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Fuego en Mi Corazon

En el año 1452, Morrigan, una niña de diez años, enfrenta el terror de una noche de parto en el clan Chattan, donde su madre lucha por dar a luz y su padre, el laird, muestra una violenta desaprobación hacia el recién nacido por su malformación. A medida que la situación se intensifica, Morrigan intenta proteger a su madre y hermano de la ira de su padre, quien decide abandonar al bebé en la nieve, lo que lleva a un desenlace trágico. La historia explora temas de violencia familiar, lealtad y el deseo de protección en medio del caos.
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Fuego en Mi Corazon

En el año 1452, Morrigan, una niña de diez años, enfrenta el terror de una noche de parto en el clan Chattan, donde su madre lucha por dar a luz y su padre, el laird, muestra una violenta desaprobación hacia el recién nacido por su malformación. A medida que la situación se intensifica, Morrigan intenta proteger a su madre y hermano de la ira de su padre, quien decide abandonar al bebé en la nieve, lo que lleva a un desenlace trágico. La historia explora temas de violencia familiar, lealtad y el deseo de protección en medio del caos.
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FUEGO EN MI

CORAZÓN

Emma G. Fraser
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Título: Fuego en mi corazón
©Emma G. Fraser, 2024.
PRÓLOGO
Año 1452, clan Chattan
La intensa melodía aterradora de aquella noche hacía que Morrigan se retorciera los dedos una
y otra vez. A sus escasos diez años de edad había pasado demasiado miedo, y esa noche no sería
diferente. Su padre, que no había dejado de vociferar durante toda la tarde y lo que llevaban de
noche, aún seguía dando órdenes, aprovechando que su progenitor, el laird del clan Chattan, no
se encontraba en el castillo para pararle los pies. Su madre, que llevaba más de medio día de
parto, se encontraba cada vez más débil. Y ella… ella no podía hacer nada por nadie.
Morrigan se arrebujó más entre los pliegues del manto que cubría sus hombros cuando un
nuevo relámpago, seguido de un profundo y reverberante trueno, le produjo aún más terror. Ya
había perdido la noción de lo que estaba pasando. No estaba segura de si estaba lloviendo o
nevando, pero lo que sí tenía claro era que estaban pasando uno de los peores inviernos que a su
escasa edad recordaba. Y tampoco estaba segura de qué hora era en ese instante. Hacía
demasiadas horas que se había hecho de noche y se le estaba haciendo tan larga que estaba
segura de que en cualquier momento iba a ver amanecer a través de los amplios y grandes
ventanales que decoraban el largo pasillo del castillo de su abuelo.
A pesar de que su niñera le había pedido en incontables ocasiones que se marchara a dormir,
tal y como había hecho su hermano mediano, Morrigan había preferido quedarse en medio del
pasillo, tiritando de frío y sin pegar ojo, temerosa de que su padre finalmente cometiera el mayor
de los errores y le hiciera algún daño a su parturienta madre. Pero sus terrores no solo se
centraban en eso, sino también en que su progenitora estaba teniendo demasiados problemas para
traer al mundo a su hermano pequeño, y ella quería estar cerca… por lo que pudiera pasar.
Morrigan se encogió aún más cuando escuchó un nuevo agónico grito de su madre, y escondió
parte de su cabeza entre la manta. En otro momento de su vida, casi le habría parecido gracioso
su aspecto, ya que apenas podían verse sus rasgos con la manta sobre ella. Sus enormes ojos
grises miraban de un lado a otro del pasillo como si esperara ver un monstruo al otro lado del
mismo en cualquier momento. La joven arrugó la nariz cuando un intenso olor a sangre,
procedente de la habitación de su madre, llegó hasta ella. Y apartó un pequeño mechón de su
cabello castaño que cruzaba su rostro.
Su extrema palidez casi era aún mayor en ese momento, tan solo roto por sus sonrosadas
mejillas por el frío. Y a pesar de su niñez, Morrigan presentaba ya unas ojeras más propias de
una persona mayor que de alguien como ella.
La niña suspiró y elevó su mirada al cielo a través del enorme ventanal que había a tan solo un
metro frente a ella. Y justo en ese momento, un nuevo gemido de dolor de su madre rompió el
silencio de una noche que, por lo que pudo ver por el ventanal, ya estaba llegando a su fin.
El cielo parecía comenzar a clarear en el horizonte, pero en el corazón de Morrigan seguía
siendo de noche. Y cuando una primera lágrima rodó por sus rosadas mejillas, al mismo tiempo,
el sonido del llanto de un recién nacido rompió el silencio del amanecer.
Morrigan levantó los ojos hacia la puerta de la habitación de su madre con la esperanza de que
pronto salieran a decirle que todo estaba bien y que podía irse a descansar, aunque ya casi fuera
de día.
Sin embargo, y a pesar de que el llanto de su hermano o hermana pequeña se seguía
escuchando, todo lo demás estaba sumido en un poderoso silencio. Un silencio que su propio
padre rompió unos segundos después.
—Pero ¿qué demonios es esto?
Morrigan dio un respingo al escuchar su potente voz y se levantó del suelo sin apartar la
mirada de la puerta del dormitorio.
—Ernest, tranquilo. Eso no es nada.
La niña frunció el ceño desde el pasillo, deseando poder abrir la puerta de golpe para descubrir
qué era lo que estaba pasando en el interior de aquella habitación, ya que el bebé no dejaba de
llorar con desesperación.
—¿Cómo te atreves a pedirme que me quede tranquilo? ¿Tú lo has visto?
—Señor Chattan, estas cosas suelen pasar…
—Tú, cállate… —vociferó su padre antes de propinarle una bofetada a la sirvienta que había
allí con ellos y que había ayudado en el parto.
Morrigan dio un paso atrás en el pasillo, como si también la hubiera golpeado a ella, incapaz
de encontrar sentido a lo que estaba sucediendo.
—¿Cómo va a coger una espada? ¡Este niño no vale para nada!
—Ernest, por favor, no digas eso. Es tu hijo…
La voz de su madre sonaba tranquilizadora, como siempre solía hacer con su marido cada vez
que se ponía agresivo, como en ese instante, pero no parecía servir para nada.
—¡Este engendro no es mi hijo! ¡No es nada mío ni de mi familia! ¡Y no lo quiero cerca!
—Ernest, ¿qué vas a hacer? ¡Ernest!
La voz de Sandy Chattan, cansada como estaba y demasiado débil, sonó como aterrada en ese
instante.
Y cuando Morrigan estaba a punto de marcharse a su habitación para no ser ella de nuevo el
foco de la ira de su padre, la puerta se abrió abruptamente y de ella salió su progenitor con un
bulto entre sus brazos.
—¡Padre! —exclamó la niña sin saber qué otra cosa decir.
Este levantó la mirada, también gris como la suya, y la clavó en ella.
—¡Mira lo que tu madre ha traído a este mundo! ¡Un maldito engendro del demonio!
Con cierto temor, Morrigan miró hacia el bulto que portaba su padre, pero tan solo vio a un
bebé sano llorando con desesperación y moviendo sus pequeños brazos como si quisiera pedirle
a la niña que lo tomara en su lugar. Esta levantó después la mirada hacia su padre, sin
comprender.
—Yo solo veo un bebe normal, padre —dijo con un hilo de voz.
—¿Un bebé normal? ¡Mira su mano derecha!
Y fue en ese momento cuando Morrigan descubrió el motivo de su ira. Su hermano había
nacido con tan solo dos dedos en su mano derecha, una mano que, para un guerrero como su
padre, era realmente importante para sujetar la espada con habilidad. Pero salvo ese detalle, su
hermano estaba completamente sano.
—Yo no veo problema alguno, padre. Mi hermano está sano. ¿No es eso lo más importante?
Ernest empujó a Morrigan contra la pared, provocando que la niña hiciera un gesto de dolor
cuando su cabeza chocó contra la fría piedra.
—¿Tú qué vas a saber? Eres como tu madre… Estáis las dos en mi contra… Pero no vais a
convencerme de lo contrario…
—¡Ernest!
La madre de Morrigan asomó por la jamba de la puerta de su dormitorio apoyándose en ella
para evitar caer al suelo. Su hija abrió los ojos desmesuradamente al ver el estado de su camisón.
Este, antes blanco, estaba lleno de sangre aún fresca por la derramada en el parto y la que aún
seguía derramando a pesar de que la sirvienta tiraba de su brazo para que volviera a la cama a
descansar.
—¡No te lo lleves, por favor!
—Este no es hijo mío, Sandy. Este es hijo del demonio…
Morrigan miraba a ambos con los ojos muy abiertos, temblorosa y aterrada ante la estampa
horrorizada que mostraba su sangrienta madre. Pero esta no se quedó en el sitio y se acercó a su
marido.
—Ernest, por favor. Si quieres, me iré del castillo con él, pero no te lo lleves.
El aludido miró a su esposa y después a su hija, que algún día sería su sucesora.
—Este no es un buen hijo de un laird.
—Aún no lo eres, padre. El abuelo sigue vivo.
—¡Cállate, niña! Algún día yo seré el laird y este no puede ser mi hijo.
Ernest apartó la sábana del cuerpo de su bebé y se lo mostró a ambas.
—Despedíos de él porque este engendro no va a vivir cerca de mí.
—¡No, Ernest! ¡Ten piedad, es solo un bebé!
Su esposo la miró durante un largo segundo que pareció eterno, pero después se giró hacia las
escaleras que llevaban al piso inferior.
—¡Padre! —gritó Morrigan al ver que se iba y su madre lo seguía dejando un rastro de sangre
a su paso.
La niña estaba realmente asustada. No sabía qué hacer ante una situación que se escapaba de
su entendimiento, pero sabía que tenía que hacer algo por su hermano, por su madre o por
ambos, pues los dos estaban en peligro al no quedarse en el dormitorio a descansar.
Sandy apenas podía bajar las escaleras o caminar, pero la vida de su hijo estaba en peligro y
necesitaba hacer algo. Por ello, Morrigan corrió escaleras abajo y tomó el brazo de su padre
cuando este ya estaba a punto de salir del castillo.
—Padre, sea lo que sea lo que va a hacer con él, me cambio por el bebé… Por favor…
—Ernest…
La voz de Sandy sonó más débil y desesperada que antes, pero su marido no tuvo piedad con
ambas. Le propinó una bofetada a Morrigan tan fuerte que la tiró al suelo, para después continuar
su camino y salir al frío del amanecer.
Una intensa brisa recorrió el pasillo del castillo cuando la enorme puerta se abrió. Y desde el
suelo, justo antes de levantarse, Morrigan descubrió que el patio del castillo estaba repleto de
nieve. Vio cómo, con cierta dificultad, su padre caminó hacia el enorme portón de salida y
hablaba con sus hombres.
Y cuando vio que su madre se lanzaba hacia él, dejando un rastro rojo en la blancura de
aquella nieve, Morrigan no se quedó atrás. No sabía qué iba a hacer su padre, pero estaba
poniendo en peligro lo que la niña más amaba en el mundo. El suelo bajo sus pies pareció
temblar a medida que avanzaba en la nieve y se acercaba a su padre, sobre todo, cuando escuchó
las palabras que le dirigió a uno de los guerreros.
—Abre la puerta. Este bebé acaba de ser expulsado del castillo.
El guerrero se mostró ligeramente abrumado ante lo que esas palabras querían decir, por lo que
miró hacia Sandy, que negó con la cabeza.
—No, por favor. Es mi hijo…
La mujer comenzó a respirar con cierta dificultad, y su rostro estaba tan blanco como la nieve
bajo sus pies descalzos, pero Sandy parecía no sentir el frío en su cuerpo.
—Madre, debe descansar —susurró Morrigan cuando llegó junto a ella.
—No cuando tu padre piensa abandonar en la nieve a tu hermano pequeño.
La niña miró de nuevo a su progenitor.
—Cámbieme por él, por favor… —volvió a pedirle.
Pero, como si no la hubiera escuchado, Ernest salió por el pequeño hueco que abrieron del
portón. Morrigan intentó correr tras él, pero volvió a golpearla. Esta vez tan fuerte que estuvo a
punto de perder la consciencia. Apenas pudo escuchar los pasos de su madre en la fría nieve,
abriéndose camino para seguir a su marido, que prefería abandonar a un bebé en medio de una
tormenta de nieve a tener que cuidarlo y protegerlo a pesar de su pequeño problema en la mano
derecha.
Cuando Morrigan logró ponerse en pie de nuevo, vio que su padre regresaba solo, dejando,
justo en los límites del bosque, a su hijo recién nacido y a su esposa, que había ido dejando un
rastro de sangre que seguramente la había debilitado en profundidad. Y en el momento en el que
la niña intentó correr fuera de los muros del castillo, una fuerte mano la aferró con fuerza y la
apartó de ese camino.
Morrigan levantó la mirada y vio al guerrero de su abuelo que había dudado sobre si obedecer
las órdenes de Ernest. Este la miró, apenado.
—Si yo fuera tú, muchacha, no me interpondría en el camino de tu padre.
—¡Pero son mi madre y mi hermano los que corren peligro!
El guerrero suspiró.
—Me temo que sus vidas ya no pertenecen a este mundo, muchacha.
Y antes de que su padre penetrara entre los muros del castillo, el guerrero bajó la voz y le dijo:
—Solo tu abuelo es el único que puede vengarlos…
—¡Que nadie entre ni salga de esta fortaleza durante el día de hoy!
—No… madre…
Morrigan se soltó del brazo del guerrero y corrió hacia el portón. Desde allí vio caer en la
nieve a su madre. Estaba a más de una treintena de metros, pero sabía que poco podía hacer por
ella. Y menos cuando su padre la aferró del brazo con fuerza y la obligó a caminar hacia el
interior del castillo.
—Tiene que ir a por ella, padre. ¡Va a morir!
Ernest esbozó una sonrisa y se encogió de hombros.
—Es ella la que ha decidido su destino.
—Pero, padre…
—¡Ya basta, Morrigan!
Su padre la agarró de ambos brazos y la sacudió con fuerza, haciéndole daño allí donde sus
dedos se clavaron en la carne.
—¡No te consiento que pongas en duda mis órdenes! ¡Soy tu padre y debes obedecer lo que yo
dicte porque yo soy quien manda!
—El que tiene mayor potestad en este castillo es el abuelo… Y él jamás habría permitido que
los dejes morir en la nieve…
Su padre la abofeteó con fuerza.
—Como vuelvas a ponerme en duda, pienso acabar contigo. Ve ahora a tu maldito dormitorio
y no quiero que salgas de allí hasta que tu querido abuelo regrese.
Morrigan estuvo a punto de negarse, pero su padre la empujó al interior del castillo y, sin saber
si fue el miedo hacia él o la inercia, Morrigan siguió su camino hacia su dormitorio mientras las
lágrimas rodaban con fuerza por sus mejillas.
—Madre… —lloraba.
Cuando por fin llegó al piso superior, se metió en su habitación y corrió hacia el balcón. Desde
allí podía ver con claridad la parte delantera del castillo y el camino hacia el bosque que ahora
estaba escondido bajo la nieve. También podía ver con excesiva claridad el rastro de sangre que
su madre había ido dejando por la nieve hacia los límites del bosque.
—¡Madre! —vociferó a pesar de que no podía abrir el balcón y que esta no podría escucharla
—. Por favor, que pase alguien por ahí que pueda ayudarla…
La niña unió sus manos como su madre le había enseñado para rezar, pero el cielo parecía no
estar de su parte en ese momento. Cuando la luz del día llegó por fin a lo alto del firmamento, la
tormenta de nieve también regresó, provocando que la temperatura cayera en picado en toda esa
zona de Escocia. Y a pesar de que durante unos segundos vio cómo su madre se movía,
aferrando con fuerza el pequeño cuerpo de su hijo en medio de la nieve, apoyada contra un árbol,
poco después los cuerpos de ambos dejaron de moverse. Y el viento sopló más fuerte, llevándose
con él el alma de su madre y de su hermano pequeño.
Morrigan dejó escapar un grito agónico de dolor. A su corta edad no podía entender el porqué
de la crueldad de su padre a pesar de que su abuelo era totalmente lo contrario. Y aunque
quedaba poco para que regresara al castillo, ya era demasiado tarde para su madre.
El llanto apareció como un torbellino, como ese mismo vendaval en el que se había convertido
el mundo fuera de esos muros, llenando con él el silencio en el que estaba sumida su habitación,
pero también el castillo, como si todo el mundo supiera lo que había pasado y no quisieran hacer
ruido para evitar molestar a Ernest.
Pero a Morrigan no le importó, y dejó escapar de su cuerpo la pena, la rabia y la frustración
que sentía en ese preciso instante. Y, sin darse cuenta, se quedó completamente dormida. Tan
profundamente que no despertó hasta la mañana siguiente, cuando el sonido de unos cascos de
caballo rompió el silencio del páramo frente al castillo.
-------
Murdoch Chattan regresaba al castillo después de una importante reunión en un pueblo
cercano cuando vio un rastro de sangre congelado en medio de la nieve y dos cuerpos intentando
darse calor contra uno de los árboles del bosque frente al castillo.
Con el rostro ceñudo, instó a su caballo para que cabalgara hasta los límites del bosque, y
cuando llegó hasta allí no pudo sino abrir los ojos con verdadero horror ante la estampa que se
mostraba ante él.
—Pero ¿qué…? —dijo una voz a su espalda.
El laird del clan Chattan se giró para ver a su segundo al mando, tan horrorizado como él ante
la visión de su nuera totalmente desangrada y un pequeño bebé entre sus brazos que apenas había
tenido la oportunidad de vivir ni un solo día en este horroroso mundo cruel.
—¿Por qué está aquí?
Murdoch apretó los puños con fuerza.
—Esto es obra del desgraciado de mi hijo… A veces pienso que es la encarnación del peor de
los demonios…
—Está muerta…
Murdoch asintió y se acercó a su nuera, que aún tenía los ojos abiertos, mostrando una
expresión agónica de dolor y miedo en ellos. El rastro de su sangre aún estaba intacto sobre la
nieve, ya que se había congelado debido al frío. Tan congelada como las lágrimas que aún
parecían recorrer el rostro de Sandy.
—No sé qué pudo ver en Ernest… —susurró—. Debí haber mandado a mi hijo a la peor de las
guerras para que lo mataran en ella.
Murdoch dio un paso atrás y se alejó de Sandy.
—Recoged su cuerpo y llevadlo al castillo. Le daremos cristiana sepultura…
Y después, mirando hacia la fortaleza, el laird apretó los puños.
—Espero que los demás sigan vivos…
Y con paso firme, el hombre casi voló hasta su caballo. Montó sobre él y cabalgó desesperado
hacia el castillo. Las puertas del mismo se abrieron para recibir a la comitiva, pero él ni siquiera
esperó a hablar con sus hombres. Dejó las riendas de su caballo al primero con el que se cruzó y
corrió al interior del castillo. Ni siquiera buscaba a su hijo. Ya hablaría con él más tarde y lo
castigaría como merecía por haber tratado así a la madre de sus hijos y a su propio hijo.
Con el rostro aún rojizo por el frío, Murdoch corrió escaleras arriba y llegó junto a la puerta
del dormitorio de su nieta primogénita justo en el momento en el que esta se abría para dar paso
a la furia de melena castaña que salía entonces con sus ojos grises rojos por el llanto.
—¡Abuelo!
La niña se lanzó a sus brazos y lo estrechó contra ella con fuerza. El hombre, aún sorprendido
por los acontecimientos, la levantó del suelo y se metió con ella en el dormitorio para evitar ser
vistos por alguien más. Necesitaba hablar con ella detalladamente de lo que había sucedido y
después, cuando fuera oportuno, haría lo que tuviera que hacer.
—Ya estoy aquí, pequeña… Tranquila.
Morrigan temblaba entre sus brazos. Era la primera vez que veía a su pequeño terremoto en ese
estado. Siempre había sido una niña alegre, con hambre de aprender todo a su alrededor y
valiente. Pero ahora tenía entre sus brazos a una niña que acababa de perder a su madre y cuyo
padre era una de las personas más crueles que había conocido nunca.
—¿Qué ha ocurrido?
Cuando Morrigan por fin se tranquilizó, se separó de él y limpió sus lágrimas. Respiró hondo y
por fin pudo hablar:
—Ayer madre se puso de parto. Fue bastante complicado porque el bebé no salía y cada
minuto que pasaba se cansaba más y más. Yo me quedé en el pasillo y lo escuché todo, abuelo.
Se oía cada vez más débil, pero pudo traer a mi hermano al mundo. Era un niño…
La voz de la joven se perdió temporalmente, hasta que logró recuperarse de nuevo.
—Pero padre… El niño había nacido con un problema en su mano. No tenía cinco dedos como
nosotros y padre pensaba que jamás podría empuñar una espada, por lo que no valía como hijo
para él.
Murdoch intentó no maldecir delante de la niña, y logró conseguirlo a duras penas.
—Padre lo sacó de la habitación con la intención de dejarlo fuera del castillo porque no quería
un hijo así. Madre lo siguió, pero estaba muy débil… Y padre ordenó que nadie saliera del
castillo ni los dejara entrar… Se ha desangrado, abuelo. Padre ha dejado que madre se desangre
sola en el bosque… No es justo… Era muy buena…
Las lágrimas acudieron de nuevo a sus ojos y Murdoch solo puso atraerla a él y estrecharla con
fuerza entre sus fuertes brazos. El hombre, a pesar de rozar ya los sesenta, tenía la sensación de
haber fracasado en una de las cosas más importantes de su vida: en la educación a su único hijo.
Ese hijo heredaría el cargo tarde o temprano, y si seguía siendo tan tirano como demostraba ser
con su propia familia, no quería pensar en cómo se comportaría cuando él mismo fuera laird.
—Es un monstruo, abuelo. Mi padre es un monstruo…
El hombre suspiró y alejó a Morrigan de él para mirarla a los ojos.
—¿Qué será de todos nosotros cuando él sea el jefe del clan?
—Ya me encargaré yo de que no llegue a serlo, muchacha… Un laird se debe a su pueblo, y si
no es capaz de proteger a su propia familia, no es un hombre de honor…
Morrigan asintió e inspiró con fuerza. Desde que se había levantado, una idea rondaba en su
cabeza, pero temía ponerla en palabras. Sin embargo, siempre había tenido una buenísima
relación con su abuelo, por lo que podía hablar con él sin tapujos.
—Abuelo, ¿puedo pedirte una cosa?
Murdoch frunció el ceño y la miró con seriedad. En los ojos de su nieta parecía haber
cambiado algo, como si aún siguiera reteniendo en ellos lo que había visto el día anterior y no
pudiera soportarlo. Aun así, asintió con esa misma formalidad que usó la niña.
—Quiero que me entrenes con la espada y me enseñes todo lo que sabes.
El hombre se extrañó, ya que no esperaba precisamente esas palabras.
—¿Por qué?
—Porque no quiero volver a sentirme pequeña ante un hombre como mi padre. Quiero que sea
él quien sienta debilidad ante mí.
Y entonces, al ver la determinación en aquellos ojos grises, que su nieta había heredado de su
querida esposa, fallecida años atrás, Murdoch asintió, le tomó las manos con fuerza y, mirándola
a los ojos, le dijo:
—Pienso hacer de ti a la mejor guerrera de toda Escocia.
CAPÍTULO 1
Año 1465, clan Chattan
Morrigan apretaba con tanta fuerza las manos que las uñas estaban a punto de atravesar la
carne de su palma. Acababa de enterrar a su abuelo, su querido abuelo Murdoch Chattan, laird
del clan y gran persona, admirado y amado por todo el mundo. La joven, con sus veintitrés años
sobre sus hombros, intentaba no derramar ni una sola lágrima. Su abuelo le había enseñado todo
lo que sabía y la había convertido en una gran guerrera, y eso conllevaba que se había obligado a
endurecer tanto su corazón que no era capaz de derramar una sola lágrima. Pero en ese instante,
en el que ya no le quedaba nadie con quien sentirse segura y bien, estaba terriblemente sola.
Acababa de llegar el momento que tanto había temido: enfrentarse al mundo sin la protección de
su abuelo. Ahora era ella con su espada. Nadie más, aunque tampoco lo deseaba…
Su abuelo la había tratado siempre como una hija. Y ella, que a pesar de tener a un padre cerca
nunca lo había sentido como tal, se había dejado querer por Murdoch.
Sus ojos grises recorrieron todo el valle frente a ella mientras apretaba los brazos contra sus
costados. Su pelo castaño y ondulado se movía lentamente con la brisa fría de la mañana. El
invierno estaba siendo tan difícil como trece años atrás cuando perdió a su madre y su hermano
pequeño, pero, en este caso, perdía a su abuelo.
Morrigan limpió con rabia una lágrima solitaria que bajó por sus mejillas rosadas. Su piel,
blanca como la nieve que comenzaba a caer, había perdido el poco color que le quedaba.
Numerosas pecas se dispersaban por sus mejillas y su recta nariz. Y el mohín que en ese
momento hacía con sus labios grandes siempre le había causado risa a su abuelo.
Morrigan, o Morr, como le gustaba a su abuelo llamarla, colocó el chaleco y los pantalones
que llevaba puestos, pues el viento parecía querer arrancarle la ropa de cuajo. Y aferró con fuerza
la empuñadura de la espada que colgaba de su cadera. La joven había dejado de portar vestidos el
mismo día en el que le pidió a su abuelo que la entrenara como una guerrera, algo que había
causado un gran revuelo en su propio padre, que no lo aprobaba. Pero su abuelo, que intercedió
por ella siempre, le insistió en que quería hacer de ella una buena sucesora como jefa del clan. Y
en ese instante, Morrigan no pudo evitar preguntarse qué sería de ella ahora que su abuelo no
podría interceder entre ella y su padre. No obstante, sabía que era una buena guerrera, y haría lo
que fuera para conservar la libertad que su abuelo le había proporcionado.
Morrigan pensó en ese instante en la larga enfermedad de su abuelo. Un año atrás, Murdoch
había comenzado a sentirse mal después de una cena. Su estómago parecía no querer digerir sus
comidas a partir de entonces, por lo que normalmente se sentía indispuesto, algo que hizo que
Ernest, el padre de la joven, tomara poco a poco el control del clan. Sin embargo, y a pesar de
que su abuelo había durado un año más desde el inicio de su rara enfermedad, Morrigan no podía
evitar pensar que había sido su propio padre quien lo había envenenado para hacerse con la
jefatura. Con el paso de los años, Ernest se había convertido en poco más que la sombra de un
demonio salido del Averno para amargar la vida de todos los que había cerca de él. Y el hecho de
que su padre no mostrara lástima o dolor alguno por la pérdida de su progenitor le hizo sospechar
aún más. Sin embargo, no tenía a nadie con quien poder hablarlo, ni siquiera con su único
hermano, Aryn, el hijo predilecto de su padre. Este había sabido convertirlo a su imagen y
semejanza con el paso de los años y Aryn, que se sentía solo tras la muerte de su madre, se dejó
arrastrar por las locuras de su padre.
Morrigan incluso había llegado a mirar en todos los botes que había en las cocinas para
comprobar si estaban envenenando poco a poco a su abuelo, pero la suerte no había estado de su
parte y no había logrado descubrir absolutamente nada.
La joven dejó escapar un largo suspiro mientras movía la cabeza de un lado hacia otro,
comprobando cómo la nieve comenzaba a cuajar en el suelo, convirtiendo la verde hierba en un
amplio y precioso campo blanco. Sin embargo, ella odiaba la nieve. Desde aquel día tan aciago
en el que su padre dejó morir a su madre y su hermano, Morrigan odiaba la nieve, incluso había
llegado a sentir cierto temor ante ella, haciéndose pequeña ante la visión de un cielo encapotado
que amenazaba nieve en cualquier momento. Sin embargo, en ese instante se sentía fría y carente
de sentimiento alguno que no fuera el de la pena.
Frente a ella se extendía el valle más bonito que había visto jamás, pero para ella solo era un
lugar carente de vida ese día, pues ni lo pájaros sobrevolaban por encima de su cabeza, ni había
escuchado su canto cuando echaban las primeras paladas de tierra sobre su abuelo. Nada…
Como si la vida hubiera terminado y comenzara el infierno para ese clan. Y en realidad, así se
sentía.
Morrigan no había tenido una vida fácil desde que su madre falleció. Por exigencias suyas, le
pedía una y otra vez a su abuelo que la entrenara en el arte de la espada, la lucha cuerpo a cuerpo
y el arco, logrando haberse convertido en una gran guerrera. Aunque también se lo debía al
hombre de confianza de su abuelo, con quien también solía entrenar y aprender aún más cosas.
