PENITENCIA Y UNCION DE LOS ENFERMOS
Estudiante: Oscar Salazar V-11.750.939
Profesor: P. Fr. Ponç Capell Capell – OdM
Marzo 2025
INTRODUCCION
La penitencia es un sacramento importante para los cristianos, ya que todos
son conscientes de ser pecadores y de su papel como seguidores de
Cristo. A lo largo del tiempo, la percepción del pecado ha cambiado. En la
Edad Antigua, la Iglesia dudaba que el pecado fuera común entre los
cristianos, pero más tarde se reconoció que los pecados son frecuentes y
que se debe usar la penitencia sacramental con regularidad.
El papel del sacramento de la penitencia en la vida cristiana debe
analizarse a través del pecado y la reconciliación. El pecado y el perdón
son conceptos cristianos complejos que deben entenderse considerando la
relación entre el ser humano y Dios. El sacramento no reemplaza el
verdadero arrepentimiento y la transformación personal, sino que se basa
en estas necesidades para celebrar la reconciliación cristiana. Representa
la alegría de Cristo y de la Iglesia por el regreso de quienes se han alejado
por el pecado.
En los últimos años, la Iglesia ha trabajado en reformar el sacramento de la
penitencia, destacando su dimensión comunitaria. Esto ayuda a
comprender mejor el pecado como una infidelidad a los valores del Reino
de Dios, así como la reconciliación como un regalo de Dios que requiere
perdón y comunión entre las personas. También se menciona el
sacramento de la Unción de enfermos, que comparte elementos con la
penitencia, como el perdón de los pecados. Sin embargo, tiene un
significado distinto, relacionado con la enfermedad del cristiano.
La Unción busca presentar al enfermo el amor de Jesucristo, quien se
preocupó por los que sufrían. Actualmente, se busca cambiar la imagen de
este sacramento para verlo como una curación total que incluya el bienestar
físico y espiritual, recomendándose que se reciba antes de situaciones
críticas. Este sacramento enfatiza la unidad del ser humano, y está
destinado a fortalecer la fe del creyente que enfrenta debilidades debido a
la enfermedad.
1) Actualidad del sacramento de la penitencia
El sacramento de la penitencia es un tema clásico y actual para los creyentes,
especialmente en el contexto de la renovación iniciada por el Concilio Vaticano II.
La Iglesia ha buscado revitalizar la vida litúrgica y sacramental, con un enfoque
especial en la penitencia debido al notable descenso en su práctica.
Históricamente, la confesión estaba integrada en la pastoral de la Iglesia a través
de colegios y comunidades religiosas, los cuales han disminuido o cambiado su
enfoque educativo.
Este declive se relaciona con distintas causas que afectan la comprensión del
sacramento. Se ha observado un cambio de una visión rígida del pecado hacia
una actitud más comprensiva, donde la fragilidad humana es tolerada y se enfoca
en la infinita misericordia divina. Además, hay una resistencia a la mediación de la
Iglesia en el perdón, enfatizando la necesidad del arrepentimiento interior.
En los documentos del Concilio Vaticano II y otros textos recientes, se hace
hincapié en el término "reconciliación" en lugar de "penitencia". Esta preferencia
sugiere que el sacramento debería centrarse más en la misericordia de Dios y en
el encuentro amoroso con el penitente, en vez de enfatizar el sacrificio y el
esfuerzo humano. La palabra "reconciliación" refleja adecuadamente la interacción
entre la acción divina y la respuesta del ser humano, abarcando el propósito de la
redención en Cristo.
La Iglesia tiene un papel crucial en ayudar a las personas a superar conflictos y
divisiones sociales. En este sentido, las encíclicas sociales de los papas abordan
estos problemas, destacando que el desarrollo es esencial para alcanzar la paz.
Juan Pablo II, por ejemplo, critica no solo el pecado individual, sino también el
pecado estructural que impide la solidaridad y la paz, resaltando la necesidad de
una respuesta efectiva tanto a nivel personal como social.
1) Fundamento antropológico de la conversión
Los sacramentos reflejan la complejidad de la condición humana, que es corpóreo-
espiritual, y buscan revelar realidades más allá de los sentidos. El sacramento de
la reconciliación se fundamenta en la naturaleza conflictiva del hombre, quien
experimenta tensiones internas y externas. Se enfrenta constantemente a la
necesidad de paz y reconciliación, tanto con otros como consigo mismo. Esta
contradicción puede surgir de dificultades en su entorno y de conflictos internos al
tomar decisiones alineadas con sus verdaderos deseos, lo que puede llevar a la
frustración.
La problemática de la libertad es central en esta lucha. El ser humano tiene la
habilidad de actuar según su conciencia, pero con ello viene la responsabilidad de
justificar sus decisiones. Si esta necesidad de autojustificación se ve frustrada,
pueden surgir conflictos psíquicos, un fenómeno señalado por la psiquiatría. Las
relaciones interpersonales son el contexto donde se manifiestan estos conflictos,
ya que involucran intereses y voluntades de diversas personas y grupos.
La búsqueda de la reconciliación se intensifica en momentos de desunión o
enfrentamiento. Esta reconciliación exige un compromiso profundo de paz que
solo puede alcanzarse a través de cambios interiores y transformaciones en el
corazón. Aunque el deseo de éxito puede presentarse como un objetivo, es
primordial entender que la verdadera reconciliación proviene de un trabajo interno.
En el ámbito bíblico y eclesial, la conversión tiene un significado más específico,
relacionado con dos formas principales: la primera está vinculada al bautismo y la
segunda a la fidelidad del creyente a Dios y a las exigencias de la gracia del
bautismo o de la alianza divina. La conversión que acompaña al bautismo implica
una incorporación a Cristo, compartiendo su muerte y resurrección.
La conversión bautismal es esencialmente una conversión a la fe en Jesús, quien
revela la voluntad salvadora de Dios. Implica la muerte al pecado y la recepción de
una nueva vida que transforma al cristiano en hijo de Dios y miembro de la
comunidad de creyentes.
La "segunda" conversión se basa en esta gracia bautismal y busca ayudar al
creyente a reconocer el compromiso que implica y a superar los obstáculos que
pueden interponerse en su camino hacia la salvación, resaltando la importancia de
la conversión continua en la vida del cristiano.
2) Conversión y reconciliación en A.T.
El mensaje bíblico sobre la conversión se basa en el Dios de la Alianza, quien
protege al pueblo de Israel y expresa su voluntad de ayuda y salvación. A lo largo
de la historia de la salvación, Dios, a través de los profetas, denuncia las
infidelidades del pueblo y busca reavivar su esperanza en las promesas de
salvación. El pueblo de Israel no permanece inactivo ante este mensaje; las
oraciones de los salmos y las prácticas penitenciales, tanto públicas como
privadas, muestran la relevancia de la conversión en el Antiguo Testamento.
La Conversión como Llamada de Dios
La conversión en la Biblia es ante todo una llamada de Dios que busca vivir en paz
y comunión con la humanidad. La razón esencial del mensaje de conversión
radica en el amor de Dios hacia el ser humano. Los profetas utilizan un lenguaje
humano y psicológico para hablar al corazón del hombre, proyectando así una
imagen antropomórfica de Dios. Este amor se manifiesta de manera maternal en
la obra de profetas como Oseas, Jeremías e Isaías, quienes ilustran el vínculo
emocional entre Dios y su pueblo. Oseas, por ejemplo, describe a Israel como un
niño que Dios ha llevado en brazos, mientras que Jeremías expresa la compasión
divina utilizando imágenes de maternidad.
