparentemente normal, pero yo era experta en
detectar cualquier cambio en el lenguaje corporal de las personas.
—¿Pasó algo?
Armi bebió de su copa, quizá buscando tiempo para encontrar una buena
respuesta. Nuestros ojos se encontraron, azules contra negros, y no pudo
engañarme.

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—Nada que yo pueda decir que fuese un encontronazo. Solo que… ella se
alejó. Siguió trabajando a su ritmo habitual, pero luego me sorprendió al
querer mudarse a la casa de mamá y papá en Las Acacias. Una vez allí,
desapareció del mapa. Ni siquiera fui a visitarla para ver cómo estaba. Las
pocas veces que hablamos, parecía reacia a ello.
—¿Pero esa casa era tuya también, no?
Armi se encogió de hombros.
—Llegamos a un acuerdo y compró mi parte. Yo no tenía ninguna
intención de vivir allí ni de hacer nada con ella, así que me pareció un buen
negocio. Y con ese dinero tapé unos cuantos agujeritos.
A pesar del tema, tuve que sonreír. Armi no era de las que calentaba un
duro, sobre todo porque pecaba de demasiado generosa. Y por eso entendía
que aquel dinero le habría venido de perlas.
—Entonces la notaste diferente —dije, retomando el hilo de la
conversación. No sé por qué, pero tuve la sensación de que mi tía no tenía
demasiadas ganas de seguir hablando sobre aquello. Pero yo me ganaba la
vida negociando, así que no me fue difícil sonsacarle que en ese último año
mi madre se había mostrado más sosegada que nunca, como el que descansa
después de una larga travesía a nado por un mar tormentoso.
—Era como si estuviese… iluminada —silabeó Armi con cierta
reticencia. Enarqué las cejas sin poder creer lo que me estaba sugiriendo.
—No me vayas a decir ahora que se metió en alguna religión o creencia
que…
—No. —Me interrumpió con un gesto abrupto de su mano—. No creo que
fuera eso. Al contrario, la sensación que transmitía era de haber aplacado sus
demonios, esos que siempre avivaron su ansia de destacar y de ser la primera.
Hizo un mohín travieso, rompiendo la seriedad del momento.
—También podría ser que se estuviera viendo con alguien, y que ese
alguien la tuviera muy bien servida.
«Interesante», pensé. No le había conocido otra pareja desde la muerte de
mi padre, así que podía ser una posibilidad. Recordé a mi madre tal y como
estaba la última vez que la vi, hacía ya casi un año: alta y enjuta, con ese
rictus en la cara del que siempre tiene prisa y no se puede detener por
tonterías, luciendo esa belleza oscura y salvaje que siempre me hizo
compararla con una pantera. Tenía cara de mujer difícil de domar, y eso a
muchos hombres les parecía retador.
—Ojalá haya sido cualquiera de las dos opciones.
—Qué dices, yo hubiese preferido la del maromo.

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Nos reímos las dos y terminamos el plato de verduras. El camarero,
solícito, volvió a llenarnos las copas y se retiró, silencioso.
—Bueno, fuera lo que fuese, yo estoy aquí para cerrar todos los flecos y
dejar esta parte de mi vida empaquetada.
Noté cómo me miraba con fijeza, y me sentí algo incómoda. Era como si
viese en mí cosas que ni siquiera yo intuía.
—¿Estás segura? ¿Crees que va a ser tan fácil?
—¿Y por qué no? Llevo muchos años fuera de la isla, con una vida que
nada tiene que ver con esto. Solo son unos días y luego vuelvo a Berlín más
ligera de equipaje.
—¿Y esa es la vida que quieres seguir teniendo?
Resoplé, intentando contenerme, y ella aprovechó para seguir hablando:
—No quiero meterme donde no me llaman, Zoe, pero la verdad es que te
pareces más a tu madre de lo que jamás querrías reconocer. Siempre te
quejabas de su absoluta dedicación al trabajo, de ese tesón que la hacía ser la
mejor en su especialidad, y cómo dejaba de vivir su vida familiar por hacer
algún nuevo descubrimiento para la ciencia. Pero hija, tú eres igual. Llevas no
sé cuántos años por esos mundos de Dios negociando acuerdos que ni te
vienen ni te van, y sin pensar en un momento en ti como mujer.
—Ahórrame la parte donde me preguntas si no quiero ser madre, casarme
y todo eso…
—Eso jamás te lo preguntaré, porque no puedo predicar con el ejemplo.
Zoe, no te enfades, esto es solo porque me preocupo por ti. No quisiera tener
a una segunda Margot que no sea capaz de disfrutar de la vida. O que lo haga
demasiado tarde.
Me tragué mi disgusto y me obligué a tomar sus palabras como algo en lo
que pensar más tarde. Esa era una buena estrategia, lo tenía comprobado. Pero
supe que después de aquella cena con Armi, lo que me había dicho no sería
tan fácil de sepultar bajo capas de excusas e indiferencia.
Sobre todo, porque era algo que yo misma me había empezado a
preguntar con timidez en los últimos meses. Si esa iba a ser mi vida hasta que
me retirase. El viajar a cualquier lado del mundo, la excitación ante un nuevo
caso, la estrategia que se diseñaba en mi mente como un mapa estelar, el
cuerpo a cuerpo en las salas acristaladas del rascacielos de turno, y la soledad
del hotel. Incluso de mi apartamento en Berlín.
Ea, ahí estaba. La papa caliente. Ahora a ver qué hacía con ella. Tomé un
sorbo de vino y tragué el gigantesco nudo que se había formado en mi
garganta.

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«Gracias, Armi. Como siempre».

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2.
CONOCER A ALGUIEN

Depende, Jarabe de Palo

Al volver del sur con mi tía paramos en el barrio costero de Tajao para
almorzar en uno de los típicos restaurantes de pescado. Y mientras elegíamos
unas lapas bien hermosas, unos rejos de pulpo y unos trozos de morena para
que los friesen bien crujientes, me dije que al final no había sido para tanto.
Que el reencuentro con nuestro viejo apartamento había resultado menos
removedor de lo que hubiese podido aventurar.
El centro de Los Cristianos bullía de vida cuando llegamos por la mañana.
Las calles peatonales estaban llenas de turistas curioseando por los comercios,
otros tantos ya apostados frente a su pinta de cerveza en las múltiples terrazas,
algunos habitantes locales haciendo recados en las fruterías y pescaderías que
se camuflaban tras cada esquina, y por todos lados se veía gente o que iba a la
playa, o que venía de ella. Nosotras paseamos con tranquilidad disfrutando
del buen clima, casi veraniego, y de mutuo acuerdo nos dirigimos hacia el
paseo de la playa, recorriendo un camino que teníamos memorizado en lo más
profundo de nuestro cerebro.
El barco que venía de La Gomera estaba atracando en el puerto justo
cuando nos adentramos en el portal del edificio. Aspiré con cuidado el aire:
no había atisbo de familiaridad en él. Ya no había aroma a tomates madurados
al sol, a mezcla de fritangas, o al dulzor playero de las lociones solares. Solo
un desagradable tufo a detergente del barato. Subimos las escaleras en
silencio hasta el segundo piso, porque nunca usábamos el ascensor, y Armi,
tras mirarme un segundo, introdujo la llave en la cerradura y se dispuso a
abrir la puerta.
No tenía ni idea si mi madre había frecuentado aquel apartamento tras la
muerte de mi padre, lo único que sabía era que se lo había alquilado

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intermitentemente a una pareja de jubilados británicos —antiguos médicos del
St Thomas’ Hospital de Londres y amigos personales de mamá— hasta que el
marido falleció y la mujer decidió que no viajaría más para poder quedarse
cerca de sus hijos.
Aun así, no me había preparado para aquel primer impacto.
Del apartamento ochentero con cocina de madera de pino, suelo de
baldosas de terrazo, cortinas con foscurit blanco de fondo, manteles plagados
de verduras de colores y anticuados juegos de cuarto con colchas de croché,
no quedaba nada. El apartamento había sido reformado y ahora estaba teñido
de una sencillez luminosa, decorado en colores blancos, con cortinas de lino
airosas que reflejaban sus pequeños topos azules en los salvamanteles de la
mesa. Entré con los ojos como platos, intentando casar mis recuerdos con
aquellas estancias que parecían sacadas del catálogo de IKEA.
—Vaya… —suspiró Armi a mi lado—. Esto sí que se llama un buen
lavado de cara. No tenía ni idea.
Seguí deambulando por la sala, por la cocina e incluso entré a uno de los
cuartos, el que había sido el de mi hermana y mío.
—No lo reconozco —reconocí con cierta pesadumbre. Armi abrió la
ventana y dejó entrar una bocanada de aire marino.
—En cierta forma es normal, Zoe. Rectifico: es normal del todo. El estilo
de decoración de hoy no es el de los apartamentos de hace tres décadas. Y
para poder alquilarlo tu madre hizo lo que debía hacer.
—Sí, sí, claro, si no digo que esté mal. Es lógico que mamá haya
reformado el apartamento para que fuera alquilable. Pero ahora mismo mi
sensación es que se ha convertido en algo absolutamente impersonal.
Armi se apoyó en la barra de la cocina y encogió los hombros.
—Ahora esto es una inversión. Antes era una segunda casa.
Asentí y seguí paseando por el pequeño piso, tocando con las yemas de
mis dedos las paredes, donde el gotelé había sido sustituido por pintura
blanca. Necesitaba un momento para interiorizarlo, para entender que aquello
era lo correcto. Para mí también sería más fácil enfrentarme a cualquier cosa
relativa a esa casa si ya no tenía reminiscencia alguna de lo que había sido en
el pasado: nuestro hogar playero lleno de risas, de arena, de toallas colgadas
en el balcón, de batidos de fresa al atardecer y almuerzos de empanadillas de
atún, de interminables partidas de cartas con la pandilla, de olor a las jugosas
tortillas con cebolla y perejil que hacía mi padre, de recuerdos como mi
primera regla y mi primer tampón, del radiocasete con las cintas de «varios» y
los recopilatorios Boom…

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No pude evitar sonreír ante la avalancha de recuerdos.
—Fuimos muy felices aquí, ¿verdad?
Armi asintió, y si no la hubiese conocido bien, habría jurado que se secó
algo en la comisura del ojo. Carraspeó para sacudirse la emoción y tamborileó
en la mesa con las uñas violetas.
—El de la inmobiliaria está al caer. ¿Lo tienes claro?
«Sí. No pensé que fuera a ser tan fácil».
Sonreí, aliviada, haciendo caso a mi instinto, ese que había adiestrado
hasta hacerlo ganador en cualquier situación. Esa soterrada vibración me
susurraba que sí, que allí no había nada que llorar. Que lo viese como era, una
casa para sacarle rédito. Que los recuerdos era mejor que morasen en nuestra
alma, donde siempre permanecerían dorados e intactos.
Con el agente inmobiliario la conversación fue directa y rápida, y no
tardamos mucho en estar sentadas frente a nuestras delicias marinas,
regándolas con unas cañas. Saboreé todo como hacía meses que no me
pasaba: desde que había pisado la isla estaba recuperando el apetito, lo cual
era bueno. Nunca había lucido un cuerpo de modelo de pasarela, pero en los
últimos meses se me había cerrado el estómago de una forma preocupante, y
eso había hecho que mis curvas se hubieran deshinchado como soufflés
sacados demasiado pronto del horno. Pero ese día, después de aquel baño de
recuerdos y nostalgia, cierto alivio interior hacía que no pudiese dejar de
echar mojo de cilantro a unas papas bien arrugadas, de esas de consistencia
amasada, y contrarrestar el suave picor del ajo con unos tragos helados de
cerveza.
Armi me miraba como la madre cuya principal preocupación era
alimentar a sus cachorros, y me fue dando conversación entretenida mientras
iba pidiendo alguna cosita más para seguir cebándome. Al final salimos de
allí casi rodando, y cuando llegué a Santa Cruz decidí hacer siesta, algo nada
habitual en mí.
Me desperté a las seis de la tarde, despistada y con cierto malestar, pero
sin haber tenido pesadillas. La hartada a mojo y las cuatro cervezas que me
había tomado no le habían sentado muy bien a mi estómago, y decidí salir a
comprar un remedio en la farmacia. Cuando salí, no pude dejar de notar que
el tiempo había cambiado y que de pronto hacía un calor raro, poco habitual
para esa época del año. La piel se me estiró, como pidiendo humedad y menos
ropa de abrigo. Me masajeé las mejillas y miré al cielo. Ya no tenía ese color
azul fresco y limpio del invierno.

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«Calima», pensé. «No la había visto desde que me fui. Me había olvidado
de ella, incluso de cómo olía».
Me compré una caja de Almax y cuando estaba tomándome uno de los
sobres, recibí un mensaje de mi tío Óscar.

Mi amor, ¿te importa cambiar la cena de hoy por un


almuerzo mañana? Me he liado un poco…

Sonreí, meneando la cabeza. Aquello era habitual con mi querido tío, así
que no me sorprendió en absoluto. Le dije que aceptaba si al día siguiente
prometía no llevarme a su sitio de siempre, un restaurante al lado del
aeropuerto. Su respuesta afirmativa me hizo reír, porque sabía que le había
ocasionado un quebradero de cabeza. Mi tío Óscar, siempre tan metódico y
previsible en sus gustos, y tan arriesgado y brillante para sus negocios. Mi
amigo, mentor y el primero que creyó en mi talento.
Paseé un rato por la Plaza del Príncipe, admirando cómo iban decorando
las columnas, el kiosco central y las balaustradas del frontal con motivos
alusivos al tema del carnaval de aquel año. Mi malestar estomacal se fue
disipando y me embebí del ambiente de la ciudad, expectante ante los días de
fiestas multitudinarias que empezaban ese mismo viernes. Y quizá fue ese
torrente de energía el que me hizo decidirme ir a echar un primer vistazo a la
casa de Las Acacias. Había previsto esa visita para el día siguiente, miércoles,
pero ya que mi tío me había cancelado la cena, podría ir adelantando lo
básico. Recibir la primera impresión, por lo menos. El comprobar si la esencia
de mi madre seguía allí o no.
Ya se había hecho casi de noche cuando llegué a Las Acacias. La zona
residencial estaba situada en la parte alta de Santa Cruz, alejada del centro, y
allí se notaba un aire más limpio y menos agobiante, lo cual agradecí.
Conduje por sus estrechas y poco cuidadas calles —la maldición de las
urbanizaciones de cierto nivel adquisitivo, que parecía que no contaban para
los ayuntamientos— hasta llegar a la bajada donde se encontraba la casa que
había sido de mis abuelos.
Aparqué por fuera de la vivienda, pegada al garaje, y me bajé en silencio,
sin ganas de romper la quietud que se respiraba en la zona. Había árboles por
doquier: granados, flamboyanes, jacarandas y laureles de indias, todos
anteriores a cualquiera que viviese allí, y que desparramaban su verde encanto
por cada esquina. Dentro de la casa, en el jardín delantero, seguían plantados
los grandes naranjos y limoneros, y el césped bien cuidado estaba bordeado

Página 19
por capas de la reina y calas primorosas. Pensé distraídamente que alguien
debía ir a arreglar los jardines, porque estaban frondosos y sin una sola mala
hierba. Abrí la puerta baja de hierro forjado y luego recordé que mamá había
instalado una alarma. Me apresuré a sacar el mando y desactivé la instalación.
La casa tenía dos pisos: una que quedaba al nivel de la calle, donde
estaban los dormitorios —cuatro en total, y dos baños—, y justo delante de la
puerta de entrada se encontraban unas anchas escaleras que llevaban a la parte
baja, donde se situaban la cocina, la sala y la amplia terraza. O al menos esa
había sido la distribución cuando mis abuelos vivían allí. No esperaba otra
cosa, ya que por fuera la casa parecía estar igual. Bueno, mamá la había
pintado de blanco, eliminando el color amarillento típico de las
construcciones de los setenta, pero no había cambiado los marcos de las
ventanas, todavía de madera oscura y algo cascada.
La casa parecía mirarme, y noté cierta reticencia en mí misma para entrar.
Vacilé un poco, parada en las escaleras que subían a la puerta, pero entonces
escuché voces masculinas en la vivienda de al lado, cerca de una de las
ventanas. No tenía demasiadas ganas de alternar con ningún vecino, así que
no me quedó otra si no huir: abrí la puerta y entré en la casa.
Quizá por la experiencia en el apartamento de Los Cristianos, me había
preparado a que los recuerdos que tenía aparejados al chalet de mis abuelos se
verían suplantados por una nueva identidad, o apariencia, o como fuera que se
llamase el borrar casi en su totalidad el espíritu de un lugar. Y como lo intuía,
me había mentalizado a absorber sin reservas la indudable impronta de mi
madre.
El problema era que yo había vivido en la misma casa con mi madre y con
mi padre, y jamás percibí allí esa luz, libertad y femineidad que sentí con
todos los poros de mi piel en cuanto puse un pie en la entrada. Era como si la
persona que tenían en común ambos hogares fuera alguien diferente, dos
personas distintas.
Como hipnotizada, bajé las escaleras mientras el olor a cerrado empezaba
a agobiarme. Me acerqué a la gran puerta de cristal que daba al jardín y la
abrí, dejando que el calor empezase a entibiar la sala. No había demasiados
muebles, todos eran grandes y armoniosos, conjugados en tonos grises y
blancos, con algunos detalles en rosa palo. La cocina estaba integrada en la
sala, todo un despropósito para una mujer que nunca hizo de comer por
voluntad propia, por lo que me pareció extraño lo equipada que estaba. Las
plantas eran grandes y turgentes; palmeras y diferentes macetones de hojas

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verdes, como helechos de la era terciaria, creaban todavía más sensación de
ligereza, aunque al tocarlas me di cuenta de que eran liofilizadas.
Me sentía como en un programa de esos de reformas integrales, cuando
llevan a la agraciada pareja a contemplar el resultado final del trabajo de los
decoradores. El mundo de maderas oscuras, sofás de terciopelo verde y
cuadros de punto cruz de mis abuelos había dado paso a otro, donde me
imaginaba a mi madre flotando por las estancias vestida con un kaftán y una
taza de té en la mano. Por Dios, si parecía que había comprado acciones en
Zara Home.
¿Quién había sido ella realmente? ¿La madre que yo conocía, severa y
exigente, la que solo admitía su versión de la historia? ¿O la mujer liberada
que sugería aquella casa? ¿Era posible cambiar tanto en tan poco tiempo? ¿O
solo eran las diferentes caras de alguien que en realidad fue una desconocida
para mí?
Salí a la terraza y si el interior me había sorprendido, el exterior lo hizo
aún más. Por lo que vi, mamá había comprado parte del terreno de debajo y
había ampliado la superficie del jardín, quedando al mismo nivel que el de la
casa de al lado. Y se había dado el gusto de construir una pequeña piscina
infinity con vistas al mar y a la ciudad, con una coqueta palapa a un lado y un
jacuzzi al otro.
«Vaya con mamá. Estuvo bien ocupada en el último año, y todo para
acabar muriendo en medio de una operación en su quirófano favorito. Aunque
quizá esa fuese la muerte que siempre deseó. Pero lo de esta casa me intriga…
No va con la Margot Acosta que yo conocí».
Paseé por el césped, admirando la simpleza y elegancia de todo aquel
jardín trasero. Quizá fuese posible que yo nunca llegara a conocerla, me dije.
¿Quién conoce del todo a sus padres? ¿O a cualquiera?
Unas luces tenues se encendieron, activadas por un sensor, y me senté en
una de las hamacas. No podía negármelo a mí misma: me sentía extrañamente
bien en aquel lugar. Todo lo que se respiraba en esa casa me calmaba. Sacudí
la cabeza, desconcertada. Aquello era lo último que hubiese esperado.
Al cabo de un rato me obligué a levantarme y entré de nuevo en la casa,
cerrando la puerta de la terraza tras mí. Contemplé la sala y la cocina, y de
pronto decidí que la noche siguiente me quedaría allí. Algo en mí necesitaba
estar en las mismas habitaciones donde mi madre había pasado su último año,
intentar entender por qué con ella todo siempre había sido complicado, y si
eso no era posible, por lo menos reconciliarme de alguna forma con su
recuerdo. No pude evitar sonreír con ironía ante ese último pensamiento.

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Subí las escaleras sin intención de entrar en los dormitorios, pero justo
cuando iba a salir, escuché de nuevo dos voces masculinas fuera, en la calle, y
un coche en marcha. Me quedé esperando a que se fuesen, por lo que no pude
evitar escuchar la conversación.
—Are you coming or not?
A pesar de sonar impaciente, era una voz bonita, de esas con un timbre
acariciador que te dan ganas de que te susurren cosas picantes al oído. La
curiosidad me pudo y me asomé entre las cortinas, pero solo vi la silueta de
un coche con la puerta del copiloto abierta.
—Ya voy. —Le contestó en inglés otra voz que me dio la impresión de
que correspondía a alguien de más edad. Lo corroboré en cuanto vi a un
hombre alto de cabello plateado salir por la puerta con un gran bolso al
hombro. Lo introdujo en el coche con una asombrosa agilidad, mientras
dejaba escuchar una suave risa:
—Siempre te pones gruñón cuando hay que ir al aeropuerto. Tranquilo,
ese avión no se va a ir a ningún lado sin mí.
—Sabes que odio ir con prisas, y la autopista es siempre una incógnita,
nunca sabes si va a haber una cola de cojones o si llegas en dos minutos.
—Joder, Jackson, ¿no sabes mirar por las cámaras de tráfico? Parece
mentira que te lo tenga que decir yo…
No alcancé a escuchar la contestación del más joven, pero el del pelo gris
volvió a reírse y se subió al coche. En dos segundos ya habían dado la vuelta
y dejé de escucharles. Entonces salí, todavía con la sonrisa en los labios tras
aquella improvisada conversación. No sabía qué relación tendrían aquellos
dos hombres, pero estaba claro que debajo de aquellas pullas había amor del
bonito.
Esa noche decidí que no iba a pensar más ni en mi madre ni en lo que
podría descubrir en su casa al día siguiente. Me fui en coche hasta la playa de
las Teresitas y me senté en una de las terrazas hasta que terminé el libro que
me había traído, disfrutando de la quietud de la noche y del sonido del mar.
Aquel rato de desconexión me sentó a las mil maravillas y me hizo dormir
bien hasta las cinco de la mañana.
A partir de ahí, no pegué ojo.

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3.
RUBIAS Y MURCIÉLAGOS

Shake it off, Taylor Swift

Aquel miércoles desayuné temprano en uno de los típicos bares de lo que


popularmente se conocía la Plaza del Chicharro. Después de un zumo de
naranja, un cortado leche y leche y una pulguita de pollo con todo, conseguí
disipar la inquietud que llevaba sintiendo desde que me desperté. Con el
estómago lleno todo se veía diferente, incluso el calor seco con el que se
había levantado la mañana y que amenazaba con cubrir de polvo sahariano la
isla. Había mirado las previsiones, y decían que ese día incluso podría hacer
bastante viento. Me encogí de hombros. Qué más me daba, no sería la primera
calima que vivía.
Llegué a Las Acacias con una pequeña mochila al hombro, dispuesta a
trabajar duro. Mi idea era vaciar los armarios y catalogar lo que allí
encontrase, y luego pasar a la planta de abajo. No sabía cuánto tardaría en
todo eso, y no quería perder el tiempo. A las ocho y media de la mañana ya
estaba entrando en la casa, con la mente puesta en todo lo que tenía que hacer.
Abrí todas las ventanas de la parte baja para contrarrestar el frío húmedo que
se había metido después de tantas semanas cerrada, y subí las escaleras al piso
superior.
En las épocas de mis abuelos, aquellas cuatro habitaciones habían
pertenecido al matrimonio y a sus tres hijas. Ahora, descubrí que mi madre
había unido su habitación con la de sus padres, y se había hecho una suite con
vistas y un vestidor que no me casaba para nada con su imagen de madre
práctica y sin demasiadas florituras. Las otras dos habitaciones estaban
cerradas: la primera la pude abrir sin problemas, y allí me encontré con el
despacho de mi madre, lo cual hizo que cerrase la puerta con cierto escalofrío;
la segunda no hubo forma de abrirla, lo cual me extrañó un poco.

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«Tendré que estar atenta a encontrar la llave. En algún lado la habrá
puesto, y con lo que voy a revolver aquí, seguro que aparecerá».
Entré en el dormitorio de mi madre, decorado en tonos turquesas y
blancos y con ese halo de que quien lo habitó, nunca pensó en que no
volvería. Había unas leves arrugas sobre la colcha blanca, y pasé la mano
sobre ellas con suavidad. Quizá fuese el rastro de mi madre antes de salir a su
última jornada laboral y de su existencia. Quizá se sentase ahí para ponerse
los zapatos, o para mirar el móvil, o simplemente para contemplar la vista que
se abría de los amplios ventanales.
Se había traído su tocador, el que mi hermana y yo asaltábamos cuando
ella no estaba, ese cofre del tesoro cotidiano que nos dio muchas alegrías y
cholazos, si mi madre hubiese sido la madre canaria al uso. No, ella nos
miraba con aquellos ojos negros penetrantes, y eso hacía mucho más que una
nalgada. Bajábamos la cabeza y nos achicábamos, pero eso sí, luego nos
íbamos a nuestro cuarto a idear la estrategia para que la siguiente vez no nos
pillase.
Había decapado el mueble y ahora se mimetizaba con el resto del entorno
sin estridencias. Allí estaba su perfume de siempre, L’Air du Temps, y algunos
complementos que no miré con demasiada atención. Ya tendría tiempo de
revisarlo, quizá la llave del cuarto misterioso estuviese allí.
Pasé la mañana vaciando el vestidor, desechando sin dudarlo todas las
ropas prácticas y de diario que describían a esa mujer que creía conocer. Eran
conjuntos como los que recordaba de la infancia —pantalones rectos,
camisetas básicas, vaqueros, jerséis de colores neutros y blazers—, y olían a
ella. O a lo que mi memoria retenía de ella.
Quizá fuese por ese olor que un nudo se me instaló en la garganta durante
toda la mañana. Aquella tarea era como su entierro de verdad, ese que no
pudimos hacer en la vida real. Estaba barriendo los últimos vestigios de la
existencia de una persona, después de aquello solo quedarían los recuerdos en
la mente de quienes la hubiesen conocido.
Entre percha y percha me dio tiempo de pensar muchas cosas, algunas de
ellas bastante poco bienvenidas. Intenté obviarlas todo lo que pude, centrando
mi atención en la tarea mecánica que estaba haciendo, pero era complicado.
Rebuscar entre las cosas de mi madre estaba empezando a abrir compuertas
que habían estado cerradas muchos años, y no quería. Me había propuesto a
mí misma que esa visita no se convertiría en un duelo a posteriori, aunque ver
todo aquello me estaba removiendo más de lo que pensaba. Sobre todo,
cuando saqué las cajas del altillo donde mi madre guardaba ropa vieja, y

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reconocí varios conjuntos ochenteros de los que hacía gala en festividades
como Navidad.
Me estaba agobiando y bajé a la cocina a ver si por algún milagro había
agua en la casa, y aunque la nevera estaba vacía, encontré un pack de botellas
sin abrir al lado del horno. Bebí varios tragos largos, y me tranquilicé. Hice
un par de respiraciones profundas y me dije que tenía que ser fuerte, solo
serían unos días y podría olvidarme de todo.
Abrí la última lama del armario sin demasiada energía, y ahí me encontré
con un paisaje muy diferente al del resto del vestidor: toda una hilera de ropa
envuelta en forros de marcas internacionalmente conocidas, de esas que jamás
hubiese pensado que mi madre poseía, colgaba de la barra como deseando ser
probada. Empecé a sacar perchas y mis ojos maravillados se encontraron con
vestidos de Victorio & Lucchino, un vestido de cóctel de Prada, un abrigo
fabuloso de YSL, un conjunto de traje y chaqueta de Valentino… Clásicos,
atemporales, carísimos: con toda probabilidad adquiridos durante la época en
la que estuvo recorriendo congresos y simposios en lugares como Nueva
York, París, Estambul o Sidney.
Esa era la otra vida que yo sabía que tenía, pero de la que nunca supe nada
porque mis padres nunca hablaban de ella. Mi madre se iba durante unas
semanas y luego volvía con toda normalidad; varias veces incluso llegó a
ausentarse meses enteros para participar en no sé qué proyecto de su rama,
invitada como una de las grandes de la neurocirugía por algún hospital de
renombre.
«Pues se ve que no todo era bisturíes y suturas. Vaya con la doctora
Acosta».
Eché para un lado toda la ropa anterior y empecé a desplegar ante mí
todas aquellas maravillas. Colores llamativos, telas con una caída
magnífica… La antítesis del estilo de Margot Acosta en Tenerife. Sonreí, y lo
siguiente fue quitarme los pantalones, la camiseta de manga corta y cuello
alto que llevaba y empezar a probarme cada una de las prendas.
Yo era igual de alta que mamá, ambas rebasábamos el metro setenta y
cinco, pero ella era más delgada que yo, y con un cuerpo más recto. Aun así,
todo me quedaba de fábula, y me regodeé mirándome en el espejo.
«Oh, el traje rojo de Valentino no puede ser más increíble. Mira qué corte,
cómo envuelve el cuerpo. Dios mío, me siento como en Pretty woman. Solo
falta un poco de música».
Mi cuerpo se estremeció de emoción. Había visto un altavoz bluetooth en
la mesilla de noche de mamá, y en un periquete lo vinculé a mi móvil. Puse la

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primera canción de mi lista de reproducción favorita, y dejé que la música
entrase en mis venas, como siempre hacía.
Yo bailaba desde que tenía uso de razón. Donde mi hermana no entendía
lo que era el ritmo, aunque sí lo que era lanzar triples casi desde la línea de
medio campo, yo me sabía todos los bailes que aparecían en los videoclips de
Del cuarenta al uno o en la MTV. Mi padre fue el que me apuntó en la
academia de baile, y ese fue el comienzo de mi gran afición. Hoy en día la
seguía manteniendo, y tenía fichadas varias profesoras en las ciudades más
habituales donde trabajaba. Intentaba bailar varias veces en semana,
alternando estilos porque todos me gustaban, y si no podía ir a clase, lo hacía
en casa.
Lo cierto era que desde lo de Singapur, no había bailado.
Sacudí la cabeza para ahuyentar el recuerdo de un rostro oriental que
cogía un móvil, y luego un sonido que dejó el mundo sin color ni aire.
Así que con un Givenchy negro de manga larga y flecos bailarines, volví a
invitar a la música a mi vida. Abrí la puerta del balcón y al ritmo de Shake it
off de Taylor Swift, seguí sacando ropa del armario y meneando el culo con el
estribillo.
Mi humor había mejorado ostensiblemente y a las doce había terminado
con el vestidor. Hice un recuento mental de cuántas cajas necesitaría para
donar lo que iba a desechar, y le escribí a Armi para ver si ella sabía de
alguien que me las pudiese proveer. Mientras mi tía tejía su tela de araña de
contactos, yo decidí asomarme al balcón, sin poder dejar de mover el cuerpo
con las canciones que iban sonando.
Desde allí se veía el jardín y la piscina de la casa de al lado, algo
diferentes a las de mi madre. Me entretuve tarareando la canción y justo
cuando iba a entrar, diciéndome que tenía que seguir con mi tarea, percibí
algo que se movía en la propiedad vecina. Me retiré un poco hasta que estuve
media oculta por las cortinas, y eché una mirada con todo el descaro del
mundo al hombre que acababa de salir a su terraza.
Se desperezó, como queriendo desentumecer los músculos, y con ese
movimiento su camiseta blanca se levantó y dejó ver el inicio de una espalda
bien formada. Su piel era bronceada, y aunque parecía muy alto, se movía con
elegancia. Dio unos pasos hacia una especie de estructura de metal sencilla, y
se quitó la camiseta para colgarse de la barra más alta.
Tragué saliva. Todavía no había visto su cara, pero todo el resto me estaba
pareciendo de lo más apetecible. Hizo unas dominadas sin esfuerzo aparente,
levantó las piernas para hacer unas abdominales, pero me dio la sensación de

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que aquello era solo un estiramiento. Que aquel hombre estaba acostumbrado
a entrenamientos más duros, y que aquellos movimientos solo los estaba
haciendo por costumbre.
Sin quererlo me había aproximado de nuevo al balcón, saliendo de mi
escondite, como la vecina mirona de las películas. Entonces se colgó boca
abajo como los murciélagos, con el rostro vuelto hacia mí. Tenía los ojos
cerrados mientras se balanceaba con tranquilidad, pero cuando los abrió, supe
que me había visto. Era demasiado experta en lenguaje no verbal para no
darme cuenta del ligero cambio en su postura, la tensión repentina de sus
músculos y el destello de sus ojos, aunque estuviese lejos.
Si aquello hubiese sido una negociación, ese habría sido un momento
clave, un punto de inflexión. De esos en los que el acuerdo puede irse hacia
un lado o hacia otro.
Yo no me moví, hubiese sido ridículo esconderme. Eso lo hacían las
quinceañeras, y yo tenía suficiente aplomo para quedarme apoyada a la
barandilla sin desviar la vista. Hubiese jurado que sus labios se curvaron con
la mínima expresión de una sonrisa, y con un movimiento controlado bajó de
la barra y puso los pies en el suelo. Levantó una mano para saludarme, y a mí
se me descontroló el pulso cuando le correspondí.
Se puso la camiseta y sin prisas se acercó al muro que separaba las dos
propiedades. Era un muro alto, pero en cierta zona bajaba para sortear un
desnivel del terreno, y fue hacia allí donde se dirigió. Quería verme de cerca,
y para qué mentirme, yo también a él.
Entonces fue cuando lo noté: ese pequeño movimiento descontrolado, esa
repentina impasibilidad de su gesto, como si quisiera mantener sujetas todas
sus emociones.
Si no hubiese pensado que era imposible, habría dicho que ese hombre me
conocía.
Entonces sonrió encantadoramente y me perdí por un momento en su boca
de labios llenos.
—¿La nueva vecina?
Sonreí y le contesté en su idioma.
—Por unos días.
Asintió, apoyando los antebrazos en el muro. No pude evitar admirarlos:
fornidos, morenos, de piel suave, y sobre los cuales brillaban unos fantásticos
ojos color avellana clara. Menos mal que estábamos a distancia, porque sentí
que me ponía roja. Hacía años que no conocía a alguien tan atractivo, y me
estaba poniendo nerviosa.

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«Por Dios, contrólate, Zoe, esta situación no puede sobrepasarte. Es solo
un tío, aunque sea el más guapo que hayas visto en tu vida».
—Conocí a la anterior dueña, Margot. ¿Eres familia de ella?
Me miró, buscando algún parecido con mi madre. Vi que lo había
encontrado, pero antes de que lo hiciese notar, le respondí:
—Soy su hija, Zoe.
Tuve la sensación de que aquella información no le había sorprendido.
—Hola, Zoe. Yo soy Jackson Grant.
Aprecié que había pronunciado mi nombre como se hacía en castellano,
no como lo hacían los ingleses, que no me gustaba nada. Aquel «soui» me
recordaba a Joey, el de Friends, y no es que tuviese nada en su contra, pero yo
siempre fui mucho más de Chandler.
Nos quedamos mirándonos unos segundos eternos, con esa conexión que
se da a veces entre dos personas y que tiene como efecto secundario una
respiración más rápida, como buscando ese aire que de pronto falta en los
pulmones. Vi que sus ojos no se despegaban de mí, y que la sonrisa afable se
había congelado en sus labios.
Creo que nunca había sentido mi corazón latir tan fuerte.
Me erguí en el balcón, ahuyentando el repentino agobio, y desplegué una
sonrisa bien ensayada.
—Me alegro de conocerte, Jackson.
Imprimí a mis palabras un tono de despedida que él captó al momento.
—Para lo que necesites, estoy aquí al lado.
La frase, a priori sugerente, se despojó de todo erotismo ante su franca y
amable sonrisa. Yo mantuve la mía, y no pude evitar hacerle un guiño
cómplice ante su estudiado rostro de niño bueno.
«Qué bien lo haces, Jackson Grant. Creo que juegas estupendamente a
este juego».
Se dio la vuelta, pero antes de que pudiese entrar, me llamó a media voz.
—Eh, Zoe.
—¿Sí?
—No dejes de poner música. Me pone de buen humor. Ah —la sonrisa se
hizo pícara—, y tampoco dejes de bailar.
Enrojecí del todo, y no pude evitar una carcajada mientras le veía alejarse
hacia su terraza. No había sido la única mirona y eso me complació más de lo
que habría podido reconocer.
No me imaginaba cómo se daría, pero sabía que volveríamos a jugar.

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Volví al dormitorio de mi madre y me ordené a seguir trabajando. Así que
hice la clasificación final de la ropa y luego decidí darme una ducha antes de
ir a almorzar con mi tío Óscar.
Mientras me relajaba bajo el agua caliente, pensé que nunca habría
imaginado sentirme tan cómoda deambulando por la casa de mi madre. Usar
su champú abierto, sus toallas color lavanda, secarme el pelo con su secador.
No me sentía una intrusa. Al revés, era como si la casa me acogiese. Sacudí
mi cabeza, incrédula ante mis pensamientos. Solo me faltaba decir que el
espíritu de mi madre, afligido y arrepentido, estaba haciendo lo imposible
para retener a su única y díscola hija. La que quedaba de todos los que
habíamos sido la familia Wagener Acosta.
Y fue entonces cuando permití que las palabras aflorasen en mi cabeza.
«Iria, deberías estar aquí. No quiero hacer esto sola».
La llegada del coche de mi tío impidió la espiral de autocompasión.

Página 29
4.
LO QUE ELIGES Y LO QUE NO

Fly away, Lenny Kravitz

Antes de subir de nuevo a Las Acacias, pasé por el hotel a buscar más ropa.
Pensaba quedarme allí esa noche para aprovechar el tiempo, y también
porque, aunque no quería admitirlo, me sentía más cómoda que en el hotel. Sí,
llamadme flipada, pero en esa casa había algo que me hacía recordarlos a
todos, a los que ya no estaban, a pesar de que nunca habíamos vivido allí
como familia.
Llevaba toda la tarde con mi padre más presente que nunca. Quizá porque
mi tío Óscar era la prueba viviente de lo que habría sido su hermano si no nos
hubiera dejado tan pronto. Juan y Óscar Wagener habían sido gemelos, así
que al ver a mi tío podía imaginarme por unos segundos que tenía a mi padre
delante. Hasta que abría la boca, porque ahí se acababa el parecido: mientras
mi padre había sido un hombre tranquilo, de voz calmada y una mirada
amable, Óscar hablaba en voz alta, gesticulaba mucho con las manos y tenía
más energía que el demonio de Tasmania.
Sin embargo, todo eso era un personaje: detrás de aquel torbellino
agotador, Óscar Wagener era el empresario con más cabeza fría que conocía.
Siempre estaba al tanto de las tendencias mundiales, las cuales implementaba
con éxito en las islas; especializado en el sector de la hostelería, tenía una
estructura financiera perfectamente balanceada en un entorno tan volátil; y
aunque nunca había podido ver el alcance de su imperio, me olía a que tenía
inversiones en activos sólidos en el extranjero que mantendrían en pie su
compleja red si algo grave pasase.
Él fue el que vio mi talento, le dio alas y el empujón para que echara a
volar.
Por eso mi madre no podía ni verlo. Y eso dividió aún más a la familia.

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Empecé a trabajar para Óscar al principio de mi vida universitaria, al
comenzar la carrera de medicina que tanto mi hermana como yo habíamos
tenido que elegir a instancias de mi madre. Ella no veía otra salida posible
para alguna de sus hijas, nos veía como las herederas del gran legado que ella
iba a dejar a la humanidad. Tanto Iria como yo nos adaptamos sin grandes
trifulcas, conscientes de que era mejor seguirle la corriente y luego ver qué
haríamos en realidad. La cosa fue que Iria sí se enamoró de la carrera, pero yo
no.
Yo servía copas en uno de los bares de La Laguna que Óscar tenía en
propiedad, siempre en horas que no enturbiasen mis estudios. Ese fue el
acuerdo que consiguió mi padre con mi madre una de las pocas veces en la
que se enfrentó a su adorada mujer.
—Tienes que dejar que se busque la vida, Margot. Que quiera hacerlo
significa que no se le caen los anillos por trabajar. Que vea que en la vida no
todo es tan fácil.
—No tiene ninguna necesidad, si es por dinero en casa le podemos dar lo
que le haga falta…
—No lo has entendido, amor. —Recuerdo a mi padre meneando la
cabeza—. No se trata de dinero, sino de independencia.
Esa conversación fue la más rememorada en mi casa cuando se descubrió
el pastel. Más bien, la que mi madre echó en cara a mi padre por defenderme.
Curiosamente papá se mantuvo en sus trece y no se doblegó ante el fuerte
carácter de su mujer.
—Tiene que poder hacer lo que ella quiera, Margot. Zoe muestra un gran
talento para el tema de los negocios, Óscar la lleva observando tiempo y es
capaz de venderle arena a un beduino. Es lista, sagaz, observadora y con una
mente capaz de elaborar estrategias complejas. Y, además, lo disfruta. ¿Por
qué va a estudiar medicina cuando con claridad va a ser más feliz con otra
cosa?
—Esto es culpa del jodido Óscar —bufó mi madre con la cara roja—. Le
dije que solo de camarera, nada más, que fuera un medio para ganarse unas
pesetas para sus caprichos. ¡No para que se la llevase a negociaciones sin
decirnos nada! Me puedo imaginar esos acuerdos hechos en bares de putas o
en sótanos de mala muerte, y mi hija ahí, absorbiendo toda esa…
Entonces mi padre empezó a reír a carcajadas, haciendo que mi madre se
enfureciese aún más.
—Por Dios, Margot, ni que esto fuera el Bronx. Te lo estás tomando a la
tremenda…

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—¡Es el futuro de nuestra hija, Juan!
Mi padre se cruzó de brazos y le lanzó una de esas miradas que
significaban peligro. Que el mar en calma también podía alzarse en tormenta.
—No, es el futuro que tú quieres para nuestra hija. ¿Le has preguntado lo
que quiere ella? No, ¿verdad? Tú crees que debe seguir tu senda, ¿y eso quién
lo ha ordenado? De la misma forma podría estar yo cabreado porque nadie va
a heredar mi negocio, el de mi familia, ¿y acaso digo algo? ¡No! Porque para
mí es más importante que ellas sean felices con lo que eligen. Y si se
equivocan, rectificarán, todavía son jóvenes y pueden permitírselo.
Iria y yo, que estábamos escuchando detrás de la puerta, nos miramos
estupefactas. Jamás habíamos oído a papá hablar en ese tono y en esos
términos. Y creo que mamá tampoco, porque ya no se la oyó decir nada más.
Tampoco me habló a mí en bastante tiempo, solo lo imprescindible. Su
orgullo y su cabezonería le decían que una persona como yo, que estaba
sacando la carrera de medicina sin problema alguno, iba a desperdiciar
ruinosamente su vida en el frívolo y despiadado mundo empresarial.
Unos pensarían que mi madre era una persona altruista que quería que su
hija se dedicase a salvar vidas, como ella.
Otras, como yo, sabrían que no era así, que el salvar vidas lo que le
ayudaba era a construir su propio mito y apuntalar su gran ego. No era la
humanidad, era su persona la que importaba.
Después de eso, fueron mi padre y Óscar los que me ayudaron. Me
pagaron los estudios y cuando fui admitida en el programa de posgrado más
exigente y elitista del mundo occidental, se fueron conmigo a ayudarme a
instalarme y lo celebramos por todo lo alto. El resto, todo aquello que les
llenó siempre de orgullo, lo hice yo.
Y por tonterías como esta, se rompen las familias. Por orgullo,
egocentrismo, estrechez de miras.
Óscar siempre estuvo de mi lado, y tenía la personalidad y la fortaleza de
carácter de decírselo a mi madre a la cara. Se lo decía entre risas y pullitas, de
una forma que mi madre no sabía cómo responderle, y eso más le molestaba.
Pero era incapaz de ganar una guerra dialéctica con mi tío.
Tras morir mi padre de un infarto prematuro, era a él quien llamaba para
contarle las cosas relativas a mi trabajo, o lo que podía contar. Aunque yo ya
era una negociadora de gran fama, el sexto sentido del viejo zorro siempre me
ayudaba a ver el caso de otra manera y muchas veces me iluminaba para dar
con la estrategia adecuada para llevarme el acuerdo para la parte que me había
contratado.

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En esta oportunidad no me preguntó mucho por mi trabajo, lo cual
agradecí. Por primera vez le ocultaba algo, y no quería debatirlo con él. No
hasta que yo misma desentrañara el lío mental que tenía tras lo ocurrido en
Singapur. En cambio, me estuvo sonsacando sobre mis relaciones y me echó
la bronca por su sonada inexistencia.
—Zoe, ¿de verdad crees que a la larga ese trabajo será lo que te satisfaga?
Sé que es tu gran pasión, pero chica, tener a alguien cuando llegas a casa no
está sobrevalorado en absoluto.
Me había llevado a un nuevo restaurante céntrico al que estaba echando el
ojo para comprarlo. Era un sitio de taperío, donde todo estaba elaborado con
tanta creatividad y sabor que estaba causando furor en los alrededores.
—¿Y si en vez de comprar el local te llevas al cocinero? —le pregunté,
intentando desviar su atención. Me miró, haciéndome saber que no le
engañaba, y claudiqué. Esa era una pregunta de novata: estaba claro que el
local en sí y su ubicación eran una de las claves de su éxito.
—No te hagas la loca conmigo. Coño, que al final te vas a parecer a tu
madre y todo.
Ya iban dos con la misma cantinela. Me envaré y le lancé una de mis
miradas fulminantes.
—Ni se te ocurra comparar. No tienen nada que ver mi madre con sus
ansias de gloria y reconocimiento y lo que yo disfruto con cada entresijo de
las negociaciones que hago, los lugares que conozco, las culturas que tengo
que estudiar muy bien de antemano, la localización de la negociación y lo que
eso influye…
Era verdad. A veces era más importante toda la puesta en escena que la
negociación en sí.
—Sí, no me vengas con todo eso que ya me lo sé de memoria. Pero hija,
es que me da pena que no estés aprovechando ese cuerpo serrano y esa cara
de picaruela que tienes. Por experiencia te digo que la vida es mejor cuando
tienes a alguien…
Le interrumpí entre risas y me recosté hacia atrás en el sillón.
—Habló el señor «me he casado tres veces y si puedo, lo volveré a
hacer».
Mi tío andaba liado con una abogada que lo tenía loco perdido, y mucho
me temía que iba a tener que comprarme un traje para su cuarta boda.
—Pues no te digo que no, si a Lourdes le hace ilusión, ¿qué más me da a
mí? Ya sabes que me encantan las lunas de miel.
Y me guiñó el ojo con un meneíto de su cuerpo que dejó todo muy claro.

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—¿Cómo se llamaban aquellos dos? —prosiguió, y enseguida supe por
quién me iba a preguntar—. ¿Ryan y…?
—Lauren.
—Sí, esa. Una chica estupenda, la verdad. ¿Cómo están? ¿Sabes algo de
ellos?
Con fingido aburrimiento le dije que Ryan estaba casado y tenía dos hijos
pequeños, y que Lauren había vuelto a Nueva York. Hacía tiempo que no
tenía contacto con ellos, pero supongo que era normal: las parejas se separan
y por muy buena que haya sido la ruptura, al final cada uno coge su camino y
busca una nueva felicidad. Así fue con Ryan, que fue mi novio durante el
posgrado y los primeros años de trabajo, luego con Lauren, con quien viví
unos años muy felices en Berlín, hasta que mis pocas ganas de dar un paso
más hicieron que ella, unos cuantos años mayor que yo, tomara la decisión de
irse.
Desde entonces había tenido relaciones esporádicas, aunque nada que
hubiese querido que se prolongase más allá de unas cuantas citas. Era feliz
así, viajando sin tener que dar cuentas a nadie, disfrutando de mi soledad que
rompía cuando me apetecía, viendo a viejos amigos con los que una noche de
vinos me daba mucho más que unos revolcones sudorosos con alguien a quien
luego no volvería a ver. Sí, solo me faltaba sacar las agujas y hacer calceta,
pero no tenía ningún problema con mi vida.
—Joder, sobrina, ¿desde cuándo no tienes ganas de sacarle a alguien la
ropa a dentelladas?
Me reí a carcajadas ante las preguntas de mi tío, cuyas pintas no
denotaban todo lo que escondía: con algo de sobrepeso, cabello rubio que
cada vez se veía menos, los ojos azules de los Wagener rodeados de pestañas
y cejas claras, y una tez bronceada con la que se salía de la herencia genética
extranjera de la familia, Óscar parecía el típico constructor del boom turístico
o un terrateniente pachorrudo de la zona norte de la isla, no el seductor que
conseguía a quien se proponía.
—Pues no sé… —Y en ese momento me vino a la cabeza el vecino de
ojos leoninos y humor chispeante. Mmmm, ronroneé en mi mente y mi tío se
dio cuenta, con lo que tuvo tema para rato, intentando averiguar el motivo de
«mi cara de pervertida», según él.
Óscar me acompañó al hotel a buscar la ropa y luego a un pequeño
supermercado para abastecerme de algunas cosas que necesitaría si me
quedaba a dormir. El viento se estaba alzando con bastante fuerza, y las copas
de los árboles se cimbreaban con ruido, chocando unas contra otras y dejando

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caer un sinfín de hojas y flores al suelo. El calor se había vuelto muy
evidente, y yo estaba sudando con el suéter de cuello vuelto que llevaba.
Cuando llegué a casa de mi madre me descalcé y me puse algo más ligero,
unos pantalones cortos y una camiseta que había metido en la maleta por si
iba a la playa. Me asomé hacia el jardín delantero, pero los frutales estaban
azocados por las casas colindantes, por lo que no estaban a merced del viento.
La zona posterior era otro cantar: aunque no hubiese árboles altos, sí que
había macetones, y cuando me acerqué a la pequeña palapa observé con
preocupación las sujeciones del techo de hojas de palma. El viento la hacía
crepitar, y recé para que no saliese volando.
Intenté bajar al suelo todo lo que estuviese en alto y echándole un último
vistazo a la palapa, me metí para dentro. En la casa de al lado no vi señales de
vida y decidí no dedicarle más energía. Tenía bastante con ocuparme de las
cosas de mi madre.
Pasé lo que quedaba de tarde revisando el resto de los muebles del
dormitorio, donde encontré poca cosa: objetos fútiles, algún libro y artículos
de cosmética. ¿Dónde habría puesto mi madre su joyero? Ese que a Iria y a mí
nos parecía un pequeño tesoro y que nos moríamos de ganas de revolver, pero
que mamá nos dejaba ver en contadas ocasiones.
Rebusqué por todos lados, pero nada. Me pregunté si mi madre habría
tenido una caja fuerte y revisé en los lugares típicos que salen en las películas:
detrás de los cuadros, en los armarios y detrás del cabecero de la cama, mas
no encontré nada. Le envié un mensaje a Armi por si sabía su paradero, pero
no supo darme ninguna indicación. Quizá estuviese en la habitación cerrada.
Me encogí de hombros y seguí con mis tareas. Ya lo encontraría, la casa era
grande y había infinidad de lugares donde buscarlo.
A las nueve de la noche decidí parar y dejar para el día siguiente el
despacho de mi madre. Bajé a la cocina y encendí todas las luces para crear
una sensación de seguridad en aquel lugar en el que había estado miles de
veces, pero no con ese aspecto. Recordé a mi abuela haciendo guisos en
aquella misma cocina, a mi abuelo leyendo el periódico en el sillón y a
nosotros corriendo por el césped esquivando los rosales que tanto florecían
bajo los cuidados de mi abuela. Ahora todo era diferente, pero de una extraña
forma también era igual. Me escalofrié con suavidad: era como si las energías
de los diferentes moradores de esa casa se estuviesen poniendo de acuerdo
para que me sintiese cómoda.
«Otra vez te crees la bruja Lola, Zoe. Eso no te pega nada».

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Me reí ante mis pensamientos y encendí la tele para hacerme compañía.
Hice un zapping perezoso y con la otra mano cogí una bolsa de ensalada, un
queso fresco de cabra y varios ingredientes más para elaborar algo ligero.
Tosté un poco de pan y con todo aquello me senté en el mullido sofá, una
verdadera delicia y muy diferente también del sofá de mi infancia.
El viento aullaba cada vez más alto en el exterior, y las grandes cristaleras
se quejaban con pequeñas vibraciones. Intenté aislarme de aquello subiendo el
volumen de la tele, y al masticar el primer bocado vi algo que me hizo sonreír
de oreja a oreja: en la Televisión Canaria estaban dando la gala de elección de
la Reina del Carnaval, el gran pistoletazo de salida de las fiestas. Hacía
muchos años que no veía una gala, y no se me antojaba mejor plan para esa
noche que dejar que el espíritu del carnaval invadiese la casa y expulsase
cualquier otro que por allí vagase.
Disfruté del ágil festival, donde se iban sucediendo las actuaciones de las
comparsas, las agrupaciones musicales y las rondallas, con la actuación
estelar de la murga ganadora de ese año —con una fantástica canción crítica
que me hizo reír en voz alta— y, por supuesto, el desfile de candidatas, el más
esperado de la noche.
Eché de menos a mi hermana con toda la fuerza de mi anquilosado
corazón.
Recordé cómo Iria y yo nos sentábamos frente a la tele y hacíamos un
ranking por escrito de las candidatas, con su puntuación del uno al diez, y
nuestras cábalas de quién sería la reina de ese año. Lo hacíamos incluso
cuando yo ya me había ido a estudiar fuera, y me conectaba a través de
internet para ver la gala y no faltar a la tradición. Así que, como homenaje,
me levanté y escribí mis puntuaciones en una hoja de papel que encontré en la
estantería.
Eso dio pie a que entrase en el chat que tenía con mis amigas Gara y
Violeta, las cuales se pusieron como locas al saber que estaba en la isla, y que
me pidieron encarecidamente que me quedase al carnaval.

