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TEMA 7 - Novela - España - XX - Delibes - Santos - Inocentes

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1. LA NOVELA ESPAÑOLA TRAS LA GUERRA CIVIL.

1.1. Los años cuarenta: evasión y testimonio.

Desde el punto de vista literario, el final de la guerra civil española estuvo caracterizado por una doble tendencia en
el mundo de la narrativa: por un lado, la que marcaba una preferencia por la evasión y, por otro, la del testimonio.
La primera de estas tendencias era condescendiente con el régimen de Franco y, en cierto sentido, permanecía
alejada de los problemas de la sociedad y del hombre. La tendencia testimonial, en cambio, suponía una reacción
anticonformista; la literatura de los autores adscritos a esta segunda tendencia proponían un tipo de literatura
violento en el que predominaban los ambientes sórdidos, los personajes anormales, las conductas
iracundas, los espacios asfixiantes y los lenguajes duros y sin aspavientos. A pesar de que estas obras no tenían como
objetivo denunciar una situación política concreta, el ambiente de degradación que reflejaban sí constituían una
especie de denuncia implícita. Lo que en ella se contaba venía a ser la constatación de la existencia de un ambiente
de miseria y estrechez. Dos obras fundamentales para reconocer los rasgos que acabamos de citar, son La familia de
Pascual Duarte y Nada.

1.1.1. La aparición de La familia de Pascual Duarte.

Tras unos años de guerra y de silencio, aparece en 1942 una novela que, en cierto modo, renovará el panorama de la
narrativa española. Se trata de La familia de Pascual Duarte, de Camilo José de Cela (1916-2002). Además de la
primera obra del referido autor, se trata de una producción que hoy se considera como una manifestación de
incalculable valor histórico y documental, pues sorprende el hecho de que durante aquellos años tan complicados,
se pudiera editar una novela que no se limitara a cantar las excelencias de los vencedores de la contienda civil, sino
que, por el contrario, narrara con toda crudeza y crueldad la historia de un hombre de extracción miserable que es
condenado a muerte. En efecto, así fue. Prueba de ellos es que desde siempre ha llamado la atención el hecho de
que en una década dominada por la censura y por el triunfalismo ambiental del bando ganador, se legitimara un
manifiesto tan explícito del pesimismo, la violencia y la crítica social.

La obra transcurre en un ambiente rural. El protagonista, Pascual Duarte, es un personaje que nace y vive
condicionado por la miseria social y espiritual de la que no puede sustraerse. Ese ambiente es, en cierto modo, obra
del destino: «Yo, señor, no soy malo, aunque no me faltarían motivos para serlo. Los mismos cueros tenemos todos
los mortales al nacer y sin embargo, cuando vamos creciendo, el destino se complace en variarnos como si fuésemos
de cera y en destinarnos por sendas diferentes al mismo fin: la muerte». Comienza así la manifestación más genuina
de una narrativa de carácter crítico.

Cela posee una visión negativa de la vida: los personajes de su novela son seres llenos de taras físicas y morales que
viven en un mundo hostil e inhumano. Ese mundo es presentado con una crudeza desgarrada, aunque en ocasiones
intuimos una ternura subyacente al contemplar esos personajes desvalidos que son incapaces de soltar las amarras
que los mantienen vinculados al dolor y a su propia condición social y moral. El humor de La familia de Pascual
Duarte es patético, digno de un autor al que la crítica ha saludado como representante del tremendismo. Sus
páginas están llenas de sangre, situaciones de odio, primitivismo, pobreza, incultura y bajos instintos.

1.1.2. Una novela irrepetible: Nada, de Carmen Laforet.

El segundo gran acontecimiento de la época es la aparición, en 1945, de Nada, novela que ha sido considerada como
precursora del realismo social de los años 50. Andrea, la protagonista, llega a Barcelona, ciudad a la que viaja para
cursar sus estudios universitarios. Instalada en casa de unos parientes que viven en la calle de Aribau, experimenta
una sucesión de desagradables experiencias. El ambiente está contaminado por la extravagancia y por las
deformaciones morales de una familia formada por un pintor fracasado (Juan), una mujer cuyo coraje provoca
comentarios que cuestionan su honestidad (Gloria, mujer de Juan), un músico vanidoso y desquiciado (Román), una
tía intransigente e histérica (Angustias), una mujer extraña y repelente (Antonia, la criada) y la abuela, el único
personaje generoso y entrañable.

Andrea pretende escapar de ese ambiente familiar y se refugia en el mundo universitario. Conoce a Ena y se hacen
amigas íntimas. Pero, fatalmente y de manera casual, Ena cumple unos extraños y antiguos proyectos de venganza;

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sus pasos la van a conducir, precisamente, a la calle de Aribau. Su venganza consiste en satisfacer su afán de saldar
un antiguo agravio de Román a la madre de la muchacha.

Como ocurre en La familia de Pascual Duarte, la atmósfera también se hace irrespirable. La vida transcurre bajo el
asfixiante ambiente de la guerra civil, reflejado en un mundo de miseria moral y material. Los caracteres están
magistralmente dibujados y, en general, la obra está llena de amenidad e intriga. Durante la lectura de esta novela,
se hace costoso cerrar el libro.

1.2. La novela de los años 50: el realismo social.

A partir de las anteriores novelas, una serie de autores, inspirados por la necesidad de proclamar que el arte debe
ser útil, defienden que éste debe cumplir una función ética y casi política. La realidad va a determinar que los
escritores del realismo social contemplen críticamente el vacío cultural de la sociedad española de la época, así
como el retraso de un pueblo que se pierde en el anonimato de las grandes ciudades o en la abulia del marco rural.
Ambos ambientes son el caldo de cultivo de la pobreza y de la opresión.

Componen el grupo de los novelistas del 50 una serie de escritores que orientan sus mensajes hacia el compromiso
social. Al llegar a la madurez (la mayoría de ellos eran niños durante la guerra civil), manifestaron su descontento y
su malestar ante la pobreza dominante y la falta de libertad. Al mismo tiempo, expresaron su admiración por el
neorrealismo italiano, un movimiento en el que se alababa a los héroes anónimos y a las gentes sencillas que
padecieron los horrores de la segunda guerra mundial. También ejercieron una notable influencia las ideas de Jean
Paul Sastre, defensor de que los escritores debían ser la conciencia crítica de la sociedad. Los escritores del realismo
social se vinculan, a su vez, a dos tendencias:

a) los que practican el realismo testimonial: sus novelas se caracterizan por la sencillez estilística y la objetividad
perspectivista. Las historias se presentan sin que se escuche la voz del narrador (practica una “literatura
magnetofónica”, según Díaz-Plaja) y sin que el estilo entorpezca el desarrollo de la acción. Pertenecen a este grupo
de novelistas Ignacio Aldecoa, Rafael Sánchez Ferlosio, Juan García Hortelano y Carmen Martín Gaite, entre otros.

b) los que practican un realismo crítico: sus novelas relatan la vida del obrero, del campesino y, en general, las
historias del proletariado oprimido. Esta tendencia procede de las ideas de la estética marxista, que subordina la
creación literaria a la propaganda y al didactismo social. Son componentes de este grupo Jesús López Pacheco,
Armando López Salinas, Juan Goytisolo y Alfonso Grosso.

1.3. La novela de los años 60 y 70: la renovación estética.

El realismo social comienza a agotarse desde el momento en que se empieza a echar de menos un lenguaje más rico
y más imaginativo. La desnudez y el objetivismo expresivos llegan a aburrir y, por tanto, se hace necesario buscar
nuevas formas de expresión y nuevas técnicas narrativas.