Medios para Alcanzar el Perdón
El mensaje del Antiguo Testamento no solo denuncia el pecado, sino que también
ofrece medios para alcanzar el perdón. Estos comprenden el reconocimiento y la
confesión del pecado, la realización de sacrificios, así como prácticas
penitenciales como oraciones, ayunos y señales de dolor. También se integran
obras de caridad, como el estudio de la Ley o Torah, y los sufrimientos llevados
con humildad y confianza en Dios. Estas obras, aunque personales y no rituales,
permiten la expiación de los pecados y la reconciliación con Dios si se acompañan
de un arrepentimiento sincero.
Entre las prácticas penitenciales más significativas se encuentran los sacrificios
expiatorios, que son ofrecidos por representantes del pueblo en momentos de
calamidad. El Gran Día de la Expiación, o Yom Kippur, es una de las festividades
más importantes, donde el sumo sacerdote realiza ceremonias de confesión y
purificación para el pueblo. Este ritual, que incluye el sacrificio de un cabrito,
simboliza la carga de los pecados del pueblo, resaltando así la importancia del
arrepentimiento y la purificación en la relación con Dios.
LA CONVERSIÓN, CAMINO DE SALVACIÓN
La conversión del hombre en la Biblia comienza con una llamada de Dios y
consiste en regresar a Él. Se utiliza la imagen del "camino de la vida" para
describir este proceso. La conversión implica un cambio de dirección, alejándose
de un camino falso y volviendo a Dios, quien es la fuente de la vida y el bienestar.
Según este mensaje, hay dos caminos: uno hacia el bien, a través del amor de
Dios, y otro que aleja de la fuente de la vida.
3) Conversión a la fe en Jesús y reconciliación cristiana
La conversión es un mensaje clave en la Biblia hebrea, que invita a la humanidad
a creer en Dios, confiar en sus promesas y seguir sus caminos. Este mensaje se
vuelve especialmente relevante cuando el pueblo se aleja de Dios. Se centra en la
Ley mosaica, el culto religioso y la piedad hacia Dios y los demás. La fidelidad del
pueblo hebreo está ligada a la fidelidad eterna de Dios. La incertidumbre sobre
cuándo se cumplirían sus promesas se resuelve en los Evangelios, que anuncian
la llegada inminente del reino de Dios y llaman a la conversión. Juan el Bautista
bautizaba en el Jordán, y anunciaba que alguien mayor que él vendría para
bautizar en el Espíritu Santo. Juan señala a Jesús como el "Cordero de Dios que
quita el pecado del mundo".
El mensaje evangélico de conversión, aunque menos elocuente que el de los
grandes profetas, se expresa con urgencia y rotundidad, llamando al retorno a las
raíces. Se menciona que el hacha está lista para cortar los árboles que no dan
buen fruto. En la enseñanza de Jesús, el amor y la misericordia del Padre son
centrales. Jesús, siendo el Hijo de Dios, habla con alegría sobre el amor de Dios
hacia los hombres y destaca que Dios busca a los pecadores, alegrándose más
por un pecador arrepentido que por noventa y nueve justos. Lucas presenta
parábolas que reflejan esta alegría por el arrepentimiento, en respuesta a las
críticas de fariseos que murmuran sobre la compañía de Jesús con pecadores.
Estas parábolas ilustran situaciones humanas comunes, como la pérdida de una
oveja o una moneda, y desarrollan la idea de que el perdón también debe ser
práctico entre los hermanos.
La postura de Jesús hacia los pecadores está relacionada con el perdón de los
pecados, que es presentado como un signo de la llegada del reino de Dios y de la
presencia de Jesús. Desde el principio de los Evangelios, el perdón se muestra
como el signo de la misericordia divina y de la salvación prometida. El cántico de
Zacarías y las palabras de Juan el Bautista destacan este perdón. Jesús
demuestra su dominio sobre el pecado, y su poder sobre los espíritus malignos se
evidencia en sus curaciones.
La relación entre el perdón y la muerte y resurrección de Cristo resalta que la fe en
Jesús da acceso a este perdón. La última cena de Jesús es una declaración de su
sacrificio y la Nueva Alianza en su sangre. La eucaristía, recordando esa última
cena, es un signo de unión de los cristianos con Cristo. Juan también enfatiza que
la comunión en la eucaristía purifica de todo pecado, señalando que la unión con
Cristo es esencial para la santidad de la Iglesia.
4) Pecado y santidad en la iglesia primitiva
EL PERDÓN MUTUO Y LA CARIDAD FRATERNA
La manifestación del amor de Dios a los hombres, como voluntad misericordiosa y
siempre dispuesta al perdón, tiene también un valor ejemplar y exigitivo para el
hombre. Las palabras de Jesús, justificando su actitud hacia la mujer pecadora,
"quedan perdonados sus muchos pecados, porque ha mostrado mucho amor. A
quien poco se le perdona, poco amor muestra" ', ponen el acento en la importancia
del cambio de corazón en orden al perdón. La parábola del evangelio de Mateo,
con la que Jesús responde a la pregunta de Pedro: "Señor, ¿cuántas veces tengo
que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces?",
afronta directamente la cuestión del perdón entre los hermanos. Contrasta en esta
parábola la conducta magnánima del rey que se compadece de su siervo, cuando
éste se ve abocado a vender todos sus bienes, incluidos su mujer y sus hijos, para
pagar su deuda, con la del siervo que, no sabe de compasión alguna.
LA CONVERSIÓN Y EL ANUNCIO DE LA LLEGADA INMINENTE DEL REINO
El mensaje de la conversión en la Biblia hebrea es una invitación a creer en Dios y
a confiar en sus promesas, siguiendo sus caminos. Este llamado es más relevante
cuando el pueblo de Dios se aleja de Él. El mensaje se centra en la Ley mosaica,
en la religión y en la piedad hacia Dios y los demás. La fidelidad del pueblo hebreo
está unida a la fidelidad de Dios, quien siempre es misericordioso. Sin embargo,
existía incertidumbre sobre cuándo las promesas de Dios se cumplirían. Los
relatos evangélicos empiezan anunciando la llegada del reino de Dios, instando a
la conversión. Juan el Bautista, precursor de Jesús, bautizaba en el Jordán a
quienes confesaban sus pecados y anunciaba que alguien mayor vendría para
bautizar en el Espíritu Santo y en fuego. El cántico de Zacarías presenta a Juan
como el profeta que prepara el camino del Señor, anunciando la salvación y el
perdón de los pecados. Juan identifica a Jesús como "el cordero de Dios que quita
el pecado del mundo".
El mensaje de conversión de los evangelios, aunque no tan elocuente como el de
los grandes profetas, se expresa con urgencia, señalando que “el hacha está
puesta a la raíz de los árboles; todo árbol que no dé buen fruto será cortado y
arrojado al fuego”.
EL AMOR MISERICORDIOSO DE DIOS EN LA ENSEÑANZA Y CONDUCTA DE
JESÚS CON LOS PECADORES
El primer mensaje que Jesús ofrece en su predicación es sobre el amor y la
misericordia del Padre. Se espera que el Hijo de Dios hable del amor de Dios
hacia los hombres. Este amor se comprende mejor como un amor
misericordioso. Solo el Hijo de Dios puede asegurar que Dios busca a los
pecadores y se alegra más por un pecador arrepentido que por noventa y nueve
justos. Estas parábolas describen situaciones de pérdida y recuperación,
resaltando que el perdón debe expresarse entre los hermanos.
EL PERDÓN DE LOS PECADOS, COMO SIGNO DE LA PRESENCIA DE JESÚS
Y DE SU ACCIÓN REDENTORA
La postura de Jesús hacia los pecadores está unida al perdón de los pecados,
considerado el signo principal de la llegada del reino y de su presencia. El perdón
es visto como la misericordia divina y la realización de promesas salvadoras. El
cántico de Zacarías en Lucas y las palabras de Juan el Bautista apuntan a Jesús
como quien quita el pecado del mundo. Jesús demuestra dominio sobre el pecado,
enfrentando la tentación y sanando a poseídos. Pablo también conecta el perdón
de los pecados con la muerte y resurrección de Cristo, presentando a Jesús como
el sacrificio que expía los pecados de la humanidad. En la última cena, Jesús
instituye la eucaristía, vinculando la comunión con Cristo a la purificación del
pecado.
