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Todos Los Vampiros Tienen Colmillos - Yolanda Camacho

Lorena, una chica que se siente aburrida y fuera de lugar en el instituto, intenta reinventarse y encontrar su identidad con la ayuda de sus nuevos amigos David y Andi, quien afirma ser un vampiro. A medida que su relación se profundiza, Lorena enfrenta problemas con sus padres y profesores, y lo que comienza como un juego inocente se convierte en algo más oscuro. La historia explora temas de amistad, identidad y la lucha interna de Lorena por encajar en un mundo que la juzga.
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Todos Los Vampiros Tienen Colmillos - Yolanda Camacho

Lorena, una chica que se siente aburrida y fuera de lugar en el instituto, intenta reinventarse y encontrar su identidad con la ayuda de sus nuevos amigos David y Andi, quien afirma ser un vampiro. A medida que su relación se profundiza, Lorena enfrenta problemas con sus padres y profesores, y lo que comienza como un juego inocente se convierte en algo más oscuro. La historia explora temas de amistad, identidad y la lucha interna de Lorena por encajar en un mundo que la juzga.
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Lorena está convencida de que su vida, tanto en el instituto como fuera de él,

es un aburrimiento. Precisamente por ello, y coincidiendo con el paso del


colegio al instituto, decide cambiar de aspecto e intentar encontrar su lugar
entre sus nuevos compañeros. Pero todo cambia el día que conoce a David y a
Andi, los cuales se convierten en sus mejores y más enigmáticos amigos.
Andi es la chica más extraña que jamás ha conocido, es una muchacha que
afirma ser un vampiro. ¿Dice la verdad cuando afirma que no es humana, o se
trata solo de un juego?
Cuanto más estrecha se vuelve la relación entre los tres más problemas tiene
Lorena con sus padres y profesores. Poco a poco lo que empieza siendo algo
inocente se convierte en un juego macabro.
¿Realmente todos los vampiros tienen colmillos?

Página 2
Yolanda Camacho

Todos los vampiros tienen


colmillos
Todos los vampiros tienen colmillos - 1

ePub r1.0
Titivillus 28-12-2020

Página 3
Título original: Todos los vampiros tienen colmillos
Yolanda Camacho, 2014
Diseño de la cubierta: Carlos Pérez de Tudela

Editor digital: Titivillus


ePub base r2.1

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Para R, mi príncipe azul con pinta de estrella de rock,
y A, porque es y siempre será mi Susana particular.
Y también para ti, que sé que siempre me acompañas.

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Prólogo

La muchacha apretó el interruptor y no pudo reprimir una maldición. Las


pilas de la linterna estaban casi agotadas. En realidad ya lo sabía, lo había
podido comprobar la última vez que la utilizó, y se había repetido infinitas
veces que debía llevar baterías de recambio la próxima vez. Pero se le había
olvidado. Y ahora ya era casi noche cerrada y el aparato solo era capaz de
emitir una agónica estela de luz mortecina y amarillenta.
Había recorrido el mismo camino más veces de las que podía contar.
Probablemente sería capaz de volver a casa incluso con los ojos cerrados.
Pero aun así no le hacía especial ilusión tener que caminar por el monte de
noche. Y subir la escarpada cuesta sin apenas ver dónde pisaba.
Un escalofrío recorrió su espina dorsal. Hacía frío, como siempre cuando
se ocultaba el sol. La chica se subió la cremallera de la chaqueta y echó a
andar hacia la verja oxidada. Si se daba prisa tal vez lograría regresar antes de
que las pilas de la linterna muriesen del todo.
Solo sus pisadas sobre las crujientes hojas secas rompían el absoluto
silencio.
De pronto se detuvo y lanzó una mirada alrededor. Le había parecido
escuchar pasos. Pisadas que no eran suyas y que también pulverizaban las
hojas marchitas. La muchacha apuntó con la linterna a un lado y a otro. El
débil resplandor apenas lograba abrirse paso entre la oscuridad reinante, pero
de todas formas no parecía haber nadie.
La chica sintió cómo la atravesaba otro escalofrío. No sentía miedo,
aunque sí cierta inquietud. Se puso la capucha para guarecerse más del fresco
y echó a andar de nuevo, mientras se reprendía mentalmente. Estaba claro que
lo que había escuchado eran sus propios pasos, nada más. Y, en cualquier
caso, ¿con quién esperaba encontrarse? Había paseado por allí, al atardecer y
de ya de noche, infinidad de veces, y nunca, jamás, se había topado con nadie.
Sabía de sobra que la zona era solitaria, lo suficiente como para no ser pisada
ni siquiera por ningún tipo de maleante.

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El halo de luz volvía amarillas las hojas secas. La muchacha alcanzó la
verja, que había dejado abierta. Abandonó el recinto y tiró de la reja para
dejarla precariamente cerrada, tal y como se encontraba cuando llegó y como
estaba siempre, al tiempo que esta emitía un lastimero chirrido que se alzaba
grosero y estridente en medio del silencio. Luego continuó con su camino,
adentrándose en la tupida vegetación a la vez que apretaba el paso.
El chirrido destemplado de la verja volvió a romper el silencio. La chica
se quedó clavada en medio de la espesura y movió de nuevo la linterna, pero
tras ella ya solo veía árboles y maleza. El fulgor moribundo del aparato seguía
debilitándose y parpadeaba ocasionalmente.
La muchacha echó a correr instintivamente, antes incluso de comenzar a
oír cómo unos pasos, los mismos que sin duda había escuchado hacía un
momento, se acercaban con rapidez.
Ella trató de abrirse paso entre la vegetación, pero esta era espesa y hostil,
y resultaba complicado atravesarla deprisa. La casi total ausencia de luz no
ayudaba demasiado.
Los pasos estaban cada vez más cerca.
La linterna comenzó a apagarse y a volver en sí a intervalos cada vez más
dilatados.
La sombra se cernió sobre ella. Cuando una mano la atrapó por detrás y
otra cubrió su boca, lo único que alcanzó a pensar es que no habría gritado de
todas formas.
Nadie la habría oído.

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Siempre puse demasiadas expectativas en el instituto. Supongo que la enorme


cantidad de series de televisión y películas que había visto en las que siempre
parecía que el instituto era el lugar donde más cosas emocionantes podían
suceder tuvieron gran parte de culpa. Bueno, eso y que mi vida durante la
escuela primaria fue más bien un desastre.
Me pasé todo el último año de EGB deseando que el curso llegase a su
fin. Ansiaba con todas mis fuerzas perder de vista ese sobrio edificio que me
había acompañado día a día durante ocho años de mi vida, y también a todos
esos compañeros a los que tal vez debiera haber guardado algún tipo de afecto
aunque tan solo fuese por costumbre.
Supongo que no podía considerarme, en sentido general, una chica
desgraciada. En el ámbito familiar, por ejemplo, era muy feliz. Me llevaba a
las mil maravillas con mis padres. Claro que, ¿cómo no hacerlo?: no les había
dado más disgusto en lo que llevaba de vida más allá de haber salido un poco
rara. Sacaba unas notas buenísimas y siempre me portaba bien. Era lo que,
comúnmente, todo el mundo habría considerado una buena chica. No me
resultaba difícil serlo. De hecho, tal vez ahí estuviese el problema: era una
buena chica porque no tenía ni modo ni medios para no serlo, para ser algo
distinto. Y yo entonces pensaba, con la absoluta certeza que tan solo
disponemos en esas edades en las que nos sentimos como si tuviésemos la
verdad absoluta sobre todo, que quería ser algo distinto. Por eso tenía tantas
ganas de irme del colegio, de cambiar de entorno y de compañeros. Estaba
segura de que todo esto me ayudaría a despojarme de lo que no me gustaba de
mi vida.

Ya desde muy pequeña fui una niña con ciertas dificultades de adaptación.
Además (aunque tal vez esa fuese una de las causas principales), estaba
gorda. Lo suficientemente gorda, sin llegar a ser un elefante, como para ser
objeto de burlas constantes por parte de mis compañeros. Sé (ya entonces lo

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sabía) que no todos los niños gordos están condenados a ser unos
desgraciados e ineptos sociales (aunque, desde luego, lo van a tener más
complicado que otros niños), pero estaba claro que yo no era una de esas
niñas con confianza suficiente en sí mismas como para pasar por encima de
ello. Los demás se metían conmigo y yo, en cierto modo, fui madurando
desde muy pronto la certeza de que yo merecía esas burlas, de que, realmente,
era inferior a todos ellos. Tal vez eso fue lo que hizo que el problema creciese
más de lo que hubiera debido: conforme más inferior me consideraba, menos
fuerzas me quedaban para hacer algo, para sentirme especial o valiosa por
algún motivo. En el único aspecto en el que me sentía totalmente valorada era
en el académico: mis notas siempre fueron brillantes desde el principio. Los
profesores me adoraban y mis padres estaban orgullosísimos de mí, si bien
ello me convirtió en un abrir y cerrar de ojos en la típica empollona, también
blanco de las burlas. Empollona y gordita. Y poco tiempo después, también
con gafas.
Y, por si fuera poco, o tal vez como consecuencia de todo lo anterior, era
de esas personas (y supongo que lo sigo siendo; creo que ese es un rasgo de
carácter del que no es fácil desprenderse) que de tan buenas que son, son
tontas. Para cuando llegué al quinto curso ya había perdido la cuenta de la
cantidad de veces que había tenido una mejor amiga, para luego recibir de ella
la peor puñalada. Creo que, en cierto modo, a la gente le gustaba estar
conmigo porque siempre escuchaba lo que tenían que decir, y porque no me
importaba en absoluto hacerle un favor a alguien que de verdad lo necesitase.
Lo malo era que al final cogí tal fama al respecto que todo el mundo me
buscaba cuando tenía un problema, o necesitaba un buen consejo, o
simplemente quería copiarse los deberes de alguien, pero cuando se cansaban
de mí me daban la patada. En el mejor de los casos, se aburrían y se alejaban.
En el peor, acababan por hacerme daño.

Durante el sexto curso, mi madre comenzó a llevarme al endocrino por


recomendación expresa del médico de cabecera. Yo no estaba tan gorda, ni
mucho menos, como para que mi sobrepeso afectase negativamente a mi
salud. Como mucho, afectaba al desarrollo de mis clases de educación física,
que siempre resultaban desastrosas. Pero el médico, un señor barbudo que me
había atendido desde que era un renacuajo y al que yo tenía bastante manía,
porque gritaba mucho al hablar y siempre se creía muy gracioso cuando en
realidad no lo era en absoluto, consideró, con bastante buen criterio, que sería

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mejor para mí ponerme a régimen y adquirir hábitos alimenticios más
saludables, si no quería seguir creciendo con mi sobrepeso a cuestas. Es decir,
que cuanto antes se atajase mi problema, mejor. Así que comencé a ir al
endocrino, que me puso a régimen y al cual visité de forma periódica durante
meses y meses.
Cuando comenzó el octavo curso, yo ya me había librado de los kilos de
más. No estaba muy delgada, pero ya nadie habría podido llamarme gorda.
Además, había dejado de llevar gafas hacía un par de cursos porque mi
hipermetropía se había corregido. En definitiva, afronté el último curso sin
sentirme tan adefesio como me había sentido durante prácticamente toda mi
vida académica.
En realidad, no es que aquello cambiase mucho las cosas. Faltaban pocos
meses para irme de la escuela y yo ya no tenía ningunas ganas de llevarme
bien con todos aquellos desalmados que se habían burlado de mí durante toda
mi infancia. Además, aún en el caso de haber tenido las ganas, yo sabía que
nunca habría logrado nada. En el ámbito escolar, cuando ganas la fama de
algo, ya no hay nada que pueda quitártela. Puede que yo ya no estuviese
gorda, pero seguía sacando notas brillantes, por lo que seguía siendo la
empollona. Puede que yo no fuese tan tonta como había sido durante mucho
tiempo, pues a base de tropiezos me había espabilado un poco, y ya no me
dejaba pisotear tanto como antes. Pero seguía siendo una buena chica, seguía
portándome bien, y la gente seguía pidiéndome favores y los deberes para
copiárselos, y yo aún seguía siendo incapaz de decir que no en todas las
ocasiones en que hubiese sido conveniente decirlo. No habría podido cambiar
el punto de vista que todos mis compañeros tenían sobre mí aunque me
hubiese esforzado sobremanera en ello, de igual modo que jamás habría
podido dejar de considerar a mis compañeros fuera de los papeles que
ostentaban. Porque, por supuesto, todos ellos ostentaban un papel.
Sí logré durante aquel año algo que no me habría imaginado. Recuperé a
Sandra, que a lo largo de los años había sido mi mejor amiga, para luego
convertirse en enemiga acérrima, para luego convertirse de nuevo en mejor
amiga, en una especie de bucle absurdo. En octavo nos reencontramos
después de un año de manifiesta enemistad, y ya no volvieron a surgir los
problemas entre nosotras. Yo podría haberme sentido muy indignada por ello,
considerando que Sandra ya no tenía motivos para darme la patada porque yo
ya era, digamos, más correcta, desde que no estaba gorda ni llevaba gafas, y
por lo tanto no tenía el aspecto de una pringada. Pero en aquellos momentos
decidí simplemente disfrutar del hecho de poder acabar el curso sin estar tan

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sola. Además, como he dicho, no dejaba de pensar en el momento de salir de
allí, y casi podía afirmar que todo lo demás me daba igual.

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Si quisiese ver solo lo negativo, podría decir quién tuvo la culpa de gran parte
de lo que marcó mi trayectoria durante mi adolescencia. Pero no me gusta
decir culpa, prefiero decir influencia. Porque, aunque mucho de lo que
aprendí de ella me hizo sufrir, también me hizo muy feliz. Y, además, si ella
hubiese podido saber de antemano, de algún modo, que uno solo de sus actos
podría reportarme sufrimiento, de seguro habría preferido mantenerse al
margen y en silencio.
Yo era hija única, pero puedo decir que tuve en todo momento una
hermana mayor en la figura de mi tía Susana. Se trataba de la hermana
pequeña de mi madre. En total eran tres hermanas. La mayor era la tía Isabel,
que era tan diferente a mi madre como mi madre también lo era de Susana. A
mí siempre me inquietaba, me maravillaba en cierto modo cómo podían ser
tan distintas entre sí, cómo era posible que cada una representase una manera
distinta de pensar y proceder. En realidad, se situaban en algo así como
distintos niveles.
La tía Isabel se llevaba cuatro años con mi madre. El año que yo terminé
la escuela primaria, ella tenía cuarenta y tres. Estaba casada con mi tío Jesús y
tenían tres hijos, todos chicos. A ninguno de ellos los veíamos con demasiada
frecuencia, ya que no vivían en la misma ciudad que nosotros. Pero, por lo
que la conocía, y por todo lo que me habían contado tanto mi madre como mi
tía Susana, sabía que era una señora muy seria y muy convencional. Llevaba
una vida bastante tranquila y, según lo que se me antojaba a mí, bastante
aburrida. Llevaba casada muchísimos años y se ocupaba básicamente de su
casa, su marido y sus hijos.
La tía Susana tenía quince años menos que la tía Isabel, y once menos que
mi madre. Había llegado en un momento en que mis abuelos no tenían ni
mucho menos planeado tener otro hijo. Era tan diferente, tanto física como
ideológicamente, de mi tía Isabel, que a cualquiera le habría costado horrores
imaginarse que provenían de la misma familia. Yo, de hecho, siempre la había
visto como alguien al margen. Sabía que era mi tía, hermana de mi madre,

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pero me costaba verla como tal. Ella era algo así como la rara de las tres
hermanas. Era la única que había estudiado una carrera, aunque precisamente
había elegido una de las que siempre se consideraban sin futuro: Bellas Artes.
Durante años se había dedicado a vivir la vida, viajando de un lugar a otro y
haciendo lo que le venía en gana, y trabajando de lo que le salía, porque casi
nunca podía elegir. Para cuando yo estaba en sexto curso ella tenía veintiséis
años, y fue entonces cuando se calmó un poco y se estableció de un modo
más o menos definitivo en nuestra ciudad. Puedo imaginarme perfectamente
que las cosas habrían sido muy distintas para mí de no ser por ella, por su
presencia.
Mi madre siempre se situaba, o al menos así lo veía yo, en un punto medio
entre sus dos hermanas. Así como mi tía Isabel no había estudiado ninguna
carrera por pura convicción, porque desde siempre lo que más había deseado
era casarse y tener hijos y convertirse en una señora de su casa, y así como mi
tía Susana había estudiado Bellas Artes, mandando al diablo toda
consideración práctica respecto a su futuro, mi madre había elegido una
carrera, digamos, bien vista, pero la había dejado inconclusa cuando conoció
a mi padre. Mi tía Isabel era severa, convencional, un poco cabeza cuadrada a
mi entender, y mi tía Susana era creativa y liberal, pero mi madre no era ni
una cosa ni la otra: ni tan seria como tía Isabel, ni tan cabeza loca como tía
Susana. Y, por supuesto, era la única de las tres que se llevaba a la perfección
con las otras dos. Y a la inversa.
Por mi parte, estaba claro que mi favorita era tía Susana. O Susana a
secas, porque ya he dicho que me costaba verla como mi tía. Y que yo era su
sobrina favorita también estaba claro, entre otras cosas porque de todos sus
sobrinos yo era la única chica, y además era la única que tenía cerca.
No recuerdo a partir de qué momento concreto comencé a frecuentar día
sí y día también la compañía de Susana. Creo que ocurrió durante el séptimo
curso, cuando hacía tan solo unos meses que ella se había mudado a la ciudad,
instalándose en un piso pequeñito del casco antiguo. Me parece irónico,
viéndolo en retrospectiva, el modo en el que ella reapareció en mi vida: justo
en el momento en el que yo estaba dejando, poco a poco, de ser una niña.
Estoy segura de que no hubiese sido lo mismo de haber sucedido antes, o
después. Aquel fue el momento exacto, el momento en el que yo comenzaba a
buscar mi identidad, cuando ya no me divertían las cosas de niña y empezaba
a interesarme por otro tipo de cine y literatura, y a tener mis primeros discos
favoritos.

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Susana pronto me adoptó como una especie de discípula. Sabía que ella
me fascinaba y que lo hacía precisamente por todas sus rarezas, por todo eso
por lo que su familia siempre la había considerado la oveja negra. Yo, por
supuesto, nunca me había sentido parte del rebaño. En primer lugar, porque
no había podido formar parte: no me habían dejado. Y, en segundo lugar,
porque cuando te ves obligada por las circunstancias a no formar parte del
rebaño, acabas por decidir que, bien mirado, no te interesa en absoluto formar
parte de él.
Como es normal, en mi clase repleta de chicos y chicas de doce años
todos comenzaban a preocuparse de cosas que antes no les habrían interesado.
Las conversaciones sobre tebeos y series de dibujos que se emitían durante la
hora del desayuno, cuyos capítulos nunca podíamos terminar de ver porque
teníamos que salir corriendo al colegio, habían dejado paso a cotilleos sobre a
quién le gustaba quién, sobre a qué niñas les había venido ya la regla y a
cuáles no. Los niños ya hablaban de guarradas poco o nada inocentes, ellas ya
soñaban con tener novio, y las carpetas comenzaban a forrarse con las fotos
de los guaperas de turno que llenaban todas las semanas las portadas de la
Súper Pop. Por aquel entonces, era el año 1996, lo más de lo más era escuchar
a Take That y estar enamoradísima de Mark Owen. Tan solo un año más tarde
aparecieron las Spice Girls, y todas las niñas aspiraron a ser igual que alguna
de ellas. Y no importaba cómo fueras, porque como eran cinco y todas
diferentes, siempre había una que podía caerte bien.
A mí nunca me gustaron Take That. Teniendo en cuenta que la evolución
de la música ha ido de mal en peor, si ahora mismo me pusiesen algún tema
de Take That en algún bar, seguro que pensaría que suena bastante bien en
comparación con todo lo que se nos hace tragar ahora en la radio, pero
entonces me parecían de lo más flojo y baboso que se podía escuchar.
Tampoco me parecía especialmente guapo ninguno de sus componentes. Y,
por supuesto, nunca me gustaron las Spice Girls, ni me pareció interesante
ninguna de ellas, por mucho que fuesen cinco y todas diferentes. Porque yo, a
los doce años, ya estaba comenzando a escuchar con avidez todo lo que
Susana me recomendaba.
Por entonces escuchaba muchísimo, por ejemplo, el Different Light de
The Bangles. Susana se ponía nostálgica escuchando esa música que la había
acompañado durante su adolescencia, y yo, en su compañía y escuchando
todo lo que me contaba, comencé a desarrollar lo que en mi vida se ha
convertido en una de mis sensaciones más características: la falsa nostalgia.
Conseguía meterme tanto en lo que me contaba, empatizaba tanto con sus

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historias, que en ocasiones era capaz de sentir su nostalgia hacia tiempos
pasados, aunque yo fuese una mocosa que todavía no había vivido nada.
Para mi tía Susana, su época de instituto había supuesto un antes y un
después. Ella tampoco había sido una niña muy popular durante la EGB. No
lo había pasado tan mal como yo, pero se había sentido como un cero a la
izquierda. Cuando terminó la escuela no se quedó a estudiar en el instituto del
pueblo donde siempre habían vivido mis abuelos, sino que la enviaron a un
instituto concertado de la ciudad que se presumía mucho mejor. Ella, cargada
de esperanzas por el hecho de tener que alejarse de su insulso entorno
habitual, llegó allí y se encontró con todo lo que esperaba encontrarse, y con
muchas cosas más.
El instituto resultó ser uno de esos centros de los que hoy se ven pocos,
donde se preocupaban de educar a los adolescentes para ser personas, más allá
de las enseñanzas propias de las asignaturas que debían estudiar. Susana
aprendió muchísimo, ganó confianza en sí misma, desarrolló sus gustos, sus
primeras amistades profundas, y por supuesto vivió sus primeras experiencias
amorosas.
Según me contaba, el contraste entre lo que ella era cuando llegó allí, con
sus catorce años recién cumplidos, encarnando el mismo prototipo de buena
chica que yo conocía tan bien (solo que un poco menos pringada), estudiosa,
tímida y que siempre había pasado desapercibida; y lo que era cuando terminó
tercero de BUP, con casi diecisiete años, una estética que les hacía poner el
grito en el cielo a mis abuelos, amigas por las que habría hecho casi cualquier
cosa, dos ex novios y varios rollos a sus espaldas, y muchos más conciertos,
fiestas y gamberradas acumuladas en tres años de las que muchas personas
viven en toda su vida, era tan abismal, que yo me maravillaba tan solo de
escuchárselo decir. Al fin y al cabo, por entonces ella ya debía de ser tal y
como yo la había conocido, pues son de aquellos tiempos los primeros
recuerdos nebulosos que guardo de ella, siendo yo un renacuajo de tres o
cuatro años, y la sola idea de que antes hubiese sido una chica normal e
insulsa, tímida y solitaria como lo era yo, me parecía poco menos que
increíble.
En realidad, no es que todo hubiese sido una maravilla en la vida de
Susana desde entonces. Yo no sabía ni siquiera una mínima parte de todo lo
que había vivido durante todos esos años en los que la había tenido lejos y la
había visto únicamente en contados eventos familiares. Pero sabía que lo
había pasado mal, que no todo había sido fácil. Que su modo de ser, su férrea
voluntad de ser libre y hacer lo que le viniese en gana, le había reportado

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muchos disgustos con sus propios padres y con sus hermanas, que había
tenido que trabajar duro y en lugares horribles para poder ganarse la vida,
teniendo en cuenta que sus estudios no le servían de mucho. Que había visto a
muchas de sus amistades acabar bastante mal, porque muchas veces la gente
que es, o cree ser, demasiado libre, suele pasarse de la raya. Que había vivido
apasionantes historias de amor como las que solo se ven en las películas o se
imaginan en las canciones de rock, con olor a viento y a gasolina, a luna llena
y a cuero mojado, como decían Christina y los Subterráneos; pero también
que había sufrido mucho, porque lo que más nos hace disfrutar es también lo
que más sufrimiento puede proporcionarnos en el futuro, cuando termina.
Pero, en cierto modo, tal vez porque en realidad yo no sabía nada, porque
tenía doce o trece años y desde mi total inexperiencia lo único que quería era
vivir, vivirlo todo incluso con su porcentaje de sufrimiento incluido, estaba
convencida de que Susana podía soportarlo todo, de que podía hacerlo porque
tenía lo más importante: una gran personalidad y una enorme confianza en sí
misma. Que era, precisamente, lo que me faltaba a mí.
No podía esperar a que llegase el momento de irme del colegio, de que
llegase la hora de dejar atrás todo lo que había ido mal, de vivir todo lo que
mi tía había vivido.
Y, como ya se sabe, poner demasiadas expectativas en algo nunca es
bueno.

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3

Al igual que le sucedió a mi tía Susana, yo también descubrí muchas cosas


durante mi primer año de instituto. La diferencia es que ninguna de ellas me
hizo demasiado feliz.
La primera de esas cosas la pude intuir ya desde el primer día, y la recibí
como una especie de mazazo: allí todo el mundo parecía conocerse ya.
Para mí, que mis padres hubiesen decidido (al igual que habían hecho mis
abuelos años atrás con sus tres hijas) no enviarme al instituto del barrio, sino a
uno concertado que se encontraba en un pueblo situado a las afueras de la
ciudad, había supuesto el detonante de todas mis esperanzas: sabía que el
noventa por ciento de mis compañeros de EGB se iban a quedar en el del
barrio, y por lo tanto los perdería de vista. Sin embargo, cuando llegué a mi
instituto pude comprobar que los estudiantes que veníamos de fuera no
éramos demasiados, y que la gran mayoría de mis nuevos compañeros venían
compartiendo aula desde preescolar. Así que el primer día consistió
básicamente en observar cómo todos ellos se reencontraban después de las
vacaciones de verano, mientras tres o cuatro forasteros nos quedábamos en un
rincón, solos y sin saber qué hacer. Supongo que lo más fácil habría sido
tratar de entablar contacto con cualquiera de los otros solitarios, o tal vez con
todos ellos, pero yo nunca había sido buena tomando la iniciativa en lo que a
relaciones se refería, y ninguno de ellos dio tampoco el primer paso.
A los pocos días, y porque no había modo de no hacerlo, había
comenzado a hablar bastante con la chica que compartía pupitre conmigo,
aunque no me parecía una persona demasiado interesante.
A las pocas semanas me había acostumbrado a mi nueva rutina. Ya no iba
al mismo colegio que antes, ahora tenía otro horario y debía, además,
levantarme tempranísimo para poder coger el autobús y llegar al instituto a
buena hora. Las asignaturas no me parecían especialmente más complicadas
que todo lo que había estudiado hasta la fecha. Salía de clase a las dos de la
tarde y me iba a casa, comía y luego solía echarme una siesta, porque con lo
que madrugaba, si no dormía algo no había modo de mantenerme despierta

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más allá de las diez de la noche, y yo prefería llegar a esas horas con algo más
de lucidez, por si había algo interesante en la tele, o me quedaba a cenar y ver
una peli en casa de Susana, algo a lo que me había aficionado mucho en los
últimos tiempos.
Y ahí estaba el problema. Me había acostumbrado a mi nueva rutina, pero
lo había hecho del todo. No habían pasado ni dos meses cuando ya parecía
que todo había vuelto a la normalidad, pero en el sentido más negativo de la
expresión. No tenía nada nuevo que contar. Estaba en una nueva clase con
cerca de treinta personas más y, exceptuando el hecho de que todavía no me
consideraban una empollona (aunque no cabía duda de que terminarían por
hacerlo, ya que no veía ningún motivo para dejar de sacar buenas notas), ni se
metían conmigo por estar gorda, porque no lo estaba, continuaba sintiéndome
un cero a la izquierda, y mi entorno seguía pareciéndome de lo más anodino.
Creo que no he mencionado que comencé a estudiar Formación
Profesional, y no BUP. Yo quería estudiar BUP, porque las asignaturas me
parecían más interesantes, y porque sabía que estudiando Formación
Profesional no podría optar luego a cualquier carrera, en caso de que me
interesase continuar estudiando. Pero mis padres lo tenían claro. Querían que
tuviese un título cuanto antes, ya que si estudiaba BUP y luego decidía que no
quería ir a la universidad no tendría absolutamente nada, y sería como haber
tirado cuatro años de mi vida a la basura. Si estudiaba FP dispondría de un
título en cinco años, y después de ello podría ponerme a trabajar, e incluso
podría compaginar el trabajo con la universidad si decidía estudiar una
carrera.
Por aquel entonces a todo el mundo le extrañaba que alguien con buenas
notas, con verdadera facilidad para el estudio, se decantase por la FP. Yo iba a
estudiar en la última promoción de la FP antigua. Ahora ya no es así, o no
tanto; hay multitud de ciclos de formación profesional muy interesantes, y
cada vez hay más gente consciente del problema de estudiar bachillerato y
una carrera para luego plantarte con veintitrés o veinticuatro años sin poder
encontrar trabajo. Mis padres pensaron en lo que sería mejor para mí, y
aunque yo estaba bastante segura de que quería estudiar BUP, debo reconocer
que al final acabé por comprender su punto de vista. Pero por entonces mucha
gente consideraba la FP como la opción de los tontos, de los que no servían
para estudiar.
Recuerdo que por esa época, cuando mis padres y yo hablamos sobre mi
futuro y quedó claro que estudiaría FP, presencié la primera discusión entre
mi madre y mi tía Susana. Yo sabía que uno de los motivos de que mi madre

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estuviese tan empeñada en que yo no estudiase BUP se debía precisamente a
mi tía Susana. Ella no solo había estudiado BUP, sino que además había
continuado luego con una carrera que no le había servido para nada, al menos
en cuestiones laborales. Había tenido que trabajar de cualquier cosa porque, a
efectos prácticos, al terminar la carrera se había encontrado en la misma
situación que si nunca hubiese estudiado nada. Y mi madre no quería eso para
mí. De hecho, pronto me quedó claro que su preocupación tal vez excesiva en
ese aspecto se debía a Susana: creo que pensaba que pasar tanto tiempo con
ella acabaría provocando que quisiese seguir sus pasos en todo, y quería
asegurarse a toda costa de que no me diese por estudiar algo sin futuro.
Susana, sin embargo, un domingo que estaba comiendo con nosotros en casa
de mis padres, y mientras hablábamos precisamente de todo ello, tuvo la
cierta osadía de cuestionar la decisión de mi madre.
—Una carrera se puede estudiar en cualquier momento. No es necesario
que lo hagas ahora. Si no te interesa ninguna de las carreras a las que puedes
optar con la FP, puedes ponerte a trabajar y más adelante entrar con la prueba
de acceso para mayores de veinticinco… —iba diciendo mi madre.
Aquello venía como respuesta a unas débiles protestas que yo acababa de
musitar, en relación a que la FP (en el plan antiguo) no me permitiría acceder
a ninguna carrera de cinco años, y daba la casualidad de que todas las carreras
que más o menos me resultaban atractivas eran licenciaturas. Yo no pensaba
discutir. Era lo bastante lista como para saber que, en realidad, acabaría
haciendo exactamente lo que mis padres quisiesen: era consciente de que, en
el fondo, se trataba de una opción sensata, y aunque pudiese atraerme la
posibilidad de hacer algo distinto, no confiaba ni mucho menos lo suficiente
en mí misma como para defender mi propio criterio, sobre todo si para
defenderlo tenía que enfrentarme a alguien. Pero Susana respondió.
—No sé si es del todo correcto imponerle lo que tiene que hacer.
Tan solo dijo eso, pero a mi madre debió de sentarle muy mal, porque la
mirada que le dirigió fue helada.
—Nadie le está imponiendo nada —respondió—. Ella podrá hacer en el
futuro lo que quiera, pero no me parece correcto que tenga que pasarse otros
ocho o nueve años de su vida estudiando para obtener un título. ¿Y mientras
tanto, qué? Si decide que se ha equivocado y que no quiere seguir adelante,
¿qué ocurrirá? Creo que, desde luego, será mucho mejor que disponga de un
título que le permita tener un trabajo digno. Mucho mejor que tener que
trabajar de cualquier cosa, habiendo perdido el tiempo.

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Esta vez fue Susana la que le dirigió a mi madre una mirada helada. Y yo
me estremecí, sintiendo que se aproximaba la tormenta, que, con aquel
comentario, con aquella última frase, mi madre había dicho exactamente lo
que habría sido mejor no decir. Yo sabía que para mi tía Susana resultaba
igual de evidente que para mí que el empeño de mi madre en que yo estudiase
algo con futuro se debía a los pasos que ella había seguido en su vida. Pero
también sabía que todo eso habría podido obviarse, dejarlo únicamente a la
suposición, si mi madre no hubiese pronunciado esas últimas palabras. Con lo
que acababa de decir ya quedaba clara su opinión sobre lo que Susana había
hecho y seguía haciendo con su vida, su visión de que nada de aquello había
sido un modo digno de vivir.
—Pues tal vez ella prefiera dedicarse a cualquier cosa —dijo Susana,
pronunciando con una marcada ironía las dos últimas palabras—, antes que
ser una simple empleada en un trabajo odioso en el que deba dedicarse a
sacarle las castañas del fuego a un jefe que siempre la considerará alguien
inferior y cuyo criterio no sirve de nada.
Mi madre se quedó mirándola fijamente, un tanto perpleja. Yo deseé que
me tragase la tierra. Odiaba aquella situación, verlas enfrentadas por mi culpa,
incluso aunque se tratase de una culpa indirecta, pues, al fin y al cabo,
discutían sobre mí, sobre mi futuro, sobre lo que sería o debería ser mi vida,
esa vida que por ahora yo no podía ni siquiera intuir y sobre la que, en
realidad, no podía tomar demasiado partido hacia un lado u otro. Lo único que
sabía con total certeza era que, aunque defendían opiniones opuestas, ambas
tenían razón a su manera, y ambas querían lo mejor para mí. Y también sabía,
tal vez mucho mejor que Susana, que mi madre no censuraba su
comportamiento porque considerase, simplemente, que este había resultado
inconveniente, sino porque la quería y había sufrido por ella, y no quería que
yo pasase por sus mismas dificultades. En realidad, y aunque ella nunca lo
reconociera, yo sabía que mi madre admiraba a Susana, a diferencia de lo que
jamás había hecho o haría mi tía Isabel. Admiraba su valor para defender a
capa y espada sus ideas, pasando por alto lo que en teoría resultaba más
conveniente. Pero, aun así, a pesar de todo, no podía dejar de pensar que
aquello no era lo correcto, que yo no debía seguir esos pasos.
Mi madre continuaba sin decir nada, y al final suspiró y susurró:
—Ya sabía yo que contigo la iba a tener…
Susana dejó escapar una risita irónica.
—No, no la vas a tener —dijo, poniéndose en pie—. Me voy, llego tarde.

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Y, dando por concluida la conversación, cogió su bolso y salió del
comedor. Mi madre y yo nos quedamos calladas mientras escuchábamos sus
pasos alejándose por el pasillo. Luego oímos la puerta de casa cerrándose tras
ella, y entonces mi madre se puso de pie y comenzó a recoger la mesa. Esa
tarde no volvimos a sacar el tema.

Lo que estaba claro era que, al margen de la opción escogida, mi suerte no dio
un giro de ciento ochenta grados tras mi entrada en el instituto. Mi clase no
parecía ni mucho menos repleta de personajes interesantes ansiosos de hacer
buenas migas conmigo. No había nadie raro ni con verdaderas inquietudes
intelectuales, no me encontré con nadie que escribiese ni que aspirase a
dedicarse a nada mínimamente artístico, tampoco con nadie que tocase la
guitarra y soñase con convertirse en una estrella de rock. Su rebeldía se
reducía a protestar continuamente, pero lo hacían solo porque habrían
preferido quedarse en casa durmiendo hasta tarde, o pasar las tardes muertas
fumando y comiendo pipas en el parque. A mí, desde mi perenne posición de
chica tal vez demasiado responsable para su edad, y al menos a simple vista,
se me antojaban seres vacíos, personas que nunca podrían aportarme nada. O
a las cuales yo nunca podría aportar nada. Y, desde luego, nada de aquello se
parecía a lo que yo había soñado.

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Mi primer año en el instituto pasó con rapidez. Para cuando quise darme
cuenta, ya estábamos en el mes de mayo, los exámenes finales asomaban las
orejas de modo amenazante (al menos para la inmensa mayoría de mis
compañeros; para mí sacar buenas notas seguía siendo poco más que un juego
de niños), y se perdía ante mi vista la gigantesca extensión de un verano que
se presentaba no solo caluroso, sino tremendamente vacío. No había
conseguido hacer ni una sola nueva amistad en el instituto, más allá del trato
cordial que mantenía con un reducido grupito de compañeras con las que me
llevaba mejor que con el resto de la clase. Durante todo el curso había seguido
quedando los fines de semana con mi amiga Sandra, que, como todo el
mundo, se había quedado a estudiar BUP en el instituto del barrio; y cuando
no estaba con Sandra, estaba con mi tía Susana. El verano no se presentaba
muy prometedor, pues yo sabía que Sandra se iría al pueblo en cuanto llegase
julio, y no volvería a verla hasta septiembre. Nada de aquello resultaba muy
distinto a lo que habían sido mis veranos hasta la fecha, pero ahora todo se me
antojaba más gris, pues se trataba del primer verano tras el comienzo del
instituto, y yo había soñado con conocer a un montón de gente interesante con
la que poder hacer planes divertidos. Tener que darme cuenta de que no había
sido así, y que aquel verano sería como los anteriores, era para mí como tener
que admitir una enorme y vergonzosa derrota.
Sin embargo, no estuvo tan mal. Estuvo incluso bastante bien. No podía
hacer mucho por cambiar las cosas, así que, cuando por fin me decidí a no
darle vueltas a mi supuesta desgracia, conseguí divertirme. Susana se quedó
todo el verano en la ciudad, y pasé con ella muchísimo tiempo. Estaba más en
su casa que en la mía. Pasábamos las tardes, luminosas y pegajosas, viendo
películas o escuchando música, y por la noche íbamos al cine, o salíamos a
tomar algo. Por entonces conocí a varias de sus amistades, a las que le parecía
muy divertido que Susana fuese prácticamente a todas partes con su
inadaptada sobrina, una mocosa de quince años. Sin embargo, me trataban
bien y yo me sentía cómoda con ellos, de igual modo que me sentía cómoda

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con casi cualquier cosa que tuviese que ver con Susana. Acudí a mis primeros
conciertos, lo que me supuso alguna bronca con mi madre, que no acababa de
ver con buenos ojos que saliese tanto por la noche, y menos aún en compañía
de gente mucho mayor que yo. Era divertido. El verano estaba resultando
interesante contra todo pronóstico. Y yo trataba con todas mis fuerzas de no
pensar demasiado, de no darme cuenta de que, en realidad, me limitaba a vivir
las vidas de otras personas y no la mía propia, pues lo que de verdad habría
deseado hubiera sido no tener que depender de mi tía y de su infinita
benevolencia conmigo.

Le conocí a primeros de noviembre, en esa época en la que el verano ya se


pierde de vista y la temperatura baja vertiginosamente.
En realidad, hacía ya tiempo que le conocía, aunque no fuese en persona.
Durante el curso anterior ya había reparado en su presencia. Era difícil no
hacerlo. En primer lugar, porque era diferente. Llevaba pintas de heavy, y
creo que no exageraría en absoluto al afirmar que era el único de todo el
instituto. Además, era un heavy de lo más típico: llevaba camisetas de grupos
como Iron Maiden, Helloween o Manowar todos los días del año, tenía una
chupa de cuero con cien mil cremalleras, y siempre vestía vaqueros
destrozados y botas militares. Aparte de eso, llevaba el pelo muy largo. Los
mechones de color rubio oscuro, un poco rojizo, delicadamente ondulados,
caían como un torrente por su espalda. Yo no tenía ni idea de qué estudiaba ni
en qué curso estaba, pero me parecía que tenía que ser tres o cuatro años
mayor que yo, porque no tenía pinta de adolescente con hormonas
revolucionadas, como el noventa por ciento de mis compañeros.
Además de su aspecto, había otro motivo por el que su presencia no me
había pasado desapercibida. Y es que era irresistiblemente guapo.
Por aquel entonces (y me temo que no he cambiado mucho en ese
sentido), mi visión de la belleza estaba total y absolutamente ligada al
concepto de diferente, lo que quiere decir que, en realidad, no es que él fuese
guapísimo de verdad. De hecho, tenía los ojos tal vez demasiado pequeños, y
la nariz demasiado aguileña, y los dientes un poco torcidos. Pero con su
aspecto de chico malo y su estética que se alejaba varios años luz de la que
ostentaban mis compañeros de clase, él destacaba de un modo tan
escandaloso que no podía hacer otra cosa que fijarme en él, y sentirme
rendida ante su presencia.