Por otra parte, el desarrollo de los años sesenta, junto con la apertura al exterior, obligan a mirar a un mundo
que empieza a abandonar estructuras ideológicas alienantes. España entra en una etapa de auge económico:
sube el nivel de vida notablemente, los turistas llenan nuestras costas y la sociedad se industrializa. Atrás quedan,
por tanto, los años de miseria y atraso, los cuales son sustituidos por un consumismo creciente. Los jóvenes se
contagian de una cultura que desacraliza el arte (el «arte pop» de Andy Warhol) y viven con pasión la irrupción
de fenómenos musicales tan influyentes como los que imponen Elvis Presley, los Beatles, los Rolling Stones, etc…

Este es el ambiente en el que, sin rupturas traumáticas, se impone una literatura estéticamente rigurosa y
experimental. Sin embargo, no termina por desaparecer el inconformismo de la etapa anterior, pues se continúa con
una actitud de denuncia social, aunque, eso sí, más atenuada por el culto a la forma artística. La novela que marca el
nuevo rumbo de la narrativa española es Tiempo de silencio, de Luis Martín Santos. Este autor llegó a manifestar:
«Supeditando el arte a la política rendíamos un flaco servicio a ambas: políticamente ineficaces, nuestras obras eran,
para colmo, literariamente mediocres; creyendo hacer literatura política, no hacíamos ni una cosa ni otra».

Las características fundamentales de la novela experimental de los años sesenta y setenta son las siguientes:

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 Diversidad de enfoques: frente al narrador omnisciente, se adopta la perspectiva diversificada de varios
personajes o, lo que es lo mismo, el punto de vista múltiple.
 Manejo del lenguaje con absoluta libertad: pueden coincidir en una misma obra largos pasajes con
puntuación nada convencional o formas tipográficas caprichosas o experimentales.
 Estructura compleja: se rompe con la estructura tradicional del planteamiento, nudo y desenlace.
 Abundancia de monólogos interiores
 Importancia decreciente del argumento.
 Digresiones del autor que, frente al ideal del «autor ausente», no se priva de comentar lo que sucede.

Los autores y novelas españoles más interesantes de la década de los 60 fueron: Gironella: Un millón de muertos;
Delibes: Las ratas, Cinco horas con Mario, Parábola de náufrago; Martín Santos: Tiempo de silencio; Max Aub:
Campo del moro; Francisco Ayala: El fondo del vaso; García Pavón: Los liberales; Goytisolo: Señas de identidad,
Reivindicación del conde don Julián; Marsé: Últimas tardes con Teresa; Benet: Volverás a Región, Una meditación;
Guelbenzu: El mercurio; Cela: San Camilo 36.

Los autores y novelas más interesantes de la década de los 70 fueron:

Torrente Ballester: La saga/fuga de J. B. y La de los jacintos cortados; Cela: Oficio de tinieblas 5; Marsé: Si te dicen
que caí; Caballero Bonald: Ágata, ojo de gato; Carmen M. Gaite: Retahílas: Delibes: La guerra de nuestros
antepasados; E. Mendoza: La verdad sobre el caso Savolta; Umbral: Mortal y rosa; R. Chacel: Barrio de maravillas;
Castillo Puche: Libro de las visiones y de las apariciones, El amargo sabor de la retama; Vaz de Soto: Fabián; E.
Mendoza: El misterio de la isla cripta embrujada; J. Goytisolo: Makbara.

Dos son las condiciones en que se mueve la creación literaria de los años ochenta y siguientes: la total
desaparición de la censura, por un lado, y la libertad de expresión, por otro. No podemos hablar de grupos
homogéneos o de generaciones, pues en estos años predomina la independencia y la no adscripción a normas ni
corsés. En los temas se da un regreso a lo subjetivo o, mejor, a lo privado o íntimo por encima de los social. Así, se
retoman asuntos como el de la infancia, la juventud, las relaciones personales, los miedos, el sentimiento de culpa o
la mentira.

En cuanto a las técnicas, destaca el eclecticismo, es decir, se mezclan las técnicas tradicionales y las vanguardistas.
Las obras son de lectura más sencilla que en las de los años 60 y los argumentos vuelven a tener entidad o
relevancia. Esa es la razón por la que la narrativa ha conquistado numerosos y nuevos lectores. Las preferencias de
este público lector se decantan hacia la novela de género (novela policíaca o de intriga, novela histórica, erótica,
negra…), la novela concentrada en sí misma (llamamos la atención sobre los espléndidos relatos de Enrique Vila-
Matas) o la novela de registro coloquial.

En cuanto a la novela de los años 1990 y 2000, diremos que se ha incrementado el tono lírico e introspectivo de los
años anteriores. Existe una tendencia al autobiografismo y a la mezcla de lo autobiográfico y de la ficción (la crítica
narrativa más reciente denomina a la mezcla de ambas perspectivas «autoficción», de la que podría ser un
exponente válido la novela Primer destino (1990) del escritor murciano Salvador García Jiménez).

2. MIGUEL DELIBES

Miguel Delibes nació en Valladolid en 1920. Mirando a su infancia, aseguraba que lo más importante fue su padre,
que le enseñó «el amor al campo y a los animales», dos de sus grandes pasiones.

Cuando tenía 15 años estalló la Guerra Civil. Estudió las carreras de Comercio, Derecho y Periodismo. Compaginó
durante años docencia, periodismo y literatura.

Su carrera como periodista marcó su vida. En 1941 empezó a colaborar como caricaturista y redactor en El Norte de
Castilla. Poco a poco, fue ascendiendo hasta que le nombraron director, cargo que ocupó de 1958 a 1963. Acosado
por la censura, optó por dimitir.

En 1973 fue elegido académico de la Lengua. Su discurso, “El sentido del progreso desde mi obra”, fue un alegato en
defensa de la naturaleza.
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OBRA

Publicó más de 70 obras, acogidas con admiración por público y crítica. Destacan las novelas:

La sombra del ciprés es alargada (1948): El Nadal, que había inaugurado su amiga Carmen Laforet en 1945 con la
revolucionaria Nada, inició sus pasos como escritor al galardonar La sombra del ciprés es alargada (1947), una
novela pesimista, que le dio muchas satisfacciones como autor.

En 1950 publicó El camino, probablemente una de sus novelas más conocidas. Ya al frente del periódico escribió La
hoja roja (1959) y Las ratas (1963). En las tres novelas se aprecia un respeto casi reverencial a la naturaleza que le
acompañaría siempre.

Viejas historias de Castilla la Vieja (1964), la obra preferida del autor, de apenas 50 páginas, que consideraba el libro
«más representativo de todos por su prosa, su paisaje, sus personajes, su movimiento y su sentido del humor».

Cinco horas con Mario (1966), el monólogo que inmortalizó Lola Herrera sobre los escenarios.

El disputado voto del señor Cayo (1978), Premio Pablo Iglesias.

Los santos inocentes (1981). En ocasiones se la agrupa con El camino y Las ratas en la denominada trilogía del mundo
rural.

El hereje (1998), su última novela, en 1998. Con ella obtuvo el Premio Nacional de Narrativa y anunció que dejaba las
novelas.

Delibes también cultivó el ensayo: Diario de un cazador (1955); Parábola del náufrago (1978); España 1936-1950:
Muerte y resurrección de la novela (2004).

Además de la literatura y su mujer, sus grandes pasiones fueron «la caza de la perdiz en mano y la pesca de trucha a
mosca ahogada». En general, la naturaleza, protagonista velada de muchas de sus obras.

Se le resistió el Nobel. Menos este obtuvo todos los premios posibles. Destaca el Cervantes, que recibió en 1993,
pero hubo muchos más: Premio Nadal (1947) por La sombra del ciprés es alargada; Premio Nacional de Literatura
(1955) por Diario de un cazador; Premio de la Crítica (1962) por Las ratas; Premio Pablo Iglesias (1978) por El
disputado voto del señor Cayo; Premio Príncipe de Asturias de las Letras (1982, compartido con Gonzalo Torrente
Ballester); Premio Nacional de Narrativa (1998) por El hereje...

Muchos de sus libros han sido llevados al cine. A su juicio, con desigual resultado. «Ha habido de todo: grandes
películas como Los santos inocentes, de Camus; buenas películas como El disputado voto del Sr. Cayo, de Giménez
Rico; y malas e infames películas, como La sombra del ciprés es alargada, de Alcoriza», dijo el escritor. También se
han hecho adaptaciones teatrales de sus novelas, como Cinco horas con Mario, con Lola Herrera, o Las guerras de
nuestros antepasados.