La enseñanza de Jesús sobre el perdón es radical; no debe tener límites e incluye
a los enemigos. El "Padrenuestro" coloca el perdón en el centro de la súplica del
creyente. La Iglesia se define por su santidad y su distinción de otros grupos,
reflejando la gracia de Dios. Es responsable de mostrar lo que significa ser el
Cuerpo de Cristo. La santidad de la Iglesia se contrapone al pecado, resaltando la
necesidad de vivir conforme al espíritu y no a la carne. La comunidad cristiana
enfrenta situaciones de discordia y pecado, y el pecado de rechazo a la fe en
Jesucristo es considerado gravísimo, cerrándose al amor de Dios. Las listas de
pecados en el Nuevo Testamento no determinan un grado de gravedad clara, ya
que las decisiones sobre la tolerancia de ciertos pecados dependen de su impacto
en la comunidad.
5) El poder de perdonar pecado en la iglesia
El texto de los evangelios aborda el poder de perdonar los pecados en el contexto
de los evangelios de Mateo y Juan. Primero, en Mateo, se discute el poder de
"atar y desatar" que se relaciona con el perdón de los pecados cometidos tras el
bautismo. Este poder se presenta en un contexto donde Jesús instruye a sus
discípulos sobre cómo manejar las ofensas entre hermanos. Se debe intentar
reconectar con el hermano que peca, y, si no escucha, se puede llevar a testigos
y, en última instancia, a la comunidad. Si persiste en su negativa, se le considera
ajeno a la comunidad. Mateo menciona que todo lo que se ate en la tierra queda
atado en el cielo y viceversa, lo que refleja la autoridad espiritual ejercida por los
líderes de la comunidad judía en cuestiones doctrinales y disciplinarias.
En Juan, se presenta otro aspecto del perdón, donde Jesús le otorga a sus
discípulos el poder de perdonar o retener pecados tras su resurrección. En este
contexto, el poder de perdonar no se limita a un simple anuncio, sino que se
otorga realmente a los discípulos. Además, se enfatiza la importancia de la acción
de "retener" los pecados, que implica un poder adicional de imputar, en
contraposición al simple acto de negarse a perdonar. Esta doble función de
perdonar y retener está conectada con el poder de "atar" y "desatar" de Mateo. En
conclusión, ambos textos reflejan un entendimiento complejo sobre el perdón,
mostrando la autoridad y responsabilidad de los discípulos en la comunidad
cristiana.
6) La penitencia eclesiástica en los tres primeros siglos
A través de los testimonios recogidos, se concluye que la penitencia eclesiástica
está bien organizada, tanto en iglesias de lengua griega como latina. En ambas
tradiciones, la penitencia comienza con la exclusión de la eucaristía y termina con
la reconciliación. Este tiempo penitencial suele ser largo y varía según la gravedad
del pecado. El obispo toma decisiones sobre la gravedad del pecado y el tiempo
de penitencia, con la ayuda de presbíteros. La imposición de manos del obispo o
del presbítero es un signo de reconciliación. Cipriano resalta la importancia de
este gesto.
La penitencia era generalmente dura para el penitente, y exhortaciones de
Tertuliano, Orígenes y Cipriano animaban a los cristianos a aceptarla como un
remedio para el pecado. Desde tiempos de Tertuliano, el penitente mostraba su
condición a través de su vestimenta y apariencia. Las obras penitenciales incluían
oraciones, ayunos y limosnas, además de otras privaciones. Con el tiempo, la
situación de los penitentes se volvió más difícil, incluso llegando al aislamiento
social.
El Pastor de Hermas establece el principio de "una sola penitencia", que interpreta
la penitencia eclesiástica como una segunda penitencia, caracterizada por ser más
rigurosa. Cipriano, obispo de Cartago, vive tensiones en su iglesia sobre la
aplicación de esta disciplina, defendiendo la intervención del obispo y el respeto a
sus normas en la reconciliación de los pecadores. No hay excepciones en los
pecados que no puedan ser sometidos a la penitencia. La postura de Tertuliano no
encuentra apoyo suficiente en la Escritura. Los enfermos y moribundos no deben
cumplir con ella, y puede ser abreviada en momentos de peligro para la Iglesia.
La penitencia también se impone a los presbíteros que incurren en pecados
graves. Cipriano menciona el caso del obispo Basílides que renuncia tras caer en
idolatría. La idea de la penitencia está ligada a la autocomprensión de la Iglesia y
su misión, con una enseñanza sobre la reconciliación que se ve en el contexto
eclesiológico de grandes obispos de la época. La paz final que la Iglesia otorga al
penitente marca su comunión y es resultado del esfuerzo penitencial del penitente
y la acción de la comunidad. Negar la reconciliación al arrepentido sería impedirle
el acceso al Señor.
7) Evolución de la penitencia antigua. Siglos IV y siguientes.
El concilio de Elvira, con la participación de 19 obispos y 24 presbíteros, aborda
temas de penitencia en más de 40 cánones. Establece que la penitencia
eclesiástica puede durar de tres a toda la vida, dependiendo del pecado, y en
casos de idolatría o infidelidad, la absolución solo se concede en el momento de la
muerte. La duración máxima de la penitencia, en la mayoría de los casos, es de
diez años. También se reconoce la excomunión perpetua por pecados de
"especial gravedad", excluyendo al pecador de la comunidad eclesial. Los
siguientes concilios mantienen que la comunión puede negarse solo en casos de
pecados graves y falta de penitencia.
En el siglo VI, se separa la excomunión de la disciplina penitencial, considerándola
un castigo que puede ser impuesto o levantado. San Paciano, el primer escritor
español en tocar el tema de la penitencia tras el concilio, enfatiza la importancia de
cumplir con ella y no sugiere que un cristiano pueda morir sin la absolución
sacramental.
La doctrina penitencial de los Padres occidentales del siglo IV y V establece la
necesidad de la penitencia para la reconciliación y resalta el poder de la Iglesia
para "atar y desatar". Sin embargo, hay menos coincidencia en los detalles sobre
los pecados que deben ser sometidos a esta disciplina, el tiempo de penitencia y
el manejo de casos excepcionales. La eclesiástica época inspira a ver la
reconciliación como un medio de salvación, donde el penitente debe involucrarse
públicamente con la comunidad para ser reintegrado.
Frente a la herejía novaciana, los obispos Ambrosio y Paciano defienden el poder
de la Iglesia para perdonar todos los pecados, argumentando que los novacianos,
al imponer penitencia sin perdón, limitan la eficacia de la misma. Ambrosio
sostiene que Dios no discrimina los pecados y que el perdón está disponible para
todos. Recalca el aspecto "medicinal" de la penitencia, similar al buen samaritano
que cuida al herido, y que el penitente se purifica a través de las obras y oraciones
de la comunidad.
En las iglesias orientales, la penitencia eclesiástica siempre se limitó a pecados
graves, ya que se seguía el principio "milla poena sine lege", que excluye muchos
pecados de la práctica penitencial. Juan Crisóstomo subraya la importancia de
confesar los pecados a Dios. En Antioquía y Constantinopla, había grupos de
penitentes según la gravedad de sus pecados. Reconoce que el pecador se
excluye de la comunión antes de la acción oficial de la Iglesia. La práctica de la
penitencia se mantiene con principios como "una sola penitencia", manteniéndose
en Oriente y Occidente, y el obispo dirige su práctica.