Viole: Hace tropecientos años que no vienes, amiga, y


justo este año que he podido encasquetar a los niños,
no me digas que no vas a quedarte y salir, aunque sea
una noche.

Gara: Eso, eso, nos juntamos el viernes y salimos


como en los viejos tiempos. Nos disfrazamos aquí, en

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mi casa, cenamos, nos tomamos las primeras copas y
luego bajamos caminando al centro.

Les dije que todavía no sabía, que las avisaría porque no sabía cuánto
tiempo tardaría en terminar en casa de mi madre, pero me amenazaron en
venirme a buscar con más refuerzos, así que tuve que claudicar y les hice una
vaga promesa de unirme a ese revival carnavalero que mis amigas estaban
deseosas de protagonizar.
Y así, ya a medianoche y tras ese emocionante momento en el que los
presentadores dicen eso de «Santa Cruz ya tiene reina», dando el pistoletazo
de salida definitivo a la fiesta, me quedé dormida en el amplio sofá, tapada
con una manta y casi sin darme cuenta de la tormenta que se desataba afuera.
Hasta entonces, nada hacía presagiar el cariz que iba a tomar la noche.

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5.
UN INFIERNO DE ARENA Y UN CABALLERO
INGLÉS

Sandstorm, Darude

Me desperté al escuchar algo extraño. No fue un ruido estruendoso, sino un


sonido más leve e insistente: parecía que alguien estaba barriendo con una
escoba gigante y dando golpes con ella. Por un momento no supe dónde
estaba, pero como me había dormido con las luces encendidas enseguida me
di cuenta de que aquello era la casa de mi madre, que eran las dos de la
mañana y que algo grave estaba pasando afuera.
Cuando miré por las cristaleras, un infierno de viento se había adueñado
del habitualmente sereno paisaje. El vendaval había tirado algunas macetas, a
pesar de que estuviesen en el suelo, pero eso no explicaba el ruido tan raro
que me había despertado. Deslicé la mirada por todo el jardín, y entonces me
di cuenta de que la cubierta de la palapa se había roto. Una parte de la
estructura estaba suelta, en el aire, y se mecía con claro peligro. A la vez, algo
a mi izquierda se movió sin esperarlo, y al girar la cabeza vi que la cubierta de
hojas de palma estaba pegada a las cristaleras, empujada por el viento y
crepitando con insistencia. Ahí tenía la respuesta al sonido misterioso. Cerré
los ojos por un momento, activé el modo resolutivo, ese que tenía bien
ensayado para los momentos en los que una negociación se enquistaba, y cogí
aire.
Debía salir y evaluar los daños, no me quedaba otra. Eso significaba
varias cosas, entre ellas apuntalar la puerta para que cuando la abriese no se
incrustara en el mueble que tenía detrás. Busqué con la mirada y cogí algo
mediano que me sirviese de ayuda. Me acerqué a la puerta, que temblaba con
el viento que le venía de frente, y tensé los músculos para abrirla. Me situé

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detrás de ella para amortiguar el impacto, y mi cuerpo rebotó al notar el golpe
violento del pesado cristal. Logré zafarme y con el peso de mi cuerpo
aguantándola, acerqué la butaca que había escogido como peso e hice el
cambio para asegurarla. El ventarrón entró por la puerta como un huracán y
tiró varias cosas que había en la isla de la cocina, pero ni lo miré. La prioridad
era ver qué estaba pasando fuera y si tenía arreglo.
Me fui a recoger la cubierta de la palapa, absolutamente pegada a los
cristales, y tuve que hacer verdaderos esfuerzos para poder juntarla toda y
empujarla hacia la esquina. Si la memoria no me fallaba, allí podría haber una
zona de menor viento, justo debajo de las escaleras que conectaban el jardín
de atrás con el de delante. Empujé y empujé el amasijo de hojas de palma
mientras el viento me metía el pelo en la cara y me llenaba los ojos de fina
arena. Me concentré en el esfuerzo y conseguí llegar al hueco de la escalera.
Allí el viento pasaba de largo, solo rozaba los peldaños, así que pude meter
toda aquella tela engarzada de hojas en el escondrijo. Me quedé un rato
observando, por si se movía o por si necesitaba ponerle algo encima para que
no se volase, pero parecía estar a salvo.
Cogí una goma que tenía en la muñeca para sujetarme el cabello en una
coleta mal hecha y miré hacia la palapa. Se movía angustiosamente hacia los
lados, y una parte de la estructura del techo se había soltado, por lo que estaba
en serio peligro de salir volando. Intenté pensar una solución, pero no se me
ocurría ninguna. Necesitaba verlo más de cerca. Apreté los dientes y salí a la
tormenta.
Tuve que entrecerrar los ojos porque se me llenaron de polvo al instante.
El aire era como si me pusieran un secador gigante en la cara, y noté cómo las
mucosas de la nariz y de la boca se me quedaban como el esparto en solo
unos segundos. Caminé con dificultad hacia la palapa, mojándome con el
agua de la piscina que el viento levantaba hacia mí, y me puse en contra del
viento para intentar ver algo.
Mierda. El techo tenía toda la pinta de que no iba a aguantar sujeta a la
estructura y por el sentido del viento, se estrellaría o contra la casa del vecino,
si una ráfaga la alzaba, o si iba en línea recta, contra las cristaleras de la
terraza. Me empecé a poner nerviosa y me situé de tal forma que pude ver el
conjunto en su totalidad. Joder, ¿cómo lo podría solucionar? Con ese viento
era imposible ponerme a atornillar la estructura, y se necesitarían más manos
que las mías para hacerlo. Recordé que mi abuelo tenía una caseta de resina
donde guardaba todas las herramientas, la cortadora de césped y demás

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artilugios de jardín; ese era el lugar propicio para encontrar algo para
solucionar el problema.
Me di la vuelta para hacerlo y casi me muero del susto al tropezarme con
una figura junto a mí. Noté que me cogían del brazo para evitar que me
cayese y que unos ojos color avellana me miraban desde arriba, preocupados.
—¿Pero cómo…? —empecé, pero meneó la cabeza y me interrumpió.
—Da igual ahora. Dime, ¿tienes cuerda o algo que se le parezca?
—Justo iba a comprobarlo.
Me siguió hasta el cuartito de las herramientas, que seguía en su lugar de
siempre, y le sujeté la puerta mientras rebuscaba. Encontró algo que puso
entre mis manos, una especie de cable, y me pidió que le esperase allí. Por
supuesto que no le hice caso, y fui detrás de él. Se detuvo ante la palapa y vi
que estaba haciéndose una composición de lugar con todo lo que hubiese a un
par de metros a la redonda.
Después se volvió hacia mí, como si en todo momento hubiese sabido que
estaba detrás de él, y se acercó para hablarme al oído.
—Voy a intentar atarlo a esa roca, pero tendrás que ayudarme.
Asentí. Era una roca que hacía de tope para un parterre de flores, y parecía
bastante pesada, pero eso iba a nuestro favor.
—Voy a pasar el cable por el techo de la palapa y cuando levante la roca
vas a tener que meter uno de los extremos por debajo.
Levanté el pulgar intentando vencer la tentación de rascarme los ojos, la
cara y el cuello. La arena picaba y era de lo más incómoda, pero sabía que
tenía que acostumbrarme porque nos quedaba un buen rato allí fuera. Observé
cómo Jackson pasaba un extremo del cable por las maderas de la palapa y
tiraba de ambos para ver si podíamos llegar a sujetarlas. No lo vi muy
convencido, mas no teníamos otra opción. Me dio los dos extremos de los
cables para que no se volaran y se puso al lado de la roca.
—A la de tres, intentaré levantarla. Tú desliza el extremo de la derecha
por debajo y deja un trozo por fuera que quede recto hacia la palapa.
«Señor, sí, señor», me dieron ganas de decirle. Había algo en él que me
sugería que estaba acostumbrado a resolver situaciones como esas. Tenía
pinta de ser de esos hombres tipo MacGyver, que con un chicle y un bolígrafo
salvaba a un autobús lleno de colegiales de caer en un precipicio.
Le escuché decir «uno» y vi de refilón cómo se hincharon todos sus
músculos bajo la camiseta gris que llevaba. En una milésima de segundo me
reprendí a mí misma y me concentré en mi tarea. No sé cómo lo hicimos, pero
lo logramos a la primera, y cuando dejó caer la pesada piedra, cogí el otro

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extremo del cable para anudarlo con el que había quedado por fuera de la
roca.
Él me echó una mano y logramos tensar el cable. El nudo que hizo fue
muy sencillo y efectivo, me recordó a esos que hacen los marineros. Lo
escuché jadear del esfuerzo, y cuando le miré vi que seguía alerta. Sí, el cable
estaba sujetando la parte del techo que se había zafado de la estructura,
aunque no sabíamos por cuánto tiempo. Como para certificar mis
pensamientos, él se acercó al kiosco de madera y meneó la cabeza.
—Creo que el viento va a hacer que el cable se parta. No creo que aguante
la fricción con la madera.
Me mordí la mejilla. Aquello no tenía buena pinta. Di la vuelta a la palapa
sin encontrar ninguna solución, y entonces mis ojos se encontraron con la
cristalera. El lugar donde con toda probabilidad se estrellaría la estructura.
Noté cómo mi mente cambió de perspectiva.
—¿Y si en vez de salvar la estructura, que parece bastante imposible,
aseguramos que haya el mínimo destrozo cuando vuele?
Me miró con interés y nuestros cerebros se conectaron.
—La cristalera —dijo—. Es lo más obvio. Tenemos que intentar que los
cristales no se rompan.
—¡Colchones! —exclamamos a la vez, y a pesar de la situación,
sonreímos. Fuimos corriendo al piso de arriba, y vimos que los colchones de
dos metros de largo nos servían a la perfección a nuestros propósitos. En la
cama de mamá había un colchón de dos por dos, y en el despacho había un
sillón cama de un metro veinte. También cogimos el colchón de un sofá cama
adicional que había en la sala, y con gran esfuerzo empezamos a colocarlos en
las cristaleras. El viento iba hacia ellas, por lo que no teníamos miedo de que
se volasen, pero se movían con cada racha con peligro de que cayesen hacia
delante. Jackson cogió cinta americana y empezó a pegarlas contra el cristal,
formando una extensa tela de araña de cinta. Yo aproveché para sacar incluso
los módulos de los sofás, que eran gordos y anchos, y así reforzamos todo el
frontal, trabajando con la rapidez y desesperación de quien sabe que no tiene
tiempo. Lo único que nos quedó sin cubrir fue la puerta, porque no podíamos
hacerlo si íbamos a entrar por ella, pero al final decidimos que era un riesgo.
—Tendremos que quedarnos aquí fuera esperando —suspiró, y por
primera vez vi que su camiseta estaba mojada. No sabía si era de sudor o de
agua de la piscina, pero al ver la forma en la que se le pegaba por la espalda y
el pecho hubiera apostado que era lo primero. Le cogí por el brazo y le metí
en el hueco de la escalera, donde podíamos oírnos y estábamos más

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refugiados. El mayor problema era que allí también estaba la cubierta de la
palapa y eso no nos dejaba demasiado espacio. Intenté obviar su cuerpo cálido
muy cerca del mío, y me fue imposible. La sensación de intimidad,
resguardados de la tormenta, fue enorme.
—¿Estás bien? —me preguntó, mirándome con preocupación. Moví la
cabeza con energía y sin mirarle demasiado. Me imponía todo en él, el muy
hijo de la Gran Bretaña. Su cuerpo entrenado, su voz que parecía acariciar las
palabras, la increíble expresividad de sus ojos leoninos… Tragué saliva con
esfuerzo y logré decir algo medianamente coherente.
—Sí, gracias, estoy bien. No sé cómo agradecerte…
Me cortó con un gesto que le quitaba importancia a lo que le estaba
diciendo.
—No podía dormir por el viento y estaba mirando por la ventana cuando
vi volar el techado de la palapa. Luego saliste y supuse que te vendría bien
algo de ayuda.
—No tenías por qué hacer nada de esto, y no quisiera abusar más de tu
generosidad…
Su boca se contrajo en una sonrisa traviesa.
—¿Quieres que me vaya?
«Uh, ¿por qué me lo estaba haciendo tan difícil?».
—No es eso, es que…
—¿Y si el techo vuela? ¿Qué vas a hacer con él cuando rebote contra los
colchones?
Pensé con rapidez.
—Arrastrarlo y tirarlo a la piscina para que se hunda.
Rio y me fascinó escucharle. Era de esas risas íntimas, graves, que
quisieras solo para ti y no compartir con nadie más.
—Me encanta que lo tengas tan claro, pero ¿no crees que hacen falta dos
para arrastrar esa estructura? ¿Y si la madera flota en la piscina? No sabemos
qué madera es, y dudo mucho que tenga una densidad que la haga irse al
fondo como una piedra.
—¿Y si la tiramos al terreno de abajo? Es un descampado, y si cae pegado
a nuestro muro, lo máximo que hará será destrozarse contra él.
Ladeó la cabeza y vi que le había convencido. Y él a mí. Era cierto: yo
sola no iba a poder con la estructura. Iba a tener que sacrificarme y aceptar su
ayuda. Así que en cómodo silencio nos quedamos vigilando la escena. Al
cable no le quedaba mucho para romperse, hasta desde allí podíamos ver

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cómo se iba desgastando debido a los bandazos que daba el techo por las
rachas de viento.
—Nunca había visto una calima como esta. O quizá de pequeña sí, ahora
que lo pienso.
Me llegó el recuerdo de mi padre lamentándose por las pérdidas en la
finca.
—Decían que el viento podría llegar a cien kilómetros por hora.
No me extrañaba, aquel vendaval era espeluznante. Tenía los ojos como si
les hubieran pasado papel de lija, pero no quería tocármelos hasta poder
lavarlos bien. Eso me hacía parpadear sin parar, y él se dio cuenta.
—Necesitas ir a mirarte esos ojos, te vas a hacer daño.
Le sonreí, y de pronto me di cuenta de lo irreal de esa situación. Estaba en
la casa de mi madre, a la que no había visto desde hacía un año y que llevaba
muerta ya unos meses, en medio de un violento siroco, acompañada de un
hombre desconocido cuyas máximas referencias eran que había conocido a mi
madre y que vivía en la casa de al lado. Y todo esto mientras esperaba la
colisión de una estructura de madera contra la fachada de la casa. Sin querer
me entró la risa, y me miró con cierta sorpresa. No podía parar de reírme, y
tuve que ponerme de cuclillas.
—Perdona —le dije a la vez que intentaba serenarme—. Es que esto es un
poco surrealista.
Su sonrisa se intensificó y vi que estaba luchando contra las ganas de reír.
—Estos son el tipo de situaciones a los que nos enfrentamos
habitualmente los caballeros ingleses, milady.
Resoplé, divertida.
—Más bien esto es lo que hacen…
En ese momento, un fuerte crujido nos hizo separarnos. Un distraído
pensamiento me alertó de lo cerca que nos encontrábamos, casi pegados,
aunque al notar que salía corriendo le seguí sin vacilar. El techo de la palapa
voló en picado hacia el suelo, luego el viento la empezó a empujar con
rapidez hacia las cristaleras. Respiré al ver que nuestros cálculos no habían
fallado y que se estampaba contra uno de los colchones de las camas.
Lo que no habíamos contemplado era otra cosa: lo difícil que iba a ser
arrastrar la estructura en contra del viento hasta el borde del jardín y lanzarlo
hacia el descampado. De hecho, fue imposible. Tuvimos que volver a los
colchones y replantear la situación.
Pensamos en romperla en trozos más pequeños, en intentar encajarla en el
hueco de la escalera, en empezar a vaciar la piscina para meterla allí y que sus

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paredes la aguantasen dentro; se nos ocurrieron mil historias hasta que decidí
que estaba exhausta y que no tenía más neuronas útiles.
—Vamos adentro, Jackson —le pedí con cansancio—. La dejamos aquí
fuera y que pase lo que Dios quiera. Ya no va a romper las cristaleras, como
mucho se pondrá a dar bandazos en el jardín y destrozará alguna cosa, pero
nada más. No creo que venga una racha de viento tan fuerte que la levante del
suelo.
Él calibró la situación y asintió, también con cara de cansancio. Abrimos
la puerta como pudimos, intentando no despegar los acolchamientos que le
habíamos puesto, y nos deslizamos dentro de la casa.
Fui directamente a la nevera y saqué dos cervezas de las que había
comprado por la tarde. Estaban heladas, y el primer trago me supo a gloria.
Cerré los ojos y noté la arena bajo los párpados. Ahora que estábamos a
cubierto era más evidente, y anhelé echarme agua en la cara.
Él paladeaba su cerveza a unos centímetros de mí, y noté que no me
quitaba la vista de encima. Su aspecto era mucho mejor que el mío, y suspiré
en mi interior. Era la primera vez en meses que estaba a solas con un hombre
atractivo, y estaba hecha unos zorros.
Me recompuse, diciéndome que en peores plazas había toreado, y me
acerqué un poco más a él.
—Creo que voy a seguir dándote las gracias durante bastante tiempo
—dije con una media sonrisa—. Podrías ganar el premio al mejor vecino.
Rio con suavidad y no pude evitar que todo su encanto me inundase.
—De nada, tú también hubieras hecho lo mismo. Y ya que estamos,
quiero seguir ganando medallas. ¿Por qué no coges una muda y te vienes a mi
casa?
Volvió a reír al ver mi cara y me dio una palmadita en el brazo.
—No seas tonta. Lo digo porque primero, aquí no hay nada sobre lo que
dormir, a no ser que me digas que eres una especialista en supervivencia y
puedes dormir hasta sobre un hormiguero, y segundo, si aceptas venir a mi
habitación de invitados, es mejor que te duches en mi casa porque para ir de
una casa a otra tenemos que salir y te vas a llenar de arena de nuevo…
—Sí, sí, lo entiendo —le interrumpí, fascinada por la facilidad que tenía
de embaucarme. La verdad es que la idea de dormir en una cama de verdad
me llamaba mucho más la atención que hacerme una cama de cojines. Y, por
otro lado, Jackson Grant parecía de fiar. E interesante. Y sexi. Como para
conocerlo.
«Y para comérselo, también».

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Sacudí la cabeza mientras él asistía divertido a mi debate interno, y acabé
la cerveza. Luego cogí mi mochila y enarqué las cejas.
—¿Nos vamos?
—Milady… —Me hizo un gesto para que fuera por delante. Eché un
último vistazo al jardín trasero, donde la estructura de la palapa bailaba de un
lado a otro, y subí las escaleras.
Acababa de tomar una decisión que daría la vuelta a mi vida tal y como la
conocía hasta entonces.

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6.
UNA CITA CASI A CIEGAS

Juliana, DLG

Me desperté con el sonido del viento aún en mis oídos, aunque su intensidad
había bajado un poco. Abrí los ojos y aunque estaba bastante acostumbrada a
levantarme en lugares distintos de mi casa, aquella mañana tuve una
sensación diferente.
La habitación en la que estaba era alegre y colorida, muy diferente al
ambiente sereno de la casa de mi madre. La colcha era de patchwork en
distintos tonos de naranja, las alfombras eran blancas y mullidas, los muebles
de una madera clara elegante, y había varias sillas tipo Luis XVI tapizadas en
tonos marrones y terracotas. Me sentí como en casa desde el primer segundo.
Me desperecé y miré el móvil: eran las once de la mañana. Claro, nos
habíamos acostado cerca de las cuatro, exhaustos. Mi estómago dio señales de
que era hora de ir a buscar algo para aplacarlo; sin embargo, antes tenía que
saber en qué estado estaba mi casa. Bueno, la casa de mi madre. No le quise
hacer caso al lapsus mental y me asomé a la ventana. Abrirla no tenía sentido,
porque el viento seguía silbando con furia, pero por lo menos pude vislumbrar
el estado del jardín.
La palapa había acabado en la piscina, y allí se mecía de lado a lado, cada
vez más desconchada y rota, aunque a salvo. El resto era territorio comanche.
Los cuatro palos que sostenían la palapa se habían aguantado milagrosamente
en pie, pero se les había enrollado todo tipo de basura que de Dios sabe de
dónde. Los colchones seguían fijos en las cristaleras, y suspiré pensando en la
cantidad de fina arena que tenían que albergar las fibras del textil. Me tocaría
dejarlos boca abajo unas buenas horas, luego aspirarlos y rezar a los siete
elementos para que se pudieran seguir usando.

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Me esperaba un día bastante entretenido, pero antes necesitaba comer algo
y encontrar a mi anfitrión. Era consciente de que iba en camisón, uno azul
marino con dragones chinos que enseñaban la lengua, y que se me pegaba al
cuerpo sin dejar demasiado a la imaginación. «Bueno, tengo tablas para eso y
para más», afirmé intentando convencerme.
Le encontré en la cocina, la cual estaba en el primer piso, al revés que en
la casa de mi madre. Jackson estaba de espaldas, y por el movimiento de sus
músculos bajo la camiseta blanca supe que estaba cortando algo. Llevaba
unos pantalones de pijama grises, de esos que se ponen los guapos en las
películas, y para mi desgracia estaba igual de comestible que ellos.
Se dio la vuelta, como si me hubiese sentido, y me puse nerviosa solo con
la sonrisa tan bonita que me dedicó.
—Good morning, Zoe. Wish you had a good sleep.
Ouuh yeah, gritaron todas mis hormonas, aunque supe controlar mi rostro.
—Gracias, he dormido como un tronco.
Se rio mientras ponía encima de la isla una jarra con zumo de naranja.
—No era para menos. Lo de anoche fue intenso.
Casi me atraganté con el zumo. ¿Qué me pasaba que cada cosa que aquel
hombre decía me sonaba a sexo sucio?
Ajeno a mis húmedos pensamientos, desplegó ante mí un desayuno
sencillo pero apetecible. Salivé al ver las tostadas, un queso fresco entero,
rodajas de tomate en rama, fruta cortada de todos colores, una cafetera
humeante y unas tarrinas de mantequilla y mermelada que tenían toda la pinta
de ser inglesas. Se sentó en uno de los taburetes y me invitó a hacer lo mismo,
pero le paré con la mano.
—Antes que nada, quiero volver a darte las gracias por todo lo de anoche.
No tenías por qué hacerlo, y sin tu ayuda habría sido muchísimo más
complicado.
Sonrió, como ocultando un pensamiento divertido, y luego clavó sus ojos
claros en mí.
—Creo en las buenas relaciones vecinales, eso es todo.
Me reí ante el gesto inocente de su rostro, y luego quité la mirada. Por
Dios, qué guapo era. No eran solo sus rasgos, sino también sus expresiones.
Impregnaban de viveza y encanto sus facciones, llenándolas de picardía.
Daban ganas de raptarlo solo para poder comértelo a besos cuando se te
antojase.
«Holy shit, Zoe, ¿qué estás pensando?».

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Me metí una tostada en la boca solo para romper el flujo de mis
pensamientos, y comenzamos a hablar de cosas sin demasiada trascendencia,
como cuál era mi plan para ese día, cuál era el suyo —trabajar en casa— y si
aquel viento lleno de arena iba a durar mucho. Palabras educadas, corteses,
que ocultaban mucho más de lo que mostraban y que eran parte del juego que
hacía rato que había comenzado.
Cuando ya no quedaba nada en la mesa, no tuve más excusas para
quedarme y me levanté sin demasiadas ganas.
—Muchas gracias por todo, Jackson, pero es hora de que me vaya a ver
qué puedo hacer con todo el desastre que hay en esa casa.
Él se levantó también y me ayudó a recoger los restos del desayuno. Lo
hacía deliberadamente cerca de mí, porque nuestros brazos se rozaban cada
dos por tres, y yo sentía chispazos en todo mi cuerpo, como si fuera a
convertirme en una antorcha humana. Aquello no me había pasado en siglos,
y su intensidad me estaba dando miedo. ¿Le estaría pasando también a él?
De pronto oí su voz muy cerca y casi pude sentir su respiración en mi piel.
—Si no estás muy cansada esta noche, ¿te apetecería venir a cenar aquí?
Siempre es mejor pasar una tormenta en compañía.
Lanzó la pregunta despreocupadamente, en plan «esto va de pizza y
cerveza entre recién conocidos», pero yo tenía suficiente experiencia para
saber que aquello era un paso más. No sabía hacia dónde, pero tenía claro que
me apetecía darlo, y mucho.
—Solo si me dejas traer algo.
Le guiñé el ojo, y asintió con una sonrisa ladeada que tenía toda la pinta
de estar conteniendo borbotones de palabras.
Fui a recoger mis cosas, hice la cama y me cambié. Cuando me fui a
despedir de él, estaba hablando por teléfono en un inglés rápido y
chasqueante. Como si estuviese enfadado. Su rostro no lo denotaba, pero su
postura era como un gigantesco signo de exclamación. Levanté la mano para
despedirme y tapó el teléfono unos segundos para un breve bye.
Me dediqué a trabajar duro todo el día para no darme ni un solo momento
en el que mi mente pudiese evadirse hacia Jackson Grant. No, apreté los
dientes y me dije que la cena sería la recompensa a todo el zafarrancho. Así
que hice lo que tenía pensado con los colchones, y al final de la tarde los pude
aspirar con el utensilio para limpieza de textiles que tenía la Kobold de mi
madre, para luego intentar poner cada uno en su sitio. A duras penas logré
llevar el colchón de mi madre, me costó lo suyo subirlo yo sola por las
escaleras, por lo que decidí mover el resto al día siguiente.

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Antes de eso, volví a subir al piso de arriba y revisé el despacho. Como
había previsto, había decenas de libros, y me entretuve buscando un contacto
en la facultad de Medicina para poder donarlos a la biblioteca. También
encontré montañas de folios garabateados con su enérgica letra, de los cuales
no entendí nada, y pensé en que quizá tuviese algún colega con el que se
llevase bien y al que poder entregar todo aquello. Conociendo a mi madre y
sus proyectos, no podía desdeñar nada de lo que pudiese contener toda esa
información.
En un maletín encontré su ordenador, que por supuesto tenía contraseña.
Ya lo miraría con calma en otro momento, yo ni era informática ni tenía la
paciencia de ponerme a pensar en posibles contraseñas. Lo puse aparte y me
dije que poco más podía hacer en esa habitación. En cuanto donase los libros
y los papeles, no quedaría mucho más allí para recoger. Solo unos cuantos
utensilios de papelería, el sofá cama y los cuadros en la pared. Todo muy
aburrido, la verdad, porque lo que tenía colgado en el despacho eran su orla y
mil títulos de cursos que había hecho. Nada que sugiriese su absoluta pasión
por su trabajo. Parecía la consulta de mi ginecólogo.
A las cinco sonó el portero y cuando me asomé, vi que un chico había
aparcado un furgón en la puerta. Era un amigo de Armi que venía a traerme
cajas de cartón. Sonreí: mi tía era única. Le ayudé a meter las cajas en casa,
dándonos de bruces con el viento que amenazaba con arrebatarnos los
cartones de las manos, e insistí en pagarle algo por su ayuda. Armi se
enfadaría, pero yo siempre valoraba un trabajo bien hecho.
Llené de ropa un par de cajas y luego me dije que era hora de empezar a
prepararme para la cena. No habíamos quedado a ninguna hora, pero entendía
que las ocho era un horario correcto, ni muy temprano ni muy tarde. En media
hora elaboré una jugosa tortilla de papas y la dejé templar en lo que me
duchaba y me arreglaba.
Me sequé el pelo dejándome la media melena suelta y el fleco bien
domado, me hice la raya negra en los ojos y me pinté los labios de un color
fresa intenso. Hasta ahí bien, el problema venía a la hora de elegir la ropa.
Todo era muy invernal para el calor que hacía. Ni siquiera me apetecía
ponerme un vaquero.
Al final no me quedó otra sino que ponerme un pantalón blanco tobillero,
que era el más fino que tenía, y una camiseta negra de cuello desbocado y
mangas tres cuartos. Me coloqué unos pendientes pequeños y unas sandalias
planas con piedritas, y me puse el móvil en el bolsillo de atrás. Decidí

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dejarme las cadenas de plata al cuello y los anillos que adornaban mis manos,
y me sequé las palmas en los pantalones. Estaba nerviosa, no podía negarlo.
Sorteé el vendaval de fuera con unas largas zancadas de mi puerta a la
suya, donde toqué el timbre deseando que no me hiciese esperar mucho. Mi
pelo estaba empezando a parecerse a un nido de pájaros cuando se abrió la
puerta y pude refugiarme en la calma de su casa.
Entré directamente en la cocina, desde donde oía música, y vino a
recibirme con una cálida sonrisa y limpiándose las manos en un paño de
cocina.
«Oh-ohhh, Zoe, vas a tener que contenerte mucho para que las babas no
inunden la casa».
Con sus bermudas verde militar y una sencilla camiseta negra, parecía
sacado de una película llena de tíos cañón como Magic Mike.
Cogió el plato con la tortilla de mis manos y se la llevó a la nariz.
—Maravilloso, nunca podría resistirme a una buena tortilla. Gracias.
—Gracias a ti por invitarme —contesté, ya más resuelta. Por lo que estaba
viendo, aquella cena no iba a ser Telepizza y cerveza. Sobre la isla de la
cocina había una tabla de madera con distintas variedades de queso, dátiles y
uvas, y una bandeja con jamón ibérico color rubí. Se me hizo la boca agua: no
había comido nada desde el desayuno, y así se lo dije.
—Creo que hoy voy a perder los modales comiendo, te lo aviso.
Se rio.
—Me encanta la gente a la que le gusta comer, no te preocupes.
Me ofreció una cerveza, que acepté encantada. Vi que tenía el horno
encendido, y olfateé el ambiente. Fuera lo que fuese, olía muy bien.
Chocamos las botellas y me apoyé en la isla. Era una cocina bonita, de
madera oscura y líneas sencillas. No la que suele haber en una casa en la que
se está de paso.
—¿Vives aquí de alquiler o la casa es tuya?
Lancé la pregunta sin filtro alguno, y solo mi mucha práctica en hacer
preguntas incómodas evitó que me sonrojase. Él, al contrario, habló con la
soltura del que está con un amigo.
—En un principio fue un alquiler, pero luego mi padre la compró. De eso
hace ya unos cuantos años. Él viene de vez en cuando, y desde hace unos
meses estoy aquí, aprovechándome de su buena voluntad.
¿Sería el hombre de cabello gris que había visto salir de la casa el martes?
Jackson me lo confirmó sin pedírselo, y me quedé pensando unos segundos.
—Entonces tu padre habrá conocido a mi madre.

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—Claro, mi padre lleva años viniendo aquí. Cuando yo llegué, lo primero
que hizo fue presentármela.
Enarqué las cejas. Aquello no sonaba mucho a Margot Acosta ni a su
forma de gestionar las relaciones humanas. Jackson sonrió, pícaro.
—Digamos que… se entendían. No creo que fuera nada serio, pero lo
pasaban bien juntos. Tuve la suerte de compartir algunas cenas a tres, y se les
veía felices. Ambos tenían un sentido del humor parecido, así que…
Desconecté. ¿Mi madre tenía sentido del humor? ¿Y un amante bandido?
Eso sí que era nuevo. Jackson tuvo que darse cuenta de mi cara de
desconcierto porque dejó de hablar.
—Lo siento, Zoe, seguramente no te es fácil escuchar esto. A veces me
olvido de que todavía debes de estar en pleno duelo.
Me acabé la cerveza de un trago y le dirigí una mirada intensa. Sabía el
efecto que podía tener, no en vano la usaba mucho en el trabajo. No obstante,
Jackson Grant no se amilanó, y en cambio me observó con interés, esperando
mi contestación.
—Mi madre y yo no teníamos una relación demasiado cercana. De hecho,
no nos veíamos desde un año antes de su muerte. Así que cualquier cosa que
me cuentes de ella me parecerá nuevo, no te preocupes.
Noté que quería preguntarme más cosas, indagar en lo que le había dicho,
pero también intuí que era paciente. Un buen cazador, de los que sabe esperar
a que su presa baje la guardia y entonces arrinconarla.
Y entonces me sorprendió, porque derivó la conversación hacia un lado
que no esperaba. Me ofreció jamón serrano y en lo que me metía en la boca el
exquisito bocado, lanzó su pregunta:
—¿Y cómo te sientes al estar ahora en su casa? ¿Saber que ella estuvo
allí, recoger sus cosas, enfrentarte a…?
Joder, aquel hombre disparaba a matar, y mostraba una sensibilidad
emocional fuera de lo común. Tuve que cortarle porque su pregunta me estaba
afectando demasiado.
—Es raro, muy raro. Estoy llena de sentimientos y sensaciones que no
logro identificar ni controlar.
Dios, ¿por qué le estaba diciendo todo aquello a alguien que acababa de
conocer? ¿Cómo era posible que sacase todo aquello de mi interior, a mí, que
me jactaba de ser todo lo opaca que se podía ser ante cualquier desconocido?
Me había desestabilizado, no sabía qué más decirle. Incluso noté que mis
ojos se humedecían. Entonces él se acercó con preocupación invadiendo mi
espacio vital.

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—Perdona. —Su mano subió poco a poco a tocar un mechón de mi
cabello—. No sé por qué, pero me importa cómo te puedas sentir.
Algo se retorció dentro de mí con dulzura dolorosa. Le miré a los ojos y vi
que lo que decía era verdad. En ese instante mis entrañas se contrajeron aún
más y se me hizo difícil coger aire.
El horno pitó rompiendo la burbuja, y nos alejamos con cierta renuencia.
Él se volvió para apagarlo, dejando la puerta un poco abierta.
—Creo que ya lo tenemos todo, así que podemos empezar a cenar
—pronunció e hizo un gesto hacia la sala. Cogí las bandejas que estaban
sobre la isla y me adentré en la diáfana habitación, desde donde se veía una
maravillosa panorámica nocturna de Santa Cruz. Había puesto la mesa con
unos bonitos salvamanteles y una vajilla blanca, todo muy en línea con él:
sencillo, limpio y acogedor.
Sirvió unas copas de vino blanco y dispuso las bandejas de pizza entre
nosotros. Sonreí sin poder evitarlo: pues sí que había pizza de menú, pero no
de las típicas. Ambas eran cuadradas, de masa muy fina y crujiente: una con
queso, rúcula, jamón serrano y tomates cherry; la otra con diferentes verduras,
queso de cabra y hierbas provenzales. Nada que ver con lo que normalmente
proveían las pizzerías. Me guiñó un ojo y me dijo que le había enseñado a
prepararlas un amigo italiano, o más bien su abuela, la nonna de la familia.
Además, había preparado una pequeña ensalada con aguacate, tomate y
semillas de calabaza como contrapunto fresco al resto de comida. Yo no pude
hacer otra cosa sino aplaudir con una sonrisa.
—Vas a tener que hablar tú, yo me ocupo de comer —exclamé, y nos
reímos: yo de pura dicha, y él de verme tan emocionada.
—No tengo ningún problema —dijo, entre risas, y me sirvió ensalada.
Noté que quiso desviar la conversación de temas complicados, así que me
estuvo contando que era informático especializado en telecomunicaciones,
que había estudiado en Inglaterra y que trabajaba para una gran empresa
londinense. Me lo contó con un gesto que me hizo dudar de la veracidad de lo
que me describía. Le intuía una velada peligrosidad que se daba de bruces con
lo que me estaba contando. Pero ya me encargaría de averiguar si había algún
matiz en todo aquello, no me costaría mucho si me empleaba a fondo.
—Puedo trabajar donde sea, y ahora mismo me apetece hacerlo aquí
—confesó tras comerse el enésimo trozo de tortilla. Yo ya estaba llena, pero
decidí seguir bebiendo vino.
—Te confieso que me cuesta creerlo. Esta es una urbanización casi
geriátrica, no es que haya mucha diversión. Y en general en Santa Cruz, en la

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isla… no es que esto tenga millones de posibilidades, como pueda haber en
Londres.
Sonrió y se encogió de hombros.
—Aquí vivo con la tranquilidad que necesito. Todo está cerca, puedo
disfrutar de la naturaleza y del deporte… Tengo un grupo de amiguetes con
los que entreno para triatlón, también un colega con el que juego al pádel un
par de veces por semana, y a través de mis aficiones se me han abierto sus
círculos sociales. Después de los años que llevo…
Se calló una milésima de segundo y luego siguió:
—Es una vida ideal para quien lleva muchos años sin estabilidad alguna.
Interesante. Ahí había mucho más de lo que parecía a simple vista. Le
miré y supo que me había dado cuenta.
«Ya te lo sonsacaré, señor misterioso. Es mi especialidad».
—¿Y tú? ¿Cómo es tu vida?
—¿Cómo crees que es? —Le reté. Sonrió de nuevo como si atendiese a
una broma secreta consigo mismo, y me sirvió vino.
—No soy muy bueno adivinando, pero diría que no tienes un trabajo
convencional, de esos de ocho a tres. Creo que es un trabajo creativo y que
estás acostumbrado a ser la líder, aunque a la vez sabes cómo hacer para pasar
desapercibida y de esa manera conseguir más información.
Guau, estaba impresionada, y se lo dije. Se echó hacia detrás, riendo.
—Podría haber dicho cualquier otra cosa, tenlo por seguro. Los
informáticos no somos grandes conocedores de personas.
«Eso te lo creerás tú», me dije. Jackson Grant tendría la formación en
informática, pero no me engañaba con esa imagen de rata de ordenador que
estaba intentando venderme. Tamborileé con los dedos en la mesa, mirándole
con fijeza. Lograría adivinar su secreto, estaba segura. Sus ojos brillaron,
jubilosos.
—Deja ya de darle vueltas a la cabeza, milady, y haz hueco para el postre.
Se levantó diciéndome que no esperase nada sofisticado, pero que tenía
una tarrina del mejor helado que había probado en su vida. Rogué a todos los
dioses que el helado fuera de chocolate, y mis ruegos fueron escuchados
parcialmente. Me trajo un bol con dos bolas de un frío sorbete de menta y
chocolate, tan delicioso que tuve que contenerme para no lamer el recipiente.
Mientras nos tomábamos el postre y luego una copa, tuve que respirar
varias veces hondo porque me estaba enfrentando a algo a lo que no estaba
acostumbrada. El estar con Jackson era tan fácil, tan acogedor, tan cálido, que
me sentía fluir con toda la naturalidad del mundo. Yo, Zoe Wagener, la artista

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de la contención, del artificio y de la construcción de personajes ganadores,
estaba absolutamente relajada y abierta al encanto de un hombre que no
conocía de nada. Solo sabía de él que me había ayudado en un momento
complicado, que tenía un agudo sentido del humor, que ocultaba su gran
inteligencia bajo su pose encantadora, que cocinaba sencillo, pero sabroso, y
que había iniciado un juego conmigo que me moría de ganas de continuar.
¿Cómo encajaba esto en lo que había venido a hacer a la isla?
En nada, aunque hacía tiempo que en mi vida las cosas no se ajustaban del
todo, así que no debía estar sorprendida. Era ese tipo de desencaje que dejaba
una pequeña hendidura por donde se colaba el aire: la caja cerraba, pero no a
la perfección. Además, era ese pequeño resquicio de aire saturado de nuevas
esperanzas y caminos el que me estaba desequilibrando desde hacía meses.
Por eso cerré los ojos y me dejé llevar. Yo no creía en Dios, aunque sí en
que la vida nos hablaba. Muchas veces no la escuchamos, o no tenemos los
oídos preparados para atender, sin embargo, esos susurros pueden convertirse
en gritos apagados, de esos que se hacen a media voz para no asustarte. Y
desde que había pisado la isla, lo notaba. Estaban pasando cosas. ¿Quién era
yo para detenerlas?
Jackson había puesto música, y el cuerpo se me despertó al ritmo de
Bruno Mars. Me apoyé en la cristalera y me dije que aquella velada, si
seguíamos así, terminaría en la cama de Jackson. ¿Era lo que quería?
Claro. Pero no tan pronto. Aquello se merecía una estrategia de seducción
de esas que reventaban en un sexo estratosférico.
Me distraje de mis pensamientos libidinosos al llegarme un mensaje al
móvil. Eran las chicas, que me ponían al día del parte meteorológico y que
por eso el ayuntamiento de Santa Cruz había tenido que suspender la
cabalgata anunciadora del viernes y, por consiguiente, los bailes. Me
emplazaban a cambiar nuestra salida al sábado, que se preveía mejor tiempo,
y sonreí. Sin quererlo me estaba empezando a apetecer muchísimo una noche
de carnaval, y les dije que sí. Miré de reojo a Jackson, y me pregunté si le
gustaría venir conmigo. El vino habló por mí:
—¿Has estado en los carnavales? Es decir, ¿has tenido la oportunidad de
vivir una noche de carnaval como Dios manda?
Negó con la cabeza mientras se sentaba en el sofá. Le seguí y me pidió
que le contase cómo era eso, la noche perfecta de carnaval para un
chicharrero. Me reí, meneando la cabeza.
—Eso no se puede contar, tienes que vivirlo. —Me callé un momento y le
miré entrecerrando los ojos—. Yo voy a salir con mis amigas y sus parejas el

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sábado. ¿Serías capaz de aguantarnos el ritmo?
Fingió ofenderse y me dijo que no sabía a quién tenía delante de mí, que
era el alma de la fiesta y la mejor compañía que una chica podía desear. Le
miré con fingida incredulidad, muerta de ganas de besar aquellos labios
traviesos que me sonreían con todas las ganas del mundo, morder aquella
sombra de barba sexi y lamer su ancha mandíbula. No sabía ni lo que me
estaba diciendo, así que me cogió por sorpresa cuando me levantó del sofá
tirándome de la mano.
—Déjame convencerte de que no tendrás que avergonzarte de mí.
«No puede ser. El jodido inglés me va a sacar a bailar».
Los primeros compases de Juliana, de DLG, sonaron en todos los
altavoces y Jackson tiró de mí para pegarme a él con ese control de
movimientos que delata a quien sabe bailar de verdad. Empezó a moverse con
pasos perfectos, pelvis contra pelvis, pecho contra pecho, y de pronto sentí
que me faltaba el aire. Mi cuerpo se fundió con su sentido del ritmo perfecto,
con la excitante música que mezclaba la salsa y el rap, y con la energía
arrolladora que desprendían sus pasos mientras me daba vueltas a su
alrededor.
No eras nadie al conocerte,
te di nombre y apellido,
belleza que no tenía,
me sacrifiqué por ti,
porque por ti estaba ciego
y mira cómo me pagas.
Juliana qué mala eres,
qué mala eres, Juliana…

Aquella forma de bailar lo tenía todo de callejera y sucia, de horas de


bailes calientes en clubs de salsa clandestinos. Desbordaba arte, sexo,
pertenencia, dos voluntades que intentaban someterse a través de figuras
complicadas y manos que se regodeaban en toda la piel. Yo le retaba con toda
la sensualidad que desprendían mis caderas, él me hacía caer hacia detrás y
luego me levantaba muy pegada contra sí, notando golosamente todas las
durezas de su trabajado cuerpo, y con cada quiebro sonreíamos disfrutando
sin límites, sin contención alguna, como lo hacen dos personas a las que les
apasiona bailar y que lo hacen con una canción que levantaría a un muerto.
Con el último «¡Juliana!» nos quedamos juntos, muy pegados, en una
postura en la que todo nos conjuraba a besarnos como bestias, intercambiando
saliva como si fuera lo último que fuéramos a hacer en nuestras vidas. Pero
nos soltamos con cuidado, sin dejar de mirarnos, como si más allá de aquel

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despliegue de adrenalina ese hubiese sido un momento importante, delicado,
de los que pueden ser un punto de inflexión. Los dos respirábamos rápido,
acalorados, y me pasé la mano por el cuello. Su mirada siguió el movimiento
y fue el primero en romper el silencio:
—¿Te convencí o no?
Los nervios hicieron que riese en voz más alta de la que tenía intención.
—Creo que sí. Pero ya te darás cuenta de que en carnavales no todo el
mundo baila así. Nuestra forma de bailar es más… de andar por casa.
—Bueno, pues seremos la atracción. No creo que nos suponga ningún
problema.
Asentí con una sonrisa cómplice y di unos pasos hacia detrás. Tenía que
alejarme con urgencia, ya solo por salud mental, y ese era el momento
perfecto de comenzar la retirada. Después de aquello, me sería imposible
sentarme con él en el sofá y hablar de nuestras vidas como si no hubiera
pasado nada.
—Es hora de irme, Jackson. Mañana quisiera terminar con el inventario
de la casa.
No me miró y dejó su copa encima de la mesa. Puse la mía al lado de la
suya y levanté la vista:
—Me gustaría corresponderte mañana. ¿Tienes plan o te apetece venir a
cenar a mi casa?
Sonrió y sus ojos reían sin disfraz alguno.
—Creo que sabes muy bien que lo que me apetece es verte de nuevo.
«Dios, que deje de decir esas cosas o no respondo».
—A las ocho, sé puntual.
Y con eso y un estudiado movimiento de cadera, le dejé en su sala. Solo el
violento aire cálido hizo que mis pensamientos se desviasen del hombre que
se quedaba solo en su casa, inmensamente excitado como lo estaba también
yo.

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7.
CALENTANDO MOTORES

Sweet like chocolate, Shanks & Bigfoot

La mañana del viernes amaneció extraña, con el viento más débil y una rara
humedad en el aire. Aun así, hacía calor y tuve que volver a vestirme de
verano para bajar al centro. Quería dejar el hotel, ya que no tenía ningún
sentido estar pagando la habitación si me iba a quedar en Las Acacias, y de
paso también hacer la compra para la cena con Jackson.
En hora y media ya estaba de vuelta, y aprovechando que el viento había
aflojado bastante, intenté sacar la palapa de la piscina donde se había quedado
atrapada. Lo logré con bastante esfuerzo, y la arrastré hasta el hueco de la
escalera, donde molestaba menos. Le eché un vistazo, contrariada, y me dije
que probablemente me había quedado sin palapa.
«Bueno, lo correcto sería decir que la casa de mi madre se ha quedado sin
palapa, no yo».
La piscina estaba llena de basura así que me entretuve limpiándola,
deseando poder utilizarla antes de irme. La cubierta del jacuzzi había
resistido, no sabía ni cómo, pero al acercarme vi que estaba bien fijada.
Aquello tenía que ser una delicia, lo de estar rodeada de burbujas calientes
con aquellas vistas sobre la ciudad.
Entré a la casa a regañadientes. No tenía demasiadas ganas de seguir con
el inventario, y menos sabiendo que no podía abrir la habitación de arriba. Me
intrigaba: ¿qué habría allí dentro? No había encontrado la llave, pero también
era cierto que me faltaba toda la planta de abajo.
Me dije que no revisaría la cocina. Me daba igual lo que pudiese contener,
a fin de cuentas, lo que habría eran utensilios para hacer de comer, algo
común y sin sorpresas. Pero luego mi vista se fijó en algunos botes en las

Página 57
baldas superiores, y me obligué a empezar el trabajo: quizá hallase la famosa
llave.
A las tres paré para comer algo. Frente a la costa, en el mar, unas densas
cortinas de lluvia se movían con parsimonia hacia la ciudad, y el aire traía un
olor diferente. Dejé que el cuerpo se me relajase y respiré con calma; aun así,
mi mente estaba activa y no me dejó desconectar.
Desde antes de venir sabía que aquel viaje sería removedor. No se parecía
en nada al del fallido entierro de mi madre, donde la mezcla del shock por su
muerte repentina y el enfado por aquella última voluntad de no reunirla con
mi padre me hicieron cubrir todos mis sentimientos de frialdad extrema.
Incluso en el improvisado homenaje que se le hizo la semana siguiente a su
muerte, fui capaz de leer un discurso como si aquello no fuera conmigo.
Pero ahora todo estaba siendo diferente. El descubrir a una Margot
distinta en muchos aspectos me estaba horadando el alma de una forma que
nunca hubiese llegado a imaginar. Joder, es que me gustaba lo que estaba
viendo de ella: una mujer con luz, moderna, capaz de tener un lío desenfadado
con alguien e incluirle en su día a día, una mujer que parecía haber disfrutado
de la vida en sus últimos años. Algo que jamás vi en ella, en esa madre que
todo lo medía por su propio rasero y que nunca nos dejó acercarnos a ella
como mujer.
Lo cierto era que me estaba arrepintiendo de no haberlo intentado más, de
haber buscado la oportunidad de ver aquel cambio. Me pasé la mano por la
cara, agobiada. ¿Por qué no lo había hecho?
La respuesta era cruda en toda su simpleza: yo no había querido, y ella
tampoco. Sí, yo no había sido la hija más detallista del mundo, eso lo podía
reconocer. Pasaban meses y no me surgía la necesidad de hablar con ella. Pero
eso era lo que mi madre había sembrado. ¿Para qué llamarla, para fingir?
¿Para intentar sentirme bien con lo que se suponía que era el rol de una hija?
«No puedo empezar a culparme ahora de algo que no tiene sentido. Quizá
ella necesitó esta nueva forma de vida sin mí. Sin nada que la atase al
pasado».
¿Y si no se me volvió a acercar porque sabía que no le iba a hacer caso?
¿Que ella, con su extraña forma de querernos, había quemado todos los
puentes, hasta los más altos?
Me levanté, enfadada conmigo misma. «Ya basta, Zoe», me dije. No tenía
ningún sentido darle vueltas a ese tema. Mamá ya no estaba, y como hija
debía alegrarme de que parecía que en sus últimos meses había disfrutado de
la vida.

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«Igual que ella se había alegrado de lo mucho que yo disfrutaba de mi
trabajo y de la vida que había creado de una forma diferente a sus estándares.
Igualito».
Oh, joder, no había forma de callar aquella voz en mi interior. Me levanté,
enfadada de nuevo, y en ese momento sonó el teléfono. Era mi primo
Jonathan, y se lo cogí, deseosa de desviar mis pensamientos hacia otro lado.
En este caso, hacia el de las flores.
Habían sido mis primos Jonathan y Jorge los que se habían quedado
trabajando en la empresa de mi padre. Su madre, mi tía Deborah, la mayor de
los Wagener y fallecida hacía unos años, nunca había participado activamente
en la antaño empresa familiar, pero sí sus hijos, ambos ingenieros agrónomos
y unos enamorados de las plantas y de las flores. Para mi padre habían sido
como hijos y por eso fueron ellos los que continuaron con la empresa cuando
él murió.
Acordé pasar por la finca a la semana siguiente, con la certeza de que mis
primos querrían hablarme algo relacionado con la propiedad de la empresa.
No me extrañaba: eran ellos los que se dejaban los cuernos en ella, y yo tenía
la participación mayoritaria. Desde hacía tiempo tenía claro que les vendería
mi parte cuando la quisiesen, no iba a ponerles problemas. Bastante habían
hecho con cuidar y mimar el trabajo de toda una vida de Juan Wagener.
Sonreí al recordar cómo paseaba entre las plantaciones tocando con sus
manos las hojas llenas de gotas de rocío. Mi padre había sido un verdadero
artesano de las flores, y bajo sus cuidados la empresa había pasado a un nivel
en el que se la conocía y operaba a nivel regional. Y aunque era el dueño,
siempre llegaba a casa lleno de tierra y dejando todo perdido de piedritas y
polvo. Incluso se traía alguna inesperada visita en forma de oruga o
escarabajo.
Como siempre, al recordar a mi padre, me invadía una nube cálida de
felicidad. Había sido el mejor padre que una chica hubiese podido desear, y
mi gran apoyo junto al tío Óscar. Yo tenía mucho más de Wagener que de
Acosta, y quizá por eso congeniábamos tanto. Aunque con la edad, empezaba
a ver muchas Acostadas en mi carácter, y sé que mi padre se habría reído
mucho de mí. Bueno, ya lo hacía mi tío por él.
Decidí ahuyentar toda aquella maraña de pensamientos con un poco de
música. Era la fórmula que siempre funcionaba. Busqué en las listas de
reproducción de Gara, y encontré lo que necesitaba en ese momento: un poco
de bailoteo y carnaval. Al ritmo de la Billo’s Caracas Boys, Juan Luis Guerra

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y Roberto Antonio, seguí revisando la cocina y la sala, sin dejar de bailar esa
salsa y merengue que llevaba en las venas desde pequeña.
¿Qué hiciste, abusadora?
¿Qué hiciste, abusadora?
Abusadoora, abusadooora…

Estaba segura de que aquello le estaba resonando a Jackson en los oídos,


pero no podía bajar el volumen. Para mí la música se escuchaba así, alta, con
los bajos haciendo temblar el cuerpo y con la voz de Wilfrido Vargas
camuflando la mía, mucho más desafinada pero igual de entusiasta.
Con el alma llena de música estuve revisando la sala, bastante impersonal.
No había ni una foto encima de las estanterías ni de las mesas auxiliares, algo
raro, como si aquello fuese una casa de paso, cuando justamente todo lo que
había visto en el resto de las estancias me sugería lo contrario. Fruncí el ceño
y me dediqué a rebuscar por todas las cajoneras a ver si encontraba algo.
Al final, en una pequeña caja en la que, si no mirabas del todo, solo se
veían servilletas de papel, encontré una foto. Estaba puesta en un portarretrato
de madera plateada, y en ella aparecían mi madre y el que, con toda
seguridad, era el padre de Jackson. Aquella sonrisa no podía ser de nadie más.
La foto había sido sacada en el mirador que se encuentra bajando a los
acantilados de los Gigantes, en Santiago del Teide. Se notaba que había sido
en plan selfi, porque estaban posando algo descuadrados, pero la sonrisa que
ambos lucían mientras se abrazaban, transmitía pura felicidad.
«Vaya, vaya, mamá. Esa cara no te la había visto nunca. Tan pletórica,
llena de ganas, como si no fueras tú».
Puse el portarretrato en mi regazo y miré al frente. ¿Era cierto lo que
estaba pensando? ¿Que nunca la había visto sonreír así con nosotros, con su
familia? Aquello me causó una desazón extraña que no pude ahuyentar al no
tener nada con que rebatirlo.
¿Dónde leches estaban los álbumes de fotos? Recordaba que había pilas
de ellos porque, aunque mi madre no era una madre al uso, era una fiel hija de
su tiempo y la confección de álbumes de familia era sagrada. No los había
visto por ningún lado. Necesitaba verlos y comprobar si lo que estaba
pensando era cierto. ¿No habría ni una foto en la que Margot Acosta luciese
esa sonrisa que la hacía brillar? Me devané los sesos, pero cada vez más me
asaltaba la idea de que estaban en el cuarto cerrado.
Y la llave que no aparecía.
Me levanté, intentando aclarar mis pensamientos. Los álbumes no podían
haber desaparecido, estarían en algún sitio. Todavía no había mirado en el

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trastero ni en el garaje, podían estar allí. Pero ese no era el problema
principal. Mi gran preocupación era que no recordaba haber visto nunca a mi
madre así.
¿Era posible que no tuviese ni un solo recuerdo de verla sonreír como en
la foto, relajada, feliz, sin tener siempre algo que hacer?
Oh, sí. Claro que sí. Solo había una persona con la que había visto a mi
madre sonreír de esa forma tan joven y despreocupada. Recordé cuando Iria y
yo espiábamos de pequeñas a mis padres durante las veladas con amigos,
escondidas tras la puerta porque a nosotras nos mandaban a acostar. Ahí
veíamos a una mamá diferente: una que reía, besaba a papá, le miraba con
cara de enamorada, que hacía bromas al resto…
La sensación de insuficiencia me asoló como cuando era pequeña. Porque
fue después de ver aquello cuando Iria y yo entendimos que nosotras no
éramos importantes. Que no la hacíamos feliz. Que habíamos nacido porque
ella como médico nunca habría acabado con un ser vivo. Y que hubiera estado
totalmente satisfecha solo con papá.
«Por eso necesitabas que fuésemos como tú. Para poder sentir algo por
nosotras, y como yo no te hice caso, decidiste que no ibas a emplear más
energía en mí. Y con Iria…
»No pienses ahora en Iria. Ahora no».
Me bebí un gran vaso de agua intentando serenarme. No era momento
para ponerme a cavar tan hondo. A las ocho vendría Jackson y yo no había
comenzado a preparar nada.
«Ya lo pensarás en otro momento, Zoe. Tienes tiempo. Ahora céntrate en
lo otro, en lo que te hace sonreír».