LA LENGUA Y EL ESTILO DE DELIBES

Dentro de poco, habrá que leer a Miguel Delibes con el diccionario en la mano. Casi nadie podrá entender el
vocabulario del ámbito rural que emplea en su obra. Porque ese mundo campesino de novelas como El camino
(1950) o Las ratas (1962) ya desapareció. En la segunda mitad del siglo XX, cuando desarrolló su obra narrativa,
España pasó de ser rural a urbana. Se perdieron los usos, las herramientas y las palabras que los describían.

Estilo: Hemos de encarecer como cualidad del escritor su sobriedad estilística, idónea para introducir en el relato los
giros del habla popular. Por lo común, se trata de la sencillez natural; «menos veces es la sencillez trabajada, que se
esfuerza en reducir lo complicado para lograr una difícil facilidad». Con esto último tenemos ya definido
suficientemente el estilo propio del escritor, una sencillez trabajada, admirable por cuanto transmite y también por
su calidad esencial. Concisión: Aseguraba que la concisión a la que obligaban las páginas del periódico marcó su
estilo literario.

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LA TEMÁTICA DE SU OBRA

LA NATURALEZA: Su discurso de ingreso en la Real Academia de la Lengua, en 1975, fue una oda a su principal pasión: la
naturaleza. Mostró siempre su preocupación ante el progreso, no porque sea negativo en sí, sino debido a que en la
gran mayoría de los casos se sustenta en la aniquilación de la naturaleza.

Los protagonistas de todas sus obras viven en armonía con el medio rural y se rebelan contra el desarrollismo, lo que
propició que Delibes fuera tachado en más de una ocasión de «reaccionario». Una mala interpretación de sus tesis:
Delibes en realidad fue un adelantado a su tiempo, que ya desde los años 70 clamaba por un desarrollo sostenible,
en el que la máquina y la ciencia estuvieran al servicio del hombre y no a la inversa.

CASTILLA: Prácticamente todas las obras de Delibes se desarrollan en Castilla. Sus pueblos, sus gentes y su lenguaje
son los protagonistas de su obra, gracias a la cual lectores jóvenes o urbanitas han podido hacerse una idea de esa
España cada vez más abandonada, y de la dureza de la vida del campo.

EL CAMPO: Delibes retrató como pocos la vida en el campo y el éxodo rural. Le preocupaba la despoblación y la
pérdida de valores, que proponía combatir con desarrollo sostenible: «El pueblo necesita mayor confort: caminos,
agua, buena tierra y posibilidades deportivas».

Tampoco pasó por alto el maltrato que históricamente ha sufrido la gente del campo. El ejemplo más ilustrativo es
su novela Los santos inocentes. Delibes vivió lo suficiente para constatar una mejora en el trato humano, si bien se
mostraba seguro de que la explotación seguía existiendo, aunque de una forma «menos visible».

EL LENGUAJE: Sus más de 80 años de existencia permitieron a Delibes constatar el progresivo empobrecimiento del
lenguaje. Las prisas parecen habernos llevado a economizar también a la hora de expresarnos. «Tendemos a reducir
el lenguaje, a simplificarlo. Nos cuesta armar una frase. De este modo, los que hablan mucho, tropiezan mucho, y los
que miden sus palabras se van apartando del problema», afirmaba. Tal vez por eso, su legado incluye el de haber
recogido y preservado para siempre palabras como arrobado, ardivieja, humeón o aguarradillas».

LA CAZA: Su gran pasión. Y también su mayor contradicción: un ecologista convencido que, sin embargo, adora la
caza. Muchos lo criticaron por ello. Él siempre explicaba que sólo practicaba la caza menor, dado que la mayor le
parecía «más inhumana».

Escribió nueve libros cinegéticos, entre los que destacan La caza de la perdiz, Mis amigas las truchas o Aventuras,
venturas y desventuras de un cazador a rabo. Asimismo escribió la obra infantil Tres pájaros de cuenta, con el cuco,
la grajilla y el cárabo como protagonistas.

LA VEJEZ Y LA MUERTE: La muerte fue un tema recurrente en su obra. Más que la muerte en sí, el temor de ver morir a
las personas que amaba y de quienes dependía. Retrató la pérdida en la inmensa obra Cinco horas con Mario,
empleando la técnica del monólogo no sólo para dotar de mayor fuerza a su obra, sino para sortear la censura. En el
cuento La mortaja dibujó con una crudeza tan inusitada como necesaria la muerte y el abandono que ésta provoca
en los que sobreviven.

La vejez fue otro de sus motivos, como puede verse en La hoja roja, Diario de un jubilado o Cartas de amor de un
sexagenario voluptuoso. «La medicina ha prolongado nuestra vida, pero no nos ha facilitado una buena razón para
seguir viviendo».

IDEOLOGÍA Y JUSTICIA: Son constantes subliminales en su obra. Declarado centroizquierdista y católico practicante.
Delibes fue testigo no sólo del éxodo rural y su consiguiente pérdida de valores. También vio cómo el individualismo
iba ganando terreno en la sociedad en general, en detrimento del factor humano. No renunció, sin embargo, a
denunciar las injusticias. Lo hizo en la trilogía compuesta por El camino, Los santos inocentes y Las ratas. A pesar de
ello, se fue echando en falta «una justicia más justa».

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3. ESTUDIO MONOGRÁFICO DE LOS SANTOS INOCENTES

3.1. Intención y tema del relato.

Esta breve novela presenta una intención marcadamente social, aunque salpicada de descripciones llenas de lirismo
y emoción. Los elementos líricos no constituyen, sin embargo, una burbuja que aísle los sentimientos y los ponga a
salvo de las agresiones de la vida campesina. No. Por el contrario, la lealtad sin límites y la obediencia ciega de los
trabajadores de la finca en que se desarrolla la historia contrastan con la arrogancia, la chulería y el egoísmo del
señorito, un personaje a quien nada interesa más que la caza y su propia satisfacción. Por eso la novela llega a
causar rabia y dolor. Por eso la reacción del lector es de intensa irritación frente a las arbitrariedades del cacique y
de cariño incondicional hacia Azarías y su familia. Así, pues, la finalidad de Los santos inocentes es denunciar los
abusos de los caciques frente a los humildes campesinos. Los señores son explotadores, los pobres sobreviven a
duras penas, arrostrando su analfabetismo, sus miserables salarios, su permanente desamparo, sus viviendas
inhabitables («si me hago cargo, señorito, pero ya ve, allí, en casa, dos piezas, con cuatro muchachos, ni
rebullirnos…») y su inseguridad (recordemos que Azarías es despedido arbitrariamente, después de muchos años al
servicio del señorito de la Jara).

Consecuentemente, el tema de la novela sería el desamparo social que sufren los campesinos ante las injusticias del
mundo latifundista. Así, Los santos inocentes se nos presenta como una novela que inspira compasión hacia los
humildes, seres que se sitúan jerárquicamente entre los animales y los señores de la finca. Aquellos son, por tanto,
unos explotados (sobre todo Azarías y Paco el Bajo), mientras que los señores son los explotadores. Afirma Domingo
Ródenas que Delibes «enfrenta dos mundos antagónicos, el del orden natural, asociado con la vida rural, y el del
caos y la necedad incomprensiva, asociado con la cultura urbana, de la que son portadores los personajes elevados».
Para Pilar Palomo, el señorito Iván y el viejo Azarías alcanzan en el relato la categoría de símbolos de la injusticia. Por
un lado, en Iván se da la crueldad, el egoísmo y la inconsciencia en grado sumo, mientras que el primitivismo, la
marginación y la debilidad se centran en Azarías.