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El año anterior ya me había sucedido algo similar con un chico de mi
clase. Era el único, de entre los treinta y pico alumnos que ocupábamos el
aula, que parecía tener ideas y gustos propios, aparte de mí. Era conflictivo e
irreverente, y solía llevar muchas camisetas de Nirvana. En realidad, no era
más que el típico adolescente quejica que se comporta como si todo fuese una
mierda porque es lo que tiene que hacer desde su posición de adorador de
Kurt Cobain, pero con catorce años no es extraño sentirse impresionada por
algo así, y, además, era el único diferente en mi clase. Más o menos había
llegado a gustarme, aunque yo siempre tuve tan claro que él jamás repararía
en mi presencia que en ningún momento me colgué por él. Y fue mejor así
porque, tuviese posibilidades o no, él dejó el instituto un par de meses antes
de finalizar el curso, por lo que le perdí la pista por completo.
En el caso del chico metalero, y aunque había coincidido con él muchas
veces desde el curso anterior, en especial en la cafetería, tampoco me había
llegado a plantear en serio que me gustase. Sobre todo porque no le conocía, y
colgarme de alguien a quien tan solo hubiese visto de pasada, y con quien no
hubiese cruzado jamás una palabra, era algo que había dejado de hacer a los
doce años, porque me parecía una conducta tan poco práctica que rozaba lo
estúpido. Y, además de ello, porque estaba segura de que él no se había fijado
para nada en mí. Yo no llamaba la atención por nada en particular. No llevaba
pintas raras (y, en verdad, no porque no quisiese, sino porque no me sentía tan
identificada con ninguna tribu como para adoptar ninguna estética concreta),
y no era guapa ni despampanante. Ya no me consideraba tan adefesio como
cuando iba al colegio, y desde luego ya no había nada en mi aspecto por lo
que pudieran burlarse de mí, porque ni estaba gorda, ni llevaba gafas. Pero de
todos modos no era guapa. Tampoco horrenda. Era del montón, como tantos
otros cientos de chicas. Y mi cuerpo, después de haber perdido los kilos que
me sobraban hacía un tiempo, se había quedado en simplemente menudo,
porque era bajita y tenía los pechos pequeños, por lo que el conjunto final
terminaba siendo tal vez demasiado aniñado.
Sin embargo, me equivoqué en mis suposiciones. Él sí se fijó en mí.
Yo estaba en la cafetería haciendo cola para comprarme algo de comer.
Solía traerme almuerzo de casa, pero esa mañana me había despertado tarde y
había tenido que salir de casa corriendo para no perder el autobús, y me había
dejado olvidado el sándwich que me había preparado mi madre. Era la última
de la cola, y rezaba para que la cosa se agilizase y me diese tiempo a almorzar
con tranquilidad antes de que sonase el timbre. Y entonces él entró en la
cafetería, con su camiseta de Iron Maiden, su chupa de cuero con pinta de

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tener doscientos años, los vaqueros con los rotos a la altura de las rodillas y
las botas militares gastadísimas. Llevaba el pelo suelto, y le caía sedoso por
los hombros. Comenzó a latirme el corazón muy deprisa, y me sentí bastante
idiota en cuanto fui consciente de ello. Traté de no mirarle, de no dedicarle ni
un solo segundo de atención, y fijé mi vista en el expositor con bolsas de
papas que había en un extremo de la barra.
—¿Te molan? —escuché de pronto.
Me di la vuelta, sorprendida y casi asustada. Ahí estaba él, el chico malo,
con sus ojos grises, su nariz aguileña y sus dientes torcidos. Me costó un
momento convencerme de que sí, de que me hablaba a mí. Se refería a mi
camiseta, comprendí de pronto. Llevaba una camiseta de los Guns N’ Roses.
Yo no solía llevar camisetas de grupos, más que nada porque me costaba
encontrarlas de mi talla. Tampoco es que fuese una gran fan de los Guns,
aunque había escuchado mucho el Appetite for Destruction y me parecía un
gran disco. En realidad, llevaba la camiseta porque esa mañana había tenido
que vestirme a toda prisa porque se me hacía tarde, y esa fue la primera
prenda que encontré al hundir las manos en el desorden de mi armario. Y, a su
vez, tenía la camiseta porque mi padre, por primera vez en su vida, se había
propuesto regalarme algo guay en mi último cumpleaños y se había
presentado con una camiseta de los Guns, que sinceramente yo no tenía idea
de dónde había sacado. Seguro que si le hubiese preguntado a mi tía Susana,
que era la que más conocía mis gustos, me habría regalado algo distinto, pero
yo suponía que se había limitado a entrar en mi cuarto y cotillear en busca de
ideas, e imagino que había dado la casualidad de que se había encontrado
encima del escritorio el disco de los Guns, que me había prestado Susana. En
verdad, el regalo me había hecho ilusión. Puede que no me encantasen los
Guns tanto como para ir por ahí con camisetas suyas, pero mi padre había
hecho el esfuerzo de regalarme algo molón y eso me hacía ilusión.
—Eh…, sí, claro —respondí yo al fin.
Él esbozó una media sonrisa.
—Si son lo peor —dijo.
—No lo son —repliqué yo.
Y no le dije que en realidad la camiseta era un regalo, y que tan solo había
oído el Appetite for Destruction, y que no consideraba que fuesen lo peor
porque el disco me gustaba mucho, pero que tampoco me consideraba una
gran fan porque no los conocía lo suficiente. No dije nada porque me daba la
impresión de que, dijese lo que dijese, él pensaría que yo era tonta, y porque

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en realidad daba igual. Bastante tenía con asumir que estaba hablando con él.
Que él me estaba hablando, más bien.
Después de aquello, nos hicimos amigos. Coincidimos dos o tres veces
más en la cafetería, y nos saludamos y hablamos distendidamente, o todo lo
distendidamente de lo que yo era capaz. Poco tiempo después, comenzamos a
quedar en la cafetería todos los recreos.
Se llamaba Toni, y estudiaba FP de Electricidad. Tenía veintiún años,
había estudiado BUP y COU y luego se había quedado un poco colgado, sin
saber qué hacer con su vida, así que al final había optado por sacarse algo
más, y en ello estaba. Cuando me lo contó, me pareció irónico cómo aquello
le daba la razón a mis padres en cuanto a que era mejor optar por la FP, y no
fui capaz de decirle que en mi caso se trataba de lo contrario, ya que estudiaba
FP para evitar no saber qué hacer con mi vida después del BUP, pero que no
sabía si se trataba de la mejor opción. Él parecía sentirse cómodo conmigo, y
a mí me gustaba estar con él porque era la única persona en el instituto con la
que podía hablar. Hablábamos de música, de películas, de lo asquerosos que
nos resultaban nuestros compañeros, de tonterías de profesores. Él me parecía
cada día más irresistiblemente guapo, pero seguía intentando no pensar
demasiado en él en esos términos, pues estaba segura de que no tenía nada
que ver que yo le cayese bien, con que le gustase. Poco a poco, los veinte
minutos de recreo terminaron convirtiéndose en lo mejor del día con
diferencia, y yo fui sintiéndome un poco mejor en aquel entorno, ante la
evidencia de que, al fin, no estaba tan sola.

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Terminó mal, como suele suceder con el noventa y nueve coma nueve por
ciento de las primeras historias de amor.
Durante varias semanas, Toni y yo estuvimos viéndonos todos los días a
la hora del recreo. Cada vez nos llevábamos mejor y teníamos más confianza
el uno en el otro. Yo imaginaba que él, aunque nunca llegase a decírmelo,
estaba en una situación bastante parecida a la mía, y por eso había acabado
por valorar tanto mi compañía.
A mí cada vez me gustaba más, aunque tratase de quitármelo de la cabeza,
y cada viernes me preguntaba si alguna vez dejaríamos de despedirnos hasta
el lunes y quedaríamos fuera del instituto. Naturalmente, yo no me atrevía a
proponerlo, porque estaba segura de que él no tenía ninguna necesidad de
hacerlo. Que estuviese en una situación parecida a la mía en el instituto no
significaba que también lo estuviese fuera de él. Estaba convencida de que
fuera de allí él tenía millones de cosas que hacer, un montón de personas
interesantes con las que quedar y multitud de planes apasionantes a los que
atender. De hecho, seguro que también tenía un montón de chicas alrededor, e
incluso era posible que tuviese novia. Que nunca me hubiese hablado de nada
de ello no tenía por qué querer decir que no existiese. Era mucho más raro
considerar que fuera de allí no tuviese nada que hacer, como yo.
En mi clase no tardaron en surgir los cotilleos con respecto a si estaba
saliendo con Toni. Para mis compañeras, por esa sencilla lógica adolescente
según la cual es imposible que un chico y una chica sean solamente amigos,
resultaba más que obvio que entre él y yo había algo. Las cuatro compañeras
con las que mejor me llevaba, y con las que había compartido los veinte
minutos de los recreos antes de aparecer él, me acribillaban a preguntas cada
vez que subíamos a clase después del descanso. Pensaban que yo negaba que
era mi novio por algún absurdo tipo de vergüenza, y que acabaría
reconociéndolo conforme más insistiesen. A mí me parecía bastante
surrealista, ya que no encontraba ningún motivo por el que habría querido
ocultarlo, de haber sido cierto. Las chicas populares de la clase también

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disfrutaban lo suyo haciendo conjeturas, y para ellas el asunto resultaba de lo
más hilarante. De hecho, para ellas resultaba hilarante casi cualquier cosa que
le sucediese a una chica pringada.
En mi clase, y creo que en todo el instituto, debido entre otras cosas a la
falta de heterogeneidad que ya he mencionado, todos los estudiantes se
dividían en dos grandes grupos muy básicos: los populares y los pringados.
Para mí quedó bastante claro el funcionamiento de dicha división a las pocas
semanas de estar en el instituto, cuando comencé el primer curso, y me
fastidió darme cuenta de una cosa que, en realidad, no debería haberme
sorprendido en absoluto: allí también resultaría imposible librarse de
cualquier papel asignado. Ahora yo no podía ser la gordita con gafas, pero eso
no me libraría de formar parte del grupo de las pringadas, que englobaba
básicamente a todas las chicas no populares: las empollonas y las feas, sobre
todo, y también las raritas, tímidas patológicas y demasiado buenas chicas.
Las populares eran todo lo que nos hemos cansado de ver en las series y
películas sobre adolescentes: las más guapas y las más estilosas. Marcaban
tendencia en todo, y poseían un comportamiento tan uniforme que casi
parecían programadas: todas lucían largas melenas rubias (la mayoría
teñidas), todas vestían a la última moda, todas se maquillaban y peinaban para
ir a clase como si se fuesen de fiesta, todas sacaban malas notas y se
comportaban de un modo deplorable en clase, todas tenían novios guapísimos
dos o tres años mayores (es decir, lo suficientemente mayores como para
tener carné de conducir), que no estudiaban en el instituto, y que venían a
recogerlas en sus flamantes coches como si de príncipes azules se tratasen.
Ellas eran las que decidían, de un modo absoluto e indiscutible, quién pasaría
a formar parte de un bando u otro, y lo que estaba claro era que, una vez que
ellas tomasen su veredicto sobre ti, ya no habría nada que hacer. Si decidían
que formases parte del bando de las populares, serías adorada desde ese
mismo momento, aunque nadie te conociese ni te hubiese visto nunca. Si
decidían que formases parte del bando de las pringadas, ya nunca saldrías de
allí, aunque pusieses todo tu empeño en ser guay, teñirte el pelo de rubio y
vestir a la última moda. Ni siquiera aunque tuvieses un novio guapetón que te
esperase con su cochazo a la salida del instituto.
El curso anterior, una de las chicas de mi grupito se había echado novio.
Era menuda y callada, bastante anodina, muy tímida y muy buena. Se portaba
muy bien en clase y en ocasiones sacaba incluso mejores notas que yo.
Tampoco tenía demasiadas amigas fuera de allí y no salía demasiado de casa,
pero sus padres tenían un bar y gracias a ello conocía a gente, y había

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empezado a salir con un chico que iba bastante por allí con sus amigos. El
chico en cuestión tenía dieciocho años y venía de vez en cuando a recogerla
en su Vespino. Para las populares aquello era divertidísimo. Les parecía muy
gracioso que una chica tan normalita, tan mosquita muerta, tuviese novio, y
aún les pareció más gracioso cuando le vieron en persona, uno de los días que
el chico fue a recogerla. Estuvieron poniéndolo de vuelta y media,
deliberando sobre lo feo que era, que tenía la cara llena de granos, y que no
era de extrañar que se hubiese puesto a salir con ella, porque eran igual de
pringados, tal para cual. A mí me dio mucha rabia, incluso aunque no tuviese
nada que ver en la cuestión. Me enfurecía el modo en que ellas se creían con
el derecho de juzgarlo todo y a todos, como si fuesen las dueñas de la verdad
absoluta, como si fuesen las únicas que pudiesen disfrutar del privilegio de ser
felices, pasarlo bien y tener un novio que las quisiera.
Ahora, el blanco de su diversión era yo. Que yo tuviese novio (porque
para ellas estaba claro que lo tenía) era también muy gracioso. Y que mi
novio fuese un tipo con el pelo largo (es decir, un peludo asqueroso, según
ellas) añadía todavía más diversión. Y yo casi me hubiese reído de lo absurdo
de la situación, pero cuando soltaban algunas de sus gracias, y no
precisamente en voz baja, cuando nos veían en la cafetería a Toni y a mí, no
podía evitar sentirme incómoda. Estaba claro que aquello no tenía nada que
ver conmigo, y estaba claro también que para él mis estúpidas compañeras de
clase eran igual de estúpidas que para mí, pero me resultaba embarazoso tener
delante a tanta gente que daba por hecho que él era mi novio, y a la que no le
importaba hacer todos los comentarios que fuesen necesarios, cuando estaba
claro que no lo era, que ni siquiera estaba en camino de serlo. Me preguntaba
si él pensaría, si se le ocurriría pensar alguna vez, que todas creían eso porque
yo había declarado algo sobre él que pudiese dar lugar a equívocos. Quería
que tuviese claro que yo no era en absoluto responsable de nada de lo que
decían, pero para eso tenía que sacar el tema, y tampoco me atrevía a hacerlo.
Sin embargo, fue él de nuevo quien dio el primer paso. Estábamos como
de costumbre en la cafetería, y acababan de pasar por nuestro lado tres de las
chicas más populares, y más impertinentes, de mi clase. Cuchichearon algo
sobre “mi novio”, el peludo. Yo intenté hacer como si no me hubiese dado
cuenta, mientras abría el envase que contenía la gigantesca caña de chocolate
que acababa de comprarme.
—Qué pesadas son las tías de tu clase —dijo él.
Yo le miré con sorpresa. Era la primera vez que se refería a ellas, aunque
no era ni mucho menos la primera vez que soltaban una tontería en nuestra

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presencia.
—Ya te digo —respondí, y añadí unos segundos después—. Ya sabes, son
las típicas que piensan que es imposible que un tío y una tía se lleven bien y
no estén liados.
Él soltó una risita irónica.
—Mucha gente piensa así —afirmó.
Comencé a ponerme un poco nerviosa. El hecho de que, por primera vez,
estuviésemos hablando, no ya de lo que había entre nosotros, porque no había
nada, sino simplemente de lo que los demás pensaban que había, me resultaba
incómodo.
—En el caso de estas, no es para reprochárselo —señalé—. Llevan desde
los doce años liándose con todo tío que se les acerca, es normal que piensen
que es imposible tener otro tipo de relación.
Él rio, esta vez abiertamente. Me encantaba su risa.
—Si te digo la verdad —dijo, mientras rebuscaba en los cien mil bolsillos
de su chupa de cuero en busca del mechero para encenderse un cigarro—,
creo que nunca he tenido una buena amiga con la que no haya terminado
liándome.
Yo le miré con perplejidad. Al margen de la cierta arrogancia que llevaba
implícita el comentario, yo me puse todavía más nerviosa. No sabía hasta qué
punto eso era cierto o no, aunque no había ningún motivo para que me
estuviese mintiendo. Pero aquello, o al menos así me parecía, sí suponía una
referencia más directa a lo que él y yo teníamos, fuese lo que fuese. Porque lo
que estaba claro era que éramos amigos, yo era su amiga, y ese modo de
referirse a sus amigas, a lo que había sucedido con todas ellas, podía de algún
modo estar incluyéndome a mí, a sus intenciones conmigo. O tal vez no. De
momento no tenía modo de saberlo.
—Entonces les das la razón —respondí, y di un enorme mordisco a la
caña de chocolate para no tener que añadir nada más.
Él dio una profunda calada a su cigarro.
—No, no es eso. No sé.
Con aquella respuesta no se estaba mojando en absoluto, y aquello me
puso aún más nerviosa, pero me quedé callada porque no sabía qué decir. No
tenía ni idea de qué hacer, de cómo comportarme, para que él fuese más
explícito, para que quedase claro de algún modo lo que había querido decir, lo
que pensaba de mí, en qué lugar quedaba nuestra amistad después de haberme
contado que se liaba con todas sus amigas.

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En aquellos momentos la sirena comenzó a aullar. Yo engullí el último
bocado de mi caña de chocolate y me puse de pie. Ya estaba a punto de
despedirme y de correr hacia mi clase, cuando él dijo:
—Oye, ¿quieres quedar el viernes?

Por supuesto, le dije que sí, y aquel viernes por la noche fue la primera vez
que nos vimos fuera del entorno gris y hostil del instituto.
Aunque Toni y yo tan solo éramos amigos (por mucho que yo tuviese
esperanzas de que fuésemos algo más), se trataba de la primera vez que
quedaba con un chico en plan casi-cita, es decir, a solas con él, y mi padre no
tardó en mostrarse receloso. Mi madre y mi tía Susana, sin embargo, estaban
entusiasmadas, y ya no porque se alegrasen de que el chico que me gustaba
me hiciese más caso, sino porque tener planes propios no era nada habitual en
mí.
Aquella noche vino a recogerme a casa con su moto. Era ya tarde, porque
los viernes y sábados por la noche trabajaba de repartidor en una pizzería para
sacarse algo de dinero. Yo estaba tan histérica preguntándome si cambiaría de
idea, considerando que, bien mirado, se trataba de una estupidez quedar
conmigo, y si no decidiría dejarme tirada (para mi terrible humillación y
escarnio por parte de toda mi familia, que se vería obligada a enfrentarse a la
total evidencia de que yo era una pringada, mucho más de lo que ellos
pudiesen imaginarse), que bajé a esperarle a la puerta de casa ridículamente
pronto, casi veinte minutos antes de la hora a la que habíamos quedado. Hacía
bastante frío, y para cuando llegó yo ya estaba a punto de convertirme en un
témpano de hielo.
—No hacía falta que bajases, pensaba llamar al timbre —dijo, después de
quitarse el casco.
Estaba terriblemente sexy. Llevaba la chupa de cuero de las cien mil
cremalleras, con el cuello subido para guarecerse del frío, sus vaqueros
destrozados y unas botas New Rock bastante aparatosas, que no le había visto
en el instituto. Llevaba la melena suelta, y algunos mechones ondeaban al
viento nocturno.
—No te preocupes, si acabo de bajar —mentí—. Sabía que estarías al
caer.
—Venga, sube.
Atravesamos la ciudad dirigiéndonos al pub heavy donde él solía quedar
con sus amigos. Yo me congelaba de frío y me abrazaba a él como si me

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fuese la vida en ello, porque era la primera vez que subía a una moto. Era
emocionante, y me encantaba tener una excusa para estar tan cerca de él, para
poder establecer contacto físico al fin.
El pub era pequeño y oscuro, y estaba tan cargado de humo que la densa
niebla que lo llenaba casi podría haberse cortado con un cuchillo. No se me
ocurría ninguna razón para considerar que aquel sitio estuviese guay, pero
claro, a mí no me entusiasmaba el heavy, ni me gustaba beber cerveza. Sin
embargo, en aquellos momentos me daba igual. Habría ido a cualquier sitio
con él.
Estuvimos solos toda la noche, exceptuando un momento en el que
aparecieron un par de amigos suyos que se quedaron un rato hablando con
nosotros. No era demasiado cómodo hablar allí, porque la música estaba
altísima, pero aun así no guardamos silencio en toda la noche. Lo pasé bien, y
me encontraba eufórica cuando llegué a casa, a pesar de que no sucediese
nada romántico ni trascendental.

Fue la primera vez que quedamos, pero no la última. A partir de esa noche,
comenzamos a vernos con frecuencia los fines de semana, y llegó un
momento en que se hizo extraño que no saliésemos como mínimo uno de los
días, o viernes o sábado. Además, no quedábamos solo para tomar algo por la
noche. También nos veíamos por las tardes: íbamos a tiendas de discos, al
local donde él ensayaba con su grupo (tocaba el bajo), o simplemente
dábamos vueltas por la ciudad, hablando de música, de pelis, de lo mismo que
solíamos hablar cuando estábamos juntos en los recreos. Resultaba evidente
que cada vez estábamos más unidos, aunque en ningún momento observé en
él ningún comportamiento extraño, nada delator, nada que pudiese hacerme
pensar que yo le gustaba. Pero, por otro lado, era absurdo no considerar la
posibilidad, porque se le veía cómodo conmigo, y, además, siempre era él
quien proponía quedar. Yo no tenía ni mucho menos la suficiente confianza
en su interés como para preguntárselo, y siempre tenía miedo de que dijese
que no. Conocí a bastantes de sus amigos, con los que empecé a llevarme
muy bien, y también a algunas de sus amigas, y no podía evitar preguntarme
si se trataba de las amigas con las que él se había liado. Nunca mencionaba
nada sobre chicas, no parecía estar interesado en nadie en particular, ni
observé ninguna actitud comprometida con ninguna de ellas. Eso, a mi
entender, podía significar dos cosas: que en efecto no le gustaba ninguna
chica en aquellos momentos, o bien que la chica que le gustaba era yo, y por

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eso no mostraba interés en nadie más. Yo me inclinaba más por la primera
opción, me costaba todavía pensar que pudiese gustarle.
Para mi madre, a la que le hablaba a veces de cómo iban las cosas con
Toni, le parecía que estaba claro que yo le gustaba, y que tan solo era cuestión
de tiempo que se pronunciase al respecto. Pero Susana, sin embargo, a pesar
de que para ella también se trataba de una opción posible, me decía que
tuviese cuidado, que los tíos eran especialistas en comportarse de modo
incoherente, y que ella misma, cuando tenía mi edad (e incluso mucho más
tarde), había sufrido muchos desengaños con chicos que parecían beber los
vientos por ella y luego nada. A mí, aunque los consejos de Susana siempre
me parecían muy sabios, me molestaban un poco sus palabras. Me parecía
que Toni era encantador y que resultaba imposible que pudiese tener una cara
oculta. No confiaba en gustarle, pero tampoco pensaba que tuviese malas
intenciones, o que pudiese llegar a hacerme daño, al menos de un modo
intencionado. Si no llegaba a surgir nada entre nosotros, sería porque no tenía
que suceder y punto, pero no porque él fuese un mal tipo. Curiosamente, en
aquellos días me inclinaba más a confiar en la palabra de mi madre, porque
decía más lo que yo quería escuchar.
Pero al final, cuando parecía que las cosas jamás evolucionarían entre
nosotros, evolucionaron. Aunque no fue para bien.

Era sábado, y estábamos de nuevo en el pub heavy. Habíamos quedado con un


par de amigos de Toni y una de sus amigas, que me caía muy bien. Ya eran
casi las tres de la mañana, y estaban a punto de cerrar. Él estaba bastante
borracho. Yo no lo estaba en absoluto. Por aquel entonces, mi posición
respecto al consumo de alcohol resultaba bastante más radical de lo que fue
algún tiempo después: yo nunca bebía. Y, en realidad, si no lo hacía no era
porque no me gustase. A mis padres siempre les había gustado el buen vino, y
yo estaba acostumbrada a beber alguna copa de vez en cuando en casa.
También bebía cava en las celebraciones y algún chupito de licor en las
eternas sobremesas de los domingos en casa. Pero eso era todo: bebía en casa
y en cantidades mínimas. Nunca había bebido lo suficiente como para coger
una borrachera, y no tenía ningún interés en hacerlo. No me gustaba todo lo
que el alcohol podía cambiar de las personas, incluso aunque muchos de esos
efectos fuesen considerados como algo guay por la mayor parte de la
humanidad. De hecho, yo era timidísima, y el alcohol tal vez me habría
ayudado a ser un poco más desinhibida y a ganar confianza en mí misma,

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pero yo no quería parecer lo que no era, quería ser yo misma y que la gente
me valorase como tal. Además, me daba la impresión de que todas las
personas geniales se volvían menos interesantes cuando estaban borrachas.
Desde mi punto de vista, a Toni le ocurría. Me parecía una persona fascinante
con la que podía hablar de cualquier cosa, y cuando se emborrachaba parecía
perder la mitad de sus neuronas y quedarse solo en la absurda capacidad de
reírse de todo. Le prefería con creces cuando estaba sobrio. Obviamente, yo
no le había dicho nada al respecto, porque a los quince años pronunciar
cualquier queja relativa al alcohol, o a los porros, suponía ser tomada de
inmediato por una niña pequeña y quejica.
Cerraron el pub, y salimos a la helada noche. Él tenía que llevarme a casa,
aunque yo dudaba bastante de que fuese capaz de conducir en línea recta.
—Oye, estaba pensando en ir un rato al local —dijo él de pronto.
Supe que se refería al local de ensayo. Nos encontrábamos tan solo a un
par de manzanas de distancia.
—¿Ahora? —pregunté, aunque me imaginaba por dónde iban los tiros.
—Sí, es que voy cieguísimo, y me molaría esperar un ratillo antes de
llevarte a casa. Allí podemos quedarnos un rato sin congelarnos.
Yo no tenía ninguna razón para pensar que quisiese ir allí por algún otro
motivo, porque en efecto iba muy ciego. Lo de esperar un rato a que se le
pasase antes de coger la moto me parecía una decisión bastante prudente. Pero
mis padres sabían que el pub cerraba a las tres y que yo solía llegar a casa
poco después, y me imaginaba que se preocuparían, o directamente se
enfadarían, si llegaba tarde.
—Ok —accedí.
Y no, no le dije nada más. No le dije que me parecía bien que no cogiese
la moto, pero que yo tenía que irme y que si eso buscaba un taxi. Le dije que
vale, y se lo dije porque la posibilidad de estar más rato con él, de estar con él
a solas, me parecía más interesante e importante que cualquier otra cosa.
Entramos en el local. Él me había ido comentando por el camino que no
era la primera vez que se acercaba allí después de estar de fiesta, porque le
parecía un sitio agradable donde descansar y esperar a que se le pasase la
borrachera. De hecho, parecía que incluso a aquellas horas no era del todo
extraño encontrarse con alguna banda ensayando. Aquella madrugada, a
juzgar por el silencio reinante, no había un alma. Entramos en la sala común,
una estancia amplia con las paredes totalmente repletas de pósteres sacados de
revistas heavies y tres sofás enormes y desvencijados con una mesita de
centro en medio. Él sacó un Aquarius de la máquina de bebidas y una bolsa

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de cacahuetes de la máquina de snacks. Luego nos sentamos en uno de los
sofás. Él más bien se desplomó.
—¿Se enfadarán mucho tus padres por eso de llegar más tarde? —
preguntó, abriendo la bolsa de cacahuetes.
—Nah —mentí.
Él me miró, incrédulo.
—Bueno, vale, sí —rectifiqué—. Pero, bueno, no pasa nada.
—Lo siento, tía. Pero es que realmente ahora no puedo conducir. Me he
pasado un huevo esta noche.
Yo le miré, ahí desplomado en el sofá, con la mirada turbia perdida en
algún punto inalcanzable, y solté una risita.
—No deberías beber tanto —dije.
Me arrepentí en el acto. Yo no era nadie para decirle algo así. Incluso
aunque él tuviese que llevarme a casa. Al menos eso pensaba en aquellos
momentos. Esta vez fue él quien soltó una risa irónica.
—Sí, ya —respondió—. Y tal vez tú deberías de beber algo.
Esta vez me reí con ganas, y no porque el comentario me pareciese
gracioso, sino porque me extrañaba que no me lo hubiese dicho antes.
—¿Y eso por qué?
—Porque no bebes nada, tía. Eres la única persona que conozco que no
bebe nada de nada cuando sale.
Yo me encogí de hombros, mientras él me miraba de modo interrogante.
—No me gusta, eso es todo —dije.
—Tampoco es que tengas que hacerlo siempre. Pero de vez en cuando es
divertido. ¿Es que tú nunca pierdes el control, o qué?
Justo en aquellos momentos pensé que, de seguir por ese camino, la
conversación terminaría por volverse de lo más incómoda. No era la primera
vez que me hablaban así, como si fuese una tía aburrida o aguafiestas por no
beber, por no fumar, por no hacer lo que hacía todo el mundo de mi edad.
Pero nunca había tenido ese tipo de conversación con Toni. Hasta el
momento, él había bebido lo que le había dado la gana, y yo no había bebido
más que Coca-Cola, y nunca había pensado que le importase. De hecho, me
encantaba que nunca hubiese sacado el tema. Y no me apetecía en absoluto
embarcarme en una interminable explicación acerca de por qué no me gustaba
beber, y por qué no me parecía atractiva la idea de perder el control, de hacer
cosas que no haría estando sobria.
Estaba claro que iba muy borracho. Deseé que se le pasase pronto y dejase
de decir tonterías. No quería que la noche acabase siendo un desastre, y se

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convertiría exactamente en eso si además de estar ganándome una bronca de
mis padres, él seguía tocándome las narices.
—Lo dices como si perder el control fuese algo genial —repliqué, con
más ironía de lo que había pretendido.
Él se incorporó un poco, apoyándose de lado en el sofá y mirándome
fijamente. Yo no le devolví la mirada.
—Bueno, a veces sí es algo genial —afirmó.
Yo no dije nada. Esperaba que se cansase del tema si yo no le daba
cancha.
—Deberías probarlo —continuó.
Aquello ya me molestó de verdad. Me giré y le miré a los ojos.
—A ver, tío, yo hago lo que me da la gana, y punto —le espeté—. Y deja
de hablarme como si fuese la típica niña buena.
Estaba más enfadada de lo que yo misma había advertido.
—¿No lo eres? —preguntó él, esbozando una media sonrisa que me sacó
de quicio.
En aquellos momentos ya no sabía si hablaba en serio o si seguía con el
tema solo para fastidiarme, pero en cualquier caso su actitud me molestó de
igual forma. Me repateaba que al final hubiese caído en ello, en pensar que yo
era un rollo por no hacer lo que hacía todo el mundo. Y me repateaba,
sobretodo, porque se trataba de él.
—No, no lo soy —respondí fríamente, devolviéndole la mirada.
—Pues demuéstramelo.
Y entonces, antes de que yo pudiese siquiera hacerme una idea de lo que
pensaba hacer, me besó. Y lo hizo con una fuerza que resultaba abrumadora.
Una de sus manos me aferró por la cintura, y la otra me tomó por el cuello,
atrayéndome hacia él.
Así que ahí estaba por fin. Me había preguntado infinidad de veces cómo
sería mi primer beso, cómo sería el chico con el que compartiese ese
momento. Ya no tendría que seguir preguntándomelo. Y puede que no fuese
del todo maravilloso, pues él estaba borracho, y su boca sabía a tabaco y a
cerveza, y me besaba tal vez con demasiada fuerza, y su lengua se abría paso
en mi boca de un modo que podría calificarse de muchas maneras pero desde
luego no de bonito o romántico. Pero aun así todo mi cuerpo temblaba y se
estremecía, porque era él, era Toni, que me parecía guapísimo con sus ojos
pequeños y su nariz aguileña y sus dientes torcidos, Toni que me parecía
genial y encantador incluso aunque tan solo cinco minutos antes me estuviese
sacando de quicio, Toni que siempre se mostraba tan terriblemente sexy con

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su melena suelta y su aspecto de chico malo. Y yo le gustaba. Le gustaba de
verdad.
No sé cuánto tiempo estuvimos así. Podrían haber sido cinco minutos o
mil años, porque había perdido totalmente la noción del tiempo y de la
realidad. Él se separó al fin, y volvió a apoyarse en el respaldo del sofá, y
situó de nuevo su mirada a kilómetros de distancia. Yo no sabía muy bien qué
decir. Ni siquiera sabía si tenía que decir algo. El corazón me latía a toda
velocidad.
De pronto, él se giró y me miró. Sus ojos se mostraban turbios, tal vez
más turbios que antes.
—¿Es la primera vez que te besas con alguien? —preguntó.
Yo le miré con incredulidad. Por supuesto que era la primera vez que me
besaba con alguien, pero nunca me habría imaginado que fuese a notarse
tanto. Ni que eso pudiese importarle. De todos modos, sentí cómo me
ruborizaba.
—Claro que no —respondí, como si la pregunta me pareciese estúpida.
Podría haberle dicho que sí, que era la primera vez, y si había algún
problema con ello. Pero tal y como lo había preguntado parecía tratarse de
algo horrible y vergonzoso. Me sentí fatal, lo que resultó todavía peor en
comparación con la euforia de momentos antes. Él se había metido conmigo
por no beber, y ahora, incluso aunque no añadiese nada más, se acababa de
meter conmigo por no haberme liado antes con nadie. No podía creer que
aquello fuese tan importante para él.
—Sí que lo es —replicó, soltando una risita—. ¿Tienes quince años y
nunca te habías besado con nadie?
Sentí cómo la furia crecía en mi interior. Aquella situación me parecía tan
ridícula, tan absurda, que casi no podía soportarlo.
—Bueno, ¿y qué si lo es? —pregunté, exasperada.
Él soltó otra risita, y acto seguido se puso de pie. Yo observé perpleja
cómo se enfundaba su chupa de cuero.
—Venga, vámonos. Tus padres te matarán como se haga más tarde.
Me abracé a él en la moto mientras me llevaba a casa, y mientras me
cortaba el viento frío de la madrugada. Sin embargo, ya no le sentía cercano
como le había sentido en otras ocasiones. Y no podía entender, me sentía
totalmente incapaz de comprender, qué se suponía que había salido mal, por
qué en tan corto espacio de tiempo había pasado de tener sus labios sobre los
míos a sentir que no le conocía, que no le conocía en absoluto.

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Mis padres se enfadaron conmigo, y con razón. Y yo pasé todo el domingo
esperando una llamada de Toni, alguna explicación, por vaga que fuese, que
pudiese darle algo de sentido a todo lo que había sucedido la noche anterior.
Pero esa llamada no llegó.
El lunes, a la hora del recreo, le esperé en la cafetería, en la mesa que
siempre solíamos ocupar, pero no apareció. Tampoco el martes, ni el
miércoles. Intenté llamarle, pero él no respondía a las llamadas. Yo estaba
histérica. ¿Qué demonios había ocurrido? Todo me parecía tan
incomprensible, tan absurdo, que rozaba lo grotesco. ¿Qué me había perdido?
Estaba triste, decepcionada, me sentía traicionada incluso sin saber qué
pensaba él, o si en algún momento hablaríamos de ello. Pero, ante todo,
estaba furiosa.
Para colmo, las gracias de mis compañeras no tardaron en llegar. “¿Te has
peleado con el peludo?”, y risitas, muchas risitas. Habría querido desaparecer.
No fue hasta el viernes cuando volví a verle. Y fue en la cafetería, pero no
parecía estar buscándome. De hecho, tuve que interceptarle cuando se dirigía
a la barra.
—Eh, hola —dijo, como si nada, cuando aparecí a su lado.
Aquello me enfureció más todavía.
—¿Dónde te has metido toda la semana? —le espeté.
Lo dije en voz alta, y entonces ya me dio igual que lo oyesen todos, que
mis compañeras tuviesen todavía más material sobre el que cotillear.
—Supongo que tendrás una interesante explicación que ofrecerme —
continué, sin dejarle hablar.
Mis palabras destilaban veneno, y me sorprendí a mí misma por la fuerza
que irradiaban. La furia me daba una seguridad que nunca hasta ahora había
experimentado. Él me miró en silencio durante unos segundos, y luego
suspiró.
—Voy a pillarme algo y ahora hablamos —dijo.
Esperé allí de pie mientras él se compraba un paquete de Donuts de
chocolate. Luego fuimos a la mesa, la que ocupábamos siempre. Él dejó
encima el paquete de Donuts y comenzó a buscar el tabaco y el mechero en
los bolsillos de su chupa.
—¿Y bien? —pregunté, un tanto exasperada.
Él se encendió el cigarro y dio una profunda calada, mientras su mirada se
situaba lejos de mí y de todo lo que nos rodeaba. Luego, al fin, me miró.
—A ver —comenzó—, creo que lo que pasó el sábado fue un error, eso es
todo.

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Aquel comentario me dolería más después, ya en casa, cuando
rememorase la situación una y otra vez. Supongo que, en realidad, durante
todos los días que no había sabido nada de él había estado albergando la
absurda esperanza de que existiese alguna explicación lógica a su silencio,
alguna explicación que no fuese aquella. Sin embargo, en aquellos momentos,
más que entristecerme, sus palabras me pusieron furiosa. Me entraron ganas
de pegarle.
—Eso es todo, ¿no? Por eso decides que lo mejor es pasar de mí y no dar
la cara. Pues ya podrías haberte dado cuenta antes de que no te gusto —
repliqué, levantando la voz—. Te recuerdo que fuiste tú el que me besaste.
Estaba segura de que si apartaba la mirada de él y echaba un vistazo
alrededor me encontraría decenas de pares de ojos clavados en nosotros. Pero
me daba igual. No podía quedarme callada, aceptando sus palabras sin más.
Él me miraba, insultantemente tranquilo.
—Lore —dijo—, no se trata de que no me gustes.
Aquello me dejó sin habla. Nunca habría imaginado que iría por ese
camino, que de algún modo afirmaría que yo sí le gustaba. Me parecía una
posibilidad demasiado remota teniendo en cuenta cual había sido su
comportamiento durante toda la semana. Y que terminase de afirmar que lo
del sábado había sido un error no se trataba precisamente de la forma más
bonita de dejar clara su presunta atracción hacia mí. Me sentí más furiosa
todavía.
—¿Y entonces? —pregunté, dirigiéndole una mirada asesina.
Se me ocurrieron un montón de posibles respuestas. Que me había besado
porque yo le gustaba, pero no quería seguir adelante para no perder nuestra
amistad. Que yo le gustaba pero le gustaba más otra chica, y que era esa chica
con la que quería algo, y no conmigo. Que tenía novia, una novia que había
sido invisible hasta el momento. Que me amaba desesperadamente pero debía
abandonar el país en breve, y no podría volver a verme jamás, y por lo tanto
lo nuestro resultaba totalmente inviable.
Pero no dijo nada de eso.
—Mira, tía, no quiero hacerte daño —dijo, mirándome a los ojos—. Pero
ahora mismo no me interesa una relación de paseos románticos los sábados
por la tarde y besitos castos al llegar a casa.
Yo me quedé sin habla, mirándole con incredulidad, y él se puso de pie,
cogió su paquete de Donuts y salió de la cafetería.
Y aquella fue la última conversación más o menos civilizada que
mantuvimos Toni y yo.

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No sé cómo conseguí asistir a las clases que me quedaban aquella mañana,


cómo logré presentar los deberes y hacer caso a los profesores. Y, sobre todo,
no sé cómo aguanté lo bien que se lo estuvieron pasando las populares a mi
costa.
Llegué a casa a la hora de la comida, y mi madre supo que había pasado
algo nada más verme. Yo no le había contado lo que había pasado el sábado,
entre otras cosas porque ella bastante tenía con haberse preocupado por lo
tarde que había llegado a casa. De hecho, había intentado no hablar para nada
de Toni y de cómo me iba con él, pero a ella no le había costado mucho darse
cuenta de que la cosa no marchaba bien, porque me veía deambular por casa
furiosa y taciturna, y llamar insistentemente a alguien que no me cogía el
teléfono. Durante toda la semana me había preguntado varias veces qué me
pasaba, qué me había pasado con Toni, pero yo no había querido contarle
nada. Mi madre estaba convencida de que yo le gustaba a Toni, y de que todo
iba a salir bien, y creo que me avergonzaba en cierto modo tener que contarle
que no era así, que la cosa no iba bien. Tampoco a Susana había querido
contarle nada, y había evitado verla demasiado durante toda la semana. En su
caso, tampoco me apetecía reconocer mi fracaso, y con ella con más motivo
aún, ya que me había aconsejado que tuviese cuidado y que no me confiase.
—¿Estás bien, cariño? —me preguntó mi madre.
Yo me había sentado a la mesa, frente al plato de espaguetis con queso,
pero me sentía incapaz de probar bocado. Hundía el tenedor una y otra vez en
el plato, enredando los espaguetis pero sin llevarme nada a la boca.
—No tengo hambre —susurré, sin mirarla a la cara.
Ella suspiró.
—A ver, ¿qué ha pasado con Toni? ¿Vas a contármelo de una vez?
Yo levanté la vista del plato y la miré, considerando que había sido
bastante estúpida para pensar que podría ocultarle el disgusto a mi madre, que
poseía, como la inmensa mayoría de las madres, un sexto sentido para saber
en todo momento si me pasaba algo o no.

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—No ha pasado absolutamente nada con Toni. ¿Es que es el centro del
universo o qué? —respondí de golpe.
Sentí que si decía algo más se me quebraría la voz, y no quería echarme a
llorar ahí mismo, delante de mi madre, y tener que contarle toda la tragedia de
modo atropellado y dramático. Así que hice lo único que se me ocurrió en
aquellos momentos: huir. Me levanté de la mesa, llevé el plato de espaguetis,
intacto, a la cocina, y me encerré en mi cuarto.
A los pocos minutos, después de oír a mi madre llamándome desde fuera,
en absoluto dispuesta a darse por vencida, y menos ahora que ya resultaba
totalmente obvio que yo estaba mal, y que era por culpa de Toni, me di cuenta
de que no podía quedarme allí. Cogí la chaqueta, salí de mi cuarto y le dije a
mi madre que me iba a dar una vuelta. Y ella debió entender que en aquel
preciso momento no habría modo humano de que yo le contase nada, porque
no insistió y me dejó marchar.
Me dirigí a casa de Susana, por supuesto. Era la única persona a la que me
apetecía ver, por mucho que casi la hubiese evitado durante toda la semana. Y
no se trataba de que no confiase en mi madre. Pero mi madre era mi madre, y
para mí Susana era algo así como una amiga. Con mi madre no hablaba tan de
igual a igual. Sabía que se preocuparía muchísimo por mí, pero pensaba que
no sería del todo capaz de ponerse en mi lugar. Me diría que Toni me había
demostrado ser un sinvergüenza, y que no debía perder el tiempo sufriendo
por alguien así, porque yo era mucho mejor. Pero todo eso ya lo sabía. Lo
sabía y también sabía que no me iba a servir de nada.
Tenía llaves de casa de Susana, pero una vez estuve delante de la puerta,
en el último piso del edificio, llamé al timbre. Sabía que a esas horas ella solía
estar en casa, pero no la había avisado de que iba a ir, y me sabía mal cogerla
en mal momento. Además, ella salía con un chico desde hacía unos meses, y
suponía que si entraba con mi propia llave podría pillarles en un sinfín de
situaciones comprometidas.
De hecho, fue él quien abrió la puerta.
—Eh, hola, guapa —dijo.
Ya nos conocíamos. Se llamaba Diego, tenía treinta y pocos años, y me
parecía bastante guapo. Tenía el pelo castaño claro, largo hasta los hombros,
un montón de tatuajes y piercings por todas partes. Trabajaba de diseñador
gráfico y también pintaba cuadros. Era el típico tío que a mi madre le habría
parecido terrorífico en caso de que yo me hubiese puesto a salir con él, y me
parecía genial que Susana continuase negándose a salir con hombres serios y

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aburridos, de esos que toda la familia habría considerado buenos partidos. Me
caía bien, y parecía que era recíproco, porque siempre era muy majo conmigo.
—Hola —musité, un tanto avergonzada por haber aparecido sin avisar—.
¿Está Susana?
—Sí, claro.
Él se apartó para dejarme entrar, y exclamó hacia el interior de la casa:
Nena, está aquí Lore. Me arrepentí en el acto de haber ido hasta allí.
Seguramente les había molestado, y, además, no me parecía muy buena idea
venirme abajo con todo el rollo de Toni estando Diego presente. Susana
apareció por el pasillo.
—Lore, no te esperaba.
No parecía molesta, aunque yo me sentí culpable de todas formas.
—Ya, es que…
—¿Estás bien?
Ella también se acababa de dar cuenta de que algo andaba mal. Se quedó
mirándome fijamente a los ojos, con preocupación. Y entonces ya fue
demasiado tarde. Se me agolparon las lágrimas en los ojos, todas las lágrimas
que había venido conteniendo desde por la mañana, tras la conversación con
Toni. Me eché a llorar allí mismo, sintiéndome estúpida y ridícula,
muriéndome de vergüenza. Ella se acercó a mí y me abrazó, sin decir palabra.

—Ese tío es un desgraciado —soltó Susana, tras escuchar mi relato de los


hechos.
Entre llantos e hipidos le había contado con todo lujo de detalles lo
sucedido el sábado por la noche, y lo surrealista del encuentro con Toni
durante el recreo. Nos habíamos encerrado en el dormitorio de Susana,
mientras su comprensivo novio, que parecía preocupado de verdad por lo que
fuese que me había pasado, se quedaba en el comedor.
—¿Por qué no me habías contado lo del sábado? —preguntó ella.
Teniendo en cuenta que siempre se lo contaba todo, su sorpresa era más
que comprensible. Me sentí culpable de nuevo.
—No sé, me sentía tonta —respondí, sin más—. Tú me habías dicho que
no me fiase demasiado de él, y al final… No sé, me he equivocado.
—Pero, peque, todos nos equivocamos. Y, además, tal y como ha pasado
todo, creo que no tenías opción. No podrías haberlo evitado.
En eso tenía razón, aunque yo en aquellos momentos fuese incapaz de
verlo. Yo no me había precipitado con él. No había dicho o hecho nada de lo

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que tuviese que arrepentirme. Él me gustaba, o me había gustado, lo
suficiente como para desear ardientemente que pasase algo más, pero nunca
me habría atrevido a dar ningún paso. Era él el que me había besado, tal y
como yo misma le había reprochado en la cafetería. Y, de hecho, lo más
indignante de todo residía ahí: resultaba totalmente estúpido e incomprensible
que lo hiciese si en verdad no quería hacerlo. De no haber sucedido nada
aquella noche seguramente habríamos continuado siendo amigos, y yo habría
asumido que nunca pasaría nada más, y al final me habría fijado en algún otro
chico y Toni habría seguido siendo un buen colega. El único colega de verdad
que había tenido en el instituto hasta la fecha.
—Todo iba genial… —susurré—. No sé qué demonios le ha pasado por la
cabeza, por qué se comporta así…
En realidad, aunque me pareciese absurdo, sí sabía lo que se le había
pasado por la cabeza. Él había relacionado las dos cosas sobre las que se
había metido conmigo el sábado con lo que podría ser nuestra hipotética
futura relación. Se había hecho a la idea, sin ni siquiera darme la oportunidad
de demostrarle que no sería así, de que una relación conmigo resultaría
aburrida e insulsa solo porque yo, con quince años, no bebía ni me había liado
antes con nadie. Eso, en su idioma, al igual que en el de muchísimas personas,
significaba que era una especie de niña remilgada y estrecha, y él no tenía
ningún interés en tener nada con alguien así. Él, que era un chico malo y
rebelde. Lo peor de todo, lo más asqueroso de todo el asunto, era que él había
optado por hacer caso a sus propios prejuicios en lugar de a las evidencias que
había podido observar en mí. Porque a estas alturas habíamos hablado
muchísimo, y habíamos salido no una ni dos veces, sino muchas, y había
quedado claro que encajábamos muy bien.
Yo intentaba explicárselo a Susana, explicarle lo inexplicable.
—Mira, Lore —dijo ella—, hace días, cuando me contabas cómo te iba
todo con él, y te preguntabas si le gustabas y eso… Cuando yo te decía que
tuvieses cuidado, te lo decía más que nada por una cosa. Los tíos, algunos
más que otros, pero básicamente todos ellos, piensan más con la polla que con
la cabeza. Es así, y más aún cuanto más jovencitos son. Yo creo que Toni
sabe que eres una tía guay, y seguro que se lo ha pasado genial contigo todas
y cada una de las veces que habéis quedado. Pero para él, la supuesta
amenaza de que una relación contigo pueda ser… casta, es decir, sin
perversión ni sexo desenfrenado, le hace querer huir. No creo que haya más
explicación.