La lluvia me acompañó el resto de la tarde, limpiando la atmósfera de arena y


dejando todas las superficies exteriores vestidas de grandes manchas de
polvo. A mí me llenó de tranquilidad y pude dejar atrás la bola de
pensamientos y emociones inquietantes de las horas anteriores. Puse a Rosalía
y dejé que su sensual música me llevase al ambiente que quería crear en la
cena con Jackson. Abrí una cerveza y me dediqué a cocinar sin prisa. Yo no
era una cocinera virtuosa, pero lo que sabía hacer era sabroso. Aquella tarde
había apostado a caballo ganador, y ya tenía todo preparado para cuando él
llegase, solo tendría que poner la pasta en la paellera donde se haría la fideuá.
Dejé los aperitivos en la nevera y subí a ducharme. Esa noche, al estar en
casa, iría más desenfadada con pantalones de talle alto de un rosa muy suave,

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una blusa de profundo escote en pico que sugería más que enseñaba, y
descalza, tal y como había estado él la noche anterior. Sexi pero informal. Me
pinté los labios con un rosa encendido mate que me daban ganas de besarme a
mí misma, y reí por lo bajo.
Llegó puntual, como me había imaginado, y con unos dulces como postre.
Cuando abrí la bolsa, me encontré con unos rosquetes riquísimos de una
pastelería famosa y se me hizo la boca agua.
—¿Sabes cuánto tiempo hace que no me como uno de estos?
—Me lo recomendó mi compañero de pádel —confesó con una traviesa
sonrisa—. Aunque como no sabía si te gustaban, traje un plan B.
—¿Ah, sí? ¿Cuál?
Rio en voz alta y meneó la cabeza.
—Si te portas bien, quizá te deje saber de qué se trata.
Le guiñé un ojo.
—Entonces no lo sabré nunca.
Nos reímos y le tendí una cerveza. No lo podía evitar: se me secaba la
boca en su presencia y necesitaba refrescarme como fuese. Aquella noche iba
con unos vaqueros desgastados y una camiseta gris oscura donde un pez
pequeño se comía a un pez grande. Dejaba al descubierto los brazos
musculosos, los torneados antebrazos y unas largas y bonitas manos. De esas
que quieres que te toquen, que te aprieten, que te dejen marcada, pero también
que te acaricien la mejilla.
Me sofoqué: no había podido evitar humedecerme al contemplarle, como
si una marea me hubiese inundado sin aviso previo. Apreté los muslos y un
escalofrío de placer contenido me recorrió entera. Aquello no le pasó
desapercibido, y antes de encontrarme con su mirada pícara, me di la vuelta
para disimular y saqué el guacamole de la nevera.
«Frío, necesito mucho frío para quitarme de encima esta calentura de
quinceañera».
La lluvia seguía cayendo en la oscuridad, y yo había puesto la mesa en el
comedor, ambientada con luces indirectas y con la voz sensual de la solista de
Pink Martini cantando en francés. Vi que se fijaba en todos los detalles con
disimulo, y sonreí para mí misma.
«Lo de rata de ordenador se lo cuentas a otra. La forma que tienes de
observar, de recorrer los lugares como si tuvieses que hacerte un mapa mental
de ellos, calibrando sus riesgos y peligros, no es de criar culo delante de una
pantalla».

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—Esta foto también la tiene mi padre en casa —exclamó, cogiendo el
marco en sus manos. Levantó la vista hacia mí. Yo estaba vigilando la pasta
para ver cómo iba de líquido, y no le hice mucho caso.
—Sí, la encontré esta tarde. Me llamó mucho la atención que mi madre no
tuviese ni una foto en la sala, así que me puse a rebuscar.
—Tienes razón. No es lo habitual en una casa que significa un hogar para
alguien.
Su mirada recorrió los muebles de la sala y de la cocina con un barrido
interesado.
—Bueno, mi madre era un poco peculiar, por decirlo con suavidad.
Notó algo raro en mi voz, porque se acercó con un nacho untado de
guacamole y me lo metió en la boca. El tacto de sus dedos en mis labios me
cosquilleó, y supe que a él le había pasado lo mismo. Se detuvo por unos
segundos en mi rostro y luego miró hacia otro lado.
—Es curioso, porque a mí me pareció una mujer muy normal, sin
estridencias.
Abrí el vino: era un estupendo rosado de Navarra que había probado
alguna vez con Armi y que se había convertido en mi favorito. Estaba a la
temperatura perfecta y brindamos.
—Por lo que se considera normal —propuse yo, y sonrió sin poder
evitarlo.
—Entonces no podemos brindar por nosotros.
—¿Nos estás llamando anormales?
Me reí mientras olía el vino. Su voz sonó grave, aunque intentó
imprimirle algo de humor:
—Creo que somos todo lo opuesto a la normalidad.
—Eso suena muy presuntuoso.
Se encogió de hombros, sonriendo, y chocó su copa con la mía.
—Entonces brindaré por lo que nos ha traído la calima.
—Por eso brindo yo también.
Tomé un sorbo del vino y hui hacia la paellera. Aquello se estaba
poniendo intenso desde demasiado pronto, y yo quería racionar esa
intensidad. No quería quemarme tan temprano, así que tendría que dejar de
soplar a las llamas al menos por un rato.
Fiel a mi improvisado plan le pregunté sobre dónde había ido a jugar al
pádel, y nos entretuvimos hablando de la gente que teníamos en común. Era
curioso cómo en los pequeños círculos de la isla sacabas conocidos hasta de
debajo de las piedras. Por ejemplo, su compañero de pádel era primo de un

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compañero mío del instituto, al que también Jackson conocía, y me
sorprendió lo bien que se había relacionado con todos ellos. En la isla los
grupos sociales eran bastante cerrados, y no era tan fácil entrar en ellos, sobre
todo si eras extranjero. Le observé contándome anécdotas sobre toda aquella
gente, y me fascinó su seguridad, su naturalidad al hablar. Era como si le
hubiese conocido de toda la vida.
—Esto ya está —declaré y le quité la tapa a la paellera. La fideuá había
reposado y estaba perfecta. La había elaborado con fumé y caldo hecho esa
misma tarde, y la había enriquecido con calamares y langostinos. Cogí la
paellera y la dejé en la mesa sobre dos placas de madera.
—Hoy soy yo el que va a devorar —dijo, frotándose las manos y con cara
de no poder esperar ni un segundo más.
—Coge directamente de la paellera —contesté, riéndome—. No vas a
aguantar a servirte en el plato. Pero ten cuidado, que está caliente.
Cogió por un lado y se lo llevó a la boca. Un sonido gutural, como un
ronroneo, acarició mi cuerpo de arriba abajo, y me ericé. Tenía los ojos
cerrados y cara de absoluto éxtasis.
—Esto está increíble, Zoe, nunca había probado una fideuá igual.
—O quizás es el hambre el que habla por ti. —Le contesté, divertida,
aunque al probar la fideuá me dije que sí que estaba buena: perfecta de sal, de
sabor a mar, de untuosidad y del punto de la pasta. Me pidió que le contase
cómo la había hecho, y le tuve que explicar todo el proceso de cabo a rabo, al
igual que el de las paellas.
—Mi madre hacía una jambalaya buenísima. Por eso me encanta el arroz
en todas sus formas de cocción, me recuerda a ella.
—¿Ella… vive? —pregunté con tiento. Negó con la cabeza y vi un
destello en sus ojos.
—No, murió cuando yo era adolescente. Mi padre y yo nos quedamos… a
la deriva, por decirlo de alguna forma. Ella era especial, luminosa, con
carácter, una madre fantástica.
Vi que su mirada se tornaba melancólica y le dejé hablar.
—Se llamaba Adriana y era brasileña. Conoció a mi padre por trabajo y al
final se quedó con él en Londres. Ella trajo vida y colores a esa vida casi
militar que llevaba mi padre, y fueron felices hasta que murió. Un hijo de puta
la atropelló en Elephant and Castle, justo al salir de su trabajo.
El recuerdo hizo que sus dedos se tensasen suavemente alrededor de la
copa, pero la costumbre le hizo mirar hacia otro lado.

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—A ella le encantaba la música, siempre estaba bailando y por eso para
mí bailar es parte de lo que soy. Cocinaba guisos sabrosos, muy alejados de la
comida que me daban en el colegio o que probaba en casa de mis amigos, y
reía mucho, con la boca bien abierta, lejos de la contención británica. De ella
heredé el tono de piel y el color de los ojos, y mi padre dice que también el
sentido del humor y el don social. Pero nada de eso me sirvió cuando murió.
Lo hizo más adelante, porque en plena adolescencia todo fue bastante…
difícil.
Me miró a los ojos y por un momento vi a alguien real, doliente, lleno de
emociones. Cuando desvió la vista, supe que se había dado cuenta de que se
había mostrado.
—No suelo hablar de esto…
Su voz pareció sorprendida. Apoyé la cara en mis manos y curvé los
labios hacia abajo.
—Yo tampoco suelo contar cosas como las que te he contado en el tiempo
que nos conocemos.
Nos quedamos callados, en calma.
—Quizás la calima nos haya unido por algo especial.
Hablé sin pensar, en un tono de voz bajo. Por un momento pensé que no
me había oído, pero le vi asentir. No dijo nada más y nos quedamos otra vez
en silencio, esta vez teñido de expectación. Sentí retumbar mi corazón y me
arrepentí de haber hablado de algo que todavía podía ser un espejismo.
Antes de que el silencio se prolongase demasiado, Jackson resolvió la
situación con elegancia. Repartió lo que quedaba de la botella de vino y luego
me preguntó si tenía espacio en mi estómago para el postre. Agradecí el
cambio de tema y de ambiente, y con la bolsa de rosquetes entre nosotros nos
sentamos en el sofá.
—¿Quieres una copa? —le pregunté, pero se negó.
—Mañana ya me voy a pasar, así que hoy prefiero quedarme con el buen
sabor del vino.
—¿Y tienes disfraz? —le pregunté, curiosa. Puso cara de interesante y
sonrió.
—Ya lo verás.
—Te aviso que aquí a los hombres les encanta disfrazarse de mujeres, es
lo más socorrido. Creo que Javi y Rafa estaban preparando algo en ese
sentido.
—Pero yo no soy ni Javi ni Rafa.
Me reí ante su tono intrigante.

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—Me muero de ganas de verlo. ¿No me vas a dar ninguna pista?
—No… —Se acercó mucho a mi cara—. Solo te diré que es verde.
«¿Verde? ¿De qué iba a ir, de la rana Gustavo? ¿De Hulk?».
—¿Y tú? ¿Ya tienes el tuyo?
—Casi, mañana por la mañana tengo que bajar un rato a casa de Gara para
acabar de terminarlo. Sí, esto es así —le dije ante su mirada incrédula—. Los
mejores trajes de carnaval son los que se hacen a última hora.
—¿Tampoco me vas a decir de qué irás disfrazada?
Negué con una sonrisa.
—Ya lo verás. Además, iremos las tres iguales, va a ser divertido.
—¿Y los maridos no van disfrazados a juego con las mujeres?
—No, estos no. Algunos sí lo hacen así, pero en carnavales lo divertido es
disfrazarte entre amigos, aunque luego salgas también junto a tu pareja.
—¿Algún último consejo que necesite saber?
Hice como que pensaba, disfrutando de su mirada sobre mí.
—Bueno… lleva las zapatillas más viejas que tengas, porque
probablemente cuando vuelvas las tengas que tirar de lo cochinas que se te
van a quedar. También es importante llevar una riñonera o un bolsillo donde
poner el dinero. Te recomiendo que no lleves el móvil, más de uno lo ha
extraviado.
—¿Y si me pierdo? ¿Cómo te encuentro? —Ahora sonreía, divertido ante
mi exposición.
—En carnavales siempre se queda en algún sitio por si uno se pierde. Ya
lo pactaremos cuando lleguemos al centro. Y por la bebida no te preocupes, la
compro yo mañana. Por cierto, ¿qué beberás?
—¿La bebida la llevamos nosotros? —preguntó sorprendido.
—También puedes consumir en las barras de los chiringuitos, pero te
expones a que la bebida sea de esa que al día siguiente te arrepentirás de
haber bebido. Lo normal es que nos llevemos el alcohol en plan botellón.
Se llevó la mano a la cara con fingido escándalo.
—Voy a hacer botellón por primera vez en veinte años. Quién me lo iba a
decir.
—La resaca del día siguiente te lo agradecerá.
Miró hacia fuera, donde la lluvia se iba alejando.
—El mejor remedio para la resaca es un baño en el mar, comprobado.
—No sé si estaré en condiciones de ir a la playa el domingo, así que ojalá
podamos usar la piscina.

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No me di cuenta de que le estaba incluyendo también en los planes del
domingo hasta que dije la frase entera. Él no dijo ni «mu» al respecto y cogió
el móvil.
—Aquí pone que el domingo va a hacer sol y la temperatura será de
veintitrés grados.
Me sonrojé al darme cuenta de que sí que estaba haciendo planes
conmigo, y no pude filtrar:
—Y si no, ponemos el jacuzzi.
¡Oh, oh! Aquello creaba imágenes que no debería haber conjurado en el
ambiente en el que estábamos. Me moví, buscando algo que hacer, pero no
encontré nada. Hasta el vino se había acabado. Le noté observándome, como
llevaba haciendo desde que nos conocimos. Parecía no aburrirse de mirarme.
—Creo que te has portado muy bien y vas a ser merecedora del plan B.
Se levantó, disolviendo de nuevo la tensión del ambiente. Vi que cogía
otra bolsa más pequeña, una que yo no había visto, y sacó una cajita de
cartón. Me la dio, y cuando la abrí vi que estaba llena de gominolas y
regalices de variados colores y sabores.
Me reí como una niña.
—Esto sí que hace años que no lo como, ¡y me encanta! ¡Gracias!
—¡Eh!, que son para los dos —exclamó con fingido enfado, y volvimos a
caer en el sofá para dar cuenta de la cajita con rapidez.
Otro suplicio más para mi recalentado cuerpo. Me tuve que contener para
no lamerle el azúcar que se le quedaba impregnado en los labios y que creo
que no se limpiaba adrede.
«Eres un maestro de este juego, Jackson Grant. Pero no sabes hasta dónde
puedo llegar para ganar la partida».
Cogí un ladrillo de pica pica y me lo metí entre los labios, chupándolo
como si estuviese distraída, pero con plena consciencia de que no me quitaba
los ojos de encima. Paseé la lengua con lentitud por las comisuras de los
labios, llevándome todo el azúcar, y sin mirarle ni una sola vez.
Vi que se removía en el sofá y sin mirar supe que tenía una erección
descomunal, de esas que quieren reventar el pantalón.
«Toma esa, Jackson Grant. Ahora estamos empatados».
Con toda consciencia de su incomodidad y de que el escote de mi
camiseta era de lo más indiscreto, me eché para delante.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
—Me huelo a que voy a estar en apuros si te digo que sí. Así que… sí.

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Nos reímos y mis pies subieron al sofá, a su lado. Las ganas de sentirle
cerca eran tales que ni pensé en mis movimientos.
—¿A qué te dedicas realmente? Si es que puedes decírmelo, claro.
Una sutil sombra pasó por delante de sus ojos y esperé a que su expresión
se cerrase, pero no fue así. Me miró con cierto reparo y luego suspiró:
—Me imaginaba que no te habías creído lo que te conté. Bueno, tampoco
está tan alejado de lo que hago en realidad.
Hizo crujir sus nudillos, como preparándose.
—Siento no poder contarte todo, pero sí te daré la visión general. Esto es
algo que no he podido hacer nunca con nadie y que no debería hacer ahora
tampoco, pero cada vez me da más igual.
Me miró de soslayo.
—Incluso perdí la gran oportunidad de mi vida con una mujer por mi
trabajo.
—¿Y eso? —La curiosidad pudo más que mi temple habitual.
—En aquel momento no hacía exactamente lo que hago ahora. Era… más
complicado. No podía meter a nadie en aquello, era peligroso. Pero conocí a
una chica en una fiesta de disfraces, Vera. Era divertida, lista y muy sexi. Me
atrajo desde el primer segundo. Solo tuvimos dos oportunidades, y en la
segunda me tuve que ir. Me llamaron, era urgente y casi la cago por tardar. La
vi en una fiesta tras unas semanas y supe que ya estaba en otra cosa. La
observé sin que me viese y había algo muy poderoso entre ella y un hombre
que la contemplaba como quien ve agua en el desierto. He visto el amor
verdadero, Zoe, lo vi entre mis padres. Y entre Vera y ese tío lo había. Supuse
que entre ellos habría una historia anterior. Así que me retiré. Sin embargo,
nunca podré dejar de preguntarme qué habría pasado si en nuestra segunda
cita no me hubiese tenido que ir. Aunque supongo que, si fue así, es porque
no era nuestro momento.
Lo había contado todo con tranquilidad, como quien cuenta una anécdota
pasada. Eso me reveló mucho de él.
—Entonces antes tenías un trabajo peligroso que no te permitía tener a
nadie en tu vida. ¿Tampoco a tu padre? ¿No estaba él también en peligro?
—Estuve mucho tiempo sin poder estar en contacto con él por eso mismo.
Además, mi padre tampoco tiene un trabajo cualquiera. Para él era mejor no
estar expuesto.
A pesar de todo lo que había visto en mi trabajo, todavía me sorprendían
cosas como esta. La mayoría de la gente vivía su vida de falsa seguridad sin
saber la cantidad de cosas extrañas y situaciones peligrosas que podían

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rozarles sin tener ni idea de ellas. Y era mejor que no lo supiesen. Yo hubiera
preferido vivir en la ignorancia, pero desde hacía meses que no era así.
Suspiré, intentando obviar el pánico que sentía cada vez que me acordaba
de los sucesos de Singapur, y le miré.
—¿Y ahora qué haces? ¿Es menos peligroso?
—En teoría, sí. Es verdad que trabajo como informático, pero lo de la
empresa de Londres no es del todo cierto. En realidad, trabajo para la
Metropolitan Police. ¿Sabes lo que es?
Claro que lo sabía. Aunque en las películas siempre lo llamaban Scotland
Yard.
—Como necesito estar un tiempo… desaparecido, echo una mano desde
aquí para determinados servicios.
Asentí, un poco alucinada. Entonces era poli, o agente, o lo que fuese.
Ahora me encajaba todo.
—Solo dos preguntas.
—Vale. —Sonrió con timidez.
—¿Tu padre también trabaja… allí?
Asintió. No sé por qué, pero me lo imaginaba en Buckingham Palace.
Eso, o que mis épocas de leer el Hola habían hecho más mella en mí de lo que
imaginaba.
—¿Y la segunda?
No me sonrojé en absoluto cuando le pregunté si tenía uniforme. Se echó
a reír con ganas, tanto que le salieron las lágrimas.
—A ver, yo te cuento que mi vida laboral es un lío de cojones, peligrosa
como poco, ¿y tú piensas en si llevo uniforme?
Sonreí: siempre se me había dado bien resolver situaciones tensas. Y por
cómo estaba viendo variar sus expresiones, supe que tenía que sacarle de
dondequiera que se estaba adentrando.
—¿No sabes que a las chicas nos pirran los hombres con uniforme?
Empezamos a reír y la conversación fluyó por otros caminos más seguros.
No volvimos a tocar el tema, bastante tenía que digerir yo con lo que me
había contado, y supongo que él también por el hecho de haberme confiado
todo aquello. Esa noche no bailamos, pero nos despedimos con un abrazo
apretado. De esos que prometen mucho, y de los que susurraban que se había
abierto otra compuerta más entre Jackson y yo.

Página 69
8.
EL RETORNO DE NIGMA

Stop the rock, Apolo 440

Pasé la mañana siguiente entre pistolas de silicona, purpurina, cordones


dorados y la esperanza de que al final el disfraz se pareciese al atuendo de
Xena, la princesa guerrera. Gara nos dirigía con precisión, siempre fue la gran
sacerdotisa de los disfraces y una esclavista despiadada cuando veía que
bajábamos el ritmo. Acabamos con la lengua fuera, y cuando terminamos, ya
bien pasado el mediodía, dejamos las diferentes partes secándose en la
terraza.
—No creo que lleguemos a casa con nada de lo que hemos pegado —se
rio Violeta, y la secundé.
—Como siempre, ¿de qué te sorprendes?
—¿Y tú te acuerdas de esos detalles? Porque por mis cálculos, creo que la
última vez que apareciste por aquí en carnavales fue en dos mil trece.
¿Hacía tanto? Hice memoria y vi que tenía razón.
—Esto nunca se olvida, amiga, se lleva en la sangre. Aunque seguro que
estoy desfasada en otras cosas. ¿Todavía se sigue yendo a la zona de El
Águila?
Violeta se encogió de hombros.
—Mucha gente sí, pero nosotros vamos ahora más arriba, entre el Platillo
Volante y el Orche. Y a la plaza de España hace siglos que no bajamos,
porque allí está todo el chiquillerío.
Empecé a recoger mis cosas y les dije que me iba a Carrefour a comprar la
bebida. Entonces solté la bomba.
—Por cierto, esta noche vendré acompañada. Espero que no les importe.
Gara levantó la vista y las cejas le llegaron al nacimiento del pelo. Violeta
se rio, intrigada.

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—¿Y eso nos lo cuentas ahora? Venga, desembucha, que ahí veo tema que
te quemas.
Tuve que reírme. No podía engañarlas. Gara y Viole habían sido mis
mejores amigas en mis años de juventud: íbamos a todos lados juntas, y a
pesar de haber dejado la isla desde hacía tantos años, seguíamos hablando con
asiduidad en un grupo de WhatsApp que echaba fuego cada vez que a alguna
le pasaba algo importante. Sabía que a ellas podía contarles cualquier cosa, y
que también sabrían sonsacarme hasta el más mínimo detalle que con otras
personas hubiera preferido obviar.
Les conté todo mi episodio de la palapa y de las cenas, y Viole silbó.
—¡Ay, ay, ay!, vas a caer, amiga. Tienes ese brillo en los ojos que hacía
años que no te veía.
Le di un manotazo juguetón.
—No digas tonterías. Es verdad que me atrae mucho, pero más allá no sé
si…
—No es normal lo que ha pasado entre ustedes dos, tan a saco desde el
primer momento. Como si se conociesen de otra vida. Tú no eres de las que
dejan que alguien se acerque a ti así, tan fácil. Eso ya dice mucho —concluyó
Gara, recostándose hacia detrás y con cara de querer enterarse de todos los
detalles. Me encogí de hombros.
—Tampoco sé si es producto de todo lo que estoy teniendo que vivir con
lo de mi madre. El haber visto de nuevo la casa de Los Cristianos, tener que
descubrir que la mujer que vivió en casa de mis abuelos no se parecía
demasiado a la madre que yo conocí, lidiar con muchos sentimientos que
tenía escondidos y bien atados en algún lugar de mi corazón… Todo eso
puede que haga que mi respuesta a Jackson sea como la que tiene el que sabe
que va a morir: intensa, rápida y sin querer perder el tiempo.
—Pero tú no vas a morir, Zoe —me recordó Violeta—, así que esa
comparación no me vale. ¿No será que por primera vez estás tan a gusto con
alguien que te dejas ver como eres de verdad? ¿Sin la frialdad y suspicacia
que te ha dado tu trabajo?
—¿Tú crees que soy fría y suspicaz? —pregunté, algo molesta. Gara
sonrió y me acarició el cabello.
—Has cambiado, pero supongo que es normal, todos lo hacemos con la
edad. Y tú no venías con un buen punto de partida. Todo lo que arrastras de tu
familia, y encima ese trabajo en el que tienes que ser totalmente objetiva y
fría para alcanzar los mejores acuerdos, te han convertido en alguien un poco

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distante. No con nosotras, porque eso no te lo permitiríamos —resonó una
carcajada general y alguna que otra colleja cariñosa—, pero sí con el resto.
—Recuerdo que cuando Rafa te conoció, me preguntó después si te había
hecho algo en una vida pasada. —Soltó Viole, y me tapé los ojos, en parte
avergonzada y en parte asumiendo que sí, que el haber vivido tanto tiempo
fuera de la isla me había desprovisto de la calidez tan propia de su forma de
vida. Eso, y que para sobrevivir en los ambientes donde yo me movía, había
que ser dura como el acero. Al final esa impasibilidad con un punto borde se
iba instalando en tu ser como una capa plateada y difícil de atravesar.
—Pero no nos desviemos —apuntó Gara—. Y este pollo, ¿habla español?
Porque ya sabes que por aquí el inglés no es nuestro segundo idioma oficial.
Me reí, y entonces me di cuenta de que nunca había hablado con Jackson
en castellano.
—Supongo que sí, porque tiene amigos canarios, pero lo cierto es que
entre nosotros siempre hemos hablado en inglés.
—Bueno, si no usaremos el idioma internacional de las señas, que ese lo
conocemos todos —gorjeó Gara, frotándose las manos—. Espero que sea
carnívoro, porque esta noche Javi quiere encender la barbacoa, ya que el
tiempo sigue acompañando.
Era cierto. Tras la lluvia del día anterior, el cielo lucía azul lavado, aunque
el calor persistía de una forma poco habitual para un mes de febrero en la isla.
Me asomé a la calle, llena de árboles y con una quietud especial a pesar de
encontrarnos en el centro de Santa Cruz. Gara y Javi vivían en la zona de la
plaza de los Patos, en un maravilloso ático que había sido propiedad de la
familia de Javi y que su hermano, un reputado arquitecto, les había
reformado.
Sonreí, aspirando el cálido aire. En ese momento, el mundo no parecía
poder ser mejor. Tenía ante mí una noche de carnaval, rodeada de mis amigas,
de música, risas, y la presencia de Jackson. Alguien que, por primera vez en
mucho tiempo, me hacía vibrar en perfecta armonía conmigo misma.
Durante el día intenté no darle demasiadas vueltas a lo que me había
contado la noche anterior. En los últimos años, había conocido a gente con los
oficios más variopintos, así que estaba curada de espanto. Lo que me
intrigaba era el único cabo suelto que había dejado: aquella expresión de
«estar un tiempo desaparecido» significaba muchas cosas, entre ellas que
quizás ese peligro del que hablaba no había pasado del todo. ¿Tendría que ver
con el trabajo que hacía actualmente para la Met? Decidí no pensar más en
todo eso, pero sabía que en algún momento lo resolvería. Yo era así, como un

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perro de caza. Elegante, despiadada, con malas artes, y perseverante como la
que más.
Jackson llegó a mi casa con una gran bolsa que guardaba con celo. Intenté
ver lo que había dentro, y él se escurrió con destreza ante mis acercamientos.
—Ya lo verás, no seas impaciente.
Suspiré con sonoridad y me agaché a coger mi bolso. El taxi estaba a
punto de llegar, y durante el viaje aproveché para ponerle al tanto de la gente
que iba a conocer.
—Gara y Violeta son amigas mías desde el instituto, y lo siguen siendo,
así que vas a enfrentarte a muchas preguntas y…
Me callé, roja como un tomate. Me sentí como una adolescente que no
quiere que el chico que le gusta sepa que habla de él con sus amigas. Así que
seguí parloteando de otros detalles no tan comprometedores, intentando
desviar su atención de aquel primer desliz que le había hecho sonreír sin
mirarme.
—Gara es fisioterapeuta y Violeta maestra de educación infantil. Son
listas, divertidas y con mucho carácter, la compañía perfecta para una noche
como esta. Y sus maridos, Javi y Rafa, las complementan a la perfección. Javi
y Gara son pareja desde la adolescencia, y Rafa es de Logroño, pero lleva
muchos años aquí. Ya verás que te caen bien.
Me sonrió de lado y la cercanía de su cuerpo me impactó de lleno. Dios,
me sentía como una hormona con patas, puras burbujas calientes envueltas en
piel que amenazaban con salirse en cuanto abría la boca. Notaba su calor, su
olor limpio, con ciertos tintes a fruta apetitosa. Me habría encantado
acercarme a olerle el cuello y dilucidar si aquel aroma era a maracuyá o a
melocotón, pero me contuve, tensándome por un momento. Me echó una
mirada de soslayo y hubiera jurado que contuvo un movimiento encaminado a
tocar los interminables anillos de mi mano izquierda.
Nos bajamos del taxi y subimos en un silencio cómodo hasta el ático de
Gara y Javi. La anfitriona nos abrió con una sonrisa radiante que yo me
conocía como la palma de mano.
«Pobre Jackson, la que le va a caer».
Lo que no me esperaba, era cómo hablaba castellano. Su voz se hacía un
poco más grave de lo que ya era habitualmente, y tenía un acento parecido al
nuestro, al canario, pero con algunas diferencias. Le miré, sorprendida, y me
sonrió, travieso.
—Pasé unos meses recorriendo Sudamérica cuando era estudiante, y el
hablar portugués con mi madre tuvo sus ventajas.

Página 73
Me reí sin poder evitarlo.
—Es que me resulta rarísimo. Ahora no voy a saber en qué idioma
hablarte.
Gara hizo un gesto inequívoco con las cejas y le di un codazo.
—Compórtate, que ahora ya no tenemos la baza del guiri que no se entera
de nada.
Nos reímos todos, incluido Javi que había venido a saludar a Jackson con
una amigable palmada en la espalda. Este se ofreció a echarle una mano con
la barbacoa, y en un periquete les perdimos de camino a la terraza.
Gara me encaró con rapidez.
—Cabrona, no nos habías dicho que era… así. Por Dios, Zoe, es el
hombre más sexi que he visto en años.
Me reí.
—Dice la que duerme con el bombero que está de calendario.
—Casi se me cayó la baba con ese acento y la voz de bajabragas. ¡Y qué
estilazo tiene el jodido!
—Cállate ya, que todo eso lo sé y se me van los ojos sin querer… ¡Los
ojos y todo lo demás!
Gara me dio un rápido abrazo y bajó la voz:
—Vívelo, amiga. A ese hombre le gustas mucho, se le nota en todo, y tú
necesitas un poco de calor; a ver si dejas de ser un polo y vuelves a ser ese
gofre calentito que sé que todavía habita en tu interior.
Meneé la cabeza y le di otro abrazo. Gara y sus comparaciones con la
comida. Dejamos la bolsa de hielo en un arcón que tenía en la solana y
salimos a la terraza donde había dispuesta una mesa con varias ensaladas,
rebanadas de pan y bandejas vacías a la espera de las viandas. Me acerqué a la
barbacoa, donde Jackson y Javi estaban echando un vistazo al fuego, y se me
hizo la boca agua al ver la cantidad de chorizos, chistorras y relucientes trozos
de carne que nos esperaban.
—¡Esto es una chuletada en toda regla! —dije, aplaudiendo de la
emoción. Gara se mofó de mí, diciendo que esto era una chuletada pija, y Javi
empezó a explicarle a Jackson las características de una de verdad, de las que
se hacen en el monte en zonas recreativas. En eso sonó el portero, y en breve
ya nos habíamos reunido todos.
La noche estaba estrellada y cálida, pero yo la sentía diferente, especial.
No sé si era porque a unas calles de allí sabía que latía el corazón del
carnaval, con sus escenarios todavía vacíos porque era temprano, o por la
compañía. Hacía muchos años que no estaba con mis amigas así, de

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celebración, y menos acompañada por alguien como Jackson. Porque sí, había
traído a Lauren un año, pero en ese momento ya era mi pareja, teníamos una
relación afianzada. Con Jackson no había nada, pero a la vez vislumbraba que
podría haber un todo.
«Paso a paso, Zoe. Baila, ríe, bésale si se da. Que se dará. Y luego
veremos».
—Bueno, ya tenemos el estómago recubierto de grasita para aguantar el
alcohol —declaró Javi, dándose unas palmadas en la barriga—. Creo que es
hora de empezar a disfrazarnos y pasarnos a las copas.
Jackson me miró y tuve que traducir.
—Es que lo de disfrazarse es todo un ritual. Se va haciendo con calma,
prestando atención a los detalles, al maquillaje, y siempre con la copita al
lado. ¿Tu disfraz lleva mucho maquillaje?
—Tengo que pintarme el pelo de rojo, y quizá me haga algún símbolo en
la cara.
Hmmm. Qué intriga, no me imaginaba para nada de qué iba a ir
disfrazado. Viole cogió las riendas.
—Vale, si quieres yo te pinto el pelo aquí, en la terraza. ¿Y ustedes? ¿Van
a necesitar el maquillaje habitual? —preguntó a los dos hombres, que
asintieron.
—Bien, entonces Zoe y yo les maquillamos aquí también, así estamos
todos juntos —resolvió Gara, y entró en la casa para sacar un gigantesco
neceser lleno de pinturas baratas. Javi y Rafa se quitaron la camiseta y
Jackson les secundó. Nos miramos entre nosotras y no hizo falta decir nada.
Vaya un espectáculo teníamos en aquella terraza. Las risas no tardaron en
llegar, sobre todo con las caras concentradas de Javi y Rafa al pintarles los
labios. Sacaban los morros con estilo, y sabía que en cuanto se pusieran la
peluca les habríamos perdido para el resto de la noche.
Les dejamos conversando en la terraza mientras nos íbamos a maquillar
nosotras. Yo llevaba una peluca oscura y larga, que estaba tan bien hecha que
podría haber sido mi cabello.
—¿De dónde has sacado esta peluca? No tiene que ver con las típicas
pelucas del chino —le pregunté a Viole, y puso los ojos en blanco. Entendí
que era mejor no preguntar, a saber en qué contexto se la ponía.
Cuando nos vimos vestidas y maquilladas en el espejo, no pudimos sino
aplaudir. Dentro de lo casero del disfraz, había quedado más allá de lo digno.
Teníamos mucha piel al aire, pero la noche acompañaba, así que la breve capa
que nos habíamos confeccionado era más que suficiente para no pasar frío.

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Me di la vuelta y meneé el culo, con lo que las láminas de falso cuero se
movieron sugerentes. Teníamos incluso las armas características de Xena, que
habíamos colgado del cinto. Yo empuñé el látigo, Viole la espada y Gara el
chakram circular, y nos sacamos una foto entre risas.
Se hizo el silencio cuando salimos a la terraza, y eso que sonaba Juan Luis
Guerra. Sí, estábamos guapas, lo sabíamos, pero quizá había algo más: unas
estrellas que bailaban en los ojos, una picardía especial en los labios, el saber
que un disfraz siempre eliminaba tapujos y, sobre todo, que en carnaval todo
relucía más, brillaba, reflejaba las luces y las ganas contenidas durante todo el
año.
—Vaya mujerones —dijo Rafa mientras Javi silbaba. Parecían haber
vuelto a la adolescencia, y no pude hacer otra cosa sino reír e ir a rellenarme
la copa, que había vaciado mientras nos maquillábamos.
—Ahora vamos nosotros, esperen aquí que lo van a flipar —prometió Javi
y tiró de Rafa y Jackson hacia dentro. Mejor así, porque no podía quitarme de
la cabeza la mirada oscura y caliente que me había dedicado. Dios, si con eso
ya estaba excitada, ¿cómo iba a aguantar toda la noche?
—Bebe, amiga —me dijo Violeta—. Que te vas a deshidratar.
Gara se atragantó de la risa y me quejé de que se estaban cobrando juntas
todas las trastadas que les había hecho durante nuestra amistad. Al cabo de un
rato aparecieron Javi y Rafa disfrazados de la Pamela Anderson vigilante de
la playa, con una malla color piel y encima de ella un bañador rojo que se
hinchaba en la zona del pecho gracias a unas tetas inflables, con el consabido
flotador en mano y como extra alrededor de la cintura llevaban un cinturón
del que colgaban pescados, bolsas, zapatos, de todo lo que se podría encontrar
en el fondo del mar. Hasta que me fijé que también habían colgado un
consolador, y no pude sino reírme. Lucían unas pelucas rubias frondosas,
cuyos mechones se les metían en la cara y que ellos se sacudían hacia detrás
con ademanes femeninos, mimetizados con su personaje desde el primer
segundo.
Estaba tan divertida con su teatrillo que solo me fijé en Jackson cuando
noté que alguien alto se movió a su lado. Fue en ese momento cuando le
descubrí, con su cuerpo envuelto en una malla verde llena de signos de
interrogación. El amplio pecho, los fornidos brazos, el vientre plano, los
muslos poderosos… La malla no era pegada del todo y aun así parecía un
gladiador, un jugador de rugby macizo y esculpido. Levanté la vista hacia el
cabello rojo y el antifaz violeta, a través del cual sus ojos avellana me
observaban, divertidos.

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—Mr. E. Nigma, ¿supongo? —dije a la vez que cogía aire.
Algo fulguró en su mirada, una especie de sorpresa llena de regocijo, y me
apuntó con el bastón dorado del villano de Batman.
—Para serviros, milady.
Me acerqué a él, con los dedos cosquilleándome de las ganas de tocarle, y
le pregunté lo primero que se me vino a la mente.
—¿Sabes lo incómodo que va a ser esto para ir a hacer pis?
Se rio, liberando la tensión que se había creado entre nosotros.
—No te preocupes, ya tus amigos me han dado un máster al respecto.
«Y para lo otro también, querido. Si te empalmas va a ser más que
evidente con ese disfraz».
Mis ojos se fueron sin permiso hasta su entrepierna, y noté que una risa le
subía desde el pecho.
—Cuando eso pase, vas a tener que taparme —susurró en mi oído y tiró
de mí hacia él, envolviéndome con su olor y su calor. Cerré los ojos y me dije
que sí, que claro que lo haría. Eso y mucho más. Y también me dije que
aquella noche tenía toda la pinta de que iba a ser memorable.
Poco sabía en aquel entonces de lo que iba a ocurrir.

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9.
LA VIDA ES UN CARNAVAL

Yo traigo boogaloo, La Sra. Tomasa

A las dos de la mañana decidimos salir de la casa, ya con unas cuantas copas
encima, y con los ánimos por las nubes. Nos rociamos con spray de purpurina
plateada en la calle y con las bolsas en las manos comenzamos a caminar
hacia el centro. La música hacía tiempo que se escuchaba como un
batiburrillo de diferentes ritmos e instrumentos: la de la zona del Orche, que
era lo que más cerca nos quedaba, se mezclaba con supremacía con la de otros
altavoces más pequeños, camuflados en carritos preparados por grupos de
amigos, y a medida que nos acercábamos, también era posible escuchar los
lejanos latidos de la plaza del Príncipe y de toda la zona centro que se
desparramaba hasta la plaza de España.
En nuestro recorrido fuimos encontrándonos con todo tipo de estampas
características del carnaval: un grupo de chicos disfrazados de gimnastas que
iban haciendo piruetas y tirándose el aro unos a otros, una pareja de amigos
que iban disfrazados de señoras de la limpieza y paraban a todos los coches
para limpiarles las lunetas con unos enormes paños, grupetes de chicas
ataviadas de Alaska haciendo botellón en un portal, algún carnavalero perdido
con su bolsa de botellas y hielo buscando llegar cuanto antes adonde estaban
sus amigos, y varios baños improvisados entre coches donde las chicas se
tapaban unas a otras y los chicos se apretaban contra los muros de los
edificios, dejando su impronta de urea que al final de la noche formaría una
nube apestosa, característica también de las fiestas callejeras.
—Si les parece, vamos a bajar un poquito para buscar una zona donde
estar más sueltos —propuso Javi—. Vamos viendo qué encontramos, y donde
nos guste, nos ponemos.

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Todos estuvimos de acuerdo, yo la primera. Hacía muchos años que no
venía y no tenía ni idea de cuáles eran los mejores lugares donde comenzar la
noche. Todavía no apetecía meterse en el meollo a bailar, si no lo ideal era
encontrar un lugar donde poder tomarnos unas copas y tener música cerca.
Nos situamos en un banco que milagrosamente había quedado vacío justo
por debajo del Platillo Volante, que era un bar que llevaba años poniéndose de
moda durante las noches de carnaval. En la calle sonaba música y nos
podíamos mover sin problema, pero a la vez nos encontrábamos inmersos en
la marea de los carnavaleros, esos que tenían ganas de reír y buscar
conversaciones improvisadas. No le había dicho nada a Jackson sobre
aquello, sobre ese espíritu del carnaval que hace que hables con un
desconocido como si te hubieras levantado con él esa misma mañana, que te
inspira a hacer teatrillos tontos con disfraces que tengan que ver con el tuyo, y
que en momentos de soltería son la mejor arma para el coqueteo y las risas
previas al «te meto mano en cualquier esquina».
Me volví hacia él y vi que no hacía falta. Un Batman con un pene de
plástico por fuera de la bragueta ya se le había acercado y estaban riendo
mientras Jackson le apuntaba con su bastón dorado.
«Con este no voy a tener que preocuparme de que si encaja o no. Debe de
ser la sangre brasileña… Sea lo que sea, mejor así».
Recordé a Lauren y su cara de agobio el año que vinimos juntas. No
entendió el espíritu de la fiesta y sé que aguantó hasta el final solo por
complacerme. A mí aquello me aguó la noche y no pude disfrutarla como
hubiese querido. Así que el ver a Jackson con una sonrisa en el rostro y
moviendo el cuerpo al ritmo de la música me tranquilizó más de lo que había
imaginado.
Y cómo le miraban. Desde que entramos en la marea humana, no había
podido dejar de fijarme en cómo atraía los ojos de las mujeres y también de
algunos hombres. No iba desnudo como alguno que habíamos visto por el
camino, sin camiseta y con los músculos brillantes por la acción de algún
aceite. No, él solo sugería como pueden insinuar unas costuras algo tirantes
en la zona pectoral y de la espalda. Pero no era solo eso: era también su
altura, que le hacía destacar en medio de la multitud, y esa sonrisa que te
daban ganas de aplastar su boca con la tuya. Todo su ser destilaba buen
humor, diversión, amabilidad, pero algún detalle travieso de su sonrisa o un
sinuoso movimiento de su cadera hacían aparecer de repente un destello
peligroso, de malote, de esos que le hacían doblemente atractivo.

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Dios mío. Le conocía desde hacía solo cuatro días, unas horas mal
contadas en las que habíamos compartido meras pinceladas de nuestras vidas,
pero cuando le miraba, sabía que aquello era algo más. Que sus miladys no
eran fruto de la casualidad. Y que había algo entre nosotros que era más
profundo que lo que se veía a simple vista. Sentí un escalofrío y en ese
momento, como si él también lo hubiese sentido, me miró.
Sus ojos me atravesaron y conectamos con fuerza, intensos, como el
primer día, haciendo que mi corazón retumbase más fuerte que los bajos de la
música que nos rodeaba. Mi interior se abrió, se desplegó como una flor de
pétalos de fuego que quemaba y arrasaba todo lo que se encontraba a su paso:
miedo, dudas, incredulidad. Solo quedó mi yo palpitante, lleno de deseo,
despojado del artificio y de la frialdad. Ese que estaba muy hondo y que había
enterrado desde muy joven.
Vi que tragaba saliva, y esa fue la señal para entender que él se sentía
igual que yo. Empecé a sonreír de pura dicha, con toda la boca y todo el
cuerpo, y sus labios se sumaron a los míos. No podíamos despegarnos, las
miradas parecían devorarse del placer de saber que estábamos allí, los dos
juntos, solo porque ambos lo deseábamos.
—Por Dios, Zoe, váyanse a un hotel —bufó Gara en mi oído, rompiendo
el momento estrepitosamente. La fusilé con la mirada y se rio como la Bruja
Avería.
—Eres única para…
Siguió riéndose y me abrazó.
—Es que me encanta verte así.
Le di un codazo y entonces llegó Violeta, ajena a lo que estábamos
hablando, con la mano en alto para hacernos escuchar la música.
… si tú quieres bailar,
sopa de caracol, ¡eh!

Empezamos a bailar moviendo las caderas, con ese paso facilongo que
aprendíamos todos en carnaval, que no era ni salsa, ni merengue, ni bachata,
ni cumbia, sino un pasito-pasito-eh-eh que pegaba con todo. Las Xenas nos
empezamos a menear con sonrisas radiantes, y en breve tuvimos a las
Pamelas y al de verde haciéndonos de murete disimulado. Solo les faltaba
levantar la pata y orinar como los perros. No pudimos sino reírnos a
carcajadas, y les metimos a bailar con nosotras.
Estuvimos un rato largo allí, bailando todo lo que salía por los altavoces,
desde Oscar D’León hasta las K-Narias, tomando copas que se desbordaban
cada dos por tres, saludando a gente que hacía muchos años que no veíamos,

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viendo por el rabillo del ojo cómo las mujeres venían a hablar con Jackson,
pero se iban con las manos vacías, y riendo con gente desconocida a la que
daba con mi látigo de mentira y a la que castigaba si veía que se iba a pasar de
lista. Rodeada de brillos, de antenas, de pelucas y toneladas de purpurina, eso
era la esencia del carnaval.
La noche nos llevó a la zona del Orche, donde un DJ pinchaba y hacía
vibrar a los cientos de personas que allí se congregaban. Intentamos
deslizarnos entre la gente, pero aquello estaba tan apretado que me agobié.
Entonces vimos que en los aledaños del Orche, cerca del bar Coral, se había
formado una fiesta alternativa con un carro vestido de nave espacial y
capitaneado por un grupo de alienígenas de Mars Attacks. Nos acoplamos sin
problemas, eufóricos por la noche tan increíble que estábamos viviendo.
Entonces sonó Lalo Rodríguez y su Ven, devórame otra vez, y todo se
precipitó.
Jackson y yo nos pegamos como un imán, como si llevásemos toda la
noche esperando por aquella señal. Dejamos a un lado cualquier tipo de
tapujo y bailamos juntos, sonriendo, con toda la sensualidad de la salsa y las
ganas que nos teníamos, con una compenetración que pocas veces se consigue
con alguien casi desconocido. En mi memoria aquel baile siempre irradiará
luz, como si hubiésemos estado bajo un foco lleno de purpurina dorada,
protagonistas de una película romántica donde la piel se incendia bajo cada
roce y cada caricia soslayada entre paso y paso.
Cuando la canción se terminó supe que necesitábamos más, que aquello
nos había sabido a poco.
—Viole, ¿dónde se baila de esto? ¿En la plaza del Príncipe? ¿O hay que ir
hasta la plaza de la Candelaria?
Mis amigas, todavía con la boca abierta ante nuestro despliegue,
asintieron sin hacerme demasiado caso.
—Tú baja que seguro que por el camino encontrarás algún sitio donde
puedan seguir con… eso.
Les sonreí con picardía y me volví hacia Jackson:
—¿Vamos?
Deslizó sus dedos entre los míos y me siguió. Sorteamos a la gente por las
calles, bailando con cada nota que escuchábamos, riendo por cualquier cosa y
buscando la cercanía sin vergüenza alguna. Deambulamos hasta encontrar una
orquesta que estaba tocando buena salsa, y de pronto nos vimos rodeados de
gente que bailaba con esa pasión que nos sobraba a nosotros. Las dos horas
que pasamos bailando en ese rincón de la ciudad, con luces y banderitas

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festivas sobre nuestras cabezas, pudiendo dar rienda suelta a todas las ganas
que teníamos dentro, actuaron potenciando aún más la euforia de aquella
noche. Ya ni siquiera estábamos tomando copas, no nos hacía falta: lo
teníamos todo allí, a la música y a nosotros.
Fue un impasse mágico, un momento robado en el que sentí transportarme
a un club de salsa de esos de película, pero esta vez bailaba bajo las estrellas y
con la pareja más perfecta que jamás habría podido desear. Y eso mismo veía
en sus ojos, anclados a los míos desde que su mano se posó por primera vez
en mi cintura.
«No quiero que esto se acabe nunca. Es demasiado increíble para ser
verdad».
Cuando el cielo empezó a perder su oscuridad, con una claridad tenue
desde el este, me di cuenta de que iba a amanecer y que, como siempre en
carnavales, me moría de hambre. Se lo dije a Jackson y me echó una sonrisa
cómplice.
—Yo también tengo hambre. ¿Comemos algo para coger fuerzas para la
subida?
Con solo pensar en lo que teníamos que caminar hasta llegar a casa me
estaba dando una fatiga. Lo de encontrar taxi libre en carnaval era misión
imposible, así que nos tocaría patear hasta Las Acacias. Eso significaba una
media hora de cuesta arriba bastante pronunciada. Sin demasiadas prisas nos
comimos un perrito caliente y empezamos a recorrer el camino, cogidos de la
mano y con una sonrisa de oreja a oreja. Nos fuimos tropezando con más
carnavaleros como nosotros, que ya estaban de retirada, pero también con
fiestas improvisadas que sabía que se prolongarían hasta bien entrada la
mañana, como la del kiosco Numancia.
Nunca me creería la suerte que tuvimos cuando ya en las Ramblas
encontramos un taxi con luz verde. Casi me planté en medio de la calle para
pararlo, y menos mal que nos vio, porque había más gente un poco más allá
con las mismas intenciones que nosotros.
—No me lo puedo creer —suspiré, sentándome con placer en el asiento de
atrás, y nos miramos con una sonrisa.
—Esta noche no podía ser de otra forma —dijo, quitándose el antifaz de
la cara—. Todo ha sido perfecto. Hacía muchísimo que no me divertía tanto.
—Ni yo —le confesé. Era cierto: y no era solo porque había resultado ser
una muy afortunada noche de carnaval, sino porque estaba él. Gracias a
Nigma, aquellas horas habían sido las mejores en mucho tiempo.

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Nos bajamos del taxi frente a nuestras casas: todo estaba en silencio, solo
cantaban los pájaros en los árboles cercanos. Cuando el sonido del coche se
alejó, no hubo demasiado que decirnos. Él me cogió de la mano y juntos
entramos a su casa.
La mañana estaba conquistando la sala con su fulgor, llenando de luz
todo, incluso a nosotros. En toda aquella pureza me sentí pegajosa, con esa
sensación de amanecida de la que me había olvidado por completo. No era
como para sentirse sexi y sensual, sonreí para mí misma. Me entretuve en
quitarme la peluca y me solté el pelo, feliz de notar el aire en mi cabeza. Noté
que se me acercaba por detrás, y con mucha suavidad me habló al oído.
—¿Una última canción?
Moví la cabeza afirmativamente, era incapaz de decirle que no. No en
aquella mañana llena de promesas.
De nuevo DLG. Esta vez, La quiero a morir.
Y yo que hasta ayer era un holgazán,
y hoy soy el guardián de sus sueños de amor.
La quiero a morir…

Esta vez la bailamos lenta, sin florituras, sin giros imposibles, sino
sintiéndonos, tocándonos, sin apartar la mirada. Como deberían haber sido
todos los bailes en el mundo. No sé de dónde estaba brotando todo aquello,
nunca había creído en poder sentir algo así en tan poco tiempo. Me reía de los
instalove y de las películas que se montaban mis amigas por momentos como
este.
Pero yo me creía lo que estaba pasando, y sé que él también.
No apartaba la mirada de mi boca, y cuando sonó la última nota de la
canción, supe que no había excusas.
—Milady…
El susurro fue casi inaudible y me tensó, me hizo latir, me inundó de
calor. Cogió mi mano y la deslizó por su cuerpo.
—Mira cómo me tienes.
El tocar su polla dura como una roca por encima de las mallas casi me
hizo gemir y cerré los ojos un momento. Bajó la cabeza y me mordió los
labios con suavidad.
—Pero no es solo eso.
Abrí los ojos a la vez que iba subiendo mi mano hasta colocarla en la
parte superior de su pecho.
—¿Lo notas? ¿Notas cómo me alteras? ¿Cómo mi corazón se vuelve loco
si te tiene cerca?