La joven dirigió su mirada hacia atrás. Sabía que debía regresar cuanto antes al castillo, ya que
no quería meterse en problemas el mismo día en el que su padre tomaba definitivamente las
riendas del clan. Morrigan respiró hondo. No se sentía preparada para regresar a su hogar, ese
lugar que ahora veía como algo peligroso y carente de vida y emoción. No quería imaginar cómo
iba a ser la vida ahora en ese lugar, pues estaba segura de que las risas, la tranquilidad, el
bienestar y las buenas palabras iban a desaparecer en cualquier momento.
Tras una última mirada al valle, Morrigan se giró y regresó, con pasos cortos, al castillo.
Tardaría alrededor de media hora en regresar, pero al menos durante ese tiempo podría idear una
estrategia a seguir para poder sobrevivir en el castillo. Desde esa mañana, la idea de desaparecer
y marcharse de allí había pasado por su mente en más de una ocasión, pero no estaba segura de
lo que pudiera pasar si su padre la encontraba y la obligaba a regresar al castillo. Y el simple
hecho de pensarlo, le provocaba escalofríos.
Cuando al cabo de media hora vio por fin la silueta del castillo a pocos metros, su pelo y su
ropa ya estaban mojados por la nieve, y su pelo castaño estaba decorado con varios copos
blancos que la hacían torcer el gesto por la rabia.
En cuanto la vieron los guerreros apostados en la muralla, abrieron el portón. Esos hombres
habían sido cambiados esa misma mañana, ya que su padre quiso prescindir de los guerreros de
su padre para tener unos que fueran totalmente leales a él, por lo que los que habían trabajado en
el castillo desde hacía infinidad de años habían recogido sus pocas pertenencias y habían
regresado a sus hogares horas después de que enterraran al hombre al que habían servido durante
tanto tiempo.
Morrigan intentó mostrar un rostro inerte cuando pasó junto a ellos, pues no le gustaba nada la
expresión de sus rostros, demasiado parecida a la de su padre y hermano, como si se trataran de
personas hieráticas carentes de sentimiento alguno por los demás. Y Morrigan temió que el clan
se fuera al traste con la jefatura de su padre.
La joven arrastró los pies hacia el interior del castillo. La mala suerte quiso que su padre fuera
la primera persona con la que se cruzara. Este la miró de arriba abajo con auténtico asco y
después se acercó a ella.
—Ahora que ha muerto tu querido abuelo espero que obedezcas al nuevo laird y dejes de vestir
como un hombre. Eres una mujer, y como tal debes comportarte. Ni espadas, ni lucha, ni nada…
Ponte un maldito vestido decente con el que no me avergüences delante de todo el clan. Antes
tenías la protección de tu abuelo, pero ahora quien manda soy yo.
—Esta es la hija que tiene, padre. Hace mucho tiempo que cambié… De hecho, fue usted
quien me hizo cambiar…
Ernest apretó los labios y dio un paso más hacia ella para abofetearla. Morrigan lo vio venir,
pero no hizo movimiento alguno para apartarse. Al contrario, quiso recibirlo, pues solo así sabía
que iba a despertar por fin de la ilusión que había sido su vida junto a su abuelo. Iba a despertar a
la nueva vida, y sabía que estaría llena de golpes. Golpes que estaba dispuesta a recibir, pero que
jamás iban a cambiar lo que era.
El picor de la mejilla fue demasiado intenso, pero Morrigan se obligó a no mostrar
sentimientos, ni dolor, ni llanto… Nada. La joven soltó lentamente el aire que había contenido en
su pecho y volvió a levantar la cabeza hacia su padre, que seguía mirándola con odio.
—Hoy tenemos visita, así que espero que te cambies esa ropa y te vistas como una mujer
decente —le repitió—. No quiero volver a ver esa espada colgando de tu cadera.
Y sin dejarla responder de nuevo, Ernest siguió su camino y la dejó completamente sola en el
pasillo. Fue en ese momento cuando Morrigan se dio cuenta de que le temblaban las manos, de
que su cuerpo estaba comenzando a hormiguear y que su cabeza latía con demasiada fuerza.
Tenía la sensación de que su mundo se tambaleaba por momentos, pero se recordó de nuevo que
ella era una guerrera, y no podía permitir que nadie la doblegara. Le había pedido a su abuelo
que la convirtiera en una para evitar sentir miedo ante un hombre como su padre. Y así era.
Ahora estaba sola, pero el peligro no era un freno para ella. Al contrario, lo usaría para intentar
cambiar el mundo. Su mundo.
Morrigan tomó el pasillo de la izquierda para ir al piso superior y quedarse sola unos instantes
en su dormitorio. Aún se le ponía el vello de punta cada vez que pasaba por delante de la puerta
del dormitorio que había pertenecido a su madre, ya que no dormía con su padre. Y aunque
siempre pasaba por delante con la cabeza alta y mirando al frente, en ese instante no pudo evitar
dirigir la mirada hacia él y parar un segundo. Casi podía escuchar los últimos gritos agónicos de
su madre antes de que su hermano naciera. Jamás había culpado al bebé de ser el responsable de
la muerte de su madre, pero tampoco había tenido tiempo para amarlo, por lo que apenas tenía
pensamientos hacia él desde entonces.
Minutos después, Morrigan siguió su camino y se encerró en su dormitorio. Allí dejó escapar
un largo suspiro y se apoyó contra la puerta. El sonido de unos cascos llamó poderosamente su
atención, por lo que se separó de esta y caminó hacia el balcón. La joven se cruzó de brazos para
mirar desde allí a los invitados que le había comentado su padre. Y a pesar de la distancia que los
separaba, su aspecto le provocó un escalofrío.
La joven entornó los ojos para verlos mejor justo en el momento en el que estos atravesaban el
portón de entrada al castillo. Morrigan indagó en su propia memoria para saber si los había
conocido en algún momento de su existencia, pero no logró recordar sus caras. Y esas caras, sin
lugar a dudas, las recordaría para siempre.
La joven contó a cinco hombres. Todos ellos guerreros, no cabía duda. Y por lo parecidos que
eran entre ellos supo que eran familiares. No estaba segura de si se trataba de hermanos o
primos, pero lo que sí tenía claro era que la maldad estaba reflejada en el rostro de los cinco.
Morrigan apoyó la frente en el frío cristal del balcón y siguió mirando. Observó cómo
avanzaban con la seguridad y la sensación de que todo aquello era suyo de alguna manera, algo
que no gustó a la joven. Vio cómo dejaban las riendas de sus caballos en manos de algunos
guerreros y se acercaban al padre de la joven para saludarlo y estrecharle la mano con relativa
familiaridad, aunque sin abandonar su frialdad. Y después de eso, todos penetraron en la
fortaleza, dejando atrás la nieve que caía cada vez con más fuerza.
Cuando los seis desaparecieron de su vista, Morrigan se dio cuenta de que estaba temblando.
Aquel sentimiento no era gratuito, pues no solía sobresaltarse con facilidad, y en ese momento
estaba segura de que esos cinco hombres no traían nada bueno al castillo. ¿Y su padre quería que
ella los recibiera?
Morrigan resopló y se giró hacia su baúl. Se quedó mirándolo durante un momento y dudó
sobre si seguir con la misma ropa o cambiarse para conocer a esos hombres, y aunque se había
jurado seguir siendo como era ella, una parte de su corazón le pidió que se cambiase, aunque
solo fuera durante unas horas. Sabía que, si aparecía en el salón con la espada colgada de su
cintura, su padre se enfurecería y la humillaría delante de aquellos hombres, por eso, decidió ir al
baúl y cogió uno de sus vestidos. Todos los tenía nuevos, ya que apenas había tenido alguna que
otra ocasión para ponérselos, así que, lentamente, se desnudó y se puso el vestido, no sin cierta
dificultad. Se trataba de un vestido liso, sin apenas bordados, más que en el bajo del mismo; de
color azul grisáceo, como sus ojos; y con un corte que resaltaba todas sus facciones.
Después, acudió al espejo y se miró, encontrándose realmente extraña embutida en esas ropas
que no la caracterizaban. Sin embargo, se dio el visto bueno. Sus ojos resaltaban entre sus
mechones de pelo castaño. Y aunque pensó en dejárselo suelto, decidió recogerlo ligeramente en
la nuca.
Y cuando se miró otra vez en aquella nueva imagen, Morrigan torció el gesto. Nunca le habían
gustado sus ojos saltones de color gris a pesar de que su abuelo siempre le decía que le
recordaban a los de su difunta esposa. Y tampoco le resultaba agradable tener unos labios tan
voluminosos que hacían resaltar su rostro redondo. Sin embargo, todo se veía opacado por la
ferocidad de su belleza, que podía ser tan aplastante que había logrado enamorar a más de un
guerrero de las filas de su abuelo.
Y cuando dudaba sobre si debía salir así de su dormitorio a pesar de no reconocerse a sí
misma, unos nudillos llamaron a la puerta. Antes de que pudiera responder, el rostro de su
hermano mediano apareció en la jamba de la puerta.
—Padre nos reclama…
Morrigan lo miró y estuvo a punto de resoplar ante el rostro frío e impenetrable de su hermano.
Este la observaba como si estuviera mirando a una simple criada, no a su hermana mayor. Ya no
lo reconocía a pesar de que, físicamente, eran muy parecidos. Ese joven de veinte años ya no era
el que ella había conocido años atrás. Su hermano había cambiado, sin duda, convirtiéndose en
una copia de su padre.
La joven carraspeó y asintió. Dio un paso al frente para acompañarlo hasta el salón, pero su
hermano simplemente abandonó la jamba de la puerta y la dejó sola. Morrigan enarcó una ceja.
Habría querido caminar a su lado para intentar comprender, de alguna manera, su radical cambio.
Llevaba tantos años sin mantener una conversación amable con él que parecían haberse
convertido en dos extraños.
Sin embargo, la joven levantó el mentón con orgullo. No iba a dejar que nadie en aquel castillo
la ninguneara ni humillara, cuadró los hombros y se dirigió al piso inferior.
No estaba segura de hacia dónde debía dirigirse, ya que el castillo tenía dos salones para
recibir invitados. A pesar de esto, Morrigan supuso que estaban en el salón más amplio, por lo
que se dirigió hacia el pasillo oeste con pasos lentos, pero seguros. La joven arrugó el rostro
cuando sintió que el corsé se le clavaba ferozmente en las costillas. No se sentía cómoda bajo
aquellas ropas, sin embargo, se recordó que se trataban de solo un par de horas y después,
aunque su padre pusiera el grito en el cielo, seguiría portando su espada en la cadera y vistiendo
pantalones, camisa y chaleco.
A medida que Morrigan iba avanzando por el pasillo y se aproximaba al comedor, escuchó las
fuertes voces de los invitados. Y entre ellas, la de su padre y hermano. Sin saber por qué, las
manos comenzaron a temblarle debido al nerviosismo que corría por su cuerpo, pero logró
serenarse antes de que su mano abriera la puerta del salón y entrara en este con el rostro serio.
Todos los presentes en el salón se volvieron hacia ella. Además de los cinco hombres que
habían llegado hacía poco al castillo, se encontraban únicamente su padre y su hermano. El
primero de ellos presidía la mesa con tanto orgullo que a Morrigan le habría encantado pedirle
que tuviera cuidado de no caerse hacia atrás por culpa de su orgullo. El segundo, sentado, como
siempre, a la derecha de su padre, la miraba con la misma frialdad de los últimos años.
Pero lo que más llamó la atención de Morrigan e hizo que, durante unos segundos, se quedara
completamente quieta junto a la puerta, fue la mirada negra, perturbadora y siniestra de los
invitados de su padre. Los cinco hombres la miraban como si de un trofeo se tratara, nada que
ver con el respeto que supuestamente debían tener a la hija de su anfitrión. Con descaro, los
cinco la miraron de arriba abajo, como si estuvieran sopesando algo en sus mentes.
Morrigan carraspeó y se obligó a reaccionar. La joven caminó hacia la mesa con la mirada
puesta en la única silla libre, justo frente a tres de los invitados y entre los otros dos. Intentó no
hacer un mohín con sus labios por tener que sentarse al lado de esos dos que no le quitaban la
vista de encima. Pero, con todo el orgullo que logró reunir, Morrigan se sentó y fijó su mirada
atentamente en el plato que había frente a ella. Aunque ya no deseaba mirarlos, la joven se había
dado cuenta del intenso parecido entre los cinco hombres, pero se dijo que no iba a molestarse en
preguntar nada sobre ellos.
—Normalmente, cuando entras en un lugar, hay que saludar, hija…
Morrigan apretó las manos contra la mesa, como si quisiera atravesarla, pero levantó la mirada
con frialdad y la posó sobre su padre durante unos segundos.
—Buenas tardes, señores —dijo con los dientes apretados—. Venía tan metida en mis
pensamientos que no me he dado cuenta.
—Suele pasarle mucho a las mujeres, señorita. Está disculpada…
Morrigan llevó su mirada, atónita, hacia el hombre que estaba sentado justo frente a ella. Este
la observaba con una sonrisa ladina, a la espera de su propia respuesta. Sin embargo, Morrigan
vio sus intenciones y no estaba dispuesta a quedar en evidencia delante de todos, pues lo primero
que pasó por su cabeza fue estrellarle el plato en la cara con la intención de romperle la nariz y
afearle aún más el rostro.
Por el contrario, Morrigan sonrió al tiempo que clavaba la mirada sobre él y le decía:
—¿Habéis conocido a muchas mujeres, señor…?
—Barclay. Mi nombre es Benjamin Barclay. Y puesto que su padre no nos presenta, estos dos
son mis hermanos, Caleb e Isaac. Y los dos que están sentados juntos a usted son Tobiah y Paul.
Y sí, he conocido a muchas mujeres.
Morrigan ni siquiera se molestó en mirar a los demás hombres. Tenía la sensación de estar
sentada entre animales salvajes de los que tenía que estar pendiente en todo momento. Y a pesar
de que se internó en su propia mente para intentar descubrir si sabía algo de los Barclay, no logró
reconocer el apellido en ninguno de sus recuerdos.
—No había oído hablar de ustedes, señores. Desconocía que fueran amigos de mi abuelo…
Gracias por venir a dar vuestro pésame a la familia.
Los cinco hombres sonrieron, confirmándole a Morrigan sus sospechas. La joven había dicho
aquello para comprobar si su abuelo los había invitado alguna vez al castillo, pero,
efectivamente, no eran sus aliados. Y a pesar de lo que acababa de descubrir con una simple
sonrisa, Morrigan disimuló y comenzó a echarse comida en el plato, aunque tenía el estómago
tan cerrado que no sabía si iba a ser capaz de comer algo de lo poco con lo que acababa de llenar
el plato.
—Sentimos mucho la pérdida del laird del clan… —dijo Benjamin lentamente sin apartar la
mirada de ella.
Morrigan simplemente asintió, sin mirarlo.
—Mi hija es un poco… peculiar, Benjamin. No se lo tengas en cuenta.
Benjamin se encogió de hombros.
—Y muy bella…
Morrigan estuvo a punto de rayar el plato con su tenedor y cuchillo, pero se mantuvo
impasible, intentando aparentar normalidad. La joven tenía la sensación de que ninguno estaba
saboreando el asado, y que ese asado era ella misma en cierta manera.
—Sí, tiene una belleza salvaje que me gusta… —lo secundó Caleb.
Morrigan no pudo evitar clavar la mirada en él, y dejó caer el tenedor contra el plato. En ese
momento, si su padre fuera un hombre de honor y preocupado por el propio honor de su hija,
habría respondido algo y la habría defendido. Pero al no ser así, se mantuvo callado, casi
esperando que la joven respondiera a su provocación.
—Mi belleza o fealdad no tiene por qué gustarle, señor Barclay.
Caleb sonrió ampliamente y apoyó los codos sobre la mesa.
—¿Y eso quién lo dice?
Morrigan elevó el mentón, orgullosa.
—Lo digo yo…
El resto de los Barclay dejaron escapar una risa que logró enfurecerla, y Morrigan sabía que,
en caso de continuar así, ese día habría pelea.
—La opinión de una mujer nunca se tiene en cuenta.
—Yo tampoco tengo en cuenta las opiniones de alguien como tú… —respondió la joven,
tuteándolo por primera vez.
—Morrigan… —le advirtió su padre.
La joven lo miró de reojo.
—Supuestamente han venido a dar sus condolencias por la muerte del abuelo. Lo menos que
pueden hacer es respetar a las personas que vivimos en este castillo.
—Yo no he visto que te haya faltado al respeto…
La joven enarcó una ceja.
—Me temo que usted no ve muchas cosas…
Ernest dio un fuerte golpe en la mesa.
—Ya basta, Morrigan. Los Barclay son nuestros invitados, y hay que respetarlos.
—Mi respeto acaba donde empiezan sus faltas hacia mí.
—Vale ya, Morrigan… —le advirtió ahora su hermano.
La joven miró a Aryn largamente. En sus ojos imprimió todo el odio que sentía hacia lo que se
había convertido. Y cuando se dijo que si alguien no ponía fin ardería el castillo, Morrigan tomó
de nuevo el tenedor y comenzó a comer.
Esta estuvo a punto de torcer el gesto cuando sintió que el delicioso asado parecía haberse
convertido en paja para los caballos. Sin embargo, mantuvo sus ojos puestos sobre su plato y se
calló durante el resto de la cena.
Los demás comenzaron una conversación sobre algunos de los clanes más importantes de las
Highlands, y a pesar de que la joven terminó su comida antes que los demás, mantuvo la cabeza
gacha y los ojos sobre el plato sucio como si eso fuera lo más interesante que había visto en su
vida.
No sabía cuánto tiempo había pasado, si eran minutos u horas, pero Morrigan tenía la
sensación de que había perdido media vida en ese salón cuando su padre carraspeó con fuerza,
llamando su atención.
—Puedes retirarte, hija…
Morrigan lo miró unos segundos antes de apoyar las manos contra la mesa. Sabía que la
echaban del salón para hablar de cosas más serias o importantes que no querían que ella supiera.
Y, aun así, decidió retirarse en silencio. Ni siquiera se molestó en hacer una reverencia cuando
salió, sino que lo hizo como si de una exhalación se tratara, provocando la risa de Benjamin.
Y cuando la joven cerró la puerta del salón a su espalda, se quedó mirando de reojo hacia esta,
como si intentara que sus ojos atravesaran la madera para saber qué se estaba hablando al otro
lado de esta. Morrigan tenía la sensación de que su padre, su hermano y esos cinco hombres iban
a hablar de algo verdaderamente importante. Y en ese instante, sintió un gran impulso para hacer
algo que jamás había hecho, pero que su abuelo le había enseñado hacía tiempo.
—Si sospechas de alguien cuando seas jefa del clan, entra aquí y descubrirás sus secretos…
La voz de su abuelo pareció sonar en su cabeza de nuevo. Y antes de que algún sirviente
pudiera descubrirla, Morrigan caminó lentamente y sin hacer ruido hacia una de las paredes del
pasillo. Tras mirar a un lado y a otro para comprobar que estaba sola, levantó el brazo y tiró
suavemente de una de las piedras que más sobresalía de la pared. Estaba a cierta altura, pero
dado que ella era alta, pudo llegar con facilidad. Al instante, se abrió una pequeña hendidura por
la que cabía un cuerpo delgado y, sin perder tiempo, la joven penetró en la oscuridad que ofrecía
el pequeño pasadizo y cerró a su espalda.
Morrigan suspiró para calmar su corazón. Tenía la sensación de que estaba haciendo algo
malo, pero la voz de su abuelo no dejaba de martillear dentro de su cabeza. Él la había entrenado
no solo para la lucha, sino para ser una gran jefa de clan. Por ello, debía descubrir los entresijos
en los que estaba metido su padre desde que esa misma mañana se había convertido en laird del
clan Chattan.
Morrigan tocó la pared. Sintió que estaba en un espacio lleno de telarañas, pero no le importó
mancharse. La oscuridad era abrumadora, por ello caminó hacia el pequeño agujero que
comunicaba ese estrecho pasadizo con el salón. Sin hacer ruido, acercó la cabeza, cerró un ojo y
miró a través del pequeño orificio.
Desde ahí podía ver con claridad el salón donde se encontraba su padre, su hermano y los
Barclay. Y, para su sorpresa, se escuchaba a la perfección todo lo que estaban hablando.
—Ha sido un proceso lento, pero por fin mi padre yace en su tumba y yo tengo el poder del
clan en mis manos.
—No se podía hacer de otra manera sin que la gente de tu clan y alrededores sospechara —dijo
Benjamin.
Caleb se echó hacia atrás en su silla y apoyó las manos en la nuca, levantando los brazos para
estirar el cuerpo.
—Ya nos hemos deshecho de tu padre, que era lo que querías, Ernest. Ahora debes pagarnos…
Morrigan sintió que iba a caer de rodillas y haría demasiado ruido, pero la información que
acababa de escuchar le había caído como un jarro de agua fría. Las manos comenzaron a
temblarle, al igual que las piernas. Sentía que bajo sus pies todo comenzaba a moverse como si
de un terrible terremoto se tratara. Eso era algo que ya sospechaba, pero escuchar de labios de su
propio padre que había ordenado matar a su abuelo era algo que no lograba comprender ni
asimilar. ¿Qué clase de persona era Ernest Chattan que había deseado la muerte a su progenitor
para heredar la jefatura del clan?
Las lágrimas acudieron a los ojos de Morrigan, pero se obligó a apartarlas para seguir
escuchando. Si habían matado a su abuelo, debía saber toda la verdad y hacer lo posible para que
los culpables pagaran por todo el daño que habían infringido a su clan y a ella misma. Por ello,
apretó los puños y siguió escuchando.
—Pedís una compensación demasiado elevada…
Tobiah sonrió y miró a Ernest.
—Chattan, hemos envenenado a tu padre durante un año. Hemos tenido que meter a uno de los
nuestros en tu maldito clan, en el castillo y después, sin que nadie nos viera, poner el veneno en
su bebida. No ha sido un proceso fácil. El precio a pagar es incluso demasiado barato para lo que
debería ser en realidad.
Morrigan se mordió el labio para evitar gritar e intentar no correr hacia su dormitorio para
coger la espada y clavársela en el corazón a todos los hombres que había en ese salón en ese
instante. ¿Cómo podían haberle hecho eso a su abuelo? Era una bellísima persona, amado y
querido por todos; un gran laird y un hombre que los había llevado a convertirse en un gran clan
entre todos los de las Highlands escocesas.
Morrigan apretaba los puños con fuerza contra la pared, como si quisiera atravesarla, y siguió
mirando y escuchando.
—Por curiosidad, Chattan. ¿Por qué querías matar a tu propio padre? —preguntó Benjamin.
Incluso la propia Morrigan contuvo la respiración ante esa pregunta. Ernest se encogió de
hombros y sonrió de lado.
—Descubrí, por casualidad, que mi padre deseaba dejarle el clan a mi hija. Pretendía
sobrepasarme y dárselo directamente a ella. La había entrenado durante años para convertirla en
una gran jefa. Y no podía permitirlo. Llevo toda mi vida deseando ser jefe de este clan. No iba a
dejar que una niñata me lo arrebatara.
Morrigan necesitó taparse la boca con la mano para evitar gritar, enfurecida. ¡Ella era la
verdadera jefa de ese clan! ¡Por eso su abuelo la había preparado a conciencia como futura
mandataria! Le había enseñado las cuentas, se la había llevado con él a viajes para que viera
cómo hacían la recaudación, le había presentado a innumerables hombres importantes del clan, la
había entrenado junto a sus guerreros, le había mostrado los escondites del castillo… Todo. Y
por la única razón de que sería ella y no su padre la que heredaría el clan a su muerte.
—Pero seguro que tu padre dejó un escrito sobre eso, ¿no?
Aryn sonrió de lado.
—Lo hemos destruido. Ya no queda constancia en ningún lugar sobre su decisión…
Paul frunció el ceño.
—¿Y por qué querría dejarle el clan a tu hija?
—Porque la ha entrenado para ello. La ha convertido en una guerrera, la ha instruido en todos
los aspectos del clan. Yo lo sospeché y por eso indagué. Cuando descubrí que iba a hacerla jefa,
estuve a punto de matarlo con mis propias manos. Por eso acudí a vosotros.
—Y ahora tienes que pagar… —dijo Benjamin.
Ernest se mostró ligeramente nervioso.
—He mirado las cuentas del clan y no son tan buenas como pensaba.
Benjamin resopló.
—Eso no nos importa. Tienes que pagarnos.
—Ahora mismo no puedo hacer frente a semejante cantidad.
Caleb apoyó de nuevo los codos sobre la mesa.
—Entonces tendremos que masacrar a tu clan…
El padre de Morrigan suspiró. La joven miraba todo desde su posición. La estupefacción se
reflejaba en su mirada, incapaz de creer lo que estaba escuchando. Ella era la jefa del clan por
derecho propio… Era voluntad de su abuelo… Y su padre y su hermano habían hecho lo posible
para evitarlo. No podía creerlo.
—No hace falta llegar a eso.
—Si no tienes dinero, paga con otra cosa.
—El clan no tiene tantas tierras.
Benjamin sonrió y echó el cuerpo hacia adelante.
—No me refiero a las tierras…
Morrigan estaba a punto de vomitar la poca comida que había llegado a su estómago. Todo su
cuerpo se puso del revés, amenazando con llevarla hasta el desmayo. Estaba recibiendo
demasiada mala información y no estaba segura de cómo gestionar todo eso. Le faltaba el aire.
Sentía que el pequeño cubículo se estrechaba cada vez más y temía que la aplastara como las
palabras que estaba escuchando.
—Si quieres, mi hija puede ser vuestra… Os doy a mi hija como pago por vuestros servicios.
Los cinco Barclay sonrieron y se miraron entre ellos. Desde su posición, Morrigan fue
consciente de lo que todos estaban pensando y tuvo que contener una arcada.
—La verdad es que tu hija es muy bella, sí. De acuerdo, yo me casaré con ella.
Benjamin sonrió y asintió al mismo tiempo que aceptaba casarse con la joven que estaba
escuchando toda esa conversación.
—De acuerdo. Dentro de dos días se oficiará la boda —sugirió Ernest antes de que pudieran
echarse atrás—. El sacerdote no pasa por esta zona hasta ese día, así que tenéis que esperar solo
dos días para recibir vuestro pago. Cuando mi hija sea vuestra, podéis hacer con ella lo que
queráis.
—Puedes estar seguro de ello, Chattan —terció Benjamin.
Morrigan se fijó de nuevo en las expresiones de todos y cada uno de los hombres presentes en
el salón y no pudo sino horrorizarse. Por una parte, su hermano y su padre sonreían, contentos de
quitarse del medio a la única persona que podría expulsarlos del clan por traición al antiguo laird
para hacerse con el poder. Y, por otra parte, Morrigan tembló ante la idea de pertenecer a
aquellos cinco hombres. Todos se relamieron al pensar en que iba a casarse con uno de ellos. Y a
pesar de eso, sabía que no solo iba a pertenecer a Benjamin, sino también a los demás.
Incapaz de escuchar nada más, Morrigan abandonó su puesto, temblorosa, y abrió de nuevo el
pasadizo. Antes de que alguien la descubriera, corrió hacia las escaleras y las subió casi volando.
Necesitaba estar sola unos instantes para poder pensar con claridad y tomar una decisión. Y lo
peor de todo era que se encontraba completamente sola ante el enemigo, ya que su padre había
expulsado a todos los guerreros de su abuelo; unos guerreros con los que se había convertido en
una luchadora y que usarían su honor para protegerla. Ahora estaba sola y vendida al peor postor.
Morrigan sentía que le temblaban las manos cuando cerró la puerta de su dormitorio a su
espalda. Se apoyó contra ella al tiempo que desanudaba los cordones de su corsé. Sentía que no
le llegaba el aire al pecho y que se ahogaba, y temía desmayarse y despertarse justo en el instante
en el que la obligarían a casarse con ese… sádico. Sí, eso es lo que era, un maldito sádico que
había pensado en hacerle cosas horribles cuando fuera suya. Y no podía permitirlo. Su abuelo no
la había entrenado para ser una sumisa, una mujer que obedeciera órdenes de alguien como él.
Murdoch Chattan la había entrado para ser una guerrera, la jefa de su clan.
—¿Qué hago, abuelo? —susurró cerrando los ojos y apoyando la cabeza contra la puerta.
Al cabo de unos minutos, la joven suspiró y se dirigió a su baúl. Iban a casarla, y seguramente,
encerrarla hasta que llegara el momento de su boda. Y entonces, no podría escapar. Por eso,
debía poner tierra de por medio para intentar encontrar una solución o, al menos, vivir tranquila
en otro lugar de Escocia, donde su vida no corriera peligro.
