MI DIOS, YO CREO, ADORO, ESPERO Y OS AMO.
OS PIDO PERDON POR LOS QUE NO CREEN, NO ADORAN, NO ESPERAN Y
NO OS AMAN.
MONICIÓN INICIAL
Hemos comenzado la Cuaresma: una nueva oportunidad que el Señor nos
concede a cada uno de nosotros para convertirnos a él.
La conciencia de las maravillas que el Señor ha obrado por nuestra salvación
dispone nuestra mente y nuestro corazón a una actitud de gratitud a Dios por lo
que Él nos ha dado, por todo lo que realiza a favor de su Pueblo y de la entera el
humanidad. Desde aquí comienza nuestra conversión: ésta es la respuesta
agradecida al misterio estupendo del amor de Dios. Cuando nosotros vemos este
amor que Dios tiene por nosotros, sentimos el deseo de acercarnos a Él y ésta es
la conversión.
Venimos en este día ante Jesús Sacramentado. Queremos darle gracias, adorarlo
y alabarlo porque reconocemos las maravillas que ha realizado por nuestra
salvación. Venimos a reconocernos pecadores y desagradecidos por no saber
responder adecuadamente a su amor. Venimos a pedirle ayuda y fortaleza para
vivir más y mejor nuestra condición de hijos y discípulos.
Desde el Sacramento de la Eucaristia -fruto del sacrificio de la Cruz-, Jesús nos
dice: “Por ti he dado la vida, ¿no es suficiente muestra de amor?”
SILENCIO (CANTO)
La Cuaresma nos prepara a este momento tan importante, y por eso la Cuaresma
es un tiempo “fuerte”, un punto de inflexión que puede favorecer en cada uno de
nosotros el cambio, la conversión. Todos nosotros necesitamos mejorar, cambiar a
mejor, y la Cuaresma nos ayuda a salir de las costumbres cansadas y de la
perezosa adicción al mal que nos insidia. En el tiempo cuaresmal, la Iglesia nos
dirige dos importantes invitaciones: tomar conciencia más viva de la obra
redentora de Cristo; vivir con mayor compromiso el propio Bautismo.
Como el hijo pródigo, manifestemos el deseo de volver a la Casa del Padre:
¡Si, me levantaré. ¡Volveré junto a mi Padre!
Medita sobre las maravillas que Dios ha obrado en ti, en tu historia personal.
No olviden las acciones del Señor.
La Cuaresma llega a nosotros como un tiempo providencial para cambiar de
rumbo, para recuperar la capacidad de reaccionar frente a la realidad del mal que
siempre nos desafía. La Cuaresma se vive como un tiempo de conversión, de
renovación personal y comunitaria mediante el acercamiento a Dios y la adhesión
confiada al Evangelio. De este modo nos permite mirar con ojos nuevos a los
hermanos y a sus necesidades. Por esto la Cuaresma es un momento favorable
para convertirse al amor a Dios y al prójimo; un amor que sepa hacer propio la
actitud de gratuidad y de misericordia del Señor, el cual “se hizo pobre para
enriquecernos con su pobreza” (cfr. 2 Cor 8, 9). Meditando los misterios centrales
de la fe, la pasión, la cruz y la resurrección de Cristo, nos daremos cuenta de que
el don sin medida de la Redención se nos ha dado por la iniciativa gratuita de
Dios.
INICIO DE 5 DECENAS DEL ROSARIO
MINISTRO: Señor Jesús, Tú eres nuestra paz, eres nuestra Salvación; socorre
nuestros pueblos con la fuerza de tu amor, nosotros, pueblo tuyo y ovejas de tu
rebaño, queremos renovarnos con la fuerza de tu amor. Transfórmanos, para que
con la fuerza de tu Palabra salgamos victoriosos frente a las tentaciones del
maligno. Enemigo.
Padre nuestro, Ave Maria, Gloria y canto
MINISTRO: Señor Jesús, Tú eres nuestra paz; Eres nuestro consuelo en el
sufrimiento. Fortalecenos; haznos capaces de ser testigos de tu compasión, de tu
perdón. Ungenos con tu amor para liberarnos del dominio del mal; para no tener
miedo y abrirte las puertas de nuestro corazón.