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Tenía razón. Acababa de resumir lo que yo también pensaba que había
pasado.
—Pero la cuestión es, ¿quién narices le ha dicho que nuestra relación sería
casta? —pregunté, indignada.
Me alegraba de haber decidido hablar con Susana, ya que algo así jamás
se lo habría podido decir a mi madre.
Yo tenía quince años, y en efecto nunca me había liado con nadie hasta
que a Toni se le ocurrió la absoluta estupidez de besarme. Pero yo no me
consideraba ni mucho menos una niña inocente. Bueno, lo era más de lo que
yo misma pensaba, pues al fin y al cabo ahí estaba, llorando por el
rompecorazones de turno que me había hecho ilusionarme para después tener
que estrellarme contra el suelo. Pero no guardaba ningún tipo de recelo hacia
la conservación de la pureza y esas cosas. No pensaba que conservar o perder
la virginidad fuese algo tan trascendente como siempre nos hacían creer, y no
me costaba demasiado imaginar que, de haber tenido una relación con Toni,
habría llegado mucho más lejos con él sin demasiadas contemplaciones ni
sentimientos de culpabilidad. Es decir, para mí, ser virgen o no, o haber salido
con muchos chicos o no, era algo que dependía más de las circunstancias, y
no de las ideas que se tuviesen al respecto. Y había chicas de mi edad, en mi
clase, que ya habían hecho de todo, y chicas que, como yo, apenas habían
tenido contacto comprometido con nadie, pero no consideraba que las
primeras fuesen todas unas guarras (otra cosa es que muchas de ellas lo
fuesen en efecto, saliendo con dos o tres tíos a la vez, por ejemplo), o que las
segundas fuésemos todas unas niñas inocentes. Simplemente habíamos
pasado por vivencias muy diferentes debido a circunstancias que, en la mayor
parte de los casos, ni habíamos elegido ni estaba en nuestra mano cambiar.
Para mí, en realidad, si pensaba en todas esas compañeras de clase que
con quince años ya habían tenido más novios que muchas mujeres a lo largo
de toda su vida, lo que me resultaba más complicado de entender era la
necesidad que parecían sentir al respecto. Yo me había enamorado de Toni (y
ahora veía que así era, que me había enamorado de verdad, porque todo lo
sucedido me dolía mucho más de lo que habría podido esperarme) y, por
supuesto, había querido tener algo con él, y habría hecho muchas más cosas
que habrían hecho poner el grito en el cielo a mi madre. Pero, antes de
aparecer Toni en mi vida, nunca me había sentido tan interesada en nadie, y
nunca había considerado una enorme tragedia no haber tenido novio. Me
dolía la falta de amigos y la falta de planes, pero no la falta de pareja. Tenía

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quince años. No me parecía una edad para obsesionarme con las relaciones
sentimentales.
—Peque —dijo Susana—, estoy segura de que el muy imbécil acabará por
darse cuenta de lo que ha perdido.
—Que le den. Ya me da igual que se dé cuenta o que no —repliqué.
Y en parte era cierto. Yo era, y sigo siendo, terriblemente rencorosa. Me
cuesta muchísimo dar segundas oportunidades cuando me han hecho daño de
verdad. Toni me gustaba, y sabía que me costaría mantenerme en mis trece si
aparecía pidiéndome perdón. Pero también sabía que jamás podría hacer
como si nada hubiese pasado. Para mí, él se había caído del pedestal. Y,
además, de mala manera.
Susana rio, un tanto divertida ante mi dureza.
—No digas eso. No se trata de que hagáis las paces. Pero te puedo
asegurar que te sentirás genial cuando veas que se arrepiente.
La miré a los ojos. No sabía si creerla o no, pero al menos me hizo
sonreír.
Después de aquello, Susana casi me obligó a volver a casa. Las dos
sabíamos que mi madre se imaginaría perfectamente que yo estaba allí pero,
en cualquier caso, se habría quedado preocupada, así que se merecía una
explicación. Me sentí culpable de nuevo, esta vez con respecto a mi madre.
Susana tenía razón, así que me despedí de ella y de Diego, que me sonrió de
forma cálida a pesar de que por mi culpa se había quedado tirado durante un
buen rato, y me fui a casa.

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7

Después de lo de Toni, se operó cierto cambio en mí. Hasta el momento


nunca había prestado mucha atención a la impresión que yo causaba a simple
vista, pero a partir de ese momento sí que empecé a darle importancia. De
hecho, me propuse adoptar un auténtico aspecto de chica dura. E hice todo lo
posible por conseguirlo.
No es que yo pensara de verdad que aquello fuese a cambiar algo. No era
tan inocente. Pero consideré algo que, hasta el momento, se me había pasado
por alto: solo había un modo de ser algo más que una pringada entre mis
compañeras de clase, y era dando miedo. Si parecía amenazante, si lograba
mostrarme, simple y llanamente, como una chica mala, de las que se meten en
líos, nadie pensaría que era una pringada. Probablemente seguirían creyendo
que era rara, pero no una pringada, porque las chicas malas siempre estaban
muy por encima de tal consideración. Si al menos llegaba a despojarme
físicamente de mi fama de buena chica, avanzaríamos algo.
No le daba ni mucho menos la razón a Toni en sus suposiciones de que
una relación conmigo sería aburrida porque yo era demasiado buena.
Tampoco pretendía, con mi comportamiento, impresionarle o que cambiase
de opinión. Pero no quería que volviese a sucederme lo mismo. Quizás
continuaría igual de sola que antes, pero al menos nadie podría llevarse la
impresión, al echarme un vistazo, de que yo era demasiado… recatada.
Naturalmente, sabía que en algún momento tendría que mostrar mi presunta
falta de inocencia con hechos, y no solo con mi aspecto. Pero por ahora no
hacía falta y, además, lo más importante era la intención.
Tengo que reconocer que haber visto millones de veces Jóvenes y Brujas
tuvo parte de culpa. Me encantaba el personaje de Nancy, encarnada por la
maravillosa Fairuza Balk, y no me importaba que el mensaje final de la
película fuese que Nancy estaba equivocada al haber pensado solamente en sí
misma y en su beneficio. En las películas, las chicas buenas siempre
resultaban un tanto aburridas, tal y como le ocurría al personaje de Sarah.

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Nancy, con toda su absoluta y desmedida maldad, resultaba terriblemente
carismática. Y yo quería ser como ella, qué demonios.
También tuvo bastante que ver que la música que escuchaba se
caracterizase cada vez más por la abundancia de ásperas guitarras eléctricas y
letras misántropas entonadas por vocalistas con aspecto de psicópatas
homicidas y cuerpos repletos de tatuajes y piercings. Corría el año 1999, en el
que vieron la luz discos como Wasting The Dawn de The 69 Eyes o
Razorblade Romance de HIM. Ambos me encantaban.
Fue la época en que opté por sentirme enfadada en lugar de triste, algo
que hasta el momento nunca había sentido en toda su plenitud. Si bien mi
situación general, en cuanto a la inadaptación y falta de amigos, seguía siendo
la misma que antes de conocer a Toni, ahora no era la tristeza la que
predominaba en mi estado anímico. Me sentía furiosa por cómo habían salido
las cosas, por cómo se había portado Toni; estaba enfadada con él, conmigo
misma por no haber sabido manejar la situación de otro modo, y con el
mundo entero. Y lo cierto es que no se trataba de una sensación desagradable.
A mi juicio, resultaba desde luego mucho mejor que la tristeza.
Para cuando se aproximaba el fin de curso ya me había habituado a vestir
de un modo que a mi madre no le hacía ninguna gracia. Me había dado por
pintarme las uñas de colores tan poco adecuados para una señorita respetable
como el rojo pasión o el negro. Me había cortado el pelo, que durante toda mi
vida había llevado largo, en una afilada media melena, con la parte de la nuca
rapada y los mechones delanteros más largos que el resto, y lo había teñido de
negro. Mi madre había puesto el grito en el cielo, sobre todo por el tinte. Le
parecía que yo era demasiado joven para ir haciéndome esas cosas en el pelo,
y además pensaba que mi color natural, castaño claro, era mucho más bonito
y favorecedor.
Susana se lo pasaba en grande. Disfrutaba observando mi metamorfosis, y
encarnaba, como de costumbre, a mi mayor cómplice. No le parecía nada
negativo mi cambio de registro. Supongo que a ella debía resultarle mucho
más divertido pasar tiempo conmigo en mi nuevo y peleón estado anímico.
En el instituto, los cambios no tardaron en notarse. En efecto, como si
estuvieran programados para ello, todos cambiaron sensiblemente el modo de
tratarme. En verdad, mi comportamiento seguía siendo casi el mismo que
antes, pues seguía portándome bien en clase y mis notas continuaban siendo
brillantes, así que mi nuevo aspecto de chica mala se reducía solo a eso, al
aspecto. Pero, de pronto, ya no se fijaban tanto en mis buenas notas, sino que
se quedaban más en las camisetas que vestía, de grupos que ellos no habían

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oído en la vida, en las toscas botas militares que llevaba desde hacía poco y
en mis uñas negras. De momento, no podía quejarme: aquello era
exactamente lo que yo quería.

Habían pasado unos tres meses desde la hecatombe con Toni cuando me lo
encontré en la cafetería. Por supuesto, le había visto otras veces desde
entonces, pues, al fin y al cabo, seguíamos estudiando en el mismo reciento y
era difícil no coincidir. Pero siempre había sido de lejos, y no se me había
vuelto a presentar la situación de tener que verle cara a cara.
Aquel día, yo estaba haciendo cola para comprarme algo. De pronto,
escuché su voz a mis espaldas:
—Hola, pitufa.
No era la primera vez que me llamaba así. Antes ya lo había hecho alguna
vez, y aunque como apelativo a mí me parecía muy ridículo, no le había dado
mayor importancia porque sabía que lo decía con afecto. Además, era cierto
que yo era una pitufa a su lado, pues era mucho más alto que yo.
Me giré, sabiendo con quién iba a encontrarme y maldiciendo mi suerte,
pues lo último que me apetecía en el mundo era hablar con él. En realidad,
tenía muchas cosas que decirle, pues no habíamos vuelto a cruzar una palabra
desde la conversación absurda en la que me había dicho que no quería nada
conmigo, y lo cierto es que me parecía bastante vergonzoso que no
hubiésemos vuelto a tratar el tema. Teniendo en cuenta que habíamos sido tan
amigos, resultaba cuanto menos paradójico que todo hubiese terminado de un
modo tan abrupto. Pero sabía que él se había portado de un modo deplorable y
que otra conversación no cambiaría nada las cosas. Y, además, estaba
demasiado enfadada con él como para siquiera querer verle.
—Hola —respondí, con toda la desgana de que fui capaz.
Él me miró de arriba a abajo, de un modo nada disimulado.
—Menudo cambio de look —dijo, sin dejar de observarme—. ¿Es que
acaso quieres impresionar a alguien?
Le devolví la mirada con cierto desdén, preguntándome por qué demonios
se me había tenido que olvidar, de nuevo, el almuerzo en casa.
—Vete a la mierda —solté.
Lo bueno, lo absolutamente genial de mi nuevo aspecto, era que me sentía
con más fuerzas para ser desagradable. Siempre es mucho más fácil ser
desagradable cuando llevas pintas de chica mala que cuando pareces una
chica adorable.

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Él, para mi exasperación, se echó a reír.
—Qué antipática te has vuelto —respondió, divertido—. Antes no eras
así.
Decidí que no me apetecía en absoluto responder. Él se tomaría a risa
cualquier cosa que yo pudiese decir, y no me interesaba prolongar más la
conversación. Me di la vuelta, tratando de ignorarle.
Le oí suspirar.
—Estás sexy —le oí decir.
Y luego escuché sus pasos alejándose.

Poco tiempo después me enteré de lo que supondría la peor noticia que nunca
había recibido.
El curso había llegado a su fin. Había terminado los exámenes finales ese
mismo viernes. Era domingo y Susana había venido a comer a casa. Mi
madre, que cocinaba mejor que nadie que haya conocido, nos había preparado
una comida riquísima y tarta de queso casera de postre. Ya habíamos
terminado y nos encontrábamos las tres, mi madre, Susana y yo, inmersas en
una de las eternas sobremesas típicas de mi casa, con un platito de pastas y
unos cuantos chupitos de licor delante. Mi padre, como de costumbre, no
estaba presente. Solía entrarle modorra en cuanto terminaba de comer, y se
había retirado a su habitación a echarse la siesta.
Mi madre pensaba que gran parte de los cambios que yo estaba
experimentando se debían, cómo no, a Susana. En realidad no era así, por
mucho que Susana me apoyase en todo. Yo había cambiado, o más bien
estaba en proceso de cambio, porque estaba furiosa. No tenía nada que ver
con Susana, ni con mi familia en general. Tenía que ver única y
exclusivamente conmigo misma, y con lo que había sucedido con Toni. Sin
embargo, mi madre había desarrollado una preocupante tendencia a echarle la
culpa a Susana de todo lo que tenía que ver conmigo, de un modo un poco
paranoico. A mí siempre me asustaba la perspectiva de que pudiese sacar el
tema estando ella presente, pero por suerte todo parecía bastante tranquilo
entre ellas, y la comida había transcurrido sin ningún tipo de contratiempo.
Hasta aquel momento.
Supongo que todo se podría haber evitado de no haber pronunciado yo las
palabras mágicas. En verdad fui bastante inepta al abrir la boca y sacar el
tema, pues debería haberme dado cuenta de que aquello haría saltar chispas.

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Pero entonces no me lo pareció así. De hecho, me pareció un asunto de lo más
inocente.
Yo quería hacerme un piercing en la nariz. Ya lo tenía pensado, y se lo
había comentado a Susana, y todavía no le había dicho nada a mi madre
porque sabía que no podía hacérmelo antes de cumplir dieciséis años.
Precisamente cumplía los dieciséis en cuestión de tres semanas, y quería
preguntarle a mi madre qué le parecía, aunque lo cierto era que una vez los
cumpliese podría hacerlo sin su consentimiento.
—Mamá, quiero hacerme un piercing —dije.
Ella me miró con extrañeza, como si no supiese muy bien a qué me
refería.
—Sí, un pendiente. Aquí —continué, tocándome con el dedo la aleta
derecha de mi nariz.
Mi madre no dijo nada. Simplemente siguió mirándome, como si le
pareciese muy extraño lo que yo acababa de decir. Me miraba como si
acabase de escuchar una absoluta barbaridad, como si de algún modo eso no
fuese para nada propio de mí. Continué hablando al comprobar que por el
momento ella no tenía ninguna intención de abrir la boca.
—Tengo que tener dieciséis años para poder hacérmelo. Y como los
cumplo dentro de poco…
—No —dijo ella.
Yo me callé y la miré. No añadió nada más. De hecho, no parecía admitir
discusión.
—Pero… —traté de protestar.
—Lorena, no —me interrumpió—. Eso es feísimo. No quiero que
parezcas una macarra.
Y entonces sucedió lo que yo ya me imaginaba que sucedería: Susana
intercedió en mi favor.
—Pero si no es para tanto —dijo—. Mucha gente lo lleva. Si algún día se
cansa de él, que se lo quite y ya está.
Mi madre ya no me miraba a mí. Ahora miraba a Susana, y lo hacía con
una frialdad que casi me puso los pelos de punta. Fue entonces cuando me di
cuenta de mi error. No tendría que haber dicho nada. No al menos estando
Susana presente. Mi madre no quería que me hiciese un piercing, pero, aparte
de eso, y como sucedía siempre, se le acababa de revelar como algo innegable
que se trataba de otra de las cosas que yo quería hacer bajo la influencia de
Susana. No es que mi tía llevase un piercing en la nariz, pero sí lo llevaba en
otros sitios, además de unos cuantos tatuajes.

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—Lorena, vete a tu cuarto —dijo mi madre.
Me dejó de piedra. Sabía que había metido la pata, y sabía que iban a
acabar discutiendo. Pero que me pidiese que me fuese, que quisiese quedarse
a solas con mi tía, era algo que no me esperaba. Miré fugazmente a Susana,
que parecía haberse quedado tan extrañada o más que yo.
—Pero…
—Lorena.
No dijo nada más, y yo fui consciente de que lo único que podía hacer era
irme. Me levanté de la mesa, dejando a medias mi chupito de licor de avellana
y una galleta de mantequilla, y me fui a mi cuarto.
Mi habitación estaba casi al final del pasillo, y me preocupaba no poder
escuchar su conversación. De hecho, estaba claro que mi madre me había
pedido que me fuese para que no escuchase nada, pero yo no estaba dispuesta
a quedarme al margen. Cerré la puerta para que ellas oyesen que me había
encerrado, pero la volví a abrir de inmediato, con cuidado, para dejarla
entornada, de modo que el sonido pudiese llegarme con más claridad.
De todos modos, mi madre chilló lo suficiente como para que pudiese
oírla sin problemas.
—Lo que Lorena haga o deje de hacer es asunto mío, ¿me oyes?
Me estremecí. No era la primera vez que la oía enfadada por algo
relacionado con Susana, pero sí la primera vez que la notaba tan alterada.
Estaba segura de que mi padre acabaría por despertarse de su siesta, pues la
habitación de mis padres estaba pegada al salón, y resultaba imposible que no
se enterase.
—No entiendo por qué te pones así —dijo Susana.
Hablaba en voz más baja y pausada que mi madre, pero pude oírla de
todos modos. No estaba alterada, pero sí dolida.
—Para ti nada tiene importancia, ¿no? —continuó mi madre—. Es muy
bonito lo de quedar como la tía divertida y benevolente, pero parece que
nunca te planteas qué es lo mejor para ella. Ese papel me toca a mí, que por
supuesto siempre tengo que quedar como la mala.
Oí cómo mi tía soltaba una risa irónica.
—No quedarías como la mala si no te diese siempre por montar tragedias
por cosas sin importancia. Solo quiere hacerse un piercing, por Dios.
Millones de niñas de su edad se han hecho piercings antes, y no creo que
todas hayan acabado convertidas en delincuentes.
—Lorena ya tiene suficientes problemas para relacionarse como para que
encima vayas metiéndole en la cabeza que lo mejor que puede hacer es ser

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rara.
Me estremecí de nuevo. Mi madre había pronunciado la palabra rara
como si fuese algo horrible, como si ser raro fuese lo peor que le pudiese
pasar a alguien. Me dolió cómo lo dijo. Y me dolió que lo dijese refiriéndose
a mí.
Susana volvió a reír, esta vez con amargura.
—A ver, hermanita —dijo, en un tono más enfadado—. En primer lugar,
yo no le meto nada en la cabeza. Ella piensa por sí misma, por si no te has
dado cuenta. Lo único que, por mi parte, quiero que le quede claro, y eso es
precisamente lo que a ti tanto miedo te da, es que no pasa nada por ser rara,
no pasa nada por tener ideas propias. Eso es lo que ella necesita: tener
confianza en sí misma, aprender a valorarse. Lorena no tiene ningún
problema. Solo es tímida e insegura, y hay muchísimas chicas como ella en el
mundo.
Yo continuaba pegada a la puerta de mi habitación, con el corazón en un
puño, preguntándome cuánto duraría aquello. Me daba la impresión de que
todo iría de mal en peor como algo no las interrumpiese. ¿Dónde diablos
estaba mi padre? Seguro que ellas dejarían de discutir si mi padre entraba en
escena, y a esas alturas él ya debía de estar más que despierto.
—Deja de hablar como si la conocieses mejor que yo —replicó mi madre,
con una voz que se me antojó excesivamente agresiva—. Es mi hija, Susana.
Después de aquello se hizo un silencio que a mí me pareció interminable,
aunque no debió durar más de unos pocos segundos. De pronto, oí la voz de
mi padre, que me sonó poco menos que celestial.
—¿Qué pasa? —preguntó, inocentemente.
Se hizo de nuevo el silencio.
—Me voy a París —dijo Susana de pronto.
Y esta vez sí que se me puso el corazón en la garganta. ¿Cómo que se iba?
Mis padres guardaron silencio durante otro momento que se me hizo
desagradablemente largo.
—¿Qué? —preguntó mi madre al fin.
—Diego se tiene que ir por motivos de trabajo. Después del verano. Y yo
me voy con él.
Yo ni siquiera fui consciente de que las lágrimas se habían agolpado en
mis ojos hasta que noté cómo un par de gotas ardientes cruzaban mis mejillas.
Que Susana se fuese me parecía lo más horrible que podía suceder. No podía
ser cierto. ¿Y desde cuándo lo sabía? Parecía que la decisión ya estaba
tomada. ¿Por qué no me había hablado de ello?

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—¿Y cuándo pensabas decírnoslo? —preguntó mi madre, como si de
algún modo acabase de leerme el pensamiento.
Estaba indignada. Supongo que la discusión la había alterado lo suficiente
como para considerar indignante cualquier cosa que Susana pudiese hacer o
decir, pero en aquel momento le di la razón. Yo también estaba indignada. Me
hubiese gustado salir de mi habitación e irrumpir en el comedor, preguntarle a
Susana de qué demonios estaba hablando, cómo era eso de que se iba. Pero
me encontraba demasiado paralizada como para moverme.
—Bueno, en realidad todo ha sido bastante precipitado. Diego me lo dijo
hace tan solo un par de semanas.
¿Un par de semanas? Eso era mucho tiempo.
—Me preocupaba sobre todo cómo decírselo a Lorena —continuó mi tía.
Mis padres no dijeron nada. Mi padre, en particular, debía estar
alucinando. Susana suspiró y retomó la palabra:
—Hablaré con ella. Veo que seguramente será la única que sentirá que me
vaya.
Escuché cómo mi tía salía del comedor, y supe que se iba. Mi padre,
conciliador, casi suplicante, intentó detenerla.
—Susi… —dijo.
Pero ella no se detuvo. Escuché sus pasos avanzando por el pasillo. La
escuché pasar por delante de la puerta de mi habitación, sin detenerse. Y, por
último, la oí abrir la puerta de la calle y cerrarla de nuevo tras de sí.
Yo salí de mi habitación, con las mejillas surcadas por las lágrimas, como
una especie de alma en pena. Cuando llegué al comedor, vi a mis padres
sentados cada uno en un sofá, ambos con cara de preocupación. Mi madre no
lloraba, pero parecía a punto de hacerlo. Ambos me miraron en cuanto
atravesé la puerta. Ella supo, con solo echarme un vistazo, que yo había
estado escuchándolo todo.
—Cariño…
Se puso en pie, y, antes de darme cuenta, me estaba abrazando. Aquello
me puso más triste todavía. Y me hizo darme cuenta de algo que me
sorprendió bastante: no estaba enfadada con mi madre. Me parecía muy
injusto todo lo que le había dicho a Susana, pero en cierto modo sentía lástima
de ella. Mi madre temía perderme, eso era todo. Y fui consciente de que yo
tenía mucha culpa de que ella hubiese llegado a pensar así. Empezaba a ver
que tal vez no había sabido repartirme. Yo quería muchísimo a mi tía y lo
pasaba en grande con ella y, tal vez, sin darme cuenta, había dejado
demasiado de lado a mi madre. Puede que ella, en efecto, no fuese del todo

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capaz de comprenderme, de igual modo que no era capaz de comprender a su
propia hermana. Pero hacía lo que podía, y no podía culparla por ello. Me
sentí miserable.
Me encontraba totalmente incapaz de hablar, pero le devolví a mi madre
el abrazo con toda la fuerza de que fui capaz, para demostrarle al menos que
no estaba enfadada con ella. Que no me importaba que no me dejase hacerme
el piercing, ni que no le gustase mi pelo teñido de negro ni la ropa que me
ponía. Cuando al fin hablé, fue para referirme a Susana. Pero esta vez no
pareció importarle.
—Voy a casa de la tía, quiero hablar con ella.
Mi madre asintió, mientras me secaba las lágrimas con las manos.

A decir verdad, estaba enfadada. Creo que nunca antes me había sentido
furiosa con Susana, pero en aquellos momentos era lo que sentía. Se iba. Se
marchaba y ni siquiera había sido capaz de contármelo, de hablarme de ello.
Había tenido que enterarme del peor modo. Y estaba segura de que ella sabía
que la había escuchado. Y aun así se había ido, había salido de casa sin entrar
antes en mi habitación, sin darme ninguna explicación.
Presioné el timbre de casa de Susana, y en cuanto ella abrió la puerta,
sentí cómo mi enfado desaparecía de golpe.
Estaba llorando. Era la primera vez que la veía llorar. En cuanto me vio,
me estrechó en un abrazo asfixiante.
—Lo siento mucho, peque. Muchísimo, de verdad… —susurró, pegada a
mí.
Una vez libre, entré en casa, y nos instalamos en el enorme sofá del salón.
Ahora me sentía de nuevo incapaz de hablar y las lágrimas volvían a correr
por mi rostro. Se me ocurrió pensar en lo ridículas que debíamos parecer, las
dos ahí calladas y llorando como magdalenas.
—Quería decírtelo, de verdad —dijo ella al fin, entre sollozos e hipidos
—. Pero tenía miedo de tu reacción.
—Te voy a echar tanto de menos —dije yo cuando conseguí articular
palabra.
En realidad, era lo único que me sentía capaz de decir. Ya no me
quedaban fuerzas para seguir indignada, para reprocharle nada. Tan solo
sentía, preveía, el enorme vacío que me iba a dejar.
—Yo también a ti, peque.

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Logramos calmarnos un poco al fin, para así poder continuar hablando en
condiciones.
—Quiero que sepas —continuó ella— que cuando Diego me lo dijo,
estuve a punto de decirle que no. De hecho, en un primer momento ni siquiera
me planteé como algo posible decirle que sí. No quería dejarte.
La miré, en silencio, esperando que continuase.
—Pero luego lo pensé mejor —hizo una pausa, como si le fuera muy
difícil decir lo que tenía que decir—. Lore, aquí estoy fuera de lugar. Odio mi
trabajo y me siento atrapada. Y por otro lado…
Me miró a los ojos, como si no pudiese continuar.
—Y por otro lado, yo te quiero muchísimo —continuó—. Pero a tu madre
no le gusta que pase tanto tiempo contigo, y sé que cuanto más tiempo esté
aquí, más problemas tendré con ella, y con Isa.
Me extrañó que mencionase a mi tía Isabel, pues no se me había ocurrido
que pudiese tener algo que ver en todo el asunto. Pero, claro, aunque no se
viesen en persona, me imaginé que habrían hablado por teléfono, tanto Susana
e Isabel, como Isabel y mi madre. Y no me cabía duda de que mi tía Isabel
habría dejado bien patente su parecer. De hecho, seguro que también había
influido lo suyo a mi madre.
—Y cuantos más problemas tenga yo con ellas —continuó Susana—, más
problemas tendrás tú con tu madre. Y yo no quiero eso. Quiero que os llevéis
bien.
—Pero están equivocadas —dije, recuperando el habla—. A mí no me
hace ningún mal estar contigo.
Ella me sonrió.
—Ya lo sé, peque.
—Y mi madre se ha puesto nerviosa porque cree que me estoy alejando de
ella. Pero tampoco es así… Además, ella te quiere. Es más, creo que te
admira.
Susana rio.
—Bueno, sé que me quiere. Pero no creo que me admire.
—Seguro que lo hace…
—Lore, el caso es que la decisión está tomada. Y me siento fatal. Pero
creo que debo retomar un poco mi vida. Y, además —me miró fijamente
durante unos instantes—, tú eres fuerte. Estoy segura de que no vas a
necesitarme tanto como antes. Estás creciendo y aprendiendo mucho.
Me parecía que no tenía razón en absoluto, pero en cierto modo me halagó
que pensase eso de mí. No se me habría ocurrido definirme a mí misma como

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alguien fuerte, y ni mucho menos se me habría ocurrido pensar que no la
necesitase.
Tal vez tenga algo de razón, me dijo una parte de mí. Yo no podía
pasarme la vida dependiendo de ella. Todo el tiempo que había pasado a su
lado me había ayudado muchísimo, y había sido muy divertido. Pero yo
misma me daba cuenta de que tenía que empezar a valerme por mí misma.
Tenía que cometer mis propios errores sin tenerla a ella como la eterna figura
protectora. Sabía que tenía que ser así. Y también sabía que hablaba en serio
cuando decía que se sentía atrapada. Ella sería feliz lejos de aquí, lejos del
constante juicio de sus hermanas, lejos de la rutina en la que había llegado a
vivir, que la asfixiaba. Yo no conocía París, pero aun así, me parecía un lugar
mejor para ella. Cualquier sitio sería mejor que nuestra gris y pequeña ciudad.
Y, en verdad, me alegraba muchísimo de que le fuese tan bien con Diego, tan
bien como para estar dispuesta a marcharse con él.
Yo no decía nada, porque volvía a notar un nudo en la garganta y cómo
mis ojos se llenaban de lágrimas, y sabía que rompería a llorar de nuevo en
cuanto abriese la boca. Ella suspiró y me acarició el hombro con suavidad.
—Pero, bueno, tampoco tenemos que ponernos tan trágicas —dijo—. Aún
faltan tres meses para irme. En tres meses se pueden hacer muchas cosas. Tú
y yo vamos a pasarlo bien, colega.
Tuve que reírme, aunque lo que emití fue una especie de sollozo mezclado
con risa.
—Y, además, París tampoco es el fin del mundo. Vendré a verte, y tú
podrás venir a verme a mí.
Asentí, sintiendo que, bueno, tener una excusa para pasar las vacaciones
en París tampoco podía ser tan malo.
—Seguiremos hablando todo lo que haga falta.
—Sí, te llamaré tanto que acabarás harta.
—¡A ver si es verdad, que seguro que luego te olvidas de mí! —ella
también medio reía y medio lloraba.
Nos quedamos en silencio, sosteniéndonos la mirada.
—Tan solo estaremos a un vuelo de distancia —dijo ella.
Y tal y como lo dijo, no parecía gran cosa.

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El verano pasó a toda velocidad, tal y como sucede siempre con las épocas en
las que lo pasamos bien.
Cuando llegó septiembre, y con él la marcha de Susana rumbo a París, por
un momento me indigné por lo fugaz que había resultado todo. Pero luego
tuve que admitir que los últimos tres meses habían dado muchísimo de sí. Y,
además, tal y como había dicho Susana, su marcha no suponía el final. Aun
así, yo no podía evitar sentir una sensación de vértigo en la boca del
estómago. La perspectiva de no tenerla conmigo en los próximos tiempos, al
menos del modo al que estaba acostumbrada, me ponía triste a la par que
nerviosa. Pero sabía que tenía que seguir adelante.
Durante aquellos tiempos mejoró bastante la relación con mi madre. Lo
cierto es que nunca había sido mala, pero hacía bastante que el fantasma de
Susana, o más bien de lo que ella pensaba que era Susana, flotaba demasiado
a nuestro alrededor como para que nos sintiésemos realmente a gusto la una
con la otra. Pero, después del día fatídico, cuando ellas discutieron y Susana
lanzó la bomba de que se iba, todo había cambiado de forma notable. Una
parte de mí, la parte más oscura y desconfiada de mí misma, me susurraba
que, en el fondo, estaba claro por qué ahora mi madre se mostraba más feliz:
Susana se iba. Ya no tendría que preocuparse porque me influyese en cosas
terribles. Pero, en verdad, solo en contadas ocasiones pensaba así. La mayor
parte del tiempo era capaz de comprender que si ahora nos llevábamos mejor
se debía a que yo también había cambiado mi modo de tratarla. Intentaba
hablar y pasar más tiempo con ella. Quería que comprendiese que valoraba su
compañía, por mucho que no fuese tan joven, extraña y divertida como
Susana. Y eso era algo de lo que tendría que haberme ocupado hacía mucho
tiempo.
Al final, no me hice el piercing en la nariz, a pesar de que mi madre acabó
por darme permiso. Preferí dejar que se anotase un tanto a su favor.

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Comencé el tercer curso en el instituto con bastantes ánimos. No es que
tuviese demasiados motivos para ello, pero me imaginaba que no me quedaba
otra opción que ser optimista y ver las cosas con buenos ojos, sobre todo
ahora que se me presentaban tiempos difíciles. Lo más fácil habría sido optar
por el victimismo, por regodearme en la absoluta tragedia de tener que
regresar a ese lugar hostil, con esas compañeras lerdas y Toni pululando por
la cafetería, sin poder tener a Susana para desahogarme. Pero ya que ella no
iba a estar presente para encarnar mi paño de lágrimas, pensé que tal vez lo
mejor sería intentar, simple y llanamente, no tener que derramar esas
lágrimas. Además, el ánimo guerrero que había alimentado durante los
últimos meses del curso anterior seguía allí, así como mis pintas de chica
mala, por lo que podía seguir intentando convencerme de que lo era.
Ese curso comenzó con un cambio de ubicación. Debido a los cambios en
el sistema educativo y a la desaparición progresiva de la FP antigua y el BUP,
todos los de la última promoción nos íbamos convirtiendo poco a poco en una
especie de apestados. No sabían muy bien dónde meternos, porque parecía
que solo había lugar para los del plan nuevo. Cuando pasamos de primero a
segundo ya hubo problemas en ese sentido, y estuvieron a punto de pasarnos
al turno de tarde. Eso, desde luego, habría significado un cambio a mucho
peor, y todos habíamos protestamos al respecto, amenazando a los profesores
con hacer huelga si llegaba a darse el caso. Fueron días de bastante agitación,
y los recuerdo con un atisbo de cariño porque fue tal vez la única vez que
observé a mi clase unida por algo, de acuerdo en algo. Por suerte, la sangre no
había llegado al río, y habíamos comenzado segundo con normalidad, en el
turno de mañanas, si bien estuvimos todo el año con la amenaza latente de
que sucediese lo mismo el curso siguiente. Al final, también pudimos
empezar tercero sin que nos fastidiasen en ese sentido, pero lo que sí hicieron
fue cambiarnos de edificio, porque el que habíamos ocupado hasta ahora, que
se trataba del más amplio, se iba a convertir en la ubicación definitiva para
primaria y secundaria. A nosotros decidieron quitarnos de en medio y
pasarnos al que ahora ocupaban los de bachillerato, donde en principio
todavía quedaban aulas libres de sobra. Parecía que para el curso siguiente el
problema volvería a ser el mismo, pero por el momento nos quedamos
contentos. A mí, además, me animó la perspectiva de ir a compartir edificio
con los de bachillerato, a los que presumía mucho más interesantes y
heterogéneos que mis compañeros.
Pocas semanas después, sin embargo, tuve que admitir que nada había
cambiado. En mi clase éramos los mismos, exceptuando a una chica que

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había dejado el instituto —se decía que porque se había quedado embarazada
de su novio—. Por lo demás, nada especial. La gente de bachillerato parecía,
en efecto, algo más interesante que mis compañeros, y algunos chicos y
chicas incluso llevaban pintas raras que se alejaban varios kilómetros de la
estricta moda imperante (sudaderas de carísimas marcas deportivas,
pantalones vaqueros o de chándal y chaquetas Bomber, o bien de pana negra o
marrón, forradas de borreguito, que vestían ambos sexos por igual). Sin
embargo, nada de aquello me servía de mucho. Tan solo podía observarles en
la distancia, pero no iban a clase conmigo y entablar relación con alguien de
otros cursos no siempre era fácil, y menos para mí. Lo que me había sucedido
el curso anterior con Toni no entraba en consideraciones normales: yo aún me
preguntaba por qué él había llegado a sentir curiosidad por mí. Sobre todo
teniendo en cuenta lo imbécil que había demostrado ser.
Y, hablando de Toni, él encarnaba, por desgracia, una de esas tantas cosas
que no había cambiado desde el curso anterior. Yo había guardado la
esperanza de no tener que seguir coincidiendo con él, aunque en verdad sabía
que no estaba todavía en el último curso. Pero pensaba que, al igual que en mi
clase habíamos estado a punto de ser condenados al turno de tarde, tal vez
podría haber sucedido eso mismo con su clase. No tardé en darme cuenta de
que no era así. Lo supe en el preciso instante en el que escuché de nuevo su
voz a mis espaldas, mientras hacía cola en la cafetería.
—Vaya, mira a quién tenemos aquí.
Escuchar su voz después de meses sin hacerlo me provocó una débil
punzada de dolor. Durante los últimos tiempos había logrado dejar de pensar
tanto en él y mis deseos de matarle, y volver a tenerle cerca significaba
revivirlo todo. Me indigné conmigo misma. Me había creído más fuerte que
eso. Me giré hacia él, con desgana, tratando de dirigirle la mirada más
desagradable de que fui capaz.
Él estaba exactamente igual, exceptuando que no vestía su chupa de cuero
de las cien mil cremalleras, porque todavía estábamos a mediados de octubre
y a esas horas de la mañana aún hacía calor.
—¿Qué pasa, chica mala? —preguntó, con tono burlón.
Me entraron ganas de pegarle un puñetazo. No sabía ni qué decir, porque
lo único que me apetecía era que se largase de allí lo antes posible. Por el
momento, no abrí la boca y le di la espalda, girándome de nuevo hacia la
barra.
—Veo que sigues igual de antipática —le escuché decir—. Tenía la
esperanza de que el verano te hubiese devuelto esa antigua amabilidad tuya…

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Me volví con rapidez.
—¿Se puede saber qué quieres? —pregunté, cortante.
Me quedé mirándole fijamente, esperando que su respuesta no se limitase
a ser estúpida. Él me sostuvo la mirada con esa diversión irónica tan suya
brillándole en los ojos. Me odié a mí misma por volver a pensar que estaba
guapísimo. Durante los últimos meses del curso anterior había logrado
mantener lejos de mí dicha consideración, pues el rencor que sentía hacia él
era demasiado intenso como para ser capaz de mirarle con buenos ojos,
incluso a un nivel meramente físico. Pero ahora parecía ser que eso había
cambiado. Bien por mí. Me seguía sacando de quicio tanto o más que antes,
pero sin embargo volvía a ser capaz de intimidarme. Era como para darme
palmaditas en la espalda.
—Solo quería saludarte, no hace falta que te pongas a la defensiva —
respondió—. No me imaginaba que fueses tan rencorosa.
Le observé con incredulidad. No estaba dispuesta a creerme ni una
milésima parte de su presunto buen rollo. Que él se acercase a mí inocente y
desinteresadamente, solo para saludarme y ver qué tal me iba, me parecía tan
improbable como que en ese mismo momento pudiese caer un meteorito
gigante en medio de la cafetería.
Me giré de nuevo hacia la cola, para descubrir que ya era mi turno.
Compré un paquete de rosquilletas y me dispuse a salir de la cafetería,
ignorando a Toni. Ya estaba a punto de salir de allí cuando oí de nuevo su
voz:
—Eh, tenemos que volver a quedar algún día.
Yo le miré todavía con más incredulidad que antes.
—Creo que no hace falta que te conteste —repliqué.
Y salí de la cafetería.
Me dirigí a mi edificio sintiendo cómo me embargaba cierto subidón de
ánimo. No era tan tonta como para creer que Toni había cambiado, ni para
considerar que pudiese estar arrepentido de lo que había hecho, o cualquier
cosa absurda semejante. Pero había algo que parecía bastante evidente, y era
que a él no parecía resultarle muy fácil pasar de mí. Si de verdad no quería
nada conmigo, lo lógico habría sido que se olvidase. Sin embargo, durante las
últimas semanas del curso anterior ya me había demostrado que seguía
pensando en mí, aunque solo fuese para tocarme las narices, y ahora, más de
cuatro meses después de haber coincidido con él por última vez, seguía
exactamente igual. Estaba claro, por el modo en que me miraba, que yo le
atraía en cierta manera. Tal vez seguía gustándole del mismo modo que antes,

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es decir, lo suficiente como para besarme, pero no tanto como para querer
algo más. O tal vez le gustase más, porque podía ser que mi aspecto actual le
pareciese más atractivo, e incluso que se sintiese más interesado precisamente
porque yo me había vuelto más desagradable con él. No sabía, en realidad,
qué demonios le pasaba por la cabeza. Tal vez no tuviese que ver con nada de
lo que yo pudiese imaginarme. Y, en verdad, o al menos eso quería pensar yo,
no me importaba en absoluto, porque no tenía la menor intención de volver a
quedar con él. Bastante daño me había hecho ya, como para volver a reírle las
gracias y caer luego en lo mismo. Pero, independientemente de todo, me hizo
sentir bien saber que, fuese por la razón que fuese, seguía acordándose de mí.
Ser observada con una elevada dosis de lascivia no era algo que me ocurriese
todos los días.
Subí corriendo las escaleras hasta el tercer piso, donde se encontraba mi
clase, y me dirigí a los cuartos de baño, donde sabía que se encontraría mi
grupito de casi-amigas de clase, es decir, las compañeras con las que me
llevaba mejor y con las que solía pasar los recreos. Se habían vuelto muy
aficionadas a quedarse en los baños durante los descansos, por alguna razón
que todavía se me escapaba. En realidad, habíamos empezado a hacerlo el
curso pasado, durante un par de semanas en las que estuvo lloviendo casi sin
interrupción. Cuando paró de llover, aún continuamos quedándonos allí
porque hacía frío fuera. Y, más adelante, cuando ya se acercaba el fin de
curso, aún seguimos haciéndolo porque fuera hacía demasiado calor. Así que,
a lo tonto, lo de estar allí metidas se había convertido en una costumbre
inamovible. No éramos las únicas que lo hacíamos, por supuesto. Algunas
otras chicas también se quedaban en los baños porque así podían liarse porros
sin que nadie las viese. Nosotras éramos demasiado buenas como para hacer
algo reprochable, así que, aunque a los profesores no les gustaba que nadie se
quedase dentro durante los recreos, al final a nosotras nunca nos decían nada,
porque sabían que ni fumábamos ni nos daba por cometer actos de
vandalismo absurdo como tirar bolas de papel higiénico mojado al techo, o
cargarnos los inodoros. Como mucho, escribíamos tonterías con rotulador en
las puertas, pero eso era algo que todo el mundo hacía, así que nadie habría
podido saber qué pintadas eran nuestras.
—Hola —dije, abriendo la puerta.
Me las encontré como de costumbre. Ana estaba sentada en el mármol de
la fila de lavabos mientras Cristina permanecía de pie, a su lado, contándole
algo. Lucía estaba sentada en el suelo, terminando a toda prisa algún ejercicio

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de los deberes que no había hecho en casa, y Laura estaba de pie a su lado,
terminándose un sándwich.
—Cuánto has tardado —dijo Cristina.
—Ya, había mucha cola —repliqué, mientras engullía las rosquilletas,
pues estaba muerta de hambre y sabía que no tardaría en sonar el timbre.
Me coloqué en medio de todas ellas, entre los lavabos y las puertas de las
cabinas. De pronto, escuché cómo alguien tiraba de la cadena justo a mis
espaldas. Automáticamente oí cómo se descorría el pestillo, y cómo se abría
la puerta de la cabina. Me aparté a toda prisa para dejar salir a quien fuera que
estuviese allí.
Salió una chica a la que no conocía, y no pude evitar quedarme de piedra,
porque tenía el aspecto más extraño que nunca había visto por allí. Llevaba el
pelo de una extraña mezcla de colores que incluía raíces negras y mechones
rojos, morados y rubios. Lo llevaba corto, rapado por los laterales y con la
parte de arriba revuelta y desordenada, con un aspecto bastante punk. Los
ojos, muy grandes y de un color intensamente azul, los llevaba rodeados por
una gruesa línea de lápiz de ojos negro. Vestía una camiseta de Joy Division,
unos vaqueros negros desgastados y unas zapatillas Converse con pinta de ser
viejísimas. Era menuda, tan solo un poco más alta que yo, y bastante delgada.
Me sentí avergonzada en cuanto me di cuenta de lo fijamente que la
estaba observando. No quería resultar impertinente, pero me gustaba su
aspecto, y además no estaba ni mucho menos acostumbrada a ese tipo de
estética en el instituto. Dentro de la gente más rarita de bachillerato había
observado a algunas chicas que no parecían un clon de las demás, pero aun así
no había visto a nadie tan extraño e indefinible.
—Hola —dije, rápidamente.
Ella sonrió. A pesar de su aspecto de chica dura, su sonrisa era dulce y un
tanto infantil.
—Hola —respondió.
Se puso unas gafas oscuras, aunque allí dentro no penetraba ni un rayo de
sol, y acto seguido se marchó.
Me quedé mirando la puerta por la que acababa de salir, sin decir nada,
hasta que me di cuenta de que sería mejor dejar de hacerlo o acabaría
pareciendo imbécil. Me giré hacia mis amigas, y me encontré con las cuatro
observándome con atención.
—Esa tía es más rara que tú —dijo Laura, como si la afirmación le
pareciese inverosímil.
Las otras asintieron.