Morrigan abrió su baúl y sacó una alforja. En ella metió varios pantalones y camisas limpias,
así como una daga de sobra y su arco con el carcaj. Después, se desnudó como pudo y se puso
unos pantalones y una camisa, cubrió su hombro con un manto que ató en el cinto, del que colgó
su espada y una daga. Escondió otra arma en su bota derecha y ató su pelo en una larga trenza
que caía a su espalda. Tras esto, y sin perder tiempo, Morrigan se puso una capa negra y esperó a
que pasaran las horas para poder escapar.
Ni siquiera pensó en lo que estaba haciendo, ya que no tenía tiempo para ello, pero era la
mejor opción que encontró en ese momento. Si quería sobrevivir, debía alejarse durante un
tiempo de su clan, ya regresaría cuando tuviera ocasión. Y si el destino la alejaba de allí, jamás
dirigiría su mirada al pasado. El tiempo pondría a todos en su lugar.
Morrigan se asomó al exterior por el balcón de su habitación. Torció el gesto ante lo que
estaba sucediendo fuera de esos muros: estaba nevando, y lo hacía con fuerza. Y salir del castillo
en esas condiciones era realmente peligroso, pero para ella resultaba aterrador. Su miedo a la
nieve no había desaparecido con el paso de los años, pues le recordaba a la fatal muerte de su
madre, pero lo que le sucedería si se quedaba en el castillo era aún peor.
Cuando el día llegó a su fin y todo estaba cubierto de nieve y oscuridad, Morrigan supo que era
el mejor momento para escapar. No había sido convocada para cenar, por lo que sintió alivio. A
esa hora, seguramente estarían en el salón disfrutando de un buen estofado, por lo que
aprovecharía para marcharse. Estaba segura de que los guerreros también habían sido llamados
para celebrar la inminente boda en el castillo, así que habría pocos guardias en la muralla. Y con
ese tiempo seguramente le abrirían sin hacer muchas preguntas.
La joven se haría pasar por una criada que regresaba a su casa. En el castillo había varias que
caminaban quince minutos hasta llegar al pueblo, únicamente para no quedarse en el castillo a
dormir. Por eso, estaba segura de que no le pedirían explicaciones.
Morrigan miró su dormitorio una vez más. Apenas tenía decoración. No había hecho cambios
a lo largo de esos trece años desde que había muerto su madre, y tan solo una cama central, un
par de baúles, un tocador y un espejo eran sus únicos acompañantes cuando estaba en la
habitación. La chimenea estaba a punto de apagarse, por lo que corrió para echarle un tronco de
madera más. Necesitaba que creyeran que había pasado allí la noche y había salido por la
mañana, cuando descubrieran que se había ido. Solo así tendría el tiempo suficiente para alejarse
de esas tierras.
—Abuelo, ayúdame desde donde estés. Y algún día vengaré tu muerte.
Morrigan tomó aire y abrió con cuidado la puerta de su dormitorio. El corazón le latía
demasiado deprisa, como si hubiera corrido una larga carrera, y temía ser descubierta si alguien
lograba escuchar sus latidos.
La joven miró a un lado y a otro del pasillo, y tras comprobar que no había nadie más, salió
con la alforja colgando de su hombro. Pegada a la pared, recorrió el corredor en sentido inverso a
como solía hacerlo normalmente, ya que al fondo de este había unas escaleras que solía usar el
servicio, diferentes a las que usaban los señores, y que su abuelo había pedido que no usaran los
sirvientes durante su mandato, pues los consideraba iguales a ellos. No obstante, esa misma
mañana, su padre había ordenado que volvieran a usar esas escaleras de servicio. Y puesto que a
esa hora de la noche ya no subían al piso superior, Morrigan sabía que tendría el camino libre
para salir.
Con sumo cuidado, bajó esas escaleras. Con el oído puesto en todo momento a algún posible
ruido cercano, siguió hasta llegar al piso inferior. Desde allí, usó ese corredor frío, solitario y
poco transitado hasta las cocinas. Abrió la pequeña puerta ligeramente escondida y entró en ellas.
Dio gracias por que en ese instante no hubiera nadie allí. Supuso que estaban sirviendo la cena en
el gran salón, así que no podía perder tiempo. La joven corrió hacia la despensa y cogió toda la
comida que cabía en otra de sus alforjas, pero justo en el momento en el que intentaba salir,
alguien abrió la puerta.
Morrigan se escondió bajo una de las mesas más cercanas y esperó.
—Tú tienes que llevar esta cazuela a la mesa principal. Están todos muy hambrientos y el
hecho de que les hayan comunicado la fiesta que habrá en un par de días no ha hecho sino
aumentar sus ansias por comer.
—Qué pena me da la señorita… No se merece casarse con alguien como un Barclay…
—Eso no nos compete a nosotras, muchacha. Vamos…
Ambas mujeres tomaron lo necesario y salieron de las cocinas, dejándola nuevamente sola.
Morrigan dejó escapar el aire contenido de su pecho y salió de su escondite. Su corazón latía con
tanta furia que estaba segura de que la iban a descubrir en cualquier momento.
Tras eso, se dirigió hacia la puerta trasera de la cocina, que daba justo a un patio poco
transitado y, a pesar de la intensa nevada que estaba cayendo en ese momento, se arrebujó en su
capa y salió de allí.
Lo primero que sintió fue el increíble frío de la noche que le hizo dudar sobre su propio plan,
sin embargo, recordó la conversación de su padre con los Barclay y comenzó a caminar. Se
dirigió hacia las caballerizas. Agradeció el silencio y la oscuridad de la noche, pues no sería vista
por nadie hasta que estuviera frente al portón.
Cuando por fin logró resguardarse ligeramente entre los tablones de las caballerizas, se dirigió
con paso apresurado hacia la cuadra en la que se encontraba su caballo.
—Hola, Storm… —susurró cuando lo vio y este movió la cabeza.
La joven lo ensilló rápidamente, y fue en ese instante cuando se dio cuenta de que su plan tenía
una gran laguna. Si pretendía hacerse pasar por una sirvienta, ¿por qué se llevaba el caballo de la
hija del nuevo laird? Morrigan resopló y estuvo a punto de dejarse a su caballo allí, pero la suerte
parecía estar de su lado cuando escuchó voces en el patio.
—¡Venid a brindar con nosotros!
La joven se escondió en la cuadra con Storm e intentó escuchar lo que decían.
—¡Tenemos guardia!
—¿Quién va a atacarnos en una noche como esta? ¡Vamos, venid, serán solo unos minutos!
Desde donde ella se encontraba, no estaba segura de que los guerreros hubieran abandonado su
puesto de guardia, pero se entusiasmó al pensar que podría tener el camino completamente libre
para escapar. La joven esperó unos minutos, en los que no escuchó absolutamente nada, y
cuando por fin se animó a salir, tiró de las riendas de Storm y caminó lentamente hacia la salida
de las caballerizas. A pesar de la oscuridad, pudo ver con claridad que no había absolutamente
nadie en la muralla, ni en el portón que pudiera darle el alto en ese momento, por lo que
aprovechó, tiro de las riendas y casi voló hasta la enorme puerta, la cual abrió con sumo cuidado.
La joven dejó un pequeño hueco por el que podría escapar con su caballo, montó sobre él cuando
cruzó la muralla y cabalgó lejos de allí con la intención de abandonar esas tierras en busca de un
lugar seguro donde poder esconderse hasta encontrar la manera de vengar la muerte de su abuelo,
y para lograr detener la boda con ese hombre tan despreciable que había suministrado veneno a
su abuelo para matarlo.
El caballo de la joven se perdió en la nieve. Las huellas fueron rápidamente rellenas con más
copos de nieve y rezó para que su caballo corriera todo lo posible para alejarla de allí en busca de
una vida mejor.
CAPÍTULO 2
Castillo Mackintosh, seis días después…
Lachlan intentaba contener una arcada al tiempo que aferraba con fuerza al hijo de su amigo
Ian lejos de su propio cuerpo para evitar impregnarse con ese terrible olor que desprendía de su
pañal de tela. Sin embargo, al cabo de unos segundos, mientras Ian se reía a gusto mirándolo,
Lachlan no pudo contenerse y dio una terrible arcada.
El laird del clan suspiró y tomó a su hijo entre sus fuertes brazos y lo acunó a pesar del olor al
tiempo que negaba con la cabeza y mostraba una sonrisa.
—Pero ¿qué demonios le dais de comer? Este bebé huele peor que el culo de un demonio…
—Lach, tú también haces tus necesidades… —le recordó.
El aludido dio un par de pasos para atrás, temeroso de que ese olor volviera a penetrar por su
nariz.
—Sí, pero no delante de ti para que puedas olerlas… —se quejó con voz tomada por el asco.
Ian dejó escapar una carcajada. Desde que se había casado y había conocido el verdadero amor
su vida, su carácter habían cambiado por completo.
—Algún día serás padre… —le advirtió.
La expresión que puso Lachlan en su rostro casi hizo reír de nuevo a Ian, que intentó contener
la carcajada. Su amigo abrió los ojos desmesuradamente al mismo tiempo que movía las manos
con rapidez y negaba con la cabeza.
—Rezo para evitarlo, créeme…
Ian se alejó con su bebé hasta la ventana y se sentó en el alféizar de la misma, dejando libre la
zona de las sillas para que Lachlan tomara asiento.
—¿Qué opinas de las nevadas?
Su segundo al mando torció la cabeza.
—Están siendo más copiosas que el año pasado. He cabalgado por algunas zonas lejanas del
castillo y hay más de un metro de nieve. Eso podría causar accidentes en los mercaderes que se
atreven a venir hasta el pueblo para vender algo con lo que poder comprar comida y llenar sus
estómagos.
Ian suspiró y meció a su hijo, que comenzaba a ponerse nervioso al sentir entre sus piernas que
había algo mojado.
—Lleva cinco días sin parar de nevar y no parece que vaya a parar. ¿Tenemos viandas
suficientes?
—Henry ha estado en la despensa y hay suficiente comida hasta pasado el nuevo año. Incluso
podríamos hacer la fiesta que tenías pensado con los clanes amigos…
Ian sonrió, pues aún no le había contado una cosa respecto a eso.
—No estoy seguro de que los MacLeod pudieran venir desde su isla… —siguió Lachlan.
—Ese jodido de Niall MacLeod está loco. Claro que vendría a una fiesta.
Ian sonrió y miró a través de la ventana. Hacía demasiado tiempo que no había vuelto a ver a
los lairds de los clanes que estuvieron en su castillo cuando el rey Jacobo los convocó para
comunicarles sus inminentes bodas. Concretamente, no habían podido volver a verse desde que
él mismo se casó, y la verdad era que los echaba terriblemente de menos. Sabía, por sus misivas,
que habían tenido hijos y que se encontraban bien, pero hacía demasiado tiempo que no veía sus
rostros nuevamente.
—Puedan o no, las invitaciones ya están enviadas…
—¿Sí? ¿Y por qué no me has dicho nada?
—Porque temía que huyeras despavorido del castillo si tenías que soportar los llantos de tantos
niños.
Lachlan torció el gesto.
—Cierto. Esos cabrones saben más de procrear que de manejar la espada…
Ian lanzó una carcajada.
—Sabes que no es cierto…
Lachlan le guiñó un ojo y se dejó caer contra el respaldo de la silla al tiempo que cruzaba sus
brazos a la altura del pecho.
—De todas formas, aunque tengamos viandas suficientes, quiero salir a cazar algún día de
estos, cuando deje de nevar. Y, por supuesto, comer carne fresca es mucho mejor que la carne
seca y rancia que algunas veces prepara Mildred.
—Cocina bien.
—No tanto desde que puso sus ojos sobre el nuevo mozo de cuadras.
Ian sonrió.
—¿Celoso?
—¿Yo? Más quisieras…
Lachlan miró hacia otro lado y colocó innecesariamente su ropa.
—Por cierto, ¿dónde se ha metido tu esposa?
—Salió esta mañana del castillo para ir al pueblo. Dijo que tenía que ver el brazo que se
rompió el hijo pequeño del carpintero.
—¿Bajo esta nevada? Supongo que salió con alguno de los guerreros.
Ian enarcó una ceja.
—¿Crees que Tyra habría cedido ante la simple sugerencia de que fuera con uno de los
hombres del clan?
Lachlan negó con la cabeza mientras ponía sus ojos en blanco.
—Imagino que no. ¿Y por qué sigue actuando como curandera? Es la esposa del laird…
Ian sonrió.
—Te hago la misma pregunta: ¿crees que ella escuchará la petición para que deje de trabajar
como curandera?
Lachlan sonrió.
—Te vuelve loco, ¿eh? —se burló.
—No te imaginas… Estoy deseando que regrese. No es el mejor día para andar por los
caminos, pero sé que ella puede defenderse.
Su amigo asintió y suspiró antes de apoyar los codos sobre sus rodillas y abandonar su cómoda
postura en la silla.
—Necesito cambiar de tema para preguntarte algo…
—Adelante.
—Teniendo en cuenta que el invierno está siendo duro, ¿cómo crees que serán las ganancias
del clan en la primavera? Seguramente muchos cultivos se echarán a perder…
Ian asintió y se levantó para echar a su hijo sobre su hombro. Le cambiaría el lino en cuanto
dejara de hablar con Lachlan, pero tenía que calmar primero su llanto.
—Lo sé. Va a ser difícil, pero podremos sobrevivir. Se nos ocurrirá algo.
Ian se acercó a él, pero Lachlan, al verlo, se levantó corriendo de la silla y se alejó de él para
no aspirar el aroma del pequeño, provocando la risa de su laird.
—He recibido una misiva de Slochd. Nos comunican que están teniendo problemas en la
frontera para pasar el invierno. Algunos de los habitantes del pueblo han muerto por falta de
alimentos y hay muchos niños.
—¿Y qué quieres decir con ello?
—Que nosotros tenemos viandas suficientes. Has dicho que querías salir a cazar en cuanto deje
de nevar algún día. Por eso, se me acaba de ocurrir que en unos días podrías salir con un carro a
llevarles comida y telas con las que pasar el invierno.
Lachlan resopló.
—¿Y por qué yo?
—Porque eres el hombre en el que más confío…
—Siempre que me dices eso me convences… Eres mala persona, amigo.
Ian sonrió.
—Te conozco demasiado bien. Ya sé que odias viajar entre la nieve, pero necesito que les
lleves esas viandas. Y es solo un día de viaje…
Lachlan suspiró.
—Está bien. Dame unos días mientras preparan todo, por favor.
—Tranquilo…
En ese instante, el bebé comenzó a llorar desesperado, inquieto por lo que tenía en su pañal de
lino y que su padre aún no había cambiado. Ian resopló, sabedor de que ya no se calmaría hasta
que lo cambiara y lo dejara limpio de nuevo.
—¿Dónde se habrá metido Tyra?
—¿Quieres que vaya a buscarla?
Ian torció el gesto.
—Si envío a alguien, me arrancará la piel a tiras por no confiar en ella. Ve mejor a los establos.
Henry me dijo al amanecer que una potra está a punto de parir…
Y antes de que Ian comenzara a quitarle la ropa al bebé para cambiarlo, Lachlan corrió fuera
del despacho.
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Morrigan se quejó nuevamente por la nieve. Había perdido la cuenta de las veces que había
lanzado maldiciones al cielo por no parar de una vez y darle un simple respiro. Nada. Llevaba
seis días cabalgando bajo una intensa nevada que había cubierto tanto la tierra que temía perderse
por los caminos desaparecidos bajo ese manto blanco. Sin embargo, gracias a que había viajado
en incontables ocasiones con su abuelo, había logrado esquivar las tierras de su clan y había
penetrado, si no recordaba mal, en tierras Mackintosh. Estos eran neutrales respecto a su clan,
por lo que, si se cruzaba con alguno de los guerreros Mackintosh, esperaba no tener problemas
con él.
Morrigan suspiró y se arrebujó más bajo su manto y la capa. Maldijo por no haber llevado otra
alforja con más mantas, ya que el frío era realmente abrumador y penetrante. Sin embargo, el
miedo por acabar siendo pasto de los Barclay le hacía seguir adelante.
La joven se preguntó, en más de una ocasión, cómo estarían las cosas en su castillo. Cómo se
habría tomado su padre su desaparición, aunque también cómo se la habrían tomado los Barclay.
Si hubiera seguido en el castillo, ya estaría casada con uno de los responsables de la muerte de su
abuelo, y sería suya para siempre. Eso sin contar con las cosas que le habrían hecho los demás
cuando estuviera fuera de las tierras Chattan.
Morrigan sintió un escalofrío solo por pensar en eso, por lo que intentó no pensar en lo que
pasaría si la descubren, sino en que tenía que seguir huyendo y buscar un lugar seguro muy lejos
de allí.
La joven miró al cielo y vio cómo caían los copos de nieve, aunque estos parecían ser cada vez
más pequeños, dándole cierto respiro para seguir con su camino.
—Ayúdame, abuelo… —murmuró.
Desde que había conocido toda la verdad sobre lo sucedido, no había dejado de mirar al cielo,
acordarse de su abuelo y pedirle ayuda. No quería acabar en manos enemigas para que hicieran
con ella lo que quisieran.
—Ayúdame a encontrar a alguien que me ayude a acabar con ellos…
No sabía cómo lo haría, pero llegaría el momento en el que contaría toda la verdad a alguien y
le pediría ayuda para restaurar los poderes de su clan. No es que ella quisiera ser ya jefa de los
Chattan, pero si habían asesinado a su abuelo por ese motivo, su deber era impartir justicia.
Morrigan suspiró y miró a su alrededor. Hacía tiempo que se había internado en un bosque con
la esperanza de ver alguna cabaña o cualquier otro lugar donde descansar y resguardarse de la
nieve momentáneamente, pero estaba todo cubierto de ese manto blanco y no había nadie cerca a
quien pedir ayuda. Ni siquiera le quedaba ya comida que llevarse a la boca y desde hacía dos
días no había probado bocado alguno.
Se sentía débil y cansada, con la necesidad de sentirse a salvo por primera vez en mucho
tiempo, pero debía seguir, ya que su vida corría peligro. La determinación estaba reflejada en sus
ojos y, por ello, continuó a través del bosque en busca de un lugar donde descansar. Y en ese
momento, el simple pensamiento de que no le importaría morir de hambre o frío cruzó por su
mente, pero al instante se obligó a desecharlo.
Durante los días que llevaba fuera del castillo apenas había dormido. La nieve le había
imposibilitado quedarse a dormir al raso. El frío no le hubiera importado, pero pasar la noche
tumbada o sentada sobre la nieve no era una gran opción, y menos aún con el terror que le
producía sentirla caer sobre ella. Tampoco había logrado encontrar una cabaña en la que
resguardarse para pasar la noche, por eso, apenas se había bajado del caballo durante esos días.
De noche, había seguido su camino, y en parte era algo que prefería, ya que temía que, al parar
durante la noche, su padre y los Barclay acortaran terreno con ella y la descubrieran. Y eso no
había hecho más que aumentar su cansancio, su miedo y la negatividad con la que veía las cosas.
Su humor era cada vez más oscuro y estaba tan rabiosa por todo lo sucedido que se sentía capaz
de morder a la primera persona que le llevara la contraria.
Morrigan azuzó al caballo al tiempo que chasqueaba la lengua. ¿Dónde demonios había un
maldito pueblo donde parar a robar alguna vianda con la que calmar el hambre de su estómago?
¿Dónde había alguien que pudiera indicarle dónde estaba y cuánto faltaba para atravesar las
tierras Mackintosh? ¿Y si se metía en algún problema por estar allí?
Minutos después, cuando había avanzado una buena cantidad de metros, le llegó a Morrigan el
olor de un buen asado que hizo que le rugieran las tripas. Sin embargo, a pesar de mirar a su
alrededor, no vio ninguna casa, pero estaba segura de que había algo cerca de allí. La joven
instigó al caballo una vez más y cuando no había recorrido ni una centena de metros, escuchó el
quejido de una mujer.
Morrigan tiró de las riendas para parar y miró a su alrededor. En la distancia, vio que una
mujer pelirroja había desmontado de su caballo y parecía recoger algo que se le había caído de
las alforjas. La joven entrecerró los ojos y tuvo la sensación de que se trataba de hierbas, por lo
que supuso que era una especie de curandera o la ayudante de la misma. Para su sorpresa, vio
que llevaba una espada colgando de un cinto y maldecía una y otra vez en voz tan alta que logró
arrancarle una sonrisa a Morrigan:
—Maldito montón de mierda putrefacta… Quién me habrá roto la alforja…
Morrigan intentó no carcajearse al escucharla. Jamás en su vida había escuchado a una mujer
maldecir de esa manera y, a pesar de que no la conocía, le cayó bien. Se acercó a ella lentamente,
intentando no asustarla. Y cuando estuvo a su altura, desmontó no solo para ayudarla, sino
también para estirar sus propias piernas, que estaban a punto de congelarse por entumecimiento.
—¿Necesitas ayuda?
La pelirroja, que estaba tan metida en sus pensamientos que no la había escuchado llegar,
levantó la mirada y dejó de maldecir al instante. Durante unos momentos, Morrigan tuvo la
sensación de que estaba observándola con un fin, pero al cabo de unos segundos, acabó
sonriendo y se encogió de hombros.
—Hola —la saludó levantándose del suelo—. Lamento si me has escuchado. Ya sé que no son
palabras propias de una mujer.
Morrigan sonrió y le restó importancia.
—No te preocupes. Tampoco es propio de una mujer llevar una espada y ambas portamos una
en nuestra cadera.
La pelirroja rio y asintió.
—Cierto.
Esta se limpió las manos antes de tenderle una con una gran sonrisa.
—Mi nombre es Tyra Mackintosh. Eres la primera mujer guerrera que ven mis ojos en mucho
tiempo…
Morrigan dejó escapar una sonrisa.
—Soy Morrigan Chattan. Encantada…
Tyra asintió y siguió observándola de una manera que a la joven le resultó ligeramente
molesta, especialmente por el malhumor que ya arrastraba todos esos días de viaje.
—Bueno, si no necesitas mi ayuda, me iré.
Enseguida, la expresión de Tyra cambió por completo y negó.
—Espera un segundo. ¿Qué hace una Chattan por estos lares? Y sola…
Morrigan tragó saliva y se encogió de hombros.
—Voy al norte para ver a unos familiares. Voy sola porque considero que no me hacen falta
las manos de un hombre para protegerme, puesto que yo misma sé luchar.
Tyra rio.
—Concuerdo contigo, pero es una mala época para viajar por las Highlands.
Morrigan suspiró.
—Cierto, pero no podía ser en otra época del año.
—Te entiendo. Cuando debemos hacer algo, no podemos dejarlo para más tarde. Por eso estoy
aquí. Venía del pueblo de curar el brazo de un niño pequeño.
—¿Eres la curandera del clan?
Tyra asintió y después torció el gesto.
—Bueno, sí y no. Soy curandera, pero realmente soy la esposa del laird.
El corazón de Morrigan se sobresaltó al escuchar aquello, y su sentimiento se reflejó en su
rostro.
—Vaya, lo siento. No lo sabía. Lamento haberos tuteado.
—¡No, por Dios! Sigue haciéndolo. Llámame Tyra. A mi esposo tampoco le gustan los
formalismos.
—Espero que no os importe que atraviese vuestras tierras. No busco pelea ni molestar…
Tyra rio y le puso la mano en el brazo.
—Tranquila, Morrigan. Claro que no nos importa. Lo único es que me preocupa que viajes con
esta intensa nevada. Puede causarte problemas. Y tu caballo se ve cansado, al igual que tú.
La joven miró al animal y comprobó que era cierto. Había estado tan metida en sus propios
miedos por ser descubierta que no había pensado más que en poner tierra de por medio para
escapar de su familia y los Barclay.
—Pasaré la noche en alguna taberna —mintió— o cabaña abandonada. El tiempo no es
problema.
—Pero para mí sí lo es como anfitriona de los Mackintosh. No puedo dejar que una mujer que
viaja sola siga haciéndolo en estas condiciones. ¿Por qué no vienes al castillo y te quedas con
nosotros hasta que el tiempo se calme?
Morrigan abrió los ojos desmesuradamente.
—¿Qué? ¿Ir a vuestro castillo? No. Sería un estorbo allí. No puedo hacerlo.
Tyra miró en la dirección de su hogar y esbozó una sonrisa pícara. La mujer que tenía frente a
ella era perfecta. Sí, sin lugar a dudas. No la conocía, pero su aspecto, esa belleza salvaje, la
determinación en sus ojos, su valentía por viajar sola… Sí, era la mujer perfecta…
—Vamos, Morrigan. Solo serán unos días. Y el castillo es bastante amplio. Hay habitaciones
de sobra.
La joven estuvo a punto de negarse de nuevo, pero el rugido de su estómago la delató,
provocando que Tyra riera y le hiciera un gesto con la cabeza en dirección hacia donde se
suponía que estaba el castillo. Abrió la boca varias veces para negarse, pero no se sentía capaz.
Estaba tan cansada, aterida de frío y hambrienta que la idea de pasar aunque solo fuera una noche
frente al calor de una chimenea y comer un guiso de patatas hizo que se planteara la opción de
aceptar. Sin embargo, tal vez eso la retrasara demasiado y provocaría que su padre y los Barclay
acortaran terreno. ¿Y si la descubrían allí? ¿Qué podía pasar? Esa mujer, cuyo semblante parecía
esculpido por los ángeles, parecía buena persona. No la conocía de nada y le estaba ofreciendo su
castillo para descansar.
—Yo… no sé si será lo mejor…
—Mira —Tyra se acercó a ella y puso las manos en los brazos de la joven, comprobando que
su ropa estaba tan mojada por la nieve que le parecía extraño que no estuviera enferma—,
quédate solo hasta que acabe de nevar. Descansarás, te repondrás y después podrás continuar con
tu camino cuando lo desees. Serán solo unos días.
—Pero tu esposo es el laird… Y no quiero molestar. Tal vez él piensa…
—…que está bien… —terminó por ella—. Ian es un gran hombre, ya lo verás. Aceptará
encantado que pases unos días con nosotros. No eres la primera persona que acoge en el castillo.
Venga, no lo dudes más y ven conmigo. Tú has parado tu viaje para comprobar si necesitaba tu
ayuda. Pero eres tú quien necesita la mía. Déjame ayudarte a darte calor y comida, Morrigan.
La joven sonrió tímidamente y asintió. Desde que su madre había muerto, no había vuelto a
encontrar a una mujer que se preocupara por ella en ese sentido. Por eso, su pecho se sintió
repleto cuando Tyra la abrazó sin esperarlo. Ella se lo devolvió, sintiéndose ligeramente
incómoda, ya que no estaba acostumbrada a eso. Y antes de que tuviera tiempo para arrepentirse,
Tyra la instó a montar sobre el caballo y marchar hacia el castillo.
El nerviosismo se apoderó de Morrigan. ¿Y si allí la conocía alguien y sabía que no era una
simple mujer del clan Chattan? Ella era la verdadera jefa de su clan, aunque ahora estuviera
exiliada. Seguramente nadie sabía lo que había pasado con su abuelo, ya que en invierno no
corrían tan deprisa las noticias, pero temía que allí pudiera haber alguien que la reconociera y
echara todo a perder. Sin embargo, una parte de ella tenía claro que si su abuelo le había puesto a
esa mujer en el camino era para algo bueno. Solo tenía que saber verlo.
CAPÍTULO 3
Poco más de quince minutos después, ambas llegaron frente a la enorme muralla del castillo
Mackintosh, provocando que Morrigan se quedara petrificada al ver la magnitud de dicha
fortaleza. Sus ojos se abrieron desmesuradamente, sorprendida por lo que estaba viendo. Siempre
había creído que el castillo de su abuelo era grande, con habitaciones de sobra por todos lados,
pero ese… Ese no era como ningún otro que hubiera visto, y tal belleza y magnitud la hizo
ponerse nerviosa.
—¡Vamos! —la animó Tyra al ver que se quedaba parada admirando el castillo desde ese lado
de la muralla.
Morrigan la miró y comenzó a negar con la cabeza.
—Creo… creo que es mejor que siga mi camino. Te agradezco de corazón que me hayas
invitado, pero… yo no pinto nada aquí.
Tyra sonrió y acercó su caballo al de la joven mientras los guerreros apostados en la muralla
las miraban y esperaban a que se decidieran a entrar después de haber abierto el portón.
—Ya sé que la primera vez que lo ves impone mucho, y por dentro es precioso. Te lo aseguro,
pero las personas que viven aquí tienen un gran corazón. Ian te aceptará…
Morrigan volvió a dudar.
—La noche está a punto de caer, Morrigan. ¿De verdad quieres pasarla al raso bajo la nieve?