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Sus ojos, tan parecidos a los de un león, no me soltaban.
—Y aquí —murmuró al poner mi mano en el centro de su pecho—, me
falta el aire cuando te veo moverte, cuando meneas el culo y pones esa cara
de pícara de la que eres absolutamente inconsciente.
Entonces me pegó a su cuerpo y sus labios quedaron a escasos milímetros
de los míos.
—No sabes lo mucho que me gustas, milady, no tienes la menor idea.
Dios, me estaba desintegrando de la excitación y de aquello que palpitaba
en mi pecho. Dolía de una forma dulce e insoportable.
—¿Vienes? —me preguntó, pero no hizo un solo movimiento. Sonreí casi
sin querer. Yo también sabía jugar.
—No me moveré hasta que me des ese beso que llevamos conteniendo
desde la primera vez que nos vimos.
Un gruñido satisfecho brotó de su garganta y no dudó ni un ápice. Se
apoderó de mi boca para devorarla, caliente, juguetón, intenso, con el beso
que llevaba ansiando toda la vida porque ninguno antes me había devastado
así. Algo poderoso empezó a gestarse en mi interior, tanto que me dio miedo.
—Ahora sí —dije contra su boca y noté que sonreía. Me cogió de la mano
y le seguí, muerta de ganas de seguir besándole. Había descubierto una nueva
adicción, aquellos labios eran pura dinamita y yo una chispa demasiado
ansiosa por hacernos arder hasta explotar.
Entramos en un amplio baño donde el plato de ducha ocupaba toda una
pared. Sonreí, divertida: era la hora de perder todo el glamur, ya me estaba
imaginando en plan oso panda con los chorretones de rímel corriendo por mis
mejillas. Jackson abrió los dos grifos y se volvió enseguida hacia mí,
soltándome las trabas que mantenían mi capa anclada a los hombros. Esta
cayó limpiamente al suelo, pero sus ojos ya estaban buscando otra presa.
—Este disfraz me ha torturado toda la noche —susurró, acariciándome el
cuello, los brazos y el comienzo del pecho—. Lo voy a quemar, te aviso.
Me reí a pesar de la excitación.
—Ni de coña.
Contuve la respiración al notar que estaba desatando mi corpiño. Lo hacía
con paciencia, presilla a presilla, hasta que se soltó del todo y me quedé
desnuda de cintura para arriba. Sus ojos se oscurecieron y lo único que hizo
fue deslizar sus dedos por mi escote para abajo, hasta encontrarse con la
cinturilla de la falda. Vi que iba a tirar de ella para romperla, y le paré con la
mirada. Yo también quería verle.

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Le rodeé para bajarle la cremallera y desde atrás fui bajándole las mangas.
Ya le había visto sin camisa, pero no era lo mismo. El calor de su piel y el
vello erizado me hacían asemejarlo a un gran animal en tensión, con su
potencia controlada para no destrozarme. Pasé mis manos por su pecho,
emulando el movimiento que él mismo había trazado por mi cuerpo, y
empecé a deslizar las mallas verdes hacia abajo. Como había esperado, él tiró
de mi falda hasta romper sus endebles costuras y pegotes de silicona, y me
quedé ante él solo con mi culotte color chocolate.
Tuve que cerrar los ojos ante su mirada: creo que jamás un hombre me
había deseado así. Sentí una corriente de aire y al abrir los ojos vi que se
había puesto de rodillas para bajarme el culotte. Lo hizo lento, regodeándose
en la piel que iba descubriendo, y cuando me las quitó pensé que no podría
resistir el detenerse en el vértice entre mis piernas. Pero no hizo nada, solo
levantarse y tras quitarse él mismo su bóxer negro, tiró de mí para meternos
en la ducha.
El agua cayó como una cascada sobre mi cabeza, llevándose todo el sudor,
la purpurina y el callejeo. Levanté los brazos, estirándome, y eché la cabeza
hacia detrás. A la mierda el momento panda.
Unas manos resbaladizas comenzaron a enjabonarme con destreza,
imprimiendo una suerte de masaje a sus movimientos que, si mi cuerpo
hubiese estado cansado, habría agradecido en el alma. Pero yo me sentía muy
viva bajo aquella agua templada, así que puse mis manos sobre su pecho y
empecé a bajarlas hacia su enorme desnudez, muy consciente de su boca a
pocos centímetros de la mía. Aquellos labios eran como un imán, algo
caliente que me llamaba como la llama a la polilla.
Bajó la cabeza y me besó esta vez con delicadeza, como pidiendo
permiso. Y yo le abrí todas las puertas a que me saborease con ferocidad,
como necesitaba desde que le había visto por primera vez. El agua se tornó
fría contra el calor de nuestros cuerpos, y noté que cerraba el grifo mientras
no dejaba de besarme con los dedos metidos en mi pelo mojado, devorando
mi boca como un animal sediento.
Puso las manos en mi trasero, amasándolo y pegándome a él hasta que me
enganché a su cintura para que me llevase hasta lo que supuse que era su
dormitorio. Grande, cálido, masculino, con aroma a su perfume y a esa fruta
que todavía no había descubierto cuál era. Me dejó caer frente a él, y me
cogió la cara con su enorme mano:
—Joder, Zoe, había imaginado mil cosas que hacerte cuando por fin te
tuviese aquí. Y ahora estoy a punto de reventar solo con dos besos que nos

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hemos dado.
Jadeé contra su boca y saqué la lengua para lamerle los labios.
—Quiero morir de placer contigo todas las veces que haga falta. Hasta
que nos destrocemos.
Casi pude escuchar el ronroneo felino que hizo vibrar su cuerpo.
—¿Estás segura?
A pesar de mi excitación, me reí.
—El que no sabe dónde se mete, eres tú.
Sus manos bajaron a mis pechos y noté cómo tiró de mis pezones para
dejarlos duros y anhelantes. Los miró, tragando saliva, y luego se alejó unos
pasos. Su erección era brutal y alargué la mano para acariciarla, pero se había
vuelto para coger algo. Al mirarme, descubrí que tenía en su mano un bastón
dorado de Nigma, no igual al que había llevado aquella noche, sino más
flexible, como forrado de algún material suave.
Me rodeó con el bastón en la mano y empezó a acariciarme el cuello con
él, las clavículas, el escote, los hombros, con círculos que iban evitando
conscientemente la sensible piel de mis pechos. Empecé a respirar con
agitación, porque no hay mejor forma de excitar a alguien que no tocarle
donde en realidad quiere. El bastón iba jugando sobre mi piel mojada,
bajando por mis brazos, acariciando mis labios, a la vez que él no perdía de
vista mis reacciones. Mi cuerpo reaccionaba temblando, como si la piel
quisiese estallar de la expectación, y me pasé la lengua por los labios, resecos
y anhelantes. Y cuando sin aviso previo el bastón dio un golpe seco a uno de
mis pezones, creí morir. Jadeé cerrando los ojos, solo para provocar un golpe
en el otro pezón. Gemí sin poder contenerme: nunca había experimentado
algo así. Sentí cómo algo oscuro y nuevo se formaba en mi interior, una
espiral de placer tan aniquiladora que sabía que me iba a matar por el camino,
una fuerza devastadora que necesitaría liberar como una reacción nuclear en
el mismo centro de mi placer.
El bastón siguió bailando sobre mi cuerpo, acariciándome el vientre, las
caderas, las nalgas, y de pronto se metió entre mis muslos, dándoles un ligero
toque para que los separase. Obedecí sin pensar, era como si el bastón hubiese
doblegado mi voluntad. Sentí mi vulva tan congestionada y pesada que temí
estar goteando humedad al suelo, pero no pude tocarme, porque el bastón no
dejó que mi mano se aproximara. Con una caricia casi imperceptible exploró
mis labios, que vibraron bajo su tacto duro, y casi se me doblaron las rodillas
cuando dio un certero golpe justo en mi clítoris.

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—Por Dios, Jackson… —susurré, muerta de ganas de tocarme, sin
embargo el bastón no me dejaba. Parecía tener vida propia y conocer una
melodía que me hacía bailar a su merced, provocándome un placer tan
diferente del que había conocido hasta entonces y al que no me estaba
pudiendo resistir.
—Me inspiras, milady —dijo entrecortadamente en mi oído, y por primera
vez en todos aquellos minutos en los que solo me tocó con el bastón, sentí su
cuerpo pegado al mío. Estaba hirviendo, y su excitación parecía querer
atravesarme. Me moví contra él, subiendo y bajando, haciendo presión contra
su erección, disfrutando al escuchar cómo empezaba a jadear.
El bastón me dio un último y certero toque en la entrepierna, y mientras
yo me recuperaba de aquella sensación tan extrema, que había incendiado mi
cuerpo para ponerlo al borde del abismo, escuché que caía al suelo y que
Jackson me envolvía con su cuerpo.
—No puedo resistirme más a tocarte —murmuró a la vez que besaba mi
cuello con bocados de labios y dientes—. Me encantaría seguir jugando, pero
me estás dejando sin opciones.
Su piel sabía a Jackson puro, esa mezcla que fui capaz de percibir hasta en
plena tormenta de calima. Oh, qué delicia era besarle, morderle, lamerle,
sentir el dibujo de su tatuaje bajo la lengua, ese que empezaba en su hombro y
se desparramaba con elegancia por su pectoral.
Su boca había llegado a mis pechos y los juntó con las manos, pasando la
lengua por ambos pezones mientras clavaba la vista en mí. Oscura, caliente,
rendida ante lo que nos estaba pasando. Aquello me encendió aún más y no
pude evitar acercar mi pelvis a su cuerpo para intentar frotarme. Bajó una
mano y me metió dos dedos dentro, muy profundo, provocándome un gemido
ronco al moverlos con maestría, para luego sacarlos y darme un azote seco en
el clítoris. Casi me doblo del placer y de la necesidad de sentirle dentro.
—Quiero que…
Me cogió el labio con los dientes, haciéndome callar, y me apresó las
manos detrás de la espalda. Pegó su macizo pecho al mío, y comenzó a untar
su polla en mis fluidos, sacándome un siseo de placer. Tenerle tan cerca y a la
vez tan lejos me estaba volviendo loca. Quería agarrarle y meterle dentro,
hondo, llenarme con su rotundidad, porque no quería correrme en los
preliminares. Sabía que cuando lo hiciese, iba a ser devastador, como nunca, y
quería hacerlo con él.
Nuestros ojos se engancharon, desesperados, y supimos que no íbamos a
aguantar más. Jackson me cogió en peso y me puso encima del respaldo del

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Chester que había en un lado de la habitación. Se puso un condón y sin dejar
de mirarme a los ojos me penetró en un solo delicioso movimiento,
llenándome de tal forma que tuve que gemir fuerte, porque eso era lo que
llevaba deseando horas. Me agarré con una mano a su espalda y con la otra al
respaldo del sofá, sin dejar de admirar el espectáculo que tenía ante mí: un
hombre que como un animal me horadaba de la forma más erótica del mundo,
mordiéndome los pezones y devorándome la boca con besos jugosos y sucios
que en el fondo lo que hacían era venerarme como mujer.
Todo aquello estaba haciendo que esa amenaza de placer que había
vislumbrado minutos antes fuera una realidad que se me venía encima como
un maremoto. No pude evitarlo: empecé a gemir descontroladamente, sin
apartar la vista de sus ojos felinos, escuchando también sus gruñidos que iban
aumentando de volumen a medida que aquel orgasmo nos iba llevando a otra
dimensión, a la del placer más explosivo y de entrañas que jamás había
sentido.
Y sabía con toda certeza que aquello no había hecho sino empezar.

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10.
DOS DÍAS FUERA DE CONCURSO

A fuego lento, Rosana

El momento de despertar junto a alguien no demasiado conocido tras haber


compartido fluidos la noche anterior, no era precisamente de mis favoritos.
Por eso, cuando abrí un ojo tras sentir que un rayo de sol lo había elegido para
regodearse, me extrañé de que esa incomodidad no existiese. Que mi reacción
fuese ponerme boca arriba y estirarme, como si estuviese en mi propia cama.
El brazo caliente que descansaba sobre mi vientre se movió recorriendo
mi costado, sin prisa, haciéndome cosquillas. Bajé los brazos, ahogando una
carcajada, y enseguida me vi envuelta en su abrazo. Mmmmm, aquello era
demasiado bueno para ser verdad. Me asusté de lo mucho que me gustaba
estar ahí, envuelta en él, en su olor y en la calidez de su cuerpo enorme.
Entonces me levantó la barbilla y me besó con toda la boca, saboreándome de
nuevo sin prisas, y me miró con ojos chispeantes.
—El mejor despertar de mi vida —dijo, dejando ensanchar su sonrisa. Mi
interior se retorció de placer, tanto por sus palabras como por la maravillosa
sensación de estar en sus brazos, pero enarqué las cejas con picardía.
—Bueno, no sé si puedo decir lo mismo. —Y puse los ojos en blanco. La
risa retumbó en su pecho y se puso sobre mí, aprisionándome las manos
contra el colchón. Removí las piernas entre las sábanas color miel y metió sus
rodillas entre ellas.
—¿Estoy percibiendo algún tipo de queja o reclamo por aquí? —silabeó,
degustando mi oreja y la sensible piel bajo ella. Yo me retorcí, ya excitada,
pero fui capaz de contestar.
—Solo estoy diciendo que para que pueda catalogar lo de ahora como el
mejor despertar de mi vida, me falta una parte fundamental…
—Sabía que ibas a ser una mujer exigente.

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—Y hedonista —jadeé, porque su boca estaba bajando por mi cuello y, sin
pedir permiso, se lanzó a devorar uno de mis pechos. Mi temperatura subió
como si estuviese ardiendo, y cuando pasó su dedo por mis labios, le escuché
contener la respiración al notar cómo se deslizaba por mi humedad.
—Dios, Zoe, no puedes estar tan mojada —murmuró mientras su boca
siguió el movimiento de sus dedos. Me quedé rígida, expectante, hasta que
toda mi tensión se resolvió al sentir un gran bocado en la entrepierna, uno de
lengua, dientes y dedos. Se me olvidó respirar al sentir cómo me devoraba,
cómo le notaba disfrutar a la par que lo hacía yo. Subió una mano y tiró de mi
pezón hasta conectar ese dolor con el placer tan sublime que me estaba dando
entre las piernas. Yo no podía dejar de moverme contra él, y por primera vez
entendí qué era eso de que te follasen con la boca. Probablemente acuñarían
aquel término por Jackson Grant… Me hubiera reído, pero todo se me olvidó
al notar cómo el primer orgasmo empezaba a gestarse sin permiso, y entonces
tiré de su cabeza hacia detrás, para desengancharle. Quería correrme con él,
que el primer estallido fuese sintiendo que él lo compartía conmigo, no
hacerlo yo sola.
Subí mis piernas alrededor de su cintura, sin poder esperar más, y le
acerqué a mis fluidos como una desesperada. Noté cómo su cuerpo se
tensaba, y de un movimiento me levantó, poniéndome a horcajadas sobre sus
rodillas. Maniobró con rapidez para ponerse un condón, y apoyé las manos en
la pared, detrás de mi cabeza, para arquearme. Su mano me sujetaba por la
espalda y la otra me acariciaba un pecho a la vez que se introducía en mí,
sacándome un gemido de tenso alivio. Empezamos a movernos, acompasando
nuestro ritmo a aquella postura que me causaba una fricción casi insoportable.
No podía dejar de mirarle; con aquel enorme cuerpo moreno de agilidad
insospechada, Jackson era como una gran bestia que follaba como los
animales: duro, salvaje y sin ningún tapujo. Su mirada, fija en la mía, no se
despegaba de mi cara que anticipaba otro orgasmo celestial, pero antes de
dármelo, me pegó a sí mismo para besarme con labios jugosos y con una
ternura que rompía aquella fiereza. Nos corrimos sin dejar de besarnos, como
si fuera imposible saciarnos, y no dejamos de hacerlo hasta bastante después,
una vez que logramos respirar con normalidad.
—¿Entonces? —preguntó con una sonrisilla. Le puse la mano en la cara y
se la empujé hacia el otro lado, riéndome.
—Vale, sí, ahora sí es el mejor despertar de toda mi vida.
Puso sus dedos en mis labios y se los mordí.
—Pero si no como algo, va a perder ese calificativo así de rapidito.

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Y chasqueé los dedos delante de su cara. Volvió a reír, divertido, y miró
hacia un lado, hacia la mesilla donde vislumbré un despertador.
—Es normal que tengas hambre. Son las cuatro de la tarde.
Vaya. No podía acordarme de la última vez que me había levantado con el
día tan avanzado. Claro, no nos dormimos hasta bien entrada la mañana. Al
asalto del bastoncito le había seguido otro, igual de intenso o incluso más.
Le vi pensando, estirándose el labio de abajo, y luego me miró. Joder,
cómo me fascinaban aquellos ojos. No solo por su color, sino también por lo
largas y rizadas que tenía las pestañas. Tenía amigas que hubiesen matado por
eso.
—¿Te apetece una hamburguesa? Tengo de todo para hacerlas.
Esbocé una sonrisa de felicidad.
—Es precisamente lo que mi cuerpo necesita ahora mismo. Comida
calórica para reponer lo de anoche.
Al levantarme noté cierta sombra de lo que podría haber sido una buena
resaca, y di gracias por estar bien. Con toda seguridad, el perrito caliente y el
ejercicio mañanero habían ayudado. Jackson me tendió una camiseta suya con
una sonrisa y se quedó mirando cómo me la ponía.
—Te diría de darte unos calzoncillos míos, pero me parece que
necesitarías un cinto para que no se te cayesen.
—Mejor no —contesté con una sonrisa, sacando los brazos por las
mangas y aspirando el aroma que era característico de Jackson, el de esa fruta
que me hacía salivar.
Con un ágil movimiento me rodeó con sus brazos y me besó.
—Hasta con esa camiseta vieja estás preciosa.
Había olvidado lo que cuesta hacer que las mariposas no se te salgan por
la boca ni por las orejas. Las contuve bien dentro, cerrando los ojos, y el
revoloteo se hizo mayor, tanto que fue un suplicio ignorarlas.
—Deja de regalarme los oídos y vamos a hacer de comer, anda, que el
hambre de resaca me puede poner de muy mal humor.
¿Por qué sería que cada vez me costaba más mantener esa actitud
socarrona y lo que me apetecía era corresponder a todas esas cosas bonitas
que me decía? Le miré entornando los ojos, y supe que no le engañaba. Que
veía a través de mí, y que sabía que deseaba rendirme, al igual que lo estaba
haciendo él. Pero como había entendido desde hacía varios días, Jackson era
un hombre paciente. Esperaría a que bajara voluntariamente los brazos y me
dejase convencer de que aquello no era algo pasajero o fortuito. Que lo que
había entre nosotros iba a alterar mi vida de todas las formas posibles. Como

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si hubiese escuchado mis pensamientos, entrelazó sus dedos con los míos y
me sonrió, con ese gesto que habría podido iluminar Piccadilly Circus sin
necesidad de electricidad.
Fuimos a la cocina y en un rato habíamos preparado unas ricas
hamburguesas con queso cheddar, aguacate y tomate. Jackson había metido
en el horno unas papas gajo de esas «prefabricadas», como las llamaba yo,
pero que resultaron estar sabrosas. Nos sentamos a comer en la sala,
admirando el día tan bonito que se desplegaba sobre la ciudad.
—¿Y si ponemos a funcionar el jacuzzi? —le dije, con ganas de disfrutar
la tarde.
—Me parece un gran plan. En lo que se llena, nos refrescamos en la
piscina.
Nos trasladamos de casa y abrí todas las puertas para que entrase aire. Las
zonas exteriores estaban llenas de fina arena condensadas en huellas de gotas
de agua, y nos entretuvimos limpiando con la manguera. Aquello se convirtió
en un juego y acabamos cayendo a la piscina, bastante fría a pesar del calor de
los días anteriores. Casi nos habíamos olvidado de que estábamos en febrero.
Jackson se centró en hacer funcionar el jacuzzi y mientras se llenaba me
tumbé en una hamaca. Vi que trasteaba con su móvil y al cabo de un rato,
cuando ya pudimos sumergirnos entre las cálidas burbujas, me preguntó si
tenía algo que hacer los próximos dos días.
—Me debían unos días libres, y ya que estás aquí…
Movió su rostro hacia mí y vi un destello en sus ojos. Me estaba haciendo
adicta a ellos, no iba a poder negarles nada. Y menos dos días de Jackson al
cien por cien. Con Nigma o sin Nigma.
—No me importaría disfrutar de la isla contigo.
—Gracias, milady. —Intentó emular una reverencia y acabó salpicándome
de agua—. ¿Qué te apetece? ¿Playa, montaña, carnaval, tranquilidad?
—Creo que de carnaval ya me quedé servida. —Suspiré, sonriendo, y noté
cómo su mano rozaba mi pezón con toda la intención. Me removí solo para
acercarme más a él. Era superior a mis fuerzas.
—Cuéntame entonces, ¿adónde quieres que te lleve?
Me reí en su cara.
—Perdona, que la isleña soy yo. Tendrás que acostumbrarte a que sea yo
la que te lleve a lugares que no conozcas.
Puso cara de remedarme con un mimimimimi bajito y atrapó el puño que
volaba hasta su hombro.

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—Ya, pero ¿el que vive aquí ahora quién es? Estoy seguro de que te podré
sorprender, ponle el cuño.
¿Estaba intentando negociar conmigo? Las llevaba claras. Enarqué las
cejas con fingida superioridad y entonces se me adelantó.
—A ver qué te parece esta propuesta: el lunes lo planificas tú y el martes
lo haré yo.
Intenté que mi cara no delatase que me gustaba esa opción, aunque tuve
que claudicar ante su mirada divertida. Tiró de mi mano y metiéndonos en la
zona más profunda, me enganchó a su cintura.
—Y como plan no vale pasarnos todo el día en la cama, que ya te estoy
viendo las intenciones.
Aspiré con fingido enfado y como respuesta me apretó contra sí. Oh, de
nuevo su pecho duro contra mis pezones ansiosos de roce. Me estaba
intentando despistar, lo sabía.
—No te preocupes, no seré tan obvia.
Atrapó mi labio inferior con los dientes y luego me pasó la lengua con
lentitud, haciendo que mi cuerpo se encendiese.
—Siempre he pensado que las obviedades tienen mala prensa. ¿Qué
problema hay con lo obvio?
—Ninguno —confesé contra su boca—. Pero no hace falta que nos
quedemos en casa para…
—Definitivamente no. —Alcancé a escucharle decir antes de que nos
hundiésemos el uno en el otro una vez más, convirtiéndome en ese animal
salvaje que habitaba en mí y que pocas veces mostraba su verdadera cara.

Cuando el lunes despuntó soleado y con calima en el ambiente, supe que nos
iríamos al norte. Me apetecía conducir hasta la otra punta de la isla y disfrutar
de los paisajes maravillosos de la costa escarpada y salvaje. Nos preparamos
sin demasiada ceremonia; yo hice lo que pude con mi vestuario invernal,
componiendo un atuendo que mereció una divertida sonrisa por parte de
Jackson, y así empezamos nuestra excursión.
Mientras íbamos pasando por parajes tan bonitos como el Valle de La
Orotava, donde paramos en un conocido bar para tomarnos un cortado, o
curioseamos por el encantador sendero de la Rambla de Castro, la sensación
en mi pecho iba creciendo. Esa que transformaba el aire entre nosotros en
algo denso y brillante, como estuviésemos en una película. Nuestros cuerpos
se acercaban con naturalidad, pareciendo siempre querer estar en contacto, y

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por alguna tonta razón no podíamos dejar de sonreírnos. Hasta la cosa más
estúpida hacía que nos desternillásemos de risa, y cuando nos hicimos algún
selfi, tuve que tragar saliva al ver las estrellas que bailaban en nuestros ojos.
Llegamos a la punta de Teno, el punto más occidental de la isla, al
mediodía. La carretera estaba abierta después de haber estado mucho tiempo
con acceso restringido, y vi que Jackson miraba con preocupación las paredes
de piedra a medida que íbamos acercándonos a nuestro destino.
—Deberías estar mirando hacia el otro lado, hacia el mar —le dije,
haciendo un gesto hacia la sobrecogedora caída que se abría a solo unos
centímetros de nuestras ruedas. Jackson echó un vistazo hacia la izquierda y
meneó la cabeza.
—No sé qué es peor, la verdad. No es una carretera muy…
tranquilizadora.
Sonreí, aunque tenía razón; menos mal que ya estábamos llegando al túnel
de piedra, y al final del corto trayecto en oscuridad ya comenzamos a bajar
hacia nuestro destino, la punta rocosa donde un faro blanco y rojo vigilaba la
batalla entre el mar del norte y el mar del sur: uno, siempre picado, con
espuma blanca; el otro, traicioneramente tranquilo.
Nos bajamos del coche despacio, impresionados por el paisaje ante
nuestros ojos. Hacia el sur, reflejándose en un mar quieto y tan celeste como
el cielo, emergían una ristra de poderosos acantilados que parecían irreales en
aquella quietud que solo enturbiaba alguna pardela con su aletear calmado.
Bajo nosotros, una pequeña playa con su embarcadero, y a la derecha, el
promontorio del faro recortándose contra la silueta de la isla de La Palma.
—Esto es…
Escuché a Jackson suspirar a mi lado, poniéndose la mano de visera ante
el radiante sol. Solo pude asentir: Teno tenía algo de magia ancestral, esa que
se respira en lugares antiguos, con una energía diferente que impregna el aire
y la vista.
—Hacía muchísimo que no venía, y no sé por qué algo me dijo que me
hacía falta volver.
—Yo no había estado aquí —dijo, pasándome un dedo por el brazo de
forma distraída—, y no entiendo por qué nadie me habló de este lugar.
Sonreí sin poder despegar la vista del paisaje.
—Eso es que estabas esperando a que fuera yo quien te trajese.
Su mano me cogió la cara y me dio un beso jugoso.
—Entonces vamos a recorrerlo.

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Nos dimos un baño en una de las calas escondidas que por suerte
recordaba, solos en el lecho de piedras y agua cristalina que oscilaba entre un
turquesa claro y un profundo azul índigo. El agua estaba fría y energizante,
puro Atlántico invernal, por lo que al cabo de un rato empezamos a tener
hambre. Hicimos el camino de vuelta en un silencio lleno de paz, como si
aquel lugar, uno de los más antiguos de la isla, nos hubiese transferido algo de
su ambiente de quietud, y almorzamos en un bar de pescado fresco muy
conocido en la zona.
Después paramos en Garachico, antaño el principal puerto de la isla y que
tuvo que resurgir de sus cenizas tras ser sepultado por una erupción volcánica.
Resultaba un entorno mágico y más para nosotros: Jackson no había estado
nunca, y yo hacía veinte años que no pisaba la coqueta villa. Paseamos por el
centro, admirando las casas coloniales, y luego le enseñé el castillo de San
Miguel, antigua fortaleza defensiva ante piratas y corsarios. Nos dimos un
chapuzón en las piscinas naturales del Caletón, con apenas bañistas, y al final
nos apoyamos en la barandilla del paseo marítimo, ese que el mar se llevaba
cada dos por tres, y desde el cual teníamos la mejor vista hasta el inmenso
roque que se anclaba en el mar a unos cientos de metros de la costa. Sin
darnos cuenta se nos fue pasando el tiempo, inmersos en conversaciones
interminables, y llegamos a casa de noche cerrada.
Santa Cruz refulgía con las luces de los focos de la plaza de España que se
proyectaban en el cielo, como si fueran la llamada a lo Batman del carnaval.
Contemplé la ciudad y me dije que, ya que estaba en la isla, era una pena no
bajar un rato, aunque fuera a dar una vuelta para llenarnos de purpurina y
música. Se lo propuse a Jackson y se rio con ganas.
—Eres muy previsible, milady.
Fingí ofenderme.
—Oye, que solo me apetece ir a cenar y pasear para ver el ambiente.
—Mañana tenemos plan, de ti depende si quieres ver mi sorpresa o si, en
cambio, prefieres sacrificarte a los dioses del carnaval.
Mi mirada pícara le dijo todo. Al final conseguí salir con él de casa ambos
vestidos de negro, y de camino al centro compramos en un kiosco callejero
unos tutús, unas antenas y unas boas de plumas multicolores. Nos
embadurnamos de purpurina, Jackson se compró una peluca roja y de esa
guisa, de carnavaleros improvisados, buscamos un sitio para cenar cualquier
cosa.
Después de picar algo en una tasca del centro, nos fuimos en busca de
música. No duramos demasiado, con unos cuantos bailes ya estábamos

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devorándonos, demasiado excitados después de todo aquel día en el que nos
habíamos contenido de forma tácita. Yo me fundía, me derretía contra aquel
poderoso cuerpo, sin voluntad alguna ante sus manos, y no me opuse cuando
tironeó de mí para llevarme a casa. Solo quería quitarme toda aquella ropa y
dejar que mi piel encendida se fusionase con la suya, ávida de ver qué juego
iniciaba esa noche. Y como era un hombre de recursos, las siguientes horas
las pasó torturándome con las plumas de la boa, por lo que a la mañana
siguiente me levanté en medio de una marea roja y violeta, sacándome plumas
hasta de la boca.
Al día siguiente, oculta tras mis gafas de sol y con una pequeña resaca, me
vi subida en su coche rumbo al sur. Cuando vi que entraba en Puerto Colón,
en pleno corazón turístico de Playa de las Américas, empecé a entender cuál
iba a ser el plan del día, y mi sonrisa se ensanchó al ver que me llevaba a uno
de los pantalanes. Allí alguien le estaba saludando de lejos, y cuando
llegamos me presentó a su amigo Dani.
—Hoy nos confía a su princesa, lo cual no suele hacer con cualquiera.
Hizo un gesto hacia una bonita lancha en cuyo costado rezaba un nombre,
«Guacimara». Le eché un vistazo sorprendido y me sonrió, ufano.
—¿Sabes pilotar esto?
—Me saqué el título al poco de llegar aquí, así que estás a salvo conmigo.
Fruncí los labios, divertida, pensando en lo poco que sabíamos el uno del
otro. Él no tenía ni idea de que yo llevaba toda mi juventud montada en
embarcaciones de recreo: mi tío Óscar era un gran lobo de mar y nos lo
transmitió a mi hermana y a mí.
El plan era perfecto para después de una noche de carnaval: el viento en la
cara bordeando la costa, la adrenalina de la velocidad al remontar las
espumosas olas, el sabor de unos sencillos bocadillos de tortilla francesa, el
mar meciendo la lancha con suavidad mientras nos dábamos un chapuzón, los
besos con sabor a sal y el sexo en cubierta con la sensación de que no
teníamos suficiente piel para sentirnos, la tarde recostados en proa
compartiendo unas cervezas y el sonido de nuestras respiraciones…
El sol caía tras las montañas y así también caía yo, en picado y sin frenos.
Tras aquel día, ya no había vuelta atrás para mí.
Al mirar el reloj y saber que teníamos que retornar, me apropié del timón
y tuvo que contener sus comentarios al ver la suavidad y perfección de mis
movimientos. Notaba cómo me observaba con una sonrisa, con esa mirada
que sabes que no se despega de ti, que va más allá de la piel, de esas células
que parece que se expanden, que laten, porque cuando todo es tan intenso tu

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cuerpo parece otro, un desconocido que burbujea, que se entrega, que se
conquista a sí mismo para rendirse con la bandera blanca bien en alto.
Nos fuimos a casa relajados, felices y con ganas de saborear las últimas
horas de aquellas improvisadas vacaciones. Y por primera vez en todo aquel
tiempo, me permití pensar de verdad en todo lo que había ocurrido,
reconocerme a mí misma que aquello no era una aventura pasajera, que se
trataba de algo más, de algo que traería consecuencias a mi bien organizada
vida.
«Fue la calima la que desbarató todos mis planes: la que trajo a Jackson a
mi jardín, la que además de arena me llenó los ojos de purpurina, la que hizo
que se parasen todos los relojes para hacerme olvidar por unos días lo que he
venido a hacer aquí».
Estaba vendida y lo sabía. Había bajado los brazos ante aquel hombre que
parecía hecho para mí.
Aquella noche no hablamos demasiado, quizá callamos más cosas de las
que nos dijimos. Sabíamos que el interludio se había terminado y que él tenía
que seguir trabajando, y yo terminar con el inventario de la casa de mi madre.
Volver a la realidad y ver si lo que había entre nosotros lo aguantaba.
Conforme iban pasando las horas, y a pesar de estar con él, empecé a
sentirme intranquila.
Sabía que era por dos cosas muy definidas.
La primera tenía que ver con todo lo que rodeaba a mi madre y a mí.
Entendía que todavía no había hecho el trabajo duro y que me iba a tocar en
breve. No tenía ni idea de qué iba a pasar, qué terminaría descubriendo, pero
la intuición me decía que sería complicado. Y siendo honesta conmigo
misma, no me apetecía lo más mínimo.
La segunda incumbía a Jackson y a lo que estaba surgiendo entre
nosotros, eso intenso, devastador y que podía cambiarme la vida; por ello
necesitaba estar totalmente segura de que era real.
Porque había algo, muy en el fondo, que no me dejaba entregarme del
todo. Eran esos momentos en los que él no se daba cuenta de que le estaba
mirando, y en los que su rostro cambiaba de expresión. Fruncía el ceño y en
sus ojos se instalaba una preocupación extraña, casi dolorosa. Parecía otra
persona.
Y yo conocía demasiado bien el mundo de las expresiones humanas como
para no alarmarme, y mucho.

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11.
RECUERDOS Y SOSPECHAS

Ya nada volverá a ser como antes, El canto del loco

A la mañana siguiente, cuando me desperté, él ya se había ido. No me


sorprendió, porque sabía que tenía alguna reunión en las primeras horas del
día, así que me desperecé y salí de la cama directa a la ducha, intentando
ignorar ese latigazo en el estómago y en mi sexo cada vez que me acordaba de
Jackson y su sonrisa.
Tomé café en la terraza, al sol, intentando no agobiarme por todo lo que
me faltaba por hacer: arreglar la palapa, echar un vistazo a las grietas que
habían salido en los azulejos de la piscina tras los embates de la estructura de
madera, reponer las macetas rotas, y todo eso solo en el jardín. Luego me
tocaría meterme con el garaje y el trastero, quedar con la persona que se
encargaría de recoger todos los libros y papeles de mi madre, y también debía
enfrentarme al dilema de la habitación cerrada.
Sin embargo, todo eso se me antojaba fácil si lo comparaba con la gran
decisión que sabía que tendría que tomar antes o después: la de si me quedaba
con la casa o no. Aunque había llegado a la isla con la firme idea de venderla,
ya no lo tenía tan claro. Fuera por lo que fuese, mi cuerpo cosquilleaba con la
visión de poder desayunar con aquellas vistas, de disfrutar de la luz y el aire
que entraba a raudales por las ventanas, de la tranquilidad que se respiraba en
el jardín y, sobre todo, de poder llamarlo hogar. Porque era la primera vez,
después de irme de la isla, que un lugar me inspiraba ese sentimiento de
pertenencia. No lo había logrado crear en mi vivienda de Berlín, ni en
ninguno de los pisos provisionales que había habitado durante todos aquellos
años.
Aquella casa me había hecho sentir bienvenida desde el principio.

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Eso hacía que todo lo que me gustaba del piso de Berlín palideciese: su
situación perfecta en un barrio de moda, su estructura de loft moderno a pesar
de estar en un edificio antiguo, la vida que bullía en cuanto bajaba a la calle…
Todo eso bajaba de posiciones en el ranking al compararlo con lo que sentía
en Las Acacias, o quizá fuese que estaba siendo muy probable que mi ciclo
como Berlinerin había terminado, como estaba ocurriendo en otras facetas de
mi vida que no había querido afrontar hasta ahora.
Terminé el café y decidí no ponerme nerviosa.
«Céntrate, Zoe, paso a paso. Primero hazte con todos los datos y luego
siéntate a analizar. Eso siempre te ha funcionado, no tiene por qué dejar de
hacerlo ahora. Piensa que estás negociando contigo misma».
Qué bonito era el autoengaño.
Para no seguir dándole vueltas a la cabeza, me puse manos a la obra. Hice
un par de llamadas para dejar zanjado el tema del jardín y conseguí que al día
siguiente viniesen a revisar los diferentes desperfectos. Concerté la cita con
Esteban, el compañero de mi madre, para ese mismo mediodía, y con ese
objetivo claro me metí a guardar en cajas todo lo que le iba a entregar. Lo dejé
todo listo para cuando apareció con una Berlingo que llenamos casi en su
totalidad, y cuando le vi marchar sentí esa satisfacción que se tiene al acabar
una tarea y poder borrarla del listado de temas pendientes.
No tenía comida en casa y como no tenía ningunas ganas de ir al
supermercado, pedí poke y con eso cogí energía para seguir con mi cometido.
El siguiente punto era el garaje, que se encontraba en la parte exterior de la
casa, a un lado de la entrada. El coche de mi madre ya no estaba, mi tía se
había encargado de venderlo, pero al encender la luz me encontré con una
vieja Lambretta color turquesa que me pareció preciosa. Otra sorpresa más de
esa Margot Acosta que no conocía, jamás pensé que le gustasen las motos. No
podía imaginármela bajar la cuesta con aquel casco retro que reposaba sobre
el asiento, aunque por otro lado sí. A la madre que vislumbraba en esos
momentos robados, con mi padre y sus amigos, quizá sí le hubiese pegado
circular airosamente con un fular en vivos colores ondeando al viento.
Las llaves estaban puestas, y reprimí el impulso de ver si funcionaba. A
mí me encantaban las motos, y más las de ese estilo. No habían sido pocas las
veces que, durante un viaje, alquilaba una Vespa y recorría la ciudad con ella.
Luego, me prometí a mí misma. Como recompensa cuando terminase de
revisar, la sacaría a la calle y vería si arrancaba.
En el garaje había poca cosa más, así que me dirigí al pequeño trastero.
Intenté abrir la puerta, pero estaba cerrada con llave. Solté un bufido.

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«Qué manía la de estar cerrando todo y esconder las llaves».
Di unos pasos hacia detrás y entonces recordé que en el llavero que
colgaba de la moto no solo estaba la llave de la Lambretta. Me acerqué y sí,
del llavero colgaban dos llaves más. ¿Quizá fuesen de las dos puertas
cerradas?
Primero decidí probar en la del trastero, y mi intuición no me falló. Una
de las llaves entró con suavidad en la cerradura, y con un clic me reveló un
puzle casi geométrico de estanterías que llegaban hasta el techo, llenas de
cajas transparentes con tapas de colores.
Saqué con dificultad la primera caja, que contenía ropa, y me di cuenta de
que estaba llena de cosas de mis abuelos. Mi madre había guardado todo
aquello que tuviese valor, ya fuese económico o sentimental, porque en esa
primera caja encontré un maravilloso mantón de Manila de mi abuela,
envuelto en papel de seda, pero también los pañuelos de tela de mi abuelo,
gastados por el tiempo, pero limpios y perfectamente almidonados, como
siempre los llevaba.
Empecé a abrir cajas y me encontré con la vida de Tomás Acosta y Elvira
Baute, esos abuelos que tanto cuidaron de Iria y de mí durante nuestros años
de la infancia. Por unas horas volví a la niñez, a sus olores, sus texturas, sus
palabras, porque mi madre había conservado muchas cosas de ellos que
prendieron mil recuerdos en mi memoria: las maravillosas tazas de cristal de
Bohemia que mi abuela solo utilizaba para el caldo de Nochebuena y
Nochevieja, el mantel amarillo con pájaros azules en punto de cruz que era
nuestro acompañante en todos los cumpleaños, el chal que abuela Elvira se
colocaba sobre los hombros cuando se sentaba en la terraza en invierno, los
tirantes de colores de mi abuelo que solo se ponía en casa y que le había
traído su hermano de algún viaje al continente, viejos diarios y cartas de hojas
amarillentas y suave tacto que no quise mirar por preservar la intimidad de
mis abuelos, libros de recortes de mi abuela sobre la moda de aquellos años
para poder dar instrucciones a las costureras que vestían a la familia, libros de
recetas de cocina que había visto infinidad de veces hojear a mi abuela, y
fotos. Muchas fotos de los abuelos con sus tres hijas, en cumpleaños, en
viajes a otras islas, incluso estaban las de aquel viaje a la Península donde mi
tía Manuela se enamoró de un cordobés y hubo que terminar el tour antes de
tiempo, en cenas de fin de año, fiestas en el Casino y en el Club Náutico…
Era como trasladarse a otro tiempo, a redescubrir sensaciones antiguas, a reír
con las fotos de mi madre con Armi y Manuela en carnavales, tan guapas y

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llamativas, esas tres hermanas Acosta que dieron mucho que hablar en la
pequeña y pueblerina sociedad de Santa Cruz.
Tan absorta estuve buceando entre mis recuerdos que no escuché a
Jackson hasta que me habló en voz baja para no asustarme.
—Vine a rescatarte. Creo que vas a acabar siendo engullida por alguna de
esas cajas.
Me sobresalté: estaba viendo una vieja colección de revistas femeninas de
mi abuela, que fueron importantes para ella ya que las guardaba desde hacía
décadas. Empecé con una y ya no pude parar, porque la forma de redactar, las
fotos, los titulares, todo era tan delicioso como sumergirte en una película de
Carmen Sevilla o Sara Montiel.
Me di la vuelta y no pude hacer otra cosa sino sonreír. Parecía recién
sacado de la ducha, con ese frescor en la piel que era capaz de paladear en mi
boca, y acentuaba aquel limpio atractivo con la simplicidad de un vaquero
desgastado y una camiseta blanca. Apoyado al marco de la puerta parecía un
enorme animal contemplando a su presa, pero todo aquel aire intimidante se
desvanecía con la sonriente expresión de su rostro.
Me tendió la mano y me levanté, dejando la pila de revistas a un lado.
Estaba llena de polvo y con olor a recuerdos, así que le mantuve alejado de mí
con una mano apoyada en su pecho.
—Deja que me duche, he pasado la tarde metida en el túnel del tiempo.
Miró el trastero con curiosidad.
—¿Qué has encontrado aquí? Está todo dispuesto de forma milimétrica.
—Son las cosas de mis abuelos. Mi madre debió ponerlas aquí cuando se
mudó a la casa.
Me miró, curioso. Mi voz se había quebrado con mucha suavidad, pero lo
había notado. Me encogí de hombros, sin querer ahondar demasiado en el
asunto.
—Yo viví muchos veranos en esta casa con mis abuelos. Fueron siempre
muy cercanos para mí, y ver todo esto… me ha removido un poco.
Un poco no, para ser exactos. Me había dado de bruces con mi infancia,
con aquella que había sepultado con una nueva vida en la que había obviado
deliberadamente todo aquello. Un tiempo dorado lleno de risas y abrazos, de
seguridad, de tradiciones, de familia.
Miré hacia un lado, tragando saliva. Jackson me observó en silencio y sin
importarle mis guisas, me abrazó.
—Eso es bonito, Zoe. Hay mucha gente que no ha podido vivir algo así.
Yo, por ejemplo.

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Le miré, animándole a continuar. Cogió mi mano y en lo que entramos de
nuevo en la casa, me contó la historia de su familia.
—Mi madre estaba muy apegada a sus padres, pero no podía verles con
mucha asiduidad. En aquella época no se viajaba así como así a otro
continente. Recuerdo ir a Olinda, el pueblo donde vivían, cada dos veranos
hasta que ellos murieron. Y los padres de mi padre… nunca actuaron de
abuelos. Para mí era una tortura ir a visitarles en Greenwich. Tenía que estar
sentado en mi sitio derecho como una vela, tomando el té con pastas que era
lo que siempre había en la mesa, y lo único por lo que me preguntaban era por
mis notas y a qué universidad iría después.
Por eso siempre envidié a mis primos brasileños, con esa cultura latina de
familias grandes que se reúnen entre risas y fiestas en casa de unos y otros, y
por poder disfrutar de mi abuela, la verdadera abeja reina que todo lo
manejaba y que siempre tenía un caramelo en su bolsillo para sus nietos. Yo
solo viví unas migajas de aquello, pero tenía a mi madre, que siempre intentó
hacer de nuestra familia de tres el núcleo más importante de nuestras vidas.
Realmente creo que el que añores a esa familia que tuviste es maravilloso,
Zoe. Siéntete afortunada.
Asentí, con los ojos húmedos. Era curioso cómo me había olvidado de
todo eso. Me había ido hacía mucho tiempo, casi sin echar la vista atrás, y
ahora me estaba encontrando con todo aquello que había sido valioso, un
verdadero tesoro familiar, una mezcla de sensaciones que acrecentaba el
sentimiento de pertenencia a aquel sitio.
Jackson me apretó la mano con una sonrisa cálida, y entonces me di
cuenta de que seguía teniendo las llaves de la Lambretta en mi puño.
—Espera —le pedí. Me paré frente al cuarto cerrado e intenté abrir la
puerta. Aquella no cedió tan fácil, pero con un empujón seco de Jackson
escuché cómo se desencasquillaba la cerradura. Sonreí, emocionada, y me
contuve.
«Hoy no. Ya tengo bastante con los recuerdos de mis abuelos. Mañana me
ocuparé de ese cuarto, contenga lo que contenga».
Me fui a dar la vuelta para preguntarle a Jackson si quería cenar, pero
detuvo mi movimiento pegándome hacia él, apretándome la espalda contra el
pecho. Noté sus grandes manos recorrerme la cintura y cogerme los pechos
debajo de la camiseta. No me había puesto sujetador, y la reacción fue
inmediata: los pezones se endurecieron ante su tacto y gemí, pegando mi culo
a su entrepierna. La energía sexual que había logrado contener durante el día
se alzó en llamaradas al notar cómo empezaba a besarme el cuello mientras

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una de sus manos tiraba con brutalidad de mis pezones y la otra se adentraba
por la cinturilla de mi pantalón.
—Oh, joder —atiné a decir al notar que me metía dos dedos y que con el
resto de la mano me excitaba sin piedad. Palpé con mi mano su entrepierna,
dura como una roca, y le desabroché el botón del vaquero. Tragué saliva al
notarle caliente, a punto de reventar, con una excitación tan brutal que solo se
podía equiparar a la mía.
Me dio la vuelta, consciente de que si no paraba iba a estallar, y me subió
a su cintura asolando mi boca. Me besó muy sucio, con dientes, labios y
lengua, con una soterrada desesperación que encontró eco en mis ganas locas
de sentirle dentro. Entramos al baño a trompicones y me puso encima de un
mueble auxiliar. Me retorcí como una anguila para bajarme el pantalón y
dejarlo en el suelo, viendo cómo él se bajaba el suyo y se colocaba un condón.
«Dios, no sabía cuánto necesitaba esto».
Me quité la camiseta y cogiendo mis pechos con las dos manos, pasé mis
pezones por el suave vello de sus pectorales. Gemí, y él aprovechó para
penetrarme de forma dura, hasta el fondo, tanto que me quedé sin aire. Nos
miramos, consternados por la intensidad de aquel movimiento, y nos besamos
con toda la boca, mientras nuestras entrepiernas comenzaban a chocar
primero lento y luego con urgencia.
Sé que le arañé la espalda, que él me mordió los pechos dejándome
marcas, que mi cara se enrojeció por la sombra de barba que le había salido
en estos días, pero nada me pudo preparar para la bomba atómica que se gestó
en la parte baja de mi cuerpo y que hizo expandir su ola de placer por todas
mis células. A él se le doblaron las rodillas y apoyó su enorme cuerpo en el
mueble, haciéndolo crujir, lo cual hizo que nos invadiese la risa.
—Vas a destrozarme la casa —murmuré contra sus labios—, y si
seguimos así, también me destrozarás a mí.
Una especie de ronroneo gutural salió de su garganta a la vez que me
abrazaba como solo él sabía hacerlo: con todo su cuerpo, como si sirviese de
protección contra cualquier amenaza exterior, como si fuera suya.
—Llevo todo el día esperando a verte para hacerte esto —susurró,
atrapándome el labio con los dientes—. Me vuelves totalmente loco, milady.
Mi corazón saltó al escucharle y nuestros ojos conectaron sondeándose,
haciéndose preguntas, hundiéndose en el sentimiento que los inundaba como
una marea de septiembre. Sentí que mi piel se erizaba y que nuestro tacto se
volvía menos terrenal y más cuidadoso, como si de pronto nos hubiésemos
vuelto frágiles. Empezó a faltarme el aire; de repente una pregunta se dibujó

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en mi mente como si las mariposas hubiesen escapado de mi pecho
transformándose en palabras.
«¿Me estoy enamorando?».
Aquello me hizo jadear, y él tuvo que notar el cambio en mis ojos porque
sacudió la cabeza como para librarse de un embrujo.
—En realidad venía a preguntarte si te apetecía pasar conmigo por casa de
un amigo para recoger una pala de pádel que le encargué.
Asentí, intentando volver a la normalidad, pero por mucho que
hablásemos de cosas banales, nuestros ojos nos traicionaban. Puse las manos
en su pecho y le empujé con suavidad.
—Va a ser difícil si sigo aquí sentada.
Rio en voz baja y se retiró. Puse los pies en el suelo y con todas las malas
artes del mundo le eché una sonrisita y le di la espalda.
—Me voy a duchar…
No tardó ni medio segundo en seguirme.
Y sí, fuimos a casa de su amigo, nos quedamos a cenar y seguimos
compartiendo momentos juntos entre risas y manos entrelazadas, una
aromática barbacoa y un firmamento tan limpio que no parecían caber más
estrellas en él. La noche habría sido perfecta, exquisita, si no hubiese sido por
un detalle.
Ese repentino endurecimiento de sus facciones en un microsegundo, justo
cuando creía que nadie le estaba mirando. Como si al observarme algo le
contrariase mucho, algo, que era una mezcla entre pena y dolor.
Y ese pequeño detalle me molestaba muchísimo, tanto, que iba a hacer lo
posible para averiguar qué lo originaba.
Me lo había prometido a mí misma como Zoe que me llamaba.

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12.
MI MADRE Y MI HERMANA

Frozen, Madonna

El desayuno no me sentó bien aquella mañana. Dejé el café con leche a un


lado y no fui capaz de dar sino unas cuantas mordidas a la tostada con
mermelada. Tenía el estómago cerrado y sabía por lo que era. Me apreté la
barriga: los nervios campaban a sus anchas, fieles alarmas que nunca me
fallaban. Cuando iba a ocurrir un cataclismo en mi vida, ahí estaban ellos.
Animando la fiesta horas antes para tenerme sobre aviso.
Me lavé los dientes y me eché agua en la cara. El rostro de piel iluminada
no se correspondía con el baile maldito de mi interior. Resoplé y me dije que
no tenía ningún sentido seguir retrasando el momento. Tenía que entrar en la
habitación cerrada y enfrentar lo que hubiese dentro.
No sabía por qué tenía ese presentimiento funesto con respecto a aquel
cuarto. Quizá fuese una soberana tontería y al final me encontrase con un
gimnasio casero o con una biblioteca. Pero ¿entonces por qué estaba cerrado
con llave? Conociendo a mi madre me parecía de todo menos normal.
Me situé delante de la puerta, cogiendo aire, cuando de pronto me enfadé
conmigo misma.
«Pareces idiota, Zoe. Has estado en situaciones peores miles de veces, así
que déjate de tonterías».
La puerta se abrió con un sonido rasposo y percibí que dentro estaba todo
en una amable penumbra. Claro, la persiana estaba bajada. Metí la mano hacia
la derecha, palpando en la pared para buscar el interruptor, y cuando lo pulsé
mis ojos se abrieron, atónitos. Aquel botón no encendía la lámpara del techo,
sino miles de lucecitas que colgaban por las paredes. Entré sorprendida y con
esa sensación de las películas de terror en la que esperas que algo te salte de
la pared y te muerda el cuello. Pero allí todo era muy normal, no había

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monstruos mutantes ni vampiros sedientos de sangre, así que fui hacia la
persiana y la levanté.
Me di la vuelta y me llevé tal impacto que sentí que se me paraba el
corazón. Levanté la mano hacia el pecho e intenté coger aire.
Toda la pared que se alzaba a mi derecha estaba llena de caras conocidas,
de ojos de cristal, de plásticos ajados por el tiempo y telas que habían pasado
más tiempo en la boca de una niña que fuera de ella. Mi infancia y la de Iria
me contemplaban con mirada nostálgica a través de todos aquellos que
compartieron cuarto con nosotras. Allí estaba mi muñeca Laura, que lloraba,
hacía pis y a la que le había cortado el pelo para pintárselo con témperas;
también estaba Sara, la muñeca de Iria, con su gorrito de flores y cara de
puchero eterno; Gusiluz, Tristón, un Baby Feber por el que nos peleábamos
un día sí y el otro también; la legión de Barriguitas tan bien vestidas que
sonreí, porque normalmente andaban desnudas para todos lados; un sinfín de
peluches, entre los cuales vi a Oso y a Foxie, nuestros compañeros de sueños
favoritos; y luego las pocas Barbies que teníamos, con el Ken de sonrisa
blanca y la Barbie Hawaiana a la que habíamos rapado para que actuase de un
improvisado Ken. Todos estaban bien puestos sobre estanterías de colores
pastel, como si se tratase de una juguetería, no obstante noté que existía un
cierto orden: mis juguetes estaban a la derecha y los de Iria a la izquierda, e
iban de menor a mayor edad. Tuve que dar un paso hacia detrás cuando me di
cuenta de que arriba del todo conservaba incluso mi mordedor, un pajarito
amarillo que me había traído Armi de Suiza.
«¿Pero qué leches es esto?».
El corazón me latía a mil por hora. ¿Por qué había guardado todo aquello?
¿Y qué era aquello, una especie de santuario? Bajé la vista y lo siguiente que
encontré fueron varias cajas de cartón forradas en bonitos papeles vintage.
Me arrodillé con un ligero temblor en las rodillas y vi que estaban
marcadas con pulcritud. «Notas y trabajos de Zoe», «fotos de Iria», «disfraces
de carnaval», «trabajos de fin de curso de Iria», «documentos oficiales»…
Abrí la primera caja, sin poder creer que mi madre hubiese guardado todas
las notas de EGB, aquellas con positivos y negativos y el famoso Progresa
Adecuadamente o Necesita Mejorar; también estaba el graduado escolar, las
notas del instituto, incluso la noticia en prensa de cuando fui la estudiante que
sacó mayor nota en la selectividad de aquel año. Tenía las manos llenas de mí,
de mis logros de niña, de orgullo de madre. Mi pecho empezó a cargarse
como las nubes de tormenta sobre el mar, oscureciéndose a cada caja que
abría.