Por lo apuntado anteriormente, se deduce que Los santos inocentes se puede encuadrar en el grupo de los relatos
de tema social, pero, como estudiaremos más adelante, con una manifiesta voluntad de estilo añadida, es decir, es
una novela del realismo social con intención estética. Por tanto, exhibe, además de un mensaje absolutamente
social, un carácter conscientemente renovador, siguiendo la estela de Tiempo de silencio, pero sin llegar a las
osadías de Luis Martín Santos ni a las del propio Delibes en Parábola del náufrago.

Delibes nunca pretendió con esta novela situarse en la posición de quienes defendían activismo partidista
alguno ni de instar al levantamiento de grupos o clases sociales. El relato trata de una rebelión, es cierto, pero de la
“rebelión del inocente”. Este inocente, Azarías, es una persona irresponsable; por consiguiente, se presenta ante el
lector como no culpable (el sentido del título es bastante clarificador), a pesar de haber ajustado las cuentas (o a lo
mejor por eso no es culpable) a quien ha transgredido las leyes naturales. La sentencia es inapelable, porque el
señorito Iván fue advertido con tiempo suficiente, y no atendió la voz angustiosa y desesperada de un infeliz: «¡no
tire, señorito, es la milana! […] ¡señorito, por sus muertos, no tire!». La venganza es definitiva, porque el daño (¿a
qué “crimen” se refiere Delibes con el título del libro sexto, al que comete Iván o al que comete Azarías?) es
irreparable y el desdichado «sentado orilla una jara, en el rodapié, sostenía el pájaro agonizante entre sus chatas
manos, la sangre caliente y espesa escurriéndole entre los dedos, sintiendo, al fondo de aquel cuerpecillo roto, los
postreros, espaciados, latidos de su corazón, e, inclinado sobre él, sollozaba mansamente, milana bonita, milana
bonita».

Dice el propio autor: «No hay política en este libro. Sucede, simplemente, que este problema de vasallaje y entrega
resignada de los humildes subleva tanto —por no decir más— a una conciencia cristiana como a un militante
marxista». En definitiva, como dice Alvar, «Delibes nos cuenta, no una novela social (aunque lo sea), no la crueldad
del hombre para con el hombre (aunque la haya), no un mundo maniqueo (aunque bien patente esté), lo que nos
cuenta es un pedazo de vida de un hombre desgraciado. Y entonces la única manera de ser realista es introducirnos
en ese mundo poblado por seres inocentes y hacérnoslo vivir desde su interior».

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A pesar de que no hay política en la novela, sí se hace una leve alusión a la situación de la España de la guerra civil.
Esta alusión viene reflejada en el personaje Ireneo, hermano de Azarías y Régula, quien sólo aparece en los sueños
de Azarías: «se murió, Franco lo mandó al cielo».

3.2. Argumento y estructura.

Azarías es un campesino, deficiente mental, que lleva a cabo sencillas tareas rurales en la Jara, un cortijo enorme.
Cuando el dueño lo expulsa, se va a vivir con su hermana, la Régula, casada con Paco, el Bajo, y madre de dos hijos y
dos hijas, una de las cuales, la Niña Chica, es una muchacha que lleva una vida vegetativa, debido a una parálisis
cerebral. De cuando en cuando, emite unos alaridos sobrecogedores, y Azarías la calma diciéndole las mismas
palabras que dice al búho o a la grajeta amaestrados: «Milana bonita». Azarías ama apasionadamente a su sobrina y
sus pájaros. Por otra parte, su cuñado, Paco el Bajo, insustituible ayudante del señorito Iván en sus cacerías,
se quiebra una pierna al caer de un árbol mientras ayudaba a éste. La nula consideración del cacique hace que Paco
se lesione por segunda vez, ya que aquél no le ha permitido guardar el descanso prescrito por el médico. Como el
señorito se queda sin “secretario” y no quiere ni puede prescindir de la caza, pide que lo acompañe Azarías. En una
ocasión en que no consigue abatir ningún pájaro, Iván observa cómo cruza el cielo una bandada de grajos. En esa
bandada va la “milana” de Azarías. Éste, inocentemente, emite el «quiá» con que suele llamar a su grajeta, y, cuando
ésta baja a posarse sobre el hombro de su dueño, cae abatida por un disparo de Iván. Azarías queda desconsolado:

«La Niña Chica llora porque el señorito me ha matado la milana», dice Azarías al escuchar uno de los alaridos de su
sobrina. Cuando vuelve a salir por la tarde, se lleva a cabo la terrible venganza del inocente. Con la muerte de Iván a
manos de Azarías, termina la obra.

La novela contiene los elementos supraestructurales del género (planteamiento, nudo y desenlace) y su carácter
episódico no presenta especiales dificultades de comprensión. Pero, como dijimos anteriormente, algo hay en ella de
renovador, algo que no se ajusta a las normas tradicionales del discurso narrativo; esto ocurre, concretamente, en la
presentación de personajes o en el fluir del tiempo. Tampoco se puede decir que sean convencionales las
espléndidas repeticiones (el «milana bonita» de Azarías es una anáfora de poderoso valor lírico, depositaria de una
incontenible emoción y ternura), ni el habla sentenciosa («ae, Dios dio alas a los pájaros para volar»), o
extrañamente vulgar («la milana te tiene calentura…[…] El Azarías nos entró de mañana, señorito»). En general,
Delibes es un maestro en incluir fragmentos de oralidad hasta en los dominios del narrador: «…y a Paco, el Bajo,
como quien dice, le tocó la china y no es que le incomodase por él, que a él, al fin y al cabo, lo mismo le daba un sitio
que otro, pero sí por los muchachos, a ver, por la escuela…».

Las voces populares y las expresiones lugareñas despiertan un sentimiento inicial de sorpresa y posterior deleite. Esa
sorpresa y ese deleite procede de la sabia disposición alternante de lo vulgar («no me se agrieten») y lo lírico.
“Escuchemos” el inicio del libro cuarto, en el que la recurrencia del fonema /r/ inunda de sonoridad la secuencia
(aliteración): «Mediado junio, el Quirce comenzó a sacar el rebaño de merinas cada tarde, y al ponerse el sol, se le
oía tocar al armónica delicadamente de la parte de la sierra, mientras su hermano Rogelio no paraba, el hombre, con
el jeep arriba, con el tractor abajo, siempre de acá para allá, / este carburador ratea…»).

La novela consta de seis secuencias o capítulos, a los que Delibes llama «libros». La razón de esta denominación
responde, según Ródenas, a que cada uno de aquellos capítulos presenta independencia argumental: «cada unidad
textual funciona como una narración poemática autónoma, que no necesita de las otras cinco para cobrar sentido
pleno, pero que, sin embargo, adquiere una más cumplida significación como parte integrante de la totalidad». Los
títulos de los libros son:

 Libro primero: «Azarías»


 Libro segundo: «Paco, el Bajo»
 Libro tercero: «La milana»
 Libro cuarto: «El secretario»
 Libro quinto: «El accidente»
 Libro sexto: «El crimen»

Pasamos ahora a presentar —de manera muy esquemática— los datos más relevantes de cada uno de los capítulos.
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3.2.1. Libro primero: “AZARÍAS”.

Lo fundamental es el relato de la estrecha relación existente entre Azarías y la «milana», un búho por el que siente
un cariño enorme y con el que mantiene una relación entrañable y tierna. Además, se nos cuenta:

 Cómo Azarías va y viene con frecuencia a casa de su hermana, la Régula y pregunta por la Niña Chica.
 Su principal dolencia: “la perezosa”.
 La preocupación por los posibles malos tiempos futuros: quita los tapones de las válvulas de los coches de
los invitados.
 Cómo “corre el cárabo” .
 La enfermedad de “la milana”.

3.2.2. Libro segundo: “PACO EL BAJO”.

Comienza el capítulo con el traslado de la familia de Paco el Bajo, marido de la Régula, «desde lo de Abendújar a
donde el señorito». En este capítulo se cuenta:

 Labores de Paco, el Bajo.