La joven negó con la cabeza, incapaz de hablar, ya que se sentía tan agradecida que estaba a
punto de echarse a llorar.
—Entonces, vamos. Estoy deseando ver a mis hijos.
Morrigan asintió y la siguió muy de cerca bajo la atenta mirada de los guardias, que no
apartaron la mirada de ella, haciendo que se sintiera más nerviosa y ligeramente incómoda.
Sin embargo, puso la mirada al frente, en la espalda de Tyra, y trotaron hasta el centro del
patio. En ese momento, apareció el nuevo mozo de cuadras y ambas les tendieron las riendas.
—Ahora vendré yo misma para cepillarlo y desensillarlo.
El chico, que aparentaba poco más de quince años, miró a Tyra.
—Tú deberías descansar, Morrigan.
La aludida negó con la cabeza.
—Siempre lo he hecho yo, y Storm nunca deja que otros lo toquen.
—Está bien, señorita —terció el mozo de cuadras—. Así se hará.
Morrigan asintió y siguió a la mujer del laird del clan hasta el interior del castillo. La joven
estuvo a punto de lanzar un suspiro de alivio cuando sintió en su cuerpo el calor que manaba del
pasillo a pesar de que ahí no había nada encendido. Sin embargo, llevaba tantos días a la
intemperie que casi había olvidado lo que se sentía al entrar en la comodidad de un castillo.
—Sígueme. Ian seguramente estará en su despacho.
Morrigan lo hizo en completo silencio. Por una parte, sentía que no podía hablar por el
nerviosismo que sentía en ese instante. Pero, por otra, estaba realmente anonadada por la belleza
de ese lugar. ¿Cómo era posible que un castillo desprendiera fuerza, recogimiento y perfección?
La dueña de ese lugar la llevó a través de un corredor que recorría uno de los lados de un
precioso patio interior. Las columnas y los arcos, deliciosamente decorados, le proporcionaban a
ese lugar un carisma y atractivo únicos. Con su abuelo había recorrido muchas tierras, pero
ninguna tan hermosa como el castillo Mackintosh. Eso sin contar con la sensación de paz que
transmitía ese lugar.
Tyra torció hacia la izquierda en una de las esquinas y la llevó por otro pasillo, lejano ya del
patio interior. Y a medida que se acercaban al despacho, la joven resopló y comenzó a negar con
la cabeza.
—¿Ocurre algo?
Tyra dirigió la mirada hacia ella y puso los ojos en blanco.
—¿Oyes el llanto?
Morrigan frunció el ceño y asintió cuando el llanto desesperado de un bebé llegó a sus oídos.
No obstante, cuando Tyra iba a responderle, del despacho salió una sirvienta con el pañal de lino
de su hijo, completamente manchado, en las manos. Esta se sorprendió al verla y esbozó una
sonrisa conciliadora, como si quisiera disculparse por algo, por lo que Tyra negó con la cabeza.
—A veces pienso que los hombres solo sirven para la guerra… —murmuró, ligeramente
enfadada.
Morrigan sonrió y paró tras ella cuando Tyra llamó a la puerta del despacho.
—¡Entra!
—Supongo que Mai es la responsable de que Neil haya dejado de llorar al instante… —fue lo
primero que dijo Tyra cuando abrió la puerta y entró.
Morrigan, por su parte, se quedó en la puerta, pues temía entrar y ser partícipe de una pelea de
pareja. Por eso, esperó a que la joven le diera paso.
—No me dejaba cambiarlo.
—Eso es porque no estás acostumbrado a hacerlo, querido —terció Tyra tomando entre sus
brazos a su hijo—. Hola, Neil…
—Los niños prefieren estar contigo. Me tienen manía…
Tyra lo miró enarcando una ceja.
—No voy a responder a eso… Mira, traigo compañía. Entra, por favor.
La joven le hizo un gesto con la cabeza para que pasara al despacho y Morrigan, con las manos
cruzadas por delante del cuerpo, penetró en el mismo con rostro serio. Esta paró en el centro de
este y dirigió su mirada a Ian Mackintosh. Jamás había escuchado hablar de él, y no estaba
segura de si había sido mejor o no. A pesar de ser ligeramente alta, Morrigan tuvo que levantar la
mirada para verlo. Ese hombre era realmente alto y tan imponente que tuvo la necesidad de dar
un paso atrás para alejarse de él cuando se aproximó a ella. Sin embargo, se mantuvo en el sitio y
levantó el mentón, gesto que siempre demostraba ante un hombre cuando este la intimidaba para
no mostrar sus verdaderos sentimientos.
—¿Con quién tengo el honor de hablar?
Morrigan tragó saliva. Su voz, ligeramente rasposa y profunda concordaba a la perfección con
su cuerpo musculoso. La joven carraspeó antes de responder, ya que sabía que Tyra se
mantendría callada para que fuera ella quien se presentara y hablara.
—Soy Morrigan Chattan, señor Mackintosh —Deseó no ser conocida en ese lugar—. Estoy de
viaje desde mis tierras hacia el norte para visitar a unos parientes.
—¿Con esta nevada?
—Eso mismo le he dicho yo —secundó Tyra.
—Sí, me temo que no tenía otra ocasión para visitarlos. Me he encontrado a vuestra esposa en
el bosque y ha insistido para que venga al castillo para descansar y esperar a que el temporal
acabe. Pero si molesto…
Ian levantó una mano para hacerla callar.
—Primero, y, ante todo, por favor, tutéame. No me gustan esos formalismos.
Tyra sonrió.
—Ya se lo he dicho.
Morrigan sonrió tímidamente y asintió.
—Está bien, señor… Ian.
—Y lo segundo, estoy de acuerdo con mi esposa para que te quedes en el castillo el tiempo
necesario. Está siendo un invierno muy crudo y viajar así es muy peligroso. Y tú sola…
—Puedo hacerlo sola porque sé defenderme.
Ian la miró de arriba abajo con una sonrisa.
—No me cabe duda… Mi esposa es igual.
Tyra le guiñó un ojo.
—Pero, aun así, si te quedas sin viandas o tienes un accidente con el caballo, hay pocos
viajeros que podrían ayudarte. Quédate unos días o semanas, lo que sea menester para que tu
viaje sea seguro.
—Solo unos días… No quiero molestar.
Ian negó con la cabeza.
—No es ninguna molestia. El castillo es grande y muchas habitaciones están vacías.
Ordenaremos que preparen una enseguida.
Morrigan asintió e intentó no sentirse abrumada bajo la atenta mirada de Ian. Este la observaba
de forma penetrante, intentando averiguar quién era aquella joven de cabello castaño y ojos
grises que estaba plantada en medio de su despacho con los pies ligeramente abiertos, en
posición defensiva, con una espada colgando de la cadera y una daga en la bota, con los colores
del clan Chattan en su manto y tiritando de frío a pesar de que intentaba, por todos los medios,
mostrarse indiferente. Digna guerrera, sin duda.
Finalmente, Ian acabó asintiendo y le comunicó que una sirvienta la acompañaría a su
dormitorio.
—Te lo agradezco, pero prefiero ir a las caballerizas para desensillar mi caballo. Está
acostumbrado a que solo lo haga yo. Nadie más.
Ian frunció el ceño y asintió.
—Si me disculpáis… —susurró Morrigan antes de girarse para salir por la puerta del
despacho.
Cuando el matrimonio se quedó solo, Tyra intentó disimular con Neil entre sus brazos, pero la
mirada de Ian estaba clavada en ella, esperando explicaciones. La joven se alejó de él para
acercarse a la ventana, pero al escuchar el silencio, se giró hacia su esposo, que la observaba con
una ceja enarcada y los brazos cruzados sobre el pecho, mostrándose imponente.
—¿Qué? —preguntó Tyra intentando disimular—. Me la he encontrado en el camino…
Ian intentó no sonreír para seguir mostrándose serio.
—En otras ocasiones te has encontrado a otras viajeras y no las has invitado a venir…
Tyra carraspeó y se encogió de hombros.
—Bueno, en esta ocasión es diferente…
Ian chasqueó la lengua y se acercó a ella. Puso las manos en su cintura y la atrajo hacia su
pecho, provocando que su hijo, al verse atrapado entre ambos, lanzara una carcajada.
—Claro, y que le juraras a Lach que ibas a encontrarle una esposa antes de que acabara el año
no tiene nada que ver, ¿no?
Tyra abrió desmesuradamente los ojos e intentó disimular.
—¿Yo? ¿Qué dices? Claro que no. Jamás haría algo así.
Ian enarcó una ceja y la soltó, no sin antes darle un beso en la coronilla a su hijo, que lo recibió
con una sonrisa.
—Lach te va a odiar si se entera… Y, por Dios, que no pienso hacer nada si te reta a un duelo
de espadas.
Tyra sonrió y se alejó de él.
—No hará nada…
—Así que no niegas que lo has hecho por él…
La joven le sacó la lengua cuando estuvo junto a la puerta.
—Voy a pedirle a Mildred que prepare un dormitorio para Morrigan.
—¿Sabes que Lach está ahora mismo en las caballerizas?
Tyra se giró hacia él con una amplia sonrisa en los labios.
—Qué casualidad…
Ian negó con la cabeza y se echó a reír con suavidad. Con una simple mirada había logrado
adivinar que aquella joven no era una muchacha normal. Era una auténtica guerrera. Lo había
visto en sus ojos. Y no una guerrera que había aprendido unos simples movimientos con la
espada para defenderse, sino que había sido entrenada para ello. No tenía ni idea de quién era,
pero sin duda iba a causar impresión en Lachlan. Solo le quedaba rezar esperando que el fuego
que pudiera saltar entre ellos no quemara el castillo.
-------
A pesar de que había hecho ese recorrido una sola vez, Morrigan lo recordaba a la perfección.
Caminó a través de los pasillos del castillo con paso firme y seguro. No se sentía realmente
cómoda entre aquellas paredes, pero no podía haber hecho otra cosa si quería sobrevivir. Ian
tenía razón. Solo un loco se atrevería a cruzar los caminos con aquella nevada, pero si él supiera
que realmente estaba huyendo de su propio padre y los Barclay…
Morrigan suspiró. Al menos se libraría de tener que aguantar la nieve durante unos días, ya que
no había llegado a acostumbrarse a ella a pesar de haber estado seis días soportándola. Seguía
dándole miedo y recordándole el rastro de sangre que su madre iba dejando cuando salió a buscar
a su hijo recién nacido en medio de la nieve.
La joven sacudió la cabeza para alejar ese pensamiento de su mente. Fijó su atención en lo que
pasaba alrededor. Se cruzó con dos sirvientes que la miraron de reojo, pero disimularon y
siguieron su camino. Y cuando Morrigan salió al exterior de nuevo y su ropa mojada se volvió a
pegar en su cuerpo, un escalofrío recorrió su espalda. Estuvo a punto de darse la vuelta y correr
hacia ese dormitorio que le habían asignado, pero su caballo también necesitaba cuidados, y para
ella era su prioridad.
Caminó con paso acelerado hacia las caballerizas para librarse cuanto antes de los copos que
seguían cayendo, y cuando entró en ellas, dejó escapar un suspiro de alivio mientras frotaba con
fuerza sus brazos para intentar entrar en calor.
La joven pasó de cuadra en cuadra, admirando los increíbles caballos que tenían en ese lugar.
Y cuando por fin encontró la cuadra en la que habían metido a Storm, se quedó paralizada por la
rabia. Un hombre, que nada tenía que ver con el mozo de cuadras que había tomado las riendas
de su caballo, había desensillado al animal y lo estaba cepillando mientras lo acariciaba
suavemente. Y lo que más le molestó era que Storm estaba tan tranquilo. Jamás había dejado que
nadie que no fuera ella lo cepillara y acariciara, y que se mostrara tan manso con un desconocido
la hizo enfurecer.
Por eso, apretando los puños, habló con rabia:
—A Storm no le gusta que cualquiera le ponga las manos encima…
El hombre, que claramente era un guerrero por la espada que colgaba de su cintura, se giró
hacia ella y arqueó ambas cejas al verla.
Morrigan estaba segura de que temblaba más que antes, de que si hablaba iba a tartamudear, de
que si intentaba moverse se iba a caer al suelo… Como si alguien la hubiera golpeado, la joven
se quedó parada, petrificada y pegada al suelo, pues frente a ella tenía al hombre más atractivo
que había visto jamás. No, atractivo no. Perturbador. Eso sí, se sentía tan perturbada bajo la
atención de aquellos ojos azules que no sabía ni qué decir en ese momento. Un rostro cuadrado y
jovial encuadraba aquellos preciosos ojos sobre una nariz fina, ligeramente aristocrática. Una
barba de color castaño casi escondía una boca firme, ligeramente curvada en una sonrisa. Varios
mechones de su pelo se habían soltado de su coleta y caían rebeldes por su rostro, provocando
que se viera tan salvaje que cualquier otra mujer habría salido corriendo para escapar de él.
Morrigan se obligó a no mirar al resto del cuerpo, tremendamente musculoso, llamativo,
robusto… Su piel blanca estaba ligeramente rosada por el frío y el esfuerzo y sus manos,
claramente callosas, eran tan enormes que lograban abarcar una buena cantidad de carne del
caballo a medida que lo acariciaba.
Ambos se miraban en silencio, como si una especie de hechizo les impidiera hablar, pues el
propio guerrero parecía haber perdido el color del rostro al observarla de arriba abajo.
Y en el momento en el que su traidora mente decidió preguntarse cómo se sentirían en su
cuerpo aquellas manos, Morrigan se obligó a reaccionar, dejándose abrazar por la rabia que le
provocó ver que estaba tocando a su caballo y por lo que, sin saber por qué, le había provocado a
ella.
—Y a mí tampoco me gusta que me miren así… —dijo con voz iracunda.
El hombre parpadeó varias veces y carraspeó antes de responder.
—El mozo de cuadras lo ha dejado aquí solo con la montura aún puesta.
—Porque yo misma se lo he pedido —replicó la joven—. Mi caballo solo deja que yo se la
quite y lo cepille.
El guerrero sonrió de lado y se encogió de hombros mostrando en su rostro una expresión
ligeramente divertida.
—Pues a mí me ha dejado perfectamente. Vamos, ni se ha movido.
Morrigan frunció el ceño y dio un paso más hacia él, pero cuando el aroma del guerrero llenó
su nariz, se obligó a alejarse de él.
—Pues ya estoy yo aquí, así que más te vale que te apartes de mi caballo.
El guerrero bajó las manos, sin soltar el cepillo, y dio dos pasos hacia ella, llenando el escaso
espacio de la cuadra con su cuerpo y logrando acorralarla contra los tablones de madera.
—¿Me estás amenazando, duendecillo?
La boca de la joven se apretó de tal manera que sus labios se quedaron en una fina línea.
—No me llames así, guerrero —le advirtió Morrigan cerrando las manos en puños, dispuesta a
golpearlo—. Dame ese cepillo y mejor ve a peinarte esa liebre que tienes por cabello sobre tu
cabeza antes de que…
—¿De qué…? —la cortó, provocándola.
La miraba atento, expectante por lo que iba a decirle. La verdad es que la forma que tenía la
joven de expresarse le hacía gracia, pues nunca había conocido a alguien como ella, dispuesta a
retarlo e insultarlo mirándolo a los ojos, como si no le importaran las posibles consecuencias que
pudieran tener sobre ella.
—Antes de que te la quite yo y te la estrelle en la cara.
El joven enarcó una ceja y no pudo evitar una carcajada al tiempo que daba un paso atrás y la
miraba de nuevo de arriba abajo.
—Pensaba que ibas a decir algo más ingenioso, muchacha.
Enfadada, Morrigan alargó una mano.
—Dame el maldito cepillo ahora mismo. Es mi caballo y soy yo quien va a cepillarlo y a
ocuparse de él.
La joven vio cómo el guerrero daba un paso atrás y clavaba, de nuevo, los ojos sobre ella.
—¿Cuál es tu nombre, duendecillo?
—No pienso decírtelo, y menos cuando no tengo intención de volver a verte.
Morrigan vio cómo sonreía ampliamente y llevaba una mano a su barbilla para atusarse la
barba. Después, le tendió el cepillo que sujetaba con la otra mano, pero cuando la joven estaba a
punto de aferrarlo, lo dejo caer al suelo.
—Uy, se me ha caído.
Morrigan resopló y lo miró con auténtico odio, matándolo con la mirada, pero a él le hizo aún
más gracia, por lo que sonrió ampliamente mientras se dirigía a la salida de la cuadra.
—Y que sea la última vez que me llamas de esa manera, guerrero —le advirtió con voz aún
tomada por la furia que corría por sus venas.
No sabía quién era, ni le importaba saberlo, pero lo que sí tenía claro era que ese hombre era
un maldito antipático, desvergonzado, atrevido y burlón. La había enfadado más de lo que ya
estaba por culpa de la nieve, el cansancio y el hambre. Antes de llegar al castillo ya se sentía así,
pero ver que alguien más tocaba a Storm sin su permiso había sido la gota que colmó el vaso. Y
que ese hombre se atreviera a llamarla de esa forma y se burlara de ella solo aumentó más su
furia.
Vio cómo se volvía hacia atrás con una sonrisa, aunque con una expresión actuada en el rostro,
como si no supiera a qué se refería.
—¿Cómo, duendecillo? —preguntó visiblemente divertido—. No pensaba que te había
gustado tanto el apodo.
Estuvo a punto de carcajearse cuando vio que Morrigan apretaba los puños aún más y su
rostro, blanco como la nieve, se tornaba rojo por la ira.
—Tranquila, si volvemos a vernos, te volveré a llamar así.
La joven dejó escapar un rugido.
—He dicho… —comenzó replicando.
—¡Adiós, duendecillo! —la cortó marchándose de la cuadra y alejándose en dirección a la
salida de las caballerizas.
Morrigan se agachó para coger el cepillo entre sus manos al mismo tiempo que renegaba entre
dientes.
—Maldito desgraciado… —murmuró.
Y cuando comenzó a cepillar a Storm para intentar calmar sus nervios y su enfado, deseó no
volver a cruzarse con ese guerrero antipático que se había atrevido a tocar a su caballo y a
insultarla, llamándola “duendecillo”. ¿Cómo se atrevía a semejante desplante? Si era un guerrero
de Ian Mackintosh, este debía expulsarlo del clan o al menos castigarlo por tratar de esa forma a
los invitados al castillo. Era un maldito ser irrespetuoso, monstruoso y burlón. Y cuando su
mente añadió un adjetivo más, “atrayente”, volvió a maldecir en voz baja.
—Será gilipollas, malnacido, desgraciado, pelo liebre… —refunfuñó—. Así te muerda un
caballo las pelotas…
CAPÍTULO 4
Media hora después, y con el carácter más calmado y tranquilo, Morrigan dejó caer el cepillo
al suelo y salió de la cuadra. Acarició una última vez a Storm y sonrió mientras exhalaba
lentamente, feliz por el trabajo bien hecho. Cerró la cuadra y dirigió sus pies a la salida de las
caballerizas al tiempo que colgaba de su hombro sus alforjas.
La tormenta de nieve parecía que se había calmado, por lo que pudo caminar lentamente hacia
la entrada al castillo. Se sentía tremendamente agotada y necesitaba rápidamente un baño
caliente, cambiarse de ropa y comer antes de dejarse caer sobre la cama y dormir profundamente,
sabiendo que se encontraba en un lugar seguro, al menos temporalmente.
Cuando la joven llegó a la entrada del castillo, descubrió que Tyra la estaba esperando con una
sonrisa tranquila y feliz. La esposa del laird llevaba en sus brazos a su hijo pequeño, pero una
pequeña cabeza pelirroja asomaba tímidamente por detrás de su cuerpo, haciendo que Morrigan
sonriera ampliamente.
—Me parece que hay un pequeño gnomo a tu espalda.
Tyra dejó escapar una risa y miró hacia atrás.
—Deja de esconderte, Kenna.
La niña asomó de nuevo la cabeza y le sonrió tímidamente a Morrigan, que se agachó para
verla mejor.
—Kenna… qué nombre más bonito.
—Me lo puso mi mamá… —dijo la niña señalando a Tyra.
Morrigan sonrió y le acarició la cabeza.
—Mamá me ha dicho que había una guerrera en el castillo y quería verte. Yo también seré una
guerrera, pero no sé si papá me dejará…
Morrigan fingió enfado.
—Pues muy mal… Tú serás lo que quieras ser. Y si quieres ser una guerrera, tu mamá y yo te
enseñaremos lo que sabemos.
Tyra asintió y acarició también la cabeza de su hija de apenas dos años. Morrigan le guiñó un
ojo y se incorporó.
—Tu habitación ya está lista —le informó la esposa del laird—. Y he ordenado que te preparen
un baño…
Morrigan sonrió y asintió.
—La verdad es que lo necesito, muchísimas gracias, de verdad. No sé cómo voy a poder pagar
todo esto, Tyra.
La aludida se encogió de hombros.
—Si no nos ayudamos, ¿qué clase de mundo tendríamos?
—Uno mucho peor… Pero no quiero causar más trabajo en el castillo.
—No hay problema. Nuestros invitados tienen que estar cómodos. Sígueme…
Morrigan caminó tras ella de la mano de Kenna, que la esperó y levantó su pequeño brazo para
darle la mano, haciendo que la propia Morrigan se viera reflejada en ella. En tan solo unos
minutos, aquella niña le había recordado la inocencia que ella misma tenía y que había olvidado
por completo. Y una parte de su corazón, se emocionó, provocando que estuviera a punto de
llorar de pena hacia ella misma.
—¿Todo bien en las caballerizas? —preguntó Tyra sacándola de sus propios pensamientos.
Morrigan levantó la mirada justo cuando comenzaron a subir las escaleras y vio que Tyra
miraba por encima de su hombro, esperando una respuesta por su parte.
—¿O has tenido algún problema?
Morrigan frunció el ceño al recordar al antipático y grosero guerrero con el que se había
topado, sin embargo, asintió y sonrió.
—Sí, todo bien. Hacía tantos días que no cepillaba y desensillaba a Storm que necesitaba
dedicarle unos minutos.
—Veo que quieres mucho a tu caballo.
—Es el único ser vivo que siento que me aprecia de verdad.
Tyra dejó escapar una exclamación de sorpresa.
—No digas eso, Morrigan. Seguro que hay más personas en este mundo que te quieren de
verdad.
La joven sonrió con tristeza al tiempo que negaba.
—Tenía a mi abuelo, pero está muerto.
Cuando Tyra llegó a lo alto de la escalinata, se paró y se giró para mirarla. Y en el momento en
el que Morrigan llegó junto a ella, le dijo:
—No voy a atosigarte con preguntas por tu vida, Morrigan, porque tal vez no soy la más
indicada, pero si necesitas hablar de algo, aquí me tienes. Nos hemos conocido hoy y apenas
hemos hablado más que unos pocos minutos, pero hay algo en ti que me recuerda a mí, al
momento en el que llegué a este castillo, y me siento identificada contigo. Pero déjame decirte
una cosa: no estás sola. Hay infinidad de personas ahí fuera o en este mismo castillo que estarían
dispuestas a ayudarte y quererte. Te contaré un secreto…
Señaló con la cabeza a Kenna, que aún le aferraba la mano a la joven.
—Mi hija no le da la mano a cualquiera. Te lo aseguro… Y si lo ha hecho es porque ha sentido
que eres especial.
Morrigan sonrió y miró hacia la niña, sintiendo que estaba a punto de emocionarse y que sus
ojos se llenarían de lágrimas. Sin embargo, carraspeó con fuerza y levantó de nuevo la mirada.
—Gracias.
Tyra asintió y señaló el pasillo.
—Tu habitación es la segunda a la derecha. La primera a la izquierda es la nuestra y la de al
lado es la de Lachlan, el hombre de confianza de Ian. Si tienes algún problema en cualquier
momento, puedes pedir nuestra ayuda.
Tyra le tendió la mano a Kenna, que soltó la de Morrigan.
—Te dejamos sola para que puedas instalarte.
La joven asintió y caminó con paso lento hacia el dormitorio. Cuando abrió la puerta, estuvo a
punto de girarse y decirle a Tyra que se habían confundido, pues la belleza que había en el
interior de ese lugar no encajaba con lo que ella había tenido a lo largo de su vida a pesar de ser
la heredera del clan Chattan.
Morrigan entró en el dormitorio y cerró la puerta a su espalda. Sonrió cuando el calor de la
chimenea comenzó a penetrar entre su ropa mojada y dejó caer las alforjas a sus pies. Dio un par
de pasos hacia el centro de la estancia sin dejar de mirar la amplia y cómoda cama que
descansaba al otro lado de la puerta. Dos mesitas reposaban a ambos lados de la misma y una
pequeña ventana dejaba entrar la poca luz que comenzaba a descender en el horizonte, dejando
claro que el día estaba próximo a llegar a su fin.
Morrigan miró hacia la rica decoración de las paredes, cuyos telares llamaron poderosamente
su atención. En una esquina de la habitación, tres baúles descansaban, esperando ser llenados con
su escasa ropa, mientras que un pequeño tocador hizo las delicias de la joven, que nunca había
tenido uno.
La chimenea, con el escudo de los Mackintosh sobre ella, era tan enorme que ocupaba gran
parte de la pared, llenando su espacio con su belleza y su calor. Frente a esta, un par de sillones
habían sido apartados para dejar hueco a la amplia bañera que habían preparado para ella y cuya
agua humeaba, llamándola poderosamente.
Con una sonrisa en los labios, Morrigan se acercó a esta y comenzó a desnudarse. Hasta ese
instante, no se había dado cuenta del frío que realmente tenía. Sentía que su piel estaba aterida
por culpa de la nieve que se había colado entre toda su ropa. Morrigan dejó caer a un lado la
capa, el manto y el resto de la ropa, quedándose completamente desnuda. Tiritó un poco más
hasta que metió el primer pie en el agua y dejó escapar un gemido de auténtico placer. Hacía
tantos días que no se bañaba ni dejaba que el calor penetrara en su cuerpo que cuando se metió
por completo en la tina suspiró tan fuerte que estaba segura de que la habían escuchado desde el
pasillo. Pero no le importó, ya que se dejó caer contra la bañera y cerró los ojos, disfrutando de
ese pequeño placer.
Poco a poco, el calor comenzó a penetrar por los poros de su piel, calmando su cuerpo,
dejando de tiritar y haciéndola sentir bien por primera vez en mucho tiempo. Se preguntó si
estaría mal sentirse tan bien en ese momento a pesar de lo que le había pasado a su abuelo días
atrás. Y le pidió perdón mentalmente cuando sus pensamientos volvieron a dirigirse hacia su
vida.
Los puños de la joven se cerraron cuando, después de todo el día, se permitió pensar en lo que
ocurrió ese mismo día trece años atrás. La garganta se le cerró ligeramente y los ojos se le
llenaron de lágrimas, haciendo que se sintiera aún peor por disfrutar de ese momento de libertad
y calma. Ese mismo día hacía trece años que su madre y su hermano habían muerto. Durante
todo el día había dejado a un lado ese pensamiento y se había centrado en sobrevivir, pero ahora
que se encontraba en un lugar seguro, ese recuerdo había vuelto a su mente. Morrigan intentó no
llorar y se obligó a limpiar su cuerpo con el paño que le habían dejado al otro lado de la bañera.
Le dedicó varios minutos al recuerdo de su madre, pero enseguida se obligó a mirar hacia el
futuro. No podía seguir aferrada a un pasado que solo le había hecho daño, pero el miedo de esos
días parecía hacer que lo que había sucedido con su madre estuviera más latente que nunca.
—Ayúdame, madre, allá donde estés… —susurró—. No dejes que me atrapen.
Lo que había dejado atrás era un auténtico infierno, y temía que algún día la atrapara y no
pudiera completar su venganza contra su propio padre y los Barclay por el asesinato de su
abuelo.
Al cabo de unos minutos, cuando ya se sintió limpia, Morrigan salió de la bañera y se secó con
un trapo que le habían dejado al lado de la bañera. Con el cuerpo cubierto, la joven se acercó más
a la chimenea y suspiró, disfrutando del calor que esta desprendía. Cuando su piel estuvo seca, se
dirigió hacia las alforjas que había dejado caer al suelo, sacó ropa limpia y se vistió con otros
pantalones y una camisa. La joven suspiró al sentir en su cuerpo la ropa limpia y seca, y con una
sonrisa se dirigió de nuevo hacia la chimenea para secar su pelo mientras se decía que ya
guardaría el resto de la ropa en el baúl.