8) La Penitencia privada
El capítulo aborda el origen y desarrollo de la penitencia privada en la comunidad
cristiana. Esta práctica se ha difundido y adaptado a las necesidades de los fieles,
manteniendo los elementos esenciales de la reconciliación penitencial de la
antigua disciplina. La penitencia privada se entiende como una forma necesaria
para que los miembros de la Iglesia experimenten una reconciliación real y
significativa, lo que les permite vivir plenamente su fe y participar en la Eucaristía.
En los primeros siglos, los cristianos no consideraban tan esencial esta forma de
reconciliación, ya que vivían intensamente su conversión bautismal y utilizaban
otras prácticas, como la oración y la confesión espontánea.
La confesión privada se presenta como un medio accesible de reconciliación, sin
restricciones en cuanto a los tipos de pecados o condiciones adicionales. Así, se
vuelve la forma principal de reconciliación para muchos cristianos, superando
prácticas más antiguas. La evolución de la penitencia privada resalta que los
cambios en la Iglesia son paulatinos y responden a las verdaderas necesidades de
la vida cristiana, requiriendo un proceso de purificación.
Durante la primera etapa de la penitencia privada, se medía el pecado y la
penitencia en una relación de equilibrio, lo que distorsionaba el sentido de la
reconciliación, que realmente está ligada a la disposición interna del penitente. La
unificación del acto penitencial en el siglo XI se centra más en la acción de Dios y
la comunidad, dejando de lado la preocupación por la cantidad de penitencia. La
confesión se convierte en el elemento más representativo y personal de la
penitencia, manteniendo su carácter privado mientras se expresa ante otro ser
humano.
Esta práctica se conecta íntimamente con el ministerio sacerdotal, donde el
sacerdote desempeña un papel clave en la reconciliación, conociendo al penitente
para realizar adecuadamente la obra de Dios. En el siguiente capítulo se abordará
la reflexión teológica sobre el sacramento de la penitencia y la relación del
sacerdote con el perdón que Dios otorga al pecador.
9) Reflexion teológica sobre la sacramentalidad de la penitencia
La reflexión de la Escolástica sobre el sacramento de la penitencia aborda
cuestiones importantes para entender la penitencia como sacramento. Parte de
una noción técnica sobre lo que es un sacramento, aplicándola a la penitencia
sacramental, que tiene características únicas. El primer desafío es reconocer la
penitencia como una "virtud" recomendada en la Escritura y como un sacramento
que otorga el perdón de los pecados a los bautizados. Para aclarar esta
ambivalencia, distinguen entre la penitencia "interior", que se refiere a la
conversión íntima, y la "exterior", que está relacionada con la práctica visible del
sacramento.
Los escolásticos prestan atención al efecto de la penitencia, que es el perdón de
los pecados. Este se ve desde dos perspectivas: como una gracia interior que solo
Dios puede dar y como un poder que Cristo ha otorgado a la Iglesia para
reconciliar a los cristianos. Santo Tomás integra ambas realidades en una acción
que culmina en el sacramento, mientras que Escoto separa las formas de practicar
la penitencia, una extra sacramental que requiere dolor de contrición y otra
sacramental que tiene una menor disposición del penitente, basada en el valor
objetivo del sacramento.
La reflexión escolástica también profundiza en los aspectos ontológicos y
psicológicos de la reconciliación cristiana, enfatizando que la acción humana está
subordinada a la acción divina. Analizan el fenómeno de la conversión y las
"disposiciones" del penitente necesarias para acceder dignamente a la gracia de la
reconciliación. Las discusiones sobre este tema, incluso después del Concilio de
Trento, muestran la escasa utilidad de estas disquisiciones.
Un punto clave en la Escolástica es el significado del sacramento, que incluye la
importancia de la confesión y la satisfacción como "obra penitencial". El sentido de
"atación y desatación", o "perdonar y retener", se centra en la imposición de la
penitencia. La confesión es necesaria para conocer el pecado y poder imponer la
satisfacción adecuada. La contrición es un requisito esencial, y se define junto a la
noción de "atrición". La respuesta escolástica al perdón de los pecados se
desarrolla junto a la idea del sacramento, resaltando el perdón como efecto del
mismo. Además, la Escolástica se centra en el perdón en relación con Dios, sin
profundizar en la doble reconciliación con la Iglesia.
10) Confesión y reforma antes de trento
El deseo de reforma en la Iglesia no es una idea nueva; es una forma de entender
la conversión cristiana, tanto individual como colectiva. Los movimientos para
renovar la Iglesia surgen a menudo, ya sea por inspiración de los líderes religiosos
o como respuesta a la autoridad. El papa Gregorio VII realizó una reforma a finales
del siglo XI para restaurar la institución clerical, que estaba influenciada por
intereses políticos y económicos. Esta reforma buscaba corregir abusos como el
nicolaitismo, que afectaba la vida de los clérigos.
En el siglo XII, las órdenes religiosas se expanden en Europa con la misión de
renovar la vida cristiana. Bernardo de Claraval, fundador del Císter, instó a la
reforma, especialmente a obispos y nobles, para que vivieran con mayor
austeridad. En el siglo XIII, Domingo de Guzmán y Francisco de Asís promueven
movimientos reformistas que alientan a los clérigos a llevar vidas más ejemplares.
El papa Inocencio III convocó el concilio IV de Letrán para reformar la Iglesia
universal y corregir costumbres erróneas.
Durante esta época, también emergen movimientos heréticos que proponen
austeridad y se oponen a la jerarquía, como los albigenses en Francia y los
valdenses en Italia, que predican el rechazo de materiales y el apego a la pobreza.
Los valdenses, fundados por Pedro Valdés, sufren persecuciones y se mantienen
activos hasta el siglo XVI, integrándose al calvinismo.
El concilio de Trento surge por la preocupación de que la Iglesia enfrenta
problemas serios que afectan la fe y las costumbres. A pesar de la resistencia
hacia el Papado, especialmente en regiones distantes a Roma, se reconoce la
necesidad de una profunda reforma. En 1517, Martín Lutero publica sus 95 tesis
en las puertas de la iglesia de Wittenberg, cuestionando la validez de las
indulgencias. Estas tesis inician un debate sobre el poder de la Iglesia para
perdonar pecados.
A lo largo de su vida, Lutero reafirma que la verdadera penitencia es interna y que
la absolución no debe confundirse con los méritos humanos. Critica además la
excesiva formalidad de la confesión católica. En sus escritos, Lutero argumenta
que el perdón debe ser entendido como un acto de gracia divina.
La Confessio Augustana de 1530, redactada en paralelo a Lutero, resalta que la
absolución es palabra de Dios, y aunque la confesión no está ordenada en la
Escritura, su práctica es válida. Reforma en Zurich, encabezada por Zwinglio, es
más radical, mientras que Calvino, en su obra de 1536, enfatiza la necesidad de
buenas obras y rechaza la sacramentalidad de la confesión, aunque admite su uso
no obligatorio.
11) La penitencia en el concilio de Trento
Nunca un concilio se dedicó de forma tan amplia e intensa al tema doctrinal de la
penitencia sacramental como en Trento. Este concilio configura una forma precisa
de entender y vivir la fe cristiana, que se conoce hoy como "catolicismo". Además,
el "protestantismo" también adquiere su propia identidad a partir de Trento,
aunque de forma más dispersa.
En Trento, la penitencia no se trata como un tema independiente, sino que se
inserta en una visión más amplia de la realidad cristiana, que incluye la Iglesia, la
fe y los sacramentos. El modelo de confesión tridentina muestra cómo la Iglesia,
en una época de tensiones entre los cristianos de Occidente, entiende la reforma
católica. La reforma tridentina propone una mejor preparación del clero para que
los sacerdotes puedan servir como modelos para los fieles, enfatizando la
educación en la fe y la moral.
La confesión según el concilio no es un modelo creado desde cero, sino que se
basa en la fe y la práctica de la iglesia latina, simbolizando la reconciliación de los
bautizados. Comparada con otras formas de reconciliación, la confesión tridentina
responde a las necesidades de conversión y reconciliación, enfocándose en el
penitente y la Iglesia.