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—Sí, eh, menudas pintas —dijo Ana—. Yo pensaba que lo de Lorena era
fuerte, pero lo de esta tía es mucho peor.
Soltaron algunas risitas. Yo esbocé una débil sonrisa torcida, deseando
que se me tragase la tierra. No sabía si mandarlas a la mierda o sentirme
afortunada porque ellas me creyesen mejor que esa tía terrible y
extremadamente rara que había tenido la desfachatez de materializarse ante
sus ojos.
—Bueno, Lore, al final no eres la única rarita del insti —dijo Laura, entre
risas, y tras una pausa añadió—: Aunque en realidad ya sabíamos que no eres
la única, porque también está el peludo…
Dejé de sonreír. Ahora sí que quise abofetearlas, y además a todas. Por
suerte, la sirena que anunciaba el final del recreo vino a rescatarme.
Y, entonces, mientras salíamos del baño y nos dirigíamos a nuestra clase,
me hice un firme propósito: tenía que conocer a esa chica. No se trataba
únicamente de su aspecto, si bien este era sin duda algo relevante. No me
gustaba considerarme tan superficial como para pensar que alguien tenía que
ser interesante solo por llevar pintas chulas, pero resultaba difícil no hacerlo a
esa edad en la que tu aspecto lo dice todo de ti. Teniendo en cuenta que
llevaba ya tres cursos en una clase donde todos parecían clónicos y se
escandalizaban con cualquier cosa diferente, y considerando además lo que
acababa de escuchar de labios de mis supuestas amigas, a las que solo les
había faltado santiguarse en presencia de la chica extraña, lo mínimo que
podía hacer era sentir interés hacia ella. No la conocía, no sabía qué había
dentro de su cabeza. Pero sabía dos cosas importantes: que era diferente y que
su sonrisa era adorable.

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Pasé los siguientes días pensando en la chica extraña. Cada vez que
atravesaba alguna de las zonas comunes del instituto miraba a un lado y a otro
para tratar de verla, pero no había modo. Los recreos los pasaba en el cuarto
de baño, como de costumbre, pero ella no volvió a aparecer por allí. Me
preguntaba dónde se metería. Ahora, en mis visitas a la cafetería, mi ansiedad
no se debía tan solo a los indeseados encuentros con Toni, sino a la
posibilidad de coincidir con la chica misteriosa. ¿Qué clase de amigos
tendría? Es más, ¿tendría amigos? Podía tratarse perfectamente de una fuera
de lugar, como yo, obligada a pasar el tiempo con un grupete de compañeras
ni mucho menos capaces de entenderla. Pero, ¿y si no era así? ¿Y si tenía
amigos? ¿Y si había más gente interesante en el instituto? Con mis
cavilaciones ya daba por sentado que ella era interesante, pero es que me
parecía que no podía ser de otro modo.
Y, una vez más, fue ella la que me encontró a mí. Y, de nuevo, me
encontré con que esa persona que se había convertido en mi más reciente
obsesión, se había sentido a su vez intrigada hacia mí.
En esta ocasión no fue en la cafetería, tal y como había sucedido con
Toni. Fue también durante el recreo, pero en el departamento de reprografía
del instituto, al que yo había acudido a hacer unas fotocopias. Estaba
esperando a que unas chicas a las que no conocía, y que iban delante de mí,
terminasen con su encargo, cuando escuché una voz que reconocí al instante.
—Hola.
Me giré y me encontré con ella, la chica misteriosa. Sonreía con la misma
sonrisa breve y adorable que le había observado la otra vez, en los baños.
Llevaba los ojos de nuevo perfilados de lápiz negro. Vestía también vaqueros
desgastados y Converse añejas, aunque en esta ocasión su camiseta lucía un
absurdo mensaje: Soy un vampiro adolescente. De inmediato pensé que ella
podría no haberme dicho nada más en su vida, haber desaparecido para no
volver a hacer acto de presencia jamás, y yo habría continuado
considerándola un ser encantador durante el resto de mi vida.

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—Hola —repliqué, sonriendo también.
No sabía qué decir, y sentí pánico ante la posibilidad de que aquel
segundo encuentro pudiese terminar exactamente como el anterior: con un
saludo y nada más. Sin embargo, ella no me dejó mucho tiempo para seguir
preguntándome qué decir, ya que tomó la palabra.
—Oye, esas chicas que estaban el otro día en el baño contigo… ¿son tus
amigas?
Yo me quedé sin habla. La pregunta encerraba muchísima extrañeza, y yo
no necesitaba que me explicase de dónde provenía dicha extrañeza. Sabía de
sobra que no pegaba para nada con mi grupito de casi-amigas, pero lo cierto
es que no había podido elegir.
—Algo así —respondí, titubeante—. Compañeras, más bien.
Me pregunté si alguna de ellas, de mis casi-amigas, se sentiría ofendida si
me escuchase. Agradecí sobremanera que ninguna se hubiese ofrecido a
acompañarme a hacer las fotocopias, porque era evidente que esta
conversación no habría podido tener lugar.
La chica sonrió de un modo que me pareció muy extraño. Seguía
pareciendo adorable, pero también terriblemente enigmática.
—Podrías venirte conmigo mañana —dijo, con resolución—. En el
recreo, digo. Además, me gustaría presentarte a alguien.
Me quedé mirándola como una tonta, sorprendiéndome de mi infinita
suerte.
La verdad es que jamás había sentido la urgente necesidad de hacerme
amiga de alguien en particular hasta que la vi a ella por primera vez. De
hecho, siempre había pensado que, por suerte o por desgracia (y, en mi caso,
siempre me había inclinado a considerarlo una desgracia), los amigos nunca
se eligen, sino que son los que te vienen dados por las circunstancias. Puedes
intentar mantenerte más o menos alejada de las personas que no te gustan o te
hacen daño, en plan maniobra de supervivencia, pero es muy difícil lograr
estar cerca de las personas de las que realmente te gustaría estar cerca. O, al
menos, todo lo cerca que te gustaría. De pequeña nunca tuve muchas amigas,
y las pocas que logré tener casi nunca fueron todo lo estimulantes que a mí
me habría gustado, sino más bien las únicas que se mantuvieron, por algún
misterioso motivo, cerca de mí mientras los demás me ignoraban. Eso fue
algo que en más ocasiones de las deseadas me hizo sentir mal, en cierto modo
egoísta, como si supiese en el fondo que yo no estaba ni para elegir ni para
quejarme.

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Sin embargo, una duda que me comía desde hacía tiempo era si alguna
vez lograría tener verdaderos amigos, amigos con los que pudiese sentirme
bien y ser yo misma. Que me aceptasen tal y como yo era, y no por
costumbre, resignación, o ese tipo de indolente comodidad que te une a todo
lo que te viene dado sin posibilidad de elegir y que ya das por sentado.
La primera vez que vi a la chica misteriosa me hice el firme propósito de
llegar a conocerla, porque estaba segura de que quería ser su amiga. Ahora me
encontraba con el hecho de que ella, al menos aparentemente, también quería
conocerme a mí. No podía creerlo.
Más adelante recordaría mucho ese momento, dándome cuenta de cómo
algunas cosas suceden porque tienen que suceder, porque eso es lo que está
escrito en alguna parte. Sea donde sea.
—Ah —balbucí—. ¿Dónde te pones en los recreos?
Ella se llevó un dedo a los labios, instándome a guardar silencio.
—Es un secreto —susurró—. Mañana lo verás.
Yo le sonreí, divertida ante lo absurdo de la situación.
—Nos veremos aquí mañana en cuanto suene la sirena, ¿vale? —continuó
ella.
Yo asentí con la cabeza.
—¡Soy una maleducada! —exclamó de pronto—. ¿Cómo te llamas?
—Lorena —respondí, y luego añadí—: Lore.
—Yo soy Andi.
Automáticamente me vino a la mente la peli La chica de rosa, que yo
adoraba, al igual que las demás obras de John Hughes. La había visto algo así
como un millar de veces, al igual que El club de los cinco y Todo en un día, si
bien La chica de rosa era sin duda mi favorita de las tres. Aunque fuese,
también, la más cursi. Estaba claro que nada de ello pegaba en absoluto con
mi nueva imagen de chica dura y mala, pero no podía evitarlo. El cine juvenil
de los ochenta era algo superior a mí, y lo sigue siendo. Y el personaje de
Molly Ringwald en La chica de rosa se llamaba Andie. No pude evitar
relacionarlo.
—Como Molly Ringwald en La chica de rosa —dijo ella de pronto, y
soltó una risita.
Me quedé mirándola como si acabase de ver a través de mí, de leerme la
mente o algo parecido.
—Me encanta esa peli —dije, alucinando—. Es lo que he pensado en
cuanto me lo has dicho.

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—¿Sí? —ella abrió desmesuradamente sus ojos azules—. Jo, creo que
eres la primera persona que conozco a la que le gusta La chica de rosa, ¡y no
porque yo la haya obligado a verla!
A mi juicio, para entonces ya resultaba totalmente imposible recibir más
señales casi divinas de que esa chica y yo teníamos que hacernos amigas. En
ese momento sonó la sirena que anunciaba el final del recreo, y yo casi me
alegré por ello a pesar de lo a gusto que me encontraba, pues tuve la
sensación de que de seguir sucediéndose situaciones surrealistas se me
saltaría algún circuito o algo así.
Andi y yo nos despedimos apresuradamente, y a mí no me importó en
absoluto no haber llegado a hacer las fotocopias por las que había ido hasta
allí. Quedamos en encontrarnos en el mismo lugar al día siguiente. Ella se
puso sus gafas de sol antes de dirigirse al exterior del edificio, y la vi alejarse
a toda prisa.

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Pasé el resto del día con la cabeza en las nubes, impaciente ante la extraña y
prometedora situación que me esperaba al día siguiente. Se me ocurrió pensar
que, aunque siempre había lamentado muchísimo ser tan tímida e insegura y
haber pasado casi toda mi vida sin apenas amigos, lo cierto era que aún podía
sentirme afortunada. Estaba claro que lo de Toni no había salido bien. Es más,
había salido muy mal, fatal. Pero no podía obviar que antes de estropearse
había estado bastante bien. Y todavía me extrañaba el modo en que él se había
fijado en mí, sin conocerme de nada, porque estaba claro que de no haberme
hablado por primera vez aquella mañana en la cafetería, nunca nos habríamos
hecho amigos. Ahora, de nuevo, se me brindaba la posibilidad de conocer a
alguien que, de entrada, ya me parecía fascinante. Y, por supuesto, podía salir
mal. Pero también podía salir bien.
Horas más tarde, traté con esfuerzo de mantener a raya mi emoción.
Supuse que sería mejor no hacerme demasiadas expectativas. Igual se trataba
simplemente de un espejismo, y ella terminaba por decepcionarme en cuanto
la conociese un poco más, por improbable que me pareciese tal posibilidad. O
tal vez esa persona que quería presentarme me caía fatal, y no todo podría ser
tan bonito.
En fin, para bien o para mal, sabía que lo descubriría al día siguiente, así
que lo mejor que podía hacer era tener un poco de paciencia.

Al día siguiente, a la hora del recreo, me dirigí al departamento de


reprografía, tal y como había acordado con Andi. Logré escabullirme de mi
grupito sin explicarles nada acerca de dónde me iba, porque no quería ni
imaginar sus caras de asombro (por no decir repulsa) en caso de que se
enterasen de que había quedado con la terrible chica rara.
Cuando llegué, ella ya estaba allí, con sus habituales gafas oscuras.
—Hola —dijo.
—Eh —repliqué yo, esbozando una amplia sonrisa.

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Me observó en silencio durante un par de segundos.
—Ven conmigo.
La seguí, bastante intrigada. Nos dirigimos al interior de nuestro edificio y
comenzamos a subir las escaleras. Nos cruzamos con un par de estudiantes
rezagados, pero todo el mundo parecía haber salido ya al patio o la cafetería.
—¿Dónde vamos? —pregunté, sintiéndome un poco tonta.
Yo también acostumbraba a quedarme en el edificio, pero para ir a los
cuartos de baño, y sabía que no era allí a donde nos dirigíamos. Crucé los
dedos para que no nos encontrásemos con ninguna de mis compañeras; no me
apetecía escuchar el aluvión de comentarios irónicos que tendría que venir
después.
—Ahora lo verás —respondió ella.
Subimos hasta el último piso, el cuarto. Era la primera vez que subía allí.
Mi aula se situaba en el segundo, y yo siempre estaba allí o en el tercero, que
era donde se encontraban las aulas de informática. En el piso superior las
luces estaban apagadas, como si no se utilizase con frecuencia. Atravesamos
el pasillo inundado en sombras y franqueado de puertas cerradas. Al fin
comprendí que nos dirigíamos a una puerta de doble hoja de color verde que
se encontraba al final del corredor.
—¿Sabías que aquí hay un gimnasio abandonado? —preguntó ella,
haciéndose la interesante como una niña traviesa.
—¿Abandonado? ¿En serio?
Por lo que yo sabía, dado que era el único que había utilizado desde
primero, el gimnasio se encontraba al otro lado del patio, en un pabellón
cerrado e independiente, junto a los campos de fútbol, baloncesto y frontón.
En realidad, se trataba más bien de un almacén de material deportivo, pues
solo nos quedábamos dentro cuando llovía mucho y no podíamos dar la clase
fuera. Me extrañaba que hubiese otro gimnasio en aquel lugar tan extraño, en
el último piso de un edificio completo de aulas, y me recordó un poco a la
típica ubicación de los gimnasios de las pelis de adolescentes, donde se
celebran siempre los aberrantes bailes de graduación, que afortunadamente no
se llevan en este lado del mundo.
Ya estábamos delante de la puerta, y ella empujó una de las hojas con
fuerza.
—¡Aquí estamos! —exclamó.
Yo pasé tras ella, y me encontré con un pabellón no muy amplio,
iluminado por tubos fluorescentes. Era más pequeño que el gimnasio que
siempre utilizábamos, y se trataba también, al igual que el otro, de un cúmulo

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caótico de materiales de gimnasia, pero estos poseían un aspecto mucho más
viejo que los otros. En la parte derecha descansaban un montón de
colchonetas mohosas de colores variopintos, desde un verde asqueroso que en
algún momento mejor de su existencia debió de ser luminoso, hasta un
marrón casi negro por la mugre. Al lado se encontraban, en un tumulto
enredado, un montón de cuerdas de saltar, aros y balones de todos los tipos y
tamaños. Al fondo se amontonaban un par de docenas de polvorientos bancos
de madera. En la parte izquierda se apoyaban contra la pared un montón de
vallas de atletismo, y justo al lado se alzaba un desvencijado potro con
aspecto de tener trescientos años.
Y, apoyado en el potro, había un chico que fumaba un cigarrillo con
parsimonia.
—Esta es Lore —dijo Andi, señalándome—. Lore, este es David.
David, que en aquel momento expulsaba lentamente una nube de humo, se
limitó a hacerme una señal con la cabeza y esbozar una débil sonrisa.
—Bueno, pues aquí es donde pasamos los recreos —continuó Andi,
mientras se dirigía al montón de colchonetas mohosas para dejarse caer
encima—. Un buen día descubrimos que este sitio no estaba cerrado con
llave, y aquí nos quedamos. Sorprendentemente, nunca han venido a decirnos
nada. Yo creo que lo tienen olvidado por completo.
Yo miré a un lado y a otro, sin saber muy bien dónde colocarme.
—Andi piensa que cerraron este sitio porque un crío se mató en clase de
gimnasia, y desde entonces su espíritu permanece aquí, atormentando a todos
los incautos que se atreven a entrar —soltó David de un tirón.
Yo jamás, desde que estaba en el instituto, había visto a David. Y estaba
segura de ello por la sencilla razón de que, si le hubiese visto, no habría
podido olvidarme de él. Si Toni, con todo su aspecto de chico malo metalero,
ya me había parecido llamativo, David lo era muchísimo más. No tenía pinta
de heavy, ni de nada que se pudiese catalogar con facilidad, pero, en conjunto,
por decirlo de alguna manera, se trataba de la persona con más aspecto de
perversa estrella de rock que había conocido en mi vida. Tenía el pelo lo
suficientemente largo como para no poder considerarse corto, y demasiado
corto como para considerarse largo, en una especie de desordenada media
melena cuyos mechones de color castaño claro le caían parcialmente sobre la
cara. Su rostro delgado poseía líneas duras y marcadas, con rasgos afilados
entre los que destacaban una nariz larga y fina y una boca de sonrisa
punzante. No alcanzaba a ver el color de sus ojos, pero sí cómo me
observaban con astucia. Llevaba una camiseta con la portada del Bloody

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Kisses de Type O Negative (banda a la que, por cierto, yo también me había
aficionado en los últimos tiempos), vaqueros repletos de rotos y unas
zapatillas deportivas blancas que habrían conocido tiempos mejores hacía
siglos.
Para mi tremenda desgracia, me pareció guapísimo. Mucho más que Toni,
y eso ya era decir. Y tampoco se trataba de un chico objetivamente precioso,
pero su aspecto me parecía tan inquietante y misterioso que tenía que
resultarme atractivo por necesidad. No habría sabido decir cuántos años tenía.
Parecía bastante joven, pero su expresión me decía que era algo mayor que
Andi y que yo.
Que me pareciese guapísimo me pareció una desgracia más allá de las
consecuencias que aquello pudiese traer consigo más adelante. En aquellos
momentos, me resultó algo inconveniente por la sencilla razón de que yo ya
era lo suficientemente tímida de normal, de fábrica, como para sentirme
incómoda con aquella situación, y el hecho de que David me pareciese guapo
tan solo podía contribuir a empeorar la cosa.
—Y… —balbucí, sintiéndome estúpida aún sin saber todavía qué pensaba
decir—, ¿es verdad que murió un niño?
Los dos, Andi desde su cómodo asiento en las colchonetas, y David desde
su impertérrito apoyo contra el potro, se echaron a reír, divertidos.
—Ni idea —respondió él—. Seguramente no.
—Pero no se me ocurrió ninguna otra explicación razonable para que
dejasen esto abandonado —explicó ella—. Y, además, me parece una
hipótesis guay.
Yo reí también, intentando relajarme un poco. Decidí tomar asiento junto
a Andi en las colchonetas, porque había espacio de sobra. Miré de soslayo a
David, para encontrarme con que me observaba con curiosidad.
—Bueno, Lorena —comenzó, pronunciando mi nombre completo con
lentitud, como quien se dispone a psicoanalizar a su nuevo paciente—. Andi
me contó que te vio el otro día en el cuarto de baño y que… le provocaste
curiosidad.
Yo sentí cómo me ruborizaba. Sabía que era algo así lo que había pasado,
pero me resultó raro escuchárselo decir. Observé cómo los dos se sostenían
una mirada, ella sonriendo divertida, y él permaneciendo serio e inquisitivo.
—A mí ella también me provocó curiosidad —respondí, con sinceridad.
—Algo así nos habíamos imaginado —continuó él—. Y no porque nos
creamos lo más genial del mundo, quiero decir. Pero está claro que en esta
mierda de sitio no abunda la gente con pinta de… tener ideas propias.

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Yo me eché a reír irónicamente, dándole la razón. No podía estar más de
acuerdo, y eso de oírle decir a otra persona algo que yo misma había pensado
tantas veces me pareció muy estimulante.
—Lore, lo que queremos decir, así en pocas palabras —dijo Andi—. Y te
lo digo porque como nos tomemos esto tan en serio pensarás que somos algo
así como una especie de secta chunga, es que habíamos pensado que igual te
apetece venirte con nosotros en los recreos. Por eso te he traído aquí hoy.
Yo les miré alternativamente; a él, que continuaba con su cigarro y me
observaba impasible, y a ella, que esbozaba su habitual sonrisa de niña
pequeña.
—Me parece guay —dije—. En todo el tiempo que llevo aquí no es que
haya conocido a mucha gente con la que poder hablar…
—Eso nos pasaba a nosotros hasta que nos conocimos —dijo David—.
Por cierto, ¿qué estudias? No estás en BUP, ¿no? No te habíamos visto antes
por el edificio.
—No, estoy en FP —respondí, como quien confiesa algo horrible y
vergonzoso—. Es el primer año que estoy aquí, nos han cambiado de edificio.
Antes estábamos en el grande, al otro lado del campo de fútbol.
—Ah —hizo ella—. Ya, es verdad, nos dijeron que iban a meter cursos de
FP por aquí.
—Pues eso… —y como me apetecía desviar la atención, decidí preguntar
yo—: Y vosotros, ¿en qué curso estáis?
—En tercero —dijo ella rápidamente—. Yo, porque me toca. Y el
señorito, porque está repitiendo. David, ya sabes que tienes que ponerte las
pilas o este año te vas a la calle.
—Bah —hizo él, como si sus estudios fuesen la última cosa en el mundo
que le preocupase.
—Yo preferiría estar en BUP —intervine—. La FP no me mola
demasiado. Y me da la impresión de que la gente de mi clase tiene
inquietudes intelectuales nulas.
Andi se echó a reír.
—Pero, chica, eso pasa en todas partes. No te pienses que en bachillerato
todo el mundo quiere estudiar.
—Ya, bueno, pero… No sé, las asignaturas son muy técnicas. No hay
nada interesante.
—Nunca hay nada interesante en el instituto —dijo ella—. Lo más valioso
que puedas aprender, no te lo enseñarán aquí. Al igual que nada de lo que te

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metan en la cabeza va a determinar quién eres o quién vas a ser. Eso es algo
que depende solo de ti.
Me pareció que tenía razón, y me alivió que no tuviese la típica visión tan
imperante entonces de que la gente de FP era lo peor. Yo ya había pensado en
lo que ella decía, todo eso de que uno acaba siendo como quiere
independientemente de lo que le metan en la cabeza y de lo que le hagan
hacer con su vida. Pero en ocasiones me torturaba la posibilidad de no haber
elegido bien, de estar perdiendo el tiempo con algo que no me llenaba. En
verdad, se trataba de una impresión bastante vaga, pues yo entonces, en el
fondo, no tenía ni la menor idea de lo que quería hacer en el futuro, y
seguramente me habría encontrado con el mismo tipo de dudas si hubiese
estudiado BUP.
A veces, cuando pensaba en ello con detenimiento, debía reconocer que el
problema estaba justamente ahí: en que yo no sabía qué quería hacer. Qué
quería ser. Casi todo el mundo que conocía tenía una idea bastante exacta de a
qué quería dedicar su vida, ya fuese por convicción propia o por influencia de
sus padres. Todos sabían hacia dónde se dirigían sus pasos: estudiarían
Administración de Empresas, o Graduado Social, o dejarían de estudiar
después de la FP y desempeñarían la profesión para la que habían sido
aleccionados, que se trataba en realidad de la opción que elegiría la mayoría.
Puede que muchos, demasiados, careciesen de toda vocación, pero al menos
carecían de ella de un modo consciente, y era algo que no les preocupaba en
absoluto. Yo, en cambio, quería, poseía el impreciso deseo, de hacer algo
interesante con mi vida, pero no sabía qué. De muy pequeña había querido ser
veterinaria, pero luego se me había pasado el interés. También se me había
ocurrido en algún momento ser abogada, supongo que por culpa de algún
personaje guay que había visto en alguna peli (porque, en verdad, el tema no
me llamaba en absoluto). Ahora, sin embargo, lo único de lo que estaba
segura era de que no me gustaba estar en FP, pero tal vez se trataba más bien
de que no tenía ni la menor idea de lo que quería.
¿Qué quería hacer yo? Supongo que mis verdaderas inquietudes se
dirigían, precisamente, hacia todo eso que mi madre quería evitar, y que tiraba
más hacia lo artístico. Me gustaba escribir, y me parecía atractiva la idea de
ser escritora, pero eso era algo que nadie con dos dedos de frente se planteaba
como una posibilidad de futuro real, a corto plazo. También me gustaba
dibujar, y me atraía la idea de estudiar Bellas Artes, y más aún con todo lo
que me había explicado Susana al respecto. Pero eso tampoco entraba dentro

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de las posibilidades reales y sensatas, y mi madre se habría tirado de los pelos
si se lo hubiese dicho.
En definitiva, yo era lo bastante razonable como para comprender, como
para asumir, que estudiar para tener un título que me permitiese tener un
trabajo serio era algo que debía hacer. Pero también sabía que me resultaría
complicado sentirme realizada.
Sin embargo, todo ello, que solía preocuparme bastante, y a lo que daba
muchísimas vueltas, era algo que no parecía quitar el sueño en absoluto a mis
dos nuevos y extraños amigos. Ambos eran la antítesis viviente de la falta de
personalidad que yo había observado por doquier, y, sin embargo, ninguno de
los dos parecía ni mucho menos inquieto respecto a su futuro. Era como si
tenerse a ellos mismos les pareciese suficiente, como si nada más importase.
Continuamos hablando, y el ambiente se relajó más, al menos para mí,
que era la que todavía me encontraba bastante cohibida. Pero, tal y como
sucede siempre que se está a gusto, el recreo se esfumó antes de que pudiese
darme cuenta, y de pronto ya estaba allí el timbre, perforándonos el cerebro
con su irritante alarido. Nos dispusimos a salir del gimnasio abandonado, y tal
vez encantado.
—Nos veremos mañana por aquí, ¿no? —preguntó Andi.
Yo sonreí.
—Claro.

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Al día siguiente, volvimos a encontrarnos en el gimnasio fantasmagórico.


Esta vez acudí allí directamente en cuanto sonó la sirena del recreo, dando
esquinazo una vez más a mis compañeras y aprovechando el caos reinante en
las escaleras para que nadie advirtiese que me dirigía al cuarto piso.
Cuando llegué, Andi y David ya estaban allí, esta vez acomodados ambos
en el montón de colchonetas. Ella estaba abriendo el envoltorio de un
Phoskitos, y él llevaba una lata de cerveza en la mano.
—Eh —dije, entrando en el recinto, y dirigiéndome al montón de
colchonetas.
Me quedé mirando a David, que le estaba dando un largo trago a la
cerveza.
—Almuerzo sano —dije, con ironía—. No me digas que venden alcohol
en la cafetería.
Él rio.
—Qué va, me la traigo de casa. La necesito para sobrevivir toda la
mañana.
—Así empiezan los alcohólicos, bebiendo a diario en situaciones
cotidianas, ¿sabes? —dijo Andi.
David le propinó un puñetazo afectuoso en el hombro, y ella soltó una
risita.
—Tu adicción a los Phoskitos es mucho más insana, y lo sabes.
El día anterior, después de estar con ellos en el gimnasio, me estuve
preguntando si había algo entre David y Andi. Es decir, algo más allá de una
buena amistad. Parecían tener mucha confianza el uno con el otro, y eso era
algo que me parecía muy obvio aunque apenas les conociese. Era algo que se
dejaba entrever en las miradas que cruzaban, en la forma de tratarse. Sin
embargo, hasta el momento no había visto ninguna conducta, por parte de
ninguno de los dos, que dejase claro que estaban juntos, así que yo no tenía
por ahora modo de saberlo.

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Me parecía muy surrealista todo aquello: el modo en el que, de la noche a
la mañana, habían aparecido en mi vida, y cómo ahora yo me encontraba allí,
en aquel lugar tan extraño y polvoriento, y en su compañía.
Hasta el momento nunca había relacionado el instituto con ningún vago
concepto de pasarlo bien, dejando a un lado la época en la que Toni y yo
habíamos sido colegas. De hecho, una de las primeras cosas que había
asumido con más rapidez acerca de mi vida en el instituto se refería
justamente a eso: aunque se suponía que era un lugar divertido y molón,
según lo pintaban las series y pelis de adolescentes, y según parecían pensar
las chicas populares, que encontraban diversión en cualquier cosa (o, más
concretamente, en cualquier forma de crueldad), para mí, hasta el momento,
esas instalaciones a las que tenía que acudir todos los días por obligación se
habían convertido en lo mismo que mi colegio de primaria: iba allí, atendía en
clase, aprendía cosas que no me importaban demasiado, hacía deberes,
aprobaba exámenes. No poseía ningún motivo para considerarlo divertido, ni
para echarlo de menos durante los fines de semana o las vacaciones.
Ahora, sin embargo, estaba allí, en el mismo instituto al que había acudido
ya durante dos cursos completos, pero la situación en la que me encontraba
resultaba tan diferente que apenas podía relacionarlo. Era como si el pequeño
y abandonado gimnasio supusiese un mundo aparte, una especie de dimensión
paralela donde no existían mis insulsas compañeras ni las aburridas clases. El
único lado malo residía en la certeza de que a partir de ahora los recreos se
me pasarían volando.
—Lore —dijo David, sacándome de golpe de mis ensoñaciones—,
cuéntanos algo de ti, ¿no?
Guardó silencio, observándome con expectación, al igual que hacía Andi
mientras se terminaba su Phoskitos.
De pronto, y sin ánimos de desviar la atención, ya que no era esa ni
mucho menos mi intención, se me ocurrió que había algo que me moría por
preguntar.
—Antes quiero hacer yo una pregunta —dije.
Observé a Andi, cuyas gafas oscuras descansaban en su cabello, a modo
de diadema.
—¿Por qué llevas siempre gafas de sol? —pregunté.
No es que el hecho en sí de llevar gafas de sol me pareciese asombroso,
por supuesto. Pero el caso es que Andi las llevaba siempre, excepto cuando se
encontraba en un recinto cerrado. Bastaba con salir a la luz del día para que se
las pusiese a toda prisa, incluso aunque estuviese nublado. De hecho, dos días

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antes el cielo había amanecido totalmente gris, y ella se había puesto las gafas
antes de salir al patio desde el departamento de reprografía.
Se encogió de hombros, inocentemente.
—Me gustan las gafas de sol —respondió, sin más.
David soltó una risita burlona.
—Está mintiendo, que lo sepas —intervino—. Bueno, o igual no; pero el
caso es que no es esa la causa principal. La explicación que me dio a mí
cuando le pregunté lo mismo fue muy, muy diferente.
Me quedé mirándoles alternativamente, sin saber de qué demonios
hablaban. David, tanto por sus palabras como por el tono confidencial que
había utilizado para pronunciarlas, parecía dar a entender que existía algún
otro motivo, más concreto y extraño.
—Eh, ya podías dejar que se lo explique yo —protestó Andi.
—Pero si no he dicho nada —replicó él—. Además, le has contestado
como si no quisieses explicárselo. Lo cual no me extraña en absoluto: el
noventa por ciento de la gente pensaría que estás grillada. Yo lo pienso.
—Calla, idiota.
—Lore parece guay, lo mismo ella no acaba pensando que estás loca. O
igual, aunque lo piense, sigues cayéndole bien.
David se me quedó mirando de una forma bastante enigmática, y Andi
suspiró con lo que parecía ser una fingida exasperación. Yo no tenía ni idea
de lo que estaban hablando, pero la situación comenzaba a parecerme
divertida, con independencia de lo que tuviese que venir a continuación.
—Lore —dijo Andi, como si se dispusiese a explicarme algo bastante
complejo—, ¿viste la camiseta que llevaba cuando nos conocimos?
Por supuesto que la había visto. ¡Como para no verla!
—¿La de Soy un vampiro adolescente? Claro que la vi, y me quedé con
ganas de preguntarte de dónde la habías sacado.
—Pues, bueno, eso que ponía en la camiseta… Eso es lo que soy.
Me quedé en silencio, mirándola con asombro. ¿Me estaba diciendo que
era una vampira? Aquello me pareció tan de guión de película de terror
adolescente, que casi me esperé que en cualquier momento alguien gritase
“¡Corten!”. David se estaba riendo, y ella le miraba molesta, como si lo que
acababa de decir le pareciese algo muy serio.
—Él no me cree —dijo—. Pero es la verdad.
—Claro que no te creo. Y no lo haré hasta que me expliques qué narices
hace una vampira yendo al instituto. Yo siempre había pensado que los
vampiros tendrían cosas más interesantes que hacer con su tiempo. Además,

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si no envejeces y se supone que tendrás dieciséis años durante toda la
eternidad, ¿qué piensas hacer? ¿Pasarte la vida estudiando tercero de BUP?
Aunque, bueno, no podrás estudiar para siempre tercero de BUP, porque este
es el último año… Tendrás que pasar al nuevo bachillerato, y dentro de unos
cuantos años, o décadas, pasarás a otros nuevos sistemas educativos. Qué
divertido.
—Oye, ya te lo he explicado millones de veces —le cortó ella, irritada—.
Es una simple maniobra de distracción. Si tengo pinta de tener dieciséis años,
debo hacer las cosas que hace la gente de dieciséis años. Y, además, mi padre
quiere que parezca una chica normal.
—Nena, tú no parecerías normal ni aunque lo intentases con todas tus
fuerzas.
—A ver, un momento —les interrumpí yo, de golpe.
Aquello era demasiado.
A mí, de entre todos los seres monstruosos de ficción, los que más me
habían gustado siempre eran los vampiros. Me parecían mucho más
interesantes y morbosos que los hombres lobo o los zombies. Siempre me
había encantado el cine de terror, y las pelis de vampiros eran mis favoritas
dentro del género. También tenía un montón de libros sobre el tema, que
había devorado más veces de las que podía contar. Vamos, que el mundo de
los vampiros no me era precisamente ajeno. Pero jamás, jamás, me había
encontrado con nadie que afirmase ser uno. Puede que en general mi vida
social no hubiese sido muy intensa en lo que llevaba de existencia, pero eso
no era excusa. No pensaba que entrase dentro de lo habitual eso de conocer a
alguien que se creyese vampiro.
—¿Me estás diciendo —comencé, con lentitud— que eres una vampira?
¿Una vampira de verdad?
—Sí, eso te estoy diciendo —afirmó ella vehementemente.
—Casi que entiendo que no se lo quisieras decir —murmuró David—.
Ahora la pobre pensará que está hablando con una desequilibrada, y que casi
preferiría estar en compañía de sus compis de clase, las sosas.
—Puedo salir a la luz del día —prosiguió ella, ignorándole—. No puede
matarme, ni nada de eso. Pero me resulta incómoda. Me molesta muchísimo
en los ojos. Por eso procuro llevar siempre las gafas de sol.
Yo la observaba con la boca abierta, literalmente. Andi me miraba a los
ojos, esperando alguna reacción por mi parte. Mi mirada se movió desde ella
hasta David, que me observaba también con interés, y luego de nuevo hacia
ella. Me fijé en que era muy pálida y en que sus ojos estaban rodeados,

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además del lápiz de ojos negro, por profundas sombras violeta. Pero que fuese
una chica pálida y con ojeras no tenía por qué convertirla en una terrible
criatura nocturna.
—Aaah —susurré—. Ya lo entiendo.
—Pues eso —ella sonrió satisfecha, como si no hubiese nada más que
añadir.
—Por si te sirve de algo —dijo David—, durante la mayor parte del
tiempo puedes obviar el hecho de que es una vampira, porque se comporta
como una humana. Aunque no lo sea, ya sabes.
No podría decir qué me parecía más absurdo, si el hecho de que ella me
acabase de contar con toda tranquilidad que era una vampira, o el modo en
que David se burlaba de ello sin piedad, pero casi sin darle importancia.
Por el momento, llegué a una conclusión. No tenía ni la más remota idea
de por qué ella decía que era una vampira. Y, evidentemente, me sentía
incapaz de creer sus palabras, al menos por el momento. Además, si me
paraba a pensarlo con detenimiento, sabía que encontraría centenares de
preguntas que plantearle al respecto, y también sabía que ella no sería capaz
de responder de un modo lógico ni a una décima parte. Pero tenía clarísimo
que no pensaba alejarme de ninguno de los dos. Me parecían demasiado
divertidos y fascinantes como para ello, fuese en el sentido que fuese.

Nos volvimos inseparables desde aquella mañana, y mi día a día cambió de


un modo radical. Volví a experimentar lo que había sentido al conocer a Toni:
ahora ya no era asqueroso tener que ir al instituto, y ansiaba durante todo el
día la llegada de la hora del recreo. Solo que ahora era mejor, mucho mejor.
Nos lo pasábamos en grande hablando de todo, poniendo de vuelta y media a
los compañeros que no nos gustaban (que eran la mayoría), comenzamos a
intercambiar discos porque teníamos gustos bastante similares, y también
películas, la mayoría de terror de serie B y grabadas en cintas VHS a horas
intempestivas de la madrugada, costumbre que parecíamos compartir los tres.
Me parecía increíble que nos llevásemos tan bien, cómo podía hablar de lo
que quisiese y ser yo misma sin que se me juzgase superficialmente como una
chica rara y ya está. Estaba claro que ninguno de nosotros éramos demasiado
normales, de acuerdo a la común acepción del término, pero entre nosotros
todo parecía tan natural como si nos conociésemos de toda la vida, casi como
si fuésemos familia.

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Decidí no sacar el tema del presunto vampirismo de Andi, no hacerle
preguntas al respecto. Me di cuenta muy pronto de que a Andi era mucho
mejor no presionarla. Ella contaba lo que quería contar, y en los momentos en
los que consideraba que debía hacerlo, pero no parecía sentirse cómoda
cuando se le instaba a hablar de algún asunto que no le apetecía tocar. En esos
momentos, su estado de ánimo, habitualmente risueño, se tornaba un tanto
hermético, y hacía todo lo posible por cambiar de tema de conversación. A
mí, en cualquier caso, no me importaba. David y ella encarnaban a las
personas más fascinantes que había conocido desde que estaba en el instituto.
Es más, encarnaban a las personas más interesantes que había conocido en mi
vida. Y no tenía intención alguna de que nuestra relación se convirtiese en
algo fugaz. Si Andi necesitaba tiempo para hablar en profundidad de sí misma
y de su vida, yo estaba dispuesta a esperar ese tiempo. Al fin y al cabo,
tampoco a mí me resultaba muy fácil hablar de mí misma y de mis
sentimientos. Tantos años de relativa soledad, de abrirme tan solo a personas
muy cercanas, de haber tenido como única confidente a mi tía Susana, me
habían convertido en una persona bastante desconfiada, y sabía que yo
también necesitaría mi tiempo para cambiar eso. Por el momento, era feliz
con ellos, lo pasaba bien y me sentía aceptada, al fin. Y con eso tenía
suficiente.
Por las noches, antes de dormirme, cuando revivía en mi mente todo lo
sucedido durante el día, no podía evitar pensar que Susana parecía seguir
velando por mí aunque estuviese lejos. Su marcha a París y la aparición de
mis dos nuevos amigos eran dos sucesos que habían ocurrido de un modo
prácticamente correlativo, como si alguien se hubiese ocupado de no dejarme
sola, de que no notase tanto su ausencia. Ahora, cuando nos llamábamos por
teléfono, cada vez me sentía más capaz de hablarle con optimismo de cómo
marchaban las cosas. Porque a mí, y ahora de verdad, también me iba bien.

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No pasó mucho tiempo hasta que nos vimos fuera del instituto por primera
vez. Ese día significó también la primera vez que hice algo nuevo y
totalmente desconocido para mí: pelarme las clases.
En mi colegio resultaba técnicamente imposible saltarse alguna clase. No
se trataba del típico instituto donde te controlan lo justo y ya empiezan a
tratarte como si tú fueses el único responsable de la buena o mala marcha de
tus estudios. El mío era un centro concertado, mis padres gastaban mucho
dinero cada mes para que yo pudiese estudiar allí, y eso significaba que
alguien tenía que asegurarles que su hijita asistiría a todas las clases y que, en
caso de no hacerlo, sufriría el pertinente castigo. Todas las ausencias debían
justificarse a través de un parte firmado por los padres, y no era posible
abandonar las instalaciones del centro antes de finalizar las clases, a menos
que se aportase también un parte convenientemente firmado. En caso de no
presentarse tal parte, el jefe de estudios llamaba por teléfono a los padres, de
modo que la posibilidad de hacer pellas sin ser descubierto quedaba
descartada. En definitiva, pretender pelarse aunque fuese una sola clase no se
trataba de una tarea fácil, y, en caso de decidir hacerlo, el único modo de salir
impune pasaba por falsificar el justificante paterno y, a poder ser, hacerlo
bien.
No era un panorama muy alentador. Por eso me quedé mirando a Andi y a
David con auténtico asombro, casi con escándalo, cuando una mañana de
miércoles me comentaron su intención de no asistir a clase al día siguiente.
—Los jueves son asquerosos. Me tocan todas las asignaturas odiosas a la
vez —explicó Andi, como si aquello justificase a la perfección lo que
pretendía hacer.
Lo cierto es que la configuración de mi horario también hacía de los
jueves el día más odioso de la semana. Para empezar, tenía clase de gimnasia,
y la odiaba.
—Hace tiempo que no nos cogemos un día libre, a mí me apetece —
comentó David, con despreocupación.