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Allí encontré los disfraces de hawaianas que nos hizo Armi con las
preciosas telas que fuimos las tres a elegir a El Kilo; el oso de peluche
cabezón que Iria tuvo que hacer en la clase de trabajos manuales y del que yo
me salvé porque por portarme mal me pusieron a bordar un mantel de punto
diablo; las mallas rosadas y el tutú lleno de purpurina que nos pusimos en la
función de tercero para el baile de Tempo d’Italia de Luis Cobos; las primeras
fotos de la cámara de Iria que llevamos a un viaje en séptimo de EGB a Las
Palmas; las cartillas de vacunación de ambas, amarilleadas por el tiempo, pero
aún legibles…
Todo aquello que jamás creí que fuera importante para mi madre; todo lo
que en el fondo sí lo fue.
Intenté no romperme, aunque sabía que era cuestión de tiempo. Fui
sacando el contenido de las cajas con el corazón desgarrado, y no solo por mi
madre. También porque por primera vez en muchos años, me estaba
permitiendo pensar en mi hermana, en mi otra mitad, la que ya no estaba.
Llevaba diez años raspando una y otra vez la úlcera que tenía en la boca
de tanto morderme el carrillo para no llorar, para no caer, para no ceder.
Porque cuando quien compartió brazos, saliva, letras y todo lo que te
enseña la vida no está para seguir haciéndolo, es como caer en un pozo lleno
de lodo maloliente y encima no querer salir.
Me apreté el esternón para intentar que el aire circulase hasta mi garganta.
Me levanté, buscando la ventana, pero entonces vi la otra parte de la
habitación.
Mi madre había forrado toda aquella pared con un panel de corcho blanco
para llenarlo de recortes de periódico, de fotos y de diferentes documentos.
Allí estábamos, Iria y yo, cada una con su trozo de pared, como altares
paganos de unas deidades filiales que nunca se sintieron adoradas.
El trozo de Iria, cómo no, era más pequeño que el mío. Allí había
exámenes de la carrera, fotos con el resto de los médicos, una foto conmigo
con las mochilas al hombro por fuera del hospital, y luego lo feo.
Docenas de recortes de prensa donde se hablaba de la muerte en accidente
de tráfico de una médica española en Sierra Leona, una «gran estudiante que
tras terminar la carrera quiso ir a ayudar a los más desfavorecidos, dejando de
lado las altas puntuaciones que había obtenido en el MIR». «Joven sanitaria
tinerfeña fallece…», «se repatría el cuerpo de la doctora canaria fallecida en
Sierra Leona», «dolor y consternación en la comunidad médica canaria tras el
fallecimiento en accidente de tráfico de Iria Wagener Acosta, hija de la
reputada neurocirujana Margot Acosta Baute…».

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Como un fogonazo recordé la discusión entre mi madre e Iria justo antes
de que ella se fuese, cuando mi madre le dijo que con esas ideas en la cabeza
iba a ser una fracasada, que la medicina se ejercía para buscar soluciones para
la humanidad y no para unos cuantos zarrapastrosos que en cuanto curabas a
uno, salían cincuenta más. No olvidaré la cara de mi hermana, tan parecida a
la mía y a la vez tan distinta. Aquella vez sus ojos azules gatunos se
convirtieron en puro acero, dejando de lado su habitual expresión amable, y le
dijo a mi madre que le daba asco. Que tiraba la toalla con ella, que era una
persona que no se merecía que la quisiese nadie. Jamás había visto a mi
hermana así, ella era la conciliadora y yo era el volcán, pero aquella vez todo
lo que llevaba acumulando en su noble alma explotó con la furia de un tifón.
Mi madre reculó, y hubiese jurado que sus ojos fríos se humedecieron.
Nunca más volvieron a verse. Esas fueron las últimas palabras que
quedaron entre ellas. Siempre pensé que a mi madre le dio igual, porque
cuando Iria murió no vi que soltase una sola lágrima, aunque con esto estaba
claro que no había sido así. No, con este santuario lleno de fotos y de
pequeños objetos que habían pertenecido a mi hermana. Collares, pulseras, de
todo había colgado en el corcho.
«Dios, mamá, ¿qué piedra tan pesada llevabas por dentro? ¿Cómo pudiste
vivir así?».
Me abracé a mí misma, intentando darme calor, pero un profundo frío me
estaba corriendo por las venas y erizándome de pies a cabeza. Todo aquello
era irreal, inverosímil, inesperado, pero sobre todo aterrador. En aquel cuarto
se me estaban tambaleando todos los cimientos de mi vida familiar y de la
presa que mantenía a salvo mis emociones desde hacía años.
Hice un esfuerzo por no llorar y volví la vista hacia el que sabía que era
mi lado. Grandes fotos de diferentes revistas daban color a aquel corcho
blanco, tan diferente del de Iria. Las entrevistas en Expansión, en el Financial
Times, en revistas femeninas como Vogue, Vanity Fair o Elle, todas ellas
enfocadas a ese gastado tópico de mujer exitosa en un mundo de hombres.
Hojas de periódico donde se me veía en el extremo de una mesa de
negociación en el parlamento europeo, subida al estrado recibiendo un premio
en una universidad alemana, discretamente a un lado de un presidente de un
pequeño país asiático donde había conseguido un acuerdo ventajoso para sus
exportaciones de cereales. Ahí vi mi vida, esa sucesión de proyectos que
fueron de menos a más y que ahora, después de llegar muy alto, prefería
enfocar en acuerdos sobre sostenibilidad o desarrollo de países pobres. En esa
pared estaban todos mis triunfos, esos en los que mi madre nunca creyó y que

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para mí suponían una muesca más para demostrarle que era la mejor en lo
mío, aunque no fuera médico.
Entendí que lo había sabido. Si no, aquella exposición de méritos no tenía
sentido alguno.
Entonces ocurrió. Fue como una ola gigante que surgió de algún lugar en
mi interior y que me arrolló, dejándome con la boca llena de agua y tosiendo.
Me preparé para la debacle y cerré los ojos.
Yo no había llorado desde hacía muchos años. Ahora tenía el alma rota y
por las grietas afiladas se colaba el agua.
«Mamá, oh, mamá, ¿por qué nunca dijiste nada? ¿Por qué no quisiste
tenderme la mano? ¿Por qué te lo callaste?
»¿Por qué no me dijiste que sí que me querías?
»¿Qué te sentías orgullosa de mí?».
La tristeza se convirtió en lágrimas que me hicieron llorar en voz alta,
como no hacía desde pequeña, sin poder parar. Me acosté en el suelo apenas
sintiendo mi cuerpo, como si solo fuese una coraza que albergaba demasiado
dolor para poder contenerlo. Lloré, grité, di puñetazos al suelo, nada hacía
mejorar la sensación de rabia y angustia por ver cómo toda una familia se
había roto por el estúpido orgullo, por no saber decir las palabras correctas y
honestas en su debido momento.
¡Era tan ridículo!
Iria y yo, sintiendo que mamá nunca nos quiso.
Mi madre, sin saber cómo querernos.
Iria, muerta.
Yo, viviendo como una máquina letal de triunfos, una yonqui del
reconocimiento.
Mi madre, entendiéndose por fin. Sin decir nada.
Hasta en eso fue egoísta.
Ahora, yo me había quedado sola. Sabiendo que podría haber sido
diferente.
Y hala, a vivir con ello.
El dolor me partió por la mitad y me quedé en posición fetal,
desintegrándome en miles de pequeños pedazos. Mi cabeza era un huracán de
pensamientos y de emociones, mi habitual temple y frialdad habían huido por
la puerta de atrás como quien se resguarda de un tsunami. Me dolía todo: el
alma, el cuerpo, incluso la ropa me molestaba.
No había forma de entenderlo. Iria y yo nunca tuvimos la menor idea de
que esa madre que lo llevaba todo a rajatabla, no fallaba nunca en lo práctico

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y nos preguntaba la lección todos los días, podía albergar ternura y amor en su
interior. Por eso siempre andábamos pegadas a papá, porque él sí tenía tiempo
para hacernos cosquillas, besarnos y jugar a todo lo que a nosotras se nos
ocurriese. Pero mamá… quemó las naves primero conmigo y luego con Iria.
Con mi hermana no hubo posibilidad de enmienda, ¿pero conmigo?
Me abracé las rodillas, intentando dejar de llorar. Dolía mucho saber que
quizá hubiésemos podido acercarnos y no fue así. Aunque siendo honesta, ¿yo
hubiese estado abierta a ello? Suspiré entre sollozos. Probablemente no. Pero
me habría encantado ver en los ojos de mi madre algo parecido a calidez.
Poco a poco me fui serenando, aunque sabía que aquel proceso no había
hecho sino comenzar. Me levanté con los ojos hinchados y me fui a lavar la
cara, con la sensación de que el cuerpo me pesaba toneladas, pero consciente
de que en un rato estarían ahí los de la piscina y los de la palapa, y necesitaba
tranquilizarme para poder atenderles de una forma razonable.
Por la tarde volví a entrar en la habitación. Todavía me era imposible creer
que mi madre hubiese montado todo aquello para recordarnos, para expiar su
falta de interés en ser nuestra madre. Cuanto más lo pensaba, menos me
cuadraba con lo que sabía de ella.
¿Qué ganaba mi madre con montar todo aquel tinglado in memoriam de
sus hijas? ¿Qué era lo que hacía, venir a flagelarse delante de los paneles, a
apretarse más el cilicio? ¿Para qué coño había hecho todo aquello?
Porque sus intenciones se habían quedado dentro de aquella habitación.
Nunca levantó el teléfono para hablar conmigo y pedirme que nos viésemos.
Me habría encantado haber podido sentarme frente a mi madre y hacerle unas
cuantas preguntas incómodas. Al final, yo me había acostumbrado a vivir sin
madre, pero eso no significaba que alguna vez anhelase el haber tenido esa
figura como el resto del mundo.
Y lo que más me dolía era lo de mi hermana. Nunca le podría perdonar
cómo le habló en esa última conversación y lo triste que se fue mi hermana a
África. Recuerdo la cara de Iria cuando me despedí de ella en el aeropuerto
—porque yo sí que me había venido desde Londres para decirle adiós, sin
saber que sería el definitivo— y cómo la luz en sus ojos se apagó cuando se
dio cuenta de que mamá no iba a ir. Papá tampoco estaba, nos había dejado
tan solo hacía unos meses, y solo por eso mi madre debería haber ido.
Apreté los puños y la antigua ira me recorrió de pies a cabeza. No sé qué
pretendió mi madre construyendo ese altar en aquella habitación cuando en
vida lo hizo todo tremendamente mal.

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«Hipócrita, eres una vulgar hipócrita, Margot Acosta. Esto solo lo hiciste
para redimirte ante ti misma y ante nadie más. Hasta en eso fuiste egoísta».
Pero una tímida curiosidad empezó a sembrar dudas en mi corazón. Me
enfrenté a mi pedazo de panel y comencé a revisar los recortes. Eran de
fechas dispares y algunos se remontaban a mis primeros proyectos. Si la
memoria no me fallaba, mi madre llevaba coleccionando aquellos retazos de
mi historia profesional durante más de una década. De repente una vocecita
angelical me dijo al oído que eso era una buena señal, que denotaba que sí le
había importado lo que me pasase, y que había celebrado mis logros en
silencio.
Entonces, la voz demoníaca se reía en el otro oído y me susurraba que lo
que a mi madre le había importado era que fuese una triunfadora, nada más.
Si hubiese sido mediocre, no habría coleccionado nada.
«En este último año, tu madre parecía… iluminada».
Las palabras de Armi reverberaron en mi cabeza. Nos habíamos reído con
las conjeturas sobre un maromo en su vida, y no estuvimos desencaminadas.
¿Pero hubo algo más?
Me levanté de un salto y fui a tocar a la puerta de Jackson. Me abrió,
desentumeciendo sus músculos, y su mirada se puso alerta al ver mi cara.
—¿Crees que podría hablar con tu padre? —le pregunté a bocajarro.
Tuvo que contener una sonrisa.
—¿Le vas a pedir mi mano? No me cabe duda de que llegaremos a ese
punto, pero ¿no crees que es un poco pronto?
No pude evitar sonreír y me apoyé en el marco de la puerta.
—Perdona, no sé ni lo que digo.
—¿Estás bien? —me preguntó preocupado. Hice una mueca y fue a
abrazarme, pero levanté la mano para pararle.
—No lo hagas, ahora no. Me desmoronaría y no puedo.
—¿Qué ha pasado?
Solté el aire que tenía comprimido en mis pulmones y meneé la cabeza.
—Tiene que ver con el cuarto cerrado y con la relación que tuve con mi
madre. Te lo contaré, no te preocupes, pero ahora no.
Asintió con lentitud, estudiando con cuidado mis ojos.
—Puedo dejarte el número de teléfono de mi padre, pero quizá sea menos
violento si le tienes delante. Puedo organizarlo, si quieres.
Al ver lo rápido que resolvió la situación, me relajé.
—No te preocupes, estoy un poco descolocada y realmente no sé qué es lo
que necesito hacer.

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Extendió la mano y entrelazó sus dedos con los míos.
—Lo sabes, eres demasiado lista para no saberlo.
Su mirada me insufló la fuerza y la determinación que necesitaba. Le
sonreí y noté que sus ojos se deshacían en un torrente cálido de sentimientos.
«No me mires así, Jackson Grant, que bastantes cosas tengo que pensar
hoy como para que tú me des más».
Entonces lo entendí. Necesitaba de nuevo a Armi y su clarividencia.

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13.
LA DIFICULTAD DE ENTENDERLO TODO

Pena, penita, pena, Lola Flores

Mi tía entró en la casa como un torbellino verde, pero se quedó clavada en el


sitio al inicio de la escalera.
—¡Madre del amor hermoso! —exclamó, mirando a su alrededor. Claro,
yo llevaba allí ya unos días; para Armi darse de bruces con la transformación
de su casa de la infancia era todo un shock.
La dejé a su aire para que recorriese las diferentes estancias. Su rostro
estaba desencajado: para alguien que había vivido allí muchos años de su
vida, el lavado de cara que le había hecho mi madre quizá pudiese parecer un
sacrilegio. Esperé, algo nerviosa por su reacción, y al ver que no volvía, me la
encontré sentada afuera, en una de las hamacas. Se había liado un cigarro y se
lo estaba fumando con fruición.
La acompañé en silencio y, al cabo de un rato, me miró de reojo.
—Perdóname, Zoe. Como habrás notado, no tenía ni idea de todo lo que
Margot hizo aquí. Me ha costado un poco… aceptarlo.
Asentí y apoyé la cabeza en su hombro. La noche estaba cayendo con
rapidez, una noche fresca y más típica de febrero. En breve empezaríamos a
ver luces de colores y a escuchar el suave eco de la música: era miércoles de
ceniza y el Entierro de la Sardina se celebraba en el centro de la ciudad.
—Tenía mejor gusto del que parecía —le dije, y Armi prorrumpió en una
risotada. Le di un codazo.
—Luego te enseño lo que me he encontrado en su armario. No te lo vas a
creer.
—¿Y qué más has encontrado? Porque no me habrás llamado por unos
cuantos trapos.

Página 113
Giró su cuerpo para quedarse frente a mí, y noté cómo los ojos se me
llenaban de lágrimas viejas.
—Lo que nunca pensé encontrar aquí. Por eso te he pedido que vengas,
Armi, te necesito para entenderlo.
Me cogió la cara con las manos y me sonrió con toda la ternura del
mundo, esa que siempre tuvo para nosotras.
—No, tú ya lo entiendes. Solo me necesitas para darte cuenta de ello.
Aun así, la cara de Armi fue un poema cuando le enseñé la habitación. Se
viró hacia mí con estupor:
—Joder, ni teniendo aquí un cuarto rojo del placer me habría sorprendido
tanto.
No pude hacer otra cosa sino reír a pesar de la aprensión que sentía entre
esas cuatro paredes. Armi era única para destensar situaciones complicadas.
Recorrió cada rincón sin decir nada, y luego me miró.
—Ella sabía que era un fracaso como madre, pero montar toda esta
parafernalia me parece excesivo. ¿Para quién lo hizo, para ella misma o para
quien lo descubriese?
—Eres más malpensada que yo —respondí con una mueca—. ¿Crees que
llegaría hasta ese punto de teatro? Yo creo que no, ella no tenía que demostrar
nada a nadie. Lo haría por ella, no sé con qué objetivo.
Armi se apoyó en el marco de la puerta, dándose toques pensativos en la
boca con uno de sus largos dedos.
—No lo tengo tan claro. Necesito pensarlo bien.
Volvió a pasar por todas las estanterías, abrió las tapas de las cajas y se
detuvo largo rato ante los paneles. Levantó la mano y acarició con los dedos
una foto. Me puse a su lado y nos abrazamos en silencio.
Ahí estábamos Iria y yo, posando en primer plano con las cabezas juntas.
Los mismos ojos azules de gata, la cara triangular, la picardía que desbordaba
nuestra sonrisa, pero ella en versión morena y yo en rubia. Tendríamos
dieciocho y diecinueve años, llenas de juventud efervescente y con esa
inocencia de quien todavía tiene la vida por delante.
Suspiré con tristeza, el cuerpo se me estaba llenando de demasiados
recuerdos y no sabía dónde meterlos. Mi tía tuvo que notar el estremecimiento
que me recorrió y me dio un último achuchón.
—Venga, vámonos de aquí. Metí una botella de vino en el congelador y
creo que nos vendrá muy bien tomarnos unas cuantas copas.
Esa era Armi y su kit de primeros auxilios. Bajamos a la cocina y en un
periquete había sacado el vino, las copas y se puso a calentar algo en el

Página 114
microondas.
—Como sabía que estarías sin comida, traje unas samosas, una ensaladilla
de gambas y un trozo de queso palmero que está de muerte.
Le sonreí, agradecida. Lo de que las penas se soportaban mejor con el
estómago lleno era totalmente cierto.
En lo que Armi dispuso todo en la mesa, salí al jardín y vi que las luces de
la casa de al lado estaban apagándose una a una. Jackson se iba a entrenar, me
lo había dicho el día anterior. Entonces escuché el timbre y no me dio tiempo
de ir a abrir.
El tono de voz de mi tía sonó muy sospechoso cuando me gritó que un
amigo quería hablar conmigo. Ahogué una risa, podía imaginarme los ojos de
Armi saliéndose de las cuencas.
Lo cierto fue que a mí también se me salieron al ver a Jackson equipado
para hacer deporte. Sus ojos se iluminaron al verme y sin decir una sola
palabra me estampó un beso que se prolongó un poco más de lo debido.
—Solo venía a ver si estabas bien —explicó, y pude escuchar cómo a
Armi se le caían las bragas al suelo—. Y de paso he conocido a tu tía.
Arminda Acosta hizo aletear sus pestañas y me miró como diciendo «te
salvas porque tengo una edad, porque si no, este era para mí».
—Gracias —le dije—, estoy mejor. Ahora cenaremos y seguiremos…
debatiendo.
Asintió y no preguntó nada más. Solo me dijo que si teníamos cualquier
problema, estaría al lado.
Nos quedamos como tontas mirando cómo se subía al coche y sin haber
cerrado la puerta Armi me dio un codazo certero en las costillas.
—Sobrina, ¡esto se avisa! Que casi me da un síncope de la impresión al
abrir la puerta y ver a semejante hombre. ¡Pensé que me había muerto y había
llegado al cielo por la vía rápida!
Me dio un ataque de risa y acabamos las dos dobladas, con esa risa que es
mano de santo para disolver nervios.
—No me ha dado tiempo de contarte nada, cotilla. Ya te daré la exclusiva.
Pero lo más jugoso es que ese tío es el hijo del amante de mamá.
Le conté lo que sabía del lío Derek Grant-Margot Acosta, y riendo entre
nosotras nos sentamos a cenar. Relaté por encima lo ocurrido con Jackson, y
sé que se guardó su opinión para dármela luego, cuando realmente la
necesitase. Pero conocía a mi tía, y esa pequeña arruga en la comisura de la
boca era de alegría.

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Nos bajamos la botella de vino con calma, hablando de todo un poco,
hasta que el silencio hizo que el tema candente nos invadiese como si tuviese
personalidad propia.
—La ecuación Margot arrepentida más amante impetuoso suena bien para
una película. De esas en las que el argumento es «mujer fría y calculadora que
al final de su vida se da cuenta de sus errores y que, como sabe que no la van
a perdonar, alcanza la espiritualidad rezando por sus malas acciones…».
Tuve que reírme.
—¿En serio te ves a mamá sentada en el jardín orando a los árboles?
¿Ella, que solo creía en el poder de los cromosomas y del bisturí?
Armi se encogió de hombros.
—Es muy triste que no pueda decir que conocía a mi hermana. Siempre
fue la más distante, la que iba a lo suyo. Con Manuela tuvimos una relación
mucho más cercana, de hablar a diario, de compartir bromas que solo
entendíamos nosotras. Margot nunca fue parte de ello. Quizá porque Manuela
y yo nos llevábamos meses, éramos casi como gemelas, y ella llegó años
después.
—Lo que nunca comprendí fue cómo se casó con papá: eran como el día y
la noche, sus intereses no tenían nada que ver.
Armi sonrió, ensimismada en sus recuerdos.
—Ellos se complementaban. Y Juan era el único que sabía manejarla. Con
su calma, su mirada limpia, esa sonrisa tranquila. Margot solo le hacía caso a
él. Recuerdo que se enamoró de tu padre como una loca, y fueron muy felices
juntos. Él respetaba su espacio, sus rarezas, su necesidad de libertad, y ella se
refugiaba en su calma cuando la vida se le hacía muy intensa.
Nunca había oído hablar a Armi de mis padres, y menos así. Intenté verles
de esa forma, como personas y no como padres, pero a un hijo eso siempre le
resulta difícil.
—¿Recuerdas las semanas tras la muerte de tu padre? —me preguntó
Armi con tiento. Aquello había sido algo tan horrible que jamás dejaría de
dolerme hablar de ello; aun así, asentí—. Iria y tú se tenían la una a la otra
para consolarse, y ella no contaba con nadie. Recuerdo que vino a mi casa una
noche, totalmente ida, como si no pudiese hallarse a sí misma. «¿Y ahora qué
hago, Armi? He perdido al que era mi norte, el amor de mi vida, con quien
creí envejecer, el que daba sentido a todo. ¿Cómo sigo ahora?». Nunca la
había visto así, ella no solía mostrar sus sentimientos. Pero tu padre era el
centro de su existencia. Yo le dije que tenía dos hijas que necesitaban a su
madre más que nunca, y vi que no le había dado la respuesta que le hubiese

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gustado. «Ellas se valen bien por sí mismas, siempre han hecho lo que les ha
dado la gana», me dijo, y le reprendí el dar cosas por sentadas. Que en aquel
duelo se necesitaban las unas a las otras. Me miró, arrugando el ceño, y se
fue. Entonces pensé que quizá les hubiese tenido envidia por esa maravillosa
relación que existió entre los tres.
Eso me dio en qué pensar. ¿Había sido mi madre tan infantil y simple que
tuvo celos del amor que mi padre nos profesaba? ¿De ese cordón umbilical
que existía con él a pesar de que no nos hubiese parido? Mis ojos se
agrandaron y cuando miré a Armi, vi que le había pasado lo mismo.
—¿Tú crees que esa era la razón por la que nunca pudo querernos como
se quiere a unos hijos?
Nos quedamos en silencio. Al final, meneé la cabeza.
—No sé, Armi, mi sensación con todo esto es que la mente de mi madre
era igual de compleja que todos aquellos proyectos científicos en los que
andaba metida. No tengo muy claro si algún día llegaremos al quid de la
cuestión. No sé si eran celos o que en realidad nunca quiso tenernos.
—¿Pero entonces por qué presionaba tanto para que fuesen las mejores?
Si no quieres a alguien, te da igual lo que haga con su vida.
—No, si puede perjudicarte. Para ella su reputación y su imagen era lo
primero. Y en esa faceta de su vida, nosotras teníamos que ser la prolongación
de su ego: triunfadoras, las dignas sucesoras de la doctora Acosta.
Armi apoyó la cabeza en sus manos, derrotada.
—Dios mío, qué vida más horrible, qué tensión constante, qué oscuridad
en el alma.
La miré, esbozando un gesto compasivo. Armi no podía ser más distinta
de mi madre, y por eso se alejó de ella. Entendía la culpa que embargaba sus
ojos, esa que le decía que por qué no había intentado ayudarla.
—Ni se te ocurra, Armi. Mamá era así y no la habrías podido cambiar. No
entiendo de psicología, pero estoy segura de que hay alguna explicación a su
forma de procesar la vida.
Nos quedamos calladas, pensando cada una por nuestro lado. La mano de
Armi apretó la mía, y cuando la miré supe que iba a darme en toda la línea de
flotación.
—¿Sabes lo que significa todo esto, no? No te hagas la loca porque eres
demasiado lista para eso.
—Ya estás con la teoría de siempre…
—No es ninguna teoría. Zoe, ¿no te das cuenta de que te acabas de liberar
de todo aquello que te ataba? ¿De esa estúpida idea de ser la mejor para

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demostrárselo a tu madre? Ya no tienes que hacerlo por ella; ahora, si quieres
hacerlo, lo harás por ti.
Me levanté. Sabía que iba a tirarme por ese lado, y lo peor era que tenía
razón. El ver todos aquellos recortes en el panel me hicieron darme cuenta de
que había logrado mi objetivo con ella.
Lo que debía entender ahora era si ese objetivo seguía teniendo sentido
para mí.
¿Aceptar más Singapures? ¿Esa propuesta de un organismo internacional
que tenía en mi e-mail desde hacía una semana?
¿Era eso lo que quería seguir haciendo en la vida hasta jubilarme?
«Vaya viajecito. Si lo sé no vengo».
Me masajeé la cabeza con las puntas de los dedos, agobiada, y Armi se
apiadó de mí.
—No tienes que decidir eso ahora. Date tiempo, aprovecha la casa y deja
que tu mente sea libre. En algún momento encontrarás la respuesta.
Esas fueron las palabras mágicas. Oculté toda aquella desazón en algún
confín de mi ser y me dije que ya lo pensaría en otro momento. Cuando
tuviese más fuerzas y ganas de enfrentarme a otra gran decisión.
Sin embargo, notaba que algo había cambiado en mí. Una especie de
ligereza en el pecho se estaba desplegando con alas cálidas. ¿Realmente el
demostrar a mi madre había tenido unas raíces tan fuertes en todo lo que
rodeaba a mi trabajo?
—Yo no hubiera seguido con lo de las negociaciones si no me hubiese
gustado. Ya lo sabes, Armi, lo habría dejado como hice con la medicina. Es
un trabajo que me apasiona, me hace exigirme cosas a las que no llegaría de
otra forma. Tienes que estar atenta, saber abstraerte, intentar imaginar qué
está pensando la otra parte: es un estímulo constante para alguien inquieto
como yo. Y sí, he querido ser la mejor porque es lo que me inculcaron en
casa, pero sabes que en los últimos tiempos he empezado a elegir: a no
aceptar cualquier encargo, a intentar ayudar en la medida en la que pueda.
—Entonces tu cambio de ciclo ya ha comenzado.
Jodida Armi. Siempre me dejaba caer las cosas así, directas, para que las
masticase casi sin tragar.
—Puede ser.
Se puso frente a mí y me cogió por los hombros.
—Eres la persona más valiente que conozco, Zoe. Siempre has luchado
por lo que quieres. Ahora es el momento de escucharte, de ver cómo te
apetece seguir tu vida. El quitarte de encima todo ese peso de tu madre te va a

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ayudar a dar tus siguientes pasos. Si quieres quedarte a vivir aquí, hazlo; si no
deseas seguir aceptando encargos, pruébalo, seguro que hay otra cosa que te
plazca más; si decides volver a Berlín y seguir unos años con tu trabajo tal y
como es hoy en día, también estará bien. Tienes la suerte de poder elegir, por
lo menos por un tiempo. Económicamente estás tranquila, puedes dedicarte a
ti misma un par de años. ¿Por qué no hacerlo? Al fin de cuentas, nunca has
parado. ¿Sabes lo valioso que es poder tener un momento para reflexionar?
Y luego su mirada divertida se dirigió hacia la casa de Jackson.
—Además, a ese hombre le gustas mucho. Disfrútalo todo lo que puedas,
vívelo con ganas, y ya se verá lo que sale de ahí. Y a mí me tendrás contigo
hasta que las musas decidan llevarme con ellas.
Su abrazo me reconfortó, ese aroma picante y cálido siempre me hacía
relajarme. Me sostuvo un rato y luego me dijo que era hora de irse. Le dije
que ni hablar, que habíamos bebido y que era mejor que se quedase, pero no
quiso escucharme. Aunque no vivía muy lejos de Las Acacias, ya no era una
niña y me daba miedo que le pasase algo. Bufó al verme la cara y me dijo que
como mucho me mandaría un mensaje cuando llegase a casa.
—Y tú deberías ir a tocarle la puerta al hombretón ese que tienes por
vecino. Seguro que prefieres dormir con él que con tu vieja tía.
Me reí, era incorregible. La abracé de nuevo, dándole las gracias por
enésima vez. Armi siempre me abría la mente, me hacía ver cosas que yo sola
no podía, porque tenía una inteligencia emocional muy desarrollada, de esa
que a mí me faltaba.
Así que le hice caso y fui a la puerta de Jackson. Me abrió sin decir nada,
solo me abrazó, y tras ducharme con toda la dedicación del mundo me metió
en su cama.
—Duerme, milady. Mañana será otro día.
Lo que no sabíamos era que también sería un día complicado, de esos que
remueven el mundo que has creado, y, de paso, el que deseas crear.

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14.
NI EN MIS PEORES PESADILLAS

Secret, The Pierces

El descubrimiento del santuario había hecho que algo cambiase muy


profundamente en mi interior. Algo que sabía que iba a incidir en la vida que
llevaría a partir de aquel momento.
De pronto, mi cuerpo me aseguraba con mucha fuerza que quería
quedarme en aquella casa. Que todo lo que había estado sintiendo,
desembocaba en la certeza absoluta de querer vivir allí. Deseaba poder
levantarme por las mañanas y otear si el horizonte estaba cargado de nubes de
lluvia o si, por el contrario, la isla de Gran Canaria se veía con tanta claridad
que hasta se podían divisar los invernaderos de la costa. Quería coger la
Lambretta y bajar a comprar el pan al barrio de Salamanca, pasear por el
parque García Sanabria y escuchar el canto de las ranas en los estanques,
bañarme en las piscinas naturales de Bajamar y Punta del Hidalgo en pleno
invierno, ir de tascas por La Laguna y comprar dulces en La Princesa, volver
a bucear y encontrar el pecio de Tabaiba…
Tenía suficiente experiencia vital para saber que cuando el cuerpo pide
algo, no te va a dejar tranquilo hasta que se lo des. Pensé en mi coqueto
apartamento en Berlín, en el que no había pasado demasiadas noches, y me
dije que para tenerlo muerto de risa mejor vivir en un sitio en el que sí quería
establecer mi base.
Además, lo del teletrabajo era una realidad asentada, y como yo no tenía
oficina ni jefe, podía establecerme donde quisiese mientras tuviese datos o
hubiese wifi. Las conexiones aéreas no eran malas, aunque normalmente
había que hacer escala en Madrid, pero sobre todo en invierno había vuelos
directos desde el aeropuerto del Sur hacia todos lados del mundo.

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Y si no me gustaba, con irme tenía. Yo era nómada, no tenía ningún
problema en cambiar de sitio si el cuerpo me lo ordenaba. No era de esas
personas que tenían apego material a sus cosas, si algo no me gustaba o no me
convenía en ese momento, la cambiaba por otra.
Solo tenía que poner a alquilar la casa de Berlín y ya está. Con eso me
aseguraba una renta que me vendría muy bien para mi tranquilidad financiera.
Mientras yo barruntaba todo aquello durante el desayuno, Jackson me
observaba con disimulo. Estaba sumida en un silencio poco habitual en mí, y
sé que estaba esperando a que le dijese algo. Aun así, no había rastro de
incomodidad entre nosotros. Disfrutábamos de aquel momento envueltos en
la magia de unos sentimientos tan bonitos que no éramos capaces de ponerles
nombre todavía.
—Esta tarde me la voy a tomar libre —me dijo, revolviendo su café con
leche—. ¿Quieres que te ayude con algo?
Me sobresalté y le sonreí con disculpa.
—Perdona, estoy en otro mundo. La mañana ya la tengo planificada:
pensaba ir un momento al supermercado, porque no tengo nada en la nevera,
y luego quiero… desmontar el cuarto que mi madre llenó con las cosas de mi
hermana y mías. No tiene sentido tener una habitación ocupada con todo eso.
Me quedaré con lo que más me guste y el resto irá a cajas o a la basura.
Sus ojos no perdían detalle de mis expresiones. Yo no le había contado
nada, pero sabía que él se estaba haciendo sus propias cábalas. Acaricié su
mano, notando las chispas que saltaban entre nosotros.
—No tengo plan para por la tarde, pensaba descansar. Y contarte… lo que
ha pasado.
—No hay prisa. Hazlo cuando te apetezca. Si esta tarde lo que quieres es
relajarte, no hablemos de cosas dolorosas.
Tiró de mí y me sentó en sus rodillas.
—¿Qué te parece si encendemos la barbacoa y nos pasamos la tarde
bañándonos en la piscina? El día va a estar precioso de nuevo, y sería una
lástima desaprovecharlo.
Si eso te lo dicen en el oído, con un susurro grave y olisqueándote el
cuello, no hay forma de negarse. Tampoco puedes hacerlo a un beso húmedo,
de esos que lanzan escalofríos por todo el cuerpo, y que hacen que la ropa sea
un obstáculo urgente de eliminar para poder fusionar nuestras pieles. Gemí
sin poder controlarme, y al ver su mirada de animal salvaje supe que por lo
menos el día empezaría bien.

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Después de un rápido paseo por el supermercado del barrio, dediqué la
mañana a desmantelar el santuario. Toda la pared de nuestra infancia la metí
directamente en cajas, menos algunos papeles que no tenía ningún sentido
seguir guardando y que tiré sin pena a la basura. La pared del panel era otra
cosa, sobre todo la zona de Iria. Guardé todo lo suyo en una carpeta y dejé la
foto en la que aparecíamos las dos por fuera para ponerla en un marco.
De alguna forma, después de tantos años, había superado el último paso
en el duelo de su muerte. Las lágrimas vertidas el día anterior habían supuesto
una suerte de aceptación de que mi hermana volviese a mi vida como el
precioso recuerdo que siempre tuvo que ser. De pronto podía pensar en ella y
reír con las anécdotas que borboteaban en mi memoria, como queriendo salir,
después de tantos años ser ignoradas. Acaricié con los dedos su cara sonriente
y puse la foto a mi lado.
Decidí quitar los paneles de la pared, aquel corcho ya no tenía ningún
sentido. No fue difícil, porque estaban encajados en unos marcos y estos
colgados de una alcayata en la pared, pero al quitar mi panel me di cuenta de
que detrás había algo. Un recuadro más oscuro se hallaba en una de las
esquinas, y entonces entendí que había encontrado la caja fuerte de mi madre.
Me senté en el suelo, intrigada, y mi cabeza se puso a trabajar. Probé
varias combinaciones hasta que di con la ganadora: la fecha de la boda de mis
padres. «Obvio», pensé con un ligero escalofrío. Abrí la pequeña puerta y me
encontré con lo que me imaginaba: los estuches de las joyas de mi madre,
algo de dinero en efectivo y unos relojes que habían pertenecido a mi padre.
Abrí los estuches y me sumergí en los recuerdos que me traían cada una de las
joyas, pero al cabo de un rato, tras tenerlas en mis manos, sentí que no eran
para mí. Esos anillos, collares y brazaletes habían pertenecido a su vida, no a
la mía. Me dije que los vendería, y con el dinero que sacase, ayudaría a
alguien. Probablemente lo destinaría a iniciativas que a ella nunca le habrían
gustado, así hacía un poco de justicia poética a Iria y a sus «zarrapastrosos».
Dejé el cuarto vacío, saqué las cajas que iba a guardar para llevarlas al
garaje y el resto de cosas las llevé al dormitorio. Las dejé en una esquina y
contemplé el resto de la estancia.
«Si este va a ser el lugar donde voy a dormir, lo primero que haré será
comprar un colchón nuevo, luego sábanas, toallas, todo a estrenar, para dar
una nueva energía a esta casa: la mía».
Cogí el marco donde estaba la foto de mi madre y el padre de Jackson y la
cambié por la de Iria y mía. Puse el marco en la sala, encima de la mesita

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auxiliar, y me sentí inexplicablemente bien. Luego salí a ver en qué
condiciones estaba la barbacoa y me entretuve en limpiarla un rato.
Me asusté cuando dos manos me taparon los ojos y un duro cuerpo me
apretó contra sí.
—Estabas tan concentrada que ni te enteraste de que salté el muro.
Me reí y me zafé de sus manos para darme la vuelta con las manos en alto.
—Mejor no te toco que estoy toda sucia.
Sus ojos brillaron con peligro y sin decir nada me cogió en brazos.
Empecé a luchar para bajarme, sabía que me iba a tirar a la piscina, y al final
me soltó muy cerca del borde.
—No te tiro porque no quiero que llenes el agua de grasa.
Le di un puñetazo en medio del pecho y simuló que se doblaba en dos.
Reímos sin poder despegar la mirada el uno del otro.
«Por Dios, cómo me gusta. Porque es solo eso, ¿no?».
Se puso a encender el fuego y yo no pude evitar curiosear en las bolsas
que traía. Pimientos rojos y verdes, cebolla y una montaña de entrecots,
además de unas papas de gran tamaño, papel de aluminio y una cuña de queso
majorero untado con pimentón.
—Nos vamos a pasar comiendo toda la tarde y parte de la noche
—exclamé con una sonrisa—. ¿O es que va a venir alguien más y no lo sé?
Sus ojos claros brillaron con humor.
—No sé si eres consciente de lo que cuesta llenar un cuerpo como este.
Se dio unas palmadas en el estómago plano.
—Pues nunca te he visto comer desmesuradamente.
—Es que intento no devorar. Me gusta demasiado la comida y tengo que
controlarme.
Le pregunté si quería una cerveza y al volver de la cocina traje unos
cuantos cuchillos afilados y unas tablas de cortar. Estuvimos lavando y
cortando la verdura para ponerla a asar en primera instancia y envolviendo las
papas en papel aluminio para ponerlas en las brasas. La barbacoa cogió fuerza
enseguida y ambienté nuestra tarde con música variada, con canciones que
iban desde Willie Colón hasta Jarabe de Palo.
Nos bañamos hasta que el sol se ocultó tras las montañas, fuimos
comiendo poco a poco, saboreando la sencilla comida y nuestra compañía,
hablando de nosotros, nuestros recuerdos, de lo que nos hacía volar y de lo
que nos hacía huir, dando pistas como migajas de pan en el camino hacia
nuestros corazones.

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Era todo tan maravilloso que no entiendo cómo no supe prever que se
rompería.
En este caso lo provocó un ruido: un sonido de explosión que reverberó en
todo el cielo nocturno, y que, si yo no me hubiese paralizado, me habría dado
cuenta de que era precursor de muchos fuegos de colores festivos y brillantes.
En cambio, a mí se me llenó el cuerpo de un terror frío, y cuando ya
estaba corriendo para ponerme a salvo fue cuando me pregunté por qué una
onda expansiva no me estaba tirando lejos como a una muñeca de trapo, o por
qué el cielo no estaba lleno de cosas que caían y que herían.
No sé hacia dónde corrí, pero perdí la consciencia del lugar donde me
había refugiado hasta que, al cabo de un buen rato, percibí que estaba cubierta
por el cálido cuerpo de Jackson. Me acunaba con toda la calma del mundo,
acariciándome la espalda como a un animal asustado, intentando que mi
respiración dejase de estar tan agitada como si hubiese estado corriendo una
maratón. Gracias a esa tranquilidad hipnótica, sentí que volvía a enfocar la
mirada, que el pecho se me expandía y que mi cuerpo poco a poco empezaba
a destensarse. Él también lo notó, porque me apretó con suavidad, y sin decir
nada me sacó del hueco de la escalera donde me había metido.
«En sus brazos la vida es mejor», atiné a pensar hasta que me depositó en
uno de los sillones de la terraza, muy pegada a él y cerca del fuego.
No me había dado cuenta de que mis manos seguían temblando. Jackson
las cogió entre las suyas y las amasó para darles calor. Poco a poco me fui
relajando y, con ello, vino la vergüenza.
«Él no tendría que haber visto esto. Qué pensará de mí».
Moví el rostro hacia otro lado y su mano tocó mi mejilla para hacer que le
mirase.
—¿Estás un poco mejor? ¿Quieres agua?
Negué con la cabeza. Me arrimé un poco más a él, necesitaba su calidez y
el sonido de su respiración para encontrar un ancla que me trajese de vuelta a
la realidad. Me abrazó y de alguna forma logré que mi largo cuerpo se
acomodase en su costado. Sonaba Lenny Kravitz cantando sobre pertenecer a
alguien, y como siempre la música se me metió en el alma, dejando que lo
malo empezase a recular y a dejarme tranquila.
Sin embargo, estaba muy preocupada. Aquella reacción denotaba que no
todo estaba tan bien como creía. Que todo se me había acumulado y que no
era ninguna superheroína.
—Perdona por el susto, no tiene que haber sido agradable. Gracias por
estar y ayudarme.

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Juntó su cabeza con la mía y un sonido de su pecho me tranquilizó. Su
mano jugueteó con mi pelo un rato y luego preguntó con tiento:
—Lo que te ha pasado se lo he visto a personas que han pasado un
episodio traumático.
No me preguntó directamente, pero la duda estaba implícita en la frase.
Suspiré con aprensión. No había hablado de aquello con nadie, ¿debía hacerlo
con él?
Clavé la mirada en sus ojos leoninos y tragué saliva. Era ahora o nunca.
—Esto tiene que ver con lo que me ocurrió durante una negociación.
Estaba en Singapur y…
—¿En Singapur? —Me extrañó el tono de su voz, pero yo ya me había
apartado un poco de él. Necesitaba espacio para poder narrar todo lo que
llevaba ocultando dentro de mí meses. Nadie había sabido lo mucho que me
afectó aquello hasta esa noche.
—Acepté un trabajo muy gordo, una negociación complicada que me
apetecía muchísimo. Era entre dos partes, una gubernamental y otra
particular, una occidental y la otra oriental. Todo un reto para mí, porque lo
que más me motiva es descifrar los códigos de lenguajes no verbales
diferentes a los nuestros, pero esta vez yo iba con los orientales. Coreanos,
para más señas. Las negociaciones tendrían lugar en Singapur, y como
tampoco había estado antes, era otro aliciente más.
Cogí aire sin mirarle. No dijo nada, y seguí hablando.
—Estuve allí unos días antes para hacer turismo y para preparar bien toda
mi investigación y estrategia. Uno de los que me contrataron me estaba
esperando, y fue con él con el que tuve las primeras sentadas para entender
cuál era el resultado que querían y, de paso, tener todos los datos que me
importaban. La tarea sobre los occidentales ya la tenía hecha: conocía a su
negociador, y también quiénes estaban detrás de él.
Le miré por un momento.
—Entiende que no puedo decirte nombres ni cargos, todo esto es muy
confidencial.
La expresión de su rostro me pareció rara; aun así, al darse cuenta de que
le estaba mirando, mutó a esa impasibilidad que había vislumbrado alguna
que otra vez. Fruncí el ceño, extrañada, pero seguí hablando:
—Estas negociaciones suelen ser varias rondas y en ellas puede haber
cambios drásticos de un momento a otro. Hay recesos, hay convocatorias
urgentes, reuniones sin avisar: todo muy exigente y extenuante. Yo acabo
derrotada después de una de estas así, de las grandes.

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Empezamos con la fiesta y comencé a divertirme: era de esas que me
gustaba liderar. Aunque ya no podía hacer el truco de mis inicios, que era ir a
las primeras rondas camuflada para que no me tuviesen en cuenta, me estaba
resultando muy estimulante. Y sabía que íbamos a llevarnos el contrato: todo
me lo decía.
Por eso una tarde, cuando regresé del comedor del hotel, supe que alguien
había estado rebuscando en mi habitación. El trabajo me ha hecho muy
observadora, o quizá siempre haya tenido mucha intuición. El caso fue que
supe que alguien había estado husmeando entre mis cosas a pesar de que todo
parecía estar perfectamente dispuesto, como lo había dejado. Pero un levísimo
detalle me hizo entender que sí, que la negociación estaba en peligro, porque,
aunque yo nunca dejaba nada trascendental en la habitación, solo el hecho de
que alguien entrase a buscar pistas significaba que no se andaba con chiquitas.
Fue ese leve detalle el que hizo que mirase a mi alrededor y sintiese que
había cámaras observándome. Llámame paranoica, pero aquella sensación no
me gustó nada y sin pensarlo cogí mi bolso, el ordenador, las carpetas y me
fui. Pensaba enviar a alguien por mi ropa más tarde, en cuanto me instalase en
otro hotel. Bajé en el ascensor con el corazón en la garganta, sintiendo por
primera vez que aquel trabajo podría ser peligroso.
Me callé un momento y busqué en mi memoria lo que aquella tarde
inundó mi cuerpo: un miedo primitivo, ese que activa el instinto de
supervivencia. Ese mismo miedo tiñó mis palabras cuando proseguí:
—Nunca había experimentado algo así. No me considero una miedica,
tampoco una mujer de acero, pero debo reconocer que esa tarde me asusté. No
me gustó nada imaginar que alguien había estado merodeando por la
habitación, tocando mis cosas, buscando cualquier resquicio que le diese
información sobre la negociación. Y menos me gustó advertir que estaba
metida en un juego más grande de lo que pensaba, donde tenía que haber
intereses muy poderosos para estar preocupados por lo que yo pudiera
conseguir para los coreanos.
Recogí mis piernas y las abracé, apoyando la barbilla sobre las rodillas.
—He revivido esos minutos miles de veces, intentando entender si pude
hacer algo para evitar lo que sucedió después. Pero no, lo tengo claro. Yo solo
crucé el hall del hotel a toda prisa y me subí a un taxi, a pesar de que la
reunión se reanudaba en diez minutos.
Mi cuerpo se escalofrió con violencia y seguí sin mirarle.
—Todo lo que ocurrió después lo recuerdo a cámara lenta. Cómo me subí
al taxi y le pedí al conductor que me llevase a otro hotel, daba igual cuál;

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cómo noté que un coche oscuro se deslizaba a nuestro lado y vi por la
ventanilla, dentro del coche, a uno de los coreanos que me había contratado;
cómo nuestros ojos se encontraron por un extraño momento y sin venir a
cuento me dije que iba a pasar algo malo; cómo me quedé mirando por la
ventana de atrás cuando nos alejábamos; cómo cerré los ojos cuando le vi
salir del coche y sacar el móvil; y cómo de pronto la luz fue cegadora y el
ruido tan ensordecedor que me quedé sin habla, y la sensación de velocidad
que cogió al coche al azotarle la onda expansiva que nos hizo volcar.
Mi voz sonó estrangulada al hablar de nuevo.
—¿Has visto una película de Lars von Trier que se llama «Melancolía»?
La primera escena de la película muestra a Kirsten Dunst con decenas de
pájaros muertos cayendo del cielo a su alrededor. Así me sentí yo cuando salí
del coche: del cielo no paraban de caer cosas, probablemente muchas de ellas
restos calcinados de los coreanos que iban en el coche.
Volví a parar, me estaba costando horrores poner las palabras para
describir aquello. Significaba vivirlo de nuevo, como si colorease otra vez las
imágenes que estaba intentando exterminar de mi memoria.
—No me pasó nada, pero de todas formas me llevaron al hospital para
hacerme un chequeo. Luego vino la policía a hablar conmigo, y se interesaron
mucho por el hecho de que habían entrado en mi habitación. A posteriori supe
que aquella bomba la había puesto un conglomerado de interesados en que el
acuerdo no saliese hacia delante. Supongo que serían los mismos que
rebuscaron en mi habitación.
De ahí volví a Berlín y pasé una semana encerrada en mi piso, muerta del
miedo. Pensaba que los que habían orquestado el atentado querrían
eliminarme, después entendí que yo ya no era peligrosa para sus intereses. La
negociación se había roto, los coreanos se habían retirado después de aquel
acto de violencia y a mí nadie me molestó nunca más.
Pero yo nunca estaré igual después de eso. Toda aquella sordidez creó una
brecha en mí, un trauma o como quieras llamarlo, que aparece de vez en
cuando. Ya sé que debería ir a tratarme, aunque bastante tengo con contarte
esto hoy. No lo había hecho con nadie antes. No quería que mis tíos supiesen
que había estado en peligro, o las pocas amigas que tengo, que de vez en
cuando salgo corriendo si oigo ruidos como el de un volador, al igual que hoy.
Seguro que me dirás que necesito ir a hablar con un profesional, así que
ahórratelo porque ya lo sé. Lo haré en cuanto me instale aquí. No quiero
seguir teniendo miedo, Jackson, es una sensación muy jodida.

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No le había escuchado moverse ni un milímetro de su sitio, y me aventuré
a mirarle. Estaba con la cabeza gacha, con los codos apoyados en las rodillas
y toqueteándose los dedos de una mano con los de la otra.
Ese hombre estaba nervioso y no entendía por qué.
Puse la mano sobre su rodilla y paré el repiqueteo que hacía la suela de su
zapato contra el piso.
—¿Qué te pasa? —inquirí, extrañada. Se levantó como un resorte y
comenzó a caminar delante de mí, pasándose la mano por la cara como
queriendo quitarse algo de los ojos.
«Quiere decirme algo importante y no sabe cómo».
Me senté con las piernas cruzadas y le miré, expectante. Al final se paró
ante mí y bajó los brazos, en signo de clara derrota.
—No sabía que habías estado involucrada en lo de la bomba. Si hubiera
imaginado que ibas a irte, que ibas a salir a la calle, habría hecho algo…
Mis oídos resonaban con eco, como lo hicieron después del atentado.
—¿Qué? —Mi voz subió unos cuantos decibelios, y su cara fue la de un
hombre tremendamente culpable.
—Yo estaba en Singapur, Zoe. Yo fui el que entró en tu habitación para
robarte los documentos.
Me levanté, negando con la cabeza. Aquello era absurdo. ¿Y por qué…?
Entonces recordé aquellos esclarecedores detalles que no había querido
ver: nuestro primer encuentro, donde él no pudo disimular que me conocía;
las veces que le había pillado serio y con cara de casi enfadado sin razón
aparente, o por qué él nunca me preguntó por mi trabajo como yo sí hice con
el suyo.
Claro, él lo sabía todo de mí, menos lo que le acababa de contar.
«Tremendo hijo de puta».
El enfado empezó a bullir en mi interior con peligro. Me acerqué a él
como una serpiente a punto de atacar y le señalé en el pecho.
—¿Y has estado conmigo todos estos días sin decirme nada? ¿Follando
conmigo, diciéndome cosas bonitas, haciéndome creer que…?
Me callé en el momento justo antes de cometer una estupidez.
—Y no me digas que no has tenido un momento para contarme esto. Los
has tenido a manos llenas. Es que ya hasta me pregunto si esto también forma
parte de un plan. —Apenas me llegaba el aire a los pulmones, y creo que
nunca había estado tan furiosa—. Fuera de aquí. No te quiero cerca. Eres un
puto farsante y un mentiroso.

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Estaban siendo demasiadas emociones para mi cuerpo y noté que la voz
comenzaba a temblarme. Él se acercó a mí, con los ojos claros inundados de
preocupación.
—Por favor, déjame que te lo explique. No sabía cómo empezar, y luego
todo fue convirtiéndose en lo que ahora tenemos, y cada vez era más difícil
porque no quería romper…
—Pues lo acabas de romper tú solito hace un instante.
Mi voz fría le hizo recomponerse y me miró a los ojos. Era muy difícil no
creerle, pero no podía dejarle salirse con la suya. Me había roto por dentro
con sus mentiras, y eso no se lo iba a perdonar así como así.
—Quiero explicarte todo desde el principio, por favor, solo déjame eso:
que te cuente mi versión de todo esto.
—No.
Me situé delante de él con los brazos cruzados y aguantando las ganas de
llorar.
—No. Ahora quiero que te vayas. No puedo…
Mi voz se quebró justo cuando no quería.
«Eres una llorona de mierda, Zoe Wagener».
Vi que él estaba luchando por no acercarse y agradecí que no lo hiciera.
No hubiese soportado que me tocase. No quería ni que me rozase con su
aliento.
—De acuerdo, me iré. Pero mañana temprano vendré y te contaré mi parte
de la historia.
—No quiero saber nada de ti si has estado metido en lo del atentado —le
dije con toda la serenidad que pude. Vi que suspiraba con cansancio y que se
pasaba las manos por la nuca.
—Nada es blanco o negro, Zoe. Por eso te pido que me escuches. Por todo
lo que hay entre nosotros, te lo ruego. Déjame contártelo.
Joder.
No me pude resistir a aquellos relucientes ojos color avellana. Me habían
prometido tanto que en el fondo no podía creer que me hubiese mentido. No
del todo.
—De acuerdo. Mañana tienes una hora para contarme lo que creas
conveniente, pero ahora te vas. No te quiero cerca.
Asintió y bajando la vista se fue. Yo me abracé a mí misma y, de pronto,
me sentí muy sola. Y eso me gustaba menos que la traición de Jackson.