Los dos pilares del sacramento de la penitencia en el modelo tridentino son la
confesión y la absolución. La confesión tiene raíces bíblicas y antropológicas, pero
en el modelo tridentino adopta una forma que refleja la experiencia eclesial. La
absolución es un signo de la potestad de las llaves, que los sacerdotes ejercen por
su condición de ministros ordenados. Los sacerdotes deben administrar este
poder con conocimiento, justicia y misericordia. La absolución simboliza el perdón
y la eficacia del sacramento, dependiendo más de la fe de la Iglesia que de la
santidad del ministro.
La confesión y la absolución realizan un acto que el Concilio denomina "judicial",
que reflejan un poder efectivo. El modelo tridentino incorpora dos aspectos
esenciales de la penitencia: el dolor interior y la obra penitencial. Aunque estos
aspectos son menos visibles, son fundamentales en la penitencia sacramental. La
penitencia interior es esencial para la conversión cristiana, mientras que la
penitencia exterior es el símbolo de aceptación de la penitencia de la Iglesia.
El modelo de confesión de Trento no refleja la comunidad primitiva, sino una
nueva comunidad que es más consciente de la necesidad de una penitencia
reconciliadora. Trento reafirma la legitimidad de este modelo, rechazando las
propuestas de los reformadores protestantes que lo veían como una institución
temporal. Para la Iglesia católica, la penitencia es uno de los siete sacramentos
instituidos por Jesucristo, esencial para renovar a los cristianos en su gracia y
limpiarles de sus pecados. Sin embargo, se observa una falta de una visión
profunda del papel mediador de la Iglesia en este sacramento, ignorando el
impacto del pecado y la reconciliación en la comunión eclesial.
12) De la modernidad al Vaticano II
Si el concilio de Trento enfrentó muchas dificultades, tuvo la suerte de contar con
importantes figuras que implementaron sus decisiones. El papa San Pío V (1566-
1572) fue un gran promotor de reformas, introduciendo el Catecismo tridentino, el
nuevo Breviario y el nuevo Misal. Sus sucesores, Gregorio XIII (1572-1585) y Sixto
V (1585-1590), fomentaron la reforma en la formación del clero y la curia pontificia.
Después de Trento, la pastoral de la penitencia sacramental tuvo nuevos guías,
destacando a San Carlos Borromeo (1538-1584), cuyo trabajo "Instrucciones a los
confesores" se volvió muy influyente en varios países. Este trabajo tiene
antecedentes en otras obras sobre la confesión de obispos y teólogos. San Carlos
se basa en las normas de los grandes concilios. Más allá del tiempo de la Pascua,
surgió la costumbre de las "misiones populares", destinadas a inspirar a los fieles
a renovar su fe y practicar la confesión, generalmente llevadas a cabo por jesuitas
o capuchinos.
San Vicente de Paúl y San Juan Eudes enfocaron estas misiones en promover la
práctica de la confesión, evaluando su éxito por la cantidad de confesiones
realizadas. Los misioneros sugirieron hacer una "confesión general", un recuerdo
consciente de las faltas del pasado. Recibieron la facultad de absolver pecados
reservados y utilizaron "confesonarios" en sus misiones. La distancia entre el
penitente y el confesor se mantenía por razones de privacidad y dignidad, y se
aconsejaba a los confesores ser compasivos y misericordiosos.
En años recientes, ha surgido una "crisis" en la práctica de la penitencia
sacramental, con un descenso en la frecuencia de la confesión después de una
era de alta participación. Estudios han identificado factores clave, como fallos en la
práctica de la confesión y la secularización que reduce la fe y la práctica religiosa.
La constitución Gaudium et spes del Vaticano II destaca el interés de la Iglesia por
el ser humano y sus experiencias. Resalta que los desajustes sociales tienen
raíces en el corazón del hombre y que, a pesar de la superioridad humana, todos
enfrentan la inclinación hacia el mal. Se subraya que solo Dios puede proporcionar
respuestas a las luchas internas del ser humano y que, a través del Evangelio, la
Iglesia promueve la libertad y la purificación.
El sacramento de la penitencia busca la santificación de los creyentes,
reconociendo la conexión entre el pecado personal y el social. Este sacramento y
la comprensión del pecado y la gracia son esenciales para su renovación,
interpretándolos a través de la Revelación cristiana y la realidad actual del
hombre.
El Concilio Vaticano II se centró en la Iglesia, su misión, funciones y relaciones
con el mundo y otras religiones, no solo en su organización interna. Se mostró
abierto al diálogo con otras personas e instituciones externas, buscando reconocer
sus valores y mantener conversaciones sinceras con todos.
13) Actual reforma del sacramento de la penitencia
La existencia de diferentes formas de celebrar la penitencia permite a pastores y
fieles elegir según sus necesidades y características. El Ritual sugiere que se
debe considerar la complementariedad entre las dos primeras formas, usando
ambas para profundizar en la gracia de la reconciliación y evitar rutinas. La
práctica sacramental debe tener una planificación pastoral que regule su
celebración, considerando el significado de los tiempos litúrgicos y el ritmo
espiritual de la comunidad.
Es importante que la disponibilidad de sacerdotes para la confesión privada no
disminuya la importancia del sacramento. El "rito para reconciliar a un solo
penitente" debe tener un tiempo y lugares adecuados y no ser solo un acto
ocasional. La celebración comunitaria se adapta mejor a los tiempos litúrgicos y
ayuda a educar a los grupos de cristianos en el verdadero espíritu de la
penitencia. Las celebraciones "no sacramentales" pueden promover la conversión
y preparar a los fieles para participar activamente en la confesión sacramental. El
ministro actúa en nombre de la comunidad, y los fieles deben asumir sus
funciones naturalmente, participando en la misión de la Iglesia.
14) Aspectos antropológicos del sacramento de la penitencia
La estructura del sacramento de la penitencia busca reunir los elementos clave de
la reconciliación, considerando tanto las exigencias y condicionamientos
antropológicos como los aspectos de la fe y la condición del cristiano en la Iglesia.
Es esencial analizar la base antropológica de estos elementos para entender su
significado y relevancia para la salvación del hombre y los medios que Dios ofrece
para alcanzarla.
Se enfatiza la situación del cristiano que, sintiéndose pecador e infiel, desea
regresar a Dios. La conciencia del pecado se relaciona con la idea cristiana de
Dios Padre y la dignidad del creyente, quien, a pesar de su pecado, sigue siendo
parte de la Iglesia. El pecado se clasifica en mortal y venial, cada uno con
diferentes significados y consecuencias.
La contrición es fundamental en la teología cristiana, ya que se vincula al
arrepentimiento que debe acompañar a la gracia. Este arrepentimiento no es solo
un reconocimiento de error, sino un deseo profundo de cambiar. La contrición se
basa en la fe del cristiano y en su dignidad como hijo de Dios. Es el principio de la
conversión y define su sinceridad.
La confesión se enfoca en la manifestación externa de la culpabilidad. Es esencial
que el pecador reconozca su culpa, ya que su conducta afecta a la comunidad de
creyentes. Al confesar, el penitente se somete a la acción penitencial de la Iglesia,
que le ofrece gracia y perdón. La confesión convierte el arrepentimiento en un acto
eclesial, mostrando la superación del pecado.
La satisfacción se relaciona con la carga o pena que se impone por el pecado.
Aunque a menudo se considera simbólica hoy en día, su significado sigue siendo
importante en el contexto del sacramento. El perdón de Dios es gratuito y no
depende de la satisfacción, sino de la sinceridad del arrepentimiento. La acción
penitencial debe entenderse como un signo de verdadero arrepentimiento,
formando parte del proceso de reconciliación con Dios y la Iglesia. La satisfacción
ayuda al penitente a mantenerse firme en su conversión y a identificarse con
Cristo.