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Aquello me dejaba bien claro que no era la primera vez que hacían algo
así. En realidad, no me sorprendía demasiado.
—¿Y qué hacéis luego con los justificantes? —pregunté yo.
Se quedaron ambos mirándome con extrañeza, como si yo fuese muy
inocente.
—Los falsifico, por supuesto —respondió David—. Además, la firma de
mi madre es súper simple. Es muy fácil copiarla.
—Yo también los falsifico —añadió Andi—. Pero la firma de mi padre no
es tan fácil de imitar, y de hecho una vez me pillaron.
Yo abrí unos ojos como platos. No me sorprendía que quisiesen pelarse
las clases y que lo hubiesen hecho más de una vez con anterioridad, pero me
parecía alucinante que Andi repitiese si ya había sido descubierta una vez.
Supongo que el hecho de escandalizarme tanto con ese tipo de cuestiones era
lo que, de una forma odiosa para mí, me mantenía tan atada a mi sempiterna
fama de buena chica.
—¿Te pillaron? ¿Y qué pasó? —pregunté, intrigada.
Andi se encogió de hombros con indiferencia.
—Nada —respondió—. Mi padre me echó una bronca, pero luego me dijo
que hiciese lo que quisiese, que al fin y al cabo, si me pelaba clases y luego
me iban mal los estudios, la que más perdería sería yo.
—Ahora es cuando Lore se pregunta por qué diablos habría de
preocuparse tu padre por tus estudios, si al fin y al cabo eres una vampira que
nunca jamás dejará de tener aspecto de chica de dieciséis años —apuntó
David con tono burlón.
Andi le respondió propinándole un puñetazo en el hombro.
—No empieces —replicó, cortante.
—Pero si es verdad. No me pegues. Eres tú la que va por ahí diciendo que
eres una vampira, deberías entender que me cuestione este tipo de cosas…
—Yo no voy por ahí diciendo nada. Lo sabe muy poca gente.
—Y menos mal.
—Bueno, a ver —les interrumpí yo, tratando de volver de nuevo a lo
importante, que para mí, en aquellos momentos, se reducía a su intención de
pelarse las clases—. ¿Entonces mañana no vais a venir?
—No —respondieron ambos casi al unísono.
Yo dudé durante unos segundos antes de continuar.
—¿Y qué vais a hacer?
Ellos intercambiaron una mirada. Luego me miraron a mí.

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—Pues, no sé, lo de siempre —dijo ella—. Dar vueltas por ahí, ver
tiendas. Todo eso, ya sabes.
Ninguno de los dos había pronunciado aún las palabras mágicas. No me
habían invitado a ir con ellos, y yo, por el momento, no sabía si no lo habían
hecho porque no querían que les acompañase, o porque daban por supuesto
que yo me negaría. Pero el caso es que ya se me había formado un nudo de
emoción en el estómago. Aquello sonaba tan bien. No podía quitarme de la
cabeza el frenético día de pellas de Ferris Bueller, en compañía de su colega y
su novia, en una de mis adoradas películas de John Hughes. Además, lo de
pelarme las clases era una de tantas cosas propias de chicas malas que yo
nunca había llevado a cabo, y que, precisamente por eso, ejercía sobre mí una
fascinación de lo más perversa.
—¿Puedo apuntarme? —pregunté al fin, atreviéndome a hacer algo que
nunca jamás hacía: tomar la iniciativa.
Los dos esbozaron amplias sonrisas, por lo que supuse que no había sido
mala idea formular la pregunta.
—Yo pensaba proponértelo, pero no sabía si querrías —dijo Andi.
En verdad, hasta hacía pocos segundos yo tampoco sabía que quería.
Tendría que falsificar la firma de mi madre, y eso era algo que nunca había
hecho. Aceptar ese plan, aceptar que me apetecía muchísimo ese plan,
suponía algo así como dar el paso definitivo hacia el lado oscuro. Me
inspiraba respeto, pero no se trataba de una sensación desagradable.
—Pues genial, entonces. Esta vez seremos tres —dijo David.

Así que a la mañana siguiente me levanté a la hora habitual, y desayuné como


de costumbre. Luego salí de casa cargada con la mochila a la misma hora a la
que lo hacía siempre, aunque esta vez me cuidé de no meter en ella todos los
libros y libretas correspondientes a las asignaturas de los jueves, porque no
me iban a hacer ninguna falta, y llevar un montón de peso porque sí me
parecía una solemne tontería.
Había quedado con David y Andi en la boca de metro de Colón, en pleno
centro de la ciudad. Me separaban siete estaciones desde la parada más
cercana a mi casa, y me pasé todo el trayecto mirando a un lado y a otro,
devorada por la paranoia. Me daba la impresión de que en cualquier momento
aparecería alguien conocido que me descubriría en mi terrible acción. Una
vez en Colón, mientras subía por las escaleras mecánicas atestadas de
personas que se dirigían a sus lugares de trabajo, me fui tranquilizando poco a

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poco. No tenía por qué encontrarme con nadie, y, en realidad, me parecía
bastante improbable que lo hiciese. Mi padre trabajaba al otro lado de la
ciudad, y mi madre solo venía al centro algunos sábados para ir de compras a
El Corte Inglés. Entre semana no pisaba esa zona para nada, y mucho menos
un jueves, que era el día de mercado en mi barrio. En caso de encontrarme
con alguien conocido como mucho se trataría de algún vecino o amigo de mis
padres, y en caso de que eso sucediese y que el encuentro llegase a oídos de
mis padres tan solo tendría que negarlo todo una y otra vez, aludiendo a una
posible confusión. No podía ser tan difícil.
Cuando salí a la calle, Andi ya estaba allí, pero David aún no había
llegado. Me pareció extrañísimo verla por primera vez fuera del marco
habitual del instituto, y, más concretamente, del gimnasio fantasmagórico.
Aunque era muy temprano y todavía no brillaba el sol, ya llevaba puestas sus
gafas oscuras.
—¡Hola! —exclamó, sonriendo.
—Hola —saludé, y añadí tras unos segundos—. Supongo que lo de la
paranoia horrible se irá pasando cuantas más veces haga esto, ¿no?
Ella se echó a reír.
—Sí, no te preocupes, al principio es normal. Es como que piensas que
absolutamente todo el mundo va a dejar de hacer lo que sea que hace cada día
para seguirte y espiarte. Al final te das cuenta de que no es así: todo el mundo
hace lo de siempre, y solo tú haces algo distinto. Y a no ser que te pongas ante
el camino de alguien en particular, lo normal es que no te encuentres a nadie.
—Ya me imagino.
—¿Es la primera vez que haces esto?
La pregunta no me sorprendió, pero no pude evitar sentirme un poco
tonta.
—Sí —musité—. No sé, nunca había tenido necesidad de hacerlo. Nunca
había conocido a nadie en el instituto con quien me apeteciese pelarme las
clases.
Por suerte, esa se trataba de una buena excusa.
—Ah, claro —replicó Andi—. ¿Sabes? Este es el momento del día que
más me gusta cuando me pelo las clases. Hasta que llegan las diez, que es
cuando abren todas las tiendas. Hasta entonces, es como si todo estuviera
dormido. De normal no se puede apreciar porque a estas horas ya estamos
entrando en clase.
Comprendía a la perfección lo que quería decir. Por las mañanas, a esas
horas tempranas en las que todavía está amaneciendo, todo permanece como

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anestesiado. Hay gente caminando por la calle, pero todos se mueven deprisa
y hablan poco, incluso aunque vayan acompañados, porque son personas que
se dirigen al trabajo, o a clase, y están todavía medio dormidas, y, además, de
mal humor, porque preferirían estar en casa, en la cama durmiendo, o
acurrucados en el sofá disfrutando de la extraña programación matinal.
Extraña porque, en verdad, muy poca gente la consume. Los niños pueden ver
como mucho medio capítulo de alguna serie de dibujos, y los mayores pueden
ver un trozo de los informativos o de los típicos programas de tertulias en los
que se debate sobre política y asuntos tan poco entretenidos para esas horas
del día. Solo las amas de casa y los ancianos se libran de la rutina general, y
acaban llenando sus mañanas de tareas que a los demás se nos antojan
inimaginables, porque nunca las llevamos a cabo.
Para quien camina por la calle, dirigiéndose al colegio, o a la oficina, o a
dónde sea, se trata de una situación bastante injusta. Porque es un momento
bonito, el cielo cambia de color conforme amanece, y los pájaros comienzan a
cantar, y se respira un aire mucho más fresco del que se respirará durante el
resto del día. Pero, aunque todo eso esté bien, no podemos llegar a disfrutarlo,
porque la modorra y el mal humor nos nublan la visión, y porque el trayecto
hacia el colegio y el trabajo nunca es tan extenso como para que nos dé
tiempo a detenernos en ello, ya que enseguida estamos allí, y tenemos que
preocuparnos de otras cosas, ninguna de ellas divertida.
Obviamente, había podido sentir todo eso. Lo había experimentado esas
mañanas en las que me había levantado enferma, con fiebre, con un enorme
catarro encima, y mi madre me había permitido no ir al instituto, y en lugar de
eso me había acompañado al médico. Había podido apreciar, incluso
congestionada y con dolor de cabeza, la honda diferencia entre salir a la calle
de buena mañana para ir al instituto, y hacerlo para ir al médico, sabiendo que
después regresaría a casa y me quedaría allí aletargada durante el día.
También había podido experimentarlo durante las vacaciones, esas vacaciones
que solo tienen los estudiantes, y no el resto del mundo, cuando sabes que
puedes quedarte en casa durmiendo mientras los adultos tienen que seguir
madrugando para ir a trabajar, o cuando sales a comprar el pan y te das cuenta
de que no hay nadie por el barrio más allá de esas personas con las que nunca
puedes coincidir en otro momento del año.
Hay algo perverso en disfrutar del tiempo libre sabiendo que el resto del
mundo sigue su curso.
Sabía a lo que se refería Andi, y yo también lo sentía.

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David llegó unos minutos después, y entonces nos pusimos en marcha.
Aún quedaba mucho rato hasta que abriesen las tiendas, y no nos quedaba
más opción que disfrutar de la mañana aún dormida. Comenzamos a caminar
perezosamente por las calles torcidas del centro, cruzándonos tan solo con
ejecutivos trajeados que caminaban veloces cargando maletines de piel, con
madres que tiraban de las manos de sus hijos porque llegaban tarde al colegio,
con chicos y chicas de nuestra edad que cargaban también con mochilas y se
dirigían a sus institutos. O tal vez no. Tal vez tan solo callejeaban, como
nosotros.
Hacía frío a esas horas de la mañana. Nuestros alientos formaban
nubecillas de vaho y la humedad se colaba sin ningún esfuerzo por nuestras
chaquetas. Aprovechamos que no había nada más que hacer, nada en lo que
ocupar nuestro tiempo, para adentrarnos en el casco antiguo, y escuchamos
nuestros pasos resonando en las calles empedradas y levantando eco a nuestro
alrededor.
Caminamos durante mucho rato, torciendo por calles estrechas no
demasiado limpias, atestadas de los restos de las batallas de la noche anterior,
porque el casco antiguo estaba repleto de pubs, y esos pubs no dormían
nunca, no importaba el día de la semana en que nos encontrásemos. El barrio
parecía un fantasma de sí mismo a aquellas horas. Yo siempre lo había visto
por la tarde y por la noche, siempre lleno de gente yendo de compras o de
fiesta. Ahora no había absolutamente nadie.
—Siempre que vengo por aquí a estas horas me siento como si se hubiese
acabado el mundo —comentó David.
—Sí, es un poco apocalíptico —repliqué—. Como si un virus hubiese
acabado con la humanidad.
—Y fuésemos los únicos supervivientes, condenados a enfrentarnos a
hordas de zombies hambrientos… —puntualizó Andi.
Nos echamos a reír. Nuestras risas levantaron oleadas de eco, y yo por lo
menos me sentí casi culpable por armar jaleo en medio de aquel silencio.
Resultaba hasta un poco irrespetuoso.
Acabamos instalándonos en un parque, pequeño y frondoso, situado cerca
de la catedral. Soltamos las mochilas y nos acomodamos en una breve
extensión de césped, apoyados en un gigantesco ficus centenario con aspecto
de criatura anciana y respetable.
David no tardó ni diez minutos en ponerse a liar un porro enorme. Una
vez terminó, lo encendió y le dio una honda calada, y luego se lo pasó a Andi.
Ella me lo ofreció, pero yo me negué. En lo que llevábamos de día ya había

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hecho suficientes cosas poco propias de mí, y no me apetecía nada añadir una
más a la lista. Además, nunca había fumado y no tenía ninguna intención de
comenzar. De algún modo, el hecho de negarme a algo que el noventa por
ciento de la gente de mi edad que conocía hacía de forma habitual no se me
hizo tan difícil en aquellos momentos. Me sentía demasiado a gusto,
demasiado lejos de todo lo que conocía, aunque hubiese paseado por aquel
parque millones de veces antes.
Fue momento de confidencias. Estuvimos hablando de todo un poco, pero
a un nivel más íntimo del que lo habíamos hecho hasta ahora.
Les hablé de Susana, de los conflictos que se habían generado con mi
madre debido a que ella pensaba que todo lo que yo era, todo lo que me hacía
en cierto modo diferente, había surgido por influencia directa de mi tía.
Andi, por primera vez, habló más de sí misma. Nos contó (o más bien me
contó, pues yo estaba segura, aunque ella no lo dijese, de que David ya estaba
al corriente de todo aquello) que su padre seguía llevando muy mal lo de su
condición, y que muchas veces seguía pensando que lo que le pasaba a Andi
no tenía nada que ver con el vampirismo, sino con algún trastorno
psicológico. Según ella, resultaba absurdo que pensase así, pues ya había
observado pruebas de sobra de que ella era lo que afirmaba ser. David
entonces se quejó, con el habitual tono burlón que solía emplear cuando salía
a colación el tema del vampirismo, de que él no había observado todavía
ninguna de esas pruebas a las que ella se refería, y que no podría creerla al
cien por cien hasta que lo hiciese. Ella entonces guardó silencio, y trató de
cambiar de tema.
David habló de la última chica con la que había salido, hacía ya varios
meses. Según él, la relación había resultado bastante frustrante, porque ella no
tenía nada que ver con él, y no estaban de acuerdo prácticamente en nada. Lo
único bueno que tenía era que estaba muy buena, pero eso no le había servido
de mucho, porque la chica parecía guardarle un respeto exagerado a su
virginidad y no había logrado hacer nada con ella durante todo el tiempo que
estuvieron saliendo. La madre de David se había enfadado cuando él decidió
dejarla, porque la chica le caía muy bien. Según David, le caía bien
precisamente porque no se parecía en nada a él, y había guardado la esperanza
de que le llevase por el buen camino y le convirtiese en un chico responsable.
Yo hablé de mi historia con Toni, de cómo se había mostrado encantador
durante un tiempo para luego acabar comportándose como un cerdo.
Andi, de un modo que no esperábamos, volvió por voluntad propia al
tema de su familia, y comentó que su padre, en general, estaba bastante

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intratable desde que su madre había muerto, y eso que ya había pasado mucho
tiempo desde entonces. Más de tres años.
Yo no tenía ni idea de que la madre de Andi hubiese muerto. Si me
detenía a pensarlo, era cierto que cada vez que había hablado de su familia, de
su casa, tan solo había mencionado a su padre, pero yo en ningún momento le
había dado importancia. Al fin y al cabo, cuando yo hablaba de mi casa
siempre mencionaba mucho más a mi madre que a mi padre, porque era con
ella con la que más hablaba y tenía una relación más estrecha. En cuanto Andi
mencionó que su madre estaba muerta, me sentí mal. Me supo fatal, aunque
ella no dijese nada, que no se me hubiese pasado por la cabeza dicha
posibilidad, y todavía me supo peor ser consciente de hasta qué punto ella
había pasado por algo que yo no podía ni concebir.
—No tenía ni idea de lo de tu madre —musité, sin saber dónde meterme.
Ella me dedicó una leve sonrisa.
—No te preocupes. No tenías modo de saberlo —replicó—. Hace ya
mucho tiempo, pero mi padre no levanta cabeza. Tiene épocas buenas, pero
de repente es como si se viniese abajo otra vez. Creo que su problema es que
no ocupa su tiempo libre en nada. Se limita a trabajar y luego estar en casa
tirado delante de la tele, no hace nada por distraerse. Le da demasiadas
vueltas a todo.
Yo iba a decir algo, pero me contuve al ver lo comunicativa que se estaba
mostrando Andi.
—Supongo que yo tampoco le ayudo mucho —continuó—. Con todo lo
mío, y eso. Siempre le digo que no tiene que preocuparse por mí, pero él no
me hace caso.
—Y tú encima le culpas. Como si tener que vivir con una hija vampira
fuese lo más fácil del mundo —intervino David.
Yo sentí el impulso irrefrenable de preguntarle al respecto. Quería saber
desde cuándo era una vampira, cómo había sucedido todo, cómo se había
transformado. Seguía sin creerla, al menos al cien por cien, pero me moría de
curiosidad. No obstante, me contuve, y decidí dejar que continuara hablando.
El comentario de David le hizo detenerse durante unos segundos, en los
que le dirigió una mirada asesina. Pero se le pasó antes de que pudiésemos
darnos cuenta. Cuando continuó hablando parecía estar respondiendo a David,
pero me miraba a mí.
—Claro que no es fácil —dijo—. Tampoco lo es para mí. Pero debería ser
un poco más egoísta y pensar más en sí mismo y en su bienestar. Al fin y al
cabo, yo estoy bien.

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—Si tú lo dices… —dijo David.
Ella le miró de nuevo, con la misma mirada incisiva de momentos antes.
—Lo estoy —dijo, cortante—. No siempre, por supuesto. Pero es que es
imposible estar siempre bien. Cuando pasa algo así… Quiero decir, cuando
alguien muy cercano muere, nada vuelve a ser igual. Digamos que te
acostumbras a la nueva situación, te das cuenta de lo que ha pasado y de que
todo tiene que seguir su curso. Pero nunca vuelve a ser igual. Es como vivir
acechada siempre por un enorme nubarrón gris. Nunca sabes cuándo vas a
volver a pensar en ello, a darle vueltas, y a volver a sentirte fatal. Pero hay
momentos buenos. Y cuanto más tiempo pasa, más.
Yo permanecía en silencio, sin saber qué decir. Tenía la sensación de que
algo se me escapaba, de que todo aquello de lo que Andi hablaba tenía
muchísima relación con su convicción de que era una vampira. Tal vez su
padre tuviese razón, y lo que le pasaba era que tenía algún tipo de trastorno
mental. Por el momento no lo sabía, ni podría saberlo a corto plazo, porque
ella se volvería hermética en cuanto intentase averiguar más.
Pero, aparte de eso, aparte de todo lo relacionado con su supuesta
condición de criatura nocturna, estaba, simple y llanamente, el asunto de su
madre. Yo nunca había perdido a nadie cercano. Desde que tenía uso de razón
tan solo había pasado por la muerte de un familiar, y se trataba de mi abuelo
paterno, al que apenas había conocido. A mi abuela paterna no llegué a
conocerla, porque ya había fallecido cuando yo nací. Mis abuelos maternos
seguían vivos los dos, y además gozaban de buena salud. La idea de perder a
alguno de ellos siempre se me presentaba como algo muy lejano, algo a lo que
no tendría que enfrentarme nunca, a pesar de la evidencia de que no era así.
Y, por supuesto, la idea de perder a una madre, la posibilidad de perder a mi
madre, se me antojaba como algo totalmente imposible. Las madres están ahí
para velar por nosotros, para encarnar esa figura protectora que siempre nos
ampara aunque a veces pensemos que no nos hace ninguna falta. Es imposible
que esa figura deje de estar ahí. Imposible… La sola idea de pensar en ello
me hacía daño. Habría querido abrazar a Andi, hacerle entender que su dolor
me parecía algo atroz, aunque no pudiese entenderlo, pero no me atreví.
David, por primera vez desde que le conocía, no respondió en plan
socarrón. En lugar de eso, hizo lo que yo no me había atrevido a hacer: cogió
a Andi por los hombros y le dio un fugaz beso en la mejilla.
—Ya sabes que me tienes aquí para esos momentos en los que no estés
tan bien —dijo.
Andi sonrió, olvidando su momentáneo enfado con David.

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—Ya lo sé, idiota —replicó.
Y, entonces, yo solté un puñado de palabras sin pensar, sin saber qué
reacciones levantaría, pero sintiendo que lo decía totalmente en serio.
—A mí también me tienes.
Ella me miró a los ojos, y me sonrió también.
—Lo sé.
Para cuando salimos del parque el día ya había despertado del todo. El sol
brillaba con fuerza (lo que provocó un buen surtido de maldiciones por parte
de Andi), ya no hacía frío, y las tiendas estaban abiertas. Pasamos el resto de
la mañana moviéndonos de un establecimiento a otro, mirando y toqueteando
cosas pero sin comprar nada. Sí nos hicimos con chucherías, bolsas de papas
y Coca-Colas para almorzar. Y, aunque no volvimos a sacar temas tan serios
como los que habíamos tratado en el parque, sí continuamos hablando,
hablando sin parar.

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13

Aquel día supuso la primera vez en mi vida que hice novillos. Pero no la
última.
Ese mediodía llegué a casa a la misma hora a la que solía aparecer cuando
volvía del instituto. Me senté a la mesa y le hice a mi madre unos cuantos
comentarios insulsos sobre lo asqueroso que había sido el día.
Por la tarde, desde mi habitación para que mi madre no pudiese
escucharme, llamé por teléfono a una de mis compañeras sosas para preguntar
por los deberes. Los jueves tenía dos asignaturas de las que también tenía
clase los viernes, y me interesaba saber si habían mandado alguna tarea.
Puede que me hubiese pelado las clases, y estuviese por lo tanto un poco más
cerca de ser una chica mala de lo que nunca antes lo había estado, pero
tampoco quería pasarme y llegar a clase al día siguiente sin haber hecho los
ejercicios.
Pasé la tarde resolviendo problemas matemáticos, aunque apenas podía
concentrarme. El día había sido genial. Mucho más genial de lo que nunca
habría podido imaginarme. Me encontraba casi eufórica, y mi ánimo tan solo
se enturbiaba ligeramente por una razón: no podía dejar de pensar en lo de
Andi, en su madre muerta. En la situación de su padre, y en su propia y
surrealista condición. Era todo muy extraño. Sin embargo, yo me encontraba
dispuesta a continuar teniendo paciencia. La posibilidad de que Andi
padeciese de verdad algún tipo de trastorno que la hiciese creerse algo que no
era se me mostraba como algo bastante posible, pero seguía pensando que
tenía que respetar sus ritmos. Ese día, en el parque de al lado de la catedral, se
había mostrado más comunicativa que en ningún otro momento desde que la
conocía, y lo había hecho de un modo totalmente voluntario. Yo estaba segura
de que si no la atosigaba, llegado el momento oportuno sabría más, y tal vez
podría vislumbrar aunque fuese tan solo una pequeña parte de su misterio.
Tuve que redactar yo misma, imitando la caligrafía de mi madre, el parte
de ausencias explicando que no había ido al instituto porque me había
levantado con unas horribles jaquecas. Luego imité también su firma, que no

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era demasiado complicada, fijándome en un justificante que me había firmado
el curso anterior, cuando me había quedado en casa un par de días por estar
resfriada.
No pude evitar sentirme culpable, incluso más de lo que había previsto.
Sabía que mi madre pondría el grito en el cielo si llegase a saberlo. No se
trataba del miedo a que se enterase, porque el parte me quedó más que
verosímil. Me sentía culpable por estar haciendo algo que ella jamás se
imaginaría que yo llegaría a hacer.
Al día siguiente entregué el justificante al jefe de estudios, y no pasó
absolutamente nada. Lo recogió como si nada, sin prestar apenas atención.
Respiré aliviada, aunque continué sintiéndome culpable.
Por suerte o por desgracia, parece que estamos diseñados para acabar
habituándonos a cualquier cosa, sobre todo si se trata de algo agradable. Todo
habría sido distinto si mi primer día de hacer novillos hubiese sido un
desastre, pero lo cierto es que lo había pasado en grande. ¿Cómo no iba a
apetecerme repetir? El sentimiento de culpabilidad que había sentido al
falsificar el justificante se fue diluyendo poco a poco conforme fueron
pasando los días, dejándome solo la satisfacción de lo bien que había salido
todo. De lo perfecto que había resultado el plan en su totalidad, sin causar ni
el más mínimo problema. No pasó mucho tiempo hasta que Andi y David
volvieron a proponerme pasar el día por ahí, y esta vez ni siquiera tuve que
pensármelo.

Ya estábamos en diciembre, y las vacaciones de Navidad se acercaban


inexorablemente, y con ellas también el final del primer trimestre del curso,
con su correspondiente boletín de calificaciones.
Las aprobé todas, y con buena nota, como era habitual en mí, pero fue la
primera vez en toda mi vida académica en que mi promedio bajó, en lugar de
subir o mantenerse estable. No se trataba de nada catastrófico, pero cuando
llevas toda tu vida sacando unas notas brillantes, lo mínimo que espera todo el
mundo de ti es que continúes haciéndolo. Mis notas no fueron malas, pero en
algunas asignaturas la nota media bajó del Sobresaliente habitual a algún que
otro Notable o Bien. Nada preocupante, pero en mí aquello se trataba, ni más
ni menos, del reflejo de cómo, por primera vez en mi vida, me había
despreocupado de los estudios. Lo cierto era que durante las últimas semanas
había faltado a clase unas cuantas veces más, había falsificado los
correspondientes justificantes aludiendo peregrinos problemas de salud y no

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me había centrado todo lo debido en los exámenes del final del trimestre. Me
sentía, por primera vez, demasiado a gusto en compañía de mis amigos como
para considerar mis estudios algo prioritario. Más que a gusto, me sentía en
cierto modo poderosa. Casi nada era tan importarme como la compañía de
Andi y de David; me sentía más yo misma que nunca, más auténtica, más
libre.
Los profesores de las asignaturas en las que mi nota media se había
resentido se mostraron extrañados, tal y como yo supe que sucedería. No me
dijeron nada, tal vez porque prefirieron esperar al siguiente trimestre para ver
cómo evolucionaba todo. Pero yo podía leer en sus ojos el asombro, casi la
decepción. Y aquello me enfurecía. Lo había aprobado todo, y no
precisamente con Suficiente. Era mucho más de lo que la mayoría de la gente
de mi clase había hecho desde que había llegado al instituto, seguía siendo la
mejor estudiante de mi grupo, y, sin embargo, debía asumir que había obrado
mal y comprender que todos se sintiesen decepcionados conmigo. Casi estuve
esperando que mi tutor me llamase a su despacho para echarme una charla,
pero por suerte no lo hizo.
La que sí me echó una charla fue mi madre, tal y como esperaba que
hiciese. La mirada que me dedicó después de leer el boletín estaba bastante
más vacía de asombro y llena de desencanto que la que me habían dirigido
mis profesores.
—¿Qué ha pasado, Lorena? —preguntó, con un tono de voz serio y
solemne.
Me sentí como si acabasen de descubrirme autora de un crimen horrible y
deleznable. Me encogí de hombros, tratando de aparentar despreocupación.
—No sé —respondí—. Los exámenes eran difíciles. Supongo que un par
de ellos me salieron peor de lo que yo pensaba.
Mi madre dobló por la mitad el boletín de notas y lo dejó sobre la mesa,
mientras me miraba fijamente.
—Has estado un poco distraída últimamente —dijo.
Yo suspiré. Tenía razón, por supuesto. De hecho, su modo de decirlo
resultaba incluso demasiado suave y diplomático.
—Supongo —musité.
Deseé poder desaparecer de su vista. Eso de recibir una reprimenda por
malas notas (por haber bajado de Sobresaliente a Notable, por Dios) era algo
a lo que yo no estaba acostumbrada. Se trataba de una situación nueva y
desconocida para mí. No sabía muy bien cómo debía comportarme, si sería

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mejor negarlo todo e inventar algún tipo de absurda explicación, o si por el
contrario debería seguirle la corriente y admitir mi culpa.
Esta vez fue mi madre la que suspiró.
—Cariño, me alegro mucho de que lo estés pasando tan bien con tus
amigos.
Su voz, para mi alivio, sonó mucho más suave y conciliadora que
momentos antes.
—Pero no debes descuidar tus estudios —continuó—. Estoy segura de
que puedes compaginarlo todo: salir por ahí, pasarlo bien y continuar sacando
buenas notas. Después de todo, nunca te había parecido un gran esfuerzo.
Tuve que morderme la lengua para no protestar, para no gritar que me
parecía injusto, como poco, que me hablase de descuidar mis estudios cuando
mis notas seguían siendo las mejores de la clase. Y también para no gritar que
claro que nunca me había supuesto un gran esfuerzo ser buena estudiante,
porque siempre había sido una marginada sin nada que hacer con su tiempo
libre. Guardé silencio y me limité a mirar a mi madre muy seria, como si
pensase que tenía razón en todo, como si yo hubiese hecho algo espantoso.
—Ya, no sé… Igual me he descentrado un poco —dije—. Me pondré las
pilas para la próxima, no te preocupes.
Ella se quedó callada, mirándome. Sus ojos expresaban una preocupación
profunda y a todas luces desmesurada para el tema que nos ocupaba. Al fin,
volvió a suspirar.
—De acuerdo, cariño —dijo.
Y aquello, para mi suerte, dio por finalizado el asunto.

Llegó el nuevo año, se retomaron las clases y yo me hice el propósito de


centrarme en los estudios y recuperar mis inmaculadas notas, aunque no tardé
en darme cuenta de que no sería tan fácil, pues continuaba tanto o más
descentrada que antes.
No sé en qué momento me di cuenta de que David me gustaba. En cierto
modo, me había gustado desde el primer momento en que le vi, pero había
hecho todo lo posible por ignorarlo. Además, no se trataba de un sentimiento
demasiado acuciante. No me resultaba difícil actuar como si en realidad no
estuviese ahí. Y el hecho de sentirme, en general, tan eufórica por haber
encontrado, al fin, a dos amigos que me comprendían y con los que lo pasaba
tan bien, me había facilitado el seguir adelante sin plantearme ningún tipo de
propósito amoroso. Por otro lado, Andi me fascinaba lo suficiente como para

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ser capaz de eclipsar a David durante la mayor parte del tiempo, por mucho
que la fascinación que me causaba no tuviese nada que ver con la que me
provocaba él.
Sin embargo, mi sentimiento hacia él había ido creciendo poco a poco,
desarrollándose casi sin que yo fuese consciente de ello. Y llegó un momento
en que ya no pude ignorarlo más. Me gustaba, era un hecho. Pero eso no evitó
que constatase otro hecho que había estado sospechando desde el primer día:
a él le gustaba Andi.
Yo ya sabía que existía una gran complicidad entre ellos, pero, a pesar de
eso, había acabado por admitir lo evidente: no estaban juntos, no había nada
comprometido entre ellos. El tiempo pasaba y no observaba muestras de
cariño entre ambos, más allá de los empellones afectuosos que se propinaban
cuando discutían a lo tonto, o del fugaz beso en la mejilla que él le había dado
a ella aquella mañana en el parque de al lado de la catedral. Era obvio que se
querían, y lo hacían de un modo que, por lo menos por parte de ella, resultaba
bastante fraternal. Pero siempre tuve la impresión de que él quería algo más,
de que la miraba con otros ojos, con otras intenciones. Y, al final, llegó el día
en que aquello me quedó perfectamente claro.
Aquella mañana, tras sonar la sirena del recreo, me dirigí como de
costumbre al gimnasio fantasmagórico. Cuando llegué, David estaba allí, pero
Andi no.
—Eh —hizo él, cuando me vio aparecer.
Estaba sentado en el montón de colchonetas, fumando un cigarro.
—Andi no ha venido —dijo, incluso antes de que yo pudiese preguntarle
al respecto.
—Ah, vaya —repliqué—. ¿Está mala?
Él se encogió de hombros.
—Ni idea —respondió, antes de darle una profunda calada al cigarro.
Parecía malhumorado. Su actitud no tardó en resultarme dolorosa. Podía
estar equivocándome, pero estaba segura de que su mal humor se debía
precisamente a que Andi no estaba. Me dolió que su ausencia le importase
tanto, aunque a mí también me fastidiase.
Me quedé callada mientras él expulsaba con lentitud una nube de humo
gris. De un modo absurdo, se me ocurrió que estaba guapísimo, con el pelo
desordenado cayéndole como siempre sobre la cara, su sudadera de Paradise
Lost y los vaqueros desgastados.
—Su padre la está puteando —dijo, de pronto.

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Le observé con extrañeza durante unos segundos y decidí sentarme a su
lado en el montón de colchonetas.
—Creo que le están haciendo pruebas —continuó él—. Me lo estuvo
contando el otro día.
—¿Qué clase de pruebas?
—Su padre está convencido de que Andi no es una vampira. Piensa que
está loca. Y parece que cada cierto tiempo le da el venazo y la lleva al
hospital, y se empeña en que le hagan pruebas y más pruebas para que
encuentren lo que le pasa. No es la primera vez que ocurre. El curso pasado
estuvo un par de meses faltando mogollón.
Yo aparté la mirada, situándola en el potro desvencijado que se alzaba
enfrente de nosotros. David estaba dolido, y por el modo en que hablaba, yo
no podía saber qué era lo que más le dolía: el hecho en sí de no estar con
Andi, que su padre pensase que estaba loca o que ella afirmase que era una
vampira. Por aquel entonces yo ya había reunido pruebas de sobra de que
David conocía a Andi mucho mejor que yo y de que sabía cosas de ella que
yo no podía ni imaginar. Consideré que tal vez tuviese ante mí la oportunidad
perfecta para saber más de ella, para averiguar aunque fuese una pequeña
parte de todo lo que ocultaba.
—David —dije.
Mi voz sonó incluso más seria y solemne de lo que había pretendido. Él se
giró hacia mí.
—¿Tú qué crees? —pregunté.
—¿Qué creo de qué? —preguntó él a su vez, aunque estaba segura de que
sabía a lo que me refería.
—Pues de eso. ¿Crees que es una vampira? ¿De verdad?
Él me miró como si acabase de decir una tontería. Como si pensara que lo
que acababa de preguntarle era totalmente estúpido. Soltó una risita irónica.
—Yo qué sé —respondió al fin—. Nunca había conocido a nadie que
hablase así. Y, joder, se supone que los vampiros no existen, ¿no? Además, si
tengo en cuenta lo que conozco de su modo de vida, no me parece demasiado
creíble.
—Ya… —dije, y dudé durante unos segundos antes de continuar—. Yo
suelo creer en muchas cosas, ¿sabes?
Él me miró con extrañeza. Me sentí un poco avergonzada ante lo que me
disponía a explicarle, pero quería hacerlo de todos modos.
—No sé, creo que existen los fantasmas y un montón de cosas raras de las
que no se tiene ninguna prueba de que existan de verdad —continué.

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Aunque no le estaba mirando a la cara, vi por el rabillo del ojo que él
esbozaba una sonrisa burlona. Le miré.
—A ver, creo que los humanos no tenemos ni idea de nada —continué,
mirándole ahora a los ojos—. Creo que hay un montón de cosas que se
escapan a nuestra comprensión. No podemos ser tan egocéntricos como para
pensar que todo lo que no vemos es porque no existe.
—¿Entonces tú sí la crees? —preguntó.
—No he dicho eso. Digo que podría llegar a creerla. Pero me pasa un
poco lo que tú dices… Por lo que sé de ella y de cómo vive, no creo que
pueda serlo. Quiero decir, se comporta como una chica normal: va a clase,
come lo mismo que nosotros… Que use gafas de sol todo el rato no quiere
decir que sea una criatura sobrenatural.
Él había dejado de sonreír, para mi alivio. Parecía haber entendido que yo
no pensaba limitarme a dejar clara mi tendencia a creer en todo tipo de cosas
raras. Suspiró.
—Yo la conozco desde mucho antes que tú —dijo—. Y todavía no he
visto nada que me haga pensar que es verdad lo que dice. No la he visto beber
sangre, ni hacer nada propio de un vampiro. Y eso de que venga al instituto
porque su padre quiere que se comporte como una chica normal… No tiene
ningún sentido. Joder, si yo fuese un vampiro haría cosas muy diferentes.
David hizo una pausa, meditabundo, y tras unos segundos, como si de
verdad hubiese encontrado la prueba irrefutable de que Andi era humana,
añadió:
—Incluso sus dientes son normales. ¿Qué clase de vampira no tiene súper
colmillos? Todos los vampiros tienen colmillos.
—¿Entonces le han hecho pruebas antes? —pregunté, volviendo al origen
de la conversación.
Él asintió con la cabeza.
—Pero parece ser que no le encontraron nada raro —dijo—. O, al menos,
eso es lo que ella me contó. Me dijo que su padre estaba empeñado en
internarla en un hospital psiquiátrico, pero que al final no pudo hacerlo
porque no le diagnosticaron nada. No estoy loca, me ha repetido millones de
veces.
—Según ella —intervine yo—, es él el que está medio grillado, desde lo
de su madre.
—Sí, se supone que él está medio grillado y lo paga con ella. Es decir, se
niega a aceptar lo que ella es, si es que lo es, y le da por pensar que está loca.
Y por eso se empeña en llevarla al hospital y que le hagan de todo.

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Yo exhalé un prolongado suspiro. Era todo muy raro. Sin embargo, siendo
realistas, resultaba mucho más razonable el punto de vista de su padre que el
de Andi. A mí me encantaba todo lo relacionado con los vampiros, y me
habría encantado ser capaz de creerla a pies juntillas. Pero no era tan fácil.
—¿Sabes qué es lo peor de todo? —preguntó David.
Yo le miré, y entonces él, dejándose caer pesadamente de espaldas en la
colchoneta, pronunció las palabras que yo hubiese preferido no escuchar:
—Me vuelve loco.
Yo guardé silencio, mientras sentía como su afirmación se me clavaba
dentro como una puñalada. Ya no tendría que seguir dudando acerca de sus
sentimientos.
—Es que, joder —continuó él—, puede que sea verdad que está como una
cabra. Pero no se comporta como si lo estuviese. Dice unas barbaridades
como pianos, pero la miro y no me da la impresión de estar hablando con una
tarada. Más bien es al revés: suelta las cosas que suelta, y lo único que puedo
pensar es que parece que habla en serio.
Me di cuenta no solo de que a David le gustaba Andi, sino de que llevaba
ya tiempo sintiéndose un tanto desquiciado por todo el misterio que la
rodeaba. Sin embargo, yo estaba de acuerdo con sus palabras. A mí me
pasaba lo mismo con ella, no conseguía dar crédito a lo que decía, pero
tampoco me daba la sensación de que estuviese loca.
Los dos guardamos silencio durante unos segundos, hasta que él retomó la
palabra.
—A veces me da por pensar que igual es una vampira de verdad —dijo, y
por el tono que empleó, casi me dio la impresión de que hablaba más para sí
mismo que para mí—. Sé que no lo es, pero me imagino que lo es, que tiene
razón. Y me da mogollón de morbo. Me gustaría tanto saber si es verdad…
Saber si sería capaz de morderme, de beber mi sangre…
Me sentí molesta con sus palabras. Me pareció en cierto modo inadecuado
que se centrase en sus maravillosas fantasías vampíricas con Andi, en lugar de
preocuparse por lo importante de verdad, que era su presunto desequilibrio
mental. Pero, en realidad, supe al instante que mi razonamiento al respecto tan
solo trataba de camuflar un agudo ataque de celos. Sabía que David se
preocupaba por ella, me lo había dejado bien claro en la conversación que
acabábamos de mantener. Pero me dolía no ser capaz de despertar en él ese
tipo de intensa y acuciante atracción. Me dolía, de hecho, no haber sido capaz
de despertar dicha atracción en nadie. Y lo peor de todo era que ni siquiera
podía enfocar mi irritación hacia Andi. Ella acababa de erigirse como mi rival

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número uno en relación a David, pero me sentía demasiado unida a ella, y
preocupada por su situación, como para concebirla como la mala de la
película.
El timbre interrumpió nuestras respectivas cavilaciones, y yo casi di las
gracias por ello. No me sentía con ánimos para continuar con la conversación.

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14

Andi estuvo más de una semana sin ir al instituto. David pasó los primeros
días cada vez más malhumorado y taciturno, hasta el punto de hacerme pensar
que compartir los recreos con él a solas acabaría suponiendo toda una tortura
si la ausencia de Andi se prolongaba. Pero, al final, su actitud se fue
suavizando y los dos últimos días que pasamos los dos solos se mostró más
distendido, y fuimos capaces de hablar de otras cosas.
No supimos casi nada de Andi durante todo ese tiempo. Tanto él como yo
logramos hablar con ella por teléfono, pero sus respuestas, aunque amables,
resultaron bastante crípticas.
Ella apareció el jueves de la semana siguiente. Me di cuenta al instante, y
estuve segura de que David también, de que trataba de mostrarse risueña y
despreocupada, pero en sus ojos se podía adivinar el cansancio y cierta
tristeza. Ni David ni yo pudimos evitar acribillarla a preguntas, aunque
temíamos que no averiguaríamos nada. Y, en efecto, sus respuestas volvieron
a ser breves y enigmáticas. Apoyó lo que David me había contado: que su
padre la había llevado al hospital porque le había vuelto a dar el venazo de
pensar que estaba loca. Pero, más allá de eso, no logramos descubrir nada
nuevo, y enseguida nos dimos cuenta de que nos encontrábamos, una vez
más, ante una situación en la que lo único que podíamos hacer era cambiar de
tema.
Después de aquello, nuestro día a día regresó a su rutina habitual:
continuamos viéndonos en los recreos y hablando de todo un poco. David ya
estaba como siempre, aunque yo sabía que continuaba preocupado. A mí me
sucedía lo mismo. Y, para colmo, no podía apartar de mí la decepción de
saber que él la adoraba mucho más de lo que nadie me había adorado nunca a
mí.