Mientras se peinaba lentamente, desenredando su cabello liado por el viento de los últimos
días, Morrigan dirigió su mirada a su espada, que descansaba cerca de ella en el suelo. Se dijo
que no se la colgaría de la cadera para bajar a cenar, aunque la daga sí la guardaría en su bota, ya
que no le gustaba sentirse desprotegida sin ninguna de sus armas, pero le parecía de mal gusto
aparecer con la espada en el salón de los Mackintosh.
Sonrió al pensar en Tyra y en lo que le habría hecho ofrecerle hospedaje mientras durara la
tormenta de nieve. En varias ocasiones, había visto a su abuelo hacer algo parecido, aunque
siempre se trataba de personas que él conocía, pero desconocidos, jamás. Y estaba segura de que
su padre nunca haría algo así por nadie.
Un ligero sentimiento de culpa la atenazó al pensar en que estaba mintiéndoles. Tal vez debía
haberles contado que ella era en realidad la verdadera jefa del clan Chattan y que se había visto
obligada a exiliarse para salvarse de su padre y los Barclay. Pero temía que, al contarlo, Ian
Mackintosh fuera con esa información al clan Chattan y la obligaran a casarse con Benjamin.
Cuando por fin su pelo terminó de secarse, lo dejó suelto, como le gustaba llevarlo, se calzó las
botas, colocó la daga y salió del dormitorio en busca de Tyra para ir a cenar, ya que la noche se
había dejado caer sobre el castillo y seguramente allí cenaban a la misma hora que en su hogar.
La joven hizo el mismo recorrido que antes y se dejó maravillar por la belleza de ese castillo
mientras bajaba las escaleras.
Cuando llegó al piso inferior, descubrió a Tyra al otro lado del pasillo y en el momento en el
que esta se percató de su presencia, la esperó.
—Lo siento, no sé a dónde tenía que ir —se disculpó la joven cuando llegó junto a ella.
Tyra la observó con una sonrisa. Con el pelo suelto y rebelde, Morrigan estaba aún más
hermosa, y deseó que Lachlan opinara lo mismo. Le gustaba ejercer de casamentera, aunque su
amigo no quisiera una mujer con la que casarse. Y ni siquiera estaba segura de lo que deseaba
Morrigan, pero tenía la sensación de que la joven se sentía tan sola que necesitaba acercarla más
a Lachlan para que se conocieran.
—Estás guapísima, Morrigan —le dijo cuando la joven paró junto a ella.
Esta sonrió y se encogió de hombros, restándole importancia.
—Me dirigía al salón para cenar. Ian ya está allí junto a nuestros hijos y mis hermanos.
Las cejas de Morrigan se alzaron, sorprendida.
—¿Tienes hermanos?
La joven asintió con una sonrisa en los labios.
—Sí, dos. Bueno… —su rostro se ensombreció—, tenía más, pero es una larga historia que
algún día te contaré.
Morrigan asintió. La entendía a la perfección, pues ella misma también tenía su propia historia
que contar. Pero la respetó. Ambas caminaron lentamente por el pasillo hacia el salón.
Recorrieron lugares que sorprendieron a Morrigan por su extraordinaria belleza.
—Supongo que estaréis acostumbrados a que os lo digan, pero vuestro castillo es…
impresionante. No tengo palabras para describirlo.
Tyra sonrió y asintió.
—Yo también pensé lo mismo cuando llegué. Los que lo construyeron tuvieron un gusto
exquisito.
Morrigan asintió y no pudo evitar sentirse nerviosa cuando llegaron frente a la puerta del salón
donde cenarían. Ian Mackintosh le había caído bien, pero había algo en su mirada que parecía
creer saber quién era ella, como si pudiera leer sus pensamientos. Y eso la asustaba.
Cuando Tyra abrió la puerta, se apartó a un lado y la dejó entrar primero. Kenna, la hija mayor
de los dueños del castillo, la recibió con una sonrisa y agitó su mano con tanto brío que hizo reír
a Morrigan. Encabezando la mesa, Ian la miraba con una sonrisa conciliadora mientras intentaba
tranquilizar a su nervioso hijo pequeño, mientras que a su izquierda había una silla vacía para su
esposa, donde, además, en el otro extremo de la mesa estaban sentados los dos hermanos de
Tyra, pues su parecido era tal que sorprendió a Morrigan.
—Te presento a Alice y Bruce, son mis hermanos.
—No lo jures… —murmuró—. Encantada…
Los dos asintieron y señalaron la silla que había vacía justo en el centro de la mesa.
—¿Por qué ellos se sientan solos en el extremo de la mesa?
—Porque las conversaciones de Ian y Lachlan son aburridas —respondió Bruce por su
hermana.
Morrigan asintió y sonrió.
—Ya… Me temo que hablar del clan no es de vuestro agrado…
Ambos negaron con la cabeza, provocando la risa de la joven, que siguió a Tyra y se sentó a su
lado, entre ella y Alice. Enfrente quedaba una silla libre, que supuso que era para ese tal Lachlan
del que tanto hablaban, y a su lado estaba sentada Kenna, que la miraba con una sonrisa.
—Espero que todo sea de tu agrado, muchacha… —dijo Ian apoyando los codos sobre la
mesa.
Morrigan levantó la mirada y asintió.
—Es increíble, de verdad. Tenéis un hogar precioso, cálido y muy acogedor. Es demasiado
para mí. Ya le he dicho a Tyra que no sé cómo voy a poder pagar todo esto… Si hay algo en lo
que pueda ayudar…
Ian negó con la cabeza.
—Los invitados no tienen que pagar estancia.
Morrigan dejó escapar una risa nerviosa.
—Pero no soy una persona que aguante mucho tiempo con los brazos cruzados… Ya
encontraré algo en lo que poder ayudar…
Tyra negó y puso una mano sobre su antebrazo.
—Nadie nos ha obligado a tenerte aquí, así que no tienes que hacer nada, de verdad. Tan solo
descansar y reponerte. Creo que mientras te bañabas podía escucharse tu estómago desde
abajo…
Morrigan rio y asintió.
—No me extraña… Llevo dos días sin comer.
Las cejas de Ian se alzaron de golpe.
—¿Y por qué no has buscado refugio en alguna taberna?
—No llevo dinero, así que no podría pagar…
—Entonces ordenaré que los sirvientes vengan cuanto antes con la cena.
Ian suspiró.
—Es extraño que Lachlan no esté aquí ya. En cuanto llegue, llenaremos nuestros estómagos.
Morrigan asintió y miró con una sonrisa a Kenna, que le hacía carantoñas desde su silla. Ian y
Tyra comenzaron a hablar sobre algunos quehaceres del castillo y desviaron su atención, por lo
que Morrigan se entretuvo devolviéndole las carantoñas a la niña, que reía a carcajadas.
Y en ese instante, el sonido de unas botas pesadas contra el suelo acercándose al salón rompió
la conversación que estaba llevándose a cabo en la mesa. Todas las miradas se dirigieron hacia la
puerta y Morrigan vio cómo sonreía Tyra ante la inminente llegada del segundo al mando de Ian.
—Ya viene…
La joven asintió y siguió la mirada de la esposa del laird. Su corazón comenzó a latir al mismo
ritmo de los pasos del guerrero que se acercaba. No sabía por qué, pero se sentía realmente
nerviosa ante la llegada de esa nueva persona a la que iba a conocer. Hasta ese momento, todo
había ido bien y los dueños le habían abierto las puertas de su hogar, pero no estaba segura de
cómo podría tomarse su llegada el hombre de confianza del laird. ¿Y si él la reconocía y contaba
toda la verdad sobre ella?
Morrigan tragó saliva. Y en el momento en el que las botas llegaron junto a la puerta y esta se
abrió, sintió que apretaba con tanta fuerza la mesa que estaba segura de que llegaría a partirla por
el nerviosismo de su cuerpo. Sin embargo, cuando su mirada se clavó en el guerrero que acababa
de cruzar la puerta y la cerraba tras él para acercarse a la mesa con la mirada puesta sobre Ian,
Morrigan dejó de respirar. No… No podía ser verdad…
—Siento llegar tarde. He tenido una discusión en las caballerizas y…
Lachlan retiró la silla para sentarse cuando se dio cuenta de que había alguien más en la mesa.
No había reparado en ella cuando entró en el salón, pero ahora que descubrió que estaba sentada
justo enfrente de él, se quedó petrificado, anonadado, sorprendido… No había más adjetivos en
el mundo que pudieran describir lo que sintió al ver a la mujer rebelde y antipática que había
conocido en las caballerizas un par de horas antes.
Lachlan parpadeó varias veces, incapaz de creer lo que veían sus ojos. Su voz había
desaparecido, dejando la frase a medio terminar, pero no le importó. Ni siquiera se dio cuenta de
ello. Los ojos de la mujer que había frente a él estaban tan abiertos como los suyos, sorprendida,
pero en los del guerrero también cruzó una expresión de odio que hizo despertar a la joven, que
se echó hacia atrás en la silla para mirarlo mejor.
—¿Tú? —preguntó con voz ligeramente enojada y apoyándolo los puños sobre la mesa,
intentando abrumarla desde su altura.
Morrigan frunció el ceño ante ese tono antipático del guerrero. Ni siquiera fue consciente de
que Ian y Tyra habían dejado de hablar y mantenían la atención fija sobre ellos, sorprendidos
ante la ira reflejada en sus rostros. Ni tampoco se dio cuenta de que su propio rostro había
perdido el color por completo, quedándose aún más blanca que la nieve.
—¿Qué haces tú aquí? —le preguntó la joven con el mismo tono tirante.
Lachlan resopló y apretó aún más los puños sobre la mesa.
—¿Yo? —preguntó elevando el tono de voz—. ¿Qué haces tú aquí? ¡Yo vivo en este castillo!
Tyra carraspeó de forma casi inaudible.
—¿Os conocéis?
Lachlan desvió la mirada hacia ella.
—¿Al duendecillo? —preguntó con inquina—. La he conocido en las caballerizas.
Morrigan dio un manotazo en la mesa tan fuerte que la propia Kenna se bajó de su silla y se
acercó a su padre.
—¡Te he dicho que no me llames así! —vociferó olvidando dónde y ante quién se encontraba.
Lachlan frunció el ceño y simuló pensarlo.
—¿Sí? No lo recuerdo, duendecillo…
Morrigan apretó con fuerza los cubiertos que había junto a su plato, especialmente el cuchillo,
por lo que Ian carraspeó y se levantó de su asiento.
—Lachlan, te presento a Morrigan Chattan. Es nuestra invitada por unos días. —El aludido
refunfuñó—. Morrigan, Lach es mi segundo al mando y a veces tiene la lengua un poco larga.
Ruego lo disculpes, muchacha…
Lachlan resopló con fuerza.
—No pidas disculpas en mi nombre, amigo.
El tono empleado por el guerrero hizo que Ian lo mirara de reojo y con una advertencia clara
dibujada en sus ojos.
—Ahora que ya todo está aclarado, podemos sentarnos a cenar —dijo Ian con tono
conciliador.
Morrigan se dio cuenta entonces de lo que había hecho y sintió que se ruborizaba
completamente. En silencio, volvió a colocar su silla y se sentó justo enfrente de Lachlan, que la
miraba aún fijamente, como si quisiera devorarla a ella en lugar de la comida. Sin embargo,
cuando escuchó carraspear de nuevo a Ian, se sentó frente a la joven y respiró hondo, intentando
calmarse. ¿Cómo era posible que aquel demonio de duendecillo se hubiera colado en la cena de
su amigo? Y ya no solo en la cena, sino en el castillo. ¿Cómo que debía aguantarla durante unos
días? ¿Quién demonios era aquella mujer para sentarse a la mesa con ellos?
Lachlan apretó las manos sobre la mesa cuando la joven levantó la mirada y se atrevió a retarlo
con los ojos. El odio se reflejaba en los ojos de ambos, que no dejaban de mirarse a pesar de que
había más personas en el salón, cuya incomodidad era ya latente entre esas cuatro paredes.
Los sirvientes salvaron el silencio instalado entre ellos cuando llegaron con las cazuelas llenas
de comida. Sin embargo, los dos no fueron conscientes de nadie más que de ellos y de lo que
sentían.
Lachlan entrecerró los ojos. Así que aquel duende se llamaba Morrigan… Sí, un gran nombre
para alguien tan salvaje, maleducada, desvergonzada y orgullosa como ella.
Y tan metidos estaban en sus propias miradas que no se dieron cuenta de la sonrisa que se
dibujaba en los labios de Tyra, aunque desapareció cuando Ian la miró de reojo. En sus ojos vio
la ironía reflejada en ellos y sabía que pensaba que se había equivocado respecto a su intención
de emparejarlos, pero estaba segura de que su esposo se equivocaba. Allí acababa de ver saltar
chispas entre ellos y el fuego que derramaban en ese instante con sus ojos era más que revelador.
No se había equivocado, no. Y solo el tiempo le daría la razón.
Cuando los sirvientes terminaron su trabajo y se marcharon, el silencio volvió a hacerse en el
salón. Ni siquiera el pequeño Neil decía nada. Se había sentado en las piernas de su padre para
comenzar a comer, y a pesar de tratarse de una comida que no le gustaba en demasía, el niño
abría la boca sin mostrar ni una sola queja.
Y fue precisamente la incomodidad por ese silencio la que hizo que Ian carraspeara y se
obligara a romperlo.
—¿Cómo está la potra, Lach?
Este, que se había obligado a desviar la mirada de Morrigan para centrarla en su plato, levantó
los ojos hacia él y le respondió con un tono que denotaba su incomodidad, enfado y tensión.
—Henry estaba equivocado. Aún no está de parto.
Y en otro momento, el guerrero tal vez habría seguido la conversación, pero tras decir aquellas
simples palabras, se mantuvo callado: ni una muestra de cariño hacia los niños, ni una palabra
amable, ni una broma… Ian estaba sorprendido al observar a Lachlan. Sí que lo había alterado la
presencia de aquella joven en el castillo… sí.
El silencio volvió a sumirlos en sus respectivos pensamientos, sin embargo, Lachlan no pudo
aguantar por mucho tiempo hasta que levantó la mirada de nuevo hacia Morrigan y preguntó:
—¿Y a qué se debe la visita del duendecillo?
Su voz parecía más calmada que antes, pero nadie sabía que era precisamente por eso por lo
que por fin se había decidido a hablar. Vio que la joven también parecía haberse calmado y su
carácter bromista no pudo evitar sacarla de quicio de nuevo. Una sonrisa se dibujó en sus labios
cuando vio que Morrigan apretaba con fuerza los cubiertos y resoplaba, enfadada.
Sin embargo, Tyra no le dio tiempo a responder, ya que fue ella la que salió en su defensa.
—Me he encontrado a Morrigan en el camino de vuelta del pueblo. Me ha contado que estaba
de viaje hacia el norte, pero con esta nevada es imposible seguir viaje. Por eso, le he ofrecido
asilo mientras el tiempo mejora…
—¿De viaje tú sola? Con ese carácter no me extraña…
Morrigan abrió la boca para responderle y mandarlo a la mierda cuando Tyra intercedió y le
dijo a Lachlan:
—Tal vez podrías enseñarle la parte del castillo que aún no ha visto…
Ian enarcó una ceja a su lado y, con disimulo, le dio una pequeña patada bajo la mesa. Sin
embargo, la sonrisa conciliadora de Tyra se ensanchó, pero la respuesta no era la que pensaba, ya
que tanto Morrigan como Lachlan respondieron al mismo tiempo:
—¡No! —exclamaron.
Ambos se miraron, retadores, pero ninguno quiso añadir nada más a su respuesta, dejándole
claro a Tyra que no deseaban estar juntos más tiempo del debidamente necesario, como esa cena.
La esposa del laird bajó la mirada hacia su plato y sonrió ampliamente. Ian no estaba de
acuerdo con su juego, pero algo le decía que iba por buen camino. Se odiaban, sí, pero ese odio
encerraba un fuego que haría arder hasta el último rincón de ese castillo.
—Por cierto, Lach, ¿te has cortado el pelo?
La esposa del laird formuló esa pregunta sin saber lo que realmente había pasado. Por eso,
frunció el ceño cuando vio que Morrigan sonreía ampliamente a su lado y bajaba la mirada al
tiempo que se tapaba la boca con una mano mientras Lachlan la miraba con auténtico odio. El
guerrero se mostró ligeramente turbado ante la obligatoriedad de responder a esa cuestión delante
de la joven que había causado que se lo cortara.
Llevaba demasiados meses sin acercarse a unas tijeras. El paso del tiempo y la pereza habían
hecho que fuera dejando su pelo largo, que solía llevar en una coleta atada atrás, pero esa tarde,
después de que la muchacha frente a él lo hubiera llamado “pelo liebre” sintió la imperiosa
necesidad de cortárselo. Por ello, él mismo le había pedido a Mildred que se lo cortara,
dejándoselo como él siempre solía llevarlo.
Inconscientemente, llevó una mano al pelo y lo acarició, sintiéndose terriblemente tonto ante el
hecho de que se hubieran dado cuenta de que se lo había cortado, especialmente delante de
Morrigan, cuya sonrisa veía claramente a pesar de que intentaba taparse con la mano.
—Sí, ya estaba cansado de llevarlo largo —respondió secamente.
Morrigan intentó morderse la lengua, pero no pudo evitar replicar:
—Estaba cansado de la liebre acostada que tenía sobre su cabeza…
Bruce y Alice estuvieron a punto de atragantarse con la comida, al igual que Ian, que tosió
largamente para intentar disimular la risa.
Tyra se mordió el labio, pero logró mantenerse seria ante ese divertido comentario que
provocó que Lachlan mirara a Morrigan con aún más furia en sus ojos.
—Los sirvientes van a tener trabajo para quitar la sangre de las paredes y de los muebles
cuando acabe contigo… —murmuró Lachlan.
Morrigan levantó la mirada y le guiñó un ojo antes de dirigirse a Ian.
—Ya he terminado la cena y estoy realmente cansada. ¿Os importa que me retire a descansar?
—Lástima que el colchón no tenga chinches tan grandes como perros… —susurró el guerrero
cuando su amigo y laird negó con la cabeza.
—Tranquila, ve a descansar.
Morrigan asintió y, sin mirar a Lachlan, que seguía cada movimiento suyo, salió del salón,
dispuesta a marcharse a dormir.
CAPÍTULO 5
Lachlan estaba seguro de que se le iba a indigestar la cena cuando salía por la puerta del salón.
Pocos minutos después de que Morrigan abandonara la estancia y se marchara a descansar,
Lachlan tenía la sensación de que no podía estar por más tiempo delante de Ian y Tyra. A pesar
de que eran sus mejores amigos, no podía dejar de pensar en lo sucedido durante la cena. Por una
parte, se sentía mal consigo mismo por haberse dejado avasallar por la rabia que sintió al ver a la
joven forastera frente a él en la mesa, y eso había hecho que se sintiera incómodo por primera
vez desde que estaba a las órdenes de su amigo. Sin embargo, por otra parte, tenía la sensación
de que había sido una encerrona, pero sabía que ninguno de los allí presentes sabía lo que había
sucedido en las caballerizas cuando se cruzó con la joven, así que no podía culparlos.
Pero, de todas formas, no se encontraba bien. El guerrero caminó por el vacío pasillo hasta que
dio con la puerta de salida del castillo. El aire frío logró calmar, en parte, su mente. Necesitaba
ese fresco para sosegar también su cuerpo. La ira había hecho que comenzara a temblar, pero ese
no era el único sentimiento que le había recorrido el cuerpo esa noche desde que la había visto.
Ese pelo suelto, salvaje e irreverente; su expresión orgullosa y sus ojos retadores habían hecho
que su cuerpo vibrara ante la idea de acallarla con sus labios, de recorrer su cuerpo con su
lengua, de tocarla, de hacerla gritar tan fuerte que los guardias de la muralla la escucharan
suplicar por su vida. Y en ese instante, Lachlan resopló, enfadado consigo mismo. Después, dejó
que el frío de la noche penetrara en su ropa y lo envolviera, enfriando su cuerpo y su mente.
Y cuando por fin se sintió como él solía ser siempre, dejó escapar un suspiro de alivio.
La primera vez que la había visto en las caballerizas pensó que se trataba de un duende que
había acudido a él para volverlo loco y, aunque una parte de él se había divertido ante la idea de
sacarla de quicio, no había podido evitar alterarse él aún más. Le había parecido odiosa,
antipática y malhablada, pero terriblemente atractiva y salvaje.
—Será posible… demonio de mujer… —murmuró dejándose caer contra la jamba de la puerta
de entraba y cruzando los brazos a la altura del pecho.
—¿Hablando solo?
La voz de su amigo Ian a su espalda lo sobresaltó ligeramente. El guerrero giró la cabeza hacia
atrás y lo miró intentando aparentar calma.
—Te he notado un poco incómodo durante la cena… —comenzó diciendo Ian.
Lachlan resopló y volvió a mirar de nuevo hacia el centro del oscuro patio.
—¿Incómodo? —preguntó aguantando de nuevo la ira que parecía resurgir en sus entrañas—.
De haber sido un dragón habría echado fuego hasta por el culo, amigo.
Ian rio a su espalda y se puso a su lado tras darle una sonora palmada en la espalda. Desde que
tenía uso de razón, ambos habían estado ahí el uno para el otro, por lo que no podía marcharse a
dormir con su esposa a sabiendas de que Lachlan se sentía mal por algo que lo carcomía por
dentro.
—Ya veo que te ha caído bien mi invitada…
Lachlan lo miró de reojo fugazmente antes de torcer el gesto.
—¿Cuánto tiempo estará aquí?
Ian se encogió de hombros.
—El que sea necesario, Lach, hasta que pase la tormenta de nieve.
Su amigo resopló de nuevo.
—Eso podrían ser semanas…
Ian volvió a poner la mano en la espalda de su amigo.
—Entonces, espero que vuestra relación mejore estos días…
Lachlan sonrió levemente.
—No tiene pinta.
Y esperó unos segundos antes de preguntarle:
—¿Y te fías de meter en el castillo a una desconocida? ¿Y si no viaja a ver a unos parientes?
¿Y si está huyendo de algo o alguien, tal vez un marido? ¿Y si es una ladrona o asesina? ¿Has
visto cómo viste?
Ian se encogió de hombros.
—La vestimenta de Tyra a veces es parecida. Y recuerda a las mujeres de Fraser y Mackay…
Prefiero pensar en su bondad, y no parece una mala mujer. Además, se ha ganado a Kenna a la
primera. Y ya sabes cómo es mi hija con la gente…
Lachlan torció el gesto.
—Aun así, no me gusta.
—No hace falta que lo digas tantas veces o empezaré a creer que piensas precisamente lo
contrario…
Lachlan frunció el ceño y se incorporó, abandonando su cómoda postura contra la jamba de la
puerta.
—¿Qué dices? ¿Te has vuelto loco? A mí jamás me gustaría alguien como ella. Es
maleducada, orgullosa y tiene un carácter de mil demonios… ¿Cómo iba a fijarme en una mujer
así?
La expresión en el rostro de Lachlan era tan divertida que Ian intentó aguantar las ganas de reír
para evitar enfadarlo, pero conocía a su amigo de toda la vida y sabía cuándo una mujer no le
resultaba indiferente. Y Morrigan, sin duda, no era indiferente para él. Después, lo vio apoyarse
de nuevo contra la pared, como si quisiera disimular, algo que le hizo enarcar una ceja. ¿De
verdad pensaba que a él lo engañaba?
—Por cierto, ¿tú sabías que James Buchanan se ha casado? —le preguntó Ian para cambiar de
tema.
Y precisamente fue ese giro en la conversación lo que le hizo levantar la cabeza a Lachlan con
su habitual sonrisa en los labios.
—Qué cabrón… ¿Lo dices en serio o es una broma? ¿Él? ¿El mismo James Buchanan que tú y
yo conocemos? No te creo…
Ian asintió al tiempo que sonreía ampliamente.
—Te lo juro, amigo. Me he enterado hoy mismo, pero no he tenido tiempo para decírtelo. Y al
parecer está viviendo con Cameron Sinclair. Es lo único que sé. Le tendré que preguntar a Cam
cuando lo vea.
Lachlan negó con la cabeza al tiempo que sonreía y miraba al frente.
—Casado… A dónde vamos a llegar…
—Quién sabe si en unos meses eres tú el que se case… —lo pinchó Ian.
Lachlan se incorporó de nuevo como si lo hubieran pinchado con algo en las nalgas y lo miró
con los ojos muy abiertos.
—No juegues con eso, amigo. Jamás me casaré. Es vomitivo…
Ian le respondió con una sonrisa pícara, le guiñó un ojo y, tras darle una palmada en la espalda,
lo dejó solo nuevamente. El guerrero se tocó la zona más baja del pecho y dio una fingida arcada.
Sí, le había sentado mal la cena, sin duda.
-------
Morrigan lanzó un suspiro de alivio cuando se metió en el dormitorio y estuvo, por fin, sola.
Sin embargo, en ese momento recordó que Tyra le había dicho que el dormitorio de Lachlan
estaba justo frente a su puerta y no pudo evitar sentir un escalofrío de horror al pensar que estaría
demasiado cerca de ella.
La joven cerró los ojos un instante para calmar los rápidos latidos de su corazón. Aún no había
podido digerir lo que había sentido al verlo llegar, y menos aún todo lo sucedido durante la cena.
Se sentía terriblemente avergonzada por haber gritado frente a los dueños del castillo, por lo que
se recordó que al día siguiente tendría que pedir disculpas a Tyra e Ian por su comportamiento.
Pero es que no lo había podido evitar. Ese hombre era un auténtico estorbo. Lo sucedido en las
caballerizas parecía haberse quedado en algo anecdótico tras su baño de la tarde, pero cuando lo
había vuelto a ver solo era capaz de recordar lo que le había provocado su discusión. Y, desde
luego, no era nada bueno.
Y en ese preciso momento, también se sentía enfadada. No iba a dejar que ningún hombre la
domara, así que si ese guerrero pensaba que le iba a hacer la vida imposible mientras estuviera
allí, estaba muy equivocado. Ella era una mujer libre. Se había visto obligada a exiliarse para
seguir siendo libre, y no iba a dejar que nadie le arrebatara esa libertad que tanto sudor le había
costado.
Morrigan se alejó de la puerta y se tumbó sobre la cama sin tan siquiera desvestirse. Y cuando
apoyó las manos sobre las sábanas fue consciente de que allí había algo que no era suyo. La
joven giró la cabeza y vio que se trataba de un camisón. Una pequeña sonrisa se dibujó en sus
labios. Ella no llevaba camisón, así que supuso que había sido la propia Tyra quien había
ordenado que le llevaran uno.
Agradeció mentalmente ese gesto y se incorporó para desvestirse y ponérselo, aunque estaba
segura de que no conciliaría el sueño en toda la noche. Se sentía tan alterada que seguramente
daría vueltas y más vueltas en la cama.
Cuando termino de ponerse el camisón, la joven retiró las sábanas y se tumbó de nuevo para
después arroparse. Lanzó un largo suspiro mientras su mente se dirigía al recuerdo de su padre.
Se preguntó dónde demonios estaría, si tal vez cerca o había tomado otro camino diferente al de
ella, si estaba a punto de descubrirla… No quería causar problemas a los Mackintosh, ya que
sabía que, si la descubrían allí, su padre sería capaz de culparlos y declararles la guerra, y habían
sido tan amables con ella que no podría soportar verlos sufrir, sobre todo, a esos pequeños.
Y con el recuerdo de su padre y las preguntas que le surgían, Morrigan finalmente cayó
rendida por el cansancio.
-------
Cuando los primeros rayos de luz aparecieron en el horizonte, Morrigan abrió los ojos. La
joven se sorprendió por haberse quedado dormida, aunque teniendo en cuenta el cansancio que
había acumulado, no debía extrañarse por haber caído rendida. Y a pesar de que su mente aún
seguía ligeramente adormecida, su primer pensamiento fue dirigido al malestar que sintió durante
la cena cuando apareció Lachlan.
Morrigan lanzó un rugido de rabia. En ese momento, todo rastro de sueño desapareció al
instante, dejándola con un mal sabor de boca cuando la imagen del guerrero apareció en su
mente. ¿Por qué demonios tenía que pensar en él nada más despertarse? Ese hombre era como
una mala pesadilla que parecía haberse filtrado en su mente desde el primer momento en que lo
vio. La había sacado de sus casillas, algo que nadie, salvo su padre, había logrado en toda su
vida.
Por eso, y de mala gana, apartó las sábanas de su cuerpo. Necesitaba comenzar a moverse y
pensar en otra cosa que no fuera el segundo al mando de Ian Mackintosh. Se quitó el camisón y
se vistió con su ropa. Y, al contrario que el día anterior, la joven se colgó la espada de la cadera.