 Las clases de lectura de los campesinos.
 La entrada de Nieves, la hija de Paco, al servicio de don Pedro, el “Périto”.
 La primera comunión del señorito Carlos Alberto.
 El deseo de la Nieves de hacer también la primera comunión. Es ridiculizada por doña Purita.
 Las peleas de don Pedro el “Périto” con Puri, su mujer.

3.2.3. Libro tercero: “LA MILANA”.

 Azarías dice a la Régula que ha sido despedido por el señorito: « y la Régula, ae, eso no puede decírtelo tu
señorito, que si te pusiste viejo, a su lado ha sido».
 Entran en la acción Rogelio y el Quirce, dos hijos de Paco y Régula.
 La suciedad de Azarías: la compra de las camisetas.
 “Correr el cárabo”.
 Rogelio regala a Azarías una grajeta: la segunda “milana bonita”.

3.2.4. Libro cuarto: “EL SECRETARIO”.

 Paco, el Bajo y su olfato de perro.


 Ayudante insustituible en las cacerías: «Ni el perro más fino te haría el servicio de este hombre, Iván, fíjate lo
que te digo, que no sabes lo que tienes, le decían».
 Las limosnas de la señora marquesa. La marquesa ve a Azarías.
 La señorita Miriam (el único miembro de los poderosos que presenta sentimientos humanos y de
solidaridad hacia los pobres) va con Azarías a ver a la “milana”. De paso, también ve a la Niña Chica.

3.2.5. Libro quinto: “EL ACCIDENTE”.

 Paco, encaramado en lo alto de un árbol, agitando el cimbel como reclamo. Cae desde lo alto y se rompe una
pierna.
 Ya no puede acompañar al señorito: Paco se siente culpable de haberse lesionado.
 El Quince sustituye a Paco en las batidas de caza.
 El señorito tiene prisa: Paco debe estar bien para una próxima cacería.
 Salida a nueva cacería. Paco vuelve a lesionarse.
 Nieves ve cómo el señorito y doña Purita se besan «a la luz de la luna bajo la pérgola del cenador”.

3.2.6. Libro sexto: “EL CRIMEN”.

 Desaparece doña Purita. Reaparece.


 La cacería del señorito Iván, acompañado por Azarías, que hace de secretario.
 «¿Oyes, Régula, la Niña Chica llora porque el señorito me ha matado la milana»
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 Desenlace.

La obra responde al esquema tradicional de la novela (planteamiento, nudo y desenlace). Desde el punto de vista del
desarrollo lineal de los hechos, la novela se estructura de la siguiente manera:

1) En los tres primeros capítulos se nos presenta a los personajes principales. En el tercero de estos libros se
enlazan las historias narradas en el primero y en el segundo.
2) El capítulo cuarto es el de la presentación en escena del señorito Iván, personaje que se sitúa en las
antípodas de los personajes humildes. Iván es la representación de la tiranía, de la arrogancia y del
paternalismo egoísta y campechano.
3) Los dos últimos libros vuelven a tratar asuntos ya contados. El enfrentamiento entre la pasión
irracional por la caza de Iván y el amor infinito que Azarías siente por la vida de su milana desemboca en
la tragedia con que concluye el capítulo final, titulado, de manera ambigua y significativa, «El
crimen» (no sabemos si Delibes se refiere al que comete el señorito o al que comete el deficiente).

3.3. Los personajes.

La acción de Los Santos inocentes transcurre en un cortijo señorial en el que las tareas domésticas y las tareas típicas
de la vida campesina están desarrolladas por gentes humildes que viven al servicio de los dueños de la finca. Los
señores viven muy bien, pues para ellos el cortijo es una finca de recreo a la que vienen invitadas gentes influyentes
y poderosas (el ministro, el embajador…) que pasan apasionantes jornadas de caza; los campesinos, por otra parte,
son extremadamente pobres, viven en condiciones lamentables y subsisten gracias a un trabajo agotador; en
ocasiones, se ayudan con las limosnas que reciben de la señora marquesa. Así, la configuración de este microcosmos
agredido por la mala suerte está organizado de la forma siguiente:

LOS SEÑORES Y LA LOS CAMPESINOS LAS AVES


CLASE MEDIA DOMESTICADAS
• Señorito Iván • Azarías. • “Milana”-1 (Gran
• Señorito de La Jara • Paco, el Bajo, Duque, el búho)
• Señora marquesa. • La Régula (mujer de Paco) • “Milana”-2 (la grajeta)
• Señorita Miriam • Rogelio, Quirce, Nieves y la Niña
• señoritos Lucas y Gabriel Chica (hermanos entre sí, hijos de En cierto modo, Azarías y la Niña
(profesores de la ciudad) Paco y Régula) Chica comparten reacciones y
• Don Pedro, el “Périto” y doña • Dámaso, el pastor. afectos con los seres de este grupo.
Purita, su mujer. • Lupe, la porquera (la de Dacio). El primero es como uno de sus
• Carlos Alberto, el niño • Dacio, el porquero. milanas; éstas, por su parte, se
comulgante. • Crespo, el guarda mayor. humanizan al estar domesticadas.
• El Obispo. • Facundo, el porquero. (El cárabo es otro pájaro, pero no
• Ministro, embajador y señorito • Maxi, el chófer. forma parte del escenario de la
René. • Leticia, la de Cordobilla. novela ni es un ave domesticada;
• El médico. • Antonio Abad, el pastor (está se trata de una especie de lechuza
fuera) que vive en el monte: su presencia
• Remedios. en la obra depende de Azarías)
• Pepa.
• Abundio.
• Ceferino, el porquero.
• El Ireneo (sólo aparece en los
sueños y alucinaciones de Azarías:
es su hermano difunto)

A medio camino entre los señores y los campesinos, podríamos organizar un simbólico y pequeño grupo, formado
por dos personajes de reacciones biológicamente muy primitivas (Azarías y la Niña Chica se comportan de modo
instintivo y maquinal) y los animales domesticados.

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El personaje más entrañable es Azarías, ingenuo y natural como un entrañable animal doméstico. Azarías va y viene
a su antojo por el cortijo ante la benévola indiferencia del resto de los personajes. Su afán es cuidar sus pájaros y su
dedicación más apasionada, la de domesticarlos y acariciarles el entrecejo mientras los arrulla con su sempiterno
estribillo: “Milana bonita, milana bonita”. Azarías mantiene diálogos instintivos y elementales con las milanas
(«uuuuuuuuh», o «quiá»).

La elementalidad de Azarías no entiende que su señorito no permita llevar al mago al pájaro enfermo: «pero es la
milana, señorito», le dice sorprendido. La misma elementalidad le permite decir a su hermana la Régula que no
mande a sus hijos a la escuela, porque «luego no te van a servir para finos ni para bastos». Cuando a Azarías le van
mal las cosas o siente una irreprimible tristeza, sustituye en su dedicación la milana por su sobrina la Niña Chica.

No hay presentación previa de los personajes en el relato: irrumpen bruscamente en el escenario de los hechos
como si desde siempre formaran parte de los mismos. Y esto, que podría significar un defecto, no supone dificultad
alguna, pues el arte de Delibes los acomoda en la acción en pocas palabras. Así, el lector queda familiarizado con
ellos inmediatamente.

Si tuviéramos que jerarquizar de que simbólicamente representan los personajes clave, diríamos que la marquesa (la
dueña) sería la personificación de la injusticia); Iván, la de la opresión; Azarías, la de la inocencia, y Paco, la de la
resignación.