Llegó el mes de marzo y con él un considerable ascenso de las temperaturas,


además de la amenaza cercana que suponía el final del segundo trimestre del

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curso. Yo sabía demasiado bien que mis notas no iban a mejorar respecto a las
del trimestre anterior, pero intentaba no obsesionarme con ello. Aunque, de
todas formas, era difícil no preocuparse: el único modo de que a mi madre se
le pasase el trauma de haber observado cómo descendía mi nota media residía
en llevar a casa una extensa colección de Sobresalientes, y estaba claro que no
iba a ser así. No quería ni imaginarme su reacción, ni la de mi padre, a pesar
de continuar aprobándolo todo con la mejor nota de mi clase.
No tardaría en suceder algo que me traería más problemas. Y no tendría
mucho que ver con las notas.
En contadas ocasiones, David, Andi y yo emergíamos de nuestro refugio
secreto en el gimnasio fantasmagórico y hacíamos acto de presencia en la
cafetería. Normalmente, eso sucedía cuando a alguno de los tres se nos
olvidaba el almuerzo, o se nos antojaba algo en particular, o cuando a David
se le acababa el tabaco y necesitaba comprar más. A veces, solo a veces, lo
hacíamos porque nos agobiábamos de estar siempre en el mismo sitio y se nos
ocurría que podía ser divertido observar a toda la fauna que se movía por el
instituto. Como las chicas populares que, con sus maravillosas e inalterables
melenas rubias, se dedicaban a cotorrear sobre las desgracias ajenas, o sobre
cuántas veces les habían puesto los cuernos a sus respectivos novios.
Una mañana, creo que un martes, bajamos a la cafetería y nos instalamos
en una mesita libre. Nuestra presencia siempre levantaba algo de revuelo,
sobre todo porque no se trataba de algo habitual, y, además, porque nuestro
aspecto llamaba bastante la atención. Mi estética se había radicalizado un
poco desde que había conocido a David y Andi, más que nada porque el
hecho de no verme sola me había infundido la confianza que antes me faltaba
(ahora llevaba la melena negra algo más corta y desordenada y usaba más
maquillaje, sobre todo toneladas de pintura negra en los ojos y los labios de
color rojo sangre, imitando a Brian Molko, vocalista de Placebo, cuyos discos
también devoraba desde hacía poco). David tenía el aspecto del típico chico
malo que se encuentra de vuelta de todo, y Andi, con sus eternas gafas de sol
y su cabello de mil colores, encarnaba al personaje más inquietante de los
tres. Resultaba imposible no atraer la atención. En cierto modo, habíamos
aprendido a disfrutar de ello y seguíamos el rollo observando a todo el mundo
con miradas de desdeñosa indignación, propias de Fairuza Balk en Jóvenes y
Brujas. Era divertido.
Aquel día no fue diferente, y en cuanto el grupo de chicas populares entró
en la cafetería, nos convertimos en el blanco de sus miradas. Eran once o
doce, aunque las más venenosas se reducían a seis o siete, que siempre

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mandaban sobre las demás y opinaban absolutamente sobre todo en su
nombre. De las venenosas, tres estaban en mi clase. Las otras estaban en otros
grupos o cursos, pero no importaba gran cosa, porque todos las conocíamos.
Siempre soltaban comentarios estúpidos cada vez que nos veían, pero en
forma de cuchicheos poco discretos. No solían hablarnos directamente, de
modo que siempre resultaba más o menos fácil ignorarlas. Pero aquella
mañana fue distinto.
—Ahí está la muerta viviente con sus gafas de sol —le escuchamos decir
a una de ellas.
Todas se echaron a reír.
Los tres nos quedamos observándolas con una expresión asesina, sin decir
nada. Pero parecía que aquel día se habían levantado con ganas de diversión.
—¿Te molesta la luz, monstrua? —preguntó otra de las chicas venenosas.
Se trataba de una de las que venía a mi clase: se llamaba Nuria. A
diferencia de su compañera, había hablado en voz alta y mirándonos
directamente. Es decir, mirando en concreto a Andi.
Me quedé de piedra, sintiendo cómo se me encogía el estómago. Deseé
con todas mis fuerzas que ni Andi ni David abriesen la boca, porque lo peor
que se podía hacer con ese tipo de chicas era darles cancha. Pero no hubo
tanta suerte.
—Cierra el pico, muñeca hinchable —soltó Andi, cortante.
—¿Qué has dicho, guarra? —exclamó Nuria, la muñeca hinchable en
cuestión.
—¿Pero tú de qué vas, hija de puta? —exclamó otra chica popular que
hasta el momento no había dicho nada.
—¡Te voy a partir la boca, gilipollas! —gritó otra de las venenosas,
uniéndose a la fiesta.
Demasiado tarde. Quise desaparecer, mientras sentía cómo me encogía en
mi silla. Entonces supe que aquello nos traería problemas. No se le podía
seguir el juego a ese tipo de tías. Para ellas existía una única norma
inquebrantable, y se reducía a que siempre podrían decir lo que les diese la
gana, pero tú nunca deberías responderles. Para Nuria, la muñeca hinchable,
su insulto inicial carecía de importancia. De hecho, se había olvidado de él en
el mismo momento de pronunciarlo. Lo único que importaba era la respuesta
de Andi, quien, sencillamente, no tenía ningún derecho a ofenderla.
La discusión, o, mejor dicho, el aluvión de improperios, no pudo
prolongarse mucho, porque el recreo llegó a su fin. Sin embargo, la ultrajada
muñeca hinchable se aseguró de dejar en el aire la tan típica y manida

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amenaza que se ha oído en tantas películas, pero que, sin embargo, sigue
erigiéndose como todo un clásico atemporal:
—¡Esto no va a quedar así!
La expresión de David irradiaba auténtica furia, aunque no había llegado a
abrir la boca. Yo me sentía todavía incapaz de hablar. Y Andi, sencillamente,
las observó marcharse, más tranquila que ninguno de nosotros dos, como si
nada de aquello fuese tan importante como para llegar a preocuparle.
Me habría gustado decirle tendría que haberse callado, pasar de ellas y ya
está. Pero ni siquiera fui capaz de eso, y nos dirigimos a toda prisa a nuestras
respectivas aulas, dejando el tema en el aire.
Una vez en clase, Ana, una de las compañeras sosas con las que antes
había compartido los recreos, que se sentaba justo detrás de mí, me dio un
toque en el hombro.
—Tía, ¿qué ha pasado en la cafetería? —susurró, antes incluso de que me
diese tiempo a girar la cabeza.
La miré fijamente. Por la expresión de sus ojos, cualquiera habría podido
afirmar que el asunto le preocupaba de verdad.
—La imbécil de Nuria se ha metido con mi amiga —respondí, un poco de
mala gana—. Andi le ha contestado, y entonces se ha liado todo.
Ana me observó en silencio durante unos segundos. Estuve segura de que
diría algo en contra de Andi, como que era normal que se metiesen con ella
porque era más rara que un perro verde, o algo así. Yo estaba convencida de
que Andi no debía caerle nada bien, teniendo en cuenta, además, que yo había
dejado totalmente de lado a mi anterior grupito desde que la había conocido a
ella y a David. Pero, para mi sorpresa, no dijo nada de eso.
—Debería haber pasado de ellas —susurró—. Estas se lo toman todo a la
tremenda.
La observé mientras me respondía, todavía con una expresión de auténtica
preocupación en sus ojos. Me sentí un tanto mezquina. Me parecía en cierto
modo asombroso que Ana siguiese siendo maja conmigo después de que yo
hubiese dejado tan claro que su presencia no me interesaba en absoluto.
—Ya —respondí, simplemente.
El profesor de Lengua acababa de entrar en el aula, así que tuvimos que
guardar silencio.
Al terminar la última hora, tuve un presentimiento. A pesar de que la
muñeca hinchable iba a mi clase, no recibí ningún otro comentario sobre el
altercado en toda la mañana. Sin embargo, cuando llegó el mediodía, estuve
segura de que algo estaba a punto de ocurrir. Algo no muy bueno. Y, en lugar

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de dirigirme al aparcamiento de los autocares, desde donde yo accedía al mío
para marcharme a casa, me dirigí a la puerta principal, por la que salían todos
los alumnos que no utilizaban el transporte del instituto.
Había estado nublado durante toda la mañana y ahora llovía con fuerza.
No llevaba paraguas y comencé a calarme en cuanto puse un pie en el patio.
Pero me dio igual. Me dirigí a toda prisa a la entrada principal y, en cuanto
me acerqué, fui consciente de que no me había equivocado en absoluto. Ahí
estaban mis queridas compañeras venenosas, incluida por supuesto la
ofendida muñeca hinchable, acompañadas por otras dos a las que no conocía
en persona, pero a las que también había visto en la cafetería. Todas ellas
estaban increpando a Andi, a la que acababan de pescar en la puerta.
Tal y como me había temido desde el primer momento, el asunto no había
quedado zanjado con la breve discusión en la cafetería. Ahí estaban todas
ellas con ganas de guerra, y no hacía falta ser demasiado perspicaz para
adivinar que estaban dispuestas a partirle la cara a Andi, como mínimo. De
momento, estaban todas chillando, y llegué a la puerta justo a tiempo de ver
cómo una de ellas le propinaba un fuerte empellón a Andi, que, trastabillando,
impactó con un coche que estaba aparcado cerca.
Sentí cómo la furia crecía dentro de mí. Nada de aquello me pillaba
demasiado por sorpresa, pero me hirvió la sangre ser consciente de la enorme
injusticia que se estaba desarrollando delante de mis narices. Andi no había
hecho más que defenderse, ella no había empezado nada. Pero, sin embargo,
ahí estaban las venenosas clamando venganza. Y, para colmo, en una
indignante desigualdad de condiciones: eran cinco contra una.
Me detuve junto a ellas, sin que ninguna reparase en mi presencia.
—¿Qué estáis haciendo? —pregunté, sin poder contenerme.
No tenía ni la menor idea de lo que pretendía, porque, aunque quisiese
defender a Andi, sabía que si les daba por meterse también conmigo yo no
tendría demasiado que hacer. Pero me encontraba casi fuera de mí.
Mónica, la que encarnaba algo así como la líder indiscutible de las
venenosas de mi clase, se giró hacia mí, mientras las demás hacían caso
omiso de mi pregunta y continuaban soltándole barbaridades a Andi.
—Lárgate —exclamó.
En verdad, no me extrañó demasiado que quisiese perderme de vista.
Ninguna de ellas tenía ningún motivo para pagarla conmigo. Sus acciones
solían carecer bastante de lógica, pero, al menos, llegaban a comprender que
yo no había tomado parte en el conflicto con Andi, y que, por lo tanto, no
tenían por qué partirme la cara a mí también.

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De pronto, escuché que la muñeca hinchable declaraba:
—Esta es la hija de puta que se ha metido conmigo.
Busqué al posible destinatario del mensaje, y me encontré con dos gorilas
de gimnasio, altos y musculados. En cuanto los vi, supuse que, según los
cánones de belleza imperantes entre mis compañeras de clase, debían de
tratarse de unos rompecorazones en toda regla, pero yo no pude evitar pensar
que sus ojos poseían una expresión de lo más lerda. Supe que eran los novios
de un par de ellas, en concreto el de la muñeca hinchable y el de alguna más.
El novio de la hinchable, que tenía el pelo rubio a lo cenicero, estaba muy
enfadado y se encaró de inmediato con Andi, que a su lado parecía una niña
pequeña.
—¿Tú de qué vas, guarra? —preguntó, levantando la voz mucho más de
lo necesario.
Su actitud no parecía precisamente conciliadora y supe que no tendría
ningún inconveniente en agredir a Andi, aunque fuese una chica y mucho más
pequeña que él. Para ese tipo de tíos eso era lo de menos: lo más importante
era defender a sus pibas, pobres damiselas en apuros.
—¡Eh, eh! ¿Qué coño pasa aquí?
No me hizo falta girarme para saber quién había hablado. David acababa
de llegar, y no tardó ni un segundo en interponerse entre el simio del pelo a lo
cenicero y Andi, cuya impasible expresión no dejaba de resultarme
inquietante.
—¡Lárgate de aquí, capullo! —vociferó el gorila.
—Creo que eres tú el que debería largarse —replicó David.
No gritaba, pero su voz sonaba tan cargada de furia que estuvo a punto de
asustarme.
—Es con la guarra de tu colega con la que quiero hablar. Se ha metido
con mi novia.
David se echó a reír con amargura.
—Joder, ya veo, y ahora apareces tú, que no tienes nada que ver en esto,
para hacer justicia —dijo—. Pues resulta que fue tu novia la que empezó,
colega.
El gorila estaba cada vez más enfadado y, en aquellos momentos, como
no parecía ser capaz de encontrar ningún argumento con el que replicar, se
limitó a empujar a David. Estuvo a punto de tirarle al suelo. David también
era bastante más bajo que él. Sin embargo, no estaba dispuesto a darse por
vencido. Se giró hacia Andi y le espetó:
—Apártate.

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Y, entonces, se giró hacia mí, demostrando haber reparado en mi
presencia, aunque hasta el momento no hubiese dado ninguna muestra de ello.
—Y tú también.
Sus ojos refulgían de rabia. Nunca le había visto así. Andi se apartó de él
y se colocó muy cerca de mí, sin abrir la boca.
—Pártele la boca a este subnormal y vámonos ya, anda —dijo la
hinchable—. Está lloviendo mucho y se me está rizando el pelo.
David volvió a reír, con mayor amargura que antes.
—¿Así que eso es lo que vas a hacer, campeón? —preguntó—. ¿Partirme
la boca porque tu chica te lo pide? Joder, qué tío más duro estás hecho.
El gorila le propinó otro empujón.
—¿Pero tú de qué vas, colega? —preguntó a su vez, como si esa cuestión
por sí sola bastase para resumir toda su indignación.
—Por no hablar de que, en realidad, pensabas partirle la boca a mi amiga
y no a mí. Eso todavía es más de tío duro —continuó David.
Me pregunté si se habría vuelto loco. Como no se callase aquello podría
acabar muy mal. Yo no podía saber si soltarle al gorila cosas que este no
parecía capaz de responder porque su intelecto no daba para más le provocaba
alguna especie de retorcido placer, o si solo lo hacía porque estaba demasiado
furioso como para comprender que lo más sensato sería callarse y desaparecer
de allí.
—David, déjalo.
La voz de Andi me sobresaltó. Todos nos giramos hacia ella, como
recordando de pronto que estaba allí, y que se suponía que todo aquello lo
había originado su hiriente comentario. La muñeca hinchable parecía a punto
de replicar, cuando David tomó de nuevo la palabra:
—No me da la gana dejarlo, ¿vale? Me gustaría que este gilipollas
entendiese que es estúpido querer partirle la cara a alguien a quien ni siquiera
conoce. Y, además, por decir verdades como puños —en ese momento se giró
de nuevo hacia el novio simiesco—. Porque, tío, es verdad que tu novia
parece una puta muñeca hinchable.
Lo que pasó después fue demasiado rápido como para intentar evitarlo. El
gorila le dio un puñetazo a David. Este dio un traspié y acabó apoyado sobre
el mismo coche con el que había impactado antes Andi. Cuando retiró la
mano con la que se cubría la boca, vi que le caía sangre por el mentón.
—¡Te voy a matar, hijo de puta! —vociferó el gorila, como un
energúmeno.
—Hazlo de una vez, cariño, se nos hace tarde.

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Su novia, a pesar de que la ofensa pronunciada por David iba directa hacia
ella, ya no parecía ni mucho menos enfadada. Estaba claro que en aquellos
momentos disfrutaba demasiado con el numerito de su novio, convertido en el
vengador número uno, como para siquiera sentirse ofendida por ser
comparada con una muñeca hinchable.
Andi y yo no movimos ni un músculo. Yo, al menos, me había quedado
paralizada, horrorizada ante lo que acababa de ver. Llevaba ya un rato
temiendo que pudiese suceder algo así, pero el hecho de verlo venir no ayudó
a que me impactase menos. Era la primera vez, la primera vez en toda mi
vida, en la que me veía envuelta en una pelea así. Y no importaba que yo no
tuviese nada que ver, y que ni un ápice de la furia que flotaba en el ambiente
se dirigiese hacia mí. Yo formaba parte de todo ello, porque David y Andi
eran mis amigos. Y, ahora, David estaba sangrando porque un tío enorme de
encefalograma plano parecía dispuesto a comérselo con tal de que no volviese
a ofender a su querida novia.
David, para alimentar todavía más mi horror, volvía a reírse. La lluvia
había empapado su cabello y los mechones caían por su rostro, mezclándose
con la sangre que le brotaba del labio. Y sus ojos seguían refulgiendo con
rabia.
—¿Qué pasa aquí?
La pregunta, que sonó lejana entre el rumor de la lluvia, pareció
devolvernos al mundo real. Miré alrededor y vi cómo se apresuraba por el
patio, aproximándose a la puerta, nuestra profesora de Matemáticas. El gorila
retrocedió a toda prisa y las chicas venenosas y el segundo simio comenzaron
a alejarse también. Antes de que pudiese siquiera darme cuenta, todos
desaparecieron de nuestra vista y nos quedamos solos en medio de la calle
David, con su labio sangrando, Andi y yo. Solos, a excepción de toda la
gente, alumnos del instituto y algún que otro transeúnte, que se había quedado
parada observando el espectáculo, y cuya presencia nos había pasado
inadvertida hasta el momento.
—¿Qué ha pasado? —repitió la profesora de Matemáticas, que acababa de
detenerse a nuestro lado.
En realidad, no hacía ninguna falta que le respondiéramos. Y, a juzgar por
la mirada con la que observaba marcharse a las chicas venenosas, que se
alejaban a bordo de los coches de los gorilas, estuve segura de que se había
quedado muy al tanto de quién estaba implicado en la cuestión. Cuando los
coches desaparecieron de nuestra vista, se giró hacia nosotros y nos observó
uno por uno.

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—Mañana le hablaré de esto al jefe de estudios —declaró, secamente,
como si nos mereciésemos un buen castigo, como si fuésemos culpables.
Y, entonces, se me cayó el mundo encima. Lo último que necesitaba eran
más problemas.

Llegué a casa más tarde de lo habitual, y calada hasta los huesos. Conseguí
explicarle a mi madre una peregrina historia sobre que se había averiado el
autocar y que había tenido que dirigirme a la parada de metro más cercana
porque nos habíamos quedado todos tirados a mitad de camino. Como no
llevaba paraguas, me había mojado mucho. No sonó en absoluto creíble. Lo
de mentir era algo que seguía dándoseme muy mal, aunque cada vez lo
hiciese más a menudo. Ella se quedó mirándome de una forma muy extraña, y
yo hui y me refugié en mi cuarto, del que ya no salí en toda la tarde.
No podía parar de llorar. Lloraba por todo: por cómo las chicas venenosas
habían querido pegar a Andi por la tontería de la cafetería, por cómo el gorila
le había reventado el labio a David, por cómo nos había mirado la profesora
de Matemáticas cuando vino a nuestro encuentro. Y también lloraba, aunque
aquello me hiciese sentir mucho más mezquina de lo que jamás me había
sentido hasta el momento, por mí, porque sabía que aquello me traería
problemas, porque si mis padres llegaban a enterarse de que había estado
implicada en una pelea se enfadarían conmigo como nunca lo habían hecho.
Me parecía injusto pensar en eso cuando lo verdaderamente importante era
que David había acabado con el labio partido por tratar de defender a Andi. Y
pensar que aquello era injusto me hacía llorar más, y así una y otra vez, en
una especie de bucle eterno.
Le dije a mi madre que no me encontraba bien, y logré escabullirme
también de cenar en plan familiar en el comedor. Y supe que tarde o temprano
ella vendría a hablar conmigo, a decirme que no se había creído ni una sola de
mis palabras. A preguntarme qué demonios me pasaba.
Al día siguiente, en el instituto, ni el tutor ni el jefe de estudios vinieron a
decirnos nada acerca de la pelea. Aquello me dio esperanzas: tal vez la
profesora de Matemáticas tan solo había querido asustarnos. Seguramente lo
había reconsiderado y había llegado a la conclusión de que no valía la pena
darle tanta importancia. A decir verdad, no me parecía una posibilidad
demasiado lógica. Pero era eso lo que quería creer.
Sin embargo, no por eso pasé la mañana más tranquila. El grupito de las
sosas vino a preguntarme sobre la pelea, porque entre la gente de la clase lo

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sucedido se había extendido como la pólvora. Claro que era imposible que no
lo hiciese: las venenosas no hablaban de otra cosa. No se dirigían a mí, era
como si yo no tuviese nada que ver, pero no se cortaban un pelo a la hora de
hablar de ello en mi presencia. Intenté desconectar, no escucharlas, porque tan
solo me serviría para ponerme furiosa. Pero fue inútil. Sobre todo cuando
escuché, a través de cuchicheos, que los gorilas tenían pensado buscar
después de las clases a David para darle una paliza. Querían acabar lo que
habían dejado a medias el día anterior.
Se me pusieron los pelos de punta. Y sentí la rabia creciendo en mi
interior de un modo que casi quemaba. ¿Pero qué les pasaba? ¿Hasta cuándo
durarían sus absurdas ansias de venganza?
Fui consciente de que solo había una cosa que pudiese hacer. Y era muy
posible que no sirviese de nada. Pero debía intentarlo.
A la hora del recreo no me dirigí al gimnasio fantasmagórico. En lugar de
eso, fui directa a buscar a Mónica, la líder indiscutible de las venenosas. La
intercepté en su camino hacia los cuartos de baño.
—Quiero hablar contigo —dije, cogiéndola del brazo.
Ella se giró y me miró con sorpresa. Esbozó una media sonrisa arrogante,
muy característica de ella.
—¿Qué quieres? —preguntó, con tono impertinente.
Sus amigas, entre ellas Nuria, la muñeca hinchable, se habían detenido en
torno nuestro, y me miraban de un modo bastante desagradable, para nada
disimulado.
—Quiero hablar contigo —repetí—. Solo un momento.
La muñeca hinchable, tan simpática como siempre, decidió tomar parte en
la conversación.
—Creo que no tenemos nada que hablar contigo, nena —dijo.
Para mi asombro, Mónica la ignoró por completo.
—Vale, ¿qué tienes que decirme? —preguntó.
Guardé silencio durante unos instantes, observando una por una a sus
secuaces.
—Me gustaría hablar a solas —dije, sabiendo que aquello despertaría una
oleada de protestas burlonas.
No me equivoqué. Las demás se echaron a reír. Pero Mónica no lo hizo.
—Paso, tía —respondió—. Lo que tengas que decir, dilo ya. No tengo
todo el día.
La observé fijamente a los ojos, bastante seria y solemne.
—Por favor —dije.

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Las otras siguieron riéndose. Escuché a una de ellas susurrar: Pobrecilla,
quiere suplicar piedad para su amiguito. Mónica exhaló un breve suspiro
nervioso. Yo ya estaba convencida de que volvería a negarse, cuando, para mi
enorme sorpresa, dijo:
—Vale. Vamos al baño.
Sentí cómo el nudo de tensión que se retorcía en mi estómago se aflojaba
ligeramente. Tal vez no había sido tan mala idea dirigirme a ella, pensé.
Entramos en el cuarto de baño, mientras las demás se quedaban fuera, en el
pasillo, obedeciendo como dóciles perritos la voluntad de su ama. Por suerte,
no había nadie dentro.
—Bien, adelante —dijo ella—. Habla.
Respiré hondo, tomando aire y fuerzas. Aquello no sería fácil.
—Sé lo que queréis hacer con David —comencé.
Ella me observó, altiva, desde arriba. Era bastante más alta que yo.
—¿David es tu amigo? —preguntó, con indiferencia.
—Sí.
—Ajá. ¿Y?
—¿No crees que os estáis pasando bastante?
Ella dejó escapar una risita irónica.
—Bueno, creo que él también se pasó bastante —respondió.
Yo luché para mantenerme tranquila, aunque comenzaba a sacarme de
quicio.
—Joder, tía. Sabes que todo lo empezasteis vosotras. Os metisteis con
nosotros en la cafetería y mi amiga tan solo respondió. Entiendo que a Nuria
le jodiese lo que dijo, pero fue ella la que habló primero. No os habríamos
dicho nada si nos hubieseis dejado en paz.
Yo en parte esperaba, o más bien temía, que Mónica se tomase todo
aquello a risa y que decidiese que no valía la pena seguir hablando conmigo.
Pero no lo hizo. Por el contrario, me escuchó con atención, y cuando terminé
me observó con seriedad.
—Y David —continué— se puso como loco ayer porque vio que queríais
pegar a Andi. Por eso soltó todo lo que soltó. Él tampoco empezó nada.
Por supuesto, estaba siendo exagerada y deliberadamente diplomática. Lo
que de verdad habría querido decirle era muy diferente. Me habría gustado
espetarle que me parecían todas unas asquerosas despreciables que
disfrutaban tiranizando a todo el maldito instituto, que se creían con el
derecho de hacer lo que les venía en gana solo por ser populares, guapas y
tener novios como armarios. Y también me habría gustado decirle que estaba

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de acuerdo con lo que había dicho Andi y había corroborado David: que
Nuria tenía aspecto de muñeca hinchable. Pero eso no me habría ayudado en
nada.
Mónica seguía callada, observándome.
—Piénsalo solo un momento, ¿quieres? —Continué, deseando que
hablase, que me interrumpiese para decir algo de una vez—. Sabes que lo que
te estoy diciendo es verdad. Y tus amigas harán lo que tú quieras. Diles que
pasen de todo, que dejen a David en paz.
Temí que aquello sonase como una especie de súplica, y que ella pudiera
advertirlo y tomárselo a risa. En realidad, no quería rogarle nada, tan solo
quería que razonase. Tenía la esperanza de que fuese capaz de hacerlo. Estaba
esgrimiendo mi mayor arma: yo no había tomado partido en la cuestión. No
me había metido con ellas, ni siquiera para defenderme. Y, además, era yo. La
estudiante estrella de la clase. La que siempre sacaba buenas notas. La que
siempre se portaba bien. La que, a pesar de las pintas raras, seguía siendo lo
suficientemente buena chica como para no llevarme mal con nadie. La que, en
más de una ocasión, le había dejado copiar los deberes, o le había explicado
algún tema para un examen. No teníamos nada que ver, y probablemente nos
resultábamos igual de despreciables la una a la otra. Pero yo nunca le había
dado ningún verdadero motivo para odiarme. Y David y Andi eran mis
amigos.
Y eso no era todo. También tenía la esperanza de que comprendiese que
tocarme las narices podría traerles problemas, a ella y a sus amigas. Por el
momento, el jefe de estudios no había abierto la boca, pero eso no significaba
que no pudiese hacerlo. Y yo podría hablar, y contar todo lo que había
pasado. Y, entonces, todas ellas me la tendrían jurada y querrían matarme,
pero antes de eso tal vez se ganasen una expulsión. Porque todas tenían ya
mala fama ante la autoridad del instituto y nadie consideraría descabellada mi
versión de los hechos.
—Escucha —dijo ella, al fin—, tú no tienes nada que ver con esto, ¿vale?
Muy bien. Acababa de comprenderlo todo ella solita. Debo reconocer que
me sorprendió.
—Claro que tengo que ver. Se trata de mis amigos, y no puedo quedarme
de brazos cruzados mientras os comportáis de una forma tan egoísta —
repliqué.
Ella me observó con desconfianza.
—Dejadles en paz, a los dos —dije, con firmeza.

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Y no añadí nada más, pero por la expresión de sus ojos y el profundo
suspiró que exhaló, supe que con aquello había sido suficiente.
—Mira, vale. Hablaré con ellas para que lo dejen correr. Pero solo por
esta vez, ¿me oyes?
Yo le sonreí astutamente, sintiendo cómo me embargaba cierto
sentimiento de superioridad. Ella se alejó un par de pasos de mí, y yo ya
estaba segura de que se iría del baño, dando por zanjada la cuestión, cuando
se giró de nuevo.
—Pero lo hago por ti. Solo por ti, ¿vale?
Su voz no sonó esta vez tan arrogante como de costumbre. Resultó mucho
más suave y comedida, como si estuviese diciendo algo que le resultase
vergonzoso, terrible, dificilísimo de pronunciar. Y no era para menos. Con
aquellas palabras me estaba dejando bien claro que si cedía no era solo por el
temor de que todo esto pudiese causarles problemas. Cedía, simple y
llanamente, por mí. Porque, en cierto modo, en algún profundo y recóndito
lugar de su interior, oculto entre capas y capas de superficialidad y crueldad,
se encontraba la certeza de que, en efecto, yo no merecía que me tratasen mal.
Y si David y Andi eran mis amigos, tal vez ellos tampoco lo mereciesen.

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Cuando Andi y David me preguntaron, al día siguiente, dónde me había


metido durante el recreo, no dudé en explicarles lo de mi conversación con
Mónica. Los dos se quedaron observándome con una gigantesca sorpresa. En
la mirada de David advertí, además, un cierto respeto con el que no me había
mirado hasta ahora, como si le pareciese increíble que hubiese tomado tanto
partido en una cuestión que, en parte, no me incumbía demasiado. Como si
acabase de darse cuenta en aquel preciso instante de que, en efecto, ellos dos
me importaban. Andi, sin embargo, parecía agradecida, pero también un tanto
molesta.
—No tendríais que haberos metido, ninguno de los dos —dijo, un tanto
cortante.
David, con su labio partido, la fulminó con la mirada.
—No digas tonterías —respondió, secamente.
—No, lo digo en serio —Andi alzó un poco más la voz—. Aún te pasó
poco para todo lo que soltaste. Con esa gente no se puede jugar.
David, que hasta el momento había estado sentado sobre el potro
desvencijado, se puso en pie, nervioso. Comenzó a dar vueltas por el
gimnasio, mientras sacaba un cigarrillo y lo encendía.
—Claro, habría sido mejor dejarte sola. Ya se veía que te estabas
apañando muy bien. No necesitabas ayuda de nadie —dijo, con una punzante
ironía.
Andi me miró.
—Y tú tampoco tendrías que haberte metido. Podrías haber tenido
problemas —dijo.
—Sabía que no los tendría —repliqué, con tranquilidad.
En verdad, durante el día anterior no había estado tan segura de ello, pero
quise quitarle importancia delante de Andi. Ella miró de nuevo a David.
—Me las habría podido arreglar sola —dijo.
Yo supe, sin necesidad de que añadiese nada más, a qué se estaba
refiriendo. Se suponía que era una criatura de la noche, alguien en teoría

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poderoso. Pero en ningún momento había hecho nada que lo demostrase, y su
terquedad al respecto llegó a irritarme un poco. Miré a David, que no
intentaba ocultar su creciente enfado, y me devolvió una mirada de
exasperación.

La tormenta llegó sin avisar, cuando yo ya había bajado la guardia casi por
completo.
Habían pasado dos semanas durante las cuales nadie había abierto la boca
con respecto al altercado, y yo había acabado por asumir que, sencillamente,
el jefe de estudios no había llegado a enterarse, y que la profesora de
Matemáticas había decidido ser benévola. Mónica había cumplido su palabra
y había hecho que sus amigas dejasen en paz a David y a Andi. Ahora, de
hecho, casi gozábamos de cierta cordialidad un tanto absurda. Ella y yo en
exclusiva: con sus amigas aquello era impensable.
Pero me equivocaba. El problema no estaba zanjado.
Faltaban solo un par de días para el final del segundo trimestre, y, por lo
tanto, para las vacaciones de Pascua. Y, entonces, una mañana, tras la clase de
Informática, que impartía nuestro tutor, este me pidió que me esperase un
momento. Lo cierto es que entonces no me alarmé. Ni siquiera pensé en la
pelea.
Me acerqué a la mesa del profesor, dirigiéndole una expresión
interrogante. Él me devolvió la mirada durante unos segundos sin decir nada,
observándome críticamente.
—Hola, Lorena —dijo.
Yo le respondí con una media sonrisa, un tanto impaciente. Empezaba a
ponerme un poco nerviosa su solemnidad.
—Bueno, quería comentarte un par de cosas —comenzó al fin, para mi
alivio—. Dentro de dos días se entregan los boletines de notas y antes de ello
me gustaría hablar contigo.
Sentí cómo se me retorcía el estómago. Así que ahí estaba el problema.
Las notas. Yo sabía perfectamente, sin necesidad de leer el boletín, que no
habían empeorado demasiado respecto al trimestre anterior. Pero, claro, en mi
caso particular cualquier tipo de empeoramiento suponía una tragedia. Me
quedé callada, rígida y estática. Él me observó durante unos segundos y
continuó hablando en cuanto se dio cuenta de que yo no tenía intención de
decir nada.

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—Lorena, me preocupas —soltó de pronto—. Tus notas siguen siendo
muy buenas, a pesar de que hayan experimentado una cierta bajada. Pero lo
que me preocupa es el evidente cambio que se ha operado en tu actitud.
Yo continué callada, casi más rígida que antes. En aquel instante ya
comenzó a invadirme la terrible sospecha de que aquello acabaría mal.
—Mira, Lorena —dijo, exhalando un profundo suspiro—, llevo siendo tu
tutor desde primero. Creo que, más o menos, ya nos conocemos un poco.
Nunca he tenido problemas en observar que te costaba un poco integrarte,
pero tu comportamiento hasta este curso había sido modélico. Sin embargo,
de un tiempo a esta parte, he observado en ti un creciente desinterés hacia
todo.
En verdad, pensé, no me conocía en absoluto. ¿Cómo podía decir que me
conocía? Lo único que había hecho durante tres cursos era darme clase. ¿Se
pensaba que mi vida se reducía a eso?
—Lorena —continuó—, ¿tienes algún problema en casa? ¿Hay algo que
te esté preocupando últimamente?
Yo sacudí la cabeza en un gesto de negativa.
—¿Seguro? —insistió.
—Seguro —afirmé yo.
¿Qué podía decirle? ¿Que era verdad que estaba distraída, ya que por
primera vez en mi vida había tenido algo que hacer en mi tiempo libre que no
fuese estar con mi tía Susana o metida en casa?
—Bueno, mira. Voy a ser franco contigo —dijo, advirtiendo que la
conversación no avanzaba.
Le miré a los ojos.
—Has estado faltando bastante este año. El jefe de estudios no está muy
seguro de…, eh, la autenticidad de los justificantes que has ido entregando.
Me estremecí. Aquello no me lo esperaba.
—Además, María José habló conmigo hace unos días sobre un incidente
que presenció en la entrada del centro.
Mierda. En mi mente solo se repetía una palabra. Mierda, mierda, mierda.
—Ella quería hablarlo con el jefe de estudios, pero al final me lo comentó
a mí ya que soy tu tutor, y la convencí de que, al menos de momento, no
hiciese más.
Se quedó callado, mirándome.
—¿Tienes algo que decirme? —preguntó.
Tragué saliva con dificultad. Por supuesto que tenía algo que decirle.
Aunque no estaba nada segura de que me fuese a servir de algo.

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—No hay ningún problema con los justificantes —mentí—. Están todos
firmados por mi madre. Y sobre lo de la pelea… Yo no tuve nada que ver.
Nuria se metió con mis amigos en la cafetería, discutieron y una cosa llevó a
la otra. Se esperaron a la salida porque querían pegarle. A mi amiga.
Él me observaba con atención, y ahora lo hacía con dureza, casi como si
yo fuese una delincuente. Al final, exhaló un prolongado suspiro.
—Creo que no te hace ningún bien rodearte de gente… conflictiva —
declaró.
—¡Pero si no son conflictivos!
Aquello ya me parecía demasiado, y no pude evitar alzar la voz. Él me
miró con cierta sorpresa.
—Nosotros no empezamos nada. Fueron ellas las que armaron todo el lío
—continué.
—Lorena, no necesitas explicarme qué tipo de chicas son Mónica y las
demás. Pero llevo muchos años tratando con gente de tu edad, y, al igual que
sé que hay gente que causa problemas y gente que no los causa, también sé
que dos personas no se pelean si una no quiere.
—¡Venga ya! —retrocedí unos pasos, exasperada.
—Además, Lorena, aquí estamos hablando de ti. Estoy acostumbrado a
tener problemas con chicas como Mónica. Pero no estoy acostumbrado a
tenerlos contigo.
—¡Pero es que conmigo no has tenido ninguno!
Casi no me reconocía. Era la primera vez que alzaba la voz de esa manera
a un profesor. Pero no podía evitarlo. Me parecía todo surrealista, indignante.
Él suspiró de nuevo.
—Mira, después de comentar el tema con otros profesores, que me han
corroborado tu cambio de actitud en las clases, estamos todos de acuerdo en
que debemos hablar con tus padres.
Yo me quedé de piedra. Sentía cómo todo daba vueltas a mi alrededor,
cómo el suelo se resquebrajaba y se abría bajo mis pies.
—Pero, ¿por qué? —pregunté, con un hilillo de voz.
—Estoy seguro de que hay algo que está motivando tu actitud, pero
también sé que tú no vas a explicarme de qué se trata. Has sido una estudiante
brillante, y todavía lo eres. Pero creo que si no te ayudamos ahora, podrías
tener problemas, y sería una lástima que tu expediente se viera estropeado por
una serie de absurdos acontecimientos totalmente evitables.
—No puedes hacer eso —repliqué.

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—Debo hacerlo. Y, además, si es cierto que, como dices, no hay ningún
problema, no creo que esto deba preocuparte en exceso. Solo quiero constatar
con tus padres que todo va bien.
Yo le observaba fijamente, sin dar crédito a sus palabras. Los ojos
comenzaban a arderme como si me hubiesen derramado arena en su interior.
No quería llorar. No podía llorar. Sin dejarle decir una palabra más, me
apresuré a salir del aula.
Tal vez podría haber dicho algo más. Hecho algo más. Pero no tenía
ninguna experiencia en manejar conflictos con profesores. No tenía ni idea de
qué habría sido lo correcto, de qué debería haber dicho para que cambiase de
opinión y no llamase a mis padres. Me sentía derrotada y cercada por la
tragedia.

Para cuando llegué a casa a mediodía, mi madre ya estaba al corriente de


todo. Lo supe en cuanto entré en el comedor y me encontré con su mirada.
—Nunca pensé que tendría que decirte esto —dijo, nada más verme, sin
darme tregua.
Me desplomé en el sofá, comprendiendo que sería inútil intentar huir.
—Estoy muy decepcionada contigo, Lorena —declaró mi madre.
Es curioso. Yo había escuchado esa misma frase en multitud de películas,
sobre todo en películas de temática adolescente. Y siempre me había parecido
muy ridícula. Siempre había pensado que, en caso de que alguien se sintiese
defraudado conmigo, no elegiría esas palabras exactas para hacérmelo saber.
No sé, tal vez me parecía un recurso tan cinematográfico que no veía posible
integrarlo en una conversación real. Sin embargo, puedo asegurar que
escuchar a mi madre pronunciar esa frase me provocó un dolor lacerante. Eso
no podía estar pasándome a mí. Últimamente ya había tenido alguna que otra
discusión con ella, por no hablar de la época un tanto tormentosa que
habíamos atravesado cuando Susana estaba todavía en la ciudad y yo quedaba
tanto con ella, y mi madre pensaba que era una mala influencia para mí. Pero
nunca habíamos llegado a este punto.
—Te han llamado, ¿no? —pregunté, de un modo un tanto estúpido.
Por supuesto que la habían llamado.
—Claro que sí —respondió—. Y no puedes hacerte una idea de la
vergüenza que he pasado. Esto no me lo esperaba de ti.
La miré fugazmente a los ojos, aunque me sentía incapaz de sostenerle la
mirada.

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—¿Qué te han contado? —pregunté, con un hilo de voz.
Mi madre dejó escapar una breve risa irónica.
—¿Me lo preguntas para comprobar si has tenido la suerte de que se dejen
algo en el tintero? —Preguntó, a su vez—. Porque, de ser así, agradecería que
terminases de iluminarme y me contases con exactitud qué es lo que has
estado haciendo últimamente.
Su voz no podía estar más cargada de desencanto. Yo nunca la había visto
tan enfadada, ni tan dolida. Ni siquiera el día que Susana y ella tuvieron la
gran bronca, que acabó con mi tía declarando que se iba.
—No he hecho nada —dije, sabiendo a la perfección que no me creería.
—Ah, claro. No has hecho nada. ¿Entonces es mentira que has estado
faltando a clase?
Exhalé un profundo suspiro.
—No, eso no es mentira —susurré.
—Ah, bien. Eso no es mentira. ¿Y es mentira, tal vez, que te has visto
envuelta en una pelea? ¿Y que tus amigos no son precisamente los mejores
chicos del instituto? Por no hablar de que tus notas están empeorando, y eso
ya pude comprobarlo cuando terminó el trimestre pasado, así que espero que
no me digas que es mentira.
—No he hecho nada —repliqué, cortante, sintiendo cómo comenzaba a
desperezarse en mi interior la rabia que me había embargado durante la
conversación con mi tutor—. No me he peleado con nadie y mis amigos no
hicieron nada tampoco. Fueron las imbéciles de mi clase las que se metieron
con nosotros, con Andi exactamente, y ella contestó, y por eso las otras
quisieron pegarle. Fue por eso por lo que hubo una pelea. Pero no tuvimos la
culpa de nada. Se lo expliqué al tutor, pero pasó de mí.
—Claro, ya entiendo —respondió mi madre, dejándome bien claro su
sarcasmo—. Seguro que tus amigos, que tienen ambos un expediente
intachable, no han tenido nada que ver. Seguro que no han hecho nada malo.
Abrí los ojos desmesuradamente, observando a mi madre con
incredulidad. Así que de eso se trataba. El tutor le había hablado a mi madre
de los expedientes de David y Andi. ¿Cómo pudo hacer eso? ¿No se suponía
que aquello era información confidencial? ¿Y qué demonios tenía todo eso
que ver conmigo?
—Mamá, no hemos hecho nada —repetí, con rabia.
Mi madre suspiró, y se sentó a mi lado en el sofá.
—Es que me parece increíble —declaró, y con eso supe que se disponía a
embarcarse en una terrible perorata—. El año pasado ya empecé a

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preocuparme por los cambios que estaba viendo en ti. Y tanto Susana como tú
lograsteis hacerme creer que no pasaba nada, que no importaba que te diese
por llevar ropa tan rara y ponerte en el pelo ese tinte negro horroroso. Llegué
a creer, en efecto, que no tenían nada que ver tus gustos, por extraños que
estos fuesen, con lo que eras tú en tu interior. Y llegué, también, a reconocer
que me había equivocado con Susana, y que en verdad no te había hecho
ningún mal estar tanto con ella. Y ahora vienes contando maravillas de tus
nuevos amigos, y te veo más contenta que nunca; pero no sé cómo narices
pretendes que me alegre por ti, que me alegre porque al fin tienes gente con la
que hablar y con la que quedar, cuando es justamente ahora cuando empiezas
a meterte en problemas. Porque eso es lo único que te han traído tus amigos,
Lorena. Problemas y más problemas.
Me había quedado de piedra mientras la escuchaba. No podía dar crédito a
sus palabras. ¿Cómo que problemas? David y Andi me habían hecho sentir
mejor que nadie que hubiese conocido hasta el momento. Por primera vez, me
había sentido bien en compañía de alguien que no pertenecía a mi propia
familia. ¿Tan difícil era eso de entender?
—Estás siendo muy injusta —declaré.
Mi madre se echó a reír amargamente.
—Claro, injusta. Imagino que, según tú, lo que debería hacer es no darle
importancia a nada de esto, y dejar que hagas lo que te apetezca. Y si
suspendes el curso, pues nada, allá tú. Y si sigues saliendo por ahí con gente
que lo único que quiere es llevarte por el mal camino, pues también allá tú. Y,
ya de paso, si te da por emborracharte o drogarte, por supuesto, también allá
tú.
En ese momento me tuve que reír. Aquello resultaba tan exagerado, que
casi rozaba lo hilarante.
—Mamá, no dramatices —dije—. Aún deberías dar gracias por tener una
hija de mi edad que saca buenas notas y no vuelve borracha a casa cada noche
que sale por ahí.
—Me parece que estás muy equivocada, Lorena. Yo no tengo que dar las
gracias por ello. Lo de sacar buenas notas y no emborracharte es lo que debes
hacer, porque eso es lo que está bien. Me da igual lo que hagan los demás,
¿me oyes? No me voy a quedar de brazos cruzados mientras tu tutor me llama
para contarme que te pelas las clases, solo por la certeza de que hay gente que
se porta peor que tú.
¿Qué podía decir? En eso tenía razón. La situación resultaba injusta por
todo lo que yo ya sabía: que por haber sido siempre una buena chica, ahora

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todo lo que hacía mal resaltaba de una forma estrepitosa. Estaba claro que los
padres de Mónica jamás pondrían el grito en el cielo por nada que hiciese su
hija, ni siquiera suponiendo que el tutor les llamase también para contarles lo
de la pelea. Todo el mundo esperaba de Mónica que se portase mal. Pero yo
no era Mónica. Nadie se esperaba nada malo de mí.
Pero, a pesar de todo, pese a lo injusto, comencé a sentirme culpable.
Porque, en verdad, había determinadas cosas que no tenían justificación.
Porque yo podía sentirme genial con David y con Andi, pero eso no era
excusa para haberme pelado las clases. Tampoco debería haber descuidado
mis estudios. No tenía ningún sentido el revuelo causado por la pelea, que,
además, no había llegado a mayores consecuencias gracias a mi intervención.
Pero lo demás era todo cierto, y era culpa mía. Tal vez nada de lo que había
hecho fuese tan grave, pero no podía culpar a mi madre por alarmarse.
Además, jamás lograría que comprendiese que llevar ropa rara y el pelo
teñido de negro no me convertía en una delincuente, si luego me dedicaba a
meterme en líos.
—Bueno, lo siento —dije, cediendo al fin.
—¿Lo sientes? ¿Eso es todo?
—¿Y qué quieres que te diga? Sé que he metido la pata, ¿vale? No
volveré a pelarme las clases. Y trataré de estudiar más y terminar el curso con
mejores notas.
Ella me observó sin decir nada. Supe que no se estaba creyendo ni una
sola de mis palabras.
—En serio, lo haré —repetí—. De verdad. Lo he entendido, en serio, no te
preocupes.
Ella, al fin, tras un silencio que se me hizo eterno, suspiró.
—En cuanto a tus amigos… —comenzó.
—Mis amigos no tienen nada que ver —la interrumpí, temiendo lo que
pudiera decir a continuación—. Ellos tendrán los expedientes que tengan,
pero eso es cosa suya.
—Bueno, hija, el caso es que, hasta ahora, esos expedientes no han sido
solo cosa suya, porque han provocado que empeore el tuyo.
—¡Mi expediente no ha empeorado por su culpa! —exclamé.
Comencé a sentirme derrotada y terriblemente estúpida. Sabía a dónde
quería ir a parar, y no quería escucharlo.
—Mamá, ellos no me han obligado a nada. Si me he metido en líos, ha
sido culpa mía, ¿vale? Excepto lo de la pelea, que, lo creas o no, no tuvo nada
que ver con ninguno de nosotros. Pero si me pelé clases fue porque quise,

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ellos no me lo impusieron. Ni me obligaron a pasar de todo y estudiar menos.
Fue cosa mía, y ya he entendido que eso no está bien, y no volverá a pasar.
—Quiero que dejes de quedar con ellos —declaró ella, ignorando
totalmente mis palabras.
Yo enmudecí.
—Al menos —continuó—, hasta que finalice el curso. No quiero más
distracciones ni más problemas. Y espero…
—No puedes pedirme eso —repliqué.
—Claro que puedo. Tú has estado haciendo lo que te ha dado la gana.
Ahora es mi turno. Y te pido que no quedes con ellos.
Guardó silencio. Yo le sostuve la mirada, estupefacta, sin poder creer
nada de lo que estaba sucediendo. Al final, suspiré.
—Mamá, puedo prometerte que mejoraré en lo que queda de curso —
declaré—. Pero no dejaré de ver a mis amigos.
Y, después de eso, me puse en pie y me encerré en mi habitación.