Página 129
15.
PARAÍSO PERDIDO

De las dudas infinitas, Supersubmarina

Supongo que aquella noche debería haber sido de las toledanas, de esas cuya
consecuencia directa habrían sido unas ojeras profundas y violáceas y la
palidez de un rostro demacrado. Tenía todas las papeletas para que lo hubiera
sido. Una noche en la que las horas se habrían pasado lentas, llenas de
ansiedad e inquietud, de pasos agitados por la casa, deseando que saliese el
sol y no seguir pensando en todo aquello.
En Jackson y la gran mentira que había protagonizado. En imaginármelo
allí, en Singapur, al mando de un ordenador con el que accedía a las cámaras
y a mi vida dentro de aquella habitación de hotel. Observándome para ver si
encontraba algún dato clave para la negociación, mientras yo me lavaba los
dientes, hacía pis, me cambiaba de ropa o simplemente me rascaba el culo
cuando me picaba. Violando mi intimidad para rebuscar entre mis cosas y
encima hacerlo de forma pésima, porque hasta yo, que no era una experta en
el tema, había percibido que alguien había movido los papeles de sitio.
Metido de lleno en aquel complot para eliminar a los coreanos de la ecuación
a través de la violencia más pura y cobarde. Preparando meses antes todo
aquel operativo donde le había tocado una misión de lo más aburrida: actuar
de voyeur de una chica sosa que… Oh Dios, de sosa nada, recordé. La ciudad
y su atmósfera llena de gente y colores me había inspirado para bailar como
vía de escape de la tensa negociación. La de coreografías que se habría
gozado ese cabrón.
Esa noche habría pensado también en lo que me hacía sentir. En ese
violento estallido de colores y sensaciones que contenía una sola mirada que
compartíamos. No podía resistirme a la esencia de su piel, era el hechizo más
poderoso del mundo, y me había cazado desde el primer momento, desde

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aquellas frases compartidas en mi balcón y su murete. Estaba hecho para mí,
con su humor chispeante, su sexto sentido, esa resolución decidida que tenía
ante los problemas, cómo fluía en cualquier entorno, su —supuesta—
franqueza, la boca tan sucia y traviesa que sacaba a pasear siempre que quería
picarme, ese cuerpo de gladiador y su sensibilidad, con la que parecía
adivinar cualquier cosa que se me pasaba por la mente.
Habría tenido que sincerarme conmigo misma y decirme que me había
enamorado como nunca. Que aquello no era una tontería. Que, por eso
mismo, el haber descubierto su mentira me dolía el doble.
No lo entendía. No podía encontrar la razón por la que no había sido
capaz de decírmelo. Que a pesar de que nuestros sentimientos se estaban
enredando cada vez más a medida que pasaban las horas, no se había decidido
a ser franco y a no esperar que fuese yo la que lo descubriese. Porque al final
lo habría hecho: un par de gestos contritos más y le hubiera sonsacado qué le
pasaba. Solo que mi estrés postraumático había elegido manifestarse antes de
tiempo.
Encima eso. Sí, claro que sabía que no estaba bien. No era tonta y no
hacía falta hacer un máster para diagnosticar que las pesadillas que tenía
recurrentemente se debían a aquella vivencia tan aterradora. Pero lo de
aquella noche era la primera vez que me ocurría así, de esa forma tan brutal, y
con turbación me dije que tenía que buscar ayuda. Debía tratar aquello que
anidaba en mi interior como un ser oscuro que se manifestaba de vez en
cuando con duras consecuencias para mi mente y mi cuerpo. No podía dejar
que fuese a más y que el resto de mi vida lo pasase sobresaltada y con miedo
de no poder controlar mis reacciones.
Con todo esto, estaba claro clarinete que habría estado toda la noche
llorando y pensando en si podría volver a confiar en él, en si todo lo que
habíamos vivido también era parte de un plan, otro en el que quizá la
violencia fuese de nuevo protagonista, o en por qué todo se había liado tanto
cuando por primera vez en mucho tiempo me entregaba tan de verdad. Me
costaba creer que nuestra historia estuviese basada en una mentira, ya que no
podía encontrar una sola razón por la que le interesase estar conmigo más allá
de lo que creía que teníamos, pero la duda anidaría siempre en mi interior a
no ser que él la eliminase siendo sincero y honesto de verdad.
Así debería haber sido mi noche, unas horas en vela para seguir
desgastando mi cabeza todavía aturullada tras haber revivido las horas de
terror de Singapur. No obstante, mi cuerpo me sorprendió con una exigencia
mayor: no sé cuándo ni cómo pasó, pero me dormí en el sofá, allí donde había

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establecido mi cama improvisada, con los brazos abrazando un cojín y tan
exhausta que no me enteré de nada hasta que el sol comenzó a salir y me
despertó con una claridad deslumbrante.
Lo que sí pasó cuando me abrí los ojos, fue sentir que me faltaba el aire.
Me levanté, apretándome el pecho, y salí corriendo a la ventana a intentar
encontrar alguna ráfaga de viento que barriese la angustia de mi interior.
No hubo suerte. En Las Acacias no se movía una rama.
Miré hacia el mar y al verlo picado, lleno de pequeñas crestas de espuma,
supe adónde ir. Necesitaba atragantarme del aire marino, el único que podía
abrir mi garganta agarrotada y el pecho bloqueado. Me vestí con rapidez y me
subí en la Lambretta, que arrancó a la primera, ronroneando con alegría.
La carretera serpenteante me hizo dejar atrás la playa de Las Teresitas y
en nada comencé a bajar hacia la costa, hacia Las Gaviotas. Aquella playita
de arena negra y limpia nos había acogido muchas veces de jóvenes, al
principio por la tontería de ir a la zona nudista a reírnos de los alemanes
puretillas y los hippies añejos, luego porque realmente nos encantaba el
ambiente y la libertad de las olas, que no estaban prisioneras por un dique,
como en Las Teresitas.
A esa hora allí no había nadie, y menos un día de febrero. Aparqué en la
misma entrada de la playa y me descalcé para hundir los dedos en la oscura
arena volcánica. La marea estaba baja, así que la playa estaba más grande de
lo normal, y me dirigí hacia la orilla. Necesitaba sentir cómo el agua me lamía
los pies a la vez que el sol me cegaba al salir de su lecho marino. Allí no se
escuchaba nada, solo el mar y el suave viento, ni siquiera las aves habían
despertado aún.
Inspiré el aire marino y lo dejé salir fuerte, como si quisiera expulsar
también mis miedos y mis inseguridades. Volví a saborear una bocanada y a
devolverla cargada de todo lo tóxico que no quería en mi interior.
Aire dentro, aire fuera; aire dentro, aire fuera.
Singapur, mi madre, Jackson… Tenía que ventilar todo aquello, limpiarlo,
transformarlo, porque después de todo aquello iba a ser imposible seguir igual
que hasta entonces.
Aire dentro, aire fuera; aire dentro, aire fuera.
Aceptar, perdonar, concederme, empatizar, romper esquemas e ideales.
«Respira, Zoe».
Seguí llenándome de aire: inspiré con todas mis ganas, espiré hasta
quedarme vacía, y con la siguiente respiración me llené de sal, de energía, de
calma, de reflexiones, de vida. Quedaría genial decir que tuve una revelación,

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que me di cuenta de cosas que antes había pasado por encima, que me
perdoné otras que tenía en la recámara desde hacía mucho tiempo, pero en
realidad no fue así. Fue más sencillo que eso. Solo respiré como hacía meses
que no lo hacía, sin pensar en nada ni en nadie.
Y quizá no sacase nada en claro de todo aquello, pero me sentí otra. Más
liviana, más consciente, más plena.
Seguía enfadada con Jackson, sí. Eso era un hecho. Muy enfadada,
además. Sin embargo, ahora podría escucharle de verdad, con más equilibrio
y quizá pudiendo llegar a entenderle.
Y con lo de mi madre había llegado a un consenso conmigo misma: nunca
sabría por qué actuó así, ni en nuestra infancia ni en este último año. Decidí
que no iba a malgastar más tiempo ni energía en comprenderlo. Me quedaría
con que algo se le debió remover al empezar a cumplir años, y quizá esa fuera
su forma egoísta de redimirse. A saber. Lo positivo que podía sacar de todo
aquello era que su inesperado santuario me había traído de vuelta a mi
hermana. Ahora podía vivir en mi recuerdo porque yo ya era capaz de
decirme en voz alta que no iba a volver.
Me despojé lentamente del pantalón, del suéter, de la camiseta, de la ropa
interior. El día estaba despejado, pero el aire era fresco: la calima se estaba
yendo. Esa tormenta de arena que me había sacudido y que ahora, tras su
turbulento paso por mi vida, empezaba a soltarme y dejarme volar.
Sonreí y me adentré en el agua. Estaba fría, como siempre lo estaba el mar
de las islas y más en invierno, aunque era ese frescor el que podía quitarme la
arena de los ojos y dejarme ver de una forma limpia y nueva lo que tenía ante
mí.
El mar tiene una gran virtud, y es que cuando estás en sus brazos, solo
perteneces a él. Rodeada del frescor y la energía de las olas no era capaz de
pensar en nada más sino en disfrutar aquellos minutos de plena libertad,
buceando bajo la espuma y dejándome llevar con cada batiente. Me quedé en
la orilla, permitiendo que la marea me meciese, disolviendo cualquier
resquicio de debilidad. Cerré los ojos y supe que estaba preparada para hablar
con Jackson.
Me tomé mi tiempo para volver a casa. El baño matutino me habría
abierto el apetito y decidí parar para desayunar. El café con leche y la pulguita
de pata asada con queso blanco hicieron subir mis niveles de azúcar y la
curvatura de mi sonrisa. Conduje de vuelta con tranquilidad, esa misma que
se volatilizó en cuanto llegué a mi casa y me encontré a Jackson sentado en
las escaleras de la entrada, esperándome.

Página 133
Su expresión fue de un alivio extremo cuando me vio.
—Pensé que te habías ido. —Soltó sin filtro alguno. Me bajé de la moto
intentando invocar esa calma que me había abandonado.
—No es mi estilo. Te prometí que hablaríamos, y aquí estoy.
—No te escuché irte.
—Será que te olvidaste de enchufar las cámaras y perdiste la señal. —No
pude evitar la ironía y noté que le había dado—. Me gustaría ver tu centro de
mando, debe de ser todo un alarde de tecnología. ¿Me invitarás a verlo?
—Joder, Zoe, que aquí no hay nada de eso. Puedes creerme si te digo que
no sabía quién eras cuando tu madre hablaba de ti. Ni cuando te vi de lejos
bailando en el balcón.
«Eso me lo apunto para más tarde. ¿Qué diría mi madre de mí?».
Abrí la puerta y entré, esperando que me siguiese. Su presencia me ponía
nerviosa y mi cuerpo era un traidor barato: al notar su calor, mis células
comenzaban a revolucionarse y a pedirme que me acercara a él. Era una
sensación eléctrica, como un chispazo que se prendía en toda la habitación
cuando estábamos juntos. Y lo habíamos alimentado, oh sí, de las chispas del
inicio ahora nos habíamos convertido en tormenta eléctrica de esas que
funden ciudades enteras. Su brazo rozó el mío y los dos nos sobresaltamos:
casi pude escuchar el sonido del trallazo y cómo viajó directamente hasta mi
entrepierna.
Me alejé de él con toda consciencia y salí al jardín, donde me apoyé en la
mesa. Él se sentó después de mirarme, como pidiendo permiso, y luego
depositó las dos manos sobre la mesa.
«Muy bien, Mr. Nigma. Por lo menos empiezas enseñando todas tus
cartas».
—Para poder explicarte todo lo sucedido en Singapur, necesito contarte
mi historia desde el principio.
En su voz hubo un leve deje interrogante que solventé con una inclinación
de cabeza. Llegados a este punto, era mejor saber la película completa.
Jackson tomó aire y fijó sus ojos claros en mí, esta vez serio y concentrado.
—Creo que ya mencioné con anterioridad que cuando mi madre murió,
me descontrolé bastante. No dejé de estudiar, pero me metí en mundillos poco
recomendables. Mi padre no se estaba enterando demasiado de lo que yo
hacía y aproveché eso para intentar matar la tristeza a base de otras cosas.
Con eso me refiero a trapicheos con sustancias varias, palizas, carreras
ilegales, todo lo que me hiciera sentir adrenalina y que estaba vivo. Tuve

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suerte, nunca me pillaron, pero ahí ya llamé la atención de gente de ese
mundo que se quedó con mi nombre y mis habilidades.
A pesar de estar metido en toda esa mierda, entré en la universidad y
encontré mi vocación. Aquello fue lo que me salvó, porque me alejé de todas
aquellas actividades peligrosas y me centré en lo que se debe enfocar un
estudiante. Además, me aficioné a cosas menos complicadas como el boxeo y
las competiciones matemáticas. Sí —dijo sonriendo al ver mi expresión—, en
Oxford había en aquella época unos clubes no oficiales en los que se lanzaban
retos matemáticos y físicos de la leche y los más intrépidos nos lanzábamos a
resolverlos. Y digo intrépidos porque si fallabas, la penalización era enorme,
peor que una novatada. Me hice una reputación con rapidez y justo al
terminar mi doble licenciatura me contactó un hombre al que había conocido
en el pasado, cuando estaba casi siempre metido en líos. Me ofreció trabajo,
primero en un negocio legal y muy interesante para alguien como yo, y poco a
poco me fue metiendo en los entresijos de algo que no se me mostró como era
en realidad hasta unos años después.
Suspiró y sus dedos tamborilearon sobre la mesa.
—Estuve mucho tiempo sin saber que estaba trabajando para una
organización de gente con mucho poder y dinero, y que quería seguir
manteniendo ese poder y ese dinero a toda costa. Eran empresarios ingleses,
en su mayoría del norte del país, y con el tiempo fui siendo consciente del
dinero que movían. Era absolutamente inmoral, con aquellos flujos de libras
se podría haber sacado de la hambruna a un país del tercer mundo. Yo empecé
a convertirme en alguien respetado en la organización: aparte de mis dotes
informáticas, se me daba bien el trabajo de campo. Pero al cabo de un tiempo
empecé a ver cosas que me hicieron sonar todas las alarmas, y entonces hablé
con mi padre.
Había sido prudente y mi relación con él pasaba desapercibida. Para la
organización, para ese G-8 de mafiosos con pátina de respetabilidad, yo no
era Jackson Grant, sino otra persona discreta y sin pasado en la que
depositaban cada vez más y más responsabilidad. Lo que ellos no sabían era
que mi padre trabajaba para la Casa Real Británica en un puesto de alto rango,
y por lo tanto tenía un exacerbado sentimiento de servicio a la patria y a la
reina por encima de todas las cosas. Cuando hablé con él, escondidos en una
choza de la costa de Cornualles como si estuviésemos en una película de
espías, vi que apretaba la mandíbula y me dijo que lo que le estaba contando
necesitaba escalarlo. Que aquello no podía resolverlo él solo, sino que

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tendríamos que ser muy prudentes para que lo supieran quienes podían
ayudarme.
Así fue como me convertí en un agente infiltrado en aquella organización
de gente que aparecía en las revistas del corazón ofreciendo grandes cenas de
gala para recaudar fondos benéficos, y luego partían las piernas sin
conmiseración alguna a un chiquillo de dieciséis años por no entregarles una
bolsa de hachís. Por una deuda de cien libras he visto cómo rajan la cara a una
persona, Zoe.
La tensión estaba agarrotando mi garganta. La voz de Jackson,
desprovista de emociones, me estaba asustando más que cualquier película de
terror. Porque ese terror era de verdad, del que pone bombas en coches o entra
en tu casa para matarte.
—El objetivo de mi infiltración era hacer caer a aquella organización,
pero eso era algo que no se conseguía en meses. Al contrario, se trataba un
trabajo de hormiguita, de esos que a veces te desespera porque parece que no
avanza. Estuve más de diez años llevando una vida al filo de la navaja, donde
cualquier descuido me podía hacer caer, intentando ganarme la confianza de
los grandes jefes a la vez que informaba de lo que ocurría al Servicio de
Seguridad. Por eso nunca me acerqué a nadie, nunca pude darme el lujo de
pensar en formar una familia, ni siquiera podía ver a mi padre si no era fuera
de Inglaterra. Era todo demasiado peligroso para exponer a alguien a quien
quisiese.
Se quedó callado unos segundos, y luego reanudó su relato. Yo no podía
moverme, mi cuerpo se había quedado rígido a medida que iba desentrañando
su historia.
«Esto parece sacado de una película, no puede ser verdad. Quizá se lo esté
inventando todo. Pero por increíble que me parezca, le creo. Su mirada no me
está engañando, a pesar de que haya sido un profesional de la mentira durante
muchos años».
—Supe que algo gordo iba a pasar cuando me dijeron que tenía que irme a
Singapur. Nunca habían requerido mis servicios fuera de territorio británico, y
eso alertó a mis jefes y a las jerarquías superiores del MI5 y, a partir de ese
momento, del MI6. Me pidieron que fuera muy cauteloso y que no utilizase
los canales de comunicación habituales, porque se olían que si lo que la
organización estaba preparando fallaba, podrían echarles finalmente el guante.
Desde hacía años tenían información que yo les había ido pasando muy a
cuentagotas para que pudiesen ir armando un macro caso contra todos ellos.

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Si esta aventura oriental era la meada fuera del tiesto que estaban esperando,
yo necesitaba hacer un trabajo impecable.
En la organización me reunieron para contarme de qué iba la película de
una forma bastante poco habitual. Sí, eran criminales, pero aquello iba a ser lo
más importante que habían preparado nunca. Y todo porque veían peligrar el
contrato más suculento que tenían con el gobierno británico a favor de unos
coreanos que venían con mejores precios y contrapartidas. Y que, además,
habían contratado a la mejor negociadora de acuerdos económicos del mundo
occidental: tú.
Tragué saliva. Ni el piropo me salvó del escalofrío.
—Mi misión era observarte y saber todo sobre ti hasta el punto de poder
acceder a información que fuese relevante para la negociación. Mis jefes
querían estar al tanto de todo y tener la potestad de sabotear el acuerdo con
datos falsos, pérdida de documentos importantes, lo que fuese necesario para
que ese trato no se firmase nunca. Yo pensé que esa sería la línea de
actuación, no lo que finalmente hicieron.
Me miró de soslayo y noté que ahora empezaba la parte que menos quería
escuchar. La que me concernía a mí.
No podía evitarlo, pero tenía miedo de lo que pudiese encontrarme.

Página 137
16.
UNA HISTORIA DE MUY ADENTRO

No puedo vivir sin ti, Coque Malla

Fui a buscar una botella de agua y dos vasos, estaba segura de que Jackson lo
necesitaba con urgencia. Le vi secarse las palmas de las manos en sus
pantalones cortos y mi corazón dejó de latir por un instante. ¿Qué me iba a
contar que lo tenía tan nervioso?
—Yo no sabía quién eras tú hasta que te vi la primera vez. Antes de eso,
eras solo un objetivo, alguien que se hospedaría en una habitación de hotel
que yo tendría perfectamente preparada para poder tenerte observada las
veinticuatro horas del día. Necesitaba saber dónde guardabas tus notas, tu
ordenador, la contraseña, aunque a un hacker como yo pocos sistemas se me
resistían.
No pudo evitar sonreír con admiración.
—Joder, jamás hubiese pensado que no tenías nada en tu ordenador. Solo
los archivos de tus finanzas personales. No pude encontrar ningún dato
referente a una negociación, ni actual ni pasada, en la memoria del mismo, ni
tampoco en ninguna nube externa. Eso ya lo chequeé incluso antes de que
volases a Singapur, y me molestó porque eso significaba que iba a tener que
implicarme en el trabajo de campo. Y lo menos que me apetecía era hacerlo
en un caso tan turbio y encima por una negociadora cuya trayectoria era tan
de golden girl que daba asco.
Bufé, enarcando las cejas, y volvió a sonreír.
—Sí, es así, tu currículum es para enmarcar y por lo que había visto,
parecías la típica repipi con un palo en el culo que luego saca el látigo para
conseguir lo que quiere. No eras el tipo de mujer que llamase mi atención, por
lo menos a priori. Pero luego llegaste a pasar tus primeros días de vacaciones
en Singapur y me enganché a ti como el que se engancha a un reality show.

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Esta vez la sonrisa le llegó a los ojos y yo sentí que me encendía.
—Me encantaba verte entrar por la puerta con miles de bolsas en las
manos, un ramo de flores gigante atado a una cuerda y balanceándose en tu
hombro, y con unos zapatos diferentes a los que tenías puestos cuando te
fuiste, porque seguramente los destrozaste de tanto caminar. Lo ibas dejando
todo sobre las diferentes superficies, te quitabas los zapatos de una patada y te
ibas despojando de la ropa hasta quedarte en ropa interior. Nunca había
conocido a una mujer que se sintiese tan bien en su propia piel, Zoe. El verte
era erótico, sí, pero por encima de todo me hacía sentir feliz porque sabía que
tú también lo eras. Que llevabas todo el día absorbiendo las diferentes
culturas, los idiomas, los sabores, los olores, y eso te daba vida. Luego ponías
música y empezaba el espectáculo: de nuevo tus ganas de vivir, tu sonrisa, la
energía de tus movimientos al danzar por toda la estancia mientras ibas
ordenando las bolsas y haciendo mil cosas a la vez. Desaparecías en la ducha
y yo me lamentaba mil veces el no haber instalado una cámara en el baño,
aunque sabía que nunca lo hubiese hecho; tu momento de tomarte una copa de
vino en el balcón, contemplando la ciudad, y luego las noches. Malditas
noches en las que te veía en la cama dando vueltas, tus momentos de
intimidad…
Me puse roja y apenas me salió la voz.
—No me digas que viste…
—Sé lo que hiciste aquel día con ese aparato. —Su voz estaba empezando
a engrosarse del deseo, de nuevo las llamas se prendieron entre nosotros.
Jadeamos, palpitando, y alguno de los dos, ya ni recuerdo cuál, reculó.
—Perdona, sé que no estuvo bien, pero…
—Nada de eso estuvo bien, Jackson, así que ahórrate las disculpas por ese
momento en concreto.
Asintió, admitiendo su culpa. Tardó unos segundos para encontrar las
palabras para proseguir.
—Luego empezaron las negociaciones y vi cómo te preparabas según el
personaje que ibas a interpretar ese día. Y por mucho que miraba, no
encontraba dónde tenías tus notas. No entrabas con ellas en la mano, no las
sacabas del bolso, y sé que eran folios, por lo que no podían caber en
cualquier lado. Incluso pensé que te las metías en las bragas, y chequeé las
cámaras del hotel para ver si después de las reuniones lo siguiente que hacías
era ir al baño, pero nada. Nunca fui capaz de averiguar qué hacías con ellas.
Tuve que sonreír, orgullosa y con cierta sorna.

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—La explicación es más fácil de lo que parece, señor agente especial al
servicio de su majestad. ¿De verdad que nunca lo intuiste?
Meneó la cabeza y me miró, expectante. Puse cara de enterada y se lo dejé
caer.
—Las dejaba siempre en una mesa auxiliar que había a la salida de la sala
de reuniones. Si las hubieras cogido, habrías visto que estaban llenas de frases
en latín.
Me toqué la cabeza.
—Nunca me han hecho falta apuntes. Lo tengo todo en la mente. Todo lo
importante, al menos. Tengo una memoria más allá de lo fotográfica y no me
olvido de nada, si no quiero.
—Entonces los papeles que había en tu habitación eran superfluos e
innecesarios —confirmó él con admiración en la voz—. Y mira que los
intenté dejar de tal forma que sabrías que alguien los había tocado.
—Menos mal que los revisé. Estaba buscando otra cosa y se me ocurrió
mirar allí. Enseguida me di cuenta de que los había tocado alguien.
Entonces lo entendí.
—Espera… ¿Me estás diciendo que dejaste los papeles así para avisarme?
¿Para decirme que me estaban espiando?
Me miró con gravedad y su confirmación sonó con fuerza entre nosotros.
—Quería que supieras que estabas en peligro. Que quizá con ese dato te
retirarías y dejarías a los coreanos a su suerte. Yo no sabía lo que la
organización estaba tramando, pero sí les notaba acojonados y muy nerviosos.
Estaban viendo peligrar el contrato que aseguraba la supervivencia de la
organización. En los últimos tiempos las cosas no estaban yendo tan bien, y
las ganancias de aquel acuerdo eran las que hacían que los jefes pudieran
mantener su nivel de vida. Conoces bien el alcance de ese acuerdo: el que se
lo llevase, tenía la existencia solucionada.
Asentí. Era el deal más tocho que había tenido el placer de negociar.
—Lo que no pude prever era que saldrías corriendo de la habitación.
Actuaste con decisión, con claridad: si allí había amenazas, necesitabas
buscar un lugar seguro. Siempre pensé que pedirías un cambio de habitación,
o que llamarías a alguien, pero no que actuarías sobre la marcha haciendo
caso a tu instinto.
Luego su voz bajó, apenada.
—Nunca hubiera imaginado lo del atentado. Joder, volaron a aquellas
personas y los que estuvieran a veinte metros a la redonda sin ningún tipo de
miramiento. Sin embargo, al hacerlo fueron descuidados, y pude interceptar

Página 140
varias valiosas llamadas y correos electrónicos que luego sirvieron para
meterlos entre rejas. Allí están todos, desde los más capos hasta los
mindundis, y yo también.
Le miré sin entender. Ladeó la cabeza y se encaramó a la mesa, como para
enfatizar lo que me iba a decir.
—Yo estoy encarcelado en una prisión de alta seguridad en un condado al
sur de Inglaterra, o al menos allí hay alguien que aceptó el trato en mi nombre
para librarse de algo aún peor. Para mí no es seguro estar en territorio
británico, todavía no. Por eso estoy aquí. Y por ahora nadie ha hecho
preguntas. Pero la organización era muy grande y nunca se sabe si por algún
resquicio alguien puede ponerse tras mi pista.
—¿Y aun así…? —No pude terminar la pregunta. Hacía unos días me
había dicho que había dejado pasar a una mujer estupenda por el peligro que
conllevaba su trabajo. Si ahora todavía no estaba seguro del todo, ¿por qué
había dejado que pasase todo aquello entre nosotros?
—Sí, aun así, me lancé contigo. Pensé que si la vida me ponía delante una
oportunidad como esta, no podía desaprovecharla. Porque tú no me conocías,
pero yo ya estaba enamorado de ti desde Singapur.
Me faltó el aire durante unos segundos y apenas pude hablar.
—Pero si jamás hablaste conmigo, solo me viste a través de unas
cámaras… No puedes enamorarte de alguien así, a no ser que seas un enfermo
como los de las películas.
Se rio, pasándose la mano por la cara.
—Yo pensé lo mismo, que parecía el típico psicópata, como en aquella
peli de los noventa de Sharon Stone. Que así nadie se podía enamorar, que
como mucho aquello era una consecuencia directa de mi falta de sexo, de la
inexistencia de situaciones así, tan cotidianas y sencillas, con una mujer, de
que en el fondo aquello era un soplo de aire fresco en el mundo oscuro y
rígido en el que vivía… Pero cada vez que te veía sonreír, bailar, hablar por
teléfono o simplemente fruncir el ceño concentrada con tu trabajo, las ganas
de tocarte o de robarte ese gesto gracioso que sueles hacer cuando quieres
gastar una broma se me salían por la boca. Me moría por poder sentarme a tu
lado en el comedor, hacerme el encontradizo y saber a qué olías, si tu piel era
tan suave y radiante como la que veía a través de las cámaras.
Sus ojos chisporroteaban motas doradas, pero mi interior supo que aquello
iba en serio.
—Me llené de ti y de tu calidez, tanto que me arriesgué a dejarte una
señal. Un ladrón profesional habría rebuscado y luego lo habría dejado todo

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como estaba, pero yo necesitaba decirte que estabas en peligro. Sabía que
algo iba a pasar, porque la negociación estaba saliendo bien para los coreanos
y tenía muy claro que o los eliminaban a ellos o te eliminaban a ti. Intenté
enterarme, pero solo encontré hermetismo. Eso me asustó, porque yo ya tenía
poder ahí dentro. Si no me lo decían a mí, es que era algo muy grande y no
querían que lo supiese mucha gente.
Cada día que pasaba, sabía que no podía dejar que te ocurriese nada.
Entonces llegó la noche… la noche del aparatejo de los cojones.
Cerré los ojos, abochornada; sin embargo, él siguió como una locomotora,
queriendo sacar de sí mismo todo aquello que llevaba rumiando demasiado
tiempo.
—Venías un poco tensa después de la reunión de ese día y decidiste no
bajar a cenar. En cambio, te duchaste, te pusiste un kimono negro y verde y
pediste una botella de vino. Recuerdo observarte cómo te la tomabas en
silencio y cómo luego te levantaste como una diosa y dejaste caer el kimono.
Esa imagen me ha perseguido todos estos meses. —Vi que se mordía el labio
y en mis oídos resonaron sus roncos gemidos, esos que salían de su pecho
cuando me empalaba—. Me volví hacia otro lado, no quise ser culpable
también de ver en directo cómo le hacías el amor a esa cosa, pero cuando
empecé a escucharte… Tuve que irme al baño a cascármela a dos manos, con
la frente apoyada en la pared y con la mandíbula que parecía que se me iba a
romper. No la había tenido tan dura en mi vida.
«Latiendo. Estoy latiendo por todos lados, y aunque debería seguir
enfadada, si me cogiese de la mano me sentaría a horcajadas sobre él y me
frotaría hasta sacarle brillo. Solo el pensar en él masturbándose con mis
gemidos resonándole en los oídos podía hacer que me corriese sin que me
pusiese un dedo encima».
—Esa noche me dije que al día siguiente iría a cenar al hotel y me
acercaría a ti. No podía resistirlo más. Les diría a mis jefes que me relevasen
de la observación y que prefería buscar otra forma de acceder a los datos.
Pero al día siguiente me dijeron que había un cambio de planes, que
necesitaban que me deslizase en tu habitación para robarte las anotaciones, y
el resto ya lo sabes.
—No encontraste nada, y por eso mataron a los coreanos.
Decirlo en voz alta resultaba peor que pensarlo. Me senté, de repente sin
fuerzas. Su voz sonó preocupada.
—Ni se te ocurra pensar que esa gente murió por tu culpa. Aunque yo
hubiese encontrado algo, la negociación la iba a ganar tu bando, y ellos no lo

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iban a permitir. Estaban demasiado acojonados de perder la base de su
imperio.
Mi cabeza daba mil vueltas y la ansiedad me comía, pero me obligué a
escuchar el final de la historia. Si no, no sería capaz de avanzar ni de decidir
qué iba a hacer con todo aquello.
—¿Después de la bomba qué pasó?
Se echó hacia detrás en la silla y se cogió el tabique nasal entre dos dedos,
frotándolo para destensarse.
—Aquello fue un caos. La organización ordenó la retirada, y yo me
desentendí, ganando así unas horas para ver si podía recopilar material para
incriminar a aquella gente. Gracias a eso y al resto de agentes en el terreno, no
pudieron salir del país. Yo entraba dentro de la charada, claro está, porque si
no iban a sospechar. Nos apresaron a todos y tras conversaciones con las
autoridades, nos enviaron para Londres. Pensé que nos quedaríamos en una
cárcel del país, pero al final todos acabamos en Inglaterra. Fue un gran
escándalo y una vergüenza para la sociedad inglesa. Piensa que en aquel
conglomerado de empresarios había gente con buena reputación de puertas
para fuera. La prensa se cebó y los tabloides no hicieron otra cosa sino sacar
los trapos sucios de todos los implicados. El proceso judicial se abrió con
mucha celeridad, y todavía está en marcha. De hecho, la próxima semana
empiezan a declarar los jefes. Lo bueno es que varios pajaritos de medio pelo
han ido cantando, y uno de los lugartenientes, el que menos pensé que los
delataría, ha llegado a un buen acuerdo y va a dar todos los nombres y
detalles.
Yo hice el paripé todo el tiempo que me lo pidieron y después me vine
aquí. Como ya te dije, sigo colaborando con la Met, aunque en realidad lo que
estoy esperando es que juzguen a todo el mundo y me digan que no hay
peligro. No sé si volveré a Londres, pero ahora mismo mi objetivo principal
es estar tranquilo y no pensar a todas horas que en cualquier momento pueden
secuestrar a alguien importante para mí y matarle de alguna forma
enrevesada. Y he visto unas cuantas formas de morir bastante desagradables,
Zoe.
Levantó la vista hacia mí y conectamos de esa forma proverbial que me
hacía sentirme como si fuera presa y cazadora a la vez.
—En estos días he sido un egoísta, milady. No sé si te he puesto en
peligro o no, pero lo cierto es que no he podido pensar en otra cosa que no
fuese que si la vida te ponía de nuevo en mi camino, era por algo. Y que
conste que no creo en el destino… Pero esto me parece demasiado obvio,

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como si alguien me estuviese dando una colleja para que espabile y no te deje
escapar.
Su mirada se dulcificó y sé que estaba luchando por no acercarse a mí.
—Aquel día me sorprendió escuchar música en tu casa, ya que desde la
muerte de tu madre había estado cerrada. Encima fue esa canción, Shake it
off, que tan buenos recuerdos me traía de Singapur, porque la ponías mucho y
la bailabas con un feeling brutal, tanto que me daban ganas de bailar cada vez
que la escuchaba. Me asomé y vi a alguien bailando en el balcón, con una
media melena rubia y encima vestida igual que Taylor Swift en ese videoclip.
Sí —reconoció con una sonrisa resignada—, lo he visto varias veces en
YouTube.
Tuve que contener una sonrisa. Me ganaba, me llevaba a su terreno con
una facilidad pasmosa.
—Cuando nos vimos la primera vez, tuve que pellizcarme porque no
podía creer que fueras tú. Intenté disimular por todos los medios mi sorpresa,
o más bien mi infarto de miocardio, pero creo que te diste cuenta de que ahí
había algo extraño. Por eso actué como el vecino encantador, el chico
sonriente y perfecto que no causa ninguna sospecha. Las siguientes horas las
pasé buscando un pretexto para volver a hablar contigo, pero nunca hubiera
pensado en que la calima y ese siroco tan repentino me iban a dar la excusa
perfecta para acercarme a ti.
Ahora sí se levantó y apoyó las manos en el respaldo de la silla. Yo notaba
que el corazón se me salía por la boca y que, como no podía, estaba buscando
la forma de escapar de mi cuerpo y de las sensaciones que ese hombre me
provocaba. Pobre, sabía que estaba en peligro de ser herido de muerte.
—Sé que no estoy totalmente fuera de peligro y que no debería haber sido
tan egoísta como para ir a por ti. Pero joder, Zoe, no puedo evitar lo que
siento. Es más grande que cualquier miedo. He intentado contenerlo, pero…
Las palabras murieron en su boca porque estaba estrellando sus labios
contra los míos. Mi cuerpo se destensó, como si se hubiese aliviado, como si
hubiese recibido la dosis de droga que necesitaba. Esos labios podían hacer de
mí lo que quisieran, desde matarme hasta darme más vida, porque madre de
Dios, qué forma de besar tenía aquel hombre: caliente, jugoso, lento, tatuando
con su saliva la forma de mis labios para marcarme como suya. Mis brazos
subieron a su pelo para incrustar su boca aún más en la mía, y un gemido
excitado recorrió mi garganta.
Entonces paró, separando nuestros labios, y me mantuvo pegada a él por
la cintura.

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—Quiero pedirte perdón, Zoe, es a lo que he venido, y no quiero que
acabemos en la cama disfrutando como animales sin haber podido terminar
con lo que tengo que decirte. Soy un capullo, un idiota redomado, un cobarde
de los pies a la cabeza. No tengo suficientes palabras de arrepentimiento que
puedan describir lo gilipollas que me siento.
Me separé suavemente de él mientras seguía fustigándose. Aunque me
moría de ganas por seguir besándole, me dije que tenía que dejar que corriese
el aire. Con esa cachondez extrema no podía pensar con claridad, y así se lo
dije.
—Te agradezco mucho que me lo hayas contado todo. Supongo que hay
cosas que ni siquiera debería saber y me has hecho partícipe de ellas. Pero eso
no quita que esté decepcionada. Si hay una cosa que odio en el mundo son las
mentiras.
Me alejé de él y toqué los pétalos de una magnífica rosa roja que había
florecido esa misma mañana. Fresca, turgente, bellísima, perlada de gotas de
rocío y con afilados picos acechando a los incautos. Me volví hacia él con
toda la pena del mundo.
—Necesito procesar todo esto, Jackson. Desde que he llegado aquí, solo
me han estado ocurriendo cosas a cada cual más demoledoras. Yo… necesito
un respiro. No sé para qué ni de cuánto tiempo, pero…
No le escuché acercarse hasta que le tuve detrás de mí. Era como si con él
tuviese sensores instalados bajo la piel: su cuerpo me llamaba, como la tua
cantante de los vampiros de Crepúsculo. Hubiera reconocido su calor y su
olor en cualquier lado.
«Por Dios, Zoe, que lo conoces desde hace una semana, no seas
peliculera».
Aunque me riese de mí misma, la reacción química era evidente e
inequívoca. Me volví hacia él, como si tuviese incorporado un imán fabricado
solo para mí. Sus ojos brillaban más leoninos que nunca, llenos de una
tormenta de colores y emociones que hicieron que me erizase con violencia.
Cogió mi cara con sus grandes y bonitas manos, y atrapó mi mirada.
—Me quitas el aire, Zoe, me dejas como un guiñapo cada vez que me
cabalgas como una jodida amazona y me haces tuyo. Y no he sido capaz de
que lo sepas, quizá porque pensaba que era muy pronto para decirte algo que
es tan trascendental para mí… Al contrario, ya se me está haciendo tarde para
hacerte comprender que esto de aquí —puso mi mano en su pecho, donde
solo se sentía un bum-bum-bum-bum desaforado—, es irremediablemente
tuyo. Que quiero sentir tu calor a mi lado en la cama todas las mañanas, que

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quiero verte volar y acompañarte en tu libertad. No sé si sabré amar como te
mereces, pero lo que siento es lo más grande que tengo y no sé hacer otra cosa
sino ponerlo a tus pies. Me he enamorado de ti aún más de lo que pensé que
podría suceder, y mira que iba con las expectativas altas. Me das vida, me
complementas, me retas, me haces verlo todo diferente. Solo porque estás a
mi lado.
Me di cuenta de que había empezado a llorar cuando noté que me
limpiaba las lágrimas con sus pulgares. El amor se me escapaba del cuerpo,
burbujeando con colores brillantes desde la raja que tenía en el pecho y que
dolía con una insoportable quemazón, esa que sentía en el alma desde que
nuestros ojos se encontraron por primera vez.
—Yo…
—Shh, no digas nada —me pidió, recorriendo mis labios con sus dedos—.
Solo quería que lo supieses.
Sonrió, travieso, como si escuchase una broma interna, y fue a decirme
algo más. Pero entonces sonó el móvil, y por la cara que puso, entendí que se
avecinaban más curvas y piedras en nuestro camino.

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17.
PLANES, DISTRACCIONES, AÑORAR

Visa para un sueño, Juan Luis Guerra 4.40

Estaba sola en casa, era viernes de piñata y atardecía con lentitud. Sentía la
hamaca mullida bajo mis pies, y me abracé las piernas para darme calor. Fui
contemplando cómo el cielo pasaba por todas las variedades cromáticas del
azul hasta encender las estrellas, y cómo en la lejanía, en la plaza de España,
los focos comenzaban su baile de llamada a disfrutar de la penúltima noche
del carnaval.
Jackson se había ido a Londres por la tarde. Sus jefes le ordenaron estar
allí para una reunión importante de la cual no le dieron demasiados detalles,
pero que yo, tras investigar los tabloides del día, entendí que tenía que ver con
una ola de suicidios en las cárceles donde estaban recluidos los capos de la
organización.
Sé que él no tenía ningunas ganas de irse y dejar lo nuestro así, con una
conversación tan crucial a medias y tras confesarme sus sentimientos. Esos
que hacían que mi estómago se contrajese y las mariposas invadiesen cada
uno de mis órganos vitales; esos que, de una forma que ni yo misma entendía,
hacían que su engaño pareciese menos importante, solo hasta que volvía en
mí, en la Zoe equilibrada, y entonces la sensación de decepción volvía a
batallar con las mariposas, sin saber si iba a ganar o a perder.
Estaba inmersa en una constante carrera de subidas y bajadas: de emoción
incontenible ante el regalo que me había puesto delante la vida, y de
suspicacia, de ese pensamiento oscuro que me decía que si me había
engañado con algo tan importante, podía hacerlo con cualquier otra cosa.
No sabía cuánto tiempo iba a estar fuera, no me lo había podido asegurar,
y por un lado aquello me suponía un alivio. Necesitaba estar conmigo misma

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y empezar a resolver mis asuntos más allá de lo que suponía lo que parecía
una incipiente relación con Jackson.
«Primero tú, Zoe. Eres la responsable de tus emociones, no puedes
delegarlo en nadie más, así que, antes de nada, resuelve lo tuyo. Solo así
podrás aceptar lo que venga».
Eso sí, no me lo dejó fácil. En todos los años que llevaba trabajando,
había visto cientos de hombres trajeados. De Armani, de Dolce, de Hugo
Boss. Pero debía haberme imaginado que Jackson vestiría como un moderno
gentleman inglés, con un traje gris oscuro de tres piezas que hubiese apostado
mi alma inmortal que había sido confeccionado en alguna sastrería de Savile
Row. Masculino, sexi, como un James Bond de carne y hueso. Tuve que
tragar saliva al verle, y cuando se bajó del coche en el aeropuerto, dejé un
rastro de saliva en el que patiné hasta que llegué a casa.
Después de su partida no quise sentirme extraña, así que decidí ocupar mi
mente y empezar por lo más material y cotidiano. Me planifiqué para salir al
día siguiente de compras y adquirir el colchón y todo su attrezzo, y también
hablé con mi primo Jonathan para pasar por los invernaderos el lunes por la
mañana.
Empleé esa noche en revisar los papeles de mi madre. Por fortuna tras su
muerte ya había solucionado todo lo relacionado a sus bienes: había aceptado
la herencia y luego, con la ayuda de mis tíos, había pagado los impuestos y
registrado los bienes a mi nombre. Así que toda esa parte estaba resuelta, lo
cual era un alivio. Podía comenzar mi vida en la isla sin tener asuntos
pendientes.
Más tarde, el chat con mis amigas cobró vida y ambas se turnaron para
ponerme los dientes largos.

Gara: Zoe, mañana es el carnaval de día, ¿no te animas


a bajar?

Viole: Ay, sí, me encanta el carnaval de día. Ya tengo a


los niños apalabrados, mi madre los viene a buscar
sobre las cinco, así que podemos dar una vueltita.

Gara: Sí, a los míos también los recogerán a esa hora.


Venga, boba, solo para que lo veas, que no lo has
vivido nunca.

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Me reí. Eso no se lo creía ni ella. Les dije que tenía cosas que hacer, pero
me tumbaron todas las excusas. Al final claudiqué y quedé con ellas en
vernos sobre la una en una de las terrazas de la calle La Luna, donde habían
reservado mesa.
Pasé la mañana del sábado en el Corte Inglés y allí mismo me compré
unos complementos que me pondría con un vestido de mi madre de los
setenta que tenía localizado en una de las cajas. Con la tarea hecha me fui a
casa, me vestí con mi atuendo flower power y llamé a un taxi para que me
bajase a la zona del Bulevar.
Pasé la sobremesa con mis amigas y sus familias, siendo el centro de
atención de los pequeños, y luego paseamos con los niños para encontrar un
lugar en el que ellos pudiesen disfrutar del carnaval. No fue fácil: a las tres de
la tarde ya todo estaba lleno, y mucha gente, sobre todo los más jóvenes, ya se
había pasado a las copas. Nos desplazamos hacia las callejuelas cercanas a la
zona de la Noria, y allí, al lado de la sede de una de las murgas emblemáticas
del carnaval, encontramos un buen lugar con música, con más niños y gente
con ganas de pasárselo bien.
—Este invento del carnaval de día está genial —les dije a las chicas, y
asintieron con entusiasmo.
—Es mi salida preferida. Puedes ir con los niños, tomar unas cervezas, y
luego te quedas hasta la noche, pero no hace falta que lo prolongues hasta el
amanecer. Y así, el domingo, estás fresca como una rosa —me explicó Viole.
—Bueno, amiga, que también nos ha ocurrido lo de llegar a las tantas de
la madrugada —exclamó Gara entre risas, y se pisaron la una a la otra
contándome cómo un año habían salido a las seis de la tarde y habían vuelto a
casa a las seis de la mañana.
—Fue de esas salidas improvisadas, donde íbamos encadenando ratos con
gente conocida hasta que acabamos desayunando en un bar con Jaime, ¿te
acuerdas de él?
Me pusieron al día de la vida de unos cuantos conocidos comunes, de
cómo los guaperas del instituto ahora estaban irreconocibles, del destino de
uno de los más cafres que ahora era político en el parlamento regional, qué
había sido del resto del grupo con el que alternábamos… La tarde transcurrió
entre música y risas, y en cuanto las abuelas se llevaron a los niños nos
trasladamos a la calle San José, donde a esa hora de la tarde todavía se podía
bailar con tranquilidad.
La música nos envolvía por todos lados, como si fuera uno más de los
carnavaleros, y yo no podía sino acordarme de Jackson al escuchar a Elvis

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Crespo, a Celia Cruz, a Marc Anthony o a Tony Tun Tun. No quería
entristecerme, pero mi cuerpo me pedía su cercanía, ese calor suyo tan
especial y la conexión con sus ojos, esos focos que me iluminaban y hacían
que brillase aún más.
Con todo aquello por dentro, no pude ocultarles el secreto a mis amigas.
—Estoy enamorada de Jackson.
Gara y Viole me miraron, la una orinando y la otra tapándola con su
escueto disfraz de japonesa.
—Coño, Zoe, que se me corta la meada —barbotó Gara y se levantó
enseñando medio culo. Viole se me había quedado mirando con una sonrisa
sabihonda, de esas que confirman todo lo que hubiera pensado con
anterioridad sobre nosotros dos.
—Estaba claro que eso iba a pasar. Porque él está loco por ti, y era
cuestión de tiempo que tú cayeses. Tía, es que solo había que ver cómo te
miraba.
—Y no solo eso. —Aportó Gara—. Entre ustedes dos hay una conexión
brutal. No es solo él, también lo transmites tú. Es como si fuesen dos planetas
orbitando uno alrededor del otro.
Violeta me abrazó con una gran sonrisa.
—Zoe, eso es maravilloso. ¿Sabes lo difícil que es encontrar a alguien con
quien tener lo que tú tienes con Jackson?
—No todo es tan fácil, Viole.
No podía contarles lo de Singapur ni lo del trabajo de Jackson. Yo era
muy discreta, y por muy amigas que fueran, entendía lo confidencial que era
todo aquello. Así que no pude darles más detalles, y ellas, que probablemente
intuyeron algo, no me hicieron más preguntas.
—Amiga, será tan fácil como quieras que sea. La vida son dos días, no te
líes a pensar más de lo necesario. Mañana te atropella un coche y ni Jackson
ni santas pascuas. Tú mejor que nadie debería saberlo.
Iria y su vida truncada. Qué mejor recordatorio que ese. Cogí aire.
—Tienes razón. Gastamos demasiado tiempo en pensar en los «y si». Yo,
sobre todo. Supongo que es deformación profesional.
Nos reímos y entre las dos me abrazaron haciéndome un sándwich.
Volvimos al mundo mágico del carnaval, a la tarde que se nos echaba encima,
a la purpurina y la música, a las conversaciones absurdamente divertidas, al
no pensar, solo sentir, y a destrozarnos los pies de tanto bailar.
El domingo estuve tan exhausta que me pasé el día en el sofá. No solía
tener tiempo para un lujo como ese, así que decidí concedérmelo sin pena

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alguna. No quise pensar en Jackson, del que no sabía nada desde el viernes, ni
en mi familia, ni en cómo iba a enfocar mi vida laboral a partir de este punto
de inflexión que estaban siendo los días en mi isla. Solo quería vegetar y
pasar la resaca lo mejor posible, porque al final nos habían dado las cuatro de
la mañana sin darnos cuenta.
Mi tío Óscar me hizo una visita ya por la noche, después de saber que el
día anterior había estado de parranda, y me trajo unas arepas que me supieron
a gloria. Sonreí al verle entrar despeinado y oliendo a comida: Armi y él eran
como mi patrulla personal de rescatadores, que siempre estaban pendientes de
mí sin que se notase.
Nos comimos las arepas pringándonos los dedos de carne mechada y de
pollo con aguacate, y al verle poner los pies encima de la mesita de la sala me
arrebujé a su lado, feliz. Elegimos una peli de acción de esas perfectas para
dormitar, y me sentí más tranquila de lo que había estado en mucho tiempo.
Al cabo de un rato mi móvil vibró, y sin mirar supe que era él.

Jackson: Perdona por no haberte escrito, todo esto está


siendo complicado. No puedo contarte por WhatsApp,
pero me llevará un tiempo aquí.

El corazón se me instaló en la boca del estómago y me hundí bajo la ola


de añoranza. Dios, ¿cómo podía echarle tanto de menos?
Mis dedos titubearon, pero decidí ser sincera.

Espero que no sea mucho, porque no me gusta estar


sin vecino.

Como respuesta tuve una llamada, y me escabullí al jardín a hablar con él.
Su voz sonó cálida, como siempre que se dirigía a mí.
—No me digas esas cosas o cojo el próximo avión.
—A que no te atreves —le reté, riendo, a lo que respondió con una
carcajada.
—Me atrevo, pero luego puede ser que vengan a buscarme los hombres de
Harrelson.
—No te preocupes, yo los echo. Conmigo no tienen ningún poder, no soy
súbdita de su graciosa majestad.
No podíamos dejar de reír como tontos, tan solo felices de escucharnos.