3.3.1. Azarías.

Tal vez sea Azarías el personaje que justifica, junto con el de la Niña Chica, el hecho de que la novela tenga ese título
tan hermoso y revelador de Los santos inocentes. Azarías es, en efecto, un inocente, un pobre infeliz cuyos
movimientos y afectos inspiran la ternura de lector. Viene a ser el protagonista de la novela. No tiene malicia y su
comportamiento es tan natural, que prácticamente viene a ser el símbolo de la unión de lo instintivo con la
naturaleza. Sus sentimientos son tan elementales como los de las aves que domestica. A través de la milana, Azarías
forma parte de la bandada de los pájaros, se adentra en su reino, y, en cierto modo, se convierte en un bicho más.
Según María Luisa Martínez, «es tal la fascinación que experimenta Azarías por la milana, que incluso hay un devenir
del lenguaje. Cuando la Señora Marquesa, madre del señorito Iván, descubre a Azarías en el cortijo y pregunta a
Régula quién es él y qué hace, Azarías contesta que abona los geranios, que corre el cárabo de anochecida y que en
esos momentos anda criando una milana. La Señora Marquesa, ante la respuesta de Azarías, le pregunta a Régula:
«¿correr el cárabo? ¿puedes decirme de qué está hablando tu hermano?». Las palabras usadas por Azarías son
comprensibles, pero la forma de enunciarlas y lo que connotan son extrañas y desconocidas para los demás. Azarías
se expresa como un extranjero dentro de su propia lengua, lo que hace su estilo incomprensible para los otros.

3.3.2. Paco, el Bajo.

Tal vez sea este personaje el que con mayor urgencia reclama del lector una posición de denuncia ante los atropellos
del cacique abusón. Paco, el Bajo es el personaje más humillado y, al mismo tiempo, de los más admirados por el
señorito Iván. Y ello, porque éste lo obliga a comportarse como si fuera un perro eficaz e imprescindible en las
batidas de caza: es leal, obediente, agradecido, digno de alabanzas y consideraciones, pero perro al cabo. Es sumiso,
pacífico y resignado. Todo lo acepta de buen grado y sin rechistar («ae, a mandar, que para eso estamos», es la
respuesta habitual de Régula o de Paco ante cualquier requerimiento de los señores o de don Pedro, el “Périto”),
posee inteligencia natural, ingenio y unas dotes inusuales para rastrear, olfateándolas, las piezas abatidas o la
presencia de personas y animales. Tiene conciencia de que el progreso pasa por que sus hijos adquieran una
formación intelectual y académica: «ahora la Nieves nos entrará en la escuela y Dios sabe dónde puede llegar con lo
espabilada que es». Se trata de un personaje bondadoso y entrañable. Los dos accidentes sucesivos que sufre son el
desencadenante de la tragedia final.

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3.3.3. El señorito Iván.

Parece claro que no es precisamente positiva la opinión que de la clase dominante tiene Miguel Delibes, a juzgar por
el papel que le hace desempeñar a este personaje. Caprichoso, arbitrario y egoísta, Iván representa el vértice de la
escala jerárquica en el cortijo. Sus ideas son incontestables en el ambiente en que las emite: «[...] el que más y el que
menos todos tenemos que acatar una jerarquía, unos debajo y otros arriba, es ley de vida, ¿no?». En una ocasión, le
deja claro a Paco cómo deben ser las relaciones entre ambos, a pesar del cariño que se profesan y de los años que
hace que se conocen; ocurre cuando, pasada la infancia del señorito, éste dice: «De hoy en adelante, Paco, de usted
y señorito Iván, ya no soy un muchacho». Paco acata sumiso la orden.

Tan arbitrario es Iván, que cuando Paco se lesiona por segunda vez, llega a decir que lo ocurrido ha sido «tal que si
[...] lo hubiera hecho a posta». Caer lesionado es poco menos que un desacato; por eso, se siente traicionado por esa
desatención que le acaba de proporcionar el criado: «¿qué te pasa ahora, Paco, coño?, ya es mucha mariconería
esto, ¿no te parece?».

Iván y Azarías cumplen la función de satisfacer una necesidad expresada en la novela: que haya una oposición entre
la arbitrariedad y la bondad. Es verdad que la crueldad y el egoísmo del primero pueden parecer extremos hasta lo
inverosímil; también que la bondad de los campesinos es tan insólita como improbable, pero lo fundamental para
Delibes es reflejar que existe una oposición opresores/oprimidos. Esta oposición se resuelve ejecutando una
sentencia urdida en la mente de un infeliz que tiene muy claro qué es eso de la justicia natural y qué eso de la
venganza.

3.3.4. La Régula.

Régula es la mujer de Paco el Bajo. Trabajadora infatigable, viene a ser la representación de la conciencia social de
su familia (junto con el silencio áspero de su hijo Quirce, serio y “morugo”, que «callaba, mirando al señorito Iván
con sus pupilas oscuras, redondas y taciturnas, como las de una pitorra…», frente a la irracionalidad despótica del
señorito Iván. Quiere que su hija Nieves vaya a la escuela, se atreve a reconvenir tímidamente al cacique («a ver su
esto nos va a dar que sentir, señorito Iván, y el señorito Iván, tranquila, Régula, te lo devolveré entero», aconseja a
sus hijos («tú, oír, ver y callar») y se ocupa de la una familia en la que dos de sus miembros, la Niña Chica y
Azarías, requieren una dedicación especial: «Bien mirado, el Azarías era un engorro, como otra criatura, a la par
que la Niña Chica, ya lo decía la Régula, inocentes, dos inocentes, eso es lo que son, pero siquiera la Charito paraba
quieta, que el Azarías ni a sol ni a sombra». Trabaja como un animal, ya que de tanto hacerlo, tiene «el pulgar
achatado, plano, sin huellas dactilares».

3.4. Naturaleza abierta.

Los santos inocentes completaría la trilogía del mundo rural, formada, además de por esta novela, por El camino y
Las ratas. En todas ellas se contempla el amor y la vehemencia emocional con que Delibes defiende la vida del
campo, libre de contaminaciones y agresiones medioambientales. La vida natural es una especie de «Arcadia»
amenazada por el progreso. Lo positivo del progreso es contrarrestado por lo que Delibes denomina el efecto
“culatazo” o regresión, como observa en su desanimada obra Este mundo que agoniza (discurso de ingreso a la Real
Academia).

En ese mundo natural se desarrolla la acción. Se ha dicho que el paisaje de la novela coincide con el campo
extremeño, lugar en donde se encuentra la detallada flora y fauna descritas profusamente. El hombre campesino
vive, resignado y feliz, en perfecta armonía con la tierra; los dueños de la finca, en cambio, sólo viajan a ella para
divertirse o controlar las cosas: Iván va a cazar con sus amigos influyentes y la señora marquesa y la señorita Miriam
van a dar sus periódicas limosnas o a celebrar la primera comunión del señorito Carlos Alberto. Para la familia de
Azarías y el resto de los campesinos, el campo es su medio de subsistencia; cada uno se dedica a realizar sus tareas,
que son, como hemos visto en el cuadro de los personajes, tan variadas como laboriosas y poco distinguidas.

La naturaleza se asimila a los personajes humildes de la novela. Azarías lleva una vida absolutamente equiparada a
la de los animales: alimenta sus pájaros, pela la caza, corre el cárabo, hace sus necesidades a cielo abierto, abona las
flores con los excrementos y cuida de su sobrina como lo hace con el búho o la grajeta. Paco, el Bajo, es como un

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perro de finísimo olfato, imprescindible para su amo. La Niña Chica lleva una vida menos sensitiva que los animales
de la finca: no siente, no reacciona… sólo emite alaridos desgarradores. Los personajes femeninos de la familia de
Azarías no se identifican tanto con la naturaleza, porque desarrollan su labor en espacios cerrados. Es lo que ocurre a
la Régula y a Nieves, que no paran de trabajar en las labores de la casa. A estos dos interesantes personajes,
inteligentes y con visión práctica del mundo, se les condena a vivir sin esperanza alguna en el progreso,
porque la vida les cierra todos los caminos de salida: Nieves no puede estudiar porque a don Pedro, el “Périto”, se le
ha ocurrido la idea de colocarla a servir como criada en su casa. Quirce es el único que parece adoptar una postura
distanciadora y levemente recelosa, pues en su mirada se vislumbra cierto rencor o, cuando menos, un no “estar por
la labor” de contentar los caprichos del señorito Iván.