Padre nuestro, Ave Maria, Gloria y canto
MINISTRO: Señor Jesús, Tú eres nuestra paz, Eres nuestro compañero en el
camino: Luz en nuestra oscuridad. Infunde en nuestros corazones la esperanza,
para sacudirnos el yugo del miedo que nos paraliza. Fortalécenos para que en el
itinerario cuaresmal te contemplemos como el Señor de nuestra vida, la misma
vida que recibimos cuando renacimos en el agua y el Espiritu.
Padre nuestro, Ave Maria, Gloria y canto
Del evangelio según san Lucas (16, 19-31)
En aquel tiempo, Jesús dijo a los fariseos: “Habia un hombre rico, que se vestia de
púrpura y telas finas y banqueteaba espléndidamente cada día. Y un mendigo,
llamado Lázaro, yacía a la entrada de su casa, cubierto de llagas y ansiando
llenarse con las sobras que calan de la mesa del rico. Y hasta los perros se
acercaban a lamerle las llagas. Sucedió, pues, que murió el mendigo y los ángeles
lo llevaron al seno de Abraham.
Murió también el rico y lo enterraron. Estaba éste en el lugar de castigo, en medio
de tormentos, cuando levantó los ojos y vio a lo lejos a Abraham y a Lázaro junto a
él.
Entonces gritó: ‘Padre Abraham, ten piedad de mi. Manda a Lázaro que moje en
agua la punta de su dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas
llamas’.
Pero Abraham le contestó: Hijo, recuerda que en tu vida recibiste bienes y Lázaro,
en cambio, males. Por eso él goza ahora de consuelo, mientras que tú sufres
tormentos. Además, entre ustedes y nosotros se abre un abismo inmenso, que
nadie puede cruzar, ni hacia allá ni hacia acá’.
El rico insistió: “Te ruego, entonces, padre Abraham, que mandes a Lázaro a mi
casa, pues me quedan allá cinco hermanos, para que les advierta y no acaben
también ellos en este lugar de tormentos’.
Abraham le dijo: ‘Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen’. Pero el rico
replicó: ‘No, padre Abraham.
Si un muerto va a decírselo, entonces si se arrepentiran’.
Abraham repuso: ‘Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso, ni
aunque resucite un muerto’”. Palabra del Señor.
Sentados.
MINISTRO: «Había un hombre rico que vestia de púrpura y lino, y celebraba todos
los días espléndidas fiestas». Aquel hombre sin nombre no es descrito como un
derrochador, ni como un explotador de sus siervos. Es alguien como los demás y
se comporta igual que los de su clase: disfruta de su riqueza de manera confiada y
ni siquiera ve a aquel pobre llamado Lázaro que, a su puerta y << cubierto de
llagas, deseaba hartarse de lo que caia de la mesa del rico».
Tras la muerte de los dos protagonistas, se abre un escenario totalmente distinto.
Pero esta vez se ve claro cuál es el pensamiento de Dios y su juicio. Tanto el rico
como Lázaro son hijos de Abrahán. Lázaro se sienta con este en el banquete
celestial; el rico, en cambio, no es aceptado en los tabernáculos eternos y cae al
lugar de tormento.
El rico y el pobre mueren. Y el mundo se invierte. Como en las bienaventuranzas.
Jesús no asusta, sino que tranquiliza a los hombres. Pero el Señor intenta explicar
la vida tal como realmente es. Revela al rico que la alegría y el futuro no están en
la riqueza. Y que sin el otro, uno se queda solo y construye un infierno.
¿Qué se puede hacer? ¿Hay esperanza para el rico? ¿Puede cambiar el rico?
Esta pregunta angustia enormemente a Jesús. «Es más fácil que un camello pase
por el ojo de la aguja, que el que un rico entre en el Reino de los cielos», dirá. Amó
a aquel hombre rico, pero no fue amado. ¿Qué se puede hacer? Debemos colmar
muchos abismos de ignorancia, de distancia, de ausencia de palabras, de manos
que no se tienden, de consuelo que es negado.