Ella era una guerrera, y teniendo en cuenta que los demás guerreros portaban la suya dentro del
castillo, ella no iba a ser menos. La llevaría consigo mientras estuviera en esas tierras, aunque allí
se sintiera segura. La joven dejó su pelo suelto y salió del dormitorio rumbo al piso inferior.
Morrigan torció el gesto cuando miró hacia la puerta que había justo enfrente de su habitación.
Tal vez allí siguiera Lachlan durmiendo o tal vez había bajado ya a desayunar, pero fuera como
fuera, no tenía ganas de verlo tan temprano por la mañana, pues no quería volver a alterarse de
nuevo.
La joven no pudo evitar otro mohín con los labios cuando vio la nieve en el precioso patio
interior del castillo. Volvía a nevar con fuerza y el frío que desprendía era tal que estaba segura
de que no podría viajar en varios días si la nieve seguía acumulándose. A pesar de que intentaba
pensar en otra cosa, la imagen de su madre, goteando sangre, apareció en su mente y le hizo dar
un paso hacia atrás, como si de verdad estuviera de nuevo en ese momento de su existencia,
volviendo a sentir el mismo miedo, el mismo nerviosismo, de nuevo la misma pérdida…
Morrigan sacudió la cabeza y siguió caminando. Nadie más que ella sabía cuánto odiaba y
temía la nieve. Con el paso de los años, cada vez que llegaba el invierno, temía que fuera tan
crudo como aquel año, y la verdad es que ninguno había vuelto a ser como ese año en el que
murió su madre, hasta ese año. ¿Por qué demonios el tiempo estaba en su contra? ¿Por qué justo
tenía que ser ese invierno tan crudo como años atrás? La joven resopló y se encaminó hacia la
salida del castillo.
Se cruzó con varios sirvientes que apenas le dirigieron la mirada, por lo que salió al exterior.
Una intensa y fría brisa del norte llegó a su cuerpo, provocando que se arrebujara aún más bajo el
manto que cubría sus hombros. Y con paso rápido, caminó hacia las caballerizas.
Una sonrisa se dibujó en sus labios cuando vio de nuevo a Storm. El animal era lo único que le
quedaba de su antigua vida, esa vida que había podido construir ligeramente feliz junto a su
abuelo y que su propio padre le había arrebatado cuando se enteró de que ella sería la siguiente
en la lista de jefes del clan cuando Murdoch Chattan falleciera. Echaba terriblemente de menos a
su abuelo. Sus abrazos, su ánimo, su jovialidad a pesar de su edad, sus lecciones… Todo. Había
sido como un padre para ella, protector, amable y un gran maestro. Y ella no dejaba de sentir
sobre sus hombros el peso de su muerte. Iba a vengarlo. Debía hacerlo.
—¿Has descansado, precioso? —le preguntó a Storm cuando lo vio.
Morrigan acarició su cabeza y se acercó a él para abrazarlo. El animal, como si pudiera sentir
su desazón por la pérdida de su abuelo, también apoyó la cabeza contra ella y se dejó acariciar
con ternura.
—¿Tú también echas de menos las salidas con el abuelo?
Storm movió la cabeza y Morrigan sonrió. Siempre había pensado que el caballo lograba
entenderla mejor que nadie. A veces había tenido la sensación de que le hablaba y le respondía
cuando ella le hacía alguna pregunta, como en ese momento.
—¿Me ayudarás a vengar su muerte?
El caballo volvió a mover la cabeza y Morrigan le sonrió ampliamente. Sin embargo, esa
sonrisa desapareció de golpe cuando escuchó una voz a su espalda.
—¿La muerte de quién?
La joven dio un respingo al oírlo y se giró de golpe con el corazón latiendo desbocado. Su
sonrisa había desaparecido y su cuerpo había pasado de estar relajado a tener tal tensión que
todos sus músculos protestaron cuando se movió.
—¡Oh, no! —se quejó al reconocer a Lachlan parado en el pasillo entre todas las cuadras—.
¿Tú otra vez?
Lachlan, que la había visto entrar en las caballerizas mientras parloteaba con algunos de sus
compañeros junto a la muralla, no había podido resistirse a seguirla para volver a sacarla de
quicio. Había algo en ella que lo atraía y le hacía sentir la necesidad de enfadarla, de provocarla,
de alterarla… Y en esa ocasión no iba a ser menos. Sin embargo, lo que no pensaba era que iba a
descubrir algo de ella mientras la joven hablaba libremente con su caballo. Había escuchado
claramente que quería vengar a su abuelo, y no pudo evitar preguntarse qué le habría pasado.
Estaba seguro de que esa joven guardaba un secreto, y por Dios que pensaba descubrirlo, aunque
le costara la vida.
—Te recuerdo que vivo aquí, duendecillo.
Morrigan lanzó una maldición al escuchar de nuevo en sus labios el maldito apodo que el
guerrero se había empeñado en ponerle. Y la expresión que mostró en su rostro, le indicó a
Lachlan que estaba dispuesta a arrancarle la cabeza si seguía por ese camino. Pero en lugar de
apartarse de ella y seguir con sus quehaceres, Lachlan sonrió, provocándola.
—¿Por qué no te vas a la mierda? —le espetó la joven dándole la espalda de nuevo para
acariciar a Storm.
—Porque es más divertido ver cómo te enojas… —admitió el guerrero acercándose más a la
cuadra donde estaba ella.
Morrigan lo miró de reojo, pues no estaba segura de cuáles serían sus intenciones. Y se obligó
a sí misma a quedarse quieta cuando él se acercó demasiado y acarició a Storm. Ella deseaba
apartarse, pues el pecho del guerrero estuvo a punto de tocar el suyo propio, pero Morrigan se
quedó parada en el sitio y lo miró con rencor y orgullo al mismo tiempo.
—Le caigo bien a tu caballo… ¿No decías que no dejaba que nadie más lo tocara?
Morrigan hizo un gracioso mohín con los labios que hizo que Lachlan se quedara fijo en ellos
durante unos segundos, hasta que se obligó a mirarla. Estaban demasiado cerca el uno del otro,
pero el orgullo de ambos provocaba que ninguno quisiera ser el primero en separarse, pues
significaría debilidad ante el otro.
—Exacto. Supongo que Storm está cavilando la mejor manera de morderte la próxima vez que
lo toques. Y espero que logre arrancarte la mano…
Lachlan sonrió ampliamente y a pesar de la barba, Morrigan pudo ver los hoyuelos que se le
formaron en las mejillas con ese simple gesto, algo que provocó que su interior se agitara con
fuerza.
—Más quisieras, duendecillo.
Y después, mirándola fijamente a los ojos, le habló para intentar sonsacar información después
de lo que había escuchado:
—Me parece bastante curioso que una mujer como tú viaje sola…
Morrigan dejó escapar una risa nerviosa, aunque supo disimularla bien.
—¿Debería ir con un séquito? —preguntó con tono claramente irónico.
Lachlan sonrió aún más, haciendo que su rostro se iluminara por la diversión que le producía
aquella conversación.
—No, pero con tu familia, un guardia, tu marido…
Lachlan tragó saliva ante la idea de que la joven le dejara claro que estaba casada. No sabía por
qué, pero algo dentro de él le molestaba el hecho de que esa mujer tan salvaje pudiera ser de
alguien. Sin embargo, la respuesta de Morrigan no fue del todo clara.
—Prefiero viajar sola…
Lachlan enarcó una ceja.
—¿Acaso huyes de alguien? —no pudo evitar preguntar.
Morrigan dejó escapar un refunfuño al tiempo que daba un paso atrás. Necesitaba alejarse de él
para evitar seguir aspirando su aroma. Su simple presencia la alteraba, y el hecho de que
estuviera tan cerca de ella solo incrementaba lo que le hacía sentir. Y eso no le gustaba.
—Oye, ¿no puedes seguir con tu maldito camino y dejarme en paz?
Lachlan se mordió el labio inconscientemente. Estaba disfrutando de lo lindo sacando de sus
casillas a aquella salvaje y antipática mujer.
—¿Este caballo realmente es tuyo? —siguió preguntando ignorando las palabras de la joven.
Morrigan frunció el ceño.
—¿Storm? ¡Claro que sí! Me lo regaló mi abuelo cuando era pequeña.
Lachlan asintió de forma casi imperceptible.
—¿Quién era tu abuelo?
La joven dio un paso más hacia atrás. Intentó que sus ojos no se llenaran de lágrimas ante el
recuerdo de su abuelo. Le habría gusto decir que fue el mejor laird de su clan en toda la historia
de los Chattan, pero tendría que dar demasiadas explicaciones después de eso. Por ello, se
revistió con su inseparable orgullo y le respondió:
—¿Y a ti qué demonios te importa? ¿Me estás interrogando?
Lachlan sonrió. Sin lugar a dudas, aquella mujer era realmente inteligente.
—Solo estoy intentando adivinar qué haces aquí.
El ceño de la joven se frunció aún más.
—Fue la mujer de tu laird la que me insistió para venir aquí. Yo viajaba sola y sin pensar en
molestar a nadie con mi presencia. De hecho, me negué en varias ocasiones porque quería seguir
mi camino. Pero estaba cansada y hambrienta y me convenció.
Los ojos de Lachlan estaban clavados en ella, como si no la creyera del todo.
—¿Y cuándo piensas marcharte?
Morrigan resopló.
—Si quieres, subiré ahora a por mis cosas y me marcharé. Sinceramente, lo haría si eso me
libra de tu presencia para siempre.
Sin embargo, Lachlan no respondió, sino que sonrió ampliamente y se separó de la cuadra de
Storm para marcharse hacia la salida.
—Ian y Tyra nos estarán esperando para desayunar…
Morrigan torció el gesto. No quería caminar junto a él, pero no le quedaba más remedio, así
que comenzó a mover sus pies hacia la salida y, sorprendentemente juntos y en completo
silencio, entraron en el castillo para dirigirse a desayunar.
CAPÍTULO 6
Justo después de terminar la primera comida del día, Tyra le pidió a Morrigan que la
acompañara a las cocinas para que la ayudara en unos quehaceres del clan. Sorprendentemente,
la hora que había durado el desayuno había sido calmada, diferente a la noche anterior. Y aunque
Lachlan y Morrigan no dejaban de lanzarse dagas con los ojos, ambos se habían mantenido
extrañamente callados y habladores con los dueños del castillo.
Tyra había intentado, por todos los medios, que no se le notara la satisfacción que le provocaba
ver que el segundo al mando del clan y su invitada no se sacaban los ojos como la noche anterior,
pero sabía que había trabajo por delante hasta descubrir si ambos estaban hechos el uno para el
otro. Y aunque Ian le había insistido varias ocasiones durante la noche para que los dejara en paz
y no se metiera en esos menesteres, se había empeñado en buscarle a Lachlan a una buena mujer
con la que pasar el resto de su vida.
—De verdad que te agradezco muchísimo que me dejéis quedarme en el castillo —le dijo
Morrigan mientras caminaban solas por los pasillos.
Tyra le había pedido a la institutriz de los niños que se quedara con ellos mientras ella hacía su
trabajo en el resto del castillo, por lo que estaban ellas solas.
—No hace falta que me lo agradezcas continuamente, Morr. ¿Puedo llamarte así?
La joven sintió que su corazón se sobresaltaba al escuchar ese sobrenombre que su propio
abuelo le había impuesto desde que era pequeña.
Tyra, al ver que la expresión de su rostro había cambiado por completo, se disculpó.
—Lo siento, no quería molestarte…
—No, no es eso. Es que solo mi abuelo me llamaba así, y me he acordado de él. Pero sí,
puedes llamarme así.
Tyra sonrió.
—Debías de llevarte muy bien con él para recordarlo con ese cariño.
—Él me enseñó todo lo que sé. Fue el único que me apoyó para que aprendiera a luchar.
Tyra le puso una mano en la espalda.
—Lamento su pérdida.
Morrigan asintió y se encogió de hombros para intentar restarle importancia.
—No pasa nada.
—Por cierto, no hace falta que lleves tu espada. Aquí estás a salvo.
La aludida sonrió.
—Lo sé, pero me siento protegida con ella. Es una tontería, pero nunca se sabe cuándo se va a
tener que usar.
—Cierto. Yo ya me he acostumbrado a dejarla, más que nada por los niños, que siempre
intentaban cogerla…
Ambas rieron mientras cruzaban el umbral de la puerta de las cocinas, que en ese momento
estaban vacías. Y Tyra le hizo un gesto para que la acompañara hasta la despensa.
—Ian me ha dicho que tenemos viandas de sobra para todo el invierno, pero me gusta
comprobarlo por mí misma, especialmente si tenemos la intención de hacer una fiesta.
Morrigan arqueó ambas cejas.
—¿Una fiesta?
Tyra sonrió y asintió.
—Sí, me gustaría hacer una fiesta para Navidad. Hace demasiado tiempo que Ian no ve a sus
mejores amigos, así que he pensado invitarlos. Son los lairds de varios clanes de las Highlands,
así que necesitamos mucha comida y bebida para llenar sus estómagos.
El corazón de Morrigan se sobresaltó, aunque pensó que para entonces ella ya no estaría en el
castillo, ya que temía que alguno de esos lairds fuera amigo de su padre y la descubrieran.
La joven se aclaró la garganta mientras miraba cómo Tyra iba de un lado a otro mirando en los
cajones, cajas y sacos que había en la despensa. Todo parecía estar repleto para el invierno y
mucho más, así que Morrigan tenía claro que tendrían viandas de sobra para la fiesta.
—¿Y en qué consiste la fiesta? —le preguntó.
Ella no recordaba haber ido a ninguna, por lo que no sabía qué sucedía en un evento de ese
calibre.
—Lo típico en estas fiestas y la fecha que es…
Morrigan frunció el ceño y se encogió de hombros, incapaz de comprenderla.
—¿Y qué es lo típico?
—¿No lo sabes?
Morrigan se mostró ligeramente incómoda. Le habría gustado decir que sí, que lo sabía, pero
desde que había muerto su madre no habían vuelto a celebrar nada en el castillo, y no tenía
recuerdos de los años anteriores a su muerte.
—Hace años que en mi cast… casa no se celebra nada —la joven se golpeó mentalmente por
haber estado a punto de decir la palabra castillo, pues eso dejaría entrever que pertenecía a una
familia importante de su clan.
—Bueno, es una simple celebración entre amigos, nada más. No te preocupes.
—De todas formas, para entonces yo ya no estaré aquí.
Tyra puso los ojos en blanco.
—Lo más sensato es que pases el invierno aquí. Ahí fuera es peligroso.
Morrigan abrió los ojos desmesuradamente.
—¿Todo el invierno? —preguntó, sorprendida—. Eso es imposible. Sería abusar de vuestra
hospitalidad.
—No es abusar, Morr. Es ser sensata. La nieve no cesa de caer y en algunos puntos sobrepasa
el metro de altura… Es muy peligroso…
La joven sabía que tenía razón, pero pasar allí el invierno era una completa locura. Su padre
terminaría por encontrarla y entonces… entonces los Mackintosh irían a la guerra.
—Bueno… el tiempo lo dirá —respondió sin volver a negarse, pero tampoco confirmando que
iba a quedarse.
Tyra asintió y le sonrió, girándose de nuevo y pidiéndole su ayuda para comprobar que todo
estuviera en orden.
-------
A la mañana siguiente, Morrigan se levantó de mejor humor. El día anterior había sido
realmente tranquilo, con menos nieve caída y con una comida y cena tranquilas al tener que
soportar la presencia de Lachlan. Solo lo había visto en esas ocasiones, por lo que el resto del día
había estado libre para ayudar en las cocinas o para hablar con Tyra y así conocerse un poco
más.
Y ese día, tras el desayuno, cuando Tyra le dijo que tenía que hacer unas cosas importantes,
Morrigan se vio sola. La joven caminó a través de la preciosa arcada del patio interior sin saber
qué hacer. Fue ese aburrimiento el que hizo que volviera a sentirse sola y desprotegida. Rezó
para que su padre estuviera lejos de allí y no se atreviera a pisar tierras Mackintosh, ni para
atravesarlas ni para preguntar en el pueblo o en el castillo si la habían visto. Y el hecho de pensar
en que ya podría estar casada con Benjamin Barclay le puso el vello de punta.
En ese momento, mientras se apoyaba en la balaustrada, vio que no estaba nevando, lo cual
significaba un pequeño respiro en medio de esa tormenta que estaba inundando Escocia de nieve.
La joven miró hacia el cielo y lo vio encapotado. Rezó entonces para que dejara de nevar, y así
pudiera marcharse pronto de allí. No quería abusar de la hospitalidad de los Mackintosh ni
tampoco soportar por mucho tiempo más al odioso guerrero que le había hecho demasiadas
preguntas el día anterior. Estaba claro que no se fiaba de ella, y se lo había dejado claro con la
mirada y esas preguntas. Pero no debía importarle, pues no era él quien había insistido para que
se quedara en el castillo.
Se preguntó qué harían en ese lugar después de un copioso desayuno, ya que no todos los
guerreros hacían guardia al mismo tiempo, ni todos tenían quehaceres importantes que hacer con
otros pueblos, y menos con esa nieve. Por ello, dejó su puesto contra la balaustrada y caminó
hacia el exterior del castillo. Todo estaba demasiado tranquilo y en orden, por lo que estaba
segura de que los guerreros se encontraban fuera en el patio o en otro lugar fuera de los muros de
la fortaleza.
Con paso firme, Morrigan se colocó el manto sobre los hombros y salió al exterior. Y en ese
instante, cuando llegó a sus oídos un gemido de dolor y otro de victoria, no pudo sino esbozar
una sonrisa al ver lo que estaba sucediendo. Parte de los guerreros del castillo estaban entrenando
a conciencia en el patio, aprovechando que en esos momentos no estaba nevando.
Pero aquella sonrisa que tenía en sus labios se quedó congelada cuando vio algo que también
estuvo a punto de paralizarle el corazón. En el centro de la pelea se encontraba Lachlan riendo
fuertemente al tiempo que hacía movimientos obscenos con la mano mientras charlaba con el
resto de sus compañeros. Por lo que Morrigan entendió, el guerrero acababa de ganar uno de los
combates a su compañero que ahora se encontraba sangrando ligeramente de una herida en el
brazo.
Pero lo que más llamó poderosamente su atención y la dejó petrificada en la jamba de la
enorme puerta fue que Lachlan se encontraba sin la camisa puesta, completamente desnudo
desde la cintura, como si el increíble frío que hacía en ese momento no le afectara en absoluto.
Morrigan dirigió su mirada al cielo y vio que seguía encapotado, y después dio un paso hacia
fuera, sintiendo la fría brisa del norte. ¿Cómo era posible que el guerrero estuviera tan tranquilo
sin camisa con el mal tiempo que hacía? ¿Es que acaso no era capaz de sentir aquella
temperatura congelada?
Pero cuando los ojos de la joven volvieron a recorrer su anatomía, sintió que se le secaba la
boca. No era el primer hombre al que veía desnudo. De hecho, hacía tiempo que dejó de ser
virgen cuando se topó con uno de los guerreros más jóvenes de su clan en un pajar. Pero ese
cuerpo… no parecía ser de este mundo. Nada tenía que ver con lo que ella había visto
anteriormente. Lachlan poseía una anatomía más propia de un dios vikingo que de un simple
guerrero mortal. Sus musculosos brazos casi parecían tener la misma anchura que los muslos de
la joven y el brazo derecho, con el que aferraba con fuerza su espada, estaba tan contraído que
las venas podían verse a través de la piel.
Inconscientemente, Morrigan se mordió el labio. Jamás en su vida había visto semejante
hombre, tan llamativo, tan musculoso, tan poderoso, tan… sensual. La joven sacudió la cabeza y
se golpeó mentalmente por tener esos pensamientos. Lo odiaba. Sí, ella lo odiaba. ¿Cómo se
atrevía a pensar algo así de él? No era sensual o atrayente, sino odioso y maleducado.
Y cuando se giró para entrar de nuevo en el castillo y alejarse de aquella visión, escuchó una
voz que la llamaba.
—¡En, duendecillo!
No hacía falta mirar para saber quién la estaba llamando. Morrigan torció el gesto y se giró de
nuevo hacia el patio de mala gana. ¿Cómo se atrevía a llamarla así delante de todos los
guerreros? Iba a matarlo…
Lachlan sonrió ampliamente cuando sintió sobre él la mirada iracunda de la joven y se acercó
unos pasos hacia ella para que lo escuchara con claridad.
—¿Ya te vas?
Morrigan se obligó a mostrar una sonrisa irónica.
—Me temo que no tengo paciencia suficiente para aguantar el orgullo que exudas por tu piel…
Lachlan rio.
—¿Te has fijado en mi piel para saber lo que sale de ella? Vaya… eso me sorprende,
duendecillo.
Morrigan apretó los puños.
—Te he dicho que dejes de llamarme así.
La sonrisa del guerrero se torció ligeramente, divertido.
—¿Qué hacías ahí espiándonos?
Morrigan frunció el ceño.
—No os estaba espiando. Simplemente estaba dando un paseo y os he visto entrenar. Nada
más.
Lachlan giró la espada en su muñeca y la miró de arriba abajo, comprobando que llevaba la
suya colgada de la cadera.
—Tú eres una guerrera, ¿no? ¿Por qué no sales a entrenar con nosotros?
—Porque no me apetece verte la cara —respondió desde la jamba de la puerta.
Los demás guerreros rieron ante su comentario, pero Lachlan tenía preparado uno en la punta
de la lengua que la iba a soliviantar.
—¿No te apetece verme o no quieres que descubramos que realmente no sabes usar la espada?
En ese momento, Morrigan dio un paso hacia él, abandonando su puesto y provocando que la
sonrisa del guerrero fuera aún más amplia.
—¿Cómo te atreves a poner en duda lo que soy?
Lachlan se encogió de hombros, disfrutando como un chiquillo de ese momento.
—Bueno, es que como te niegas a luchar, me haces dudar… Tal vez solo la llevas para mentir
a todo el mundo y hacernos creer que sabes usarla.
Con el ceño fruncido, Morrigan desenvainó la espada y se acercó lentamente a él. Los demás
guerreros se frotaron las manos ante el inminente combate que estaban a punto de presenciar y se
retiraron lentamente, dejándoles el hueco necesario para poder luchar.
Lachlan volvió a hacer girar la espada con su muñeca y la miró con una amplia y poderosa
sonrisa. Morrigan resopló ante esa visión orgullosa y segura del guerrero, que lograba sacarla de
quicio.
—Si yo fuera tú, no estaría tan segura de mis palabras, pelo liebre.
La sonrisa de Lachlan menguó cuando sus compañeros comenzaron a reír ante el apelativo con
el que la joven se había dirigido a él. Por ello, aferró su espada con ambas manos, separó las
piernas ligeramente, preparándose para atacar.
Al ver lo que había conseguido en él, Morrigan esbozó una ligera sonrisa e hizo el mismo
gesto. Repasó todo lo que su abuelo le había enseñado a lo largo de los años y, con una seguridad
aplastante, la joven fue la primera en atacar.
Su pelo largo ondeó al viento cuando corrió hacia él y estuvo a punto de desviar su atención
cuando vio cómo todos los músculos del pecho del guerrero se contraían para parar el primer
golpe con la espada. Sin embargo, se obligó a mantener la mente en la lucha, pues en ese
instante, aunque era un simple entrenamiento, se estaba jugando su propio honor como guerrera
ante todos los Mackintosh. ¿Cómo se atrevía el guerrero a poner en duda si ella sabía o no usar la
espada? ¿Para qué demonios iba a llevar una colgando en su cadera si no era para defenderse en
caso necesario?
—No te humilles, duendecillo —susurró Lachlan cuando las espadas de ambos entrechocaron
una vez más y estuvieron más cerca de lo que a los dos les hubiera gustado.
Morrigan rechinó los dientes antes de responder.
—Ten cuidado, a ver si el humillado vas a ser tú… Aún no ha nacido el hombre que ponga en
duda mi dominio con la espada.
Lachlan sonrió.
—¿Tu padre también estuvo de acuerdo con que aprendieras a usarla?
Y, sin saberlo, Lachlan había dado en el clavo. El guerrero vio cómo la expresión en los ojos
de la joven cambiaba por completo, y se dio cuenta de su error, pero ya era demasiado tarde y su
orgullo le impidió decir nada más. En ese momento, Morrigan apretó con fuerza los labios y
rugió antes de empujarlo con tanta fuerza que logró desestabilizarlo. Lachlan se vio impulsado
hacia atrás varios pasos y estuvo que poner toda su atención en los movimientos de Morrigan,
que se volvieron duros y, en el caso de no prestar demasiada atención, certeros en varios puntos
estratégicos del cuerpo.
Morrigan comenzó a demostrar con fiereza por qué en su clan la habían considerado como una
de las mejores guerreras a las que había entrenado su abuelo. Movía la espada con destreza,
describiendo cada arco con firmeza y sin una pizca de duda en ello. Sus pies se movían con
rapidez de un lado a otro, aprovechando todo el espacio que el resto de guerreros les habían
cedido. Y, sin prestar atención a lo que pasaba a su alrededor, Morrigan siguió atacando a
Lachlan.
La joven sentía un ligero pinchazo en el corazón desde que el guerrero le había mencionado a
su padre. Y a pesar de que había visto su arrepentimiento nada más darse cuenta de que se había
equivocado, el daño ya estaba hecho, la furia ya había sido despertada y los recuerdos de todo el
daño que había sembrado su progenitor volvieron a hacerle daño, como siempre.
Se obligó a sí misma a que el pulso no le temblara. Atacó con fiereza al guerrero, intentando
hacerle aunque solo fuera un mínimo del daño que él le había hecho con esas simples palabras.
Sí, tenía razón, su padre jamás había estado de acuerdo en que su hija fuera mejor guerrera que
él. Y, de hecho, había sido capaz de envenenar a su propio padre para ser él y no ella quien
gobernara el clan Chattan. El dolor por la pérdida y el daño infringido hicieron que Morrigan
comenzara a soltarlo, imprimiendo en cada movimiento y cada golpe más fuerza de la que
debería mostrar en un simple combate de entrenamiento. Para ella se había convertido en algo
más, y Lachlan fue consciente de ello cuando la punta de la espada de la joven estuvo a punto de
rozar su cuello sin una pizca de arrepentimiento por ello.
Lachlan frunció el ceño y prestó toda su atención a lo que la joven frente a él desprendía. Sin
lugar a dudas, era una gran guerrera y no hacía falta que siguiera demostrándolo, pero el dolor de
sus ojos hablaba demasiado, y él tenía demasiados conocimientos sobre cómo leer los
sentimientos de los demás.
En un momento dado, cuando ambos comenzaron a resollar por el esfuerzo, Lachlan hizo un
movimiento que logró acercar a Morrigan hacia él en el instante en el que pudo apresar la espada
de la joven. A tan solo un palmo de su rostro, la miró a los ojos y le dijo:
—Ya has demostrado suficiente. ¿Qué tal si lo dejamos antes de que te hagas daño?
El ceño de Morrigan se frunció tanto que logró unir ambas cejas.
—No te equivoques, pelo liebre. Un verdadero guerrero no abandona jamás una batalla.
Lachlan sonrió cuando la joven intentó liberar su espada, y la retuvo un poco más.
—Esa batalla podría conllevar que sangres, duendecillo. Sería una lástima…
—No temo que sangre mi cuerpo después de que lo haya hecho tantas veces mi corazón —le
espetó la joven—. ¿O es que acaso te rindes?
Lachlan sonrió de lado.
—¿Rendirme yo?
El guerrero abrió la boca para decirle algo más, pero Morrigan levantó uno de sus apoyos y le
clavó la rodilla en su entrepierna, provocando que Lachlan lanzara un gemido de dolor y se
doblara sobre sí mismo. Eso también provocó que la presión que este ejercía sobre la espada de
la joven se desvaneciera, por lo que Morrigan pudo apartarse de él y respirar profundamente.
—¿Qué pasa, pelo liebre, te duele algo?
Sus palabras provocaron la risa de los guerreros que estaban presenciando la lucha entre ellos.
Y cuando Morrigan levantó la mirada hacia ellos, descubrió que Ian se había unido a ellos y la
miraba seriamente y con los brazos cruzados sobre el pecho. La joven se sintió mal entonces y
estuvo a punto de darse la vuelta para marcharse de allí antes de meterse en un buen lío, sin
embargo, Lachlan rugió de rabia y se lanzó hacia ella. Este la aferró de la cintura y logró
levantarla del suelo para después empujarla lejos de allí.