15) La gracia del sacramento de la penitencia
La reconciliación es un misterio que proviene de Dios y se vive a través del
sacramento de la penitencia. Los bautizados reciben la gracia de la reconciliación,
lo que les permite participar de la obra redentora de Jesús, formar parte de la
familia de Dios y contribuir a la evangelización y santificación. La reconciliación
después del bautismo se relaciona estrechamente con la gracia del bautismo y se
reconoce que el cristiano a veces no cumple con sus compromisos.
Mediante la reconciliación penitencial, el cristiano encuentra un valor que le
pertenece por un don recibido y ratificado en el bautismo. Regresa a una realidad
que no ha sabido apreciar completamente. En este proceso, el penitente
experimenta el amor del Padre, que lo llama a ser parte de su familia y siempre lo
espera con bondad, iluminándolo y guiándolo hacia la paz. La reconciliación
también revela cómo la gracia de Dios se manifiesta incluso a través del pecado y
la debilidad humana, enfrentando la oscuridad.
La gracia de la reconciliación se enlaza con la realidad del hombre y sus deseos,
tensiones y contradicciones. Es una necesidad vital que trasciende las
experiencias de enemistad y ruptura, volviéndose más urgente ante el dolor del
pecado y los conflictos humanos. La exhortación apostólica sobre Reconciliación y
Penitencia destaca este deseo de reconciliación sincera, que refleja una voluntad
de paz, especialmente frente a factores de división.
La situación humana es compleja, con desequilibrios psicológicos y sociales. Sin
embargo, el deseo de reconciliación es un signo de que prevalece el amor sobre el
interés personal y la unión sobre la dominación. En la Biblia, el mensaje de la
reconciliación se centra en la alianza que Dios ha hecho con su pueblo y en la
gracia que otorga a los elegidos. Este mensaje invita a responder a las exigencias
de la alianza y la gracia, que son la base de la salvación y del verdadero sentido
de la vida humana.
El sacramento es una acción sagrada de la Iglesia, que, en unión con Cristo,
distribuye las riquezas de su gracia a los fieles. La reconciliación penitencial es un
don de Cristo y de la Iglesia, manifestando su amor y perdón. La absolución
expresada en el sacramento refleja esta plenitud de gracia y conecta a la
comunidad cristiana con el misterio pascual. La obra de reconciliación que Dios
realiza en el mundo, a través de la muerte y resurrección de Cristo y la acción del
Espíritu Santo, se convierte en un don espiritual a través de la absolución.
16) La penitencia y los demás sacramentos
La relación del sacramento de la penitencia con los demás sacramentos es
importante, ya que prepara a los fieles para recibirlos de forma adecuada y ayuda
a desarrollar sus efectos. La Iglesia destaca este sacramento en la vida espiritual y
moral de los creyentes. Sin embargo, a veces la confesión, especialmente la
privada, puede parecer un requisito convencional. Es necesario situar la penitencia
en su contexto para que se entienda su utilidad y relación con otros sacramentos.
La penitencia también debe considerarse en el marco del bautismo y la conversión
a la fe cristiana, ya que revela las exigencias de esta conversión. Además, es
importante adaptar la penitencia a situaciones especiales, evitando que se vea
como un mero trámite.
17) Practica actual de la penitencia en otras iglesias cristianas.
IGLESIAS DE LA ORTODOXIA
La doctrina de la ortodoxia sobre el sacramento, el número siete, las formas de
celebrar el perdón, la distinción de los pecados y la práctica de la confesión
presenta características únicas en comparación con la doctrina católica sobre la
penitencia. La theosis, o divinización, es clave en la comprensión ortodoxa de la
Iglesia y los sacramentos. La reconciliación es la obra de Dios en el hombre a
través de Cristo y la Iglesia mediante los sacramentos, que son momentos de
gracia. Durante los primeros siglos, la penitencia en las iglesias de Oriente era
pública, con disciplina documentada por varios líderes y concilios. La evolución de
esta disciplina ha sido desigual.
Una de las características más destacadas de la confesión ortodoxa es la
importancia de la reconciliación como obra del Espíritu. El sacerdote debe tener
discernimiento espiritual y cualidades como caridad, paciencia y dulzura. Él actúa
como médico que sana las heridas del penitente, enfocándose en la sinceridad del
arrepentimiento. El fiel busca la perfección espiritual y la obra penitencial es el
remedio para el alma. El perdón es un ministerio de intercesión y se relaciona con
el sacrificio de la eucaristía, que tiene un efecto reconciliador. Las fórmulas de
absolución son de forma deprecativa.
IGLESIAS BIZANTINAS
En Bizancio, la confesión individual creció tras la eliminación de la penitencia
pública en el periodo del obispo Nectario. Esta práctica toma forma litúrgica de las
horas canónicas y se basa en el "oficio de los que se confiesan", que combina
elementos de ritos antiguos y la confesión privada monástica. Los ritos de
confesión ayudan a los fieles a prepararse para la comunión eucarística y suelen
ser celebrativos. Aunque el confesionario como espacio específico no es común
en las iglesias ortodoxas, en Grecia aún existen capillas para la confesión. Las
ceremonias en iglesias eslavas son tradicionales, donde el penitente confiesa y
recibe absolución, manteniendo así una relación cercana con el "padre espiritual".
Se requiere practicar la penitencia y la eucaristía al menos una vez al año.
IGLESIAS LUTERANAS
En la doctrina protestante sobre los sacramentos, se destaca el rechazo de ciertos
aspectos de la práctica católica y el uso de un lenguaje específico que evita las
precisiones de la teología escolástica. Lutero critica la distorsión de los
sacramentos por tradiciones humanas y resalta su vínculo con la Escritura y la fe.
Menciona el "sacramento de la penitencia" como el tercero después del bautismo
y la Cena.
Para Lutero, lo más importante en la confesión es la promesa divina y la fe,
basándose en las palabras de Mateo y Juan sobre el perdón de los pecados. No
considera la confesión un sacramento en sentido estricto, pero afirma que el
perdón se da a través de la absolución y de los sacramentos, así como por las
palabras del Evangelio. Ve en la confesión y la absolución un signo sagrado de
purificación y consuelo.
En las iglesias luteranas, la confesión privada se relaciona con el examen de
conciencia antes de la Santa Cena, según la Confesión de Augsburgo, que dice
que solo se debe administrar el cuerpo de Cristo a quienes han sido examinados y
absueltos. Desde el siglo XVI, la práctica de la confesión privada ha disminuido
entre los luteranos y los protestantes, por varias razones, incluyendo la falta de
reconocimiento de la confesión como un signo eficaz de gracia y la eliminación de
la "obligación" de confesar.
En la actualidad, hay promoción de la práctica de la confesión entre luteranos. Se
contempla la confesión ante Dios, ante un hermano y ante el ministro confesor.
Los rituales luteranos incluyen fórmulas de reconciliación individuales y
comunitarias, comenzando con la confesión individual que se considera muy
importante. Se respeta el secreto de la confesión, y en la confesión comunitaria
hay diferentes fórmulas para confesar los pecados, con absolución impartida
mediante la imposición de manos.
IGLESIAS REFORMADAS
La confesión privada se dejó de practicar rápidamente en las iglesias calvinistas. A
pesar de esto, Juan Calvino valoraba su uso no obligatorio. Calvino identificaba
diferentes formas de confesión: ante Dios, en la Iglesia antigua, durante el culto
dominical y la confesión privada entre hermanos para consuelo mutuo. En las
iglesias reformadas, se otorgan iguales importancia a estas formas. Después de la
segunda guerra mundial, surgieron movimientos para recuperar la confesión como
medio de perdón y reconciliación en la comunidad cristiana, como lo enfatizó
Dietrich Bonhoffer.