3.5. Técnica y estilo

El relato es como un gran mosaico de recursos en el que destacan la gracia y la sabiduría desplegadas en la
articulación de los diálogos, la enorme riqueza léxica, la soberbia transcripción del habla popular, el despliegue de
oportunos vulgarismos perfectamente adecuados al contexto, el uso de una sintaxis llamativa, el original uso de la
puntuación (la novela sólo usa seis puntos, cada uno ellos al final de los seis capítulos), el uso espléndido del estilo
libre indirecto, la identificación del lenguaje del narrador con la de los personajes, la supresión de los verbos
“dicendi”, etc.

El lenguaje es, generalmente, popular y de sencilla comprensión para el lector, pues está lleno de expresiones
propias del registro oral. Ese registro se da tanto en el narrador como en muchos personajes, pues existe en aquel un
deseo de identificarse con éstos, hasta en el habla. Las expresiones populares van salpicadas de vulgarismos, llenos
de gracia y portadores de expresividad. El habla de los personajes es seca, contundente, escueta, de trazo oracional
breve y sugerente. Es, por tanto, típica de personajes a los que falta fluidez expresiva y precisión sintáctica. De todas
formas, lo que en otros casos pudiera parecer un desajuste, en Los santos inocentes funciona como un elemento de
entrañable elegancia, en unos casos, y de hondo lirismo en otros. Hasta las distorsiones sintácticas están llenas de
casticismo atractivo: «mi hermano es, Señora, / acobardada, a ver, / y la Señora, / ¿de dónde lo sacaste? está
descalzo, / y la Régula, / andaba en la Jara, ya ve, sesenta y un años y le han despedido, / y la Señora, / edad ya tiene
para dejar de trabajar, ¿no estaría mejor recogido en un Centro Benéfico? / y la Régula humilló la cabeza pero dijo
con resolución, / ae, mientras yo viva, un hijo de mi madre no morirá en un asilo».

Hay ocasiones en las que aparecen los campesinos con su habla vacilante, tímida y llena de espontaneidad. Cuando
esto ocurre, uno no puede sino aceptar con una sonrisa el acierto de una sintaxis desajustada, pero llena de
verosimilitud y humanidad. Dice Paco, el Bajo, al señorito de la Jara, cuando va a interceder por Azarías: «razón, bien
mirado, no le falta, señorito, pero hágase cuenta, mi cuñado echó los dientes aquí, que para San Eutiquio sesenta y
un años, que se dice pronto, de chiquilín, como quien dice…».

El lenguaje es condensado, esencial, ágil. En media página, Delibes es capaz de hacer transiciones de gran amplitud
temporal. Concretamente, en la página 10, desde «con la primera luz» hasta «conforme caía la noche» median sólo
diez líneas, plagadas de verbos dinámicos: ‘salía’, ‘abría’, ‘soltaba’, ‘rascaba’, ‘a regar’, ‘a adecentar’, ‘a acariciarle’.
Se trata de verbos que responden al estilo libre indirecto: una orden que da el narrador como reproduciendo las
palabras de quien da la orden.

3.5.1. Estudio del léxico.

En los seis libros de que consta la novela, se describen la vida, las labores, las costumbres, las diversiones y los
paisajes de cuantos habitan el escenario de la misma. Describir con fidelidad estas circunstancias requiere una
excepcional capacidad de observación. En este caso, el observador es Delibes, quien vuelve a dejar constancia, como
ocurriera en la novela Las ratas, de un profundo conocimiento de la naturaleza y de una proverbial riqueza léxica.
Dice Ramón García Domínguez: «Delibes es pura observación —escribe—, mirada atenta y fascinada, oído alerta,
predisposición total para lo genuino y, por ende, para el asombro. De ahí su precisión para el timbre exacto de un
personaje, para la palabra justa, para el matiz que pone las cosas en su sitio, para el indicio o síntoma…» He aquí,
agrupados en campos semánticos, algunos de los vocablos más significativos.

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La finca. Oficios Mundo vegetal La caza Naturaleza, monte Aves y otros animales
Cortijo Geranios Tollo Encinar Grajetas
Portón Sauces Rececho Canchal Pavos
Bardas Madroños Batida Cancho Perdices
Tabuco Jara Repollarse Piornal Pitorras
Gallinaza Tamujos Cobrar Moheda Tórtolas
Aseladeros Piornos Pelotazo Guijos Cárabo
Percha Alcornoques “volar en barra” Vaguada Búho
Jaula Gatuños Amonar Jaral Milana
Tajuelo Encina Apeonar Charca Picaza
Zahurdones Emparrado Entrizar Lavajos Ratera
Chozo Chaparros Acular Chaparro Gorrión
Corralada Retama Taco Mato Corneja
Chamizo Camal Rececho Cembo Águilas
Cobertizo Salto Mogote Ratoneros
Pozo Rastrojeras Gruelas
Herrada Palomazo Aguiluchos
Cagarrutas Aguardadero Bracos
Escíbalos Templar Azulones
Revocaderos “Al aguardo” Arrendajos
Aguazal Bocacerral Cimbeles
Pastores Zurrón Gangas
Porqueros Aliquebrada Merinas
Apaleadores Cartuchos Venados
Muleros Chaleco-canana Zorras
Gañanes Batidores Rebecos
Guardas Cornetines Grifones
Abanderados Perdigueros
Repinar. Zorreros

Topónimos: La Jara, La Raya de lo de Abendújar, el Cerro de las Corzas (del otro lado del cual estaba Portugal), El
Almendral, Cordovilla, el Lucio del Teatino, Alisón, El Alcorque.

En definitiva, se observa un amplio repertorio de vocablos procedentes del mundo rural y cinegético. El significado
de tales vocablos es perfectamente conocido y usado tanto por el narrador como por los personajes. Éstos
pronuncian con toda familiaridad las palabras que hemos citado en las anteriores columnas, con lo que podemos
afirmar que el léxico de los campesinos presenta acepciones desconocidas para un ciudadano de ciudad de cultura
media. Otra cosa es la cohesión discursiva, que, en este caso sí, presenta unos discursos absolutamente
desarticulados. El gran mérito de Delibes es que esa desestructuración sintáctica del habla de los campesinos no está
reñida con la gracia y la espontaneidad expresivas.

3.5.2. El nivel morfosintáctico.

Llaman la atención algunas expresiones realmente insólitas, como aquellos segmentos oracionales en los que se
insertan determinadas formas átonas. Se trata de unos pronombres pleonásticos (ni significan nada ni tienen
función alguna) que refuerzan el carácter coloquial-vulgar del habla rural:

 «¿Qué tiempo te tienes tú, Azarías?».


 «El Azarías nos entró de mañana, señorito».
 «¡Qué cosas se tiene el señorito Iván».
 «ae, también el señorito Iván se tiene cada cacho cosa».

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Especialmente graciosa es la proforma léxica recurrente «a ver». La utilizan tanto el narrador como los personajes.
Utilizada por aquel, cumple la función fática y viene a ser otra demostración del estilo indirecto libre del narrador:
«… al fin y al cabo, lo mismo le daba un sitio que otro, pero sí por los muchachos, a ver, por la escuela…».

Pero más recurrente es el «ae», interjección característica de quien busca rellenar su discurso con dilaciones. La
muletilla, seguida de fórmulas de sumisión, es especialmente sugerente en boca de la Régula: «ae, a mandar,
don Pedro, que para eso estamos».

Es relativamente frecuente el uso del artículo ante nombre propio (“el Azarías”, “la Régula”…), así como el del
epíteto identificador o apodo, como ‘Paco, el Bajo’, ‘don Pedro, el Périto’ (obsérvese el intencionado vulgarismo al
presentar la palabra “périto” incorrectamente acentuada).

