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Historia Solar City

Solar City es una urbe avanzada en la eficiencia del almacenamiento de energía solar, donde los humanos son reemplazados gradualmente por robots en un sistema laboral despiadado. Tras una reunión donde se presenta un robot trabajador, el protagonista enfrenta su despido y una transformación dolorosa en un ser mecánico, perdiendo su humanidad. A pesar de su nueva existencia, un destello de humanidad lo impulsa a ayudar a otros atrapados en su ciudad, encontrando un nuevo propósito en medio de su desolación.

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Historia Solar City

Solar City es una urbe avanzada en la eficiencia del almacenamiento de energía solar, donde los humanos son reemplazados gradualmente por robots en un sistema laboral despiadado. Tras una reunión donde se presenta un robot trabajador, el protagonista enfrenta su despido y una transformación dolorosa en un ser mecánico, perdiendo su humanidad. A pesar de su nueva existencia, un destello de humanidad lo impulsa a ayudar a otros atrapados en su ciudad, encontrando un nuevo propósito en medio de su desolación.

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Solar City

Año 20XX

Ciudad ubicada en el centro del país, paraíso de la energía solar.


La humanidad había logrado una eficiencia impresionante en el
almacenamiento de energía solar. Este avance propició una
reorganización masiva: ciudades que recibían abundante luz solar se
convirtieron en centros de abastecimiento para el gobierno. Solar City
era la número 40 de estas, una urbe cuyo brillo metálico reflejaba el
sacrificio de miles de vidas, como si de un altar tecnológico se tratara.

En sus cuatro distritos se organizaba el trabajo y la jerarquía social. Un


sistema que no era solo eficiente, sino también despiadado. Aquellos
que trabajaban en la energía solar no solo lo hacían con su cuerpo, sino
con su esperanza, que se diluía día tras día.

Las calles de Solar City estaban llenas de robots que realizaban tareas
con precisión inhumana. Los pocos humanos que quedaban caminaban
cabizbajos, arrastrando sus sombras bajo el resplandor metálico de los
paneles solares. La jornada laboral de 8 horas, 7 días a la semana, con
descanso solo los domingos, se había convertido en la norma. El salario
era suficiente, pero la pregunta siempre flotaba en el aire: ¿por cuánto
tiempo? El futuro se veía cada vez más lleno de sombras, como las de
los robots que comenzaban a sustituirnos.

4 de septiembre de 20XX

El día se desvanecía, pero la ciudad nunca descansaba. Los paneles


solares seguían absorbiendo energía, la última chispa de luz del día. Yo
acababa de salir de una jornada de mantenimiento en los paneles más
antiguos de la ciudad. El sol ya se había ido, pero la necesidad de
energía no perdonaba.

Mientras caminaba hacia mi hogar, el aire estaba cargado de un extraño


silencio. Algo en mi interior me decía que el día no terminaría como los
demás.

La llamada a la reunión llegó como un eco lejano, rompiendo el silencio.


Sin pensarlo, me dirigí hacia la sala.
10:00 PM

La sala era fría, con luces blancas que resaltaban cada rincón estéril del
lugar. Los demás compañeros estaban ahí, pero sus rostros reflejaban un
vacío de rutina. Entonces, apareció él: el Mayor. Su presencia era
autoritaria, distante, como siempre, pero esa noche su sonrisa tenía algo
más, algo que solo podría describirse como desdén.

Frente a nosotros, una figura metálica. Un robot. O más bien, lo que


parecía un hombre hecho de metal. Su perfección era desconcertante,
casi aterradora.

Mayor:
"Les presento al primer trabajador robótico totalmente funcional. Mejor
que muchos de ustedes, sin duda. La eficiencia no entiende de
sentimentalismos. Y esto es solo el comienzo. Pronto habrá más."

Su voz era gélida, como un golpe de acero. El sonido al activarse fue


ensordecedor, rompiendo el silencio con una brutalidad mecánica. Pero
lo que nos desconcertó no fue el ruido, sino la perfección del robot: sus
movimientos fluían con una precisión que parecía burlarse de nuestra
torpeza. Era un reflejo mecánico, una imitación de la vida, pero sin alma.