Morrigan aterrizó en el suelo, lanzando un gemido de dolor cuando sintió que todos sus huesos
mordían el polvo. Y a pesar de que rápidamente giró sobre sí misma, para incorporarse, Lachlan
fue más rápido y logró interponer su espada en su camino, poniéndola sobre su garganta. Con un
movimiento veloz, el guerrero la atrajo hacia él, aprisionándola contra su pecho y, acercando los
labios a su oído, le dijo:
—Vuelves a estar atrapada, duendecillo. —Morrigan sintió un escalofrío al escuchar su voz
ligeramente enronquecida tan cerca de ella. Incluso su cálido aliento le provocó cosquillas en su
cuello, logrando enfurecerla más, pero a pesar de que intentó desasirse de él, solo consiguió que
la hoja de la espada le hiciera un pequeño corte en la base del cuello—. Podría acabar contigo si
quisiera.
Morrigan intentó no pensar en el hecho de que su espalda estaba tocando el pecho desnudo de
Lachlan y que los brazos alrededor de su cuerpo la calentaban de una manera que jamás había
sentido, así que se obligó a responder rápidamente.
—No tienes lo que hay que tener para hacerlo —lo retó con los dientes apretados.
Lachlan le giró la cabeza ligeramente para poder mirarla a los ojos y, en esa cercanía, logró ver
todos los tonos de azul grisáceo que había en ellos, algo que lo desestabilizó inexplicablemente.
—No me tientes, duendecillo.
Morrigan intentó no apoyar la cabeza en el hombro desnudo del guerrero, pero la postura se lo
impedía.
—Venga… aprieta un poco más tu espada y rájame el cuello. Solo así podrás apartarme de tu
camino…
Lachlan la miró fijamente, y una voz a su espalda llamó su atención, obligando a girar a
Morrigan para dirigir su mirada hacia Ian.
—Lach… —le advirtió este.
Sin embargo, su orgullo le impedía soltarla.
—Vamos, aprieta… —lo animó la joven.
El guerrero hizo un pequeño corte en el cuello de la joven del que escapó un fino hilo de
sangre.
—Lach… —volvió a repetir Ian acercándose más a él con la mano ligeramente levantada.
—Sería tan fácil quitarme del medio —susurró la joven.
Ian frunció el ceño y clavó la mirada en los ojos de Lachlan, que también estaban fijos sobre su
laird y amigo. Ian negó con la cabeza de forma casi imperceptible, pero él logró verlo y lo
entendió a la perfección.
—Lach, por favor…
Este sonrió y acabó soltándola bajo la atenta mirada de Ian. Después, desvió la mirada hacia
ella y le dedicó una sonrisa mientras Morrigan se tocaba la herida del cuello.
—Si acabo contigo, no podrías seguir apreciando mi innegable belleza —dijo el guerrero
señalando su propio cuerpo con sus manos—. Y sería una pena que no disfrutes de mi presencia.
Lachlan envainó la espada y le guiñó un ojo a la joven.
—Te he ganado, pero buen combate, muchacha.
Morrigan no pudo evitar que una expresión de sorpresa se dibujara en su rostro, lo cual hizo
sonreír aún más a Lachlan, que se aproximó a Ian sin dejar de mirarla.
—Me temo que tenemos cosas que hacer en el clan. Otro día seguiremos, Morrigan…
Y su nombre, escuchado de sus labios, sonó extraño, como si no le perteneciera. Y antes de
que tuviera arrestos para contestar, Ian y Lachlan se marcharon, dejándola sola.
La joven aún tenía la respiración alterada cuando envainó la espada. Aquello había sido uno de
sus momentos más extraños, pero a la vez más estimulantes de toda su vida, aunque jamás se lo
diría a Lachlan.
Morrigan estuvo a punto de girarse y marcharse de allí, pero cuando levantó la mirada hacia el
resto de guerreros, vio que uno de ellos se acercaba con una amplia sonrisa conciliadora en los
labios.
—Felicidades, buen combate.
Morrigan le devolvió la sonrisa.
—Gracias.
—Soy Henry. Tu nombre es Morrigan, ¿verdad? —La joven asintió—. A los chicos y a mí nos
gustaría invitarte esta tarde a jugar y beber con nosotros en el pajar…
Morrigan frunció el ceño.
—Lo sé, suena mal —dijo con una sonrisa nerviosa—. Lo siento. Es que tenemos la tarde libre
y solemos aprovechar para jugar y ganarnos un dinero extra de nuestros compañeros mientras
bebemos y nos divertimos.
La joven dudó y en el momento en el que se planteó negarse, Henry le dijo:
—Sabremos respetarte. Una guerrera siempre será bienvenida entre el resto de guerreros. Será
divertido.
Morrigan se retorció las manos. Sin embargo, se dijo que no tenía nada mejor que hacer, y tal
vez así podría olvidar lo que había sucedido con Lachlan, por lo que asintió.
—Está bien. Contad conmigo.
La sonrisa de Henry se ensanchó y se despidió de ella, diciéndole:
—Te vemos entonces a primera hora de la tarde en el pajar.
Morrigan asintió y se alejó de allí volviendo a tocar la pequeña herida de su cuello. No lo diría
jamás en voz alta, pero una parte de ella había deseado con demasiada fuerza que Lachlan le
cortara el cuello. No tenía nada que perder, pero sí mucho de lo que poder librarse si moría. Pero
aún tenía que llevar a cabo una batalla con su propio padre para vengar la muerte de su abuelo. Y
aunque tardara años, por Dios que pensaba hacerlo…
CAPÍTULO 7
Cuando llegó la primera hora de la tarde, Morrigan estuvo a punto de no acudir a la reunión
con los guerreros del clan. Para su sorpresa, Ian y Lachlan no habían acudido a comer y la excusa
de Tyra respecto a eso no fue lo demasiado convincente para la joven. Esta pensó que tal vez el
laird se había enfadado con su segundo al mando por haberse metido en una pelea con ella. Y a
pesar de que Morrigan intentó no sentirse mal por él, no pudo evitarlo. No obstante, jamás
pondría en palabras ese pensamiento.
Pero al no tener otra cosa mejor que hacer, ya que Tyra también tenía sus propios quehaceres,
Morrigan decidió unirse a los guerreros. En su clan también la habían aceptado con el paso del
tiempo, por eso se sintió tan terriblemente sola cuando supo que su padre había expulsado a
todos los que habían sido guerreros de su abuelo. Así que, tras quedarse sola después de la
comida, puso rumbo a la salida del castillo. Sin embargo, antes de llegar a esta, se cruzó con
Tyra, que iba acompañada de sus hijos y sus hermanos.
—Llevas un gran séquito contigo…
Tyra puso los ojos en blanco.
—No me digas nada… Se los llevo a la niñera para que los entretenga un rato mientras yo
trabajo aquí.
—¿Necesitas que te ayude? —se ofreció la joven.
Tyra negó con la cabeza.
—No, además parecía que ibas a algún sitio.
Morrigan rio suavemente.
—Bueno, creo que esta mañana he hecho amigos sin buscarlos… Los guerreros del clan me
han pedido que vaya con ellos al pajar. Al parecer van a divertirse en su tarde libre.
Tyra enarcó una ceja.
—¡No en ese sentido, por Dios! —Morrigan se sonrojó al leer los pensamientos de la esposa
del laird—. Me han asegurado que me van a respetar, así que como no tengo nada mejor que
hacer, voy a intentar distraerme.
Tyra sonrió e intentó que su sorpresa no se reflejara en el rostro.
—Me alegra saber que los guerreros te han aceptado. Pásalo bien…
Morrigan asintió y se giró para marcharse.
Desde su posición, Tyra frunció el ceño y tiró de sus hijos y sus hermanos para regresar por
donde habían llegado, ya que no podía dejar pasar la oportunidad de contárselo a Lachlan.
—¿A dónde vamos ahora, hermana? —preguntó Bruce.
—Tengo que contarle algo a Lach…
Y antes de su hermano pudiera preguntar algo más, la suerte estuvo de su lado y quiso que se
cruzara con su esposo y su segundo al mando.
—¡Vaya, os estaba buscando!
Ian frunció el ceño.
—¿Ocurre algo?
La mujer intentó disimular y negó con la cabeza.
—No… Bueno, me acabo de cruzar con Morrigan —comenzó diciendo al tiempo que miraba
de soslayo a Lachlan para ver su reacción.
—¿Y está bien?
—Sí, muy bien. Demasiado tal vez… Me ha dicho que la han invitado tus hombres al pajar…
Ian abrió los ojos desmesuradamente mientras Lachlan apretaba los puños con fuerza y
rechinaba los dientes, intentando aparentar calma y frialdad ante la mención de la joven.
—¿Cómo dices?
—Que, como tienen la tarde libre, la han invitado para jugar y beber con ellos. Estaba muy
ilusionada.
Y en ese momento, Lachlan gruñó unas palabras que no lograron entender justo antes de
abandonar su puesto al lado de Ian y retomar su camino en dirección a la salida del castillo.
Tyra no pudo evitar reír al tiempo que miraba la amplia espalda de Lachlan mientras este se
alejaba de ellos.
—Vas a conseguir que se derrame sangre entre mis hombres… —le advirtió Ian—. Morrigan
es muy bella y más de uno se habrá fijado en ella esta mañana…
Tyra negó con la cabeza.
—No creo que Lach llegue a ese extremo.
Ian enarcó una ceja.
—Si se produce una guerra entre los nuestros, solo tú serás la culpable…
Su esposa rodó los ojos.
—Eres un exagerado.
—Y tú una casamentera…
Tyra le guiñó un ojo y tomó de nuevo entre sus brazos a Neil antes de seguir su camino. Besó
rápidamente a su esposo y lo dejó solo en medio del pasillo con una sonrisa en los labios.
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Nada más poner un pie fuera del castillo, Morrigan torció el gesto, pues el tiempo volvía a
estar revuelto, aunque esta vez estaba lloviznando. Con paso ligero, caminó hasta el pajar y
cuando llegó allí descubrió que gran parte de los guerreros del clan se había reunido para pasar
un buen rato entre todos.
Una sonrisa se dibujó en sus labios al ver el buen ambiente que había entre ellos, y en parte los
envidió, pues eso era lo que ella deseaba en su vida: personas que lograran arrancarle una sonrisa
y vivir en paz y armonía, como en ese lugar.
Cuando la vieron llegar, todos los guerreros la vitorearon, haciéndola reír como hacía
demasiado tiempo que no reía. Como solo había conocido a Henry, fue al primero al que se
acercó, recibiéndola este con una sonrisa.
—¡Bueno, chicos, creo que ya todos conocéis a Morrigan!
—¡Le has dado una buena paliza a Lach! Ha sido increíble…
La joven se encogió de hombros.
—Solo le he demostrado que soy mejor que él… —bromeó, haciéndolos reír.
La joven se cruzó de brazos y los miró.
—Bueno, ¿y qué se supone que hacéis en estas reuniones de machitos?
Uno de los guerreros, que estaba sentado cerca de ella, frente a un enorme troncón de madera,
apoyó los brazos en las piernas y le dijo:
—Jugamos. Y quien pierde, bebe.
Morrigan rio.
—¿Y ya?
Henry torció la cabeza.
—Bueno, quien no quiere beber, se quita una prenda.
Morrigan sonrió ampliamente.
—Vaya… eso sí es más interesante.
Henry rio y le puso una mano en la espalda para acercarla al troncón.
—¿Te atreves a jugar o primero quieres ver cómo jugamos nosotros?
—Explicadme primero en qué consiste el juego y ya decidiré…
El guerrero sentado frente al troncón se frotó las manos, sonriendo.
—Está bien. El juego consiste —comenzó diciendo mientras colocaba las cosas sobre el
troncón— en que yo meteré esta pequeña bola debajo de uno de los tres vasos. Después los
moveré y tendrás que adivinar dónde está la bola.
—Muy fácil —admitió la joven—. ¿Y si acierto, qué gano?
El guerrero que había frente a ella sonrió aún más.
—Bueno, puedes desnudarte también si quieres…
—¡Si! —vociferaron algunos, sacándole una sonrisa a la joven.
—Más quisierais… No estáis preparados para ello… —Y cuando los demás terminaron de
reír, la joven les dijo—: No es un gran aliciente, pero de acuerdo. Jugaré…
Los guerreros la vitorearon y comenzaron el juego.
—Adelante, Fred —lo animó Henry.
—Espero que no hagas trampa, Fred… —pidió la joven cuando supo su nombre.
El guerrero le guiñó un ojo y movió con rapidez los vasos. Morrigan estuvo atenta a cada uno
de ellos, manteniendo la mirada sobre el vaso en el que había visto que guardaba la pequeña
bola.
Al cabo de unos segundos, paró las manos y las retiró.
—¿Dónde está la bola?
Morrigan fingió pensarlo durante unos segundos para darle más emoción al juego. Los demás
guerreros estaban realmente expectantes por saber su respuesta, así que cuando señaló el vaso
que había quedado en el centro, todos callaron y esperaron a que Fred levantara el mismo.
Con una sonrisa, el guerrero levantó el vaso y todos gritaron cuando descubrieron que la joven
había acertado. El propio Fred la miró entrecerrando los ojos, como si no fuera capaz de creer lo
que había pasado.
—Creo que la regla debería ser que si yo gano —comenzó diciendo la joven—, tú deberías
desnudarte.
Los demás rieron y animaron a Fred para que se quitara la ropa o bebiera, como él decidiera. Y
sin apartar la mirada de la joven, Fred se levantó, desabrochó su camisa y se la quitó. Sus
compañeros lo vitorearon, incluso la propia Morrigan rio y aplaudió junto con el resto.
—Esta vez has tenido suerte… —murmuró el guerrero volviendo a sentarse.
Morrigan le guiñó un ojo y se cruzó de brazos de nuevo.
—Ahora sí me gusta más el juego… Y cuando termináis por desnudaros, ¿qué hacéis?
—¿Acaso quieres hacer algo cuando me desnude…? —preguntó Fred con tono divertido.
Morrigan lanzó una carcajada.
—Sí, seguir riéndome de ti.
Henry le dio una palmada en la espalda a Fred.
—Venga, te ha ganado justamente.
—Ya… —se quejó Fred entrecerrando los ojos—. ¿Quieres jugar otra vez o te retiras?
Morrigan fingió meditarlo, hasta que acabó sonriendo y le dijo:
—Creo que prefiero ver cómo te desnudas.
—Tienes mucha confianza en ti misma…
—Claro que sí.
Fred sonrió y volvió a esconder la bolita debajo de uno de los vasos. Después, los movió con
rapidez y cuando vio que la joven fruncía el ceño, paró y escondió las manos.
—¿Dónde crees que está?
—En tu mano derecha… Has hecho trampa.
Fred frunció el ceño y negó con la cabeza.
—¿Me estás acusando de hacer trampas solo porque no sabes dónde está? Venga, di uno…
Morrigan lo pensó largamente. Había visto claramente cómo se escondía la bola en la mano,
pero el juego era el juego, y ella no era una cobarde, así que señaló el primer vaso a pesar de
saber que no estaba ahí.
—¡Sí! —rugió Fred cuando levantó el vaso y no había nada debajo—. Bueno, ahora puedes
beber o quitarte una prenda…
Morrigan sonrió y negó con la cabeza cuando Henry le ofreció un vaso de whisky.
—¿O acaso tienes miedo?
La joven enarcó una ceja.
—¿Miedo yo?
Morrigan dio un paso atrás y se quitó el chaleco, dejándolo caer al suelo mientras los demás
gritaban eufóricos.
Tras eso, decidió jugar un par de veces más. En la primera de ellas, ganó nuevamente, pues vio
que Fred no se escondió la bola, pero en la segunda, vio cómo esta acababa en su mano
izquierda. Y a pesar de haber vuelto a ver la trampa, Morrigan no se quejó esta vez y comenzó a
desanudar el lazo de su camisa. Y cuando dirigió sus manos esta para levantarla y quitársela, una
voz conocida rompió por completo la alegría por el juego.
—¿Qué pasa, quieres distraer a todos los guerreros del clan?
Girándose hacia el lugar de donde procedía la voz, descubrió que Lachlan estaba entre sus
compañeros, que le abrieron un pequeño camino hasta llegar a ella. El guerrero le dedicaba una
mirada iracunda mientras apretaba con fuerza los puños a ambos lados de su cuerpo.
Morrigan esbozó una sonrisa, encantada por la ira que había provocado en él.
—Han sido los guerreros los que me han invitado a venir. Lamento que no te quieran entre
ellos…
Lachlan rechinó los dientes y se acercó peligrosamente a ella, pero Morrigan se mantuvo
quieta en el sitio a pesar de que la distancia entre ellos se acortaba demasiado para su gusto. Y
cuando el guerrero se quedó parado a tan solo un palmo de ella, la joven torció ligeramente la
cabeza, divertida.
—Una verdadera dama no se desnuda ante un grupo de guerreros.
Morrigan dejó escapar una risa y clavó la mirada en los ojos de Lachlan.
—Yo jamás he sido criada como una dama, sino como una guerrera —fue su respuesta.
—¿Y una guerrera se deja engañar por otros guerreros para desnudarse?
Morrigan torció el gesto.
—No me han engañado. De hecho, me han explicado las reglas antes de empezar y he
aceptado. Tal vez tienes envidia y querrías desnudarte —lo retó.
Al instante, el resto de guerreros comenzó a gritar, pidiendo que lo hiciera. Lachlan dirigió su
mirada a unos y a otros y enarcó una ceja. Si esa muchacha pensaba que iba a amilanarse por un
simple desnudo, estaba muy equivocada. Los silbidos se hicieron más altos poco a poco, hasta
que decidió responderle:
—¿Me estás retando?
—Por supuesto —respondió la joven.
Lachlan sonrió de lado.
—No quiero que tus ojos de guerrera se sientan abrumados ante mi cuerpo desnudo…
—Pues a menos que tu, seguramente, impresionante cuerpo sea idéntico a una cabra, no creo
que sea muy diferente a otros que he visto…
El guerrero la miró a los ojos y vio la diversión en ellos. Por una parte, no quería aceptar el
reto, pues le daría algo más por lo que continuar retándolo. Pero, por otra, no estaba dispuesto a
permitir que la sonrisa de la joven siguiera asomando en sus labios, quería hacerla desaparecer y
que ese brillo que había en sus ojos se apagara de golpe. Por eso, Lachlan desanudó su camisa y
se la quitó frente a todos, causando que el griterío fuera aún mayor.
—Compruébalo tú misma… —le dijo.
Morrigan se puso nerviosa ante aquella visión, tal y como le había pasado esa misma mañana.
Y no entendía por qué. Era cierto que no era el primer hombre al que veía en esa tesitura, pero el
cuerpo de ese guerrero le despertaba algo en el suyo propio, como si una fuerza primitiva que
había permanecido dormida quisiera salir y arrasar con todo, haciéndola olvidar sus propios
valores, incluso su honor, pues tuvo el imperioso impulso de arrancarse ella misma el resto de la
ropa y unir su cuerpo al del guerrero.
Morrigan apretó los puños y se obligó a desterrar esa idea de su mente. Intentando no fijarse
demasiado el cuerpo del guerrero, la joven levantó la mirada y sonrió aparentando calma. ¿Qué
demonios le estaba pasando? En lugar de pensar en tocar ese cuerpo, debía coger un vaso de
agua y echárselo encima para humillarlo por todo el odio que generaba en ella. Sin embargo, se
encogió de hombros, como si restara importancia a lo que estaban viendo sus ojos.
—Lo que yo decía… Eres como cualquier otro… Te tienes en demasiada estima, guerrero.
A su lado, Henry lanzó una carcajada y le dio una sonora palmada en la espalda a Lachlan, que
lo miró como si quisiera arrancarle la cabeza.
—Te ha dado en el orgullo, amigo.
Enfurecido, Lachlan aferró con fuerza la camisa que aún sostenía entre sus manos y cuando
vio la sonrisa que dibujó la joven en sus labios, estuvo decidida a borrársela.
—Ven conmigo… —susurró.
Lachlan la aferró con fuerza del brazo y casi la arrastró hacia el exterior del pajar. La fina
lluvia parecía haberse incrementado, por lo que, para evitar mojarse, la empujó hacia las
caballerizas.
—¡Suéltame!
Pero el guerrero hizo caso omiso a su petición y siguió llevándola agarrada. Y solo cuando
estuvieron bajo la cobertura del techo de las caballerizas, la soltó. La joven dio un paso hacia
atrás para alejarse de él mientras llevaba las manos a los cordones de su camisa y la anudaba de
nuevo.
Los ojos de Lachlan lanzaban fuego a diestro y sinestro, y antes de que pudiera caer enfermo,
él también volvió a poner en su sitio su camisa. Hasta llegar allí se había mojado ligeramente por
la lluvia, pero era tal la rabia que sentía que apenas la notaba sobre su piel, y aún menos el frío.
—¿Se puede saber por qué demonios me has tratado así? —preguntó la joven elevando el tono
de voz.
—¿Y tú? ¿Puedo saber por qué demonios te crees con la suficiente confianza con los guerreros
como para estar dispuesta a desnudarte delante de ellos?
—¿Y a ti qué más te da? No tengo por qué darte explicaciones. No eres nada mío.
Lachlan apretó los puños.
—Si hubieran querido, te habrían violado.
Morrigan resopló.
—No tienen pinta de ser unos violadores. Y te lo dice una persona que ha conocido la maldad
de muchos hombres.
Lachlan dio un paso hacia ella.
—¿Qué pasa, acaso eras la fulana del clan?
Morrigan frunció el ceño y levantó la mano para abofetearlo, pero Lachlan fue más rápido y
logró parar su mano a tiempo.
—No vuelvas a llamarse así —le advirtió—. No sabes nada de mí.
—Ni yo ni nadie. Cuentas muy poco sobre tu vida.
La joven intentó soltarse, pero lo único que consiguió fue hacer trastabillar a Lachlan y que
ambos se vieran impulsados hacia la pared. Los dos quedaron muy cerca el uno del otro, pero
ninguno quiso esconder su orgullo.
—Yo no tengo por qué contarte nada…
Lachlan apretó los labios y se separó de ella sin dejar de mirarla.
—No quiero que vuelvas a estar a solas con ninguno de ellos —dijo el guerrero señalando
hacia el pajar con la cabeza.
—Haré lo que me plazca.
—No mientras estés en este castillo.
—Castillo donde no eres tú quien manda —le recordó.
Lachlan volvió a acortar la distancia con ella y la señaló con el dedo, advirtiéndole:
—No voy a permitir que un maldito duendecillo distraiga a los guerreros…
Morrigan sonrió de lado.
—Tal vez eres tú el que más se distrae conmigo… Parece que no haces más que seguirme…
Lachlan se apartó de ella con los ojos muy abiertos.
—Lo que más me gustaría era no tener que verte. No te emociones, duendecillo.
Morrigan dejó escapar una risa.
—Pues entonces no te metas en lo que hago o dejo de hacer.
Y sin darle tiempo para replicar, la joven salió de las caballerizas rumbo al castillo, dejándolo
solo y apretando con tanta fuerza los puños que estaba a punto de estrellarlos contra la pared.
—Me voy a tener que ir a pasar el invierno a casa de mi madre… —murmuró—. Estoy
seguro…
-------
Durante la cena de esa misma noche, los comensales de siempre intentaban mantener una
conversación normal, pero tanto Morrigan como Lachlan no estaban por la labor. Los dos se
mantenían callados y apenas respondían a sus palabras con monosílabos, por lo que Ian y Tyra se
miraron entre sí. Sabían, por boca de algunos guerreros, que habían discutido cuando Lachlan la
vio a punto de desnudarse ante los demás, un acto que demostraba que la joven no le era
completamente indiferente. Tyra se sintió bien al conocer aquello, pero esa noche estaba tan
incómoda como el resto, por lo que miró a su esposo para que intentara él iniciar una
conversación.
Ian suspiró y dejó la cuchara en el plato.
—Me han dicho que has hecho amistad con mis hombres…
Tyra abrió mucho los ojos, indicándole que precisamente esa no era la mejor conversación en
ese momento, y se lo confirmó el hecho de que tanto Morrigan como Lachlan levantaran la
cabeza de golpe.
No obstante, la joven respondió con respeto.
—Sí, son todos muy amables… —Y enseguida se corrigió—. Bueno, casi todos…
Y la mirada de la joven se dirigió a Lachlan cuando pronunció aquellas palabras.
—De la misma forma que no todos los invitados a este castillo son respetuosos y cordiales —
fue la respuesta del guerrero.
Y cuando vio asomar el fuego en los ojos de Morrigan, Lachlan sonrió y levantó su copa,
fingiendo brindar, antes de mirarla por encima del cristal mientras terminaba el contenido de la
misma, dando por zanjada aquella conversación, aunque no la guerra entre ellos.
CAPÍTULO 8
El día siguiente al completo lo pasó con Tyra, ayudándola en distintos menesteres que
requerían de la presencia de dos personas, y en esos momentos Morrigan se sintió útil, pues no le
gustaba estar en ese castillo, así como así, sin aportar absolutamente nada mientras ellos la
protegían de las inclemencias del tiempo y compartían su comida con ella. Durante el paso de
esas horas, Morrigan la había ayudado a recoger algunas plantas para curar ciertas heridas, pero,
sobre todo, a colocar poco a poco un par de huesos que se habían dislocado dos de los guerreros
durante un entrenamiento. Eso había requerido de la ayuda de la joven para sujetar a los
guerreros y para colocarle un amplio vendaje con el que mantener quietos sus brazos durante
varios días.
—Admiro tu trabajo, de verdad —le dijo la joven mientras recogían todo lo que habían
necesitado para curar cuando ya era de noche—. Las esposas de los lairds que he conocido nunca
han trabajado en el castillo.
Tyra sonrió.
—Es algo que me gusta. Yo no podría estar de brazos cruzados.
Morrigan le devolvió la sonrisa. Desde que la conocía había hecho buenas migas con ella y se
sentía realmente bien. Ambas tenían un carácter muy parecido, por lo que podían hablar con
claridad la una con la otra. Y ya no solo con ella, sino que había cogido un cariño inmenso a sus
pequeños hijos y a sus hermanos, con quienes también habían pasado un largo rato a lo largo de
ese día.
Al mediodía, Morrigan le había comunicado a Tyra que, si no volvía a nevar, tal vez ese
mismo día o al día siguiente se marcharía. La esposa del laird había puesto el grito en el cielo
cuando le dijo eso, y en ese instante Morrigan se dio cuenta de que no le importaría pasar el resto
de su vida en ese castillo, puesto que se sentía tan bien entre ellos que incluso podría llegar a
soportar al antipático de Lachlan.
Después de la cena y tras haber tenido que soportar las continuas miradas de odio del guerrero,
Morrigan se encontraba sola en medio de un pasillo. Los dueños del castillo se habían ido a
descansar pronto, junto a sus hijos y los hermanos de Tyra, y desconocía dónde estaban los
sirvientes. Tras la cena se había metido en uno de los pequeños salones del castillo para meditar
sobre su marcha, ya que en todo el día no había nevado, sino llovido. Y esa lluvia había hecho
que parte de la nieve que cubría los caminos y todo el campo a su alrededor se derritiera. Sabía
que una parte de todo lo vivido allí se marcharía con ella y echaría terriblemente de menos esos
días de tranquilidad, una tranquilidad que jamás había sentido en su propio hogar.
El recuerdo de su padre volvió a hacer mella en su mente y se preguntó de nuevo dónde
estaría. Rezó para que no hubiera salido a buscarla por toda Escocia, aunque tal vez él no había
hecho nada, pero sí los Barclay. ¿Y si algún día se presentaban estos en el castillo Mackintosh y
la descubrían allí? Un escalofrío recorrió su espalda al pensar en que podrían atacarlo. No, no
podía permitirlo.
Morrigan salió del pequeño salón sin rumbo. Aquellos momentos de soledad le habían venido
bien para poner en orden sus pensamientos y poder pensar con claridad. Ya llevaba allí
demasiados días, por lo que no podía demorar por más tiempo su marcha. Sin embargo, cuando
la joven llegó a la arcada del patio interior estuvo a punto de lanzar un grito de rabia y
frustración. Desde allí pudo ver cómo los copos de nieve volvían a caer sobre la tierra de
Escocia, llenando nuevamente el suelo y rompiendo los sueños y los planes que había hecho
hasta hacía tan solo unos minutos.
—Maldita sea… —murmuró apoyándose en la balaustrada.
Esa noche se sentía realmente mal. Tenía la sensación de que estaba perdiendo el timón de su
vida y que su familia, allá donde estuvieran, no la ayudaban y la habían dejado sola para que se
enfrentara al mundo de la peor manera posible.
La joven suspiró y se apartó de allí para ir a las cocinas. Apenas había logrado cenar esa noche,
debido a que no habían parado de hablar en cada momento, y su estómago rugía continuamente.