Otros fenómenos significativos son:

a) Elipsis verbales: «entonces regresaba a la Jara, donde el señorito».


b) Omisión de los «verba dicendi», introductores de diálogos (tal vez sea este el recurso más llamativo en
primera instancia).
c) Giros protocolarios del tipo ‘que yo digo’: «ando con la perezosa, que yo digo» o «a hacer el entierro, que yo
digo».
d) Hipérbaton llenos de encanto: «ae, la Niña Chica es».
e) Reiteraciones de carácter popular, característico de hablantes de registro expresivo bajo, pero que en boca
del narrador, se convierte en expresión intencionada y desautomatizada. Tal vez lo llamativo o sorprendente
(no otra cosa es la literatura) consiste en el desajuste existente entre lo que el narrador exclama y lo
que se espera de él: «y don Pedro, el Périto, continuó dándole instrucciones y, que no paraba de darle
instrucciones y, al concluir, ladeó la cabeza…». Estas reiteraciones son, en ocasiones, redundancias llenas de
sabor popular, articuladas a base de yuxtaposiciones polisindéticas: «y venga, y dale, y ella, doña Purita,
jamás perdía la compostura…».
f) Expresiones cuantificadotas del tipo “no vea” + sintagma nominal: «de que poso el pie es como si me lo
rebanaran por el empeine con un serrucho, no vea el dolor, señorito Iván».
g) Vulgarismos del tipo “me se” por “se me”: «me se ha vuelto a tronzar el hueso, que le he sentido».

Lo más significativo es lo que hemos apuntado en el apartado e). Allí hemos hecho referencia a cómo el narrador, en
vez de seguir la historia con su registro lingüístico característico (culto y elegante, como sabemos), se contagia del
registro de los personajes. Esa circunstancia responde a dos causas: la primera, porque pretende evitar la
separación entre su voz y las voces de los personajes (la voz de los personajes se deja escuchar a través de la voz del
narrador); la segunda, porque en todo momento se identifica testimonialmente con el habla de sus propias criaturas.

3.5.3. Comentario crítico: valoración final.

La novela Los santos inocentes contiene una serie de rasgos que la configuran como un relato de evidente
renovación formal (no contiene puntos ni comillas, los diálogos no se introducen convencionalmente, está llena
de onomatopeyas, presenta guiños típicos del relato de difusión oral…), aunque la originalidad de su presentación
lingüística —de la que ya hemos hablado— no impide una lectura amena. Muy al contrario, ésta fluye por los
cauces de un interés creciente. Está llena de bellísimas y sobrias pinceladas paisajísticas, de descripciones de siluetas
henchidas de ternura, de sensaciones doloridas y destellos conmovedores. La mirada de Azarías, por ejemplo,
cuando es reprendido por su hermana o cuando es ignorado por la indiferencia del mundo, es una mirada llena de
consternación y asombro:

«ae, semejante puerco, ¿no ves que estás criando miseria y se la pegas a la criatura? / pero el Azarías la miraba
desconcertado, con sus amarillas pupilas implorantes, la cabeza gacha, gruñendo cadenciosamente, como un
cachorro, mascando salivilla con las encías, y su inocencia y sumisión desarmaron a su hermana…».

Ha sido reconocida como una obra de emocionante fuerza dramática e intenso lirismo. Es tensa, dinámica, su
lectura no deja indiferente al lector. Es posible que la presentación de los personajes propenda un tanto al
maniqueísmo (los buenos son muy buenos y los malos, excesivamente malos); es normal que esto ocurra, porque

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Delibes se ve obligado a acentuar los contrastes para que quede clara la voz de la denuncia, por encima de toda
adscripción ideológica; es decir, no se trata de proclamar la necesidad de llevar a cabo ninguna lucha de clases,
sino la de poner de manifiesto las agresiones que padece la bondad. Por eso, los personajes, más que inocentes,
son santos: queda claro incluso en el título.

En ocasiones, Delibes, sin dejar de lado la economía ni la depuración expresivas, se recrea en pasajes tan hermosos
como vigorosos y sugestivos. He aquí una muestra de concisión, belleza y dinamismo condensados:

«y entonces, el Azarías arrancaba a correr arruando, como un macareno, y el cárabo aullaba detrás y, de cuando en
cuando, soltaba su lúgubre carcajada y Paco, el Bajo, desde el Canchal del Alcornoque, sentía los chasquidos de la
maleza al quebrarse y, poco después, el aullido del cárabo, y, después, su carcajada estremecedora y, más después,
nada y, transcurrido un cuarto de hora, aparecía el Azarías, el rostro y las manos cubiertas de mataduras, con su
sonrisa babeante y feliz, / buena carrera le di, Paco…».

En otras ocasiones, el discurso se torna culto y comienza a discurrir por los cauces de una elegancia envidiable,
recreándose en sonoridades llenas de expresividad evocadora y original. Es entonces cuando la frase se dilata y la
descripción se remansa en estampas tan bellas como la que sigue:

«y así fue corriendo el tiempo y, con la llegada de la primavera, el Azarías dio en sufrir alucinaciones, y a toda hora se
le representaba su hermano, el Ireneo, de noche en blanco y negro, como enmarcado en una escapulario y de día, si
se tendía en la torvisca, policromado, grande y todopoderoso, sobre el fondo azul del cielo, como vio un día a Dios-
Padre en un grabado y, en esos casos, el Azarías, se levantaba y se iba donde la Régula».

Cuando se trata de hacer incursiones en el mundo de la naturaleza y de la caza, el autor se deja llevar por el
entusiasmo y despliega todo su arsenal de conocimientos léxicos:

«mirando fijamente la línea azul-verdosa de la sierra recortada contra el cielo, y los chozos redondos de los pastores
y el Cerro de las Corzas (del otro lado del cual estaba Portugal) y los canchales agazapados como tortugas gigantes, y
el vuelo chillón y estirado de las grullas camino del pantano, y las merinas merodeando con sus crías...

[en un flash-back o retroceso en el tiempo, nos cuenta un episodio de la infancia de Iván]

«porque el Paco, el Bajo, no apreció sus cualidades hasta que comprobó que los demás no eran capaces de hacer lo
que él hacía, y de ahí sus conversaciones con el Ivancito, que el niño empezó bien tierno con la caza, una chaladura,
gangas en julio, en la charca o los revolcaderos, codorniz en agosto, en los rastrojos, tórtolas en setiembre, de
retirada, en los pasos de los encinares, perdices en octubre en las labores y el monte bajo, azulones en febrero, en el
Lucio del Teatino y, entre medias, la caza mayor, el rebeco y el venado, siempre con el rifle o la escopeta en la mano,
siempre, pim-pam, pim-pam, pim-pam, que es chifladura la de este chico, decía la Señora, y de día y de noche, en
invierno o en verano, al rececho, al salto o en batida, pim-pam, pim-pam, pim-pam, el Ivancito con el rifle o la
escopeta, en el monte o los labajos y el año 43, en el ojeo inaugural del Día de la Raza, ante el pasmo general, con
trece años mal cumplidos, el Ivancito entre los tres primeros, a ocho pájaros de Teba3 , lo nunca visto, que había
momentos en que tenía cuatro pájaros muertos en el aire, algo increíble, que era cosa de verse, un chiquilín de
chupeta codeándose con las mejores escopetas de Madrid y ya desde ese día, el Ivancito se acostumbró a la
compañía de Paco, el Bajo, y a sacar partido de su olfato y su afición y resolvió pulirle, pues Paco, el Bajo, flaqueaba
en la carga».

La voz de Delibes es como la voz de uno de los personajes de la novela, llena de registros populares y, por tanto, de
oralidad (ya lo hemos dicho en repetidas ocasiones). Al mismo tiempo, contagia de lirismo todo el texto con sus
constantes pinceladas poéticas. Dice Domingo Ródenas: «la voz que cuenta no es sólo la de un gañán de cortijo, sino
la de un narrador poético, con una plena sabiduría de la vida rural y un soberbio talento para elegir las palabras a
un tiempo más precisas y más evocadoras. Oralidad y escritura se amalgaman sin producir un efecto artificioso. Y
éste es el artificio secreto de la novela, mediante el que Delibes logra que el lector pase sin transición y sin sentir de
un giro coloquial a un sintagma propio de un registro literario. Oralidad y escritura convergen en el punto de fuga
que es el estribillo «milana bonita».

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