En ese momento, me sentí pequeño. Irrelevante. La máquina ante mí era


el futuro, un futuro en el que nosotros, los humanos, no tendríamos
lugar.

¿? de ?? de 20??

El día después de la reunión, no regresé al trabajo. Me despertó el


sonido de un sobre deslizándose bajo mi puerta. Lo recogí con manos
temblorosas. Dos palabras impresas con frialdad: "Salida temporal."

El cheque que acompañaba la carta era una burla. Lo dejé sobre la


mesa, observándolo como si fuera un símbolo de todo lo que había
perdido. Mi trabajo, mis sueños, mi lugar en el mundo. Durante años
había creído que ascendería, que mi esfuerzo sería recompensado.
Ahora, todo eso se reducía a un papel y un número insignificante.
Al llegar al banco, sentí las miradas de los otros clientes. Todos
conocíamos el futuro que nos esperaba, pero nadie lo decía en voz alta.
La mujer que me atendió trató de sonreír, pero sus ojos reflejaban la
misma preocupación que sentía yo.

Cuando salí, la sensación de estar rodeado de robots se intensificó.


Estaban por todas partes: limpiando calles, entregando paquetes,
anunciando productos. Sus movimientos eran precisos, eficientes, y
completamente desprovistos de vida.

Esa noche

Volví a casa, pero algo estaba mal. La luz del pasillo parpadeaba de
forma errática, y el aire olía a quemado. Al abrir la puerta, el fuego ya
me estaba esperando. No era la luz cálida de un hogar, sino un caos
abrasador que devoraba todo a su paso.

El calor era insoportable. El aire, denso. Tropecé al intentar escapar, pero


las llamas parecían seguirme, envolviéndome en una furia imposible de
esquivar.

Sabía que no sobreviviría. Mi carne ardía, mi piel se derretía, y el dolor


era inimaginable. Justo cuando todo parecía desmoronarse, una figura
apareció entre las llamas: un hombre calvo, con bata blanca y una
sonrisa calculadora.

Doctor:
"Tranquilo. Lo que perdiste será reemplazado. Estás vivo, por ahora."

La transformación

Lo que sucedió a continuación fue una mezcla de dolor y desorientación.


Sentí cómo los cables se insertaban en lo que quedaba de mis nervios,
enviando impulsos eléctricos que apagaban el dolor físico, pero también
los recuerdos de lo que alguna vez fui. Mi cuerpo, fundido por el fuego,
se convirtió en algo más frío, más permanente.

El Doctor, con calma metódica, me explicó:


"Tu carne estaba rota, irreparable. Ahora eres algo mejor, algo más
eficiente. Tu vida no terminó, solo cambió de propósito."
Mi respiración ya no era humana; era un zumbido constante y mecánico.
Mi corazón no latía, pero funcionaba.

La búsqueda

Había terminado o apenas comenzado. Mi cuerpo, inundado de flujos de


datos, me brindaba información en patrones que antes no podía
comprender. Entre esos fragmentos, un mensaje emergió con claridad,
desgarrador y urgente:

"A todos los que puedan recibirlo... estámos atrapados en el


Distrito 4. Ayuda."

El eco de esas palabras encendió algo en mí. No era un recuerdo, pero sí


una chispa de humanidad que aún resistía entre los circuitos.
Retransmití el mensaje:

"Aquí Jo. Estoy dispuesto a ayudarlos. Díganme qué debo hacer."

La respuesta llegó como un susurro en la oscuridad:


"Que la estrella guíe tu camino."

Y unas coordenadas. Eran un faro en la penumbra de mi nueva


existencia. Por un instante, dudé. ¿Qué podía hacer alguien como yo,
atrapado entre carne y metal? Pero la palabra "ayuda" resonaba en mi
interior, más fuerte que mi incertidumbre.

Había encontrado un propósito, y esta vez, no lo abandonaría.

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