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—No te puedo contar lo que está ocurriendo por aquí, Zoe, pero esto me
va a llevar un poco de tiempo. Tiene que ver con los juicios, y no me puedo ir.
Es crucial para cerrar esto de una vez por todas.
—Bueno, yo te pedí tiempo, así que solo estás cumpliendo mis peticiones.
Nos quedamos en silencio. Me moría de ganas de decirle que seguía
enfadada por lo que había hecho, pero que cada día que pasaba sin él me
hacía entender que le quería, que le echaba de menos, que deseaba levantarme
a su lado por las mañanas y cerrar el día con sus gemidos en mis oídos.
Escuché cómo cogía aire y cómo aquel silencio se cargaba de palabras no
dichas, de sentimientos excesivamente grandes para unas líneas telefónicas,
de ganas contenidas a duras penas y de cosquilleo electrizante en la piel.
—Me asustas, milady —susurró como si fuese una caricia—. Me haces
tener vértigo, al mismo tiempo que me dan ganas de tirarme sin paracaídas.
Contigo, siempre.
Aquel hombre me dejaba sin palabras, a mí, que tenía salidas para todo en
cualquier situación.
—Te tengo que dejar —dijo con suavidad, y de fondo escuché una voz
masculina—. Por desgracia no puedo ir ahora para allá y contarte todo, pero
quizá en unos días recibas una avanzadilla. Déjame ver si lo puedo arreglar.
Nos despedimos sin decirnos lo que en verdad queríamos, ese «te quiero»
que resonó en el silencio como si fuera uno más en la conversación.
Las antenas de Óscar captaron enseguida mi estado de ánimo y no se fue
de casa hasta que le conté todo lo que podía sobre Jackson. Se despidió de mí
con un abrazo de esos suyos, poderosos y cálidos, y me dijo que quería darle
la aprobación al muchacho en cuanto regresase.
—Ya sabes que, sin eso, nada de fornicar ni tocamientos. —Me lanzó y
nos reímos un rato antes de que se fuese.
—Dale recuerdos a Jorge y Jonathan cuando les vayas a ver —me dijo, y
asentí. Le había contado lo que pensaba hacer con el negocio de las flores, y
le había parecido bien—. O quizá hasta yo mismo me dé un salto para darles
un abrazo. Hace tiempo que no quedo con ellos, y siempre es estupendo ir a la
finca.
Eso mismo pensé yo al día siguiente cuando me bajé del coche. La
mañana estaba despejada, pero en esa zona de la isla, en Valle de Guerra, o
Valle Guerra como decíamos los locales, había más nubes que claros. A pesar
de eso, el contemplar las extensiones de cultivos de flores y los bien cuidados
invernaderos que poblaban la zona alta del barrio me dio una paz increíble,
esa a la que mi padre era adicto y que seguía recorriendo las venas de mis

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primos. Era una calma llena de vida, con gente trabajando en las diferentes
parcelas, con las abejas zumbando y algunas mariposas perdidas alzando el
vuelo sin saber elegir entre flores a cada cual más deslumbrante. En los
invernaderos también se veía gente y me dije que mis primos lo estaban
gestionando bien: habían hecho crecer aún más la empresa que fue la niña
bonita de mi padre, esa que llevaba en la familia varias generaciones.
Jonathan salió a recibirme con una amplia sonrisa en su rostro tan
parecido al de todos los Wagener que no pude sino reírme.
—Dios, Jony, no se pueden negar los genes que tienes.
—Pues deja que veas a Jorge, es un calco de tu padre y Óscar.
Me miró, observándome con esa sonrisa amable que siempre lucía.
—Tú, en cambio, cada vez te pareces más a tu madre. Suavizada por los
genes de tu padre, pero vaya… Estás guapísima, prima.
Nos dimos un abrazo y me preguntó si quería ir a dar una vuelta por la
finca, pero le dije que no.
—Prefiero que hablemos primero de lo que nos atañe, y luego si quieres
vamos a pasear. Tengo muchas ganas de ir al estanque y sentarme en el banco,
como hacíamos de niños.
Asintió y fuimos hasta las oficinas, aquellas donde Iria y yo habíamos
pasado muchísimo tiempo de pequeñas. Recuerdo a mi padre que, tras
recogernos del colegio, nos llevaba allí a hacer la tarea mientras Hilda, una
señora que vivía cerca de allí, nos traía leche fresca y trozos de un bizcochón
de limón que estaba para chuparse los dedos. Ahora esas oficinas eran un
open space mucho más funcional, limpio y con las paredes llenas de hermosas
fotos de flores.
Mi otro primo, Jorge, se levantó tras una mesa y vino a darme dos besos.
Él era el más serio de los dos, el que quizá se pusiese un poco más difícil,
pero conocía a mis primos y sabía que todo era parte de su estrategia de poli
bueno/poli malo. Miré a Jony y me reí:
—Tenías razón, es un digno sucesor de la anterior generación. Podrías ser
hijo de Óscar, Jorge.
El aludido sonrió y me saltó el corazón al ver lo mucho que se parecía a
mi padre.
—¿Quieres un café, prima?
Me prepararon un cortado natural y nos sentamos en una de las salas. No
tardamos demasiado, yo tenía muy claro lo que quería hacer y más bien
estuvimos revisando la propuesta económica que habían elaborado. Lo
contrasté con los datos que yo tenía de la empresa y que había estudiado con

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detenimiento, y me pareció justo. Quizá podría haberles sacado más, pero
eran mis primos, llevaban toda la vida arrimando el hombro en la empresa y a
mí no me hacía falta ese extra. Así que enterré mi espíritu de negociadora
implacable bajo el sentimiento de unidad familiar, y les dije que sí, que
podíamos hacer efectiva la compraventa en cuanto quisiesen.
Vi que los hombros de Jorge bajaron unos centímetros con alivio, como si
hubiese soltado todo el aire que llevaba aguantando dentro de los pulmones, y
Jony me dio un abrazo.
—Gracias, Zoe. Queremos preparar esto para la siguiente generación,
nosotros ya tenemos niños que vienen por aquí al igual que hacíamos todos
cuando éramos pequeños, y siempre es más fácil si…
—No hace falta que te expliques —le dije apretándole el brazo con
cariño—. Yo solo puedo estar feliz de ver que lo que mi padre tanto amó está
en las mejores manos.
Jorge levantó las manos, con una sonrisa que le llegaba de oreja a oreja.
—¡Y no tenemos nada con qué celebrarlo! Jony, deberíamos haber
comprado una botella de champán.
Nos reímos y en cambio les propuse ir a almorzar.
—Creo que todavía no es hora de beber champán, pero podemos ir a
comer a algún restaurante de la zona.
Disfruté de unas deliciosas horas con mis primos, sumergidos en los
recuerdos de nuestra infancia donde Iria y yo éramos unas rivales formidables
para Jorge y Jony, buscando siempre hacer la trastada más original y reírnos
en su cara cuando nuestros padres les echaban la culpa. Aquello contribuyó a
regenerar toda esa parte de mi vida con Iria que no había querido remover
durante muchos años, y le dio luz y brillo, como debería haber sido siempre.
Me fui del Valle con la satisfacción de haber cerrado uno de mis múltiples
asuntos pendientes. Ahora solo me quedaban… ¿cuántos? Ya en casa, me
senté e hice una lista. Y aquello me hizo pensar.
Lo primero era el trabajo. Necesitaba decidir si iba a seguir aceptando
negociaciones como antes, o si quería diversificar mi actividad. ¿Y si
enseñaba a otros a negociar? Seguro que habría gente que pagaría por
trasmitirle mis conocimientos. Otro nicho podían ser las mentorías, que tan de
moda estaban en ese momento. Suspiré y puse a esta tarea la prioridad
número uno.
Después tendría que hacer todo el papeleo para establecerme en Tenerife.
Poner a alquilar la casa de Berlín, cambiar la residencia, empadronarme,
darme de alta en la seguridad social, poner wifi en casa, todas esas cosas

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tediosas de las que sabía que no me iba a librar. Apunté pedirle a Óscar que
me recomendase un asesor. Así sería todo más fácil.
No podía obviar el nudo mental que tenía con lo del atentado de Singapur.
Necesitaba contarle aquello a alguien que me ayudase a procesarlo. Un pesar
extraño se deslizó por mis entrañas, pero me ordené hacerlo. No podía dejar
que aquello se apoderase de mi cuerpo así, de repente, haciendo que me
enajenase, o seguir teniendo pesadillas que me hacían sudar a mares y me
fabricaban ojeras como socavones. En general tenía que limpiar las telarañas
de mi mente y remendar los agujeros. También con lo de mi madre.
Suspiré. Otra forma de «barrer mi casa» era vender las joyas de mamá y
buscar algo solidario en lo que invertirlo. Me apunté hablar con Armi sobre
eso, seguro que me ayudaría. Con eso, otro recuerdo material desaparecería y
además de una forma bonita.
Y más allá de buscar una buena academia de baile, una peluquería y un
ginecólogo, estaba lo que realmente importaba. Jackson y si, en algún
momento, podríamos llegar a tener una vida en común.
Todos aquellos planes eran mis planes, pero si lo que había entre nosotros
se convertía en algo sólido, habría que tenerle en cuenta a él también. Sacudí
la cabeza como queriendo ahuyentar las preocupaciones y decidí que, por lo
pronto, me centraría en mí. En intentar disfrutar el proceso, en hacer, por una
vez en mi vida, lo que quisiera. Porque ya no tenía que demostrar nada a
nadie, ni siquiera a mí misma.

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18.
LAS REVELACIONES DE DEREK GRANT

It’s all right, Marlango

Durante esa semana me puse manos a la obra y ocupé todo el tiempo que
habría podido estar elucubrando sobre cómo le estaría yendo a Jackson, en
poner en marcha mis temas pendientes.
El tener todos los días cosas que hacer y poder ir tachando palabras de mi
lista, hizo que por las noches acabase agotada y satisfecha. No había tenido
más pesadillas, pero aun así conseguí cita para un especialista al que
comenzaría a ir en dos semanas. Estaba durmiendo bien, aunque mis sueños
eran… frustrantes.
Me levantaba absolutamente excitada y anhelante solo para darme cuenta
de que Jackson no estaba, y que no sabía cuánto tiempo tardaría en volver.
Eso me hacía levantarme y chequear en el móvil los periódicos ingleses,
buscando más datos sobre el juicio del siglo, como lo llamaban. Nunca vi su
nombre aparecer en ningún medio, pero yo sabía que estaba allí. No en vano
era uno de los testigos más valiosos de la acusación. Más de diez años
trabajando desde dentro le daban ese dudoso honor. Tras el suicidio colectivo
de la cúpula del entramado, hecho que todavía se estaba averiguando cómo
había sido orquestado, se estaba llevando al estrado a la segunda y tercera
línea de mando. Unos eran más colaboradores, otros no. Y, por supuesto, se
había arrastrado a las familias de los capos: mujeres, hijos, amantes, a todos
se les estaba investigando para ver si estaban al tanto de lo ocurrido o solo
disfrutaban del dinero sin preguntar de dónde venía.
A finales de semana tenía tal mono de Jackson que me empezaba a sentir
molesta porque no se pusiese en contacto conmigo. Tuve que reírme de mí
misma: yo, la que debía estar suspicaz y enfadada, lo único que deseaba era
una mísera línea de texto en el WhatsApp. Sabía que estaba siendo precavido,

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que no quería meterme en la línea de fuego por si hubiese alguien que
quisiera hacernos daño, pero siendo James Bond tendría otras formas más
imaginativas de comunicarse, ¿no? No estaba esperando una paloma con un
mensaje atado a la pata, aunque algo se le habría podido ocurrir.
El mensajero llegó el viernes por la tarde, después de haber estado
almorzando con Gara y Violeta. Cuando llegué a casa, casi de noche, vi que
alguien había dejado un post-it amarillo pegado en mi puerta. No conocí la
letra y lo cogí en la mano. No pude evitar ponerme nerviosa cuando vi que
estaba en inglés.
Querida Zoe:
Me han hablado mucho de ti y me encantaría conocerte. Si te apetece, tendré
lista la cena a las nueve. Ya sabes dónde es mi casa.
Atentamente,
Derek Grant.

Me entró la risa. En vez de una paloma, me había enviado un palomo. El


suegro himself, ni más ni menos. Los nervios pellizcaron mi estómago y solté
aire. Por fin iba a saber de él, y a tener una oportunidad perfecta de sonsacar
información a aquel desconocido que era el padre de Jackson.
Me duché y me vestí con un vaquero tobillero, una camisa blanca de
botones de corte masculino y unos zapatos de salón color fresa, igual que mi
lápiz de labios. «Informal, pero con estilo», me dije tras coger una botella de
vino y salir de casa.
Toqué el timbre con decisión cuando daban las nueve en punto, y Derek
Grant no tardó demasiado en abrir. Mi primera impresión fue de sorpresa.
Aunque le había visto en fotos, Derek imponía más en persona. Alto, atlético,
con un porte militar y con los ojos más azules que había visto en mi vida,
tenía un atractivo enorme que acentuaba con una sonrisa luminosa que era el
calco de la de Jackson. Le calculé unos sesenta y pocos años, como mi madre;
además, algo en su expresión me hizo sentirme en casa.
—Tenía muchas ganas de conocerte, Zoe —dijo con una sonrisa mientras
me apretaba la mano con vigor.
—Para mí también es un placer, señor Grant —respondí, a lo que él sonrió
con sorna y me pidió que por favor lo llamara Derek.
Le seguí a la cocina, donde ya tenía todo preparado, y le agradecí el
Martini que me había servido. Estaba exquisito y no pude pensar sino en
James Bond y su «Martini agitado, pero no mezclado».
—He preparado un salmón al horno que espero que te guste.
—Seguro que sí. Ya el hecho de llegar a casa y no tener que hacer de
comer es un lujo —le dije, sonriendo. Me ofreció unos picos de pan con paté

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y empezó a contarme que había aprendido a cocinar por la madre de Jackson,
Adriana.
—Ella nos metía a todos en la cocina y teníamos que ayudarla a preparar
lo que tuviese en mente. A veces ella se sentaba con una copa de vino y nos
veía a nosotros hacerlo todo, siempre dando instrucciones si nos salíamos de
lo que ella consideraba que debíamos hacer.
—Jackson me habló sobre ella con muchísimo amor —le dije con una
sonrisa. Su mirada desveló una soterrada sorpresa y se apoyó en la encimera,
sorbiendo su aperitivo.
—No suele hablar mucho de ella. Los dos nos vinimos abajo cuando
murió.
Se quedó callado y luego pareció reparar en que estaba conmigo.
—Es raro hablarte de esto cuando sabes que tu madre y yo…
Hice un gesto tranquilo con la mano.
—Somos adultos.
En unos minutos nos sentamos a la mesa con el salmón humeando en una
bandeja, servido con papas bonitas y una salsa de eneldo. Estaba todo muy
rico y así se lo dije a Derek. Cenamos con calma, contándonos pequeños
detalles sobre nuestras vidas, cosas ligeras y sin importancia porque sabíamos
que, en algún momento, abordaríamos lo complicado.
Cuando tomamos el postre, una tarta de manzana con salsa de vainilla que
estaba para chuparse los dedos, vi que había llegado el momento. Derek se
limpió la boca con la servilleta y apoyó sus codos sobre la mesa,
carraspeando. Yo bajé las manos y las puse en mi regazo.
—Soy toda oídos —le dije, animándole a hablar. Sonrió, divertido.
—Ya me había dicho mi hijo que eras muy directa.
—También puedo sonsacar las cosas de formas poco ortodoxas —le dije,
guiñándole el ojo para destensar el ambiente. Se rio y luego me miró con un
gesto que me recordó muchísimo al hijo ausente.
—Jackson me pidió que te dijese que estuvieses tranquila, que está bien,
aunque por si acaso lo tienen en un lugar seguro. Al ser parte de… bueno, de
lo que tú ya sabes, está a buen recaudo mientras se investiga que no haya
ningún peligro para su vida. Por ahora, no se ha detectado actividad
sospechosa en el sentido de que haya alguien buscándole. Los grandes jefes
han muerto y no hay miedo porque haya represalias hacia él por parte de los
de segunda fila. Normalmente si hay ansias de venganza, ocurre por parte de
familiares de los dirigentes. Y nos consta que por ahora ninguno de los
investigados metió a alguien allegado en los negocios turbios. Pero eso no nos

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asegura que pueda haber alguien con otros motivos que pueda ir a por él. Para
ello se le pondrá vigilancia, eso si sigue en territorio británico.
—¿Y si no lo hace?
Me miró, compasivo.
—Entonces esa vigilancia no podrá ser tan… intensiva.
Asentí con una sensación heladora en mi interior.
—¿Él era el único infiltrado?
—Sí. Aunque no fue el único que traicionó a la organización: como creo
que él mismo te dijo, hay varios lugartenientes que están colaborando con
nosotros para reducir su pena. Así que, si alguien quiere venganza, tiene
varios objetivos entre los que puede elegir.
Sus ojos intensamente azules me escrutaron, sondeando hasta dónde podía
llegar conmigo.
—Te voy a contar algo que ni siquiera él mismo sabe.
Cambió de posición y me puso más vino. Me dieron ganas de meterle
prisa, de quitarle la botella y dar yo misma un trago. Pero me contuve con la
mejor de mis máscaras bien sujeta en la cara.
—Le van a ofrecer mi puesto en Buckingham Palace. Yo me voy a jubilar,
ya estoy cansado de ese mundo y tras la muerte de tu madre me di cuenta de
que en cualquier momento nos vamos, sin haber disfrutado un ápice por
dedicar tanto tiempo al trabajo. Jackson está muy bien valorado en los
estamentos de seguridad, no en vano ha sacrificado casi toda su vida para
poder atrapar a la organización criminal más importante de Gran Bretaña.
A cada palabra que decía, más se congelaba mi interior. Jackson y el God
save the queen que había mamado desde siempre en su hogar. El compromiso
con su país para entregarle sus mejores años. ¿Dónde encajaba yo? No me
veía sirviendo el té de las cinco con una falda de tweed y un collar de perlas al
cuello.
—Seguro que pensarás que la idea me parece extraordinaria y que le
apoyaré al cien por cien. —Observó al ver mi rostro neutral. Sonrió
meneando la cabeza.
—Si él me preguntase mi opinión, que no sé si lo hará, le diría que lo
desestimase. Yo sé lo sacrificado que es el estar siempre a disponibilidad de la
familia real y todo lo que eso conlleva. Creo que mi hijo se merece una vida
más feliz, ya bastante ha contribuido a la seguridad nacional como para cubrir
con creces lo que se espera del hijo de Derek Grant.
Hizo una pausa y luego continuó, pensativo.

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—Me preocupa el que nunca haya podido enamorarse, vivir con una
pareja, pensar en formar una familia, hacer cosas sin estar pensando en quién
es en ese momento, si es Jackson o su alter ego. Renunció a eso en el
momento en el que decidió infiltrarse. Y quisiera, como padre, que eso
termine para él. Creo que podría seguir trabajando para seguridad nacional
desde fuera del país, es muy bueno en su trabajo. Y ahora, además, estás tú.
No pude evitar ponerme roja.
—Estoy enfadada con él. No fue capaz de contarme lo de Singapur hasta
que las circunstancias le obligaron.
—Está enamorado de ti. Y tú también de él, por lo que veo. Si no, no te
molestaría tanto.
Hice una mueca y el hombre sonrió.
—Nunca le había visto la cara que tiene cuando habla de ti.
No me pude resistir a sus palabras y sonreí como una tonta. Él comenzó a
reírse y me apretó la mano con la suya.
—Por eso tenía tantas ganas de conocerte. Por lo que él me ha contado de
ti, y por lo que me contó tu madre.
Me envaré y no le pasó desapercibido. Mi voz fue precavida cuando le
pregunté:
—¿Y qué te dijo mi madre de mí?
En vez de empezar a hablar, me preguntó si quería una copa. Impaciente,
le respondí que una ginebra. Se tomó su tiempo para prepararme un perfecto
gin tonic no demasiado cargado y con unos frescos toques de lima. Luego se
sentó frente a mí, en un silencio que no sabía cómo romper.
Decidí ayudarle un poco.
—Si no sabes por dónde empezar, cuéntame cómo la conociste. Eso
debería ser fácil.
Sonrió torcidamente y pude ver al Derek Grant que atrajo a una mujer
como Margot Acosta.
«Vaya con los Grant. Eran un peligro andante, tanto padre como hijo».
—La casa llevaba unos años cerrada hasta que una de las veces en la que
me di un salto para pasar aquí el fin de semana, me di cuenta de que volvía a
estar habitada. Husmeé con disimulo y me di cuenta de que la habían
reformado por dentro, ahora era todo mucho más claro y moderno. Pasé el fin
de semana tomando el sol y leyendo en el jardín, por lo que pude ver en varias
ocasiones a una mujer morena y alta trabajando sin descanso. Sé que era
consciente de que yo estaba allí, pero nunca miró hacia mi lado para tener el
pretexto de saludarla.

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La siguiente vez fue al poco tiempo, y ahí no tuvo otra sino que decirme
hola y presentarse, ya que llegábamos los dos a casa a la vez. Me pareció
magnética, poderosa, sensual, pero también percibí que estaba exhausta.
Luego me enteré de que estaba cansada de la vida en su totalidad.
Aquello me sorprendió, pero no quise decir nada para no interrumpir el
relato de Derek.
—Empezamos a vernos siempre que yo venía, y debo decir que aquello
empezó a ser cada vez más a menudo. Notaba que conmigo se relajaba, se
reía, era como si se quitase la capa de la Margot Acosta que veía el mundo, y
se quedaba con la Margot que era en realidad. Lo que más me gustaba de ella
era que no disimulaba sus miserias ni sus oscuridades, porque según ella,
había tenido mucho tiempo para descubrirlas y aceptarlas.
Me miró, meditabundo.
—Tu madre era una mujer curiosa. Por un lado, sabía perfectamente lo
que quería y luchaba con uñas y dientes por ello, y por otro siempre estaba
pendiente y ansiosa del reconocimiento derivado de sus logros. Tenía muchas
contradicciones dentro, y sus hijas fueron una muy grande para ella. De tu
hermana apenas me habló, creo que ese tema lo tenía bloqueado muy dentro y
no quería sacarlo de donde estuviese, aunque de ti sí. No de una manera como
una madre hablaría de su hija, porque de hecho nunca me dijo tu nombre,
siempre se refería a ti como «la pequeña». Me decía que eras la persona más
inteligente que había conocido, y que te habías dedicado al mundo
empresarial en vez de ayudar a la humanidad a avanzar, lo cual en su mente
significaba seguir su legado.
Pero poco a poco ese discurso fue cambiando, y llegó a decirme que lo
que estabas haciendo podía cambiar vidas, al igual que lo hacía la medicina.
Lo que no entendí nunca fue por qué no te lo dijo. Es más, nunca vi que te
llamase, o que me dijese que había hablado contigo. Entonces supuse que no
la dejaba su propio cuadro diagnóstico. La falta de empatía, el mantener
siempre alta su autoestima mediante elogios hacia ella misma, y el no
reconocer lo bueno de los demás para sentirse siempre superior.
Derek siguió hablando de que ella se sentía muy especial y única, y en
cierta forma lo era. Que eso a él, en vez de espantarle, le había gustado. Dijo
más cosas, pero yo había dejado de escucharle. Un terremoto se había
originado en mi interior, dejando a la luz algo que quizá había podido
vislumbrar, pero que nunca creí del todo.
Envidia de los logros ajenos.
Ínfulas de grandeza desorbitadas.

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Necesidad de ser admirada incondicionalmente.
Celos de sus hijas por la relación con su padre.
Cero empatía, sustituyéndola por arrogancia y soberbia.
¿Cómo no lo había entendido antes?
—Tu madre era una narcisista de libro. Ella se enteró tarde, poco antes de
conocerme, y cuando lo hizo estaba intentando asimilarlo. No sé si fue una
liberación para ella, porque su enfermedad quizá no le permitiese ese tipo de
pensamientos, pero por lo menos supo qué era lo que la hacía diferente. Por
qué, por ejemplo, nunca había podido ser una madre de verdad.
Derek me observaba con preocupación real, pendiente de mis reacciones.
Yo tuve que levantarme, porque aquello era a la vez tan sorprendente y
esperado que no sabía bien cómo digerirlo.
—¿Narcisista? —Mi voz pareció un graznido y me tomé un sorbo de la
ginebra para aclararla—. ¿Cómo es que nunca…? Por Dios, que era médica,
¿eso no se estudia en la carrera? ¿O nunca habló con nadie, con ningún
colega? ¡Si era la mujer más inteligente que conozco!
Derek escuchó mi perorata sin cambiar el gesto mientras yo me explayaba
sin darme cuenta de que apenas le conocía.
—Ahora entiendo muchas cosas… Incluso lo del cuarto cerrado. ¿Lo
viste, estuviste en él?
Asintió.
—Sí, la ayudé a montarlo. Haciéndolo se sintió mejor, como si hubiese
estado cerca de vosotras. Nunca lo pudo hacer cuando erais pequeñas y
tampoco sabía cómo hacerlo contigo de mayor, pero aquello le sirvió para
imaginar cómo habría sido todo si se hubiese podido relacionar con su familia
de una manera normal.
Clic. Por fin encajaban todas las piezas de la existencia turbulenta de
Margot Acosta. El alivio que sentí en mi pecho fue increíble, como si hubiera
vuelto a nacer de nuevo.
«No fuimos culpables de nada, y tampoco le fallé como hija. Puedo
quitarme esta carga de encima por primera vez en la vida».
La sonrisa que se desparramó por mi boca dejó callado a Derek Grant, y
supe que estaría pensando lo mucho que me parecía a mi madre. Yo también
era enigmática y poderosa, aunque la calidez y la humanidad que yo sí podía
sentir transformaban mi rostro. Si mi madre era una pantera, yo era una gata,
pero de las de campo, salvajes. De esas que aceptaban comida en las casas
ajenas, pero a las que les encantaba cazar entre la maleza porque, en el fondo,
tenían alma de tigre.

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—Gracias, Derek —le dije de corazón y le abracé con toda espontaneidad.
Escuché una risa queda en su pecho y decidí que me gustaba mucho ese
hombre. Esperaba que no tuviese que volver enseguida a Londres para poder
aprovechar y preguntarle bastantes cosas más, pero no tuve suerte.
A la mañana siguiente me sacó de la cama con una cara la mar de seria y
con el mensaje de que Jackson había desaparecido, y que nadie sabía dónde
estaba.

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19.
LONDRES Y EL VISCERAL MIEDO DE
PERDERLE

Breathe, Prodigy

Derek Grant era un tipo difícil de convencer, pero él no sabía a quién se


estaba enfrentando. Cuando le dije que me iba con él a Londres, su cara se
asemejó a una piedra de Stonehenge. Empleó unos valiosos minutos en
explicarme que era imposible, que yo no podía siquiera parecer estar enterada
de lo que estaba ocurriendo, que esto era una violación flagrante del secreto
de la organización de no sé qué…
Yo le escuché en silencio, aprovechando el tiempo en hacer una pequeña
maleta, y cuando terminó con su diatriba le pregunté si conocía a lord Russell.
Me taladró con la mirada, frunciendo el ceño, y sin que le diese tiempo de
decir nada, cogí mi móvil y busqué el contacto. Pero antes de que me diese
tiempo de marcar, puso una mano encima del teléfono.
—¿De qué conoces tú a lord Russell?
—Me debe un favor.
Mi supuestamente futuro suegro levantó las cejas hasta que le llegaron a
las inexistentes entradas, y vi que su cerebro trabajaba a toda máquina. Me
dio pena y le expliqué que una vez le había echado un capote en una
negociación de las grandes. El elegante y discreto Edward Russell no lo
olvidó, y puso a mi disposición toda su influencia para cuando la necesitara.
—Yo me voy a subir en ese avión contigo, Derek, y si no quieres, tendré
el salvoconducto de lord Russell, que creo que de alguna forma debe ser jefe
tuyo.
—Necesito que me demuestres eso. Compréndelo, Zoe, esto es un tema de
seguridad nacional y tú eres una civil que ni siquiera es británica.

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—Dame dos segundos.
Delante de él llamé a aquel número que Edward Russell me había dado
hacía unos años. Su secretaria, al oír mi nombre, me pasó con el aristócrata
sin preguntar nada más. La conversación fue breve, y acabó con lord Russell
asegurando a Derek que confiaba absolutamente en mi discreción.
Después de aquello, solo pudo asentir y me dijo que nos iríamos en una
hora.
El vuelo se me hizo interminable, sobre todo porque estuve todo el
trayecto dándole vueltas a la cabeza para intentar encontrar alguna pista o
algún detalle que a los ingleses se les hubiese pasado por alto. Había
empleado la primera hora en sacarle a Derek toda la información que pude,
pero en cuanto a conclusiones estaba estancada.
Completely stucked.
En algún lugar de mi mente sabía que no podía analizar aquello como
siempre, que tenía que hacerlo de una forma que no fuese la habitual. Y no se
trataba solo de abstraerme de que estábamos hablando del hombre del que
estaba enamorada.
Tenía que cambiar de perspectiva. Mirar desde otro ángulo, enfocar de
forma diferente.
Entonces lo vi.
Si Jackson se había podido infiltrar en la organización, ¿no se habría
podido infiltrar un malo en la policía (o espías, o lo que fuesen)?
—Derek —susurré, llenando el vacío entre nuestros asientos de
primera—. ¿Habéis chequeado que no falte ninguno de los que custodiaban a
Jackson? ¿Alguno que no se haya incorporado a su turno? En vez de ser
alguien de fuera, podría ser de dentro.
Sus ojos centellearon al darse cuenta de la importancia de aquello. Se
levantó y al cabo de cinco minutos volvió con acero en el rostro.
—Uno de los agentes no aparece. Los compañeros no lo habían tenido en
cuenta porque se había estado quejando de que le dolía el estómago y
pensaron que se había ido a casa. Pero pudo tener unos minutos a solas con
Jackson y aprovecharlos para reducirlo y llevárselo. En su casa no está, ahora
están intentando triangular la señal de su móvil, que se apagó hace un par de
horas.
Joder, los nervios me estaban mordiendo como animales hambrientos.
Derek dio unas palmadas en el dorso de mi mano con una sonrisa que intentó
tranquilizarme.

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—Has hecho más de lo que hubiese podido imaginar. No sé cómo a nadie
se le ocurrió revisar este tema, es imperdonable. Y te digo una cosa, Zoe: yo
conozco a mi hijo, y saldrá de esta. Ahora tiene por lo que luchar.
El corazón se me encendió durante unos breves momentos, pero
enseguida volvió a helarse. No veía la hora de que aquel trasto aterrizase para
poder sentir que por lo menos estaba en la misma tierra que Jackson, que
estaba respirando el mismo aire que él.
En el aeropuerto nos recogió a pie de pista un todoterreno de lunas
tintadas, y salimos de allí como alma que llevaba el diablo. Miré por la
ventana y el día estaba tan gris como yo. Llovía de esa forma tan londinense,
esa con la que era imposible animarse, y para más inri en mi cabeza sonaba
aquella canción que decía I like London in the rain… Me aferré a la musiquita
para no dejarme llevar por el horror y el miedo, tenía que buscar cualquier
cosa con la que mantenerme entera para poder ayudar a Derek y a su gente.
Ni siquiera divisar el conocido skyline de la ciudad pudo reconfortarme.
Había estado allí muchas veces y me ubicaba bastante bien, por eso me
extrañó el camino que siguió el coche: pensé que iríamos a la zona de
Westminster o a Vauxhall, pero nos dirigimos hacia el este de la ciudad. No
conocía esa zona, aunque al divisar diversas infraestructuras mastodónticas
me dije que estábamos en Stratford, la zona donde se habían celebrado los
juegos olímpicos del dos mil doce (sí, esos en los que en la ceremonia de
clausura se me pusieron los pelos como escarpias al ver de nuevo juntas a las
Spice Girls).
Aparcamos frente a una casa pareada típica de la zona, y que a priori no
parecía el escondite de un testigo valioso. Dentro nos encontramos con varios
agentes con todo un dispositivo de rastreo montado. Noté cómo se erguían al
ver a Derek, y su mirada de extrañeza ante mi presencia.
El que parecía estar al mando vino hasta nosotros y tras hacer un saludo
muy respetuoso con la cabeza al padre de Derek y otro más relajado hacia mí,
nos hizo un resumen rápido sobre la situación.
—Estamos acotando la zona donde creemos que pueden estar, tanto por
los datos móviles recogidos esta mañana como por el GPS del coche.
Pensamos que esto ha sido algo improvisado, ya que el sospechoso ha tenido
varios fallos bastante absurdos, así que creemos que vio la oportunidad y se
lanzó a la piscina. Si lo hubiese planificado con anterioridad, probablemente
no habría dejado tanto rastro. Estamos esperando la autorización de utilizar
las grabaciones de diferentes cámaras de seguridad de la zona para poder
cotejar las imágenes con nuestros archivos y poder concretar dónde están.

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Nos llevó frente a unas pantallas con decenas de luces de colores y
mientras el hombre le explicaba a Derek los pormenores de lo que tenían
hasta ahora, la sensación de irrealidad se hacía cada vez más fuerte en mí.
Aquello no podía estar pasando… Solo hacía unos días estábamos en un
barco haciendo el amor en alta mar, y ahora estaba metida de lleno en un
capítulo de Mentes Criminales.
—Hemos estado haciendo un chequeo profundo de los antecedentes del
falso agente. De alguna forma cambió toda su historia familiar, así como las
calificaciones de los diferentes estudios que tiene. Estamos indagando aún,
pero tiene toda la pinta de que es un familiar muy agradecido de Artie
Goodwin, al que este sacó de las calles y lo formó para poder infiltrarse en la
policía. Intentó entrar en el MI5 y no fue calificado como apto, pero para lo
que le interesaba a la organización para la que trabajaba, el estar en la policía
también le daba acceso a mucha información relevante. No creemos que
supiese de antemano que Jackson era un agente infiltrado, si no, la
organización se habría encargado de eliminarlo mucho antes. Entendemos que
ahora, después de la muerte de los cabecillas, el sospechoso actúa en solitario,
queriendo tomarse la justicia por su mano.
—Eso espero —suspiró Derek, con el ceño fruncido—. ¿Cuándo
empezaremos a recibir datos de las cámaras de seguridad?
Desconecté ante la monótona voz del policía. Empecé a recorrer la
estancia, intentando descifrar qué era todo lo que tenían colgado en las
paredes e inundando las mesas. Vi que había un cartel donde ponía «datos del
sospechoso» y pedí permiso para poder ponerme a analizarlo. No fui recibida
con los brazos abiertos por los otros dos agentes que estaban con el papeleo,
era alguien ajeno y encima extranjero, pero me dio absolutamente igual.
Activé el modo trabajo y empecé a revisar los diferentes datos, para ver si
ocurría como cuando preparaba una negociación. Siempre había un momento
donde las diferentes cifras y descripciones formaban un mapa celeste delante
de mis ojos, donde las constelaciones se definían con precisión,
interconectadas unas con las otras. Era en esos momentos en los que sentía
que la magia existía, esa que iluminaba la verdad con luces doradas. Esperaba
que allí también ocurriera lo mismo, porque aquella era la negociación más
importante de mi vida.
Después de dos horas con la nariz metida en los entresijos de la vida y
milagros del sospechoso, fui a compartir lo que tenía con Derek y el policía al
mando. No sabía si era nuevo para ellos, pero para mí lo que había encontrado
podía arrojar una luz diferente.

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—He visto que el sospechoso, tanto con su identidad actual como con la
verdadera, tiene predilección por esta zona en concreto. —Se la señalé en el
mapa—. No vive allí ahora, aunque sí que lo hizo en el pasado, además varios
amigos suyos regentan negocios en esa área. He estado mirando sus fotos de
redes sociales y he buscado información sobre los amigos con los que más
aparece. Tres de ellos viven y trabajan en la zona. Y la señal del móvil se
apagó poco antes de llegar a ese barrio. ¿No merecería la pena centrar
nuestras pesquisas allí?
—Muchas gracias, miss Wagener —me dijo el policía, tomando los
papeles que le estaba ofreciendo—. Es una buena hipótesis, pero por
desgracia no es la única. Y somos pocos. Intentaremos chequear esta
información con todo lo que tenemos, la avisaremos si vamos por buen
camino.
Derek me rodeó con su brazo y me llevó hacia la ventana. Yo estaba
exhausta: los nervios gastaban mi energía como si se tratasen de perros
famélicos, y el ahuyentar constantemente la imagen de un Jackson
ensangrentado, en el suelo, sin respiración, tampoco ayudaba.
—Ve a dar una vuelta, Zoe. Necesitas coger aire. Estás ayudando mucho,
pero por desgracia la policía no es como lo que sale en las películas. Somos
pocos y por eso a veces se tarda más de la cuenta. Aunque se trate de Jackson.
Tal y como lo dijo, me dio a entender a la perfección de que Jackson
Grant no era cualquiera dentro de aquel mundo. Solo recé para que esa
importancia se tradujese en que, en ese momento, una marea de agentes
estuviese recorriendo todos los rincones de Londres. Aunque viendo los que
éramos en aquella casa, esa esperanza se diluyó con rapidez.
Como vi que todo el mundo tenía algo que hacer menos yo, decidí hacer
caso al consejo de Derek. Afuera había parado de llover desde hacía una hora
y, aunque la temperatura era baja, me apetecía respirar otro aire, aunque fuera
el viciado de Londres. Me arrebujé en el chaquetón de paño que había tenido
que coger del armario de mi madre (era uno de aquellos que usaba en sus
viajes, porque jamás le había visto aquella preciosidad en rosa violáceo en los
inviernos isleños) y salí por la puerta, advirtiendo que uno de los policías lo
hacía detrás de mí.
«¿En serio? ¿Iba a tener niñera durante todo el rato que estuviese fuera?».
Me di la vuelta para decirle que no hacía falta, pero al ver su gesto
contrito vi que solo cumplía órdenes. Supongo que Derek no quería poner en
peligro a nadie más, y aunque me parecía muy remota la posibilidad de que
otro ex miembro de la organización estuviese pensando en perjudicar a los

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Grant, por otro lado, me sentí un poco más segura. Aquella parte del barrio no
era de las más ideales para dar un paseo, así que no me alejé mucho y me
senté en un banco situado en una pequeña zona con césped. Estaba anclado
bajo un árbol que apenas tenía hojas y lo notaba un poco húmedo, pero
agradecí aquel frescor para despejarme la mente.
Los coches pasaban con rapidez a mi lado, con una cadencia que solo
rompía el paso más tranquilo de los autobuses rojos. De vez en cuando
escuchaba a gente hablando en un inglés con diferentes acentos, muchos de
ellos conocidos por mí, otros no: unos discutían, otros reían, algunos solo
murmuraban. Todo aquello conformó una suerte de melodía en mi cabeza, esa
a la que me aferraba para no pensar en lo único que tenía en la cabeza.
Me había entrenado para ser una persona que controlaba sus emociones,
las metía en una caja y las trataba después, ya con calma y tiempo, si es que lo
hacía. Me había funcionado para no tener que enfrentarme a la muerte de mi
hermana, a la desafección de mi madre, al trauma de Singapur. Era una
redomada maestra en patear el problema hacia delante. En el trabajo no podía
hacerlo, porque lo que se esperaba de mí era soluciones inmediatas y
efectivas, así que dejaba aquello para aplicarlo en mi desangelada vida
personal.
Pero con lo de Jackson no podía.
No había sido capaz de hacerlo desde el principio. Él había entrado en mi
vida de una forma tan natural y confiada que mis defensas habían caído sin
llegar a alzarse nunca. No había problema que meter en una cajita porque
nunca se definió como tal. Al revés: Jackson Grant me conquistó con la
sensualidad de un ganador nato, al mismo tiempo que con la sinceridad de
quien está apostando por la partida de su vida.
Bueno, la palabra «sinceridad» quizá no fuese la más adecuada.
Sin embargo, ahora me importaba tres pitos el hecho de que no me
hubiese contado lo de Singapur. El miedo de no volver a verlo era superior a
cualquier enfado o decepción, porque era un miedo visceral, primitivo, de
esos que no dejan respirar ni vivir, por eso tenía que intentar mitigarlo como
fuese, o escuchando el sonido de la calle o trabajando a destajo para encontrar
pistas que nos llevasen a él. Necesitaba encontrarle y poder darle ese beso que
se me caía de los labios cuando pensaba en su sonrisa.
A pesar de tener la cabeza funcionando a toda pastilla, mi cuerpo se estaba
helando tras un buen rato sentada en aquel banco. Mi respiración se había
convertido en un vaho denso que no servía para calentarme las manos, así que
con pocas ganas me levanté y volví a la modesta casa. Mi niñera creo que

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también me lo agradeció y me siguió, sumiso y frotándose una mano contra la
otra.
Cuando entré, el aroma a comida invadía la estancia y mi cuerpo
reaccionó salivando. Me daba igual lo que hubiesen comprado, lo iba a
devorar. Me senté a la mesa y dimos cuenta de una comida india muy
especiada que mi estómago agradeció con ganas. Todos estábamos cansados:
se notó que después de comer los ánimos bajaron, y tuvimos que tirar de
mucho café para poder remontar. Entre eso, la sensación de no avanzar y la
falta de noticias, el ambiente general empezó a decaer y hasta Derek tenía un
rictus desesperanzado en su rostro.
Fue a las nueve de la noche, cuando ya estábamos pensando en dónde
íbamos a dormir, si allí o en algún hotel cercano, cuando sonó el teléfono del
policía al cargo. Cuando nos miró, supimos que algo había pasado.
—Hay dos hombres heridos graves en un edificio en Tottenham. Creemos
que son ellos.
Nos faltó tiempo para salir corriendo.

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20.
TOTTENHAM Y UNA SILLA

Earned it, The Weeknd

El recorrido en coche de Stratford a Tottenham se hacía normalmente en


media hora, pero nosotros lo recorrimos en quince minutos. Aquello fue como
sacado de una película de acción: todo el equipo salió corriendo de la casa
con un orden militar, me metieron a presión en el coche y pusieron una
enorme sirena en el techo. Después, aceleraron a toda mecha dejando en
evidencia cualquier película de Fast and Furious. Entre eso y la circulación
por la izquierda, me mareé tanto que tuve que abrir la ventana.
«Y yo jactándome de ser una loba de mar».
También tenía que ver lo fuerte y rápido que latía mi corazón, parecía
querer romperme el pecho y salir volando para ir con Jackson.
«Si es que es él uno de los heridos. Por Dios, no sé si quiero que sea él o
no…».
Derek estaba a mi lado como la viva imagen de la tranquilidad, pero
luego, en un gesto que no me pareció propio de él, se pasó la mano por la
cara.
«Es su único hijo, al que acaba de recuperar después de tantos años sin
poder disfrutarle. Tiene miedo, igual que yo».
Le cogí la mano y se la apreté. Nuestros rápidos pulsos se acompasaron y,
de alguna forma, nos ayudaron a resistir esos minutos en los que todo tipo de
pensamientos bombardeaban nuestras cabezas. En la mía solo había imágenes
de los días pasados con Jackson: nuestro primer encuentro en mi balcón, las
canciones de DLG que se habían convertido en nuestra banda sonora, su
mirada al verme disfrazada de Xena, las horas bailando bajo las estrellas en
carnavales, el bastón de Nigma y cómo me folló como un animal en el sofá, la

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sensación de compartir algo mágico en Teno, sus palabras de amor antes de
irse…
Solo llevaba en mi vida unos días y ya no podía imaginarla sin él.
Porque con él, era yo misma. Me hacía volar, me hacía sentir que podría
con todo, y que, si caía, él siempre estaría para sostenerme.
No había llorado desde que había sabido de la desaparición de Jackson.
Notaba cómo la tormenta de emociones estaba contenida tras unos diques que
estaban amenazando con romperse, y suspiré, intentando bloquearla. No
ayudaría en nada si ahora me venía abajo. Tragué saliva y aguanté con toda la
fuerza de mi cuerpo cansado.
Al llegar al humilde barrio, las luces parpadeantes de la policía se veían
desde lejos, y me envaré al intentar divisar algo. Derek también se puso
rígido, y le faltó tiempo para abrir la puerta en cuanto el coche se paró.
La calle estaba cortada frente a un edificio gris de unos diez pisos, de esos
viejos con olor a comida rancia y pintura desconchada en las paredes. Las
luces destelleaban ominosamente y todo el frontal estaba aislado por las cintas
de la policía. Los transeúntes se agolpaban tras las cintas, deseosos de ver qué
ocurría allí, y el morbo lo alimentaba la presencia de dos ambulancias y
muchos agentes pululando por la escena. Había más de los uniformados, que
eran los que entraban en el edificio, pero también había gente sin uniformar y
que portaba maletines y mochilas. La visión de aquel enjambre de personas
que tenían el rostro adusto y la celeridad impresa en sus movimientos me dejó
sin aire. De pronto, sentí que no me podía levantar, que no quería saber,
porque había vislumbrado un plástico en el suelo, cubriendo a alguien, y no
quería imaginar…
Abrí la puerta sin aliento, como si mi cuerpo hubiese actuado por su
cuenta y no hubiese escuchado a la razón ni al corazón, y tras bajar de un
salto, me deslicé por debajo de la cinta. Nadie me paró, nadie me preguntó
quién era, y supuse que, de alguna forma, todos sabían que venía con Derek
Grant. Atravesé un mar de miradas curiosas y apreciativas, paso a paso, con
cautela, con el miedo impregnando todos los poros de mi piel. Miles de
pensamientos bombardeaban mi mente y yo intentaba ahuyentarlos como a
moscas pesadas, porque no podía dejar que interfiriesen en lo que tenía que
hacer. A medida que iba avanzando el corazón me bombeaba más fuerte,
hasta el punto de tener miedo a que se me saliese por la boca. Entonces lo vi:
allí estaba, ese cuerpo cubierto por un plástico, igual que en las películas, y
era el de una persona alta, fornida… Mi mano voló hacia mi boca, intentando
sofocar el gemido que se estaba formando en el interior de mi pecho, y jadeé.

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Levanté la vista, buscando a Derek, y no vi por ningún lado su cabeza
plateada.
Necesitaba saber quién era el que estaba debajo del plástico, o me daría un
infarto ahí mismo.
Entonces divisé al policía que nos había estado acompañando todo el día,
y corrí hacia él, con tan mala suerte que me tropecé y me torcí un tobillo.
—¡Joder! —mascullé y seguí caminando sin poder poner bien el pie en el
suelo. Me dolía, pero es curioso cómo el cerebro discrimina los dolores por su
importancia, y en ese momento el más relevante era el de mi corazón. El
policía me vio ir hacia él, pero antes de poder decirle nada me hizo pararme al
escuchar algo por su pinganillo. Durante unos interminables segundos, su
rostro no reflejó ninguna emoción, solo le vi asentir. Ni me miró, salió
corriendo hacia la puerta principal del edificio desde donde se oía un barullo,
como si mucha gente fuese a salir a la vez.
Lo primero que vi fue a Derek, que con su altura destacaba de entre el
resto como el gigante entre los enanitos. Bajé la vista, y entonces…
«Oh, Dios».
Corrí con largas zancadas, sin acordarme del dolor en el tobillo y sin
percibir las protestas de todas las personas que se cruzaban en mi camino y a
quienes empujaba sin vergüenza alguna.
Tuvieron que parar la camilla porque me abalancé sobre ella sin pensar en
que podía dañar al hombre que acababa de verme y cuyos ojos color avellana
claro se llenaron de una mezcla de alegría y lágrimas contenidas.
—Jackson… —susurré. Esta vez sí se me quebró la voz, y no pude evitar
un sollozo. Cogí su cara entre mis manos, tan aliviada como incrédula de que
le tuviese de una pieza ante mí, y le besé con todo el amor que mi cuerpo fue
capaz de proyectar hacia él. Noté que se estremecía y que respondía a mi beso
con ese calor y esa forma de marcarme que era tan absolutamente suya.
Intentó subir la mano para tocarme, pero gruñó de dolor, y noté una mano
sobre mi espalda.
—Zoe, es mejor que no se mueva mucho, le han dado una paliza de
cojones —me dijo Derek, pero en sus ojos había una mezcla efervescente de
felicidad, alivio y orgullo paternal.
—Pero ¿estás bien? —le pregunté y Jackson hizo una mueca que
pretendía ser divertida, y que se quedó en algo a medias.
—Me duele todo, aunque creo que no haya nada grave. Vas a tener que
seguir aguantándome, milady.

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Aquello me hizo llorar todavía más y vi que Derek y su hijo compartían
una mirada que habría podido calificar de inmensa felicidad. Cogí la mano de
Jackson sin soltarla, su padre me arropó con su brazo y nos fuimos juntos a la
ambulancia.
En el hospital no vimos a Jackson en unas cuantas horas, porque le
hicieron miles de pruebas para descartar contusiones de secuelas más graves.
Según nos había contado, cuando despertó del efecto de la droga que
Chadwick le había pinchado, apenas tuvo palabras con su secuestrador. Este
estaba lleno de tanta ira que lo único que había hecho era torturarle y atizarle
con todo lo que tenía a mano. Eso había hecho que sus reflejos no estuviesen
lo despiertos que deberían, y le costó buscar la forma de zafarse de las bridas
que le tenían sujeto a una silla.
—Menos mal que siempre me gustaron los adiestramientos sobre cómo
salir de esta clase de situaciones —nos dijo, una vez en la habitación. Luego
su semblante se oscureció y estuvo unos minutos sumido en las imágenes que
su cerebro le recordaba.
—Cuando logré liberarme, lo hice de tal forma que él no se dio cuenta.
Así que le pude coger de sorpresa cuando fue a hacerme otra de las suyas. No
luchaba mal, el cabrón, pero yo no estaba en plenas facultades y él tenía las
habilidades suficientes para noquearme de nuevo. Tuve la suerte de darle un
par de golpes certeros, y con el último se tambaleó, dio unos pasos hacia
detrás, pero con el siguiente puñetazo que le di, perdió el equilibrio… Intenté
que no cayese, porque en cuanto me di cuenta de que el balcón estaba abierto
y que la barandilla era un decir, supe que tenía más posibilidades de caer al
vacío que quedarse en pie. Pero se precipitó muy rápido, no pude hacer nada.
Derek y yo compartimos una mirada preocupada. Aquello tuvo que haber
sido una experiencia terrible, de esas que marcan y pueden traer
consecuencias.
—Por un lado fue un alivio, porque aquello significaba que el peligro
había desaparecido, por el otro… creo que nunca podré olvidar su cara al caer.
La veo a todas horas.
Me senté a su lado y entrelacé sus dedos con los míos.
—Te entiendo. Créeme, puedo hacerlo mejor que nadie.
Sonrió torcidamente.
—Ya somos dos los que tendremos que ir a terapia.
«Sí, en casa. Haremos todo eso en casa».
Las promesas flotaron entre nosotros como luces de colores, porque ahora
ya podíamos dejar atrás los miedos y las dudas, y abrir las puertas a un futuro

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juntos. Apretó mi mano y, por fin, las mariposas echaron a volar, libres y
llenas de vida.
Fuimos descartando una a una cualquier secuela de las palizas
continuadas que había recibido, y no tardó demasiado en reponerse de las
heridas y contusiones que se llevaba de aquel terrible episodio. Estuve con él
en el hospital hasta que salió, caminando con cierta dificultad y con una mano
vendada, pero la fisura en la costilla, que solía tardar en curarse unas seis
semanas, había sido mucho menos importante de lo pensado y se había
sanado en tiempo récord.
Cuando atravesamos la puerta del hospital y nos dio la luz del día,
parecimos plantas moribundas que se enderezan ante las caricias del sol.
Sonreímos, y Jackson murmuró:
—¿Y ahora, milady?
Me pegué a él, abrazándole como llevaba ansiando hacerlo en todos
aquellos días, y le dije que confiase en mí.
—Quiero ir a casa contigo —me dijo, dejando sus labios a unos
milímetros de los míos—. Ya no tengo nada que hacer aquí. Solo quiero
volver a casa y hacerte el amor todos los días que nos queden de vida.
El amor me barrió por dentro como si de una ola gigante se tratase, y sentí
que jamás me habían dicho algo tan bonito.
—Mañana nos iremos a casa. —Le prometí—. Pero antes quiero darte una
sorpresa.
—Mientras ese plan solo tenga como protagonistas a nosotros dos, no
tengo objeción alguna —silabeó, dándome bocados calientes que estaban
llamando la atención a más de un transeúnte. Y eso era algo que no solía
ocurrir en Londres. Seguro que la excitación que nos invadía formaba una
burbuja roja a nuestro alrededor.
—Entonces le tendré que decir a tu padre que no cuente contigo hoy.
Me miró con cara de congoja.
—Esto es como preguntarme si quiero más a mamá o a papá…
Me reí con esa risa que sale de lo más profundo del alma, porque su
fuente es la felicidad más pura.
—Es una broma, Mr. Nigma. Tu padre es un hombre discreto y prudente.
Me apretó contra sí, hecho que agradecí porque hacía mucho frío. Un
coche oscuro se deslizó ante nosotros y un chófer se bajó y nos abrió la
puerta. Jackson me miró, ojiplático.
—Cortesía de… bueno, ni sé de cuál cuerpo de seguridad, o si de la
policía, o si de la misma reina. Eres un héroe, así que mientras estemos en

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Londres, tendrás ese tratamiento.
Hizo una mueca y le escuché murmurar, antes de entrar al coche, que él
no era ningún héroe.
—Tus compatriotas piensan que sí, Jackson. Yo no sé si esa es la palabra,
pero sí que eres una persona que ha dedicado su vida a un propósito mayor
que tú mismo. Ahora lo has conseguido, has finalizado la misión que se te
encomendó, así que no está nada mal disfrutar un poco las mieles del éxito.
Me miró con una sonrisa mal disimulada.
—¿Entonces todo lo que ocurrirá hoy es gracias a…?
—No. —Le callé la boca con un beso—. Solo les he pedido colaboración
en algún que otro detalle tonto.
Nos íbamos de Londres y quería que esa despedida fuera por todo lo alto.
Dejábamos atrás muchas cosas: yo mis dudas, mis miedos y mis
inseguridades, y Jackson una etapa enorme de su vida. Aquello se merecía un
final de fiesta memorable, siempre teniendo en cuenta que el hombre que
tenía a mi lado no estaba al cien por cien de sus fuerzas. Le miré de reojo. Ya
me ocuparía yo de que, si se cansaba, tuviese todo lo necesario para
reponerse.
El coche de lunas tintadas nos dejó delante de un hotel céntrico, de esos
modernos de gran lujo que competían con la elegancia y el espíritu inglés del
Claridge’s, y que me había parecido perfecto para nuestra pequeña escapada.
Había reservado una suite en la última planta, algo que jamás me había
permitido pero que, después de todo lo vivido en las últimas semanas, entendí
que me lo podía conceder. La vida me había dado un revolcón tan fuerte que,
si algo había aprendido, era que debíamos disfrutar del presente con todas
nuestras fuerzas.
La vista desde las cristaleras panorámicas era asombrosa, divisando los
principales monumentos de la ciudad y la ribera del río. En la pequeña terraza
había incluso un jacuzzi integrado perfectamente en la estética predominante,
y para combatir el frío un calefactor en forma de seta fulguraba al lado del
sofá y la mesa. El interior actuaba de atractor de la luz que menguaba pronto
en invierno, porque estaba decorado en colores blancos y cremas, con muchas
superficies de cristal y jarrones de flores naturales, aunque el suelo era
madera cálida.
Todo estaba dispuesto al máximo nivel de detalle, para asegurar nuestro
disfrute en las horas que pasásemos en aquel nido de marfil. Nos miramos y
nos entró la risa nerviosa. Habían sido demasiados días recluidos en aquel
hospital que olía a desinfectante y a enfermedad, demasiadas horas sin poder

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tocarnos como estábamos acostumbrados, demasiados minutos sin tener
intimidad porque siempre estábamos rodeados de personas.
Hasta que el juicio no terminó no nos quitaron a los agentes de seguridad,
y después de eso siempre había alguien: Derek, la abuela de Jackson, o alguna
otra persona —policía, espía o lo que fuese— que venía a saludarle y a
interesarse por su estado. Con todo esto, y con la exigencia de Jackson de que
no durmiese allí, sino que lo hiciese en una cama de verdad en el hotel que me
habían proporcionado, apenas habíamos tenido tiempo para nosotros. Solo
hablaban nuestros ojos y nuestros roces, esa sensación de necesitar tocarnos
todo el rato porque el miedo de perdernos seguía latente.
«Ahora estamos solos, por fin. Y yo me muero de los nervios».
Jackson tuvo que notar algo, porque me cogió de la mano para rodearme
con sus brazos.
—¿Tienes hambre, milady? Te conozco lo suficiente para saber que con
hambre tu mente no carbura.
Con sus palabras destensó el ambiente y nos lanzamos a descubrir todas
las maravillosas viandas que nos habían dejado preparadas en el comedor.
Abrimos una botella de vino y poco a poco me fui relajando. Me quité los
zapatos, me abrí los botones de la camisa, y a cada movimiento que hacía,
notaba los ojos de Jackson posados sobre mí, velados, ocultando algo que yo
sabía muy bien lo que era.
Yo no podía dejar de disfrutar al verle ahí, sentado a mi lado,
acariciándome el brazo y con una expresión de felicidad tan genuina en sus
ojos claros que me daban ganas de llorar. Era todo él tan mío, tan metido en
mi piel, tan de verdad… Sí, tan de verdad. Porque había aprendido en estos
días con Jackson que la misión había dirigido su vida totalmente, y que tenía
una lealtad brutal hacia los estamentos que se la habían encomendado. Así
que de alguna forma podía entender que no me hubiera dicho nada. No sé
cómo, porque si lo miraba con objetividad seguía siendo una decepción, un
engaño, pero en el fondo le comprendía. El ambiente marcial que impregnaba
todo aquel mundo de agentes encubiertos y policías significaba una forma de
vida muy diferente a la que yo pudiese imaginar.
De pronto su sonrisa cambió y vi que se mordía el labio inferior.
—Por Dios, milady, ven aquí ya —murmuró casi con agonía quitándome
la copa de la mano—. No estoy para admirarte a lo lejos. Te quiero conmigo,
en mí.
Aquellas palabras me hicieron mojarme con violencia e inmediatamente
me levanté con un contoneo de caderas.