COMUNION ANGLICANA
También entre los anglicanos han surgido movimientos que encuentran en el
Prayer Book anglicano la base para ciertas prácticas de confesión. El Order of
Commum de 1548 incluía un rito de confesión y absolución de carácter general,
que es recogido en el Book of Common Prayer de Eduardo VI (a. 1549). Este rito
va situado inmediatamente antes de la administración de la comunión, pero en el
Prayer Book de 1552 se traslada a la parte del Ofertorio. Las oraciones matutina y
vespertina comienzan, según este ritual, con la confesión y absolución. A pesar de
que en el Ritual de Eduardo VI se recomienda la confesión no obligatoria a
quienes tengan su conciencia turbada por algún motivo, la confesión desapareció
en la práctica de la Iglesia de Inglaterra.
En el siglo pasado, John Keble (1792-1866) y Edward Bouverie Pusey (1800-
1882), dirigentes del movimiento de Oxford, publicaron manuales para la
orientación de confesores y penitentes y ensayos sobre la confesión "auricular",
considerada de gran utilidad para la curación del alma enferma por el pecado. En
los actuales Rituales anglicanos se introducen nuevas fórmulas de reconciliación
pública y privada.
METODISMO
El fundador de los metodistas, John Wesley, creía que la confesión puede ser útil.
En 1784, adaptó el Book of Common Prayer para los metodistas en EE. UU.,
reemplazando la absolución por una colecta específica. En su tiempo, los grupos
metodistas practicaban la confesión entre ellos sin mantener secretos. En el siglo
XIX, surgió un resurgimiento de la confesión auricular, pero con un enfoque
diferente al catolicismo. Hoy, no hay un oficio penitencial en el metodismo
británico, y en la Iglesia Unida Metodista se puede confesar opcionalmente.
18) Penitencia y vida cristiana
La Sagrada Escritura, junto con los escritos de los Padres y santos, es una gran
fuente de inspiración y alimento para la fe, la humildad, el perdón, la confianza en
Dios y el amor fraterno, elementos que son esenciales para la verdadera
reconciliación con Dios y con los demás. Es importante valorar todos los aspectos
que intervienen en la reconciliación cristiana, incluyendo la aceptación de nuestras
limitaciones y el deseo de vivir con amor cristiano.
La penitencia cristiana no debe ser solo un acto religioso o un esfuerzo personal
por mejorar, sino que debe abrirse a las demandas de la conversión y a la
construcción del Reino de Dios. La conversión y la fe en el mensaje de Jesús
están interconectadas. La penitencia también se relaciona con los conflictos
sociales y tiene una labor en la comunidad cristiana para manifestar su unidad.
El mensaje de reconciliación es principalmente para los bautizados, quienes
deben formar la comunidad de Jesucristo. Sin embargo, la reconciliación también
es una misión de la Iglesia hacia toda la humanidad, ofreciendo paz, amor y
ayuda. Esta misión está vinculada a un compromiso social que busca entender y
resolver los problemas que enfrentan las personas. La reconciliación cristiana
tiene una identidad propia que es fundamental para que la Iglesia cumpla con su
misión, y la verdadera paz proviene de un cambio interior en el corazón de cada
persona.
Sacramento de la unción de los enfermos
1) Orígenes del sacramento de la unción de los enfermos.
A la luz de datos históricos, podemos concluir que la práctica de la unción de
enfermos en la Iglesia se basa en el ejemplo de Jesús y los apóstoles, quienes
ven la enfermedad como una desgracia humana a la que llega la gracia de Dios.
Este ejemplo muestra la fuerza de la redención de Jesús sobre el hombre y se
convierte en guía para la Iglesia, que desde el principio busca asistir a los
enfermos con la fe. La Iglesia cree que su intervención es efectiva para el enfermo
tanto en su enfermedad como en su salvación.
El rito de la unción de enfermos se apoya en la oración litúrgica en favor del
enfermo y el uso del óleo bendecido. La oración se centra en el óleo bendecido
por el obispo o presbítero y en el enfermo, quien recibe este óleo como signo de la
gracia de Jesucristo a través de la Iglesia. Existen distintas prácticas en las
iglesias latinas y orientales, pero ambas valoran el óleo bendecido. La unción tiene
variaciones y su desarrollo ha sido progresivo, aunque su carácter es mayormente
"terminal", relacionado con la penitencia y la eucaristía. La unción se considera
secundaria en comparación con la salvación espiritual, que depende de la
reconciliación y la eucaristía.
2) Reflexion teológica sobre la unción de los enfermos
A mediados del siglo XII, se comienza a examinar el sacramento de la unción de
enfermos en la teología. Antes de ser nombrada "sacramento" en documentos
eclesiásticos, la unción de enfermos ya estaba incluida en los primeros tratados de
sacramentos de la Escolástica. Se hablaba de "unción solemne" y "unción de
enfermos", presentes en la práctica litúrgica y en los sacramentarios.
La teología escolástica estudia diversas cuestiones sobre el sacramento, como su
origen, el uso del óleo sagrado, sus efectos y la posibilidad de que se repita. Pedro
Lombardo sistematiza estas ideas en un tratado, diferenciando la unción de
enfermos de la unción en otros sacramentos. Destaca el perdón de pecados y el
alivio de la enfermedad como efectos de la unción. También señala que no hay
razones para prohibir la repetición de este sacramento.
La renovación actual del sacramento de la unción de enfermos está en línea con la
mejora teológica, litúrgica y pastoral de los sacramentos según el Concilio
Vaticano II. Sin embargo, hay razones específicas relacionadas con este
sacramento que justifican la renovación. Se ha notado que la "Extrema Unción",
como se ha practicado durante siglos, no cumple con los propósitos reales del
sacramento. La forma en que se administraba, la condición del enfermo y las
actitudes de la comunidad hacían difícil que el sacramento fuera realmente útil. La
conexión de este sacramento con la muerte generaba miedo tanto en el enfermo
como en los familiares. Además, había problemas para realizar una celebración
adecuada debido a las circunstancias difíciles que rodean al enfermo. Por ello, a
menudo se retrasaba y se celebraba de forma apresurada y oculta.
Lo primero a destacar en el sacramento de la unción de enfermos es su conexión
con la enfermedad corporal. Este sacramento aborda la integridad física del
cristiano, lo cual es inusual en otros sacramentos. Esto indica que la enfermedad
merece atención especial en la obra de Cristo y en la misión de la Iglesia, algo que
se confirma por las acciones de Cristo y los apóstoles hacia los enfermos.
Es importante reflexionar sobre lo que la enfermedad significa en la fe cristiana y
el Evangelio. Hablamos de enfermedad en un sentido general, como un
impedimento físico o psicológico serio que pone en riesgo la vida. La salud es
esencial para el desarrollo normal del ser humano, mientras que la enfermedad
limita la existencia misma, afectando la libertad y las posibilidades del individuo en
la sociedad y en su compromiso cristiano. Es una prueba difícil para los creyentes
que están comprometidos con la obra de Dios.
La enfermedad es una amenaza real y personal que afecta tanto al enfermo como
a sus seres queridos, recordándole la finitud de la vida. El enfermo necesita
especialmente de los demás y depende de su ayuda. La acción de Cristo y de la
Iglesia hacia el enfermo se basa en la fe, ofreciendo su gracia como respuesta a la
necesidad del enfermo en un momento crucial de su existencia, abarcando no solo
las dolencias físicas o espirituales, sino la esencia misma del ser que busca la
salvación.
Dios tiene poder sobre la enfermedad, el pecado y la muerte, y la gracia de la
unción va más allá de un remedio medicinal. Aunque no suprime el dolor, ayuda a
superar la enfermedad desde una perspectiva de fe. La enfermedad no es solo un
sufrimiento físico, sino una oportunidad para redescubrir el sentido de la vida. La
Iglesia actúa como mediadora, acercándose a los enfermos a través de la oración,
que es un signo de solidaridad y caridad. La unción con óleo consagrado
representa la presencia de la Iglesia, mostrando apoyo al enfermo en su situación.
