El Deseo
El Deseo
El deseo
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horrible con el cabello suelto y desordenado. Imaginó que
no era dificil dudar que alguien tan atractivo como Magnus
fuera su pareja ya que ella era baja, de pechos pequeños y
con un cuerpo nada llamativo. Su dicha, sin embargo, se
veía eclipsada por la sombra de la traición.
Magnus era alto y fornido. Tenía el cabello largo, hasta
los hombros, espalda ancha, abdominales ondulantes, piel
bronceada y usaba ropa ligera a la moda. De no ser por los
brazos tatuados que le daban un aire recio bien podía pasar
por un delicado modelo masculino.
–¿Me amas? –preguntó ella cambiando de posición.
–No lo dudes preciosa –sus ojos azules, resaltados por
unas largas pestañas, emitieron un ligero brillo.
–¿Qué tendré que no mejoro? –exclamó con voz triste.
–Tranquilízate, pronto todo pasará.
–¿Eso crees? –dijo ella entornando los ojos al verlo.
Se habían conocido providencialmente cuando él la so-
corrió contra unos tipos que la habían asaltado. Era muy
apuesto y cuando lo vio por primera vez se quedó sin pala-
bras y su corazón se le aceleró. Sólo reaccionó cuando él
se presentó al devolverle la cartera que le habían robado.
Pasar de una invitación a cenar a luego salir juntos, fue al-
go rápido tanto como tener ahora cinco meses como pareja
y, pese a ello, seguía sin saber mucho de él.
–¿Sabes? He estado pensando mucho en lo que me a-
queja y hay algo que me viene dando vueltas en la cabeza.
–¿Si, qué es? –dijo él. Si bien Magnus tenía un rostro
armonioso, Amanda creyó percibir que la miraba como si
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lo aburriera. Como si oírla fuera una pérdida de tiempo.
Ella lo contempló un momento antes de continuar. Era
tan apuesto que en no pocas ocasiones tuvo que llamar la
atención a camareras, empleadas y a otras mujeres, que se
le acercaron, para hacerles saber que él era suyo. Nunca se
había sentido así de posesiva con alguien.
–Debo decirte que tu eres para mi como un sueño hecho
realidad. Ocupas el lugar más importante en mi vida y en
mi corazón. No obstante, lo que pasa con mi salud no es
normal y creo que tú tienes algo que ver con ello.
Magnus levantó su copa, bebió un sorbo largo y luego
la miró expectante instándola a que continuara hablando.
Una característica que siempre había notado en la cara
de Magnus era la expresión provocadora que se leía en sus
ojos, como ahora. Recordó las veces que le había hecho el
amor contra la pared, la forma como succionaba sus senos
y los cientos de posturas eróticas que le practicó de manera
incansable. A pesar de ser recatada no le importó que sus
gemidos se oyeran más allá de su habitación. Los orgas-
mos, seguidos, no sólo la dejaban agotada sino que le deja-
ban la sensación de que todo giraba sin cesar.
Cerró los ojos e intentó borrar todo recuerdo.
–Puede que esté enamorada pero no soy una tonta.
–No, claro que no –dijo él poniendo el vaso a un lado
para luego llevarse las manos a las caderas, atento.
–Estoy convencida de que estás envenenándome de al-
guna forma –afirmó con segura suspicacia.
–¿Envenenándote? ¿Para qué? ¿Para quedarme con tu
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dinero o con este departamento? Eso no Amanda. Hay co-
sas más interesantes en la vida. Sí, tengo que ver con lo
que te pasa pero no por esas razones.
Amanda apretó los labios con ira contenida.
–Lo sabía –dijo apartando parcialmente la manta que la
cubría. Una pistola, negro mate, apareció en su trémula
mano–. Voy a detenerte y entregar a la policía.
–Vaya, esa si es una sorpresa. Debo confesarte, ya que
hemos llegado al punto final de esta historia, que en nues-
tro encuentro no intervinieron los astros ni el destino, tam-
poco tus oraciones dirigidas a Dios. Soñabas despierta,
viendo portadas de hombres, cuando te vi. No tenía que
preguntarte nada para saber qué deseabas. Si te hubieras
visto en ese momento me entenderías. Tenías el típico ros-
tro de la solterona que fantaseaba con el desenfrenado de-
vaneo que nunca le pasaría y con una vida sensual y apa-
sionada que la hiciera sentir intensamente viva. Fue enton-
ces que susurraste tu deseo y yo te oí.
–Detente, no sigas –dijo mirándolo con tanta dureza co-
mo pudo, luego se puso en pie, tambaleante–. Tal vez fui
una tonta al no darme cuenta de eso, pero fui sincera.
–Lo sé, no podía esperar menos de ti. Nadie me había
atendido mejor: el desayuno preparado al levantarme, la
ropa lista, siempre dispuesta a complacer mis menores ca-
prichos. Claro que, a cambio, correspondí plenamente y a
satisfacción todas tus necesidades afectivas.
Magnus dio un paso hacia ella y el arma que lo apunta-
ba se elevó un poco, aferrada con fuerza entre dos manos.
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–No me obligues. Ya me quité la venda de los ojos –su
voz sonaba jadeante. Aunque se había preparado mental-
mente para este momento su corazón latía con fuerza fren-
te a quien consideraba un dios del sexo y del que aún no
podía dejar de desear. Tenía que detenerlo. Tenía que dete-
nerlo ya. Un estremecimiento la recorrió al recordar las
lascivas caricias que él hiciera sobre su cuerpo.
