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Sin Nombre

El narrador reflexiona sobre su obsesión por una mujer que no muestra interés en él, a pesar de sus gestos de afecto. Observa cada detalle de su vida cotidiana, sintiéndose como un intruso mientras la sigue en silencio. Su vida da un giro inesperado cuando se encuentra con ella en un autobús, sintiendo la conexión que siempre ha deseado.

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El narrador reflexiona sobre su obsesión por una mujer que no muestra interés en él, a pesar de sus gestos de afecto. Observa cada detalle de su vida cotidiana, sintiéndose como un intruso mientras la sigue en silencio. Su vida da un giro inesperado cuando se encuentra con ella en un autobús, sintiendo la conexión que siempre ha deseado.

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sin nombre

No lo niego. Siempre supe que a ella no le gustaban las flores que llevaba. ¿Cómo no
habría de notarlo? Su sonrisa era pálida, las cejas no se movían y sus ojos, enormes, nunca
brillaron ante esos gestos. Pero la forma en que extendía los brazos para recibir el ramo -
como lo hacía conmigo cada noche- era lo que me dejaba quieto. Me hacía quedarme
atento a esos detalles. Detalles, sí. ¿O no?

Siempre he parecido distraído al mirar, pero la verdad es que evalúo todo: los movimientos,
los gestos, cada milímetro de la piel. Entonces, ¿por qué me llaman loco? Si de verdad lo
fuera, no habría notado nada. Y sin esos detalles, nada habría salido como debía. ¿Un loco
lo habría hecho así? ¿Un pobre diablo? No. Si algo se me iba de las manos, era cuando ella
salía, en silencio, de mi habitación. Hacía que parecía huir.

Recuerdo bien un día de otoño. El sol apenas rozaba la calle. La vi salir de un edificio. Se
acomodaba la ropa mientras caminaba, despeinada, el pelo castaño revuelto, pero liviano.
Caminaba como si no pudiera sostenerse del todo, y se perdió entre la gente. Pero la
imagen quedó. Su silueta se quedó conmigo.

No lo voy a negar: la seguí. Con cuidado. Como un chico esperando a que algo se mueva
en la oscuridad. Si me hubieras visto, te habrías reído. Cuando entró al edificio de al lado
del mío, me quedé quieto. Subí a mi departamento y abrí las cortinas con cuidado. Busqué.
Piso 7. Ahí estaba. Se tiró a la cama despacio, abrazando algo grande, del tamaño de ella,
cubierto con una sábana. No logré distinguir qué era. Pero deseé ser eso. Cerré las cortinas
rápido, me sentí un intruso.

Desde entonces, cada noche, en silencio, observaba. Esa ventana. Ese cuarto. Ella.

No sé cuánto tiempo pasó. El insomnio me acompañaba. Ella iba y volvía todos los días.
Siempre entraba directo a abrazar esa cosa. Como si la esperara. Como si se deshiciera
sobre ella. Y yo, desde la oscuridad, miraba. Cada noche.

¿Creés que fue en vano? No. Aunque no hice demasiado. O eso creía. Todo cambió el día
que volví a subir a un bus, después de tanto. Detesto los buses. La gente apretada, el aire
espeso. Siempre había caminado. Pero ese día subí. Pensé que estaba solo. Que tenía el
vehículo entero para mí.

Y entonces la vi.

No hizo falta mirar de frente. La reconocí en cuanto puse un pie en el primer escalón.
Estaba sentada junto a la ventana, con la cabeza recostada en el vidrio. Era ella. La misma
que veía dormir noche tras noche. Intenté mirar hacia otro lado. Fingí que nada pasaba.
Pero el cuerpo me traicionaba.

La miraba de reojo. Ella no me notaba. Yo existía ahí, cerca. Como siempre. Como un
fantasma, un espectro que observaba su vida sin ser visto.

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