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Al menos, la tragedia no se vio magnificada por las notas. No fueron tan


sumamente maravillosas como en cursos anteriores, pero no empeoraron con
respecto al primer trimestre.
Mi madre me hizo el favor de no contarle nada a mi padre. O, al menos,
de no contárselo con todo lujo de detalles. Omitió los datos más escabrosos:
todo lo relativo a los días que había faltado a clase y a la pelea. Sí le contó
que mi tutor había llamado por teléfono, pero lo centró todo en la
preocupación de los profesores hacia mi bajada de notas. Mi padre se enfadó,
por supuesto. Pero se habría enfadado mucho más de haberlo sabido todo. Tal
vez la actitud de mi madre en ese momento fuese de todo menos didáctica. Si
todo lo que yo había hecho era de verdad tan grave, no me hacía ningún bien
que mi padre no se enterase, librándome así de su castigo. Pero imagino que a
mi madre, en cierta manera, le ocurría lo mismo que a mí. De igual modo que
yo no estaba acostumbrada a tener conflictos con los profesores, y con mis
propios padres, y no sabía cómo manejarme en ese tipo de situaciones porque
durante toda mi vida siempre había sido la encantadora niña buena, a ella
debía de sucederle algo muy parecido conmigo. No debía tener mucha idea de
cómo enfrentarse a la situación.
De algún modo que no llegué a comprender, logré convencer a mi madre
de que me dejase ir en Pascua con Andi y con David. Llevábamos ya semanas
planeando una escapada de un par de días a la casa del pueblo de Andi, donde
no vivía nadie y, por lo tanto, podíamos campar a nuestras anchas. En cuanto
mi madre dejó clara su opinión sobre mis amigos me pareció que no tendría
más remedio que despedirme del plan, pues estuve segura de que pensaría que
querríamos aprovechar para beber como cosacos y, en definitiva, hacer un
montón de cosas malas propias de jóvenes descarriados. Pero imagino que
después de verme abatida y en actitud de alma en pena durante varios días
acabó ablandándose. Además, puedo asegurar que yo no fingía en absoluto.
Me sabía fatal todo lo ocurrido, y llevaba muy mal lo de tener a mi madre
enfadada.

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El caso es que hicimos una especie de pacto. Ella permitiría que me fuese
en Pascua, pero yo a cambio debería prometerle que me esforzaría más, que
estudiaría mucho para terminar el curso en condiciones y que no volvería a
meterme en líos. Y se lo prometí.

Salimos por la mañana, temprano.


El pueblo de Andi era, en realidad, una aldea que pertenecía a una
localidad que distaba unos seis kilómetros. Ella nos estuvo contando que el
único modo de llegar hasta allí, sin coche, consistía en coger un autobús que
salía cada hora y cuarto y cubría el trayecto comprendido entre la ciudad y la
localidad cercana a la aldea; una distancia de unos ciento veinte kilómetros.
Una vez allí, no había modo de llegar hasta la aldea como no fuese en coche,
así que ella solía ir andando. Según nos decía, iba bastante a menudo, cada
vez que necesitaba desconectar del mundo. No se le hacía demasiado pesado
el camino: ya estaba acostumbrada. Una vez más, David y yo tuvimos que
quedarnos de piedra mientras nos lo contaba. Mis padres jamás me habrían
dejado pasar tanto tiempo sola en una casa abandonada, y mucho menos
caminar seis kilómetros a pie, adentrándome en plena montaña, para llegar
hasta allí. Sin embargo, no me atreví a expresarle mi asombro a Andi, ni a
preguntarle nada. Ya sabíamos de sobra, tanto David como yo, que su vida no
era demasiado normal, y la relación que tenía con su padre tampoco.
David no quiso ni oír hablar de coger el autobús. Además de que no tenía
ni la menor intención de cubrir seis kilómetros caminando, le parecía mucho
más divertido ir en coche. Tenía carné de conducir desde hacía cosa de un
año, y solía llevar el antiguo coche de su padre, un Sea Córdoba bastante
cascado. Yo no dije nada, pero me alegré de que quisiese llevar coche. A esas
alturas del año ya empezaba a hacer calor por el día, y la idea de caminar
tanto para llegar a la casa de Andi, bajo un sol abrasador, no me parecía muy
apetecible. Y, además, lo de viajar en coche en compañía de mis dos amigos
se me antojaba como una especie de road movie de lo más emocionante.
El viaje, tal y como yo esperaba, resultó muy entretenido. Lo pasamos
escuchando música y hablando por los codos, y hasta hicimos una breve
parada en una estación de servicio para tomar algo. No era ni mucho menos
necesario hacer un descanso, porque el viaje no era tan largo como para ello,
pero la idea nos pareció divertida.
Entre nosotros se respiraba mejor ambiente que durante las últimas
semanas. En verdad, en ningún momento había dejado de haber buen rollo.

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Seguíamos llevándonos genial y hablando de todo. Pero no podía negarse la
evidencia de que, desde el día del altercado con las chicas populares, la
actitud de David hacia Andi se había enrarecido un poco. Más concretamente,
se había enrarecido desde la conversación que habíamos mantenido en el
gimnasio a propósito del altercado, cuando ella nos había dicho que no
tendríamos que habernos metido. Yo ya casi lo había olvidado, y no le daba
demasiada importancia, pero David parecía dolido, como si le hubiese
molestado mucho que ella no le agradeciese la forma en que él la había
defendido. A mí me extrañaba un poco su actitud al respecto. Ellos dos se
conocían desde hacía mucho más tiempo que yo, y, sin embargo, yo ya había
llegado a entender lo suficiente a Andi como para no sorprenderme por
determinadas cosas. Se podría decir que Andi casi nunca actuaba como te
esperabas. No podías hacerte una idea de qué iba a hacer o decir, porque lo
más seguro es que terminase haciendo o diciendo algo completamente
diferente, que te dejase con la boca abierta. David debía conocerla lo bastante
como para saberlo, pero no era eso lo que parecía. Cada día que pasaba me
daba cuenta de que él esperaba cosas de ella que ella no tenía intención de
darle, y él no parecía ni mucho menos capaz de asumirlo.
Pero ahora, al menos de momento, todo parecía olvidado. Reíamos y lo
pasábamos bien, y no parecía existir ni la más mínima sombra de recelo. Eso
me alegró mucho: no quería ni imaginarme lo que sería pasar un fin de
semana entero con David y Andi enfadados.
Llegamos sin problemas, porque Andi se conocía el camino a la
perfección y fue guiando a David en todo momento. La aldea en sí consistía
en un breve camino de tierra situado en medio de un punto de frondosa
vegetación, rodeado por un grupo de casas bajas y antiguas. No había nada
más, ninguna tienda ni bar, solo la única calle donde se situaban las casas, y
luego el monte. Andi nos comentó que, de hecho, la mayor parte de las casas
permanecían deshabitadas durante todo el año, y que solo en verano gozaba la
aldea de cierta actividad. Ahora podía ser que nos encontrásemos con alguien,
alguno de los pocos viejecitos que vivían allí de forma continuada, o alguna
familia que se hubiese acercado para pasar unos días de tranquilidad, como
nosotros. Pero también podía ser que no viésemos a nadie. No era nada raro.
La casa de Andi era la última de la aldea. Se alzaba ella sola, un tanto
aislada, ya casi al final del camino, junto a una pronunciada pendiente que se
perdía entre la espesa vegetación. Vista desde fuera, cualquiera habría
pensado que se trataba de otra casa abandonada. No obstante, por dentro
resultaba de lo más acogedora. Su escasa extensión causaba que la

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distribución fuese totalmente circular, careciendo de pasillo, y encontrándose
el amplio salón justo en medio de la vivienda, rodeado de los accesos a las
demás estancias. El salón estaba ocupado por un par de sofás tapizados con
terciopelo verde, una mullida alfombra multicolor, un pequeño mueble
descascarillado que sostenía un antiguo televisor de doce pulgadas y una
estantería repleta de libros, con un tocadiscos y una lámpara de lava en el
estante inferior. No había nada más. Ni mesa ni sillas.
—Antes había más muebles, pero eran muy viejos y lo único que hacían
era comerse todo el espacio. Como a mi padre todo esto ya le da igual, tiré
todo lo que me molestaba, y lo dejé así —explicó Andi.
—¿Tu viejo no viene nunca? —preguntó David.
Andi sacudió la cabeza en un gesto de negativa.
—Desde que mi murió mi madre, solo ha vuelto un par de veces. A ella
este sitio le gustaba mucho, y a mi padre le trae demasiados recuerdos.
Cuando yo era pequeña, solíamos venir todos los fines de semana.
Miré alrededor, sintiendo de pronto cómo me invadía una oleada de dolor,
como si me abrazase algo incorpóreo. Era la primera vez que entraba en esa
casa, no podía asociarla con ningún recuerdo, pero la idea de que Andi
hubiese pasado tanto tiempo allí, primero de pequeña en compañía de sus
padres, y después sola, caminando kilómetros para llegar hasta ese lugar que
se alzaba silencioso y solitario porque ya nadie quería visitarlo, me causaba
un extraño sentimiento de desolación.
—Y… ¿qué haces cuando vienes aquí? —continuó preguntando David,
estudiando la estantería con detenimiento.
Por el modo en que miraba alrededor, supe enseguida lo que estaba
pensando. No había ningún aparato de música más allá del viejo tocadiscos, y,
aunque había un televisor, no había vídeo ni reproductor de DVD. Ella le
miró como si fuese tonto.
—Lo digo porque… no puedes ver pelis ni nada —continuó él.
Ella soltó una risita.
—No vengo aquí para ver pelis. Y, si quiero escuchar música, tengo el
tocadiscos y algunos vinilos de hace siglos, de mis padres. Bueno, de hecho,
aprovechando que aquí tengo un tocadiscos, me he ido pillando algún que
otro vinilo chulo que he encontrado en ferias del disco y eso. Pero, vamos,
que en general, no vengo aquí ni para ver pelis ni para escuchar música.
Él la observaba con perplejidad, extrañado, pero también, en cierto modo,
maravillado. Siempre resultaba inquietante, y para mí, además, doloroso,
observar la absoluta devoción con la que David miraba a Andi. Le hacía

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preguntas que dejaban bien claro que no la comprendía del todo, que
alucinaba con gran parte de sus comportamientos. Pero, al mismo tiempo, la
encontraba fascinante. Y yo le entendía, porque a mí me sucedía lo mismo.
—Pero, no sé —dijo él, sin darse por vencido—, si dices que sueles venir
aquí sola… Algún entretenimiento tendrás que tener. Porque el pueblo no
parece tener mucho movimiento que digamos…
Ella le miró con los ojos entornados, sacudiendo ligeramente la cabeza,
como haciéndose cruces de que él fuese incapaz de entender lo que quería
decir.
—Vengo para desconectar de todo. Para estar sola cuando no soporto
estar con nadie. No necesito entretenimiento, me basta con pensar y dar
vueltas por ahí, por el monte. Pero eso ahora no importa. Esta vez no voy a
estar sola, sino con vosotros, así que no voy a necesitar tampoco ningún
entretenimiento extra.
Con aquello intentaba dar por concluido el interrogatorio; David se dio
cuenta, ya que no insistió.
Dimos una vuelta por el resto de la casa: el pequeñísimo cuarto de baño
con sus horrendos azulejos marrones, la cocina también minúscula y los dos
dormitorios: uno con una amplia cama de matrimonio y el otro con una
individual, cubiertas en ambos casos por gruesos edredones de diseños
anticuados.
Después de la inspección, nos dedicamos a sacar la comida de las bolsas
que habíamos traído con nosotros y guardarla en la nevera. Más que nada nos
habíamos provisto de pizzas, pan de molde y fiambre para hacer sándwiches,
una ingente cantidad de bolsas de papas y snacks variados, y un amplio
surtido de bebidas, tanto alcohólicas como no alcohólicas. Yo no tenía
pensado coger ninguna borrachera, pero había asumido que ellos lo harían. O,
al menos, David.

La primera noche transcurrió tranquila. Los tres estábamos cansados, porque


habíamos pasado la tarde caminando por la montaña. En cuanto se hicieron
más o menos las seis, el sol dejó de calentar tanto y se levantó un viento
bastante fresco que hizo el paseo de lo más agradable. Lo cierto es que los
paisajes eran impresionantes, y yo al menos agradecí el poder respirar aire
puro.
Cenamos a base de pizza y papas, y después, a lo tonto, sin preguntarnos
en realidad cómo íbamos a pasar el rato, comenzamos a hablar, sentados en la

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alfombra del salón, y ya no nos movimos de allí. Fuimos saltando de tema en
tema, tocando de todo un poco. Al final, más tarde, nos dio por contar
historias de miedo, ya que el ambiente era bastante propicio para ello. En la
única calle del pueblo no había ni una sola farola, y, por lo tanto, al caer la
noche, la aldea había quedado envuelta en la oscuridad. Además, la
temperatura había caído en picado al ponerse el sol. Hacía mucho más frío
que en la ciudad. Decidimos encender la estufa de leña, y, con el resto de
luces apagadas, comenzamos a recordar leyendas urbanas, e historias
terroríficas de las que habíamos oído hablar en la tele, en el programa de
Jiménez del Oso. En un momento dado, cuando ya era bastante tarde y el
cansancio comenzaba a vencernos, David dijo:
—No sé por qué estamos aquí hablando de cosas terroríficas. Se supone
que deberíamos estar presenciándolas, ¿no?
Le dirigió a Andi una mirada irónica. Volvía a las andadas. No habíamos
tocado el tema de su presunto vampirismo en todo el día, y parecía que ya
tocaba.
—¿Y qué clase de cosas te gustaría presenciar, si puede saberse? —
preguntó ella.
Él se encogió de hombros.
—Joder, dímelo tú. En cuanto dijiste que vienes aquí a menudo, se me
ocurrió que tal vez aprovecharías la soledad para cazar a tu antojo, o algo así.
Ella guardó silencio mientras le sostenía la mirada, tal vez calibrando
hasta qué punto hablaba en serio.
—Aunque, la verdad —continuó David—, no sé qué digo de cazar. Ya he
visto demasiadas veces que te alimentas de comida normal.
Ella suspiró. Yo decidí mediar en la cuestión.
—Va, déjala —dije, y luego añadí, en parte en serio y en parte para
suavizar la tensión del momento—: No tiene por qué contarnos todo lo que
hace.
—Ya, bueno, pero el problema es que no cuenta nada —David no tenía
intención de darse por vencido.
—Pero qué pesado eres —intervino Andi—. Siempre estás con lo mismo.
—No estaría siempre con lo mismo si no fueses de vampirita, nena.
Durante las últimas semanas, siempre que David sacaba el tema, acababa
poniéndose demasiado insistente. Yo suponía que, sencillamente, cada vez
llevaba peor todo el misterio que giraba en torno a Andi. A mí también me
intrigaba, por supuesto. Si pensaba en ello con detenimiento, no podía evitar
verme martilleada por la duda. ¿Tenía razón su padre y sufría Andi algún

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problema mental? Pero no quería atosigarla con preguntas, y, además, durante
la mayor parte del tiempo me las arreglaba para no pensar demasiado en ello.
Al fin y al cabo, que ella se creyese una vampira, o que lo fuese en realidad,
no era un asunto que, hoy por hoy, me afectase directamente.
Aproveché que ya era tarde, y que estábamos cansados, para interrumpir
la conversación.
—No sé vosotros, pero yo me caigo de sueño.
—Yo también —replicó Andi de inmediato—. Vamos a preparar las
camas.
Con lo de preparar las camas, se refería básicamente a comprobar que no
hubiese bichos bajo los edredones. Afirmaba que estaban limpios, y, en
efecto, lo parecían, aunque la falta de uso y la humedad del ambiente los
había impregnado de cierto olor rancio indeterminado. Como solo había dos
camas, y resultaba obvio, por lo tanto, que dos de nosotros tendríamos que
compartir la de matrimonio, Andi y yo decidimos dormir juntas y desterrar a
David a la otra habitación.
—Qué fuerte, pensaba que dormiríamos todos juntos —protestó el, ya
libre del mal humor que le había embargado hacía tan solo un momento.
Andi y yo nos echamos a reír.
—Qué más quisieras —dijo ella.
Y cuánta razón tenía, pensé yo. Él sacudió la cabeza con cierto disgusto.
—No puede ser, estoy en un pueblo de mala muerte donde no hay un
alma, a solas con dos tías, y me hacen dormir solo.
Andi y yo le dejamos a solas con sus protestas y desaparecimos tras la
puerta del dormitorio grande.

Me cohibía un poco estar a solas con Andi en la habitación. No estaba muy


habituada a dormir en compañía de amigas, y menos aún en la misma cama.
La única chica con la que había hecho algo así era Sandra; había dormido
varias veces en su casa. Me quedé sentada en la cama, estática, mientras Andi
se cambiaba de ropa. De hecho, se quitó toda la que llevaba puesta, sin que
pareciese importarle en absoluto que yo la viese casi desnuda, y se puso la
camiseta de Joy Division que vestía la primera vez que la vi, en los cuartos de
baño del instituto.
—Puedes quedarte fresquita para dormir; aunque hace frío, en la cama
hay mucha ropa. Estaremos calentitas —comentó ella, girándose de pronto
hacia mí.

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Yo le sonreí.
—Llevabas esa camiseta cuando nos conocimos. Bueno, cuando nos
vimos en los baños —comenté.
Ella soltó una risita.
—¡Es verdad! Ahora me la pongo para dormir, porque está viejísima y
hecha polvo.
—Ah —hice, y luego añadí—: Da pena cuando una prenda queda
condenada a ser usada para estar por casa.
Mientras hablaba, yo había ido sacando de mi mochila mi camiseta de
Guns N’ Roses. No estaba tan vieja ni gastada como la de Andi, pero me la
había traído porque no estaba dispuesta a dormir fuera de casa con ninguno de
mis ridículos pijamas de invierno.
—¿Tú crees? —preguntó ella, mirándome fijamente y entornando los
ojos.
Me encogí de hombros y ella guardó silencio durante unos segundos antes
de continuar.
—No lo veo del todo así. A mí casi me gusta cuando una prenda se
convierte en ropa de ir por casa. Y me gusta porque, normalmente, hasta
llegar a ese punto he pasado mucho tiempo vistiéndola. Y si la he tenido tanto
tiempo y la he gastado tanto, suele ser porque es una prenda muy querida. No
sé, hay prendas que me gustan menos y no se echan a perder aunque pasen
siglos, y muchas no llegan jamás al punto de convertirse en ropa de ir por
casa.
La observé en silencio, reflexionando sobre sus palabras. En cierto modo
tenía razón. También yo conservaba algunas prendas a las que había tenido
mucho cariño y que ahora utilizaba solo para estar por casa. Sin embargo,
tuve que explicarle a Andi que en mi caso no eran muchas, porque mi madre
no tardaba en echarme la bronca si me veía llevando ropa hecha polvo,
aunque solo fuese para pasar el domingo tirada en el sofá viendo películas. De
hecho, muchas veces ni siquiera podía llegar a eso, porque antes de ese
momento ella ya se encargaba de convertir las prendas viejas en trapos para
limpiar.
—Mi madre también hacía eso —dijo Andi, esbozando una sonrisa un
tanto melancólica, o al menos eso me pareció.
Me quedé callada. Nunca sabía qué decir cuando mencionaba a su madre.
Dado que yo nunca me había visto en una situación semejante, nunca sabía si
ella lo pasaba mal hablando de su madre o escuchando algún comentario que
le hiciese pensar en ella, o si simplemente la mencionaba porque resultaba

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imposible obviar una parte tan importante de su pasado. ¿Cómo me sentiría
yo si estuviera en su lugar? No podía saberlo. No podía siquiera imaginarme
si me parecería mejor que nadie hablase de mi tragedia, haciendo como si mi
madre nunca hubiese existido, o si optaría, por el contrario, por hablar de ella
a la menor ocasión, como para dejarle bien claro, estuviera donde estuviese,
que me seguía acordando de ella. No tenía ni idea.
—Pero mi padre pasa de todo eso —continuó ella—. Le da igual si llevo
una camiseta que está hecha polvo o no. A mí en realidad también me da
igual, pero cuando creo que ya está demasiado destrozada como para llevarla
por la calle, la dejo solo para casa. La jubilo. Y me gusta, y estoy segura de
que a la camiseta también.
Yo me había ido quitando la ropa a medida que ella hablaba. Me puse la
camiseta de Guns N’ Roses.
—Vamos a meternos en la cama antes de que nos enfriemos —dijo ella.
A los pocos segundos ya nos encontrábamos bajo el grueso edredón.
Aunque el ambiente era frío y, de hecho, mi nariz estaba todavía congelada,
no tardé en entrar en calor. Habíamos apagado ya la luz y todo estaba en
silencio en la habitación. Me pregunté si Andi querría seguir hablando
durante un rato, pero su silencio me hizo pensar que tal vez estuviese
demasiado cansada como para eso. Al fin y al cabo, había sido un día intenso.
Aunque, después de todo, ¿sería esta la hora a la que ella solía irse a dormir?
Iba al instituto, por lo que la mayor parte de sus actividades las llevaba a cabo
durante el día. Sin embargo, si era en efecto una criatura extraña, vampírica,
tal vez se encontrase más cómoda viviendo de noche. Tal vez solo se hubiese
metido en la cama para que ni David ni yo la viésemos haciendo nada raro.
Quizás tan solo quisiese hacerme compañía. Tal vez, incluso, se levantaría en
cuanto me viese dormida para ir a hacer quién sabía qué.
Iba pensando todas esas cosas mientras dejaba que el calor del edredón
me sepultase con su peso, y mi mente se encontraba cada vez más dispersa.
Sabía que no tardaría en dormirme.
—David piensa que estoy loca.
La voz de Andi me sobresaltó. Tan solo había susurrado, pero me pareció
todo un estrépito teniendo en cuenta el absoluto silencio que reinaba en la
casa. Abrí los ojos. Estaba oscuro y apenas pude ver nada, pero adiviné cierto
brillo procedente de los ojos de Andi, justo delante de mí.
—No es verdad —respondí yo en un murmullo.
—Sí lo es. Piensa igual que mi padre. Bueno, o piensa que estoy loca, o
piensa que digo que soy una vampira para hacerme la interesante.

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—No sé —dudé, no sabía muy bien qué decir—. No creo que piense que
estés loca. Puede que sí crea que lo dices para hacerte la interesante… Pero no
sé, ya le conoces. Le gusta pincharte.
—Ya, le conozco… Pero antes sí lo hacía para pincharme. Ahora parece
molesto.
Guardé silencio. ¿Qué podía decirle? Lo cierto es que desconocía hasta
qué punto estaba enterada Andi de los sentimientos de David. ¿Sabía que le
gustaba? ¿Sabía que si a él le sacaba de quicio su actitud era simple y
llanamente porque se preocupaba por ella, porque quería conocerla más?
—Creo que siente mucha curiosidad —respondí al fin—. Le gustaría tener
alguna prueba… real de lo que eres. Me da la impresión de que quiere
creerte, pero le resulta muy difícil hacerlo, sin tener ninguna prueba.
Esta vez fue ella la que guardó silencio. Yo me quedé expectante,
esperando su reacción.
—¿Tú piensas igual? —preguntó, después de lo que me pareció una pausa
eterna.
Esa era una buena pregunta. Ni yo conocía la respuesta.
—No —dije, sin dudarlo demasiado. Luego añadí—: Bueno, no sé. Creo
que me da igual. Es decir, no me da igual, pero… No necesito ninguna
prueba. No creo que estés mintiendo. Supongo que lo que tenga que saber, lo
sabré llegado el momento adecuado.
Me quedé callada, preguntándome si había logrado explicarme, o si solo
había soltado un montón de incoherencias.
—¿Alguna vez… ha pasado algo entre David y tú? —pregunté, casi sin
darme cuenta.
Eso era algo que me interesaba saber debido a mis propios sentimientos
hacia David, y supongo que no me habría atrevido a preguntárselo de un
modo tan directo de no ser por el momento de confidencias que ella había
decidido compartir conmigo. Andi dejó escapar una risita susurrante.
—Qué va —replicó—. A él le gustaría, pero no.
Así que sí estaba enterada. En verdad no era para extrañarse: no hacía
falta ser muy observador para darse cuenta de que David besaba el suelo que
pisaba.
—No te gusta —dije yo. Quería que fuese una pregunta, pero terminó
siendo una afirmación.
—No —corroboró ella—. Le tengo mucho cariño como amigo. Hemos
pasado bastante juntos. Y reconozco que es muy mono. Pero nada más.
Guardé silencio durante unos segundos, asimilando sus palabras.

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—¿Y qué me dices de ti? —preguntó ella.
—¿De mí? —la pregunta me pilló por sorpresa—. ¿Sobre qué?
Ella soltó otra risita susurrante.
—Sobre David —respondió—. ¿Te gusta?
Aquello me sorprendió todavía más. Nunca, ni en mis peores pesadillas,
se me habría ocurrido que mi creciente atracción hacia David pudiese resultar
patente a simple vista.
—¿Por qué me lo preguntas? —pregunté yo a mi vez, intentando eludir la
respuesta.
Ella volvió a reír, divertida. En verdad, con mi modo de ponerme a la
defensiva ya le había dejado bastante clara mi respuesta.
—No sé, algo he notado —dijo.
Sentí cómo me ruborizaba, y di las gracias porque nos encontrásemos a
oscuras. Además, la certeza de que David se encontraba en la habitación
contigua me puso los pelos de punta. Estábamos hablando en voz bajísima,
pero se me ocurrió la horrible posibilidad de que pudiese estar escuchándolo
todo.
—Bueno, puede que me guste un poco —reconocí, y me apresuré a añadir
—: Pero da igual. No es nada serio. Y, además, él pasa de mí.
—Eso todavía no lo sabes. Seguramente ni se le ha ocurrido que te puede
interesar.
La situación no podía ser más surrealista. Allí estaba Andi, casi
emocionada ante la posibilidad de que pudiese surgir algo entre David y yo,
cuando en realidad David suspiraba por ella. Me imaginé que tal vez se
trataba de algo tan simple como las ganas que debía tener Andi de que David
la dejase en paz.
—Te voy a dejar dormir, soy una pesada —dijo ella.
—No, no te preocupes…
—Lore.
—¿Qué?
Permaneció en silencio. De pronto, noté cómo se movía rápidamente y me
daba un fugaz beso en la mejilla.
—Eres un encanto —dijo—. No sé si le gustas a David. Pero deberías
gustarle.
Me quedé abrumada por su demostración de afecto. Una vez más, me
encontraba ante una situación a la que no estaba ni mucho menos
acostumbrada.

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—Eh, dormilona.
Abrí los ojos, no sin cierta dificultad. La luz del sol entraba por la
ventana. Me incorporé un poco y miré alrededor. David estaba apoyado en el
marco de la puerta, mirándome, con los brazos cruzados. Andi no estaba.
—Buenos días —le saludé, intentando sobreponerme a la vergüenza que
me causaba que me viese acabada de despertar.
—Ya era hora. Qué manera de dormir —dijo él.
Miré la hora en el viejo reloj que se encontraba en la mesita de noche.
Eran poco más de las nueve.
—Joder, si aún es pronto —protesté.
—Para mí no. Llevo más de una hora despierto. Nunca consigo dormir
hasta tarde cuando paso la noche fuera de casa. Bueno, y además la cama no
era especialmente cómoda.
Me incorporé del todo, quedando sentada en la enorme cama de
matrimonio. Me estiré para desentumecer los músculos.
—Pues yo he dormido de lujo —dije.
—No hace falta que lo jures.
Permanecí sentada, preguntándome si él tendría intención de quedarse
donde estaba. Yo solo llevaba puestas la camiseta de Guns N’ Roses y las
bragas, y me daba algo de corte librarme del amparo del grueso edredón.
—¿Y Andi? —pregunté.
Él se encogió de hombros.
—La oí salir de casa hace rato. En realidad me despertó el sonido de la
puerta al cerrarse, y luego ya no pude volver a dormirme.
Le miré con extrañeza.
—Yo no digo nada —continuó—. Ya sabemos que la chiquilla hace cosas
raras.
—Pues no parece que por aquí haya muchos lugares a dónde ir.
—Va, levántate. Vamos a ver si la encontramos por ahí fuera. Y, si no,
vamos sacando el desayuno.
Decidí ponerme en pie a pesar de la escasez de mi ropa. No quise pedirle
que saliese de la habitación, pues me pareció evidente que él pensaría que era
una tontería. Sin embargo, advertí la mirada significativa que me dirigió en
cuanto me levanté de la cama, solo con la camiseta y la ropa interior. Me puse
los vaqueros a toda prisa y una sudadera encima de la camiseta. Hacía frío.
Andi apareció en ese momento.
—Buenos días —saludó.
Parecía de buen humor.

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—Vaya, la criatura maligna. Si no fuese porque te oí salir de casa cuando
amanecía, hasta podrías hacerme creer que has pasado la noche fuera,
cazando víctimas indefensas.
Ella sacudió la cabeza con resignación.
—No empieces —dijo.
Sacamos el desayuno, que consistía en un par de bricks de zumo y varios
paquetes de Donuts. Andi explicó que había salido a dar una vuelta. Le
gustaba pasear a solas por el monte cuando todavía no había salido el sol.
El día transcurrió tranquilo. Durante las horas de más luz nos dedicamos,
más que nada, a vaguear. Nos sentamos cerca de la casa a hablar, y también
dimos vueltas por los alrededores. En cuanto comenzó a atardecer, Andi nos
propuso salir de excursión.
—Quiero enseñaros algo —dijo, y añadió, sin darnos tiempo a mostrar
nuestra curiosidad—: Hay un cementerio cerca. Está abandonado, y es
bastante escalofriante.
David no necesitó más para entusiasmarse con el plan. A mí también se
me despertó el interés. Eso me sonaba muy de película de terror.
Por el camino, Andi fue explicándonos que se trataba del cementerio de la
aldea, pero que se encontraba fuera de uso desde hacía muchísimo tiempo.
Años atrás, la situación de la aldea había sido muy diferente. Vivía más gente,
y durante todo el año. Ahora, como ya nos había contado el día anterior,
prácticamente carecía de residentes habituales. Hacía tiempo que no tenía
sentido ocuparse del cementerio.
Para llegar hasta allí, había que atravesar la empinada cuesta que bajaba
desde la casa de Andi. Supuse que existiría algún camino más transitable,
pero, según nos dijo ella, ese era el más corto. Después de un cuarto de hora
de atravesar vegetación espesa y un tanto hostil, comenzamos a vislumbrar la
verja oxidada del cementerio.
En efecto, era digno de película de terror. Era muy pequeño, pero no
necesitaba ser más grande para resultar escalofriante. Su escasa extensión
estaba cercada por la verja, que era lo suficientemente baja como para poder
ser saltada sin dificultad. El tiempo que había pasado sin que nadie se ocupase
de él había provocado que la vegetación creciese salvaje y abundante, y la
hiedra cubría la mayor parte de las lápidas medio desmoronadas. No hacía
falta saltar la verja: la puerta estaba abierta.
—Qué pasada —David se había quedado con la boca abierta.
Yo no dije nada, aunque me encontraba en el mismo estado que él. Andi
sonrió.

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—Sabía que os gustaría.
Penetramos en el interior del cementerio y lo atravesamos con lentitud.
Los arbustos habían crecido tanto que la mayor parte sobrepasaba nuestras
rodillas.
—¿Y aquí no viene nadie a hacer botellón? —preguntó David—. Debe ser
el sitio ideal.
Andi sacudió la cabeza.
—Es el sitio ideal, pero está demasiado lejos de la civilización. La gente
del pueblo no se toma la molestia de venir hasta aquí, y en la aldea… Ya
sabéis: no hay nadie, y cuando lo hay, suele tratarse de algún abuelo.
—¿Vienes mucho por aquí? —pregunté yo.
—Sí, es un lugar que me relaja mucho. Me gusta.
—Cómo no te va a gustar, eres una vampira…
Andi miró a David en actitud desafiante.
—De hecho, fue aquí donde me convirtieron —declaró.
David y yo la observamos con perplejidad.
—¿En serio? —preguntó él.
Ella esbozó una sonrisa enigmática.
—¿Qué más da? Si te digo que he hablado totalmente en serio, ¿me
creerás?
Yo miré alrededor, imaginándome la hipotética conversión. Una chica
bonita y frágil paseando a solas por un cementerio abandonado. De noche, por
supuesto. Y, de pronto, una figura extraña y fantasmagórica cerniéndose sobre
ella. Hundiendo unos colmillos afiladísimos en su piel… Desde luego, si era
cierto que había ocurrido así, no podía ser más propio de una novela gótica.
—Ah, y hay algo más —dijo ella, sacándome de mis ensoñaciones.
Señaló con el dedo hacia una lápida relativamente nueva que se encontraba en
el extremo más alejado del camposanto—. ¿Veis esa lápida?
No habría sabido decir cuánto tiempo tenía, pero era evidente que databa
de una fecha más reciente que las que la rodeaban. Además, la vegetación
todavía no había llegado a cubrirla.
—Es la mía —afirmó Andi de pronto.
David y yo la observamos con los ojos como platos. Sin necesidad de que
ella dijese nada más, comencé a construir toda una historia en mi mente. Una
historia de vampirismo de lo más clásica, como los relatos antiguos que
hablaban del tema. Una chica muerta y enterrada, que luego volvía de la
tumba para alimentarse de la sangre de los demás. Entonces, pensaba yo, no
se trataba de una conversión como las que estábamos acostumbrados a ver en

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las películas más recientes, eso tan típico del mordisco, el desangramiento y
luego el vampiro abriéndose la muñeca para dejar beber a su moribunda
víctima.
Mientras yo me imaginaba todo eso, incapaz de decir nada, o siquiera de
pensar con algo de lógica, David se había ido aproximando a la lápida con
lentitud. Andi permanecía inmóvil, a mi lado, observándole con interés.
—Este no es tu nombre —exclamó David, en cuanto se hubo acercado lo
suficiente como para leer la inscripción.
Andi se echó a reír.
—¿Te lo habías creído? —preguntó, burlona.
Yo me relajé, sintiéndome un poco ridícula. Por supuesto que no podía ser
cierto. Me alegré de no haber llegado a dar muestras de mi inquietud. David
se plantó a nuestro lado en cuestión de segundos y le propinó a Andi un suave
empellón.
—Estás loca —le espetó.
—Eso ya lo sabías, ¿no?
—¿Es también mentira que te convirtieron aquí? —pregunté yo.
David me miró como si yo también estuviese loca.
—¿Por qué le sigues el rollo? —inquirió a su vez, casi indignado—. Se
está quedando con nosotros, como siempre.
Ella le ignoró.
—No, eso es cierto —respondió—. Pero no tuve que morir para ello. No
soy una muerta viviente, así al uso.
—Claro, claro —dijo él, burlón.
Ya había caído la noche y el cementerio tenía un aspecto todavía más
escalofriante. Además, empezaba a hacer bastante frío. Decidimos regresar a
la casa.

Preparamos otra nutritiva cena a base de sándwiches de fiambre y paté, papas


y frutos secos. Esta vez, David no perdonó las bebidas alcohólicas, que la
noche anterior habíamos dejado a un lado. Teníamos unas cuantas cervezas,
un brick de sangría, una botella de vodka, otra de whisky y hasta una de cava,
para mezclar con zumos y hacer cócteles. Yo, previsora hacia el hecho de que
no me gustaba demasiado beber, y especialmente odiaba mezclar (las pocas
veces en las que me había bebido algún cubata, me había sentado como un
tiro), había comprado también una botella de vino blanco, para poder beber
solo. El vino era lo que más me permitía cuando me daba por beber, y,

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además de que me gustaba, nunca me había sentado mal. David siempre se
metía conmigo por eso, diciendo que me gustaba beber cosas de abuelos. A
Andi, en cambio, le parecía que beber vino denotaba elegancia. A ella
también le gustaba, aunque no le hacía ascos a otros tipos de bebida.
Me enturbió un poco el ánimo darme cuenta de que David iba con toda la
intención de que pasásemos la noche bebiendo. Yo, a pesar de que de un
tiempo a esta parte (concretamente, desde que les conocía) no era tan radical
respecto al alcohol y bebía más que, por ejemplo, durante la época en la que
había conocido a Toni (que, sin duda, se habría sentido muy orgulloso de mí,
pensaba yo a veces con amargura), seguía conservando el mismo punto de
vista respecto a las borracheras: no me gustaba que la gente bebiese mucho,
me parecía que las personas siempre se mostraban más interesantes cuando
estaban sobrias, y que cuando bebían parecían transformarse en una especie
de copias malas de sí mismas, únicamente capacitadas para decir tonterías.
Me resultaba agradable beber un poco, lo suficiente como para coger un
punto, como para sentirme distendida y a gusto. Pero nunca había cogido una
borrachera gorda, y no tenía intención de hacerlo. Andi no solía beber en
cantidades ingentes, pero a David ya le había visto borracho más de una vez.
Y, en efecto, le prefería cuando iba sobrio.
Sin embargo, procuré no obsesionarme y, sobre todo, no anticipar
acontecimientos. Lo mejor sería tratar de pasármelo bien. Y eso era algo que
no solía resultarme muy complicado en compañía de mis amigos.
Nos sentamos a cenar en la mullida alfombra del salón, que llenamos de
platos de plástico repletos de nuestros suculentos manjares. La estufa estaba
encendida, y el ambiente se iba caldeando con rapidez, a pesar de que fuera la
temperatura había descendido mucho. Andi había puesto un vinilo en el
tocadiscos. Un álbum del año setenta y tantos, de Tangerine Dream. Dijo que
era de su padre, que le gustaban mucho cuando era más joven, y que ella
también se había enganchado bastante a ellos.
—Bueno —dijo David, tras darle un largo trago a su lata de cerveza—,
¿qué vamos a hacer esta noche?
Se quedó mirándonos a las dos, alternativamente. Habíamos terminado
con casi toda la comida. En la alfombra, los platos de plástico estaban vacíos,
con la única excepción de medio sándwich y unas cuantas papas. A nuestro
alrededor se alzaban todos los bricks y botellas de bebida que habíamos
traído.
—¿Qué harías si estuvieses aquí sola? —continuó David, mirando esta
vez a Andi de modo directo.

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Ella se encogió de hombros.
—Supongo que me quedaría leyendo hasta tarde. O saldría a dar una
vuelta, aunque volvería pronto porque hace mucho frío. O escucharía música
y ya está. O, tal vez, haría zapping en la tele para comprobar si echan alguna
peli de miedo, y en ese caso la vería —respondió.
Yo la observaba, sintiendo que yo sería sencillamente incapaz de pasar
una noche sola en aquella casa enclavada en medio de la absoluta oscuridad
de la aldea. Lo que hacía, su modo de pasar el tiempo consigo misma cuando
no soportaba estar con nadie, me parecía muy interesante. Pero era de esas
cosas que no me sentía capaz de hacer. Yo también necesitaba mi espacio, y
me gustaba muchas veces estar sola, sobre todo porque haber sido bastante
retraída durante todo lo que llevaba de vida me había acostumbrado a la
soledad. Pero una cosa era estar sola en mi habitación, en mi casa, en la
ciudad, y otra muy distinta era estarlo allí.
—Un planazo, vamos —afirmó David, con una marcada ironía.
Ella le miró con un punto de desdén.
—No pretendía que te pareciese un planazo —dijo—. Has sido tú el que
has preguntado. Además, sabía que dirías algo así. Los tíos sois especialistas
en no saber estar con vosotros mismos.
—Oh, ya le ha salido la vena feminista.
Ella se echó a reír.
—No se trata de ser o no ser feminista. Es la verdad. Conozco a muy
pocos tíos que sepan estar solos —hizo una pausa, y luego añadió—:
Empezando por mi padre, que en realidad no tiene mucha idea de estar con
gente, pero tampoco sabe estar solo.
—¿No pasas miedo cuando te quedas aquí a solas? —pregunté yo—.
Quiero decir, teniendo en cuenta que la aldea está tan vacía.
—Ah, ¿por si alguien intenta entrar a robar, o algo así? —preguntó ella.
Yo asentí con la cabeza.
—Creo que esto está tan aislado que, por no aparecer, no aparecen ni
ladrones, ni yonkis, ni nada —respondió—. Me da un poco de cosa, claro.
Pero no más de la que me da cuando me quedo sola en mi casa de la ciudad.
—A ver —interrumpió David, con algo de brusquedad—. En cualquier
caso, esta noche es diferente. Estamos aquí los tres, así que yo no optaría por
ninguno de tus interesantes planes, como leer o ver la tele.
—¿Y en qué estabas pensando? —pregunté yo, aunque, desde luego, lo
que acababa de decir resultaba de lo más obvio.
Esta vez fue él el que se encogió de hombros, con cierta inocencia.

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—No sé, tal vez en jugar a algo —respondió.
Y eso fue exactamente lo que hicimos.
El bueno de David pensaba, ni más ni menos, en algo así como el típico
“Beso, atrevimiento o verdad”. Y tuve que luchar contra mi mal humor en
cuanto me convencí (porque no hacía falta ser demasiado perspicaz para
llegar a esa conclusión) de que él pretendía provocar algún tipo de situación
comprometida para que Andi hablase de temas íntimos, o bien para llegar a
darle un beso, aunque fuese un pico inocente. Enseguida asumí que la noche
no terminaría en algo tan sencillo como Andi y David liándose, porque ella ya
me había dejado bastante claro la noche anterior que David no le gustaba.
Pero me irritó verle tan insistente con el tema, tan obsesionado.
Las normas, siendo solo tres personas, resultaban sencillas: por turnos,
cada uno de nosotros debería elegir entre confesar una terrible verdad,
atreverse a hacer algo absurdo, o darle un beso a alguno de los otros dos.
También por turnos, los otros dos serían los encargados de designar la verdad,
el beso o el atrevimiento. En caso de rechazar la prueba solicitada, se
impondrían dos tipos de castigo (y esta vez a elegir, de modo benévolo):
prenda o bebida. Es decir, tendríamos que quitarnos una prenda de ropa o bien
beber la cantidad de alcohol designada por el director de la ronda.
Yo estaba tan convencida de las intenciones de David, que me dispuse de
inmediato a no tener que hacer nada demasiado vergonzoso por mi parte,
pero, aun así, y por si me tocaba beber en más cantidad de la que
acostumbraba, me armé valientemente de mi botella de vino blanco.
Transcurrieron unas cuantas rondas sin grandes contratiempos. Los tres
respondimos a cuestiones de tremenda trascendencia, como qué era lo más
vergonzoso que nos había ocurrido hasta la fecha; nos tuvimos que atrever a
cantar y bailar las canciones de Barrio Sésamo y Heidi; y, por supuesto,
tuvimos que darnos besos, pero no en la boca. Sin embargo, e
independientemente de que ninguno tuviese que acatar aún ningún castigo, el
grado de alcohol iba aumentando, y sobre todo en David, así que las pruebas
no tardaron en volverse más comprometidas.
—Verdad —dijo David, con una media sonrisa insolente, cuando Andi le
ofreció las posibilidades a elegir.
Ella le observó durante unos segundos, pensativa.
—Dijiste —comenzó, esbozando una astuta sonrisa— que no llegaste a
hacer nada con tu ex-novia, porque ella valoraba muchísimo su virginidad.
Él abrió unos ojos como platos, con sorpresa.