El silencio en el que se había sumido el castillo apenas la calmaba, y menos aún después de ver
que volvía a nevar. Caminó lentamente, pues no tenía prisa por irse a dormir. Una sonrisa se
dibujó en sus labios cuando se dio cuenta de que caminando por los pasillos del castillo
Mackintosh no sentía el miedo y el pánico que sí había llegado a sentir en el suyo propio tras la
muerte de su madre. Los amplios ventanales que había en el suyo habían logrado arrebatarle la
seguridad, mostrándole la frialdad en la que se había convertido la convivencia en su castillo.
Pero en ese hermoso lugar se sentía realmente segura, como si el peligro no existiera fuera de
aquellos muros. Y eso le gustó. Le gustó demasiado…
Con un suspiro, Morrigan abrió la puerta de las cocinas y entró en ellas con la mirada en el
suelo, pero cuando escuchó un sonido y levantó de nuevo sus ojos hacia el frente, sus pies se
quedaron quietos en el sitio. De sus labios escapó una exclamación de sorpresa que llamó la
atención del hombre que había junto a la chimenea.
Lachlan giró la cabeza en su dirección y se quedó tan sorprendido como ella. El guerrero había
decidido darse un baño tranquilamente en las cocinas después de la cena. Hacía demasiado frío
fuera y necesitaba relajar los músculos que se le agarrotaban cada vez que se cruzaba con
Morrigan. Pero el objeto de sus desvelos se encontraba ahora parada en medio de la cocina,
mirándolo sorprendida.
Morrigan sentía que no podía apartar la mirada de él a pesar de que su mente le gritaba una y
otra vez que se marchara o que dirigiera su atención a otra cosa. Lachlan se encontraba
completamente desnudo, metido en esa pequeña bañera y con el cuerpo y el pelo totalmente
mojados, mostrando un aspecto tan fiero y hechizante que Morrigan dio un paso hacia él de
forma inconsciente, como si tuviera una cuerda alrededor de su cuerpo que tiraba de ella. Sin
embargo, cuando fue consciente de ello, se quedó quieta y pudo reaccionar.
—Pero ¿qué demonios haces bañándote en la cocina a estas horas?
Lachlan dejó su cómoda postura en la bañera para incorporarse ligeramente y poder mirarla
mejor, movimiento que hizo que parte de su cuerpo quedara completamente expuesto. El corazón
de Morrigan se sobresaltó, pero no podía apartar la mirada de él. Era realmente hermoso. Su
cuerpo mojado y el movimiento de sus músculos, junto con el pelo cayendo sobre sus ojos le
daban un aspecto fiero, y eso hizo que algo dentro de ella se agitara con ímpetu.
Morrigan se obligó a carraspear al tiempo que sacudía la cabeza. No podía dirigir su atención a
lo que estaba viendo. Ella tenía una mente fuerte y debía intentar no sucumbir ante la imagen de
un hombre atractivo. Y menos si se trataba de alguien tan antipático e insufrible como Lachlan.
—Pues la verdad es que no debería darte explicaciones, puesto que tú das muy pocas sobre tu
vida —comenzó diciendo el guerrero—, pero te diré que los sirvientes se habían ido ya a
descansar cuando he decidido bañarme, así que me lo he tenido que preparar yo solito…
Morrigan frunció el ceño.
—Pues podrías habértela subido a tu dormitorio. Así nos ahorrarías a los demás tener que verte
desnudo.
Lachlan sonrió e inconscientemente recorrió el cuerpo de la joven con la mirada, una mirada
tan penetrante y oscura que hizo saltar un intenso nerviosismo en el vientre de Morrigan.
—¿Es que no te gusta lo que ves?
La joven dejó escapar un resoplo y se obligó a apartar la mirada momentáneamente antes de
poder responder.
—Ya te dije ayer que no eres el primer hombre al que veo desnudo.
El simple hecho de que la joven le hubiera recordado aquellas palabras hizo que se sintiera
terriblemente celoso. Y esos celos provocaron que se enfureciera por el hecho de sentirlos. El
guerrero se levantó de la bañera, mostrando su cuerpo totalmente desnudo y sin ningún tipo de
pudor frente a ella, que desvió la mirada a pesar de que la luz que desprendía la chimenea justo
detrás del guerrero le impedía ver con claridad la parte delantera de su cuerpo.
—¿Qué pasa, ahora te muestras tímida ante un hombre desnudo? ¿No estabas tan
acostumbrada?
Morrigan apretó los dedos contra su cadera tras poner los brazos en jarras y, obligándose a sí
misma, clavó la mirada de nuevo sobre él, orgullosa, firme y decidida. Pero a la vez ligeramente
nerviosa.
Desde su posición, Lachlan sonrió ampliamente. Estaba disfrutando de lo lindo en ese
momento. Había visto la indecisión en sus ojos en un principio y de no ser porque había poca luz
en la cocina, habría jurado que la joven también tenía las mejillas terriblemente rojas por la
vergüenza. Pero cuando Morrigan volvió a mirarlo se dio cuenta de que había cambiado la
expresión de su rostro, mostrándose ante él más segura de sí misma y ligeramente indiferente. Y
él quiso comprobar si ese sentimiento era real o simplemente una careta que se había obligado a
ponerse para no mostrarle a él lo que realmente sentía.
Por ello, con una sonrisa ladina, Lachlan salió de la bañera y se acercó lentamente a ella,
dejando un rastro de agua a su paso, pero no le importó, pues la atracción que recorría su cuerpo
en ese momento era más fuerte que cualquier otra cosa que pudiera sentir. Sentía sobre sus ojos
la potente mirada de la joven, que apenas se movía del sitio, ni siquiera cuando vio que él
acortaba la distancia con ella.
—Veo que te quieres demasiado… —le dijo ella con apenas un hilo de voz.
Los ojos de Lachlan se entrecerraron ligeramente y llegó junto a ella. Sin embargo, no se
quedó parado a unos metros, sino que su pecho desnudo llegó a rozar el de la joven, que apretó
los puños con fuerza, intentando no moverse ni un solo milímetro para no darle un motivo por el
que reírse de ella.
—Por supuesto, duendecillo. Pero creo que tu mirada también me quiere porque no la apartas
de mí.
—No tengo por qué quitarme —respondió—, puesto que no eres nada nuevo para mí.
El guerrero bajó la cabeza ligeramente para acercarla más a ella. Su aliento llegó a rozar el
rostro de Morrigan, que tragó saliva ruidosamente, rezando para que él no escuchara los rápidos
y potentes latidos de su corazón.
—Tu mirada dice algo diferente a tus palabras… Yo creo que nunca has visto a alguien como
yo…
Morrigan se obligó a lanzar un bufido.
—Cierto, los que yo he visto eran aún más masculinos que tú —mintió para bajarle el orgullo.
Lachlan sonrió pícaramente.
—No te creo, duendecillo —susurró—. Tus ojos mienten.
—¡Tú qué sabrás! —exclamó apartándose de él—. ¡Y vístete! Vas a hacer que vomite…
Lachlan dejó escapar una risotada y le dio la espalda para acercarse de nuevo a la bañera y
coger algo con lo que poder secar su cuerpo. Y en el instante en el que el guerrero le dio la
espalda, Morrigan no pudo evitar dirigir sus ojos hacia sus expuestas y desnudas nalgas, que se
movían a cada paso que daba. Y para tormento propio, sintió que su cuerpo estaba a punto de
echar a arder como los maderos de la chimenea.
Morrigan carraspeó y dio un paso hacia la despensa, pero la voz de Lachlan la paró
nuevamente.
—Te tomas demasiadas libertades por el castillo para ser una invitada, ¿no crees?
Morrigan lo miró por encima del hombro y comprobó que estaba casi vestido, algo que le
supuso un alivio.
—Solo he venido a coger algo para comer, pero tu presencia ha hecho que se me atragante la
comida.
La joven llegó hasta la despensa y cortó un pequeño trozo de queso que logró calmar el
hambre de su estómago, aunque no su nerviosismo por encontrarse con Lachlan a solas a esa
hora de la noche. Y más cuando el resto del castillo se encontraba ya descansando.
Después de eso, Morrigan caminó hasta la encimera para servirse un vaso de agua, todo bajo la
atenta mirada del guerrero, que ya se había secado y la observaba apoyado junto a la jarra de
agua que ella había tomado.
—¿Se puede saber qué miras? ¿No tienes nada mejor que hacer? Irte a dormir, darte cabezazos
contra la pared, tirarte por un barranco… No sé… cosas que deberíais hacer los hombres tan
insufribles como tú.
Lachlan lanzó una carcajada y giró su cuerpo hacia ella, tapando ligeramente la luz que
proyectaba la chimenea.
—No… Eso significaría que serías feliz el resto de tu vida. Y no puedo permitir eso…
Morrigan lo miró con el malhumor reflejado en sus ojos grises, unos ojos que parecían llamar
continuamente a Lachlan, pues no dejaba de mirarlos.
—Tranquilo, cuando me vaya, dejarás de soportarme.
Lachlan asintió.
—¿Y cuándo será eso? —le preguntó con interés.
—Cuando deje de nevar… —fue su seca respuesta.
Ambos estaban a menos de un metro el uno del otro y a pesar de esa distancia, Morrigan podía
oler a la perfección el aceite esencial de lavanda que había usado el guerrero para bañarse, algo
que le hizo torcer el gesto.
—¿Y por qué no ya? Has viajado hasta aquí en medio de una tormenta de nieve. Podrías seguir
haciéndolo… ¿O es que le tienes miedo a la nieve?
Morrigan no respondió a su provocación cuando Lachlan paró de hablar, esperando una
respuesta por su parte. Por el contrario, no estaba dispuesta a seguir aguantando su ataque. La
diversión en los ojos del guerrero hizo que sintiera atacada en lo más profundo de su ser, en algo
que realmente le dolía y que se obligaba a enterrar en su pecho para que nadie más supiera de su
dolor.
Por ello, Morrigan dio un paso hacia la puerta para marcharse de allí, pero la voz de Lachlan
volvió a interrumpirla.
—Como un niño pequeño… —se burló cruzándose de brazos—. ¿Qué pasa, te perdiste en
medio de una tormenta de nieve o algo así?
Pero cuando Morrigan se quedó parada en medio de la cocina y giró la cabeza hacia él,
Lachlan se dio cuenta de que le había hecho daño.
Por primera vez desde que la conocía, los ojos de Morrigan se llenaron de lágrimas frente a él
y el dolor, un profundo dolor que él mismo había visto en los ojos de su mejor amigo años atrás,
apareció en ellos para dejarle claro que le había hecho daño en lo más hondo de su corazón.
Lachlan tragó saliva y carraspeó, dispuesto a disculparse, pero la voz de Morrigan sonó tan fría
que tuvo la sensación de que la temperatura en la cocina había bajado demasiado.
—Vete a la mierda…
Y dejándolo con la palabra en la boca, la joven abandonó la cocina dejándolo completamente
solo.
Cuando la puerta se cerró tras la marcha de Morrigan, Lachlan dejó escapar un suspiro y una
maldición en gaélico. El guerrero se giró y apoyó los brazos sobre la encimera, y dejó que su
cabeza cayera ligeramente hacia adelante.
—Maldición… —susurró.
Se sentía terriblemente mal por la forma en la que se había burlado de ella, pero jamás se le
pasó por la cabeza que algo así pudiera llegar a provocarle las lágrimas a Morrigan. Eso le había
dejado claro que la joven guardaba un dolor en su interior que no había podido sacar. Y se
golpeó mentalmente por haber bromeado respecto a ese episodio de su vida.
Lachlan suspiró y caminó por la cocina sin saber qué hacer ni cómo afrontar ese momento. Se
preguntó qué era lo que podría haberle pasado a la joven para que aún siguiera con ese dolor en
su corazón, algo que seguramente era lo que la obligaba a ser orgullosa y guerrera, pero su
propio engreimiento le impedía correr tras ella para preguntárselo.
Lachlan se pasó las manos por el rostro, apartando de su frente los mechones de pelo aún
mojados y, tras secar una gota de agua que rodaba por su mejilla y atusarse la barba, el guerrero
salió de las cocinas en busca de Morrigan. Y si tenía que recorrer todo el castillo hasta
encontrarla, lo haría.
-------
Morrigan había salido de las cocinas casi sin ver hacia dónde caminaba, por lo que siguió
ciegamente sus pasos. Estos la llevaron nuevamente hacia la arcada del patio interior y desde allí
miró con auténtico odio la nieve que caía ahora con fuerza.
Un lamento de dolor escapó de su pecho cuando recordó las palabras del guerrero. Le habría
gustado golpearlo con fuerza por burlarse de ella, pero la pena había vencido esa vez y lo había
dejado completamente solo en las cocinas, ya que no deseaba que nadie la viera llorar, y menos
él.
Las lágrimas rodaron libres por sus mejillas hasta caer sobre su ropa y perderse en ella. Hacía
demasiado tiempo que se había obligado a no llorar, a no dejar expresar esas emociones tan
profundas de su corazón y de su alma. Se había obligado a ser una guerrera que había enterrado
todo eso para evitar ser débil. La joven solo quería sobrevivir, por lo que tuvo que ponerse una
careta de frialdad para que su padre no fuera consciente de que en realidad sufría y seguiría
sufriendo por la muerte de su madre y su hermano. Las circunstancias de su vida habían sido
verdaderamente difíciles, y en ellas no podía ser una mujer débil. Pero en ese instante, tuvo la
sensación de que el miedo y la desazón que había sufrido desde que descubrió toda la verdad
sobre la muerte de su abuelo se echaban sobre ella, agobiándola, asfixiándola y ahogándola más
de lo que le gustaría admitir.
Morrigan pensó en que lo mejor era marcharse de allí, aunque siguiera nevando. En ese
instante, no le importaba morir o perderse, ni siquiera cruzarse con su padre. Lo veía todo tan
negro que estaba segura de que no podría salir de ahí. Por ello, levantó su mirada al cielo y lloró.
—Abuelo, no puedo con esto —susurró, llenando con su voz el corredor—. No puedo…
—¿Ahora hablas sola? —preguntó una voz conocida a su espalda.
Morrigan no se molestó en girarse para mirarlo. Sabía quién era a la perfección, incluso lo
habría reconocido aunque hubieran pasado años desde la última vez que escuchó esa voz. Pero
no hacía años, sino tan solo unos minutos desde la última vez que lo había oído. Los dedos de la
joven se aferraron con fuerza a la balaustrada y cerró los ojos unos instantes.
Morrigan escuchó los pasos del guerrero a su espalda. Sabía que se estaba acercando a ella,
pero no quería mirarlo de nuevo. Simplemente no podía dejar que la viera en ese momento de
debilidad. Cuando los pasos de Lachlan se pararon, supo que estaba a poco más de un par de
metros de ella.
—¿No tienes a otro a quien molestar? —le preguntó de mala gana, intentando que el dolor de
su corazón no se reflejara en su voz, algo imposible.
Y, desde luego, no lo miró, sino que mantuvo los ojos fijos sobre la nieve que caía con rabia, la
misma rabia que ella sentía en su pecho. Morrigan se limpió las lágrimas que caían de sus ojos.
La joven intentó hacerlo con disimulo, pero, desde su posición, Lachlan vio claramente cómo lo
hacía. Y eso encogió su corazón.
El guerrero dio un paso más hacia ella. En su interior reconocía que no le gustaba ver así a la
joven, que nada tenía que ver con la mujer rebelde, malhablada y arrebatadora que él conocía.
Por eso, necesitó provocarla para sacar a la verdadera Morrigan.
—La verdad es que me diviertes más tú —comenzó diciendo—, pero esta vez no vengo a
divertirme…
Morrigan dejó escapar un resoplo, aún sin mirarlo.
—Pues si has terminado ya, déjame sola con la nieve. Tal vez nevará lo suficiente como para
tragarme y no tendrás que soportar más mi presencia.
La voz de Morrigan sonó tan dura que Lachlan frunció el ceño. El guerrero dio un paso más
hacia ella, quedándose tan cerca de la joven que su olor penetraba por su nariz. Tan solo
necesitaba alargar un poco una mano para tocarla, pero no se atrevía a hacer semejante
movimiento.
—Ahora no venía a divertirme —repitió con voz ronca—, sino a pedir disculpas. Reconozco
que me he comportado como un maldito bastardo.
Morrigan enarcó una ceja y se giró hacia él. En sus ojos se dibujó una expresión de sorpresa,
ya que no esperaba que estuviera tan cerca de ella, por lo que quedó aprisionada entre la
balaustrada y el cuerpo del guerrero. Lo miró a los ojos y descubrió, para su sorpresa, que
parecía decir la verdad.
—¿Te estás burlando? —preguntó igualmente.
Lachlan negó con la cabeza y dio un paso hacia la barandilla, colocándose a su lado. El
guerrero miró largamente la nieve en completo silencio, sin saber qué más aportar. Había ido
hasta allí para pedirle disculpas, pero ahora ¿qué más podía hacer? No lo sabía.
Morrigan lo vio tragar saliva, incómodo por ese momento. La joven lo observó largamente y,
por primera vez desde que lo conocía, descubrió que estaba realmente arrepentido por lo que le
había dicho. Y el hecho de que le hubiera pedido disculpas, dejando a un lado su orgullo, la
obligó a dejar el suyo propio a un lado para contar la verdad.
Y por alguna extraña razón, las palabras le salieron solas de lo más profundo de su corazón.
—Mi madre y mi hermano recién nacido murieron en un día como este, en medio de la nieve y
sin que nadie del clan pudiera hacer nada por ellos porque mi propio padre lo prohibió —admitió
en voz baja.
Lachlan la miró, sorprendido, pero Morrigan no pudo soportar su mirada, por lo que dirigió sus
ojos hacia el cielo. La joven tragó saliva y continuó su relato cuando comprobó que el guerrero
no iba a decir nada.
—Yo… tenía diez años cuando eso pasó. Mi madre estaba embarazada y tuvo un parto
realmente difícil.
Morrigan se perdió en la oscuridad de sus recuerdos y apretó con fuerza la barandilla cuando el
dolor amenazó con ahogarla.
—Pensaba que iba a morir antes de que mi hermano naciera, pero no fue así. Pudo nacer…
pero con un problema.
Morrigan miró a Lachlan de reojo, que la observaba y escuchaba con atención.
—No tenía todos los dedos de la mano derecha. Mi padre estaba en la habitación cuando nació
y lo vio al instante. Ni siquiera le dio tiempo a mi madre para estar con él y abrazarlo. Yo
esperaba en el pasillo, sentada en el suelo. Cuando lo vi salir, pensaba que lo hacía para
enseñarme a mi hermano, pero era por otra cosa…
Nuevas lágrimas rodaron por sus mejillas.
—Mi padre pensó que mi hermano jamás podría usar una espada, así que prefirió expulsarlo
del castillo.
—¿A un bebé? —preguntó Lachlan con el ceño fruncido.
Morrigan asintió.
—Sí, la piedad no es una sus virtudes… —admitió la joven—. Mi madre lo siguió, pero
acababa de parir y… dejaba un reguero de sangre… Me parecía increíble que no hubiera muerto
antes. Lo siguió escaleras abajo y salió al patio tras él. Yo también los seguí y… bueno, intenté
cambiarme por mi hermano. Le pedí a mi padre que dejara al bebé con mi madre y sería yo quien
me quedaría fuera del castillo. Prefería morir yo a que lo hiciera el pequeño. Al menos yo había
vivido lo suficiente…
Lachlan asintió de forma casi imperceptible con la mirada fija sobre ella, como si quisiera leer
sus pensamientos antes de que la joven los pusiera en palabras. Y en el momento en el que
Morrigan pudo leer la admiración en sus ojos, necesitó desviar la mirada para evitar perderse en
ellos.
—Pero mi padre me golpeó y siguió adelante. Se alejó de todos nosotros y abandonó al bebé
en medio de una tormenta de nieve, con apenas una sábana alrededor de su cuerpo y más nieve
como lecho de muerte… Mi madre lo siguió, dejando un rastro de sangre en medio de toda esa
blancura. No imaginas la cantidad de sangre que perdió…
La voz de Morrigan se disipó durante unos segundos en los que recordó el dolor, el horror y el
miedo que vivió en esos momentos siendo apenas una niña.
—Mi padre ordenó cerrar el portón para evitar que saliéramos a ayudarla y que nadie más
entrara. Así que mi madre y mi hermano murieron… Y nadie pudo hacer nada…
Morrigan contuvo un sollozo.
—Al día siguiente, llegó mi abuelo. Él es… fue —se corrigió— el que siempre nos protegía
del carácter de su propio hijo… Pero ese día no pudo…
Morrigan levantó su llorosa mirada hacia Lachlan, que la observaba con seriedad y atención.
En ese instante, no le importaba mostrarse débil ante él. Esa era su historia y no podía ni quería
cambiarla, pues eso había ayudado a forjar lo que era en ese momento de su vida.
—Es por eso por lo que me da pánico ver que el suelo se cubre de nieve. A veces ni siquiera lo
veo blanco, sino la sangre que fue dejando mi madre para intentar salvar a su bebé recién nacido.
Y es por eso por lo que a día de hoy soy una guerrera. Me tuve que convertir en una para
sobrevivir a mi padre sin la presencia de mi madre.
—¿Y quién te enseñó a luchar?
En los labios de Morrigan se dibujó una sonrisa de orgullo.
—Mi abuelo. No quería que mi padre ni ningún otro hombre me viera débil.
Lachlan le devolvió la sonrisa.
—Pues he de decir que lo consiguió.
De los ojos de Morrigan escapó una nueva lágrima. A pesar de que siempre se había obligado
a sí misma a guardar esa información para ella, en ese momento tenía la sensación de que se
había quitado un gran peso de encima. Y el hecho de que en los ojos de Lachlan hubiera
comprensión y no diversión hizo que sintiera aún mejor.
El guerrero no sabía qué decirle. Había comprobado por sí mismo el daño que podía hacer un
padre a su propio hijo, pues el antiguo laird del clan y padre de Ian lo había tratado de la peor
manera posible. Por eso, lograba entender su dolor. Y eso hizo que se sintiera aún peor consigo
mismo por cómo la había tratado en las cocinas minutos antes. Sí, se había reído de ella por su
miedo a la nieve, y ahora que conocía toda la verdad sintió verdadero orgullo por ella, por haber
sobrevivido a eso y por haberse convertido en una guerrera. Y si su relación hubiera sido de otra
manera, se lo habría dicho claramente mirándola a los ojos, pero su orgullo seguía latente en su
interior.
No obstante, cuando vio que derramaba una lágrima más, levantó su mano derecha y la puso
en su mejilla. Para su sorpresa, la sintió realmente cálida y suave. Con el pulgar limpió esa
lágrima y la miró a los ojos. Morrigan también lo estaba mirando, como si ambos se hubieran
quedado petrificados o embrujados y no pudieran moverse para alejarse o para acabar aquella
conversación con un comentario ingenioso como solían hacer desde que se conocían. En ese
momento, eran dos personas que estaban mostrando la humanidad que realmente residía bajo
aquella capaba guerrera que ambos tenían. Y sin saber por qué, Lachlan se acercó más a ella.
Sentía como si algo en lo más profundo de su ser tirara de él hacia la joven con la imperiosa
necesidad de besarla, de intentar hacer algo para enfurecerla, para sacarla de esos malos
recuerdos… Pero cuando separó ligeramente los labios para hacerlo, otra parte de él, lo obligó a
alejarse:
—Lo siento —susurró antes de marcharse por el corredor y dejarla nuevamente sola.
CAPÍTULO 9
A la mañana siguiente, Morrigan se levantó aún con la sensación de haberse quitado un peso
de encima. Había sido la primera vez en su vida que se atrevía a contar a alguien ajeno a su clan
lo que había sucedido. Incluso con su abuelo apenas había hablado de eso más que un par de
veces. Y a pesar de eso, el dolor seguía latente dentro de su corazón. Por eso, haberse abierto a
Lachlan parecía haberle concedido un alivio que no lograba entender. ¿Cómo era posible que
hubiera sentido alivio por habérselo contado a un hombre que solo había logrado sacarla de
quicio desde que lo conocía? ¿Qué era lo que le había hecho contárselo? No lo sabía, ni siquiera
lo entendía. Pero lo que sí tenía claro era que se sentía mejor que nunca. Y no estaba segura de
que eso fuera algo bueno para su relación con el guerrero.
Aún parecía tener la sensación de que la mano de Lachlan estaba puesta sobre su mejilla,
cálida y amable. Este le había dejado una de las mejores sensaciones que había experimentado en
toda su vida. Nadie, salvo su abuelo, la había acariciado con ese cariño y respeto y, por ello, con
ese simple gesto había despertado en ella nuevas sensaciones que habían hecho que cambiara
ligeramente lo que sentía hacia él.
Y el recuerdo también del momento en el que creyó que iba a besarla logró erizarle la piel bajo
las sábanas, provocando que los dedos de sus pies se encogieran. Y cuando Morrigan notó que su
cuerpo comenzaba a calentarse demasiado, resopló y apartó las sábanas de golpe.
—Tengo que irme de aquí —murmuró.
Morrigan negó con la cabeza al tiempo que se llevaba las manos al rostro, tapando la
vergüenza que sintió en ese instante a pesar de que no había nadie más con ella en la habitación.
Y pensar que el guerrero tal vez estaba durmiendo todavía en la habitación de enfrente no ayudó
en absoluto.
—¿Qué me está pasando? —murmuró—. Te estás volviendo loca, Morr…
La joven suspiró y se levantó por fin de la cama. Se quitó el camisón y lo dejó sobre el lecho
para después comenzar a vestirse. Sonrió cuando vio que en los baúles ya estaba colocada la ropa
sucia que los sirvientes le habían lavado y agradeció mentalmente por el trabajo que estaban
haciendo con ella todo el mundo en el castillo.
Se aseó lentamente y se hizo una trenza en el pelo. Y cuando por fin estuvo lista, salió del
dormitorio al mismo tiempo que se colgaba de la cadera el cinto con la espada. Se había
retrasado ligeramente y temía llegar tarde al desayuno, por lo que recorrió el pasillo con paso
ligero, bajó las escaleras casi volando y se dirigió hacia el salón donde solían reunirse en las
comidas.
—Vaya, pensábamos que te habías quedado dormida… —fueron las primeras palabras de Tyra
cuando la vio entrar apresuradamente.
Morrigan se sentó en la silla en la que solía hacerlo, justo enfrente de Lachlan, y suspiró
largamente.
—Sí, lo siento. Es que he dormido poco esta noche. Lamento llegar tarde.
Ian asintió y se encogió de hombros.
—No pasa nada. A todos nos ha pasado alguna vez…
Morrigan sonrió y asintió, sirviéndose un poco comida en su plato, pero se quedó petrificada
cuando intentó coger un pequeño trozo de pan y justo en ese instante Lachlan hizo el mismo
gesto para tomar, precisamente, ese trozo de pan. Ambos jóvenes se miraron entre sí durante
unos segundos en los que los demás desaparecieron por completo para ellos. Y después,
obligándose a reaccionar, Lachlan sonrió al tiempo que apartaba la mano.
—Vaya, la confianza que tienes en el castillo ya hace que hasta me quites el pan de entre las
manos…
El tono con el que Lachlan se dirigió a ella le recordó al que siempre había empleado desde
que se conocían, y cuando vio que este sonreía de lado, Morrigan se dio cuenta de que el
guerrero pretendía actuar como si nada de lo que pasó la noche anterior hubiera sucedido
realmente. Y no estaba segura de si era algo bueno o malo. Inconscientemente, Morrigan frunció
el ceño y apartó ella también la mano.
—Por mí, puedes comerte todo. A ver si revientas.
Lachlan le guiñó un ojo y sonrió, pero a pesar de ese gesto estaba haciendo un trabajo
realmente importante de contención. Había pasado una de las peores noches de su vida, pues
apenas había podido dormir después de escuchar la historia de la joven que había frente a él. Un
potente sentimiento de culpa y preocupación lo invadió por completo, haciendo que tuviera todo
el rato la necesidad de ir a su dormitorio para comprobar que estuviera bien. Sin embargo, por
otro lado, el resto de la noche se lo había pasado también golpeándose a sí mismo por tener esos
sentimientos hacia ella. Quería odiarla, debía hacerlo para evitar que ese sentimiento fuera a más.
No podía dejar que lo invadiera esa sensación nueva para él, pues de seguir así, iba a acabar mal.
Muy mal.
Por eso, antes de que el día se reflejara en el horizonte, Lachlan se había levantado con la
promesa de seguir comportándose con ella como lo había hecho hasta ahora, pues solo así podría
seguir con su vida adelante sin meterse en problemas de los que no sabía cómo salir.
Y cuando vio reflejada la duda en los ojos de la joven, miró hacia otro lado, haciendo como si