Magnus avanzó como intuyendo sus sensaciones.
–Te juro que siempre te recordaré –se llevó una mano
alusivamente a la frente. No mostraba miedo alguno.
No era fácil gatillar contra quien aún se sentía enamora-
da. Sentía un regusto amargo en la boca del estómago.
El disparo del arma sonó atronador y deshizo los ner-
vios de Amanda que, horrorizada, dejó caer la pistola al
piso. Nunca antes había disparado, ni matado.
Los luminosos ojos azules de Magnus expresaron su
sorpresa ante el disparo. Amanda pasó de sostenerle la mi-
rada a ver el lugar de la herida entonces, su miedo al cri-
men cometido, cambió a un miedo a lo desconocido.
Ante sus asombrados ojos Magnus exhibía una sonrisa
de suma confianza en su hermoso rostro varonil mientras
la piel herida se regeneraba hasta terminar expulsando la
bala al piso. Amanda sintió terror total pero también fasci-
nación, tal como un gorrión atiende la mirada de un gato.
–¿Es que acaso no lo has entendido? Deseaste que un
hombre hermoso llegara a tu vida y te ha sido concedido.
Fue un pacto tácito. Ahora debo concluir el trabajo.
–N…no entiendo –Amanda se creyó presa de alguna te-
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rrible alucinación. Se llevó una mano a los labios tratando
de detener sus movimientos trémulos.
–Soy un demonio, un íncubo para ser más preciso. Tu
alma ha sido el precio de este pacto. Las de aquellos infeli-
ces ladrones que quisieron robarte no valían nada pero la
tuya es diferente: eres un alma llena de amor. He disfruta-
do todo este tiempo consumiéndote, literalmente, de a po-
cos. Saciarás por un tiempo mis necesidades.
–No puede ser –dijo ella asustada.
Durante unos segundos, que parecieron interminables,
ambos se quedaron en silencio.
Nerviosa, Amanda revolvió su memoría y recordó que
no sabía nada de Magnus, de donde provenía, si tenía fa-
milia, ni siquiera su edad. Comprendió, entonces, que lo
que él decía de ser un demonio, era verdad.
–Mírame a los ojos –le dijo él con tono suave.
Sintiéndose desprotegida, sin nadie cerca a quien pedir
ayuda, ella intentó no obedecerlo buscando con los ojos
cualquier cosa en donde fijar la mirada. Sin embargo, una
fuerza superior a su voluntad, hizo que ese intento fuera
inútil y sus ojos comenzaron a torcerse hasta que termina-
ron posándose en los de Magnus.
–Tu alma me pertenece, lo sabes –dijo él con calma–.
No hagas esto más difícil, para ti.
Inmovil, sin capacidad para reaccionar, la mirada inten-
sa de Magnus pareció penetrar en el cerebro de Amanda
produciéndole escalofríos en todo el cuerpo. El instante en
el que ella realizó su deseo, se hizo presente de manera
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clara, como si lo volviera a vivir. Recordado ese momento,
la tensión cedió y sintió su cuerpo liberado.
Haciendo acopio de fuerzas, Amanda intentó dar unos
nerviosos pasos para alejarse pero Magnus se interpuso
con su musculado cuerpo para cerrarle el paso, la levantó
suavemente entre sus brazos y la colocó delicadamente en
el sillón donde estuviera inicialmente.
–No quiero morir –gimió ella con voz apagada y lágri-
mas resbalando por sus mejillas.
El semblante de él era una máscara inexpresiva.
–Debemos tener cuidado con lo que deseamos porque
puede concedérsenos –la miró con ojos inexpresivos y de-
sapasionados–: Has sido una experiencia maravillosa.
Amanda sintió latir fuertemente su corazón cuando vio
que Magnus tomaba su cara, le sostenía la barbilla y acer-
caba su rostro como si fuera a darle un beso en los labios.
El que antes ella consideró el rostro varonil más bello que
jamás había visto, ahora le parecía representaba la muerte
misma. Los ojos azules adquirieron un tono rojo intenso y
sobrenatural. En la medida que él se acercaba el miedo
aceleraba sus latidos como previendo un gran peligro.
A pocos centímetros de hacer contacto, Magnus se de-
tuvo y Amanda sintió que algo dentro de ella se encogía
dolorosamente provocándole un gran escalofrío. De pron-
to una explosión de luz blanca pareció brotar de sus ojos y
orejas y un vapor azul, transparente, se desprendió de su
boca para ingresar a la de Magnus. Empalideció y sus pal-
pitaciones comenzaron a disminuir notoriamente.
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Al cesar todo, Magnus se incorporó estremeciéndose de
placer, en tanto Amanda quedaba exánime en el sillón con
un mechón sobre su cara, las pupilas dilatadas y los ojos
sin brillo. Se acercó a la ventana y contempló las luces de
la ciudad que tardarían unas horas en apagarse.
Satisfecho, recreó su vista por última vez en Amanda.
Su carnal deseo le había pasado factura. La sombra de una
sonrisa depredadora hizo que sus labios se curvaran.
Afuera, un mundo de mujeres soñadoras lo aguardaba
como el pecaminoso hombre de sus fantasías.
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