Colmemos estos abismos, como hizo el administrador deshonesto, invirtiendo en
misericordia; como el samaritano, que con la compasión ama a un desconocido y
lo convierte en su prójimo. Describiendo la respuesta de Abrahán al rico, Jesús
parece insistir en la idea de que no necesitamos hechos milagrosos para convertir
nuestro corazón, para colmar estos abismos. Basta con el Evangelio, que abre el
corazón de los hombres y lo convierte en humano y cercano a los demás. Por eso
hoy damos. gracias por el don de la Palabra de Dios que nos permite reconocer a
Lázaro como nuestro hermano y tener con él un nombre y una historia que nos
lleva a la Salvación.
- Momento de silencio y de oración personal. Canto
MINISTRO: Cielo. Tal vez nos quiere recordar en este Evangelio esta palabra tan
olvidada hoy. A veces vivimos la vida sin pensar que nos llamas al cielo, a la
felicidad eterna, a estar para siempre a tu lado.
Nos puede pasar como el rico de esta parábola que vive sumergido en las cosas
de este mundo. Vivía para banquetear, vestir a la moda, salir de fiestas todos los
fines de semana, comprar en exceso, desperdiciar lo que se tiene, olvidando otras
prioridades y no compartiendo con el necesitado. Estaba tan metido y ocupado en
sus asuntos y descansos, que nunca se detuvo a mirar al que estaba a su lado y
que parecía menos afortunado que él.
Quiza nosotros ttambién sólo tenemos la mirada en este plano horizontal.
¿Cuántas veces miro el cielo? ¿Qué pienso cuando lo veo? ¿Me lleva a
imaginarme alli, contigo, en la eternidad, feliz para siempre?
Alzar la vista de las cosas de este mundo es la idea que tal vez nos quieras
mostrar. No todo es vestir, comer, disfrutar, comprar, gastar, descansar... hay un
más allá que nos espera, al que nos invitas. No estamos creado sólo para este
mundo.
A veces cuando escuchamos este pasaje, más que pensar en el cielo, pensamos
en el infierno. Pero es que tampoco para el infierno hemos sido creado. Ese sí que
menos. El más allá no es sólo el infierno. Tú no me intimidas, me amas. No me
amenazas, me orientas. Ayúdame a descubrir que me pensaste feliz, en tu casa
celestial, y me enseñaste
cómo llegar allá desde este mundo. Las pistas son claras: el amor a Ti, el amor a
los demás, y el amor correcto a mí mismo.
Ayúdanos en este tiempo de Cuaresma a levantar la mirada, a creer que si existe
el más allá donde nos esperas, donde te veré tal cual eres. Ayudanos a seguir tus
pistas para que, recorriendo el camino de este mundo, me oriente hacia mi patria,
hacia la casa celestial donde seré feliz por la eternidad.
Sintonizar con Dios, para ver lo que él ve: Él no se queda en las apariencias, sino
que pone sus ojos "en el humilde y abatido", en tantos pobres Lázaros de hoy.
Cuánto mal nos hace fingir que no nos damos cuenta de Lázaro que es excluido y
rechazado. Es darle la espalda a Dios. ¡Es darle la espalda a Dios! Cuando el
interés se centra en las cosas que hay que producir, en lugar de las personas que
hay que amar, estamos ante un síntoma de esclerosis espiritual.
Oración: Creo, Señor que me escuchas, me ves y me hablas en este rato de
oración. Sé que quieres estar conmigo en este momento de intimidad. Eres mi
Dios, el sentido de mi vida, el motivo de mi existir. Me confio en tus manos que
nunca me abandonan y siempre me brindan lo mejor. Te amo, pero quiero
corresponder con más fidelidad a tu amor. Ayúdame a ser un buen apóstol tuyo y a
seguir preparándome bien para esta Semana Santa que se acerca,
SILENCIO (CANTO MEDITATIVO)
Damos gracias a Dios por el misterio de su amor crucificado: fe auténtica,
conversión y apertura del corazón a los hermanos: estos son los elementos
esenciales para vivir el tiempo de Cuaresma. En este camino, queremos invocar
con particular confianza la protección y la ayuda de la Virgen María: que sea Ella,
la primera creyente en Cristo, la que nos acompañe en los días de oración intensa
y penitencia, para llegar a celebrar purificados y renovados en el espíritu, el gran
misterio de la pascua de su hijo.