2.
“La casa que se movía de lugar”
En el pueblo de Almendra Alta, existía una casa que nunca estaba en el mismo
sitio. Podía aparecer al lado de la escuela, detrás del mercado, o incluso al borde
del acantilado. Nadie sabía quién vivía allí. Algunos aseguraban haber visto una
sombra en la ventana. Otros decían que era una casa que buscaba algo.
Lucía, una niña de ojos grandes y botas rojas, decidió seguirla. Cada día anotaba
dónde aparecía. A veces escribía: “lunes, frente al molino”, otras: “jueves, junto al
roble seco”. Un patrón empezó a surgir: la casa parecía visitar los lugares donde
alguien había llorado.
Una mañana, apareció en el bosque, justo donde Lucía había perdido a su perrito
un año atrás. Decidió acercarse. Tocó la puerta.
Se abrió sola.
Dentro, había fotografías flotando en el aire, olores de tiempos pasados, risas que
se disolvían en la brisa. Era una casa hecha de memorias. Comprendió que no
buscaba un lugar físico, sino emociones, recuerdos no cerrados.
Lucía salió con el corazón liviano. Desde entonces, la casa ya no volvió a moverse.