La unción de enfermos tiene una dimensión escatológica, ya que la enfermedad
simboliza la fragilidad del cuerpo mortal y la posibilidad de inmortalidad. Esta
acción evoca la unción de Cristo y está relacionada con la necesidad del Espíritu
en la lucha contra las fuerzas del mal. Al ser un sacramento, la unción continua la
misericordia de Cristo hacia los enfermos y expresa su deseo de combatir el
pecado, la enfermedad y la muerte, restableciendo la perfección en las criaturas
de Dios.
La Iglesia está llamada a hacer visible la acción de Cristo y del Espíritu, y la unción
representa un desafío para ofrecer una pastoral comunitaria y participativa, que
considere tanto los aspectos espirituales como los asistenciales, respondiendo a
las diversas necesidades de los enfermos con dedicación y amor.
Desde el siglo XIII, la unción de enfermos es llamada "extrema unción",
mencionada por primera vez en el I concilio de Lyon. En el Decretum pro Armenis
y el concilio de Trento, se presenta en el orden de los sacramentos bajo el nombre
de "extrema unctio".
3) Liturgia y pastoral de los enfermos en la actualidad
El Ritual de la Unción, llamado "Ordo unctionis infirmorum eorumque pastoralis
curae" (OUI), se aplica en la Iglesia latina desde finales de 1973. Este ritual trata
de un concepto amplio de grave enfermedad y permite la reiteración de la unción
si el enfermo mejora y luego recaen o enfrenta una fase crítica, según lo
estipulado por Pablo VI. La "gravedad" de la enfermedad se evalúa "sin ninguna
clase de angustia".
El OUI incluye cuatro tipos de celebraciones para el cuidado pastoral de los
enfermos: 1. Visita y comunión de los enfermos. 2. Rito de unción dentro y fuera
de la misa. 3. Administración del Viático. 4. Rito continuo de Penitencia, Unción y
Viático. Se permite a las Conferencias Episcopales y a los ministros adaptar
ciertas normas según "las necesidades de cada país" y situaciones específicas.
Los "Praenotanda" y "Orientaciones" del OUI explican el significado del
sacramento de la unción y sus efectos. Se busca una celebración que favorezca la
purificación interior y se establece una relación entre el sacramento y la
enfermedad física, diferenciando entre la medicina y el efecto del sacramento,
aunque sin ignorar que ambas ayudan.
El OUI también contextualiza el sacramento de la unción dentro de una pastoral de
cuidado a los enfermos, lo que es necesario para renovar el sacramento. La
atención de la Iglesia a los enfermos refleja la conducta de Cristo y requiere la
colaboración de todos los cristianos. Los "Praenotanda" y "Orientaciones" abordan
esta necesidad en detalle.
El OUI no solo presenta el rito de unción de enfermos, sino que también abarca la
"pastoral de enfermos". Esta pastoral se divide en dos áreas: la celebración
sacramental y la atención general de la Iglesia a los enfermos. En cuanto a la
celebración de la unción, el OUI incluye diferentes modalidades, considerando que
el sacramento se relaciona con otros como la penitencia y la eucaristía, y puede
coincidir con momentos críticos en la vida del creyente.
Si la unción se realiza durante la misa, debe llevarse a cabo después de la
homilía, que discutirá el significado del sacramento. La celebración puede
comenzar con una letanía o la imposición de manos. Al finalizar, se realiza una
oración después de la unción.
La unción también tiene características especiales cuando se realiza para
múltiples penitentes, como en peregrinaciones o centros de salud, y debe seguir
las normas del OUI. La administración de la unción presenta un desafío en cuanto
a su prioridad frente a los sacramentos de penitencia y eucaristía. La confesión, si
es necesaria, debe realizarse antes de la unción o la comunión.
En el diálogo ecuménico, la unción de enfermos no ha sido un tema destacado.
Con las iglesias ortodoxas, que comparten los siete sacramentos, se permite la
"communicatio in sacris" para la unción, considerando principios de reciprocidad.
Las diferencias entre las prácticas católicas y ortodoxas no afectan a cuestiones
esenciales de fe.
La unción no se incluye como un sacramento en las tradiciones anglicanas,
aunque existen rituales para la visita y comunión de los enfermos. Las iglesias
protestantes también practican estas visitas por parte de ministros y fieles. Según
el Directorio Ecuménico, la Iglesia católica admite a los protestantes a sus
sacramentos solo en situaciones urgentes.
En conclusión, la unción de enfermos se sitúa en una pastoral que involucra a la
comunidad entera, respondiendo a las necesidades de los enfermos y conectando
con su situación humana y espiritual para llevar el mensaje del Evangelio y
manifestar la caridad de Cristo.
4) La evangelización del enfermo en la sociedad de hoy.
El sacramento de la unción de enfermos aborda la curación en el contexto de la fe
cristiana, asociando la salud del cuerpo con la salvación del alma. Este
sacramento, que es una acción de la Iglesia, muestra el amor y la gracia de
Jesucristo, afectando al ser humano en su integridad. La unción da un sentido
completo a la presencia de la gracia, afectando tanto las debilidades físicas como
los problemas morales del hombre.
La carta de Santiago destaca la atención de la Iglesia hacia el enfermo, brindando
consuelo y perdón a aquellos que lo necesitan. La enfermedad y el pecado son
objeto de la caridad de la Iglesia, que acompaña a sus fieles en estos sufrimientos,
actuando de manera diferente a la medicina, aunque ambas son necesarias. En
un tiempo en que la enfermedad era vista como un mal que podía ser dominado
por la fe en Cristo, la unción se presenta como un acto de esperanza y salvación
en la vida del creyente.
En la sociedad actual, donde la medicina ha logrado avanzar mucho, la Iglesia
sigue teniendo un papel importante en la salud de las personas. El sacramento de
la unción de enfermos es un símbolo de su misión, que respeta los avances
científicos y al mismo tiempo ofrece un mensaje de fe y esperanza. La caridad de
la Iglesia hacia los enfermos debe manifestarse de varias formas, principalmente a
través de la oración y el apoyo emocional y espiritual.
Los enfermos deben ser vistos como una fuente de fortaleza para la Iglesia, ya
que viven su sufrimiento como una prueba de fe, ofreciendo sus dolencias a Dios y
unidos a la obra redentora de Cristo. Los creyentes deben proporcionar "aceite" al
enfermo, lo que incluye palabras de consuelo, ayuda práctica, atención médica y
compañía; todo esto ayuda a aliviar la carga del enfermo.
La solidaridad de la comunidad cristiana hacia los enfermos también afecta a las
personas cercanas a ellos. Sin embargo, esta solidaridad debe ser compartida y
comunitaria, reflejando la unión con el Cuerpo de Cristo. La salud, como un valor
positivo de la existencia humana, debe inspirar la celebración de este sacramento
y la pastoral que lo acompaña.
Actualmente, la vida ofrece satisfacciones, pero también riesgos y daños que
afectan la salud, lo que hace que la enfermedad sea una oportunidad para valorar
la vida y transformarla en un proyecto de autenticidad y servicio. La enfermedad
resalta la vida como un regalo que debe ser valorado. Aunque el Reino de Cristo
no es de este mundo y su victoria sobre el mal no será total hasta el final de los
tiempos, la Iglesia continúa luchando para que la gracia de Cristo se haga
presente entre las dificultades de la vida. Los sacramentos tienen un propósito
temporal dentro de la comunidad viva, pero siempre están dirigidos hacia la
plenitud de la gracia y la realización de las promesas divinas.
REFERENCIA BIBLIOGRAFICA
FLÓREZ, Gonzalo, Penitencia y Unción de enfermos, Manuales de Teología:
Sapientia Fidei 2, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1993.