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—Pero se pueden hacer muchas cosas y seguir siendo virgen —continuó
Andi—. ¿Qué es lo más comprometido que hiciste con ella?
Yo guardaba silencio, con expectación, esperando la reacción de David.
Podía ser que Andi sintiese verdadera curiosidad hacia su respuesta, pero yo
habría apostado que tan solo buscaba incomodar a David. Él, sin decir una
palabra, se sacó la camiseta.
—Aquí está mi castigo —replicó.
—¿No vas a responder? —preguntó Andi, un tanto extrañada.
—No. Soy un caballero, no hablo de las intimidades de las chicas.
Andi y yo nos echamos a reír, sin creerle en absoluto.
—Solo querías quitarte la camiseta —aventuré yo.
—Sí, para deleitarnos con tu espectacular cuerpo —apuntó Andi.
Continuamos riendo.
—Bueno, vale, me daba igual responder o no —confesó él, al fin—. Pero
tenía mucho calor, así que he aprovechado. Alguien tenía que empezar con lo
de las prendas, si no, esto jamás se pondrá interesante.
Era el turno de David.
—Lore —dijo, mirándome con fijeza—. ¿Beso, verdad o atrevimiento?
Sopesé las posibilidades. Decir beso tal vez fuese lo más fácil, ya que
dudaba que él quisiese que le besase. Y besar a Andi no resultaría demasiado
embarazoso, al fin y al cabo. No obstante, y sin saber muy bien por qué, al
final me decidí por otra cosa.
—Verdad —dije.
—El heavy con el que te liaste —comenzó él, y yo me puse en guardia,
advirtiendo que se disponía a tocar uno de mis puntos débiles— pensaba que
eras una chica buena. Pero sabemos que no es verdad. Cuéntanos cuál es tu
fantasía sexual más retorcida.
Andi se echó a reír escandalosamente.
—¡Eres un salido! —exclamó—. ¡Jugar a esto contigo es como tener que
vérselas con un viejo verde asqueroso!
Yo no me reí, aunque no pude ocultar una leve sonrisa de perplejidad. No
habría respondido a esa pregunta en su presencia ni en un millón de años.
Consideré la posibilidad de terminar mi vaso de vino como castigo, pero fui
consciente de que, si el juego se prolongaba, tendría que recurrir a la bebida
en más ocasiones. Así que me decidí por la prenda, porque, al fin y al cabo,
debajo de la camiseta de manga larga que vestía todavía llevaba un top de
tirantes. Y era cierto que, con la estufa de leña encendida, empezaba a hacer
bastante calor.

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—Oooh —hizo él, con decepción—. Igual sí que eres una chica buena.
—Cállate —repliqué.
—Bueno, al menos te has quitado algo de ropa.
Algunas rondas más tarde, tras algunas verdades descubiertas y otras
inconfesas, ciertas pruebas absurdas que no nos atrevimos a cumplir, y algún
que otro beso aún no demasiado comprometido, yo me había terminado mi
vaso de vino, David se había bebido todo su cubata de whisky con Coca-Cola
de un tirón y Andi se había quitado el suéter. Contra todo pronóstico, me lo
estaba pasando bien. Resultaba tan cómico el desmedido interés de David por
sacar asuntos turbios, que Andi y yo no parábamos de reírnos de él. Y, aunque
ya había bebido bastante, el vino no me estaba sentando mal, y me estaba
haciendo sentir desinhibida de un modo que hasta entonces no había
experimentado.
David pareció molestarse en una ronda en la que Andi no se atrevió a
morderle hasta hacerle sangrar. En lugar de eso, se terminó su vaso de whisky
solo.
—¿Tampoco ahora vas a morderme? —preguntó él.
—No tengo hambre —replicó ella.
—¡Venga ya!
—Eh, déjala —dije yo, intercediendo de nuevo en su eterna discusión.
—No tengo hambre —repitió ella—. Y, aunque la tuviese, no te mordería.
—Creía que a los vampiros les molaba eso de disponer de víctimas
voluntarias. Como las concubinas de Drácula, que están ahí para complacerle
y eso.
Andi se rio.
—Tío, te puedo asegurar que si te mordiese no te parecería nada divertido
—dijo.
—Bueno, podría opinar al respecto si lo hicieses.
—Ya vale. Es mi turno —dijo ella.
David guardó silencio. Ella continuó mirándole.
—¿Beso, verdad o atrevimiento?
—Beso —respondió él de inmediato, como desafiándola.
Ella guardó silencio durante unos instantes, observándole con
detenimiento.
—Besa a Lore.
Yo me puse rígida. Observé a Andi. Ella no me miraba, le miraba a él.
Supuse que lo hacía por brindarme una especie de favor, pero, en cualquier
caso, maldije sus ocurrencias. No quería besar a David si lo que él quería era

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besarla a ella. Situé mi mirada esta vez en él, y él dejó de mirar a Andi y me
observó a mí. Su mirada resultaba extraña, un tanto turbadora. De inmediato,
sin que me diese siquiera tiempo a pensar que ella no había especificado el
lugar del beso, él se acercó a mí, gateando sobre la mullida alfombra, y me
besó en la boca. No fue un beso profundo, pero tampoco tan breve como
requería la prueba. No pude evitar sentir cómo me invadía una oleada de
nerviosismo. Él volvió a sentarse donde estaba antes, y yo me quedé quieta,
rígida, sintiendo todavía el tacto de sus labios sobre los míos. Traté de no
darle la menor importancia, pero percibí el modo en el que Andi me miraba,
calibrando la situación. Estaba claro que ella deseaba de un modo ferviente
que ocurriese algo entre David y yo. No surgió ningún comentario al respecto,
y fui muy consciente de la tensión que se acababa de generar en el ambiente.
Cuando me tocó hacer mi elección en la siguiente ronda, me quedé con
atrevimiento. Era David el que dirigía en ese momento, y antes de imponerme
mi prueba, me miró fijamente a los ojos, durante unos segundos que creo que
se nos hicieron eternos tanto a mí como a Andi, que presenciaba la escena con
expectación.
—¿Te atreves… —comenzó él, con lentitud.
Le dirigí una mirada interrogante.
—… a besarme?
Y fue entonces cuando todo terminó de retorcerse, cuando todo acabó por
verse envuelto en un extraño halo de surrealismo. Ni Andi ni yo abrimos la
boca al respecto de si lo que David acababa de pedirme suponía un quebranto
de las reglas del juego o no, porque, en realidad, se trataba de una mezcla
entre el beso y el atrevimiento. Pero eso no importaba en absoluto, porque la
prueba dejaba muy claro, de un modo imposible de ignorar, que David quería
que le besase. Simple y llanamente.
Me adelanté en la alfombra, gateando hacia él tal y como él lo había
hecho para acercarse a mí hacía tan solo un momento. Le besé. Y, aunque no
me habría atrevido a mucho más que a rozar sus labios, tuve que hacer mucho
más que eso, pues él respondió con rapidez, reteniéndome y devolviéndome el
beso con profundidad.
Y, entonces, todo desapareció a mi alrededor, porque no pude prestar
atención a nada más que a sus labios, a sus manos que de pronto me rodeaban,
me atraían hacia él. Nuestras pieles se tocaron, porque él no llevaba camiseta,
y yo solo llevaba el top de tirantes. En cuestión de segundos, yo estaba
tendida sobre la polvorienta alfombra y él se inclinaba sobre mí, con
determinación, con fuerza; sus manos me recorrían, sus labios ardían sobre

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los míos. Mi mente se retorcía en un enorme caos de confusión, de
incomprensión, pues algo me decía que, aunque estaba sucediendo lo que yo
había deseado que sucediera, no eran exactamente así como tenían que
transcurrir las cosas. Pero, a pesar del caos, yo le besaba con fuerza, y no me
sentía del todo yo misma, no me reconocía en lo que hacía, porque antes de
eso solamente había besado a Toni, y entonces apenas había sabido
reaccionar.
La música de Tangerine Dream vibraba en mis oídos, como un
acompañamiento delirante a la ya de por sí extraña situación. Y, en medio de
ella, escuché vagamente cómo Andi se ponía en pie y caminaba por la
alfombra. Y luego oí la puerta de la casa cerrarse.

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Así fue como David y yo iniciamos nuestra extraña relación, a la cual yo no


me atrevía a llamar de ningún modo. A decir verdad, no me atrevía ni siquiera
a hablar del tema con él.
Al principio, tuve miedo de que sucediese lo mismo que con Toni: que al
día siguiente él renegase de todo, que lo atribuyese a alguna especie de
impulso estúpido debido a la borrachera. Pero no fue así. Aquella noche
dormimos juntos en la cama enorme, aunque no pasamos de los besos y
caricias febriles. Al día siguiente, desperté con la cabeza embotada y la
sensación de haber vivido una especie de sueño, pero él me dio los buenos
días con un breve beso en los labios y se mostró de buen humor.
Así continuaron las cosas entre nosotros cuando regresamos a casa, y
cuando se terminaron las vacaciones de Pascua y se reanudaron las clases.
Continuábamos viéndonos los tres, David, Andi y yo, en el gimnasio
fantasmagórico, y seguíamos hablando y riéndonos, con la única diferencia de
que entre él y yo había surgido algo, algo que yo no sabía lo que era y que,
seguramente, él tampoco podía definir. Pero era algo que había establecido
algún tipo de nexo entre nosotros, un vínculo que se manifestaba a través de
besos fugaces y un constante flirteo juguetón.
Andi estaba encantada con nuestra historia. Aquella noche en la aldea yo
había temido que ella, en realidad, no se encontrase muy conforme. En un
momento dado de mi evasión del mundo en compañía de David, caí realmente
en la cuenta de que Andi había salido de la casa. Y eso significaba salir a la
espesa oscuridad que reinaba fuera y al frío gélido. No pude pensar en nada
más que en que estaba enfadada, en algo así como que en verdad sí le atraía
David, o sí sentía por él algo más que afecto amistoso. Pero cuando aparté a
David a un lado, y me enfundé la chaqueta para salir fuera a buscar a Andi,
me la encontré sentada plácidamente en una roca, justo donde comenzaba la
pendiente que esa misma tarde habíamos recorrido en busca del cementerio
abandonado. Se había puesto su abrigo y estaba agazapada en la roca,
abrazándose las rodillas con los brazos. Se giró en cuanto puse un pie en la

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hierba, y, a pesar de la escasísima luz, pude ver que sonreía. Tan solo había
querido dejarnos solos.
A pesar de todo, y aunque una parte de mí se complacía por haber
conseguido lo que quería, o al menos una buena parte de ello, me sentía
incapaz de mostrarme tan encantada como Andi. En verdad, cuando pensaba
en ello con detenimiento, me sentía bastante tonta. Algo dentro de mí me
susurraba sin descanso que estaba cometiendo una estupidez. David estaba
enamorado de Andi. Eso mismo me había confesado, y eso mismo había
podido comprobar con mis propios ojos, a juzgar por las mil y una muestras
de adoración enfurruñada que le regalada todos los días. No era posible que,
de golpe, hubiese cambiado de opinión. No podía ser que, de pronto, resultase
que estaba interesado en mí, cuando antes no había dado ninguna muestra de
ello. Sobre mí se cernía la terrible sospecha de que él buscaba poner celosa a
Andi, provocar algún tipo de reacción en ella. Y esa certeza me ponía
enferma, sobre todo porque no me atrevía a preguntarle sobre ello. De
momento, dejaba pasar el tiempo. Suponía que todo se iría aclarando solo, ya
fuese en un sentido u otro.
Mientras tanto, el final del curso se iba aproximando con rapidez. Y, a
pesar de mi estado mental un tanto disperso, tuve bien claro que debía
respetar el pacto que había hecho con mi madre: ponerme las pilas para sacar
unas notas impolutas. Me dispuse a cumplirlo, y lo más extraño es que en
parte no me resultaba difícil hacerlo, pues concentrarme en los deberes y los
exámenes me ayudaba a no torturarme con pensamientos obsesivos
relacionados con David.

—¿Cómo te va con David?


Andi me observaba con interés, a la espera de mi respuesta. Estábamos
solas en el gimnasio, porque David no había ido a clase. Yo me encogí de
hombros. No había mucho que contar. La mayoría de las veces seguíamos
quedando los tres, por lo que no había sucedido prácticamente nada que ella
no hubiese podido presenciar por sí misma. Había quedado a solas con David
tan solo unas pocas veces, una noche en la que habíamos quedado los tres
para tomar algo y Andi al final no había podido salir, y dos o tres más en las
que nos habíamos quedado en su casa viendo alguna peli. Y besándonos,
claro. Pero poco más. Él habría ido más lejos, pero yo no estaba dispuesta.
No, al menos, hasta aclarar en qué situación nos encontrábamos. Pero ni él
parecía decidido a aclarar esa situación, ni yo me atrevía a interrogarle.

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—Pero, ¿avanza la cosa en algún sentido? —preguntó ella muy
interesada.
Yo suspiré.
—No —respondí.
Ella me observó en silencio durante varios segundos.
—No creo que él quiera nada conmigo —declaré, armándome de valor
para abordar el tema.
—¿Por qué dices eso? Ahora mismo ya tenéis algo.
Solté una risita irónica, tal vez demasiado amarga.
—Me da la impresión de que, para él, lo que tenemos no es ni siquiera
algo —repliqué.
Ella me sostuvo la mirada con seriedad.
—¿Lo habéis hablado? —inquirió.
Podría haber pensado que ella preguntaba porque, en realidad, en algún
recóndito lugar de su mente, se escondía la certeza de que David le importaba
más de lo que estaba dispuesta a reconocer. Pero no era así. De igual modo
que yo estaba convencida de las intenciones de David, estaba también segura
de las de Andi. Ella preguntaba porque se preocupaba por mí, porque quería
que todo saliese bien.
—Mira —dije, tomando la resolución de contarle a Andi lo que pensaba
—, no lo hemos hablado. Pero creo que le sigues molando. Me siento como
una especie de segundo plato. Y, siendo así, no sé ni si yo misma quiero que
la cosa avance.
Ella me observó con detenimiento. Sus ojos brillaban con preocupación.
—No digas eso —susurró—. No creo que seas un segundo plato.
—Es lo que soy, Andi. Tú le gustas.
—Pero él a mí no.
—Ya, pero suponiendo que él haya aceptado eso, el motivo por el que se
ha liado conmigo es porque no tiene nada que hacer contigo.
Yo estaba más indignada de lo que había pensado. Mis palabras destilaban
amargura, y me supo mal, porque no quería que Andi se llevase la impresión
de que estaba pagando con ella mi frustración. Ella no tenía la culpa de
gustarle a David. Puso una mano sobre mi hombro, tratando de confortarme
de algún modo.
—Lore, hay muchísimas personas en el mundo —dijo—. Y lo que
sentimos y vivimos con una en particular muchas veces es fruto de lo que
hemos sentido y vivido en relación con otras tantas. Cuando en un momento
dado te enamoras de alguien, es porque esa persona ha aparecido en el

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momento oportuno. Si esa persona de la que te enamoras no estuviese, te
enamorarías de otra distinta. No sé, creo que todo ocurre por una suma de
circunstancias.
Yo la observaba con atención. Imaginaba a dónde quería ir a parar, pero la
dejé hablar.
—Quiero decir —ahora no me miraba, sino que su mirada se mostraba
lejana, como si así le resultase más fácil ordenar sus pensamientos—, tú, por
ejemplo, te enamoraste del heavy, pero como la cosa con el heavy no fue bien,
luego te enamoraste de David. Si todo hubiese ido bien con el heavy, tal vez
ahora estarías saliendo con él, e igual ni siquiera habríamos llegado a
conocernos, porque no habrías estado en el cuarto de baño aquel recreo. Y
ahora tampoco conocerías a David. Y David no te gustaría.
Hizo una pausa, y me miró.
—Mira, yo puedo molarle a David, pero si paso del tema, él no tiene más
remedio que aceptarlo y fijarse en otra persona. Y esa persona no tiene por
qué ser un segundo plato, solo porque antes le haya gustado yo. Creo que él
ha entendido que yo paso de él y por eso se ha fijado en ti. No lo veo tan raro.
Tenía razón. Por supuesto que tenía razón. Pero yo no podía evitar
sentirme mal. Claro que, en verdad, el motivo de que me sintiese mal no se
debía a que él se hubiese fijado en mí después de verse ignorado por Andi,
sino a mi certeza de que aún no había asumido que Andi no quería nada. De
hecho, me daba la impresión de que no quería aclarar nada conmigo para no
atarse en ningún sentido, por si acaso Andi acababa cediendo y suplicándole
amor. Así se lo expresé a ella.
—Nena —dijo, tras unos segundos, a la vez que exhalaba un profundo
suspiro—, no creo que sea tan complicado. Pero, de todas formas, deberías
hablarlo con él. Será lo mejor; si no lo haces, seguirás dándole vueltas y
pasándolo mal.
Y, de nuevo, tenía razón.

No obstante, continuamos varias semanas sin hablar del tema. Y, cuando al


fin lo hicimos, fue porque él lo abordó.
Andi había comenzado a faltar a clase de vez en cuando, en días sueltos, y
ambos pensábamos que tal vez estaba otra vez de médicos, aunque ella no nos
contaba nada. Y durante uno de esos recreos en los que David y yo nos
quedamos solos fue cuando salió el tema. En cierto modo, lo nuestro había
ido avanzando. No en el sentido de llegar a alguna conclusión, o de llegar a

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definirlo, sino en la intensidad de nuestros encuentros. Nos veíamos a solas
más a menudo, y, cuando estábamos con Andi, nuestro tonteo era más
evidente. Yo no me sentía especialmente más confiada, porque seguía sin
fiarme, pero sí me daba la impresión de que, en poco tiempo, tendríamos que
aclarar la situación. Y no me equivocaba.
Estábamos en el gimnasio. Nos habíamos sentado en el montón de
colchonetas mohosas mientras almorzábamos. Bueno, yo almorzaba; él bebía
una lata de cerveza y fumaba un cigarro, como de costumbre. Después de eso,
mientras hablábamos, comenzamos a darnos unos cuantos besos, y, a los
pocos segundos, ya estábamos besándonos profundamente. Y fue entonces
cuando, de pronto, en un momento en el que yo no podría haber tenido la
guardia más baja, él decidió hablar:
—Eh, Lore —susurró.
Yo le miré a los ojos, un tanto expectante, sin decir nada.
—Tú tienes claro de qué va esto, ¿no? —preguntó.
Yo me quedé en silencio, aún mirándole con fijeza. No estaba muy segura
de dónde quería ir a parar, pero en ese mismo momento comencé a
imaginármelo.
—Es decir… —continuó él, al ver que yo no hablaba—, nos lo pasamos
bien y eso, pero… A mí me mola Andi. Lo sabes, ¿no?
Las palabras se me clavaron como cientos de agujas. Era eso lo que me
había estado temiendo, de lo que casi me había convencido por mí misma.
Pero, aun así, maldije mi suerte, mi capacidad para no equivocarme nunca en
mis suposiciones fatalistas. Aunque, en verdad, y yo lo sabía, no se trataba de
que no me equivocase en mis deducciones: aquello había estado claro desde
el principio, y yo había hecho la imbécil siguiéndole la corriente. De hecho,
todo aquello, para mí, podía resumirse en una sola frase: Yo era idiota. Y,
además, todavía lo fui más en aquellos momentos, porque, en lugar de
quejarme, de discutir, de demostrarle de alguna manera por mínima que fuese
que aquello me dolía, hice exactamente lo contrario: sonreí y respondí como
si nada:
—Claro, ya lo sé.
Y él sonrió también, terriblemente tranquilo.

—Me ha dicho que le molas. Lo que tiene conmigo no tiene ninguna


importancia.

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No se me había ocurrido nada mejor que llamar a Andi para quedar.
Estábamos tomando un batido en un bar al que íbamos bastante. Ella me
observaba con los ojos como platos y una evidente preocupación. Supongo
que mi cara de disgusto hablaba por sí sola, aunque mi enorme auto-control
evitaba que me echase a llorar, que era en realidad lo que me apetecía hacer.
—¿Y qué le has dicho?
Ella ni siquiera parecía molesta porque yo la hubiese llamado solo para
contarle mis penas. Ese día no había ido a clase y yo ni siquiera le había
preguntado qué le ocurría. Me encogí de hombros.
—Nada.
Ella parpadeó. Sus enormes ojos azules cercados de pintura negra se
mostraban repletos de confusión.
—¿Nada? —repitió.
Sacudí la cabeza en un gesto de negativa.
—Bueno, eso, que ya lo sabía.
Y no pensaba decir nada más, pero de súbito me embargó una furia que no
supe muy bien de dónde procedía, pero que, desde luego, y aunque fuese tan
solo durante un instante, tuvo más fuerza que la tristeza.
—¿Y qué iba a decirle? —exclamé—. A él le gustas tú, y para colmo eso
es algo que yo ya sabía de antemano. Es culpa mía si he sido tan gilipollas
como para dejarme llevar.
Ella se dio cuenta de la amargura de mis palabras. De hecho, en cuanto
terminé de hablar advertí que a ella podría parecerle que se lo estaba echando
en cara, porque fue así como sonó.
Y, por primera vez desde que la conocía, vi a Andi enfadada.
—¿Me estás culpando? —preguntó, en un tono de voz que hasta ahora no
le había escuchado.
No me dio tiempo a responder, ya que continuó hablando.
—Yo no tengo la culpa de gustarle a David. ¿Debo condenarme por no ser
capaz de corresponder a sus sentimientos? ¿Te sentirías mejor si le hiciese
caso, sería eso más justo?
Creo que lo que sentí en aquellos momentos estuvo más cerca del miedo
que de cualquier otro sentimiento. Ver a Andi en un estado en el que jamás la
había visto, ni siquiera aquel mediodía en que las chicas venenosas quisieron
pegarle, me provocó casi terror.
—Y no se te ocurre otra cosa que venir aquí a contármelo. ¿Qué esperas
que haga yo?

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Yo la miraba, incapaz de decir nada, aunque de todos modos no habría
podido hacerlo, porque ella no estaba dispuesta a darme tregua.
—Lore, soy tu amiga, y me parece genial que me cuentes lo que ocurre,
de hecho te agradezco que tengas esa confianza conmigo. Pero no puedes
quedarte de brazos cruzados, dejar que él se lleve la impresión de que te da
igual y de que estás bien, y luego venir aquí y mirarme de esa manera, como
si yo pudiese cambiar las cosas.
—Yo no creo que tú… —balbucí.
—Deja de ser una víctima, Lore. Di lo que sientes, joder. Díselo a él, dile
que te parece un cabrón, lo que sea, pero no te quedes pasmada dejando que
todo el mundo pase por encima de ti. Con Toni hiciste lo mismo, dejaste que
él llegase a sus propias conclusiones sobre ti y no fuiste capaz de plantarte
delante de él y hacerle cambiar de opinión, de demostrarle que estaba
equivocado. ¿Vas a hacer lo mismo ahora?
Para entonces, el miedo había menguado. Ahora sentía tristeza, una
tristeza profunda que en realidad no venía de lo que había pasado con David,
sino del hecho de que Andi tenía razón en todo. Y me trastornó tanto darme
cuenta de qué imagen tenía ella de mí, cómo pensaba que yo no hacía nada
por cambiar las cosas, dejando que sucediesen y punto, sin tomar partido en
ellas, que me sentí avergonzada.
En parte, no era para menos. Ella tenía problemas muchos más graves que
los míos, o los de David, o los de la mayor parte de la gente del instituto. No
importaba que nunca hablase mucho de esos problemas, hablaba lo suficiente,
y lo que no contaba se dejaba ver, en cosas tan inexplicables como su manía
de defender que era una vampira. Y, sin embargo, ahí estaba yo, que la había
llamado para contarle mis tragedias, esas tragedias que habían crecido
demasiado precisamente por todo lo que ella me reprochaba: que yo no
expresaba lo que sentía.
Aparté la mirada porque me ardían los ojos, y sabía que de un momento a
otro rompería a llorar. Y ya me sentía lo bastante ridícula como para encima
dejar que Andi me viese llorando.
Ella permanecía en silencio, y cuando volví a mirarla, fugazmente, vi que
su expresión se había suavizado. Me acercó una mano por encima de la mesa,
y cogió la mía.
—Eh —susurró—. Perdona. No quería ponerme así.
No dije nada, y ella apretó mi mano.
—No me molesta que me cuentes lo que sea, de verdad. Solo quiero que
no te hundas por culpa de David, ni de cualquier otro tío imbécil y

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desconsiderado. Pero creo de verdad que tienes que expresar más lo que
sientes. Puede que a veces no cambie nada, pero seguro que te sientes mejor.
La miré a los ojos.
—En ningún momento quise decir que tuvieses la culpa —logré musitar
—. Pero, no sé…
—Ya, bueno, estabas enfadada, como también lo estaba yo ahora mismo.
Pero es que me jode que no te valores más, tía. Eres adorable, ya te lo he
dicho y te lo repito. Y si David no siente nada por ti, que le den. Es un imbécil
que no se da cuenta de nada.
Esbocé una media sonrisa. Siempre conforta escuchar insultos dirigidos
hacia el tío que termina de romperte el corazón.
—No sabe que le iría mucho mejor si se centrase en ti, en lugar de en mí
—continuó ella, y esbozó una sonrisa extraña—. No soy un buen partido.
No quise discutirle eso, porque sabía que no lo decía para que yo la
halagase, sino porque realmente existía algo que no la hacía un buen partido.
Y también sabía que no me hablaría de ese algo.
—Gracias por todo —susurré.
—De nada —respondió, y de pronto se echó a reír—. ¡Es increíble que me
des las gracias después de la bronca que te he echado!
Yo reí también, ya sintiendo más lejano el impulso de echarme a llorar.
—Eh, me alegro de haberte conocido —declaró ella.
Aquellas palabras, sin saber muy bien por qué, me supieron a despedida.
Pero no quise darle importancia, y me limité a apretar su mano.

Al día siguiente era viernes.


A la hora del recreo me dirigí al gimnasio fantasmagórico. Tenía la firme
intención de hablar con David, aunque no había pensado hacerlo en aquellos
momentos, a menos que Andi no estuviese.
Cuando abrí la puerta, me encontré a David a solas, apoyado contra el
potro.
—Eh —dijo.
Entré y me quedé de pie. Estaba nerviosa. Tenía muchas cosas que
decirle, pero no sabía cómo hacerlo.
Él se acercó y me di cuenta enseguida de que se disponía a darme un beso.
Retrocedí un poco, apartándome. Él me miró extrañado.
—¿Qué pasa?
—Nada.

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Caminé unos pasos a lo largo del gimnasio, alejándome de él.
Él dejó escapar una risita irónica, dejándome muy claro que había captado
a la perfección mi actitud molesta.
—¿Estás enfadada? —preguntó.
Me hizo gracia que fuese capaz de atar cabos tan rápidamente. El asunto
no debía haber quedado muy claro el día anterior, si ahora se le presentaba
como algo tan evidente que yo podía estar molesta.
Le dirigí una mirada punzante, pero no respondí.
—Joder, pensaba que lo teníamos claro.
Ahora él también parecía irritado. Y no era extraño que lo estuviese. Por
una parte tenía a Andi pasando de él y por otro a su segundo plato también
rechazándole.
—Bueno, tú lo tenías claro —dije yo—. Y me parecía que yo también,
pero al final resulta que no me siento muy cómoda con eso de ser tu
entretenimiento mientras Andi no te hace caso.
Me alegré de que no me temblase la voz, porque mis palabras sonaron
mucho más firmes de lo que me sentía. Él me observó con auténtica sorpresa.
También parecía dolido, como si acabase de destapar su punto débil.
De pronto, apartó la mirada y comenzó también a moverse de un lado a
otro del gimnasio. Los dos parecíamos algo así como dos animales
enjaulados.
—Tendría que habérmelo imaginado —dijo, casi como si hablase para sí
mismo—. Estas cosas nunca salen bien.
Se detuvo y me miró fijamente.
—Tú sabías lo que sentía por Andi —me espetó, como acusándome de un
terrible crimen.
—Pero a Andi no le gustas, joder —respondí yo de inmediato, cada vez
más embargada por la furia—. Si tu opinión sobre mí va a depender de lo que
ella haga, lo que ya de por sí me parece asqueroso, ya podrías ir dándote
cuenta de que pasa de ti.
Él tardó unos segundos en responder, mirándome con una indignación que
casi se podía tocar.
—¿Y tú qué sabes? —preguntó, como un chiquillo enfadado.
En aquellos momentos comencé a sentirme dueña de la situación. Yo no
era muy buena hablando de mis sentimientos y mostrando mi indignación a
los demás, pero con aquella reacción él me reveló que estaba empezando a
hacerle daño y que le atenazaba el miedo real a que Andi me hubiese
confesado que no quería nada con él. Que era, en efecto, lo que había hecho.

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—¿Por qué no se lo preguntas tú mismo? —le pinché.
Él no respondió; solo me sostuvo la mirada, furioso. Yo me dirigí a la
puerta y salí de allí.

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Después de aquel día, ya no volvimos a pasar el recreo los tres juntos. Me


dolía darme cuenta de cómo había cambiado todo. Habría preferido que jamás
hubiese pasado nada entre David y yo, que todo hubiese seguido como antes.
Pero ahora ya era demasiado tarde.
Sin embargo, me sentía bien. Decirle a él lo que pensaba, demostrarle que
estaba dolida, me había liberado de un modo impresionante. Me sentía muy
orgullosa de mí misma, porque era la primera vez que hacía algo así. Y, al fin
y al cabo, era cierto que las cosas habían cambiado entre los tres, pero Andi y
yo continuábamos siendo amigas, incluso más que antes. Y aquello, ya de por
sí, me daba fuerzas. No necesitaba a David, no necesitaba gustarle.
Necesitaba gustarme, sobre todo, a mí misma. Y eso era exactamente lo que
estaba aprendiendo a hacer, poco a poco.
El curso llegaba a su fin y no tuve tiempo de pensar en mucho más que en
trabajos y exámenes. Me estaba poniendo las pilas para que mis notas fuesen
perfectas y todo hacía pensar que sería así. No podía esperar a que llegasen
las vacaciones: mi tía Susana tenía libre el mes de julio y ya habíamos
acordado que yo pasaría un par de semanas en París. Llevaba sin verla casi
diez meses, y, aunque nos habíamos mantenido en contacto, seguía habiendo
mucho que contar, mucho sobre lo que ponerla al día.
Finalmente, el curso terminó bien. Aprobé todo, y con unas notas
brillantes. Tal vez no resultaron tan brillantes como solían serlo antes de todo,
pero mejoraron respecto a los dos trimestres anteriores, y para mis padres
aquello fue suficiente para que pensasen que al fin me había vuelto a centrar.
El uno de julio, histérica porque era la primera vez que volaba, tomé un
avión hacia París. Me esperaban unas vacaciones de absoluta desconexión de
todo. Me hacían falta. Tan solo lamenté el no poder ver a Andi durante quince
días; sabía que la echaría muchísimo de menos.

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Para cuando regresé, perdidamente enamorada de París, Andi parecía haber
desaparecido del mundo. No logré contactar con ella de ningún modo: cuando
llamaba a su casa, no contestaba nadie. Se me ocurrió que tal vez se habría
ido fuera; igual estaba en la casa de la aldea. Pero me parecía extraño que su
padre, que siempre encarnaba a la presencia inquietante que solía responder al
teléfono, con esa voz lúgubre y apagada, no estuviese allí para atender las
llamadas.
Sabía que había alguien que podría informarme sobre la situación de
Andi, pero no me apetecía en absoluto ponerme en contacto con él. No había
hablado con David desde aquella mañana en el gimnasio, y se me hacía muy
cuesta arriba llamarle. Sin embargo, sabía que no tenía más remedio que
hacerlo; él sabría algo de ella, seguro.
Cuando, al fin, me decidí, me encontré al otro lado del teléfono con una
voz todavía más sombría que la del padre de Andi. No pude saber si estaba
mal por algo relacionado con ella, o porque hablar conmigo le resultaba
desagradable.
—Cuánto tiempo —dijo, muy serio.
—He estado en París —respondí, de un modo de lo más aséptico—. En
casa de mi tía.
—Ah. Mola.
—Sí —guardé silencio, y tras unos segundos añadí—: El cementerio de
Père-Lachaise es impresionante. Y las catacumbas te encantarían.
Nos quedamos ambos en silencio.
—¿Sabes algo de Andi? —pregunté, al fin.
Él tardó unos segundos en responder. La espera tan solo sirvió para
ponerme los nervios de punta.
—Está internada —respondió, dejando caer el peso de su declaración
como una inmensa losa.
Me quedé callada, digiriendo sus palabras.
—¿Quieres decir…?
—Sí, en un hospital psiquiátrico —afirmó él, sin dejarme hablar.
Me pareció apreciar un ligero deje irónico en su voz.
—Supongo —prosiguió— que eso despeja todas las incógnitas, ¿no? No
es una vampira. Solo está loca.
Estaba terriblemente dolido. Pero también enfadado. Con ella. Yo no
sabía qué decir. Sus palabras me habían caído como un jarro de agua fría. En
todo momento había tenido presente que algo así podía suceder, pero supongo

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que había tratado de ignorarlo. O tal vez había llegado a creer, sin darme
cuenta, que Andi era una vampira de verdad, aunque nunca me lo demostrase.
—¿Recibe visitas? —pregunté, con un hilo de voz.
—No, por ahora no —replicó él—. Eso me dijo su padre, al menos.
De nuevo se hizo el silencio a ambos lados de la línea.
—Me pidió que te dijese algo de su parte —continuó él, de pronto—. De
hecho, tenía pensado llamarte para decírtelo…
Yo no respondí; solo aguardé, expectante.
—Que te echará de menos. Que no te preocupes por ella. Y que se pondrá
en contacto contigo en cuanto pueda.
Se me hizo un nudo en la garganta. Tenía ganas de llorar, y di gracias de
que estuviésemos hablando por teléfono y David no pudiese verme la cara.
—Vale —dije, sin más.
—Adiós —se despidió él.
—Adiós.

De algún modo, me mantuve a flote. No podía evitar pensar que había perdido
a Andi, que se me había escapado de igual modo que me había sucedido con
mi tía Susana; seguiría estando ahí, pero en la distancia. O, de hecho, de un
modo mucho peor, porque mi tía Susana continuaba siendo la misma, y había
podido pasar las vacaciones con ella. La ausencia de Andi significaba mucho
más que la falta en sí misma: significaba que, realmente, no estaba bien. Si la
habían internado, tenía que ser porque al final le habían diagnosticado algo, o
estaban en camino de ello. No era una vampira, por supuesto. Yo no quería ni
imaginarme qué clase de chica me encontraría cuando pudiese volver a verla,
cuando la tuviese de nuevo frente a mí. Nunca había conocido a nadie que
hubiese terminado en un psiquiátrico, pero se contaban cosas horribles sobre
que nadie volvía a ser como antes, que la medicación dejaba a los pacientes
como tontos. Me aterrorizaba que algo así pudiese sucederle a Andi, más allá
de su ausencia y de ir a echarla muchísimo de menos.
Pero me obligué a no hundirme, y, sobre todo, a hacerle caso y no
preocuparme en exceso, porque eso era lo que ella quería. Y confié en que
pronto se pondría en contacto conmigo.
Eso era lo que más deseaba. Porque, con trastornos mentales o no,
seguiría siendo la persona más fascinante que jamás había conocido. Eso nada
podría cambiarlo.

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Epílogo

David me llamó un viernes por la tarde, a finales de octubre. No había vuelto


a saber nada de él desde la última y fatídica conversación telefónica.
—Lore —dijo, en tono apremiante, en cuanto respondí.
—¿David?
Tan solo escuchar su voz me puso histérica. Y no ya porque me recordase
todo lo que habíamos pasado juntos, sino porque sabía que, muy
posiblemente, el motivo de su llamada era Andi.
—¿Podemos vernos un momento?
Parecía muy nervioso.
—¿Qué pasa? —pregunté yo.
—Me gustaría contártelo en persona. Por favor.
Accedí. Quedamos en vernos en el bar al que siempre íbamos antes.
Cuando llegué, él ya estaba sentado en una mesa. No estaba bebiendo
nada, tan solo permanecía sentado, rígido y con aspecto taciturno. Volver a
verle me devolvió a la mente un montón de imágenes de nuestras
conversaciones durante los recreos, con Andi, y de las noches que salíamos
por ahí. Me atenazó un sentimiento de nostalgia tan intenso, que tuve ganas
de salir corriendo.
—Hola —dije, sentándome frente a él.
Él me miró, reparando de pronto en mi presencia.
—Hola —replicó—. ¿Cómo estás?
Me encogí de hombros.
—Bien.
En aquellos momentos me encontraba de todo menos bien, pero no quise
especificar.
—Oye, Lore… —comenzó él.
Yo le dirigí una mirada acuciante. Temí que lo que fuese a decirme no
tuviese nada que ver con Andi.
—Siento mucho cómo me porté contigo —declaró.

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Oh, genial. Sentí cómo algo se derrumbaba en mi interior. No necesitaba
ni mucho menos sus disculpas, sobre todo ahora que Andi no estaba. ¿Qué
ocurría, que ahora que había asumido que jamás tendría algo con ella, había
decidido volver a mí?
—Me porté como un gilipollas —continuó—. Solo quiero que sepas que
me he dado cuenta, ¿vale? Fue injusto para ti. Y, bueno, eso.
Suspiré, agradeciendo que, al menos, pareciese tener intención de dejar el
tema ahí.
—Vale, no pasa nada —respondí—. ¿Sabes algo de Andi?
Me supo un poco mal cambiar de tema de un modo tan drástico, pero no
pude evitarlo.
—Sí, en realidad por eso te he llamado…
Abrí los ojos como platos, mientras sentía cómo mi corazón comenzaba a
latir de un modo frenético. Él se me quedó mirando de una forma bastante
dramática, como si tuviese que revelarme algo terrible. Se me pasaron
multitud de cosas horribles por la mente.
—¿Está bien? —pregunté, ansiosa.
—Se ha escapado —soltó él, de golpe.
—¿Qué?
—Que se ha escapado.
Guardé silencio, con la boca literalmente abierta del asombro.
—¿Del psiquiátrico? —pregunté, como una tonta.
Él afirmó con la cabeza.
—Tiene que haberlo hecho, porque no hay ni rastro de ella.
Yo continué observándole, estupefacta, sin saber qué decir.
—Pero, tía, la cuestión es que es imposible que haya podido escaparse,
¿sabes? —continuó David.
Hizo una pausa, como si no supiese muy bien cómo decirme lo que tenía
que decir. Yo le miré a los ojos con una fijación acuciante y ansiosa.
—Su habitación está en un quinto piso. Han encontrado la puerta cerrada
con llave desde fuera, tal y como la dejaron… Y la ventana abierta.

No sé si fue casualidad, pero pasaron solo un par de días hasta que recibí la
carta. Estaba prendida en la ventana de mi habitación, como si alguien la
hubiese abierto y vuelto a cerrar, dejando atrapado el trozo de papel. La vi al
levantarme por la mañana, en cuanto abrí las cortinas. Su sola presencia me

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inquietó, porque yo vivía en la tercera planta, y la idea de que alguien hubiese
podido hacerme llegar la carta desde fuera me parecía más que improbable.
Acto seguido, acudió a mi mente la conversación con David. En realidad
llevaba dos días sin pensar en otra cosa.
Ella se había escapado de un quinto piso.
Nuevo hogar a un vuelo de distancia. Nos mantendremos en contacto.
El mensaje, breve y conciso, estaba escrito en apresurados trazos de color
rojo. Carecía de firma, pero no la necesitaba. Pude reconocer a la perfección
la letra de Andi.

Fin

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Agradecimientos

Hace mucho tiempo que me califico como “escritora en las sombras”, por eso
de llevar toda la vida escribiendo pero no haber publicado casi nada. Por lo
tanto, es justo que comience dándole las gracias a Carlos Pérez de Tudela, mi
editor, por entusiasmarse con Todos los vampiros tienen colmillos y
embarcarse en este proyecto. ¡Gracias! Lore, David y Andi te lo agradecen en
el alma, y yo también.
Gracias a mi marido y a mi familia por quererme y estar ahí, opinar de
forma constructiva sobre lo que escribo y animarme siempre, incluso en esos
momentos en los que aparecen los nubarrones y me da por pensar que nada
saldrá bien (¡oh, tragedia!). Y, sobre todo, por comprenderme cuando me
obsesiono con una obra y parece que dejo el mundo real a un lado.
Gracias a mis amigos, cercanos y lejanos, por ser molones, acompañarme,
hacerme ver películas nefastas (sabéis por quién lo digo, ¿verdad?) y
desestresarme en los momentos más agobiantes. Y por haberos implicado
tantísimo en toda esta historia desde el principio.
Gracias a mi colega felino, por maullar y pedir mimos cuando llevo siglos
en el ordenador, y obligarme a hacer un descanso.
Gracias a todas las personas que, directa o indirectamente, me inspiran a
la hora de escribir y crear personajes, ya sea porque me han hecho muy feliz o
porque me han hecho mucho daño. Al final todo es útil.
Y, por último pero no menos importante, gracias a todos los mecenas que
habéis colaborado en el crowdfunding de Todos los vampiros tienen colmillos.
Nada de esto habría sido posible sin vosotros.

Índice de mecenas

Sin vosotros esto no hubiese sido posible, gracias…

Alejandro Matas Bonilla


Alicia Martín Marqués

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Almudena Alcaraz
Amparo Camacho
Andrés Piñeiro Lozano
Cristina Sabiers
Cynthia Cabral
Elidia Villar
Francisco Vázquez Bautista
Isis Solaz Vallejo
Jesús Miguel Gimeno
Jorge Montesinos Martínez
Jose Manuel Peris Ponz
José Luis Soler Esbrí
Juan Francisco Torres Chica
Juanjo García
Laura Idoia
Lizzy colman
María Gay
María Soler Heredia
Mario Ciberio Martínez
Mario Peris
Melani Garzón Sousa
Montse Mena
Nieves Villalón
Olga Sierra
Paz Alonso
Raquel Martín
Raquel Martínez Tolosa
Raúl Peris Maset
Raúl Prudencio Muñoz
Serafín Camacho
Serafín Camacho Fernández
Tere Nena
Warlock
[Link]

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YOLANDA CAMACHO. España, 1983. Le gusta el cine, la literatura de
terror, la música, los gatos y, por supuesto, escribir, pasión que posee desde
pequeña y que se ha plasmado en sus numerosas publicaciones.
Con la saga Todos los vampiros tienen colmillos, mezcló la fantasía y el terror
en dos novelas young adult. Pero ha sido en este último género, el terror, en el
que ha destacado especialmente con títulos como Agramonte (2017), El
butacón beige (2018) o Nictofobia (2019).

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