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—No tan rápido, soldado. ¿No sabes eso de que lo que se desea, se
espera? No hemos estado tantos días a palo seco para que ahora…
Se levantó con una sonrisa peligrosa invadiendo su boca.
—No me hagas esperar, Zoe. Necesito hundirme en ti y enterrar tu cara en
ese sofá mientras te follo duro…
Oh, Dios, aquello iba a ser más difícil de lo que pensaba. Acercó su cara a
la mía y me lamió los labios. Cerré los ojos buscando la fuerza de voluntad
que me faltaba y no sé cómo, fui capaz de hacerle sentarse en el sofá.
—Eso puedes hacerlo más tarde. Ahora quiero que disfrutes de la sorpresa
que te he preparado.
Aquello le convenció y se dejó caer en el sofá, no sin un ligero gesto de
dolor. Eso me hizo sonreír: a ver hasta dónde podía llegar con el cuerpo
todavía magullado.
Cogí mi móvil y lo vinculé a los altavoces. Elegí la canción y fui a buscar
mi complemento, ese que me iba a ayudar en mi actuación. Jackson estaba
con los ojos entrecerrados, intentando elucubrar qué iba a pasar en los
próximos minutos. Cuando comencé a desnudarme despacio, noté que su
respiración se aceleró, al igual que la mía.
—Sabes que sigo enfadada por lo de Singapur. Los buenos chicos, como
ese que es tu personaje habitual, no son unos mirones. Y a ti te gusta
demasiado mirar lo que no debes.
Mi camisa de seda cayó al suelo y el corpiño negro, lleno de tiras como
telas de araña, atrapó su atención. Mi pecho se levantaba con insolencia en
aquel sujetador balconette, e intencionadamente me lo acaricié para luego
bajar hasta mi severa falda lápiz. Me bajé la cremallera con facilidad, había
perdido peso en aquellos días, y cuando se deslizó por mis muslos hasta la
mullida alfombra, le miré con una sonrisa de lo más traviesa. Él estaba
clavado en su sitio, devorando con la mirada mi recortadísimo culotte que
dejaba ver mis nalgas al completo, y las medias especiales que prendían de un
liguero que me dejaría toda la libertad de movimientos. Me dejé puestos los
salones negros, y me paseé por delante de él como si fuera una dominatrix.
—Pero como en estos últimos días te has redimido, voy a regalarte algo
que solo se va a dar esta noche.
Me puse a horcajadas encima de él, incrustando sus manos en el sofá para
que no me tocase, y me acerqué a su oreja para susurrarle seductoramente:
—Voy a bailar para ti. Como te gustaba verme hacer en Singapur.
Y le recorrí el cuello con la lengua. Su cuerpo se tensó y noté cómo se
contenía para no apretarme entre sus brazos y comerme entera: había entrado

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en el juego con rapidez. Sabía que a Jackson le encantaba experimentar con
cualquier cosa que acrecentase nuestra excitación, y pensaba exprimir sus
ganas hasta el final.
Me levanté, presioné el móvil y cuando las primeras notas de Earned it,
de The Weeknd, comenzaron a sonar en la sala, me apoyé en el respaldo de la
silla y empecé mi coreografía. Jackson tragó saliva, el bulto en su entrepierna
empezó a crecer de una forma descomunal, y yo, que me había aficionado a
practicar el chair dance en los últimos meses, sonreí al pensar que nunca
hubiera imaginado de lo que me serviría aquella disciplina.
No había preparado nada, solo estaba improvisando, pero la sensual
música daba pie a hacer todo tipo de figuras, y la excitación tan grande que
latía entre ambos me inspiraba a provocarle, a tocarme de una forma tan sucia
que le estaba matando poco a poco. Me deslicé por la silla, me abrí de piernas
y me pasé el dedo por el centro de mis bragas, me puse al revés e hice
movimientos ondulantes con mi culo hasta exponerlo del todo. Sexi, sensual,
interpretando el papel de mi vida, sin ninguna vergüenza ni tapujo. Los cuatro
minutos y diez segundos que duró la canción fue quizá el momento de mi
existencia donde más poderosa me sentí, como una reina antigua que tenía a
su súbdito encadenado y ardiendo de deseo por ella, sin poder tocarla ni
tocarse a él mismo.
Jackson se levantó en cuanto se empezaron a escuchar los últimos
compases de la canción, quitándose la camiseta como si de una bestia se
tratase. Aquello me encendió aún más y mi cuerpo se estremeció de la
excitación al quedarse en silencio la habitación. No tardó ni un segundo en
levantarme en sus brazos y asolar mi boca con todas las ganas que llevábamos
conteniendo días enteros.
«He muerto y estoy en el cielo. O en el infierno, más bien».
No podíamos dejar de besarnos y sus manos me amasaron con fuerza,
como queriendo volver a reconocerme tras tanto tiempo. Noté que me subía a
la silla, y dejó de besarme para empezar a devorar mi cuerpo, sin quitarme la
ropa interior, solo apartándola de forma brusca. Yo no deseaba otra cosa sino
sentirle contra mí, así que me arqueé gimiendo cuando me mordió los pezones
y con la otra mano se metió dentro de mí. Empecé a frotarme contra su mano
y le oí gruñir como un animal en celo. Eso me excitó más violentamente de lo
que nada lo había hecho antes. Con decisión bajé de la silla y metí la mano en
sus pantalones, donde su erección me esperaba enorme y caliente, goteando
humedad. Salivé, y con un movimiento le bajé los pantalones y los
calzoncillos y le tomé en la boca. Su gemido resonó en toda la habitación y

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puso su mano en mi cabeza, sin presionar porque yo ya le estaba devorando,
succionando, lamiendo, tragando. Le miré desde abajo, retándole y
disfrutando de la vista de su poderoso pecho y sus facciones tan perfectas,
ahora distorsionadas por el placer. Cerró los ojos un momento y con voz
estrangulada me dijo que parase, que le estaba costando un mundo no
correrse, y que quería hacerlo dentro de mí.
Entonces cogí la silla, apoyé su respaldo en la pared, y me puse de rodillas
sobre ella, dándole la espalda, en la postura que sabía que le excitaba
muchísimo y que a mí me fascinaba. Le vi cernirse sobre mí, grande,
poderoso, caliente, y comencé a jadear. Empezó a untar su polla en mis labios
y me mordió el hombro. Yo estiré la mano hacia detrás y le cogí entero,
dándole un toque en los testículos que le hizo sisear de placer.
—No puedo más —le dije, implorando—. Te necesito dentro, fuerte,
grande.
Gimió del placer anticipado y nos miramos, bloqueando las miradas
durante unos segundos. Iba a ser nuestra primera vez sin condón, y la primera
vez de verdad, para ambos. Nos habíamos hecho todas las pruebas en el
hospital para estar seguros y poder hacerlo sin cortapisas.
La primera estocada nos dejó sin aire, y él se apretó contra mí como si
quisiera fundirse en mi cuerpo. «Oh, qué diferente era, qué maravilla», pude
pensar en medio de toda aquella nube de excitación, de temblores, de saliva y
piel. La segunda me llenó más todavía, y tuve que desviar mi vista de sus ojos
para agarrarme bien al respaldo de la silla. Sentí sus manos maltratando mis
pezones, con ese tacto tan perfecto que tenía para mantenerme en el límite del
placer y del dolor, y entonces vino la tercera, arrancándome un gemido que ni
yo misma reconocí como mío.
Empezó a besarme y a morderme el cuello, aprisionándome la cara con
una mano y acariciándome el clítoris con la otra, a la vez que me empujaba
contra la pared y me cubría con su cuerpo caliente. Yo no podía más, estaba
flotando en un limbo de manos, labios, turgencia, rudeza placentera y una
conexión que iba más allá de nuestros cuerpos. Porque en medio de todo
volvimos a mirarnos, y no pudimos dejar de hacerlo aun cuando el ritmo se
volvió más salvaje, más sensual, más nuestro, más insoportable del placer que
conllevaba. El orgasmo fue asolador, compartido en nuestros labios y en
nuestras manos, que se entrelazaron contra la pared mientras dejábamos que
las oleadas de placer se llevasen toda la tensión que llevábamos fabricando
desde hacía horas.

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Jackson envolvió mi cuerpo en una caricia infinita y me dio la vuelta para
cogerme en brazos. Me dio igual todo: los fluidos que bajaban por mis
muslos, el dolor de mis rodillas de la fricción contra la silla, mi pelo que se
había disparatado del calor y la humedad. Nada importaba porque estábamos
creando un mundo con nuestras miradas y las sonrisas tan increíblemente
felices que se nos deshacían en la boca.
—Te quiero, milady, y después de esto que has montado te quiero todavía
más.
Me reí contra sus labios y fruncí la nariz, traviesa.
—Yo también creo que te quiero un poquito, Mr. Nigma. Pero te lo
tendrás que currar un poco más para que llegue al tope de mi termómetro del
amor.
Volvió a besarme y luego enterró la cabeza en mi cuello.
—Me vas a querer tanto que no entenderás cómo has podido estar tanto
tiempo sin mí.
—Has llegado cuando tenías que llegar, ni antes ni después. En el
momento perfecto.
Y antes de que me volviese a coger en volandas y que esta vez me llevase
a la cama, entendí que era cierto. Que Jackson había llegado en el momento
justo, cuando estaba afrontando muchas más cosas en mi vida: decidir cómo
quería avanzar, si odiando o aceptando, entender que había llegado mi cambio
de etapa, y, sobre todo, que ya no tenía que demostrar nada a nadie, solo a mí
misma. Y eso, si me apetecía.
Jackson había sido la recompensa por ser valiente, y pensaba disfrutar ese
regalo de principio a fin.

Página 181
21.
NO SERÍAMOS NOSOTROS SI NO…

Can’t take my eyes off of you, Lauryn Hill

Volví a aterrizar en Los Rodeos aferrándome a los reposabrazos, pero esta vez
iba acompañada, no llovía y la sensación de extrañeza se había diluido del
todo. En cambio, sentí que retornaba adonde pertenecía. Solo habían pasado
unas semanas desde mi llegada a la isla y mi vida había dado un giro
completo. De esos que no ves llegar y que son difíciles de digerir al principio,
aunque maravillosos y reveladores al final.
Después de todo lo acontecido, Jackson y yo decidimos tomarnos con
calma los siguientes días. Recorrimos la isla, paseamos, comimos, hicimos el
amor, nos reímos y estuvimos en silencio. Sí, hubo muchos momentos
silenciosos entre nosotros. Pero cómodos, eso sí. Ambos teníamos muchas
cosas que pensar y que procesar, y sabíamos que primero lo teníamos que
hacer por separado para luego poder integrarlo en nuestro futuro.
Por mi lado, estaba dándole muchas vueltas a la idea de comenzar a
formar a gente para que fueran los mejores negociadores que pudiesen salir de
mis manos. Estaba en un momento en el que me motivaba más eso que el
seguir con mi vida anterior. No significaba renunciar a negociaciones grandes,
pero como me había pasado ya en los últimos meses, me había vuelto más
consciente. Sabía que podía poner mi talento al servicio de hacer algo bueno,
no solo hacer ganar dinero a grandes empresas.
Me llamaba todo lo relativo a la sostenibilidad, al cambio climático,
mejoras en tecnología que ayudasen al cuidado del entorno y de la sociedad…
Y no creía que fuese difícil entrar en ese sector. Eran temas que estaban a la
orden del día, y cada vez más los gobiernos inyectaban dinero en todo lo
verde. Pensé en tocar a varios contactos que tenía en diferentes partes del
mundo y que podían echarme una mano. Probablemente tendría que bajar mis

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honorarios, pero ya me había dado cuenta de que podría compensarlo con las
formaciones. No iba a decir que el dinero no era un problema para mí, porque
a pesar de mi herencia no me había convertido en millonaria, pero que se
podía vivir con menos era un hecho. Y ahora, además, éramos dos.
La felicidad me barría por dentro cada vez que pensaba en él y en
nosotros. Nunca había sentido algo así con anterioridad, algo que me había
impactado con la fuerza de un siroco, de una tempestad de emociones que me
había hecho sucumbir al amor más brillante, de esos de película. Sí, había
estado enamorada antes, pero las historias con Ryan y Lauren palidecían
como fotos quemadas por el sol ante ese encaje perfecto entre Jackson y yo.
Con él mis preocupaciones eran menores y, por fin, podía ser yo.
Juntos pintamos de nuevo la casa de mi madre, despojándola de ese aire
ibicenco y dándole mayor calidez, como me gustaba a mí. El dormitorio se
vistió de diferentes tonos de verdes y tierra, la sala ganó espíritu de hogar con
grandes almohadones de colores y una de las paredes engalanada con un
papel a rayas, y las dos habitaciones más pequeñas revivieron con colores
amarillos, una designada para ser mi despacho y otra como cuarto de
invitados. Jackson no había desmantelado su habitación de trabajo en su casa,
pero poco a poco nos fuimos dando cuenta que donde pasábamos más tiempo
era en la mía, y tácitamente fue allí donde nos establecimos. La casa de
Jackson en realidad pertenecía a su padre, por lo que era justo que Derek,
cuando viniese, tuviese su casa para él solo.
Sé que Jackson estaba dándole muchas vueltas a cómo seguir adelante,
qué hacer con su vida, y sin decir demasiado entendí que por ahora quería
desintoxicarse de toda esa larga etapa en la que muchas veces dudó hasta de
quién era. Su verdadera identidad, sus verdaderos gustos, su realidad como
persona habían estado saliendo a la luz en los últimos meses, pero con los
sucesos de Londres había dado un paso atrás.
—He estado hablando largo y tendido con el psicólogo —dijo, haciendo
alusión al especialista que le estaba tratando por su estrés postraumático—.
No solo de lo que pasó en Londres, sino en general de todo. De cada
acontecimiento ocurrido en estos años, sin dar demasiados detalles, claro.
Estábamos almorzando en la cocina, aquel día hacía demasiado frío para
hacerlo en la terraza. Marzo estaba siendo helador para el termómetro canario.
—Me alegra escuchar eso —le dije con una sonrisa. Era un cambio de
vida demasiado grande para dejarlo pasar así como así.
—Le conté que la mayor parte del tiempo estoy muy feliz, hasta incrédulo
de lo feliz que se puede ser, de cómo ahora tengo algo que jamás pensé que

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llegaría. Pero que luego hay momentos en los que un pequeño detalle hace
que viaje al pasado, a ese «no digas esto porque…», «cuidado con
aquello…», hasta a veces el llamar a mi padre me congela durante unos
segundos, porque estuve muchos años sin poder hacerlo con libertad. El
psicólogo me ha dicho que es cuestión de tiempo que me vaya adaptando a la
nueva realidad, que mis reacciones son normales, y que lo más importante es
que me diga siempre que yo soy el de ahora, el que se merece poder seguir
adelante sin miedo.
Ahí levantó la vista y me cogió la mano con ese gesto que había
aprendido a adorar.
—No sabes lo diferente que es vivir la vida sin un miedo latente en el
fondo de tu alma. Incluso aquí contigo, cuando nos estábamos conociendo,
siempre había algo alerta en mi mente. Un sonido, algo fuera de su sitio,
cualquier cosa disparaba esa reacción en mí. Ahora, después de lo de Londres,
y aunque en el fondo podría haber alguien más que quisiera hacerme daño, es
diferente. Siento que mi mayor miedo vino a mí y pude vencerlo, aun con las
consecuencias que tuvo. No quería que ese hombre muriese, de hecho,
hubiera preferido verle entre rejas, pero no pude evitarlo, la situación se dio
así. Estoy trabajando para interiorizar eso mismo, porque es muy jodido vivir
con la imagen del topo cayendo por el balcón.
Se estremeció.
—Pero como te dije, ahora ya no tengo miedo, y es muy raro sentirse así
cuando llevas más de diez años viviendo de puntillas para que no saltase la
liebre por ningún lado.
—No sé si estas secuelas psicológicas las tienen en cuenta tus jefes
cuando mandan a alguien a una misión así. A alguien que no pueda superarlo,
le han fastidiado la vida para siempre.
Asintió.
—Por eso seleccionan muy bien a quienes infiltran. No puede ser
cualquiera.
Cambió de posición y atrapó mi mirada con esos ojos brillantes que
siempre me quitaban el aliento.
—Te cuento esto para que sepas todo lo que me está pasando. Que es muy
raro vivir sin miedo, al mismo tiempo que es lo más liberador del mundo.
Gracias a eso, puedo centrarme en lo que realmente importa, en ganarme esa
vida que siempre quise.
—¿Y qué es lo que siempre quisiste? —le pregunté, traviesa, porque sabía
lo que me iba a decir, pero quería escuchárselo decir otra vez.

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—Vivir la vida como una aventura protagonizada por dos, en vez de por
mí solo, y que esa coprotagonista fuese mágica, libre, retadora, y que nunca la
quisiera dejar escapar.
Tiró de mí para sentarme en sus rodillas y nos besamos, con esos besos de
amor que fabricábamos en cada segundo de nuestra nueva vida, porque a
besarnos no nos ganaba nadie, era como si tuviésemos que recuperar el
tiempo perdido.
En las siguientes semanas contemplé la evolución de Jackson en silencio,
viendo cómo poco a poco iba conquistando esa seguridad de que ahora
aquella era su vida, y construyendo también mi propio rol. No habíamos
hablado de trabajo, de cómo seguir adelante, era una especie de acuerdo tácito
para poder seguir prorrogando nuestra luna de miel.
A finales de marzo era el cumpleaños de Jackson y decidí prepararle una
fiesta. Con toda seguridad sería la primera para él en muchos años, y quise
hacerla muy especial. Le pedí a Derek que viniese, porque sabía que si no
estaba no sería lo mismo para su hijo, pero no le dije nada a Jackson. Quería
que fuese una gran sorpresa, de esas que le emocionasen de verdad. También
invité a mis tíos, a los cuales no había visto mucho en los últimos tiempos, a
mis amigas y sus familias, y también a los dos amigos más cercanos de
Jackson, que eran su pareja de pádel y uno de los chicos con los que
entrenaba triatlón. No era exactamente una fiesta sorpresa, porque con
anterioridad habíamos decidido festejar el cumpleaños como comienzo de una
etapa, pero no creo que Jackson hubiese imaginado el despliegue que tenía en
mi mente.
Ese día, el de su cumpleaños, le desperté con un intenso regalo mañanero
y tras desayunar, le pedí que fuese a comprar los menudeos de última hora:
barras de pan, hielo, refrescos y una botella de butano extra. También le
sugerí que no tuviese demasiada prisa en volver, que se tomase un cortado en
alguna terraza o fuese a visitar a su amigo Carlos, que tenía un bar en el
centro. Sonrió, jovial, y no preguntó nada, aunque sabía que estaría intrigado.
El día estaba soleado y cálido, volvía a haber algo de calima en el aire y
los alisios no soplaban: perfecto para poder estar todos fuera, en el jardín. Los
de los globos llegaron a la hora convenida y llenaron el jardín de imaginativas
composiciones de globos dorados, además de un arco que actuaría de
photocall con el muro de buganvillas haciéndole de fondo. Me entretuve
engarzando hileras de pequeñas luces en las plantas y en la palapa para tener
una tenue iluminación por la noche, y estuve rodando hamacas y sillas para
hacer acogedores grupos donde sentarse a comer, ya que la mesa principal la

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había usado para disponer las hieleras, los vasos y copas con sus cañitas de
purpurina, además de todos los entrantes que había encargado y que llegarían
en unos minutos.
A las doce me dispuse a cocinar la base de los dos arroces que iba a
elaborar en enormes paelleras que habían sido de mis abuelos y que había
vuelto a incorporar al uso. Para los niños encenderíamos la barbacoa, y
Jackson se había aficionado a los chorizos parrilleros, así que también
asaríamos unos cuantos. Me dio tiempo de todo, relajada, feliz, bailando con
la música que sonaba en los altavoces, y justo cuando estaba tapando las dos
paelleras, a las que solo hacía falta añadir el arroz, escuché las llaves en la
puerta. Dejé las tapas con rapidez y me precipité a la puerta de la terraza,
deseosa de observar su cara al ver lo que había montado.
Primero no se dio cuenta de nada, porque venía cargado con lo que le
había pedido comprar, y sin mirar afuera empezó a contarme no sé qué
historia de la que se había enterado por un amigo, pero al verme esperándole
en la puerta se dio cuenta de que allí pasaba algo. Le tendí la mano,
sonriendo, y salió conmigo al jardín.
Su clara mirada recorrió todo con lentitud y observé que tragaba saliva.
Cuando se volvió hacia mí, supe que estaba tremendamente emocionado.
—Nadie se había tomado tantas molestias por celebrar mi cumpleaños
desde que murió mi madre.
Me abrazó como solo él sabía hacerlo, con todo el cuerpo, y me dio ese
beso que toda mujer desea algún día recibir. Con amor, lento, mío y suyo,
profundo y excitante. Juntó nuestras frentes y apenas escuché su murmullo.
—Te quiero, milady. No hay nada en mí que no sea tuyo.
Volvió a besarme, cogiéndome la cara como si temiese que desapareciese,
y sonrió contra mis labios.
—Gracias. Esto es lo más bonito que nadie ha hecho por mí en mi vida.
Sonreí intentando que no se me derramasen las lágrimas, y sorbí por la
nariz. Eso le hizo reír, y bromeé intentando suavizar la intensidad que
habíamos creado, como siempre.
—No te acostumbres, esto es porque te estás portando muy bien.
—Y mejor que me voy a portar. —Sus ojos brillaron con peligro y me
tuve que apartar, riendo.
—Deja de tentarme que ya sabes que contigo soy muy fácil. Los de los
aperitivos están a punto de llegar, no podemos…
Y gracias a que sonó el timbre, porque ya le estaba viendo las intenciones
de empotrarme contra su hamaca favorita, una que tenía una posición muy

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interesante y que era lo suficientemente robusta para aguantar nuestros
embates. Escapé de sus manos y fui a abrir, todavía riéndome.
Poco a poco fueron llegando todos los invitados y fui viendo cómo
Jackson se emocionaba cada vez más, aunque lo disimulaba tras su gesto
risueño y travieso. El colofón fue cuando vio llegar a su padre, que sonriendo
y con los ojos húmedos fue hacia él a abrazarle. Se apretaron un largo tiempo,
dándose fuertes palmadas en la espalda, y entendí que aquello era algo más
que un abrazo: era un «papá, por fin podemos hacer cosas tan cotidianas
como estar juntos», y también un «no sabes lo aliviado que estoy de que por
fin ya no estés en peligro». Yo también me emocioné, aunque el codazo de mi
tía Armi cortó por lo sano cualquier sentimiento parecido, porque me miró
con los ojos como chernes al ver la planta de Derek Grant.
—Pero bueno, ¿dónde fabrican hombres como estos?
—En la Gran Bretaña, por lo que se ve —le dije, riendo, y luego me
acerqué a ella, bajando la voz:
—Mira a ver, que este es el que era el maromo de mi madre.
Se encogió de hombros y vi cómo la Arminda Acosta artista y seductora
se revelaba en todo su esplendor.
—¿Tú no sabes eso de que compartir es vivir? Además, las buenas
hermanas se prestan las cosas…
No pude sino reírme. No podía ser más políticamente incorrecta ni más
maravillosa.
—Tengo muy claro que de mayor quiero ser como tú, Armi.
Si no la hubiera conocido bien, habría dicho que una rapidísima sombra
de tristeza cruzó sus ojos negros, y la voz le sonó algo rara cuando me
respondió.
—No desees lo que en realidad no quieres.
Luego volvió a ser ella misma, riéndose sobre lo bien que se lo iba a pasar
aquella tarde dando caza al suegrito, como lo bautizó, pero ahí supe que la
Armi que nunca se mostraba, la que yo había visto en contadas veces, también
tenía sus sombras oscuras.
Encendimos la barbacoa, pusimos música, abrimos cervezas y dejamos
que la vida brillase entre risas, murmullos alegres, los gritos de los niños y el
entrechocar de las copas. Ya por la tarde prendimos las lucecitas, el amigo de
Jackson, Darío, se puso a hacer de DJ improvisado, y soplamos las velas con
bengalas en las manos. Todo fue mágico: la complicidad con mis amigas, los
grupos heterogéneos que se iban formando entre risas y bromas, la dicha de
Derek al poder estar con su hijo y sentirse parte de una nueva familia, los ojos

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amorosos de mis tíos que me seguían con orgullo, las monerías de los niños
que, como siempre, se me pegaban como si fuese el flautista de Hamelín, y la
plena y exultante felicidad que sentíamos Jackson y yo cada vez que nos
mirábamos, nos rozábamos o nos abrazábamos, como si tuviésemos un imán
que no nos dejaba separarnos.
Ya al final de la noche, me apoyé en el cristal del fondo del jardín y me
permití pensar en quienes no estaban. Quizá en una fiesta como aquella,
mamá habría podido ser ella, se habría reído y se habría sentido especial,
como ocurría cuando la veíamos con papá. Pero si ella no hubiese muerto, yo
no habría recorrido el camino hasta aquella fiesta de cumpleaños. Si ella no
me hubiese dejado toda aquella información, la del santuario y la que luego
supe por Derek, yo no estaría pensando en poder comenzar una vida diferente
a la que tenía. No habría podido romper mis barreras mentales, esas lealtades
que me hacían querer seguir demostrando a un espectro cosas que ya no
tenían sentido.
«Por fin me siento en paz contigo, mamá».
Y también con Iria. Había vuelto a mi vida porque ya no tenía que
contener su recuerdo. Quería tenerla conmigo siempre y darle luz con mis
pensamientos. Sonreí. Iria también habría disfrutado de aquella fiesta, aunque
me habría preguntado por los hombres solteros que me había olvidado de
invitar. Tan pícara, tan noble, tan adorable, siempre deseando ayudar.
«Te tomo el testigo, hermana. No como médico, pero intentaré ser de
utilidad para la sociedad».
Noté el calor de Jackson a mi lado, a veces se movía silencioso como un
gato. Me pasó el brazo por encima del hombro y reposé la cabeza en su
pecho, feliz. Nuestras respiraciones se acompasaron y pensé que no podía
estar en un lugar mejor. Besó mi coronilla y luego me levantó la barbilla con
un dedo.
—Mi padre me ha contado lo de la propuesta de sucederle.
Asentí, no sin algo de expectación. Sonrió de esa forma que solo tenía
para mí.
—Le dije que no. Creo que se sintió aliviado.
Sonreímos los dos, y no pude evitar la pregunta:
—¿No le dijiste nada más? Conociéndote, habrás querido enviarle un
mensaje a tus jefes, quienes quiera que sean.
Jackson se rio. Sabía que yo me hacía un lío con tanto servicio secreto,
seguridad nacional y policía.

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—Le dije que por ahora seguiría colaborando con la Met; además, a ellos
les interesa porque les soluciono bastantes papeletas, y que luego, si tuviesen
algo interesante, que nos lo propusiesen.
Enarqué las cejas, sorprendida.
—¿Nos?
Ladeó la cabeza y me besó.
—Si tengo que volver a meterme en berenjenales como los de los últimos
años, quiero que sea contigo. Tú tienes muchísimas habilidades que les
interesan, milady. Les dejaste gratamente impresionados con tus
intervenciones en Londres.
Me reí por lo bajo. Sus ojos me buscaron de esa forma tan suya, como si
me viera por dentro de verdad, y noté solemnidad en tu voz.
—Ya te dije que en esta aventura quiero que seamos dos. Me da igual lo
que acabemos haciendo o dónde, mi objetivo último es que cuando nos
miremos, sigamos siendo felices.
Me abrazó por detrás y contemplamos las luces nocturnas de la ciudad,
tranquilas y amables, tan diferentes de las grandes urbes donde habíamos
pasado los últimos años de nuestras vidas. Entonces supe que Jackson tenía
razón: hoy éramos felices allí, pero no tenía por qué ser nuestro último
destino. El mundo era nuestro, solo teníamos que volar juntos.
Y yo por fin había desplegado mis alas. El viento caliente de la calima las
había alborotado de tal forma que nunca más volverían a caer en la misma
posición dócil, sino que ahora tenían brillo, fuerza, amplitud de movimientos.
Todo lo necesario para lanzarme a esa gran aventura: la del amor y la de ser
yo, de verdad.

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EPÍLOGO

Vivir lo nuestro, Marc Anthony y la India

El vestido rojo era un sueño, pero casi no podía respirar. Me pasé las manos
por su escote palabra de honor en forma de corazón y me dije que aquello se
mantenía en su sitio solo con la fuerza de voluntad de mis pechos, que sentía
más turgentes y llenos que de costumbre.
«Pero si le di de comer no hace nada. Por Dios, que ya ha cumplido el año
y sigo pareciendo una central lechera ambulante».
Suspirando fui en busca de Jackson para que me bajase de nuevo la
cremallera. Tendría que ponerme los parches y recé a todos los elementos
para que no se notasen bajo el fino vestido.
Le encontré poniéndose los gemelos, en un gesto tan de anuncio que hizo
que mis rodillas temblasen. Todavía ahora conseguía sorprenderme con esa
belleza masculina que mezclaba peligro animal con seguridad abrumadora.
Me miró, sonriendo. Era todo un espectáculo vestido de esmoquin.
—¿Otra vez? —Su voz se tiñó de risas al ver mi cara de fingida
desesperación. Resoplé mientras me bajaba la cremallera.
—Soy una vaca lechera, ya lo sabes.
Murmuró algo así como «ni que lo digas», y sonreí pensando en las veces
en las que durante el sexo se había llevado un chingazo de leche en toda la
cara.
—Voy a sacarme un poco más para poder ir descargada al evento. Como
no sabemos cuánto vamos a tardar, es mejor ser precavida.
Asintió y no pudo evitar echar un vistazo a mi pecho desnudo. El deseo
nunca se apagaba entre nosotros, incluso durante el postparto, pero ese no era
para nada el momento de un asalto rápido. Le di un toque en la cara para
desviar su atención, y me mordió la mano.

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—Deja de mirarme así, milady, y ve a sacarte la leche. Llamaré para
retrasar el taxi.
Me enchufé la máquina y suspiré de alivio al ver cómo el líquido tibio
salía a toda presión. En cuanto terminé de llenar los botes se los di a Jackson
y atravesó la puerta que comunicaba las dos habitaciones de hotel. En la otra
estancia esa noche dormiría Derek con nuestra hija, Adriana, mientras
nosotros íbamos al evento, y no estaba mal dejarle más refuerzos de leche en
la nevera.
—¿Lista? —me preguntó tras subirme la cremallera con cierta dificultad.
Me retoqué los labios, de un rojo encendido al igual que el vestido de cóctel,
y le sonreí.
—Contigo, a cualquier lado.
Así había sido desde que nos conocimos, en aquellas circunstancias tan
removedoras para ambos. Al principio, tras los sucesos de Londres,
disfrutamos de un impasse de tranquilidad que nos duró unos pocos años,
viviendo sin prisas en nuestro paraíso particular. Pero como habíamos
previsto, aquella situación tenía una fecha de caducidad. Por un lado, nos
contactaron desde Gran Bretaña con una oferta imposible de rechazar, y por
otro, nosotros mismos empezamos a echar de menos un poco de movimiento.
Sí, habríamos podido seguir así indefinidamente, yo con mi faceta de docente
y Jackson echando una mano a la Met, aunque los dos sabíamos que, de vez
en cuando, nos hacía falta algo de chispa.
Y los del gobierno británico supieron entenderlo a la perfección. Todo,
hasta ponernos el cebo perfecto para engancharnos a través de nuestras
motivaciones más profundas.
Recuerdo la noche que Jackson se sentó ante mí con una bandeja de sushi
de nuestro restaurante nikkei favorito: era un favor especial que nos hacían
por ser clientes asiduos. Le miré, enarcando las cejas, y sonrió con cierto
misterio. Esperé a que abriese una botella de vino blanco del sur de la isla y
fruncí los labios.
—¿Cuánto tiempo me vas a tener en ascuas? Porque estoy segura de que
me quieres contar algo gordo, te conozco.
Rio con ese timbre suave que me hacía pensar en sábanas impregnadas
con su olor, y me introdujo en la boca un trozo de corte fino de vieira.
—Dime cuál sería la negociación por la que ahora mismo morirías, o más
fácil: de todas las habidas y por haber, elige la que para ti sería algo imposible
de rechazar.

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Le observé, pero el condenado era un maestro en eso de despistar a la
audiencia. Tomé un sorbo de vino, solo para hacerle esperar, y luego le dije lo
que tenía clarísimo desde que me lo preguntó:
—La cumbre del clima. Sabes que es mi gran objetivo.
Asintió, sonriendo.
—Me lo imaginaba.
Era normal que lo tuviese tan claro. Habían sido muchas las
conversaciones en las que hablábamos sobre cómo ayudar a la sociedad, a la
presente y a la futura, debatiendo sobre cómo pequeñas cosas que ya
estábamos haciendo ahora podían revertir en cambios que se irían
produciendo poco a poco hasta asentarse del todo en el mundo. Y también
soñábamos con cosas más grandes, con poder influir en gobiernos y grupos de
poder para que tomasen compromisos serios acerca de la sostenibilidad del
planeta.
Por eso, las pocas negociaciones que había aceptado en aquellos años
habían sido todas de esa índole, centradas en materia de desarrollo sostenible
y energías verdes. Y Jackson, aunque de puertas para fuera trabajaba para la
Met, echaba una mano para investigar delitos de muchos tipos, entre ellos
ecológicos, y conseguía mucha información que con toda probabilidad ni
debería saber. Pero era discreto, y todo eso era bien conocido por los jefes de
los diferentes estamentos y de los diferentes cuerpos de seguridad. Gozaba de
una confianza extrema que se había ganado primero con su famosa labor de
topo, y luego con el trabajo posterior desde su segunda vida en la isla.
Puso las manos sobre la mesa y tamborileó con los dedos, sin soltar mi
mirada.
—Hoy me han llamado para ofrecernos una misión. No significa
infiltrarnos en ningún lado, no te preocupes, pero es un trabajo para los dos.
Hizo un parón y su semblante se tornó serio.
—No sé si has leído en la prensa que el MI6 va a desarrollar lo que se
llama «espionaje verde» para controlar que los acuerdos que se han alcanzado
en las diferentes cumbres del clima y demás reuniones parecidas, realmente se
llevan a cabo. Es un espionaje tanto de campo como cibernético, y hay
bastantes recursos dedicados a esta iniciativa, por lo que tiene mucha
importancia para el gobierno.
—Parece que por fin alguien se ha dado cuenta de que hay que darle la
relevancia que merece —apunté, intrigada a más no poder.
—Sí, ya sabes que no soy muy fan de este gobierno, aunque en esto sí que
tiene toda la razón. Y por eso nos han llamado, porque quieren hacer una

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estrategia de sándwich combinando nuestras habilidades: que yo haga el
espionaje verde junto con un grupo dedicado a lo mismo, y que tú luego lo
remates en la próxima cumbre del clima, de la cual saldrán acuerdos que mi
equipo y yo seguiremos muy de cerca, y así hasta la siguiente. Ni decir tiene
que nos recompensarán muy bien, pero…
—El dinero no es problema —exclamé, aplaudiendo con una sonrisa de
oreja a oreja. ¡Por fin un poco de acción! Me gustaba el mundo docente en el
que estaba metida, las mentorías que otorgaba a unos cuantos elegidos, pero
nada se podía igualar a una investigación que culminase en una mesa llena de
gente a la que batir.
Además, esos contrincantes serían los dirigentes del mundo, los que
podían mover cosas de verdad. Las víctimas perfectas de nuestra estrategia.
No podía gustarme más la propuesta.
Estaba claro que yo no sería la negociadora principal, sabía cómo se
jugaban las cartas en todo aquello, pero como asesora en la sombra podía
estar en muchos lugares casi sin ser vista. Me cosquilleó el estómago, mis
venas se llenaron de adrenalina burbujeante, y vi la emoción en los ojos de
Jackson cuando le pregunté que cuándo empezábamos. Sabía que él ya había
aceptado desde que le escuché pronunciar la primera palabra sobre el tema.
Por eso estábamos en Nueva York, en nuestra segunda cumbre del clima,
y enfangados hasta los codos de datos y cifras que en mi mente se convertían
en estrategias ganadoras, y que Jackson conseguía con mil subterfugios que
ya no solo se limitaban a los milagros informáticos de los que era capaz.
De puertas para fuera yo era Zoe Wagener, la negociadora estrella que
actuaba de consultora estratégica para los británicos, y Jackson Grant era mi
marido y asesor, que desprendía un aura de misterio al no tenerse
conocimiento de todo lo que hacía realmente. Teníamos claro que los
servicios de seguridad de otros países probablemente intuían que
trabajábamos juntos, y eso nos encantaba, nos hacía sentirnos una especie de
señor y señora Smith bien avenidos. Pero realmente pocos sabían el peligro
real que teníamos para aquellos que querían seguir saltándose los protocolos
de emisiones y camuflar sus datos con toda la impunidad del mundo. Nadie
podía imaginar cómo funcionaba nuestro engranaje perfecto, y creo que ni
siquiera quien nos empleaba lo tenía muy claro.
Estar en Nueva York unas semanas era maravilloso. Significaba una
bocanada de aire fresco y recargarnos de energía, tanto por el trabajo de
campo como por disfrutar de la ciudad, una de nuestras favoritas. Era el
contrapunto perfecto para nuestro día a día, en el que seguíamos viviendo en

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Santa Cruz, en la tranquilidad y calidez de nuestra isla, viajando de vez en
cuando para darnos esos atracones de gran mundo en alguna misión
camuflada para luego volver a nuestro edén particular. En ese tiempo de
sosiego y acción a partes iguales deseamos ser padres, y allí se mudó Derek
Grant en cuanto nació nuestra pequeña, tan deseada y querida por todos sus
abuelos que había verdaderas peleas entre Derek, Óscar y Armi para quedarse
con la diminuta embaucadora.
Esa noche no eran las luces del jardín las que nos iluminaban mientras nos
hundíamos en uno en el otro, sino los neones de Manhattan los que teñían de
colores nuestras manos entrelazadas y sacaban destellos a mis anillos.
Llegamos a nuestro destino y nos bajamos del taxi, conscientes de que éramos
de los pocos afortunados de poder asistir a aquel acto de clausura, tan poco
propio del espíritu de la cumbre del clima por su boato, y por eso más bien
secreto, ya que no figuraba en ninguna agenda. Era una oportunidad fantástica
de enterarnos de algunos detalles más, y desde el gobierno nos habían
felicitado por conseguir que nos invitasen. Los estadounidenses solían ser más
suspicaces que otros países, y el que figurásemos en la lista era un gran
triunfo para nuestro tándem.
Entramos a una sala que me transportó enseguida a las típicas películas
americanas, donde las fiestas no se parecen nada a las españolas por el tono
bajo de las conversaciones, la elegancia de la orquesta compuesta por músicos
de esmoquin blanco que solo tocan jazz o evergreens, la pose estirada de los
camareros que se pasean repartiendo copas de champán o canapés
minúsculos, y si se baila, es al estilo clásico, ese que en España no nos
enseñan y que tan elegante resulta.
Menos mal que Jackson y yo otra cosa no, pero bailar se nos daba la mar
de bien.
No obstante, antes del ocio teníamos algunas cosas que hacer, así que nos
separamos estratégicamente para abordar cada uno nuestros objetivos. A mí
me conocía bastante gente, era una cara conocida en el mundillo después de
tantos años, sin embargo a Jackson no, y no pude evitar las miradas
disimuladas que le echaban tanto hombres como mujeres.
Fui saludando con una estudiada sonrisa a varios asesores de otros países,
y luego, poco a poco, atraje a mi alrededor a un grupo heterogéneo de
invitados en el que entraba y salía gente, entre ellos varios políticos con los
que me interesaba tener unas palabras. En una fiesta como esa, no era difícil
separarse del grupo unos segundos solo poniendo tu mano con elegancia
sobre el brazo del caballero, y ¡zas!, tenías su atención sobre ti, y muchas

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veces también sobre tus encantos femeninos, como había comprobado en
varias ocasiones. El salir airosa de esas situaciones era un arte que había
necesitado dominar, y no se me daba del todo mal.
«Espero no empezar a chorrear, porque entonces la tenemos».
Al cabo de una hora y media fui al baño a retocarme y a comprobar que
los parches seguían secos y en su sitio. También podría haberla calificado de
una bien planificada maniobra de despiste, porque ya había conseguido lo que
quería y me moría de ganas de encontrar a mi marido.
Cuando salí, atrapé una copa de champán para mojarme la garganta,
reseca después de tantas conversaciones aparentemente intrascendentes para
el público en general, pero de gran relevancia para nuestros intereses. Dejé
que mis ojos recorrieran la dorada sala, llena de grandes lámparas de araña y
paredes revestidas de figuras clásicas, y como si hubiese tenido un radar, al
instante supe dónde estaba él.
También estaba bebiendo champán y al notar que le miraba, levantó la
copa con una sonrisa que desintegraba mi ropa interior como llevaba haciendo
desde el primer día. Nos mantuvimos la mirada, sonriendo, y contemplé cómo
empezaba a avanzar hacia donde estaba yo.
El lazo invisible que nos conectaba se iba reduciendo a medida que se
acercaba, y mi cuerpo se dejaba avasallar por todas las sensaciones que
Jackson Grant producía en mí. Como en un flash recordé nuestra primera
conversación, en cómo nos quedamos mirándonos como tontos y cómo él me
tiró por encima del hombro que le había encantado verme bailar; también me
llegaron retazos de la noche del siroco y de nuestras citas-no-citas en las que
nos habíamos empezado a enganchar el uno del otro; la noche de carnaval,
donde rompimos las barreras y nos dejamos llevar por aquello tan poderoso
que estaba surgiendo entre nosotros; su apoyo y compañía en todos los
descubrimientos sobre mi familia, siempre sabiendo lo que necesitaba de él en
cada momento; la gran debacle que supuso saber lo de Singapur y mi gran
resistencia hacia él, que consiguió debilitar con su declaración de amor; el
miedo tan visceral que pasé en Londres y cómo me prometí a mí misma que si
salía con vida, jamás me separaría de su lado; nuestros primeros meses como
pareja, con Jackson lidiando con aprender a vivir de una forma diferente a la
que estaba acostumbrado; cómo a partir de ahí todo fue tan solo maravilloso,
especial, fácil, como jamás había esperado vivir con nadie…
Su aroma tan característico me envolvió y una de sus manos acarició mi
brazo.
—Señora Grant, ¿bailaría conmigo?

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Le sonreí, coqueta, y sus ojos del color de las avellanas se oscurecieron.
—Creo que sí, señor Wagener, porque es mejor que le tape cierta zona que
por lo que veo…
Me rodeó con sus brazos y me llevó a la pista de baile, riendo en mi oído
con tono grave.
—Siempre me haces lo mismo, no hay quien esté cerca de ti cuando te
pones esos vestidos que solo sirven para quitártelos.
Reí, echando la cabeza hacia atrás, mientras la orquesta tocaba una
maravillosa versión del She, de Elvis Costello.
—Así no hay quien espíe —le susurré en el oído—. Menos mal que ya
hice todo lo que tenía que hacer, porque si es por ti…
—Sabes que no me gusta pasar mucho tiempo separado de ti, milady. Te
habría raptado si no hubieses sido tan rápida.
Sonreí a escasos milímetros de su boca, tan sexi y apetecible.
—¿Entonces nos podemos ir?
Miró al techo, fingiendo escandalizarse.
—Señora Grant, no puedo creer que quiera abandonar ya tan magna
fiesta… Y todo para hacer cochinadas con su marido.
Tuve que reírme en voz alta y me dio una vuelta perfectamente
coordinada.
—¿Entonces qué quieres hacer tú? —le pregunté, traviesa, y rocé con
disimulo su entrepierna. Me reí por dentro: conocía esa cara impasible,
significaba que estaba en ebullición, pero no podía hacer ni decir nada.
Entonces volvió a darme una vuelta y luego me pegó a él con elegancia.
—Quiero bailar con mi mujer como si estuviésemos en una película de
esas románticas que tanto le gustan, y luego irnos por esa puerta apostando
antes si llegaremos al hotel antes de meternos mano o si tendremos que hacer
una parada técnica en los baños de la planta baja.
No pude sino besarle entre risas y le dije, con la felicidad reverberando en
mi voz:
—Bailemos, milord, que esta noche es mágica y quiero exprimirla hasta el
final.
Me besó con suavidad en el cuello y giramos en armonía, nos deslizamos
por el suelo brillante, nos rozamos sutilmente, sentimos con todo nuestro
cuerpo la música y la vida como lo habíamos hecho desde el primer
momento, desde la primera mirada que compartimos, sin importarnos dónde
estábamos ni quién nos podía ver.

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Y cuando más tarde nos escabullimos como adolescentes de la sala
dorada, solo pude pensar en que sí, que todo era mucho más sencillo de lo que
parecía. Solo había que afrontar las cosas, perdonar y salir adelante. Porque a
los valientes la vida les recompensaba, como había hecho conmigo con
creces, llenándome de amor por todos los costados y dejándome ser, por fin,
la mujer que era de verdad.

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Notas de la autora

Como habrás visto, la mayoría de los diálogos, sin contar los de Zoe y
Jackson, ocurren entre personas que viven en Canarias. Para ser lo más fiel
posible a la realidad isleña, he querido preservar el habla de las islas,
utilizando el pronombre «ustedes» para referirse a la segunda persona del
plural, y que sustituye al «vosotros» utilizado en la Península.
En cuanto al espionaje verde, tomé este objetivo para Zoe y Jackson
después de leer en prensa, en abril de 2021, que el MI6 británico iba a espiar a
quienes no cumpliesen los acuerdos sobre el cambio climático. Me pareció
una iniciativa fantástica, y desde mi modesta contribución, quise darle
visibilidad a este hecho en la novela porque creo fervientemente en la
necesidad de un compromiso global para poder preservar este planeta para las
generaciones futuras. Además, creo que Zoe y Jackson serían los mejores para
esa «caza de contaminadores», y por eso les encomendé esa importante
misión.
El carnaval es uno de los momentos con más brillo de esta historia,
festividad importantísima para los canarios, y que refulge en Santa Cruz de
Tenerife con una fiesta en la calle que congrega a cientos de miles de
personas bajo un espíritu único. Ahora, que llevamos un año sin carnaval y
otro en el que probablemente tampoco volverá ese evento multitudinario pre-
Covid, he querido hacer el mejor homenaje posible a esta increíble fiesta,
juntando en una sola noche todos esos momentos que hacen mágicos a las
carnestolendas, incluso si ya no pudiesen suceder en el futuro. Para mí, la
noche que viven Zoe y Jackson es la noche ideal de carnaval, y se compone
de una sucesión de hechos muy típicos para el carnavalero: el disfrazarse con
los amigos, el spray de purpurina, el trayecto hasta el centro, las zonas donde
todo el mundo se encuentra, el pactar un lugar por si te pierdes, la música tan
característica que baña toda la ciudad, la sensación de no querer que no se
acabe la noche cuando empieza a salir el sol, el perrito caliente de las cinco de
la mañana… He disfrutado muchísimo escribiendo toda esta parte: he tenido
la sensación de haber estado de carnaval aun cuando físicamente no es

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posible, escuchando salsa y merengue todo este verano cuando jamás la había
escuchado por motu proprio, y he sentido una nostalgia punzante al escuchar
la emoción de mis lectoras cero canarias al comentar las escenas, porque
muchas de ellas han sido parte de esas noches conmigo. Así que, con esto,
solo me queda invitarte al carnaval de Tenerife, cuando podamos disfrutarlo
como se hacía antes.
¡No te pierdas la playlist de Spotify «Tras la calima» y sumérgete en la
historia de música y baile de Zoe y Jackson!

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Agradecimientos

Primero que nada, quisiera agradecer de corazón a todas esas lectoras que en
algún momento me pidieron que escribiera la historia de Nigma, que han sido
muchas y ¡muy entusiastas! Sin ellas, nunca hubiese pensado en un spin off
para ese personaje que se quedó un poco en fuera de juego en «Desde el
rompeolas», y que se merecía muchísimo más. Y no fue difícil: esta historia
salió en menos de dos meses con una estructura muy clara desde el inicio, con
el tópico de «relaciones madres-hijas» para Zoe, y el misterio del trabajo de
Nigma como primer elemento intrigante (aunque luego, como has visto, hay
mucho más tras él). Lo que nunca imaginé fue lo mucho que me iban a
atrapar Zoe y Jackson, la historia tan bonita que iban a protagonizar
convirtiéndose en mi pareja favorita, y lo difícil que está siendo dejarles volar
al mundo de las lectoras.
Un agradecimiento muy especial va para la persona con la que llevo
compartiendo mi vida quince años (y espero que muchísimos más). En este
libro en concreto mi marido ha sido mi gran apoyo. Pude escribirlo gracias a
un gran cambio en mi vida laboral que ahora me permite tener más tiempo
para la escritura, pero que también es una apuesta arriesgada. Y ahí ha estado
él siempre con su humor, sus palabras sensatas y ese toque que tiene para
calmarme y hacerme sentir que debo hacer lo que es bueno para mí, lo que me
haga ser feliz. J., eres el mejor. Te quiero.
También quiero mandar un agradecimiento muy muy especial a mis
queridas lectoras cero: Sofi, Yure, Alba, Bea, Ary y Cris. Una de las cosas
más maravillosas de este viaje es tener conmigo a personas que aportan y que
me acompañan en cada trecho del camino (sin mencionar los wasaps y
mensajes en Instagram comentando la novela y sus escenas, ¡bien de símbolos
de hogueras han ardido por esas redes!)
Y no quiero olvidarme de toda la genial comunidad de Instagram quien
me ha brindado mucho cariño en estos dos años, con personas encantadoras
que han dado una oportunidad a mis novelas y las han tratado con todo el
amor del mundo. Gracias por estar ahí, por las risas, las palabras de cariño y

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el respeto. Y esas fotos de maromos como inspiración de Jackson, no tuvieron
precio (¡esto va por Yole!).
También quiero dedicar unas palabras a mis amigas escritoras, las que nos
hemos ido encontrando por el camino en diferentes momentos, siempre para
sumar y compartir. Me siento acompañada y querida por todas vosotras, y
todavía hay momentos en los que siento incredulidad por la suerte de contar
con este grupo fantástico de mujeres unidas por querer contar historias.
Y finalmente, el agradecimiento más grande y sentido a mis lectoras, ese
grupo de #románticasempoderadas que cada vez es mayor. Son vuestros
mensajes de apoyo, de emociones compartidas, de críticas constructivas y de
un inmenso cariño, el que hace que todo esto tenga sentido, y que yo pueda
seguir construyendo historias cuyo objetivo es inspirar, y dejar una sonrisa en
los labios y el corazón lleno de emociones. ¡Gracias!

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HELEN RYTKÖNEN (Canarias, España). Me gusta definirme, entre otras
cosas, como una canaria con raíces finlandesas a la que le encanta devorar
libros y bollos de canela de IKEA. Además de esto, también soy una madre
de cuarenta y pocos con niños pequeños, profesional del marketing, romántica
empedernida pero alérgica a las ñoñerías, adicta a las series policiacas,
amante del buen chocolate y embajadora de los vinos blancos secos de mi
isla, Tenerife.
También soy escritora, porque lo de las letras me viene de siempre. Aprendí a
leer cuando era muy pequeña y a escribir historias llenas de imaginación poco
después. Siempre fue mi gran vida paralela. Por eso, en un momento de
mucho estrés en el que como mujer no encontraba un hueco para mí, niños,
trabajo, autoexigencias, escribir se convirtió en mi tabla de salvación. Revisé
un antiguo manuscrito, me volví a enamorar de la historia y me reté a mí
misma a autopublicarla. Y así lo hice: en agosto de 2019 vio la luz Desde el
rompeolas, a la que siguieron Lo que nos dijo la tormenta, La niebla en mí y
Tras la calima.
Disfruto escribiendo novelas románticas sobre mujeres adultas que tienen que
tomar decisiones en su vida para alcanzar la felicidad. Las acompaño en su

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viaje interior de autodescubrimiento, aderezándolo con una buena dosis de
amor y de picante.

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